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DEVOCIONRIO DE LOS SIETE DOLORES DE

MARÍA

Ea, Madre, de amor fuente,


Pon a mi alma tan doliente
Que te acompaña en tu llanto
NOVENA A NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

ACTO D E CONTRICION
Dios de mi vida, único camino de mi eterna salud, y amable verdad que llena
mi corazón: tú eres mi Padre amoroso, la infinita bondad, y la suma inocencia;
pues ¿cómo estás en esa cruz muerto a manos de mis enormes culpas?
Crucificado dueño mío: yo no debía estar delante de tí, porque atrevido
provoco tu justicia, y aun insulto a tu paciencia: pero cuanto es grande mi
maldad, tanto más confío en tu misericordia, en tu inmensa caridad y amor.
Tú, dulce Jesús, me has de perdonar, porque soy vilísimo y miserable, y estos
son mis méritos, más los tuyos son sobreabundantes, el valor de tu Sangre
infinito, y poderosos los ruegos de tu dolorosa Madre María Santísima, por
cuya intercesión y por In clemencia espero que en mí no se malogren tus
afrentas, tus dolores y tu muerte. Amén.

ORACION PARA TODOS LOS DÍAS


Afligidísima María: presente tienes a la causa de tus penas y de la muerte de
tu amado Hijo Jesús: mis culpas han llenado de escándalo al mundo, de llanto
a los ángeles de par, tu alma purísima de amargura, y de dolor el amante
corazón del hombre Dios. Gemidora Tortolita, Cándida Paloma, Corderita
mansa, y dolorosa Madre mía: a tus plantas estoy lleno de pesar: y pues
entiendes el idioma mudo de los corazones, puédanle mis suspiros, y recibe
agradable los gemidos de mi alma: confieso mi ceguedad y dureza; pero ya me
arrepiento de un proceder tan desagradecido é impío, y en los días de esta
novena y los que me resto de vida, te acompañaré llorando tus angustias y tus
tormentos. Mis sentidos, potencias, y toda mi alma se entregan a tí: á tí
claman, y en mi muerte sean mi refugio tus agudísimos dolores: por los
mismos te ruego, ampares a mis bienhechores y enemigos; remedies las
necesidades de la iglesia: nos confirmes en tu verdadera devoción: alivies a las
almas del Purgatorio, y nos alcances del Señor, si fuere su voluntad, (Aquí se
hace la petición) que por tu medio consigamos la penitencia final, porque
nuestras culpas no nos sepulten en el abismo, pues ese lugar terrible, casa del
eterno llanto y de la desesperación, no puede ser para los que se acogen a ti, é
interponiendo tus penas procuran en la vida no desmerecer tu patrocinio.
Amén.
DIA PRIMERO
Esa candela que aviva Porque mi dicha se entable;
De mí amor luciente llama, E iluminándome afable,
A tu fé, María, proclama, Haz que mi don sea perfecto,
Constante, ardorosa y viva. Y que el corazón o afecto
Tu dignación la reciba A tas ojos sea agradable.

CONSIDERACION
María Santa: como escogida ab-eterno para digna Madre de Dios, en el primer
instante de tu animación fuiste inmaculada: ¡qué predilección! ¡qué
singularidad! ¡qué gloria! Desde entonces, en extremo pequeñita, estabas llena
de gracia y sabiduría, eras la mas grande criatura, y exceptuando a Jesucristo,
la obra más acabada que salió de la diestra del Omnipotente. Era tú la más
iluminada, tu caridad la más ardiente, y tu esperanza la más sólida; así tu amor
penetró basta el cielo de los ciclos: lloró la ingratitud de los hombres, y atrajo
del seno del Padre al suspirado de las gentes: puede decirse que ya eras
dolorosa,
porque creíste, porque esperabas el cumplimiento de las profecías, el remedio
del mundo, y no ignorabas que su Libertador lo seria por medio de una muerte
la más ignominiosa y cruel. ¡Qué tormentos causaron tan duras verdades en tu
encendido corazón!

ORACION
Santísima Señora: competencia están tus grandezas y mis miserias. Y o
concebido en pecado nací a este valle de lágrimas derramándolas, y luego
tomé posesión de los males y de la muerte; más los méritos del crucificado
Jesús, por medio del bautismo, rompieron mis Cadenas y fui borrado del negro
padrón de los prescitos. Aún más obró conmigo su misericordia: me vistió la
candidísima estola de su gracia; me previno auxilios suficientes y eficaces; me
puso bajo tu amparo, constituyéndote Madre de pecadores, y en su iglesia dejó
vinculados para mi remedio, admirables sacramentos. Pero ¡o piadosa Madre
mía! cuantas veces he destrozado esa nupcial vestidura adornaba a mi alma
para las bodas con1 el Cordero. Te suplico pues, humillado, que con nuevas
culpas no la manche y menosprecie, sino que con tu maternal amor hagas que
la conserve hasta el fin de mi vida, limpia, brillante é inconsútil. Amén.
SONETO
que se ha de decir todos los días.

Si sin consuelo en tu penar te miro


Al pie de ese afrentoso duro leño,
Donde mi Redentor, mi dulce Dueño,
Pendiente exhala su último suspiro:
su amor, mi culpa, tu piedad admiro!
¡será justo, me miréis con ceño
Si olvidar pena tanta es el empeño,
Y de tí desgraciado me retiro?
Mas baste ya, benéfica María:
Al mundo me entregaron mis antojos:
¡Pero cuánto le pesa al alma mía!
Muera la culpa, no haya más enojos,
Que mis lágrimas corran á porfía,
Y fuentes de dolor serán mis ojos.

DIA SEGUNDO
Esas tan hermosas flores Señora, á tí las aplican,
Frutos son de hollada tierra, Pues tu humildad significa:
Que, aunque despreciada, encierra Recíbelas bondadosa,
Riqueza, virtud, primores: Dulce Madre dolorosa,
De nuestra alma los amores Porque a tu honor se dedican.

CONSIDERACION.
Obediente María: tú vas al templo a llenar la ley cumpliendo los preceptos del
Señor: le presentas la hostia viva, pura, santa, é inmaculada: él tesoro
inestimable de los cielos, y el holocausto matutino en quien tiene sus
complacencias. Simeón, viejo venerable, lo ofrece con respetuosa alegría,
conociendo al Redentor: glorifica a su Eterno Padre con cánticos sublimes, y
ya quiere morir en paz, porque sus ojos vieron la gloria de Israel y salud de
todos los pueblos. Vuelvese á tí compungido y profético, diciendo: ¡oh Madre
de Dios! ¿ves al hermoso inocente niño que sostienen estos mis débiles y
dichosos brazos? pues sabe, Virgen Madre, que sale a luz del mundo para que
todos lo gocen, si todos lo quieren; pero advierte: ¡qué dolor! Vendrá tiempo
en que será la piedra del escándalo, lo detestará su pueblo escogido, y con
pertinacia pedirá su muerte. Entonces a tu amante corazón lo atravesará el
cuchillo más cruel.
Las siete Ave Marías…

ORACION
Humildísima Reina: tú eres la sola Virgen Madre, la toda limpia, antes, en el
parto, y después del parto; más el fruto de tu vientre fué la santidad por
esencia: pues ¿cómo ambos os presentáis con señas de culpados? Gran María,
con qué prudencia guardabas en tu pecho los secretos del Señor; y cuan
humilde recibías
como nuevas las amargas predicciones del Profeta santo. Nada se te ocultó, ya
habías visto levantar la mano que hirió el rostro de Jesús con la más afrentosa
bofetadas los azotes que descarnarían sus delicadísimas espaldas: las espinas
penetrantes de la corona: los gruesos clavos: la cruz en que había de espirar, y
la lanza que rompería su costado. Por estos recuerdos dolorosos que anticipó
tu ciencia, y que tanto afligieron tu alma, te suplico, que pues la virtud de la
humildad fué el cimiento de tu elevación, castigue yo mi soberbia, procurando
imitarte en lo posible, y cumpla con el consejo de Jesús, pues dijo: que
aprendiésemos de su Majestad a ser mansos y humildes de corazón. Amén.

DIA TERCERO
Como á Reina liberal, Que la vanidad no vicia,
Poderosa gran María, Recíbelo, pues, propicia,
Un tributo en. este día Si en pequeño manifiesta
Te dona mi afecto leal: Que ya nuestra alma detesta
Es un signo material A la insaciable avaricia.

CONSIDERACION
María Señora: cuantas riquezas te donaron los reyes Magos, las distribuiste
santamente, quedándote en Jerusalén la más desconocida y pobre para el
mundo; pero dueña de un tesoro inapreciable, de tu Jesús hermoso, cuya
felicidad y grandeza admiraban los propios cielos. Entonces fué cuando el rey
Herodes, tan celoso como sangriento, procuraba por tu divino infante, y Dios
te ordena que huyas para Egipto: partes a media noche, venerando sus
disposiciones, pues estaba en su querer trasportaros milagrosamente; mas no
quiso trastornar el orden natural, y sí quería que tan luego practicases virtudes
grandes para nuestra enseñanza. Caminas, pues, llegas a la ciudad de Gaza, y
atraviesas por sesenta leguas, arenosos desiertos, con trabajos indecibles y aun
sin el necesario sustento. Hombres, que amáis la vanidad y el fausto: veda la
familia más santa, pobre, sin abrigo, y desconsolada: y sabed para vuestra
confusión, que las aves tienen nidos; y cuevas las vulpejas donde recogerse:
más el Hijo de Dios aun no tuvo sobre qué reclinar su cabeza.
Las siete Ave Marías…

ORACION
Madre amorosa: las criaturas te castigan como si fueses delincuente hija de
Adán: huyes por los despoblados esperando de las fieras la piedad que te
niegan los hombres: aun el hielo y los vientos atormentan a tu amado y tierno
niño; tiembla de frio y llora como verdadero hombre: humano socorro no lo
tienes; con el fuego de tu amoroso y casto pecho lo refrigeras; ¿qué dolor! ¡O
amor inmenso del Hijo de María, qué oficioso eres y qué ejemplar! Alegraos
en Dios, pobres y desamparados, y nadie se queje de su Providencia. Mirad al
Criador mismo afligido por aquellos a quienes dio el ser: el hombre, el hombre
ingrato
asecha su vida, y lo persigue de muerte. Así caminan angustiados el Hijo más
inocente, el Esposo más fiel, y la Madre más pura y delicada. Por tan penoso
viaje te pedimos, Señora, que despreciando lo terreno, y siendo tu pobreza el
modelo más digno, nunca se apodere de nuestro corazón el vicio de la
avaricia, y solo seamos solícitos por las riquezas celestiales. Amén.

DIA CUARTO
Esa azucena, que hermosa ¡Sin la culpa concebida!
En limpio cristal campea, Hoy mi devoción convida
Da de tu pureza idea Y te obsequia reverente;
Cándida, recta, olorosa. Si eres del Omnipotente
¡O dulce María graciosa La sola, santa y querida.

CONSIDERACION
Prudentísima María: por el gran concurso que en Jerusalén celebraba la
Pascua, pedía la decencia que los hombres se separasen de las mujeres: y tú
debías consolidar una costumbre u orden tan honesta, porque eras purísima y
la digna Madre del amor hermoso. Por esta razón tú consideraste el que Jesús
acompañaba a tu fidelísimo Esposo José; pero, sobre todo, pudo ocultarse de tí
el santo Niño, porque él mismo lo dispuso así con sabia y particular
providencia: pues siendo tú el indefectible amante Girasol que miraba cara a
cara al sol de justicia Jesús, en tu amor no cabía descuido ni desentendimiento.
Pero cuán intenso fué tu dolor, cuando en el lugar que debías unirte con tu
amado Hijo, no lo hallaste, y preguntabas a José por la Luz de tus ojos, por el
Encanto dulcísimo de tu corazón. Los ángeles que te acompañaban callaron,
no podían consolarte, y aun te negó saber dónde podrías recobrarle. Tu
prudencia y humildad te martirizaron 6obre toda ponderación; y fué tu dolor
tan agudo y sin medida, porque atribuiste la pérdida de tu amoroso Niño a tu
demérito y negligencia.
Las siete Ave Marías…

ORACION
Amable María: por tres días buscaste a tu querido, Jesús en los caminos y en
el poblado, preguntando a todos, llena de amargura, como allá la esposa en los
cantares: Hijas de Jerusalén, ¿habéis visto a mi amado? no le encuentro: ¡ay de
mí! dadme flores, porque su fragancia refrigere las angustias de mi corazón.
¡Ya desfallezco! ¡yo muero de amor! ¡Se ha ausentado de mis ojos! ¡no
merezco yo su amable compañía! ¿Qué haré? ¡oh! si le viereis, decidle: que es
mi dulce amor: que ¿por qué lo ha hecho así con esta su humilde esclava, con
esta su afligida Madre? que al fin lo soy y tengo derecho para buscar a la vida
de mi alma. Si no lo conocéis, sabed sus señas: es su rostro blanco, así como
él lirio que se señora en los valles, y rubicundo como el apacible colorido de la
rosa: son sus ojos como los de las inocentes palomas, y por sus labios se
derraman las dulzuras: es hermosísimo: es escogido entre millares. Así te
lamentabas, Señora: y por este dolor te pido, que el enemigo doméstico de mi
carne, ya no triunfe de mí, porque no agravie a tu hijo santo, ni a tu pureza:
que huya de comunicaciones opuestas a la honestidad, porque no pierda a
Dios: y que no le desagraden mis obras, palabras y pensamientos. Amén.
DIA QUINTO
Alma mía: porque definas Cuánto fué su sufrimiento,
A tu Reina dolorosa, No cabe en entendimiento:
Ofrécele lastimosa Jamás Marra se inmutó,
Esa corona de espinas: Antes al Señor pidió
Mas si pintar determinas Por quien causó su tormento.

CONSIDERACION
María, refugio nuestro: hubo tiempo en el que irritado Dios sofocó con un
diluvio de aguas, el que de culpas inundaba toda la tierra: pereció todo
viviente, y por una familia preservada renace otra vez el mundo: miró piadoso
la proscrita prole de Adán, y aunque era el León de Judá y Dios de las
venganzas, tenía presentes sus promesas, le podían los clamores de los justos,
y se complació, porque no era ya tan distante el tiempo en que su Unigénito,
manso corderito, quitaría los pecados de los hombres, y destruiría, muriendo,
el imperio de la muerte. Nació Jesús, lo goza el mundo treinta y tres años: y
llegada su hora, esto es, la de entregarse a los tormentos, se despide de tí para
sufrirlos, quiere tal bendición, y que con la voluntad del Padre Eterno y la
suya, te unas, para que se verifique la humana redención. ¡Oh Madre! ¿Qué
nosotros los redimidos á tanto costo y con tanto amor, seamos tan
desagradecidos a un Padre Dios tan bueno, a un Jesús crucificado tan paciente,
y á tí, Virgen la más dolorosa? Para ponderar esta dignación y tan acrisolado
ardiente amor, no hay palabras: ¿y se hallarán las que puedan expresar nuestra
criminal ingratitud?
Las siete Ave Marías…

ORACION
Admirable María: al Unigénito del Padre, impasible y divino, tú lo vestiste de
carne mortal, y como su verdadera Madre (más que todas las mujeres lo son
de sus hijos) lo ofreces para que expíe los delitos de un mundo: grande
oblación que al Eterno se reservó el evaluarla, pues eras tú la sola pura
criatura, que conocía en alto grado la inocencia de Jesús, la gravedad de la
culpa, y que podías con el más agudo dolor, comparar estemos tan opuestos y
distantes. ¡O miseria de los hombres, decías, causa de una pasión tan cruel!
Agradeced la, mortales, lloradla, y aprovechaos de su infinito precio. Sí,
dolorosa Madre; disfrutemos tanto mérito, dadnos compunción, lágrimas, y un
íntimo sentimiento por los dolores de Jesús; y te suplicamos por los que
padeció tu alma, cuando tu Hijo inocentísimo se despidió de tí para ir a
padecer y dar su vida por nosotros, que aprendamos de tu conformidad y de tu
amor para con aquellos que se prevenían a azotarlo, mofarlo y crucificarlo, a
perdonar a quien nos ofendiere; y no sea nuestro corazón como el de las fieras,
siempre pronto a la ira y a la venganza; sino que imitando tu mansedumbre,
nos experimente el prójimo pacientes y sufridos. Amén.

DIA SEXTO
Tu gustar no fué exquisito, Que esa oferta represente,
Ni deleitosas bebidas Porque frugal y prudente
Fueron de tí apetecidas: Fué tan sabia tu templanza,
Ajena eras de delito. Que el alma alimento afianza,
Tú abstinencia solicito Y al cuerpo lo conveniente.

CONSIDERACION
¡Oh Reina de los mártires, adolorida Madre mía! tú no viste azotar
materialmente al inculpable Jesús, pero sí lo mirabas de un modo milagroso, a
la manera que sentías en tu cuerpo todos sus tormentos y dolores, como sí en
realidad fueses herida y crucificada; pues en tí, porque eras singularísima en
todo, obró el Señor imponderables maravillas. Para azotar, pues, al inocente
Hijo tuyo, previno la infernal malicia de los judíos seis sayones robustos,
impíos, sanguinarios, y de unas costumbres depravadas, los que obrando como
de acuerdo con todo el abismo, quítenle la vestidura blanca que por escarnio
mandó ponerle Herodes, y significaba en realidad su. inocencia; le arrancan Ja
túnica que le labraron tus virginales manos cuando pequeño, y crecía con su
Majestad: y expusieron desnudo ante un rabioso concurso al purísimo, al
hermosísimo Jesús. Lo atan fuertemente a una columna, y variando de crueles
instrumentos, y remudándose los seis verdugos, descargaron innumerables
azotes en todo su cuerpo delicadísimo, pero en particular .sobre sus espaldas
sacrosantas, con tanta sevicia y diabólica furia, que los huesos se descubrían
por
vanas partes. ¡Oh que afrenta, qué crueldad y que dolor!
Las siete Ave Marías…

ORACION
Afligida Señora yo no debía proferir la fiereza con que azotaron á tu amado
Jesús, sin que aprensado mi corazón no fluyera mi alma por los ojos con el
más doloroso llanto y el entonces sería el más adecuado estilo con que podría
explicar mi sentimiento por este tu dolor incomparable. Porque ver atadas las
liberales manos del Todopoderoso: que lo azotan hasta en su rostro adorable:
mirar por los suelos retazos de su carne sagrada: verlo que cae desmayado en
un lago de sangre: y que.... Pero Virgen santa, Mujer fuerte, dolorosísima
Madre: no ofenda yo este paso lastimoso y sangriento queriendo pintar y
presentar a los hombres con tan culpable serenidad y tan toscamente. Sangre
del Cordero Jesús, derramada por mí con tanto amor, lava a mi alma, sánala
como ungüento saludable: bastará una sola gota para hacerme feliz, y aun para
que lo fuese todo el mundo. Impétrala, María, para aquellos que se duelen
contigo, apreciando tormento tan afrentoso; y pues a padecer tan cruel, añadió
mi amable
Jesús la falta de alimento, y la sobra de sed, sustentándose con dolores y hieles
amargas: yo te ruego que castigues mí gula, sea mi manjar el Pan de los
Ángeles, y apague mi sed en las perennes fuentes del Salvador. Amén.

DIA SEPTIMO
Con qué bella propiedad Y en tu alma el Señor vivía;
El óleo y luz simbolizan Pero tu amor descendía
Los amores que te hechizan, Al hombre con proporción,
Y tu eximia caridad. Pues siempre tu corazón
En Dios viviste, es verdad, En divino fuego ardía.

CONSIDERACION
Dolorosa María, Jesús está muerto, consumado nuestro rescate, y el Padre
Dios copiosamente satisfecho. Judíos ingratos: ya están cumplidos los deseos
de vuestra ferocidad y perfidia. ¡Fariseos hipócritas, impíos Escribas: ya
habéis saciado vuestra infernal envidia! ¡El Ungido del Señor pendiente de un
infame patíbulo, ya no tiene movimiento, está sin alma! ¡El trastorno de la
naturaleza confirma que padece su Autor! ¡una obscuridad espantosa circunda
toda la tierra! ¡ya no son insensibles los peñascos! el velo misterioso del
templo se rasgó en dos partes; y muchos sepulcros se abrieron, como
ofreciéndose para depositar su cuerpo sacrosanto. Con tantos prodigios, aún
permanecían ciegas la incredulidad y la obstinación: un soldado, (Señora, tú lo
viste y Juan dió testimonio de esta verdad) un soldado empleó con la sevicia
más cruel su dura lanza en el Costado de Jesús difunto. Ángeles del cielo:
ponderad si podéis el sumo dolor de María; pues para solo su amante corazón
lo reservó el Señor: y lo injuriosa que fué á Jesucristo esta penetrante herida.
Siete Ave María…

ORACION
Angustiada Señora: luego que desclavan a tu difunto Hijo, lo recibes amorosa
y desconoces aquel perfectísimo cuerpo que formó el Espíritu Santo. No eran
ya sus ojos brillantes: quebrados estaban y amortecidos: cárdenos y
silenciosos sus rubicundos labios: sus manos y pies con taladros crueles: su
costado, con una ancha y profunda herida abierto atrozmente: fuera de su
lugar los huesos, y sin que tuviese parte alguna donde no mirases un azote, o
una contusión, o una lastimosa herida. ¡Muerte incensurable! tú no tenías
jurisdicción sobre Jesús y María; pero ambos fueron víctimas del amor. ¡O
martirizadas inocencias, cuanto os debemos los pecadores! Felices de nosotros
si nos aprovechamos de
una pasión tan copiosa, y no desmerecemos tanta predilección. Te suplicamos,
atribulada María, por el dolor que sufriste cuando estrechabas en tus brazos a
Jesús muerto, que no nos devore la envidia, con muerte de nuestras almas;
sino que alegres por el bien del prójimo, aun procuremos su temporal y eterna
felicidad. Amén.

DIA OCTAVO
Mi alma, Señora, te ofrece La reptilita volante,
La dulce obra de la abeja, Tan benéfica y constante:
Que diligente, bosqueja Pues con vida prodigiosa
La virtud que te engrandece. Fuiste santa y laboriosa
Tu continuo obrar exprese Desde tu primer instante.

CONSIDERACION
Tristísima María: desde esa piedra en que estás sentada, y simboliza tu
constancia en el padecer y la dureza de mi corazón, tú convidas á los que
viven en amargura, para que la contrapesen con tus penas, y confiesen que no
hay dolor que iguale a tu dolor. Con razón te quejas de que no hay quien te
consuele: oímos tus tiernos sollozos; tus modestos gemidos: miramos los dos
raudales de lágrimas que corren por tus pálidas mejillas, y que estás sola y
totalmente desamparada; y nada nos puede: es muy cruel nuestra ingratitud,
somos insensibles. Por lo menos, Señora, peco hace que tenías el doloroso
consuelo de
abrigar en tu seno al cárdeno deshojado lirio de tu Jesús: con tus lágrimas
humedecías su cuajada sangre, la limpiabas reverente, y osculabas afectuosa
las heridas de aquel destrozado cadáver; pero ahora ese lóbrego sepulcro te lo
ha usurpado, y santamente avariento con tal tesoro, desea también poseer el de
tu
dolorido corazón: y así fué, Señora, tú vuelves casi sin alma hacia Jerusalén, y
te recoges a llorar tu tristísima soledad.
Las siete Ave Marías…

ORACION
Desconsolada Señora, llegaste a Jerusalén: tus pasos trémulos, tu palidez y tu
silencioso llanto, te daban a conocer por María, la triste Madre del que
llamaban infame crucificado: y como estabas tan lastimosa, era tanta tu
modestia, tu presencia tan atractiva, y eras sobre todo amabilísima, nadie
podía contener sus
lágrimas al mirarte tan llena de amarguras. Entras a la casa del Cenáculo, y
luego se inundó de llanto, de gemidos, de dolor: entonces vuelves los ojos a tu
triste compañía, diciendo Juan, discípulo el más amado de Jesús, ¿dónde está
tu divino Maestro? Amante Magdalena, ¿quién le separó de tu querido?
Mujeres piadosas y parientas mías, ¿qué desamparo es el nuestro? Ya murió
mi Hijo, pero con qué crueldad! hurtado, sediento, coronado de espina?,
azotado con la mayor dureza, y clavado en una cruz Enmedio de dos ladrones,
nadie lo asistía, se le negó todo alivio, ni yo, triste de mí, pude socorrerlo. ¡O
hijo mío dulcísimo! ¡ya estás enterrado, y ni aun de lejos puedo ver el lugar de
tu sepultura! desamparada María: por esta tu soledad tan acerba, te pedimos,
no seamos perezosos, y que este vicio no nos prive de acompañarte; pues si no
apreciamos tus tormentos y los de Jesús, sobre la desgracia de ser pecadores,
se
añadirá la infelicidad de ser ingratos: y la consecuencia de tanto mal, es
terrible: no sea así, por tus dolores y soledad.

DIA NOVENO
Esa daga tan sangrienta
Hoy compungido te ofrezco,
Que aunque verte no merezco
T u grande piedad me alienta.
Aguda y muy cruel presenta
Lo acerbo de tu dolor:
Que se acabe le desamor
Y en mi pecho esté clavada:
«Justo es muera con espada
Quien emplea en tí su rigor.
CONSIDERACION
Atormentada María: aunque siempre fuiste dolorosa. Jerusalén en sus
palacios, calles y montes, te ofrecía motivos de pena inestimable: aquellos
lugares santos donde Jesús padeció algún tormento particular, tú los visitabas
contemplativa, reverente y fervorosa, regándolos con tus preciosas lágrimas; y
esto fué propiamente cimentar el ejercicio del Vía-Crucis, que así es de santo
y recomendable. En la calle de la amargura, mirabas al Cordero Jesús
cargando la leña para ser el holocausto más sangriento: en el balcón de la casa
de Pilatos, no era hombre el que este juez inicuo mostró al pueblo, sino el
oprobio de todos, el gusano más despreciable: y en el monte Calvario lo
admirabas, sí, pero fijo y
levantado en una cruz, así como la serpiente en el desierto, para salud
universal. pero a estas y otras memorias amargas que afligían tu corazón,
sobresalía el sentimiento, de que nosotros, los que nos llamamos fieles
cristianos, y decimos ser tus devotos, olvidaríamos tantas finezas de Jesús:
finezas prodigiosas: finezas no merecidas: desahogos de su amor y de un
precio inestimable. ¡O ingratitud la más torpe! ¡O necedad la más maligna y
depravada!
Las siete Ave Marías…

ORACION
Devoto de María: démosle consuelo, como a nuestra Madre, y cultos como á
Santísima: compadezcamos sus penas v congojas, y esperemos su protección y
favores. ¡Pero ay de nosotros, Señora! venimos a implorar tu piedad, a
lastimarnos de tus dolores, a pedirte beneficios: y el estar hincados nos
incomoda, si la oración no es breve, nos cansa: nos fingimos ocupaciones
importantes, y ya estamos ansiosos por alejarnos de tu amable presencia. ¡Que
desgracia! Nuestra confianza es tan vana, que presuntuosos creemos nos
bastan cuatro palabras, dichas con solo la boca, vagas y sin alma, para que en
el pronto nos oigas y nuestra petición sea despachada. ¡Qué satisfacción tan
infeliz! ¿Y nuestra devoción? Se reduce a exterioridades, en nada nos mejora,
y con culpas renovamos tus dolores y la muerte de Jesús, procediendo tan
estúpidos, que en una propia ara incensamos a Dios y al mundo. ¡Qué mistura
tan delincuente! Que no sea así, Madre mía: haz que el fuego de tu amor
encienda en nuestros férreos corazones, porque se ablanden, con el martillo de
los trabajos sufridos con paciencia; lábralos con la necesaria mortificación de
los sentidos. configúralos, entonces sí que se semejarán al tuyo, traspasado de
una daga, y al de Jesús circundado de espinas y ocupado con una cruz
afrentosa, y podremos esperar nos concedas lo que te hemos pedido en esta
novena en gloria de Dios, felicidad nuestra, y desagravio de tus dolores.
Amén.
DEVOTA NOVENA A NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD DE
OAXACA

ACTO DE CONTRICION
Adorable Redentor mío: después de haber marcado ignominiosamente tantas
ocasiones mis pensamientos que debían haberse elevado á vos, mis palabras
que debían haber publicado vuestras maravillas en el orden de la naturaleza y
de la gracia, y mis obras que debían haber sido todas de santidad y
edificación; conociendo al fin, que el honor de hijo vuestro por la gracia es
únicamente apreciable, que vuestros dones son los que constituyen la riqueza
sólida y permanente, y que no hay más placeres que los de la virtud, de la que
sois el Padre, el Amigo y el Modelo, ocurro á vos en este día, penetrado de la
más dulce y segura confianza, y para alcanzar el generoso perdón de mis
amargos extravíos, interpongo el eficaz valimiento de vuestra augusta Madre y
corredentora mía, compasiva, en su tierna advocación de la Soledad,
prometiendo con sinceridad la reforma de mi vida, para honor de la religión
santa que profeso, triunfo nuevo y solemne de vuestra divina gracia, y prenda
segura de mi gloriosa inmortalidad. Amen.

ORACION PARA TODOS LOS DIAS


Oh Madre divina, sensible y tierna de mi Libertador amoroso: vos, Señora,
sois en esta advocación de la Soledad, así por la belleza de la imagen, como
por los prodigios que obráis en las almas de vuestros de^ votos, conocida y
tierna, y constantemente venerada. Yo me doy los parabienes de haber
conocido esta imagen vuestra, porque al fijarlos ojos en ella, toda mi alma
recibe una luz y unos afectos inefables: mi memoria la hace de cuanto os he
debido, como corredentora ilustre y compasiva del género humano; mi
entendimiento conoce, con la claridad más brillante, vuestras virtudes
excelsas, vuestros méritos distinguidos, vuestros sacrificios inmortales; y mi
voluntad es llevada hacia vos por una fuerza irresistible, y os ofrece en las aras
de la veneración y gratitud, unos afectos que reciben todo su valor de la feliz
acogida que encuentran en vuestro espíritu maternal, tan accesible como
generoso, tan tierno como compasivo. Dadme, pues, Señora, que en el curso
de estos nueve días, yo pueda cantar y llorar vuestra Soledad; cantarlas en el
estilo más culto, á proporción de mi deseo, y llorarlas con las lágrimas de un
corazón humillado y contrito, que por vuestra deseada y segura aceptación,
serán las perlas más preciosas de vuestro cuello divino, y el valor único de mi
suspirada inmortalidad. Amen.

DIA PRIMERO
ORACION
¡Oh soberana Señora! Cuan terrible fue vuestra angustia, cuando presentando
en el templo magnífico de Jerusalén al adorable fruto de vuestro vientre
sagrado, fue vuestra alma noble y generosa, rara y divina, penetrada del
cuchillo más agudo, al oír y meditar la catástrofe de un Hijo tan inocente
quien por desarmar el brazo vengador de su ofendido Padre, quiso ser la
victima de tormentos increíbles, y el precio infinito de nuestra libertad
suspirada; cuánto, cuanto, bellísima María, compadezco vuestra cruel angustia
en unos momentos de tan edificante y solemne ceremonia; pero consolaos,
Señora mía, con que el augusto Presentado, fue la brillante luz de los gentiles,
y la gloria inmortal del pueblo escogido; así como es ahora en el cielo ya
glorioso y triunfante, el que respeta vuestra mediación poderosa en beneficio
nuestro, para que seamos temporal y eternamente felices. Amen.

GOZOS
De vuestras angustias crueles
¿Quién podrá formar idea?
¡Oh soberana Señora!
Vos sois la esperanza nuestra.

Vos sois la mujer más grande.


Vos sois la mujer más bella,
Vos sois del sol adorada,
De la luna y las estrellas:
Vuestras angustias excitan
La compasión dulce, tierna:
El artífice dichoso
Para hacer obra tan bella,
Se preparó comulgando
Al Autor de la belleza:
Con razón todos admiran
Una obra tan estupenda:

En este mundo tranquilo


Donde virtudes campean,
De mil almas virtuosas
Tan sublimes como tiernas,
Vuestra Soledad adoran
Y con ternura veneran:

Los que ocurren á este templo


Y os miran desde la puerta,
En lágrimas se deshacen
Sin poder resistir á ellas:
Porque os miran muy hermosa,
Y accesible en gran manera:

Los pecadores, los justos,


Los enfermos, aquí encuentran
Perdón, aumentos de gracia,
Y medicina estupenda:
Porque para todos sois
Respetable medianera:

De vuestras angustias crueles


¿Quién podrá formar idea?
¡Oh soberana Señora!
Vos sois la esperanza nuestra.

