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EL PODER DEL SUFRIMIENTO

JOHN MACARTHUR

Incluye una guía de estudio personal o en grupo


Introducción
El ambiente que rodea la iglesia evangélica de hoy día, con el énfasis que se pone en
la creencia fácil y el cristianismo en pos de sentirse bien con uno mismo, ha
fomentado una actitud no bíblica entre los creyentes hacia la existencia del
sufrimiento y la persecución en sus vidas. Además de la aversión natural al dolor y la
dificultad, muchos cristianos han incorporado el concepto de que los percances, ni
siquiera debieran cruzar su camino. Cuando varias dificultades les sobrevienen, creen
que estas dificultades no provienen de Dios. Pero esa no ha sido la mentalidad de los
cristianos de la época de la iglesia primitiva.
Un ejemplo importante de cómo los cristianos de otras épocas se enfrentaron a la
persecución lo constituye el caso de Martín Lutero, el gran líder de la Reforma del
siglo XVI. Incluso antes de que se encontraran en pleno apogeo las polémicas y
controversias de la Reforma, a Lutero se le conocía por su fidelidad a la verdad: “La
firmeza con la que Lutero confiaba en las Sagradas Escrituras le confería gran
autoridad a sus enseñanzas. Pero otras circunstancias favorecían aún más su firmeza.
En su caso cada una de las acciones de su vida se correspondía con sus
planteamientos. Se conocía que estos discursos no procedían meramente de sus labios:
su origen estaba situado en su corazón, y se constataban con todas sus obras” (J. H.
Merle D’Aubigne, The Life and Times of Martin Luther [Vida y momentos de Martín
Lutero] [Chicago: Moody, 1978], 67).
La postura más conocida de Lutero en favor de la verdad tuvo lugar en la primavera
de 1521. Para ese momento ya había sido excomulgado de la Iglesia Romana y se le
conocía por casi toda Europa como el crítico de puntera de la iglesia. Lutero enseñó
con fervor y persistencia la justificación por fe solamente y la supremacía de la
autoridad de las Escrituras. La iglesia se opuso a Lutero en cuanto a estos y otros
puntos e intentó silenciarlo enérgicamente. Se le ordenó comparecer ante una
asamblea (La Dieta de Worms) de líderes seculares y de la iglesia en
Alemania para explicar sus enseñanzas. La asamblea tenía esperanzas de que Lutero,
bajo la intensa presión e intimidación de ser “llamado a comparecencia”, se retractara
de sus criterios y le proporcionara un poco de paz a la iglesia y al imperio.
Pero Lutero se mantuvo firme en sus convicciones. Cuando los líderes de la asamblea
en Worms insistieron en que se retractara de todos sus planteamientos pasados, Lutero
se rehusó:
A menos que me convenza el testimonio de las Escrituras, o el razonamiento más
evidente —a menos que quede persuadido por los pasajes que he citado— y a menos
que así, ellos por medio de la Palabra de Dios aten mi consciencia, no puedo
retractarme ni lo haré; porque resulta arriesgado para un cristiano hablar en contra de
su consciencia. ..He aquí esta es mi postura, y no adoptaré ninguna otra; ¡Que Dios
me guarde! ¡Amén! (Citado en D’Aubigne, 433)
La forma en que Lutero manejó esta confrontación y crisis personal testificó en favor
de la grandeza y suficiencia de Dios. En una coyuntura capital y tan llena de tensión
como esa en la vida del Reformador, su respuesta a los sucesos debe haber resultado
placentera para el Señor. Lutero no respondió con ira ni cuestionó a Dios a posteriori
por sus dificultades. Tampoco se alejó de la situación con un temor cobarde. Por el
contrario, Lutero aplicó las promesas que Jesús hace en Mateo 10:1820: “y aun ante
gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los
gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis;
porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros
los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros”.
Resulta improbable que los cristianos a finales del siglo XX se enfrenten a la clase de
oposición a que se enfrentó Martín Lutero a principios del siglo XVI. También resulta
improbable que la mayoría de los creyentes se enfrenten a la amenaza inminente del
martirio. Sin embargo, creo que resulta más difícil hacer tales aseveraciones con
certeza hoy día, que treinta o cuarenta años atrás. Las condiciones en nuestra cultura
pos-cristiana y en una iglesia evangélica inestable están cambiando y deteriorándose
tan rápidamente que es necesario que los creyentes estén preparados y estén
desprotegidos cuando se vean confrontados con persecuciones y varias dificultades.
Job 5:7 habla de la condición general de la humanidad y lo que debemos esperar:
“Pero como las chispas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la
aflicción”. Con relación a la persecución potencial de los creyentes, el apóstol Pablo
es aún más directo: “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo
Jesús padecerán persecución” (2 Ti. 3:12).
“El ataque a los cristianos” está ganando popularidad. Se ha convertido en uno de los
pasatiempos preferidos de los periodistas de la prensa liberal y entre los liberales de la
educación, las artes, y la política. La intolerancia se ha vuelto a poner de moda, y la
forma políticamente correcta de la misma es asaltar a los cristianos. Con frecuencia
aquellos que predican la “tolerancia”, el “no ser sentencioso”, y el “intelectualismo”
son los más intolerantes.
Una edición del National and International Religion Report [Informe Nacional e
Internacional sobre religión] informó que en Nepal en solo cinco meses se arrestaron a
diecisiete cristianos, mayormente por evangelizar. Once de ellos serán juzgados y de
ser condenados podrían ser sentenciados a tres años de prisión.
Según David Barrett, redactor de World Christian Enciclopedia [La enciclopedia
cristiana mundial], 300.000 cristianos sufren el martirio cada año: 833 por día. Barrett
concluye diciendo que la posibilidad mundial de convertirse en mártir como cristiano
es 1 entre 200. Si usted es misionero, 1 entre 50. Si usted es evangelista nativo, 1 entre
20 (Nueva York: Oxford University Press, 1982).
Ciertamente con el incremento del secularismo impío y en la medida que nos
acercamos al regreso de Cristo, podríamos esperar que creciera tal hostilidad y
persecución.
Con sus tantas seducciones, Satanás usa el sistema del mundo constantemente para
atraer y menoscabar a cristianos verdaderos de todas partes. La confrontación de los
atractivos mundanos, creo yo, es aún más difícil para los creyentes norteamericanos.
Las persecuciones sutiles de nuestra cultura con frecuencia conllevan al compromiso
individual o en grupo, proporcionando bastante aceptación de los cristianos y de la
iglesia, generalmente para influir en creyentes confiados. En poco tiempo se vuelven
apáticos y temen hacer del cristianismo un problema. En un medio como ese se hace
cada vez más difícil mantener un testimonio cristiano intachable. En comparación, en
sociedades totalitarias donde el cristianismo está relacionado con un alto costo,
pudiera resultar más fácil mantener un testimonio consecuente.
Por ejemplo, recuerdo una vez que le pregunté a un pastor ruso si le resultaba difícil
pastorear una iglesia local cuando la sociedad y el gobierno eran tan hostiles hacia el
cristianismo. Él me respondió: “Resulta fácil. Siempre sabe la postura que adopta todo
el mundo. Lo que no comprendo es cómo puede usted pastorear una iglesia en
Norteamérica donde los compromisos son tan comunes y sutiles”. Si existen
pensamientos confusos y expectativas equivocadas entre los creyentes con respecto a
las persecuciones, tam-bién hay mucha mala interpretación con respecto al papel más
general que desempeñan las pruebas, los sufrimientos, y problemas en la vida
cristiana. Tendemos a olvidar incluso el hecho elemental de que todas las personas
viven en un mundo caído. Somos criaturas pecadoras que vivimos en una sociedad
corrupta y maldita por el pecado. Los creyentes no deberían quedarse sorprendidos,
perplejos, ni resentidos cuando se topan dificultades en esta vida.
Job 14:1 dice: “El hombre nacido de mujer, corto de días, y hastiado de sinsabores”.
En el Salmo 22:11 David dijo: “No te alejes de mí, porque la angustia está cerca”. El
predicador en el libro de Eclesiastés resumió bien la dificultad de la vida cuando
escribió: “Aborrecí, por tanto, la vida, porque la obra que se hace debajo del sol me
era fastidiosa; por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu” (2:17).
Jesús nos dice que debemos esperar problemas: “En el mundo tendréis aflicción” (Jn.
16:33). Él mismo no evitó enfrentarse a las dificultades y experimentar sentimientos
de angustia: “Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban,
también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió” (11:33; vea también Mr.
14:33).
En 2 Corintios 4:8-9 el apóstol Pablo, basado en la experiencia personal, proporciona
una lista de sus problemas: “estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en
apuros, mas no desesperados;
perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos”. Hasta el
evangelista y misionero más grande de la historia no era inmune a los sufrimientos, a
las pruebas, ni a las persecuciones.
Y así vemos que en la soberanía de Dios toda clase de dificultades y percances son
reales y se han de esperar en las vidas de cristianos genuinos. Una razón primordial
por la que a los cristianos en la actualidad les cuesta aceptar el papel del sufrimiento
en sus vidas o en las vidas de amigos o seres queridos es que no han logrado
comprender y aceptar la realidad de la soberanía divina. También muchos no logran
ver la adversidad desde la perspectiva de Dios. Al hacer eso, pasan por alto
completamente el efecto positivo, fortalecedor, y perfeccionador que las pruebas
deben tener en la fe de los creyentes. En el capítulo 1 estudiaremos de un modo más
detallado las razones del sufrimiento y analizaremos algunos de los propósitos que
Dios tiene con las pruebas y las persecuciones.
En los capítulos del 2-4 analizaremos las vidas de varias personas de la Biblia que
enfrentaron y resistieron el sufrimiento de formas extraordinariamente piadosas.
Comenzaremos en el capítulo 2 con tres estudios monográficos: Esteban, el primer
mártir de la iglesia; los tres amigos de Daniel en el horno abrasador; y Daniel en el
foso de los leones.
En el capítulo 3 continuaremos los estudios de nuestros personajes con una
perspectiva del ministerio lleno de persecuciones del apóstol Pablo. Desde el principio
de su servicio en función de Cristo, Pablo tuvo la perspectiva correcta sobre el
sufrimiento y constituyó un modelo de conducta para los creyentes (Fil. 3:7-11).
Nuestro estudio de los modelos de conducta culminará en el capítulo 4 con una
consideración de cómo nuestro ejemplo supremo, el Señor Jesús, manejó el
sufrimiento. En la medida en que se desarrolle este capítulo quedará claro que la clave
para ser como Cristo en medio del sufrimiento y la persecución es ser como Él en
todas las otras situaciones.
Los tres capítulos finales constituyen el corazón del libro. En estos capítulos espero
con toda sinceridad que juntos podamos examinar el poder del sufrimiento con ciertas
aplicaciones prácticas y exhortaciones.
La clave real para aceptar y resistir una prueba o persecución específica, o para
perseverar victoriosamente durante un cierto período de sufrimiento, es el discipulado.
En los capítulos 5 y 6 verá que a los creyentes no les hace falta vivir con temor al
sufrimiento ni estar completamente desprevenidos cuando este sobrevenga. Una
expectación realista, aparejada con una preparación espiritual sólida, proveniente de la
verdad de la Palabra de Dios, es más que suficiente para nosotros al confrontar
cualquier crisis.
La conclusión de cualquier estudio bíblico de creyentes y el sufrimiento es la
siguiente: es posible, y es realmente el deseo de Dios, que no nos limitemos solamente
a sobrevivir o apenas tolerar un período de prueba o sufrimiento. Lo que el Señor
quiere es que la experiencia, aunque resulte difícil al atravesarla, sea finalmente
positiva, una experiencia que fortalezca y purifique nuestra fe (Job 23:10). En el
capítulo 7 nos centraremos en esa verdad.
Mi gran esperanza es que cuando lea este libro incorpore nuevos criterios frescos
sobre el papel del sufrimiento en la vida cristiana. Oro a Dios para que desaparezca
cualquier duda o concepto erróneo que tenga sobre el lugar que ocupa el sufrimiento
en el plan de Dios. Que entonces, por medio de su gracia, se conforme aún más a la
imagen de Cristo en la medida en que comprenda mejor el poder purificador que el
dolor y la adversidad ejercen en la vida del creyente.
Uno
El sufrimiento en el plan de Dios
La persona promedio que le da seguimiento a las noticias está consciente del aluvión
constante de historias negativas, informes trágicos de muerte, desastres, violencia, y
toda una variedad de noticias sencillamente desconcertantes que a diferentes grados
resultan inexplicables. Durante 1994 ocurrieron varios accidentes de magnitud,
incluso un accidente aéreo cerca de Pittsburg y el vuelco en forma de campana de un
transbordador en el Mar Báltico. Las personas estaban casi obsesionadas con
encontrar los motivos de los incidentes. Es natural querer saber las causas y
motivaciones terrenales directas que conllevan a acontecimientos tristes,
perturbadores, o trágicos. Por el contrario, la mayoría de las personas se niega a
buscar más allá de lo temporal para hallar respuestas espirituales a los sucesos más
difíciles de la vida.
Sin embargo, los cristianos bíblicamente cultivados, se darán cuenta de que la
soberanía de Dios desempeña un papel en todos los sucesos, desde el más agradable y
fácil de aceptar hasta el más traumático y difícil de entender. Pero puede que hasta el
creyente más maduro en ocasiones tenga que esforzarse para aceptar o incluso percibir
los propósitos que Dios tiene con la adversidad. Aquellos que no reconocen el papel
soberano del Señor tenderán a cuestionar el porqué les sobrevienen a ellos los
problemas.
Los autores de antiguos himnos con frecuencia tenían una perspectiva propia de la
adversidad. Por ejemplo, considérese la letra maravillosa de Samuel Rodigast de la
primera estrofa del himno del siglo XVII: “What’er My God Ordains Is Right” [Lo
que mi Dios ordene, haré].
Lo que mi Dios ordene, haré: Santa su voluntad permanece;
Quieto estaré, haga lo que haga Él, y lo seguiré a donde me guíe:r r
Él es mi Dios; por oscuro que sea el camino. Él me sostiene para que no caiga yo:
Porque en sus manos encomiendo mi vida.
Podemos contar con la seguridad de que aunque no veamos ni comprendamos el
motivo de una adversidad específica y nos atrape desprevenidos, no será así con Dios.
Jesús, como Hijo de Dios, sabía que debían esperarse pruebas y persecuciones entre
las experiencias de todos los creyentes genuinos a través de los siglos.
Jesús predice la hostilidad del mundo
En medio de su discurso en el Aposento Alto Jesús amonestó a sus discípulos en
cuanto a que “si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a
vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del
mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Jn. 15:18-19).
Este planteamiento sencillamente reafirmó lo que Él había dicho antes en su
ministerio durante el Sermón del Monte:
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos
es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os
persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos,
porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas
que fueron antes de vosotros (Mt. 5:10-12).
Queda claro a partir de esta y otras amonestaciones (vea Mr. 13:9-13) que Jesús
percibió animosidad hacia los creyentes por parte del mundo incrédulo,
conjuntamente con cualquier dolor o sufrimiento que lo pudiera acompañar, como
algo normal y de esperar.
¿Por qué el mundo nos aborrece?
Dos sucesos violentos, ocurridos con cuarenta y ocho horas de diferencia uno del otro,
impactaron al país durante la última semana de febrero de 1993. Primero, seis
personas murieron y otras mil resultaron heridas en la ciudad de Nueva York, cuando
una bomba potente explotó en la base de los rascacielos gemelos del Centro Mundial
del Comercio. (Para principios de mayo, ya se habían arrestado a siete hombres que
tenían vínculos con grupos terroristas islámicos del Medio Oriente que estaban
relacionados con el atentado de la bomba). Luego, dos días después de la explosión de
la bomba, cuatro agentes federales fueron muertos durante una redada fallida al
complejo del culto de la Rama Davidiana cerca de Waco, Texas. Eso conllevó a un
enfrentamiento que duró 51 días entre el gobierno y el culto religioso, el cual terminó
trágicamente cuando se incendió el complejo, y murieron al menos setenta y cinco
personas.
El fanatismo y la intolerancia aborrecible tuvieron parte en ambas historias y tan solo
son dos de muchos ejemplos como estos en los últimos años. Hasta un observador
superficial de la sociedad moderna hallará incidentes de intolerancia étnica y delitos
de odio racial en cualquier gran ciudad norteamericana. También hay mucha
animosidad y conflicto entre grupos con criterios políticos y sociales opuestos. Pero
ninguno de esos conflictos es tan significativo como el que existe entre los cristianos y
el mundo.
Porque nos oponemos al mundo
Primero, el mundo aborrece a los cristianos principalmente porque los cristianos no
son del mundo. Culturalmente no formamos parte de la “camarilla”. Nos movemos en
contra del flujo secular de la corriente dominante de ideas y prácticas y nos oponemos
a los males e injusticias. Hasta nos impacientamos por instar a los individuos a
arrepentirse de sus pecados y a convertirse a Cristo. Esta última característica genera
la oposición y aborrecimiento más intensos por parte del mundo.
El término “mundo” según se usa en Juan 15 y en otras partes es el equivalente
traducido del Griego kosmos. En este contexto se refiere al sistema maligno del
pecado en el mundo, con la autoría de Satanás e implementado por la humanidad. En
términos más crudos, podríamos decir que es la sociedad depravada de seres humanos
perversos que se ha puesto a sí misma en contra de Cristo, su reino, y su pueblo.
¿Resulta de alguna manera sorprendente que, con Satanás a la cabeza de un sistema
como ese (vea 12:31; 14:30), los creyentes deban enfrentarse a una oposición
aborrecible al confrontar esa sociedad?
Disfrazado como un “ángel de luz” (2 Co. 11:14), Satanás presenta su sistema del
mundo como una religión falsa. Con mucha frecuencia esta religión se presenta a sí
misma ante los cristianos con el disfraz sutil de la piedad falsa, la cual aparenta tolerar
a Dios y a Cristo cuando en realidad se opone a la verdad abiertamente y persigue a
los cristianos de ser necesario. Con frecuencia tal engaño hace que los cristianos
piensen que no hay amenaza de ningún tipo o que se sorprendan cuando les
sobreviene la persecución abierta.
Fue un sistema religioso que aborreció tanto a Jesús, que finalmente lo mató. Los
religiosos falsos de Palestina lo detestaron porque Él violó su sistema y reprendió su
hipocresía con su justicia. Asimismo, Abel en Génesis 4 fue muerto por la religión
falsa personificada en su hermano Caín. El versículo de 1 Juan 3:12 nos proporciona
un comentario sobre lo que hizo Caín: “No como Caín, que era del maligno y mató a
su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su
hermano justas”.
Por la naturaleza del sistema falso de Satanás a través de los siglos, con su oposición
maligna e implacable al reino de Dios, resulta importante que los cristianos se den
cuenta de que ellos no forman parte del mundo. Dios nos ha llamado a dar el paso al
frente por Cristo en medio de una sociedad pecadora. El sistema a la ves el enemigo y
el campo de misiones. Pablo exhortó a los filipenses a vivir justamente “para que seáis
irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación
maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo”
(Fil. 2:15). Esta amonestación guarda buena correlación con lo que Jesús ya dijo en el
Sermón del Monte: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere,
¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por
los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no
se puede esconder” (Mt. 5:13-14).
Tales exhortaciones exigen que los cristianos sean la consciencia de una generación
pecadora y perversa. Si somos obedientes y tomamos con seriedad los mandamientos
bíblicos, no nos debería sorprender la hostilidad y la persecución. El propio Jesús se
enfrentó a una fuerte oposición por parte del pueblo de su época incluso cuando lo
reprendieron de un modo más indirecto con respecto a su actitud espiritual (Lc. 4:25-
30).
Porque aborrece a Cristo
Si los líderes religiosos odiaban tanto a Jesús, ¿los creyentes de hoy día pueden
esperar que las cosas se les faciliten más a ellos? Jesús responde a eso en Juan 15:20:
“Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a
mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra,
también guardarán la vuestra”. Si como cristianos estamos en Cristo y Cristo está en
nosotros (Gá. 2:20; Col. 2:10-12), el mundo nos aborrecerá tal como aborreció a
Cristo.
Este segundo aspecto de por qué el mundo nos aborrece en realidad nos debería traer
felicidad. Si recibimos sufrimiento y persecución del mundo porque representamos a
Jesús, experimentamos la fraternidad de sus sufrimientos. Los discípulos en Hechos
5:41, después de ser azotados por las autoridades religiosas por continuar enseñando
en el nombre de Jesús, mostraron esta actitud de gozo: “Y ellos salieron de la
presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta
por causa del Nombre”.
Pablo habló de esa fraternidad de sufrimientos en Filipenses 3:10 y él sabía muy bien
a lo que se refería (vea 2 Co. 4:7-18). Las Escrituras dan fe de que Pablo practicaba lo
que enseñaba y lo que escribía. (Analizaremos con mayor profundidad más adelante el
ejemplo maravilloso de Pablo de enfrentar el sufrimiento.)
Porque no conoce a Dios
Una tercera razón por la que el mundo aborrece a los cristianos es que no conoce a
Dios. En Juan 15 Jesús dice: “Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque
no conocen al que me ha enviado” (v. 21, cursivas añadidas). Tal ignorancia de Dios
ha contribuido grandemente a una degradación moral y espiritual horrible, ignorancia
de la verdad, y hostilidad hacia lo que es correcto. De muchas maneras la sociedad
moderna refleja las condiciones en que ministraba Pablo en el siglo primero. Cuando
él predicaba en Atenas se dio cuenta de lo equivocada que estaba la religión del
pueblo: “Entonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: Varones
atenienses, en todo observo que sois muy religiosos; porque pasando y mirando
vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS
NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os
anuncio” (Hch. 17:22-23).
Pablo descubrió una apatía e ignorancia hacia el verdadero Dios y una superstición
hacia los falsos dioses. Sin el comentario de Pablo, fácilmente podríamos inferir que
muchos incrédulos son personas sinceramente morales y religiosas, y que no están
afectados realmente por el pecado. Pero una percepción como esa nos puede llevar a
restarle importancia a la oposición del mundo o a no ponerle el empuje suficiente a
nuestro evangelismo. Con frecuencia no tomamos con seriedad Romanos 1:18-2:2 en
su ilustración del pecado natural del mundo y su rechazo voluntario de la revelación
de Dios. El sistema del mundo aún no conoce a Dios, no importa cuan tolerante o
dispuesto a aceptar pueda parecer cuando obra a través de la religión falsa. Aún así
aborrece a los creyentes, aún así nos hace oposición, y por consiguiente, cualquiera
que sea la persecución o dolor que recibamos no deberá atraparnos desprevenidos.
Muchos creyentes actúan como si hubieran acabado con el problema del
aborrecimiento del mundo, creyéndose amigos del mundo. Pero se olvidan de la
amonestación de Juan: “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1
Jn. 2:15), o el planteamiento contundente de Santiago: “Cualquiera, pues, que quiera
ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Stg. 4:4). Satanás nos tienta
sutilmente a sentirnos cómodos en el mundo, a sentirnos como en casa dentro del
sistema, y a hacer que el mundo que nos rodea se sienta a gusto. No tenemos
intenciones de ofender a nadie, pero eso no es lo que Jesús tenía en mente. Tampoco
era ese el método de Pablo:
Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la
sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque
los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a
Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura;
mas para
los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.
Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más
fuerte que los hombres (1 Co. 1:21-25).
¿Por qué el sufrimiento forma parte del plan?
Hasta el momento en este capítulo hemos visto que el sufrimiento, primeramente
como resultado de la persecución, es una experiencia que los creyentes verdaderos
pueden esperar. Jesús predijo que habría problemas en esta vida (Jn. 16:33), y los
apóstoles lo apoyaron en esta enseñanza (2 Ti. 3:12; 1 P. 4:12). Aunque se acepten
como ciertos estos planteamientos con obediencia y fidelidad —después de todo, se
encuentran en las Escrituras— aún surgen en la mente de los cristianos las
interrogantes de por qué, cómo, y sobre que base.
Esas interrogantes básicas, las que tendrán todos los creyentes honrados y
escrutadores —hasta uno u otro grado en dependencia del nivel de madurez— se
pueden responder de acuerdo con una realidad abarcadora. Esa realidad es la
soberanía de Dios que, cuando se comprende correctamente y se acepta del modo
adecuado, funge como el lente de referencia a través del cual los cristianos pueden ver
todas las verdades de las Escrituras con mayor claridad. Conocer de la soberanía de
Dios en todas las cosas no quiere decir que nuestra comprensión sea exhaustiva, sino
que nos da una esperanza correcta en medio de los aspectos más difíciles y menos
claros de su obrar en nuestras vidas (Gn. 18:25; Is. 55:9).
Un estudio completo de la soberanía de Dios se sale del campo de acción de este libro,
pero un breve análisis ayudará a ubicar en contexto el origen y causa del sufrimiento.
A. W. Pink proporciona este comentario conciso: “Decir que Dios es soberano es
declarar que Dios es Dios” (The Sovereignty of God [La soberanía de Dios], edición
revisada. [Edinburgh: Banner of Truth, 1961], 20). Luego amplía cómo se ejecuta la
soberanía de Dios.
La soberanía del Dios de las Escrituras es absoluta, irresistible, infinita. Cuando
decimos que Dios es soberano, afirmamos su derecho
a gobernar el universo, que ha hecho para su propia gloria, según le agrade.
Afirmamos que su derecho es el derecho del alfarero sobre el barro: El puede moldear
ese barro en la forma que quiera, haciendo de la misma masa un vaso para honra y
otro para vergüenza. Afirmamos que Él no está sujeto a norma ni ley alguna fuera de
su propia voluntad y naturaleza, que Dios es ley así mismo, y que no tiene obligación
alguna de dar cuenta a nadie de sus asuntos.
La soberanía caracteriza a todo el ser de Dios. Él es soberano en todos sus atributos.
Es soberano en el ejercicio de su Poder. Lo ejerce según quiere, cuando quiere y
donde quiere. Este hecho está probado en cada página de las Escrituras. Durante largo
tiempo ese poder parece estar dormido, pero de repente surge con potencia irresistible.
Faraón se atrevió a poner impedimentos a que Israel saliese a adorar a Jehová en el
desierto, y, ¿qué ocurrió? Dios ejerció su poder, Su pueblo fue liberado, y sus crueles
capataces muertos. Pero poco después los amalecitas se atrevieron a atacar a estos
mismos israelitas en el desierto; y, ¿qué ocurrió entonces? ¿Interpuso Dios su poder
en esta ocasión y extendió su mano como lo hizo en el Mar rojo? ¿Fueron estos
enemigos de su pueblo inmediatamente abatidos y destruidos? No, antes al contrario,
Jehová juró que tendría “guerra con Amalee de generación en generación” (Éx.
17:16). Asimismo, cuando Israel entró en la tierra de Canaán, el poder de Dios fue
manifestado nuevamente de forma memorable. La ciudad de Jericó impedía el avance
de los suyos; ¿qué sucedió? Israel no usó un solo arco ni dio un solo golpe: Jehová
alzó su mano y los muros cayeron a plomo. ¡Mas este milagro no se repitió jamás!
Ninguna otra ciudad cayó de forma semejante. ¡Todas las demás tuvieron que ser
tomadas a espada! (The Sovereignty of God [La soberanía de Dios], 22-23, cursivas
del autor)
A partir de ese análisis podemos inferir que la soberanía de Dios es todopoderosa pero
no siempre predecible desde el punto de vista humano. Dios tiene la libertad de hacer
o no hacer lo que le plazca en cualquier situación dada, y no está obligado de ninguna
manera a repetir la misma acción con relación a cualquier situación subsiguiente o
semejante. Es de esta manera que Dios soberanamente decide, como parte de su plan,
traer el sufrimiento a las vidas de varios cristianos, en circunstancias diferentes, con
resultados variados. En Isaías 45:7, Dios dice “[yo] que formo la luz y creo las
tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto”.
Por su poder soberano “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto
es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28). Una vez más podemos
ver que el campo de operación de Dios es global. Por eso, los sufrimientos, las
pruebas, las persecuciones, y toda clase de adversidad a que se puedan enfrentar los
creyentes están ciertamente bajo su control soberano y se pueden originar como parte
de su plan soberano.
Lecciones aprendidas a partir del sufrimiento
Saber que cualquier sufrimiento experimentado por los creyentes es parte del plan
soberano y general de Dios proporciona su propio consuelo. Sin embargo, como con
cualquier aspecto de la verdad en la vida cristiana, el conocimiento intelectual no
constituye un paralelo exacto del conocimiento experimental. Hasta que sabemos
como reaccionamos cuando llevamos a la práctica cierta verdad, la filiación
intelectual no cuenta para nada (Stg. 1:25-27; 2:14-17). Poner a prueba la validez de
lo que profesan los creyentes constituye una de las razones fundamentales por las que
Dios permite el sufrimiento (Job 23:10).
Una manera segura de probar la autenticidad de un diamante es por medio de lo que
los joyeros denominan la prueba del agua. La imitación de una piedra nunca brilla
igual que una auténtica, pero no siempre resulta fácil detectar el contraste por medio
del análisis común a simple vista. Los joyeros saben que poner un diamante genuino y
una imitación uno junto al otro en agua revelará las diferencias. El auténtico
continuará resplandeciendo con el mismo brillo debajo del agua, mientras que la
imitación pierde prácticamente todo el brillo.
Como analogía de esta ilustración, muchas personas que están muy confiados en la
autenticidad de su fe se dan cuenta de que esta falta cuando se sumergen en las aguas
del pesar o la adversidad. Se demuestra luego que la supuesta brillantez diamantina de
su fe no es más que una imitación. Sin embargo, sumerja al verdadero hijo de Dios en
el agua de una prueba y resplandecerá con el mismo brillo de siempre. G. K.
Chesterton también usó la metáfora del agua para expresar lo mismo: “Creo en la
sumersión en agua caliente. Creo que te mantiene limpio”.
La lección de fe
Al parecer queda claro entonces que la razón más importante por la que Dios nos pone
a prueba a través del sufrimiento es probar la fuerza de nuestra fe. Uno de los estudios
monográficos clásicos de las Escrituras que ilustra esto es el relato de la prueba de
Abraham de Génesis 22. Según mi criterio, fue la prueba más severa a la que
cualquier ser humano se haya enfrentado jamás.
En Génesis 22:1-2 dice: “Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a
Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: Toma ahora tu hijo,
tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto
sobre uno de los montes que yo te diré”.
Este mandato no encajaba con la teología de Abraham en lo absoluto. Estoy seguro
que le sobrevino un grupo de interrogantes que hacerles a Dios, como por ejemplo:
¿Por qué Tú exiges el sacrificio humano cuando Tú nunca antes habías pedido algo
tan pagano como eso? (Era la antítesis de todo cuanto Abraham conocía como cierto
acerca de Dios.) ¿Por qué llegarías a tal extremo de permitir que un esposo y su
esposa de casi 100 años de edad, que nunca habían tenido hijos en toda su vida de
casados, tuvieran un hijo y luego pedirle que mate a ese hijo? ¿Por qué me
prometerías que sería el padre de muchas naciones, con una población tan numerosa
como la arena del mar y las estrellas del cielo, y luego pedir que mate al hijo de la
promesa?
