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Mª Elena Obregón Quintana

y Pedro García Carmona

A orillas del Virú

Dedicado a Doña Emperatriz Quintana Viuda de Obregón

al cumplir 90 años.

Cuando los soldados de Pizarro oyeron hablar a los habitantes de las orillas del Río Virú:

-Las tierras más allá de ese río, están llenas de riquezas sin cuento.

Comenzaron a referirse al Virú como la meta de sus sueños.

Poco se tardó en deformar la palabra Virú en Perú y por eso ahora se habla del Perú, y no
de Perú, pues se está recordando al río Virú.

Pocos países tienen un artículo en su nombre, apenas La Argentina y La India, cada una de
ellos con una motivación muy específica.
Para poder ponerse en contacto con los autores facilitamos su dirección:

aorillasdelviru@gmx.es

Seguir los enlaces a las imágenes puede enriquecer la lectura, o en algún caso
dificultarla. Si alguien considera que con alguna, hacemos un uso fraudulento, le
pedimos que nos lo comunique y la quitaremos. Gracias

PRÓLOGO

Trujillo, 1563

Entrega del manuscrito

Me llamo Wayamara, palabra que en el idioma de mi Aldea

significa: “estrella que ha venido de lejos”. Y es que en mi nombre

se pregona la realidad de mi nacimiento, ya que soy hija de la

MAMA-COYA Sulata y del soldado andaluz Diego de Villamayor.

Se puede afirmar, que con toda verdad, en mi persona se

realiza, la extraordinaria y misteriosa unión del río Virú y Andalucía.

Nací, como la gran mayoría de los niños de mi aldea, dentro

de las aguas del río Virú, siendo Huayana Capac, padre de

Atahualpa, el Inca del Imperio y Sulata la MAMA-COYA de nuestra

Aldea. En el año 1527 del nacimiento de Cristo.


Cuando en la actualidad, deambulo por las aldeas de estas

tierras, vosotros veis en mí, a una anciana de las muchas que, con

ojos cansados nos admiramos, de tantas cosas maravillosas que nos

ha traído el paso del tiempo. Yo no deseo reflejar mis poderes, pero

tampoco me oculto, ni tampoco escondo los muchos secretos, que a

lo largo de los años las sucesivas MAMA-COYAS, hemos atesorado,

hasta formar un caudal de creencias y verdades: el resumen de

nuestra sabiduría.

Después de numerosas conversaciones con muchas de las

personas de mi Aldea; y además, después de muchas reticencias y

dudas, hemos resuelto facilitar a los que estén interesados, la

oportunidad de conocer, de primera mano, nuestra forma de vida y

nuestras creencias; esta es la razón de este escrito. Nos apena ver

como innumerables rumores y maledicencias están dando lugar a

incontables tergiversaciones y ocultamientos de la verdad, con la

clara intención de ignorar la importancia que tuvo mi Aldea en la

historia anterior a la llegada del Inca a estas tierras.

Creo necesario comenzar recordando que cuando apenas tenía

yo nueve años, murió mi padre en un desgraciado accidente,

todavía me duele recordarlo así como este acontecimiento, volvió a

cambiar nuestras vidas.

Tengo muchos y buenos recuerdos de mi padre, siempre fue

para mí un hombre joven, guapo, una cabeza más alto que casi
todos los hombres de mi Aldea; siempre vestido a la usanza de

nuestro pueblo aunque en su cara, una poblada barba,

constantemente lo mostraba como un forastero. Era muy hábil

montando a caballo, aunque fue una caída, galopando por los riscos,

la que le causó las heridas que acabaron con su vida. Él siempre era

muy cariñoso conmigo.

Al poco tiempo mi madre empezó a pensar, siguiendo el

consejo de mi abuela, que yo debía asimilar plenamente el idioma y

la cultura de mi padre, pues todos ya estábamos convencidos de

que los nuevos conquistadores, dominarían todo el Imperio Inca y

por supuesto habían venido para quedarse entre nosotros.

Aunque parecía que no se encontraba la oportunidad para

ejecutar esa decisión. Llegó una mañana, para mí casi de improviso,

pero era verdad que se había hablado del asunto con frecuencia

desde hacía varias lunas, y el dictamen ya estaba tomado hasta el

extremo de que hasta en el Templo habíamos celebrado el ritual de

despedida.

Pero por fin, al abandonar por primera vez mi Aldea, no puedo

ocultar que sufrí un desgarro en mi corazón.

De amanecida, un día nos pusimos en marcha. Yo acababa de

cumplir los diez años y mi madre me acompañó hasta la ciudad de

Trujillo. El viaje me resultó largo, durante el camino tuvimos

muchos momentos de silencio pero otros muchos de consejos. Por


mi parte eran sobre todos sentimientos de pérdida: una familia,

unas amistades, una Aldea, un río Virú..., sensación que se

intensificó al divisar las primeras casa de la ciudad y llenarme de

una marabunta de nuevos olores, colores y sonidos que fueron

sofocando los que hasta ese día había llenado mi vida.

Al llegar a Trujillo, mi madre comenzó a preguntar por el

Alcaide y recibió de las gentes comentarios festivos, burlones y

hasta de rechazo, cuando comunicaba que pretendía ser recibida

por el Alcaide. Pero fácilmente encontramos la casa donde vivía, y a

la puerta nos apostamos y mi madre no dejaba de preguntar a

cuantos entraban o salían:

¿Está el Alcaide? ¿Nos puede recibir? Somos la esposa y la hija

de un capitán español.

Pasó el tiempo y sería media tarde, cuando salió de la casa un

Alguacil que con amabilidad nos invitó a entrar. Le seguimos y nos

llevó hasta una sala llena de cajones de madera y muy oscura y

maloliente.

Vimos junto al ventanuco, una pequeña mesa con varias velas

encendidas, que centró nuestra atención. En esa mesa

vislumbramos la silueta de un español. Al vernos levantó la vista

inquisitivamente. Casi con brusquedad, nos comunicó que él no era

el Alcaide pero si su Teniente Secretario, personaje de similar

autoridad, sobretodo en lo referente a las relaciones entre los


españoles y los originarios. A lo largo del día, en aquellas oficinas se

había rumoreado con insistencia, que las mujeres de la puerta,

venían a poner algún pleito contra el capitán español del que

hablaban, casi siempre eran acusaciones de robos, engaños,

promesas incumplidas, de algunos españoles, que con frecuencia se

sentían inmunes ante sus fechorías. Por eso le admiró nuestra

petición:

-Esta niña es la única hija legítima del Capitán Diego de

Villamayor, nos parece fundamental que conozca y asimile su

idioma y su cultura, así en el futuro, serán más fáciles, las

relaciones entre nuestro pueblo y los conquistadores, pues ella será

la MAMA-COYA de nuestra Aldea.

A todos los presentes les pareció sensata y muy cabal nuestra

petición, pero no por eso sería fácil hacerla realidad.

Pero fue sorprendente lo fácil que se resolvió todo, pues

resultó que un capitán español, que había conocido a mi padre y le

había tenido en gran estima, pidió permiso para acogerme en su

casa y facilitar mi formación. Después de una rápida cavilación se lo

concedieron. Cuando terminó sus diligencias en la Audiencia, me

llevó, junto con mi madre, hasta su casa.

A la mitad de una pequeña calle, casi toda ya empedrada, se

encontraba la casa. Entramos y nos presentó y nos dejó con su

esposa, Doña Angélica. Era una mujer joven con la cara y las manos
muy blancas, el pelo casi rubio y unos ojos dulces pero de mirada

enérgica y entusiasta. Nos miramos a los ojos y con el tiempo nos

resultó fácil descubrir lo que pensábamos, casi sin hablar.

La casa era unas cuatro veces mayor que las viviendas de mi

Aldea, pero mucho más oscuras, las ventanas apenas dejaban

entrar la luz y algunas habitaciones hasta carecían de ellas. Todo

daba sensación de provisionalidad pues, aunque se estaba

construyendo como lo que tendría que ser: una ciudad importante;

los habitantes en su mayoría seguían pensando en conseguir

marchar al Cuzco o a otros destinos a su juicio, más provechosos.

En el patio, bajo un gran algarrobo, mi madre intentó platicar

de largo con Doña Angélica, estando yo presente que también

recordaba palabras usadas por mi padre. Así nos enteramos, no sin

asombro, que Doña Angélica había llegado desde Segovia, hacía

apenas dos años, junto con un grupo de mujeres de Castilla, con la

intención de matrimoniar, con los conquistadores como era el deseo

de la Reina de Castilla: Doña Isabel.

Con esta familia de Trujillo me dejó mi madre durante un

tiempo: casi tres años, que fueron bastante felices, aunque las

primeras semanas añoraba mi vida en la aldea y mi familia. En todo

momento me trataron con cariño y hasta con delicadeza, pues Doña

Angélica también había sufrido su marcha de España y añoraba a

familiares y hasta las costumbres y el clima. De aquella familia no


solo aprendí la nueva religión sino también sus tradiciones y modos

de pensar y vivir. Llegué a leer y escribir y por supuesto a hablar en

su idioma.

En este documento se recogen los acontecimientos que me

narraron mis abuelos: la MAMA-COYA Kori (Mujer valiosa) y su

marido Kinu (Hombre vivaz), sobre la historia de mi pueblo y

algunos de los momentos más extraordinarios de esa historia.

Al tener que escribir en castellano siento que puedo traicionar,

la profunda verdad de los acontecimientos, pues los despojo, sin

querer, de la armonía, el ritmo y la vida de los hechos narrados. Me

he resistido mucho a llevar a cabo este menester, aunque cada vez

veía con más claridad mi obligación de plasmar estas narraciones,

para que no se queden en el olvido, pues yo ya empiezo a sentir el

frío en mi cuerpo, y a mí alrededor muchos jóvenes están olvidando

nuestro idioma y nuestra historia.

Todos, desde que éramos niños, escuchábamos con avidez

estas narraciones, que en las fiestas, cuando nos reuníamos

alrededor de la hoguera, nos transmitían los mayores. Cada historia

está narrada tal y como me ha llegado a mí. Los protagonistas

cuentan los hechos que han vivido.

Para nosotros son tan importantes estas narraciones que

procuramos recordarlas una y otra vez, sin alterarlas, pues son

nuestra historia, desde que llegamos al río Virú.


Nuestro pueblo vino del norte: del Estuario de Virrilá, huyendo de

una gran tormenta, en aquellos días estábamos dirigidos por la

MAMA-COYA Tintaya (La que lo consigue todo).

Nos asentamos en este valle y a lo largo del tiempo hemos

vivido según nuestras costumbres, hasta el momento actual. Un

momento de grandes cambios: en nuestra organización social, en

nuestro idioma y en nuestra religión. En todo aquello sobre lo que

se asentaba nuestra vida, todo aquello por lo que habíamos vivido

durante tanto tiempo, pero que estos días se tambalea con la fuerza

de un sismo.

Nuestra existencia se desarrolla en un vaivén incesante de días

y noches, forjando un transcurrir monótono. Pero esa monotonía, se

llenaba de confianza, al sentir la presencia constante de los demás

miembros de la Aldea, por eso la mayor desgracia es estar aislados:

ser marginados.

Nuestra Aldea se distingue, de algunos pueblos que nos

rodean, en que nosotros tenemos como autoridad máxima a una

mujer, la llamamos MAMA-COYA y es el consejo de Madres, el que

la designa entre las hijas de la anterior MAMA-COYA.

Todas las mujeres adquieren el título de Madres, cuando

ponen el nombre a su primer hijo, esta ceremonia es cuando el hijo

cumple los 5 años y a partir de ese día, la madre forma parte del

Consejo de Madres y el hijo se incorpora a la Aldea. Hasta ese


momento era solo la hija o hijo de una mujer: el hijo de Kori o la

hija de Ayka.

Cuando la primera hija de la MAMA-COYA llega a los cinco año,

si es elegida como la futura MAMA-COYA, se le tatúa una araña en

cada pie como señal de su elección y a partir de ese momento todos

en la aldea se responsabilizan de su educación.

Su vida cambia cuando, a los doce años, elige esposo y

empieza a vivir en su propia casa. Cuando se convierte en Madre,

forma parte del Consejo como heredera, tras la muerte de su

Madre, se convierte en la nueva MAMA-COYA.

La vida de la Aldea se organiza alrededor del templo que, según

nuestra usanza, se construye como una gran plataforma

cuadrangular, donde ponemos la Kala de la MAMA-QOYA.

Con bloques de adobe, levantamos cuatro muros, cada uno de

un metro de altura y un metro de espesor. Esos muros formaban un

gran cuadrado que lo rellenamos con arena y piedras y se cierra con

un techo de adobe, sobre ese pavimento se harán las ceremonias

rituales.

Meses antes de empezar a construir el templo, un grupo de

mujeres y hombres, a las órdenes de la hija y sucesora de la MAMA-

COYA fueron por los montes para buscar la Kala (roca).

Necesitamos atrapar el espíritu de la montaña cercana y traerlo

hasta nuestra aldea.


En el centro de la gran plataforma colocamos la Kala

ceremonial, es un monolito de 2,15 metros de alto y de medio

metro de diámetro, en el que tallamos dibujos lineales y en la parte

central un círculo circunscrito en un cuadrado y la hoguera de las

ofrendas. En cada esquina de la plataforma se encienden hoguera

de luz para iluminar cuando anochece.

Después de una zona despejada, en torno a todo el Templo, se

construyen las casas de caña y barro, en la primera fila al sur, vive

la MAMA-QOYA, detrás, las madres alfareras con los talleres y

almacenes, con su característico olor a madera quemada de los

muchos hornos, uno en cada casa. Y, separada por la calle que sube

hasta la cima del Saraque, están las casas donde viven las Madres

agricultoras con sus granjas y almacenes para guardar los productos

agrícolas.

En el norte, se sitúan las casas de las madres orfebres que

trabajan el metal y lavan en el río el oro y la plata, con la sinfonía

de martillazos que llenan todos los pasadizos y plazuelas durante el

día. Y, separadas por la calle que desciende hasta el río, las madres

hilanderas, con sus telares, pilones del tinte y depósitos de ropas y

telas.

El camino directo a la cumbre del Cerro Saraque era abrupto,

pero con piernas jóvenes, se alcanzaba rápidamente la cima. Hasta

allí llegaba la acequia construida para traer agua a través de varios


kilómetros. Desde donde el río Virú, antes de caer por las cascadas,

estaba a la misma altura que esta cima.

En todas nuestras celebraciones, la danza ocupaba el primer

lugar, pero para nosotros no solo es sinónimo de diversión o fiesta,

era, sobre todo, la expresión de la espiritualidad de nuestro pueblo.

Danzamos para mantener y acrecentar el sentimiento de unidad.

Ejecutamos nuestras danzas como largas caminatas, en grupos

numerosos de hombres y mujeres, unificando el paso y el

movimiento, al ritmo de tambores, avanzamos todos unidos como

una sola realidad.

Aquellos años, fueron tiempos de zozobra y desgracia, de

incertidumbre y dolor. Acontecimientos muy extraños, como no se

recordaban en nuestra memoria, se sucedieron, removiendo los

fundamentos de nuestras creencias y de nuestra visión del mundo.

Pertenezco a un pueblo que, en repetidas ocasiones, había sido

conquistado, a lo largo del tiempo; que había sentido la prepotencia

de otros pueblos más poderosos. De esos pueblos habíamos recibido

muchas cosas buenas, pero, con el paso del tiempo, habíamos

tenido, que liberarnos al sentir su crueldad. Tantas atrocidades que

llegábamos a no poder soportar.

Gritamos: ¡LIBERTAD! Cuando con la ayuda del Inca nos

sacudimos el yugo del terror de los Señores de Chan Chan.

Gritamos ¡LIBERTAD! Cuando con la ayuda de los Españoles


nos libramos del poder del Inca.

¿Tendremos que volver a gritar ¡LIBERTAD! Cuando con

nuestras propias fuerzas tengamos que enfrentarnos a los

españoles?

Los de Chan Chan vinieron del norte, más allá del río Manta,

fundaron un reino en el río Moche y nos trajeron su religión, la

división de clases sociales, la burocracia y su crueldad.

Los Incas vinieron del sur, del Lago Titicaca y nos trajeron su

religión, sus conocimientos astronómicos, el calendario, su

organización social, su idioma y su crueldad.

Los Españoles vinieron de mucho más lejos y también nos

trajeron su religión, la rueda, la pólvora, el caballo, su idioma y su

crueldad.

Me han contado tantas historias de nuestro pueblo que

después de todo lo que yo he escuchado, visto y vivido, no sé quién

nos hizo mayor bien, a quién debemos estar más agradecidos,

porque, a pesar del daño que nos hicieron, todos nos han traído su

cultura, han abierto nuestras mentes a nuevas verdades. Tantas

veces su presencia nos ha causado sufrimiento, a nadie le puede

extrañar que nuestra realidad actual haya surgido del dolor, como

todos que nacemos tras el dolor de un parto.


Espero que mis palabras os den suficiente información para

que podáis juzgar con conocimiento de los hechos, tal y como

nosotros los vivimos.

Entrego esta carta junto con el manuscrito en el que escribo

las distintas narraciones orales escuchadas a los protagonistas.

Lo firmo de mi puño y letra ante el Escribano Real en Trujillo a

1563.

Viaje al Perú

Agosto 2008

Aquel viernes de agosto, a miles de pies de altura, el avión de

Iberia IB 6653 volaba sobre la selva del Amazonas, rodeado de un

mar de nubes, aunque en algunos momentos se podía vislumbrar el

verde intenso de la selva, y hasta se llegaba a intuir el amplio cauce

del gran río.

Llevaban muchas horas de vuelo desde Madrid. Como era un

vuelo barato, la salida fue de madrugada y se vieron obligados a

cambiar de avión en Caracas, después de permanecer varias horas

sin abandonar el aeropuerto. Los pasajeros dormitaban o

conversaban.
Como en todos los viajes, cada pasajero tenía sus

motivaciones, algunos volvían después de años, para ver a sus

familiares, otros iban por primera vez con intereses laborales o de

ocio.

Para Rosa y su esposo Juan, era su tercer viaje por motivos

familiares. Años atrás, Rosa había llegado a España desde Lima,

donde había dejado a toda su familia. Después de varios años,

volvía una vez más acompañada por su esposo.

Juan había aprendido a sentir la fascinación por una familia y

un país, al que cada vez se sentía más unido.

Su íntimo deseo consistía en mirar y remirar, en primer lugar

a las personas, pero también los paisajes y los edificios. En las

personas encontraría el presente de la realidad peruana, mientras

que los edificios y paisajes les mostraría la esencia de las raíces

profundas de la peruanidad. De eso y de otras cosas hablaban,

cuando la voz de una azafata les llenó de alegría:

-Por favor. Ocupen sus asientos y pónganse los cinturones, en

unos minutos iniciaremos las maniobras de aproximación, al

aeropuerto Internacional Jorge Chávez de Lima. La temperatura es

de 14º y el cielo está brumoso.

En la semi-oscuridad del atardecer se veían multitud de luces

de la ciudad, una amalgama de infinitas señales de vida humana. Y

con un pequeño retraso, el avión comenzó a deslizarse suavemente


por la pista.

Mientras descendía el avión, Juan recordó que en otras visitas

les habían dicho que el Perú no está reflejado en la ciudad de Lima.

Basta salir de Lima para ver cielos, ríos, cerros, quebradas, que

contradicen todo lo que se puede ver, oler o tocar dentro de la

ciudad de Lima. Perú es otra cosa, es mucho más.

Suele ser el problema de las grandes ciudades, con facilidad se

aíslan del paisaje y de la vida que les rodea.

Como en todos los viajes anteriores, Rosa se había puesto en

contacto previamente con familiares y amigos pues su intención era

dedicar tiempo a todas aquellas personas.

Uno de los primeros días se reunieron con Adela, una de las

amigas de Rosa, la conocía desde hacía muchos años, había

trabajado con ella antes de su marcha del Perú. Mientras tomaban

unas mazamorras moradas en la terraza de un restaurante, junto al

Parque Central de Miraflores y del Palacio de la Municipalidad, en

una tarde apacible, pero en la que se notaba el frescor del invierno,

Adela les dijo:

-Desde hace un tiempo estoy considerando la posibilidad de ir

a Trujillo, pero no encuentro el momento adecuado. Vuestra visita

puede ser la ocasión más oportuna.

Adela había nacido en esa ciudad del norte del Perú y hacía
muchos años que no la había visitado, pese a tener allí una

hermana casada y varios sobrinos.

-Si me acompañáis, os puedo hacer de cicerone, pues aunque

hace mucho que no voy, todavía me acuerdo de algunas cosas y me

haría mucha ilusión ir con vosotros.

Adela era una mujer animosa, llena de vitalidad, con el pelo

ensortijado que pese a su edad mantenía totalmente azabache,

rasgos finos y modales exquisitos, recientemente jubilada, se

conservaba en plena forma, con sus múltiples ocupaciones.

-Rosa, sé que has venido para estar con tu madre y hermanos

en Lima. Pero el viaje a Trujillo os dará una visión más amplia, pues

ni tú, ni tu esposo, habéis salido de Lima en los anteriores viajes.

Juan no conoce nada del Perú y si hacemos el recorrido en bus,

podréis ver los paisajes, sentir los cambios de temperatura, ver

como se deja el invierno para llegar a la Ciudad de la eterna

Primavera.

-La verdad - apuntó Juan- es que me haría mucha ilusión,

podemos hacer una escapada de unos pocos días. A mí me gustaría

conocer Trujillo y los paisajes del camino. ¿Cuánto se tarda en bus?.

- Seis o siete horas, creo que se demora – aclaró Adela- Pero lo

mejor será que nos informemos en una Agencia de Viajes. Viniendo

para acá he visto varias en las que podemos preguntar.


Cuando terminaron se encaminaron a la cercana calle

Canturias, donde en la Agencia Chirimoya Tours, les informan, con

un folleto de paisajes impresionantes, de las opciones de viaje hasta

Trujillo.

Viaje al Trujillo

Sobre las cuatro de la tarde del día sábado, partieron de Lima

en un bus moderno y cuidado, Juan se sorprendió al verlo, en

comparación con los buses urbanos, en su mayoría viejos y

desastrados, ruidosos y malolientes, este parece pertenecer al otro

Perú, el Perú de las grandes montañas y los ríos habladores.

A lo largo del trayecto hicieron numerosas paradas, en las que

salieron a pasear y también algunos vendedores de comida y bebida

subieron al bus a ofrecer sus mercancías: mazamorra, choclo

cocido, tamales y objetos de bisutería.

Casi todo el trayecto, Adela y Rosa se sentaron en la tercera

fila de la izquierda, tenían mucho de qué hablar.

-Acabamos de abandonar la Panamericana – dijo Adela- nos

desviamos por el Serpentín de Pasamayo que es una zona

especialmente peligrosa, pero que debe ahorrar unos cuantos

kilómetros porque muchos camiones y buses la toman aunque en


algunos tramos no hay ni quitamiedos. ¡Menos mal que es mediodía

y no hay niebla!

En esa misma fila, al otro lado del pasillo, se acomodaba Juan

con una señora trujillana muy aficionada a la plática, entusiasta de

su ciudad. Como el camino fue largo, en algunas paradas cambiaron

de asientos.

Durante las casi ocho horas viajando por la Panamericana

Norte, alcanzaron a ver la maravilla del atardecer sobre el Pacífico y

atravesaron parajes desérticos entre los valles floridos de los ríos

Salta, Virú y Moche, hasta llegar a Trujillo.

Eran las 12 de la noche y comenzaba el domingo. Se alojaron

en el Hotel Libertador que ocupaba una de las más importantes

casonas históricas. Un gran hotel situado en el centro de la antigua

ciudad de Trujillo, donde tenían reservadas habitaciones por e-mail.

Cuando entraron en su habitación, Juan y Rosa, vieron por la

ventana las luces de la Plaza de Armas, pero les venció el cansancio

y después de unos momentos contemplando el espectáculo,

cerraron la ventana y corrieron las cortinas para dormir.

Después de unas horas, se reunieron en el comedor con

Adela: desayuno continental y primeras programación de

actividades.

-En Trujillo y en la periferia, hay tres focos históricos,

-comentó Adela- en solo 10 kilómetros y formando un triángulo: la


ciudad de Chan Chan (de la cultura Chimú), la ciudadela de Trujillo

(fundada por Almagro) y la Huaca del Sol y Huaca de la Luna (de la

cultura Mochica). Podemos empezar por la ciudad de la época de los

conquistadores, de hecho residimos en ella.

Sin rumbo fijo, salieron a deambular por las calles de la

antigua ciudadela de Trujillo, la actual Avenida España sigue el

trazado de la antigua muralla, edificada cuando los ataques de los

piratas se hicieron frecuentes. A las 11 de la mañana asistieron a

misa en la Catedral.

-Como seguro os dais cuenta -se defendió Adela- esta

Catedral no es un edificio antiguo. Uno de los múltiples terremotos

que ha vivido la ciudad, dejó en ruinas la antigua Catedral.

En un ambiente dominguero, la Catedral se llenó de fieles que

abarrotaban la nave y al terminar la ceremonia se desparramaron

por la plaza de Armas.

Ellos también salieron, deambulando pausadamente por el

Jirón Independencia, lleno de viandantes al ser día de fiesta.

Adela sugirió ir a un museo que recordaba de su infancia, les

habló del café bar “Angelmira”, también conocido como Museo de

Juguete ubicado en la esquina del Jirón Junín. Se encuentra en una

casona colonial color celeste, a dos cuadras de la Plaza de Armas.

Entraron y pidieron unos Inka-Colas. Una camarera les informó de

que en la parte alta estaba el Museo del Juguete.


-Es el primero de su tipo en Sudamérica. -afirmó con

convicción- Pueden ver una magnífica colección privada, propiedad

del pintor Gerardo Chávez. Contiene juguetes de muchas partes del

mundo y también, algunos del período prehispánico peruano.

Por una estrecha escalera, subieron a la planta alta, donde

encontraron el peculiar museo, que ocupaba las estancias de la

antigua casona.

Así, admirando aquellos objetos infantiles, se les hizo la hora

de la comida y decidieron volver al Hotel.

Encontraron el restaurante casi completo de comensales pero

con varias mesas vacías. Un camarero les acompañó y les entregó

la Carta, aprovechando para explicarles el Menú del Día:

Aperitivo: Pisco sour

Entrante: Papas a la huancaína se cocina con papas amarillas,

ají, leche y pan.

Segundo: Olluquito con charqui que tiene dos ingredientes que

son exclusivamente peruanos: olluco, un tipo de papa que crece en

los Andes y charqui, carne seca de llama o alpaca.

Postre: Mazamorra morada elaborada con maíz morado,

manzana, guindas y camote

-A mí –se adelantó Juan- me apetece ese menú, así degustaré


platos típicos.

Adela y Rosa estuvieron de acuerdo y pidieron lo mismo, y en

aquella larga conversación, Adela comentó:

-Cuando pensaba venir a Trujillo, una de mis ilusiones era

buscar, en los archivos del municipio, si era verdad que una de mis

bisabuelas vino de España, y se casó con un peruano que tenía

sangre mochica, pues eso se comenta en la familia, pero nadie tuvo

nunca seguridad.

-Pues mañana podemos buscar -dijo Juan- ¿Sabes dónde se

puede encontrar esa información?

-No tengo ni idea, –se quejó Adela- tal vez podríamos

preguntar, en primer lugar, en la Municipalidad, también es posible

encontrar algo en el archivo de la Catedral. Creo que tiene que

haber algún sitio en el que se pueda encontrar esa información.

Aquella tarde, por ser domingo, no pudieron hacer ninguna

gestión, por eso Adela propuso visitar la ciudad de Chan Chan. Se

decidieron y en la Avenida de España tomaron un taxi, era el

sistema más fácil, ya que esas ruinas apenas están a 7 kilómetros

del centro de Trujillo, el precio era bastante cómodo, apenas 4 soles

por persona y tardaron unos 10 minutos.

Al llegar a la puerta del Complejo Arqueológico se encontraron

rodeados por un grupo grande, de turistas extranjeros, la mayoría


eran norteamericanos, dando lugar un pequeño tumulto. Con voz

profesional la guía explicaba en inglés:

-La reduplicación de una palabra, en el idioma chimú, era la

manera de reforzar su significado, en este caso Sol Sol es la manera

de decir Gran Sol. Esta gran ciudad está formada por nueve

ciudadelas o pequeñas ciudades amuralladas, construidas todas solo

de adobe sobre cimientos de piedra. Causa asombro especialmente,

la cantidad y variedad de muros, todos decorados con altorrelieves.

Los hicieron usando moldes y los motivos decorativos más

frecuentes son figuras geométricas, pero también las

representaciones de peces y aves.

Este centro urbano prehispánico era la ciudad de barro más

grande de América prehispánica. Declarada Patrimonio Cultural de

la Humanidad por la UNESCO en 1986.

Junto con el grupo de turistas avanzaron, caminando por las

antiguas calles de la ciudad, escuchando con atención las

explicaciones.

DÍA LUNES (Mañana)

Ciudad de Trujillo, agosto 2008

Muy de mañana visitaron la Biblioteca-Archivo del Palacio Biblioteca-


Archivo del Palacio , allí entre cientos de escrituras de propiedad y

testamentos, encontraron también, numerosas Partidas de

Bautismo de las primeras parroquias y lo más llamativo, había hasta

manuscritos de crónicas de la época de la conquista.

Después de mucho ojear, por casualidad, descubrieron un

manuscrito que les llamó mucho la atención. Se trataba de una

narración extraordinaria, escrita por una testigo de la época de la

conquista. La escritora, dice llamarse Wayamara, y recogía las

antiguas narraciones de su pueblo.

Después de leerlo atentamente.

-¿Crees que este manuscrito estará editado? -preguntó Juan.

-No tengo ni idea -le respondió Rosa- pero me parece muy

interesante, si no ha sido publicado merece serlo. Respetando su

estilo, su contenido y por supuesto el propósito de su escritora,

pero modernizando el lenguaje, pues resulta muy difícil de

entender, con tanta palabra antigua y algunas abreviaturas

extrañas.

Buscaron al encargado de la Biblioteca que no puso

inconveniente para que fotografiaran el manuscrito. Para ellos todo

lo demás fue perdiendo interés ante sus ojos, dejando a Rosa

buscar sobre su bisabuela. Tenían entre manos algo que les parecía

muy importante, aunque les empezaron a surgir algunas dudas. De

nuevo se acercaron al Bibliotecario y le preguntaron.


-¿Conoce usted a alguien que nos pudiera informar sobre este

Manuscrito?.

El bibliotecario, a todas luces interesado, les dijo:

-Por aquí vino durante un tiempo, para hacer un trabajo de

investigación, un catedrático jubilado de la universidad, se llama D.

Miguel Ladrón de Guevara, veremos que puedo hacer para ponerme

en contacto con él, es casi seguro que en su Ficha de Investigador

tendrá su número de teléfono, esperen un momento, buscaré en el

archivo.

Cuando se quedaron solos, vieron que la memoria de la

cámara digital ya estaba casi agotada, habían hecho numerosas

fotografías el día anterior, en la visita a Chan Chan, apenas

pudieron hacer catorce fotos del manuscrito.

Un rato después el Bibliotecario se acercó a la mesa donde

estaba trabajado, con una gran noticia:

- Me he permitido llamar por teléfono a D. Miguel y al

explicarle su petición, me ha dado permiso para que les diga su

dirección y que él les espera. Pueden encontrarle, hoy a las tres de

la tarde en su casa. Estoy seguro de que él les ayudará, y además

lo hará muy contento, pues se ve que no está muy a gusto, con

tener tanto tiempo libre por la jubilación.

Anotaron su dirección y le agradecieron las gestiones antes de


marchar de nuevo al Hotel.

PRIMERA PARTE

A orillas del Virú, 1410: Así comenzó nuestra


Aldea

Wayamara (hija de MAMA-COYA Sulata y Diego): Narradora

De las antiguas narraciones que se conservan en la memoria de la


Aldea sobre su origen antes de llegar a orillas del Río Virú.

Muchas veces al calor de la hoguera, habíamos escuchado de


boca de los ancianos, la historia de la abuela de la abuela de mi
abuela, la MAMA-COYA Tintaya (La que consigue lo que quiere). En
esas narraciones se nos explicaba, con gran cantidad de detalles, los
remotos comienzos de nuestra aldea a orillas del río Virú:

Al parecer todo empezó cuando nuestro pueblo que vivía


desde tiempos antiguos, mucho más al norte, en el Estuario de
Virrilá: Resultó que un día, casi de improviso, el cielo se fue
llenando de nubes doradas. Comenzó a formarse una tormenta de
arena abrasadora, los vientos intensos y racheados envolvieron
árboles, casas y calles con un denso polvo; y poco a poco se fue
paralizando la vida en la Aldea. Al punto que no se podía salir de las
casas.

Los hombres abandonaron precipitadamente el lugar donde


habitualmente vivían, unas cabañas a orillas del mar. Y llegaron a la
Aldea preguntado qué hacer.

Todo el mundo estaba desquiciado, pasaban los días y la


tormenta no cesaba, es más, a veces parecía que se intensificaban,
y así día y noche.

Las terrazas de los cultivos se cubrieron, primero de una fina


capa de polvo, pero con el tiempo, la arena fue aumentando hasta
malograr las cosechas. La acequia que nos llevaba el agua del río,
se taponó con montones de polvo y ramas de arbustos que la
corriente arrastraba.

Dentro de su corral, las llamas y vicuñas se asustaron y


corrieron desconcertadas; algunas entre empellones, rompieron las
vallas y escaparon atemorizadas. Para buscarlas la MAMA-COYA
envió a su hija Naira (Mujer de ojos grandes), con los demás
jóvenes. Comenzaron subiendo el cauce del río, pero apenas podían
ver en medio de la tormenta, el polvo les irritaba los ojos y la
garganta. Los árboles derribados les dificultan el paso, los arbustos
arrastrados por el viento les golpeaban, desgarrándoles la ropa.
Unas horas después los vieron aparecer: volvían de vacío y
cubiertos de polvo.

Y en medio de la catástrofe, no tardó mucho en surgir el peor


enemigo de una Aldea: la desunión.

Una de las Madres, llamada Waywa, que en otras ocasiones ya


se había enfrentado a alguna de las propuestas de la MAMA-COYA,
conspiró a su espalda.

- Todos vamos a morir si nos quedamos aquí -murmuraba,


atizando el miedo y creando más confusión- esta tormenta no va a
terminar nunca, parece que la Aldea está maldita.

Como no tuvo la valentía de enfrentarse a la MAMA-COYA,


cara a cara, reunió a un grupo de madres, que con sus maridos e
hijos, en una amanecida, abordaron una balsa y a escondidas
abandonaron la Aldea, río abajo.

La MAMA-COYA confiaba en que la tormenta pronto cesaría,


pero más bien arreciaba. En pleno día, el sol estaba velado por el
polvo y empezó a sentirse el hambre, que desde mucho tiempo
atrás, habían desterrado de su vida.

Terminó poniéndose al frente de su pueblo para buscar


soluciones.

Reunió el Consejo de Madres.

No costó mucho que todas vieran, como única solución,


lanzarse al mar, buscando otro lugar donde asentar la Aldea.

En la Aldea del Mar, los padres tenían varias balsas grandes de


madera y muchas lanchas de totora. Con presteza, se pusieron
todos, unos cientos de mujeres, hombres y niños, camino del mar.

Fue necesario hacer varios viajes por el río. Cuando todos


estaban reunidos, se acomodaron en las balsas, estaban previstas
para acoger a veinte personas, pero en cada una de ellas se
subieron más cincuenta viajeros. Al estar sobrecargadas y en medio
de la tormenta, las olas barrían la superficie, forzándoles a que
todos se sujetaran con cuerdas para no caer al mar. Los jóvenes
viajaban en las pequeñas canoas de totora, atadas a las balsas. El
mar estaba alborotado, el temporal balanceaba violentamente las
balsas a su antojo.

Pusieron rumbo al sur, encontraron y esquivaron algunas islas


pequeñas, inhabitables, que además, estaban cubiertas con los
nidos de miles de ruidosas aves marinas.

Después de varios días de complicada singladura, amaneció un


día radiante, un cielo azul sin atisbo de nubes, ni rastro de polvo.

Pero el hambre seguía presente.

Los hombres comenzaron a organizar la pesca, desde la balsa


oteaban el mar, buscando el rastro de los peces, con facilidad
descubrieron, un banco de corvinas que avanzaban a gran velocidad
entre saltos y cabriolas. Los pescadores se dispersaron en las
canoas de totora alrededor de los peces, entre dos lanchas
extendieron la red, en cada totora iba un pescador. Los que llevaban
los extremos de la red, avanzaban impulsándose con remos,
intentando rodear a algunos peces. Cuando lo conseguían, los
demás se acercaban hasta la red para golpear con mazas a los
peces, que se debatían enredados en la malla. No les costó mucho
conseguir una corvina para cada balsa. Eran peces grandes de
bastantes kilos cada uno, suficiente para paliar el hambre.

Cada noche se reagrupan para aproximarse al litoral, pues


aunque todos procuraban navegar bordeando la balsa de la MAMA-
COYA, con frecuencia alguna balsa era arrastrada por la corriente,
alejándose de las demás. Eran momentos de tribulación al ver,
como desaparecía en el horizonte alguna barcaza con nuestra gente,
pero después de un tiempo les veían volver y otra vez toda la aldea
flotante se reunía. A mediodía, el sol era abrasador y con frecuencia
les faltaba el agua, la sed siempre era más dolorosa que el hambre.

A la semana de navegación avistaron una gran ciudad, pero


decidieron seguir adelante pues, en contra del criterio de algunas
madres, la MAMA-COYA afirmó:

-Detenernos en esta ciudad supone renunciar a construir una


Aldea según nuestras costumbres, además lo normal es que no nos
reciban bien pues somos muchos. En el Consejo hemos decidido que
seguiremos adelante buscando un lugar apropiado para nuestros
deseos.

Unos cuantos días después, encontraron la desembocadura de


un río que regaba una extensa llanura. Al avanzar, en medio del río
se vieron rodeados por un horizonte de vegetación exuberante. Se
llenaron de alegría al contemplar los bosques de frondosos
algarrobos y otros árboles que bordeaban el río. Las plantas totoras
verdeaban cubriendo las orillas. Antes de superar unos rápidos,
desembarcaron dispuestos a investigar si era una zona habitable, la
MAMA-COYA envió a varios grupos que se dispersaron.

Después de un viaje tan largo, algunas madres se alegraron de


volver a pisar tierra, y comenzaron a buscar alimento, hasta que
volvieron los expedicionarios con buenas noticias. El valle era fértil y
no encontraron a nadie que lo habitara y cultivara, tan solo vieron
las ruinas de una edificación totalmente abandonada. Habían
encontrado frutos silvestres, pero comestibles, que repartieron
entre los niños y los que más lo necesitaban.

Todos miraron a la MAMA-COYA Tintaya y ella vio en sus ojos


el deseo de quedarse en este lugar, por ello, tratando de que su voz
fuera tan solemne como la decisión que debía tomar, exclamó con
gran voz:

-Agradecemos a Pachamama que nos haya dado este valle,

sentimos que ella quiere que lo hagamos fructificar y que cuidemos

de este río. Lo llamaremos Virú, a su vera construiremos el Templo

y nuestra nueva Aldea.

En medio de aquella pequeña muchedumbre se elevaron gritos


de alegría y pronto se organizó .

Comenzaron unos días de gran actividad para encontrar el


lugar adecuado, debía estar cerca del río, pero a la vez, inmune a
las riadas que eran de esperar cada año, pues en la lejanía se veían
los cerros nevados que con el deshielo causarían crecidas.

Talaron algunos árboles para hacer un claro, nivelaron una


zona donde construir el templo y las casas.

Meses antes de empezar a construir el templo, un grupo de


mujeres y hombres, a las órdenes de Naira: (Mujer de ojos
grandes), hija y sucesora de Tintaya, fueron por los montes para
buscar nuestra Kala.

Pasó el tiempo, ya con el templo y las casas principales


edificadas, comenzó la espera de la lluvia, todos miraban el cielo
cuando alguna nube se acercaba.

Para comenzar a utilizar el Templo tenía que ser bañado por la


lluvia, pero en aquel lugar, solo muy de vez en cuando caía el agua
del cielo. Varios meses después, se desató la tormenta y aquel
anochecer comenzó la danza ritual y todos los de la Aldea fueron
ascendiendo, por las rampas, hacia la Kala.

Se hizo un silencio profundo y entonces la MAMA-COYA Tintaya


en compañía de su hija Naira, avanzó con gran solemnidad.

La multitud contempló a la MAMA-COYA con su melena muy


lacia y tan larga, que como en esta ocasión, llegaba a cubrir su
espalda. Por lo general, la llevaba recogida en una trenza adornada
con cintas de colores.

Se presentó vestida con su ropa ceremonial de algodón


multicolor que casi rozaba el suelo; en el pecho dos collares de oro,
plata, turquesa, cuarzo y lapislázuli. Adorno de nariz de oro y plata.
Diademas y corona de cobre dorado. Y en su mano el cetro de
madera y oro. Sus brazos, pies y manos cubiertos de tatuajes de
caracolas, peces, serpientes y arañas, que como una coraza la
protegía y dotaban de poderes especiales.

Avanzó hasta rodear la Kala, se detuvo en un abrazo


prolongado. Todos la mirábamos extasiado. Después roció con agua
del mar, el ojo del monolito, se volvió hacia su pueblo y con voz
majestuosa ordenó:

- ¡Escuchadme! ¡Todas mis hijas e hijos! Durante meses


hemos trabajado para preparar esta Aldea, todos nos sentimos
orgullosos de comenzar, otra vez, con nuestras costumbres. Hemos
de superar la nostalgia por el lugar que abandonamos, pues la
Pachamama nos ha dado, todo lo que necesitamos junto a este río.
Tengo el deseo de que todos mis hijos e hijas, manifiesten con sus
danzas la alegría de tener esta Kala en el centro de nuestra aldea.
¡Que suene la música!.
Gritos de alegría, música de ocarinas, quenas, antaras y
tambores llenaron la noche, ahuyentando de aquel templo los malos
espíritus y de preservarlo del mal a toda la nueva aldea.

MAMA-COYA Tintaya ofreció en la hoguera los primeros frutos


de estas tierras: maíz, frijoles, ají, papas.

Unas hebras de humo, surgidos de la hoguera, modularon en


el cielo una representación del agradecimiento de los nuevos
habitantes del valle.

Entonces una fila de muchachas y muchachos, portaban cada


uno un gran cuenco con chicha, la repartieron entre la gente.
Durante horas se alargó la danza, la música y la alegría.

Así me contaron, una y otra vez, nuestro comienzo a orillas del


Virú, y así lo escribo para mantener viva la memoria

A orillas del Virú, 1431: Un día de dolor

Narrado por su marido Anca (Veloz como el águila)

De cómo la muerte de Tintaya nos causó un gran dolor.

Y pasaron los años, tiempo en que nos fuimos asentando en el


nuevo valle. Las madres agricultoras cubrieron la ladera del Saraque
de terrazas para facilitar los cultivos. Arrancaron árboles y arbustos,
amontonaron las piedras formando muros, que retenían la tierra de
los bancales, enriquecieron la pobre arena de ladera con guano, que
los jóvenes recogían, en algunas colonias de aves marinas de las
rocas junto al mar. Hasta la cima del cerro fluía el canal con agua
abundante que se distribuía por múltiples acequias en toda la
ladera. Ahora todo verdeaba con distintas tonalidades, según
crecían los diversos cultivos: los maizales, las matas de papas, los
arbustos de ají, las calabazas y la yuca. Las madres alfareras
equiparon cada casa con las vasijas necesarias para conservar los
alimentos o para cocinar.

Nuestra aldea volvía a tener su Templo, nuestras hijas e hijos


eran más numerosos y fuertes. En el río teníamos ya corrales de
agua con abundante cantidad de tortugas y también las llamas
tenían sus rediles. En el bosque de algarrobos cazábamos los
cañanes que viven dentro de los árboles donde construyen huecos
profundos. Son arborícolas, se alimentan de sus hojas, flores, frutos
tiernos y frescos. Dentro de las casas teníamos cuy que también nos
daban gran cantidad de carne.

Las madres hilanderas nos proveían de toda clase de telas y


las madres orfebres de los instrumentos metálicos para el trabajo

Volvíamos a poder mirar al futuro con tranquilidad.

Hasta que llegó el día en que tuvimos que despedir a MAMA-


COYA Tintaya, había sido nuestra primera MAMA-COYA a orillas del
Virú. Ella había mirado y protegido cada rincón de la aldea, se había
sentado en el suelo de cada casa nueva, el día en que se encendía
por primera vez la cocina, librando al recinto de aquellas paredes de
los malos espíritus y de las asechanzas malignas.

Aquel día amaneció muy fresco. Pero no era el frío lo que me


resultaba más molesto, sino la niebla y la humedad condensada en
el valle que se metía en mis viejos huesos y se me adormecen las
rodillas. Durante la noche las nubes habían ocultado la luz de la luna
mientras, el viento soplaba desde el mar, con una brisa suave pero
persistente.

Como todas las mañanas llega a nuestra vivienda mi amigo


Mayta (El que enseña con bondad):

-¿Cómo ha pasado la noche la MAMA-COYA? -me preguntó


entrando en la casa.

-Pues ya la ves, sin mucha mejoría –le contesté con tristeza- Y


cada vez la veo con menos fuerzas.

En ese momento Tintaya me llamó y cuando entre en su


cuarto, sin apenas abrir los ojos me musitó quedamente:

-Anca, ya no me queda mucho tiempo, prométeme que serás


fuerte y que apoyaras en todo a nuestra hija.

Apenas le tomé la mano, para que sintiera mi cercanía, ella me


la apretó mientras me susurraba y me miraba a los ojos:

-Gracias Anca, por todos estos años de compañía y felicidad.

Su respiración se tornó fatigosa y un escalofrío le recorrió el


cuerpo abrasado, por la fiebre que la consumía. Poco a poco cerró
los ojos y dejó de respirar plácidamente.

Se rompió la mañana:

- Nuestra MAMA-COYA ha muerto – gritó Mayta saliendo de la


casa en busca de las Madres.
Comenzó un día de aflicción y lleno de intensa actividad. Unos
jóvenes llevaron, río abajo, la noticia a la Aldea del Mar, para que
también los hombres, pudieran participar en las ceremonias de
despedida a nuestra querida MAMA-COYA. Yo como ya era abuelo,
vivía en la Aldea del Río con las mujeres, como los demás hombres
de mi edad como mi amigo Mayta.

Desde hacía semanas yo estaba preocupado, las madres


habían organizado algunas cosas en los días previos, cuando ya
veíamos que su vida se terminaba y casi no luchaba contra la
enfermedad, parecía que había perdido las ganas de vivir. A todos
los que la visitábamos los miraba, con la profunda ternura, de quien
ha vivido y ayudado a vivir tantas situaciones, tantas alegrías y
tantas penalidades.

Muchas ceremonias serían necesarias para que fuera digna su


despedida y de esta forma poder demostrar nuestro
agradecimiento. A ella debíamos la fuerza para traernos a estas
nuevas tierras, la decisión de asentarnos definitivamente, aunque
algunos añoran aquella tierra que habíamos dejado huyendo de la
tormenta.

Todas las Madres tenían el honor y la obligación de preparar y


realizar los rituales de su entierro, todas las ceremonias que habían
acompañado el entierro de nuestras MAMA-COYAS antiguas, a las
que tanto debía nuestro pueblo.

Aquella mañana, solemnemente el cortejo de las madres se


puso en marcha, no eran muchos pasos, pero avanzaron muy
lentamente con una mezcla de tristeza y serenidad, incluso cierto
aire festivo. Llevaron su cuerpo, con la delicadeza de hijos, desde
nuestra casa hasta su Kala, allí la desnudaron de toda vestidura y
adorno, solo los tatuajes la protegían y señalaban su dignidad y
poder.

Avanzó mi hija Naira (Mujer de ojos grandes) y ungió el


cuerpo de su madre con sangre de la Pachamama y lágrimas de la
Mamacocha. La madre más anciana tapó su rostro con un plato
dorado, después comenzaron a envolverla con el lienzo mortuorio.

Era un tejido de más sesenta metros preparado para la


ocasión, en él estaba bordada, con símbolos y figuras, toda la
historia de la Aldea durante el tiempo en que ella nos había
liderado.

Cada una de las Madres se encargó de poner con delicadeza


los signos de su poder entre el lienzo. Después de tres vueltas
alrededor de su cuerpo, una Madre avanzó y puso la corona de oro,
símbolo de su poder absoluto. Y así, cada tres vueltas fueron
poniendo los aretes y narigueras ricamente labrados. Los finos
collares con cuentas de piedras preciosas. Los dijes de oro con
representaciones de rostros humanos. Los instrumentos de alfarera
pues había sido su trabajo. Y sus cetros ceremoniales de madera y
oro.

Cuando terminaron de envolver su cuerpo, me llamaron y


entonces subí las escaleras lentamente, llevando en mis brazos un
maravilloso vestido ceremonial, el atuendo con el que nuestra
MAMA-COYA se había presentado ante nosotros, cada año en la
fiesta de Inti y en las ocasiones más extraordinarias de la vida de la
Aldea. Lo puse encima de su cuerpo ya envuelto por la tela con la
representación de nuestra historia.
Una bandada de guacamayos cruzó el cielo llenándolo de
graznidos, aleteos y colores.

Fuera de la plataforma, estaban todos los hombres, que a lo


largo del día, habían llegado de la Aldea de Mar. Se arremolinaban
para admirar la despedida a la MAMA-COYA a la que tanto debían y
querían, todo lo contemplaban con el rostro serio y dolorido.

A media mañana mi hija Naira, en compañía de las Madres de


más edad, marchó a su casa. Allí la tatuadora le dio un narcótico y
luego empezó a tatuarla: en su mano derecha puso el último tatuaje
que la constituía en la nueva MAMA-COYA (a lo largo de su vida, en
momentos especiales, le habían puesto los tatuajes que la iban
preparando para ser la heredera: al ponerle el nombre a los cinco
años, una araña en cada pie; cuando se casó: una línea de rombos
rojos y negros alrededor del ombligo; cuando tuvo su primera hija:
varias caracolas en piernas y brazos; al poner nombre a su
heredera: una estrella en la frente y ahora al suceder a su madre le
tatuaron la serpiente protectora enroscada en el brazo derecho).

Luego le vendaba las heridas y la dejó dormir.

A media tarde la revistieron con su atuendo ceremonial como


nueva MAMA-COYA, le colocaron la corona de oro, la nariguera y
tomó en sus manos el cetro. Con pausa y también tristeza, se
encaminaron hasta el templo. Al llegar junto al cuerpo de su madre,
se quitó las vendas y nos mostró el último signo grabado en sus
brazos, todos nos tumbamos en el suelo y en ese gesto nos
demoramos hasta que ella con voz potente nos manda:

-Alzaos para despedir a nuestra madre Tintaya.


Todos nos levantamos prestos a su mandato. Entonces llamó a
los hombres y ellos, con andares pausados, subieron la caja
mortuoria que habían preparado de madera de algarrobo, que sería
sellada herméticamente, para preservar el cuerpo de la
descomposición.

Cuando terminaron de cerrar la caja con el cuerpo de la


MAMA-COYA dentro, mi hija Naira encendió por última vez la
hoguera de las ofrendas y en el frío de la tarde se elevó el espíritu
de la MAMA-COYA, como humo blanco y denso caracoleando su
eterna juventud en el aire.

Tras una hora de silencio, se empezó a construir el recinto de


su túmulo, serían cuatro paredes de adobe que contendrían la caja
de madera con su cuerpo, su Kala y la hoguera ceremonial. Cada
pared, primorosamente ornamentada con grabados en relieve, había
de tener dos metros de largo por dos de alto, el techo se haría de
vigas de algarrobo. Todo quedaría cubierto por el Templo de la
siguiente MAMA-COYA.

El sol se fue ocultando cuando las Madres Alfareras empezaron


a realizar los grabados en los muros, narran los hechos más
importantes de nuestra historia, luego los colorearon, con primor,
las Madres Hilanderas.

Todavía más profundo se hizo el silencio. Todos permanecimos


contemplando la puesta de sol. La tarde declinaba y teníamos claro
que terminaba una etapa de nuestra historia. Al rato, la luna nos
contemplaba y miles de estrellas se encendieron en el firmamento,
eran los mudos espectadores que escuchaban la música triste de
ocarinas y tambores que acompaña nuestro baile de despedida.
Y comenzó el banquete. Alrededor del Templo se encendieron
varias hogueras, las cazuelas se llenaron de agua para cocer papas,
yuca y maíz, que las madres agricultoras habían traído en grandes
cestos de totora. Mi nieta Illarisisa (Flor del amanecer) y varios
jóvenes fueron al corral y sacrificaron tres llamas, que se asaron,
también carne de cuy y de cañan. Todos comimos en abundancia.
Los más pequeños se fueron a dormir, pero todos los demás nos
fuimos durmiendo en el Templo, rodeando el túmulo de la MAMA-
COYA Tintaya.

Mi hija Naira estaba dolorida por los tatuajes, pero se negó a


abandonar el cuerpo de su madre, fue necesario que una madre la
obligara a beber un narcótico para menguar el dolor. No tardó
mucho en quedarse dormida. Vi en su rostro los rasgos de su
madre.

A orillas del Virú, 1442: Construcción del nuevo Templo

Anca (Veloz como el águila) Narrador

Donde narra la construcción de un nuevo templo, el de mi hija


Naira.

Con la amanecida comenzó nuestra nueva vida, todas las


madres, los padres y los jóvenes nos reunimos en la explanada del
antiguo Templo. Ya somos una pequeña muchedumbre, respetuosa
y expectante. Antes que nadie, pues era mi privilegio, me acerque a
mi hija, nuestra nueva MAMA-COYA, y besándola le dije con voz
fuerte y decidida:

-MAMA-COYA Naira, te deseo la sabiduría de tu madre y su


fuerza. Siempre tendrás mi lealtad y la de todos los habitantes de
nuestra Aldea.

Con un saludo parecido se fueron acercando, uno a uno, todos


los que se convertían en sus hijos, y de los que ella tendría que
cuidar. Le deseábamos sabiduría, para comprender y juzgar con
verdad y fuerza para decidir lo más conveniente. A algunos, se le
llenaron los ojos de lágrimas de emoción, en el momento de besar a
Naira.

Según nuestras costumbres, el nuevo templo, tenía que ser


una plataforma de menor dimensión que la anterior, pero encima de
la explanada del antiguo templo, que ahora, después de enterrar a
mi esposa, contenía su túmulo funerario. Desde la distancia se vería
un escalón más en la pirámide escalonada que se iría construyendo,
para cada nueva MAMA-COYA que gobernase en la Aldea.

Al ser el Templo de mi hija, la MAMA-COYA Naira, su hija


Illarisisa con un grupo de mujeres y hombres, se encargó de traer la
Kala, del monte donde años antes, habían encontrado la Kala de su
madre y ponerla en el centro de la nueva plataforma, exactamente
encima de donde estaba la Kala de la MAMA-COYA Tintaya.

Después de un mes de trabajo intenso de todos los de la


aldea, pudimos dar por concluida la construcción del Templo. Ya se
alzaba el nuevo escalón de dos metros de altura, ya tenía la nueva
Kala en el centro, la hoguera de las ofrendas y las hogueras de luz
en las esquinas de la plataforma.

Para poder inaugurarlo se necesitaba que fuera purificado por


la lluvia. Todos en la Aldea esperamos durante casi tres meses,
hasta que por fin, amaneció un día tormentoso.

Cuando de vez en cuando, una o dos veces al año, nos llegaba


una tormenta, aunque fuera con rayos y truenos, si nos dejaba
abundante lluvia, era una gran fiesta, a nadie se le podría ocurrir
asociar la lluvia con el mal tiempo. Pero en esta ocasión era todavía
más importante pues purificara por primera vez el nuevo Templo
con lágrimas de Inti, y ese era el primer paso para inaugurar el
Templo.

Durante horas, todos los hombres fueron llegando de la orilla


del mar, paseaban por el pueblo empapándose de la lluvia. A media
mañana cesó paulatinamente y salió el sol. En el azul del cielo
palpitan pálidos brochazos de blanco, pequeños recuerdos de la
tormenta.

En los meses anteriores, los hombres habían traído, en


grandes cántaros, agua marina, pues la siguiente ceremonia
consistía en rociar con lágrimas de la Mamacocha toda la explanada
del Templo, esta misión las desempeñarán las Madres.

Cuando terminaron, un grupo de hombres, tocando tambores,


las sustituyeron danzando alrededor de la Kala.

Con el toque constante de los tambores, que se prolongaron


durante hora, ahuyentaban los malos espíritus. Hasta que la MAMA-
COYA Naira escoltada por las demás Madres, avanzó solemnemente
desde su casa, portando todos los adornos de su poder. Al llegar al
centro cesaron los tambores. Ella se abrazó, durante varios
minutos, a su Kala, estaban rodeándola todas las Madres. El silencio
que apenas rompían algunos pájaros, pues al cesar los tambores,
habían vuelto a inundar toda la Aldea con sus cantos. Silencio y
emoción.

La MAMA-COYA encendió la hoguera y fue recibiendo, de


manos de cada Madre, las ofrendas a la Pachamama, que en parte
se quemara. De cada canasto lanzaba al fuego un puñado, lo demás
se emplea en el banquete de celebración: chicha, maíz, papas,
yuca, ají pero también cuy y cañanes. De las llamas ya sacrificadas
y troceadas, echó a la hoguera las cabezas. Los olores de la comida
se extendieron por la Aldea llenándolo todo de vida ante la
inminencia del gran banquete.

Comenzaron los músicos a tocar y a su alrededor, poco a poco


todos, menos los que se encargaban de preparar la comida, nos
fuimos incorporando a la danza, dando vueltas alrededor de la Kala
al ritmo y cambiando de sentido cuando los músicos giraban. En
poco tiempo, todo el pueblo formábamos una comunidad danzante,
acompasando el paso, hasta llegar a ser un único organismo vivo,
multicolor y envolvente.

Después de unas horas de danza, cuando la Luna apareció


entre las montañas iluminando la Aldea, comenzó el banquete. Cada
familia se acercaba a tomar lo que necesitaba, para luego situarse
en las escalinatas del templo. Los niños correteaban entre los
grupos y colaboraban en la distribución de las comidas. Las chicas y
chicos no podían beber chicha pues era necesario que algunos
cuidaran de la seguridad, todos recordaban como hacía años, en
una de las fiestas, fueron atacados por pumas y como todos estaban
más o menos inconscientes por la bebida, los pumas provocaron
varias muertes y muchos heridos. Fue en la época de la antigua
Aldea antes de la venida al río Virú, cuando la MAMA-COYA con el
Consejo de Madres decidieron que en las fiestas, los jóvenes
tendrían que privarse de la bebida para cumplir con esa misión.
Durante la celebración patrullaban por los alrededores de la aldea
en pequeños grupos y luego, se encargaban de poner orden entre
los comensales que, con demasiada frecuencia, se embriagaban,
conforme avanzaba la celebración, dando lugar a pequeños
altercados.

Había caído la noche y el aire limpio y tenue, aún impregnado


de la humedad de la tormenta, lo inundaba todo de paz. La Kala,
bañada por el resplandor de la luna distante y ajena al bullicio, a los
gritos y carcajadas: proyectaba su sombra difuminada, sobre las
losetas de adobe de la explanada.

Pasó el tiempo. El viento me acercaba retazos de


conversaciones. Me senté en un peldaño del Templo, y permanecí
pensativo. Me veía acobardado por los años, aunque activo y fuerte,
todavía capaz de muchos esfuerzos. Un perro viejo se acurrucó
entre mis piernas, los niños, algunos muy pequeños, gatean sobre
las baldosas del suelo. Mi hija después de quitarse sus vestiduras
ceremoniales, se afanaba con las demás Madres.

Y avanzó la noche, una y otra vez, llegaba a mis manos el


cuenco con la chicha. Al arrullo de las suaves y agradables
sensaciones me quedé medio dormido. Hasta que terminé
durmiendo plácidamente. Al despertar mi boca era incapaz de
articular palabras. Mis ojos no podían enfocar, todo lo veía borroso.
Mientras oía los gemidos de otros a mí alrededor. Las voces
resonaban en mis oídos, pero me resultaba imposible entender qué
decían. Quería hablar pero era incapaz. Levanté la mirada como si
estuviera en el fondo de un pozo y experimenté una náusea tan
intensa que me dio la impresión que, si llegaba a vomitar,
expulsaría hasta las tripas.

Las carcajadas más sonoras provenían del grupo que


acompañaba a Tarki (Que se hace respetar), el marido de Naira,
uno de los que estaba más bebido, parecía incapaz de dar un paso
sin tambalearse. Era un joven de unos 20 años de cuerpo no muy
alto, pero recio, con cicatrices en la cara, ya que tendía a ser
bastante pendenciero, y más cuando en las fiestas, la chicha le
nublaba la razón.

Tarki se levantó, ni él mismo sabía a dónde pensaba ir,


además, tropezó con un cuerpo dormido, cayó de bruces, se alzó
pateando al dormido que no era otro que Qawayu, que aunque
anciano tenía un genio muy fuerte y reaccionó también con dureza,
se enzarzaron en golpes y puñetazos sin renunciar a las patadas y
codazos. No tardó en generalizarse la trifulca y el griterío.

Al poco aparecieron varios jóvenes dispuestos a poner orden,


no les costó mucho averiguar el origen del conflicto y los primeros
causantes. Rodearon a Tarki y lo redujeron echándolo al suelo y
atándolo. Se lo llevaron a su casa. Poco a poco volvió la
tranquilidad, el relente del amanecer caía sobre la hierba y
amortiguaba el calor del exiguo fuego, que daban dos pequeños
troncos, con el que yo me calentaba.
En muy pocos lugares se oían ya cánticos o conversaciones, el
rumor se había apagado, dominaba el sueño.

Me levanté y me encaminé al río, rodeado de árboles de


chirimoyas.

Al llegar me subí sobre las piedras que alejaban la corriente de


esa orilla, creando un remanso, donde dejábamos las balsas, fuera
de la corriente.

Avancé ensimismado, con la cabeza dolorida por la bebida de


la noche. Las tórtolas se arremolinaban en el prado cazando
insectos. De vez en cuando surgía un poco de viento y hacía sisear
las hojas de los algarrobos. Me metí en el río, llené con una larga
inhalación mis pulmones, me sumergí hasta sentir que el agua me
cubría totalmente, con los ojos abiertos avancé nadando hasta el
centro, salía a la superficie, tomaba aire y volvía a sumergirme
hasta lo más profundo, hasta el lecho del río. Algunos peces huían
con parsimonia, me sabían un extraño, que pronto tendría que
ascender de nuevo, yo solo buscaba el silencio.

La soledad no me duró mucho, al poco apareció mi amigo


Mayta voceando:

-¿Anca estás por allí? no te veo.

Mi primera intención fue seguir escondido entre las totoras de


la orilla, pero como insistía en sus llamadas, nadando me fui
acercando hacia él, al verme exclamó:

-Tu hija te está buscando, me ha preguntado por ti, ¿y dónde


podrías estar? Lo primero que se me ha ocurrido es decir: en el río.
-¿Te ha dicho mi hija para qué me busca?.

-No, pero se la veía apurada.

Salí del río y con Mayta me encaminé hacia la aldea, por el


camino cogimos unas cuantas chirimoyas. Al llegar a casa de Naira
la encontré con mi nieta.

-Illarisisa, cuéntale a tu abuelo lo que me has dicho.

-Esta noche cuando vigilaba con los otros jóvenes, Ninan


(Inquieto como el fuego) se ha puesto muy violento conmigo. Me ha
exigido que lo elija como esposo. Me he asustado, se ha enfrentado
a Churki (Que nunca se rinde) cuando me ha defendido diciendo que
yo podía elegir al que quisiera.

-Yo lo que puedo hacer -les digo- es hablar con Ninan.

-De acuerdo -dice Naira- pero déjale bien claro los derechos de
las mujeres.

Salí de allí dispuesto a hablar con Ninan. Pero por mucho que
busqué, no hubo manera de encontrarlo en toda la mañana, nadie
sabía de él, pero a esas alturas ya todo el mundo sabía que yo lo
buscaba. No me sorprendió ver cómo aquella tarde, en un momento
en que yo estaba solo, se me acercó preguntándome:

-Anca, ¿Qué quieres de mí?.

Me pareció intranquilo y hasta enojado, pensé que no estaba


en condiciones de atender a muchas razones. Con suavidad le dije:

-¿Dónde has estado esta mañana?.

-Paseando por ahí, casi todo el mundo ha estado toda la


mañana durmiendo la borrachera. Yo he subido hasta las Cascadas,
tenía mucho que pensar.

-Y me puedes decir ¿Qué es lo que te inquieta?.

Yo le miré esperando que me hablara de sus problemas con


Illarisisa.

-Pues de muchas cosas -me contestó- sobre todo de tu nieta


Illarisisa. Cada vez me resulta más complicado entenderla, unos
días dice una cosa y otros, la contraria.

Se quedó callado, mientras caminábamos los dos solos por el


bosque de algarrobos. Se agachó, cogió una piedra y la lanzó con
furia contra unas tórtolas que levantaron el vuelo alejándose.

-¿Qué es lo que te ha dicho Illarisisa? - le pregunté.

-Hace unos días me dijo que me elegiría, pero anoche, delante


de todos dijo que quería como marido a Churki. ¡No sabe lo que
quiere!. Anoche la vi muy rara y me desconcertó.

-Ninan, tú sabes igual que yo que son las mujeres las que
eligen. Illarisisa es libre de hacer lo que quiera, pero tú puedes
intentar convencerla para que te elija, pero al final tienes que
aceptar su decisión por mucho que te cueste.

Sin querer seguir escuchando, Ninan comenzó a correr y se


perdió en el bosque, yo me volví preocupado hacia la aldea.

Algo de razón tiene Ninan, mi nieta era muy dada a hacer


bromas y a veces, si se juega con sentimientos, es difícil controlar
las consecuencias, pero ella era muy joven para entender tantos
matices del corazón humano.
A orillas del Virú, 1455: Tragedia en la aldea

Naira: Narradora

Sobre el modo de elegir marido en nuestra Aldea y la tragedia que


ocasionó la reacción de Ninan.

Y llegó la fiesta de la Elección. Entre nosotros, cada año en la


Luna Llena de abril se reunía toda la Aldea en el Templo. Todas las
jóvenes que cumplían 13 años, elegirían marido entre los solteros.

Este año mi hija Illarisisa, tendría que elegir marido, junto a


otras 16 jóvenes. Todas se convertirán en Madres, con derecho
pleno en el Consejo, cuando pongan nombre a su primer hijo, si
llegaba a cumplir cinco años.

La tarde otoñal se llenó de alegría y danzas.

Salí de mi casa y en la puerta me esperaban las Madres. Me


saludaron y formamos dos filas; me acompañaron en procesión
hasta el centro del Templo, rocié con agua del mar nuestra Kala,
encendí la hoguera ceremonial y queme las ofrendas. Mi hija
Illarisisa con las otras jóvenes, avanzaron solemnemente danzando,
al ritmo acompasado de unos tambores, que rompían el silencio,
simulando los latidos de sus corazones jóvenes. Las 17 jóvenes
subieron a la explanada del Templo y rodearon la Kala, con sus
ropas multicolores agitándolas al viento y el suave rumor de sus
collares y brazaletes. Danzaban formando un círculo mágico, pues la
elección de marido, formaba parte del proyecto de toda la Aldea,
que se fundamentaba en las familias, esa sería la gran riqueza que
nos fortalece y nos hacía crecer.

Después de una hora de danza, antes de comenzar la Elección,


teníamos que otorgar a cada joven, la casa que la aldea le había
preparado. Al llegar a cada casa, dejábamos en ella a la joven que
se convertía definitivamente en propietaria, después de una breve
ceremonia. Por supuesto, había participado en su construcción junto
con todos los demás.

Días antes se habían distribuido las viviendas y desde la casa


de su madre, cada joven había llevado sus ropas y todo lo que tenía
preparado para comenzar su nueva vida.

Al llegar a la que sería el hogar de mi hija, dije con


solemnidad:

-Illarisisa, entra en la casa que te entregamos. Forma una


familia en la que reine la paz y da a nuestro pueblo numerosas hijas
e hijos.

Ella entró en la morada y al poco salió con un gran cuenco de


chicha y dándomelo dijo:

-Esta chicha simboliza los bienes que compartiré con todos los
de nuestra comunidad. Bebed, celebrad conmigo este día de
felicidad.

Era la pequeña ceremonia que fuimos realizando en la puerta


de cada una de las nuevas casas. Como cada año, sobre todo
cuando eran muchas las que se entregaban, algunas de las madres,
que en vez de mojarse los labios con la chicha querían un verdadero
trago de cada invitación, sufrían los efectos de la chicha y tenían
que ser ayudadas, entre risas, por la otras madres.

Acompañada por las Madres volví al Templo. Después de un


tiempo de silencio, algunos padres comenzaron a tocar las caracolas
y con su llamada volvieron las jóvenes de nuevo a reunirse junto a
la Kala.

Y desde el río acudían danzando, al son de pequeños


tambores, por el camino de las Chirimoyas hasta el templo, el grupo
de los jóvenes que esperaban ser elegidos.

Mi hija me había dicho con temor que Ninan la había estado


siguiendo. En varias ocasiones lo descubrió espiándola, como
aquella vez, cuando ella se bañaba ignorante de que era mirada y
él, aunque desde donde estaba ya podía verla, se acercó un poco
más y al pasar entre los arbustos, varios pájaros emprendieron el
vuelo con un aleteo entrecortado. El inesperado batir de las alas
atrajo la mirada de mi hija y le descubrió entre la maleza.

-Ninan, ¿Qué haces ahí?

-Por favor, Illarisisa, no te asustes, yo solo pasaba por aquí y


de pronto te he visto bañándote.

-No pienses que te voy a creer, tú me estás persiguiendo y


espiando. ¡Déjame en paz!.

O cuando en otra ocasión le exigió, de modo imperativo, que


tenía que elegirlo por esposo pues él era el que más la quería. Ella
le aseguró que no lo quería y por eso no lo elegiría nunca, que la
dejara tranquila, como le había pedido muchas veces. Pero él seguía
ofuscado y le agradaba decir, a todos el mundo, que al final se
arrepentiría y lo tendría que elegir, pues él era el que más lo
merecía: era el más fuerte y valiente de todos los que esperaban
casarse ese año.

Aunque todos conocían esa obsesión de Ninan, a nadie le pasó


por la cabeza a lo que estaba dispuesto, si no era elegido por
Illarisisa. Más de uno, intentó hacerle comprender que, para
nosotros, eran las mujeres las que elegían y los hombres no tenían
nada que hacer en ese asunto, y menos todavía en el caso de la
heredera de la MAMA-COYA.

Todas estas cosas bullían en mi cabeza cuando los jóvenes


danzaban y veía moverse con brío a Ninan y a los demás,
mostrando su fuerza y juventud al ritmo de los tambores, golpeados
por los padres con furia y tal vez con nostalgia de un acontecimiento
pasado, cuando cada uno de ellos fueron elegidos.

Levanté los brazos y al bajarlos las jóvenes comenzaron a


ingresar en el baile, cada una de ellas se fue emparejando con su
elegido, al que enlaza con la cinta multicolor que llevaba en las
manos. Después de bailar durante varias vueltas más, se iban
alejando, llevando cada una a su elegido, hacia la casa donde
empezarían una nueva vida. Illarisisa se llevó a Churki, un joven
dos años mayor que ella, muy serio y trabajador, guapo y atlético.
El ritmo de la tamborada se fue intensificando, llenando toda la
Aldea de agitación y alegría.

Comenzó el banquete, corría la chicha y la comida. Muchos nos


dimos cuenta de que Ninan no había sido elegido por mi hija, ni por
ninguna de las otras jóvenes. Se quedó desconcertado por la
situación, huraño y avergonzado, se escondió de las miradas, pues
aunque es normal que no todos los jóvenes sean elegidos, ya que
siempre son más que las jóvenes, la obsesión de Ninan lo ponía en
una situación muy difícil. Su Madre se le acercó dispuesta a
consolarlo, pero la rechazó airado. Ninan se alejó con su tristeza por
el camino del río.

Fue avanzando el banquete y al rato llegó corriendo al Templo


Churki (Que nunca se rinde), al que había elegido mi hija, gritando
agitado.

-MAMA-COYA, MAMA-COYA, Ninan ha matado a Illarisisa.

El joven respiraba con dificultad, preso de un tremendo dolor y


desconcierto. La noticia causó un gran revuelo.

-Ven conmigo- le dije, dirigiéndome con él a su nueva casa.

Y con otras madres y padres encontramos a Illarisisa tendida


en el suelo, con la cabeza ensangrentada. Intenté reanimarla, pero
estaba muerta, me levanté y dije mirando a Churki:

-¿Qué ha pasado?

-Llegamos a la casa emocionados y alegres, empezamos a


celebrarlo, cuando vimos aparecer a Ninan, con el rostro hosco y
malhumorado. Illarisisa salió a la puerta tratando de apaciguar, pero
él seguía irritado y sin mediar palabras cogió una piedra y se
abalanzó sobre ella, golpeándola repetidas veces. Cuando yo
reaccioné saltando sobre él, Illarisisa cayó al suelo y Ninan,
forcejeando, se me escapó corriendo hacia el río.

-Hay que buscarlo -dije con dolor- y traerlo.

Rápidamente se pusieron en marcha varios grupos de


búsqueda, corrieron al río y montaron en varias piraguas, unos se
dirigieron a las cascadas y otros al mar. Luego nos contaron que al
llegar a las cascadas vieron una canoa abandonada. Se detuvieron y
bajaron a tierra para perseguirlo, daban por supuesto que estaba
por allí, pero no lo veían en ninguna parte, se dispersaron en su
búsqueda subiendo por los riscos de las riberas, espantando ranas y
otros animales, oteando entre los arbustos. Así llegaron a la noche
sin haberlo visto, pero con la seguridad de que estaba en esa
dirección, no solo por la canoa abandonada si no por otros rastros
que encontraron. Pasaron la noche a orilla del río, no fue difícil
encontrar alimentos, pero el frío otoñal si fue un problema.

Al día siguiente se pusieron en marcha de nuevo, toda la


mañana encontraron pistas, vieron que la noche la había pasado en
una pequeña cueva, no parecía que borrara las huellas, tal vez
estaba convencido de que nadie le seguía o huía tan aterrorizado
que no se paraba a pensar. Hasta que lo vieron a media altura de
un acantilado, era una pared bastante vertical, con trechos de
piedras sueltas y otras de rocas vivas de variados colores. Le
gritaron para que se detuviera, pero Ninan al verlos intensificó su
huida, cada vez más desesperado. Los perseguidores tenían
urgencia, pues solo quedaban unas horas de luz de aquel día, pero
estaban decididos a darle alcance. Lo había mandado la MAMA-
COYA.

Ya oscurecía cuando los más ágiles le alcanzaron, tuvieron que


esquivar las piedras que les lanzaba desde su altura. Lo rodearon,
pero cuando lo alcanzaron se zafó con gran violencia y siguió
corriendo hasta que le pudieron reducir, le obligaron a descender.
Tenía las manos y rodillas ensangrentadas de los golpes y rozaduras
con las rocas, parecía alucinado y encolerizado.

Lo llevaron atado hasta la Aldea y aunque ya había anochecido


decidí que sería juzgado, tiene derecho a defenderse, aunque todos
sabían lo que había hecho y no estaban dispuestos a ser
demasiados comprensivos. Yo quería que se hiciera con toda la
solemnidad de un juicio, para ello me puse la ropa ceremonial y me
acuclillé junto a la Kala rodeada de las Madres. La primera que tomó
la palabra fue la Madre de Ninan:

-Deseo que se haga justicia con mi hijo. Todos sabéis su


obsesión por Illarisisa. Cómo lleva varios años afirmando que ella le
elegirá como marido. Él me afirmó que se habían puesto de acuerdo
y ella lo escogería. Ayer amaneció raro, como enojado, peleando
con sus hermanos y gritando a su abuelo. Estaba tan ofuscado que
no ha sido capaz de aceptar su decisión. Yo sé que Ninan es un
hombre bueno, pero también que merece un castigo. Espero que la
condena le facilite la oportunidad de rectificar.

Como era de esperar la indignación se extendió como el fuego


por un bosque azotado por el viento. Surgió un denso murmullo que
fue creciendo hasta convertirse en griterío. De las madres se
levantó una voz:

-No se trata de que rectifique, -dijo acalorada- sino que pague


con su vida, la vida que ha arruinado.

Mientras Ninan permanecía encerrado en sí mismo, silencioso


y agestado, en medio de los gritos de repulsa, clavó los ojos en el
suelo y apenas se movía, tan rígido como ausente.

Como creí que su reciente marido tenía derecho a decir lo que


pensaba. Le pedí a Churki que se levantara y entre sollozos nos
dijo:

-Ninan no merece vivir con nosotros, pero nosotros tampoco


necesitamos mancharnos con su sangre. Me parece que sería justo
que lo expulsemos de nuestra aldea y lo dejáramos maniatado en la
isla de Guañape y si Inti le sigue permitiendo vivir, que le ayude a
salir de allí.

