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Dos viejos enemigos prueban la paz | Babelia | EL PAÍS 18/04/16 13:16

Dos viejos enemigos prueban la paz


Cuando mueren Shakespeare y Cervantes, la cultura florece en Inglaterra y España, cuyos nuevos
soberanos acabaron con la guerra
CARLOS MARTÍNEZ SHAW

18 ABR 2016 - 12:39 CEST

Las delegaciones española (i) y británica (d) durante la Conferencia de Somerset en agosto de 1604 en
la que se firmó la paz entre ambos países. Atribuido a Juan P. de la Cruz. /Museo Marítimo de Greenwich

Con la llegada del siglo XVII se produce en Europa una reversión de la tendencia
belicista de la segunda mitad de la centuria anterior, que viene protagonizada por una
nueva serie de gobernantes que en su conjunto se han considerado parte de la
“generación pacifista de 1600”. De ellos, los más significativos son: el emperador del
Sacro Imperio Romano Germánico Rodolfo II, el gran pensionario Jan Oldenbarneveldt
en las Provincias Unidas, Jacobo I de Inglaterra (que accede al trono en 1603) y Felipe
III de España (que ha sucedido a su padre a fines de 1598). Mientras, el
enfrentamiento entre Francia y la Monarquía Hispánica queda desactivado por la paz
de Vervins (firmada en mayo de 1598, poco antes de la desaparición del Rey
Prudente, en el mes de noviembre).

Para España, la guerra mantenida con


Inglaterra desde los tiempos de la
Armada Invencible (época presente en la
biografía cervantina por su empleo
durante los años 1587 y 1588 como
comisario de provisiones de las naves
que la integraban) concluyó (tras el
frustrado desembarco en la hoy bella
localidad balnearia de Kinsale, en la costa
sudoriental de Irlanda, entre el verano de
1601 y enero de 1602) con el tratado de
Londres, firmado entre los dos nuevos
soberanos de ambos países en agosto de
1604.

La batalla de Lepanto (1572), obra de Paolo


Cagliari 'Veronese'. /Gallerie Dell'Accademia Por su parte, el endémico conflicto con
Holanda quedó cancelado

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provisionalmente con la tregua de los


Doce Años, concertada en abril de 1609. De esta forma, en la segunda década del
siglo España solo mantuvo activo el frente islámico, aunque ya no con la geografía
mediterránea que había llevado a Cervantes a combatir en Lepanto (en octubre de
1571) o a quedar cautivo en los baños de Argel (entre 1575 y 1580), sino trasladado a
las costas del Atlántico (por influjo de la unión con Portugal), con las acciones que
llevaron a la ocupación de Larache (noviembre de 1610) y La Mámora (agosto de
1614).

La revolución científica inglesa


Pasando a la situación interna, la Inglaterra de Jacobo I (1603-1625), a pesar de la paz
exterior y de una acelerada expansión económica (agraria, mercantil e industrial), no
se vio, sin embargo, libre de conflictos, motivados por la acentuada vocación
absolutista del soberano (con la consiguiente marginación del Parlamento y con la
implantación del gobierno autoritario del duque de Buckingham) y por el
reforzamiento del anglicanismo, tanto frente a los católicos (tras la Conspiración de la
Pólvora de 1605, y aunque no siempre de modo extremo), como frente a los
disidentes (con el desencuentro simbolizado por el exilio voluntario de los puritanos
del Mayflower en 1620).

En el plano intelectual y artístico, en


cambio, el reinado de Jacobo I significa la
continuación del esplendor isabelino. Por
un lado, se produce la temprana
incorporación a la revolución científica,
con nombres como los de John Napier,
inventor de los logaritmos (1614), o
Francis Bacon, autor del Novum Organon
(1620), uno de los fundamentos teóricos
de la ciencia experimental.

Por otro, las artes plásticas, la música y la


literatura siguen ilustrándose con grandes
figuras, como los pintores Robert Peake
el Viejo y, sobre todo, Nicholas Hilliard
(aunque en 1620 el rey llamase a su lado
ocasionalmente al holandés Anton van
Dyck), o como los compositores católicos
William Byrd (autor de dos famosas
colecciones de motetes bajo el título de
Retrato de Jacobo I, obra de Paul van Somer.
Gradualia entre 1605 y 1607) y John /Gianni Dagli Orti / Corbis
Dowland (cuya carrera como insuperable
creador de canciones y de música para
laúd solo pudo verse reconocida tras la llegada al trono del nuevo monarca) o como el
prolífico dramaturgo Ben Johnson (autor de numerosas piezas, entre ellas la más
celebrada, The Alchemist, puesta en escena en 1610 y editada en 1612).

