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Conmoción

Ya había desayunado a un horario que por un momento no sabía si


esperar hasta el horario determinado para el almuerzo. Me levanté después de
un demorado remolonear en la cama tras haber padecido pesadilla tras
pesadilla. Despierta, no lograba despegarme de la cama tal vez solamente
para sentir que podía haber algo placentero además de agitación y angustia.
Entre sueño y vigilia trataba de recuperar las escenas para intentar
resolver algo del laberinto de mi cerebro que se abre cada noche y me hace
saltar, hablar, gritar. Los fragmentos llegaban en forma de imágenes, colores,
sonidos, movimientos, texturas, aromas. ¿Cómo no me iba a sentir así si era
como si de noche viviera otra vida? Tan real como la de ahora. Hasta tal
punto de no saber si estaba despierta o dormida.
Roncaba. Roncaba tan fuerte que me desperté. Me ahogaba. Estaba
en el patio. Recién despierta y en el patio. La cama se había desvanecido.
Era de día y parecía una romería. Desconocidos iban de la entrada al fondo y
del fondo a la calle. ¿Cómo habían logrado entrar? Descubrí que hacia atrás
había una abertura hacia la calle, el pasillo era una calle. La gente pasaba
caminando mecánicamente, como si fuera robots y no me veían. ¡No me
veían!
El corazón batía como si quisiera salirse del pecho. Todo había
esfumado y había oscurecido. No se veía nada. No se oía ningún sonido. No
había una brisa. Ni frío, ni calor. Ni olores, ni gusto. Pasó una eternidad en la
cuál no sabía si estaba o no. Inmóvil, no podía mover ni una pestaña. No me
sentía a mí misma. Era la nada.
Todos habían dejado tras de sí la nada. En la nada se muere. Y de la
nada se renace. ¿Dónde estaba? No salía el grito desgarrador que hacía eco
adentro de mi pecho. Un grito sordo hecho silencio. ¿Qué se había hecho del
afuera? Ni afuera, ni adentro. Solo una misma cosa. Una inquietante
irrealidad tan real que todo lo anterior parecía un sueño y esto la realidad.
Ahora parecía lógico. Tanta agitación se había vuelto quietud.
Intangible. Inefable. Inédito. A cualquiera le parecería una locura. Excepto a
mí. Ya no necesitaba el aire. Ya no dolía. La conmoción había quedado atrás.
La vida. Había sido la vida.
© Edith Fiamingo 2020