Al escuchar sus palabras descubrí, como muchos estaba de


acuerdo, esto me hizo pensar que sería la mejor solución.

-Aunque sé que muchos de vosotros deseáis que Ninan sea


castigado con la muerte y esa también era mi opinión. Pero al
escuchar a Churki he cambiado. Mi decisión firme es que Ninan sea
abandonado en la isla Guañape sin comida ni bebida y con las
manos y los pies atados.

Aquella noche un grupo custodió a Ninan en el corral de las


llamas, mientras los demás acompañaban a Illarisisa en el Templo.

Mi hija había sido muy querida por todos y ya estaba


preparado todo para su entierro. Antes de que su cuerpo se pusiera
rígido, la había desnudado, ungido su cuerpo con agua de mar,
ordenando a la tatuadora que le pusiera el símbolo de casada: una
guirnalda de rombos alrededor del ombligo. Recogí sus piernas de
manera que sus rodillas se juntan con el pecho, con sus brazos
rodee las piernas, en esa postura la envolví en una tela de algodón
y con cintas de distintos colores anude el fardo, que quedó
convertido en un pequeño bulto que deposité junto a la Kala. El
tiempo avanzó en medio de cánticos y danzas de recuerdo.
Con el amanecer Ninan fue expulsado de nuestra Aldea, en el
camino al embarcadero, las voces de condena arreciaron y algunos
hasta le arrojaron puñados de tierra y piedras. Descendieron por el
río dos canoas para cumplir la condena, al llegar al mar se dirigieron
a una de la Isla de Guañape, allí desembarcaron y con presteza lo
dejaron, pues fueron atacados por los legítimos dueños de la isla:
bandadas de aves que junto con los lobos de mar, la habitaban.

Todavía no habían vuelto de la isla cuando nos dirigimos con


Illarisisa hasta la Cueva de los muertos.

En la cumbre del Saraque, habíamos preparado, hacía ya


tiempo, cuando llegamos a esta Aldea, una cueva como lugar de
reposo de nuestros hermanos, unas grandes rocas cerraban la
entrada, para protegerlos de la acción de algunas alimañas.

Allá nos dirigimos atravesando un frondoso matorral que bajo


el sol agobiante, desprendía intensos olores. Marchamos durante un
largo rato, en el aire vibraban los insectos que buscaban alimento
en las flores. Dejamos de ver la Aldea cuando emprendimos la
subida por vericuetos entre rocas, siguiendo un sendero apenas
marcado. Muy pocas veces al año subíamos a esa cueva. Sobre una
pequeña anda llevada por cuatro porteadores iba el cuerpo de
Illarisisa. Todos la acompañamos en ese último camino. Al llegar, ya
habían quitado las rocas, y la depositamos entre cantos y danzas de
despedida y poco nos demoramos en volver a nuestra Aldea.

Al retornar nos encontramos con los que volvían de la Isla


Guañape que nos contaron cómo habían abandonado a Ninan,
cumpliendo la sentencia.
A orillas del Virú, 1455: La Vida Continua

Naira: Narradora

De cómo se elige a una heredera de la MAMA-COYA.

En medio de la tristeza la vida continuó en la Aldea. Como


cada tarde las madres íbamos reuniéndonos, junto al río, después
del trabajo. Se quitaban la túnica y se sumergían en el agua, los
niños alborotaban, entrando y saliendo del río. Algunas madres,
después nos recostamos, en la reducida playa de arena que se
formaba a la sombra de los árboles y surgían las conversaciones.

El Virú venía crecido y había inundado como cada año una


pradera en la que ahora verdeaban las totoras, croaban miles de
ranas y los pájaros picoteaban. Por las rocas de la ribera, vimos
aparecer a un grupo de niños, venían de las pozas donde con
facilidad, en esta época, se podía pescar las truchas que arrastraba
la corriente. Una niña, Cuculi, se nos acercó corriendo. Al llegar
buscó a su madre diciendo:

-Mamá, Kusi me ha pegado – sollozaba abrazándose a su


madre.

-¿Pero qué ha pasado? - la consolaba, entre mimo, su madre.

-Kusi quiere que digamos que ella los ha conseguido todos y


no es verdad. Yo he pescado dos, ella solo ha pescado cinco, y me
ha pegado cuando le he dicho que iba a decir que dos los había
pescado yo, y casi todos los demás han pescado algunos.

Cuando llegó con los demás, yo me encaré con Kusi.

-¿Es verdad que tú los has pescado todos?.

-Sí mamá -contestó Kusi con suspicacia pero con decisión.

-¿Es verdad que le has pegado a Cuculi (Paloma)?.

-No, no es verdad, ella se ha caído, yo la he visto.

-Hija ¿Por qué me mientes? Vete a casa, no vas a salir de allí


hasta la próxima Luna, ya hablaremos.

Con gran enfado mi hija Kusi (Que tiene siempre suerte) se


alejó corriendo, dejándome pensativa. Y surgió la conversación
entre las madres.

-Me parece –dijo Sanka (La que tiene siempre la palabra


adecuada)- que puede darnos problemas en el futuro como MAMA-
COYA.

-¿Por qué dices eso? -se sorprendió Asiri (Mujer sonriente).

Mi hija Kusi tenía 10 años, era una niña con gran personalidad
y muy revoltosa, pero nadie podía dudar de su buen corazón.

-Porque va a ser -afirmó Sanka - yo la veo muy violenta y


como su padre muy dada a los enfrentamientos, siempre quiere
llevar razón y con frecuencia sus reacciones son agresivas.

Otra madre anciana intervino con firmeza.

-No hace mucho se enzarzó en una pelea, con un chico algo


mayor que ella y ya sabéis como acabó.

-Casi le saca los ojos -apuntó Sanka.

-No seas exagerada.

-Pues la cara le quedó llena de arañazos.

Durante toda la conversación yo había permanecido en


silencio, escuchando las opiniones que tenían las madres sobre mi
hija Kusi, hasta que por fin me involucre.

-El día del consejo todas podéis votar y yo tengo otra hija de
siete y otra de tres años. Cualquiera de ellas puede ser elegida. Yo
pienso que Kusi es muy temperamental, pero eso es bueno si se la
sabe guiar. Hasta ahora yo me dedicaba especialmente a Illarisisa
que era la heredera elegida por el Consejo, ahora tendré que
dedicar más tiempo a la que elijamos como heredera.

-Por eso tenemos que pensarlo -continuó Sanka- es una gran


responsabilidad, nos jugamos el futuro de la Aldea.

-Por supuesto -dijo Asiri- pero yo confío en Kusi. Me parece


adecuada. No se hable más por ahora. Preparar una hoguera para
asar estos peces.

Habían traído doce truchas, las pusieron sobre las rocas y


mientras se preparaba la lumbre, Asiri las preparó, atravesándolas
con una caña de totora para poder asarlas. El aire se impregnó de
humo y cuando la fogata se convirtió en brasas, colgaron los peces
entre dos piedras. La grasa caía sobre la lumbre chisporroteando y
llenado el aire del suculento aroma de la trucha asada. Éramos
muchos y rápidamente nos comimos toda la pesca.
Aquella noche tuve una larga conversación con mi hija,
estábamos las dos en el patio de nuestra casa, mis otros hijos ya
dormían.

-Kusi, tú sabes que las madres vamos a tener que elegir, entre
tus hermanas, una, para que sustituya a Illarisisa, como mi
heredera. Tú eres la mayor, pero eso no significa que te tengamos
que elegir, es más, algunas madres piensan que no eres la más
adecuada.

-Así, ¿Quiénes son esas?.

-Eso es lo de menos, lo importante es lo que piensan y están


dispuestas a decir y votar en el Consejo.

-¿Y qué es lo que dicen de mí esas chismosas?.

-Yo no pienso que sean entremetidas. Esta misma tarde le has


dado motivos. Tú ya no eres una niña pequeña para tratar así a los
demás.

-Pero...

-No hay peros, no es la primera vez que te peleas. No es la


primera vez que me han llegado quejas de tu comportamiento. En la
fiesta de la próxima Luna será la votación. Tú estás castigada, pero
podrás salir de casa para hablar con las madres, no para jugar con
los demás niños. Será tu última oportunidad para demostrar que
mereces ser la futura MAMA-COYA.

Los primeros días Kusi estuvo muy enfadada y con frecuencia


agresiva con sus hermanos, especialmente cuando todos salían y
ella se quedaba sola en el patio rumiando su descontento. Después
poco a poco empezó a salir para acompañar a algunas madres en su
trabajo.

Yo veía que en ese tiempo, había grandes cambios en su


talante, especialmente una noche que llegó a casa muy animada.

-Kusi – le dije- ¿Dónde has estado esta tarde?.

-He estado en la ladera del Saraque ayudando a Sanka a sacar


camotes. Es muy simpática, ha sido muy duro, pero lo he pasado
bien.

Me quedé mirándola extrañada, ¿Qué le habría dicho Sanka?.

También estuvo una mañana trabajando con Asiri en su taller,


llegó con las manos manchadas de los tintes que había usado.

-Mamá –me dijo, ocultando sus manos en la espalda -¿De qué


color tengo la mano derecha?.

-Y yo qué sé, de color carne.

-Mírala de color rojo – me dijo enseñando la mano derecha.

-¿Y de qué color tengo la mano izquierda?.

-Pues seguro que rojo.

-Pues no mamá, color azul.

En la siguiente fiesta de la Luna, reuní el Consejo de Madres y


antes de votar, todos los presentes tenían derecho a intervenir, si lo
deseaba, también los padres que habían venido para la fiesta.

El primero que pidió la palabra fue Tarki, mi marido.


-Todavía estoy dolorido por la muerte de Illarisisa y me parece
que es Kusi la que tiene que ser elegida.

-Soy de la misma opinión -dijo mi padre Anca (Veloz como el


águila)- mi nieta Kusi es una niña de mucha personalidad.

Se levantó un cuchicheo entre las madres y los padres, unos a


favor y otros en contra.

-Si tiene mucha personalidad -dijo Sanka- tal vez demasiada.


Parece muy mandona, queriendo tener siempre la razón.

-Pero puede mejorar – defendió Asiri- todavía es muy niña.

Desde el principio las posturas quedaron claras. Me pareció


que lo mejor era votar. Si seguíamos discutiendo solo se
empeorarían más las cosas, creando mayor división en la Aldea.
Aunque muchas madres levantaron la voz queriendo intervenir, dije
con autoridad.

-Silencio, no me parece oportuno seguir debatiendo. Que cada


madre hable depositando su voto en la cesta.

Las madres se fueron acercaron cada una llevando una piedra


de color, si era roja el voto sería para Kusi si era verde o amarilla,
sería a favor de una de mis otras hijas. La cesta estaba situada
junto a la Kala vigilada por las dos madres más ancianas.

Cuando todas las madres ya habían depositado su voto, las


dos ancianas hicieron el recuento. Y una de ellas dirigiéndose a
todos los presentes, gritó:

-¡Ha sido elegida como heredera de la MAMA-COYA, su hija


Kusi!
Como nunca se sabe lo que depara el futuro yo solo podía
esperar que hubiéramos acertado en la elección.

Ordené a mi hija que viniera junto a la Kala, ella avanzó


sonriente y un tanto cohibida, y en presencia de todos la abracé y
besé en la frente.

-Kusi -le dije- vas a recibir la primera señal que simboliza el


poder que tendrás para proteger del mal, a todos los que serán tus
hijos, cuando seas la MAMA-COYA de esta Aldea.

Llamé a la tatuadora que se acercó y ofreciéndole un cuenco,


le susurró al oído:

-Bebe de este narcótico.

No tardó mucho en hacer efecto la pócima y cuando estaba


adormilada, apartó del fuego el molde ritual y le tatuó una araña en
cada pie.

Luego protegió las llagas con dos cintas azules y yo me la lleve


a casa ayudada por mi marido y mi padre. La acosté y mandé
silencio a todos mis hijos para que no la molestaran.

DÍA LUNES

Ciudad de Trujillo, agosto 2008

Como el tiempo pasó muy rápido y buscaron donde comer, y


como en toda gran ciudad había muchas opciones, entraron al
Restaurante El Mochica, en la Calle Bolívar, donde les ofrecieron los
platos típicos, de manera especial les hablaron de la Sopa Shambar
que se sirve, por tradición, solamente los días lunes, es una sopa de
trigo con carne de cerdo, menestras, culantro y ají. Se acompaña
con maíz tostado

El camarero les dijo que en una mesa cercana estaba la


trujillana María Julia Mantilla, conocida como Maju, Miss Mundo en
el 2004. Al terminar tuvieron oportunidad de saludarla.

¿Por qué no nos sorprendería descubrir -afirmó Rosa- que


haya una relación estrecha, tal vez herencia genética, entre
Warayana y la Miss Mundo que hemos saludado?

¿No me extrañaría demasiado -se preguntó Juan- que


descendiera de aquella hija de Sulata y del andaluz Diego de
Villamayor, la joven María Julia?.

Después de comer se encaminaron a la casa de D. Miguel,


pensaban que sería muy importante lo que les pudiera explicar.

-He visto el plano -dijo Rosa- y la casa no está muy lejos de


aquí, así que podemos ir andando.

Como vieron que todo estaba cerca, fueron primero al Hotel.


De la máquina de fotos, bajaron las fotografía a la computadora
portátil y salieron a la calle. Tomaron la Av. Diego de Almagro hasta
la Av. de España, desde allí por la Av. Tupac Yupanqui llegaron a la
Av. Los Incas donde encontraron con facilidad la dirección.

Era una casa pintada de color beige madera. La fachada


principal en la Av. Los Incas, tenía dos ventanas y en el centro una
gran puerta de madera. Tanto las ventanas como la puerta eran de
madera de caoba. La puerta de dos hojas era un gran trabajo de
carpintería, cada hoja tenía dos filas de cuarterones, tallados
manualmente, con filigranas florales, cada cuarterón estaba
bordeado por tablas horizontales y verticales con símbolos marinos:
figuras de peces y escamas talladas a mano.

Como habían llegado demasiado pronto, dieron unos cuantos


paseos por la Avenida. Vieron cómo se mezclaban los escaparates
de comercios modernos con casonas antiguas, pero cuidadas.
Daban las tres de la tarde cuando llamaron al timbre de la puerta y
les salió a recibir una señora de edad, que se les presentó con una
sonrisa:

-Yo soy Claudia, la esposa de D. Miguel, que os está


esperando.

Con un gesto les invito a pasar.

-Mi esposo está en el despacho. -les aseguró con amabilidad.

El interior de la casa era muy luminoso gracias a dos patios


interiores. Más que entrar a una casa parecía que se entraba a un
jardín, que rebosaba por las ventanas interiores.

El suelo era de madera, con muebles antiguos, pero muy bien


conservados, por todas la casa correteaba una perrita alborotadora,
pequeña y negra, nadie sabría decir de qué raza.

-Esta perrita- dijo doña Claudia- nos la regaló mi nieta en


nuestro cincuenta aniversario de boda. Le puso por nombre Ñusty,
en recuerdo de las Ñustas del Antiguo Perú.

Doña Claudia les dirigió, a través de un pasillo, hasta el


estudio de su esposo. Era una estancia amplia, con una gran mesa
con varios montones de papeles y dos sillones de cuero burdeos.
Una estantería, llena de libros, cubría dos de las paredes, en las
otras, una puerta-ventana se abría a un patio interior con una gran
maceta en la que crecía una miniatura de algarrobo y otra ventana
a la fachada lateral, las zonas de pared libres, estaban decoradas
por grabados, figura y maquetas de los restos arqueológicos tan
numerosos en la región.

Se presentaron. D. Miguel, para sus 82 años todavía se movía


con la elegancia de un maestro, acostumbrado a disertar delante de
grupos de alumnos. Tras unos anteojos de montura metálica y estilo
clásico, les miraban con atención unos ojos, algo cansados, pero
inquisitivos y con frecuencia con destellos de ironía. Después de
presentarse, contándole de dónde venían y lo que por casualidad
habían encontrado: el famoso manuscrito.

-D. Miguel -le dijo Juan- nuestra primera pregunta es si se


puede saber si este manuscrito ha sido ya publicado.

-Para eso tendré que leerlo, estudiarlo despacio y hacer


algunas averiguaciones bibliográficas.

-También necesitamos -añadió Rosa- una opinión autorizada


sobre, si se puede decir sin dudar, que está escrito en la fecha que
dice, que por tanto es de la época de la conquista.

Abrieron la computadora y le mostraron las fotografías de la


portada y varias hojas del manuscrito y al verlas, Don Miguel dijo
con pausa.

-La letra es muy cuidada, pero veo que faltan las abreviaturas
a la que eran tan aficionados los Escribanos de la época -les miró
antes de proseguir.

-En el manuscrito se dice que el autor no es un escribano -


aportó Rosa - es una mujer, hija de una MAMA-COYA y de un
soldado andaluz. Y lo que pretende es dejar constancia de lo que
había pasado con su Aldea. La verdadera historia según la
recordaban sus antepasados.

Pareció que esas palabras le fueron convenciendo, pero siguió


señalando lo que para él podrían ser incongruencias:

-La encuadernación es demasiado sencilla. Lo llamativo es que


siendo tan pobre la presentación se conservara en el Archivo. Tal
vez él que lo recibió pensó que era particularmente interesante.
Pero para poder decir algo más serio. Hay que leer y estudiar
detenidamente el documento.

Comenzó a leer las fotografías en la computadora, cada


fotografía era una página del manuscrito. Después de casi media
hora en la que Rosa y Juan, se dedicaron en leer unos libros sobre
la Conquista que le entregó D. Miguel, les dijo:

-Este manuscrito es muy interesante. Refleja los datos


históricos que tenemos: Sabemos que durante milenios, en el Norte
del Perú, en los valles de Estuario de Virrilá, del Chira y de Piura, se
desarrollaron diversas culturas, cuando llegó Trujillo y sus soldados
encontraron a los Tallan, un pueblo agrícola que había convertido
esos valles en zonas ricas y fértiles, asegurándose una suficiente
producción de alimentos para su población, esta situación causó el
pasmo de los primeros conquistadores. Los de este pueblo eran
gente muy hospitalaria. Lo más característico es su dominio sobre el
mar: la perfección que alcanzaron en la pesca y en la navegación a
vela. Sabemos que no eran un pueblo militarista ni conquistador. Es
admirable comprobar, cómo se preocuparon de establecer vínculos
comerciales y de amistad sin plantearse la conquista de ningún
territorio. Los habitantes de la Aldea de Manuscrito, parecen un
grupo que pertenecía a ese pueblo pacífico, y que llegó del Estuario
de Virrilá hasta el Río Virú, aunque la distancia es de más de 500
kilómetros.

En una estantería de la biblioteca tenía dos ficheros con fichas


de tamaño octavilla de papel reciclado, antiguas circulares, Orden
del Día de reuniones, etc. que guardaba de su época académica, y
que ahora iba cortando para aprovechar el papel. Algunas fichas
apenas tenían unas líneas, en otras, disminuye la letra, para
recoger párrafos enteros de información. De aquel fichero, D. Miguel
les leía, la ficha que en cada momento era la apropiada.

-Al comienzo de la conquista los recién llegados, se


encontraron con gentes de estos pueblos. Fue muy grande su
asombro – siguió comentando D. Miguel - pues en el tiempo que
llevaban por América no habían visto ningún pueblo con ese tipo de
velas, ni que manejan los barcos con timón. De manera jocosa,
algún cronista afirma que aquellos conquistadores, al ver en la
lejanía ese tipo de barcos, se desilusionaron pensando que otros
europeos se le habían adelantado. Cuando lo vieron de cerca,
descubrieron que aquello no era un barco de los conocidos, sino una
balsa, aunque con velas y timón.

En una de las paredes del despacho, un grabado representa la


posible maqueta de una de esas balsas. Y siguió hablando:

-Por supuesto que no lo saben, pero un día a la semana, me


reúno, en el estudio de Radio Libertad con un grupo de carcamales,
todos profesores de Historia, pero jubilados: unos de la Universidad
y otros de Secundaria. Allí grabamos una conversación que luego se
emite con el pomposo título de Debates de Historia, varias veces, a
lo largo de la semana en distintas horas. Recuerdo el día que saque
a colación un informe sobre la Señora de Cao. Yo había asistido el
15 de mayo de 2006 en la Universidad a una conferencia del
Arqueólogo Doctor Régulo Franco Jordán del Instituto Nacional de
Cultura, que dirigía un equipo de arqueólogos peruanos que
trabajaban en la Huaca de Cao, que está cerca de la pequeña
ciudad de Magdalena de Cao a unos 60 kilómetros al norte de
Trujillo. En esa Conferencia disertó sobre el descubrimiento de los
restos de una mujer a la que llamaron Señora de Cao.

Era increíble cómo un fardo enterrado hace unos 1.700 años,


mantenía oculto uno de los más apasionantes capítulos de la
historia peruana.

Antes de ese hallazgo, todo el mundo científico pensaba que


solo los hombres habían ejercido altos cargos políticos o militares
en el antiguo Perú. Ahora se ponía en duda, pues esa Señora, se
presentaba con los atributos de la autoridad suprema de una Reina
Guerrera, que había gobernado mil años antes que aparecieran los
Inca. En la conversación hablé de que ese matriarcado se sigue
notando por estas tierras. Nunca se había perdido esa actitud entre
las mujeres trujillanas.

Pero, uno de los contertulios, D. Antonio, me rebatió no solo lo


de la Señora, sino lo de las mujeres trujillanas:

-Eso no son más que tonterías de gente que se deja


influenciar por las modas. Que moderno suena eso del feminismo,
pero es falso. Y usted, D. Miguel, no le da vergüenza renegar,
traicionar a su condición, después de años y años siendo hombre,
ahora nos viene con eso de las mujeres. ¡Por favor!, hay que ser
coherentes.

-Mire usted -intervino D. Diego tomando el recorte del


periódico que yo había llevado- aquí se habla del ajuar encontrado
con báculos que representaban el poder del gobernante.

-¿Qué es eso de los báculos? -casi se burlaba con sorna D.


Antonio.

-Pues unos cetros de madera forrados de cobre, -remacho D.


Diego- utilizados en las ceremonias como símbolos de poderío y
superioridad, que se encontraron dentro del cofre de madera, en el
que estaba encerrada la Señora.

-Antes de este descubrimiento - volví a tomar la palabra- no


había ninguna información científica sobre el hallazgo de narigueras
en tumbas de mujeres de la cultura moche. Esas joyas, todos
pensábamos que eran exclusivas de los hombres y lo mismo las
porras de madera forradas con metal dorado, otro elemento
masculino, también encontrados dentro del fardo funerario, habrían
sido utilizadas durante las ceremonias como símbolos de potestad y
supremacía.

-Que no D. Miguel, que no, - se revolvía cada vez con menos


argumentos, pero con la terquedad que le caracterizaba, nuestro
amigo D. Antonio- No se puede aceptar esa teoría, ¿Qué ocurría en
el Imperio Mochica o en el Inca?. La autoridad suprema la tienen
siempre los hombres. Puedo aceptar: brujas, sacerdotisas o
hechiceras pero nunca gobernantes o guerreras. Eso es una
ingenuidad de ignorantes.

-Tampoco le convence las palabras del cronista Cieza -dije sin


mucha esperanza de convencerlo- no recuerda como afirma que en
1528 durante el segundo viaje de Pizarro a estas tierras, los
españoles tienen trato directo con dichas Señoras. Y como Pedro
Halcón pretendió quedarse en una de esas aldeas, para matrimoniar
con una de ellas y se lo exigió imperativamente a Pizarro, pero este
no aceptó esa propuesta porque, entre otras razones, el tal Halcón
"era de poco juicio" y muy enamoradizo.

-A aquellas Señoras -volvió a meter baza D. Diego- hasta “las


conducían en andas” e inclusive ejercían la poliandria a su antojo,
tenían libertad de escoger consortes y por "cantidad".

-Bueno eso sí que son habladurías de algunos de los cronistas-


apostilló D. Fernando- pues otros no dicen nada de eso. Además
¿Se tiene alguna constancia de que la Señora de Cao sea tan
antigua?.

-Pues sí, Don Fernando, -dije sacando una de mis fichas- en la


conferencia el Arqueólogo habló de dos factores que habrían
contribuido a conservar los restos de la Señora de Cao.

1º El nivel intermedio en que se encontró la tumba. Entre el


escalón superior por lo que está preservada de la erosión del aire y
la base de la pirámide lejos de la posible humedad.

2º El uso de cinabrio o sulfato de mercurio. Que funcionó


como un repelente y veneno para los hongos y bacterias, que
podrían haber deteriorado el cuerpo.
Aquella tarde la tertulia estuvo muy animada, pero también en
algunos momentos se dijeron palabras más fuertes de lo habitual.
Al terminar D. Antonio pidió disculpas alegando que hay temas que
le soliviantaron, pidió que se quitaran algunas de sus expresiones
cuando se emitiera, para no dejar mal a ninguno de los tertulianos.
Todos le dijimos que cada uno tenía derecho a decir lo que quisiera
y que apasionarse en defensa de lo que se piensa no es un delito.
Lo conseguimos apaciguar y nos fuimos todos a casa de D. Enrique,
uno de los contertulios habituales que ese día había faltado por
estar indispuesto. La discusión continuó durante el camino y en
casa de D. Enrique que dijo:

-Yo he leído en alguna parte que los exámenes de Carbono 14


y ADN indican que habría fallecido entre los 20 y 25 años de edad, y
que habría tenido por lo menos un hijo. Y que esa Señora tiene
tatuajes de serpientes y arañas en los antebrazos, los tobillos y los
dedos de los pies.

Y comenzó de nuevo la discusión, aquella tarde en casa de D.


Enrique.

Dejando esa historia pasada, siguieron conversando sobre el


manuscrito hasta que a la siete de la tarde, dijo D. Miguel:

-Si están interesados les puedo recibir mañana a la misma


hora. Yo me tengo que ir para llevar a pasear a la perrita Ñusty y
luego hasta una iglesia para oír misa.

-Le importa que le acompañemos – dijo Rosa.

-Claro que me gustaría ir con ustedes en mi paseo. Ahora voy


a prepararme.
-Nosotros mañana iremos – dijo Juan – a terminar de
fotografiar el manuscrito, le podemos dejar una copia de los que
tenemos en su computadora.

-Por supuesto -dijo don Miguel – así podré estudiar con


detenimiento el manuscrito.

En unos minutos ya estaban todos preparados, D. Miguel se


había puesto la chaqueta de su terno azul marino y el sombrero de
fieltro del mismo color, se despidió de su esposa y salieron a hacer
las gestiones diarias.

A orillas del Virú 1450: Caravana comercial a la Sierra

Tarki (Que se hace respetar) Narrador

Donde se refieren los acontecimientos sucedidos durante una


caravana comercial a la sierra de Cajamarca.

A media tarde llegué, junto con un grupo de padres de la


Aldea del Mar, para celebrar la semana de la Luna Llena, durante
esa semana todos vivíamos en la Aldea, cada uno con su familia.
Atracamos en la ensenada del río, donde un grupo de vicuñas, que
unos jóvenes habían traído, entre empujones y berridos se
arremolinaban para beber, metiéndose en el río. Muchos niños
jugaban nadando en las aguas cristalinas.
Como cada mes, mi hija pequeña me esperaba y corrió hacia
mí, sorteando a los demás niños.

-Papá, Papá – gritaba con alborozo.

Y cuando agachándome le acerque mi cara, ella me miró a los


ojos y sin más me preguntó.

-Papá, ¿me quieres?

-Si, cariño, claro que te quiero mucho.

-Pero Papá, ¿me quieres más que a Kusi?

-Tú sabes que os quiero a todos igual.

-Papá, papá, pero a mí me quieres más que a los demás.

Entonces la subí a mis hombros, ella comenzó a simular miedo


y a fingir llantos y gritos. Entré con ella en el río, hasta que me
sumergí y ella quedó nadando en la superficie. El juego consistía en
que yo la dejaba, luego nadaba sumergido y esperaba a que ella
llegara, entonces me levantaba y ella quedaba otra vez sobre mis
hombros, luego salíamos del río simulando que la había salvado y
ella daba gritos de alegría.

Después de un rato de juegos, me encaminé hacia mi casa con


ella en mis hombros, saludando a unos y otros que me encontraba
en el camino. Era mi hija más pequeña que iba a recibir su nombre
este año, yo quería que la llamen Cuculi, porque le gusta bailar a mí
alrededor, como una paloma torcaz y siempre estaba contenta y a
mí me llenaba de felicidad. Como cada mes me recibían los cantos
de las calandrias ocultas entre los arbustos del camino. Cada vez
volvía con más ilusión después de tantos días lejos de la familia.
Al llegar a casa. Me recibió mi esposa Naira (Mujer de ojos
grandes), había salido a la puerta alertada por los gritos de Cuculi.

Después de los saludos de costumbre, me encaminé, del brazo


de mi esposa, al taller donde muy afanosa encontramos trabajando
a mi hija Kusi (Mujer que tiene siempre suerte).

-¿Kusi, que haces con tanto interés? ¿Te has olvidado que soy
tu padre?.

-No papá -contestó, mientras se acercaba a abrazarme-


nuestra MAMA-COYA está esperando que termine esta vasija para
meterla en el horno. Me está metiendo prisa.

-No seas quejica, Kusi -la recriminó Naira- llevas demasiado


tiempo haciendo ese huaco, ya tendría que estar en el horno.

Aquella noche, en la intimidad de nuestra habitación, Naira me


comentó:

-Tarki, he pensado que tú podrías dirigir una caravana


comercial hacia las aldeas de interior. Las Madres han empezado a
hablar de la necesidad de que los hombres, intervengan más en el
desarrollo de la Aldea, y hemos decidido que os ocupéis del
comercio con los pueblos vecinos.

-Pero Naira -le contesté quejoso- nosotros nos dedicamos a la


pesca y también nos encargamos de salar el pescado, y en la
semana de la Luna Llena que estamos en la Aldea, nos ocupamos de
los trabajos que nos encomiendan en el Consejo, recuerda que el
mes pasado estuvimos mejorando los caminos, el anterior
ampliamos varios almacenes para guardar el maíz y las papas.
-Por supuesto, yo no digo que no hagáis nada, sino que tenéis
que colaborar más, y además del viaje a la sierra, otros tendrán que
ir por el mar a comerciar con otros pueblos. Es acuciante.

-La aventura por mar es más realizable -le sugerí con cuidado-
y podríamos llevar más cosas. Por tierra todo lo tendríamos que
cargar, pues poco nos van a ayudar las llamas.

-Pero pienso -afirmó Naira- que nos sería más prometedor, el


comercio con los pueblos de la sierra, ellos no tienen sal,
fundamental para conservar los alimentos.

-Hoy al llegar consideraba -pensé en voz alta- que ya me


costaba mucho, estar lejos de vosotros todo el mes. Con ese viaje
estaré más tiempo sin poder veros.

-Tarki, pero ese viaje puede que sea una sola vez en la vida -
matizó Naira- pues cada vez irán aquellos que quieran. Yo espero
que a algunos, les resulte más interesante que estar siempre a
orillas del mar pescando.

Todavía no se había tensado demasiado la cuerda, pero cada


vez veía más decidida a la MAMA-COYA, y a pesar de mis
reticencias, sabía que tenía razón. En algunas cosas, especialmente
sal, ya empezábamos a tener demasiada almacenada, y podíamos
usarla con facilidad para el trueque, en los pueblos de la sierra.

-De acuerdo, Naira -claudique con desgana- que esperas que


haga para preparar ese viaje.

-Espero que hables con algunos Padres y organicéis un grupo


de 10 ó 12 dispuestos a caminar y comerciar. Nosotras
prepararemos lo que llevaréis y los jóvenes seleccionan y entrenan
unas llamas para que os ayuden en el transporte.

Todos sabíamos que no hacía mucho tiempo, de uno de los


pueblos de la sierra, llegó un grupo de comerciantes y nos
intercambiaron lana de alpaca y vicuña por sal. También les interesó
la carne del cañan y del cui, que nosotros secábamos con sal como
hacemos con el pescado.

Al día siguiente empecé a cumplir el mandato de la MAMA-


COYA, hablando con unos y otros del proyecto, a mí alrededor mi
niña revolotea, hasta que la envié a preguntar, no sé qué cosa, a su
madre, pues si no se quedaría todo el tiempo a mi lado. Como yo
barruntaba, el proyecto no despertó ningún entusiasmo entre los
padres.

-Es un viaje muy azaroso, -me replicaban unos y otros- y


además muy complicado, pues hay que subir y bajar de la sierra,
cargando con las mercancías.

Cómo tampoco todas las Madres estaban convencidas del


provecho de esa andanza, los rumores eran abundantes. A la
mañana siguiente solo tenía convencido a dos de los Padres.

-Solo porque tú me lo pides – me confesó Sayri, un padre de


mi edad, gran pescador y de fuerte carácter- y por no dejarte solo,
pero sabes lo que opino de esa aventura.

-Si, Sayri, lo sé – le repliqué- pero vamos a tener que hacerlo,


pues la MAMA-COYA está decidida, y aunque va a ser duro, la
verdad es que ella tiene razón, no podemos negarnos a progresar.

-Y tú, Kantuta, ¿Qué piensas hacer?


-Yo, nada.

-Pero...

-Mira, Tarki, se haga lo que se haga, estás perdido, te pones


en una situación comprometida. Si dices que no, te enfrentas
directamente a la MAMA-COYA, pero si dices que sí, te metes
durante unas Lunas en un viaje trabajoso y complicado y hasta
peligroso y arriesgado

Durante los días previos a la fiesta, este proyecto fue una


conversación constante en todos los corrillos. Las opiniones se
fueron decantando a favor de negarse. Por eso el día de la fiesta
solamente le pude manifestar a mi esposa:

-Naira, vas a tener que cambiar de opinión, yo solo he


conseguido que me acompañen cuatro padres, por no dejarme solo.
Todos los demás se niegan a marchar hasta la sierra.

-Ya veremos -con cara seria, afirmó Naira- esta tarde voy a
convocar una reunión de todos los hombres. Allí me van a oír.

Por la tarde, cuando todos estábamos en el Templo, la MAMA-


COYA acudió desde su casa, vestida con todos los atributos de su
autoridad y la cara seria e impenetrable. Yo nunca la había visto tan
irritada, sentí temor. Llegó a su Kala, se volvió hacia nosotros y
extendió los brazos. Se hizo un tremendo silencio, pasaron los
segundos, nadie hablaba ni siquiera susurraba y tal vez ni siquiera
respiraba.

Paseando lentamente los ojos por todos nosotros, la MAMA-


COYA dijo con voz fuerte y airada:
-Ya sé que no siempre voy a poder estar orgullosa de
vosotros. Me habéis defraudado profundamente. Ahora no estoy
satisfecha de mis hijos. Pero vais a tener la oportunidad de
rectificar. Ya sé que solo cuatro estáis dispuestos a acompañar a
Tarki, pues yo voy a elegir a otros cinco que le acompañaran, pues
como todos sabéis el mandato de comerciar con los pueblos
cercanos es una decisión firme y decidida en el Consejo de Madres,
apoyado por mi autoridad. Y no permitiré a nadie que desobedezca.

-Tarki –me ordenó mirándome- acércate con los pocos que


han decidido acompañarte.

Salimos los cinco que estábamos dispuestos, a los que se unió


Kantuta (Hombre hábil en la caza) en el último momento, tenía
fama de no dejar a nadie en la estacada, y como tal cumplió.
Entonces Naira fue escogiendo a los que faltaban, entre los más
fuertes. Todos bajaron la cabeza y obedeciendo a su voz, subieron
poniéndose junto a nosotros. Cuando estaba reunido todo el grupo
nos dijo:

-Vosotros vais a ser los primeros en iniciar lo que queremos se


convierta en una actividad encomendada a los hombres, que
esperamos sea muy fructífera. Será dificultoso, eso ya lo sé, pero
hay que hacer lo que es necesario y no podemos conformarnos,
hemos de buscar nuevas metas únicamente así nuestra Aldea
crecerá. Cuando pase el tiempo todos veréis que tengo razón.

Con esa decisión ya tomada se celebró aquel mes la Fiesta,


llena de comentarios y alguna disidencia soterrada. La chicha fue
desatando la lengua de algunos a lo largo de la noche. Pero nadie se
atrevió a enfrentarse claramente a la decisión de Naira.
Al día siguiente pusimos en marcha los preparativos. Cada
viajero se encargaría de cinco llamas cargadas con dos paquetes de
15 Kilos cada una. Con los jóvenes, fuimos a escogerlas en el corral,
tenían que ser fuertes y dóciles, las había que acostumbrar a
caminar juntas y cargadas, para ello las atamos en grupos de cinco,
y las hicimos andar. En terreno llano no había mucho problema, las
dificultades se presentaban cuando había que subir por los cerros.
Para entrenarlas utilizaron los jóvenes, las cuestas del Cerro
Saraque, porque de eso se trataría sobre todo, de subir y bajar,
montes.

Era muy cierto que durante años, algunos viajeros y


comerciantes habían visitado nuestra Aldea, y nos habían
informado:

-Siguiendo hasta el nacimiento del Virú era fácil llegar al


Camino Real que unía el Cuzco con Cajamarca, en ese momento
tendríamos que seguir en dirección Norte pues nuestra intención era
comerciar en Cajamarca.

-También nos hablaron con machaconería en el frío que


tendríamos que afrontar por las peladas montañas y en la necesidad
de llevar ropa adecuada y abundante.

Y llegó la siguiente Fiesta de la Luna, volvimos de la Aldea del


mar y todo estaba ya preparado: las llamas entrenadas y los fardos
con las mercancías, fuertemente amarrados en sus lomos.

Una mañana nos pusimos en marcha, todo el pueblo nos


escoltó durante un tiempo. Después de atravesar el bosque de los
Algarrobos, llegamos a Las Cascadas y allí decidieron despedirnos.
Naira me miró, una y otra vez, queriendo llenarme de coraje,
pero mi pequeña Cuculi solo lloraba, cuando nos fuimos alejando
por la ribera del Virú, peñas arriba.

Nos organizamos: avanzábamos caminando todas las horas de


sol. De esta manera cada mañana antes del amanecer, comíamos y
dábamos de yantar a las llamas, les atábamos los bultos y nada
más clarear el cielo, comenzábamos la marcha. Cada uno jalaba de
su grupo de llamas y de esta forma caminábamos durante toda la
jornada.

Los primeros días remontamos el cauce del río Virú por lo que
siempre disponíamos de agua. Casi todo el tiempo el camino
asciende en fuerte pendiente, yo sentí la tensión en las piernas, el
corazón que me palpitaba con fuerza y la respiración se me
aceleraba. A mediodía empezábamos a buscar el lugar más
apropiado para pasar la noche a la vez que avanzábamos.

Unas veces pernoctamos en una cueva, otras nos cobijamos


en pequeños bosques cerca de la ribera del río.

El mejor momento del día era cuando parábamos, pues


teníamos decidido dónde dormir, descargamos las llamas, les
dábamos de comer, nos sentábamos en torno al fuego para comer y
hablar. La temperatura casi siempre descendía muy rápidamente al
esconderse el sol. Con frecuencia sacábamos las ocarinas y
tambores y hacíamos música pues la visión de la luna nos recordaba
a nuestras familias. Las noches, en general, eran pacíficas, pero
frías, nos acurrucábamos al calor de las llamas, cubiertos con
mantas. Aunque alguna vez vimos recortarse en la penumbra, la
sombra sigilosa de algún puma que curioseaba y se alejaba al ver el
fuego.

Antes de la amanecida todo volvía a la vida. Las llamas


levantaban la cabeza y se incorporaban, mientras los pájaros
reanudaron sus trinos, ininterrumpidos durante la noche. Nosotros
nos preparábamos para una nueva jornada de camino.

Una noche comenzó a nevar, y en poco tiempo se acumuló


más de un palmo de nieve en la puerta de la cueva, pero sin duda
se convertirá en mucho más con el paso de las horas. Sentí que no
había ni un solo ruido a mí alrededor, fue un instante largo hasta
que, el llanto de una llama, rompió aquel momento mágico.

Al amanecer siguió nevando, en medio del torbellino; ráfagas


de viento agrupaban la nieve en grandes montones. Ese día no
tuvimos fuerzas para continuar la marcha. Alimentamos a las llamas
y después alargamos la conversación, mientras comíamos a calor de
la hoguera. Al mediodía dejó de nevar y el viento se amansó. Por la
tarde el sol descendió tiñendo la nieve de un rosa deslumbrante.
Varios cóndores sobrevolaron el barranco, hasta que uno de ellos
plegó sus alas y empezó a descender vertiginosamente, de vez en
cuando las extiende para regular la velocidad y la dirección, pero
desapareció de nuestra vista tras la ladera, por el mismo lugar se
ocultaron los demás, uno detrás del otro.

En una ocasión habíamos recorrido una distancia considerable


en dirección equivocada, cuando nos dimos cuenta y volvimos sobre
nuestros pasos casi se nos terminaba el día, Panti (Hombre
agradable) se enfadó.

- ¿Cuántas veces he dicho que estábamos equivocados?


- Pues la verdad, yo no te he oído decir eso en ningún
momento -me burlé con camaradería.

Los demás permanecieron en silencio, muchas veces se había


quejado del camino, pero nunca había dicho que estábamos
equivocados; no podía decirlo porque hasta que no llegamos a aquel
acantilado, nadie sabía que aquella vereda no solo era dificultosa,
sino que terminaba haciéndose impracticable.

Después de muchos días de marcha, enfilamos un sendero que


ascendió por una cuesta pronunciada, hasta llegar, por fin, a
conectar con el gran Camino. Antes de llegar al llamado Camino del
Inca, al tomar una curva nos enfrentamos con un grupo de vicuñas,
una me miró a los ojos. No sé si logró enhebrar algún pensamiento,
pero torció la cabeza y comenzó a trotar, y las demás la siguieron
alejándose de nosotros. Aunque no podíamos estar seguros,
intuíamos que este era el camino que buscamos, y lo confirmamos
cuando encontramos antes del crepúsculo un Tambo. Era un
pequeño almacén rodeado de varias chozas y corrales, fuimos muy
bien recibidos por el encargado, negociamos con él la estancia y la
comida. Para ello le ofrecimos un saquito de sal que aceptó
encantado. Después de tantas noches durmiendo en la intemperie,
aquella fue un tanto singular y cómoda. Nos dormimos casi al
instante por tanto cansancio acumulado.

A la mañana siguiente antes de comenzar la marcha se


presentó el encargado y nos comunicó:

- Si siguen por el camino llegarán a Cajamarca. Pero los


Chasquis me han informado de que el Inca ya viene camino del
Cuzco, tiene que pasar por este Tambo. Hace dos días salió de
Cajamarca.

-¿Y cuál es el problema? -replicó Kantuta– ¿Qué nos importa a


nosotros el Inca?.

El encargado lo miró y con tremendo asombro afirmó:

- Parece que no sabéis lo que decís. Ya se ve que sois de una


aldea perdida. Que no habéis tenido ningún contacto con el Inca.
Para nosotros es el hijo del Sol, no le podemos ni hablar ni mirar a
la cara. Si os encontráis con su comitiva es mejor que la esquiven,
si no queréis tener problemas, pues los que le protegen no suelen
ser muy amistosos con los caminantes desconocidos y más cuando
vuelven de guerrear.

Con toda esa información abandonamos el Tambo y cuando


llevábamos dos días caminando, al amanecer, el cielo se llenó de
nubes y divisamos a lo lejos la vanguardia de una comitiva, eran
casi 500 personas que avanzaban lentamente siguiendo el camino.

-Creo que será mejor –pensé en voz alta– que nos alejemos
con rapidez de su paso, son muchos y como nos han informado
podemos encontrarnos en una situación peligrosa.

-¿Por qué -intervino Panti– no nos subimos hasta aquel bosque


y desde allí los contemplamos pasar sin que ellos nos vean?.

Con presteza abandonamos el camino, antes de que llegara la


comitiva, hasta donde estábamos nosotros ¿Para qué tentar a la
suerte?.

Cuando ya nos habíamos guarecido, ocultándonos entre las


rocas y los árboles, empezamos a escuchar música, vimos a los
soldados fuertemente armados y gran cantidad de llamas
transportando alimentos y los utensilios para instalar, en cualquier
lugar, un Tambo provisional para el Inca.

También avanzaban los músicos y bailarines, rodeando el


palanquín del Inca, era una plataforma de madera con un sillón
adornado y cubierto con una sombrilla, sentado en el sillón viajaba
el Inca. Todos creían que si tocaba con sus pies el suelo, ocasionaría
tremendas desgracias. Detrás venían varias andas más pequeñas en
las que viajan algunas de sus esposas que le acompañaban en ese
viaje, cada palanquín era llevado por ocho hombres robustos. Los
que llevaban al Inca avanzaban en silencio, no así los demás que
formaban un grupo de unos cien hombres que se turnaban, llevando
una u otra anda de las esposas o acarreando enseres y armas.

No fue repentino, pero empezó a llover, al principio una suave


llovizna, pero suficiente para que la comitiva se detuviera y vimos
como, en el mismo camino, comenzaban a instalar el Tambo del
Inca. Empezaron por extender las placas de oro, que formarían el
suelo, sobre el que extendieron numerosas pieles de alpaca y
lienzos de algodón, todo lo cubrieron con una estructura de
maderas, sobre la que pusieron telas enceradas que protegerían del
agua, fue muy rápida la operación, se notaba que lo habían hecho
en innumerable ocasiones. El Inca y sus esposas se refugiaron en el
Tambo mientras todos los demás buscaron donde situarse para
protegerse, pues sería normal que la lluvia cayera durante toda la
noche.

La previsión se cumplió y empezó a diluviar con tanta


intensidad, que dejamos de distinguir, con claridad, a la comitiva
que desapareció tras una espesa cortina de lluvia.
-Aquí no podemos quedarnos –casi grité en medio de la
tormenta- los árboles no nos ofrecen suficiente cobijo para tanta
tormenta.

Avanzamos bajo el aguacero buscando donde refugiarnos, lo


más lejos posible de la compañía del Inca. No fue menester
esforzarnos mucho, en la ladera encontramos una pequeña cueva,
donde pudimos encender una hoguera sin miedo a ser descubiertos
y secamos la ropa.

Al amanecer, aunque tiritando por el aire cargado de


humedad, nos pusimos en marcha, el suelo embarrado entorpece
nuestros pasos, pero por fortuna había dejado de diluviar. Volvimos
al camino y nos alejamos del Inca en dirección a nuestro destino:
Cajamarca.

Los Baños del Inca 1451: Caravana comercial en los Baños.

Tarki (Que se hace respetar) Narrador

De la llegada de los comerciantes a la ciudad de Cajamarca y de lo


que acaeció en los Baños de Inca.

A las afueras de Cajamarca encontramos un campamento de


choza, donde se cobijaban los comerciantes y caminantes, nosotros
por supuesto: teníamos que dar algo a cambio. Como ya era
nuestra costumbre, ofrecimos un saquito de sal. A cambio
conseguimos un almacén donde descargar las mercaderías y un
corral donde resguardar y alimentar a nuestras llamas.

A la mañana siguiente, Sayri (Hombre que ofrece apoyo) se


quedó al cuidado de las mercancías y las llamas. Los demás nos
dirigimos al mercado de la aldea, cada uno llegábamos un fardo con
nuestras mercancías. Al llegar nos dividimos en grupos. Cientos de
personas se arremolinaban alrededor de múltiples puestos de
ventas, con montones de productos. Las vendedoras daban colorido
con sus vestidos multicolores. Los gritos y las conversaciones
llenaron el ambiente.

Junto con Kantuta me acerqué a una de las vendedoras, que


tenía varios atados de lana de alpaca.

-Señora, escuche, nos interesa su lana, nosotros le podemos


ofrecer sal.

- Pues a mí no me interesa su sal -contestó con amabilidad-


¿No tienen otras cosas?.

- Sí, tenemos pescado y carne de cuy y cañanes secos.

- Lo siento. Nada de eso me interesa - contestó la mujer.

- Y entonces ¿Qué es lo que le interesa? – preguntó Kantuta-.

- Yo quiero sobre todo papas y maíz – nos informó la mujer- Y


también verduras.

Por suerte, me acompaña Kantuta, pues me quedé bastante


asolado por esas palabras. Me embargó un sentimiento de
frustración; no sabía que hacer, todo el viaje habíamos considerado
que nuestra sal sería un bien muy deseado por cualquiera en la
sierra. Y me encontré con alguien a la que no le interesa. ¿Qué
podíamos hacer? Menos mal que Kantuta me explicó, que nos
estaba hablando del trueque, sería más fatigoso pero no imposible:

-Tarki. Tendremos que conseguir de otra vendedora, a cambio


de nuestras mercancías, lo que le interesa a ella: papas y maíz, y se
lo traeremos para poder conseguir lo que nosotros necesitamos.

Nos apartamos de allí y seguimos adelante buscando alguna


vendedora que tuviera esos productos y que quisiera el trueque con
lo que nosotros teníamos.

Mientras preguntamos a una y otra vendedora, un anciano nos


dio alcance y se nos acercó diciendo:

- Si solo necesitáis lana de vicuña y llama, lo mejor es que


vayáis a Pulltumarka. Es un pueblo que está apenas a 7 km de acá,
tenéis que seguir el camino de la sierra, que sale de la Fuente. En el
último mes han estado el Inca y sus soldados. Han cazado, y como
de costumbre, han dejado las pieles de las vicuñas y alpacas al
pueblo, por eso tendrán ahora mucha lana.

-Y esperas – le repliqué, todavía desalentado- que les


interesara lo que nosotros ofrecemos.

-Pienso que sí. Pues hace un rato os he oído hablar de que


tenéis gran cantidad de sal así como abundante pescado seco.

Kantuta y yo nos miramos, le dimos las gracias y en premio un


pescado salado. Con esa información seguimos paseando por el
mercado; vimos lo complicado que iba a ser obtener lo que
pretendíamos. De todas formas conseguimos algo de maíz y fuimos
a la señora que nos lo cambió por un poco de lana.

Al atardecer, en el campamento de los comerciantes, volvimos


a reunirnos. Entre todos escasamente teníamos unos cuantos kilos
de lana y ya nos habíamos dado cuenta de la dificultad de la
encomienda.

Kantuta contó lo que nos había dicho aquel anciano:

-Según parece cerca de aquí hay un pueblo donde tienen


mucha lana y que seguramente les interesan nuestras mercancías.

En la reunión, después de comer, decidimos que


inmediatamente nos pusiéramos en marcha, para investigar las
posibilidades del trueque en ese pueblo. Todos estuvieron de
acuerdo en que Kantuta y yo, marcháramos a Pulltumarka.

Con la Luna en lo más alto del cielo nos pusimos en camino.


Era una noche clara, estrellada y fría, con suficiente luz para
avanzar por aquel camino andadero. Yo no levanté vista al cielo en
casi todo el trayecto, ensimismado en mis pensamientos. Todo se
nos estaba complicando, pero no podía permitirme ninguna
vacilación y menos dudar del éxito de nuestra empresa.

-Espero -afirmó Kantuta- que sea más factible en este pueblo.

Pero lo más inesperado está a punto de suceder.

El sol despuntó en el horizonte cuando llegábamos a unas


charcas humeantes, sus aguas brotaban de algunos manantiales,
levantando columnas de vapor, luego se remansaban en pozas
diseminadas, en un terreno casi horizontal rodeado de gran
abundancia de vegetación. Era una zona extensa cubierta de
extraordinarios macizos de hortensias y majestuosos árboles.
Pájaros, de plumajes multicolores, levantaban el vuelo desde
algunos arbustos de hojas brillantes por la humedad del rocío
matutino, alertados por el ruido de nuestros pasos.

Junto a las charcas nos sentamos a comer, aunque el olor del


aire era bastante desagradable. En medio de la soledad, se nos
acercó corriendo un joven que nos gritaba.

-Fuera de aquí. Cómo habéis entrado hasta estas charcas.

Con dignidad nos fuimos poniendo de pie, sin mostrar ningún


signo de nerviosismo.

-Este es un paraje prohibido – siguió gritándonos el joven.

Nosotros tratábamos de tranquilizarlo, con nuestros gestos y


nuestras palabras.

-Perdona, no sabíamos que este lugar está prohibido.

-Es peligroso bañarse en estas charcas –su enfado daba la


impresión que iba cediendo- El agua está muy caliente.

-Tranquilo –dijo Kantuta- nosotros no tenemos intención de


bañarnos, ya notamos que está muy caliente. El agua hierve como
en una olla, solo estamos comiendo. ¡Sí aquí está prohibido comer,
nos iremos a otro sitio!

Yo sentí que se estaba aplacando, pues aunque seguía


conminándonos a abandonar el lugar, empezaba a entender que
nosotros no habíamos entrado a esas charcas con aviesa intención,
sino solamente por ignorancia.

-Yo me llamo Tarki y mi compañero Kantuta, hemos venido de


muy lejos con el propósito de comerciar.

-Pues estáis confundidos, si esperáis encontrar con que


comerciar en este lugar. Estos son unos baños, y aquí la gente solo
viene a sanarse con las aguas medicinales.

-En Cajamarca, un anciano nos ha enviado aquí para conseguir


lana de alpaca y vicuña. -entonces le pregunté mirándole- Tú.
¿Cómo te llamas?

-Yo me llamo Panti (Hombre agradable), soy el ayudante del


gran Sanador de la Ciénaga y puedo aseguraros que os han
engañado. Aquí no hay nada con que comerciar ni gente dedicada a
eso.

-Escucha Panti, aquel anciano nos aseguró que ahora hay lana
en este lugar. -Y ante su gesto contrariado, seguí diciéndole-
Escucha, nos dijo que durante un tiempo el Inca y sus soldados han
estado cazando por estos lugares, y que lo normal es que
aprovechen solo la carne de los animales, mientras que las pieles
con la lana, se desperdician.

-Te diría que los arrojan a la Cueva de los Animales hasta que
se pudren.

-Ves de eso se trata, -le explicó Kantuta- a nosotros nos


interesan esas pieles, especialmente la lana que tienen, aunque
también nos podría interesar la piel si está trabajada.

Poco a poco el tono fue cambiando, pues empezamos a


encontrar puntos de diálogo.

El joven Panti me empezó a parecer que nos podría facilitar


mucho las cosas si lo teníamos de nuestra parte. Era alto, de nariz
fina, mirada inteligente y labios carnosos. Luego descubrimos que
era un hombre de talante alegre y despreocupado, al que vimos,
con frecuencia, jugar rodeado de niños, muy dado a las bromas con
los pequeños bañistas.

Con solo mirar a Kantuta, descubrí que también él pensaba


que estamos ante el enlace más oportuno para nuestro negocio. El
joven tenía encanto, aunque para nuestro gusto, resultaba un tanto
grotesco el sombrero, rojo escarlata, con el que se engalanaba, por
supuesto que resultaba muy llamativo así cumplía con la misión de
conferir autoridad a su usuario, para eso lo llevaba.

Sentados en aquella mullida alfombra vegetal, proseguimos


comiendo. Panti nos habló de su familia, especialmente de su
hermana mayor, Illika, a la que él considera muy especial por su
extremada capacidad negociadora, la había visto realizar trueques
inverosímiles y negocios casi imposibles.

-Cuando terminéis de comer os presentaré a mi hermana, con


ella podéis hablar -nos informó, metiéndonos prisas- Yo no tengo
mucho tiempo, enseguida empezarán a llegar los bañistas y lo
normal es que esté ocupado toda la mañana.

Rápidamente terminamos la comida.

Los tres empezamos a caminar entre las charcas, hacia un


pequeño collado donde se agrupan algunas chozas, el sol ya había
salido y empezaba a calentar. El poblado se despertaba, preparando
la primera comida del día. Subimos a buen paso la pequeña loma
rodeada de vegetación y de pájaros alborotadores. Nos cruzamos
con algunas personas que nos miraban, pero a todos, Panti las
saludaba con gestos y palabras. Al llegar al grupo de chozas de su
familia. Nos pidió que esperásemos a que él entrara a buscar a sus
padres. Fue solo un momento pues con premura volvió a salir con
su madre.

-Estos son Tarki y Kantuta -afirmó Panti, presentándonos- Te


piden permiso para presentarlos a mi hermana Illika.

Aquella señora nos miró con interés y nos señaló, invitándonos


a ir, la choza de su hija, que estaba al lado, en el mismo núcleo de
chozas de la familia.

Panti entró en la casa de su hermana y al poco salió con ella:


una joven sonriente con un niño en brazos, en ella me sorprendió el
brillo inteligente de sus ojos y sus ademanes pausados y señoriales.
Illika nos embrujó y cuando nos habló su mirada nos envolvió. Yo
miré a Kantuta hasta que él rompió en parte el hechizo, afirmando:

-Panti nos ha dicho que platicáramos contigo, pues te puede


interesar el negocio que nos ha traído hasta acá.

Ella nos invitó a sentarnos en la puerta de su choza a la


sombra de un árbol. Allí le fuimos exponiendo nuestra situación y
nuestras pretensiones; y la conversación se dilató, respondiendo a
sus preguntas. Lo que llevábamos pensado y otras ideas que
surgieron en la conversación, las exponíamos con pasión. Hasta que
ella nos dijo con ímpetu:

-Pues será necesario intentarlo. Aunque tenemos que


establecer las condiciones de los trueques.

-Nosotros hemos hablado con tu hermano -afirmé tratando de


que todo esté claro desde el principio- de la posibilidad de llevar a
cabo algo más constante. Tenemos gran abundancia de sal y
podemos enseñaros cómo salar pescado y carne, a cambio de lana
para transportar a nuestra aldea.

-Las posibilidades son muy atractivas – pensó en alto Illika-


pero os tenéis que comprometer con nosotros a que seguiréis
trayendo la sal y a enseñarnos cómo emplearla.

-Eso ya lo tenemos decidido – aseguré con aplomo- yo soy el


representante de nuestra MAMA-COYA para ejercer su autoridad en
este viaje y puedo comprometer nuestra cooperación. Ahora mismo
en Cajamarca, tenemos la sal y otras cosas para el trueque, que
hemos traído en este viaje.

-De acuerdo – afirmó Illika, mirándonos a los ojos y sellando


con este acto nuestras voluntades- Empezamos a trabajar. En
nuestro pueblo es costumbre cerrar los grandes acuerdos con
chicha. ¡Esperad aquí!.

Se alzó con presteza, dejando al niño jugando en el prado,


entró en la choza y sacó un cántaro de chicha, de donde todos
bebimos con solemnidad. Muchas cosas quedaban por concretar,
pero teníamos ya el fundamento para construir una relación
fructífera.

El sol empezó a calentar tímidamente aquel paisaje de


multitud de charcas, algunas bastante grandes, aunque la mayoría
eran extensiones de unos cuantos metros en los que burbujea el
agua naciente y se rebosa por canales a otras charcas, con esos
trasvases, el agua se iba enfriando. Y era nuestro amigo Panti el
encargado de controlar la temperatura para prohibir o autorizar el
baño, cuando la temperatura era la adecuada para bañarse
buscando la salud.

No demoramos mucho en ponernos en marcha de vuelta a


Cajamarca, mientras Illika organizaba a las que traerán las pieles
para obtener la lana. Buscamos entre las charcas a Panti, que con
sus instrumentos iba evaluando las temperaturas, rodeado de un
grupo de bañistas que esperaban, con paciencia, a que él autorizará
el baño a cada cual según su achaque. Con pocas palabras nos
despedimos hasta la tarde, pues pensábamos volver con todos los
de nuestro grupo y los productos que teníamos.

Nuestro caminar fue muy distinto al de la noche anterior,


ahora ya teníamos un propósito. Las palabras nos comprometían,
pero todavía no había casi nada plenamente decidido. Era Illika la
que tenía que conseguir la lana, y para ello tendría que mover a
mucha gente. Si lo conseguía pondremos en marcha el negocio ¿y si
no?, pero más valía confiar, pues nos había dado la impresión de
que era muy capaz de poner en marcha todo lo necesario.

Llegamos a Cajamarca, con la impresión de haber tardado


mucho menos que la noche anterior. En el campamento Sayri
cuidaba las mercancías y las llamas, cuando le explicamos nuestras
gestiones, marchó al pueblo para traer a los demás, que habían
empleado la mañana en comerciar.

Kantuta y yo nos dedicamos a acomodar el cargamento sobre


las llamas. Cuando llegaron los demás, todo lo teníamos preparado
y nos pusimos en marcha, explicándoles las posibilidades que
habíamos hallado en el poblado de las charcas.

A media tarde nos encontramos nuevamente con Illika. Nos


llevó a las afueras del poblado, donde había una choza medio
derruida y deshabitada en la que nos podíamos aposentar. Aunque
el lugar estaba en mal estado, no nos costó mucho, ponerlo en las
mínimas condiciones, después de tantos días a la intemperie, al lado
hicimos fácilmente un corral para las llamas.

Aquella noche, entre conversaciones, nos fuimos durmiendo.


Al amanecer llegó Illika, con ella venían otras cuatro mujeres.

-En nuestro poblado – nos comunicó Illika - todos los hombres


se dedican a conservar los baños. Hemos pensado que nosotras
podemos encargarnos del negocio que nos proponéis, por ahora
únicamente somos nosotras.

No me extraño esa reacción pues en nuestra aldea son las


mujeres las que organizan, la lástima era que parecía que nadie
más podrían colaborar, solo aquellas cinco mujeres, nosotros
habíamos pensado en mucha más gente. La primera tarea sería
seleccionar las pieles a las que quitaremos la lana. Luego ellas
aprenderían el modo de salar peces y carne.

Illika nos llevó a dos o tres kilómetros del poblado, a la


llamada Cueva de los Animales, era una caverna profunda, donde se
arrojaban los animales muertos y donde había dejado las pieles que
buscábamos. Al llegar nos abofeteó un olor nauseabundo,
insoportable, de tantos animales en descomposición. Mi primera
reacción fue alejarme, pero hicieron una gran hoguera en la puerta,
el humo llegó a hacer más soportable el mal olor. Mis ojos tardaron
un poco en acostumbrarse a la penumbra, pero a la luz del fuego
empezamos a vislumbrar los montones de cuerpos de llamas,
alpacas, vicuñas, el frío los había conservado, en buen estado, las
más recientes, las que a nosotros nos podían ser útiles. Del fondo
de la cueva salieron multitud de murciélagos cuando empezamos a
sacar animales muertos.

Con cuchillos de bronce conseguimos quitar la lana de las


pieles. Encontramos pieles de más de cien vicuñas, pero también las
había de alpacas y guanaco.

Cuando ya parecía que todo estaba encarrilado. Surgió lo


inesperado. No sé si teníamos que haberlo previsto, pero la esposa
del Gran Sanador empezó a crear problemas. Cuando volvimos al
poblado después de un día de trabajo en la Cueva de los Animales,
nos encontramos con los murmullos de las madres que no habían
querido ayudarnos.

-No está bien que os dediquéis a ese trabajo – murmuraba la


esposa del Gran Sanador- descuidando vuestra obligación de cuidar
de vuestra familia, ¿Qué pasará con vuestros hijos?

Los comentarios airados fueron creciendo cada vez con más


virulencia, y llegue a considerar que teníamos un conflicto casi
insuperable. Illika fue a casa del Gran Sanador dispuesta a defender
su postura. Ella había entendido que su principal trabajo era su
familia, pero que podía dedicar algún tiempo cada día a esa otra
ocupación.

El Gran Sanador le pidió que le explicara cuál era su propósito:

-Todo el poblado – comenzó Illika con vehemencia – vivimos


de los regalos que hacen los visitantes a los baños. En algunas
temporadas vienen tan pocos que nuestros hijos pasan necesidades.
No podemos depender exclusivamente de ese trabajo y más cuando
nos ha surgido la posibilidad de comerciar con lana y sal. Nuestra
lana nos la cambian por sal, con la que podremos secar carne y
pescado, para comer cuando sea necesario o venderlos en
Cajamarca.

-Pero ¿eso exigirá mucho tiempo de trabajo?.

-No, cada mujer podrá dedicar el tiempo que considere


oportuno y cuando pueda. No todos los días será necesario. Al final
de cada mes, según el tiempo dedicado, recibirá un beneficio de
carne y pescado para que pueda comerciar con ellos o usarlos en su
cocina.

-Bueno -sentencia el Gran Sanador mirando de soslayo a su


esposa- Con esas condiciones no veo la dificultad. Podéis empezar y
dentro de un año veremos que tal se desarrolla este negocio.

Cuando Illika nos comunicó esa decisión me pareció que todas


las dificultades se allanan y que nuestro negocio tenía futuro.
Además me dijo que su esposo deseaba hablar conmigo, por eso me
invitaba a comer. Como yo no tenía ningún inconveniente me
presente aquel atardecer en casa de Illika. Me recibió junto con
Usuy (Hombre que trae abundancia), su esposo, me habían
preparado una comida un tanto especial.

-Illika – me dice Usuy- me ha hablado, los últimos días, mucho


de vosotros ¿De dónde sois?.

-Somos de una aldea a orillas del río Virú muy cerca del mar.
-¿Está cerca del río Moche?

-Si es un río más al sur del Moche, apenas dos días de camino
¿Tú has estado por allí?.

Eso le dio pie a que empezara a contarme su vida:

-Yo nací en el Cusco y a los ocho años ingresé en la Casa de


Enseñanza donde estudian los hijos de los nobles. Nos reunimos
jóvenes de todos los pueblos, allí nos enseñaban el quechua,
técnicas militares, geografía, historia del Imperio, astronomía y
religión. De esa Escuela saldríamos los jefes militares, los altos
funcionarios y los futuros sabios del Imperio. Allí conocí al hijo del
señor de Chan Chan, que era un joven muy ambicioso y muy poco
inclinado a aceptar la autoridad del Inca. Por eso he oído hablar del
río Virú, pero no he estado nunca en esa comarca.

Pero -interrumpí interesado en lo que comentaba- en esa


escuela había alumnos de todas las tribus del Imperio, no eran
exclusivamente del Incanato.

No, por supuesto, -argumentó Usuy- era un modo de unificar a


las distintas tribus, pues los hijos de los nobles de todas ellas,
recibían las mismas enseñanzas y aprendían el idioma común, el
quechua. También en ella nuestros maestros iban descubriendo las
cualidades y aptitudes de cada uno de nosotros. En mi último año
yo iba para ser un alto funcionario del gobierno, pero me vine hasta
los baños acompañando a mi madre. El médico le había
recomendado para sus dolores, los baños en este lugar. Nos vinimos
aprovechando unos días de descanso que me daban en la escuela.
Nuestra estancia, estaba prevista que sería, como máximo, de una
luna, pero se fue prolongando. Enviábamos a mi padre mensajes
sobre la salud de mi madre. Él nos replicaba pidiéndome con
insistencia que yo me volviera al Cusco aunque ella tuviera que
quedarse, pues se reanudaba las clases y yo estaba comprometido
en finalizar mi formación en la Casa de Enseñanza. Yo le daba largas
pues tenía otros muchos motivos para quedarme aquí. Un día como
ya habían pasado cuatro lunas mi padre aprovechó para venir a
Cajamarca con una misión del Inca. Desde Cajamarca se trasladó a
los Baños, vio a mi madre bastante recuperada y decidió que nos
volviéramos con él. Yo había intentado convencer a Illika, para que
se viniera conmigo al Cusco, pero ella se había negado
rotundamente. No estaba dispuesta a abandonar este pueblo, yo
tampoco tenía mucha querencia a volver de nuevo al Cusco. Cuando
se lo expliqué a mi padre, montó en cólera pues no podía
comprender, que yo renunciara a un cargo importante en la
gobernación del Imperio, por el amor de una pueblerina, incapaz de
comprender los beneficios de vivir en una gran ciudad como el
Cusco, además junto al Inca. La situación fue terrible, pero yo no
acepté renunciar al amor de Illika. Mis padres se marcharon y yo me
quedé trabajando en los Baños, arreglaba los caminos, edificaba o
restauraba cabañas para los bañistas y últimamente me dedico
también a la administración de la economía. Y ahora llegáis vosotros
proponiendo ese negocio únicamente para mujeres.

-No pretendemos - le respondí un tanto confuso - que sea solo


para mujeres, pero en nuestra Aldea son las mujeres las que
ejercen la autoridad. Por eso nos hemos dirigido a ellas.

-A bueno -replicó Usuy– ya me parecía a mi anómalo, pues


nosotros también podríamos contribuir, aunque todos tenemos
trabajo en los baños y podríamos dedicar muy poco tiempo.
-Eso fue lo que nos dijo Panti, por eso nos dirigimos en primer
lugar a tu esposa.

-Yo también estoy de acuerdo – afirmó mirando con cariño a


su esposa - Illika es conocida por su gran capacidad para los
trueques. Es intachable pero muy trajinante. Todos admiran su
sagacidad, especialmente cuando viene la comitiva del Inca,
entonces tiene muchas oportunidades de comerciar con tanta gente:
porteadores, soldados, recaderos y otros acompañantes.

-Viniendo para acá – le comenté- nos cruzamos con la


caravana del Inca ¿Qué tal fue la visita en esta ocasión?

-Pues como siempre. -contestó- Un gran alboroto. En esta


ocasión, vinieron con el Inca dos de mis antiguos compañeros, uno
era consejero y el otro oficial de ejército. Volvían de guerrear, pues
es costumbre que cada año se organice una acción militar para
tener al ejército en forma. En ningún momento me pasó por la
cabeza envidiar nada de esos amigos y menos cuando los veía
comportarse tan servilmente delante el Inca. Yo aquí soy mucho
más libre sin tantas preocupaciones.

-Pero ellos viven muy bien -le dije- tienen de todo y en


abundancia.

-Pues a pesar de eso, ya te he dicho que yo no envidio su


situación.

El sol se había ocultado, pero la hoguera nos calentaba.


Platicamos también de mi Aldea, de mi esposa Naira y de mis hijos.
Otras muchas cosas podría contar, pues fue muy larga y amena la
conversación, pero se fue terminando cuando ya el cielo estaba
lleno de estrellas. Yo me fui a mi cabaña. Con estos pensamientos
rondando mi cabeza, en algún momento me dormí.

Antes de marcharnos hacia nuestra aldea, convencí a Sayri


para que se quedara en el poblado como encargado de enseñar la
técnica de secado con sal, también tendría que moverse adquiriendo
lana mientras nosotros volvíamos a nuestra aldea.

-Bueno yo me quedo -aceptó Sayri, poniendo condiciones-


pero si con la próxima caravana no viene mi mujer y mis hijos, yo
me volveré.

Estuve de acuerdo pues esa condición me pareció lógica. Y


cuando teníamos lana suficiente, había llegado el momento de
regresar, nos pusimos en marcha hacia nuestra aldea.

Habían pasado siete lunas cuando por fin llegamos a las


Cascadas y todos aceleramos el paso para abrazar a nuestras
familias.

Durante muchos días los pusimos al corriente de nuestras


aventuras y tuvimos que conceder que la MAMA-COYA tenía razón.

Durante años se sucedieron las caravanas a Cajamarca. Tengo


que decir que la esposa de Sayri marchó al encuentro de su esposo
y durante bastantes años organizaron, con eficacia, aquellas
misiones comerciales.

A orillas del Virú, 1461 Incursión en Chan Chan

Asiri (Mujer sonriente): Narradora


De la visita de espionaje en la ciudad de Chan Chan ante los rumores de
posibles hostilidades.

Aquella mañana por la aldea corrió la noticia:

-Esta noche habrá reunión de Consejo

Y también que el asunto a tratar serían las informaciones que


nos llegaban de la ciudad de Chan Chan. Durante todo el día se
sucedieron los corrillos de madres.

Al anochecer todas las Madres nos reunimos con la MAMA-


COYA junto a la Kala del Templo, nos acomodamos y después de
quemar ofrendas en la hoguera en honor de la Pachamama, tomó la
palabra la MAMA-COYA Naira:

-Aunque creo que todas ya lo sabéis, me parece interesante


que Asiri nos ponga al corriente a todas, de lo que conoce de la
situación en Chan Chan.

Me levanté y tomé la palabra rasgando el silencio:

-Como sabéis, durante unos días he hospedado en mi casa a


unos comerciantes del sur, que volvían a su aldea después de estar
negociando durante una luna, en la ciudad de Chan Chan. Han
tenido oportunidad de conocer el ambiente que se respira en esa
ciudad. Hay entre los lugareños un creciente rechazo a todos los
extranjeros, los soldados actúan con extremada crueldad, se
suceden los sacrificios humanos y se ven próximas las acciones
guerreras contra los pueblos cercanos, pues parece cercana la
muerte del actual Señor. No son solamente rumores terroríficos de
gente pusilánime, sino realidades.

Una de las madres de mayor edad, me interrumpió:

-Pero eso ha sido siempre así. Ese pueblo siempre ha sido una
amenaza constante para nosotros, pues lo tenemos bastante cerca.

-Si, por supuesto – le aclaré con paciencia- pero ahora las


noticias son inquietantes, pues parece que durante años se han
encaminado a controlar y someter a los pueblos del Valle del Moche.
Pero ya que todo ese valle lo tienen dominado, el rumor es que
piensan extenderse a otros valles. Y aquí está nuestro peligro. Hora
es ya de que nos enfrentemos a la realidad.

La reunión a veces se acaloran. En esta ocasión se alargó


varias horas hasta que la MAMA-COYA dijo:

-Estamos hablando de rumores, por supuesto terroríficos, pero


no podemos acordar nada hasta que no tengamos información
fiable. Por eso despachamos a Asiri y su esposo para que nos
pusieran al corriente de la situación. -y dirigiéndose a mí- Asiri,
¿estás de acuerdo con marchar a Chan Chan?

En mi mente se agolparon muchos pensamientos: por


supuesto que me costaría separarme de mis hijos, apenas tiene
meses la más pequeña. También mi marido, Kachi (Agudo,
inteligente) estoy segura de que no tendría inconvenientes en
acompañarme, pero.... En ese momento no solo la MAMA-COYA me
miraba, todo el Consejo espera mi respuesta:

-De acuerdo, iremos –contesté- espero que pueda conseguir


esa información que tanto necesitamos.
En ese momento, una madre levantó la voz para decir:

-A mí también me gustaría ir a esa ciudad

-De acuerdo, Sanka, -aceptó la MAMA-COYA- tú y tu marido


les podéis acompañar, así seréis más fuertes si hay problemas.

El consejo se disolvió entre conversaciones y preocupaciones.


Me acerqué a Sanka (Mujer que dice la palabra adecuada), con la
que tengo gran amistad, se la conoce como una mujer animosa y
atrevida, es casi de mi edad, es agricultora como yo, y lo mismo
que yo, tiene la piel tostada por pasar todo el día bajo el sol, el
cabello azabache y ondulado. Le dije:

-Nosotras podemos formar equipo, pero va a ser más difícil


que Kachi y Chuwi se compenetren, en este viaje será muy
importante que estemos unidos.

-No te preocupes Asiri - me contestó- Estoy segura de que mi


marido, Chuwi, será una gran ayuda pues tiene una gran facilidad
para congeniar con la gente.

Al día siguiente los jóvenes llevaron la noticia a nuestros


esposos y rápidamente se unieron a nosotras para emprender los
preparativos.

Chuwi (Simpático, agradable) era un hombre de treinta años,


de baja estatura pero musculoso, con los ojos oscuros y el pelo
azabache y liso, enmascarado en una gruesa trenza. Tenía fama de
arriesgado sobre las balsas de totora en sus labores de pesca y de
amable y acogedor cuando se pasea por la Aldea cumpliendo sus
trabajos en la semana de la Luna Llena. ¿Cómo reaccionará en
tierra extraña?. Durante ese tiempo no tendrá la posibilidad de lo
que más le gusta: navegar. Mi marido, casi de su misma edad, por
supuesto que será de gran utilidad, yo confío plenamente en él y en
numerosas circunstancias ha manifestado su valor, a veces un tanto
imprudente.

Como cada tarde, nos reunimos en el río, que para los niños
era su mejor juguete, nadaban y se zambullían, hacían rebotar las
piedras saltarinas, hacían carreras de balsitas y hasta de flores, no
todas flotaban igual o se deslizan con la misma facilidad. Después
llegaron los jóvenes, y con ellos juegos más violentos y agresivos.
Todos nos bañamos con nada más que un taparrabos, mientras
dejamos colgadas de los árboles nuestras túnicas de algodón y
tejidas con hilos de distintos colores. Tanto hombres como mujeres
vestimos una túnica, con mangas en invierno, más o menos larga
atada a la cintura por una cinta.

¿Cuántas veces hemos cruzado nuestro río nadando?

¿O nos hemos sumergido para reaparecer unos metros más


arriba o abajo, según fuera el reto?

¿Y las veces que se trataba de zambullirse para subir hasta la


superficie la piedra más grande?.

Veía a mis hijos a los que tendría que dejar con mi madre.
¿Por cuánto tiempo? De estas cosas conversaba con Sanka, que
también dejará a sus cuatro hijos en la Aldea.

Después de unos días de mucha actividad, estábamos


preparados para nuestra incursión, llevamos cuatro llamas y
alimento suficiente para varias semanas. Al amanecer de un día
caluroso, con el cielo tan azul que solamente puede presagiar cosas
buenas, nos pusimos en marcha, pero nosotros en realidad,
estamos preocupados y meditabundo.

Nos encaminamos por la ruta de la sierra, aunque sería más


dura, era claramente la más corta, el sendero a veces desaparecía
por derrumbes de piedras y tierra, pero con tesón, seguíamos
adelante.