Se rezan siete Ave Marías, se hace la petición y se concluye con la


siguiente:

ORACION PARA TODOS LOS DIAS


Angustiada excelsa Virgen Madre ¿quién ha sido la causa de vuestras
inefables penas, sino quien fué la causa del sacrificio cruel, meritorio é
inmortal de vuestro Hijo incomparable? A mí, pues, me toca enjugar vuestras
lágrimas, ahogar vuestros suspiros, endulzar vuestras amarguras, embalsamar
vuestras heridas, y convertir vuestro abatido semblante en el rostro más alegre
y placentero; ¿Y de qué modo, Señora mía? Meditando en vos en los
momentos que mi devoción os consagre. Vos, encerrada en ese nicho, me
predicáis el útil recogimiento: vos, entregada constantemente al silencio, me
instruís de sus preciosas ventajas; vos, con un semblante que pinta la más
cruel angustia, pero dulce y apacible, me dais lecciones de la importante
conformidad; y vos, asociada con las almas santas y ejemplares, me dais á
entender, que no debo tratar sino con ángeles y no con personas que pongan
obstáculos funestos á mi santificación apetecible v suspirada inmortalidad. Ea
pues, angustiada María, inspiradme y cultivad en mí tan divinos sentimientos,
y penetradme de vuestros disgustos inauditos, para tener después de mi muerte
una gran parte en la inmensidad de vuestra gloria. Amen.

SOLILOQUIO: ¡Oh amabilísimo Jesús de mi alma, cayó en este lago mi


vida, y pusieron sobre mi Corazón la piedra! Ya llego, Hijo mío, la hora que
se acabase nuestra compañía: ya llegó la triste hora de verme sola en la tierra:
ya llegó la hora de que me lloren sola todas las criaturas; y ya llegó la última
hora de apartarme de tu sepultura. ¿Pero dónde iré y moraré sin tu morada?
cómo podré vivir sin tu vista? ¡Oh hijo de mis entrañas! Aquí en este sepulcro
he de perseverar de noche y de día, aunque me consuman los fríos, el sol y las
aguas. Si tuve valor en mi, pedí para verte crucificado, muerto y con el pecho
abierto á mis ojos, también tendré aliento en mi alma para estarme en tu
sepulcro sola. Gustosa aquí me sepultara para estar siempre donde tu
estuvieras; mas ya que no puede ser mi persona, sepúltese conmigo mi alma; y
pues es tan tuya, aquí la pongo á tus pies con todo mi corazón, imprimiendo
en esta piedra mis lágrimas para eterna memoria de mi soledad.

SEGUNDO DIA
ORACION
Angustiadísima Señora: cuánto os compadezco en vuestra huida á Egipto para
libertar de un príncipe cruel y sanguinario, al Autor inocente del a paz y de la
vida. Herodes ignoraba que la conservación del perseguido, era todo el plan
seguro del amor, de la misericordia y de la justicia; por eso vos, impulsada por
una fuerza tan oportuna como celestial, emprendisteis un viaje fatigoso,
acompañada del varón justo, escoltada de los espíritus soberanos, y
sosteniendo el dulce peso de un Niño Dios, que era el placer incomparable de
los cielos y la tierra. Gracias os damos, Señora, por vuestra conformidad en la
cruel angustia de este viaje memorable, y humildemente os pedimos nos
alcancéis del augusto Libertado, la pronta fuga de todos los peligros de alma y
cuerpo, para venerar como conviene tan dolorosas fatigas, y proporcionarnos
de este modo nuestra felicidad temporal y eterna. Amen.

SOLILOQUIO: Si según su mérito he de llorar yo á mi difunto Hijo, ¿quién


dará fuentes de lágrimas á mis ojos, y mares á mi cabeza para llorar estos tres
días? ¡Oh difunto Hijo de la más dichosa madre! no te puedo llorar como
mereces. ¿Qué madre tuviera á Dios por Hijo que no se deshiciera en llanto?
Si toda mi alma se trasformara en penas, si todo mi cuerpo se convirtiera en
lágrimas, aun fuera muy poco para tu merecimiento. Ayudadme, discípulo
amado; ayudadme, maestra de lágrimas Magdalena; ayudadme, mujeres
piadosas; ayudadme ángeles y hombres, ayudadme á llorar la pasión y muerte
de mi Hijo Dios, y luego después lloradme á mí que me ha puesto en tan
lastimosa soledad.

TERCERO DIA
ORACION
Angustiadísima Virgen Madre; este título tan glorioso y tierno, os causó,
Señora, una pesadumbre ¡decible, cuando en compañía del más puro y fiel de
los esposos, echasteis menos á vuestro Jesús, al volver á Jerusalén. ¡Qué de
temores por tan dolorosa pérdida! qué de lágrimas por su inesperada
desaparición! ¡qué vueltas y revueltas! ¡qué preguntas, qué sospechas y
sentidas conversaciones! Y todo ciertamente, lo más natural y más debido.
Pero después, Señora, que se presenta a vuestros divinos ojos, y á los afectos
incomparables de vuestro Corazón maternal, en el augusto templo, disputando
con los doctores, y disipando con sus divinas luces las sombras de su
ignorancia, promoviendo de este modo solemne y ejemplarmente los sagrados
intereses de su Padre celestial. ¡Qué alegría tan pura para vuestra alma
angustiada antes por su pérdida! qué recobro tan sorprendente! ¡qué posesión
tan feliz, y qué momentos tan afortunados! Concededme, pues, ¡oh Virgen de
la Soledad! en albricias de júbilo tan tierno y memorable, que cuando tenga la
desgracia de perder por la culpa á tan accesible y generoso Redentor, lo
encuentre en el santo templo y ú los pies de su respetable ministro, por una
verdadera y fructuosa penitencia, dádiva de vuestra mediación, fruto precioso
de su muerte, y prenda rica y segura de mi eterna bienaventuranza. Amen.

SOLILOQUIO: Oh Hijo de mis entrañas Jesús! ya me es preciso el irme de


aquí. ¡Pero qué digo! cómo es posible el irme, si es dejarte? ¿qué embarazo
hallas en que yo me muera? Si ya se acabó tu pasión v tu vida, acábese
Cambien la mía arrimada á esta piedra, y darás á mi cuerpo la honra de
enterrarme junto á tu sepulcro; per o Hijo y Dios ni quiero la muerte, si tú
quieres que yo en tanta soledad viva; pue s siendo tu querer el mejor, á este se
rinde gustosa mi voluntad. ¡A Dios, Hijo mío, ¡Jesús! ¡A Dios, Hijo de mi
corazón! A Dios pido resucites con presteza para que resucite mi alma. ¡Y oh
sepulcro del más hermoso cielo! ¡A Dios, tesoro del cadáver más rico! A Dios
relicario del más bello cuerpo, quédate en paz glorioso con mi Jesús, mientras
yo voy a llorar mi soledad.

CUARTO DIA
ORACION
Angustiadísima Señora mía: oh qué dolor tan vivo y tan profundo el de
vuestro Corazón maternal, al ver en la calle de la Amargura el más bello de los
hijos de los hombres, en el mas lastimoso estado, ha carrera tan dolorosa, se os
presenta un Soberano reducido á la condición de un siervo, un Ser de fortaleza
invicta, agobiado bajo el peso de una cruz; un Dios de inocencia y santidad
con el degradante estertor de un hombre criminal, digno de un suplicio
infame; y un Hijo vuestro, adocenado con los hijos de las mujeres oscuras y
vulgares. Yo. Señora mía, no extraño que los ángeles, entonces invisibles,
escribieran con su hundoso llanto en la memoria de las generaciones
agraciadas, un encuentro tan lastimoso, que os hizo víctima inocente de la
angustia más cruel y compasiva. Los suspiros, las lágrimas, la dolorosa
meditación de millones de almas escogidas, serán la consumación de los
siglos, sagradas ofrendas y tiernos homenajes que os presenten y tributen en
las aras de su compasión laudable. Yo con ellas, Señora mía, os compadezco,
os admiro, y os adoro en este paso tan sensible: alcanzadme la perseverancia
en tan religiosos sentimientos, y que yo sea después de mi muerte, por vuestra
poderosa intercesión, uno de los participantes de vuestro júbilo puro, tan
debido como celestial y eterno. Amen.

SOLILOQUIO: Oh vosotros que andáis el camino del dolor, adonde me


lleváis? dónde cabe que yo me aparte de aquí? qué dirá de mi corazón mi
alma, si yo lo pierdo de vista? qué dirá de mí el Padre Eterno, que me aparto
del cadáver de su Unigénito Hijo? qué dirá la eterna Sabiduría de que dejo
sola en el sepulcro la carne que tomó en mis entrañas? qué de mi amor el
Espíritu Santo, que dejo solo el cadáver más precioso? en qué se conocerá que
soy yo la Madre del mejor Hijo? yo á tomar descanso, y mi Dios Hijo en un
sepulcro! ¡Mi Jesús en una oscura soledad, y yo entrarme en Jerusalén! qué
madre soy? ¡que amor le tengo, pues no me vuelvo aprisa al sepulcro! Primero
es mi cariño que mi descanso, primero es mi honra que mi vida, pues vuelva
yo al Calvario, y persevere de noche y de día en el sepulcro, hasta que mis
ojos lo vean resucitado. Pero si por disposición del Altísimo ha de ser mi alma
mártir en todo, séalo también en perder de vista el sepulcro. Vamos á mi
mayor soledad, que en hacer yo siempre la voluntad de mi Dios, consiste mi
honor, mi amor y mi maternidad.

QUINTO DIA
ORACION
Angustiadísima Señora: ¡estáis ya, qué dolor! en la alta cumbre del monte de
la mirra, con los dulces y bellos ojos fijos en el más tierno y solemne
espectáculo: se les presenta llagado de la cabeza á los pies, el más hermoso de
los hijos de los hombres, asegurado con los clavos más agudos en un suplicio
tan infame como desmerecido. No hay ciertamente ideas ni palabras
adecuadas para pintar en el lienzo de la grande historia de los crímenes, el que
inundó vuestro espíritu soberano de la angustia más cruel. ¡Qué estupidez la
del hombre! Clavar unas manos divinas que derramaban la abundancia, y
sostenían en un perfecto equilibrio la máquina del universo, para que no tocara
su disolución horrenda; dejar sin movimientos unos pies que corrieron toda la
Palestina en busca de los pecadores y enfermos, para darles la gracia y la
salud; y colocar ensangrentado y moribundo al Hijo del Eterno Padre, en
quien tenía sus amorosas complacencias'." Pero Virgen hermosa y angustiada,
la previsión de los preciosos y útiles efectos de un sacrificio tan doloroso y tan
sensible, debió restablecer en vuestro espíritu la dulce tranquilidad. Vuestro
Hijo muere; pero la justicia del Eterno Padre queda satisfecha: ¡la redención
del hombre dichosamente consumada, y de su costado cruelmente herido nace
una Iglesia inmortal y pura, ataviada con las joyas de unos Sacramentos, que
darán al Esposo en cada uno de los fieles! dignos de tan augusto nombre,
inocencia y fortaleza, perdón y alimento, victoria, carácter y grata fecundidad.
Consolaos, pues Señora, y consolad nos, para que vuestras angustias crueles,
meditadas v sentidas por nosotros, sean semillas nobles v fecundas de nuestro
verdadero honor, de nuestra sólida dicha de nuestra deseada y feliz
inmortalidad. Amen.

SOLILOQUIO: ¡Oh dulcísimo Hijo mío Jesús! ¿Dónde estás? ¿Cómo ya no


te veo, y cómo sin verte vivo? Sepultado mi Hijo Dios, ¿y yo sin morir? No lo
creyera de mi corazón. ¡Oh Juan, discípulo amado muéstrame á tu divino
Maestro! ¡Oh Magdalena! dónde está aquel amabilísimo Jesús que tanto
amabas? ¡Oh parientas mías María Cleofás y María Salomé! qué se ha hecho
vuestro pariente Jesús? Murió todo nuestro gozo, y murió en una afrentosa
cruz: murió atormentada de espinas su cabeza, clavados sus pies y manos,
alanceado su pecho, desnudo y desamparado de todos. ¡De qué hombre, por
mal mismo que haya sido, se lee tal vilipendio! ¡Oh Hijo mío! Anoche te
prendieron, esta mañana le azotaron y sentenciaron, á medio día te
crucificaron, esta tarde te vi muerto y sepultado, v ahora tan lejos de mí, que
aún no puedo ver tu sepulcro. ¡Oh qué bien dijo el profeta que mi amargura
había de pasar a amarguísima! ¿Porque qué amargura más amarga que esta
soledad y memoria?

SEXTO DIA
ORACION
Virgen angustiadísima: en esta situación lastimosa del descendimiento de
vuestro Jesús divino y amado, os considero sagrada víctima de un dolor
incomparable. ¿Quién desclavará y bajará del suplicio más afrentoso el
Cuerpo sagrado y purísimo? ¿Quién os proporcionará un lienzo para cubrir su
desnudez? y quién un sepulcro para depositar el tesoro de los cielos y la
tierra? Consolaos, Señora mía, porque la divina Providencia no puede dejar
sin cubrir tan piadosas necesidades, de la que es su Hija querida, su Madre
pura y amante, y su Esposa inmaculada y fiel. Varones justos serán sus
instrumentos, varones justos, cuya piedad 18 ilustre forma el carácter más
meritorio y apreciable, harán con ternura v placer unos oficios, que sonarán en
los fastos de la misericordia hasta la consumación de los siglos. Alcanzad me,
Señora, por vuestra intercesión eficaz y omnipotente, que la piedad
indisputable de los ministros sagrados de la reconciliación me sepárenmela
pasión dominante, me vistan con la túnica purísima de la gracia, y me
escondan de las asechanzas de mis enemigos despiadados en el alegre
sepulcro de la conversión más apetecible y ejemplar, para que pongáis en
ejercicio la tierna advocación de refugio de pecadores, que siempre ha sido mi
única esperanza de salud, de gracia, de preciosa muerte, y de feliz y eterna
inmortalidad Amen.

SOLILOQUIO: ¡Oh Jesús de mi corazón! mira mi pobre/a y soledad: ni


tengo casa donde para mi decencia y la tuya recoger mi pobre persona m tengo
donde reclinar la cabeza ni me han quedado padres a quien volver la cara ni
tengo a mi celestial esposo que con su justo trabajo nos buscaba á tí v á raí el
alimento La orfandad de mis padres Señora Santa Ana y Señor San Joaquín,
lanudo suplir mi esposo José. La viudez de mi esposo José no me era penosa
viviendo tú mí Jesús; pero muerto tú, mi Jesús, que eres m. Padre, mi Esposo,
mi Hijo Dios ¿cómo he de vivir en tanto desamparo, pobreza y soledad? ¡Oh
Jesús de mi corazón! amo por toda mi vida la virtud de la pobreza, venero y
adoro tu sabia providencia divina, que sabiendo esto no excusaste privarme de
tan dichosos padres y de tan feliz esposo. Y te ruego, por esta orfandad y
viudez, resucites presto para alivio de mi soledad.

SEPTIMO DIA
ORACION
Señora y Madre mía de la Soledad: ya queda en un sepulcro nuevo, ungido
con esencias aromáticas, envuelto con un sudario de más valor que la púrpura
de los reyes, y empapada en las preciosas lágrimas vuestras, y de los espíritus
soberanos, el cadáver adorable del que tuvo con vos las más íntimas y
respetables relaciones. Ya estáis llorando en el más fúnebre silencioso recinto,
la congojosa muerte del que nos ha dado con ella una vida feliz é
interminable: vuestros lindos y modestos ojos, oscurecidos ahora con las
sombras del más justo dolor, no tardan en deslumbrarse con los esplendores de
su inmortal triunfo: vos la primera gozareis de su presencia, y entonces los
instrumentos de su cruel martirio, serán marcados para siempre con vuestros
ósculos, como los de la paz, salud, gloria y perpetua felicidad del género
humano. Bendita sea, y siempre celebrada en este santo templo y fuera de él,
una Soledad, que, constituyendo vuestra solemne y maravillosa advocación, es
nuestro precio, nuestra paz, nuestro placer, ventura y esperanza. Vuestras
sagradas angustias que hemos bendecido y adorado en el curso de estos nueve
días, nos garanticen por la aceptación divina, y por vuestra eficaz y poderosa
intercesión, todos los bienes de ambos órdenes, espiritual y temporal, que,
como pasajeros en la tierra, y habitantes futuros del empíreo, deseamos, y
humildemente os pedimos. Por vos, Señora, triunfe la fé de la incredulidad; la
gracia, del pecado; la paz, de la discordia; la abundancia, de la escasez; la
salud, de la enfermedad; y que cada uno de vuestros devotos y reconocidos
amantes hijos, comenzando á dormir reclinados sobre vuestro pecho dulce,
sensible y maternal, el sueño de la muerte, despertemos algún día con júbilo y
placer eterno en la mansión afortunada de los dichosos escogidos. Amen.

SOLILOQUIO: ¡Oh Hijo de mis entrañas Jesús! ¿Qué, para tal muerte y
pasión le concebí, te parí y te crie? Con gusto hemos conversado en esta vida,
á nadie hemos agraviado, fielmente me has atendido, y yo con toda fidelidad
te he servido como a mi Hijo Dios verdadero. ¿Pero por qué motivo los
cruelísimos judíos te crucificaron? qué causa diste para que te dieran tan
afrentosa muerte? ¿cometiste alguna maldad para que te sentenciasen así? No,
Hijo mío amabilísimo: dignación tuya ha sido redimir tan á costa tuya y mía al
género humano, dejándoles a mares la doctrina y los ejemplos. Gustosísima
me ha sido esta redención, de que puedo recibir los plácemes por la gloria que
se sigue a Dios y a los hombres.

OCTAVO DIA
ORACION
Oh Jesús, oh Dios de piedad y misericordia! me pesa de todo mi corazón de
haber considerado tan poco aquella Hora en que moriste por mí con tanto
amor: dejé pasarla tantas veces, sin agradecerte en ella aquella muerte y tu
amor: pésame, Señor, me pesa pídote perdón con toda humildad, y espero,
mediante el favor de tu gracia, que me acordaré en adelante de aquella dichosa
Hora, con más agradecimiento y correspondencia de amor; lo espero, Señor
mío Jesucristo, y le pido este favor para mí y para todas la criaturas, por los
méritos de aquella santa muerte. Te doy infinitas gracias, oh Jesús, de haber
padecido por mí en aquella Hora tan afrentosa v dolorosa muerte, por mí,
miserable é ingrata criatura: te ofrezco los méritos de tu pasión santísima,
muerte y cruz, porque, aunque seas mi juez, eres también mi salvador: no
quiero entrar de otra suerte contigo en juicio, si no es poniendo tus santísimos
méritos y muerte, entre tí y mi alma pecadora. Dadme, oh Jesús, dadme á mí,
y á todas las criaturas, por tu muerte santísima, dolorosísima, la gracia de
morir á los pecados y á todo lo criado fuera de tí, para vivir solamente por tí y
en tí. Oh Jesús, por tu muerte santísima, dad en aquella Hora la vida á algunos
pecadores: hacedles misericordia, por haber muerto en esa Hora por todos
ellos. Jesús crucificado, por tu muerte santísima, por tu sangre preciosísima, y
por tus llagas, perdonadme todos mis pecados conocidos y no conocidos. Oh
Dios Padre, Padre de misericordia, te ofrezco tu amantísimo Hijo pendiente en
la Cruz, todo llagado, traspasado de los clavos y espinas, todo ensangrentado v
muerto por nosotros. Y por eso, aunque mis maldades me repulsen de tí, su
amor me llama y me convida á tí. Y cuanto más me agravan y me humillan
mis maldades, tanto más me levantan, alegran y consuelan sus piedades: toda
nuestra esperanza está, en que somos sus hermanos, sus miembros, su carne y
sus huesos, pues él es nuestra cabeza. Satisface en todo rigor y abundancia a tu
justicia, por las ofensas de todo el mundo: el ruega y llora por nosotros: su
santísima ánima está triste hasta la muerte por nosotros, está en agonía, y en
un grandísimo desamparo por nosotros: clama con una voz grande por
nosotros, y muere de amor por nosotros. Recibe, Padre de piedad, ese
sacrificio divino: él se encargó de nuestras deudas, él es nuestro rescate,
nuestro interventor, nuestro abogado, y nuestra vida. Él es el Cordero de Dios
inocentísimo y sin mancha, quien quita los pecados del mundo: lo que te
ofrecemos, Señor, es la sangre de un Dios derramada por nosotros, es la
muerte de un Dios padecida por nosotros, es Dios mismo, que vuestro amor
nos ha dado con todos los tesoros de su piedad; por su amor y por su muerte
danos la vida. Amen.

ORACION: Acuérdate, piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído que


acogiéndose á tu amparo, solicitando tu favor pidiendo tu ayuda, haya sido
desamparado. Animado yo con tal confianza, vengo a Vos, á tí ocurro, delante
de tí, pobre pecador gimiendo asisto: no quieras despreciar. Madre del Verbo,
mis palabras, sino óyelas Y escúchalas favorable, por tus siete punc.pa les
acerbísimos dolores. Amen Jesús.

SOLILOQUIO: ¡Oh Nazareno mío, que dabas consuelo á los vivos, y dabas
vida á los muertos! oh grao n profeta, poderoso en obras y palabras! ¿qué
hiciste para que los judíos te crucificaran? ¿Son estas las gracias que dan a tus
buenas obras? es esta la paga de tu verdadera doctrina? ¿es este el premio que
dan á la virtud y milagros? tanto han podido las manos de los hombres contra
su humanado Dios? ¿á esto ha llegado la maldad del mundo? ¿a tanto ha
llegado la malicia del demonio? ¿á tanto ha llegado la bondad y clemencia de
mi Hijo? tan grande es el aborrecimiento que tiene Dios al pecado? ¿tan
grande es el rigor de la divina justicia? en tanto estima Dios la salvación de
las almas? ¡Oh Hijo de mi corazón Jesús! mira cómo estoy en mi soledad: ten
misericordia de mí; apresura tu resurrección, mira que voy a toda prisa á
expirar.

NOVENO DIA
ORACION
Purísima Virgen, afligidísima Señora, santísima María; ¿qué haré yo para
consolarte en la terrible pena que padeces? con qué palabras te significaré el
dolor que me parte el corazón al verte en tan lastimosa soledad? Ha muerto,
Señora, el Hijo de tus entrañas, la lumbre de tus ojos, el alma de tu vida, la
vida de tu alma, el objeto más tierno de tu amor. Tú lo viste espiraren un
madero infame: tú lo viste acabar la vida con una muerte lastimosa y
afrentosa: tus ojos fueron testigos de los agudos dolores, dé los atroces
tormentos que estuvo tolerando por espacio de tres horas: tú lo oíste quejarse
de la sed que le afligía, Y no pudiste socorrerlo en tan triste coyuntura: tú lo
viste dar las últimas boqueadas, sin poderle ministrar el más ligero alivio, y
ahora estás repasando en tu memoria todo este tropel de penas y congojas; que
cosa puede haber que le consuele? la encuentro, Señora, y solo vengo a
suplicarte me permitas hacerte compañía, le acompañaré compadecido y
lastimado de tu desamparo: te acompañare arrepentido de la mucha parte que
he tenido en tu aflicción: te acompañaré resuello a no apartarme de tu
presencia un solo instante, a no olvidar jamás tu pena, y a pedirle la gracia de
morir de dolor de haber pecado. Amen.

SOLILOQUIO: ¡Oh Redentor del mundo, que pudiendo todas las criaturas
posibles desterrar el pecado bajaste del cielo para con tu muerte destruirlo! ¿Y
qué ha de haber criaturas tuyas que desprecien tu preciosísima sangre? que ¿o
se han de salvar todos, cuando por salvar a lodos has muerto? ¿que, lo que
padeciste por salvarnos les ha de servir a muchos de mayor tormento? ¿que
muchos de os que mi Hijo Dios me dio al pie de la cruz por hijos adoptivos,
han de ir a ser esclavos eternos del demonio? ¡Oh hijo de mi corazón Jesús!
¿Cómo yo estoy en esta soledad viva, sabiendo que hay almas por quienes has
derramado en vano tu sangre preciosa? Sábete, Hijo mió Dios, que lo que dejo
en esto de sentir, es porque no puedo sentirlo más.

CLAMORES A MARÍA SANTÍSIMA


El alma desde hoy implora
tus dolores, Madre amada,
para cuando sea llegada
de mi vida la última hora:
Que, aunque merezco, Señora,
un castigo irremisible,
quitarle será posible
á tu Hijo tantos enojos,
si vuelves á mí tus ojos
en aquel trance terrible.
Ave María.

Esos ojos que en razón


de dos caudalosos mares
en lágrimas á millares
liquidan tu corazón,
De mis culpas el perdón
espero me han de alcanzar,
pues para esto de rogar,
tales hechizos tienen ellos,
que, al verlos tu Hijo tan bellos,
nada le puede negar.
Ave María.

Cuando tu pecho amoroso


palpita seguidamente,
al morir Jesús pendiente
del suplicio ignominioso,
Ves su cadáver precioso
yerto, macilento, herido;
por cuya angustia te pido,
que en d momento postrero
me alcances un verdadero
dolor de haberle ofendido.
Ave María.

Yo he de morir . . . .es verdad,


y pues á ti clamaré,
cuando mi alma solo esté
llena de funestada,
Por tu amarga soledad
acompáñame en la mía,
para que yo en ese día
espire con el consuelo
de que de la cama al cielo
me voy en tu compañía.
Ave María.

María, cuando sea llegado


de mi muerte el trance triste,
ruega por mí a tu Hijo amado;
por el dolor que tuviste
al verlo crucificado.
Ave María.
María, pues solo con verte
aplaca Dios sus enojos,
hagan dichosa mi suerte
esos dulcísimos ojos
en el trance de mi muerte!
Ave María.

Porque en mi última agonía


tu grande piedad se vea,
¡oh dulce Virgen María!
tu alma santísima sea
el consuelo de la mía.
Ave María
SEMANA DEVOTA A NUESTRA SEÑORA DE LAS ANGUSTIAS

DOMINGO
El anciano Simeón anuncia a María una espada de dolor
Santísima Virgen María, Madre de mi Dios y Madre mía, ¡cuánta fué la pena
de tu alma al oír que los hombres habían de contradecir a tu Hijo! Oh Madre,
no contradiga yo jamás a Jesús. Sean, Madre mía, todos los momentos de mi
vida conformes a la doctrina de vuestro Hijo. No se aparten nunca mi
entendimiento y voluntad de las máximas del Evangelio.

OFRECIMIENTO PARA TODOS LOS DÍAS


Dignaos, Madre amorosa, ofrecer por vuestras benditas manos a mi querido
Jesús todas mis acciones, palabras, pensamientos, y deseos de este día, para
que todos redunden en su mayor gloria. Yo por mi parte propongo en obsequio
vuestro no apartarme en este día de la leí adorable de vuestro Hijo, y
especialmente contenerme con vuestro auxilio en el vicio que más me domina.
Siete Ave María: y Gloria Patri.

CANCIÓN DOLOROSA
Venid, pecadores, hacia tantos hijos
que os llama el amor, que engendra en dolor.
venid a María,
si queréis perdón. Sus lágrimas tristes
por nosotros son,
Mirad; en sus brazos que somos los hijos
está nuestro Dios, que Cristo la dio.
de su vientre fruto,
nuestro Redentor. Oh Madre piadosa,
Oh Madre de amor,
Difunto le llora, tus ojos benignos
¡con cuánta aflicción! dirige hacia nos.
contando las llagas,
que el hombre le abrió. Si un hijo difunto
causa tu dolor,
Sus pies y sus manos aquí ves mil hijos,
taladrados vio que él te encomendó.
con los duros clavos,
que humilde adoró.

Vio el pecho abierto


y aquel Corazón,
que era la preciosa
prenda de su amor.

Del amor herido


miró el Corazón,
que nunca a los hombres
sus puertas cerraron.

Y llora al mirarle,
y su Corazón
de angustias mortales
cercado se vio.

Y al paso que llora


se aumenta su amor
LUNES
María huye con Jesús a Egipto
Oh afligidísima Madre, ¡cuánto me compadezco de Vos al vero huir
precipitadamente con vuestro divino Hijo a tierras extrañas é infieles! ¡Oh si
huyese yo de todos los peligros y ocasiones de perder a Jesús! De tu cariño
espero, oh Madre, la gracia de huir del pecado. Detesto y abomino aun la más
ligera ocasión de pecar. Lejos de mi todo lo que me pueda hacer perder la
gracia de mi amable Jesús.

MARTES
Llora María la pérdida de Jesús
¿Dónde está tu amado, oh hermosísima María? ¿Dónde está tu buen Jesús, que
tanto se llena de amargura tu corazón? O Madre, ¿cuánto te afliges, aunque
sabes que Dios está contigo? ¡Y yo no me aflijo, y yo no lloro, cuando tantas
veces he perdido a Jesús! Préstame, oh Madre, de tus ardientes lágrimas,
lloraré las culpas con que he perdido a mi Dios. Logre yo por tu medio, o
María, una contrición ver dadera que borre todos mis pecados.

MIÉRCOLES
María encuentra a Jesús con la cruz sobre sus hombros
¡Qué peso, oh María, hemos fabricado los pecadores sobre la espalda de tu
Hijo! ¡Cómo hemos prolongado nuestra iniquidad! Mirad, oh Madre, á Jesús
agobiado con tanta carga. ¿Mis culpas son las que tanto oprimen a mi Dios?
¿Son mis pecados los que en tierra derriban á Jesús? Ay Madre amorosa, lleve
yo la cruz, que yo soy el que pequé. Vengan sobre mis trabajos, vengan
miserias y aflicciones, tomaré la cruz y seguiré a mi Dios.

JUEVES
María está al pie de la Cruz
¡Qué triste! qué afligida estás, oh Madre mía! Fijos tus ojos en tu amado Hijo,
lloras sin consuelo. Oh Madre mía, tu Jesús muere, muere en una Cruz. ¿Será
posible que no muera yo de dolor por haber pecado? ¿Me apartaré yo de la
Cruz, donde está mi vida? ¿Buscaré yo placeres y pasatiempos en el mundo?
Madre mía, yo con tu auxilio viviré y moriré crucificado con el mundo, con
mis pasiones, y con mis vicios.

VIERNES
María tiene en sus brazos el cadáver de Jesús
¡Oh Madre angustiadísima! ¡qué torrente de lágrimas inunda tu hermoso
semblante! ¡Y cómo no has de llorar, si tienes en tus brazos el cadáver de tu
Hijo! ¡Cómo no has de llorar, si ves el cuerpo de Jesús todo destrozado, lleno
de cardenales, cubierto de heridas! No hay en él miembro sano. Aun su
Corazón santísimo está de parte a parte traspasado. Oh Madre mía, escóndeme
en ese Corazón divino, herido cruelmente por mi amor. ¿A Quién temeré?
¿quién podrá dañarme en el sagrado del Corazón de Jesús? Este Corazón será
mi morada por todos los siglos, en él habitaré y me detendré en la protección
de mi Dios.