La idea completa resultaba inconcebible. Era una prueba que no tenía sentido, no en
cuanto a la naturaleza de Dios, a su plan de redención, a su Palabra, y a su amor y al
amor de Abraham por Isaac. Además de estos factores, esta prueba fue quizás la más
severa para un ser humano, porque Dios dijo al propio Abraham que matara a Isaac.
Una cosa es ver morir a un ser querido, y otra bien diferente es que te digan que mates
a esa persona.
Una lectura sencilla de Génesis 22:3-8 revela cómo reaccionó Abraham en esta crisis:
Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos siervos
suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar
que Dios le dijo. Al tercer día alzó Abraham sus ojos, y vio el lugar de lejos. Entonces
dijo Abraham a sus siervos: Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos
hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros. Y tomó Abraham la leña del
holocausto, y la puso sobre Isaac su hijo, y él tomó en su mano el fuego y el cuchillo;
y fueron ambos juntos. Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío.
Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde
está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero
para el holocausto, hijo mío. E iban juntos.
Abraham reveló una fe sorprendente en esta situación. Él obedeció a Dios de
inmediato, sin pregunta ni argumento (v. 3). En los versículos 5 y 8 él expresó,
primero que todo, la confianza íntima que él tenía en que él e Isaac regresarían, y
segundo, que Dios proveería un cordero para el holocausto. Esos elementos sugieren
que en lo profundo de su corazón Abraham sabía que Dios actuaría en consecuencia
con su carácter y con su pacto. Puede que Abraham no haya sabido específicamente
cómo actuaría, pero el pasaje demuestra que él tuvo una buena idea.
Génesis 22:9-12 es la parte culminante de la gran prueba de Abraham:
cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y
compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña. Y extendió
Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces el ángel de
Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme
aquí. Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya
conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único.
Este breve examen de este episodio crucial en la vida de Abraham demuestra cómo
Pablo puede decir: “Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabed,
por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” (Gá. 3:6-7). Abraham
estaba preparado para degollar a su propio hijo. Él se mostró sumiso, obediente, y
dispuesto a adorar a Dios a cualquier costo. Dios aceptó la disposición de Abraham
como evidencia de su fe y lo vistió de justicia.
El autor de Hebreos ofrece un comentario sobre esta prueba: “Por la fe Abraham,
cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su
unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que
Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido
figurado, también le volvió a recibir” (He. 11:17-19). Abraham estaba dispuesto a
matar a su propio hijo porque él creía en que Dios cumpliría su promesa de una
progenie para Isaac, aunque el Señor tuviera que resucitar al Isaac muerto, aunque
para nuestro conocimiento Abraham nunca había conocido de una resurrección.
Una obediencia extraordinaria como esta ante la más severa de las pruebas nos
informa que un creyente en la actualidad puede resistir la más difícil de las pruebas
que se pueda imaginar si confía incondicionalmente en Dios. La prueba de Abraham
también nos informa que las pruebas que Dios nos pone pueden implicar a personas
que queremos mucho y a quienes tenemos en muy alta estima, como por ejemplo
hijos, hijas, esposos, esposas, o amigos íntimos. Puede que tengamos que ofrecer a
nuestro propio Isaac, entregarle al Señor nuestros seres más queridos. Puede que
tengamos que dejarlos andar en el camino de Dios, en lugar de aferrarnos a ellos para
que vivan de la manera que preferimos.
Podemos concluir que mientras más difícil sea la obediencia, resulta más excelente.
Abraham obedeció a Dios al extremo, y como resultado se convirtió en el modelo de
fe. Por eso cualquiera que tenga fe en Dios y por ende esté justificado, es un hijo de la
descendencia espiritual de Abraham. Si confiamos en Dios como lo hizo Abraham,
podemos estar confiados en cualquier prueba.
El relato de la gran prueba de Abraham en la tierra de Moriah es quizás el ejemplo
máximo de una prueba reveladora de la fe. Pero ciertamente no es la única ilustración
del Antiguo Testamento que podríamos señalar. 2 Crónicas 32:31 resume las pruebas
de Ezequías, puestas por el Señor al plantear que el propósito era “para hacer conocer
todo lo que estaba en su corazón”. Con toda seguridad Dios no tiene que probarnos a
ninguno de nosotros para descubrir lo que hay en nuestros corazones porque ya Él lo
sabe. Más bien, Él nos prueba para que podamos saber lo que hay en nuestros
corazones. En ese sentido Él nos ayuda a hacer un inventario espiritual y un
autoexamen. Siempre que Dios nos haga atravesar una prueba severa, nos revelará la
fortaleza o debilidad de nuestra fe, y la fidelidad de Dios. Si por gracia mostramos una
fe fuerte, eso nos debe alentar a que es real y que se puede volver más fuerte en la
medida en que continuemos viendo al Señor en las pruebas (vea Job 42:1-6).
La lección de la humildad
Si usted tuviera que llevar a cabo un estudio sobre qué profesión carecía más de
humildad, es muy probable que las personas con las que hablara seleccionaran a los
atletas. Los salarios absurdos a los jugadores, la cobertura televisiva dominante, y los
ejecutivos de negocios que son feroces competidores que manejan los equipos como
un elemento más de sus empresas lucrativas más grandes, han sustituido a los nobles
deportistas que poseían integridad y los elevados ideales de imparcialidad, espíritu de
equipo, y sacrificio. No podemos imaginarnos a muchas de las superestrellas de hoy
día actuando con humildad o mansedumbre ante una gran adversidad o una
interrupción maligna que pone fin a su carrera. De un telón de fondo tan negativo,
consideremos brevemente un ejemplo positivo de humildad del pasado.
Lou Gehrig fue uno de los jugadores más grandes de la historia del béisbol. Su carrera
como primera base con potencialidad como bateador en el equipo de los Yankees de
Nueva York terminó casi antes de la Segunda Guerra Mundial. En 1939 se vieron
terminados sus días de jugador por la aparición de una rara enfermedad mortal de los
nervios y músculos, esclerosis lateral amiotrófica (conocida popularmente como “la
enfermedad de Lou Gehrig”). Gehrig se comportó muy bien en medio del sufrimiento
y la decepción personal. Su conducta ejemplar culminó delante de una multitud de
más de 60.000 personas en el estadio de los Yankees el 4 de julio de 1939: “El día de
Lou Gehrig”. En el terreno delante de un grupo de micrófonos que transmitían su voz
a otros millones de oyentes, Lou Gehrig concluyó sus observaciones diciendo: “Hoy,
me considero el hombre más afortunado de la faz de la tierra”. ¡Qué planteamiento a
la luz de sus circunstancias! Su salud se deterioró de forma estable a partir de ese día
hasta su muerte dos años más tarde.
Hasta donde sabemos, Lou Gehrig no era creyente. ¿No debería reaccionar de la
misma manera un creyente cuya vida y eternidad está controlada para bien y gloria
por Dios, en caso de verse enfrentando la misma prueba? Deberíamos reaccionar de la
misma manera si consideramos que una segunda razón por la que Dios envía las
pruebas es para humillarnos. Él usa el sufrimiento para recordarnos que no confiemos
en nuestra fortaleza espiritual más de lo que debemos (Ro. 12:3).
El testimonio maravilloso del apóstol Pablo en 2 Corintios 12 proporciona una de las
mejores ilustraciones de las Escrituras sobre este principio: “Y para que la grandeza
de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi
carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca
sobremanera” (v. 7) Pablo estaba consciente de las revelaciones sobrenaturales que
había tenido el privilegio de ver, oír, y experimentar como parte de su ministerio. Él
había visto a Jesús exaltado en varias ocasiones después de su resurrección e incluso
fue recibido en el tercer cielo. Como resultado, Pablo fácilmente podía haberse tenido
en más alta estima de lo que era prudente y aceptable para Dios.
Para preservar su humildad. Dios literalmente azotó a Pablo con un problema crónico
muy doloroso: “un mensajero de Satanás”. Eso nos dice que el “aguijón en mi carne”
era una persona. “Mensajero” es angelos en griego, y en ocasiones se traduce como
“ángel”. La palabra se usa 188 veces en el Nuevo Testamento y siempre se refiere a
una persona. En 2 Corintios 12 probablemente se refiera a un hombre víctima de
posesión demoníaca que dirige la arremetida contra Pablo en Corinto.
La naturaleza misma del problema de Pablo no es tan importante como lo que Dios le
estaba haciendo entender a él y a nosotros. Cuando se nos bendice en lugares de
servicio espiritual. En ocasiones Dios considera necesario permitir que los mensajeros
de Satanás nos apaleen para mantenernos siendo humilde. Tales problemas nos
recuerdan que en nosotros mismos no tenemos fuerza alguna y Él es quien nos
permite ministrar. El poder divino se libera a través de debilidades como esas. Cuando
nos encontramos desprovisto de toda fuerza, tenemos que reposar en la suya. Por eso
Pablo decía: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la
debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que
repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las
debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque
cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co. 12:9 - 10).
La lección de rechazar el materialismo
A pesar de las varias fluctuaciones, reducciones, y expectativas económicas cada vez
menores que han ocurrido en los últimos años, todavía vivimos en una sociedad
materialista. Los creyentes de los Estados Unidos y de otras sociedades
industrializadas tienen estándares de vida muy elevados comparados con el resto del
mundo. Las comodidades familiares, para no mencionar los nuevos productos y
servicios, nos hace caer en un estado de desahogo y nos convencen de que no
podemos vivir sin ellos. Nuestra vida cotidiana con tanta rapidez gira en torno a las
posesiones: autos, computadoras, muebles, electrodomésticos, inversiones financieras.
Todos nos vemos tentados a caer en la trampa de la que Jesús nos advirtió en Mateo
6:24: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al
otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las
riquezas”. Las riquezas materiales impedían que el joven rico entrara en el reino de
Dios (Mr. 10:17-22).
Por el hecho de que el materialismo puede constituir un tropezadero tal para los
creyentes, una seria reflexión de estos asuntos conlleva a una tercera razón para que el
Señor nos someta a pruebas: Para desligarnos de las cosas del mundo. Mi
observación consiste en que la mayoría de los cristianos maduros, en la medida en que
transcurren los años, le atribuirán cada vez menos importancia a las cosas temporales
que han acumulado. En cierto momento esas cosas eran lo que más se deseaba en la
vida, pero gradualmente pierden esa prioridad en la medida que se da cuenta de que
no pueden resolver problemas importantes ni aliviar grandes preocupaciones.
Cuando Dios envíe ciertas pruebas o sufrimientos a nuestras vidas, confirmarán la
insuficiencia de las cosas materiales para suplir las necesidades más imperantes o para
proveer cualquier clase de recursos verdaderos para nuestro período de estrés y dolor.
Mediante este proceso el Señor nos revelará nuestra necesidad de desligarnos de las
riquezas y posesiones mundanas. O puede que hasta constate lo que muchos de
nosotros ya hayamos observado, que las posesiones mundanas y las experiencias
temporales son cada vez menos importantes para nosotros cuando nos acercamos cada
vez más a Él.
Moisés constituye un ejemplo bíblico maravilloso de alguien que aceptó la necesidad
de desligarse de la dependencia de las posesiones terrenales. Hebreos 11:24-26
contiene un comentario conciso del Nuevo Testamento sobre lo que le sucedió a él:
“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón,
escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites
temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los
tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón”.
Moisés se había criado durante cuarenta años en la familia de Faraón y había recibido
la educación de un príncipe de Egipto. Había ascendido a la cima de la sociedad de
una superpotencia de puntera de su época. No obstante, retiró sus ojos de su posición
terrenal de prestigio y participó de los sufrimientos de sus compatriotas, los israelitas,
a quienes oprimían como esclavos. En efecto el Señor hizo de la prueba de Israel la
prueba de Moisés y lo desligó de las cosas mundanas.
La lección de la esperanza eterna
Un cuarto propósito que tiene el Señor al enviar pruebas es Llamarnos a una mayor
concienciación de nuestra esperanza eterna. Para expresarlo con mayor sencillez, las
pruebas nos hacen anhelar el cielo. Considere la muerte de un ser querido que era
creyente. Si ese ser amado (cónyuge,
hijo, algún otro pariente o amigo íntimo) es llamado al cielo, y usted acepta y admite
la soberanía de Dios, sin ningún tipo de variación centrará su corazón y su mente en
las cosas eternas. Rápidamente desarrollará una relación desinteresada y sin
compromiso con este mundo pasajero. Romanos 8:18-24 respalda maravillosamente
este pensamiento:
Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con
la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la
creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue
sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en
esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de
corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la
creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino
que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros
también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de
nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvos.
El apóstol Pablo sustenta aún más esta premisa en 2 Corintios 4:16-18, donde hace
referencia de sus propias experiencias y resume los resultados de sus pruebas:
Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va
desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve
tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso
de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las
cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.
En 2 Corintios 5:1-8, Pablo agrega:
Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere,
tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por
esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial;
pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos
en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados,
sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Mas el que nos hizo para
esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu. Así que vivimos
confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos
ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más
quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor.
Incluso aparte del contexto de las pruebas y los sufrimientos, Pablo nos exhorta a
poner la mira “en las cosas de arriba” (Col. 3:1-2).
La lección del primer amor
Dios también usa las pruebas y los sufrimientos con el propósito muy importante de
mostrarnos lo que realmente amamos. Esa era una parte de la prueba del Señor a
Abraham en Moriah. La gran pregunta que Abraham tuvo que responder fue ¿Amas tú
a tu hijo Isaac más que a Dios o amas a Dios más que a Isaac? En esa situación la
respuesta fue crucial porque Dios estaba preparado para quitarle a Isaac a Abraham si
eso le confería a Dios el primer lugar en la vida de Abraham. El Señor también nos
prueba para mostrarnos el objeto de nuestro primer amor (Dt. 13:3; vea también 6:5;
Mt. 22:36-37). Jesús, saca este asunto del primer amor a colación: “Si alguno viene a
mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y
aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:26).
Éste es un planteamiento extremadamente duro si lo asimila literalmente. Pero Jesús
no está diciendo que usted debiera odiar a todo el mundo incluso a usted mismo; Él
está diciendo que los creyentes deben amar tanto a Dios y a Cristo que, en
comparación, parecerá que se aborrecen a sí mismos y a sus familias. Si los cristianos
no están dispuestos a poner su interés personal más íntimo muy por debajo de los
intereses de Cristo, eso revela entonces falta de amor supremo hacia Dios y que no
merecen ser llamados discípulos de Cristo.
Por ende, si usted quiere ser completamente obediente a Cristo, habrá ocasiones en
que necesite echar a un lado alguna o todas las peticiones de sus familiares que le
impidan tener a Dios como la primera prioridad. Dios podría pedirle que tomara esa
dificilísima decisión para probar su lealtad. Él quiere que usted pase la prueba, como
lo hizo Abraham, y así demostrar que Él es su primer amor.
La lección de las bendiciones de Dios
Hay otro propósito de las pruebas y el sufrimiento que resulta muy útil: nos enseñan a
valorar las bendiciones de Dios. Las pruebas les enseñan a los cristianos que la
obediencia es a toda costa, incluso en medio de una prueba difícil, conlleva a las
bendiciones de Dios. El raciocinio dice, toma lo que puedas tomar del mundo y
andando. La sensación y el sentimiento dicen, haya placer a cualquier precio. Pero la
fe dice, obedece la Palabra de Dios y sé bendecido.
Jesús ilustra este propósito perfectamente en Hebreos 5:7-9:
Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y
lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y
aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido
perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.
Filipenses 2:8-9 ratifica esta verdad sobre Jesús de otra manera: “y estando en la
condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y
muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre
que es sobre todo nombre”.
El hecho de que Jesús fuera completamente hombre así como completamente Dios, no
lo eximía del dolor y la dificultad mientras se encontraba en la tierra. Él fue llamado a
ser el Siervo sufriente (Is. 53). Jesús aprendió el significado íntegro de la obediencia
por lo que sufrió, incluso la muerte en la cruz (vea nuevamente He. 5:8), y por esa
obediencia fue exaltado por Dios. El camino a la bendición se transita con frecuencia
por medio del sufrimiento, pero siempre por medio de la obediencia.
La lección de la empatia con otros
Algo que todas las personas pueden apreciar es la capacidad de otros para comprender
e identificarse con su situación, problema, experiencias inusuales, o sufrimientos
específicos de la vida. Ya sea pasar algún tiempo en el hospital y encargarse de que
los médicos y enfermeras comprendan el dolor que lo aqueja, o enfrentarse a una
muerte o desastre y encargarse de que un amigo sensible sepa lo que usted siente
mientras se enfrenta a la presión, resulta tranquilizador cuando otros pueden
establecer lazos de empatia con usted. Y ese es otro propósito valioso del sufrimiento:
permitirnos ayudar a otros en su sufrimiento.
En los versículos iniciales de la segunda epístola a los corintios, Pablo dice que Dios
“nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros
consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que
nosotros somos consolados por Dios” (1:4). En ocasiones la razón de Dios para
permitir que las pruebas y los sufrimientos nos sobrevengan es para que podamos
ministrar mejor después a otros que sufren.
Nuevamente el autor de Hebreos nos dice cómo Jesús ejemplifica uno de los
propósitos del sufrimiento. Por medio de sus propias pruebas y sufrimientos como el
hombre perfecto, Jesús como nuestro Sumo Sacerdote puede compadecerse de
nuestras debilidades y sufrimientos (2:18; 4:15). Él reveló su empatia hacia Pedro
durante la Última Cena: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para
zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez
vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc. 22:31-32).
La lección de la fortaleza imperecedera
Finalmente, creo que Dios permite las pruebas y sufrimientos para desarrollar en
nosotros una fortaleza imperecedera para mayor utilidad. El puritano Thomas
Manton dijo en una ocasión: “Cuando todo está tranquilo y estable, vivimos por
medio de los sentidos y no por la fe. Pero la valía de un soldado no se conoce nunca
en tiempos de paz”. La verdad de ese planteamiento se ha confirmado muchas veces a
lo largo de la historia de los conflictos militares, incluso la experiencia de
Norteamérica con equipamiento de alta tecnología durante la guerra del golfo pérsico.
Cuando los Estados Unidos emplazaron sus fuerzas en la región del Golfo a finales de
la década del 90 para hacer frente a la invasión iraquí a Kuwait, surgieron
interrogantes en cuanto a cómo se comportarían varios misiles sofisticados en
situaciones de combate reales. Este armamento se había probado experimentalmente
solo durante la década anterior, pero hacía casi veinte años que los Estados Unidos no
habían participado en una guerra de envergadura (Vietnam). Sin embargo, para la
satisfacción y alivio de los líderes civiles y militares, el Patriot y los misiles crucero
se comportaron de maravilla en los dos meses que duró el conflicto del Golfo. No se
podía probar toda la valía de ese armamento en condiciones de entrenamiento. La
presión de las condiciones reales del campo de batalla y la oposición enemiga real son
los que probaron la eficacia y confiabilidad de los misiles.
A la inversa, las situaciones de guerras intensas también revelan desperfectos en
equipamiento o defectos en el comportamiento de las tropas. Basados en estas
observaciones, se pueden hacer mejoras. Asimismo, la vida cristiana es una guerra
constante (Jn. 17:9-19; Ef. 6:10-18). Dios nos pone en situaciones difíciles de la vida
para purificarnos y ayudarnos a crecer (vea Jn. 15:1-2). AL movernos de una prueba a
otra, nuestros músculos espirituales se ejercitan, se fortalecen, y se vuelven más útiles.
Todo este proceso edifica nuestra resistencia espiritual, la que nos hace mucho más
eficaces en el ministerio futuro. Recuerde lo que nos enseña el apóstol Santiago:
Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo
que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra
completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna (1:2-4).
El Señor envía pruebas y sufrimientos a la vida del cristiano por varias razones y con
varios propósitos. Las razones pueden variar desde fortalecer nuestra fe, recordarnos
nuestra esperanza celestial hasta desarrollar en nosotros una fortaleza imperecedera
para mayor utilidad. En ocasiones Dios usa más de uno de estos propósitos a la vez.
Como vimos al principio del capítulo. Dios es soberano, y Él usa todos estos
propósitos valiosos dentro del campo de aplicación de su gran plan con nosotros.
Conocer las verdades maravillosas de este capítulo con respecto al uso que Dios le da
a las pruebas, los sufrimientos, y persecuciones constituyen un consuelo, pero esto es
tan solo un aspecto de nuestro estudio. Existe aún la otra cara de la moneda: el aspecto
difícil y problemático de la aplicación. La interrogante práctica que queda es: Sé que
debo triunfar a través del reconocimiento de los propósitos soberanos de Dios en esta
prueba, pero ¿cuál es el camino a tomar para llegar a ese triunfo? Estoy dispuesto,
pero ¿cómo? Y aún podríamos preguntar. ¿Qué cualidades mentales y emocionales
son necesarias y útiles al enfrentarnos a la situación? El resto de este libro intentará
proveer respuestas bíblicas para esas interrogantes. Comenzaremos analizando
algunos grandes modelos de conducta y cómo resistieron el sufrimiento de una
manera piadosa.
Dos
Ejemplos de fe en el fuego
Vivimos en una era en la que se ha vuelto común,
fundamentalmente para los niños y los jóvenes, buscar héroes o modelos de conducta.
La cultura de los medios audiovisuales y de difusión masiva, a la que al parecer le
sientan bien las noticias y el espectáculo, se la pasa rotando constantemente a
personas por el candelero de la celebridad. Unos permanecen allí por períodos
prolongados, otros vienen y van con alguna moda o corriente específica. A muchas de
las personalidades del campo del deporte y el espectáculo se les ve como modelos de
conducta o se les adora como a héroes basados en ese tipo de reconocimiento de los
medios de difusión. Tanto los cristianos como los que no lo son, los admiran por su
éxito, riquezas, inteligencia, poder, influencia, carisma, o alguna combinación de estas
características. Ese tipo de admiración ignora las preguntas de Pablo en 1 Corintios
1:20: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de
este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?” Las cualidades que nos
resultan impresionantes a la mayoría de nosotros son las cosas que raras veces Dios
considera como importantes. Los creyentes de hoy día se olvidan con facilidad de
buscar en las Escrituras modelos de conducta y pasan por alto o evitan buscar
ejemplos de cómo las personas de la Biblia lidiaban, tanto positiva como
negativamente, con los sufrimientos, las pruebas, y las persecuciones.
La ventaja de los modelos de conducta bíblicos
En la medida en que nos esforzamos por llevar vidas piadosas en medio de un mundo
hostil, y a pesar de la variedad de contratiempos que podrían desalentarnos, es
necesario que recordemos que los creyentes a través de la historia pusieron su mira en
las vidas de grandes figuras de las Escrituras como sus modelos supremos de
conducta. El historiador John Woodbridge escribe:
¿A quién podemos volver nuestros ojos en busca de un mejor modelo si estamos
decepcionados de los valores que se difunden en la cultura en general? Obviamente, el
modelo más importante del cristiano es el propio Jesucristo. El autor de la Epístola a
los hebreos nos da el buen consejo de mantener nuestros ojos puestos en Él: “. . .
despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la
carrera que tenemos por delante”. (He. 12:1b-2). El mismo autor también nos
proporciona un conjunto de modelos de conducta para nuestra reflexión en su lista de
hombres y mujeres de fe: Abel, Noé, Abraham, Moisés, Rahab, David, y otros. Estos
personajes bíblicos, a pesar de sus muchas debilidades, vencieron adversidades
enormes por medio de su fe (He. 11) (More Than Conquerors [Más que vencedores]
[Chicago: Moody, 1992], 9-10).
Nos resulta fácil y además natural querer aprender de las buenas características y de
los logros exitosos de los héroes de la fe. La mentalidad de “solo éxito” que tan
dominante resulta en nuestra cultura ha afectado ciertamente a la iglesia evangélica.
Eso es solamente uno de los varios factores que hacen que los creyentes no
comprendan todo el consejo de Dios sobre varios asuntos clave.
Si estudiamos sencillamente los aspectos positivos de las vidas de los modelos de
conducta bíblicos, no veremos cómo el poder del sufrimiento moldeó su carácter. Yo
oro por que usted logre un equilibrio y comprenda algunos aspectos importantes en la
medida que analicemos algunos grandes ejemplos bíblicos de cómo lidiar con los
sufrimientos, las pruebas, y las persecuciones en los próximos capítulos.
Esteban, el primer mártir cristiano
Desde el punto de vista de analizar su posición estratégica en el plan de Dios, la
trascendencia de Esteban se encontraba en el mismo nivel de la de Moisés. Él
desempeñó un papel crucial durante una época de transición importante para la iglesia
primitiva. Fue la muerte de Esteban la que hizo que los creyentes de Jerusalén se
esparcieran a otras partes del mundo como testigos (Hch. 8:1). Pero el ministerio de
Esteban en Hechos 6-7, antes de su muerte, también fue crucial. Por el hecho de
haberle predicado a otros judíos greco-hablantes en Jerusalén, Esteban se convirtió en
el puente de la iglesia primitiva desde Pedro, el apóstol de los judíos, hasta Pablo, el
apóstol de los gentiles. Esteban fue realmente la transición entre la evangelización de
Jerusalén y la evangelización del mundo.
Esteban no solo era un evangelista poderoso, sino que también era uno de los
defensores más elocuentes de la fe cristiana que haya servido a la iglesia. Así es como
Lucas describe el misterio de Esteban:
Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el
pueblo. Entonces se levantaron unos de la sinagoga llamada de los libertos, y de los de
Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de Asia, disputando con Esteban. Pero no podían
resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba (Hch. 6:8-10).
Esos judíos greco-hablantes estaban molestos con Esteban porque él exponía de un
modo tan convincente e inflexible sobre Jesús y el Nuevo Pacto como el sustituto del
sistema religioso del viejo pacto de los judíos. La oposición de los judíos rápidamente
alcanzó un nivel de furia ciega que solo se podía satisfacer con sangre; la de Esteban
como el primer mártir cristiano (Hch. 7:57-60).
El ministerio relativamente breve de Esteban constituye en sí, una inspiración para los
creyentes modernos. Aún así, su excelencia como modelo de conducta se demostró
principalmente mediante su muerte. Podemos aprender muchísimo de su carácter
cuando analicemos cómo respondió al verse confrontado por la persecución y la
muerte violenta. Esteban desinteresada y valientemente hizo lo correcto y proclamó la
verdad, a pesar de las consecuencias.
Gracia en el sufrimiento
Al describir la elección de los primeros diáconos. Hechos 6:5 denomina a Esteban
“varón lleno de fe y del Espíritu Santo”. Implícito en el término “fe” está la idea de la
gracia o favor de Dios. En realidad, Hechos 6:8 crea esta frase a partir del versículo 5
y dice que Esteban estaba “lleno de gracia y de poder”. Aquellos que tienen fe y al
Espíritu —lo que sería todos los creyentes— también tienen lo que merecen de gracia
y poder. Esteban ciertamente estaba lleno de toda la gracia que él necesitaba para
cualquier situación (vea 2 Co. 12:9; Stg. 4:6; 1 P. 2:20; 3:14; 4:14).
El tipo de gracia de la que hablamos es la gracia de la bondad hacia otros, y por fe
Esteban definitivamente la tenía. Esa puede ser parte de la razón por la que la iglesia
de Jerusalén lo escogió como uno de los primeros diáconos, con una responsabilidad
inicial de ayudar a las viudas descuidadas.
Esteban mostró esta gracia para con otros de una manera mucho más poderosa justo
antes de morir. En Hechos 7:60 mientras los judíos lo apedreaban, golpeándolo en la
cabeza y en el cuerpo, Esteban se arrodilló, miró al cielo, y exclamó: “Señor, no les
tomes en cuenta este pecado” Tanta gracia solo puede provenir del Señor. ¿Cómo
podría un ser humano expresarles palabras tan favorables a aquellos que lo estaban
matando? Este tipo de respuesta llena de fe y gracia de parte de Esteban fue el
resultado de su creencia en que Dios soberanamente tenía el control de su vida y
muerte. Es por eso que Esteban no se preocupó por protegerse; él murió feliz y
apaciblemente en la voluntad de Dios. Él sencillamente confió en el plan general que
Dios tenía para él y no se defendió para salvarse (cp. Gn. 50:20; Jer. 29:11).
Serenidad en el sufrimiento
Cerca del comienzo de su persecución fatal a manos de los judíos incrédulos, Esteban
mostró otra señal extraordinaria de que el episodio no era un evento común. Hechos
6:15 dice: “Entonces todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en
él, vieron su rostro como el rostro de un ángel”. Su expresión facial debe haber sido
una de las reprensiones más incomprensibles y aún así más maravillosas que se haya
expuesto contra una intimidación y persecución tan impía, mentirosa, y atroz.
Seguramente los oponentes de Esteban se quedaron atónitos y confundidos por una
reacción tan atípica. La respuesta humana normal, la que muchos creyentes podrían
mostrar en una situación semejante, habría incluido preocupación, estrés, y quizás ira.
La extraordinaria respuesta piadosa de Esteban a su trato injusto (“y arremetiendo, le
arrebataron”, v. 12) y las acusaciones falsas y tergiversadas (v. 11) que le hicieron,
nos proporciona otro ejemplo de cómo conducirse en medio de la más difícil de las
circunstancias. La expresión serena y tranquila del rostro de Esteban proporciona más
evidencia de que estaba lleno del Espíritu y que tenía una relación íntima con Dios.
No podemos saber cómo habría lucido exactamente el rostro angélico de Esteban,
pero creo que en esencia manifestó una tranquilidad y gozo sobrenaturales como
resultado de estar envuelto por la gloria de la presencia de Dios. El apóstol Pedro dice:
“Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso
Espíritu de Dios reposa sobre vosotros” (1 P. 4:14). Esteban tenía radiando de su
rostro la gloria de Dios, es por eso que su expresión fue una reprensión tan increíble
para aquellos judíos incrédulos, que alegaban conocer a Dios.
El otro hombre que reflejó la gloria de Dios en su rostro fue Moisés (Éx. 33:7-11, 17-
23; 34:29-35). La ironía de esto para los enemigos de Esteban fue, que aunque ellos lo
acusaban falsamente de blasfemia contra Moisés, de inmediato Dios reflejó su gloria
desde el rostro de Esteban (Hch. 6:11-15). De hecho, eso ubicó a Esteban al mismo
nivel de Moisés (ya hicimos alusión a esto anteriormente en el capítulo) y reveló que
Dios aceptó a Esteban como mensajero del Nuevo Pacto. En el momento apropiado
Dios hubo aceptado a Moisés como el representante del Viejo Pacto, pero ahora le
tocaba a Esteban ser el representante de Cristo (vea 2 Co. 3:7-11).
