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CIEN-SENTENCIAS

DE

ANDRÉS G. VÁSQUEZ

SONETO

[A MANERA DE INTRODUCTORIUM]

Estas sentencias tan mías -pobre y sufrido intento-,


son -como debe ser-, una para cada lóbrego día
de un año perdido y bastante raro –quizá bisiesto.
No son ningún tipo de diario, más bien una agonía

que, sutilmente repartida entre las infinitas voces


que alberga este estar tan precario,
pudieron hacer del considerable erario
de pávidas horas mal-habidas, saetas suficientemente veloces.

Son la completa e incondicional rendición del alma a lo triste


tras todo lo dicho, lo querido, lo escrito, descrito y pensado;
la derrota del no-acto ante el poderío de eso tan pesado

debajo de lo que llamé una vida; una aparente epifanía que insiste
en doblegarme, en hacer de mí la cosa que las lapida,
lo que redactando-les niega su “por-qué”. Su pasión insípida.

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Si es que deseas figurar ruidosamente en los anales de la historia deberás hacerte


pronto a la mayor cantidad de enemigos y detractores que te sea
humanamente posible.

Poeta: si lees más libros de la cuenta terminaras siendo degradado a ensayista.

Redactor: si sientes más de la cuenta serás degradado a poeta.

El acto de creación de las pequeñas bellezas del mundo conmemora la única


creación que sinceramente ha sido; supone por ello un colosal estallido de
irrealidad, que logra -cuando menos- hacer girar bruscamente al
Engranaje. Y, sin embargo, no pocas veces preferirá el demiurgo emplear
sus magnas energías en charlar con lo sacos de piel-y-hueso que abundan-
de-ambulantes por ahí.
Si yo desollase vivo a algún querido-fraterno, la falta de barreras –o aun siquiera
de las imposibilidades necesarias-, me robaría toda la infamante
satisfacción de una supuesta maldad que pudiera por tales medios quedar
en mí sofocada. No se llevará a cabo, pues sería un acto tan natural y obvio
como rascarse un escozor largamente atorado, sólo que agregando una
algarabía insoportable alrededor del que se rasca para que lo suspenda la
torpeza de su fascinación.

La realidad es la más triste de las fantasías evocadas.

Amo tanto la vida, sus sitios inagotables; cada molécula, cada criatura; si pienso
en matarme es sólo por eso.

La belleza no está contenida en ninguna estética; en ninguna treta, ningún


ademán, ningún catecismo; ¡belleza es siempre convulsión! ¡Fiebre!
¡Fastidio!

El camino de las letras más negras es el de la grandeza que no se verá, ésa que va
adornada con excesos misceláneos de bellaquería -y de auto-punición.

Es preciso ser un autor triste de traducir.

Al interior de mi interior habito un cuerpo incorpóreo que no podría soñarme.

Es época para sublevarse; hay que adiestrar la máquina hasta la última


consecuencia; ¡no quererla!, ni condicionarla: no acceder a nada que no
sea la doma, doblegando su ausente-presencia con brutalidad.

Pobre de aquel que no se basta a sí mismo, pues el infierno de la soledad prolifera


en su interior.

Ésta es la era del demonio; el demonio, mismo de todas las épocas, tiene hoy en
nosotros su gran momento -es casi una cuestión astrológica, de esas que
lee uno en periódicos gratuitos. Por eso nada que no sea dicho en su lengua
podrá ser comprendido por la porción de la humanidad que nuestro tiempo
consume vorazmente.

He identificado todas mis voces interiores. Ya no tengo censuras mentales,


conozco la totalidad de mis pensamientos. Podría anotar la mejor historia
del mundo, pero mejor no.

¿Las cosas de la vida, muchacho?... La vida no tiene cosas, más bien las cosas
tienen vida. Ergo: la vida es una mierda sin objeto porque los objetos se
robaron la vida. Si queda vida es la que vayamos pudiendo arrebatar a las
cosas.
Esta lucidez inviolable, estado de sobriedad que desenmascara toda posible
alcoholemia… ¡Es el asco mismo…, el don del arrepentimiento!

Muerte es oquedad en la salida y estallido de ficción en la meta; y así parecido es


Amor, que es ausencia en la base y desencuentro en la punta.

Tristeza…, enorme e infinita Tristeza… -La Belleza es casi tan de digna como tú.

La promiscuidad es tan costosa…, y la abstinencia tan tediosa.

El ascetismo es el segundo peor derrotismo del hálito vital; el primero: la


entelequia.

Soy necio y, no me resisto: un ángel podría intentar abducirme repentinamente.

Más allá de los altares de la muerte hay una cuna que contiene todos los paraísos
hipotéticos.

Primero me hice útil a mí mismo; luego me volví invulnerable a toda ganancia.

