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FILOSOFÍA b E LA HISTORIA

Universidad Nacional Autónoma de México


Universitat Autónoma de Barcelona
Bellaierra. 1990
CATALOGACI B l PUBUCACIÓ
DE LA UNIVERSITÄT AUTÒNOMA DE 0ARCQ.ONA

PALAZÓN MAYORAL, M aria R on

Hlosoffa de la Muori*
ISBN: 84-74M-Í66-2

l UNIVERSITÄT AUTÒNOMA DE BARCELONA (Bdlaan)


IL UMVER9DAD AUrÚNQMA NAOONAL OE MÉXICO
l.H burta • Filosofia
930.1

La itproducció Mal o parcial d’aqucau otea per fiahrvnl pmeedimem.


compreso« la reprografia, cl mctamni iafonntek i la dioribodd
dcicmpUrs mitjaatam Uogoer o ptdttec ptlblki, ¿1 rigorosameot
prohibida aeaae l'suiontucid ckiìu deli durian del <opjrrigte>, l
ettari Mimen a les aanrioaa caabknea a la Uri.

BIILIOTECA U :- ìir
UNAM

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Coonteooda da llioridaiiri

e falla»

Editti ì impeti pel Servo de Pùbbcaaoni


de la Uaivcniai Autònoma de Barcelona

Dipèsa legal: B. 4.4*7-1990


ISBN: 84-74M-M6-2
A Gabriel y
Miguel y Juan.
A Salvador Alegra
5 1 0 1 3 •> por su colaboración

Tiempo soy entre dos eternidades.


Antes de mí la eternidad y luego
de mí, la eternidad. El fuego;
sombra sola entre inmensas claridades
Soneto nocturno. Carlos Pdlicer

y poique acaso el grito es la presencia


de una paloma «ntígui
opaca y muda que de pronto grita.
Nocturno eterno, Xavier Villaurrutia
CATALOGACIÓ B J PUBLJCACIÓ
OE LA UNJVERSíTAT AUTÓNOMA DE BARCELONA

PALAZÓN MAYORAL, M arte R on

Rloioffa de la historia
ISBN: 84-7481-866-2

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1LUMVERSDAD AUTÓNOMA NACIONAL DE MÉXICO
I .Hfauria • FdonAa
930.1

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prohibida «can l'cuicritzacid escrita dob titulan del nopjrrigte». L

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de la Uaivcmat Autónoma <fc Barcelona

Dipftan letal: B. 4.417-1990


ISBN: 84-74W-M6-2
A Gabriel y
Miguel y Juan.
A Salvador Alegrtt
510Í31 por su colaboración.

Tiempo soy entre dos eternidades.


Antes de mí la eternidad y luego
de mí, la eternidad. El fuego;
sombre sola entre inmensas claridades
Soneto nocturno, Carlos Fellicer

y poique acaso el grito es la presencia


d e||M p ío«« iniipif
opaca y muda que de pronto grita.
Nocturno eterno. Xavier Villaunutia
INTRODUCCIÓN 7

I LAS CONCEPCIONES DEL HOMBRE Y LAS CENCIAS SOCIALES (HUMANASE


PREJUICIOS DtFERENCIALISTAS Y UNO HOMOGENEIZADOR..............................23
Concepciones del h o m b re ............................................................................................. 28
El espirito. Dioses humeaos y hombres dioses ............................................... 31
B hombre que se desvía del eqiírioi .......................................................................... 34
Diferencias cuantitativas, no cualitativas ................................................................... 36
La imagen y la conciencia de s í ................................................................................... 38
Yo imagino cdmohacerio. TÜ también ...................................................................... 39
Lo automático en le conducta ...................................................................................... 41
Ehomofober.................................................................................................................. 41
Animal social y evolutivo ............................................................................................. 42

FILOSOFÍAS ESPECULATIVAS DE LA HISTORIA ...................................................... 43


La especulación y los m itos religiosos ........................................................... 43
La causa M a ta ............................................................................................................ 46
B plan fijo para la historia .......................................................................................... 48

' ID FILOSOFÍAS CRÍTICAS DE LA HISTORIA ................................................................ 39

IV LA HISTORIA COMO ENFOQUE SBT&IICO<B.TOOOU HOLON) ........................ 73


Sistema como realidad compuesta o hoto* ................................................................ 73
Lostisremas como un conjunto de im endaclones..................................................... 79
Componentes de los sistemas humanos ..................................................................... 8J
La jcrarquizacióu de los sistem as ......................................................- ......... 87
Clasificación de los sistemis humanos ...................................................................... 90

V CONCEPCIONES AH1STÓRICAS ............................................................................... 93


Recordatorio de las visiones ahistóricas ..................................................................... 94

VI TIEMPO Y CAMBIO EN LOS SISTEMAS HUMANOS ..................................... 109


Sistemasautonegulativosy s u autopoiesis .............................................................. II I
Autonomía de los sistemas vivos ................................................................... 112
1. Cambios debidos al m e d io .................................................. ................................. tu
2. Cambios por aprendizaje o intercambio de información .............................. 114
Transformaciones estructurales. Cambios en el sistema .................................. 113
Cambios ra d ic ales...................................................................................................... 117
Desintegraciones de los siste m as............................................................................... 119
La entropía como medida del desorden y de la creación ........................................... 120
Ritmos de cambio ....................................................................................................... 123
La libertad de los sistemas humanos ......................................................................... 126
v n LOS INDIVIDUOS Y LA HISTORIA ........................................................................... 129
Hisiorit de héroes y villano! sobrenaturales ............................................................. 131
Procedimientos p a n iniciar la investigación y las descripciones de la h isto ria..... 136
Enfoques sociales antilndividualinas ........................................................................ 138
Respuesta a los enfoques antiindividualisias .................................................. 140

VIH LAS EXPLICACIONES TELEOLÓGICAS .................................................................. 149


La teleología como explicación de intenciones .................................. ............ 131
Las infernadas practicas ............................................................................................. 134
Debilidades de la ideología imenciomHsta................................................................ 136
La teleología como procedimiento desatpdvo-expticativo ....................................... 164

IX ¿QUÉ ES LA HISTORIA? ........................................................................................... 171


El oficio del historiador ................................................................................................ 173
B c á r t e r intentisdplinario de la Historia ................................................................ 173
Holismo y unicidad .................................................................................................... 177
• Utilidad de la Historia ................................................................................................ 187

BIBUOGRAFÍA................................................................................................................... 189

ÍNDKS ONOMÁSTICO ....................................................................................................... 201


INTRODUCCIÓN

Me molesta el plural mayestático con que los gobernantes y otros


«elegidos» se dirigen a las «masas» y hablan por ellas en calidad de su voz
«más autorizada» e inteligente: este libro, que me atribuyo y está escrito en
la primera persona del plural, no pretende tener, ni remotamente, esas ínfu­
las; tampoco se acoge a un modesto «nosotros» que difumina el yo en los
demás; ni al uso que deja entrever cobardía: no pretendo parapetarme en la
velada advertencia de que varios (o muchos) decimos y estamos dispuestos a
defender nuestro dicho. Tan sólo alude al diálogo que he mantenido con
Gabriel Nadal, economista y principal colaborador de estas páginas, con Ana
María Palazón, bióloga. con Eugenio Filloy, matemático, y con Abelardo
Villegas, filósofo que me invitó a ser su colaboradora en el curso de
filosofía de la Historia en la UNAM; también aquí encontrarán sus huellas
las diecinueve generaciones de historiadores que fueron mis alumnos.
Estos textos son. pues, un coro, según me inspira decirlo «Para hacer el
retrato de un pájaro» de Jacques Prévert: recogí unos cantos del viento, los
metí en una jaula, cerré la puerta, borré los barrotes, teniendo cuidado de
no distorsionar mucho las voces, y, finalmente, las dejé salir y estampé mi
fuma. No sé si esto ocurre siempre; tal vez son fraudulentas las declara­
ciones de que una obra no es imitación de sugerencias ajenas, un coro de
voces diciendo sus ideas. Tal vez; pero algo cieno eo mi caso es que haber
pertenecido a la rebelde generación del 1968 me ayuda a reconocer las deu­
das que contraje debido a mis nada ortodoxas maneras de enseñar, y que
aprendí desde mi posición de base del movimiento estudiantil: pese a que.
como todo profesor que recién se estrena en su oficio, me posesioné del aula
llevando un cartapacio lleno de notas y la pedantería como arma de defensa,
estaba, y aún estoy, convencida, como algunos de mis antiguos compañeros,
de que las clases-conferencias, el magister dixit, deben ser sustituidas por los
autogestivos intercambios de ideas, o cuando menos por los diálogos en-
cauzartns durante. los_Que profesor v alumno se escuchan atentamente y se
dejan sugerir.
Gracias a José Revueltas, defensor de la reforma educativa (dictó sus
charlas al respecto en el auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad Nacional Autónoma de México durante la huelga del sesenta y
ocho), a los maestros, que invirtieron su tiempo enseñándome a enseñar, a
mis amigos y familiares dialogantes y a mis discutidores alumnos, muy
pronto me percaté de que las fichas y páginas que había redactado tesone-

7
ramenie. titulándolas «Curso de filosofía de la Historia», eran meras
orientaciones tentativas para iniciar la discusión, y muchas de ellas estaban
redactadas bajo un punto de vista y con un lenguaje ajeno a mis inter­
locutores. Y algo peor todavía: a pesar de que desde la educación primaría
estudié la asignatura de Historia, que soy lectora asidua de las obras acerca
del pasado humano, y que he defendido apasionadamente la necesidad de
conjuntar la sincronía y la diacronía, bastaron unas cuantas lecciones, que
recibí en lugar de dar, para que me sintiera como el rey desnudo: ya no
sabía qué es la Historia, el traje que creí llevar puesto. Cuando estaba
leyendo el fragmento del Diario de Mircea Eliade en que se mofa de que la
«más exacta» manera de definir el electrón fue formulada por sir Arthur
Eddington, a saber, algo desconocido que se ignora lo que hace, reí
catárticamente, porque lo mismo ocurría conmigo: la profesora de filosofía
de la Historia, con fama de exigente, ignoraba qué es la Historia, porque las
definiciones que había acumulado, en tarjetas rigurosamente alfabetizadas,
eran muy inexactas. Salvo las excepciones de los tímidos, los futuros
historiadores protestaron ante los intentos de seguir caracterizándola como
un mito o una narración literaria. No, dijeron, después de revisar los textos
que les habla asignado, no inventamos, no somos «fantasiosos» poetas o
novelistas: pretendemos describir los sucesos humanos de manera isomórfica
o correspondiente con ellos.
Cada vez que decían la palabra «ciencia», algunos de mis primeros
alumnos experimentaban un engrandecimiento o una autoafírmación (tenían
una especie tie icíleju condicionado, inspirado por los remanentes del posi­
tivismo): infaliblemente contestaban que la Historia es la ciencia que... No
podían olvidarse del consabido discurso sobre la objetividad del conoci­
miento empírico, basado en leyes que predicen o retrodicen y en taxonomías
de caracteres, que se han descubierto, no inventado, y que se pueden com­
probar porque una explicación correcta está formada por enunciados
verificadles — «proposiciones»— que respetan las pruebas empíricas y
lógicas, a lo que pegaban el estribillo de que los hombres de ciencia (así. en
singular, porque según esto las ciencias se hallan unificadas por un método)
dominan, provocan o evitan (la «fuerza» del los fenóm enos.foco después
experimentaban un gran desasosiego al no encontrar un solo texto de
Historia con que demostrar sus asenos.
Otros contrargumentaban que el historiador no se ajusta a este patrón de
sastre, que las comieanas clasificaciones valorativas de las ciencias eran tor­
pes, que no había de creerse que todo e n cuestión de aplicar unas cuantas
recetas (ya se hubieran aplicado, porque desde Tucídides ha habido histo­
riadores que trataron de encontrar morfologías culturales y hechos recu-

8
ncntcs, y fracasaron en su intento). Luego, concluían, la Historia es una
actividad sui gèneris que está montada con una pierna en la literatura y otra
en las ciencias sociales humanas.
Yo, que fungf como presidente de debates, conseguía la bibliografía de
cada una de estas perspectivas. Tuve éxito porque me eran, después de todo,
familiares. Quienes me sorprendieron e inquietaron fueron los que sostu­
vieron, destripando sin mayores sentimientos de culpa los más encumbrados
ensayos de la filosofía, que la Historia es, no impana si una ciencia o un arte
o un saber sui gèneris, una forma de razonamiento que toma sus intrumen-
tales teóricos o conocimientos de las ofertas que hay en cada momento, y
que a los historiadores no les preocupa tener un lenguaje técnico propio.
Con gran sabiduría afirmaron que su trabajo multidisciplinario consiste en
describir y explicar series (relaciones transitivas y asimétricas) históricas
concretas. Con los años hubo más que participaron en esta opinión, entre
ellos yo misma. Cuando entendí que e s a visión u n sencilla era cierta, pensé
que habíamos realizado el sueño de muchas generaciones: decir algo «obvio»
con toda la ingenuidad de que fuimos capaces. «Cuando uno se pregunta con
fingida y maligna ingenuidad —pues la supuesta ingenuidad del filósofo
siempre es perversa»!— qué es la Historia, derrumba todas las alegres su­
posiciones que antes había asentido.
A lo largo de casi veinte años tuve la oportunidad de enterarme de
cuánta información filosófica sobre el tema estuvo a mi alcance y no la
detecté; y fue impactante descubrir que cada libro y cada ensayo de Cito,
la musa de este quehacer, se pregunta acerca de unos licci*» hu m an o s q u e se
sucedieron en un plano social (político, económico, artístico, científico...)
durante unos años o quizá días sin que pierda de v isa el todo, la unidad, el
sistema en cuestión; las excepciones son escasas porque la Historia enfoca de
manera sistèmica y procesal las peripecias de las organizaciones anteriores a
las nuestras. Y fue impacunte porque la noción del tiempo que manejan los
historiadores y la gente con sentido común ha sido extraña, y no debía serlo,
a los métodos de las ciencias sociales humanas y naturales.
Durante muchas horas de clase disfruté leyendo y escuchando las dis­
quisiciones de-tos^discípuloa acerca de- las- fuentes, ahuellas. testimooiales^sa.
visión suya de que todo producto y todo acto social es un significante que
tiene o adquiere un significado y un sentido, fin u orientación (aunque me
resultó angustioso meterme en un mar de terminología semiótica, con el
peligro de ahogarme y de no sacar en claro más que aquello que ya sabía:1

1 U m évL aura, «Historia y estructura del conocimiento» en Introducción al estructura-


Itsmo, p. 91.

9
los comportamientos humanos no son cosas, y deben ser interpretados en
tanto signos o funciones semióticas). Como rata de biblioteca que soy. me
encantó aprender unas cuantas cosas de la heurística, o maneras de conseguir
documentos, y de la hermenéutica, o interpretaciones, y del manejo valora-
tivo de la información. Me di cuenta de que las hipótesis interpretativas que
habla elaborado durante el trabajo de rescate y edición de las Obras de José
Joaquín Fernández de Lizardi fueron datos que les interesaron a los estu­
diantes y a los historiadores porque, después de todo, ellos y yo estábamos
obstinados en reconstruir lo que pasó una vez en un lugar.
Asimismo, mis alumnos aprendieron a manejarse en los terrenos de las
ideas abstractas; y yo, a volver a los hechos, a decodificartos y a confrontar
con éstos las teorías que con anterioridad me habían parecido montadas en el
aire. V.gr. cuando abordamos la que Hegel llamó Historia inmediata, o que
trabaja cara a cara con los informantes, me di cuenta de los aciertos de las
teorías de la comprensión y de cómo actualmente se toman muy en serio
las transferencias y contramnsferencias en relación con el éxito o fracaso de
una investigación. Pude unir las clases de Filosofía de las anes y de la
Historia en el asumo de las decodificaciones de los productos culturales. Y.
por último, me fue muy esclarecedor entender que la Historia ha afianzado
sus pies en la tierra para no confundir los cambios sociales humanos con el
estricto cumplimiento de un plan providencial. En el capítulo IX y último
redacté las principales ideas sobre qué es la Historia (que he pergeñado en
estas líneas introductorias).
El primer capítulo empieza en donde supuse que debe empezarse, a
saber, en las concepciones del hombre. Hender sostuvo que las ambiciones de
la Historia suponen una idea del lugar que ocupa nuestra especie en el cos­
mos, aun cuando está claro que sólo de esto no se podrían extraer todas las
posibilidades de procedimientos permitidos y vetados para el historiador:
«La antropología [y la antropología filosófica] como analítica del hombre ha
tenido [... j un papel constitutivo en el pensamiento moderno»2. Para esbozar
unas cuantas notas sobre este asunto, comenzaré de manera ritual: hace mu­
cho o poco tiempo los mitos y las religiones no presintieron nuestra extraña
.PíMijciónjkjob>to_dcLconodniicma-y-de^ujcta-quc- conocer-y,-sin tener
clara noción de nosotros y del entorno, todo lo animaron. Después nuestros
abuelos contemplaron nuestra maravillosa capacidad de alterar los cursos de
la naturaleza y nuestra creatividad o complejidad, y. como el niño que adora
a su padre, nos proyectaron, para nuestro beneplácito, al cielo: idearon el
hombre-dios a cuya voluntad está sometido el curso de las cosas. En oposi-

3 Foncault. Las palabras y ¡as cosas, p. 33.

10
ción. la magia, o. si se prefiere, la pane mágica del pensamiento mítico,
otorgó un absoluto privilegio a las regularidades del mundo y a la objetivi­
dad del conocimiento. Este sesgo triunfó: la epistemología clásica se articuló
sin que aislara el dominio propio de la vida humana; en esos silos quedamos
conceptuados como entes naturales, lo que significaba inorgánicos o no-
vivos. Desde entonces hasta bien entrado este siglo XX, los filósofos
«galileanos» de «la ciencia» insistieron en que la biología, las ciencias so­
ciales humanas y la Historia son protociencias que triunfarán si, y sólo si,
aplican «el método científico», a saber, el nomológico-deductivo. Pocos de
ellos fueron capaces de contemplar la «densa» vida o el «espesor» de los
vivientes (las »presiones entrecomilladas son de Foucault). Estos discursos
fueron ajenos i las preocupaciones y problemas de la Historia.
Los filósofos historicistas, mucho más compenetrados con el quehacer de
los historiadores, trataron de colocarnos en la vida; pero muchos de ellos la
mimetizaron en nosotros, o, mejor, la consideraron exclusivamente nuestra.
En sus concepciones antropológicas, mitad ciertas y mitad quiméricas, no
quedamos desnudos ante nosotros mismos, no nos despojaron de todo lo que
pudiera ocultemos ante nuestros propios ojos, sino que esquivaron nuestra
desnudez autcconceptual, no se preocuparon por el vacío que dejó la idea
mítica del hombre, y sí avalaron la más rancia tradición religiosa según la
que somos seres racionales y calculadores, y nuestras conductas planeadas,
no las «automáticas», hacen o dan lugar a la historia (aunque ellos agregaron
observaciones muy agudas como la de que siempre la historicidad se en­
cuentra como un pumo en fuga o que se pierde en el tiempo, y de que
nuestras sociedades tienen que ser estudiadas como un todo, como un
organismo, tema éste que ya habían puesto de relieve los filósofos «especula­
tivos» de la historia que avalaron los mitos genéticos). Los historicistas no
hubieran admitido que se pusiera en duda la deificación de nuestra especie.
Linneo pidió que los pretenciosos le mostraran un carácter genérico que
permita distinguir al hombre del mono. Dijo que él no sabía de ninguno;
pero que si hubiera llamado mono al hombre, o viceversa, habría caído bajo
la fulminante censura edesiática. y además entendió que muchos, como es el

explicación teleológica revisaremos), no quisieron mitologizamos, pero


tampoco se atrevieron a desmitificamos. Quizás el contenido de este miste­
rioso y sugerente párrafo de Berlín puede interpretarse igual que las
palabras de Linneo:

¿Acaso no es necesario recordamos a nosotros, que nos


creemos ligados a una fininid, que sólo a nosotros pertenece y que

11
nos abre, por el conocer, la verdad del mundo, que estamos
ligados a la espalda de un tigre?3

Los historicistas atinaron al identificamos con la vida; pero como la


cargamos «en la espalda», no podemos tratar de sublimamos a nosotros
mismos en su detrimento: no somos, según rezan tantas concepciones equi­
vocadas. los únicos que usamos lenguaje o abstracciones sígnicas (no somos
los únicos animales de cultura); ni sólo nuestro lenguaje varía de un lugar a
otro (en De anima, 413a. b. Aristóteles escribió que los humanos tenemos un
aparato digestivo y uno respiratorio, pero muchos aparatos lingüísticos); ni
somos los únicos que calculamos los medios para la obtención de un fin (la
inteligencia práctica); ni exclusivamente cada uno de nosotros tiene con­
ciencia de sí. Sin embargo, tampoco somos piedras, sino libres e impre-
dictibles sistemas autorregulativos que se organizan; además, los filósofos en
cuestión atinaron en que nuestros actos tienen un lado oculto, que es su mo­
tivo, consciente o inconsciente, y su significado, que es la función que
cumplen o a que se oponen.
Así. pues, las ciencias naturales han afectado las antropologías filosóficas
prejuiciadas que campearon, y desgraciadamente aún campean, en los
conocimientos de lo humano; por ejemplo, todavía existe, como fósü cul­
tural, la clasificación de las ciencias en naturales y sociales, como si nuestra
sociabilidad no fuera (y lo es en principio) un hecho biológico. Para colmo,
cuando nos concebimos dentro del ámbito natural nos damos cuenta de que
las propuestas de métodos como la teleología intencionalista o la compren­
sión. que tienen como punto de partida la ponderación de nosotros, simplifi­
can nuestra sorprendente complejidad: los actos conscientes y propositivos
no siempre son los m is importantes a nivel biográfico ni los más efectivos a
nivel histórico (creer lo contrario obstaculiza el trabajo del historiador),
amén de que autoalabamos menospreciando todo lo que nos rodea ha abierto
un «círculo maldito» (frase de Lévi-Strauss) que acaba ponderando a unas
razas, a unas clases, a unos oficios, a unos pueblos y a unos individuos como
lo humano por excelencia.

tulo I aboga por el contacto interdisciplinario, porque siempre las teorías de


un ámbito del conocimiento han sido sugerentes en otros, y estos intercam­
bios han ratificado y rectificado objetivos y líneas de investigación. La
necesidad de abatir las barreras de la especialización. tan propia de este siglo
y tan enajenante para los individuos y para el conocimiento mismo, ha

1 Berlin, Elenzoyla zorra, p. 313.

12
tenido la Historia como ejemplo a seguir porque siempre ha estado atenta a
las ciencias sociales humanas, a las ciencias de los seres vivos y. en este
siglo, a la lingüistica y a la semiótica. No obstante, aclararé que esta ambi­
ción contemporánea de contactar saberes, no excluye el gran valor
metodológico que ha representado tanto el desarrollo por separado de las
disciplinas, como la petición de que sean coherentes con sus principios, evi­
tando la esterilización del trabajo por el exceso teorético, el parasitismo y
por las confusiones generadas las veces en que se extrapolan las teorías sin
respetar el radio de su aplicabilidad. Luego, los historiadores han de consi­
derar las semejanzas y diferencias entre los materiales y métodos de estudio,
partiendo de la especificidad de sus intereses, temas y preguntas, y ajustan­
do. no yuxtaponiendo, los conocimientos que hayan recibido de otros
especialistas, particularmente de los que trabajan, como ellos, con las
sociedades humanas y las organizaciones vivas.
Como la creencia, dominante a lo largo de varios cientos de años, de que
evolucionamos según unas dinámicas recurrentes estuvo marcada por la in­
comprensión. bastante generalizada, de la historia y la vida humana, a un
puñado de filósofos «especulativos» les dio la vena de revivir las míticas
personalizaciones de la naturaleza y las deificaciones (o satanizaciones) de
nuestras sociedades y de sus cambios, porque en ellas se venen a nuestra es­
pecie (tuvieron como antecedentes y seguidores a otros filósofos milico-
religiosos). En cuanto a esta filosofía, especulativa o de la historia, nuestro
veredicto es doble, en verde o siga y en rojo o alto. En rojo porque se basa
en asuntos de fe, que sus autores nunca p ro p u siero n p o ra que alguien los
comprobara: actuaron con la Historia como Procusto (el bandido de la mi­
tología ateniense, muerto por Teseo, y cuyo recuerdo se ha conservado gra­
cias a Plutarco, que asesinaba a sus víctimas estirándolas o contrayéndolas
para que se ajustaran a una cama grande o a una pequeña) porque quisieron
que regresara al antiguo lecho donde habían reposado la mitología y la
Historia teocrática. Unos de estos filósofos se basaron en las leyendas
genéticas (consideradas como verdaderas en la época de ellos): un Hombre
omnipotente y omnisciente —al que reverenciaron— nos hizo, como en el
-caso de cualquier otro-vivicnte-con sus.hijos.a su imagen.^semejanza»,
marón. Otros esbozaron la configuración del mundo y de la historia según
sus interpretaciones del Verbo. Y otros más argumentaron que dios, la
razón (o el diablo, la sinrazón) ha puesto en práctica un proyecto histórico
que llevamos a cabo con plena libertad individual, que no colectiva o social:

13
«Ya maduró/ un nuevo ct t o j que tendrá su devoción:/ un ente de acción tan
huero/ como un ente de razón»4.
Estas autosublimaciones que al mismo tiempo son autodevaluaciones
porque en tanto vida no hemos sido programados, ni individual ni colecti­
vamente. nos traen a la memoria al señor Micromegas y a los enanos del es­
pacio sideral que fabuló Volttire: un seguidor de Malebranche, tan pequeño
como cualquiera de nosotros, polillas infinitamente pequeñas y con un
orgullo infinitamente grande, dijo que su alma no hace nada, porque todo lo
hace dios. «Más valdría no ser, prosiguió el sabio de Sito». Un leibniziano
retomó el hilo de la conversación diciendo: «mi alma es el espejo del uni­
verso y mi cuerpo es la orilla del espejo; eso está claro»5. Yo creo que este
discípulo de Leibniz no era tan inteligente como le pareció al habitante de
Siró: su aseno es inadecuado porque si es verdad que él fue antecedido por
toda una historia que heredó y explica su manera de ser. no es un espejo o
una fiel representación en pequeño de lo que ocurre y ocurrió en grande
o mundialmente. Si no, si el hombre es tan poco creativo, más le valdría
no ser.
; Y el veredicto es en verde poique las afirmaciones anteriores acerca de
la indemostrabilidad de la parte mítica o especulativa de las filosofías de la
historia, como las de Agustín, Kant, Hegel y Niebuhr, no les merma sus
acienos: no sólo son un testimonio histórico como cualquier otro, sino que
muchos de estos tratados destacaron la intervención nada colateral de los
valores en la historia e Historia, y dieron nociones acerca de las sociedades
como sistemas, de qué son éstos y de cómo tienen que explicarse (mediante
la teleología, por ejemplo); nociones que. con anterioridad a ellos, nadie
había expuesto con tanta claridad conceptual: la especulación está de cabeza,
pero sus autores no tienen que ser tratados como perros muertos (fueron las
apreciaciones marxianas sobre la filosofía de Hegel).
En el capítulo Ul hablamos de los filósofos críticos o de la Historia,
también procustos, que estuvieron tan obsesionados por las semejanzas (que
registraban en clasificaciones taxonómicas de propiedades visibles, o en
evoluciones sociales por las mismas etapas, o en relaciones entre unas condi-
dones y un resultado histórico. Que son tan recrrrcmra qp». p|MMten
cirse o posdecirse según cálculos probabilísimos) que quisieron reducir a

4 A. Machado. «Proverbios y cantares» en Poesías completas. México, Editores


Mexicanos Unidos. 19S1. p. 249.
s «Micromegas. Historia filosófica», uad. Hilda Becetril Castro, en Boletín Editorial de
Et Colegio de Mixteo, México. Departamento de Publicaciones de El Colegio de México,
mayo-junio de 19*6. p. 11

14
Clío a un estereotipo de ciencia «perfecta y exitosa». Y allí también
hablamos de los filósofos que quisieron ajustar la Historia a un método
absolutamente distinto de los otros (el comprensivo y el de ios silogismos
prácticos). Para ellos Clío tiene que ser una musa tan original, que no
mantenga ninguna relación de continuidad con los demás conocimientos.
Si clasificáramos desde varios puntos de vista a quienes han formulado
metateorías de la Historia, tendríamos que dividirlos en monistas y dualistas;
en partidarios de que esta área del conocimiento explique las comunidades
entre las morfologías sociales y los hechos humanos del pasado, y los
partidarios de que en sus descripciones explicativas, el historiador establezca
prioritariamente las diferencias, o sea aquello que cada proceso histórico
tuvo de único; en quienes creen que la Historia debe ocuparse de las conduc­
tas individuales, o, contrariamente, de lo social, o combinar lo social e in­
dividual; y, finalmente, en quienes investigan a las agrupaciones humanas
como unidades o sistemas (estructuralislas, historicistas, marxistas y fun-
cionalistas), es decir, que los elementos sociales han de entenderse por sus
interdependencias funcionales: la investigación de la parte obliga a investigar
las otras partes con las que está enlazada (mediante nexos efectivos, dijo
Dilthey), y los «atomizadores», que contemplan el mundo histórico en
pedacitos, tratando de explicar lo más complicado a partir de lo más simple.
Tomaré el partido de los bolistas porque, según opino, los problemas
que se plantean los historiadores y los procedimientos que han ideado para
resolverlos se ajustan al pensamiento panorámico, valga la expresión, que
tanto molestó a Kart Popper. Desde luego que también ha habido visiones
sistémicas amihistórícas. pero de ellas hablamos en el capítulo v. En el se­
gundo y el tercero sólo sentamos las bases del diálogo multitemático que han
entablado, o podrían entablar, diversos historiadores y filósofos de la
Historia y de la historia, es decir, ese juego en grande de preguntas y res­
puestas acerca de una musa tan escurridiza y que últimamente le ha dado por
ser mundana.
El capítulo IV es fruto de una cantidad enorme de cuestionamientos y de
contestaciones tentativas que planteé al tomar conciencia de que los historia-
dnrg& -iM » if» jaa -u n -e n fo q u e- a k tA n ic n y n n a f n m itia - tra b a ja n la « s e rie »
(relación transitiva y asimétrica) de los hechos partiendo de la unidad, se
desplazan hacia sus elementos y terminan en ella. Las diversas definiciones
de «sistema» que recogí y he pulido se complementan entre sí; además, el
término holon me ayudó a establecer cómo y por qué los historiadores
realizan lecturas panorámicas de las sociedades a partir de un tema (o, si se
prefiere, desde unos hechos que tuvieron lugar en un plano social:
económico, político, religioso...) y desde un corte espacio-temporal. Gracias

15
al mismo término me di cuenta también de la elasticidad o limites borrosos y
siempre am pliares, o reducibles. de cada unidad compuesta o sistema. Otro
punto que abordé fueron las marcas de equivalencia, de oposición y las
relaciones de parentesco que se establecen al analizar los tejidos sociales.
En las páginas de esta cuarta sección enumero los componentes básicos
de una sociedad humana (en tamo la concebimos como sistema) que han sido
detectados: y hago explícito el uso de los conceptos de: «código» o «normas»
funcionales u operativas (la gramática del sistema) porque dan una idea de
las coordinaciones funcionales que existen en el seno de cada organización
humana; el de «comportamiento» (que abarca las acciones planeadas cons­
cientemente y las que tienen una finalidad inconsciente), que distingue las
conductas funcionales de las rebeldes e introduce a los sujetos (o miembros
del sistema) en la historia y. derivadamente, en sus investigaciones o
Historia, evitando así algunas confusiones que se han suscitado en la época
contemporánea; y el de «programa funcional» u «operativo» que indica la
orientación finalista o el sentido de todos y cada uno de los componentes
sistémicos, y que facilita la distinción entre cambios en el sistema de los
cambios de él mismo.
En estas páginas también argumento la autonomía de los componentes y
especialmente enfatizo la mayor variación o movilidad de las estructuras que
de las funciones sistémicas. Quede entendido que las posibilidades de exten­
der o reducir lo que en cada texto se caracteriza como un hoion permiten los
usos elásticos de «institución», «funciones», «normas» («código») y «com­
portamientos»; por ejemplo, se habla de las funciones de dos países en una
relación continental, o de sus comportamientos recíprocos. Asimismo, en
esta sección apunto las jerarquizaciones de cada holon. que establecen las
importancias para su funcionamiento general. Un día, al abordar este tema,
una amiga montó en cólera, sin percatarse de que «jerarquía» no establece
más que las prioridades de un orden, es decir, que no coincide (siempre) con
las gradaciones de privilegios socialmente estatuidos. Ella sintió que mis
palabras agredían el «espíritu solidario que debe existir», o sea la igualdad
social. No sé si me equivoco en mis apreciaciones, dijo, pero mi conciencia
^populista», j s .m is fuerte que, cualquier-teoría; y curiosamente en la misma
reunión hubo quien me acusó de extremista que inviene la pirámide que los
privilegiados dicen que es inamovible. Quizás esto indica que el término
«jerarquía» es poco afonunado en tanto pona sedimentaciones connotativas
que provocan sordera, acompañada de reacciones emocionales no deseables.
No encontré otro más adecuado: confío que alguien invente uno mejor o que
el uso acabe neutralizando los significados que. como un fondo de ruidos
blancos, pueden perturbar la comunicación.

16
Al terminar la cuarta pane clasificaré nuestros sistemas, entendidos
como comunidades, en abienos, complejos o creativos, autoraegulativos (y
creadores de productos regulados) e impredictibles o mutantes. Y esto úl­
timo tiene que subrayarse porque el enfoque de un tipo de realidad como
sistema se debe a que ella adopta estados y trayectorias diferentes bajo idén­
ticas o parecidas condiciones perturbadoras; en contraposici6n, el método
nomológico-deductivo trabaja las comunidades, la regularidad, las recurren­
cias. Por lo tanto, si quien aplica este último dice que explica un «sistema»,
habla metafóricamente.
En el capítulo siguiente contrasto el «sentido» histórico de los que von
Wright llamó aristotélicos con:

a) El «sentido» ahistórico de los griegos que buscaban esencias, en la


acepción platónica de la palabra, en medio de los «movimientos», esto es. de
los cambios constantes, tanto del perceptor como del estímulo, encon­
trándolas. según dijeron, en los números, en los conceptos y en las tablas
taxonómicas de caracteres. Ellos pensaron que éstos y éstas re-presentan las
cualidades biyectivas (o conjuntos) de cosas o de hechos. Y la historia la
concibieron como la (fastidiosa: Tucídides) repetición de lo mismo y. con­
siguientemente. calificaron la Historia como maestra de la vida.
b) Con el sentido ahistórico de los filósofos que propusieron la noción
cíclica del tiempo y allí colocaron la historia, como si estuviera atada al
péndulo de un reloj. Según esto, la Historia aconseja qué hacer dependiendo
del lugar donde se encuentra la curva del cido.
c) Con el ahistórico sentido de los primeros positivistas, quienes pro­
pusieron una «progresiva» línea recta por donde pasaron o pasarán todos los
pueblos, y con el antihistórico sentido de los positivistas tardíos, galileanos o
proclives al método nomológico-deductivo que, mediante unas leyes, pre­
tendieron explicar, predecir y posdecir, especificando las probabilidades;
éstos trazaron el tiempo como una línea recta que repetitivamente se des­
plaza desde un punto que simboliza el presente hacia la izquierda o el pa­
sado, y hacia la derecha o futuro. Y como no hay novedad, tampoco existen
ta historiary-It-Historia-es-una-manerarenere-muchas^de-pcrdcLcLtiempo-
d) Con el sentido ahistórico de los teóricos de sistemas que quieren
mantener la vida en equilibrio. Para ellos la Historia tiene que estudiar las
unidades sociales humanas como si fueran un tiovivo o carrusel cuyos
recorridos son predictibles siempre y cuando el observador no pierda la
perspectiva de conjunto y quiera analizar fragmentariamente el todo en
cuestión.

17
t) Con la falta de sentido histórico de los genetistas que explican nuestra
autoconstrucción o autoesmicturaciones mediante ciertos productos cultu­
rales de contenido recurrente, o mediante ciertos contenidos y asociaciones
que son idénticos y funcionan de la misma manera: la ontogenia reproduce
la filogenia, o sea que en los individuos aparecen fenómenos de recapitu­
lación de los diferentes estadios de desarrollo colectivo porque todavfa se
repiten exactamente igual que antes unos primigenios acontecimientos orde­
nadores de la sociedad.
f) Con el sentido ahistórico de los funcionalistas que desecharon como
material de estudio los comportamientos de los individuos para ocuparse de
los «hechos sociales», alegando que éstos determinan aquéllos sin que haya
un movimiento contrario. Y si todo comportamiento cabe en lo instituido, y
como lo instituido (las funciones o normas operativas) no se cambia a sí
mismo, la evolución humana queda negada; las dos únicas soluciones para
rescatarla serian vivificar las funciones o normas, es decir, imaginarse re­
glas que se autorregulan, se mantienen y se transforman, lo cual es una
aberración, o bien rescatar la idea de un dios que nos las impone, deján­
donos en calidad de sus marionetas.
_ .v g) Con lafo lta de sentido histórico de los filósofos, antropólogos y
lingüistas que'conciben la historia como una sucesión de sincronías, o de
estructuras idénticas en medio de contenidos variablesl y con la misma falta
que detectamos en los seguidores de Saussure, quienes se imaginan los cam­
bios estructurales como el modo de realizar un código eterno: para ellos las
transformaciones o recomposiciones ocurren en el radio de lo que llaman
«sistemas» o reglas operativas, nunca de éstas, o sea que no existen los cam­
bios del sistema?)
h) Y, por úitimo, con el sentido ahistórico de quienes estabilizaron el
código como si se untara de una depurada esencia reducida a una o dos
normas (esta posición es la que reza así: la Historia universal es la misma
porque en cualquier proceso los humanos hemos manifestado el mismo afán
de poder político, económico y del conocimiento).

D y jp u é s dq fcjfte re p a s o tra ta ré . r i e _ d e f e n d e c .e L « M n ti d o ^ i s t 6 r k » » i
volviendo la mirada hacia aquello que se sabe sobre el carácter sistèmico y
evolutivo de los vivientes (contacto interdisciplinario que anuncié desde el
capítulo primero). Lo mejor del caso es que encontré un planteamiento, in­
explorado por los epistemólogos. notoriamente sugerente y que puede apli­
carse a los materiales históricos. Esto es, la dimensión diacrònica de la in­
vestigación, con sus elaboraciones de trayectorias e indicadores de espacio-
tiempo. es básica no sólo porque cada cosa y cada hecho se generó en el

18
pasado y remite a él en una cadena serial (que el historiador no tiene que
romperla en algo que propone como el inicio, la causa primera en el orden
de los sucesos y último en el orden de las explicaciones), ni porque hay dis­
tintos ritmos (o de duración) históricos, debidos al medio ambiente y a los
aprendizajes o intercambios de información entre las organizaciones, sino
porque nuestros sistemas sé mantienen (o no se disuelven en tanto unidad) si.
y sólo si. se reestructuran. La mayoría de las transformaciones sociales hu­
manas. que analiza el historiador, son recomposiciones dentro de un código,
o de unas normas (coordinadas) que no señalan claramente qué ha de
hacerse, cómo tiene que ser la ejecución de unas funciones, sino que
prescriben lo que no tiene que hacerse (para conservar un orden). También
repasaré los cambios del código o del sistema. Si después de que han
ocurrido estos últimos, o cambios radicales, seguimos nombrando un sistema
de igual manera (por ejemplo un país o una sociedad cualquiera) es porque
no desaparecen todas las funciones o reglas del onden anterior, sino aquéllas
que se contradicen con el nuevo programa funcional u operativo (todas
cambian sus orientaciones o fines), y también se debe a que nuestra
convención revela tanto que el presente es una huella insiructiva de un
pasado, como que cada sistema lucha por mantenerse como un todo frente a
lo exirasistémico, o por preservarse. También haremos constar que ha
habido sistemas humanos que desaparecieron en unto unidad y que este
peligro amenaza a toda organización de vivientes.
En el mismo capítulo escribiré algo sobre los usos de los conceptos de
«entropía», como medida del desorden de nuestras sociedades y de sus pro­
ductos. y de «información», o de novedad, y los cuestionaré en un caso por
su equivocidad y en el otro porque olvida que, como lo hizo notar Chomsky.
con un número finito de reglas o normas operativas generamos un número
infinito de maneras de su realización (ya anotamos que prescriben más qué
no debemos hacer que cómo debemos hacer algo). Consiguientemente, apo­
yaré la idea de que el futuro y el pasado de nuestros sistemas humanos no
son predictibles precisamente por la libertad de acción que tienen y también
porque en algunos casos se ha detectado nuestro desarrollo azaroso, que no
es-unamanera do-referirse a-la-ignotanciarSino a.siniarinaftiqtif. rebasan el
cálculo de probabilidades de una hipótesis general o de una ley.
Todos los apoyos y objeciones que se encontrarán en este libro nacen de
que su principal planteamiento e hilo conductor será descubrir qué quieren
saber los historiadores, y con qué procedimientos pretenden alcanzar ese
saber, cómo han aceptado convergencias metódicas y mostrado sus discre­
pancias. y esto porque ninguna de las actividades cognoscitivas y de las
disciplinas que existen pueden sustituir sus tareas. En sus descripciones o

19
relaciones explicativas, ellos combinan la reconstrucción de los compor­
tamientos de los sujetos y sus consecuencias sociales. Yo estoy de acuerdo
con este proceder porque los individuos son los agentes de la historia, o los
generadores del cambio, aunque habré de señalar mis discrepancias con
los presupuestos del «atomismo axiomático», o Historia individualista (que
no biográfica, porque hoy en día los textos sobre la vida de alguien
pertenecen a la literatura), aún compenetrada con las especulaciones milico-
religiosas acerca de héroes y villanos caracterizados como omnipotentes y
omniscientes personas asociales, y seflalaré mi concordancia con la actual
Historia, que inicia y termina su trabajo en lo sistèmico.
La reivindicación que haré del sujeto, enfrentándome a teorías que con­
funden los niveles sistémicos, me conducirá a las explicaciones ideológicas.
En el capítulo correspondiente escribiré que si las concebimos como sinóni­
mo de explicaciones intencionalistas (proclives a las concepciones religiosas
del hombre o fundamentadas en días) es insuficiente (no inútil) para la re­
construcción de la historia. Ahora bien, como lo afirmó Kant en su Critica
del juicio, en tanto análisis de las orientaciones, del sentido o fin, la teleo­
logía es inseparable de los enfoques sistémicos porque descifra el cómo y el
porqué de las organizaciones y de sus cambios. Por lo tanto, los enunciados
teleológicos de una explicación sistèmica no son traducibles a enunciados
causales, aunque tampoco son su opuesto (cuando el historiador dice que x
desempeñó sus funciones para..., supone que x fue causa, o parte de la causa,
de un efecto particular de orden; y cuando dice que x se comportó de una
manera rebelde para..., también supone que el comportamiento de x fue
causa, o parte de la causa, de un desorden social que tuvo consecuencias im­
portantes. o que fue neutralizado. El enfoque de conjunto o global, es decir,
sistèmico, me obligará a encarar los peligros de la circularídad explicativa,
para lo que propondré que se distingan los componentes y niveles de cada
organización (las conceptualizaciones válidas para un nivel no lo son para
otros más amplios o más estrechos), y los espacios y los tiempos.
Esta Introducción la empecé reseñando el capitulo IX. dejando en el tin­
tero el asunto de la unicidad (o la configuración de los sucesos en tanto que
es-una o única) que-aparecerá eitéL E I historiador e s u n investigador de-las
diferencias, esto es decir de lo único que fue cada proceso sistèmico, o lo
que tuvieron de únicos cada realización funcional y cada comportamiento
rebelde y sus respectivos enlaces; y él relata las diferencias con una fruición
detallísiica que ha molestado a las mentes generalizadoras y, como tales,
muy selectivas. Sin embargo, también el relato científico sobre un hecho
particular, el cometa Halley por ejemplo, tiene criterios selectivos minu­
ciosos y llenos de datos que diferencian este cometa de los otros. Igualmente.

20
los cuestionamientos que se plantea un historiador y que le planteamos están
enfocados a lo uno o único, aunque todos demos por sabido que utiliza gene­
ralizaciones; por ejemplo, si a una pregunta expresa sobre la guerra civil
española de 1936 a 1939 nos respondiera sólo con generalizaciones que
contemplen las comunidades que tuvo con otras guerras, sabríamos que no
cubre las expectativas que se tienen de su trabajo.
Unas cuantas observaciones editoriales; en todo el libro he tratado de
distinguir la Historia, o investigación de las cosas sociales humanas aconteci­
das, de la historia, o cosas sociales humanas acontecidas, mediante el recurso
gráfico de la h mayúscula y minúscula, que intenta evitar los frecuentes e
inadvertidos desplazamientos, los traslapes y las yuxtaposiciones entre ambos
conceptos; he puesto puntos suspensivos, en sustitución de los etcéteras.
como invitación a que el lector complete la frase, a que participe activa­
mente completando el texto, y para señalar la omisión de palabras en una
cita. En la Bibliografía no repito los datos de las notas de cada capítulo; y
cuando la anotación hace referencia a un ensayo en una obra colectiva, un
libro, un fragmento de texto, que se publicaron en otro libro, sólo cito este
último. En el índice onomástico omito a los traductores de las obras citadas.
Para terminar preguntémonos qué hubiera sido de Clío en manos de
tantos filósofos, incluyéndonos a nosotros (aunque imaginamos ser inocen­
tes), que. como Procusto, antihéroe del Ática, trataron de victimarla ajustan-
do sus medidas a un lecho metodológico corto y a otro demasiado largo para
ella. Afortunadamente tan ilustre musa supo, como Teseo, defenderse sola
de las fechorías, demostrando que no era elástica. Si lo hubiera sido, reposa­
ría en un cementerio, muerta por inanición, por no alimentarse con lo que
realmente es nutritivo para ella, o sería como una gota de agua en una nube,
confundida con las otras gotas, o como cuentos maravillosos que no precisan
de lugar ni de fechas que ubiquen la narración, y que dejan a los personajes,
buenos o malos, en una acusada impersonalidad, en la indefinición. Afortu­
nadamente, Clío, la Historia, ha mantenido su sabiduría de dicho sobre el pa­
sado humano y de reconstructora de lo que ocurrió, y ha mantenido su ori­
ginalidad y su personalidad agradable, porque «Nada hay [..] más agradable
y deleitoso paraun lector que las diferencias dc.los.iiempos.yJasjricisitudes-
de la fortuna»6 o sucesión de acontecimientos opuestos que antes se identifi­
caban como obra del hado, del destino o de la fortuna, y que ahora ya sabe­
mos que es la historia que construyeron aquellos sorprendentes antepasados
nuestros, que ahora la estamos construyendo nosotros, y la construirán nues­
tros congéneres del porvenir.

6 Cicerón en Wagner. La ciencia de la Historia, p. 41.

21
LAS CONCEPCIONES DEL HOMBRE Y LAS CIENCIAS
SOCIA LES (HUMANAS). PR EJU ICIO S DIFERENCIA LISTAS
Y UNO HOMOGENEIZADOR

A partir de Darwin se han revivido las antiguas comparaciones entre


nuestras colectividades y los organismos porque unas y otros pueden
estudiarse como sistemas que evolucionan (esto no significa que nazcan,
crezcan, se reproduzcan y mueran). En conformidad con la biología
entenderemos por «sistema» un todo de componentes relacionados
funcionalmente. Nuestra definición no coincide con la utilizada por los
estructuralistas que identifican sistema con el código o normas (reglas)
operativas que sirven para explicar una realidad estructurada.
El párrafo anterior revela que no avalamos la separación de las ciencias
en dos componimientos estancos, a saber, las naturales y las sociales
(humanas), aunque tampoco creemos que las primeras hayan sido un ábrete
sésamo de las segundas: «La innegable utilidad heurística del modelo
biológico —escribe Habermas— resulta dudoso que pueda mostrar el
camino hacia una teoría generalizare de la evolución que sirva, al mismo
tiempo, para el desarrollo natural y cultural»1. La misma comparación entre
nuestras sociedades y los organismos tiene fronteras que no deben
.traspasarse, como lo afirmaba Swift:

(...) ya que todos los escritores han convenido en que hay una
estricta semejanza entre el cuerpo animal y el político, no puede
existir nada más evidente que el hecho de que la salud de ambos
debe ser atendida y sus dolencias cundas con idénticas prescrip-

Las fronteras se traspasaron de manera tan lamentable que la adaptación

una revulsión que acabó en el aislamiento, en la búsqueda de la «pureza


química» de la teoría y de los métodos, es decir, que se tuvo como un mal12

1 La reconstrucción del materialismo histórico, p. 171 Piensa en lai aplicaciones de


Panons. Luhmann y Lenski.
2 Viajes de Culltrer, pról. Alvaro Cunqueiro. trad. Juan G. de Luaces, Espafla.
Salvai. 1971 (Biblioteca B i l i a Salvai, 171), p. 117.

23
hábito que los «humanistas», enfrentados en su trabajo a materiales sui
gèneris, busquen ávidamente sugerencias en los métodos y en las ideas de las
ciencias naturales. Entre los aven ture rismos irrespetuosos de fronteras se
cuentan unos cuyo aire recuerda el dilema sofista que. tomando como
paradigma lo natural, argumentaba o en pro de la igualdad social o en
contra de las leyes civiles igualitarias: si Marx le dedicó a Darwin la
primera edición de El ca p ita i los conservadores y reaccionarios se
inspiraron en El origen de las especies para justificar con interpretaciones
distorsionadoras el esclavismo y los sojuzgamientos humanos, acordándolos
con las relaciones sociales de las hormigas. También la teoría de la
evolución fue esgrimida por los racismos, cuya biblia era el Essai sur
l'inégaliti des races humaines de Gobineau 0854-1855), y por las eugenesias
o encomios de los hombres del porvenir (supuestamente Francis Galton
vinculaba fecundamente biología, sociología y psicología mediante claves
estadísticas acerca de la herencia del talento y de la hipotética mejoría de la
especie homo)*.
Las argumentaciones mencionadas son llamativas porque Darwin jamás
dijo que la sobrevivencia se debe al triunfo de la fuerza (también sobreviven
los débiles que se mime tizan y saben huir, asociarse y pueden adaptarse a las
condiciones ambientales), ni sus planteamientos aluden a medios para
superar las estirpes «decadentes y tábidas» (según valoraba Galton a las
generaciones humanas contemporáneas suyas), ni clasificó las razas en
superiores e inferióles.
En conua de la pureza metodológica de cada ciencia, hasta la primera
mirad del siglo XX hubo filósofos positivistas que sostuvieron el monismo
metódico, cuyo credo reza: cualquier realidad es clasificable taxonómica­
mente y sus cambios se explican por medio de leyes. A pesar de que no
escribieron textos específicos sobre su concepción del hombre, afirman que
tanto las situaciones en que nos desenvolvemos, como nuestras conductas y
disposiciones, presentan uniformidades en sus procesos de cambio (así como
el agua que se somete a temperaturas bajo cero centígrados se congela, las
organizaciones más informadas absorben a las menos informadas que entran
en contacto con ellas). Esto es. las «dinámicas».deins^ene^-vivos^.inertes
se explican si se traducen a hipótesis generales que traten las relaciones entre1

1 M. Ginsberg. «The claims of cugenics» en On Uie átersity of moráis, comprime el


credo eugenésko en cuatro ipanados: los caracteres físicos y mentales están determinados
por la herencia y en cantidad menor por el medio: el progreso depende de la selección
natural: las condiciones modernas impiden la mortandad, propiciando la degeneración: hay
que tomar medidas que contrarresten la degeneración.

24
unas condiciones y un resultado. También los antiguos magos estuvieron
convencidos de que cualquier cosa es explicable mediante principios
generales porque todo se desarrolla con regularidad o recurrentemente. Los
positivistas, hijos de magos, renegaron de las ocurrencias animistas o
antropocéntricas de sus ancestros; pero también ubicaron todos los
fenómenos en un mismo nivel; según ellos los materiales de la biología o de
las ciencias sociales humanas no indican la ausencia de relaciones
recurrentes. Cada organismo y cada organización de individuos vivos, al
igual que un meteorito o una constelación, tienen peculiaridades que los
individualizan; pero esto no obstaculiza que el universo de discurso
respetable científicamente registre las tipologías de caracteres y los cambios
de estado o de lugar en leyes que tendrán un porcentaje alto o bajo de
cumplimiento, pero un porcentaje a fin de cuentas.
Los partidarios de uno y mismo método celebraron los éxitos de la física
clásica en declaraciones que estratifican los conocimientos, otorgando el sitio
más alto a las explicaciones nómicas (de nomos, ley) y a la capacidad de
predecir y posdecir (dominio del hombre sobre el entorno y sobre sí
mismo) y el sitio más bajo a las explicaciones genéticas y de cambios
humanos no recurrentes: «los átomos físicos también cambian con el medio
ambiente [...] no contra las leyes físicas, sino según ellas [...] la importancia
de los supuestos cambios humanos es dudosa y muy difícil de evaluar»45.
Como los biólogos no explican nómicamente la evolución de las especies,
también cargaron con el estigma de estar atrasados, de no haber alcanzado
conocimientos «exactos»: «La actual moda [...] surte sus peores efectos al
crear, como la moda del vestir o del automóvil, un símbolo de status, pues
surge el orden jerárquico de las ciencias que caricaturiza Simpson*3. Y
Simpson caricaturiza la poca estima que se tuvo por las investigaciones
acerca de las discontinuidades y la ponderación de los conocimientos que se
constituyen como un cuadro fijo de caracteres y de relaciones de cambio, el
cual, comenta Whitehead, mata la intriga por lo desconocido y la capacidad
de sorpresa ante la novedad.
La posterior aceptación de la teoría de Danvin ubicó a la especie homo
■cn d ámbitade-los^seras-vivos-y-ca-la^bistoria. porque-sus procesos-de-
cambio no se explican nómicamente. Sin embargo aún no se entendió que los
materiales de cada campo de trabajo van indicando las coincidencias en

4 Popper, La miseria del historicismo, p. 120.


5 K. Lorenz, Los ocho pecados moríales de la humanidad civilizada, trad. Manuel
Vázquez, Barcelona, Plaza y Janés, 1973, p. 110. G. Simpson, «The crisis of biology* en
The American Scholar, ndm. 36. 1967. pp. 363-377.

25
los métodos, y los ajustes metódicos efectivos para explicarlo. Entonces se
pensó que si los humanos tenemos las peculiaridades de los organismos
vivos, que acodan los feudos explicativos de las leyes de cuño galileano, la
última palabra en biología es la primera en las ciencias sociales humanas;
pero esto es un infundio poique ellas tienen sus propios problemas:

Supongamos que el neodanvinismo pudiera explicar satisfac­


toriamente el surgimiento de las formas vitales socioculturales.
entonces, la construcción de teorías de las ciencias sociales
humanas podría describirse en el lenguaje de la evolución natural.
Sin embargo, este requisito todavía no se ha cumplido6.

Las ciencias sociales humanas han logrado su independencia, lo que


señala su madurez. No obstante, una señal de que la madurez se ha
incrementado se halla donde los estudiosos de un problema específico son
capaces de encontrar sugerencias en los métodos y hasta en las ideas
aparentemente alejados de él: encerrarse en un tipo de discursos sin escuchar
otros es uno de los hábitos mentales más nefastos. Ejemplificamos: el
darvinismo marcó un corte epistémico que fue sugerido por la hipótesis
malthusiana de que la población tiende a crecer más rápido que los medios
de subsistencia: pero que e s a tendencia se topa con frenos preventivos como
la muerte, la guerra, las enfermedades, el hambre y los prejuicios morales7*.
La teoría de la selección natural sostiene: dado que se concibe más
d e s c e n d e n c ia d e la co n v e n ien te, y d ad o que ex isten v a ria c io n e s hereditarias,
los menos adaptados a un medio ambiente mueren con más frecuencia antes
de ser padres, en tanto que los mejor adaptados trasmiten sus características
a las generaciones siguientes. Es muy notable que la enorme diversidad de
resultados evolutivos deriven de la selección natural; es notable que Wallace
llegara a las mismas conclusiones, reconociendo que precisamente Malthus le
ofreció la solución al enigma de la evolución de los especímenes con vida6;
y. por último, es más noable que la teoría de la selección natural tiene, al
parecer, mayor fuerza explicativa que la hipótesis malthusiana. Este
anecdotario ilustra lo fructíferos que han sido los contactos inierdis-

6 Habernos, op. cit^ p. 119.


7 En The Ufe and laten de Darwin se dice que leyó por distracción los trabajos de
Malthus, y bruscamente le vino la idea de que las variaciones favorables tienden a
conservarse, y las desfavorables a destruirse. El resultado es la formación de nuevas
especies.
> En Darwin and modem Science, compilación de 1910. Thomson se ocupa de los
descubrimientos de Wallace.