Dos días después, a media tarde, desde la cima de un monte


oteamos el valle del río Moche, en aquella gran llanura el río se
dividía en múltiples brazos que regaba las tierras del final del valle.
Todo estaba verde, más verde que el verdor del paraíso, con
multitud de pájaros, el sonido constante de las ranas y el zumbido
de los insectos.

Una ciudad inmensa se recostaba junto al río al borde del mar.


Desde donde estábamos, las casas, se doraba con los últimos rayos
del sol, y las murallas de la ciudad se llenaban de sombras que
hacían destacar su grandeza. Se apreciaban varias ciudadelas
amuralladas independientes formando la gran ciudad. Algunas de
las ciudadelas se las veía medio deshabitadas, mientras que en
otras la actividad era incesante. Una neblina gris comenzó a borrar
el paisaje y a la gran ciudad de Chan Chan.

Apresuramos el paso para bajar hasta el valle y llegamos a


uno de los brazos del río cuando ya oscurecía. Entre los árboles
encontramos un pequeño prado lleno de hierba y flores donde
instalamos nuestro campamento.

-Yo me encargo de la hoguera –comunicó Chuwi- voy a


recoger leña.
-Pues yo -se ofreció Kachi- acomodaré a las llamas.

Se veía que nos estábamos uniendo en el trabajo, y lo cual era


un buen comienzo para el buen fin de nuestra misión.

Cuando ya el fuego iluminaba, nos sentamos alrededor para


comer, teníamos carne de cuy seca y también papas y frutas. En
medio de la conversación Sanka me preguntó:

-Asiri, a veces me pregunto cómo hacéis para que nuestras


túnicas tengan tantos colores y tan brillantes.

-Pues por lo que me han dicho, -conteste- antiguamente se


teñían las telas cuando estaban ya tejidas, pero ahora teñimos los
hilos de algodón, y lana de alpaca y vicuña. Cada hilo de un color. Al
tejer se van eligiendo los colores de modo que quedan formando las
figuras que se desean.

-De donde obtenéis cada uno de los distintos colores -preguntó


Chuwi.

-Se consiguen de plantas -quise explicarles- el tinte amarillo


se obtiene de las hojas del almendro y de las cáscaras molidas de
granada, y el negro, de la corteza del granado. El rojo proviene de
las raíces de una planta llamada rubia, y el azul se saca de la flor
del añil: raíces, hojas, flores y hasta de piedras machacadas, a
veces tenemos que teñir el mismo hilo con dos colores para
conseguir otro. Son asombroso los tonos de verde que conseguimos
con hilos amarillos al teñirlos de nuevo en color azul.

-Lo que pensaba, parece bastante difícil.

-Bueno no tanto, si se saben las combinaciones, algunas


consiguen auténticas maravillas.

En la hoguera, un potente chasquido lanzó diminutas brasas


que iluminaron un instante el campamento, nos sobresaltamos, pero
seguimos con la reunión, hasta que se fue apagando la conversación
como la hoguera, y terminamos dormidos.

A la mañana siguiente, me desperté sobresaltada por un


formidable estruendo, era el alboroto de un grupo de llamas que
llegó corriendo hasta el río, no nos habíamos dado cuenta, pero
nuestro campamento estaba asentado muy cerca de su camino
habitual. Formaban un grupo numeroso de animales salvajes que,
entre bufidos y empellones, se acercaron al agua. Nuestras llamas
se encabritaron, pero Kachi corrió hasta ellas para retenerlas.
Cuando los intrusos nos descubrieron, con el mismo estrépito,
empezaron a alejarse, camino del monte.

Ya despiertos, el cielo se fue aclarando, nos acercamos al río


para asearnos antes de comer y proseguir nuestra marcha a la
ciudad. Recorriendo la ribera encontramos puentes, más o
menos precarios, pero suficientes para seguir avanzando. Tras
varias horas caminando entre riachuelos, superando carrizales y
bordeando pequeñas parcelas cultivadas de maíz y algodón,
llegamos a los arrabales de la ciudad, eran pobres chozas en las
afueras de las ciudades amuralladas.

La ciudad bullía. Olores nuevos para mí se esparcen por


doquier. Sumidos en medio de aquella algarabía nos dirigimos al
mercado. Empezamos a sentir la animadversión de aquella gente,
algún insulto deseando que nos marchemos, malas caras y peores
gestos, que intentan acobardarnos.
-Así no podemos seguir –dijo Sanka, señalando un lugar donde
ocultarnos- tenemos que conseguir no llamar tanto la atención.

-Pues la única posibilidad -les apunté pensativa- es que


consigamos indumentaria como la que aquí usan, porque nuestras
túnicas multicolores son demasiado alegres, aquí todo el mundo
luce colores tristes: grises o pardos, tal vez esa será la manera de
pasar algo desapercibidos.

-Mirad, – señaló Chuwi- como se acicalan el pelo, me parece


hasta grotesco

-Pues así tendremos que peinarnos también nosotros - dijo


Sanka- ya veréis como fácilmente nos acostumbramos, aunque los
hombres sí que van ridículos con ese flequillo, se asemejan a tres
cuernos azules, por encima de la frente.

En compañía de Sanka me acerqué a un puesto de ropa, la


vendedora, una anciana regordeta, nos miró con interés, parecía
que nos identificaba por nuestra ropa.

-Nosotros tenemos sal ¿Cuántos vestidos nos puedes dar a


trueque por este saco de sal?

-¿De dónde sois vosotras? -Nos preguntó con interés.

- Venimos del río Virú -Contestamos temerosas.

-Pues no tengo ni idea de dónde está ese río, no he oído


hablar nunca de él. Os puedo dar cuatro túnicas por esa cantidad de
sal.

-Necesitamos dos para hombre y dos para mujer.


-No os preocupéis todos son iguales, solo se diferencian por el
cinturón y por el modo de ponerlas. Los hombres se remangan la
túnica con el cinturón, para que quede la túnica más corta.

De un montón de túnicas nos pidió que eligiéramos. Sanka


seleccionó dos y por mi parte otras dos.

Después de despedirnos fuimos a donde habíamos dejado a


Kachi y Chuwi con las llamas. Nos alejamos del mercado y nos
cambiamos de ropa. Seguimos andando sintiendo menos rechazo,
pero todavía nos veían como extranjeros, y en todos los sitios
donde pedimos alojamiento fuimos rechazados. Terminamos el día a
orillas del río, rodeados de un tumulto de balsas que iban y venían.

Malamente nos instalamos bajo un árbol y allí con tranquilidad


y entre risas nos fuimos transformando un poco más. Únicamente si
abríamos la boca nuestras palabras nos delatarían. Para mi sorpresa
Chuwi, con esfuerzo, comenzó a platicar imitando a los de Chan
Chan, había estado escuchando durante toda la mañana y ya podía
hacer una digna imitación. Por lo menos eso es lo que yo pensaba.

Toda la tarde la dedicamos a pasear por la ciudad escuchando


a la gente, nadie se fijó mucho en nosotros, cuando nos movíamos
entre la multitud. No me di cuenta de que Chuwi se sentó junto a
unos ancianos a la puerta de un almacén de maíz. Nosotros
seguíamos andando dando vueltas, terminamos sentándonos casi en
el centro de la plaza. Pasó el tiempo y vimos como se nos acerca
Chuwi acompañado por uno de los ancianos y nos dijo:.

-Arumi (Hombre elocuente) nos ha invitado a ir a su casa, en


su juventud estuvo de viaje llegando hasta el río Virú.
Nos dirigimos en su compañía, al llegar nos acogió su esposa,
Wara (Estrella), terminamos acomodándonos en la habitación de los
hijos que ya eran mayores y no vivían con ellos. La casa consistía
en dos habitaciones, pues cuando una pareja se casaba la
comunidad le regalaba un terreno y le edificaba una habitación, en
esa habitación estaba la cocina y el dormitorio, cuando empezaban
a tener hijos construían otra habitación que luego quedaba vacía
pues los hijos se hacían mayores y se marchaban al casarse.

Instalándonos estábamos ya en aquella habitación, cuando se


presentó Wara.

-Nos gustaría que almorzarais con nosotros.

-Pero no queremos ser un estorbo – afirmó Chuwi- de hecho


hemos traído suficientes provisiones.

-Cuando os he visto llegar me habéis hecho recordar a mis


hijos, no es molestia para nosotros compartir lo poco que tenemos.

-solo lo consentiremos si vosotros aceptáis las provisiones que


nosotros hemos traído.

-De acuerdo -contestó.

Sacamos maíz, papas, cañan, cuy y la ayudamos a llevar todo


a su cocina. Se encargaría de los comestibles mientras estuviéramos
en su casa.

Al rato nos reunimos con ellos, acomodados debajo del gran


árbol de la entrada surgió la conversación.

-¿Cómo fue -se interesó Chuwi- el viaje que nos has dicho que
llevasteis a cabo por el río Virú?
-Hace años, cuando éramos jóvenes -manifestó Arumi- estuve
con varios amigos, durante una temporada, viajando por la sierra.

-Qué interesante ¿Y qué es lo que hacíais? ¿Erais


comerciantes?

-La verdad es que no teníamos nada con que comerciar, más


bien habíamos tenido un problema con las autoridades y nos
estábamos escondiendo. ¿Vosotros también venís huyendo de
vuestro pueblo?.

-No. Lo que nos trae por aquí, es que en nuestra aldea


estamos preocupados por lo que nos podáis hacer los de Chan
Chan, venimos a ver si podéis llegar a ser un peligro para nosotros.

-No sé si vosotros lo sabéis, -comenzó a explicarnos Arumi-


pero los acontecimientos que explican algunas cosas, son de hace
bastantes años. Resulta que llegaron por el mar, unos guerreros que
venían del Norte, entraron por el río Moche, haciendo guerra cruel a
toda la gente que no se sometía. No les costó mucho conquistar las
aldeas de las orillas del río, derrotaron a los jefes y fundaron la
ciudad de Chan Chan. Según su costumbre, años después,
comenzaron a edificar la ciudad del heredero. Nosotros somos
herederos de aquel pueblo al que sometieron. Cada cierto tiempo
nos revelamos, no aceptamos su dominio. Ahora las cosas se están
volviendo a complicar. Nuestro hijo mayor está en la sierra, con un
grupo de perseguidos que se han enfrentado a los soldados en
varias ocasiones.

La conversación se alargó alrededor de la hoguera, mientras


una luna inmensa terminó alumbrando todo el cielo.
Entré en la habitación y aunque tenía sueño no podía dormir.
Después de un rato, no recuerdo cuanto, volví a salir al patio y me
sobrecogió sentir la paz de la ciudad, mucho más grande que
nuestra Aldea. ¿Cuántos miles de personas duermen en este
momento?. Solo algunos estarían despiertos: unos por el sobresalto
de una pesadilla, otros por insomnios ocasionales o preocupaciones.
Pero la inmensa mayoría: miles de cuerpos dormidos con las más
diversas posturas. Pero sin duda era una paz ficticia.

A la mañana siguiente, en compañía de Arumi, nos dirigimos a


la ciudadela del actual Señor de Chan Chan, llegamos a la muralla y
la bordeamos hasta encontrar la puerta principal.

Desde lejos Arumi miró a los soldados que estaban de guardia,


para ver si conocía alguno, y podía conseguir que nos dejaran
pasar.

-Parece que estamos de suerte -exclamó Arumi- dos de ellos


nos pueden ayudar, vosotros quedaros aquí que yo voy a hablar con
ellos.

Con paso firme vimos como Arumi se acercó, al llegar se sentó


junto a uno de ellos y comenzó a conversar. Desde donde nosotros
estábamos, medio disimulado entre la gente, no les podíamos oír.
Durante un rato largo los vimos gesticular entre risas, de vez en
cuando otros soldados se unían al grupo, parecía como si Arumi se
hubiera olvidado de nosotros, el tiempo pasaba lentamente.

-¿No nos habrá traicionado? -susurró mi amiga Sanka- será


mejor que nos separemos.

-De ninguna manera -contesté- tenemos que confiar.


Cuando ya todos estábamos bastante intranquilos vimos a
Arumi despidiéndose de los soldados y acercándose hacia nosotros.

-Las cosas han ido muy bien -nos dijo como saludo- me ha
dicho que esta tarde será más fácil.

Sanka se le enfrentó:

-Nos hemos puesto muy nerviosos, yo he llegado a creer que


nos estabas traicionando.

-Comprendo que no me conocéis en absoluto. Yo me he


jugado la vida en abundante ocasiones; para mí estas gentes,
aunque parezcan amigos, también son enemigos.

En ese momento por la puerta principal salió un grupo de


soldados, avanzando al ritmo de tambores y caracolas, entre ellos
en una litera venía un personaje ricamente engalanado.

-Ese es el Consejero principal del heredero - nos informó


Arumi.

Los soldados empujaban y golpeaban a las gentes que


recogían sus enseres, a toda prisa, tratando de que no les
pisotearan sus pocas posesiones. La multitud se arremolinaba
entorpeciendo el paso, llegando casi a paralizar la marcha de la
pequeña comitiva.

Observamos como el Consejero se iba impacientando y como


hacía gestos a los soldados, que comenzaron a golpear con
ensañamiento a todo el mundo. Los niños corrían, las mujeres
gritaban, pero nadie escapaba, todos se amontonaban defendiendo
sus pertenencias. En medio de la confusión, presencie como al
resbalar, golpeada por un soldado, una mujer se desplomó
inconsciente. Me aproximé a ella muy despacio, me arrodillé a su
lado, pensé que no había nada que hacer. Al mirar descubrí que
estaba muerta, una herida sangraba en su cabeza, le habían
aplastado la cara con un golpe de maza. Nosotros con sigilo nos
fuimos retirando.

Por la tarde, volvimos a esa puerta de la ciudadela y se


volvieron a repetir los movimientos de Arumi, y otra vez nos
quedamos esperando. Pero vimos cómo la gente se amontonaba,
ahora vez cerca de la puerta. En esta ocasión Arumi no tardó mucho
en volver y traernos noticias.

Nos informó que esta tarde abriría la puerta para todo el que
quisiera acceder. Lo habitual era que, un día a la semana, hubiera
un espectáculo sangriento en la plaza de la ciudadela. En presencia
del Señor y de la muchedumbre, el gran Sacrificador, ejecutaba a
unos cuantos prisioneros, de las continuas guerras con los
habitantes del valle, que se habían sublevado contra su autoridad.

Nada más entrar, nos encontramos un pasadizo entre las dos


murallas, que nos trasladaba hasta la entrada de la Plaza
Ceremonial, entre esas dos murallas, el tumulto avanzaba siguiendo
las señales que nos dirigían, hasta una plaza inmensa con las
paredes decoradas con múltiples relieves, al fondo tres puertas
daban acceso al interior de la ciudadela, la zona reservada, a la que
la muchedumbre no podríamos entrar.

Arumi nos insistió:

-Id con tiento. No olvidéis que los soldados nos observan


constantemente desde lo alto de las murallas.
Efectivamente decenas de soldados con arcos y lanzas
controlaban a la muchedumbre, en previsión de posibles tumultos.

Por una de las puertas entró un grupo de soldados que


escoltan las andas del Señor, hasta llegar una pequeña plataforma
desde la que podía divisar a la gran muchedumbre. Donde yo estaba
lo que podía ver en la litera, era simplemente a un anciano
demacrado y ricamente vestido, parecía ausente y sin ningún
interés por lo que sucedía a su alrededor. No tardó mucho en salir y
situarse en otra plataforma el gran Sacrificador, una máscara
horrorosa cubría su rostro, en su mano derecha brillaba, a la luz del
atardecer, el Tumi Ceremonial.

Cuando llegó el gran Sacrificador al centro de la plataforma


cesó la música y con gran potencia vociferó, para que todos se
llenaran de terror:

-Señor de Chan Chan, ante toda esta muchedumbre voy a


mostrar tu poder. Nadie que se oponga a tu autoridad puede vivir.
Tú eres el todopoderoso, el Gran Señor.

En ese momento, rodeados de soldados y entre empellones,


avanzó un grupo de cinco prisioneros desnudos, eran hombres
jóvenes que se tambaleaba bajo los efectos de una potente droga
que anula su voluntad y sus fuerzas.

-Señor de Chan Chan, estos miserables se han enfrentado a tu


ejército, han rechazado tu autoridad y por eso, en tu presencia van
a morir.

Cada soldado trasladaba a su prisionero desnudo y atado por


el cuello. El Decapitador los recibía en el centro de la plaza, sobre
un pedestal de piedra, sajaba con el Tumi los brazos para recoger la
sangre en la Copa ceremonial, de esa copa bebía el soldado que lo
había capturado, para apropiarse de su energía, después le cortaba
el brazo por la marca y se los entregaba como trofeo al vencedor,
terminaba su agonía con un golpe seco que descoyunta su cuello. La
cabeza sangrante se exhibía, con las demás, hasta el nuevo
sacrificio, en la plataforma central, junto con las copas que
contenían la sangre de los decapitados.

La muchedumbre gritaba, algunos horrorizados, se cubrían el


rostro, otros sádicos ante el dolor ajeno sonreían, y aullaban de
placer.

Cuando todos habían sido inmolados, el Señor de Chan Chan se


retiró, acompañado por los soldados y la música. Como ya había
terminado el espectáculo, algunos soldados empezaron a empujar a
la gente hacia el exterior de la Ciudadela, a través del angosto
pasillo por donde habíamos entrado.

Hábilmente, Arumi, nos fue llevando hacia la puerta por donde


había desaparecido el Señor, avanzábamos por un pasillo decorado
con peces y figuras geométricas, aquel pasadizo terminaba de
improviso en una gran plaza, donde la algarabía, se contraponía al
dolor de lo que habíamos presenciado. Quince o veinte niños
correteaban a la sombra de grandes árboles, jugaban con
primorosas mariposas de oro, de apenas un milímetro de espesor,
lindos juguetes con alas de filigrana, a los que se podía, por su
levedad, lanzar al aire y ver revolotear alegremente venciendo la
gravedad, hasta caer en tierra. Un pequeño bosque rodeaba el gran
estanque de los Nenúfares, en las noches sin nubes, sobre su
superficie, se deslizaba majestuosa la luna.
Detrás de unos arbustos nos ocultamos.

De improviso, vimos como hacia nosotros corría, un joven


atosigado por algunos soldados, y estaba a punto de llegar hasta
donde estábamos nosotros, cuando Arumi nos susurró:

-Corred. ¡Nos van a descubrir! ¡Corred!

Empezamos a correr, el joven nos persiguió hasta alcanzarnos.


Juntos llegamos a la plaza ceremonial y ocultándonos entre los
últimos que remoloneaban retrasando la salida, mientras admiraban
los maravillosos grabados de las paredes. Con temor conseguimos
salir de la ciudadela.

Dirigimos nuestros pasos a casa de Arumi, dando un gran


rodeo por las callejuelas, para despistar a los soldados que tal vez
nos quisieran rastrear.

-¿Qué ha pasado en la ciudadela?- nos preguntó Wara


asustada al ver nuestro nerviosismo.

Después de que Arumi le pusiera al corriente de lo que había


sucedido, ella afirmó con determinación.

-Tenemos que irnos todos inmediatamente. Antes o después


nos encontrarán. Todo esto es muy peligroso.

-Mujer, no seas tan alarmista, los hemos despistado. Estoy


seguro de que nadie nos ha seguido.

-De todos modos, -le contestó- los soldados tienen medios


para saber lo que sucede y tú eres muy conocido.

Ninguno de nosotros abrió la boca ante esta situación


inesperada. No sería adecuado poner en riesgo la seguridad de esa
familia que nos había acogido ¿Qué podíamos hacer?

Wara se enfrentó con el joven que nos había acompañado en


la huida.

- ¿Y tú quién eres?. No te conozco de nada.

- Yo soy de una aldea de la sierra y hace varios meses me


hicieron prisionero. Nos habíamos enfrentado a la autoridad de Chan
Chan y los soldados arrasaron mi pueblo y cogieron prisionero a
todos los que habíamos sobrevivido a su ataque. Al llevar a la
cárcel, cada soldado marcó con fuego el brazo de sus prisioneros y
los metió en la celda, luego los irían eligiendo para el sacrificio. Yo
llevo semanas sobreviviendo a la elección, pero antes o después me
elegirán para el sacrificio. Y esta tarde, dominando mi pánico, he
aprovechado el cambio de guardia y en un descuido he huido y
cuando corría sin saber por donde salir, les he visto a ellos, y a ver
que también corríais, he pensado que me podríais ayudar.

Wara recordó entristecido:

-Nuestra vida siempre ha sido terrorífica, teníamos miedo


hasta de respirar, sometidos a los deseos sanguinarios de unos
Jefes que representaba a un dios perverso que exigía víctimas
humanas. Cuántas veces me han obligado a asistir a la actuación de
El Decapitador, segando la vida a cientos de hombres, jóvenes
prisioneros en sus interminables guerras. Yo recuerdo los alaridos
de dolor, muchas noches poblaban mis pesadillas infantiles. El
problema era que cuando ya medio me había olvidado, tenía que
asistir a otra ceremonia sangrienta, pues nos forzaba a
presenciarlas cada cierto tiempo.
Con esta y otras conversaciones estamos, cuando de pronto,
numerosos soldados irrumpieron en el patio, nos rodearon y nos
fueron apresando a pesar de nuestra oposición. Un soldado se me
abalanzó, yo le golpeé con saña en el pecho y forcejeé para zafarme
de él.

-¡Quieta! – me gritó y con golpes- me derribó y me bloqueó en


el suelo con su peso.

Entre gritos y carreras nos fueron apresando y atando a todos,


pero en medio del tumulto, el joven, atemorizado por su anterior
experiencia, logró salir del patio y escapar.

Rodeados de soldados, a los seis nos llevaron a la ciudadela. Al


llegar Arumi susurró:

-Esta no es la fortaleza del Señor, sino la de su heredero.

Por las calles de la ciudadela se veía muy poca gente, estaba


todavía construyéndose. Algunas murallas y casas se iban
edificando con urgencia, porque al actual Señor parecía que le
quedaba poco tiempo de vida. Al llegar a la mazmorra la
encontramos vacía. Era un agujero en el suelo de una sala, nos
metieron dentro y bloquearon el orificio con palos. Apenas entraba
unos rayos de luz, reflejo de las antorchas de la sala de los
guardianes. Fruto de la tensión me dormí, mi sueño fue una
pesadilla: según recuerdo llegaba hacia el gran Sacrificador y en
medio de alaridos de dolor me desperté. Fue una noche de
sobresaltos.

Durante días, casi no nos dieron de comer, el calor agobiante


del medio día nos hacía delirar, Wara nos daba ánimos:
-Aunque la situación es difícil una y otra vez me viene a la
cabeza mi hijo. Si se entera de donde estamos, seguro que vendría
a librarnos.

- Por supuesto -afirmó su esposa Arumi- yo también lo espero,


además es una suerte estar en esta ciudadela a medio construir y
con pocos soldados. Me parece que habrá cambio de Señor, y el
nuevo está tomando posiciones, nosotros somos sus primeros
prisioneros.

-¿Cómo puede su hijo ayudarnos? -Pregunté ingenuamente.

-Tal vez no os hemos dicho, -explicó Wara- pero nuestro hijo


es el jefe de una cuadrilla de opositores al poder de Chan Chan.
Viven en la sierra, como lo hicimos nosotros en nuestra juventud,
defienden a las aldeas y se enfrentan a los soldados. Es una vida
dura y llena de contratiempos, pero no podemos soportar tantas
tropelías.

Una mañana, no recuerdo cuanto tiempo llevábamos


prisioneros, removieron las tablas que hacían de puerta y se
personó el Consejero del futuro Señor.

-He sido informado de que os han cazado dentro de la


ciudadela, en la zona prohibida. Me han dicho que vuestra intención
era secuestrar a algún hijo de un noble, tal vez para canjearlos por
prisioneros.

Ante nuestro silencio, sus acompañantes nos golpearon y el


Consejero nos gritó:

-Estamos seguro de que sois de alguna cuadrilla de bandidos


que se ocultan en la sierra.
Aunque no era verdad, no le quisimos decir nada y con esa
idea se marchó, después de amenazarnos con una muerte segura y
dolorosa.

El tiempo pasó lento entre el aburrimiento y la esperanza de


ser liberados, nos íbamos consumiendo por la falta de sustento, no
todos los días nos lanzaban algún cuenco con maíz o papas cocidas
y hasta había días que se olvidaban de bajarnos el cántaro de agua.

Una noche, en el silencio de la madrugada, nos despertó un


susurro:

-¿Estáis ahí? ¿Cuántos sois? No hagáis ruido.

Aquello nos sobresaltó porque no habíamos oído ningún ruido,


¿Quién podría ser?.

El rostro de Arumi se iluminó al escuchar la voz:

-Hijo, somos nosotros.

-Tranquilos, vamos a sacaros.

Entonces sentí como varios hombres forzaron la puerta de la


mazmorra hasta que la abrieron y, en medio de la oscuridad, fuimos
saliendo tambaleantes y desnutridos, desorientados, llevábamos
varias semanas sin respirar el aire puro ni ver el sol, aquellos
hombres y mujeres nos sostenían casi en vilo, nos llevaron por
varios pasillos y callejuelas hasta el exterior de la ciudadela,
sorteando los pequeños grupos de soldados que encontramos a
nuestro paso.

En toda la noche no paramos de andar, renqueando, pero


apoyándonos en su fuerza, hasta que llegamos al monte desde
donde habíamos contemplado por primera vez la ciudad de Chan
Chan.

Al llegar a aquel monte nos encaminaron hasta la cueva donde


ellos, con frecuencia, se refugiaban para recuperar fuerzas. Muy
cerca de la cumbre, en una pared casi vertical que se elevaba
cortando el paso, con cuerdas se podía subir pues más arriba, había
una cueva que no se veía desde abajo. En el llano de abajo un
grupo de perros avisaban con sus gruñidos de la presencia de
extraños.

Nos ayudaron a encaramarnos y nos acomodaron. Después de


darnos comida y bebida, nos dejaron dormir que era lo que más
necesitamos y, dormimos lo que quedaba de noche y el día
siguiente con su noche. De vez en cuando, medio nos despertamos
y siempre había alguien vigilando que nos ofrecía comida y agua,
dejándonos seguir durmiendo.

Después de tantas horas, cuando ya todos estábamos


despiertos y con el deseo de marchar, cuanto antes a nuestra Aldea,
Arumi buscó a su hijo para que nos informara de lo que había
sucedido:

-Cuando fuisteis apresados, un vecino llevó a la sierra la


noticia, pero no nos llegó a nosotros hasta hace una semana,
cuando volvimos de Cajamarca. Entonces bajamos a la ciudad y nos
encontramos con la noticia del fallecimiento del Señor, con todo lo
que significa de mudanza y ceremonias. El nuevo Señor tenía que
presenciar el enterramiento de su Padre, por eso nos resultó tan
fácil liberaros. Esa noche apenas había soldados en la Ciudadela del
heredero y en su mazmorra estabais cautivos, solo tuvimos que
desarmar a unos cuantos, y actuar con sigilo.

Después de todo lo que habíamos vivido, le dije a Sanka,


Kachi y Chuwi con decisión.

-Mañana nos volveremos a nuestra Aldea. Ya tenemos


suficiente información.

Nos despedimos de Arumi, Wara y de aquellos guerreros que


se jugaban la vida por contener las tropelías de los gobernantes. Y
así terminó nuestra aventura en Chan Chan.

A orillas del Virú, 1462: Nos enfrentamos a los soldados

Sanka (Mujer que dice la palabra adecuada) Narradora

Donde se narra la colaboración de algunos de la Aldea con los


insurgentes de Chan Chan.

Desde que llegamos y pusimos al corriente al Consejo de


nuestra aventura, no podíamos quitarnos de la cabeza la posibilidad
de que nos estuvieran buscando. El Consejero del nuevo Señor de
Chan Chan nos había demostrado la capacidad de sus soldados para
encontrar a los rebeldes y a nosotros nos consideraba
especialmente peligrosos, no en balde habíamos sido los primeros
prisioneros de su mazmorra y habíamos conseguido escapar
poniendo en ridículo sus medidas de seguridad.
En el Consejo nada se había decidido, la MAMA-COYA Naira
(Mujer de ojos grandes) se debatía entre las posturas más
temerosas: algunas madres sugerían marcharnos más al sur, huir
abandonando la orilla del Virú, otras querían que enviáramos una
delegación para mostrar al nuevo Señor nuestro sometimiento.
Tampoco faltaban las que pensábamos que lo mejor sería unirnos a
los rebeldes y participar en sus combates.

Aquella mañana en todos los corrillos de las madres se


polemiza con estas posturas. Las más combativas eran las jóvenes,
su apuesta más común, era unirse a los rebeldes y rebelarse contra
el Señor de Chan Chan, pues argumentaban que no podíamos
aceptar su dominio.

Fui a buscar a Asiri (Mujer sonriente), con quien había estado


en Chan Chan, subí por la vereda hacia la cumbre del Saraque,
entre los cultivos, el maíz cubría la mayoría de las parcelas, tenía ya
las hojas amarillentas, listo para la recogida. La encontré en la cima
del Saraque abriendo las compuertas de las acequias y le pregunté
sin rodeos:

-¿Asiri, cuento contigo para convencer a la MAMA-COYA de


que hay que actuar?.

-Por supuesto – me contestó decidida– aunque está claro que


muchas madres se han dejado dominar por el miedo.

-Razón tienen, en nuestra Aldea nunca hemos tenido un


ejército, siempre hemos vivido en paz, pero hay momentos en que
es necesario actuar, aunque eso nos cause sufrimiento. A veces el
mayor riesgo es no arriesgarse.
Desde donde estábamos podíamos ver toda nuestra aldea con
el Templo que tanto nos había costado levantar, y los grandes
árboles que rodeaban el río Virú, era nuestra tierra. Cuando
llegamos, esto apenas era un bosque sin nadie que lo cultivara, y
ahora, con nuestro trabajo lo habíamos convertido en un lugar
habitable y lleno de encanto.

Aquella tarde, Asiri y yo, nos reunimos con Kusi (Mujer que
tiene siempre suerte), la heredera de la MAMA-COYA, una madre
solo unos años más joven que nosotras, las tres estábamos de
acuerdo en actuar apoyando a los rebeldes. Únicamente teníamos
que conseguir el apoyo del Consejo. Fue una labor premiosa pues a
algunas madres no había modo de convencerlas. Pasaron los meses
sin que tomáramos ninguna decisión, pero con un creciente
desasosiego ante las noticias que nos llegaban de Chan Chan, donde
cada vez se afianza más el nuevo Señor y se acrecentaba el terror
entre las gentes, por el poder que iba tomando el Consejero y su
control sobre el ejército.

Después de muchas deliberaciones y muchos meses, el


Consejo nos autorizó a que un grupo de voluntarios nos uniéramos
a los rebeldes, el grupo estaría comandado por Kusi en
representación de su Madre y lo formaría un máximo de 50
voluntarios, ya que no se podían abandonar los trabajos de pesca y
agricultura.

Fue muy fácil formar el grupo y empezar el entrenamiento.

Un día nos pusimos en marcha, buscando a los rebeldes.


Seguimos la ruta de la montaña y llegamos a la cueva donde nos
habíamos recuperado después de estar presos en la cárcel de Chan
Chan. Pero esta vez la encontramos casi vacía, solo había algunos
ancianos, entre ellos descubrimos con alegría a Arumi y Wara y
unos niños. Wara nos informa:

-Los demás están en una batalla en los alrededores de Chan


Chan, pero en unos días volverán. Acá los podéis esperar.

Comenzaron unos días de adiestramiento, aquellos ancianos


llevaban muchos años de lucha y vieron con celeridad que nosotros
éramos unos novatos, con buena voluntad pero sin experiencia. Se
nos acercó uno de ellos: una mujer muy animosa, aunque cargada
de años, ella nos tomó a las mujeres bajo su mando, nos reunió y
nos arengó:

-Lo más importante es ser resistentes en la carrera, no solo


para huir, si no para poder arremeter con rapidez en varios sitios y
así hacerles creer que somos más. Por eso vais a subir y bajar,
espero que cada vez con más rapidez, hasta la cumbre de aquella
colina, hasta que os resulte similar, andar paseando que correr
buscando o huyendo del enemigo

Así fue como emprendimos aquellos ejercicios agotadores,


pero a los pocos días, nos fueron resultando más asequibles.
Teníamos todo el cuerpo dolorido, las piernas y brazos llenos de
raspones y heridas, eran frecuentes los resbalones y las caídas
rodando pendiente abajo. Cada día lo terminamos rivalizando entre
nosotros, con lanzas, palos y mazas.

Hasta que una tarde llegó Illampu (El más fuerte), el hijo de
Wara y Arumi con su gente, era bajo y moreno, con el cuerpo recio
y sin grasa, los hombros musculosos y las piernas cortas y
ligeramente arqueadas. Nos contaron sus últimas acciones y
aceptaron nuestra ayuda, se les veía cansados y muchos de ellos
magullados y con pena recordaban a los que habían muerto o los
habían hecho prisioneros.

Después de casi una semana descansando, mientras nosotros


seguimos con nuestro entrenamiento, Illampu nos reunió a todos y
nos pidió que le acompañásemos en una acción. Formábamos un
grupo de unas ochenta personas que nos dirigimos hacia el río
Moche.

Lo que más me atemorizaba y a la vez me excitaba, era la


continua incertidumbre. Ahora cada día era cada día. No era como
en la aldea, donde cada día era igual al pasado y al siguiente:
trabajo por la mañana, reunión en el río al atardecer, y así luna tras
luna.

Anochecía cuando desde una de las colinas descubrimos al


ejército enemigo, estaban acampados junto al río.

Illampu nos dividió en tres grupos para acercarnos por varios


sitios, y esperar hasta escuchar su orden de actuar. Casi toda la
noche estuvimos esperando su señal. La pendiente era más
pronunciada de lo que parecía desde la cumbre, era necesario bajar
en zigzag para no despeñarse. Sigilosos y ocultos por la niebla de la
amanecida nos acercamos a la orilla de río, al otro lado se extendía
el emplazamiento enemigo, en algunas fogatas todavía humeaban
las últimas brasas cubiertas de ceniza, el río serpenteaba y una
frondosa vegetación medio ocultaba el campamento.

Mientras todos esperábamos en tensión, me acerque en


silencio a Kusi y le susurré:
-Quiero que en la batalla estemos siempre juntas. Kusi, por
favor, no me pierdas de vista ni tampoco a Asiri.

-De acuerdo, Sanka – me contestó- Así nos podremos


defender mejor.

Pero, como muy pronto descubrimos, no era tan fácil sobre


todo cuando nos tocaba huir. En esta ocasión se trataba, en
principio, solo de hostigar a los enemigos.

Acercándonos lo más posible al campamento, cada grupo


íbamos ocupando nuestro lugar. Agudice el oído en espera de la
señal, pero solo me llegaba el canto de los pájaros y el suave
susurro del viento entre los árboles. De improviso escuché la señal
convenida y comenzamos a lanzar piedras y a gritar con todas
nuestras fuerzas. Con celeridad reaccionaron los soldados, entre el
follaje y los algarrobos floridos, no tardaron en aparecer varios, en
un instante terminaron cercando a nuestro grupo. Reconozco que en
ese momento sentí pánico y corrí sin sentido ni dirección, pero al
poco reaccioné y volví. Llegué al lado de Kusi cuando uno de los
soldados, musculoso y de piel morena, la tenía cogida por el brazo.
Ella lo golpeaba repetidamente y furiosa con la otra mano. Él alargó
el brazo y la golpeó con fuerza en la mejilla. Kusi lanzó un grito de
dolor y empezó a patearlo con ambas piernas, una de sus patadas le
golpeó en la rodilla. El soldado chilló y se apartó arrodillándose,
pero otro soldado agarró con fuerza a Kusi antes de que pudiera
zafarse. Una singular expresión, mezcla de rabia y dolor desfiguraba
el rostro de Kusi. Por sorpresa ataqué, golpeando con la maza, al
que la retenía, fue un movimiento decisivo pues se volvió soltándola
y las dos aprovechamos para huir precipitadamente.
Escuchábamos gritos a nuestro alrededor y vimos carreras y
golpes entre los arbustos. No podía dejar de oír la furia vibrante de
los tambores, los aullidos de guerra lanzados por los soldados. Mi
corazón se comprimió, pero corrimos con determinación pendiente
arriba. Yo subía alerta, detrás de Kusi, atenta en aquel terreno
desconocido, lleno de hierbas medio marchitas que se escondían
entre las piedras sueltas, pero a veces eran matorrales más grandes
y lo ocultaban todo haciendo más difícil el ascenso. De repente, a
unos cincuenta metros, ladera abajo, nos percatamos, era una
cuadrilla de soldados que nos acosaban. Kusi me gritó:

-Sanka, corre hacia la cumbre.

A trompicones nos corrimos, los soldados se lanzaron en nuestra


persecución con gritos amenazadores. No había caminos, pero si
lugares más fáciles, de vez en cuando, avanzamos con más
celeridad. La ventaja que teníamos se fue acrecentando, pero uno
de los soldados avanzó con más ligereza o determinación y casi nos
alcanzaba, pero se había quedado aislado, subía casi a cuatro patas,
resbalando en el terreno pedregoso. Cuando llegamos a la cúspide,
le lanzamos piedras que detuvieron su avance, se refugió tras una
roca de nuestra furia, y allí le dejamos.

En la cumbre nos encontramos con los acantilados, miré hacia


abajo, en aquel punto no era muy profundo pero sí un camino
demasiado abrupto. Sentí que perdía el equilibrio, y rápidamente di
un paso atrás. Por allí no podíamos bajar. Corrimos bordeando el
precipicio, hasta que encontramos un lugar por donde bajar, era
una pendiente muy peligrosa, pero era la única opción. Yo iba sin
aliento con todo el cuerpo dolorido a causa del esfuerzo. Desde la
altura nos llegaban los gritos de los soldados, que se reagrupan
mientras nosotros corríamos, por la otra ladera del monte, y nos
ocultamos entre los árboles que empezaban a abundar, fue una
pausa que nos permitió sosegar la respiración, pues al instante
tuvimos que proseguir en nuestra huida.

Durante toda la tarde los rebeldes nos fuimos reagrupando, a


la vez que por el valle nos dirigimos, hacia la cabecera del río, que
era nuestro lugar de reunión. Cada uno contaba lo que le había
sucedido. En una de las paradas me tumbé en la ribera de río, una
oleada de calambres recorrió todo mi cuerpo, exacerbando más el
dolor que agarrotaba mis piernas, tenía hinchada una rodilla, que al
enfriarse se puso rígida, pero el descanso terminó cuando Kusi nos
mandó continuar.

-Sanka, ponte de nuevo en marcha, nos queda mucho trecho


hasta llegar nuestro punto de reunión.

Ya nos esperaban, cuando llegamos al campamento. La


pequeña fogata se estaba apagando, pero persistía el olor de la
madera al quemarse, en medio del olor penetrante de la hierba y las
flores. Alimentamos la fogata y nos fuimos recostando, para comer
lo que otros habían preparado. Aquella fue una noche extraña, para
nosotros habíamos experimentado un gran fracaso, no habíamos
logrado nada, solo correr, huir una y otra vez; en cambio para
Illampu y su gente, no haber tenido víctimas ni heridos era todo un
éxito, tendríamos que acostumbrarnos a que ese era el modo de
enfrentarnos a los soldados.

-Aunque no lo creáis -nos explicó Illampu- hoy hemos


conseguido desbaratar y retrasar sus planes. Si no hubiéramos
atacado en estos momentos, los soldados habrían conquistado y
asolado una aldea, causando muertes y prisioneros. Es lo más que
podemos hacer. Si mañana los volvemos a atacar conseguiremos
retrasar una vez más su avance.

Después, cuando lo pensamos, vimos que teníamos que darle


la razón, eran demasiados para que nosotros los pudiéramos
detener, solo los podemos demorar en su avance conquistador.

Pero lo peor estaba por llegar, así un día, nuestra actuación


tuvo consecuencias mucho más trágicas.

En un encuentro sufrimos muchas pérdidas, todo un grupo fue


masacrado, al verse sorprendidos por los soldados, que actuaron
con decisión y los rodearon, entre ellos había varios de nuestra
aldea, estas bajas no lograron amedrentarnos, aunque nos
embargaron de dolor.

De vez en cuando, llegaban y se unían a nosotros, gentes que


habían huido de las aldeas conquistadas por los soldados. Pero
siempre éramos muy pocos para enfrentarnos al ejército.

A lo largo de los meses continuamos hostigando a los


soldados.

En una ocasión, las cosas se torcieron, llevábamos varias horas


caminando, Illampu se detuvo y se agachó, girando la cabeza de un
lado al otro. Todos nos detuvimos y esperamos en silencio.

Descubrí a los soldados avanzar y desaparecer entre los


árboles del bosque, desde donde yo estaba junto con Kusi, no podía
ver todos sus movimientos, pensaba que se iban alejando y cuál fue
nuestra sorpresa al oír sus gritos y sentir que nos habían rodeado.
-¿Me acompañas? -pregunté impaciente a Kusi.

-Por supuesto Sanka, en ningún momento pensaba dejarte


sola – me replicó Kusi.

Reaccionamos con rapidez, cada uno buscando la escapatoria,


llenos de pánico, ya que somos seis y ellos unos cuarenta, ¿Qué
podíamos hacer? correr. Tropecé con una piedra y bajé rodando,
varios metros más abajo, conseguí levantarme y continuar
renqueando. Una roca había golpeado mi cabeza y la herida goteaba
sangre, con miedo y dolor continué corriendo, de pronto descubrí
que estaba sola ¿Dónde está Kusi? No la veía por ninguna parte,
recordé la promesa y corrí buscándola entre las rocas y los
matorrales. El brazo derecho me escocía y la cabeza sangraba, me
acurruqué al amparo de una roca. Seguía oyendo los gritos de dolor.
No me podía mover. Cerca veía pasar a la carrera a varios soldados.
Poco a poco se fue haciendo el silencio en la ladera de la montaña.
Sonó la caracola que convocaba a los soldados.

Creo recordar que perdí el conocimiento, porque era noche


cerrada cuando volví a abrir los ojos, seguía sin fuerzas, apenas me
podía mover, la herida de la cabeza ya no sangraba, pero sentía una
sed terrible. Tal vez volví a desmayarme, la luz del amanecer se
extendió por la ladera, y hubo una cosa que ahora, a la luz del día
veía claramente. Lo que me había parecido ver a unos metros: un
cuerpo tendido; es efectivamente el cuerpo de Kusi que aún respira.
Me fui acercando con esfuerzo, arrastrándome entre la maleza. Un
golpe había destrozado su cara, una flecha, atravesaba su pierna
derecha. No pude reprimir el llanto, y más cuando me levanté y
contemplé a mí alrededor las consecuencias de la batalla.
Solamente Kusi y yo parecía que habíamos sobrevivido. Varios
cadáveres se desparramaban por la ladera, entre ellos descubrí al
marido de Kusi, pero de mi marido no había ni rastro, el silencio era
absoluto en toda la pendiente.

La sed me siguió atormentando, a unos metros me llamaba la


pequeña cascada de un arroyo, con decisión arrastré a Kusi que
sollozó de dolor.

-Kusi tranquila, no te muevas mucho –la acallé entre


lamentos.

Seguí ladera abajo hasta llegar al arroyo, recosté a Kusi en la


ribera, dentro del agua, el frescor me fue serenando. Kusi también
recuperó la conciencia entre lamentos, la saque del agua, le quite
con cuidado la flecha y le taponó la herida con un jirón de su túnica.
Allí seguimos un rato las dos tumbadas semi inconscientes.

Después de un rato empecé a tener una idea fija:

Volver a nuestra Aldea. Partir sin más dilaciones.

Después de varios días caminando rumbo a nuestra Aldea,


agotando las últimas fuerzas que nos quedaban. Un día al anochecer
empezamos a sentir que el aire se estaba cargado de humo y un
penetrante olor a madera quemada llenaba el ambiente. Vimos un
fuego inmenso que cubría toda la montaña y avanzaba empujado
por el viento, el calor se extendía por el aire, un sinfín de partículas
incandescentes se esparcían por todas partes, el furioso
chisporroteo de las llamas se elevaba hacia el cielo. Quedamos
sobrecogidas al ver a una jaguar con sus cachorros, corriendo
atemorizados cerca de nosotras.

-Kusi – susurré a su oído– es mejor seguir a la jaguar, ella


sabe por dónde huir del fuego, mejor que nosotras.

Con gran esfuerzo nos pusimos a caminar, oleadas de aire


caliente nos envolvían, a gran velocidad el fuego avanzaba, con un
poder aterrador. Las fragancias de los matorrales quemados
impregnaban el aire.

Llegamos a un río, el agua llegaba muy fría, nos sumergimos y


tiritando nadamos a la otra orilla, era una pequeña playa de arena y
allí caímos rendidas.

La noche fue avanzando, el fuego se detuvo al otro lado del


río, algunas chispas saltaban empujadas por el viento, pero se
apagaban al caer en el agua. Poco a poco se fue consumiendo la
vegetación de toda la ladera, las brasas brillaban como diminutos
soles, grandes árboles se desplomaron, lanzando infinidad de brasas
al aire, arrollando en su caída las ramas de otros árboles que
también se iluminaban en grandes llamaradas, en medio del ruido
infernal grandes rocas explotaban, esparciendo multitud de piedras
recalentadas. Hasta las orillas del río llegaban cientos de animales
huyendo. El humo nos envolvía y secaba nuestras túnicas.

Cuando al día siguiente empezó a clarear la mañana, más allá


del río todo estaba carbonizado y sobre el agua flotaban algunos
animales muertos. En la arena de la playa, algunos se detenían
medio calcinados y era nuestra oportunidad para saciar el hambre.

Pero no podíamos quedarnos allí, y seguimos en ruta, rumbo a


nuestra aldea, donde nos encontramos con algunos de los que
habíamos apoyado a los rebeldes, con alegría abrazados a Asiri y los
demás.
A orillas del Virú, 1470: Los soldados de Chan Chan en
nuestra Aldea

Asiri: (Mujer sonriente). Narradora

En el que se refieren los tristes acontecimientos vividos en la Aldea,


cuando fue asolada por las huestes del Señor de Chan Chan.

A los cuatro días de caminar nos llenamos de alegría al ver,


desde la montaña, nuestro Templo, nuestro río Virú, nuestras
familias. Aceleramos el paso cruzamos las cascadas y nos dirigimos
a través del bosque de algarrobo hacia la Aldea, éramos un pequeño
grupo, apenas me acompañaban un hombre y dos mujeres de todos
los que habíamos marchado.

Al llegar a las primeras chozas, nos salieron al encuentro unas


madres, que desde el Saraque nos habían visto llegar. Se divulgó la
noticia y empezaron a llegar las demás para abrazarnos. Nos
dirigimos a la Kala, allí se fueron reuniendo todas las madres, con
algunas llego la MAMA-COYA Naira, me sorprendió verla tan mayor,
los últimos años habían sido para ella de gran sufrimiento, y ya era
un pálido reflejo de la mujer vibrante y valerosa que yo conocía.
Llorosa nos abrazó.
Con dolor, les comunicamos, que éramos los únicos
supervivientes de aquel grupo de voluntarios, que varios años
antes, salió dispuesto a proteger a nuestra aldea. A casi todos los
habíamos visto fallecer heroicamente frente a los soldados de Chan
Chan, en tantas batallas.

Durante semanas, fuimos poniendo al corriente de muchos


detalles de nuestra funesta correría. En muchas casas hubo disgusto
y amargura, al recordar a madres y padres que habían dado su vida
en las batallas; el desaliento se instaló en nuestros corazones.
Aquellas madres que se opusieron a nuestra aventura, se llenaron
de razones.

De pronto llegaron Kusi y Sanka, venían muy malheridas, pero


vivas, eso avivó la esperanza de que algunos pudieran volver
todavía. Pero el tiempo pasó sin nuevas alegrías.

Kusi y Sanka consolaron a nuestros hijos, que habían perdido


a sus padres en la aventura.

Siempre me había deleitado acompañar a la MAMA-COYA Naira


en sus paseos por la aldea, con frecuencia caminábamos hasta el
río. Ahora ya era una anciana, a la que todos consideramos, llena de
sabiduría y prudencia. En una ocasión me abrió su corazón,
sentadas contemplando nuestro río:

-Asiri, conforme pasa el tiempo, cada vez me descubro más


ignorante, es verdad que a lo largo de mi vida he aprendido de
tantas personas y circunstancias, ahora hasta me enseñan los niños.
Los veo jugar, les escucho sus preguntas a las que, con frecuencia,
no encuentro respuestas. Descubro sus ojos hipnotizados por el
asombro, siguiendo el vuelo de una mariposa. Los habrás visto
cuando, con el pelo mojado se me acercan, para que les haga la
trenza y su alegría cuando les pongo, alguna de mis cintas, en su
cabeza.

Me miró y en silencio, me abrazó.

Un atardecer, varias lunas después, algo completamente


distinto a esos paseos tan agradables, estaba a punto de
presentarse. Observamos en la ladera, al otro lado del río, a
pequeños grupos de extraños que se iban instalando, formando
campamentos. Encendiendo hogueras que, poco a poco, iluminaban
toda la ladera como pequeños puntos de luz. Nuevas amenazas se
cernían sobre nosotros.

En la Aldea cundió el pánico, el viento traía clamores de


tambores y alaridos. Cuando tomamos conciencia de que eran
soldados de Chan Chan, la MAMA-COYA envío a algunos jóvenes a la
Aldea del Mar, llevando el aviso para que todos los padres acudieran
con rapidez. Y también convocó al Consejo. Todas las madres
acudieron presurosas. Kusi y yo acercamos, casi en volandas, a la
MAMA-COYA hasta el Templo.

-Todos estamos viendo – toma la palabra Kusi – el peligro que


se nos anuncia inminente. Durante un tiempo se irán concentrando,
reagrupando sus fuerzas. Mañana es muy probable que se acerquen
a la aldea a informarnos de sus intenciones.

-Nunca han venido tantos soldados -evocó la MAMA-COYA,


rememorando antiguas incursiones– espero que en esta ocasión
solo nos exijan lo de siempre.

-Por lo que sabemos – toma la palabra Kusi- hay un nuevo


Señor y eso significa que nos exigirá mucho más. Los rebeldes nos
dijeron que cada nuevo Señor de Chan Chan tiene que conseguir
nuevos tributos, pues todos los del antiguo Señor, se los reparte su
familia. El nuevo Señor no hereda nada, ni siquiera el palacio o el
templo y mucho menos los tributos de las aldeas conquistadas en el
pasado, por eso cada nuevo Señor organiza campañas de conquista.

-Se me ocurre - insinué yo- que podríamos aprovechar, esta


noche, para sacar de la aldea algunos alimentos y llevarlos a la cima
del Saraque o si cabe más lejos, antes de que ellos lleguen.

-Asiri me parece muy bien esa idea -me respaldó Kusi con
osadía- yo podría formar un grupo y marchar, con todo lo que
podamos, hasta la Laguna de los Patos, allí esperaríamos hasta que
se marchen los invasores.

El Consejo se dividió en multitud de opiniones, hasta que la


MAMA-COYA determinó con firmeza.

-Estoy de acuerdo con Kusi. Organiza la partida, no hay


tiempo que perder.

Kusi me pidió que yo no la acompañara, para que me quedara


a proteger a su madre. Reunió un pequeño grupo de madres y
padres junto Sanka y fueron al almacén de alimentos y cargaron en
las llamas bolsas de maíz, papas, ají, y carne seca de cuy, llama y
cañanes. Entre lo que cargaron en las llamas y lo que cada uno
llevaba, consiguieron reunir una gran cantidad de alimentos. Con
celeridad y sigilo se pusieron en marcha, y se alejaron por el camino
de la Cueva de los Muertos, bordeando el cerro Saraque se
adentraron en el desierto.
Al día siguiente, a media mañana, un murmullo de voces, se
puso en marcha y descendió por la ladera y dando varias vueltas se
acercaron por el camino de las Cascadas. El grupo de soldados, lucía
sus mejores pertrechos, rodeando al Representante del Señor, el
General de aquel ejército, que avanzaba sentado,
majestuosamente, en la litera que portaban ocho forzudos. Una
gruesa cadena de oro adornaba su cuello, simbolizando su poder.

Ante el revuelo de la comitiva, acompañada por el ruido de


tambores y caracolas, todos los de la aldea nos dirigimos hacia el
Templo. Yo acompañé a la MAMA-COYA que vestida con los
atributos de su poder se acomodó junto a la Kala, todos la rodeaban
tratando de enmascarar el miedo que nos paraliza.

La comitiva llegó hasta la base del templo, por la escalera


subió la parihuela, rodeada de los guerreros más fieros. A unos
metros de la MAMA-COYA, el General detuvo a los porteadores, se
puso de pie y gritó:

-¿Quién es la máxima autoridad de esta aldea?.

-Yo soy - afirmó con decisión la MAMA-COYA Naira poniéndose


en pie– muchas veces hemos recibido al representante del Señor de
Chan Chan.

-Yo soy el representante del Gran Señor de Chan Chan y


vengo con una encomienda muy clara: recaudar los tributos que
han de pagar los de esta aldea. El Gran Señor os exige la mitad de
todas vuestras cosechas de bienes.

-No me parece justo -exclamó la MAMA-COYA, alarmada con


esa exigencia- durante mucho tiempo el tributo era un tercio, que
para nosotros es un gran sacrificio, pero que aceptamos para
mantener la paz, lo que nos pides ahora es un atropello que
condenará a nuestro pueblo, a un tiempo de hambre, hasta que
recojamos la próxima recolección.

Ante estas palabras, el General golpeó con su vara la litera, los


porteadores la bajaron hasta el suelo y él avanzó hasta la MAMA-
COYA.

-La justicia soy yo – gritó golpeado en la cabeza a nuestra


MAMA-COYA – me vais a obedecer sin rechistar.

Fue ese un movimiento tan rápido y colérico que a todos nos


amedrentó, y más al ver con que saña trataba a nuestra MAMA-
COYA, que cayó al suelo con la cabeza ensangrentada.

Los soldados comenzaron a golpearnos, haciendo espacio a su


jefe, yo me abalancé hacia la MAMA-COYA para protegerla, no fui la
única y entre todas la rodeamos. Cuando levanté la vista, mis ojos
observaron los rostros atónitos de las Madres, adiviné en todas ellas
un ramalazo de angustia y rabia:

¿Quién puede tratar así a nuestra MAMA-COYA? A la que tanto


respetamos y debemos. Para casi todos, era la única MAMA-COYA
que habíamos conocido a lo largo de nuestra vida y no solo la
honramos sino que la apreciamos como a nuestra madre.

Aquel General volvió a su gente. Era un momento tenso y


señalando con el dedo a dos de sus oficiales, le mandó a gritos.

-Tú y tú: llevaros a vuestra gente al almacén de alimentos y


tomad todo lo que encontréis. Esta aldea nunca nos olvidará, tienen
que saber que no pueden discutir los deseos del gran Señor. Los
demás – continuó resolviendo – haced lo mismo en todos los
almacenes y casas.

Nuestra MAMA-COYA, casi inconsciente, apenas mantenía un


hilo de vida, con miedo por lo que empezábamos a temer, la
llevamos a su casa, a solo unos pasos, la edad la había consumido e
iba casi agonizante, en nuestros brazos casi no pesa nada, con
delicadeza la tendimos en su cama: un montón de esteras y cojines,
en una esquina de la habitación. Se quedaron con ella sus hijos y
las Madres de más edad.

Toda la Aldea se llenó de gritos y carreras, grupos de soldados


bajaban de la ladera y sembraron el pánico en nuestros corazones.

El General se retiró a su campamento y dejó a sus


subordinados organizando el saqueo. Cuando una familia se resistía
defendiendo su casa, no tenían ningún reparo en incendiarla,
tirando unas teas ardiendo al techo y disfrutando con la visión, de
cómo caían brasas del techo, iluminando la habitación y llenándola
de humo, hasta que los que se escondían, salían atemorizados,
entonces los recibían con bastonazos y pedradas. Asolaron el
pueblo, cabaña a cabaña, incendiando lo que tanto nos había
costado construir.

Unos jóvenes entraron en el corral de las llamas y guanacos, y


abrieron las puertas. Uno de ellos desde dentro las azuzaba, con
gritos, haciendo que huyeran alejándose de la Aldea. Cuando unos
soldados se percataron y corrieron hasta ellos, golpearon a algunos
que quedaron tendidos en el suelo con graves heridas, pero la
mayoría escaparon corriendo Saraque arriba, rumbo a la Laguna de
los Patos.
La aldea se iluminó aquella noche con multitud de incendios y
gritos de desesperación, durante horas todo era confuso y caótico.
Los soldados arrasaron la aldea, arruinaron el Templo, derribaron la
Kala, violaron a las madres que se resistieron, aplastaron la cabeza
de cuantos encontraron a su paso: niños y mayores. Al avanzar la
noche empezaron a abandonar la aldea dejando tras de sí una
estela de destrucción y miedo.

Después de haber intentado proteger a mis hijos, volví a la


casa de la MAMA-COYA, me sorprendió el silencio dolorido de las
madres que la acompañan.

-Asiri - me sugiere una de ellas – la MAMA-COYA está muy


mal, se está muriendo, pide que desea que vuelva su hija, ¿Tú
puedes ir a traerla?.

Todas sabemos que Kusi vendrá cuando los de Chan Chan se


hayan marchado, pero pensé que para entonces tal vez la MAMA-
COYA habría muerto.

-De acuerdo. Inmediatamente salgo con mi hija mayor –le dije


con pesar- tal vez mañana pueda volver con Kusi.

Corrí a mi casa, esquivando en el camino a pequeños grupos


de soldados que todavía se emborrachaban por las calles de la
aldea. Encontré a una de mis amigas tumbada en el suelo
ensangrentada y muerta, eso a mí no me debía ocurrir. No me iba a
ocurrir. Mi casa, como casi todas, estaba carbonizada, aunque mis
hijos ya habían apagado el fuego, el techo, de ramas y carrizo,
había caído sobre los pocos objetos del dormitorio y la cocina,
mucho peor estaba el taller. Las telas, que no se llevaron, todavía
ardían con humo negro y nauseabundo.
-Todos os quedaréis aquí –les comunico al llegar- menos Sami
que vendrá conmigo a buscar a Kusi.

-Pero mamá- protesta mi hijo mayor - ¿Por qué no voy yo


contigo?

-Porque te tienes que quedar con tus hermanos, alguien tiene


que protegerlos, además tenéis que traer agua para acabar con el
fuego del taller. Sami, mira si hay algo de agua y si no ve al río,
mientras yo busco qué nos llevamos para comer durante el viaje.

No tardamos mucho en ponernos en camino rumbo a la


Laguna de los Patos.

Era una noche luminosa llena de estrellas, la luna casi llena


nos acompañaba, en nuestro caminar decidido, iluminando el
camino. De vez en cuando Sami me hacía preguntas, sin dejar de
caminar:

-¿Crees que Kusi será una buena MAMA-COYA?

-Mamá ¿esperas que lleguemos a tiempo para que Kusi hable


con su madre?

-¿Cómo vamos a recuperarnos de la catástrofe, todo está


quemado y deteriorado?

-Algunas madres hablan de abandonar esta Aldea ¿Tú qué


piensas?

Yo no tenía ninguna respuesta, en verdad me hacía las mismas


preguntas, pero intenté tranquilizarla.

Desde hacía años no iba por la laguna de los Patos, en una


ocasión había hecho el camino con un grupo de jóvenes y nos
habíamos entretenido con juegos y conversaciones. Recuerdo que la
primera vez, fue unos días antes de mi elección de marido, el que
luego elegí venía en el grupo y tuvimos muchas ocasiones de
hablar, le dije que era mi elegido, llegó a ser el padre de mis hijos y
ahora está muerto, mi añorado Kachi.

Todavía falta bastante tiempo para el amanecer, por la


posición de la luna pensé que sería entre las cuatro y las cinco de la
madrugada, cuando desde un cerro vislumbramos la hondonada
donde estaba la Laguna.

La Laguna de los Patos era un estanque natural, a una jornada


de marcha desde la Aldea, rodeada de vegetación en medio del
desierto, recogía el agua que manaba del suelo, muchas aves se
concentraban para beber en medio de la algarabía, y a esa Laguna
también acudimos de vez en cuando nosotros para cazar, pues otros
muchos animales se congregan, sobre todo al atardecer.

Conforme nos acercamos, el humo de una hoguera se elevaba


entre los árboles de la ribera, en medio del silencio de la noche.

Al llegar, tanto Sami como yo, jadeábamos por el esfuerzo de


la última carrera, y alzamos la voz gritando:

-Somos Asiri y Sami. ¿Buscamos a Kusi?

A nuestros gritos todos se levantaron alarmados, ni siquiera


tenían a alguien de guardia, todos se habían dormido. Nos sentamos
junto a la fogata, el aire era fresco en el amanecer. Les contamos lo
que había pasado en la Aldea, ellos bastante sabían, por grupos que
habían llegado a lo largo del día, pero se llenaron de tristeza cuando
les hablamos de la MAMA-COYA.

-Kusi, en la Aldea esperan que vayas cuanto antes – le informé


con pesadumbre – Allí te necesitamos.

-Pero no podemos volver, -replicó Kusi- todavía no se han


marchado los soldados. ¿No es peligroso volver?

-Creo que no. Yo te acompañaré, para eso he venido. -afirmé


con decisión- Mi hija se quedará para ayudar aquí.

Preparamos la partida y antes de una hora, ya estábamos en


camino. El sol empezó a calentar, durante el recorrido nuestras
conversaciones giró en torno al futuro, yo tenía claro y así se lo hice
ver que tal vez cuando lleguemos, su madre ya estaría muerta, yo
la había dejado casi agonizando, ella tendría que ser la nueva
MAMA-COYA. En el rostro de Kusi yo veía que, a pesar de mis
palabras, no conseguía que aceptase la muerte inminente de su
madre,

-Cuando la dejé, -insistía con incredulidad- estaba muy


anciana y decaída, pero de ahí a que se muera, hay una gran
distancia.

Ser la nueva MAMA-COYA no le preocupaba, desde hacía


mucho tiempo sabía que eso era lo que se esperaba de ella, lo que
le costaba aceptar era la muerte de su madre.

Nuestro caminar aquella mañana, fue más lento que durante la


noche, el sol calentaba la arena, disipando el frescor del rocío y
convirtiéndolo en un vaho agobiante, no había sombras, entre las
dunas apenas se veían pequeños matorrales, bajo los que se
escondían algunos reptiles que se escondían a nuestro paso, eran
junto a los insectos, el único indicio de vida visible.

Después de un día caminando llegamos. Desde el cerro


Saraque la visión era terrorífica, la aldea se veía llena de cadáveres
y ruinas calcinadas. El silencio que envolvía las calles, contrastaba
con el humo que todavía se elevaba en algunas casas y almacenes.
Corrimos Saraque abajo, rodeamos el Templo hasta la casa de la
MAMA-COYA, al llegar nos recibieron en la puerta varias madres,
inmediatamente entramos a la casa. Hacía demasiado calor en la
habitación por el bochorno del atardecer. Kusi se arrodilló junto a su
madre, que llevaba un rato inconsciente, pero nada más cogerle la
mano, la MAMA-COYA Naira abrió los ojos susurrando:

-Kusi, mi tiempo se ha consumido, ahora tú has de llevar


adelante a nuestro pueblo. Mi dolor es que te dejo la aldea destruida
y sin alimentos.

-No te esfuerces más madre, tendremos tiempo para hablar


más adelante.

-Kusi no hay tiempo. Yo confío en ti y todo nuestro pueblo te


seguirán, has demostrado inteligencia y valentía. Vas a tener que
reconstruir la aldea, en verdad se ha perdido mucho, pero no
podemos abandonar, el río Virú es nuestro hogar.

En ese momento cerró los ojos y vimos cómo serenamente,


sin ninguna muestra de dolor, dejó de respirar.

Kusi se quedó paralizada mirándola, pero una de las madres


ancianas se le acercó levantándola. Cuando Kusi, con los ojos llenos
de lágrimas, se giró hacia nosotros, sentí que ya era nuestra nueva
MAMA-COYA.
En medio de la tragedia tuvimos que sacar fuerzas para honrar
a la MAMA-COYA Naira. Ella se lo merecía.

Kusi nos puso en marcha, envió a una madre a la Cueva de los


Muertos, para avisar a la que allí vigila, diciéndole que fuera a traer
a los que estaba en la Laguna de los Patos.

A la mañana siguiente, con todos los supervivientes de la


aldea, realizamos los rituales para el entierro, por la situación en la
que estábamos hubo que improvisar algunas cosas, los hombres
prepararon la caja de madera con excesiva rapidez, les hubiera
encantado hacerla más digna. Los soldados nos habían robado hasta
algunos de sus objetos ceremoniales, su casa también fue
saqueada, no le pudimos poner sus collares ni su corona de oro
pues habían desaparecido.

Al final colocamos la caja junto a su hoguera y levantamos de


nuevo su Kala, y según nuestra usanza se preparó su cuerpo y se le
envolvió en el lienzo de su vida, en el que varias madres bordaron
los últimos hechos y el modo cruento de su muerte. Lo tapiamos
todo, adornando las paredes con relieves.

Nada más terminar el entierro de la MAMA-COYA Naira, se


puso en marcha la caravana rumbo a la Cueva de los Muertos con
todos los que habían fallecido estos días. Casi todas las familias
tenían algún muerto, en total eran cuarenta y siete, había niños y
ancianos pero también algunas madres y padres. Las familias
acompañaban, con cantos y danzas, a los que habían perdido, el
calor era agobiante, un concierto de chicharras llenaba el aire con
un canto triste y monótono. Cada parentela llevaba a sus muertos y
después de depositarlos en la Cueva, se quedaban en la puerta para
acompañar a los que llegaban. Todo terminaron con una danza de
despedida, que precedía a los gritos de saludo, pues nosotros
despedimos de esta vida con tristeza, pero saludamos con alegría la
nueva vida, que inauguraron los que nos habían dejado.

Empezaron unos días de dolor.

Kusi convocó el Consejo y todas las Madres acudieron, como


todavía no habíamos hecho el nuevo templo, nos reunimos
alrededor del túmulo de la MAMA-COYA Naira.

-Ya os he recordado varias veces -aseguró solemnemente


Kusi- las últimas palabras de mi Madre: No podemos, aunque
hayamos perdido mucho, marcharnos de aquí. El río Virú es nuestro
hogar. Algunas de vosotras habéis manifestado que lo mejor sería
huir hacia el sur, buscar algún sitios más tranquilos, más alejado del
poder de Chan Chan, pero el último deseo de nuestra MAMA-COYA,
era un mandato: reconstruir la aldea. A orillas del Virú tenemos
nuestro hogar. Seguiremos aquí.

En medio del silencio se levantan algunas voces, todas a favor


de permanecer a orillas del Virú.

Nadie podía imaginar lo que pocos años más tarde sucedería.


Pero nuestra decisión, en ese momento, estaba tomada.

-Ahora lo más importante – continuó Kusi- es organizar el


trabajo para reconstruir la aldea, sin olvidarnos de que hay que
conseguir alimentos. Los padres se irán a la Aldea del Mar durante
una semana, y traerán pesca y sal. Las madres agricultoras harán
un inventario de los alimentos que nos han dejado. Las demás
madres se encargarán de arreglar las casas y almacenes dañados
por el fuego y la barbarie, mientras que los jóvenes buscarán las
llamas que se han dispersado y cazarán cañanes. También los niños
deben colaborar, se encargarán de traer agua del río. Cuando
dentro de una semana, vuelvan los hombres todos nos ocuparemos
en la reconstrucción del Templo. Mi hija Sisa (Mujer que siempre
vuelve a la vida) ya ha salido a buscar la nueva Kala.

Al escuchar estas palabras no tuve más remedio que admirar


la capacidad organizativa y la autoridad de nuestra nueva MAMA-
COYA. Bajo su gobierno parecía fácil recomenzar de nuevo.

A orillas del Virú, 1470: Los soldados del Inca en Chan - Chan

Asiri. Narradora

De cómo los soldados del Inca asedian la ciudad de Chan Chan,


hasta que se rinde por la falta de agua y comida.

Las calles de nuestra Aldea iban recobrando su actividad


normal, la MAMA-COYA quiso dar realce a la fiesta de la elección de
marido, participando personalmente, decidió elegir a Churki
(Hombre que nunca se rinde), que había estado casado con su
hermana Illarisisa, y desde entonces permanecía viudo. A Churki se
le veía emocionado, pues siempre había visto en Kusi (Mujer que
tiene siempre suerte), un reflejo de su amada Illarisisa.

Antes de casarse, Kusi me pidió que yo también me casara,


pero así como las dos habíamos visto el cuerpo de su marido Chuwi
(Hombre simpático), y cómo moría en medio de una batalla.
Ninguna podía afirmar lo mismo del cuerpo de Kachi (Hombre
inteligente), mi marido, aunque yo no tenía ninguna esperanza,
¿pero y si volvía? Yo no podía casarme.

Ya habíamos construido el nuevo Templo y en su explanada se


desarrolló la ceremonia. Pero había bastantes murmuraciones,
aunque nunca se habían mencionado los nombres, parece que son
varias las Madres que chismorrean contra la nueva MAMA-COYA.
Una de ellas censurar que fuera la primera en escoger marido, pues
la costumbre mandaba que cuando llega a la edad de elegir, era la
heredera de la MAMA-COYA, la primera que escoge, pero eso ya lo
había hecho Kusi cuando eligió a su primer esposo, ahora ya parecía
no tenía ese derecho.

Otra madre difundían el rumor de que Kusi se había


chanchanizado pues al vivir tanto tiempo con gentes de Chan Chan,
había tomado algunas de sus costumbres, su manera de hablar y
hasta sus adornos y vestimenta. Por eso había perdido el derecho a
ser nuestra MAMA-COYA.

La más cruel fue la que empezó a llamarla MAMA-monstruo,


exagerando la deformidad de su rostro, fruto de la herida con la que
llegó medio muerta, a la Aldea; con el tiempo no era tan grande la
cicatriz aunque se le notaba. A esta madre el Consejo la expulsó de
la Aldea, aunque yo también apoyé la expulsión me pareció
excesivo, y podría haberla defendido, pero ella no se arrepintió y
abandonó nuestra compañía junto con su marido y algunos de sus
hijos, en una balsa se dirigieron hacia el sur.

Kusi acepta las críticas y aseguró que se esforzaría para volver


a apreciar todas nuestras costumbres, pues no era intencionada la
supuesta chachanización de la que la acusan. Ella había
demostrado, con hechos, el rechazo a los de Chan Chan. De lo que
no quiso ni oír hablar, fue de que no tenía derecho a ser la primera
en elegir marido, pues esa era una costumbre arraigada que
revelaba el poder absoluto de la MAMA-COYA y que ella no podía
renunciar.

El Consejo le dio la razón y poco a poco se aplacaron los


ánimos.

Pasaron los meses después de la fiesta de la Elección y


sucedieron muchas cosas, cada una a su manera, iban a cambiar mi
vida aunque yo todavía no lo supiera.

Como todas las tardes bajé al río, llevaba al igual que cada
madre el cántaro para traer a la casa el agua del día siguiente. Era
un tiempo de alegría junto al río, todos nos bañábamos y surgían las
conversaciones, con frecuencia a cuenta de los hijos que
revoloteaban a nuestro alrededor. Pero en esta ocasión sucedió lo
impensable.

Por la ladera del monte, al otro lado del río, surgieron varias
figuras que avanzaban, poco a poco notamos que eran un grupo de
soldados de Chan Chan, en cabeza venía uno con las plumas y las
pequeñas placas de oro incrustadas en la túnica, características de
los oficiales. En un momento le vimos empezar a correr dejando
atrás a los demás.

Nuestros perros vadean el río y rodearon al Oficial, por las


cabriolas que daban a su alrededor, nos pareció que lo conocían,
siguió avanzando y al llegar a la orilla me dio un vuelco el corazón:

-Es Kachi, ¡Es mi esposo!

Vimos cómo se tomó unos instantes para recobrar el aliento,


las manos sobre la rodilla, luego se tumbó en la ribera, y empezó a
derramar agua sobre su cabeza y su cara. Una alegría salvaje se
apoderó de él, yo no podía comprender su reacción.

-¡ Kachi! -dije, y me dicuenta de que estaba gritando.

-¡ Qué alegría! Me lancé al río y en apenas cuatro brazadas lo


crucé. Me abalance y abrazándole susurre:

-¿Dónde has estado? Si supieras todo lo que te he extrañado.


Nunca perdí la esperanza de volver a verte, muy en el fondo de mi
corazón sabía que estabas vivo.

Kachi me miraba con rostro impasible, ¿Cuánto le costaba


creer que había llegado a la Aldea? y más todavía que yo le estaba
abrazando. Poco a poco una sonrisa iluminó su rostro. Lo había
logrado.

- Tienes muchas cosas que contarnos.

- ¿Cómo están mis hijos? -fue su primera pregunta con la voz


rota.

Del otro lado del río comenzaron a llegar, en las balsas, los
que lo veían con incredulidad, vi muy emocionada a la MAMA-COYA.
Fueron muchos los abrazos. Llegaron los soldados y se unieron a
nuestra alegría. Nos montamos en una balsa, abrazado a mí, me
dijo:

-Cuando llevaba más de un año en la cárcel, llegaron, presos,


varios de la Aldea, me contaron la masacre de los soldados, y me
dijeron que tú estabas viva antes del ataque, pero todos hablaban
de la destrucción y de que habíais abandonado la Aldea huyendo
hacia el sur, Me he quedado aturdido al ver dos milagros: que existe
todavía la Aldea y que tú me mirabas desde el otro lado del río.

Al llegar a la otra orilla todos nos rodearon y Kachi nos miraba


entre asombrado y risueño. Antes de seguir se bañó por primera
vez, después de tanto tiempo, en nuestro río Virú, en esta situación
llegaron algunos de nuestros hijos que alborotado lo abrazaron.

Empezamos a andar por el camino de las Chirimoyas hasta


llegar a la Aldea. Todo el tiempo le mirábamos aún incrédulos ante
lo que estábamos viviendo. Llegamos a nuestra casa, pero él
consideró necesario acercarse hasta el Templo, allí besó la Kala y
nos dijo:

-¿Cuántas veces he recordado nuestro Templo? ¿Cuántas


noches me veía danzando, junto con vosotros, en honor a Inti, en
este Templo?.

Fue un momento muy emotivo verlo con los ojos anegados en


lágrimas, abrazado a la Kala. Pero todos vimos que necesitaba
descansar.

-Kachi, vamos a casa, -le dije, tomándole del brazo- ya está


anocheciendo y tendrás mucho tiempo para venir al Templo y
también de contarnos tantas cosas.

Aquella noche les preparé algo de comer y les forcé a que


durmiera en nuestra habitación y los soldados en el patio de la casa,
pues la noche era agradable. Se acostó y no tardó mucho en
despertar gritando aterrorizado, su sueño estaba poblado de
pesadillas. Lo abracé tratando de tranquilizarlo y se volvió a dormir,
después de beber una infusión de adormidera que le preparé.

Por la mañana seguía entre sueños, aletargados. No quise


despertarlo, los soldados mantuvieron el silencio, se fueron a bañar
al río, pero a medio día me pareció que tenían que comer. Desperté
a Kachi y le hice comer un hervido de maíz con papas y yuca,
cuando estaba comiendo llegó la MAMA-COYA

-¿Kachi cómo estás?

-Si algo necesito - dice Kachi- es vuestra compañía, sentir de


nuevo la fuerza de nuestra aldea, la fuerza de vuestras miradas y
sonrisas.

-Si estás con ánimo -continúa la MAMA-COYA- esta noche


podemos hacer una fiesta. He mandado que los hombres vengan de
la Aldea del Mar para recibirte.

A la hora que Inti enrojece las nubes, salimos de nuestra casa,


cuando llegamos, en el Templo y estaban todos, subimos por la
escalinata norte, nuestro templo ya tiene tres terrazas
superpuestas, la explanada de Tintaya (La que consigue lo que
quiere), encima la de Naira (Mujer de ojos grandes) y ahora
también la de Kusi (Mujer que tiene siempre suerte), que se eleva
unos cinco metros sobre el suelo.
Kachi avanzó apoyado en mis hombros, yo iba eufórica y
entusiasmada como no había estado desde hacía muchos años.
Después de la danza se repartió la chicha y todos nos sentamos en
la explanada. Kachi tomó la palabra diciendo pausadamente:

-Como todos sabéis hace casi cuatro años, la MAMA-COYA


Naira envió a su hija Kusi y a unos cuantos de nosotros, para
colaborar con los rebeldes en la lucha contra los de Chan Chan.
Participamos en muchas acciones, y durante un tiempo, salimos
más o menos victoriosos, de aquellos encontronazos y conseguimos
retrasar el avance de los soldados, pero la acción más trágica, nos
llevó a una amarga derrota.

Sucedió que una mañana, después de dormir bajo un techo de


miles de estrellas, la tensión era palpable, pero avanzamos
acercándonos a un campamento. Nadie hablaba, nuestros
movimientos eran cautelosos. Desde donde yo estaba veía a Kusi y
a mi esposa Asiri. Con horror vi como las rodeaban y atacaban con
saña, en medio de gritos y gestos agresivos. Kusi cayó al suelo y la
creí muerta, Asiri se precipitó por un abismo y desapareció de mi
vista. Al reaccionar me levanté y me vi rodeado de soldados que me
golpearon y me hicieron prisionero.