Piedad en el sufrimiento
Una verdad que se halla tanto explícita como implícitamente en todo nuestro breve
estudio de Esteban es su elevado nivel de piedad. Ya hemos visto en Hechos 6:5 que
él estaba lleno del Espíritu Santo. También se le describe de esa manera en Hechos
7:55, después de su sermón y cuando los judíos, en su extrema furia de incredulidad,
están a punto de atraparlo por última vez. La realidad de estar lleno del Espíritu
tiene gran aplicación para nosotros cuando consideremos enfrentar el sufrimiento y la
persecución en nuestras vidas.
Hechos 7:55 dice: “lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria
de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios”. La traducción de “lleno” a partir de
la forma verbal del griego pleroo, proporciona un buen reconocimiento al significado
de estar lleno del Espíritu. Literalmente, Esteban estaba continuamente siendo llenado
(o lleno de) con el Espíritu Santo. Él estaba lleno del Espíritu Santo en Hechos 6, es
por eso que la iglesia lo escogió como diácono. Constantemente estaba siendo llenado
del Espíritu mientras ministraba. Y aún estaba lleno del Espíritu al final de Hechos 7.
Esta comprensión de llenar como una acción continua, concuerda con el mandato de
Pablo en la segunda parte de Efesios 5:18: “antes bien sed llenos del Espíritu”. Aquí el
griego pleroo debería traducirse literalmente “mantenerse estando lleno”. Todos los
cristianos deben estar continuamente llenos del Espíritu Santo y por ende controlados
por el Espíritu Santo.
Por el hecho de que hay tanta confusión, mala interpretación, y falsa doctrina en la
actualidad con respecto a la plenitud del Espíritu del Espíritu en la vida del creyente,
se nos hace necesario desarrollar un poquito más el papel del Espíritu Santo. Un dicho
relacionado con la informática dice: “Basura que entra, basura que sale”. De un modo
semejante, estamos controlados por lo que llena nuestras mentes. Si dejamos que el
Espíritu Santo controle nuestras mentes, seremos controlados y renovados por Él y
mostraremos una conducta piadosa. El mandato de Efesios 5:18 no quiere decir que
tengamos alguna clase de experiencia mística. Sencillamente significa que los
creyentes deben dejar que sus vidas sean controladas por el Espíritu de Dios. Con
frecuencia se usa pleroo en los Evangelios para significar estar lleno de cierta actitud,
como ira o amargura. Por lo general podemos mantener un equilibrio entre la ira y la
felicidad. Pero si nos llenamos de ira perdemos ese equilibrio y somos dominados por
la ira. Asimismo, si somos cristianos debemos ser controlados por el Espíritu.
Esteban, al mantener su condición de excelente modelo de conducta, encaja en el ideal
de alguien totalmente y continuamente lleno y controlado por el Espíritu. Él no tuvo
que hacer ningún tipo de ajustes ni tomarse unos pocos minutos finales para hacer un
inventario espiritual cuando vio que iba a morir. Al parecer él había llevado una vida
consecuente y llena del Espíritu desde que se convirtió en creyente. Por ende, era
natural que Esteban reaccionara de un modo tan confiado y piadoso ante la
persecución y la muerte. Deberíamos poder manejar el sufrimiento hoy día —el cual
por lo general es mucho menos intenso— de la misma manera porque el mismo
Espíritu Santo que está en nosotros es el mismo que estaba en Esteban.
El problema nuestro puede ser que no creamos que podemos manejar una situación de
crisis como la de Esteban. Pero una duda como esa está injustificada. Revise
nuevamente 1 Pedro 4:14 donde Pedro dice en respuesta a la persecución que “sois
bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros”. De esto
podemos inferir que Dios provee para nosotros de una manera especial cuando nos
enfrentamos a una prueba o persecución severa. Es como si derramara su Espíritu
sobre nosotros en una porción doble en momentos de crisis. Ciertamente eso fue lo
que le sucedió a Esteban en Hechos 7, a incontables miles de otros mártires a lo largo
de la historia de la iglesia, y a usted y a mí cuando nos enfrentamos a dificultades.
Dios es más que suficiente para suplir todas nuestras necesidades en momentos como
esos (Fil. 4:13). Es por eso que no tenemos razón lógica para temer ni acobardarnos
ante la posibilidad de sufrir por el nombre de Cristo.
Otra evidencia que demuestra la piedad de Esteban en la persecución fueron sus dos
respuestas en Hechos 7:55-56. Él miró a Jesús y con confianza testificó que lo veía a
la diestra de Dios. Apartó su vista de sus circunstancias difíciles y fijó sus ojos en
Jesús. Eso anticipa la exhortación de Pablo: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo,
buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la
mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col. 3:1-2).
La visión espiritual de Esteban era increíble, sin duda alguna como resultado de estar
“lleno de fe y del Espíritu Santo”. Esa visión le permitía tener una revelación del
Salvador resucitado y saber con seguridad que sería recibido en el cielo en el
momento en que muriera. No experimentaremos una revelación o visión como esa de
Jesús en esta vida, pero por medio de los ojos de la fe siempre podremos verlo y saber
que Él está con nosotros en los tiempos más difíciles (Jn. 14:26-27; Hch. 2:24-25; He.
13:5-6).
Esteban, a pesar de su carrera ministerial bien corta, figura entre los gigantes de la fe.
Quizás solo el Señor Jesús, el modelo de conducta perfecto, y Pablo (2 Co. 11:23-31)
podría superar a Esteban como modelo de cómo lidiar con el sufrimiento. Esteban
definitivamente se aferró a las siguientes palabras de David de siglos atrás:
A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré
conmovido. Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también
reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu
santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud
de gozo; delicias a tu diestra para siempre (Sal. 16:8-11).
Daniel y sus tres amigos
El libro de Daniel es uno de los más importantes del Antiguo Testamento, ya que
aborda muchas visiones y profecías de los tiempos del fin. Pero también contiene
mucho material histórico valioso que tiene aplicación directa en nuestras vidas. La
narrativa histórica se centra en cuatro jóvenes judíos que se encontraban entre los
exiliados en Babilonia:
Daniel (autor y personaje protagónico del libro) y sus tres amigos Ananías, Misael y
Azarías (más conocidos por sus nombres caldeos Sadrac, Mesac y Abed-nego). Estos
hombres fueron jugadores de puntera en algunas de las historias bíblicas más
conocidas que proporcionan elementos importantes para nuestro estudio de los
modelos de conducta y el sufrimiento.
En uno de sus libros de texto, un naturalista eminente describe una planta marina que
crece desde una profundidad de 45 a 60 metros y flota sobre las grandes olas del mar.
El tallo de esta planta mide menos de 2,5 centímetros de espesor, aún así crece y se
sabe defender de los fieros embates de las grandes olas que se estrellan contra la
orilla. ¿Cuál es la clave de la maravillosa resistencia y aguante de esta planta
aparentemente frágil a la presión de las olas? Según el naturalista la delgada planta
sobrevive tan bien entre los elementos, porque está anclada con solidez a las rocas que
yacen en el fondo del mar.
Resulta sorprendente cómo los creyentes pueden soportar los golpes aplastantes de las
olas de la vida si también están anclados apropiadamente. No importa cuan débil
pueda parecer nuestra fe, cuando está anclada a las promesas indefectibles de la
Palabra de Dios, podemos soportar el más fuerte de los embates y el más difícil de los
sufrimientos. En el caso de Daniel y sus amigos, podemos ver que aunque sus pies
estaban puestos en Babilonia, sus mentes estaban en el cielo. Sus corazones y sus
mentes estaban dedicados a los absolutos de Dios y por eso estaban dispuestos y
podían hacerles frente y resistir las presiones de una sociedad pagana.
El horno y los amigos de Daniel
En la lucha que supone la vida cristiana necesitamos decidir, basados en la Palabra de
Dios, lo que resulta esencial y lo que no. Necesitamos llegar al lugar donde podamos
trazar la línea de la convicción y determinar no caer debajo de ella. De esta manera
podemos obrar a partir de la fortaleza del principio interno y no de la intimidación de
la presión externa en tiempos de crisis y problemas.
Daniel y sus amigos habían trazado dicha línea de convicción anteriormente mientras
se encontraban en Babilonia (Dn. 1:8). Determinaron no vacilar cuando se tratara de
los absolutos de la ley y de la Palabra de Dios y esa decisión los ancló a Dios, su roca
de confianza, y les permitió resistir todas las tormentas del cautiverio caldeo-
babilónico.
El exilio babilónico de los judíos comenzó cerca del 606 a. de C. Daniel y sus amigos
se encontraban entre el primer grupo de judíos deportados a Babilonia después de la
invasión inicial de Nabucodonosor a Judá. Los tomaron conjuntamente con muchos
otros de los mejores jóvenes de Judá como rehenes, para entrenarlos en la cultura
caldea para que fungieran como líderes de los cautivos judíos. Este liderazgo evitaría
que los judíos se rebelaran contra la toma del poder por parte de los babilonios. Los
hombres se elegían sobre la base de la habilidad física e intelectual y los modales. Los
babilonios querían preparar a los hombres para el servicio en sus cortes. Realmente,
era más bien una cuestión de reeducación, redefinición de la identidad, y reorientación
del estilo de vida, en esencia, un lavado de cerebro.
Los hombres no se resistieron al proceso educativo ni al cambio de sus nombres, pero
sí se resistieron al intento de reorientarlos a un estilo de vida pagano. La razón para
esto estaba muy en claro. No había mandato bíblico contra recibir una nueva
educación ni contra cambiar sus nombres, pero había un mandato bíblico claro que les
impedía adoptar el estilo de vida de Babilonia. Por ejemplo, no podían comer algunos
de los alimentos de los caldeos porque eso violaría ciertos planteamientos absolutos
de la Ley de Dios sobre la dieta y el alimento ofrecido a los ídolos. Así que Daniel y
sus tres amigos trazaron la línea donde Dios la había trazado. Conocían con precisión
la frontera más allá de la cual no podían y no pasarían.
Daniel y sus amigos, por comportarse en consecuencia y aún así con gentileza de
acuerdo con sus convicciones, se ganaron en gran medida el favor y respeto de
Nabucodonosor. Le habían prestado buena atención a las palabras de Proverbios
22:11: “El que ama la limpieza de corazón, por la gracia de sus labios tendrá la
amistad del rey”. Sin embargo, tal amistad demostró ser corta.
Ciertos sucesos descritos en Daniel 3 confrontan a los tres amigos de Daniel con un
dilema muy desesperante, una crisis de carácter mucho más dura que de restricciones
dietéticas (Dn. 1:8-16). Acá el asunto incluye la idolatría y darle a Dios el primer
lugar en la adoración. Los tres jóvenes sabían que la ley de Dios era bien clara:
considerar cualquier objeto de adoración como mayor que Dios era atroz ante sus ojos
(Éx. 20:2-6; Dt. 4:15-19).
En Daniel 2:31-35, Nabucodonosor soñó con una estatua grande e impresionante con
la cabeza de oro macizo y el cuerpo de plata, bronce, hierro, y barro. Quedó tan
cautivado por esa cabeza de oro, que lo representaba a él mismo (v. 38), que él
encargó edificar su propia estatua enorme y de oro macizo (3:1). Todo el proyecto era
completamente para el interés propio de Nabucodonosor: la gigantesca imagen lo
representaba a él y a su monarquía. Sencillamente estaba haciendo lo que tratan de
hacer todos los hombres que no conocen a Dios, primeramente, adorarse a sí mismo
como un dios. Y en este caso Nabucodonosor exigía que todos sus súbditos le hicieran
una reverencia y lo hacían, excepto los tres hombres. Se mantenían con firmeza en su
principio interno, basados en la Palabra de Dios, a riesgo de muerte: “cualquiera que
no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego
ardiendo” (v. 6).
Este acto de convicción, el cual al principio solo se infiere del texto de Daniel 3,
expuso a los tres jóvenes a una fiera oposición y persecución por parte de los caldeos.
Los caldeos ya estaban resentidos con Daniel y sus tres amigos por haberles dado
posiciones en el gobierno superiores a las de ellos (2:48-49). Daniel 3:12 resume sus
acusaciones contra los colegas de Daniel: “Hay unos varones judíos, los cuales pusiste
sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos
varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro
que has levantado”.
Al oír esta acusación, el rey Nabucodonosor entró en un ataque de ira y ordenó que les
trajeran a los tres donde él. Como si los hombres ya no se enfrentaban a suficiente
presión, los sometieron a un intento orgulloso y desesperado por forzarlos a cumplir la
orden del rey.
Los hombres no necesitaban realmente responder a las amenazas e intimidaciones de
Nabucodonosor, y en su mayor parte no lo hicieron. Su compostura y serena fortaleza
de carácter habría bastado como su única respuesta. Su silencio no era arrogancia,
pero sí era cierta una admisión tácita de la acusación de no adorar la imagen de oro.
Se dieron cuenta de que no había necesidad de malgastar tiempo justificando su
conducta ni llevando a cabo una autodefensa detallada. En su lugar, pronunciaron una
de las declaraciones más concisas y sublimes de fe de todas las Escrituras:
He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y
de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses,
ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado (Dn. 3:17-18).
Una vez más vemos el concepto del principio interno obrando en los tres jóvenes.
Primero pusieron los principios tan alto que podían estar parados cuando todos en la
gran multitud reverenciaban a la imagen de oro. Eso les permitía resistir la presión
externa de sus iguales que dice: “Adelante. ¿A la larga, qué importa? Todo el mundo
lo hace”. Segundo, anclaron su principio interno en Dios y su Palabra (Sal. 119:11).
Ellos sabían que lo que les sucediera a sus cuerpos no era problema, pero que sus
almas tenían que permanecer clavadas en la verdad de Dios. Como Job dijeron ellos:
“aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15).
La posición valiente de Sadrac, Mesac, y Abed-nego, pronto se puso a la prueba
extrema en el horno ardiente. Por la resistencia testaruda de Nabucodonosor hacia su
declaración, rápidamente se hizo evidente que Dios no los iba a sacar del fuego.
Ahora tenían que esperar que su liberación, si esa era la voluntad de Dios, viniera de
dentro del horno. Quizás estaban recordando las palabras de Jehová en Isaías 43:2:
“Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti”.
La postura valiente e íntegra adoptada por los tres hombres conllevó a la intervención
milagrosa del Señor. Daniel 3:24-25 nos narra que Nabucodonosor, ve un cuarto
hombre en las llamas. Puede que haya sido una aparición preencarnada de Cristo (cp.
Gn. 18:1-3) o puede que haya sido un ángel. Podemos inferir del pasaje, que era un
mensajero de Dios enviado para preservar a los hombres en medio del fuego.
Los tres amigos de Daniel constituyen un testimonio extraordinario de cómo el
principio y la convicción interna, fundamentados en la verdad de Dios, pueden
preparar a los creyentes y sustentarlos en medio de las más grandes persecuciones y
pruebas. Estos tres hombres recibieron la bendición añadida de evitar el daño físico,
aunque se encontraban en medio de condiciones que normalmente traen como
resultado la muerte instantánea.
Su testimonio fue tan inusual y tan poderoso que el rey pagano Nabucodonosor le dio
gloria a Dios: “Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió
su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del
rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios” (Dn.
3:28). Nótese la frase “entregaron sus cuerpos”. Esa es una prefiguración
sorprendente, en boca de un rey incrédulo, de las palabras del apóstol Pablo en
Romanos 12:1-2:
Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros
cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No
os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro
entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y
perfecta.
Sadrac, Mesac, y Abed-nego en sí fueron precursores de todos los creyentes del
Nuevo Testamento que hasta ahora han tratado de ser hombres y mujeres de
convicción interna y discípulos consecuentes con el patrón de Romanos 12. También
son modelos de conducta excelentes para nosotros cuando prevemos la adversidad en
este mundo.
Daniel en el foso de los leones
Daniel había servido como una especie de mentor para sus tres amigos. Ese papel
podría implicar superioridad de rango y exoneración de los tipos de dificultades y
presiones que sus amigos soportaron. De hecho, a Daniel no se le menciona en la
narrativa del horno ardiente y la imagen de oro. Pero años después, en el plan
soberano de Dios, el propio Daniel vería su vida en peligro a causa de sus
convicciones. Él también se convirtió en la diana de los intrigantes celosos que
odiaban la justicia. Daniel 6 señala que se había mantenido en el camino de la
excelencia en su carácter y servicio al gobierno: “Pero Daniel mismo era superior a
estos sátrapas y gobernadores, porque había en él un espíritu superior; y el rey pensó
en ponerlo sobre todo el reino” (6:3). El “espíritu superior” se refiere a la capacidad
de Daniel para interpretar sueños y visiones, pero también nos puede recordar sus
normas consecuentemente altas de actitud y conducta espiritual.
Por lo general hay precio a pagar por ocupar una posición de bendición y prominencia
en el ministerio. Al apóstol Pablo lo perseguían constantemente falsos maestros que
querían deshacer su obra en las iglesias (cp. Hch. 20:29-32) y aquellos que eran
envidiosos (Fil. 1:1220). Cuando Pablo se encontraba en prisión algunos de sus
enemigos querían empeorar su situación alegando cosas malignas de su ministerio.
Ciertas personas hasta se atrevieron a predicar a Cristo a modo de polémica en un
esfuerzo por socavar a Pablo. Resulta sorprendente y penoso, cómo otros pueden
sentir tanta ira, celo, y amargura contra líderes que no han hecho nada por ofenderlos
ni dañarlos. ¿Cómo es posible que sus contemporáneos odiaran a Daniel? Ciertamente
no podían hallar fundamento alguno en su carácter.
Cuando los adversarios de Daniel comenzaron a conspirar contra él, tuvieron que
hurgar más allá de las áreas de los intereses terrenales y el servicio al gobierno: “No
hallaremos contra este Daniel ocasión alguna para acusarle, si no la hallamos contra él
en relación con la ley de su Dios” (Dn. 6:5). Para acusarlo, los enemigos de Daniel
tuvieron que perseguirlo en el nombre de la justicia. Qué encomio para Daniel, que
sus enemigos no pudieran hallarle falta alguna en nada excepto su dedicación total a
su Dios.
La conspiración contra Daniel culminó cuando sus adversarios se las agenciaron para
aprobar una nueva ley que estaba relacionada con la lealtad de la persona al rey y a las
deidades. Hasta persuadieron al Rey Darío, quien para ese entonces había asumido el
trono de Nabucodonosor, de que lo hiciera un mandamiento judicial irrevocable,
según la famosa ley de los medos y los persas. Esta nueva ley hacía supremo al rey, lo
convertía casi en una deidad, y a todo el mundo se le prohibía pedirle a cualquier dios
u hombre que no fuera el rey, so pena de muerte. Por supuesto que este concepto
estaba dirigido fundamentalmente a Daniel, pero esto no lo desanimaría en su
obediencia a Dios.
El texto nos dice que Daniel siguió haciendo lo correcto: “Cuando Daniel supo que el
edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que
daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante
de su Dios, como lo solía hacer antes” (v. 10). Daniel se mantuvo firme sin tener en
cuenta las consecuencias de la nueva ley. Esa actitud se iguala a la de Pedro y Juan
cuando se rehusaron a dejar de proclamar la buena nueva de Cristo (Hch. 4:17-21).
Daniel podía haberse restringido y haber sido más discreto en sus disciplinas
espirituales diarias, pero no lo hizo. Él podía haber transigido, omitiendo su oración
diaria a Dios durante los próximos treinta días, pero no lo hizo. Con cualquier
transigencia se le habría tildado de interesado, y sencillamente eso no formaba parte
del carácter de Daniel. Su determinación fiel me recuerda la historia de Policarpo, uno
de los grandes padres de la iglesia primitiva, que sufrió el martirio en el año 155 d.C.,
después de ochenta y seis años como cristiano. Mientras sus enemigos se preparaban
para quemarlo en la hoguera en Esmirna, le dieron una última oportunidad para negar
al Señor y salvar su vida. Policarpo respondió con sosegada seguridad y voz firme:
“Ochenta y seis años le he servido, nunca me ha hecho daño alguno; ¿por qué debería
yo abandonarlo ahora?” Con esa expresión de dedicación a Cristo él aceptó las llamas
como la voluntad de Dios y murió con alabanzas en sus labios.
Daniel no se apartó de su patrón inicial de la devoción y la oración personal.
Finalmente sus enemigos lo atraparon, y se lo informaron al rey. Después de la
exposición de la desobediencia de Daniel al nuevo decreto, resulta interesante tener en
cuenta que las Escrituras no registran nada de lo que él pueda haber dicho o hecho en
su defensa. Es de suponer que no tenía nada que decir. Tenía tanta confianza en Dios a
través de los años que sencillamente se encomendó a Él.
Sorprendentemente, este pasaje describe que el rey Darío estaba muy preocupado por
el destino de Daniel. A pesar de su renuencia, y solo después de un intento fútil por
hallar una brecha en el nuevo edicto, Darío tuvo que ceder ante la presión de los
enemigos de Daniel y echarlo al foso de los leones, que era el medio de implementar
la pena de muerte. Sin embargo, cuando el rey llevó a cabo su resuelta obligación, él
le dijo a Daniel: “El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre” (v. 16).
Eso sugiere que Darío había recibido una influencia significativa de la vida y
ministerio de Daniel y estaba dispuesto a darle crédito al Dios verdadero, que es todo
cuanto Daniel habría deseado. El testimonio previo de Daniel en varias situaciones —
con respecto a los requisitos dietéticos, la interpretación de varias visiones— ahora
estaba reportándole buenos beneficios y le permitía permanecer en silencio delante del
rey.
Daniel no habló más hasta después que Dios tuvo la oportunidad de mostrar su poder
una vez más y libró a Daniel de los leones. En un sentido Daniel permitió que el
desempeño soberano de los sucesos reivindicaran primero a Dios y luego a él (vv. 17-
22). Las palabras del versículo 23 resumen el resultado de este relato conocido:
“Entonces se alegró el rey en gran manera a causa de él, y mandó sacar a Daniel del
foso; y fue Daniel sacado del foso, y ninguna lesión se halló en él, porque había
confiado en su Dios”.
Dimos inicio a este capítulo ratificando la importancia de los modelos de conducta
bíblicos como patrones piadosos de cómo comportarse en buenos y malos momentos.
En esta época de la historia de la iglesia, con su énfasis en la auto-imagen positiva, la
vida cristiana exitosa, y el sentirse bien con cualquier cosa que funcione para edificar
la iglesia, los creyentes tienden a fijarse en sí mismos o en modelos de conducta
contemporáneos en busca de fortaleza e inspiración. Aunque hay modelos de conducta
cristianos contemporáneos, ninguno puede sustituir a las personalidades bíblicas que
se enfrentaron tan noble y valientemente a la adversidad.
Existen semejanzas y diferencias entre los tres estudios monográficos de este capítulo:
Estos hombres se enfrentaron a varios grados de oposición por parte de sus enemigos
incrédulos, pero solo a Esteban se le exigió sufrir el dolor y la muerte física como
resultado de su difícil prueba. Aún así sobresale un tema en los tres estudios: cada uno
de los individuos mostró gran fe y determinación. Claro está, el objeto de su fe era
Dios. Su gran fe, la cual no se desarrolló de un modo aislado, produjo otra
característica común: una calma y confianza paciente en el Dios soberano en que los
sustentaría en momentos de crisis. Esos rasgos se repitieron en los testimonios de
Daniel y sus amigos al confiar en principios internos. Esteban y los hombres de
Daniel estaban preparados para las pruebas y sufrimientos a que finalmente se
enfrentaron.
Cuando hayamos superado nuestra tendencia de evitar o negar la existencia de
sufrimientos o pruebas, podemos empezar a darnos cuenta de que nos es posible
también a nosotros, lidiar con cualquier tipo de sufrimiento. Servimos al mismo Dios
que Esteban, Daniel, Sadrac, Mesac, y Abed-nego. Ellos constituyen ejemplos
superiores de creyentes que cultivaron un estilo de vida piadoso y con firmeza
pusieron a Dios en primer lugar, sin mirar a un lado ni al otro. Esos rasgos los
prepararon
bien para las pruebas y sufrimientos que soportaron. Encajan con autenticidad en el
patrón de Hebreos 12:1-2:
Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos,
despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la
carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de
la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el
oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.
Los ejemplos de la historia de las Escrituras nos deben motivar y alentar. Y esa
motivación es nuestra por medio de la fe en Cristo, no por medio de ninguna
metodología misteriosa ni complicada, que solo se encontraba disponible para
creyentes como Esteban o Daniel. Nosotros también podemos experimentar los
beneficios del poder del sufrimiento en nuestras vidas sin preocupación ni temor. Esta
confianza sencillamente crece en la medida en que, a diario, nos damos cuenta de que
como cristianos estamos “llenos de fe y del Espíritu Santo”.
Tres
Pablo: Un perfil en el sufrimiento
Muchos eruditos creen que el apóstol Pablo era la clase de persona que se habría
ganado un lugar significativo en la historia secular aunque no se hubiera convertido a
Cristo. Como Saulo de Tarso, un fariseo importante con un intelecto brillante y fuertes
rasgos de liderazgo, ya contaba con la potencialidad para dejar una huella perdurable
en el mundo mediterráneo del siglo primero. Pablo fue la persona más influyente
espiritualmente que haya vivido. Ciertamente los creyentes que aman la Palabra de
Dios, saben que Pablo ocupa la segunda posición solo después del Señor Jesús como
la figura dominante del Nuevo Testamento. Veinte de los veintiocho capítulos del
Libro de Hechos describen la vida de Pablo, incluso su conversión, ministerio inicial,
y viajes misioneros. El Espíritu Santo lo usó más que a cualquiera de los otros
apóstoles como autor de trece de las epístolas del Nuevo Testamento. La vida y obra
de Cristo se interpretan completamente en estas epístolas, y todos los creyentes a lo
largo de los siglos han hallado en sus epístolas la verdad que transforma vidas.
Son esas mismas razones las que hacen que analicemos ahora a Pablo, como otro
modelo de conducta de cómo enfrentar el sufrimiento. Pablo hasta se puso a sí mismo
de ejemplo para las iglesias. Contaba con la confianza inspirada por el Espíritu para
exhortar a los corintios: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1;
vea también 4:16; Fil. 3:17).
Pablo en verdad constituía un ejemplo digno del discipulado cristiano en todas sus
facetas variadas (Hch. 20:18-35; Fil. 3:1-16; 1 Ts. 2:1-12). Sin embargo, la carrera de
Pablo como apóstol y pionero de la fundación de iglesias no siempre estuvo marcada
por un progreso fácil. Más que cualquiera de los otros apóstoles, él sabía el
significado del sufrimiento y la adversidad. Herbert Lockyer dice lo siguiente:
Al seguir a Pablo de un país a otro (Ro. 15:19), nótese cómo él sufrió por el nombre
de Cristo en sus funciones misioneras. He aquí una lista para que usted reflexione con
su Biblia abierta:
Soportar toda clase de dificultades, enfrentándose a todo peligro extremo (2 Co.
11:23-27). Ser asaltado por el populacho, castigado por magistrados (Hch. 16:19-24;
21:27). Ser azotado, golpeado, apedreado, dejado por muerto (Hch. 14:19-20). Esperar
en todas partes una reavivación del mismo trato y de los mismo peligros (Hch. 20:23).
Al ser echado de una ciudad, predicaba en la próxima (Hch. 13:50-51; 14:5-7, 19-21).
Pasar todo su tiempo en la obra misionera, sacrificando por la misma sus placeres, su
tranquilidad, su seguridad (Hch. 20:24; Ro. 1:14-15; Fil. 1:20; 3:8). Mantenerse así
hasta la ancianidad, sin que la experiencia de la perversidad lo cambiara (Hch. 28:17);
ingratitud (Gá. 1:6; 4:14-20); daños (1 Co. 12:15); y desamparo (2 Ti. 4:10, 16). No
dejarse subyugar por la preocupación, la necesidad, el trabajo, ni la persecución, No
cansarse de confinamientos prolongados, sin consternarse por la posibilidad de muerte
(Hch. 21:13; 2 Co. 12:10; Fil. 2:17; 4:18; 2 Ti. 4:17).
En su conversión, a Pablo se le advirtió de las muchas cosas que tendría que sufrir por
el nombre de Cristo (Hch. 9:16), y cuando le llegó el momento de sufrir nunca suspiró
ni se quejó sino que se glorió en sus tribulaciones y se sentía más orgulloso de sus
heridas en batallas que un soldado de sus medallas y condecoraciones (Gá. 6:17).
¡Qué clase de guerrero y misionero era él! El mundo nunca ha visto algo igual (All the
Apostles of the Bible [Todos los apóstoles de la Biblia] [Grand Rapids: Zondervan,
1972], 219-20).
Conocer el gozo en medio del sufrimiento
El gozo es uno de los frutos de la vida controlada por el Espíritu, según Gálatas 5:22:
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe”. Se
nos da mandamiento de regocijarnos en todos los momentos y en todas las cosas:
“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Fil. 4:4); “Estad
siempre gozosos” (1 Ts. 5:16). Realmente existe una sola justificación para que los
creyentes pierdan su gozo, y eso es cuando pecan. Considérese lo que dijo David
después de su pecado: “Vuélveme el gozo de tu salvación” (Sal. 51:12).
Nunca debiéramos perder nuestro gozo por el malhumor, la amargura, o el
negativismo sencillamente porque las cosas no son como quisiéramos que fueran. No
obstante, resulta típico que los creyentes dejen que las circunstancias cambiantes de
las dificultades, las confusiones, las pruebas, los problemas económicos, los ataques,
los desacuerdos, las expectativas o ambiciones no cumplidas, las relaciones tirantes, y
así sucesivamente los saquen de su equilibrio y les roben su gozo.
En el capítulo 1 estudiamos los motivos por los que los creyentes experimentan las
pruebas y los sufrimientos, concluyendo que ellos deberían esperarlos y creer que el
Señor tiene un propósito bueno y glorioso con ellos. En medio de cualquier
circunstancia difícil se encuentra la lucha por mantener nuestro gozo. El apóstol Pablo
constituye un modelo real de éxito en esa lucha. El Nuevo Testamento no registra que
Pablo permitiera que ninguna circunstancia le quitara su gozo en el Señor. Por el
contrario, mientras mayor era la adversidad, más insistía él en expresar su gozo.
Pablo sentía gozo a pesar de la difícil oposición porque su meta y propósito
primordiales eran ver esparcirse la causa de Cristo. Tres aspectos que se derivan de su
epístola a los filipenses demuestran, cómo Pablo constituía un ejemplo de cómo
mantener su gozo en medio de las pruebas y el sufrimiento.
