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1.- Los límites deben ser sencillos, ante todo.

Me explico: es mejor decir a tu hijo que


tendrá que recoger la mesa después de la cena, en lugar de decirle que debe limpiar todo
porque él no hace nada en casa.
2- Los límites deben ser claros y explicados. Si tu hijo no se ha esforzado lo suficiente
esta semana en sus estudios, no tiene por qué disfrutar de una sesión de cine el fin de
semana. Explícale que si en la próxima semana él trabaja mejor, que podrá ir al cine.

3- Los límites deben ser positivos. Por ejemplo, si el niño habla de una mala manera
contigo, o tira algo al suelo, en lugar de decirle que NO lo haga, de una forma enérgica, lo
mejor es que respires hondo, espere un rato y después, demuestra al niño su interés por su
enfado. Eso le mostrará una forma de manejar el enfado o irritación.

4- Los límites deben ser firmes y consistentes. Para decir a tu hijo qué es lo que
esperas de él, es necesario que le mire a los ojos, háblale de una forma clara y seria, y que
le sostenga por los hombros mientras hablas.
5- Es muy importante que cuando se prohíba a un niño de algo, que siempre lo mantenga.
No se puede castigar un día y perdonarlo un minuto después. Sólo creará una confusión en la
cabeza del niño.
La difícil tarea de poner límite

En principio esta temática nos moviliza como adultos, y nos convoca a la necesidad de revisar nuestras
propias prácticas, ya que en la tarea de educar "aprender a poner límites", es también parte de un
proceso de aprendizaje. Nos encontramos con la sensación de ser equilibristas caminando por una
cuerda que oscila entre la permisividad y el autoritarismo.

Un listado sin fin: las horas frente a la tele, la cantidad de golosinas, el deseo de dormir en la cama de los
padres, etc. Esta lista sin fin hace imprescindible que pensemos: ¿Qué son los límites y para qué sirven?
¿Qué implica establecer un límite como padres?

• Un conflicto.

• Tomar una posición frente a la actitud del niño.

• Una responsabilidad.

• Decir NO frustra al niño y angustia al adulto.

• Renunciar a esa persona ideal y a nuestros propios deseos de ser siempre buenos.

• Temor a perder el cariño de un hijo, y deseo por no negarle nada.

• Tolerar que el niño manifieste su desagrado, y no impedir que los límites existan.

Sin embargo... Un adulto que no logra poner un límite con firmeza, se enfrentará con un niño
insatisfecho, cuyas demandas irán en aumento. Los deseos siempre satisfechos implican la muerte del
deseo. Por ello cuando un deseo no logra satisfacerse, el niño puede continuar deseando, por lo que el
deseo es "el motor de la vida". ...Volviendo a nuestra primer pregunta, podemos afirmar que:

Un límite: Marca un continente y delimita el espacio por el Ofrece un ambiente seguro y confiable; en
donde cual el niño puede moverse. Establece un marco de contención, funciona podrá jugar, explorar y
aprender. Posibilita la elección y como guía, da orden a su mundo y genera seguridad. Permite una
mejor percepción de la realidad, al reconocer lo incorrecto de lo Permite al niño la oportunidad de pensar,
de tomar la iniciativa y correcto. Protege al niño de sus propias dificultades para controlar buscar
soluciones. sus impulsos, y ayuda a evitar situaciones que pongan en riesgo su seguridad Incrementa el
respeto por ellos mismos y por losϖfísica y la de los otros. Favorece el desarrollo de la identidad y
fomenta la autonomía. Losϖ otros. niños desde pequeños, aprenden normas y valores tratando de
parecerse a los adultos con quienes interactúan. El primer modo de aprendizaje es por identificación. Se
trata mas que de prohibir ofrecer modelos identificativos. Así como los padres definen las normas y
pautas dentro del ámbito familiar, introducen a los niños en el marco de la sociedad, posibilitando una
mejor convivencia. Como lo hemos señalado al comienzo de esta nota, la tarea de poner límites implica
un complejo y continuo proceso de aprendizaje. Es por ello que el espacio de talleres para padres genera
espacios de encuentro, intercambio y aprendizaje. Es por ello que en el año, hemos planificado talleres
con diversas temáticas esperando desde ya contar con su participación
Padres sin autoridad, niños sin límites, hijos sin rumbo

“Nos dijo la directora que si sigue como el año pasado lo tengo que cambiar de escuela. Tiene
malas notas, contesta mal, no presta atención”. “Pasa todo el día con la tele o la computadora.
No lo puedo sacar”. “Es muy agresivo, tiene 9 años y se pelea con todo el mundo”. “No acepta
la ropa que le quiero poner, no le puedo hacer tomar los remedios, si no hago la comida que él
quiere no come”. “Apenas tiene 13 años y todo el día anda en la calle” “Si yo a los 5 años hacía
eso me mataban”.

