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“Le dije: ‘Todo va a salir bien’, y

le fallé. Bajé a la calle a llorar”


Los sanitarios, agotados y frustrados,
sustituyen a las familias en los cuidados de
los enfermos. Se enfrentan a sufrir
depresión, ansiedad y estrés postraumático
Profesionales, en el hospital Clinic de Barcelona.
FRANCISCO AVIA / HOSPITAL CLINIC
ANA ALFALFAGEME & JAVIER MARTÍN-ARROYO
Fátima, una enfermera de la UCI del hospital de
Alcorcón, en Madrid, escribe desde el cuarto de
un hotel. Así protege a su madre, con alzhéimer, a
su padre anciano y a sus dos hijas adolescentes.
Teclea: “Ayer en mi turno de trabajo comprobé
por primera vez como la vida y la muerte se
miran en un parpadeo. Tuve que ayudar a vestir y
desvestir a familias temblorosas a las que la
muerte ha mirado a sus ojos inocentes, sin avisar.
Y a una mujer la di la mano antes de
administrarle medicación para que un ventilador
respirara por ella. Le dije: ‘Todo va a salir bien’,
y le fallé. La muerte volvió a ganar. Salí a la calle
a gritar, a llorar y a escuchar la voz de la persona
que está dando sentido a todos estos días”.

Muchos otros sanitarios, los sostenes de esta


emergencia que ha borrado ya más de 11.800
vidas y ha hecho enfermar a cientos de miles de
españoles, podrían suscribir las palabras de
Fátima. Así lo constata la psicóloga del hospital
Gregorio Marañón, también de Madrid, María
Mayoral, en unos grupos en los que médicos,
enfermeras, auxiliares o celadores escupen
frustración y dudas al quitarse los trajes de
protección. “Ven que la gente empeora de un día
para otro y muere. Crea mucha incertidumbre,
sensación de descontrol. Temen contagiarse, y
contagiar a los suyos. Les genera culpa y
aislamiento”. El 13 de marzo, cuando se declaró
el estado de alarma, los psiquiatras y psicólogos
del hospital tomaron como pacientes no solo a los
solitarios enfermos de coronavirus y sus aterradas
familias. También a sus compañeros.

Días más tarde, el presidente de la Sociedad


Española de Psiquiatría, Celso Arango, jefe del
Gregorio Marañón, envió una carta a sus
afiliados. Les pedía que cuidasen de los sanitarios
“que luchan contra la extenuación, la impotencia,
el tomar decisiones vitales para las que no han
sido formados, la precariedad en lo material y
técnico. Todo ello sin periodo de adaptación
previo”. También adjuntaba material para ayudar
a médicos y enfermeros con puntos compartidos
con otros organismos, como el Centro para el
Estudio del Estrés Traumático estadounidense, y
que recoge el escenario que describe Fátima:
saturación, riesgo de contagio, pacientes
angustiados y familias desconsoladas. “Todos
cuentan que están trabajando sin medios y
tomando decisiones muy complicadas. Sienten
impotencia, rabia, tristeza y mucha angustia,
porque están al límite de sus fuerzas físicas y
psíquicas”, se lamenta la psiquiatra Ana Maeso,
una de las especialistas que los asiste por teléfono
o videoconferencia en nombre de la Asociación
Española de Neuropsiquiatría.

Además de doblegar con la muerte y el


quebrantamiento, la Covid-19 impacta las mentes
de los cuidadores aunque no se hayan infectado.
Se ha visto en China, su primera parada. La mitad
de los 1.200 médicos y enfermeras que atendían a
estos pacientes en 34 hospitales sufrieron
síntomas de depresión y, en menor medida,
ansiedad (44%) e insomnio (34%), según un
estudio publicado en marzo en la revista Journal
of the American Medical Association. La mayoría
(siete de cada 10) relataron sufrimiento y
preocupación. Consecuencias que ya se habían
dado en otras epidemias como la del SARS, en
2003, cuando los sanitarios en primera línea
reportaron depresión, ansiedad, miedo y
frustración. Una situación que se repitió en 2014
con la crisis del ébola.
—Lo más duro cuando muere un paciente es ver a
la familia con mascarillas gritar desde la puerta:
‘¡Papá, te queremos!’. Y tú te acercas y aunque
esté sedado, le dices que han venido a despedirse.
A veces hace algún gesto. Luego los suyos lloran.
Yo lloro con ellos.

