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LA BELLEZA: UN TEMA URGENTE

SUGERENCIAS PARA UN CURSO BREVE DE ESTÉTICA

Versión corregida y completada en febrero de 2016


Original: Ed. Logos-Ed. Promesa, febrero de 2013

Indice analítico

Nota a la nueva edición


Introducción

I. Alguna explicación de la urgencia

a) porque necesitamos disfrutar, y eso nos lo da la belleza;


b) porque no es fácil distinguir donde realmente está;
c) porque vivimos apurados y atraídos por lo inmediato: es fácil el
engaño;
d) porque la belleza, muchas veces, es expresamente rechazada;
e) porque está comprometido el sentido de la libertad y, por tanto la
dignidad de la persona;
f) porque en el acto de ser, primero hay amor.

II. En torno a los ámbitos de belleza


2

a) las bellezas divinas;


b) el buen obrar humano;
c) la naturaleza física;
d) el hacer humano y sus resultados;
e) el entretenimiento.

III. Los primeros pasos ante el panorama

a) abrirse a la trascendencia;
b) aceptar la posibilidad del acceso a lo que las cosas son de suyo: al ser, a
la verdad y al bien;
c) el fomento de la actitud contemplativa;
d) la aceptación de los propios límites y,
e) en consecuencia, de la ayuda de otros.

IV. Sobre el encuentro con la belleza

a) Las facultades del hombre que se comprometen en el acceso a la belleza:


cuáles y cómo.
b) La belleza prepara y lleva al bien: es “medial”. Contemplación en la
belleza (descanso, entusiasmo y catarsis), y búsqueda y posesión en el bien
(fin).
c) Objetividad de la belleza: el acto de ser y la participación;
d) objetividad de la belleza: perfección en esa realidad y proporcionalidad
al alma humana y sus requerimientos.
e) Aspectos de la subjetividad de la belleza,
f) y, concretamente, el tema del gusto.
g) La fragilidad de la belleza y la posibilidad de engaños y desperdicios.
h) Síntesis de los desafíos para encontrar más belleza.
3

i) La misteriosa belleza del dolor. La situación de la fealdad.

V. Consideraciones sobre la belleza en el arte

1) El lugar del arte en la búsqueda y percepción de la belleza

a) No es el principal ámbito para buscar belleza.


b) El papel del arte en la antigüedad, en el medioevo y en la modernidad.
c) Algunas consecuencias del análisis filosófico de la modernidad:
- el distanciamiento entre la verdad, el bien y la belleza;
- el crecimiento de la función del artista;
- la influencia del concepto de libertad como “autonomía” en la
tarea artística.
d) Aportes y desafíos.

2) Sobre el fin del arte

a) En el artista.
b) En la obra de arte.
c) Imposibilidad de la belleza en la inducción o aliento al mal objetivo:
contenido y forma.

3) Arte y realidad.

a) Qué hace el artista con la realidad;


b) Síntesis histórica de la relación artista-realidad.
c) El artista y la conciencia de un don que ha recibido.

4) Arte y postmodernidad
4

a) Una explicación del desarrollo de algunas artes desde la mitad del siglo
XX en adelante.
b) La importancia de las pantallas (PC, celulares, internet, TV).

VI. La responsabilidad del artista

a) ha de procurar servir, enriquecer, y a través de aspectos especialmente


delicados y vulnerables: imaginación, sensibilidad;
b) nueve sugerencias para el enriquecimiento en calidad del artista.

VII. Anotaciones sobre la belleza en la música

a) Por qué es un tema que necesita especial análisis.


b) Discernimiento del placer veritativo para distinguir lo más o menos
valioso.
c) la calidad objetiva en la elaboración y presentación de la partitura;
d) el resultado subjetivo: el gozo proporcional a los requerimientos
genuinos del alma humana para enriquecerse;
e) el papel del sistema tonal y su oferta en la música académica y popular
hasta principios del siglo XX;
f) la enorme riqueza musical de la primera mitad del siglo XX;
g) anotaciones sobre la música académica más reciente;
h) y sobre la llamada música popular.

VIII. Algunas sugerencias para el mejor aprecio de la belleza


5

A modo de síntesis:
a) la necesidad de la apertura a Dios;
b) educar la sensibilidad;
c) ilustración;
d) prudencia en los conceptos y juicios;
e) valentía;
f) paciencia, volver;
g) aceptación de niveles, de grados;
h) compartir
i) esperanza; facilita la felicidad;
j) analogía con el dolor.

IX. Fe y belleza

a) La irrefrenable necesidad de trascender.


b) La contemplación desde la fe cristiana enriquece la belleza,
c) la amplía, y
d) ayuda a ordenar los ámbitos de belleza.
e) Consideraciones sobre la fe de otras tradiciones religiosas y la belleza.
f) Sobre la belleza y la negación o el ocultamiento de Dios: qué pasa con lo
ofrecido desde los planes sucedáneos de salvación.
g) El aporte del hábito de la valoración de la belleza en la vida de fe.
h) La “purificación de la fuente”-en el autor y el receptor- como objetivo.

X. A modo de resumen

Apéndice: otros comentarios y en poemas elementales


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Nota a la nueva edición

Se ha hecho una revisión completa del texto de 2013 y se presenta con un índice nuevo y
una subtitulación didáctica de los contenidos que puede ser muy útil para su lectura y
transmisión. Pero, sobre todo, hay abundantes cambios y añadidos en la introducción y distintos
capítulos. Son especialmente importantes los nuevos planteos en los capítulos I, IV, VI, VIII y
X. Pido al lector que olvide el texto anterior…
Mientras se concluía la revisión del libro de 2013, llegó ese monumento doctrinal –
Laudato si- que el Papa Francisco envió a todos los hombres que habitamos la tierra. Por
supuesto, es fundamental –en cualquier análisis cultural de hoy- la lectura de ese texto. Me ha
parecido prácticamente imposible citar el documento: todo lo que digo está dentro de lo que se
explica en Laudato si con un nivel mucho más alto, completo. Que sirva también este comentario
para animar a la lectura pausada del documento pontificio.

Introducción
7

Este ensayo tiene el propósito de divulgar ideas de fondo para acercarse más
conscientemente a la maravillosa belleza que se nos propone a cada paso. Si no procuramos
elaborar un marco teórico más o menos claro y serio a los temas que nos ocupan, caemos en
improvisaciones lamentables.
Quieren ser una invitación al diálogo sereno, abierto y profundo de todo lo que se afirma.
El trabajo se ha hecho desde un compromiso sincero con la naturaleza de las cosas, convencido
de que el pensamiento y la vida a lo largo de los siglos nos han acercado suficiente y
probadamente a ella. Por otro parte, escribo desde mi convicción cristiana, sostenida por el
estudio y también por años –no pocos- de experiencia muy positiva de sus resultados en la vida
personal y en la de muchísimas personas.
El propósito es de divulgación, de ayudar al acceso más pausado a los asuntos. No hay
intento de investigación sino de ayudar a pensar, discernir y gozar.
Por lo dicho, se entrecruzan en los distintos capítulos la filosofía, la teología y la
experiencia vivida. Procuro ser llano al abordar los asuntos: no sé si lo consigo; de todas maneras
en las notas se hace referencia a textos básicos que pueden ayudar al lector a la comprensión de
algunos conceptos. Aclaro que en el capítulo IX, las convicciones de fe se convierten en
protagonistas principales.

El subtítulo anima a un fin práctico: el intento es que estas páginas sirvan para dar un
breve curso sobre el tema. La propuesta es que los que quieran aprovechar el texto vayan
leyendo y el profesor acompañe e ilustre después -de manera interactiva- los puntos leídos.
Sugiero detenerse primero, y atentamente, en el índice analítico, que se ofrece como “hoja
de ruta” para el lector. Y será muy conveniente tenerlo siempre cerca. Los cuatro primeros
capítulos y los tres últimos se refieren a la belleza en general; los restantes intentan acercarse a
su análisis sencillo en el arte.

El libro puede ser útil en los estudios que tienen directa relación con la materia –todas las
ramas del arte, la comunicación, la moda y todo tipo de diseño- y para las personas que anhelen
avanzar en su tarea de educadores y en su formación cultural; y también en el entretenimiento y
el uso del tiempo libre.
8

Escribo con convicciones que he procurado fundamentar y enriquecer a lo largo de años.


Lo he hecho desde la apertura y el diálogo con visiones muy diferentes. Intento tratarlas con
seriedad y con sinceridad. Por eso añado un deseo muy vivo. Que lean el libro personas que
parten de otros “horizontes hermenéuticos”, que tienen distintas maneras de encarar estos temas.
Pienso que el interés por lo distinto es necesario para el diálogo cultural de siempre.
Quiere ser, por tanto, un texto para pensar y estudiar este asunto difícil y provocar
diálogos con quienes lo lean. Espero lograrlo, porque el tema tiene mucho que ver con la vida
buena.

Se ha intentado exponer el fundamento real de la belleza y, desde allí, llegar a su lugar en


el arte y en el artista. Han ido surgiendo, entonces, ideas para que se proponga más a fondo y
sistemáticamente lo que en las páginas se va esbozando: una suerte de ética profesional del
artista. La responsabilidad implica una ética, y una ética social, no solo personal. Es lo que ha
motivado el estudio de la ética de los negocios, de los profesionales de la salud, de los políticos,
de los abogados y jueces, de los comunicadores o periodistas, de los técnicos e ingenieros, de los
deportistas. Se impone, pienso, el diálogo y el tratamiento de la ética del artista. Se calificará
como algo imposible, y más, “ridículo”. Sin embargo, lo considero difícil, pero necesario. Tiene,
lógicamente, muchas peculiaridades, y en el libro se anuncian bastantes que convendrá ahondar y
con orden y sistema. El sentido profundo de la libertad y su realización en el amor verdadero
serán base muy principal de esa tarea, en la que será importante recordar el antiguo consejo
clásico: “la mente no necesita ser rellenada como si fuera un recipiente: precisa de una chispa
que la encienda y le dé impulso para buscar la verdad y amarla ardientemente” (Plutarco, El arte
de escuchar). No es labor sencilla procurar que se encienda esa chispa, pero parece muy
necesaria la paciencia en el intento: especialmente en el ámbito artístico, tan lleno de
sensibilidad.

El texto no es más que un resumen de lecturas y de observaciones que han surgido de


ellas y, sobre todo, de la experiencia cotidiana del que escribe y sus andanzas en busca del
sentido de tanta belleza encontrada. Se disculpará que no se canse al lector con una lista de
autores leídos. Muchos aparecen en el texto o en las citas. La facilidad de acceso a tanta
9

información que se tiene hoy por medios digitales puede servir también como explicación y
disculpa.

Tampoco he procurado seguir la historia del pensamiento sobre la belleza. Si el anhelo es


ayudar al acceso a las cosas bellas, quizás resulte más claro y eficaz para el fin didáctico del
discurso más que detenerse en el origen de las ideas –los nombres, los enfoques concretos-, el
intentar fundirlas en la exposición, luego de conocerlas. Es una opción.

Muchas afirmaciones pueden parecer obvias o demasiado sencillas, pero pienso que
conviene decirlas.

Para ayudar al lector, se hace referencia a distintas obras de arte: en el texto o en notas a
pie de página. La ilustración sensible es siempre necesaria en este tema.

Aunque las notas son abundantes, pienso que es importante su lectura: se hará más lenta,
pero también más eficaz.

Si la lectura ordenada del libro –capítulo tras capítulo- cansa al lector, se le sugiere
hacerla desordenada: un tema le llevará a otro, y así quizás se anime a ir buscando la unidad del
argumento: es un camino posible. En los capítulos VI y VIII hay bastante de recopilación y
resumen de lo visto antes y quizás permiten un uso más independiente del resto.

Al final se ofrecen unos poemas elementales del autor que ilustran temas tratados en el
texto.

Gabriel Dondo
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Capítulo I. Alguna explicación de la urgencia

¿Por qué es la belleza un tema urgente?

Una primera razón, elemental: porque necesitamos belleza, como el aire para respirar; el
hombre no puede estar mucho tiempo sin delectación1, sin deleite, sin disfrutar, y eso es lo que
ofrece lo que llamamos “belleza”. Lo necesita la inteligencia, el corazón, la capacidad de querer,
cada uno de los sentidos: la memoria, la imaginación, la vista, el oído, el gusto...: todo el
hombre, en cada una de sus aptitudes. Ya lo han dicho los clásicos: la buena educación consiste
en complacerse como es debido; esto es: buscar con seriedad y honradez lo bueno y procurar
hacerlo cada vez con más gusto2.
Si no se goza con las realidades espirituales, las que tienen más valor porque facilitan
crecer en el conocimiento y en el amor, en la riqueza interior, las que ayudan a trascender, habrá
un descenso: se irá empobreciendo la misma capacidad, que se dispersará en lo efímero, lo que
otorga beneficio inmediato, lo de menos peso. Lo efímero está más cerca: es lo más fácil y
gratificante sin esfuerzos.
La íntima insatisfacción que genera –tarde o temprano- ese detenerse en lo que es débil
por naturaleza para llenar las ansias reales del hombre, sería la señal del fracaso De alguna
manera, seguiremos añorando y mucho, aunque las apariencias sean otras. No basta el deleite en
niveles solo útiles o de rendimiento práctico: hay necesidad de apuntar a lo más grande; a lo que
acerque al absoluto, para la vida lograda: estamos hablando, nada menos, de lo que queremos
hacer con nuestra vida…

1 Dejemos exclamar con tono negativo y desgarrado a Maritain, al referirse al vivir sin pausas en el mundo
exageradamente mecanizado: puesto que no podemos vivir sin delectación, los hombres no tienen otro recurso sino
el de aquellas artes y placeres que satisfacen “la bruta curiosidad de un animal”, tanto mejores cuanto mayor
estupefacción y olvido sean capaces de producir, cual un sustituto de la ataraxia de los epicúreos. No hay que
admirarse, pues, de que los otros géneros de drogas que van desde el alcohol o la marihuana hasta el culto de la
Venus carnal, ocupen un lugar cada vez más importante en el proceso de compensación” Pero luego anima con esta
afirmación: “Mas el proceso de deshumanización a que acabo de aludir puede ser vencido; el arte a este respecto
tiene una misión importante que cumplir, pues es el arte el poder más natural de curación y el agente de
espiritualización que necesita la comunidad humana”. Maritain, Jacques, La poesía y el arte, Ed Emecé, Buenos
Aires, 1955, pág 229.
2 “La virtud moral –explica Aristóteles- tiene que ver con placeres y dolores, porque por causa del placer hacemos

lo malo y por causa del dolor nos apartamos del bien. De allí la necesidad de haber sido educado de cierto modo ya
desde jóvenes, como dice Platón, para poder complacerse y dolerse como es debido; en eso consiste, en efecto, la
buena educación” El subrayado es mío. Cfr. Ética a Nicómaco, 1140b 9-15.
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Podrá argumentarse que hay personas que –por limitaciones naturales- no añoran sino lo
mínimo o liviano. Es cierto, pero allí aparece el desafío y la oportunidad de acompañar al posible
crecimiento de esas personas. Tienen derecho a que procuremos ayudarles a apuntar a los bienes
más valiosos y saludables. Ser persona implica afrontar las relaciones con los otros como actos
de servicio: da la impresión de que se trata de una afirmación compartida por todo el que piense
con calma sobre la realidad.
Encontramos aquí razones que confirman la urgencia de buscar belleza:
- necesitamos gozar, deleitarnos, disfrutar;
- hay bienes que posibilitan más el enriquecimiento del hombre,
- y –además del empeño personal- parece necesario acompañar a los demás en esa
búsqueda.

En segundo lugar, urge el tema por algo sugerido en el párrafo anterior y que ahora
explicamos más: porque es normal que no nos aclaremos sobre dónde reside o puede estar esa
belleza. La necesitamos pero, como no sabemos muy bien dónde está, nos instalamos en lo que
aparece en la fugacidad del momento, y con poco análisis o valoración.
Para avanzar en la identificación de algo tan necesario, se me permitirá partir de un
supuesto que brota de la consideración natural de las cosas y que tiene también sabor clásico: la
belleza es esplendor o resplandor de la verdad y el bien. Se relaciona con lo que las cosas son de
suyo y con el deseo o apetito que despierta esa realidad: a eso llamamos verdad y bien. 3 En el
fondo, gustar de lo bello es amar la verdad y el bien que se nos ofrece y nos rodea. Algo
irrenunciable para todo ser humano.
Del bien que me llame por su atractivo, su resplandor, su belleza, y al que me adhiera y
yo persiga, surgirá mi desarrollo en la vida. Nos modelamos según unos objetivos, aunque sean
débiles, medio conscientes, no totalmente claros… Siempre hay finalidad en la acción humana, y
necesitamos que aquello que tiene razón de fin nos “agrade”. Por eso se puede afirmar que en la
base de toda vida, hay una opción estética… De mi encuentro sincero, veraz, valiente, profundo

3 Un comentario de Gadamer: “…la esencia de lo bello no estriba en su contraposición a la realidad, sino que la
belleza, por muy inesperadamente que pueda salirnos al encuentro, es una suerte de garantía de que, en medio de
todo el caos de lo real, en medio de todas sus perfecciones, sus maldades, sus finalidades y parcialidades, en medio
de todos sus fatales embrollos, la verdad no está en una lejanía inalcanzable, sino que nos sale al encuentro”. En
La actualidad de lo bello, Paidós, 1996, pág. 52.
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–no banal, epidérmico- con la belleza; de que ese encuentro sea acertado, dé en el blanco, y de
mi nivel de adhesión a ella, depende cómo me iré construyendo con el paso de los días.
Y no todo vale: basta con observar los resultados prácticos -en la vida- de los fines
elegidos: hay que procurar dar en el blanco o lo más cerca posible. Las vidas comprometidas en
ideales altos y de servicio genuino se distinguen y llenan de esperanza y entusiasmo. Da pena
advertir, por otra parte, la proliferación de aburrimientos, mediocridades, dramas,
desesperaciones, fracasos, calamidades humanas, producidas por la miserable sustentación en la
ausencia o la simple “nada”, en la sublimación del yo: el “todo vale” que comentábamos. Insisto
que no parece justo refugiarse en razones superficiales de “menores exigencias” por falta de
inclinaciones naturales en tantas personas: “son así”; “no pidamos más e inútilmente”… No se
trata, pienso, de seguir con esa tendencia de “nivelar para abajo”, reduciendo la calidad de la
oferta. Es una ofensa a la persona, a su libertad y dignidad: un atentado a su derecho a la
felicidad. Se le procura contentar con “pan y circo” y de nivel primario y con fines de mercado o
de poder. Si todo esto no se quiere calificar de manipulación, habrá que buscar una terminología
alternativa.
Es crucial, urge –entonces- la tarea de discernir la belleza en la realidad, porque ha de
intervenir e interviene, de hecho y de alguna manera, en todas nuestras decisiones. Y para
distinguirla, sugerimos –entonces- una primera convicción: decidirse a no separarla de la
verdad y del bien; se insistirá en el tema a lo largo de estas páginas. Si la belleza queda como
simple revestimiento o caparazón, y no hay una seria opción y tarea de enraizarla en esa
sustentación sólida, la situación normal será vivir engañados por espejismos: viviremos
“comprando” simples trastos y cosas brillosas –que solo entretienen- y pagando con el oro y la
plata de nuestras reales potencialidades, que así quedan notoriamente rebajadas.4

¿Más explicaciones de esta urgencia? Recordemos unos muy conocidos versos de Eliot5:

4 Un ejemplo claro y frecuente: la primacía que se da al discurso y a sus formas sobre el contenido. Como lo gestual
y los modos tienen prioridad en la comunicación, los sofistas abundan en nuestro mundo. La belleza circunscrita a
simple envoltorio –sin raigambre sólida: verdad, bien- es una simple trampa, y muy triste. En este país, en este
ámbito de la comunicación oral o escrita, a esas personas se les llama charlatanes, “macaneadores”, “verseros”…
Suelen existir sinónimos habituales en todas partes, y es aconsejable aprender a distinguirlos en la vida corriente y a
cuidarse de no convertirse en uno de ellos. Pido disculpas si resulta fuerte el tono que uso: lo hago para
recordármelo con viveza a mí mismo y con ánimo de animar al análisis personal en nuestra comunicación habitual.
5 Where is the wisdom we have lost in knowledge? Where is the knowledge we have lost in information? TS Eliot:

Coruses from “The Rock”.


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¿Dónde está la sabiduría


que se nos ha perdido en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento
que se nos ha perdido en información?

Con la brevedad, belleza y precisión del poeta, se dibuja la línea de fondo de la evolución
del trabajo de la inteligencia en la modernidad. Hoy andamos por el último verso: en la vida
entretenida por la novedad, la noticia; importa estar informados, tener datos, sumar novedades.
Saber no es sabiduría, es “estar enterados” y con el uso pronto de toda la tecnología posible.
Esta actitud tan generalizada, pone en serio riesgo el acceso a la verdad y al bien: la moda del
apuro y el encandilamiento diverso e inmediato, impide la pausa del conocimiento más profundo
de la realidad. Y lo que llega rápido es la cáscara, el revestimiento atractivo. Allí acceden de
modo primario las potencias humanas menores -los sentidos externos e internos-, y allí se queda
instalada muchas veces la belleza, en ese nivel frágil y de poca espesura. Cuesta pensar y
entonces llamo belleza a lo epidérmico, superficial: me quedo en la envoltura. Aquí sólo basta
enunciar el problema: es urgente el tema de la belleza, también porque nos movemos en el nivel
de la información, que se constituye en base fundamental –y tantas veces lamentable- de las
decisiones que se toman.
En el capítulo siguiente procuro distinguir algunos ámbitos de lo bello según su nivel.
Hay más y menos: es evidente. Si vivimos con el encantamiento habitual de la información, –sin
darnos mucha cuenta- vamos perdiendo mucha noticia de verdades más fuertes, y decrece la
calidad de vida. Por eso es urgente también aclararse sobre la belleza: porque hay mucho engaño
y limitación en la novedad inmediata, y nadie puede aceptar una vida llevada así por lo muchas
veces débil y engañoso, y no simplemente tolerado sino constituido en base de las decisiones. Se
impone con mucha facilidad la simpleza –o el drama- del prejuicio y de la moda.
Se podrá argumentar que ese acento en las formas, los modos, el método, también
significa una oportunidad de enaltecer ciertas virtudes que hacen a la buena convivencia. Es
cierto: en todo paso que damos los hombres, conviene rescatar lo positivo que puede haber allí.
Pero la fragilidad del planteamiento de fondo -¡la belleza es más que una caparazón amable!- nos
confirma en la urgencia de aclararnos en la necesaria sustentación de lo que calificamos como
bello y nos atrae.
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Otra razón para explicar la urgencia del tema: que en niveles importantes del
pensamiento rector y vigente –por ejemplo en el ambiente artístico- se fue llegando a una
expresa negación de la belleza. Es real, y procuraremos ilustrarlo más adelante, que para
bastantes personas “la belleza sólo es chuchería exótica del pasado burgués” 6. La sola palabra
produce rechazo. Si una realidad tan fuerte como el ideal de belleza, produce estas reacciones de
fondo y estos contrastes es porque es importante y porque está en crisis. Por eso también la
urgencia de estas páginas para invitar a distinguir más verazmente la belleza.

Una cuarta razón de lo apremiante del tema: queda comprometido el sentido de la


libertad y, por tanto, el respeto a la dignidad de la persona. Ratzinger, en “El espíritu de la
liturgia” lo explica con agudeza al hablar del arte, solo una dimensión de la belleza, pero
importante en la vida (lo subrayado es nuestro): “Creatividad” significa que, en un mundo
privado de sentido, al que se ha llegado por una evolución ciega, el hombre crea finalmente un
mundo nuevo y mejor, partiendo de sus propias fuerzas. En las modernas teorías del arte se alude
con ello a una forma nihilista de creación: el arte no debe imitar nada; la creatividad artística es
el libre gobierno del hombre, que no se ata a ninguna norma ni a finalidad alguna, y que tampoco
puede someterse a ninguna pregunta por el sentido. Puede que en estas visiones se perciba un
clamor de libertad que, en un mundo dominado por la técnica, se convierte en un grito de
socorro. El arte, así concebido, aparece como el último reducto de la libertad. El arte tiene que
ver con la libertad, eso es cierto. Pero la libertad así concebida está vacía: no libera, sino que deja
que aparezca la desesperación como la última palabra de la existencia humana”. 7 La libertad no
se puede identificar como independencia de todo vínculo. Volveremos periódicamente sobre este
diagnóstico de fondo.

Para dar otro paso –de síntesis, decisivo- en la búsqueda de las razones de la urgencia del
buen discernimiento de la belleza, comento algo más su raíz metafísica. El llamado acto de ser –
el actus essendi, que hace que los entes sean- tiene causa, la necesita. La casualidad, el azar no

6 von Balthasar, Hans Urs , Gloria. Una estética teológica. La percepción de la forma. Ed. Encuentro, Madrid,
1985, pág 22.
7 cfr. Ed. Cristiandad, Madrid, 4ª ed, 2007, pág. 210/11.
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bastan como explicación a una inteligencia seria. Por tanto, allí –en lo que es- hay don,
obsequio, y eso supone amor… Y quien entra con buen ánimo por el necesario camino de la
causalidad, llega a un principio que es último, incausado –un Ser supremo- y sabe, por tanto, que
ese regalo procede nada menos que de aquel absoluto que llamamos Dios.
Por eso, acceder al ser por parte del hombre es encontrarse primero con el brillo, el
esplendor que supone el amor que está allí, en esa realidad que tiene delante. Es convocado a
interesarse, a la actitud contemplativa, a la muy posible admiración y a un discernimiento que
suele conducir a la gratitud.8
Por tanto, desde el encuentro con la belleza en sus incalculables ámbitos –que
procuraremos recorrer en el próximo capítulo-, se inicia el conocimiento más completo de la
verdad y el deseo del bien y de comunicarlo, de darlo a conocer. 9
Por eso, la belleza tiene carácter de pórtico, de medio para el mejor acceso a la verdad y
el bien. Más que una propiedad adjetiva, la belleza es quien comienza, es el disparador del
camino hacia la naturaleza de las cosas. Se entiende, entonces, y en un nivel más profundo, que
la consideración de la belleza sea urgente y que su manipulación o relajamiento resulte trágico.

En resumen, resulta urgente aclararse sobre la belleza porque, en la práctica, en la vida,


la percibo como la primera de las propiedades del ser. Y esto quiere decir que, como el hombre
puede ser realmente feliz solo si se va adhiriendo con cada vez mayor firmeza a lo verdadero y
bueno, urge hacerlos amables, atractivos. La verdad y el bien deben resplandecer. Es importante
que asombren a la sensibilidad y la inteligencia y que impulsen al entusiasmo en la voluntad.
¿Cómo lograrlo? Es un tema de talento, y de comunicación y educación, que siempre exigen
especial esmero. Para ilustrar este asunto, sugiero la lectura de los poemas II, III y IV del
Apéndice.

8 “..si tomamos en serio el carácter trascendental de la belleza (…)toda la cognoscibilidad de lo bello habrá de
ponerse en la cuenta del actus essendi, y también habrá que acudir a él para explicar el placer, el agrado, que el
conocimiento de lo bello origina…” Y añade más adelante: cada uno de los actos de ser de los entes conserva en sí
su infinitud, que llamaría virtual, y que refleja la omniperfección de su Origen. Ese Origen , agrego, ese absoluto, es
el Dios que atisba la razón –antes, en rigor, que la fe- y que necesita llamarlo “providente”, amoroso al fin. Se cita
por primera vez el estudio importante de Tomás Melendo: Esbozo de una metafísica de la belleza, Cuadernos de
Anuario Filosófico, EUNSA, 2000, pág 39 y pág. 63.
9 Para el hombre que acepta a Dios, para el creyente, éste sería un fundamento metafísico de lo que San Josemaría

Escrivá de Balaguer enseña continuamente, y desde la teología, sobre la contemplación en medio del mundo. Esa
invitación a una permanente conversación con Dios se basa en la presencia de Dios en el alma (la Gracia) y también
en la realidad de la actuación incansable de Dios que regala el ser a todo y para ayudarnos a ser felices.
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Para terminar, añado un consejo que recibí de un lector de la anterior versión: sugiere que
se proponga en este comienzo un concepto de belleza. Es muy riesgoso atreverse con
“definiciones”: sugiero que el lector se detenga en lo explicado en las dos primeras razones de la
urgencia dadas al principio del capítulo. De todas maneras, ofrezco –para empezar- esta noción:
la belleza puede describirse como el resplandor de la verdad y el bien que, al ser encontrado por
el hombre, conmueve e invita a la contemplación y al gozo, al deleite.
17

Capítulo II. En torno a los ámbitos de belleza

Podemos entender –en estos primeros pasos- que belleza es esa dimensión de lo real, de
la realidad, que –al ser conocida- sorprende, asombra, y produce agrado, atracción, gusto.
Si nos referimos a lo real, habrá que aceptar que corresponde abrirse a todos sus aspectos,
que no se acaban en lo percibido por los sentidos, y tampoco en lo abarcado por la pura
inteligencia y la voluntad. No es justo rechazar a priori la realidad de lo no abarcable por las
medidas humanas y solo hallado por una creencia que resulte razonable10.

¿Cuáles serían, entonces, y por supuesto sin pretensión de agotarlos, los niveles de belleza
que se presentan a los hombres?

En primer lugar, las bellezas divinas. Hay múltiples tradiciones religiosas. Estas páginas
no están encaminadas a analizar y evaluar las peculiaridades de cada una de ellas: es un tema que
se estudia en otros ámbitos del saber. Sin omitir viajes para conocer tantos caminos que buscan a
Dios11, ofrezco la opción tomada: la tradición cristiana. El conjunto de esas realidades las
conocemos principalmente por lo transmitido en la llamada Revelación, que nos llega a través de
siglos y por fuentes que se analizan con probada seriedad crítica en los correspondientes
ambientes científicos y académicos12.
Para adherirnos a esas verdades, la razón, la inteligencia, pide argumentos de
credibilidad, porque hace falta fiarse, creer, dar el salto de la fe, y para darlo se requieren
motivos razonables: “nadie cree una cosa si no piensa antes que puede ser creída”, explica San

10 “…al pretender igualar a todo hombre al que personalmente no está abierto a Dios (por el motivo que sea) se
cometen dos errores, uno noético, y es que conculca la capacidad natural humana de conocer lo divino, y otro
personal, pues comete injusticia con la multitud de personas abiertas a Dios. Punto de luz: si “el conocer humano
no puede alcanzar realidades sobrenaturales”, ¿hay que creer esa sentencia como si de un dogma religioso se
tratase? De ser así, estamos ante el reemplazo voluntario de dogmas pro-racionales por dogmas a-racionales”.
Sellés, Juan Fernando, En defensa de la verdad. Clarificaciones en teoría del conocimiento, Ed. Universidad de
Piura, Perú, 2010, pág. 171.
11 Cfr, por ejemplo Guerra Gómez, Manuel, Historia de las religiones, BAC, 1999, y los tres volúmenes del mismo

título: ed. EUNSA, 1980.


12 Las Sagradas Escrituras, la Tradición vivida y transmitida por una enorme cantidad de documentos y testimonios

desde el siglo I, la enseñanza de la Iglesia desde sus comienzos hasta ahora: es un cuerpo documental vivo,
amplísimo, analizado exhaustivamente a lo largo del tiempo y accesible para toda persona con deseos de
conocimiento, estudio o investigación. Es elemental, justo, que se pida respeto, estudio, y que se llegue al diálogo
calmo, profundo, sin prejuicios, ante semejante corpus de doctrina. La discusión, el debate sin estudio, el estilo de
confrontación, no suele ayudar al acceso a la verdad y al bien.
18

Agustín13. Esos fundamentos existen, y es necesario abordarlos y resolverlos sincera, serena y


profundamente. Son testimonios, realidades tangibles, signos históricos: la historicidad de
Jesucristo, su vida, muerte, resurrección y ascensión; los efectos sociales de la fe cristiana; los
frutos magníficos de la santidad en el tiempo –la vida de los santos-; la realidad de los milagros,
las probadas actuaciones sobrenaturales14; etc.

Además, es un hecho que todo ser humano construye sus convicciones en base a la
creencia, a la confianza. Se tiene auténtica fe en parientes, profesores, autores, teorías, amigos…
No dudo al afirmar que aceptar lo que conocemos por la Revelación cristiana, resulta más
razonable que la creencia en las cosmovisiones que nos presentan sistemas, explicaciones,
ideologías -producidas y aceptadas por el hombre- pero probadamente frágiles o parciales, o
infructuosas, o provisionales en sus efectos prácticos, en los hechos.
En todo caso, es necesaria la seriedad y la sensatez del amor comprometido a la verdad.
Así se pueden acercar a la mente y al corazón del hombre las llamadas verdades divinas
reveladas, que conserva la Iglesia con celo heroico y milenario. Y entonces accedemos a la
suprema belleza de Dios uno y trino, que muestra así que no es solitario sino que es puro amor;
al origen creado del universo y del ser humano; a la desconfianza y rebeldía del hombre primero,
y al compromiso de Dios con la libertad, que lleva a la solución divina de la locura de la
Encarnación y la Redención por la enormidad de la cruz, y –por tanto- la invitación a la criatura
a que convierta su vida en respuesta a un gesto de amor sin límites; al acompañamiento acabado
de cada ser humano en la Iglesia, con los sacramentos, con la presencia divina en la Eucaristía y
en el interior del alma; a la renovación incruenta y continua del sacrificio redentor en la Santa
Misa; al ofrecimiento cierto de la Maternidad de María, asunta al cielo en cuerpo y alma; a la
promesa de la vida eterna; a la acción de los ángeles, etc .

13 Cfr. De praedestinatione sanctorum, 5 PL 44 962. Añadimos: si analizamos con sinceridad el sustento de nuestras
opiniones o afirmaciones, nos daremos cuenta que siempre estamos basándonos en la fe, en la creencia, y muchas
veces aceptada con poca actividad crítica de peso.
14 Cfr. los análisis exhaustivos y acabados, por ejemplo, de los sucesos de Fátima, de la imagen de Guadalupe, de

Lourdes, los cuerpos incorruptos de tantos santos … Cada canonización o beatificación exige la aprobación –luego
de un estudio muy serio y crítico en todos los sentidos- de un hecho milagroso. Sería frivolidad e injusticia tratar con
ligereza semejantes realidades. Por ejemplo: quien tenga interrogantes sobre la Resurrección de Jesucristo, antes de
opinar es justo que lea estudios serios que se han hecho; se cita uno reciente: Messori, Vittorio, Dicen que ha
resucitado. Una investigación sobre el sepulcro vacío, Ed. Rialp, Madrid, 2003 (2ª. Edición).
19

En estos contenidos transmitidos por Dios al hombre, considero que está la mayor
belleza, la verdad más esplendorosa y que merece –por tanto- la mejor presentación por parte del
hombre15. De allí la importancia principal de la atención, la seriedad, el ánimo positivo y
entusiasta en esa tarea de hacer lucir esos dones sobrenaturales en el mundo de hoy. Pienso que
el gran desafío es intentar hacer más atractivo para el hombre de hoy lo que objetivamente tiene
el mayor encanto: Jesucristo, Dios hecho hombre, su realidad, su mensaje y su presencia16.

El esplendor que surge del obrar, de los actos humanos buenos, verdaderos, es otro
nivel de bellezas que importa y mucho destacar. Está impregnado de hermosura un gesto o una
acción de lealtad, de amistad, de alegría, de paciencia, de compasión, de consuelo, de fidelidad,
de comprensión, de solidaridad, de constancia, de amabilidad y afecto, de cortesía, de elegancia
y delicadeza. Cabe destacar entre esas acciones las que se dirigen específicamente al cuidado de
las personas, a la atención del hogar y lo hogareño, el servicio a los más necesitados.
Además, es bello, tiene gran belleza, todo trabajo noble, manual o intelectual; o el
hallazgo de la verdad en las ciencias experimentales o en las matemáticas; o el hacer
comprensible y atractivo el bien y la verdad menos accesibles por la tarea educativa; o el buen
uso del lenguaje y el discurso y el análisis lógico; o el ejercicio de una tarea bien coordinada y en
equipo; o la gala y la distinción en la fiesta o la ceremonia. Es muy grande el espectro de belleza
que tiene la vida humana y la convivencia cotidiana.
Detrás de todo este despliegue más visible, están las profundas y diversísimas raíces
interiores: los caminos profundos de búsquedas, interrogantes, sentimientos, temores, afectos,
decisiones íntimas, dramas, gozos, luchas y recomienzos… Allí hay un repertorio enorme
propuesto a la observación, el análisis, la contemplación, la enseñanza, el servicio. Toda esa
riqueza es una oferta –pienso que hay que decirlo así- de bellezas posibles y grandes. El arte de

15 Testimonio de esto es la necesidad que ha tenido el hombre de testimoniar esta infinitud en la historia del arte:
música, literatura, plástica (pintura, escultura), arquitectura, orfebrería… Me comentaba alguien después de un viaje
detenido por Francia, Italia y centro Europa: lo que vi fue el resultado del asombro y el entusiasmo del hombre ante
la Encarnación durante quince siglos… Pienso que el comentario es válido, con un matiz: con sus sombras y
heridas…
16 Se trata de dar testimonios coherentes, distinguir, estudiar con seriedad, dialogar a fondo y procurar revertir lo

que alguien ha llamado tsunami de la modernidad: el lamentable intento –bastante logrado, por cierto- de echar a
Dios de la cultura. Ya no se trata solo del agnosticismo teórico sino de militancia y violenta para demoler. Es el
momentáneo triunfo de la actitud de agresión impuesta especialmente desde ámbitos de la Ilustración; desde
distintas líneas de pensamiento con mucho fundamento en prejuicios y que se han convertido en ideologías; desde la
masonería; desde el materialismo marxista y la gran propuesta de aniquilación que surge de Gramsci; desde el
ateísmo militante y la dictadura real del relativismo violento, etc.
20

los hombres –la literatura, la plástica, la música, el teatro, el cine, la fotografía- , ya lo veremos,
ha calado y se ha nutrido siempre e insistente y maravillosamente en esos contenidos. Ha
procurado, y procura, detenerlos, y –según sus lenguajes y medios- presentarlos y ahondar en
ellos para que se puedan contemplar y aprovechar.
Dentro de toda la gama de acciones humanas, parece importante destacar las
manifestaciones inmediatas de la fidelidad del hombre al don divino. Las verdades ofrecidas por
Dios no sólo invitan a una actitud de confianza por parte del hombre, sino a su aceptación
intelectual y a la vida en coherencia con ellas. Son parte fundamental de la realidad en la historia
y en el presente. Esas obras de fidelidad son los actos humanos dirigidos a Dios y que muestran
la adoración, la gratitud, el pedido de misericordia y perdón, el implorar ayuda… Esas actitudes
se integran muchas veces en los actos rituales, litúrgicos. En todas esas conductas –en las que se
integran lo divino y lo humano- hay una posibilidad inmensa de altísima belleza, que importa
advertir, destacar y cuidar. Aquí está la raíz de la delicadeza extrema que necesitan las
manifestaciones de culto, que pueden y deben ser un testimonio creciente de la admiración y el
gozo ante la presencia y la actuación de Dios entre los hombres. Los gestos, las construcciones,
los cantos17, los desplazamientos, las vestiduras, los tonos de voz, las cosas, la decoración y los
adornos, las posturas, necesitan mostrar la alegría, el respeto, la atención, el cariño, el asombro,
el agradecimiento, y todo eso es belleza que no se puede descuidar18.

