Y aunque yo me apellido Valiente, creo que enfermamos de cobardía.

A veces las historias de amor ocupan hojas y hojas de un libro. Poesías, canciones, novelas enteras. Pero a veces se resumen en tan solo un par de palabras o de frases. Clara y yo resumimos lo nuestro en un verano y la vez en toda una vida. Quizás sea por eso que ni siquiera sé bien como empezar ni como terminar este relato. Me faltan palabras y me sobran líneas, porque los retales sueltos son lo que viene a la mente cuando uno recuerda las historias.

Muchos de esos libros, además, intentan explicar lo que significa, como saber cuando uno lo siente, cuando uno deja de amar. ¿Que qué es el amor? Mejor sentirlo que resolverlo, créeme. Llena un saco de sueños, súmale las ganas de reir, multiplícalo por el valor de cinco caricias, dos besos y una llamada de teléfono. Pero con el tiempo tendrás que resolver la incógnita. Multiplicarlo por toneladas de lágrimas, dividirlo por un adiós y elevarlo a una mentira que intentarás creerte para olvidar. Tendrás el valor aproximado del dolor de las carencias que vienen justo después de la despedida. Porque a menudo es mejor no saber sumar.

Creo que cuando ella lloraba se producían las mayores tormentas de verano, llenas de lágrimas de tristeza. Y los arcoiris... los arcoiris venían cuando pasaba su pena y le daba por reír y deslumbrar las lágrimas con mil colores.

-

¿Sabes a que me recuerda esa nube de ahí? ¿A otro caballo con cuerpo de sardina? No, tonto, eso solo ocurre una vez en la vida. Y tú no has sabido aprovechar la ocasión, que sepas que te vas a arrepentir de no haberlo mirado bien. Me recuerda a una nube, pero una nube triste.

-

¿Es que acaso no es una nube? Si, pero ¿a que no habías notado que no era feliz? En eso te llevo ventaja. Yo la veo tan... tan nube como todas. Pues yo creo que está llena de tristeza, es más gris que las demás. ¿Y eso qué quiere decir? ¡Pues que está a punto de llover! Las nubes no lloran, simplemente llueven.

Cuando se fue la magia de sus momentos, nuestros momentos, solamente me quedaron los trocitos de las historias que aún estaban por contar. Y la soledad, que sin Clara se hacía dura. Imposible. Pero en realidad hay que conocer la soledad, detenerse a convivir con ella por más dolorosa que nos parezca. Porque cuando llega la nada, queda la soledad. Lo es todo cuando no tenemos nada. Y no queda más remedio que aprender a escuchar sus consejos, y palpar sus abrazos. Verla en esa ventana entreabierta en medio de la noche y que solamente tú puedes levantarte a cerrar bien, en el silencio, en el no ser de las cosas. No encariñarse demasiado con ella también es imprescindible, porque quizás mañana toque a tu puerta una oportunidad. Y es que es un buen lugar para encontrarse, pero no recomendable para quedarse para siempre. Y sobre todo no olvidar que siempre estará ahí para cuando volvamos a estar solos.

Yo tenía miedo, miedo a volver a querer, a confiar y a sacar otra vez los pies del tiesto sin darme cuenta de que volvían a engañarme con palabras de humo. Pero Clara era magia de carne y hueso, y –como un niño- no pude resistirme a sus trucos imposibles. Sin chistera ni ases en la manga. Por eso la quiero. Y digo bien “quiero”, yo creo que siempre la querré. Porque llenaba la habitación de magia, porque siempre se sentaba en las sillas que aún estaban calientes, para sentir algo, alguien. Porque hacía las cosas que todos deseamos y decimos no deber, y te preguntaba con los ojos ¿por qué no? sin que supieras qué contestar. Y me dormía con ella aunque no estuviese, y me despiertaba con ella también. No la quería, la necesitaba... porque regalaba sonrisas por donde iba, incluso a los espejos que la

miraban. Porque ella no se mira, la miran ellos. Sus mejillas cuentan historias de colores, y sueños. Y siente, no piensa. Y yo la seguía igual, sin pensar. No espero que lo entiendáis, nadie puede.

