Está en la página 1de 3

LECTURA 2.

LOS MANIQUEOS
El encuentro con los maniqueos en Cartago
10. De este modo vine a dar con unos hombres que deliraban soberbiamente,
carnales y habladores en demasía, en cuya boca hay lazos diabólicos y una liga viscosa
hecha con las sílabas de tu nombre, del de nuestro Señor Jesucristo y del de nuestro
Paráclito y Consolador, el Espíritu Santo. Estos nombres no se apartaban de sus bocas,
pero sólo en el sonido y ruido de la boca, pues en lo demás su corazón estaba vacío de
toda verdad. Decían: «¡verdad! ¡verdad!», y me lo decían muchas veces, pero jamás se
hallaba en ellos; antes decían muchas cosas falsas, no sólo de ti, que eres verdad por
esencia, sino también de los elementos de este mundo, creación tuya, sobre los cuales,
aun diciendo verdad los filósofos, debí haberme remontado por amor de ti, ¡oh padre mío
sumamente bueno y hermosura de todas las hermosuras! ¡Oh Verdad, Verdad!, cuán
íntimamente suspiraba entonces por ti desde los meollos de mi alma, cuando aquéllos te
hacían resonar en torno mío frecuentemente y de muchos modos, bien que sólo de
palabras y en sus muchos y voluminosos libros. Éstos eran las bandejas en las que, estando
yo hambriento de ti, me servían en tu lugar el sol y la luna, obras tuyas hermosas, pero al
fin obras tuyas, no tú, y ni aun siquiera de las principales. Porque más excelentes son tus
obras espirituales que estas corporales, siquiera lucidas y celestes. Pero yo tenía hambre
y sed no de aquellas primeras, sino de ti misma, ¡oh Verdad, en quien no hay mudanza
alguna ni obscuridad momentánea. Y continuaban aquéllos sirviéndome en dichas
bandejas espléndidos fantasmas, en orden a los cuales hubiera sido mejor amar este sol,
al menos verdadero a la vista, que no aquellas falsedades que por los ojos del cuerpo
engañaban al alma. Pero como las tomaba por ti, comía de ellas, no ciertamente con
avidez, porque no me sabían a ti —que no eras aquellos vanos fantasmas— ni me nutría
con ellas, antes me sentía cada vez más extenuado. Y es que, el manjar que se toma en
sueños, no obstante ser muy semejante al que se toma despierto, no alimenta a los que
duermen, porque están dormidos. Pero aquéllos no eran semejantes a ti en ningún aspecto,
como ahora me lo ha manifestado la verdad, porque eran fantasmas corpóreos o falsos
cuerpos, en cuya comparación son más ciertos estos cuerpos verdaderos que vemos con
los ojos de la carne —sean celestes o terrenos— al par que los brutos y aves. Vemos estas
cosas y son más ciertas que cuando las imaginamos, y a su vez, cuando las imaginamos,
más ciertas que cuando por medio de ellas conjeturamos otras mayores e infinitas, que en
modo alguno existen. Con tales quimeras me apacentaba yo entonces y por eso no me
nutría. Pero tú, amor mío, en quien desfallezco para ser fuerte, ni eres estos cuerpos que
vemos, aunque sea en el cielo, ni los otros que no vemos allí, porque tú eres el creador de
todos éstos, sin que los tengas por las más altas creaciones de tu mano. ¡Oh, cuán lejos
estabas de aquellos mis fantasmas imaginarios, fantasmas de cuerpos que no han existido
jamás, en cuya comparación son más reales las imágenes de los cuerpos existentes; y más
aún que aquéllas, éstos, los cuales, sin embargo, no eres tú! Pero ni siquiera eres el alma
que da vida a los cuerpos —y como vida de los cuerpos, mejor y más cierta que los
cuerpos—, sino que tú eres la vida de las almas, la vida de las vidas que vives por ti misma
y no te cambias: la vida de mi alma (conf. 3, 10).