Antes no tenía nada, ahora tengo al inmenso vacío de saber que nada tengo.

Subsumido en la pena más nítida mi dicha es la dicha del mundo. -Yo te quiero
-me decía el mundo; y -yo te necesito-, me decía la pena.

En el mundo de las malformaciones altaneras, donde ser monstruoso es la norma


general, todo fue tan perfecto que, hasta yo, aparentemente menos viciado
que ésos-otros (los-monstruos), quedé atorado tal cual soy: un Primor-sito,
toda una Excrecencia en la cara del terreno o, una Ingenua y Esbelta
Candidez.

Hacer historia es matar el tiempo, contarla, perderlo.

Una buena paráfrasis para la famosa máxima del oscuro de Éfeso sería: Nada es
exactamente lo mismo en más de una ocasión; o al menos no de la misma
manera.

Hoy, mientras veía el movimiento de la sangre putrefacta con que me dejó


manchados los calzones anoche, pensaba en que no le pertenezco a ella
más de lo que le pertenezco al malva de la mancha de plasma-
descompuesto estampada sobre mis calzones Montpellier de franjas
blancas y negras…

Me he estado quemando las nalgas con la mierda de la vida, pero sólo será hasta
que logre sacudirme, patear y chillar estruendosamente; entonces, mi
madre adorada, la Inercia, vendrá corriendo-amorosa a cambiarme el
pañal.
La siguiente es una verdad universal y eterna: nada de lo que existe lo hace más
que en la medida de que ocupa, malea, delimita y circunscribe la nada; la
nada pre-existe, contiene y desborda la realidad a que llamamos existencia;
de esto se saca -no por conclusión, sino como la totalidad de lo que
retuvieron las posibilidades figurativas de que disponemos-, que el vacío
es a lo extenso lo que el elefante a la hormiga.

Más de una vez creí dar perlas a los cerdos, pero yo también era un cerdo, y las
perlas no se comían; tan inútiles como las conchas: sólo sirve la carne, la
pulpa; las vísceras de la almeja o de algún perro; entrañas de médico o de
prostituta, o las gónadas de otro cerdo, o cualquier otra apetitosa delicia
que usted -en tanto a puerco- pueda quererse engullir.

El amor es la necesidad de hacer coincidir ciertas cosas del mundo con


determinadas imágenes mentales. No se puede escoger qué cosas serán
transformadas, pero sí –con algo de práctica- el tipo de imágenes con las
que ha de ser confeccionado el envoltorio.

Llevado a los templos de la inversión oprimí la cera, calé el asfalto y, fui mi


propio asesino; el amante de mis disoluciones, mi propio hornillo -ogro
dormido, templo deshabitado. Fui mi maestro y mi profanador, mi catedral
inundada y la arcilla terrosa de Adám –y mi propia sillita.

Todo lo que escribo es sólo un conjunto de quejas contra la imposibilidad de decir


lo que siento que pienso en realidad. Mi prosa es basura quejosa, saturada
de dolores y gestos maltrechos de auto-complacencia, pero mi alma -oh
alma mía-, ¡divinidad abscóndita, inefable, gloriosa por jamás haber sido
vista o, aun presentida!, es un poema largo y resplandeciente; y una ilusión
elevándose con gusto hacia el espacio monstruoso del olvido.

El verdadero satanista sabe que su enemigo no es el Cristo. No lo es la oveja de


ninguno de los rebaños, ningún sacerdote o su iglesia mohína. El enemigo
es eso que soy donde me hago sueño y muerte; ése que fui sin saberlo
desde antes del alba de los tiempos.

¡Grandes y geniales hipócritas: qué cuantiosas serán vuestras galas! Con infamia
suficiente podréis regocijaros a placer; postergando impunemente el
divagar de vuestros restos no-animados.

Los dioses sólo pueden crear en la dilatación de su feminidad. Los dioses sólo
pueden ejercer en la voracidad de su hombría. -Y sólo pueden ser en las
memorias perecederas…, aún siendo inmortales.

Bien sea la propia-o aún la ajena-, se ama mucho a toda física mierda, mientras
finja algún tipo de belleza, y sea tediosa de contemplar
En el culmen del hastío, epítome de todos los destinos, sólo apéndices y esfínteres
serán nuestra compañía.

Entonces sabremos cuán amigos fueron en realidad; cuánto supusieron en verdad


los otros mientras intentábamos extender esa línea insensata hacia unos
cielos deshabitados.

En este sueño recurrente, soy un templo enorme, al que debido a la ausencia de


sacerdote nadie quiere profanar.

Espero-con infantil ansiedad-, dejar de ser fruta magullada. Para que alguien me
compre y poder ser finalmente, engullido y olvidado.