Nunca se me dio bien narrar más allá de cinco páginas. Supongo que por eso hablo de retales y trocitos de historias con Clara, y no de todo lo que nos ocurrió. Tampoco serviría de nada. Ocurre como con las fotos de un álbum. Entre una y otra sigue habiendo historia, pero la obviamos, y la vemos representada en esas instantáneas, como si ya contasen todo el relato. Son como puentes, que nos intentan contar todo aquello que no nos ha dado tiempo a relatar.

Entre tanta palabrería azucarada seguro que alguien se preguntará por que la dejé ir, porque al hablar en pasado eso se supone. La primera razón, la oficial, la que a todo el mundo conté fue que “no buscábamos lo mismo en la relación”. Pero en realidad enfermamos de cobardía.

Por ahora, solamente hablaremos del comienzo. La conocí un día de verano, o más bien tropecé con ella. Yo era un publicista novato, soñador y sin los pies en la tierra. Cualquier cosa en mi vida me parecía lo más emocionante. Sería el típico choque entre dos desconocidos, en el que se caen cosas, se recogen por cortesía, se pide perdón entre caras ruborizadas y se sigue cada uno por su lado. Lo hubiera sido si hubiese recogido todo antes de irse, sobre todo aquella libreta repleta de secretos. Pero se le olvidó al lado de la farola, y mi curiosidad pudo más. Clara trabajaba en la tienda de la esquina, y justo la vi entrar alli enfurecida, estresada, justo antes de despedirnos tras un simple tropezón y un gracias por ayudarla a recoger todo lo que se le había caído del bolso. La vi entrar por la puerta y, después de recoger la libreta entreabierta del suelo y sacudir un poco la suciedad que se había pegado a sus páginas, me acerqué hasta la tienda. Pero, como ya he dicho, la curiosidad me pudo más. La vi meterse tras el mostrador y supuse que trabajaba allí, y que podría leerla un poquito y llevársela más tarde. Total, no iba a notar justo ahora su ausencia ¿no? No pude resistirme, mientras sacudía las hojas, a observar, primero por encima y después más detalladamente, el dibujo a bolígrafo que había hecho en la esquina. Parecía que iba a contar uno por uno los cientos de trazos que tendría. Y frases, anotaciones, secretos en pequeñas frases amontonados por toda la libreta. Sacudí la cabeza y la cerré de un plumazo. “¿Pero qué narices estoy haciendo? No tengo derecho a hacer esto”. Entré en la tienda corriendo y me acerqué al mostrador. Ella hablaba con una compañera sobre el día horrible que estaba teniendo, se movía de un lado para otro. Sus ojos, pequeños, recorrían los rincones del escaparate buscando algo que creo que ni siquiera ella recordaba, nerviosa. Y las

manos, pequeñas y blancas, iban moviéndose en el aire, apretaba los puños y estiraba los dedos rápido. Y mientras las observaba se quedaron quietas, alcé la vista. Me miraba y sonreía. Mira, Lucía, este es el chico con el que he tenido el choque frontal. Sí, me has atropellado más bien. – sonreí y su amiga me miró de arriba a abajo, analizándome. La saludé con la cabeza y Clara miró la libreta en el bolsillo de mi chaqueta asomando las anillas. La cogí. Ah, si, se te había olvidado recoger esto. – la cogió con recelo, pero me dedicó una sonrisa de agradecimiento – La he... la he limpiado un poco porque se quedó abierta en el suelo y, bueno... Gracias, ¡si la pierdo me muero! Más bien si la encuentra alguien... ya sabes, cosas de chicas, cursis y empalagosas. Tonterías. Ya, bueno... no creo que sean tonterías. Créeme, tiene pájaros en la cabeza, cualquier día le salen volando por las orejas. – dijo Lucía al fondo, mientras barría el suelo del local. Yo sonreí y la miré, ella meneó la cabeza y volvió a mirarme. Bueno, gracias, de verdad. De nada... bueno, hasta luego. Adiós.

Me alejé y no la vi hasta días después. Casualidades o no, eso ya no lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que algo parecido al Gordo me tocó con ella. Al principio crees que todo son ventajas, que te hará feliz cada vez que la recuerdes. Más tarde creerás que no es suficiente, que se acabará pronto, que es demasiado bueno para durar. Y acabas concluyendo que la soberbia te ha podido, que solamente has entendido lo que valía cuando la has perdido del todo.