Otro nivel colosal, formidable, infinito de bellezas es la naturaleza física. Desde siempre
ha sido un camino especialmente fácil para el encuentro con Dios como autor. Sigue y seguirá
resultando de poco peso, forzada, artificiosa, la explicación de toda esa riqueza -siempre abierta
al descubrimiento y al asombro- con referencias al azar, a la sinrazón o al juego de la
casualidades.

17 Citemos a San Cipriano, del siglo III: La palabra y la actitud orante requieren una disciplina que incluye la paz y
la reverencia. Recordemos que estamos a la vista de Dios: Debemos ser gratos a los ojos divinos incluso en la
postura del cuerpo y en la emisión de la voz. La desvergüenza se expresa en el grito estridente; el respetuoso tiende
a rezar con palabra tímida…Cuando nos reunimos con los hermanos y celebramos con el sacerdote de Dios el
sacrificio divino, no podemos azotar el aire con voces amorfas ni lanzar a Dios con incontinencia verbal nuestras
peticiones, que deben ir recomendadas por la humildad, porque Dios… no necesita ser despertado a gritos. De
dominica oratione 4, CSEL III, 1 (ed. Hartel), 268 s.
18 De allí la realidad comprobable de que la fe, la religión ha sido el gran motor de lo mejor de la historia de la

cultura. En todas las civilizaciones conocidas: orientales, indo-americanas, africanas… Especialmente –es una
evidencia- en la que nace de la aceptación profunda de la Revelación judeo-cristiana, que unida al aporte del genio
filosófico griego y el ordenamiento jurídico romano, han generado la magnífica riqueza de Occidente.
21

Dentro de ese conjunto de realidades, aparece la belleza física del ser humano en primer
lugar, pero como siempre está integrada en la unidad de espíritu y materia, queda incluida en la
referencia a la acción del hombre en párrafos anteriores. Destaquemos, también, la relación
capital de la belleza corporal con el pudor, que es “la espontánea defensa de la persona que se
niega a ser vista y tratada como objeto de placer en vez de ser respetada y amada por sí
misma”.19En el tema queda comprometida la dignidad de la persona y su identidad.
Después, la presentación deslumbrante de los distintos órdenes de la naturaleza; los bien
llamados reinos mineral, vegetal, animal. La asombrosa oferta de multiplicidad es casi
inagotable: pienso en los espacios y el mundo de los astros… Invito al lector a detenerse y pasear
y contemplar despacio lo que se está nombrando20.
Se comprende –también desde esta perspectiva- la importancia del estudio, desde los
primeros aprendizajes, de las ciencias naturales (botánica, zoología), de la astronomía: a mayor
conocimiento, en principio serán mejores las posibilidades de gozo estético ante sus
manifestaciones. Por eso también se agradece tanto el cuidado, la visita, la publicación y la
difusión de las maravillas de la naturaleza: es fundamental para despertar, alentar y centrar a las
personas en el acceso al tema de la belleza. Cada vez se van presentando mejor esos mundos que
resultan sencillamente fantásticos.
Por otra parte, el asombro ante el despliegue magnífico de las grandezas naturales ha
causado en los artistas –durante siglos- la inclinación a imitar lo que se percibe, a detenerlo,
recrearlo, iluminarlo. La plástica, pero también otros ámbitos de creación, han tendido a acentuar
este aspecto en su actividad. Veremos más adelante cómo y cuándo se produce el cambio de esta
actitud en el tiempo.

Luego se presenta el resultado del hacer del hombre, técnico y artístico. Otra maravilla
digna de la máxima atención y que no se ha de separar de la acción humana en general: en
definitiva, son trabajos y, por tanto, han de significar actos de servicio, solidarios.
Es siempre fascinante contemplar el panorama del hacer del hombre sobre la materia a lo
largo del tiempo, en primer lugar a fin de obtener lo útil, las necesidades más urgentes. Y aquí
hay mucha hermosura, porque –aún con las limitaciones que implica la misma poquedad

19Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, Roma, 1995, n. 57.
20 También desde la estética, urge la lectura pausada de Laudato si: resulta obvio decir que el tema ecológico es
principal en nuestros días.
22

humana- se llega a soluciones asombrosas y que necesitan –antes del uso- la sencilla
contemplación.
Conviene, entonces, resaltar la belleza de la técnica, de los resultados de los hallazgos
científicos, del encuentro de soluciones magníficas para mejorar la calidad de la vida humana en
todos los ámbitos. Se sugiere al lector, por ejemplo, que levante la vista y se detenga a observar
los instrumentos para trabajar y vivir mejor que tiene delante. La primera reacción será quizás la
común normalidad de la rutina; pero ante el examen más detenido, surgirá la admiración,
después la gratitud, y –a lo mejor- el entusiasmo. Nos topamos con mucha hermosura
tecnológica. De todas maneras –hay que decirlo-, siempre se requerirá el cotejo con la verdad y
el bien, a través –en primer lugar- de la finalidad: pueden existir realidades superfluas, inútiles,
de casi pura ostentación, o nocivas, dañinas e incluso crueles para el hombre. De esa manera, se
clarifica el nivel de belleza en tanto regalo de la técnica21.

Y llega el momento de la presentación del trabajo artístico. Puede parecer una


postergación que lo desmerece: ¿hablar de belleza y esperar tanto para encarar la tarea humana
que la tiene como objetivo principal? Encaro una posible explicación de este asunto en el
capítulo V. Ahora corresponde presentar el soberbio cuadro de la belleza en el arte. La poesía, el
cuento, la novela, el drama y tantos géneros de literatura; la plástica –escultura, pintura,
arquitectura…-; la música; la danza; el cine; la decoración y el paisajismo; la fotografía; el
diseño en tantos ámbitos; la caligrafía (tan importante en lugares de oriente)…: parece

21 Es lógico que haya que distinguir lo bueno y lo malo para el autor y para el destinatario del hacer humano: no se
puede escindir la vida de la verdad sin pagar por ello la ruina de la propia existencia: Yepes Stork, Ricardo-
Aranguren, Javier, Fundamentos de antropología. Un ideal de la excelencia humana, EUNSA, Pamplona, 2001,
pág. 249. Parece especialmente oportuno citar aquí a San Juan Pablo II: El hombre actual parece estar siempre
amenazado por lo que produce, es decir, por resultado del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de su
entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta múltiple actividad del hombre se traducen muy
pronto y de manera a veces imprevisible en objeto de “alienación”, es decir, son pura y simplemente arrebatados a
quien los ha producido; pero, al menos parcialmente, en la línea indirecta de sus efectos, esos frutos se vuelven
contra el mismo hombre; ellos están dirigidos contra él. En esto parece consistir el capítulo principal del drama de
la existencia humana contemporánea en su dimensión más amplia y universal. El hombre vive cada vez más con el
miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte, sino algunos y precisamente los que
contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra él
mismo” Enc. Redemptor hominis (4.III.79), 15. Si la técnica no es medida por la verdad y el bien, efectivamente, se
puede constituir en un peligro tremendo: son abundantes los ejemplos en ese sentido; aunque también son más
numerosos y de agradecer los ejemplos positivos. Es clara, por tanto, la necesidad apremiante de una formación
para un uso ético y responsable de la técnica. Conscientes de esta atracción de la técnica sobre el ser humano, se
debe recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no consiste en la seducción de una autonomía total, sino en
la respuesta de la llamada del ser, comenzando por nuestro propio ser. Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate
(29.VI.2009), 70 in fine.
23

innecesario continuar desplegando ese abanico de creaciones humanas que han buscado y
buscan, con resultados casi infinitos la comunicación a través o con la belleza.
Recordemos, además, ese poder que tiene también el arte –no sólo él, por supuesto- para
mostrar la plasticidad de lo real a través de la fecundidad del símbolo, del signo, la metáfora, que
tantas veces –o siempre- encuentra y expresa maravillosamente el artista en sus propuestas.
Ante semejante grandeza, un comentario primero puede ser: he aquí una confirmación
acabada de la naturaleza espiritual del ser humano. Parece obvio, pero en la historia del
pensamiento siempre es una ayuda, resulta positivo, insistir en las evidencias: los materialismos
no se sostienen, también por estas manifestaciones elementales de la riqueza y el misterio del
hombre a través del arte.

Y demos otro paso en este paseo, para citar la belleza en el juego o la acrobacia, en el
deporte, o en distracciones de magia o comicidad, en el entretenimiento. Son resultados de la
actividades humanas que buscan el descanso en la alegría: en darla, en recibirla, y –si es posible-
pronto, con agilidad o habilidad, o con el brillo del ingenio o la competición. Tarea fina será
siempre saber distinguir, en estos ámbitos, lo que realmente suma por más contenido, más
espesura, de verdad y bien; y, por otro lado, lo que carece o se opone a ellos y, por tanto, a la
hermosura.
La vivacidad y rapidez de la belleza del juego y el entretenimiento los convierten en
protagonistas importantes del mundo de hoy, tan acostumbrado a la urgencia y a la eficacia, al
resultado tangible. Por eso sirven tanto para el aliento de consumos de todo tipo en el “boom”
publicitario” que nos toca vivir. Resulta animante ver cómo esos ámbitos de belleza –el juego, el
entretenimiento- se van utilizando más y más en tareas de estímulo en la educación de todo nivel,
también de conductas cívicas o de simple urbanidad. En definitiva, si lo bueno se hace
“jugando”, es más fácil que atraiga. Se trata, en todo caso, de “disparadores” de
comportamientos que luego habrá que intentar que arraiguen con un trabajo de más hondura.
24

Capítulo III. Los primeros pasos ante el panorama

¿Qué hacer ante ese ofrecimiento gratuito de realidades que “brillan”, que tienen un
atractivo indudable? Sugiero, por supuesto, pensar en positivo y aceptar que todo ese cuadro se
presenta para la mayor felicidad de cada ser humano. Y para que produzca el mejor resultado
tanto don ofrecido, se propone un camino:
- abrirse a la plenitud, a la trascendencia;
- fomentar una doble esperanza: de acceso al ser, a la verdad y el bien,
- y a los buenos resultados de una actitud contemplativa.
- Por último, aceptar los propios límites y,
- en consecuencia, la ayuda de otros: escuchar.

El primer paso sería abrirse a la posibilidad de que detrás de toda esa gratuidad, no sólo
hay algo que conmueve sino Alguien que ofrece e invita. Es imperiosa la necesidad de la rectitud
y valentía para desechar todo prejuicio y resistencia a pensar desde un serio compromiso con la
verdad y la trascendencia. Cualquier actitud que lo impida parece evidente que limita, empobrece
y, en el fondo, discrimina22. La apertura a ese fundamento que se atisba detrás de los fenómenos,
y en este caso de las cosas bellas, es –por otra parte- una constante imbatible en la historia del
hombre. Partir caprichosamente de una cerrazón nacida en la desconfianza parece muy poco
serio. Se plantea de esta manera que puede resultar desafiante, porque el clima en el que nos
movemos en la actualidad es especialmente suspicaz y receloso.

El segundo paso sería entrar en la aventura de la búsqueda y la aceptación de lo que las


cosas –los entes- son de suyo. ¿Qué está pasando allí, en esas realidades?, ¿en qué se basa
primariamente ese apetito y ese gozo que aparece ante ellas? Propongo una actitud positiva,

22Cabría preguntarse, cuando aparecen esos rechazos o frenos interiores ante la posibilidad de trascendencia, cuál es
el papel que juegan, hablando con sencillez, los prejuicios, la pereza –también mental- y el temor, el miedo, la
cobardía, la codicia. No se abre juicio moral aquí; sólo se invita a plantear esa posible calificación cuando aparecen
esas actitudes en la tarea intelectual. Lo propongo no solo con mucho respeto sino con real afecto. A veces, hay
historias o experiencias tristes que explican muchas actitudes, pero parece necesario –siempre- trabajarlas con
esperanza, sentido positivo y mucha sinceridad.
25

animante: necesito y puedo aproximarme a lo que las cosas son. Resulta reductivo –y más:
discriminatorio- limitar el criterio de racionalidad al parámetro de las ciencias físicas o
experimentales y distanciarse de la búsqueda del sentido final y la objetividad completa, del ser.
El principio sería una afirmación de evidencia: hay un ser de lo real, hay una verdad 23;
todo es –de suyo- lo que es, y no lo que uno dice o quiere o percibe o desearía que fuese. El
mejor empeño del hombre es tener la sensatez de apuntar sincera y apasionadamente a lo real, a
lo que es, a la verdad, que es bien24. Está fundamentalmente medido por el ser. También cuando
hace cosas u obras nuevas. Siempre hay sentido, hay una finalidad. Es vano y dañino vivir y
construir abstrayendo de todo esto. Por eso es cierto que, en el fondo, no somos independientes,
autónomos. La libertad sería la decidida y enteriza sumisión inteligente al ser, a la verdad, al
bien, que están fuera de mí.
En otras palabras, el acceso a la verdad es lo que permite la libertad real. La ignorancia y
el error producen una desorientación que desemboca en el sometimiento a circunstancias,
presiones externas, impresiones, arbitrariedades: la libertad, se ha repetido sabiamente, sin la
verdad queda vacía. Es de notar cómo en terrenos menos fundamentales -decisiones económicas,
comerciales, también médicas- se buscan grandes garantías de veracidad antes de tomar una
decisión; en cambio, en temas más de fondo –éticos, por ejemplo- se advierte una resistencia
pueril ante verdades de naturaleza fundamental, pero metafísica, “sapiencial”. 25
La actitud de obediencia a la realidad y su orientación a un fin, va llevando a la necesidad
de una razón fundante, de un Logos, de un sentido recibido, directivo. Allí aparece la irrebatible
necesidad de Dios para la razón humana. Si se parte –en cambio- de que el mundo y el hombre
son resultados de la sinrazón, de la casualidad, la libertad estaría legitimada –de manera

23 Si alguien lo niega, en su afirmación ya está fijando o imponiendo una verdad… Sin pretensiones de erudición,
pero no quisiéramos dejar de recordar un nombre importante del pensamiento moderno que ha hecho frente con
firmeza al relativismo: Husserl. Cfr. Investigaciones lógicas, (1900). “Revista de Occidente”, Madrid, 1967, 2ª. Ed.,
por ejemplo, Tomo I, págs. 144 y ss.
24. Negar la posibilidad de aproximación y acceso a la naturaleza de las cosas y actuar en consecuencia es una

arbitrariedad. Y se da en la conversación normal sin un mínimo aparato crítico..


25 También porque el desuso de las palabras nos separa de lo real. Un comentario que recogí de una intervención de

Joaquín Navarro Valls en un acto académico (lamento no poder precisar la fuente): Hoy –pienso- el lenguaje se
acuña en tres esferas de actividad: las ciencias positivas y experimentales, la economía y el mercado de bienes, y el
ámbito de la industria del entretenimiento, sobre todo televisiva y cinematográfica. Nadie niega la eficacia de estos
lenguajes en la propia órbita funcional. Pero resulta impropio su uso en la gestión de la esfera personal y de la
esfera humana. Y si falta un lenguaje adecuado, no podemos pensar en nosotros mismos y en nuestra sociedad si
no es con conceptos insuficientes que nos proporciona una cultura construida, en parte, con parámetros del
quantum y del ludens, es decir, de las realidades mecánico-cuantificable y lúdica. Es cierto que se puede “traducir”
ese lenguaje limitado, pero también es cierto que su presión cultural es muy grande y puede limitar el conocimiento.
26

absoluta- para ir construyendo o destruyendo lo real sin límites valederos; el hombre sería dueño
de hacer con las cosas, las personas, la naturaleza, lo que se le ocurriera. Todo sería mío, no
dependería de nada ni de nadie.
Pero –se puede decir- están, como límite, los otros y el respeto a ellos…Tampoco. Lo
demuestra la experiencia continua, la historia: si no hay una instancia a una verdad que
trasciende, que está por encima de los que somos pares –las personas- es totalmente posible que
impere y decida el más fuerte o el seductor, o el que ofrece más dádiva fácil y rápida, y como
todo eso es posible, hemos de reconocer que lamentablemente sucede y con triste frecuencia. No
se encuentra un motivo suficientemente valedero para impedir el dominio del que puede más 26.
No hay sostén serio para los derechos humanos, que se confunden y desvanecen.
Y así funciona hoy, en un espectro amplísimo de su actividad, el ser humano. Se somete a
una auténtica dictadura del relativismo y admite ser movido por la violencia descontrolada del
poderoso, del que habla más fuerte, o tiene más, o es famoso o tiene más capacidad de
comunicar y seducir, u ofrecer. Estos dominadores muchas veces se unen y construyen redes de
poder que manipulan y sojuzgan al hombre en todas partes. Pienso que este es un dibujo bastante
próximo a lo que vivimos habitualmente en muchos ámbitos importantes de la vida. Sugiero
detenerse en una consideración pausada de lo que acabo de decir. Encontraremos reales
manifestaciones de esclavitud27.

El tercer paso podría ser intentar que la búsqueda de lo real, de lo profundo, se afirme
como convicción sólida, principal, estable en el interior de cada uno. En definitiva, el gran deseo

26 Son interesantes algunas consideraciones – que son testimonios- de Benedicto XVI: Los lager nazis, como todo
campo de exterminio, se pueden considerar símbolos extremos del mal, del infierno que se abre en la tierra cuando
el hombre se olvida de Dios y se pone en su lugar, usurpándole el derecho de decidir lo que es bueno y lo que es
malo, de dar la vida y la muerte. Por desgracia, este triste fenómeno no se circunscribe a los campos de
concentración. Estos son, más bien, el ápice de una realidad amplia y difundida, a menudo con fines poco claros. O
esa consideración sobre la aniquilación del sentido de culpa cuando se detentan poderes grandes: Creían poder
asesinar, como decía Himmler, y sin embargo seguir siendo decentes –y así se pisoteó toda la conciencia humana y
se pervirtió a la persona- , en Dios y el mundo. Conversaciones con Peter Sewald. Las opiniones de Benedicto XVI
sobre los grandes temas de hoy, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2005, pág. 399. Y sería lamentablemente
reductivo quedarse con ejemplos lejanos en el tiempo: es difícil encontrar una continuidad tan tremenda de
genocidios y brutalidades como las que contemplamos, y seguimos contemplando, en los siglos XX y XXI. Las
brutalidades del régimen soviético, los exterminios maoístas, el genocidio armenio, las brutalidades de los
extremismos islámicos, etc, etc. Un ejemplo especialmente brutal, anclado en el relativismo, son los millones de
asesinatos de indefensos por las distintas formas de homicidios prenatales (el aborto) y claramente permitidos.
27 Para profundizar en este tema, nos remitimos a Sanguineti, Juan José, El conocimiento humano. Una perspectiva

filosófica, Ed. Palabra, Madrid, 2005; especialmente, en este caso, págs. 261-272. Las respuestas a Popper y
Habermas pueden interesar a muchos, que hoy están imbuidos de sus opiniones.
27

humano –hablando en términos sencillos- es (y no sólo “debería ser”) recibir y conservar la


mayor cantidad posible de verdad y bien. Resulta difícil no aceptar que eso es precisamente lo
que nos puede traer mayor plenitud, mayor felicidad. Parece oportuna la aclaración de aquellos
versos de Machado:
¿Tu verdad? No, la verdad;
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela28.

Para que se “asiente” tanta verdad y bien que se nos ofrece, el paso sería aprender a
cultivar lo que técnicamente se llamaría actitud contemplativa. Hace falta que la persona apunte
siempre más alto: al ejercicio de toda su valía, su riqueza, su potencia interior y exterior, porque
es mucho lo que se le ofrece. Son reclamadas la inteligencia, la capacidad de querer, el afecto (la
emoción, el asombro, el entusiasmo), la imaginación, los recuerdos, la fantasía… Se requiere una
apertura total: calma, ordenada y plena. Eso es lo que llamo actitud contemplativa. Un ejemplo
visible, pronto, de esa apertura completa y de una respuesta cabal es, por ejemplo, la arquitectura
religiosa del gótico29, o del barroco, o el templo expiatorio de la Sagrada Familia en la Barcelona
de hoy… Ante tamaña oferta de Dios, la contestación han sido esas “locuras” que no quieren
frenarse en mezquindades.
En otras palabras: la realidad tiene, en efecto, enorme densidad. Intentamos un sencillo
despliegue en el capítulo anterior. No basta intentar comprenderla intelectualmente o con la
razón científica, sin abrirse a la admiración que causa su belleza. La realidad se nos ofrece para
hacernos cargo de ella y a fin de que nos sirva para el crecimiento personal y el servicio a todos
y cada uno. La invitación es sencillamente grandiosa; inefable.
La actitud, la apertura a lo grande, a lo valioso, llevará –con su ritmo- a ese conocer más
intuitivo que discursivo, amante y admirado, que se llama contemplación30. Que reclama orden

28 Antonio Machado, Proverbios y cantares, LXXXV.


29 Se invita a buscar y recorrer –por internet, por ejemplo- la maravilla del gótico en donde se origina: Francia,
siglos XII, XIII,… Es algo que deslumbra. En poco tiempo: Saint Denis, Notre Dame, la Sainte-Chapelle en París
(¡se construye esa joya en solo 7 años!); y Chartres, Reims, Amiens, Laon…Interesa y mucho aprender cómo se
construyeron, por quiénes, etc. Se anima vivamente al paseo…¡es indispensable!... Y animará la lectura del capítulo
“Las artes” del libro A la luz de la Edad Media, de la gran medievalista Régine Pernoud, Ediciones Juan Granica,
Barcelona, 1983.
30 El término tiene su raíz en con-templum, palabra que designaba una plataforma situada delante de algunos

templos paganos desde la cual se escrutaba el firmamento. De ahí el verbo contemplari (“mirar lejos” o escrutar el
horizonte). Este término latino traduce el griego theoria, que proviene de thea, visión. El verbo theoreo significa ver
28

interior, tiempo, atención, por una parte, y que no ha de entenderse –agrego- como “opuesta” a
la acción. Suele desenvolverse en hechos o en obras que la pueden avivar y enriquecer. En el
hacer que brota de lo contemplado, el hombre encuentra más motivos para crecer y en muchos
sentidos31.
En todo esto están los auténticos gozos del hombre. Armar y consolidar esa búsqueda
siempre es un paso necesario y que, lamentablemente, está lejos de lo común. Por el dominio
normal de lo fugaz, lo efímero, lo urgente, lo rápido, se vive con una ignorancia imponente
acerca de lo que puede hacernos más felices. Y lo notable es que de la ignorancia al desdén la
distancia es ínfima. Se prefiere el vértigo del sin sentido con una normalidad y una firmeza
pasmosas. O se confunde la felicidad con la gratificación inmediata. En esa medianía consciente
o inconsciente se instala, posible y lastimosamente, la generalidad de los humanos.
Lo dicho es una forma de acercarse a la crisis profunda de la educación, que se ha
convertido, en muchos casos y en distintos niveles, en adiestramiento de destrezas y habilidades
secundarias. Parece urgente distinguir y aceptar el inmenso riesgo de moverse sólo en retóricas
verbales y en la superficie de lo real: reconocer que esto es los que nos puede estar pasando es,
por supuesto, un gran paso. Después habrá que llegar a caminar en el aprendizaje y la enseñanza
de la actitud contemplativa que estamos comentando, y que constituye un objetivo con muchas e
importantes implicancias en la vida personal –interés, ordenar prioridades, tiempo,
concentración, serenidad- y en las políticas y en los planes educativos. En síntesis, este tercer
paso sería querer salir de la habitual superficialidad con la convicción de que sólo así puedo ser
más feliz.

como se mira un espectáculo, fijando la atención en lo que se ve; es decir, mirar con interés algo que merece la
pena, por su valor estético o artístico, como un paisaje, una escultura (contemplación estética). En filosofía se
emplea para hablar de la contemplación de la verdad (contemplación filosófica). Ernst Burkhart-Javier López, Vida
cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, Ed. Rialp, 2010, Tomo I., pág. 314, nota 218.
31 Una aplicación concreta de ese movimiento entre contemplación y acción es lo que explica San Josemaría de una

manera especialmente gráfica: “...la materia prima de nuestra existencia (…) es el trabajo, las circunstancias
ordinarias. Pero quiero hacerte una consideración. ¿Has visto cómo modela el barro un alfarero? Toma un puñado
de arcilla, lo pone en el torno, lo hace girar, y sale un puchero, y otro, y cien: todos iguales, objetos sin alma.
Viene, en cambio, un artista, se sirve de otro puñado de barro igual que el anterior, y crea otra cosa. ¿Qué tiene ese
hombre en sus manos, en su gesto, en su trabajo, que ya no fabrica pucheros en serie, sino una obra de arte?
Algo análogo sucede en la vida espiritual. Cada uno de nosotros no puede conformarse con producir
objetos más o menos decorosos. Hemos de proceder, en todos los momentos de la vida, como el artista que sabe
crear belleza. Para eso, te basta con procurar la santificación de esas menudencias, de las cosas pequeñas, que
todos los días y a todas las horas están al alcance de tu mano.” La contemplación enriquece a la acción al
integrarse en ella, por decirlo de alguna manera. El texto corresponde a una homilía –“El valor de las cosas
pequeñas”- de diciembre de 1945 e incluida en el volumen “Mientras hablaba en el camino”, Roma, 2000, págs 22-
23.
29

Se sugiere otro paso, el cuarto en este recorrido: procurar ahondar y aceptar las propias
limitaciones. Es una consecuencia de lo ya dicho: si se sale de uno mismo para buscar la verdad
y el bien, y con decisión de llegar lo más lejos posible, enseguida aparecen los límites de
nuestras propias disposiciones naturales –tenemos unas aptitudes y no otras- y la huella de la
acumulación de nuestros errores. Esos errores, además, son consecuencia de algo nativo: desde
los primeros pasos conscientes en la vida, advertimos lo costoso del conocer, la debilidad en el
querer, la inestabilidad, la fragilidad, la tendencia a lo menos valioso pero más fácil 32. Esta
aceptación de uno mismo es necesaria para mantener una cuota de paz, de serenidad, de alegría,
de realismo, que abre las puertas a un crecimiento real y no ficticio, o forzado. Hay belleza a la
que podré llegar, y también hay belleza a la que acaso no llegue nunca, o llegue más tarde,
después de un proceso, de un camino gradual, que necesita tiempos pacientes. El no llegar no
implica que no existan y que sea justificado no desearlas, y menos desdeñarlas (no pocas veces
con orgullo y envidia): ese brillo de verdad y bien es apetecible y me puede hacer crecer33.

Un comentario breve sobre el que podría ser un quinto paso: saber buscar ayuda,
acompañamiento. Parece elemental, pero vale la pena decirlo. Por la conciencia de las propias
limitaciones y porque vivimos cerca de otros, a quienes necesitamos. Habrá que dar el paso de la
pregunta y el diálogo, que es intercambio. Abrirse a un aporte confiable, a escuchar; a decir e
interrogar y oír… Cuesta aceptar esa necesidad: “El clima de sospecha y de desconfianza que, a
veces, rodea la investigación especulativa, olvida la enseñanza de los filósofos antiguos, quienes
consideraban la amistad como uno de los contextos más adecuados para el buen filosofar”34. Y
filosofar es pensar, procurar llegar a la verdad y al bien, que –como decíamos- son accesibles.

32 Si se advierte, estamos hablando de algo que la Revelación cristiana llama pecado original: no resulta costoso
aceptar esa realidad; solo basta recordar y contemplar y contemplarse. En el Catecismo de la Iglesia Católica, 407,
se lee: Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el
dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres.
33 Es interesante y práctico lo que se aconseja: conocerse suficientemente para ir creciendo de una manera grata y

posible. Aquí está enraizada la necesidad de un plan de lecturas adecuado (no se tiene mucho tiempo y hay que
saber seleccionar); de parar el ritmo y contemplar lo reconocido como valioso; de tener inteligencia suficiente para
elegir el modo de entretenerse, de querer mejorar al fin, porque hay más verdad y más bien en unas realidades que
en otras. Se aconseja no olvidar aquella sentencia de Santo Tomás de Aquino: La posesión del bien es la causa de la
alegría. (Summa contra gentiles, 3, 26). Por eso es fundamental apuntar a los bienes verdaderos; de otra manera, la
alegría será frágil o engañosa.
34 San Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, (14.IX.1998), n 33
30

En definitiva, los primeros pasos que se sugieren serían los que llevan a recuperar y
avivar la ilusión por las posibilidades magníficas de la inteligencia y por el acceso al ser, a la
verdad y al bien. Sin ese deseo sincero o sin el empeño por fomentarlo y cuidarlo, se limita la
capacidad de gozo real, humano; y lo de más valor -las bellezas más grandes- van quedando al
costado del camino. Se acaba chapoteando en lo fácil, inmediato, fugaz, y nos acercamos –lo
insistiré- a la muy triste imagen de aquellos ingenuos aborígenes que entregaban su oro y su
plata encandilados por gangas y espejos. Se entrega el mejor esfuerzo, el tiempo, la riqueza
interior a lo que vale menos. Véase la manera de ocupar el tiempo en este mundo tan invadido
por la cantidad de información –cfr. capítulo I-, por la urgencia, la oportunidad fácil de
atracciones menores o inútiles: horas reales frente a las pantallas –las cuatro: televisión, internet,
celulares, computadoras…- ; lo fugaz y efímero… Y comprobemos qué programas tienen más
rating: el resultado –en nuestro país al menos- es muy de lamentar.
Como se ve, la actitud que se aconseja cultivar para el acceso a la belleza es lo que se
llama contemplación: “la velocidad no es obligatoria”, hay que gastar tiempo en el silencio, en el
parar… Llegar a valorar, desear y aprender a vivir esa actitud es el resumen de los primeros
pasos que se comentan y se quieren alentar en este capítulo. En el próximo, procuraremos
analizarla más en detalle.
31

Capítulo IV. Sobre el encuentro con la belleza

Si la belleza es esplendor de la verdad y del bien, aparece en la vida del hombre cuando
empieza a conocer y a comunicarse. En las palabras, las actitudes, los gestos, los paisajes, las
cosas, las formas, los colores, los sonidos, se va presentando ese algo que atrae, gusta,
conmueve, asombra, interpela, y se necesita detener y transmitir.
Luego de dar los pasos para armar y fortalecer los presupuestos que comento en el
capítulo anterior, puede interesar que se procure entender algo más del proceso interior que
sucede cuando encontramos belleza.

Vale la pena preguntarse, antes, por el real interés de este empeño. Aparte de la legítima
necesidad teórica, pienso que esa tarea puede ayudar a diagnosticar medios para crecer en la
captación de la belleza y, por tanto, en posibilidades de felicidad verdadera. Si aclaramos algo
cómo podemos acceder, personalmente, a lo que tiene más valor, riqueza, se facilitará dar pasos
hacia allí. Habrá entonces más posibilidad de gozo auténtico, de felicidad. En definitiva, esa
aclaración puede dar pistas importantes para buscar mejoras en la educación y con más garantías
de éxito.

a) Las facultades del hombre que se comprometen ante la belleza: cuáles y cómo.

Se vio en el capítulo anterior cuál es la actitud que permite llegar a más belleza: la
contemplación. Invito a seguir un camino para describir cómo alcanzarla. Lo ofrezco como
esquema general: admite tantos matices como situaciones personales existan. Se propone, sin
embargo, como el que me parece más coherente al procurar acercarse a la naturaleza de las cosas
y su dinámica.

Todo empieza con el encuentro con algo o con alguien que “sacude” a la persona. ¿Qué
ha pasado? Los sentidos –principalmente los cognoscitivos: vista, oído, y también memoria,
imaginación, la llamada cogitativa35- perciben, ponderan realidades, objetos36, y allí hay algo

35“Hay un sentido interno que capta los valores del singular existente, llega al individuo existente bajo determinada
naturaleza. Penetra hasta la existencia singular. En los animales se llama estimativa; en el hombre, cogitativa o
razón particular(…). Con su ayuda indagamos dónde se encuentran los seres bellos existentes.” Lobato, A, Ser y
32

singular -muchas veces sorpresivo, gratuito y desinteresado- que conmueve, emociona. Se ponen
en movimiento las aptitudes innatas y las adquiridas, que forman parte de la vida psíquica
subconsciente y conforman lo que suelen llamarse temperamento y carácter: tendencias,
recuerdos, afectos, experiencias, sintonías… Es la sensibilidad, y si se quiere precisar más, la
sensibilidad estética. Aquello encontrado convoca o trae noticia de semejanzas, relaciones –no
muy claramente discernibles-, que explican y acompañan esa reacción de agrado y entusiasmo.

Obsérvese la tarea interior de un buen oyente de un concierto de oboe y cuerdas del


barroco37: “Ha sido conmovedor observar cómo de un trozo de madera, de este instrumento,
fluye todo un universo de música: lo insondable y lo gozoso, lo serio y lo gracioso, lo
grandioso y lo humilde, el diálogo interior de las melodías. He pensado cuán magnífico es
que en un pequeño fragmento creativo se esconda una promesa tal, que el maestro puede
liberar. Y ello significa que toda la creación está llena de promesas y que el hombre recibe el
don de hojear, al menos un poco, este libro de promesas. Pienso que esta tarde nos invita no
sólo a reservar las fuerzas naturales que nos ayudan a que emerjan las energías físicas, que
son una promesa de la creación, sino también a guardar las promesas más profundas,
mayores que las que esta música nos ha indicado, con el corazón vigilante, que nos permite
comprender también este trozo de creación”.38.

belleza, Herder, Barcelona, 1965, pág. 69; cit en Melendo, Tomás, Esbozo…op. cit, pág. 49. Y se explica algo más:
“…la percepción sensitiva más alta corresponde a la cogitativa, que produce la experiencia, el acto de aprehender
comparativamente las percepciones singulares recibidas en la memoria” Llano, Alejandro, Gnoseología, EUNSA,
Pamplona, 1984, pág. 133. La cogitativa presenta al bien como conveniente…No nos corresponde aquí ahondar más
en un tema que, de todas maneras, es importante trabajar para el análisis más a fondo de la percepción de la belleza.
36 López Quintás, ese gran analista de la belleza, nos explica que más que llamar objetos a esas distintas realidades,

correspondería llamarlas ámbitos. Lo analiza amplia y agudamente, sobre todo, en Estética de la creatividad, Rialp,
Madrid, 1998.
37 Benedicto XVI, en Castelgandolfo, 2.VIII.09
38 Otro ejemplo expresivo que aporta María Antonia Labrada cuando en su libro Estética, Ed. EUNSA, 2000, pág.

31) cita a Proust: “En el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí,
fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin
razón de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y
su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero esa
esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De
dónde podría venir aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le
excedía en mucho, y no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a
aprehenderlo?” (Proust, Marcel, En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann (trad. Pedro Salinas),
Alianza, Madrid, 1968, 61).
33

Esa sensibilidad se da en infinitos niveles de riqueza, y su discernimiento –por parte de


cada uno y también de quienes nos acompañan en la vida-, es importante para ayudar a la vida
buena, a la felicidad39.

El encuentro que conmueve busca a la inteligencia. Lo que he aprehendido sería lo que se


llama forma en términos filosóficos. De allí proviene la expresión “hermosura”, de la palabra
latina, formositas que indica el esplendor de una forma40. La forma anida en esa dimensión de la
inteligencia que los clásicos han llamado intellectus: esto es, más que el pensar discursivo (la
llamada ratio, que implica un esfuerzo y, por tanto, un camino y un tiempo), se trata de la
intuición, o la simple aprehensión, la “simple mirada”. Más que “moverse” hacia el objeto, se
descansa en aquello que uno ha encontrado y que no quiere perder.

El deseo o apetito, la voluntad, acompañan a esa admiración, y se da el juicio y la


adhesión: el hallazgo de algo bello reclama la decisión de hacer duradero el encuentro.
Por lo dicho, parece preciso afirmar que “la vida contemplativa esencialmente pertenece
al entendimiento (…)”, y que “el término de la vida contemplativa es el gozo –el amor-, que
radica en la voluntad”41 Están comprometidas así las dos más altas facultades del hombre.

Que la inteligencia tenga mucho que ver en la llegada real a la belleza es una afirmación
de especial relevancia en el contexto que vivimos…

b) La belleza prepara y lleva al bien: es “medial”. Contemplación en la belleza


(descanso, entusiasmo, catarsis,) y búsqueda y posesión en el bien (fin)

Se podría decir, entonces, que la belleza es “medio” –es algo “medial”-, que prepara y
lleva al bien. Facilita la adhesión que da la voluntad porque ha advertido el resplandor de aquel

39 cfr. Capítulo VIII, b) y c) de esta obra.


40 Aunque, en definitiva, lo que la inteligencia halla es el ser, el esse, el acto de ser, que no se presenta, por decirlo
de alguna manera, entero. Nos llega por la forma. Para este asunto, cfr. Tomás Melendo, Esbozo de una metafísica
de la belleza, Cuadernos de Anuario Filosófico, Universidad de Navarra, 2000, ya citado. Y se sugiere releer lo que
se afirma en el capítulo I sobre la última razón de la urgencia del tema de la belleza: el acto de ser, en definitiva, es
amor.
41 Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 180, a 1.
34

bien. La belleza es –dirán los filósofos- un trascendental derivado y que empuja a la plenitud del
bien, como fin. Por eso se habla de la función orientadora de la belleza: es el pórtico para el
mejor acceso a la verdad y el bien, como dije en el primer capítulo.
No es fin la belleza –eso es el bien-; es forma atrayente –tiene razón de causa formal,
dirán los filósofos- que sirve de “anzuelo” para el acabamiento que supone el accionar de la
voluntad: “aquí me quedo, descanso, gozo…”.
Unos acentuarán el aspecto de entusiasmo que se da en ese encuentro; otros irán un poco
más adelante y verán el efecto de catarsis, de invitación al cambio, a una cierta conversión
interior: hay una novedad en la valoración de un asunto, porque –al conmoverme lo visto, oído,
leído- la convicción se hace más ilustrada o firme y, en cierto modo, me transforma algo. 42 Hay
un cambio cualitativo entre ambas reacciones; de allí que resulta importante distinguirlas, aunque
en la vida real se suelen sumar con facilidad.
Un sencillo ejemplo vivido puede ilustrar lo explicado: comentan dos oyentes luego de la
audición espléndida de la Novena de Beethoven: “¿No es cierto que ahora somos y seremos
mejores?”… Y lo mismo se puede pensar o decir ante un paisaje, una gran película, etc.

Se destaca así el carácter medial de la belleza recién comentado; aunque insisto en lo


dicho al final del primer capítulo: pienso que en la práctica, en la vida, es la primera propiedad
del ser.
Todo este acontecimiento es lo que se puede llamar el inicio de la contemplación. Es un
conocer acompañado de admiración43.