El gozo a pesar del problema
Pablo les escribió a los filipenses estando prisionero en Roma durante sus segundos
dos años de prisión (ya había pasado dos años en Cesárea antes de ser embarcado
hacia Roma). Romanos 1:10 señala el sentimiento original de Pablo con respecto a su
deseo ferviente de venir a Roma: “de alguna manera tenga al fin, por la voluntad de
Dios, un próspero viaje para ir a vosotros”. Sin embargo, él no tuvo el próspero
viaje que podría haber deseado o por el que podría haber orado. En cambio, fue la
voluntad de Dios que él llegara a Roma como prisionero.
A Pablo se le había dado una audiencia preliminar (a la que se hace alusión en Fil.
1:7) después de llegar a Roma. En ese momento se encontraba esperando una decisión
del emperador Nerón sobre si sería ejecutado o liberado. Durante este período de
espera, Pablo tenía ciertas condiciones inusuales con relación a su encarcelamiento. Él
no se encontraba junto con el resto de los prisioneros sino que se le permitía quedarse
a solas, encadenado al soldado que lo custodiaba. Hechos 28:30-31 explica: “Y Pablo
permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él
venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo,
abiertamente y sin impedimento”. Aunque contaba con cierta libertad para predicar el
evangelio y ver a varias personas, Pablo prácticamente seguía siendo un prisionero
con todas las restricciones características.
Luego de no oír de Pablo en cuatro años, los filipenses descubrieron que Pablo estaba
retenido como prisionero en Roma. Por su previa y estrecha relación con él,
naturalmente quisieron saber lo que estaba sucediendo. Para lograr esto, enviaron a
Epafrodito, para saber cómo le iba a Pablo y cómo iba el evangelio. La respuesta a
estas preguntas constituye el centro de la epístola a los filipenses.
En la correspondencia filipense, Pablo esencialmente les hace saber a sus lectores que
a pesar de las circunstancias se regocijaba. Aunque sus condiciones eran duras y
amenazadoras, y sin dudas cuando los creyentes filipenses leyeran al respecto les
resultaría decepcionante, el evangelio aún seguía adelante, incluso entre los guardias.
La clave que le permitió a Pablo regocijarse fue su capacidad para ver más allá de sí
mismo y de sus dolores, de las restricciones, de las inconveniencias de sus
circunstancias. Su mayor prioridad era el fomento del evangelio de Cristo, no una
preocupación por su propia comodidad (vea Hch. 20:24; Ro. 1:15; 1 Co. 9:16).
Como él se veía a sí mismo como un prisionero por el nombre de Cristo, Pablo no se
regodeaba en la autocompasión. En cambio el se veía a sí mismo como un siervo o un
soldado en servicio por la gran causa de esparcir la buena nueva de Jesucristo. Pablo
menciona con frecuencia su encarcelamiento en sus epístolas (Ef. 3:1; Col. 4:10, 18;
Fil. 1, 9), y siempre de una forma positiva porque él la relacionaba con la causa de
Cristo.
Quizás la ilustración más dramática de la capacidad de Pablo para regocijarse a pesar
del sufrimiento y el encarcelamiento, tuvo lugar en una época anterior en una prisión
en Filipos:
Y se agolpó el pueblo contra ellos; y los magistrados, rasgándoles las ropas,
ordenaron azotarles con varas. Después de haberles azotado mucho, los echaron en la
cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. El cual, recibido este
mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo.
Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los
oían. Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los
cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las
cadenas de todos se soltaron. Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas
de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido.
Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos
aquí. El entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies
de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?
Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. Y le hablaron la
palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Y él, tomándolos en
aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con
todos los suyos (Hch. 16:22-33).
Dada la situación, esa fue una demostración increíble de gozo frente a la adversidad.
Las prisiones antiguas como la de Filipos eran oscuras y lúgubres, sucias y falta de
sanidad. Además, Pablo y Silas tenían sus brazos y piernas extendidos y luego
asegurados en el cepo mientras aún sufrían las heridas de sus golpizas. Aún así Pablo
se describe a sí mismo regocijándose en medio de tal tortura.
En este episodio con el carcelero filipense, Pablo ilustra cómo con qué frecuencia se
aprovechaba de las oportunidades en tiempos de adversidad para esparcir el evangelio.
Esta evangelización se podía ver fácilmente como un desbordamiento de la actitud
gozosa de Pablo. Una vez más atrapó la oportunidad, esta vez entre los guardias,
durante su encarcelamiento en Roma: “mis prisiones se han hecho patentes en Cristo
en todo el pretorio, y a todos los demás” (Fil. 1:13). Evidentemente sus esfuerzos eran
fructíferos: “Todos los santos os saludan, y especialmente los de la casa de César [los
guardias]” (4:22).
Basados en el contexto, no era solo la capacidad de Pablo para expresar el evangelio
lo que causaba efecto en los guardias, tampoco su comportamiento misericordioso y
gentil. Finalmente él causó efecto porque la verdad que predicaba y el carácter
piadoso que mostraba estaban arraigados en un hombre que experimentaba una
profunda aflicción. ¡Qué tremenda lección esa para nosotros hoy! (vea 1 P. 3:15). Si
usted está enfrentándose a una situación difícil de testimonio ya sea en el trabajo o en
la casa, usted puede convertir eso en un proceso fácil mostrando una conducta a
imagen de Cristo y rasgos de carácter piadoso en medio de la adversidad. Su actitud
contrastará fuertemente con lo que otros esperan naturalmente de usted, y creará
oportunidades para dar testimonio de la gracia y gloria de Dios.
Gozo a pesar de los detractores
A lo largo de la historia de la iglesia la oposición más difícil para esta, típicamente ha
provenido desde dentro o desde aquellos que profesan ser religiosos. La oposición o
persecución específicas, no resultan tan angustiantes como la decepción de recibir
críticas y ataques inesperados de aquellos a quienes usted creía que lo apoyaban. Sin
embargo, Pablo supera tal decepción y desaliento cuando contiende con detractores de
las filas de otros predicadores durante su estancia en prisión. Él muestra gozo a pesar
de las aparentes dificultades porque él sabe que el evangelio está progresando.
El diccionario define detracción como “el pronunciamiento de material, (como por
ejemplo acusaciones falsas o difamatorias) el cual es probable que dañe la reputación
ajena”. Un detractor es alguien que quiere debilitar o destrozar el carácter o reputación
de otra persona. Había muchas personas atacando de este modo a Pablo. Desde
nuestra posición ventajosa y moderna resulta difícil creer que un hombre como Pablo,
que era tan piadoso, fiel, y dedicado a la causa de Cristo, pudiera haberse enfrentado a
detractores tan severos de dentro de la iglesia. Pero ese tipo de oposición ha sido
característica de líderes importantes a lo largo de la historia. Incluso Abraham
Lincoln, a quien se le considera universalmente como uno de los presidentes
norteamericanos más grandes que haya existido, recibió severas críticas y feroces
ataques de opositores políticos y de redactores de periódicos poco comprensivos,
durante el punto álgido de la Guerra Civil norteamericana.
Filipenses 1:15 identifica a los detractores principales de Pablo: “Algunos, a la
verdad, predican a Cristo por envidia y contienda”. Estos hombres eran predicadores
colegas de Pablo que proclamaban el mismo evangelio que Pablo. Las diferencias
doctrinales no eran la causa de su oposición a Pablo, sino las diferencias personales,
específicamente los motivos pecaminosos de envidia y contienda relacionados con su
predicación. Expresado con sencillez, estaban celosos de los dones y bendiciones que
Pablo había recibido de Dios, además del gran número de seguidores que había
atraído, de los muchos conversos que Dios le había concedido y las iglesias que había
fundado y a las que había ministrado.
En su epístola Pablo hace referencia a esos detractores no para ganar compasión por sí
mismo, sino para informarles a los filipenses sobre este momento crucial de su
ministerio. Él no estaba tomando represalias contra sus críticos. Esto no se
correspondería con su respuesta estándar ante las dificultades. Un aspecto de esa
respuesta era aceptar la oposición pacientemente y convertirla de negativa en positiva.
Pablo sin lugar a dudas adquirió paciencia de su experiencia al lidiar con las
decepciones y chascos ocasionados por personas a quienes él creía que lo apoyaban
(vea 2 Ti. 1:15; 4:16). Tener que contender con este último grupo de detractores solo
constituía una prueba más de una larga lista. Pablo, entra en más detalles en Filipenses
1:16 sobre los métodos que usaban sus detractores: “Los unos anuncian a Cristo por
contención, no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones”. La palabra
“aflicción” es la traducción del griego thlipsis, que fundamentalmente significa
“fricción”. Los enemigos de Pablo trataban de infligir molestias extras en él mientras
se encontrara en prisión. Su objetivo malicioso era desacreditarlo ante los ojos de sus
seguidores para que perdiera toda la credibilidad.
Por mucho éxito que hayan tenido los detractores celosos de Pablo, al debilitar la
confianza y la fe de algunas personas en las iglesias, no pudieron debilitar a Pablo. Él
soportó todo lo desagradable que se le hizo y pudo concluir: “¿Qué, pues? Que no
obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto
me gozo, y me gozaré aún” (Fil. 1:18). A pesar de todo, no pudieron robarle su gozo
porque él sabía que se estaba promoviendo la causa de Cristo.
La lección para todos nosotros a partir del ejemplo de Pablo queda muy clara: no
tenemos que permitir que ningún tratamiento injusto o falso nos robe nuestro gozo en
Cristo y el evangelio. El ejemplo que debemos emular, por medio del poder de Dios,
es la devoción intensa y preponderante de Pablo a la causa de Jesucristo (cp. Ro. 8:28-
39; Fil. 3:7-14).
Gozo a pesar de la muerte
Una gran certeza a la que todos se enfrentan es la muerte, ya sea que esta llegue de un
modo inesperado o se acerque lentamente, dándole tiempo a su víctima para
prepararse para lo inevitable. Por supuesto, no todas las personas aceptan el
pronóstico inesperado de la muerte con la misma calma, serenidad e incluso gozo.
Una ilustración dolorosa pero reconfortante de cómo una persona enfrentaba
bíblicamente una enfermedad mortal llegó a mi ministerio radial recientemente. Una
chica de secundaria de la región central de los Estados Unidos nos envió una solicitud
de oración en la que contaba que se le había diagnosticado la enfermedad de Lou
Gehrig solo unas semanas antes. Esta joven cristiana, a quien se le había pronosticado
de seis meses a dos años de vida, aceptó la realidad de su condición con optimismo y
una conciencia tranquila, como lo demuestran estos comentarios: “Yo amo mucho al
Señor y creo que el Señor está usando mi situación para obrar en las vidas de
diferentes personas. Por favor, oren conmigo para que Él continúe usándome sin tener
en cuenta cuál sea el resultado”.
En Filipenses 1:19-21 Pablo expresa un fuerte nivel de confianza y gozo con respecto
a su posible muerte:
Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto
resultará en mi liberación, conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré
avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será
magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte. Porque para mí el vivir es
Cristo, y el morir es ganancia.
Pablo constituía una ilustración viva de un discípulo que estaba dispuesto a tomar su
cruz por amor al evangelio (Mt. 16:24-25). Él mostró un elevado nivel de dedicación
espiritual del que no se ve con frecuencia en la iglesia en esta época materialista,
egocéntrica e interesada. Pablo tenía confianza en cuatro elementos que lo ayudaban a
enfrentar la muerte sin temor. Un breve estudio de cada uno puede ayudarnos en
nuestras propias luchas por prepararnos mejor para los sufrimientos y las pruebas.
Confianza en la Palabra de Dios. El planteamiento de Pablo “Porque sé que esto
resultará en mi liberación” es una cita textual de Job 13:16 del Antiguo Testamento en
Griego. La palabra “sé” proviene del griego oida, que significa “saber con certeza”.
Pablo está expresando una confianza segura en lo que va a suceder.
Pablo podía estar seguro de su liberación porque él tenía confianza en las promesas de
Dios. En Romanos 8:28 él escribe: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las
cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”.
Pablo les citó a lo filipenses el libro de Job porque él sabía que ese planteamiento
también constituía una promesa de Dios. Pablo también se identificó con las luchas y
sufrimientos que soportó Job.
Pablo creía, como creía Job, que sus pruebas y dificultades eran solo temporales.
Aunque su sufrimiento fuera por un período corto o largo, Pablo sabía que Dios lo
liberaría porque él era justo, un principio que Dios estableció en el Antiguo
Testamento (Sal. 34:17, 19; 37:39-40; 91:3; 97:10). Además, él estaba bien
familiarizado con cómo Dios rescató y restauró a Job de un período difícil de
sufrimiento.
Nosotros podemos tener la misma confianza frente a la muerte que tuvieron Pablo o
Job, e incluso más, porque nosotros contamos con todas las Escrituras. Podemos
“seguir regocijándonos” si Dios nos llama a enfrentarnos al sufrimiento o la muerte
por su nombre (1 P. 4:13).
Confianza en las oraciones de los santos. Pablo creía en los propósitos eternos de
Dios que había establecido desde antes del comienzo del los tiempos, pero también
sabía que Dios hacía su obra y cumplía sus propósitos con relación a las oraciones de
los creyentes.
Sin embargo, Pablo no permitía que su confianza en la oración se volviera
impertinente. Él creía en pedirle a las personas que oraran por él: “Pero os ruego,
hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis
orando por mí a Dios” (Ro. 15:30; vea también Ef. 6:19). Cuando sabía que otros
estaban orando por él, se fortalecía aún más su confianza; porque Pablo conocía la
verdad de Santiago 5:16: “La oración eficaz del justo puede mucho”.
Confianza en la suministración del Espíritu. Pablo estaba seguro de que el Espíritu
Santo le concedería lo que hiciera falta para sustentarlo en cualquier situación. El
equivalente griego traducido “suministración” en Filipenses 1:19 significa “suministro
abundante” o “recursos plenos”. Pablo entendía que él podía confiar en los recursos
completos del Espíritu Santo, basado en lo que prometió Jesús (Lc. 11:13; Jn. 14-16;
Hch. 1:8).
Esa verdad constituye una fuente de confianza, no solo para Pablo, sino también para
nosotros. Todo creyente genuino posee al Espíritu Santo y por ende cuenta con acceso
completo a sus recursos. Romanos 8:26 dice: “Y de igual manera el Espíritu nos
ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos,
pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Así es como
las cosas nos ayudan a bien (v. 28). Las pruebas, las tribulaciones y los sufrimientos
no se nos resuelven de alguna forma aislada. Pero podemos soportarlos por medio de
la suministración del Espíritu de Dios, una suministración que podemos conocer por
medio de la fe y la obediencia.
Confianza en la promesa de Cristo. Finalmente, Pablo descansó en la promesa que
Jesús le hizo cuando se convirtió: “para esto he aparecido a ti, para ponerte por
ministro y testigo” (Hch. 26:16). Pablo sabía con certeza que Dios lo había llamado a
un ministerio específico y siempre que fuera fiel él nunca se avergonzaría (Mr. 8:38).
Pablo también expresó una confianza sencilla en las palabras de Cristo, el Buen
Pastor: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida
eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Jn. 10:27-28).
Pablo también habría conocido bien las palabras de Moisés de Deuteronomio 31:6:
“Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis, ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu
Dios es el que va contigo; no te dejará, ni te desamparará”. El Señor nunca abandona a
los suyos, no importan cuán funestas sean nuestras perspectivas en la vida, ni cuán
frustrantes y temerosas sean nuestras circunstancias.
Al resumir su actitud hacia la vida y la muerte, Pablo dice: “para mí el vivir es Cristo,
y el morir es ganancia” (Fil. 1:21). Para Pablo, Cristo era la razón de su existencia. Es
por eso que su única preocupación real en la vida era servir a Cristo anunciando su
evangelio. Siempre que el cumpliera ese objetivo, a Pablo no le preocupaba si vivía o
moría. De hecho, dada la posibilidad de elección, él preferiría morir, porque la muerte
es la ganancia suprema del creyente. La muerte nos libera de las cargas de esta vida y
nos permite glorificar a Cristo en la eternidad.
Pablo fue un hombre que sacó de su vida todo, excepto Cristo. Como Cristo era su
primera prioridad, ninguna de la oposición a que se enfrentó —la prisión, los
detractores, la amenaza de muerte— pudieron disuadirlo ni debilitar su fe.
Podemos aprender de las mismas palabras o preceptos de Dios de los que Pablo
aprendió. También podemos pedirles a otros cristianos que oren por nosotros en
tiempos de grandes aflicciones. Ciertamente contamos con la misma suministración
del Espíritu Santo con que contaba Pablo, si somos creyentes genuinos en Cristo (Ro.
8:15-17). Finalmente, en los Evangelios podemos confiar en las mismas promesas de
Cristo que estaban disponibles para Pablo. Jesús no ha cambiado ni cambiará (He.
13:8).
Cómo conocer las paradojas del sufrimiento
Además de su oposición en Roma, Pablo también padeció una crítica fuerte por parte
de los detractores de la iglesia de Corinto. Eran falsos maestros empeñados en
sustituir las enseñanzas de Pablo por sus propias mentiras. Para ganarse el apoyo de
los otros, estos críticos calumniaron la persona y carácter de Pablo desde todos los
ángulos. Lo culparon por ser inepto, feo, de mala apariencia, falto de imaginación,
mal orador y carente de personalidad. Esos ataques en particular forzaron a Pablo a la
delicada situación de tener que defenderse por amor a la verdad de Dios, sin mostrarse
a su vez jactancioso ni interesado.
Pablo solucionó ese dilema de una manera muy extraordinaria y piadosa estando de
acuerdo con sus detractores. Él se comparó con un vaso de barro cocido (una vasija o
recipiente de barro, el que con frecuencia se usaba como cubo para la basura), una
metáfora para todas las debilidades y desventajas de las que sus críticos lo acusaban.
Pero al mismo tiempo él señaló que este vaso de barro contenía el tesoro de la verdad
de Dios. Al asumir esta postura defensiva, Pablo reveló su verdadera humildad frente
a la adversidad. Se quitó el centro de atención de encima y lo puso en Cristo (2 Co.
4:5) comparando su propia debilidad con el poder de la verdad de Dios: “para que la
excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (v. 7).
Sin embargo, al compararse con un vaso de barro, Pablo no quiere que se le subestime
ni se le malinterprete. De inmediato menciona una pequeña serie de paradojas para
demostrar que su humildad y debilidad humana no lo abaten en medio del
sufrimiento: “estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no
desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos”
(vv. 8-9). Pablo sigue demostrando que él es un hombre de contrastes, humilde pero
invencible, conciente de sus debilidades pero sacando fuerza de ellas.
Cada una de estas paradojas implica conflicto con un adversario. “Atribulados”
significa “presión”, la presión extrema de la muerte potencial a la que Pablo se
enfrentaba a diario por parte de sus enemigos. Era mucho más que la clase de presión
y estrés diarios a los que todos nos enfrentamos en nuestros trabajos, al ministrar a
nuestras familias, o al servir en nuestras iglesias locales. En un momento notable,
Pablo fue apedreado y dejado realmente por muerto fuera de la ciudad de Listra (Hch.
14:19-20). Ese fue verdaderamente un caso en el que estuvo cerca de la muerte, al
parecer sin escape y salió victorioso.
La segunda paradoja o contraste de Pablo en medio de sus pruebas y sufrimientos es
que él estaba “en apuros, mas no desesperados”. En ocasiones se preguntaba por qué
se veía constantemente enfrentando dificultades, pero él siempre confió en que Dios
proveyera una salida para cada situación y por ende nunca se rindió. Además de ser un
modelo de conducta de cómo manejar el sufrimiento, Pablo también constituía un
noble ejemplo de perseverancia en la fe (He. 12:1-2).
Tercero, Pablo dice que estaba “perseguido, mas no desamparado”. El equivalente
griego (dioko) que está traducido “perseguido” tiene el significado más preciso de
“asediar” o “acechar”, como cuando se caza a un animal. Esta explicación del uso acá
debería disipar cualquier idea que pudiéramos tener que Pablo sufría solo una
persecución ligera y rutinaria. De hecho él sufrió una oposición mucho más frecuente
e intensa de la que la mayoría de nosotros nos pudiéramos imaginar. Las tribulaciones
de Pablo no son como las que cualquiera pudiera alegar haber vencido por medio de
su propia fortaleza y fuerza de voluntad. Solo el poder de Dios podría lograrlo (2 Co.
4:7) y ese poder también es más que suficiente para nosotros en las dificultades a las
que probablemente nos enfrentemos (vea He. 12:3).
Finalmente, Pablo dice que él estaba “derribado, pero no destruido”. El equivalente
griego traducido “derribado” significa literalmente “ser derribado con un arma”, ya
sea una espada, lanza, o el puño de un contrincante. La palabra también se usaba con
relación al boxeo y la lucha antiguos. Pablo sabía lo que era ser derribado o tirado al
suelo. Al mismo tiempo, también podía testificar que ninguno de los golpes era
suficiente para destruirlo o hacerlo cejar.
Las cuatro paradojas de Pablo frente al sufrimiento nos dan razones de más para
maravillarnos de su testimonio. Constituyen también recordatorios de que no
ejercemos poder evitando el sufrimiento sino soportándolo. Pablo estaba
completamente dedicado a la perseverancia tenaz en cualquier dificultad. Ciertamente
él conocía la verdad y la realidad de las palabras del profeta Isaías con respecto al
cuidado de Dios por los suyos:
Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas,
porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo
estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te
quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy
tu Salvador (Is. 43:1-3).
Resistencia en el sufrimiento
Nuestro estudio de Pablo ha revelado que él es un gran modelo de alguien que soportó
victoriosamente los sufrimientos, las pruebas y las persecuciones. Él lo hizo no solo
porque tenía que vencer varios obstáculos para llevar a cabo la obra de Dios, sino
también porque había una razón superior. Hablando de sí mismo, Pablo escribe: “Por
lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido,
no desmayamos” (2 Co. 4:1).
“Este ministerio” se refiere al privilegio que Pablo tenía de ministrar las verdades del
Nuevo Pacto. Después de contar las características gloriosas del Nuevo Pacto en 2
Corintios 3 —el Espíritu Santo, la vida eterna, la resurrección, la libertad en el
evangelio de Cristo—, Pablo no podía y no iba a “desmayar” por todas las dificultades
severas que se encontrara. Los problemas no podían hacer que Pablo descuidara su
deber como ministro del Nuevo Pacto, como ratifica el registro de su vida.
El apóstol dice nuevamente “no desmayamos” en 2 Corintios 4:16-18, donde continúa
dando tres razones de por qué soportó el sufrimiento:
Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va
desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve
tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso
de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las
cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.
Nuestra cultura moderna nos ha dificultado mantener una apreciación del concepto de
la resistencia. Los avances en la ciencia y la tecnología nos han llevado a esperar
atajos y soluciones rápidas para evitar el dolor y la incomodidad. Un ejemplo de eso
lo constituye la sobreabundancia y comodidad de los calmantes que se pueden
adquirir sin receta médica. Los anuncios publicitarios alegan que con solo tomar una o
dos píldoras, debe experimentar un alivio rápido de las jaquecas, congestión nasal y
un grupo de otros dolores y molestias físicas. Raras veces hay una disposición de no
apresurarse y aprender a resistir en un mundo de alivios rápidos de dolores y de
comodidad para las criaturas.
La perspectiva eterna de Pablo se vuelve evidente en los versículos 1618. Cada una de
sus tres razones para resistir enfatiza el valor de lo que es duradero sobre lo que es
fugaz. Son importantes para nosotros siempre que batallemos con una prueba o
sufrimiento y nos abrume la inmediatez del dolor y las circunstancias.
Resistencia: Lo espiritual es mayor que lo físico Pablo podía resistir cualquier
sufrimiento físico, primeramente, porque estaba más preocupado con lo que estaba
sucediendo en el reino espiritual que en el físico. Pablo aceptaba el hecho de que
vivimos en cuerpos físicos; su uso del término “vasos de barro” ya lo ha demostrado.
Pero también sabía que nuestros cuerpos actuales se están descomponiendo y por ende
no son permanentes. Están sufriendo un proceso natural de envejecimiento.
El apóstol Pablo estaba quizás más conciente de este proceso de envejecimiento que la
mayoría. Como su estilo de vida consistía en un ministerio riguroso y exigencias de
viaje, él envejecía más rápido. Se estaba desgastando en el servicio a Dios, muy
semejante a Henry Martyn en India o David Brainerd entre los indios norteamericanos
en Nueva Inglaterra. Esos dos siervos de Cristo murieron antes de la edad de treinta y
cinco años. Pablo vivió más que ellos (quizás hasta la edad de sesenta años), pero no
obstante había envejecido prematuramente y se había desgastado en el ministerio.
Pablo también envejeció más rápido de lo normal por el maltrato implacable que
sufrió a manos de sus enemigos, un maltrato que fue
físico y emocional. Aunque finalmente superó toda la persecución, esta se hizo sentir
en su cuerpo.
A pesar de eso, Pablo podía decir confiadamente que su hombre interno se renovaba
diariamente (2 Co. 4:16). El desgaste de su hombre exterior (el cuerpo físico) es
directamente proporcional al crecimiento y maduración de su hombre interior, la parte
inmaterial y eterna de nosotros que se convierte en una nueva creación, lo que Efesios
4:24 y Colosenses 3:10 denominan el “nuevo hombre”. Pablo estaba mucho más
preocupado por su renovación que por cualquier deterioro del lado físico (vea también
Ef. 3:16).
Una vez más debemos exhortarnos nosotros mismos a seguir el ejemplo espléndido de
resistencia de Pablo a través de la variedad de sufrimientos de la vida. No es fácil
imitar a Pablo ni quitar los ojos de nosotros mismos y de nuestras situaciones físicas,
pero aun así debemos hacerlo, de la misma forma que él nos exhorta a “Poned la mira
en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col. 3:2).
A menudo Dios nos envía el sufrimiento para atraernos hacia Él y obligarnos a no
fijarnos en nosotros mismos. Todos lo hemos visto hacerlo, si no ha sido en nuestras
vidas ha sido en las vidas de otros que han resistido pruebas superiores o sufrimientos
físicos y como resultado han crecido en su fe. El ejemplo consecuente de Pablo
constituye una evidencia de que el sufrimiento está directamente relacionado con el
crecimiento espiritual. Si su vida no es evidencia suficiente, podemos escuchar las
promesas de otras partes de las Escrituras. Pedro escribió: “Mas el Dios de toda
gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un
poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (1 P. 5:10).
Isaías 40:28-31 dice:
¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de
la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo
alcance. El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas.
Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que
esperan
a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas;
correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.
El pasaje clave promete que el Señor nos dará la resistencia que necesitemos en la
medida en que obviemos lo físico y nos centremos en lo espiritual.
Resistencia: Valorar el futuro más que el presente
El segundo secreto de Pablo para la resistencia en los sufrimientos y las pruebas es
valorar el futuro más que el presente. Para él era una cuestión de mirar más allá de las
tribulaciones del presente para darse cuenta de que “producen un cada vez más
excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17). El dolor que él estaba resistiendo en la
tierra era intrascendente comparado con la gran realidad del futuro (Ro. 8:18).
La perspectiva celestial que demuestra Pablo resulta verdaderamente asombrosa. Él
caracteriza sus problemas como una “leve tribulación momentánea” cuando en todo
momento hemos visto que sus persecuciones eran fuertes y constantes. Pero esa es
nuestra perspectiva terrenal. Pablo veía sus dificultades como algo transitorio como la
neblina de la vida (vea Stg. 4:14) y tan leve como una pelusa. El equivalente griego
elaphros, traducido “leve” en 2 Corintios 4:17, técnicamente significa “nimiedad
ingrávida”, y eso es lo que eran las tribulaciones de Pablo cuando se consideran desde
un punto de vista celestial.
En los primeros dos capítulos de este libro hemos ratificado que la persecución es
inevitable y el sufrimiento es real; pero cuando lo comparamos con lo que nos aguarda
en el futuro, son, en el peor de los casos, leves y triviales. La verdadera importancia
del sufrimiento aparece solo cuando vemos cómo contribuye a nuestra gloria eterna.
El apóstol Pedro nuevamente reafirma la perspectiva de Pablo: “En lo cual vosotros os
alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser
afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más
preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en
alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:6-7).
Todos nuestros problemas y sufrimientos producen un efecto superficial en nuestra
gloria futura. Este efecto no es meritorio pero sí productivo, produce un eterno peso
de gloria. La palabra griega (barus) traducida “peso” significa con mayor precisión
“pesado”. Es como s i los sufrimientos de Pablo estuvieran haciendo una masa pesada
en un lado de una balanza antigua. La masa representa el eterno peso de gloria que
ladea la balanza hacia el futuro más que hacia el presente. En esencia Pablo podía
tolerar el dolor del presente siempre que tuviera un efecto positivo en su gloria futura.
Según las Escrituras siempre hay una relación de correspondencia entre el sufrimiento
del presente y la gloria del futuro. Incluso Cristo, como veremos en mayor detalle en
el próximo capítulo, es un ejemplo de este principio. Filipenses 2:8-9 dice: “y estando
en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un
nombre que es sobre todo nombre”. Mientras mayor sea el sufrimiento mayor será la
recompensa eterna. Al grado en que como creyentes suframos ahora, nos
regocijaremos cuando lleguemos al cielo porque veremos la recompensa de nuestro
sufrimiento (1 P. 4:13). Y esa recompensa no tiene nada que ver con las
bonificaciones externas (coronas muy lujosas, moradas celestiales muy espaciosas),
sino que está relacionado con nuestra capacidad incrementada para alabar, servir,
regocijarnos y glorificar a Dios. Ese era el deseo de toda la vida de Pablo y debe ser el
nuestro también.
Resistencia: Valorar lo eterno más que lo temporal
La tercera forma en que el apóstol Pablo resistió en muchas dificultades y
sufrimientos fue valorando más las cosas eternas que las temporales: “no mirando
nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son
temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Co. 4:18).
La perspectiva de Pablo sobre la resistencia en el sufrimiento — poniendo lo
espiritual y el futuro por delante de lo físico y del presente— no era automática. Eso
se evidencia en la frase: “no mirando”. La fuerza condicional que la acompaña
demuestra que siempre que nuestra mirada esté fija, por medio de la fe, en el lugar
indicado —mirando lo que no se ve— le daremos prioridad a las realidades
espirituales y futuras y por ende resistiremos con paciencia y gracia los sufrimientos
de esta vida.
Menciono el elemento de la fe parentéticamente porque está más implícito que
explícito en el planteamiento de Pablo. Pero eso no disminuye la importancia de la fe
en su relación con lo que no se ve. El autor de Hebreos escribe: “Es, pues, la fe la
certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve...Por la fe entendemos
haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve
fue hecho de lo que no se veía. . . Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es
necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los
que le buscan” (11:1, 3, 6). La fe constituye un componente fundamental de la vida
cristiana y por su propia definición podemos ver que Dios le da una alta prioridad a lo
invisible por encima de lo visible.