¿Por qué a los padres les cuesta tanto educar a sus hijos, ponerles límites?

Tradicionalmente el manejo de la autoridad en el núcleo familiar ha sido autocrático. Los


padres imponían las normas, corregían, castigaban y premiaban. Ni el poder ni la autoridad se
compartían con los hijos y era el papá, en definitiva, quien tenía la última palabra, porque en él
residía la responsabilidad socioeconómica y moral de la familia. Creían en la naturaleza
didáctica del rigor. Ejercían la autoridad incluso con dureza ante la idea de que nada era más
provechoso que ‘un buen cachetazo a tiempo’, y enfrentaban los reproches filiales con un
rotundo ‘ya me lo vas a agradecer’.

Los padres de hoy, en cambio, se retuercen de culpa ante cada ‘no’ o cada ‘basta’ y sienten
pánico de que el futuro pase facturas. Les espanta parecerse a ciertos padres de antes y está
bien. Pero al definir nuestro rol sólo por oposición, nos vamos al extremo del ‘sí’ fácil. Y eso
también se paga. Décadas de tolerancia en la crianza de los hijos, aplicadas por padres
culposos, generaron niños con grandes dificultades para asumir responsabilidades, respetar
límites o demostrar respeto por los demás.

El problema no es que el sistema que funcionó durante décadas se haya resquebrajado o


dejado de funcionar. El problema, según los que saben, es que aún no se ha reemplazado ese
modelo por otro en el que los chicos asuman responsabilidades e incorporen normas familiares
de otro modo. Desde esta óptica y en algunos aspectos, la equiparación de roles entre el papá
y la mamá en el seno familiar no parece haber sido del todo beneficiosa. La mamá siempre fue
asimilada a ‘lo calentito’ del hogar, la que aportaba la calidez, la contención y hasta cierta
complicidad. El padre, a la voz categórica y definitiva, sin discusiones. Hoy, al tener tantos
roles, la madre perdió su histórica función, y eso no sólo está complicando las identificaciones
sino que los hijos no tienen muy claro cuál es el papel de cada uno de los padres y en quién
reside la autoridad.

¿Criar o malcriar?
Los especialistas aseguran que los límites son fundamentales para que el chico pueda
incorporar una protección. “Dejar que un hijo crezca con absoluta libertad no es criar sino
malcriar”, afirman. La crianza tiene que ver con una limitación, y no poner límites es dejar al
chico a expensas de buscar sus propias limitaciones. Los límites son los valores, reglas y
normas, en los cuales cada ser humano estructura su personalidad. Son parámetros
conductuales
aprendidos que rigen el comportamiento e indican si es adecuado o no. Los padres tienen que
balancear entre fomentar la confianza y la autonomía de sus hijos y enseñarles que el mundo
puede ser un lugar peligroso e inseguro.

Pero en ocasiones algunos papás dan demasiada libertad en cuestiones no muy apropiadas o
demasiados privilegios antes de que los niños o adolescentes estén adecuadamente
preparados para ello; por otro lado, otros mantienen un control demasiado rígido con los hijos
negándoles las oportunidades para madurar y aprender a tomar decisiones por sí mismos, y a
aceptar las consecuencias.

Cuando los chicos provocan o se portan mal, están pidiendo desesperadamente alguna
autoridad que les quite la responsabilidad de auto limitarse. Nos guste o no somos limitados, no
somos omnipotentes. Y aprender eso desde pequeños puede ayudarnos de adultos. La
realidad no es tan manipulable como los chicos imaginan desde su pensamiento mágico y
egocéntrico. Por eso hay que enseñarles a aceptar un no, a entender que no todo saldrá
siempre como lo desea, que no siempre va a lograr lo que se propone.