La belleza, entonces, como dimensión de la realidad, parece ordenada primariamente a la


capacidad cognoscitiva del hombre, y desde allí se “prepara” la decisión de la voluntad. En
términos clásicos, diríamos que así como la voluntad está ordenada al bien como fin; la belleza
también es bien, pero destinado más al conocer, que se completa en la forma como tal, en la
llamada causa formal. Capto como bienes muchos objetos o ámbitos y los deseo: unos me
impulsan a decidir una acción, a obrar para adquirirlos y tenerlos: allí prima la razón de bien;

42 En el apartado j) de este capítulo, sobre la misteriosa belleza del dolor y la situación de la fealdad hay una
explicación más concreta y detallada de este tema.
43 Cfr. nota (13). Prima et maxima contemplatio est admiratio maiestatis, la primera y máxima contemplación es la

admiración de lo más grande, explica San Bernardo ( De consideratione, libro 5, último capítulo) y Santo Tomás
precisa: la admiración es el acto que sigue a la contemplación de la verdad suma (Admiratio est actus consequens
contemplationem sublimis veritatis, Suma Teológica, II-II, 180, 3 ad 3).
35

otros, detienen la inteligencia y la voluntad en la observación admirada que se llama


contemplación: allí prima la belleza.
Una misma realidad admite, por supuesto, consideraciones diversas. “Supongamos una
finca cuya ubicación es idónea para el cultivo de cereales. Si un terrateniente con intereses en la
agricultura la conoce, y los terrenos están en venta, se convierte en un fin para él: se despierta su
interés por poseerla; y ese deseo no descansará hasta que, por medio de las gestiones oportunas,
se haga con ese campo. Cabe también que esas mismas tierras las descubra otra persona, que se
goce simplemente en contemplar la armonía de aquellos parajes, pero no tenga ningún interés en
adquirirlos. El primero había captado su aspecto de fin, de bien, y por eso se puso en
movimiento; el segundo percibe su aspecto de belleza, y de ahí que descanse al observarlo”.44

La contemplación se desarrolla en una intensa actividad cognoscitiva; no es algo estático.


En el objeto se invita a advertir también historia, ciencia, biografía, ética, que suma en la
distinción y el gozo de la belleza. No se trata de distanciar o enfrentar lo discursivo con lo
contemplativo: se integran y completan entre sí y, tantas veces, en cierta forma poco consciente y
–de alguna manera- enriquecedora. Todo este movimiento interior se da en la lectura, la
percepción de lo plástico, de la maravilla de la naturaleza, en la audición de música, en los
encuentros humanos, en el buen teatro, etc.

Se puede concluir, por tanto, que inteligencia y voluntad son los principales protagonistas
de la percepción de lo bello y, si queremos que se desarrolle la capacidad de gozar de ella,
corresponde apuntar primariamente al enriquecimiento de ambas en la educación.
De aquí surge, entonces, una conclusión importante: para distinguir la belleza –ese tema
urgente que nos ocupa- hay que apuntar, primariamente, al crecimiento de las virtudes
intelectuales y morales45.
Puede chocar esta afirmación si se la lee como algo terminante y excluyente. Resulta muy
claro que la formación y enriquecimiento de la afectividad (sentimientos, emociones y estados de
ánimo) es punto fundamental en la educación para la belleza, pero eso no quita el compromiso
siempre principal de las llamadas virtudes morales e intelectuales. Aquí se distingue lo que –en

44Tomás Alvira, Luis Clavell, Tomás Melendo, Metafísica, EUNSA, Pamplona, 1998, pág. 188.
45 Nombramos las virtudes intelectuales según Aristóteles: comprensión y sindéresis; ciencia y sabiduría (virtudes
del intelecto especulativo) y arte y prudencia (virtudes del intelecto práctico). Las morales son la prudencia, justicia,
fortaleza y templanza.
36

los hechos, y especialmente en estos tiempos- se analiza y se trata, felizmente, de una manera
más integrada y complementaria, gracias también a los aportes magníficos de la antropología
personalista. Aunque en el texto se irán comentando consecuencias prácticas de lo dicho, su
análisis pormenorizado excede el carácter de esta obra.46 De todas maneras, en el capítulo VIII
se dan sugerencias concretas sobre el aliento de la sensibilidad estética que completan la
explicación más teórica de este primer análisis.

c) Objetividad de la belleza: el acto de ser y la participación

Y ¿qué posee el objeto o ámbito que encontramos para provocar esa conmoción o
entusiasmo o invitación a la conversión interior? Primariamente, el acto de ser, que se da en ese
ente, pero anunciando cierta infinitud detrás de la forma que recibo. Allí se da lo que Melendo
dice muy bien: “La nostalgia descubre siempre la presencia de un todo imposible y, al mismo
tiempo, indispensable”. Esa es la condición del que percibe realmente lo bello: en las cosas, las
personas, el arte, la naturaleza, las situaciones. Es siempre un conocimiento algo difuso,
condicionado
- por la densidad profunda y grande del objeto –allí está la participación de lo eterno,
infinito-
- y también por la limitación del sujeto.
Sin embargo, esas limitaciones reales no pueden llevarnos a negar la objetividad de lo
bello y su cognoscibilidad, acotada pero cierta. Será desigual, frágil, gradual, vulnerable, pero
existe: está allí y a la espera de quien quiera y pueda llegar a ella, y avanzar desde allí también
con el buen pensar.
Es “irrefrenable” la necesidad de la inteligencia de trabajar para acceder a la verdad de las
cosas. El encuentro de la persona con lo bello despierta búsquedas más pausadas y muy posibles
de aquello en lo que la inteligencia necesita descansar: en la causa, en el Ser. No estamos en

46 Se trata nada menos que de la dinámica de los sentimientos y ellos pueden perfeccionar la libertad. Si faltan,
nuestros actos no son íntegros ni maduros, y no nos desarrollamos completamente. (…) Hace falta tomar en serio
todas las experiencias afectivas, aceptarlas, identificarlas y ordenarlas rectamente. Burgraff, Jutta, La libertad
vivida con la fuerza de la fe, Ed. Rialp, Madrid, 2012, pág. 61 y ss.. Este libro ofrece una base fundamental para el
que se está leyendo.
37

terreno religioso, sino en el camino del ejercicio sereno y valiente de la razón. A ese Ser se le
darán nombres diferentes…pero allí está y necesariamente: para que todo se sostenga, sea.
En otras palabras, en el encuentro con la belleza concreta, hay una introducción a algo
más profundo, y aquello deja nostalgia de algo más grande, infinito al fin…Sucede al leer, al oír,
al ver…Es la percepción intelectual de algo enorme: la participación.47 Allí, en eso concreto que
me encanta, aparece la impronta del Ser de quien aquello participa. Llegamos así a una
dimensión fundamental para el acceso al fondo de lo real. La participación significa que la causa
deja su huella, está regalando: allí hay don. Por eso, lo primero que propone la realidad al
hombre es crecimiento, hay un ofrecimiento de amor, un desafío a una tarea de discernimiento
más o menos laboriosa, que necesita una actitud positiva de sinceridad y confianza.

d) Objetividad de la belleza: perfección en esa realidad y proporcionalidad al alma


humana y sus requerimientos

Y, afinando más, ¿qué hay en ese objeto o ámbito que produce inmediatamente el
encanto y la entrada a esa “infinitud” que se anuncia? Lo que convendría llamar perfección48,
aunque no en sentido absoluto. Aquello, en su naturaleza limitada (nos referimos ahora a seres
materiales o con materia, o inmateriales y simplemente derivados, causados: el ángel es el
ejemplo…), destaca por cualidades que atraen: tiene suficiente perfección. Podríamos decir que
suele darse una suma de valores que no resulta fácil describir con precisión: cierta unidad,
proporción, armonía, acabamiento, claridad…

Y aquella forma produce una sintonía con la propia capacidad de entender, amar, gozar.
Aquello es especialmente proporcional al alma humana. En síntesis, hay una adecuación entre
ese bien encontrado y mi deseo de felicidad genuina; esto es, el que aproxima más al logro del
fin que he recibido –como ser que no se ha dado la vida- y acepto, quiero.

47 Para estudiar el tema con sencillez, cfr. Gómez Pérez, Rafael, Introducción a la metafísica, Madrid, 1978, págs
107 y ss.
48 En la belleza, el sentido de la forma y de la norma, la nitidez, la exactitud, la adecuada proporción, se perciben

como una exigencia ética por el entendimiento y se levantan como un baluarte contra la seducción de lo inefable y
vaporoso, explica Labrada: cfr. ibid., pág. 46.
38

En esas figuras y colores, ese paisaje, esos sonidos combinados, ordenados; en ese
discurso; en esa forma de decir y contar; en ese encuentro con alguien; en ese gesto o actitud; en
ese texto, en esa historia, en esos versos; en esa forma en definitiva, hay una proporción, una
armonía adecuada a la persona humana y un brillo que entusiasma, que me ofrece felicidad. Se
da un hallazgo que invita a crecer; de alguna manera llama al cambio, a la incorporación de algo
rico y nuevo, a la llamada catarsis, que ya se ha nombrado. Son muchas las descripciones del
impacto ante lo bello. Recojo una más reciente que nos ofrece Benedicto XVI al encontrarse con
la belleza artística: “Tal vez os ha sucedido alguna vez ante una escultura, un cuadro, algunos
versos de una poesía o un fragmento musical, experimentar una profunda emoción, una
sensación de alegría, es decir, de percibir claramente que ante vosotros no había sólo materia, un
trozo de mármol o de bronce, una tela pintada, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos,
sino algo más grande, algo que “habla”, capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de
elevar el alma. Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se
cuestiona ante la realidad visible, busca descubrir su sentido profundo y comunicarlo a través del
lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible
la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de
infinito. Más aún, es una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van
más allá de lo cotidiano. Una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón,
impulsándonos hacia lo alto”49

e) Aspectos de la subjetividad de la belleza

Y nos preguntamos: ¿aquello me agrada porque es bello, o es bello porque me agrada? Y


se puede sugerir: me gusta porque allí se dan esos elementos distinguibles que resplandecen, y
que, por tanto, tienen razón de belleza. No podré dominarlos por completo –siempre está
presente esa natural incognoscibilidad del hombre limitado- pero aquello es bello objetivamente
y por eso me agrada.
Pero agrego: parece que corresponde afirmar que –de algún modo- aquello es bello
también porque el espíritu humano lo discierne como tal –cada uno de distinta forma-, y por lo
tanto lo enriquece, lo completa. Hay un cierto añadido que da el hombre a aquel objeto o ámbito

49Audiencia general; en “L ‘Osservatore Romano”, 4.IX.11, pág. 12.


39

con su percepción gozosa. Es un don que se agrega y en cierta forma engrandece aquel objeto o
ámbito. Es especialmente notable esta realidad en la música, donde el intérprete es un “cómplice
totalmente necesario” de lo escrito.

Queda claro, sin embargo, que la belleza primariamente está en la naturaleza de las cosas
y no la pongo yo al distinguirla; trasciende al hombre: este solo ayuda a distinguirla, y desde casi
infinitas perspectivas; tantas como pueda producir la rica contemplación de los hombres, y así la
enriquece. Algunos han llamado a esa actividad recreación; otros co-creación. Las obras de arte
han de ser presentadas: un guión de teatro o de cine; una partitura; también –de alguna manera-
las obras plásticas han de ser ofrecidas debidamente (por eso, merece un análisis mayor –pienso-
la función y organización de los museos) y podríamos seguir con ejemplos.
En lo que se quiere insistir es en la intervención de quien recibe y debe presentar eso que
recibe del autor de la obra de arte. La interpretación, por tanto, es fundamental para que llegue
aquella belleza o para que se amplíe. Es objetiva la belleza, está en la cosa, pero su buena lectura
suma en esa calidad que tiene, la completa; a veces, de manera crucial: es evidente –insisto- en la
música… Otro ejemplo: cuando alguien compra un cuadro en un salón de exposiciones y lo lleva
a su casa o a su oficina y lo fija en un ámbito que ha elegido, se da una especie de rescate:
aquella belleza se saca de una posible “aglomeración” –también lo son los museos- para
completarla de alguna manera, al darle un marco que la destaca. El buen lector también se puede
entender como un recreador, positiva o negativamente. Añade, desde su subjetividad, variedad
de matices y valoraciones a historias, personajes, sucesos…

f) en concreto, el tema del gusto

Hasta ahora, en este capítulo hemos llegado a algunas conclusiones:


-que las cosas bellas tienen una conveniencia primera –siempre desde la sensibilidad- con
la inteligencia y la voluntad,
- que poseen una riqueza objetiva, y
- que el hombre, al llegar a ellas, les añade valor.
Ahora bien: ¿por qué su percepción es tan distinta en cada persona?
40

Hay cosas bellas que son accesibles a toda persona con capacidad de distinguir la verdad
y el bien; es decir, son naturales y –salvo deformaciones patológicas- reconocidas por todos:
como ejemplo inmediato, tenemos muchas grandes y pequeñas maravillas de la naturaleza o de
la generosidad humana. Antes –si vemos las cosas en profundidad- parte al menos de las que
hemos llamado “bellezas divinas”: la bondad, omnipotencia, magnanimidad de Dios, por
ejemplo.
Como la llegada a la verdad y al bien dependen de cada uno, la percepción de la belleza
estará condicionada por una gran cantidad de circunstancias: individuales y personales.
Fundamentalmente –ya lo dijimos-, la presencia y el grado de asentamiento de las virtudes, los
hábitos buenos: intelectuales y morales. Una persona con más sabiduría, prudencia, justicia,
fortaleza y templanza, goza de más capacidad para distinguir la real belleza. Hay un
ensanchamiento, y para bien, en la forma de conocer de esa persona. Por eso también, cuando
esas riquezas de nivel espiritual están casi ausentes o empobrecidas, la capacidad disminuye.

Pero los condicionamientos son más:


- la herencia, lo innato, los atavismos;
- las habilidades y destrezas personales y el trabajo serio en y sobre ellos: en concreto, el
buen “adiestramiento” (frecuencia de lectura, audición, observación, contemplación al
fin);
- el carácter y el temperamento;
- los afectos;
- las creencias50;
- la edad;
- el sexo;
- las costumbres del ambiente y las tradiciones;
- la educación académica recibida;
- las experiencias de lugares –los viajes- y otras circunstancias de vida;
- las condiciones físicas, la salud (pensemos en el nivel de normalidad en los sentidos: la
vista, el oído, el gusto);

50Todo ser humano construye su vida en base a creencias en las que basa su desarrollo para alcanzar felicidad; todo
ser humano tiene –aunque sea casi inconscientemente- un “plan de salvación”. La calidad objetiva de ese plan,
influirá también, y en un nivel de gran preponderancia, en su apreciación de la belleza: lo analizo en el capítulo IX..
41

- la mayor o menor estabilidad psíquica;


- las presiones sociales; etc.
Todo esto sería lo que genera esa base interior de sintonía con lo bello que llamamos
gusto.

Y nos preguntamos: ¿se puede decir que casi todo depende del gusto personal?; el juicio
estético, ¿es totalmente subjetivo? Es subjetivo en tanto que es individual, personal, y a mayor
madurez humana (mayor adhesión al bien y a la verdad), más fiable y elevada será la
apreciación51. Volvemos a lo ya dicho: no da todo lo mismo; hay una naturaleza, y hay un más y
un menos en la adecuación de la inteligencia a esa realidad que es bien y que es verdad. Si poseo
o estoy adherido a más bien y más verdad, la calidad de vida es mayor: se nota en valoraciones,
decisiones, actitudes, uso del tiempo, tratamiento de los afectos, manera de ayudar a los demás y
de contribuir con mi quehacer al bien común. Hay una mayor o menor madurez humana, y esto
influye en el gusto.

¿Depende esto de la educación in genere? Por supuesto, pero la verdad y el bien llegan
más genuinamente al que gusta de ellas, al que las recibe como bellas. Por eso, hace falta crecer,
mejorar en los modos, los estilos, las formas, el entusiasmo en la presentación de lo valioso. Y
por esa razón urge –a la vez- trabajar en los medios genuinos para cultivar la sensibilidad
estética, un tema fundamental de la pedagogía.

Se limita notablemente el posible encuentro con la belleza, por ejemplo, cuando se


tiene la velocidad, la urgencia, como actitud vital privilegiada. Se advierte en los encuentros
personales, en la lectura, en los diálogos, ante el paisaje o la naturaleza, al oír música, al ver
una obra de arte: una escultura, un cuadro, una decoración; ¡al viajar! … El paradigma actual
parece regido por la velocidad obligatoria, por la impaciencia, la ansiedad; por la cantidad
mayor –de lo que sea- en el menor tiempo…
También se dificulta cuando confundimos el reposo con el “no hacer nada”, el
“autovaciamiento”, o –por el contrario, en la búsqueda del descanso por medio del casi puro
vértigo; o cuando el hacer técnico se reduce a lo simplonamente maquinal: “el recinto del
“nada más que lo práctico” como un paisaje lunar” del que habla Pieper; o el diálogo se

51 Es evidente que estas condiciones personales –el talento y la sensibilidad- y su buen desarrollo son raíces muy
principales para la aprehensión y para la oferta de belleza. Las virtudes intelectuales y morales necesitan asentarse
en esa base para que el resultado tenga cierto nivel. El ideal es que haya talento y virtud.
42

limita al chateo o al e-mail apurado; o evitamos sistemáticamente lo que no resulta


inmediatamente “divertido”. O cuando convertimos en “sistema” el ir abandonando la
lectura de libros -que suele requerir análisis, calma, ponderación- para refugiarnos -como
recurso que va ganando terreno en todas las edades- en la velocidad del cine o la TV (con
todas sus maravillas indudables, pero también con sus limitaciones) y los zapping o los play
stations. No; no es corriendo, (…) y en el apresuramiento de cien cosas atropelladas como
se reconoce la belleza y como florece ésta. La soledad, el silencio, el reposo, son necesarios
para todo nacimiento, y si alguna vez un pensamiento o una obra de arte surgen como un
relámpago, es que ha habido antes una larga incubación de morosidad. 52

Se puede afirmar, por tanto, que hay objetividad en el gusto artístico y que, en
consecuencia, hay más o menos buen gusto. Ese hecho es el que produce la realidad de lo
clásico, que sería lo que queda como valioso con el paso del tiempo. El artista plástico, el
músico, el arquitecto, el diseñador, el escritor hace cosas nuevas y ha tenido siempre –más o
menos según las épocas- el claro intento de innovar, de provocar. Suele pasar que a los
primerizos fuegos artificiales –elogios, exaltaciones, desbordes- se va imponiendo, después de
los años, el requerimiento de un placer que luego llamaremos veritativo (porque reclama la
naturaleza de las cosas) que suele ir filtrando y ordenando esas creaciones artísticas. Lo que
resiste a ese reclamo es –pienso- lo que realmente suma, aporta: allí está, en la práctica, el triunfo
del buen gusto, que no es algo que se calibra con absolutos o certezas, pero se atisba con el
sentido común.
Por eso, me atrevo a afirmar que tiene objetividad la afectación, lo pretencioso, lo grosero
o chabacano, lo artificioso, lo ridículo, lo kitsch, lo monstruoso o siniestro, lo que llamamos feo
53 Es, insisto, lo que ha pasado y seguirá pasando en la historia y así se genera lo que llamaríamos
cultura clásica. Me estoy refiriendo a un concepto que no se limita históricamente. En cada
época se irá generando novedad que resistirá bastante bien a tantas rápidas apreciaciones
subjetivas.
Hablo de un tema donde –insisto- no se dan certezas, pero sí aproximaciones que habrá
que ir calificando de más o menos atinadas.

52
Leclercq, Jacques, Elogio de la pereza, en De la vida serena, Rialp., Madrid, 1965, págs. 29/30.
53
Al final de este capítulo se explica más detenidamente el tema de la fealdad y se sugieren modos de decir quizás
más precisos, aunque de difícil vigencia práctica.
43

g) La fragilidad de la belleza y la posibilidad de engaños y desperdicios.

Algo más: la belleza es recibida de manera diferente por cada persona por su misma
fragilidad. Aparece como derivada, dependiente; es esplendor de la verdad y el bien; por eso se
explica la dificultad en su discernimiento, su carácter tan opinable: son muchos los filtros
históricos, educativos, culturales, sociales, que interfieren en su captación.
Por una parte, esa infinita variedad en la recepción, puede enriquecer a la belleza a través
de “lecturas” que, en definitiva, la completan, como dije más atrás.
Pero también cabe la posibilidad de que esa belleza asuma un papel engañoso, de puro
“envoltorio” o “atuendo”, y no precisamente de lo verdadero y bueno, como he comentado más
arriba. Así, a veces se hace encantador, atractivo, seductor, algo que carece de posibilidades
auténticas de sumar en el genuino empeño de felicidad de la persona.
Por eso es claramente manipulable la belleza. Esta posibilidad es especialmente viva en el
arte: la narrativa, la plástica, la música, el teatro, el cine, ¡la televisión!… Hay belleza que puede
ser solo “cáscara” y manejada por las leyes del interés –del “marketing”-: por eso, se ve la
urgencia de preparar a las personas para que sepan aprehender con más hondura y sentido crítico
lo que se les presenta. Aquí vale la pena hacer referencia a una recordada exposición en
Estocolmo, a fines de 1998. Se titulaba All ears y se “expusieron” doce obras de artistas
extranjeros y doce de nórdicos. El organizador no tuvo las subvenciones y apoyos esperados y
decidió hacerla lo mismo con un pequeño grupo de colaboradores. Pintaron o dibujaron lo que se
les ocurrió –no era su oficio- y la exposición se inauguró con los rituales previstos. Los críticos
abordaron su tarea con comentarios encendidos y enjundiosos. Y después se descubrió la broma,
ante la furia de los comentaristas.
Con esto se quiere mostrar que, a los condicionamientos personales del receptor de las
cosas bellas, hay que sumar la misma debilidad natural de la belleza: de alguna manera,
acompaña, presenta, anuncia, facilita… y hay que ver qué contenidos son los que la sustentan.
Cabe el engaño, la seducción, la mentira. Con esto se recuerda otra vez el sentido del título del
libro: es urgente aclararse sobre la belleza, como se explica al comienzo.
Cuando se hace referencia al arte, no olvido la enorme repercusión que tiene este tema de
la manipulación de la belleza en la moda y también en el entretenimiento, en el juego: ya podré
referirme más adelante a este aspecto; no sólo para advertir lo negativo, sino para alentar al
empleo magnífico de muchos instrumentos en el real crecimiento de la persona.
44

h) Síntesis de los desafíos para encontrar más belleza.

¿A qué apuntar, entonces, para crecer en la posibilidad de gozar más de la belleza? Al


reconocimiento y valoración sincera de los talentos naturales, al crecimiento de las virtudes y a
la búsqueda más decidida de calidad en la educación, en las costumbres y en los medios para
fomentar de manera concreta la sensibilidad estética: sobre este aspecto se hacen algunas
sugerencias en el capítulo VIII.
Añado tres observaciones más para terminar el apartado:

- Parece especialmente necesario en la situación cultural de hoy, que es un tiempo de


superficialidad, de urgencias, de poca –y muy poca- espesura en el pensamiento, aceptar el
desafío y trabajar exquisitamente el tema del cómo, de los medios, del método en la transmisión
de todos los contenidos. Si la belleza es el ambiente que hace apetecible la verdad y el bien, la
llamada via pulchritudinis, el priorizar la hermosura en la presentación de lo valioso, es un
objetivo fundamental. Y no cabe un lamento negativo ante el menor peso de tener tan en cuenta
el “envoltorio”: se trata, en definitiva, de un reto al empeño en las formas, las maneras, las
actitudes, y también un impulso a la creatividad54. Todo esto es, por supuesto, muy positivo: hay
que trabajar más y mejor. Hay un llamado a centrar esfuerzos en el tema de la belleza: en el
pensar, en el hacer, en el decir; y a distinguir –cada vez más decidida y maduramente- su
posibilidad de reducirse , permítasenos la expresión, a “revestimiento”.
Un ejemplo siempre actual: el papel de las formas y recursos retóricos en el discurso.
Cuántas veces se agradecen, y cuántas también se convierten en instrumentos de engaño y
confusión. Sofistas ha habido siempre y los hay –y en mucha abundancia y con éxito- ahora. En
la transmisión de ideas, en la política, en la información, en la narrativa dentro de cualquier

54 Se oye hablar hoy del “feísmo” como moda en el cuidado del aspecto personal, en la mujer y en el hombre:
desaliño buscado, suciedad, ordinariez, brusquedad, abandono y desprecio del cuidado… Es un hecho e importa
discernir lo que puede significar para la persona, diría que especialmente para la mujer. Si el tema se trata con
ligereza, dejamos a un lado una posibilidad de avanzar en temas que hacen a la felicidad.
45

género. Allí se ve también la seriedad de la capacidad de discernir forma y fondo, y de no dejarse


engañar por envoltorios de poco peso.

- Lo crucial, lo definitivo será la convicción y el compromiso con la verdad y el bien que


estoy presentando o procurando entrever, según sea creador o receptor de cosas bellas. Y, como
veremos luego con más detenimiento, ese compromiso implica a quienes me rodean, porque los
hombres hemos de ayudarnos a ser felices; más aún, allí –en tender a la actitud habitual de
servicio- encontramos nuestra realización como personas. Esta afirmación necesita una lectura
serena, honda y pausada. Implica siempre cambios de enfoque y decisiones importantes en la
vida personal.

- Todo esta manera de ver el tema, ayuda a entender con más hondura qué significa el
reclamo de la sinceridad. Si se afirma simplemente como liberación, autonomía plena,
espontaneidad absoluta, se empobrece esta maravillosa virtud que no es más que la expresión del
compromiso con la verdad más completa y, por tanto, necesita siempre la ponderación. Esto a
veces duele, pero sería injusto no afirmarlo.

j) La misteriosa belleza del dolor. La situación de la fealdad.

Una aclaración para terminar el capítulo. Cuando se habla de la belleza como esplendor
de la verdad y el bien, no se la ha de entender como algo limitado –y sentimentalmente- por lo
que entendemos como bonito o agradable o puramente apacible. La realidad está impregnada
por el gozo y también por el drama, el sufrimiento y el desconsuelo del hombre; por las
maravillas naturales y sus fierezas y calamidades; por las noblezas y las traiciones y ruindades;
por heroísmos y mezquindades deplorables; por la serenidad, la esperanza, y por el miedo, la
angustia, el terror, el desánimo, la injusticia; por la salud y la enfermedad… “Dado que el mundo
esconde tanto horror, sería puro esteticismo cerrarse en un ámbito de formas bellas; la
deformidad forma parte del mundo y por ello debe entrar de forma esencial en los motivos y
46

contenidos de la creación artística. Al ser arte expresión y por ello palabra, lo informe puede ser
una parte del alfabeto con el que el arte se hace palabra y adquiere forma”.55
¿Cómo se explica esa evidente tensión en todo lo que es, en nuestro mundo? Se trata de
procurar acercarse nada menos que a la naturaleza del mal. Es carencia, privación de verdad, de
bien. Es la “porción de no ser” que se da en toda la finitud humana: sería expresión de esa
finitud. Junto al bien, la verdad y la belleza se dan la maldad, la falsedad y la fealdad.56
¿Cómo queda la belleza en toda esa realidad que se nos presenta limitada, profundamente
herida, oscurecida? ¿En qué sentido se puede seguir sosteniendo –con ese panorama- que es
“resplandor” del bien y la verdad?

- Distingamos, en primer lugar, en el encuentro con tanta belleza herida57,


* la presentación de la mezcla de ser y carencia de ser hecha con altura y con valoración
equilibrada, por una parte,
* de la incitación o el aliento más o menos descarnado al mal objetivo.
Esto último constituye una agresión y un daño que importa discernir y dominar. Existe el
escándalo en la presentación de lo real y también en el pseudo-arte: pensemos en mucha
presentación de lo siniestro o morboso o el puro terror o en la banalización del sexo, o en lo que
produce normalmente asco…

- Por otra parte corresponde aclarar que “resplandor o esplendor” significa anuncio,
noticia, mostrar una presencia notoria y no necesaria y/o primariamente gozosa, linda, agradable.
La actitud que convendrá cultivar siempre es la libertad madura, inteligente, para penetrar en el
bien escondido en medio de tanta limitación ineludible, y discernir el mal como privación,
carencia de bien; enmarcarlo, entenderlo y presentarlo así. Son las grandes sutilezas que se piden

55 von Balthasar, Hans Urs, Teodramática 2. Las personas del drama:el hombre en Dios, Ed. Encuentro, Madrid,
1992, pág. 31.
56 Cfr. Etchebehere, Pablo, Estética lógica y estética dramática de la fealdad, en Belleza que hiere. Reflexiones

sobre Literatura, Estética y Teología, Ed. Ágape, Buenos Aires, 2010, págs 83-114. De allí citamos un texto de von
Balthasar: …como a lo bello pertenece la tensión y el relajamiento de ésta, y la lúdica separación de los contrarios,
lo bello rebalsa su propio ámbito y postula para sí necesariamente su contrario. Para lo elevado postula lo bajo;
para lo noble, lo ridículo y grotesco, más aún, lo terrible y lo feo, a fin de señalarles el lugar que ocupa en el
conjunto y sacar de su presencia ventajas superiores. Esto último es lo que se comenta más adelante: hay ventajas
superiores que conseguir en un proceso interior que resulta de la actitud contemplativa, de la observación completa
de lo real, que incluye lo feo, lo malo y lo falso.
57 Ese es el nombre justo, me parece, de la belleza normal que manejamos en la vida. La única que no tiene esa

modalidad es la belleza divina. Sin embargo, como dijo Borges alguna vez: Al cabo de los años he observado que la
belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso.
47

a la inteligencia comprometida con y enamorada de la verdad. Siempre habrá misterio, pero


cuando hay anclaje –humilde y fuerte- en la naturaleza de las cosas, hay más luces. Esta es,
quizás, la zona de lo sublime, lo tremendo, de aquello que nos excede y mucho, pero se nos
presenta en la vida y también en el encuentro con el arte.

- Además, el discernimiento de la belleza entreverada como trigo entre paja, dependerá


del “horizonte hermenéutico”, de lo que llamaremos en estas páginas “planes de salvación” que
asumamos y aceptemos en la vida para hacer frente a nuestro deterioro originario y normal: cfr.
pág.119. Quien se abre a la trascendencia con decisión es el que puede llegar a comprender y a
hacerse más plenamente con aquello herido y limitado y llamarlo bello. Porque se arrima más a
fondo a sus raíces y a su contexto. En concreto, la luz de la revelación cristiana sobre la caída del
principio y sus huellas evidentes en la naturaleza humana; sobre el respeto divino de la libertad
para posibilitar el amor; sobre la Encarnación de Dios y la Redención, con su modo y sus
propuestas de vigencia en todos los momentos y circunstancias de la vida; sobre la promesa de
felicidad eterna, es –en definitiva- la clave genuina y eficaz para distinguir en todo el drama del
hombre – también el que nos ofrece el arte- el resplandor de la verdad y el bien, de la misteriosa
belleza que allí se ofrece. Esta es la propuesta que ofrezco en estas páginas.

-Y corresponde avanzar algo más en el proceso interior de la llegada a esa belleza herida.
Explica analíticamente, von Balthasar: “Es difícil imaginar lo que supone una decisión espiritual
que afirma que el ser es, en su totalidad, bello. ¿No lo desmiente miles de veces al día la pesadez
de todo lo feo y abyecto, la desesperante medianía y vulgaridad? ¿No existe en esta afirmación
ilimitada un exceso, una trascendencia que tiene algo de utópico y heroico o, por decirlo así, algo
de fe? ¿No es un asomarse a la existencia total sin tener en cuenta las formas particulares en que
ésta se presenta? Rilke acuñó una expresión inolvidable: “Sé que el Dios amado no nos ha puesto
entre las cosas para elegirlas, sino para aprender a tomarlas de forma tan grande y radical, que en
definitiva no podamos tomar sino cosas hermosas mediante nuestro amor, nuestra atención
vigilante y nuestra inquieta admiración”. Se trata de tomar, de aceptar, y no de una
transformación subjetiva: se trata de una atención vigilante que se acopla con el amor para
recibir con toda objetividad, es decir, de forma total y radical, y esta apertura amorosa y atenta
ya no puede acogerlo todo más que como bello, convirtiéndose por lo tanto en una amplia
48

admiración”58. Se explica así la dinámica de la contemplación de lo más complicado o difícil,


siempre necesaria para acercarse de manera más completa a su realidad.
La presentación –especialmente en la narrativa literaria, cinematográfica o teatral- de la
dureza de la miseria, la injusticia, el desamor, el desamparo, la desesperanza, puede
transformarse, si hay apertura a la trascendencia, talento y virtud, en una invitación a caminar
hacia el cambio –la catarsis de los clásicos-, a procurar una búsqueda más aguda de sentido, a
discernir los reclamos a la propia conciencia que se presentan en esas realidades lastimadas. Allí
entra en juego la posibilidad de que se despierte la compasión, el amor, el deseo íntimo de
cambio, de servicio, de darse a los otros. Aquello escuchado, leído, visto con actitud
contemplativa, puede iniciar un drama de consecuencias muy positivas.59

Cada uno podrá aportar sus vivencias sobre esa misteriosa belleza del dolor. Toda la
narrativa literaria, por ejemplo, desde las obras clásicas hasta lo contemporáneo en la novela, el
cuento, el teatro o el cine, está impregnada de ese desafío más o menos consciente y más o
menos logrado. Lo mismo podemos decir de otros ámbitos: muy especialmente de la plástica,
por ejemplo. Insisto en la invitación al “viaje personal” del lector, en sesiones de cine,
audiciones, lecturas y visitas a museos.
Al escribir, se me presentan tantos nombres y vivencias magníficas… dramas y por tanto
personajes de Shakespeare, de Tolstoi, de Dostoievsky, de Mann, de Rolland, de tantos
españoles o latinoamericanos; de Mauriac, de Greene, de Steinbeck, de Waugh, de Undset, de
Claudel, de Marai y… la lista sería interminable; desde Grünewald o Bosco, al Turner de sus
marinas, el “Sin pan y sin trabajo” de nuestro de la Cárcova…, tantas pinturas de Berni, de
Goya; de del Quirós, “El grito” de Munch…; ¡gran parte de la ópera y tantísimos de sus pasajes
fantásticos en todas las épocas!; en fin, permítaseme esta enumeración “ a vuelo de pájaro” y
quizás ingenua o pueril: quiere ser invitación a un trabajo más completo del lector…
También podrá distinguir el “no ser”, la carencia de belleza –la fealdad manifiesta- en
muchas presentaciones del dolor o el sufrimiento o la realidad humana. Para aportar al lector:
“Mujer llorando” y otras fealdades de Picasso (se me permite la libertad de confesarlo así: son

58 En Gloria, Ed. Encuentro, Barcelona, IV, 24.


59 Esta contemplación estética se vuelve dramática cuando el sujeto decide participar libremente en la
representación de Dios que salva formando parte del escenario icónico. Avenatti de Palumbo, Cecilia, Ser testigos
de la belleza herida, en El camino de la belleza, Ed. Ágape, Buenos Aires, 2009, pág. 90. Parece oportuno citar aquí
el fuerte comentario de Dimitri Karamazov a su hermano Aliocha en esa gran obra de Dostoievsky: La belleza es
una cosa terrible. Por ella pelean Dios y Satanás, y el campo de batalla es mi corazón.
49

treinta mil las obras que dejó: hay varias, en mi opinión, feas…): el llanto es una muy rica
expresión de la persona humana que es maltratada, burlada -por trazos que realmente rechazan –
en el cuadro mencionado su muy posible belleza. O el “Retrato de Isabel Rawstorne en una calle
de Soho” de Francis Bacon, por ejemplo; o “Mujer y bicicleta” de de Kooning…

Parece importante la invitación al distingo y en todas las ramas del arte. En estos
momentos de postmodernidad relativista, el riesgo es dejar que se difuminen los límites entre el
ser y el no ser, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo malo, entre lo bello y lo feo. De
allí la necesidad de la valentía y claridad en la actividad crítica, también para crecer en gozo real,
en calidad de vida, que es algo anhelado siempre por el ser humano. Cuando se cae en relativizar
casi todo o todo, se está a un paso de caer sin más –como ya he comentado- en la dictadura del
que dice más fuerte, del más poderoso, del más seductor, del mejor vendedor. Y eso es
manipulación, esclavitud al fin.
En definitiva, la falsedad o la maldad pueden darse en un ámbito de belleza; lo que no
será nunca bello es incitar, inducir o alentar a la maldad o falsedad. Lástima que muchas veces
esto último se presenta abruptamente, de forma parcial, acotada, en fragmentos. Cuántas
magníficas películas, novelas, espectáculos o dramas son quebrados por ese intercalar grotesco,
ridículo e innecesario de evidente fealdad.

En otras palabras, lo feo, lo realmente feo no es la falsedad o la maldad presentadas en un


ámbito de belleza sino lo que significa atropello a la felicidad del hombre. Esto es: lo que resulta
apología, aliento o aprobación o inducir a lo objetivamente malo o falso. El discernimiento
puede no ser sencillo, pero es necesario y exige la pausa de la contemplación. Se deshecha la
paja, y en el trigo se pueden apreciar elementos muy variados, no todos “lindos” o agradables,
pero sí cargados de mensajes positivos que hay que aprender a procesar: en el cine, la plástica, la
narrativa, etc60.

60Por eso, el acceso a lo bello a veces es muy trabajoso. La contemplación es un ejercicio muy completo de la
persona y que depende mucho del horizonte hermenéutico que asuma. Así se puede llegar a la belleza –siempre
herida, y a veces muy herida-, por ejemplo, en novelas especialmente duras. Pienso en Las uvas de la ira, de
Steinbeck; en Un día en la vida de Iván Denisóvich, de Solyhenitsyn, en La carretera, de Cormac Macarthy; en Los
Buddenbrooke, de Thomas Mann; en América, de Kafka: me permito citar obras leídas recientemente y en las que
puedo decir que gocé con el trabajo de encontrar la belleza allí presente, muchas veces como “trigo entre la paja”.
Cito casos límite: lo normal es encontrarse con obras de más clara oferta de hermosuras, insisto, siempre heridas.
50

Se propone, entonces, restringir la expresión “feo” a lo estrictamente tal –la incitación o


aliento al mal- y no llamar fealdad a la permanente mezcla de maldad y falsedad bien
presentadas y calificadas en las diversas narraciones que nos ofrece el arte. Puede entenderse
esto como algo puramente terminológico. En la práctica, lo será: no me parece oportuno levantar
una cruzada sobre el uso de la palabra feo. De todas maneras, para que la belleza recupere su
“status” parece conveniente no reducirla sino expresarla en su riquísima amplitud y complejidad,
incluyendo todos los matices, también terribles, de la realidad. No hay que olvidar que estamos
procurando presentar un trascendental del ser que resulta poco iluminado en los tiempos que
vivimos. Como he comentado, se podrá decir, no sin razón, que fijar esos límites –en la
contemplación de la realidad y del arte- es tarea muy difusa: por supuesto, pero queda la
sugerencia de una mayor aclaración conceptual sobre lo feo.61Por eso la precisión que sugiero en
las primeras líneas de este párrafo.

Hay tanto escrito sobre este tema… Citemos, por ejemplo, Rosenkranz, Karl, Estética de lo feo, Ed. Ollero,
61

Madrid, 1992; Eco, Umberto, Historia de la fealdad, Mondadori, Barcelona, 2007.