SÁBADO
María deposita en el sepulcro el cadáver de su divino Hijo.
¡Grande es como el mar tu pesadumbre, oh amantísima Madre! ¿Quién te
consolará? ¡Una piedra cubre el cadáver de tu Hijo, y te priva aun del triste
consuelo de mirarle! Pero, oh Madre, yo soy otro hijo; mírame a mí, tuyo soy.
Pon ya en mi todo tu cariño. ¡Oh! si yo correspondiese a tu amor! Así lo
deseo, Madre querida. Yo quisiera amarte como tú me amas. Alcánzame esta
gracia, no me haga yo indigno de tus favores, ámete yo de manera que te
agrade.
PESAME
A LA SANTISIMA VIRGEN DE LA SOLEDAD
Virgen gemebunda, Madre de las tribulaciones, cuán inmenso es tu dolor.
Lloraste toda la noche y no hubo quien te consolara. Tu manto de luto, tus
ojos llenos de lágrimas, tu rostro ensombrecido por el pesar, tus manecitas
juntas en
actitud de plegaria, todo tu ser me revela el suplicio incomparable que torturó
tu corazón. Fuiste madre, y te arrancaron al Hijo de tus entrañas, viste morir al
que fuera tu vida, tu delicia y tu encanto. Quedaste abandonada en el desierto
sombrío de las tristezas, víctima de amarguras sin igual. ¿A quién te
compararé, ¡oh Hija de Jerusalén! ¿Quién se asemejaría a tí Mártir sublime y
Reina de todos
los mártires?
Recibe, Madre querida, la condolencia filial de nuestras almas. Venimos a
darte el pésame, sentimos la pérdida irreparable que abrió en tu corazón
profunda herida y que te hizo llorar en el desamparo, huérfana y viuda, sin
consuelo y sin protección. Estamos cerca de tí para hacerte compañía,
queremos enjugar tus lágrimas, acariciar tu frente, derramar bálsamos
curativos en tu corazón atribulado.
Si perdiste a un Hijo Santísimo, puro y divino, tienes a tus plantas hijos
pecadores, maliciosos e ingratos, es verdad; pero que, confusos y arrepentidos,
te prometen ser bueno practicar la virtud, servirte toda la vida y amarte con
todo el corazón. Mira, Madre clemente y piadosísima, la sinceridad con que te
hablamos. Queremos regar con el llanto de nuestros ojos las baldosas de esta
Iglesia, queremos llegar hasta tí para llorar el desamparo tremendo que
sufriste, al morir Jesús y al ausentarse de tí.
Soledad te rodeó durante muchos años, en tu peregrinación por este valle de
tribulaciones. Sola, sin él Hijo que era t u encanto, sin la Luz que alumbró tus
caminos, sin el Dios Redentor que te llenó de gracias; sola, sin consuelo,
apurando el cáliz de la amargura, llegaste hasta la cumbre del dolor
inconcebible. Virgen del infortunio, doliente Madre mía, acepta nuestra filial
condolencia; acuérdate que lloramos contigo, extiende tus fúnebres vestiduras
para arroparnos con ellas, guarecernos allí, permanecer místicamente
identificados contigo y servirte y amarte, durante nuestra vida para merecer el
premio de la eterna bienaventuranza por los siglos de los siglos. Amén.
CORONILLA
Por la señal. Acto de contrición.

L/: Abre, Señor, mis labios


R/: Y publicará mi lengua tus bondades.

L/: Ven, ¡oh Dios! en mi ayuda.


R/: Apresúrate a socorrerme.

L/: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.


R/: Como era en el principio, sea así, ahora y siempre por los siglos de los
siglos. Amén.

(Un Padre Nuestro, cinco Ave Marías y Gloria al Padre).

JACULATORIA
Divide, Virgen, tus penas al ver tu Hijo llagado con este pobre humillado que
te da su corazón.
(Padre Nuestro, cinco Ave Marías, tres veces).

L/: Ruega por nosotros, ¡oh Virgen de la Soledad!


R/: Para que seamos dignos de los merecimientos de Cristo.

OREMOS: Oh María, Reina de todos los mártires, te suplicamos, por los


dolores de tu soledad, que nos alcances merecer los frutos de la Redención de
tu Hijo Santísimo que, después de morir, vive y reina con Dios Padre y el
Espíritu Santo en unidad perfecta por los siglos de los siglos. Amén.
DIA DIECIOCHO DE CADA MES

ORACIÓN
Vengo a tí Madre querida, con el corazón lleno de tristeza. Me conmueven tus
lágrimas, me compadezco de tus dolores, la aflicción que te hiere, me hiere
también con crueldad y fiereza. Virgen de la Soledad, ¿quién podrá medir tu
desamparo? Quedaste sola en el mundo cuando murió Jesucristo que era para
tí hijo muy amado, maestro y protector.
Su vida fue tu vida; su hermosura, tu satisfacción; sus altísimos misterios, el
objeto de los tuyos, sagrados también y maternales. Pero, al bajar Jesús al
sepulcro, al ocultarse después en los esplendores del cielo, sufriste penas
torturadoras he inenarrables. Me lo dicen tus ojos inflamados por el llanto, tu
frente angelical que eclipsaron mil infortunios, tus vestidos de luto que
simbolizan el dolor.
Parece que oyes todavía el feroz alarido de las multitudes deicidas y que miras
aún el vaivén de los verdugos que crucificaron a Cristo. Parece que asistes a la
tragedia del Calvario y que contemplas la desaparición de los sacratísimos
despojos, devotamente enterrados por los piadosos varones.
La Cruz, el sepulcro, el adiós postrero se renuevan en tu mente y ponen en tu
corazón tristezas funerarias que no es posible comprender. Soledad te rodeó
cuando, por veinticuatro años, apuraste, hasta las heces, el cáliz de la
amargura; soledad inclemente y fiera, destrozó tu corazón de madre que
ansiaba estar al lado del Hijo único y querido; soledad taladró tu espíritu
perfectísimo, al no hallar en la tierra compañías que supieran comprenderte.
Soledad interior, mística, completa soledad soportaste como ninguna criatura.
Por eso la Iglesia, al recordar tus pesadumbres, te invoca y te venera con el
nombre significativo y dulcísimo de la Soledad. Augusta Madre mía, quiero
beber tus lágrimas, consolar tus aflicciones, estar en tu compañía.
No te abandonaré, ¡oh Reina de los Mártires! no te dejaré sola. Aquí siento
tus caricias maternales, cerca, de tu altar hay paz y quietud, santa alegría,
místicos fervores que no hay en otra parte. Cuántos hijos tuyos han venido a
este santuario. Cuántos han recibido salud y protección. Son innumerables,
forman legiones que te alaban y glorifican. Uno mi pobre voz a la de los mil
que te bendicen, mi plegaria va con la plegaria de los que te aman, con la
plegaria de la Iglesia que te honra.
No me dejes, Madre mía, no me dejes solo. Asísteme en la tentación,
defiéndeme en los peligros y consuélame en mis dolores. Quiero vivir en
gracia y perseverar en ella hasta la muerte. Esto te pido para mí y para mis
padres, amigos y parientes. Madre de la Soledad, sé tú mi refugio, sé mi guía,
consígueme la felicidad eterna. Amén.
VIA MATRIS

Escrito por el Rev. Padre Nicolas de Arezzo, de la Orden de los Siervos de


María.

ORACIÓN
Santísima Virgen, Madre de Dios, yo, aunque indigno pecador postrado a
vuestros pies en presencia de Dios omnipotente os ofrezco este mi corazón
con todos sus afectos. A vos lo consagro y quiero que sea siempre vuestro y de
vuestro hijo Jesús. Aceptad esta humilde oferta vos que siempre habéis sido la
auxiliadora del pueblo cristiano. Oh María, refugio de los atribulados,
consuelo de los afligidos, ten compasión de la pena que tanto me aflige, del
apuro extremo en que me encuentro. Reina de los cielos, en vuestras manos
pongo mi causa. Se bien que en los casos desesperados se muestra más potente
vuestra misericordia y nada puede resistir a vuestro poder. Alcanzadme Madre
mía la gracia que os pido si es del agrado de mi Dios y Señor. Amén.
I ESTACIÓN

Jesús es capturado y flagelado


V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la cruz de su Hijo.
MEDITACIÓN
El hijo de la Virgen María era llevado frente a Pilatos y estaba en medio de
ellos como un cordero manso entre lobos que quieren devorarlo. La Virgen
María sentían que acusaban a su hijo, y que nadie lo defendía, porque a nadie
le interesaba la salvación de su Hijo, Todo el pueblo gritaba: “Mátenlo,
crucifícalo, es reo de muerte”. María estaba con una amargura sin límites;
habría querido responder a todos a nombre de su hijo, pero no podía, porque
su garganta estaba seca y su voz no se podía escuchar por la grande
muchedumbre que gritaban “Crucifícalo”. Y de nuevo los impíos se acercaron
y flagelaron con nuevos golpes a su hijo, el Señor nuestro, coronado de
espinas. Lo desnudaron y lo revistieron de púrpura y doblando las rodillas se
burlaban: “Salve, rey de los judíos”. Lloraba, pues, muy amarga nuestra
Señora, la Virgen María, porque no podía ayudar a su hijo, Jesucristo. Gritaba
decía: “¡Oh judíos, no flagelen cruelmente a mi hijo! Tengan piedad de mi
hijo, o bien pónganme también a mí en los mismos tormentos ¡”. Pilatos pide,
para sondear el corazón de los judíos, cuáles de los dos quieren que sea
liberado. Gritó la gente malvada y ciega y pide que sea liberado Barrabás y
que Jesús sea crucificado. María grita: “judíos pérfidos, enemigos de la
verdad, han elegido la muerte y condenado la vida. Cambien el veredicto,
consideren el derecho, porque han condenado a un inocente, ha rechazado al
Creador. Corazones de los Judíos, más duros de las piedras, ¡que mis fuentes
de lágrimas no logro a conmover! Hijo dulcísimo, alivio de María, ¡refugio de
los pobres! Esta pobrecita esta atormentada. Hijo mío, no cesan de llorar mis
ojos, que también no sabían llorar. Antes ignoraba el llanto y no había sentido
angustia, pero ahora me he convertido en maestra del llanto, experta del dolor
y pena”. Acudían una multitud de personas que gritan: “Crucifícalo,
condénenlo al patíbulo de la cruz”. Oído esto, María se queda como muerta.
Sin embargo, levantándose de la tierra, empezó a gritar: “Lenguas divergidas,
¡falsos testigos! Ayer en gloria y con honor han acogido en Jerusalén mi hijo,
extendiendo los manteles por el camino, diciendo “Bendito el que viene en el
nombre del Señor”, y ahora gritan: “Crucifícalo” y lo condenan a muerte. El
salmista dice: “Me han circundado dolores de muerte, o gemidos de muerte, y
peligros infernales me han sorprendido.
Padre nuestro, Ave María, Gloria

ORACION
(Para finalizar cada estación)
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir, que
ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra
asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos.
Animado con esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las
vírgenes!, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a
aparecer ante vuestra presencia soberana. No desechéis, ¡oh Madre de Dios!,
mis humildes súplicas, antes bien, inclinad a ellas vuestros oídos y dignaos
atenderlas favorablemente. Amén.

Stabat Mater
(Estaba la Madre)

Firme junto a la Cruz Sacrosanta


En pie estaba la Madre doliente, Viole sobre el Calvario, por dura
Contemplando de aquella mano vil en el leño clavado,
pendiente, el aliento exhalar desolado
A Jesús, su delicia y amor. y la Faz moribunda inclinar.

Y en profundo sollozos y en tanta, Madre dulce, Purísima fuente,


fiera angustia apenada gemía, de magnánimo amor, de amor
que pasado su pecho sentía santo,
por la espada cruel del dolor. por piedad no desdeñes mi llanto,
llegue al mar tu fiero dolor.
Cuál sería el horrible tormento,
de aquella alma tan cándida y pura, Sienta al menos mi pecho ferviente,
como el cáliz de atroz amargura en la Llama Divina abrasarse,
del Dios Hijo, la Madre agotó. y del fango brutal despegarse,
para ser agradable al Señor.
Ver a un Hijo y a un Dios el aliento,
con fatiga exhalando y que expira, Las heridas del Hijo cruentas
de esta Madre el penar que le mira, en mi fiel corazón ¡ay! imprime;
decid madres ¿qué madre probó? que las penas sin fin en que gime,
todas juntas se deben a mí.
¿Quién el raudo llorar contendría,
aunque el pecho de tigre encerrara, Yo merezco las crudas afrentas,
si a la Madre de Cristo observara fieros golpes, agudos garfios,
abismada en tan hondo sufrir? si los yerros, oh Madre son míos,
¿no podré yo llorar junto a Ti?
Vio la Madre a Jesús en tortura,
por las culpas de un pueblo, que A tu lado podré dolorido
ingrato, y pegada a la tierra mi frente,
a su Dios sacrifica insensato, ya que no condolerme inocente,
viole objeto de llanto y pesar. adorar al que expira en la Cruz.
por su Cruz Sacrosanta oprimido,
Y expiar en contrito gemido, de su Sangre Divina teñido,
cabe Ti mis injustas ofensas, haz que parta con el penar.
y plañir en tus penas inmensas,
la agonía cruel de Jesús. Para que por tu ruego, aplacado
pueda hallarle en el último día,
Y ora Tú, que de vírgenes santas, cuando el mundo estará en agonía,
en los cielos el coro presides, pueda entonces en Él esperar.
no en tu gloria, a este mísero
olvides Oh Jesús, al salir del desierto,
que desea contigo gemir. no abandones un alma que llora,
para quien piadosa te implora,
Haz que siempre, postrado a las tu fiel Madre, la palma inmortal.
plantas,
del pendiente Jesús, yo suspire, Cuando salga por fin de su encierro,
y que siempre presente le mire, mi alma pobre, y remonte su vuelo,
en su leño sangriento sufrir. no le niegues su entrada en el cielo,
y el gozar de tu gloria eternal.
De sus llagas, mi pecho llagado,
II ESTACIÓN

Jesús es Clavado en la Cruz


V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la cruz de su Hijo.

MEDITACION
Lo llevaron al suplicio, con el peso de la cruz y con una corona de espinas, le
lanzaban inmundicias en su cabeza. Cuando María vio eso, empezó a grita y a
decir: “Hijas de Sion, vengan y vean a mi hijo con una corona de espinas
colocada por la sinagoga de los judíos; vean al cordero inmaculado que es
llevado a una muerte ignominiosa. ¿Qué tengo que hacer, yo, pobre, para que
Jesús, que en el anuncio del ángel he concebido por obra del Espíritu Santo, es
ahora llevado desnudo al patíbulo de la cruz?”. Cuando vio a su hijo desnudo
de sus vestiduras, sus vísceras fueron revueltas; corrió veloz y los soldados le
concedieron apenas acercarse a su hijo. Lo envolvió con el velo de su cabeza.
Después, dirigida a los judíos, decía: “¿Más crueles que las bestias, no se
avergüenzan de actuar con tanto salvajismo contra mi hijo? ¿Qué ha hecho mi
hijo, para ser desnudado frene frente a toda la gente?”. Y, girándose hacia las
mujeres, decía: “¿Oh señoras dulcísimas, no ven el inmenso dolor, por qué mi
hijo dulcísimo y desnudo en medio de la gente? Oh ven que estoy
profundamente desolada y no tengo quien me consuele. Mi salvación se
convirtió débil, mi vida está muerta, mi alegría es arrancada. Oh María grande
como el mar es tu aflicción”. Después de haber estado desnudado, es puesto
en la cruz con clavos muy fuertes. María dice: “Gente ciega, ¿qué has hecho?
Has traspasado con clavos los pies de quien ha trazado un camino hacia el
mar; has traspasado en el leño de la cruz las manos de aquel que te ha liberado
de Egipto, con mano potente y brazo tenso” Estaba pues la madre de Jesús
bajo la cruz45y lo abrazaba. Besaba, llorando, la sangre de la cruz que corría
en la piedra, donde la cruz estaba plantada, y decía a los miserables judíos:
“Oh miserables judíos, restituyan a la madre dolorosa el cuerpo herido de su
hijo. He ahí, ahora han colmado su furor y maldad. Han, en efecto destrozado
con fustas toda su santísima carne, lo han crucificado como un ladrón en
medio de ladrones; han esparcido toda su sangre; han perforado su cabeza
santísima con una corona de espinas; han traspasado su cuerpo con una lanza.
Restituyan ahora a la madre dolorosa el cuerpo de su hijo, después que lo han
llevado hasta el colmo su furor. Y si no quieren hacer, pongan en la cruz
también a la madre con el hijo, crucifíquenme con él. ¿Cómo podrá, hijo
amadísimo, tu madre vivir sin ti, ya que un solo espíritu, una sola carne y un
solo amor unían a la madre y al hijo? Hijo dulcísimo, tan profundos son las
heridas, que no ya no hay un semblante de hombre en ti, a tal punto te han
maltratado”.
III ESTACIÓN

La Soledad de Jesús en la Cruz


V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la cruz de su Hijo.

MEDITACIÓN
Cuídate, alma devota, de no poner la esperanza en el mundo. Dice el salmista:
Maldito el hombre que confía en el hombre. ¿Quién pues, confiará en el
mundo después que el Hijo de Dios, por medio del cual el mundo ha sido
hecho, no ha podido confiar en él? Ves, en el día de ramos toda la ciudad lo ha
acogido con grande alegría, pero esta gloria se ha menguado como sombra o
humo. Desde hace seis días esta gloria terminó y aquel que han llamado rey en
el día del Señor, hoy lo ha llevado a una muerte cruel; todos sus amigos lo han
abandonado. Ninguna ha permanecido con él, ninguno ha contradicho a
Pilatos, ninguno lo ha reconocido, a parte del ladrón que le ha perdido perdón;
él ha sufrido con él por sus penas. El Hijo de Dios grita en la cruz: Elí, Elí.
Ambrosio dice a este respeto: ¿Tal vez el Padre había abandonado al Hijo en
esta muerte, desde el momento que el Padre está siempre con el Hijo y el Hijo
con el Padre? Para nada; sin embargo, el Hijo de Dios grita estar abandonado,
porque nadie, excepto el ladrón, reconoce el fruto de su pasión. Considerando
precisamente esto, María lloraba bajo la cruz y a su dilecto decía: “Hijo
dulcísimo, los ojos de tu tristísima madre no deja de llorar; mis lágrimas son
lágrimas de muerte. Hijo, he ahí tu estas desnudo y solo en la cruz.
Abandonado por todos. ¿Dónde están tus apóstoles que tanto has amado?
¿Dónde están tus discípulos que has instruido? ¿Dónde está Pedro que decía
estar listo para ir a la cárcel y a la muerte? ¿Dónde está Tomás que decía:
“Vamos también nosotros a morir con el”? ¿Dónde están los muertos que has
resucitado? ¿Dónde está Lázaro que tu amabas tanto? ¿Dónde están los
innumerables enfermos que tú has curado? Nadie ha venido a verte, ninguno
se ha acercado a la cruz. Hijo, yo no sabía que era la tribulación. Ahora me he
convertido en experta en sufrir, estoy llena de todo dolor, porque te veo morir
abandonado por todos, según la palabra de Isaías: He mirado en torno y no
había quien llevara auxilio, he buscado y no ha habido quien me ayudara”.
IV ESTACION

Jesús es insultado en la Cruz


V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la cruz de su Hijo.

MEDITACIÓN
Es evidente que este dolor sea grande. Grande, en efecto, es el dolor cuando
yo te he servido y tú no quieres servirme; dolor más grande aun cuando te he
servido y tu mi abandones al olvido; dolor grandísimo cuando, en cambio del
beneficio recibido, tú me ofendes y me haces mal por bien, injuria por honor,
odio por amor. Dice el Eclesiástico: Injurias y maldiciones le dará y en cambio
de honor y beneficio les restituirá ofensas. Así eran los malditos judíos. Esto
era el intenso dolor y la espada de la Virgen bendita, por esto estando a los
pies de la cruz lloraba: “Ángeles, cielo, tierra, hombres, todos los pueblos,
consideren y vean cuando han visto algo tan injusto u oído algo tan malvado.
Ven a mi dilecto que muere por los beneficios realizados a este pueblo maldito
y no existe nadie que reaccione. Muere hijo mío por los beneficios, los favores
y las gracias, y no hay nadie que considere esto. Vean los beneficios que ha
hecho a los judíos. Mi hijo dilecto los ha liberado de una esclavitud de cinco
mil años y del poder del Faraón. Los ha guiado por cuarenta años en el
desierto, y ha hecho llover alimento el maná del cielo. Además, sus vestiduras
y sandalias no se consumaron en tan largo tiempo. En cambio, de este primer
beneficio lo han despojado y le han dado de beber hiel y vinagre. Para
defenderlo exterminó al Faraón, y ellos lo han herido y traspasado en cinco
partes del cuerpo. Y por si no fuera suficiente, para ellos ha bajado del cielo y
ha hablado, ha hecho milagros, ha curado los enfermos. Y en cambio de este
beneficio tan grande han derramado toda su sangre y lo han colgado en la
cruz. Hijo amadísimo, ves mi alma es triste y se consuman mis ojos por las
lágrimas, porque en cambio de los beneficios te veo coronado de espinas, en
cambio de los favores te veo desnudo en la cruz, en cambio de grandes dones
te veo destrozado por las heridas, y en cambio de tus inmensos favores te veo
condenado a una muerte cruenta. Hijo mí, esta es la cuarta espada del dolor de
mi corazón, la espada que traspasa mi alma. Y en referencia a esta espada se
vea Isaías: “He criado y educado hijos, pero ellos se han rebelado contra mí.
El buey reconoce a su dueño y el burro el establo de su amo, pero Israel no me
conoce, mi pueblo no comprende”.
V ESTACION

Jesús moribundo en la Cruz


V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la cruz de su Hijo.

MEDITACIÓN
Por esto su dolor crecía, porque jamás hubo un rey o emperador que fuera
llorado con tanta intensidad. Es costumbre que, cuando muere un grande señor
o príncipe, todos los de su familia se vistan de negro, así para aquellos que lo
ven el dolor aumenta aún más; de la misma manera el dolor se hace más
agudo, cuando en la casa del difunto llegan los amigos y parientes que gritan y
lloran en voz alta. Así, ciertamente sucede hoy para la virgen María. El mundo
entero, en efecto, ha llorado con fuerza e intensamente la muerte de su creador
y de su príncipe; un tremor ha abatido todo. Como dice Bernardo, toda la
estructura del mundo esta trastornado y pálido y todas las cosas caen
nuevamente en el caos primitivo. Porque la pasión de su dilecto hijo era un
gemido con un lamento fuerte y alto, a Virgen María lloraba siempre más y de
sufrimientos más grandes estaba llena. Cuando vio que todo el mundo se había
vestido de negro –en efecto el sol se oscureció y se hizo negro toda la tierra
hasta la hora nona-, entonces su alma mengua por el dolor y, estando de pie
junto a la cruz, la abrazaba y la besaba, diciendo: “Hijo bellísimo, esperanza
de mi alma, alegría y corona de los Ángeles, ves tu mueres y el sol y la luna y
las estrellas sufren juntos por tu muerte, porque se han oscurecido; ves, tu
mueres, y los Ángeles hacen el lamento por tus sufrimientos. Dice Isaías: Los
ángeles de paz llorarán amargamente. Todos sufren contigo, excepto los
injustos judíos por los cuales tú soportaste tales sufrimientos. Oh mentes
perversas de los judíos, más duras de las piedras, más insensibles de la tierra,
¿por qué no lloran la muerte de su creador, de su salvador, con su madre
angustiada? Desgarren sus corazones67 como en el día de los olivos se han
desgarrado las vestiduras; dejen de actuar como perversos, sufran conmigo,
madre tristísima”. Empero los corazones de los judíos son más duros de las
piedras. Y esta es la quinta espada que traspasa el alma de la Virgen, según la
palabra de Jeremías: Pongan atención pueblos todos, y observen mi dolor.
VI ESTACION

Jesús Muerto
V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la cruz de su Hijo.

MEDITACIÓN
Era la hora nona. Y la madre, observando el rostro del hijo, lo veía morir poco
a poco y blanquearse en la palidez del profundo suspiro, dije al hijo: “Hijo
amadísimo, ves la hora de tu paso. Hijo mío, tu sobre todos los hijos has sido
hacia tu madre obediente, buena, amable, dulce y piadosa. Así pues, en esta
hora escucha a tu madre dolorosa y desolada. Hijo mío, habla con el ladrón;
habla también con tu madre que está muriendo. Hijo tú sabes que nosotros
somos un solo amor, una sola carne, una sola voluntad. Escucha por eso mis
oraciones y hazme morir contigo. Donde estará tu espíritu allí este también el
mío. Un único suplicio para los dos, la madre tristísima y el hijo crucificado.
Te veo, en efecto llorar y también yo lloro; te veo angustiado y también lo
estoy; te veo morir, y también muero. Por eso respóndeme, dulcísimo,
inclinando la cabeza hacia la madre y sufriendo más por el dolor de la madre
que por la propia muerte, respondió: “Madre amadísima sobre todas las
madres, reina y señora de los Ángeles, no llorar y no estar angustiada por tu
hijo. Tú sabes, madre, de donde he venido, del cielo, y para que he venido,
para morir por la salvación del mundo; sé a dónde voy, al Padre. No llorar, por
eso, reina del cielo, porque mi muerte es la vida del mundo, mi sangre es la
purificación de los pecados, mi cruz es la llave del paraíso. Pero esta es mi
palabra: “¡Oh tú, mi madre dulcísima! Ves aquí a Juan, que lo dejo como
hijo”, como en el evangelio de Juan dice a su madre. Después dice al
discípulo69. Oída esta palabra, María dice: he establecido un testamento para
mis elegidos. Ves el testamento de mi hijo. En efecto antes ha querido que
fueran libres de los pecados los judíos diciendo: Padre, perdónalos porque no
saben lo que hacen. Y al ladrón arrepentido ha prometido el reino, diciendo:
Hoy estarás conmigo en el paraíso. A mí me ha dado a Juan. Con un
intercambio de doloroso, ¡el soldado ha dejado el lugar del rey, el siervo al
lugar del señor, el discípulo al lugar del maestro! Entregó su espíritu en las
manos del Padre, diciendo: En tus manos entrego mi espíritu. En el sepulcro
dejó su cuerpo, sufrimientos y persecuciones dejó a sus discípulos, diciendo:
Quien no tiene una espada, la compre”. Pero como fue aquella manda, le
pregunto a Pedro, que fue crucificado, a Pablo, que fue decapitado, y a otros.
Después la Virgen se dirige a su Hijo diciendo: “Hijo mío, amado
sobremanera, no me dejes sin ti. Porque para mí vivir sin ti será una muerte
amarga”. Lentamente el Hijo de Dios se acercaba a la muerte y su sangre fluía
sin interrupción. E improvisadamente empezó a cambiar completamente de
aspecto y con una gran voz dice: Todo está cumplido”. Y diciendo eso,
entregó el espíritu. Viéndolo entonces nuestra Señora en tan grande tormento
y fuerte espasmo, se sintió desvanecer, traspasada por una flecha mortal, y
cayó como muerta a los pies de la cruz, así que no podía hablar y parecía sin
respiro. Juan y las tres Marías, que estaban con él, la sostuvieron entre sus
brazos. Oh alma fiel, considera cuantos dolores ha tenido la Madre de Dios,
cuan raudal de lágrimas, cuantos suspiros y lamentos. Oh ánimas
cristianísimas, piensen al dolor que ha tenido la Virgen María cuando vio
colgado morir en la cruz su hijo, lirio de los lirios, rey de los ángeles. Oh
hombre cruel, llora y llora
considerando el dolor inmenso
de la Madre de Cristo, postrada
frente a la cruz y crucificada
por una espada espiritual. Esta
es la sexta espada que ha
traspasado el alma, según la
palabra de Jeremías: Me
han hecho desolad, afligida
todo el día.

VII ESTACIÓN

Jesús es Sepultado
V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la cruz de su Hijo.

MEDITACIÓN
Era ya casi la hora vespertina, así que el cuerpo de Cristo permaneció muerto
en la cruz desde la hora nona hasta las vísperas. Y en la hora vespertina, José,
un importante del sinedrio, vino junto con Nicodemo con ungüentos y otros
objetos, para sepultar el cuerpo de Jesús. Apenas la Virgen gloriosa los vio, su
espíritu retomo vida. Bajaron el cuerpo de Jesús; Juan por una parte y María
por la otra lo abrazaban y besaban el brazo de su hijo. María se abandonó en el
cuerpo depuesto de su hijo y parecía como muerta. Después se levantó y el
llanto aumentó. Ya que José quería envolver a su Hijo en las vendas, María
exclamaba: “Hijos, no sepulten a mi hijo tan rápido, o, si quieren, sepúltenme
con él. Oh ustedes que pasan por el camino, estén cercas de mí y lloren a mi
hijo; miren como yace el sol de justicia, el padre de los pobres, el rey de los
ángeles. ¡Oh pobre de mí! ¿Qué tengo que decir? Frente a mi veo a mi hijo
lleno de heridas y en él no hay ya semblanza alguna de hombre. Él que era el
más bello entre los hijos de los hombres, se ha convertido en ludibrio para
todo pueblo”. Finalmente lo envolvieron. Ella sostenía la cabeza y viéndolo
así traspasado, la barba desgarrada, desfigurado por los salivazos, lloraba
lágrimas sin número y decía: “Hijo mío dulcísimo, te tengo muerto en mi
seno. Es duro para mí ocultarte el rostro. Tu Padre no ha querido ayudarte, y
yo no he podido. Y te has abandonado a ti mismo por la salvación del género
humano, que has querido redimir con una dura y vergonzosa muerte. Hijo mío
se termina ahora nuestra vida en común y es necesario que yo me separe de ti.
Te sepultare yo, tu madre tristísima, pero después ¿a dónde iré cómo podré
vivir sin ti? De buena gana me sepultaría contigo para estar siempre contigo
donde tu estés; pero, ya que no puedo ser sepultada con el cuerpo, sepultaré
con tu cuerpo mi alma; a ti la confío”. Y las lágrimas desbordaron con tal
intensidad que lavó el rostro de Jesús e inundaron la cabeza. Después lo
llevaron al sepulcro con grandísimo llanto y lo sepultaron José, discípulo de
Jesús, cerró el sepulcro. La Virgen María besaba la piedra y no lograba
separarse del sepulcro. Como dicen los santos y sobre todo Bernardo, llegaron
al sepulcro del Señor más de miles legiones de ángeles que cantaban y
exultaban por la resurrección de la vida y la manifestación de la gloria
celestial. Y mientras ellos cantaban, la Virgen lloraba y decía: “Hijo
dulcísimo, ves hoy tu madre se ha convertido en viuda. Y ¿A dónde te
encontraré, padre mío, esposo mío, salvador mío, hijo mío, que este muy
encerrado bajo una piedra? No puedo verte y tocarte más. Ves, aquel que el
mundo entero no ha podido contener, está encerrado bajo una piedra”.
Finalmente, a una hora tarde, se levantó la Virgen María y, abrazando el
sepulcro, bendijo a Jesús diciendo: “No puedo más, hijo mío, estar contigo, Te
encomiendo al Padre y te encomiendo mi alma, que te la dejo. Esta es la
séptima espada que ha traspasado mi alma, porque es necesario que yo deje a
mi hijo”.
Y oraba junto al sepulcro y después se encaminó hacia la ciudad, vestida del
hábito de viuda ayudada por Juan y María Magdalena. Sus gemidos eran tan
altos que suscitaba el llanto en todos aquellos que la veían pasar. Piadosas
mujeres acudían de todas partes, y pedían y preguntaban: ¿“Quién es esta que
llora así amargamente?” Y ella responde: “Soy la tristísima madre del
crucificado, que han colgado al patíbulo de la cruz. Del cielo ha bajado mi
Hijo para redimir al hombre. Y aquel que ha redimido al hombre ha sufrido
por parte del hombre”. Entonces todos lloraban diciendo: “Hoy nuestros jefes
han cometido una grave injusticia hacia el hijo de esta señora. Pongan
atención a lo que han hecho”. Llegaron finalmente a la casa donde Jesús había
hecho la pascua con los discípulos. Entonces María se dirigió a las mujeres
que la habían acompañado, agradeciéndoles la compañía. Y aquellas,
poniéndose todas de rodillas, hicieron un gran lamento. Después María entró
en la casa con Magdalena y sus hermanas. Juan, agradeciendo a las mujeres
cerró la puerta. Entonces María dice: “Juan hijo dulcísimo, ¿por qué dejas
fuera a mi hijo? ¿No vendrá y verá todo en torno a la casa?”. Dice María:
“Hijo dulcísimo, ¿dónde estás, porque no te veo aquí? Juan, ¿dónde está mi
hijo? Magdalena, ¿dónde está tu maestro, que te amaba tanto? Dulcísimas
hermanas ¿dónde está su hermano? Se ha ido lejos nuestra alegría, nuestra
dulzura, la luz de nuestros ojos, y con ello lo que más me llena de dolor, es
que se ha ido todo afligido, todo destrozado, todo manchado, todo
ensangrentado y en nada hemos podido ayudarlo. Todos lo ha abandonado, y
ni siquiera el Padre ha querido socorrer y ayudarlo. Como velozmente han
acaecido todas estas cosas, dulcísimas hermanas. Jamás pasión de hombre
perverso fue tan rápida y precipitada la condenación. Hijo mío has estado
preso esta noche, en la mañana has sido consignado al gobernador, a la hora
tercia has sido condenado y estas ya muerto y sepultado. Hijo mío, cuanto
amarga es la separación de la muerte oprobiosa”. Juan y las demás hermanas
querían consolarla, pero no podían; ella misma no podía recibir consuelo.
Al finalizar el «Vía Matris» saludamos a la Virgen de la fe, de la espera, de
la esperanza y dirigimos nuestra mirada hacia la luz de la Pascua:
Dios te salve Reina y Madre…

ORACIÓN FINAL
Dulzura de los ángeles, alegría de los afligidos, abogada de los cristianos,
Virgen madre del Señor, protégeme y sálvame de los sufrimientos eternos.
María, purísimo incensario de oro, que ha contenido a la Trinidad excelsa; en
ti se ha complacido el Padre, ha habitado el Hijo, y el Espíritu Santo, que
cubriéndote con su sombra, Virgen, te ha hecho madre de Dios. Nosotros nos
alegramos en ti, Theotókos; tú eres nuestra defensa ante Dios. Extiende tu
mano invencible y aplasta a nuestros enemigos. Manda a tus siervos el socorro
del cielo. Amén.