Supongo que cada día con ella fue la subida de un peldaño en la escalera. Yo creí que cada paso me llevaría más cerca de ella. Eran tardes felices, tardes de sombras de colores en las paredes de las calles que se volvían enteras para vernos pasar. Con el sol envidiándonos todo un verano. Apretaba su mano entrelazada con las mías y levantaba la cabeza, orgulloso de llevarla tan pegada a mí, presumir de Clara era lo mejor del día. Y se me ocurrían cartas, notas, mensajes furtivos como si nuestra historia fuese la de dos seres que jamás podrían terminar sus días juntos, y no era así. O bueno, no aparentemente. Escribía por las noches, las que no tenía a su lado, en trozos de papel, con letra de romántico empedernido, esperando espiarla mientras las leyese, sin saberlo, y ver cuan grande era su sonrisa o su rubor. Pero Clara nunca tenía vergüenza, creo que nunca la vi ponerse roja. Quizás era porque los complejos de todo el mundo pasaban por debajo de sus pies.

Y en la cajita llena de retales de nuestro “antes”, que ya nunca más fue un “ahora”, encuentro mensajes de esos, que soñaba con enviarle en una botella.

“Nuestro amor es el más especial que jamás ha existido, por eso solo lo entendemos tu y yo. porque nadie sabe como se siente algo así salvo tú y yo. No se puede ver, pero está en nuestros ojos, nadie lo puede oler, pero está en el cuello de tu camisa todas las mañanas, nadie puede saborearlo pero lo desprenden todos esos besos, hasta los que no nos damos. Nadie lo escucha, y está cuando no hay sobre la cama nada más que el sonido de nuestra respiración. No se toca, pero nos moja las manos cada vez que se pierden bajo las sábanas de la imaginación, aunque nos separen toneladas de kilómetros. Te amo, te amo desde el primer momento en que te vi, desde la primera vez que mi mano rozó tu brazo, desde la primera mirada cruzada y la primera carcajada que no escuché. Desde la primera caricia hasta la última que te daré, si alguna vez vuelvo a tocarte, y después de esa última vez, te amaré también”. Ni siquiera se las envié... A lo mejor una o dos, y se las di en mano. Las otras las guardé, como un estúpido avergonzado de sus sentimientos. Hombres... a veces pecamos de rudos cuando somos un buen puñado de lágrimas a punto de salir disparadas de felicidad. La caja está llena, rebosada de papeles arrugados con palabras mudas, calladas a la fuerza, que llevan siglos metidas en las cuatro paredes de una cárcel de cartón.

Cuando la volví a ver, después del tropezón, fue de nuevo en la calle. “Nuestro amor no tiene casa propia”, me decía siempre con una sonrisa. Me la encontré escapando con los ojos de la ciudad, a saber qué lejos estaban ya cuando me entrometí entre ellos y el horizonte. Se congelaron un segundo y después me sonrieron como la primera vez. Creo que aquella tarde nos tomamos unos cinco o seis cafés contándonos absurdeces de dos vidas que acababan de encontrarse de nuevo, sin saber muy bien si por azar o por destino. Lo bueno solía ocurrirnos en las tardes. Ella no creía en él, en el destino, me refiero. Decía que eso te impedía luchar, ser terco, que si el destino decidía, ¿de qué servía intentar arreglar o cambiar las cosas? Tú decides tu vida, no el destino. Yo me apellido Valiente, así que tenía que darle la razón o fallaría a mi ascendencia. Pero muchas veces el destino sirve para justificar las cobardías ante nuestros problemas más gordos. “Sería el destino, y no yo, el que lo fastidió todo”. Lo malo, o bueno, de Clara, es que siempre daba la vuelta a todo lo que creías establecido de por vida, nada era lo que parecía. Nada se quedaba así de por vida.

Nos hicimos inseparables, mágicos juntos e inservibles separados. Y me gustaba esa dependencia absoluta. Y aunque, al igual que yo tenía miedos, ella tenía terrores (ya se sabe que gato escaldado...), poco a poco los dos los fuimos perdiendo a bocados, a besos y a caricias. De una en una se fueron disipando las dudas, y borramos cada una de las causas abiertas que había en nuestra contra. Pero había sombras, sombras como las de su ex. Diego había sido la última persona que la había hecho decir te quiero, una relación de casi tres años que le había destrozado las confianzas y le enseñó el rechazo. Pero seguía formando parte de su grupo de amigos, así que lo de “no quiero volverte a ver”, no funcionaba con él. Siempre había sido absorvente, y Clara decía que la había consumido y ni siquiera ella sabía como pararle los pies. Y ahora, intentaba por todos los medios seguir haciendo acto de presencia en su vida más privada, haciéndose ver y oír, que cualquiera que se acercase a Clara supiese todo lo que la conocía y cuantos puntos débiles podía tocar en ella. Y a mí consiguió convencerme de ello.