51

V. Consideraciones sobre la belleza en el arte

1) El lugar del arte en la búsqueda y percepción de la belleza.

a) No es el ámbito principal para buscar belleza.

Con los presupuestos que hemos ido estudiando hasta ahora, se puede proponer la
siguiente conclusión: como son inagotables las posibilidades de distinguir belleza en el ser y el
actuar divino primero, y en el obrar humano y en el universo natural después, en esos ámbitos
están las ofertas principales y más accesibles que tenemos.

¿Y el arte? Es un modo relevante de la acción humana, una forma de la techne de los


griegos, la que no busca primariamente lo útil sino el deleite. El artista crea, introduce una
novedad que imita, representa o significa, ilustra o quiere enseñar, expresa sentimientos. Lo
presenta haciendo cosas que satisfacen la necesidad de belleza: objetos –formas, colores-,
narraciones, sonidos, poemas, películas…
El trabajo artístico se manifiesta y procura alentar, con su anhelo de belleza, los distintos
órdenes de la vida: la relación con Dios, el amor, la convivencia y la vida física –la vivienda, el
alimento-, la decoración, la fiesta, la vestimenta… En todo, se ha hecho y se hace presente.
Por eso también es una necesidad humana el paseo por la historia de las artes: se advierte
su continua vigencia en el interés que despierta –ahora y siempre- el viajar y recorrer ciudades, el
visitar museos, el gozar de la decoración y el ornato, la búsqueda del espectáculo, el protocolo, el
cuidado del aspecto, etc.

b) El papel del arte en la antigüedad, en el medioevo y en la modernidad.

¿Qué lugar ocupa, de hecho, esa tarea? En todas las antiguas culturas fue siempre una
función destacada, pero no principal.
Los griegos -por lo menos teóricamente- distinguieron entre el saber del artista y la más
sencilla experiencia o destreza del artesano, y en el fin del medioevo, se asienta con más firmeza
52

el encuadre de las artes entre las tareas intelectuales, como parte de la sabiduría: se valoran como
creación específica del alma humana.

En la llamada modernidad –podemos situar sus inicios en los siglos XVI, XVII- la
importancia social y cultural del arte –especialmente en Occidente- adquiere unas características
peculiares.
No nos corresponde detenernos con detalle, pero hagamos un repaso de hechos que se
advierten desde el inicio de esos tiempos:
- el marcado acento sobre lo humano, el antropocentrismo en todos los ámbitos; el
desarrollo de la burguesía urbana; el enriquecimiento de la nobleza; la revalorización del
grandioso pasado greco-romano; la plasmación de las nacionalidades. Estos son algunos factores
que explican el desarrollo muy notable que se da –desde entonces- en cada una de las artes de
siempre: la plástica, la arquitectura, la música, la narrativa y los distintos géneros literarios en
lenguas originales, etc;
- por todo esto el artista gana en importancia social y cultural: su obra no es algo de algún
modo adjetivo, acompañante, sino emancipado, “más autónomo”;
- se multiplican, entonces, los estudios y teorías sobre el quehacer artístico62;
- dentro de todo este movimiento, el pensamiento filosófico procura síntesis, y será
Emmanuel Kant quien de alguna manera inicia (siempre con raíces en ideas más antiguas) y
propone –desde la coherencia de su análisis idealista- el nuevo lugar del arte dentro del mundo
de la belleza. En su planteamiento general, el conocer se antepone al ser; se accede a las ideas, y
solo desde ellas a las cosas, que quedan como fenómenos, pero sin fundamento suficiente.
Comienza ese distanciamiento de la inteligencia con respecto a la naturaleza de lo real que
caracteriza el pensamiento inmanentista de la modernidad.

c) Algunas consecuencias del análisis filosófico de la modernidad.

¿A qué llevará ese nuevo enfoque, más gnoseológico que metafísico en nuestro tema?
Procuremos una explicación veraz y esquemática: se da un doble divorcio en el tradicional

62Tratados de pintura, arquitectura, escultura; síntesis históricas y –poco a poco- numerosas elaboraciones teóricas
en Italia, Alemania, Inglaterra… Nombres para ilustrar: Ghiberti, Alberti, “Filarete”, Paccioli, Vasari, en los inicios
de este período que comentamos y en Italia; o Poussin, Perrault, en Francia. Y la enorme historiografía de poco
antes y durante la Ilustración, para llegar al abordaje más completo del tema especialmente en el idealismo alemán.
53

fundamento de la actividad humana. La verdad y el bien se separan, para andar cada uno su
camino; y la belleza –al perder su sustento en esas raíces -que había explicado el pensamiento
clásico-, queda en peligro de soledad, de ir vaciándose: se limita.
Como consecuencia de esos pasos que se dan en el pensamiento:
* el acceso a la verdad va quedando reducido al trabajo de la ciencia experimental y –sin
entrar en la evolución concreta de este resultado- también del artista, que en lugar del filósofo
(que según su enfoque “no puede llegar a la naturaleza de las cosas, al ser”) sí puede acceder –se
postula- a lo profundo, sublime y misterioso de la realidad;
* el bien es el objeto que anhela y busca una voluntad ciega y que obedece a imperativos
que –en definitiva- complican su aceptación; y
* la belleza queda, entonces, en manos de una libertad entendida como independencia o
plena autonomía. Se debilita la búsqueda y el hallazgo de los grandes niveles de belleza –Dios, el
obrar humano, la naturaleza, - y se acentúa el dominio del arte como reino de lo bello: es el
campo de la pura creación del espíritu humano y sin ninguna referencia más que a sí mismo. Así,
la belleza va corriendo el riesgo de ir desvaneciéndose, de perder el sentido, y llegará –en la
postmodernidad- a no interesar y a ser, muchas veces, abiertamente rechazada.

En otras palabras: el maravilloso despliegue de las ciencias experimentales,


empíricas en la modernidad merece todos los reconocimientos y la gratitud humanas. Parece
importante, de todas maneras, distinguir algunos límites que nos ha impuesto este fantástico
avance.
Se puede hablar de una suerte de encantamiento del conocimiento científico que ha
llevado a opacar primero, y después a postergar y reemplazar el más completo ejercicio de la
inteligencia, llamada, sin lugar a dudas, a llegar al fundamento que hay detrás de los
fenómenos. Esa armazón construida por el homo faber ha supuesto casi un blindaje que pone
a la ciencia experimental como definitoria de lo que es real y, de alguna manera, ha
contribuido a alejar al pensamiento del serio interés por el ser de las cosas, por lo que son de
suyo, por su naturaleza última: “en la ciencia experimental está la verdad; desde allí –de
alguna manera- se nos irá mostrando incluso el bien, allí encontraré el fin, la solución, lo
real…”, suele ser el razonamiento de fondo.
Esto, como es lógico, ha descentrado al hombre, lo ha confundido en todos los
planos, también en la función dada a la belleza, que se ha ido convirtiendo en una especie de
decorado que alienta e ilustra el placer, el deseo de lo que sea; pero que carece de una
fundamentación en la naturaleza de las cosas, que queda en el misterioso dominio del
54

hallazgo puramente individual y afectivo, de una libertad entendida como independencia o


autonomía.

El artista, entonces, muchas veces se ha ido reduciendo a hacer lo que se le ocurre,


sin ningún fundamento más que su mundo interior, sus impresiones, sus dramas y gozos, sus
apetencias, autónomas del ser, de la verdad y del bien, que no tienen relación necesaria con
su trabajo artístico.
Si la pretendida belleza -a veces claramente negada por el artista-, si la forma
ofrecida (narración, música, plástica, danza…) no tiene sustentación en esa solidez de la
naturaleza de las cosas, queda “amorfa”, débil, sin sentido. Detrás queda un creador que hará
lo que quiera, y aquello puede ser realmente bello, pero también es muy posible que no sea
más que ornato, revestimiento, y pretencioso. Dependerá no sólo del talento sino de la
calidad humana –de los valores- del creativo. Si el ambiente cultural es vacío, se hará o se
intentará hacer deseable lo vacío. Y es posible que el autor termine manipulando al receptor,
despertando asombros y deseos, “usándolo”, y –en definitiva- para él: para triunfar, para
vender, o para entretenerse. Y lo que sucede en los hechos es que siempre llega más rápido el
grito puramente pasional, la denuncia, el fomento de la rebeldía o del placer (erótico tantas
veces y pornográfico otras muchas). Y eso crea “cultura”… Resulta negativo el análisis, pero
no se hace para denunciar sino para invitar a ver cómo reconstruir: el ser humano merece
más.

Así las cosas, la belleza ha ido quedando absorbida en una especie de análisis de la tarea
artística: la estética –separada de su fundamentación metafísica- se transforma en una teoría del
arte, del hacer artístico. La belleza de las realidades divinas, de la naturaleza, del hombre pierden
fuerza en el análisis teórico. De todas maneras, como está evidentemente anidada en la realidad,
el hombre seguirá buscándola y destacándola en todos los ámbitos donde se presenta: volvamos
al primer capítulo de este ensayo; se trata de una necesidad natural y, por tanto, irrenunciable.

Sobre el mencionado rechazo de la belleza en toda su verdadera riqueza explica von Balthasar: En un
mundo sin belleza –aunque los hombres no puedan prescindir de la palabra y la pronuncien
constantemente, si bien utilizándola de modo equivocado-, en un mundo que quizá no está privado
de ella pero que ya no es capaz de verla, de contar con ella, el bien ha perdido asimismo su fuerza
atractiva, la evidencia de su deber-ser realizado: el hombre se queda perplejo ante él y se pregunta
por qué ha de hacer el bien y no el mal. Al fin al cabo es otra posibilidad, e incluso más excitante:
¿por qué no sondear las profundidades satánicas? En un mundo que ya no se cree capaz de afirmar
55

la belleza, también los argumentos demostrativos de la verdad han perdido su contundencia, su


fuerza de conclusión lógica. Los silogismos funcionan como es debido, al ritmo prefijado, a la
manera de las rotativas o de las calculadoras electrónicas que escupen determinado número de
resultados por minuto, pero el proceso que lleva a concluir es un mecanismo que a nadie interesa, y
la conclusión misma ni siquiera concluye nada.63

d) Aportes y desafíos

Quedan señaladas las limitaciones y dificultades que han traído las explicaciones de la
belleza desde la inmanencia, desde la primacía del conocer sobre el ser de las cosas, desde el
empequeñecimiento de la dimensión metafísica del tema.
Y ¿cuáles serían, entonces, los aportes, lo realmente positivo de este aspecto de la
modernidad en el asunto que nos ocupa? Un muy cuidadoso y extenso estudio del lugar, la
función y el trabajo del sujeto y su percepción de la belleza. Hay que remarcar que se trata de
una dimensión fundamentalísima del problema. Dicho con otras palabras, el aporte de tantas
elaboraciones de la modernidad ha sido –más que en la metafísica- en la teoría del conocimiento,
en la psicología; dimensiones –por supuesto- de notable relevancia64.
Al haber resaltado y analizado exhaustivamente la función del espíritu humano en la
búsqueda y presentación de la belleza (Kant, Hegel, Croce, Heidegger…), la tarea del artista
adquirió mayor protagonismo en la cultura y fue incitado a proponer con mayor espontaneidad
su “lectura” de lo real: con sus narraciones, comentarios; con sus creaciones plásticas o
musicales. En ese sentido, ha crecido su responsabilidad y se ha alentado –de alguna manera y a
veces indirectamente - al redescubrimiento y reformulación de la tarea del artista como
colaborador de Dios: para develar y desplegar tantas posibilidades que presentan el mismo Dios,
la naturaleza y el hombre, y que están llamadas a notarse, a advertirse. El artista en cierto modo
ha de completar la tarea divina, y también la de los filósofos y científicos.
Queda el desafío de ayudarle a entender que su libertad no es independencia o autonomía;
que logre en su tarea la sensatez y humildad –inteligencia al fin- de entrar en esa corriente de

63 H.U. von Balthasar, Gloria I, “La percepción de la forma”, Ed. Encuentro, Madrid, 1985, pág. 23.
64Una lectura atenta del capítulo III advertirá cómo se han ido incluyendo –en los límites de este trabajo- muchos de
los contenidos aportados por la filosofía de la inmanencia en la modernidad. Como se explica en la introducción,
hemos priorizado la didáctica del discurso. La finalidad de estas páginas –pienso- lo justifican.
56

normal sumisión a Dios, a la naturaleza y a la verdad y el bien que están anidados en la realidad
de las cosas. De esa manera, el artista que tiene talento y amor a la verdad y al bien ilumina la
grandeza de lo real, la hace más inmediatamente atractiva y enciende la esperanza de lo sublime
y eterno.
¿Se puede pedir este empeño al artista? Sí, y partiendo también del reconocimiento de la
valía de su contribución –como creativo- para iluminar o despertar aspectos de la realidad más
silenciados por los filtros culturales de cada momento. Siempre, pero especialmente desde el
romanticismo, el artista se ha sabido un protagonista del cambio, de la novedad, de la ruptura de
un pensamiento concebido como “automático”; se ha sentido y se ha sabido un provocador.
Siempre lo ha sido…Nombres que brotan “a vuelo de pájaro”: Grünewald, Miguel Ángel,
Caravaggio, Cervantes, Quevedo, Shakespeare, Goethe, Beethoven, Goya, Dickens, Tolstoi,
Wagner, Cèzanne, Van Gogh, Puccini, Stravinsky, van der Rohe, Le Corbusier, Pasternak,
Solzhenicin, Schönberg; Messiaen,… ¡casi todos!, pero en grados diversos. Allí está el
comentario de Schiller: “la única relación con el público de la que no nos arrepentimos nunca es
la guerra”. Y una breve anécdota que ilustra: cuando llegaban las partituras de las obras primeras
de Penderecki a músicos que debían interpretarlas, algunos se rebelaban e incluso se
“enfurecían”. El comentario del gran músico polaco: “…Yo quería indignarlos…y logré tener
éxito…”65.. El lector sabrá poner en su contexto la afirmación.
En el capítulo siguiente se dan ideas sobre la responsabilidad del artista que pueden
ayudar a comprender algo más el cómo encauzar –algo, al menos- esos afanes legítimos y
tantas veces necesarios. Ese afán de novedad y ruptura que tiene el artista siempre ha estado
presente y resulta obvio que ha de ponderarse en el juicio de toda obra de arte. Hoy, por
múltiples factores –la globalización, el multiculturalismo, la revolución tecnológica y digital, la
rapidez y superficialidad del análisis intelectual, etc-, ese juicio exige más pausa y elaboración.
Pienso que, en definitiva, es más fácil el engaño.

2) Sobre el fin del arte.

65cfr Abras, Juan Manuel, Aproximación a la estética de Penderecki, Revista del Instituto de investigación
musicológica “Carlos Vega”, Año XXV, nº 25, Buenos aires, 2011, pág. 27.
57

a) En el artista

Después de todo lo que hemos ido viendo, parece claro que el artista -si lo que anhelamos
es la felicidad humana-, ha de intentar en su hacer un objetivo irrenunciable: la belleza. Esa
sería, naturalmente, su misión primaria. Transmitir belleza para alcanzar felicidad: en él y en
otros.
En concreto, lo que busca –con la imaginación y toda su riqueza interior- es una forma
para dar a la materia que domina: sonidos, colores, volúmenes, aconteceres humanos… Allí, en
la llamada forma germinal o inspiración, se juega el fin de su obra. “En el principio está el fin”,
dice Eliot en un poema66; allí está el nivel de verdad y bien que se quiere presentar. ¿Cómo se
hace presente? Se pide que el artista tenga talento -que domine la materia a la que quiere dar
forma-, que busque belleza y quiera ofrecerla. Que no busque otra cosa primariamente. Si la
busca y tiene un justo nivel de verdad y bien en su haber interior, se garantiza más belleza: ¿por
qué?; porque puede dar –cualitativamente- más felicidad. Así proponemos explicar la finalidad
en el artista.
La explicación teórica resulta clara, y también parece lógico apuntar en esa línea en la
formación y maduración del artista. En los hechos, el uso de la libertad permite infinitas
opciones de formas bellas. Si el que las elabora tiene talento, una aceptación más madura de la
naturaleza de las cosas y una experiencia más genuina de de tantas búsquedas humanas de
felicidad, sus productos ganarán seguramente en calidad.

De todas formas, he destacado el deseo del carácter prioritario de la belleza en el artista:


se integra con motivaciones muy variadas. La realidad histórica, religiosa y social siempre
incitará también a mensajes, desafíos o provocaciones que, como ya se ha comentado, pueden
ser, son y han sido, no sólo legítimas sino completamente necesarias en la tarea artística, y han
enriquecido el encuentro de belleza.

b) En la obra de arte

66 Cuatro cuartetos,
58

No diremos algo distinto si hablamos del arte en sí: su fin es primariamente mostrar
belleza. Como está anidada en la realidad, en la naturaleza de las cosas, será importante no
separarse ni separar lo que está necesariamente unido. Buscar la belleza implica procurar que en
la obra de arte haya proporción con el alma humana, que necesita verdad y bien para alcanzar
felicidad, su fin. Eso es lo que se quiere decir con proporción: que aquello que se hace y se
ofrece, sirva, acompañe, ayude, facilite, lo que el hombre necesita para ser feliz, que siempre se
alcanza con la verdad y el bien. La ecología es un aliento a cuidar la naturaleza: parece elemental
empezar por la “ecología humana”, procurar que se dé esa proporción que comentamos en todos
los niveles.

Para explicar el tema desde el aspecto objetivo; esto es, desde la misma realidad de la
obra artística dice Yarza con mucha claridad: “Manifestando belleza, el arte revela también
verdad y bondad; más allá de todo posible contenido formal, la verdad y la bondad que la belleza
artística reflejan son las que pertenecen al ser. El mensaje a primera vista inteligible de una obra
de arte, podrá ser tan variado como el ser mismo en su aparecer; podrá hablarnos de dolor, de
amor, de todo posible sentimiento humano, de todo posible ser real o imaginado, podrá hacer
visible la fuerza del color, la incomensurabilidad del espacio o todo intento de aferrarlo, la
expresividad del sonido, la misteriosa consistencia de la materia…pero detrás de todas estas
verdades y de estos bienes parciales se esconden y se declaran la verdad y la bondad de lo real,
algo inconmensurable e irreductible al análisis formal”67.

Y Steiner añade la afirmación del tema desde el sujeto: la verdad y el bien son
“irrenunciables”: “Ningún escritor, compositor o pintor serio ha dudado nunca, incluso en
momentos de esteticismo estratégico, de que su obra versaba sobre el bien y el mal, sobre el
incremento o la disminución de la suma de humanidad en el hombre y la sociedad”68. Lo
testimonia, entre tantos comentarios de artistas, aquella confesión de Matisse: “quiero un arte de
equilibrio, de pureza, que no inquiete ni desconcierte; quiero que el hombre fatigado,
sobrecargado, encuentre en mi pintura calma y reposo”. Otros artistas han pretendido que la
belleza ofrecida provoque, incite cambios profundos, más urgentes. Pero siempre el artista

67 Yarza, José Ignacio, Introducción a la estética, EUNSA, Pamplona, 2004, pág. 195.
68 Steiner, George, Presencias reales, Ed. Destino, Buenos Aires, 1993, págs. 178-9.
59

parece tener el oficio de transmitir lo que sea, pero desde y con la belleza, resplandor de la
verdad y el bien.
¿Hay belleza en el Guernica de Piccasso; en tantos intentos musicales desgarradores de
posguerra; en el dolor y la angustia de mucha denuncia social de la literatura contemporánea?
Por supuesto que sí: ya hablamos antes de esa misteriosa belleza que necesita ser discernida
desde la contemplación inteligente y no a partir del simple sentimiento resentido que nutren el
odio o la pasión ciega.

En síntesis: se puede decir que el arte debe apuntar a la felicidad humana. Rechazar esta
afirmación supondría una alteración antropológica muy seria: por caminos más o menos ágiles, a
ese fin se ha de dirigir la obra artística.
¿Cómo la logra? Todo ser humano añora soluciones, salvación, ayuda, para su deterioro
inocultable. Los planes que se le han ofrecido a lo largo de los siglos, se reiteran y con distintos
nombres: cfr. pág. 119. ¿Cuál es el que se muestra teórica e históricamente como el más seguro
en sus resultados? Lo reitero: el que parte de la aceptación y sumisión al ser, a la naturaleza de
las cosas. El arte –plástica, música, literatura, cine…- que mejor me garantiza la felicidad será el
que me ofrece quien se mueve normalmente en esos derroteros, porque su obra será más
proporcional a los requerimientos naturales del alma humana.

b) Imposibilidad de la belleza en la inducción o aliento al mal objetivo: contenido y


forma

Por eso, no garantiza felicidad sino todo lo contrario, lo que induce o alienta al mal
objetivo: allí no se da la belleza que necesita el hombre y eso es feo. ¿Y si la obra es
técnicamente magnífica? Se da una ruptura que engaña: se ofrece una felicidad que en el fondo
no es auténtica, genuina.
Cuando se procura separar contenido y forma, lo normal es que –si la segunda es más
reluciente- el primero termina absorbido por el “envoltorio”, que llega más rápido. Por eso, no
corresponde separar la técnica de los contenidos: se estaría rechazando el valor expresivo del
arte, que tiende a buscar proporcionalidad con el alma humana para darle felicidad real.
Sería una falacia, por tanto, calificar como excelente a una obra de arte que resulta
brillante en su técnica, pero inmoral –por alentar o inducir al mal objetivo- en su contenido.
60

Podrá tener “rasgos” de belleza, pero en el fondo no la tiene. “La actividad artística se diferencia
precisamente de la producción técnica en que en ella se pone en juego el fin, la felicidad. Por
ello, la relación del arte con la moral concierne a su legalidad técnica que en la medida en que es
cauce de una expresión artística o libre es manifestativa de un orden moral”69 Si el orden ofrecido
en esa obra de arte es contrario a la naturaleza del hombre y por tanto a su felicidad, carece de
belleza en un aspecto fundamental. El arte no es sólo técnica. Cuando de alguna manera nos
dejamos engañar por el “envoltorio”, reducimos la misma naturaleza de lo bello. La traducción
en los hechos de esta conclusión será más o menos dificultosa, pero –en definitiva- pienso que
sólo se podrá intentar negar con sofismas.

Y otra observación sobre el fin del arte: se ha hablado -y se insiste más adelante-, de la
dimensión de servicio en todo quehacer humano: también hay que reiterarlo al tratar este tema.
El arte es comunicación, y el artista es un comunicador: se trata de sumar, de aportar al otro, al
entorno más o menos cercano. Es una acción social. Tenemos el deber de ayudar a ser felices a
los demás.

3) Arte y realidad.

a) Qué hace el artista con la realidad

69Labrada, María Antonia, op. cit., pág. 183. Sólo añado lo que decía en el capítulo 2 sobre la belleza de la técnica y
que está implícito en el texto citado: la técnica también tiene sus condicionamientos morales: ha de buscar también
genuina felicidad humana.
61

¿Qué hace el arte, el artista con la realidad? Siempre añade, crea70, trae novedad a lo real:
su resultado es de algún modo imprevisible. Y esa tarea la realiza por distintos caminos. Sin
ánimos de agotarlos podemos enumerar posibilidades:
- la imita o representa;
- expresa los sentimientos que le provoca;
- transmite significados que encuentra, la transfigura;
- procura mostrarla con claridad;71
- o reconstruirla con sugerencias o puras sonoridades y sensaciones sutiles72;
- o intenta buscar y mostrar sus raíces;
- o la inventa (lo fantástico)
Esas diversas actitudes del artista frente a la realidad, generalmente se entremezclan y
complementan. Siempre hay “creación” y no sólo imitación. Como se afirma más arriba, el
artista pone novedad también en aquello que imita o representa; y lo detiene, lo puede enriquecer
de alguna manera… Parece positivo que dé un paso más decidido hacia la creación, también en
los paisajes, copias o retratos: siempre hace “más realidad”.
En la unidad del resultado –la obra de arte- no parece prioritario discernir la exacta
relación con la realidad. Se sugiere como principal la actitud contemplativa ante el impacto de lo
que llega como bello en esa obra humana.

70 Se entiende: de novo et ad hoc, de lo que Dios ha hecho ex nihilo, de la nada.


71 Se invita al lector a apreciar y distinguir tantos matices de ese realismo en el arte, una constante de siglos. Verlo
en sus orígenes clásicos dentro de la plástica; distinguir los vaivenes posteriores en las propuestas de otros
momentos, lugares y nombres…Sencillos ejercicios posibles: seguir la línea Donatello, Miguel Ángel, Bernini,
Martínez Montañés en escultura; o Van Eyck y Van der Weyden, Botticelli, Rafael, Caravaggio, Velázquez,
Vermeer, Murillo, Goya, Reynolds, Constable, Delacroix, Monet, en pintura. Y en la literatura, por supuesto caben
muchos ejercicios semejantes (realismos, naturalismos, sobre todo en el XIX y comienzos del XX y en todas las
culturas: los rusos, los ingleses, los españoles, los franceses, los alemanes, los americanos…; los nombres son
“infinitos”). Queda, entonces, la invitación a los paseos para saber distinguir con más fundamento. De todas
maneras, el trabajo de análisis detenido de la relación de la obra con la realidad no es la tarea prioritaria del lector o
espectador, como se aclara más adelante.
72 Pienso en Baudelaire, en Rimbaud, en los simbolistas… Es frecuentemente citada la afirmación de Mallarmé: la

Poesie c’est, sourtout, de la musique. El significado se diluye; es principal el sonido… O las relaciones sensoriales:
esos versos de Juan Ramón Jiménez: Es de oro el silencio. La tarde es de cristales…; o …por el verdor teñido de
melodiosos oros… En música, es el impresionismo –Debussy, Ravel, Satie, Roussel…-, donde lo que prima es la
metáfora (o, más precisamente, la llamada sinestesia): se sugieren significados intuitivos a sonidos, y la sensación,
en distintos grados, se transmite y se percibe (cfr. la sensación de calor…y perfume…, por ejemplo, en la audición
del Preludio a la siesta de un fauno, de Debussy; sólo un ejemplo cercano entre tantos). Cfr. también Scriabin, o
Rimsky Korsakov.
62

El presupuesto del arte desde el siglo XX es que, si crea, es más auténtico o valioso que
si imita o representa. Hay que acabar de “soltarse” de la percepción visual, de lo real sensible
concreto, de las sustancias, y hacer otras que surjan totalmente de la interioridad del autor y sin
dependencias.

Y ¿qué decir de lo ilusorio, lo irreal, lo fantástico, lo solo posible, en la infinita


imaginación del autor? Muchas veces hace verosímil cosas o sucesos imposibles: allí se advierte
más inmediatamente su tarea creativa. Explica Tolkien: “El inventor de un cuento construye un
mundo secundario en el que la mente puede entrar. Dentro de él, lo que se relata es verdad: está
en consonancia con las leyes de ese mundo. Se cree en él mientras se está, por así decirlo, dentro
de él. Cuando surge la incredulidad, el hechizo se quiebra; ha fallado la magia, o más bien el
arte. Y vuelves a situarte en el mundo primario, contemplando desde fuera el pequeño y abortado
mundo secundario”73. Esta explicación de la fantasía para el mundo literario, es trasladable a las
otras artes, y es lo que está detrás de muchas obras de plástica y de música desde siempre, pero
insistentemente desde la mitad del siglo XX hasta ahora. Tolkien avanza más en el sentido
último de su recurso a lo fantástico: su objetivo, confiesa en una de sus cartas, era “la
dilucidación de la verdad y el aliento a la moral correcta, mediante el recurso de ejemplificarlas
en encarnaciones desacostumbradas que tendieran a hacerlas comprensibles”. Su evasión es, en
realidad, la posibilidad de una recuperación de lo que el hombre ha perdido en la caída original.
Por eso, no sería una huída de la realidad sino un intento de encontrar sus últimas raíces.

b) Un ejemplo: síntesis histórica de la relación artista-realidad en la plástica

¿Qué podemos decir más concretamente sobre la relación de la realidad y la plástica?


¿Cómo ha sido, en síntesis, esa relación? La historia de este tema es inabarcable, y más en este
trabajo de tono menor y con fines de divulgación. Desde los comienzos del Renacimiento, en la
plástica –queriendo retornar a los principios helénicos (a Fidias, Praxíteles…)- se centra en la
imitación: la pintura y la escultura son artes fundamentalmente representativos, y su explicación
teórica llega a un nivel muy claro, por ejemplo, en los escritos de Leonardo da Vinci y después,
en Vida de los pintores, de Vasari.

73 Tolkien, J.R.R, Sobre los cuentos de hadas; cit. por María Antonia Labrada, op. cit., pág. 173-4.
63

El distanciamiento de la realidad de las cosas visibles, continúa con el manierismo


primero, después con el barroco y el rococó, y el quiebre comienza a acelerarse en los siglos
XVIII y XIX, con la explosión romántica. Se profundiza con el impresionismo, y luego con
Cézanne, Van Gogh, Matisse, y algo después con Bracque, Picasso, Gris, Munch, Mondrian,
Rouault, Kandinsky, Chagall, Klee, Miró, etc.
Se apura el proceso con la “liberación” de las formas (Cézanne más explícitamente),
hasta avanzar hacia un puro juego con ellas (Klee); la independencia de los colores (¿por qué no
puedo pintar un árbol rojo o un caballo rosa o una cara verde, anaranjada y azul?...)74, y se llega
al total dominio de lo plástico sobre lo real visible (Mondrian, Kandinsky…). Se sugiere que el
lector haga un paseo por reproducciones de obras destacadas de los autores nombrados para
llegar mejor a lo que se dice.

¿Dónde están las razones de esta evolución? Sería pueril pretender afirmar absolutos…
Cocteau explicó con sencillez que la fotografía había “liberado a la pintura”. Parece acertado
apuntar también a esa “chispa”, que se suma –por supuesto- a todo lo que irá sucediendo con la
crisis del racionalismo, del positivismo y toda la tragedia humana de las guerras y matanzas de la
primera mitad del siglo XX. Tanta suma de desazones y novedades, acentúa y acelera el afán de
ruptura también en las artes: hay que empezar de nuevo… Y están también las posibles raíces
teóricas del cambio. Sí, están los filósofos que procuran fundamentar esta independencia, pero
muchas veces es el mismo artista quien justifica y anuncia el progresivo divorcio de la imitación
y representación: es abundante la literatura elaborada por pintores y artistas sobre sus luchas para
justificar sus maneras de expresión75.
En fin, para sintetizar esa relación entre arte y realidad de la plástica en la modernidad,
podríamos decir:

- que, en el fondo, no se da una ruptura total: el plástico de estos tiempos profundiza en


algunos aspectos de la realidad –la cantidad y la cualidad visibles-, pero no la niega. Si bien esto
significa un paso adelante en la evolución del arte en sí, esa actitud y ese esfuerzo del autor, no
llega –a veces- al receptor; o le exige un empeño intelectual que da la impresión de que le retrasa

74 Se invita al lector a ver, por ejemplo, la magnífica “Madame Matisse, retrato de la raya verde”, del mismo
Matisse.
75 Por ejemplo, Delacroix o Joshua Reynolds y otros, amplia y estupendamente citados por Gilson, cfr. Pintura y

realidad, ya citado.
64

la apreciación normal de la belleza: se necesita en ocasiones más adiestramiento y capacidad de


“análisis” para saborear, en su caso, una más oculta belleza;

- que esa relación difícil y a la vez frágil, pone en riesgo la distinción de lo valioso: el
gusto no tiene de dónde agarrarse y la valoración es más débil. Existen los verdaderos
descubridores de genios que, en esa búsqueda de cualidades visibles (y audibles, en el caso de la
música), han llegado a hallazgos indudables. Son los que han marcado rumbos.
De todas maneras, sugiero no “exagerar” esas genialidades: si lo vemos en un marco
amplio (el sugerido en el capítulo II), esos artistas solo han contribuido simplemente a darnos un
poco más de realidad con sus propuestas.
El tiempo va tamizando y, aunque la incidencia de los fenómenos de mercado y
propaganda presionan, apura también la fuerza natural del sentido común…
Quizás bastantes obras tienen más carácter de experimento intelectual que de oferta de
belleza: ¿no será que, en definitiva, apelan más a un puro conocimiento que al encuentro gozoso
de algo bello…? Puede ser que suceda eso en algunas obras: de todas maneras están allí y piden
una normal atención. Muchas, quizás están llamadas a la decoración: son formas plásticas que se
integran muy bien en los paneles amplios, generosos, de la arquitectura de hoy, o en la
escenografía y el espectáculo. Lo cierto es que el discernimiento es muy abierto y, por ello,
enormemente subjetivo76. No quiero dejar de afirmar, en todo caso, algo que resulta obvio: la
oferta del arte, por lo menos en la primera mitad del siglo XX, es de una riqueza y variedad muy
singulares en la historia;

- que también se puede entender esa búsqueda de formas y colores sin aparente sentido,
como un intento más profundo. La obra abstracta, carente de representatividad objetiva,
discernible, sería un intento –más o menos consciente- de buscar lo que hay detrás de la realidad
inmediata, pero que es real al fin. Un intento de explorar y mostrar como una huella del ser
original, venido de la Causa Primera –de Dios en definitiva- . Esa presencia pura que está detrás

76 Gilson explica muy bien la trayectoria bastante común del acceso al arte contemporáneo: Todos nosotros (…)
tendremos probablemente la conciencia de habernos rendido a una confusa urgencia por participar en una audaz
aventura cuya última significación no estaba del todo clara para nosotros y acaso tampoco para nuestros guías.
Pero al fin y al cabo, el hecho mismo de que hayamos sido arrastrados cada vez más lejos de las apariencias
visuales e introducidos en un nuevo mundo de realidades cualitativas señala vigorosamente el modo modesto pero
real que tiene el hombre de participar en la energía creadora en virtud de la cual el mundo de la naturaleza es y
obra. Cfr. Pintura y realidad, op. cit., pág. 305.
65

de lo que se percibe –razonarían algunos artistas que recorren estos caminos de lo abstracto- no
puede quedar asida, apresada, por las formas visibles, notorias: de allí el recurso a la
independencia más completa de las mismas. El arte actual sería como un curioso refugio donde
se encuentra hoy –de hecho- la metafísica77. Por lo dicho, se explica lo que afirmábamos al
principio de este apartado, al decir que el arte también se relaciona con la realidad al intentar
buscar y mostrar sus raíces. De todas maneras, la labor crítica de la inteligencia, en el análisis
metafísico y abierto sinceramente a la verdad y el bien, será –en definitiva- quien arrime con
más garantías “a esas raíces”.

c) El artista y la conciencia de un don que ha recibido.

¿Qué más podemos decir del trabajo del artista con la realidad?
Suele ser consciente de un don que, cuando es verdadero, resulta prácticamente
irrenunciable, necesario78. Se reconoce dotado para su tarea. Se sabe, de alguna manera, receptor
de un don –le sucede algo79 y es responsable de desarrollarlo. Puede dar más o menos belleza,
más o menos arte, pero sabe que puede hacerlo y se siente impelido a crearlo80.

77 Cfr. las sugerencias de Fernando Inciarte: cfr. Imágenes, palabras, signos. Sobre arte y filosofía, Eunsa,
Pamplona, 2004, pág 76.
78 Son innumerables los testimonios de protagonistas. Se añade uno más, especialmente vivo. Rilke escribe en una

carta al terminar las Elegías de Duino: “…Todo en unos días; ha sido una tempestad indecible, un huracán en el
espíritu (como entonces en Duino); todo lo que es fibra y tejido en mí crujió; en cuanto a la comida, no había ni que
pensar en ella. Dios sabe quién me ha alimentado. Pero ahora esto es. Es. Es. Amén. Cfr. Bach, Mozart, Beethoven,
Schubert… y tantos testimonios de ellos y otros. Parece muy certera la insistencia de Fernando Ortega sobre la raíz
de la continua felicidad que produce la audición de Mozart: se dejó “raptar” por Dios, y plenamente, desde su niñez;
tomó conciencia del don recibido y nunca lo rechazó; su gran fidelidad al don recibido es causa principal del gozo
que transmite siempre (cfr. Ortega, Fernando y Coleman, Claire, La voz oculta, Diálogos teológicos acerca de
Mozart, Ed. Ágape, Buenos Aires, 2006). Y explica San Juan Pablo II: “Dios ha llamado al hombre a la existencia
transmitiéndole la tarea de ser artífice. En la “creación artística” el hombre se revela más que nunca “imagen de
Dios”, y realiza esta tarea sobre todo plasmando la estupenda “materia” de la propia humanidad y luego
ejerciendo también un dominio creativo sobre el universo que le rodea. El Artista divino, con amorosa
condescendencia, transmite al artista humano una chispa de su trascendente sabiduría, llamándolo a compartir su
potencia creadora. Es obviamente una participación, que deja intacta la infinita distancia entre el Creador y la
criatura(…). Por esto el artista, cuanto más consciente es de su “don”, tanto más es empujado a mirarse a sí mismo
y a todo lo creado con ojos capaces de contemplar y agradecer, elevando a Dios su himno de alabanza. Sólo así
puede el artista comprenderse a fondo a sí mismo, a la propia vocación y a la propia misión”, Carta a los artistas, n.
1. –El subrayado es mío-.
79 Urbina, op. cit. pág. 102.
80 Oigamos la explicación de otro grande, Beethoven: “Mis ideas musicales se mantienen fieles aunque tarde mucho

tiempo en escribirlas. Una vez que he concebido la idea, la fijo tan sólidamente en la memoria que tengo la certeza
de no olvidarla jamás, a pesar de que transcurran varios años. Pero la voy modificando, puliendo, profundizando
de nuevo hasta quedarme satisfecho. Únicamente entonces comienzo mentalmente el trabajo de elaboración, el
66

El artista, entonces, ha de apuntar a conservar y acrecentar el don recibido para hacer


cosas bellas: esa es una misión primordial. Aquí aparece, junto a la dedicación incansable a
mejorar sus destrezas y habilidades, la urgencia de purificar la fuente81, de procurar llenarse de
verdad y de bien. Y entonces, que pinte, que componga, que diseñe, que escriba: el resultado será
hacer más viva y enriquecedora la realidad que se le ofrece a su contemplación. En definitiva:
tiene una responsabilidad social: necesita educación, ascesis, para asumirla y ayudar a los demás
de manera positiva.