26
ciplinarios, aun concediendo que también ha habido desviaciones interpre­
tativas de consecuencias nefastas y que de nada sirven las extrapolaciones:
así. la teoría de la selección natural está compuesta de observaciones
retrospectivas que se aplican a unos fenómenos, no a todos; ni tan siquiera
explica satisfactoriamente cualquier alteración evolutiva.
De alguna manera siempre los descubrimientos de las ciencias naturales
han influido en las sociales humanas y viceversa, reforzándose en ambos
casos la creencia de que cieñas directrices de la investigación no eran del
todo equivocadas y de que otras fallaron estrepitosamente: «las ideas que
han determinado notorios progresos en un campo de investigación, se han
ensayado siempre (y con razón) en otros»9. Permítasenos divagar a nivel
personal acerca de las sugerencias interdiscipiinarias. Nos parece impor­
tante que quienes aún sostienen la evolución uniforme de las comunidades
humanas rescaten la «recapitulación» propuesta por Haeckel y von Baer
según la cual, debido a las afinidades genéticas, o a un antepasado común, la
ontogenia repite, con varias modificaciones, la filogenia de un grupo de
animales: cuanto más jóvenes son los embriones de un mismo grupo, más se
asemejan entre sí. diferenciándose a medida que se hacen más grandes. El
desarrollo embrionario del hombre reproduce modiPicadamente la forma de
tipos ancestrales (los arcos branquiales nos conectan con un pez, y U cola,
que se recoge hacia la base de la pelvis para formar el coxis, nos conecta con
algún animal caudado). Conservamos estructuras rudimentarias y residuales
que no desempeñan su cometido original. Y dijimos que es importante que
se medite sobre la recapitulación porque existen paralelismos apasionantes.
Veamos. La reproducción de la historia evolutiva no significa que las fases
sucesivas de cada embrión se corresponden con las fases sucesivas de la
evolución de la especie; análogamente, Tylor no se equivoca cuando escribe
que perviven comunidades humanas, calificadas como primitivas (esto es.
originarias), que son una huella instructiva de algunos aspectos de las orga­
nizaciones humanas remotas. Pero, cuidado, no son un espejo de la
«primitivez» de la humanidad, sino una huella modificada de lo remoto.
Luego, está equivocada la siguiente fórmula de (Vico: a cienos estados de
desarrollo», producios.igual csUos^c5aivajeSj»_cnjodo_tiempQ_y.lugat_son
mentalmente «salvajes»; por lo tanto, si estudiamos los «salvajes» modernos,
sabremos exactamente cómo fueron los «salvajes» antiguos. Asimismo,
también hay que sopesar aquello de que las fases sucesivas del desarrollo de

9 R. Daisches, «Darvinismo y ¿tica» en Bamett ei ai., Un rigió después de Denvin. i.


La evolución, 4a. e»L. trad. Francisco Cordón. Madrid. Alianza Editorial, 1979 (Ciencia y
Técnica. 24). p. 21$.

27
un embrión no representan las fases sucesivas de la especie, porque,
análogamente, las etapas sucesivas de una sociedad humana no representan
las etapas pasadas o todavía presentes de todas las sociedades humanas, y esto
porque no existe una y misma evolución para todas, como lo demuestren los
datos arqueológicos obtenidos: es mentira que los grupos nómadas tengan
que volverse sedentarios o que la construcción de ciudades es un hecho
tardío. Y es mentira que haya habido sucesivamente las cosmovisiones
teológica, metaflsea y positiva. No terminamos el enlistado casualmente: en
el fondo, las perspectivas de la historia plana o lineal están presididas por el
«catecismo positivo» de Comte, que reverencia el «progreso» científico y
tecnológico de los países capitalistas que. en su estadio industrial, casi han
alcanzado, según cree, el punto óptimo de la perfección y. consiguiente­
mente, han de llevar de la mano a otros países (hermanos menores o
descarriados) que han quedado a la zaga.
Insistimos, pues, en lo conveniente de los contactos disciplinarios,
enfatizando que después de Darwin los enfoques sistémicos y evolutivos de
la Historia han quedado bastante más seguros de sí mismos10. También a él y
a sus seguidores se debe que los textos históricos y filosóficos ya no se
limiten a signar que los humanos hemos permanecido idénticos desde que
fuimos creados a imagen y semejanza de nuestro Autor.

CONCEPCIONES DEL HOMBRE

Las cuestiones de los métodos de las humanidades y de las ciencias


sociales humanas han dependido de algunas concepciones del hombre o
antropologías filosóficas. En Hacia un nuevo humanismo de Samuel Ramos
se lee: «creo que en todas las direcciones fundamentales del pensamiento está
implicado un concepto del hombre»*11. La misma Historia lo supone en sus
orientaciones temáticas, metodológicas y selectivas de los materiales, no
como objetivo, sino como trasfondo que va guiando los quehaceres de
quienes se dedican a ella. A veces en biología ocurre lo mismo. Así, para

i° p a n D. G. Mac Rae. «El darvinism o y las ciencias sociales» en Bameu ei al., op.
cit.. p. 166, es «venerable» la idea de que las sociedades se asemejan a los organismos en el
hecho de que forman una unidad imodependieme de partes especializadas hmcianalmeme.
Por su parte. Waddington en «Teoría de la evolución» (en la obra citada, p. 20) escribió que
la historia de cada cosa ha moldeado sus características y sólo en términos de su historia se
entiende su naturalezaL
11 Hada un nuevo humanismo. Programa de antropofagia filosófica, México. La Casa
de EspaAa en México. 1940. p. 37.

28
evitar que se omita nuestra pertenencia (de todas las castas, razas y clases
sociales) a una especie zoológica emparentada con otras, Le Gres Clark pide
a sus colegas que rescaten el término hominidae, cuyo producto terminal, y
de hecho el único superviviente, es el homo sapiens (sapiens),J. Hominidae
designa, pues, a los representantes de una cadena evolutiva que lentamente se
separó de los monos antropoides.
Darwin señalaba lo difícil que es fijar un punto evolutivo a partir del
cual pueda usarse correctamente el concepto «hombre»; para Le Gros éste
posiblemente debiera comprender tanto las variedades actuales como las
extintas que. en ciertos aspectos, se parecían más a los monos que a nosotros.
Cuando se enlistan algunas caracérfsdcas anatómicas que supuestamente
demuestran nuestra condición única en el reino de los animales, no tenemos
ninguna seguridad de si caracterizaron o no a los homínidos^, y cuando se
cita que la locomoción bípeda nos ha dado una posición craneana que, a su
vez, condicionó el agrandamiento del cerebro y el aumento de neuronas121314*,
estamos ame un diagnóstico que dificulta la clasificación de los hominidae
como un todo; en los inicios no tuvimos un cerebro mucho más grande que
los grandes antropoides (al parecer nuestra expansión cerebral se inició en la
última parte del Pleistoceno Inferior: hace sólo medio millón de años; por si
fuera poco, la organización meramente anatómica del cerebro o la adición
de una cantidad de masa cerebral tampoco prueba que tenemos facultades
mentales que nos son exclusivas11. En fin, los mensajes de Le Gros están
destinados a que nos desembaracemos de pedanterías difercncialistas, porque
asumiendo nuestra compleja insignificancia (son palabras de Camus),

12 En «El estudio del origen del hombre» en Bamen et al.. 2. El origen del hombre.
p. 108 afirma que deben etimiaarse de las discusiones científicas acerca de U evolución y de
las afinidades de nuestra especie las palabras «hombre» y «humano» para que así se
excluyan prejuicios que obstaculizan el avance en e) conocimiento.
13 Se han citado, además, la estructura de los genitales, la prominencia de los músculos
de la pantorrilla, los labios rojos, la forma de las mamas y la casi desnudez del cuerpo
Tomando en cuenta la oposición homínidos y mooos antropoides. los hechos anatómicos
distintivos son la denddón y algunas adapmiones mecánicas debidas al bipedalismo (forma
de lr p d vts . de las extrenridadea lnfariores. d a labaredelcráneo^yde-ia columna venebral)-
Desde el paralelismo mono-hombre se asegura que la locomoción vertical libera la mano,
facultando la fabricación de instrumento«, que tenemos el mentón m is desarrollado y que
nuestros conductos respiratorias y digestivos facilitan el lenguaje verbal.
14 Darwin decía que para fines de clasificación reviste una importancia relativa el gran
desarrollo de nuestro cerebro. Algunos fósiles hallados justifican sus palabras.
13 Las macro y míe reestructuras del cerebro del hombre no muestran diferencias
cualitativas respecto a aquéllas de los garlas y chlmpmcós, y las cuantitativas son menos de
lo que comúnmente «e cree.

29
admitiremos que compartimos cualidades con la naturaleza y la amaremos
más y, tal vez, éste será un buen principio para que formulemos un
humanismo más realista y justo. Y afirmamos esto porque la conciencia de
identidad con el entorno precedió a la conciencia de la otredad, pero ésta fue
embrollándose:

Nunca mejor que al término de los últimos cuatro siglos de su


historia pudo el hombre occidental comprender que arrogándose
el derecho de separar radicalmente la humanidad de la animalidad,
otorgando a una todo lo que le quitaba a la otra, abría un ciclo
maldito, y que la misma frontera, constantemente alejada, servía
para apartar a los hombres de los otros hombres y a reivindicar,
en benefìcio de minorías cada vez más restringidas, el privilegio
de un humanismo cada vez más coreompido16.

Amen de que existe una amplia gama de prejuicios y presupuestos


respecto a los significados de «hombre» y «humano» cuyas interferen­
cias impiden que el historiador, el sociólogo, el antropólogo... cuando
menos vislumbren los métodos aplicables en su especialidad17*.Los filósofos
no están al margen de objeciones porque han establecido separaciones a raja
tabla entre ciencias naturales y sociales, siendo esta misma forma de hablar
reflejo de prejuicios.
Desde la Grecia clásica (Protágoras) se dijo que la vida social sólo es
nuestra:

Con el clásico apoyo de la diferencia de naturaleza entre


hombre y animal muy del gusto de Descartes y que la psicología
moderna aprecia en su justo valor de salto puramente cuantitativo.
Coime y Durkheim no quieren ver una sociedad fuera de los Inter­
cambios humanos, y esto a pesar de los progresos de su ciencia11.

Biológicamente somos una especie social, formamos parte de los indivi­


duos que se estructuran funcionalmente. No estamos dentro de los animales
solitarios con afinidades sociales, sino que necesitamos, como otros insectos
--y-vertebradosc del-grupoi-I^ aislamiento-sufrí mos-psfquieamente-jrpade-

16 C. Lévi-Suauss. Antropofagia estructural. 2. p. 44. Este autor cae en lo mismo que


critica. Cfir. mfra.
17 Según Paul Chauchard. Sociedades omínales, sociedad humana. 2a. ed.. trad.
Patricio Canto, BsA s., EUDEBA. 1962 (Cuadernos. 20). p. 53, no caíste sociología si no
empieza por definir al hombre.
11 Chauchard. ibid.. p. 5.

30
ccmos alteraciones graves fisiológicas y morfológicas. En 1837 Rabaud
sostuvo que la negación de que la vida social es un fenómeno biológico
parece una paradoja: la biología y la sociología, vaticinó, ya no aparecerán
como subordinadas entre sí o como opuestas19. En conclusión, las con­
cepciones del hombre prejuiciadas har. frenado los trabajos de las ciencias
sociales humanas y la Historia, reduciendo su tarea a la aplicación de un
método a materiales que lo rechazando pidiéndoles que inventen otro
absolutamente original porque así lo requieren sus materiales: «si tenemos
en cuenta la inserción del hombre en la naturaleza, las verdades humanas se
convierten en verdades naturales»2021.

EL ESPÍRITU. DIOSES HUMANOS Y HOMBRES DIOSES

Abordemos el asunto de los prejuicios que han tenido consecuencias


negativas en los quehaceres del historiador, ocupándonos de uno que con­
firma la supervivencia, readaptada, de antaAosas creencias de un simio fiero
que poco a poco ha enfermado de megalomanía a causa de su espíritu (así
nos caracterizó Teodoro Lcssing).
Desde que los hominidae fabularon dioses antropomórficos se han
confrontado con esas proyecciones magnificadas de sí mismos: las reli­
giones. la filosofía y aun consideraciones que se piensan ajenas a las ideas
teológicas nos dotan de atributos conferidos a los dioses o a dios, según el
caso. Si en antiguos espacios y tiempos se alumbraron estas nociones, ellas
han sido decisivas en las culturas subsecuentes por sus implicaciones
tranquilizantes: qué duda cabe que motivos de índole emocional nos impelen
a sublimamos, individual y colectivamente, como los hijos privilegiados de
unas fuerzas poderosísimas a las cuales podemos implorar y ser escuchados
por ellas. Al fin y al cabo, nos hemos dicho consoladoramente, todo es su
producto, todo está subordinado a su voluntad; al fin y al cabo los dioses nos
son el modelo a seguir2». El lema «Conócete a ti mismo», grabado en el
templo de Delfos, cuyo significado original es conoce tus limitaciones

19 En Fenómeno social y sociedades animales, también dijo que la vida social es un


fenómeno origmalmeree biológico.
20 Prigogine, ¿Tan sólo una ilusión?. pp. 36-37.
21 S. Radhakrishnan. P. T. Rajó e¡ ai. en El concepto del hombre. Estudio de filosofía
comparada, trad. Julieta Campos y Juan José Utrillo. México. FCE. 1970 (Bieviaho.76).
p. 423, ponen de relieve que una tradición hiadú considere al hombre superior a los dioses
poique éstos requieren de los hombres pare su salvación. Inversión comprensible porque las
religiones enscflan que las dioses tienen una necesidad imperiosa de que se les rinda culta

31
respecto a las divinidades22, revela cómo nos hemos pensado y definido
mediante caracterizaciones circulares de dioses que humanizamos y de
autoidealizaciones divinizadoras, es decir, atribuyendo al hombre cualidades
sobrenaturales, que no antinaturales22. Y este juego de definiciones no sólo
es circular, sino que nos exalta como una forma de vida específica que
representa a dios en la tierra: somos semejantes a su imagen física y
espiritual (Génesis, 1 .26), esto es. tenemos características mentales que nos
singularizan radicalmente de los animales y que nos asemejan a la perfección
divina.
Es cierto que algunos pensamientos religiosos están permeados de un
sentido de solidaridad con el medio ambiente, el Cántico del hermano sol de
Francisco de Asís lo ejemplifica; es cierto que los panteísmos subliman el
universo entero, y es cierto que el cristianismo ha ponderado a la «ciega e
inferior» materia en su dogma de que no sólo el alma es inmortal, sino que
sobrevendrá la resurrección del cuerpo. Sin embargo, aun en tales casos se
considera que nuestros privilegios de seres racionales son inenajenables y los
24*
privilegios materiales son secundarios (se habla del «descenso» de dios en
la carne porque si el Hombre inmaterial, todopoderoso y que trasciende lo
perecedero hizo, por voluntad propia, una copia de sus formas en nosotros,
sus criaturas. lo fundamental de él y de nosotros es el espíritu, la pane
cimera del alma, que está consigo misma, que tiene en sí misma su centro de
gravedad: Hegel)23.
En suma, se nos ensefia que somos «polvo» moldeado por un artista que.
viéndose en el espejo, ha realizado narcisistamente su mejor obra de arte,
cuyo encanto no es el polvo, sino la forma espiritual única que trasluce.
Pascal describió nuestra autonomía de la naturaleza como el poder de
rastrear lo infinitamente grande y pequeño; autonomía que nos permite
percatamos de nuestra provisionalidad material y también de nuestra
nobleza de seres inteligentes capaces de reencontrar el paraíso. El
gnosticismo divide a los dioses-hombres en dos: uno inferior que se dirige a
la materia y crea el mundo, y el superior, espiritual, que lo redime.
Podríamos rastrear más afirmaciones que nos llaman seres políticos,
-económicos xt artistas;-pero-antes-que n a d a ^ s o b re -to d o rseres racionales

22 Este concepto d d hombre pervivió durante U llamada edad de oro neníense.


23 Feueibach, N icinche y Scheier. c u re otros, dijeron que el absoluto es un reflejo
idealizado del hombre.
M El habernos hecho dios a so imagen y semejanza implica su deseo de manifestarse en
nuestra historia, según se infiere de la leyenda genética.
23 Filosofía de la historia, p. 45.

32
que comprenden sus vivencias y pueden dirigirlas voluntariamente26.
Tenemos buena tela de donde cortar en la estimación platónica (FiUbo, 64 a)
de que poseemos tres almas, centros inmateriales que se detectan por sus
efectos: la racional, la pasional y la concupiscible. La primera, y sólo ella, es
humana; la segunda es comparable con leones, fuertes y tontos, y la tercera
con inmundas bestias instintivas que han de someterse a la razón para que la
moralidad (el bien) aparezca. Se dijo y se dice que la moral nos distingue de
las bestias (Confucio, por ejemplo), que entre los primates las jerarquías son
unidireccionales y el poder descansa en los atributos de la personalidad, en
tanto que nuestros sistemas se fundan en el reconocimiento intersubjetivo de
reglas y valores, no en las sanciones27. Otros absurdos de los cazadores
de diferencias se encuentran en un sinnúmero de obras que alaban la razón,
entendida como la aptitud de usar un lenguaje, o de calcular los medios para
la obtención de un fin, o sea, la sabiduría teórica (sophía) y derivadamente
los conocimientos prácticos (phronesis). Las enseñanzas de que la razón es
una facultad exclusiva del homo sapiens, de origen mítico-religioso, nos
informan que ella puede dirigir y dominar los instintos hasta avasallarlos. Y,
por qué no, su poder es tal que sigue desenvolviéndose en otra dimensión ya
sin la «baja» materia.
También se ha postulado la razón como el principio ordenador del
universo y de su desarrollo. Los filósofos de la Grecia clásica nos hicieroo
uno con la razón cósmica: Anaxágoras adoró la armonía o equilibrio de los
astros: Sócrates se aferraba a un «espíritu» que r a c io n a liz a el caos,
formándolo como sistemas o elementos interactuantes (Memorablia, 4 ,3 ,3 )
ordenados inteligentemente, o sea el cosmos (Fedón, 97 c). He aquí otras
consecuencias del lema de Delfos y motivos ideológicos de su existencia.
Fijémonos en que cuando se asume esta premisa, las discrepancias entre
teísmos y panteísmos son de poca monta: hay un principio ordenador
racional que no cambia.
Si el (re)descubrimiento de que nuestro sistema planetario es
heliocéntrico echó por la borda el geocentrismo, e hizo tambalear una
antropología filosófica de origen religioso, jamás acabó con esa fe en la
-«razón del univereo»;-por-qué hemos de honorisamos^sostuvo-Giordano
Bruno, de que Copémico haya descubierto que en el cielo existe un astro
cualquiera más, la Tierra: ya estamos en el cielo y nosotros, seres

26 En samo Tomás, en Galileo, en Descartes (que maquinizó a los animales), en


Spinoza, en Leiboiz, en Makhranche. en Kant. en...
27 ¿No es una contumacia negv que la conducta animal «por simpada» contiene los
comienzos de una conducta moni?, se pregunta Daisches en op. di.. p 220.

33
racionales, lo sabemos. Sabemos que hemos estado y estamos en un ámbito
divino, en ese pequeño dios, descrito por Leibniz. y que nuestra sociedad
ipolitéia) reproduce óptimamente el orden, la plasticidad de conexiones
estructuradas inteligentemente. En coincidencia con Spinoza, Hegel escribió
que los principios que mueven la historia son la Idea (el plan de dios en sí y
para sí) y las pasiones (cuyos objetivos, por regla general, son egoístas o
míos en cada caso). El curso de las pasiones, que no se detiene ante el
derecho y la moral, es interferido por la «astucia de la razón», que las re­
vierte en pro del avance. Es decir, que la astuta razón integra las colisiones
entre deberes del sistema y contingencias que le son adversas: en el espíritu
(y cualquier cosa es un modo de su realidad porque él es causa inmanente,
no transitiva, un todo progresivo y jerarquizado) lo malo o desequilibrante
se resuelve como herramienta del inteligente equilibrio, anulándose. Como
defensa de su gremio, y en esta broma hay mucho de verdad, Hegel se jacta
de que los filósofos han intuido genialmente que la razón «pulsa y late» en
los hechos históricos que. por lo mismo, transcurren de manera óptima o
progresiva. Sigue diciendo que la mejor Historia, la filosófica, se rige por
tres categorías: cambio o variación; rejuvenecimiento (el acervo de conoci­
mientos y prácticas pasa de un pueblo a otro reanimándose) y la razón
misma, que es la esencia universal21. Luego, nuestra racionalidad y la del
universo entero es una premisa insoslayable de las ciencias sociales humanas,
aunque nadie pueda probar estos pensamientos, que proceden de una leyenda
genética (si nos atenemos a sus formulaciones literal«, cfr. 11)29.

EL HOMBRE QUE SE DESVÍA DEL ESPÍRITU

En antítesis con la posición expuesta, los pesimistas (T. Lessing, entre


otros) nos llaman la decadencia animal y la enfermedad de la vida,
rematando su decir con que nuestros sistemas son bastante nefastos,
irracionales, inarmónicos o desordenados. Los señalamientos de las
desviaciones de los deseables procesos de la vida (los llamamientos de los*

** Hegel confíesa que sos consideraciones sobre la historia son una teodicea o
justificación de dios (op. ciu, p. 43).
* En Hombre y cultura, introd. Leopoldo Zea, sA., México. SEP, 1947 (Biblioteca
Enciclopédica Popular. 167). p. 20, M u Scheler sostiene que la idea del hombre como tal es
consecuencia de una leyenda genética rebgiosa. a saber, un ser a imagen y semejanza de
dios.

34
ecologistas por ejemplo) han funcionado como luces p re ventivas**. Ahora
bien, algunos pesimismos de esta clase son una vertiente igual y en sentido
contrario del mito diferencialista de la razón. Rememoremos un pasaje
literario. Después de estar en una utópica sociedad de caballos. Gulliver
queda profundamente asqueado de las patologías de los yahoos o humanos,
apenándose de ser uno de ellos hasta tal grado que se miraba con frecuencia
en el espejo para acostumbrarse a ver a un hombre:

(...] un ser que se decía capaz de razonamiento (...]. mi amo (un


caballo] temía que la conupción de esa facultad fuese peor que la
brutalidad misma. Por lo tanto, creía que. en vez de razón, po­
seíamos sólo una cierta cualidad apta para incrementar los vicios
[...), nos consideraba como una especie de animales a quienes (...)
ha sido concedida una minúscula parte de razón, inútil para
nosotros31.

Como es sencillo de entender, el culto a las excelencias de la razón sigue


en pie y sólo ae objetan las desviaciones de la racional pauta ordenadora.
Nietzsche incide también en la ancestral y tranquilizadora megalomanía,
borrando sus adecuadas observaciones sobre la necesidad que tenemos de
satisfacer los «instintos»32, y confirmando que no se desprendió de fantasías
religiosas. Si en el Anticristo marca como pauta de conducta el abandono de
quimeras religiosas para que volvamos la mirada hacia la historia, en otras
obras nietzscheanas esto queda desleído y acaban en un ascetismo digno de
las mejores tradiciones religiosas: dice que la forma pasada del verbo ser
—era— demuestra la imperfección de nuestro género, aunque hay una
esperanza: es posible que llegue el poder «guerrero» de los superhombres,
genuinos productos terminales de la rama evolutiva de la especie homo que
no ha sido fijada. Superhombres valientes que retendrán el egoísmo más
racional que imaginarse pueda, es decir, dioses que utilizarán como medio a
las masas informes y estúpidas para que la armonía, el orden, no se
quebrante más.

- 10■LortflH<yvct/.<-pL-1 10>n h ^ n a qiy>.loc.griSlngo i-y -ptM|iiiair«t han penáhidq


perturbaciones patológicas en los hombres, y añide que ¿ s u s no son un obstáculo para
analizar el sistema, sino una clave para comprenderlo.
11 En op. n r .p p . 165-166.
12 Cuando no cubrimos nuestras necesidades «instintivas», caemos en tensión y hasta
sufrimos enfermedades psicosomlticas. t a s teorías de Freud sobre la reacción-formación
fundamentan con creces las opiniones nietzscheanas y hasta han encontrado aplicación en
otros animales vertebrados: debido a frustraciones, ellos y nosotros asumimos actitudes
inadecuadas o desplazadons que encubren m esaos reales deseos.

35
DIFERENCIAS CUANTITATIVAS. NO CUALITATIVAS

Revisemos ahora los más usuales prejuicios difercncialistas. Queda


asentado que aplaudimos los esfuerzos de los etnólogos que han defendido
que todos los sistemas humanos son racionales: la catalogación de los pueblos
dentro de lo aberrante, ilógico y degenerado revelan la incomprensión o la
mala fe de quienes enjuician. Por otro lado, nos parecen loables los intentos
filosóficos por definir la racionalidad de las teorías y las prácticas. Lo único
que pretendemos en estas lineas es contribuir al derrumbe de criterios
perjudiciales o bien ociosos que se han manifestado como base de
sustentación de los menesteres de la Historia o de las ciencias sociales
humanas en general.
John Locke afirmó que las bestias son incapaces de abstraer y
únicamente expresan sus sentimientos. En 1949 Leslie White declaró que el
comportamiento humano es simbólico, y el comportamiento simbólico es
exclusivo de los humanos. Varios etnólogos y etnógrafos insistieron en esta
premisa. En 1871 E. Tylor — Primitive culture— oponía la naturaleza a la
cultura, definiendo ésta como una totalidad compleja de comportamientos y
cosas que remiten a las capacidades y a los hábitos que adquieren los
miembros de una sociedad humana de manera no congénita ni reversible,
sino por medio del aprendizaje lingQfstico. B. Malinowski, E. Sapir y C.
Lévi-Strauss insisten en que la cultura es lo exclusivamente humano porque
es una herencia no biológica, mientras que la n atu ra leza es el terreno de lo
que existe independientemente de las convenciones aprendidas de la
tradición. G aude Lévi-Strauss fija el lenguaje como el hecho cultural por
excelencia que marca la igualdad del homo sapiens (todos los pueblos tienen
un lenguaje, y su aparición determina el nacimiento de una cultura) y marca
nuestra discontinuidad con lo natural: «función específicamente humana, que
es la función simbólica»33. Siguiendo la directriz de la explicación
pavloviana del lenguaje, el etólogo Giauchard anotó que los animales nunca
aprenden a hablar, ni siquiera el mono, que maneja, a lo sumo, una o dos
palabras34. Tales conclusiones son falsas. A partir de von Frisch se conoce
-q u e -la s abejas disponen-de- un- lenguaje- danzado (describen*■un-tKhcft-qoc
señala que una u otra flor tiene néctar, y en qué dirección y a qué distancia

33 Arte. lenguaje y etnología de Charbomier y Lévi-Strauss. p. 132. Cuando le objeta a


L é v i-S n u s s so concepción simplista, responde que es ocioso plantearse problemas
exteriores a la etnología y propios de los filósofas.
34 Op. cit.. p. 46.

36
está33. Pero dejemos los parangones con especies alejadas de nosotros y
pensemos en los vertebrados, concretándonos a los primates: los experimen­
tos que suplieron la deficiencia de la laringe y faringe de los chimpancés,
que les impide verbalizar conceptos, obtuvieron como resultado que
alcanzaron un repertorio de más de doscientos vocablos, que distinguen
modelos de sintaxis y otras reglas gramaticales (saben redactar), que son
ingeniosos en la invención de frases descriptivas, que han aprendido distintos
lenguajes gestuales o activan computadoras para comunicarse, que reconocen
figuraciones y hasta que se deleitan con películas3*.
Otra desviación nada provechosa de la realidad está escudada tras otro
argumento, a saber, la universalidad de los lenguajes naturales y la
particularidad de los nuestros: «La cultura implica cierta cantidad de
factores de orden natural que son comunes a todos los hombres (...] al
etnólogo no le interesa la materia primera que. por lo demás, es idéntica
doquier y siempre»37. Luego, doquier y siempre los animales hablan
siempre el mismo «idioma», en contraste con las comunidades humanas no
hermanadas que se entienden muy poco entre sí. Nuevamente la etologfa ha
acabado con prejuicios, registrando las variaciones en el lenguaje de algunas
especies de vertebrados31. Esto nos lleva a que es preferible no gastar
energías en la búsqueda de propiedades distintivas de los racionales hombres
y ausente en los brutos animales, aprovechándolas en el estudio de lo que
ocurre en nuestras organizaciones (¿quién garantiza que ninguna de las
conductas adquiridas socialmente después se hereda biológicamente?: y si
esto ocurriera, ¿dejaría de ser cultural?). Ha llegado el tiempo de reconocer
que la profundidad y simbiosis de la herencia genética y cultural desafía toda
idea diferencialista extrema39. Los estudios de la etología han demostrado,
pues, que la razón, entendida como capacidad de abstracción sígnica. no es
exclusiva de la especie homo sapiens, que ésta no es la única que posee
lenguajes.

33 Vida y costumbres de las abejas (1955).


16 Su aprendizaje del lenguaje para sordomudos Ameslan (American sign language) y

amenamente relatados en Los dragones del edén de Cari Sagan, 2a. ed.. trad. Rafael
Andreu, revisada por Domtnec Bergadi. Barcelona. Grijalbo. 1980 (Biología y Psicología
de Hoy. Serie Mayor. 3).
37 Charbonnicr. Lévi-Stnuss. op. di., p. 132.
31 Según J. Jenkins los fílestumos. aves de Nueva Zelanda, hablan de diferente manera
en localidades distantes: las crías aprenden el lenguaje de sus padres adoptivos y no se
entienden con sus padres biológicos, originarios de otro sitio.
39 Frases de Moood en Azar y necesidad, p. 152.

37
LA IMAGEN Y LA CONCIENCIA DE SÍ

Desde épocas remotas se ha sostenido que la fuente donde bebe la


historia es la libertad o capacidad que tenemos de sublimar nuestros
instintos, y que se reconoce por sus comportamientos únicos, excepcionales.
La libertad es el dominio de los indeterminismos40, de las conductas que
alejan al hombre de los animales; dominio de quienes controlan
conscientemente sus actos: sublimación de instintos, conocimiento que se
debe a la maestría en romper «módulos» naturales41, principio que nos
anima y que es sinónimo de actividad espiritual y de creación«. Libertad
engloba, pues, a los actos que son antítesis de la uniformidad, o repeticiones
instintivas, porque alteran ritmos, superan obstáculos (momento de la
«eterealización» según Toynbee); actos que aceptan o niegan retos,
superando las secuencias regulares de los fenómenos; que eligen
razonadamente trasponiendo inercias: somos inteligentes personas, muy poco
homogéneas, siempre dependientes de nosotras mismas y propositivas. En
una metáfora espacial, Hegel dijo que en su parte más baja o alma, el espí­
ritu está atado al orbe físico, esto es, está influido por el clima, por el
cambio de estaciones, por los instintos y demás hechos que se encuentran
fuera del control voluntario. En su parte más alta no se relaciona con otra
cosa exterior, sino que es pensamiento que decide a cada instante su destino:
«libertad» es estar el espíritu consigo mismo o autoconciencia42*. Estar
consigo mismo genera la alteración y la alierid a d ; la d iv e rs id a d m ú ltip le de
los procesos de vida histórica y personal.
La libertad es el concepto más manido en contra de las asimilaciones
teromorfistas y antropomórficas; para darle credibilidad como atributo
específicamente nuestro, sin fundamentarlo en falacias de autoridad como
ésta: «La libertad es un fenómeno originalmente humano que no hay
derecho a discutir con analogías tomadas del mundo físico e interpretadas
con principios que repugnan a su propio carácter»44, o falacias que impi­
den las comparaciones so pretexto de que la comprendemos a partir del
«orden mecánico» de la naturaleza y en contra de él. se ha hecho entrar en
-escena-la^ «fase del- es p e jo -^ roocneaifrffl que s e in leia-la conciencia de*fy;

40 C h u c h a d , ibid., p. 63.
41 En op. til., p. 63 Samuel Ramos sostiene que cada especie tiene módulos que los
individuos que pertenecen a ella reproducen sin alterado.
42 Croce, La historia como hataáa de b libertad, p. 4 1.
42 Hegel. ibid.. p. 473.
44 Ramos, ibid., p. 111.

38
por ende, del yo y del otro. Según Skinner, entre otros, la paloma tiene
noción de congénere porque ovula delante de un espejo; pero únicamente
nosotros durante la infancia, y observándonos en algún tipo de espejo,
adquirimos noción del yo en medio de las cosas que están alrededor nuestro.
Sin embargo, al parecer, los experimentos al respecto estaban mal plan­
teados: algunos animales se saben uno frente al otro y a lo otro43.

YO IMAGINO CÓMO HACERLO. TÚ TAMBIÉN

¿Acaso la capacidad de resolver de manera efectiva un problema nuevo


en una situación desconocida, es decir, de calcular los medios para la
obtención de un fin. no es privilegio nuestro?, porque cuanto más se
desciende en la escala zoológica, es más claro que se reacciona
correctamente en condiciones habituales, y que si se las modifica, los
animales acaban en comportamientos inútiles, en desperdicios de energía, en
el fracaso y en la repetición de lo mismo. Los textos de los etólogos han
derrumbado las suposiciones de que la alteración o novedad priva sólo en
nuestra esfera: la libertad es una particularidad ontològica compartida.
Frente a quienes reducen los comportamientos animales a los instintos, es
conveniente mostrarles cuán extraordinariamente equívoco es el significado
de este concepto y cuán lejos llegan las reacciones clasificadas como
in stin tiv as en lo s c o to s que se habían reservado a la razón o inteligencia:
mostrarles que no es fácil establecer límites estrictos entre capacidades
innatas y aprendidas, aunque haya sido útil colocar el psiquismo en las
graduaciones siguientes: automatismo, conductas adquiridas por medio del
reflejo condicionado, y las habilidades de la inteligencia, o sea. las que
toman conciencia de la novedad, anticipan mentalmente una salida a una
situación atipica (sin que hayan mediado ensayos previos) y obtienen su
objetivo. La impresionante facultad de innovar que tienen los individuos con
sistema nervioso desarrollado y que adquiere en los mamíferos un nivel
bastante elevado4546, nos impide creer que el adiestramiento de las fieras

45 G. Gallup demostró que los chimpancés tienen idea del yo porque buscan en sí lo que
refleja su imagen en el espejo, desconociendo que ese algo se les ha pinado mientras
dormían. Las nociones posteriores acerca de la inteligencia práctica son ejemplificables can
los experimentos de KOheler can los chimpancés que idearon el uso de cajones o escabeles y
de palos p an alcanzar los plátanos que deseaban.
46 Engels, El papel del trabpfo en la transformación del mono en hombre en Obras
escogidas de Marx y Engels, sA..Moscá. Ediciones en Lenguas Extranjeras. 1955. L II.
p. 86.

39
del circo prueba su inteligencia (y hay que ver lo poco amantes de su oficio
que son los domadores: a lo largo de muchos años hemos observado gene­
raciones de tigres, leones y elefantes hacer las mismas rutinas).
Los animales no son máquinas instintivas, sino que su sistema nervioso
les confiere cierta personalidad o alteridad y la capacidad creativa. Con esto
llegamos a que las facetas innovadoras, selectivas y propositivas de los
comportamientos no son propias de nosotros como excepción. Cuando una
conducta se planea se le llama intencional, y a su explicación, teleológi-
ca (definición que habremos de enriquecer y objetar más adelante). Ahora
bien, la conducta de los vertebrados se activa en ausencia del estado
consumatorio de ana necesidad, y en su búsqueda. Los actos de un depre­
dador son altamente intencionales: están motivados, calculan los medios para
la obtención de un fin y originan sus propias expectativas, indepen­
dientemente de si aciertan o fallan. Los planes de los vertebrados se deben a
una historia (ontogenética y filogenética), a lo que ocupa el campo de la
conciencia y a lo inconsciente, a los sentimientos, a...; amén de que se
comportan según se lo permitan sus estructuras de ejecución47. Por lo tanto,
sus actos son explicables teológicam ente. Pero cómo nos atrevemos
siquiera a insinuar que este procedimiento pueda extrapolarse a las ciencias
naturales, si un filósofo de la Historia tan destacado como Gardiner comenta
que una expresión como «El gato camina por el rellano de la ventana porque
quiere salir» solamente se aplica sin ambigüedades cuando se sustituye el
sujeto del enunciado por el nombre propio de una persona, debido a que las
acciones de ésta sí están infeudadas de cálculos racionales, de intenciones, de
planes, de conocimientos. Nos atrevemos porque el gato no es una piedra ni
una máquina repetitiva. Bien puede ser que camina por el rellano de la
ventana porque quiere salir (aunque no le brillan los ojos porque quiere
asustamos). Tal vez actúa con este propósito porque la experiencia le ha
enseñado que cuando su «amo» está enfadado, como ahora que lanza objetos
al suelo y vocifera, no lo alimenta y puede dañarlo, y más le vale salir a
procurarse un bocado. Por consiguiente, qué peso teórico tiene aplicar el
término de teleológicas (de lelos, fin) a las explicaciones sobre acciones
-humanas-premeditadasrjMCuasi-teleológicas»-» aquéllas-sobre-ios compor-
tamientos de la naturaleza viva41: qué ampara esta separación autirquica de

47 En El concepto de persona (p. 322) Ayer dice bien que una acción se halla dirigida
hacia un fin ann cuando la elección de éste y de los medios p a n alcanzarlo se expliquen en
términos puramente causales.
41 Distinción que se debe a von Wright, aunque tiene antecedentes en Collingwood y
Berta! anffy.

40
la conducía humana. Los filósofos de la Historia han perdido de vista
que somos naturaleza viva. Fallan porque o nos igualan con una piedra o
porque olvidan los análisis biológicos de sistemas parecidos a los nuestros.
Además cometen el error de matizar poco las diferencias que median entre
todas las ciencias humanas (Dilthey colocó en el mismo saco el derecho, la
antropología, la lingüística, la sociología, la economía, la psicología y
la Historia) y entre éstas y las naturales, porque si algunas de sus preguntas,
intereses y métodos coinciden, muchos divergen. La etología no es la física,
aunque entre ellas no sólo hay fronteras; la primera se halla más cerca de la
Historia que la física, aunque no solamente hay coincidencias entre ellas, ni
entre todas y cada una.

LO AUTOMÁTICO EN LA CONDUCTA

No perdamos de vista las distancias que nos separan de otras colec­


tividades funcionales de la naturaleza ni las afinidades que nos aproximan a
ellas: v. gr. que pasamos por procesos de aprendizaje adaptativo, que
tenemos maestría en crear productos, que desarrollamos la personalidad
disparejamente y que seguimos conductas automáticas o esterotipadas que se
dan ante el estímulo y que, al parecer, carecen de fin. En los hacinamientos,
sean viviendas, mítines u otra clase de reuniones masivas, existe la imitación
refleja o pan u rg ís mo (d e P a n u rg o . p e rso n a je in v en tad o p o r Rabelaú, que.
para vengarse de unos mercaderes, arrojó on cordero al mar y el rebaño lo
siguió).

EL HOMO FABER

Según los comentaristas hebreos de la Biblia, dios proveyó al hombre de


herramientas en el sexto día. Por lo menos no se entendería cómo Jchová
puso a Adán en el Edén, encomendándole que lo guardase y labrara
t6*rtW fíT2rl5)rsrncrto-arniócoiT instrurr.emosparaque-abriera-surcosrO
¿nuestro legendario padre se armó con aquéllos cuando Jehová lo castigó
con el trabajo? (G énesis. 2, 19 y 2. 23). En estos pasajes, además, dios
informa a Adán y Eva que son polvo, tierra. Es la caída y la toma de
conciencia de nuestra falibilidad e imperfecciones. Ya sin este abierto tono
mítico, se ha defendido que realmente somos imperfectos, débiles e
inadaptados al medio ambiente (comparativamente con otros animales):
hemos sobrevivido gracias a la civilización y al don creativo. En el

41
Protágoras. Platón atribuye al sofista que da nombre al diálogo la idea de
que somos indefensos y de que estamos todavía en la faz de la tierra porque
inventamos las artes (las técnicas e instrumentos para hacer eficien­
temente las cosas), la sociabilidad y el gobierno. Otros planteamientos más
elaborados sostienen que los lenguajes y las herramientas han sido nuestros
medios para la supervivencia. En La evolución creadora, Bergson escribe
que si nos atenemos a una constante en la historia, acabaremos con el
pedante autocalificativo de homo sapiens para quedamos con el de homo
faber. nuestra inteligencia la hemos empleado principalmente en la fabri­
cación de utensilios y de utensilios que hacen utensilios. ¿Somos la especie
que creó los instrumentos? Partiendo de los Estudios de la cultura de
Gordon Childe (1952), Lukács da por sentado que en esto no tenemos
competidores ni antecedentes*49. Replicamos. Los homínidos ya elaboraban
instrumentos. No es muy creíble que nosotros los reinventáramos. Para
colmo, ese sumum de habilidad la tienen los chimpancés30.

ANIMAL SOCIAL Y EVOLUTIVO

Dejemos de abordar el individualismo y sigamos un consejo del sentido


común: interroguemos a la comunidad a sabiendas de que estamos
vinculados generativa o evolutivamente. En la actualidad existe el consenso
de que los cambios históricos no se deben itnicamenre a la selección natural,
sino a herencias adquiridas en el medio social. Los hombres aprendemos sin
necesidad de acudir al contacto personal, y los conocimientos que alcanza
una generación, los hereda la siguiente. La autorreproducción social está
condicionada por el lenguaje oral y escrito. Gracias a esto somos el animal
que progresa, aseveran algunos. En su opinión no es una diferencia de
naturaleza lo que nos separa de las sociedades animales, sino la creación
incesante y fácilmente trasmisible:

La sociedad animal no es capaz de progreso; eternamente los

(los que son más inteligentes que sus congéneres) no trasmiten sus

49 Estética I. La peculiaridad de lo estético. I. Cuestiones preliminares y de principio.


trad. Manuel Sacristán, Barcelona, Grijalbo. 1966. p. 87. Divide el uso de herramientas en
tres etapas histéricas: cuando los hombres las usaban y desechaban; cuando las guardaron, y
cuando, después de una l a r p evolución, las fabricaron.
30 Jane Godall en Inthe shadow of man comprobó que los chimpancés usan y fabrican
herramientas.

42
h allazgos salvo en m uy contados casos I...J y esto m ism o de
m anera lim itada31.

Contrargumentamos que entre los macacos se ha registrado el «pro­


greso» cultural32.
De las páginas anteriores se saca en claro que en los terrenos de las
concepciones del hombre se ha llegado a la modesta conclusión de que se
encara una realidad laberíntica y llena de vericuetos donde las vanidosas
diferencializaciones están atrapadas: no detectan en profundidad las
características de los sistemas o comunidades humanas. Atención a que el
hecho de que no somos únicamente seres racionales, sino que compartimos
otras propiedades (que se externan en nuestros comportamientos), no rebaja
y sí acrecenta el número de dificultades. Por ejemplo, cada uno de nuestros
comportamientos es ponedor de múltiples motivos —conscientes e
inconscientes, planeados y emotivos—, por lo cual no es interpretable con
una sola variable (además, las consecuencias del comportamiento de los
organismos sociales, como nosotros, incumbe a una amplísima red de
factores y de relaciones entre ellos). En resumen, somos individuos sociales,
homo faber, calculamos los medios para la obtención de un fin, usamos
lenguajes y evolucionamos, aunque no sólo tenemos estas peculiaridades.
En adelante las páginas de este traaajo tomarán como punto de
referencia que nuestros sistemas son muy complicados (mezclan muchas
cosas diversas entre sí) o complejos (con muchas relaciones) y mulantes o
creativos (los antónimos de los anteriores conceptos son, respectivamente,
fácil, elemental y permanente).
En el capítulo siguiente revisaremos las tónicas que imperan en las
«filosofías especulativas» de la historia, algunos de cuyos supuestos ya
hemos comenzado a anotar. Sabemos que quienes constriñen la filosofía en
dos apartados —la crítica y la especulativa— echan mano de clasificaciones
endebles, tan endebles como los mitos diferencial istas. Como hicimos
nuestra esta clasificación dual, hemos de aceptar el pecado que Swift expresó
así: «Ello me confirmó la antigua observación de que nada hay tan

preconizarlo como verdadero»33.

31 Chauchard, ibid., p. 44. Él mismo arguraenta que el lenguaje ha permitido el


«progreso» humano (p. 62).
n Véase el caso del cribado del trigo en Cari Sigan, op cu.
» /W d .,p . 117.
Il

FILOSOFÍAS ESPECULATIVAS DE LA HISTORIA

1
Bajo la inspiración de Bread se divide bipartitamente la filosofía de la
historia en crítica y especulativa. Un asomo inicial a esta esquematización es
desconcertante porque «especulación» no significa una actitud contemplativa
y desinteresada, ni el examen minucioso de algo; tampoco tiene que ver con
la búsqueda de una ganancia en las transacciones mercantiles. Significa
meditar o reflexionar de una manera. Dejando correr las asociaciones nos
preguntamos si tal manera se refiere a la propuesta de objetos o hechos a
que no se ha llegado por la experiencia sensible (Kant. Critica de la razón
pura, vu); en otras palabras, preguntamos si se trata de la propuesta de
posibles estados de cosas que iluminan la realidad percibida o perceptible.
Ahora bien, sabemos que proponer esos posibles estados forma parte de la
«especulación» científica, y que en algunos casos se ha comprobado después
que eran hipótesis falsas o verdaderas (hay formulaciones al respecto que
sufrieron una larga hibernación hasta que se probó su utilidad). No. Este
camino no nos saca del desconcierto a menos que ese modo de reflexionar
lo identifiquemos con el modo mítico, entendiendo por «mito» un re­
lato fantasioso o «precientífico» que ocasionalmente logra aproximarse a la
verdad, aunque siempre de «modo imperfecto» (Platón, Gorgias 527,77-
meo 29 d y Aristóteles. Historia antigua. vin, 12, 297); la historia queda
«provista de títulos y sumarios [...] y sutilizándolos o. por mejor decir,
retorciéndolos [ofrecen] lo que llaman historia interior, la historia verda­
dera [...] que viene a ser la ya dicha mitología»*.

LA ESPECULACIÓN Y LOS MITOS RELIGIOSOS

naturaleza (1797)— se ha comprimido en las siguientes fórmulas míticas: la

1 Segdn opinan Waish. Mandelbaum y otros. Es muy dudable la cronologización del


primero, a saber, que la filosofía especulativa se inició en 1774 con la primera pane de las
Ideas para lafilosofía de la histona de la humanidad de Herder y termina con las Lecciones
sobrefilosofía de la historia de HegcL
2 Crocc, La historia como hazaña de la libertad, p. 132.

45
racionalidad del Absoluto que regulariza y engarza las cosas es decantable;
en la historia también se revela la inteligencia ordenadora del Absoluto y ahí
se automatiza (se conoce y conoce que conoce). Según La ciudad de dios de
san Agustín los criterios pan la interpretación dé la historia son: dios —el
Verbo—, sus capacidades y su presciencia; la libertad humana; dos amores,
la voluntad y los deseos de los hombres; y las ciudades del bien y del mal (en
el siglo xii, Joaquín de Fiore dividió la historia en el reino del padre, en el
del hijo o edad cristiana y en el del espíritu santo).
Desde el ángulo de su filiación mítica, las especulaciones son paran-
gonables con la Historia teocrática, aunque ninguna de las dos tiene un status
fósil: en nuestro siglo Niebuhr —Faith and History y The ñ a m e o f destín
human*— reinterpreta los acontecimientos históricos siguiendo los dogmas
del cristianismo. Haciendo suya la creencia en una realidad inmanente y otra
trascendente o suprasensible, ratifica que el pecado original fue el ejercicio
de la libertad y que cualquier institución es una evidencia de la gracia
divina. Como san Agustín, habla de dos centros de significación histórica: la
providencia y sus criaturas.

LA CAUSA ÚLTIMA

Para Voltaire, a quien Montaigne acusó de escritor monástico, los que


niegan los designios de dios se ponen una venda en los ojos y otra en el
entendimiento, poique existe el designio y existe su creador.

(...| desde que entrevimos la naturaleza, que los antiguos no


llegaron a ver, desde que advenimos que todo está organizado,
que iodo tiene su germen; desde que supimos que desde el guisante
hasta la magnitud de los mundos todo es obra de una sabiduría
infinita, desde entonces todos los que piensan la adoran4.

;La cruzada a favor de la racionalidad humana y de la Naturaleza, así con


- mayúscular casa ^o ^l■^lpfog^a^aacspec^lati\^Hie^He^de^y-Vico^ o-doctrinas
que intentan explicar la historia desde fuera, o sea con dogmas inveriftcables
y que. en tanto asuntos de fe. no expusieron para que fuesen verificados.1

1 New York, Challes Scribner and Sons. 1949 y 1941-43 respectivamente.


4 Diccionario filosófico, s/L. México, Universidad Autónoma de Sinakn, 1982, L 111.
p. 322.

46
La lección que nos heredó Protlgoras en su Tratado de ios dioses es que
estamos desarmados frente al argumento de una Razón que se «deja ver»,
porque si discutimos la existencia (lo que también vale para la inexistencia)
de un ser omnisapiente o inteligentísimo que es causa creadora, o si
externamos objeciones al supuesto de que todo es Espíritu, pisaremos en
terrenos de lo indemostrable y nunca saldremos triunfantes. Además se nos
compadecerá porque, al suspender nuestro juicio sobre la realidad de
Nuestro Padre, perdemos las concesiones de seres a su imagen y semejanza
que ponan las más elevadas dotes de racionalidad en el universo.
En oposición a las especulaciones, los estudiosos contemporáneos de la
historia raramente hablan de Absolutos, Espíritu o Razón, sino que
investigan los acontecimientos desde adentro, como cuestiones mundanas, y a
sabiendas de que sus enunciados son sometibles a verificación.
¿Aparte de los motivos emocionales, existieron otros que justifiquen el
empedo en romper la cadena histórica mediante la postulación de un
principio? Durante siglos no se manejaba la noción de serie infinita, sino que
los filósofos se empeñaron en encontrar la causa primera, que también es la
última:

Es ridículo admitir la Providencia en un caso y negarla en


otros. Todo lo que ha sido creado ha sido previsto; no hay ningún
arreglo sin objeto, ningún efecto sin causa; luego, todo es el
resultado, el producto de u n í ra u w final*

A estos pensadores les provocaba hilaridad el ingenio de Zenón (dijo que


si subdividimos el espacio y el tiempo en un continuo ilimitado de partes, la
liebre no alcanzará a la tortuga ni la flecha lanzada al aire alcanzará su
objetivo); asimismo rechazaban el procedimiento de investigar las condi­
ciones antecedentes de un proceso histórico sin que se plantee un origen
último de la historia o de todas las cosas. Bajo su óptica, si los autores de
textos que reconstruyen los procesos históricos retroceden tanto como lo
consideran necesario, no es absurdo tratar de develar el origen primero de
Ha-serie-sucesiva-de-acontecimientos,--porque-asfse-evita-el-error d r una
regresión al infinito y la zozobra de pensar en un punto de partida siempre
en fuga.