Eso cuenta Gloria, otra enfermera de UCI. “En


general, el apoyo emocional lo hacen las familias
y esa carga ahora, con los pacientes aislados, la
asumen los sanitarios”, expone la catedrática de
Psicología Clínica María Paz García-Vera,
coordinadora de los teléfonos de atención que ha
puesto en marcha esta semana el Ministerio de
Sanidad con 47 profesionales expertos en
situaciones de emergencia. “Aunque se sienten
muy reconocidos por todo el mundo, eso significa
mucha presión, porque no quieren decepcionar.
Están haciendo mucho más de lo que es su
trabajo”.

La auxiliar de Enfermería Irene Llorente, ahogada


por la impotencia de ver las caras de los allegados
al entregarles las mascarillas, de comprobar
después de tantos años en Infecciosas, que un
enfermo mejora hoy y dentro de dos días ha
muerto, se oyó decir en un grupo de terapia:

—Solo tengo ganas de llorar.

“No podía parar. Era salir por la puerta del


hospital y ponerme a llorar. No conseguía dormir.
Tenía pesadillas”, asegura la veterana sanitaria
del Gregorio Marañón. Esa explosión al
abandonar la tarea la explica la psicóloga
Mayoral: “Para poder trabajar han de disociarse,
pero es un sobrecoste, te centras en tu labor pero
también empleas la empatía, absorbes emociones,
y se produce la llamada fatiga por compasión”.

Fatiga. Agotamiento. Turnos que se doblan.


Muchos de los sanitarios contactados rehusaron
hablar por estos motivos o tras comprometerse, se
echaron atrás. “Intento no seguir recordando todo
lo que está pasando”, respondió una enfermera.
“Tienen mucha fatiga física y también mental.
Están sometidos a emociones extremas”, afirma
Mayoral.

La intensivista Mari Cruz Martín Delgado lleva


desvelada desde el 25 de febrero, cuando el
primer paciente grave de Madrid ingresó en la
UCI del hospital de Torrejón, de la que ella es
responsable. “Estoy con esa sensación
permanente de salir de guardia, hiperalerta”,
explica y añade, como miembro de la junta
directiva de la Sociedad Española de Medicina
Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias
(Semicyuc): “Todos hemos duplicado y triplicado
camas, cambiado nuestra forma de trabajar,
tomando continuamente decisiones, con la
sensación de no dar los cuidados ideales”. Su
colega María Antonia Estecha, que dirige la UCI
del hospital Virgen de la Victoria de Málaga, es
otra insomne: “Yo no duermo bien, tres o cuatro
horas. Trabajamos con mucha presión y vemos
que va en aumento y no para. Esa sensación de
incertidumbre también nos angustia. El principal
motivo de frustración es carecer de videolaringos
de un solo uso, tubos especiales, monitores de
relajación muscular y mejores respiradores. Pero
en general lo llevamos bien, tenemos tanto
trabajo que no te paras a pensar mucho”.

Aun así, están en una dinámica de


hiperactivación, dicen los especialistas
consultados. “La mayoría están centrados en
hacerlo lo mejor posible, en volcarse, con un
nivel de tensión muy alto que les permite
concentrarse. Hay que prepararlos, porque
después sufrirán ansiedad, estrés postraumático”,
dice la psicóloga Tránsito Bernal, que atiende a
enfermeras a través del colegio profesional de
Córdoba. Servicios de este tipo funcionan en
cinco comunidades (La Rioja, Navarra, Madrid,
Cantabria y Baleares) y cinco provincias (además
de Córdoba, Guipúzcoa, Ciudad Real,
Guadalajara y Granada).

¿Qué ocurrirá cuando el coronavirus remita? “No


se van a quitar los EPI [Equipos de Protección
Individual] y se van a poner a pasar consulta. Han
tenido que estar improvisando, están muy
cabreados, habrá mucho burnout [síndrome del
quemado]. Revivirán todo”, dice el psiquiatra
Enrique García Bernardo. La intensivista augura
lo mismo: “Nuestra especialidad ya tenía
previamente más burnout que otras”. García-Vera
insiste en que hay que desplegar psicólogos ya.
Mayoral matiza: “Si empiezan a cuidarse ahora, a
pedir ayuda, podrán llevarlo mejor. Algunos
tendrán recursos. Otros no”. Mientras, ella
seguirá en las sesiones. Y escuchará:
—Necesito saber cuándo va a acabar esto y si voy
a aguantar.

FIN