- ¿Sabes? Cuando llegó él y se puso a hablar de todas esas anécdotas contigo, de todas las cosas que te gustaban y de las risas que habíais pasado... no se, no me sentí celoso, porque confío en tí; pero me sentí fuera de lugar. Quizás sea porque creo que no te conozco o simplemente porque lo hizo delante de todos nuestros amigos. Fue como si estuviese diciéndome: recuerda que le conozco antes y mejor que tú. - Eso no es verdad. Estuvo mucho tiempo conmigo, pero no me conoce. Supuso que me conocía y siguió conmigo hasta que me aburrió. - Pero yo no se la mitad de cosas de tí que él, es evidente que el tiempo que pasó a tu lado... vivísteis muchas cosas, os unen muchas cosas. - Quizás sea verdad y no conozcas tanto de mí como él. La verdad es que nunca terminas de conocer a nadie. Pero sigues ahí, siempre, para todo. Tú todos los días te levantas queriendo conocerme, y eso es lo que me hace quererte.

Mi madre siempre hablaba de la tristeza como un atardecer. Como si estuviesemos “viendo como se hace de noche, de noche, de noche... y nunca parece que vaya a llegar ni la luna ni el amanecer”. Cada vez que me siento mal, inevitablemente pienso en esa metáfora del atardecer infinito. Y es verdad, nunca vemos nada más. Parece que nos quedemos en ese limbo entre el día y la noche, en la nada. Todo el mundo se va a sus casas y es como si uno no tuviese hogar, plantado delante del horizonte esperando a que decida si se acaba el dolor o si seguimos adelante con la tortura. La diferencia que siempre le recordaba a mi madre, cuando me contaba su metáfora, es que los atardeceres de verdad suelen ser más hermosos.

Yo se la contaba a Clara, se la expliqué un día y me miró extrañada, con la inocencia que solamente tenían sus ojos de niña. - ¿Y es que acaso conmigo no se te hace de día enseguida? Ella sabía que sí.

El caso es que cuando ella encontró aquel trabajo en Londres, el trabajo de su vida, con una beca que no daban a cualquiera; se me hizo de noche durante mucho tiempo. Y no supe decirle que se quedase, no supe cortarle las alas. Y es que no tenía derecho a hacerlo. Los dos nos habíamos encontrado con unos sueños, una vida y unas aspiraciones ya creadas y con raíces. Y ninguno tenía derecho a hacerle olvidar al otro todo aquello por lo que había luchado. Así que la dejé ir. Se nos fue el sol del verano y también con él se enfrió todo. Las despedidas nunca me han gustado, y mucho menos recordarlas. Porque aquella fue la más dura de mi vida. Aunque en realidad, cuando creces aprendes que las despedidas no son lo que duele ni nos disgusta, sino la gente que se aleja. Con el tiempo también aprendes que los títulos más extraños son los de las canciones más bellas, que las personas de tu vida las conocerás por casualidad, y se habrán cruzado contigo tres veces en la misma calle llena de gente antes de que las conozcas por su magia. Con el tiempo comprendemos que un beso puede ser tan eficaz como un analgésico, que las lágrimas no sólo sirven para mojarte la cara y la almohada, que las drogas más fuertes tienen un nombre y dos apellidos. Que las sonrisas mueven más montañas que ninguna bomba atómica. Y también aprendes que se llenan mas ceniceros en soledad que en compañía. Sólo hace falta que nos alcance el tiempo.

Por eso, cuando llegó la hora del adiós, le entregué una de esas cartas que guardaba en la caja de cartón, aquella cárcel muda llena de palabras de la que ya os hablé.