V. Nos proteja Santa María.


L. Y nos guíe benignamente en el camino de la vida.

LETANIAS A NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES


Señor, ten piedad de nosotros. 
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
Dios, Padre celestial
Dios, Hijo, Redentor del mundo
Dios, Espíritu Santo
Santa Trinidad y un solo Dios

Santa María  L/: Ruega por nosotros


Santa Madre de Dios 

Santa Virgen de las Vírgenes 


Madre crucificada 
Madre dolorosa 
Madre lacrimosa 
Madre afligida 
Madre abandonada 
Madre desolada 
Madre privada de Hijo 
Madre traspasada por la espada 
Madre abrumada de dolores 
Madre llena de angustias 
Madre clavada a la cruz en su corazón
Madre tristísima 
Fuente de lágrimas 
Cúmulo de sufrimientos 
Espejo de paciencia 
Roca de constancia 
Ancora del que confía 
Refugio de los abandonados 
Escudo de los oprimidos 
Derrota de los incrédulos 
Consuelo de los míseros 
Medicina de los enfermos 
Fortaleza de los débiles
Puerto de los náufragos 

Apaciguadora de las tormentas 

Auxiliadora de los necesitados 


Terror de los que incitan al mal 
Tesoro de los fieles 
Inspiración de los profetas 
Sostén de los apóstoles 
Corona de los mártires 
Luz de los confesores 
Flor de las vírgenes 
Consuelo de las viudas
Alegría de todos los Santos
 
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de
nosotros

ORACIÓN: Oh Dios, en cuya Pasión fue traspasada de dolor el alma


dulcísima de la gloriosa Virgen y Madre María, según la profecía de Simeón;
concédenos propicio, que cuantos veneramos sus dolores y hacemos memoria
de ellos, consigamos el feliz efecto de tu sagrada Pasión. Tú que vives y reinas
por los siglos de los siglos. Amén

VISITA A NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES Y SOLEDAD


Hecha la señal de la Santa Cruz, y de rodillas ante una imagen de María
Santísima de la Soledad, o de los Dolores, se dice:
Ave María Purísima, etc.

PREPARACION

Virgen inmaculada, Madre de piedad, llena de amargura: os suplico admitáis


la pequeñez de mi oración, supliendo benigna los defectos de mi plegaria;
ilustrad mi entendimiento, inflamad mi alma con el santo fuego de la
devoción, para que contemple durante esta santa visita vuestros Dolores y
Soledad, y todo sea para la mayor gloria de Dios, honra vuestra, sufragio de
las almas del Purgatorio, en cuyo obsequio y en el de mi alma cedan todas las
indulgencias que deseo ganar con el piadoso ejercicio de esta santa visita.
Amen.

ORACION PRIMERA

Me compadezco de Vos, Señora, por las penas y dolores que padecisteis en la

sagrada pasión y muerte de vuestro querido Hijo, mi Señor Jesucristo: haced,


Madre mía, que separado de todo lo terreno, me dedique solamente a
contemplar cuánto padeció mi dulce Redentor, así como vuestra amarga
Soledad y Dolores, en cuya reverencia y memoria voy a rezar tres Ave Marías.

Hermosa perla del celeste mar, Cándido lirio del jardín eternal, Hoy os
venimos a visitar, Gran Reina del dolor y Soledad.

Dios te salve, María, etc.

Recibid, ¡oh Madre de dulzura! Nuestra visita humilde, reverente, Y de la


muerte en la amargura A vuestros devotos visitad clemente.

Dios te salve, María, etc.

Y cuando exhalemos el final aliento Entre los dolores de la agonía, Haced sea
nuestro postrer acento El invocar a Jesús y a María.

Dios te salve, María, etc.


Con gran confianza se pedirá a Dios nuestro Señor, por intercesión de la
Santísima Virgen, el remedio de las necesidades de la Iglesia, del Estado y
las particulares de cada uno.

ORACION SEGUNDA

Dolorosísima Virgen, Madre la más desamparada del mundo, que al tener en


vuestros brazos bañado con vuestras lágrimas el santo cuerpo del que todo es
amor, todo misericordia, fué traspasado del mayor Dolor vuestro purísimo y
maternal corazón, hallándoos en tan angustiosos momentos en medio de la
más terrible Soledad. Madre mía afligidísima, os ruego que por tantas penas
como padecisteis, supliquéis al Señor de cielos y tierra, que, olvidando
nuestras maldades, abra benigna los tesoros dé su inmensa misericordia en
favor de las benditas almas del Purgatorio, se apiade de vuestros devotos,
purifique el corazón y la lengua de los blasfemos para que aprendan a
bendecir y alabar a Dios y a Vos, que inspire arrepentimiento a los enemigos
de la santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, para que contritos vuelvan al
seno de tan cariñosa Madre; que defienda al Sumo Pontífice, proteja a la
España y demás naciones católicas, remedie a todos sus necesidades de alma y
cuerpo, extendiendo su paternal solicitud a nuestras familias y a cuantos fieles
practiquen esta santa visita o contribuyan de alguna manera a generalizar esta
devoción. Consiga yo el particular favor que hoy pido, si tal es la voluntad del
Señor y la vuestra. Amen.

ORACION TERCERA

Dios te salve, Virgen María, llena de gracia, Reina de los Mártires, vida,
dulzura y esperanza nuestra, no permitáis se aparten de mi memoria vuestros
Dolores y Soledad; concededme un corazón puro para que pueda acompañaros
en esta santa, visita, consagrando al servicio de Dios y vuestros los días que el
Señor me conceda en este valle de lágrimas. Oíd, Señora y Madre nuestra, la
humilde oración de los que con fe y esperanza os visitamos y pedimos por
vuestra Congregación, que la estableció con el santo deseo de aumentar
vuestro culto, y para que todos conozcan que escucháis bondadosa al que de
corazón os llama en sus aflicciones. Sed, Reina poderosísima, para vuestros
devotos refugio y consuelo en sus necesidades, fortaleza en las tentaciones,
socorro en sus trabajos y peligros; pero muy especialmente en el último
momento de la vida: entonces visitadnos derramando en nuestra alma los
dulces consuelos de vuestra maternal solicitud, y presentando a vuestro Hijo
Santísimo el recuerdo de vuestros Dolores y Soledad, rogadle para que
perdone nuestras culpas, y después nos conceda la vida eterna de los justos.
Amen.

DESPEDIDA

Madre dolorosa y pía, Haz que a Dios siempre busquemos


Con humildad te ofrezco Con recta intención en vida
Por mí y por mis hermanos Y en la hora de la muerte
De esta visita el obsequio: Visítanos, ¡oh María!

ORACION: Señor mío Jesucristo, en cuya pasión y muerte, según la profecía


de Simeón, traspasó una espada de dolor el alma dulcísima de vuestra Madre
la gloriosa Virgen María: concédenos propicio, que todos los que veneramos
la memoria de sus dolores, consigamos el fruto de vuestra pasión, por vos, que
vivís y reináis por los siglos de los siglos. Amen.
VIA SOLETATIS MARIAE

INVOCACION
¡O María la más afligida de las madres! yo el más indigno de vuestros hijos,
humildemente postrado a vuestros pies, imploro vuestra poderosísima
intercesión, a fin de que vuestro divino Hijo no me rechace de su presencia
por razón de mis pecados, que fueron la verdadera causa de su muerte y de
vuestros dolores. ¡O Madre la más tierna, y al mismo tiempo la más adolorida
de las madres que han quedado sin hijo! yo no quiero dejaros sola, viéndoos
sumergida en tan amargo dolor: aunque pecador, el más miserable de los
pecadores, no,
Madre dolorosísima, no os dejare sola en estas cuarenta horas de vuestra
soledad. Permitidme, desolada Señora, os haga compañía; y que, mezclando
mis lágrimas con vuestras lágrimas, participe algún tanto de vuestras penas, y
de los tormentos de vuestro Santísimo Hijo, mi amabilísimo Redentor.
Y Vos, dulcísimo Jesús, muerto por mi amor en el duro leño de una cruz,
apiadaos de mí, que soy el vil é ingrato pecador que tantas veces os he
crucificado. Yo soy el que con mis pecados os he quitado la vida a Vos y he
puesto en la más triste soledad a vuestra dulcísima Madre. Pero perdonadme,
Padre mío, que ya quisiera morir de dolor de haber pecado. Dadme gracia para
morir mil veces antes que volver a pecar. Y ahora concededme la que necesito
para practicar devotamente este piadoso ejercicio en obsequio de vuestra
madre desolada. Amén.

Dulce Madre, que llorabais Pío me neguéis el favor


perdido un Hijo el más tierno, De acompañaros lloroso:
Hijo también del eterno,
¡O que amarga suspirabais Haced gima doloroso
De un nuevo dolor herida, Mi corazón con fervor.
Qué grande vuestra tristeza. Lágrimas de contrición
Derrames tan abundantes.
Mi alma anhela con viveza Que sean ellas bastantes
Seguiros adolorida. Para alcanzar el perdón. Amen.
PRIMERA ESTACION

Sin límites fué el dolor


Que hasta ahora padecisteis:
Mas nunca privada os visteis
Del imán de vuestro amor.
Mas aquí; que desconsuelo
En sepulcro vuestro Amado,
Era a los ojos negado
Hasta de verle el consuelo.

MARIA LLENA DE DOLORES CERCA DEL SEPULCRO DE SU


HIJO
¡O alma mía! mira y contempla la dolorosa aflicción en que se halla
sumergida María cerca el sepulcro en que había de ser enterrado luego el
cuerpo de su estimado Hijo. ¡Pobre Madre, la más triste entre todas las madres
que han visto
enterrar a sus hijos! ¡Ay! presente cuando José de Arimatea y Nicodemus
envolvían su cuerpo en una sábana. «¡Ay de mí! exclamaría ella: ¿no es este
aquel mismo cuerpo de mi amadísimo Hijo que yo misma envolvía en pañales
en el Pesebre de Belén? ¡Mas hay! Hijo mío de mis entrañas, ¡y que
diferencia! yo os envolvía vivo, y ahora os envuelven muerto.» Pero María ve
el sagrado cuerpo de Jesús puesto ya en el sepulcro; y ¡ay penetrada de la más
profunda tristeza, Lañados los ojos de lágrimas, se vuelve a José y
Nicodemus, y con una
voz lastimera «¡Ay! dignaos les dice, dignaos esperar un poco, yo os lo
suplico y no privéis aun á mis ojos de un objeto, que tanto ama mi corazón.»
Mas era preciso viese cerrar el sepulcro, y una losa le quita en fía el último
consuelo que le quedaba de poder ver a lo menos el sagrado cadáver. ¡Ay!
bendice entonces a su Hijo ya enterrado, dice San Bernardo; y con una voz
que añudaban los sollozos, le llama, y le vuelve a llamar; y «ay dice, ella yo le
Amo, y él no me responde:» y dejando caer la cabeza sobre el sepulcro,
tendiendo sobre él los brazos, María llora y no sabe como separarse de él: da
aquella afligida Madre repetidos ósculos a la piedra, la riega con un torrente
de lágrimas, y con amargos sollozos llora a su Hijo; Qué aflicción.
ORACIÓN
¡O tristísima Madre, sumergida en un mar de dolor cerca el sepulcro de
vuestro estimadísimo Hijo! yo tomo parte, Señora, en vuestra aflicción. O que
tristeza tan grande para una Madre tan tierna no ver ni oír más el dulce objeto
de vuestros cariños, y en lugar de su cuerpo adorable poder solamente abrazar
la piedra que lo cubre y lo roba a vuestros ojos. Por esta misma aflicción que
llenó de amargura vuestro corazón dulcísimo, os pido Virgen Santísima, que
me alcancéis la gracia de que mi alma no merezca jamás por su culpa ser
privada de la presencia de mi Dios. Amen.
Un Padre nuestro Ave María y Gloria Patri.

AL SANTO SEPULCRO
¡Sepulcro dichoso! afortunado Sepulcro, a quien regó con sus preciosas
lágrimas la más amable y al mismo tiempo la más desolada de las madres tú
encerrabas juntamente con el cuerpo adorable de Jesús el corazón dulcísimo
de María. ¡Ah! Quede también juntamente con ellos mi pobre corazón. Yo te
adoro con todo afecto, ¡o sepulcro divino!
Otro Padre nuestro, etc.

¡O María, Madre desolada! por vuestra soledad y desamparo dignaos ser ahora
y siempre mi con suelo y ¿ni amparo, y principalmente en la hora de mi
muerte. Amen.
SEGUNDA ESTACION

Del sepulcro os separáis,


Y ¡o que duro sentimiento!
Queda en aquel monumento
El tesoro que estimáis.
¡O cuan agudo dolor
¡El no poderle mirar!
Mas tenerle que dejar
¡O! esta sí es pena mayor.

MARIA SE SEPARA DEL SEPULCRO PARA VOLVER A


JÉRUSALEN
O alma mía, considera atentamente la aflicción de María al separarse del
sepulcro, donde quedaba el único objeto de su amor su tan e timado Hijo. La
noche se acerca le dice San Juan, y no está decente ni el quedarnos aquí, ni el
volver de noche a Jerusalén; y por lo mismo partamos, Señora, si es de vuestro
agrado. Desde luego aquella afligida Madre, siempre sumisa y resignada a la
voluntad de Dios, se levanta de tierra, donde la había hecho caer el exceso de
su dolor: dobla las rodillas abraza el sepulcro, y lo riega otra vez con sus
lágrimas, «¡Ay Hijo mío! exclama de nuevo con una voz sollozante: ay Hijo!
¡estimado Hijo! ¡ah! ¡que no pueda yo a lo menos quedar aquí con Vos!»
Levanta sus llorosos ojos al cielo, y ¡Padre mío, continua: Eterno Padre, yo os
encomiendo mi Hijo, este Hijo apreciado que es también Hijo vuestro: y
dando el último adiós al sepulcro, ¿Recibid, añade afligida recibid, hijo mío,
mi corazón, que dejo enterrado aquí juntamente con Vos? Las piadosas
mujeres que la acompañaban, sostenían su cuerpo desfalleciente y que
vacilaba, y le echaron un velo a la cara. Ellas marchan las primeras: tras ellas
seguía María puesta en la más viva aflicción: Juan y Magdalena estaban a sus
lados. Ay triste su rostro, y anegada en un torrente de lágrimas, al paso que se
iba alejando no podía menos que dirigir a menudo sus tiernas y lánguidas
miradas hacia el huerto donde estaba sepultado el dulce objeto de sus amores.
Con pasos trémulos iba apartándose, y sus llorosos ojos, se vuelven repetidas
veces hacia aquel afortunado lugar. Pobre Madre verdaderamente que no solo
estaba sumamente afligido su corazón tiernísimo, sino que él era el centro
mismo de la aflicción. Qué dolor

ORACIÓN
¡O Madre llena de dolores! yo tomo parte en las penas que sufristeis en
aquella triste hora en que os visteis precisada a separaros como por fuerza del
sagrado sepulcro de vuestro divino Hijo para volveros a Jerusalén.
¡Angustiada Madre!
por el dolor tan grande que sufristeis en aquella hora de tanta aflicción, yo os
suplico me alcancéis la gracia de quedar enterrado con Jesús, y de vivir en
adelante y hasta el último suspiro de mi vida, no según el espíritu del mundo
sino según el espíritu de .mi Salvador. Amen
Un Padre nuestro, etc.

Á LA LANZA
¡Ay lanza cruel, que traspasaste muerto el sagrado cuerpo del Autor de la
vida! traspasa también mi corazón empedernido, y manen de él lágrimas de
viva contrición. Tú nos abriste la puerta para entrar en su corazón: Yo te
adoro, ¡oh Lanza divina!
Otro Padre nuestro, etc.

¡O María, Madre desolada! por vuestra soledad y desamparo dignaos ser ahora
y siempre mi con suelo y mi amparo, y principalmente en la hora de mi
muerte. Amen.
TERCERA ESTACION

Calvario ¡o monte triste


La Cruz del Hijo plantada,
Y con su sangre rociada,
En él Madre mía, viste.
El dolor se renovó
Que en la muerte del amado
Os había angustiado,
¡Y ay! de nuevo os penetró.

MARIA VUELVE A PASAR POR EL CALVARIO


¡O alma mía! considera el mar de amargura en que se vio sumergida María al
volver a Jerusalén. ¡Ah! ella se ve en la triste precisión de atravesar el
Calvario, horroroso teatro donde había pasado poco antes la más trágica de las
escenas, que no acabó con menos que con un horrendo deicidio. Ella se para
en aquel funesto collado de incienso, en aquel tan amargo monte de mirra; y
¡ay! que se
le renuevan entonces todos los dolores que en aquel tristísimo lugar había
sufrido. ¡Ah! ella ve levantado aun el hasta entonces infame madero de la
Cruz, bañado todo con la sangre de su Hijo, y su imaginación le representa los
crueles tormentos que había padecido en aquellas tres horas de mortales
agonías.» ¡Ay Hijo mío! exclama afligida: ¡ay Hijo mío! ¿y por qué no me ha
sido permitido que yo muriese por Vos? ¡ah! la muerte misma no habría sido
para mí tan cruel como el vero morir a Vos, ¡oh prenda siempre amada de mi
corazón. María se
acerca a la Cruz, la adora la abraza, la aprieta a su corazón estrechándola
cuanto puede con sus brazos: María la angustiada María no cesa de besar
aquel ya precioso madero, y lo riega con sus lágrimas. ¡Su Hijo siempre
amabilísimo muerto en él! ¡qué triste recuerdo para tan tierna Madre! ¡qué
aflicción!
ORACIÓN
¡O tiernísima Madre mía! yo tomo parte en el dolor que afligió vuestro
corazón al veros otra vez en el tan triste monte Calvario y al pie de la Cruz,
teñida con la sangre de vuestro divino Hijo. ¡Ay madre mía! tiernísima madre
mía mis pecados son los que clavaron en cruz a vuestro Hijo, y le quitaron
inhumanamente la vida. Permitidme en desagravio que yo reverencie y abrace
esa Cruz santa con los sentimientos de un corazón verdaderamente contrito y
humillado. Alcanzadme de vuestro piadosísimo Hijo la gracia de que yo sea
un verdadero adorador de la Cruz. Haced, Madre mía, amabilísima, que yo
ame de veras la Cruz, y que con una santa resignación a la voluntad del Señor
abrace y
lleve de buena gana las cruces de los trabajos que tenga a bien enviarme.
Haced en fin que uniendo mis penas con las de mi adorable Salvador, logre
satisfacer por mis pecados, y merecer algún día la gloria del cielo. Amen.
Un Padre nuestro, etc.

Á LA SANTA CRUZ
¡O Cruz adorable? árbol divino que con su misma sangre santificó mi buen
Jesús recibidme entre vuestros brazos, aunque tan pecador. ¡Cruz preciosa yo
te abrazo con todo mi afecto, con todo el afecto de mi corazón yo te adoro, o
Cruz divina!
Otro Padre nuestro, etc.

¡O María, Madre desolada! por vuestra soledad y desamparo dignaos ser ahora
y siempre mi con suelo y mi amparo, y principalmente en la tora de mi
muerte. Amen.
CUARTA ESTACION

La ingrata Jerusalén
Pisáis otra vez, ¡o María!
la misma que pisó aquel día
Vuestro amado nuestro bien.
Sentisteis pena al seguirlo
Del suplicio al lug.ar:
Pero sin Hijo quedar
¡Qué dolor! ¿quién podrá oírlo?

MARIA VUELVE A ENTRAR Á JERUSALEN.


¡O alma mía! considera con atención el |dolor tan cruel que amargó el corazón
dulcísimo de María al entrar en Jerusalén, aquella ciudad ingrata donde su
amado Hijo había sido condenado aquel mismo día a la muerte de cruz. Juan
no pudo con tener sus lágrimas aquellas santas Mujeres que la acompañaban
las derramaban en abundancia: María suelta libre rienda a las suyas y sus ojos
se convierten en un desecho llanto. ¡Ah! sumergida aquella afligida Madre en
la más profunda tristeza, llora con tanto dolor, y llena el aire de tan tiernos y
tan amargos suspiros, que se movían á compasión los corazones más
insensibles, y mezclaban sus lágrimas con las de María: en todas las calles por
donde pasaba no se oían sino llantos, no se percibían sido voces lastimeras que
cortaban los sollozos, y acompañaban los gemidos: todos lloraban, tantos
cuantos le salían al encuentro. A cada paso se le renovaban a aquella desolada
Viuda los dolores que angustiaban su corazón. Las calles, las plazas, el
pretorio, todo le recordaba aquellas crueldades nunca oídas que había
cometido aquella deicida ciudad contra aquel Hijo estimado de sus entrañas,
que era el dulce imán de todos sus cariños. ¡Ay! «Por esta calle se diría ella a
sí misma, ha pasado esta mañana mí estimado Hijo: pero ¿cómo? ¡ah atado
con sogas y cadenas, y llevado de tribunal
en tribunal como a un malhechor el más facineroso, Por esta calle diría en otra
Ocasión, ha sido presentado al palacio de Herodes, que lo ha tratado de loco é
insensato. En aquel pretorio ha sido despedazado su cuerpo con tantos azotes,
y taladrada Su cabeza con las espinas. ¡Ay! allí le cargaron la Cruz por esta
amarga calle de Amargura se dejó llevar como una oveja al matadero aquí es
donde le salí al encuentro, y ¡ay de mí que lo vi cubierto de sangre, lleno de
sudores y salivas, fatigado débil y sin fuerzas habiendo caído repetidas veces
bajo el enorme peso de la Cruz ¡Ay Hijo estimado! dulce prenda de mi
corazón ¡ay! ¡y cuanto habéis sufrido» ¡Pobre Madre y que dolor!

ORACIÓN
¡O mi tierna Madre! mi corazón se llena de compasión al veros entrar en la
inhumana Jerusalén. ¡Qué nueva herida para vuestro corazón dulcísimo la
vista de aquella sanare divina del más amable de los hijos, con que estaban
regadas las calles de aquella deicida ciudad! ¡Que herida al encontraros con
aquellos que enardecidos contra vuestro Hijo habían gritado y clamado que
fuese condenado a muerte! Aumentaba vuestro dolor la vista de tantas
piadosas mujeres; que movidas á compasión. de Vos, suspirando y sollozando,
mezclaban sus lágrimas con las vuestras. ¡Madre mía amabilísima! por lo que
padecisteis en aquellas tan tristes calles dignaos alcanzarme la gracia de que
las aflicciones en que os considero sumergida. exciten en mí los sentimientos
de una verdadera compasión, y que este mi corazón duro sea ablandado con
una viva contrición de tantos pecados con que he quitado la vida a vuestro
Hijo, y os he llenado á Vos, o la más tierna de las madres, de los más vivos
dolores. Alcanzadme también la gracia de caminar constante por el camino de
la virtud, hasta llegar finalmente a la deseada posesión da la gloria. Amen.
Un Padre nuestro, etc.

Á LAS ESPINAS
¡O preciosas espinas que penetrasteis la sagrada cabeza de mi Redentor! ¡ay
de mí! yo soy el inhumano que con mis malos pensamientos coroné al divino
Salomón con una corona de ignominia y de dolor. ¿O si yo pudiese deshacer
lo que hice? Me arrepiento de veras, y entre tanto yo os adoro con todo mi
afecto, ¡oh divinas Espinas!
Otro Padre nuestro etc.

¿O María, Madre desolada? por vuestra soledad y desamparo dignaos ser


ahora y siempre mi consuelo y mi amparo, y principalmente en la hora de mi
muerte. Amen.

QUINTA ESTACION

El que por hijo os dió


Vuestro Hijo al morir,
Deseándoos servir,
En casa os acogió.
Mas Juan, aunque tan amable,
Tan atento y reverente,
Reparar plenamente
No pudo lo irreparable.

MARIA SE RETIRA Á LA CASA DE JUAN


O alma mía, considera la aflicción de María cuando puesta en casa de Juan no
echaba menos la compañía de su siempre amadísimo Jesús. Juan estaba lleno
de una santa alegría al ver que tenía la dicha de hospedar en su casa a la
Madre de su divino Maestro. María también lo estaba de verse en casa del
Discípulo amado a quien Jesús moribundo le había señalado por hijo, y a
quien ella había
adoptado como madre: mas ¡ay! que Juan no era Jesús, y la compañía aun que
tan amable de Juan no era la compañía de Jesús. Esta dolorosa privación la
sumergía en un abismo de tristeza, y día y noche la hacía gemir, y derramar un
torrente de lágrimas. Se veía oprimida de un dolor tan grande; que apenas le
permitía andar. ¡O pobre madre! estaba inconsolable: no había entre aquellas
piadosas Mujeres quien la pudiese consolar: ni el mismo Juan era suficiente
para mitigar la violencia de su dolor. Mirando a unas partes y otras, «¡donde
estáis Hijo mío dulcísimo, exclamaba, pues no os veo aquí! ¡O Juan! añadía
afligida, ¿dónde está mi Hijo? ¡O Magdalena! ¿dónde está tu Padre, que te
amaba tan tiernamente? ¡O Hermanas queridas! ¿dónde está mi Hijo? ¿dónde
para vuestro Señor? ¡Ay Estimadas! que nos han quitado al que era la luz de
nuestros ojos y toda la alegría de nuestro corazón. Ay que está lejos de
nosotras el que era nuestro gozo y nuestra dulzura; y ¡ay! que se ha separado
de nosotras con grande angustia ¡Ah! mi Hijo es muerto: ha muerto mi Hijo; le
han quitado la vida, y antes de morir se ha visto despedazado lleno de
angustias, sediento y
forzado, violentado y oprimido, Heno de dolores y saciado de improperios, y
no hemos podido darle alivio alguno. ¡Ay que es muerto mi Hijo! mi Hijo es
muerto, y todos lo han abandonado.... ¡Ay Hijo mío! ¡y que triste
separación!» O pobre Madre ¡que angustia! ¡que dolor!

ORACIÓN
¡Ay desolada Señora! yo tomo parte en la triste aflicción que oprimió vuestro
corazón angustiado cuando os visteis en casa de Juan sin la compañía siempre
amabilísima de vuestro Hijo Jesús. ¡Ah! ¡en que abismo de tristeza os
sumergió tan sensible separación. No habla, Señora entre todos los que os
amaban quien fuese capaz de a consolaros. ¡O Madre llena de dolor, pero no
menos llena de amor y de misericordia, que tuvisteis la bondad de adoptarme
por hijo en la persona de Juan yo me entrego a vuestros brazos con la más viva
confianza! Vos sois mi madre, y la madre la más amante, y yo soy hijo
vuestro, aunque el más indigno: no me despreciéis, Madre mía, siempre
amantísima. Dulce refugio de los pecadores arrepentidos, sed el amparo de
este pecador, que de veras se arrepiente de sus pecados, y con toda eficacia
desea entrar en el seno del Padre de las misericordias, y no separarse jamás de
él. Amen.
Un Padre nuestro, etc.

A LOS AZOTES
¡Adorables Azotes, que despedazasteis el inocente cuerpo de mi Salvador!
vosotros abristeis la puerta a aquella sangre preciosa que tantas veces La
limpiado mi alma de las manchas de sus pecados. Con todo el afecto de que
soy capaz yo os adoro, ¡o Azotes divinos!
Otro Padre nuestro, etc.
¡O Maña, Madre desolada! por vuestra soledad y desamparo dignaos, ser
ahora y siempre mi consuelo y mi amparo, y principalmente en la hora de mi
muerte. Amen.

SEXTA ESTACION

No se os mitiga el dolor;
Dan ¡oh Madre! en el retiro
Vuestro corazón suspiro,
Los ojos triste licor.
Pues que repasáis atenta
Cuanto oído y visto habíais:
Presente siempre tenias
La trágica tormenta.

MARIA TIENE SIEMPRE PRESENTE EN SU ESPIRITU LA PASION


Y MUERTE DE SU DIVINO HIJO
¡O alma mía! considera la amargura que angustió el corazón de María tu
madre en aquellas dos tan largas noches y día que perseveró enterrado su
divino y siempre estimado Hijo. ¡Ay! todos los tormentos que había sufrido
este dulcísimo Hijo de sus entrañas, todos se presentaban a un mismo tiempo a
su espíritu todos la angustiaban en aquellas tan largas como tristes horas que
mediaron desde el entierro a la resurrección. Tantas burlas y dicterios, tantas
mofas y escarnios, las bofetadas y salivas, los insultos de aquella vil
soldadesca, los desprecios de aquel populacho ingrato, la astuta hipocresía de
los escribas y fariseos, los zotes que despedazaron su cuerpo, las espinas que
taladraron su cabeza, los clavos que traspasaron sus manos y pies, la Cruz, en
que fué clavado, la hiel y vinagre que abrevó su lengua, las agonías y
desamparos que sufrió, su muerte no menos ignominiosa que dolorosa, la
cruel lanza que ni le perdonó muerto, el sepulcro ¡Ay! todos estos y demás
tormentos, agolpándose juntos en el espíritu de aquella tan angustiada y
congojosa Madre, daban pábulo al dolor continuo que afligía su corazón.
¡pobre Madre! ¡que aflicción! ¡Ah: María lloraba María, suspiraba, María
gemía; y con tono compasivo y una voz desfalleciente, ¡Hijo mío! Es clamaba,
¡Jesús, hijo mío! Dios eterno, criador de
todas las cosas, Vos os hicisteis hombre para salvar a los hombres, y los
hombres ingratos os han condenado a muerte, y una muerte la más infamé y la
más ignominiosa. Vos Hijo mío de mis entrañas, Vos que por vuestra
inmensidad no cabéis en los cielos, ¡estáis ahora encerrado en un sepulcro!...
¡Mi Hijo es muerto, y una piedra lo roba a mi vista!... ¡Ay de mí! yace muerto
mi Hijo, y entre paredes está encerrado el que es la vida mía.» Hasta el mismo
Pedro y los demás Discípulos que acudieron sucesivamente el sábado,
aumentaban su aflicción. ¡Ah! ellos se presentaron llorando: Pedro lloraba
amargamente, y al verle llorar a él todos comenzaron a llorar, cuantos había en
aquella casa. El llanto y los sollozos; ni a él ni a los demás Discípulos les
dejaban proferir una palabra; y este melancólico silencio, señal de la más
profunda tristeza, aumentaba en gran manera la tristeza y amargura que estaba
penetrado el corazón de aquella buena Madre. ¡Que dolor!