* ibid. l II p. 31

47
EL PLAN FUO PARA LA HISTORIA

En el F td ro %Platón nos informa que Anaxágoras fue el primero en


imaginar la causalidad del fin o del principio, y le atribuyó que era la
inteligencia que gobierna el universo (adujo como prueba los mecanismos
perfectos de los astros, que carecen de inteligencia propia). El sumo bien
(Platón), dios, es comparable con el constructor de una casa porque los fines
que lleva en mente penetran los materiales, formándolos. Las especulaciones
mezclan la teología y la teleología debido a su creencia arraigada, difundida
y pertinaz en un orden que deshace toda apariencia de caos, sometiéndolo
todo a un armazón de direcciones fijas, o casi.guando leemos a san Agustín,
a Kant o a Hegel sentimos un atractivo irresistible porque es como si nos
desplazáramos por un ordenado palacio de la historia, de cimientos
inconmovibles, construido para cubrir las necesidades de los reyes de la
creación: nosotrosj
Ejemplifiquemos a grandes rasgos ese palacio con La ciudad de dios y
con algunos apuntes de la filosofía de K ant Después del saqueo de Roma por
las tropas de Alarico (410 d.C.). y a raíz de las acusaciones de que el
cristianismo era el culpable, Agustín emprendió la defensa de esta religión,
sintetizando el legado de los filósofos de lo sagrado y lo profano. Dirigió sus
miras a la historia universal porque todos los humanos detentan un espíritu,
soplo divino muy por encima de la vida seminal y sensitiva de las plantas y
de las bestias. En el libro en cuestión, el tiempo q u e d a in d e fin id o p o rq u e se
extiende desde el día de la creación hasta el del juicio final, y el espacio lo
amplía de la tierra al más allá o trasmundo que atraviesa el purgatorio y
llega al cielo paradisiaco (aunque si somos remil gosamente antihistóricos
con Agustín respecto a qué cantidad de áreas quedan en el radio de la
historia universal, replicaremos que su mundo estuvo muy circunscrito,
amén de ser el centro de un exiguo sistema planetario). Por definición
«habitar» es vivir amando. Luego, las personas habitamos el mundo con un
amor satánico o egoísta (que va del amor a sí mismo hasta el desprecio de
dios) o el samo o caritativo (que va del amor a dios hasta el desprecio de sí
-m ism o )r Urr impulso innato-nor indina^aia~perfecctónr~Anrar~a~Cristo:
previo reconocimiento de nuestra miseria e imperfección, es el objetivo
supremo (la organización de un Estado mundial bajo el mando de la iglesia,
que superara las organizaciones políticas regionales, Agustín la juzgó como
una meta histórica deseable pero no segura). Cada uno de nosotros elige
entre la eternidad, ser uno con dios, el reino de la luz. sin carencias, o
ciudad divina, o bien el reino camal y corruptible de las sombras, de la
ausencia de ser o ciudad terrenal o satánica. La historia mundana y

48
metamundana es una lucha irreconciliable entre el bien y el mal, el alma y el
cuerpo, el ser o realidad y la pérdida de éste. Cada acción de los individuos
o de los pueblos es clasificable en una de las ciudades, que se identifican
porque en una prevalece la concordia y el ímpetu in pacem y en la otra la
discordia, el conflicto, la güeña; ciudades que dios instituyó a ejemplo de
los ángeles obedientes y desobedientes.
Desde los inicios de su obra. Agustín nos dice que desde antes de
ejecutarse la historia personal y colectiva dios la presupo. Él. que tiene
potestad y presciencia soberanas, decide hasta cuándo y cuáles son los límites
de nuestros enores y aciertos; decide la duración de los imperios y
distribuye los reinos. Hasta aquí las ideas agustinianas son parangoneables
con las que Collingwood llama «cuasi-Historia-teocrática», y ejemplifica con
unas inscripciones de aproximadamente 2.500 a.C. que relatan la guerra que
hubo en Mesopotamia, consignando como actores principales los dioses
mayores y menores de Lagash y Umma, y como comparsas los reyes
Mesilim, Ush y sus súbditos. En los comienzos de la actividad histórica, se
resaltaba la fírme predestinación: el cielo decreta y los hombres son
anastrados por la fuerza del hado.£ui embargo, Agustín tuvo una visión de
la historia menos fatalista debido a que no aceptó el planteamiento del
dilema ciceroniano según el cual o existe la libertad humana o la presciencia
divina, pero no ambas. Agustín dice que ante nuestro pecado original
—querer saber, voluntad de conocimiento y creación—, dios nos permitió el
ejercicio de la libertad. También dice que la argumentación ciceroniana es
falsa porque precisamente la omnipotencia divina se cifra en que quiere lo
que puede. Y esto comunica que hay un doble tipo de agente histórico: dios,
que pone los retos y configura los caminos, no los resultados (podría
conocerlos, pero no quiere) y los hombres. Nunca estuvo predeterminado
que los griegos ganaran a los (royanos, por ejemplo}
Bastantes años después, Kant seguía afirmando que dios garantiza la
realización de sus disposiciones. Según dice, él se sirve de nuestras
necesidades y agresiones destructivas. La trama de los sucesos históricos ha
sido tejida en cantidad mínima por los actos de personas bondadosas; la tarea

la destrucción, al egoísmo, esto es. a las pasiones, siempre malsanas


(pensamiento que comparte con Maquiavelo). Las organizaciones sociales no
resultaron de la concordancia de voluntades, sino de la «insociable
sociabilidad». Fue un antagonismo bárbaro de fuerzas lo que canceló el
estado primitivo, dando cabida a gobiernos represivos de la sociedad civil;
posteriormente ha llegado la guerra de rapiña entre Estados. La necesidad
de supervivencia de nuestra especie, inmortal después de todo, acabará en

49
una asociación cosmopolita, en un derecho internacional y en una moral que,
al estar encauzada y codificada por un Estado único, mantendrá la unidad y
la convivencia no coactivas. Huelga que repitamos que las Lecciones... de
Hegel son un drama progresivo, divido en cuatro actos (el oriente, el griego,
el romano y el germánico), que pondera y deifica la razón, que siempre se
desarrolla y se supera partiendo de los egoísmos de los sujetos y en contra
de la voluntad de ellos. B Discurso sobre Historia universal de Bossuet
ocupa un lugar reconocido en la apologética cristiana y también enarbola la
teoría de la perfectibilidad histórica, que siglos más tarde fue divulgada por
la Ilustración.
Las preconcebidas formulaciones citadas han sido reviradas: Gibbon
localizó la energía motora de la evolución en la irracionalidad y a ésta le
otorgó el triunfo, exhibiendo la victoria de la religión y la barbarie sobre la
edad de oro del periodo antonino. Por su parte, Niebuhr rechaza las
esperanzas mesiánicas y los alegres vaticinios sobre el perfeccionamiento de
la especie.
La línea del desarrollo siempre a mejor o a peor son, como sostuvo Kant
mismo en su Crítica del juicio { 75 y en su Filosofía de la historia. fallos y
profetizaciones indemostrables acerca de órbitas que se ensanchan,
enriquecen y superan; pero tales vaticinios promisorios no los sometió a
duda porque, según escribe, no proceden de la experiencia, sino de la
intuición. Por afiadidura, son fallos vagos porque si solamente se enumeran
los bienes culturales, cimentando la idea del avance en máquinas, en unos
descubrimientos técnicos y científicos, queda por resolver si esta big Science
se utiliza para construir o destruir las culturas, y en beneficio de quién. Las
nuevas modalidades industriales del capitalismo, la posible integración de
Alemania, la filosofía de la Ilustración, el despotismo ilustrado de Federico
el Grande fueron motivos de los alegres vaticinios de Kant, pero distan de
ser convincentes. Incluso la hipótesis, sustentada por Kant y Hegel, de que
las pasiones son enajenadas en favor de la armonía u orden podría ser
esgrimida por los gobiernos que reprimen las disidencias porque, alegan,
perturban la indeclinable marcha hacia el fin revelado. Para colmo, podría
usarse para justificar el avasallamiento de una sociedad humana por parte de
otra: todavía en 1880 se editó Á History o f ninetheen century de Robert
Mackenác, que pinta el discurrir de los hechos sociales como un puente que
conectó la barbarie, la ignorancia y la bestialidad con las excelsas Ilustración
y democracias burguesas. Su texto establece pseudoíndices de «racio­
nalización». En su L'ami des konunes ou Traite sur la population (1756),
Mirabeau definió la civilización como la pulimentación de las costumbres.
Los pigmaliooes de los buenos modos defendieron el proceso de superación

SO
de la barbarie; según su ideología, unos países se afinan o mejoran, dejando
atrás el bla, bla (el bar bar) de los bárbaros, salvajes o inferiores. Las
ponderaciones del progreso también son un arma de las estratificaciones
discriminatorias. Si etimológicamente «cultura» significa cultivar, en las
organizaciones altamente jerarquizadas, la cultura animi se ha identificado
con el patrimonio que aportan o financian los privilegiados. En Dostoievsky
y en François Rabelais y la cultura popular de la Edad Media y el
Renacimiento, Mijafl Bajtín contrasta dos registros culturales: la producción
oficial o de élites, que se autocalifica de seria, «culta» y progresiva, y la
producción popular, de plaza pública, de convicción interna, familiar,
íntima y arcaizante (a veces es profundamente nuestra por derecho de
antigüedad), que los detentadores del poder califican de no seria, de ociosa y
de mojiganga porque, como en el caso del carnaval, es una reminiscencia de
épocas antiguas que no afianza lo instituido posteriormente, funcionando
como medio de protesta. Las matizaciones que amerita este resumen de
observaciones, no les quita el acierto de mostrar que la idea de una historia
que progresa puede manejarse como arma justificadora de la dominación6.
Las especulaciones abordan los acontecimientos sucesivos con esa visión
bifronte —histórica y transhistórica— , que comprende un doble agente
(dios y los humanos), y un programa finalista preordenado, describiéndonos
lo que Croce llama diseño del mundo que «toma figuras de teofanías o
cacodemonofanías»7*. L¿s reflexiones especulativas sobre las intenciones del
dios razón (o del demonio o sin razón) pretenden que su radio de aplicación
es la especie humana, no tal o cual individuo o pueblo: la historia personal
»1
es un «juego de la liberad en grande porque no la guían unos propósitos
divinos que realizamos cada uno de nosotros ciegamente. No estamos obli­
gados a seguir una ruta: «los instrumentos con que nos ha dotado la
naturaleza no pueden ser siempre causas finales en movimiento»9; sin

6 En las Ideas... de Herder. obra señalada como especulativa, se lee que las ideas de
progreso y de perfectibilidad intelectual y moral son pretenciosas y menospreciad oras
ficciones con que se justifican los avasallamientos. Un libro interesante sobre el tema del
p ro g resac sJh e ideaofp a y e n
a húm n nfúeedm of üum^ht deB ury-----------
7 Croce, op. cit., p. 131.
1 E. Kaiu, Filosofía de \a Historia, p. 39. Se han editado bajo este título los ensayos:
•¿Qué es la Ilustración?». «Comienzo presunto de la historia humana». «Si el género
humano se halla en progreso constante hacia mejor», «El fin de todas las cosas». «Ideas de
una historia universal en sentido cosmopolita» e «Ideas para la filosofía de la historia de la
humanidad».
9 Voltaire, ibid., l I I p. 33.

51
embargo, la ruta sí está fijada de antemano: independientemente de lo que
hagamos o dejemos de hacer, el orden y las orientaciones históricas están
rigurosamente determinados; son como la flecha invisible que lanza un
arquero, que no vemos y sf intuimos, imprimiéndole una dirección que tarde
o temprano atina en el centro de la diana (santo Tomás. Suma teológica).
Las doctrinas especulativas ostentan un enfoque sistèmico de la realidad;
si a ésta metonimicamente la llamamos la fruta, entonces: «La fruta no es ya
[...] una unidad carente de contenido, indiferenciada, sino que forma una
serie orgánica estructurada»*0. Como argumentaremos unos capítulos
después, los que asumen tal enfoque requieren de la teleología. Haber
propuesto este procedimiento explicativo fue un paso importante que dieron
los filósofos especulativos en el camino de la metodología que usan los
historiadores; pero misteriosamente petrificaron tal procedimiento en unos
inalterables planes providenciales.
Solón dijo que su ciudad no moriría por decreto de Zeus; los
responsables de su posible hundimiento eran, sostuvo, los vecinos, que sólo
pensaban en ganadas, y los arrogantes caudillos. «El misterio de la
especulación» (Marx) es que no se detiene a considerar cuidadosamente,
como lo hizo Solón, las responsabilidades, ni se inquieta por la variedad de
fines, ni se imagina que únicamente los individuos hacen la historia. Otea el
horizonte temporal, mirando siempre el mismo ñn. la misma realidad o
fruta: en la pera, en la manzana, en las fresas, o sea en cada comunidad, en
cada pueblo, en todas las épocas, encuentra el mismo sustrato, la misma
esencia, a saber, un plan con finalidades fijas, que funciona como un
obstáculo para la diferenciación entre sistemas y entre sus tipos de cambio.
Si el historiador aceptara la existencia de tal plan, no llegaría a ningún
hallazgo específico porque se limitaría a signar que lo importante no son las
diferencias que existen en la realidad, sino el ñn que las encauza u ordena
hacia una meta: de aceptarlo, lo único que podría hacer sería reconocer que
los procesos sociales son una parte insignificante de ese autodespliegue
maravilloso de la Razón.
Un filósofo especulativo era un organicista que se había metido a sastre.

poniéndoles cada vez adornos complementarios que lo mejoraban. Amaron


tanto su patrón que nunca se percataron de que es profundamente
antihistórico, o contrario a la idea de cambio, y, por añadidura,
antisistémico. Para que se vaya actualizando el plan, dijeron, se requiere la
conducta de las personas. La dificultad estriba en que no meditaron 10

10 Marx, «El misterio de la especulación» en La ¡agrada familia, p. 124.

52
suficientemente en esta «energía» pasional de que se alimenta el curso
histórico, o sea en que los sujetos no somos un elemento energético
secundario o prescindible del organismo social, ni algo complementario a
éste: sin nosotros no habrían sistemas humanos ni los diferentes fines que se
han sucedido a lo largo de millones de aAos: somos autores del drama, y en
ésta obra no hay variantes facultativas porque las alteraciones que le vamos
imprimiendo, la cambian. El modelo especulativo señala unos cuantos
mecanismos operativos de dios, unos cuantos componentes de la orga­
nización social humana y un fin de dios siempre igual a sí mismo. Ahora
bien, si afirmamos que las múltiples y cambiantes reglas sociales y que todos
los comportamientos disímbolos que ha habido y que hay tienen una misma
dilección, afirmamos que la realidad en cuestión no es un sistema: en éste el
desplazamiento o pérdida de uno de sus componentes importantes, y los
mencionados son precisamente esto último, lo transforman radicalmente.
Los filósofos especulativos fueron malos sastres, o. mejor, fueron un
Procusto que deificó a G ío. encogiendo sus medidas hasta que perdió o no
pudo adquirir sus encantos de m ujer adulta liberada de su madre, la
mitología religiosa.
A partir de que la ciencia experimental sentó sus reales en los terrenos
del conocimiento, la teleología en boga fue desechada como un armazón
estéril. Galileo, Bacon y otros arrasaron con ella. Engels le cantó las
exequias: «La tesis de que todo lo real es racional se resuelve, siguiendo
todas las reglas del método discursivo hegeJiann, en esta o tra ' lo que existe
merece perecer»11. Cuando Christian Wolff en su Philosophic rationalis sive
lógica acuñó el término de «teleología» para designar la filosofía de la
naturaleza que explica los fines de las cosas, ya estaba estigmatizado. La bio­
logía, la Historia y otras disciplinas que aplican los enfoques sistémicos la
siguieron utilizando, ya separada de sus finalismos mftico-religiosos. Incluso
les ha servido p a n distinguir realidades cuyos fines futuros no están dados
en el presente: cuando la Historia otea o mira en lejanía, espera encontrar lo
inesperado (podemos profetizar tanto que advendrá la paz perpetua como la
guerra que acabará con toda forma de vida; la mejor o la peor de las
" c o n s titu c io n a l Estado-unificador-o-los regionatismorinás-recalcitnmean?
porque el futuro de nuestras sociedades no está dado en el presente).
g o obstante lo dicho, san Agustín. Kant y Hegel también nos enseñaron
que los valores están presentes en los desarrollos históricos, que los histo­
riadores han de considerarlos y que debemos tener ideales hacia el futuro

11 Ludwig Feuerbach o elfin de la filosofía clásica alemana en Obras escogidas de Marx


y Engels, sA. Moscü, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1955. t. II. p. 381.

53
porque, aunque nadie pueda garantizar que se cumplirán como los antici­
pamos. sí influirán en el devenir «La filosofía puede tener su quiliasmo tal
que, para su introducción, su idea, aunque muy de lejos puede ser pro­
p u ls o r a » ^ En este párrafo hemos querido comunicar, además de lo que
expresa, que la pane especulativa de una filosofía no es veriflcable si se
interpreta en sus significados literales o míticos; que esta pane fue escrita (o
dictada) para que se interpretara literal o míticamente, pero que no tenemos
por qué ser tan obedientes. Primeramente podemos diferenciar la parte
especulativa de una obra de aquélla no especulativa, evitando la falacia de
composición (juzgar el todo por la parte); después, o paralelamente, po­
dremos traducir algunos de sus enunciados en proposiciones de muy diversa
índole, dándoles un valor de uso teórico (o práctico). Hay. pues, dos
actitudes, no exduyentes y sí complementarias, para acercarse a los enun­
ciados especulativos de la filosofía. Una que se consume en lo literal y otra
interpretativa que le plantea preguntas que los vuelven un testimonio
histórico pletórico de sugerencias y de mensajes aprovechables. Digámos­
lo con una adivinanza derivada de un mito: mezcla de humano y macho
cabrío —deidad del bosque—, rojo como el fuego; se anuncia a grandes
voces y haciendo temblar la tierra; aparece envuelto en nubes y huele a
azufre; lastima y arrasa. Es cruel, y quienes no le temen pagarán su osadía
porque nadie está protegido de sus maléficos poderes. ¿Quién es? El
demonio. ¿Qué es? Según se formula el enigma, un volcán en erupción.
Luego, aunque neguemos la existencia física del demonio, calificando esta
idea de animista y antropocéntrica. hemos de cuidarnos de las calumnias
antimitos —del diablo con su hiriente forca— . protegiéndonos de las
erupciones volcánicas. Como dijo el poeta: «Ya se oyen palabras viejas./
Pues aguzad las orejas»1213. No conviene desatar las pasiones destructivas de
los viejos edificios teóricos; lo efectivo es repararlos, ampliar sus espacios
habitables y cancelar los insalubres hasta que los saneemos, hasta que les
encontremos un uso adecuado o quizás podamos interpretarlos; mientras
tanto hemos de confesar que se nos escapan muchos de los mensajes del libro
de san Agustín: cuántos relatos míticos que aludían a fenómenos naturales y
socialf* humanna- y-e námot para regla» la-conducta ae reunieroiHeiH«
mitología del cristianismo, sin olvidar que esa suma abigarrada ha tenido
gran cantidad de adaptaciones. Para encontrar los significados o referencias
de un texto como La ciudad de dios necesitaríamos «gafas» que atravesaran

12 Kart, op. eit., p. 58.


13 Antonio Machado. «Proverbios y cantares» en Poesías completas. México. Editores
Mexicanos Unidos, 1981, p. 250.

54
e iluminaran tiempos, lugares, teorizaciones, funciones semióticas... (en
ocasiones algunos mitos son más sencillos de comprender, v. gr. el de los
escitas sobre centauros, criaturas aterradoras, sugiere la plausible hipótesis
de que posiblemente ellos fueron atacados por gente moñuda a caballo, y
como no conocían estos animales ni la idea de montar, y como seguramente
tuvieron que huir, condensaron las imágenes del hombre y del caballo).
No queremos que se mal interpreten estas últimas anotaciones: estamos
convencidos de que las descripciones míticas y las filosofías especulativas de
la historia frecuentemente no son re-presenutivas de la realidad ni
pretenden serlo: su finalidad es dar otro sentido o una orientación distinta a
los hechos de la que tuvieron. Para Claude Lévi-Strauss es arriesgada la
tarea de buscar las referencias concretas de muchas de las narraciones
míticas (pretensión que tuvo Boas y cuyo resultado fue su Tsim shian
m ythology) porque muchas veces distorsionan la realidad invirtiéndola:
reemplazan las relaciones d e A y B p o r n o A y n o B . Ejemplifica este ajuste
de cuentas con el repetido relato sobre la hija de un jefe, que ocupa un rango
tan alto que se encuentra prácticamente sola e incapacitada de comunicar sus
ideas y sentimientos, y el héroe, pobre y huérfano, también disminuido en su
vida afectiva, que se casan y son felices. Ambos personajes compartían penas
y estaban en una posición alta o baja que es descrita mediante una relación
simétrica invertida y complementaria: él es pobre económicamente y muy
hábil en dominar la naturaleza; ella es muy torpe en esto, pero muy rica y
ed u c ad a : la unión de los extremos es el punto óptimo. N os d etu v im o s en las
relaciones dicotómicas de correlación y de oposición porque no sólo son
características del pensamiento mítico, que establece ejes conceptuales para
encontrarlos (por ejemplo, si dos cuerpos celestes se identifican por medio
del concepto «astro», entonces la luna se define como el modo nocturno del
sol, o éste como el modo diurno de aquélla; si no son identificados, a cada
uno se le atribuye un sexo distinto al otro), sino de la filosofía (especulativa)
de la historia hegeliana y de los modos sistémicos de interpretar los hechos.
Ahora sigamos la ruta de los hechos a los mitos. Imaginemos que un
bosquimano nos cuenta una tradición mítica cuyo mensaje se resume a que
7
-en-los-principios-tos-anim ales-ennhunianos - habí aban.-Para entenderla
regla de conducta que trata de comunicarnos nos hemos de remontar a los
grupos nómadas de cazadores-recolectores que, en grupos de veinte a cien
personas, se trasladaban por el desieno del Kalahari en busca de fuentes de
abastecimiento de agua. Sabemos que sus recorridos estuvieron regulados
por la maduración de frutas y verduras y por la caza (sacaban el agua de
melones, tubérculos silvestres y del ruinen de los animales, poniendo la
sobrante en cascarones de huevos de avestruz que enterraban en las rutas por

55
las que deambulaban). Son destacables dos de sus reglas de comportamiento:
sólo unos cazaban y todos se beneficiaban de la carne; y que se negaron a
usar fusiles, allende de que estuviera prohibido en la reservación del
Kalaharí; les bastaban unos arcos y unas flechas ligeras que inyectaban en la
presa (jirafas principalmente) un veneno letal y sin antídoto, sacado de las
larvas de un escarabajo. Una vez muerta, destazaban la presa, llevándose
las porciones mejores y que se descomponen más rápidamente; regresaban
horas después por lo que habían dejado chacales, leones, hienas y demás
animales de rapifla. Nada se desperdiciaba. La supervivencia de los bos-
quimanos en un medio árido y hostil dependió durante miles de años de que
nunca lo forzaron; ésta fue la clave de su modo de vida. Después de haber
seguido este recorrido por la historia, detectamos que las reglas de su
conducta está contenida en el mito que les habla de su primitiva condición
igualitaria con las bestias. Las filosofías especulativas también pretendieron
influir en la conducta de los pueblos.
Hoy en día se tiene una viva curiosidad por los mitos y las especulaciones
filosóficas. Se les registra como formas de comportamiento cultural; pero
no se ha indagado si ese inmenso caudal de sabiduría aún es sugerente para
las ciencias y las metateorías filosóficas, habida cuenta de que el esfuerzo
invertido no siempre rebasaría el que se ocupa en la depuración de otros
datos en bruto en datos aprovechables. Lo que a veces se ha obtenido de
ellos es una rica información histórica; por ejemplo, sobre los impuestos:
en el Deuteronomio se lee que Jehová otorgó la tierra al pueblo y que és­
te, en recompensa, tiene que llevar el diezmo de trigo, de aceite y de vino, y
los primogénitos el diezmo de vacas y ovejas al templo para la manutención
de los sacerdotes. Si el templo está lejos y es difícil el transporte, se ven­
derán los productos y se entregará el dinero. Y los mitos y especulaciones
también han sido fuente inagotable de sugerencias: en su Ensayo sobre el
gobierno civil, capítulo de «La propiedad», Locke se inspira en la infor­
mación del pasaje que aparece en los Salm os, 15. 16 según el cual dios
entregó a los hombres en propiedad el tenazgo que pudiesen labrar y segar,
y también la cantidad de ganado que pudiesen nutrir y utilizar suya era. Por
- eso-en^loa-comienzoardice-Locke,-Gaínpudo^tomar-mucha-iierra-y dejar
abundancia de ella para las ovejas de Abel. Por lo tanto, dice este filósofo, el
trabajo es la base de la propiedad, y en esta convicción basa algunas de sus
tesis de economía. Si nos salimos de la esfera de las ciencias sociales
humanas y pensamos en la filosofía especulativa de Schelling con el interés
de buscar sus sugerencias, descubriremos que el suyo fue un trabajo
coincidente con el afán científico del siglo xviii de hallar la unidad de lo
natural, el «absoluto». Las preguntas que se planteaban eran sobre las

56
fuentes de la energía, por qué se llama energía a varios fenómenos, qué es
ella. Ella está en el viento, en el mar. en el vapor, en todo lo que arde, y
tiene que ver con el sol: y éste es calor, es decir, energía. Henos, pues, ame
el deleite eterno (Blake). ante la fuente de poder, ante el absoluto. Pese a
tantos rasgos míticos, estas inquietudes no quedaron en el aire y en 1824
Sadi Camot escribió su tratado sobre la puissance du feu . e inició la
termodinámica, que no existía con anterioridad. Tampoco la química actual
es la alquimia; pero sería torpe el científico de hoy que levantara triunfal­
mente un recipiente lleno de agua regia para objetar el trabajo de los
alquimistas: el intento de éstos de trasmutar los metales en oro estaba más
que justificado, porque ningún álcali ni ácido de los conocidos en esos años
lo atacaba, o sea que era incorruptible. Lo mismo se aplica a las objeciones
desenfocadas que algunos epistemólogos formularon prepotentemente en
contra de las filosofías especulativas de la historia porque, a decir verdad,
todas las filosofías se mantienen en un equilibrio inestable en la tierra de
nadie que se halla entre la mitología y las ciencias, invadiendo estos terrenos
con bastante facilidad, o sea que la mitología es una gorgona cuyas cabezas
se asoman con bastante asiduidad en los textos filosóficos más declara­
damente antimíticos y antiespeculativos, es decir, críticos o de metateoría.
Se ha escrito que los filósofos especulativos selecionan como tema de
trabajo las cosas acontecidas (res gestae) y no la Historia propiamente
(historia rerum gestarum), y que al investigar el desarrollo social humano
duplican innecesariamente y mal los estudios de los historiadores: la
«Filosofía de la historia [...] tiene una parte especulativa y una parte analítica
[...1 quienes rechazan la primera de ellas pueden (y en realidad deben)
aceptar la segunda»14. Además Walsh esgrime contra las filosofías que
especulan la objeción de que son un discurso de discursos. Ambas objeciones
son endebles porque ningún resumen interdisciplinario es una simple du­
plicación; inclusive el poner juntos discursos de varias disciplinas sirve para
resaltar los acuerdos y desacuerdos metodológicos y teóricos entre ellas. De
alguna manera ya habíamos insinuado también que las filosofías de la
historia (con h minúscula) se encuentran dentro de los enfoques sistémicos: a
-Kan! y g_HegtL<Vhwnr>¿ nripntariftqfft al pspiy.tfl/jiig matwvan una.nniaMp
actualidad.
En opinión de Niebuhr y nuestra los que combaten las creencias que
juzgan equivocadas, con la decisión de destruir su imperio, no están exentos
de exageraciones; después del tiempo pueden alcanzar moderación suficiente
para buscar las huellas escondidas de la verdad en esas creencias, repo-

14 Walih. Filosofía de la historia, p. 11

57
riéndolas en su consideración, ya depuradas de aquello que. a sus ojos,
las hacia despreciables. Éste ha sido el proceso que se ha seguido con las
filosofías especulativas. Ahora tienen su merecida fiesta de resurrección.

58
III

FILOSOFÍAS CRÍTICA S DE LA HISTORIA

En El principio de la individualidad y del valor Bosanquet escribió que


la Historia (investigación de las cosas acontecidas) es una especie híbrida de
experiencias y de trabajos frustrados, incapaces de lograr cualquier
credibilidad, que el conocimiento de lo particular o concreto se encuentra en
las obras de arte y experiencias religiosas, y de lo general en las ciencias.
Aunque la índole presuntuosa de estas afirmaciones provoque objeciones
enfurecidas, muchos compartieron y comparten la primera pane de los
enjuiciamientos de Bosanquet: la Historia es una práctica equivocada o
«incompleta», dicen a una. y es conveniente que los filósofos les enseñemos
a quienes se dedican a ella las reglas para el éxito de su quehacer.
«Podríamos [...] comparar la explicación histórica con un juego en el que no
exista un conjunto de reglas claramente formuladas: mientras más tratemos
de apretar las reglas, más difícil será jugar el juego»1. «La Historia, nacida
de un género literario [el mito], siguió siendo la menos metódica de las
ciencias»12 y la menos explicativa. Por «explicación» no entienden el definir
el significado de un término, ni sustituir un enunciado vago por otro más
preciso, sino el discurso que contiene el porqué, según unos, o el porqué y el
para qué. según otros, de cienos procesos que hubo en las sociedades
humanas. Etimológicamente, aclaran. «Historia» es la investigación de por
qué (y para qué) hubo ules procesos y su descripción explicativa. También
unánimemente coinciden en que la Historia está dentro de los conocimientos
empíricos. Las divergencias entre los filósofos en cuestión giran en tomo a
cómo deberían cubrirse los objetivos de la explicación, y deriva de sendas
maneras de pensar el tiempo y las características definitorias del hombre y
de sus organizaciones.
Con fines expositivos se ha clasificado a los filósofos críticos de la
■Historia o «aqticspeculativos» en dos gupo^ pero se ha hecho de tal manera
que el resultado acaba siendo como una ensalada rusa incomible.
Enriqueceremos el número de grupos a sabiendas de que aún así
simplificamos ideas muy ricas sacándolas del contexto social en que fueron
escritas, y de que la mayoría de los autores que citaremos, y de los que

1 GonUner, La naturaleza de la explicación histórica, p. 120.


2 U ngíais y Seignotas, Introducción a ¡os estudios de la Historia, p. 139.
omitiremos, han mezclado los argumentos que hemos dividido y sub­
dividido. Estas confesiones pretenden que la ensalada rusa sea un poco
menos indigesta. Justificamos nuestro proceder en que la transmisión de
mensajes se acompaña frecuentemente de la pérdida y tergiversación de sus
informaciones, y que esto se agudiza cuando se compactan en bloques
clasifícatenos. Revisemos los lechos de Procusto que tan hacendosos
maestros fabricaron para Clío.

I. El prim er lecho lo manufacturaron los que von Wright llama


positivistas, monistas y galileanos. Estos filósofos pretendieron igualar a
G ío, la loca de la casa3, con un estereotipo de mujer perfecta, exitosa y
siempre idéntica a sí misma.
Desde el siglo xviti, hasta llegar a los años cincuenta de éste, los
miembros y herederos del positivismo, del atomismo lógico y del empi­
rismo, del conductismo y de la «ingeniería social» se sintieron atraídos por
los éxitos de las teorías y prácticas de Copémico. de Kepler, de Newton y
especialmente de Galileo, y las tomaron como paradigmas para funda­
mentar y purificar las demás («pseudo») ciencias. Uno de los aciertos de los
trabajos de aquéllos fue su elaboración de funciones matemáticas; luego,
cualquier conocimiento científico debería cuantifícar los fenómenos. «La
ciencia es la manera como concebimos el mundo sub specie quantitatir, su
diferencia es el intento de organizar el mundo como un sistema de
medidas»4. Teniendo esta creencia en mente, Comte escalonó de manera
descendente las actividades que pretendían tener validez científica en:
matemáticas, astronomía, física, química, biología, sociología (bajo la
influencia de Saint-Simon. intentó reducir la Historia a ésta), terminando el
enlistado con la filosofía. Después se ordenaron las ciencias en: puras,
formales, a priori o necesarias, y empíricas, subordenadas éstas, a su vez. en
otra escala descendente que va desde la físico-matemática, pasa por la
biología, las ciencias del lenguaje y la economía, hasta que llega a las
pretendidas ciencias humanas, que «no han encontrado su Galileo» a pesar
deque:

Hay buenas razones no sólo en favor de la creencia de que las


ciencias sociales (humanasl son menos complicadas que la física,

3 Pascal llamó a la imaginación la loca de la casa. Crece aplicó c s u expresión a la


Historia; en México la adaptó el historiador Lois González. Walsti utilizó el símil de los
filósofos como procustos de d io .
4 Collingwood. Idea de la historia, p. 153.

60
sino también a favor de la creencia de que las situaciones sociales
[humanas] son generalmente menos complicadas que las situa­
ciones físicas concretas. Poique en su mayoría, sino en todas las
situaciones sociales [humanas], hay un elemento de racionalidad3*.

La lista de características negativas que este grupo de filósofos


atribuyeron a las «pseudociencias» humanísticas es que su terminología es
vaga, inexacta y precaria, que abunda en definiciones perentorias y en el uso
«suelto y desmañado de los conceptos»6; en concreto la Historia tiene,
afirman, una suerte de densidad sintáctica y semántica propia más de la
literatura que de las ciencias, cuyos lenguajes son más diagramáticos y
unívocos, o menos ambiguos, siendo la plurinterpretabilidad un problema
para la determinación de ideas, de referencias y en general para el avance
científico. También dijeron que los estudiosos de las sociedades humanas
emplean matemáticas anacrónicas: deberían revisar sus conceptos, porque
asignar cantidades a ideas esencialmente vagas es una impostura. También
los «positivistas» aseguraron que: los objetivos de las ciencias sociales
humanas son densos; que las preguntas y respuestas de la Historia están
llenas de incertidumbre e impurezas en tanto que o provienen de la filosofía
o son producto del saqueo de otras actividades cuya autonomía y legitimidad
ha sido establecida (cada ciencia ha de escoger problemas que las demás no
estudian o lo hacen tangencialmente). Para ellos la independencia de los
campos de estudio científico no significa la divergencia en la aplicación de
los procedimientos metódicos.
Quizás en su mayoría estos epistemólogos permanecieron fíeles a la
recomendación de la lección I de la sección 10 del Curso de filosofía
positiva de Comte. a saber, que se unifiquen los pasos metódicos de las
investigaciones empíricas para que todas formen parte de un plan global y
efectivo de trabajo científico:

No pretendo afirmar que no existe diferencia alguna entre los


métodos de las ciencias teóricas de la naturaleza y de la sociedad

3 Popper, La miseria del historicismo, p. 171. Collingwood observaba que, si estas


ideas fueran cierus, la explicación científica e histórica en particular consistirían en
coleccionar evidencias de lo que ya sabemos, y en «reglarlo iodo en tal o cual esquema
relaciona] pira que conteste las preguntas que ya habíamos pensado plantear, incluso ames
de conocer los materiales. Popper sostuvo, a su vez. que el historicismo es un método
indigente que no da frutos.
6 Gardiner. op. cit.. p. 68.

61
(humana..|. Pero estoy de acuerdo con Comte y Mili |...| en que
los métodos de los dos campos son fundamentalmente los mismos
(...]. Éste ha sido llamado a veces el método hipotético-deductivo7*.

Sólo resta, según ellos, aplicar este método en algunas esferas del
conocimiento p an que descubran y expliquen correctamente las cosas que
les corresponden; el tnslado se debería efectuar sin que imponen los
propósitos que los investigadores tengan en mente ni el material que
trabajen. Estos teóricos postularon que la realidad está sometida a cambios
que son generalizares poique se repiten. Si tanto una máquina, una piedra,
como las sociedades humanas, se transforman siguiendo pautas (propias)
uniformes, lo correcto es descubrirlas:

|...| las diferencias enue las condiciones (...) en distintos


periodos no crea necesariamente ninguna dificultad en la ciencia
social (humana...) poique parecen ser. en algunos casos por lo
menos, de carácter comparativamente superficial (...) como las di­
ferencias de costumbres, de saludos, de ritos1.

La obsesión de buscar semejanzas se manifestó en el culto que rindieron


estos filósofos monistas a las categorías de «ley» y «especie». En su opinión,
los sentidos imprimen en la mente los parecidos y ésta los clasifica en tablas
taxonómicas, sin que ponga en duda la más o menos constante existencia de
cualidades biycctivas. o sea de conjuntos de hechos y de cosas, de tipicidades:
los historiadores han de explicar el desarrollo de los actos humanos típicos
en unas condiciones (o culturas) típicas y clasificares. Por su proclividad a
las semejanzas dijeron que hablar de la libertad, entendida como la conducta
atípica e imprevisible es un recurso de la ignorancia: «se suele hablar de
libertad, aunque solamente se haga por faltar la debida penetración de nues­
tro entendimiento en la necesidad causal»9.
La ortodoxia positivista insistió menos en la utilización de las clasifi­
caciones taxonómicas que en la prescripción de que las investigaciones deben

leyes de cufio galileano eran el meollo. Revisemos algunas de sus nociones al


respecto:

7 Fopper, op. efe, p. 160.


1 Popper. ibld, p. 141.
9 Parahusé« Ricken en Introducción a los prodUmas de iafilosofía de la Historia, p. 60.

62
1) Cualquier investigación científicamente respetable se inicia con la
observación, plantea hipótesis generales, o sea las que encadenan causas y
efectos, según se decía en una terminología que entró en desuso, o
condiciones o explanara (explanantia en plural) y resultados o explanandum
(explanando), según la terminología aún en boga, que una vez comprobadas
pasan a ser leyes: «La afirmación de que todos los acontecimientos tienen
cabida en una generalización es una obviedad»<°. Bajo este pensamiento los
textos son explicativos si, y sólo si, aplican el método nomológico-deductivo;
por el contrario, son meras descripciones estimativas: los historiadores
estiman más que concluyen11. La imperfecta Historia aún se halla en una
etapa descriptiva que no formula explícitamente las generalizaciones que
utiliza ni las prueba (Windelband llamó a las fases de evolución científica:
descriptiva, sistemática y nomotética).
2) Los científicos comparan, miden y comprueban sus hipótesis
generales mediante la inducción, que siempre incrementa los conocimientos.
Desde F. Bacon y St. Mili hasta mediados de este siglo los filósofos monistas
establecieron cuidadosamente los pasos de la inducción. También dijeron
que. en el inicio de su trabajo, los investigadores actúan como si una
hipótesis general sobre unas condiciones y un resultado fuese verdadera;
cuantas más observaciones la confirmen, mayor seguridad de que es ver­
dadera. Después derivan otras hipótesis de la primera generalización; si la
construcción teórica no se denumba a causa de sus contradicciones, más
firme es la hipótesis inicialmente temeraria (según el principio de escla­
recimiento recíproco). La suposición o hipótesis primera y cada una de las
que derivan de ella se someten a experimento, o sea a la inducción pro­
piamente dicha, que es la manera de desechar parcial o totalmente las
hipótesis falsas y de fundamentar las verdaderas. En este nivel de trabajo se
debe ser imaginativo y ejercer la autocrítica:

l...| una hipótesis puede estar concebida de tal forma [...] que
los ensayos dictados por ella sólo tengan una confirmación a
priori. Citemos un ejemplo: la hipótesis de que el reflejo es la

exploración, condujo finalmente a diversos experimentos en los


que se halló la respuesta del organismo a la variación de estado.
Pero en esa ordenación experimental no se reveló que el sistema

10 Ayer. El concepto de persona, p. 318.


11 Gardiner, ibid., p. 119.
nervioso central puede reaccionar también pasivamente a los
estímulos12.

3) En la experimentación se aplican controles artificiales: por lo mismo,


no es factible la de tipo bolista: nadie puede controlar y reconstruir toda una
sociedad humana. Según Popper sólo es posible recomponer pequeñas
instituciones (educativas, penitenciarias, empresas...): modesta intervención
experimental o inductiva de la «ingeniería social fragmentaria»13. Refuta los
argumentos que señalan la imprevisibilidad de las respuestas humanas como
un impedimento para la experimentación: la veracidad de tales argumentos
se establecería experimentando. Para los monistas más moderados las
pruebas empíricas de las generalizaciones, incluidas las de los historiadores
(que forzosamente son distintas porque, por ejemplo, no tienen el imperio
romano en una probeta de laboratorio), también se aplican mediante un
recuento estadístico de parámetros de los comportamientos tal como ocupen
u ocurrieron (los historiadores obtendrían esta información de los tes­
timonios).
Así pues, según estas ideas sobre la comprobación, las clasificaciones de
caracteres y las leyes científicas se corresponden isomórficamente con unos
caracteres y relaciones que existen o existieron en algún lugar del mundo, y
la mente comprueba volviendo a las imágenes directas o mediadas del
«espejo» perceptivo y básicamente del espejo ocular. Ver es creer.
Aplicando la inducción, el investigador descubre sus errores de apreciación
(por ejemplo, la guerra es accidental respecto a unas condiciones, si en otros
casos en que ellas estuvieron presentes, no se produjo); encuentra las
condiciones necesarias y suficientes de los sucesos y distingue las condiciones
inmediatas en el tiempo de las necesarias y suficientes (el asesinato del
archiduque de Austria en Sarajevo desencadenó la Primera Guerra Mundial
porque los disparos contribuyeron a que se iniciara como se inició, pero no
fueron su causa): también la inducción es útil para... Se confirman las
hipótesis por medio de un número limitado de casos observados: por lo
mismo, son probabilísticas (su probabilidad va del 1 al 100%). Sin embargo.

especifican su aplicabilidad (en qué condiciones y con qué frecuencia se


cumplen, a saber, siempre, nunca, a veces, en todos, en ningún o en algún
caso), no admiten contraejemplos o casos desviantes ni adiciones correctoras

13 L o m o , Los echo pecados capitales de bhunandadciviUtadajnd. Manuel Vázquez,


Barcelona, Plaza y Janés. 1973, p. 97.
13 Popper. ibid, p. 87.

64
que las refutan, sino «enmiendas menores». Una vez establecidas, su verdad
es inalterable: son inmunes a la refutación poique si existen las condiciones
que especifica, ocurrirá un número porcentual de veces, también
especificado, el resultado a que se refiere la formulación. Al valorarse una
relación nómica como verdadera, aquello que la haría falsa es falso. Llega el
tiempo en que son verdades necesarias n analíticas porque explanans y
explanandum se definen uno con el ouo (dicen Chisholm y Ayer entre
otros). No se despoja a las proposiciones de ley (o taxonómicas) de su
contenido empírico porque siguen comprobándose en los casos particulares
y porque unas leyes se apoyan en otras generalizaciones.

4) El ideal del monismo es que se explique un número considerable de


sucesos con un número relativamente pequeño de proposiciones (cuanto
mayor es la extensión de ambientes diferentes en que se localizan los
ejemplos de una generalización taxonómica, menos probable es que sólo se
confirme en «circunstancias ambientales contingentes»)14. La simplicidad y
la «fuerza» de una teoría no son criterios complementarios de su verdad,
sino claves de su éxito. Las teorías se sistematizan cuando unas genera­
lizaciones quedan abarcadas por otras de mayor aplicación. Por ejemplo,
como las leyes newtonianas sobre la gravitación unen cielo y tierra, las de
Copémico y Keplcr (al respecto) pasan a formar un subgnipo de ellas. Hubo
quien observó esto en la historia. «He observado los principios: he visto los
casos particulares ajustarse a ellos, ser consecuencia de ellos la historia de
todas las naciones, y cada ley particular relacionada con otra o dependiente
de otra más general»1*. El corpas de generalizaciones nómicas comprenden
lo que Walsh llama «clases abiertas», o sea aquéllas cuyos casos no son
numerables porque se refieren a sucesos que ocurrieron, ocurren y
ocurrirán. Esto significa también que las Isyes sirven a dos propósitos: a la
explicación, y a la predicción, si se proyectan al futuro, o a la posdicción o
retrodicción. si se proyectan al pasade16. Luego, el fin de una ley es

-^^Maámym.-«¿E^ponMoi^poUika«onipwada?»«»L»>¡faM^fa dé ¡oexplicación
social. p. 274.
13 Momesquieu en Frita Wagner, La ciencia de la Historia, p. 139.
16 El término de retrodiccido ha sido atribuido a G. Ryle; posdtcción ha tenido más
éxito. El asunto de la universalidad de las leyes científicas fue muy discutido. N. Reschner y
O. Helmer en -O n the epistemology of the inexact Sciences» (Management Science, vi,
núm.l. octubre de 1939) agregan que hay generalizariones empíricas de aplicación limitada a
un periodo y área geográfica, pero que no tienen excepciones o casos contrarios, lo cual ha
sido objetado parque podría interpretarse como uaa concomitancia accidental de hechos.

63
encontrar el continuo, la identidad de relaciones entre unas condiciones y un
resultado que se pueden prever con una seguridad alta o baja (en algunos
casos, en todos, a veces o siempre). Para los monistas el comportamiento de
la realidad es como una recu sin cambio: el pasado y el futuro están
contenidos en el presente; los sucesos se calculan hacia adelante y hacia atrás,
y esto es decir que una vez formulada una ley deviene un sustrato
explicativo inalterable del que se obtiene la posición, la velocidad y los
cambios de un móvil.
Confesamos que muchos planteamientos de este grupo de filósofos sufrió
fuertes conmociones cuando ellos mismos se plantearon dudas «ingenuas»
(las que acostumbran a tener efectos catastróficos), como las siguientes: qué
significa que una ley siempre se mantiene verdadera en lo esencial; por
qué se simplifican los problemas valorando los errores de las teorías como
de poca monta; por qué se ocultan los desafíos que generan los errores; por
qué se piensa que una formulación cómica primitiva y otra que la corrige
son iguales en lo básico; por qué se niega que las leyes están sujetas a
corrección; por qué... La agudeza y el número de polémicas rebasa los
intereses de este libro; por ello solamente anotaremos un argumento
importante para nuestros propósitos que fue formulado por un neopositi-
vista: los historiadores evaden la explicitación de las generalizaciones que
utilizan, disfrazándolas con «nexos disgregados y porosos»*17 o con redac­
ciones elípticas, que ofrecen simples bocetos de explicación, porque es difícil
detectar las recurrencias o regularidades en los sobredetenninados procesos
históricos (en ellos largas cadenas de causas favorecieron el efecto).

5) Los epistemólogos galileanos también aclararon que la aplicación de


*syes o procedimiento deductivo no aumenta los conocimientos, sino que
facilita la selección porque aporta criterios de relevancia. Hempel ilustra la
necesidad de que el historiador seleccione en base a hipótesis generales
diciendo que es imposible que declare todas las propiedades y estados que se
exhibieron durante el asesinato de Julio César, como que fiie tramado por
Bruto y Casio, movidos por tales y cuales ambiciones y expectativas, que...
hasta llegar a que inhalamos algunas piglfruia* ajr» gi*¡ «hairt l-n

Segán nosotros, las hipótesis (enenles de tipo nómico no son aplicables a los sistemas
vivos porque sus componentes y miembros tienen cieña autonomía.
17 Frise de Hempel en «Las funciones de las leyes generales en la Historia». Gantiner
abunda en el lenguaje ambiguo de loa M suriadtra, ejemplificando con la Hlstoire du peupU
frangais de Seignoboa. cfr. p. 113.

66
c elemental explica lo complejo. No es factible estudiar completamente ni la
más pequeña fase histórica: el historiador debe seleccionar «atomizando»
—«atomismo, es decir, la exploración parcial de sistemas subordinados sin
la obligación del conjunto»1*— los hechos que estudiará, y debe evitar el
holismo porque, además, las comunidades humanas no cambian como un
todo (por lo tanto, no tiene ningún sentido la expresión «cambios estruc­
turales» o sistémicos). «La idea de que la sociedad [...] puede moverse como
un todo a lo largo de cierta trayectoria y en ciena dirección [...] es [...] una
confusión holislica»n .
Si es verdad que el historiador selecciona, desechando lo iirelevante (sea
el criterio de relevancia el que apuntan estos filósofos u otro), no es sencillo,
según creemos nosotros, establecer las diferencias que median entre las
crónicas, obligadamente selectivas y coherentes en sus criterios, y los
«bocetos de explicación histórica», o sea los que explican ocultando las
generalizaciones que emplean:

(...] las perversiones de la Historia [...] comparten |...| una


distinción entre dos especies de Historia: Historia empírica que
ejecuta [...] la humilde tarea de comprobar hechos e Historia
científica que tiene encomeadada la tarea más noble de descubrir
las leyes que conectan los hechos. Dondequiera que se descubra
esta distinción, se habrá delatado la pezuña hendida del posi­
tivismo20.

, 6) En lo dicho en los incisos anteriores se esboza la noción de


' objetividad que adujeron los positivistas, galileanos o monistas: una
explicación (de la historia) es objetiva si sus expresiones significan lo mismo
para todos los receptores del mensaje; si cuantifica; si emplea explícitamente
las hipótesis generales (o leyes en el mejor de los casos) que le indicaron los
criterios selectivos; si selecciona entre hipótesis generales en conflicto, según
se lo indiquen las evidencias testimoniales; si sus enunciados son propo­
siciones comprobables; si se apoya en conocimientos científicos previos; si
— entiende-lo-Qomplcjo-btiándose-cn-lo-riiiplcfr-ai-ea-cohefenre,-y si-del
explanans que aduce se deriva el explanandum . En suma, es objetiva
la explicación que cumple con las pruebas lógicas y empíricas.1

11 L o m o , op. cit.. pp. 109-110.


19 Popper. ibid, p. 147.
20 CoIUngwood. op. d i, p. 17$.
¿Qué dijeron los que detentaron esta postura sobre la psique humana? Un
punto clave de las divergencias entre historícistas, filósofos de la acción y
los de la cultura con el enfoque monista estriba en que para los primeros los
comportamientos humanos no se entienden a menos que propongamos algo
no visible, sea un motivo individual, o bien un significado o una función
sociales: caminar hacia una puerta, girar su perilla y empujarla son
comportamientos incomprensibles si no se propone que el sujeto actuante
tiene la intención de salir, los comportamientos de los abogados no se
decodifican si no se conocen las funciones que cumplen estos profesio­
nistas o, si se prefiere, el significado de cada uno de sus actos. Los galileanos
conductistas no formularon un contrargumento claro al respecto; pero ellos
y los demás propusieron que se registren las semejanzas psíquicas en leyes.
Hempel dice que un historiador puede ser incapaz de colocarse en el papel
de un psicópata (cfr. infra)\ pero sí puede explicar algunas de las acciones
de éste refiriéndolas a generalizaciones sobre las reacciones de la gente
anormal. Los antecedentes de esta posición hempeliana fueron los intentos de
definir los caracteres psíquicos, incluyendo los patológicos, y de reducir lo
espiritual a leyes, como sucedió en la filosofía de la Ilustración o la de
Taine21.

n . Otro lecho para Clío lo construyeron unos filósofos procustos que


quisieron descubrir las leyes de la evolución. Se preocuparon por la génesis
y el desarrollo de los procesos históricos, negando que cada sociedad tenga
Impetus propios y posiciones relativas. Los rígidos modelos explicativos de
Comte, H. Spencer y Proudhon se oponen a la idea de ruptura: cualquier
comunidad humana ha pasado, pasa o pasará por las mismas fases. «Entiendo
por Progreso el rumbo ascendente del espíritu hacia la Ciencia, por las tres
épocas consecutivas de Religión, Filosofía y Metafísica o método»22. La
línea temporal concebida en las generalizaciones nómicas de los galileanos se
iniciaba en el presente y se extendía hacia el pasado y el futuro; la de estos
positivistas la forman puntos —los pueblos que ocupan un lugar en la
recta— que se desplazan — «progresan»— en un mismo sentido. Los puntos

quedaron rezagados.

21 P a n Cbllingwood otro antecedente es la Historia de TucfclkJes que. a diferencia de la


de Herddoto. no se interesa en los hechos mismos, sino en el establecimiento de inmutables
leyes psicológicas (cfr. ibid^ p. 198).
22 Proudhon, De b creación del orden en b humanidad o principios de organizición
política, trad. Marcial Busquéis. Valencia. Scmpere y Cía. s/a. (Ane y Liberad), p. 11.

68
Los herederos de Comte y Spencer —los neopositivistas— se ajustaron
las antiparras que por consejo de sus antepasados se compraron para estar
acordes con la tecnología moderna; gracias a esta ayuda, enfocaron los
enunciados con que sus familiares intentaron homogeneizar procesos,
concluyendo que no son atinados los modelos de evolución unidireccional ni
los cíclicos como el viquiano. Por su parte, los historicistas alegaron que
dividir la historia y valorarla tomando como patrón las (sublimadas)
comunidades industriales es estigmatizar otros procesos alternativos, además
de no observar a fondo lo que ocurre en las comunidades que han servido de
patrón. Procusto metió a G ío en una máquina trituradora.

III. El siguiente grupo está integrado por los dualistas aristotélicos. Los
monistas los acusaron de apoyar los textos de protohistoria que no ofrecen
una seria investigación nomológica, sino meras descripciones realizadas con
sentido común. Los aristotélicos contratacaron diciendo que el método
monolítico y en un solo plano pretende ser oro puro; pero que no todo lo
que reluce es oro: la obcecación en imitar la física tiene resultados tanto más
perjudiciales cuanto más complejo y cambiante es el sistema estudiado y
menos sabemos de él. Las ciencias sociales humanas son diferentes de las
naturales porque sus materiales están diferenciados de un planeta: los
factores psicológicos (motivos o intenciones) y lingüísticos no existen en la
naturaleza, o no son suficientemente importantes en ella, afirmaron los
historicismos diferencialistas. Para ellos los procedimientos que las investi­
gaciones deben seguir se derivan de la realidad en cuestión y de las
preguntas que hagan los estudiosos al respecto: para los enfoques interesados
en las mutaciones, o cambios no recurrentes, la explicación mediante leyes
con alguna cobertura o probabilidad de cumplimiento (alta, baja y esta­
dística o tendencia!) es un procedimiento espurio. Prueba: los monistas
nunca han examinado a fondo lo que hacen los historiadores. Es asombroso
que hablen de criterios de relevancia y de la probabilidad a que tendría que
ajustarse la Historia mediante ejemplos paradigmáticos sobre la congelación
del agua o de movimientos gravitacionales, analogándolos después con
«mine iadoft-hechizoft-acerca-dt-las-guenas-o-do-los-ase&inaios* politicos
(dignos, cuando más. de un pequeño artículo en una revista de Historia).
Respectivamente, los dualistas hicieron suya una u otra de las dos
siguientes indicaciones aristotélicas. Una: las acciones innovadoras subjetivas
no son uniformes y tienen que explicarse con métodos especiales. Dos: la
perspectiva sistèmica o estructural — «estructuras, es decir, sistemas»23—, o

U Eco. Tratado de semiótica general, p. 82.

69
sea la «desacreditada analogía de la sociedad como un organismo»24. No
entendieron por sistema la capacidad deductiva de un discurso, sino el punto
de vista de la realidad como organizaciones cuyos elementos están
articulados en una dirección o sentido (Kant, «Doctrina del método». Crítica
de la razón pura), esto es, la unidad intenelacionada. no acumulativa, que es
divisible en partes, que también son unidades divisibles (Aristóteles Metafí­
sica y Política, y Plotino, Encadas), y que tiene una trabazón tal que
cualquier cambio, alteración de lugar o pérdida de las partes afecta, más o
menos, el todo u holon. Enumeremos otras ideas de este grupo de filósofos:

1) Los dualistas consideraron que debían sacrificar la matematización de


sus conocimientos en aras de salvar la investigación de las cualidades de los
sistemas. Esta previsión facilitó que tomaran al hombre, en tanto organismo
social, como objeto de sus investigaciones. Unos lo concibieron como ser
productivo y cambiante o libre, y otros como ser que habla o se expresa,
dándose a sí mismo un universo sígnico o simbólico. Todos investigaron
cómo los hombres dependen del ambiente y de su sociedad, y cómo se
integran en ella.
2) Todos enfatizaron que las palabras más dúctiles son plurisignifica*
(ivas: la habilidad del científico se demuestra cuando sabe manejarlas para
sus propósitos, ampliando, restringiendo o estipulando el significado de un
significante, o sea que pusieron en duda que exista una precisa univocidad.
3) Algunos dieron un veredicto doble respecto a la objetividad de las
ciencias sociales humanas: el historiador debe respetar las pruebas empíricas
no inventando sucesos que nunca existieron; pero esto no libera de valores a
la exposición. Nunca es neutral. «Objetividad» no es sinónimo de «impar­
cialidad» (por más que Bayle creyera que ambas palabras designan a la
misma «reina», a quien juró total obediencia): cada historiador está
montando en un carro de valores, intereses y fines. Es objetable el texto de
un sociólogo o de un historiador que oculta o distorsiona las interconexiones
y las reglas o normas operativas sociales; el aceptable explícita su toma de
partido, analiza, no oculta, el funcionamiento de la comunidad humana;

y dialoga y objeta las posiciones opuestas a las suyas.


4) Los filósofos que agrupamos bajo el nombre de dualistas se
subdividen en los que identifican la Historia con la literatura, ponderando las
intuiciones del historiador que llenan lagunas verosímilmente y comprenden

34 Raciman, «¿Qué es el estructunlismo?» en La filosofía de la explicación social


p. 295.

70
individualmente a los miembros de su especie (Croce); y en quienes,
agobiados por los ataques de los monistas, ellos, que la aman tanto, se
apenan de que no haya alcanzado rango científico porque carece de leyes
propias (Tolstoi). o bien se apenan por su vecindad y dependencia con
los modelos de otras disciplinas; mal que comparte: «es inútil decir que las
ciencias humanas son falsas ciencias; no son ciencias en modo alguno»23*.
También ha habido aristotélicos que piensan en la Historia como una de las
ciencias sui gèneris del espíritu, autónomas al cien por ciento. Finalmente, a
los dualistas que la palabra ciencia no les inspira la menor nostalgia, dicen
que es una ciencia más o una menos, dependiendo de qué quiera significarse

5) El proyecto de los aristotélicos partidarios del historicismo


espiritualista fue relacionar los actos humanos con su motivo, consciente e
inconsciente (Dilthey), o con la intención, es decir, el plan de acción
premeditado (Collingwood) de los agentes históricos. En su opinión, la
historia o cambio significativo es resultado de la libertad o acciones
innovadoras: la historia no se desenvuelve con uniformidad porque la
creación imprevisible es una característica del universo de lo humano; en él
no existen determinaciones económicas, políticas o geográficas porque los
individuos aceptan o no los retos circunstanciales; la fatalidad obliga, no
arrastra (fue decir de Ortega y Gasset). Croce escribió que el término ley
(«causa») nació en el terreno de las ciencias naturales donde cumple con su
cometido, pero es extraño a la Historia porque nadie logró explicar un
pasaje de la vida social (humana) por la adecuación de causa {explanaos) y
efecto (explanandum). La ordenación de la vida presente o pasada de nuestra
especie a leyes y taxonomías culturales fue «el error endémico del
positivism o»26, que «implicaba la imposibilidad de todo conocimiento
histórico»27, es decir, el que reconstruye el pasado como se vivió, en sus
propios e irrepetibles términos: «la realidad histórica es autónoma, se causa
a sí misma»21 porque se debe a las orientaciones que le dieron unas per­
sonas. Además, cada proceso es uno y único. El historiador describe la
unicidad, estando obligado a ubicarla mediante indicadores de espacio y
tifniptt. y fl f 1 »l>nlA^inn>wUf liw n y i »*plirarimy m ^ iin te
los motivos de los agentes implicados (redujeron la teleología a la
explicación intencionalista o motivacional de la conducta de los individuos).