De esta manera va a desarrollar tolerancia a la frustración, un rasgo fundamental de la


personalidad adulta. Así, cuando un papá o una mamá dicen ‘eso no’, ‘basta’ o ‘no hay más’
están funcionando como representantes de lo real para ese hijo: le están adelantando
situaciones que tarde o temprano deberá experimentar. Lo están ayudando a crecer. No hay
recetas.

No se trata de andar a los gritos ni a los golpes. Basta con decir no y sostenerlo. Basta con
bancarse, por un rato, ser ‘el malo de la película’. En algunos casos hay también, por parte de
los padres, un exceso de explicaciones:
hay razones que tienen que ver nada más que con el “porque yo lo digo”, es decir, con que
uno es el adulto y decide, sin ninguna otra razón o explicación. Sin embargo, los adultos de hoy
explican tanto el “porque no” que parece que estuviesen pidiendo disculpas, que no estuvieran
seguros de lo que hacen y dicen, lo cual es también nocivo para los chicos.

Otro enemigo recurrente de los límites es el consumo. Muchos padres silencian las demandas
de los hijos con objetos y regalos: “si te bañas te compro algo”, “si haces los deberes te llevo al
cine”. De esta manera, se entra en una negociación permanente con el chico, lo cual lo va a
convertir en un transgresor, porque no incorpora la norma sino la negociación.

Pero sea por comodidad, sea por confusión, los padres de hoy huyen despavoridos de la
posibilidad de poner límites. No es fácil. Los hijos le devuelven a los padres un espejo de lo que
hicieron, de lo que hacen. Lo que hace un chico suele hablar de los grandes que lo rodean. De
modo que prestemos atención cuando corroboramos que nuestro hijo es agresivo, mal criado,
mal educado o haragán.

“Se ha devaluado y degradado la idea de mérito, de que hemos de merecer algo en función de
lo que hemos hecho para obtenerlo. Se ve claramente en la supresión de sanciones adecuadas
en las escuelas. No se corrigen las faltas de ortografía o de gramática y la consecuencia está a
la vista: los jóvenes no saben escribir ni leer, ni hablar, y circulan con un vocabulario
paupérrimo. Casi puede afirmarse que hay un trabajo en contra de nuestro carácter de seres
determinados por la cultura, una dimisión de la civilización, y cada vez se enfatiza más que
seamos animales alegres, pero animales por fin `naturales’. Un ejemplo de ello es la pérdida de
pudor, que sabemos tiene determinaciones históricas, cosa de la que se da prueba claramente
en la televisión, que ha creado una cultura en la que mostrarlo todo está bien, burlarse y
humillar al prójimo también”. (Diana Rabinovich, profesora titular de la Facultad de Psicología
de la UBA.)
FAMILIA, SOCIEDAD LIMITADA.

(…)
Poner límites a los niños es otra de las modas en puericultura. Se escriben libros enteros dedicados a
esta nueva ciencia. Desde luego, los límites se imponen por el bien del niño: Los límites son medios de
ayuda, pilares importantes para limitar el terreno de juego, para que el niño pueda moverse en él de una
forma segura y protegida. Claro, es importante poner límites a los niños porque si no, no tendrían límites.
¿Se imagina qué terrible situación?
Un niño sin límites les sacaría los ojos a todos sus amigos, se comería 200 caramelos en cinco minutos,
se tiraría por el balcón. Un niño sin límites sería una cosa tan terrible, escalofriante, repugnante, que...,
que... ¿Cómo es que nunca hemos visto a uno? ¿Cómo sería un niño sin límites?

Una niña sin límites.