- ¿Qué hace, en síntesis, el artista? Descubre, reordena y muestra, en una suerte de “nueva
creación”, las facetas sin límites de lo encerrado en la realidad: da posibilidad de vivir más –
cualitativamente-; se abren los ojos del alma y del cuerpo –las potencias- a realidades nuevas o
más hondas. Decía Heidegger que “el arte redime lo real”: parece algo bien dicho.
El músico busca y encuentra –o fabrica- sonidos, armonías, ritmos, timbres,
melodías que necesitan, piden o sugieren desarrollo, orden, elaboración, combinaciones, juegos,
enriquecimiento, sentido, proporción82… Y cada artista, en su ámbito de acción descubre
sugerencias o significados siempre nuevos: colores, formas, movimientos; reacciones y tipos de
vida; expresiones, sentimientos casi infinitos que piden ser detenidos para poder ser
contemplados (después o junto al “impulso” de la admiración) –en la pintura, el drama, el
poema, la escultura, el ensayo, la comedia, el cine, la fotografía, la danza, la novela, el cuento, la
decoración, la publicidad…-, y para que así, al ser entendidos y valorados, enseñen o motiven al

perfilado de las líneas generales y de los detalles, en todos los aspectos. Como soy consciente de lo que quiero
hacer, la idea original de mi composición no me abandona jamás; se desarrolla, evoluciona y, entonces, en un
relámpago, obtengo la visión definitiva; la veo y la oigo. No me queda más que el problema de escribirla, pero eso
va rápido, ya que estoy libre para ocuparme de ello; a veces transcribo varias composiciones simultáneamente,
seguro de no confundirlas nunca… Quizás me pregunte usted de dónde saco mis ideas. No le podría contestar con
exactitud; surgen en mí sin buscarlas, directa o indirectamente. Casi podría tocarlas con las manos, en medio de la
naturaleza, en el bosque, paseando, en el silencio de la noche, al amanecer; lo que las inspira son esas
disposiciones del espíritu que en el poeta se expresan con palabras y en mí se expresan con sonidos bulliciosos,
tempestuosos, hasta que finalmente se convierten en música”, citado en Buchet, Edmond, Beethoven. Leyenda y
realidad, Ed. Rialp, Madrid, 1991, pág 258.
81 cfr. pág 123 y nota (152) de este libro. La expresión la toma Maritain de Mauriac.
82 Un ejemplo singular de un gran compositor y maestro del siglo XX: Olivier Messiaen, que en sus obras usó

maravillosamente el canto de los pájaros, que registraba y luego transcribía con un cuidado exquisito al pentagrama.
Los pájaros han sido mis primeros y mis más grandes maestros. No he terminado de ir a su escuela. Cada año paso
quince días en compañía de un ornitólogo que me inicia en sus costumbres(…) Pues los pájaros cantan siempre en
un modo determinado. No conocen el intervalo de octava. Sus líneas melódicas recuerdan a menudo las inflexiones
del canto gregoriano. Sus ritmos son de una complejidad y una variedad infinitas, pero siempre de una precisión y
una claridad perfectas… Un alumno suyo recuerda cómo ilustró una clase con dos horas de cantos de pájaros en el
piano y explicando sus variedades modales y rítmicas. Cfr. Goléa, Antoine, Estética de la música contemporánea,
EUDEBA, Buenos Aires, 1962, págs. 256-7.
67

mejor conocimiento de lo que “nos pasa”, de lo personal; o del entorno; y animen a la vida
buena. Esta es la tarea del artista, en quien aletea el soplo del ruah divino, del acto y la palabra
creadora 83.
Por eso, en principio, anima a trascender. Como el último y verdadero significado o
sentido de la realidad es su vocación de alabanza al Creador -y Redentor-, aunque el artista no
sea consciente de ello, cuando hay talento y sintonía básica con la verdad y el bien, siempre
contribuye a despertar en quien recibe su obra, un aliento hacia lo trascendente: muestra, de
alguna manera y aunque sea mínimamente, a Dios84. Como dirá Claudel en su Journal, “la
naturaleza no es ilusión sino alusión”, llama a algo más y que no es algo vacío, simple fantasía
sino invitación, luz nueva, proposiciones para la vida. Por eso, no hemos de ser ligeros, simples,
en la valoración de los intentos –más o menos conscientes- del arte de todos los tiempos y
lugares. Es siempre necesaria la apertura sincera de la inteligencia para una comprensión más
certera.

En resumen, el buen o mal uso del don recibido, depende de la categoría o nivel técnico
del que trabaja, del mejor o peor hacer del instrumento; y de su calidad de vida, de las virtudes y
también del pecado y sus huellas en el artista. Se procura desarrollar este asunto en el capítulo
siguiente.

4) Arte y postmodernidad.

83 “En toda inspiración auténtica hay una cierta vibración de aquel “soplo” con que el Espíritu creador
impregnaba desde el principio la obra de la creación” (San Juan Pablo II, Carta a los artistas, 4.IV.99, n. 15) Y, el
arte, cuando es auténtico “tiene una íntima afinidad con el mundo de la fe (…) En cuanto búsqueda de belleza, fruto
de una imaginación que va más allá de lo cotidiano, el arte es, por naturaleza, una especie de llamada al Misterio.
Incluso cuando escruta las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más perturbadores del mal, el artista
se hace de algún modo voz de la universal expectativa de redención” (San Juan Pablo II, ibid. n. 10).
84 Dice Claudel en sus “Memorias improvisadas” sobre la tarea del poeta (se podría extender a todo artista genuino),

que es “muy simple: liberar el sentido…siendo el mundo una materia, se trata de liberar el sentido, y como soy
cristiano, ¿por qué liberar el sentido? Para un sacrificio ofrecido a Dios. El mundo es una inmensa materia que
espera al poeta para liberar su sentido y transformarlo en acción de gracias”.
68

a) Una explicación del desarrollo de algunas artes desde la mitad del siglo XX en
adelante.

El creciente desprendimiento del pensamiento con respecto al ser de las cosas –la
evolución del llamado, en filosofía, “principio de inmanencia”- llega a un extremo que era
predecible en la segunda parte del siglo XX. Cuando Heidegger –a mediados de ese siglo- quiere
rescatar al ser, lo hace desde la “fragilidad” de la intuición poética, no desde el valiente
desarrollo de la inteligencia.
El proceso continúa y se va dando como un gradual vaciamiento de todo fundamento de
la realidad.85 Se llega a su negación: simplemente no existe ese fundamento; todo es suceder,
detrás de los fenómenos no hay nada; ¿se retorna a Heráclito? Así parece. Se deconstruye todo, o
se destruye: el hombre no es más que un producto del discurso, que es lo que “crea la
objetividad”. No hay identidad, unidad, jerarquía, estructura. Todo es distinto, diferente; no hay
significado, sentido; todo es simulación; todo es rastro, y “de una ausencia”; hay que destruir
todas las llamadas “meta-narraciones”; se impone la liberación –sin ninguna “represión”- del
deseo; no es posible afirmar veritativamente nada.
Corresponde dar nombres, aunque –como es comprensible- cada uno, siguiendo la
coherencia de su base intelectual, pondrá argumentos, acentos y matices diferentes: Lyotard,
Foucault, Deleuze, Baudrillard, Guattari, Derrida, Vattimo…, todos nacidos en la primera mitad
del siglo XX y con presencia en la cultura desde fines del mismo siglo.
¿Dónde podemos encontrar una justificación a semejante oferta intelectual? Quizás en la
desesperación, y muchas veces cerril, enfermiza, encaprichada, pesimista e iracunda al fin. Los
fracasos y frustraciones que se han vivido en la historia del siglo XX son inmensos. Pocas veces
se ha visto en nuestro mundo una impregnación tan cruel y amplia de mal objetivo y motivada
por el hombre. Quizás también por la masificación de la noticia, pero es difícil encontrarse con
tanta suma de fallos y desastres y en tiempos cortos. No sólo las grandes guerras, sino las
continuas guerras. Y tantas casi ocultas pero despiadadas: el triunfo desfachatado de la
corrupción y la impunidad, de la mentira, la violación de la intimidad, la cosificación del ser
humano, la manipulación de la noticia y las ideas, la alianza con la drogadicción, etc., en una

85Para una exposición ordenada y profunda: Fazio, Mariano, Historia de las ideas contemporáneas. Una lectura del
proceso de secularización, Rialp, Madrid 2006 e Historia de la filosofía contemporánea, (en colaboración con F.
Fernández Labastida), Palabra, Madrid, 2004.
69

humanidad, además, intencionadamente desinformada sobre las soluciones reales y que se han
mostrado eficaces en la historia, puede explicar que se genere esta posmodernidad “dura” y muy
imperante en un debate frívolo, carente de espesura intelectual. Con afanes de “rescate”, se
hunde al hombre en el relativismo del “todo vale”, que se pretende inocente, simpático
(“divertido”) y redentor, y que lleva después a lanzar como lema, en los hechos, el “sálvese
quien pueda”… Quizás este modo de análisis limitado, simplón, sentimental, perezoso al fin, es
lo que está detrás del pensamiento “fuerte” del postmodernismo que ha imperado en la
inteligencia, y aún reina en gran parte de la dirigencia cultural.
Parece importante identificar lo que está sucediendo y seguirá ocurriendo como
consecuencia de esta oferta, si continúa su desarrollo: la difusión masiva de una nueva
esclavitud. Como siempre hay y habrá mando, gobierno, triunfan y seguirán triunfando y
decidiendo los poderosos de turno y con actitud y voz más violenta: seductores por la fuerza del
dinero, de la codicia, del placer, de la mentira. Y los hombres que sobrevivan –a veces,
textualmente: piénsese en los homicidios prenatales masivos, la eutanasia, las matanzas impunes
de mafias y terrorismos- serán esclavos, rigurosamente esclavos, que procurarán mantenerse y
sumarse al poderoso que lo alimenta, emplea y divierte.

Hasta aquí un cuadro de las consecuencias de la oferta postmoderna radical. En el arte, el


resultado es una inmensa confusión: si “vale todo”, se justifica cualquier propuesta. Y eso es lo
que vivimos o quizás –Dios lo quiera- hemos vivido, en abundantes manifestaciones del arte más
vanguardista. ¿Símbolos? Marcel Duchamp y tantos otros, que han expuesto desde un simple
orinal, a un tacho, o una plancha, o una sala absolutamente vacía que presentaba pomposa y
ridículamente “la desmaterialización del objeto”; o esas monocromías casi absolutas del último
período de Rothko (por alguna de ellas se han pagado muchos millones de dólares); o John Cage
con su obra 4, 33, que consiste en mantener el silencio esos minutos y frente a un piano; o los
gemidos, bocinazos, chirridos o runrún de maquinarias que busca Edgar Varèse en algunas de
sus composiciones86; o tantísimas obras sencillamente ridículas, estrafalarias –premiadas- en
salones nacionales, internacionales, etc. El inglés Damien Hirst, por ejemplo, ha reunido
millones de libras esterlinas y es quizás el artista mejor pagado de hoy, expone cadáveres de

86 Cfr. Ball, Philip, El instinto musical. Escuchar, pensar y vivir la música, Ed. Turner, Madrid, 2010, pág 48.
70

animales en formol, a veces sangrantes y una multitud de auténticas locuras que se exponen y
venden ridículamente en el mercado internacional.
La actitud ante la belleza de muchos de estos intentos, se refleja en la confesión del
mismo Cage en algún momento de su vida: “Me encamino hacia la violencia más que hacia la
delicadeza, hacia el infierno más que el cielo, hacia lo feo más que a lo bello, hacia lo impuro
más que hacia lo puro, porque al hacer estas cosas resultan transformadas, y nosotros resultamos
transformados”87 sin lugar a dudas, pero –nos preguntamos- ¿en qué nos transformamos?… El
subrayado lo añado por aquello de “a confesión de parte, relevo de prueba”… La belleza –ya lo
destacábamos en el primer capítulo- se niega, se rechaza. Y no se trata de un caso.

Sin embargo, la belleza sigue existiendo y se anhela: se impone necesariamente. Por eso,
es una alegría muy grande distinguir la fuerza y la autenticidad de muchas obras maravillosas de
arte que –aún con ese escenario negativo de fondo- se presentan en decoración, en música, en
plástica, en cine, en narrativa, en arquitectura y diseño… Son una prueba del vigor infranqueable
de la naturaleza de las cosas. Hay un cansancio, un hartazgo de ese postmodernismo duro, y
siempre renace la búsqueda de lo que parece comprobado que contribuye claramente a la
felicidad real del hombre.
Muchas galerías de arte ofrecen plásticas más “normales” –por decirlo con sencillez
(“normales” no quiere decir, por supuesto, solo retorno a la belleza representativa)-; en la
decoración y la arquitectura se multiplican propuestas muy ricas y de singular belleza (con
abundantes aportaciones “kitsch” también) y, que encantan por la combinación magnífica de luz,
color, formas audaces, elegante sobriedad minimalista, inclusión de la naturaleza y del
movimiento. El cine –ese maravilloso regalo del siglo XX- sigue ofreciendo síntesis de artes y de
grandísimo nivel en muchas de sus ofertas. La excentricidad literaria queda reducida a públicos
minoritarios, y siempre está presente la narrativa contemporánea original y genuina.
A la vez –como es lógico- siempre está viva la reedición y la relectura de los grandes
relatos, clásicos y modernos. En la música –lo veremos en el capítulo VIII-, algunas búsquedas
más exageradas de vanguardia carecen de presencia, se oyen en talleres de experimentación, y –a
su vez- se multiplica la recuperación de obras renacentistas y barrocas por ejemplo; y nunca ha

87Cit. en Ros, Alex, El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de la música., Ed. Seix Barral, Barcelona, 2010,
pág. 452. Lo subrayado es mío. De todas maneras, que esta cita no sea motivo de descalificación global de Cage:
sería injusto no valorar el empeño y el aporte de muchas de sus búsquedas.
71

habido tanto oyente en las muy numerosas ofertas de conciertos de cámara, sinfónica, o lírica
donde se insiste en un repertorio imponente que llega –por marcar una tendencia- hasta los años
60 del siglo pasado.

b) La importancia de las pantallas (PC, celulares, internet, TV)

¿Dónde se ha refugiado el postmodernismo fuerte, relativista, nihilista, en el terreno


artístico? Sugiero una explicación, teniendo en cuenta que se puede tratar de un hecho, de una
caída “natural”, no de un resultado “estratégico”. Como esa actitud mental alienta la no
identidad, la ausencia; como destruye lo universal, la totalidad; su campo de acción es la
inmediatez y su escenario más habitual suele ser la pantalla: la TV, el cine, la PC, la publicidad,
internet, el teléfono celular. El entretenimiento ágil, de acceso fácil, que seduce y atrapa pronto.
Lo que interesa es la dispersión, lo efímero, lo fugaz, el gozo pasajero: sumar impresiones e
imágenes que exciten, diviertan, distraigan.
Son muchas las horas que se gastan en esos reinos, especialmente atractivos por esa
inmediatez y dispersión. Y la vaciedad y la inmundicia abunda allí: si sumamos las horas
promedio de consumo de TV, radio, diarios, revistas, PC (cine incluido), celulares, se llega a
cifras enormes: unas 9 horas diarias por persona. Los internautas eran –hace unos años- unos 700
millones; se calcula que en Youtube hay unas 100 millones de películas “disponibles”. ¿Dónde
queda la posibilidad del pensamiento abstracto, la reflexión o la contemplación y el disfrute de
lo no inmediatamente útil, el tiempo para los demás, el esfuerzo estable?. En estos terrenos que
brinda la revolución digital se está difuminando –muchas veces, no siempre- nuestro tema: la
belleza. En tantas situaciones, prácticamente se anula la posibilidad de contemplación, se lleva a
una lamentable esclerosis del alma.
De ninguna manera se intenta negar –todo lo contrario- el impulso que pueden dar estas
herramientas también al gozo y difusión de muchos ámbitos de auténtica belleza: ¡allí está un
desafío fundamental!. Pero hoy por hoy, su naturaleza de juego rápido, variadísimo, distrae
tanto, que la tendencia a lo de contenido menor –siendo muy suaves en la calificación- es
habitual y muy dañina. Lamentablemente –pienso-, no se puede afirmar otra cosa… Con lógicas
excepciones, pero se está “hipnotizando o narcotizando al soberano”, a las mujeres y hombres
que no tienen las herramientas suficientes para elegir lo mejor, y eso se llama discriminación y
72

manipulación: es una trágica injusticia y no resistida con eficacia. Se insiste en la imagen ya


empleada en estas páginas: como en viejos tiempos, se engaña al más ignorante entregándole
chucherías o cachivaches a cambio del oro y las piedras preciosas de sus reales posibilidades de
crecimiento y de felicidad. Esto, proyectado en el tiempo, es un drama que necesita reacción
social e institucional. El desafío que se ofrece a los creativos que actúan en esos campos es, por
tanto, magnífico: si hay una inteligente opción por lo realmente valioso para el hombre, surgirán
muchos caminos que servirán como “disparadores” o estímulos eficaces y rápidos del auténtico
crecimiento que anhelamos.

Capítulo VI. La responsabilidad del artista


73

Repasemos cosas dichas. Hay que hacerse cargo de la necesidad del hombre de
contemplar y gozar: no puede estar mucho tiempo sin delectación88, sin deleite. Si no se goza con
lo espiritual, lo trascendente, se va empobreciendo la misma capacidad, que se detiene en lo más
pequeño, lo inmediato, lo de menos peso. Y –está comprobado- que tampoco basta el deleite en
los bienes espirituales útiles o de rendimiento práctico: hay que apuntar a lo más grande; es una
necesidad llegar a lo que acerque al absoluto para la vida buena.

El artista cubre, en principio, parte de esa necesidad: puede ayudar al otro al facilitarle la
contemplación y el gozo de la verdad y el bien.
Como exigencia de la condición humana, cada acción ha de ser servicio: el hombre
necesita dar y darse para ser. El artista es y ha de saberse un servidor de los demás. Es
interesante destacar manifestaciones antiguas, clásicas, de esta realidad: la tragedia griega –ya lo
explica Aristóteles- era una clara invitación a la catarsis, a la buena orientación de las
emociones, las pasiones; tendía a servir al hombre para asentarse en la virtud. La tragedia se
convertía así en lo que alguien ha calificado como la liturgia de la polis, de la ciudad.
Es cierto que la antropología cristiana ilustra plenamente la realización de la persona en el
don, la entrega de sí; pero un análisis profundo, desde la pura filosofía del hombre, llega a la
misma conclusión: cuanto más explícito es el servicio, más digno y valioso es el trabajo, el hacer
humano.

El artista, por tanto, no puede abstraerse de su responsabilidad: siempre dice algo,


pronuncia un mensaje ético: busca, sí, la belleza, pero ella nunca está “suelta”, como se ha
resaltado insistentemente en estas páginas. Hace presente el nivel de cercanía a la verdad y el

88 El hombre no puede vivir sin delectación, de manera que cuando faltan las delectaciones espirituales, pasa a las
carnales (cfr. Tomás de Aquino, STh, II-II, 35, 4, ad 2). Podríamos aclarar lo de “espirituales”: cuando no son
delectaciones enraizadas en la verdad y el bien, hay un descenso en la calidad de vida, aunque no inmediatamente se
llegue a las carnales… Dejemos exclamar a Maritain: “uno de los viciosos impulsos que ultrajan a nuestra moderna
civilización industrial es una suerte de ascetismo al servicio de lo útil, una suerte de impía mortificación por motivo
de una vida que no es ciertamente superior. Los hombres son todavía capaces de excitaciones y lasitudes, pero la
mayor parte de ellos está privada de todo goce y tranquilidad del alma, vida ésta que parecería insana incluso a los
grandes materialistas de la antigüedad. Los hombres se azotan a sí mismos, renuncian a las dulzuras del mundo y a
todos los adornos de esta su estancia en la tierra, omnem ornatum saeculi, con la única incitación de trabajar,
trabajar y trabajar y de adquirir un imperio técnico sobre la materia. Su vida cotidiana nada posee de esas
delectaciones de los sentidos penetrados por la inteligencia; y hasta los templos que oran son obras maestras de no
común fealdad. Maritain, Jacques, La poesía y el arte, Emecé, Buenos Aires, 1955, pág. 229. Sobre el tema del
capítulo, cfr. Peña Vial, Jorge, La responsabilidad del artista. En torno a las relaciones de arte y moral, EUNSA,
Anuario filosófico, 1994, (27) págs. 655-657.
74

bien que él tiene, y se dirige a lo más íntimo y vulnerable del receptor: ideas, imaginación,
sensibilidad. Pretende atraer y convencer conmoviendo… Dice que sí a algo y muchas veces de
una manera vehemente, segura. Y lo hace –o lo intenta hacer- entrando por las fibras más débiles
del otro: su sensibilidad, muchas veces poco conocida y, por eso, bastante indefensa89.
En síntesis, el artista por ser libre, es responsable. No existe, por tanto, el arte “aséptico”,
totalmente “neutro”, el “arte por el arte”. No es libertad real la “libertad” de ser egoísta…

Una actitud puramente autorreferencial empobrecerá o puede arruinar la creación artística


(que estaba llamada a sumar, a servir, a dar) y, puede encerrar un engaño muchas veces cruel. Se
entiende que a veces puede tener belleza –y la tiene- la narración de acontecimientos moralmente
malos: “Lo defectuoso puede integrarse en una historia perfecta y hermosa, si lo defectuoso
aparece como tal, es decir, si aparece como “medido” por la verdad. Lo propio del genio creador
de arte es presentar la acción defectuosa, y en el mismo sujeto de la acción, la medida de su
rectitud”90. Véase lo que dijimos más atrás sobre la imponente belleza del dolor, por ejemplo.
El autor que en aras de una “legítima” defensa de la libertad –que no quiere “perder” ante
la verdad y el bien-, pronuncia sus autónomas sentencias -y de modo atractivo-, puede
convertirse en un tirano oculto, un abusador que impone o procura imponer su limitado ego. Ese
artista, de alguna manera se reduce y quizás restrinja –o lastime o traicione-, si busca lo bello
como algo no relacionado con la verdad y el bien. Cuando se encierra en un “esteticismo
autorreferencial”, el resultado puede ser incluso monstruoso91. Por eso, no es cierto afirmar
alegremente y de manera pueril que las humanidades “humanizan”; que las artes siempre
mejoran. Si se mantienen como una burbuja que no exige coherencia, que no acaba de aceptar el
buen cotejo con el ser, con la verdad y el bien92, y el compromiso valiente e incluso heroico con

89 “Toda obra de arte llega a las potencias más íntimas del hombre. Llega al hombre más profunda e insidiosamente
que cualquier proposición razonada, ya se trate de una demostración convincente o de un sofisma. En efecto, el arte
afecta al hombre mediante dos armas terribles, la intuición y la belleza, y llega a la raíz de todas sus energías,
intelecto y voluntad, imaginación, emoción, pasiones, instintos y oscuras tendencias. (…) El arte y la poesía
suscitan los sueños del hombre, sus recónditos anhelos, y le revelan algo de los abismos que existen en el propio
hombre. El artista no lo ignora”, Maritain, Jacques, La responsabilidad…., pág. 51-52.
90 Ruiz Retegui, Antonio, op. cit., pág. 139.
91 En el caso, por ejemplo, del receptor de belleza, recuérdese la actitud que se ha destacado más de una vez: había

oficiales de la SS o intelectuales, que participaban o “apoyaban” las brutalidades de los campos de exterminio
después de gozar interpretando u oyendo Bach o Schumann, o leyendo a Goethe. O esbirros soviéticos, podríamos
agregar, afectos al Bolshoi o al Kirov: o comunistas chinos, o terroristas del marxismo o del color que sea en sus
genocidios, o depravadados sexuales, que se evaden y se “justifican” con la expresión artística también depravada…
92 Luego de escuchar una obra de Haydn, constató Benedicto XVI –cfr. L’Osservatore Romano, 28.III.10- “una ley

universal de la expresión artística: saber comunicar una belleza, que es también un bien y una verdad, a través de
75

ellos, es muy fácil su degradación: artistas que se adornan con una “patente de corso”, una careta
seductora y traicionera llamada “bohemia” a veces, y que oculta –en muchas ocasiones-
bastantes engaños. Las muestras de lo que se dice son -es de lamentar- abundantes y en toda la
historia humana.

Para la argumentación con el relativista –quien pretende la independencia del bien y la


verdad-, habrá que caer en lo concreto, que ilustra. El mal… ¿qué es inducir o alentar al mal?...
Una mínima enumeración que resulta irrebatible: injusticia, engaño, egoísmo, homicidio,
racismo, robo, blasfemia, venganza, traición, insulto, difamación, desprecio a la persona o burla,
odio, pederastia o trata de seres humanos, violencia, genocidio, sadismo, pornografía, guerra, …

¿Qué pasa, por ejemplo, con el arte –o la artesanía- que incita o induce a lo erótico o
lo pornográfico93(los límites entre ambos son muy borrosos), en el ramo que sea?
Diseño y moda, dibujo y publicidad, fotografía, cine, literatura en todos sus géneros,
escultura… Que, al potenciar lo que intenta –por su tono pasional inmediato y burdo-
puede mutilar por enceguecimiento al ser humano, al otro, al receptor: lo hace menos
libre, lo esclaviza y manipula, o –por lo menos- le quita tiempo y posibilidad de
crecimiento. Tiene abundancia de fealdad, aquello es feo. Y también degrada al autor.
Disminuye en él sus reservas de sensibilidad e imaginación (queda narcotizado,
enlodado) y acaba mostrando y describiendo todo, y con ello muchas veces absorbe,
copa, desorienta, aturde, embriaga, confunde y engaña. Es, si hay talento, -como tantas
veces- un lamentable desperdicio. Es de buena ley para el hombre, y por tanto para el
artista (también el que hace TV, cine, publicidad, narrativa, etc.) respetar al receptor y
permitirle que colabore con sus buenas dotes y no aturdirlo con “chatarras” que
destrozan la persona. Por otra parte, si ha de respetar al receptor, que respete primero
también a sus personajes, vejados tantas veces en su humanidad.
Una aclaración: habrá que delimitar lo mejor posible lo que entendemos como
pornografía. El pansexualismo freudiano y la banalización del sexo –que transforma

un medio sensible: una pintura, una música, una escultura, un texto escrito, una danza, etc. Bien mirado, es la
misma ley que siguió Dios para comunicarse a sí mismo a nosotros y para comunicarnos su amor: se encarnó en
nuestra carne humana y realizó la mayor obra de arte de toda la creación: el único mediador entre Dios y los
hombres, el hombre Cristo Jesús (I Tim, 2, 5)”. El texto ilustra la magnitud de significado a que está llamado todo
buen hacer artístico. En este caso, desde la mirada teológica.
93 El pudor es un bien y el impudor rebaja al ser humano: aquello es feo. “… En la conciencia de una persona, el

pudor se resiste a exhibir sus valores sexuales en la medida que éstos puedan sobreponerse al valor de la persona
misma y de su intimidad (Wojtila, Karol, Amor y responsabilidad”, cap. III, pág. 11). De allí la penosa y ridícula
agresión que produce tanta moda habitual, tantas formas o estilos y tantos espectáculos veraniegos o publicidades:
un festival de chabacanería, de fealdad… no sólo de mal gusto… Y cuánta pérdida para la imaginación y la
educación de la afectividad hay en mucho cine y novela que nos llega habitualmente…
76

todo en “juego”- son pasos que decantan en la cosificación de la mujer-cómplice y


víctima-, en la masificación de los homicidios prenatales, en la justificación global de
lo promiscuo, en las estridencias de la ideología “del género”, en la crisis profunda de
la familia, en la moda cada vez más procaz y desvergonzada: todo este daño hoy se
proclama como liberación. En un paradigma de este nivel, hablar de pornografía
parece una “soberana ingenuidad”. Sin embargo, desde la naturaleza de las cosas y
desde los resultados prácticos –el deterioro humano con todo ese proceso “liberador”
es indiscutible-, existe una muy difundida intencionalidad que reduce el cuerpo
humano “a rango de objeto, de objeto de goce , destinado a la satisfacción de la
concupiscencia misma. Esto colisiona con la dignidad del hombre, incluso en el orden
intencional del arte y la reproducción”94. En definitiva, la obra –la escena, la
descripción- pornográfica es aquella que se hace, se comercializa y se consume como
excitante sexual, por más que se presente con los “halagos del lujo artístico”. Y esto
es degradante tanto para las personas utilizadas como para los consumidores. Más
grave aún por la facilidad de la adicción y sus consecuencias: se llega a reducir y
conformar de manera casi animal la relación entre hombres y mujeres. Como ha dicho
C.S. Lewis: “Cuando los venenos se ponen de moda, no dejan de matar”.
Otra cosa y muy distinta es el desnudo clásico: “En el discurso de las distintas
épocas, desde la antigüedad -y, sobre todo, en la gran época del arte clásico griego-
existen obras de arte cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez; su
contemplación nos permite centrarnos, en cierto modo, en la verdad total del hombre,
en la dignidad y belleza –incluso aquella “suprasensual”- de la masculinidad y
feminidad. Estas obras tienen en sí, como escondido, un elemento de sublimación, que
conduce al espectador, a través del cuerpo, a todo el misterio personal del hombre. En
contacto con estas obras –que por su contenido no inducen al “mirar para desear”
tratado en el Sermón de la Montaña-95, de alguna forma captamos el significado
esponsal del cuerpo, que corresponde y es la medida de la “pureza del corazón”.

En definitiva, el arte ha de ser una actividad positiva, que sume, que enriquezca la
imaginación y la sensibilidad. Las almas son “elásticas”, necesitan también que las obras

94 San Juan Pablo II, Audiencia general, 6 de mayo de 1981: cfr. La redención del corazón, Ed. Palabra, Madrid,
pág. 258.
95 Todo el texto citado corresponde a la catequesis de San Juan Pablo II del año 1981. Allí también comenta: “El

mirar estético no puede, en la conciencia subjetiva del hombre, independizarse totalmente de aquel otro “mirar”
del que habla Cristo en el Sermón de la Montaña, cuando pone en guarda contra la concupiscencia”.
77

artísticas les ayuden para “ampliarse”, para que su conciencia se afine, se haga más precisa y
más humana96.

Por todo lo dicho, se advierte la importancia de lo que se ha llamado “purificar la fuente”.


Se insiste: el artista ha de ayudar de veras a la libertad del hombre. No se lea esta expresión
como religiosa; lo es, pero antes –o a la vez- es sencillamente humana: un compromiso con la
naturaleza de las cosas, con la comprobada vida buena, la felicidad humana, la apertura y
aceptación del ser (cfr. capítulo III).
La “purificación de la fuente” sería abrirse y alentar la formación humanística
suficientemente sólida del talentoso o del candidato a serlo. Viendo los resultados en el tiempo
de una libertad entendida como autonomía completa, hay que replantear una preparación ética y
de responsabilidad social del que va a dedicar su vida a la creación o a la presentación del arte.
Es la actitud de cualquier hombre de trabajo, de todo profesional: tiene unas metas de bien; hay
una ética profesional, y hay una responsabilidad de ayudar al otro, a los demás: hay una
responsabilidad social. No hay motivos para que el artista esté “exento del impuesto de ayudar al
bien común”.

Unas sugerencias. Son obvias si se ha aceptado el entramado de lo natural y sobrenatural


que hemos ido presentando en los capítulos anteriores, pero quizás vale la pena ordenarlas y
decirlas:

1. Al ser un servicio, no podrá darse eficazmente sin la aceptación de una instancia


superior que ilumine –y con suficiente nitidez- sobre la verdad y el bien. Si la única verdadera
instancia es el ego, y el artista va convirtiéndose en una suerte de “sumo sacerdote” u “oráculo
definitivo” que necesita transmitir “su mensaje de salvación”, el riesgo es mayúsculo. Hay una

96Maritain recuerda unas palabras de Rimbaud que, en definitiva, expresan el fondo de la cuestión: la charité est
cette clef, la caridad es la clave: el hombre está hecho para amar y realmente, para dar y darse. “Cuando no podemos
amar un poema o un cuadro, éste cesa de ser bello para nosotros, aun cuando esté perfectamente hecho.
Supongamos que leemos un magnífico poema en el que se insulta y vilipendia a nuestra madre. El poema no puede
ser bello para nosotros: lo que queda de él para nosotros es tan sólo una bien armada composición, que es, empero,
incapaz de deleitarnos. Por eso la crítica literaria no puede, ni siquiera desde el exclusivo punto de vista de la
belleza, desechar toda consideración sobre el contenido ideológico o moral de las obras”. Cfr. La
responsabilidad…, pág. 53. Agrego: ese poema que insulta y calumnia…es feo; no es solo “no bello para mí”.
78

Causa primera que llamamos Dios que hizo y dispuso sobre lo real para la felicidad del hombre.
Negar su oferta es negarse a la felicidad. Se insiste: la primera responsabilidad del ser humano,
también del artista, es buscar con total lealtad lo objetivo, que lo recibirá de la metafísica y la
teología. De alguna manera, no puede dejar de apuntar hacia allí en su formación profesional.
Se ha tratado de esa necesidad en el proceso educativo, en el que “debiera (…) primar
sistemáticamente el sentido del misterio sobre el problema, el espesor metafísico de la realidad
sobre el fenómeno o la apariencia, el orden de la cualidad sobre lo cuantitativo y, en suma,
establecer un equilibrio razonable entre lo humanístico y lo científico y tecnológico”97.
En la búsqueda de lo objetivo –del acceso al ser- se necesitará siempre la sinceridad de
conocer y reconocer las consecuencias históricas, verificables en la vida personal y social, de la
aplicación de tantos “planes de salvación” –o sistemas de pensamiento o ideologías u “horizontes
hermenéuticos”- ofrecidos antes y después, en los tiempos que conocemos: ¿qué ha pasado y
pasa en el ser humano cuando se adhiere a este o aquel proyecto teórico de vida o a tal forma de
concebir lo real? ¿Qué aportes reales se han dado al hombre y en qué dimensión? Allí es cuando
resplandece la santidad –la mayor fidelidad a la propuesta de Dios- como “el mejor producto”, el
más completo y con mejores consecuencias en la historia: son las vidas que han provocado
mayor bien verificable y duradero. Se sugiere, al respecto, un intento de investigación abierto y
muy sincero, sin prejuicios: el resultado será asombroso.

2. Es necesario revisar los modos a través de los que se presentan la verdad y el bien.
Resulta incoherente que lo que es más atractivo al ser humano –verdad y bien-, llegue muchas
veces de maneras poco elaboradas y lamentablemente ingenuas que no causan sintonías
mínimas.
Para ofrecer el gran plan de Dios –es el plan amoroso que todo ser humano espera-, hace
falta: compromiso total de la persona que comunica –la enormidad del amor divino no se puede
dar ni recibir “con medios tonos”-; análisis intelectual para transmitir con soltura y claridad;,
aunque la llegada real siempre necesita de tiempos y tiempos muchas veces largos. El encuentro
del artista con Dios es un bien muy necesario, y no hay que olvidar que la realidad “invade”
desde los sentidos y lo emocional y, como dice en alguna parte León Bloy, “la facultad principal
del artista -la imaginación- es natural y apasionadamente anárquica”. Esos sentidos internos y

97 Ibañez Langlois, José Miguel, Introducción a la literatura, EUNSA, Pamplona, 1979, pág. 37.
79

externos tan vivaces lo hacen apto para lo grande, lo sublime, y abierto para el verdadero amor a
los hombres y a Dios.

3. Esa revisión del modo de presentar la verdad y el bien, reclama, quizás, un nuevo
planteo del estudio y la exposición de la llamada historia de la Iglesia. La que nos suele llegar y
se expone está construida en base al análisis de la dinámica de las instituciones y de las
relaciones de la iglesia jerárquica y el poder. Esto lleva a poner acentos en problemas que
muchas veces no son los sustanciales: queda relegado lo importante, que es la evolución en el
tiempo de la correspondencia de las personas a la actuación de Dios en ellas y sus
manifestaciones concretas; en definitiva, la verdadera historia de la Iglesia ha de ser discernir las
consecuencias de la santidad en cada tiempo. Se trata de intentar mostrar los pasos de la
verdadera historia de la salvación. Los que han aportado de veras son los santos: los declarados y
los que no lo han sido, pero han dejado tanta huella comprobable en cada tiempo. El esquema a
que estamos acostumbrados,
- por una parte, deja algo al margen el verdadero aporte de la correspondencia a la Gracia
para la vida buena: lo que significa y significó para la educación del hombre en todos los niveles
(un paradigma es la realidad universitaria, pero interesa extender el análisis a todos los grados de
la educación); para el desarrollo de los talentos humanos en todos los ámbitos –ciencias
experimentales, artes, técnicas, derecho-; para el cuidado de cada mujer u hombre (la salud, la
soledad, la miseria, etc.), y
- por otra, pone un acento exagerado en la actuación de la Jerarquía y, por tanto, expone
una visión más “clerical” y, por tanto parcial y fácilmente conflictiva, de una historia mucho más
rica, atractiva y digna de emulación entusiasta. Este aspecto, en la formación del artista –más
apto para la intuición y el análisis rápido y el juicio sentimental- ha causado lesiones serias que
necesitan solución: el plan de Dios es apasionante y es y ha sido capaz de motivar las
manifestaciones más espléndidas también del arte. Da pena el enorme terreno perdido en la
formación artística en este aspecto tan fundamental: queda como serio desafío y de fondo.
Se me dirá: ¿y las otras religiones? Como digo en la introducción y explico también en el
capítulo IX, mi análisis se ofrece desde la fe cristiana. Habrá que ocuparse también del influjo de
la fidelidad heroica en esas otras religiones. Si ha sido auténtica, indudablemente nos dará luces
importantes para mejorar la interpretación de la historia.
80

4. Como el artista es un educador, tantas veces algo oculto, parece necesaria la búsqueda
y aceptación del buen acompañamiento para, en lo posible, “purificar la fuente”: no se suele
viajar solos “del fenómeno al fundamento”98…
Los artistas “vacíos” no existen, y es un desafío -en el que se da un lastimoso retraso-, la
tarea de ilustrar a esas personas con las propuestas del pensamiento clásico y la revelación
definitiva y espléndida de Dios creador y redentor. Intentar la maduración intelectual y espiritual
de los “creativos” es tarea importante -marcan muchos rumbos-: hay que estar más cerca de ellos
porque –por su sensibilidad (fortaleza y debilidad a la vez)- suelen exigir más tiempo y
dedicación, como ya se ha destacado. Por supuesto que estamos hablando de invitar, de iluminar,
para llegar a ese nivel que lograron tantos grandes de la historia del arte, como Claudel por
ejemplo. Escribe ya anciano a Arthur Fontaine: “Será dulce para mí, cuando esté en el lecho de
muerte, pensar que mis libros no han contribuido a aumentar la espantosa suma de tinieblas, de
dudas, de impurezas, que aflige a la humanidad, sino que aquellos que los han leído no han
encontrado en ellos más que motivos para crecer, para alegrarse, para esperar”.

5. Ese acompañamiento, suele motivarse en todo el aprendizaje del artista, que pasa –
cuando es serio- por normales niveles académicos. Y allí está parte importante de la educación
para la responsabilidad de su futuros servicios. Hace falta dar más importancia –con paciencia y
mucha constancia- a la formación de los maestros de arte, de todas las artes. Es imponente lo
que puede hacer –u omitir- un docente de plástica, de literatura, de publicidad y diseño, de cine,
un director de coro o de orquesta, un maestro de música. Si, por ejemplo, se ha hecho cargo de
que existen unas bases naturales que condicionan la vida buena, la felicidad real del hombre, y
además, tiene un conocimiento suficiente del plan de salvación de Dios, sabrá motivar a la

98 Y ese “viaje” es objetivamente –por tanto, teológicamente- de enorme riqueza. Benedicto XVI ilustraba el tema
así, después de escuchar Las siete últimas palabras de Cristo, de Haydn y hablando de “una ley universal de la
expresión artística: el saber comunicar una belleza, que es también un bien y una verdad, a través de un medio
sensible –una pintura, una música, una escultura, un texto escrito, una danza, etc. Bien mirado, es la misma ley que
ha seguido Dios para comunicarnos a sí mismo y a su amor: se encarnó en nuestra carne humana y realizó la
mayor obra de arte de toda la creación: “el único mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús” –
como escribe San Pablo (I Tim, 2, 5). Más “dura” es la materia, más son estrechos los condicionantes de la
expresión, y mayormente resalta el genio del artista. Así sobre la “dura” cruz, Dios pronunció en Cristo la Palabra
de amor más bella y más verdadera, que es Jesús en su entrega plena y definitiva: Él es la última Palabra de Dios,
en sentido no cronológico, sino cualitativo. Es la Palabra universal, absoluta, pero fue pronunciada en ese hombre
concreto, en ese tiempo y en ese lugar, en esa “hora” –dice el Evangelio de San Juan. Esta vinculación a la
historia, a la carne, es signo por excelencia de fidelidad, de un amor tan libre que no tiene miedo de atarse para
siempre, de expresar el infinito en lo finito, el todo en el fragmento. Esta ley, que es la ley del amor, es también la
ley del arte en sus expresiones más altas”.
81

transmisión de las raíces de la belleza que encierra cada obra de arte, y en sus pormenores: se
enriquece su presentación de lo bello, que significará un acto de caridad, de mayor servicio para
quien la recibe.