23 Foucault, Las palabras y las cosas, p. 355.


26 Croce. La historia como hatafia de ¿alibertad, p. 71.
27 ColUnfwood, ibüL. p. 222.
* / M 4 p . 13.

71
6) El nombre de «ciencias del espíritu» que acuñó Oilthey no es
descabellado: esta facción de historicistas quisieron que sean conocimientos
acerca de los contenidos interiores que se expresaron, transformando el
curso de la historia. La manera de obtenerlos es mediante la empatia, la
comprensión o la simpatía, significantes cuyo significado es la re­
vivificación (los filósofos de lengua hispana empican «intuición» —Antonio
Caso— o «imaginación» —Ortega—). La libertad espiritual, irreductible a
leyes y que se aprehende empáticamente es el objetivo que persigue el
historiador, dijeron, amparándose en un fragmento de la P oética de
Aristóteles. Dilthey, Scheler y otros describieron la marcha del yo (del
investigador) al otro o sujeto estudiado: inicialmente se desplaza hacia
el prójimo o cercano y sucesivamente, por medio de ejercicios aproxi-
mativos, va comprendiendo lo más extraño. Inicialmente el historiador
trabaja con el material que le resulta menos difícil de entender, ampliando
paulatinamente sus miras. También estos filósofos puntualizaron que no se
trata de convertirse en el informante, es decir, que la empatia no es un
poder de asimilación que identifica a las personas hasta que desaparecen
en su individualidad: tampoco son proyecciones de la subjetividad que
igualan al otro con el yo. Ambas actitudes serían, por lo menos actualmente,
actitudes patológicas. Lo opuesto de la comprensión no es la antipatía que
mantiene separadas a las gentes, sino la incomprensión de las intenciones o
motivos ajenos: para entender las afirmaciones de x personaje de que la
mujer y es la más bella, inteligente y bondadosa que ha existido, o las del
individuo z de que el plan w es el mejor para unas circunstancias, hace falta
comprender sus puntos de vista, aunque ninguna de sus creencias sea
conecta. La perspectiva del historiador tiene que ser mejor que la del
agente histórico porque no sólo comprende los motivos de la conducta, sino
que sabe las consecuencias de ésta. Dilthey no creyó que la psique humana
esté formada por facultades y sentimientos aislados entre sí; por ende. dijo,
la comprensión de un motivo tiene una cara intelectual y otra afectiva.
George Devereux, psicólogo, completa: la supuesta comprensión desapegada
de las ideas y sentimientos de un semejante (psicópata o no) indica falta de
lotidaririad - u n vnyr a n rrm w n una, simple-maniobra defensiva. Agrega
que este momento de la empatia o comprensión, a que están sometidos los
etnólogos e historiadores, ha revelado la propia lente del observador, es
decir, las reacciones que le facilitan dar explicaciones atinadas y sugerentes.
o bien que le impiden la profundización del otro, provocando sus
interpretaciones torcidas o sus silencios sospechosos. Dray asegura que si
negamos la empatia, no podremos explicar la apropiación de las obras
literarias; para Berlín no podríamos sobrevivir en sociedad. Aceptado, pues.

72
que es un momento de la investigación histórica y que todos la practicamos,
cabe preguntarse: ¿comprenderemos los motivos de las personas de otras
¿pocas si no manejamos conocimientos de la organización en que ellos
vivieron?, ¿este conocimiento se obtiene también por medio de la compren­
sión?. ¿la comprensión es un método o un hecho natural que facilita nuestra
sobrevivencia?, y finalmente ¿cómo debería concretarse la comprensión en
tanto método?
7) Para la filosofía de la acción quien comprende al otro puede elaborar
silogismos prácticos sobre los planes o intenciones de la conducta de éste: la
historia la hacen individuos que planean el futuro, discurriendo entre
opciones de comportamiento, esto es, la hacen individuos cuyos actos son
resultado de sus decisiones (las personas eligen la opción s i y no s2 o s3
cuando aquélla colisiona con éstas. Además, por medio de su decisión
razonada, seleccionan los medios para alcanzar un fin). Cuando se com­
prende esto puede explicarse mediante silogismos prácticos (von Wright).
En «The objectivity in History» John Passmore afirma que el planteamiento
de unos axiomas plausibles sobre los planes de acción de los agentes
históricos y el planteamiento de una conclusión sobre los actos, que se
deduzca de aquéllos, satisface los criterios de la demostración.
8) Tanto los historicistas espiritualistas como los últimos filósofos
citados fundamentan el recurso de la comprensión o explicación de
intenciones (el «interior» de los actos o su lado oculto) en que sólo los
humanos planeamos nuestra conducta: sin embargo, algunos a n im a le s
también la planean —siguen su propio «sino»— , y su manera de
comportarse tampoco puede explicarse recurriendo a leyes (en el sentido
galileano del término) porque no siempre es repetitiva: no existe un solo
grupo de conocimientos (las ciencias del espíritu) que se escapan de los
feudos de la metodología que defendieron los positivistas o galileanos.

En resumen, la sospecha de tales historicismos de que el conocimiento


humanístico y de la historia es absolutamente autónomo tendría peso si
realmente no tuviera ninguna relación de continuidad con otros métodos y
d iscu n o ftrp cr^esto ^ eS 'U Ír^ro cu sto se inventó-um-GI(<Ml&personalidad
avasalladora, totalmente distinta de sus hermanas musas.IV .

IV. De los lechos fabricados por los historicistas surgió el de los


filósofos que apoyan el enfoque sistèmico. Entre ellos existen variantes: unos
enfatizaron el aspecto finalista o direccional de las cultoras humanas y,
consiguientemente, la conveniencia de que el historiador estudie los valores
en que se fundan (Rickert); para otros culturalistas el historiador debe

73
aplicar los conocimientos de la semiótica porque la simbolización no sólo es
una práctica social entre muchas, sino la principal o. por lo menos, una de
las más desiacables (las ideas althusserianas sobre la ideología están cerca de
este planteamiento); los martistas aconsejan a los historiadores que no se
olviden de los modos de producción de la fase social que analizan, aunque no
trabajen la Historia económica; y los funcionalistas les recuerdan que han de
relacionar los comportamientos individuales con las normas o reglas
operativas de la sociedad en que se desarrollaron. Algunos científicos que
simpatizan y han aplicado el punto de vista sistèmico (Monod y Prigogine,
por ejemplo) previenen a los historiadores de la existencia de trans­
formaciones sociales azarosas, esto es, que incluso conociendo el número de
opciones que podrían tomar los sistemas, era impredictible el curso que
lomaron (rebasan el cálculo de probabilidades).
Nosotros estamos de acuerdo con muchas de las ideas de este último
grupo de filósofos: el historiador ha relacionado y debe seguir relacionando
los componentes de cada sistema u holon, sin olvidarse de que los hechos
históricos se generaron debido a otros anteriores, no basta con que se
elaboren modelos sincrónicos ignorando la diacronia, amén de que si la
Historia se prívase de la noción del tiempo, se negaría a sí misma. Asimismo
creemos que los estudios de la historia no tienen que pretender retrodecir,
también creemos que los parecidos y vinculaciones entre sistemas no
significan que sean idénticos, ni que la meta principal del historiador haya
de ser encontrar las semejanzas y las regularidades, el continuo de la
identidad sobre cuyo fondo no se destacan las diferencias, sino que debe ser
el registro y la descripción (explicativa) de la unicidad de los procesos
de transformación, distinguiendo los cambios en los sistemas humanos y de
ellos mismos.
En adelante revisaremos las ideas básicas que resumimos en este
capítulo. Aunque pretendemos respetar a Clío. nuestros colegas y ella, en
primera instancia, tienen la palabra p an enjuiciar qué papel de procustos
nos arrogamos.

74
IV

LA HISTORIA COMO ENFOQUE SISTÈM ICO


(EL TODO U H O L O N )

Si las versiones del monismo que pergeñamos hubiesen sido acertadas,


después de enlistar los pasos metódicos seguidos en las investigaciones
matemáticas y astronómicas, de señalar las desviaciones de ellos y de
elaborar un diccionario de conceptos unívocos (en colaboración con los
lingüistas), los epistemólogos de la ciencia empírica hubieran tenido que
dedicarse a otro oficio más próspero económicamente. Afortunadamente los
científicos han dicho que la verdad es como un oceáno que yace ante su
mirada sin ser descubierto: Newton se imaginaba a sí mismo como un niño
en la playa que se divierte encontrando guijas y conchas bonitas, y en su
distracción no se percata del mar. Afortunadamente hay estudiosos que con­
servan la ingenuidad que plantea preguntas que cimbran prejuicios, que hace
caso omiso de las posiciones procustas y miras de corto alcance (aunque
lleguen a los astros) y que tiene respuestas ingeniosas q je diversifican
métodos y aceptan el poder de sugerencia de un término, sin empecinarse
siempre en la univocidad (creencia que generalmente nace de la idealización
de un grupo limitado de fenómenos clasificados). Gracias a que toda
actividad creativa encuentra guijas y conchas bonitas, los filósofos hemos de
aceptar que del oceáno han emergido las explicaciones atomizadores y las
sistémicas, así como los conceptos de todo u holon. sin que sus artífices se
incomoden por las acusaciones de inutilidad y de aberración que redactaron
los filósofos galileanos.

SISTEMA COMO REALIDAD COMPUESTA U HOLON

Hegel, de Marx, de Dilthey. y. en general, en los libros (quizás no en


ensayos sobre cuestiones muy específicas o limitadas) de los biólogos, de
varios físicos contemporáneos y de los investigadores de las sociedades
humanas, incluyendo a los historiadores/ Preguntémonos si el todo que
registran estos últimos, y cuya morfología describen, tiene que ver con una
problemática social. Hay Historias económicas, políticas, de la magia, de la
medicina, de las ciencias, de las artes plásticas, de la literatura, de fili-

75
busicros, de bucaneros, de heterodoxos, de uno o varios movimientos
independentistas, de... No. su criterio no depende de una problemàtica.
Entonces, ¿su criterio es de cobertura espacial o de lugar? Hay Historias que
se extienden de un sitio a otro, separadas por muchos kilómetros, o se
centran en un país, o en una región: pueden ser libros sobre una hacienda
pulquera de Zempola (Hidalgo, México), o sobre el latifundismo hacenda-
tario de Hidalgo, o del centro de la República Mexicana, o de toda ella.
También las hay que reúnen muchos países en base a sus nexos o inter­
cambios. No, tampoco el trazado topològico es su criterio. ¿Lo es el tiempo?
Hay Historias que se desplazan de una fase a sus estados inicial y
subsecuente. Los estudios son restringidos o se expanden desde una etapa de
desarrollo hacia tiempos previos o posteriores. Hay desde Historias de un día
hasta universales que comprenden desde la aparición del homo sapiens en la
Tierra hasta el siglo xx (y mientras nuestra especie exista, la cantidad de
aflos se irá incrementando).
La imprecisión de límites espaciales, temporales y temáticos de la
Historia la dice el calificativo de h o lisu Q i por holon entendemos (como
J. C. Smuts, Holismo y evolución) la unidad que es un todo respecto a
ciertos componentes suyos y una parte en relación con unidades más
amplias, o si interpretamos el sistema como un discurso, término intencio­
nalmente indefinido que suele designar un deterso sígnico que es divisible
en elementos (palabra, oración, texto, s ila b a d o , finalmente, si lo aralo-
gamos, tomando como base la M etafísica aristotélica, con un cuerpo
compuesto o combinación de materia y forma (es decir,feomo una estructura
o construcciónTVonceptos correlativos: lo cuadrado ae una habitación se
debe a cómo están organizados sus adobes; lo rectangular de cada adobe
se debe a la organización de la arcilla; la forma geométrica de cada grano de
arcilla se debe a sus elementos, y así sucesivamente; de igual manera
podemos ampliar hacia lo más grande: la habitación es un componente de la
casa; ésta, de la calle; ésta, del barrio; y éste, de la ciudad/Según Rickert
la Historia trabaja con «series continuas». Una «serie» es ulT conjunto de
cosas relacionadas entre sí de manera transitiva y asimétrica; un «continuo»

<Tsin elSjPara Aristóteles (Física) un continuo es un proceso divisible que


no tiene'lím ite mínimo. En la Crítica de la razón pura Kant define la
continuidad como una propiedad de las magnitudes por la cual no existe una
que sea la menor posible. La filosofía de la Historia recoge estas
sugerencias, dándoles elasticidad: un historiador no sigue el principio
explicativo de tos atomistas griegos, a saber, no detecta elementos últimos
ordenadores (que son inalterables, indivisibles y carentes de estructura

76
interna) que se combinan entre sí para formar la realidad (en la Ó ptica.
Newton explica los cambios como separación y asociaciones novedosas, o sea
como movimientos de partículas permanentes).
/ ¿P ara la Historia los procesos humanos son las estructuras o formas que
tomaron unos componentes^o materia, que también son estructuras de otros
componentes: son un holorv (Unidad de límites borrosos que se entiende en
cada caso por el instrumental teórico del texto que la describe); por lo
mismo, el investigador del pasado se toma el derecho de ensanchar o
restringir las coordenadas espacio-temporales y temáticas, sin que acepte
marcos fijados de antemano que le indiquen asuntos o ámbitos que deba
respetar, o sea puntos obligados de observación: como cada abarca
relaciones y etapas de evolución conectadas entre sí, como está vinculada,
más o menos, con procesos sociales alternativos, como las agrupaciones
humanas pueden haberse ensanchado (las familias en clanes; éstos en tribus;
éstas en poblaciones, y las últimas en países), y como los hombres han sido
viajeros que han difundido sus patrimonios culturales y costumbres, la
investigación puede reducirse o ensancharse espacialmente y retroceder o
avanzar en la cadena de lo acaecido. Por ejemplo, Pirenne eligió como tema
(principal) de sus ensayos los modos de producción durante la Edad Media,
subividiéndola en dos etapas sucesivas (el feudalismo y el capitalismo
comercial).
Este modo de presentar el medievo indica que los enfoques históricos
fijan cada compuesto como una organización coherente, distinguible de las
demás, no debiendo confundir o traslapar las que. según los planteamientos
en juego, son disímbolas (según Pirenne la llamada Edad Media no es
unitaria), sino encadenarlas por medio de sus nexos contemporáneos o
sucesivos. Luego, no existe un todo coherente o idéntico llamado historia
universal: ha habido nexos hacia atrás y hacia adelante que explican
proceso. Sólo quienes conciben la historia como una máquina que repite las
mismas operaciones, o conciben que el proceso antecesor (o padre) y
sucesor (o hijo) son lo mismo, es decir, dios, pueden afirmar que la vida de
la humanidad es un gran sistema. La «estructuración del mundo histórico»

cabal de una fase histórica se logra ensanchando los puntos de observación


hacia hechos contemporáneos, antecedentes y posteriores. Y. por otra, es el
señalamiento de que este «todo en la cantidad» no se corresponde con una
realidad enteramente unificable, o hipotético sistema de sistemas, sino que es
un ideal equiparable al del conocimiento del mundo biológico, por ejemplo,
y que esta tarea omnicomprensiva no puede encomendarse a unos
investigadores en concreto, esto es, la Historia mundial no se integra

77
únicamente con compendios bastante inconexos que pueden titularse «Los
sucesos mundiales memorables» o algo por el estilo, sino, y principalmente,
con textos que se ocupan de fases históricas, explicándolas en profundidad
(en principio, cuanto más se ensanchan las miras, se constriñe más la riqueza
de los análisis). Así pues, la Historia universal se va integrando poco a poco
y es una tarea sin fin a menos que desaparezcan los hombres, o los
historiadores: «Hoy día pensamos en las monografías sobre varios asuntos
como formando idealmente panes de una Historia universal»1.
(Ésta circunscripción no objeta el principio de que, igual que cada unidad
coherente de signos, cada comunidad humana se estudia en ella misma y
fuera de sus fronteras (por el contexto o lo extrasistémico) debido a que es
abierta: ninguna configuración se aprehende cabalmente más que
trascendiendo sus fronteraJiyEor esto mismo Saussure precisaba que los
términos del sistema sólo tienen significado y sentido desde la perspectiva
del todo (la lenguajTfcara I. Berlín los indicios históricos aparecen siempre
interconectados. dé~modo que su investigación parte de un barrunte de la
unión solidaria y termina regresando a ella:‘

La telaraña es demasiado compleja; los elementos demasiados y


no fácilmente aislables. por no decir otra cosa [...], aceptamos la
textura total, compuesta como lo está por hilos literalmente
innumerables (...1 sin la posibilidad, aun en principio, de probarla
en su totalidad. Pues la textura total es aquello con lo que
empezamos y terminamos3.

A manera de resumen citemos una lección de Yukio Mishima (Caballos


desbocados) que sintetiza las ideas que enunciamos:

t...| si la Historia puede enseñamos algo es que resulta impo­


sible considerar el pequeño momento de una época y que es
preciso llevar a cabo una investigación lo más completa posible de
los factores [...|, tan a menudo complejos, que hicieron de dicha
.................. épou i Krqne fbc. Bl momento que nos interesa ha de*inseitane
como una pane del todo. Es preciso tener en cuenta los variados
elementos que intervinieron para darle su peculiar carácter. En

>CoUinfwood. ¡dea de la Histeria, p. 35.


1 Berlín, El iriso y la ierra, p. 195.

78
LOS SISTEMAS COMO UN CONJUNTO DE INTERRELACIONES

j£ o s enfoques de la Historia son sistémicos (orgánicos, decían los


filósofos antiguos; culturalistas, dijeron otros más modernos) porque
plantean y suponen caracteres comunitarios^ su mundo de observaciones y de
explicaciones son el polo opuesto de un mundo tractatus o de realidades
últimas (neutras antes de formar un compuesto)(Un sistema o comunidad
humana es coexistencia, intenelaciones, afectación mutua!) Un pueblo, por
ejemplo, es la cooexión estrecha de generaciones y de componentes que se
suponen e influyen entre sí. Los miembros y componentes de un todo son
solidarios, ninguno está disgregado o es externo al otro: «ligazón que no es
[...] un artístico ornamento para la investigación histórica: es su esencia
misma»4. El mundo histórico es, pues, un mundo de campos de estudio y de
explicaciones acerca de un mundo o área cultural llena de bienes culturales,
de ocurrencias y de circuitos de concatenación que el investigador puede
recorrer. En expresión de Collingwood los sucesos humanos no se vinculan
únicamente en el «espantajo» de la serie cronológica, sino que se apoyan
o unifican; y «unidad» la define como la propiedad de un todo conforme que
no puede analizarse aisladamente sin tener primero una noción de conjun­
to de él.
Para el historiador un pedazo limitado del espacio terrestre junto con un
lapso breve de tiempo son un mundo o totalidad compacta, y su desarrollo
viene a ser resultado de un cúmulo de relaciones entre cosas y hechos varios:
«el historiador examina la sociedad [humana] en conjunto, estudia todos los
aspectos del desarrollo social en sus relaciones y acondicionamiento
recíproco»5. Ranke apostilla que el conocimiento de momentos históricos
particulares, de motivos personales, de cooperación humana, tiene como
resultado: «sentirse pane del todo, panicipar del conocimiento del todo»6.

organización en que está inscrita: la convocatoria de los Estados Generales


de 1789 estuvo enlazada intrínsecamente con el estado de las finanzas pú-

J 2a. ed.. trad. Pablo MaAé Garzón. Barcelona. Luis de Carali. 1984 (Gigante), p. 113.
4 Dray, Filosofía de la Historia, p. 133. ^
5 Hosak et al.. Fundamentos teóricos de la Historia, p. 9. 51013*1
6 Reproducido en Wagner. La ciencia de la Historia, p. 247.

amiOTECA csnt«al
UNA M
Micas, y éstas con el poder político, y éste con unas formas de vida, y éstas...
El texto histórico se valida, pues, si los hechos se visualizan no como una
suma o montón de factores que están en una disposición cualquiera, sino
como estructuras ordenadas y ordenadoras, y. además, si existe un acuerdo
intersubjetivo en cuanto al instrumental teórico en que se fundamenta la
explicación.
Descartes comparaba los organismos individuales y el social con una
máquina debido a que son unidades coordinadas: un ritual mágico o de
hechicería sirve para mantener la estructura de poder, el valor expresivo
de la religión es que remite a algo distinto a ella misma (Durkheim): desde
cada plano o actividad podemos hacer «lecturas» de la sociedad en cuestión;
y desde cada cala podemos enteramos de que la trama de los principales
vínculos del sistema no admite alteraciones: si uno de sus componentes se
pierde (sin que otro pueda asumir sus funciones), es afectado o cambia su
posición en el espacio o tiempo, el todo se modifica. Si en una palanca el
brazo de potencia (o el de resistencia) se rompe, se pierde, se coloca en otro
sitio en relación con el punto de apoyo o se mueve a destiempo, la máquina
queda ¡nserviM e(U gestaitheorie y Saussure también sostuvieron que en la
psique y en la realización de la lengua existe un grupo de relaciones ules
que si se modifica una, se afecu el sistema. A fumar que algo está
organizado es afirmar una interacción y una dependencia mutua, lo que es
fácil de entender cuando se trata de individuos sociales y de sus productos, o
Men de máquinasX
Adoptando ¿ríenguaje de la cibernética se ha llamado «retroalimenta-
ción» a las relaciones sistémicas, término que tiene la ventaja de señalar con
precisión los lazos indisolubles: cuando la máquina A afecta a la S, pero no
a la inversa, se dice que aquélla domina a ésta; pero si se afectan una a la
otra, se dice que se retroalimentan. La desventaja es que resulta inadecuado
cuando no se ha encontrado qué afectó a qué y cuáles fueron las
mediaciones. Asimismo, los significados de «dominación» que se utilizan en
las ciencias sociales humanas no son opuestos a «retroalimentación». porque
ésta siempre ocurre en nuestros sistemas: un colonizador adopta hábitos del

que pudieran agregarse acaban en que los seres vivos no tenemos la sencillez
y uniformidad de las máquinas.
Parece entonces que el trabajo del historiador es comparable con la
adquisición de la lengua materna porque sigue los caminos de totalidades, y
no de desgranajes analíticos: trata sus materiales como un engranaje de
componentes suficientemente «homogéneo» (dice Paul Weiss en Determi­
nism stratified) como para merecer la denominación de sistema. Para la

80
Historia, aun en los casos más extremos de imposición cultural, ha habido
grupos o subgrupos que no perdieron su carácter unitario, aunque hayan
asimilado muchas de las formas de vida del dominador. La convergencia y
transformación, más o menos radical, no merma el sentido de ser uno, y
serlo en realidad, porque los lindes no han sido borrados.
Algunos filósofos de nuestra América (Ricaune Soler, por ejemplo) han
sostenido que la nacionalidad es la forma de identidad colectiva que mejor
soluciona el problema de la adscripción de los miembros a un sistema, y
también asegura la integración social (la identidad, la legitimidad, la
participación...); otros dividen los sistemas en culturas; también los hay que
identifican sistema y cultura, subdividiendo ésta en áreas unificadas (por
rasgos económicos, lingüísticos, de cosmovisiones. de... —hablan entonces
de culturas: del maíz, del trigo, del arroz, de subsistencia, cristiana,
occidental, maya, chol, catalana...— que facilitan distinguir a sus miembros
de los extraños, aun cuando éstos simulen ser aborígenes de una). Los
enfoques sistémicos registran unidades, los parecidos y, no obstante, se
niegan a registrar que la «esencia» de una cultura o de una nacionalidad
se encuentra resumida en una aldea o población típica: el mundo no está
contenido en una taza de té. Esto es indicativo de que no comprimen la
realidad fenoménica en el plano de las semejanzas (o sea en la comunicación
contagiosa de cualidades o conveniencia, en la emulación o mimesis, es
decir, la creencia de que las cosas tienen tendencia a funcionar como espejo,
en simpatías y atracciones, y en la analogía que superpone la emulación y la
conveniencia, para decirlo con palabras de Foucault), porque hablar de un
orden supone dividirlo, y establecer las distinciones y la oposición entre sus
componentes. Esto es. los partidarios de un enfoque holista postulan que un
sistema, para ser tal. debe tener un mínimo de coherencia o unidad; y la
unidad a que se refieren es de diversidades. Los enunciados que formulan
rebasan la fase del «entendimiento abstracto» o «unidad inmediata de los
conceptos consigo mismos» (Hegel) porque cada sistema es uno frente a
otro: dos países no son uno mismo: muchos Estados son multinacionales; dos
periodos han de ser diferenciables; dentro de los miembros de una misma
-mhdatHe-descu breólo-heterogéneo— entre-gene racioneSf-daaesr profesio­
nes, sexos, posiciones de mando y subordinados... Los miembros de tribus
primitivas cumplían funciones diversas y ocasionalmente imprecisadas; en
nuestras organizaciones se han ido especializando; también se han separado
las expresiones simbólicas. Apoyándose en esto Luhmann afirma que
nuestras sociedades ya no están en condiciones de producir identidad por­
que en ellas hay demasiada otiedad, porque los subsistemas están altamente
diferenciados, y porque las aspiraciones de sus miembros se limitan a la

81
autopreservación personal. Finalmente cada persona es un enigma, lo otro
para sí misma. Si adoptamos este alegato a nuestros propósitos, parecería
que la unidad o sistema es irreal, no tiene referencias, y que toda la
información al respecto está interferida por una cantidad tan grande de
ruidos que es inaprovechable.
Sin embargo, como reveló Hegel, y han apoyado los estructuralistas y
marxistes, la oposición es una característica de los sistemas: ninguno de sus
elementos se explica fuera de su papel en el todo; las posiciones se toman
como indicadores de relaciones binarias de equivalencia y oposición, que
permiten el desenvolvimiento del sistema. Por ende, los criterios aplicables
al todo no son transferibles a las panes (falacia de división). Esto último
nos lleva a que si se encaran uno a uno los componentes sistémicos,
obtenemos los ejes de equivalencia y oposición, o marcas sistémicas; pero si
encaramos uno con varios y éstos entre sí. obtenemos, asimismo, intrincadas
redes de parentesco.
Las relaciones del sistema deben establecerse según una lógica
conceptual: si los astros son lo mismo, la luna es la fase nocturna del sol; si
son opuestos, una es la hembra y el otro el macho, ejemplifica Lévi-Strauss
(cfr. capítulo n); una ballena se opone a un tiburón porque es un mamífero;
pero se le parece en tanto animal acuático (he aquí una relación de
parentesco). Cualquier aspecto de una cultura puede interpretarse como una
entidad semántica que se organiza en campos semánticos: el automóvil se
opone a la bicicleta o a la locomoción a pie según el eje de rapidez o
lentitud; también indica posición social y entonces se asocia con riqueza-
pobreza. Otra manera de establecer oposiciones y equivalencias depende de
los esquemas (las «claves» según G. Ryle): geográficos, cosmológicos,
técnicos, económicos... Cabe aclarar que Hegel estableció que cada opuesto
con una situación de predominio quiere prolongarla y su contrarío se lo
impide, instaurándose una «lucha» entre ellos; por asimilación decimos que
en una palanca el brazo de potencia es el contrario al de resistencia; pero
aquí no hay «lucha» ni contrarios, sino posiciones distintas y comple­
mentarías; en cambio en los sistemas vivos sí existe tal enfrentamiento o

tamientos humanos; y él constituirá oposiciones, equivalencias y parentescos


mediante las exigencias del sentido, esto es, por las orientaciones que la
gente implicada dio a los acontecimientos y las que éstos adquirieron.
Ilustremos con el relato chol «Los tiempos del mozo» que José Alejos
rescató de la tradición oral. El informante destaca un estado inicial negativo
(desde el ángulo de este grupo mayance) del sistema que acaba en otro
cronológicamente posterior, valorado como positivo. Durante el primero los

82
terratenientes alemanes eran los patrones de la tierra, y los indios los peo­
nes; eran tiempos de mozos. El orden es objetado por los viejos o videntes;
se dirigen a Juan Guzmán o Juan Sol para que se tomen medidas en contra
del statu quo. Finalmente los patrones finqueros del café abandonan Tum-
balá (municipio de la sierra norte de Chiapas); uno de ellos. E. Schiiling. se
ahorca, y la tierra es restituida a los Choles en régimen de propiedad
comunal o ejido. Aquí tenemos dos bandos contrarios y excluyentes debido a
sus fines o a las orientaciones de su conducta, y ejes de oposición: la
propiedad privada y la colectiva; los modos de apropiación individual y
comunal de la riqueza; la muerte de uno y la mejoría de la vida del grupo
indígena; dos estados encadenados y con distinto sentido. El relato termina;
pero sabemos que en el momento actual existen nuevas contradicciones en
Tumbali.
Las divisiones cronológicas o en periodos portan la noción de estructuras
y series, así como la autonomía de cada una. En cuanto a los cambios, luchas
e instauración de un nuevo orden. A. Machado aconseja: «Busca a tu
complementario,/ que marcha siempre contigo,/ y suele ser tu contrario»7.

COMPONENTES DE LOS SISTEMAS HUMANOS

El estudioso de un sistema humano elige un tema, dando preferencia a


uno de lo s p lan o s de la o rg a n iz ac ió n (v. g r. el ec o n ó m ic o ), y a uno d e su s
niveles o estratos. Esto no ha de extrañamos porque la ecología también
estratifica: el itomo, la molécula, la célula, el tejido, los órganos, los
aparatos, el individuo, las poblaciones (que mantienen su integridad debido a
sus vínculos reproductores), la comunidad (conjunto de poblaciones
relacionadas tróficamente), el ecosistema (poblaciones interactuantes entre
ellas y con el medio ambiente) y la biosfera. Cuando se divide y subdivide
un holon aparece la idea de un todo integral (la cantidad de elementos de
cada unidad viva son similares o disímiles); ahora bien, mientras en un
ecosistema la relación numérica crece o decrece de manera extraña, en

las nacionalidades; más éstas que los Estados; y más éstos que los
continentes. Otro dato curioso es que las unidades resultantes no tienen por

7 «Proverbios y camales» en Poesías completas. México. Editores Mexicanos Uni­


dos. 1981. p. 246. El método de la selección binaria puede rastrearse hasta Ei sofista de
Platón. «Lucha de contrarios» sólo se aplica a lo excluyeme.

83
qué ser más diversificadas que aquéllas que les dieron origen; así también,
en una sociedad humana lo más diversificado son los individuos.
El material de trabajo de los «humanistas» son las personas y sus
instituciones (de institutio, lo establecido en un lugar durante un número
grande o pequeño de años), que comprenden los órganos de poder y demás
prácticas gripales (o sea la «cultura» según Malinowski). Para la tesis
maximalista, lo instituido —lo económico, las relaciones de parentesco, la
religión, los mitos...— debe analizarse en términos de su significado
simbólico y de su lógica interna; su instrumental teórico más importante es
la semiótica. Para la tesis minimalista cualquier análisis de lo instituido (por
ejemplo la religión) en términos de su significado simbólico es compatible y
debe acoplarse con los análisis de las funciones (el papel de la religión, por
ejemplo) en los diferentes aspeaos de la vida social.
Augé considera que Boas fue el primer fiincionalista que invitó a que se
vieran las realidades sociales humanas en una perspectiva de conjunto.
Anteriormente Tylor (Researches) definió «función» como los lazos,
confirmados estadísticamente, entre rasgos culturales. Por su lado Durkheim
insistía en las funciones integradoras de lo sagrado. Etimológicamente
«función» (de fu n g í, cumplir y fu n c tio . ejercicio o cargo) significa la
ejecución o cumplimiento. Se corresponde a la palabra griega ergon que
es la actividad u operación propia de algo (la función de los ojos es ver
—Platón, R epública —; la de una palanca es levantar pesos; y en los
contratos se especifican las funciones que ha de cumplir el empleado. Los
«funcionarios» son empleados que realizan las tareas del Estado). En
lingüística es el papel que desempeña un término en la estructura gramatical
de un enunciado, considerando que cada término contribuye al significado
de este último. Cuando la referencia de «función» es un instrumento o
producto cultural, significa su uso (Wittgenstein); en cuanto es un
comportamiento, significa la operación por la cual una pane del todo
contribuye al mantenimiento de éste (Bertalanffy. Modern theories o f
d ev e lo p e m e n t).\Una función es. pues, el papel o desempeño de una
institución, de una cosa o de un individuo en un ho!on\ expresa la
mtcrdepcndcnci r d c lo r factores Triatómicos, y enfatiza el caráctei1recurrente
de un uso, de una aaividad o unas operaciones institucionales en un cspacio-
liempo, que contribuyeron al mantenimiento de un orden (Raddiffe-Brown,
Siruciure and function in primitive so cie ry )^ñ sió ie \es ya subrayó esta
propiedad finalista de conservación de las funciones (M etafísica, tx. 1).
Cualquiera de ellas está ligada al pasado —es un resultado histórico— y se
proyecta al futuro porque se le atribuye la capacidal de haber alcanzado y
seguir alcanzando una meta.

84
En matemáticas se definen las funciones como las reglas para relacionar
un término con otro, o un gnipo de ellos con otro grupo. En las ciencias
empíricas se entiende este concepto como consecuencia de la aplicación de
una norma o regla operativa que ayuda a mantener un orden. Los individuos
sociales están entretejidos en una red normativa o regulativa de obli­
gaciones1 y de prohibiciones; por más pequeña que sea una colectividad
humana, sustenta un código de comportamientos: entre sexos, entre
generaciones, entre clases, económicos, políticos..., que limitan el gobierno
personal y colectivo de sus miembros. La identidad de cada organización no
se mide u n to por su capacidad de supervivencia (porque puede
desaparecer), sino por cieña normatividad o regulación que quienes la
forman juzgan buena o soportable, al menos en parte. Luego, las
manifestaciones humanas requieren el rastreo de su genealogía y también el
desciframiento de su código, gracias a) cual se vuelven absurdas cieñas
suposiciones y factibles otras. Paniendo de las funciones se elaboran
subcódigos (normas coordinadas) cuya existencia supone un código más
amplio. Nadie podría elaborar este código de códigos socio-históricos
poique cuando terminara su trabajo ya sería obsoleto (las funciones habrían
cambiado), porque la extensión de los sistemas la fija el investigador (no
existiendo un código de normas relevantes para la Historia universal) y
porque lo único que se ba realizado son modelos sobre la lógica asociativa u
operativa de ciertas expresiones culturales y sobre los modos de producción
(p r im itiv a , antigua, asiática, feudal, c a p ita lis ta , s o c ia lis ta ) d e s tin a d o s a
explicar las formaciones sociales que generalmente los combinan.
Hegel pensaba que la Constitución de cada país es como una síntesis de
las reglamentaciones desús modos de vida, lo cual peca de cierto optimismo
porque frecuentemente es violada. Y esto nos lleva a que las normas exis­
ten para encauzar los comportamientos y que. pese a su carácter, no son
fuertemente constrictivas, sino que marcan los procedimientos que hipotéti­
camente garantizan el desarrollo de algo: son la regla a que (pretendida­
mente) han de ajustarse todas los formas o relaciones del sistema^losotros
hemos llamado código a lo que Saussure y los estructural islas llaman'
«sistemB*-Dteen-que-un conjunto- de-elemcntes~lingüístieo»-tieneitHint-
estructura (de structus, fabricado) si. partiendo de alguna de sus cualidades
definitorias, se puede construir un sistema ordenado de normas que. a su

1 En Introducción a las ciencías del espíritu, Dilthey escribe que la «sociedad constituye
un complejo de relaciones ce comunidad y obligación», p. 176. Spencer fue uno de los
primeros en usar «estructura y función sociales» refiriéndolas a la trama óe instituciones y
esta última como pumo óe apoyo para la sociología comparada.

85
vez. ayudan a la descripción de las relaciones entre los elementos que lo
componen. Nuestra terminología está más acorde con la usada en las ciencias
naturales y por el sentido común porque nos resulta más sencillo decir que
los componentes de una organización están estructurados o relacionados,
que decir que todos están sistematizados, o sea que los de mayor amplitud
abarcan a los de menor y que obedecen a un código perfecto e inminable de
prescripciones (como si se tratara de la «sunna» —regla, costumbre— o
paradigma de comportamientos para la comunidad musulmana que se
consideré inamovible en unto se basaba en la conducta del profeta
M ahom ay
Es imposible reducir las instituciones y funciones humanas a unas
normas perfectamente coordinadas o coherentes: nuestros sistemas están
ordenados: pero sus componentes no embonan de tal manera que se
desarrollen siempre igual: son metaesubles, están en un orden precario. Si
bien las prácticas generalizadas y que se generalizan, o funciones, son las
que nos permiten hablar de sistemas u organizaciones y de códigos, nuestros
«mecanismos» de conservación social son imperfectos, están llenos de
contrasentidos, de resquicios que, llegando a un extremo, plantean sólo dos
opciones: o el sistema cambia radicalmente o desaparece. El centro del
«error» y del cambio son los individuos: las funciones y las normas no se
transforman por sí mismas. Cada sujeto es divisible en comportamientos ¿ge
comportare, llevar a cuestas con otrosí que tienen una repercusión social
| mayor o menor. Este otro componente sistèmico alude al modo de
conducirse, y abarca tanto las acciones o actos, es decir, el obrar de manera
consciente y planeada, o apropiación crítica de las tradiciones, como las
I conductas automáticas e inconscientes, y las mezclas de actos conscientes e
' inconscientes..
Los comportamientos son, pues, de dos tipos: funcionales o sumisos, y
disfuncionales o rebeldes. Dos aclaraciones. Una. Ningún sujeto está
totalmente adaptado a su sociedad ni la objeta en todo; dos. los conceptos
alusivos a los componentes sistémicos son aplicados con elasticidad: se habla
tanto de los comportamientos de los individuos como del sistema (una
-asociación,- uni emiar unínacionalidadrUipaiSrUicon úneme. (Mfelmundo),
aunque el lenguaje personaliza estos últimos, revelando que no pierde de
vista que los generan las personas. Se dice, por ejemplo, que México se
comporta de la manera x en relación al país y.
El conjunto estructurado de normas (reglas) o código sistèmico tiene
como soporte un para qué. es decir, se treta de un programa funcional que
orienta los comportamientos, que lo acatan y pueden «traicionarlo» en parte:

86
el material con que trabaja la Historia pona «estructuras de sentido»9 y sus
explicaciones tienen que ser ideológicas (finalistas). Las orientaciones
finalistas de las sociedades humanas ponen al descubieno que en ellas el ser
y el deber ser están imbricados, o sea que las esferas de sentidos también lo
son de valores. Cada periodo histórico es «un fragmento de realidad
estructurada y transformada [...] a través de valores culturales»101. Estos
últimos tienen efectos propulsores; pero esto no es señal de su objetividad,
de la imparcialidad ni de una fundamentación que valga allende las fronteras
de la organización. Por ejemplo, en la India el status explotador y racista se
justifica ideológicamente mediante un mito sobre los orígenes: los
brahamanes nacieron de la frente de la divinidad; los chatrias de sus
hombros; los vaisyas de sus muslos, y los intocables sudras de sus oscuros y
sucios pies11. También existen personas que son «fuerzas proyectadas hacia
un ideal»12, que luchan por una realidad social m is igualitaria (tienen su
quiliasmo: Kant). Ellas ao están dispuestas a mantener una norma sólo
porque la respalda la tradición.

LA JERARQUIZACIÓN DE LOS SISTEMAS

Un sistema también es una relación de instituciones, funciones y


comportamientos (y normas) ordenados jerárquicamente. La fase mágica del
pensamiento se supera cuando se descubren los componentes más
importantes para el mantenimiento o el cambio de un holon: el mago
entiem un fetiche con cabellos o uñas de su hipotética victima, dando a
entender que la afectará Unto como si enterrara su corazón o su hígado. En
un cuento popular chino de nacionalidad dai, Zhaoshutung, el héroe, le pide
a Nanmaruona, joven que se transforma a voluntad en pavo real, que se
casen. Ella expresa el temor de no caer en gracia a los padres, a los
funcionarios y al pueblo de él. La respuesta del príncipe es: «jNo! Eso no
pasará. Mis padres me guardan mucho cariño. A mi amada la amarán como
a su propio corazón, como a su propio hígado»13. Quienes observan el

* Ridcert, Introducción a les problemas de lafilosofía de la Historia, p. 92.


10 Ibid. p. 92.
11 Rajú, «B pensamiento hindú» en El concepto del hombre de Radhakrishnan y Rajú,
trad. Julieta Campos y Juan José Utríllo. México. Fondo de Cultura Económica. 1970
(Breviarios, 76). p. 266.
12 Weber, La acción socio!: ensayos metodológicos, p. 237.
u La princesa paro reaL Cuentos populares ciónos, sA.. Beijing. Ediciones en Lenguas
Extranjeras. 1981, p. 13.

87
cuerpo como panes aisladas se reirán de estas palabras: el corazón late
fuertemente con las emociones, con el am or pero qué tiene que ver el
hígado. Nanmaruona acepta el mensaje que piramida importancias de
músculos y órganos: quien nos ama como a su corazón o a su hígado, nos
ama tanto como a su vida.
Lounan dice que una cultura es una unidad compuesta de estructuras
ordenadas jerárquicamente. El símil arquitectónico de Marx entre la base
económica de nuestras sociedades y los cimientos de un edificio, y entre la
supraestructura jurídica, política... y el resto de la construcción, también es
resultado de un enfoque sistèmico. Para jerarquizar se asume un criterio.
Aplicando uno temporal, aunque dista de ser el único que Marx ñivo en
cuenta, ocurriría que si los modos de producción de un país dejaran de
operar, en un plazo muy corto sus habitantes no satisfacerfan sus necesidades
más apremiantes y el sistema entero desaparecería. Tomando la misma
consideración temporal, y enfrentando la tala inmoderada de un bosque, las
funciones de las plantas o productores pueden considerarse como el
componente más importante: la consecuencia de la tala inmoderada será la
destrucción casi inmediata del ecosistema. La figura retórica marxiana
propone un núcleo temático que no puede olvidarse en las explicaciones de
nuestros sistemas. No es una hipóstasis, no obliga a una misma perspectiva
temática ni es una hipótesis científica o futura ley14. Únicamente es un
señalamiento para los enfoques sistémicos que Marx completó diciendo que
la economía no es un fia t que explica todo unilateralmente, sino que «deter­
mina» nuestras sociedades en «última instancia» (añade Engels), o sea que
los criterios en cuestión no se han establecido de una vez para siempre:
dependiendo del proceso estudiado, una Historia económica ha de jerar­
quizar la importancia que tuvieron la producción, la distribución, el
intercambio o el consumo; y las fuerzas productivas o los propietarios de los
medios de producción. Esto es, la teoría y los hechos son inseparables
{Dieciocho brumario de Luis Bonaparte y La guerra civil en Francia).
La jerarquización marxiana no dota de algún prestigio valorativo a una
de las funciones económicas ni a la base misma como el plano sistèmico más
importante en una fase, y esto se debe a que jerarquía no equivale a
dominación, en el sentido de la cibernética. El símil de Marx es apasionante
porque indica que aquello que la explicación destaca como importante no
hubiera sido como fue sin lo menos destacado: si bien la construcción se

14 Walsh acusó este símil de apriorismo. de economicismo y de ser incompatible con


una hipótesis científica (Filosofía de la Historia, pp. 26. 188 y 251); Dray, de modelo
esquemático (op. cit., p. 113).

88
derrumbaría rápidamente sin los cimientos adecuados, éstos se calculan y
levantan dependiendo de la altura y materiales que se utilizarán; algunas
fallas en esto pueden afectar de manera irreversible los cimientos y
derrumbarse la construcción. Así también. la falta de organización política
adecuada puede destruir una sociedad humana; y lo mismo es aplicable a un
ecosistema: desaparecerá, en un plazo corto, si se aminorara la
disponibilidad de nutrientes para las plantas; pero también se desordenará
(tardando más en desaparecer) si algún otro de sus miembros no cumple sus
funciones: en las praderas australianas hubo un cambio de sistema porque los
ganaderos metieron vacas en ella; los escarabajos no aceptaron la materia
fecal de éstas (operó como interferencia o ruido); las heces impidieron el
crecimiento de las plantas, y. además, no se reciclaron las sales de nitrógeno.
En resumen, un sistema está formado de componentes relacionados
funcionalmente (obsérvese que nuestra definición los jerarquiza, destacando
las funciones); con algún criterio aceptable, y que se aplique a un proceso,
tales componentes pueden jerarquizarse; lo cual no significa que uno forme
y afecte a los demás sin ser afectado y formado por ellos.
Un"recurso manido hasta hace poco fue acusar a los enfoques sistémicos
de amontonar curiosidades con fruición erudita sin que los expliquen: la
afirmación de que la Historia trata totalidades conviene a sus estudiosos en
una especie de iglesia universal, siendo imposible que se observe y describa
por entero el más pequeño trozo de realidad; el historicismo es una práctica
a te ó ric a que a c u m u la e le m e n to s c o r re le v a n te s e n su in c a p a c id a d d e
establecer prioridades, dice Popper, especificando que su «condena es
aprobada por todos los teóricos de la ciencia»11. También el postulado guía
de pensar en variables estructuradas entre sí y que no se desempeñan
independientemente ha sido acusado de «sueños utópicos, o quizás malen­
tendidos»16. Los historiadores nunca pierden de vista este postulado. En su
labor, cuya utilidad debería estar fuera de duda, ellos y los sociólogos
elaboran conceptos acerca de funciones en términos de las relaciones de éstas
con el todo en cuestión, según Weber»7; por esto tienen una fruición
detallista que respeta las conexiones de los problemas particulares con el
problema que tratan, según Rickert*1. A pesar de que sus expliéaciones son'
bolistas, nadie les pide que cumplan con lo imposible: sus descripciones

>* Nociones de Popper. La miseria del historicismo, p. 101 (véase también pp. 100
y 102) y de Scbnldelbach, Lafüosefia de la Historia después de Hegct, p. 177.
16 Popper. op. clt., p. 106.
•7 Weber. op. cit.. p. 33.
11 Croce, La historia como hazaña de ta libertad, p. IS.
plantean preguntas concretas sobre un asunto a un nivel de algún ámbito
espacio-temporal; conjeturan, valoran la pertinencia de sus hipótesis y sacan
conclusiones, sin que pretendan descubrirnos lodo el panorama o trazar un
«mapa» de todo lo acontecido en un holon. Si el historiador escribe sobre la
institucionalización del cristianismo en una comunidad, relacionándola con
la época en que las funciones de esta religión cambiaron, no registrará los
hechos económicos o políticos que tuvieron una relación muy indirecta, o
muy mediada, con su tema; e inversamente, si escribe sobre el desarrollo de
la economía en ese lugar y años, tendrá en cuenta el replanteamiento
religioso y político en cuanto influyeron o fueron consecuencia bastante
directa de los modos de producción.
Cualquier análisis sistèmico es intrínsecamente incompleto y cuanto más
se expande, más incompleto. La epistemología cuestionada no presupone,
pues, que el investigador conozca exhaustivamente las cosas acontecidas;
amén de que ciertas visiones de conjunto puede encontrarlas en estudios
anteriores: no se necesita saberlo todo para entender algo.

CLASIFICACIÓN DE LOS SISTEMAS HUMANOS

Heródoto observaba que los egipcios tuvieron unas costumbres porque


hubieron de enfrentarse a la desecación y desbordamientos del Nilo; Hecateo
de Mileto sostuvo que el clima influye en las reacciones psíquicas; Toynbee
dice que la naturaleza desafia a los hombres: no pueden tener organizaciones
semejantes un esquimal y un beduino, lo que indica que la geografía, el
clima y demás «fuerzas impersonales» tienen repercusiones en nuestras
formas de vivir. En conformidad con esto los sistemas son clasificares en:
aislados, que no intercambian materia y energía con el medio (los cristales;
este ejemplo y los siguientes los tomamos del libro de Prigogine ¿Tan sólo
una ilusión?)', cerrados, que sólo intercambian energía (la tierra, si hacemos
abstracción de las precipitaciones de meteoritos y polvos cósmicos, porque
recibe la radiación de algunos astros y la irradia parcialmente hacia regiones
frías del espacio interestelar), y abiertos, que intercambian materia y
energía, donde embonan todos los sistemas vivos, incluyendo los nuestros.
La geografía, el clima y demás elementos físicos afectan nuestras
sociedades. La influencia del entorno geográfico se registra en el lenguaje
(los esquimales distinguen estados de la nieve mientras los aztecas tenían un
solo significante para el hielo, la nieve y el frío); en los mitos; en las
instituciones y formas de vida (en el nomadismo, en la caza y recolección o
en el sedentarismo, en la agricultura, en las relaciones de parentesco, en...),

90
y en los ritmos de cambio (en el norte de Escandinavia. los tapones
continúan con la estrategia de seguir los rebatos; sus jomadas trashumantes
les impiden la manufactura de objetos pesados o que juzgan innecesarios; los
baktiaritas de Persia. grupo nómada y ágrafo, olvidan lo cercano que no ha
sido decisivo para su grupo y recuerdan que son descendientes de Baktiar.
cuyas gestas trasmiten de generación en generación).
No sólo el hábitat nos reta (cada vez que nosotros u otras sociedades
nos expandemos económicamente o incrementamos nuestras poblaciones),
porque nuestros sistemas también están abiertos a otros, lo que se registra en
el lenguaje (para los habitantes de Lo Dagga. al norte de Ghana, día y
mercado son palabras sinónimas, y representan el ciclo semanal por medio
de los mercados más importantes de la región).
Unos hombres han aceptado vivir en medios ambientes hostiles o cerca
de vecinos agresivos, y otros no. y. además, difieren las respuestas que han
dado a un mismo tipo de ecosistema y de agresiones. Luego, nuestros
sistemas no son sencillos, sino complicados (de complicare, plegar, doblar),
es decir, que mezclan varias cosas entre sí y se componen de gran número
de partes, dificultando su comprensión, y son complejos (de complexas,
participio~pasado de complecti. enlazar) o no simples, es decir, que crean
nuevas relaciones. Así también son creativos y mulantes o impredictibles.
Las societas humanas, o sea la conexión de partes en una unidad, han
sido analogadas con los organismos siempre que se han colocado dentro de
la vida, lo que significa que pueden regularse a sí mismas. Una larg a
tradición filosófica (Platón, Fedro, Aristóteles, De anima, santo Tomás.
Suma teológica. Descartes, Tratado del hombre, Schelling, Obras I. Hegel.
La ciencia de la lógica, Whitehead, Nature and life, y otros) afirma la
facultad que tienen los seres vivos de «moverse a sí mismos», de tener una
finalidad en ellos y no fuera de sí, de aumentar o disminuir sus instituciones,
de asumir direcciones opuestas, de resolver su propio desarrollo, y su
libertad de escoger sus fines y sus funciones. Pertenecemos a los sistemas
autorregulativos. La teoría de la información y la cibernética han inspirado
la tesis de que los organismos vivos no sólo cumplen funciones, sino que son
portadores de un «programa funcional», entendiendo el primer concepto de
esta frase como «la información codificada y predispuesta que controla un
proceso de conducta, conduciéndolo hacia un fin»19. Lo inanimado obedece
a programas, pero excepto algunas máquinas fabricadas por nosotros, no lo

19 Mayr, Evolmion and diversity of Ufe. Selected essays, Mass., The Belknap Press oí
Harvard University Press. 1976, p. 389. Este autor utiliza «teleomitico» y «leleonómko»
para referirse a lo autoiregulativo y lo regulado.

91
llevan en sí. La información codificada y predispuesta que heredamos o
aprendemos en sociedad controla nuestros comportamientos. Si ese
programa se simplifica, el control se desordena, como les sucede a las
células cancerosas, o a los partidarios de la guerra de rapiña.
Los sistemas humanos o de «vuelo libre» crean productos regulados que
sólo se entienden por quienes fueron sus autores y usuarios (incluidas las
máquinas programadas y programadores. Los sistemas naturales inertes,
sometidos a leyes, y los vivos, sometidos a una regulación o normatividad
interna, no tienen que atribuirse a nadie, sino explicarlos por sus relaciones
dinámicas), por tos usos que les atribuyeron: son signos (significantes) cuyos
significados son unas funciones que dejan entrever la organización de
quienes los produjeron (Banhes) y los emplearon habitual y colectivamente
como recurso para conseguir un objetivo. En ocasiones la morfologia de un
utensilio humano, que se parece a otros en uso, permite entender para qué
sirvió (un cuchillo de pedernal o una aguja de hueso, por ejemplo); en otras
es necesario remitirlo a la organización que lo hizo o utilizó, sin que la
analogía ayude al investigador. La multifuncionalidad de cada producto
humano, los cambios que experimenta con el tiempo (hoy las planchas de
carbón adornan nuestras casas o sirven para quemar el azúcar de algunos
postres) y las fluctuaciones respecto a sus usos (dicha plancha puede servir
para alisar la ropa en caso de descomposturas eléctricas) son una muestra
más de las complejidades no del producto, sino de nuestros sistemas.
Terminamos este capítulo con unas frases de Foucault: «El es truc -
tunlism o no es un método nuevo; es la conciencia despierta e inquieta del
saber moderno»20. Los historiadores siempre han asumido el punto de vista
estructurilista o sistèmico, con la peculiaridad de que han tomado muy en
serio el tiempo. No trastabillaron en su marcha porque siempre han tenido
una lente de larga vista que tiene marcados unos ejes de referencia desde los
cuales observan las trayectorias de nuestros sistemas abiertos, complicados,
complejos y autorregulativos.

20Las palabras y las cosas, p. 235.

92
V

CONCEPCIONES AHISTÓRICAS

Ningún filósofo de la Historia está libre de compromisos porque nuestros


abuelos esencialistas y mítico-historiadores. de rancio abolengo intelectual y
fuerte carácter, nos obligan a que opinemos sobre sus ideas en pugna. Los
nietos dóciles a la pelea admiran la sagacidad de uno de los bandos, y
mientras enmiendan algunos errores de apreciación de unos parientes suyos,
se mofan de la diz que estupidez de los otros. También ha habido quienes
tratan de entender a la familia. Como primer paso admiten que los relatores
de historias, cuya misión es explicar cada presente por medio del pasado,
manejan una noción del tiempo que no ha sido suficientemente estudiada.
Berlín se asombra de que los filósofos presten más atención a las teorías de
la física y las matemáticas, «que pocos de ellos conocen de primera mano, y
se olviden de la Historia y de otros estudios humanos con los cuales, durante
el transcurso de su educación normal, suelen estar más familiarizados»1. No
hay que asombrarse porque es más sencillo formular inventarios llenos de
lugares comunes que lanzarse a una aventura exploradora llena de riesgos y
en la cual, aun la mayor audacia teórica en los asuntos del tiempo y del
cambio histórico, exhibirá la in su ficien c ia d e los re su lta d o s obteuxlu*.
Los historiadores, que descienden de quienes contaban mitos, respetan
(parcialmente) el oficio de sus ancestros cuando narran diacrónicamenie los
sucesos. En más de una ocasión sus textos han incomodado a algunos
científicos porque muestran «la estrechez provinciana en la esfera de la
aplicación de muchas teorías que tienen una pretensión de universalidad»12, y
porque abundan en expresiones como «evolución», «libertad creadora»,
«transformaciones».... comprometidas con una misteriosa y aún indefinida
idea del desarrollo. Así como la Historia ha mostrado su utilidad en otros
campos del saber, su objetivo, de narrar lo sucedido, no puede aislarse de las
ofertas teóricas formuladas por las oiencias de la naturaleza y las sociales
humanas que se ocupan de las conexiones interactivas; esto es. tiene que
servirse del conocimiento y de los métodos que al respecto han ido
acumulando otras ramas del conocimiento. Sin embargo, pocas ideas
científicas le han sido provechosas a los historiadores en su cometido de

1 Berlín, El trizo y la zorra, pp. 180-181.


2 Habennu, La reconstrucción del materialismo histórico, p. 183.
RECORDATORIO DE LAS VISIONES AHISTÓRICAS

1) Los griegos no fueron ajenos a la concepción de un universo histórico


o en cambio. Varios de nuestros venerables antepasados filósofos se
debatieron en una creencia bifironte. «Una» porque compartieron la idea de
que los hombres y las cosas se transforman, están en «movimiento», son
devenires, decían. Y «bifronte» porque o todo cambia, u n to el estímulo
como el perceptor y, por lo tanto, no existe el conocimiento: las opiniones
humanas son simples ilusiones vanidosas de quienes no se reconocen como
una falible medida transitoria, afirmaron los sofistas y semiafásicos
escépticos, que a ratos discutían por discutir dado que, según ellos, la verdad
no existe; o la información sensorial refiere una realidad menor,
insignificante, vacía en comparación con lo permanente o esencial. No hay.
decían, ciencia de lo transitorio, y el tiempo es un pálido reflejo móvil de la
eternidad. La baiTera de la novedad y de lo irrepetible que aterró a los
sofisus, los filósofos griegos de la permanencia la rompieron con una
«metafísica» rigurosamente antihistórica (Collingwood enjuicia): henos ame
un Tales que ahueca las manos para mostrar el agua como origen y causa
final estable de lo que cambia; ante los atomistas hurgando en el problema
de la mudable materia con hipótesis sobre panículas eternas. Y henos ante
un Platón que disecciona los conceptos como si refirieran conjuntos
biyectivos de cualidades que permanecen, de esencias que se asoman
a nuestra vista mediante accidentes —indicaciones perentorias— que luego
la razón nulifica porque son las amenazantes sombras que se proyectan en la
cárcel corporal que la encadena.
Bajo la perspectiva platónica, el lenguaje es signo de los parecidos de las
cosas, y la realidad es conforme con los conceptos. Foucault llamó
«representación» a la teoría del conocimiento que asemeja las palabras y el
mundo; y él mismo dice que hasta el siglo xv conocer era descubrir las
semejanzas que aproximan y solidarizan toda clase de fenómenos: ellas
existen y subsisten; las diferencias son el despreciable reducto de lo
transeúnte y de las carencias. Para la mentalidad mágica el universo está
lleno de caracteres parecidos, de analogías, de equivalencias, que clasifica en
tablas (taxonómicas) cuya nomenclatura supuestamente refiere esencias, lo
eternamente uniforme, el orden de las igualdades, de lo inmudable que toma

94
cuerpo en objetos de existencia coetánea o sucesiva. En este universo de
discurso sobre cualidades simétricas o repetitivas, indiferente a la trans­
formación, a las novedades, el tiempo es un parámetro homogéneo, y el
verbo ser siempre es igual, aunque esté conjugado en presente, en pretérito
o en futuro: el «cosmos», la realidad, no va siendo, sino que es eternamente.
Estas convenciones no exigen más que una sucesión equivalente a un mapa:
un antes y un después de cada punto cronológico, y un adelante y atrás
donde colocar los caracteres similares; los disimiles son anormalidades que
se ignoran o excluyen de la observación (como no se controlan fácilmente,
la táctica defensiva ha consistido en ningunearlos, calificándolos, cuando
más, como medida de debilidad o carencia): «¿no resultaría su diestra
congelación de la historia como algo ajeno al tiempo, un intento de reducir
todo a un mapa?»3 La Historia figuraba en la educación griega y posterior
como un medio de adiestrar a los políticos para que aplicaran las mismas
soluciones exitosas en circunstancias idénticas, evitando las fallas cometidas
por sus antecesores. Y por qué no entenderla como maestra de la vida,
conceden algunos pensadores actuales si «hay fuentes eternas del espíritu o
características eternas» que muestran aleccionadoramente su valor en la
historia, además de que existen «esquemas permanentes de humana situa­
ción»4 que persisten y configuran los procesos: conocer y juzgar los hechos
equivale a pensarlos en su esencia.