Es posible sentirse fantasmagórico, aún cuando odiarse sea tan sencillo como
odiar a cualquier otro.

He sonreído con fuerza y, a pesar de hallarme encerrado al interior brumoso de mi


propia cabeza, pude ver la tontez flamante de mi expresión; y entonces
supe que me encontraba en todos los lugares a la vez.

Porfirio, a despecho de tu inocencia febril, yo sólo conseguí ser un Adán sin Eva;
y más allá de las irrigaciones del Pisón, el Guiñón, el Hidekel y el Eufrates
asirio, cultivé las hierbas de helios; fui entonces una Lilith sin su Caín
bien-amado.

Se aminoran los dolores desaparece el placer con ellos; extintos ambos sólo queda
el aburrimiento, que resonando a la perfección con la nada-principal
componente de todas las cosas, hala con una tracción increíble; como una
caída infinita que aguarda tras un risco irreal.

La luz que atada al tobillo, arrastra al apolíneo lucifer a cuestas, es todo el


conocimiento que Dios- en forma laboriosa y extática-, ha logrado obtener
sobre sí mismo.

Ujier de todas las desgracia, me tambaleé por las callejas monocordes, inhalé por
las orejas y bebí nasalmente; hice todo lo que no quería, todo y…,
después…Buenas pestes y alegorías.

Quien suele aguardar en cada situación, el más funesto desenlace posible, nunca le
va pero de lo que esperó, su existencia se llena de dádivas (parafraseando
ciertas sabidurías maternales).

He cavado una tumba de doce pies esperando hallar a Dios en su fondo. ¿le he
hallado? Y, de no ser, ¿acaso lo lamento?
La pezuña caprina de Satán es la impresión de Dios de estar con vida, tanto como
su necesidad imaginaria de ser libre de la propia esencia; eso a lo que
Blake solía llamar “la lujuria del chivo”

La inmensidad no es algo de lo que pueda vanagloriarme. Sí lo es en cambio la


infinitud de mi pequeñez... ¿por qué mi cara proyecta mucha más nobleza
que mi espíritu? ¿Será ésta acaso, todo lo que nos resta?

Regodéate con tu vieja hipocresía, y que al mirar hacia el suelo sediento, sean los
cielos sonrosados los que se abran para ti.

No es como si las calles fueran insufribles, los días intransitables. No hay ninguna
queja. Ninguna acusación.

Todos vosotros, «que me miráis estupefactos» desde esquinas inagotables: sé que


es debo con fuerza; por más que graznéis las más negras perturbaciones,
¡lo sé!.

Estamos ya cansados de ir tapizando la senda de la eternidad, con gruesos


eslabones, que, aunque estén rotos y huecos, pesan una infinidad.-Afirma
quejosa pero segura una caterva de perros multicolores, desde la mesa de
al lado.

Una época distinta permite nuevas influencias; formas y visiones nuevas; nuevos
contratos y nuevas constancias. Es por eso que jamás aparece nada
significativamente novedoso.

De cualquier recto purulento puede succionarse la verdad suprema del universo,


todo se trata de sorber con amor y fuerza suficientes.

Mis dioses son sin rostro; su mística es la del “paraíso artificial” del día; su iglesia
la acera o el lupanar; sus libaciones son el cerumen y el esmegma…, y sus
mitos…, son los-de-cualquier-crianza; la sal del supersticiosos, el diablo
de los depauperados, y el titán de los griegos sodomíticos. Pueden
representarse de todas las formas; si símbolo es cualquiera; toda imagen
les sirve porque ningún rostro conocido les pertenece.

Como un Descartes cualquiera yo también creí ver el dedo de dios empujando las
cosas. Pero a mí no me movía. Puesto fuera de la inercia divina.
Permanezco inamovible.

Las opciones verosímiles rara vez suelen ser las más acertadas.

En el fondo, todo retórico consumado no pretende más que propagar su


enfermedad sobre todos esos a los que llaman caudillos.
Los perros sarnosos, los mendigos, y toda lepra notoria, no debería ser
considerada en exceso… tales fruslerías tratan siempre de hurtar tu
padecer, que es lo único sublime que al final podría quedarte.

Buscaré mi propia ramera única y particular, una ligada a mí por filia.

-Y allí las Moiras te dirán: Tú, alma de sierpe, prueba lo que un día en sueños te
fue ofrendado; zigzaguea extendiéndote en derredor al cuello elástico del
firmamento virginal.

Principios contrarios son propicios a ciclos y ruedas; pero la unicidad es lo único


realmente posible.

-Hombre: Vuelve a ser animal y el dolor será más llevadero; hasta mineral, y
desaparecerá por completo.