Tal como Pablo reconoció esa prioridad, no debe ser nada diferente para los cristianos
contemporáneos que quieren ser obedientes, ya sea disfrutando tiempos de bendición
y comodidad o resistiendo en tiempos de dificultad y sufrimiento. Durante su
ministerio, Pablo estaba absorto en el mundo eterno e invisible. Un reino en el que sus
mayores preocupaciones eran adorar y glorificar a Dios, servir a Cristo y salvar las
almas de los hombres y mujeres perdidos. Cuando nos centramos en las cosas de un
valor perdurable y genuino —las cosas eternas— los dolores y dificultades
temporales, hasta los más severos, se vuelven mucho más soportables. Pero la clave es
nuestra prioridad y perspectiva eternas, como nos enseña el Señor Jesús en el Sermón
del Monte:
No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde
ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín
corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro,
allí estará también vuestro corazón (Mt. 6:19-21).
Pablo sigue siendo un modelo de conducta magnífico de cómo lidiar con el
sufrimiento. Él no confiaba en sus propias fuerzas ni tampoco en ninguna fórmula
secreta para una vida de éxito. Por el contrario, su clave para el éxito era mantener su
centro de atención en el reino de Cristo y la gloria de Dios. Para llevar a cabo su
visión, Pablo con toda confianza se nutrió del suministro completo de recursos
espirituales de Dios: su Palabra, su Espíritu, su Hijo y las oraciones de los hermanos
cristianos. Pablo podía regocijarse constantemente de estas grandes provisiones de
gracia y nosotros también. Eso no siempre resulta fácil, pero el verdadero gozo
proviene de la perseverancia facultada por el Espíritu para vivir la vida cristiana.
Pablo nuevamente nos proporciona el patrón: “¿No sabéis que los que corren en el
estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal
manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad,
para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible” (1 Co. 9:2425).
Si ya estamos corriendo para ganar el premio, no hay sufrimiento, prueba, ni
persecución que pueda desalentarnos ni derrotarnos.
Cuatro
El silencio del Cordero de Dios
Una encuesta aleatoria a varias personas de la sociedad occidental con respecto a sus
ideas e imágenes de Jesús arrojaría una variedad de opiniones sobre Él. Muchos
tendrían una imagen navideña de Él de un bebé en un pesebre. Otros pensarían en Él
como un niño inteligente que trabajaba con su padre en una carpintería de Nazaret y
en una ocasión desconcertó a los maestros religiosos de Jerusalén. Algunos de los
encuestados verían a Jesús como un maestro adorable y delicado que se identificaba
con las personas comunes y corrientes. Otros los verían como un curandero
compasivo pero poderoso que podía curar todos los padecimientos físicos y
emocionales y podía incluso resucitar a los muertos. Y habría otras respuestas, con
cierto grado de veracidad, proporcionando alguna porción legítima de la imagen de
Jesús, pero aún así se queda incompleta.
Pero una imagen de Cristo es la percepción más veraz y necesaria de Él: la imagen
que lo presenta como el Jesús que sufre, el crucificado. El apóstol Pablo resume bien
la relación del creyente con esta imagen: “Pues me propuse no saber entre vosotros
cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Co. 2:2). No podemos concluir
nuestro estudio sobre modelos de conducta en el sufrimiento sin este capítulo final
que lidia con Jesús como el ejemplo supremo.
El apóstol Pedro nos expresa muy bien los detalles:
Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo
bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. Pues para
esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos
ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su
boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no
amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente (1 P. 2:20-23).
Según Pedro, los cristianos están en desacuerdo con el mundo, sencillamente porque
han sido llamados por Cristo. Al mantenernos fieles a Cristo, tarde o temprano
sufriremos alguna forma de rechazo, castigo, crítica, o persecución injustas. Nosotros
ofendemos al mundo cuando adoptamos una postura de justicia o manifestamos un
estilo de vida que refleja a Cristo. Es por eso que tenemos que esperar el sufrimiento.
El propio Jesús les prometió a los creyentes que su unión con Él provocaría la
hostilidad del mundo:
Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si
fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo
os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os
he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a
vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.
Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha
enviado (Jn. 15:18-21).
Pero quédense tranquilos. Dios no nos ha dejado completamente solos. Pedro nos dice
en 1 Pedro 2:21 que tenemos un ejemplo en el sufrimiento: el propio Cristo. Él
establece la norma, la cual es que el camino a la gloria es el camino del sufrimiento
(He. 2:10; 5:8-9). Y si tenemos en Jesús a tal líder, no debe resultar difícil entender la
verdad de sus palabras en Mateo 10:21-25:
El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se
levantarán contra los padres, y los harán morir. Y seréis aborrecidos de todos por
causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. Cuando os
persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de
recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre. El discípulo
no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como
su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú,
¿cuánto más a los de su casa?
Jesús el impecable que sufre
Cuando experimentan una prueba o resisten un período de sufrimiento, muchos
creyentes les hacen estas preguntas a Dios: ¿Por qué ha sucedido esto? o ¿Qué mal he
hecho yo para merecer esto? Ese tipo de preguntas por lo general se formulan al
comienzo de una prueba, mucho antes de que aparezca un propósito. Aquellos que
sufren, o aquellos que tratan de aconsejar a quienes sufren, rápidamente mencionan el
pecado como la causa estándar de la angustia. Me recuerda un error que tuvieron los
discípulos en Juan 9:2 con respecto al hombre ciego de nacimiento, cuando le
preguntaron a Jesús: “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido
ciego?” Jesús los corrigió de inmediato: “No es que pecó éste, ni sus padres, sino para
que las obras de Dios se manifiesten en él” (9:3). Igualmente, Elifaz, Bildad y Zofar
estaban equivocados en sus valoraciones impertinentes y equivocadas de la situación
difícil de su amigo Job (vea Job 3-31). Job no estaba sufriendo porque él hubiera
pecado (Job 1:1-2:11).
Nuestro Señor Jesucristo, en su propio sufrimiento y muerte, constituye un ejemplo
sin igual de la realidad de que alguien puede estar completamente en la voluntad de
Dios, ser dotado de un modo supremo y ser usado por Dios en el ministerio, ser
perfectamente justo y obediente para con Dios, pero aún así experimentar un
sufrimiento tremendo. Jesús fue juzgado y ejecutado como un criminal, aún así Él no
había hecho nada malo. Él fue la máxima víctima del castigo y el sufrimiento injusto,
de este modo nos proporcionó la norma de cómo responder a nuestra persecución
injusta.
La propia naturaleza y circunstancias del sufrimiento de Cristo desenmascaran como
completamente falsa la idea de la actualidad de que los cristianos que sufren siempre
están pecando o se encuentran fuera de la voluntad de Dios. Si Jesús, que fue el Hijo
perfecto e impecable de Dios, sufrió tanto, entonces ¿cómo pueden los cristianos que
son tan imperfectos esperar librarse de todos los sufrimientos? La respuesta es que no
podemos, como demuestra 1 Pedro 2:20-23.
Tal teología de cero sufrimiento, si se lleva a su extremo lógico, debe argumentar que
Jesús se encontraba fuera de la voluntad de Dios cuando murió en la cruz. Ese
pensamiento sobrepasa la lógica errónea, es total y absolutamente herético.
Analicemos más de cerca 1 Pedro 2:21 en cuanto al significado de las dos palabras
griegas y cómo el entendimiento de ellas nos ayudará en nuestra relación con Cristo y
el sufrimiento. La segunda parte del versículo dice: “dejándonos ejemplo, para que
sigáis sus pisadas” (cursivas mías).
La palabra “ejemplo” es la palabra griega hupogrammos, que literalmente significa
“escribir debajo”. Lleva consigo la idea de un chico aprendiendo a escribir el alfabeto
poniendo un modelo debajo de la superficie sobre la que va a escribir y hacer trazos
sobre el modelo. De la misma manera Cristo es nuestro modelo a copiar en la medida
en que esperamos el sufrimiento y cómo manejarlo.
La palabra “pisadas” es el equivalente griego ichnos, que significa “línea de huellas” o
“pistas”. Debemos seguir la pista de Jesús, porque el camino a la gloria que Él transitó
es el camino de la justicia y el camino de la justicia en un mundo injusto es también
un camino de sufrimiento injusto. Si queremos estar en el camino correcto, tenemos
que seguir sus pisadas.
La idea es un paralelo de la amonestación de Pablo: “Y también todos los que quieren
vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Ti. 3:12). No todos los
cristianos sufrirán de la misma manera ni al mismo grado, pero aquellos que traten de
transitar el camino de la justicia que lleva a la gloria encontrarán pruebas, adversidad
y sufrimiento.
Jesús el humilde que sufre
A través de los ojos del profeta Isaías, 1 Pedro 2:22-23 nos proporciona una mirada
más de cerca de la manera de sufrir de Cristo. El apóstol Pedro cita parcialmente la
versión Septuaginta (El Antiguo Testamento en griego) de Isaías 53:9 para describir la
reacción general de Jesús hacia el tratamiento injusto. La primera parte de la cita de
Pedro es en realidad una paráfrasis que mezcla la “violencia” de Isaías con la
“anarquía” de la Septuaginta para decir sencillamente “pecado”. El apóstol, bajo la
inspiración del Espíritu Santo, está planteando sencillamente lo que él sabía que los
traductores e Isaías querían decir, primeramente que Jesús nunca desobedeció a Dios
ni a su ley: Él “no hizo pecado”. Jesús reaccionó a las circunstancias más difíciles de
persecución injusta con dignidad perfecta y un comportamiento humilde.
Para recalcar su planteamiento sobre la impecabilidad Pedro citó la última frase de
Isaías 53:9: “ni hubo engaño en su boca”. En el primer lugar y el más evidente donde
el pecado se muestra es la boca humana. El propio Cristo ya había enseñado que el
corazón habla a través de la boca: “Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto
contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los
homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las
blasfemias” (Mt. 15:18-19; vea también 12:34-37).
Pedro continúa sus pensamientos de Isaías 53 en 1 Pedro 2:23. Esta vez lo extrae de
53:7, que dice realmente: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero
fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no
abrió su boca”. Así, en una especie de ironía, tanto Pedro como Isaías comparan al
Cristo que sufre, el Buen Pastor, con una oveja. Es de conocimiento común que las
ovejas no son las criaturas más inteligentes ni autosuficientes. El diccionario de
versión íntegra, en una definición secundaria, hace referencia a una persona a la que
se llama oveja como “alguien que es como una oveja (como una criatura inocente,
indefensa o que se apresa o trasquila fácilmente)”.
Esa descripción enfatiza el modelo que nuestro Señor mostró de la resistencia en el
sufrimiento. Él revela su humildad cuando se entrega a la merced de sus enemigos. Lo
vilipendiaron, lo provocaron y lo maltrataron repetidas veces, casi hasta el límite, pero
no pudieron obligarlo a poner fin a su silencio de un modo pecaminoso. El
planteamiento de Pedro “cuando le maldecían” (1 P. 2:23) se refiere a la naturaleza
repetida del maltrato hecho contra Jesús. El hecho de que el verbo original se
encuentre acá (en forma participial) en un tiempo gramatical que demuestra acción
repetida, sirve para fortalecer nuestro comentario anterior. Todos los relatos de los
Evangelios sobre los sufrimientos del Señor recalcan la humildad y el silencio con que
Él recibió tanto maltrato verbal y físico (vea Mt. 26:57-63; Mr. 15:3-5; Lc. 23:9; Jn.
19:9). La mayoría de nosotros nos podemos identificar con mayor facilidad con el
apóstol Pablo. Nótese cómo él respondió cuando Ananías el sumo sacerdote le ordenó
al soldado que lo golpeara:
Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado
para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear? Los que
estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios injurias? Pablo dijo: No sabía,
hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No maldecirás a un príncipe
de tu pueblo (Hch. 23:3-5).
Todo lo contrario a nuestra ilustración del capítulo 3 de Pablo como un modelo de
conducta en tiempos de estrés, he aquí un episodio en el que Pablo fracasó. En esta
situación en particular, la carne pecaminosa de Pablo se interpuso, pero eso nunca
ocurrió con Jesús. Él es nuestra norma perfecta de cómo controlar la lengua en medio
de una persecución y sufrimiento injustos, de cómo resistir pacientemente por el gozo
venidero (He. 12:2).
La humildad silente de Jesús se revela en la próxima cita de Pedro de Isaías 53: “no
respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba” (1 P. 2:23). Delante de una
cantidad increíble de crueldad verbal y física intensa y asesino de la virtud perfecta,
todo ello injustificado. Él no tomó represalias. Como Jesús era Dios, Él podía ejercer
control perfecto de sus sentimientos y poderes. Él podía haber destruido a todos sus
torturadores e inmediatamente enviarlos al infierno. Pero una vez más vemos a Jesús
proporcionarnos el ejemplo perfecto de cómo comportarnos en un período de
tribulación y crisis injustas.
El ejemplo de Cristo de no decir nada y no responder en correspondencia al maltrato
injusto parece ser un ejemplo imposible de seguir. Pero Pedro nos demuestra cómo
Cristo pudo establecer una norma tan alta como esa: Él “encomendaba la causa al que
juzga justamente” (1 P. 2:23). Así es como Jesús halló fuerzas para resistir el
sufrimiento, del mismo modo debemos hacerlo nosotros también. “Encomendar”
proviene de paradidomi, lo que significa “entregar a alguien para que se ocupe de”.
Literalmente, Jesús se mantuvo encomendándose a Sí mismo y la circunstancia de
cada sufrimiento injusto a Dios. Este patrón alcanzó su punto culminante cuando
Jesús se encontraba en la cruz: “Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lc. 23:46).
Cristo se entregó a sí mismo a Dios, incluso en la muerte, porque Él sabía que el
Padre evaluaría justamente todo su sufrimiento injusto (Gn. 18:25). Seguidamente,
cuando se nos persigue injustamente en nuestros trabajos, en nuestras familias, o en
nuestros contactos sociales, es necesario que sigamos su ejemplo y aceptemos la
persecución sin represalias. Resulta crucial que resistamos por medio de la gracia y el
poder de Dios el impulso a defendernos o buscar venganza en medio de la persecución
injusta (Ro. 12:17-21). Sencillamente necesitamos encomendar nuestras almas
constantemente, por medio de la fe, al cuidado de quien pronunciará un veredicto
justo y nos traerá gloria eterna (Jn. 15:5; 1 P. 5:6-10).
En 1555, el obispo inglés, reformado y mártir Hugh Latimer fue sentenciado a ser
quemado en la hoguera por sus posiciones proreforma. Antes de su muerte sus
convicciones se expusieron en una carta abierta para todos los creyentes genuinos de
Jesucristo. Esto en parte es lo que Latimer escribió: “alguna vez debemos morir; cómo
y dónde, no sabemos.... Aquí no está nuestro hogar; por ende consideremos las cosas
en consecuencia, teniendo siempre delante de nuestros ojos esa Jerusalén celestial y el
camino hacia allí en persecución” (citado en Harold S. Darby, Hugh Latimer
[Londres: Epworth Press, 1953], 237). Latimer fue ejecutado más tarde en 1555
conjuntamente con su querido amigo y colega Nicholas Ridley. En ese momento,
cuando se encendían las llamas, un Latimer sorprendentemente sereno alentó a su
mártir colega con estas palabras: “Sírvale de buen consuelo, maestro Ridley y
compórtese como un hombre. Este día encenderemos una vela, por la gracia de Dios,
en Inglaterra, que confío en que nunca será apagada” (Darby, 247). Resulta obvio que
Hugh Latimer sabía mucho sobre el poder del sufrimiento —muchísimo más que
muchos cristianos de hoy día— y él conocía a Jesucristo y su norma de cómo
enfrentarse a la persecución y la muerte injustas.
En conclusión, queda claro que Jesús no es sencillamente el modelo de conducta
supremo y sin igual del sufrimiento. Jesús es el ejemplo en todo. Como nuestro Señor
y Salvador, Él es superior a los profetas del Antiguo Testamento, el cual, el autor de la
epístola a los hebreos confirma al comienzo mismo de su libro: “Dios, habiendo
hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los
profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó
heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (1:1-2). Esteban y Pablo
eran modelos contundentes de cómo los creyentes pueden salir victoriosos de
cualquier número de sufrimientos y persecuciones, incluso la de la muerte. Pero estos
hombres en sí sencillamente tenían “puestos [sus] ojos en Jesús, el autor y
consumador de la fe” (He. 12:2), de la misma manera que nos es necesario hacer a
nosotros.
Solo Cristo fue el impecable que sufrió, con reacciones perfectas a todo cuanto
soportó, calificándolo así para ser el único modelo que necesitamos cuando
atravesamos pruebas, persecuciones, sufrimientos y tentaciones. Los ejemplos de
otros modelos de conducta bíblicos pueden resultar instructivos e inspiradores, pero
solo Jesús se sienta a la diestra del Padre como su Hijo y nuestro intercesor (He. 4:14-
16).
Pablo aconsejó y alentó a Timoteo acerca de muchas cosas, pero todo quizás se podría
resumir en 2 Timoteo 2:8: “Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David”. Él estaba
exhortando a Timoteo a recordar que Jesús en su humanidad ya había transitado los
caminos que ahora transitamos. Cada vez que las cosas se pongan difíciles siempre
podemos venir donde Él en oración, confiados en que Él se identificará con lo que
estemos soportando. Resulta verdaderamente reconfortante poder hablar con Aquel
que lo ha experimentado todo y ha salido victorioso cada una de las veces. Puede que
otras personas traten de comprender nuestro sufrimiento, pero nunca pueden
entendernos como nos puede entender Jesús.
Cristo puede comprendernos, a nosotros sus hijos, con respecto a los problemas,
dolores y luchas normales que nos encontramos en la vida. Pero su comprensión
ciertamente incluye aquellas ocasiones significativas en que nuestro dolor y
sufrimiento parecen insoportables.
Si Jesús expresa una preocupación adorable por el más pequeño de nuestros
problemas, ciertamente en su papel del perfecto que sufre Él se preocupa por el mayor
de nuestros traumas.
Cinco
Cómo prepararse para el sufrimiento
Los desastres naturales están más frecuentes que nunca, o al menos eso parece.
Muchos de nosotros tenemos recuerdos vívidos de desastres que han ocurrido desde
1989, aunque los sucesos no nos hayan afectado directamente. Una racha de tragedias
sin precedentes tuvo lugar desde finales de 1989 hasta principios de 1994: Los
huracanes Hugo y Andrew en el sureste de los Estados Unidos, dos grandes
terremotos en California, la ventisca del siglo a lo largo de la costa este en marzo de
1993, abundantes inundaciones en la región central de los Estados Unidos en el
verano de 1993 e incendios de maleza devastadores en el sur de California en el otoño
de 1993. Luego el mundo se sorprendió nuevamente por el enorme terremoto japonés
en enero de 1995.
Ni los hombres ni las mujeres tienen poderes para predecir o controlar con precisión
alguna, todos los desastres naturales. Ciertamente algunas medidas específicas pueden
atenuar el efecto de la calamidad una vez que haya comenzado (sacos de arena para el
control de las inundaciones, arar durante las tormentas de nieve) y existe una medida
de predicción general para que podamos prever algunos sucesos (Observaciones y
advertencias nos alertan de huracanes, tornados y tormentas de nieve.) Pero por lo
general se reconoce, incluso muchos comentaristas y científicos seculares, que los
desastres naturales son inesperados “hechos de Dios”. El grado y la severidad del
sufrimiento que se obtiene como resultado de la mayoría de los desastres también son
bastantes imprevisibles. Por ejemplo, el impacto, el estrés y la dificultad que sintieron
las víctimas de las catástrofes de 1989-94 llevaron las capacidades de las
organizaciones de ayuda a los damnificados más allá de los medios normales
necesarios para suplir las demandas de las víctimas.
Por ende, la mayoría de los fenómenos naturales están fuera de nuestro control y en
las manos de Dios. Sin embargo, se pueden prever ciertos sucesos y prepararse para
ellos. (La ciudad de St. Louis se libró de mucho del daño de las inundaciones de la
región central de 1993 porque había construido un buen sistema de diques después de
las inundaciones anteriores.) Asimismo, en la vida cristiana habrá tormentas
inesperadas de sufrimiento, así como dificultades, para las que los creyentes se pueden
preparar. En una de sus parábolas, al final del Sermón del Monte, Jesús usó una
comparación de un desastre natural:
Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre
prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y
soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada
sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a
un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron
ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande
su ruina (Mt. 7:24-27).
La clave para la preparación en la vida cristiana es el cimiento de la verdad sobre el
que edificamos nuestras vidas, en otras palabras, el discipulado. Si desobedecemos y
nos rehusamos a transitar lealmente el camino angosto del discipulado, los
sufrimientos y las pruebas nos sorprenderán y nos derrotarán. Así que nos resulta
crucial asumir firmemente el papel del discípulo. De esa manera podemos garantizar
nuestra fuerza, resistencia y gozo en el sufrimiento.
El discipulado viene acompañado del sufrimiento
Ya hemos analizado a Jesús como el ejemplo perfecto de cómo enfrentar el
sufrimiento. Como Jesús también es la norma para el discipulado, nos es necesario
considerar nuestra relación con Él.
El siervo no es más que su señor
Jesús dice en Mateo 10:24: “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más
que su señor”. Esos dos planteamientos son axiomáticos; no tiene que demostrarse. En
la primera frase suponemos que el discípulo escoge a su maestro, en la segunda frase
suponemos que señor compra a su esclavo o siervo. Cristo está diciendo sencillamente
que el primer principio del discipulado es que nos sometamos a Él. Nuestra voluntad
resulta importante en la relación discípulo/maestro, escogemos aprender bajo la
dirección del maestro. La soberanía de Cristo resulta importante en el paradigma
siervo/señor, Él nos escoge a nosotros como sus siervos. Esa es la dualidad básica
inherente en la doctrina de la salvación. En ambos casos, resulta obvio que debemos
ser sumisos.
La relación de discípulo a maestro se puede expresar positivamente de muchas
maneras en la medida en que tratamos de ser como Cristo (vea Lc. 6:40; Col. 3:16; 1
Jn. 2:6). Sin embargo, en el amplio contexto de Mateo 10, Cristo relaciona las
verdades del discipulado desde un punto de vista negativo. El siervo no estará más
exento de persecución y oposición de lo que lo estuvo Jesús. Esto queda claro cuando
Jesús prepara a los Doce para la propagación del ministerio y dice que debieran
esperar hostilidad.
La misma expectativa se nos aplica a nosotros. Mientras más seamos como Cristo,
más el mundo nos tratará como lo trató a Él. Si no estamos sufriendo mucho por su
nombre, entonces quizás sea hora de examinar nuestras vidas (2 Co. 13:5). Si
queremos ser seguidores de Cristo de todas las maneras, necesitamos estar preparados
para pagar el precio. De hecho, Mateo 10:25 dice: “Bástale al discípulo ser como su
maestro”. Eso quiere decir que debemos perseguir la meta de ser como Jesús (cp. Fil.
3:14-17). No nos sobrepasamos de nuestros límites en un esfuerzo por tener mayores
privilegios de los que tuvo Jesús, ni tampoco buscamos formas de librarnos de las
demandas y adversidades a que Él se enfrentó. Cuando nos conformemos a Él como
debemos, se hace posible triunfar en el sufrimiento.
El siervo no le teme al mundo
Como seguidores genuinos del Señor Jesucristo, no hay razón para temerle a nada.
Mucho antes de que Cristo viniera al mundo, a los creyentes en Dios se les alentaba a
no temer: “El temor del hombre pondrá lazo; mas el que confía en Jehová será
exaltado.” (Pr. 29:25). El apóstol Pablo exhorta a Timoteo con las mismas líneas:
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía [temor], sino de poder, de amor y de
dominio propio. Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de
mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de
Dios” (2 Ti. 1:7-8).
El temor es una emoción poderosa que puede debilitarnos y desalentarnos cuando nos
enfrentemos a un grupo de retos en la vida. Ciertamente puede operar en el contexto
de las competen-cias deportivas. La penosa e inspiradora historia del patinador de
velocidad norteamericano Dan Jansen durante las tres últimas Olimpiadas de Invierno
constituye una buena ilustración de cómo el temor puede inhibir el rendimiento. Si
odisea comenzó en los Juegos de Invierno de 1988 en Calgary, Canadá. Allí, como
campeón mundial de sprint, tenía posibilidades de ganar una medalla en la carrera de
500 metros o en la de los 1,000 metros, de no ser en ambas. En cambio, sufrió el
desengaño de caerse durante ambas carreras y no poder terminar ninguna de las dos.
Como las carreras se celebraron justo después de la muerte de su hermana, los
fracasos decepcionantes de Jansen se les atribuyeron a la aflicción emocional
comprensible que cualquiera podría sentir en un período de tragedia familiar.
La prueba de frustración de Dan Jansen lo siguió a las próxi-mas Olimpiadas de
Invierno en Albertville, Francia en 1992. Se esperaba que ganara al menos una
medalla en patinaje de velocidad, pero nuevamente fracasó en ambas carreras, la de
500 metros y la de 1,000 metros. En esas ocasiones no se cayó, pero he aquí como
describe él su esfuerzo en los 500 metros: “Lo que sucedió fue que patiné en una
carrera que solo puedo describir como de indecisión. Me veía bien. No resbalé. Pero
aún así algo impidió explotar al máximo mi capacidad” (Dan Jansen con Jack
McCallum, Full Circle: An Olympic Champion Shares His Breakthrough Story [El
círculo completo: Un campeón olímpico habla de su historia] [Nueva York: Villard
Books, 1994]. Condensado en Reader’s Digest, Noviembre 1994, 228). En el
planteamiento de Dan está implícito un elemento de temor, quizás proveniente de sus
fracasos pasados, que le impidió rendir al máximo en su competencia. (Su historia
finalmente tuvo un final feliz en las Olimpiadas de Invierno de 1994 en Lillehammer,
Noruega, cuando ganó la medalla de oro con un tiempo récord en los 1.000 metros.)
La vida cristiana en ocasiones se asemeja a la lucha de Dan Jansen con el temor.
Muchas veces los creyentes reaccionan con temor cuando les sobreviene el
sufrimiento o la decepción. Como tantos cristianos no esperan pruebas como esas y
por ende están lidiando con lo desconocido, el temor puede ser más doloroso e
intenso. Pero Jesús alentó y exhortó a sus discípulos en su discurso del Aposento Alto
a no tener miedo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la
da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Jn. 14:27). Esta promesa también
constituye una ratificación poderosa para nosotros de que el Espíritu siempre está
presente, lo que significa que no nos es necesario vivir debajo de una nube de temor.
En Mateo 10 Jesús nos da otro antídoto fuerte para el temor al sufrimiento o la
persecución. Él expresa el tremendo valor que Dios pone en la vida de cada creyente:
“¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin
vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis;
más valéis vosotros que muchos pajarillos” (vv. 29-31).
Jesús, de acuerdo con su práctica frecuente, usó una ilustración terrenal con objetos
comunes y corrientes para hacerse entender. Aquí Él usa pequeñas aves (pajarillos),
que con frecuencia se comían como plato fuerte. Su planteamiento sobre la caída de
las aves a la tierra implica un conocimiento y cuidado preciso por parte de Dios hacia
sus criaturas más pequeñas. En algunos textos griegos el equivalente de “caer” se
traduce “saltar” Dios no solo sabe cuando mueren los pajarillos, sino que Él sabe
cuando saltan, algo que hacen todo el tiempo.
Jesús amplía un poco más su ilustración diciendo que Dios tiene contados cada uno de
los pelos de nuestras cabezas (v. 30). Como se estima que la cabeza humana promedio
tenga 140,000 pelos. Dios ciertamente conoce íntimamente a cada individuo.
El objetivo de la ilustración de Jesús es sencillamente el siguiente: Si Dios cuida de
pequeños pajarillos y tiene contados cada uno de los pelos de la cabeza de una
persona, ciertamente Él se preocupa por lo que le suceda a nuestras mentes/cuerpos y
nuestras almas eternas. Él se preocupa por nuestro bienestar y nuestro bien máximo.
Ninguna situación, no importa cuan mala o prolongada nos pueda parecer, se sale de
la capacidad de Dios para sustentarnos. Por eso no hay cabida para el temor
debilitante (v. 31; vea también 6:30-34).
El siervo está preparado para lo peor
Estar preparado siempre es la mejor política, ya sea en el trabajo, en las operaciones
gubernamentales, o para cualquiera en su vida personal. Pero en ocasiones las
personas están preparadas de un modo insuficiente para las altas y bajas inesperadas
de la vida. Eso sucedió con la quiebra del condado de Orange en California en
diciembre de 1994, una historia que aún se encuentra en los medios de difusión
locales mientras escribo este libro.
El condado de Orange, ubicado al sur del condado de Los Ángeles, era una de las
áreas más prósperas de los Estados Unidos, reconocido por su política conservadora y
sus comunidades respetables de clase media alta. Ahora su reputación ha sufrido un
fortísimo golpe debido a la irresponsabilidad fiscal de algunos de sus administradores.
El condado se vio obligado a solicitar protección contra quiebra y se le congelaron sus
activos para evitar mayores siniestros de inversión (estimados de hasta dos mil
millones de dólares). Repentinamente el condado se vio en la posición para nada
envidiable de ser el municipio más grande de la historia norteamericana que se haya
declarado en quiebra.
A pesar de las advertencias entre bastidores de especialistas de inversión de que la
situación financiera del condado de Orange era precaria, no hay mucho que pudiera
haber preparado al ciudadano promedio del condado para un golpe tan inesperado.
Para algunos de ellos el impacto fue bastante directo. Los maestros escolares,
trabajadores del condado y propietarios de pequeños negocios que tenían contratos
con el condado se vieron amenazados con la pérdida de sus salarios. En este momento
no se sabe cuáles podrían ser los efectos negativos a largo plazo de las dificultades del
condado en los individuos u otros condados y municipios alrededor del país.
La historia del condado de Orange proporciona una lección espiritual: Nunca descarte
el suceso negativo inesperado o sin precedente. Nunca diga nunca a la posibilidad de
una prueba o temporada dolorosa de sufrir una pérdida o discapacidad. Enfrentarse a
tales experiencias es una parte del proceso general en que aprendemos a seguir al
Señor con mayor fidelidad en cada una de las áreas de la vida (Jos. 24:15; Mt. 7:24-
27; Ro. 12:1-2). La persona que ya es discípulo también se puede consolar con las
palabras de Isaías: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti
persevera; porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en
Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos” (26:3-4).
Los seguidores dedicados e incondicionales de Cristo no se sorprenderán por la peor
adversidad o sufrimiento posibles, aunque asuma la forma de oposición de nuestros
propios familiares:
No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino
espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija
contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de
su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a
hijo o hija más que a mí, no es digno de mí (Mt. 10:34-37).