2) Antes de los filósofos griegos que sustentaron el dilema mencionado, a


saber, o nada persiste porque todo cambia, o todo persiste porque nada
cambia (cuyo primer cuerno pretende acorralamos en el burladero de la
relativización absoluta del conocimiento y el segundo en las esencias), es
posible suponer que las sociedades de cazadores-recolectores, y podemos
asegurar que las agrícolas, manejaron nociones del tiempo colectivo
vinculadas con los ciclos del sol y de la luna, del crecimiento de las plantas,
de los animales y de los humanos, y con los cíclicos periodos del día y las
cíclicas estaciones del alto. Para ellos la temporalidad no era sólo una
multiplicación de lo mismo, sino cambios cualitativos (luz y oscuridad, frío
o calor« despuntar, florecer, madurar y marchitarse, aumentar de estatura,
desarrollar caracteres y perder capacidades); además los hombres primitivos
debieron observar que lo actual proviene de los hechos pasados, y debieron

3 Y. MisMma. Caballos desbocados, p. 115.


4 f t u e s de Crece en La historia como basada de la libertad, viñas páginas. Lo de los
esquemas pennanemas es una frise que resume la Nsqueda de identidad llevada a cabo por
filósofos, psk tu n aHtti i y otros hombres «de cooocimiemo».

95
preocuparse por el porvenir (tamo los traslados de los grupos nómadas
como las cosechas se realizan en vistas al futuro). De estas concepciones la
cíclica fructificó en las manidas afirmaciones acerca de las repeticiones en
la historia (por ejemplo Polibio hablaba de los «movimientos» reiterativos
de las constituciones) que se prolongaron hasta el último tercio del si­
glo xvui (v. gr. los ciclos viquianos. aunque éstos más que circulares son en
espiral porque las repeticiones no son exactamente iguales, sino que se
mezclan con la novedad).
La idea de la recurrencia cíclica desechaba cualquier transformación a
nivel del tiempo colectivo, aceptándola sólo en lo individual: la investigación
histórica estaba destinada a volver siempre al mismo sitio, como si la
historia humana estuviera montada en un carrusel.

3) Las casas viejas, las antiguallas de toda clase y los descubrimientos


arqueológicos pusieron al descubierto las huellas de la creatividad y de las
evoluciones humanas. El gran despertar de la sensación del tiempo histórico,
o sea de la heterogeneidad, y la molestia de que siguiera tratándose como
una quimera, fue uno de los motivos de la ingeniosa construcción de
modelos para la Historia que describían la serie de peripecias de la
humanidad y su «progreso» a mejor. Esta concepción del tiempo era una
línea recu o un continuo, en el sentido de uniforme, donde los pueblos
vanguardistas han pasado y los diferidos o retardados pasarán por los
mismos puntos: ésta es la ley. Y ésta es la noción del devenir que se parece a
la producción en banda. Todavía Morgan la apoyó cuando dijo que la
difusión de los rasgos culturales genera igualdad: en algunos pueblos las
relaciones de parentesco patrilineales derivaron de las matrilineales; luego,
esto forzosamente ocurrió en Grecia y Roma en algún momento de su vida,
aunque no tengamos ningún dato al respecto.
Durkheim lanzó la estimulante idea del plurievolucionismo; después de él
se han deshecho los esquemas estériles que nos igualan a máquinas compu­
tadoras que se superan a sí mismas y que programan otras computadoras.
La propuesta de evolución histórica lineal hace desaparecer la com­
plejidad de nuestros sistemas (si queremos entenderlos, hemos de dejar la
evolución indefinida):

[...] ningún sistem a com plejo es jam ás estm cturalm ente estable
(...], im posibilidad [...] de una evolución finalizada hacia un hecho
estable en que el futuro ya no sea peligroso. Evolución que deja de
ser búsqueda de identidad, de reposo, para hacerse creación de
p roblem as nuevos, p roliferación de n u ev a s d im en sio n es. La

96
En resumen, según estos «fijismos»* nada interrumpe el despliegue
monótono, la permanencia de una línea de sucesión: las «figuras» históricas
se fomentan entre sf en un monótono y «progresivo» devenir por las mismas
variaciones.

4) Cuando el pensamiento animista (que sustena que todo obra y acciona


por voluntad propia, repitiendo o cambiando de manera imprevisible sus
comportamientos) perdió credibilidad científica, se instauró la creencia
determinista según la cual en cualquier ámbito de la realidad unos mismos
antecedentes acaban en las mismas consecuencias (para los griegos el exceso
de algo acaba en su opuesto; por esto decían que los ricos están es­
pecialmente amenazados por la pobreza). El mundo era visto como un
despliegue de lo mismo. Cientos de aAos después la investigación científica
se ensanchó hacia los sucesos o fenómenos ordentbles en el espacio y en el
tiempo; esta mentalidad moderna alcanzó un triunfo espectacular cuando
Galileo y Newton completaron las leyes sobre el estado estático de la materia
con las del dinámico. Actualmente las explicaciones nómicas (basadas en
leyes) establecen: hechos periódicos: que las cosas cambian (el hielo ya no es
agua), y hasta que las condiciones de un resultado lo preceden o son
simultáneas con él (véase sobre el asunto «Foundations of the social
Sciences» de O. Neurath en International Encyclopaedia o f Unified Sciences,
vol. II. núm. 1).
A modo de ilustrar cómo, pese a tantos avances científicos, el modelo
nomológico-deductivo aún prescribe un universo lutómata, que no satisface
las expectativas de los historiadores, revisemos algunas tesis de los ya
clásicos ensayos «The function of general laws in History» y «Reasons and
covering laws in historical explanation» de Cari G. Hempcl. Toda
explicación, escribe él. consta de hipótesis generales que al ser comprobadas
se convierten en leyes que. a su vez. están formadas por un explanandum (E)
o suceso a explicar y de un explanaos o condiciones (el. c2, c3... en),
vinculados por conexiones que se dan regularmente: la observación de sólo
unos antecedentes y una consecuencia no revela su relación. En las hipótesis
generales £ ha de deducirse de las condiciones utilizadas, no de otras—prue-56

5 Prigogine, ¿Tan sólo una ilusión?, pp. 96-97.


6 Foucanlt Las palabras y las cosas, p. 270.

97
ba lógica—, los elementos de la relación han de ser comprobables —prueba
empírica—, y las explicaciones han de seleccionar los hechos según las
generalizaciones adecuadas —prueba de relevancia— . Una pseudocxplica-
ción no respeta dichas pruebas. Tales leyes sirven a dos propósitos: a la
explicación: £, entonces c /, c2, c3... en. y a la predicción: Si e l. c2. c3...
en, entonces £ , o a la posdicción (la retrodicción), cuya fórmula es esta
última cuando se trata de una explicación a dos tiempos o anticipaciones del
pasado, valga la paradoja (supongamos que el testimonio que el historiador
trabaja refiere los acontecimientos que tuvieron lugar en el tiempo A l y que
ese proceso terminó en un tiempo A2, posterior al primero pero anterior al
tiempo en que se explica, entonces puede anticipar el explanandum o
resultados que ocurrieron en A2 en base a unas condiciones dadas en A I y,
sin embargo, en definitiva, la posdicción sólo es un recurso explicativo y no
anticipaciones a lo que sucedió. La finalidad de ésta tendría que ser llenar
huecos de información o de «evidencias»; pero en tal caso su fórmula serla
la misma de las explicaciones: £ . entonces debieron existir e l, c2, c3... en,
aunque su propósito coincidiría con el de la predicción en cuanto ambas
hablan de situaciones de las cuales no se tienen pruebas de ¡acto.
Hempel ejemplifica el modelo nomológico-deductivo con un proceso
divisible en hechos: sea £ la ruptura del radiador 2300 del renault routier
M m e. Pompadour (nosotros nombramos). La explicación dirá que la
madame quedó a la intemperie durante la noche; que su radiador estuvo
lleno de agua (y sin anticongelante, aAadimos nosotros) y su tapadera bien
atornillada; que en la noche la temperatura descendió de 39 grados F. (3.8
grados C.) a 25 grados F. («3.8 C.); y que la presión del aire fue normal.
Enlistado que se conecta mediante las leyes siguientes: si el agua permanece
en la intemperie y la temperatura desciende a -32 grados F. (0 C.). habiendo
condiciones normales de presión atmosférica, se congela; en 39.2 grados F.
(4 C.) la presión de la masa crece, bajando la temperatura, aun si su
volumen permanece constante o decrece; cuando el agua se congela, su pre­
sión se incrementa; y, por último, una relación cuantitativa sobre la presión
del agua en función de su temperatura y volumen.
Siempre que se emplean las expresiones «hipótesis general» o «ley»
queda entendido que dependiendo de su extensión las hay menos abarcantes
que otras: si decimos que un granjero emigró a California en busca de
mejores condiciones de vida, porque las sequías y tormentas volvieron
precarias sus oportunidades de supervivencia en su lugar de origen, cuya
formulación esquemática es que las emigraciones se deben a la búsqueda de
mejores condiciones de vida, y si es posible formular una generalización
mayor, que contemple esta búsqueda como una, entre varias, de las con­

98
diciones de las emigraciones, daremos una explicación más incompleta,
aunque conecta porque se confirma en unos cuantos casos (en Laws and
explanation in History, Dray sostiene que si espéranos encontrar leyes en la
historia, deberán ser de tipo más general —una que presumiblemente
explique casos que no son emigraciones, igual que las leyes aducidas en el
ejemplo anterior no son sobre ruptura de radiadores—; y más restringidas
—porque no deben concernir a toda emigración, sino a la del granjero,
igual que una pregunta formulada a un historiador sobre el asesinato de
Julio César no puede responderla hablando de generalizaciones sobre los
asesinatos políticos—). Según Hempel una explicación auténtica consta de
leyes con alguna cobertura (covering laws) que tienen una probabilidad
de cumplimiento alta o baja, es decir, una «tendencia hacia». Un ejemplo del
primer caso es la ley sobre la congelación del agua; y del segundo, cuya
probabilidad está restringida al 1%. es: sufren paresia quienes previamente
han padecido sífilis7, que sigue teniendo cierta aplicabilidad en un caso de
cien, o sea que tiene cobertura. Las leyes no gobiernan las vicisitudes de los
objetos singulares, sino la variación de la probabilidad en el tiempo.
Las leyes son inamovibles porque las circunstancias y probabilidades de
su aplicación quedan señaladas en sus cuantiftcadores y en las condiciones
aducidas. Si dijéramos que «valen para el período cosmológico presente»,
«no sería signo laudable de precaución científica, sino un signo de que no
entendemos el procedimiento científico»8.
La gráfica de una ley. en el sentido galileano del término, « una línea
recu inamovible que trazamos a partir de un punto —el presente—, hacia la
izquierda —el pasado— y hacia la derecha —el futuro—: dadas unas
condiciones, se produce, y probablemente se produjo y se producirá un
resultado:

No es inconcebible (...) que [...] alguien intentara, sin caer en


absurdo, dar una descripción de la próxima guerra mundial,
predicando dónde y cuándo se producirían las batallas y cuál sería
su resultado. Desde luego que no esperaríamos que acertase en
todos los detalles, pero sí quizás que por lo menos consiguiera
damos una idea general verídica de los acontecimientos?.

7 Este ejemplo k> tomó Hempel de «ExpUration and predktion in evolutionary themy»
de M. Sariven.
1 Popper. La miseria del hittoricismo, p. 130.
8 Ayer, El concepto de persona, p. 303.

99
Si admitiésemos leyes que estuvieran sujetas a cambio, nunca
podríamos explicar el cambio con leyes. Equivaldría a que el
cambio es simplemente milagroso. Y serla el fin del progreso
científico; porque si llegasen a hacerse observaciones inesperadas,
no habría necesidad de revisar nuestra teorías: las hipótesis ad hoc
de que las leyes hablan cambiado, lo «explicarla» todo10.

Como ya dijimos en el capitulo ni, el monismo metódico reprochó a los


historiadores que no amparen sus trabajos en hipótesis generales o leyes ni
se inquieten por descubrirlas; y excusaron su «atraso» argumentando que sus
campos de estudio están sobrede terminados (que no indeterminados), mal
que comparten con los biólogos. Piénsese, a manera de comparación, decían,
el impresionante problema que representa a nivel molecular el desarrollo
del sistema nervioso central, porque en él intervienen miles de millones de
conexiones celulares. Asimismo, algunos concedieron que las ciencias
sociales humanas trabajan en un mal terreno para la experimentación porque
las condiciones son difíciles de controlar o ya no existen.
Lo irónico del caso es que la defensa de la determinación universal o de
la aplicabilidad del método nomotético y nomológico en cualquier realidad
por difícil de investigar que ésta sea. viola el principio de verificación
empírica: haría falta un dios que dictaminara que todas las concatenaciones
que hubo, hay y habrá son formulables en leyes (Paul Valéry, Cahiers I).
Los historiadores mostraron que el modelo nomológico-deductivo les es
ajeno porque están interesados en la «libertad», o sea en la alteración, en lo
nuevo, en lo que se capta mediante una concepción móvil del tiempo; y
subrayaron que no seguirán paradigmas establecidos por unos filósofos que
recusan la creatividad. Los filósofos del historicismo también combatieron
el ideal positivista de que llegará la unificación metódica de las ciencias,
todo es cuestión de paciencia. Esperen sentados en la silla de Job, replicaron,
porque ese sometimiento se daría si. y sólo si. los historiadores abandonaran
la Historia. Además, dijeron, si el dinamismo creativo e irrepetible de las
sociedades humanas pudiera reducirse a casos ejemplificadores de leyes,
también se despedirla la historia en tanto problema:

10 Popper, idem.

100
Se preguntará (...) si de hecho todas las ciencias que tratan el
mundo sensible aplican este procedimiento, y una sola mirada (...)
a las obras de todos los historiadores, le bastará para tener que
contestar negativamente»11.

En suma, el potencial explicativo de las nociones del tiempo y del cambio


que defienden los historiadores y que defendió el historicismo se enfrenta a
una epistemología cerrada que sólo se ocupa de semejanzas y regularidades:

La creciente atención otorgada al trabajo de Dilthey no es sino


un síntoma de la «revolución ptolomeica» que apenas está
comenzando a filtrarse en la filosofía y, tal vez, finalmente, en la
« ciencia social americana, pese a la acción defensiva del
positivismo12.

Por esta misma obstinación en la búsqueda de regularidades, las mismas


ejemplificaciones hempelianas de leyes son deficientes porque olvidan que
los cambios de los productos de nuestras cambiantes sociedades se entienden
si, primeramente, se las entiende a ellas mismas: para que la formulación
sobre el radiador aún fuera válida, tendría que agregar entre las condiciones
iniciales un quimérico hecho negativo, a saber, que no llevaba anti­
congelante, lo que en definitiva sería un procedimiento rebuscado e inútil
para tratar de mantener un m o d e lo e x p lic a tiv o q u e o p e ra c o n u n tiem p o
igual a sí mismo. En otras palabras, las formulaciones nómicas no distinguen
tiempos ni los sistemas entre sí, ni, consiguientemente, las posibilidades
intrínsecas de cada uno de éstos.

S) Los galileanos «atomizaron» las relaciones entre sucesos. Varios


filósofos como Buckley (Sociología y teoría moderna de sistemas) y Norbcrt
Wiener (The human uses o f human being) han descartado los análisis
fragmentados de las sociedades humanas. En esta línea de pensamiento se
hallan, denuncia R. Lilienfeld, unos analistas o técnicos norteamericanos que
investigan nuestras sociedades mediante el protocolo de levantar una lista
amplia de sus secuencias y atributos. Su ideología mezcla positivismo
comteano, la filosofía del lenguaje de Camap y Quine (entre otros), la
cibernética, las teorías de la comunicación y de los juegos, la estadística y el

" R ic k o t, Introducción o los problemas de lafiloscfla de la Historia, p. 48.


12 lilienfeld. Teoría de sistemas, p. 294.

101
[...] debilidad de las propuestas program áticas, asociada a la
escasez d e resultados concretos; una inclinación por fórm ulas
abstractas, esquem áticas y diagram as que tienen poca aplicación
peticiones de principio13.

Si tales apreciaciones son acertadas, muchos errores se deben a que estos


técnicos conciben nuestras organizaciones como sistemas en equilibrio, esto
es. que si alguien les aplica una modificación, desencadenan una homeostasis
que las regresa a las condiciones anteriores a la perturbación; o sea que
cuando se desvian sus «valores normales» actúan, o pueden propiciarse,
mecanismos de estabilización. A estos analistas de sistemas el tiempo no les
sirve para desplazar sobre una linea cuadros clasificadores de caracteres,
sino para ordenar los comportamientos en una misma orientación o
finalidad: W. Ross Ashby en introducción a la cibernética asegura que los
comportamientos siempre son determinables estadísticamente porque el
llamado libre albedrío de la persona no excluye la marcha uniforme de la
unidad social Este grupo de analistas no se compromete con formulaciones
nómicas, sino que elabora funciones preposicionales a tenor de: si en z
observaciones el hecho examinado tiene lugar n veces, el cociente nix es la
frecuencia relativa de la clase de hechos en cuestión, que permite
predecirlos. Además establecen «tipos» de retroalimentación. estabilidad y
adaptación por medio de formal izaciones lógicas y matemáticas antes de
plantear seriamente las diferencias entre sistemas y sus formas de cambiar.
El meollo de su pensamiento se reduce a una gráfica de reglas y relaciones
siempre idénticas y de jerarquías. Su mera es dominar al hombre; su afán,
descubrir las persistencias; su enemiga, la innovación histórica.

6) Ha habido pensadores que juzgan el modelo nomológico-deductivo


como una idealización del equilibrio y como una incapacidad de descubrir
los fenómenos-de autoconstrucción o autoestnicturación que. por su pane, se
explican mediante su origen. Sus modelos son sistémicos y genéticos:
describen cómo ocurren las cosas y por qué. No obstante, algunos de ellos
sustentan la identidad o invariancia colectiva de unos contenidos o mensajes
que se manifiestan en una serie diacrònica de productos humanos: Mircea
Eliade plantea que el fin principal de la Historia de las religiones es la

13 ibid, p. 267.

102
búsqueda de temas reclínenles que se explican por la exigencia universal y
eterna de que el espíritu de cada hombre partícipe del tiempo sagrado
primordial; ritos, cuentos fantásticos, mitos, revitalizan acciones que
ocurrieron en las distantes fechas de los inicios. Para René Girard —¿ a
violencia y lo sagrado (1972)— los rituales repiten el acto (violento) de la
fundación del orden social.
Según estos genetistas, bajo la apariencia de complejidad, algunas
conductas culturales trasmiten los mismos mensajes: «El gran sueño de un
término de la historia es la utopía de los pensamientos causales, así como el
sueño de los orígenes es la utopía de los pensamientos clasificadores»14.

7) El funcionalismo estructural o estructuralismo funcionalista. cuyos


padres intelectuales reconocidos son Durkheim, Radcliffe-Brown y
Malinowsky, centró su interés en los «hechos sociales» o uniformidad de lo
colectivo. Los autores de esta corriente dieron por sabido que las
regularidades se deben a una reserva de saber mancomunado que en gran
medida proviene de un precipitado o sedimento de historia; no obstante, sus
análisis tendieron a ser estáticos debido a que sus preguntas no eran por qué
una cultura ha llegado a ser como es, sino cómo es u opera, cuáles son las
normas o reglas de sus funciones y cómo opera el conjunto de sus funciones
llamado institución. Su campo de estudio no fue, pues, la singularidad del
individuo actuante, porque, según ellos, lo importante es registrar que las
personas están «determinadas» por su organización social sin que ellas
puedan determinarla.
Según la perspectiva de los funcionalistas. las comunidades humanas están
en equilibrio (en Las form as elementales de la vida religiosa Durkheim
enfatiza que la religión solidariza a los miembros de un grupo y los man­
tiene dentro de un orden) porque las intenelaciones entre sus componentes
son especialmente fuertes. Su creencia en que un mismo orden envuelve,
guía y uniforma a la gente es la razón por la que afirmaron que los
investigadores deberían formular las recurrencias sociales, y por la que
propusieron algunas recetas al respecto. En las Reglas de la metodología
sociológica y en El suicidio Durkheim encara el problema de los casos
extraordinarios o que se desvían de la regularidad social detectada.
Ejemplifica confrontando las tesis de que la mayor cantidad de crímenes se
cometen en zonas urbanas comparada con el número de los cometidos en
despoblado; de que el alto porcentaje de padres que fundan su autoridad
en su papel económico, que no en lazos afectivos, la pierden durante los

14 Foucnlt, op. ciu p. 2S7.

103
paros con aquellos que en iguales circunstancias la conservaron; de la
capacidad de los oyentes de la radio de no confundir los boletines informa­
tivos y los cortes comerciales con el quince por ciento de oyentes que
en 1938 interpretaron el anuncio de La guerra de dos mundos de Orson
Welles como una noticia verídica sobre la invasión de marcianos; y la tesis
de que la propensión al suicidio ocurre por motivos familiares con el mayor
número de suicidas solteros que de casados (en los años de 1863 a 1888). La
conclusión de Durkheim es que las comparaciones sirven para desechar
hipótesis falsas; indican la conveniencia de añadir mis condiciones iniciales a
las registradas y de precisar m is las propiedades del hecho en cuestión y sus
interrelaciones; y sirven para corregir formulaciones defectuosas (unos
meses antes del anuncio sobre la obra de Welles, y a raíz de la crisis de
Munich, se interrumpían los programas para leer noticias, lo que creó el
hábito de interpretar ios cortes como boletines informativos; además, oír no
es sinónimo de atender ni de entender). La conclusión última es que los
comportamientos individuales son dasificables en generalizaciones sobre
normas operativas porque todos cumplen una de éstas (porque todos son
funcionales).
Como según unos funcionalistas no hay excepciones y todo com­
portamiento puede clasificarse dentro de lo instituido; como en todo caso las
discrepancias entre los individuos y sus organizaciones carecen de interés
científico; como las funciones (las normas de los sistemas humanos) no se
cambian a sf mismas; y. además, como las instituciones mantienen el
equilibrio social, el ideario de estos sociólogos y antropólogos negó la
evolución humana, el cambio y la historia.

S o asán d o se en el Curso de lingüística general de Saussure, ha habido


estudiosos de nuestras sociedades que conciben sus cambios como una
sucesión de sincronías, y la historia como la multiplicación, a través del
tiempo, de la cantidad de niveles organizativos disponibles para ser
investigados. Durkheim pensaba que las estructuras se encuentran en
devenir, se forman y descomponen sin cesar, derivándose unas de otras;
pero nunca pudo resolver el problema de su generación, o sea de los
cambios estructurales y de su frecuencia. Quien diseña o habla de estructuras
(o construcciones de los componentes sistémicos) isomórficas con las
sociales, tiene que diferenciar las anteriores de las posteriores y de la que
analiza preferentemente. Muchas de tales diferenciaciones no han
contemplado los enlaces históricos entre estructuras, sino que las ponen en
línea (una sincronía tras otra según su realización en el tiempo) o bien
yuxtaponen absurdamente los diseños hasta que el método estructurador

104
pierde sentido. Por ejemplo, imaginemos una relación de cuatro
componentes —a, b, c. d— \ si a desapareciera, entonces habría que trazarse
otro mapa relaciona! sin intentar ajustar el primero: recurso que ja m ás sería
útil para entender cómo una construcción nació de su precedente.'

9) Un planteamiento más depurado afirma que las estructuras pueden ser


u n ta s cuantos elementos interrelacionados haya en los cronotopos
seleccionados por el investigador, pero la cantidad es poco indicativa dado
que los seres vivos mantienen sus organizaciones reestructurándolas
constantemente (por ejemplo, en nuestras sociedades se cambian fre­
cuentemente las composiciones de los órganos de gobierno; también las
maneras de expresarse las personas en una misma lengua varían
estructuralmente entre sí). Luego, los cambios indicativos han de buscarse
en el código más general, o sea en las relaciones que prescriben las normas
(en el «sistema» dicen los estructural islas que hacen suya la terminología de
Saussure). teniendo en cuenta las transformaciones que admite. Cuando el
funcionamiento social no viola las reglas, sus transformaciones no son
significativas de un cambio, sino de su modo normal de ser. Los códigos o
reglas operativas guian los comportamientos y restringen sus posibilidades,
aunque admiten un elevadísimo número de adaptaciones interpretativas.
Muchas generaciones de lingüistas se han dedicado a formular las reglas de
cada lengua (su gramática o código); en esto los demás estudiosos de las
s o c ie d a d e s h u m a n a s y d e su s p ro d u c to s cu ltu ra le s le s han ido a la zaga
(aunque ha habido destacadas aportaciones de los semiólogos y de los
etnólogos, como las de Lévi-Strauss concernientes a la lógica asociativa —o
normas expresivas— de los mitos y a las reglas que gobiernan las relaciones
de alianza y parentesco).
El planteam iento de que el código supone posibilidades de
transformación —el polimorfismo— en sus realizaciones, o sea en los com­
portamientos, no repele cieru diacronía o formas sucesivas y cambiantes de
su realización” ; sin embargo no admite cambios profundos que generen
otro código. Saussure identificó la lengua —o código, que pensó como la

13 Lévi-Strauss se debate entre tus simpadas por la Historia y la incapacidad que tiene la
antropología estructural de rescatar la noción cambiante de las cosas que manejan los
historiadores. Respecto i sus simpatías y, basándose en que el estructuralismo habla de
transform aciones, escribe: «Lejos, pues, de que la introducción de los métodos
estructuralistas en una tradición procedente esencialmente del historkism o plantee un
problema, es la existencia de esa tradición histórica la ilnici que puede proporcionar una base
a las empresas estructurales». Antropología estructural II. p. 261.

IOS
condición de posibilidad de las hablas— con unas reglas inmutables que sólo
pueden analizarse sincrónicamente; ilustró esto con una partida de ajedrez
porque tiene la singularidad de que cada jugada es independiente de las
anteriores: existe un marco de reglas cenado y ahistórico que se concibe al
margen de los jugadores (o hablantes) y de lo que ocurra o haya ocurrido en
sus aplicaciones. Este marco posibilita la comunicación sin que lo afecten los
usos que en el pasado se hicieron de él. Por su parte. Lévi-Strauss en su
Antropología estructural, tomo II. dice que la misión de la etnología
estructural, que se ocupa de los mitos, fósiles culturales (los cuentos que son
sus sucedáneos aún indican la antigüedad del relato en sus fórmulas de
«había una vez, hace mucho, mucho tiempo» o «he aquí en aquel tiempo en
que las bestias hablaban y las personas callaban», o ubican la acción en las
épocas de Maríacastafla o en el alto de TiroraAo). excepto en las sociedades
«frías» (que llama así porque su temperatura de desarrollo es próxima a
cero), es discernir las formas míticas invariantes en el seno de contenidos
diferentes, lo que se opone a la visión de los genetistas que buscan conte­
nidos recurrentes en el seno de formas variables. Compara tales ambiciones
con la del cubismo, a saber, encontrar una imagen más verdadera del mundo
—una organización más sólida— detrás de las apariencias sensibles. E igual
que los pintores y escultores de esta escuela, sus ensayos hablan de reglas
operativas, remitiendo de una a otra en un circuito (casi) cerrado a
cualquier otra forma de realidad (Pouillon lo cierre completamente al
argumentar que la relación mito-sociedad se limita a ser la respuesta a una
pregunta, teniendo en cuenta que aquélla es anterior a ésta).
La conclusión de estos alegatos es que los códigos nunca cambian porque,
a modo de las esencias platónicas, condicionan y explican unos hechos —los
comportamientos— sin ser condicionados por ellos. Su ámbito* de aplicación
nunca se pierde, y cuando ya no resultan explicativos, se construyen otros
nuevos.
Saussure dejó fuera de la lengua a las hablas o actividades de sus
usuarios; Lévi-Strauss expulsó fuera de la mitología a sus relatores (los
mitos se piensan a sí mismos, dijo aproximadamente), y ambos dejaron sin
responder las preguntas siguientes: ¿por qué los códigos se multiplican y se
suceden unos a otros? (¿sus normas o reglas son seres vivos que se repro­
ducen?); ¿cómo se realiza esta multiplicación o nacimiento? (¿por fases
sucesivas o repentinamente?); ¿por qué los códigos dejan de ser vigentes?
En fin, estos planteamientos estructural islas, lo que ganaron en sutileza en
cuanto al descubrimiento de los cambios, lo arriesgaron en pertinencia desde
un punto de vista histórico (las reglas operativas no son extrasubjetivas, sino

106
a los individuos).

10) Ya puestos i no querer investigar las diferencias y la transformación


de los códigos se puede inventar, inspirándose en Merleau-Ponty, una o dos
reglas que prescriban relaciones eternas, esenciales, que serían el sustrato
que le quitaría importancia a todas las páginas sobre los cambios históricos.
En contraposición a los intentos de encontrar algo siempre idéntico para
explicar los cambios, nuestros bohemios antepasados, amantes de Clío,
rompieron el fastidio que embarga a quienes, como Tucídides, están can­
sados de la repetición de lo mismo, entregándonos sugerentes páginas acerca
de la singularidad e irrepetibilidad de la historia, de las «series evolutivas
únicas»1617que. cuando las describen los historiadores, nos liberan del temor
de rehacer lo ya hecho: inscribir Historia es deshacerse del pasado (Goethe)
porque aquello que ha sido una sociedad humana actúa negativamente sobre
lo que puede ser (es aquello que fue en la forma de haberlo sido, en palabras
de Onega y Gasset).
Los historiadores han tenido que defender su quehacer y sus puntos de
vista de tantos «fijismos»'7 con que han querido desacreditarlo. No les falta
razón al decir que somos vida que ha demostrado su poder productivo y
transformador, por k> cual la historia es lo transeúnte y la Historia concibe
los procesos como transiciones. Ellos dicen también que las metodolo­
gías que se han ideado le s re s u lta n in c o m p le ta s o e s té r ile s p o rq u e n o
permiten que se analicen los orígenes de cienos estados sistémicos, o su
cambio en otros, o d tránsito entre los antecedentes y los consiguientes. Los
historiadores merecen que por los menos reflexionemos por qué nos hemos
cegado a las innovaciones que involucran sorprendentes capacidades crea­
tivas, por qué sólo hemos fundamentado la repetición indefinida de unas
relaciones de cambio, o de unas funciones, o de unos mensajes (de unos con­
tenidos) o de unas formas, o de las normas con que se realizan unas
actividades. Por qué todavía alguien (Popper) cree denunciar la «miseria del
historicismo», es decir, una de las posiciones más respetuosas de los
planteamientos de lf Historia en lo que se refiere al tiempo y a los cambios.
Dilthey, Colüngwood. Berlín y tantos otros han dicho que la vida de los
individuos y los pueblos se compone de vivencias unificadas; que éstas se
entienden dando un rodeo por el pasado, esto es, contando una historia,
porque cada sociedad o asociación —cada sistema— de humanos procede de

16 Rickert, op. cit., p. 94.


17 Cfr. oota 6.

107
las anteriores y las presupone: sabremos qué, cómo, por qué y para qué es
un hecho social humano si descubrimos cómo, por qué y para qué ha llegado
a ser (esto es tener «sentido histórico» y éste facilita el descubrimiento de las
«razones históricas»), y completan diciendo que la historicidad es un
carácter de nuestra realidad humana y el historicjsmo es una característica
del conocimiento isomórfica con nuestra realidad1?. En este su sentido del
cambio fueron menos procustos que los descubridores de recurrencias:
aceptaron a una Cito rebelde a los mandatos de ajustar sus medidas a un
lecho estático.1

11 P a n Ortega la vida humana es lo que es en cada momento por un pasado. «Para


denominar este carácter de nuestra realidad no leñemos otra palabn que historicidad». (La
Historia como sisuma, p. 99). Dilihey define el sentido histórico como una visión de lo
distante como tal (El miado histórico, p. 92). P ú a Groce el juicio histórico es Historia sin
más porque cualquier hecho humano que se juzga es un devenir (fip. ciu p. 53).

108
VI

TIE M PO Y CAMBIO EN LOS SISTEMAS HUMANOS

En los tres últimos siglos los especialistas de distintas ramas del saber
han asistido a la representación del drama de la vida (según una metáfora de
Ortega y Gasset) que con anterioridad casi nadie habla considerado digno
de estudio. La conmoción y sorpresa que han experimentado no es fácil de
asimilar en la escena aparecen trozos de trozos de realidad configurada que
interactúan con un estilo propio. Para entender los parlamentos y actitudes
de los organismos vivos han de conocerse, al menos en parte, sus peripecias
históricas, mientras ellos actúan, se dirigen, se maquillan, se visten y hacen
las veces de empresarios de la pieza teatral que protagonizan en un medio
ambiente, otorgándose, además, el derecho de improvisar los parlamentos y
demás maneras de comportarse durante la escenificación. Los espectadores
describen a posuriori lo que ocurrió y se dijo en cada una de las repre-

Los reres vivos son objetos extrafios —escribe Jacques


Monod—. Los hombres de todos los tiempos han debido más o
menos confusamente saberlo. El desarrollo de las ciencias de la
naturaleza a partir del siglo xvn, su expansión a partir del siglo
xix, lejos de borrar esta impresión de extrañeza, la volvían aún
más aguda1.

Hoy los historiadores saben que una serie finita de hechos sistémicos no
se acaba en unos orígenes suyos, sino que éstos siempre se descubren ligados
a una historicidad que nunca les es contemporánea; por lo mismo, ya no
están interesados en invocar a dios en sus investigaciones, es decir, en
proponer un punto estático de origen o una inmóvil causa primera, en el
orden de los sucesos, y última en el orden de las explicaciones
retrospectivas, que determine la morfología o dirección de los (finitos)
procesos de nuestro pasado: la Historia es un conocimiento empírico desde
que el hombre se pensó como un ser vivo y supo que la escena de la vida
está poblada de sistemas que han de analizarse en su simultaneidad y en sus
mutaciones; y viceversa, a partir del descubrimiento de la historia, que habfa

1 El azar y la necesidad, p.,201

109
constado como algo extraño en las lecturas clásicas de los hechos, «se define
el lugar de nacimiento de lo empírico»2 o realidad que cambia.
El desgarramiento de la visión del mundo vivo como algo uniforme en
sus caracteres y en sus transformaciones se extendió en el espacio
epistemológico. Recién unos se percataron de los errores de las taxonomías
escncialistas y de la evolución universal por unas y mismas fases, de la
restringida aplicabilidad de las explicaciones nómicas. y de lo limitante que
es tanto congelar los contenidos de las organizaciones vivas en unas
funciones o códigos funcionales, cuando otros se aprestaron a estudiar los
rasgos integrados e integradores de realidades inertes en términos de su
evolución. El ideal de todos fue y sigue siendo todavía unificar el cómo y el
porqué de los sucesos, y encontrar criterios útiles para explicar los cambios
en los sistemas y de ellos mismos:

[...] abandonando la arcaica idealización gaüleana de un mundo


concebido según la física celeste, de un mundo de trayectorias
dinámicas que [...] se despliegan en un silencio regular y solemne
desde un pasado muerto hacia un futuro no nato, la física se abre a
los problemas que [...] preocupan a los especialistas de ámbitos en
los que la idealización gaüleana no podía en modo alguno dar la
ilusión de verdad ontológka (.„]. controversias que laceraron las
otras ciencias: si hay que abandonar una ilusión es precisamente la
de una verdad general, umversalmente aplicable3.

Gracias a los intereses que ha despenado el asunto de la evolución, la


filología se pregunta por la significación histórica —qué se dice por medio
de las palabras a pesar de las intenciones del hablante y por ellas mismas—:
y la sociología, la economía, la química y la física se atreven a investigar
fenómenos mulantes e impredictibles (el principio de incenidumbre de
Heisenberg refiere lo no decidido, que no desconocido, que pide
explicaciones muy alejadas del modelo nomológico-deductivo y de todas las
prescripciones de la filosofía determinista). Es impactante la cantidad de
estructuras inestables y que se transforman de maneta sorprendente que han
sido descubiertas (por ejemplo ciertos gases) debido a este nuevo sesgo
epistémico:

2 Foucault, Las palabras y las cosas, p. 213.


3 Prlgogjnc. ¿Tan sólo una ilusión?, p. 107.

110
Pan quienes, petrificados en su rechazo de la ciencia, han
hecho de la creatividad el máximo privilegio del hombre, aquello
que lo distingue de la naturaleza sometida y pasiva, esto
significarla un contrasentido grosero o la mayor afrenta; pan
otros será la manifestación de que la ciencia ha cambiado
profundamente4.

Las ciencias han cambiado tan profundamente que no sólo la historia se


encontró a partir de la vida, sino que la Historia humana se autoencontró
como una forma auténtica del conocimiento (a pesar de los infundios e
intentos procustos de reformarla que ha padecido), y supo que tenía un sitio
privilegiado en el diálogo interdisciplinario sobre cómo ha de tratarse la
dimensión diacrònica, que impona no sólo poique unas cosas se generan de
otras que las antecedieron y porque unos fenómenos duran más que otros,
sino poique los sistemas vivos reconstruyen con frecuencia sus componentes,
poique a veces redefinen sus normas, y poique los ha habido que desapa­
recieron, dejando aquí y allá huellas de su paso.

SISTEMAS AUTORREGULATIVOS Y SU AUTOPOIESIS

Quienes han dicho que en los sistemas vivos reina la novedad, la crea­
ción, la inestabilidad, que el «empuje de su libertad» violenta la continuidad
de lo mismo y el equilibrio, han acertado en términos de un diagnóstico
general acerca de las disposiciones de todos los vivientes. Y han acerta­
do sobre que éstos no se dejan «racionalizar» en esquemas clasificadores
incambiables ni en leyes que predicen o posdicen con alguna probabilidad
(no se dejan, porque su pasado y futuro no están dados en el presente). Los
biólogos han repetido que el conocimiento bioquímico alcanzado revela que
los sistemas vivos son autónomos en el sentido de que se autorregulan. crean
sus propias normas (su código) que, en primera instancia, están orientadas a
la continua autocreación o autopoiesis (expresión de Maturana) sistèmica que
no a .la repetición. Dicho de otra manera, cuando se especifica algo como
una unidad u hoion (o sea que se distingue su dominio de los alrededores
o lo extrasistémico), y también se especifican sus componentes e interac­
ciones (mediante operaciones adicionales de distinción), y esa unidad tiene
como propiedad el ser autorregulativa y, por lo mismo, autoproductiva
o autocreativa, se trata de un sistema vivo (la presencia del sistema nervioso

4 Prigogine, op. cir.. p. 84.

111
no origina una diferencia de naturaleza en cuanto a la autocreación como
propiedad definitoría de los vivientes).
La principal finalidad de los sistemas vivos es satisfacer su auto-
producción: lo que ocume en ellos está subordinado a ese fin a menos que se
desintegren (pierdan su identidad como holon). Por ende, las descripciones
de esta clase de unidades compuestas que se desarrollan en un espacio como
resultado de sus interrelaciones internas y que se interrelacionan con lo
extrasistémico (son abiertos), supone además que se conciba que tales formas
o ensambles están destinados a la autocreatividad, porque si ésta no fuera su
fin principal (el más importante desde el punto de vista de su manteni­
miento). los sistemas vivos desaparecerían.

AUTONOMÍA DE LOS SISTEMAS VIVOS

Las organizaciones de los vivientes no son reducibles a leyes, ni siquiera


lo son sus condiciones de continuo intercambio de materia y energía con el
medio ambiente, más, en nuestro caso, de materia, energía e información
entre nuestras organizaciones. Para entender esta irreductibilidad
comparemos tipos de explicaciones inspirándonos en «Biology of language:
the epistemology of reality» de Humberto Maturana, aunque no resumamos
la riqueza de ideas que comunica este ensayo y hasta violemos algunas. Las
trayectorias y cambios de estado repetitivos de algunas realidades, que
definiremos como sistemas determinables nómicamente. se describen
explicativamente y se predicen o posdicen especificando (principalmente)
las propiedades del medio ambiente (las condiciones), o factores externos,
que perturbaron su orden anterior, o se especifican (principalmente) las
propiedades del medio, o las intervenciones de factores externos, que
provocaron su desintegración, es decir, la pérdida de su identidad. En ambos
casos la regularidad observada es instructiva o nomotética (puede traducirse
a leyes). De hecho lo que ocurre en la dinámica de las estructuras de un
sistema instructivo es que el medio en que interactúa (o intervenciones
provenientes de fuera del sistema) proporciona los principales datos para
anticipar sus probables secuencias o trayectorias y para explicar las que
ocurrieron.
Notemos que los fenómenos que pueden adoptar los mismos estados y
trayectorias, bajo las mismas perturbaciones del medio (o de factores
externos), y que son explicados mediante formulaciones nómicas, no han
sido considerados como estados de sistemas, y darles este nombre es una
manera metafórica de hablar. De hecho, el modelo nomológico-deductivo no

112
es un enfoque sistèmico. Lo es aquél que observa unos fenómenos como
unidades compuestas que adoptan diferentes estados y trayectorias bajo
idénticas (o parecidas) condiciones perturbadoras del medio, de lo extra-
sistèmico: se piensa en una agrupación humana como sistema poique acepta
o no acepta los «retos» de un mismo tipo de espacio geogràfico o de otros
grupos humanos; y poique si dos o más los aceptan, sus estructuras y
trayectorias, debidos a su adaptación (ensamble de un sistema abierto a un
medio ambiente) y a los intercambios con otros grupos humanos, no son
iguales (piénsese, por ejemplo, en las distintas formas culturales e historias
de los habitantes de los desiertos).

1. CAMBIOS DEBIDOS AL MEDIO

En tanto son abiertos, los sistemas vivos (incluidos los nuestros) son
moldeables o «plásticos» (dice Maturana): si la estructura del medio del cual
dependen cambiara muy seguido, ellos también cambiarían rápidamente,
salvo que se desintegraran. Y si el medio cambia como resultado de sus
interTelaciones con el sistema plástico con que está acoplado, este último
también cambia porque es plástico en un primer, segundo o n orden. Es
decir que tales sistemas seleccionan sus cambios como consecuencia del
medio ambiente con que están ligados y de las perturbaciones que ellos
imponen al medio. Las interacciones de una sociedad humana —sistema
plástico— con un medio ambiente hostil (comparativamente con otros, el
desierto o el polo norte, por ejemplo) puede provocar ritmos de cambio
social lentos, órdenes institucionales duraderos, que preservan las
recurrencias o la redundancia del hábiut en cuestión. También puede
ocurrir que la sociedad humana emigre de lugar, manteniéndose como un
todo, o que se desintegre porque destruyó el ecosistema con que estaba
acoplada y no fue capaz de autoestructurarse según los nuevos retos
ambientales. En suma, nada podemos decir del medio ambiente en que
podemos desarrollarnos o no (nuestra notable capacidad de adaptación a
diversos ambientes ha dependido de nuestros desarrollos sociales intentos y
de intercambios intrasistémicos de información y de productos); lo único
que tenemos claro es que. en sus relaciones con el entorno físico, nuestras
comunidades se esfuerzan por conseguir materia y energía; y si planean su
expansión (a cono, mediano o largo plazo) económica o del número de sus
habitantes, tienen que redefinirse o restructurarse calibrando los recursos
naturales renovables y no renovables de que dispone.

113
2. CAMBIOS POR APRENDIZAJE O INTERCAMBIO
DE INFORMACIÓN

Los medios geográficos han aislado las sociedades humanas entre si,
aunque nunca totalmente porque forman lo que Lévi-Strauss llama
«paquetes», o sea que el relativo aislamiento de algunas se compensa porque
se vinculan indirectamente a través de un paquete de relaciones
(exceptuando, quizás, un periodo de vida de los (asmamos, aclara él mismo).
En algunos casos la ubicación de los sistemas humanos los ha hecho fácil
presa de agresiones; por ejemplo, las que sufrieron las distintas poblaciones
de China, rodeadas de estepas, taigas, mar. desierto y montañas; para
protegerse de las invasiones de los nómadas, los chinos construyeron dos mil
quinientos kilómetros de muralla en el norte, aunque entraron en contacto
directo con otros pueblos del sureste e indirecto con otros debido al
«paquete». Las culturas se han comunicado debido a sus migraciones,
préstamos, conquistas, intercambios, guerras, coaliciones... Algunas viven
en un espacio que les ha permitido contactar poco con otras culturas (por
ejemplo Japón desde 1639 a mediados del siglo xix). Ha habido gobernantes
que han impuesto enseñanzas al unificar el espacio geográfico ocupado por
diferentes pueblos, imponiéndoles la misma religión, la misma lengua (el
imperio de los incas bajo el gobierno de Manco Capac); o las mismas
monedas, los mismos sistemas de pesas y medidas (la dinastía Chin); o
sometiéndolos a unos tributos, a unas formas de comercio, a unas técnicas...
(Mesoomérica). Durante miles de años en Europa se asimilaron los grupos
humanos entre sí; los avances en los medios de transpone y de comunicación
que hubo en este continente a partir del Renacimiento, y que ha habido en
otros lugares después, han estrechado los contactos entre las sociedades de
toda la Tierra, aunque también es cieno que los grupos y hasta grupúsculos
(poblaciones regionales, por ejemplo) siguen intercambiando sus productos
y conocimientos porque se distinguen de otros: se han resistido a perder su
autonomía, esto es. no han querido heterogeneizarse o desintegrarse en tanto
totalidad, ni homogenizarse o identificarse en una totalidad demasiado
amplia. Tanto las inierre lociones entre los componentes de nuestros sistemas,
destinadas a salvoguardar su unidad, como las que existen entre cada uno de
éstos con lo extrasistémico (el medio ambiente y otras organizaciones
humanas) acrecentan las enseñanzas y van creando sus trayectorias, los
cambios y ritmos de cambio.

114
TRANSFORMACIONES ESTRUCTURALES. CAMBIOS
EN EL SISTEMA

Los cambios históricos de nuestras comunidades son al menos de tres


tipos: los de estructura o composición; los de código y programa, menos
frecuentes que los anteriores; y las desintegraciones sociales. Pensemos en el
primer caso, o sea pensemos en que. como resultado de sus interacciones con
lo externo, o por algunos hechos ocurridos en su interior, los sistemas vivos
(incluyendo a los humanos), cambian sus estructuras o la composición
interna de sus elementos (no pierden sus componentes, o elementos
jerárquicamente importantes; esto es, no pierden las funciones que existían,
los comportamientos funcionales de sus miembros, lo instituido, ni, por lo
tanto, su código o normas operativas o de funcionamiento), y pensemos que
la adecuación de las transformaciones de la estructura de un dinámico
sistema vivo con las transformaciones del medio en que se desarrolla, y. en
general, con lo extrasistémico con que entra en contacto, le permiten
mantenerse homeostáticamente sin que pierda su identidad y, asimismo, le
permiten no desintegrarse.
La supervivencia de un sistema vivo (plástico o abierto), bajo las
condiciones perturbadoras de un medio ambiente cambiante, depende de que
él cambie. Aun m is, su autoproducción se define en términos de sus
reestructuraciones internas destinadas a su adaptación. Y, pensando en
términos más amplios, puede decirse que los cambios de lo extrasistémico
desencadenan la autopoiesis de cada una de nuestras sociedades; por ejemplo,
un país que agota las posibilidades de producir masivamente el azúcar,
tendrá que restructurarse para diversificar sus cultivos y tendrá que cambiar
sus relaciones con los países que le compraban el azúcar, éstos, a su vez.
también tendrán que cambiar sus relaciones con ese país productor y,
consiguientemente, cambiar el ensamble interno de sus propios elementos.
Es importante destacar que para el observador de un sistema vivo, éste
existe simultáneamente como un holon o unidad de elementos y como una
unidad dependiente de lo extrasistémico: dos dominios intersectados de
manera tal que su ensamblaje o estructura intema de elementos se realiza o
autoproduce dependiendo (también) de sus vínculos con aquello que no es él
mismo.
Durante largos períodos nuestras sociedades han operado homeostática­
mente porque mantuvieron su código, es decir, sus reglas o normas de
funcionamiento (la disposición instrumental de sus componentes), bajo
condiciones de cambios estructurales continuos de sus miembros y de sus
elementos. Por ejemplo, una población que mantiene las mismas funciones y,

115
sin embargo, pasa de un estado de homogeneidad a otro de heterogeneidad o
especialización: si en una fase anterior unos individuos desempeñaban varios
oficios —el sacerdote también era gobernante, médico, adivino, cantante,
compositor de himnos, instructor de gobernantes...— después esto ya no
ocurre. Luego, en los sistemas humanos existe una movilidad o autonomía
entre estructuras y funciones, siendo las primeras m is numerosas y variables
que las segundas (Piaget): algunas funciones que antes realizaba una
secretarla de Estado (o un ministerio) después pueden ser desempeñadas por
otra; o crearse una que asuma las tareas o funciones de otra u otras; o... La
primera lección que extraemos de todo esto es que no existe una
correspondencia biunfvoca entre las reglas o normas (entre el código) de un
sistema y las estructuraciones de sus elementos. La segunda lección es que la
mayoría de los procesos que estudia el historiador son cambios estructurales:

(...) el hecho histórico, tal como existe en la realidad y como el


historiador lo conoce realmente, es siempre un proceso en el que
algo está cambiando para convertirse en algo más. Este elemento
del proceso es la vida histórica. A fin de encasillar los fenómenos
históricos, hay que matar primero el cuerpo viviente de la historia
(es decir, negar su carácter esencial de proceso) para que sea
posible disecarlo5.

Luego, la conservación de nuestras reglas no impide nuestro dinamismo


evolutivo.
No es contradictorio decir que la realización de las funciones de un
sistema vivo es imprevisible, aunque cumpla con unas reglas o normas de
número limitado o finito. El mérito de Chomsky es que visualizó esta clase
de transformaciones. Demos un rodeo por sus observaciones acerca de la
lengua para compararlas después con los procesos de las sociedades huma­
nas. El concepto de «lengua» (código o normas gramaticales) no especifica
los enunciados en cuanto fenómeno de interacción social o realizaciones de
la lengua: ésta recoge los recursos para la comunicación, que no sus
utilizaciones o modos en que se estructuran los elementos en las hablas.
Existe una cantidad finita de prescripciones o normas repetitivas en los
niveles sintácticos, o secuencia de palabras, y fonológico, o secuencia de
fonemas, y también existe un vocabulario finito, a partir de los cuales puede
generarse una cantidad infinita de enunciados. Es cierto que las normas
limitan: la elección inicial que haga un hablante condiciona sus elecciones

5 Collingwood, La idea de la Historia, p. 163.

116
siguientes (si en español iniciamos el enunciado con el artículo definido «el»
posiblemente el término siguiente será un sustantivo común, masculino,
singular, después vendrá un adjetivo o un verbo. Por ejemplo «El hombre
alto compró un libro». Este enunciado puede extenderse o encadenarse con
otros enunciados, poniéndolos antes, al final o en medio de la formulación
citada — «El hombre alto, casado con la mujer que vino ayer, compró un
libro»— , en donde hemos conjugado el verbo y hemos establecido
interdependencias entre la mujer y el hombre, y entre todos y cada uno de
los términos en juego). También es cierto que la gramática (la lengua)
orienta la organización de las palabras de una manera tan apretada (o
«sistèmica», es decir, reglamentada, según los usos del término que hicieron
Saussure y los estructuradlas) que cualquier modificación lleva consigo
modificaciones; no obstante, la organización resultante —la enunciación-
no fue prevista en la lengua.
Las normas más generales del español admiten las subnormas que se
aplican en cada región y subregiones de hablantes y hasta las que aplique
cada sujeto competente en el uso de este idioma; sin embargo, tales
aplicaciones o maneras de realizar la lengua varían de un uso a otro y de una
época a otra. Esto mismo es el caso de cada código finito, o normas que
rigen las funciones de una sociedad humana: comprende una cantidad finita
de normas que orientan apretada o reglamentadamente un número finito de
funciones (se postula la existencia de un código porque existen funciones, y
subcódigos de subfunciones; y viceversa, la no exclusión y las inter­
relaciones entre estos últimos hacen plausible la idea de un gran código,
aunque nadie lo haya elaborado, que abarca y rebasa cualquier estatuto o
grupos de subreglas o subnormas); pero admite modalidades de aplicación
que varían en cada espacio-tiempo, que son potencialmente infinitas y que.
por lo tanto, son imprevisibles (véase un capítulo m is adelante cómo las
propiedades diferenciales y los cambios de cada una de nuestras sociedades
dependen de los comportamientos subjetivos).