El materialismo y antropomorfismo maniqueo


12. No conocía yo otra cosa —en realidad de verdad lo que es— y me sentía como
agudamente movido a asentir a aquellos necios engañadores cuando me preguntaban de
dónde procedía el mal, y si Dios estaba limitado por una forma corpórea, y si tenía
cabellos y uñas, y si habían de ser tenidos por justos los que tenían varias mujeres a un
tiempo, y los que causaban la muerte a otros y sacrificaban animales. Yo, ignorante de
estas cosas, me perturbaba con ellas y, alejándome de la verdad, me parecía que iba hacia
ella, porque no sabía que el mal no es más que privación del bien (privationem boni) hasta
llegar a la misma nada. Y ¿cómo lo había yo de saber, si con la vista de los ojos no
alcanzaba a ver más que cuerpos y con la del alma no iba más allá de los fantasmas?
Tampoco sabía que Dios fuera espíritu y que no tenía miembros a lo largo ni a lo ancho,
ni cantidad material alguna, porque la cantidad o masa es siempre menor en la parte que
en el todo, y, aun dado que fuera infinita, siempre sería menor la contenida en el espacio
de una parte que la extendida por el infinito, a más de que no puede estar en todas partes
como el espíritu, como Dios. También ignoraba totalmente qué es aquello que hay en
nosotros según lo cual somos y con verdad se nos llama en la Escritura imagen de Dios
(conf. 3, 12).
La liberación de las partículas de luz
18. Desconocedor yo de estas cosas, me reía de aquellos tus santos siervos y
profetas. Pero ¿qué hacía yo cuando me reía de ellos, sino hacer que tú te rieses de mí,
dejándome caer insensiblemente y poco a poco en tales ridiculeces que llegara a creer que
el higo, al arrancarlo de la higuera, tanto éste como su madre, el árbol, lloran lágrimas
lácteas?; y que si algún santón de la secta comía dicho higo, arrancado no por culpa
propia, sino ajena, y lo incorporaba a sus entrañas, ocurría que entre los gemidos y eructos
acaecidos durante la oración, exhalaba ángeles y aun partículas de Dios; y tales partículas
del sumo y verdadero Dios habrían quedado ligadas siempre en aquel fruto de no haber
sido liberadas por el diente y vientre del santo Electo? También creí, miserable, que se
debía tener más misericordia con los frutos de la tierra que con los hombres, por los que
han sido creados; porque si alguno estando hambriento, que no fuese maniqueo, me los
hubiera pedido, me parecía que el dárselos era como condenar a pena de muerte aquel
bocado (conf. 3, 18) .
La comunidad de los maniqueos
13. No en balde corren los tiempos ni pasan inútilmente sobre nuestros sentidos,
antes causan en el alma efectos maravillosos. He aquí que venían y pasaban unos días tras
otros, y viniendo y pasando dejaban en mí nuevas esperanzas y nuevos recuerdos y poco
a poco me restituían a mis pasados placeres, a los que cedía aquel dolor mío, no
ciertamente para ser sustituido por otros dolores, pero sí por causas de nuevos dolores.
Porque ¿de dónde venía que aquel dolor me penetrara tan facilísimamente y hasta lo más
íntimo, sino de que había derramado mi alma en la arena, amando a un mortal, como si
no fuera mortal? Pero lo que más me reparaba y recreaba eran los solaces con los otros
amigos, con quienes amaba aquello que amaba en tu lugar, esto es, una enorme fábula y
una larga mentira, con cuyo roce adulterino se corrompía nuestra mente, que sentía prurito
por oírlas, fábula que no moría para mí, aunque muriese alguno de mis amigos. Otras
cosas había que cautivaban más fuertemente mi alma con ellos, como era el conversar,
reír, servirnos mutuamente con agrado, leer en común libros amenos, bromear unos con
otros y divertirnos en compañía; discutir a veces, pero sin animadversión, como cuando
uno disiente de sí mismo, y con tales disensiones esporádicas condimentar las muchas
conformidades; enseñarnos mutuamente alguna cosa, suspirar por los ausentes con pena
y acoger con alegría a los que llegaban. Con estos signos y otros semejantes, que proceden
del corazón de los amantes y amados, y que se manifiestan con la boca, la lengua, los ojos
y mil otros movimientos gratísimos, se derretían, como con otros tantos incentivos,
nuestras almas y de muchas se hacía una sola (conf. 4, 13).
Cristología maniquea

Por último, decidnos cuántos Cristos afirmáis que existen. ¿Acaso es uno aquel que
engendra la tierra concibiendo del Espíritu Santo, no sólo suspendido de todo madero,
sino yacente en toda hierba, y otro aquel a quien los judíos crucificaron en tiempos de
Poncio Pilato, y un tercero aquel que se extiende por el sol y la luna? ¿O acaso es uno
sólo e idéntico, ligado en una porción de sí a los árboles, libre en otra que socorre a la
primera, atada y capturada? Si es ese el caso, pregunto: aquel de quien concedéis que
padeció en tiempos de Poncio Pilato, aunque sostenéis que careció de carne —aún no
pregunto cómo pudo sufrir tal muerte sin carne—, ¿a quién dejó aquellas naves, cuando
descendió de ellas para padecer cosas tales que no pueden darse sin alguna clase de
cuerpo? Según su presencia espiritual en ningún modo pudo padecerlas; por otra parte,
según su presencia corporal no podría estar a la vez en el sol, en la luna y en la cruz. Por
tanto, si no tuvo carne, no fue crucificado; si, por el contrario, la tuvo, pregunto de dónde
la tuvo, dado que afirmáis que todos los cuerpos proceden de la raza de las tinieblas, no
obstante que sois incapaces de pensar en la sustancia divina, si no es como una sustancia
corporal. Por lo cual os veis obligados a afirmar o que fue crucificado sin tener cuerpo —
y no se puede decir locura más absurda—; o que pareció que le crucificaban, crucifixión,
pues, en apariencia, no en realidad, —de nuevo, ¿hay impiedad mayor?—; o que no todos
los cuerpos proceden del reino de las tinieblas, sino que existe también el cuerpo de la
sustancia divina, que sin embargo no es inmortal, sino que puede ser clavado en la cruz y
morir —¡una completa locura!—; o que Cristo tuvo un cuerpo mortal procedente de la
raza de las tinieblas, y así vosotros, que teméis creer que la virgen María haya sido la
madre de su cuerpo, no teméis que lo sea la raza de los demonios.

Por último, como, según la afirmación de Fausto que, tomada de vuestra larguísima
fábula, sintetizó lo más que pudo: «por la fuerza de éste y gracias a su efusión espiritual
la tierra concibe y engendra al Jesús sufriente, vida y salvación de los hombres, que pende
de todo madero», ¿por qué aquel Salvador, al pender, se acomodó a las exigencias del
pender, y al nacer no se acomodó a las exigencias del nacer? Por el contrario, si afirmáis
que Jesús está en los árboles, que Jesús fue crucificado bajo Poncio Pilato y que Jesús se
extiende por el sol y la luna, porque todo ello procede de una única sustancia, ¿por qué
no incluís dentro de esta denominación a los otros millares de vuestros dioses? ¿Por qué
no es también Jesús aquel Soporte del Esplendor, aquel Atlas, aquel Rey del Honor y
aquel Espíritu Poderoso, aquel Primer Hombre y todo cuanto proclamáis en serie
interminable de nombres y oficios diversos? (c. Faust. 20, 11)

También podría gustarte