Después de varios días, marché junto a un grupo de


prisioneros, llegamos a Chan Chan. Yo llegué a la cárcel con la
rodilla destrozada y golpes por todo el cuerpo, me metieron en una
mazmorra con otros quince prisioneros, allí permanecí, desnudo,
más de doce lunas.

La cárcel era una gran sala, en el suelo se abrían las entradas


a las mazmorras, unas cuevas subterráneas, sin ventanas ni
respiraderos, en las que se hacinaban los prisioneros. Semana tras
semana elegían a unos cuantos para el sacrificio ritual, era el único
momento en que abrían la trampilla y bajaban varios soldados por
una escalera de mano, para elegir a los destinados a la ofrenda
semanal a sus dioses. Yo me iba librando hasta que una tarde, me
sacaron junto con otros cinco infelices. Como era su costumbre, a
los que iban a ser sacrificados, nos dieron una droga, para
adormecer nuestra voluntad. Cuando la bebí empecé a tener fuertes
espasmos, los músculos se pusieron rígidos y me desplomé
inconsciente.

Dos días después cuando recuperé la conciencia, me fui


enterando de lo que había pasado.

Resulta que cuando caí al suelo, el Jefe de los carceleros


irritado, grito:

-Este desgraciado ya está muerto, no podemos llevarlo al


sacrificio. Después lo enterraremos.

Me patearon y me dejaron en una esquina, cuando volvieron


del sacrificio, nadie me hizo caso, me había convertido en un objeto
más, en la sala de los carceleros. De vez en cuando cualquiera me
golpeaba para ver si estaba vivo.

Cuando recuperé el conocimiento y pude darme cuenta de mi


situación, procuré moverme lo menos posible, debía seguir siendo
un objeto tirado en una esquina, una sed horrorosa me desquiciaba,
pero tuve que esperar hasta la madrugada, cuando aprovechado la
desidia de los carceleros, pude beber y comer algo.

A la mañana siguiente el carcelero Jefe al verme me gritó:


-¡Muerto!, ven aquí.

Con pánico me arrastré hasta donde él se estaba vistiendo,


temiendo lo peor y cuál fue mi sorpresa cuando me dijo:

-¡Muerto! tráeme aquella lanza.

Ante esto, yo obedecí con presteza, pero sin levantarme del


suelo, renqueando, tratando de seguir siendo invisible.

Sin ninguna razón, me fui convirtiendo en un criado peculiar


de los carceleros. Me habían cambiado el nombre, yo era Muerto,
siempre estaba desnudo, les traía y llevaba cosas, les limpiaba sus
armas, recibía patadas y empellones, pero milagrosamente, seguía
vivo.

Llegué a ser el encargado de bajar el agua y la comida a los


que estaban en las mazmorras. Al amanecer tenía que bajarles, a
cada mazmorra, un cántaro de agua y otro de comida y al
anochecer otro de agua y subir y vaciar la vasija de excrementos.
En cada calabozo malvivían unos 20 prisioneros. No era mucho
trabajo, pero así, los carceleros no lo tenían que hacer y se quitaban
una obligación. Más de una vez aproveché sus descuidos para
bajarles más agua a unos y otros, la comida era imposible, ya que
la traían cada mañana y se agotaba. Por experiencia sabía que
algunos carceleros descuidados o sádicos, al bajar el cántaro de
agua o de comida, lo zarandeaba y cuando nos llegaba se había
perdido alguna cantidad, yo por eso siempre me esforcé porque eso
no me sucediera y le llegara a los prisioneros el máximo, aunque yo
sabía que siempre era menos de los que se necesitaba y siempre se
acababa demasiado pronto.
En esta extraña situación llevaba varias lunas, cuando llegaron
cinco prisioneros, a los que reconocí inmediatamente por su ropa y
por su cara. Eran de nuestra aldea. Fue para mí un golpe demoledor
las noticias que me explicaron: la destrucción de la aldea, la huida
de todos sus habitantes, la muerte de los que se resistieron y ellos
que llegaban prisioneros.

La vida seguía cada vez con menos sentido, ni siguiera una


salida de la cárcel fue para mi motivo de alegría. Ya llevaba más de
dos años, cuando el jefe de los carceleros me dijo:

-Muerto, ponte un taparrabos y ven conmigo.

Le seguí y tuve que entornar los ojos al salir al patio.


Deslumbrado avancé tras sus pasos por las calles de la ciudadela.
Llegamos a su casa, llevaba muchos años sin ver a ningún niño, y
me quedé mirándolos.

-Muerto, olvídate de los niños, te he traído para meter estos


sacos de maíz en el almacén. Antes del mediodía vendré a por ti, ya
lo tienes que haber terminado.

Fue un trabajo duro, yo no tenía fuerzas, pero cuando el jefe


volvió había cumplido con su mandato: los veinte sacos de maíz
estaban en el granero. Me dio unos tragos de chicha de regalo y
volvimos a la cárcel.

Aquella tarde tuve que explicar mi aventura a algunos


prisioneros que, desde la mazmorra, me preguntaban intrigados.

Entre los carceleros empezaron a correr rumores de un ejército


que bajaba desde la sierra, los llamaban los soldados del Inca y
murmuraban que se dirigían con dirección a Chan Chan. Lo
alarmante era que se decía que eran miles. Un ejército de más de
30 mil combatientes, se acercaba.

Fueron días de gran zozobra, el Señor de Chan Chan organizó


varios sacrificios de prisioneros, en tres semanas fueron sacrificados
casi cien, pidiendo a Kon, su Dios protector, que con ellos luchará
contra sus enemigos.

En todo Chan Chan, el miedo creció como una nube negra,


apoderándose del ánimo de la población. A la ciudadela llegaban
grupos de soldados narrando derrotas frente al ejército adversario.
El Inca envió una embajada exigiendo la rendición, pero Minchan
Caman, Señor de Chan Chan la rechazó, mató a todos los enviados
del Inca, menos a uno, al que devolvió para que notificar
amenazando:

-Chan Chan, nunca se rendirá.

Al recibir esta respuesta, Túpac Inca Yupanqui, hijo de


Pachacútec, aconsejado por sus generales, decidió rodear la ciudad
y bloquearles los canales que le suministraban agua. La ciudad de
Chan Chan está en pleno desierto, por unas acequias les llegaba
agua del río Moche. Esa decisión supuso un duro golpe para la
ciudad, pues en unos días se agotaron las reservas y la gente
comenzó a tener sed.

A la cárcel nos llegaban todos estos rumores y, aunque


empezamos a sufrir las consecuencias, deseábamos que el Inca
triunfará.

Una tarde desaparecieron los carceleros y yo abrí las


mazmorras, y con ayuda de la escalera de mano, facilite la salida de
los prisioneros, apenas éramos unos ochenta y empezamos a salir
de la cárcel. Todos nos mirábamos y reaccionamos buscando algo
de ropa y cada cual decidió su manera de huir. En la ciudadela se
había instalado el caos, autoridades y soldados, corrían en medio
del desconcierto. Los soldados del Inca ya habían superado la
primera muralla y comenzaban a desperdigarse dentro de la
ciudadela, en medio de aquel caos no me fue difícil salir y sin
muchos problemas esconderme a orillas del río Moche. Allí muchos
fugitivos, nos fuimos escondiendo de los soldados del Inca y de los
otros soldados. Grupos, cada vez más numerosos, se embarcaron
rumbo al mar en pequeñas embarcaciones de totora.

Mi único pensamiento era alejarme de allí.

Tomé la ruta de la sierra buscando la cueva donde se reunían


los rebeldes, no se me pasaba por la cabeza otro sitio donde acudir.
Llegué en dos días, como poco, pues por mucho que me apresurara
corriendo, la distancia me resultaba muy grande, me fallaban las
fuerzas y a veces pasaba horas acurrucado a la sombra de los
árboles, medio dormido y hambriento. Encontré la cueva y me vi
rodeado de los perros, que al principio gruñían, pero que al poco me
reconocieron. Me recibieron Wara y Arumi junto con unos cuantos
ancianos.

-Mi hijo Illampu– me informó Wara- con los demás, se ha


unido a la tropa del Inca en el asalto a Chan Chan.

Yo les pude decir que esa batalla la habían ganado, pero que
no sabía nada de su hijo. Allí me cuidaron durante semanas, hasta
que nos llegó noticia de Illampu, pidiéndonos que fuéramos a Chan
Chan.
Al llegar a la ciudad nos encontramos con una situación
inesperada: Túpac Inca Yupanqui, hijo del Inca Pachacútec, había
apresado al Señor de Chan Chan, y lo había enviado al Cusco
cautivo, en su nombre, encumbró al hijo del Señor: Chumún Caur,
que comenzó a gobernar la ciudad en nombre de su padre, pero
como súbdito del Inca. También nombró a Illampu jefe del ejército
de Chan Chan, para que controlara al nuevo Señor. Illampu nombró
oficiales de su ejército a los rebeldes que lo habían acompañado y
como yo era uno de ellos, pese a mi reticencia, quiso que fuera
oficial y tuve que aceptar el cargo.

Cuando ya estaban las cosas más tranquilas, empezó a


obsesionarme el deseo de volver a nuestra aldea, a la que
sospechaba, por lo que me habían dicho, estaría devastada. Esa fue
la razón por la me llené de alegría, cuando vi la Aldea desde la
ladera del monte. No podía creerlo, allí estaba nuestro templo, por
eso me apresuré hasta llegar a nuestro Virú.

Al terminar de hablar se hizo el silencio en la explanada del


Templo. Ya es casi la medianoche, todos estamos sobrecogidos y
nos sentíamos liberados de la opresión de Chan Chan. En ese
momento Kusi levantó la voz:

-Hemos vivido tiempos difíciles bajo el dominio de Chan Chan,


nos han dejado sin alimentos, han destruido nuestra aldea, han
matado a muchos de los nuestros. Ahora pienso que vienen tiempos
mejores. Esperemos que el Inca no venga al río Virú y si viene o
manda un emisario no sea tan cruel.

El silencio alcanzó a toda la concurrencia, cada uno tratando


de explicarse en qué consistía la nueva situación, nos encaminamos
cada cual a su casa. Mi marido despidió a los soldados, que
marcharon de vuelta a Chan Chan, él se puso nuestra ropa y se
reintegró en la vida de la aldea.

DÍA MARTES

Al día siguiente volvieron a casa de D. Miguel con nuevas


dudas y preguntas. En esta ocasión de nuevo les recibió Doña
Claudia y al mirar por la ventana al patio interior, le elogiaron las
macetas.

-A mi edad ya solo puedo hacer frente a tres de mis hobbies:


la cocina, la jardinería y poner alguna que otra inyección. No sé si
mi esposo les ha dicho que cuando nos conocimos, él ya era un
joven y apuesto profesor de la Universidad, pero yo estudiaba
enfermería y fui enfermera hasta que lo dejé, temporalmente, para
atender a mis hijos, cuando se me hicieron mayores y me dejaron
el nido vacío, volví a ejercer hasta que me jubilé. La cocina siempre
fue una de mis pasiones y las flores son una alegría que me gusta
cultivar

Al entrar al estudio, D. Miguel estaba de un humor excelente, se


diría que exultante, les empezó a decir tras los saludos:

-Durante la mañana he leído la parte del Manuscrito que me


dejaron y me ha parecido muy interesante la descripción que hacen
de los Baños del Inca, que mucho antes de la llegada de los
conquistadores, eran unos baños termales, alrededor de los que
surgió una cultura de sanadores, es la llamada cultura Cajamarca
de la que todavía se sabe muy poco. Fueron conquistados por el
Imperio Inca en la primera expansión con el gran Pachacutec y aún
en la actualidad es un importante centro termal.

Pero lo más importante de este relato, es la relación de la


Aldea con los de Chan Chan y sobre ese tema hay muchas noticias
interesantes.

Como Warayana afirma en la carta de presentación del


manuscrito, este pueblo llegó al Valle del Moche. Vino por el mar,
no se sabe de dónde, aunque algunos arqueólogos hablan de un
pueblo guerrero venido de Manta en el actual Ecuador, en una flota
de balsas, con toda su corte y guerreros. Fundó la ciudad como
Capital del que ahora conocemos como Cultura Chimú. El nombre
de aquel conquistador era Tacaynamo y fue el primer soberano de
Chan Chan. El último de los Señores, Minchanman fue derrotado por
los Incas, que conquistaron y destruyeron la ciudad.

Cuando llegaron los Españoles lo que encontraron fue una


ciudad en ruinas. Junto a la que fundaron la actual Trujillo.

La extensión Chan Chan se debe a que es una ciudad de


ciudades. Porque al morir el gobernante de turno, quedaban
sellados para siempre sus palacios, patios ceremoniales, talleres y
depósitos donde ejerció su poder; quedando como un enorme
mausoleo, como una ciudad fantasma, silenciosa y deshabitada
para siempre.

Al sucesor le tocaba ocupar un espacio vecino donde tendría


que edificar su ciudadela, con los palacios para albergar a su corte
con sus sacerdotes, guerreros y sirvientes. Cuando los incas la
destruyeron la ciudad estaba formada por diez ciudadelas
amuralladas. Las más antiguas habían sido abandonadas muchos
años antes y aunque sus edificios estaban deteriorados nadie había
profanado sus tesoros. Los incas llevaron gran cantidad de oro,
plata y piedras preciosas al Cuzco.

-Algunos arqueólogos sostienen -afirmó Rosa- que de esta


Ciudad son las maravillas que adornaban la Koricancha en el Cusco.

-Por supuesto que es una explicación muy razonable –dijo D.


Miguel- pues la cantidad de metales preciosos que encontraron los
conquistadores en el Cuzco, bien pudo ser fruto de la rapiña de
Chan Chan, ya que era la ciudad más importante en ese momento,
más que el Cuzco. Cuando llegaron los españoles pensaron que en
esas ruinas no había tesoros. Pero se equivocaban. Hay constancia,
al menos, de un Cacique que obsequió a un Escribano real de
Trujillo, con un deslumbrante tesoro de objetos de oro, de plumas y
de perlas, que había extraído de la ciudadela más antigua.
Figuraban en el regalo, una almohada cubierta de perlas, una
corona de perlas, un collar de oro y perlas y un asiento en cuyo
espaldar había borlas de perlas que ceñían cabezas esculpidas de
pájaros.

-Pero las ruinas -dijo Juan- que visitamos el domingo parecía


de una ciudad bastante inhabitable, nosotros sufrimos mucho del
calor.

-Según estudios realizados -dijo D. Miguel- sobre su


arquitectura, los techos facilitaban la circulación de corrientes de
aire, además había gran cantidad de jardines, pozos y lagunas
artificiales, recreando un microclima especial -mucho más agradable
que el actual- dentro de la ciudadela.

Al llegar la hora de marchar, le dejaron copia de todo el


manuscrito que ya tenían fotografiado y se volvieron al hotel.

SEGUNDA PARTE

A orillas del Virú, 1431: Una antigua aventura

Mayta (Hombre que aconseja con bondad) Narrador

De donde se narra la extraordinaria aventura que supuso para


algunos la ocasión de conocer la costa más al sur del Virú.

Aquella mañana, como todos los días, un rayo de sol entró por
el hueco de la ventana, iluminando la pared de enfrente. Después
de despertarme salí, como era mi costumbre, a dar un paseo junto
al río y bañarme.

Me encontré con Anca (Hombre veloz como el águila), un


anciano como yo, pero más delgado y huesudo, con los ojos aún
vivos y la voz rotunda, su nombre era una caricatura de su
personalidad; pues era lento y obstinado, con frecuencia solitario y
malhumorado. Aficionado a recordar los tiempos idos, sobre todo en
las noches de nostalgia, en las que la chicha le soltaba la lengua
más que de costumbre. Era sobre aquellos días cuando llegamos a
este valle y lo convertimos en nuestra casa y las aventuras de los
comienzos.

Durante un rato nos acompañamos, sin muchas palabras, en el


camino. En aquel amanecer, una niebla suave, que todo lo deja ver,
pero todo lo difumina en la lejanía, cubría la aldea como un manto
de soledad, que poco a poco se iría rompiendo por el tumulto de la
actividad cotidiana. Entre los montes se fue intensificando la luz del
nuevo sol.

Dimos una caminata hasta el bosque de algarrobos donde


estaban las trampas para cazar cañanes, unos pequeños lagartos
que forman parte de nuestra comida y también para secarlos y
comerciar con las aldeas cercanas. Como todos los días había casi
una docena; elegimos a los machos, en esta ocasión siete, y
soltamos a las hembras y los pequeños para que crezcan.

Tal vez para distraerme, Anca, empezó a hablar, de lo que


más le gustaba recordar.

-Mayta, cuando veo la facilidad que tenemos para conseguir


comida, me acuerdo de aquellos días de hambre, los que pasamos
en nuestra juventud, durante nuestra gran aventura. ¿Te acuerdas?

-Como me voy a olvidar, –le respondí con desgana- casi nos


cuesta la vida.

Aquel gran viaje que hicimos en nuestra juventud, había


dejado una huella, tan profunda, que ocupaba muchas de nuestras
conversaciones: pequeños detalles, momentos de miedo o tensión,
asombro ante la belleza, dolores en todo el cuerpo al trajinar en la
navegación, añoranza de los hermanos de Huacho y de aquel que
una noche cayó al mar y se perdió.

La gran aventura sucedió cuando ya estábamos establecidos


en este valle, y la MAMA-COYA reunió al Consejo para comunicarles
las cavilaciones que rumiaba desde hacía tiempo.

-Es necesario hacer un viaje comercial hacia el Sur, pues


nuestro río es pobre en minerales y necesitábamos cobre, oro y
plata.

Ante este mandato con celeridad construimos tres grandes


balsas con gruesos troncos de madera ligera y porosa, reciamente
unidas mediante sogas. Dos palos robustos colocados en el centro
de la balsa sostenían una gran vela cuadrada de algodón y para que
fuera más maniobrera, se le puso un timón. Sobre la cubierta
construimos una zona protegida, para evitar que la espuma de las
olas perjudique las mercaderías.

Mientras nosotros construimos las balsas, en la Aldea


prepararon varios cántaros y los llenaron de agua y alimentos, igual
tenían maíz y papas que ají. Y en otras vasijas pusieron ropa de
diversos colores, telas de lana de vicuña y de algodón, mantas
finamente adornadas con bordados de aves, peces y árboles.
También adornos de oro y plata de las formas más diversas y
muchas otras cosas: como conchas rojas y blancas, perlas y
esmeraldas. Cada balsa era una auténtica casa flotante, dos
habitáculos con paredes de madera, ocupaban el centro, detrás de
las velas, que se izaban en un tronco de tres metros de altura, en
cada una irían varias Madres y quince pescadores.

Fueron muchos los que, de madrugada, se reunieron en la


Aldea del Mar para despedirnos. Habían pasado la noche, con
nosotros, muchas Madres y niños, junto con la MAMA-COYA. Cuando
todo estaba preparado, en medio del ajetreo de gritos y carreras
busque con la vista a Anca, que casi se abrazaba lloroso a su Madre.
Montamos en las balsas que serían nuestro hogar durante muchos
días y muchas noches. Entonces, Nina (Mujer vivaz), volvió a la
orilla y se acercó a la MAMA-COYA, esta se quitó uno de sus collares
y se lo puso a Nina en el cuello, sería el signo de su autoridad
durante el viaje.

Con alegría y cierta inquietud nos lanzamos hacia el sur, en


brazos de la brisa, que nos mecía e impulsaba con decisión. Tanto el
cielo como mar que nos envolvía, estaba sereno y azul. Nos fuimos
alejando poco a poco sin perder de vista a los que dejábamos.

En nuestra balsa iba Nina, una madre hilandera de mal genio y


gritona cuando las cosas no iban según su criterio, pero amable y
hasta dulce, si todo está a su gusto. Nina dejaba en la Aldea a sus
cuatro hijos, su vida estaba marcada por la muerte de su esposo,
perdido en el mar cuando una ola inmensa le sorprendió pescando,
junto a varios más y todas las barcas de totora fueron arrastradas
hacia alta mar y no volvió ninguno. Se conservó, durante meses, la
inquietud en la Aldea hasta que se aceptó lo inevitable: todos
habían muerto. El carácter de Nina se enturbió y no solo sus hijos
sufrieron los gritos.

En nuestra balsa las mercancías eran sobre todo telas


bordadas, los trabajos de metal iban en las otras balsas, mientras
que las tres balsas llevaban sus alimentos y el agua necesaria para
la travesía.

Poco a poco la multitud se dispersó, moviendo los brazos en la


despedida. A mí alrededor había caras serias, algunos, tal vez,
pensaba que era una despedida definitiva, otros solo pensábamos
que todo saldría bien y pronto volveríamos. El cabeceo de la balsa
no tardó en causar mareos, sobre todo en las mujeres, poco
acostumbradas al balanceo continuo. Navegamos todos juntos,
dejando que fuera la balsa de Nina la que fuera delante.

Cada día de navegación, nos acompañaba una costa desértica,


que de vez en cuando, verdeaba al llegar a las desembocaduras de
los ríos, por todos ellos nos adentrábamos, buscando las aldeas en
las que pudiéramos comerciar, en todas éramos recibidos con
hospitalidad, pero poco oro y metales nos podían ofrecer por
nuestros productos. Una y otra vez volvíamos al mar y seguíamos
hacia el sur. Cada noche, buscábamos un lugar para pernoctar
cuando el sol empezaba a hundirse en el mar, nos acercábamos a la
costa buscando el cobijo de alguna ensenada.

Pero no siempre podíamos refugiarnos.

Sería media tarde cuando a lo lejos alcanzamos a ver una línea


por encima de las olas, era la silueta de unas montañas que
recibieron con grandes gritos de alegría, desde el día anterior, el
viento nos había alejado mar a dentro, la noche la habíamos pasado
en alta mar, lejos de la protección de la playa. Era una isla habitada
por miles de aves.

Al anochecer nos encontramos bordeando altos y empinados


acantilados cubiertos por los excrementos de los pájaros marinos
que nos recibieron con multitud de gritos y el aleteo de sus grandes
alas. No parecía que fuéramos bienvenidos.

Esa noche pernoctamos en las balsas varadas en una pequeña


bahía, bajo el cielo cuajado de estrellas, apenas ráfagas
intermitentes de conversación rompían el silencio, todos estábamos
agotados después de la noche pasada en alta mar.

Zarpamos al romper el alba con muy buen tiempo y nos


alcanzó un viento constante por lo que avanzamos con facilidad.

-Al cabo de algunos días, no recuerdo cuantos -sentenció


Anca-, llegamos a un puerto muy protegido donde acercamos
nuestras balsas.

Luego supimos que era un puerto de pescadores.

Amanecía sobre Huacho. El sol naciente lucía dominando un


cielo azul, pero el ambiente era húmedo en aquellas horas de la
mañana. Junto al muelle se apiñaban las casas bajas de adobe. Las
casas de los pescadores. Cuando la balsa comenzó a acercarse al
puerto y esas manchas que, en la lejanía, se movían de un lado
para otro, se hicieron más nítidas, descubrimos que no se asustaban
al vernos, parecían acostumbrados a recibir la visita de extraños.
Pero no pude intuir lo que encontraríamos en ese pueblo tan
acogedor. Cerré los ojos y dejé que el aire, cargado de mar,
acariciara mi rostro. Giré la cabeza y encontré, al otro lado de la
balsa, la espalda de Anca, bregaba con la vela que se hinchaba y
crujía ante el ímpetu del viento.

La agitación en el mar fue desapareciendo, pero la brisa se


había tornado caprichosa, con facilidad cambiaba de dirección y no
todas las rachas tenían la misma fuerza. Las nubes bajas color gris
oscuro de los últimos días habían desaparecido, para dar paso a un
cielo azul radiante, miles de pájaros lo surcaban camino de los
bancos de peces. A gritos llamé a Anca para concertar los
movimientos de acercamiento. El ruido de las olas al romper era
cada vez más intenso, constantemente nos empapamos con el agua
pulverizada, no obstante atracamos sin novedad las balsas en la
ensenada del puerto.

Allí nos detuvimos, teníamos necesidad de reparar una de las


balsas que había sufrido desperfectos, pues a veces el mar se
embravece y zarandeaba nuestras pequeñas balsas entre olas
inmensas y vientos terroríficos. Necesitábamos maderas y cuerdas
para repararlas. También llevábamos muchos días sin beber agua
fresca, la que quedaba en los cántaros ya estaba bastante sucia y
corrompida, había que renovarla.

Nada más desembarcar, sentimos un difuso rechazo, miradas


huidizas, sutiles desplantes. En el barrio de los pescadores, unos
niños nos recibieron a gritos, a ellos se unió el ruidoso revolotear de
gaviotas gritonas. No era un buen augurio.

Mientras algunos buscaban medios para reparar las balsas, yo


me fui con Nina, llegamos a la plaza del mercado, allí nos
separamos en pequeños grupos, Nina y yo atravesamos la zona
donde vendían frutas y verduras y nos adentramos por entre los
puestos de orfebrería buscando metales.

Presentí que iba a ser un día muy largo y desde luego lo fue.
Sucedieron muchas cosas, los hechos se precipitaron. Cuando
estaba con Nina, negociando un trueque, llegaron a la carrera Anca
y algunos de los nuestros.

-¿Qué sucede? - pregunté intrigado.

-Nada -respondió acalorado Anca, su rostro estaba lívido y los


labios le temblaban.

-No lo parece -dijo Nina enfadándose.

-Os he dicho que no es nada -volvió a afirmar mientras con los


ojos buscaba entre la muchedumbre.

Decidí no continuar insistiendo. Cuando Anca se cerraba en sí


mismo, seguir porfiando era como bracear en medio del oleaje, más
que salir te hunde.

Pero enseguida se descubrió el motivo de su nerviosismo. Por


la calle, sorteando los numerosos puestos de venta y a los
compradores, llegaron corriendo algunos de los que como nosotros,
se habían dispersado por el pueblo.

Nos unimos a ellos y en la huida entramos en un callejón sin


salida. Incapaces de seguir, nos camuflamos junto a unas cestas
con olor a pescado podrido. Las moscas no incomodaban, pero era
nuestra mejor opción ante el griterío de los perseguidores. Allí
permanecimos hasta que se relajó el ambiente, se dejó de oír los
gritos. Entonces nos contaron:

-Nos enteramos de que a Huacho -empezó a narrar Anca- hace


años llegaron unos extraños, que hablaban como nosotros. Residían
todos juntos en el barrio de la Salina y tenían a una mujer, la
MAMA-COYA, que ejercía la máxima autoridad, conservaban tanto
su idioma como sus costumbres. Allí nos dirigimos y los
encontramos. Era un barrio de unas treinta casas, con calles
estrechas con trazado laberíntico. Nos presentamos ante la MAMA-
COYA, resultó ser Waywa, la que huyó de la antigua Aldea, la que se
enfrentó a MAMA-COYA Tintaya. Nos recibieron con recelo, pero
pronto empezaron a hacernos preguntas sobre sus recuerdos. Sobre
las personas que añoraban. Se sorprendieron al saber que todo el
pueblo se había salvado y ahora estábamos establecidos a orillas del
río Virú. En sus ojos se empezó a ver la envidia, sobre todo cuando
les hablamos de nuestro nuevo Templo. A ellos no les habían
permitido hacer el suyo y a veces se sentían hostigados por sus
vecinos. La MAMA-COYA nos invitó a cenar.

Entonces tomó la palabra Qawayu (Hombre veloz):

-Cuando salimos del Barrio de la Salina para avisaros de que


nos habían invitado, empezaron los problemas, un grupo de jóvenes
nos gritaban “ya hay muchos salineros en nuestro pueblo” y nos
tiraban piedras, sentimos el odio y rechazo de aquel grupo. Tuvimos
que correr pues eran demasiados, como habéis visto.

Nos marchamos al puerto, hasta donde habíamos dejado las


balsas, allí Nina organizó la defensa. Ocho pescadores se quedaron
custodiando las balsas, los demás la acompañaremos al barrio de la
Salina, procurando no llamar la atención eludiendo la zona del
mercado que seguía llena de gente.

-Estar muy atentos a todo lo que suceda -comentó Nina


mientras Qawayu nos guiaba.

En el barrio nos recibieron como a hermanos y no se


sorprendieron cuando les contamos nuestro reciente problema con
los jóvenes.
-Cuando llegamos -empezó a hablar la MAMA-COYA Waywa-
nos recibieron con hospitalidad, llegamos casi cuarenta, pues en el
viaje perdimos a algunos niños. Vimos que en este pueblo no tenían
la técnica de salar los pescados, solo los secaban al sol, pero no
todos los pescados se pueden secar y algunos los perdían al
podrirse. Hicimos una salina y empezamos a salar el pescado y a
venderlos. Al poco tiempo nuestra situación mejoró. Fue inevitable
que surgiera la envidia. Por eso nosotros nos fuimos agrupando en
este barrio como una reacción defensiva, el trazado de las calles nos
protege. A veces tenemos que soportar burlas y agresiones cuando
vamos al mercado. ¡Pero ya estamos acostumbrados!

Fueron unas horas agradables, pues tanto ellos como nosotros


teníamos muchas preguntas y muchos recuerdos.

Después de varios días pusimos rumbo al sur. Cuando


teníamos que navegar contra el viento, la única opción era
zigzaguear. Nos alejamos hasta que la línea de la costa se perfilaba
en la distancia y entonces cambiamos de rumbo volviendo la costa.
Esas maniobras nos permitían avanzar aunque fuera poco, así
estuvimos varios días hasta que cambió el viento.

-¡Eh, mira esto! - rompió súbitamente Qawayu el silencio del


mar.

Giré la cabeza hacía el lugar donde me indicaba y contemple


un grupo de delfines, que surgieron una y otra vez entre las olas,
parecían jugar con la estela de la balsa.

¿No te parece maravilloso? - gritó corriendo hacia el borde de


la balsa para contemplar más de cerca las evoluciones de los
animales.
-Dan ganas de echarse al agua – contesté- y nadar con ellos.

Un viento favorable nos empujó raudos hacia el sur. Levanté la


vista, las gaviotas, que indican la cercanía de tierra, revoloteaban a
nuestro alrededor.

Seguíamos navegando sin obtener los que buscábamos, pero


sí que sufrimos la cólera del mar: tormentas y días de sol
abrasador. No parecía que nuestro viaje fuera muy fructífero, pero
para nosotros era una gran aventura. Nina empezaba a cansarse de
tanta navegación y comenzó a hablar de volver, se decidió cuando,
en una loma de la costa, vimos una imagen grabada en la arena, el
viento nos acercaba a aquel pequeño acantilado batido por las olas,
que rompían con fuerza, entre las rocas con explosiones de espuma.

Ante nosotros una imagen, un tatuaje de la Pachamama, una


figura estilizada en actitud de oración, con los brazos en alto, eso es
lo que yo vi, otros solo vieron tres postes grabados en la roca, uno
más largo que los dos laterales, unido entre sí formando la figura de
un árbol, pero lo que todos vimos fue una señal para que
volviéramos. Esa fue nuestra decisión.

Aquella noche la pasamos en un pequeño puerto natural,


protegido por un espigón de rocas. Cuando a la mañana siguiente
intentamos recomenzar el viaje, ni el viento ni el fuerte oleaje, nos
permitieron continuar. Ante aquel descanso forzoso Nina nos mandó
explorar la costa buscando alimentos y agua.

Creí que el camino de vuelta iba a ser fácil, pero me


equivoqué, fueron muchos días de navegación, muchas jornadas de
tranquilidad y otros días de tormentas, en los que el mar se ponía
hostil, chocaban entre sí las olas y nuestra balsa era zarandeada
con furia. Crecía en nosotros el deseo, cada vez más intenso, de
volver a ver a nuestras familias.

Allí, entre aquellos cántaros, bregando con las velas y el


timón, habíamos pasado muchos días, tanto buenos como malos
momentos, pero todos ellos afrontados con la ilusión de la juventud.

DÍA MIÉRCOLES - Mañana

Por la mañana del Día miércoles, se acercaron a casa de D.


Miguel, él les había llamado por teléfono al hotel. Al llegar, Doña
Claudia les recibió un tanto apurada:

-Perdonen a mi marido, les ha llamado sin que yo me


enterara, me parece que ustedes tienen otras cosas que hacer
además de acudir a sus llamadas, pero creo que está algo
obsesionado con lo de ese dichoso manuscrito.

-No se preocupe, Doña Claudia -se disculpó Rosa- nosotros sí


que estamos interesados, y tenemos poco tiempo antes de volver a
Lima.

-Buenos días, -se presentó D. Miguel- quiero hablarles de


Paracas. Me ha parecido muy interesante lo que dice el Manuscrito.

-Esta tarde – dijo Juan- también le acompañaremos, pero


únicamente hasta la puerta de la Cebichería, para que pueda
quedarse con sus amigos según su costumbre.

-Por favor pasen a mi despacho – les insistió D. Miguel.


Con reticencia, pues no querían perturbar los horarios de la
casa, entraron con la intención de marcharse lo más rápidamente
posible.

D. Miguel abrió su cartera, en la que únicamente llevaba,


algunos recortes de periódicos y dos sobres: uno con fichas en
blanco y otro con las usadas, pero que todavía no estaban
ordenadas en el fichero, de ese sobre nos enseñó una que se refería
al Candelabro:

En la Bahía de Paracas, en el departamento de Ica, se ubica el


jeroglifo llamado el Candelabro o el Tridente. Está grabado sobre la
ladera de una inmensa roca. Para ver este jeroglifo en toda su
dimensión, es necesario acercarse a la costa desde el mar. El alto
del poste principal del Candelabro alcanza 200 metros de altura,
mientras que el ancho total mide 60 metros. Los postes de los
costados tienen una altura de 60 metros y los canales, es decir los
surcos que fueron grabados y hacen visible el diseño, tienen una
profundidad que oscila entre 1,2 y 3,2 metros.

-No cabe dudas -les dijo D. Miguel- que el jeroglifo tiene


alguna relación con las líneas de Nazca, pero su origen es un
misterio y se han formulado varias hipótesis algunas disparatadas.
Muchos hablan de los bucaneros: la figura estaría indicando el
camino de un tesoro escondido. Otros que se trata de un símbolo de
la masonería, grabado por orden del general José de San Martín.
Muchísimo más curiosa es la teoría que afirma el origen alienígena.
El Candelabro apuntaría directamente a las líneas de Nazca. Según
esta teoría funcionaban, en una época remota, para señalizar el
descenso a la tierra de naves de extraterrestres.
-Pero esta última, -comentó Juan- parece una teoría un tanto
extraña. Es curioso que las líneas de Nazca solo se puedan apreciar
desde el aire, en una época en la que el hombre no sabía volar,
¿pero la explicación es poco científica?

-Desde luego -aclaró D. Miguel- la teoría más consensuada es


que fue grabada por la antigua cultura Nazca para orientar a los
navegantes. El Candelabro sería en realidad una representación de
la Cruz del Sur. Se cree que las demás estrellas de la constelación
Centauro también están plasmadas en la roca, y es por ello que
exhibe la peculiar figura de un candelabro.

Pero si es para orientar a los navegantes, la piedra


estratificada donde fue grabado el símbolo llega directamente hasta
el agua y no deja ningún espacio de playas en la zona. El paraje no
pudo haber funcionado como punto de llegada para las
embarcaciones, pues es un pequeño acantilado golpeado por las
olas, como he visto en todas las fotografías del lugar.

-Tal vez -le dijo Rosa con precaución- como las Líneas de
Nazca, este candelabro sea un tatuaje de la Pachamama, realizadas
por las culturas antiguas, con la misma finalidad mágica, con la que
se hicieron los tatuajes de la Dama de Cao.

-Eso es lo que dan a entender los navegantes del manuscrito y


me parece una explicación muy sagaz. Me gustaría poder
profundizar en esa explicación, y si ustedes me autorizan a escribir
un artículo sobre el tema en el periódico.

-Por supuesto que no hay ningún inconveniente – dijo Juan


mirando a Rosa que asintió.
Cuando ya estaban de vuelta del viaje, en las Islas Canarias, a
Rosa y Juan les llegó un e-mail de Laura, la nieta de D. Miguel,
dándoles la dirección del blog, que le había hecho a su abuelo, en el
que había resumido parte del artículo publicado días antes en el
periódico La Libertad de Trujillo:
https://ladrondeguevara.webs.com/, que se puede resumir en las
siguientes líneas:

---(Desde que se empezaron a estudiar las Líneas de Nazca,


muchas han sido las teorías intentando explicar su origen y
significación.

Por comparación con los dibujos de la cerámica de la cultura


Nazca, se le atribuye su construcción a los Nazcas, por tanto tendría
unos 200 años antes de Cristo de antigüedad.

No se puede olvidar el gran trabajo de la matemática germana


María Reiche. Durante más de medio siglo investigó las
representaciones de Nazca, y afirmó que las líneas de Nazca son un
gigantesco calendario sobre los movimientos del sol, la luna y las
constelaciones. El mapa de la bóveda celeste más grande del
mundo, las incontables líneas que cruzan el desierto en todas las
direcciones fueron usadas para observar los movimientos del Sol y
la Luna.

Sobre esta hipótesis surgieron dudas, pues no todas las


figuras responden a esa explicación.

Otra teoría nos habla de algunos detalles que pueden explicar


su sentido: En el desierto se ven con frecuencia espejismos, los
dibujos del desierto sería para capturar el agua de los espejismos.
Esto es precisamente lo que los antiguos Nazca debieron de afirmar.
La multitud de líneas en el desierto eran entonces acequias para
canalizar el agua fantasma, por ello las líneas están hechas con
trazos continuos y sin interrupciones para poder retener y canalizar
esa agua vivificadora.

No queriendo enfrentarnos a esas explicaciones, pero en el deseo


de seguir profundizando en el misterio, nos atrevemos a presentar
una nueva teoría, que siguiendo un axioma científico, la explicación
más sencilla es la que tiene más posibilidades de ser la verdadera,
la consideramos posible.

Nos preguntamos:

¿Y si las Líneas de Nazca son meros tatuajes?.

Los tatuajes corporales están presentes, desde antiguo, en


casi todas las civilizaciones, tiene en algunos casos la misión de
manifestar la pertenencia a una comunidad, en otros mostrar
alguna cualidad de la persona: casado, soltero, grado militar: como
los galones y estrellas en todos los ejércitos del mundo. También
muestran poderes mágicos o místicos.

La Señora de Cao tiene algunos de los dibujos de Nazca


tatuados en sus brazos, piernas y manos, con un sentido simbólico
y místico. Serpientes, peces y otras figuras cargadas de simbolismo
envuelven a la Dama, como una armadura de magia y poder.

Para los antiguos peruanos la Tierra es el Pachamama. Las


líneas y los símbolos de animales y gentes que se pueden ver en
Nazca podrían ser sus tatuajes)---.
Aldea del Río, 1477: Acogida de una familia de huidos

Dumma: narrador

Donde Dumma cuenta cómo llegó a la Aldea junto con su familia


después de abandonar su hogar.

Muchas veces, al anochecer, al calor de la hoguera, me han


pedido que cuente mi historia. Me llamo Dumma y llegué a la Aldea
del Río con unos 12 años huyendo junto con mis padres y mis 3
hermanos del norte, de más allá de Cajamarca.

Los Incas iniciaron la conquista de nuestro territorio hacia


1460 bajo las órdenes del príncipe Tupac-Yupanqui, durante el
reinado del Inca Pachacutec y lograron someter a todos los pueblos
de la Sierra. Ante la opresión a la que fuimos sometidos, todas
nuestras aldeas se unieron en un levantamiento general que fue
aplastado por el hijo de Tupac Yupanqui, Huayna-Cápac, pero nos
defendimos, mucho les costó derrotarnos, pero luego de varios años
de cruenta lucha, todas las aldeas fueron sometidas.

Nuestro pueblo estaba formado por más de 25 tribus.


Organizados en Aldeas, que más o menos congeniados las del
mismo valle y más o menos en lucha con las de los valles cercanos.
Hablábamos el mismo idioma, compartimos una cultura y mantenían
intensas redes de intercambio comercial. Pero cada Aldea
funcionaba independiente de las demás; no había una autoridad,
una ley, o un poder político por encima del jefe local.

La llegada de los Incas fue el motivo para que estas aldeas se


unieran ante el enemigo común, lo que, de hecho, produjo un grupo
al que los Incas llamaron “los cañaris”. Si los jefes nativos querían
resistir al ejército de los Incas, tenían que aliarse. Lo hicimos y
luchamos contra la conquista y ocupación de los Incas, pero fue sin
ningún éxito.

Mi familia y yo vivíamos en Hatun Cañari –ahora la llaman


Ingapirca- que ya entonces era un gran centro religioso. Hasta allá
llegaron los soldados del Inca, se dice que unos 30.000, eran gente
experimentada y adiestrada, nosotros solo podíamos reclutar unos
500 hombres y además sin experiencia guerrera, fuimos derrotados
con facilidad y entraron en nuestra ciudad.

En esos días aciagos, un grupo de soldados llegó a nuestra


casa, golpeando a mi madre que se enfrentó a ellos protegiendo a
mis hermanos, los golpes mataron a mi hermana pequeña que se
refugiaba en brazos de mi madre. Comenzaron unos días de terror,
los soldados derribaban con saña nuestras casas.

Aunque no lo sabíamos, los que más riesgo corrían eran los


niños pequeños y los ancianos, pues el propósito de los
conquistadores era deportar a mujeres y hombres útiles para el
trabajo.

Después de aquellos sangrientos días, una tarde, nos


reunieron en la plaza y un jefe nos vociferó:

-El Inca quiere enviaros al Cusco, allá trabajaréis en la


construcción de unos palacios. No tenéis que preocuparos de la
comida, ni del vestido. El Inca os dará todo lo que necesitéis,
cuando acabéis la faena, podréis volver en paz a vuestra tierra.

Fue una noche muy larga, con constantes intentos de


escapadas, nadie creía esas promesas, cada evasión finaliza mal,
pues los soldados estaban alerta.

Al día siguiente se organizó la caravana y se puso en marcha.


Familias enteras avanzábamos bajo los gritos de los soldados por el
Camino Real. Al llegar la noche, nos hicieron acampar en el mismo
camino, en una pequeña hondonada, rodeados de hoguera y
soldados, atemorizados por gritos constantes y carreras en la
oscuridad. Fue una noche sin luna y con mucha desesperación.

A la mañana siguiente los soldados nos despertaron entre


gritos y empujones, fueron separando a los padres del resto de la
familia.

-Así seguro que no intentaréis huir – Nos gritaban.

Fue un momento muy doloroso pues nos costaba creer lo que nos
decían.

Entre nosotros, surgieron los rumores: solo le interesan los


hombres, ya veréis como a las mujeres y los niños los abandonan a
su suerte.

Pasaban los días, caminando hasta que llegamos a Cajamarca,


allí nos volvieron a reunir todas las familias y se relaja un tanto la
vigilancia pues los soldados empezaron a tener gran cantidad de
chicha a su disposición. Mis padres decidieron aprovechar la ocasión
para escapar. Así en mitad de una noche, salimos con sigilo, toda la
familia, del campamento. Al poco amaneció y durante todo el día
avanzamos en nuestra huida con miedo a ser perseguidos. Mi
hermana Duchicela se encargaba de mis dos hermanos menores,
mientras que yo ayudaba a mis padres, llevando lo poco que
teníamos.

Al atardecer del día siguiente llegamos a la orilla de un lago.


Allí, ocultos entre la maleza, pasamos la noche. A la mañana
siguiente todo el cuerpo me dolía especialmente las piernas.
Nuestro avance fue más lento, descendimos las montañas buscando
los valles, el clima se iba haciendo cada vez más agradable, los
riachuelos eran muy abundantes.

Un momento especial fue cuando vimos, en la otra orilla del


río, que había varios árboles de chirimoyas, parecía que los frutos
estaban maduros y buscamos la manera de cruzar.

Mi padre, ayudado por un bastón, tanteaba las rocas y


avanzaba, le seguían mis dos hermanos pequeños, jugando,
animados por Duchicela para que no se distrajeran, después iba yo
y cerrando la marcha, mi madre Guatamba. En un instante uno de
mis hermanos resbaló y cayó al río, el agua le arrastraba, mi madre
gritaba y quería ayudarle, pero fue mi hermana la que se lanzó al
río, logrando agarrarlo y sacarlo a la orilla.

Cada vez que cuento este acontecimiento, me parece


importante declarar que para vosotros, que aprendéis a nadar antes
que a andar, seguro que os parecerá un hecho sin importancia. Pero
hay que recordar que ninguno de nosotros sabíamos nadar, porque
en nuestra sierra los ríos y lagos son de agua muy fría, que no es
normal bañarse y mucho menos nadar en los ríos.

De río salieron tiritando, mi madre les quitó la ropa y los


envolvió en mantas. Así quedaron sentados al sol, con la ropa
colgada en un arbusto, mientras mi padre y yo, conseguimos las
chirimoyas y preparamos un gran banquete, allí pasamos la noche.
Al amanecer nos pusimos en marcha siguiendo el curso del río, a
veces el valle se bloqueaba y el río bramaba entre dos paredes de
rocas, entonces nosotros teníamos que alejarnos de la orilla.

Una vez, estuvimos subiendo tanto tiempo por una ladera, que
la noche se nos echó encima antes de decidir donde dormir y en
medio de la ladera tuvimos que improvisar un campamento. Del
viaje solo recuerdo el cansancio y la alegría de la liberación.

Después de mucho caminar llegamos a la Aldea bajando por el


río, llevábamos varias semanas buscando donde asentarse. Lo
primero que vimos fue un grupo de niños que juegan, nadando en la
orilla. Procuramos hacer gestos amistosos, pero aquellos niños
huyeron de nosotros corriendo hasta la aldea. Al rato vimos que un
grupo de mujeres se acercaban con paso decidido, una de ellas, alzó
la voz y nos dijo.

-¿Quiénes sois? ¿Qué queréis?

No entendimos bien sus palabras, pues hablaba un idioma que


desconocemos. Mi padre, Chamba, replicó en el idioma de los Incas
y así pudimos comunicarnos.

-Veníamos del norte, -afirmó con decisión mi padre- huyendo


de los soldados del Inca que han conquistado nuestro pueblo.
Nuestra intención es encontrar un lugar donde instalarnos.

-Yo soy la MAMA-COYA Kusi -manifestó aquella mujer- podéis


quedaros en la aldea durante un tiempo, hasta que se reúna el
consejo de madres y decidamos.

En compañía de aquellas mujeres subimos por el camino de las


Chirimoyas hasta la aldea y nos alojaron en una casa vacía, que
parecía abandonada aunque estaba habitable, era una sola
habitación de planta circular, como las de nuestra aldea, las demás
casas tenían cuatro paredes, en todas, el suelo era de tierra tan
pisada, mojada y vuelta a pisar, que llegaba a tener casi la
consistencia del adobe de las paredes. Mi madre nos fue
acomodando, en la penumbra distinguimos al fondo una estera que,
colgando del techo, dividía la casa en dos estancias.

Al atardecer vienen varios jóvenes, entre ellos Sisa (Mujer que


siempre vuelve a la vida), la hija de la MAMA-COYA, nos llevaron
víveres pensando, como en efecto sucedía, que no tendríamos casi
nada para comer. Se quedaron con nosotros y surgió la
conversación. Para mí fue una sorpresa ver cómo Sisa llevaba la voz
cantante y, relegando a mi padre, se dirigía directamente a mi
madre, empecé a pensar que en esta Aldea la función social de la
mujer era distinta, pero todavía no tenía muchos motivos para
suponerlo.

Y así empezó nuestra vida en la Aldea, hasta que al poco


tiempo, un atardecer se reunió el Consejo de Madres y nos llamaron
para comunicarnos su decisión.

-Durante estos días os hemos observado –comenzó a declarar


la MAMA-COYA Kusi- y estamos inclinados a aceptaros con algunas
condiciones: tendréis que hablar nuestro idioma, aunque podéis
usar el vuestro cuando habléis entre vosotros. Colaboraréis en los
trabajos. Chamba se marchará a la Aldea del Mar donde participará
con los demás maridos en la pesca. Guatamba puede elegir uno de
los trabajos que tenemos las Madres. Duchicela y Dumma se
incorporarán al grupo de los jóvenes en sus trabajos y los dos
pequeños cuando cumplan los cinco años se le pondrá nombre y
formarán parte de la Aldea, por ahora solo son los hijos de
Guatamba. ¿Aceptáis estas condiciones?

Mis padres hablaron entre ellos y al fin mi madre respondió:

-Estamos de acuerdo.

-Muy bien -retomó el hilo la MAMA-COYA- también tendréis


que participar en las costumbres de nuestro pueblo. Cada día nos
reunimos todas las madres a orillas del Virú. Entre baños y
conversaciones resolvemos los problemas y nos sentimos como una
comunidad. Tú, Guatamba, cada vez que se convoque el Consejo,
participarás, como todas las Madres. Una vez al mes celebramos la
fiesta de la Luna Llena, durante esa semana, los hombres vienen a
la Aldea, viven con sus familias y colaboran en los trabajos
especiales. La fiesta la celebramos en el Templo, alrededor de la
Kala, vosotros no tenéis que participar en la ceremonia, pero si en
la celebración: la comida y las danzas de la noche.

Mi hermana se acerca a mi madre y le susurra:

-Mamá, pregunta sobre nuestros vestidos y nuestros adornos del


pelo.

-Duchicela, -interrumpió la MAMA-COYA- tú también puedes


hablar en este Consejo, pues todos habéis sido invitados. ¿Qué es lo
que te preocupa o no estas de acuerdo?

-A nosotros -afirmó Duchicela- nos gusta vestir de otro modo,


nuestras túnicas tienen colores mucho más vivos y brillantes,
comemos otras cosas y además, no nos cortamos el pelo nunca, la
Pachamama nos lo ha regalado y nosotros lo respetamos y
adornamos

-Ya hemos considerado esas costumbres –aclaró la MAMA-


COYA- y nos parecen respetables. Si surgiera algún problema en el
futuro, se debatiría en el Consejo, pero no parece que sean cosas
importantes.

Muchas cosas quedaron aclaradas en aquel Consejo y nosotros


queríamos quedarnos en la Aldea aunque para ello tuviéramos que
aceptar algunas de sus costumbres.

Aldea del Río, 1477: Integración en la Aldea

Dumma: narrador

De la manera en que Dumma llegó a casarse con la heredera de la


MAMA-COYA.

Al día siguiente, varios jóvenes trasladaron a mi padre a la


Aldea del Mar. Mi madre eligió ser hilandera, pues en eso tenía
alguna experiencia. A mi hermana y a mí nos acogieron los jóvenes
con entusiasmo. Duchicela puso reparos en cazar cañanes, pero no
en cuidar las llamas que le confiaron.

Varios días después, Sisa, me pidió que les acompañara en la


correría que varios jóvenes hacían cada mañana, llevando comida a
la Aldea del Mar y trayendo de allí la sal y el pescado.

Cuando llegamos quedé anonadado. Yo había visto muchos


ríos y algunos lagos, es más durante años viví junto a uno, pero al
ver por primera vez aquella inmensa franja azul bajo un sol
radiante, me quedé desconcertado. Era el mar. Las olas avanzaban
y retrocedían sembrando de espuma la arena, en las rocas estallan
en miles de burbujas y a lo lejos no se veía ninguna orilla. Una gran
roca se adentraba en el mar y divide la playa, cuando llegamos la
marea la convierte casi en una isla, aunque algunas pequeñas
rocas, la unen a la playa. El viento llegaba después de acariciar el
mar y cargarse de humedad.

Bajo unas palmeras, los hombres tenían las chozas, muy cerca a
unos metros y a pleno sol, estaba el secadero de pescado. Sisa me
llevó hasta la salina que se encontraba al otro lado de la gran roca.

A nuestro antiguo pueblo solían llegar, de vez en cuando,


algún comerciante con sal, pero no me podía imaginar de dónde se
sacaba ni cómo se obtenía.

En las salinas encontramos a mi padre, después de abrazarlo,


me contó apasionado:

-Cuando llegué aquí, me quedé mirando el mar y la salina, lo


mismo que tú y todavía sigo asombrado. Me costó mucho dormir los
primeros días con el murmullo de las olas, pero ya me voy
acostumbrando. Como no sé navegar, ni por supuesto nadar, por
ahora mi trabajo consiste en salar pescado y cuando termino, me
vengo a esta roca a contemplar el mar y pienso en vosotros.
¡Cuánto le gustaría a tu madre ver el mar!
Estaba hablando con él cuando un hombre se nos acercó y me
dijo:

-¿A qué no sabes cómo llamamos a esa roca? -señaló la roca


que parte la playa, en la que estábamos sentados- Pues desde que
ha venido tu padre, la llamamos roca de Chamba. Pues casi todas
las tardes vemos a tu padre sentado en ella contemplando la puesta
de sol.

Ayudé a mi padre con el saco de sal y nos encaminamos a las


barracas.

-¿Cómo está tu madre? -Me preguntó- ¿Está a gusto en la


nueva aldea y con esta gente?.

-Muy bien, muy bien – le expliqué– trabaja como hilandera y


se le ve alegre y contenta.

-¿y Duchicela?.

-Ya sabes como es mi hermana. Sigue protestando por


algunas cosas. Pero cada vez está más a gusto y animada.

Al llegar colocamos el saco en la barca que nos llevaría de


vuelta hasta la aldea del río.

Sisa se nos acercó y dirigiéndose a mi padre le dijo:

-La MAMA-COYA Kusi me ha dicho que te pregunte ¿Qué tal


estás? Y ¿Cómo te va el trabajo?.

-Estoy bien, el trabajo es duro, pero no más que los trabajos a


los que estoy acostumbrado.

Varias horas después, con las barcas cargadas de sal y


pescado remontamos el río rumbo a la Aldea, al ir contra-corriente,
tuvimos que hacer mucho más esfuerzo con los remos y en algunos
sitios la corriente zarandea la barca, yo no tenía que afirmar que
estaba bastante atemorizado. A mi lado remaba Sisa, por lo que
intenté ocultar mi miedo. Estaba seguro de que ella me miraba de
reojo, aunque lo disimulaba. Yo deseaba que se terminara cuanto
antes el trayecto. Pero llegamos a una zona en la que el río se
encajona y acelera. Para avanzar nos acercamos a una orilla, en la
que las totoras ralentizan la marcha. Tres jóvenes saltaron y
nadando subieron a la orilla, desde allí jalaron con cuerdas de la
barca, mientras los demás remamos entre los rápidos. Se veía que
aquellos jóvenes lo habían hecho muchas veces, mientras que yo,
más que colaborar me agarraba asustado a las cuerdas que
aseguraban las mercaderías. No tardamos mucho en llegar a un
remanso, los que iban por la orilla volvieron nadando hasta la barca.
Solo me serené al ver de nuevo el embarcadero de la Aldea.

De vuelta le conté a mi madre lo que había visto y lo que me


había dicho mi padre. Ella deseaba también ver el mar.

En la Aldea, mi madre comenzó a trabajar con las madres


hilanderas y le llamaba la atención cómo obtenían el color rojo y
que no podían conseguir el color que ella tiene en muchas de sus
prendas. En nuestro pueblo el color rojo se obtenía de unos
pequeños insectos que vivían en las tunas o chumberas. Como por
aquí hay muchas tunas, sería fácil conseguirlo, así se lo dijo a la
MAMA-COYA Kusi y con su autorización nos organizó a unos cuantos
jóvenes para marchar a por los insectos. Me pidió que yo fuese con
ella y para mi sorpresa también se apuntó Sisa.

En el amanecer andábamos por la orilla del Virú, camino del


mar, pues Sisa nos dijo que por allí ella había visto muchas tunas,
era una caminata agradable. Mi madre y Sisa platicaron mucho, se
las veía muy amigables. Cuando llegamos a una zona con tunas, mi
madre nos explicó:

-¿Veis esas manchas blancas sobre la tuna? Ahí viven los


insectos. Los llamamos Chupika, por el color sangre con el que
mancha nuestros dedos. Para cazarlos basta con raspar con un palo
y recogerlos en un cuenco, así se evita que los pinchos, que
defienden las palas de las tunas, nos dañen.

Después de ver como se hacía, nos fuimos dispersando por la


tunera. A nuestro alrededor, revoloteaban los pájaros a los que
estábamos robando su comida. Tardamos toda la mañana en llenar
cada uno su cuenco, pues aunque hay muchos, son unos insectos
muy pequeños.

Cuando nos reunimos todos, mi madre nos sentó en una duna


para comer desde allí oteó por primera vez el mar. En el horizonte
apenas se distinguía del cielo, una balsa se acercó a la orilla
dejando una estela. No era probable que viajara mi padre en ella,
pues no sabía navegar y todos respetan su miedo por ahora. Pero
seguro que eran hombres de la Aldea del Mar. Mi madre quedó
anonadada y yo también, pues desde aquella altura, se ve la
extensión majestuosa del azul, ribeteada con la espuma de las olas.
Era una visión totalmente desconocida para nosotros, en aquel
silencio roto por el piar y aleteo de los pájaros sentimos, por
primera vez la inmensidad del abrazo de la Pachamama a la
Mamacocha. El sol en lo más alto nos contemplaba. Después de un
rato nos pusimos en camino hacia la aldea.
Al llegar, mi madre nos pidió que pusiéramos, las Chupika
sobre grandes esteras, que extendemos al sol.

-Mañana -dijo mi madre- ya se podrán emplear para teñir


cualquier tela.

Al día siguiente hizo la primera prueba, puso en una olla agua


a calentar y cuando ya estaba hirviendo vertió un puñado de
Chupika que poco a poco tiñeron de rojo sangre el agua, después
metió una tela de lana de vicuña, durante un rato removió todo con
fuerza, luego apartó la olla del fuego y fue sacando la tela que se
había impregnado de un espléndido color rojo.

Todos los que la habíamos acompañado, la seguimos hasta la


casa de la MAMA-COYA Kusi, donde le mostramos el fruto de
nuestro trabajo.

Varios meses después, una atardecida mi madre me pidió que


la acompañara a dar un paseo solo los dos. Salimos por el camino
de las Cascadas. No podía ni imaginarme que quería decirme, pero
por su cara me parecía que algo la tenía preocupada, yo nunca he
sido muy bueno leyendo pensamientos, pero a la luz de la luna se
sentó sobre una piedra y me preguntó:

-Dumma, ¿Qué te pasa con Sisa?

-¿Con Sisa?, nada que yo sepa.

-Como que nada, siempre estáis juntos, Sé que fue ella la que
empezó a querer tenerte siempre a su lado, pero ahora eres tú
también el que la buscas constantemente.

Yo creo que mi madre exageraba, Sisa me caía bien, estaba a


gusto a su lado, la veía simpática, le estaba agradecido pues nunca
se burlaba de mi ignorancia, siempre me defendía.

-Mira, Dumma, estoy empezando a sospechar que Sisa quiere


elegirte como esposo, ¿Qué piensas hacer? En este pueblo, son las
mujeres las que eligen y los hombres no se pueden negar.

-Pero madre, eso es imposible, yo no soy de este pueblo.

-Dumma, ¿en este tiempo Sisa te ha dicho algo de tu pelo?

-¿De mi pelo?

-Si, de porque no te cortas el pelo como hacen ellos.

-No, Bueno una vez algo me dijo, pero ni me acuerdo. No


parece que a ella le preocupe mucho eso del pelo.

-¿Y de otras de nuestras costumbres?

-Madre, yo no tengo ningún problema para aceptar todas sus


costumbres, por supuesto, si me pide que me corte el pelo, no
tengo inconveniente y lo haré.

-Dumma, tú sabes que yo quiero lo mejor para ti, y me


preocupa que os ilusionéis y luego tengáis problemas. No llevamos
ni un año en esta Aldea y de vez en cuando a mí me sorprenden
algunas de sus cosas. No conocemos todas sus tradiciones ni su
historia. ¿Sabes lo que significa ser el esposo de la MAMA-COYA?
Por qué Sisa es la heredera y será la MAMA-COYA.

-Me parece que estás haciendo un problema donde no lo hay,


todo son suposiciones. Ya hablaré con Sisa.

Con lo entusiasmado que yo estaba, con lo bien que me


llevaba con todos aquellos jóvenes. Y otra vez empezaron los
problemas. ¡Qué complejo es el mundo de los mayores!

El día siguiente busqué la ocasión de hablar a solas con Sisa,


no fue nada fácil, no parábamos de hacer cosas y cuando
estábamos más o menos solos, surgían otras conversaciones. Pero
al atardecer, en el río, Sisa que andaba chapoteando, entre las
rocas del corral de las tortugas, me vio llegar y se acercó a la orilla,
nos alejamos de todos y nos sentamos debajo de un algarrobo.

Sin vaguedades le dije:

-Sisa, mi madre me ha dicho, que tal vez estás pensando en


elegirme como esposo.

-Ah, eso dice.

-Si, y como debes saber eso es algo imposible.

-Anda, ¿Por qué dices que es imposible?.

La miré asombrado, resulta que mi madre tenía razón y yo no


me había dado cuenta de nada. No solo era complejo el mundo de
los mayores sino también incomprensible el de las mujeres. ¡Ahora
me sale Sisa con esas!.

-Pero Sisa no te das cuenta de que yo soy un extraño para ti.


Y ni siquiera sé lo que significa ser el marido de una MAMA-COYA.

-Y porque te complicas la vida, las cosas son más fáciles de lo


que parecen. Yo te elegiré como marido y ya está.

-Pero Sisa, no te van a dejar.

-Ahora mismo voy a buscar a mi madre y le voy a decir la


decisión que he tomado y que la única alternativa que ella tiene es
obtener la autorización del Consejo.

-Bueno, haz lo que considere adecuado, pero yo ya te he


avisado

-No, pero no se trata de eso ¿Cuándo yo te elija, me


aceptarás?. Eso es lo único que me interesa saber.

Ya habíamos llegado al meollo, esto se había liado ¿Qué le


podía contestar?. Me gustaría decirle sí, pero tal vez mi madre tenía
razón y solo conseguiría el rechazo de toda la aldea. Pero no estaba
dispuesto a decirle que no

-Creo que debes preguntar a tu madre, antes de decidir nada.

-Mi madre hará lo que yo le diga. Nadie puede influir sobre mi


decisión. Es mi vida y yo decidiré cómo vivirla.

Se puso de pie con rapidez. Yo busqué su mirada y la vi


decidida entonces me dijo:

-Y tú tienes dos días para darme una respuesta.

Me miró directamente, con los ojos fijos en mí y con algo de


descaro. Sentí como si me estuviera enfrentando a un desafío y por
alguna razón eso me desconcertaba. Fue un momento tenso. Hacía
años que no había sentido ese desconcierto. Se dio la vuelta y me
dejó solo bajo el algarrobo. Me levanté y la seguí, intenté retenerla
para dialogar, pero apretó el paso y se alejó. Al llegar a la aldea vi
que se acercaba a su madre, y las dos se apartaban conversando.
Al día siguiente, cuando todos nos reunimos para ir a la Aldea
del Mar, Sisa me dijo:

-Hoy no vienes con nosotros, la MAMA-COYA quiere hablar


contigo.

Por cómo me lo dijo, me malicio que las cosas habían ido bien
para su objetivo.

Me dirigí a donde estaba la MAMA-COYA Kusi, y nada más


llegar a su taller, ella me preguntó:

-¿Cómo estás Dumma? -Me miró con una sonrisa- Ayer mi hija
me dijo que te ha elegido como marido, pero queda pendiente tu
aceptación. Tú no tienes que decidir, tan solo aceptar, no olvides
que la que elige es la mujer y si el hombre no acepta ese año no
puede ser elegido por otra hasta el próximo año.

-¿Pero no hay problema de que yo no sea de la Aldea?.

-Sería la primera vez, pero Sisa está decidida y no hay nada


en contra siempre que tù aceptes nuestra cultura. Es más, en el
último Consejo hemos decidido que Duchicela, si quiere, puede
elegir como marido a algún joven de la aldea. Pero no le digas nada,
antes de que yo se lo comunique. Búscala y dile que quiero hablar
con ella.

No sabía dónde encontrar a Duchicela, buscándola, me enteré de


que había marchado a la cascada de los guacamayos a por arcilla,
volví con esa noticia a la MAMA-COYA Kusi que me recibió sonriente
con las manos llenas de barro en medio de su taller.

-Dumma ¿estás más tranquilo? ¿Sabe algo de esto tu madre?


-Por supuesto, ella fue la primera que me dijo que Sisa me iba
a elegir como marido.

-¿Y está de acuerdo?.

-Me dijo que solo le preocupaba la decisión del Consejo, no


quería que se creara un problema en la aldea.

-Pues vete, y dile a tu madre que acaba de reunirse el Consejo


de las Madres Ancianas y está de acuerdo con la decisión de Sisa.

Ya todo estaba claro, no habría problemas si las Madres


Ancianas habían decidido una cosa, se daba por supuesto que el
Consejo de Madres lo aprobarían. Busque a mi madre y la puse al
corriente, para mi sorpresa ella se alegró y me dijo:

-Ya te puedes ir cortando el pelo.

-Nadie me lo ha dicho, -le contesté entre bromas - solo tú


estás obsesionada con mi pelo.

-No es tu pelo, ya verás como Sisa te hace cambiar de


costumbres. Terminará gustándote el ceviche de cañan y todas las
cosas de esta Aldea.

Entre los jóvenes hubo comentarios cuando se fue conociendo


la noticia, aunque a la mayoría no les sorprendió, sobre todo a las
chicas.

Mi hermana Duchicela sí que había tenido problemas, pues


desde que llegamos se sintió algo desplazada, todas las chicas de su
edad ya estaban casadas y muchas de ellas hasta tenían hijos,
además siempre se veía fuera de nuestro grupo. Por otro lado era
muy presumida, y teniendo en cuenta como llevamos el pelo en
nuestro pueblo, resulta que ponemos un aro de tela bordado
alrededor de la cabeza, pero alguno descuidado lo hacían de piel de
calabaza, allí se recoge todo el pelo que se enrollaba en la parte
superior, por eso los Incas despectivamente nos llaman cabeza de
calabaza “mate-uma” al fijarse solamente en los que van
desaliñados.

Duchicela siempre lo llevaba adornado con plumas de


guacamayo. Así es como se llevaba en las fiestas de nuestro pueblo,
pero aquí llamaba demasiado la atención. Y qué decir cuando se lo
soltaba para lavarlo en el río, al principio cuando no estaba muy
limpio, no, pero después el pelo se extiende sobre el agua antes de
hundirse formando una nube alrededor de su cabeza.

¿Alguien se puede imaginar la cara que puso Duchicela cuando


le dijeron que podía elegir marido? Para empezar ella creyó que
tenía que elegir marido. Que era obligatorio. Ella ni siquiera se había
fijado en los jóvenes de la aldea. No digo que los considera
inferiores, pero sí que los consideraba demasiados jóvenes para
ella, con sus quince años ya se consideraba mayor, pero solo podía
elegir entre un grupo de niños que cumplían doce años.

Cuando llegó la fiesta de la elección, la MAMA-COYA entregó


las casas a cada joven, después volvieron al templo y allí
comenzaron la danza, la primera que eligió fue Sisa, se colocó a mi
lado enlazando mi cintura con una cinta, después le tocó, por edad,
a mi hermana Duchicela. No voy a decir que dio un espectáculo,
pero sí que después de varias vueltas alrededor de los jóvenes,
intentó enlazar a Takiri (Hombre que crea música). Takiri se zafó y
se arrojó al suelo, la danza se interrumpió bruscamente.
-Yo no puedo casarme contigo, -exclamó Takiri- nada me
habías dicho y me causa mucha intranquilidad tu conducta en tantas
cosas.

La MAMA-COYA Kusi se levantó de inmediato y avanzó unos


pasos hasta los jóvenes, con voz fuerte manifestó:

-Takiri, sabes que no puedes rechazar una elección, si


Duchicela te ha elegido tienes que ser su esposo.

-MAMA-COYA -contestó Takiri desde el suelo– yo no quiero


casarme con alguien que no es de nuestra aldea. Con alguien que
no respeta nuestras costumbres. No me había dicho nada.

-Takiri -dijo la MAMA-COYA - aunque es verdad que Duchicela


tiene sus propias costumbres, tú tienes que respetar las nuestras, y
ya sabes que si te niegas a aceptar la elección, este año ya nadie te
podrá elegir.

-Esto es injusto – se quejó Takiri- pero lo acepto.

Abandonó al grupo de danzantes y bajó de la explanada del


templo uniéndose al grupo de padres.

-Duchicela -dijo la MAMA-COYA- quieres elegir a otro.

-No MAMA-COYA, yo también voy a dejar la danza.

Después se reanudó y todas las jóvenes eligieron marido.

Me gusta recordar que al año siguiente mi hermana Duchicela


eligió a Takiri, que en esta ocasión aceptó encantado, y también que
fue un año muy especial para mí. De pronto me encontré casado,
apenas llevaba nueve meses en esta Aldea y mi vida había dado un
vuelco total.

Aldea del Río, 1478: Una nueva vida

Dumma: narrador

De cómo se organizó mi nueva vida.

Y mi vida sufrió una revolución. Nada más terminar la fiesta de


la Elección, Sisa me llevó a la casa que nos habían preparado.
Resultó ser una casa antigua en el barrio de las alfareras, la casa
tenía cuatro habitaciones independientes, en medio un patio con
árboles, desde una calle estrecha se entraba en la primera
habitación, a la izquierda la hoguera de la cocina y en la estantería
con cacerolas, sartenes y cuencos. En la pared de la derecha se
apilaban, en varias alacenas, las vasijas con maíz, frijoles, ají, maní,
etc. Una estera separaba un espacio para el dormitorio. Una puerta
comunicaba con el patio, enfrente, el taller de alfarería con su
horno, a la izquierda, las dos pequeñas habitaciones, para niños y
niñas cerraban el patio, si la casa hubiera sido nueva no tendría
edificadas las habitaciones para los niños, los padres las harían
cuando las necesitaran. Esta casa había sido utilizada por una
madre alfarera, que se había trasladado a otra más cercana del
templo, cuando murió su madre. Y ahora era la nuestra.

A mí me agradó, y a Sisa también, aunque me dijo que le


habría gustado más que fuera una casa nueva. Nos la habían
arreglado, especialmente el techo, que era nuevo, olían a verde: las
totoras, el carrizo y las palmas que lo cubrían. Al suelo le habían
echado una nueva capa de tierra. En resumen, todo para mí estaba
muy bien.

Y empezamos. Era costumbre que el recién casado estuviera


durante doce lunas en la Aldea del Río, luego se incorporará, con los
demás padres, a la Aldea del Mar. Ese año se presentaba lleno de
novedades. Sin darme cuenta dejé de estar constantemente con
Sisa, yo seguía con los jóvenes, dedicado a cosas tan variadas como
llevar a las llamas a comer por los alrededores, viajar a la Aldea del
Mar para traer y llevar cosas. En cambio, Sisa, empezó a trabajar de
alfarera, es verdad que le costó bastante: su horno demoró en
encenderlo hasta dos meses después. No paraba en casa, o estaba
con su madre o en el taller de alguna alfarera. Mucho tiene que
aprender.

La mayoría de los días nos vemos al atardecer a orillas del río,


de allí nos íbamos a nuestra casa, durante el día casi no nos
veíamos. Yo salía de casa al amanecer a realizar mis trabajos y
dejaba a Sisa casi siempre refunfuñando, queriendo acompañarme,
pero ella debía empezar a fabricar los objetos de barro que le
mandaba la jefa de las alfareras. Bueno, ya lo he dicho, le constó
comenzar.

Una tarde yo jugaba con los más jóvenes en el río, hasta que
me di cuenta de que iba anocheciendo y Sisa no aparecía. Tendría
que ir a buscarla, o tal vez no. Me acerqué a la MAMA-COYA Kusi
que ya se está marchando.

-MAMA-COYA – le dije – Sisa no ha venido esta tarde.


Ella me miró con extrañeza.

-Corre a vuestra casa a ver que pasa.

Y corrí con creciente preocupación ¿Qué puede haber pasado?.


Llegué a la casa llamándola y no me contestó nadie. Pero Sisa salió
del taller al patio, con toda la ropa llena de barro y la cara llena de
enfado.

-¿Qué ha pasado? No te he visto en el río.

-Para ríos, estoy yo – me replicó casi a gritos-.

-¿Pero qué es lo que pasa?.

-Esta mañana he tenido un problema con la jefa. ¿Te parece


normal que me haya roto en mis narices el cántaro que me costó,
todo el día de ayer, hacerlo?.

-¿Pero por qué se ha portado así?.

Sisa seguía vociferando y yo no sabía cómo consolarla.

-Ayer me mandó hacer un cántaro para el ají que le había


pedido una madre. Esta mañana se lo he llevado y nada más verlo
me ha dicho que la figura del ají, que tiene que estar hecha en
barro y pegada al cántaro, no parecía un ají. Yo lo había hecho sin
molde, pero me parecía adecuado.

-¿Pero por casualidad no tienes ningún molde del ají?.

-Pues no, no tengo todavía ningún molde, pero no lo creía


necesario. Y esa bruja me repetía una y otra vez que yo para ser la
MAMA-COYA tenía que aprender hacer las cosas bien.
-Algo de razón tenía - le dije.

-Sí, ponte de su parte.

-Sisa ¿Qué es lo que has hecho para solucionar el problema?.

-Fui al taller de mi madre y sin decirle nada, le cogí el molde


del ají y llevo todo el día con el dichoso cántaro. Hace un rato lo he
metido en el horno.

-Bueno, pues si ya lo has conseguido, aunque ya es de noche,


ven conmigo al río, tienes que limpiarte.

-Pero, por qué te empeñas, no tengo ganas.

Con buenas palabras poco a poco la convencí y allí fuimos los


dos camino del río, a la luz de la luna. Al llegar seguía enfadada, me
quité la túnica y la ayudé a ella. Me metí en el agua y ella se quedó
sentada sobre una roca. Desde el agua, la llamaba haciendo como
que me ahogaba y como no reaccionaba continué nadando hasta la
otra orilla. Salí por el arenal y con gestos y gritos la llamé. Al poco,
ella se metió en el agua y avanzó con agilidad hacia donde yo
estaba.

Cuando llegó le comenté.

-¿Qué te ha parecido como he nadado yo?. Verdad que soy un


buen alumno ¿Recuerdas como me enseñaste?.

Abrazándola, la besé y nos tumbamos en la arena. Millones de


estrellas cubrían el firmamento, pero ella continuaba enfadada. Yo
ya la iba conociendo y sabía que era muy dura, muy rígida, tendría
que pasar un poco más de tiempo antes de reaccionar y más en
esta ocasión en que le habían tocado el orgullo, y ella era muy
orgullosa. Por eso me sorprende cuando comentó:

-Aunque todavía me duele, la jefa tenía razón -y en broma afirmó-


cuando sea MAMA-COYA no la expulsaré de la aldea como llevo
maquinando todo el día.

La abracé y nos revolcamos por la arena hasta que ella se zafó


y corrió hasta el río, cientos de ranas saltaron con ella, luego salté
yo.

Nadamos para un lado y para otro, hasta que el frescor de la


noche nos hizo tiritar. Salimos del agua y corriendo nos fuimos a
nuestra casa. Sacó el cántaro del horno, comimos algo y nos fuimos
a dormir.

Me sentía inquieto, con zozobra, como si presintiera que algo


me iba a suceder, tantos días de tranquilidad preludiaban cambios.
Aquel tiempo de asombros terminó con una sorpresa mayor. Como
cada tarde bajé al río, el día había sido especialmente caluroso, el
aire se estancó desde la mañana y ninguna nube nos protegía de
Inti. De camino al río recogí algunas chirimoyas, maduras y
calientes, que refrescaré en el agua antes de repartirlas entre los
niños, llegué con las manos llenas, procurando que no se me
resbalara ninguna y las madres se fueron incorporando. Llegó Sisa,
platicando con mi hermana Duchicela. Cada vez se las notaba más
unidas. Desde lejos me divisaron. Sisa avanzó por la ribera del río
hasta donde yo estaba. Salí del río y abrazándola, la besé.

-Duma, me parece que estás muy despistado y como siempre


¿no te das cuenta de nada?.
-¿De qué me tengo que dar cuenta?,

-Pues aunque estés muy despistado, vas a ser padre.

-¿Sisa estás segura?.

-He hablado con mi madre y ella me ha dicho que dentro de seis


lunas seré madre. Ella tiene experiencia y no se equivoca.

La abracé y puse mi mano sobre nuestro hijo. Y aquella tarde


corrió, como el agua de las cascadas, la noticia por toda la aldea.
Todo el mundo me felicitaba con alegría.

Por la noche Sisa me preguntó cuando estábamos acostados:

-¿Tú qué quieres que sea, niño o niña?.

Yo no había pensado nada, pues creía que ese asunto no era


de mi incumbencia, pero le dije:

-Si yo pudiera elegir diría niño. Aunque me da igual, siempre


que se parezca a mí.

-Eso es imposible, tú solo has despertado a uno de los hijos


que yo ya tengo preparados.

-Es lo que decís aquí por qué en mi pueblo lo que sabemos es


otra versión, yo lo he hecho y lo he puesto dentro de ti para que lo
alimentes y cuides, hasta que nazca y por eso se tiene que parecer
a mí.

-Eso ya lo veremos.

-Yo tendré razón si tiene mis rasgos y mi pelo.