Sin embargo, ninguna figura comparable a la de William Shakespeare, autor de una


prodigiosa colección de Sonetos (publicada en 1609) y máximo representante del
teatro isabelino y posisabelino, muchas de cuyas principales obras dramáticas se
escribieron y se llevaron a la escena (en el marco de uno de los típicos teatros
públicos a cielo abierto de Londres, The Globe, quizás el más famoso de la historia, en
funcionamiento durante toda la vida activa del escritor) en tiempos precisamente de

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Jacobo I. Es el caso de sus tragedias Otelo, el moro de Venecia (1603-1604), El Rey


Lear (1605-1606) y Macbeth (1606) y su portentoso testamento literario, La
Tempestad (1612).

El Siglo de Oro español


Por su parte, para España el reinado de Felipe III (1598-1621), pese al lenitivo de la paz
(todavía inestable), significa el comienzo del proceso de decadencia experimentado
por la Monarquía Hispánica a lo largo del siglo XVII. Si la crisis económica se
manifiesta en el descenso de la población y en la contracción de todos los sectores
económicos, la convivencia interior se ve perturbada por episodios dramáticos como
la expulsión de los moriscos en 1609, al tiempo que se toma conciencia de esta
involución a partir de los escritos de los arbitristas que diagnostican los males que
afectan a la economía y a la sociedad del momento y mientras el sistema de gobierno
sufre de la corrupción generalizada impulsada por el duque de Lerma.

Por el contrario, la cultura del Barroco prolonga los esplendores del Renacimiento,
tanto en el campo del pensamiento (político y económico, aunque no teológico y
científico), como en el de la producción literaria y artística, ámbito en que el llamado
Siglo de Oro no puede considerarse agotado hasta los últimos años de la centuria, con
la desaparición de Calderón (1681), Murillo (1682) y Valdés Leal (1690). Es más,
durante las dos décadas largas del reinado de Felipe III se publican tratados tan
significativos como De rege et regis institutione (1599) de Juan de Mariana, Política
necesaria y útil restauración de Martín González de Cellórigo (1600), Tácito español
(1614) de Baltasar Álamos de Barrientos o Restauración política de España de Sancho
de Moncada (1619).

En la misma época se crean obras


maestras del arte tan representativas en
escultura como el Cristo de la Clemencia
(1603) de Juan Martínez Montañés, el
Cristo yacente de Gregorio Fernández
(1614) o el Cristo de la Buena Muerte
(1620) de Juan de Mesa, y en pintura
como La Vieja friendo huevos (1618) o El
Aguador de Sevilla (1620) de Diego de
Velázquez.

En teatro se producen dramas tan


emblemáticos como Fuenteovejuna de
Lope de Vega (1612) y, sobre todo, se
escriben monumentos literarios tan
relevantes como son el Guzmán de
Alfarache (1599) de Mateo Alemán, el
Polifemo y las Soledades (1613) de Luis Retrato de Felipe III realizado por Diego de
Velázquez. /MUSEO DEL PRADO
de Góngora y, sobre todo, junto a las
Novelas Ejemplares (1613), las dos partes
del Quijote de Miguel de Cervantes (1605
y 1615), que representan la culminación de la literatura española de todos los tiempos
y una de las mayores creaciones de la literatura universal.

De esta forma, a la altura de 1616, los viejos enemigos, Inglaterra y España, se hallan
unidos por la restauración de la paz, por los problemas internos de distinta etiología
que les afectan (entre ellos, el descontento por la actuación de los validos, los duques

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de Buckingham y de Lerma), por el esplendor de sus creaciones en el campo del


pensamiento, el arte y la literatura y, finalmente, por el duelo ante la muerte de dos de
los más significados representantes de sus respectivas culturas, William Shakespeare
y Miguel de Cervantes.

Carlos Martínez Shaw es catedrático de Historia Moderna de la UNED y miembro de la Real


Academia de la Historia.

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