Para aquellos que son conversos provenientes de familias incrédulas, la persecución
puede ser real y la lucha puede ser grande. En esos casos, a quienes más ama y con
quien debiera tener las relaciones terrenales más íntimas con frecuencia pueden
parecer ser sus peores enemigos. Aunque puede que el odio nunca traiga como
resultado la ejecución, con frecuencia termina en alienación.
Después de eso, Jesús pone un reto aún mayor: “y el que no toma su cruz y sigue en
pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida
por causa de mí, la hallará” (vv. 38-39). Aquí Jesús enfatiza la necesidad de
abnegación total de sus discípulos, incluso si significara su muerte.
Mi propósito con acercarnos a las palabras de Jesús sobre el discipulado radical es
aclarar que si nuestro deseo es seguir al Señor completamente, entonces es necesario
que nos recuerden todo lo que puede implicar. Si transitamos fielmente el camino del
discipulado todos los días, estaremos concientes de todas las posibles consecuencias
de la obediencia.
Cuando suceda eso, ninguna circunstancia de sufrimiento nos sorprenderá totalmente.
Si nos llaman a sufrir un dolor físico prolongado que pueda incluso concluir en la
muerte, puede que nos sorprendamos inicialmente. Pero si somos discípulos de Cristo,
no permaneceremos en un estado de choque. Si Dios llamó a los apóstoles y a muchos
otros del pasado a soportar el martirio, seguramente Él tiene el derecho de enviarnos
sufrimiento a algunos de nosotros, aún así, Él puede proveernos todos los recursos que
necesitemos para enfrentarlo (2 Co. 12:7-10; Fil. 4:11-13; 1 P. 5:6-7).
El discipulado desvía el sufrimiento
El concepto de la medicina preventiva ha proporcionado avances moderados en los
últimos años. Para muchas personas la mejor medicina no es la medicina, se esfuerzan
por mantenerse en buena forma para evitar enfermedades y heridas. La locura de estar
en forma y la creciente conciencia de los buenos hábitos de alimentación que la
acompaña son manifestaciones de este objetivo.
La idea de la prevención ha existido desde hace mucho más tiempo en el medio del
mantenimiento automotriz. Muchos propietarios de automóviles cambian fielmente el
aceite de su motor cada 4.828 kilómetros y sistemáticamente se mantienen alertas con
respecto a otros fluidos vitales, así como los componentes funcionales básicos del
vehículo. Estas personas preferirían pagar pequeñas sumas de dinero en intervalos
sistemáticos para tener sus autos en buen estado, en lugar de arriesgarse a una ruptura
inconveniente o a una reparación capital costosa más tarde.
Podemos aplicar esa misma analogía preventiva a nuestras vidas cristianas y en
particular a nuestras experiencias con el sufrimiento. El mantenimiento espiritual
preventivo está implícito en estar preparado para lo inesperado y en tener una
mentalidad que acepte los rudimentos del discipulado antes de que nos sobrevengan
los sufrimientos y las calamidades. Este tipo de disciplina espiritual nos permite
reaccionar bíblicamente ante las pruebas y persecuciones y apreciar sus efectos
purificadores.
Los discípulos reaccionan con una oración de agradecimiento
En Filipenses 4:6 el apóstol Pablo nos exhorta a que “Por nada estéis afanosos, sino
sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con
acción de gracias”. Esta actitud del cristiano maduro y estable —acción de gracias
ante cualquier problema— constituye un antídoto fuerte para la preocupación y el
afán. Aunque se supone que le pidamos a Dios ayuda a gritos cuando nos sobrevengan
los problemas, Pablo no quiere que dudemos, culpemos, ni cuestionemos a Dios. Ese
tipo de actitud demuestra una insatisfacción y descontento con su plan para nosotros.
El verdadero discípulo reacciona ante el sufrimiento con una actitud de acción de
gracias porque, como hemos visto anteriormente, él conoce las promesas de Dios y se
da cuenta de que Él ha prometido que nada vendrá a su vida que no pueda soportar. La
meta suprema de Dios es nuestra perfección (1 P. 5:10). Podemos estar agradecidos
porque Dios tiene un propósito con nosotros y Él nos provee del su poder para que
podamos enfrentar el sufrimiento y salir triunfantes.
Nótese lo que dice Filipenses 4:7 sobre los resultados de una gratitud de corazón
como esa: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros
corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. A todos los creyentes les gustaría
conocer la paz, la tranquilidad, la calma interna y el contentamiento en medio del
sufrimiento. El versículo 7 promete exactamente una paz como esa.
Una actitud de oración de acción de gracias, no importa cuál sea la situación, trae
como resultado que recibamos la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.
Además, un análisis más profundo de los versículos 6 y 7 revela que lo que está en
juego en medio de nuestra oración no es la respuesta específica de Dios, sino la paz
que Él provee. Por consiguiente, siempre que padezcamos dolor y sufrimiento, es
necesario que estemos claros de que a Dios le preocupa primeramente nuestra actitud
de corazón, no proveernos respuestas o alivio instantáneos a nuestros caprichos o
deseos. Esta verdad no surge con
Pablo, sino que se remonta a los comienzos del Antiguo Testamento. El libro de Job
es un buen ejemplo, fundamentalmente cerca del final del libro donde Dios le hace a
Job una serie de preguntas sobre Sí mismo (Job 38-41). Dios no respondió las
preguntas porque ese no era su propósito. Él sencillamente quería que Job reconociera
y se sometiera a su soberanía.
La paz, cuando se comprende bíblicamente, es un concepto maravilloso. He aquí lo
que plantea el erudito de la Biblia y ex maestro mío, el Dr. C. L. Feinberg:
La idea básica y primaria de la palabra bíblica “paz” (AT salom; NT eirene) es
compleción, solidez, entereza.... Las bendiciones innumerables del cristiano giran
alrededor del concepto de paz. El evangelio es el evangelio de la paz (Ef. 6:15). Cristo
es nuestra paz (Ef. 2:14-15); Dios el Padre es el Dios de paz (1 Ts. 5:23). El privilegio
inalienable de todo cristiano es la paz de Dios (Fil. 4:9) por el legado de paz dejado
por Cristo en su muerte (Jn. 14:27; 16:33). Estas bendiciones no son beneficios
acumulados en gloria solamente, sino que son una posesión actual (Ro. 8:6; Col.
3:15). Por eso, la paz es “una concepción claramente peculiar al cristianismo, el
estado tranquilo de un alma asegurada de su salvación a través de Cristo y por ende no
le teme a nada que provenga de Dios y está contento con su condición terrenal, del
tipo que sea” (Thayer) (“Paz”, en Evangelical Dictionary of Theology [Diccionario
evangélico de teología], editado por Walter A. Elwell [Grand Rapids: Baker, 1984],
833).
No importa cuán difícil sea su sufrimiento, si usted se muestra sensible a Filipenses
4:7, Dios le concederá paz.
Los discípulos confían en la providencia de Dios
En el capítulo 1 ratificamos la necesidad de tener un entendimiento básico de la
soberanía de Dios con relación a los sufrimientos y las pruebas. Con respecto a
nuestro estudio de la preparación para la adversidad, nos es necesario examinar la
faceta de la soberanía de Dios conocida como providencia.
Providencia es un término que no se usa en las Escrituras, pero es un término que
definitivamente denota una verdad bíblica y doctrinal. (Este fenómeno, claro está, no
es único. La mayoría de nosotros estamos concientes de que la palabra trinidad no
aparece realmente en la Biblia. Pero sabemos que la verdad de este concepto está
implícita en las Escrituras y constituye una doctrina fundacional cristiana.) La
providencia está relacionada con la idea de que Dios provee y organiza todo a través
de medios comunes y procesos naturales para llevar a cabo su propósito.
La providencia es la manera más frecuente en que Dios obra en el mundo y controla el
curso diario de los sucesos para cumplir su propósito. La otra manera por la que Él
puede actuar en la sociedad humana es por medio de los milagros, los cuales hizo
numerosas veces durante varios períodos de la historia de la Biblia. (Aunque creo que
Dios obra continuamente a un nivel sobrenatural y que para Él, cualquier cosa es
posible, no creo que Él realice milagros en la actualidad como los hacía en los tiempos
de los profetas, de Cristo y de los apóstoles. Para un desarrollo detallado de ese
criterio, ver mi libro Charismatic Chaos [El caos carismático] [Grand Rapids:
Zondervan, 1992], 106-27.) Mientras que Dios obra providencialmente en el curso de
la historia juntando todos los innumerables factores del mundo de los seres y los
sucesos y coordinándolos para lograr sus propósitos, los milagros interrumpían el
curso de la historia y suspendían una o más leyes naturales de modo que Él pudiera
lograr su voluntad de un modo sobrenatural. Me parece que creer en la providencia de
Dios es un ejercicio de fe mayor que creer en milagros relativamente poco
complicados.
Sin embargo, irónicamente algunos creyentes profesos aseguran tener gran fe en los
milagros, los cuales siempre han sido poco comunes o incluso ninguno, y
prácticamente le exigen a Dios que haga uno para sanar una herida, curar una
enfermedad, o librarlos de alguna crisis. Pero al mismo tiempo estas personas
entienden poco o nada de la verdad de la providencia de Dios. De muchas maneras el
funcionamiento cotidiano de la providencia, en la que Dios constantemente debe
organizar millones de detalles y circunstancias, constituye un milagro mucho mayor
de lo que consideramos comúnmente como milagro. Por ende, la
fe en la providencia de Dios aporta mucho a nuestro contentamiento general delante
de Dios.
Pablo tenía una confianza genuina en la providencia de Dios, ya fuesen las cosas
fáciles o difíciles: “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a
contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Fil. 4:11). El patriarca José adquirió
una confianza similar por medio de sus experiencias en Egipto. Él les resume también
a sus hermanos su fe en la providencia de Dios:
Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros
pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy,
para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os
sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón (Gn.
50:19-21).
Nunca conocerá todos los beneficios del poder del sufrimiento hasta que se dé cuenta
de que un Dios soberano lo ordena todo providencialmente para su bien y para la
gloria de Él. Cuando llegue a aceptar que Dios está en control de todas las cosas, usted
estará mucho mejor preparado para lidiar con cualquier dificultad o sufrimiento que Él
decida ponerle en su camino: “Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les
ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28).
Los discípulos están preparados para los ataques de Satanás Al considerar la
preparación espiritual frente al sufrimiento potencial, tenemos la necesidad constante
de mantener un equilibrio. Esto resulta muy importante al analizar, aunque
brevemente, el papel de Satanás en el sufrimiento de un creyente. 1 Pedro 5:8-9 dice:
“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda
alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los
mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo”.
Estos versículos sugieren un método muy sencillo de cómo lidiar con Satanás, en
comparación con los extremos que negarían la existencia de un diablo y demonios
personales (representado por los ateos y secularistas) o que lo ven implicado y lo
culpan directamente de cada uno de los problemas que tenga un cristiano
(representado por los
evangélicos de varias creencias que alientan la lucha espiritual continua y esotérica).
Primero, el método directo de Pedro nos dice que estemos alerta. Debemos estar
vigilantes de nuestros alrededores y de nuestras relaciones y estar alertas a las
tentaciones potenciales. Al hacerlo también debemos darnos cuenta de que Satanás ya
ha sido derrotado por Cristo y que nosotros, como creyentes, podemos verlo también
derrotado en nuestras vidas (1 Jn. 4:4).
Segundo, Pedro dice que debemos “resistir [al diablo], firmes en [nuestra] fe” (1 P.
5:9). Esta amonestación es muy semejante a la que proporciona Santiago: “Resistid al
diablo, y huirá de vosotros” (4:7). “Resistid” significa sencillamente “hacerle frente
a”. Eso lo hacemos manteniéndonos firmes en la verdad objetiva de nuestra fe
cristiana y en nuestra confianza en Dios. Satanás es un mentiroso y un impostor,
hacerle frente a sus ataques directamente con la verdad revelada de Dios es la manera
más extraordinaria y eficaz de contraatacarlo.
Una estrategia como esa dista mucho de lo que creen los extremistas de la lucha
espiritual. Ellos alegan que necesitamos atar a Satanás, pero no está exactamente claro
lo que quieren decir con eso. Las Escrituras no dicen nada del criterio contemporáneo
de que los creyentes puedan hacerle frente y “atar” a Satanás y sus demonios. Si eso
fuese cierto, Pedro, Pablo, o alguno de los otros autores del Nuevo Testamento habría
ratificado un ministerio como ese y habría provisto instrucciones al respecto. (Para un
análisis más completo de la lucha espiritual, ver mi libro How to Meet the Enemy
[Cómo hacerle frente al enemigo] [Wheaton, 1ll.: Victor, 1992], fundamentalmente
los capítulos 2-3.)
Las Escrituras sí confirman que Satanás puede desempeñar un papel en el sufrimiento
y la persecución (Job 1:1 —2:8; Mt. 4:1-11; Mr. 1:21-27; 5:1-20). Pero en todos esos
relatos Dios está en control. Si se ha de atar a alguien, Cristo enviará un ángel a
hacerlo (vea Ap. 20:1-3). Por ende, nuestro deber ahora es prestarle atención a la
instrucción de Pedro y de Santiago y recordar que nuestra vigilancia contra Satanás no
se logra por medio de nuestras propias fuerzas ni por ningún tipo de estrategias
verbales o mentales astutas. El apóstol Pablo dice:
Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de
nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de
fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento
de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Co. 10:3-5).
La clave para la preparación real y la conciencia del papel de Satanás en el
sufrimiento es tener nuestros corazones y nuestras mentes fijados en la obediencia a
Cristo y la verdad. Así es como estaremos mejor preparados para beneficiarnos del
poder del sufrimiento cuando Dios nos ponga pruebas persecuciones y aflicciones en
nuestras vidas. Un discípulo fiel del Señor está preparado para lo que le sobrevenga.
Seis
Cómo lidiar con el sufrimiento
Considérese esta cita, que da inicio a uno de los capítulos finales de un libro
contemporáneo sobre cómo estudiar la Biblia: Muchos cristianos son como fotografías
pobres, sobreexpuestas y reveladas demasiado rápido. Han aprendido mucho de la
Palabra de Dios, pero ¿cómo ha influido en sus vidas? El crecimiento espiritual
constituye un compromiso al cambio. Y aún así, el corazón humano no se resiste con
tanta fuerza a nada como al cambio. Haremos de todo para evitarlo (Howard G.
Hendricks y William D. Hendricks, Living by the Book [Cómo vivir según el manual]
[Chicago: Moody, 1991], 292).
Esas observaciones se hicieron con relación a la aplicación de las verdades de las
Escrituras. La aplicación es el paso decisivo y lógico en el proceso de estudio de la
Biblia, pero con frecuencia se maneja incorrectamente o se omite por completo. Al
acercarnos a la conclusión de nuestro estudio del sufrimiento, espero que no
descuiden ni eviten la aplicación de lo que han aprendido. Con un tema tan difícil
como este, resulta muy importante reflexionar sobre los problemas que tienen un
efecto en su vida. La primera pregunta que necesita hacerse al pensar en la posibilidad
de enfrentar pruebas y persecuciones es “¿Cómo reaccionaré?” Usted reaccionará con
una actitud positiva, como lo hombres que estudiamos en los capítulos 2-4, y
disfrutará de beneficios positivos, o reaccionará negativamente y agravará el
problema.
Cambio de carácter: Cómo lidiar bien con el sufrimiento
En la actualidad oímos mucho en el argot de la cultura popular sobre el carácter,
mucho de ello es negativo. El mero uso de la palabra carácter, como en la frase
“¡Vaya carácter el que tiene!”, informa a cualquiera que conozca del habla
contemporánea que la persona a la que describimos tiene mal carácter o incluso un
carácter áspero. Igualmente, si a alguien se le dice “¡Cambie ese carácter!”, eso
significa que debe cambiar su conducta negativa por un carácter positivo en una
situación que lo exige. La primera carta del apóstol Pedro se centra en el tema del
sufrimiento. En ella presenta dos de los cuatro elementos que constituyen una actitud
o carácter apropiado en respuesta al sufrimiento:
Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si
alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los
padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con
gran alegría. Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados,
porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. (4:12-14).
No se sorprenda por el sufrimiento
El primer componente del carácter o actitud que le ayudará en las pruebas difíciles es
esperarlas. Ya que nacemos destinados al problema como pecadores caídos en un
mundo caído de pecadores, es razonable no sorprenderse cuando aparezcan los
problemas. En el contexto de esta epístola, aunque Pedro hace una referencia más
específica a la persecución y lo inevitable que es, aún así él plantea, esperen las
pruebas.
Pedro está repitiendo la instrucción con respecto al sufrimiento por la persecución que
hallamos en todas partes del Nuevo Testamento (Jn. 15-16; 2 Ti. 3:12; 1 Jn. 3:13). Las
palabras y las acciones de los creyentes testifican contra un mundo impío. Se debe
esperar que eso traiga como resultado un contragolpe de persecución por parte de los
incrédulos ofendidos e ingratos, aunque no siempre sucede. Pero una reacción como
esa hacia nosotros es parte del costo del discipulado, como ya hemos analizado.
Aunque él está centrado en la persecución que proviene de nuestra fe e identificación
con Jesucristo, el uso que Pedro hace de la expresión “el fuego de prueba” en 1 Pedro
4:12 podría referirse a cualquier tipo de problemas. Tanto en el Nuevo Testamento
como en el Antiguo
Testamento en griego, la palabra traducida “fuego” se usa para denotar horno. En el
Antiguo Testamento se refería a un horno de fundición en el que se funde el metal
para purgarlo de elementos foráneos. En el Salmo 66:10 dice: “Porque tú nos
probaste, oh Dios; nos ensayaste como se afina la plata”. Por ende, aquí en 1 Pedro el
fuego de la prueba es una referencia simbólica de la aflicción que Dios designa “para
su afinación”, para su purificación.
Primera Pedro 4:12 concluye con un señalamiento de que las pruebas y las
persecuciones no son “alguna cosa extraña” que es fuera de lo común. Pablo dice que
todas las pruebas son “humanas” (1 Co. 10:13). En esencia Pedro está diciendo que no
nos debieran sorprender los sufrimientos, como si nos estuvieran sucediendo
sencillamente por casualidad. La persecución, la aflicción y el sufrimiento son parte
de las cosas que debemos esperar de la vida y no interfieren con el plan de Dios. Son
comunes para todos, fundamentalmente para los creyentes obedientes y fieles.
Regocijarse en el sufrimiento
El segundo elemento positivo que Pedro quiere que tengamos en nuestro carácter o
actitud hacia los sufrimientos es regocijarnos en ellos. Esto nos recuerda las palabras
del Señor Jesús en las Bienaventuranzas: “Bienaventurados sois cuando por mi causa
os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos” (Mt. 5:11-12).
Ésta es una de las exhortaciones más retadoras de las Escrituras. Y Pedro afirma que
las palabras son ciertas cuando dice “gozaos” (acción continua) en 1 Pedro 4:13.
También vimos en el capítulo 3 que el apóstol Pablo demostró gozo frente a los
sufrimientos. Esta actitud se encuentra definitivamente en todas las Escrituras y
resulta difícil de evadir si queremos ser diligentes con todo cuando diga el Espíritu
Santo. Y tiene sentido gozarnos por la providencia y propósito soberanos y
misericordiosos de Dios con nuestro sufrimiento. Hasta el peor sufrimiento está
obrando a nuestro bien (Ro. 8:28).
El dotado expositor D. Martyn Lloyd-Jones, nos ayuda a distinguir cuidadosamente lo
que se quiere decir con el concepto de regocijarse en el sufrimiento:
¿Por qué el cristiano se ha de regocijar así [cuando se enfrenta a la persecución] y
cómo es posible que lo haga? Aquí es donde llegamos al meollo del asunto.
Obviamente el cristiano no se debe regocijar por el mero hecho de la persecución. Eso
es algo que siempre se ha de lamentar. Aún así cuando lea biografías cristianas verá
que ciertos santos han enfrentado esa tentación con mucha firmeza. Se han regocijado
erróneamente en su persecución por su propio nombre. Ahora bien, con seguridad ese
era el espíritu de los fariseos. Eso es algo que nunca debemos hacer. Si nos
regocijamos en la persecución en sí misma, si decimos: “Ah, bien; me regocijo y me
siento muy feliz de que estoy mucho mejor que aquellas otras personas. Eso es por
que ellos me están persiguiendo”, de inmediato nos volvemos fariseos. La persecución
es algo que el cristiano siempre debe lamentar; debe ser para él una fuente de gran
pesar de que hombres y mujeres, por el pecado y porque están tan dominados por
Satanás, se comporten de una manera tan inhumana y diabólica. El cristiano es, en un
sentido, alguien que debe sentir desgarrársele su corazón al efecto del pecado en otros
que los hace hacer eso. Así que nunca se regocija en el hecho de la persecución como
tal (Studies in the Sermón on the Mount [Estudios sobre el Sermón del Monte] tomo 1,
[Grand Rapids: Eerdmans, 1959], 142-43).
Por ende, debemos estar claros de que nuestro texto de Primera Pedro no está diciendo
(ni en ningún otro pasaje) que los creyentes deben tener una actitud elitista o
masoquista con respecto al sufrimiento.
Nuestro regocijo no debe estar relacionado con el dolor ni la dificultad en sí, sino con
las ramificaciones del mismo. Pedro se refiere a algunas de ellas en 1 Pedro 4:13.
La frase “por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo” quiere decir
que somos privilegiados, cuando se nos persigue por justicia, para disfrutar la
fraternidad del sufrimiento de nuestro Señor. Eso no quiere decir que padezcamos los
sufrimientos expiatorios de
Cristo. Más bien, Pedro sencillamente está diciendo que los creyentes, pueden padecer
el mismo tipo de sufrimiento que Jesús soportó y por su nombre, sufrir por anunciar
su evangelio de salvación. Pablo fue un ejemplo de alguien que sufrió así y testificó
de ellos varias veces en sus epístolas (Gá. 6:17; Fil. 1:29-30; 3:10; Col. 1:24). Los
otros apóstoles aprendieron rápidamente cómo regocijarse después de sufrir por el
nombre de Jesús. Para ellos tal sufrimiento era un tremendo privilegio (Hch. 5:40-41).
Puede ser así también para nosotros, si nos acercamos a Él y lo recibimos con la
actitud o carácter apropiado.
Pedro continúa en 4:13 dándonos aún más incentivo para regocijarnos cuando nos
sobrevenga el sufrimiento: “para que también en la revelación de su gloria os gocéis
con gran alegría”. “la revelación de su gloria” constituye sencillamente otra forma de
referirse a la segunda venida de Jesús (vea Mt. 25:31; Lc. 17:30). Y “gocéis con
alegría” le da más intensidad al primer uso de la palabra regocijar de Pedro. Si los
cristianos son fieles como para aceptar el sufrimiento y la persecución como lo hizo
Cristo, entonces cuando Él regrese ellos se regocijarán realmente, con una magnitud
que sobrepase todos los otros gozos (vea también Lc. 6:22-23).
Tenemos una razón más para responder con una actitud o carácter de gozo cuando nos
enfrentemos a la persecución: el Espíritu Santo reposa sobre nosotros (1 P. 4:14). A
primera vista eso parece una declaración de verdad tan sencilla. Pero las palabras de
Pedro, inspirado por el propio Espíritu del que él habla, son verdaderamente
asombrosas y profundas. Primero, la presencia del Espíritu no está relacionada con
algún sentimiento vago o subjetivo de bendición, tipificado por exclamaciones como:
“¡Esto es una bendición tan grande!” o: “Que el Señor te bendiga”. En cambio, su
presencia es objetiva, podemos estar seguros de que Él nos acompaña cuando
sufrimos o se nos persigue.
El pueblo de Dios a través de la historia ha estado muy consciente de esta realidad.
Pedro denomina al Espíritu Santo “el Espíritu de gloria”, lo que enfatiza que Dios, el
tercer miembro de la Trinidad, tiene gloria como un atributo esencial, como se revela
en la luz shekinah que aparece en el Antiguo Testamento. Significaba la presencia de
Dios, ejemplificado por la zarza ardiente, el resplandor en el monte, la
columna de fuego que guiaba a los israelitas en el desierto, y la nube que entraba al
tabernáculo y al templo.
Aunque el Espíritu no se muestra de esa manera hoy día, no obstante, su presencia
gloriosa es real para el creyente que se encuentra en el centro del sufrimiento y la
persecución. Esto debe significar algo más de lo que es normal para los creyentes,
primeramente, la condición de que el Espíritu more dentro de nosotros. Eso sucede
siempre con todos los creyentes (Ro. 8:9). Este reposo del Espíritu sobre el cristiano
que sufre es una gracia especial de ministerio fuera de lo normal. Como estudiamos en
el capítulo 2, el Espíritu de gloria definitivamente reposó sobre Esteban en el
momento de ser apedreado. El Espíritu Santo lo refrescó tomando el control y
volviéndose la fuerza dominante para levantarlo de aquella agonía (lea nuevamente
Hch. 6-7).
Las verdades útiles de 1 Pedro 4:13-14 proporcionan razones vitales para que
adoptemos actitudes de regocijo en medio de la persecución y el sufrimiento. A lo
largo de los siglos de la historia de la iglesia, muchos santos que han resistido la
persecución y el martirio han conocido las realidades de las palabras del apóstol
Pedro. Thomas Cranmer (1489-1556; primer arzobispo protestante de Canterbury;
autor del primer y segundo libro de oraciones y los treinta y nueve artículos de la
Iglesia de Inglaterra) le siguió los pasos a Esteban y experimentó la gracia y la fuerza
abrumadoras del Espíritu Santo en la hora de su mayor crisis. Fue arrestado por la
Reina María, de la Iglesia Católica Romana en 1553 y finalmente fue quemado en la
hoguera porque no renunció a sus creencias protestantes. He aquí como él lidió con su
último sufrimiento:
Enseguida se trajo una cadena de hierro, se ató con ella a Cranmer, sujetándolo así al
poste. Luego cuando se hubieron apilado los haces de leña, el representante de la
corona ordenó que se trajera fuego. Y cuando se encendió la leña, el fuego comenzó a
arder cerca de él, todos los que estaban allí lo vieron, extender su mano derecha. ..y
sostenerla en las llamas. Allí la mantuvo con tanto estoicismo que todas las personas
la vieron arder, antes de que su cuerpo fuera tocado por el fuego. Él se encontraba tan
paciente y firme en medio de este tormento extremo, que no pronunció palabra
alguna, no pareció moverse más que el poste al que estaba atado. Sus ojos los tenía
puestos en el cielo y con frecuencia repetía: “Ésta fue la mano que lo escribió [un
desmentido previo del protestantismo, algo que desde entonces había revocado]”:
“esta mano derecha indigna”, hasta que su voz se lo permitió; y con la misma
frecuencia usando las palabras del mártir Esteban: “¡Señor Jesús, recibe mi espíritu!”
hasta que la furia de las llamas lo silenciaron, él entregó su espíritu (J. Foxe, Foxe’s
Christian Mártirs of the World [Mártires cristianos del mundo escrito por J. Foxe]
[Chicago: Moody, s.f.], 506).
La única explicación que podemos dar de la asombrosa serenidad y fortaleza del
obispo Cranmer en el sufrimiento, fue que el Espíritu de gloria reposó sobre él y
espiritualmente lo levantó del dolor físico y el temor humano. El mismo Espíritu nos
está disponible en abundancia, permitiéndonos conocer el poder del sufrimiento en
cualquier persecución, tribulación, o prueba que tengamos que soportar. Él
proporciona una gracia que es única para los requisitos de nuestro sufrimiento.
Cómo evaluar el sufrimiento
Otros dos elementos necesarios de una buena actitud o carácter al lidiar con el
sufrimiento se encuentran en 1 Pedro 4:15-19. Pedro escribe:
Así que, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por
entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence,
sino glorifique a Dios por ello. Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa
de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no
obedecen al evangelio de Dios? Y: Si el justo con dificultad se salva, ¿En dónde
aparecerá el impío y el pecador? De modo que los que padecen según la voluntad de
Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien.
La tercera característica que necesitamos a fin de componer nuestra respuesta al lidiar
con el sufrimiento es evaluarlo. Pedirle a Dios el discernimiento para comprender el
propósito del sufrimiento y cómo contribuye a ubicarnos en el centro de su voluntad
es algo que no debemos pasar por alto.
Para asegurarse de que nadie se confunda al pensar que todo el sufrimiento es parte de
la voluntad de Dios para los creyentes, 1 Pedro 4:15 menciona cuatro males por los
que nunca debiéramos sufrir. Los primeros tres —homicida, ladrón, malhechor— son
bien obvias y sencillas. La cuarta: “entremeterse en lo ajeno”, aunque a primera vista
parece bastante obvio, requiere mayor escrutinio para comprenderlo completamente
con relación a nuestro tema.
Alguien que se entremete en lo ajeno describe a la persona que siempre está interesada
en los asuntos de todo el mundo menos en los suyos. Pablo se refiere a este tipo de
actividad varias veces en sus epístolas y dice que debemos rechazar ese tipo de
conducta impertinente (1 Ts. 4:11; 2 Ts. 3:11; 1 Ti. 5:13). En esos versículos queda
bien claro que entremeterse es una conducta maligna. Pero también nos podemos fijar
en el término desde otro ángulo y aclarar algunos conceptos erróneos con respecto a la
conducta social apropiada de los cristianos.
Algunos intérpretes creen, y estoy de acuerdo, que 1 Pedro 4:15 se está refiriendo a la
agitación política, la actividad revolucionaria que trata de perturbar e interferir en la
función y curso del gobierno existente. Si una interpretación como esa es correcta,
entonces Pedro les está exigiendo a los cristianos que vivan como buenas personas en
culturas no cristianas. Esto se corresponde con lo que él escribió en 1 Pedro 2:11-19 y
lo que Pablo exigió en Romanos 13:1-7 y Tito 3:1-4. Ellos deben cumplir con su
trabajo, llevar vidas pacíficas, predicar el evangelio y exaltar a Cristo. Él no deja
cabida para que los creyentes se vuelvan revolucionarios tratando de derrocar el
gobierno o imponer las normas cristianas en la cultura o en el centro de trabajo. Ser
perseguido (o juzgado) por el gobierno por agitación problemática, o ser disciplinado
por un empleador por actividades perturbadoras, no es sufrir por la razón apropiada.
No resulta honroso como cristiano encontrarse en esa posición, es vergonzoso.