ORACIÓN
¡O Madre, la más desconsolada de las madres que han perdido el hijo único de
sus entrañas! ¡oh melancólica viuda, sumergida en un océano de tristeza! yo
tomo parte en los excesivos dolores que ocasionó a vuestro corazón el triste
recuerdo de la pasión y muerte de vuestro siempre apreciadísimo Hijo.
Alcanzadme la gracia, Madre y Señora mía, de que vuestro Hijo, a quien
también yo quiero apreciar, imprima vivamente y para siempre, así en mi
corazón como en mi espíritu, la memoria de su pasión sacrosanta y de vuestros
dolores, para que al excesivo amor conque me habéis amado él y Vos, sepa yo
corresponder con el más vivo amor. No me neguéis esta gracia, Madre mía
dulcísima, que os lo pido por aquel mismo dolor que sentisteis durante vuestra
soledad al pensar en su pasión. Amen.
Un Padre nuestro, etc.
Á LOS CLAVOS
¡O agudos clavos, que taladrasteis aquellas manos sagradas que sostenían el
universo, y aquellos sagrados pies que tantos pasos hablan dado en busca de lo
oveja perdida! ¡ay! fijaos altamente en mi corazón, para que nunca me desvíe
del rebaño de tan buen Pastor. Entre tanto con el posible fervor os adoro, ¡o
Clavos divinos!
Otro Padre nuestro, etc.

¡O María, Madre desolada! por vuestra soledad y desamparo dignaos ser ahora
y siempre mi con suelo y mi amparo, y principalmente en la hora de mi
muerte. Amen.

ÚLTIMA ESTACION

Seria menos el dolor,


Si se aprovechasen todos
Del fino de tantos modos
Con que sufrió el Señor.
Mas cuantos perecerán
Porque ¡ay lo desprecian!
¡O si su daño entendía!
Vos lo lloráis con afán.

MARIA AFLIGIDA POR LA PÉRDIDA DE SU PUEBLO, Y DE


TANTAS ALMAS OUE ABUSAN DE LOS MÉRITOS DE IA PASION Y
MUERTE DE JESUCRISTO.
¡O alma mía! considera el más grande de los dolores de María durante su
soledad. ¡Ay! Perdido el amado Pueblo, ¡y perdidas tantas almas por quienes
su Hijo había derramado con tanto amor hasta la última gota de su sangro.
¡que dolor para tan tierna Madre! Ella presente a la muerte del Hijo único de
sus entrañas, lo había ofrecido de buena gana al Eterno Padre para la salvación
de los hombres, a quienes ella misma acallaba de adoptar por hijos al pie de la
Cruz: y ver que no solo muchos de ellos sino aun la mayor parte, se perderían
desgraciadamente por abusar de aquella misma sangre derramada a favor
suyo, y con tanto amor y bondad, ¡o que amargura! ¡que dolor tan cruel! Esta
triste previsión ponía el colmo á sus dolores y fué para ella golpe más
sensible, y el
que la hizo verdaderamente la Reina de los Mártires. «Ay de mí diría ella en
su angustia: ¡ay de mí! el pueblo especialmente escogido de Dios-, el pueblo
estimado á quien su bondad colmó de tantos beneficios, librándole con tantos
portentos de la esclavitud de Egipto, y haciéndole con victorias tan singulares
dueño de esta misma tierra de promisión, ¡ay! este mismo desgraciado Pueblo,
ahora obstinado, ciego, endurecido, ingrato a tantos beneficios, ¡homicida de
su mismo Libertador! ¡Ay! /tantas almas cristianas, teñidas con la sangre
preciosa de mi Hijo, y colmadas de sus misericordias sin número, corriendo a
tropel a su perdición eterna, voluntariamente y por su propia culpa! «¡O que
espada tan penetrante para el corazón de tan tierna Madre! ¡O que aflicción!

ORACION
¡O Madre mía la más amable y la más adolorida de las Madres! yo tomo parte
en el cruel dolor que afligía vuestro corazón, cuando en el tiempo triste de
vuestra soledad contemplabais derramada inútilmente para tantas almas, que
corren, a la perdición, la sangre preciosísima de vuestro divino Hijo, sangre
que él derramó con tanto amor para la salvación de todas. No permitáis,
adolorida Señora, que este vuestro siervo sea del número de aquellas almas
desgraciadas. Vos sois Madre mía, y Madre llena toda de amor, y yo soy hijo
vuestro, aunque el más indigno: y alentado con esta dulce confianza yo me
entrego a vuestros amorosísimos brazos, ¡O Madre toda bondad y todo amor
para con este vuestro hijo! miradme con ojos de compasión: ¡O Señora, toda
cariño y ternura! no abandonéis jamás a este vuestro siervo: amparadme
propicia ahora y en la hora de mi muerte. Amen.
Un Padre nuestro, etc.

Á TODOS LOS INSTRUMENTOS DE LA PASION


¡O sagrados instrumentos, que, siendo instrumentos de crueldad, quedasteis
santificados con él contacto de mi Redentor! participe yo algún tanto de los
dolores que le hicisteis sufrir a él y su Madre dulcísima en el tiempo de su
pasión. Entre tanto con todo afecto os adoro, ¡o Instrumentos divinos!
Otro Padre nuestro, etc.

¡O María Madre desolada! por nuestra soledad y desamparo dignaos ser ahora
y siempre mi consuelo y mi amparo, y principalmente en la ahora de mi
muerte. Amen.

A LA SANTÍSIMA CRUZ
¡Cruz Santa! sabiduría de Dios padre, virtud de Dios Hijo, obra de Dios
Espíritu Santo: R/: Aumentad la gracia a los Justos y borrad sus
crímenes a los pecadores.

¡O Cruz Santa! deseo de Cristo que nace, amor de Cristo que vive, cátedra de
Cristo que enseña, ara de Cristo que se inmola:

¡O Cruz Santa! testamento de Cristo que muere, gloria de Cristo que resucita,
tribunal de Cristo que juzga, cetro de Cristo que reina:

¡O Cruz Santa! consagrada con la muerte de Jesucristo, santificada con el


amor de Jesucristo, adornada con los méritos de Jesucristo, hermoseada con el
cuerpo de Jesucristo, teñida con la sangre de Jesucristo:

¡O Cruz Santa! fundamento de la Religión, estandarte de la milicia cristiana,


estímulo de la virtud predicable a todas las naciones, amable a todos los
corazones:

¡O Cruz Santa! espejo de penitencia, milagro de obediencia, prodigio de


sabiduría, ejemplar de todas las virtudes, árbol de vida, camino de salud, llave
de paraíso:

¡O Cruz Santa! refugio de los miserables, con suelo de los pobres, fortaleza de
los débiles, amparo de los agonizantes, defensa de los que mueren en el Señor:

¡O Cruz Santa! decoro de la Iglesia triunfante, espada de la Iglesia militante,


salud de la Iglesia purgante:
¡O Cruz Santa! tesoro de los cristianos, medianera de los hombres', precio de
nuestra alma, terror de los demonios, fuente de los sacramentos:

Oh Cruz Santa, alegría de los Ángeles, esperanza de los Patriarcas, luz de los
Profetas, escudo de los Apóstoles, sostén de los Mártires, palma de los
Confesores, diadema de las Vírgenes:

¡O Cruz Santa! bienaventurada Cruz, corona de todos los Santos: R/:


Aumentad la gracia d los justos y borrad sus crímenes a los pecadores.
Amen.

ORACION Á LA SANTÍSIMA VIRGEN


PARA EL DIA DE PASCUA
Cesad, o Virgen gloriosa, cesad ya de entregaros a la tristeza y aflicción:
bastante habéis Horado, Madre amabilísima, tiempo es ya de enjugar vuestras
lágrimas. Vuestro divino Hijo La resucitado: entregaos, o la más dulce de las
madres, a una santa alegría: gozaos, Señora de su gloriosa resurrección.
Miradle, y reparad que ya no es aquel Hijo lleno de angustias e improperios.
Su alegre rostro, sus resplandecientes llagas, su cuerpo sagrado, su santa alma,
todo está lleno de majestad, todo está revestido de hermosura y de gloria. Él
ha triunfado de la muerte, ha subyugado el infierno, ha destruido el pecado.
Alegraos Señora, que todos los Ángeles que hay en el cielo, todos los Santos
que estaban en el limbo, todos sus Discípulos, las santas Mujeres, las criaturas
todas aplauden su triunfo, y llenan de parabienes a Él y a Vos. Aceptad, o
amabilísima Madre mía, los afectos de mi corazón, que viene a tomar parte en
vuestra alegría, y a felicitaros con todos los Ángeles y Santos por la
resurrección tan gloriosa de vuestro siempre amado Hijo. Después de haber
participado de la
aflicción y del dolor tan amargo en que se ha visto sumergido vuestro corazón
en estos días de luto, yo os suplico o amantísima Madre, en este día de júbilo
os dignéis interceder por mí, y que me alcaneéis la gracia de verme libre de las
cadenas que me tienen esclavo del mundo y del pecado. Haced, en fin, o
alegre Señora, que yo sepa vencer las tentaciones del demonio, y que
resucitando a la vida espiritual de la gracia, viva hasta el último suspiro en el
amor de vuestro Santo Hijo, mi dulcísimo Jesús Amen.
NOVENA DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD
EJERCICIO DE NUEVE DÍA EN VENERACION DE LAS PENAS QUE PADECIÓ
EN SU SOLEDAD
LA VIRGEN MARÍA EN LOS TRES DIAS DE LA MUERTE
DE SU SANTÍSIMO HIJO, SEÑOR NUESTRO.

ACTO DE CONTRICION
¡Purísima Virgen María, afligidísima Madre de Dios! a mí me pesa, pésame,
Señora, de todo corazón me pesa de haber ofendido a vuestro hijo Jesucristo,
mi verdadero Dios, en quien creo, en quien espero y a quien amo sobre todas
las cosas. Me pesa también, Madre afligida, de haber sido con mis culpas la
causa de tan crecidas penas como padecisteis en vuestra amarga soledad. Yo
propongo firmemente, Madre y Señora, mía, nunca más pecar, y aliviar
vuestras penas con la enmienda de mi vida. ¡Madre de mi alma! ¡Oh Señora
de mi corazón! Os suplico humildemente ofrezcáis á vuestro Hijo, mi Dios, su
sacratísima pasión y muerte y las inmensas penas de vuestra triste soledad, en
satisfacción de todos mis pecados. Así como os lo suplico, así confío en
vuestra gran bondad me alcanzaréis de su misericordia infinita perdón de mis
culpas, gracia para nunca más ofenderle, y fervorosa devoción para serviros
siempre á vos, Señora, en el misterio de vuestra dolorosa soledad, hasta
haceros compañía en la gloria de la resurrección, donde vivís y reináis por
todos los siglos de los siglos. Amen.

DIA PRIMERO
¡Dignísima Madre de Dios! que estando en pie junto a la cruz de Jesús,
vuestro unigénito hijo, le visteis penar, agonizar y morir, que dando sola y
desamparada, sin más alivio que amarguras y sin más compañía que
tormentos; participad a mi alma, oh dolorida Virgen, esas vuestras penas y
aflicciones, para que os acompañe toda mi vida en el justo sentimiento de la
muerte de vuestro querido Hijo. Permitidme que os asista continuamente en
tan amarga soledad, sintiendo lo que sentís y llorando lo que lloráis. Infundid
en mi pecho, oh Madre del verdadero amor, una encendida caridad para amar
a vuestro divino Hijo, que por mi amor murió crucificado; y concededme el
favor que os pido en esta novena, para gloria de Dios, honra vuestra y
provecho de mi alma. Amen.
Se dicen tres Ave Marías, y después:

ORACION
¡Oh Madre la más desconsolada de todas las del mundo! que al ver espirar a
vuestro Hijo en el sangriento madero de la cruz recibisteis en vuestra alma una
pena tan crecida, cuanto era crecido el amor con que le amabais; os
suplicamos, Señora, que por esta inmensa pena que sentisteis en tan doloroso
misterio, nos alcancéis un verdadero amor de Dios y firme aborrecimiento de
las vanidades del mundo. Volved vuestros ojos misericordiosos, y mirad a los
que en el amor y servicio de su divina Majestad aspiran a más perfección.
Remediad a los enfermos, asistid a los que se hallasen en las agonías de la
muerte, atended a todos, y especialmente a cuantos nos empleamos en el
ejercicio de esta novena, para obsequiaros en el misterio de vuestra santísima
soledad, y después besaros los pies por eternidades en el cielo. Amen.

Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar, memoria de la pasión y


muerte de nuestro redentor Jesucristo, y la penosísima soledad de María
Santísima, Señora nuestra, concebida sin mancha de pecado original en el
primer instante de su ser natural. Amen.

ADORACION DE LAS SANTISIMAS LLAGAS DE NUESTRO


SEÑOR JESUCRISTO

A LA LLAGA DEL PIÉ DERECHO


Adórote, santísima llaga del pie derecho de mi dulcísimo Jesús, y os pido,
Señor, que, por ella, y por el dolor que ocasionó a vuestra amantísima Madre,
me perdonéis cuanto os he ofendido con mis pensamientos, palabras y obras, y
que me libréis de morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria
Patri)

A LA LLAGA DEL PIÉ IZQUIERDO


Adorote, santísima llaga del pie izquierdo de mi Señor Jesucristo, y os pido,
Señor, que, por ella, y por el dolor que ocasionó a vuestra amantísima Madre,
me perdonaréis cuanto os he ofendido con mis pasos y movimientos, y que me
libréis de morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria Patri)

A LA LLAGA DE LA MANO DERECHA


Adórote, sacratísima llaga de la mano derecha de mi dulcísimo Jesús, y os
pido, Señor, que, por ella, y por el dolor que ocasionó á vuestra santísima
Madre, me perdonéis cuanto os he ofendido con mis potencias, y me libréis de
morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria Patri)

A LA LLAGA DE LA MANO IZQUIERDA


Adórote, oh sacratísima llaga de la mano izquierda de mi amoroso Jesús, y os
pido, Señor, que, por ella, y por el dolor que ocasionó a vuestra Santísima
Madre, me perdonéis cuanto os he ofendido con el mal uso de mis sentidos, y
que me libréis de morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria
Patri)
A LA LLAGA AMOROSA DEL COSTADO
Adórote, santísima llaga del costado de mi amoroso Jesús, y os pido, Señor,
que, por ella, y por el dolor que ocasionó a vuestra santísima Madre, me
perdonéis cuanto os he ofendido con el mal uso de los santos sacramentos, y
que me libréis de morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria
Patri)

ADORACIÓN A TODAS LAS LLAGAS DE CRISTO NUESTRO


SEÑOR
Yo os adoro, sacratísimas llagas de todo el divino cuerpo de mi Señor
Jesucristo; os doy gracias por haberlas todas padecido por mi amor, y os pido,
Señor, que, por ellas, y por todos los dolores que ocasionaron a vuestra
Santísima Madre, bañéis mi alma con la preciosa sangre que de esas divinas
fuentes derramasteis, perdonándome cuanto os ofendí, y que me libréis de
morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria Patri)

ORACIÓN
Señor mío Jesucristo, por aquella amargura que, por mí, miserable pecador,
padeciste en la cruz, principalmente cuando vuestra alma salió de vuestro
sacratísimo cuerpo, os pido y suplico que cuando mi alma salga de este mi
corruptible cuerpo tengáis de ella misericordia y la conduzcáis a la vida
eterna. Amen.

DIA SEGUNDO
¡Oh corazón fidelísimo de la Virgen María, sagrario de Dios y trono de su
divino amor! ¡Oh corazón amantísimo, coronado de espinas y crucificado con
angustias! Oh tierno corazón de la Virgen más pura, que al romperse el pecho
de mi Redentor con el golpe de aquella cruel lanza, que abrió puerta a nuestra
salvación en nuestro Crucificado, fuiste herido viva mente y atravesado de
pena os ofrezco al Padre eterno en sacrificio de dolor, como preciosa dádiva
de amor, para que en recompensa me conceda, por vuestro amor y dolor, que
mi corazón sea herido y quebrantado de verdadero dolor y perfecta contrición
de mis pecados, luz y acierto para hacer una buena confesión de todos ellos, y
la gracia que pido en esta novena, para gloria de su divina Majestad, honor
vuestro y provecho mío. Amen.

ORACION
¡Tristísima Señora! que después de muerto vuestro unigénito Hijo, nuestro
dulcísimo Jesús, en el afrentoso leño de la cruz, teniendo puesto vuestro
corazón y clavados vuestros ojos en el Crucificado, visteis romper su divino
pecho y abrir su precioso corazón al golpe de una lanza, saliendo por la herida
sangre y
agua para nuestro remedio, y quedando aquella puerta abierta para nuestro
refugio; oíd, Reina afligida, nuestros ruegos, y por la grandísima pena que en
este lastimoso misterio hirió tan ¿olorosamente vuestro tierno corazón, dadnos
una grande pena de haber ofendido a Dios, por ser quien es, y un perfecto
aborrecimiento de las culpas. Convertid a su Majestad todos los pecadores del
mundo y amparad a todos los fieles cristianos, particularmente a los que
veneramos vuestra penosísima soledad con la devoción de esta novena, para
lograr vuestro amparo en esta vida y acompañaros en la gloria. Amen.

DIA TERCERO
¡Oh Reina de los cielos! Tesoro de aflicciones, que, después de haber adorado
con tierna devoción y besado con devota ternura la corona, las espinas y
clavos de Jesús, recibisteis amorosa al pie de la cruz su lastimoso cuerpo ya
difunto en vuestro doloroso pecho y regazo maternal, contemplando la fatal
ruina que el pecado había hecho en aquel sacro templo de la Divinidad;
ofreced, Madre mía, al Padre eterno ese divino cadáver, cubierto de sangre y
llagas, para que por ese sacrificio tan agradable me conceda luz con que
conozca la malicia y fealdad del pecado mortal, que fué la causa de tan
sangriento destrozo en vuestro precioso Hijo, y juntamente me conceda firme
resolución de nunca más pecar, con el beneficio que pido en esta novena, para
gloria suya y bien de mi alma. Amen.

ORACION
¡Dolorosísima Virgen y Madre la más desamparada! que al mirar con ojos
atentos arrimado a vuestro pecho el difunto cuerpo de vuestro Hijo tan herido
y lastimado, entre vuestros virginales brazos, quedasteis sumamente
angustiada en terrible soledad; Suplicámoste, Señora, por tan crecida pena,
que no nos desamparéis. Compadeceos, Madre piadosísima, de todas las
naciones de la tierra. Volved vuestros ojos misericordiosos a cuantos están en
pecado mortal. Favoreced propicia a los fieles difuntos y a todos los vivos que
habitamos en este valle de lágrimas, particularmente a los que os servimos con
la devoción de esta novena para amaros en el cielo. Amen.

DIA CUARTO
¡Oh Virgen la más santa y Madre la más afligida! que sobre la amarga soledad
que exteriormente padecisteis por la muerte de vuestro Hijo, fuisteis
interiormente lastimada con mayor y más terrible soledad cuando le visteis
encerrar en el sepulcro; suplicoos, oh Virgen prudentísima, que, por lo mucho
que sintió vuestro corazón esta ausencia y soledad, intercedáis por mí a
nuestro Señor, para que nunca me desampare ni me deje apartar de su
majestad divina; sino que me conceda un gran de aprecio de su divina
presencia, y que continuamente le traiga yo presente en mi corazón, desde
donde me comunique su gracia y me favorezca con lo que en esta novena
solicito, para su mayor gloria, honor vuestro y bien mío. Amen.

ORACION
¡Oh Reina de los mártires! que padeciendo antes la aflicción de verá vuestro
Hijo muerto, ahora se os aumentó la pena de llorarle sepultado y ausente; por
esta imponderable pena os pedimos, angustiada Señora, nos concedáis una
viva fe y gran veneración a la real presencia de nuestro Señor en el Santísimo
Sacramento, y disposición perfecta para recibirle en la sagrada comunión. Que
patrocinéis a los huérfanos, desamparados y afligidos. Que remediéis a todos
en sus necesidades espirituales y temporales, especialmente a cuantos
veneramos el misterio de vuestra soledad con la práctica de esta novena, para
vuestra mayor devoción y nuestro eterno bien. Amen.
DIA QUINTO
¡Oh María, mar de amarguras! que, caminando del sepulcro de Jesucristo a la
ciudad de Jerusalén, sola, sin la luz de vuestros ojos, hallasteis en el monte
Calvario el sagrado árbol de la cruz, y le adorasteis con profunda reverencia,
le estrechasteis entre vuestros brazos con firme resignación, renovando en
vuestro
pecho el sentimiento de la pasión y muerte de vuestro Hijo y la pena y dolor
de vuestra soledad; humildemente os ruego, Señora de mi vida, me consigáis
de vuestro hijo Jesús una grande estimación de su santísima cruz, para que con
ella me abrace en amor perseverante, sufriendo con resignación y conformidad
todas
las adversidades y trabajos que se me ofrecieren en el camino del cielo, y
juntamente me conceda lo que en esta novena pretendo, para su santo servicio,
gloria de vuestro nombre y provecho de mi alma. Amen.

ORACION
¡Virgen Sacratísima, maestra del más perfecto padecer! que en vuestra
penosísima soledad nos enseñasteis la primera a estimar y adorar la cruz de
Jesucristo, y mirando en la cumbre del Calvario este árbol sangriento,
despojado
de su divino fruto, recibisteis en vuestro corazón nuevo aumento de pena.
Antes, Señora, teníais gran parte de alivio mirando a vuestro amado Jesús,
aunque sin vida; más ahora, que ni vivo ni muerto parece a vuestros ojos,
desamparada ya de su dulce presencia, ¡oh Reina dolorosa, qué cruz de penas!
¡Qué soledad tan grande! Deseamos, pues, angustiada Señora, aliviaros la cruz
de vuestra soledad con la paciencia en los trabajos; y por tanto, os suplicamos
nos deis una conformidad grande en nuestras necesidades; que miréis con
benignidad a los cautivos cristianos, y a cuantos se hallasen en alguna
aflicción, tentación o peligro; que dilatéis por todo el mundo el amor del
Crucificado y veneración de su cruz; y a los que os adoramos con esta santa
novena concedednos, dulce Virgen, vuestra protección para conseguir la
gloria. Amen.
DIA SEXTO
¡Oh Madre la más amorosa y la más desamparada! ¿Quién podrá explicar la
pena que sintió vuestro corazón considerando la traición del perverso Judas, el
menosprecio que habían de hacer los malos cristianos de la pasión de vuestro
Hijo Santísimo, y las injurias y ofensas de los pecadores contra su Majestad?
A vuestros pies, Señora, tenéis hoy al mayor de todos. Yo soy, Virgen
Soberana, yo soy quien tantas veces he vendido a Jesucristo por un infame
placer, y he despreciado por mi culpa cuanto por mi ha padecido. Pésame del
sentimiento y pena que os he ocasionado con este desprecio. ¡Oh Madre de
Dios, amparo de mi alma! por la pasión y muerte de vuestro Hijo y por la pena
y dolor de vuestro corazón, interceded con vuestro Hijo para que me perdone
los pecados y me mire con ojos de misericordia. Misericordia, Virgen
Santísima; misericordia, piadosísima Señora; concededme el don del santo
temor de Dios, aprecio de la pasión y muerte de mi Redentor, y lo que solicito
por esta novena, para gloria suya, honor vuestro y provecho mío. Amen.

ORACION
Oh amorosa Madre de los pecadores y tristísima Señora! que entre las muchas
penas que afligieron vuestra alma purísima en vuestra amarga soledad,
sentisteis tanto el desastrado fin del infeliz y desdichado Judas, y en su
desgracia llorasteis amargamente la perdición de tantas almas que por sus
pecados se alejan de la misericordia de Dios; aumentad en nuestros corazones,
oh compasiva Virgen, la confianza en vuestro amor, para que, por más
atribuladas que se hallen nuestras almas, jamás dejen de acudir a vuestra
amorosa presencia, pues en vos, oh Madre clementísima, está todo nuestro
remedio, nuestro consuelo y nuestra seguridad. Mirad con benignidad a todos
los pecadores, infundiendo en sus almas un grandísimo temor de Dios.
Convertid los herejes y traed todos los infieles al gremio de la Iglesia.
Amparad a todos, principalmente a cuantos os adoramos en el misterio de
vuestra soledad con esta devota novena, para ser vuestros eternamente. Amen.

DIA SEPTIMO
¡Afligidísima Emperatriz de los cielos y tierra! qué tan herido tenéis vuestro
corazón, mirando la cobardía de espíritu y flaqueza de ánimo con que los
apóstoles, que tenían mayor obligación a vuestro Hijo, y a vuestro amor
debían finezas de madre, os dejaron sola y des amparada en la mayor
aflicción; en virtud de esta pena, infundid en mi alma un verdadero
agradecimiento a los beneficios divinos, y la virtud de la fortaleza para vencer
valerosamente las tentaciones de mis enemigos y mortificar mis pasiones
desordenadas, y no me neguéis lo que pretendo en esta novena, para gloria de
Dios, para vuestro honor y para mi utilidad. Amen.

ORACION
¡Oh María, mar de gracias y consuelo de afligidos! que viendo los discípulos
del Señor fugitivos y descaminados, como ovejas sin pastor, con notable
detrimento de sus almas, los recibisteis amorosa y los alentasteis compasiva,
ejercitando en vuestra soledad el oficio de madre, que con tantas ansias os
encomendó desde la cruz nuestro redentor Jesucristo; os rogamos, Madre
nuestra, no permitáis en nuestros corazones tibieza y desaliento para servir a
Dios, y confesar su santo nombre a vista de los que no le aman. Congregad
nos de todas las naciones en una fe y en una misma religión católica. Asistid a
todos los ministros evangélicos y a cuantos se emplean por el mundo en el
bien espiritual de las almas. Experimenten todos vuestra poderosa protección,
especialmente cuantos con respeto de hijos os ofrecemos esta devota novena,
para conseguir vuestra protección y adoraros en la gloria. Amen.

DIA OCTAVO
¡Dios te salve, llena de gracia, María mar de amargura! que siendo Reina de
los ángeles por disposición divina, fuisteis desamparada de todos en vuestra
rigurosa soledad, dejándoos sin consuelo en vuestra mayor tristeza, y en
vuestra mayor necesidad sin alivio, afligida y sola; os pido, oh vida de mi
alma, no me permitáis apartar jamás de vuestra presencia, y me concedáis un
corazón limpio y puro, para que os pueda dignamente acompañar y servir
todos los días de mi vida. Asistidme con vuestra gracia, y no me neguéis el
favor que pretendo en esta santa novena, para gloria de Dios, para honor de
vuestro nombre y para utilidad de mi alma. Amen.
ORACION
¡Oh bendita entre todas las mujeres! Que amando tanto a los ángeles del cielo,
y siendo tan amada de todos los espíritus celestiales, carecisteis de su
asistencia en medio de vuestro mayor desamparo, sin que ninguno confortase
ni consolase vuestra afligida alma entre tantas angustias, dejándoos padecerá
solas sin alivio,
y cerrándose el cielo a todo cuanto pudiera serviros de consuelo; os
suplicamos, Reina y Madre, nos concedáis un perfecto amor vuestro, con que
nos compadezcamos de vuestra pena y lloremos vuestra soledad, como hijos
amantes de tal Madre y leales vasallos de tal Reina. Dadnos vuestra gracia
para aborrecer el vicio. Consolad a todos los que se hallan perseguidos,
abatidos y despreciados. Aumentad el número de vuestros devotos y amparad
á todos, principalmente a los que os veneramos con la devoción de esta
novena, para ser vuestros sin fin en la bienaventuranza. Amen.

DIA NOVENO
¡Sacratísima Madre de Dios, solitaria y purísima paloma! que, sola en vuestro
retiro, renovando en vuestro corazón la memoria de la pasión y muerte de
vuestro divino Hijo, creció tanto en vuestra alma el deseo de gozar su
presencia y el sentimiento de considerarle ausente, que os puso la pena de tan
gran soledad en el último extremo de la vida, sin que ninguna cosa criada os
pudiese servir de alivio. ¿Qué serafín Señora, podrá alcanzar vuestro amor? Ni
¿qué querubín podrá explicar vuestra pena en este santísimo misterio? Yo le
adoro y le amo, y por él os suplico me alcancéis de vuestro hijo Jesús el don
de la perseverancia en su amor y servicio hasta verle glorioso, y la gracia que
os pido en esta novena, para su gloria, vuestro honor y mi utilidad eterna.
Amen.

ORACION
¡Oh Reina de los serafines y corona de los mártires! que estáis como
crucificada entre la tierra y cielo, sin que del cielo os venga algún alivio ni en
la tierra haya cosa que os pueda dar consuelo; cuya alma santísima, cuanto
más ilustrada, tanto más encendida en amor, y cuanto más amante, tanto más
dolorida; con tal extremo de soledad, que en fuerza de la pena os ha puesto en
la última disposición para vuestra mayor gloria, que fué la resurrección de
vuestro Hijo ; os suplicamos, Reina de los mártires, que por tan inefable
misterio nos concedáis firme y constante voluntad de buscar nuestro único y
sumo bien , que es Dios. Que a los fieles cristianos deis paz y concordia, a los
príncipes eclesiásticos y seculares luz y acierto para que gobiernen según el
espíritu de la Iglesia católica. Unid, Señora, todas las naciones del orbe en una
fe, en un bautismo y en un mismo espíritu de caridad; y a todos echadnos
vuestra bendición, particularmente a cuantos nos hemos empleado en la
devoción de esta santa novena, en veneración de las penas de vuestra
santísima soledad, para haceros compañía en los gozos de la gloria. Amen.

SONETO
Aquella a quien el sol acompañaba
Y corona de estrellas le cenia,
A quien el coro de ángeles servía,
Y bendita entre mil la saludaba,
¿Cómo en la noche de tormentas brava
Lagrimas vierte en soledad impla?
¡Ay, que es madre sin hijo! ¡Ay, que es María!
De un mar de angustia y de dolor esclava!
¡Oh qué abandono! El sol y las estrellas,
Los cielos y la tierra señal dieron
De susto y compasión por tal
quebranto.
¡Y el hombre olvidar puede las
querellas
Que Reina de los mártires te
hicieron,
Y él fué ¡oh Virgen! ¡la causa
de tu llanto!

SONETO
Por aquella tristeza en que te viste,
En honda soledad abandonada,
Reina del cielo y Madre enamorada,
Entre todas las madres la más
triste;
Por los fieros dolores que
sufriste,
Y por tu recia angustia despiadada,
Que vuelvas ¡oh María! tu mirada
A este infeliz que en la amargura existe.
Mira, Señora, que el dolor levanta
Su brazo contra mí; que en nadie espero,
Sino en mi Dios, contra mis males fijos.
Haz tú que alivie el afanar que espanta;
Mira que en tus angustias te venero,
Mira que tu Hijo nos llamó tus hijos.

DOLOROSO SEPTENARIO
ORACION SOLO PARA EL PRIMER DIA
Santísima Virgen adolorida, María Madre de Dios y Señora nuestra, aunque
indigno de estar ante vuestro virginal acatamiento, movido de vuestra piedad,
y con deseo de serviros, renuevo el afecto y voluntad con que os invoco como
patrona, madre y abogada mía, y firmemente propongo de amaros y serviros
en todo lo que me quede de vida: y os suplico por la sangre que derramó
vuestro amantísimo Hijo y por vuestros dolores, que os dignéis admitirme por
hijo vuestro, y me alcancéis gracia para que de tal manera obre en estos siete
días que dedico a la memoria de vuestros dolores, que todos mis
pensamientos, palabras y obras se dirijan a mayor gloria de Dios y vuestra; y
es mi intención rogar y suplicar a su divina Majestad por el buen gobierno y
aumento de la santa Madre Iglesia católica romana, paz y concordia entre los
Príncipes cristianos, extirpación de las herejías, exaltación de la santa Fe
católica, y por nuestro católico reino. Os suplico también que me hagáis
participante de todas las gracias é indulgencias concedidas a los que se ocupan
en considerar la pasión de vuestro adorable Hijo y vuestros dolores, para más
amaros, serviros, y en el fin de esta miserable vida alcanzar una buena y santa
muerte. Amen.

ORACION
QUE SE HA DE DECIR TODOS LOS DIAS
Afligida y desconsolada Señora, yo la criatura más indigna de estar delante de
vuestra soberana presencia, os suplico con todo abatimiento, que por vuestros
dolores os dignéis ser mi guía, amparo y patrocinio, para que en el ejercicio de
este día pueda acertar á serviros y agradaros, a quien me consagro y sacrifico
totalmente con todas mis potencias y sentidos; y cuanto pensare, dijere y
obrare,
sea en recompensa de los dolores que con mis culpas os he ocasionado, y me
consigáis perdón de ellas y una buena y reconocida muerte. Amen.