“¿Conoces esa sensación, cuando escuchas por primera vez en una serie o una película una canción increible, de esas que te dejan pensando “tengo que volver a oír esto”? Pues creo que lo mismo ocurre con las personas. A veces, ves a alguien por un solo segundo y es como escuchar esa canción. Necesitas tenerla cerca en todo momento, una y otra vez. Y el problema es que no siempre, o casi nunca, puedes. Y piensas “si he vivido hasta ahora sin conocer su existencia ¿porque no puedo aguantar un poco más?” Hasta descargártela, hasta encontrarte con ella por casualidad... hasta olvidarla. Y es imposible, no puedes aguantar despues de conocerla porque - sencillamente - la has conocido, y punto. Te hace distinto, un segundo antes de conocerla eras otro. Eso es exactamente lo que me ocurrió contigo el día que te conocí. Quise guardarme esa libreta,

leerla en la clandestinidad y tener una excusa días después para volver a verte, pero no pude evitar ir corriendo a devolvértela. Y verte sonreír otra vez, con el pelo revuelto por el viento y el ajetreo, con la mirada en pensamientos que volaban hasta sabe Dios cuándo. Y ahora me siento igual, necesito volver a verte, necesito despedirme de tí ahora como aquella tarde, y volver a verte dentro de unos meses, unos años, décadas. Cuando sea que quieras venir a contarme qué tal te va la vida. Y la excusa perfecta... la segunda parte de esta carta. Así que cuando tengas ganas de volver, de verme y de contarme que eres feliz, te juro que te entregaré la última parte de esta confesión. Yo voy a seguir aquí, viendo atardecer. Cuando quieras que se haga la luz, solamente tienes que llamar a mi puerta”.

Cuando volvió a por esa carta fue unos tres meses después, después de Navidad. Volvió por Madrid cuando mi madre falleció. Estuvo a mi lado, en silencio durante días. Me dio todo el sosiego que nadie pudo darme. Nos escuchábamos en silencio tan fácilmente... Y no pude esperar más, igual que la primera vez. Después de escuchar sus relatos de felicidad absoluta en Londres, su vida llena sin mí, y la mía vacía sin ella; le entregué mi carta. Y como le prometí al darle la otra, estaba escrita en esos días, justo al volverla a ver y antes de perderla de nuevo, con todas las sensaciones e impresiones que me había causado volver a ver el recuerdo de una ausencia. Me contó que Londres era maravilloso, yo le conté mi viaje de negocios por América. Le pinté una vida todavía más de color que la suya, me pudo el orgullo. La leyó de vuelta a casa, asi que no sé si tembló al menos la mitad de lo que yo temblé al verla de nuevo.

“Cuando el otro día nos encontramos después de tres meses y te dije que todo estaba como siempre, me moría de ganas de decirte que todo iba como el culo. ¿Como va a ir como siempre una vida que antes iba de la mano con la tuya? Es imposible. Y cuando te dije que todo había sido agotador en Sudamérica, que solamente había visto carretera y hotel, y que estaba agotado, quise terminarlo con un “te eché mucho de menos”, pero ahora no tenía sentido decirlo, antes te llamaría al llegar al hotel para contártelo, pero ahora... Y no me alegro, joder, no me alegro de que todo te vaya bien y que lleves tres meses volviéndote a enamorar de tu profesión, y que me lo resumas en cinco segundos con una sonrisa en la boca. No me alegro, porque querría poder llegar a casa y encontrarte allí agotada con esa sonrisa, contándome durante horas un solo día de esas semanas. Pero ya se acabó, porque se supone que “no buscábamos lo mismo en esta relación”. Yo ahora busco tantas cosas a la vez para sobrevivir que ni siquiera me he encontrado a mí mismo”.

Pasaron los años, y creo que hasta me llegué a desenamorar de ella. Pero me volvía a enamorar una y otra vez; y tampoco lo evité. Yo tenía una vida estable, un trabajo que me gustaba y una mujer, Laura, que era totalmente distinta a Clara. Era modelo. Una mujer despampanante, eso sí, pero absolutamente superficial. Me quería, eso yo lo sé, pero era tan fácil de descifrar que me sentí como un niño con un puzzle de diez piezas después de usarlo unas cien veces. Creedme, aunque suene machista, me aburrí de hacerlo y volverlo a hacer. Ya no tenía misterio para mí. Apareció en una fiesta sorpresa por mi cumpleaños, y vaya sorpresa. Hacía unas semanas que estaba aquí otra vez, y mis mejores amigos se habían enterado, así que no se les ocurrió otra cosa que traerla a la fiesta. La miré entre la gente durante horas esa noche. Y para mí, volviendo a la metáfora, de noche no tenía nada, ya no.

