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En el mundo de los adultos, las palabras suelen estar amarradas, decaídas; una piedra casi

siempre es una piedra y una nube casi siempre es una nube. El lenguaje se transforma en una
especie de oficinista aburrido que lo único que sabe es enviar mensajes todo el día, quedar
exhausto y repetir la rutina al día siguiente. Pero el mundo de la infancia es distinto. Ahí las
palabras son también juguetes, crayolas, bichos raros; una piedra puede ser un gnomo y una
nube una medusa.

Dar talleres de poesía para niños es un poco mezclar agua con peces, unir elementos que
están hechos para estar juntos. A través de ellos, el lenguaje abandona su cubículo de trabajo
y sale a recolectar cucarachas marinas, a organizar hojas secas por colores, a describir los
movimientos de los pájaros, a buscar fantasmas en casas de campaña abandonadas.

Creo que los siguientes textos —una pequeña muestra de lo realizado durante el taller Poemas
para aprender a bucear— dan cuenta de ese juego, de ese brillo, de esa libertad.

Luis Eduardo García