CAMBIOS RADICALES

Lo más desconocido y que urge explicarse son ciertos cambios de código


o de normas (con que los estudiosos de las sociedades humanas explican las
funciones) y de los programas u orientaciones finalistas de nuestros sistemas.
A modo de comparación recordemos que es muy dudosa la idea de que las
diferencias entre las especies vivas se programaron desde los tiempos en que
apareció la vida. Si esto es así. se invalida el dogma de la predestinación de

117
un organismo o de una especie debido al código genético que ha heredado:
éste se halla sujeto a posibles mutaciones. De igual modo, las sociedades
humanas han experimentado procesos bastante radicales que las reestruc­
turan de manera que algunas de sus normas son sustituidas por otras.
Imaginemos dos grupos en pugna y uno toma el Estado (y el poder de
Estado) de un país, y sustituye unas normas económicas por otras (cambia la
base). Esta revolución o cambio radical de código, también conocido como
cambio de estado sistèmico, no hace desaparecer totalmente la identidad de
esc país porque cuando no existe intolerancia mutua entre las normas recién
instituidas y las tradicionales, éstas siguen vigentes. Tampoco la totalidad de
las normas que se repelen con el orden revolucionario instaurado cambian al
mismo ritmo (algunas pueden permanecer decenas de años, aun cuando
dejen su sitio dominante por otro secundario). Luego, cada reorganización a
fondo de nuestros sistemas es una mezcla de discontinuidad y continuidad, de
tensión entre las normas o reglas nuevas y las que hubo, entre aquéllas
que se van desechando, y las que se mantendrán. Por lo mismo, las veces en
que el historiador fija la fecha del triunfo de un movimiento armado, no
afirma que durante ese día o aAo se redactó una nueva constitución que
desechó todas las leyes anteriores, ni que los hechos y productos culturales
de ese lugar fueron suplidos por otros nuevos. Si esto es así. cómo se
justifica que estas fases históricas hayan sido calificadas como radicales.
Bueno, lo son porque las normas de órdenes sistémicos anteriores que no
pierden su vigencia sí cambian su orientación, o. si se prefiere, son estados
en que cambia el programa funcional del sistema: las normas del nuevo
código que sé van implantado arrastran a las tradicionales en un sentido o
hacia unos fines que el estudioso ha de destacar como jerárquicamente
importantes en el nuevo orden.
Durante las revoluciones existe un estado confuso o inestable entre el
precedente y el que nace: esto se debe a que los miembros de la sociedad en
cuestión van distanciándose del orden anterior y desobedeciéndolo (van
generando suficientes disposiciones conscientes como para enterarse de que
las normas o reglas en uso no son las únicas posibles ni las mejores, o como
para solidarizarse inconscientemente con los comportamientos rebeldes).
Durante un tiempo, más o menos prolongado, las oposiciones entre los
miembros de ese sistema se vuelven virulentas, aumenta la lucha entre
quienes defienden lo instituido y quienes se proponen modificarlo. Tales
fases o estados preludian un reordenamiento que se ha denominado etapa
negaentrópica (cfr. infra).
Podemos reinterpretar lo que Hegel llamó «negación de la negación»
como una forma de aludir a las reestructuraciones sociales que se acom­

118
partan de cambios radicales, o sea de las normas y del programa funcional:
después de múltiples vicisitudes, dice, la «idea» (el orden) regresa a sí
misma (se autorTepliega) «enriquecida», y a partir de entonces podrá haber
cierto metaequilibrio (permítasenos añadir esta palabra con la que
designamos los procesos constantes de reestructuración), hu ta que las
«contradicciones» entre posiciones, que se excluyen recíprocamente (o que
rebasan las meras oposiciones indispensables para el desarrollo de un
programa operativo; ejemplo de las últimas son los enfrentamientos entre
obreros y patrones que se han sucedido y se suceden en el capitalismo
durante las revisiones contractuales) la obliguen a salir de sí misma para
cambiar nuevamente.

DESINTEGRACIONES DE LOS SISTEMAS

Las selvas tropicales o nuestras sociedades han sobrevivido porque se


renuevan: se reconstruyen o reestructuran y superan sus antiguu formas de
funcionar. Su evolución rompe la simetría temporal (cuya formulación
abstracta reza: lo que sucede hoy sucedió ayer y sucederá mañana en x
número de casos, si las condiciones son las mismas); la reversibilidad (la
misma dirección de los procesos en el tiempo), obliga a sus investigadores a
que las describan utilizando indicadores de espacio y de tiempo y
pormenorizando sus trayectorias: «En un mundo en que el maiana no está
contenido en el hoy, el tiempo tiene que construirse»6. También tales
investigadores tienen que describir las trayectorias de los sistemas humanos
(pueblos, naciones...) que se desintegraron porque no alcanzaron la
competencia indispensable para amortiguar o superar los «retos» de lo
extrasistémico. o porque las conductas «patológicas» (Lorenz asi las califica)
de sus miembros fueron incapaces de responder adecuadamente a los
obstáculos, o porque tales sistemas fueron arrasados... En suma, porque sus
miembros no supieron o no pudieron llevar a cabo la autopoiesis. Su
extinción no es igual a que desaparezcan del mundo sin dejar huella, sino
que aquí y allá dejan testimonios de su paso. V. gr. en el vocabulario, en
instrumentos técnicos, en... (los productos culturales desaparecidos con­
suman su conversión en otros productos; por ejemplo, los mitos que
devinieron formulaciones literarias o relatos de la Historia).
Prigogine dice que los sistemas llegan a un umbral de inestabilidad o
«punto de bifurcación» que les plantea dos opciones: el crecimiento del

6 Prigogine, ibid., p. 37.

119
desorden y su consiguiente desaparición, o el amortiguamiento del desorden
mediante sus cambios. Habermas denomina «punto crítico» a esta situación
álgida (crisis, aclara, es la fase de una enfermedad del organismo y, por
extensión, de una sociedad, en que se decide si sus defensas bastan para que
sane, o si sobreviene su muerte). Por su parte. Durkheim se refirió a las
situaciones de desintegración social como «anomia». Estos planteamientos se
entienden fácilmente si los aplicamos a clubes, asociaciones, sindicatos,
pueblos (ahora «fantasmas») y culturas desaparecidos (que no pueden decir
«Hoy es siempre todavía»)7. Sin embargo, no es sencillo descubrir este
punto crítico en el caso de los sistemas que sobreviven. ¿Acaso es aplicable a
procesos en que la organización o programa funcional conjura la «en­
fermedad» y su propia desaparición, sea el caso de la depresión
norteamericana de los años veinte? ¿Se aplica a ciertas revoluciones o
cambios del sistema (no sólo en él)? Para resolver estas dudas los
investigadores habrían de trabajar minuciosamente (desde una perspectiva
temática y jerarquizando importancias) los casos particulares, mientras
discurren lo que pudo ocurrir (aunque no ocurrió), lo cual siempre es peli­
groso porque pueden estabilizar desarrollos no recurrentes o imprevisibles.

LA ENTROPÍA COMO MEDIDA DEL DESORDEN


Y DE LA CREACIÓN

La descripción de los hechos históricos de nuestras sociedades y las


vicisitudes que experimentan nuestros productos culturales forzosamente
contempla matices que no podemos rescatar aquí (v. gr. cuando la
información de los cambios que hubo en una comunidad aceleraron los de
otras que, a su vez. «brincaron» las fases organizativas que las primeras
desarrollaron «paso a paso»; cómo han coexistido formaciones sistémicas o
culturales disímbolas...). Lo que sí nos interesa destacar es que los
historiadores construyen el tiempo cuando detallan cómo cambiaron
nuestros sistemas y por qué algunos se desintegraron. Este asunto inquieta a
muchos científicos y, por lo mismo, han invitado (entre otros) a los
estudiosos del pasado humano a que intervengan en el diálogo
interdisciplinario que se desarrolla en este siglo x x . El primer resultado
visible del intercambio de ideas es que se ha generalizado el uso de
«entropía» para referirse a los estados que preludian una transformación.

7 A. Machado, «Proverbios y cantares» en Poesías completas. México. Editores


Mexicanos Unidos, 1981, p. 244.

120
Para entender esta acepción demos un rodeo por unos cuantos plantea­
mientos de la termodinámica.
En la linea contemporánea de reconceptualización, la calificación de los
sistemas como «abiertos», «aislados» y «cerrados» ha remitido a «materia»
y «energía», y estos últimos conceptos a los planteamientos de Sadi Camot,
Clausius, Gibfas y Boltzmann, y específicamente a su noción de entropía (que
se simboliza con la letra 5). Ésta no ha interesado como medida de la
disponibilidad que tienen las máquinas térmicas p an convenir el calor en
trabajo, porque los historiadores y demás investigadores de las
organizaciones vivas temen las consecuencias distorsionadoras que provoca
la analogización de éstas con máquinas; pero sí como pérdida de un orden.
El primer principio de la termodinámica explica la conservación (la no
degradación) de la energía disponible en el sistema; por ejemplo, una barra
de metal aislada, inicialmente caliente en un extremo y fría en el otro,
alcanza paulatinamente una temperatura uniforme debido a la trasmisión
calórica (si hubiera un aumento de calor se deberla a que el cuerpo lo ha
recibido del entorno). El segundo principio trata la pérdida o degradación
de la energía cuando no existe una transferencia inversa completa; por
ejemplo, en una máquina sólo una parte de la energía calórica (la
temperatura se utiliza como una propiedad para establecer las relaciones de
orden entre unos cuerpos y el parámetro más caliente o más frío) se
transforma en mecánica. Se llama «entropía» a la función del estado del
sistema relacionado con el intercambio de calor con sus alrededores. En
tanto disipación o pérdida es una medida de desorden que sirve para decidir
qué tan imperfectos son los «mecanismos» conservadores de un sistema
aislado o de masa constante. Esta clase de sistemas se caracterizan por sus
restricciones. Cuando se remueve una de éstas se induce un proceso que
acaba imponiendo otro estado de equilibrio menos restringido. La variación
entre el estado primero y el segundo alude a fenómenos irreversibles que
han de describirse construyendo sus trayectorias, lo que se simboliza
introduciendo la variable (DS).
Este segundo principio de la termodinámica prevé que los cambios
evolucionan hacia un estado estacionario y que el crecimiento de la entropía
degrada el orden; las ciencias de la vida y más específicamente las sociales
humanas (si se prefiere, las humanidades en general) desechan aplicar esto a
sus materiales: los cambios históricos no se acaban ni tienen por qué
acabarse, según hemos oído decir, porque ello significaría la desintegración
de los sistemas vivos; tampoco el incremento de la complejidad de los
sistemas vivos ha de desordenarlos. En suma, los investigadores de estas
ramas del conocimiento acuden al concepto de entropía para enfatizar que

121
los sistemas que estudian son innovadores: actúan como el dios destructivo
de que habló Nietzsche, a saber, lo que crea primero tiene que desorganizar
o destruir el orden ya existente.
Antiguamente se deda lo mismo mediante enunciados acerca de la vida
como hogar de los comportamientos libres que se apartan de las
repeticiones; hoy se aprovecha y readapta la terminología de la física: al
estudiar nuestros sistemas nos enfrentamos a «espacios surcados por
procesos morfogenéticos definidos en términos de umbrales de inestabilidad,
de competencia, de captura, de dimensiones generalizadas»1. Esta cita quiere
comunicamos (también) que no tiene sentido tratar de explicar la vida
mediante leyes probabilísticas, taxonomías esencialistas o cortes sincrónicos
que no se completan con las trayectorias que existieron entre unos y otros
estados de un sistema. Los historiadores también han llamado entrópicas las
etapas de la lucha armada, las guerras, las sociedades con ritmos de
evolución rápidos comparativamente con otras; y entrópicos llaman a los
planos sistémicos que se desarrollan más deprisa (sea el caso del ideológico
comparado con el económico). Es fácil darse cuenta de que estamos
atrapados en un laberinto de acepciones y metáforas; por ejemplo, no todas
las luchas armadas pueden denominarse épocas entrópicas, si es que
queremos significar la confusión y el desajuste social que preludia y va
creando cambios sistémicos radicales. Para que «entropía» designe estados
sociales de mayor desorden y, sin embargo, creativos, tendrían que
caracterizarse más precisamente. En resumen, es menester definir para
saber de qué cambios estamos hablando, porque los de reestructuración, que
desde el puntó de vista de las descripciones morfológicas son diferentes, son
básicamente lo mismo desde el punto de vista del código: variaciones de una
fase capitalista, por ejemplo (Shannon presentó un enfoque alternativo
aplicable a los usos de la lengua: si el número de estados permisibles
aumenta, también aumenta la entropía del sistema; donde hay mayor número
de estados permisibles, hay mayor información — más creatividad
sintáctica—. Y. sin embargo. Chomsky mostró que las normas sintácticas
admiten un número infinito de combinaciones o estados permisibles,
mostrando lo equívoco que es el concepto de «información»; además, quien
mide compara, y no tenemos criterios comparativos bien fundamentados al
respecto). Curiosa paradoja es ésta de que, según anotamos antes, la
estabilidad u homeostasis de los códigos de nuestras sociedades la realizamos
cambiado constantemente sus formas de construcción o sus estructuras
(cambiamos para no cambiar, según un adagio).

1 Prigogine, ibid, p. ISO.

122
Otros datos que hay que tener en cuenta pañi emplear adecuadamente el
término de «entropía» los proporciona Paul Weiss en «Causality: linear or
systemic?». Según escribe, en los sistemas vivos la variación de «subidas y
bajadas» en la producción y consumo de energía, en los casos menos
históricos de cierta reversibilidad (por ejemplo en los procesos
regenerativos del cuerpo o la recuperación de una ciudad después de un
sismo) y en los m is históricos de inevcnibilidad, niegan la entropía como
desorden que antecede a un proceso de evolución significativo, y esto porque
tanto en los cambios en el sistema, como de cambios de él, las partes
cambian más que el todo en consideración. Ahora bien, la clave para
entender las organizaciones vivas y muchas no vivas es que están formadas
por subsistemas de mayor inestabilidad y menor invariancia que la unidad
total. Si se registra el aumento de la dimensión o tamaño de un fenómeno x
durante el tiempo r. la desviación promedio se define como su variación
(Vx); midiendo igualmente las partes, durante el mismo tiempo y bajo las
mismas condiciones del todo de que son partes, se establece que las sumas de
sus variaciones (va + vb + ve... + vn) comparadas con Vx son signifi­
cativamente mayores: Vx< (va + vb ♦ ve... + vn). Luego, la estructuración
jerárquica mantiene su relativa conformidad holística. O sea que en nuestros
sistemas el orden es mayor en la unidad compuesta que en sus partes.

RITMOS DE CAMBIO

Al comparar los sucesos sistém aos se han descubierto los diferentes


ritmos de cambio que median entre: los metaestables sistemas vivos y los que
carecen de su complejidad: entre las estructuras y los programas funcionales
de nuestras organizaciones; entre las partes y el todo sistèmico; entre los
periodos evolutivos de un sistema (Saini-Simon los llamó orgánicos y
críticos, o sea de cambio lento y acelerado, respectivamente); entre los
planos sistémicos (por ejemplo, en los primeros años después de la
independencia de México las secuencias de las transformaciones políticas
fueron mayores que las económicas); entre la sociedad y los productos
culturales (entendidos como los productos que pueden trabajarse como
signos de su organización productora): nuestras sociedades «fabrican
entropía o desorden como sociedad y fabrican orden como cultura»9. En la
lección 52 de su Curso de filosofía política, Coirne criticó, contradiciendo
sus propias ideas, las teorías unitarias del desenvolvimiento social y cultural,

9 Chartom ier-Lévi-Stnuss. Arte, lenguaje y etnología, p. 35.

123
y en La rama dorada Frazer señala que las creencias y prácticas de la magia,
una actividad cultural, se han resistido a desaparecer, a pesar de las
transformaciones que aparentemente habrían de desacreditarla, en nuestros
sistemas). Por su parte, Lévi-Strauss ha trabajado los ritmos de cambio
comparando las jerarquizadas sociedades calientes o máquinas de vapor, que
degradan con rapidez sus estructuras, y las igualitarias sociedades reloj o
frías, cuya temperatura histórica intema está próxima al cero porque sus
miembros las han concebido p a n durar, para que se preserven (constituidas
por unos centenares o miles de personas con fuertes contactos personales, y
gobernadas tomando en consideración lo que piensan y quieren sus
miembros). Admitir que hay diferentes ritmos de evolución social (y de
manifestaciones culturales) no obliga a rescatar el esencialismo. porque las
sociedades reloj y sus productos culturales también están en la historia. Para
entender tales sociedades, los historiadores conciben preferencialmente el
corte temporal o sincronía que hayan escogido, sin que dejen de remontarse
hacia el pasado. Toman una perspectiva histórica porque la historia está en
cada estructura, en cada programa funcional y en cada interpretación y
reinterpretación de unos signos: mutilando las partes de sus interrelaciones,
o aislando las unidades compuestas de su pasado y de lo extrasistémico, se
obtienen explicaciones oscuras y bastante incomprensibles («enajenadas»:
Hegel).
Una conclusión de lo anterior es que, desde el ángulo del tiempo, ocune
que nunca nos renovamos totalmente, sino que guisamos lo nuevo en la salsa
del pasado, y guisamos el pasado en la salsa del presente (los parecidos no
significan igualdad).
Partiendo de la observación de que la Historia se basa en distintas escalas
de medida temporal, día a día (relato lleno de peripecias), por decenas,
veintenas de años o siglos y milenios. Braudel dividió los tiempos históricos
en tres: el humano, como los individuos lo vivieron o sintieron, es decir,
como «oscilaciones rápidas y nerviosas»10, y cuyo conocimiento está todavía
en ascuas; en el social, que abarca las distintas facetas de la vida colectiva
durante un período; y en el tiempo largo de las civilizaciones, que «sólo se
puede cruzar con botas de siete leguas»11, que tiene un fluir de cámara lenta
o de insistentes reiteraciones. También concreta sus investigaciones
principalmente en el Mediterráneo y en varios ámbitos geográficos: el
austero de las atrasadas y dispersas poblaciones de las montañas que
permanecen extramuros de la civilización más cambiante de las tierras bajas,

n Braudel. Las clviliiacúius actuales, p. 18.


11 Ibtd, p. 41.

124
y el mundo múltiple de las mesetas y los llanos, donde se oyen «ecos» de
abundancia y comodidad, de la «alegría de vivir»; el de tierras cercanas a
los mares angostos, tan influyentes en la historia, sobre todo si sus habitantes
se apoyan en una urbe; el de los desiertos, el de las islas; el... También
Braudel relaciona el emplazamiento y los cambios dim iticos: si son
extremos, la gente vive una gran pausa en el invierno —meses de planes—,
y un ritmo precipitado en primavera y verano.
Sin embargo de lo notablemente sugerentes que son los textos
braudel ianos respecto a los ritmos de cambio, no nos convencen, no sólo
porque simplifican (las «atrasadas» montañas han sido zonas fabriles porque
tienen carbón, madera y hierro), sino porque unen el tiempo a una
taxonomía de caracteres y comportamientos que deshace las direcciones o
programas funcionales. Veamos. En las zonas rurales, montañosas o no, de
Cataluña perviven normas de conducta que se remontan a su etapa de roma­
nización. De acuerdo con el censo enfttéutico del derecho civil romano, que
se recogió en los Usatges (Usos y costumbres, 1086), primera recopila­
ción de leyes catalanas, pueden fragmentarse las posesiones territoriales; por
ejemplo, en la etapa feudal el señor premiaba los servicios que se le presta­
ran —v. gr. en sus mesnadas— con una porción de sus tierras; el
beneficiado le pagaba dos veces al año (los días de san José y san Miguel,
equinoccios de primavera y de otoño respectivamente), o en esas mismas
fechas le reconocía su señorío entregándole un saco de trigo, un vaso de
agua, o... Esta facilidad de adquisición trajo consigo la afectación de las
grandes tierras de labor. Como contraparte, en los Usatges también se
establece que. en conformidad con el derecho civil romano, aunque en
contraparte del mencionado censo, no hay testamento sin un continuador de
la personalidad del difunto. Por esta defensa del patrimonio familiar de los
campesinos, el hereu o la pubilla, hijos primogénitos, heredan las casas
pairáis (que pueden mantener el apellido de un antiquísimo ascendiente cuya
identidad quizás se ha olvidado), debiendo permancer junto a sus padres, y
estando obligados a mantener a los hermanos que no hayan retirado la parte
de la herencia que les pertenece legalmente (la legítima). No obstante que
esta norma tiene un origen remoto, ha de entenderse en cada época, o sea
por las funciones que rigen; hoy en Cataluña la agricultura ha descendido
mucho en la jerarquía de importancias económicas (excepto en Reus. centro
productor y distribuidor de avellana y almendra); las industrias (incluyendo
las agrícolas) han minimizado las casas pairáis hasta el punto de que los
herederos las conservan como lugares de descanso o diversión. No es lo
mismo la Cataluña agrícola actual que la que existió en la fase de su
romanización o en el medievo, y eso aunque sus ritmos de transformación

I2S
Vil

LOS INDIVIDUOS Y LA HISTORIA

Inspirándose en el siguiente fragmento del poeta griego Arquíloco:


«Muchas cosas sabe la zona, pero el erizo sabe una sola grande»1,1. Berlin
caracteriza a los investigadores fanáticos —erizos— que se obstinan en
explicar la historia por medio de rígidos métodos o postulados
omniabarcantes (como los que propusieron los positivistas y los filósofos
especulativos de la historia), y a los escépticos —zorros— que se dispersan
en detalles de lo subjetivo que tienen poca importancia. Inspirándonos en el
inspirado Berlin nosotros decimos que si la imaginación creadora lograra la
croza de ambas especies, limaría tamo las asperezas de los dogmatismos
como las dispersiones: teniendo en cuenta las diferencias individuales que
fueron históricamente significativas, el zonerizo (valga la condensación)
aprendería a hacer y rehacer las explicaciones gracias a su capacidad de
síntesis. Nuestra perspectiva bolista o sintetizadora —de erizo— también
contempla —como la zorra— que si bien las personas dependemos de
nuestras sociedades, nuestras conductas también las organizan, las mantienen
y cambian sus formas o composición y sus códigos o normas operativas.
D e s d e el á n g u lo d e la e x p lic a c ió n , cada miembro de u n sistema (el
investigador establece la extensión de este concepto, aunque debe respetar las
unidades compuestas que existen de hecho) es un centro que genera
conductas. Y cada una de éstas es subdivisible en comportamientos (muchos
o pocos) que tienen un mismo motivo o un mismo sentido (u orientación):
entrar en un supermercado, escoger unas mercancías y pagar por éstas en la
caja son los tres comportamientos que forman la conducta de x individuo;
conspirar contra una metrópoli es una conducta escindible en n com­
portamientos de los individuos x, y. z... Ahora bien, como las conductas
son personales y como los historiadores pueden ampliar o reducir el radio
de suS enfoques sistémicos. acostumbran a séBalar una comarca, un país...
como centros generadores de conductas mediante el recurso de perso­
nalizarlos: «México y Chile rompieron sus relaciones diplomáticas después
del golpe de Estado de Pinochet» es un ejemplo ilustrativo.
Según los enfoques sistémicos, las orientaciones conductuales se oponen
y hasta se excluyen entre sí (lo que ocurre en el caso de las conductas

1 Eterizo y la zorra, p. 39.

129
sucesivas de una misma persona o de varías); tomando como criterio la
coherencia, no la vida histórica de cada individuo y de cada colectividad, se
descubren modos de comportamiento que se oponen y se repelen porque
unos no se siguen «lógicamente» de otros; por ejemplo, un defensor de la
necesidad de comprobar las predicciones puede creer asimismo en los
vaticinios de los horóscopos, cuyas mañosas redacciones impiden comprobar
su verdad o falsedad. En cieña medida todas las culturas y todos los
individuos somos «contradictorios»: rebasar cieno nivel de coherencia
puede indicar una enfermedad mental, aunque nada es más coherente que un
delirio paranoico, y éste se diagnostica porque las interpretaciones del sujeto
violan el «principio de realidad» o lo que ocurrió, no la secuencia
argumentativa. El historiador describe ese juego de oposiciones y
semejanzas parciales de los motivos u orientaciones de la conducta mediante
enunciados de la forma: «La lucha entre tlaxcaltecas y mexicas. dos pueblos
antagónicos, fue aprovechada por Hernán Cortés para derrocar la Gran
Tenochtitlan».
En tanto analiza los procesos sistémicos, la Historia revela las conexiones
internas entre las conductas efectivas de quienes participaron en los procesos
históricos desde una posición opuesta a un statu quo (a su vez. los futes de
los miembros de cada bando también son semejantes o diferentes entre sí).
La oposición entre conductas mantiene un estado sistèmico siempre que éstas
son funcionales, o sea. siempre que cumplen con los fines, o sea con las
normas o reglas operativas establecidas; y lo transforman en otro estado
siempre que, además de oponerse entre sí, unas no son funcionales y logran
agredir la coordinación de las normas o reglas operativas instituidas. Es por
esto que cuanto más sabe de la fase, del ámbito o estado de un sistema, el
historiador menos desecha las conductas individuales «efectivas» (Meyer)
que defendieron la conservación del orden social contra las que quisieron
cambiarlo, y viceversa.
Ahora bien, la argumentación de que la historia la hacen los sujetos
morales, libres, en el sentido de que se conducen con independencia de todos
los condicionamientos de la organización en que se desarrollan, es un
planteamiento demasiado estrecho e incomprensible, que diviniza a
individuos que necesariamente son productos sociales; aunque el
planteamiento de que los individuos están hechos por las situaciones sociales
sin que ellos las afecten, sin que sean productores, es decir, que la
investigación puede prescindir de sus comportamientos, nos parece un
planteamiento demasiado amplio y tan incomprensible como el anterior.

130
Es (...) errado decir que en la historia no importan las
personalidades individuales, sino que en todas paites sólo es
decisiva la vida «general» de las masas, pero es igualmente falso
buscar los factores decisivos y las fuerzas impulsoras siempre en
los actos de personalidades individuales y declarar, como Carlyle,
que la historia se reduce a la suma de biografías7.

Las ideas de esta cita, con las que coincidimos, tienen que defenderse de
las ideas que son sus contrarias. De esto nos ocuparemos aquí.

HISTORIA DE HÉROES Y VILLANOS SOBRENATURALES

Recordemos la manera más antigua de estudiar los individuos, o agentes


históricos, y sus comportamientos. La materia prima de los textos
contemporáneos de Historia (las excepciones son raras) son los sistemas y las
conductas de gente común y corriente, no los míticos y legendarios héroes
divinizados: «la humanidad está compuesta de individuos conectados por la
relación humana que confiere su unidad al mundo del hombre»7. Gío. la
musa de los historiadores-mitólogos, ha muerto: ahora los relatos sobre las
hazañas de los antropomórficos seres sobrenaturales ha quedado a cargo de
sacerdotes y literatos: antes, esa musa, y los héroes y los villanos, híbridos
de dios o diablo y hombre, formaron parte de las creencias populares
porque se pensaba de otra manera, y porque antropomorfizando la realidad
y divinizando o rindiendo pleitesía a unos hombres «elegidos», altruistas, de
«buena voluntad» y «operadores de cosas altas»2*4, algunos mitos cumplían la
función de afianzar las instituciones o de instituir unos modos de
comportamiento. La contrapartida de esos valientes, decididos, inteligentísi­
mos y casi omnímodos personajes eran los malvados villanos o amihéroes.
antítesis de la bondad heroica, pero también supremos ejemplares de la
especie en cuanto a su inteligencia, muy por encima de las moldeables
mayorías o masas amorfas, que eran descritas como comparsas. En los mitos
el tercer agente histórico, además del héroe y el villano, eran los dioses o
dios, según el caso. Por ejemplo, en el Éxodo (20,2 y 3.14) está escrito que
Yahvé —yo soy— planeó la salida de los israelitas de Egipto, la casa de los
siervos gobernada por Ramsés II, protegiéndolos en esta empresa. Desde que

2 Ricfcen, Introduaión a los problemas de lafilosofía de la Historia, p. 108.


J La historia como hazaAa de la libertad, p. 207.
4 TobtoL La guerra y la paz. p. 108.

131
Moisés recibió la gracia de Yahvé fundó su prestigio de guía o paladín en
una frase descriptiva: «yo soy quien soy» (3.14). o sea que afirmó su papel
(sus funciones en una organización teocrática) bajo el equívoco de ser dios
—yo soy— por participación —quien soy—. Si su expresión se hubiera
limitado a autopresentarse como mediador, o marioneta programada por
dios —el otro—, se hubiese negado a él mismo como vida autonegulativa y
capaz de regular un sistema humano. Moisés es un clásico protagonista de las
narraciones míticas.
A lo largo de siglos la Historia fue abandonando las figuras sobre­
naturales. Lo que prosiguió fue un aprecio tan incondicional a los
«héroes», que los historiadores continuaron identificando su tarea con la
narración de las hazaAas y de los contenidos «espirituales» que trajeron al
mundo los dirigentes, líderes y caudillos, que eran calificados como
manantiales inagotables de ideas y sentimientos nobles. Todavía Croce
escribió que:

En la esfera práctica se prescinde (...] de los que son eterno


vulgo, dedicados exclusivamente!...] a sus asuntos privados |...] y
se toma en consideración tan sólo a los hombres verdaderos,
animados por una asidua demanda del bien común, y en
consecuencia por un ideal moral, a los que efectivamente llevan
adelante a la humanidad con su obra, éstos son intrínsecamente los
representantes de la libertad3*.

Para ilustrar la costumbre de presentar a los villanos como seres


impositivos y a los héroes como representantes de los intereses colectivos
más pujantes, en su Filosofía de la Historia Dray recuerda que Stampp
recabó la información de cómo varios historiadores explicaron la guerra
civil norteamericana. A. Nevis sustentó la «teoría de la conspiración»:
seleccionó unos cuantos nombres como significativos, valorando los sectores
implicados según lo «razonable» de sus acciones6.
Respecto a los obligados tributos que se rinden a unos mártires —héroes
entre los héroes—, abundan las anécdotas ilustrativas: en la escuela ele­
mental mexicana fuimos inducidos a simpatizar con Cuauhtémoc y a odiar a
Hernán Cortés (y de paso a la «degenerada» Malinche y a los tlaxcaltecas)

3 Croce, ap. cu. p. 206.


6 Dray recuerda que la «teoría revisionista», sustentada por Cruvel y Randall. repane las
responsabilidades entre los bandos en pugna; y la «teoría del conflicto» argumenta que
las personas no pueden evitar el conflicto ni su desarrolla

132
mediante relatos acerca de ambos que los presentaban como genios, benéfico
y maléfico respectivamente, que parecían salidos de una botella, no de un
contexto social. Para aprobar la asignatura de Historia memorizábamos una
retahila de nombres de «iluminados» reyes, papas, gobernantes, paladines y
demás «bien nacidos» que se referían a sí mismos con el plural mayestático.
traducible a «dios y yo queremos o mandamos» (cada vez que preguntamos
a los profesores el porqué de esta afición a la primera persona del plural,
nos respondieron que por modestia, que el nimbo de los grandes hombres es
la sencillez).
Según la consabida fórmula de la Historia individualista, el trabajo del
historiador principia y acaba en las conductas de las personas (Samuel
Ramos aclara que el término latino persona significó «resonar a través de»
referido a la máscara que usaban los actores para declamar un papel al
«personalizar» un carácter)7 que han ocupado las cúspides de los gobiernos
o de los movimientos subversivos: han sido los actores de la historia porque
han tenido mayor influencia en el desarrollo social. El primer prurito
acerca de esta manera de explicar las cosas fue que los historiadores no
exageren las virtudes y los vicios de los héroes y villanos, porque si no, caen
en contradicción, como sucedió con Thiers. quien afirmó que la bondad y el
genio de Napoleón le permitieron alcanzar el poderío que tuvo, mientras
para Lanfrey, republicano. Napoleón lo alcanzó mediante la mentira y el
engafio1: «es menester —escribe Salustio— que las palabras igualen a los
hechos; ya porque hay muchos que si el escritor reprende algún vicio, lo
atribuyen a mala voluntad o envidia; y cuando habla de valor grande y de la
gloria de los buenos [...] lo tienen por mentira, o por exageración»’ .
Los historiadores que exaltaron las glorias de una «autoridad» no se
inquietaban por «sofisticaciones» metódicas que justifiquen el paso de la
conducta individual a los procesos colectivos: para evitar embrollos
seleccionaban los comportamientos de quienes ocuparon una posición de
mando (un gobernante, un cabecilla, un jefe militar... Espartaco, Julio
César, Napoleón...), o sea las personas que supuestamente interpretaron las
necesidades y los deseos colectivos y trataron de satisfacerlos. El segundo

7 «La palabra latina persona (máscara) traduce la palabra griega que significa papel o
personaje dramático. Sólo a través del uso gramatical de persona para designar las tres
personas (yo. tú. él) adquiere la palabra la significación de ser animado o de persona
humana». Patrice Pavis, Diccionario del teatro: dramaturgia, estética y semiología, trad. de
Femando del Toro, supervisión de Kim Vitar, Barcelona, Paidós, 1980 (Paidós/Comunica-
ción. 10). p. 354.
1 Tolsioi ejemplifica en ibid.
* EnWagner. La ciencia de la Historia, p. 42.

133
prurito, en contra de esta manera de proceder, lo encontramos en el epílogo
(pane I, capítulo II) de La guerra y ¡a paz, donde Tolstoi objetó la opinión
de que los sujetos que ocupan las cimas del poder simbolizan los bandos en
pugna: no se ha dado la organizacón en la cual representen verdaderamente
la suma de las voluntades de las mayorías, y este aislamiento se agudiza más
en las grandes concentraciones y en las comunidades altam ente
jerarquizadas. Luego, los historiadores deberían ser más cautelosos en sus
apreciaciones sobre los exponentes de las facciones en pugna. O sea que la
economía del discurso no justifica la elección de un individuo como
protagonizador de un compromiso: la Reforma de México no fue obra úni­
camente de Benito Juárez, ni la defensa del imperio mexica de Cuauhtémoc.
decimos nosotros a manera de ejemplo....
Tolstoi sigue diciendo que gran pane de esta Historia individualista
trastabilla en panidarismos que no pasan de ser exaltaciones montadas en
adjetivos, y es poco matizada aun en su radio panidista: la «voluntad» o
finalidades de los contingentes que son englobados bajo el apelativo de
«pueblo» difieren y a menudo son incompatibles (hay rivalidades entre
grupos y subgrupos, entre clases y sus fracciones, y desde luego entre in­
dividuos). amén de que nadie en concreto representa siempre los intereses y
fines de un grupo o de una clase. Por otro lado, muchas veces el «gran
hombre» es como el camero obediente que el pastor engorda para la
matanza: puede haber un Rasputín tras cualquier gobernante; además,
cuando alguien ocupa las cumbres del mando, o lleva el cencerro, podríamos
imaginamos que dirige el rebaño; pero lo cierto es que muchas veces
participa menos directamente en los procesos porque cuanto más alto se
encuentra un cabecilla en las pirámides de autoridad, tanto más lejos está de
las bases, siempre espontáneas, y tanta menos autoridad ejerce: sus órdenes
no se cumplen, o se olvidan, o quedan invalidadas debido al curso que
tomaron los acontecimientos, o se ejecutan de manera contraria poique se
formularon de manera «indefinida» (el lenguaje abunda en sedimentaciones
o cargas históricas de significados); o... Cuán farsantes son, según Tolstoi,
las personas que se dicen cabezas de la vida social, demandándole ai
historiador que escriba la Historia de un borrego y no del rebaño. .
Si bien podríamos acusar de exageradas las anteriores aseveraciones
tolstoianas, sí previenen de las Historias que atribuyen una libertad
inestricta a los líderes:

Si unos hombres arrastran un tronco, cada uno de ellos expone


su parecer sobre la manera como debe ser arrastrado y el lugar
donde hay que depositarlo. Y cuando llegan al sitio señalado,

134
El tronco lo arrastran todos; por lo mismo, las estructuras de autoridad
han de medirse dependiendo del número de subordinados, del control, de la
difusión y de lo centralizado que está el mando, junto con: los polos de
decisión (que no se identifican siempre con la autoridad nominal), con las
influencias, la comunicación, las relaciones entre subordinados y junto con
otros elementos que el historiador reconocerá en los testimonios. Pero esta
es nuestra opinión; para Tolstoi. entre otros, lo medular en la historia es la
vida pública, el engarce de los comportamientos. L a Historia de colectivos
que propone se fundamenta en otra escala de valores: la vieja historiografía
daba «demasiada importancia a los acontecimientos políticos [...] y con ello a
personas individuales»; la nueva tendría que «ocuparse menos de las
acciones políticas de personalidades individuales y más, en cambio, de los
movimientos de masas»11 o de mayorías, porque lo importante históri­
camente es lo que ocurrió a causa de los individuos, así en plural:
evolucionamos por las grandes y pequeAas oposiciones masivas a las normas
sociales.

Se les dice a los estudiantes que no presten demasiada atención


a los factores personales o a las figuras heroicas o excepcionales en
la historia humana. Se les recomienda que presten atención a la
vida de los hombres comunes, o a las condiciones económicas, o a
los factores sociales1
0112.

Sin embargo de lo loable de este giro, nosotros creemos que no es


razonable la disyuntiva entre Historia individual o colectiva, porque los
análisis completos suponen ambos puntos de vista y la exclusión de la
perspectiva que no hace referencia a las personas y difumina los
comportamientos de éstas. Para ejemplificar interpretemos a nuestro gusto y
manera el verso 7 ,1 3 del Cantar de tos cantares: «Oh tú, la que moras en
los huertosJ Los compañeros escuchan tu vot j Házmela oír». Unas mujeres,
cuya voz ya no escuchamos, cuidaron el huerto que regaban las aguas del
Nilo. Sabemos que ellas contribuyeron decisivamente a un proceso social
porque en el Éxodo se lee que el faraón Ramsés I! avasalló al pueblo de

10 Tolstoi, ibid.p. 941.


11 Ricken, op. cd., pp. 68 y 63 respectivamente.
12 R icken, ibid., p. 62.

135
Israel, ocupándolo eo labores serviles, y del campo, y del barro y del
ladrillo; que también lo sobrecargó de impuestos y que. finalmente, mandó
asesinar a los varones israelitas recién nacidos. Envalentonado, este pueblo
se reprodujo más. También las parteras egipcias desobedecieron al preservar
la vida de los niftos, violando así la norma operativa del esclavismo según la
cual el amo tiene derecho sobre la vida de sus esclavos. Moisés, que
comandó la huida de Egipto, Ramsés II, los israelitas y las parteras egipcias
tuvieron nombre, voz o «presencia histórica».

PROCEDIMIENTOS PARA INICIAR LA INVESTIGACIÓN


Y LAS DESCRIPCIONES DE LA HISTORIA

Después de reivindicar la importancia histórica de los individuos y de


los grupos humanos, tema al que volveremos unos párrafos adelante, caben
dos aclaraciones: la biografía es un género más literario que de la Historia; y
no está resuelto el problema de si la investigación y las descripciones de
quienes se dedican a estudiar el pasado humano han de iniciarse en lo indivi­
dual o biográfico, o bien en lo social. Según el «atomismo axiomático» el
historiador primero tiene que recabar datos sobre los individuos invo­
lucrados en los procesos sociales porque ellos son lo concreto, y lo demás
abstracciones que se encadenan en el vacío: los comportamientos de los
p u e b lo s son in in te lig ib le s al m a rg e n de s u s o rg a n iz a c io n e s ; d e c ir que una
sociedad está organizada en clases es una expresión hueca a menos que se
conozcan las relaciones de trabajo, y así sucesivamente hasta llegar a los
individuos. Igual que Hobbes aconsejaba el estudio de las cosas que van a
mezclarse antes del complejo resultante, Hippolyte Taine y Gabriel Monod
sostuvieron que los órdenes sociales fueron realizados y transformados por
unos sujetos; eligiendo y confrontando los testimonios sobre sus conductas
personales, se obtiene un perfil aceptable del periodo y lugar en que
vivieron.
Quienes conciben así la investigación del historiador también dicen que
las afirmaciones sobre hechos y propiedades sociales han de ser verificables
en los comportamientos subjetivos. Por lo unto, un lenguaje 5, cuya
extensión o aplicabilidad es lo social o colectivo, es legítimamente utilizable
si puede traducirse a un lenguaje P o personal; por ejemplo, «ejército»
significa el conjunto de fuerzas militares (terrestres) de una nación, y tiene
referencias si podemos enlistar los nombres propios de sus miembros:

136
Las bases M itológicas del individualism o m etodológico es el
supuesto de que la sociedad n o es alguna inim aginable especie de
organism o, sino que verdad e n m eme sólo consiste en personas que
se com portan d e m anera bastante inteligible y que se influyen
m utuam ente, d e un m odo directo y m ediato, en form a bastante
c ó m p re n s e le 13.

El procedimiento de iniciar las descripciones y terminarlas en lo que


hicieron los agentes o sujetos de la historia ha sido objetada, y con razón,
cono una «falacia genética» (Mandelbaum) en que incurrió el «pleamar»
teórico del «optimismo positivista»14 que no se ha percatado de que los
historiadores inician sus investigaciones en las condiciones materiales y
espirituales de la vida grupal, en la tradición o en las convenciones de la
comunidad, en el estado, en las instituciones y organismos de la sociedad
civil. En suma, las inician en lo que, bajo la influencia de Hegel, se llamó el
«espíritu objetivo» (las «culturas»). En este asunto lo indudablemente cierto
es que, antes de abocarse a estudiar los comportamientos subjetivos, ha de
tenerse un conocimiento general del estado o fase sistèmica en cuestión; las
tareas serán coronadas con el éxito si pueden relacionar tanto los modos de
comportarse de los miembros de un sistema, que estuvieron implicados en
el proceso de cambio que se investiga, como estos modos con la socie­
dad en que ocurrieron (amén de relacionar los demás componentes sociales
entre sí).
La plataforma de acuerdos entre los filósofos historicistas y sistémicos u
bolistas son: si el estudio sobre un proceso histórico olvida lo social,
fijándose sólo en lo que hicieron los individuos, es un remanente de las
nanaciones míticas que atribuían el curso de los hechos a la inspiración
sobrenatural o gracia divina que experimentaron los «elegidos» de un
grupo. Es iluminador, afirman al respecto, que los mejores tratados de
Historia siempre se inician y terminan en los procesos sistémicos, y los más
encebles versan sobre individuos que supuestamente son motores del
desarrollo, ocultando sus vínculos con la fase o estado sistèmico en que
vivieron (barren bajo la alfombra los condicionamientos sociales, dice
S. Lulces)1*. La razón de tal diferencia cualitativa entre ensayos se debe a

13 J. W. N. Watkins, «Tipos ideales y explicación histórica» en Alan Ryan tt al.. La


filosofía de la explicación social, p. 145.
14 Berlin, op. eil., p. 201.
13 S. Lukes. «Reconsideración del individualismo metodológico» en Alan Ryan a al.,
op. cit. p. 202.

137
que unos olvidan que somos animales sociales incapaces de sobrevivir fuera
de nuestras comunidades: la descripción de nuestros comportamientos es
explicativa si. y sólo si. no deja de lado lo sistèmico.
Los historicistas y varios representantes del positivismo redactaron
muchas páginas p a n argumentar que cada uno de nosotros está inmerso en
un espacio-tiempo u organización que le impone una perspectiva y unas
limitaciones: «yo soy yo y mi circunstancia» fue la expresión de Ortega y
Gasset con que resumió este punto de vista: la de Dilthey reza que estamos
en situación y todas nuestras creencias, motivos y conductas son situables.
En su Sistema de filosofía positiva Comte insiste en que las miríadas de
interconexiones de las sociedades sirven para interpretar las maneras
de pensar y de obrar de sus miembros. Los sucesores de estas corrientes
filosóficas han subrayado que la urdimbre social tiene prioridad explicativa
en la Historia. Mandelbaum redondea estas convicciones desde otro ángulo:
los enunciados del lenguaje S nunca son totalmente reductibles a enunciados
del lenguaje P. mientras que los enunciados del lenguaje P tienen que
acompañarse de otros en el lenguaje S (si se habla de militares es porque hay
ejército): los comportamientos que integran la conducta de un individuo que
entra a un banco, escribe algo en una papeleta, la entrega en la caja y recibe
una cantidad de dinero sería una descripción incomprensible para los
miembros de una hipotética cultura donde nadie se comportara de esta
manera, a menos de que tal descripción se complementara con un lenguaje S
acerca de las reglas o n o rm a s o p e ra tiv a s d e e s ta c la s e d e tra n s a c c ió n
monetaria. Así también, como nosotros desconocemos mucho de lo que
ocurrió en el pretérito, el historiador no puede dar por supuesto que su
lector maneja la información pertinente, sino que debe acompañar su narra­
ción acerca de las conductas con el lenguaje S correspondiente: si fuese
posible que el comportamiento individual se entendiera en términos de
rigurosos datos sensibles, los hechos sociales podrían reducirse a com­
portamientos subjetivos; pero no es éste el caso, y mucho menos en la
indagación de tiempos pasados, dice Mandelbaum.

ENFOQUES SOCIALES ANTIINDIVIDUALISTAS

A partir del acuerdo en cuanto a los niveles de inicio y de terminación


de las descripciones históricas, así como del carácter estructurado de las
sociedades, los enfoques sistémicos se separan en dos vertientes: la histórica,
que rescata la importancia de las personas en el mantenimiento y
transformación de los órdenes sociales humanos, y otra que la desecha.

138
1) Las ciencias que estudian los «hechos sociales» (expresión de
Durkheim) u órdenes colectivos suponen un código de normas (reglas)
operativas coordinadas que «determinan» el papel que desempeñan o
desempeñaron los sujetos según la posición que ocupan u ocuparon. El
conocimiento de los hechos individuales es indirecto porque está mediado
por el descubrimiento de una reglas o normas funcionales: si tales hechos no
respetaran (o no hubieran respetado) ninguna reglamentación o normad*
vidad, no serian decodificables o entendibles. Luego, los comportamientos
subjetivos pueden tipificarse, y el cambio histórico hay que buscarlo en los
otros componentes del sistema en cuestión, no en las personas.

2) Los nombres de las personas que cita el historiador como actores de


los procesos evolutivos podrían borrarse porque la organización social
impulsó el cambio: desde la perspectiva del sistema, los individuos se
reemplazan unos a otros en el cumplimiento de las mismas funciones; si
Napoleón no hubiera existido, otro u otros hubieran actuado igual que él
(Engels).

3) Si la historia la hacemos entre todos, ninguno de los sujetos


implicados en los p ro c e s o s d e tra n s fo rm a c ió n so c ia l a lc a n z a los o b je tiv o s
que lo motivaron a la acción. La voluntad que se expresa en la acción no
es un tema que merezca ser tratado: las explicaciones teleológicas
(intencionales) de la historia albergan el supuesto de que tras los compor­
tamientos individuales existen unos fines que se podrían cumplir, como esto
no ocuree. elimínense los individuos, y la historia quedará en calidad de
hechos sociales, de «astucias» de la razón histórica, en desarrollos
extrasubjetivos (Althusser. Hegel y el pensamiento moderno).4

4) Para evitar la circularidad que se genera al considerar los


comportamientos como causa del orden social y causados por él. postúlese
que las normas operativas los determinan sin ser determinadas por ellos. La
conclusión es que el polimorfismo, la variación, la unicidad de los procesos,
que los historiadores atribuyen a los modos de ser y actuar de los
individuos, se explicarían por medio de subcódigos o subnormas funcionales
comprendidas en un código más abstracto y estable que abarque menor
número de rasgos funcionales y oposiciones. Este procedimiento está dado
en la lingüística: las hablas regionales se explican mediante (sub)códigos que

139
forman pane de un código más abstracto (el español, por ejemplo) que no
excluye pero tampoco contempla la singularidad de las hablas. Al mirar las
cosas así, lo que parecen diferencias en un nivel son detalles sin importancia
(frente a las semejanzas que hay) en otro más abstracto, que permanece
idéntico a sí mismo. Encontrar estos códigos y aplicarlos es una tarea que se
opone a las disquisiciones históricas, que se empeAan en estudiar las
transformaciones y la singularidad de los sucesos, atribuyéndolos a los
comportamientos de las personas:

En cuanto el historiador organiza sus descripciones dentro del


marco de la teoría del sistema |del código], las elecciones de un
punto de referencia como la evolución (o como la historia en su
conjunto) quiebra el sistema referencial (los subcódigos que
recogen las diferencias] de forma «pie el historiador renuncia a su
función de narrador, cambiándola por la de un científico auxiliar
de orientación sociológica que proporciona datos16.

RESPUESTA A LOS ENFOQUES ANTUNDIVIDUALISTAS

Respondemos en bloque y en otro orden los argumentos anteriores,


dejando de referimos a alguno porque queda comprendido en una u otra de
nuestras argumentaciones:

1) La creencia de que el macromundo de la organización humana tiene


su espejo y certidumbre en el micromundo de sus miembros porque en tanto
seres sociales están «determinados» o «moldeados» por la situación
colectiva, no sólo instiga actitudes fatalistas y antisociales, sino que está
equivocada porque olvida que lo característico de una totalidad no puede
aplicarse a sus partes, ni viceversa: no puede traducirse el lenguaje S al P, o
viceversa (aunque son complementarios) porque se incurriría en falacias de
división y de composición (respectivamente).

2) Las especies sociales también son especies vivas o autorregulativas: los


códigos del sistema-individuo (o el armazón genético, la educación y en
general las vivencias personales) y del sistema-sociedad permiten que ambos
den los pasos siguientes de su evolución. A medida que desarrollan su
historia, van incrementando su singularidad como resultado de su autorre­

16 Habernos, La reconstrucción del materialismo histórico, p. 208.

140
gulación o libertad de sus interconexiones internas y con lo extrasistémico:
de códigos parecidos no pueden esperarse idénticos resultados. Cada yo está
«marcado» por una situación, por unas vivencias (que ocurren en puntos
muy precisos: locativos, temporales, de una clase, de una familia, de una
instrucción, de un sexo...) que se componen de manera sui gèneris. Desde la
perspectiva de las personas, lo que sucede a su alrededor y les sucede a ellas
semeja un diálogo lleno de resonancias que amplían los mensajes, los
reorientan, impiden recibir la riqueza de su información... Esto es. los indi­
viduos no son barro que se amolda a unos rígidos y perfectamente
uniformes moldes normativos. Prolongando este plano metafórico diremos
que estos moldes —las normas funcionales— no son rígidos, sino elásticos:
los múltiples granos de arcilla que moldean también cambian la forma de
ellos. Esto no tiene nada de extraño porque es característico de los seres
vivos. Con estas analogías pretendemos comunicar que las personas no son
independientes de su organización social ni ésta de aquéllas: ambas se
producen y estructuran entre sí de manera inesperada, porque los individuos
tienen libertad de acción y los códigos que han de gobernar sus
comportamientos no prescriben tan claramente lo que pueden hacer como lo
que les está negado hacer (salirse de los moldes operativos, agrediendo un
orden y los ordenamientos colectivos).

3) Cuando no se confunden los niveles (los individuos con las po­


blaciones de un ecosistema o las personas con sus sociedades), ni las
secuencias temporales de la descripción (primeramente el todo gobierna, o
«marca» a sus miembros que, a su vez, disponen de la normatividad). se
alcanza una visión histórica: «dos complementos ( sistema social y sistema de
personalidad) tomados en conjunto son los que constituyen un sistema
susceptible de evolución»!7. La circularídad explicativa de los enfoques
sistémicos e históricos (el código influye o «marca» las conductas
individuales y éstas lo influyen o «marcan») no puede romperse borrando
los comportamientos subjetivos (abstraer no debe equivaler a mutilar), sino
distinguiendo tiempos, periodizando las influencias. El historiador trabaja
los códigos desde cuatro puntos de vista: a) como un instrumental teórico
abstracto que le aportan otros especialistas y que. como tal, no cambia ni
permanece: este instrumental es más pobre o menos matizado que los
comportamientos y más rico que ellos porque potencialmente admite un
número infinito de realizaciones frente a la cantidad finita de
comportamientos dados; b) como las normas funcionales que influyen o17

17 Habermas, op. cit., p. 120.

141
condicionan (en el sentido de que marcan) los comportamientos; c) como
una orientación para hablar de ios modos de realizarse de las instituciones
sistémicas; y d) como usos e interpretaciones personales de unos
ordenamientos.

4) Los historiadores acostumbran a usar procedimientos que destacan la


riqueza de relaciones o del toma y daca entre cada holon y sus miembros.
Partiendo de lo que actualmente se conoce del periodo que están
investigando, imaginan de qué manera tendría que haber actuado un sujeto,
si hubiera procedido de modo «racional», en la consecución de sus
propósitos; cuáles hubieran podido ser las pautas de conducta efectivas o la
«lógica de elección»18:

Entiendo por modelo racional todo procedimiento que ordena


los procesos históricos según caminos idealizados en la solución
de los problemas. La situación originaría de este tipo de historia
racionalizada viene definido por un problema p an el que
podemos dar (...) una serie finita de soluciones19.

Este enser recuerda vagamente el modelo ideal típico weberíano y el


«modelo cero» de la economía, según la nomenclatura de Popper. que
postula la conducta modelo, una especie de coordenada cero; este último
filósofo la ejemplifica con la hipótesis general de Thomas Gresham, a saber,
si dos monedas tienen igual valor facial y diferente contenido aleatorio, será
retirada la de mayor aleación para ser fundida. En una línea de pensamiento
parecida, el historiador piensa en la conducta «lógica» o coherente que
podría haber tenido el actuante. Hidalgo, por ejemplo, después de que los
insurgentes ganaron la batalla del Monte de las Cruces. La formulación
teleológica o intencional sobre la posible puesta en marcha de unos medios,
si el actuante hubiera alcanzado un completo conocimiento de la situación
del enemigo (en nuestro ejemplo de los colonizadores españoles), es
comparada con lo que realmente hizo (Hidalgo se replegó sin tomar la
ciudad de México); finalmente, el historiador plantea hipótesis sobre este
«error» estratégico: prejuicios, miedos (a Calleja, excelente militar español),
razonamientos defectuosos, reacciones temperamentales... La luz que arroja
imaginarse una contrapartida a lo que realmente pasó, ilumina que las
personas se alejan de toda clase de estereotipos abstractos porque responden1

11 Popper, La miseria del historicismo, p. 171


19 H ibernas, tbüL, p. 193.

142
de múltiples maneras a retos aproximadamente parecidos, sobrepujando los
esquemas «tipológicos» de caracteres elaborados según unas reglas o

S) Las personas son como un motor que pone en movimiento las


transformaciones; pero son un motor histórico potencial porque los retos no
forzosamente producen respuesta: «El mecanismo de reto y respuesta puede
integrarse en el marco científico sin requerir la transición entre ciencia y
mitología»20. En caso de respuesta, cada persona genera repertorios de
comportamientos de dos índoles: los centrípetos o conformes a la
normatividad prevaleciente, y los centrífugos, que no las aceptan, aden­
trándose en lo prohibido: así como los códigos recogen lo oposicional (y lo
funcional), los individuos se oponen a la orientación o finalidad de algunas
normas. Donde existe un orden y una persona se desarrolla en ¿1. tiene la
posibilidad de sublevarse o tratar de subvertirlo porque entre las reaccio­
nes que forman parte del repertorio potencial de los humanos (y de otros
seres vivos) está el disentir en uno o varios aspectos programáticos de sus
sistemas.
La individualidad se delimita frente a los otros sujetos y a la regla­
mentación o normatividad porque es un lugar de simbolización, de
interpretaciones, de desciframientos, de recomposición de las funciones, y
de negación, parcial o total, de cada una de ellas. Luego, el historiador está
interesado en las redes de comportamientos individuales por los cuales
las organizaciones llegaron a ser como fueron y como son; por los cuales los
códigos (también) son una consecuencia histórica: la vida social no es como
un juego de reglas invariables, sino que éstas van cambiando debido a la
inventiva de los jugadores. En contraposición a lo que afirmamos están las
célebres frases de Lévi-Strauss (Lo crudo y lo cocido y Arte, lenguaje y
etnología) de que los hombres no piensan los mitos, sino que los mitos se
piensan en los hombres, es decir, que unas reglas operativas (las míticas) se
repiten allende la creatividad subjetiva; de lo que podría derivarse que los
miembros de nuestros sistemas son como industriosas máquinas
programadas que producen en banda y se reproducen a sí mismas, mientras
que las normas son seres vivos que se regulan y transforman a sí mismas: las
variaciones entre formulaciones míticas no resultan de la capacidad humana
de innovar dentro de una reglamentación o normatividad, sino de la
capacidad de las sobrenaturales normas que se innovan utilizando a los
individuos como mediadores. Pese a esta interpretación, las frases antes

20Prigogine, ¿Tan sólo una ilusión?, p. 290.

143

BIBLIOTECA CENTRAL
citadas tienen otro significado que no elimina la importancia y trascendencia
de la actividad individual: según Lévi-Strauss los ritmos evolutivos pueden
ser lentos, y esto se debe a un tipo de organización comunitaria aceptada y
perpetuada por quienes la forman, que, a su vez, se expresan mediante
relatos míticos. En ciertas comunidades, integradas por unos cientos o
cuando más unos pocos miles de individuos, las de Oceanía por ejemplo,
antes de tomar algún acuerdo se purgan los motivos de disensión para que
las decisiones sean unánimes, así esa gente protege sus programas
funcionales de subrepticias desestabilizaciones. El funcionamiento de estas
comunidades es como un reloj, dice Lévi-Strauss (cfr. capítulo vi), porque
sus engranajes actúan armoniosamente, no como las máquinas —una gran
urbe por ejemplo— que guardan en su seno antagonismos latentes que
pueden estallar21.
Esta aclaración es pertinente, igual que aquélla de que los compor­
tamientos individuales pueden ser la causa de un estancamiento funcional, o
sea del estancamiento en un código, porque en un sistema se generó un
bloqueo que restringe mucho la espontaneidad de sus miembros: las
burocracias despóticas de las culturas asiáticas frenaron los cambios
significativos de éstas, según el ejemplo que aduce Habermas22.