ACTO DE CONTRICION
Oh Señora llena de dolores, madre de Dios, hombre verdadero, criador,
conservador y redentor mío, en quien creo, en quien confío, y a quien amo
sobre todas las cosas: me pesa con todo mi corazón de haberle ofendido, solo
por ser quien es tan digno de ser amado; aborrezco mis culpas, porque con
ellas ofendí a mi Dios y ocasioné vuestros dolores; y ofrezco amarle y servirle
de aquí adelante. Pero soy tan frágil, que si vos, Señora, no me alcanzáis
gracia para cumplirlo, faltaré miserablemente a la palabra que os doy; y así os
suplico por la sangre de Jesucristo y por vuestros dolores, me la consigáis.
Amen.

DIA PRIMERO
Considera, devoto siervo de María, como esta divina Señora, siempre fiel y
solícita observante de la ley de Dios, acude al santo templo de Jerusalén, para
cumplir un precepto que no la comprendía, llevando gozosa en brazos al
recién
nacido infante Jesús su amantísimo hijo, y al tomarlo en los suyos el santo
profeta Simeón, oye de la boca del inspirado anciano la terrible profecía de la
pasión y muerte del mismo Hijo tan amado que acaba de presentar. «Este
tierno Niño que tan gozosa habéis llevado al templo, le dice con dolorido
acento el piadoso siervo de Dios, os será, Señora, motivo de grande
pesadumbre y cruelísima aflicción. Será también tropiezo y ruina de
obstinados pecadores, que ofuscados por las densas tinieblas de sus culpas, se
estrellarán y caerán deslumbrados por los divinos resplandores de esta luz; y
será finalmente el blanco de la envidia y encono de los mismos pecadores,
quienes odiarán su celestial doctrina, le perseguirán y le saciarán de
improperios y tormentos hasta hacerle morir clavado en cruz, en la cual seréis
también Vos misma espiritualmente crucificada.» ¡Oh qué terrible es tocada
fué esta para el sensible corazón de la Virgen Madre! ¡Qué espada de dolor
para ese corazón que solo palpitaba y vivía por el aliento de Jesús! ¡Ah, Madre
mía afligidísima! ¡cómo veríais ya de un solo golpe, en aquel amargo trance,
todos los insultos, suplicios y tormentos que la malicia de los hombres había
de descargar contra Jesucristo y contra Vos! Haced, Madre mía, que esa
espada de dolor por la profecía de Simeón traspase mi corazón por las veces
que he renovado con mis culpas la pasión y muerte de vuestro hijo Jesús mi
Redentor, y os acompañe en vuestra amargura.

DEPRECACION
¡Santísima Virgen y Madre dolorosa! poseído de cristiana compasión por el
agudo dolor que padecisteis al anunciaros el santo profeta Simeón la futura
pasión y muerte de vuestro santísimo hijo Jesucristo, mi adorable Redentor, os
suplico humildemente, que os compadezcáis también Vos de la penosa
tribulación en que tiene puesto a este pobre hijo y siervo vuestro la tiranía de
sus vicios y pasiones tan opuestas a la excelencia de vuestras virtudes y a la
pureza de vuestro celestial amor. Bien sabéis, Madre mía, que no tengo
rectitud de intención, suavidad de afectos, espíritu de resignación y
obediencia, humildad cristiana, ni nada que sea digno de Vos y de vuestro
dilectísimo Hijo tan amorosamente sacrificado para mi salud y redención; pero
tengo sí, dulce Madre, vivísimos deseos de adquirir todas esas virtudes, de que
estoy tan falto de corregir mi conducta pecadora, y de identificarme con Vos y
con Jesucristo mi amante Redentor, y me prometo conseguirlo por los infinitos
méritos de su sangre sacratísima, y por vuestra maternal intercesión, que
imploro con todas las ansias de mi corazón contrito y humillado. Haced que
llore mis pecados para evitar mi ruina final: libradme ¡oh! libradme, Virgen
pía, de la perdición eterna Oídme, Reina pía: valedme, tierna Madre:
salvadme, dulce y clementísima María. Amen.
DIA SEGUNDO
Considera, alma piadosa, la dolorosa impresión que causaría en el tierno
corazón de María al llegará sus oídos el terrible edicto infanticida fulminado
por el sanguinario cruel Herodes para acabar con la vida de su recién nacido
hijo Jesús, de cuya aparición sobre la tierra recelaba el tirano su
destronamiento y ruina, y la grande inquietud que había de angustiar el alma
de la santísima Virgen en el peligroso tránsito por el desierto, camino
designado por la divina Providencia para refugio y asilo del perseguido infante
Jesús. Apenas el santo José, advertido de Dios por ministerio de un ángel,
anuncia á María su esposa, que es preciso huir, y huir sin demora, para salvar
al niño Jesús de la sangrienta
persecución de Herodes, cuando la atribulada Madre sin réplica alguna se
pone en marcha, ocultando en su amoroso regazo al Hijo de sus entrañas, y
amada prenda de su corazón... Ni lo extremo de su pobreza, ni las
incomodidades y riesgos del camino, ni la consideración de una tan larga
distancia, son capaces de arredrar su ánimo fortalecido por el amor y por la fe,
y en alas de este amor y de esta fe emprende presurosamente su largo viaje sin
más compañía que la de su esposo y del niño Jesús, entregándose en brazos de
la divina Providencia... ¡O amor y dolor, superiores a toda humana
comprensión! cómo combatiríais el sensible corazón de María en ese
momento decisivo y cruel! ¡O amantísima Madre, y atribulada Señora!
¡cuántos sobre saltos y temores agitarían vuestro tierno pecho durante esa
fatigosa y agitada peregrinación! Permitidme, Virgen santa, acompañaros en
tan largo viaje con la ternura de mi corazón, y con el dolor de haber desterrado
de él a vuestro hijo Jesús por mis culpas.

DEPRECACION
Purísima y atribulada virgen María: yo os acompaño también con piadosa y
compasiva solicitud en vuestra penosa huida a Egipto, y os pido humildemente
me permitáis seguiros por el santo camino de las contrariedades y
tribulaciones de esta vida, para ser conducido por este trabajoso destierro al
salvador asilo de la virtud. Alcanzadme, Madre mía, las luces de la divina
gracia, para que acierte a escapar con paso firme y resuelto de las
persecuciones y asechanzas de mis vicios y pasiones, que son mis mortales
enemigos, hasta verme salvo y seguro en el inexpugnable recinto de la ley de
Dios durante mi fatigoso y arriesgado tránsito por el desierto de este mundo, a
fin de poder llegar felizmente al término de mi jornada, y alcanzar la dicha de
verme reunido con mi redentor Jesús, y
con Vos, amante Madre mía. Así lo espero por los infinitos méritos de su
sangre sacratísima, y por vuestro maternal favor, o pía, o clemente, o
dulcísima María. Amen.

DIA TERCERO
Considera, alma devota, que deseosa y solícita siempre la Virgen santísima de
tributar a Dios los homenajes de su amor y rendimiento, había bajado de
Nazaret
su patria a la ciudad de Jerusalén, en compañía del niño Jesús, que contaba ya
entonces doce años, y de José su casto y virtuoso esposo, y considera como
cumplidas ya las ceremonias de la ley, al salir del templo y reunídose de
nuevo con San José para regresará su pueblo, apenas estuvieron fuera de la
ciudad echaron menos al niño Jesús, a quien la Madre suponía en compañía
del esposo, así como este lo suponía en compañía de la Madre... ¡Oh! ¡cómo
quedarían entonces afligidos los corazones de María y de José! ¡Qué dolor tan
agudísimo
traspasaría el tierno y amantísimo corazón de María al verse sin la presencia y
compañía de Jesús! ¡Qué susto y congoja asaltarían su alma purísima! ¡En qué
mar de aflicciones y tormentos fluctuaría su espíritu durante los tres días en
que tuvo perdido a su Hijo! ¡O dulce Madre! yo me compadezco de vuestro
penetrante dolor al veros sin la presencia visible de vuestro Hijo y de vuestro
Dios, y, unido a Vos, quiero buscarle con tanto arrepentimiento, que merezca
hallarle para siempre.

DEPRECACION
¡O acongojada Reina! ¡o amantísima y desolada María! por el gran de
desconsuelo que tuvisteis en la pérdida momentánea de vuestro hijo Jesús,
compadeceos de mí, sumiso hijo y siervo vuestro, que por mi sola culpa tantas
veces lo he perdido. Alcanzadme, Madre mía, gracia, para que, así como su
pérdida quebrantó vuestro amante corazón, así traspase también el mío un
vivo dolor de haberle perdido por mi culpa; y por la agudísima pena que
sentisteis en la ausencia de vuestro amabilísimo Jesús, permitidme asociarme
con Vos, imitando vuestra solicitud y diligencia en buscarle apesarado y
afanoso. Alcanzadme, dulce Madre, la gracia de hallarle clemente y propicio,
y la dicha de no volver a perderle nunca más... ¡Oh! sí, alcanzadme por
vuestra mediación y valimiento su gracia y misericordia, y haced que esa
misericordia y esa gracia
me sean prenda de virtud en esta vida, y después de gozo y gloria en la eterna
bienaventuranza. Hacedlo, Madre pía, vida, dulzura y esperanza mía. Amen.

DIA CUARTO
Considera, alma compasiva, el vehementísimo dolor que afligiría el tierno
corazón de María, al encontrar en la calle de Amargura al Hijo de sus
virginales entrañas cargado con el grave peso de la cruz, oprimido,
desfigurado, desangra
do, lleno de oprobios, y caído al suelo desfallecido y cubierto de mortal
palidez. Apenas el juez Pilatos para satisfacer la rabia y furor de los judíos,
sedientos de la sangre del Justo, hubo pronunciado la sentencia de muerte
contra el Autor soberano de la vida, cuando estos aprestaron la cruz en que
había de ser clavado, cargáronla sobre sus delicadas espaldas, y atada al cuello
una gruesa soga, le arrastraron por las calles de Jerusalén camino del Calvario,
en medio de un diluvio de injurias, insultos, blasfemias y escarnios. Noticiosa
la soberana Virgen por el discípulo amado de tan lastimoso espectáculo, vuela
en alas de su amor, y a impulsos de la congojosa amargura que embarga su
maternal corazón,
al encuentro" de su amado Hijo, cruza las calles de Jerusalén, oye a distancia
la confusa gritería de un pueblo amotinado, siente el estrépito de las armas y el
sonido lúgubre de la fatal trompeta que denuncia como reo de muerte al
soberano Autor de la vida. Mas ¡ay! cuál quedaría la destrozada Madre,
cuando al doblar una esquina se encuentra con su querido Hijo, caído en el
suelo, bañado en sangre, atropellado por aquellos feroces verdugos, ¡y hecho
el ludibrio y escarnio de aquella soldadesca infernal! ¡O encuentro lastimoso!
¡o cruel espectáculo! ¡qué impresión causaría en el corazón de una madre, y
madre como María! ¡qué dolor tan agudo y penetrante seria para ella ese
lastimoso espectáculo! ¡O dulce Madre! yo me compadezco de vuestro
agudísimo dolor; yo deseo seguiros penitente en el camino del Calvario, a fin
de presentaros el
lenitivo de mi cristiana compasión.

DEPRECACION
¡O Madre afligidísima, y por todos conceptos llena de amargura!
Compadecido del acervo dolor que martirizó vuestro corazón en el cruel
encuentro de vuestro Hijo en la calle de Amargura, al verle desfigurado, lleno
de dolores, saciado de oprobios y oprimido por el grave peso de la cruz, os
suplico con humilde rendimiento y sincero dolor de mis pecados, que me
alcancéis gracia para levantarme de mi mortal abatimiento, a fin de que
fortalecido con el ejemplo de vuestras soberanas virtudes, tenga valor para
sostenerme en mis terribles caídas en el camino del pecado, y socorredme para
que no sucumba bajo su peso, y renueve los tormentos de mi Salvador, y
vuestro dolor y amarguras. Alcanzadme luz con que conozca la fealdad de mis
pecados, y gracia con que deteste su malicia. Haced también que beba con
ánimo resuelto y resignado el cáliz de las tribulaciones y trabajos de esta vida,
que el Señor se dignare presentarme, para satisfacer por las penas debidas a
mis culpas. Haced finalmente, que me asocie con Jesús y con Vos en el
camino del Calvario, a fin de llegar derechamente por él a la región celestial.
Amen.

DIA QUINTO
Considera, alma devota de María, en este quinto dolor la agudísima espada
que traspasaría el alma purísima de esta Señora, al presenciar la crucifixión y
muerte
de su Hijo santísimo; y prevén lágrimas de compasión y ternura al contemplar
el más triste de los espectáculos, y el mayor de todos los sacrificios,
consumado por tu amor en el ara del árbol santo de la cruz. Apenas llegado el
divino Isaac Jesucristo a la cumbre del Calvario, sitio destinado para el
sacrificio de su infinito amor, cargado con el enorme peso de la cruz, llagado,
cansado y sin aliento, sin concederle descanso ni alivio alguno, le arrancan los
crueles verdugos la corona de espinas para volverá hincársela luego con más
crueldad; le quitan en seguida sus vestiduras, rasgando y abriendo más y más
con esto las
innumerables llagas y heridas de que estaba cubierto su santísimo cuerpo, le
tienden sobre la cruz, le dislocan con la mayor violencia sus miembros, le
clavan de pies y manos en la cruz, y la enarbolan en presencia de Jerusalén, á
vista del cielo y de la tierra, para que sean testigos de su ignominia. A todo
esto, estaba presente la desolada Virgen, madre del más grande y puro amor.
¡Qué pena! ¡qué angustias! ¡qué dolor para su tierno corazón! Queda
crucificado el Hijo, y queda también crucificada la Madre por el afecto de
compasión que penetra su alma; de suerte, que no sufre pena alguna el Hijo,
que no lastime el corazón de la Madre. ¡O espectáculo el más sangriento! ¡O
cruz, que haces dos víctimas en un mismo sacrificio! ¡O Madre afligida y por
todas partes angustiada! Haced que os acompañe en tan acerbo dolor, y quede
yo también clavado en la cruz con Vos y con vuestro santísimo Hijo, mi
adorable redentor.

DEPRECACION
¡Purísima Virgen y angustiada Madre! asombrado y condolido os contemplo
al pie de la cruz en donde espiró para darme vida, Jesucristo mi adorable
redentor, bebiendo toda la amargura de su cruenta inmolación. Cuantas son
vuestras miradas, tantas son las espadas que traspasan vuestro cándido y
enamorado corazón; cuantas llagas veis en el cuerpo de vuestro Hijo, tantas
heridas se imprimen en vuestra alma; cuantas espinas traspasan las sienes de
Jesús, tantas son las saetas que hieren vuestro tierno pecho; y clavada os
halláis con Jesús, El en el cuerpo, y Vos en el alma. ¡Ay, dulce Madre!
traspasad mi corazón culpado con aquella espada agudísima que desgarró el
vuestro al pie de la cruz de vuestro Hijo espirante de amor y de dolor por mí,
miserable y desagradecido pecador... Yo soy... ¡oh! sí, yo soy el reo de su
atroz suplicio: yo soy quien desprecio é insulto a cada paso el grande
sacrificio de amor que hizo por mi eterna salvación. Yo me junto a cada
instante con la turba de verdugos deicidas que le crucificaron. ¡O Señora y
Madre mía! tened lástima y compasión de mí. Alcanzadme gracia para que
sepa crucificarme con mis vicios y pasiones, y para que ardiendo en vivas
llamas de virtud y santo amor, me asocie con Vos doliente y compasivo al pie
de la cruz del Redentor; para que adherido fuertemente a ella, durante todo el
tiempo de esta mi fatigosa mortal vida, pueda participar del fruto de la
redención, que espero alcanzar por los infinitos méritos de la pasión y muerte
de vuestro santísimo Hijo, y por vuestro misericordioso valimiento, o
clementísima, o tierna y dulcísima Madre mía!

SEXTO DIA
Considera, alma compasiva, la triste escena, el doloroso espectáculo que
ofrece a tu vista la sexta estocada que desgarró el corazón de María al recibir
en su regazo el cuerpo inanimado de su Hijo. Consumada ya la obra de nuestra
redención, y agotados, por lo tanto, los tormentos de Jesús, no por esto
terminaron las penas de María, antes bien comenzaron para ella otras no
menos acerbas que anegaron en un mar de dolores su desfallecido corazón.
Inmóvil perseveraba la afligida Madre al pie de la cruz de su inmolado Hijo, y
tristemente anhelosa de poderlo quitar del sangriento madero y recogerlo en su
amante seno... Mas ¡ay! ¡cómo hacerlo, destituida como se hallaba de todo
socorro humano! En semejante angustioso situación, José y Nicodemus, dos
nobles varones, inspirados por Dios, se acercaron respetuosamente a la
desolada Virgen, y logrado su permiso bajaron de la cruz el cuerpo inanimado
de Jesucristo, y lo depositaron en sus brazos maternales. Párate aquí, alma
piadosa, a contemplar a María en semejante cruelísimo pasaje... ¡Ah! ¡qué
nueva espada de dolor para su ya harto lastimado corazón! ¡Qué pena, qué
tormento, qué mar
tirio puede imaginarse más atroz! ¡Oh! ¡cómo iría registrando una por una las
llagas de que estaba cubierto! ¡y con cuánta razón puede dirigirnos aquellas
palabras de Jeremías: ¡Oh vosotros todos los que andáis por el camino,
atended, y ved si hay dolor semejante a mi dolor! ¡O Madre mía! como siervo
fiel, deseo consolaros en vuestra aflicción, porque grande es como el mar
vuestra amargura.

DEPRECACION
¡O Reina de los mártires! Tierno y compasivo os contemplo sumergida toda en
un mar de quebranto, al sostener en vuestros brazos el sacrosanto cuerpo de
vuestro santísimo hijo Jesús, muerto y sacrificado por los hombres todos, sin
exceptuará sus desapiadados verdugos é implacables enemigos, a impulsos de
su amor finísimo y de su ardiente y acendrada caridad. Yo os contemplo en
vuestra desolación, o Madre tiernísima sin hijo, fiel esposa sin amante esposo,
estrella de gracia privada de la luz del sol, y sosteniendo apenas
pesarosamente
esa vida vuestra que solo vivía de la vida y de la gracia de Jesús. ¡Ah!
inmenso como el mar hubo de ser vuestro quebranto, hondamente inmensa
vuestra pena y desolación. ¡Ay! ¡cuánto me confundo yo, Señora, al
reconocerme tan culpado
como los bárbaros judíos y sayones ejecutores de la pasión y muerte de Jesús
mi redentor, y de todas las aflicciones y amarguras de vuestro tierno y amante
corazón. Pero Vos sois madre de misericordia y refugio de los insensatos
pecadores: tened, pues, Señora, tened lástima y compasión de mí, que, si hasta
ahora he sido rebelde hijo e indigno siervo vuestro, quiero en adelante
consagrarme todo a Vos por medio de la fervorosa y compasiva meditación de
vuestros acerbísimos dolores, llorando con amargura y vivo arrepentimiento el
cruel estrago que he causado en el sagrado cuerpo de vuestro Hijo y en vuestro
pecho maternal. Mas para esto necesito la asistencia de la divina gracia:
alcanzádmela, clemente Madre mía, a fin de que después de esta vida triste y
pasajera, pueda acogerme en vuestro amante seno, y gozar eternamente de la
gloria celestial. Amen.

DIA SEPTIMO
Considera, alma piadosa, el tristísimo cuadro de soledad y desolación de
María que hoy se ofrece a tu contemplación, sepultado el sacrosanto cuerpo de
Jesús tu redentor. Después que la dolorida é inconsolable Madre hubo
desahogado un tanto la grandeza de su dolor sobre el inanimado cuerpo del
Hijo descendido de la cruz, lamentando amargamente el bárbaro estrago que
los hijos del pecado habían hecho en aquel cuerpo impecable y adorabilísimo,
los piadosos varones José y Nicodemus, tras haberlo embalsamado, suplicaron
compasivos a la Madre afligidísima que les permitiese darle sepultura antes
que cerrase la noche. ¡Ah! ¡qué nuevo y acerado golpe ese para el corazón de
María! ¡qué terrible y agudísima espada de dolor!... ¡Desprenderse de aquel
santísimo cuerpo tan lastimosamente maltratado!... ¡Soltar de sus brazos
maternales aquel divino objeto de todos sus arrobos y ahora de todo su
quebranto... aquel Hijo de sus entrañas, ¡aquel Ser de su ser!, vida de su vida y
aliento de su amor! ¡Ay! ¡cómo resignarse ¡cómo resistirá semejante dolorosa
separación! ¡Oh! ¡cómo llegarían
aquí al último punto de mortal congoja el dolor y quebranto de María! ¡Ay,
Madre mía amantísima! ¡cuán terrible, cuán desgarradora hubo de ser esa
triste despedida para vuestro tiernísimo y desolado corazón! ¡O amarga
soledad! ¡O separación dolorosísima y cruel! ¡O Madre afligidísima! ¡cuánto
me contrista y me conmueve el lastimoso cuadro de vuestra inconsolable
soledad!

DEPRECACION
¡O afligida y solitaria Virgen! ¡o tristísima y desolada Madre! Yo os
contemplo doliente y contristado, en el fúnebre desierto de vuestra amarga
soledad. Yo me presento á Vos, poseído de compasivo respeto, y con vivos
deseos de acompañaros en vuestro triste aislamiento, contemplando
mentalmente con Vos la dolorosa escena del Calvario, y los tormentos y la
sangrienta muerte de Jesús, de que fuisteis Vos inmóvil y quebrantada
espectadora. ¡Ay Madre mía afligidísima! Yo me acerco a Vos deseoso de
consolaros con filial y piadoso afecto, y de acompañaros y serviros en vuestra
desolada soledad. Yo vengo con firme propósito de seguiros en vuestra vía
dolorosa, ansioso de llegar por ella al seno consolador y feliz de la virtud,
llorando en la soledad de mi corazón contrito y humillado, mis innumerables
culpas y extravíos causadores de los tormentos a Jesús y de vuestros dolores y
amarguísima soledad. Mas para ello necesito, Madre mía, el auxilio poderoso
de la divina gracia, que rendidamente imploro y espero alcanzar por los
infinitos méritos de la pasión y muerte de Jesús, y por la eficacia de vuestro
maternal favor. Conseguidme esta luz celestial, para que, guiado por ella,
atraviese sin tropiezo el fragoso destierro de este mundo de malicia y dolo, y
logre la inefable dicha de acompañaros para siempre en la patria celestial, que
espero de la infinita misericordia de Jesús mi salvador, y de vuestra piadosa
intercesión, ¡o tierna! ¡o pía! ¡o dulcísima Madre mía! Amen.

OFRECIMIENTO EN EL ÚLTIMO DIA


Purísima y angustiada Señora, reconocido a los grandes favores de vuestra
soberana beneficencia; os doy afectuosísimas gracias, y singularmente por los
que me habéis dispensado en estos siete días dedicados a la compasiva
consideración de vuestros dolores. Recibid, dulce Madre mía, estos humildes
obsequios, pues para que os sean gratos os ofrezco de nuevo mi corazón
herido con la espada que atravesó el vuestro. Aceptadlo, Señora, hacedle todo
vuestro, que para Vos es dedicado a vuestras angustias; vengad en él mis
pasadas ingratitudes, que han hecho más agudas vuestras heridas, y ayudadme
para que jamás se aparte de mí la memoria de vuestras acerbas penas. ¡O
Madre amorosa! si me alcanzáis esta gracia, os prometo que vuestras angustias
serán siempre las delicias de mi corazón; despediré continuamente suspiros
dolorosos por Vos; arderé en amor vuestro, y todo lo haré con el fin de
consolaros: para que perseverando fiel y constante en el llanto de mis culpas,
de los tormentos de Jesús y de vuestros dolores, pueda
llegar algún día, mediante vuestra poderosa
intercesión, a gozar de aquella alegría que por todos los
siglos inundará vuestro corazón, y a disfrutar de vuestra
dulce y amable compañía en el cielo, que el Señor nos
conceda a todos. Amen.

CORONA DE LOS SIETE DOLORES DE MARÍA

PREPARACIÓN
Virgen sin mancilla, Madre de piedad, llena de aflicción y amargura; con
rendimiento de mi corazón. Os suplico ilustréis mi entendimiento é inflaméis
mi voluntad, para que con espíritu fervoroso y compasivo contemple los
dolores que se proponen en esta santa corona; y pueda conseguir las gracias y
favores prometidos a los que se ocupan en este santo ejercicio. Amen.

PRIMER DOLOR
ORACION
Me compadezco, Señora, de Vos, por el dolor que padecisteis
con el anuncio de Simeón cuando os dijo, que vuestro
corazón sería el blanco de la pasión de vuestro Hijo. Haced,
Madre mía, que sienta en mi interior la pasión de vuestro
Hijo y vuestros dolores: obligándoos en memoria de este
dolor Con un Padre nuestro, siete Ave Marías y un Gloria
Patri.
SEGUNDO DOLOR
ORACION
Me compadezco, Señora, de Vos, por el dolor que padecisteis
en el destierro a Egipto, pobre y necesitada en aquel largo
camino. Haced, Señora, que sea libre de las persecuciones de
mis enemigos: obligándoos en memoria de este dolor con un
Padre nuestro, siete Ave Marías y un Gloria Patri.

TERCER DOLOR
ORACION
Me compadezco, Señora, de Vos, por el dolor que padecisteis
por la pérdida de vuestro Hijo en Jerusalén durante tres días.
Excitadme lágrimas de verdadero dolor para llorar mis culpas,
por las veces que con ellas he perdido a mi Dios; y haced,
Madre mía, que lo halle para siempre: obligándoos en
memoria de este dolor con un Padre nuestro, siete Ave Marías
y un Gloria Patri. CUARTO DOLOR
ORACION
Me compadezco, Señora, de Vos, por el dolor que padecisteis
al encontrará vuestro Hijo con la cruz a cuestas, caminando
al Calvario en medio de un diluvio de escarnios, baldones y
caídas. Haced, Señora, que lleve yo con paciencia la cruz de
la mortificación y de los trabajos: obligándoos en memoria
de este dolor con un Padre nuestro, siete Ave Marías y un
Gloria Patri.

QUINTO DOLOR
ORACION
Me compadezco, Señora, de Vos, por el dolor que padecisteis
al ver morir a vuestro Hijo clavado en la cruz entre dos
ladrones. Haced, Señora, que viva yo crucificado con mis
vicios y pasiones: obligándoos en memoria de este dolor con
un Padre nuestro, siete Ave Marías y un Gloria Patri.
SEXTO DOLOR
ORACION
Me compadezco, Señora, de Vos, por el dolor que padecisteis
al recibir en vuestros brazos aquel santísimo cuerpo
desangrado con tantas llagas y heridas. Haced, Señora, que mi
corazón viva herido de amor divino, y muerto a todo lo
profano: obligándoos en memoria de este dolor con un Padre
nuestro, siete Ave Marías y un Gloria Patri.

SEPTIMO DOLOR
ORACION
Me compadezco, Señora, de Vos, por el dolor que padecisteis
en vuestra soledad, sepultado ya vuestro Hijo. Haced, Señora,
que quede yo Sepultado a todo lo terreno, y viva solo para
vuestro Hijo y para Vos: obligándoos en memoria de este dolor
con un Padre nuestro, siete Ave Marías y un Gloria Patri.

En memoria y reverencia de las lágrimas que derramaron vuestros


purísimos ojos en la vida, pasión y muerte de vuestro Hijo, os ofrezco tres
Ave Marías.

ORACION
Purísima Virgen María, traspasada de dolor con la espada que profetizó
Simeón; ansiosa y necesitada huyendo a Egipto; triste y atribulada buscando al
Hijo perdido; llena de aflicción y amargura encontrándole con la cruz a
cuestas; acongojada y pesarosa viéndole agonizar y morir; angustiada y
atormentada con el Hijo muerto en los brazos; desolada y sin consuelo
dejándole sepultado: humildemente os suplico que la gracia que os pido,
siendo a mayor gloria de Dios y bien de mi alma, me la alcancéis de su divina
Majestad, y sino que se haga en todo su santísima voluntad, solo yo nunca le
ofenda. Juntamente os suplico intercedáis por nuestro santísimo Padre, por la
paz y concordia entre los Príncipes cristianos, exaltación de la santa Fe
católica destrucción de las herejías, conversión de los infieles y confusión de
los turcos: mirad con ojos de piedad a vuestros devotos, y concededles
especialísimos auxilios de gracia para mayor gloria de Dios y vuestra. Amen.

OFICIO DOLOROSO DE LA COMPASION


DE LA
SANTISIMA VIRGEN MARIA

MAITINES

L/: Señor, tú abrirás mis labios.


R/: Y mi boca anunciará tus alabanzas.

L/: Dios mío, atiende a mi socorro.


R/: Señor, ayúdame prontamente.

L/: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.


R/: Por los siglos de los siglos. Amen.

INVITATORIO.
En fervor encendidos
con María lloremos;
á su Hijo sepultado,
venid, adoremos.

SALMO
Venid, hombres, mujeres,
venid y llegad;
con la Virgen María
gemid y llorad.

De los íntimos llantos disfrutemos,


y los rostros con lágrimas bañemos.

Llore nuestro corazón,


y nuestros ojos se hieran
con los filos del amor:
¡Ay! La Madre, de culpa preservada,
queda de su Hijo dulce ya privada.

El inocente, ajeno de pecado,


muere, del hombre habiéndose apiadado:
padezcamos con él su sentimiento,
pues que la causa somos del tormento.

Gloria al Hijo de la Virgen santa,


que aquí en destierro de amargura tanta,
del todo se entregó a tormentos tales,
volviendo a dar la vida a los mortales.
HIMNO
Emperatriz y Madre de dulzura,
dale el rocío de la gracia pura
á mi corazón seco y miserable,
porque a tí sea acepto y agradable.

Concede que contigo yo conciba


un cordial sentimiento, y le reciba
llorando por la muerte que ha sufrido
el Rey, por quien el mundo es construido.

Estimado fué tu Hijo tan piadoso


por más vil que el ladrón facineroso:
escarnios, burlas sufre mesurado,
de gente vil impía rodeado.

El honor, la alabanza y la alegría


dense a Jesús, el Hijo de María;
en la Cruz extendido y enclavado,
por redimir su pueblo del pecado.
Amen.

Antífona: Pasaste sin dormir la noche en que fué preso Jesús; y durmiendo
todos los demás, tú solamente te mantuviste en vela.

SALMO 83
Me pusieron mis enemigos en el lago más hondo,"
rodeado de tinieblas y sombras de muerte.
Sobre mí, Señor, se ha confirmado tu furor;
y todas las ondas de tu ira descargaste sobre mí.
Alejaste de mí mis amigos y conocidos:
"tuviéronme por abominación.
Fui entregado a mis enemigos, y no quise
Librarme: "mis ojos se debilitaron por la mucha
necesidad,
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.
Antífona: Pasaste sin dormir la noche en que fué preso Jesús; y durmiendo
todos los demás, tú solamente te mantuviste en vela.

L/: Tú llorando, dormir a todos viste.


R/: Permaneciendo sola en vela triste.
Padre nuestro...

L/: Y no nos dejes caer en la tentación.


R/: Mas líbranos de mal.

ABSOLUCIÓN
L/: No me desampares, buen Jesús, y haz que yo muera por tu pasión.
R/: Amen.

L/: Danos, Señor, tu bendición. Bendición. Al Crucificado ruega por


nosotros, Virgen bella.
R/: Amen.

LECCIÓN PRIMERA
La afligida Madre, mirando a su Hijo pendiente de la cruz, llora sin cesar;
hiriendo su pecho sagrado, movió a muchos á sentimiento con su quejoso
llanto. Viendo al Hijo todo ensangrentado, es tendido en el suplicio de la Cruz,
al alma de la triste Madre traspasó con vehemencia ¡ay dolor! la espada de
pasión que Simeón le había profetizado. Así, pues, llorando la muerte del
Hijo, de quien blasfemó su pueblo, solo su Custodio, el amado Discípulo, era
su consuelo. Tú, Señor, ten piedad de nosotros.