Un ejemplo común y pertinente de este tipo de actividad de intromisión que requiere
castigo, aún así algunos cristianos profesos lo ven como un ministerio legítimo, es la
estrategia de protesta extrema de algunos grupos antiabortistas. A lo que me refiero es
a los actos de desobediencia civil (bloquear las entradas de las clínicas de abortos y
rehusarse a cumplir con las órdenes de la policía), ataque de clínicas, y el asesinar a
médicos y trabajadores de esas clínicas. Los asesinatos y los intentos de asesinatos de
personal trabajador de clínicas de aborto son los ejemplos más atroces de tal
activismo. Desde principios de 1993, al menos tres casos de este tipo se han vuelto
importantes en las noticias. Uno terminó con la sentencia en 1994 de un ex ministro
presbiteriano, quien les dijo a los reporteros que él sabía sin lugar a dudas que de ser
ejecutado, iría directamente al cielo después.
No sea que me malinterpreten, quiero ratificar que me opongo irrevocablemente a
matar a un niño que no haya nacido. La Biblia es muy clara en muchas referencias de
que a Dios le preocupa la santidad de la vida en todas las fases (Gn. 1:27; Éx. 21:22-
25; Dt. 30:19; Job 10:8-12; 31:15; Sal. 100:3; 139:13-16; Mt. 18:6, 14; Gá. 1:15).
También estoy muy conciente de que muchos cristianos piadosos y dedicados forman
parte del movimiento a favor de la vida y han hecho mucho bien en los últimos veinte
años por educar a las personas sobre la importancia de esta causa. Estos trabajadores a
favor de la vida también han ayudado a proveer orientación beneficiosa y asistencia
material por medio de varias agencias de servicio a crisis en el embarazo.
Por consiguiente, no estoy criticando los esfuerzos válidos, pacíficos y legítimos del
movimiento antiabortista a favor de la vida. Sencillamente estoy señalando que las
acciones extremistas, realizadas en nombre del cristianismo, son erróneos. Incluso el
apoyo implícito de los creyentes “desde afuera” a tales acciones no es bíblico.
Cualquier cristiano que participe en actividades diseñadas para promover lo que no es
correcto y compensar lo que es injusto debe usar discernimiento bíblico para decidir
qué estrategias apoyará. Hacer lo contrario es convertirse en alguien que se “entremete
en lo ajeno”, alguien que no está sufriendo en el nombre de la justicia.
El apóstol Pedro presenta una razón final para que los creyentes evalúen el
sufrimiento al sobrevenirles: “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa
de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no
obedecen al evangelio de Dios?” (1 P. 4:17) Debemos estar preparados para el
sufrimiento porque Dios nos está aleccionando, probándonos y purificándonos como
miembros de su iglesia al final de esta era. En el versículo 7 Pedro señala que ahora
estamos viviendo en los tiempos del fin: “el fin de todas las cosas se acerca”. Cristo
apareció al principio de esta última era para sufrir, morir y juzgar nuestros pecados en
la cruz. Nuestros sufrimientos comenzaron en la cruz y son parte del plan en
desarrollo de Dios que se culmina con el Gran Trono Blanco. (“Tiempo” en el v. 17
significa con mayor precisión “temporada”. Se refiere al momento crucial en la
historia de la revelación de Dios cuando comienza el juicio.)
La “casa de Dios” (la iglesia) siempre se encuentra en un proceso de purgación y
purificación. Eso ha ocurrido a lo largo de la historia de la iglesia, desde los primeros
días de la iglesia (Ananías y Safira; Hch. 5), hasta la época de los escritos de Pedro
(bajo Nerón y otros emperadores romanos), hasta la época de la Reformas y de ahí,
hasta el siglo XX (en Europa oriental y China). El proceso no se ha detenido, por lo
tanto necesitamos evaluar nuestras propias persecuciones en el contexto mayor de la
obra refinadora y purificadora de Dios en su iglesia. Puede que haya tiempos en que
Dios necesite disciplinarnos para que podamos servirlo con mayor eficacia (He. 12:5-
13).
Pedro sabía de la orden de juicio de Dios en esta era, que comienza con nosotros y
finalmente cae sobre los incrédulos con una furia total y decisiva (muy diferente de la
purificación y aleccionamiento que experimentamos). Pedro usa ese contraste para
darnos la perspectiva correcta de todo el proceso (1 P. 4:17-18; vea también 2 Ts. 1:4-
7). Es mucho mejor resistir algún sufrimiento ahora como aleccionamiento por el
pecado mientras el Señor purga la iglesia, que resistir en el futuro los sufrimientos de
los no salvos.
Cómo confiar en Dios en medio del sufrimiento
El cuarto y último elemento que el cristiano que sufre debería tener en su actitud o
carácter es el de encomendarse a Dios. Pedro escribe: “De
modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel
Creador, y hagan el bien” (1 P. 4:19).
La palabra “encomendar” es un término bancario que significa “depositar a buen
recaudo”. Pedro está exhortando a cualquier creyente que sufra a entregar su alma (su
vida) al cuidado de Dios. Aquí Pedro describe a Dios como un “fiel Creador”, lo que
nos recuerda que Él nos creó y que es totalmente capaz y digno de confianza para
ocuparse de todas nuestras necesidades.
El apóstol está suponiendo que su público, tras haber leído los versículos anteriores (y
muchos habiendo experimentado personalmente la persecución), tenían un
conocimiento básico de lo que acarreaba la persecución. Así que él presenta a Dios no
solo como quien es fiel, sino también como quien es soberano. Él ha permitido el
sufrimiento en sus vidas según su plan y propósito generales. Por ende, solo resulta
lógico y razonable que los lectores de Pedro se sientan instados a confiar en Dios a
través de las pruebas y las persecuciones. Resulta tan solo razonable que nosotros
también debamos mantener una actitud de confianza al soportar el sufrimiento. Eso se
asemeja en principio a la exhortación archiconocida de Pablo en Romanos 12:1: “Así
que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros
cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional [o,
espiritual]”. Las palabras de Pablo nos recuerdan nuevamente de la relación estrecha
que existe entre el discipulado y el sufrimiento. Resulta mucho más fácil lidiar con el
sufrimiento si ya hemos planificado en nuestros corazones encomendarlo todo al
Señor. Si tenemos una actitud o carácter de sumisión, obediencia y culto expiatorio,
no nos preocuparán las pruebas ni la persecución que Él pueda permitir.
Jerry Bridges ofrece esta perspectiva adicional con respecto a la exhortación de
confiar en Dios durante períodos de sufrimiento:
Hay que reconocer que confiar en Dios en períodos de adversidad es algo difícil de
hacer.... Confiar en Dios es cuestión de fe, y la fe es el fruto del Espíritu (Gá 5:22).
Solo el Espíritu Santo puede hacer que su Palabra cobre vida en nuestros corazones y
cree la fe, pero podemos
decidir volvernos a Él para hacer eso, o dejar que nos gobiernen nuestros sentimientos
de preocupación, resentimiento, o pesar.
John Newton, autor del himno “Gracia admirable”, vio al cáncer matar a su esposa
lenta y dolorosamente durante un período de muchos meses. Al narrar sobre aquellos
días, John Newton dijo:
Creo que fue cerca de dos o tres meses antes de su muerte, que caminaba de un lado a
otro de la habitación, ofreciendo oraciones inconexas salidas de un corazón
desgarrado de angustia, que me sobrevino un pensamiento repentinamente, con una
fuerza inusual, manifestando esto: “Las promesas de Dios deben ser ciertas;
seguramente el Señor me ayudará, ¡si es que yo estoy dispuesto a ser ayudado!” Se
me ocurrió, que con frecuencia nos vemos llevados...[por una consideración indebida
de nuestros sentimientos], a darle cabida a ese pesar infructuoso que tanto nuestro
deber como nuestra paz nos exigen resistir al máximo de nuestras fuerzas. Al instante
dije en voz alta: “Señor, me siento indefenso de veras, totalmente, pero espero estar
dispuesto, sin reservas, a que Tú me ayudes” (Trusting God [Cómo confiar en Dios]
[Colorado Springs: Navpress, 1988], 195-96. Cita de Newton tomado de John
Newton, The Works of John Newton [Las obras de John Newton] [reimpresión;
Edinburgh: Banner of Truth, 1985], 5:621-22; cursivas en el original).
Geoffrey Bull constituye un ejemplo moderno de alguien que encomendó su alma a
Dios en un sufrimiento severo. Bull fue encarcelado por más de tres años por los
comunistas chinos y lo sometieron a incomunicación, a pasar hambre, intimidación y
lavados de cerebro. Él escribió un poema en medio de su difícil situación, en el que
pedía que el Señor no permitiera que el recuerdo de su Palabra se debilitara y que
tampoco lo dejara sucumbir a la duda, a la soledad, ni al miedo. Además le pidió a
Dios que le permitiera retener su paz y lo hiciera vencer la fatiga.
Los dos versos finales del poema expresaban la confianza de Bull en el cumplimiento
máximo del propósito y plan de Dios:
Y vuestro reino Dios misericordioso:
Nunca pasará.
(Citado por Pablo S. Reese, Triumphant in Trouble [Vencedores en los problemas]
[Westwood, N.J.: Revell, 1962], 119-20).
Siete
Las lecciones del sufrimiento
Un cartel colgado en la pared de un aula de una secundaria decía lo siguiente: “La
experiencia es el maestro más duro. Primero te da la prueba y luego la lección”. Esta
verdad probablemente la olvidaron la mayoría de los estudiantes que pasaron por esa
aula. Asimismo, muchos cristianos no se dan cuenta u olvidan que la experiencia de la
vida cristiana, ya sea difícil o agradable, tiende a estar seguida de un entendimiento de
las lecciones que tienen como objetivo enseñarnos. En este capítulo final estudiaremos
los principios generales que usted puede aplicar a sus circunstancias específicas para
comenzar a entender las lecciones del sufrimiento.
El Señor no solo quiere que estemos concientes de las verdades y los resultados que
tienen lugar después de períodos de prueba y sufrimiento. Él quiere que
comprendamos las lecciones como positivas con el espíritu continuo de Romanos
8:28. Horacio Bonar, el pastor escocés y compositor de himnos del siglo XIX, conocía
mucho sobre este espíritu cuando escribió:
Aquel que le da continuidad no es alguien a quien se le pueda frustrar ni obligar a
renunciar a su plan. Él puede llevarlo acabo en las circunstancias más improbables y
contra la resistencia más resuelta. Todo tiene que ceder el paso delante de Él. Este
pensamiento es para mí, lo confieso, uno de los más reconfortantes con respecto a la
disciplina. ¡Si no fuera así! Si a Dios se le pudieran frustrar sus planes después que
hemos sufrido tanto, ¡sería espantoso! ...[pero] el tratamiento de Dios debe triunfar.
No se puede malograr ni frustrarse tan siquiera en sus más arduos esfuerzos, incluso
con relación a sus objetos más minúsculos. Es la fuerza poderosa de Dios que obra
dentro y sobre nosotros, y este es nuestro consuelo.. Todo es amor, todo es sabiduría y
todo es fidelidad, aún así todo es también poder (When God’s Children Suffer
[Cuando los hijos de Dios sufren] [New Canaan, Conn.: Keats Publishing, 1981], 30-
31. Citado en Jerry Bridges, Trusting God [Cómo confiar en Dios] [Colorado Springs:
Nav Press, 1988], 176).
Durante un período específico de prueba o sufrimiento, puede que Dios parezca
distante o desinteresado en nuestra aflicción. Es por eso que nuestras emociones
humanas pueden invalidar la confianza en la verdad de Dios y podemos llegar a creer
que no deseamos ningún resultado para nuestra situación actual. Job, por otra parte,
nos muestra el tipo de resistencia y paciencia que ansía confiar en Dios y aprender
cualquier lección que su soberano propósito de ver que aprendamos. Fue la propia
confianza la que hizo que glorificara a Dios en el final de su período de sufrimiento:
Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti.
¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que
no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te
ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; mas ahora
mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza (Job 42:2-
6).
Como resultado de su paciencia y confianza inquebrantable durante su situación
difícil y prolongada. Job obtuvo un nuevo entendimiento de su Dios soberano y una
mayor seguridad de los gozos de ser tratado como uno de sus hijos. Es este gozo en el
que quiero centrar primero nuestro análisis de las lecciones del sufrimiento.
El sufrimiento produce un gozo nuevo
Ya hemos visto cómo se posibilita, por gracia, el regocijo en medio del sufrimiento.
También sucede que el gozo que experimentamos de nuestras pruebas puede ser uno
de los gozos más grandes que experimentemos. Como una de las razones principales
por las que Dios pone pruebas en la vida del creyente es para probar la autenticidad
misma de su fe (Gn. 22), ¿qué mejor ocasión para sentir gozo que después de una
experiencia de sufrimiento que ha demostrado la realidad de nuestra salvación? Una
confirmación fortalecida de nuestra salvación y la confianza de que Dios cuida de
nosotros, según se manifiesta en la realidad de que nuestro sufrimiento no podría
quebrantar nuestra fe ni separarnos de su amor, es motivo de la mayor felicidad.
En su primera epístola escrita a creyentes que sufrían persecución, el apóstol Pedro
ratifica claramente la relación estrecha entre el sufrimiento y la garantía de salvación.
Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia
nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los
muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en
los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para
alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.
En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario,
tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe,
mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea
hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo (1 P. 1:3-7).
El verdadero gozo no es barato, ni una emoción superficial y fugaz. El verdadero gozo
lo producen factores mucho más profundos que las circunstancias que producen la
felicidad superficial. Los cristianos que luchan con las circunstancias negativas de la
vida, vacilando en la duda y la consternación, se han olvidado de que el gozo genuino
que les espera proviene de la confianza en que sus vidas están ocultas con Cristo en
Dios. En la providencia de Dios, ese gozo y garantía pueden ser muy fuertes en un
período de sufrimiento.
Pedro proporciona varias perspectivas que nos ayudarán a formarnos una nueva
apreciación del gozo de nuestra salvación.
Confianza en nuestra herencia protegida
Una realidad que Pedro proporciona como incentivo para sentir gozo — no importa lo
que hayamos soportado— es la confianza en nuestra herencia protegida. Él describe
esta herencia en 1 Pedro 1:4 como una herencia que es “incorruptible, incontaminada
e inmarcesible, reservada en los cielos”. Y esta gran confianza es algo en lo que nos
podemos “alegrar” (v. 6). Este término clave es muy expresivo en el original y mucho
más fuerte que el término general traducido “alegrar”. Significa estar abundantemente
feliz en el sentido más rico. El término siempre se utiliza en el Nuevo Testamento con
relación a un gozo espiritual que proviene de una relación con Dios, nunca como un
gozo temporal (o felicidad circunstancial) que se obtiene como resultado de otras
relaciones.
Pedro nos garantiza que el sufrimiento es de veras positivo porque está atado de
manera muy íntegra a la garantía de salvación. Los discípulos de Jesús tuvieron
dificultad con esta verdad, como se evidenció cuando Él les enseñaba en el Aposento
Alto. En respuesta a su confusión y aprensión con respecto a su muerte, sepultura y
resurrección inminentes, Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo, que vosotros
lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes,
vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque
ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la
angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros
ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os
quitará vuestro gozo” (Jn. 16:20-22). Él les dijo a los discípulos que había razón para
regocijarse por lo que Él les ha prometido para el futuro cuando se acabe el
sufrimiento. Su tiempo de pesar cuando Jesús murió se convirtió en un gozo tremendo
cuando lo vieron nuevamente y comprendieron la importancia de su resurrección.
Las palabras de Pablo nos exhortan en Efesios 1:11-13: “tuvimos herencia.. .a fin de
que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos
en Cristo. . . habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la
promesa”. El Espíritu de Dios que mora en nosotros es la garantía de nuestra herencia
protegida.
Siempre que hayamos soportado un período de sufrimiento o prueba, eso tiende a
hacernos anhelar nuestra herencia eterna. Nuestro gozo no siempre será automático y
no podemos negar que el dolor y el pesar reales acompañan el sufrimiento, pero a la
larga es cuestión de hacia dónde mirar. La respuesta del creyente a las pruebas se
puede comparar con viajar en un tren. Imagínese que usted va en el vagón panorámico
de un tren que atraviesa las montañas. A la izquierda el tren pasa muy cerca de una
alta montaña y todo cuanto puede ver es una sombra oscura. A la derecha el tren deja
atrás una vista magnífica de valles, praderas, arroyos y lagos, que se extienden hasta
el horizonte visible del ojo humano. Algunas personas de las que viajan en este tren,
tal como algunas en la vida, mirarán solo a la parte izquierda, a la montaña oscura.
Pero algunos decidirán mirar a la derecha y disfrutarán del paisaje espléndido y
reconfortante.
Con demasiada frecuencia los creyentes se centran en los aspectos negativos de sus
circunstancias y los momentos lúgubres de sus períodos de prueba y sufrimiento.
Primero se concentran en las cosas negativas mientras el tren se encuentra en el túnel
de la dificultad. Pero acrecentando su pesar siguen mirando a las sombras de la
montaña de su prueba después que ya el tren ha dejado atrás el túnel. Al hacer esto,
estos cristianos pierden el gozo que les pertenece de haber tan solo mirado al
resplandor y la certeza de su herencia eterna en Cristo. Nuevamente, sencillamente es
una decisión de mirar adelante. Nada en esta vida puede quitarnos una herencia eterna
en la gloria de los cielos. Como dice Pedro, está “reservada” en los cielos para
nosotros. La reservación la hizo Dios, la compró Jesucristo y ahora la garantiza el
Espíritu Santo (como se sugiere en el inicio de este capítulo).
Confianza en una fe demostrada
Quizás el resultado positivo más grande que puede obtenerse del sufrimiento es una
nueva sensación de confianza feliz de que nuestra fe es genuina. Esa es la segunda
perspectiva de Pedro: las pruebas y los sufrimientos demuestran nuestra fe. Cuando
perseveramos con éxito en un período de sufrimiento, Dios nos ratifica la fortaleza de
nuestra fe de salvación.
En 1 Pedro 1:7, Pedro usa una ilustración terrenal para demostrar cuán valiosa es una
fe demostrada como fuente de regocijo. Él dice que es “mucho más preciosa que el
oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego”. En las épocas bíblicas el oro se
moldeaba de una variedad de artículos tanto prácticos como decorativos. Era el metal
más valioso y era también la norma para todas las transacciones monetarias. (Incluso
en épocas modernas, hasta la década de 1930, los Estados Unidos y otros países
industrializados usaban una norma de oro. En este sistema la moneda del país tiene un
valor medido en oro y se puede intercambiar por oro.) Así que Pedro escogió un
artículo que sus lectores reconocerían instantáneamente como el metal más valioso y
dijo que aunque se procesara por el fuego al nivel más elevado de pureza, aún así no
era tan precioso como una fe demostrada. El oro, hasta el más purificado,
sencillamente no puede pasar la prueba de la eternidad. Pero nuestra fe sí puede.
El sufrimiento realza la gloria futura
Dios trae sufrimientos, pruebas, persecuciones y otros tipos de adversidades como
sucesos vitales de nuestro proceso de crecimiento espiritual. Los siguientes versículos
conocidos de Santiago 1:2-4 confirma esta verdad sucintamente: “Hermanos míos,
tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de
vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis
perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”. Eso se refiere primeramente a
nuestro peregrinar cristiano en la tierra. Pero Pedro une el sufrimiento actual con la
gloria futura cuando dice que Dios, quien nos ha llamado a gloria: “os perfeccione,
afirme, fortalezca y establezca” (1 P. 5:10).
Mientras estemos en este mundo, somos llamados a soportar el sufrimiento
pacientemente y verlo con relación al propósito máximo de Dios. Ahí es cuando
comenzamos a ver que el sufrimiento es beneficioso, es parte de nuestra perfección y
glorificación final. Revisamos anteriormente en el libro y en este capítulo la relación
entre el sufrimiento actual y la gloria futura. Analicemos más de cerca esta relación,
porque influye profundamente en cómo vemos el resultado de cualquier incidente de
sufrimiento en particular en nuestras vidas.
El sufrimiento enseña paciencia, pero eso no es todo. A la luz de la eternidad, la
paciencia no es lo primero que necesitamos aprender, porque en el cielo no tendremos
necesidad de ejercer paciencia. Dios está mucho más complacido si aprendemos este
principio: lo que sufrimos ahora está directamente relacionado con nuestra capacidad
para glorificarlo en la eternidad. Después de todo, alabar, honrar, adorar y glorificar a
Dios será nuestra función eterna (Ap. 4-5), por lo que nos debe preocupar el efecto
que los sucesos de nuestras vidas tengan en esa realidad futura.
El apóstol Pablo realza nuestro entendimiento: “Si sufrimos, también reinaremos con
él” (2 Ti. 2:12). El objetivo es sencillamente que mientras mayor sea la resistencia que
desarrollemos a través del sufrimiento en esta vida, mayor será la recompensa eterna
que recibiremos en la próxima vida. Creo con firmeza que esta recompensa eterna es
primeramente nuestra capacidad para glorificar a Dios a través de toda eternidad. Por
ende, mientras mayor sea la resistencia ahora, mayor será la capacidad para
glorificarlo después.
Jesús aplicó este principio cuando les enseñaba a Santiago y a Juan sobre sus
posiciones en el reino de Dios (Mt. 20:20-23). Los dos discípulos se acercaron a Jesús
por medio de su madre y querían que Él designara a uno para sentarse a su derecha y
al otro a su izquierda en el reino. En otras palabras, estaban pidiendo las posiciones de
mayor prominencia y recompensa, las más altas que cualquiera de sus hermanos podía
tener en el reino de Cristo. Ellos obviamente reconocían el concepto de rangos y
recompensas en el reino y Jesús concordó con esa interpretación, porque era correcta
(1 Co. 3:9-15; 2 Co. 5:10; 2 Jn. 8). Sin embargo, a Él sí le fue necesario corregir su
entendimiento con respecto a cómo, en el plan de Dios, funcionaba el concepto:
“Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso
que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y
ellos le dijeron: Podemos. El les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el
bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y
a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi
Padre” (Mt. 20:22-23).
El vaso al que Jesús se refiere es su sufrimiento y muerte. Él está preguntando
retóricamente si los hermanos serían capaces de beber de su vaso si quisieran sentarse
a su derecha y a su izquierda. La implicación es que el sufrimiento y la elevación en el
reino tienen una relación directamente proporcional. (Cristo sufrió al máximo en su
crucifixión y fue elevado a la más alta posición, a la diestra del Padre.) Si los
discípulos tenían los ojos puestos en la gran prominencia y las grandes recompensas
en la eternidad, tenían que saber que el camino a ese fin está marcado por grandes
sufrimientos y resistencia.
La lección que debemos aprender es que siempre que suframos y salgamos paciente y
fielmente del mismo, Dios se complace porque estamos incrementando nuestra
capacidad eterna para glorificarlo. Nosotros también debemos sentir gran placer y
gozo en el resultado de un período de sufrimiento, prueba, o persecución, dándonos
cuenta de que estamos realzando nuestra recompensa celestial y entendiendo más
sobre el poder del sufrimiento (vea Ap. 2:10).
El sufrimiento produce un consuelo verdadero
Hace unos cuantos veranos tuve el gozo de visitar Irlanda, la “isla esmeralda”. Se le
denomina así con buena razón porque tiene quizás los campos más verdes de
cualquier parte del mundo. La tierra verde es el resultado de una cantidad de neblina y
niebla que en ocasiones oscurece su paisaje por lo general suave y delicado. Este
fenómeno constituye un paralelo de la vida cristiana. Frecuentemente cuando el pesar
y el sufrimiento cubren la vida de un cristiano, hay una nueva belleza de alma debajo
de esa cubierta. Como hemos visto con el ejemplo del apóstol Pablo, corazones
tiernos y delicados son el producto de grandes problemas. Dios permite los problemas
y los sufrimientos para poder darnos mucho consuelo y que podamos consolar a otros.
El Señor es el único que puede darnos ese consuelo supremo. En 2 Corintios 1:3-4
dice: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias
y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para
que podamos también
nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación
con que nosotros somos consolados por Dios”.
Pablo, basado en sus propias experiencias, tiene cosas sencillas aunque profundas que
decir (2 Co. 1:3-8) sobre el consuelo y su relación con el sufrimiento. Primero, él
ratifica la promesa básica de que Dios nos consolará (vv. 3-4; vea también Sal. 23:4;
Is. 40:1; 49:13; 51:3; 61:2; Mt. 5:4; Hch. 9:31). En Romanos 8:32 él dice: “El que no
escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos
dará también con él todas las cosas?” La aplicación clara es que si Dios el Padre ya
nos ha dado su regalo más grande. Su Hijo Jesucristo, entonces no constituye para Él
ningún problema darnos porciones relativamente pequeñas de su consuelo.
El consuelo de Dios viene a nosotros no como un fin en sí mismo ni sencillamente
para nuestro beneficio propio. En 2 Corintios 1:4 se señala un propósito definido:
“para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier
tribulación”. Por ende, el consuelo es algo que Dios nos encomienda para que se lo
transmitamos a otros. Y se nos encomienda en proporción directa a la magnitud e
intensidad del sufrimiento que soportamos, lo que significa que mientras más
sufrimos, más somos consolados; y mientras más somos consolados, más podemos
consolar nosotros. El apóstol Pablo ciertamente era un testimonio de este principio, él
sufrió tanto como cualquier hombre (2 Co. 11:23-27) y aún así ministró a otros en el
amor de Jesucristo (Fil. 1:8) y con la ternura de una nodriza (1 Ts. 2:7).
El consuelo de Dios, por grande que sea, sí tiene algunas fronteras. De la misma
manera que Pedro estableció una correlación entre los beneficios y recompensas con
el tipo correcto de sufrimiento, otros pasajes implican claramente que podemos y
debemos esperar el consuelo divino solo si estamos sufriendo por la justicia (2 Co.
1:5). Lógicamente se desprende que no podemos ser verdaderos consoladores si
nosotros mismos no hemos experimentado el sufrimiento y el consuelo dentro de los
límites de Dios, como cristianos por amor a Cristo. Pablo es nuevamente nuestro
ejemplo (4:11-15).
Finalmente, uno de los subproductos más valiosos que el consuelo genuino nos
proporcionará es la garantía de una sociedad en el sufrimiento. Como parte del cuerpo
de Cristo no estamos solos y no experimentamos el sufrimiento como algo aislado. La
sociedad en el sufrimiento es vital. Si el consuelo nos permite ser consoladores,
entonces obviamente otras personas están siendo afectadas por el resultado de nuestra
experiencia de sufrimiento. El concepto de sociedad completa el papel que podemos
desempeñar como consoladores. A eso se refiere Pablo cuando dice:
Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos
consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las
mismas aflicciones que nosotros también padecemos. Y nuestra esperanza respecto de
vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones,
también lo sois en la consolación (1:6-7).
Eso constituye un retrato de la mutualidad, relación y solidaridad entre un grupo de
creyentes (Pablo y los corintios) que conocían la realidad del sufrimiento. También
constituye para nosotros una motivación estar estimulados cuando salgamos de
cualquier período de sufrimiento. El consuelo que recibimos del Señor nos ayuda a
mirar más allá de nosotros mismos y a recordarnos que otros en nuestro cuerpo local
pueden beneficiarse de nuestro consuelo. Estos otros creyentes pueden a su vez ser un
consuelo para nosotros más tarde cuando ellos atraviesen sus propias pruebas. Por
ende, todos nuestros sufrimientos nos permiten ministrar a cada uno en una forma de
vida de cuerpo genuino. (Este principio de sociedad en el sufrimiento es una
aplicación extendida de 1 Co. 12, fundamentalmente el v. 26.)
El sufrimiento produce mayor sabiduría
La sabiduría siempre ha sido uno de los rasgos del carácter más valiosos que pueda
poseer un creyente. El caso de Salomón es fundamentalmente idóneo. Primero está el
bien conocido relato de su petición a Dios de sabiduría (1 R. 3:5-13). Luego está el
hecho de su autoría de literatura de sabiduría de la Biblia (Eclesiastés y partes de
Proverbios). Otra figura importante del Antiguo testamento que apreciaba el valor de
la sabiduría era Job, quien lo aprendió en medio de sufrimientos severos.
Él aprendió a reconocer la quiebra de su raciocinio e incluso la insuficiencia del
consejo de otros y llegó a entender que la sabiduría de Dios era la fuente para el
entendimiento de toda la vida y sus problemas. He aquí lo que Job dijo sobre el valor
inigualable de la sabiduría divina:
Mas, ¿dónde se halla la sabiduría? ¿Dónde se encuentra el lugar de la inteligencia? No
conoce su valor el hombre, ni se halla en la tierra de los seres vivientes. El abismo
dice: “No está en mí”, y dice el mar: “Tampoco está conmigo”. No se dará a cambio
de oro ni su precio será a peso de plata. No puede ser pagada con oro de Ofir, con
ónice precioso ni con zafiro. No se le pueden comparar el oro ni el diamante, ni se la
cambiará por alhajas de oro fino. ¿Y qué decir del coral o de las perlas? ¡La sabiduría
vale más que las piedras preciosas! No se iguala con ella el topacio de Etiopía, ni
puede pagarse con oro fino. ¿De dónde, pues, procede la sabiduría y dónde se
encuentra el lugar de la inteligencia? .. .Dios es quien conoce el camino de ella y sabe
dónde está su lugar, porque él observa hasta los confines de la tierra y ve cuanto hay
bajo los cielos.. Y dijo al hombre: “El temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse
del mal, la inteligencia” (Job 28:12-20, 2324, 28).
La sabiduría de Dios lo junta todo durante el sufrimiento, nos ayuda a soportarlo y nos
permite tener una perspectiva correcta. Pero la sabiduría es algo que no debemos
suponer que será nuestra o que podemos obtenerla con nuestras propias fuerzas.
Santiago informó de los medios de obtener sabiduría cuando escribió: “Si alguno de
vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y
sin reproche, y le será dada” (1:5).
Por supuesto, el tipo de sabiduría a la que Santiago se refiere no es un conocimiento
académico objetivo ni alguna especulación filosófica. En cambio, se corresponde con
lo que enseña la literatura de la sabiduría: La sabiduría es el entendimiento práctico de
cómo vivir en obediencia a la voluntad y la Palabra de Dios y para su gloria (Pr. 3:5-7;
4:11; 8:12; 10:8; 14:8).
Por consiguiente, en el contexto del sufrimiento necesitamos pedirle a Dios que nos
ayude a perseverar bíblicamente. Necesitamos su ayuda para ver la soberanía y
providencia obrando en nuestra situación, para adoptar una actitud alegre y para
responder con sumisión. Esta necesidad de ayuda encaja maravillosamente con uno de
los propósitos generales que Dios tiene al permitir los sufrimientos y las pruebas: para
hacernos más dependientes de Él. Tal dependencia es sinónimo de la oración, la cual
está implícita en la frase “Pídala a Dios” (Stg. 1:5). El Señor es muy generoso con la
sabiduría que exigimos. —Santiago dice Él “da a todos abundantemente y sin
reproche [incondicionalmente]”— y todos sus recursos. Él desea derramar sobre
nosotros todo lo que es beneficioso (Pr. 2:2-7; Jer. 29:11-13; Mt. 7:7-11).