Marta está muy a gusto en la cama, pero mamá la ha llamado y hay que levantarse. ¿Por qué no podría
quedarse media hora más? ¿O mejor, no ir al cole? Tendría que ser siempre vacaciones, ir todos los días
a la playa o en bicicleta. O mejor montar a caballo. Si tuviera un caballo, le daría azúcar y zanahorias y
cabalgaría ella sola y descubría nuevos países. Bueno, sola no, iría con Isabel, que es guay... Un grito de
su madre la saca de su ensoñamiento. Sí, ya me levanto... Qué lata, tener que lavarse, con lo fría que
está el agua. Y este jabón huele fatal. En casa de Isabel tienen un jabón que huele muy bien. Este
vestido no me gusta nada. Y las bambas Cosme®, qué vergüenza, todas las niñas de la clase llevan
bambas Acme®, pero papá se empeña en que no me compra otras bambas hasta que se rompan éstas...
Hace tiempo que Marta ha renunciado a pedir más cacao en la leche, no hay manera de hacer entender a
mamá que tiene que quedar todo negro.
¡Galletas redondas! Las buenas son las cuadradas. ¿Lavarse los dientes después de desayunar? Pero,
mamá, mis amigas sólo se lavan los dientes antes de acostarse. Bueno, ya va... La pasta de dientes pica,
¿es que no hay nunca pasta de fresa? Hay que llevar la mochila con los libros. Hay que caminar hasta el
cole. Mamá no quiere ir en coche porque dice que para doscientos metros no saca el coche. Marta se
para a ver el escaparate de la juguetería, pide el tren eléctrico, «pues se lo pides a los Reyes» tirón del
brazo. Se para a hacer equilibrios en el bordillo de la acera; tirón del brazo. Le pega una patada a una
piedra; tirón del brazo. Se para a ver a un perro que mea en la pared; tirón del brazo. Mete el pie en un
charco; tirón y gritos. El cole es un rollo. No puedes levantarte cuando quieres, no puedes sentarte al lado
de Isabel, no puedes hablar, no puedes reírte, tienes que mirar a la profesora, tienes que escuchar a la
profesora. Entrega los deberes, abre el libro, saca un papel, dictado, no te sientes con la espalda torcida,
¿no ves que tienes que afilar el lápiz?, haced los ejercicios de la página 30, dibujad una vaca, para
mañana las restas de la página 42. A ver, Marta, dime la tabla del 3... ¿desde cuándo 3 por 6 son 19? A
ver, ¿alguien puede decirle a Marta cuántos son 3 por 6? Dice Isabel que ya no es amiga tuya porque te
ha visto jugando con Sonia.
Pues dile a Isabel que es tonta, que yo juego con quien quiero. A ver estas niñas, ¿qué tienen que decir
tan importante que no puede esperar al final de la clase? ¿Por qué no lo dicen en alto para que nos
enteremos todos? ¡Otra vez guisantes para comer! Y la tonta de Isabel que no se quiere sentar conmigo.

Mira cómo habla con Ana, sólo para hacerme rabiar. ¡Puag, pescado! La vuelta a casa no puede ser más
animada. Hay tirones de brazo frente a la panadería (¡no hay cruasán de chocolate!), frente a la
juguetería (¡no hay tren eléctrico!), frente a la tienda de ordenadores (¡no hay juego nuevo!), frente al
quiosco de la prensa (¡no hay chicle!). ¡Marta, ya está bien, de verdad que hoy me pones de los nervios!
(sí, hoy y ayer y cada día).

Hay que cambiarse de zapatos antes de jugar. Hay que hacer los deberes antes de ver la tele. Hay que
dejar la tele ahora mismo, con lo interesante que está, para ir a cenar. Hay que ayudar a poner la mesa
antes de cenar. Hay que lavarse las manos antes de poner la mesa. Te he dicho veinte veces que te
laves las manos. ¡Mira qué manos llevas! ¡Oh, no! ¡Guisantes otra vez! Ni que se pusieran de acuerdo.
Mamá, ¿hay huevo frito? ¿Quéee? ¿Merluza? ¿Hay natillas de chocolate? Primero tienes que comerte la
fruta. No quiero fruta.
La fruta es muy sana. No quiero. Tienes que comerte una pera. No, pera no, ¿no hay plátano? No, o pera
o manzana. No quiero, quiero natillas. Niña, no le respondas a tu madre. ¡Buaaaah! —¡Está bien, tómate
la natilla y calla!
Paren la imagen. Avisen a la policía. ¿Ven lo que acaba de pasar? Marta se ha salido con la suya. Le ha
bastado con lloriquear un poco para hacer pasar a su madre por el aro. Es la típica niña que SIEMPRE se
sale con la suya.