Pasó el tiempo y cada vez era más notorio el embarazo de


Sisa.

Una de sus amigas, recién casada como ella, tuvo un problema


en el parto y murió junto con su hijo. Este hecho causó zozobra en
la aldea y preocupación entre las embarazadas.

Cuando yo le hable a Sisa de que también estaba preocupado,


me explicó:

-¿Tú sabes lo que significa Sisa? Pues me pusieron ese nombre que
significa “la que siempre vuelve a la vida”, porque cuando tenía tres
años estuve muerta.

-Eso nunca me lo has contado.

-Porque hace ya mucho tiempo. Yo estaba en el río con otros


niños y nos alcanzó un árbol que venía flotando, arrastrado por el
agua, una rama me golpeó y me hundió. Ante los gritos varias
madres se lanzaron a ayudarnos. Y sé que una me sacó, ¿Imaginas
quién fue?.

Yo quedo desconcertado pues no se me ocurre quien pudiera


haber sido.

-Pues la bruja a la que estuve durante todo el día pensando


que la expulsaría de la aldea. Cuando el otro día estábamos en el
río, en medio de mi enfado me acordé de lo que ella había hecho
por mí. Me tendió en la arena de la orilla y con desesperación me
zarandeó, yo seguía sin respirar, estaba muerta. Hasta que llegó mi
madre y empezó a golpearme, eché agua por la boca y tosiendo
comencé a respirar. Yo ya me he muerto y no puedo volver a morir.

Ella estaba muy segura y no tenía sentido preocuparla, aunque


yo seguía pensando que había algún peligro, cuando me explicaron
que en la aldea habían muerto tres madres al dar a luz. Aunque
también es verdad que en ese tiempo habían nacido cientos de
niños sin problemas.

Pasó el tiempo y cada vez a Sisa le resulta más fatigoso el


trabajo, pero todas las tardes la acompañaba a orillas del río. Sisa
se echaba y chapoteaba en el remanso de agua, donde apenas fluía
la corriente y había muy poca profundidad; el frescor la relajaba. A
nuestro alrededor los niños y las madres jugaban y charlaban
animosamente.

Una tarde Sisa, sentada dentro del río, empezó a quejarse de


dolores, aunque según la opinión de las madres todavía le faltaban
algunos días:

-Creo que me ha llegado el momento.

Yo comencé a gritarles a las madres, cada vez más nervioso,


Acudieron con premura: una era de la opinión de sacarla del agua,
mientras que otras pensaban que lo mejor era dejarla donde estaba,
así opinaba la MAMA-COYA Kusi que acaba de llegar.

El agua se enturbió alrededor de Sisa, la MAMA-COYA me dijo


que la agarrara por los hombros, todo fue muy rápido y ayudada
por la MAMA-COYA nació nuestra hija

Con el nacimiento de mi hija, comenzó lo que en la Aldea se


llamaba la Luna del Padre, durante ese tiempo el padre se quedaba
en la Aldea dedicado a cuidar a su hijo recién nacido, era una
costumbre muy interesante, porque hacía que el padre se sintiera
más unido al hijo. Por supuesto, que habían sido unas lunas más, el
tiempo que el recién nacido había estado dentro del cuerpo de la
madre, pero eran suficientes para que el padre le pudiera: oír
cuando lloraba, mirar cuanto sonreía y acariciar cuando dormía.

Como siempre había algún padre con esa misión en la Aldea,


yo ya sabía en qué consistía, pues los había visto durante este año.
Cada mañana cuando el alba apagaba las estrellas me levantaba
para llevar a mi hija al río donde la bañaba, luego la llevaba a su
madre para que la alimentara y durante el día la contemplaba
mientras duerme y jugaba con ella, y ya por la tarde la volvía a
bañar en el río.

Desde los primeros días se dejaba sumergir y quedaba con los ojos
abiertos mirándome y manoteando queriendo nadar. Yo nunca la
soltaba, pero nunca, nunca. La verdad es que eso fue al principio
cuando le ponía la mano debajo de su barriga y ella flotaba y
pataleaba. Me hacía ver que disfruta en el agua cuando la sacaba,
rompía a llorar, deseando quedarse. Para mi era disfrutar de mayor
intimidad con mi hija, a veces estábamos solos los tres: el río Virú,
mi hija y yo. Cuando la bañaba, le cantaba canciones, y ella me
miraba embobada, hacía mucho que no apreciaba tanto la vida
como en esos momentos. Cada vez que mi hija abría los ojos era a
mí al que veía. También consideraba lo frágil que era su vida y
anhelaba verla ya crecida, corriendo por la arena. No es fácil que un
niño sobreviva en medio de tantos peligros. Bañándola con
frecuencia yo la quería hacer fuerte.

Cuando terminaba la luna de padre, la MAMA-COYA Kusi me dijo:

-Dumma ya eres padre y ya te tienes que incorporar a la aldea


del mar, con todos los padres.
No podía decir que no lo esperara, los últimos días había
estado pensando muchas cosas. Despegarme de mi hija me dolía,
pero sabía que tenía que hacerlo, todos lo hacían en esta Aldea. Era
duro enfrentarse al día a día sin las miradas de mi niña, ni las
palabras de Sisa durante tanto tiempo.

Añoranza de una abuela, 1479

Takiri: (El hombre que crea música). Narrador

Donde se narra la añoranza de Duchicela.

Cuando Duchicela me eligió como marido, me quedé


espantado, pues había hablado con otra joven y teníamos decidido
que esa joven me elegiría. Duchicela no me había dicho nada y al
elegir en segundo lugar, se adelantó a lo aquella joven y yo
teníamos concertado. Con su manera de actuar Duchicela rompía
nuestra costumbre, pues en la ceremonia la joven elegía, pero antes
el asunto se había hablado y siempre se llegaba a la ceremonia con
todas las parejas decididas.

Después de aquel espectáculo yo quedé bastante dolido y me


sorprendió la posterior reacción de Duchicela, descubrí como ella
buscaba ocasiones para estar conmigo. Nunca había ido a cazar
cañanes y ahora cada vez que a mí me mandaban, ella hacía lo
posible por unirse al grupo. Seguía sin querer cazarlos, le
repugnaba tocarlos, pero llevaba el cesto donde los metemos.
También con frecuencia la sorprendía mirándome. En medio del
rechazo a su aspecto, yo tenía que reconocer que físicamente me
atraía, era una mujer hermosa.

Mi sorpresa fue grande cuando una mañana llegó al río para


unirse al grupo de los que íbamos a la Aldea del Mar.

¡Se había cortado el pelo al estilo de las demás jóvenes!

Dos trenzas adornadas con cintas de colores, enmarcan su


rostro, finos aretes de oro pendían de sus orejas. Parecía otra, más
joven y elegante. Aquel casquete de pelo enmarañado, sobre la
cabeza, la avejentaba y afeaba. Para mí siempre había sido un
adorno repugnante.

Desde aquel día, empezó a deslumbrarme, todo lo que hacía y


hasta el acento con que pronunciaba nuestras palabras me sonaba
más musical.

Por eso nadie se sorprendió cuando al año siguiente Duchicela


me eligió y yo acepté decidido.

Aunque no puedo decir que fue la primera desilusión que sufrí, su


reacción huyendo de la Aldea despavorida, sin decirle nada a nadie,
cuando llegaron los soldados de Huacho, me dejó totalmente
impactado. No había sido una reacción normal. ¡Todos tuvimos
miedo! Pero nadie huyó despavorido.

Cuando volvió, le afeé que no me hubiera dicho nada, además


su conducta me había parecido desproporcionada.

-Calla, cállate -me espetó, sintiéndose ultrajada- tú no has


sufrido el ataque de un ejército en tu aldea. Al verlo llegar he
revivido lo que había sufrido no hace tanto en mi pueblo.
Cuando se enteró de que esos soldados iban camino de las
tierras de su familia, a someterlos de nuevo, su reacción fue
obsesiva.

-Tenemos que ir a ayudarles -repetía constantemente a todo el


mundo- Me siento especialmente obligada a proteger a mi abuela.

Su abuela era la madre de su madre, la que se había


encargado de cuidarlos, cuando Guatamba los tenía que dejar para
acompañar a su marido en los trabajos de reparación de caminos y
puentes, a los que les obligaban los representantes del Inca. Ante
su insistencia yo me resistía ¡el viaje no solo sería duro sino
también muy peligroso!.

Pero en su argumentación, Duchicela también se aprovechaba


de mi afición.

-En ese viaje tendrás muchas oportunidades – me decía- de


ver y conseguir nuevos instrumentos musicales.

Cuando yo era muy pequeño, mi madre me hizo una ocarina


que aún conservo, era muy pequeña, para que yo, de apenas cuatro
años, la pudiera tocar. Fue tal mi afición, que quitármela era el
mayor castigo y cuando a los cinco años me pusieron nombre a todo
el mundo le pareció bien que me llamaran Takiri (Hombre que crea
música). Toda esa vieja historia, ahora, Duchicela la usa para que la
acompañase.

Las madres estaban divididas pues, aunque todas sospechaban


que el motivo era justificado: ayudar a su abuela. Pero a todos nos
parecía una gran locura.

Ante la insistencia de Duchicela se reunió el Consejo.


Después de largas discusiones la decisión fue: si yo la
acompañaba, nos podríamos unir a la caravana que llevaría, como
todos los años, sal a Cajamarca. Desde allí podríamos marchar,
nosotros dos más al Norte a la tierra de los Cañaris.

Aquel año el jefe de la caravana era Kantuta (Hombre diestro


en la caza). No me costó mucho convencerlo cuando fui a la Aldea
del Mar a informarle de la decisión del Consejo.

Un año más, partió la caravana de la sal a Cajamarca.


Duchicela y yo nos incorporamos, no éramos los únicos novatos,
pero si los más jóvenes, nosotros estábamos recién casados aunque
no teníamos todavía hijos, todos los demás eran padres y algunos
como Kantuta habían hecho el recorrido en diversas ocasiones.

Casi una luna después llegábamos a Cajamarca, y sin


detenernos, atravesamos la ciudad y subimos a las Charcas.

Sayri (Hombre quien siempre da apoyo) apareció, de pronto,


junto a una charca y se acercó a nosotros con saltos y muestras de
alegría.

-Bienvenidos -exclamaba abrazando y besando a cada uno- No


os esperaba tan pronto. Pero sed bienvenidos.

Sayri seguía viviendo, con toda su familia en los Baños, era


desde el comienzo, el encargado del comercio de nuestra aldea en
aquella zona.

Cuando llegamos algunos conocían también a Illika, a la que


Duchicela le explicó nuestro objetivo. Se volvió a repetir la misma
historia, a nadie le parece prudente que viajemos por aquellas
comarcas.
-Toda la información que nos llega -explicó Illika- es
terrorífica. Son días de guerra. Los soldados del Inca están
persiguiendo por las montañas a grupos de Cañaris que se resisten.

-Pero hemos venido -se empecinaba Duchicela- para proteger


a mi abuela y no nos marcharemos sin intentarlo.

En vista de la situación, Sayri se ofreció a escoltarnos, lo


mismo que Usuy (Hombre que trae abundancia), el marido de Illika.

Yo había llegado en muy malas condiciones, con mareos, dolor


de cabeza, escalofríos y cansancio extremo. Me afectaba la altura y
durante los días de subida no había conseguido adaptarme.

En compañía de Duchicela, me acercaba todas las mañanas a


las charcas y Panti (Hombre agradable) me informaba:

-Esta charca es la más adecuada para tus dolencias- después


de comprobar la temperatura- y ya te puedes bañar.

Duchicela y yo nos quitamos la ropa y tiritando nos


sumergimos. Bañarme en aquella agua caliente me relajaba y era el
único momento en que no tenía frío.

A los cinco días, los cuatro nos pusimos en marcha. Yo ya me


había recuperado. Era, con mucho, el más débil, pues por primera
vez en mi vida, me enfrentaba al intenso frío de aquellas altísimas
montañas, cubiertas de nieve; en las que durante la noche, el
ventarrón gélido casi me malograba el sueño. Nunca eran
suficientes las mantas y ponchos para protegerme, aunque me
acurrucaba entre las llamas. Usuy se burlaba de mí.

-Me recuerdas a algunos de los compañeros que tuve en la


Escuela de Cusco. Toda su vida había vivido en las aldeas de la
costa y cuando llevaban al Cusco, no dejaban de tiritar y de
quejarse del frío. Uno de ellos enfermó y tuvo que volver a su aldea.

-No me extraña, – comente airado- es muy normal que


alguien no se acostumbre a este frío y a la altura. Pero vosotros
llevabais una vida regalada, propia de los privilegiados en aquella
Escuela.

-No creas, uno de los jefes, el que nos enseñaba técnica


militar, era especialmente duro. Cada mañana nos levantaba a
gritos y nos hacía correr durante horas. Terminamos saliendo del
patio y bajando hasta el río, lo teníamos que atravesar nadando, y
así, chorreando de agua fría, volvíamos corriendo y hambrientos a
nuestra habitación. Como nos iban vigilando, nadie podía escapar de
aquella tortura. Algunos lo intentaron, pero fueron azotados y
permanecieron todo el día en el patio, atados con estacas en el
suelo, sin agua ni comida. Luego a nadie se le ocurrió repetirlo.

-Era un poco salvaje ese profesor ¿No?

-Bueno, se trataba de hacer de aquellos niños de ocho años,


que lo habían tenido todo, unos recios soldados, que debían mandar
a cientos y hacerse respetar en el campo de batalla, o funcionarios
del Inca que debía transmitir toda la fuerza de las órdenes recibidas.
En definitiva, ser el mismo Inca en todas las circunstancias, y
reflejar su poder de hijo del Sol.

Una mañana, llevábamos caminando bastante rato, cuando


empezamos a ver, con más claridad, la silueta de una montaña con
la cumbre nevada. Me sentí avasallado por su presencia. Nuestro
caminar era dificultoso, a nuestro alrededor una nube de hojas
secas se arremolinaba bajos los sauces de la ribera de un río, nos
detuvimos y ocultamos entre los matorrales al ver pasar, a media
ladera, a un grupo de soldados. No teníamos ningún interés en
explicar a nadie nuestra misión.

-Son guerreros del Inca -dijo Usuy- no nos han visto.

Cuando los perdimos de vista, reanudamos nuestra marcha.

Varios días después, llegábamos a Hatun Cañar, Duchicela no


reconocía ya su aldea, había grandes edificios de piedra, donde
antes únicamente se encontraban chozas circulares y almacenes.
Los constructores acarreaban grandes piedras para las nuevas
edificaciones, todos eran extranjeros, y a todos, mujeres y
hombres, les faltaban las dos orejas.

Guiados por Duchicela nos encaminamos hacia su antigua


choza, pero no la encontramos, en su lugar estaban edificando, en
piedra, un gran palacio. Una de las mujeres que se afanaba puliendo
los cantos de una gran piedra nos dijo:

-A todos los Cañaris que capturaban, los concentraban en un


corral de llamas y cuando había suficiente organizaban caravanas
para llevarlos al sur. Nosotros somos de Chachapoyas. Nos
resistimos y fuimos derrotados, nos deshonraron cortándonos las
orejas y nos castigaron a trabajar en esta aldea.

Duchicela me pidió que la siguiera, y avanzamos por una calle


angosta hacia las afueras. Llegamos al corral de llamas, nos
ocultamos tras los matorrales. Allí, bajo la vigilancia de varios
soldados, grupos de Cañaris se agrupaban en torno a hogueras,
malheridos y hambrientos, nos sorprendió ver solo a hombres y
mujeres.

-Para el trabajo -nos dice Usuy- no les interesa los ancianos ni


los niños.

Con cautela nos acercamos al corral, para ver más de cerca si


de verdad no había allí ningún anciano. Pronto nos convencemos de
que todos eran hombres y mujeres capaces de realizar un largo
viaje y ser útiles en trabajos pesados.

-Y entonces ¿Dónde podemos buscar a mi abuela?.

-Desde luego -aventuré yo- no la encontraremos aquí. Tal vez


esté escondida en algún lugar de la aldea.

-Pues volvamos a buscar -se empecinaba Duchicela- tenemos


que estar seguros de que no está en el pueblo.

Cuando nos dirigimos de vuelta a la aldea descubrimos que


alguien nos perseguía. Aunque procuraba ocultarse, sus
movimientos lo delataban. Con disimulo Usuy se detuvo y escondió,
mientras los demás seguíamos adelante, cuando el que nos
rastreaba llegó a su altura, con presteza, lo agarró inmovilizándole,
al escuchar el pequeño tumulto, volvimos sobre nuestros pasos
¿habíamos cazado un espía? Resultaba ser un joven, que pese a su
camuflaje, Duchicela identifica como un Cañari.

-¿Qué es lo que tú buscas? ¿Por qué nos persigues?.

El joven al escuchar hablar a Duchicela, le dijo:

-Al veros pensé que erais de esta aldea. Tú te pareces a mi


prima Duchicela, pero los hombres que te acompañan, no es posible
que sean Cañaris.
-Por supuesto soy Duchicela, y tú ¿Qué sabes de nuestra
abuela?.

-Yo soy tu primo Parina. Sé que hay algunos fugitivos


refugiados en la sierra, podríamos intentar localizarlos. A mis padres
los enviaron a trabajar al sur. Yo hui y hace ya algún tiempo que me
muevo escondido por la aldea ¡no sé a dónde ir!.

En ese momento, un grupo de soldados nos avistaron y ante


sus gritos, nos lanzamos calle abajo. Duchicela se me adelantó.
Cada poco miraba hacia atrás para cerciorarse de que yo la seguía.
No tardamos en salir a campo abierto y dejaríamos de oír los gritos
de los perseguidores. Duchicela se sentó en la hierba y
contempló cómo poco a poco se ocultaba el sol, recordando a su
abuela. Los demás también nos acurrucamos bajo los arbustos.

Parina, el primo de Duchicela, comenzó a hablar:

-Entre los muchos sitios en los que se pueden haber refugiado


los que huyeron de la aldea, el sitio más lógico y más razonable es
la laguna de la Culebrilla. Duchicela, seguro que tú recuerdas que
allí una vez al año nos reunimos gentes de muchas aldeas a celebrar
entre danzas y ofrendas ritos en honor de la Culebra.

-Me acuerdo -musitó Duchicela- allí había una pequeña laguna


alimentada por un riachuelo que serpea como una culebra y traía
agua de los neveros de las montañas cercanas. Se vaciaba por un
riachuelo, que se habría camino entre las rocas. Cada año
bloqueamos esa salida con piedras y tierra. Cuando volvíamos al
año siguiente el agua rebosaba, pero la laguna se había hecho más
grande. Ahora seguro que ha crecido.
-Por supuesto -afirmó Parina- la última vez que yo estuve por
la laguna el agua cubría las gradas inferiores del templo.

-Pues yo recuerdo -se explaya Duchicela- que ese templo


estaba a bastantes metros de la laguna.

-¿Esa laguna está muy lejos de aquí? -pregunté yo.

-Apenas a dos jornadas -afirmó Parina- aunque hay que subir


y bajar varios montes.

-Pues ya que estamos aquí -terció Sayri- podemos subir a esa


laguna y tratar de encontrar a tu abuela.

A todos nos pareció bien y nos pusimos en camino hacia una


cueva cercana para pasar la noche. La brisa movía las hojas. Las
estrellas empezaron a dejarse contemplar en el firmamento,
mientras nosotros avanzamos dirigidos por Parina.

El día siguiente amaneció frío y ventoso, ya desde primeras horas


de la mañana se presagiaba desapacible, hasta las nubes
barruntaban lluvia. Pero nosotros ya estábamos muy
acostumbrados. Como nos había asegurado Parina, dos días
después avistamos la laguna, y era a mediodía cuando dejamos
atrás uno de los pasos más críticos y ante nuestros ojos se
presentaba una maravillosa vista de la laguna, el viento rizaba la
superficie con pequeñas olas, alrededor matorrales de montaña
cubrían un paisaje desértico, en la orilla sur de la laguna un grupo
de chozas rodeaban el templo.

-Bajaré yo -nos anunció Parina- para alertarles de vuestra


llegada.
-Yo también iré contigo -se apuntó Duchicela.

Y allí nos quedamos viéndoles alejarse, ante aquella


inmensidad me quedé absorto en mis pensamientos: grandes
cumbres cubiertas de nieve, inmensas laderas de rocas desnudas y
la laguna reflejando blancos jirones de nubes.

Al rato Duchicela nos hizo gestos y bajamos nosotros también,


al llegar me detuve, respirando con dificultad, doblado por el flato,
enseguida me enderecé y comencé a mirar en derredor: un grupo
de cañari de todas las edades me rodeaban, nunca había visto yo a
tantos juntos, con la ropa y el peinado con el que había llegado,
Duchicela y su familia a la Aldea del Virú.

Si yo los veía extrañado, ellos nos miraban a nosotros sin


comprender como estábamos acompañamos a unos cañaris, gente
de tribus tan distintas.

No obstante éramos recibidos con amabilidad y una de las


ancianas se interesó por nuestra situación:

-¿Cuánto tiempo hace que no habéis comido?

Pero antes de contestar nada, Duchicela preguntó por su


abuela.

Sin darle respuesta a su pregunta, nos llevó a una choza, pues


el frío y el viento eran muy intensos también para ellos. Alrededor
de una hoguera, nos calentamos, dejamos de tiritar y nos ofrecieron
comida, aquel guiso de papas me llenó de energía, yo más que
hambre tenía frío. Siento como si todo aquello le estuviera pasando
a otra persona, viviendo como en un sueño, en una pesadilla.
En la conversación Parina se me acercó y me preguntó:

-¿Cuándo Duchicela llegó a tu aldea, iba con ella su hermano


Dumma?.

-Sí, llegaron sus padres y hermanos y también Dumma.

-Dumma y yo éramos muy amigos, hicimos muchas travesuras


juntos, y me quedé muy triste cuando se fue huyendo. Al llegar a
esta laguna se me ha hecho presente tantos recuerdos, cada año
llegábamos con la caravana de nuestra aldea y cuando los mayores
hacían sus danzas y ofrendas, nosotros corríamos bordeando la
laguna, casi siempre ganaba Dumma pues era el primero que se
atrevía a cruzar, metiéndose en el agua helada, el río que alimenta
la laguna, otros éramos renuentes hasta que nos decidimos, cuando
lo cruzábamos él ya nos había sacado mucha ventaja.

Formábamos un grupo de amigos de la misma edad. Solo


Dumma y yo quedamos libres, los que no murieron están
deportados en varios lugares, unos en el Cusco, otros en
Chachapoyas y de otros no sé nada.

Cuando éramos pequeños cada uno de nosotros tenía un


perro. Una señora nos repartió la camada de su perra. La mía era
una perra pequeña, blanca, que a la que enseñe a saltar cuando se
lo mandaba, la que llamaba la Blanca, aunque tenía algunas
manchas en el cuerpo. Cuando nos reunimos siempre íbamos
rodeados de aquella jauría de perros, con ellos hacíamos carreras y
salíamos a cazar. Todavía algunos corretean por la aldea.

Mientras Duchicela continuaba preguntando por su abuela a


todo el mundo. Pero las respuestas que recibía, más y más la
desmoralizan. ¡Nadie sabía nada de ella!.

Hasta que un anciano aseguró haberla visto muerta, ese


anciano resultaba ser el hermano menor de la abuela de Duchicela.
Nos explicó que junto con su hermana salieron de la aldea a
refugiarse en las montañas, pero su hermana era muy anciana y no
resistió nada más que tres días de hambre y agotamiento, estaban
en una situación desastrosa y una mañana al despertar
descubrieron que ella había muerto mientras dormía.

Aunque todos más o menos lo esperábamos, esta revelación


afectó con intensidad a Duchicela, no podía contener las lágrimas y
ninguno de nosotros intentó consolarla. Todos lo sentimos, pero
nada podíamos hacer, al fin la sospecha se trocó en certeza.

-Ya no tiene sentido -se lamenta Duchicela- seguir buscando.


Lo mejor será volver. Aquí ya no tenemos nada que hacer.

-¿Yo puedo también acompañaros? -suplicó Parina.

Todos le miramos y fue Duchicela la que le explicó:

-Donde nosotros vamos todo es muy distinto. Siempre hace


calor, y todo el campo está seco, solo hay vegetación en las orillas
del río.

-Eso es cierto -la contradije con suavidad- pero lo mismo que


tú te has acostumbrado, Parina lo podrá conseguir aunque le
costará.

-Seguro que sí -aceptó Duchicela- ¡pero que luego no se


queje!.
De vuelta a los Baños del Inca, 1479

Takiri: (El que crea música). Narrador

De cómo surgen nuevos problemas.

Después de varios días recogimos nuestro equipaje y nos


pusimos en camino.

Más adelante nos adentramos en un bosque, donde la hierba y


los matorrales empezaban a ser más altos, casi como árboles. Cada
uno marchaba ensimismado en sus pensamientos, la brisa movía las
hojas secas y nuestros pasos rompían el silencio, hasta que el
golpear del agua en una cascada nos envolvió.

Si ya tenía frío, descender el barranco y penetrar en la nube,


me empapó toda la ropa y comencé a tiritar. Seguimos adelante
siguiendo la ribera del río.

Se me acercó Parina y comenzó a caminar a mi lado, me


preguntó:

-¿Cómo conocisteis a Usuy? No me cabe en la cabeza, que


siendo inca esté con vosotros. ¿Por qué Usuy es Inca? ¿No?.

-Si, la historia de Usuy es muy curiosa, a mí me la contó Sayri.


En resumen era un inca, que por amor a Illika, una joven de las
Charcas, abandonó a su familia. Si no ahora sería un consejero del
Inca o uno de sus generales.

-Pues yo -casi susurra Parina- sigo sintiendo tremenda


aversión, en su cara veo a los que asolaron mi aldea y se llevaron
prisioneros a mis padres.

-Pues a mí me parece una buena persona, ha sabido ganarse a


todos los de la aldea y además sabe cómo piensan y se comportan
los incas.

En ese momento nos dio alcance Sayri, y al escuchar lo que yo


decía, terció en la conversación:

-También a mí me costó al principio cuando fui por primera


vez a su aldea. Lo veía como a un enemigo, pues mi misión era
trabajar junto con Illika, y él parecía el marido competidor. Pronto vi
que no era así, Usuy respetaba las decisiones y el trabajo de su
esposa.

-Pues debe ser que a veces sin motivo, uno siente rechazo por
algunas personas. Pero a mí me cae mal. Me cuesta trabajo
conversar con él. Cada vez que lo miro se me hace presente el
rostro de aquel soldado que entró en mi casa. Nunca había visto
unos ojos tan llenos de odio, entró en la casa golpeándolo todo, con
una furia incontrolada, derribó a mi madre y golpeó a mis
hermanos. Ciego de pánico yo hui al ver entrar otros soldados.
Aquellas escenas todavía no me dejan vivir, mis sueños se
pueblan de pesadillas. Se me presenta el rostro de aquel soldado,
aunque poco a poco, se va desdibujando, pero quedan sus ojos
llenos de odio. Aquel día después de correr lleno de un miedo
irracional, me detuve avergonzado por no haber defendido a mi
familia. Cuando volví, escondiéndome en la noche, me asaltó la
tragedia: la choza estaba destruida y varios de mis hermanos yacían
muertos, no había rastros de mis padres. Esa es otra de mis
pesadillas: mis hermanos, dos niñas y un niño, sin vida, sobre todo,
mi hermana más pequeña, mi engreída, que con sus cuatro años
bien podía ser mi hija. Con los ojos abiertos, pero la mirada vacía,
su pecho destrozado por la lanza que rompió su corazón. Con miedo
sentí el vacío.

Aquella noche, arrasado de pena, envolví sus cuerpos en telas


que mi madre guardaba en un cántaro, y luego los fui llevando
hasta una pradera, donde los enterré lo mejor que pude. El bullicio
era grande aunque apenas había amanecido cuando busqué a mis
padres, grupos de soldados celebraban la victoria entre gritos y
carreras, más de uno encontré derribado por la borrachera,
haciendo como que vigilaban las entradas de las chozas, a uno de
ellos le quite ropa para disfrazarme. Así llegué hasta donde tenían
reunidos a todos los de la aldea y allí, entre la penumbra de las
hogueras, descubrí a mis padres.

Cuando pude acercarme, mi padre, se alegró al verme pues, al


no encontrarme entre los prisioneros, pensaba que estaría muerto,
se acercó también mi madre y los dos me dijeron que huyera, nada
podía hacer por ellos.

Merodeando por allí fue cuando os encontré, aunque mis padres ya


no estaban en el pueblo.

Este valle parecía diferente a la luz del día, cuando ayer,


coronamos la cumbre y pusimos el campamento, ya era de noche.
Pero ahora, ante nuestros ojos, se extendía el peregrinar lento y
sinuosos de un río, bordeado de vegetación, grandes sauces cubrían
las riberas, llenando de sombras la corriente. Una vez más, como
me sucedía con frecuencia, me quedé inmóvil contemplando la
belleza del paisaje, y deseando ser un cóndor para poder sobrevolar
todo desde las nubes.

Al amanecer el cielo, cargado de nubes de tormenta, lo


vaticina y luego durante todo el día andamos bajo el aguacero.
Cuando ya estábamos empapados, nos refugiamos en una oquedad,
no se podía llamar a aquello: cueva, pero al menos, el suelo estaba
seco y nos la ingeniamos para encender una fogata, secar la ropa y
calentarnos.

En dos ocasiones Usuy y Parina, protegidos por una tela


encerada, se alejaron bajo la lluvia y volvieron con cantidad de
ramas muertas, pero totalmente mojadas. Las apilaron alrededor
del fuego para que se fueran secando y al rato, aunque
desprendiendo humo blanco, estaban en condiciones de arder.
Cuando llegó la noche cesó la lluvia, se encendieron las estrellas y la
luna llena inundó el cielo. Comimos, hablamos. Yo toqué la ocarina y
recordé a nuestra gente, hasta que poco a poco nos fuimos
durmiendo.

A la mañana siguiente nos pusimos de nuevo en marcha, no


teníamos casi alimentos, ¡más nos valdría llegar pronto a
Cajamarca!, pues el hambre empezaba hacer mella en nuestras
fuerzas.

Pero las cosas se complicaron.

Un atardecer bajábamos la ladera de una montaña, cuando


oteamos a un grupo de soldados del Inca. Avanzaban con
despreocupación, descendiendo de la cima. En ese momento
nosotros estábamos desparramados, y cuando casi llegaron al fondo
del valle, Duchicela, Usuy y Sayri; todavía estamos a media ladera
Parina y yo. Fue Parina quien los descubrió

-Mira, Takiri - me susurró- Esos soldados se nos acercan.

Empezamos a correr cuesta abajo alejándonos de los soldados


y acercándonos a nuestros amigos. Corrimos procurando hacer el
menor ruido posible, tratando de pasar desapercibidos, aunque en
aquel terreno pedregoso, con muy pocos matojos, era difícil
ocultarse. Cuando nos vieron los soldados, comenzaron a gritar y a
perseguirnos. ¡En mi vida había corrido con tanta decisión!, pero
todo fue en vano, aquellos soldados corrían con fuerza, mientras
que nosotros estábamos debilitados. Al dar un salto aterricé
rodando entre las piedras, unos matorrales detuvieron mi caída,
entonces un soldado me golpeó, poco después otros alcanzó a
Parina y lo apresó rodeándolo. Por el alboroto de la persecución,
nuestros compañeros que ya habían llegado al río descubrieron lo
que pasaba. Usuy reaccionó con rapidez corrió ladera arriba a
nuestro encuentro.

Cuando llegó una veintena de soldados nos rodeaban.

-¿Quién manda aquí?.

El tono autoritario de la pregunta hizo vacilar a aquellos


hombres y uno de ellos se presentó.

-Yo soy el jefe de este grupo ¿Y tú quién eres?

-Me llamo Usuy y soy oficial del ejército Inca, a todos estos los
llevó al Cusco.
-¿Pero qué me dices?

-Estos, son representantes de diferentes aldeas y van conmigo


a entrevistarse con el Inca.

Ya habían llegado los demás.

-Son dos cañari: Duchicela y Parina y dos del río Virú: Sayri y
Takiri. Llevan mensajes de paz para la fiesta del Inti Raymi.

No me parece que estas palabras les convencieron, pero la


actitud decidida de Usuy le amedrantó lo suficiente para forzarlos a
reconocer:

-De acuerdo, pero nos parece que esta manera de viajar es


muy peligrosa, sin escolta y fuera del Camino Real.

-Vamos por aquí atajando hasta Cajamarca, allí se reunirá


toda la caravana. Es verdad que medio nos hemos perdido,
necesitamos comida.

Para mi sorpresa aquellos soldados nos ofrecieron maíz,


papas, y carne seca, pero más me sorprendió Usuy, que
dirigiéndose, tanto a los soldados como a nosotros, afirmó:

-Lo mejor es que todos bajemos al río y allí podremos comer.

Yo no podía creer lo que estaba sucediendo, menos aún


Parina, que no sabía ni donde mirar, viéndose acogido por soldados
del Inca.

Bajamos hasta el río y, en una pequeña pradera, los soldados


prepararon la hoguera y la comida, con gestos, Usuy hizo que
nosotros no colaboraremos, había que mantener nuestra ficticia
encomienda: auténticos representantes de varios pueblos amigos
del Inca.

Los soldados no iban camino de Cajamarca, tenían orden de


unirse a un ejército que avanza hacia Chachapoyas, si hubieran ido
en nuestra dirección, estoy seguro, que Usuy los hubiera convertido
en nuestra escolta.

Cuando, después de comer, los soldados siguieron su derrotero y


nosotros recuperamos nuestra realidad, Parina no salía de su
asombro ¿Cómo Usuy había dominado la situación? Era inca y sabía
manejar la mentalidad de los soldados, las órdenes de un oficial se
aceptan siempre.

A partir de ese momento, Parina comenzó a ver con otros ojos


a Usuy, todos nos dimos cuenta de su cambio de actitud. Empezó a
respetarlo y admirarlo. Era frecuente verlos trabajar en equipo.

Como Duchicela casi siempre avanzaba ensimismada, le


estaba costando asimilar la muerte de su abuela, en el silencio yo
me sentía como una hormiga ante la inmensidad del paisaje, era
una experiencia única recorriendo aquel lugar solitario. A veces el
viento barría las nubes y, por unos instantes se veían, las cimas
nevadas, de unos montes imponentes, pero en momentos las nubes
lo cerraban todo, hasta los rayos del sol se debilitan, este viaje me
estaba llenando de nuevas experiencias, hasta entonces mi mundo
se reducía al río Virú, ahora, con mis propios ojos, contemplaba la
inmensidad de un mundo desconocido del que solo había oído
hablar.

-¿En qué piensas? -me interrumpió Duchicela acercándose- tú


estás sintiendo lo mismo que yo, cuando contemplé el mar por
primera vez: las nubes tan cercanas, abrazadas a las montañas, los
días de lluvia incesantes, el sabor imposible de la nieve, la pequeñez
de nuestra propia realidad, contemplando la inmensidad de los
montes. Yo también quedé anonadada frente al mar, miraba y
miraba y todavía no puedo comprender si a lo lejos se terminaba, y
si se termina ¿había algo detrás del horizonte?.

Una lluvia intensa y repentina interrumpió nuestra


conversación. Corrimos ladera abajo hasta reunirnos con los demás
bajo la protección de unas rocas. Llovía tenue, pero constantemente
toda la noche, por eso continuamos acurrucados en medio de la
soledad.

Lo mismo que yo, Parina, jamás había salido de su aldea.


Avistar desde el cerro la ciudad de Cajamarca, con sus palacios de
paredes enrojecidas por el sol del atardecer, y sus largas calles
distribuidas entre las casas de adobe y, sobre la loma cercana, las
charcas humeantes, hacen que se detenga y exclame:

-Que pasa ¿aquel incendio puede llegar hasta la ciudad?.

-No te preocupes, -le explicó Sayri- allí es donde vivimos y


aquello no es fuego, pero no te voy a decir nada hasta que lo veas,
entonces sí que vas a ver una maravilla, ni te puedes imaginar
aquel regalo de la Pachamama. Cuando llegué por primera vez
también me sorprendió.

Aceleramos el paso gastando nuestras últimas fuerzas,


bordeamos la ciudad de Cajamarca. Parina ya tendría ocasión de
conocer la ciudad, Usuy y Sayri tenía verdadera urgencia de abrazar
a sus familias, nos encaminamos hacia las charcas.
Era media tarde cuando llegamos a las primeras charcas.

-Ven, Parina -dice Sayri - acércate y mete la mano en ese


charco.

Parina hizo lo que le decía Sayri.

-! Esta agua está caliente ¡- exclamó amedrentado.

-Pues esta es de las más alejadas de la fuente. Cuando vayamos


subiendo cada una estará más caliente y así verás como humean las
primeras, en ellas el agua está hirviendo.

-Duchicela ¿Qué has sabido de tu abuela? -Nos gritó a modo


de saludo Illika, a la vez que abrazaba a su marido – que delgados
estáis todos – exclamó mientras nos abrazaba a cada uno- ¿y este
quién es?.

-Para, para – la tranquilizó Usuy - ya tendremos tiempo de


contar nuestras aventuras y de responder a todas tus preguntas.

-Mi abuela ha muerto -le dijo Duchicela- ya era muy mayor


para superar la situación.

-Lo más urgente ahora -dijo Sayri- es comer y dormir. Yo, por
lo menos, estoy exhausto –y se dirigió hacia su casa en busca de su
familia- venid todos conmigo.

Nos acercamos a su casa, donde encontramos a su familia y


algunos de los que habían venido en la caravana con nosotros desde
la aldea. Hubo gritos de alegría y en pocos minutos nos sentábamos
alrededor de la hoguera en la primera comida abundante y
agradable desde que salimos hacia tierra de cañari. Al fuego
pusieron varias vasijas calentando agua, en la que echaron papas,
en otra vasija pusieron la yuca.

Poco a poco, a nuestro alrededor, se fueron reuniendo y


hablando, mientras preparaban la comida, todos miraban a
Duchicela, que terminó hablando:

-Ha sido muy doloroso para mí aceptar la muerte de mi


abuela. Habría deseado ayudarla. Pero ya no puedo hacer nada. En
su nueva vida conocerá la intención que nos ha movido en este
viaje. Los últimos días he pensado mucho y creo que ha sido lo
mejor, pues ella era demasiado mayor para un viaje tan largo. Lo
único que me apena es la desgracia que ha caído sobre mi pueblo.
Os presento a mi primo Parina, él nos ha ayudado y ahora desea
acompañarnos hasta la Aldea del Virú. Y este niño, lo llamamos
pequeño Dumma, es un huérfano que yo encontré y he adoptado
como hijo.

Parina, alzó respetuoso la cabeza, saludando a los presentes


que se arremolinaban a nuestro alrededor, mientras el pequeño
Dumma sonreía encantado al ver a otros niños de su edad.

-Yo he sufrido mucho, -afirmó Parina- durante días he estado


escondiéndome, por las casas de mi aldea, de los soldados del Inca.
He perdido a toda mi familia. Al encontrar a Duchicela encontré lo
que quedaba de mis parientes. Su madre era hermana de mi madre
y mis primos que espero saludar en la Aldea del Virú, son lo único
que me queda.

De pronto se acercó Kantuta hasta donde estábamos nosotros.

-Que alegría ya habéis vuelto. Desde hace unos días estaba


preocupado, pensando en que tendría que dejaros aquí, pues la
caravana ya está preparada para volver a la aldea.

-Espero que nos dejes unos días -le reclamé yo- para
recuperarnos. Estamos muy cansados.

-Por supuesto -concedió Kantuta– no tenemos tanta prisa.

Durante aquellos días la confianza entre Parina y Usuy se hizo


más estrecha. Una vez al día bajábamos a las charcas y Panti nos
encaminaba a la charca más adecuada. En una de esas ocasiones
escuché una conversación entre Usuy y Parina.

-Creo que estoy cambiando de idea -dice Parina-.

-¿De qué me hablas?

-De la posibilidad de quedarme aquí ¿Te costó mucho


adaptarte a esta gente?.

-Bueno mi caso es un tanto extraño, yo me quedé por Illika.


Ella no quería marcharse conmigo al Cusco y yo tampoco tenía
interés en volver a mi antigua vida. Habla con Sayri tal vez él
necesite ayuda en su trabajo, pero díselo antes a Duchicela no vaya
a ser que tenga pensado algo para ti en su Aldea.

Aunque estas palabras de Parina me sorprendieron, pues


siempre me parecía muy decidido a ir, con nosotros hasta la casa de
su tía, a orillas del Virú. Sin embargo, esta no era una postura muy
descabellada: él había vivido siempre entre el frío y la nieve, le
asustaba la idea de vivir en un lugar tan seco y caluroso.

Aquella tarde en una charca cercana, Duchicela enseñaba al


pequeño Dumma a nadar, desde la orilla yo los contemplaba, veía
como cada vez Duchicela estaba más alegre, parecía como si
volcara sobre el pequeño Dumma todo el amor que ella había
recibido de su abuela.

Al rato llegó Parina, no se le veía muy decidido, pero se acercó


a orilla de la charca, se sentó y empezó a hablar.

-Duchicela, ¿Te parece que le pregunte a Sayri si tiene trabajo


para mí?. Llevo varios días dándole vueltas a la idea. Estaría
dispuesto a quedarme en esta aldea.

-¡Qué me dices!, Me parece muy bien -le dijo Duchicela – es


una buena solución para ir adaptándote a otras costumbres.
Siempre tendrás la posibilidad de ir con alguna de las caravanas
hasta nuestra casa. Allí serás siempre bienvenido. No te imaginas la
alegría de mi madre cuando sepa que al menos un hijo de su
hermana está vivo. Os dábamos a todos por muertos ¿no te estará
pasando a ti como a Usuy?.

-No, pero no lo descarto, ya he visto algunas jóvenes


atractivas y una me ha empezado a llamar la atención.

-Pues espabila -le comenté yo con socarronería, terciando en


la conversación- no tengas que arrepentirte de haber esperado
demasiado.

A la mañana siguiente Sayri nos comentó una conversación


que había tenido con Parina la noche anterior. Le pareció que Parina
estaba decidido y a él, le sería de gran ayuda y muy útil, pues
siempre tenía mucho trabajo en el saladero.

Después de esos días de tranquilidad nos pusimos en marcha,


integrándonos en la caravana, camino de nuestra aldea.

Un secreto, 1479: De cómo se resuelven antiguas dudas.

Duchicela: narradora

Takiri y yo mantuvimos un gran secreto, desde que llegamos


desde Cajamarca a la Aldea.

Todo comenzó uno de los días que estuvimos en la Laguna de


la Culebrilla. Un día llegó al campamento un grupo de cañari,
llegaron rotos por el cansancio y hambrientos, durante varios días
habían vagado sin rumbo por la sierra, temerosos y huidizos. Nada
más verlos sentí como me tensaba, poniéndome en pie, pues a una
joven con solo mirarla la reconocí y ella se sintió reconocida, me
adelanté hacia ella y con una antigua familiaridad, la abracé. Fue un
abrazo largo, sin palabras, tuve que ayudarla pues cayó al suelo
desmayada, la lleve hasta una cabaña, le puso un poncho, tiritaba
de fiebre, le prepare comida y con delicadeza le ayude a comer, al
final la deje adormilada.

Pero aquella tarde, cuando ya había descansado, tuve una


larga conversación. Estábamos únicamente los tres, Takiri medio
adormilado protegiéndose del frío. Era una joven menuda, de rasgos
finos, pero en sus ojos solo se notaba tristeza y vacío, estaba
demacrada, y casi con un hilo de vida. Yo no dejaba de mirarla con
cariño.

-Shabalula, ¿Cómo te ha ido?.

-Estos han sido unos años muy duros, desde que vosotros
huisteis, en la aldea todo han sido desastres y dolor. Cada vez era
peor y no parecía que pudiera mejorar. Yo tenía un motivo de penas
más. ¿Cómo está tu hermano Dumma?

Titubee al responder.

-Bien, se ha adaptado a nuestra nueva Aldea. Vivimos cerca


del mar, junto a un río. Allí no conocen la nieve ni el frío y tienen
unas costumbres muy extrañas. En la aldea manda una mujer, pero
no porque sea una anciana, sino porque hereda el poder de su
madre la MAMA-COYA.

-Yo no te he preguntado eso -me cortó Shabalula con


desgana- lo único que me interesa es Dumma. Todavía me duele
que no me buscara, si estaba vivo. Yo sabía que os escapasteis en
Cajamarca, cuando os llevaban presos al Cusco, pero pasaron los
meses y no volvió a buscarme. Nació nuestro hijo.

-¡Tienes un hijo! -exclamé asombrada.

-¡Tenemos un hijo!, Dumma es el padre. Tú sabes igual que


yo, que estábamos casados. ¡Todo el pueblo lo sabía! Y ahora que
sé que está vivo, no entiendo que nos abandonara, que no volviera
a buscarnos.

-Ni él, ni nadie, sabía qué esperabais un hijo. ¿Cómo se llama?

El rostro de Shabalula se dulcificó.


-Dumma, como su padre. Lo he dejado con mi madre en la
Aldea, ya tiene casi tres años y es un niño muy fuerte.

-Cuando llegamos a la Aldea del Río, recuerdo que mis padres


hablaron con Dumma, y después de varias deliberaciones todos
pensamos que habrías muerto o sería imposible encontrarte.

-Si, pero tú has vuelto, ¿Qué es tan importante, qué es lo que


buscas?

-Yo he venido a proteger a mi abuela.

-No intentes defender a Dumma. Tú has vuelto, él me dejó en


el olvido, fue un cobarde. Y en esa Aldea vuestra, se habrá vuelto a
casar

-Cuando llegaron a la Aldea –dijo Takiri, interviniendo por


primera vez, y tratando de componer- siempre veía a Dumma muy
preocupado, no nos dijo por qué, pero estaba pensativo y triste.

-Sus padres, especialmente su padre, -explicó Shabalula- no


me aceptaban como esposa de su hijo, porque yo soy algo mayor,
casi cuatro años. Dumma y yo seguimos adelante, teníamos que
vernos a escondidas en las afueras del pueblo. Un grupo de árboles,
cerca del camino de la sierra, son testigos de nuestro amor, de
nuestras promesas, hasta hablamos de marcharnos a otros lugares,
buscar otro sitio donde no fuéramos rechazados. Pero todo terminó
con la llegada de los soldados incas y con la huida de Dumma con
su familia.

-Bueno, realmente Dumma no huyó por propia voluntad –me


vi obligada a matizar- junto con toda la familia fuimos obligados a
marchar al Cusco, junto con otros que habían apresado.
En ese momento, Shabalula perdió el conocimiento, en medio
de temblores que nos inquietaron. Yo salí corriendo en busca de
ayuda y cuando volví con una anciana, había recobrado el sentido y
solo tenía fuerzas para mirarme. Cogió con fuerza mi mano y
susurrando me pidió.

-Por favor, Duchicela, ayuda a mi hijo. Su padre lo podrá


proteger, aquí no puede sobrevivir en medio de esta guerra. Me
siento morir y no quiero que quede abandonado.

La mire y con delicadeza le acaricie el rostro, luego empecé a


llorar al verla tan desvalida. Aquella chica animosa con la que, no
hacía tanto tiempo, había soñado un futuro tan distinto del que
ahora vivíamos, desde luego mucho mejor.

Recordé muchas pequeñas historias de cuando las dos, junto


con otras niñas de nuestra edad, nos encargamos de adornar con
flores silvestres y con cintas de colores, las llamas que la aldea
subiría hasta la laguna, para ofrecerlas en sacrificio a la Culebra.
Buscamos por los campos cercanos flores violetas, pues habíamos
decidido que ese año las dos alpacas blancas solo llevarían flores
violeta y cintas azules. Nos costó varios días encontrar suficientes
flores de ese color, pero cuando la caravana se encaminó hacia la
laguna, muchos elogiaron nuestro trabajo.

Casi dos días duró la agonía de Shabalula, que insistió en el


compromiso de llevar al niño a su padre. Mi promesa la llenó de
serenidad. Y así, arropada por nuestro cariño, murió a orillas de la
Laguna de la Culebrilla. Y allí la enterramos.

El compromiso adquirido nos obligó a volver a la aldea.


No fue difícil encontrar a la abuela y al pequeño Dumma, ni
tampoco convencerla para que nos lo confiara. Hice un transportín
con telas y cintas. Lo acomodamos, por turnos, a la espalda cada
vez que marchabamos y él se cansaba de andar o teníamos prisa.

Cuando llegamos a Cajamarca a todos les dijimos que el


pequeño Dumma era un huérfano que yo había adoptado, nadie
supo que era el hijo de Dumma. Aquel pequeño se ganó muy pronto
el corazón de todos, especialmente el de Takiri. Decidimos que
conservaría el idioma de los cañaris, por eso, en ese idioma siempre
yo le hablaba, mientras que los demás y Takiri le hablaban en el
idioma de nuestra aldea.

El viaje fue largo, pero al final la caravana con las llamas


cargadas de lana, alcanzó a otear el Cerro de Saraque. Nuestra
llegada fue motivo de gran alborozo. Cuantas cosas teníamos que
contar, aunque algunas Takiri y yo decidimos ocultarlas. Durante el
viaje, habíamos acordado, mantener en secreto que el pequeño
Dumma era hijo de Dumma, nos parecía que podía ser un problema
para Sisa descubrir que su esposo tenía un hijo Cañari.

Pero para nuestra sorpresa empezaron a surgir rumores.


Enseguida se empezó a hablar del parecido evidente entre Dumma y
el pequeño Dumma.

La MAMA-COYA Kusi nos interrogó sobre el particular.

-No puedo dudar de vuestra palabra, pero necesito que me


confirméis que el pequeño Dumma no es hijo de Dumma.

Takiri y yo nos miramos, no podíamos mantener la mentira,


además la MAMA-COYA había tenido la prudencia de hablarnos a
solas, podíamos decírselo a ella y que ella decidiera si se mantenía
en secreto.

-Cuando estábamos en tierra de los Cañaris -empezó a decir-


encontramos una amiga mía, yo la sospechaba casada con mi
hermano Dumma. Ella nos dijo antes de morir, quien era el padre
del pequeño Dumma y nos hizo prometer que se lo traeremos. Eso
hemos hecho y yo lo estoy cuidando como mi hijo, porque tememos
que esta situación haga sufrir inútilmente a Sisa.

-Creo que soy yo la más adecuada -Dijo la MAMA-COYA Kusi-


para informar a mi hija, pues aunque Dumma debió hablarnos de su
situación cuando llegó a nuestra aldea, sin embargo, es lógico
pensar, que los fugitivos al llegar a un lugar extraño, guardan sus
secretos. Y cuando ya están integrados les cuesta mucho trabajo
hablar del pasado. Además no sabemos si Dumma ha hablado de
todo esto con Sisa.

La MAMA-COYA quiso que Takiri y yo estuviéramos presentes


cuando hablara con Sisa, por eso nos mandó a buscarla. La
encontramos en su casa trabajando de alfarera.

-Sisa -le dije- tu madre quiere hablar contigo. Puedes ahora


acompañarnos.

Sisa nos miró contrariada ¿Qué es tan urgente para que tenga
que interrumpir mi trabajo?. Pero nos siguió hasta la casa de la
MAMA-COYA, de camino intenté prepararla:

-Cuando estábamos de viaje lejos de la aldea, muchas cosas


nos han ocurrido, algunas agradables y otras preocupantes. Casi
todas nos han sorprendido.
-Es lógico -aventuró Sisa intrigada- que toda expedición
ocasione contratiempos.

Llegamos a la casa de la MAMA-COYA, aunque yo entre


acompañando a Sisa, Takiri se quedó fuera, hasta que la MAMA-
COYA le mandó entrar también

-Takiri, entra tú también, creo que es mejor que todos


podamos comentar lo que tengo que decirle a mi hija. -Y
dirigiéndose a su hija le dijo- ¿Sisa, no sé si Dumma te ha explicado
que cuando salió de su tierra dejó a una mujer esperando un hijo?.

-Eso no pudo decirlo -intervine aclarando- pues cuando


salimos huyendo, nadie sabía que Shabalula estuviera embarazada.
Lo único que podía decir Dumma es que allí, en medio de una
guerra, quedaba una mujer con la que estaba comprometido, las
circunstancias habían impedido que se celebrara el matrimonio.

-Creo recordar que alguna vez Dumma me habló de su salida


de vuestra aldea, también de los amigos, a los que había dejado allí,
a todos los daba por muertos. Pero nunca me habló, claramente, de
ninguna Shabalula. Pero ahora cuando habéis vuelto vosotros,
trayendo al pequeño Dumma, tenía el propósito de preguntar a
Dumma, cuando vuelva para la fiesta de la luna, si él tiene algo que
ver con ese niño, no solo se le parece, sino que además, tu
Duchicela, lo tratas con un cariño especial.

-Shabalula me dijo, -aclaré con firmeza- poco antes de morir,


que su hijo lo era también de Dumma. Yo le prometí que cuidaría de
él y lo traería con su padre. Yo me he encariñado y querría
quedarmelo como hijo.
-Antes de tomar una decisión -afirmó Sisa- yo quiero hablar
con Dumma.

La MAMA-COYA se dirigió a Takiri y le mandó.

-Takiri, mañana irás a la aldea del Mar y traerás a Dumma,


este asunto no puede esperar más.

A la mañana siguiente, cuando se disponía a cumplir ese


encargo, le pedí encarecidamente:

-Dile a Dumma todo lo que nos explicó Shabalula, así cuando


llegue sabrá por qué le llama la MAMA-COYA Kusi, y no será tan
grande la sorpresa.

Al atardecer volvió con Dumma y los jóvenes. Dumma casi no


hablaba, permanecía ensimismado desde que le contó la historia de
Shabalula, todas sus preguntas habían sido sobre el pequeño
Dumma, había sido para él una gran sorpresa, pues nunca se le
pasó por la cabeza pensar que había dejado un hijo en la aldea
Cañari, también le hizo varias preguntas sobre Shabalula.

Al llegar a la aldea, saltó raudo de la barca y Takiri salió


corriendo, fuimos hacia la casa de la MAMA-COYA, no encontramos
a nadie, siguieron buscando y me encontraron en la de Sisa, con la
MAMA-COYA y el pequeño Dumma. Estábamos sentadas a la
sombra del árbol del patio, haciendo carantoñas al niño, Dumma se
acercó, tomó al niño en sus brazos y se le quedó mirando.

-No sabía que existías. Pero me alegro mucho de haberte


encontrado -y dirigiéndose a Sisa- ¿ya le habéis dicho que tiene una
hermana?.
-No le hemos dicho nada -intervine con celeridad- ¿Takiri te ha
dicho que yo lo he adoptado? Esperábamos a que tú hablaras con
Sisa para ver qué decidimos.

El pequeño Dumma correteaba por el patio ajeno a la


conversación.

-Al principio me costó -explicó Sisa - entender lo me dijo


Duchicela. ¡Puedes comprender mi desconcierto!, pero ya he tenido
tiempo de aceptar lo que supuso para ti, abandonar aquel pueblo en
medio de la guerra.

-Sisa perdona que no te hablara de la existencia de Shabalula,


estaba convencido de que había muerto y desde luego no tenía idea
de que quedara embarazada.

Se hizo el silencio, parecía que ya no había nada más que


decir. Yo miraba los ojos de Dumma, pero me fue imposible leer sus
pensamientos, él miraba al pequeño Dumma y dije con decisión,
poniéndome en pie:

-Ya está todo claro, si todos estáis de acuerdo el pequeño


Dumma tiene una hermana que es la hija de Sisa, tiene un padre
que es Dumma, tiene una madre Shabalula que murió en la sierra y
tiene una madre que soy yo y una abuela que es la MAMA-COYA
Kusi.

Siguió un profundo silencio, ahora se trataba de que cada uno


de los presentes aceptara esa solución, y fue la MAMA-COYA la
primera que habló casi con la voz solemne de los Consejos de
Madres:

-Desde este momento el pequeño Dumma será mi nieto.


Aunque parezca extraño, de pronto, todos comenzamos a
aceptar, todos asumieron mis palabras.

Aldea del Río, 1479: Nuevos peligros

Sisa (Mujer que siempre vuelve a la vida): narradora

De cómo nuevos peligros amenazan la vida de la Aldea.

Aquella mañana con casi siempre, me detuve con mi hija en la


casa de la MAMA-COYA Kusi camino del río. Su abuela la tomó en
brazos y la besó en la frente deseándole un día venturoso. La
llevaba en un cesto de mimbre. Al llegar al río la saqué con cuidado
del cesto y la sumergí en el río, mientras limpiaba las telas con las
que la envolvía.

Estaba con otra madre que hacía lo mismo con su hijo cuando
vimos, en la cumbre del cerro Saraque un grupo de gente que
avanzaba hacia la Aldea, era una fila interminable de personas
haciendo sonar sus roncas caracolas. Aceleramos el baño y corrimos
a avisar a la MAMA-COYA Kusi.

Cuando se acercaron más, vislumbre con terror, que eran


soldados del Inca, llevaban los mismos ornamentos y banderolas,
con que de vez en cuando llegaba a la Aldea, siempre dañándonos.

Pero esta vez no se acercaron a la Aldea. De modo pacífico


siguieron caminando hasta las Cascadas, allí se detuvieron,
montando un campamento, era como una aldea en movimiento,
donde solo faltaban niños.

A lo largo de la mañana vimos cómo avanzaban, divididos en


grupos de unas veinte o veinticinco personas, de las que tan solo
unos diez eran soldados, pues eran los únicos que llevaban cascos,
los otros eran porteadores, pastores de llamas y mujeres. A veces
entre cada grupo había espacio y se distinguían claramente sus
integrantes. Unos de los grupos era más numeroso y vimos cómo en
medio, sobre un palanquín, llevaban al que pensamos sería el Jefe.
Entre los grupos corrían jóvenes mensajeros transmitiendo las
órdenes. Uno de esos heraldos llegó hasta la Aldea y le comunicó a
la MAMA-COYA Kusi.

-El Jefe os espera en su campamento al atardecer.

Se reunió con premura el Consejo de Madres y decidieron que


con la MAMA-COYA irían algunas madres y todos los jóvenes.

Al crepúsculo nos pusimos en camino, llevamos como regalos,


cestos con chirimoyas y cántaros con chicha. Cruzamos las lindes
del campamento moviéndonos por su asentamiento. Sobre la
pradera cubierta de hierba y flores se habían instalado, cada grupo
alrededor de una hoguera, algunos también montaron cabañas de
esteras. Era una muchedumbre perfectamente organizada. En
algunos grupos se oían risas y conversaciones, en otros había
danzas al son de tambores. Los últimos en llegar todavía descargan
de las llamas los alimentos y las armas, haciendo montones de
mazas, lanzas, arcos y flechas, escudos, cascos y armaduras.
Nosotros avanzamos en medio de aquella aldea improvisada. En una
pequeña explanada, junto a las Cascadas, distinguimos una cabaña
especialmente adornada. Allí nos dirigimos y allí encontramos al
Jefe. En varias hogueras, junto a la puerta, se calentaban las ollas
de barro con los alimentos: maíz con papas, yuca con cuy y ají.

Nos detuvimos y al poco se asomó a la puerta el Jefe, que nos


dijo:

-Nosotros somos la guarnición de Huacho y nos han ordenado


concentrarnos en Cajamarca para emprender una acción militar en
la zona norte. Necesitamos alimentos para el viaje.

Aunque velada, sus palabras sonaban como una amenaza. La


MAMA-COYA Kusi le entrega los regalos que llevamos, diciéndole:

-Te damos gracias porque no habéis dañado la aldea y te


prometo el tributo acostumbrado.

No había más que hablar, tendríamos que darles todo los


alimentos que quisieran.

Iniciamos la comida que terminó como era habitual con


danzas. Cuando ya la chicha había afectado a sus colaboradores
más cercanos y al mismo Jefe, se presentó ante nosotros un
Chasqui, con su gran penacho de plumas blancas y amarillas.

-Traigo un quipu para el Jefe de la guarnición de Huacho

-Yo soy -movió la cabeza el jefe.

Entonces le entregó en mano el mensaje.

-Que venga el lector de quipu - gritó el jefe- que nos lea lo que
nos comunican.

Inmediatamente se presentó, ante todos los comensales, el


lector y tomando el quipu comenzó a decir:
-La cuerda principal es de color rojo, por tanto es un mensaje
directo del Inca. La primera cuerda dice que viene de Cajamarca, de
donde salió este quipu, hace dos días. La segunda cuerda es el
destinatario, el jefe de la guarnición de Huacho. La tercera manda
que lleguemos inmediatamente a Cajamarca. La cuarta nos
pregunta cuántos soldados forma esta expedición y cuánto
tardaremos en llegar.

Cuando terminó la lectura vimos como los colaboradores del


Jefe se movían nerviosos, todos sabían que tardarían en llegar, al
menos diez días, una comitiva como esta difícilmente puede avanzar
más de 30 kilómetros por día.

Nosotros miramos a la MAMA-COYA Kusi que levantándose


hizo ademán de marcharse.

-MAMA-COYA, –la detuvo con energía el Jefe– mañana al


amanecer reanudaremos la marcha, durante esta noche iremos a la
aldea a recoger los tributos.

Comenzó una noche muy ajetreada, grupos de soldados veían


y se marchaban vaciando nuestros almacenes.

A lo largo del día siguiente vimos como la litera y la comitiva


se ponían de nuevo en marcha. En ese momento me di cuenta de
que esos soldados iban a combatir a los cañaris, que una vez más
se habían levantado en armas ante la opresión del Inca. Sentí el
dolor de la impotencia.

No podía olvidar que los vencidos, después de haber puesto


resistencia, eran tratados con suma crueldad, se les llevaban al
Cuzco en una marcha humillante, con las manos atadas, con la ropa
y los ídolos que cuando llegaban eran pisoteados por el Inca. Los
enemigos estaban encerrados en horrendas mazmorras, donde
había fieras, serpientes y toda clase de sabandijas. Cuando un
grupo se había resistido con especial valentía, la represalia llegaba a
su extremo: hacían tambores con la piel de los vencidos, flautas con
sus huesos, con sus dientes collares y con sus cráneos vasos para
beber.

Volví a ocuparme de mi hija, no llegaba a nada con esos tristes


pensamientos, mi niña era el futuro, un futuro que yo deseaba fuera
muy distinto.

DIA MIÉRCOLES- Tarde

Cuando llegaron esa tarde, Doña Claudia les dijo que estaba
ocupada con una visita pero que entraran al estudio donde estaba
su marido:

- Ya conocen el camino -Dijo con amabilidad.

D. Miguel casi dormitaba en uno de los sillones, pero reaccionó


nada más vernos, se levantó con la agilidad de sus ochenta años
cumplidos, les estrechó la mano. Encendió la computadora y
mientras se ponía en marcha les dijo.

-Toda la mañana, he estado investigando sobre los cañaris, no


sabía mucho de ellos, pues nadie los considera peruanos, sino más
bien ecuatorianos, aunque después de estudiar sus relaciones con
los incas, se puede decir que muchos de ellos fueron deportados a
algunos lugares del Imperio Inca. Por lo que sabemos fue un pueblo
mucho más antiguo, pero sin ninguna apetencia conquistadora, las
distintas aldeas solo se unían cuando había un enemigo exterior.

Tenían que aliarse para formar un frente común. Lo hicieron y


lucharon contra la conquista y ocupación incas, sin éxito. Pero
siempre rechazaron la dominación y con frecuencia se revelaron, los
Cañaris engañaron y traicionaron cuanto pudieron a los Incas, que
intentaron formar, a partir de las comunidades locales, un ente
“cañari”, al que incluso le pusieron nombre. Para los conquistadores
Incas era un pueblo de costumbres extrañas, desde su peinado por
los que lo llamaban, de modo despectivo, cabeza de calabaza hasta
su religión, adorando la culebra.

En el conflicto entre Atahualpa y Huáscar, sobre la sucesión al


cargo de Inca, los Cañaris dieron su apoyo a Huáscar pues ya
habían sufrido la crueldad de Atahualpa. Por desgracia, su candidato
resultó perdedor y tuvieron que aguantar la ira y venganza de
Atahualpa triunfante. Según la crónica de Pedro Cieza de León
(1547), la masacre de Cañaris fue tan brutal que sobrevivió solo un
hombre por cada cinco mujeres. Todo esto pasó antes de que los de
Pizarro desembarcaron en Tumbes, es decir, antes de que llegaran
los españoles al Perú. Tan pronto supieron de la llegada de aquellos
nuevos participantes en el campo político-militar, tres jefes cañari
fueron a Tumbes para ofrecerle su alianza, siempre con el afán de
desterrar a los odiados Incas.

Desde ese momento los Cañaris colaboraron con los españoles


en calidad de guías, cargadores, soldados y hasta consejeros de los
nuevos conquistadores.
Es necesario decir con rotundidad que los actuales peruanos
también descienden de los Cañaris, como de los Mochicas, de los
Paracas, de los Chimus, de los Incas y de los Españoles. Aunque
hay una canción que habla de una raza pura, somos fruto de la
maravilla del amor humano.

-En el manuscrito se habla de los chasquis ¿Y quiénes eran los


chasquis? - Preguntó Juan.

-Eran funcionarios de la Organización Inca, jóvenes corredores


que iban de Tambo a Tambo llevando los mensajes del Inca. Estos
jóvenes, entre los 18 y 20 años, preparados físicamente desde su
juventud para recorrer grandes distancias en el menor tiempo
posible, de ellos dependía a veces que se suspenda una acción
militar a tiempo o llegaran los refuerzos en una batalla.

En los Tambos los chasquis descansaban mientras esperaban


al chasqui que estaba en camino. En cuanto avisaban que estaba
llegando, se preparaban a salir enseguida, y tomando el bolsón que
el chasqui traía, así salía inmediatamente.

En sus Crónicas el Inca Garcilaso de la Vega dice que los


chasquis, gracias a su velocidad y resistencia, llevaban al Inca,
establecido en el Cusco, pescado fresco desde la costa; cubriendo
una distancia de unos 600 km en condiciones adversas cruzando la
Cordillera de los Andes. El Cusco está a 3.680 metros sobre el nivel
del mar.

Llevaba siempre un Pututu para anunciar su llegada, un Kipu,


donde llevaban la información, y un bolsón a la espalda, donde
guardaban objetos y encomiendas. Un penacho de plumas blancas
adornaba su cabeza.
-Cuando yo era escolar, nos explicaron - dijo Rosa- que los
Incas no tenían escritura. ¿Los Quipus servían para transmitir
mensajes?

-No se conocía la escritura con caracteres sobre una


superficie. Se cree que el Quipu era un sistema equivalente a la
escritura pues es posible lograr más de 8 millones de combinaciones
gracias a la diversidad de colores, distancias entre las cuerdas,
posiciones y tipos de nudos posibles.

El Quipu (del quechua Khipu que significa nudo), fue un


sistema de cuerdas de lana o de algodón y nudos de uno o varios
colores.

Consta de una cuerda principal, sin nudos, de la cual salen


otras con nudos y de diversos colores, formas y tamaños. Los
colores se identifican como productos y los nudos con la cantidad.
Puede haber cuerdas sin nudos, como también cuerdas que no
arrancan de la principal sino de una cuerda secundaria.

Su utilización más conocida es la de sistema de numeración y


contabilidad. Pero podrían ser también libros con una escritura
alfanumérica donde los números, simbolizados en cada nudo,
representan una letra. Fueron utilizados para registrar la población
de cada uno de los grupos étnicos, clasificado por sexo y edad. Las
cantidades de productos guardados en los tambos y de los ganados,
tierras, etc., los calendarios, las observaciones astronómicas, las
cuentas de las batallas y las sucesiones dinásticas y quizás la
literatura.

Actualmente se sigue investigando el significado de cerca de


600 Quipu sobrevivientes, lo que podría servir para ampliar nuestro
conocimiento.

Siguieron hablando de aquellas historias tan interesantes,


hasta que llegó la hora del paseo.

Al dar el primer paso en la calle, D. Miguel se santiguó, sin


ostentación, pero sin disimulo, tomó del brazo a Rosa y a Juan le
dio la correa de Ñusty.

-Tal vez - empezó a hablar- se han sorprendido al verme


santiguar, pero esta es una costumbre que empecé a hacer cada
vez que salgo a la calle, desde hace algunos años. Es lo que hacía
mi abuelo. En una ocasión hasta dijo en voz alta: En el nombre del
Padre..... y me dijo: cuando salgo a la calle podrías pensar que es
porque yo quiero, porque a mí me apetece, cuando la verdad es que
salgo porque Dios quiere.

-Esa costumbre- aportó Rosa- también la he visto en algunas


personas en España.

-Pues a mí me costó empezar bastante tiempo después de ver


a mi abuelo. Durante años estuve dando vueltas a unas palabras
que escuché en una canción de un cantante español. Creo que
Serrat, que cantaba una poesía de Antonio Machado: El Cristo de
los gitanos, siempre con sangre en las manos. Y luego: que es la fe
de mis mayores.

-En efecto es Juan Manuel Serrat- aportó Juan.

D. Miguel continuó:

-La fe de mis mayores. Eso me intrigaba. Y si mi problema era


que yo me consideraba más inteligente que mis mayores. No podía
poner en duda que mi inteligencia estaba mucho más cultivada que
la de ellos, ¡solo con pensar en mi abuela analfabeta! Pero ¿y si yo
tenía más verdades que ellos, pero había perdido la verdad?. La
verdad de mis mayores. No era más verdadera mi abuela que con
su esposo rezaba cada día el rosario, o la que iba cada día a misa.
No estaría yo obnubilado por la soberbia de la inteligencia. ¿No sé si
les aburro con mi cantinela?

Durante estos minutos, varias personas le habían saludado, él


respondió a todos, pero seguía con su verdad.

-No -le animó Juan- nos está enseñando mucho.

-Pues aquí tienen una nueva lección – levantó la vista ante los
árboles de un Parque diciendo con ironía- esta es la Plazuela de
Pinillos en recuerdo de uno de los héroes peruanos, un capitán del
Aire, que también da nombre al Aeropuerto Internacional de
Trujillo. Un personaje importante, pero su Plazuela ha quedado para
parque donde suelto a Ñusty para que haga sus cosas: ríos y
montaña, también corretear a su antojo.

Como veis hay bastantes niños con sus madres, a veces, con
el padre y también algunas parejas de novios que pasean o se
sientan a la sombra de los árboles. Es un lugar tranquilo.

Doña Claudia también se habla unido al grupo. Cuando


dejaron el parque, D. Miguel le pasó la correa de la Ñusty a Juan y
tomó con un brazo a su esposa y con el otro a Rosa:

-Así es como suelo ir cuando voy con Claudia y alguna de mis


hijas, me siento muy bien acompañado.

-Muchas gracias, -dijo Rosa con una sonrisa socarrona- por


considerarme como una hija suya.

Saludaron a muchísima gente. Como resultaba lógico Doña


Claudia era más conocida que su marido. No en vano había
atendido a mucha gente del barrio en su trabajo.

De lejos saludaron a un joven con su novia, de ellos le dijo D.


Miguel:

-Ese chico es nieto de unos españoles que llegaron en el año


1937 a Perú, D. Pedro era catedrático de Geografía e Historia en un
Instituto de Segunda Enseñanza en Valencia y Doña Dorita había
nacido en Picassent.

-Su padre -explicó Doña Claudia- había sido sastre de pueblo


durante años, por lo que todos sus hijos e hijas aprendieron a
cortar y coser los trajes, que se hacían los campesinos una vez al
año.

-Ellos vinieron -continuó D. Miguel- huyendo de las


consecuencias de la guerra en España, con dos hijos pequeños. No
contaron sus peripecias durante la guerra, pues por edad ninguno
había participado en el frente, pero como todos los españoles
sufrieron las consecuencias. Al estar en Valencia, cuando empezó el
conflicto, se encontraron en la zona republicana, de lo que se
sentían orgullosos, pues la República se presentaba como el futuro
democrático, pero cuando en 1936 el gobierno se trasladó de
Madrid a Valencia, empezaron a sentir la posibilidad de perder la
guerra, pues el Gobierno daba una señal de retirada. Fue el
momento en que toda la familia se trasladó a Francia, allí se
enteraron del final de la guerra en 1939 con la llegada masiva de
refugiados que fueron retenidos en «campos de internamiento»,
establecidos por las autoridades francesas, llegando a encerrar a
cerca de 550.000 españoles. Esos verdaderos campos de
concentración se construyeron a toda prisa cerca de la frontera, con
barracones y muchas zonas a la intemperie. A los prisioneros
apenas se les daba comida, y nunca se les ofreció agua potable ni
ropa de abrigo o para refugiarse del viento. Muchos murieron de
desnutrición, enfermedades diversas.

Estaba D. Pablo Neruda como Cónsul Delegado para la


Inmigración Española, por lo que participó activamente en la
organización de la travesía del Winnipeg, que era el buque que
consiguió para el traslado, un viejo carguero francés que no llevaba
más de 20 personas de tripulación y fue adaptado para llevar a los
de 2.200 refugiados españoles, hubo que convertir bodegas de
carga, en dormitorios con literas de tres plantas. El hacinamiento
estaba asegurado, pero les parecía un paraíso a aquellas personas
que habían pasado tantas penalidades. En París se fueron reuniendo
las familias que irían en el barco. El viaje a Chile tardó 30 días, los
primeros días y últimos de navegación los hicieron a oscuras, por
temor a sufrir atentados de submarinos alemanes.

El 2 de septiembre de 1939 el Winnipeg atracó en el puerto de


Valparaíso, Chile. Al día siguiente desembarcaron los españoles y
fueron recibidos por las autoridades chilenas. Aunque previamente
algunos se habían bajado, unos días antes en el puerto de Arica,
norte de Chile, dispuestos a comenzar una nueva vida.

Un grupo de ellos se quedó en Valparaíso, pero la mayoría


viajó en tren a Santiago, capital de Chile, donde también se les
tributó un cariñoso recibimiento. Allí empezaron a situarse Doña
Dorita y D. Pedro con sus hijos, pero hacia tanto frío, que D. Pedro
enfermó. El médico le recomendó intentar vivir en una zona más
cálida, en vez de Santiago podrían encontrar trabajo en el norte de
Chile, tal vez en Arica o incluso pasar hasta el Perú. La zona de
Trujillo era famosa por tener una eterna primavera. Como todavía
no se habían instalado, le resultó fácil marchar de Chile al Perú, así
que les conocimos en Trujillo, ella haciendo trabajos de costura y él
dando clases particulares a algunos alumnos.

Después de detenerse en el parque le puso la correa a Ñusty y


reanudaron el paseo. Por la Calle Moche siguieron hasta la Avenida
de España y allí vieron una iglesia. Se acercaron y a la puerta, una
señora mayor, pedía limosna. D. Miguel saludó.

-Buenas tardes, Doña Luisa, me podría cuidar a la perrita.

-Por supuesto, D. Miguel, la tendré vigilada como todos los


días.

-Gracias.

Y entraron a la Iglesia, que no tenía nada especial, no era de


las famosas, simplemente una parroquia de barrio. Al terminar la
misa salieron. D. Miguel dio una moneda a Doña Luisa. Que se lo
agradeció.

-Muchas gracias, por cuidar de Ñusty.

-Como siempre se ha portado muy bien. ¡Que Dios le


bendiga!.

-Hasta mañana, Doña Luisa.

La siguiente parada habitual antes de volver a su casa era


pasar una hora en la Cebichería Morena de Oro, jugando a los
naipes con un grupo de amigos y tomarse un vasito de pisco.

-El médico me permite tres dedos de un vaso pequeño.


Tampoco me pone pegas mi hija, que es médico en Lima.

Les habló durante el trayecto de los jugadores, sus amigos:

-Todos son jubilados, pero de las más dispares profesiones,


uno era camionero, otro camarero y el más mayor fue durante años
el barbero del barrio.

Pero le rondaba otro pensamiento, así que D. Miguel les dijo:

-Han escuchado en la Lectura eso de: La piedra que


desecharon los Arquitectos. Yo lo interpreto pensando que
arquitectos o constructores, no son los albañiles, son los que saben,
los sabios, los inteligentes, los catedráticos esos son los que
desechan la piedra que resulta ser la piedra angular de la bóveda.

-Miguel -dijo Doña Claudia- cambia de tema, ya les estás


atosigando con tus ideas.

-Claudia, no es así como nosotros hacemos estas cosas.

-¿Pero qué me dices?

-Que hay una técnica más sutil en estos casos. ¿No recuerdas?

-Por supuesto -dijo doña Claudia mirando a Rosa con


complicidad- Nosotros desde hace mucho tiempo tenemos un modo
de pedir el cambio de tema. Cuando éramos todavía novios un día
entramos en una discusión política, yo soy y en aquella época
mucho más, de izquierdas de las simpatizantes del APRA. Y Miguel
más bien bastante de derechas. El tema de discusión ya lo he
olvidado, pero no el disgusto que nos duró varios días. Yo no quería
volver a hablar con Miguel, me había molestado profundamente sus
palabras prepotentes y cerriles. Yo jugaba en el equipo de
baloncesto de Enfermería, y el domingo cuando estábamos jugando,
una compañera me señaló a Miguel que como todos los domingos,
estaba en la grada de espectador. Me dije a mí misma:

-No esperará que todo se olvide, como si nada hubiera


pasado.