6. Todo esto puede ir alimentando la autocrítica, la apertura a un análisis más discursivo,


más pausado, menos impetuoso y pasional, o simplemente intuitivo en la tarea creadora. En
definitiva, importa generar una sana desconfianza del artista en sí mismo, que es humildad y
prudencia; inteligencia al fin.

7. La total necesidad de la competencia profesional, técnica, siempre será requerimiento


y principal. Como es obvio, no es suficiente el reconocimiento del talento, del don recibido: se
necesita valorar realmente la preparación, el trabajo serio, la dedicación99.

8. En la medida que son reales y objetivos ciertos indicadores de la verdad y el bien,


importa a la comunidad social contar con ellos y velar por su difusión para ayudar al artista. La
analogía con la actitud frente a la salud pública es válida: lo moralmente nocivo es daño real y
muchas veces profundo. Será conveniente que la tarea de fomentar –desde la comunidad- la
“purificación de la fuente” se procure con probidad, inteligencia y eficacia. Algunas ideas:
a) la autoridad del Estado, ante la incitación a la acción delictual debe intervenir: una
cosa es la transmisión de ideas y otra distinta impulsar a la actividad que entra dentro de lo penal.
Se impone la salida del relativismo y la violencia, que es su consecuencia en los hechos: quien
grita más fuerte, vence, y permite y deja hacer lo que sea.
El símil de la salud pública no es un artificio si el mal y sus consecuencias sociales es
identificable: el aliento de cualquier forma de homicidio, de esclavitud o negación de la dignidad
humana, del suicidio colectivo, de la provocación de los reflejos condicionados por la
pornografía, por ejemplo. Desde los aspectos técnico-legales hasta las garantías judiciales,
necesitan esfuerzos claros de vigencia en estos temas que son de “salud pública”;

99 El trabajo arduo, muy arduo y sacrificado –horas y horas, meses, años…-, que exige la interpretación musical,
puede ser botón de muestra: un ritmo análogo de trabajo necesita el que escribe, el que pinta o esculpe, el que hace
teatro, cine… Son abundantes los testimonios de los grandes en el arte, que confiesan con maravillosa crudeza los
dolores de sus partos. Y también es bueno aprender a distinguir –aunque con prudencia y comprensión- el cierto
engaño de otras formas frágiles de “bohemias” frívolas que suelen confundir y hacer perder el tiempo.
82

b) cuando se habla de autoridad o de responsabilidad de la comunidad en este tema –


como en otros- conviene insistir en la tarea subsidiaria del Estado. El agente responsable de lo
que podríamos llamar educación artística o estética –educación de valores al fin- es la familia y
sus operadores naturales: colegios o instituciones educativas de apoyo (clubs, academias). Los
lazos de afecto y de lealtad son genuinos para fomentar y sostener las convicciones fuertes que
ayudarán a poner más orden en los gustos, en los apetitos. Así se pueden alentar actitudes
principales que hacen a la felicidad presente y futura: silencio, escucha, admiración,
interiorización, paciencia en la espera, descubrimiento de la armonía, respeto por el equilibrio
natural, sentido de la gratuidad, adoración y contemplación;
c) gran parte de la posible acción subsidiaria del Estado en estas tareas de contribuir
a “purificar la fuente”, pasa por el inteligente fomento de lo valioso. Parece importante apuntar a
políticas de aliento cultural más selectivas. Aquí aparece la urgencia de buscar modos de
extensión con puntería más alta. Ofrecer más y sin cansancio lo de más nivel: si las decisiones
dependen de números, de mayorías, los resultados serán pobres. No es lo mismo la cumbia o el
rock o una cueca que Chopin o Händel; o Tiziano, o Velázquez, o Sorolla, o Berni, o Fader o de
la Cárcova, que las pinceladas o manchas de un último aventurero a la moda, o tanta banalidad
audiovisual. No es discriminar ni negar, sino que se trata –con prudencia y un mínimo de
inteligencia- de ir llevando de manera gradual hacia lo posiblemente más enriquecedor. Resulta
muy penoso advertir la tendencia tantas veces clara de querer “nivelar hacia abajo”: ya hablamos
de esa injusticia100;
d) y dos palabras sobre la tarea del crítico de arte: “es una tarea de incesante purificación
e iluminación, primero de la actividad creadora misma del artista; segundo, respecto de la
conciencia común del público”101. De allí que sea coherente pedirles profundidad y aplomo,

100 Es de destacar y agradecer la reacción que se advierte. Un ejemplo es la magnífica difusión de las orquestas y
coros infantiles y juveniles que ayudan al crecimiento humano de miles de chicas y chicos en todo el mundo. Se
invita a entrar en internet para “asombrarse”. Es muy conocido el caso de José Antonio Abreu, que empezó en 1975
un proyecto de formación musical para criaturas de las zonas más pobres y como medio de desarrollo en su
Venezuela natal. Hoy existe una red de 120 orquestas juveniles y 60 infantiles, con 350.000 participantes. De este
sistema educativo ha surgido, por ejemplo, Gustavo Dudamel, uno de los grandes directores de orquesta de la
actualidad. Y este esquema educativo se ha desarrollado en toda América (Chile, Uruguay, Méjico, Argentina –hay
orquestas de este tipo en 23 provincias-; y por supuesto en toda Europa, América del Norte…).
101 Maritain, Jacques, La responsabilidad…, pág. 77. Recordemos a Borges, que dice: “Vedar la ética es

arbitrariamente empobrecer la literatura. La puritánica doctrina del arte por el arte nos privaría de los clásicos
griegos, de Lucrecio, de Virgilio, de Juvenal, de las Escrituras, de San Agustín, de Dante, de Montaigne, de
Shakespeare, de Quevedo, de Brown, de Swift, de Voltaire, de Johnson, de Blake, de Hugo, de Emerson, de
Whitman, de Baudelaire, de Ibsen, de Butler, de Nietzsche, de Chesterton, de Shaw; casi del universo” Moral y
literatura, en Sur, año XIV/126. Recogido en Sur, 1931-1980, Emecé, Buenos Aires, 1999.
83

claridad: “…la crítica es exigente o termina por no ser crítica, a medida que la compasión ahoga
a la justicia y la proliferación de elogios borra los discernimientos y las jerarquías de valor”, dice
uno de los grandes críticos de estos tiempos102. Ante la oferta abundante, es de agradecer cómo se
van instalando en tantos medios serios de divulgación de cultura servicios responsables que
ayudan a elegir mejor. Y el artista consciente de su responsabilidad tendrá la sensatez de oír esas
voces, más valiosas que las leyes del marketing o de cenáculos superficiales.

9. Un último comentario. Se plantea cómo influye en su obra y en su responsabilidad


como artista la locura –entendida en este caso como enfermedad- y el desorden de la vida moral.
Como siempre, sería un error y una injusticia la generalización.
Conviene afirmar la necesidad de distinguir la vida del artista y el resultado concreto de
su hacer. Es un hecho histórico y constante: hay obras maestras que se han hecho a veces en
medio de situaciones personales calamitosas. Cuando hay genialidad, el producto valioso puede
llegar y muchas veces llega. Se darán “mezclas”, pero como sucede en todo lo humano y finito.
No olvidemos, además, que el hacer del artista lleva tiempos, y muchas veces largos, y por tanto
muy cambiantes.
El problema es que no pocas veces el crítico o el ambiente social apasionadamente
rebelde, que busca solo lo distinto, la estridencia, la rareza, la ruptura como señal casi unívoca
del valor, puede confundir y aturdir a la gente. Son poses exigidas por las siempre vigentes
huellas del paradigma romántico o simplemente por las “modalidades” de ese artista concreto,
que hay que saber distinguir del resultado real: esa obra musical, dramática, literaria, plástica,
cinematográfica, etc. Ya he hablado de posibles engaños y desperdicios que parece conveniente
identificar para no perder tiempo ni posibilidades reales de crecimiento.
En síntesis, hay abundantes casos de talento y ausencia de virtud, de genialidad y
demencia, pero un ambiente de bajo calado suele exagerar el tema y levanta banderas de
absolutos que son más ruido que realidad: no faltan quienes ven la psicopatía o la adicción o el

102Ibañez Langlois, José Miguel, Ignacio Valente. Veinticinco años de crítica. Zig Zag, Santiago de Chile, 1992,
págs. 24-26. Sobre el sano deber del crítico de advertir sobre las carencias de verdad y de bien, se ha escrito: Son
obras que tratan de inducir determinadas actitudes y, en ese sentido, tienen una pretensión “moralizante” que
incluso se podría calificar de violenta. La diferencia entre la literatura “catártica” o “edificante” del pasado
radica en que la actitud moral que se trata de inducir ha cambiado completamente. Ya no se busca provocar la
generosidad, o el amor a los demás, o la confianza en el sentido de la vida o en la Providencia de Dios. La actitud
que pretende prestigiar la nueva literatura “comprometida” es sobre todo crítica, desconfiada, negadora del
sentido del mundo, afirmadora crispada de que la existencia es absurda. Ruiz Retegui, Pulchrum. Reflexiones sobre
la Belleza desde la Antropología cristiana, Ed. Rialp, Madrid, 1999, pág. 168.
84

total libertinaje como requisito del arte. Si apelamos al buen sentido –que siempre está en el
recurso a la naturaleza de las cosas- se concluye que suele dar más garantías de ofrecer felicidad
genuina, más belleza, la reunión de talento, virtud y calidad técnica.
Y algo más: no interesa poner tanto esfuerzo en el análisis de biografías y anecdotarios de
artistas para evaluar los resultados. Es una costumbre bastante común que, no pocas veces, en
lugar de ayudar puede oscurecer el acceso a tanta belleza artística. Es mi opinión, y –por
supuesto- necesita matices: cuando el conocimiento es riguroso y más completo –tarea no fácil-
la ayuda para la apreciación suele ser importante.

Capítulo VII. Anotaciones sobre la belleza en la música


85

a) Por qué es un tema que necesita especial análisis.

Entre las artes, la búsqueda de la belleza en la música por el hombre es especialmente


viva. Por la facilidad de acceso y también por la enorme y variadísima oferta que existe. Sin
necesidad de precisar con estadísticas, es una evidencia que una mayoría enorme de personas
emplean hoy horas y horas en escuchar canciones o música instrumental.
Sabemos, además, de la gran capacidad que tiene la música para crear, recuperar o
fortalecer las relaciones: hacer música es una forma especialmente rica de compartir y de unir a
las personas103.
Por otra parte, interesa resaltar un aspecto científico: está muy estudiada la influencia
muy positiva de la música en la actividad cerebral: cfr, por ejemplo,
https://www.youtube.com/watch?v=Gpc5gkAQfzs Atender a su influjo resulta, entonces, de
particular interés.
Partimos de una convicción ya estudiada en las páginas anteriores: la belleza es esplendor
de la verdad y el bien, y procura la felicidad humana.

b) Discernimiento del placer veritativo para distinguir lo más o menos valioso.

Un primer interrogante a estudiar: ¿hay más o menos verdad y bien en cada obra musical?
El hecho de que se diferencien, ¿implica ciertas jerarquías? Será en niveles muchas veces sutiles,
pero parece que no podría afirmarse lo contrario. Lo difícil o laborioso será, en muchos casos, su
captación. Conviene acercarse a ese distingo, porque a más verdad y bien, más fácil será la
posibilidad de crecimiento humano, mayor la posibilidad de felicidad en la audición, también
cuando llega por vía de entretenimiento. Y con ese logro –no lo olvidemos- también será mayor
la capacidad de don de sí, que es lo que busca y necesita el hombre siempre.

¿Qué puede significar esa mayor o menor verdad? Lo que podríamos llamar capacidad de
causar verdadero placer; esto es, placer veritativo, que nos ayude a ser mejores. Es Aristóteles
quien destaca la posibilidad de la racionalidad del gozo sensitivo y, con ello, abre los ojos a la

103Cfr. algunos artículos de Alfonso López Quintás: La experiencia estética, fuente inagotable de formación
humana, lquintas@filos.ucm.es o El poder formativo de la música, en Humanitas, nº 27 (separata).
86

importancia de la música en la educación moral, ciudadana, y le dedica mucho comentario en la


Ética a Nicómaco.

c) La calidad objetiva en la elaboración y presentación de la partitura.

¿Dónde estaría esa mayor o menor verdad y bien en los sonidos que nos ofrecen quienes
los ordenan y presentan?
Cuando la música acompaña a un texto o a un argumento o una historia, la valoración es
más posible, pero no primariamente por esos sonidos organizados, sino por la relación a la
verdad y al bien de esas palabras que hablan claro, tienen significados y se ilustran o quieren
completar con música. Como el poder de penetración de la melodía, el ritmo, la armonía, es
fuerte, el texto se enciende con luz distinta al transmitirse con esos sonidos, y llega con especial
incisividad al mundo de los sentimientos y emociones, que –a su vez- dejan su huella en la
inteligencia y en la voluntad. Más aún cuando no son solo textos sino también ilustración de
dramas, escenas (la ópera, el ballet).
Procuremos dar un paso más y pensemos en la música pura, la que no se asocia a lo
conceptual. Aunque siempre se dio en la historia, es cierto que desde el siglo XVIII su desarrollo
ha sido magnífico. Hay quienes han juzgado de manera algo crítica este hecho: como implica
construir simples sonidos, con independencia de lo conceptual, parecería que se “independiza”
del ser de las cosas, queda como envoltorio de algo “inasible”… No se sostiene esta observación.
No es cierto que la música “pura” es revestimiento de vaguedades: contiene y puede dar mucho y
verdadero y bueno. Sólo adelantamos que puede despertar emociones y muy valiosas: serenar,
animar, alegrar, entusiasmar, afinar la atención, sorprender, entretener, divertir… Es instrumento
accesible, incisivo y delicado para educar el gusto. Por otra parte, el hecho de que se desenvuelva
cuando comienza el racionalismo moderno, no parece que permita ver allí el motivo principal de
su auge; y si lo fuera, deberemos agradecerlo como regalo muy positivo de esa modernidad.

Y volvamos al fondo de la cuestión que estamos estudiando. Para hablar de niveles de


verdad y bien, de belleza en esos sonidos organizados y que no se reducen al “comentario” de
textos, corresponde apuntar, en primer lugar, a la calidad objetiva en la elaboración y en la
presentación de la partitura:
87

- gracia, atractivo, fuerza, encanto, raíces, variedad en sí de las melodías propuestas


(los temas, los motivos);
- la manera de trabajar, combinar y presentar los ritmos;
- las muy variadas soluciones armónicas, la textura;
- la selección laboriosa, agradable, oportuna, ocurrente, creativa de los timbres o
colores instrumentales o vocales;
- la buena proporción y originalidad de las formas o estructuras elegidas o, por decirlo
más simplemente: cómo se distribuyen y desarrollan los temas o las distintas propuestas;
- los matices del discurso: la dinámica elegida, los silencios, las intensidades,
modulaciones, acentos, los contrastes, las sorpresas;
- la lectura y presentación de cada nota, de cada frase por el intérprete;
- la unidad buscada y cómo se capta en la obra que se escucha;
- la posibilidad de encontrar significados: tema muy subjetivo; la música comunica: el
problema es encontrar palabras para expresarlo;
- la variedad, originalidad, equilibrio y medida en la presentación de todos estos
elementos; etc…

Todo esto tiene que ver con la mayor belleza de una obra musical: podemos decir que
habrá mayor o menor verdad y bien según y cómo se presenten estos elementos: siempre
resultará algo muy opinable. De todas formas, parece cierto que “cuanto más se sepa de
música, más cosas se percibirán al escucharla”. 104

d) El resultado subjetivo: el gozo proporcional a los requerimientos genuinos del alma


humana para enriquecerse.

En segundo lugar, está el efecto, el eco en el que lee y el que escucha la música: en
ambos. No resulta ni justo ni posible disociar el valor objetivo de esos sonidos organizados del
resultado subjetivo. ¿Por qué razón? Insisto: porque el artista está esencialmente relacionado,
está llamado a sumar; ha de ofrecer belleza, que implica posibilidad de enriquecimiento real, de

104 Ball, Philip, El instinto musical. Escuchar, pensar y vivir la música. op. cit. pág 458
88

felicidad auténtica, que –como ya se ha visto- no se da sólo a nivel sensitivo. Si renuncia a esa
meta de servicio, si queda en algo autorreferencial, puede convertir la creación en una rareza
original, pero menor; infructuosa: a veces, los destellos de belleza solo se advierten después de
un recorrido laberíntico y pleno de perplejidades. Parece poco animante que el objeto del arte
quede solo para quienes tengan que esforzarse en caminos muy complejos.

Por otra parte, el aspecto expresivo es esencial a la música, y resulta de gran interés
seguir los distintos esfuerzos para fomentar las emociones, sentimientos, formal y técnicamente,
a lo largo de la historia: hay muchos análisis.105 Añadamos que es casi el cimiento de toda la obra
musical del romanticismo, y sabemos lo que esto significa: un tesoro fantástico y acumulado
especialmente –aunque no solo- en el siglo XIX106.

¿Cuándo se puede hablar de un resultado subjetivo que implique felicidad real? Pienso
que cuando el placer que produce es realmente veritativo; esto es, cuando el gozo es
proporcional a los requerimientos genuinos del alma humana para enriquecerse en orden al fin
que anhela, y más precisamente, al que tiene dado y es invitado a aceptar.
Todo esto se ofrece en la música que de alguna manera impulsa sentimientos de mayor
espesura, más nobles y capaces de dar felicidad.
Hay música –insistimos- que puede despertar, de alguna manera: serenidad, paz; piedad;
gozo –también en forma de juego, diversión, fiesta-; alegría –la danza es muchas veces como una
explosión de esa dicha-; asombro y admiración –también por ingenio, ocurrencia, originalidad-;
entusiasmo; sorpresa, desasosiego, incertidumbre; compasión; ternura; valentía; súplica,
misericordia, remordimiento, perdón; deseos de ser mejores; deleite por el buen hacer humano,
por las interpretaciones (encuentro con finuras y sutilezas impensadas); buen agrado sensitivo (se
habla del calor, el perfume, el dinamismo visual que despiertan, por ejemplo, las obras del
impresionismo, o el color en algunas de Rimsky Korsakov o Scriabin); etc.
Y también puede provocar o incitar primaria y desmedidamente al terror, a la agitación o
excitación o éxtasis casi puramente sensual, al frenesí o puro vértigo, la furia, la angustia, la
desesperanza, el tedio, el desencanto, el cansancio, el aturdimiento, etc.

105Cfr. por ejemplo, Ball, Philip, op cit., capítulo X.


106Especialmente desde los fantásticos arrebatos de Beethoven hasta -si se nos permite el estiramiento dentro del
pasado siglo- mucho de Bruckner, de Mahler, de Sibelius, de Richard Strauss…
89

Al hacer esta enumeración de emociones, se despierta el interés de ilustrarlas. Sería larga


la tarea, pero se invita al lector a ir intentando discernir muchas de las reacciones que surgen de
la audición musical. También para seleccionar y orientar el gusto.107

Se sugiere pensar que con estos elementos –objetivos y subjetivos- que acabo de
comentar, se puede llegar a hablar de música más o menos bella.

De todas maneras, insisto en algo que se ha comentado al final del capítulo IV: no se
puede reducir lo bello a lo bonito o agradable: hay mucha belleza sublime en sonidos que
necesitan más trabajo y paciencia al escuchar. Quizás en este ámbito se hace muy necesario el
“adiestramiento”, la aventura de la audición, que se facilita cuando se asiste con frecuencia a
conciertos: los programas son variados, y así es más posible que se escuchen novedades junto a
otras obras que son, quizás, las que motivaron la asistencia.
Un consejo más de tipo práctico: en la audición musical –como en todo acercamiento a lo
posiblemente valioso- es necesaria la atención; más, la concentración. Por respeto a lo que nos
ofrecen y para encontrar mejor el sentido o los significados. Se entiende que resulta pobre la
audición mientras hago otra cosa, y se comprende que cuando acudimos a un concierto se
apaguen las luces y quedemos con los sentidos más centrados en el acontecimiento que vamos a
vivir.

e) El papel del sistema tonal y su oferta en la música académica y popular hasta


principios del siglo XX.

107 Citamos un texto sugestivo de Pablo Nasarre escritor del siglo XVIII que recoge Ramiro Albino en su libro Guía
para disfrutar más de la música antigua, Mendoza, 2015, pág. 14. Muchos filósofos la llamaron Ciencia Divina (se
refiere a la música), y no es mucho; pues inflama los corazones, infunde deseos de las cosas eternas, destierra los
vicios, enfrena las pasiones, aumenta las virtudes, quita la tristeza, infunde alegría, aplaca las fiebres, mitiga
dolores, hace oír a los sordos, cura frenéticos, es antídoto contra veneno, expele Demonios, desvela al soñoliento,
hace dormir al desvelado, mueve a osadía y pacifica al ayrado: los Cielos están llenos de concentos, los Elementos
de sus proporciones, y cualidades, el hombre compuesto de sus armonías, participando de ellas todos los vivientes,
las aves del aire, los animales de la tierra, los peces del agua: y no hay cosa creada en todo el universo que no esté
llena del número sonoro, de donde se originan muchos maravilloso efectos, que se dirán en el discurso de esta
obra”.
90

Con respecto a la calidad objetiva de la obra musical, se plantea un interrogante que


merece un comentario más pausado: ¿qué papel tiene el sistema de los doce tonos, el sistema
tonal, en la belleza musical?
Me parece necesario un muy breve repaso histórico.
Sin olvidar antecedentes babilonios, parece estar suficientemente comprobada la
importancia del hallazgo de Pitágoras – en el siglo VI a.C- al aplicar el teorema de Tales de
Mileto para fijar la primera escala de siete tonos, el sistema heptatónico, que luego completará
con los cinco sonidos intermedios entre aquellos siete. Así surge la escala dodecatónica o de
doce sonidos, que está en la base de la música occidental. Un par de siglos después, esos sonidos
se saben organizados en modos, que procuran suscitar sentimientos diferentes y son comentados
por Platón, Aristóteles; y también se conocen inicios de notación musical (alfabética).

A partir de esas bases, se puede seguir en Occidente un desarrollo musical que resulta
magnífico. El canto gregoriano queda escrito desde los siglos V y VI; desde el siglo XI se va
mejorando la notación musical con claridad; se desarrolla la polifonía –un regalo incomparable
del siglo XII- y la armonía; se fijan los ritmos, las formas, se multiplican los timbres… Vale la
pena que el lector se introduzca –oyendo, por supuesto- en una historia que al llegar a los siglos
XVII y XVIII resulta poco menos que fantástica, en cantidad, variedad, calidad, etc.

Surge así una suerte de corpus de música en Occidente. Música popular, y otra también
más elaborada, bien calificada de “académica”; ambas, de alguna manera, siempre estuvieron
relacionadas y se influyeron, como parece natural y justo que sucediera. La evolución de todas
estas creaciones desde el siglo XVII hasta los comienzos del XX fue más o menos serena y
gradual. A la belleza en todo ese enorme corpus de música se ha accedido de un modo quizás en
algunos casos costoso o laborioso, pero el placer –veritativo insistimos- ha ido evolucionando en
Occidente con verdadera agilidad.
Los ejemplos son infinitos y se podrían observar algunas características más o menos
generales:
* sumisión serena, aunque ocurrente y también fogosa y muy creativa, a las grandes normas
de la armonía y la tonalidad;
* uso en general prudente y elegante, gracioso, del ritmo;
* respeto y aceptación de un orden en las formas;
91

* enriquecimiento gradual en la utilización de los timbres…


Con matices y excepciones, se puede afirmar que esa música se escuchó y se sigue
escuchando –conciertos, discografía y sucedáneos, cine, diversión, acompañamiento- y con
mucho agrado. Unos preferirán gozar con unos autores o con otros, pero parece indudable que la
aparición en un programa de concierto de los grandes nombres de esta magnífica historia 108,
seguro que atrae y entusiasma a muchos: es difícil que defraude. No sólo produce interés o
curiosidad sino gozo rápido: trae felicidad.
Un comentario más sobre la vigencia objetiva generada por las proporciones de la música
tonal y su desarrollo: hoy no solo se escucha mucho más a Bach, Vivaldi, Haydn, Mozart,
Beethoven, Schubert, por ejemplo, que cuando ellos compusieron, sino que es muy notable el
desarrollo de los estudios, transcripciones y presentaciones de música medieval, renacentista o
del barroco inicial. Se buscan y festejan esos sonidos antiguos quizás como “opción más
confortable y animante” –y más cómoda…- que la de los autores académicos de hoy.

¿Qué ha pasado en este período en la música popular? Ha tenido un desarrollo semejante


y riquísimo, y se ha entremezclado maravillosamente con las otras composiciones de más
elaboración. Lo popular y lo llamado culto o académico se han mostrado muchas veces en
ámbitos diferentes, pero también se ha dado un trasiego que se agradece mucho y que no podía
dejar de existir: hay mucha belleza en todos esos mundos sonoros bien emparentados y
comunicados.

d) La enorme riqueza musical de la primera mitad del siglo XX.

¿Qué decir de la belleza en la música del siglo XX y XXI? Ha quedado más firme,
después del siglo romántico, que la música ha de transmitir sustancialmente los sentimientos del
alma humana, y expresados con una libertad que se entiende como autonomía, como libertad de
lo normativo. Así como el artista plástico se ha ido separando de la realidad visible –como se vio
en el capítulo V-, el músico se desprenderá de todo el sistema tonal y sus consecuencias; de los

108 Es prácticamente imposible hacer una lista aceptable: siempre será pobre y relativa. Desde Monteverdi –y ya
estamos limitando- hasta Bruckner, Mahler, Sibelius…¿se pueden dar nombres suficientes? No.
92

ritmos estables; de lo predecible en la melodía; de la tradicional organización de los timbres; de


algunas asentadas estructuras formales…
Comienza un siglo de continuas, profundas e intensas búsquedas de lenguajes nuevos,
distintos, y el resultado ha sido asombroso, grande, de una variedad notable y, por eso, lleno de
desigualdades. Musicalmente, se puede decir que ha sido de los grandes momentos de la
historia.
Con las limitaciones que presenta la brevedad y el sentido de este ensayo, se podrían dar
tres nombres de innovadores líderes en los primeros momentos del siglo XX; se añaden entre
paréntesis algunos continuadores indiscutibles: Debussy (Ravel) –en muy primer lugar-,
Schönberg (Berg, von Webern) y Stravinsky. En nota al pie se sugieren algunas audiciones
posibles al lector109 Es imposible explicar brevemente sus lenguajes: el enorme cambio en todos
los elementos de la música por Debussy; el sistema dodecafónico, serial de los alemanes; la
revolución rítmica, politonal y tímbrica de Stravinsky (tan rico en lenguajes en la evolución de
su larga vida).

Mientras, se ha seguido escribiendo y escuchando el desarrollo –con distintas


elaboraciones- del último tiempo romántico: nombremos a Mahler, Strauss (Richard), Bruckner
(las sinfonías, las misas); el primer Schönberg (los poemas sinfónicos Noche transfigurada,
Pelléas e Mélisande), Scriabin…

A toda esta oferta se añaden tantas obras que se nutren de lo folklórico y popular y de
variadísimas maneras. Se invita al lector a intentar entrar o repasar obras de autores del siglo XX
–por ejemplo- donde vale la pena identificar raíces populares y parentescos: en la nota a pie de
página hacemos una sugerencia de nombres y obras para esa aventura110.

Como se advierte, sólo estoy queriendo ilustrar la enorme riqueza musical de la primera
mitad del siglo pasado. Además de los nombrados, se ha incluido en un llamado nuevo
humanismo a otro espléndido conjunto de compositores de ese período –Prokofiev, Honegger,

109 Debussy: El mar (poema sinfónico); algunos preludios para piano; Schonberg: Seis piezas para piano, op. 19;
Stravinsky: Pájaro de fuego, Petrushka, La consagración de la primavera.
110 Ravel (Rapsodia española, Bolero); Albéniz (Suite Iberia) Falla (El amor brujo, El sombrero de tres picos),

Granados; Sibelius; Enesco ( por ejemplo, la Sonata nº 3 para violín y piano); Bartok (Conciertos para piano y
orquesta; Cuarteto nº 1, Música para cuerdas, percusión y celesta; Concierto para orquesta); Nielsen; Janácek;
Gershwin, Copland; Chávez, Revueltas, Villalobos, Ginastera, Piazzola…etc.
93

Milhaud, Poulenc, Schostakovich…-, que han dejado variadísimas propuestas y de gran valor.
Han intentado acercarse al oyente con lenguajes más claros y accesibles.

En fin, que sirva la enumeración para invitar al “adiestramiento” con la aventura de una
audición más frecuente. Solo así se podrá discernir la belleza de melodías, ritmos, armonías,
timbres, formas… indudables, aunque necesitadas de interés, tiempo, paciencia, curiosidad en el
oyente. También puede ser cierto que bastantes aspectos de lo bello en muchas obras de ese
nuevo corpus, se advierten mejor cuando se ejecutan, se interpretan: es algo que suele suceder
siempre en la música, pero más quizás en lo contemporáneo.

e) Anotaciones sobre la música académica más reciente.

¿Qué nos ofrece el final del siglo XX y estos comienzos del XXI? Más búsquedas y
experimentos. Se ofrece –para un acercamiento animante- un nombre fundamental: Olivier
Messiaen. Por su honradísima búsqueda de novedades melódicas, por ejemplo, en la naturaleza
(los pájaros), y sobre todo rítmicas (ha confesado: “soy ritmador” (…), pero el ritmo es un
elemento desigual que sigue fluctuaciones como las ondulaciones del mar, el ruido del viento, la
forma de las ramas de un árbol”); de sugerencias de otras culturas (modos medievales, griegos,
chinos, indios, u originales suyos); por la fantástica y proporcionada riqueza de timbres, de
colores; por su raigambre en temas hondos y su sinceridad al intentar iluminarlos hasta el final.
Se invita a una audición del Cuarteto al fin de los tiempos; de la sinfonía Turangalila, por
concretar algo más.

Más recientemente, sugiero abrirse –para empezar- a las propuestas minimalistas, por
ejemplo: Philip Glass, Steve Reich, John Tavener, Arvo Pärt111. También a obras grandes de
Penderecki – Treno, Pasión según San Lucas, por ejemplo-; u obras breves de Boulez, de Ligeti,
o algunas mezclas que presenta Luciano Berio; o a tantas experiencias muy interesantes en el
terreno tan rico de la percusión…

111En los 80 y 90, por ejemplo, sus grabaciones tuvieron records de venta imponentes. Alex Ross (op. cit., pág. 655)
cuenta el efecto de una obra de Pärt: “una enfermera ponía regularmente Tabula rasa en la sala de un hospital de
Nueva York a varones jóvenes que estaban muriendo de SIDA, y en sus últimos días ellos le pedían oírla una y otra
vez”.
94

En fin, hay ofertas, por supuesto, sugestivas y que requieren clara atención. De todas
formas, vale citar el reclamo de un gran músico actual –Rafael Frühbeck de Burgos-, que con
plena sinceridad ha comentado: “estamos en un momento en que los compositores tienen que
empezar a decir algo hermoso”.112 Efectivamente, se advierte la necesidad de recordar lo ya
comentado sobre el fin del arte y del artista: ha de buscar primeramente la belleza. Existe una
aventura infinita del hombre que busca crear novedades, y muchas veces prima el puro ingenio, o
la experimentación curiosa a costa del aporte de belleza, que –en tantas ocasiones- se rechaza
expresamente. Es fácil que se cuele, entonces, la extravagancia, la ridiculez, lo absurdo…Se
cuela, insistimos, porque hay también –quisiera insistirlo con vehemencia- nuevas bellezas que
necesitan pausa para ser valoradas.

La inmersión en muchas de estas obras, además de alguna mayor ilustración concreta,


necesita tener muy en cuenta la historia dramática de ese período: guerras, exilios, crueldades,
injusticias, que ya hemos recordado antes. El hecho de que la expresión libre (entendida como
“espontánea”) de los sentimientos, más que la búsqueda primera de la belleza, sea la raíz fuerte
de las obras, lleva a que se advierta con frecuencia y crudeza el tremendo caos interior
(desesperación, nihilismo, ira, violencia) que hay detrás. Cuando en los autores existe una actitud
más honda de sintonía con la verdad y el bien –repetidamente explicado en este ensayo-, el
resultado es más inteligible, amable, accesible, entretenido, esperanzador113 Si se parte de una
rebeldía solo pasional, “dionisíaca”, y de rechazo al equilibrio que transmite el fin de lo real bien
asumido, se cae muchas veces en la amargura, la pura protesta, la queja estéril, la desesperanza,
o lo vacío, lo aburrido, lo muy alejado de un placer humano positivo, que contribuye a la real
felicidad.
De todas maneras, vale la pena recordar aquí una afirmación algo terminante, pero
luminosa de Steiner: “Todo lo que cualquier ser humano a quien la música conmueva, para quien
sea un agente otorgador de vida, puede decir de ella es un tópico. La música significa. Rebosa de
significados que no se traducirán en estructuras lógicas o en expresión verbal. En la música, la
forma es contenido, forma contenida”114. La apreciación interesada, gozosa, enriquecedora, de

112 Cit. por José Luis Comellas, Historia sencilla de la música, Madrid, 2006, pág. 396.
113 Se permitirá la insistencia en Messiaen: se trata de un referente fundamental de la riqueza musical del último
siglo. Y citemos otra vez al gran Penderecki, y a Honegger, o Poulenc…
114 Op. cit., pág. 263.
95

toda esta música que cuesta más, merece el esfuerzo de avanzar con esperanza de regalos que
pueden llegar, aunque no haga falta la racionalización analítica.

Otra pregunta que puede surgir es por qué se da una mayor distancia del público con la
música académica de hoy que con la plástica del mismo tiempo. Se podrán dar muchas
respuestas, pero parece indudable que hay una diferencia fundamental: en la plástica hay un
marketing de enorme vigencia real, que con facilidad genera modas, crea famas, y reditúa sumas
cuantiosas; la música no ha entrado en ese mundo, que sí existe en los géneros sonoros
populares, de los que hablamos más adelante.

Se añade una sugerencia práctica: abrirse a una audición más frecuente –paulatina, se
entiende- y atenta de ese caudal tan variado de música del siglo XX y comienzos del XXI, e ir
armando la propia selección de preferencias. Para muchos parecerá difícil que esas obras lleguen
a confortar o agradar: se invita a avanzar poco a poco en un proceso; vale la pena. La dificultad
es la urgencia en que se vive y la necesidad de tiempo para escuchar: quien asiste a conciertos
habitualmente –ya lo dijimos- se “encuentra” con novedades que escucha y en el ámbito más
genuino; así pueden ir “entrando” más normalmente en su gusto.

f) y sobre la llamada música popular.

Pero el siglo XX y XXI, nos trae una propuesta de música popular amplísima y llena de
novedades…y de belleza indudable.
¿Se pueden marcar límites claros entre esos sonidos y los que ofrece la llamada música
académica? Ya se ha hecho referencia a la fecunda “retroalimentación” de estos mundos
sonoros: hay un magnífico enriquecimiento mutuo. En mucha música académica hay, parece
evidente, una mayor elaboración, amplitud y variedad de contenidos y lenguajes. Una
comparación sencilla: es muy agradable un plato sencillo preparado en casa, pero también lo
debe ser una fantástica “raya marinada a las hierbas, con manjar de langostinos y trucha,
cremoso de zanahorias, queso brie y coco” que se anuncia en un diario como menú de un
restaurante … Ambas exquisiteces necesitan quizás ámbitos y momentos y atenciones diferentes.
96

No vamos a desarrollar aquí el tema del estupendo crecimiento de los regalos


contemporáneos de música popular. Se nombran formas: blues, jazz, tango, ragtime, bebop, folk,
country, rock, ¡los folklores nacionales redescubiertos y tan variados!…: se trata de un abanico
poco comparable en la historia. Y desde Duke Ellington, Dizzie Gillespie, Louis Armstrong,
Count Basie…; Elvis Presley; y después The Beatles, Bob Dylan, Queen, U2… y los franceses,
los italianos, los latinoamericanos, los escandinavos, los grupos variadísimos y de todos los
rincones del mundo… Y los musicales y algunas bandas de sonido de películas: ante todo,
Bernstein (grande, y en el fondo un académico), Andrew Lloyd Weber, John Williams, Stephen
Sondheim, …

¿Qué decir de la belleza en toda esa espléndida oferta musical llamada popular? Una
pequeña síntesis:

- ante todo, cultivar una actitud abierta, inteligente, positiva, y librarse –si los hay- de
prejuicios superficiales;

- se sugiere, por otra parte, alentar un discernimiento más pausado, primero quizás de los
textos: si la música es un “comentario” de aquellos, atender a su calidad y su contribución a la
felicidad del que canta y oye, parece elemental: hay más o menos belleza; hay muchísimos
aportes maravillosos, y hay banalidades, mal gusto, también en la línea de lo comentado en torno
a lo pornográfico;

- pero la música es organización de sonidos: en su apreciación convendrá irse


acostumbrando a una valoración más rica de lo que constituye la realidad musical: la categoría
melódica, el ritmo, la armonía, la textura, los timbres. No todo “da lo mismo”: en páginas atrás
se sugerían pasos a dar para distinguir: cfr. págs. 93 a 95. Se propone advertir
* que sencillez no es igual que simpleza;
* repetición no ha de ser sinónimo de monotonía o tedio, o casi pura agitación;
* el ritmo no es someter a la anulación o el delirio por ruido o paroxismo (hay infinitos
sonidos y ritmos posibles y sutiles –maravillosos- en la percusión);
* no parece verdad que toda manera de emitir la voz –el posible canto- sea realmente
bella;
97

* hay melodías que –como decía alguien- parecen estar hechas solo para “aliviar la carga
de silencio”, son música de relleno, etc.

- en toda esta oferta musical, parece importante discernir modos y entornos al


presentarlos. La música queda inmersa, muchas veces, en espectáculos que se convierten en un
despliegue espléndido: es imponente la música que nos puede llegar como comentario o
acompañando la imagen: la historia, el color, el movimiento, la luz… Y también se convierte
muchas veces en vehículo dionisíaco de “redención humana” por euforia, pura turbación o
aturdimiento: ruido más que sonido.

