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Santa Lutgarda

Lutgarda era bonita y le gustaba divertirse sanamente y vestir bien. No aparentaba vocación
religiosa, por lo que en el convento vivía como una especie de pensionista, libre para entrar y salir.

Lutgarda tenía un problema muy grande con la monja portera, quien no la quería ni ver.
Cuando la veía, le echaba un grito y se burlaba de ella. Pero a Lutgarda le daba igual, no
le asustaba esa monja, porque sabía lo que estaba buscando. Y Jesús estaba vigilando a
Lutgarda escondido, porque Él también quería a Lutgarda como a su novia. Mientras
Lutgarda no sabía que la ‘pretendía’ Jesús.

Nosotras pensamos en “lo nuestro”, Jesús piensa en “lo suyo” y luego cambia lo nuestro
en lo suyo, esa es la verdad.

Sin embargo, un día, mientras charlaba con unas amistades, tuvo una visión de Nuestro Señor
Jesucristo que le mostraba sus heridas y le pedía que lo amase solo a Él.

vio una mano tendida que señalaba a un corazón herido y escuchó la orden firme y extraña:
«Mira aquí lo que tienes que amar y cómo has de amarlo». Jesús le estaba mostrando que no
tenía que amar a otro hombre más que a Él.

Lutgarda aquel día descubrió el amor de Jesús y lo aceptó al instante como su Prometido. Desde
aquel momento su vida cambió.

Allí en el campo fue donde hizo el jubiloso descubrimiento de que «el trabajo puede convertirse
en oración» y que, lo mismo puede verse a Dios en el brote que estalla o en el romper de la
simiente, para la resurrección de una vida nueva. En aquella sencillez de la vida monástica
cisterciense, Lutgarda sintió que podía amar sin medida. Y llegó a comprender que el
segundo mandamiento era igual que el primero, ya que el amor a Dios se desbordaba en
un amor ardiente por todas sus criaturas racionales.

Hablaba con El en forma familiar. Cuando la llamaban para algún servicio, le decía a Jesús:
"Aguárdame aquí, mi Señor; volveré tan pronto como termine esta tarea".

Compartió místicamente los sufrimientos de Jesús cuando meditaba la Pasión. En esas ocasiones
aparecían en su frente y cabellos minúsculas gotas de sangre. Su amor se extendía a todos de
manera que sentía como propios los dolores y penurias ajenas.
Tenía gran humildad y solo se quejaba de su propia impotencia para responder como era debido a
las gracias de Dios. En una ocasión oraba ofreciendo vehemente su vida al Señor, cuando se le
reventó una vena que le causó una fuerte hemorragia. Le fue revelado que, en el cielo, su efusión se
aceptaba como un martirio.

Tenía el don de curación de enfermos, de profetizar, de entender las Sagradas Escrituras, de


consolar espiritualmente. Según la beata María de Oignies, Lutgarda es una intercesora sin igual por
los pecadores y las almas del purgatorio.

Tuvo visiones del Sagrado Corazón de Jesús. En una ocasión Nuestro Señor le preguntó que
regalo ella deseaba. Ella respondió: "Quiero Tu Corazón", a lo que Jesús respondió: "Yo quiero tu
corazón". Entonces ocurrió un evento sin precedentes conocidos: Nuestro Señor místicamente
intercambió corazones con Lutgarda.

Once años antes de morir perdió la vista, lo cual recibió con gozo, como una gracia para
desprenderse mas del mundo. Aun ciega ayunaba severamente. El Señor se le apareció para
anunciarle su próxima muerte y las tres cosas que debía hacer para prepararse:

1-dar gracias a Dios sin cesar por los bienes recibidos;

2- orar con la misma insistencia por la conversión de los pecadores;

3- Para todo confiar únicamente en Dios.

Predijo su muerte que ocurrió en la noche del sábado posterior a la Santísima Trinidad, precisamente
cuando comenzaba el oficio nocturno del domingo. Era el 16 de junio del 1246.

NOTA PARA MI

https://www.monasteriodevillamayor.com/es/contenido/?iddoc=670

Un día, Lutgarda se encontró con los ojos de la Madre de Dios y vio que estaban tan llenos de
pesar como los de Madre Dolorosa. Lutgarda exclamó sorprendida: « ¿Qué es lo que os apena
Amadísima Madre?». La respuesta de la Madre de Dios fue lenta y solemne. Dijo: « Mi Hijo está
siendo de nuevo crucificado por los malos cristianos. Su cólera pesa sobre el mundo. Aplácale tú
con oración, penitencia y ayuno que dure siete años». Igual que lo que la Madre de Dios pidió
en FATIMA a los tres niños: Lucía, Jacinta y Francisco, por la conversión de los pecadores.
Lutgarda- como cisterciense- no hizo otra cosa que penitencia, oración y ayuno durante siete
años. Luego la Virgen María le pidió un poco más; le dijo que lo hiciera con el solo fin de la
conversión de los Albigenses. Así aprendemos que la oración, la penitencia y el ayuno son
armas en nuestro camino de conversión y la del mundo. Son las Únicas fuerzas capaces de
limpiar al mundo del espíritu que de tal manera se ha posesionado del hombre, que en una
ocasión oyó lamentarse a Dios de haberle creado.
Nosotras, en nuestra vida Cisterciense de hoy, veo que no tenemos que buscar otras
penitencias, ayunos y oración como lo hiciera ella. Para mí, guardar el silencio es una penitencia
que pesa mucho; en eso consiste la penitencia, la oración y el ayuno. Aunque me cuesta o nos
cuesta, el silencio es importante en nuestra vida: Vivir el verdadero silencio (digo el verdadero,
porque hay silencios y silencios, porque puedo callar con un corazón negro lleno de bichos).