6) A nadie se le ocurriría que la Europa de principios del siglo xix fue


resultado de la «voluntad y empeño» de Napoleón; pero sí participó
destacadamente en que fuera como fue: «Cuanto más importante es la
aportación, más necesaria es la señalización»23. Ha habido personas que
fueron históricamente significativas para la vida de varios pueblos: Moisés,
Ramsés II. los israelitas y las parteras egipcias... ¿Cómo se explicaría la
guerra austro-prusiana sin Bismarck?. y ¿cómo el México contemporáneo
sin los gobiernos decisivos y mutuamente opuestos (en varios aspectos
económicos) de Lázaro Cárdenas y Miguel Alemán? Al correr el tiempo
unos nombres se empañan, quedando en el acervo de datos eruditos sobre
gente que influyó escasamente en algún cambio; otros son recordados como
personajes tan decisivos que si el historiador difuminara su nombre,
falsificaría la histpria: Napoleón, Bismarck. Lázaro Cárdenas.., no fueron
epifenómenos; el historiador

21 Arte. lenguaje y etnología, p. 31.


*E n íM ¿ .p . 121.
23 Braudel. Las civilizaciones actuales, p. 36.

144
Pese a la mayor o menor influencia, ni las masas ni los hombres
individuales han sido las comadronas que ayudaron al inevitable parto
histórico.
Nunca ha podido refutarse que si no hubiera existido x personaje, otro u
otros hubieran hecho lo mismo, o que siempre ha habido «un gran hombre»
cuando ha sido necesario; pero tampoco nunca se ha podido demostrar, lo
que indica que hemos avanzado muy poco. En pocas palabras, engarzar las
dimensiones de lo subjetivo, de las colectividades y la organización sistèmica
es la forma objetiva y exitosa de abordar los factores complementarios de
los desarrollos sociales: las mejores investigaciones de la Historia estén
alejadas del voluntarismo y del «fatalismo» determinista:

Cuando los historiadores mantisas afirman que la historia es


explicable en términos de relaciones económicas [...] es posible
aceptar esta verdad sin vemos por ello obligados a aceptar el
cuento de la Causa Real, o el de los napoleones sustitutos de
Engels2*.

7) Es lamentable que algunos filósofos hayan concluido que somos


«arrastrados» en una dirección por la «lógica» —por la «astuta razón»,
según Hegel— de los impersonales acontecimientos históricos, partiendo de
la premisa de que nadie ha conseguido los fines que lo movieron a participar
en un «movimiento» social. La idea que se ha tenido de que tanto los
partidos como los individuos mismos perdieron, que arriesgaron y sufrieron

24 Rlckert, Ibid., p. 108.


23 Oordiner, La naturales de la aplicación histórica, p. 131. El lu to aludido de Engels
es la cana a Heinz Starkenburg del 23 de enero de 1894. Por su pane Onega y Gasset
escribió: «Lo que César hizo brillantemente con su gen » singular lo hubieran hecho stai onta
brillantez y plenitud otros diez o doce hombres, cuyos nombres conocemos. Un romano d d
siglo n antes de Jesucristo no podía prever el destino unipersonal que fue la vida de César,
pero sí podía profetizar que el siglo l antes de Jesucristo seria una ¿poca cesarista. Cón uno n
otro nombre, el cesarismo ere una fo m a genérica de vida pública que venía preparándose
desde tiempo de los Grecos. Catón profetizó bien daranem e los destinos de aquel futuro
inmediato», Ortega y Gasset. El tema de nuestro tiempo, pp. 17-18.

143
demasiado para que «iodo terminara como terminó» (la impresión es de
fracaso, aunque haya habido siempre logros parciales) se debe a que la
evolución social o pública es el resultado de todas las conductas privadas (en
ocasiones la pasividad también es importante: en los últimos veinte aAos se
popularizó en México que en las elecciones presidenciales de la República
ganaba el partido abstencionista), de sus enlaces, de sus «luchas», de sus con­
cesiones. El todo nunca tiene las mismas orientaciones finalistas que sus
partes ni es conforme a ellas; esto lo sostenemos no sólo porque el utópico
estado de cosas deseado no se consigue, sino porque el precario equilibrio de
nuestras sociedades puede ser roto por una conducta que nunca tuvo la
pretensión de ser un detonador social, y, contrariamente, otras que sí la tu­
vieron. fueron percibidas como interferencias en la comunicación, como
ruidos, porque (casi) nadie las comprendió o hizo el esfuerzo de compren­
derlas. Además, nada ni nadie verá realizada la transformación de un estado
sistèmico en otro tal y como la imaginó porque en su difusión (sentido
extensivo), los comportamientos (orales y no) funcionan (sentido intensivo)
como los efectos de un diálogo entre muchos y en varios tiempos: se adoptan
sometiéndolos a adaptaciones sucesivas y encadenadas. La historia es, pues,
labor de muchos, intrasubjetiva, aunque en ella los comportamientos de
unos individuos han sido más decisivos que otros.
Las transformaciones históricas son redistribución, mezclas, abandonos,
sustituciones y redefiniciones de las normas de funcionamiento como
resultado del cambio de los fines programáticos que implantaron los
comportamientos de los individuos involucrados.
Terminaremos con un recordatorio alegórico (véase Dios y golem, s.a.
de Wiener) de que Low, rabí de Praga, proclamó que con el poder de un
encantamiento, que aprendió de sus antepasados, inyectaba un soplo de vida
al golem de barro. Al principio de la Historia unos estudiosos de los
acontecimientos humanos del pasado identificaron a Low con dios, los en­
cantamientos con la normatividad social y al golem con los hombres: su
relato era una teodicea. Al pasar el tiempo sus colegas modernos
descubrieron que el golem era una computadora que no podía desobeceder
las órdenes; era un producto regulado y no un ser autorregulativo. Por lo
tanto, jamás ningún encantamiento le insufló vida; el único vivo y autor de
la historia era el rabí, símbolo de los seres humanos: el relato que
elaboraron estos historiadores modernos era mundano, empírico. También
ellos descifraron el misterioso libro de los encantamientos o normatividad
social moviéndose alternativa y conjuntamente por los ejes de las sucesiones
y las simultaneidades, y por los niveles de lo colectivo e individual. Leyeron
ese misterioso libro donde escribieron los abuelos, los padres de Low y él

146
mismo, con antiguas o tradicionales expresiones, o un poco más actualizadas,
que no por eso dejan de ser históricas. Lo más maravilloso del caso es que
los nietos de Low siguen llenando páginas y los nuevos historiadores siguen
describiendo el misterio de los encantamientos. Tal vez los nietos de nietos
del rabí seguirán escribiendo encantamientos. Si hubiera un resultado
definitivo, un texto sin sucedáneos, se habría acabado la vida de los Low, o
seres humanos agentes del cambio, quizás porque uno de ellos programó un
robot o golem para que los arrasara. Por ahora hay esperanzas: aún
podemos decir con Tolstoi que es imposible imaginarse un hombre falto de
libertad, a menos que haya muerto; y es imposible imaginarse una Historia
conclusa a menos que los historiadores consideraran a los humanos como un
elemento extrasocial o sin importancia comparativamente a las normas
sociales y a los golem.

147
Vil!

LAS EXPLICACIONES TELEOLÓGICAS

En su Historia de la civilización de Ingfaterra, H. T. BucUe exigió que


los historiadores se dediquen a la dilucidación de las causas y los efectos (las
leyes) del desarrollo social, sin entregarse a ociosas disquisiciones sobre el
libre albedrío. Durante siglos un número considerable de filósofos
insistieron en que las dos únicas opciones viables eran: la reducción de los
sucesos históricos a regularidades nómicas. sin ocuparse de su especificidad,
esto es, de si fueron innovadores porque resultaron del comportamiento de
personas libres, o quedarse con su especificidad sin explicarlos, es decir, sin
recurrir a hipótesis generales o leyes. Ambas opciones exduyentes quizá
podrían remontarse a los tiempos inmemoriales en que los magos (tal vez)
manejaron algunos rudimentos del método nomológico-deductivo y
observaron hechos —libres— que no se dejan reducir a éste. Los rituales
mágicos, pretendidamente objetivos, también fueron animistas, proyectaron
la vida humana al sol, a las piedras y a las plantas y a los animales. Cuando
tos rituales fallaban, el homo sapiens acudía a otro recurso también animista:
la plegaria a un poder que dirige a voluntad el desarrollo de los hechos;
todavía hoy. después de purgar culpas, confesando nuestros pecados, le
imploramos un favor, un «milagro». Con los siglos, las religiones
antropomorfizaron los poderes en dioses y divinizaron a unos hombres,
revelando que en el trasfondo de la fe hubo una observación importante, a
saber, nuestra aptitud de autorregulamos, de romper «rutinas», de poner en
práctica las caras negativa y propositiva de la libertad, siempre futurista y
creadora (o sea irreducible a esquemas conceptuales acerca de repeticiones),
y cuyas manifestaciones se explican ideológicamente. Efectivamente, la
puesta en práctica de fines es una peculiaridad nuestra (aunque no
exclusivamente nuestra), como dijo Gaos en «Futuridad y contingencia
subjetivas y objetivas», una sección de su magnífico ensayo «Lá profecía de
Onega»:

Y por eso todos los individuos humanos estamos constante­


mente «previniendo», tan sólo ya más imaginativamente —«previ­
sión»—. ya más intelectualmente —«presciencia»—, ya más
emotivamente —«presentimiento»—, ya más deliberada y precisa­
mente basta la «previsión» —en la acepción social y económica—,

149
ya m ás colectiva, ya m ás individualm ente, aunque sólo fuese
porque no todos tenem os la m ism a im aginación y capacidad
de previsión en todas las acepciones1.

Nuestras expresiones manifiestan previsión, presciencia, presentimiento


y esa cualidad de predisciente; pero, sigue diciendo José Gaos, el futurismo
referido a nosotros mismos es inseparable de la contingencia, supone que la
cosa prevista sea o no sea en absoluto.
Como nuestro narcisismo ha sido exagerado, los mitos, antecedentes de
la Historia, sublimaron la «presciencia» o conducta planeada de unas
personas —sobrenaturales— como la fuente creadora de la que manaron
unas normas funcionales o una organización social: la contingencia quedó
desterrada de la historia: para redondear las exageraciones narcisistas. los
cuentos fantásticos, sucedáneos literarios de la mitología, narran las
peripecias de un personaje que impuso un orden colectivo de larga duración.
En estas formas culturales, antecedentes de la Historia, se revela que el
desarrollo de la humanidad pudo ser aprehendido mediante los conceptos de
razón práctica y libertad12, y también se revela que la libertad y la razón
práctica fueron usadas en las argumentaciones que divinizaron a unos
individuos y a nuestra especie. Durante siglos a nadie se le ocurrió que
nuestra capacidad de autonegulamos, de calcular los medios para alcanzar
un fin, de establecer nuevas relaciones y de cambiarlas de manera
sorpresiva, es una cualidad de la vida natural, y que nuestras especificidades
hay que buscarlas en cómo personal y colectivamente hemos incrementado y
diversificado nuestros conocimientos y nuestros sistemas, no buscarlas en
esencias o propiedades (la razón y la libertad) exclusivamente nuestras, que
nos diferencien tanto de la naturaleza viva que acabemos ocupando el trono
de un metamundo: no debemos ponderamos en detrimento de aquello que
nos rodea.
Empecemos estudiando por qué, a partir del Renacimiento, la creencia
en que la razón es una propiedad única de los humanos dio lugar a que los
teóricos de la historiografía separaran radicalmente la Historia de los otros
conocimientos: «Los hechos históricos son tan diferentes de los de las demás
ciencias que es preciso para estudiarlos un método diferente de los demás»3,
o sea, la teleología intencionalista. cuyos ámbitos de aplicación son las

1 Sobre Orugo y Gauet y otros trabajos de historia de las ideas en Espada y América
espadóla, México, Imprenta Universitaria, 1957. p. 64.
2Introducción a los problemas de lafilosofía de la Historia, p. 144.
3 Langlois y Seignobos. Introducción a tos estudios históricos, p. 161.

150
conductas orientadas hacia la consecución de un fin, y que también se
autorregulan mediante retroalimentaciones negativas (por ejemplo, en la
Edad Media la burguesía comercial quiso abrir mercados y actuó conse­
cuentemente con sus metas; pero no sabemos qué quisieron los reyes
medievales, sino qué rechazaron).

LA TELEOLOGÍA COMO EXPLICACIÓN DE INTENCIONES

Los prejuicios diferencialistas que ya revisamos (cfr. capítulo i)


influyeron decisivamente en que se conceptual izara la naturaleza como lo
repetitivo y «lleno» de «procesos ciegos», y al hombre como ser de razón y
de querer, facultad que añadimos a nuestra «naturalidad» o «cosiocidad»,
mostrando que el perfecto «ascenso cósmico» culmina en nosotros. Con el
tiempo, la dicotomía espíritu-naturaleza repercutió en la división dual de las
ciencias en naturales y culturales o del espíritu, entendido éste como la razón
o inteligencia práctica que, además, crea valores o se adhiere a los
existentes, imagina un estado social más justo y actúa para que se realice. O,
si se prefiere una formulación más esquemática: lo cultural es lo social
humano; lo social humano es un mundo de valores y fines que el espíritu
individual crea y a los que somete libremente su voluntad.
Muchos filósofos de la Historia que von Wright llamó aristotélicos han
escrito que la concepción racional (o comprensible) de unos futes cargados
de valoraciones y su puesta en práctica es nuestra realización, el paso del en
sí al para sí: nos autoproducimos cuando nos retiramos del mundo, lo
contemplamos, ideamos otro estado de cosas que consideramos mejor, y nos
sentimos urgidos a lograr que se realice, a que se cubran lo que entonces
pensamos como carencias individuales y sociales, o. dicho en sentido
negativo, cuando estamos dispuestos a luchar y luchamos en contra de
aquello que nos molesta. Ellos consideraron nuestra libertad como sinónimo
de pensar con claridad las alternativas de acción, seleccionando e
impiementando los medios para obtener el resultado que se desea. Por lo
mismo, dijeron, los «actos históricos», susceptibles de que sus estudiosos los
expliquen teológicam ente, tienen tras de sí las intenciones —los m o tiv o s-
de «agentes conscientes y responsables»:

l...] sigue siendo cierto que el proceso de la naturaleza es


diferente al proceso de la historia [...] porque es peculiar de la
Historia que el historiador recree en su propia mente los pen­
samientos y motivos de los agentes cuyas acciones narra, y

151
Los filósofos descubrieron que la distinción entre la Historia y la física
«es válida en la medida en que [ésta] no puede explicamos el movimiento de
un pedazo de materia mediante una referencia a su intención, mientras que sí
podemos explicar una acción mediante tal referencia»45. Droyscn concibió
que la misión del historiador es detectar, en los restos testimoniales, unos
actos de voluntad, lo que quisieron unos individuos y su elección entre
opciones de conducta, independientemente de si lograron sus objetivos o no:

Lo que ha sucedido objetivamente en algún pasado es algo muy


distinto de lo que se llama hecho histórico. Sólo la descripción
hace comprender y unificar lo que acontece como acontecimientos
coordinados, como un complejo de causa y efecto, de finalidad y
realización6.

Para los filósofos que comparten esta perspectiva, muy ligada a una
concepción semiótica de los hechos, comprender es el acto de captar qué es
alg o 7, es decir, atribuir un significado intencional a unas acciones o
significantes; por ejemplo, al observar a unas personas que marchan
levantando unas pancartas, decodificamos lo oculto, el significado y el
sentido —el fin— . de esas expresiones colectivas: demandan que se
expropien los latifundios. Ahora bien, todas las expresiones culturales tienen
su lado mental (son expresiones de algo); el historiador las estudia como
fondo que le sirve para entender las conductas históricamente significativas,
los giros de autor, esto es, cómo unos individuos recompusieron o
reestructuraron los elementos sisrémicos en juego sin salirse de unas normas
funcionales (las acciones comunicativas, llama Habermas a estos

4 CollingwoodL Idea de la Historia, p. 119.


5 Gardincr. La naturaieza de la explicación histórica, pp. 62-63.
6 Droysen en Wagner, La ciencia de la Historia, pp. 237-238.
7 Según to o Wrighc, Explicación y comprensión, p. 160.

132
comportamientos; a lo que, dice, habría que aftadir que nunca son idénticos,
sino que recomponen las cosas y así mantienen la vigencia de un código;
véanse los dos capítulos anteriores); cómo lucharon por un cambio radical;
cómo abandonaron lo funcionalmentc inútil cuando cambió el programa
social; y cómo reforzaron lo que servía a la nueva programación sistèmica.
Según algunos filósofos historicistas. y todos los de la acción, las
conductas «racionales» o acciones teleológicas son las únicas de interés
histórico. La diferenciación entre los procesos sociales nace de la «diversa
orientación del espíritu», de su fuerza creadora, no de conductas básicas
(von Wright) o respuestas inconscientes, automáticas, o sujetas exclusi­
vamente a una programación filogenètica que las incapacita para intervenir
en el cambio de un estado sistèmico a otro (Ortega y Gasset en «Babilonia,
balbucir, bárbaro»):

Se habla también de dar ancho campo a lo irracional en la


Historia, como si lo irracional fuese un elemento de la historia y
de la realidad y no ya la sombra que proyecta lo racional mismo,
la faz negativa de su realidad, inteligible y representable sólo en
cuanto esta realidad se representa y entiende1.

Bajo este punto de vista, la razón (práctica) de cada persona genera


motivos o intenciones con una dirección finalista que se manifestan en (son
la parte oculta de) unos comportamientos que. a diferencia de sus opuestos o
comportamientos «irracionales», sí representan algo en la transición de un
estado sistèmico a otro. En las acciones históricas los agentes ponen en
marcha su razón práctica: planean el futuro, distanciándose de una u otra
tradición normativa, discrepando de las pautas admitidas por las reglas
funcionales. Para Sartre los estados sociales más estables se deben a la
pasividad o actitud conformista de los individuos; en cambio, las revueltas y
las revoluciones prueban la capacidad individual de rebelarse o romper con
la continuidad de lo mismo. En Esiruciuraiismo y marxismo Adam Schaff es
tajante: no tiene caso discutir con quienes niegan que los hombres se
comportan racionalmente, es decir, que su conducta abarca sus expectanvas
sobre los medios adecuados para llegar a una meta y cómo debería ser ésta:

[,..| los procesos [normales o dentro de las posibilidades de un


orden funcionall esencialmente anónimos en el sentido de la
actividad regular habitual dentro de grupos concretos; en el otro•

• Croce. La historia como hózate tk la libertad, p. 96.

153
(...) individuos concretos en su condición de actores. En el primer
caso se trata de transformaciones que se dan en la perspectiva de
los valores y de los significados (instituidos), es decir, por debajo
de la actividad consciente o. si alcanzan ésta, llevan el signo de las
pautas sociales previas de acción a causa de su carácter masivo,
corriente paulatino y repetitivo (ya dijimos que esta idea de la
repetición es poco precisa en el ámbito de los vivientes, aunque es
verdad que hay varios niveles de creatividad); en el segundo se
trata, por el contrario, de acciones relevantes que, a causa de la
falta de pautas sociales previas, requieren una actividad especial
por pane de los actores y un esfuerzo especia] de comprensión por
parte de los observadores, pan entender su origen y consecuencias
(...]. En el primer caso, por tanto, se trata de procesos que
descansan en la difusión de una acción similar sincrónica y
diacrònica, y. en este sentido, son repetitivos; en el segundo, por
el contrario, de procesos que se pueden considerar como únicos en
un sentido estricto9.

La comprensión o descubrimiento del sentido de la conducta (de sus


finalidades) supone que el historiador la ubique en una organización, en unas
circunstancias donde encuentra su «razón de ser». Cuando el historiador
procede de esta manera, concluye que cualquier hecho social es
comprensible (o «racional»; tiene una «razón de ser»), lo cual no significa
que cualquier comportamiento es históricamente relevante, ni que las
grandes inteligencias son los motores del desarrollo, ni tampoco el término
«racional» es sinónimo de que lo ocurrido es moralmente justificable.

LAS INFERENCIAS PRÁCTICAS

La comprensión y las explicaciones ideológicas se propusieron como


alternativa al modelo nomológico-deductivo: para explicar la transfor-
mación social, el investigador ha de estudiar los razonamientos de la gente
implicada:

l... Ia| aplicación diagnóstica |en la Historial de las teorías


evolutivas únicamente tiene sentido en el contexto de la constitu­
ción discursiva de la voluntad, esto es: en una argumentación

9 Hahornas. La reconstrucción del materialismo histórico, p. 190.

154
práctica en la cual se trata de averiguar por qué en cieñas
situaciones cienos actores eligen ciertas estrategias y ciertas nor­
mas de accidn en lugar de otras101.

Elizabeth Anscombe y Hampshire — Intention— concretaron un


procedimiento comprensivo que rescata el silogismo práctico que ideó
Aristóteles, que utilizó Hegel y que von Wright ha difundido basándose en el
libro recién mencionado. Este «filósofo de la acción» dice que, a pesar de
que la conclusión no se deriva necesariamente de las premisas (no es un
procedimiento de demostración), es legítimo aplicarlo p a n fundamentar
expresiones como « (el agente) hizo y (la acción) pan conseguir z (el fin)»
o «x se proponía obtener z y. consiguientemente, hizo y» (Gardiner
introdujo en estas formulaciones la palabra «deseo»: «x hizo y porque
deseaba z»); el esquema de tal silogismo es:

x se proponía (tuvo la intención, quiso o procuró) z.


x consideró que no podía dar lugar a z a menos de hacer y.
Por lo tanto, x se dispuso (procedió) a hacer y11.

La premisa mayor viene dada por la tendencia del sujeto a una finalidad,
o sea que menciona su intención dirigida a lo que pretende, a la cosa
deseada; la menor, las creencias que tuvo x en cuanto a los comportamientos
eficaces para que se cumpliera z (en este paso del razonamiento se explicita
el significado de los comportamientos —el acto físico es su significante o
plano expresivo— que permiten entenderlos como una conducta); la
conclusión menciona que el individuo usó unos comportamientos estraté­
gicos para obtener el fin z.
La difusión de los comportamientos relevantes desde el punto de vista
histórico y los cambios conducíales de los individuos se explican enlazando
silogismos prácticos, porque cada desarrollo histórico es un «proceso
motivacional pautado por inferencias prácticas»12. A juicio de Habermas las
personas pueden incrementar la «racionalidad» —comportamientos más
efectivos y metas más precisadas— como resultado de sus aprendizajes.
Cuando un grupo tuvo las mismas finalidades y sus miembros aplicaron las
mismas acciones estratégicas, el historiador puede elaborar silogismos que
los abarquen a todos, haciendo abstracción de las pequeflas diferencias: «Los

10 Habermas, op. cit., p. 232.


11 von W right, op. cit.. p. 121.
tt/h ú f .p . 185.

155
individuos del grupo x se proponían z; consideraron que no podrían dar
lugar a z a menos de hacer y, por lo tanto, se dispusieron a hacer y». Cuan­
do se trata de grupos opuestos o enfrentados, el historiador ha de señalar las
diferencias de sus fines o el sentido mutuamente excluyeme de sus acciones
(aparte de describir las estrategias de cada uno).

DEBILIDADES DE LA TELEOLOGÍA INTENCIONALISTA

Sin duda que estos filósofos historicistas y de la acción tuvieron sen­


tido histórico: se negaron a uniformizar los comportamientos en unas
normas funcionales —en la sincronía— , reconociendo la eficacia histórica
—diacrònica— que tienen las prácticas individuales; en un mundo de teorías
que no consideraban el tiempo o el desarrollo histórico, fue muy meritorio
que se atrevieran a señalar que los investigadores podrán explicar las
transformaciones más radicales o del sistema, si distinguen las informa­
ciones obtenidas de las conductas rebeldes y la contraponen a la obtenida de
las conductas institucionalizadas u obedientes a las normas (que les permiten
y les mandan o prohíben). Sin duda que tuvieron razón en decir que los
individuos participantes en un proceso histórico planean algunas de sus
conductas y desean o acaban deseando unos ñnes. Esto dice que haber
pensado en la comprensión de la conducta racional y en los silogismos
prácticos abre caminos útiles, aunque el recorrido tiene que ser más largo de
lo que sus autores y defensores imaginaron y que. como cualquier
procedimiento, adolece de debilidades, algunas de las cuales enumeramos a
continuación.
Dejando de lado los prejuicios diferencialistas que fundamentan el
modelo intencional, o comprensivo-teleológico (que impidieron que sus
detentadores se percataran de que es aplicable a la conducta de los animales
con sistema nervioso, o sea con inteligencia práctica), simplifica demasiado
los hechos históricos (lo cual obstaculiza la aplicación, pero no elimina el
procedimiento propuesto) porque:1

1) Formamos pane de un sistema que sostenemos y cambiamos (y que


podemos destruir) de manera autorregulativa, independientemente de si
nuestros comportamientos son resultado de estrategias de conducta y de fines
sopesados conscientemente, o de cieno automatismo. Las reacciones de odio
y simpatía, por ejemplo, o las conductas accidentales son susceptibles de
intervenir en un hito histórico: desde la perspectiva de lo relevante en el
paso de un estado sistèmico a otro, no es posible trazar una línea divisoria

1S6
clases caen en uno u otro lado.

2) Para teorizar acerca de las acciones planeadas se tiene que manejar


que las estructuras inconscientes tienen una orientación final(stica, aunque
los actuantes no se percaten de ello (aunque la significación de su
comportamiento no esté desplegada ante su apercepción). Como lo ejempli­
fica Pirenne con este caso:

Sin duda el fin de la Edad Media dista mucho de revelar a este


respecto una orientación definida y una política consciente del
propósito que se nata de realizar. No se discierne en ella, en la
mayoría de los casos, sino tendencias intermitentes. Sin embargo,
éstas son de tal índole que es imposible poner en tela de juicio que,
siempre que tuvo la fuerza para hacerlo, el Estado poco a poco
tomó el camino del mercantilismo (...). Mas por ajeno que sea aún
en los gobiernos de fines del siglo xtv y principios del xv el
concepto de economía nacional, lo cierto es que su conducta revela
el deseo de proteger la industria y el comercio de sus súbditos de
los del extranjero13.

1) Gran parte de nuestra conducta está gobernada por una memoria no


consciente (preconsciente), no por planes elaborados por una «razón
práctica» consciente, y esto ocurre porque somos un sistema cronohoKstico
que posee pero no puede mantener en su conciencia toda la información que
recibió y sigue recibiendo. En «El análisis de los mitos» Jean Pouillon
muestra, a propósito de la repetición de ciertas formas asociativas, que
«ponen en claro el funcionamiento natural de un pensamiento constreñido e
inconsciente que forma parte del mundo»14.
Nuestras conductas también están gobernadas por lo reprimide o
inconsciente propiamente dicho: «muy pocas acciones históricas tuvieron
su lado pensativo en el sentido de haber sido ejecutadas por razones
pensadas»13.

13 Historia económica y social de la Edad Media, tn d . Salvador Echavarria, México,


Fondo de Cultura Económica. 1961 (Sección Obras de Economía), p. 158.
M En huroducció* al estructuraiismo de Laniéfi-Laura et ai., p. 19.
19 Orey, Filosofía de la Historia, p. 21.

157
El mundo histórico, tal como nosotros lo percibimos, está lleno de
puntos ciegos, de costumbres adquiridas, de impulsos reflejos, de senti­
mientos que son la parte más poderosa de nosotros porque constantemente la
tratamos de satisfacer. Por ello muchos estudiosos de la conducta han tenido
que conceder su lugar a lo «irracional», a esa faz gesticulante de las
conductas, a los «mecanismos oscuros, determinaciones sin figura, todo un
paisaje de sombras [...] que ha sido llamado inconsciente»14*, aminorando las
exageraciones acerca del grado en que los individuos obramos con clara
noción de los fines que perseguimos (es más sencillo saber qué no queremos
que no aquello que sí queremos)17. Cuando en La guerra y la paz aborda las
exageraciones de la hipotética planificación de la historia, Tolstoi escribe
que Napoleón se encontró en medio de la batalla de Waterloo sin que
entendiere qué iba a ocurrir ni qué tendría que hacer, cuán cierto es
que Napoleón fue para él mismo un lugar de desconocimiento, un enrejado
misterioso de reacciones; y cuán cieno es que los historiadores han
concedido eficacia histórica a muchos más comportamientos que los cons­
cientemente proyectados, porque si únicamente explicaran ideológicamente
éstos, el número seleccionado sería tan bajo que no daría cuenta de ningún
proceso histórico. De Karl Lamprecht son estas líneas;

(...| el historiador debe fijarse en las comentes silenciosas de


la historia, que discurren a escondidas. Estas corrientes pasan
inconscientes para nosotros, en su mayor paite. Solamente pueden
ser descubiertas por una investigación consciente11.

4) Siempre que alguien quiere distinguir al hombre de los animales y


recurre al manido recurso de la racionalidad, podemos responderle que
simplifica, que aminora la grandeza —la complejidad— de la especie homo.
Cada uno de nuestros comportamientos está formado por un todo de factores
psíquicos interrelacionados. La posible evidencia de que unos comporta­
mientos (históricos o no) fueron conscientemente planeados, no excluye que
los sentimientos y lo inconsciente en general influyeron en que se formulara
ese plan. Düthcy enseñó que. aun las veces en que podemos decir que unas
conductas fueron principalmente conscientes, no excluimos que las
emociones desempeñaron un papel histórico importante: somos una unidad
de vivencias con sus cargas cognoscitivas (de aprendizaje), volitivas.

14 Foucaulu Las palabras y las cosas, p. 317.


17 Walsh. Introducción a lafilosofía de la Historia, pp. 65-46.
11 En Wagner op. cii., p. 330.

158
valorativas y emocionales engarzadas. Según palabras de El mundo histórico
de Dilthey, si pensamos en las vivencias, desde las más inmediatas o
anteriores a su «representación mental» hasta las que compendian el sentir,
el pensar y el querer, concluiremos que los desafíos circunstanciales
provocan, en quienes los aceptan, sentimientos de agrado y repulsa que
contribuyen a generar programas futuristas. Si esto es así. no es nada
evidente aquel precepto kantiano (de la Metafísica de las costumbres) de que
el universo inteligible es lo que resta después de deshacerse de lo sensible y
corporal; y si cada uno de nosotros es un compendio inseparable de
actividades mentales y de sentimientos, es imposible que el historiador cubra
la inmensa variedad de comportamientos decisivos en los desarrollos
sistémicos. atribuyéndolos sólo a lo sopesado conscientemente. Tolstoi
sentenció que es una flagrante charlatanería que el historiador cercene la
riqueza de los seres humanos con la intención de ponderarlos como agentes
racionales del cambio. Estas palabras coinciden con su apreciación:

El historiador trata de resucitar el pensamiento del pasado;


pero no sólo se interesa por las ideas [...|, sino por el fondo de
sentimiento y emociones que tuvieron las ideas. Cuando se intenta
revelar el espíritu de una época, no es meramente su vida inte­
lectual lo que espera penetrar: quiere captar también su vida
emocional19.

S) Un asunto poco trabajado por los filósofos de la acción es: cuando se


pone en duda la corrección y eficacia de sus comportamientos, o el resultado
de su conducta es valorado como correcto y eficaz, los personajes históricos
acostumbran a atribuirse planes «racionales» donde no los hubo. Esta
situación es comparable al individuo que guiñó un ojo de modo reflejo y. en
vista de las consecuencias, declara que lo hizo pensadamente: no es fácil
tener un know how que detecte las mentiras al respecto, sobre todo cuando
se trabaja con testimonios.
Resumamos lo que dijimos en varios incisos con un ejemplo: dudamos de
la fortuna de un ensayo que. partiendo de la conducta de Pancho Villa,
explique el rigurosamente calculado proyecto nacional villista, aunque él sí
planeó algunas de las estrategias de sus batallas (entre otros de sus planes).
Doroteo Arango tomó las armas y el nombre de un gavillero por deseos de
venganza, y tal vez por deseos inconscientes de un México diferente al del
porfíriato; con el tiempo tuvo ideas sobre lo que no quería (que los

19 Hería en Wagner. ibid.. p. 99.

1S9
norteamericanos gobernaran México, por ejemplo) que posiblemente eran
m is precisas que sus ideas sobre lo que quería; y este cuadro de una
personalidad, al que podrían agregarse las tropelías que cometieron sus
tropas (que desde el ingulo de lo individual son condenables), no merman el
destacado papel que jugó durante la Revolución Mexicana de 1910.
Esto último revela que otro argumento en contra de la explicación
teleológica-intencional es que el arduo esclarecimiento de las acciones
personales es un problema más arduo y distinto cuando se deriva hacia el
sistema, lo cual es inevitable, porque las transformaciones sociales nunca son
producto de la conducta de una sola persona:

[...] si una gran serie de acontecimientos deben ser ligados a


una intención, en un plan con cierta concordancia en las partes
[...], hay todavía más peligro de que el edificio de la enseñanza ya
no sea una Historia sencilla y clara en todo20.

Abundan las confesiones sobre la discrepancia entre intenciones


(conscientes o no) y la función objetiva que cumplieron, es decir, que el
desenlace de un proceso histórico no se correspondió con los utópicos
estados sistémicos que imaginaron algunos de sus agentes o las vanguardias,
o uno de los partidos o una de las clases que participaron en ¿I. Tampoco los
desenlaces históricos son la suma o la media de lo que idearon unos y otros
grupos contendientes. Los griegos se referían a las asimetrías entre los
desarrollos sistémicos y los fines personales diciendo que los individuos son
arrastrados por la fuerza del hado. Schopenhauer afirmó que el hombre
sufre mucho porque pretende mucho: enfermo de ambición, sobrestima
sus facultades cuando cree que la dinámica histórica preexiste en las
conciencias en forma de proyecto. P an Fichte no son lo mismo los triunfos
y fracasos personales que la evolución de los sistemas. Hegel y Adam Smidi
también hicieron un sombrío retrato de la voluntad chocando de frente con
el devenir histórico. En Ludwig Feuerbach o t i fin de la filosofía clásica
alemana, Engels escribió que los hombres actúan reflexivamente en pos de
unos objetivos; pero la evolución social no se adapta a sus deseos, sino que
acaba en situaciones que no esperaban y hasta en situaciones contrarias a sus
ideas. En El dieciocho brumario... Marx sostiene que los miembros de cada
sociedad humana hacen su propia historia, pero nunca como la quisieron.

30 Coüingwood, op til., p. 55.

160
6) De lo anterior no se sigue que el valor histórico de los compor­
tamientos subjetivos es igual a cero (ellos ponen en marcha los sistemas, y la
expresión «en marcha» comunica que dan la dirección al todo, véase el
capítulo anterior); pero sí se sigue que la teleología se divide en los
dominios de lo individual, de lo importante biográficamente, y de lo
importante en la evolución sistèmica, y que ambos dominios no deben
confundirse. Las causas no tienen que parecerse a los efectos: por qué hemos
de pensar que si el individuo x se comportó de la manera y con el fin z. el
resultado tiene que ser una imagen duplicada o en espejo del fin idealirado z.
Como no se parecen los antecedentes a las consecuencias, decir que una
conducta personal estuvo motivada insconscientemente, no califica
(necesariamente) de caóticos sus efectos sociales; decir que una acción
individui fue el producto de los cálculos de los medios para obtener unos
fines, no descarta las respuestas colectivas fuera de control o caóticas; y
decir que la conducta se planeó según unos propósitos, es diferente a que se
planeó según los propósitos de satisfacer las demandas colectivas; y...
Elizabeth Anscombe y von Wright observan que la conducta de una
persona o de las masas que es intencional bajo una perspectiva, es
inintencional en otra más amplia o que abarque mayor número de gente; que
con el tiempo, la historia toma cursos evolutivos inesperados y hasta
contrarios a las expectativas de los que «triunfaron» en una lucha (y cuando
se resucitan demandas sociales de épocas anteriores, no tienen la misma
finalidad); que... El planteamiento de von Wright trata de salvar la
contradicción de que el «drama» de la historia se representa con actores y
con independencia de ellos, sosteniendo que: las inferencias prácticas o
cualquier otra explicación intencional tienen que completarse con
explicaciones nómicas porque los sujetos no son la causa, sino que «dan
lugar a» los cambios. Pero esto es improcedente porque ellos sí son los
actores y la causa de unos cambios, aunque a niveles ampliados éstos no
pueden ser una copia al carbón de sus intenciones, sino una mezcla
complicada y compleja, porque:

A) La historia es como un paralelogramo de fuerzas, de posiciones


opuestas y contradictorias o de finalidades exduyentes; incluso las que
pueden considerarse semejantes no son idénticas entre sí. sino que establecen
relaciones de parentesco; por ejemplo, en la independencia de México
participaron los diputados a las Cortes de Cádiz y los conspiradores que se
levantaron en armas; hasta donde sabemos, los fines de unos y otros eran
parecidos, pero sus planes estratégicos, a saber, lucha armada o pacífica,
diferían: los primeros conspiradores, a su vez, coincidieron en la táctica de

161
la lucha aimada con Iturbide, el allo clero y los hacendatarios; pero sus
respectivos fines diferían (para unos la independencia politica sería la
condición de posibilidad de la liberalización del país y el cambio del
programa económico; para otros fue la manera de frenar la posible
liberalización política y el cambio del programa económico por las
influencias de una metrópoli donde los liberales habían ganado posiciones).
También entre grupos, subgrupos y entre individuos existen las coin­
cidencias y discrepancias de intereses (una acción bilateral nunca deja de ser
unilateral). Luego, es imposible que los resultados favorezcan totalmente a
una persona, a un subgrupo, o a un grupo, y esto es doblemente imposible
a medida que se amplían los horizontes de lugar y temporales (dicho en dos
oraciones: es diferente ganar una batalla que ganar la guerra).

B) La historia de cada sistema se desenvuelve a base de la tensión, las


colisiones y la conmoción de sus miembros, especialmente cuando se
transforma un programa funcional en otro. Unos fracasan o abandonan la
pelea antes que otros (no es sencillo saber de antemano qué respuesta darán
las personas a un reto, ni cuánto resistirán los embales); otros siguen «en
pie», y mientras tanto se van descoordinando las funciones, aumenta el caos,
el sistema se aproxima a un punto que los individuos interpretan como
crítico o grave, o se imaginan que si persisten en su posición, su «causa»
perderá fuerza, o bien los diversos grupos triunfantes deben acordar entre
ellos, y con los sectores poderosos en ese momento, el nuevo orden. Es la
etapa en que los opositores prometen, llegan a acuerdos, que son
concesiones, ajustes, mezclas con las que nadie queda plenamente satisfecho.

C) Como los seres humanos somos complejos, transformamos nuestros


intereses, y tal vez participemos en una revuelta con unas metas y al
terminar ésta las habremos cambiado; por lo tanto, es imposible que un
resultado histórico se ajuste a unas y a las otras, o a ambas metas.

D ) Los ideales pasan de un sistema a otro, de una generación a la


siguiente y de una persona a otra, adquiriendo nuevos significados cada vez.
Observar las relaciones histórico-sociales como un diálogo, esto es. pensar
que cada sistema tiene un estatuto discursivo, en el cual hay emisores de
mensajes y receptores que también son emisores, facilita entender que la
semántica está unida a la pragmática, que las ideas acerca de un utópico
estado sistèmico se incrustan en un fondo de reflexiones, de reinter­
pretación, de incomprensiones, de desplazamientos, de selecciones, de
combinación, de oposiciones contestatarias; también facilita entender que

162
durante la difusión de los mensajes que ponan los componamientos (orales,
escritos o gestuales) se añaden sedimentaciones, provocando que comuniquen
más de lo esperado por su emisor, y menos, porque en sus trasmisiones van
perdiendo información.
En pinrafos anteriores hablamos de guiños, tomando el ejemplo de los
Collectcd papers de G. Ryle, volvamos a ¿1. describiendo las palabras de este
autor, y aumentemos algunas anotaciones que den una noción de los
múltiples intercambios subjetivos. Cuando hablamos o actuamos, lo que
expresamos (y el trasfondo de conocimientos que damos por sobrentendidos
en ese momento) queda a disposición de otros que pueden ignorarlo y
reinterpreiarlo o rehacerlo (lo que ocurre aun cuando terceras personas nos
hayan asegurado su disposición de respetar nuestros puntos de vista y
nuestras posiciones valorativas); por ejemplo, un individuo contrae el
párpado derecho. Una observación fenomenistica no decodifica si el emisor
tiene un ic o si ha guiñado el ojo en señal de complicidad; pero si un
muchacho, quien interpreta que ese individuo lo está involucrando en una
conspiración. Como esta anécdota ilustra, para que se forme la cadena
comunicativa, requerimos que el receptor sea humano; pero no requerimos
que la emisión haya sido intencional (consciente), porque los actos
significantes pueden adquirir significados a pesar de que quien los expresa
no es consciente de significar. Un segundo muchacho, que percibió el hecho,
parodia el guiño y la reacción del primer muchacho; su comportamiento ya
no es tic ni señal de conspiración, sino una burla de la actitud del primer
receptor. Podríamos continuar acumulando eslabones de la cadena comu­
nicativa para mostrar cómo se acumulan inferencias, cómo se empobrecen,
enriquecen o deforman las informaciones en un proceso social. Como el
lema del historiador son las transformaciones del sistema y no los enredos
biográficos, tiene que abrirse paso en esta maraña de eslabones o en esta
bola de n eve. Por lo tanto, las inferencias prácticas o cualquier otro tipo de
explicación intencional le auxilian en su descripción explicativa (sin negar
que en ocasiones su investigación no las amerita), aunque le resultan
insuficientes porque le es imposible explicar el todo por una de sus
(pequeñas) panes:

Gracias a esta nueva actitud respecto a la acción humana, la


Historia resultó enormemente beneficiada, porque la admisión de
que cuanto acontece en la historia no necesita acontecer porque
alguien lo haya querido deliberadamente, es una condición previa

163
indispensable para la comprensión de cualquier proceso
histórico21.

En suma, la autonomía de los individuos respecto a las normas


funcionales. su capacidad creativa, así como el principio de integración de
los componentes sistémkos, incluyendo los comportamientos, que siempre es
múltiple y variado, son los «animadores» de la historia y la Historia; los
criterios metodológicos que divinizan a los hombres son una mera
simplificación o las debilidades de una posición teórica básicamente
equivocada.

LA TELEOLOGÍA COMO PROCEDIMIENTO


DESCRIPTIVO-EXPLICATIVO

Es sorprendente que durante cientos de afios se hayan menospreciado o


se ignoren las aportaciones de Aristóteles (Metafísica), de Kant (Crítica del
ju ic io ) y de tantas explicaciones teleológicas de los biólogos, de los
historiadores y demás estudiosos de las sociedades humanas, como si se
enfrascaran en falsos problemas. Para valorar la justeza, o cuando menos los
alcances, de estas epistemologías y prácticas, hemos de remontamos a la
Grecia clásica para escuchar la voz del abuelo Aristóteles que nos dice: los
hechos pueden ordenarse como un holon formado por múltiples engarces de
elementos que se afectan reciprocamente y que provienen de otros engarces
que existieron antes (cada presente prolonga estados antiguos y los niega) y
que están orientados en una dirección o hacia una meta/Dicho en términos
actuales, un instrumento inseparable de los enfoques sistémicos es la
teleología, aunque esta propuesta no es simétrica: no toda explicación según
fines es inseparable de los enfoques sistémicos, porque puede ser una
anotación marginal al respecto, a veces traducible a formulaciones que
eliminan expresiones teleológicas (como «función», «con el fin de...»,
«adaptaciones hacia...», «selecciones para...», «tendencias a...»): decir «La
fynción de los riñones es...» puede desplegarse en «En los riñones ocune...»
siempre y cuando se los trate como algo independiente o como una unidad
simple, no como órganos, ni como panes de un organismo. O dicho en la
terminología kantiana, el entendimiento arquetípico capta los procesos por
medio de la acumulación de sucesos separados de cualquier organización (él
crea la investigación nomotética, o que establece leyes, y la explicación

21 Berlín. El erizo y la zorra, p. 208.

164
nomológica); en cambio el ectypus o entendimiento arquitectónico, que no
amontona ni acumula, sino que integra, concibe la realidad como unidades
compuestas de partes cue imeractúan (apoyándose primero en lo «sintético»,
se desplaza a elementos y luego regresa a lo sintético). De este entendimiento
proviene la explicación teleoIógica.'Si pensamos las cosas desde el punto de
vista «sintético», entenderemos la división aristotélica de las causas (de un
hoton) en : material, formal (de estructura), eficiente y final, o aquello por
modo de lo cual se efectúa algo (en la Edad Media se aumentó la ejemplar).
Por definición, un sistema consta de materia, o componentes, y de
estructuras que tienen una dirección, unos fines o un para qué. Por ejemplo,
una casa consta de materiales formados que existen unos por los otros y para
que entre todos contribuyan a que sea una vivienda. La casa como
construcción es un significante cuyo significado es su sentido, o sea la
función para la cual fue creada o a la que se adaptó. Las descripciones
sistémicas del historiador atribuyen un papel instrumental (un para qué) a
cada comportamiento y a cada función en el funcionamiento general del todo
social que él ha seleccionado, y viceversa, con el todo también explica el
funcionamiento o manera de comportarse de cada uno de sus componentes y
miembros. En el «Prólogo» a la Contribución a la crítica de la economía
política, Marx escrib.ó que lo concreto sintetiza múltiples condiciona­
mientos: es una unidad de lo diverso o una unidad dinámica de contrarios.
Las expresiones «opuestos» y «contrarios» adquieren significado dentro de
una visión balística o unificadora de lo diverso, y «unos. En el capitulo IV
introdujimos el término «programa» funcional, tomándolo de la cibernética,
para señalar que nuestros sistemas se orientan a futuro (también sugiere,
como todo programa, prioridades o una jerarquización): cada función (cada
prescripción o la normatividad que establece lo instituido), cada compor­
tamiento y cada producto cultural nacen con una finalidad y pueden adquirir
otras. La expectativa es que. por ejemplo, las secretarías de Estado
funcionen o que sus miembros se comporten de una cierta manera durante
un tiempo (los lapsos de duración son variables), esto es, que cumplan una
trayectoria para que el sistema-Estado funcione; a su vez. los miembros o
individuos de tales secretarlas se comportan de maneras (conscientes o no)
que alteran las estructuras o composiciones sistémicas, manteniendo los
sentidos u orientaciones jerárquicamente importantes del Estado, o
cambiándolas. Asimismo, los enfoques bolistas establecen parejas de
oposición y hasta de exclusión, o de contrarios, partiendo de los sentidos o
de las finalidades de las partes que, a su vez, al relacionarse de cierta manera
dan los sentidos o las finalidades del todo que, a su vez, se opone a...

165
Al paso de los años el modelo aristotélico de explicación fue tiñéndose de
matices religiosos, que atribuían la génesis y la finalidad de cuanto existe a
las intenciones de un autor, dios, inviniendo el orden de la investigación y
de las descripciones, y restringiendo la palabra teleología a una de sus
acepciones:

Lucrecio y Epicuro. Nos dicen que los ojos no se formaron


para ver pero que los hemos aprovechado para ese uso cuando nos
dimos cuenta de que servían para eso (...1. Esos filósofos, sin
embargo, confiesan que los sastres hacen trajes para vestirse y los
arquitectos casas para vivir, y se atreven a negar a la naturaleza, a
la inteligencia universal, lo que coaceden a los obreros más
insignificantes22.

El mismo Kant en la segunda pane de su Crítica del juicio se debate


entre la religión y el conocimiento mundano: dice que los usos intencionales
del lenguaje (por ejemplo, la afirmación de que las inclinaciones de la tierra
favorecieron la circulación fluvial, y ésta, el desarrollo de plantas y
animales) atribuyen a lo inanimado una «idoneidad» o «naturaleza interior»
de la que carece; pero, se pregunta retóricamente, ¿es razonable suponer
finalidades en los seres vivos (ejemplifiquemos esto: «En el invierno los
pájaros emigran a climas templados con el fin de escapar de las bajas
temperaturas y de la escasez de alimentos») y negar que una razón
sobrenatural gobierna y se manifiesta en lo inanimado? Estas disquisiciones,
emparentadas con las antes citadas de Voltaire, dialogan críticamente con
este párrafo de Lucrecio:

No creas que las claras lumbres de los ojos se crearon/ porque


ver de lejos podamos, y porque seamos capaces/ de dar grandes
pasos, por eso pueden los cabos/ de (nemas y muslos, en los pies
plegarse;/ y que allí además los brazos se adaptaron a validos
hombros,/ y se dieron de una a otra parte las manos ministras./
porque hacer podamos lo que fuere necesario a la vidaV Todas las
demás cosas que se interpretan de esta manera/ por la invertida
razón son prepósteras lodasj por esto, porque nada en el cuerpo

22 Voltaire, Diccionario filosófico, «/!., México, Universidad Autónoma de Sina­


loa, 1982, L 0 . p. 30.

166
Según este fragmento, que concibe el cuerpo como un sistema, no
podemos atribuir a unas intenciones (sobrenaturales) la creación de la
realidad, sino que aquello que existe y se observa como sistema, se explica
teológicam ente. Lo mismo pensó Darwin: anuló los mitos acerca de la
creación de las especies y de sus destinos, y lo hizo mediante explicaciones
teleológicas. Esto fue posible porque uno de los objetivos que ellas cubren
(tanto en el caso de explicar los sistemas vivos —goa/ directed systemsr.
Nagel— como de los inertes) es establecer cómo las partes se intenelacionan
y contribuyen al funcionamiento del todo (al correr el agua, las plantas
tienen la posibilidad de sobrevivir, de k) que resulta...: o «Una de las
funciones de los ríñones es eliminar los productos finales del metabolismo
de las proteínas» puede decirse «Los tiflones sirven para..., y esto provoca
que...» o «Como los riñones hacen esto y lo otro, purifican la sangre,
que...»). Asimismo, la teleología establece por qué un estado sistèmico o una
morfología sistèmica (aplicadas a lo inerte, ambas expresiones son
sinónimas; pero no siempre es así cuando se aplican a los vivientes)
proceden de sus antecesores («el nexo causal puede concebirse según un
concepto racional de fines que considerándolo como una serie»...)2324.
También establece relaciones causales entre los componentes sistémicos (de
comportamiento a comportamiento, de función a función de un mismo plano
sistèmico —económico, político, artístico...— o de varios); la teleología
establece que las funciones nos «condicionan» y que nuestros com­
portamientos condicionan tanto el cumplimiento funcional como sus
cambios. Tres aclaraciones. Una. Las causas de que estamos hablando no son
las humeanas. es decir, cuando el historiador explica teológicam ente los
sistemas de su competencia, no está planteando formulaciones nómicas
porque no pretende predecir ni posdecir («figuras nuevas», en palabras de
Kant) hechos reacios a ser tratados así mediante leyes. Dos. Tampoco los
enunciados telcológicos de un enfoque sistèmico son traducibles, según lo
pensó Nagel — La estructura de la ciencia—, a enunciados que relacionan
unas condiciones con un resultado: no están expuestos en una terminología
inadecuada, sino que forman pane de una descripción explicativa de cómo y
por qué existen unas relaciones, y, por lo mismo, cualquier traducción les

23 Caro Tito Lucrecio. De ta natura de las cosas, inuod.. versión rítmica y notas de
Rubén Bonifaz NuAo, México, UNAM, 1984 (Biblioiheca Scríptorum Graecorum el
Romanonmi Mexicana), versículos 825 a 830. pp. 137-138.
24 Kant, Critica del juicio, i 65. pp. 222-223.

167
impediría cumplir las tareas que se les asignan. Tres. Ni es verdad, como lo
creyó von Wright, que en las ciencias sociales humanas se utilizan (mal)
proposiciones —«cuasi-causales»— que tienen traza de nómicas y son
ideológicas en tanto remiten a disposiciones finalistas o fondos
motivacionales, y proposiciones —«cuasi-teleológicas»— que tienen traza de
finalistas y son nómicas en tanto remiten a comportamientos sin propósito:
la teleología es m is que una explicación motivacional, y los motivos, que
forman parte de las conductas, sí son causas.
En su ir y venir por los planos temáticos y niveles organizativos, el
historiador va enlazando condiciones y resultados, normas operativas y
comportamientos, y estos últimos (opuestos o semejantes) entre sí. además
de encontrar conductas planeadas y no planeadas. Sus recorridos registran el
sobrecondicionamiento de los sucesos sistémicos. Y. asimismo, su manera de
proceder lo obliga a describir las funciones como causa y efecto de los
comportamientos, y viceversa. En su Filosofia de la historia, Kant ilustra: el
Estado impone unas normas operativas —unas funciones— a sus miembros;
y ellos las mantienen y las alteran. Lo mismo ocurre con los sucesos de un
plano sistèmico. Según Ki-Zerbo la duración desde el neolítico al siglo xix
de las condiciones de atraso de las tribus y clanes dispersos en África, se
explica circularmente:

En vinud de una especie de círculo vicioso, el bajo nivel de las


técnicas y de las fuerzas productivas era a su vez la causa y la
consecuencia de la diseminación demográfica en un espacio
incontrolado por casi ilimitado23.

Al respecto Kant advirtió:

(...) se requerirá |...] que sos partes se unan para la unidad de


un todo de suene que entre sí sean alternativamente causa y efecto
de su forma, pues sólo es posible que inversamente (alter­
nativamente) la idea del todo determine, a su vez, la forma y
unión de sus panes2526.

Esta circularídad los historiadores la rompen diferenciando: los com­


ponentes sistémicos (la explicación se inicia con el supuesto metodológico de

25 «De la naturaleza bruta a la humanidad civilizada» en Ei Correo de ta UNESCO


(África en su historia), año XXXD, agosto-septiembre de 1979. p. 43.
26 Kant, op. cit., pp. 223-224.

168
que las funciones condicionan los comportamientos, y después éstos pue­
den ser rebeldes a aquéllas)/ los tiempos (las trayectorias) y los espacios del
sistema o lugares en que las cosas suceden (el «bajo nivel» de las fuerzas
productivas se debió —tiempo 1— a que durante el neolítico se exporta­
ron bienes y técnicas del África sin un intercambio inverso; esto propició
—tiempo 2— que la dispersión de las poblaciones continuara y aumentara;
entonces...); y evitando que los predicados aplicables a una realidad (a un
plano y un nivel de ella) se apliquen a otra realidad mis amplia o pequeña.
Terminemos reivindicando la libertad de los viventes. Nosotros la
ejercemos proyectándonos al futuro, rompiendo con el ahora, aquí y de este
modo: haciendo historia.
IX

¿QUÉ ES LA HISTORIA?

Entre las facultades humanas, la fantasía ha sido considerada la loca de la


casa; entre las actividades con pretensiones de validez científica, algunos
filósofos consideran que la Historia, la loca Clío. es una rama de la literatura
poique tiene una notable afición a contar historias particulares donde
participan individuos concretos, como lo hicieron la mitología y la literatura
épica: «hubo quienes declararon desafiantemente que la Historia era
ciertamente subjetiva, impresionista, incapaz de convertirse en rigurosa; que
era una rama de la literatura (...], una forma de autoexpresión»1. Para
orientar los pasos de esta musa, hubo epistemólogos que le aconsejaron
cambiar su ropaje y su papel de quimera artística por otros de sabia
científica. Tal metamorfosis nunca se produjo, y acabó pareciendo una
ilusión «en la cabeza de algún inventor chiflado»123, que los «cuerdos»
atacaron como un resabio positivista. Así, Antonio Caso juzgó erróneas las
propuestas de asimilar la Historia a la sociología porque no tienen los
mismos intereses, ni los mismos objetivos, ni la primen ha sido ni serú una
ciencia, lo cual no significa que sea una fuente extracientífica de cono­
cimientos: sí p la n te a p re g u n ta s (so b re el p a sa d o hum ano), las re s p o n d e , trato
de descubrir lo que se desconoce y usa las general izaciones de otras
disciplinas. Max Weber participa en el mismo coro: «La misma naturaleza
abstracta de los conceptos sociológicos significa que deben carecer
relativamente de contenido si se comparan con las realidades :oncretas de la
Historia»’. Y esta última no tiene que asimilarse a ningún otro conocimiento
porque su modo de proceder subsana las deficiencias de las teorías de
sistemas, que no precisan de la narración ni se han puesto en forma
narrativa, escribe Habermas.
En suma, el juicio mayoritarío que ha privado entre los filósofos es que
las argumentaciones sobre la (futura) cientificidad de la Historia son un
engañabobos que pretenden arrinconar a los historiadores pan que dejen de
ser los señores de su propia casa, según palabras de Oakeshott.

