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La educación no es un crimen

A esta altura de la civilización debería ser de público conocimiento que las


estadísticas no son ingenuas ni creíbles ya que la selección de parámetros y datos son
los resultados. Todos nos quejamos de la educación o, mejor dicho, del sistema
educativo, con la esperanza de que dicha variable social sea la solución a los
problemas que nos aquejan en la actualidad.
Cualquiera puede opinar desde su micromundo. Pensar que lo suyo está mal y
que hay otros sistemas que están bien, o viceversa. La clave es pensar cuán profundo
se pueden adentrar en el problema de las desigualdades sociales en un mundo donde
la inequidad es la regla y no la excepción.
Se habla de educación, de la formación de los docentes, de los bajos salarios,
del recorte de su autonomía para dirigir sus clases, del aburrimiento de los alumnos,
del etiquetado de ellos por su hiperactividad y la consecuente medicación. Pero detrás
queda lo que no se muestra: que la educación, mala, buena o excelente, sigue siendo
una herramienta otorgada a un sector minoritario de la sociedad.
Cuando creemos en lo que alguien nos dice y lo universalizamos caemos en la
falacia de otorgarle peso y valor a una vivencia personal, válida como tal, pero inválida
como parámetro para todos. De la palabra de los entrevistados se extraen conceptos
para hacernos pensar que la educación debería tener como finalidad la preparación de
los jóvenes para el mundo laboral y para el emprededorismo.
Nada más lejos de la realidad ya que la posibilidad de obtener un empleo no
recae en el nivel educativo, ni en los logros obtenidos, sino en la pertenencia a un
grupo con conexiones suficientes como para que los jóvenes obtengan un empleo ya
sea porque sus parientes tienen conocidos a quién recomendarlos o porque viven en
el vecindario adecuado, asisten a un club determinado para recrearse mientras
establecen conexiones con otros.
La sociedad es violenta. La escuela no está exenta de ello. Hay violencia
institucional en todos los escalones de la estructura piramidal. El alumnado es pasible
de sufrir hostigamiento por parte de sus compañeros y también por parte de los
docentes. Los docentes son maltratados por coordinadores y directivos. Los
directivos son maltratados por docentes y supervisores. Los supervisores son
maltratados por las acciones ministeriales. Reina el miedo. La obediencia debida.
Hay mucho sufrimiento. La escuela se convierte en un lugar donde pocos quieren
estar y nadie disfruta.
La sociedad está acelerada y se cumplen rutinas mecanizadas. Lo mismo
sucede en la escuela. Los docentes se llenan de horas de clase para poder obtener
un sustento digno. Están agotados de ir de escuela en escuela, de preparar clases, de
corregir, de padres desentendidos de sus hijos, de la pugna por estar más arriba en el
listado para conseguir trabajo y para pasar a ser titulares.
Los jóvenes también. Casi no se vinculan con sus progenitores o cuidadores
que también son presa de una sociedad que les presenta como única posibilidad
largas horas de trabajo y explotación. Sin poder contar con sus padres, los jóvenes
son depositados en escuelas para que otro adulto se ocupe de ellos en lo que se suele
llamar escuelas-guardería, escuelas de turno completo. Y, al salir, les espera la tarea.
Horas de seguir estudiando en lugar de poder vivir en familia y recrearse.
Es fácil atribuir la culpa de todos los males a la educación, tildarla de ser un
crimen. La responsabilidad está en la aceptación de una sociedad injusta en la que
se avala la existencia de ricos y pobres. Es un sálvese quién pueda impuesto por la
creencia en la meritocracia y el emprededorismo.
© Edith Fiamingo 2020