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Hall – Dos paradigmas

En este artículo Hall explica cómo confluyeron dos vertientes de reflexión acerca de la cultura en la
formación de los estudios culturales: el culturalismo y el estructuralismo. Hall empieza su artículo con
una descripción de los textos seminales de los estudios culturales, The Uses of Literacy  de Richard
Hoggart, las obras de Raymond Williams Culture and Society y The Long Revolution y el trabajo del
historiador E.P. Thompson que, en retrospectiva, manifiestan una ruptura significativa con sus
tradiciones de pensamiento. La obra de estos pensadores confluye en la preocupación por la “cultura”,
concepto complejo y escurridizo.

Hall identifica dos significados del término en el trabajo de Williams: por una parte, la cultura es el
conjunto de descripciones disponibles con que las sociedades dan sentido y reflexionan acerca de sus
experiencias comunes; en este sentido, la cultura es “ordinaria”, común, ya no el dominio de unos
cuantos. Esto significa que no hay forma de describir la realidad mas que por medio de los vocabularios
disponibles en un momento histórico; ni el arte escapa a esta determinación, puesto que forma parte de
los procesos con los que una sociedad se reproduce a sí misma. La segunda acepción del término que
circula en la obra de Williams es aquélla que entiende a la cultura de forma más antropológica como
práctica social, toda una “forma de vida”. Pero más que una simple descripción de las costumbres y
hábitos de un grupo social, se trata de analizar cómo la cultura está imbricada en todas las prácticas
sociales, porque es “la suma de sus interrelaciones”. Esta forma de conceptualizar a la cultura es una
toma de posición frente a las definiciones idealistas que la entienden simplemente como conjunto de
“ideas”, y complica la metáfora base/superestructura del marxismo clásico al ubicar a la cultura en el
centro de la reflexión como una praxis dinámica que se manifiesta de distinta manera en toda la
actividad humana. Esta veta culturalista de los estudios culturales emplea el concepto de “experiencia”
para referirse a las formas como son vividas las relaciones y conflictos sociales, “dónde y cómo la gente
experimenta sus condiciones de vida, las define y responde a ellas”.

Hall contrasta esta posición culturalista, dependiente de una noción esencialista de la experiencia como
siempre ya dada, un punto de partida “auténtico” para la reflexión, con la posición estructuralista, que
postula que la experiencia misma es un efecto de la cultura. Lo que contribuye el estructuralismo a la
conformación de los estudios culturales es la noción de que la cultura es el conjunto de categorías y
marcos de referencia con los que los humanos damos sentido a y clasificamos nuestras condiciones de
existencia, así que el sujeto es hablado por la cultura inconscientemente en tanto que no puede pensar
fuera de las categorías y clasificaciones colectivas de su cultura. La importancia de los estructuralismos
es el énfasis que ponen en las condiciones de existencia que determinan la forma en que experiencia se
manifiesta e interpreta. Pero quizá la aportación más significativa del estructuralismo ha sido que
permite pensar la forma en que se articulan prácticas específicas con el conjunto –la totalidad- de la
estructura, que incluye los procesos económicos. En resumen, el culturalismo insiste en la agencia
humana y la relevancia de la particularidad, mientras que el estructuralismo siempre ubica la actividad
humana en el contexto de las condiciones sociales, económicas y políticas que preexisten al individuo.

         Pese a la incompatibilidad de estos dos paradigmas, Hall insiste en mantener a ambas como punto
de referencia en los estudios culturales tras identificar y señalar las limitaciones de algunas
elaboraciones teóricas posteriores tales como el postestructuralismo, que recupera al sujeto ignorado
por el estructuralismo pero que frecuentemente soslaya el análisis de la totalidad de los procesos
sociales de los modos de producción al ubicarlos “exclusivamente en el nivel de los procesos
psicoanalíticos inconscientes”. También señala que los intentos por volver a una economía política de la
cultura suelen exagerar la determinación de las estructuras económicas y minimizar su aspecto cultural
e ideológico. Y la tercera posición, identificada con el trabajo de Foucault, ha sido útil para pensar acerca
de las formaciones discursivas e ideológicas concretas, pero por lo general evita cualquier noción de
determinación, por lo que resulta difícil comprender la relación entre los diferentes niveles de análisis.

         Tras señalar las limitaciones de estas elaboraciones posteriores a la aparición del culturalismo y el
estructuralismo en su modalidad inicial, Hall concluye el artículo con la sugerencia de que los estudios
culturales deben siempre ubicarse entre ambos paradigmas, en un constante vaivén entre el análisis de
la cultura/ideología (la conciencia) y sus condiciones de posibilidad