-Un comentario más a fondo sobre ese nivel distinto en que se ubica esa música
elaborada para el delirio puramente sensual de las masas, el vértigo, el éxtasis y la evasión:
sería el escalón más bajo… El desafío es identificarlo115. Hay música que “abate las barreras de
la individualidad y la personalidad –escribe Ratzinger-; el ser humano se libera así de la carga de
la conciencia”…Por ejemplo, “en grandes sectores de la música rock y pop, cuyos festivales son
un “anticulto” en la misma línea: afán de destrucción, eliminación de las barreras de lo cotidiano,
ilusión de quedar redimidos al librarse del yo y sumergirse en el éxtasis salvaje del ruido y de la
masa. Se trata de prácticas cuya forma de redención es afín al estupefaciente y constituye la
antítesis radical de la fe cristiana en la redención. Es lógico que proliferen hoy los cultos
satánicos y las músicas satánicas, cuya peligrosa influencia en el desarreglo y disolución
voluntaria de la persona aún no se ha tomado en serio”116. Se invita a realizar una labor crítica
más clara para llamar por su nombre a todos los ofrecimientos decadentes.

Termino el capítulo con unas palabras de Steiner: “La música aporta a nuestras vidas
cotidianas un encuentro inmediato con una lógica de sentido diferente a la de la razón. Es, de
manera precisa, el nombre más verdadero de que disponemos para la lógica que opera en las
fuentes del ser que generan formas vitales. (…) Ha sido, continúa siendo, la teología no escrita

115 En este mundo nuestro, con sus poderosos estímulos y su adicción al experimento, con frecuencia
irresponsablemente controlado por motivos comerciales, hay sin duda muchas cosas de las que no podemos decir
que instituyan en verdad una comunicación. El delirio como tal no es ninguna comunicación duradera. Gadamer,
Hans-George, op. cit. pág. 120.
116 Ratzinger, Joseph, Un canto nuevo para el Señor, Ed. Sígueme, Salamanca, 2005, pág. 144
98

de aquellos que no tienen o rechazan todo credo formal. O para decirlo al revés: para muchos
seres humanos, la religión ha sido la música en que han creído”117. Allí encontramos un desafío
más quienes aceptamos la Revelación de Dios vivo: mostrar que esa lógica que opera en las
fuentes del ser necesita terminar en Él para que se dé el resultado pleno de ese placer o gozo
veritativo; esto es, que esté sustentado en la naturaleza de las cosas y, por tanto, que arrime a la
vida buena, a la real felicidad humana.

117 Op. cit . págs 264-5.


99

Capítulo VIII . Algunas sugerencias para el mejor aprecio de la belleza

Luego del camino andado, recordamos que “para que la vivencia estética resulte posible
se requiere, por un lado, la armonización interna de las facultades cognoscitivas entre sí; por
otro, la de los apetitos; y, finalmente, la conjunción proporcionada de unos y otros. El fruto de
esa compleja sintonía –lo que, en términos más comunes, podríamos calificar como educación
estética- produce una facilidad y una connaturalidad habituales para captar lo bello, a la que
suele denominarse “sensibilidad estética”. (…) además de ella se requiere, en cada concreta
vivencia de lo bello, una especial perspectiva por parte del hombre, ya que una misma realidad
puede ser enfocada como verdadera, buena, útil…o como bella. Sin esa disposición habitual, la
presencia del objeto bello no produciría su resultado objetivo: el goce estético”118Sería como una
síntesis de lo que vimos en el capítulo IV y completamos aquí, de manera más vivencial y
práctica. Se ordenan y proponen actitudes que pueden mejorar el acceso a la belleza.

a) la necesidad de la apertura a Dios

Aunque es posible alcanzarla con el sencillo acercarse del hombre a la realidad, puede
afirmarse que se completa, se integra, cuando en ese encuentro se hace presente, de alguna
manera, el acto de fe: cuando el hombre intuye y, mejor, sabe, que allí –en la realidad que ve,
oye, lee- hay una respuesta de Dios a su inevitable reclamo de felicidad, de crecimiento; hay un
ofrecimiento de su Amor. Ese acto de fe habitual –es el habitat que necesita el ser humano para
el buen vivir- enriquece la normal predisposición a lo positivo y, por tanto, al asombro, a la
admiración, ante lo bello: allí hay algo grande, hay “mucho”, hay “más”; hay algo magnífico
encerrado por Alguien superior y de más nivel. abrirse a Él119.

b) educación de la sensibilidad

118Melendo, Tomás, Esbozo…, cit., pág. 52


119 Confiesa el gran compositor Penderecki: “…Mi arte que brota de profundas raíces cristianas conduce a
reconstruir el espacio metafísico en el cual el hombre solía vivir hasta que fue dañado por los desastres del siglo
XX. Restaurar la dimensión sacra de la realidad es la única manera de restaurar a la gente. El arte debería ser la
fuente de esa difícil esperanza”. Cfr. Abras, Juan Manuel, op. cit, pág. 34. Acabo de ver la película Boy Choir:se
describe la situación de un magnífico coro de chicos. Una consideración: la carencia –en los maestros- de una
fundamentación clara en la trascendencia, tiene como resultado una educación artística llena de rigor, sin suficiente
sostén afectivo y con acento en la competencia humana. Cuando no se afina en los sentimientos al educar, las
consecuencias son penosas. Y –desde la aceptación de Dios y su amor- esa tarea se facilita enormemente.
100

Se trata de distinguir y hacer atractiva la belleza en los ámbitos donde luce y desde el
comienzo de la vida. Es cierto que mucho es innato, pero también es indudable que hay que
ocuparse de fomentar con iniciativa lo valioso. Por ejemplo, hay madres que tienen en cuenta un
dato importante: que el oído empieza a funcionar a los cuarenta y cinco días de embarazo.
Entonces, entre otras muchas consecuencias, hacen oír buena música a sus criaturas cuando están
en sus entrañas.

Otra sugerencia de fondo y que puede ayudar. Alguna vez leí que el asombro es a la
inteligencia lo que el entusiasmo a la voluntad. ¡Qué importante es ayudar a asombrarse por lo
más valioso y enriquecedor! Ayuda tenerlo en cuenta en todos los niveles de la convivencia y la
educación. Parece obvio, pero es bueno recordarlo. Los ejemplos pueden ser muy concretos, y
será bueno que surjan del análisis personal del comportamiento de la capacidad de asombro en
cada uno. Se trata de un trabajo muy necesario.

Y más sugerencias. La educación de la sensibilidad estética tiene que ver con conocer y
fomentar las maneras mejores, las virtudes de la convivencia: la simpatía, el respeto, la
amabilidad, la atención, el interés, la cortesía, el pudor, el agradecimiento… Y esto se manifiesta
en el hablar y escuchar; en el estar; en el arreglo personal y la vestimenta; en el comer o beber;
en el jugar (el deporte…) y la diversión; en las aficiones; en la fiesta. La enumeración puede
continuar: en el cuidado del orden material en el hogar, de la decoración y el adorno, de la
limpieza, de los instrumentos de trabajo… Y tiene que ver también con el facilitar la llegada a lo
que puede contener más valores en la música, en la lectura, en el cine, en los espectáculos. Y con
el aprender a valorar el silencio, la pausa, la ponderación en los juicios de valor, la serenidad, la
paciencia120. Si se busca optimizar en tantos terrenos (la producción, lo económico, la “cantidad”
en general), parece importante alentar esa actitud positiva en la percepción y valoración de las
personas, las actitudes, las cosas. Todo esto es parte de la educación de la sensibilidad: la tarea es
conocer, identificar y aprender a ordenar los sentimientos. Queremos felicidad…en serio.

120Un comentario práctico: cómo ayuda a formar la sensibilidad la contemplación calma de la naturaleza. Al
detenerse en su cambio lento, cíclico, también se aprende a esperar. Las cosas son, suceden, cuando Dios
quiere…Cfr. el comentario que se hace en págs. 41 y 103.
101

Si los padres, la familia, los educadores –con apertura de mente y sin “empalagar”-
atienden mejor estos temas, es más posible que –a lo innato- se sumen actitudes que facilitarán el
acceso a la excelencia, podrán hacer más atractiva la virtud y el servicio a los demás. Es cierto
que la belleza es “pórtico” para llegar más fácilmente a la verdad y al bien.

c) ilustración

Si a estas alturas del texto, el lector comparte


- que hay muchos ámbitos donde buscar y encontrar belleza antes que en el arte, y
- que la percepción de la belleza se perfecciona con la inteligencia, después del
impacto sensible –moldeado por tendencias innatas y adquiridas-;
podrá aceptar la necesidad de la ilustración, del saber y conocer mejor, para
apreciar más belleza.

Dos observaciones sobre esa ilustración:


- la necesidad de comenzar procurando hacer vida la llamada que hace Eliot en
aquellos conocidos versos que citamos en el capítulo I:

¿Dónde está la sabiduría


que se nos ha perdido en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento
que se nos ha perdido en información?

El dar vida a este reclamo implica una auténtica revolución educativa: recuperar la
prioridad de la sabiduría sobre el conocimiento, y el de éste sobre la información. Estamos lejos
de esa tarea, y urge entusiasmarse por emprenderla. Significa, en síntesis, destacar con hechos
muy concretos la primacía de los contenidos humanísticos: la filosofía en todas sus ramas
(lógica, metafísica, antropología, etc), la religión, la ética, la historia. Y, después, encuadrar
mejor, con visión de conjunto y profundidad, el conocimiento de las matemáticas y todas las
ciencias naturales (las plantas, los animales, el suelo, los astros, la química, la física…), que
tienen tanta importancia también para la distinción de la belleza de las cosas.
102

A la par de lo dicho, está la ilustración artística, que ayudará mucho en la mejor


percepción específica de la música, la plástica, la literatura, etc. Se trata de aprender a discernir
algunos elementos que están en cada obra.
¿Ejemplos?...En música, saber avanzar en la distinción de melodía, ritmo, armonía y
textura, timbres, estructuras formales, registros, maneras de leer, de interpretar, épocas y estilos.
En literatura, como en todo, tener datos sobre el marco histórico, la época del autor; el género y
las distintas formas y estructuras literarias; el manejo del discurso, del argumento y las ideas
centrales, la verosimilitud; nociones de figuras retóricas; las infinitas maneras en que el autor
intenta entrar en el mundo interior de personajes o en el ambiente y el paisaje; el diferente
manejo de los elementos de la narración (narrador, tiempo, espacio, protagonistas). En la
plástica, discernir épocas y estilos; situarse en el tema y en el motivo de la composición; procurar
conocer medios y técnicas –son tantísimas-; algo de dibujo, perspectiva; más conocimiento sobre
luz y color… Y así con toda la creación humana de belleza.
No parece principal, en cambio, confundir la ilustración estética con la acumulación de
datos biográficos y anecdotario “erudito” sobre la personalidad de los artistas. Es una ayuda, por
supuesto, pero es más importante –pienso- el encuentro con la obra bella y no la acumulación de
datos que pueden impresionar, pero no siempre manifiestan más sensibilidad estética.

Se agrega una referencia especial a la influencia de los guías de turismo. Son


comunicadores y formadores de mucha vigencia en estos momentos de muy intenso tráfico
turístico. Parece urgente poner un acento en su preparación: las maravillas de la naturaleza y del
arte pueden ser enseñadas desde muchos puntos de vista. Si se oscurece la raíz de la belleza allí
encerrada, se pierde mucha posibilidad de crecer, de felicidad o –dicho en positivo- ¡cuánto
ayuda la explicación que aclara motivos, enmarca lo que se ve, etc! Se aplica aquí lo que se dice
poco más adelante sobre la valentía…
103

d) prudencia en los conceptos y los juicios;

Lo primero es el impacto al observar, oír, leer: esto gusta, interesa, atrae, conmueve…
Llama la atención a la sensibilidad y a la inteligencia, en una reacción intuitiva, enraizada quizás
en el subconsciente espiritual121.
Lo inmediato a ese encuentro es la necesidad de contemplación y, por tanto, de pausa, de
calma, de tiempo. La apreciación requiere aquietarse, tomar cierta distancia. Después, con
serenidad, viene la pregunta sencilla del por qué de ese agrado, de ese golpe de gozo. Por eso,
ese reclamo de prudencia ante el afán de conceptualizar rápido y de juzgar y razonar122. Hay que
aprender a llegar poco a poco; aceptar –desde el primer encuentro- que hay algo grande -quizás
texto y quizás contexto- y que tiene bastante de inasible, de misterio. Lo humano ante lo bello
también es ser prudentes: callar primero; observar o escuchar o releer; dejar decantar; procurar
incorporar lo verdadero y bueno que presenta aquello atractivo o que se me ha ofrecido como tal.

“Sí; la paz, el silencio y no tener prisa: El libro del que se lee una página y que se deja
caer para oír cantar la canción interior, y el lienzo ante el que uno se detiene, se sienta y se olvida
de seguir adelante. Y el paisaje (…) Todo esto que se apodera de nosotros y nos impregna
lentamente, y se dilata, es como nuestro ser que se extiende. Pero no es solamente eso lo que
penetra en nuestro interior; otra cosa también asciende de algo muy profundo en nuestro fondo;
sube, canta, se dilata, nos invade y se apodera de nosotros; son todos los sueños de infinito, todas
las nostalgias de pureza, todas las aspiraciones a un no sé qué total y pleno, perfecto, absoluto al
Todo, a lo Inefable, que desafía a la palabra y al pensamiento, y que es, sin embargo, el verdadero
subsuelo del hombre y que es lo que únicamente vale la pena vivir…” 123.

121 Maritain califica de esa manera la raíz de la percepción estética. Cfr. La poesía y el arte; cit., págs 135 y ss.
122 Hay una clara analogía, en ese sentido, con la fe teologal. “La fe es el don, recibido en el bautismo, que hace
posible nuestro encuentro con Dios. Dios se oculta en el misterio: pretender comprenderlo significaría querer
circunscribirlo en nuestros conceptos y en nuestro saber, y así perderlo irremediablemente. En cambio, mediante la
fe podemos abrirnos paso a través de los conceptos, incluso los teológicos, y podemos “tocar” al Dios vivo. Y Dios,
una vez tocado, nos transmite irremediablemente su fuerza. Cuando nos abandonamos al Dios vivo, cuando en la
humildad de la mente recurrimos a Él, nos invade interiormente como un torrente escondido de vida divina… ¡Cuán
importante es para nosotros creer en la fuerza de la fe!”, Benedicto XVI, en Czestochowa, 26.V.06.
123 Leclercq, Jacques, Elogio de la pereza, Ed. Rialp, Madrid, 1965, págs. 30-31. O esta consideración magnífica de

Guardini: “a pesar de tanto hablar de arte, son tan pocos los que tienen una relación auténtica con él. La mayor
parte, ciertamente, sienten algo bello, y a menudo conocen estilos y técnicas, y a veces buscan también algo
interesante por su materia o incitante a los sentidos. Pero la auténtica conducta ante la obra de arte no tiene nada
que ver con eso. Consiste en callar, en concentrarse, en penetrar, mirando con sensibilidad alerta y alma abierta,
acechando, conviviendo. Entonces se abre al mundo el mundo de la obra. Guardini, Romano, La esencia de la obra
de arte, Guadarrama, Madrid, pág. 125. El subrayado es nuestro.
104

e) valentía;

Decisión, coraje –que es fortaleza y algo a la vez de templanza- para ir al fondo y sin
miedo, abriendo las fuentes serias del alma: allí, en eso que se “enciende” ante mí, en el fondo
está Dios y ofreciendo una oportunidad de crecimiento, está regalando posibilidad de ser más
feliz. Habrá que discernir, “porque las cosas no responden sino al que las interroga como juez”,
como dice San Agustín. Sin complicar, pero sin urgencias simplonas, se necesita la valentía de
estar realmente abiertos a lo más hondo124.
El dejar en una nebulosa el camino al fundamento y hacer arte ( literatura en cualquier
género, plástica, o música, por ejemplo -y sublime-, cantando en un coro o tocando en un
conjunto), pero sin avanzar en la respuesta definitiva –etsi Deus non daretur: como si Dios no
existiera- es en el fondo lamentable apocamiento que limita el posible gozo y deja inacabada la
tarea. La invitación del arte es más completa. Se sugiere pensar despacio lo que se afirma y
trasladarlo a las vivencias personales de acceso a lo bello y –cuando se da el caso- se presenta
haciendo música en conjunto o participando de talleres de arte.

f) paciencia, volver;

Siempre será necesario insistir, retornar. Hay que “adiestrar” a los sentidos, a la
inteligencia, y eso necesita de tiempo, mucho tiempo. Escuchar una vez y otra; leer y releer lo
que golpea como grande; observar más detenidamente lo que impacta como bello (o me dicen
que es valioso). Volver a meterse en la partitura: en la frase, en esa indicación, y decirla una y
otra vez, y valorar el matiz, el sentido, las relaciones, el adorno, el acento, la sutileza del sonido
que se quiere pronunciar, la búsqueda de la riqueza armónica. Distinguir y volver al diseño, la
proporción, la audacia y la fuerza de una pincelada, la bús; el juego con el material empleado, la
estructura de la composición, la presentación –en su caso- del asunto; la búsqueda de las infinitas
gamas del color o de la luz (¡eso que “quiero”!); el encanto de la perspectiva en la pintura; ver
más veces esa magnífica película. Todo esto es atreverse a entrar en una aventura, con sus

124 “Un gran reto que tenemos al final de este milenio –explica San Juan Pablo II- es saber realizar el paso, tan
necesario como urgente, del fenómeno al fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia; incluso
cuando ésta expresa y pone de manifiesto la interioridad del hombre y su espiritualidad, es necesario que la
reflexión especulativa llegue hasta su naturaleza espiritual y el fundamento en que se apoya” (Encíclica “Fides et
ratio”, n. 83).
105

sorpresas y novedades, siempre posibles: por eso, lo bello, en donde esté, puede entusiasmar,
apasionar.

g) aceptación de niveles, de grados;

Y –diríamos- crecer en su distinción. Como ya he comentado, habrá que aprender a


distinguir entre la belleza de lo casi puramente sensible –el hacer normal del artista- y la más alta
de los comportamientos humanos –la belleza del heroísmo, el afecto, la madurez, la
comprensión, el sacrificio, la fidelidad-; y la aún más elevada: la belleza de las actitudes que
brotan en el hombre al reconocer a Dios: la adoración, la impetración filial, la gratitud, el acudir
sencillamente a la misericordia y el perdón. Y la infinita Belleza de lo divino, sobre todo cuando
se asume humilde y sabiamente lo dicho por Dios al hombre.

En un nivel más inmediato –y dentro de la belleza artística-, hay cosas más simples y
posibilidad de simplezas; hay cosas menores y de menor peso; creaciones humanas más ricas o
pobres que otras (por simplonas, uniformes, repetitivas, sensibleras, frenéticas, casi solo
sensuales). Si bien hay belleza en todo lo bello, no es igual el contenido, la “densidad” en todo lo
que se llama arte o artesanía (o juego o deporte). No hace bien la igualación de lo distinto,
porque es engañosa: se pierde riqueza y posibilidad de crecimiento y felicidad, al carecer o
rechazar criterios de valoración. No suele resultar prudente ni oportuno hablar de mejor o peor,
de comparar odiosamente, sino de insistir en la realidad de lo distinto. Es un bien que existan
niveles en la creación y en la apreciación, y que se reconozcan sin molestias 125. Lo más
elaborado, lo que tiene mayor contenido, mayor propuesta, suele reclamar un trabajo de
apreciación -al recibirlo o, en caso del intérprete, al presentarlo- más rico en capacidad de
enriquecimiento personal. Vuelvo al ejemplo culinario: no es lo mismo un plato de fideos con
manteca que una paella exquisitamente elaborada…

125No es lo mismo Tom Jones, Leon Gieco o Joan Baez o Charly García que Schubert, Mendelssohn o Mussorgsky;
los Beatles, Los Rolling Stones, Los Fronterizos, que Bach, Mozart, Bruckner, Mahler o Bartok. Todos pueden
ser grandes o no serlos, pero tienen sus tiempos, sus ámbitos. ¿Es tan necesaria la comparación? Bastaría aceptar la
distinción y vivir la apertura inteligente y el siempre necesario respeto. Habrá que discernir, claro está, lo que es
“feo” por su mayor carencia de bien. Se sugiere la lectura del poema VI del Apéndice.
106

También es conveniente distinguir los niveles de los géneros en la apreciación (no en la


elaboración o la interpretación): el cine o el teatro o la música suelen pasar rápido y quedarse en
sugerencias que reclaman insistir, volver más; distinta es la lectura o la plástica, que permiten
siempre e inmediatamente más pausa en la interrogación.

h) compartir

Escribe Romain Rolland al referirse a un personaje de su Jean Christophe: “…De qué le


sirven las cosas hermosas, si no tiene, para contemplarlas, los ojos de la persona amada? ¿De qué
le sirven la bondad y hasta la alegría si no puede uno gustar el efecto que producen en el otro?”
Es una forma de expresar la necesidad humana de la relación para crecer en todas las situaciones
de la vida. También se advierte en la tarea de acceso a la belleza, y de muchas maneras. La
experiencia es constante: la soledad no suele ser camino completo para desentrañar la riqueza de
lo que se ha visto, vivido, oído, contemplado. Los comentarios, las preguntas (muchas veces sin
respuesta), el diálogo, frente a la realidad humana, natural o artística contemplada y compartida
suele ser lo que enciende más intereses y gozos que ofrece la belleza.

i) esperanza: facilita la felicidad

Sugerimos la relectura de lo ya dicho al respecto en los primeros capítulos. Necesitamos


vivir convencidos de que hay caminos accesibles para ser más felices, y todos pasan por la
madurez en la actitud ante la posibilidad de dilucidar mejor el tema de la belleza.

j) analogía con el dolor

Aunque se necesitaría entrar más a fondo –porque es un nivel más definitivo y absoluto-,
hay una analogía entre la maduración que produce el dolor y la que ofrece la apreciación más
genuina de lo bello. En ambos casos, urge la búsqueda del sentido –más incisivo en el dolor-, y
por eso su hallazgo puede proporcionar el más grande de los gozos. Se podrá decir que este tema
implica un salto hacia la mística. Efectivamente, y se invita a tener en cuenta que todos estamos
107

invitados a acercarnos, a asomarnos y a transitar por esos caminos, que –en definitiva- son la
garantía de la vida más conforme a la realidad y, por tanto, más feliz.
108

Capítulo IX. Fe y belleza

En todos los capítulos anteriores he aludido a un condicionamiento importante para la


captación de la belleza: el tema de las creencias. Antes de terminar, parece conveniente detenerse
de una manera más específica y unitaria en este aspecto que tiene una influencia grande en toda
la visión de lo real. Pido disculpas por la repetición, pero no quiero dejar de exponer de esta
manera el tema.

a) La irrefrenable necesidad de trascender.

En la verdadera contemplación de las realidades como bellas, ya hemos visto que estará
presente el reclamo íntimo de un porqué. La interrogación desafía, e incisivamente, a la libertad:
¿qué hay detrás?; ¿de dónde viene eso que parece pleno o que simplemente encanta?; ¿es algo,
es Alguien?...
Allí está el normal inicio de un camino que tiende a detenerse en un absoluto 126. La
libertad sentirá el reclamo de un paso más, y si no se da, la molestia o la intranquilidad seguirán
en los rincones de la intimidad127. Reprimir de alguna manera esa inquietud supondrá una
violencia que se transformará en un quiebre del normal crecimiento personal al que estamos
llamados. Sería forzar la dinámica natural del espíritu humano128. No suele calmarlo acabar la
explicación del sentido en personas, circunstancias, historias menudas, razones científicas o
técnicas. Es una constante indiscutible la exigencia de algo superior y sublime cuando se da un
encuentro veraz, sincero, con las cosas bellas. Si ese movimiento interior se alienta y se alimenta
sin cobardías, se avanza en la gran aventura de la vida: la búsqueda de sentido y, en definitiva, el
encuentro con la trascendencia y lo que me puede curar, salvar: con Dios.

126 Dice Karl Jaspers con sencillez: Si suprimo algo que es absoluto para mí, automáticamente otro absoluto ocupa
su puesto. Cit. en González, Angel Luis, Teología Natural, EUNSA, Pamplona, 1985, pág 16.
127 La idea del hombre que nos ofrece la modernidad –individuo libre, depositario de derechos- es cierta, pero pobre

por el concepto de libertad que encierra –autonomía-: la libertad tiene total relación con la verdad y, por tanto, con el
amor, con el darse, con los deberes, la responsabilidad: de allí la afirmación del texto. La libertad egoísta –como ha
dicho algún maestro- es un cortocircuito vital.
128 Cfr. Apéndice, I.
109

Si se llega a dar ese paso –la admisión de Dios- , las cosas bellas reciben una iluminación
que las enriquece mucho. En cada cosa comienza a entreverse la impronta de Dios, con su hacer
y toda su mirada, que es inteligencia y es amor: estamos nombrando nada menos que el mismo
acto de ser y su despliegue. Allí se va encontrando y aceptando la razón última de la belleza
presente. Habitualmente quedará algo escondida para el hombre: por su limitación natural –en el
fondo, la total verdad de las cosas está en Dios, infinitamente distante-, y también por el pecado
y su huella. Pero allí hay belleza: en una cascada, unas luces, unas nubes, una forma de mirar,
unas piedras, un automóvil, unos pétalos, un silencio, una planta fabril o un proceso industrial,
una fachada, un rostro, un puente, un tono de voz o un diálogo, un juego, una pluma de ave, una
melodía, un gesto” o “en la mirada de una vaca”…, como decía una criatura de pocos años
cuando le explicaban la manera en que se advierte la acción de Dios en lo que nos rodea.
Por eso, el acceso más completo a la belleza reclama la aceptación de Dios y su plan, su
ofrecimiento de Amor infinito, sin límites. Es casi imposible no llegar a Dios que regala cuando
se piensa en Mozart, que muere con 35 años y deja casi 700 obras de todo tipo y nivel, la
inmensa mayoría sublimes; Schubert muere a los 33; ¡Rafael a los 37!; Beethoven –con su
tremenda y larga sordera, a los 57; Caravaggio a los 39; Pergolesi a los 26, Mendelssohn a los
38… ¿Cómo se puede dar una explicación mínimamente coherente si no se recurre a la bondad
divina que regala al hombre esos dones? Vale la pena pensar sólo en lo que implica la
materialidad de escribir esas notas en el papel o de diseñar y acabar esos lienzos o esos frescos…
¿Y esa niña de 9 años que toca de memoria un concierto para piano y orquesta de Beethoven –y
más y más obras- con total claridad y expresión?. Hay que forzar mucho el espíritu para cerrarse
a Dios cuando se aprecia la belleza con un mínimo amor a la verdad.

Si falta o está enrarecida esa aceptación de Dios, la llegada a la belleza –es


bueno advertirlo- resulta limitada, parcial, claramente imperfecta… La aproximación
tanto a la belleza natural como a la belleza artística.
De allí, también, la necesidad del respeto a la disposición natural hacia lo
bello que encontramos en nosotros y en todos los seres humanos. Y de un respeto que
ha de continuarse operativamente con la facilidad real de acceso a las cosas bellas y el
acompañamiento para discernir el amplio horizonte que hay en ellas.
Lamentablemente, se percibe, muchas veces, un quedarse en aspectos
tangenciales, cuando no técnicos, o caprichosos o crípticos en el avance necesario desde
la admiración ante la belleza. Ese “vuelo bajo” en el análisis último de los por qué,
limita notablemente las posibilidades de los más inclinados a la creación o al goce del
110

arte. La sensibilidad que tienen se acaba desenvolviendo entre límites que empobrecen o
anulan y muchas veces enrarecen el desarrollo natural de la persona. El artista y el que
goza de las cosas bellas necesitan un aliento y un acompañamiento veraz en su camino
hacia el reclamo de absoluto que, necesariamente, está encendido en su intimidad.
Cuando se fomenta y se procura ilustrar esa apertura a la fuente real de la belleza, sin
complejos, prejuicios ni cobardías, gana la libertad y, por tanto, la posibilidad de
felicidad.
En la belleza –este es el asunto- no hay sólo algo que conmueve sino Alguien
que invita, que interpela129.

b) La contemplación desde la fe cristiana

Ahora bien, la aceptación de Dios reclama avanzar más. ¿Me ha propuesto Dios algo y en
concreto? Sí, a través de las maravillas de la naturaleza se infieren inmediatamente algunos,
muchos mensajes; pero ¿se ha comunicado con el hombre más abiertamente en la historia?; ¿me
ofrece –discursivamente- soluciones, planes de salvación? Resolver estos interrogantes es de
primera necesidad.
No es objeto de estas páginas desarrollar una especie de análisis comparativo de las
tradiciones religiosas. Se invita a ese trabajo: cfr. nota (10). En el cristianismo –del que se parte,
como he dicho más arriba- el hombre se deja encontrar por Dios, que le busca decididamente.
“Encontramos aquí el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras
religiones, en las que desde el principio se ha expresado la búsqueda de Dios por parte del
hombre. El cristianismo comienza con la Encarnación del Verbo. Aquí no es sólo el hombre
quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en persona a hablar de sí al hombre y a
mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo. Es lo que proclama el prólogo del
Evangelio de San Juan: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que estaba en el seno del
Padre, él lo ha contado” (I, 18). El Verbo encarnado es, pues, el cumplimiento del anhelo en
todas las religiones de la humanidad: este cumplimiento es obra de Dios y va más allá de toda

129Aunque bien conocida, corresponde destacar –aunque resulte obvio- la raíz clásica de la afirmación que se hace
en el texto. Vayamos por ejemplo a Platón –en la República, en el Banquete-, a Aristóteles; a Plotino más adelante:
desde su rigor en busca del logos para vivir bien, llegan a este fundamento de la belleza, que luego iluminará
acabadamente la revelación cristiana y su análisis en la historia. Resulta especialmente rico y expresivo en este
tema: Marechal, Leopoldo, Descenso y ascenso del alma por la belleza, Ed. Sol y Luna, Buenos Aires, 1939.
111

expectativa humana. Es misterio de gracia. En Cristo la religión ya no es un “buscar a Dios a


tientas” (cfr. Hech. 17, 27), sino una respuesta de fe a Dios que se revela: respuesta en la que el
hombre habla a Dios como su Creador y Padre; respuesta hecha posible por aquel Hombre único
que es al mismo tiempo el Verbo consustancial al Padre, en quien Dios habla a cada hombre y
cada hombre es capacitado para responder a Dios. Más todavía, en este Hombre responde a Dios
la creación entera”. En esta estupenda síntesis de San Juan Pablo II (Enc. Tertio Millenio
Adveniente, n. 6), se describe la singularidad y riqueza enorme de la propuesta cristiana: no sólo
Dios se ha comunicado sino que ha venido y ha mostrado con hechos abundantes y fidedignos
que era Él. Los motivos de credibilidad que tiene todo ser humano a su alcance son muy grandes
y es así como la fe en la Revelación cristiana resulta maravillosa y sencillamente muy creíble130.
¿Qué pasa en el acceso a la belleza cuando se conoce y se adhiere a la propuesta de
Cristo? Lo decimos de forma accesible y directa: se enriquece, se amplía, se ordena.

c) enriquece el acceso a la belleza,

¿Por qué y cómo se enriquece? En la revelación cristiana, Dios se presenta y se despliega


como Amor (cfr. Jn, 4, 48), y su plan es una propuesta de correspondencia libre a ese Amor. El
hombre es invitado a leer toda su vida y toda la realidad en esa clave131. De allí que ayude a
encontrar muchas, infinitas facetas nuevas y alentadoras en las personas, las cosas y las diversas
situaciones que se le presentan.
¿Por qué “alentadoras”? Porque aumentan la positividad: desde la fe se puede distinguir
más bien, verdad y belleza. Ya hicimos referencia a esas riquezas en el capítulo II, pero el lector
permitirá que se completen. La posibilidad de encontrarse con el anuncio de la búsqueda
enamorada, apasionada, por parte de Dios a uno, y de entender la vida como respuesta
agradecida del hombre profundamente limitado; caminar con honradez y sin prejuicios por la
historia de la gran Alianza –repetida, incansable- con el pueblo elegido; llegar al estallido de la
Encarnación –que es humanamente un hecho que significa “locura de amor”- y a los gestos

130Cfr. Ocáriz, Fernando-Blanco, Arturo, Teología Fundamental, Ed. Palabra, Madrid, 2008, (2ª. Edición).
131Corresponde insistir en el protagonismo enorme de San Josemaría Escrivá de Balaguer en este tema. De él se ha
recibido una explicación completa, honda y pormenorizada de estas manifestaciones deslumbrantes de la
presencia de Dios en lo ordinario. Se invita al lector a entrar seria y decididamente en su vida, en su predicación y
sus escritos: las consecuencias serán magníficas.
112

crecientes de la cruz132; aceptar la inmensa gloria de la certeza histórica de la Resurrección;


advertir la presencia del cariño y la misericordia de Dios en cada sacramento; Su compromiso
total de habitar en el alma y convivir con cada hombre, que se transparenta en la Iglesia de hoy y
en la Iglesia de la eternidad, enriquece la doble tarea que estamos intentando analizar:
-el poder apreciar y gozar la belleza,
-y la posibilidad de presentarla con mayor plenitud y seguridad.
Porque el ofrecimiento del amor creador y redentor es inmenso, pleno, capaz de colmar la
necesidad de gozo humano, de belleza. En fin, la aceptación y convicción de que Dios está de su
parte, a su favor, capacita al hombre para buscar y llegar a más belleza real: como autor o como
receptor. Genera un optimismo, una esperanza, que cambia la percepción de todo. Y esto por el
mismo hecho de la salvación y por el modo en que se da –la Encarnación y su despliegue-, que
trae consigo una renovación completa del alma y de todo lo visible y material.
¿Y la dureza, la contrariedad, el dolor? El sufrimiento, lo molesto o incómodo se puede
traducir más rápido, y no por una motivación débil o casi artificiosa –el voluntarismo frío, la
actitud estoica-, sino por la certeza de la disposición amorosa de Dios que siempre intenta la
felicidad: muchas veces proponiendo un crecimiento a través de la lucha, el vencimiento, el
cambio de rumbo, que no será más que la respuesta genuina a la oferta de alegría laboriosa que
se nos presenta. El dolor, por el misterio de la Cruz, se une definitivamente al amor. Así se
ilumina su sentido, también porque significa posibilidad de ayuda a los demás en distintos
niveles; incluido el incontrolable e invisible: por la unión íntima entre los hombres que explica
la Revelación cristiana (la comunión de los santos). Además, la promesa de la vida eterna –ése es
nuestro futuro- aclara definitivamente el tema.

Y para explicitar más lo dicho en el párrafo anterior: otra manera importante de


enriquecer el acceso a la belleza desde la fe es por el fortalecimiento del ideal de servicio que se
da, tanto en quien da como en quien ofrece belleza. Desde una antropología filosófica enraizada
en el ser de las cosas, se descubre que el hombre es más feliz cuando aborda la relación con los
demás como solidaridad y ayuda. Pero el cristianismo –con la Encarnación y la Redención-
engrandece notablemente el nivel de esa actitud: por eso, Cristo explica que su mandamiento de

132A su belleza sublime se accede saltando sobre los sentidos y aceptando la evidencia histórica de un gesto infinito
de amor de Dios, misterioso y luminoso a la vez, que resulta necesario para la vida buena. Por eso, resulta
enormemente agresiva la tendencia a quitar los crucifijos de todo lugar público, como hoy pretenden algunos.
113

caridad es nuevo; la felicidad humana está unida al don de sí, que tiene ahora como medida,
como cota, la entrega total del Hijo de Dios. En toda actuación o análisis de un cristiano –
también si es artista o si anda en búsqueda de belleza- es principal este valor: ¿ayudo, contribuyo
al crecimiento genuino de los otros?; o ¿esto que escucho, leo, veo, me aporta algo positivo a mí
y a los demás? Desde este ángulo, también se puede advertir un enriquecimiento de la belleza
desde la fe cristiana.

c) lo amplía,

Con la fe cristiana crece en calidad la belleza que nos llega, y también se dilata en
cantidad, se amplía. Porque con las luces de la revelación cristiana, se distinguen –como dijimos-
casi infinitas facetas y matices en todo lo que nos llega: siempre se dan o se pueden dar
novedades… En esta tarea de la contemplación, ahora también con la ayuda de la fe, primará –y
es bueno ser conscientes de ello- el misterio, la evidente percepción de no abarcar, de no llegar.
¿Por qué?
- por la amplitud y profundidad de contenidos133;
- por la acumulación de lecturas y explicaciones fieles que se han dado en la historia;
- por la realidad del pecado: la maravilla nos llega en un mundo lesionado, lastimado
por el pecador y su pecado, y esto siempre sacude lo real; despierta novedades, y
también oculta u oscurece, opaca, dificulta134; y

133 Infinitud en calidad y cantidad, porque la realidad alcanza su cota máxima, su nivel sublime con la Encarnación.
Dios se toma tan en serio su obra, que la asume cuando se hace hombre. Nace y convive con el hombre y la tierra.
Antes, ha revelado el sentido de la historia (el Antiguo Testamento), de las cosas: con la Encarnación ese sentido se
devela definitivamente –aunque quede “encerrado” tantas veces en el normal misterio- y es llamado a ser
descubierto. Por eso Chenu –citado por San Juan Pablo II en su Carta a los artistas- habla de que “las realizaciones
artísticas a su manera no son “solamente estéticas, sino verdaderos lugares teológicos”. Hay una cierta
“sacramentalidad” de la Creación visible y quizás también del arte noble, genuino. Y completa Benedicto XVI:
“…con la Encarnación del Hijo de Dios, la eternidad entró en el tiempo (…). El tiempo ha sido –por decirlo así-
“tocado” por Cristo, Hijo de Dios y de María, y de Él ha recibido significados nuevos y sorprendentes: se ha
convertido en tiempo de salvación y de gracia”. Por eso, termina el Papa, hemos de “poner las distintas vicisitudes
de nuestra vida –importantes o pequeñas, sencillas o indescifrables, alegres o tristes- bajo el signo de la salvación y
acoger la llamada que Dios nos hace para conducirnos hacia una meta que está más allá del tiempo: la eternidad”
(Homilía del 31.XII.09).
134 De allí que en este status viatoris –somos caminantes hacia el gozo eterno, definitivo- la complacencia

contemplativa siempre será provisoria. Mientras caminamos el riesgo es persistente: lo bello puede disociarse de lo
verdadero y de lo bueno (cfr. Sanguineti, Juan José, La complacencia contemplativa, en XXXIV Semana Tomista,
Buenos Aires, septiembre de 2009, ponencia n. 39).
114

- por los ecos sin límite de la Redención, de la propuesta de salvación, de la renovación


hecha por Cristo y su venida al mundo: la fuerza del perdón, del recomienzo, de la
esperanza.