Al terminar el partido, me esperó donde acostumbraba, y


volvimos a hablar. Entonces decidimos, que cuando una
conversación, a alguno de los dos nos pareciera que se convertía en
discusión, podía pedir, con el gesto del baloncesto, tiempo muerto.
Entonces el otro cambiaba de tema inmediatamente.

-Cuando los hijos fueron creciendo -dijo D. Miguel- teníamos


que hacerlo con disimulo, por que se daban cuenta y nos
embromaban: Ya empiezan los deportistas, decía alguno de ellos.

-Pero el sistema – prosiguió Doña Claudia- nos ha funcionado,


en algunos casos también en reuniones de amigos. Aunque cada
vez lo usamos menos. Ya nos conocemos lo suficiente para saber
qué es lo que nos puede molestar.

Al llegar a la Cebichería le dejaron con sus amigos.

De camino a casa Rosa preguntó:

-Doña Claudia, que tal está, de salud, D. Miguel, se le ve muy


entero y se mueve con agilidad.

-Ahora está bien, lo pasamos mal hace unos años, cuando


tuvo un problema de corazón, pero se recuperó muy bien, y ahora
toma las medicinas que le mandaron. ¡Ya me encargo yo de que así
sea!.

-Y usted -intervino Juan- ¿Qué tal está?.

-Yo siempre me he cuidado y ya veis como me manejo. Pero


no sé si os podéis imaginar como de guerrera era cuando joven,
jugaba a baloncesto y al poco de casarnos pasé una temporada en
la cárcel.

-¿Cómo fue eso? – se asombró Rosa- no me lo puedo


imaginar.

-Termine Enfermería y cuando decidimos casarnos tuvimos


largas conversaciones, hicimos las que Miguel llamaba
Capitulaciones personales, en recuerdo de las llamadas
Capitulaciones de Santa Fe entre los Reyes de España y Cristóbal
Colón antes del descubrimiento. En ideas políticas no podía haber
un acuerdo, solo aceptamos una tregua perpetua, que Miguel, como
podéis suponer respetó siempre, a rajatabla, fruto de su plena
honestidad personal, yo la rompí alguna vez, especialmente cuando
había elecciones y sobre todo a partir de la primera vez que pude
votar, tenía más de 30 años y ese derecho me lo concedió uno de
los grandes enemigos del APRA, el General Odría que en 1955
reformó la ley electoral y acepto el sufragio de las mujeres.

En el tema religioso, los dos habíamos sido educados como


católicos, pero ambos, en ese momento, vivíamos en la tibia
comodidad del agnosticismo si no escepticismo, no obstante en
consideración a nuestras familias, decidimos casarnos en la Iglesia y
bautizaríamos a nuestros futuros hijos, como a las niñas se les
hacen los agujeros para los aretes, y así, si luego quieren ponerse
pendientes en las orejas, tienen donde colgarlos.

Estas Capitulaciones las hicimos entre bromas y veras.

-Pero – siguió insistiendo Rosa- ¿Cómo fue eso de la cárcel?

En ese momento llegaron a la casa y Doña Claudia les invitó a


un té, que aceptaron encantados pues les interesaba la historia que
les estaba contando. Se acomodaron en el salón

-Yo no solo era simpatizante -siguió contando Doña Claudia,


removiendo su té- sino que era militante del APRA (Alianza Popular
Revolucionaria Americana), un partido político fundado en Trujillo y
que había sido perseguido en algunos de los gobiernos militares. El
APRA fue el primer partido que movilizó a los jóvenes y a las
mujeres que todavía no tenían derecho a votar, pero que podíamos
hacer mucho ruido. Funcionaban dos países en un mismo Perú, el
de los hombres que se reducían a los pocos implicados en la política
y el de las mujeres que no tenían ni derecho a voto. La mayoría de
los hombres se mantenían alejados de la política, solo le gustaba
quejarse y despotricar en las cantinas.

Miguel y yo nos casamos, fuimos de viaje de novios a Lima y a


la vuelta. Con mis compañeros, organizamos una manifestación, y
terminamos 15 jóvenes ante el juez. La acusación fue: actos
subversivos contra el Estado Peruano, y por ello nos condenaron,
aunque nosotros insistimos en que participamos en una
manifestación pacífica contra medidas imperialistas del Gobierno, no
estábamos contra el Estado.

De nada nos sirvió. Con otras cinco chicas fui condenada a


tres años de cárcel. No tengo buenos recuerdos de esos años
encarcelada. La convivencia era difícil al principio, pero nosotras
seis, formábamos un pequeño grupo, dentro de las casi cincuenta
presas por otros motivos políticos y las casi quinientas que penaban
por causas muy variadas: robos, asesinatos. Algunas de las políticas
les ayudábamos a leer las cartas de sus maridos o enamorados y
empezamos a enseñarles a leer. Pero lo realmente duro era que, en
el silencio nocturno, los pequeños sonidos se agrandan, yo nunca
me acostumbré, todavía a veces me retumban aquellos ruidos
desconocidos y terroríficos. Además una de las carceleras, una
mujercilla flaca y de ojos saltones, a la veía tan siniestra, por lo que
cada vez que me miraba me aterrorizaba. El tiempo se anquilosó en
un perenne presente de monotonía.

Si yo todavía no estaba totalmente enamorada de Miguel, esos


años fueron decisivos. Se puso de mi parte, a pesar de sus
ideas,”esto es una injusticia” repetía. Pero yo le pedí que no hiciera
mucho ruido, no iba a servir para nada y además él podía sufrir las
consecuencias, no sería el primer expulsado de la Universidad por
estos asuntos.

-¿Y estuvo usted en la cárcel los tres años? – preguntó Juan.

-Sí, salí a los dos años y siete meses, nadie me podía ayudar.
A mis padres les pedí que, a mi hermano, en aquel momento era un
joven oficial del ejército, le dijeran lo que yo le decía una y otra vez
a Miguel. Que no interviniera en mi favor de ninguna manera.

Cuando salí de la cárcel, prometí a Miguel que mientras el


APRA fuera perseguido, yo no intervendría en ninguna de sus
actividades, Además muy pronto empezaron a cambiar mis
obligaciones familiares.

-Hemos oído hablar de su hija de Lima, -preguntó Rosa- ¿Pero


cuántos hijos tienen?

-La mayor, Dulce, es profesora de Historia en la Universidad


en Piura, luego están los dos de Lima: Antonio militar y la médico
Laura; otros dos aquí en Trujillo, la profesora de Secundaria, Luisa
que es la mamá de Marta y el pequeño Pedro, que abandonó los
estudios y ahora es taxista.

TERCERA PARTE

Camino al Cusco, 1511. Los soldados del Inca

Kori (Mujer de gran sensatez): narradora

En el que se hace relación de los acontecimientos sucedidos en la


aldea que motivaron el secuestro de tres jóvenes.

Aquella mañana desperté con un humor raro, por la noche


había sentido un dolor intenso cerca del ombligo que no me dejó
dormir bien, tal vez se me acercaba la Kamachina, mi madre me
había hablado de ese momento, en el que dejaría el mundo de las
niñas para entrar en el de las mujeres ¿No sería ese el motivo?,
pero necesitaba correr y gritar, una punzada de desasosiego me
tenía nerviosa, con una tensión extraña.

Nuestra casa, con el suelo repisado de tierra, era bastante


grande. Varias estancias rodeando un gran patio: el taller de la
alfarería con el horno y los estantes atiborrados de vasijas, la
habitación de mis padres y las habitaciones de los hijos. En la
estancia de mi madre ya se empezaban a oír ruidos, aunque el
silencio era total en las demás habitaciones. Cuando, aun
adormilada, apenas estaba encendiendo el horno, me saludó mi
madre, saliendo al patio:

-¿Qué te pasa, Kori?, ya estás trabajando.

-Si, esta mañana me iré con las demás a por arcilla –le
explique excitada.

Mi madre me miró entre sorprendida e intrigada

-Pero a qué tantas prisas, si tenemos arcilla suficiente.

-Si, pero necesito respirar un poco, no sé lo que me pasa pero,


estoy muy intranquila.

-Bueno, hija, haz lo que quieras.

Salí de la casa, las calles estaban desiertas aunque ya


empezaban a despertarse el rumor propio de los talleres. Varios
perros me acompañaban, me encaminé a casa de mi amiga Ururi
(lucero de la mañana) y al entrar en su patio me recibió el alboroto
de los pájaros que daban la bienvenida al nuevo día, yo seguía
nerviosa, extraña. Cuando se levantó Ururi nos fuimos en busca de
las demás niñas y nos pusimos en camino hacia la cascada de los
Guacamayos. Todo estaba en calma, el viento apenas removía las
hojas de los árboles, en los que piaban los pájaros multicolores.

A media mañana llegamos al acantilado, río arriba junto a las


cascadas, allí recogemos la arcilla, rodeadas de guacamayos que
con gran alboroto comían el barro, lo necesitaban para comer
algunas frutas que con la arcilla dejaban de ser venenosas.

Junto al río, se extendía un prado cuajado de flores, al


acercarme una ligera brisa meció, con movimiento ondulante, la
superficie florida. Continué caminando hasta las piedras, que
bordean el torrente, y que se abría paso espumeando en una
pequeña cascada. Me desnudé y me acosté de espaldas en el agua
de la orilla, cerré los ojos y sentí el burbujear del agua por todo mi
cuerpo. Permanecí tendida viendo los árboles, escuchando el trinar
de los pájaros y sintiendo el vuelo de las mariposas.

La Pachamama me acariciaba y yo me sentía feliz viendo como


el agua se empezaba a ensangrentar a mi alrededor.

Cuando llegaron las demás y se rompió con sus gritos el


hechizo. Sin decirle nada a nadie, me vestí y seguimos la marcha y
al llegar al remanso de la aldea, atamos a la sombra del algarrobo a
las llamas, que cargaban las bolas de arcilla que habíamos traído. Y
nos metimos en el agua para limpiarnos y jugar, todo en nosotras
declaraba la pura alegría de vivir, saltos y cabriolas alborotaban a
los peces que huían a esconderse entre las rocas. El agua del río se
amansaba en la curva y su sonido era muy débil, apenas un
murmullo.

- Kori, mira, ¿Quiénes son esos? -gritó asustada Ururi.

Desde el río vimos aparecer, por la cumbre del Saraque, unos


hombres; por sus vestiduras sospechamos que solo podían ser
soldados del Inca. Avanzan silenciosos y en la cumbre se detuvieron
esperando a los demás, luego la comitiva empezó a descender hacia
nuestra aldea.

Nosotras corrimos, olvidando a las llamas y la arcilla, nuestros


gritos de alarma llenaban el aire.

La aldea se movilizó, las Madres se acercaron a la alfarería


donde estaba trabajando la MAMA-COYA Sisa que salió
precipitadamente de su taller.

Los soldados del Inca se unieron al tumulto, lanzando al aire


sus gritos de guerra mientras bajaban las cuesta, pero cuando
vieron que nosotros no representamos ningún peligro, cesaron de
repente y todo quedó en un silencio que solo rompía el rumor de los
pájaros. Un silencio cargado de tensión enmudeció a la Aldea, pues
no era la primera vez que nos visitaban, y siempre nos causaban
desgracias, ¿Cuál sería esta vez?.

La entrada del Jefe, un sujeto serio que marchaba muy


erguido y con determinación, no presagiaba nada bueno. Se
encaramó en el templo, y se dirigió a nosotros plantado junto a
nuestra Kala, se presentó con prepotencia y alardes de autoridad:

- Poneos de rodillas –nos gritaban los soldados- estáis en


presencia de los Ojos y la Boca del Inca.

Por supuesto que nos negamos y fue nuestra MAMA-COYA la


que se enfrentó a él, intentando apaciguar sus exigencias, pues
sabíamos que según su costumbre, respetarán nuestra tradición.

Aceptarían que no nos arrodillásemos ante nadie y no


profanaran nuestro templo, únicamente nos pedirán que, sobre
nuestras creencias, aceptemos a Inti como el dios supremo y al Inca
como el hijo de Inti. Esto último es lo que tenía más consecuencias
en nuestra vida. El Inca nos exigía tributos.

Junto a los soldados caminaban unas cuantas jóvenes, que por


sus gestos y actitud, mostraban que eran cautivas. Así descubrimos
porque nos visitaban en esta ocasión: debían elegir unas cuantas
jóvenes para llevarlas al Inca y ser educadas como Vírgenes del Sol,
Ñustas. Así podrían ser esposas secundarias del Inca, o entregarlas
como esposas a los jefes locales, como premios a la lealtad, por eso
tenían que ser jóvenes y por supuesto, de una belleza sobresaliente.

Cuando iban a elegir a quienes se llevarían, mi madre nos


deformó el rostro con arcilla a todas las jóvenes, pero cuando nos
divisó el Jefe, dijo con voz irritada:

- ¿Eso es lo que se os ocurre? Pues ahora, todas os meteréis


en el río.

Los soldados nos empujaban, de malos modos, hasta el


arroyo.

- Quiero veros a todas totalmente desnudas – gritó un soldado


– Meteos en el agua y limpiaros bien.

Algunas empezaron a llorar cuando los soldados les


arrebataron la ropa sin miramientos, o más bien con miradas
lujuriosas. Todas nos lanzamos al agua para cubrir nuestros cuerpos
desnudos y removiendo la arena enturbiamos el agua para que el
Virú nos protegiera.

Como castigo, nos hizo salir del río y nos llevaron desnudas
ante el Jefe para que escogiera. Nos tapábamos con las manos, pero
los soldados nos empujaban con saña.

De nuestra aldea raptaron solo a tres. Una niña pequeña


llamada Kurmi (Brillante Arco Iris) comenzó a llorar. Ururi (Lucero
de la mañana) una joven de mi edad y yo. Ante el llanto de Kurmi
quisimos consolarla.

- Kurmi, no llores, nosotras te protegeremos.

Pero ella no se dejaba consolar, pues veía que nosotras


tampoco podíamos hacer nada; es más estábamos llenas de miedo
y bajo una apariencia de fortaleza, temblamos ante lo que nos
espera y desconocemos.

Como tributo también exigieron a la aldea, seis llamas de las


más fuertes, además cada una cargada con maíz, papas y yuca.

Cuando al día siguiente se pusieron en marcha, y a las tres no


reunieron con las jóvenes que llevaban de las otras aldeas, se me
acercó mi madre y sigilosamente me aseguró:

-Os liberaremos. Te lo prometo Kori.

Esas palabras resonaron en mi memoria, jornada tras jornada,


en los 34 días que duró el camino hasta el Cusco, cogí uno de los
adornos que llevaba en mi muñeca y lo utilicé como cuenta días,
cada amanecer hacía un nudo, fue mi Kipu personal.

Avanzamos por una zona desértica con extensas dunas, en las


márgenes del camino había grandes árboles que ofrecían sombra, y
en las zonas de dunas móviles, el sendero estaba protegido por
muros de adobe. Era un camino muy bien cuidado, llamado el
Camino de la Costa que partía desde El Cusco y bajaba hasta el mar
a la altura de Nazca, y de allí se prolongaba hacia el norte, hasta
Tumbes llegando a la ciudad de Quito. De vez en cuando nos
cruzábamos con otras comitivas. Nosotras íbamos atadas y
caminábamos todas juntas. Veía como cada paso nos alejamos de
los nuestros. Ururi seguía cada vez más preocupada, mientras que
Kurmi en su juventud, se iba animando, conversando con las otras
niñas de su edad. Llegamos al final de la jornada a un Tambo,
donde nos alojaron y nos dieron de comer, después de tantas horas
de caminata y tristeza.

Por la noche el Jefe del Tambo nos explicó que eran los
albergues del camino y también funcionaban como centros de
almacenamiento de alimentos, algodón u otros materiales básicos
para la supervivencia. De este modo, en épocas de desastres
naturales, los Tambos alimentaban y proveían de algunos materiales
a las aldeas más cercanas.

Era una especie de seguro catastrófico que la administración


inca había creado para su gente. Los Tambos se repartían cada 20 o
30 kilómetros, una jornada de marcha de un Chaski.

Cuando nos dejaron, quedé tendida boca arriba sobre la paja,


no podía dormir. Busqué estrellas, mirando hacia arriba, pero no
había ninguna, mantuve los ojos abiertos. Pensando en mi madre,
en las gentes de mi aldea y en Kinu y casi se me llenaron los ojos
de lágrimas. A mi lado, Ururi se agitaba, tal vez soñando, entre
gemidos, o simplemente estaba desvelada como yo. Se giró hacia
mí y temblorosa me susurró

-¿Kori, estás despierta? - Yo abrí los ojos y la miré, esperando-


Tenemos que huir.

Entonces la abracé y me abrazó.

-Ururi, -le susurré al oído- tenemos que esperar a una buena


ocasión, ahora estamos atadas y encerradas. Todavía no hemos
visto a los que ha enviado nuestra MAMA-COYA. Ellos nos librarán.

-Pero, Kori, no ves que cada vez nos alejamos más – Se quejó,
su voz reflejaba impotencia y miedo.

-No te preocupes Ururi, estamos juntas, verás cómo


escapamos antes de que nos hagan ningún daño.

Entre sollozos, nos fuimos durmiendo por el cansancio.

La amanecida nos encontró abrazadas. Comenzábamos una


nueva jornada de camino, y así en días soleados y otros nublados,
íbamos avanzando hacia nuestro destino.

Después de una jornada especialmente fatigosa, varias


tormentas oscurecieron el cielo y nos acompañaron a lo largo del
día, llegamos al Tambo Huacho cuando empezaba a anochecer y
entre las nubes rojas aún brillaba el sol ya casi en el horizonte.

El Tambo Huacho me pareció mucho más grande que los


anteriores, no era solo el almacén de víveres y las viviendas del
encargado y los Chasquis; sino que además estaba rodeado por las
chozas de una guarnición de soldados y un poblado de pescadores.

Cuando llegamos la guarnición la formaban muy pocos


soldados, la mayoría habían salido a pueblos cercanos, para sofocar
brotes de rebelión que, como en otras muchas ocasiones,
incendiaban la zona. El poblado se dilata rodeando al puerto. Los
pescadores salían y entraban del muelle, dejaban cestas con peces
para poner a salar, un penetrante olor a salitre y peces muertos
impregnaba el ambiente. Son muchos los que tenían la nariz o las
orejas cortadas, por algún castigo.

Por las callejuelas de la aldea nos encontramos con un


tremendo alboroto. Uno de los pescadores era acusado de robar y la
multitud lo llevaba entre empujones a la choza del Jefe. Yo estaba
bastante cerca cuando salió a recibir al tumulto. El Jefe era un
sujeto alto y mal encarado, me pareció que no veía por los dos ojos,
el derecho lo tenía inmóvil, y una herida cruzaba su cara desde la
ceja a la boca, era la señal de una batalla, de un golpe recio;
también se movía con dificultad.

Los lugareños, entre gritos, acusaban a uno de ellos, de robar


un saco de sal del Tambo, y lo empujaban en actitud hostil, pero él
lo negaba con vehemencia.

La multitud es inhumana por naturaleza, gente que de una en


una son personas, se convierten en manada aullante cuando son
multitud.

El Jefe mandó llamar al encargado del Tambo, cuando llegó le


dijo:

-Investiga con rapidez, si ha desaparecido algún saco de sal


del almacén.

El encargado consultó las existencias y los datos del Quipu y


pudo afirmar que era cierta la información.

El acusado por tanto había cometido dos delitos. Robar y


mentir los más graves para los incas, además seguía asegurando
que era inocente. Solo correspondía hacer una investigación que el
Jefe encargó a dos soldados. Cuando encontraron en la choza del
acusado un saco de sal, no fue difícil llegar a una conclusión y
sentencia: culpable.

Y en medio de los alojamientos militares, lo ajusticiaron en


presencia de todos los pescadores para escarmiento.

Nos detuvimos dos días en aquel Tambo, luego seguimos el


camino, rumbo al sur, hasta llegar al Tambo Colorado.

Se sucedieron muchas jornadas de fatiga y miedo, nunca me


había sentido tan cansada, además nos alejamos de nuestra Aldea y
de nuestra gente. Caminatas y descansos, subiendo riscos y
cruzando riachuelos, entre los gritos y empellones de los soldados
cuando alguna caía al suelo por agotamiento. Todos mis recuerdos
del viaje son dolorosos.

Camino al Cusco, 1511: Siguiendo a nuestras hermanas

Kinu (Hombre vivaz) Narrador, enamoriscado de Kori

De la reacción de Kinu ante el secuestro de su amada y de como se


puso en marcha para liberarla.
Los jóvenes nos agitamos ante el secuestro de nuestras
compañeras. Era un comentario común:

-No podemos conformarnos. Nosotros no aceptamos de


ninguna manera la prepotencia de ese pueblo dominador. Tenemos
que liberarlas. Nadie puede someternos de esa manera.

Nuestra MAMA-QOYA Sisa seleccionó a unos cuantos, entre los


más fuertes. Dio su autoridad a Utuya (Mujer fuerte), una madre
joven hilandera, regordeta, pero muy enérgica y ágil, a la que todos
respetamos. El grupo lo formarían en total 16: cuatro madres, tres
padres, cinco chicas y cuatro chicos. Al recibir la noticia me puse en
marcha de inmediato, busqué a la MAMA-QOYA Sisa y me presenté
voluntario, pues aunque yo siempre procuraba mantenerme alejado
de los problemas, estaba enamorado de Kori, y esperaba, como ella
me había dicho, que ese año me elegiría para casarnos. La MAMA-
QOYA aceptó que yo también fuera en la expedición.

La víspera de nuestra partida me fui al río, a la pequeña playa


de guijarros. Subí por el peñasco y me acomodé entre los
matorrales, bajo el gran algarrobo, allí con frecuencia me
encontraba con Kori, para mí: la más hermosa, delicada, suave y
siempre sonriente de las mujeres.

Aquellas conversaciones se nos habían hecho cada vez más


necesarias, fantaseábamos sobre nuestro presente y futuro. Aquí
nos dijimos que, cuando estuviéramos lejos uno del otro, la luna
sería nuestra alianza, y al mirarla, escucharemos lo que el otro le
estuviera diciendo, ahora era la ocasión. Un rato largo estuve
mirando la misma luna que ella vería. Aunque pueda resultar
exagerado, lo cierto era que con frecuencia, me parecía oír música
cuando estaba junto a ella, y ahora que estaba lejos, todo había
perdido sentido y color.

Recordé sus carcajadas el día que apareció un hombre que


caminaba por la ribera desierta del río. De vez en cuando se detenía
a mirar alrededor, pero luego proseguía la marcha. El sol
desaparecía poco a poco, demorándose entre los árboles. Por fin
llegó a un lugar que pensó sería adecuado: unos cuantos árboles
sombrean una roca que entraba en el agua. A lo lejos el sendero se
elevaba en el margen rocoso del arroyo. Kori me miró al reconocer
al caminante, no pudo contener su alegría, pues aquel caminante
nómada, narraba leyendas y cuentos, historias de nuestra gente.

Durante los días que estuviera en nuestra aldea estaba


asegurada la diversión. Pero hoy hasta el río daba la impresión de
que discurría con desgana. Después de un rato en la orilla del Virú,
grabé la huella de su nombre sobre la arena, y pensando en ella
volví a la aldea a preparar la partida.

Ya amanecía cuando nos pusimos en marcha. Formábamos un


pequeño grupo y avanzamos con rapidez, teníamos que dar alcance
a la caravana de los soldados. Cuando los avistamos por primera
vez, estaba terminado el día y se instalaron en uno de los Tambos.
Nosotros tuvimos que pasar la noche al raso, alejados del camino y
ocultos por unas dunas, pero vigilando por turnos. Las tenían a
todas atadas, dentro de un cercado, al lado del Tambo. Al menos la
noche era agradable, solo una suave brisa marina, movía unas
pocas nubes que apenas ocultaban y mostraban a la luna, que
parecía ajena a nuestra desdicha.

En el cielo palpitaban las estrellas. Mientras el viento traía, de


vez en cuando, un rumor de cantos y gritos que salían del Tambo. A
hora inusitada de la noche, escuché en la bruma del sueño, gritos
recios en el Tambo que sugerían cualquier situación extrema, tal vez
las cautivas habían intentado huir. No llegamos a saber lo que había
sucedido.

Apenas hubo claridad a la mañana siguiente cuando volvimos


a ponernos en camino. Nuestra misión consistía en no perderles de
vista, pero sin que nos vieran sus captores. Esa maniobra no era
nada fácil, pues el desierto, con solo pequeños matorrales, se
extendía a ambos lados del camino. A veces se acercaba hasta la
costa o había árboles plantados a sus riberas para dar sombra a los
caminantes, eran ocasiones en las que nos acercábamos más, pero
eran acercamientos inútiles, pues no podíamos ponernos en
contacto, y hacer que supieran que estábamos allí y dispuestos a
ayudarles.

Poco a poco nos fuimos concienciando que nuestra tarea no


iba a ser nada fácil. Con igual monotonía se repitieron varias
jornadas, el hambre empezó a ser nuestro principal problema, había
que racionar lo que teníamos y tratar de cazar algún pájaro o
conejo, también encontramos nido con huevos en algunos árboles;
no obstante no hay nada peor, que tener sed y no tener agua y esa
situación también la vivimos con frecuencia. Un vaho ardiente
flotaba en el aire desfigurando el perfil de las dunas.

Avanzamos por el dorado deslumbrante de las dunas, a


nuestra derecha se extendía el azul intenso del mar y entre la arena
y el mar, el blanco de las olas espumeantes.

Íbamos fuera del camino, para no ser vistos o interceptados.


Utuya nos mandó aprovechar la situación, y que sin dejar de
caminar, fuéramos con los perros intentando cazar. Un joven de mi
edad, llamado Mullu (Hombre que trae suerte) era el más experto,
él nos dirigía en la caza, pero no me tenía demasiada simpatía, pues
pensaba que yo era responsable, de no sé qué cosas, sucedidas en
el pasado. No era fácil, aunque a veces veíamos algunos conejos
pero desaparecían con premura entre los matorrales buscando sus
madrigueras.

En una ocasión, Mullu levantó la mirada y percibió algo que le


hizo salir corriendo. Yo seguí su mirada, pero no vi nada de
particular; hasta que reparé en un grupo de conejos que saltaban
entre las hierbas. Los perros corrieron para tratar de cerrarles la
retirada a sus madrigueras. Cuando una vez consiguieron bloquear
una guarida, mientras uno de nosotros se quedó con los perros, los
demás nos dispersamos tratando de sorprenderlos entre los
arbustos o facilitando a Mullu que lo pudiera alcanzar con sus
flechas. Y todo esto, sin hacer mucho ruido. Nuestros perros no
saben ladrar, solo se relacionan entre ellos con gruñidos. De vez en
cuando podíamos tener carne fresca, pero otros días era necesario
conformarse con nuestra hambre.

Hasta que llegamos al río Santa, entonces las cosas tomaron


un cariz realmente malo, pues el gran puente que ellos atravesarlo,
estaba vigilado y nosotros no podíamos usarlo, no teníamos ninguna
autorización ni motivo que alegar. Tampoco podíamos vadearlo pues
era un río hondo, ancho y de gran corriente.

Nos dirigimos río arriba buscando un lugar en que fuera


posible vadearlo. Los pájaros se asustan a nuestro paso.
Remontaban el vuelo por encima de nuestras cabezas, se alejaban
con sus trinos en cualquier dirección.

Encontramos otro puente, en este caso era un grueso cable de


maguey que se extendían de una orilla a la otra, por el cual se
deslizaba un recipiente a manera de canasta, dentro de la cual se
metía el viajante y era halado por un guardián dedicado a esa labor,
aunque muy cercano vimos otro también prohibido. El guardián nos
denunciaría si nos presentamos queriendo cruzar.

Tuvimos que dedicar varios días a subir por la ribera del río con
premura y desesperación, no podíamos esperar la bajada de la
crecida que no sabíamos cuándo llegaría. Encontramos un lugar
tranquilo, rodeado de juncos que se mecían suavemente y a la
sombra de un gran árbol vislumbramos a una puma, con sus tres
cachorros, que jugueteaban a su alrededor, tuvimos tiempo para
escondernos entre las rocas de la ribera, pero tal vez nos intuyó,
pues se fue alejando con precaución, una puma con cachorros es
siempre muy peligrosa, con facilidad se siente acosada y reacciona
con extrema ferocidad.

Después de subir un terraplén arenoso, alcanzamos un lugar


donde, trepando por un árbol caído y remolcado, que estaba
detenido entre unas rocas, era fácil llegar hasta la mitad del río,
desde allí podríamos nadar hasta la otra orilla. Sería una maniobra
peligrosa, pues el agua embravecida nos podría arrastrar.

Atada con una soga a la cintura, Qalani (Mujer enérgica), una


joven madre de unos 25 años, su hija era una de las cautivas,
también tenía dos hijos más, todavía sin nombre. Atlética y
acostumbrada a los ríos, pues dedicaba varias horas al día a buscar
oro y otros metales en nuestro Virú. Fue la que se lanzó en primer
lugar.

El agua la arrastraba, pero llegó a la otra ribera, aunque río


abajo, en un arenal con juncos y flores. Subió por la ribera hasta
nuestra altura y sujetó la soga a un árbol, le enviamos con facilidad
otra cuerda. Ya teníamos una para agarrarnos con las manos y otra
que situaremos un metro por debajo para ir apoyando los pies, era
un puente improvisado y provisional pero suficiente.

Empezamos a pasar, cuando le tocó a Mullu, se mascó la


tragedia, pues resbaló y quedó sujeto solo por una mano, en la otra
llevaba uno de los perros, el perro se asustó y al revolverse, hizo
que los dos cayeran al río. Al caer, el agua lo lanzó sobre una roca,
en la que se golpeó, se hundió, volvió a salir y a sumergirse.
Todavía no se sabe si por valentía o por imprudencia, yo me impulsé
al agua. Con dos brazadas pasé de la zona estrecha de las rocas y
llegué hasta donde el río se ensanchaba y el agua se remansa. No
me fue difícil agarrar a Mullu, que era arrastrado inconsciente, y
llevarlo hasta la orilla. Qalani y los que ya habían cruzado, a la
carrera se allegaron hasta nosotros y nos sacaron del agua.

Arrastraron sobre la arena el cuerpo de Mullu, tenía una


brecha en la cabeza que sangraba. No tardó en abrir los ojos y
empezó a quejarse también de dolor en un brazo. El perro salió del
agua por sus propios medios. Al lugar fueron llegando los demás.

Y Utuya determinó que en aquel arenal del río Salta,


permaneceremos, hasta que Mullu recuperara las fuerzas para
seguir adelante. Amaya (Hija muy querida) una madre muy joven,
acababa de poner nombre a su primera hija, entendida en hierbas y
curaciones, preparó con raíces y hojas, un ungüento con el que
cubrió las heridas después de limpiarlas. También le inmovilizó el
brazo dañado con unas cañas y lo recostamos a la sombra de un
gran árbol.

Teníamos mucho tiempo para pescar y cazar algunos patos,


con frecuencia llegaban bandadas de aves, hasta los árboles que
rodeaban al río, llenándolo con su algarabía y sus colores. También
encontramos frutas, raíces y algunos huevos en los nidos de los
pájaros, que daban variedad a nuestra comida.

Cuando a Mullu le explicaron su accidente y cómo yo me había


lanzado a salvarlo, quiso hablar conmigo.

-Muchas gracias, Kinu -me dijo la primera vez que pasé a su


lado-creo que tu valor me ha salvado la vida.

-Salté sin pensar -le contesté, preguntando- ¿te sigue doliendo


el brazo?.

-Si, todavía no lo puedo mover, aunque la herida de la cabeza


casi se ha cerrado con el ungüento de Amaya.

Cuando nos pusimos de nuevo en persecución de nuestras


hermanas, habíamos perdido varios días. Nos dirigimos rumbo al
mar para buscar el Camino Real, varios días después lo
encontramos y seguimos nuestra marcha, las habíamos perdido de
vista, pero como estábamos descansados, apretamos el paso.

-Cuanto más nos acerquemos al Cusco -comentó Amaya- más


difícil será. Seguro encontraremos más soldados. Tendremos que
darnos prisa para alcanzarlos antes.
Corríamos sin descansar apenas. Poco se hablaba entre
nosotros, y la mayor parte del tiempo solo se percibían nuestros
pasos, hasta que alguien entonaba una u otra canción, y los demás
uníamos nuestras voces al canto. No solían ser canciones alegres,
pero nos ayudaban a caminar. Lo peor de la caminata era el
aburrimiento, las horas se amontonaban, el cuerpo seguía por
inercia y se dejaba de pensar por la fatiga.

Mucho tenía de majestuosa, la solitaria desolación de los


parajes por los que avanzábamos: mar y dunas de arena, cielos
nublados y estrellados, soledad y hambre, un día y otro. Y entre
todas estas cosas, nuestra cuadrilla, un grupo pequeño de personas
con una misión que cumplir.

Nos acercamos con cautela a los Tambos que encontrábamos,


pero no había rastro de Kori, Ururi o Kurmi, ni de sus captores.

Una tarde nos paramos antes de lo habitual, los alrededores


de un Tambo detuvieron nuestro avance, nos sorprendió lo
importante que era.

Conseguimos infiltrarnos y averiguamos que habían estado allí,


pero ya se habían marchado rumbo al Cusco.

Pero al enterarnos de que era el Tambo de Huacho.

-Antes de seguir, -propuso Utuya- podemos ponernos en


contacto con los del Barrio de la Salina. Tal vez nos puedan informar
mejor.

En nuestra Aldea, habíamos escuchado muchas veces, la


narración de un encuentro con la MAMA-COYA Waywa en aquel
antiguo viaje comercial, cuando un grupo de nuestra aldea, viajó
tratando de conseguir metales. Esta sería una buena oportunidad de
conocer cómo se encontraba, después de tanto tiempo sin tener
noticias. Para averiguar, paseamos por los alrededores de la Salina
y preguntamos, sin saber cómo ni qué preguntar. Tuvimos muchos
rechazos, algunos desaires, que agudizaron nuestro interés.

-¿Por qué nadie quiere hablar? -Pensé con temor- ¿Qué ha


pasado?

Un niño nos mencionó a una abuela que, tal vez, lo podría


saber y nos encaminó hacia donde encontrarla.

A la anciana la encontramos moliendo maíz, nos observó a


todos con sumo interés, giró la cara buscando nuestros ojos, las
manos le empezaron a temblar ligeramente, cuando tocaba
nuestras manos.

Sapana (Hija única) era una mujer emotiva, de lágrima fácil,


con los sentimientos a flor de piel, pero recelosa y firme. En ella se
intuía la gracia de la joven que había sido, hacía ya tanto tiempo.

La gente pasaba por la calle despreocupada. Cuando estuvo


segura de que nadie podía oírla, Sapana se giró hacia nosotros y
nos dijo en tono amable:

-Por favor, acompañarme – se puso en pie y comenzó a andar


con paso lento y renqueante, hacia la orilla del mar. Todos la
seguimos.

Bajamos una cuesta de pendiente suave y cruzamos un


pequeño arroyo, alejándonos del pueblo. Nos quería llevar lejos de
oídos indiscretos. Mujer robusta, pero ya achacosa, sus ojos
reflejaban el cansancio de una larga vida, acentuando sus palabras
con gestos de la cara y de las manos. Se sentó a la sombra de un
gran algarrobo, nosotros nos acomodamos a su alrededor, se
escuchaba el leve rumor de las hojas, movidas por la brisa, el canto
de los grillos y el oleaje lejano. Después de volver a mirarnos
detenidamente a cada uno de nosotros, explicó con unas palabras
que me sonaban a antiguas, por la cadencia de su pronunciación:

-Yo fui una de las primeras niñas que nació en Huacho, cuando
llegaron aquí mis antepasados, al terminar el gran viaje desde su
Aldea de origen en el Estuario de Virrilá. Muchas veces he oído las
narraciones y otras muchas veces yo he sido la narradora. Hace diez
años sufrimos una tremenda persecución de la que todavía no nos
hemos recuperado.

Durante los primeros años nuestra Aldea se vio reducida a un


barrio de este pueblo, éramos apenas cinco familias. Empezaron,
para tener algo con que comerciar, a salar pescado como era
nuestra costumbre, para eso hicimos una gran salina, que al poco
comenzó a dar sus frutos, sacos de preciosos y brillantes granos de
sal. A cambio de sal conseguimos pescado que limpiamos, quitando
las cabezas y las vísceras, para luego ponerlo un tiempo entre capas
de sal, hasta que los lavábamos y oreábamos en un sitio fresco. Una
vez salados, los cambiábamos por otros productos.

En pocos años, nuestro barrio creció y lo fuimos adornando


con casas mejores y hasta fuentes en las plazas. No tardó mucho en
surgir la envidia, con desprecio nos empezaron a apodar: “los
salineros”. Algunos se burlaban de nuestras costumbres y creencias.
Y menudeaban las pequeñas agresiones.
Todo se complicó cuando se convirtió en Cacique, una persona
que nos tenía un odio mortal e insensato. Algunos decían que el
padre de su madre era un salinero que había violado a una chica del
pueblo, pero ese rumor no era muy creíble. Sea lo que fuera, ese
Cacique nos quiso expulsar del pueblo. Al negarnos, mandó tapiar
las calles que entraban a nuestro barrio. Tardaron un tiempo, fue un
proceso lento, y cada vez nos obligaban a dar una vuelta más larga
para llegar hasta el mercado.

Un día todas las calles estaban tapiadas, convirtieron nuestro


barrio en una cárcel. Las primeras semanas, a pesar de las
restricciones, no fueron tan trágicas como las siguientes, cuando
empezó a escasear el alimento y se hizo cada vez más difícil
sustentar a los niños y ancianos, y comenzaron las muertes. Se
reunió el Consejo de madres y en aquel ambiente de pesadumbre
tomó la palabra la MAMA-COYA:

-¿Qué vamos a hacer? Necesitamos actuar de una vez.


Nuestra gente está atemorizada y las cosas van a ir a peor.

-Pero no podemos – arguyó una Madre- poner en peligro la


vida de más de nuestros hermanos.

-Ha llegado el momento de rebelarnos, -contestó la MAMA-


COYA con decisión- cuando más lo retrasemos más vidas
pondremos en peligro.

-Si hemos de salir -sugirió otra Madre- el sitio más adecuado


es la calle de la Salina, aunque es alta, la muralla está alejada del
pueblo y no suele estar muy custodiada.

-Necesitamos actuar con inteligencia y valor -terminó la


MAMA-COYA- Todos estamos implicados.

Las Madres jóvenes organizaron patrullas, con hombres y


jóvenes, para tratar de salir de la cárcel en la que estábamos
encerrados. Intentaron romper el cerco y traernos alimentos, pero a
algunos los cogieron y mataron. El ejército del Cacique era muy
superior a nuestras fuerzas, que además nos íbamos debilitando por
la hambruna.

Fueron días de sufrimiento, cada familia se vio afectada por la


tragedia. Algunos vagaban por las calles buscando algo que comer
sumidos en la desesperación, otros enloquecidos preguntando por
algunos de sus familiares perdidos. Nos convertimos en un barrio
fantasma silencioso y atemorizado. Del otro lado de la muralla,
jóvenes y niños nos lanzaban piedras, y en algunos casos antorchas
encendidas, que propagaban el fuego por nuestras chozas.

La llegada de los soldados de Inca fue para nosotros la


salvación, hizo que no fuéramos exterminados totalmente, pues
tomaron la ciudad matando al Cacique y dispersando a su ejército.

Los soldados se asombraron cuando, al llegar hasta nuestro


barrio, y derribar los obstáculos de las calles, nos vieron, a los
pocos que quedábamos, esqueléticos y hambrientos. Nos movíamos
como muertos vivientes, incapaces de reaccionar, hasta que, poco a
poco, nos alimentaron y fuimos recobrando las fuerzas.

Apenas quedábamos 19 supervivientes, decididos a reconstruir


nuestra cultura. Habíamos sufrido y aprendido tantas cosas que
procuramos mantener nuestras actividades lo más secretamente
posible. Yo soy la nieta de la MAMA-COYA Waywa y antes del
desastre fui elegida MAMA-COYA.
-Perdona Sapana, yo he escuchado a mi madre –expuso
Amaya- decir que su madre era hija de una hermana de Waywa. Tu
abuela y mi bisabuela eran hermanas. Waywa dejó allá en la Aldea,
cuando la abandonaron, por lo menos a seis hermanos, que yo
recuerde haber oído mencionar en las historias que contaban la
llegada al río Virú.

La conversación se extendió con tantos recuerdos familiares y


personales, no podíamos ponernos de acuerdo sobre la actuación de
la MAMA-COYA Tintaya, pues para la historia de Huacho, no había
estado a la altura de las circunstancias, al retrasar la salida por la
tormenta de arena, mientras que la decisión de Waywa de marchar
había salvado a varias familias. Lo que ellos no sabían o no querían
aceptar era que la actuación de la MAMA-COYA Tintaya, había
salvado a todo el pueblo.

Al preguntar por las que nosotros buscábamos, no nos pudo


decir nada, solo que un grupo de soldados había llegado a Huacho y
a los pocos días habían seguido su camino hacia el Cusco.

Se hizo el silencio, nadie habló, no había nada más que decir.

Seguimos el camino y al poco subimos unos cerros de muy


poca altura y nos encontramos con una maravilla, una extensa
laguna con frondosa vegetación y con muchas clases de pájaros,
una laguna encantada, en medio de tanto desierto. Fue la ocasión
para bañarnos, cazar algún pato y pescar. Una bandada de pájaros
llegó de imprevisto y se ocultaron entre las ramas de un árbol. No
podíamos detenernos más aunque el lugar nos recordaba a nuestro
río Virú. Acompañados por el canto de los pájaros, que poblaban las
orillas, nos pusimos de nuevo en marcha.
Tras una larga y fatigosa jornada acampamos en las afueras
de un Tambo. Habíamos corrido y andado el doble de lo normal, por
un camino llano pero polvoriento.

Atravesamos un riachuelo y dos cerros que resultaron más


altos de lo que parecían a primera vista. En un día habíamos
superado dos Tambos, pero no habíamos visto más que vestigio de
los que nos precedían, la jornada no se interrumpió con la puesta de
sol, aunque al caminar se perdían los contornos de los montes y de
los grandes árboles envueltos en las sombras a la tenue luz de la
luna, seguimos caminando hasta el agotamiento. En los días
siguientes encontramos muchos Tambos y los superamos en
nuestra marcha hacia el sur.

Un día, al despertar, todos estábamos cubiertos de pequeñas


hormigas, sin saberlos aquella noche habíamos dormido sobre la
entrada de un hormiguero. Después de interminables jornada, de
fatigoso caminar, a veces con hambre y otras con sed, un día, a la
caída de la tarde, coronamos una loma desde la que se oteaba el
Pucahuasi (Tambo Colorado) a orillas del río Pisco, es la ciudad más
grande que habíamos visto en nuestra vida y por supuesto la más
cuidada.

De lejos su muralla pintada con franjas de blanco, rojo y


amarillo, resultaba impresionante. Allí se cruzaba el camino de la
Costa con el que se dirigen al Cusco subiendo por los montes.

Nos separamos en tres grupos para poder entrar en el Tambo


discretamente:

-Tenemos –explicó Utuya- que ser muy cautos y movernos con


sumo cuidado para no llamar la atención.
Encontramos varios recintos que servían de alojamiento para
los funcionarios, para sus Chasquis y para un pequeño ejército.
También vimos grandes almacenes y depósitos. Alrededor de una
gran plaza destacan el Templo del Sol, Casa de las Vírgenes y el
Palacio-mansión de la autoridad máxima y donde se hospedaba el
Inca en sus viajes por la zona.

Nos admiraba el trazado de las calles, estrechas, pero rectas y


las casas con puertas angostas, pero altas y las fachadas decoradas
con muchas ventanas. Al ver nuestras caras de asombro un
viandante nos manifestó:

-Estas casas están muy bien, pero nada al nivel de las del
Cusco.

En la Casa de las Vírgenes del Sol no estaban Kori, Ururi, ni


Kurmi, pero nos enteramos de que habían pasado unos días
descansando antes de seguir para el Cusco junto con las otras
jóvenes.

Nos dirigimos a las montañas

Ururi (Lucero de la mañana): Narradora

De lo que acaeció durante el viaje hasta llegar al Cusco.

Al ponernos en marcha una vez más, el paisaje comenzó a


cambiar, abandonamos la orilla del mar para internarnos en los
montes, pronto nos encontramos con zonas de bosque cerrado, en
el que no penetraba la luz y con pendientes resbaladizas a causa de
la humedad.

Cuando terminó el tercer día ya estábamos en medio de las


cumbres. Por la noche me desperté varias veces tiritando, nunca
estaba lo bastante caliente. Al día siguiente amanecí con el cuerpo
tan entumecido que no podía ni moverme, con una serie de
movimientos lentos, acompañando cada uno de ellos con un
gemido, me levanté.

El paisaje desplegaba todos los matices de verde, bajo la


tenue neblina de la mañana. Ese día contemplamos maravillados,
como por las laderas de los montes cercanos, trotaba un inmenso
rebaño de vicuñas, guanacos y alpacas, repartidos en grupos
numerosos, interminables. Todo el monte parecía vivo, se movía
como el oleaje marino, el ruido de sus pasos, amortiguado por la
lejanía, nos llegaba, como el chocar de los guijarros al retirarse las
olas en un mar embravecido. Ante nuestros ojos parecían hormigas
blancas y doradas que volvían con premura a su hormiguero. Hasta
que descubrimos la razón de su carrera: pequeños grupos de pumas
las perseguían y acosaban.

Poco a poco el cielo se fue cubriendo de nubes que presagian


lluvia, marchábamos despacio, atemorizados por los relámpagos
que rompían el cielo y los truenos que retumbaban por el valle,
empezó a llover, gruesas gotas golpeaban las hojas de los árboles y
el suelo olía a tierra mojada.

Al tomar una curva, en la ascensión, vislumbre el Tambo del


final de esa jornada, aceleramos el paso, jadeando, con la garganta
irritada por el aire congelado, los dedos de los pies dormidos, la
nariz y las orejas enrojecidas, llegamos. Cuando entramos,
rápidamente me arrimé a la hoguera, y me sentí caliente por
primera vez, desde que comenzamos a alejarnos de la costa y nos
adentramos en los montes. Me mantuve tan cerca como era posible,
lo bastante cerca como para sentir que mi cara se calentaba, casi se
me quemaba. En el interior no había más luz que la hoguera, pero
era más que suficiente para ver y comer lo que nos dieron.

El encargado, un hombre delgado con la boca rodeada de


arrugas y mirada amable, acostumbrado a días de frío y nevadas,
nos atendió con afabilidad ayudado por su esposa. Sus dos hijos
mayores eran de los Chaskis del Tambo.

Con la amanecida de nuevo el camino nos esperaba. Casi todo


el día caminamos por encima de las nubes, que de vez en cuando se
movían y nos dejan ver parte del gran valle iluminado, pero al poco
tiempo se volvía a ocultar, la densa niebla nos impedía ver los
árboles. A lo lejos se divisaba un gran incendio que asolaba la
ladera de la montaña. Hasta nosotros llegaba la humareda, que
impregnaba el ambiente de olores tostados, y nos dificultaba la
marcha. Después de una empinada ascensión pasamos un túnel
construido en la roca para acortar el camino. El túnel no era muy
largo, pero si muy oscuro, la humedad resbalaba por sus paredes
convirtiendo el suelo en un lodazal. Al salir de nuevo a la luz, por
decenas nos recibieron los colibríes, que de flor en flor, centelleaban
su arco iris de colores.

La tarde avanzaba con rapidez y el sol comenzó a negarnos su


calor. Yo seguía obsesionado con el frío, con cada nuevo jadeo, el
aire cortante me hacía arder la garganta. Tuve la suerte de no
asorocharme por la altura de aquella sierra. Por la noche muy cerca
de mí, en busca de calor, sufriendo en silencio estaba Kori, a la que
veía más niña de lo que era, con susto en la cara y esporádicos
temblores de miedo y frío. Murmuró algo en sueños, luego caí
también rendida por el cansancio.

Tras la noche comenzó un día de descanso, a media mañana


escuchamos el sonido del Pututu, era el aviso de que el Chaski
estaba llegando, así prevenía con tiempo, al que tenía que tomar su
relevo hasta el próximo Tambo, y convocaba a todos los habitantes
que se congregaban para escuchar las noticias que traía.

Durante la noche y la mañana siguiente, sopló un viento


embravecido, levantando torbellinos de nieve que nos golpeaba las
mejillas y disminuían la visibilidad. Al salir lo encontramos todo
nevado, el cielo estaba tan cerrado que la luz del sol apenas lo
atravesaba, por supuesto, ningún rayo iluminaba el paisaje.
Descubrimos lo duro y difícil que era caminar sobre la nieve que nos
cubría hasta la rodilla y pensé en el Chaski que esa misma mañana,
había salido para hacer su trayecto.

De pronto un tremendo ruido, rompió el silencio, caminábamos


en la mitad de una ladera y en la cima comenzó el rugir de una
avalancha, grandes extensiones de nieve se deslizaban hacia
nosotros, arrastrándolo todo, rocas, arbustos y animales. Conforme
avanzaba la gran nube de nieve, temimos que nos alcanzara, no
podíamos hacer nada. Kori me gritó situándose al amparo de una
roca y junto a ella nos acurrucamos varias jóvenes, la avalancha
llegó casi inmediatamente, vimos cómo arrastraba a los que iban en
la cabeza de nuestra caravana, no se oía nada más que el
estruendo, apenas se les veía gesticular arrastrados ladera abajo.
Nosotras permanecimos atónitas viendo como una pequeña parte de
nieve nos pasaba por encima. Con la misma rapidez con que surgió
el ruido, se hizo el silencio, entonces comenzaron los gritos de los
soldados tratando de organizar la caravana.

Habíamos tenido mucha suerte, solo unos pocos murieron


cubierto de rocas y nieve. El camino había desaparecido, además no
se podía avanzar sobre tamaña cantidad de nieve que como en
arenas movedizas nos podíamos hundir en la nieve, y allí nos
quedamos paralizados. Tal vez al día siguiente, la nieve se
congelaría y difícilmente sería posible continuar.

Todos nos reagrupamos cerca de las rocas para pasar la


noche, antes de dormir protegida por el calor de otros cuerpos, volví
a pensar en mi aldea y en la triste situación en la que nos
encontrábamos.

Allí permanecimos tres días y nos llenamos de alegría cuando,


a la vista de la situación, nos alentó el Jefe.

-Ánimo, en solo dos o tres jornadas llegaremos al Cusco.

Cuando reanudamos la marcha, con la tarde ya avanzada,


mientras el sol se suavizaba, divisamos una ciudad a lo lejos, de ella
nos separaba un profundo barranco por el que descendía el camino
para luego zigzagueando ladera arriba llevarnos a la meta. Desde
una pequeña loma, barruntamos la ciudad con sus relucientes
palacios, nos quedamos maravillados. Se presentaba ante mis ojos
la panorámica más asombrosa que había visto en toda mi vida: El
Cusco.

Desde donde estábamos, ayudé a distinguir a Kori, los palacios


con sus grandes fachadas de piedra y fuera de la ciudad las chozas
de los campesinos y transeúntes.

El Jefe de la caravana nos detuvo a todos y exclamó


emocionado:

-Desde aquí se ve mi casa. Veis los tres ríos que rodean una
pequeña colina sobre la que se recuesta la ciudad, como un puma.
Todos sabemos que la cabeza es la fortaleza de Sacsayhuamán y el
corazón el Koricancha.

El espectáculo que contemplaba era más grandioso de lo que


nunca yo había imaginado. Alrededor de una gran plaza, las
fachadas, adornadas con placas de oro, centellean con la vida que
les daba el sol del ocaso.

-Junto al Koricancha está el palacio del Inca y el de las


Vírgenes del Sol -siguió informándonos- Pasaremos la noche en una
cueva de la ladera y mañana llegaremos a la ciudad.

Nos adentramos por la sierra

Qalani (Mujer enérgica): Narradora

En el que se hace relación del viaje desde el Tambo Colorado al


Cusco, con las dificultades que supone el frío y la altitud.

Nada nos retenía en el Tambo Colorado, en el bullicio de la


gente, nos arrimamos a una caravana que se dirigía al Cusco, para
celebrar la fiesta del Inti Raymi, al ser un grupo numeroso, nosotros
podíamos pasar desapercibidos.

Uno de ellos, después de mirarnos con burla, nos amonesta:

- ¿solo con esa ropa pensáis ir?. Así que poco aguantaréis.
Sentiréis un frío como nunca en vuestra vida, vosotros lleváis ropa
para el desierto, no para la montaña y menos para estas cumbres.

Amablemente nos acompañó a comprar mantas y pochos de


lana, nuestra ropa era de algodón bastante liviano y necesitaríamos
ropa de lana de alpaca, gruesa y caliente. También nos animó a
comprar coca pues la necesitamos para tolerar la dureza del camino
y el cansancio.

Y siguiendo esos y otros consejos, nos pusimos de nuevo en


marcha.

Varias jornadas después, a media mañana, comenzó a caernos


una lluvia fina que enseguida nos dejó calados, pero seguimos
adelante con más determinación, andando sobre una tierra que se
había convertido en barro. Hasta que la pendiente se suavizó, como
si hubiéramos llegado a una cima, pero siguió lloviznando con una
lluvia persistente, una lluvia que amenazaba con volverse eterna. Al
borde del camino los árboles brillaban a la mortecina luz del
mediodía, algunos conservaban las últimas hojas, casi muertas, en
las ramas, otros estaban ya totalmente desnudos.

Comencé a escuchar un murmullo constante y desconocido, al


voltear una curva del camino vimos que era agua que se precipitaba
espumeando toda la pared. Surgía a media ladera de la montaña, el
agua tal vez había horadado el monte, y surgía con violencia por
varios lugares desde donde se precipitaba al vacío. Agua golpeada
por agua en la caída interminable de la cascada. Varios metros más
abajo se formaba una corriente de aguas cristalinas, la ladera
repleta de colores, piedras de distintos metales, que brillaban
reflejando la luz filtrada por la neblina.

Desde las cumbres el río avanzaba, con incesante furia, a


través de profundos barrancos, quebradas y tajos. Un tosco puente
nos dejaba cruzar el riachuelo. Envueltos en el canto de las ranas, el
piar de los pájaros, y contemplando las orquídeas colgando de los
árboles, no podemos olvidar el peligro en que siempre estamos.
Unos pájaros trinaban en la distancia, tal vez anunciando nuestra
llegada. Me acordé de Kori, Ururi y Kurmi aunque también podría
decir que siempre las tenía en mi pensamiento.

Sé que conseguirán escapar. No son las primeras mujeres


decididas que conozco, pero tal vez en esta ocasión necesitarán de
nuestra ayuda.

La caravana se detenía cada atardecer en un Tambo, no


llevaban prisa pues tenían calculado el itinerario para llegar con
tiempo al Cuzco y celebrar la fiesta. Nosotros teníamos otra
prioridad, deberíamos avanzar lo más rápidamente posible, si
queríamos alcanzar a nuestras hermanas antes de que llegaran al
Cuzco, pues pensábamos que una vez estuviéramos en la ciudad,
sería mucho más difícil rescatarlas. Por eso, sin calcular bien los
riesgos, decidimos aligerar la marcha, aunque el camino era
desconocido.

En muchos lugares encontrábamos montoncitos de varias piedras,


cinco o seis, colocadas unas sobre otras. Eran oraciones de
anteriores viajeros, en algunos nosotros también añadimos unas
piedras, uniéndonos a esas oraciones.

Varias horas después de haber dejado atrás un Tambo, nos


alcanzó la noche con el cielo cubierto de nubes. Aquella noche nos
detuvimos en una cueva, encendimos una fogata. El aire se llenó de
humo. Entró Utuya se detuvo un momento en medio de aquella
niebla, buscando con los ojos, hasta que decidió avanzar hasta
donde estamos, se sentó junto al fuego y nos miró.

¿No sé si hemos hecho bien abandonando la caravana? -nos


confió temerosa.

Todos callamos comprendiendo su preocupación, mientras una


lluvia constante regaba la tierra y hacía crecer los ríos que le daban
vida, sentimos la presencia de varios pumas que merodeaban a
nuestro alrededor, muchas veces habíamos tenido que vérnosla con
pumas, pero en esta ocasión era distinto, nunca se nos habían
acercado tanto y en la oscuridad que es cuando ellos salían a cazar
y en un lugar que nosotros desconocemos.

Había ya luz del día cuando un ruido me despertó, a mi


alrededor se acurrucaban mis compañeros, arrebujados en las
mantas, que malamente nos protegían del frío de aquella cueva,
donde nos habíamos refugiado.

- Ya me he despertado -Le susurré a Utuya que estaba a mi


lado.

- Me he dado cuenta.
- Bueno … ¿Y ahora qué?

Utuya me miró sin verme, sacudió la cabeza de tal manera que


su larga cabellera revolotea en torno a sus hombros. Sus
pensamientos estaban en otra parte (¿Qué sería de su hija?), se
levantó y anduvo unos pasos hacia la puerta de la cueva,
permaneció inmóvil contemplando la salida de sol. Luego regresó
lentamente hacia nosotros, soltó a los perros y me indicó que la
siguiera. A nosotras dos se fueron uniendo otros que ya estaban
despiertos, y salimos de la cueva. La lluvia me golpeó la cara, pero
continué adelante tras los demás. De los pumas no había ni rastro,
pero si había señales de su presencia, restos de una vicuña
esparcidos entre los matorrales. Habían estado muy cerca, pero les
resultó más fácil cazar esa vicuña, que molestarnos a nosotros.

-Si te encuentras con pumas –comentó Amaya- ¿Sabes lo que


tienes que hacer?.

-Subirte a un árbol –se defendió con gracia Mullu- y además lo


más rápido que puedas.

-Así lo más probable es que te destroce - siguió atacando


Amaya - pues por muy rápido que corras, él te alcanzará. Lo que
hay que hacer es detenerse y abrir los brazos, vocear, tirarle lo que
tengas en las manos. Pero nunca salir corriendo y, menos todavía,
agacharse para coger una piedra, pues pensaría que tienes cuatro
patas y te convertirías, para él, en una presa más y te atacaría.

-Yo prefiero – confesé convencida- no tener que enfrentarme a


ningún puma. Se les ve demasiado peligrosos.

Ante esta ocurrencia algunos sonrieron.


Volvimos a la cueva y después de comer algunas cosas:
charqui, (carne seca en tiras), fruta y alguna raíz de yuca, nos
volvimos a poner en camino. Sobre la tierra embarrada apenas se
distinguía el sendero.

Salimos desafiando un frío intenso que nos sonrojaba la cara y


convertía en humo nuestra respiración. El camino discurre paralelo
al cauce de un río, aunque a veces, hileras de piedras hacían de
puente a la otra ribera. Me detuve contemplando el arroyo que
avanzaba sinuoso, ocultándose a veces, en la frondosa vegetación
de las riberas, enseguida retome la marcha con paso decidido.
Avanzamos por un sendero, hasta que de repente, el camino
comenzó a ascender hasta la cima de otro monte. Avanzamos por
una abrupta pendiente agarrándonos, en los matorrales. Ya
teníamos los brazos y las piernas llenas de moratones, arañazos y
heridas. Llegamos a la cima resoplando y con los pulmones
doloridos por el frío. En medio de la niebla solo pude ver el primer
tramo de una escalera en bajada, con un desnivel preocupante.
Cualquier resbalón sería fatal. Aunque todos éramos conscientes del
peligro no faltó quien gritaba de vez en cuando.

-¡Cuidado! ¡Atención!.

Fue una jornada llena de sobresaltos y con la sensación, difusa


de inutilidad, ¡Poco habíamos avanzado! Mucho antes que la puesta
del sol, comenzaron a hacerse las sombras entre las montañas, era
una situación extraña a la que tendríamos que habituarnos. Debajo
de un gran árbol nos sentamos para comer y vimos una gruta donde
mal que bien nos acomodaríamos para pasar la noche. Una noche
muy larga.
Por fin amaneció. Avanzaba la aurora y retrocedía lentamente
la oscuridad, necesitábamos el calor del sol, estábamos ateridos y
temblorosos. Ante nuestros ojos, una vez más, se desplegaba la
belleza impresionante de una naturaleza virgen. Sobre el cielo se
elevaba majestuoso un cóndor, y se levantó un viento susurrante
entre las ramas altas de los árboles. El sol brillaba proyectando
largas sombras aunque desprendiendo poco calor, en aquella
mañana invernal de frío penetrante.

De repente se terminaron los árboles y un paisaje desolado de


colinas, sin vegetación, de color ocre y picos grisáceos ocupó todo el
panorama. Un viento gélido y polvoriento se adueñó de todo.
Nuestro grupo se estremeció, avanzando entre el polvo reseco, que
se introducía en la garganta, oídos y ojos. Tosiendo, escupiendo y
lagrimeando en medio de aquel vendaval que nos acompañaría
durante días de sufrimiento y desolación. Sentía un dolor punzante
en la cabeza, me zumbaban los oídos. ¿Qué podía hacer? solo seguir
adelante, pasara lo que pasase debíamos llegar hasta el Cusco.

Hubo muchos momentos de soledad, sobre todo cuando el


grupo se esparcía a lo largo del estrecho sendero, con la pared de la
montaña a la izquierda y el acantilado a la derecha.

Yo en esa ocasión avanzaba la tercera de la fila y en algún


recodo, podía ver a los que me seguían, dispersos a lo largo del
sendero, algunos en parejas pero la mayoría en solitario. Cada
cierto tiempo el que avanzaba en primer lugar se detenía, y poco a
poco nos volvíamos a reagrupar.

Por la tarde formábamos un solo grupo, pues el camino se


ensanchaba y llaneaba bordeando el acantilado.
-¡Mirad, qué maravilla! - gritó admirada Amaya.

Señalaba a nuestra derecha donde una pequeña laguna, reflejaba


las nubes del cielo. Un grupo de flamencos llenaban de una belleza
inexplicable el atardecer. Los flamencos siguieron danzando, en las
orillas de la laguna, cuando nos alejamos cuesta arriba. Por
mucho que nos esforzamos nunca llegamos a alcanzar al grupo de
soldados. Pero por fin, conseguimos llegar al Cusco.

Llegada a la ciudad del Cusco

Kori: Narradora

Kori narra cómo fueron recibidas en el Cusco y de la manera de


vivir de las Vírgenes del Sol.

Después de cruzar el río y subir los terraplenes de la ribera, el


camino entraba en lo que parecía un campamento, con callejas de
tierra y chozas provisionales. La caravana se encaminó a la ciudad.
Después de dejar atrás las primeras casas, muy parecidas a las de
nuestra Aldea, continuamos caminando cerca de media hora,
-calculé-, durante la cual avanzamos a través de calles abarrotadas.
En ambos lados de las avenidas se extendían tenderetes con
toda clase de tejidos y alfarería, más adelante una gran plaza acogía
las tiendas de pescado seco, carne, verduras y frutas. Los
compradores pululaban luciendo sus multicolores vestidos de fiesta.
Por todas las calles se desparramaba la gente y menudeaban los
gritos.

A medida que transcurría el tiempo, fui descubriendo las


miradas sorprendidas de los viandantes, algunas gentes nos
rodeaban acercándose con curiosidad. El grupo de soldados rodeaba
a las quince jóvenes, mientras cruzábamos lentamente la ciudad.

¡A nosotras nos miraban!.

Unos nubarrones bajos y oscuros cubrieron el cielo,


amenazando con descargar agua, un viento constante y fuerte los
impulsaba.

Observaba por sus callejuelas gentes de todas las regiones, de


todas las aldeas del Imperio. Escuchaba el ruido de los pies
descalzos o de las sandalias, el golpe seco de las pezuñas de las
llamas sobre las piedras de la plaza, el sonido ronco de las caracolas
que proclamaban la llegada de algún personaje, las voces de la
multitud, los gritos alborozados de los niños.

Hasta que llegamos al centro de la ciudad, donde estaban los


palacios deslumbrantes, con planchas de oro laminado que colgaban
de salientes de las paredes, los muros construidos con inmensas
rocas vitrificadas.

Junto de la plaza se alzaba el Koricancha, la fachada con


bloques de granito tallado y oro fundido en las junturas de los
bloques y también los palacios de los Incas. Entre ellos se sitúa la
Casa de Las Vírgenes del Sol.

Allí nos esperaban

En la amplia sala donde nos llevaron, ya había unas cuantas


jóvenes que habían llegado en caravanas de otras zonas del
Imperio. No podía comprender lo que sucedía ante nuestros ojos,
bueno sí podía, pero no quería, era demasiado cruel el modo en que
nos trataban algunas de las mujeres que nos recibieron, gritos y
malos tratos. Nosotras tres formábamos un abrazo protector que
casi nos aislaba de tanta crueldad. A empujones nos situaron en las
esterillas donde cada una descansaría.

-¿Tú quien eres? - me ladró con furia una de ellas.

Comencé a descubrir que con frecuencia me preguntaban esa


cuestión. El que la gente no me conociera, me llenaba de turbación
y desasosiego, como si perdiera un anclaje de seguridad. Desde que
nací, todos a mi alrededor, sabían quién era y que era la sucesora
de la MAMA-COYA

Al rato nos llevaron comida al sitio de cada una, era como si la


esterilla fuera el terreno del que no podíamos salir. Así nos tuvieron
varios días, teníamos que pedir permiso para salir de nuestra jaula
simbólica, cada vez que lo necesitamos. No nos podíamos
comunicar ni mucho menos abrazar, aunque veía a Ururi y Kurmi
muy cerca, a mi lado, me sentía muy sola y aislada en aquella sala
desangelada y fría.

No paraba de darle vueltas al modo de escapar de aquel


infierno.
No recuerdo en qué momento me quedé dormida. Pero al
despertar, por la claridad que inundaba las ventanas, entendí que el
sol debía estar cercano al mediodía. Acompañada por las mujeres
que nos habían vigilado durante la noche, encontré a una extraña
mujer, que con mirada incisiva y experta nos observaba
valorándonos, luego descubrí que era la Mama-Cuna, una anciana
de melena marchita, con cara inteligente llena de arrugas y ojos
brillantes, seleccionó a dos de nosotras, las de mayor edad, a las
que luego no volvimos a ver.

Después de darnos algo que comer, nos llevaron en una larga


fila al Koricancha, me sentía sobrecogida al entrar y ver el
pavimento y las paredes cubiertas de láminas de oro y en el frontal,
el Punchao, que era una representación del Sol hecha de oro puro,
medía más de un metro de diámetro.

El Punchao, permanece en el Templo durante el día, al ir


anocheciendo era llevado en procesión a la plaza, para ser
venerado, pidiendo que vuelva a lucir el día siguiente. Las Ñustas,
por turnos, lo acompañaban en la procesión. Las recién llegadas,
empezamos a escoltar al Punchao después de nuestra presentación
al Inca

Aquel día fuimos las recién llegadas al Templo, pues era


necesario que nos purificamos, antes de ser presentadas a Inca.
Nos obligaron a desnudarnos totalmente y una a una, bajamos a la
piscina. El agua entraba por un caño desde el exterior y rebosaba
por otro canal que la llevaba otra vez fuera. Para las que venían de
aldeas de la sierra, tal vez poco acostumbradas a bañarse, sería
molesto, pero para las que veníamos de la costa, el agua estaba
demasiado fría y tiritábamos. Estábamos en el agua hasta que nos
mandaron salir, entonces nos pusimos una camisa blanca hasta la
rodilla y encima un poncho multicolor.

Luego nos sacaron al jardín del Templo y estuvimos recibiendo


los rayos de Inti Sol. Paseando, vimos árboles, pájaros y animales
hechos de oro macizo y a tamaño natural. Una fuente, también de
oro, con cinco caños y rodeada de un pequeño estanque, el centro
de todos los caminos de ese vergel. Después de varias horas de
paseo habíamos entrado en calor y se relajó un poco el ambiente,
podíamos hablar entre nosotras. Yo me aparté todo lo que pude del
bullicio, llevándome a Ururi y a Kurmi a una de las plazuelas del
jardín. Nos abrazamos infundiéndonos valor. Después volvimos en
fila y en silencio hasta nuestra sala-prisión.

Al día siguiente iríamos ante el Inca. Por supuesto,


ignorábamos la tremenda sorpresa que nos aguardaba, a mí
especialmente.

Durante la mañana nos estuvieron aleccionando: Al llegar a la


sala nos tenderíamos en el suelo boca abajo y así estaríamos hasta
que nos mandaran levantar, sería a la orden del Inca que nos iría
golpeando con su bastón de oro. Al levantarnos, en ningún
momento, le miraríamos a los ojos, ni le diríamos nada a no ser que
él nos preguntará, cosa que no sucedía nunca en los últimos años.
En ese momento nos desnudaremos totalmente, dejando caer la
capa en el suelo y giraremos en su presencia, cuando notáramos
que seguía adelante, nos tumbaremos boca arriba encima de la
capa. Luego el Inca elegiría a la que pasaría esa noche con él.

Íbamos solo las nuevas Ñustas y nos llevaron, por largos


pasillos, a la sala donde veríamos al Inca. Allí nos tumbamos y en
esa postura estuvimos -según creo recordar- un rato interminable,
el suelo de piedra, aunque cubierto de alfombras, nos hacía tiritar,
movíamos los brazos como si nadáramos, se me fueron
entumeciendo, brazos y piernas. Era una situación humillante y
sumamente desagradable.

Por fin precedido por varios soldados, entró el Inca yo me


asusté cuando la Mama-Cuna nos avisó, pues estaba aterida de frío.
Cuando me golpeó el Inca, me puse de pie y le miré a los ojos,
levantando la cara con orgullo, luego dejé caer al suelo mi capa,
aunque por dentro temblaba, no quería que se notara, de ninguna
manera, mis pensamientos.

Y fue mi desgracia que al terminar de vernos a todas, la


Mama-Cuna se me acercó para decirme que el Inca me había
elegido.

Cuando el Inca, sus acompañantes y mis compañeras se


fueron, yo permanecí en la sala esperando. La Mama-Cuna me
mandó que la siguiera, por la manera en que me hablaba, sabía que
no tenía más opción que seguirla. Andamos por varios pasillos, yo
no estaba en situación de fijarme en nada, caminaba como
sonámbula, hasta que entré en el aposento donde cuatro antorchas
y una hoguera daban luz y calor, unos soldados echaron ramas
aromáticas en el fuego: tomillo, romero. Era una estancia íntima,
pero lujosa, las paredes cubiertas de tapices con suntuosas
decoraciones de animales y plantas. En una esquina varias
alfombras y cojines hacían de cama para el Inca, varios adornos
dorados completan la decoración.

La Mama-Cuna me ungió todo el cuerpo con aceites olorosos y


me vistió con una espléndida túnica blanca. Cuando terminó me
abandonó en la sala, al dejarme sola, me acurruqué junto a la
hoguera y quedé expectante y atemorizada. Las brasas crepitaban
iluminando aquella estancia. Cerré los ojos y disfruté con absoluta
nitidez, de mi aldea y mis gentes; nuestro río deslizándose
lentamente entre las rocas. Contemplé el rostro amado de Kinu que
me observaba. Estaba a punto de entregar mi virginidad al Inca,
pero mi corazón sería por siempre de mi Kinu.

Al rato entró el Inca y se recostó en su lecho, y me llamó con


apenas un gesto. Me acerqué arrastrándome temerosa, mientras él
sonría aparentando indiferencia. Cuando de pronto, desde el pasillo,
llegó un tumulto de voces y pasos y se presentó en la puerta la
esposa principal y hermana del Inca, la MAMA-COYA Rahua Ocllo,
con el rostro agestado y gesticulando, me apartó de su camino con
un empellón, como si no me viera, y se plantó delante de su
hermano:

-Hermano, perdona que te moleste, se ve que te has olvidado,


pues yo te lo recuerdo: me corresponde estar esta noche contigo.
Vete. -me dijo casi sin mirarme- Déjanos solos.

Me quedé inmóvil, incapaz de reaccionar, no sé qué debía


hacer. Comprendí, no sé como, que era la oportunidad de huir de
aquella situación tan desagradable y la aproveché. En el pasillo
encontré a un soldado al que supliqué:

-Llévame con Mama-Cuna- me obedeció con presteza, pues


había escuchado los gritos de dentro del aposento del Inca.

Mi deambular por los pasillos fue muy distinto, me había


quitado un gran peso de encima y me dominaba un ansia aún más
fuerte de escapar. Pasamos por un gran recinto, en sus paredes
colgaban grandes tablones pintados con figuras simbólicas, en los
que se recordaban, los hechos históricos más relevantes de cada
Inca, y así podían ser reconocidos y ensalzados. Después siguieron
más pasillos, toda una maraña que me desconcertó, se me hizo
mucho más largo el recorrido. Por todas parte se contemplaban
cosas bellas: tapices, alfombras y multitud de objetos de oro.

Los libertadores en el Cusco, 1512

Mullu (Hombre cuya presencia trae suerte): Narrador.

En el que se refiere a los acontecimientos que llevaron a encontrar y


liberan a las secuestradas.

A media mañana la llovizna empezó a ceder, el aire estaba


limpio y daba gusto respirar, pero nosotros no estábamos
acostumbrados a tanta lluvia. En nuestra aldea, muy de vez en
cuando, caía una tormenta, que apenas duraba unas horas, en
cambio, aquí podía estar todo el día y, a veces, varios días, sin dejar
de llover.

Soplaba una ráfaga de aire gélido, que arrebataba de los


árboles las últimas hojas de aquel largo otoño. Llevábamos ya más
de una Luna andando y el camino cada vez se hacía más agreste,
cuesta arriba. Los restos de nieve hacían que mis pies se deslizaron
a cada paso. Cada resbalón, causaba que algunas piedras rodaran
pendiente abajo, hacia el abismo. En los neveros se nos hundían los
pies, a veces hasta la rodilla.

Me asomé al borde del precipicio, desde donde se disfrutaba


de la inmensa belleza, de un valle de exuberante vegetación, y en el
fondo, una pequeña laguna de aguas transparentes, en la que se
reflejaban las nubes grises. En un prado cercano pastaban rebaños
de llamas y vicuñas, algunas se acercaban a beber de la laguna,
otras se alejaban trotando por la ladera. A lo lejos unos nativos
reparaban un puente mientras, una pareja de cóndores sobrevoló el
precipicio, entre las rocas tendrían su nido.

La amanecida era muy fría. Transcurrieron largos minutos. El


manto blanco de los montes ya lo tenía muy conocido, pero de
pronto comenzó una gran nevada, una maravilla cubriendo poco a
poco la tierra. Era la primera vez que contemplaba caer la nieve. El
viento arremolinaba los copos que se podían vislumbrar en la tímida
claridad de la mañana

Cuando llegamos al Cusco, nuestra prioridad, por supuesto,


era encontrar y ver la manera de liberar a Kori, Ururi y Kurmi, para
eso habíamos venido.

En las afueras de la ciudad, cada año, se concentraban los


asistentes a la fiesta. En chozas improvisadas, donde pasaban
varias noches. Las hogueras reunían a su alrededor a familias
enteras. Cada amanecer un suave rumor de voces y gritos me
aseguraba que el poblado se había puesto en marcha otra vez.
Como estábamos resueltos a no perder ni un solo día, a la mañana
siguiente, Utuya nos dividió en pequeños grupos que cada noche
nos reuniremos en la puerta del Koricancha, para luego recogernos
en el poblado donde pasaremos la noche.

Así empezaron nuestras correrías por la gran ciudad, visité el


Koricancha con Kinu y Qalani, encontramos una escalera tallada en
piedra que descendía hasta una especie de sótano, entrecerré los
ojos al asomarme a la penumbra, hasta que me acostumbré y pude
entrever un montón de antorchas apiladas junto a una mortecina
hoguera. De allí surgían dos pasadizos, elegimos al azar uno y lo
seguimos, pasando por diversos recintos, en cada uno de ellos subía
una escalera, que como comprobamos llegaba a cada uno de los
palacios. Qalani marchaba delante con una de las antorchas. El aire,
a medida que avanzábamos, se volvió casi irrespirable, con olor a
tierra, moho y humedad, la luz de la antorcha se atenuaba. La fría
humedad lo impregnaba todo y en ese ambiente se adueñó de mí, el
desánimo. Caminamos durante mucho tiempo impresionados y
también asustados por las cosas que veíamos o intuíamos. Poco a
poco, el techo empezó a alejarse de nuestras cabezas y las paredes
se alejaron y hacen más ancho el pasillo, hasta que de pronto
estábamos en el centro de una sala ancha y alta con varias
escaleras que subían al gran templo, el Sacsayhuaman.

Al salir al exterior por la puerta del Acantilado, el viento batía


con fuerza entre las piedras y era muy difícil escucharnos, pero lo
que nos interesaba era buscar un posible camino de fuga. Este
podría ser un buen camino de huida, pues desde el centro de la
ciudad, este túnel nos llevaba directamente a campo, sin que nadie
nos molestase. Regresamos por aquel túnel hasta el Koricancha.

Varios días hicimos el mismo recorrido, llegando a conocer


muy bien todos los recovecos, además preparamos lo que
necesitaremos para la huida, ya en el campo, en una cueva, muy
cerca del templo. No sabía por qué, pero estábamos convencidos de
que conseguiríamos liberarlas y que ese sería el camino de huida.