R/: Gracias a Dios.


R/: No podía consolarse la Madre, viendo que trataban así a su querido
Hijo. Padeció mayor sentimiento que el Salvador, que toleró tantos
dolores.

L/: Jamás hubo madre que sintiese tanto viendo morir al que alimentó.
Padeció mayor sentimiento que el Salvador, que toleró tantos dolores.
L/: Danos, Señor, tu bendición.

Bendición. La muerte de aquel Hijo de Dios Padre, vida nos sea por su pía
Madre.
R/: Amen.

LECCIÓN SEGUNDA
Cuando bajado de la Cruz es llevado al sepulcro, en medio de sus tristes
dolores, así les habla a los que le llevan: «Aguardad un poco que desahogue
mi dolor en sentidas lágrimas, y abrace con tiernos ósculos a mi Hijo
amantísimo. No queráis quitarme a mi amada prenda: si debe ser enterrado,
sepultadme también en su compañía.» Así, aunque sin fuerzas, se acercó al
féretro, arrojase sobre el
cadáver, bañando el rostro sagrado con el riego de sus lágrimas. Tú, Señor, ten
piedad de nosotros.

R/: Gracias a Dios.


R/: Como viese en su Hijo tormentos tan acerbos, es la Madre afligida con
imponderables angustias. Condolida de esta manera por el espacio de
aquellos tres días, la amarillez cubrió su agraciado rostro.

L/: Jamás se oyó pena tan intensa, mucho más amable le era la muerte
que la misma vida. La amarillez cubrió su agraciado rostro.

L/: Danos, Señor, tu bendición.

Bendición. Aplacar procura al tremendo juez, Virgen casta y pura.


R/: Amen.

LECCIÓN TERCERA
Privada la Madre de la presencia del Hijo, habló así al ángel San Gabriel: «Me
dijiste que era llena de gracia; ahora estoy llena de triste amargura.
Proseguiste diciendo: El Señor es contigo: ¡ay de mí! yace sepultado, y ya no
le tengo en mi
compañía. Toda la bendición que me prometiste, me sucede, al contrario, por
la muerte de Cristo. Tú, Señor, ten piedad de nosotros.»

R/: Gracias a Dios.


R/: Viendo la Señora que cerrado el sepulcro era privada de tan
agradable espejo, quedándose sola con el amado Discípulo," llora más en
su corazón que por los ojos.

L/: Corriendo el arroyo de sus lágrimas, movió a llanto al pueblo que


estaba presente. Llora más en su corazón, que por los ojos.

LAUDES

L/: Dios mío, atiende a mi socorro.


R/: Señor, ayúdame prontamente.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo. Por los siglos de los siglos.
Amen.

Antífona: Se escuchó la voz llorosa y triste de la afligida Madre, cuando fué


preso su querido Hijo.
SALMO 21
Yo soy gusano, y no hombre;
deshonra del hombre, y desprecio del pueblo.
Todos los que me vieron, hicieron escarnio de
mí; y meneando sus cabezas, decían:
Pues él tiene su esperanza en Dios, líbrele del
tormento que padece, y hágalo salvo, pues le ama.
Tú eres, Señor, el queme sacaste del vientre de
mi madre: Esperanza mía desde que mamé sus
pechos. En tus manos fui recibido desde su purísimo seno.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: Se escuchó la voz llorosa y triste de la afligida Madre, cuando fué


preso su querido Hijo.

CAPÍTULO
Como oyese la Virgen que a su Hijo habían prendido los judíos, y llevaban a
casa de Anás, encerrada en su casa, no cesó de herir su pecho sagrado, y
derramar tiernas lágrimas.
R. Gracias a Dios.

HIMNO
¡Oh gloriosa Señora, madre mía!
tu aflicción y congoja ¿cuál sería,
al ver que Barrabás es libertado,
y sufre penas Cristo por culpado?
Al Pastor hieren ¡ay! manos furiosas,
y las ovejas huyen temerosas:
tú sola, Madre triste, te has quedado
debajo de la Cruz con Juan su amado.
No me admira que estés tan angustiada,
vista la furia tan encarnizada,
sabiendo Virgen pura siempre fuiste
y a un Dios-Hombre en tu vientre concebiste.
El honor, la alabanza y la alegría
dense a Jesús, el Hijo de María,
en la cruz extendido y enclavado
por redimir su pueblo del pecado.
Amen.

L/: Nunca madre sufrió penas iguales.


R/: En su Hijo viendo tantos cardenales.

Antífona: Es preso como ladrón infame, cercado, herido, escupido,


abofeteado: ¡oh angustias de la Madre al oír los golpes! Bendito sea el Rey
que sufrió tales cosas por nosotros.

CÁNTICO DE ZACARÍAS
Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque se
dignó visitar y redimir a su pueblo:
Y estableció el imperio de nuestra salvación,
en la casa de David su siervo.
Como lo había prometido por boca de los San
tos, que nos precedieron, sus profetas:
Que nos salvaría de nuestros enemigos, y del
poder de cuantos nos aborrecieron:
Para manifestar su bondad con nuestros padres,
y que tenía presente la promesa santa que les había hecho;
Aquel juramento que hizo a nuestro padre Abraham,
que nos le cumpliría á su tiempo:
Para que, sin temor, libres de nuestros enemigos, le sirvamos,
En santidad y justicia en su presencia, "todos
los días de nuestra vida.
Y tú, hijo mío, serás llamado Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor a prepararle
sus caminos:
A enseñará su pueblo la ciencia de la salvación,
para alcanzar la remisión de sus pecados.
Por las entrañas de misericordia de nuestro
Dios, " por las cuales tuvo por bien de visitarnos
desde lo alto.
Para alumbrar a los que estaban sentados en las
tinieblas y sombra de muerte," y dirigir nuestros
pasos al camino de la paz.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: Es preso como ladrón infame, cercado, herido, escupido,


abofeteado: ¡oh angustias de la Madre al oír los golpes! Bendito sea el Rey
que sufrió tales cosas por nosotros.

L/: Señor, oíd mi oración.


R/: Y llegue a Tí el clamor de mi voz.

ORACIÓN
¡Oh Virgen beatísima! por aquel espantoso estremecimiento con que tembló tu
corazón cuando oíste que tu amantísimo Hijo había sido preso por los judíos,
atado, llevado y entregado a los tormentos, socórrenos, para que ahora nuestro
corazón por nuestros delitos se atemorice y mueva á penitencia, y no tenga
miedo al encuentro del enemigo en la hora de la muerte, ni tiemble en la
presencia del tremendo Juez por la acusación de la misma conciencia; antes
bien mirando su rostro, se llene de júbilo y gozo, é inefablemente se alegre.
Concédanos esta gracia el mismo Nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y
el Espíritu santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amen,

A PRIMA

L/: Dios mío, atiende a mi socorro.


R/: Señor, ayúdame prontamente.
L/: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.
R/: Por los siglos de los siglos Amen.
HIMNO
Jesús, que de la Virgen has nacido,
del Espíritu santo concebido,
que muerte de cruz sufres afrentosa,
hecho toda una llaga dolorosa;
Por amor de tu Madre, así afligida,
perdona nuestra culpa repetida;
y por lo grande de su llanto tierno,
condúcenos al gozo sempiterno.
El honor, la alabanza y la alegría
dense a Jesús, el Hijo de María,
en la cruz extendido y enclavado
por redimir su pueblo del pecado.
Amen.

Antífona: La piadosa Madre, penetrada de dolor, estaba llorando fuera del


pretorio, mientras los furiosos verdugos trataban vilmente al Rey del mundo.

Salmo 2
Se congregaron los reyes de la tierra, y los
príncipes se conjuraron contra el Señor, y contra su Cristo.
Rompamos, decían, las cabezas de sus mandamientos,
y sacudamos de nosotros el yugo de su nueva ley.
Pero el que mora en los cielos se mofará de ellos,
y el Señor hará burla de ellos.
Entonces les hablará lleno de ira, y hará que
se estremezcan á vista de su furor.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: La piadosa Madre, penetrada de dolor, estaba llorando fuera del


pretorio, mientras los furiosos verdugos trataban vilmente al Rey del mundo.

CAPÍTULO
El rio de tus lágrimas sea, Señora, a mi corazón de piedra, motivo para
enternecerse.
R. Gracias a Dios.

L/: ¡Oh Padre de piedad! por aquel llanto de María.


R/: Concede que gocemos con los Santos la alegría.

L/: Señor, oíd mi oración,


R/: Y llegue a tí el clamor de mi voz.

ORACIÓN: ¡Oh Virgen dulcísima! por aquellos gemidos y lágrimas que


derramabas cuando viste a tu dulcísimo Hijo ser presentado ante el juez,
cruelmente azotado, y con diversas burlas deshonrado y escarnecido,
alcánzanos dolor de nuestros pecados, y lágrimas de contrición saludable, y
sed en nuestra ayuda para que el enemigo no pueda burlarse de nosotros, ni
molestarnos a su arbitrio con variedad de tentaciones, y vencidas nos ponga
ante la presencia del terrible Juez; antes bien nos acusemos nosotros, y
sentenciemos de nuestros excesos, haciendo verdadera penitencia de ellos,
para que en el tiempo de la necesidad, tribulación y angustia, hallemos el
perdón y la gracia, concediéndola el mismo nuestro Señor Jesucristo, que con
el Padre y el Espíritu santo vive y reina por los siglos de los siglos. R. Amen.

A TERCIA

L/: Dios mío, atiende a mi socorro.


R/: Señor, ayúdame prontamente.

L/: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.


R/: Por los siglos de los siglos. Amen.
HIMNO
Jesús, que de la Virgen has nacido,
del Espíritu santo concebido,
que muerte de cruz sufres afrentosa,
hecho toda una llaga dolorosa;
Por amor de tu Madre, así afligida,
perdona nuestra culpa repetida;
y por lo grande de su llanto tierno,
condúcenos al gozo sempiterno.
El honor, la alabanza y la alegría
dense a Jesús, el Hijo de María,
en la cruz extendido y enclavado
por redimir su pueblo del pecado.
Amen.

Antífona: ¿Cuál pensamos seria la tristeza de la Madre cuando viese la


angustia del Hijo? No hay dolor semejante al de la Madre Virgen, que llora el
que padece un Dios y hombre.

Salmo 69.
Por amor de tí, Señor, he sufrido la deshonra:
la confusión ha cubierto mi rostro.
Extraño soy hecho a mis hermanos, y peregrino á los hijos de mi madre.
El celo de tu casa me abrasó y consumió las entrañas:
y las deshonras de los que se deshonraban vinieron sobre mí.
Fortalecí mi alma con el escudo del ayuno, y
de esto mismo se valieron para mi deshonra.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: ¿Cuál pensamos seria la tristeza de la Madre cuando viese la


angustia del Hijo? No hay dolor semejante al de la Madre Virgen, que llora el
que padece un Dios y hombre.
Capítulo
Cuando Cristo era conducido al Calvario, llevando sobre sus hombros la
pesada cruz, le seguía la Madre profiriendo tristísimas expresiones; e hiriendo
su sagrado pecho, derramaba abundantes lágrimas
R/: Gracias a Dios.

L/: Haz, Reina de las vírgenes gloriosas,


R/: Llore contigo lágrimas copiosas.

L/: Señor, oíd mi oración.


R/: Y llegue a tí el clamor de mi voz.

ORACIÓN: ¡Oh Virgen beatísima! por las angustias y tormentos que padeció
tu corazón cuando oíste que tu Hijo amantísimo era sentenciado a muerte, y
muerte de cruz; socórrenos en el tiempo de nuestra mayor necesidad, cuando
nuestro cuerpo será atormentado con el dolor de la enfermedad, y nuestro
espíritu angustiado ya por las asechanzas de los demonios, y ya por el terror
del severo Juez: ayúdanos, pues, Señora, entonces para que no se profiera
contra nosotros la sentencia de condenación eterna, ni seamos entregados a las
llamas eternas del infierno: concediéndolo el mismo nuestro Señor Jesucristo,
que, con el Padre, y el Espíritu santo, vive y reina por los siglos de los siglos.
R/: Amen.

A SEXTA

L/: Dios mío, atiende a mi socorro.


R/: Señor, ayúdame prontamente.

L/: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.


R/: Por los siglos de los siglos. Amen.

HIMNO
Jesús que de la Virgen has nacido,
del Espíritu santo concebido:
que muerte de cruz sufres afrentosa,
hecho toda una llaga dolorosa;
Por amor de tu Madre, así afligida,
perdona nuestra culpa repetida;
y por lo grande de su llanto tierno,
condúcenos al gozo sempiterno.
El honor, la alabanza y la alegría
dense a Jesús, el Hijo de María,
en la cruz extendido y enclavado
por redimir su pueblo del pecado.
Amen.

Antífona: Como llegase la Virgen al lugar del suplicio, luego que vió a su
Hijo, y la cruz en que había de ser enclavado, los llantos y lágrimas se
aumentaron, los dolores y angustias se multiplicaron.

Salmo 21
Secase como teja cocida en el horno la virtud de
mi cuerpo, y mi lengua se pegó al paladar; y me
dejáis padecer, Señor, hasta una muerte vil.
Pues me han rodeado mis enemigos como perros rabiosos;
y el concilio de los corazones malignos me ha cercado.
Enclavaron mis manos y mis pies; y contaron
uno a uno todos mis huesos.
Ellos me consideraban. y me miraban como blanco de sus burlas;
partieron entre sí mis ropas, y
sobre mis vestiduras echaron suertes.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.
Antífona: Como llegase la Virgen al lugar del suplicio, luego que vió a su
Hijo, y la cruz en que había de ser enclavado, los llantos y lágrimas se
aumentaron, los dolores y angustias se multiplicaron.

Capítulo
Levantada la cruz, subió Jesús, y en ella extendió los brazos, clavándole las
manos y los pies; lo que, mirando su piadosísima Madre, el excesivo dolor la
puso en los umbrales de la muerte.
R/: Gracias a Dios.

L/: Pálida se torna ¡ay! la bella rosa de encarnada.


R/: Viendo bañar el suelo con la sangre tan sagrada.

L/: Señor, oíd mi oración.


R/: Y llegue a tí el clamor de mi voz.

ORACIÓN: ¡Oh Virgen dulcísima! por la espada de dolor que traspasó tu


alma cuando mirabas a tu Hijo amantísimo desnudo, levantado en la cruz,
clavado en ella, y por todas partes despedazado con las heridas, azotes y
llagas; ayúdanos para que la espada de la compasión y compunción traspase
ahora nuestro corazón y le hiera la lanza del divino amor, de modo que salga
de nuestro pecho todo el humor del pecado, seamos limpios de los vicios
ponzoñosos, adornados con los preciosos vestidos de las virtudes, y siempre
con el corazón y el cuerpo nos levantemos desde este valle de miseria a la
contemplación del reino celestial; a donde, finalmente, cumplido el día
prometido, merezcamos subir en
cuerpo y alma; concediéndolo el mismo Señor Jesucristo tu Hijo, que con el
Padre y el Espíritu santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amen.

A NONA

L/: Dios mío, atiende a mi socorro.


R/: Señor, ayúdame prontamente.
L/: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R/: Por los siglos de los siglos. Amen.

HIMNO
Jesús, que de la Virgen has nacido,
del Espíritu santo concebido:
que muerte de cruz sufres afrentosa,
hecho toda una llaga dolorosa;
Por amor de tu Madre, así afligida,
perdona nuestra culpa repetida;
y por lo grande de su llanto tierno,
condúcenos al gozo sempiterno.
El honor, la alabanza y la alegría
dense a Jesús, el Hijo de María,
en la cruz extendido y enclavado
por redimir su pueblo del pecado.
Amen.

Salmo 69.
Tú, Señor, sabes mi deshonra, y mi confusión,
y mi vergüenza.
En tu presencia están todos los que me persiguen:
mi corazón esperó paciente la deshonra y
abatimiento.
Y esperé quien conmigo se entristeciese, y no
le hubo; y quien me consolase, y no le hallé.
Y me dieron hiel en lugar de manjar, y vinagre para beber en mi sed.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: El manso Cordero, moviendo la cabeza, dice en alta voz al morir en


la cruz: «Señor, ¿por qué me habéis desamparado?» Su Madre llorando padece
juntamente con El; y al oír su voz, queda casi muerta.
Capítulo
El clamor de Cristo acongoja a la Madre, y con ningún llanto alivia su dolor:
es causado de la compasión que mutuamente se tienen, porque precedió entre
los dos un cariño excesivo.
R/: Gracias a Dios.

L/: ¡Oh Virgen! a Jesús que está clavado


R/: Dánosle por tus ruegos aplacado.

L/: Señor, oíd mi oración.


R/: Y llegue a tí el clamor de mi voz.

ORACIÓN: ¡Oh Virgen santísima! por la molestia y tormento con que era
afligido tu espíritu cuando escuchabas junto a la cruz que tu Hijo, clamando
con gran de voz en fuerza de los dolores, te dejaba á tí, su Madre amada,
encargada a san Juan, y encomendaba su espíritu en las manos de Dios Padre;
socórrenos en el fin de nuestra vida, y con especialidad en aquel tiempo
cuando nuestra lengua no podrá moverse para invocarte; cuando nuestros ojos
estarán eclipsados, sordos y cerrados los oídos, y faltará toda la virtud a
nuestros sentidos. Acuérdate entonces, piadosísima Señora, que ahora
dirigimos nuestros ruegos a los oídos de tu piedad y clemencia, y favorécenos
en aquella hora de la necesidad extrema, y encomienda nuestro espíritu a tu
amantísimo Hijo, por el cual, mediante tu intercesión, seamos libres de todos
los tormentos y terrores, y conducidos al descanso deseado de la patria
celestial; concediéndolo el mismo nuestro Señor Jesucristo, que, con el Padre,
y el Espíritu santo, vive y reina por los siglos de los siglos.
R/: Amen.

A VÍSPERAS

L/: Dios mío, atiende a mi socorro.


R/: Señor, ayúdame prontamente.
L/: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R/: Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: Todos los siglos lloren la muerte del Salvador, por motivo del dolor
de la gloriosa Virgen

Salma 68.
Sálvame, Dios mío, porque las aguas de la
tribulación han entrado hasta lo interior de mi
ánima:
He atollado en lo profundo de los abismos,
y no hallo sobre qué estribar.
Vine hasta lo profundo de la mar, y la tempestad me anegó.
Trabajé clamando, enronqueciese mi garganta;
desfallecieron mis ojos, en tanto que espero en mi
Dios.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: Todos los siglos lloren la muerte del Salvador, por motivo del dolor
de la gloriosa Virgen

Capítulo
No quiera Dios me gloríe yo en otra cosa que en la cruz de Nuestro Señor
Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.
R/: Gracias a Dios.

HIMNO
Hoy las entrañas de la Madre pura
son heridas con pena la más dura,
pues Jesús que en su vientre ha concebido
por lenguas de los malos es herido.

Con increíble crueldad le tratan,


le hieren sin piedad, y le maltratan;
y al oírlo esta Madre dolorida,
se aumentan sus angustias sin medida.
Cuando a muerte cruel es conducido,
la Madre con tristeza le ha seguido,
el pecho con sus lágrimas bañando,
y á repetidos golpes quebrantando.

En la cruz afrentosa es extendido;


y al ver la Madre muere su querido,
no hubo dolor con este comparado,
pues tampoco hubo un Hijo más amado.
El honor, la alabanza y la alegría
dense a Jesús, el Hijo de María,
en la cruz extendido y enclavado
por redimir su pueblo del pecado.
Amen.

L/: No hubo madre que tanto padeciese, ni congojas tan duras tolerase.
R/: Al mirar en su Hijo las heridas, viendo de las espinas las señales.

Antífona: Habiendo padecido el Hijo, declara la Madre las penas de su


corazón, y manifiesta en medio del pueblo su sentimiento. Acercándose ya la
hora de la ejecución del castigo, suplica con tristes voces, la que en otro
tiempo llena de gozo, exclamó: Engrandece mi alma al Señor.

Cántico de la B. V. María.
Mi alma engrandece al Señor,
Y mi espíritu se alegró en Dios mi salud.
Porque se dignó poner sus ojos en la pequeñez
de su esclava, "y por esto me llamarán bienaventurada todas las naciones de la
tierra. E hizo en mí grandes cosas el Todopoderoso,"
y su nombre es santo.
Y su misericordia se extiende de generación en
generación a todos los que le temen.
Hizo alarde del poder de su brazo, "trastornó
todos los designios y trazas de los soberbios.
Derribó de sus sillas a los poderosos, y ensalzó
á los humildes.
Colmó de bienes a los necesitados, y dejó va
cíos a los ricos.
Recibió Israel a su Dios hecho hombre, no
olvidado de su misericordia.
Así como lo había prometido a nuestros padres,"
Abraham y sus descendientes, por todos los siglos.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: Habiendo padecido el Hijo, declara la Madre las penas de su


corazón, y manifiesta en medio del pueblo su sentimiento. Acercándose ya la
hora de la ejecución del castigo, suplica con tristes voces, la que en otro
tiempo llena de gozo, exclamó: Engrandece mi alma al Señor.

L/: Señor, oíd mi oración.


R/: Y llegue a tí el clamor de mi voz.

ORACIÓN: !Oh Virgen castísima! por aquel llanto y gemidos dolorosos que
manando de lo íntimo de tu pecho no podías ocultar, cuando, como
piadosamente se cree, te abrazabas amorosa con el cadáver de tu Hijo bajado
de la cruz, cuyas mejillas antes resplandecientes y brillante rostro mirabas
cubierto
de amarillez, y todo Él descoyuntado, amoratado con los cardenales, y
destrozado llaga sobre llaga; socórrenos, Señora, para que lloremos ahora de
tal manera nuestros delitos, y curemos con la medicina de la penitencia las
llagas de los pecados, que cuando nuestro cuerpo estuviere afeado con la
muerte, nuestra alma resplandezca entonces con el candor de la inocencia, de
modo que seamos dignos de gozar de los suavísimos ósculos, y estrechados
con los amorosos abrazos del dulcísimo sobre todas las cosas, tu Hijo Nuestro
Señor Jesucristo, que con el Padre, y el Espíritu santo, vive y reina por los
siglos de los siglos.
R/: Amen.

A COMPLETAS

L/: Conviértanos, Dios Salvador nuestro.


R/: Y aparta tu ira de nosotros.
L/: Dios mío, atiende a mí socorro.
R/: Señor, ayúdame prontamente.

L/: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.


R/: Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: La compasión de tu Madre ¡oh Jesús Rey eterno! nos liberte del
abismo y de su fuego infernal.

Salmo 49.
Contra mí, Señor, hablaban en secreto todos
mis enemigos; " maquinando males para hacerme
daño.
Determinaron la sentencia inicua de mi muerte;"
y haciendo burla, decían: ¿Por ventura el que mue
re, no hará de su parte para resucitar?
A más de esto, el hombre pacífico y amigo mío,
en quien yo tenía confianza; " el que comió pan á
mi mesa, ese se levantó contra mí.
Tú, pues, Señor, ten misericordia de mí, y resucítame, y yo les daré la
retribución que se me
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: La compasión de tu Madre ¡oh Jesús Rey eterno! nos liberte del
abismo y de su fuego infernal.

HIMNO
¡Oh, Madre singular! ¡Virgen gloriosa!
al ver en los judíos que furiosa
su crueldad prende a Cristo, y le han atado,
tembló tu corazón sobresaltado.
Dando tristes suspiros dolorosa
seguíoslo angustiada y congojosa;
lágrimas abundantes derramabas,
y al templo presurosa caminabas.
El honor, la alabanza y la alegría,
dense a Jesús, el Hijo de María,
en la cruz extendido y enclavado
por redimir su pueblo del pecado.
Amen.

Capítulo
Sepultado el Señor, y dispersos los discípulos, la fe de la universal Iglesia
permanecía solo en la Madre del Señor.
R/: Gracias a Dios.

L/: Muerto el Hijo, la Madre preparada estaba con san Juan a cualquier
suerte
R/: O ya fuese de cárcel o de muerte.

Antífona: Oh Virgen sin pecado, la espada de la pasión de tu Hijo traspasó tu


ánima con toda aquella vehemencia que prometió Simeón lleno de espíritu
divino, cuando dijo en el templo: Ahora, Señor, dejas tu siervo en paz.

Cántico de Simeón
Ahora, Señor, dejas tu siervo en paz, según
la promesa de tu palabra;
Porque ya han visto mis ojos tu salud.
La cual aparejaste " á presencia de todos los
pueblos.
Y será luz para que sean alumbradas las gentes,"
y para gloria de tu pueblo Israel.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu santo.
Por los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: Oh Virgen sin pecado, la espada de la pasión de tu Hijo traspasó tu


ánima con toda aquella vehemencia que prometió Simeón lleno de espíritu
divino, cuando dijo en el templo: Ahora, Señor, dejas tu siervo en paz.
L/: Señor, oíd mi oración.
R/: Y llegue a tí el clamor de mi voz.

ORACIÓN: ¡Oh Virgen gloriosísima! por los sollozos y suspiros, indecibles


lamentos con que eran afligidas tus entrañas, cuando a tu Hijo unigénito,
consuelo de tu alma, le veías separado de tí y sepultado; vuelve a nosotros
desterrados hijos de Eva, que á tí clamamos, y suspiramos, en este valle de
lágrimas, esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro muéstranos
a Jesús, fruto bendito de tu vientre; y ayudándonos tus méritos, merezcamos
ser fortalecidos con los sacramentos de la Iglesia, morir en gracia, y ser
presentados misericordiosamente al eterno Juez; concediéndolo el mismo
Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que con el Padre, y el Espíritu santo, vive y
reina por los siglos de los siglos. Amen.

NOVENA
A MARIA SANTISIMA DOLOROSA EN LA MONTAÑA DEL
CALVARIO
ADVERTENCIA
En todo tiempo viene bien este gratísimo obsequio a Nuestra Señora para
obtener lo que se desea en cualquier pretensión del alma, o para bien del
cuerpo; mas el propio es comprendiendo en ella el viernes de Dolores. El día
que empieza, o a lo menos el que se acaba, se ha de confesar y comulgar,
aunque en ambos será bueno ejecutarlo. Todos los días de ella se ha de leer
algún libro espiritual, ya sea de la pasión de Cristo, o de Dolores de Nuestra
Señora, quien los tuviere y ya que no se hagan penitencias especiales, dense a
lo menos limosnas, y visítense los altares después de la Misa. Y por la
compasión de los tormentos del Hijo, y dolores acerbísimos de la Madre, sea
en su novena el mayor esmero de sus devotos huir cuanto en divertimientos,
conversaciones, empleos y mucho más, paseos, festines, etc., puede ser
ocasión de ofensa divina, aunque no sea grave; y hacer examen de conciencia
antes de acostarse. La meditación estos días debe ser el dolor que toca, según
la distribución que de ellos hace en la segunda oración, que es la que empieza
siempre: Tristísima y dolorosísima Virgen María, etc.

Puestos en la presencia de Dios, y de María Santísima Dolorosa, hecha la


señal de la cruz, se dirá:

Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador y Redentor mío,


infinitamente bueno, infinitamente perfecto: os amo sobre todas las cosas por
ser quien sois; y por ser quien sois me pesa, pésame, Señor, de todo corazón
de haberos ofendido, y propongo firmemente de nunca más pecar, y de
apartarme, con vuestra divina gracia, de todas las ocasiones de ofenderos,
confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta: os ofrezco mi
vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados: así como os lo
suplico, así confío en vuestra divina piedad y misericordia infinita me los
perdonaréis por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, por la
intercesión y Dolores de vuestra santísima Madre, y me daréis gracia para
enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio, y en el de vuestra
Dolorosísima Madre, y Señora mía, hasta la muerte. Amen.
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dolorosísima y purísima Virgen María, Madre del mejor Hijo, la más dichosa
y la más afligida de todas las madres del mundo, postrado a vuestros pies
imploro humildemente vuestra benignísima piedad, para que me alcancéis de
la divina misericordia de vuestro Hijo crucificado el favor que pido en esta
Novena, si ha de ser para gloria suya y honra vuestra: y si no, dirigid mis
inclinaciones y afectos, para que solo deseen y pidan lo que sea conforme a su
santísima voluntad y en obsequio vuestro. Amen.

En reverencia de los siete mayores Dolores que padeció María santísima se


rezarán un Padre nuestro y siete Ave Marías con Gloria Patri.

PRIMER DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que, siguiendo los pasos
de vuestro Hijo, afrentado con la cruz a cuestas por la calle de la Amargura,
llegasteis al monte Calvario, a donde os convidó, como á monte de mirra, el
Espíritu santo: os suplico humildemente, Señora, me alcancéis de vuestro
mismo Hijo una firme resolución de seguirle yo también con mi cruz,
imitando vuestra fineza, por el camino estrecho de la salvación, a donde con
ejemplos y palabras nos convida; y la petición que yo os hago en esta Novena,
para gloria
suya y bien de mi alma. Amen.

Aquí alentando la confianza en la protección de María santísima, pedirá


cada uno secretamente a Dios el favor que desea, y una buena muerte. Los
demás días se dice todo como el primero, excepto la oración propia del día.

SEGUNDO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, Madre natural de Dios, y Madre
singularmente nuestra, por especial y última voluntad de vuestro dulcísimo
Hijo, que adoptándonos desde la Cruz por herma nos suyos, en cabeza del
Discípulo más amado, os encargó que nos miraseis como á hijos, y a los
hombres que os amásemos como á madre; haced, Señora, con nosotros oficios
de madre dirigiendo a Dios todas nuestras obras, palabras y pensamientos;
alcanzadnos gracia, para que cumpliendo con la obligación de hijos de
vuestros Dolores, os acompañemos, sirvamos y reverenciemos, y el favor que
pedimos para gloria de Dios y honra vuestra. Amen.

TERCER DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que, puesta al lado de la
Cruz, en que estaba crucificado vuestro dulcísimo Hijo, mi amante Redentor
Jesucristo, le veíais padecer, agonizar y morir sin consuelo, porque no le
merecen nuestros pecados; volved, Señora, a nosotros vuestros piadosísimos
ojos, bañados en lágrimas, y compadecida del infeliz estado en que nos tienen
las culpas, alcanzadnos gracia para llorarlas con verdadero arrepentimiento y
lágrimas del corazón; y el favor que pedimos, si ha de ser para gloria de Dios
y bien nuestro. Amen.

CUARTO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que, entre la
muchedumbre de Escribas y Fariseos, que rodeaban a vuestro dulcísimo Hijo,
mi Señor Jesucristo, oíais las afrentosas palabras, injurias y blasfemias con
que baldonaban su divina inocencia, purificad, Señora, mis labios para que yo
le desagravie con amor; y oíd los suspiros de mi corazón, que dicen que es mi
Dios y Señor, suma santidad, suma bondad, suma inocencia, suma verdad; y
alcanzadme de su misericordia este favor que os pido, si ha de ser para gloria
suya y bien de mi alma. Amen.

QUINTO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que después de haber
entregado el espíritu al Eterno Padre en la Cruz vuestro dulcísimo Hijo, mi
Señor Jesucristo, cuando parecía haberse acabado los tormentos, visteis a un
soldado levantar la lanza y romper su santísimo costado hiriendo el amante
corazón del Crucificado difunto, bañadme, Señora, en esa sangre y agua, para
que se me parta el corazón de dolor de mis culpas: entradme por esa puerta a
la eternidad de la gloria; y alcanzadme de Dios este favor que os pido, si ha de
ser para gloria suya y bien de mi alma. Amen,
SEXTO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que al pie de la santa
Cruz estebáis viendo desclavará vuestro dulcísimo Hijo, mi Señor Jesucristo, y
recibisteis en vuestras manos la corona de espinas y los clavos bañados en su
sangre preciosísima, poned, Señora, esas punzantes espinas sobre mis ojos,
esos agudos clavos sobre mi corazón, para que yo sienta algo de lo mucho que
sentisteis, y vaya a la parte en vuestros Dolores, aborreciendo más que la
muerte la culpa, que fué causa de tantos males; y alcanzadme de vuestro Hijo
el perdón de todas las mías y el favor que os pido, si ha de ser para mayor
gloria suya y bien de mi alma. Amen.