Todo bardo es siempre un ángel. sea que ascienda triunfal desde el Aqueronte, o
lo que se lance en picada desde los céphiros supraterrenos, al final, es el
capricho insolente de las deidades el que se encarga de enaltecer su gloria,
o de despedazarlo contra peñascos filosos; es la fatalidad divina la que
permite su sonoridad y armonía características a cada lira esgrimida.
Mientras tanto afuera, mucho más allá del poeta y su canto, con toda la
tragedia requerida bien dispuesta, el lienzo fantástico de la historiase
pliega confuso en nudos y enredos.

En los amaneceres nucleares, mientras me sirvo de soles, aplasta el pecho un


rancio reproche y como extracción de un molar infecto, lo arranco de esta
constitución exasperante.

No deberíamos otorgar sexo ni edad a los zumos que optimizan las percepciones.
El único criterio de discriminación será el humor inmutable con que un
elemental determinado desee atropellarnos, en un instante espontáneo, y
casi al alcance de lo que hemos nombrado “elección”.

En el comienzo todo era tedio. Luego hubo millares de espejos plateados. Y el


tedio fue trasto…Y fue homúnculo.

Hubo un instante en que las cosas y sus significados fueron inseparables. Ahora
no quedan suficientes significaciones en ningún sistema de códigos como
para poder llegar a decir algo ínfimamente aportante.

Por único linaje digno de orgullo reconoceremos la simiente corrupta del ibérico
sanguinario y avaricioso; del sarraceno resentido y oprimido; del indio
cansino y vicioso.
Cada filamento resplandeciente que sale a flote, escapando del espíritu a lo
corpóreo, es únicamente el manifiesto de un pesar ambiguo al que ninguna
luminiscencia del universo puede obligar a refractarse.

Es posible “estar solo”, mientras que no lo es “ser solamente”. Todo ello pierde
por completo el sentido si se piensa en forma anglosajona. Si no puede
pensarse igual en todas las lenguas, es una argucia garantizada.

Por áridas sendas vais contentos y supercheros, tratando entre cada traspié el tema
espinoso de los infiernos. “La diatriba infernal”-dice uno-, “el
apocatástais”-gritan oros con cara de jumento. Mas poco o nada saben, ya
que el averno no es lugar ni símbolo, sino más bien algún tipo de
padecimiento vital agudo, una desazón en el devenir. Empero. No es esta
la verdadera dificultad que su bramido antagónico encarna; todo embarga
y remite a su naturaleza eclesial y es el morbo atroz de sus condenados-
creencia profunda en el- lo que da su peso corpóreo, tangible e inminente-
que os quita toda posibilidad de sustraeros.

Ninguna gota de agua cae exactamente en el mismo punto y, no obstante, tras


unos pocos minutos de llovizna todo el terreno aparece mojado; así mismo
sucede con lo que humanamente llamamos individualidad.

Si valiéndome de artilugios-fingiendo las moralidades adecuadas- frecuentase


algún doncel o, alguna fina dama, será siempre un fastidio caer en cortejos.

-Incapaz de hacer pública su profunda infamia, el corazón se retuerce; quema


como la sarna, y se hace más aconsejable arrancarse la entrepierna
mientras que aquel airecillo de un odio sereno sique postergándose tras las
pupilas.

Sabemos de buena fuente- y por principios generales- que toda sensación orgánica
es un bello y sutil engaño. -Y dado que hay engaños mejores que otros-los
sentires del ensueño se vestirán como la falacia más plausible.

Hijo de lo que suele ser sempiterno, es interminable la nadeidad que me


circunscribe a los engranajes de la creación.

Cada gota de hierro rojo e infecto, fue tanto gozo como amargura; en decapitar
constante,-cimitarra de los vientos sacros- podrías haber cercenado todos
los miembros impíos. La voluptuosidad impecable de la tierra santa, es
sólo para los extraños del gusano airoso; más, a la vista del combatiente, el
vermis sólo se torna visible al contemplar la herida mortal. Que la disputa
conlleva fútilmente.

Silfos en la mente como ruido de la boca…, como letras de mis dedos…, como
heces en el suelo.
La suerte te ha jugado una mala pasada «oh prójimo, oh congénere» , haciendo de
tu anatomía monstruosa por constitución; lúgubre estandarte, bizarría en la
bizarrez serás para nuestra causa. Tu fealdad, santa anomalía será tu
escudo…; y tu horror, la redención nuestra frente a una estética inaudita,
más antigua que el mundo, y que nos pertenece por obligación a todos.

Los éteres que nos dan el origen y el sustento son a la vez ponzoña que nos oxida
y mata. Da la impresión de que fenecer fuera el único acto noble y posible
manumisión.

Citando la paráfrasis proverbial de un famoso conferencista: “si vis vitam, para


mortem”.