Salimos al jardín en cuanto pudimos. Teníamos mucho de qué hablar. Nos sentamos al borde de la piscina y se hizo el silencio. No era de aquellos dulces silencios, era uno muy incómodo y que no sabía ni siquiera como cortar. Solo se escuchaban los grillos y la brisa entre los setos. Y los pies de Clara moviéndose en el agua de la piscina, lentamente y siempre en la misma dirección. Todo en ella tenía una razón, hasta cómo chapotear. Yo miraba sus ojos, entre los mechones de pelo que se le escapaban de detrás de la oreja y caían por encima de su cara. A su lado, a su derecha, intentaba analizar en qué pensaba mientras miraba sus propios pies moverse en la superficie azul. Detrás de su cabeza las luces de las calles, desenfocadas, ajenas a todo lo que brillaba ella. - ¿Cuánto ha pasado, dos años, tres...? – sabía perfectamente cuánto, dos años y dos meses sin verla - No has cambiado nada. Sigues oliendo igual - levantó la mirada y se rió como una niña. - ¿Oliendo igual? - Como cuando vuelves a casa después de un viaje. Así hueles tú. - Siempre has sido raro para echar piropos. – alzó la cabeza y me miró bromista – Aunque llevo dos años y dos meses... – me guiñó un ojo y se me estremecieron las tripas, no era el único loco que había contado los meses. –escuchando cumplidos de guiris y poniendo buena cara aunque no les viese la lógica, aunque allí la guiri era yo... Así que agradezco tus rarezas. - Pensé mil veces con este momento ¿sabes? Creí que sería más difícil volver a verte. Me refiero a hablar, sin tensiones. - Son demasiados recuerdos, lo difícil sería no hablar. - Precisamente por eso, por todo lo que hemos vivido. Y aunque eres la misma... te veo distinta. - ¿He cambiado? Yo a tí te veo igual de despeinado. – Sonrió y metio su mano entre el pelo de mi

nuca, sentí el impulso de alzar la cabeza para sentirla todavía más dentro de mi pelo. Echaba de menos eso... - ¿en qué he cambiado, a ver? - Has vivido... has continuado. Supongo que yo también soy distinto a hace dos años, pero me veo todos los días. La última vez que te ví a ti eras mi novia, y ahora eres... una mujer especial para mí que ha vuelto de Londres tras dos años sin saber de ella. Eres diferente a Clara, aunque seas tú.

En ese momento salieron al jardín los demás riéndose, y se acercaron rompiendo el silencio cálido que Clara y yo habíamos creado. Hablaban de Luis y de un chiste que habían contado dentro de la casa. Clara me miró, me dedicó una sonrisa y se levantó del borde de la piscina, sin antes tirarme unas gotas de agua con una mirada pícara. Le devolví la sonrisa y nos adentramos en el grupo.

Pablo se acercó a mí con dos copas y me ofreció una. - Está guapa ¿eh? ¿Que has sentido? - Está igual de especial, igual de linda y... igual de única. - Sigues enamorado de ella. Hoy cuando la has visto aparecer lo decías con los ojos, la mirabas como hace dos años, compañero, con los mismos ojitos de idiota. Ya me dirás que sientes por Laura, porque desde luego a dos mujeres a la vez no se las puede querer... - No lo puedo negar, no sé soltarme de ella. Me he dado cuenta de que no sé estar solo, por eso estoy con Laura, no porque la quiera. Y ha tenido que volver Clara, después de dos años, para que me percate. Laura es normal, sabes qué va a decir, sabes cuánto va a insistir para que la lleves a cenar y a qué lugar te pedirá ir... no te hace falta conocerla, es previsible. A Clara la conocía como la palma de mi mano y era un ebullir de ideas, tío, nunca sabías qué esperar. Era para volverte loco. - Bueno... la mayoría del mundo se casa con gente tan normal como Laura, y es feliz. – dió un sorbo a su pajita y me miró como esperando que le consolase ante su aburrida vida de casado. - Si puedes ser feliz así... pero yo no sé. Odio la rutina, y la rutina odia a Clara, por eso era feliz; no sabía qué esperar. Nos quedamos en silencio unos segundos mientras la mirábamos a lo lejos, conversando con las demás.

- Marcos... ¿porqué coño la dejaste ir? - Para poder sonreír al volver a verla, para poder recordarla con esos ojos de idiota. Si seguíamos juntos nos mataríamos. Preferí echarla de menos a odiarla.

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