1 Berlín, E¡ erizo y ¡a zorra, p. 180.


3 Ibid, p. 189.
3 Weber. La aceito social: ensayos metodológicos, p. 34.

171
Los historicistas y otros autores, cuyos nombres citaremos entre
paréntesis, pusieron a Ciío entre las ciencias y las artes (llamándola, o no,
ciencia sui gèneris), debido a su carácter de relato de aventuras mezclado
con generalizaciones empíricas (o relaciones entre hechos condicionantes y
sus resultados) que toma en préstamo de otros conocimientos (Langlois y
Seignobos); debido a que los historiadores tienen que comprender (tener
empatia con) lo individual y representárselo como lo hace un literato
(Dilthey y Simmel); debido a que sus relatos utilizan, como los cuentos y las
novelas, la imaginación combinatoria (lo que para Kant es el entendimiento
arquitectónico); debido a que las ciencias son generalizadoras, formulan
leyes y teorías abstractas que no refieren los casos particulares, mientras que
la Historia y la literatura narran lo particular o único; y, por último, debido
a que estas dos últimas actividades son «autoexplicativas. autojustificantes y
autoautorizantes.» (Collingwood)4*.Las diferencias son, continúan diciendo,
que la Historia, disciplina dotada de sus propios propósitos, igual que las
ciencias, no utiliza deliberadamente ficciones: se ha empeñado en contar lo
dicho y hecho según la verdad escueta (Polibio), sin inquietarse por la
hermosura de la elocuencia (Luciano): su trabajo no es una síntesis artística
de oratoria y elocuencia, de retórica y pragmática (Bodino). «Se entiende
que el historiador no puede modificar la materia de la historia en aras de un
presunto arte, porque la ley suprema de la Historia debe ser la verdad»3.
Tan suprema ley es que algunos filósofos-historiadores han confesado su
enemistad con Melpòmene: «Sentí animadversión por la novela histórica
[...], tomé la decisión de que en la Historia hay que evitar todo aquello que
se desvíe [„.] de los hechos transmitidos y confirmados»6. Como personal­
mente no nos interesa clasificarla (en una protociencia; ni como nanación
veridica, no sólo verosímil, que embona en algún género literario; ni como
una ciencia sui gèneris que ha adquirido este estatuto hace apenas unos dos
siglos)7, sino entenderla, seguiremos la indicación de I. Berlin: la Historia,
en una acepción amplia, «es lo que hacen los historiadores»6.

4 Collingwood, La idea de la Historia, p. 238.


3 Schelling en Wagner, La ciancia de la Historia, p. 186.
6 Rinite ea ibid., p. 243.
7 Collingwood, op. cit., p. 306.
1 Berlin, ibid.. p. 179.

172
EL OFICIO DEL HISTORIADOR

Desde Heródoto. padre de la Historia, según lo acreditó Cicerón, esta


forma de conocimiento maneja criterios de objetividad de que careció
mientras no hubo cortado su cordón umbilical con los mitos y la poesía
épica. Homero y Hesíodo recabaron las narraciones que escucharon en los
escenarios de antiguas hazañas; también Heródoto trató de salvaguardar la
tradición oral y dar gloría a las «obras grandiosas y admirables», aunque su
investigación ya pretendía explicar por qué guerrearon los griegos y sus
contrarios (Historias, 1 ,1). y de mantener una actitud crítica respecto a todo
lo que se dice. Pocos años después. Tucldides dejó de reconocer como
autoridad a los poetas mitógrafos y mitólogos. No obstante, los dioses y
demás seres fabulosos de los mitos permanecieron en la Historia sagrada.
Todavía Voltaire afirmó que ésta se halla en pie de igualdad con la profana;
sin embargo, las interpretaciones a ras de suelo, profanas y no teocráticas,
acabaron ganando la lid. Según consejo de Polibio, los historiadores debían
ser implacables con sus colegas que de meditado intento dicen falsedades.
Después también se fue implacable con las narraciones compenetradas con
los elementos fabulosos (v.gr. Collingwood baja del pedestal de los maestros
del pensamiento histórico a Tito Livio por incurrir demasiado en esta falla)
y con quienes hacían caso omiso de la recomendación ciceroniana de no
atreverse a decir nada falso ni a callar nada verdadero que haya sido
importante. La gloría que se disputaron estos estudiosos fue enlazar los
sucesos del pasado humano con exactitud, describiéndolos de la manera más
isomórfica posible, o correspondiente con las formas que tuvieron, es decir,
tenían que resolver los intrigantes enigmas del ayer mediante la penosa
gimnasia de adentrarse en códigos culturales distintos a los suyos.
A partir del helenismo y de la Edad Media, el espacio (la geografía) y el
tiempo se convirtieron en algo más que un telón de fondo: desde entonces
el historiador ubica, periodiza y detecta los diferentes ritmos de desarrollo
histórico de los sistemas y de los períodos de cada uno. Además, ataviado
con un guardapolvo y una lupa, escucha viejas grabaciones o a unos
informantes, y lee inscripciones u otros escritos que hablan de hechos,
leyendas, mitos, oráculos, profecías; u observa monumentos, estelas,
monedas, construcciones, obras de arte y demás antiguallas (sus fuentes),
que son huellas testimoniales de aquello que fue, y que se le presentan como
manuscritos en lengua extranjera, o fragmentos borrosos y llenos de elipsis,
que refieren sucesos y pensamientos fugaces. Él sabe que las cosas son
significantes que tienen un significado (son funciones semióticas), ya que los
sistemas humanos y sus productos pueden interpretarse como una red de

173
conductas y de cosas comunicativas. A partir de tales señales fragmentarias
(y que a primera vista confunden) de fases sistèmica; desaparecidas, él
apuesta a que es capaz de reconstruir lo que pasó.
Los historiadores griegos y romanos, y Leibniz (aunque la «crítica
documental» se estableció en el siglo pasado y no ha sido elaborada aún en
todas sus implicaciones). Bemheim, Droysen, Langlois y Seignobos, así
como Marrou, entre otros, han dado indicaciones «técnicas» para la empresa
de la reconstrucción —para la empirie histórica—, que abarca la búsqueda o
heurística y la interpretación o hermenéutica, esto es. las maneras de
conseguir los testimonios, de evaluarlos y de manejar su información, y esto
porque los textos o discursos escritos mienten, o no dicen la verdad, o en­
tregan interpretaciones deformadas de los hechos, cuando no deforman lo ya
deformado por los primeros informantes. Y aunque no todos los testigos son
mentirosos, o están engañados, o dicen la verdad veladamente, las expec­
tativas que se tienen del historiador es que no trague y vomite9 las
informaciones que recibió: él no es testigo nativo ni tiene por qué compartir
las creencias expresadas en la fuente documental, entregándonos una Historia
de «tijeras y engrudo»101, que recorta y pega lo dicho por las «autoridades».
Tampoco debe presentar lo que ocurrió como quiera, sino con «esmero
detenido»11, diferenciando lo que se dice de lo que sucedió. Así pues, los
historiadores tienen que usar su imaginación para tejer la red de hechos,
porque nada sucedido en un plano social (el político, por ejemplo) puede
descifrarse aislándolo de los demás planos y hechos que estuvieron
vinculados con él y fueron relevantes para su desarrollo. Partiendo de la
base de lo que saben sobre un periodo o estado sistèmico y los datos que
obtienen de las fuentes, los historiadores elaboran hipótesis interpretativas o
de trabajo que irán afinando a medida que avancen en su investigación.
Uno de los obstáculos que les impiden su avance es que los informantes se
mueven en los linderos entre la verdad y la mentira, lo dicho en un sentido y
comprendido en otro por prejuicios, simpatías, antipatías, confianza en la
tradición, intereses, miedo... y disimulo que pone sordina a lo relevante:

Desgraciadamente yo no tuve quien me contara cuentos


—declaró Juan Rulfo—; en nuestro pueblo la gente es cenada, sí,
completamente, uno es un extranjero allí. Están ellos platicando:
se sientan en sus equípales en las tardes a contarse historias y esas

9 Aproximadamente ésta es la tirase de Collinfwood en ibid.. p. 239.


10 tbid, pp. 41 y 249.
11 Luciano en Wagner, op. eit., p. 48.

174
cosas; pero en cuanto uno llega, se quedan callados o em piezan a
hab la r del tiem po: «hoy parece que no va a llover», «parece que
p o r ahí vienen las nu bes»12.

La clasificación de los testimonios en orales y escritos, divide la Historia


en inmediata y mediata (en palabras de Hegel). La primera, que depende del
contacto cara a cara entre el informante '-te s tig o o no de los acon­
tecimientos que nana— y el investigador, fue más propia de las épocas en
que los historiadores eran biógrafos de su generación: «Por mí está asenta­
do que escribo de oídas lo dicho por cada uno»13. Cuando éste aún es el
caso, han de evitarse las transferencias y contratransferencias (tan
claramente analizadas por Devereux en De la ansiedad ai método en las
ciencias del comportamiento). las parcialidades, los engaflos y autoengafios.
Por su pare, un escrito corre el peligro de que se altere o mutile. En vez de
sentarse a deplorar tantos trastornos, el historiador debe aprovechar la
tergiversación para descubrir qué indica; por ejemplo. Lévi-Strauss dice que
los cuentos del matrimonio feliz entre una princesa y un pobre huérfano son
una especie de contrapunto fantasioso o un ajuste de cuentas con lo que
sucedió (cff. capítulo o). En Presuppositions on critical History (1824) de
Bradley se lee que. aun cuando el Nuevo testamento sólo reportara
invenciones, también referiría tradiciones relevantes, que pueden des­
cubrirse siempre y cuando no se confundan las condiciones de verdad con
las de aseveración. Teniendo en mente estas últimas, el historiador depura
los datos brutos, estableciendo: a) la procedencia de un documento; b) si el
texto ha sufrido alteraciones o mutilación; c) si es un escrito auténtico o
apócrifo; d) si es original, copia, o copia de copias; e) si tiene registros
históricos reproducidos en extenso o si son resúmenes; f ) qué puede aceptar
del testimonio («crítica de interpretación y hermenéutica»); g) la credi­
bilidad del testigo, del autor del escrito, o de ambos; y...

EL CARÁCTER 1NTERDISCIPUNARIO DE LA HISTORIA

Quienes investigan la historia humana formulan preguntas concretas


sobre hechos que ocurrieron en un plano sistèmico (por ejemplo el
económico), y en un nivel de él, durante unos atas o quizá días; no obstante,

12 Transcripción de una plática en el ciclo «El desaffo de la creación» en la Escuela de


Diseño Intasata! de la UNAM. 1980.
11Herddoto, Historias, L U. i 123, p. 190.

175
su visión siempre es panorámica: no pierden de vista el conjunto de
ocurrencias de otros planas que afectaron y fueron afectadas por el hecho
que van a explicar (por eso entrelazan muchas «causas»: las «inmediatas»,
«las más profundas», las «reales» y las «imaginadas»). Construyen una
telaraña de relaciones movilizando las teorías de otras áreas del
conocimiento y las mezclan, sin preocuparse por tener un lenguaje técnico
preciso: el suyo es un discurso de discuños, o multidisciplinario, aplicado a
las series históricas. También les tiene sin cuidado tener un campo de estudio
propio, unos métodos, unos cánones, unos conceptos, unas categorías y una
estructura lógica privativas. Según lo requieran, tienen que manejar el
derecho, unas u otras ciencias de las sociedades humanas, la arqueología, o
unas u otras de las artes que hubo, la psicología, y hasta saber de
paleografía, de numismática, de heráldica... Siendo la madre de las ciencias
del tiempo, dice Foucault, mantiene con ellas, y con las demás ciencias, una
relación «extraña, indeñnible, imborrable»14*. Éstas son las palabras de
Draudel:

Si la nueva Historia debe ser. como creo, una reconstrucción


del pasado captado en toda su amplitud y en toda su complejidad,
tendrá que incorporar en sus cuadros y explicaciones la obra
entera, tan rica, de las ciencias sociales, sus vecinas. Por
consiguiente, el historiador tendrá que ser. desde luego,
historiador, pero también y a un tiempo economista, sociólogo,
antropólogo y hasta geógrafo (...], no nos extrañemos que el
historiador encuentre ante sí dificultades en verdad insuperables
que hacen que la realidad de la vida humana |...| deba captarse en
talleres diferentes, por ciencias particulares, y abordarse, en suma,
simultáneamente (...1. Ninguna inteligencia puede captar hoy la
realidad social de una vez y en toda su viviente amplitud19.

Junto a esos talleres, siempre ha habido individuos que han trabajado y


seguirán trabajando desde un pumo de vista multidisciplinario; ése es su
orgullo y su razón de ser: posiblemente la filosofía y la Historia son la
mancuerna de disciplinas menos especializadas y más abiertas a las ofertas de
conocimiento, aunque la segunda trabaja desde un enfoque sistèmico hechos
concretos, o sea menos abstractos o generales que la primera. Ambas son.
pues, sabrosas ollas podridas:

14 Foucault, b u palabras y las cosas, p. 356.


19 El Mediterràneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe ti. p. 9.

176
(...1 el análisis de las circunstancias en que se encontraban los
campesinos (en la Francia de Luis XVI] pertenece a la ciencia de
la economía, o tal vez de la historia social; el de la politica
hacendataria francesa, a la ciencia de las finanzas públicas, que no
es primordialmente un estudio histórico |...|; la debilidad del
carácter o del intelecto del rey es material de estudio de la
psicología [...] y así sucesivamente [...|. Amontonarlos a todos
ellos en uno solo, y soltar una lista de causas (...) es
inteIemalmente escandaloso. Sin embargo (...) la Historia general
es precisamente esta amalgama; un rico cocimiento compuesto de
elementos aparentemente dispares1*.

HOUSMO Y UNICIDAD

Durante siglos la preocupación de los científicos fue encontrar la


semejanza aun en los cambios; su exégesis condenaba el conocimiento a no
descubrir más que los parecidos: las mismas propiedades y las mismas
relaciones entre unas condiciones y un resultado sociales, o el mismo orden
normativo. Según ellos había que construir patrones donde se encajara toda
suerte de realidad. Lévi-Strauss nos hizo pensar que esta orientación
epistémica fue la misma que tuvo el indio Kwakiutl, a quien Boas invitó a
Nueva York: permaneció indiferente a todo aquello que no embonara con su
cultura. Sólo le importaba reconocerse en lo extraño. En este concierto de
orientaciones, los historiadores fueron atacados porque marchan en sentido
contrario al encuentro de la igualdad: hada las diferencias. Si desde la Edad
Media ellos unlversalizaron la Historia, es decir, consideraron que debe
estudiarse el pasado de todos los pueblos, su preocupación ha sido distinguir
cada cultura y cada proceso histórico, relativizar las formaciones sociales,
analizar las discontinuidades, la forma original o inédita en que nuestros
sistemas vuelven pertinentes unas funciones, unas normas, unos ins­
trumentos. Siempre han dicho que si bajo unas consideraciones, o en algunos
de sus aspeaos, nuestras sociedades se parecen, bajo otras, las que les
interesan a ellos, son diferentes, y cada una es única.
Esta orientación ha sido registrada por los filósofos. Un aparente
acuerdo que media entre los partidarios del monismo metódico, los dualistas
más radicales (dos métodos explicativos irreconciliables, uno para las
ciencias naturales y otro para las sociales humanas), quienes estudian

M Berlín, Jhwí.. p. 221.

177
nuestros sistemas en cortes sincrónicos, no evolutiva o diacrònicamente, y
los hisioricistas más moderados o conciliadores es: la Historia explica lo
único. Por ejemplo, el ingeniero mexicano Agustín Aragón, haciéndose eco
de Xenopoi, sostuvo que la reconstrucción de algunos hechos humanos del
pasado pertenece a las que Wundt llamó ciencias (o enfoques) de lo singular.
Pero, nos preguntamos, qué es lo particular, singular, único o concreto,
términos que se han usado como sinónimos, y que han sido abarcados en
otro, a saber, la «unicidad». Así pues, qué significa ésta y qué hacen los
historiadores:

[...] en la realidad no existen los objetos generales, sino úni­


camente individuales —escribe Rickert—; sólo existe lo único y
no hay nada que se repita. Debemos distinguir entonces la «indivi­
dualidad» que corresponde a todo objeto o proceso cualquiera
-f...| de la individualidad significativa para nosotros [ - ] 17.

Tomando unas palabras de Bradley como punto de partida. Collingwood


dice que la realidad no consiste en particulares aislados ni en universales
abstractos, sino en hechos individuales cuyo ser es histórico. Estas ideas
refuerzan la necesidad de puntualizar qué es la unicidad y qué se ha dicho
sobre el tema. Los interrogantes que planteamos antes de la última cita no
han tenido una sola respuesta porque el acuerdo entre los filósofos es
aparente; pero todos han convenido en que se trata de un asunto ligado a
preguntas y respuestas.
Para Hempel, autor de la versión más sintetizada del programa
positivista para la Historia, la unicidad es la aplicación del método
nomológico-deductivo a un caso específico, o ejemplo de una hipótesis
general o nómica. Los científicos, dice, también explican por qué un cuerpo
gaseoso aumenta de volumen entre 5.00 y 5.01 P.M.. o el actual
alargamiento de la columna de mercurio que está en...; o el eclipse total de
sol que fue visible en Alaska en 1960; el astrónomo investiga un astro, el
biólogo una evolución, el geólogo la formación de un depósito geológico y
el físico la ruptura de un radiador como «estructuras» (son palabras de
Hempel) de sucesos que son ejemplos o instancias de unas leyes. Si
asumiendo este criterio el investigador contrasta la explicación de la ruptura
de una botella que se haya metido en el congelador con la de un radiador en
condiciones climáticas bajo cero, podrá eliminar muchos detalles que antes
se hubiera entretenido en describir, dedicándose sólo a las comunidades, esto

17 Ricfced. htíroducción a ios problemas de lafilosofía de la Historia, p. 43.

178
es. a las relaciones entre muy parecidas condiciones iniciales y resultados, o
sea vinculando los hechos mediante las mismas leyes (con amplia cobertura)
sobre la congelación del agua y de presiones de unos contenidos que rompen
sus continentes. La conclusión hempeliana es que cuando los historiadores
procedan de esta manera, serán científicos, tomando conciencia de que
dondequiera que falten las formulaciones nómicas. hay simples descripciones
o resúmenes muy concentrados.
Ahora bien, Dray y Mandelbaum señalaron que todo lo que este método
gana en extensión y sencillez, lo pierde en exactitud o precisión explicativa
del hecho particular. Esto es. si un libro sobre la independencia de México,
o unos ensayos sobre la muerte de Julio César o el suicidio de Séneca se
limitaran a contestar las «razones» (las relaciones entre un explanans y un
explanandum) de las independencias, y de los asesinatos o suicidios políticos
(suponiendo que existieran «leyes» al respecto, o sea que tales hechos
pudieran predecirse y posdecirse, lo cual es sumamente dudoso) sin
especificar más, tendríamos un texto desenfocado e improcedente: mientras
más trate la Historia de limitar sus compendiosos relatos mediante la
utilización de las generalizaciones supuestamente nómicas, más llevará el
estigma de no cumplir con su cometido: mientras menos particularice su
descripción y explicaciones, más traiciona las expectativas que tenemos de
ella: la sustancia de que se nutre esta disciplina son las ocasiones singulares
que ocurrieron sólo en unas situaciones sistémicas. Decir «unicidad» es.
pues, referirse a enfoques detallistas que consignan los mayores récords de
hechos «notables» en un proceso: los principios que gobiernan los
menesteres del historiador son el descubrimiento y la narración de unos
cambios sistémicos, unas luchas y unas alternativas que ocurrieron en una
organización. la manera en que los comportamientos se potencializaron y
anularon reciprocamente, y los éxitos y fracasos personales que tuvieron
lugar en unas ocasiones y no en otras. Por otro lado, estos objetores
completan afirmando que las cuestiones que plantea el historiador sobre una
secuencia unitaria y particular de acontecimientos no pueden responderse
con uniformidades (Mandelbaum), sino con una descripción donde abunden
los nombres y las fechas, y las causas particulares (por ejemplo, por las que
guerrearon los griegos y los no-griegos, según el planteamiento de
Heródoto). En Laws and explanation in History, Dray objeta la obstinación
de que la Historia use leyes y respete su cobertura (la predicción y la
retrodicción formulada ateniéndose a unas probabilidades porcentuales de
cumplimiento): decir que Luis XVI murió en la impopularidad porque
siguió una política lesiva a los intereses nacionales de Francia, no es una
hipótesis general traducible a «Si un gobernante lesiona los intereses

179
nacionales, entonces muere en la impopularidad.» Si los epistemólogos k
plantearan a un historiador que esta descripción ha ocultado una hipótesis
nómica. quedaría azorado, y en vísta de las atribuciones que le hacen,
pondría tantas restricciones que acabaría diciendo que únicamente en las
condiciones de la Francia de Luis XVI pudo producirse un hecho semejante.
Luego, dice Dray, la Historia no es una ciencia teórica, sino una actividad
(defínase como ciencia, como arte o como mezcla de ambos) que
particulariza.
Un tercer grupo, para el cual la Historia se caracteriza por su interés en
acontecimientos específicos más que en generalizaciones», observa que
cuando los científicos tienen propósitos singularízadores, actúan igual que el
historiador si un astrónomo titula su texto El cómela Halley o Historia del
cometa Halley, fija fechas y lugares, recoge detalles y particularidades de
este cometa, singularizando las condiciones como si fuesen acontecimientos
únicos que causaron un resultado único, aunque todos saben que tras de la
descripción están implícitas unas hipótesis generales.

El químico práctico (...) cuando quiere analizar un cieno


cuerpo compuesto —digamos un pedazo de roca—, rara vez
considera [explícitamente) una ley universal (...). Su interés es
principalmente un interés histórico: la descripción de un grupo de
acontecimientos específicos o de un cuerpo físico individual19.

La dificultad con que podría tropezar esta idea es que la generalización


no se ocupa de los casos únicos; v. gr. uno de los (raros) planteamientos
nómicos de la biología es la manera en que se trasmiten los caracteres
dominantes y recesivos en la segunda y tercera generación, pero no dice
cómo será o fue un individuo: únicamente calcula las probabilidades o la
frecuencia de cumplimiento de un fenómeno; por lo tanto, esta clase de
formulaciones no puede interesar a quienes trabajan sucesos concretos. Estos
epistemólogos tienen una respuesta a esta objeción: a los historiadores les
interesan las hipótesis generales porque las aplican durante su investigación,
aunque después lo oculten, utilizando redacciones ingeniosas que las
particularizan porque... en la Historia «nos interesamos por la explicación
causal de un acontecimiento sin g u la r. En las ciencias teóricas, las

u Popper, La miseria del historicismo, p. 174.


"¡bid., p. 177.

180
explicaciones causales de este tipo son principalmente medios para [...] la
experimentación de leyes universales»20.
Las investigaciones centradas en la unicidad singularizan las genera­
lizaciones como si un acontecimiento individual fuese la condición de otro
acontecimiento individual: «toda explicación causal de un acontecimiento
singular puede decirse histórica en cuanto la causa está descrita por
condiciones iniciales singulares»2>7Los historiadores no usan leyes, pero si
relaciones causales; por lo mismo, sus dos tareas:

U1 el desenredar los hilos de la causalidad y el describir la


manera accidental en que se tejen los hilos, son ambas necesarias
[...1, una vez un acontecimiento puede ser considerado como
típico, esto es, desde el punto de vista de la explicación causal y
otra vez como único22.

Digámoslo con «Explanation in History and the genetic Sciences» de


W. B. Gallie23: los historiadores no están preocupados por el establecimiento
de hipótesis generales (si los pueblos son concebidos como ejemplos de una
clasificación taxonómica o de unas relaciones causales, esa investigación no
debe llamarse de la Historia). De todo lo anterior sacamos en claro que la
primera acepción de «unicidad» es la singularización de unos sucesos, es
decir, presentarlos a ellos mismos y a sus relaciones como únicos, como algo
que ocurrió alguna vez. independientemente de si pudo o podrá ocurrir en
otras ocasiones.
Según los criterios más extremosos de los filósofos aristotélicos, el
historiador no utiliza las relaciones entic causa y efecto porque siempre que
se aducen éstas, se ha observado su cumplimiento en dos o más sistemas («la
generalización implica la existencia de más de un acontecimiento»)24 y él
nunca ve las cosas así. En su History o f Europe (vol. I). H. A. L. Fisher dice
que él no encuentra ninguna posibilidad de comparación que le facilite el uso
de las hipótesis generales, y que en la historia no discierne regularidades,
sino acontecimientos enlazados contemporáneamente y en sucesión hasta que
forman un gran acontecimiento. Según esto los sucesos históricos han sido
contemplados como una cadena de eslabones distintos a la que constante-

» /f c d .. p. 175.
21 ¡bidón.
U lbtd., p. 178.
21Ensayo reproducido en Punch Gardiner edil., Theorits ofHistory.
*G*rdiner, La naruraLaa de la upíuMdón histórica, p. 79.

181
la Poética de Aristóteles:

El historiador y el poeta oo difieren enue sí poique el uno


hable en prosa y el ouo en veno, puesto que podrían ponerse en
veno las obras de Heródoto y no serían por esto menos Historia
de lo que son, sino que difieren por el hecho de que uno nana lo
sucedido y el otro lo que puede suceder. Por lo cual la poesía es
más filosófica [utiliza generalizaciones] y más elevada que la
Historia, pues la poesía refiere más bien lo universal, la Historia
en cambio lo particular. Lo universal consiste en que, a deter­
minado tipo de hombre, corresponde decir y obrar determinada
clase de cosas según lo verosímil y lo necesario. A ello aspira la
poesía, aunque imponga nombres personales. Lo particular, en
cambio, consiste en decir, por ejemplo, lo que obró Alcibfades y
qué cosas padeció23.

Aquí hay dos ejes argumentativos. Uno dice que las explicaciones
consideran los hechos (incluso si los detallan dándoles nombre) como
ejemplos de conexiones que se repiten y que, como tal, son generalizables o
tipificares (un tipo de hombre hace unas cosas, no otras): el segundo dice
que el historiador se dedica a coleccionar y describir los dichos y hechos
particulares (la biografía de Alcibíades, el borrachín político y gimnasta que
nadie invitó a El Banquete pero irrumpió en él. o los procesos de un país),
sin que utilice un juicio universal, sin que las conexiones que establece
puedan generalizarse. Luego, según esto, la unicidad es la cualidad de único
que tiene un proceso en cuanto nada de ¿1 es explicable mediante genera­
lizaciones causales o taxonomías.
Desde luego que. según nosotros, el historiador no usa generalizaciones
nómicas o relaciones entre causas y efectos como las pensó Hume (es decir,
como hipótesis generales que, sí se comprueban, acaban siendo leyes que
predicen y posdicen). No obstante, asegurar que no lleva en mente ninguna
generalización, exagera la nota: afirmar que la Historia tiene unas cualidades
distintivas no es equivalente a que es totalmente distinta de cualquier forma
de razonamiento; claro que sus textos analogan las cosas (en cualquier
actividad teórica existe la asociación «paradigmática»), esto es, todo enfoque

29 Aristóteles. Poética, trad. Eilhird Schleslnger, nota prel. José Ma. Estrada, Buenos
Aires. 1947 (Biblioteca Emecé de Obras Universales. Sección VIII. Clásicos Griegos y
Latinos), pp. 6 041.

182
sistèmico compara funciones y comportamientos, obteniendo una genera­
lización o regularidad, o una taxonomía (aunque esta palabra no significa lo
que queremos comunicar debido a que lleva el sufijo nomos): las branquias
y los pulmones no se parecen en propiedades visibles, sino en que sirven
para respirar (es el ejemplo de Foucault). Durante milenios la «invención»
de las culturas ha servido para justificar su explotación. Detengámonos en
esto, recordando La invención de América de Edmundo O'Gorman, donde
está escrito que la noción de ecumene (griega), que dividía el mundo en tres,
fue el motivo de que Cristóbal Colón creyera haber llegado al Asia (desde
entonces los aborígenes de las tierras de América se llamaron indios) y no a
un continente que era desconocido en Europa. Él estaba de acuerdo con las
connotaciones de perfección que se habían atribuido al número tres en los
pasajes evangélicos que hablan de la repartición triple del mundo entre los
tres hijos de Noé, de la procedencia triple de los tres reyes magos, y de la
ratificación geográfica del misterio de la trinidad: tres modos de un dios y
tres partes de un mundo. Lo cabalístico del 3 también lo había puesto de
relieve san Isidoro de Sevilla. La posterior evidencia de los errores
interpretativos dejó América como un cuarto continente, una región sepa­
rada del designio divino, un nuevo mundo o licna promisoria identificablc
con el infierno (y. por negación simple y directa, con el paraíso). Por
último, si «descubrimiento» es el encuentro de algo que reconoce su
funcionamiento (o sus normas operativas), y si «invención» es otorgar un
funcionamiento a aquello que se crea, entonces, desde el punto de vista
ideológico, América fue inventada. Ahora bien, estas premisas son
generalizables: los países colonizadores o dominadores han «inventado» a
sus dominados o «vasallos». Asimismo, los títulos descriptivos de las obras
de Historia tales como «La independencia de México» o «La revolución
mexicana de 1910» anuncian que tratan un proceso particular, pero teniendo
en mente definiciones generales (de «independencia» y «revolución»); y aun
cuando los historiadores formulen enunciados con un sujeto y un predicado
cuya referencia es una y única, como «La guerra de independencia de
México se inició con el grito de Dolores», han generalizado: la interpre­
tación de su enunciado es que ha habido movimientos armados para liberarse
de una metrópoli.
Ningún libro de Historia amontona descripciones de lo único. Además,
se toma conciencia de que algo pertenece a un sistema reconociéndolo en
otros sistemas y diferenciándolo de ellos. Cuando a fines de la Edad Media y
durante el Renacimiento se redescubrió la antigüedad grecorromana, los
estudiosos se enteraron de que ninguna cultura y ningún proceso histórico
pueden pensarse (incluyendo sus diferencias), si no se dispone de otras y

183
otros que le sirvan de término de comparación: hay que colocar los ma­
teriales en perspectiva, planteando los sentidos o fines que tuvieron los
hombres. Los historiadores llevan en mente los parecidos entre los planos y
sus niveles, las normas funcionales (el código) y los comportamientos. En
palabras más tajantes: no existen descripciones sistémicas sin generaliza­
ción. sin repeticiones que se habrán registrado tanto en dos tiempos de la
misma organización como en dos organizaciones distintas. «El enlace de
las distintas fases de una serie evolutiva histórica entre sí, o de un objeto
histórico con su mundo circundante, es siempre un nexo causal, y la cien­
cia histórica ha de representar esas relaciones de causa y efecto [que no
nómicas]. a fin de expresar la unión de las partes con el todo»26. De que el
historiador se ocupe de la unicidad de las transformaciones históricas, no se
sigue que las generalizaciones no entren en sus textos. Aclaremos, si se in­
teresa en los cambios y singulariza los hechos históricos, sería absurdo que
se empecinara en abstraer repeticiones globales entre los sucesos de dos
sistemas, lo que no excluye que halle algunas: hablar de funciones o normas
operativas de un sistema significa la repetición de un orden Analista, aunque
no de las mismas estructuras o composiciones (la existencia de semejanzas
sistémicas —también— se explican porque nuestras comunidades se
relacionan entre sí y no son inmunes a estos lazos). Ejemplifiquemos. Si un
historiador se ocupara de la crisis de un país monoproductor, enfocándolo
como una unidad orgánica y cambiante, no dejaría de lado sus relaciones
comerciales. Los economistas le ayudarían a entenderlas y explicarlas;
supongamos que el país comprador no pagan el producto —sean papas— al
precio esperado (se comportara no pagándole la suma esperada), entonces el
estudioso tendría que recordar esta norma o regla funcional: «El precio en
un mercado corriente, en condiciones de competencia pura [no monopo-
lísticaj, en un período dado de tiempo, está determinado por la interacción
de la oferta y la demanda en ese mercado»27. En su relato diría por qué
(p an qué) los compradores no estuvieron dispuestos a adquirir las papas en
ese periodo a cierto precio, y que el producto es perecedero, o sea que una
vez recogida la cosecha anual, la oferta no podía aumentar, pero sí
disminuir. Por último, podría ocuparse de la crisis, o del resultado catas­
trófico para el país exportador, teniendo presente el crecimiento.

26 R kken. op. til., p. 58.


27 Mordccai Ezekid, «El teorema de la telaraña» en Ensayos sobre el ciclo económico,
selección bajo la dirección de Gouftied Haberler. n i Víctor L Uiquidi. México. Fondo de
Cultura Económica, 1956 (Sección Obras de Economía), p. 439.

184
estabilización o decrecimiento de la población de los potenciales deman­
dantes y las altas y bajas en sus ingresos.
Las ahondantes generalizaciones (tomadas de muchas disciplinas) que
entran en juego en una descripción explicativa de los sucesos históricos
orientan las investigaciones y la selección de materiales para que los textos
no sean anecdotaríos. El historiador se esfuerza en que sus narraciones
hagan inteligibles los hechos, es decir, que queden situados en un marco
significativo comprensible, aunque ¿1 no se comprometa más allá de lo que
afirma. Su vocación no es contestar preguntas acerca de regularidades, sino
ponerlas a nuestra disposición crítica dentro de un registro descriptivo
' consultable. Al poner al descubierto los procesos históricos, pone al
descubierto la normalidad y la normatividad (que existió en un estado
sistèmico), generalizaciones ambas que utiliza sin menoscabo de la
concreción de lo ocurrido. Gilbert Ryle compara el trabajo de los etnólogos
e historiadores con una inferencia clínica que, en lugar de comenzar con
unas observaciones, ajustándolas a una generalización, comienza con in­
dicadores presuntivos que sitila en un marco inteligible —en el todo u
organismo— para encontrar las formas peculiares en que se manifiesta el
suceso o la enfermedad en cuestión.
Ahora bien, los investigadores de la historia pueden encontrar
repeticiones análogas en una parte de un sistema con otra parte de otro; pero
nunca de todo a todo ni de partes a todo. Si en algún aspecto los estados
s islámicos se parecen, bajo consideraciones global izantes son diferentes; cada
estructuración de los elementos sistémicos, aun en el caso de que el holon
tenga o no fines parecidos con otros, es única. Siempre la Historia presenta
los procesos evolutivos como una unidad irrepetible porque las relaciones de
una sociedad o de cualquier institución social no son idénticas con otras.
Cada estado sistèmico y cada una de sus transformaciones históricas son
únicos, como es único o singular un organismo que recibe una herencia
genética cuya composición sólo le pertenece a él: los genes pueden ser más o
menos comunes o escasos en una población, pero la originalidad (la
unicidad) se debe al resultado de conjunto. En cada estado de una
organización humana, y en cada sucesión de sus cambios, su composición,
esto es. los enlaces que ocurren en su seno, son irrepetibles. Aristóteles trae
a colación la biografía de Alcibíades; desde el punto de vista bolista ésta fue
única, aunque muchos datos de su vida pudieran haberse repetido. Al trazar
el panorama general, que define para qué sirvió algo y cómo se integró en el
. todo, el historiador deja de identificar la función en dos conformaciones que
antes había identificado como la misma: la represión ha sido una norma
operativa en todas panes; pero al trazar las curvas relaciónales de un

185
decurso social, esta norma se diversifica. Gardiner ilustra con otro ejemplo:
en la conquista normanda de Inglaterra se repitieron comportamientos y
conductas tácticas que han ocurrido en otras conquistas, sin embargo fue una
y no cualquier conquista. En resumen, sólo podríamos hablar de dos
sistemas humanos como idénticos si sus relaciones formaran una misma
cadena con la misma orientación o el mismo programa finalista, o sea si su
identidad pudiera expresarse en correspondencias biunívocas. Pero esto sólo
indicaría que es el mismo sistema. Tal vez los estudiosos de nuestras
sociedades encuentren algunos parámetros de comportamiento (tan re­
petitivos) que sean susceptibles de tratamiento matemático; sin embargo, el
historiador seguirá pensando que cada sociedad (tan amplia o pequeña como
se quiera), en conjunto, es única. Por lo mismo, su relato acerca de una serie
sistèmica, seguirá siendo rico en detalles (comparativamente a una
explicación nomológica). Ejemplifiquemos. Pirenne enlazó los estados
sistémicos medievales —el señorial y el inicio del capitalismo comercial— ,
que tuvieron lugar en una cantidad considerable de los actuales países
europeos. Sus criterios de evolución económica los tomó de las teorías de
Adam Smith al respecto que contemplan: las invenciones de las fuerzas
productivas, el descubrimiento y explotación de nuevos territorios y
recursos, y el crecimiento de la densidad de población. El terrateniente
medieval, dijo Pirenne, no tuvo la ambición de incrementar sus utilidades
(esto no era el fin, sentido o dirección de sus comportamientos): a falta de
mercados extranjeros, no produjo para la venta ni trató de mejorar el
funcionamiento del feudo. La poca densidad de población, la no explotación
de territorios y recursos, y que casi no hubo invenciones, dieron como
resultado la supervivencia durante cientos de años del latifundio feudal. A
partir del siglo x aumentó la población (ya no se equilibraron el número de
nacimientos y defunciones), y empezó la desconcentración del feudo: una
cantidad creciente de individuos emigró (entre ellos los nobles que
abandonaron las tierras de cultivo de sus padres porque las heredaban los
hijos mayores, evitando así la parcelación excesiva) a las ciudades, donde se
crearon los nuevos comerciantes y los artesanos innovadores de técnicas.
Además en las abadías cistercienses, que ocuparon territorios pantanosos y
desérticos de los feudos, se perfeccionaron las granjas y los instrumentos
agrícolas. Luego, la creciente densidad de población, los inventos (que los
comerciantes se encargaron de difundir) y la exploración de nuevos recursos
y territorios rompieron el orden anterior, transformando el estado sistèmico
feudal en capitalista. Ahora bien, a pesar de que tantos países coincidieron,
la Edad Media como proceso histórico fue único, y Pirenne lo describe

186
como tal. Y si se hubiera centrado en un solo feudo, también su descripción
habría detectado la unicidad de éste.

UTUIDAD DE LA HISTORIA

Para Descartes los historiadores son tránsfugas de su época: de tanto


viajar por el pasado se vuelven extraños a su tiempo. Curiosa observación
sobre algo imposible: convertirse en un antepasado —en el otro— o que
haya alguien extraño a la situación donde se desenvuelve. Esta expresión
cartesiana pone al descubierto la proverbial incomprensión acerca de qué es
la Historia. Esbocemos unas cuantas ideas al respecto. En tamo aplica un
saber interdisciplinario a un proceso concreto, el historiador muestra la
pertinencia o impertinencia, y los límites en la aplicación, de las generali­
zaciones y teorías de las ciencias sociales humanas (además de que las teorías
de éstas a menudo se apoyan en los conocimientos históricos); también nos
instruye a todos sobre lo que somos, poique esto sólo se dilucida cuando se
cuenta una historia: las instituciones del presente son hijas del pasado. La
Historia también es la memoria colectiva o vehículo que comunica las tradi­
ciones, y construye trayectorias, y registra los cambios y sus ritmos (las
secuencias no uniformes de la vida social), arreglando los relojes parados y
aquéllos a los que sólo les funciona el péndulo; éstos han generado la falsa
idea del retorno de lo mismo, y que, por esto, la Historia está llena de
enseñanzas y moralejas aleccionadoras que prescriben remedios idénticos a
males idénticos (Cicerón y Maquiavelo creyeron lo que ahora negamos).
Esta actividad tampoco nos emancipa de muchas de las enseñanzas acciden­
tales de nuestra educación, como dijo Russell, ni es un oráculo que descifra
el destino futuro de la humanidad en base a formulaciones nómicas o
códigos inamovibles. La Historia narra las peripecias de los sistemas
humanos y de hombres vivos que dejan tras de sí patrimonios culturales, no
los comportamientos de las cosas ni de los dioses. Personalmente no creemos
que la ayuda que recibe de la investigación semiótica de las culturas sea el
fía t para que pueda explicar cualquier cosa de nuestros sistemas: precisa­
mente la generalidad e imprecisión de muchas aseveraciones de esta reciente
rama del saber, les merma interés como instrumental del historiador. En
pocas palabras, como parte de un todo de conocimientos es multifuncional:
amplía la capacidad de comprensión (lo humano no es sólo lo que está ahora
y aquí), derrumba los castillos en el aire que magnifican o injurian la
antigüedad, deshace rancias ideas que glorifican al hombre y a unos hombres
a expensas de cosificar los organismos vivos y a los hombres de otras razas

187
y clases, indirectamente da voz a nuestros congéneres desaparecidos, y nos
diviene o solaza, y...
En definitiva, la Historia es un ejemplo de enfoque sistèmico y procesal
que redacta las actas de nacimiento, de instituciooaUzacidn, de cambio (las
secuencias de lo devenido) y los epitafios de los estados sociales. Nada m is y
nádamenos.
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I n d ic e o n o m à s t ic o

Abel.......................................... ...................................................................56
Adán, ..................................... .................................................................. 41
Agustín, San, .......................... ................................... 14; 46; 48; 49; 53:54
Alarico I.................................. ...................................................................48
Alcibiades................................. ....................................................... 182; 185
Alejos Garda, José................... . ................................................................. 82
Alemán, Miguel, ..................... ............................................................... 144
Althusser. Louis...................... ................................................................. 139
Anaxágoras, ............................ ............................................................33; 48
Anacombe, Gertrude Elizabeth. ...................................................... 155; 161
Angón, Agustín....................... ............................................................... 178
Aristóteles................................ 12; 45; 70; 72; 76; 84; 91; 155; 164; 182; 185
Arqufloco de Paros, ............... ............................................................... 129
Augé, Marc............................. ................................................................. 84
Ayer, A. J................................. ............................................... 40; 63; 65; 99

Bacon, Francis........... 53; 63


Baer, Karl Ernst von. .... 27
Bajtín.Mijafl............. .... 51
Baktiar, ................ ..... 91
Baltasar. San............. ... 183
Barnett, S. A....................... ................................................................. 27; 28; 29
Barthes. Roland................. ............................................................................ 92
Bayle, Pierre.................................................................................................... 70
Bergson, Henri.................. ........................................................................ 42
Berlin. Isaiah................... 11; 12; 72; 78; 93; 107; 129; 137; 164; 171; 172; 177
Bernheim, Ernst, ............. ............................................................................ 174
Bertalanffy, Ludwig von, ..................................................................... 40:84
Bismarck, Otto von............. ........................................................................... 144
Blake, Christopher, .......... ...............................................................................57
Boas, Franz..................... » .............................................................. 55; 84; 177
Bottino, Jean....................... .............................................................. ;............ 172
Bohr, Niels..................................................................................................... 127
Boltzmann, Ludwig.......... ....................... ..................... 121
Bonaparte, Luis Napoleón. .......................................... 88 ; 133; 139; 144; 158
Bosanquet, Bernard.......... ................................................................................59
Bossuet. Jacques Benigne, .............................................................................. 50
Bradley. F. H...................... ................................................................... 175; 178
Braudel. Fernand.............. .................................................... 124; 125; 144; 176

201
Broad. Charlie Doubar..................................................................................... 45
Brano, Giordano.............................................................................................. 33
Bniio, Marco Junto............................................................................................ 66
Buckle. Henry Thomas................................................................................... 149
Buckley. W.....................................................................................................101
Bury. J. B................................................................................................ 51; 126

Cain...................................................................................................................56
Calleja del Rey. Félix Marla............................................................................ 142
Cam................................................................................................................. 183
Camus. Albert....................................................................................................29
Cárdenas. Lázaro.......................................................................................... 144
Carlyle. Tilomas. .......................................................................................... 131
Carnap, Rudolf. ......................................................................................... 101
Camot. Marie-Franfois Sadi. .................................................................57; 121
Casio Lougino. Cayo..................................................................................... 66
Caso. Antonio........................................................................................ 72; 171
Catón. Marco P acto.................................................................................... 145
66
César, Cayo Julio............................................................. ; 99; 133; 145; 179
Cicerón, Marco Tirito...................................................................... 21; 173; 187
Clanshis. Rudolph........................................................................................... 121
Cleopatra.........................................................................................................126
68
Clio............................. 9; 15; 21; 53; 60; ; 69; 73; 74; 107; 108; 131; 171; 172
Colón. Cristóbal............................................................................................. 183
CoDingwood. R. G................ .. 40; 49; 6 0 .6 1 ; 67; 68; 71; 78; 79; 94; 107; 116;
...................... 126; 152; 160; 172; 173; 174; 178
Comte, Auguste.................... ................... 28; 30; 60; 61; 62; ; 69; 123; 138 68
Confucio............................... ........................................................................ 33
Copémico, Nicolás................ ............................................................ 33; 60; 65
Cortés, Hernán...................... .............................................................. 130; 132
Coumot, Antoine Augustin, ..................................................................... 126
Cravel Craven, Avery............ ....................................................................... 132
Croce. Benedetto................... ....... 38; 45; 51; 60; 71; 89; 95; 108; 132; 153
Cuauhtémoc.......................... ............................................................. 132; 134

Charbonnier, George........................................................................ 36; 37; 123;


Chauchard. Paul.......................................................................... 30; 36; 38; 43
Childe. Gordon, ............................................................................................. 42
Chin (Huang-ti)............................................................................................. 114
Chisholm, Roderick M.................................................................................... 65
Chomsky, Noam, .......................................................................... 19; 116; 122

202
Daisches, Raphael D.................................................................................27; 33
Darwin. Charles.................................................. 23; 24; 25; 26; 28; 29 127; 167
Demócrito........................................................................................................ 76
Desearles. René ...................................................................... 30; 33; 80; 91; 187
Devereux. George..................................................................................... 72; 175
Dilthey, Wilhelm, 15; 41; 71; 72; 75; 77; 85; 101; 107; 108; 138; 158; 159; 172
88
Dray, William, ............................................. 72; 79; ; 99; 132; 157; 179; 180
Droysen, Johann Gustav......................................................................... 152; 174
Durkheim, Émile........................................... 30; 80; 84; 96; 103; 104; 120; 139

Eco. Umberto.................................................................................................... 69
Eddington, Arthur Stanley....................................................................... 8
Einstein, Albert............................................................................................... 127
8
Eliade, Mireea.......................................................................................... ; 102
88
Engels, Friedrich......................................................... 39; 53; ; 139; 145; 160
Epicuro........................................................................................................... 166
Espartaco......................................................................................................... 133
Eva, .................................................................................................................. 41
Ezekiel. Mordecai......................................................................................... 184

Federico II, el Grande.........................................................................................50


Fernández de Lizardi, José Joaquín................................................................ 10
Feuerbach, Ludwig, ..........................................................................................32
Fichte, Johann Gottlieb.................................................................................... 160
Filloy, Eugenio.................................................................................................... 7
Fisher. H. A. L ............................................................................................... 181
Foucault, Michel. ............... 10; 11; 71; 81; 92; 94; 97; 103; 110; 158; 176; 183
Francisco de Asís, San. ......................................................................................32
Francisco Femando, archiduque de Sarajevo...................................................... 64
Frazer, James George...................................................................................... 124
Freud. Sigmund, ............................................................................................. 35
Frisch, Karl von, .............................................................................................. 36

Galileo. Galilei.............................................................................. 33; 53; 60; 97


Galton. Francis.........................................................................- .....................24
Gallic. W. B.................................................................................................... 181
Gallup, George................................................................................................ 39
Gaos. José................................................................................................ 149; 150
66
Gardiner. Patrick............................ 40; 59; 61; ; 126; 145; 152; 155; 181; 186
Gaspar. San................................................................................................... 183
Gibbon, Edward. .............................................................................................. 50
Gibbs, Josiah Willard...................................................................................... 121

203
Ginsberg, M......................... . 24
Girmi, René...................... 103
Gobineau, Joseph Arthur, .. 24
Godali. Jane......................... . 42
Goethe. Johann Wolfgang. . 107
GonriUez. Luis. ................. . 60
Giaco. Cayo Sempronio. .... 145
Giaco. Tiberio Sempronio. 145
Gresham. Thomas.............. 142
Gulliver. Samuel. .......... . 35
Guzmin, Juan o Juan Sol. .. 83

Habermas. Jürgen. ....... 23; 26; 93; 120; 140; 141; 142; 144; 152; 154; 155; 171
Haeckel, Ernst Heinrich..........................................................................27; 127
Hamsphire, S.................................................................................................... 155
HecateodeMileto............................................................................................... 90
Hegel Georg Wilhelm Friedrich. . 10; 14; 32; 34; 38; 45; 48; 50; 53; 57; 75; 81;
........................................... 82; 91; 118; 124; 137; 139; 145; 152; 155; 160; 175
Heisenberg. Werner........................................................................................ 110
Helmer. 0 ........................................................................................................... 65
Hempel. Cari Gustav................................................ 66 68
; ; 97; 98; 99; 127; 178
Herder. Johann Gottfried von................................................. 10; 45; 46; 51; 159
68
Herédoto...................................................................... ; 90; 173; 175; 179; 182
Hestado.............................................................................................................. 173
H idalgo y C ostilla, M ig u el ........................................................................................... 142
Hobbes, Thomas............................................................................................. 136
Homero........................................................................................................... 173
Hosak, L............................................................................................................ 79
Hume, David.................................................................................................. 182

Isidoro de Sevilla. San. ................................................................................. 183


Iturbide. Agustín de........................................................................................ 162

Jafet...................................................................................................................183
Jenkins, J........................................................................................................... 37
Jehová. ...................................................................................................... 41; 56
Jesucristo.................................................................................................. 48; 145
Joaquin de Fiore..................................................................................................46
Job...................................................................................................................... 100
Juárez, Benito................................................................................................ 134

204
Kant. Immanuel.......... 14; 20; 33.45; 48; 49; 50; 51; 53; 54; 57; 70; 75; 76; 87;
...................................................................................... 164; 166:167; 168:172
Kepler. Johann............................................................................................. <¡0; 65
Ki-Zerbo, Joseph............................................................................................ 168
KOheler. Wolfgang........................................~...............................................39
Kwakiuü....................................................................................................... 177

Lamprecht, Karl, ......................................................................................... 158


Lanfiey, Piene.............................................................................................. 133
Langlois, Charles Victor, ....................................................... 59; 150; 172; 174
Lantéri-Laura, G.............................................................................................. 9;157
Le Gross Clark, Wilfrid................................................................................ 29
Leibniz, Gottfried Wilhelm.......................................................... 14; 33; 34; 174
Lenski, G„ ..................................................................................................... 23
Lessing. Teodora........................................................................................ 31; 34
Leucipo............................................................................................................. 76
Uvi-Stiauss. Claude....................... 12; 30; 36; 55; 82; 105; 106; 114; 123; 124;
............................................................................................... 143; 144; 175; 177
Lilienfeld, Robert, ................................................................................ 101; 102
Linneo (Linné), Carl von............................................................................... 11
Uvto,Tko...................................................................................................... 173
Locke. John, .............................................................................................. 36; 56
Lorenz, Komad..................................................................... 25; 35; 64; 67; 119
Lotman, Yuri M................................................................................................. 88
U w .......................................................................................................... 146; 147
Luciano.................................................................................................. 172; 174
Lucrecio. Caro Tito................................................................................ 166; 167
Luhmann, N................................................................................................. 23; 81
Luis XVI........................................................................................ 177; 179; 180
Lukdcs, Georg.................................................................................................. 42
Lukes, Steven.................................................................................................. 137

Marintyre. A................... ..........65; 126


Mackenzie, Robert........ ................. 50
Mac Ræ. Donald G., . ..................28
Machado, Antonio........... 14; 54; 83; 120
Mahoma......................... ..................86
Malebranche. Nicolis. ............ 14; 33
Malinche (Malintzin), . ............... 132
Malinowski. Bronislaw. . .... 36; 84; 103
Malthus, Thomas Robert, .................. 26
Manco Capra................... ................ 114

205
Mandelbaum, Maurice....................... ........................... 45; 137; 13«: 179
Maquiavelo, Nicolás........................ .......................................... 49; 187
Marrou, H. 1................................... .................................................. 174
Mara. Karl....................................... 88
24; 39; 52; 53; 75; ; 127; 160; 165
Maturane. Humberto......................... ................................ Il i ; 112;113
Mayr, Einst...................................... ................................................... 91
Melchor, San. ................................. .................................................. 183
Melpòmene....................................... ................................................. 172
Merleau-Ponty, Maurice.................... .................................................. 107
Mesilim............................................ ..................................................... 49
Meyer, Edward.................................. ................................................. 130
Micromegas, seflor, ........................ .................................................... 14
Mill, John Stuart. ............................ ............................................. 62; 63
Mirabeau, Honoié Gabriel Riqueti, .. ................................................... 50
Mlshima, Yulrio................................ .............................................. 78; 95
Moisés.............................................. .................................. 132; 136; 144
Monod. Gabriel............................... ................................................. 136
Monod, Jacques, ............................. 37; 74; 109; 127
Montaigne. Michel Eyquem de, ... .................... 46
Montesquieu, Ourles de Secondât. .................... 65
Morgan, Lewis Henry.................... ...................... 96

Nadal, Gabriel................................................................................................... 7
Nagel. Emst, ............................................................................................... 167
Nanmaruona. ........................................................................................... 87:88
Neurath. Otto..................................................................................................... 97
Nevis, Allan, .............................................................................................. 132
Newton, Isaac................................................................................ 60; 75; 77; 97
Niebuhr, Reinhold.......................................................................... 14; 46; 50; 57
Nietzsche, Friedrich......................................................................... 32; 35; 122
Noé............................................................................................................... 183

Oakeshott, Michael, .....................................................


O'Gonnan, Edmundo...................................................................................... 183
Onega y Gasset. José.......................... 71; 72; 107; 108; 109; 138; 145; 149; 153

Palazón, Ana María............................................................ - ......................... 7


Panurgo............................................................................................................. 41
Parsons, Takott. ........................................................................................... 23
Pascal. Blaise............................................................................ 32; 60; 126; 136
Passmore, John, ......................................................................................... 73
Pavis, Patrice................................................................................................. 133

206
Piaget, Jean....................................................................................................... 116
Pinochet, Augusto........................................................................................ 129
Pirenne. Henri................................................................................. 77; 157; 186
Platón........................................................................... 42; 45; 48; 83; 84; 91; 94
Plotino................................................................................................................ 70
Plutarco............................................................................................................ 13
Polibio.............................................................................................. 96; 172; 173
Popper. Karl R...................... 15; 25; 61; 62; 64; 67; 89; 99; 100; 107; 142; 180
Fouillon, Jesi.......................................................................................... 106; 157
P riv a i Jacques.................................................................................................. 7
Prigogine, llya. .................................... 31; 74; 90; 97; 110; 111; 119; 127; 143
Procusto............................................................................. 13; 21; 53; 60; 69; 73
Protfgoras........................................................................................... 30; 42; 47
Proudhoo, Piene Joseph..................................................................................... 68
Quine. W. V................................................................................................101

Rabaud..............................................................................................................31
Rabelais, François.................................................................................... 41; 51
Radcliffe-Brown, Alfred Regmal.............................................................. 84; 103
Ratiiakrishnan. S........................................................................................ 31; 87
Rajd, P. T................................................................................................... 31; 87
Ramos, Samuel.................................................................................. 28; 38; 133
6
Rams s D................................................................................. 131; 135; 136; 144
Randall. J. C................................................................................................. 132
Ranke, Leopold von.................................................................................... 79; 172
Rasputin, Grigori Yefimovich........................................................................... 134
Resdmer.N...................................................................................................... 65
Revueltas, José...................................................................................................... 7
Ricken. Heinrich,.... 62; 73; 76; 87; 89; 101; 107; 127; 131; 135; 145; 178; 184
Ross Ashby, W............................................................................................. 102
Ruciman................................................................................................... 70; 126
Rulfo, Juan.................................................................................................... 174
Russell. Benrand............................................................................................. 187
Ryan, Alan....................................................................................................... 137
Ryle, Gilbert, ......................................................................... 65; 82; 163; 185

Sagn,Cari.........................................................................................................37;43
Saint-Simon, Claude-Henri de Rouvroy...................................................... 60; 123
Salustio, Cayo Crispo......................................................................................133
Sapir, Edward.................................................................................................... 36
Same, Jean Paul.............................................................................................. 153

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