Totalmente malcriada. Y todo porque sus padres no han sabido ponerle límites. ¡Le dan TODO lo que
pide! Esta niña tendrá graves problemas de conducta: Los niños que ven satisfechos todos sus deseos
suelen sentirse profundamente tristes, ya que al final nunca tienen suficiente. Los padres que miman sin
límite a sus hijos hacen que cada vez sus exigencias se mantengan más altas. No, no se espante. A
Marta no le pasará nada malo por «haberse salido con la suya». Al contrario, probablemente el salirse
con la suya de vez en cuando, ver que en algunas ocasiones no son un mero juguete del destino, sino
que pueden hacer algo, desear algo, conseguir algo, influir en los demás, es una experiencia necesaria
para el desarrollo de la personalidad. Porque Marta, como todos los niños, está cediendo y obedeciendo
docenas, centenares de veces al día. Al exigir su natilla, Marta está aprendiendo a exponer con claridad
su punto de vista y a exigir respeto; dentro de unos años lo sabrá hacer sin llorar ni gritar, y cuando sea
adulta veremos que estas cualidades son positivas. Su mamá le está demostrando que la quiere de
verdad, es decir, que la valora como ser humano y que tiene en cuenta sus opiniones y sus palabras. Con
su ejemplo, mamá está enseñando a Marta a ceder. Para acabarlo de hacer bien, podría haberle
enseñado a ceder con elegancia, y en vez de gritar «¡Está bien, tómate las natillas y calla!», podría haber
dicho, sin levantar la voz, «Bueno, si prefieres natillas, pues natillas».

¿Debemos entonces dar a nuestros hijos todo lo que pidan? Por supuesto que no. Pero no porque eso
les malcriaría, sino simplemente porque es imposible. No existen los niños sin límites. Factores físicos
que ni el niño ni sus padres pueden modificar ya imponen unos límites considerables. Su hijo no puede
volar, ni gana siempre cuando juega con sus amigos, ni puede evitar que la lluvia les estropee un día de
playa. Otras veces, usted le obliga a hacer unas cosas o le prohíbe hacer otras por motivos más que
justificados (o al menos que a usted le parecen justificados, aunque en otras familias pueden ser de
diferente opinión). Hay que ir al colegio, hay que hacer los deberes, hay que venir a cenar, hay que
lavarse las manos. No se pueden comer tantos caramelos, ya está bien de helados, no tenemos dinero
para ir a París de vacaciones, la videoconsola es muy cara, no me gusta que estés tantas horas viendo la
tele, no se puede ir por la ciudad en bicicleta porque hay muchos coches, guarda el mecano que vamos a
ver a los abuelos, tienes que ducharte, recoge la ropa sucia, no toques la llave del gas, no podemos tener
un perro en un piso... Si de verdad los límites fueran necesarios para la felicidad de los niños y para la
formación de su personalidad y su carácter, no cabe duda de que todos los niños, ricos y pobres,
educados rígidamente y «mimados», tienen cada día cientos de oportunidades para disfrutar de tales
límites. A propósito, ¿por qué suponemos que precisamente los niños necesitan límites para ser felices,
disfrutan con ellos, y son desgraciados si no los tienen? ¿Tan diferentes son nuestros hijos, tan
marcianos, que sufren o disfrutan justo con lo opuesto que nosotros? A los adultos nos suele ocurrir lo
contrario: los límites nos hacen desgraciados (el amor no correspondido, las vacaciones que no nos
podemos tomar, el coche que no podemos pagar, la dieta sin colesterol, la casa demasiado pequeña, el
partido que pierde nuestro equipo... ), mientras que las cosas que conseguimos y los objetivos que
alcanzamos contribuyen a nuestra felicidad.

La mayoría de nosotros respondemos de distinta manera en diferentes ocasiones, según nuestro humor
previo, nuestras preocupaciones del momento o simplemente al azar; y no sólo somos inconsistentes en
el trato de nuestros hijos, sino en muchos otros aspectos de nuestra vida. La capacidad para adaptar los
límites a las situaciones se llama flexibilidad y es una virtud que también conviene enseñar (con el
ejemplo) a nuestros hijos. La incapacidad para mantener fijos los límites que nosotros mismos
establecimos ayer se llama debilidad humana, y el comprenderla es una virtud que nuestros hijos también
aprenderán.

No, no estoy defendiendo que no pongamos límites a nuestros hijos, por la sencilla razón de que eso es
imposible. Lo que pido es que no les pongamos límites artificiales y artificiosos. Si nuestro hijo nos pide
algo que no perjudica su salud, que no destruye el medio ambiente, que sí que le podemos pagar, que sí
que tenemos tiempo para darle..., no se lo prohibamos solamente «para marcarle límites» o «para que se
acostumbre a obedecer».

Extracto del libro “Bésame mucho”. Autor: Carlos González