El frío nos aturdía con frecuencia y también el ruido constante


de la gente. Para nosotros también era extraño el continuo
murmullo de las fuentes, varios chorros de agua brotaban de
cualquier pared de piedra, no se parecía ni al mar ni al Virú, en la
Aldea no había ningún manantial, siempre se iba hasta el río a por
agua. En cambio en esta ciudad aparecían, por cientos, distribuidas
por plazas y calles. Qalani estaba muy interesada y estudiaba el
sistema, pensando en hacer lo mismo en nuestra Aldea, comprobó
como el agua pasaba de una fuente a otra, desde la parte alta de la
ciudad hasta el río, lo mismo podíamos hacer nosotros con el agua
que baja por la ladera del cerro Saraque.

En nuestro deambular por las calles del Cusco, una noche


cuando volvíamos al Koricancha, lugar donde nos reunimos, creí
escuchar pasos que nos perseguían, nos ocultamos en un portal, el
corazón me bailaba en el pecho, esperé temeroso en la oscuridad,
durante un rato en vano. Al poco aparecieron tres soldados que
siguieron su camino entre bromas. La tensión nos hacía ver peligros
por todas partes, en medio de mi desazón, logré serenarme y reunir
suficiente valor para continuar.

Como cada mañana nos acercábamos a la plaza principal para


asistir a las ceremonias de la fiesta preparatoria del Inti Raymi. Las
calles y plazas siempre estaban abarrotadas de gente de todas las
partes del Imperio. Empezaban los tres días antes del 21 de junio,
en esos días no se podía encender ningún fuego en la ciudad y así
se preparaban para la fiesta que luego se prolongará hasta tres días
más.

El día de la fiesta, 21 de junio celebraremos a Kinsa Inti


simbolizado en: Apu Inti (Padre Sol) - Kusip Inti (Hijo del Sol) -
Intip Auki (Luz del Sol) y en un solo Dios: Kinsa Inti.

Un rumor seco, murmullo de cientos de voces susurrantes,


crecía a medida que la gente se agolpaba en la plaza, ocupando
todos los sitios. Así transcurrieron algunas horas en un ambiente de
tensa y fría espera. De vez en cuando, el murmullo crecía, con el
alboroto de los criados de algún Cacique que llegaba, empujando
para situarse cerca de la tribuna del Inca.

Todo comenzó cuando, poco antes del amanecer, toda la plaza


se llenó con el sonido de múltiples Caracolas y tambores que
anunciaban la llegada del Inca. Me desperté de mis pensamientos y
volví de nuevo al caos de la plaza. Vimos aparecer el Sapa Inca, el
Inca Supremo, el gran Huayna Cápac sentado en el trono sobre una
litera de oro macizo. Detrás, en otra litera, su esposa principal y
hermana, la MAMA-COYA Rahua Ocllo, venerada igual que su
marido. Delante de ellos, unos hombres, ricamente vestidos,
voceaban a la multitud:

-Abrid paso, saludad al Hijo del Sol, nuestro gran Inca, el hijo
de Viracocha, el Poderoso, el Supremo.

A continuación, en solemne procesión, el grupo numeroso de


sus hijos e hijas. Llegando al centro de la gran plaza de la ciudad. El
Inca Supremo subió, en la litera, al baluarte central y desde allí
dirigió la vista hacia el este.
Los asistentes se descalzaron y, en silencio, miraban al
horizonte, hacia donde esperaban el nacimiento del Sol. Transcurrió
un largo rato de absoluto silencio. La aurora iluminaba poco a poco
el cielo. Como las nubes, este año, no impedían la visibilidad del sol,
este será un año sin especiales dificultades: sismos, tormentas
dañinas, aludes mortíferos.

De pronto, el primer rayo del sol naciente asomó. En ese


momento el Inca se puso en pie en su litera y besó a su Padre Sol;
luego con gran ceremonia, cogió con sus manos, una gran copa de
oro con chicha sagrada y con gesto solemne, invitó a beber a su
padre: el Sol.

La multitud se estremeció y todos los asistentes se pusieron en


cuclillas, con los brazos extendidos hacia adelante, en gesto de
súplica, para recibir la fuerza vivificadora de Inti.

Después de beber el Inca, ya que es el Hijo del Sol, derramó la


copa de oro, la de su Padre Sol, en el canal excavado en el suelo
para que llegue la chicha sagrada hasta el Koricancha. Luego tomó
otra gran copa de plata para invitar a beber a la MAMA-COYA y sus
ministros. Lo que quedó, lo arrojó sobre todos los asistentes a la
ceremonia.

Era la señal para que todos bebieran la chicha sagrada, que las
Ñustas habían traído en grandes cántaros. La chicha corría a
raudales entre los asistentes. También se repartían los panecillos de
maíz que las Ñustas habían preparado para la Fiesta.

A continuación se realizaron las ofrendas al Sol, padre de


todas las cosas y de todos los humanos y animales.
Con voz fuerte y ceremoniosa el Inca, en pie, declaró el año
que había terminado, como un año bueno y productivo:

-Oh Inti. Hoy solo tengo motivos de agradecimiento. Hoy mi


corazón rebosa felicidad contemplando, a la multitud de tus hijos
reunidos en torno a mí, para celebrar la Fiesta.

-Oh Inti, este ha sido un año de numerosos bienes, que hemos


recibido con agradecimiento de tus generosas manos.

-Oh Inti, las cosechas han sido muy abundantes, de todos los
frutos que necesitamos, por Tu benévola y constante protección

-Oh Inti, los sismos han respetado a la Pachamama, Tú les has


quitado su fuerza destructiva, antes de que nos afectarán con su
poder demoledor.

-Oh Inti, te ofrecemos las cinco llamas negras, el choclo y las


papas, manifestando nuestra gratitud y la absoluta dependencia de
este pueblo a tu gran generosidad.

Todos los asistentes sabían, que si el Inca hubiera decidido


que el año era aciago, había sacrificios humanos, mujeres, hombre
y Ñustas. En cambio, al ser un año propicio, se inmolaban unas
llamas negras, los únicos animales que son absolutamente puros
pues tienen un color uniforme en todo el cuerpo -las llamas blancas
tienen el morro negro-.

En medio del tumulto, perfectamente organizado, todos se


pusieron en marcha hacia el Koricancha, en donde se volverá a
encender el fuego sagrado, por medio de unos espejos. Ese fuego
será repartido desde esta fogata a todos los fogones de la ciudad.

La ceremonia se acompañaba con danzas y ofrendas de grano,


flores y animales, que eran quemados en las nuevas hogueras.

La carne de las llamas, una vez asada, era repartida entre


todos los asistentes, hasta que todo se consumía.

Otra vez me maravillé de la explosión de color y de sonido.


Ropas brillantes y multicolores. En la cabeza de las mujeres
sombreros planos y dos gruesas trenzas de cabello y cintas de
colores. Los hombres con una trenza sin adornos. Por un momento
recorrí el lugar con la mirada hasta descubrir, con asombro, entre
los acompañantes del Inca al grupo de las Ñustas, en primera fila
caminaba Kurmi junto a las más pequeñas. Tres filas más atrás
avanzan Kori y Ururi, tan juntas que parecía que iban de la mano.
Me quedé atónito al ver el semblante de Kori, estimé que ella debía
estar perdida en sus pensamientos, pues con el rostro rígido
avanzaba, con la vestidura ceremonial, igual a la de todas las
jóvenes vírgenes. Un repentino frío me hizo tiritar.

Utuya nos buscó con la mirada, pues nosotros estábamos


dispersos entre la multitud en pequeños grupos. Cuando me miró,
comprendí que ella también las había descubierto. Permanecí un
buen rato paralizado, intentando decidir qué hacer. Utuya me sacó
de mis pensamientos haciéndonos gestos para que no bebiéramos
de la chicha, teníamos que estar en forma, por si surgía la
oportunidad.

En medio de la multitud, nos fuimos reuniendo camino al


Koricancha. Al terminar la ceremonia, los soldados llevaron al Inca y
a la Colla a su palacio y luego acompañaron a las Ñustas hasta la
Casa de las Vírgenes. Cuatro soldados quedaron custodiando la
puerta y en la pequeña plaza danzaban algunos hombres y mujeres
a nuestro lado.

La chicha sagrada era realmente embriagante y vimos cómo


afectaba a los danzarines, algunos caían derrengados al suelo. En
nuestro deseo de pasar desapercibidos también habíamos danzado y
también nos fuimos recostando, simulando la borrachera.

No pasó mucho tiempo hasta que vimos como del interior de la


casa, les llevaban, a los soldados de la puerta, un gran cántaro con
chicha.

Utuya nos hizo llegar su instrucción:

-Cuando ella diera la señal todas las mujeres la seguirán, ellas


más fácilmente pasarían desapercibidas en el interior de la Casa de
las Vírgenes, los hombres nos quedamos protegiendo su vuelta.

La chicha afectó, al poco tiempo, a todos los soldados,


entonces Utuya se incorporó y simulando embriaguez, se acercó a la
puerta.

Yo no llegué a reír, pero si sonreí, al pensar:

-¡Qué astuta es nuestra Utuya!.

Uno de los guardias se movió con languidez, la indolencia


inducida por la chicha que enturbiaba sus sentidos, los demás
dormitaban.

Las demás mujeres, imitándola, siguieron a Utuya entrando en


la Casa de las Vírgenes.
Mucho después nos contaron, que al entrar vieron un pasillo
con puertas a derecha e izquierda, cada puerta correspondía a una
celda y en cada una vieron a una Ñusta más o menos ebria. Hasta
que llegaron al final del pasillo que se transformaba en una gran
sala, allí estaban todas las recién llegadas. Había tremendo júbilo,
gritos y carreras, la chicha también les estaba afectando.

En el tumulto fue fácil encontrar a las que buscaban, porque


Kurmi se abalanzó llorosa sobre su madre, lo mismo que Kori y
Ururi, las tres estaban juntas tramando cómo escapar.

Después de la primera impresión todas iniciaron la huida.

Caminaron por el pasillo con pasos rápidos y decididos,


procurando no llamar la atención, pero cuando estaban a punto de
llegar a la puerta, un soldado del interior dio la alarma.

-Alerta, guardias, escapan unas Ñustas.

Los guardias de la puerta se medio despertaron y las atacaron,


intentando retenerlas. Entonces nosotros pudimos intervenir,
sacamos las porras que ocultamos bajo los ponchos y empezamos a
defenderlas.

Un soldado, tambaleante, golpeó la cabeza de Ururi, fue un


golpe dado con poca fuerza, pero que le hizo sangrar. Kinu atacó,
pero fue rechazado con un empellón, cayó al suelo y dolorido se fue
levantando.

Pero todos emprendimos la carrera hacia el Koricancha ahí,


como habíamos previsto, nos metimos en el túnel y corrimos,
guiados por Qalani, los dos kilómetros que nos llevarían, por debajo
de toda la ciudad, hasta Sacsayhuaman.
Al salir de ese templo, nos dirigimos al Camino de la Sierra
que partiendo del Cusco, pasaría por Cajamarca y llegaría hasta
Quito, este Camino Real tenía entre 6 a 8 metros de ancho, estaba
totalmente empedrado. Las cuestas eran salvadas mediante
graderías y los ríos eran atravesados por puentes. En estos caminos
existía mucha información para el viajero por ejemplo: indicaciones
de distancias y direcciones, ubicaciones de los Tambos, etc. Mucho
antes de llegar a Cajamarca, tomarían un sendero que también
formaba parte del Camino Real, para llegar hasta el Camino de la
Costa que pasaba cerca de nuestra Aldea.

Encontramos lo que habíamos preparado para la huida, comida


y ropa, abandonamos el Cusco.

Regreso a la Aldea

Kinu. Narrador, enamoriscado de Kori.

En donde se narra lo que acaeció durante la alegre marcha de


vuelta a la Aldea.

En la carrera, ya en el camino, caí al suelo y me volvieron a


brotar lágrimas en los ojos, lágrimas que me impedían ver a Kori
con claridad, así que parpadeé y sonreí, mientras las lágrimas
descendían resbalando por mi mejilla. Sentía un mareo en la boca
del estómago. Tenía el cuerpo cubierto de un sudor frío. Kori estaba
en pie a mi lado. La miré, pero no puede oír sus pensamientos. Me
ofreció la mano y me ayudó a levantar. Fui detrás de ella, temiendo
perderla y perderme. Sorteando a los caminantes que me salían al
paso, en la carrera estuve a punto de derribar a un anciano, que me
increpó con gritos.

Al frente se veía, majestuosa, la cresta nevada de una de las


muchas montañas que nos rodeaban, pero ni la excelsa belleza del
entorno lograba mitigar el cansancio y la falta de oxígeno.

Ahogándonos por la altura, seguimos corriendo, hasta que la


noche nos envolvió en su silencio, pero en mi cabeza no dejé de
escuchar voces y más voces, gritos y más gritos. Se repetían una y
otra vez las mismas imágenes, fogonazos de los últimos
acontecimientos vividos. El golpeteo del agua sobre las rocas se
confundía con los latidos de nuestros corazones. A mi lado se
recostó Kori, sobre la hierba cuajada de flores, su piel tostada, entre
canela y miel, le daba una apariencia mágica a la luz de la luna, su
dulzura y sus ganas de vivir lo impregnaba todo. Se me acercó y me
miró a los ojos sonriendo. Y nos fuimos durmiendo.

Era sobrecogedor el silencio que habitaba en esas montañas.

Medio despiertos, esperamos durante un largo rato mientras


se hacía de día. Ya se había consumido la leña de la hoguera, y
apenas humea. La mañana me pareció preciosa con un cielo de un
azul rabioso, parecía como si nada malo pudiera ocurrir bajo un
cielo tan radiante. La noche me había serenado bastante, empezaba
el primer día de una vida nueva. Todavía había riesgo, pero no
inminente. Ignorábamos si podían estar siguiéndonos, pero no
teníamos más remedio que descansar de vez en cuando para
respirar y coger fuerzas. Nos consolaba pensar que no estaban en
muy buenas condiciones los soldados del Inca para perseguirnos.

A media mañana comenzó a caer la nieve con más intensidad


que nunca. Envolvimos las ojotas de cuero con lienzos de algodón
para protegernos los pies de la nieve. Las ramas de los árboles, que
se adentraban, por el peso de la nieve, en muchos puntos del
camino, dificultaban nuestros pasos. Utuya decidió que nos
detuviéramos para refugiarnos. El viento gélido nos hacía temblar
hasta cuando nos acurrucamos, todos juntos, al abrigo de unas
rocas. Nada haría que la nieve dejará de caer desde lo más alto del
cielo, densa y parecía que inagotable. Cuando vimos que tendríamos
que estar allí, tal vez hasta el día siguiente, preparamos parapetos
que nos protegieran del viento con ramas y nieve. Conseguimos un
refugio bastante confortable, pero frío, por muchas hojas que
pusimos sobre la nieve del suelo, el frío nos llegaba y tiritábamos,
fue un día y una noche horrible.

Al amanecer, la nieve se veía impoluta y virgen. Ni una sola


pisada la mancillaba, nadie, ni persona ni animal, había dejado su
huella. Impresionaba su belleza y soledad. Blancas nubes
empezaban a subir, desde lo más profundo del valle, hasta
detenerse en las cimas de los montes.

A lo lejos empezamos a escuchar el canto de un río, para


cruzar encontramos una inestable pasarela de tablas y un trenzado
de cuerdas como barandilla. Este puente se apoyaba sobre dos
grandes estribos de piedras con fuertes y sólidos cimientos. En el
fondo, a bastantes metros, rugía el río Apurimac. Nunca había visto
un puente tan largo, no tendría menos de 200 pasos y el viento lo
movía con fuerza. El puente atravesaba un precipicio de vértigo, que
había construido, a lo largo de milenios, el río que ahora rugía en el
fondo medio oculto por la vegetación. Una confusión de rocas
rompían el río en mil pedazos, transformando el color verde, al
blanco de la espuma.

Pese a la primera impresión nos resultó fácil cruzar el puente.

Habría sido más prudente no aventurarse por aquella zona,


pero no conocíamos aquellos caminos. Nos acercamos a un lugar
donde la senda se volvió casi impracticable, grandes rocas,
desprendidas tal vez en el último terremoto, lo obstaculizan,
también el camino desaparecía enterrado bajo montañas de tierra,
deslizada por la lluvia. Ya había gente de las aldeas cercanas
reparándolo, pero todavía quedaba mucho trabajo por hacer.

Después de muchas noches, al calor de la hoguera, saqué mi


ocarina y la música nos acompañó. Una estrella fugaz cruzó el
firmamento, el viento creció, meciendo las copas de los árboles y
avivando las brasas de la hoguera.

Entre comentarios y paradas para descansar, llegamos hasta


el borde de un precipicio. Kori se apartó del grupo y se quedó
contemplando el esplendor del valle; yo que pocas veces la perdía
de vista, me acerque, nos sentamos en el borde del saliente rocoso,
en silencio, los dos mirábamos las mismas maravillas, sentí que en
el horizonte se cruzaban nuestras miradas y entonces cantaron los
grillos, la tarde se pobló de sus mensajes, intensos, monótonos,
obsesivos, reclamos de un amor profundo. Yo siempre tenía el
mismo pensamiento dando vueltas en mi cabeza, y susurré casi a su
oído:

-Entonces, ¿me elegirás?.


Ella me observó con una sonrisa y dijo:

-Por supuesto que lo haré. Estoy decidida. Pero tendremos que


esperar y todavía ser muy cuidadosos, ¿entiendes?

-Lo comprendo

Kori permaneció inmóvil frente a mí, sus contornos se


desdibujan a la tenue luz de la hoguera. Sin dejar de mirarla a los
ojos, fui acercando mi mano hasta tomar la suya. Permanecimos
callados un rato, hasta que ella dijo poniéndose de pie:

-Tenemos que dormir.

Después de una noche intranquila, comenzó un nuevo día.

-Mirad el mar – exclamó Kurmi alborozada.

Yo solo veía que terminaba el verde y empezaba el azul de


cielo, pero ella insistía:

-Se ve en el horizonte una franja blanca, será la arena, luego


el azul intenso del mar y el azul más claro del cielo.

Ante su insistencia empezamos a intuir que allí estaba el mar,


y llenos de alegría apresuramos la marcha entre gritos y canciones.

Al tomar una de las infinitas curvas de camino nos topamos


con un hombre tendido en el suelo.

-Es un Chaski -afirmó Kori, al ver su penacho de plumas.

Nos acercamos, y Mullu lo estudió despacio. Tendría como él


unos veinte años. Vimos sus heridas sangrantes, tenía la cara
contraída por el dolor y varios zarpazos en brazos y piernas. El
herido abrió los ojos, gimió débilmente, pidiendo agua y con
dificultad nos dijo:

-Me ha atacado un jaguar. Mucha hambre debía tener para


salir a cazar en pleno día. Yo me he defendido. Pero solo al oír el
alboroto de vuestra llegada se ha asustado y marchado.

Nosotros ni lo sabíamos ni lo queríamos, pero habíamos


salvado a aquel muchacho.

-Inti me ha protegido – repetía el Chaski malherido.

Estas cosas de vez en cuando suceden, si hubiéramos llegado


un tiempo después o, hubiéramos caminado en silencio como
muchas veces hacíamos, solo habríamos encontrado un cadáver.
Casualidad o protección.

Amaya preparó un remedio que le puso sobre las heridas y las


cubrió con cuidado. Con una manta y dos ramas preparamos una
litera para llevarlo hasta un Tambo, que nos había mencionado que
estaba muy cerca.

En el Tambo nos recibieron como a héroes, al ver lo que


habíamos hecho. El Jefe nos invitó a entrar en el cobertizo de los
Chaskis. Los ojillos brillantes y profundos de varios cui, destacaban
en la oscura penumbra de la habitación. Nos dio comida y cobijo.
Nos agradeció los que habíamos hecho sin querer y queriendo:
salvar y transportar al Chaski herido

Al llegar la noche, al calor de la hoguera, comimos como no lo


habíamos hecho en los últimos días, ya se nos habían casi agotado
las provisiones y solo teníamos raíces, huevos de pájaros y algunas
ranas. En la conversación Kurmi recordó:
-En el camino hemos visto en la lejanía el mar.

-Por supuesto – afirmó uno de los Chaskis que dijo llamarse


Lariku, un joven con la piel curtida por el sol de la montaña y los
labios agrietados – Muchas veces yo lo he visto. Cuando el día es
muy claro y el sol se acerca al atardecer, se le puede ver. Yo soy de
un pueblo de pescadores y sigo teniendo añoranza del murmullo de
las olas, de los atardeceres y del olor del pescado fresco asándose
en las brasas. Pienso volver pues también hay una muchacha que
espero que me espere.

¿Y Lariku, cómo has llegado a este Tambo?– Kurmi quiso


alargar tan agradable velada.

-¿Pero no llegan a vuestra aldea los soldados del Inca para


reclutar jóvenes?.

Con rapidez intervino Qalani para evitar indiscreciones.

-A nuestra Aldea solo van a exigirnos alimentos.

-Pues a la nuestra – continuó Lariku- todos los años llegan a


seleccionar a jóvenes y los traen a los Tambos donde los entrenan
para Chaskis. Yo seguro que volveré a mi pueblo, pero la mayoría
se quedan en los Tambos como ayudantes del Encargado.

-¿Pero en el Tambo hay cosas que hacer?

-Por supuesto. Lo primero es marchar llevando y trayendo la


información hasta el siguiente Tambo, pero aquí también hay mucho
trabajo. Ahora dos de nosotros han ido a un Tambo cerca del mar
para traer sal y pescado seco, otros están en las aldeas cercanas
trayendo los alimentos y ropa que se guardaran en los depósitos
hasta que sea necesario repartirlos, si hay una época de carestía.

Y así, en tan agradable compañía nos fuimos durmiendo. No


puedo decir en qué momento abandoné esta realidad para trotar por
el mundo de mis sueños, pero fueron agradables.

Al amanecer el Jefe nos preparó una comida especial, mandó


poner al fuego una gran cazuela para cocer maíz y papas, también
le echaron trozos de carne de cuy y de llama. Fue una comida
abundante y sustanciosa que nuestros estómagos agradecieron.

También nos suministró alimentos para el viaje.

-Aunque todo está rigurosamente controlado, ya me apañaré


para que no se note en la próxima inspección.

Y nos explicó:

-El camino os llevará hasta el fondo del valle, durante un


tiempo iréis bordeando el río Apurimac, hasta llegar a una
bifurcación, allí tomar el camino de la derecha, aunque no os lleve
directo al mar, os llevará hacia el norte antes de encaminaros al
mar. He mandado al siguiente Tambo información de vuestra
llegada con Lariku, que acaba de salir con ese destino. Allí el
Encargado es amigo y os tratará como merecéis.

Esta vez emprendimos la marcha con un nuevo ánimo, la brisa


fue haciéndose más cálida, a medida que avanzaba perezoso el día
y todo fue como nos había dicho, al atardecer llegábamos al Tambo
donde nos recibieron con las mismas muestras de agradecimiento.
Casi siempre compensa hacer el bien.

Al día siguiente, el Jefe nos dijo que lo mejor sería que no


paráramos en el siguiente Tambo, pues el encargado era hombre
muy riguroso y hasta quisquilloso, y nos haría preguntas que tal vez
no quisiéramos responder. Algo sospechaba sobre nuestro viaje y lo
cierto es que no podíamos responder con la verdad, si nos
preguntaban el porqué del viaje, de dónde veníamos y menos aún a
qué Aldea íbamos. Serían pista para nuestros posibles
perseguidores.

No quiero terminar mi relato sin mencionar a Veloz, mi perro,


que me acompañó hasta el Cusco y de vuelta. Cuando todavía era
un cachorro empezó a seguirme. En la Aldea siempre había varios
grupos de perros que deambulaban libremente por todas partes y a
veces se enzarzaban en ruidosas peleas. Pero a este perrito yo
siempre lo tenía cerca, muchas veces se acurrucaba entre mis
piernas o me acompañaba allá donde fuera.

DÍA JUEVES

Cuando llegaron aquella tarde encontraron a D. Miguel


haciendo la estatua, descubrieron que consistía en acompañar a su
esposa cuando descolgaba la ropa ya seca. D. Miguel iba a su lado y
ponía en sus brazos la ropa que le iba dando Doña Claudia. Les
saludó con alborozo pidiéndoles que esperaran a que terminara la
tarea de recoger la ropa.

Cuando se reunió con ellos fueron a su despacho y les entregó


varias fichas fotocopiadas, sobre aspectos fundamentales de la
época de los Incas. La primera ficha la leyó Rosa en voz alta,
porque en ella se hacía mención, a narraciones encontradas en el
Manuscrito.

-¿Qué decir del Tambo Colorado? Pues que está situado en el


Valle de Pisco y a media hora de la ciudad de Pisco, y que es la
ruina de adobe mejor conservada de todo el Perú, solamente faltan
los techos.

Fue edificado en la época del Inca Pachacutec con la finalidad


de albergar a soldados y altos dignatarios. La arquitectura y el
trazado típico inca se mantienen con una única particularidad: la
construcción es de adobe y muestra la adaptabilidad de los andinos
al nuevo ambiente costeño, pues acá no tenían piedras para
edificar.

Recibe su nombre del color rojizo que presentaban sus


edificios. En la actualidad mucho del color original se ha perdido,
lavado por las lluvias y erosionado por el paso de los siglos.

Este conjunto se encuentra a 800 metros sobre el nivel del


mar y en un sitio constantemente soleado y seco.

Don Miguel leyó la ficha sobre la Ciudad del Cusco.

-La historia y tradición enseñaban que la ciudad inca tenía la


forma de un puma, felino considerado como deidad en el mundo
Inca.

La ciudad tiene calles estrechas, normalmente muy rectas y


empedradas. Las paredes de los edificios de la zona central estaban
construidas de piedra tallada, mientras en los suburbios eran de
adobe (barro-ladrillo). Los techos eran de paja.
Las casas no tenían muchas puertas ni ventanas para
mantener la temperatura en las estaciones frías.

La vida giraba alrededor de su gran Plaza, empedrada con


lajas y cubierta con arena del mar para evitar accidentes en las
estaciones lluviosas.

Cuando Martín Bueno, Pedro Martín y Juan Zárate llegaron


quedaron asombrados por la opulencia del lugar. Planchas de oro de
2 kilos cada una, cubrían los bloques de piedra del muro del templo.
Además, en su interior, un jardín alberga varias estatuas de oro
macizo representando árboles, pumas, vicuñas y otros animales
propios del Imperio. En el altar mayor de Koricancha un disco solar
de oro simbolizaba a Inti.

A Juan le tocó la ficha de La Chinkana.

-Existen muchos datos de cronistas e investigadores que nos


hablan de un túnel (Chinkana) construido por los incas, que
conectaba el Koricancha con la fortaleza de Sacsayhuamán, una
distancia aproximada de 2 kilómetros.

Toneladas de oro desaparecieron cuando llegaron al Cusco los


conquistadores españoles. Estatuas, discos solares, árboles, flores,
pájaros, cántaros, y objetos ceremoniales.

Durante muchos años se ha pensado que las piezas más


valiosas y sagradas de oro, las escondieron en salas subterráneas a
las que se accedía a través de largos túneles secretos existentes en
el subsuelo de la ciudad.

Estas fichas resumen algunos aspectos fundamentales del


Imperio Inca, así fue como lo encontraron los españoles cuando
llegaron hasta el río Virú y después cuando avanzaron hacia el
Cusco.

Como todos los días que acudieron a casa de D. Miguel, a la


hora prevista salieron con la Ñusty, camino del parque, la iglesia y
la cantina, era el orden habitual del paseo.

Cuando aquella tarde al llegar al parque, una ambulancia


avanzó ululando por la Avenida de los Incas, Nusty lloró, alguien
estaba sufriendo intensamente. Todos la miraron asombrados por lo
que parecía la capacidad de los animales para sentir el dolor
humano.

-Esto, - pregunta Rosa - ¿le ha pasado otras veces a Ñusty?

-Si -afirma D. Miguel – aunque no siempre que se oye la


sirena de la ambulancia. Tal vez siente solo cuando la ambulancia
lleva a alguien sufriendo, no cuando la ambulancia va de vacío, por
mucho ruido que haga.

Durante el paseo fueron numerosos los saludos de los


transeúntes.

-El que me acaba de saludar fue alumno mío en la


Universidad. Trujillo es una gran ciudad, pero todavía en los barrios,
mucha gente nos conoce. Alguna vez he pensado que si perdiera la
memoria y empezará a pedir ayuda, muchos sabrían mi nombre y
me llevarían hasta la puerta de mi casa. A mi esposa, todos la
conocerían y le llamarían Doña Claudia, cuando le contarán lo que
me había pasado.

Aquella tarde las calles estaban llenas de gente, parecía como si el


frescor de la tarde animara a todos los trujillanos a pasear. Eran
muchas las familias que se encontraron.

Terminaron despidiéndose y quedando para una cena en el


hotel el día sábado, a la que habían invitado al matrimonio como
agradecimiento a su colaboración, pues sin ellos todo su esfuerzo
con el Manuscrito habría sido infructuoso.

Juicio por una pelea

Wayna: (Hombre fuerte) Narrador

Wayna narra cómo su familia se encontró con unos viracochas y de


lo que sucedió con Paku.

En la aldea estábamos de fiesta, ya que era la festividad


mensual de la Luna, por las calles se agrupaban las familias, los
niños correteaban entre juegos, y todo nos preparábamos para
acudir al Templo.

En aquel ambiente relajado, no podía precisar, cuál fue el


motivo que dio lugar a una acalorada discusión entre Iraya (Hombre
que socorre), un hombre más bien menudo de cuerpo, sin ninguna
particularidad en su rostro, pero al que los años y el mar habían
dibujado arrugas en su frente y Purik (Hombre andariego), otro
hombre de su edad, pero más alto y musculoso, severo y de trato
difícil, carácter que se había agudizado tras la muerte de su esposa,
Ayka (Mujer afable en el trato). Yo soy el marido de su hija Illawara
(Mujer afortunada).

Los dos se encontraron paseando junto al río, cuando los


ánimos se caldearon. Entre ambos cayó un silencio frío, frío y
espeso. Se miraron a los ojos. En un instante el encontronazo
alcanzó tal violencia, que los dos rodaron por el suelo,
intercambiando un buen número de puntapiés y puñetazos. A la
refriega acudí con otros, para separarlos.

Al levantarse Iraya tenía la cara magullada y un ojo


completamente hinchado. Purik se zafó con violencia de los que lo
detenían y corrió a la Aldea, a poco llegó empuñando una maza y
dispuesto a vengar la supuesta afrenta. Fue un momento de
tensión, pero reaccionaron con rapidez varias Madres y algún
hombre, impidiendo que se acercara a Iraya. En la trifulca Purik
golpeó a varios hombres e hirió con la maza en la cabeza, a una
Madre. Al final lo desarmaron y ataron.

El hecho era grave y no podía quedar sin castigo.

Aquella noche, la MAMA-COYA Kusi reunió el Consejo de


Madres, se vistió con algunos de sus atributos y acompañada por las
Madres de más edad, ascendió al centro del Templo y delante de la
Kala se acuclilló. Testigos no faltaban, pero había que escuchar la
defensa de Purik, fue conducido y desatado, en presencia de todo el
pueblo, que junto con Iraya, ocupaban la explanada del Templo.

La MAMA-COYA Kusi, comenzó, recordando que se le juzgaba


por delitos muy graves como mostrar, con hechos, el deseo de
matar a un hombre y, además, en la pelea haber lesionado a una
Madre, de los dos hechos había muchísimos testigos.

-Purik, ¿Qué nos puedes decir en tu defensa?

-Todos sabéis lo que pasó con Ayka mi esposa –Purik empezó


a decir con decisión.

-También era mi hermana – gritó Iraya.

-Claro que era tu hermana mayor, eso nadie lo olvida – afirmó


Purik cediendo muy serio- pero era mi esposa y la madre de mis
hijos, yo no puedo permitir, que nadie ponga en duda mi actuación
ni mi responsabilidad, en el triste suceso de su muerte. Todos
sabéis que soy inocente.

Y con pasión mi suegro nos contó lo que tanto le atormentaba:

-No puedo contar todo lo que sucedió, solo lo que viví y


recuerdo. Hace ya bastantes Lunas que un día, al venir a la aldea
para la Fiesta, mi esposa Ayka me dijo que quería salir a navegar.
Alegaba que la única vez que había navegado fue cuando con 10
años llegamos a esta aldea. Luego nunca lo había hecho más.
Según su plan saldríamos con nuestros hijos y podía ser una ocasión
para comerciar con algunas aldeas. Ella fue preparando lo que
llevaríamos: ropa de la que ella hacía, algún objeto de alfarería y de
metal, cosas pequeñas y poco pesadas, para que la balsa no
necesitara más navegante que yo. Aquel viaje se convirtió en el
motor de todos sus pensamientos y decisiones y cada obstáculo era
un reto nunca un final, se crecía ante las dificultades con vitalidad y
entusiasmo.
Hasta que un día, terminados todos los preparativos y con la
autorización de la MAMA-COYA, comenzamos nuestra aventura.

Con gran alegría nos embarcamos, nosotros dos junto con


nuestra hija Illawara y su esposo Wayna, ambos se resistieron pues
no tenían ninguna ilusión aventurera, pero como todavía no tenían
ningún hijo, Ayka con facilidad los convenció, también nos
acompañaban nuestros tres hijos más pequeños.

Todos sabéis que nuestro hijo mayor, sufrió un accidente,


cuando jugando con un grupo de amigos, se alejaron de la aldea.
Dos de ellos volvieron después de un tiempo y comunicaron que
habían sido atacados por pumas. Organizaron las Madres y los
jóvenes una batida, volviendo al lugar del ataque, allí solo
encontraron sus ropas desgarradas y algunos restos. También se
nos murieron dos hijos casi recién nacidos, sin nombre: una niña y
un niño.

Tomando rumbo al norte. Avanzamos con rapidez


aprovechando el viento favorable y las corrientes. Ayka estaba
extasiada con la belleza del mar. Al principio ella y nuestro hijo Paku
(Hombre inteligente), se marearon, lo pasaron mal, pero pronto se
acostumbraron al continuo vaivén del oleaje.

Mi esposa era una persona fuerte e independiente – todos lo


sabéis igual que yo- pero también era apasionada y sensible, muy
capaz de admirar la belleza y disfrutar de las cosas buenas.
Mientras yo manejaba el timón, ella abrazando a nuestros hijos,
contemplaba con mirada soñadora la costa cercana. Ahora se me
hace presente un gesto muy suyo: con aire decidido se echaba para
atrás un mechón de pelo negro que caía sobre su frente. Y me miró.
Vi en ella tal cara de felicidad que aún hoy me estremezco al
recordarla.

Llegamos al río Moche y seguimos costeando, antes de que se


ocultara el sol, avistamos una gran ciudad; la visión de sus
murallas, teñidas de rojo por el sol moribundo del atardecer, era
impresionante. Al ocultarse el sol toda la ciudad quedó en tinieblas.
En el espectacular cielo nocturno vimos una lluvia de estrellas que
recorría el firmamento. Luego al desembarcar supimos que la ciudad
era Chan-Chan. Desde el mar la veíamos como una ciudad muy
grande, extensa y majestuosa.

Al día siguiente recorrimos algunas de sus calles llenas de


transeúntes, con grandes muros adornados por relieves. En uno de
sus mercados, comenzamos a abrirnos paso entre la muchedumbre,
sorteando múltiples puestos de venta y corrillos de curiosos, allí nos
pusimos a vender, entre los comerciantes que ofrecían sus
productos a grandes voces.

De madrugada, las mujeres habían traído sus canastas con


papas, frutas y otros productos, se instalaron en el mercado y,
sentadas en el suelo, pasaban hilando y vendiendo todo el día.

No tardó mucho tiempo para que Ayka, comenzara a conversar


con las vendedoras de los alrededores, les fue dando detallada
razón de nuestro viaje, y una de ellas le contó que era un rumor
persistente: la ciudad se estaba deshabitado.

Las gentes llevaban varios años abandonándola después de la


agresión de Inca. Cuando el ejército del Inca se acercó a la ciudad,
las autoridades se negaron a rendirse, entonces les cortó las
acequias que les llevaban el agua desde el río Moche, fueron días
angustiosos, de sed y hambre que todos recordaban con terror. Solo
la sed les derrotó. Pero el Inca les hizo pagar cara su rebeldía,
muchos fueron enviados al Cusco y muy pocos volvieron años
después.

Aquel día, para nosotros, el mercadeo no fue muy fructífero.


Pero nos impresionó la ciudad y nos alarmó una noticia que nos
comunicó un cliente que se acercó.

-¿Vosotros no soy de aquí, seguro que habéis tenido que salir


de vuestra aldea para poder sobrevivir?

-Somos – le dije sin dar muchos datos- de una aldea del sur.
Es la primera vez que venimos a esta ciudad.

-¿Y qué os parece?

-Una grandiosa ciudad -afirmé realmente admirado.

-Si, pero medio desierta -contestó con cara compungida aquel


hombre- y con las calles muy sucias. Por todas partes veréis ruinas
y desolación. ¿Habéis escuchado noticias de los viracochas? Yo
estoy seguro de que no pueden ser hijos de Viracocha, aunque sean
blancos y barbudos, porque no son capaces de mantener su
palabra, mienten y roban. También guerrean y codician el oro, pero
en eso son como algunos de nuestros jefes, es lo que pasa con el
Inca. Me parece que están llegando en grandes casas flotantes, ya
dicen que les han visto por la zona de Tumbes.

-Por nuestra Aldea nadie ha visto nunca a esas gentes.


Nosotros vamos hacia el norte, no nos gustaría tener sorpresas.

Por estos comentarios y otros que siguieron, me resultó un


hombre deprimente y negativo, capaz de bajar el ánimo al tipo más
alegre con solo escucharle y yo no estaba demasiado alegre por las
vicisitudes de la aventura.

Que contraste con el modo de ser de Ayka: con una confianza


ciega en el mañana, con un optimismo que se hacía contagioso y no
menguaba ante ninguna dificultad.

Volvimos al puerto y nos embarcamos, nuestro deseo era


seguir buscando donde cambiar las mercancías, no pasó por mi
cabeza las consecuencias y lo que nos haría sufrir la aventura. Ayka
seguía muy ilusionada y me dijo:

-Me gustaría, aprovechar que vamos para el norte para buscar


la Aldea de donde salimos hace tantos años ¿Purik, no te gustaría
también a ti?

Me quedé pensativo, me pedía mi opinión, pero bien sabía yo


que de nada serviría contradecirla, así que con la mejor cara le
contesté:

-Podemos intentarlo. No será fácil, yo casi no recuerdo donde


estaba ese valle, solo recuerdo, que la aldea estaba a orillas del
Estuario de Virrilá.

-Verás como todo nos sale bien – Sentenció Ayka.

Tuvimos varios días en los que la navegación fue muy


agradable, con días luminosos y noches tranquilas. Nuestra balsa
respondía y en los atardeceres, se llenaba el cielo de nubes rojizas,
cuando nos dirigíamos a la costa para estar más protegidos durante
la noche.
Una de aquellas noches fue bastante especial, la luna nos
iluminaba desde lo más alto del cielo, con esa luz podíamos casi ver,
estábamos al pie de un acantilado de paredes escarpadas. Un
estrecho camino permitía llegar hasta una cueva en la ladera, a
unos metros del nivel del mar. La marea estaba baja. Había dejado
al descubierto una pequeña playa donde podíamos fondear la balsa
y pasar la noche. Al acercarnos empezamos a escuchar tremendo
alboroto en el mar, un grupo de pingüinos se defendían de los
ataques de los lobos de mar, que saltaban desde las rocas y los
rodeaban lanzando berridos penetrantes e intimidatorios.

En la refriega uno de los lobos se acercó peligrosamente a


nuestra balsa. Todos nos asustamos pues se movió bruscamente.
Nuestro hijo Paku cayó al mar, en medio de aquel peligro. Solo la
rápida reacción de Ayka, lanzándose al agua, mientras Paku
braceaba para no alejarse, le salvó, ella le ayudó acercándolo a la
balsa para que entre mi hija y yo los sacáramos a los dos, Wayna ni
se enteró, en ese momento bregaba con el timón en otra parte de la
balsa.

Ayka lo salvó, pero nos llenó de aprensión, Paku empapado y


con frío, temblaba como una hoja seca en el momento de caer del
árbol. Los pingüinos aprovecharon el caos para huir y todo fue
quedando en silencio, el viento amainó hasta convertirse en una
ligera brisa, que rizaba con pequeñas olas la superficie del mar.

Al día siguiente nos fuimos animando, aunque mi hija Illawara


empezó a decir que tal vez mejor nos volvíamos a casa. A Ayka le
resultó muy fácil volverla a ilusionar con el viaje y sus aventuras.
¡Cuántas cosas vería y luego podría contar!
Y por supuesto seguimos rumbo al norte, y ahora también
rumbo a nuestra aldea natal. El lugar donde dejamos el Templo y
nuestras casas por la tormenta de arena. El lugar que con
frecuencia recordamos cerca de la hoguera por las noches.

Después de muchos días y muchas pequeñas aventuras


llegamos al Estuario de Virrilá. Una gaviota pasó volando sobre el
lugar, Ayka alzó la cabeza para mirar su airoso vuelo, que era un
buen presagio. El río bajaba crecido y algunos campos cercanos se
habían inundado. Los efectos de la antigua tormenta eran visibles,
grandes dunas de arena cubrían parte del paisaje, en las riberas del
río casi no había árboles, cuando ya veíamos los restos de la
antigua Aldea, nos acercamos a una pequeña ensenada en el río y
desembarcamos. Todo se veía deshabitado y medio derruido. Mi hija
pequeña se quedó embobada, siguiendo con la mirada, el vuelo de
una mariposa enorme y multicolor que se ocultó entre los
matorrales, alejándose de otras que la perseguían. La tarde era
luminosa.

Nos encaminamos hacia la Aldea del Estuario de Virrilá


siguiendo a Ayka, que nos quería llevar a su antigua cabaña. Según
recordaba debía estar donde ahora sobresalen de la arena los restos
de una casa, solo se veía un montón de bloque de adobe. Con
ayuda de sus hijos empezó a quitar arena buscando:

-¿Qué buscas? - Le pregunté intrigado.

-Empiezo a recordar que tenía un cofre, mi madre me lo hizo


de barro con una tapa. Yo decía que era mi tesoro. Recuerdo que
tenía una concha que me regaló mi padre cuando me pusieron mi
nombre.
Al remover los escombros huyeron algunos bichos, hasta una
culebra que sobresaltó a Illawara, que buscaba con especial ahínco
el tesoro de su madre, hasta que lo encontró.

Cuando se lo dejó en sus manos, Ayka empezó a acariciarlo,


se sentó en el suelo, todos la rodeábamos. Ella lo miraba sin
atreverse a abrirlo. Su rostro se fue aniñando. De verdad parecía
una niña que acaricia su tesoro más valioso. Y vimos cómo,
conteniendo el aliento, abrió muy despacio aquel cofre infantil.

Ante sus ojos de niña contempló la concha de su padre y


también unas piedras de colores y hasta unos huevos de pájaros.

Después de sumergirse en su niñez, levantó los ojos. Vio su


ahora real. Tomó la concha y me la ofreció a mí, era la herencia de
su padre. Entregó a cada hijo, una de las piedras y se quedó
mirando lo que todavía quedaba en el cofre. Estoy seguro que en
ese momento pensó en sus hijos muertos.

Solo cuando una bandada de patos, rompió con su algarabía


aquel hechizo, me atreví a decir con voz entrecortada por la
emoción:

-Yo también quiero ver mi antigua casa.

Bordeando el Templo nos acercamos a la zona de las


hilanderas, estaba en mejor estado, apenas se habían caído los
techos, pero por eso la arena cubría el interior de las casas, tal vez
eso las había protegido de la destrucción, había que remover
demasiada arena, si quería ver el suelo, en las alacenas de la pared
todavía estaban las vasijas donde se guardaba la comida. El de maíz
con sus granos grabado en el exterior y el de yuca, papas, ají;
alineados como cuando los dejamos. Me pareció ver a mi madre
preparando la comida. En la lejanía un jilguero entonó su canto de
amor.

Después subimos al templo, allí estaba la primera Kala de la


MAMA-COYA Tintaya, nos acercamos e imitamos a Ayka que la
abrazó y besó.

Encendimos la hoguera y a su alrededor empezamos a comer.


Ayka contaba lo que recordaba mezclado con lo que había oído a los
mayores, hasta que comenzó a cantar, su voz se elevó en
agradecimiento, con un ritmo cadencioso, terminó levantándose
danzando, todos la imitamos y con nuestro baile, alrededor de la
Kala, recordamos y honramos a nuestros antepasados.

No nos enteramos de lo que acontecía en el río.

Pero llegó una barca con cinco viracochas, que nos vieron
danzando en el Templo, se dividieron en grupo para sorprendernos,
avanzaron con cautela, sigilosamente. Cuando los vimos ya estaban
dos de ellos en la plataforma del Templo y se acercaban con gestos
intimidatorios y con las espadas en la mano. Wayna y yo cogimos
las mazas y nos dispusimos, con miedo, a defender a la familia.
Antes de que pudiéramos hacer nada, llegaron otros tres viracochas
y se oyó el estruendo de un rayo con su trueno; había salido de la
mano de uno de ellos. Aquello nos paralizó de pánico y caímos en
tierra. Wayna y yo gateando retrocedimos hasta nuestra familia.

-Capitán -dijo uno de ellos, joven y casi sin barba- no parece


que sean peligrosos. ¿Por qué no intentamos conversar?

-Adelante, Antonio, pero con mucho cuidado, -mandó el


capitán - los demás no os mováis ni los perdáis de vista.

El joven guardó su espada y se nos acercó, haciendo gestos de


paz, mostraba las manos desnudas y hasta se quitó de la cabeza el
casco que la protegía y que casi ocultaba su cara.

-Venimos en paz, -decía- no queremos hacer daño.

Paz, no daño, lo repetía en aymara y quechua en un intento de


comunicarse con nosotros.

Estábamos atemorizados, Ayka levantó la vista y durante unos


segundos dudó cómo actuar, al ver el semblante tenso, pero amable
del Jefe, terminó poniéndose en pie y en un gesto de valor que a mí
claramente me faltaba, cogió comida y bebida, avanzó hacia el que
parecía el Jefe. Le ofreció de nuestra chicha. El Capitán guardó su
espada y con ceremonia bebió de la copa y comió con la mano un
poco de maíz, una sonrisa le iluminó la cara, con muchas arrugas
alrededor de los ojos.

Todavía con recelo, pues no se me olvidaba lo que me había


dicho en Chan-Chan aquel hombre, que parecía más pesimista que
realista:

-Siempre serán mentirosos esos falsos viracochas.

Pero lo que yo veía no me daba tanto miedo, el del trueno


permanecía alejado, los otros se mostraban amistosos. Mi hijo Paku,
empezó a gesticular, con tal habilidad, que todos le miraron:

Señalándose a sí mismo dijo: Paku. Señalando a su madre:


Ayka. Señalándome a mí: Purik.

El soldado se señaló a sí mismo diciendo: Antonio, Señalando


al Capitán: Luis.

Si no hubiera sido testigo, y alguien me lo contara, no lo


habría creído. La rápida reacción de Paku, nos causó tal sorpresa,
que en silencio, nos miramos desconcertados. Con dificultad empezó
una conversación, que nos fue relajando a todos. Paku y Antonio
llevaban la voz cantante, pero otros fueron metiendo baza. Antonio
sabía algunas palabras en aymara y quechua y mi hijo empezó a
repetir, con gran facilidad, algunas de sus palabras.

El problema surgió cuando al atardecer los viracochas dijeron


de marcharse y se empeñaron en llevarse con ellos a mi hijo al que
empezaron a llamar Paquillo, aducían que les sería muy útil para
entenderse con los nativos que encontraran. Todavía no consigo
entender como Paku estaba a favor de acompañarlos. Su madre y
yo nos negamos, no queríamos perder a otro hijo, sentimos como
que lo secuestraban, pero eran más y no podíamos olvidar que
tenían el trueno. Paku se fue despidiendo de sus hermanos,
enseñándoles la piedra que su madre le había dado.

-Con esta piedra, que llevaré siempre conmigo, os recordaré,


además estoy seguro de que volveré con vosotros cuando me canse
de esta aventura.

Su madre y yo le abrazamos entre sollozos, pero montó en la


barca y se marchó con ellos.

-Hijo no nos olvides –le gritó su madre, Ayka desde la orilla–


Vuelve, te estaremos esperando.

Aquella fue una noche triste, ni siquiera la luna iluminaba


nuestra zozobra y surgió la firme decisión de volver a nuestra Aldea.
-Ya está bien de aventuras -se quejó Ayka- nosotros no somos
aventureros.

Varios días después, cuando ya nos encaminábamos hacia


nuestra Aldea, nos fuimos metiendo en un temporal, el viento
arreció y la superficie del mar se veía rizada, había cobrado vida, el
vaivén de las olas se fue intensificando.

Nos vimos arrastrados por la corriente, aquello me asustó. El


aullido del viento era terrible. La oscuridad creció a cada minuto que
pasaba y las rachas de viento hacían temblar la vela con un ruido
ensordecedor. Miraba a Ayka y a mis hijos y me sentía impotente.
Mi esposa y uno de nuestros hijos estaban mareados y se refugiaron
en la zona protegida. De pronto una ola enorme barrió toda la balsa
arrastrando todo lo que no estaba fuertemente atado. Cuando la
oscuridad se hizo más oscura y estábamos al límite de nuestras
fuerzas, la tempestad empeoró. El mar se convirtió en un remolino
que nos zarandeaba en todas las direcciones. Mi hija tomó el timón
mientras Wayna y yo bregábamos con la vela. La vela mojada por la
lluvia se resistía y a cada golpe de viento se nos levantaba
obligándonos a volver a sujetarla. En medio de esa situación mi hija
no podía mantener el rumbo de la balsa cara a las olas. La balsa
bailaba con cada nueva ola que la zarandeaba.

En mi desesperación grité:

-Ayka, ayuda a tu hija a mantener el rumbo.

No vi nada, pero luego mi hija me contó cómo su madre


intentó acercarse al timón, pero fue arrastrada por una ola, y
golpeando en un madero de la balsa, terminó arrojada por la borda
al mar.
Un nuevo relámpago iluminó por completo la embarcación. Mi
hija gritó pidiendo auxilio, y al mirar y no ver a Ayka, la busqué con
la vista y la vi flotando cerca de la balsa. Me até una cuerda a la
cintura y me lancé a rescatarla. Fueron momentos de angustia,
braceando en medio de las olas, llegué hasta Ayka y la abracé,
Wayna nos arrastró a los dos hasta la balsa.

Tendimos a Ayka en la zona protegida, pero no respiraba, no


se movía, había recibido un fuerte golpe en la cabeza antes de caer
al mar. Todos llorábamos, mirándola y tratando de despertarla. La
lluvia y las lágrimas me dificultaban la visión. La tormenta seguía,
las náuseas acudieron a mi boca y todo empezó a dar vueltas a mi
alrededor, yo ya no pensaba, estaba como alucinado

Paulatinamente, casi tan de repente como comenzó, amainó la


borrasca, primero se fueron debilitando los golpes de viento, luego
las olas perdieron fuerza, cada vez menos lograban superar la altura
de las defensas de la nave, pero la lluvia continuó hasta media
tarde. Luchábamos por recobrar la calma. Un silencio dolorido se
instaló en la balsa, los únicos sonidos que se oían eran nuestra
respiración jadeante, el aleteo de la vela y el murmullo del agua que
chocaba contra la proa. Sin Ayka yo me sentía vacío, y además poco
a poco culpable.

-¡Si no le hubiera dicho que fuera al timón!

-¡Si no hubiera cedido en su deseo de viajar!

Mi hija Illawara se acercó y llorando me abrazó con fuerza, al


oído me susurra con firmeza:

-No te sientas culpable. El mar se la ha querido llevar.


Yo no podía aceptar la desgracia, me resistía, lloraba. Ante
una muerte tan imprevista y trágica era muy difícil transmitir
serenidad y afecto, pero mi hija lo intentó manteniendo el abrazo y
algo consiguió.

Illawara empezó a actuar como su madre, tomó las riendas de


la situación, nos mandó subir la vela y dirigirnos a la orilla,
estábamos cerca de donde sucedió la batalla de lobos y pingüinos, y
aunque la marea subía, nos pudimos acercar hasta la playa. Entre
todos bajamos a Ayka.

Como estábamos lejos de nuestra Aldea, decidimos que la


cueva del acantilado sería un buen lugar donde enterrarla. Hasta allí
la subimos, era una cueva bastante grande, podíamos escuchar las
olas rompiendo en las rocas unos metros más abajo. Illawara
desnudo a su madre y según nuestra costumbre la envolvió en
varias de las telas que ella misma había confeccionado y como en
los rituales de la Cueva de los Muertos danzamos en su honor
despidiéndonos y saludando su nueva vida.

Después de escuchar toda esta narración, se hizo el silencio,


yo estaba muy emocionado, se me hacía presente toda la gran
aventura en la que había participado. Todo miramos a la MAMA-
COYA, que después de hablar con el Consejo, sentenció:

-Está claro que tú no eres responsable de la muerte de Ayka,


eso ya todos lo sabíamos. Y aunque Iraya te provocó, nunca
podemos permitir que alguien desee la muerte de su hermano. Tu
castigo es la expulsión durante un año de la Aldea. Puedes quedarte
en la Aldea del Mar. Tus hijos no podrán visitarte durante ese año y
tu no podrás venir aquí.
Iraya también merece un castigo: será expulsado durante
medio año a la Aldea del Mar. Y nunca podrá hablar nunca más en
público de la muerte de su hermana Ayka.

Aldea del Mar 1532: Un extraño en la playa

Chuwi (Hombre simpático) Narrador

Donde se hace relación de la llegada de Diego de Villamayor a la


Aldea y de su historia desde que llegó de Andalucía

Como cada atardecer me encontraba sentado en la arena,


sobre un tronco, con la vista fija en el mar, muy cerca de nuestra
pequeña y destartalada aldea, formada por unas 60 cabañas de
barro y caña, apenas cubiertas con un ligero techo de palmas, que
malamente nos protegía del sol y de la escasa lluvia. Junto a los
habitáculos, estaba el secadero de pescado, y al alcance de la
mirada, a orilla del mar, las salinas, en cada charco reflejaba
distintos tonos de rosa, verde y blanco, un mosaico que enamoraba
a la vista.

La noche caía lentamente sobre la playa, en mis pensamientos


revoloteaban las noticias llegadas de la Aldea, la zozobra que
causaban las nuevas ideas y las consecuencias imprevisibles y
dañinas que oscurecían el futuro. Por primera vez el Imperio del
Inca se desangraba con la lucha fratricida de dos pretendientes al
Incanato. Los Señores del Valle de Lambayeque se enfrentaban a la
rebelión de su pueblo que abandonaron y quemaron los templos y
se dispersaron por el valle en pequeños grupos, sembrando el terror
y las calamidades:

-¿Tiene alguna posibilidad de sobrevivir nuestro pueblo, en


medio de tanto enfrentamiento?

-¿Han vuelto los ansiados viracochas que algunas gentes


esperaban desde antiguo?

-¿Acaso nuestro Creador Viracocha nos ha abandonado o como


algunos dicen, se ha vuelto a dormir?

Todo lo que hasta entonces era claro e inamovible se


tambaleaba. Estaba comenzando un nuevo tiempo o era
simplemente la insatisfacción de los jóvenes, con su tendencia a
enfrentarse a los mayores. Pero era preocupante que se difundiera
entre las gentes, la pérdida del deseo de vivir, en un mundo que se
derrumbaba. Nos habían llegado noticias de algún suicidio colectivo,
casi todos los habitantes de una aldea, se arrojaron al mar desde lo
alto de un acantilado.

Estaba enredado en esos pensamientos que últimamente


tantas veces me desconcertaba, cuando, oigo que me llaman:

- Chuwi, Chuwi, corre, ¡ven!.

Me levanté con prisa pues era extraña tanta urgencia y


algarabía. No tardé en llegar junto a los demás, y todos vimos
como, zarandeado por el oleaje, llegaba un hombre, con ropa
desconocida y extraña. Quedó tendido, inconsciente, mecido por las
olas, sobre la arena.

- ¿No será uno de los viracochas de los que habla todo el


mundo?

Con precaución nos acercamos dispuesto a auxiliarlo, pero nos


detuvimos al ver que se movía.

Cuando abrió los ojos, escuchó el graznido de las gaviotas, que


revoloteaban a su alrededor, y con cuidado se incorporó,
apoyándose en un brazo, intentó erguirse, pero cayó nuevamente
de bruces.

-En efecto, la barba y la vestidura no era de la gente de por


aquí.

Como vimos que se recuperaba y no parecía peligroso, nos


fuimos acercando con precaución, era robusto y bien formado,
mirada franca y directa. Su presencia imponía pues era muy alto.

Lo acogimos en nuestra Aldea, dándole comida y bebida.

A lo largo de varios días nos fue contando su historia. Nos


aseguraba que ya había vivido más tiempo en las nuevas tierras que
allá donde hacía años había nacido:

- En un barco me dirigía hasta Panamá –nos dijo, aunque de


aquellas personas y tierras nosotros no teníamos conocimiento-, mi
Jefe, el capitán D. Francisco Pizarro, nos enviaba para conseguir
más soldados y dineros, entonces nos enredamos en una tormenta,
las olas decidieron que aquel viaje había terminado. El barco se
desarboló, el mástil mayor se quebró y cayó con toda su arboladura,
las maromas, el velamen y todos los aparejos hicieron volcar al
barco y todos sus tripulantes nos hundimos. Después de un tiempo
de desconcierto, algunos nos agarramos a tablones o barriles, pero
el frío y el tiempo fue mermando nuestras fuerzas. Y a esta playa
soy el único que ha conseguido llegar, espero que otros estén vivos
en otras playas.

Yo, hace años que vine embarcado desde Sevilla y me quedé


vagando por La Española, luego me traslade a Santa Marta.

Cierta noche de escasa luna, mi suerte se torció, o tal vez, se


enderezó, pues un grupo de alguaciles, me detuvo con las manos en
la masa. Corríamos huyendo de un comerciante al que acabábamos
de robar, sin darme cuenta me encontré rodeado de alguaciles, mis
compañeros me habían abandonado.

Después de pasar la noche en el calabozo, me llevaron ante el


Juez, comenzó preguntándome sobre mi nombre:

-A mí siempre me han llamado Dieguito -le contesté entre


cohibido y temeroso- no me conozco otro nombre.

- ¿Es que no tienes padres?. -Me apretó el Juez.

Solo pude contestarle:

- Señor Juez, supongo que tengo padres, como todo el mundo,


pero los míos se dieron prisa en desaparecer de mi vida.

-Bueno, cuéntanos tus hazañas - Terció el Escribano.

Yo comencé por explicarle que tendría en torno a 10 años


cuando me embarqué, fue en el cuarto viaje de Colón.
En la época era frecuente, ellos lo sabían, que niños de 10 ó
12 años embarcaran como grumetes al servicio del barco o como
pajes de algún noble.

Por el puerto de Cádiz yo deambulaba con otros chiquillos de


mi edad, cuando, no recuerdo como, tuve la oportunidad de ser
grumete en la carabela Vizcaína, que se preparaba para ir a las
tierras recientemente descubiertas. Mi misión en el barco consistía
en alimentar a los animales que llevábamos: vacas, caballos y regar
para mantener con vida unas plantas de vid y un olivo. El viaje fue
muy tranquilo hasta que nos internamos en el Mar del Caribe,
entonces comenzaron las dificultades llegó a hundirse la Vizcaína y
empecé a pensar en quedarme. Cuando Colón terminó su viaje y se
marchó el 12 de septiembre de La Española rumbo a España, yo me
escabullí. Como grumete llegué, como granuja me quedé.

Comenzó para mí una nueva vida. Durante aquellos días


estuve deambulando por el puerto, yo que venía totalmente
rodeado de órdenes y contraordenes, me encontré con la más plena
libertad, podía entrar y salir cuando quería, comer y beber cuando
podía y siempre que quisiera descomer y desbeber.

Cuando pasó por la Española una expedición a Tierra Firme me


embarqué llegando hasta la Costa, vine con D. Rodrigo de Bastidas
en su último viaje a estas tierras y fundando la ciudad de Santa
Marta.

En esta ciudad mis negocios, entre empellones y carreras, por


lo general eran beneficiosos, sobre todo cuando me uní a una
pandilla de rapaces que malvivían trapicheando por las callejuelas
del puerto. Una niña de 13 años llevaba la voz cantante, aunque no
era la mayor del grupo, si era la más decidida y valiente, todos la
obedecíamos. Su historia era muy parecida a la mía, ella también
había llegado como grumete, haciéndose pasar por chico, y bajo ese
engaño seguía buscándose la vida. Aunque su nombre era Juana, en
su nueva vida todos la llamábamos Juanillo.

Cuando me llevaron ante ella, me sorprendió su voz, entre


afónica y ronca. Luego me enteré, que todas las mañanas, para
hacer una voz más varonil, hacía gárgaras con una infusión de
hierbas que le había recomendado una anciana nativa.

Me acogieron en sus filas, pues al ser desconocido entre los


comerciantes, tenía más facilidad para acercarme a sus negocios y
dar el golpe, después corría hasta la esquina más próxima,
entregaba el botín a algún compañero y nos separábamos en
nuestra huida. Vivíamos en las entrañas de una vieja barcaza,
abandonada en un extremo del puerto. Muchos fueron los avatares
en los que me vi envuelto y de todos ellos supe aprender.

Todo esto lo fue consignado, entre admirado y emocionado, el


Escribano Judicial, D. Adolfo de Villamayor, un joven sevillano, que
escribía mi narración y de vez en cuando me miraba maravillado.

Cuando terminé, me arriesgué al poner cara de desvalido, el


Juez consultó con sus ayudantes, pero fue D. Adolfo el que tomó la
palabra:

-Señor Juez, con su venia, deseo manifestar mi intención de


acoger a este rapaz, pues me sería de gran utilidad como paje.

Así comenzó para mí una nueva vida, en casa de D. Adolfo y


de Doña Catalina, su esposa, que todavía estaba en España, pero
que D. Adolfo afirmaba que pronto vendría, junto con su hijo.

- Tal vez te sorprenda mi nombre - -me dijo un día- Adolfo no


es un nombre frecuente ni en Castilla ni en Andalucía, pero mi padre
fue militar en Europa y un soldado holandés le salvó la vida, en su
honor me llamó a mí, Adolfo.

Mis días empezaron a llenarse de múltiples actividades, tenía


que acompañar a D. Adolfo en todos sus trabajos y hacia todas las
gestiones que me mandaba. Él me repetía con frecuencia.

- Dieguito, he visto que eras muy rápido con los pies y las
manos, ahora tienes que ser más rápido de entendederas.

Y así fui aprendiendo a leer y escribir, también fui entendiendo


el habla de los nativos, pues eran frecuentes los pleitos entre
castellanos pero también entre nativos, y yo asistía a muchos de
ellos como ayudante de D. Adolfo.

No me olvide de mis antiguos compañeros, a los que visitaba


con frecuencia les llevaba comida y vestidos

Varias noches le escuchamos narrar su historia, pero cuando


se acercaba la fiesta de la Luna, mi amigo Kinu tuvo con él, una
conversación más larga:

-Cada mes vamos a la Aldea del Río para la fiesta y allí te


presentaremos a nuestra MAMA-COYA Kori, a la que tendrás que
mostrar tu respeto y ver si eres aceptado en nuestro pueblo.

- De donde yo vengo – afirmó Don Diego- también una mujer


era la que gobernaba, la Reina Isabel, y en su nombre me
presentaré yo ante vuestra MAMA-COYA Kori, pues aunque ahora
me he enterado de que gobierna su hijo D. Carlos, para mí la reina,
aunque ya haya muerto, es Doña Isabel. Ya cuando llegamos con
Pizarro a las costas del norte, uno de los primeros jefes nativos que
salió a su encuentro no fue un hombre, sino una mujer, parece que
por estas tierras es frecuente que las mujeres tengan la autoridad.

- Yo soy el marido de nuestra MAMA-COYA Kori.

- Pero, por lo que nos han contado, puedes dejar de serlo si


ella te rechaza y elige otro.

- No, eso no es posible, entre nosotros esa costumbre ya se


terminó, pues nuestra primera MAMA-COYA cuando llegamos a este
río, dispuso que eso no podía hacerlo, a no ser que el elegido
muriera o en cinco años una MAMA-COYA no tuviera ninguna hija,
entonces elegiría otro, que tenía que ser soltero.

- Antes podía elegir otro hombre, soltero o casado –se interesó


D. Diego.

- Si, y eso es lo que a veces creaba problemas, si elegía a uno


ya casado.

- ¿Cómo se llama la heredera?

- Yo ya le he dado vida -Le informó Kinu- dentro del cuerpo de


Kori, a cuatro mujeres y a otros tres hombres. Y mi hija Sulata ha
sido la elegida.

- ¿Pero, no es la mayor?

- Sí que lo es, pero podría no serlo. Cuando cumple 5 años la


hija mayor de la MAMA-COYA, se reúne el consejo de las Madres y
al ponerle nombre, deciden si va a ser la heredera, o esperan a que
llegue a esa edad la siguiente hija.

-En Castilla el heredero -afirmó Don Diego- es el hijo mayor


del Rey, sea hombre o mujer, ya se ve que es otro sistema.

Aquella noche, sobre nuestras costumbres, otras muchas


preguntas nos hizo y dentro de su ignorancia, vimos que mostraba
respeto por nuestro modo de vida.

Diego en la Aldea del Río 1532

Sulata (Mujer hermosa) Narradora

De la historia extraordinaria que Diego nos cuenta sobre su vida en


nuestra tierra.

Como todos los meses para celebrar la fiesta de la Luna Llena,


los hombres vinieron a la Aldea del Río, llegaron a la ensenada en
un grupo bullicioso de canoas. El ronco sonido de las caracolas y
tambores, anunciaba su llegada.

En esta ocasión, además de los niños, muchas madres habían


bajado a recibirlos, pues desde hacía unos días, nos llegó la noticia
de que viene con ellos el náufrago viracocha. La algarabía bulliciosa
que los acompañaba subía la pequeña cuesta, sombreada de
chirimoyas. Atravesaron toda la aldea hasta el templo, donde les
esperaba la MAMA-COYA Kori, con ella estaba yo, su hija Sulata.
Mi Madre se había puesto, para la ocasión, algunas de las
vestiduras rituales. Se quitó su vestido de trabajo, después de
lavarse las manos del barro que había trabajado. Tomó de un
gancho de la pared, una túnica de algodón, verde intenso con
pequeñas flores de verde más pálido. Se la echó sobre la cabeza, la
ciñó con un grueso cinturón de cuero con incrustaciones de plata y
oro. Se puso el adorno de nariz de oro y plata. Y por último se
colocó como diadema, la corona de cobre dorado.

Por lo que luego nos dijo Diego, lo que más le llamó la


atención fueron los tatuajes de sus manos. Yo ya tenía tatuadas las
arañas de los pies y la serpiente en mi brazo, pues cada año la
heredera era marcada con las señales de su futuro poder.

Le vimos acercarse temeroso, tal vez cohibido, sin saber cómo


manifestar su respeto. Mientras asciende por la rampa de las cinco
plataformas que ya tiene nuestro Templo, buscaba a su alrededor
qué hacían los demás, pero al no ver nada extraño, pensó que lo
mejor era poner una rodilla en tierra, luego nos dijo que esa era la
manera de actuar delante de la Reina de Castilla. Y así él lo hizo.

Fue un momento de emoción y silencio, hasta que dijo,


mirando con determinación a la MAMA-COYA Kori:

- Deseo pedirle permiso para celebrar la fiesta en su Aldea,


desde que he llegado todos me han recibido con afecto y deseo
corresponder.

Mi madre lo miró, sorprendida de que pudiera entender lo que


decía, pues aunque no hablaba claramente nuestro idioma, se le
entendía casi todo. Se acercó hasta él y agarrándolo por los brazos,
le hizo levantar, y con gestos pausados y ceremoniosos lo abrazó,
acogiéndolo en nuestra Aldea, rodeada del alborozo de los
presentes.

No pensé lo mucho que llegaría influir en mi vida futura, aquel


joven conquistador, que abrazaba a mi madre con afecto.

Aquella noche nuestra MAMA-COYA le invitó a comer. Cuando


nos reunimos en torno a la hoguera, a la puerta de la casa, nos
sorprendió que no se sentara como nosotros, con las piernas
dobladas por delante de tal forma que las rodillas quedan altas, a la
altura de la barbilla.

-Perdonar que no os imite en vuestra forma de sentaros, pero


como no estoy acostumbrado, estaré demasiado incómodo para
comer con tranquilidad.

Vimos que se sentó con las piernas cruzadas delante.

Y ante nuestra insistencia nos siguió contando su historia.

Comenzó a narrar de nuevo lo que les había dicho a los


hombres en la Aldea del Mar. Desde el principio acaparó la atención
de todos, hasta de los más pequeños, que acostumbrados a
escuchar narraciones, le miraban embobados:

Un día nos llegó la noticia que mi señor esperaba desde hacía


tanto tiempo: Fue a través de un grumete que se presentó,
corriendo, en nuestra casa.

- Tengo que hablar con D. Adolfo. -informó a la doncella que le


abrió la puerta- Me envía Doña Catalina para que le diga que, acaba
de arribar en uno de los barcos recién llegado de España. Le espera
impaciente en el puerto.
Inmediatamente la doncella se puso en movimiento, hasta que
nos encontró en el Juzgado. Como yo estaba también, fue a mí a
quien se lo comunicó, para que se lo dijera a nuestro señor.
Estábamos en medio de un juicio, que se interrumpió, cuando yo se
lo comunique al oído a D. Adolfo y se puso tan nervioso que el Juez
se dirigió a él:

- ¿Qué sucede, Señor Secretario?

- Señoría, mi esposa acaba de llegar de España, me pide que


vaya a recogerla al puerto.

- Pues no se hable más. Se suspende este juicio. Vaya usted


con urgencia.

-Señoría, -pidió D. Adolfo- solicito permiso para utilizar su


calesa.

-Por supuesto -concedió el Señor Juez, con una sonrisa.

Nos dirigimos con presteza a puerto, en algunos lugares la


multitud nos dificultaba la marcha; de modo que, cuanto más nos
acercábamos a nuestro destino, se hizo más difícil avanzar.
Curiosos, soldados y estibadores llenaban el muelle de gritos y
saludos. En la cubierta del barco todavía deambulaban los últimos
pasajeros.

D. Adolfo, la vio y la llamó a gritos, ella se acercó a la borda


saludando con alegría. Yo, nada más verla, quedé prendado de su
persona.

Era joven y muy guapa, de pelo castaño en una larga melena


enmarañada, después de tan largo viaje, con tantas dificultades y
penurias. Daba la mano a un niño de unos cuatro años, que había
nacido tres meses después de que D. Adolfo partiera de Sevilla.

Yo no dejaba de mirarla mientras trajinaba con su equipaje y


se despedía de algunas de sus compañeras de viaje, con las que
había creado amistad y que todavía no habían desembarcado.

La llegada de doña Catalina, supuso un revuelo absoluto en


nuestras vidas.

Aunque ya con D. Adolfo, yo todos los domingos iba a misa,


doña Catalina nos enseñó a rezar el rosario cada noche después de
cenar.

A la tenue luz de las velas y con frecuencia yo cabeceando,


ella se quitaba el rosario que llevaba en la cintura bajo la ropa. Era
una soga fina con nudos, nudos dobles para cada misterio y
sencillos para cada Ave María. Nos había dicho que ese era el
Rosario del caminante. En su pueblo era costumbre que cada
hombre o mujer lo llevara en su cintura.

Con ella llegó a nuestra mesa el mantel, los platos de cerámica


de Talavera (desechamos las escudillas de madera) y variedad de
cuchillo y cucharas, yo no sabía que eran distintos para la carne y el
pescado, bueno, yo no sabía casi nada de nada. Pero para D. Adolfo
también fue una sorpresa, un nuevo utensilio, que en los últimos
años, había llegado a las mesas de la nobleza castellana desde la
corte veneciana, lo llamaban: tenedor y Doña Catalina nos enseñó
la manera de utilizarlo.

Con el tiempo me convertí en inseparable de Adolfito, un niño


espabilado que hablaba con un deje extraño, igual que Doña
Catalina, que me hacía reír con facilidad. Pronto, doña Catalina me
dejó llevarlo a donde me mandara D. Adolfo, por supuesto que
nunca le soltaba de la mano cuando me lo dejaba.

Recuerdo que en una ocasión que hablaba con D. Adolfo sobre


las relaciones entre los blancos y los indios. Doña Catalina
canturreaba canciones de su lejana Andalucía, pero al escucharnos,
nos cortó:

- Pero no os dais cuenta de que aquí no hay ni indios ni


blancos.

- ¡Pero mujer! - Se defendió D. Adolfo.

Y ella, que apenas llevaba un año con nosotros, aclaró:

- Los que aquí vivían no son indios, pues he oído que esto no
es la India, los que vivían en esta tierra antes de que nosotros
llegáramos tendríamos que llamarlos nativos.

- Bueno, en eso parece que tienes razón, pero ¿Qué tienes que
decir de los blancos? -Pregunto D. Adolfo

- Pues tengo para mí -señaló con prudencia Doña Catalina


volviendo a retomar su discurso- que todos los que hemos venido
de Castilla somos mestizos de árabes, godos, judíos, romanos,
fenicios y hasta íberos y celtas. Solo los que han sido traídos por la
fuerza de África son negros, pero también puede que sean mezcas
de distintas razas de africanos y eso por ahora, pues ya se
empiezan a ver toda clase de mestizos correteando por las calles,
estoy convencida de que aquí se está cocinado otra nueva mezcla
con la violencia del deseo.
Y otras muchas cosas tuvimos que admitir, pues nuestra Doña
Catalina, a mí siempre me deslumbraba, por su belleza y sus ideas,
por su manera directa de hablar y también por su alegría
contagiosa.

Pasaron los años y eran constantes los rumores que nos


llegaban de nuevos descubrimientos, jornadas y conquistas.
Grandes hazañas que inflamaron mi imaginación, como la de
cualquier joven.

Una tarde el Gobernador D. Pedro de Lerma, convocó para el


día siguiente a todos los ciudadanos de Santa Marta. Era media
mañana de un día cambiante: el sol brillaba a ratos en medio del
cielo, en otros se velaba detrás de nubes blancas que corrían
rápidas impulsadas por el viento. Había llovido un poco, varias
veces, por la noche y en las primeras horas de la mañana y el
empedrado de la Plaza Mayor estaba aún mojado. Al llegar, en
compañía de D. Adolfo, la encontré llena de gente diversa, que
paseaba, se agitaba, hablaba, gritaba y se arremolinaba con un
estruendo ensordecedor. Hasta que el sonido penetrante de una
trompeta fue acallando el alboroto. Se retiró del balcón el
trompetero y salió el Gobernador acompañado por el Capitán D.
Francisco Pizarro:

- Como sabéis, - levantó la voz el Gobernador- acaba de llegar


desde España el capitán D. Francisco Pizarro, que me ha presentado
unas Capitulaciónes firmadas en Toledo, el 26 de julio de 1529, en
las que nuestro Rey D. Carlos le concede los títulos de Gobernador,
Capitán General, Adelantado y Alguacil Mayor de las tierras por él
descubiertas en la provincia del Perú, también llamada Nueva
Castilla. En dichas Capitulaciones se le autoriza a reclutar una tropa
para la conquista y colonización de esas tierras. En esta
Gobernación se abrirá un reclutamiento para aquellos que deseen
acompañarle.

La noticia caldeó el ambiente hasta límites insospechados.


Podía ser mi oportunidad, pero me costó decidirme, me sentí
arrastrado por el entusiasmo de mi amigo Luis, el joven hijo de un
rico comerciante de telas, al que encontré en uno de los corros que
se habían formado en la plaza. Con él fantaseaba con frecuencia
sobre nuestro futuro.

Al día siguiente, caminábamos hacia el Juzgado cuando


comunique mis ilusiones y elucubraciones a D. Adolfo.

- Sabes, Diego, -me confió, con pesadumbre- que no puedo


negarme a ese tu designio; pero también sabes lo que pienso de
esas aventuras, muchas veces hemos hablado de sus peligros, de
tantos que vuelven lisiado y en la ruina, pues las cosas no son tan
fáciles como parecen desde aquí.

- Pero, yo tengo que aprovechar las ocasiones para hacerme


un futuro y solo quien se arriesga triunfa. Usted es mi ejemplo y
también se arriesgó dejando Castilla y buscando fortuna en estas
tierras.

Se me quedó mirando y con voz queda, me dijo lo que tal vez


había meditado con frecuencia:

- No puedo decir que me sorprende tu deseo, es más, de vez


en cuando me rondaba ese pensamiento, aunque esperaba que no
fuera tan pronto. -Y añadió, mirándome a los ojos- En
reconocimiento a tantos servicios como me has prestado, si quieres
te daré mi apellido. Podrás ser D. Diego de Villamayor.

Ese sí que era un regalo, un regalo casi tan precioso como los
conocimientos y la educación que me había dado. Me llenó de
orgullo, pues nunca había pensado en esa posibilidad. Me convertía
en hidalgo y podría, fácilmente, enrolarme hasta como oficial.

- Gracias -contesté emocionado, dejado que me abrazara en


medio de la calle.