Ante semejante escenario de inmensidades135, parece importante reiterar la importancia de


alentar en la persona la actitud contemplativa, que, como ya vimos, es la mirada profunda,
desinteresada y consciente del que no llega a abarcar y, por tanto, se admira136.
Esa admiración ha de distinguirse, cuidarse y orientarse137, para –desde ella- penetrar a
todos los pliegues de la realidad a la que sea posible llegar. E insistimos en la razón de fondo de
esto al confesar con Chesterton “el convencimiento casi místico del milagro en todo lo que
existe, y del éxtasis esencialmente inherente a toda experiencia”138. Dios no deja nada sin su
cuidado y atención. Y vale la pena citar un comentario de Pieper: “Quien tras vehemente sed,
bebe finalmente, y entonces, al sentir el frescor hasta en las entrañas, piensa y dice: ¡qué cosa
más estupenda es el agua fresca!. Ése ya ha dado un paso, lo sepa él o no, hacia aquel “ver del
amado”, en que consiste la contemplación. ¡Qué magnífica es el agua, la rosa, el árbol, la
manzana, el rostro humano! –esto no acostumbra a ser dicho por un corazón vivo sin haber en
ello un algo de un consentimiento que va más allá de lo primeramente dicho y alabado y toca el
origen del mundo-. ¡Quién no habrá alguna vez “visto”, al mirar en medio del ajetreo diario de
improviso a la cara de su hijo que pregunta, en el mismo momento, que todo lo que existe es
bueno, amado y digno de ser amado, amado de Dios! ¡Pero tales certidumbres, en el fondo, sólo
significan una cosa y siempre la misma: el mundo está equilibrado, todo converge a un fin; en el
fondo de las cosas hay –a pesar de todo- paz, salvación, gloria; nada ni nadie está perdido; “Dios
mantiene el principio, el medio y el fin de todas las cosas” (Platón, Leyes, 715, e). Tales

135 Allí está la estructura última, o relativamente última, ontológica de lo real, que se ofrece al metafísico, y la
llegada a los temas límites, que reclaman y ayudan en la búsqueda del sentido y sus misterios. Está la cierta infinitud
de su materialidad, como invitación al análisis científico-experimental; están los diseños matemáticos ocultos (aquel
“número áureo”, estudiado y sugerido como “la firma de Dios”); está su carácter de don para abastecer las
necesidades primarias –también el gusto-; su capacidad para provocar lo útil… Y como otro paso, o nivel de lo real:
los símbolos, los posibles significados; encerrados como señales de Dios para que el hombre –la cultura- los devele
y los muestre o los proponga.
136 Prima et maxima contemplatio est admiratio, San Bernardo de Claraval, De consideratione, libro 5, último

capítulo.
137 También porque hay que descubrir y animar a descubrir que hay niveles de cosas o actitudes “admirables”: un

gol, un perfecto revés o un ritmo de cumbia o de rock, no están al mismo nivel que una obra de arte reconocida, o
que un gesto de amor desinteresado, o una manifestación de fidelidad o de nobleza, o un paisaje… Son muy reales la
chabacanería, la mediocridad, la pobretonería, el mal gusto…
138 En Maise Ward, Gilbert Keith Chesterton, Regensburg, 1956, 538.
115

certidumbres, no pensadas sino contempladas, de la divina fundamentación de todo ser pueden


comunicarse a nuestra mirada, incluso cuando ella está dirigida hacia las cosas más sin brillo,
con tal de que sea solamente una mirada encendida solo por el amor. Pero esto es, en sentido
estricto, contemplación”139.
Esta “ampliación” de los contenidos que se produce desde la visión cristiana se advierte
quizás –dentro del arte- especialmente en la narrativa y en todos los géneros literarios, aunque
también en la plástica o la música y todas las propuestas artísticas140. Una aclaración obvia: se
trata de un aumento que, por supuesto, no suple el talento personal; pero sí le da más
posibilidades o alternativas de encontrar verdad y bien en cada situación que se quiere presentar.

También se acrecienta el acceso a la belleza desde la fe porque introduce un dato muy


relevante para dar luces a un problema central del hombre: el mal. Quedan grandes zonas de
misterio, pero la claridad sobre el amor y la providencia divinas, sobre el sentido de la libertad
humana –protagonista fundamental- y la insistente y rotunda noticia que nos da de satanás, del
demonio, amplía notablemente la explicación del mal. La revelación judeo-cristiana permite
atisbar posibilidades y también certezas en el discernimiento de acciones humanas y de muchos
hechos y situaciones. Olvidarse o ridiculizar al demonio, más que una frivolidad, es una
temeridad que puede terminar en tragedia: su gran triunfo es la triste moda de su negación o
indiferencia.

d) y ayuda a ordenar los ámbitos de belleza.

Con la ayuda de la fe, también se ordenan más claramente los ámbitos de belleza de los
que hablamos en el capítulo II. Antes que en la belleza del arte humano, parece necesario saber

139Pieper, Joseph, El ocio y la vida intelectual, trad. de R. Cercós, Rialp, Madrid, 1962, pág. 300.
140Una sugerencia de lectura –entre tantas posibles- para experimentar el enriquecimiento que supone la fe para la
captación de la belleza: las “Cinco grandes odas” de Paul Claudel, especialmente quizás la tercera: Magnificat. Y
para el sentido del dolor: “La Anunciación a María”, una obra cumbre de …¿un Dante del siglo XX? (lo leí alguna
vez). Hay mucho de sublime en esos textos. Y otra: la audición de obras musicales importantes (sinfónicas o de
cámara) que no sean acompañamiento de textos. Ese viaje atento por el discurso puramente musical y hecho desde y
con la fe puede causar efectos muy valiosos. Se invita a frecuentar esos paseos, que necesitan –eso sí-
concentración.
116

detenerse y ahondar en los “reinos” de la naturaleza regalada por Dios y las grandezas del obrar
del hombre.
La llamada formación estética conviene empezarla por la tarea de admirar la obra más
directa del amor divino. En ese sentido, es expresiva la sentencia de Dante cuando se refiere a la
tarea del artista humano: ”Vuestro arte, (…) es de Dios nieto” (La Divina Comedia, Infierno, XI,
v. 105)141. El “hijo” es lo creado, la belleza natural, y el artista o artesano recrea con ese material
regalado algo que resulta… “nieto” de Dios. Y agrego: cuando en la “generación” del “nieto” se
rechaza aquel vínculo real, se puede afirmar que queda de alguna manera empobrecido el
resultado. Lo que puede haber y muchas veces hay de sublime en esa obra, se dará por la alianza
–en tantas ocasiones medio inconsciente- con Dios presente en el ser del autor humano; será un
desborde del don divino que se filtra entre las redes construidas por la ignorancia, la desidia o la
rebeldía de aquel instrumento libre que no acaba de conocer, de aceptar, o claramente rechaza, el
vínculo genuino que acaba de explicar esa magia de su creación estética, e intenta enriquecerla.
Surgen obras muchas veces bellas, pero esas rebeldías se transparentan muchas veces en
desequilibrios, carencias o desproporciones; estridencias y contrastes desprolijos; o mezclas
negativas de clara fealdad142: puede quedar en el que llega a ellas con ansia de plenitud, la
indudable sensación de un cierto “desperdicio”, de algo no bien usado.

Pensemos ahora en el receptor de la belleza: si carece de una apertura a Dios, le faltará


perspectiva y lamentablemente quedará limitado en su acceso al esplendor de la verdad, que es lo
bello. ¿Qué le pasa al hombre que reposa en el amor de la criatura tomándola como un fin? Lo
explica Marechal: “al hacerlo, comete una doble injusticia con la criatura; exigiéndole, por
violencia, lo que la criatura no puede ni debe dar; y una injusticia consigo misma, pues al
descender amorosamente hacia las cosas inferiores el alma concluye por someterse a ellas, con lo
que invierte la jerarquía natural y el orden armonioso, en menoscabo de la potestad que le fue

141 La cita completa y original: che l`arte vostra quella, quanto puote, / segue, come ´l maestro fa il discente; / sí che
vostr`arte a Dio quasi é nipote. Y traduce Battistessa: que vuestro arte sigue, en cuanto puede, / a aquél, cual el
discípulo al maestro; / y vuestro arte, así, de Dios es nieto.
142 Lo que alienta a lo que contraría el proyecto de amor del creador y redentor carece de belleza. ¿Atrae, gusta? Sí,

al que ignora o no está centrado en el proyecto divino de lo real y es, por tanto, de alguna manera engañado por
otro: carece de verdad, tiene falsedad; le falta belleza. Aquello, fundamentalmente tiene fealdad…, en medio –
generalmente- de indudables y magníficas bellezas, que quedan, por lo menos, opacadas.
117

conferida sobre las cosas del mundo visible”143 Queda profundamente lastimado por la limitación
de su actitud.

Con lo que he comentado, se explica en qué sentido se puede hablar de la función


ordenadora de la fe con respecto a los ámbitos de belleza. Así, entre otras consecuencias, se
desprendería que –desde la fe cristiana- la mayor belleza en este mundo está en la Hostia
consagrada; en la gracia que llega, se expande y se instala en las personas (la santidad), etc. Y
por eso, por ejemplo, la necesidad del esplendor de la liturgia en todos sus momentos y gestos;
de la entrega plena, total, de quienes en ella participan; del especial cuidado y unción en todas las
expresiones del arte sagrado, etc. Añado un ejemplo y comentario muy justo y digno de
meditarse: “No corre mucha distancia entre la falta de corrección en el uso de los ornamentos
sagrados y la zafiedad que destruye la convivencia ordenada y grata en la sociedad, por el
abandono en el modo de presentarse que, desgraciadamente, afecta hoy a tantos hombres y
mujeres.”144

e) Consideraciones sobre la fe en otras tradiciones religiosas y la belleza.

Se ha procurado ilustrar algunos resultados de la fe cristiana en la llegada a la belleza.


¿Qué puede suceder desde otras tradiciones religiosas?
El judaísmo tiene su situación de claro privilegio: “el cristianismo no es una religión
opuesta a la religión de Israel, sino que es el Antiguo Testamento releído a la luz de Cristo”145.
Sin entrar en análisis que no se quieren ni pueden afrontar en estas páginas, se comprende que la
iluminación sobre la belleza desde la fe del Antiguo Testamento implica incontables grandezas:
“ya hemos visto con una serie de ejemplos, añade Ratzinger en el texto citado más arriba- que
los relatos y textos del Antiguo Testamento son un comienzo a la espera de algo. Sólo se
completan y descifran cuando los leemos desde el Nuevo Testamento. Así, pues, el Nuevo
Testamento no es un injerto. Y nuestra relación con el Antiguo Testamento tampoco se basa en
adueñarnos ilegalmente, como quien dice, de algo que en realidad pertenece a otros, sino en la
existencia de un camino interno que deja al Antiguo Testamento reducido a un fragmento

143 Marechal, op. cit. pág. 88


144 Echevarría, Javier, Vivir la Santa Misa, Ed. Logos, Buenos Aires, págs.29-30.
145 Ratzinger, Joseph, Dios y el mundo, Ed Sudamericana, pág. 140.
118

inconcluso si no pasa al Nuevo Testamento. Esta es una de las convicciones esenciales del
cristianismo. Pero esta convicción corre pareja a otra: que Israel sigue teniendo hoy una misión
especial. Aunque esperamos el momento en que Israel diga sí a Cristo, sabemos que en el tiempo
histórico, en este estar detenido delante de la puerta, tiene una misión especial que es importante
para el mundo. Este pueblo, pues, sigue figurando de modo especial en el plan divino”.

Habrá que ver en cada caso cómo influyen en el conocimiento y la apreciación de la


realidad otras religiones: el budismo, el sintoísmo, el islamismo, los animismos… Así se podrá
apreciar qué tipo de aporte significan para el acceso a la belleza. En este estudio, como ya he
anunciado, se presenta lo que da la fe cristiana: habrá quienes lo hagan desde esas otras
perspectivas. De todas maneras, cabe un comentario: es inconmensurable la belleza surgida en
los siglos desde la cultura judeo-cristiana y su encuentro con la tradición greco-latina. Hay
quienes han estudiado con detalle este tema que reviste el carácter de un motivo de credibilidad
de indudable peso (Newman, Dawson, Chesterton, Belloc, Lewis, etc. etc).

f) Sobre la belleza y la negación o el ocultamiento de Dios: qué pasa con lo


ofrecido desde los planes sucedáneos de salvación.

Después de lo comentado, uno puede preguntarse: ¿qué sucede en el acceso a la belleza


cuando se niega o se procura ocultar la fe en Dios?
Por una parte, se sugiere inquirir más a fondo las raíces de esa actitud negativa. Al ser
una negación, quizás vale la pena preguntarse con sinceridad –no es algo fácil-: ¿no serán
componentes importantes de esa actitud: la ignorancia –conocimiento superficial-, el prejuicio, el
temor o la cobardía, la pereza mental, la comodidad…? Se invita al intento, en su caso, de
procurar discernirlo. Y –para hacerlo- se anima a tener en cuenta que en la tarea está
comprometida la felicidad propia y la ajena.
Por otra parte, es un dato multisecular que el hombre –todo hombre- está empeñado en
algo que le traiga lo que técnicamente se llama salvación. El hombre ha tenido y tiene conciencia
de su propio deterioro, su necesidad de ayuda; vive buscando explicación y solución a sus
119

limitaciones, sus carencias: de hecho, la criatura humana –puede ser simplemente un signo-
muestra su vida al nacer con el llanto, con el reclamo de amparo146.
Cuando se empequeñece o se oculta a Dios con el “dios” desinteresado y “ausente” de los
deísmos o se le niega, surgen otras propuestas alternativas de salvación, sucedáneos de lo más
diversos, que se acercan a los llamados “horizontes hermenéuticos”. Es una constante en la
historia, y resulta muy dolorosa la tozudez humana que permite que los planes se repitan
aleatoria pero continuamente –con distintos nombres- después de que se han comprobado, y
trágicamente, aparentes, ficticios. Hagamos un intento de enumeración:
- el saber o el encandilamiento por la suma de conocimiento que “parece cerrar” y de
abundante información;
- el placer, alentado por la prédica de la total liberación del deseo –especialmente sexual-
y tantas veces exacerbado por adicciones varias;
- el tener; los intereses: el poder y la fama;
- la pura ensoñación fantástica y evasiva;
- el mariposeo descomplicado y frívolo por todo lo real, la superficialidad como “sistema”
de vida;
- la lucha de clases y sus falacias y comprobadas crueldades;
- la zambullida en la nada –siempre ciega y violenta-, o en el relativismo radical -la
sospecha habitual y en todo- que conduce a la vergüenza de la sumisión al que grita más fuerte o
regala o seduce;
- los voluntarismos agarrotados del imperio del deber escueto y helado;
- el simple equilibrio físico; etc.;
Estos sucedáneos, estos “planes de salvación” son ofrecidos con imponente reiteración en
la historia que conocemos. Desde Epicuro hasta parte importante de la ilustración de los siglos
XVII y XVIII; y hasta Nietszche, Schopenhauer, Marx, Freud, Deleuze, Foucault, Derrida…
Y ¿qué pasa hoy en muchos intentos del arte? Que nos llega de quienes –por tener esas
bases intelectuales- rechazan abiertamente la belleza o nos la presentan desde sistemas o “planes
de salvación” que se han demostrado –en sus consecuencias personales y sociales- como crueles
engaños a lo largo de los siglos. Y con esas genuinas raíces se imponen y arraigan con

146Por eso, la propuesta de cooperación completa por parte de Dios de quitar peso, de salvación, al dar sentido al
dolor –todo dolor- y a la muerte; la Redención, en fin, conmueve pronto y con especial fuerza.
120

beneplácito mediático y acrítico. Insisto: sería falto de verdad e injusto decir que allí no hay
bellezas -generalmente las hay y a veces muy notables-, pero vale la pena tomar conciencia del
nivel real, auténtico, de esas ofertas: en casos extremos se quedan en pasatiempos y juegos, en
ingenio, en pura forma, en mezclas engañosas, en propaganda … Allí, en tantas ocasiones 147, hay
demasiada carencia, y si no se advierte ese menor peso, la provisionalidad, la verdadera cota de
puro entretenimiento pasajero que tiene aquello, nos vamos empobreciendo. Se pierde o se
dificulta demasiado el acceso al nivel de belleza que necesitamos y con urgencia, como el aire
para respirar, para la vida buena. Necesitamos entretenernos y jugar y divertirnos, pero vale la
pena revisar “críticamente” los modos (como todo lo que importa): parece importante acertar lo
más posible, para que nos ayuden a crecer en lo que nos hará felices. No tenemos todo el tiempo
que soñamos.

No es una exageración todo lo dicho: es coherencia. Los hechos, la historia real, nos
piden ponderación más seria y compromiso existencial: si hay una propuesta redentora, de
salvación, que se ha comprobado como plena, no cabe ignorarla, o tratarla con ligereza, u
ocultarla o hacerle frente con apasionamientos pueriles. Por eso, por esa falla en el fundamento

147 No dejemos de advertir –de todas formas- (y por eso matizamos en el texto), la dinámica de enriquecimiento que
produce siempre lo bello. Decía Borges que “la lectura es una de las formas de la felicidad”. Lo mismo podríamos
decir de la audición musical, de la pintura, del diseño y la decoración, del encuentro con cualquier auténtica
manifestación de la belleza. Me interesa citar un testimonio que –por bien dicho- resulta especialmente gráfico; es
de un intelectual que recuerda su aventura interior cuando, en plena adolescencia, fue acumulando más y más
lecturas de autores clásicos: “Poco a poco me abrí a lo que, con la solemnidad de la inexperiencia, empecé a
considerar la vida del espíritu. Dejé de interesarme tanto por las cosas externas o por las personas llamativas, y
empecé a valorar sobre todo el mundo del pensamiento y la cultura. Aquello fue para mí como una primera
conversión, que todavía tenía mucho de profano, pero que en cierto modo suponía el giro decisivo de toda una vida.
Al cabo de casi medio siglo, yo tengo la sensación de que tal giro supuso algo así como el comienzo del estadio
ético. En lo fundamental, nada ha cambiado para mí interiormente desde entonces (…) De lo que entonces no fui
del todo consciente, y me he ido dando cuenta con el paso de los años, es que la propia literatura era una causa
principal de aquella metanoia. (…) Ha sido hace relativamente poco, tras mi encuentro con la obra de Proust,
cuando me di cuenta de la íntima relación entre la conversión de la que nos hablan las grandes novelas y que la
propia literatura llega a producir en nosotros, por una parte, y la pérdida del miedo a la muerte, por otra. (…)
(Proust)…intenta explicar que esa superación del terror al final de la vida terrena se debe a que, al acceder al
plano literario, captamos lo eterno en lo transitorio, de manera que comenzamos a considerar la vida sub specie
aeternitatis. Y con el pánico, van desapareciendo también los sentimientos menos nobles: el afán de sobresalir, la
frivolidad, la búsqueda afanosa del placer sensible, el deseo de poseer lo que otros tienen, e, incluso, el deseo de
poseer a los otros, de captar su admiración, de que ellos o ellas respondan con su deseo físico a nuestra
sensualidad”, Llano, Alejandro, Olor a yerba seca. Memorias, Ed. Encuentro, Madrid, 2008, págs. 77-78. El texto
que he subrayado y el último párrafo puede resultar demasiado entusiasta a algunos; pero en toda la cita está muy
bien descrito el trabajo interior que se da, en este caso, en la lectura de lo valioso. Además de ese aliento a un viaje y
la instalación de hábitos de trascendencia, es indudable que el arte de categoría –ya vimos que si no aceptamos la
gradación, carecemos de objetividad- ayuda al conocimiento propio, a la maduración personal, y mucho. Se ilustra
así la importancia de reformas serias en tantos planes educativos claramente descentrados.
121

de la propuesta de salvación, no resulta exagerado afirmar que esas muchas ofertas que
provienen de fuentes tan limitadas y empobrecidas, quedan en “oberturas, preámbulos y
zagüanes” que apenan por su tono menor.
Allí es cuando brota la triste pero veraz calificación de cierto desperdicio: es la
consecuencia del talento empequeñecido por el prejuicio superficial o la ignorancia o la simple
desfachatez o la pereza o la ira, el rencor …o la burla. Hacer y presentar belleza son tareas de
gran importancia: no parece justo transformarlas en instrumentos de empobrecimiento para el
hombre.
Ya se ha dicho varias veces: los seres humanos tenemos siempre el deber de ayudarnos a
ser genuinamente felices…. y el derecho a que se intente, con honradez y seriedad, la
presentación de la mayor belleza posible y por los que tienen especial talento para advertirla y
ofrecerla. Cuando en el análisis de la realidad están presentes los fines, los bienes, parece claro
que la justicia está antes que la belleza.

Sobre todo la ignorancia, y también el imperio de la miseria humana del egoísmo, la


vanidad, el odio, la frivolidad y la pasión carnal –siempre amparados en alguna pretendida
legitimación teórica-, han generado en muchos el estilo del exitoso artista de la más reciente
modernidad. Profetas de presuntas libertades, se han convertido -¡tantos!- en instrumentos
dramáticamente eficaces de desesperación, vaciedad y desprecio de lo que en definitiva hace
feliz al hombre. Son los casos extremos de lo que llamamos triste desperdicio. Pobres infelices
que generan lástima y afanes y ruegos de misericordia. Lástima el aplauso, la propaganda, la
difusión comercial que los acompaña. Urge, por eso, el despertar alegre e inteligente de la
normalidad cristiana.

g) El aporte del hábito de la valoración de la belleza en la vida de fe.

Pensamos en el influjo de la fe en la captación de la belleza; cabe preguntarse ahora: ¿qué


se puede decir del aporte del hábito de andar entre bellezas altas, valiosas, en la vida de fe? El
acceso habitual a la belleza puede ayudar a ser mejores, facilita el encuentro más normal con
Dios -la oración, la unión con Dios en todas las circunstancias-, y por tanto la realización
personal. La persona habituada al hallazgo y la contemplación de la belleza, fomenta el estilo
122

interior del paseo por lo sublime, lo inefable o menos abarcable148, y esto alienta la nostalgia
imbatible de lo Absoluto, de Dios. La empatía con el gozo del misterio, de lo imponderable, de
lo inabarcable o inefable, engrandece: posibilita andar por caminos de agradecimiento,
admiración, alegría, que se presentan “como una suerte de Damasco”149 para las personas abiertas
a la verdad y al bien; para las almas sinceras, veraces. Se ha encontrado tanto grande, admirable,
fuera de mí, que nadie quita, por lo menos, el interrogante –y mejor, la convicción- de un Dios
que es plenitud, “locura” de Amor y está detrás o en ese mundo de belleza que es la oferta Suya
para que lo distinga, lo acepte y lo agradezca150.
A la suma belleza de la Cruz; a la re-presentación de Dios-Hombre en la liturgia; a
encontrar caminos sencillos para hacerse todo para todos (I Cor, 9, 22); al intento de recorrer las
encrucijadas de reconciliar todo en Cristo (Col 1, 20), nos parece que es más fácil acceder por
quien está habituado a caminar por la admiración, el asombro, que trae la ficción, la alegoría y el
símbolo, lo incomprensible y grande, lo inasible, el “tumulto” de lo grandioso. Porque se
ensancha el alma y es más posible que se instalen las motivaciones fuertes que hacen cercanos,
posibles y ágiles los cambios de reacciones interiores de cabeza y corazón: se viaja más rápido y
esperanzas claras a lo trascendente.

g) La “purificación de la fuente –en el autor y receptor de la belleza- como objetivo.

Un paso que sugiero como necesario para llegar a la belleza –a modo de síntesis y para
terminar el capítulo- es procurar conocer y acercarse a Dios, a su ser, su quién y cómo es151 ;

148 Luego de escuchar la primera audición de una de las grandes obras de Beethoven (el cuarteto op. 127); novedosa,
“incomprensible”, alguien dejó escrito: “…¿no es privilegio de todo lo grandioso y sublime el arrastrarnos, el
elevarnos y transportarnos en un impulso irresistible, aún envueltos en el misterio más impenetrable? Así ocurrió
aquella noche. Cada uno de nosotros era consciente de haber escuchado una composición que superaba en 100
codos todas sus facultades…” (cfr. Buchet, Edmond, Beethoven. Leyenda y realidad, Ed. Rialp, Madrid, pág.301).
Se puede leer el poema II del Apéndice: ilustra lo que decimos.
149 Se hace referencia a la conversión de Saulo de Tarso –San Pablo después- en el andar hacia Damasco.
150. Quizás pueda ilustrar lo que decimos este comentario: es insólito que un camello pase por el ojo de una aguja,

pero el Evangelio es un verdadero catálogo de cosas insólitas. No es nada frecuente que un buey y un asno adoren
un pesebre. En la vida de los santos, los animales siempre hacen las cosas más extrañas. Todo ello forma parte de
la poesía, de ese sabor de “Alicia en el país de las maravillas” propio de la religión. Waugh, Evelyn, Retorno a
Brideshead, pág 131.
151 “…la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su

mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe no por otra razón sino por el amor de Dios
que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad
cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su creador”, Gaudium et spes, 19. El camino hacia la
123

tener la sencillez de intentar seriamente limpiar la intimidad de posibles prejuicios y procurar –


con lealtad y valentía- llegar al Dios vivo, y al conocimiento de Él y de sus hechos y sus dichos.
Su propuesta, su plan real, el que se dibuja con trazos fuertes en el fondo de la historia. Y luego,
atreverse a dar pasos en la aventura de aceptar su ofrecimiento de comunicación y felicidad.
¿Por qué? Porque el reconocimiento de la oferta genuina, completa, de salvación por
parte de Cristo, ensancha, amplía y ordena la capacidad de percepción, tanto
para ofrecer belleza,
como para distinguirla más plena o profundamente.

Es el tema de la “purificación de la fuente”, al que he aludido varias veces en el texto152.


De la “fuente” que produce la belleza –el artista-, pero también se da esa necesidad de
purificación en quien accede o quiere acceder a ella: el lector, el espectador, el oyente, el que
recorre un museo. Se da con la búsqueda sincera de la naturaleza de las cosas, de lo que son y
significan de suyo y –muy especialmente (es mi convicción)- por la aceptación del ofrecimiento
de Cristo a una profunda conversión interior: hacer nuestro, personal y libremente, su proyecto
de felicidad.
Ese es el sentido final de la llamada “purificación de la fuente”. Interesarse de veras por
lo que ha producido tanto bien en la historia –es deslumbrante internarse a fondo en el análisis de
los frutos de la santidad cristiana a través del tiempo- anima a cambios interiores que pueden
renovar de modo genuino el acceso a la belleza de cada hombre. Se me permite una comparación
que quiere motivar: es muy distinto, para un corto de vista, ver una película en otro idioma, sin
anteojos, ni subtítulos que contemplarla con las condiciones previstas.

existencia de Dios parte, tantas veces, del sencillo asombro natural ante la belleza de lo real, que reclama – de
inmediato, y por caminos que pueden ser diversos- la afirmación de la realidad del Autor.
152 Cfr. Maritain, Jacques, La responsabilidad del artista, Ed. Emecé, Buenos Aires, 1961, págs. 54 y ss.
124

Capítulo X. A modo de resumen

Para llegar a las cotas altas de la belleza, las que en definitiva necesita el hombre, es
necesario estar dispuestos a pasar por encima de prejuicios que limitan, decidirse a pensar,
estudiar y dialogar con lealtad para instalarse más cerca -al menos- del ser que del parecer. Ese
apuntar y luego procurar amoldarse a la naturaleza de las cosas, a lo que son de suyo, no puede
leerse como una actitud de sometimiento sino de libertad. El rechazo pasional y poco serio a esta
invitación prudente es el estilo imperante en la cultura de hoy, y muy especialmente en el medio
artístico. En las páginas del libro que está acabando se ha invitado a liberarse de ese prejuicio tan
extendido. Detrás está una firme confianza en el hombre y en su inteligencia. Espero que sean
muchos los que, después de la lectura, se abran a un diálogo maduro, inteligente y sincero sobre
los temas propuestos, que son fundamentales para la vida buena y la convivencia sana.

Los objetivos más seguros, aunque resulten lejanos o parezcan quiméricos, hay que
nombrarlos e insistirlos. Si no es así, se alejan más y van desapareciendo del horizonte. Por eso,
acabamos este ensayo con la síntesis de algunos temas centrales que se procuran explicar con
pausa en el texto.

1. Para la vida buena, se necesita disfrutar de veras, gozar. Es un aspecto de la necesaria


felicidad.

2. Resulta fundamental –para conseguirla- apuntar a lo que tiene más posibilidades de


producir realmente felicidad y, por tanto, gozo más completo. Con el impulso fundamental de
una sensibilidad siempre necesitada de fomento y desarrollo, el primer medio para discernirlo es
125

la inteligencia, que es la que iluminará a la voluntad para asentarse en lo que se distinga como
mejor. Es la tarea de la contemplación, que requiere interés, tiempo, concentración, serenidad.153

3. Esa inteligencia, ese pensar con amor a la verdad, con plena sinceridad, lleva a
distinguir que eso mejor está en la naturaleza de las cosas, a la que –trabajosa pero realmente-
podemos llegar o acercarnos bastante. Lo demuestra la historia. Después de tantos siglos, se
pueden tener bastantes certezas sobre lo que es, sobre el ser. Cuando el hombre se ha centrado
valientemente allí, se han dado los mejores resultados: en la educación, en la convivencia, en la
política, en la diversión, en el arte; y las experiencias negativas del apartarse de esa naturaleza
también las registra muy bien la historia.

4. Distinguir mejor la belleza es, por tanto, intentar llegar –de modo sincero y valiente- a
lo que son las cosas de suyo y con la mayor claridad posible: eso atrae y encanta.

5. Por eso, la belleza está primero en las cosas, no en mí; no la pongo yo: la encuentro allí
y si sé buscarla. La invitación es a buscarla con honradez. Si –impulsado por su atractivo-
distingo mejor la verdad y el bien, quedo cautivado, me conmuevo: he encontrado belleza. Hay
una proporción, una adecuación entre ese bien encontrado y mi deseo de felicidad genuina (esto
es: el que me garantiza mejor el logro del fin que he recibido y acepto, quiero).

6. Es urgente distinguirla lo mejor posible porque, en definitiva, sobre lo que aceptamos


como bello construimos la vida. Nos facilita el amor y así se logra más felicidad y se mejora el
conocimiento. La inteligencia se enriquece y agudiza cuando se ama, y el amor se facilita cuando
la verdad y el bien resplandecen con la belleza.

7. Distinguir la belleza depende de la sensibilidad estética innata y adquirida, pero


también de nuestra honradez, de nuestras virtudes reales, que animan la búsqueda genuina.
Discernir lo que tiene más bien y verdad, para descansar allí, implica una tarea: la belleza en
definitiva solo se anuncia con el impacto del encuentro; después hay que inquirir más. Es un
trabajo de la inteligencia, que alienta a una muy sana desconfianza: no queremos que nos

153 cfr. lo que se explica en págs. 41 y 103, por ejemplo.


126

engañen con lo que ofrece la publicidad urgente y fácil. Es muy sana esa desconfianza, porque
no solo nos sabemos limitados, deteriorados, sino que nos reconocemos en un mundo alejado –
metódica y mediáticamente- de lo que tiene más espesura y valor. De allí que la belleza nos
llegue normalmente herida y cuando en la cultura se tiende a relativizar casi todo o todo, se está
a un paso de caer sin más en la dictadura del que dice más fuerte, del más poderoso, del más
seductor, del mejor vendedor.

8. El primer ámbito donde puedo encontrar belleza auténtica es en el ser y obrar divino y
en el obrar humano. Después está la naturaleza física y el hacer del hombre: en principio, el arte
no es el lugar primero para buscar belleza.

9. Para distinguir la belleza necesito ayuda. Tanto para el crecimiento de la sensibilidad


estética como para el aprendizaje de la virtud y del buen ejercicio de la inteligencia: la mejor
educación humana, que contribuye a adecuarse al fin recibido como criatura y ofrecido a mi
libertad. Es lo que se ha llamado purificar la fuente en varios pasajes del texto.

10. Importa mucho acertar lo más posible en el hallazgo de la belleza porque no solo se
pone en juego el mejor conocimiento y la felicidad personal sino el enriquecimiento de otros, a
quienes puedo y debo llegar: estamos llamados a servirnos. Por eso, a lo largo de las páginas de
esta obra, se proponen distintas ideas para abordar, después, de modo más ordenado un aspecto
más de la ética: la que corresponde al artista, como se comenta en la introducción.

11. En el análisis que se ha hecho de la belleza, se sugiere también un marco teórico para
que los temas tan actuales y vivos de la moda y la publicidad, del juego y el entretenimiento,
encuentren un rumbo que contribuya a lo que todos añoramos: la felicidad real del hombre.
127

Apéndice: otros comentarios y en poemas elementales

Todo empieza a cerrar con esos pasos;


con la empresa sencilla y valerosa,
de habituarse a la proporción certera:
en todo hay espejo, fulgor, puente,
y destello, reflejo, siempre anuncio.

La tarea es la pausa y el sosiego,


el silencio y la mirada honda.
El viaje así se va instalando,
y se hace estilo, necesidad, forma de vida;
clave insustituible del gozo sereno,
que siempre es nuevo, fascinante, promisorio.

II

Me respondes
con un mar infinito de grandezas,
y para recibir algo más ese mensaje
128

no encuentro ahora otro camino justo:


la aventura estable de crecer en el asombro;
el gozar de lo inasible como estilo;
la noble rutina del salto tras los límites:
lo que no abarco, lo solo tenue, lo que no cierra…;
el andar feliz por el misterio.

Y eso llega,
con la serena admiración de unas palabras;
con la pausa ante esos colores, esos trazos, esas luces;
con el tiempo detenido en tres acordes;
con el embeleso ante aquel gesto que es dibujo;
con la sana distancia de lo exacto y lo preciso,
o la frágil certeza de esas cifras.

Bendito secreto luminoso


que estás en todo lo que llega;
dichoso caminar en lo insondable;
saber con sosiego que sólo me aproximo,
que me acerco, que rondo, que vislumbro;
que siempre hay más,
detrás de esbozos, esquemas y señales.

¡Oh, verdad!... con tu aspereza


sola no llegas:
te urge, siempre, el aliento primordial de la belleza.

III
129

No te confíes, verdad,
si te presentas así:
escueta, fría, elemental…
Quedas como tediosa, frágil, apurada.
Reclama siempre: ¡sí!, ¡siempre!,
que no te den muy sola,
y quedes allí: simple, inerme,
como un esquema helado,
con imagen de armazón, bastidor, simple boceto.

Procura llegar con la armonía del buen tono,


con el equilibrio de las formas,
con la pausa y el respeto de los tiempos,
con el ritmo, el color y el adjetivo,
con la amabilidad de la sonrisa,
con el giro, la cadencia y la metáfora,
con la sabia imprecisión de la grandeza
y la consciente pequeñez de la aritmética.
Así, llegas,
y más ágil, más firme, más completa.
Necesitas, no lo olvides, del cortejo:
tienes tu ceremonial, tus ritos multiformes,
para entrar con señorío
en aquel recinto, sagrado y profundo,
que te añora.
No seas ingenua, verdad, en tu confianza.
Necesitas andanzas, caminos,
y silencios, y gracia, y fantasía…
Si no conmueves,
si no asombras, ni emocionas, ni entusiasmas,
te engañas lastimosamente
y no llegas.
130

IV

Sí, ya sé que la senda es aquella;


se impone con voz aplomada:
las razones son seguras,
silogismos contundentes,
y el paso se afirma en su rumbo.

Al tiempo despierta un reclamo,


de aire, de fuego, de tonos,
de historias, destellos, testigos;
de acordes, vivencias, colores,
de metáfora o sorpresa.

Te cuelas, belleza, en escena;


con tus recursos sutiles:
y el andar se hace andadero,
se entiende el porqué del camino,
y el paso se alegra, es más vivo.
131

Nos llegó el regalo de la voz,


y de esas voces tan distintas;
del rumor de las hojas y del viento;
del llanto, y del golpeteo de la lluvia;
de esas pisadas en la escarcha;
del ronroneo y los bramidos de los cielos;
y esos cantos infinitos de los pájaros;
y el silencio templado de esas tardes verdes.

Y tu mano iluminada,
criatura,
forja un mundo de tonos y armonía,
de pausas y colores, que alientan, que reposan, que despiertan…
Son sólo el eco agradecido
de aquel gesto primero,
tan pleno de confianza y sugerencias.
132

VI

Cuando no hay resta evidente,


mejor apuntar a la suma.
¿Qué pasa entre los cerros y el mar?,
¿y entre el viento, la estrella y el fuego?;
¿hay resultado genuino
al comparar la luna, el río y la nieve;
o el verde, el rojo y el azul,
el canto, la risa y el llanto?

En el nivel que ilumina,


en la instancia que define,
sólo hay concierto feliz,
compendio armonioso de voces.
No siempre apremia elegir,
más sensato es componer.
En la perspectiva real,
el antes o el después,
el más o el menos,
el quinto, el tercero, el primero,
danzan como adjetivos,
y ese es su justo lugar.
133

VII

Parece que el camino del hallazgo


es la hilera de premisas hilvanadas:
el ascenso pausado y detallista
de un escalón hacia el otro, sin apuro.

Parece que el examen detenido


de esas fibras que construyen el asunto
llevará con ritmo exacto, bien preciso,
al encuentro de esa luz tan codiciada.

Parece que la armadura de las cosas


puede prestar su contundencia al pensamiento
y hacer surgir una evidencia sin fisuras,
que deslumbra, que entusiasma…y asegura.

Parece…parece…; no es tan claro:


tantas veces sólo es croquis, o esqueleto…
No es tan cierta la seguridad de ese paseo:
la luz completa necesita otras tareas…
nombremos con desorden sólo algunas…

Hace falta la emoción agradecida


134

ante ese paso exquisito de la garza joven


sobre la alfombra graciosa y verde
de aquella tarde iluminada.

Hace falta conmoverse ante ese rostro ajado,


o esa mirada plena de fatigas
por las sendas fecundas y distintas
de multitud de días que se suman.

Hace falta vibrar con el color de la azucena,


Gozar ante el tejido de esas voces.
Hace falta el misterio y el asombro,
hace falta vivir en cada instante
la esperanza cierta de una sorpresa interminable.

VIII

Como el agua en la tierra,


se van sumando emociones:
asombros; gozo y pesadumbre;
quiebres o sueños…

Y brota ese caudal difuso


-arsenal y aljibe-
que se agita y madura
135

en el hondón del alma.

Delante: pentagrama o lienzo;


papeles en blanco;
o tierra…o piedra…
y ocurrencias, ocasiones o destellos.

Y llega el impulso, que es apremio…


¿Qué saldrá…? Lo intento:
arrebato, urgencia y desgarro.

Comienza ese viaje que no acaba,


que corta el sueño, que interrumpe,
que es juego y drama y batalla,
desazón y gusto: siempre artesanía.

Y aquello nace…para seguir naciendo…


Aunque se deja, como a pájaro en su vuelo.

IX

Soneto del buen retorno

Son cierres de candados que liberan

esos fieles amores afirmados.

Telares de egoísmo, derrotados,


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son viento y como viento se desarman.

Madurar en el darse es el sistema

(hoy todo lo contrario es andadura);

avanzar en la ofrenda sin ruptura,

es roca, es lo añorado, es el gran tema.

Al rosal del amor que es verdadero

lo apresó la violencia de los siglos

que urdió como sagrado el yo primero:

¡es ribera necesaria del mortal,

que la rosa de entregas sin reclamos,

recupere su vigor, que es natural!