El sufrimiento produce humildad verdadera
Una de las verdades más humildes, aún así menos reconocidas, con respecto a los
sufrimientos es que ellos no excluyen a los preferidos. Este principio funciona en todo
el mundo natural. Los desastres, los accidentes, los delitos, las enfermedades, las
recesiones económicas y las guerras afectan a las personas de todas las clases. En los
terremotos recientes que azotaron Kobe, Japón y el sur de California, miles de hogares
y negocios en todas las secciones del área del temblor se dañaron o destruyeron. Ricos
y pobres fueron afectados igualmente por los problemas de transportación en las
primeras semanas después de os temblores. Casas costosas y apartamentos modernos
fueron víctimas de daños significativos.
Darse cuenta de que la dificultad no discrimina tiende también a serenar y humillar a
los creyentes. Una vez más, Santiago les habla a creyentes ricos y pobres afectados
por la naturaleza humillante de las pruebas y los sufrimientos, lidiando primero con la
actitud del creyente de medios modestos:
“El hermano que es de humilde condición, gloríese en su exaltación” (Stg. 1:9). Para
los cristianos pobres, la pobreza en sí puede constituir una prueba constante. Para
ellos el reto no radica en darse cuenta de la humildad del sufrimiento, sino en recordar
que se pueden regocijar en su posición de exaltación espiritual como cristianos (1 P.
1:3-6). Las
privaciones económicas no le restan a la herencia gloriosa a recibir en la próxima vida
(Ef. 1:11-14).
El cristiano más acaudalado, por otra parte, sí tiene el reto de aceptar la humillación
que proviene como resultado de las pruebas y sufrimientos: “pero el que es rico, en su
humillación, porque él pasará como la flor de la hierba” (Stg. 1:10). Aquellos de
nosotros que se encuentra mucho mejor materialmente necesitamos darle la
bienvenida a las pruebas porque nos recuerdan que nuestra dependencia verdadera es
de Dios y su gracia, no de nuestra condición económica privilegiada. La humillación
de las pruebas también nos recordará que las riquezas terrenales son temporales; se
marchitan como la hierba.
Por consiguiente, hay un gran factor igualador que funciona en el proceso de los
sufrimientos, las pruebas y las persecuciones. La verdadera humildad enseña a todos
los creyentes, ya sean de alta o baja posición, a decir con sinceridad: “Mis recursos
están en Dios”. R. C. H. Lenski, el comentarista luterano conservador, resume bien
este principio igualador:
La fe en Cristo levanta al hermano humilde más allá de sus pruebas y hasta la gran
altitud de una posición en el Reino de Cristo, donde como hijo de Dios es rico y puede
regocijarse y gloriarse. La fe en Cristo hace algo igualmente bendito por el hermano
rico: lo llena del Espíritu de Cristo, el espíritu de modestia y humildad, verdadera y
cristiana... Tal como el hermano pobre olvida toda su pobreza terrenal, así el hermano
rico olvida todas sus riquezas terrenales. Los dos son iguales por la fe en Cristo (The
Interpretation of the Epistle to the Hebrews and the Epistle of James [La
interpretación de la carta a los hebreos y la carta de Santiago] [Minneapolis:
Augsburg, 1966], 534-35).
Siempre constituye un reto para los creyentes mantener sus mentes y sus corazones
centrados adecuadamente en medio de una prueba difícil o período de sufrimiento.
Incluso con la promesa de las lecciones aprendidas y las recompensas obtenidas, la
certeza de estos beneficios puede parecer más teórica que real. Pero podemos tener
una confianza
mucho mayor en la realidad de todas estas cosas si sencillamente recordamos estas
palabras:
“Porque por fe andamos, no por vista” (2 Co. 5:7). Los propósitos de Dios son
siempre al principio un aparente disturbio al principio de una prueba, pero eso no debe
disuadirnos de mantener nuestros ojos centrados en Él. A aquellos mencionados en el
“salón de la fama” de la fe en Hebreos 11 se les posibilitó poder mirar más allá de los
obstáculos inmediatos y centrarse en el premio supremo (vea fundamentalmente los
vv. 13-16).
Los cristianos en los tiempos modernos también han comprendido cuán esencial
resulta confiar en la soberanía de Dios en todas las circunstancias. William Cowper
fue un poeta inglés y compositor de himnos del siglo XVIII con una disposición
naturalmente melancólica. A pesar de sus sufrimientos y luchas, Cowper ministró
como asistente laico al gran John Newton y escribió sesenta y ocho himnos. Uno de
ellos: God Moves in a Mysterious Way [Dios se mueve de maneras misteriosas],
expresa bien la mentalidad que todos los creyentes deben tener hacia la vida y sus
dificultades.
Dios se mueve de maneras misteriosas, para sus maravillas realizar;
Da pisadas sobre el mar,y monta sobre la tormenta.
En lo profundo de minas insondables de habilidad inacabable
r
Atesora Él sus brillantesplanes,y obra su soberana voluntad.
Vosotros santos temerosos, tomad nuevo coraje;
Las nubes a que vosotros mucho teméis
Grandes en misericordia son y se quebrarán
En bendiciones sobre vuestras cabezas.
No juzguéis al Señor con débil juicio:
r
Mas confiad en Él por su gracia;
Tras una providencia fruncida
Oculta un rostro sonriente.
Sus propósitos se cumplirán pronto:
Desarrollándose a cada hora;
El botón puede tener sabor amargo:
Pero dulce será la flor.
La incredulidad ciega de seguro errará:
su obra escudriñará en vano;
Dios es su propio intérprete:
Él lo hará con sencillez.
Guía de estudio personal y en grupo
Para el estudio personal
Acomódese en su silla preferida con su Biblia, un lápiz o una pluma y este libro. Lea
un capítulo, marcando las partes que a usted le parezcan significativas. Escriba en los
márgenes. Marque donde concuerda, discuerda, o cuestiona al autor. Busque las notas
al pie de página y los pasajes bíblicos pertinentes. Luego remítase a las preguntas que
aparecen en esta guía de estudio. Si usted quiere llevar constancia de su progreso en
un registro escrito, use una libreta de notas para registrar sus respuestas,
pensamientos, sentimientos y preguntas adicionales. Remítase al texto y a los pasajes
en la medida en que vaya permitiendo que las preguntas le amplíen su pensamiento. Y
ore. Pídale a Dios que le dé discernimiento para la verdad, una preocupación activa
por otros y un amor mayor por Él mismo.
Para el estudio en grupo
Planifique por adelantado. Antes de reunirse con su grupo, lea y marque el capítulo
como si se estuviera preparando para el estudio personal. Revise las preguntas
tomando notas mentalmente de cómo podría contribuir al análisis de su grupo. Traiga
una Biblia y el texto a su reunión.
Organice un ambiente que promueva el análisis. Sillas cómodas organizadas en un
círculo informal invitan a las personas a hablar unas con otras. Luego diga: “Estamos
aquí para escucharnos y respondernos unos a otros y para aprender juntos”. Si usted es
el líder, sencillamente asegúrese de sentarse donde tenga contacto visual con cada una
de las personas.
Razones para la puntualidad. El tiempo es tan valioso para muchas personas como
el dinero. Si el grupo se atrasa (porque comenzaron tarde), estas personas se sentirán
como si les hubieran robado. Así que, a menos que hayan hecho un acuerdo mutuo,
comience y termine con puntualidad.
Haga participar a todo el mundo. El aprendizaje en grupo funciona mejor si todo el
mundo participa más o menos igualmente. Si usted es una persona habladora por
naturaleza, haga una pausa antes de entrar en la conversación. Luego pregúntele a una
persona callada lo que piensa. Si usted es buen oyente por naturaleza, no vacile en
entrar en la conversación. Otros se beneficiarán de sus pensamientos, pero solo si
usted les habla. Si usted es el líder, cuídese de no dominar la reunión. Por supuesto,
usted habrá pensado en el estudio por adelantado, pero no suponga que las personas
están ahí solo para oírlo a usted, por halagador que pueda parecer. En cambio, ayude a
los miembros del grupo a hacer sus propios descubrimientos. Haga las preguntas, pero
inserte sus propias ideas solo cuando sean necesarias para llenar las lagunas.
Dosifique el estudio. Las preguntas para cada sesión están diseñadas para durar cerca
de una hora. Las primeras preguntas conforman el marco para el análisis posterior, así
que no se precipite tanto que desperdicie un fundamento valioso. Sin embargo, las
últimas preguntas con frecuencia hablan del presente. Por lo tanto no se entretenga
mucho al principio que no deje tiempo para “entrar en el plano personal”. Aunque el
líder tiene que asumir la responsabilidad de cronometrar el flujo de preguntas, es
deber de cada una de las personas del grupo ayudar a mantener estable el paso del
estudio.
Oren por cada uno, juntos o solos. Luego observe cómo la mano de Dios obra en
sus vidas. Nótese que cada sesión incluye los siguientes elementos:
Tema de la sesión: Un planteamiento breve que resume la sesión.
Edificador de colectividad: Una actividad para familiarizarse con el tema de la
sesión y con cada una de las personas.
Preguntas: Una lista de preguntas para estimular el descubrimiento y aplicación
individual o en grupo.
Centro de la oración: Sugerencias para convertir nuestro aprendizaje en oración.
Actividades opcionales: Ideas suplementarias que mejorarán el estudio.
• Tarea: Actividades o preparación a completar antes de la próxima sesión.
Uno
El sufrimiento en el plan de Dios
Tema de la sesión
En el plan soberano de Dios los cristianos se encontrarán cierta cantidad
de sufrimientos.
Edificador de colectividad (Escoja uno)
¿Cuál fue la mala noticia más reciente que realmente lo molestó? ¿Por qué lo
molestó?
¿Cuál es el aspecto más desafiante que usted pueda recordar de una experiencia suya
de adversidad del pasado? ¿Por qué fue tan difícil?
Preguntas para el descubrimiento en grupo
¿Qué predijo Jesús en Mateo 5:10-12?
Como se usa en Juan 15 y otras artes del Nuevo Testamento, ¿a qué se refiere el
término mundo?
¿Qué verdad de la cultura de hoy día se refleja en lo que Pablo señaló en Hechos 17?
¿Qué concepto bíblico constituye la clave para tener una perspectiva más clara sobre
el sufrimiento?
¿Qué ilustra Génesis 22 con respecto a las razones para las pruebas y el sufrimiento?
¿Cómo deberíamos valorar la reacción de Pablo hacia su padecimiento no identificado
en 2 Corintios 12:7-10?
¿Contra qué nos advierte Jesús en Mateo 6:24? ¿Cómo se aplica esto
fundamentalmente a la sociedad contemporánea?
¿Qué dice Hebreos 11:24-26 sobre el ejemplo de Moisés?
¿Qué incentivo debiera darnos Romanos 8:18-25 con respecto a nuestra forma de
lidiar con el sufrimiento?
¿Qué importancia tiene Lucas 14:26-27 con respecto al propósito del sufrimiento?
Lea nuevamente Hebreos 5:7-10 y Filipenses 2:8-9. ¿Qué dicen estos pasajes sobre lo
que Jesús aprendió del sufrimiento?
Centro de la oración
Pídale a Dios que lo ayude a evacuar cualquier duda que pueda tener con respecto a la
realidad de su soberanía sobre todas las cosas.
Déle gracias a Dios por sus planes para su bienestar futuro (Ro. 8:1825).
Ore para que los otros miembros de su grupo estén fortalecidos cuando se enfrenten al
sufrimiento.
Actividades opcionales
Lea Santiago 4:13-16 y analice lo que dice sobre la presunción y nuestros planes
personales. ¿Cuál de sus planes se vería más afectado por la adversidad inesperada?
Mire su agenda para la próxima semana y encomiéndele cada uno de sus planes a su
cuidado.
Es fácil asustarse por la posibilidad de persecución. Pero 1 Juan 4:4 nos dice que
tenemos recursos apropiados para enfrentarnos al sistema pecaminoso del mundo. ¿Ha
experimentado usted persecución alguna vez por su fe? De ser así, ¿cómo reaccionó?
¿Cómo podía haber estado mejor preparado?
Tarea
Memorice 1 Pedro 4:19.
Lea el capítulo 2 de El poder del sufrimiento.
Dos
Ejemplos de fe en el fuego
Tema de la sesión
Por medio de modelos de conducta superiores podemos aprender mucho sobre cómo
lidiar bien con el sufrimiento.
Edificador de colectividad (Escoja uno)
¿Quién fue el primer modelo de conducta que usted puede recordar? ¿Esa persona se
convirtió en un ejemplo preferido para usted?
Vea si puede mencionar al menos cinco personas importantes de la cultura popular
(música, el espectáculo, deportes) a quienes usted considere como modelos de
conducta.
Preguntas para el descubrimiento en grupo
¿Cuáles fueron las dos características clave del ministerio de Esteban antes de su
muerte?
Hechos 6:15 dice que el rostro de Esteban era “como el rostro de un ángel”. ¿De qué
otras formas podríamos describir y comparar su expresión facial?
¿Qué significa sed llenos del Espíritu? (Ef. 5:18)
¿Cómo Daniel y sus tres amigos se adaptaron a sus circunstancias en Babilonia?
¿Cómo Sadrac, Mesac y Abed-nego muestran sus convicciones internas ante la
presión intensa de Nabucodonosor? (vea Job 13:15; Sal. 119:11)
¿Qué revela Daniel 6:4-9 sobre las acciones de los enemigos de Daniel?
¿Qué sugiere Daniel 6:16 sobre la relación de Daniel con el Rey Darío?
Si usted supiera que usted está a punto de entrar en un período de sufrimiento, ¿cómo
podría comenzar a prepararse?
Centro de la oración
• Aparte algún tiempo para orar por los creyentes de otras partes del mundo que se
enfrentan a la oposición por su postura en favor de Cristo.
Reflexione nuevamente sobre la vida de Esteban. Déle gracias a Dios por el
testimonio que la vida y el ministerio de Esteban tuvieron en la iglesia.
Ore pidiendo que Dios le dé la disciplina para parecerse más a Daniel y a sus amigos
en su andar cristiano.
Actividades opcionales
Lea 1 Ti. 3 y mencione las calificaciones que menciona para el liderazgo de la iglesia.
¿En qué cualidades está usted más afianzado? ¿En cuáles necesita mejorar?
Piense en las muchas justificaciones que ofrece nuestra sociedad para no poner a Dios
por delante. ¿Cuáles cree usted que ejerzan la mayor influencia? Durante el próximo
mes lleve un registro de las veces que se sintió tentado a no poner a Dios por delante
en una situación específica. Lea Lucas 14:16-24 y medite sobre su aplicación en
usted.
Tarea
Compare y contraste aspectos de la vida de José (Gn. 37-50) con los rasgos del
carácter de los hombres analizados en el capítulo 2. Anote lo que descubra.
Lea el capítulo 3 en El poder del sufrimiento.
Tres
Pablo: Un perfil en el sufrimiento
Tema de la sesión
Por sus propias experiencias, el apóstol Pablo constituye un ejemplo magnífico de
perseverancia piadosa en medio de todos los tipos de adversidad.
Edificador de colectividad (Escoja uno)
¿Tiene usted persistencia? Es un equivalente de perseverancia. ¿Tiende usted a
desalentarse fácilmente cuando la situación se pone difícil? ¿O es más probable que
usted le vea el lado bueno y siga a delante? ¿Cuándo se siente con más deseos de
cejar?
¿Le resulta fácil o difícil hablar sobre la muerte con un miembro de la familia?
Explique su respuesta.
Preguntas para el descubrimiento en grupo
¿Qué rasgo se halla en Gá 5:22; Filipenses 4:4; y 1 Ts. 5:16?
¿Cuál era el estado de Pablo cuando les escribió a los filipenses? (Fil. 1:7; cp. Hch.
28:30-31)
¿Cómo Hechos 16:22-33 ilustra y representa el tema del capítulo 3?
¿Qué son los detractores? ¿Cómo afectaban el ministerio de Pablo?
¿A qué posibilidad distintiva hace alusión Pablo en Filipenses 1:1921?
¿Cuánta confianza tenía Pablo en la Palabra de Dios? ¿Por qué?
¿Qué quiere decir Filipenses 1:19 cuando usa la palabra “suministración”? ¿Cómo se
aplica a Pablo y a nosotros?
¿En qué promesas de Jesús confiaba Pablo?
¿Cuál fue la estrategia de Pablo al compararse en sentido figurado con un vaso de
barro?
En 2 Corintios 4:8-9, ¿qué paradojas menciona Pablo en medio del sufrimiento?
¿De qué tres formas Pablo podía ejercer resistencia en el sufrimiento?
Centro de la oración
¿Usted está enfrentándose a una prueba específica que esté agotando su resistencia? O
quizás usted conozca a alguien que se encuentre en medio de una prueba o
sufrimiento. Pase algún tiempo en oración todos los días de esta semana pidiéndole a
Dios que lo fortalezca a usted o a la otra persona durante esta dificultad (Gá. 6:9).
Ore por el pastor de su iglesia para que tenga resistencia espiritual al llevar a cabo su
ministerio.
• Ore por que usted tenga una actitud de gozo la próxima semana, no importa a qué
retos se enfrente.
Actividades opcionales
Lea un libro sobre los modelos de conducta cristianos contemporáneos que resistieron
el martirio (Jim Elliot, Portales de esplendor, publicado por Editorial Portavoz).
Memorice 2 Timoteo 3:16-17 como recordatorio de la confianza que usted puede
tener en las Escrituras durante cualquier situación.
Tarea
Lea Juan 15-16. Haga una lista de todas las promesas que Jesús les hace a sus
seguidores en estos capítulos. Haga una lista por separado de las que más se aplican
directamente a las pruebas y al sufrimiento.
Lea el capítulo 4 de El poder del sufrimiento.
Cuatro
El silencio del Cordero de Dios
Tema de la sesión
Jesucristo es el único modelo de conducta que los cristianos necesitan realmente al
lidiar con el sufrimiento.
Edificador de colectividad (Escoja uno)
Piense en una situación en que no se quedó callado (quizás defensivamente) cuando sí
debía haberlo hecho. ¿Cómo se sintió después? ¿Siempre es mejor quedarse callado
cuando nos critican?
De las varias imágenes que los no cristianos tiene de Jesús, ¿cuál le parece más común
a usted? ¿Cómo responde usted cuando la oye mencionar?
Preguntas para el descubrimiento en grupo
¿Qué consuelo tenemos nosotros al enfrentarnos a la hostilidad del mundo? Véase
Juan 15:18-21 y Mateo 10:21-25 nuevamente. ¿Cuáles son las diferencias en detalle
que usted ve entre los dos pasajes?
¿Qué error principal revelaron los discípulos de Jesús con respecto a la causa del
sufrimiento (Jn. 9)? A pesar de esto, ¿cree usted que ellos habrían sido mejores
consejeros de Job de lo que lo fueron sus amigos? ¿Por qué sí o por qué no?
La palabra “ejemplo” en 1 Pedro 2:21 sugiere la idea de seguir un modelo. ¿Cuán de
cerca necesita usted copiar un modelo o diagrama cuando está edificando algo? ¿Qué
sucede si usted ignora el modelo?
¿Está de acuerdo con el planteamiento: “En el primer lugar y el más evidente donde el
pecado se muestra es la boca humana”? Explique su respuesta.
¿Qué rasgos principales del carácter revela Isaías 53 sobre el Siervo sufriente? ¿Qué
otras enseñanzas se pueden aprender de ese capítulo?
¿Qué oración valora usted fundamentalmente en este capítulo? ¿Por qué?
¿Qué nos muestra Hechos 23:3-5 acerca de Pablo? ¿Su reacción sería la misma en una
situación semejante?
Piense en las muchas cosas de la vida cotidiana a las que les encomendamos nuestro
bienestar y seguridad. La mayoría de nosotros también confían en otras personas en
contextos de negocios. ¿Cómo 1 Pedro 2:23 puede motivarnos a encomendarnos más
plenamente a Dios?
Con el ejemplo de Hugh Latimer como inspiración, ¿puede usted pensar en alguna
situación en que pudo darle aliento a un hermano creyente en medio de una situación
difícil? ¿Cuál fue el resultado?
Centro de la oración
Déle gracias a la disposición de Cristo para sufrir y morir en su nombre.
Pídale a Dios que le dé una actitud más parecida a Cristo durante esos tiempos en que
hizo frente a la crítica u oposición injusta.
• Ore, pidiéndole a Dios por medio del Espíritu que le revele áreas de orgullo que
obstaculicen su testimonio en medio de una prueba personal.
Actividades opcionales
Lea uno de los relatos de los Evangelios sobre el sufrimiento y muerte de Jesús. Anote
en papel las varias formas en que Él fue el ejemplo ideal de cómo reaccionar ante el
sufrimiento.
Estudie Job 1:1-2:11. Escriba un resumen breve con sus propias palabras para
demostrar cómo este pasaje niega que todo sufrimiento es ocasionado por el pecado.
Tarea
Memorice Isaías 53:7.
Lea el capítulo 5 de El poder del sufrimiento.
Cinco
Cómo prepararse para el sufrimiento
Tema de la sesión
El discipulado cristiano es el elemento crucial para estar preparado para enfrentar los
sufrimientos y las pruebas.
Edificador de colectividad (Escoja uno)
¿Cómo usted se prepara o prevé una semana típica en el trabajo o en la escuela? ¿Cuál
es un paso práctico que sistemáticamente usted da para asegurarse de su éxito?
En una escala del uno al diez (donde el uno casi no existe y el diez tan bueno
humanamente posible) valore su propia preparación espiritual. ¿Cómo se relaciona
esto con su nivel actual de discipulado?
Preguntas para el descubrimiento en grupo
¿Ha experimentado usted alguna vez un gran desastre natural? ¿Cómo fue? ¿Qué haría
diferente la próxima vez para estar más preparado?
Piense en alguien, del pasado o el presente, que usted haya querido como maestro,
entrenador, jefe, etc. ¿Cómo podría usted aplicar los principios de Mateo 10:24 a esa
relación?
¿Persigue usted la meta de parecerse más a Cristo? Lea y reflexione sobre Filipenses
3:14-17.
¿Qué verdad común está en Proverbios 29:25; Juan 14:27; y 2 Timoteo 1:7-8?
¿Qué consuelo proporciona Isaías 26:3-4?
¿De qué advierte Jesús en Mateo 10:34-37? ¿Le sucederá a todo el mundo?
¿Qué resultado positivo se obtiene de la oración de gratitud? (Fil. 4:67)
¿Cómo definiría usted la providencia de Dios? Plantee la diferencia principal entre
ella y un milagro.
¿Qué dos elementos básicos son necesarios para que el cristiano esté preparado para
los ataques de Satanás? (1 P. 5:8-9)
Centro de la oración
Pase algún tiempo en oración pidiéndole al Espíritu de Dios que le muestre cualquier
área en la que su preparación espiritual sea débil. Pídale fuerza para hacer mejoras.
Ore por su grupo para que cada miembro sea menos temeroso en su andar con Dios en
el mes próximo.
Si usted está lidiando con oposición espiritual de algún miembro de su familia, pídale
a Dios sabiduría y fuerzas para lidiar con ella. Si ya no se encuentra en esa situación,
ore por otra persona que esté enfrentándose a tal oposición.
Actividades opcionales
1. Lea The Pursuit of Holiness [La búsqueda de la santidad] por Jerry Bridges. (Si ya
leyó ese, lea la segunda parte de Bridges, The Practice de Godliness [La práctica de la
piedad].)
2. Vea su canal televisivo cristiano local favorito algunas veces en la próxima semana.
Escuche y tome notas de cuántas veces alguien menciona la realidad de la lucha
espiritual. ¿El análisis o comentario fue bíblico y balanceado cada vez que se hizo?
Tarea
Lea Efesios 6:10-18. Medite cada día de la próxima semana sobre una pieza diferente
del arsenal de Dios. Escriba sus puntos de vista clave y formas en que Dios quiere que
las aplique.
Lea el capítulo 6 de El poder del sufrimiento.
Seis
Cómo lidiar con el sufrimiento
Tema de la sesión
Nos es necesario tener una buena actitud o carácter al lidiar con el sufrimiento.
Edificador de colectividad (Escoja uno)
Nombre un aspecto de su situación en la casa o en el trabajo hacia la que le resulte
difícil mantener una buena actitud o un buen carácter. ¿Cuándo y cómo lo confrontó
por última vez?
¿Cuán bien maneja usted las sorpresas? ¿Qué respuesta le viene a su mente primero
cuando se ve confrontado por un cambio de planes inesperado?
Preguntas para el descubrimiento en grupo
En general, ¿cuánto bien cree usted que hace el creyente promedio en aplicar los que
aprende de las Escrituras?
¿Que simboliza el “fuego de la prueba” en 1 Pedro 4:12?
¿Cómo el tener gozo en medio del sufrimiento o la persecución conlleva a la actitud
farisaica? ¿Qué tipo de perspectiva sobre el sufrimiento ayudaría a prevenir eso?
Explique lo que Pedro quería decir cuando escribió sobre ser participantes de los
padecimientos de Cristo.
¿Cómo lidiar bien con el sufrimiento puede ser un incentivo para nosotros a darle la
bienvenida al regreso de Cristo? (1 P. 4:13)
Proporcione al menos tres ilustraciones del Antiguo Testamento de cuándo el Espíritu
de Dios se mostró ante su pueblo. ¿Cómo el Espíritu nos demuestra su presencia hoy
día?
Vuelva a leer el texto sobre la muerte de Thomas Cranmer. ¿Qué lo impresiona más
sobre como él manejó la muerte?
¿A qué se refiere fundamentalmente la frase “entremeterse en lo ajeno” en 1 Pedro
4:15? ¿Qué más podría significar?
Según 1 Pedro 4:7, 17, ¿cómo debemos comprender los tiempos en los que vivimos?
Considere el significado original de la palabra “encomendar” en 1 Pedro 4:19. ¿Qué
confianza nos da en la veracidad de Dios, fundamentalmente en el sufrimiento?
Centro de la oración
Ore por que Dios le dé una actitud bíblica adecuada en todo.
Tómese algún tiempo para alabar y agradecer a Dios por todos los recursos que lo
ayudan a lidiar con la adversidad inesperada.
Ore por que Dios le dé más discernimiento ante las varias pruebas y sufrimientos, no
solo en su vida sino también al aconsejar a otros.
Actividades opcionales
Haga un breve estudio del movimiento en favor de la vida. Revise algunas ediciones
pasadas de revistas cristianas que tengan noticias o artículos sobre varias estrategias
usadas por diferentes alas del movimiento. ¿Qué estrategia parece más bíblica? Use
pasajes bíblicos para sustentar sus respuestas.
Envíele una nota de aliento a un individuo o familia que usted sepa que está
soportando una prueba difícil en estos momentos. Si no conoce a nadie que esté
actualmente en dificultad, converse con algún amigo cristiano algo que haya
aprendido en este capítulo.
Tarea
Lea Mateo 5:1-17. Reflexione y medite sobre todas las formas en que este pasaje
puede constituir un estímulo al hacerle frente a la hostilidad del mundo. Memorice dos
o tres de los versículos más significativos.
Lea el capítulo 7 de El poder del sufrimiento.
Siete
Las lecciones del sufrimiento
Tema de la sesión
No solo debemos estar conscientes de la realidad del sufrimiento, sino también
ansiosos por comprender las lecciones que provienen de él.
Edificador de colectividad (Escoja uno)
Recuerde una experiencia frustrante en que haya tenido que volver a aprender, quizás
de la manera difícil, una lección que debió haber aprendido de una prueba anterior.
¿Qué recuerda más vividamente de la segunda experiencia?
¿Cree usted que es más difícil para un cristiano acaudalado enfrentar el sufrimiento?
¿Qué otros obstáculos pudiera encontrarse?
Preguntas para el descubrimiento en grupo
¿Qué verdad del capítulo 1 vuelve a enfatizar la cita de Horacio Bonar?
¿Cómo ha crecido la fuerza de su garantía de salvación?
¿Cómo definiría usted el término “alegrarse” en 1 Pedro 1:6? Use sus propias palabras
para aclarar la idea.
¿Quién y qué garantiza nuestra herencia espiritual? (Ef. 1:11-14)
¿Qué ejemplo se usa en 1 Pedro 1:7 para ilustrar cuán valiosa es una fe demostrada?
¿Por qué la paciencia no es la lección más importante a aprender del sufrimiento?
¿Cuál es el principio más trascendental que necesitamos comprender?
¿Cuánto Santiago y Juan comprendían del reino futuro de Dios? (Mt. 20-23) ¿Qué
verdad Jesús tuvo que aclararles a ellos?
¿Puede usted recordar una situación en la que el consuelo de Dios resultó
fundamentalmente significativo para usted? ¿Pudo usted luego consolar a alguien de
un modo semejante?
¿Qué valor el mundo pone en la sabiduría? Compare la utilidad de la sabiduría contra
el conocimiento.
¿Se puede identificar con William Cowper? ¿Por qué sí o por qué no?
Centro de la oración
Déle gracias a Dios porque Él tiene un propósito y un plan para cualquier sufrimiento
con el que tenga que lidiar.
Pídale al Señor una oportunidad para el próximo mes para mi nistrarle consuelo a
alguien que se encuentra, o que haya soportado recientemente, un período de
sufrimiento.
Ore por que usted y el resto de su grupo traten de tener sabiduría y humildad al
soportar varias pruebas.
Actividades opcionales
El himno de William Cowper “God Moves in a Mysterious Way” [Dios se mueve de
maneras misteriosas] no se encuentra en muchos himnarios modernos. Escriba cada
verso en una tarjeta y memorice un verso cada semana durante las próximas cinco
semanas.
Lea y estudie Proverbios 1-3. Basado en estos capítulos, redacte una breve definición
de sabiduría, registre lo que haya encontrado con respecto a las ventajas de la
sabiduría y escriba algunas de las características principales de la persona sabia.
Tarea
Memorice Romanos 8:35-39 o Santiago 1:2-6.
Complete una de las actividades opcionales, la cual puede que no haya tenido tiempo
de hacer durante el estudio.
Título del original: The Power of Su fering, © 2003 por John MacArthur y publicado por Víctor Books, una división de Scripture Press
Publications, Inc., 1825 College Avenue, Wheaton, Illinois 60187.
Edición en castellano: El poder del sufrimiento, © 2005 por John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz, filial de Kregel
Publications, Grand Rapids, Michigan 49501. Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación podrá reproducirse de cualquier forma sin permiso escrito previo de los editores, con la excepción de citas
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A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas han sido tomadas de la versión Reina-Valera 1960, © Sociedades Bíblicas
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Realización ePub: produccioneditorial.com
EDITORIAL PORTAVOZ P.O.
Box 2607
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ISBN 978-0-8254-8307-3
3 4 5 6 7 edición / año 13 12 11 10 09

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