Cuando se lo dije a Doña Catalina, me miró como nadie me ha


mirado nunca, tal vez esa era una mirada de madre, eso yo no lo
podía saber, ella era lo más parecido a una madre que yo había
tenido. Nada me dijo, pero su mirada era suficiente. Más difícil fue
convencer a Adolfito, ya era un jovenzuelo de diez años, serio y
espabilado. No quería que me marchara, me reprochó que no
pensara más que en mí y en mi conveniencia. En esos años se había
convertido en mi sombra y no comprendía que yo quisiera
marcharme y dejarlo.

Fueron días de mucha actividad: D. Adolfo redactó y me


entregó los documentos que me convertían en su hijo adoptivo. Me
presenté ante Pizarro con mi amigo Luis. No fue difícil conseguir
pertenecer a su tropa, no había muchos aspirantes, además yo le
podía ser muy útil, pues no solo sabía leer y escribir, sino que
poseía conocimiento de las lenguas de los nativos, en resumen, me
incorporé como Alférez, aunque para ello tendría que conseguir una
espada y un caballo. Yo era pobre para hacer frente a esos gastos,
pero menos mal, tenía a D. Adolfo y a otros amigos que me
prestaron lo suficiente. Quedé endeudado, pero caballero con
armadura y espada ropera.
El caballo que pude comprar, había nacido ya en esta tierra, su
madre vino de Castilla en un viaje accidentado que se prolongó
mucho más de lo acostumbrado, cuando una tormenta rompió el
palo mayor, solo llegaron tres de las siete yeguas embarazada que
comenzaron la travesía, las demás murieron en el viaje y los
marineros se las comieron con alborozo, casi nunca contaban con la
posibilidad de comer carne fresca. A mi caballo lo llamé Tejón por su
color rojizo, a teja antigua, y era un potro de tres años muy brioso,
aunque ya estaba domado, yo sería su primer propietario.

Muy distinta fue la espada, una vieja pieza elaborada en


Toledo con guarnición de lazo y hoja ancha, que había tenido
muchos dueños como mostraban las numerosas marcas y
magulladuras que adornaban la hoja, a la que habían añadido unas
conchas metálicas para mayor protección de la mano. La armadura
se redujo a un simple peto de cuero con remaches de hierro, ligero
y fácil de usar.

Casi todas las tardes salía, con mi amigo Luis, a las afueras de
la ciudad, los dos éramos novatos en la caballería y en el uso de la
espada. Cabalgábamos familiarizándonos con nuestras monturas,
Tejón era demasiado inquieto y en varias ocasiones me derribó,
pero tengo que reconocer que yo era el culpable de los tropiezos.
Cuando los caballos se cansaban, echábamos pie a tierra y nos
enzarzábamos en combates de espada. A nosotros, poco después,
se unió también D. Gonzalo, un joven de veinte años, hermanastro
de D. Francisco Pizarro, al que había convencido en España, para
que le acompañara en esa aventura, y ahora había nombrado
teniente de la tropa que llevó de España, él tampoco tenía mucha
habilidad cabalgando o luchando con espada, pero sería nuestro
Jefe.

Una tarde se me presentó Juanillo de improviso, después de


vernos en nuestros aguerridos combates, se me acercó a solas:

- Dime la verdad ¿te marchas con Pizarro?.

Durante esos años yo había crecido en edad y estatura, y ya


era una cabeza más alto que ella, que vestida como rapaz, seguía
teniendo la apariencia de un jovenzuelo imberbe.

- Me alegro mucho de verte. Sí, es verdad, me voy de


conquistador -le dije sinceramente casi con temor por su reacción.

- Tu seguro que lo sabes: a mí en Santa Marta cada vez me


resulta más difícil sobrevivir. ¿Por qué no me llevas como tu criado?.
Aquí se me acumulan los enemigos y tengo que estar
constantemente huyendo de alguaciles y comerciantes.

- No creo que seas capaz de ajustarte a la vida militar.


Además si has de ser mi criado, me tendrás que obedecer y la
disciplina y, muchos menos la obediencia, son de tu agrado. ¡Bien
que te conozco!

- Por supuesto -contestó con una sonrisa irónica- pero te juro


que seré, hasta tu esclava, si es necesario. Quiero salir de este
lugar, necesito conocer nuevas gentes y hacerme rica, entonces
volveré a ser mujer y libre.

- Lo que me pides es muy serio y arriesgado sobre todo para


ti. Has pensado lo que pasaría si te descubren en un barco
camuflada como hombre.

- En eso tengo que darte la razón, pero no te preocupes, sé


defenderme, además tú sabes que puedo serte muy útil.

- Bueno, Juanillo, lo pensaré, a pesar de tus muchas


maldades, confío en tu lealtad.

Aquella misma tarde, después de pensar que estaba en deuda


con ella, me acerqué hasta la barca donde vivía y cuando le dije que
estaba de acuerdo, otros de mis antiguos compañeros se animaron.

- Yo también quiero marchar contigo.

- Y yo.

- Y yo.

Les prometí intentar que algunos fueran soldados y los más


pequeños criados de algunos amigos míos. No podría intuir lo que
sucedería con aquella tropa, a las órdenes de Juanillo, dentro de la
tropa de Pizarro.

Como mi trato con D. Gonzalo Pizarro era cada vez más


amistoso, en realidad llegamos a ser grandes amigos, me fue fácil
conseguir que todos formáramos el germen de una compañía en la
que de D. Gonzalo sería el teniente, mi amigo Luis y yo seríamos los
alféreces y aquel grupo de rapaces, los soldados y criados.

Desde la ciudad Nombre de Dios llegó un mensaje de D. Diego


de Almagro, que había sido compañero del Capitán Pizarro, en los
viajes anteriores a la Nueva Castilla. Le solicitaba que se apurara en
su marcha, pues ya se habían demorado demasiado en Santa Marta.
Aquel mensaje fue una revolución para los que nos preparábamos
para marchar, pues algunos nos habíamos acostumbrado a la nueva
forma de vida. En las afueras de la ciudad, habíamos construido un
cuartel con cabañas, en el que ejercitábamos nuestras nuevas
habilidades, en un ambiente de camaradería desconocido para
muchos de nosotros.

Juanillo y su gente se fueron organizando y empezaron a


trapichear, pero sin dejar de cumplir, escrupulosamente, sus nuevas
obligaciones: cuidado de los caballos, limpieza de las armas,
elaboración de las comidas.

Llegó el momento, el Capitán Pizarro ordenó ponernos en


marcha.

Amanecía un día sereno. Durante horas fuimos acomodando,


en dos barcos, todo lo que habíamos preparado para el viaje.
Algunos de los soldados, que vinieron con los Pizarro desde España,
no se presentaron a la llamada, tal vez, alarmados por los malos
informes que recibieron del Perú y desertaron en el último
momento.

Ya estábamos todos embarcados, cuando empezó la maniobra


de salida, el primer barco en el que iba el Capitán Pizarro. Yo que
iba en el segundo con sus hermanos D. Hernando y D. Gonzalo,
bajé hasta el muelle donde, en medio de un tumulto de gente, me
despedían D. Adolfo, su esposa y Adolfito. Fue un momento de
intensa emoción, Doña Catalina me abrazó y me entregó su rosario:

-Te lo pones en la cintura - me pidió - y rézalo cada noche.


¡Santa María te guarde!

No puedo decir que la obedeciera, pero sí que cada vez que lo


veo en mi cintura, me llega aquella mirada tan especial, aquella
mirada de madre, que me ha acompañado durante todo este
tiempo.

Los dos barcos se mantuvieron a la vista durante el recorrido.


El tiempo nos fue propicio y estábamos provistos de marinería muy
ducha en el arte de marear por aquellas aguas traicioneras. Una
travesía placentera de apenas tres días, nos llevó hasta el puerto
Nombre de Dios, sin incidentes que reseñar, salvo los mareos que
sufrimos los que llevábamos demasiado tiempo en tierra y nos
habíamos olvidado del balanceo constante de la mar. Un joven
grumete con el que Juanillo y su tropa hicieron migas, les contó lo
sucedido en su última venida a este puerto: cómo empezó a soplar
un fuerte vendaval, que dificultaba el acercamiento pacífico al
puerto, pues las altas olas amenazaba con arrastrar la nave contra
las rocas, tuvieron que permanecer toda la noche a merced del
fuerte oleaje, bajo una intensa lluvia que les obligó a achicar
constantemente, hasta que al amanecer remitió el temporal. Yo
aproveché para charlar en profundidad con D. Gonzalo, el más joven
de los hermanastros de Capitán Pizarro, sobre los futuros planes de
viaje, su hermano D. Francisco le había dado muy pocos
pormenores de su anterior aventura por el Perú, solo les había
hablado de las grandes riquezas que adornaban aquellas tierras.

Al llegar al puerto nos encontramos una mísera aldea, situada

cerca de una ciénaga insalubre y maloliente.

Nada más desembarcar se puso en marcha la caravana que

llevaría a todos los soldados, pertrechos y animales, hasta la ciudad

de Panamá a orillas del mar Pacifíco.

Cuatro días nos costó hacer ese recorrido, a través de la selva,


por el llamado Camino Real, algunas zonas estaban encenagadas
por lluvias copiosas de los últimos meses, en otras los insectos nos
amargaban la vida. En la segunda jornada, a media tarde, nos
encontramos con un estrecho túnel, completamente a oscuras. Al
entrar, no se veía nada al principio, y después, tras acostumbrar los
ojos a aquella oscuridad, se distinguían, apenas, las paredes
toscamente labradas en la roca. Las mulas que llevaban los
pertrechos, aunque se resistieron, terminaron avanzando pues ya
estaban acostumbradas a ese paso. Mucho más nos costó conseguir
que pasaran nuestros caballos, tuvimos que taparles los ojos y
hacerles acompañar por las mulas, así en tropel avanzaron.

Aquella noche, como todas, nos alojamos en un pequeño


campamento, que a lo largo de la ruta se distribuía para facilitar la
conexión entre el océano Atlántico y el Pacífico. Del bosque me
llegaba el canto de un ave, que estoy seguro, jamás había
escuchado, también eran desconocidos los gritos y aullidos que
poblaban la noche. Jirones de nubes corrían, cambiando de forma a
cada instante, arrastradas por el viento. Agotado por la jornada me
disponía a dormir, cuando de modo intempestivo entró Juanillo en
mi cabaña.

- Me acaban de ofrecer dos perros -me informa- me han


asegurado que nos puede ser útil para cazar y también para olfatear
al enemigo y evitar emboscadas. Me han dicho que algunos los
utilizan para asustar a los nativos, les suelen tener mucho miedo al
oírlos ladrar, pues los que hay en estas tierras no ladran.

Nuestro viaje con Pizarro desde Panamá hacia el Virú fue con 3
navíos, 180 españoles, varios nativos auxiliares, 37 caballos y varios
perros dogos, el año de 1531
Ya calentaba el sol cuando, varios días después, llegó Kinu
corriendo a la casa de la MAMA-COYA en busca de Kori, a nadie más
podía decirle lo que había visto, pero no la encontró en la casa
¿Dónde podía estar a esa hora?

Nadie supo darle noticia. Pensó que estaría en el río, aunque


no tenía motivo para justificar esa posibilidad. Volvió a correr
bajando la cuesta de las chirimoyas, al llegar a la ensenada
preguntó por ella. Nadie le sabía dar razón. Una Madre que buscaba
metales en el agua, le dijo:

-Por aquí no la he visto en toda la mañana.

Podía estar en cualquier sitio. Volvió a la casa, decidió que la


mejor manera de encontrarla era permanecer en la puerta, por allí
tendría que aparecer, además las piernas no le daban mucho más.

Estaba esperando cuando pasó y se detuvo a hablar con él una


de las Madres de más edad, preguntándole por Kori, al decirle que
él también la estaba buscando, no quiso decirle nada y se marchó.
Pasó un buen rato hasta que llegó Kori, venía del huerto donde una
madre le había pedido ayuda para algún asunto de aguas.

-Kori, ¿tengo que hablar contigo?.

-Bien, pasa al taller, allí podemos hablar con tranquilidad.

Cuando se vieron solos, Kinu le dijo apesadumbrado:

-Acabo de ver a nuestra hija Sulata junto con Diego, me ha


parecido que puede haber problemas. ¿Qué pasará si decide elegirlo
como esposo?.
-¿Pues no sé qué puede pasar?.

-¡Te parece normal!, nunca una MAMA-COYA ha tenido por


esposo a alguien que no fuera de nuestra Aldea. Y menos alguien
como Diego, que ha venido de otra cultura y con unas extrañas
costumbres. Es cierto que se ha adaptado muy bien a nosotros,
pero ¿Qué piensa en su interior?. A veces me preocupa, que tras la
fachada de normalidad, no podamos intuir sus pensamientos ni sus
deseos. ¿Y si no es lo que nos hace creer?

-Te entiendo perfectamente -le dijo Kori - he hablado con ella


y estamos pensando en cómo resolver el problema.

Así fue como en el año 1533 se celebró en nuestra Aldea una


boda totalmente extraordinaria.

Vuelta de Paku: D. Francisco del Virú 1551

Wayamara : Narradora

De cómo cambió la vida en nuestra Aldea.

Cuando volví a la Aldea, después de pasar varios años en


Trujillo, me recibieron con una gran fiesta. Yo era la heredera de la
MAMA-COYA Sulata y aunque ya se veían multitud de cambios,
todavía algunas de nuestras tradiciones se conservan. Que extraña
era mi situación, tenía ya más de 16 años, pero no estaba casada y
por tanto no tenía una casa en la Aldea. Mi madre se había vuelto a
casar y ya tenía otras hijas, la mayor hasta estaba casada.

Pero me equivocaba pensando que debería quitarme la ropa


que llevaba, por ser del estilo de los conquistadores: el corpiño y la
falda larga; para que no hubiera problemas.

Se reunió el Consejo de Madres y decidieron que mi caso era


especial, que no debía hacer la hipocresía de renunciar a mi manera
de vestir y de vivir. Construirían una casa al estilo de los
conquistadores, con mesas, sillas y camas. Solo en las ceremonias
debería vestir las ropas rituales.

Mi trabajo sería escribir la historia de nuestro pueblo, pues era


la única que sabía leer y escribir en el nuevo idioma, sería una
misión muy importante a la que debía dedicar todo mi tiempo, me
daba la oportunidad de conversar con los ancianos para matizar los
recuerdos de mi infancia. Se trataba de que mis escritos reflejaran,
fielmente, las narraciones transmitidas desde el comienzo de
nuestra aldea junto al río Virú.

Una de mis fuentes más importantes para conocer nuestra


historia era mi abuelo Kinu al que con frecuencia acompañaba
procurando que recordara antiguas narraciones.

En una ocasión vi como mi abuelo Kinu removió las brasas,


saltaron algunas chispas y se reavivó la hoguera. Sintió un
escalofrío pues ya era agosto y a orillas del río se notaba la bajada
de temperatura.

El Virú llegaba con el agua de las primeras lluvias que, en ese


sitio se remansaba, después de haber tronado en las cascadas.

-Abuelo, Abuelo.

Le llamé acercándome, él apenas me podía ver, pues ya


anochecía y además, a sus ojos los entorpecía la neblina de tantos
años y tantas visiones. ! Cuántas cosas habría visto¡

-Abuelo, -le dije- ya te estamos esperando para comer.

El abuelo me miró como si nunca me hubiera visto.

-Coge la manta y vamos -me dijo, levantándose.

De la mano, los dos nos encaminamos a la Aldea, mi abuelo


renqueando a causa de antiguas heridas.

Unos perros silenciosos nos acompañaban con sus cabriolas.

Mi vuelta había sido motivo para muchos cambios, pero la


visita de D. Francisco del Virú, si fue una auténtica revolución.

Llegó a la Aldea con un séquito de 9 personas, su mujer, sus


cinco hijos, el secretario y dos doncellas, además traían dos caballos
y varios asnos.

Su mujer. Doña Pilar, hija legítima del capitán extremeño D.


Pedro Méndez y doña Luz, la hija de un cacique de Cajamarca. Era
una mestiza de cara hermosa, menuda y robusta, genio fuerte, pero
de risa fácil, con el pelo lacio y los ojos rasgados, se movía con la
soltura que da la seguridad, le gustaba usar la ropa de las mujeres
de los conquistadores con algunos detalles de su pueblo natal:
cintas de colores, aretes y muñequeras. Su estampa era peculiar,
pero muy atractiva, en la Aldea fue muy comentada su manera de
ser y su jovialidad con facilidad se ganó la confianza de las madres.

Sus hijos: Pedro, Isabel, Rosa, Luis y Pilar

El secretario: Don Iñigo López, un joven extremeño recién


llegado de España, su padre le había encomendado a D. Francisco
del Virú, que lo educara en la nueva tierra. La primera impresión
nos alarmó, al ver su rostro serio y sus ademanes comedidos y
envarados, pero no tardó mucho en tomar confianza con los
jóvenes, pareció como si se abriera un baúl con regalos, empezó a
bromear y hasta coquetear con las jóvenes, consiguiendo casi ser
uno más en la Aldea

Las doncellas: Julia y Enriqueta, dos nativas bautizadas, del


pueblo de doña Pilar, que se encargaban de sus hijos y de su casa.
Y a las que doña Pilar quería españolizar, las dos eran muy
espabiladas y ya sabían leer y contar.

Lo primero que hizo D. Francisco fue presentarse en la casa de


la MAMA-COYA Sulata, ante ella se quitó el sombrero, haciendo una
gran reverencia, -los niños empezaron a imitar ese modo de
saludar-, le pidió permiso para ser recibido en la Aldea, luego Doña
Pilar entregó a la MAMA-COYA una capa de seda azul turquesa con
brocados de oro, plata y piedras preciosas. Me maravilló lo
majestuosa que era esa capa cuando en algunas fiestas la usó la
MAMA-COYA, realmente era una capa digna de nuestra MAMA-
COYA. Mi madre, Sulata, nos había enseñado a aceptar la nueva
cultura con espíritu tolerante, pero sin renunciar a nuestras raíces,
esa era la imagen que reflejaba: sobre su túnica multicolor de lana
de vicuña se puso la capa de seda azul. Lo antiguo y lo nuevo.

Paku (D. Francisco del Virú) luego se dirigió a la casa de su


familia, le recibió su hermana Illawara, la que le acompañó en aquel
viaje donde encontraron a los viracochas y murió su madre. Le
reconoció rápidamente y le abrazó emocionada, le comunicó de la
muerte de su madre en el viaje de vuelta y de su padre, también a
ella, Doña Pilar, le regaló telas de seda muy apreciadas y adornos
para las hijas.

Platicando con su hermana les encontré, pues hasta entonces


no me había enterado de su llegada, estaba en el río, volví
corriendo y me presenté, había oído hablar de ellos en muchas
ocasiones, pero no les conocía, pues hasta ahora no habían venido
por la Aldea ni coincidí con ellos en Trujillo, se habían marchado a la
Ciudad de los Reyes con Pizarro.

Paku (Hombre inteligente), era un hombre de unos 50 años,


recio y bien parecido, la versión masculina de Illawara, y como ella
risueño y decidido, la frente alta y los pómulos marcados, los labios
carnosos y los ojos de mirada sagaz y penetrante, aunque se
presentó vestido a la usanza española, en casa de su hermana se
puso la ropa de nuestra Aldea, decía sentirse muy orgulloso de
vestir como sus antepasados. Sobre el pecho llevaba, engarzada en
una cadena de oro, aquella piedra que le entregó su madre de su
tesoro infantil y que él había llevado siempre como un recuerdo de
su origen.

Al pueblo le regaló los dos caballos, macho y hembra. Los


jóvenes se aficionaron mucho a ellos, y Don Iñigo les enseñó a
montar. Todos nos admirábamos al ver aquellos caballos, altos y
lustrosos, cabalgando por los alrededores de nuestra Aldea.
Enseguida destacaron Lariku y Axata como buenos jinetes, pero
todos los demás, también se interesaron y muchos llegaron a
montar con soltura.

Desde mi casa podía verlos cabalgar por la ribera del río,


atenta a las evoluciones de los caballos que las chicas y los chicos
jóvenes cada vez dominaban con más destreza, todos cayeron al
suelo muchas veces, era cierto, aunque sin consecuencias graves,
hasta que fueron dominando la técnica. Según me dijeron a una la
llamaron: Río, era una magnífica yegua casi blanca, apenas una
manchas negras en la frente y junto a las pezuñas delanteras, y al
otro: Virú, un brioso caballo tostado, siempre nervioso pero noble.

Por aquellos días fueron muy frecuentes mis conversaciones, a


veces a solas, con D. Francisco, necesitaba escribir sus opiniones, él
había vivido muy de cerca con aquellos españoles y sabía lo que
pensaban. Le pregunté directamente:

-¿Qué es lo que te parecen los conquistadores?

-Los que llegaron en estos primeros 50 años, eran los malditos


de la sociedad de España, mendigos y maleantes, en algunos casos
con delitos graves, huyeron refugiándose en las nuevas tierras. A
otros solo le movía el deseo de progresar en los estamentos
sociales, que en España eran muy rígidos y aquí todo era distinto.
Por supuesto que también vinieron los que eran movidos por la
religión, en un deseo de extender su doctrina por el Nuevo Mundo,
pero eran los menos.

Uno de aquellos primeros, al que llegué a conocer con más


profundidad, me contó su experiencia.

-Cuando llegué hasta por las noches soñaba con el oro. De


dónde vengo se suele decir: Poderoso caballero es don dinero. La
pobreza me había golpeado muchas veces. Al llegar aquí los
fracasos, vividos o escuchados, me fueron minando la esperanza,
alcanzar los tesoros se aplazaba en el tiempo o se desplazaba de un
lugar a otro, pues era tan grande y desconocida la nueva tierra. Y sí
cien pasos más allá, detrás de aquellas lomas, se encontraba una
mina de oro, si otro llega antes, yo lo perdía. No se podía perder el
tiempo, ni siquiera dormir. Aquí sí que el tiempo es oro. ¿Dónde
estaba esperándome el tesoro?. También es realmente frustrante
tener éxito, en una ocasión llegué a poseer kilos de oro, hasta 16
kilos, pero el oro no se come ni siquiera calienta ante el frío y
comprando lo que se necesitaba, se gasta rápidamente.

-¿Cómo se explica -pregunte a Paku- el coraje de esos


primeros conquistadores, siempre dispuestos a sacrificios
inhumanos por seguir adelante?

-Por un lado las informaciones, más o menos, fantasiosas, por


otro los hallazgos de algunos tesoros, dio pie a que enraizaran con
fuerza algunas leyendas antiguas, había muchos mitos culturales en
la España de esa época: la Fuente de la Eterna Juventud, el Monte
de Oro y hasta El Dorado. Al ver la riqueza de estas tierras, su
grandeza y fecundidad no les resultó difícil pensar que aquí se
podían hacer realidad sus más quiméricos deslumbramientos. Ese
fue el motor que le llevó a hacer auténticas proezas, a cruzar
desierto y selvas, a subir a las grandes montañas atravesando los
Andes, en una búsqueda alucinante de metas imposibles.

-¿Pero eran muy pocos – le sugerí- y además llegaron a pelear


con frecuencia entre ellos?

-Las conquistas no las hicieron soldados disciplinados, sino


gente, en su mayoría, sin ninguna experiencia militar. Se
organizaron como grupos de bandoleros, en torno a aquellos que,
por tener dinero, suerte o valor personal, se convirtieron en jefes y
crearon con estos aventureros, una organización equiparable a un
ejército, que se lanzaba a pelear por el oro con la desesperación del
hambre. Porque eran pobres, muy pobres todos y casi todos con su
honor cargado de deudas, quien no debía su espada, tendría que
responder por su coraza, pues para equiparse se habían endeudado.

Las riquezas que robaban no eran nunca suficientes, además


los repartos de botín con frecuencia no parecían justos, además
aquellos hombres perdían fácilmente el botín recibido, apostando en
multitud de juegos de azar, o se le gastaba muy rápido, pues las
cosas necesarias se vendían al precio de kilos de oro: un caballo,
una espada toledana, zapatos de cuero, se convirtieron en bienes
más preciados que el oro y la plata. Eran frecuentes las peleas
sangrientas, los odios y las envidias entre los conquistadores.

-D. Francisco -le pregunté- ¿Llegaste a conocer a D. Francisco


Pizarro?

-No solo le conocí, sino que durante mucho tiempo fui uno de
sus secretarios, y le acompañaba con frecuencia en los encuentros
con nativos. El Marqués, Don Francisco Pizarro, era una persona
harto curiosa, por su personalidad se había convertido en el Jefe de
la expedición al Perú, tenía una fuerte ascendencia sobre aquellos
hombres, sabía qué decir y cómo, en las situaciones extremas en la
que se encontraban con frecuencia, pero al tratarlo más de cerca se
descubría su profundo complejo de inferioridad. Al no saber leer ni
escribir, se sentía limitado e inferior a otros muchos de sus
subordinados. Eso hizo que yo me situara a su lado, y cada vez
confiara más en mis opiniones, yo era un nativo, de ninguna
manera le podía hacer sombra, pero le servía en el trato con los
caciques y escribiendo sus cartas, leyendo los mapas, en resumen
siendo su inteligencia, en las situaciones complicadas.

Durante el trayecto a Cajamarca, Pizarro le envió un mensaje


a Atahualpa, señalando que iría a encontrarse con él y otorgarle su
saludo. Llegamos a la ciudad, encontrándola totalmente vacía y
abandonada. Mandó que todos permanecieran en la plaza, sin
apearse de los caballos, los caballeros, hasta que llegara el Inca, y
se dispuso a estudiar la defensa.

La plaza era mayor que ninguna de las que habían visto en


España, toda cercada y con solo dos puertas, por las que se salían a
las calles del pueblo. Las callejuelas eran de más de doscientos
pasos en largo, muy derechas, cercadas de tapias fuertes.

Impaciente por la espera, Pizarro envió dos embajadas para


saludar al Inca que fueron muy bien recibidas, pero Atahualpa no se
dignaba acudir a donde había quedado con los españoles. Entonces
Pizarro dedicó la espera a distribuir a sus leales en los edificios que
rodeaban la plaza.

El Inca por fin nos informó, a través de un heraldo, que al día


siguiente, iría a reunirse con nosotros.

Los 165 españoles descubrieron, como desde la tarde, las


laderas de los montes cercanos, se llenaban de hogueras, parecía
que miles de soldados del Inca iban rodeando la ciudad donde nos
encontrábamos. Entre los Españoles cundió el pánico, empezaron a
pensar que aquella jornada terminaría en trágica derrota.
Pizarro había dividido sus huestes en cuatro grupos y todos
estaban escondidos en los edificios que rodeaban la plaza.

En el primer cobertizo esperaba Hernando Pizarro con catorce


o quince jinetes.

En el segundo estaba De Soto con quince o dieciséis caballos.

En el tercero se situaba un capitán con otros tantos soldados.

En el cuarto, Francisco Pizarro esperaba con veinticinco


efectivos de a pie y dos o tres jinetes.

En medio de la plaza, en un fortín de madera estaba el resto


de la gente con Pedro de Candia y nueve arcabuceros más un
falconete que al ser más grande y pesado, podía lanzar piedras
como balas, de más de un kilo.

Cuando al día siguiente, se presentó el Inca llevado por sus


nobles sobre un trono de oro, tal vez, creyendo que esa
manifestación de esplendor, convencerán a los españoles de su
auténtico carácter divino.

Entró el Inca en la plaza después de que sus soldados la


ocuparan parcialmente y se sorprendió de hallarla vacía. Al
preguntar por los españoles le dijeron que de miedo permanecían
ocultos en los barracones. Fue entonces cuando el dominico
Valverde con una cruz entre las manos acompañado por Martinillo,
el intérprete, avanzó con mucha solemnidad, y pronunció el
requerimiento formal a Atahualpa de abrazar la fe católica y servir
al rey de España, al mismo tiempo que le entregaba el evangelio.
Atahualpa no podía suponer que su gesto de arrojar al suelo aquel
objeto desconocido (le habían dado una Biblia diciéndole que era la
palabra de Dios, él se lo puso al oído y no oyó nada) iba a originar
la ira de los españoles.

El diálogo que siguió fue narrado de modo distinto por algunos


testigos. Posiblemente la tremenda angustia vivida en esos
instantes, impidiera recordar después las frases exactas, que se
cruzaron entre los diversos actores de la tragedia.

Tras el Inca y en otra parihuela era llevado el Curaca de


Chincha y en un momento Pizarro vaciló no sabiendo cuál de los dos
era el Inca. Sin embargo, ordenó a Juan Pizarro dirigirse hacia el
Curaca y él y sus soldados avanzaron hacia el que resultaría ser el
Inca.

Pizarro dio la señal de ataque: los soldados emboscados


empezaron a disparar y la caballería cargó contra los
desconcertados e indefensos nativos. El silencio cargado de
amenazas se transformó en la más tremenda de las algaradas.
Estalló el trueno del falconete y retumbaron las trompetas, era el
aviso para que los jinetes salieran al galope de los barracones.
Sonaron los cascabeles atados a los caballos y los disparos
ensordecedores de los arcabuces: los gritos y alaridos se
generalizaron. En esta confusión, los aterrados indígenas, en un
esfuerzo por escapar, derribaron una pared de la plaza y lograron
huir. Tras ellos se lanzaron los jinetes dándoles alcance y matando a
los que podían, mientras otros morían aplastados por la avalancha
humana.

Entre tanto, Juan Pizarro, se abalanzó en dirección del señor


de Chincha y lo mató sin que pudiera bajar de sus andas.

Por su parte, Francisco Pizarro con sus soldados masacraron a


los naturales que sostenían el anda del Inca. Al ver la situación, un
español sacó su cuchillo para ultimar a Atahualpa, pero Pizarro se lo
impidió recibiendo una herida en la mano al proteger al Inca: nadie
podía dañar al Inca, intuía que la vida del Soberano le podía resultar
más útil que su muerte. Por fin, los españoles agarraron por un
costado la parihuela, lograron volcarla y apresaron al soberano.

Al cabo de media hora de matanza, yacían muertos en la plaza


varios centenares de nobles naturales, junto con miles de nativos y
el Inca estaba prisionero.

Al caer la noche de aquel aciago 16 de noviembre de 1532,


había terminado para siempre el Tahuantinsuyo, el Imperio de los
Incas empezó a desmoronarse sin que nadie hubiera previsto tal fin.

Después, a los pocos días, D. Francisco me llamó a su


presencia y mirándome a los ojos, me mandó:

-Encárgate de enseñar castellano a Atahualpa.

Para mí el Inca era un enemigo lejano, que enviaba a sus


soldados a la Aldea y nos exigía tributos, pero cuando lo conocí
personalmente, me impresionó su inteligencia. Atahualpa era un
joven con una capacidad extraordinaria, sobre todo para gestionar
su autoridad, sabía tratar a la gente, no necesitó más que un mes,
para entender a Pizarro y manejar el castellano con suficiente
soltura y hasta empezó a leer y escribir, para sorpresa del Marqués,
con frecuencia se les veía pasar muchos atardeceres en
conversaciones sobre España y el Incanato, pronto surgió una
extrañar relación entre ellos.
El Inca estaba convencido de su carácter divino, aunque
pienso, que cuando estando prisionero, mandó matar a su hermano
Huáscar y a toda su familia, tal vez, empezó a dudar de su plena
legitimidad.

Tengo para mí que entre Atahualpa y D. Francisco surgió una


mutua admiración, a D. Francisco le sorprendía la absoluta
seguridad que demostraba Atahualpa y a Atahualpa, la autoridad
que emanaba de los gestos y decisiones de Pizarro.

Durante su cautiverio Atahualpa se hizo muy amigo de


Hernando Pizarro, el hermano de D. Francisco, que le enseñó a
jugar al ajedrez y compartían muchas horas en dicha actividad.

En una ocasión, tuve oportunidad de preguntar a Atahualpa


por qué se presentó en Cajamarca con tanto descuido en su
protección y él me confió:

-Cuando nos llegó el mensaje de que los viracochas se había


instalado en Cajamarca, mis consejeros me recomendaron atacar,
pues eran muy pocos, nuestra confianza era tan grande que, uno de
los jefes de mi guardia, me aseguro que con doscientos soldados,
los mataría a todos, pero ¿Y si eran los viracochas? ¿Y si no tenían
actitud hostil? No podía arriesgarme, necesitaba conocerlos con mis
propios ojos. Si eran los viracochas me reconocerían como hijo del
Sol, pues ellos también serían hijos del Sol. Y se dieron demasiados
malentendidos cuando nos encontramos. Tal vez era totalmente
imposible un acuerdo que nos hubiera beneficiado a todos.

¡Atahualpa seguía todavía soñando con alguna solución!

Mientras desde distintos lugares del Imperio partían hacia


Cajamarca miles de toneladas de oro para pagar el rescate de
Atahualpa. Su hermana, Quispesisa se presentó a saludar a su
hermano preso. Para ganarse la simpatía de Pizarro, Atahualpa se la
entregó como esposa y poco después fue bautizada con el nombre
de Inés Huaylas.

Los que llegaron a Cajamarca con Almagro, cuando Pizarro


empezaba a confiar en Atahualpa, le forzaron a que lo jugara y lo
condenara a muerte. Tengo pruebas de que Pizarro confió en mí,
más que en Don Diego de Almagro, que se dedicó a mal meter en
ese momento decisivo. Las cosas se complicaron, e influenciado por
Almagro, que consideraba necesaria la muerte de Atahualpa, para
evitar rebeliones de los indios, decidió condenar a muerte al Inca.
Cuando finalmente lo decidió, Francisco Pizarro envió a su hermano
Hernando fuera de Cajamarca pues pensó, que se opondría a la
muerte de Atahualpa. Reunió un Consejo de Guerra, ante el cual
Atahualpa fue acusado de fratricidio, idolatría, poligamia y de
conspirar en contra del Rey de España. Fue condenado a morir en la
hoguera, sentencia que se modificó por estrangulación. Pues
Atahualpa se bautizó, con más o menos convencimiento, en el
último momento de su vida.

De esta forma terminó la vida del último emperador del


Imperio de los Incas, el décimo catorce de su historia y también el
Último Shyri, rey de Quito y además fue el comienzo de la más
espectacular conquista de un Imperio de más de diez millones de
habitantes, más de tres millones de kilómetros cuadrados de
extensión, conquista efectuada por 165 hombres españoles.

Pizarro lloró por la muerte de Atahualpa, y todos los años en el


aniversario del asesinato, se retraía en su habitación pasando el día
en soledad, meditabundo.

Yo siempre le fui leal aunque ahora que ha muerto y se han


dividido los conquistadores en pizarristas y almagristas, yo soy
neutral. Mi lealtad era a D. Francisco, al que debo todo lo que soy y
tengo, pero no a los españoles, de los que también he recibido
desaires y burlas cuando no atropellos y mentiras.

-¿Qué le debes al Marqués? -tercié con una pregunta tal vez


malintencionada

-Yo a su lado aprendí tantas cosas. Él me hizo Hidalgo al


nombrarme Secretario Escribano. Por eso soy el primer Hidalgo
peruano. Yo poseo un Manuscrito firmado por D. Francisco Pizarro
que me concede el Título. En su sociedad tener un título es
manifestación de nobleza y puerta de acceso para todas las
posibilidades.

Y nosotros formamos ya parte de esa sociedad. Esta sociedad


en la que hay muchas injusticias y no pocos agravios, pero mucho
más abierta que la de nuestros padres. En la inmensidad del Perú,
los conquistadores son muy pocos y cada vez somos más los que
tenemos en nuestras manos el futuro y hemos nacido aquí, hija de
un español como tú, Wayamara o mi mujer, Pilar, otros hemos
recibido idioma y religión por lo que nuestra vida ha cambiado
totalmente, mis hijos está creando una sociedad, espero que sea
mejor, pero de lo que estoy seguro es que distinta.

Esas conversaciones con Paku, me fueron animando a dejar


por escrito nuestra historia, pues tendrán que ser el fundamento de
todo lo que se construya, más allá del Virú en el futuro.
Y con toda la información facilitada por el Secretario -
Escribano Don Francisco del Virú y la que me aportaron, las
ancianas y ancianos, después de cuatro años, estoy en condiciones
de entregar el Manuscrito al Escribano Real, en la Ciudad de Trujillo
y junto con el Manuscrito confìo, una Carta para poner en
antecedentes a los futuros lectores del Manuscrito.

Me siento cohibida pues no conozco a los que en estos


momentos leen mi escrito:

-¡Cuánto tiempo habrá pasado desde que entregué este


Manuscrito!

Con todo respeto me dirijo a ustedes, los futuros lectores, para


agradecerles su comprensión, ya que yo no soy un Escribano, y
además, mis conocimientos del castellano son muy limitados. Pero
puedo jurarles que todo lo que este escrito contiene, responde a la
más estricta verdad de lo que nos aconteció, en aquellos años tan
extraordinarios en la historia de mi tierra.

Espero haber sido útil en la defensa de mi Aldea, pidiendo


perdón si alguna de nuestras palabras han podido ofender o
molestar, manifiesto con todas mis fuerzas que nunca ha sido esa
nuestra intención.

Quiero terminar con un recuerdo agradecido a mis padres: la


MAMA-COYA Sulata y mi padre Don Diego de Villamayor, que me
supieron transmitir el deseo de reconocer la importancia de respetar
los deseos y opiniones de todo el mundo, tratando de unir siempre
que se pueda, en beneficio de la paz y la concordia.
DÍA VIERNES

Don Miguel les recibió con más documentos, en los que


encontraron información sobre la llegada y primeras actuaciones de
los españoles.

Un cronista aseguraba que, cuando por tercera vez llegó


Pizarro al Perú, encontró el pueblo construido por sus hombres a
orillas del río Tumbes, quemado y destruido por el ataque de los
nativos. Al hacer averiguaciones sobre esas tierras, se enteraron de
la guerra fratricida, y esa situación podía serles muy útil para la
invasión y conquista.

Nos cuenta el cronista Mena, que Atahualpa había enviado a


un capitán suyo, disfrazado para espiar a los conquistadores. Este
capitán propuso atacar al ejército español en un desfiladero, pero el
Inca incomprensiblemente se lo impidió.

Lenta y prudentemente avanzaban los españoles y en una


avanzadilla de reconocimiento, Hernando de Soto, llegó con
cuarenta hombres a un lugar donde descubrieron un pueblo
destruido por la guerra, pero con los depósitos llenos de alimentos.
Los soldados quisieron repartirse el oro y las mujeres, pero Pizarro
tenía prohibido cualquier desmán o pillaje que pudiera irritar a los
naturales.

Durante varios días continuó Pizarro su camino hacia la sierra


hasta que llegaron ante el real de Atahualpa, quien les mandó
regalos de carne asada, maíz y chicha. Pero un Curaca amigo de los
españoles les recomendó no probar bocado por temor a que fuesen
víveres envenenados.

Al atardecer entraron sigilosamente en Cajamarca, temerosos


de algún encuentro armado. Hernando de Soto y Hernando Pizarro
solicitaron a Francisco Pizarro permiso para dirigirse al campamento
de Atahualpa y verlo de cerca. Fueron y encontraron al Inca
sentado a la entrada de una casa rodeado de sus principales y de
sus mujeres. Soto se acercó caracoleando su cabalgadura tan cerca
del soberano que una borla de su cabeza, se movió con el resoplido
del caballo, sin que el Inca hiciese el menor gesto de sorpresa o de
temor.

D. Miguel tenía aquella tarde una cita con el médico, pero


antes de despedirse le dijo:

-Lo que sucedió después durante el encuentro en Cajamarca


está perfectamente descrito en el Manuscrito, así como la muerte
de Atahualpa y aunque no se menciona, D. Francisco y su esposa
Inés Huaylas tuvieron una hija llamada Francisca Pizarro Yupanqui.
Tras el fallecimiento de su padre, la heredera como descendiente
del Gran Marqués de la Conquista y de la Familia Imperial Incaica
de Huayna Cápac, pues era hermanastra tanto de Huéscar como
Atahualpa los dos últimos Incas Supremos. Por eso fue cortejada
por algunos notables españoles, entre ellos su tío Gonzalo Pizarro,
que entonces tenía treinta años, si se hubieran casado serían una
poderosa pareja, con capacidad de intentar coronarse reyes del
Perú, al menos eso temían en España.

Francisca fue llevada a España en 1550, y allí casó en


primeras nupcias, a la edad de veinte años con su tío Hernando
Pizarro que ya tenía cincuenta años cumplidos, de esta unión
nacieron cinco hijos: Francisco, Juan, Gonzalo, Isabel e Inés, pero la
descendencia de los Pizarro y la princesa Inca Inés en la actualidad
ya se ha extinguido.

Se despidieron hasta el día siguiente en el que Rosa y Juan


habían invitado a Doña Claudia y Don Miguel a cenar en el Hotel

EPÍLOGO

DÍA SÁBADO

En el Hotel se habían enterado de que una de las cocineras era


española, llevaba ya muchos años en Trujillo y se había casado con
un trujillano. El Maître les dijo que esa cocinera podría prepararles
las comidas al estilo español. A ella acudió Rosa, para pedirle que
les preparase una cena para sus amigos: unas tapas de tortilla de
patatas, calamares fritos, una pequeña paella, o mejor lo que ella
considerara oportuno.

A la hora prevista se presentaron en el hotel, Doña Claudia y


D. Miguel, ambos, tal vez, con sus mejores galas, se veía que hasta
en la ropa daban mucha importancia a esa cena.

El camarero les llevó a una mesa especialmente adornada,


como detalle, le había puesto en el centro una banderita de España
y hasta un pequeño toro de porcelana.

Les sirvieron el aperitivo y Rosa preguntó:


-¿Doña Claudia, cómo fue su viaje a España?

Pero fue D. Miguel el que comenzó a explicar:

-Nada más salir Claudia de la cárcel, empecé a darle vueltas a


la idea de salir del Perú, por algún tiempo al menos. Solicite una
Beca de estudios para España. Se trataba de un Curso de
Arqueología de la Universidad Complutense duraría nueve meses y
me pagarían el viaje y el alojamiento, solo necesitábamos el dinero
para el viaje de Claudia, pero teníamos ahorrado suficiente, habían
sido tres años de muy pocos gastos ¿A qué fiestas iba a ir yo con
Claudia en la cárcel?

-Recuerdas que yo, la primera vez que me lo insinuaste, me


negué radicalmente – apostilló Doña Claudia- pero luego, después
de pensarlo, me pareció que sería una forma de darle largas al
asunto, dejarlo en manos de los políticos, y le dije que si le
concedían la beca sería cosa del destino que fuéramos, pero
pensaba, con absoluta certeza, que con mis antecedentes políticos
no se la concederían nunca.

-Yo había seguido su consejo y muy poca gente sabía que mi


esposa había estado en la cárcel, además, en aquel momento, la
Universidad tenía fondos, pues fueron unos años de bastante
prosperidad económica, y el gobierno se aprovechó de la guerra de
Corea para impulsar las exportaciones de materias primas. Como
siempre esa prosperidad no llegó al pueblo, sino que fomentó la
corrupción de los políticos. Pero a nosotros nos consiguió la ansiada
Beca y la posibilidad de que Claudia estuviera más tranquila, lejos
de su afición militante.

-Tuvimos un problema añadido -sugirió Doña Claudia- un mes


antes de salir nos enteramos de que yo estaba embarazada. No
podéis haceros una idea de la reacción de Miguel al saberlo: Se
acabó el viaje, no podemos poner en riesgo al niño. Pero yo me
mantuve firme. Si era el destino, mi primer hijo nacería en España.
¿Por qué no? Y por supuesto seguimos adelante.

-Para los dos era la primera vez que montábamos en avión


-siguió D. Miguel rememorando- sería un gran recorrido: de Trujillo
a Lima iríamos en autobús para luego, montados en un avión, hacer
el resto del viaje: Quito, Cartagena de Indias y por fin Madrid. El
viaje que se nos hizo muy largo y pesado, en Cartagena hasta nos
hicieron cambiar a un avión más grande, para cruzar el Atlántico,
allí nos demoramos un día completo de la mañana a la noche. Por
fin llegamos a Madrid, nuestra primera impresión no fue muy
agradable era el 17 de septiembre de 1953 y todavía se notaban
algunas señales de la reciente guerra incivil en algunos edificios y
en la gente descubrimos un regusto amargo en el alma, se sentía
que habían sido demasiadas desgracias, demasiado trágicas,
demasiado cerca y en demasiadas familias.

-Además -intervino Doña Claudia- nos íbamos de un gobierno


militar y allí encontramos otro también militar y muy parecido.

-En la Universidad de Madrid nos dieron una dirección donde,


tal vez, nos podíamos alojar. Fuimos en un taxi pues no sabíamos
donde estaba, y allí nos ofrecieron una habitación con derecho a
cocina, bastante aseada y digna, estaba en la C/ Cadarso, una calle
ancha con árboles, resultó estar muy cerca de la Facultad donde me
tenía que matricular, podía ir andando cada mañana. También
estaba cerca de la Plaza de España y la Gran Vía. Nos llamó mucho
la atención un gran edificio que se estaba construyendo, la Torre de
Madrid, decían que sería el rascacielos más alto de Europa, nosotros
lo vimos de 30 plantas, pero se decía que llegaría a tener 37
plantas, para nosotros era una barbaridad, acostumbrados a
edificios de 3 ó 4 plantas como mucho, aquel edificio de casi 150
metros de altura nos asombraba. Como quedaban casi quince días
para que empezaran las clases, nos dedicamos a conocer la ciudad,
Claudia compró un plano y antes de salir a la calle estudiábamos un
recorrido. Teníamos opción de autobús y metro para desplazarnos.
Creo que nuestra primera visita fue al Museo de Prado, aunque
luego volvimos otras veces. Por supuesto que estuvimos en la
Puerta del Sol, en Cibeles y la Puerta de Alcalá.

-Cuando empezaron las clases -tomó la palabra Doña Claudia-


me quedé abandonada muchas horas, no tenía nada que hacer,
empecé a aburrirme, algunas mañanas eran especialmente largas.
No recuerdo como se me ocurrió buscar dónde podría ejercer de
enfermera. Fui a la Cruz Roja y allí me ofrecieron ser voluntaria,
podía ir al hospital los días que quisiera y aquello era lo que me
gustaba. A veces participaba en una urgencia o acompañaba a
algún enfermo para hacerle las pruebas clínicas, o simplemente
para hacer compañía a los que no tenían acompañantes. Estaba en
esos trabajos, cuando un día al llegar Miguel de la Universidad le
dije: “un médico se ha enamorado de mí”, era por supuesto una
broma pero al ver la reacción de Miguel, en su cara se pintó el
enfado, le aclaré, con rapidez, que ese médico podía ser mi abuelo
por la edad y que solo me había ofrecido trabajar en un Hospital
privado, allí algo me pagarían, aunque seguiría figurando solo como
voluntaria. Así me repartía entre el Hospital de la Cruz Roja: dos
días a la semana y en el hospital privado los demás días.
-Pudimos hacer un viaje a Valencia, -añadió Don Miguel- pues
habíamos conocido a una familia de españoles de Picassent, que
estuvieron en Trujillo unos años antes, y nos dieron direcciones de
familiares y amigos: a unos cuantos pudimos visitar y dar noticias
de Doña Dorita y Don Pedro a los que habían dejado cuando
escaparon.

-En las navidades – recordó Doña Claudia- estuvimos ocho


días en París.

Fue una velada interesante, escuchando las vivencias de Doña


Claudia y D. Miguel.

DÍA DOMINGO

De vuelta a orillas del Virú 2008

Después de estudiar el manuscrito surgió, para Rosa y Juan, la


necesidad de visitar el Río Virú, de buscar la Aldea que tanto les
había fascinado.

-Alguna señal se podrá encontrar del Templo -pensó en voz


alta, Juan- y tal vez localizar las tumbas de las MAMA-COYAS o las
de la Cueva de los Muertos.

-A mí -contesto Rosa- me gustaría encontrar las


construcciones del embarcadero o de los caminos por el cerro
Saraque con la acequia.

Después de pensar varias opciones, desecharon la de alquilar


un auto, pues necesitaban a alguien que les guiara por la zona del
Virú, les pareció que lo mejor sería buscar a algún taxista, que
conociera el lugar y les pudiera llevar, pues tan solo estaba a 46
kilómetros de Trujillo, al sur por la Panamericana.

Preguntaron en la recepción del Hotel, desde donde llamar un


taxi, les enviaron a la puerta, donde un taxista esperaba a posibles
clientes.

-A mí, la verdad, -les informó el taxista- no me interesa hacer


ese viaje, pues no he estado nunca en Virú y no les podría movilizar
como ustedes pretenden.

Pero les habló de una Cantina donde solían reunirse muchos


taxistas para comer o conversar.

-Allí podrán preguntar, pues seguro que alguno ha nacido o ha


vivido en Virú y le puede interesar su propuesta y además serles útil
en la exploración que pretenden.

Juan le pidió que les llevara a esa Cantina, por supuesto, que
la cafetería tiene nombre, pero para todos es conocida como la
Cantina de los Taxistas. Recorrieron algunas calles llenas de tráfico,
amenizadas por los frecuentes bocinazos de los autos, que se
disputaban con saña los carriles de la calzada.

Cuando llegaron, entraron en una sala grande, distribuida en


varios niveles separados por escalones, en cada zona había varias
mesas con sillas. Las paredes ofrecían múltiples fotografías de autos
antiguos, los primeros taxis que circularon por la ciudad. Aunque
era la hora de comer, no había muchos clientes, pero a los que
había, Rosa, les explicó su propósito:

-Al que más le puede interesar es al señor Cesar -explicó uno


de los comensales- pues él nació en Virú y de vez en cuando se
moviliza hasta allí.

-¿Y como lo podemos encontrar? -preguntó Rosa.

-Eso sí que es muy fácil, nosotros les ayudaremos a buscarlo,


esperen tranquilos en la cantina, rápidamente les daremos razón de
Don Cesar.

En pocos minutos empezó a correr por la ciudad, de un taxista


a otro, el mensaje:

-Unos “coloraos”, que está en la cantina, buscan al señor


Cesar.

Rosa y Juan se acomodaron en la Cantina dispuestos a


esperar. Como ya habían comido, pidieron un refresco, el camarero
les ofrece: chicha de Jora de maíz y les explica.

-Es una bebida tradicional, se bebe desde antes de la época de


los Incas, ellos la usaban para sus rituales sagrados, ofrendas a Inti
y a la Pachamama. Nosotros la elaboramos de modo artesanal
según la receta más auténtica.

-¿No será una receta secreta? – pregunta Rosa.

-No, por supuesto, aunque si tenemos algunos trucos para


hacerla más sabrosa. Para empezar, lo fundamental es hacer la Jora
del maíz, esto se consigue dejando durante un día el maíz remojado
en agua, luego se pone sobre un paño húmedo hasta que germine,
en dos o tres días tenemos la Jora de maíz, entonces se seca y
después se muele. Esa harina se tuesta durante 20 minutos para
luego poner a hervir entre 2 a 4 horas, sin dejar de remover la
masa hasta que se consume más o menos la mitad del agua, en ese
momento se endulza y se enfría, después se cuela con un lienzo y
se deja en un recipiente un par de días, fermentando.

Pero, ¿Si fermenta es una bebida alcohólica? -protestó Juan,


que había pedido un refresco, lo que para él era siempre sin alcohol.

-Sï que es muy poco alcohólica, verán como les gusta.

-Bueno, traiga esa chicha -terminó aceptando Rosa- aunque


tendremos cuidado pues puede ser de muy alta gradación.

-No se preocupen – aclaró el camarero- ya me encargaré yo


de que no terminen muy “tomaditos”.

A la mesa se arrimó un hombre joven, se presentó como


taxista y se ofreció a llevarlos a Virú.

-¿Es usted el señor Cesar? – preguntó Juan.

-No, yo me llamo Antonio y he estado en Virú en varias


ocasiones y puedo llevarles por un cómodo precio.

-¿Pero sabe qué tendrá que llevarnos hasta el río y buscar las
ruinas de la aldea del Saraque?

-Seguro que es fácil encontrar esos sitios.

-Tal vez sea fácil, pero nosotros deseamos que nos lleve
alguien que conozca el lugar, para no perder el tiempo. Nos han
dicho que el señor Cesar vivió allí en su juventud. Esperaremos a
hablar con él.

No muy conforme, Antonio se levantó de la mesa, farfullando


quejoso por perder una carrera tan apetecible.

En una mesa cercana, el camarero sirvió uno de los platos


típicos de Trujillo, el ceviche de cañan. En el Manuscrito habían
aprendido que era un pequeño lagarto, que se comía en la zona,
desde hace muchos miles de años, pero al verlo cocinado, les
resultó un tanto revulsivo, y no por un desprecio a la gente que lo
come con fruición, sino tal vez porque se habían separado tanto,
tanto de la naturaleza y tienen tantas opciones alimenticias, que su
estómago ya no resiste las comidas más tradicionales. Otro gallo
cantaría sin no se hubieran apartado tanto de la naturaleza y no
tuvieran otros manjares entre los que elegir.

No tardó ni una hora en que se presentara el Señor Cesar en


la Cantina. Oyeron como todos le llamaban “el alcalde”, pero como
no llegaban a saber por qué le llaman así: si resultaba que ese era
el nombre del verdadero Alcalde de Trujillo, o porque fueran
parientes, ni siquiera sabían si a él le molestaba ese nombre y se lo
decían para fastidiarle. Por si acaso ellos siempre le llamaron: Señor
Cesar.

Era un hombre de unos cincuenta años, grueso y bonachón,


con la ironía propia de los trujillanos y con su extrema delicadeza.
Se le nota muy escuchado y leído, como dijo uno de sus colegas,
escuchado porque no solo había escuchado a mucha gente, sino que
lo hacía con interés y preguntando con aprecio.

Se presentó saludando con amabilidad y aceptando un asiento


en la mesa. Le invitaron a chicha, le explicaron el plan y le pidieron
un presupuesto.

-Queremos estar todo el día en la zona del Río Virú, llegar


hasta las orillas del torrente, y si era posible, acercarnos al cerro
Saraque en busca de las ruinas de la antigua aldea. Hemos
encontrado un Manuscrito, que informa de los habitantes de una
aldea cerca del Río Virú, con terrazas de cultivo en las laderas del
Saraque.

El señor Cesar, no solo hizo preguntas, sino que cada vez se le


notaba más entusiasmado con el proyecto. Rosa extendió sobre la
mesa el plano que habían elaborado siguiendo las informaciones
encontradas en el Manuscrito.

-En Virú –terminó por explicar el Señor Cesar- tengo muchos


familiares y amigos de mi juventud, y el plan de viaje me parece
muy interesante. En cuanto al precio, podemos quedar en el costo
del combustible, pues yo puedo aprovechar para saludar a mis
familiares. Aunque yo nunca oí hablar de unas ruinas en el cerro,
pero sí que fui muchas veces al río con los jóvenes a pescar y
bañarnos. Será interesante, echarle un vistazo a ese mismo río, con
la información que tienen ustedes.

Quedaron en partir de madrugada al día siguiente, para poder


aprovechar toda la luz del día.

DÍA LUNES
Eran las seis de la mañana cuando de la recepción del Hotel
comunicaron por teléfono a Rosa y Juan que un taxista les esperaba
en la puerta. Rosa se acercó a la habitación de Adela y como ya
estaban todos preparados, bajaron con presteza. Pero antes de
ponerse en marcha invitaron al Señor Cesar a desayunar, aunque él
ya había comido, se sentó con ellos a la mesa y aceptó una
mazamorra morada, mientras ellos tomaban café, leche y tamales.
Como todos tenían urgencia, se demoraron muy poco.

Al subir al taxi, Juan se puso en el asiento junto a D. Cesar,


tenía la intención de aprovechar el viaje para contarle lo que habían
leído en el manuscrito y así prepararlo, para que pudiera entender
mejor, lo que buscaban con tanto interés.

Fue un viaje muy agradable de apenas una hora por la


Panamericana rumbo al Sur, y pronto quedó claro que el Señor
Cesar era un hombre muy leído, pero, sobre la antigüedad peruana,
casi todo lo que sabía se reducía a los múltiples tópicos que
ensalzaban a los Incas y denigraban a los conquistadores, pero la
existencia de Chan-Chan, a donde había llevado turistas con
frecuencia, le tenía intrigado.

-En una ocasión le hice una carrera -les comentó- a dos


personas que hablaban sobre la importancia de aquellos habitantes,
y como fueron conquistados por los soldados Incas y sometidos a su
tiranía. Hablaban de Chan-Chan pero, también de la Señora de Cao
y de otros sitios cercanos a Trujillo. Retazos de aquella conversación
me llevaron a buscar en la Biblioteca Municipal algunos libros sobre
ese tema concreto. En la Biblioteca encontré cualquier cantidad de
libros, pero el volumen que me recomendó la Bibliotecaria, me
resultó bastante aburrido, me pareció demasiado técnico, y así
terminó malamente mi afición por ese asunto, que no logré conocer
con alguna profundidad.

El viaje también dio oportunidad para hablar de la familia y de


sus amigos de Virú. Por teléfono había conectado con su gran amigo
Luis, a su casa les llevaría en primer lugar, pues les podría dar
información de primera mano sobre el lugar.

En el Grifo Gran Chimú, pararon a llenar el tanque de


combustible, al reanudar la marcha, la Panamericana atravesó las
primeras calles de Virú. Llegaron cuando ya el sol rompía el cielo.
Las casas de la ciudad se desparramaban a lo largo de la carretera
hasta que una de las calles, como todas en el lado derecho, se aleja
de la Panamericana y les lleva hasta el núcleo, hasta la Plaza de
Armas. A esa barriada algunos mapas la llamaban Saraque, pero
era allí donde estaban la Municipalidad Provincial, la Comisaría, el
Estadio y el Cementerio del Virú. En algunas calles vieron Arcos de
madera, decorados con cintas de colores y flores.

-Señor Cesar -preguntó intrigado Juan- ¿Qué son esos Arcos?


He visto ya varios.

-Son de los catorce Arcos para la fiesta, por esas calles


pasarán Las Diabladas, en la fiesta del Señor de la Sangre . El
sábado anterior al primer domingo de julio será la venida del Señor
y luego el Concurso de Danzas. Y por la noche, se desarrolla la
Retreta de las Bandas y la quema de fuegos artificiales como
símbolo de víspera. El domingo, día central, después de la misa,
sobre a las seis de la tarde, comenzará la procesión principal que
lleva al Señor de la Sangre hacia la Capilla, edificada a los pies de la
Huaca Santa Clara. El lunes de amanecida, el Señor de la Sangre
regresa al templo del Virú, pero en el camino se encontrará con el
Señor de la Sangre de Lima, el Señor de Huamanzaña y La
Pastorcita. En el Barrio El Alto lo esperarán las imágenes de San
Pedro, San Pablo y San Isidro. Son encuentros emocionantes, sobre
todo para los viruñeros que esperan durante el año estas fiestas.

Cerca de la Plaza de Armas, encontraron la casa del Señor Luis


y su esposa Teresita, que les recibieron con alegría, por supuesto,
la alegría era por abrazar al Señor Cesar, no le habían visto en
varios años. El señor Cesar presentó a Rosa, Adela y Juan.

-El señor Cesar nos ha dicho que usted nos puede orientar
-comentó Rosa- En primer lugar nos gustaría que nos explicara qué
pasa con el río, pues lo hemos cruzado y apenas es una acequia
canalizada.

-Desde hace unos años -comenzó el señor Luis- en esta parte


del Perú se está realizando una gran obra de ingeniería es el
Proyecto Especial CHAVIMOCHIC que consiste en la derivación de
las aguas del río Santa a través de un canal para conducirla, por
medio de túneles y puentes, hacia los valles de Chao, Virú, Moche y
Chicama. Ese canal madre enlaza a esos cuatro ríos aportándoles
caudal constante de agua, pero esa agua apenas llega al mar, al
unirse con el Río Virú lo alimenta para distribuir agua por todo el
valle.

-Toda esa construcción -sentencia el señor Cesar- ha


cambiado totalmente el paisaje del valle y hasta el recorrido del río
Virú. Buscar el antiguo cauce será muy relevante para poder
localizar el cerro Saraque.

-Señor Luis -preguntó Rosa- ¿Por dónde piensa que podemos


empezar a buscar?.

-Yo les acompañaré en toda la excursión, lo que me dijo Cesar


me interesa. Podemos ir esta mañana, río arriba, hasta el cerro y
allí ver esa aldea de la que hablan, después vendremos a casa para
comer y por la tarde podemos ir hasta el mar.

Sin más dilaciones se encaminaron hacia el cerro Saraque.

Dos carreteras comienzan en el pueblo, y alejándose del mar,


acompañan las riberas del río. Por la del margen derecho se
acercaron al cerro, lo superaron buscando las cascadas, que
resultaron muchísimo más pequeñas de lo que habían imaginado.
Eran cuatro pequeñas cascadas. El agua era muy poca, pero muy
limpia, saltaba entre las piedras y se remansa en cristalinas
lagunas. Muy cerca estaría el acantilado de los Guacamayos.

A la sombra de unos árboles, sobre un pequeño prado, se


sentaron a contemplar las cascadas.

-Tal vez ya estaban estos árboles cuando los niños venían a


por arcilla, –comentó Juan- o son los retoños de aquellos, pues los
algarrobos tienen una larga vida y estos se ven muy retorcidos y
añosos.

Después de un rato montaron de nuevo en el todo-terreno y


volviendo sobre sus pasos se aproximan al Cerro.

-En esta zona tendría que estar la Aldea, -comentó Rosa al


llegar al lugar en que se acercaba la ladera del Cerro al río, pues
dice el Manuscrito, que entre el Virú y el Cerro edificaron el Templo,
las casas y los almacenes.
Detuvieron el auto, los cinco se apearon y comenzaron a
andar: algarrobos, matorrales, algún cañan que huía a su paso,
cientos de pájaros les daban la bienvenida, el aire vibraba con el
aleteo de los insectos, pero no se veía ni rastro de la Aldea, ni de
los andenes para el cultivo, ni de las acequias. Todas las laderas de
la colina estaba llena de guijarros, rocas, algunos árboles y muchos
matorrales.

Por muchas vueltas que daban, todo era baldío, allí no se


encontraba ningún resto de la Aldea.

-¿Dónde puede estar la Aldea? -preguntó Juan intrigado-


parece que se ha volatilizado.

El señor Luis frunció el ceño y explicó, paseando la vista por el


monte.

-No lo sé. Pero se me ocurren algunas explicaciones. Hay que


tener en cuenta que ha pasado mucho tiempo y con frecuencia el
río crece con las lluvias e inunda las riberas. No sería extraño
pensar que hace años viniera una riada más importante y arrastrara
rocas, fango y árboles. Pudiera arrasar la Aldea y cubrirla de
escombros.

-Eso pudo ser – admitió, de mala gana, el señor Cesar- pero


¿Qué pasó con los andenes de la ladera en los que cultivaban? No
hay ni rastro y en otros muchos lugares se han conservado ¿No
habéis visto fotos de Machu Pichu?

-También se me ocurre otra explicación -afirmó pensativo el


señor Luis- y si algún sismo o algún huaico hizo desplomarse la
ladera, y arrastró la zona de cultivo enterrando la Aldea.
-Pues es una explicación -afirmó pensativa, Rosa, y un tanto
confusa- y hasta que los arqueólogos no tengan tiempo, esta Aldea
estará esperándoles. Ahora tienen demasiados sitios donde buscar,
pero algún día le llegará su turno.

Es muy difícil darse por vencidos, después de haber estado


soñando, durante tanto tiempo con aquel lugar. Incansables
subieron y bajaron el cerro, una y otra vez, intentando encontrar
alguna señal de ruinas o huellas de la antigua Aldea. Hicieron
cientos de fotos, sería lo único que se llevarían.

-Allí, en la lejanía, -les dijo el señor Luis- sobre el cerro al otro


lado del río, se dibuja la mole inmensa del Castillo de Tomabal, es
una edificación de adobe, ya estaba construida mucho antes de que
los españoles llegaran al Perú y todavía permanece como recuerdo
y señal de sus antiguos habitantes.

-En el Manuscrito –apunta Adela- dicen que cuando llegaron al


valle encontraron una gran edificación, aunque ya estaba
deshabitada y en parte arruinada.

Se hizo la hora de comer y decidieron volver al pueblo. En el


auto la conversación estaba llena de desilusión ¡Qué pena no haber
encontrado nada! Tal vez se había ilusionado en demasía.

Al llegar al pueblo, como ya la hora era tardía, se encaminan


directamente al Restaurante El Fogón, donde la señora Teresita ya
les espera. Había hablado con la propietaria del Restaurante, doña
Rosita, y además de encargar la comida, había negociado que una
pareja, bailara marineras, para sus invitados.

Cuando se acercaban, las notas musicales de la marinera


inundaban el cobertizo, donde se situaba el comedor. Rayos de sol
atravesaban la cubierta, llenándolo de columnas de luz y de
manchas de sombras en las mesas y el suelo. En una de las mesas
sobre el mantel de papel azul con rayas blancas, estaban
preparados seis servicios, hacia esa mesa encaminó a la comitiva la
señora Teresita. Otras mesas estaban ocupadas por trabajadores de
una empresa cercana de conservas vegetales. Por el Chavimochic
habían empezado a surgir, varias empresas de elaboración de los
productos agrícolas: espárragos, pimientos de piquillo, alcachofas;
que daban nueva vida a la ciudad, y que en España se ven con
frecuencia, en los envases de conservas vegetales: Producto de
Perú.

-Estos son los famosos Chicharrones de cerdo -presentó


orgullosa doña Rosita- que se cocina con su piel y en su grasa,
acompañados con papas sancochadas y maíz tostado al que se
añade una salsa criolla hecha con cebolla picada y limón y
hierbabuena.

-Es leyenda que este plato -comentó el señor Luis- era el


preferido de D. Francisco Pizarro, pues en su infancia criaba cerdos.
En este manjar se allegaban los sabores peruanos: papa y maíz,
productos desconocidos en su tierra, con el cerdo que ellos trajeron
desde España.

En la conversación hablaron de su rechazo a los cañanes, pero


también de su admiración por la papa, se puede comer: cocida,
asada, ahumada y frita. No hay más modos de cocinar un alimento.

Por la tarde marcharon en busca de la Aldea del Mar, pero con


la experiencia de la mañana, y sabiendo lo provisional, apenas
consistía en unas cabañas, en qué consistía la Aldea del Mar, lo que
esperaban era al menos disfrutar, de la puesta de sol, que los
habitantes de esa Aldea, vería cada atardecer durante años.

Rosa sintió el frescor de la brisa en el rostro, cuando a lo lejos


empezó a vislumbrar el mar. Y solo se pudieron extasiar al ver
como Inti, solemnemente desaparecía en la lejanía del Océano
Pacífico

Durante el día habían visto el paisaje con árboles y flores, oído


el rumor del río y el canto de los pájaros, tocado el agua con sus
pies y en su cara, intuido el aroma de los campos y la fragancia del
mar, saboreado los frutos de los algarrobos; y sobre todo, habían
llenado sus pulmones con el aire de las orillas del Río Virú.

Para ponerse en contacto con los autores facilitamos su dirección:

aorillasdelviru@gmx.es
Índice biográfico, elaborado con datos del Manuscrito y
de otros documentos de la época.

Narradores de Historias

Wayamara

En el idioma de mi Aldea significa: “estrella que ha venido de lejos”.


Y en mi nombre se pregona la realidad de mi nacimiento, ya que
soy hija de la MAMA-COYA Sulata y del soldado andaluz Diego de
Villamayor.

Se puede afirmar que en mi persona se realiza, con toda plenitud, la


extraordinaria y misteriosa unión del río Virú y Andalucía.

Anca (Veloz como el águila)

Marido de Tintaya, en su juventud participó en un gran viaje


que les llevó hasta Huacho, donde se pusieron en contacto con los
que habían huido con Waywa, luego se dirigieron al sur hasta la
península de Paracas donde contemplaron, maravillados, el
Candelabro.

Naira (Mujer de ojos grandes) N. 1.423 - M. 1.473

Segunda MAMA-COYA, 1.441, tenía 18 años y gobernó 32


años, hija de Tintaya y Anca, recordada por su gran inteligencia.
Fueron decisivas, para el futuro de la Aldea. Murió asesinada por el
Representante del Señor de Chan-Chan cuando la Aldea fue
asaltada.
Tarki (Que se hace respetar)

Dirigió la caravana comercial a los Baños de Inca. Durante


años se sucedieron las caravanas a Cajamarca. Dejó al mando de
una especial de delegación de la aldea a Sayri y bastantes años
organizaron, con eficacia aquellas misiones comerciales.

Asiri (Mujer sonriente)

Narra la aventura cuando unos cuantos fueron enviados


investigar lo que sucedía en Chan-Chan y luego sufrió las
consecuencias de la llegada del los sondados de Chan-Chan a la
Aldea

Sanka (Mujer que dice la palabra adecuada)

Después de muchas deliberaciones y muchos meses, el


Consejo autorizó a que un grupo de voluntarios se uniesen a los
rebeldes, el grupo estaría comandado por Kusi en representación de
su Madre.

Mayta (Hombre que aconseja con bondad)

Narra la extraordinaria aventura que supuso para algunos la


ocasión de conocer la costa más al sur del Virú. Participó en el viaje
comercial bastante ruinoso que llegó, junto con Anca hasta el
Candelabro.

Dumma

Muchas veces, me han pedido que cuente mi historia. Llegué a


la Aldea del Río con unos 12 años huyendo junto con mis padres y
mis 3 hermanos del norte, de más allá de Cajamarca.

Takiri (El que crea música)

Marido de Duchicela, a la que acompañó hasta su tierra, en


busca de su abuela y resultó que había fallecido cuando llegaron,
Caminaron hasta más al norte de Cajamarca

Duchicela

Hermana de Dumma le costó integrarse en la Aldea, pero terminó


casándose con Takiri.

Sulata (Mujer hermosa) N. 1.519 - M 1.568

Sexta MAMA-COYA, 1.546 tenía 27 años, gobernó 22 años. Se


había casado con D. Diego en 1.533, era considerada de una belleza
deslumbrante.

Otros personajes

Tintaya (La que consigue lo que quiere) (N. ¿? - M. 1.441)

Primera MAMA-COYA, ¿1.400? condujo a su pueblo a orillas del


Virú, cuando en su antigua Aldea, una gran tormenta de arena, lo
anegó todo, convirtiendo aquel valle en inhabitable. Fue una gran
MAMA-COYA, muy querida y recordada, por su prudencia y decisión.
Aprovechó el traslado del pueblo para reformar algunas costumbres,
tal vez, la de mayor trascendencia social, fue la de prohibir la que
autorizaba a la MAMA-QOYA, a disponer a su antojo sobre su
matrimonio, pudiendo en cualquier momento despedir a su marido y
elegir otro.
Waywa (Veloz como el viento)

Madre que se enfrentó a la MAMA-COYA Tintaya (La que


consigue lo que quiere) y con unas cuantas familias abandonó el
valle, se dirigieron al sur, se establecieron en Huacho donde el
pueblo prosperó con el comercio de la sal y el salado de pescados,
pero siempre se sintió ajeno a la cultura y costumbres de aquel
pueblo. Sufrieron persecución y fueron casi aniquilados

Nina (mujer inquieta, vivaz)

Madre que dirigió el viaje en busca de metales llegando al


Tambo Huacho y luego al Candelabro.

Qawayu (veloz, ligero)

Compañero de Anca (Veloz como el águila)

Illarisisa (Flor del amanecer)

Heredera de la MAMA-COYA Naira (Mujer de ojos grandes),


que el día de su boda fue asesinada por Ninan (Inquieto y vivaz
como el fuego) pues había elegido como marido a Churki (que
nunca se rinde, persistente). Se la recuerda como una joven muy
hermosa con gran personalidad, aunque algunos señalan que había
prometido, como jugando, antes de elegir marido, que elegiría a
uno o a otro de los jóvenes. Tal vez por ello se puede entender la
reacción de Ninan (Inquieto y vivaz como el fuego) al no ser
elegido.

Churki (que nunca se rinde, persistente)


Elegido por Illarisisa (Flor del amanecer) como marido y quedó
viudo el mismo día de la boda. Varios años después fue elegido
como segundo marido por Kusi, la hermana de Illarisisa, cuando
Kusi volvió de la lucha con los soldados de Chan–Chan donde
falleció su primer esposo heroicamente en la lucha.

Ninan (Inquieto y vivaz como el fuego)

En su juventud mató a Illarisisa (Flor del amanecer), fue


condenado al destierro en la Isla de Guañape. Allí lo dejaron atado,
se sospecha que uno de los que le llevaban, le aflojo las ataduras de
las manos así le fue fácil liberarse y después de unos días
alimentándose de huevos, a ver que no tenía posibilidades de
encontrar agua decidió evadirse nadando, consiguió llegar a la costa
y se alejó de la Aldea. Se estableció en Cajamarca donde llegó a ser
un próspero comerciante. Nunca quiso acercarse a su antigua Aldea

Kusi (que tiene siempre suerte)

N. 1.450 - M 1.503

Tercera MAMA-COYA, 1473 tenía 23 años, gobernó 30 años.


En su juventud enviada por su Madre, comandó al grupo de
voluntarios que durante años, hostigaron a los soldados de Chan–
Chan que se extendieron fuera del valle del Moche amenazando la
Aldea

Kurmi (brillante Arco Iris)

Fue secuestrada por los soldados del Inca, cuando era una
niña de 7 años
Utuya (mujer fuerte y decidida)

Dirigió la expedición para liberar a las secuestradas por los


soldados de Inca

Sapana (Hija única)

Última MAMA-COYA de Huacho, la encontraron los que seguían


a los secuestradores de Kori y les narra cómo su pueblo fue
perseguido por un cacique de Huacho. Recibieron como libertadores
a los soldados del Inca. Por envidia de su triunfo, sufrieron
vejaciones y casi fueron exterminados. Nunca pudieron construir un
Templo según su costumbre y a escondidas mantuvieron sus leyes y
el poder de la MAMA-COYA que les gobernó

Purik (Caminante, andariego)

Esposo de Ayka, que protagonizó una dura pelea con Iraya al


reaccionar ante las insinuaciones de ser culpable de la muerte de su
esposa. Fue desterrado durante un año a la Aldea del Mar

Iraya (El que ayuda y socorre)

Hermano de Ayka, nunca quiso aceptar que la muerte de su


hermana fue por un accidente. Culpaba a Purik

Ayka (cariñosa, afable en el trato)

Logró ilusionar a su marido para hacer un largo viaje con toda


su familia. Después de estar en Chan-Chan, bordearon la costa
hacia el norte, para encontrar la Aldea original a orillas del Estuario
de Virrilá.
Illawara (estrella afortunada)

Hija de Ayka y Purik, esposa de Wayna

Paku (útil e inteligente)

Hijo de Ayka y Purik, fue secuestrado por españoles que le


convirtieron en intérprete, llegó a ser escribano de Pizarro, al que
acompañó hasta la Ciudad de los Reyes
HIMNO ACTUAL A VIRU

CORO I

Eres tú, oh Virú, Madre Tierra

que a la patria su nombre inspiró,

la fuente eterna que bebieron

nuestros pueblos por su libertad

ESTROFA

Suelo patrio y cuna gloriosa

de la noble cultura Virú,

brazo enhiesto y tambo de imperio

casta Inca, Mochica – Chimú.

Tu ciudad esmeralda del valle

armonía de paz y quietud,

siembra un pueblo que canta y rebosa

los valores de la juventud.

ESTROFA

Tomabal, un castillo del arte,

Milenario Queneto eres tú,

magna piedra angular que sostiene

la grandeza del pueblo Virú.


Levantemos al tope las almas,

que nos une la fe, la inquietud.

Chavimochic fomenta la siembra,

La cosecha, el honor, la virtud.

CORO II

Eres tú, oh Virú, Madre tierra,

la que España, San Pedro nombró.

La Virgen de los Dolores, cuide

su fiel pueblo, posada de amor (bis)

ÍNDICE

PRÓLOGO

Entrega del Manuscrito. Trujillo 1563

Viaje al Perú. Lima 2008

Ciudad de Trujillo. Agosto 2008

PRIMERA PARTE

Así comenzó nuestra Aldea

Un día de dolor
Construcción del nuevo Templo

Tragedia en la aldea

La Vida Continua

Ciudad de Trujillo, agosto 2008

Caravana comercial a la Sierra

Caravana comercial en Cajamarca

Incursión en Chan-Chan

Nos enfrentamos a los soldados.

Los soldados en nuestra Aldea.

Los soldados del Inca en Chan – Chan

Día martes en Trujillo, agosto 2008

SEGUNDA PARTE

Una antigua aventura

Acogida a una familia de huidos

Integración en la Aldea

Una nueva vida

Nuevos peligros

Añoranza de una abuela

De vuelta a la Aldea

Un secreto

Día miércoles en Trujillo, agosto 2008

TERCERA PARTE

Los soldados del Inca


Siguiendo a nuestras hermanas

Nos dirigimos a las montañas

Nos adentramos por la sierra

Llegada a la ciudad del Cusco

Los libertadores en el Cusco, 1512

Regreso a la Aldea

Día jueves en Trujillo, agosto 2008

Juicio por una pelea

Un extraño en la playa

Diego en la Aldea del Río, 1532

Vuelta de Paku: D. Francisco del Virú, 1551

EPÍLOGO

Día viernes, sábado y domingo en Trujillo, agosto 2008