SÉPTIMO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que después de haber
adorado y besado la corona y clavos de vuestro dulcísimo Hijo recibisteis en
vuestros virginales brazos su santísimo Cuerpo, mirad, Señora, esas heridas
que abrió la crueldad: mirad esa sangre que cuajó el aire: mirad ese Cuerpo
bellísimo que formó el Espíritu santo, ya al que no le conoceréis:
compadeceos de mí, para que, arrepentido de haberos ocasionado tanto dolor,
se deshaga mi corazón en llanto; y alcanzadme este favor que os pido, si ha de
ser para mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amen.

OCTAVO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que, anegada en lágrimas,
con ellas lavasteis el cuerpo llagado de vuestro dulcísimo Hijo, aplicasteis su
divino rostro a vuestro rostro purísimo, le ungisteis y amortajasteis para
conducirle al sepulcro, donde con él dejasteis vuestro amantísimo corazón,
dadme, Señora, licencia para que como criado el más humilde de vuestra
familia, acompañe yo el entierro de mi Señor; nunca me aparte de su sepulcro
el dolor de mis culpas; y alcanzadme de su bondad el favor que os pido, si ha
de ser para mayor gloria suya y bien de mi alma. Amen.
NOVENO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, ya queda vuestro
dulcísimo Hijo, mi Señor Jesucristo, sepultado, y Vos, Señora, os volvéis sola
sin la luz de vuestros ojos, y sin la vida de vuestro Corazón. Todos los
espíritus del cielo os acompañen ¡oh María Dolorosísima! a quien me pesa de
haber dado tantos quebrantos con mis culpas: yo he sido, Madre amantísima,
el malhechor; yo el cruel homicida que con ellas he quitado la vida a vuestro
Hijo santísimo. A vuestros pies me postro, porque me valga vuestra piedad; y
aunque he sido tan cruel contra Vos, en vuestra misericordia confío,
esperando, por los Dolores mismos que yo os he ocasionado, el perdón que no
merezco. Propongo, Señora y Madre mía afligida, firmemente la enmienda y
empezar nueva vida, para que me valga vuestro sagrado amparo, y por él logre
en vuestra compañía la eterna gloria, y el favor que os pido, si ha de ser para
mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amen.

DOLORES DE MARIA
¡O Virgen de la aflicción!
¡De dolor atravesada! De Simeón la profecía
Fa que sois nuestra Abogada, Fué vuestro primer dolor,
Alcanzadnos el perdón. Cuando dijo que seria
Perseguido el Redentor. A Jesús, vuestro consuelo,
Hijo a quien tanto queréis,
¡O Madre desconsolada! Con amargo desconsuelo
¡O Virgen de la Aflicción! En la cruz clavado veis:
La que sois nuestra Abogada,
Alcanzadnos el perdón. De Jesús prenda adorada
Seguís triste su pasión;
Anuncia el ángel glorioso La que sois nuestra Abogada,
Que a Egipto sin tardar Alcanzadnos el perdón.
Huyáis con Hijo y Esposo,
Virgen Madre singular. Por Jesús crucificado
Afligida suspiráis,
Así dejando frustrada Y la sangre del costado
De Herodes la intención. Apesarada miráis.
Ka que sois nuestra Abogada,
Alcanzadnos el perdón. ¡O Madre desconsolada!
Virgen prudente de Sion,
El niño Jesús perdido La que sois nuestra Abogada,
Vuestro pecho traspasó; Alcanzadnos el perdón.
¿Quién pudiera compungido
Seguir la que más amó. De la cruz ya desclavado
Tenéis a vuestro santo Hijo
¡O Virgen afortunada! En los brazos colocado
¡O Madre de protección! Contemplándole de fijo:
Ha que sois nuestra Abogada,
Alcanzadnos el perdón. Clavos, corona y lanzada,
Hieren vuestro corazón;
Al Calvario se encamina Ya que sois nuestra Abogada,
Jesús llevando el madero; Alcanzadnos el perdón.
Al verle, Madre divina,
Dolor sufrís lastimero. Y la justa recompensa
Que al Eterno se debía
Quedó su voz embargada Por nuestra tan grave ofensa
En tan dura situación; Solo un Dios pagar podía.
Fa que sois nuestra Abogada,
Alcanzadnos el perdón. Veis así, Virgen amada,
Cumplida la redención;
Ka que sois nuestra Abogada, ¡De dolor atravesada!
Alcanzadnos el perdón. Ya que sois nuestra Abogada,
Alcanzadnos el perdón.
¡O Virgen de la Aflicción,

SALVE DOLOROSA
Salve, Virgen Dolorosa, Abogada en el Calvario
Salve, de Mártires Reina, Os hizo vuestra clemencia,
Madre de Misericordia, Volvednos, pues, esos ojos,
Entre espinas Azucena. Que ellos son nuestras defensas.

Vida y dulzura derramas


En vuestras lágrimas tiernas, Y a vuestro fruto Jesús,
Y en esas perlas nos dais Grano muerto acá en la tierra,
Prendas de esperanza nuestra. Haced que en el Paraíso
Árbol de vida nos sea.
Dios te salve, á tí llamamos
Tus hijos, los hijos de Eva; ¡O Madre, toda piedad!
Pues en la cruz vuestro Hijo ¡O de los mártires Reina!
Á Vos por Madre nos deja. ¡O Madre, toda dolores!
¡O María, mar de penas!
Á ti tristes suspiramos
Llorando culpas y ofensas, Tu compasión, dulce Madre,
Que a tu Hijo fueron clavos, Ablande nuestra dureza;
Y a tu pecho agudas flechas. Y tu martirio nos logre
La palma y corona eterna. Amen.

EJERCICIO PARA LOS SIETE VIERNES DE CUARESMA


EN MEMORIA DE LOS SIETE DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA

Se practicará este devoto ejercicio, empezando cada viernes por el rezo de:

CORONA DOLOROSA
Por la señal, etc.

L/: Abrid, Señor, mis labios.


R/: Y mi boca pronunciará vuestra alabanza.

L/: Dios mío, atended benigno a mi favor.


R/: Señor, venid a mi socorro con presteza.
Gloria Patri, etc.

OFRECIMIENTO
Vengo a Vos, querida Madre mía, con el espíritu sediento de probar vuestros
dolores. Vengo a unir mi corazón al vuestro, deseoso de participar de los
afectos que llenan vuestra alma atribulada. No os busco aquí adornada con el
esplendor de la majestad con que os enriqueció el Señor, ni ceñida vuestra
hermosa frente con la corona inmarcesible del reino celestial. Hoy os
contemplo, Señora, bañada en amargo llanto, lacerado vuestro corazón por las
agudas espadas que lo atravesaron en la vida de Jesús, y llamando a mi
interior con aquella voz doliente y amorosa de la más afligida de las madres.
¡Oh Madre mía! no os abandonaré en la tribulación terrible en que os halláis.
Quiero sentir con Vos los dolores de Jesús; quiero llorar y suspirar con Vos, y
mezclar tiernamente mis lágrimas con las que Vos derramáis por causa mía.
Yo me complaceré, Señora, en la tristeza que anega vuestro espíritu:
aprenderé con Vos á resistirá las angustias de mi agitada vida, y en los
contratiempos, en las aflicciones, en los pesares que se digne enviarme la
Bondad divina, encontraré a vuestro lado y con el solaz de vuestras acerbas
penas, el consuelo que no sabe dar el mundo con todos sus placeres, y la
resignación de llorar tranquilamente en la presencia de mi Dios. Aceptad,
Madre mía amorosísima, esta voluntad con que me uno a Vos en los dolores
de la pasión y muerte de Jesús, y concededme la gracia de saberos agradar, y
aprovecharme en la meditación de vuestras amarguras. Alcanzadme
igualmente, que sepa conocer como es debido mis pecados: que sienta por
ellos el mayor de todos los dolores, y que persevere por siempre en la gracia
del Señor y en vuestra dulce amistad.
PRIMER DOLOR
Tristes y de presentimientos dolorosos fueron las palabras que os dirigió el
inspirado anciano. ¡Oh! ¡cuánto había de herirá vuestro sensible espíritu,
María, el anuncio de que Jesucristo os sería un motivo de tormento, y que una
espada de dolor atravesaría vuestra alma! Haced, querida Madre, que penetre
esta pena mi duro corazón, a fin de que llore mis pecados, que son la causa de
todas vuestras aflicciones.
Récese un Padre nuestro, siete Ave Marías, y un Gloria Patri.

SEGUNDO DOLOR
Tierno y todavía niño el buen Jesús, ya se ve perseguido por la saña de un rey
inicuo. Vos, Madre mía, tenéis que emprender una precipitada fuga para
librarle de las crueles asechanzas. ¿Qué mucho que, al considerar al Rey del
cielo fugitivo de las manos de sus enemigos, se llene de amargura vuestro
espíritu? ¡Oh! No permitáis, querida Madre mía, que, a semejanza de Herodes,
con mis culpas os obligue a apartaros de mi compañía.
Récese un Padre nuestro, siete Ave Marías, y un Gloria Patri.

TERCER DOLOR
Tres días anduvisteis, Madre mía, sin tener a vuestro lado a Jesucristo. Como
la esposa de los Cantares, embriagada de amor le buscasteis, con aquel afán de
una Madre que ha perdido al que nació de sus entrañas. Vos habíais perdido,
María, al mismo Dios; y tan amante suya como eráis, debía seros imposible
vivir sin la compañía del eterno Bien. ¡Oh, cuánto reprende a mi ingratitud
vuestro dolor, y cuánto dice a mi frio corazón cuando he perdido a Dios por el
pecado! ¡Oh Madre mía! Penetradme con la viveza de vuestro dolor, por las
pérdidas que he tenido de Jesús.
Récese un Padre nuestro, siete Ave Marías, y un Gloria Patri.

CUARTO DOLOR
A la vista de aquella humanidad tan abatida, viendo a Jesús castigado como un
criminal y llevando sobre sus espaldas la cruz en que había de morir, vuestro
pecho maternal se conmovió, Madre dulcísima, sintiendo toda la fuerza del
más intenso dolor. ¡Oh! ¡Cómo se cumplió aquí la profecía de Simeón! ¿Podía
haber espada más aguda que penetrase vuestra alma? Sí, Madre mía; más
duros son mis ojos y mi corazón, que no derraman con Vos amargas lágrimas.
Haced que, besando las pisadas de Jesús en el Calvario, y abrazando su
adorada cruz, extinga mis pecados.
Récese un Padre nuestro, siete Ave Marías, y un Gloria Patri.

QUINTO DOLOR
¡Cuántos motivos de aflicción encontrasteis, Madre mía, ¡en la cima del
Calvario! Los bárbaros judíos atravesaron el cuerpo de Jesús; y aquellos
clavos que penetraban la carne sacrosanta, herían al propio tiempo vuestro
amante corazón. ¿Por qué no han de mover también mi alma para crucificar
mis pasiones, los golpes del martillo que taladraron a mi Salvador? Haced,
Señora, Vos que sois tan poderosa, lo que hasta ahora no han obrado en mí los
tormentos de Jesús, y que merezca padecerlos con vos en la montaña.
Récese un Padre nuestro, siete Ave Marías, y un Gloria Patri.

SEXTO DOLOR
¡Qué triste había de ser, o tierna Madre mía, el contemplar a Jesús cubierto de
sangrientas llagas, y hecho cadáver amoratado y frio! ¡Qué terrible con traste
al estrecharle en tal estado en vuestro pecho, con aquel de su hermosura
infantil en que le habíais cubierto de besos y acariciado en sus primeros años!
¡Dulce María! Haced que la amargura de este dolor atraviese mi espíritu, para
que merezca mi alma ser recibida en vuestro seno en la hora de mi muerte, con
el amor con que recibisteis a vuestro difunto Hijo.
Récese un Padre nuestro, siete Ave Marías, y un Gloria Patri.

SÉPTIMO DOLOR
Duro había de ser a vuestra alma, el enterramiento de Jesús. Vuestro maternal
amor se hubiera complacido en derramar abundancia de lágrimas sobre aquel
cuerpo inanimado; pero la pesada losa os impedía el acercaros al objeto divino
de vuestra ternura. ¡Oh! ¡Qué pudiera yo a lo menos Madre mía, sepultando
mis afectos malos en un perpetuo olvido, hacerme digno de ser hijo vuestro,
con solaros en tan triste soledad, y merecer vuestro amor santísimo!
Récese un Padre nuestro, siete Ave Marías, y un Gloria Patri.
ACCION DE GRACIAS
Recibid, Madre mía amorosísima, la expresión de mi profunda gratitud, por
haberos dignado admitir me á la contemplación de vuestros dolores sacro
santos. Concededme, Señora dolorosa, que persevere siempre impresa en mi
corazón la imagen viva de vuestros sufrimientos; para que meditando en ellos
mis pecados, que fueron causan de tales amarguras, con un perfecto horror los
huya de mi alma y practique la virtud, a fin de agradará Dios y consolar
vuestro atribulado espíritu en la pasión de Jesucristo.

Récense tres Ave Marías en honor de las lágrimas que en sus Dolores
derramó la Santísima Virgen.

LETANIAS
Señor ten piedad de nosotros
Cristo ten piedad de nosotros
Señor ten piedad de nosotros 
Jesucristo, óyenos
Jesucristo atiéndenos
Dios, Padre de los Cielos
Dios Hijo, Redentor del mundo
Dios Espíritu Santo
Santísima Trinidad, que sois un solo Dios
 
Santa María, Ruega por nosotros
Santa Madre de Dios,
Santa Virgen de las Vírgenes,
Madre Crucificada,
Madre Dolorosa,
Madre lacrimosa,
Madre aflicta,
Madre abandonada,
Madre desolada,
Madre despojada de su hijo,
Madre traspasada por la espada,
Madre consumida por el infortunio,
Madre repleta de angustias,
Madre con el corazón clavado a la Cruz,
Madre tristísima,
Fuente de lágrimas,
Auge de sufrimiento,
Espejo de paciencia,
Roca de constancia,
Áncora de confianza,
Refugio de los desamparados,
Escudo de los oprimidos,
Vencedora de los incrédulos,
Consuelo de los miserables,
Remedio de los enfermos,
Fortaleza de los flacos,
Puerto de los náufragos,
Bonanza en las Borrascas,
Recurso de los afligidos,
Terror de los que arman celadas,
Tesoro de los fieles,
Vista de los profetas,
Báculo de los Apóstoles,
Corona de los Mártires,
Luz de los confesores,
Perla de las Vírgenes,
Consolación de las viudas,
Alegría de todos los Santos,
 
 
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
R/. Perdónanos Señor
 
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
R/. Atiéndenos Señor
 
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
R/. Ten piedad de nosotros, Jesús.
 
Oremos: Velad por nosotros, defendednos, preservadnos de todas las
angustias, por la virtud de Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Imprimid, Señora, vuestras llagas en mi corazón, para que en ellas recoja


dolor y amor: dolor, para soportar por vos todos los dolores, amor, para
despreciar por vos todos los amores.

L/: Rogad por nosotros, Virgen adolorida.


R/: Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

OREMOS: Oh Dios, que durante vuestra Pasión penetró una espada de dolor
el alma dulcísima de vuestra gloriosa Virgen y madre María, conforme lo
había anunciado Simeón: concedednos benignamente: que todos los que
devotamente recordamos sus dolores, consigamos los frutos dichosos de su
pasión. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Terminado el rezo de la Corona, se leerán devota y atentamente las


siguientes reflexiones:
PRIMER VIERNES

Y los bendijo Simeón, y dijo a María su Madre: He aquí que está puesto
para caída y para levantamiento de muchos en Israel; y para señal a la que
se hará contradicción: y una espada traspasará también tu alma, para que
sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones.
(Luc. II, -34,- 35.)

Ya llegó el feliz momento ansiado para mí; desde ahora, Señor, me entrego a
tu paz santa, pues que he visto el cumplimiento de tus promesas adorables. He
aquí que ya he gozado el placer dulce de ver ante mis ojos al que es salud del
mundo, aparejado por tu diestra a la faz de todas las naciones; luz que
desterrará las tinieblas del gentilismo, y dará gloria a tu pueblo. Así cantaba el
anciano Simeón al recibir de manos de María el niño Dios: cantaba las
grandezas, la infalibilidad, la bondad del Criador; cantaba las delicias que
estaba recibiendo con la vista del Salvador del mundo; cantaba a un tiempo el
honor de la Madre que lo había concebido, la felicidad de las naciones en cuyo
bien se había así humillado, y la destrucción del imperio de Satán. Mas ¡pobre
Madre! Aguarda, aguarda otro momento, y en breve los cantos de alabanza se
trocarán en crueles vaticinios que destrozarán tu tierno espíritu.

Oigamos: “Este hijo, añade, que acabas de ofrecerá Dios, puesto es para ruina
y para salud de muchos; á él asestará sus tiros bandados de enemigos, y una
espada de dolor traspasará tu espíritu” Mejor que Simeón sabia la Señora
todos los tormentos que su corazón estaba destinado a soportar; pero ¡qué! ¿no
tiembla por ventura la esposa atormentada de continuo por la idea de partida
del es poso guerrero, al percibir palabras que recuerden sus pesares?

María quería entrañablemente a Jesús; sabia la dignidad inmensa de aquel


tierno Infante; y Ella, que adoraba con ardor a Dios, hubiera dado su vida para
borrar las culpas que debían ocasionar su muerte: Ella, que amaba con pasión
al Hijo, toda su sangre habría derramado muy gustosa para librarle de la
muerte y sus padecimientos. Bien sabía que todo se había de cumplir: el
sacrificio estaba comenzado ya, y debía terminarse; más Ella tenía un corazón
sensible, y era fuerza padecer. Simeón abrió en el alma de María la primera
herida de cuantas recibió en la vida de su Hijo: ¿porqué, pues, no le dice: yo
traspaso tu corazón
con la espada del recuerdo, en vez de las expresiones con que aplaza el dolor a
una época todavía no llegada?

No era María, así como las demás criaturas; no era que su imaginación le
representara los tormentos futuros de su Hijo con aquellos colores vivos y
extremados que el amor, y amor de madre, suele acrecentar; no era que
estuviese su mente fascinada augurando un mal fantástico; no era que la
realidad de los tormentos futuros que Jesús había de sufrir, fuesen menores de
lo que imaginaba. Su alma iluminada veía claramente la vehemencia de
padecimientos que el Señor le reservaba. Vista profética, que removida,
digámoslo así, por el anciano, la hizo presentir los dolores venideros: ved ahí
su dolor actual, su dolor primero: recepción de los mismos a su debido tiempo
por María, ved ahí la exactitud de las palabras del profeta de la nueva Ley.
Cuantos dolores padeció María antes de la Crucifixión, todos se encaminaban
a esta; eran como un preludio de los horribles martirios del Calvario;
disposición que solo debía servir para acrisolar más y más las excelsas
virtudes de María, porque solo la gracia era quien le debía conservar allí la
vida, para poder sufrir al pie de su Hijo amado. La vida de Jesús se dirigía
únicamente al sacrificio de la Redención; a ella tendían los actos todos de su
naturaleza humana: la Madre de Jesús, que debía acompañarle y recibir su
aliento postrimero, debía como él referir también al término de la Redención,
todas sus acciones, sus afectos, sus dolores.

Ha llegado ya el tiempo de penitencias y de lloros: él nos conducirá por grados


a la contemplación del suplicio de la cruz. Si queremos encontrar allí a María
anegada en un mar de quebrantos que no nos será dable concebir, sigámosla
en las penas que sufrió por motivo de aquella tan sublime, ya que todos somos
causas criminales. Sigamos a María: y en su primer dolor compadezcamos a
una Madre la más santa, que recibe de la boca de un justo del Señor el terrible
vaticinio de sufrir espada de amargura en su corazón amante, por oprobios
prodigados a su Hijo... y un hijo cual Jesús.

SEGUNDO VIERNES

“He aquí que un ángel del Señor se apareció a José, y le dijo: Levántate, y
toma al niño y a su Madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te lo
diga. Porque ha de acontecer que Herodes busque al niño para matarle.
Levantándose José, tomó al niño y a su madre, y de noche se retiró a
Egipto: y permaneció allí hasta la muerte de Herodes; para que se
cumpliese lo que había hablado el Señor por el Profeta, que dice: de Egipto
llamé a mi Hijo.” (Mat. II—13, 14, 15).

Dormía Jerusalén la noche que siguió al día cruel de amargos vaticinios para
la Virgen Madre. Jerusalén dormía: y su rey conmovido estaba en agitada
vela, tramando en su alma negra el horrible infanticidio que llenó de terror a la
Judea, y de escándalo a las gentes. Duerme, duerme, ciudad incauta, mientras
que en tu seno se agita la víbora infernal de maldecida envidia; duerme, que al
despertar de tu pesado sueño encontrarás el germen ponzoñoso del deicidio
profundamente oculto en tus entrañas, de las cuales un día brotará el más atroz
crimen que vieron las naciones y los tiempos. Entre tanto, María y José
también dormían, y dormía Jesús. Velaba empero por su bien el Padre Eterno,
y envió un mensajero al Patriarca para avisarle en sueños del peligro que en
breve correrían, y ordenarle su partida hacia el Egipto: «Levántate, le dijo:
toma al niño y a su madre, huye a Egipto, y permanece allí hasta que yo te
avise: porque ha de acontecer que Herodes busque al niño con deseo de
matarle.» Levantase José apesadumbrado: llama a la Virgen, y al comunicarle
las órdenes del cielo, le suplica se disponga para emprender su viaje en el
momento.
Las negras sombras de la noche cubren la faz de la tierra: la helada brisa del
invierno penetra hasta lo íntimo del corazón humano, cuando los tres fugitivos
parten azorados de aquella ciudad cruel que persigue a su Dios ya en el
instante mismo en que posa sobre ella sus adorables pies: de aquella ciudad
misma que goza el envidiable privilegio de poseer el solo y santo templo
consagrado al verdadero Dios, y que es, no obstante, la primera en rechazarle.
Caminan por vías desconocidas e inseguras; por sendas y veredas casi ocultas
a la vista: y el miedo que corría en pos de ellos les impidiera reconocer el sitio
en que fijaban sus plantas, aun cuando mil y mil veces lo hubiesen recorrido.
María, pobre joven de diez y seis abriles, hechos sus pies a pisar los mármoles
del templo, su corazón avezado a respirar la dulce y encantadora paz del
santuario, sus labios tan puros que solamente se abrían para alabar al Criador
del mundo, para cantarle himnos de gratitud y súplicas por la venida del
Mesías y por la salud de los pueblos, cuyos ojos siempre tranquilos se
elevaban al cielo en ademan de reconocer las gracias que recibía de continuo y
con tanta abundancia, veíase obligada entonces a trepar por cerros pedregosos
y resbaladizos; sus tiernos brazos cargados con el precioso tesoro de Jesús, su
corazón agitado palpitando por el temor de perderle, y rogando ardientemente
al Señor que la animara con su divina fuerza para conducirle a salvación.
Volvía acá y allá su vista vagarosa; ya la subía confiada girándola a los cielos,
ya con resignación la bajaba dolorida para ocultarla entre sus bellos párpados.
Ningún consuelo, ningún lenitivo se ofrecía a María en medio de tanta pena;
circunstancia que distingue notoriamente sus dolores todos. Si mira a Jesús, le
ve tiritando de frio, temblando su cuerpecito desde los pies a la cabeza; si se
vuelve a su esposo, le encuentra contemplándola con semblante cubierto de
amargura; si al camino, su mismo afán por ocultarse aumenta las malezas; si al
cielo visible, si a los elementos, se halla en todo el rigor de la estación más
cruda; y nada, nada ve en su alrededor que la consuele; ni aun su propio Hijo:
pues que, a pesar de ser Dios, él era cabalmente el objeto de todas sus
angustias.
Descansando la Familia sacra durante la luz del día, y adelantando camino por
la noche, llega por fin a aquellos desiertos arenales del Egipto que abrasan de
sed al viajero y le exponen al peligro de ser víctima de las fieras acosadas por
el hambre. ¡Qué de nuevas amarguras se preparan para el alma de María!...
Diríjanse tras largas fatigas á Heliópolis; los ídolos que adoraban los gentiles
se rinden a la presencia del verdadero Dios; y al romperse a pedazos contra el
suelo, atestiguan en medio de una gente idólatra hacia ellos, la grandeza de
Aquel que se alejaba de su pueblo querido, pero ingrato. Los tres forasteros
fijan su estancia en Matarife, pueblecillo situado muy próximo al primero.

Aquí la santa Virgen invocaba sin cesar al Dios de sus hermanos en la fe; aquí
gemía atribulada en un país infiel que ofendía el santo nombre de Jehová, y
aquí mismo supo la matanza ocasionada en la Judea por la rabia del infame
Herodes.
¡Oh! ¡Cuánto sufriría su corazón de Madre con la representación de los
dolores que debían padecer las infortunadas cuyos hijos fuesen víctimas de tan
feroz decreto! Tiempo de martirio continuado fué para el espíritu sensible de
María el espacio de seis meses que permaneció en Egipto. Mas el Señor, que
iba acrecentando sus dolores quiso por fin dar término al destierro, «cuando
habiendo muerto Herodes envió su ángel en sueños a José, y le dijo:
«Levántate; toma al niño y a su Madre, y vuélvete a Israel; porque murieron
ya los que querían dar la muerte al niño.»

VIERNES TERCERO

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en el día solemne de la
Pascua; y cuando Jesús tuvo doce años fué con ellos, según la costumbre
del día de la fiesta. Pero acabados los días, cuando se volvían, se quedó el
niño Jesús en Jerusalén sin que sus padres lo advirtiesen; los cuales
creyendo que estaba con los de la comitiva, anduvieron camino de un día, y
le buscaban entre los parientes y entre los conocidos; y como no le hallasen,
se volvieron a Jerusalén, buscándole. Y aconteció que tres días después le
hallaron… y le dijo su Madre: Hijo: ¿por qué lo has hecho así con
nosotros? Mira como tu padre y yo, angustiados te buscábamos.
(Luc. II. 41 - 48.)

La triste profecía de Simeón íbase cumpliendo exactamente sobre el alma de


María. Doce años apenas trascurridos desde su vuelta a la patria, experimentó
la Señora una de aquellas penas que hieren con mayor viveza a un corazón
sensible. Si allá en Jerusalén estremeció su espíritu el oráculo del cielo, si en
la fuga del tirano Herodes el temor la acompañaba hacia el Egipto, era en
cierto modo mitigado su dolor por el objeto de toda su ternura, a quien
sostenía entre sus brazos.

Pero llegó la hora en que debía sufrir sola, sin aquel único consuelo que era
toda su vida; y el Señor que cada vez la dejaba percibir dolores mas agudos,
quiso que comenzara a probar el terrible martirio de una separación amarga.
Fiel en cumplir los preceptos de la ley, la Madre de su Dios fué por la Pascua
al templo santo de Jerusalén. Jesús, modesto y sin distinción alguna, vino
acompañado de sus jóvenes parientes; y la Virgen, confiada en que se uniría
igualmente á ellos para el viaje de vuelta, descansó en el mutuo amor que les
llevara al Señor. Hecho ya el camino de jornada, busca María a su Dios; llama
con la voz de los Cantares: «Habéis visto a aquel a quien adoro? sus cabellos
son rubios como el sol: sus ojos vivos y penetrantes: su andar indica la
majestad, y todo él no es más que una representación suave del amor divino.»
José, le dice a su esposo; ¿y en dónde está mi Hijo? ¡Ay de mí! contesta el
varón justo: ¿y en dónde está Jesús?

Y esa duda, esa incertidumbre de José aumentando su angustia, penetra como


espada de dos filos el alma de la Virgen María, había perdido a su Dios; y
¿cómo no sentirlo? María, había perdido a su Hijo; y ¿cómo no llorarlo?
Parece que María, conociendo la excelsa dignidad, la divina inteligencia de
Jesús, no debiera temer por su vida ni por otro accidente que pudiese dañará
un niño común; y aun podemos decir, que, atendido el espíritu profético de
María, no era el temor de tales peligros lo que daba a la Virgen su aflicción.
Todavía no era llegada su hora. La Madre del Señor había dado a Jesús la
existencia con la suya propia; era carne de su carne, y sangre de su sangre: su
amor de Madre, levantado al más alto grado de perfección en una pura
criatura, no podía soportar su ausencia. Si Jesús necesitó, en cierto modo, la
vida de María para formar la suya, la vida de Jesús fué, desde su nacimiento,
necesaria para conservar la vida amorosa de su Madre.

¡Cuán grande será pues su amargura al perder en un momento al que es todo


para ella, al que es su amado Hijo! Miraba la Señora en aquel niño, a un Dios
como su Padre celestial. Y amaba a Dios; y le amaba tanto, que todas sus
aspiraciones eran agradar a Dios. Pero le pierde; y siendo el objeto de su amor
superior sin medida al perdido José, aumenta inmensamente su tristeza, sobre
la que recibió Jacob. Sin Dios, esta alma cándida no puede hallar con suelo:
bajaría al sepulcro resignada, antes que arrastrar una existencia que vagara
lejos de aquel que es la vida del espíritu. La Virgen santa se olvida de sí
misma, desde
el momento que experimenta la ausencia de su Hijo Dios. Corre desolada, con
la palidez de la muerte en el semblante; no atiende a otra cosa que buscará
Jesús; deja el lugar en que se encuentra con la comitiva, y saltando, y
tropezando contra los terrones del camino de Jerusalén, se dirige otra vez
envuelta entre sollozos a la ciudad santa. José la seguía silencioso. La
oscuridad de la noche aumentaba el terror y la angustia de su soledad.

¡Oh! cuán cierto es que el Señor quiere pasar por el crisol de la aflicción á las
almas que son amigas suyas! ¡Cuánta verdad es que pretende purificarlas con
la pena y la contradicción acá en el mundo! ¿Quién diría que aquellos dos
esposos, que a manera de criminales fugitivos corren sin descanso en lo más
negro de la noche, son las dos almas a quienes Dios estima más sobre la
tierra? ¿Quién diría que aquella agitación que les conmueve, toda es hija del
amor de Dios? Caminan sin dirección determinada. La brisa que agitaba las
ramas en torno suyo, representaba tal vez un suspiro del amado Hijo; y María
azorada, se para, escucha, indica el silencio y la inmovilidad a José, y
reconoce ser una ilusión de su hermosa fantasía. Sus mismos pasos resonando
a lo lejos les obligaban a dar mil torcidas vueltas, creyendo percibir los pasos
agradables de Jesús. ¡Eran tan semejantes las pisadas de María con las de su
Hijo! Ambos se movían tan solo por ¡vanas pesquisas!

Ningún rastro, ninguna señal, ningún indicio les descubre el paradero de


ansiado Niño, hasta que una sublime inspiración del cielo les conduce al
templo santo. Penetran rápidamente animados por la esperanza, y quedan
pasmados al observarle entre los ancianos y doctores de la ley, que pendientes
de sus labios soberanos recibían raudales de sabiduría y luz para enseñarles su
divinidad. La Virgen no pudo contener en su pecho la aflicción pasada, y la
comunicó en una tierna queja a su adorable Hijo. «¿Qué, no sabéis, contéstale
Jesús, que en las cosas de mi Padre conviene que esté yo? Y María guardaba
todas estas cosas, confiriéndolas en su corazón.
VIERNES CUARTO

Jesús, llevando su cruz a cuestas, salió para aquel lugar que se llama
Calvario, y en hebreo Gólgota. Y le seguía una grande multitud de pueblo, y
de mujeres, las cuales lo plañían y lloraban.
(Juan. XIX, –17 y Luc. XXIII, –27.)

Ya llegó la hora. El infierno se complacía en atormentar al Justo de los justos,


desde que la divinidad escondida y como puesta en suspensión por el amor,
dejó a los judíos que descargaran su ira sobre el Salvador del mundo. Azotes,
salivas, escarnios, calumnias, una corona de agudas espinas, todo fué poco
para apagar la sed de sangre que secaba el corazón de aquellos tigres. Era
preciso que sorbiera hasta las heces el cáliz de amargura; y cual otro Isaac,
debía Jesús por sí mismo llevar al punto destinado, la leña para el sacrificio.
¡Aquel que con un dedo sostiene la gran máquina del globo, se vió aplastado
bajo el peso de la cruz!

¿Qué espectáculo de mayor tristeza podrá ofrecerse a nuestra vista? Un cuerpo


extenuado por los sufrimientos, abierto por los azotes, débil por la angustia y
los sudores mortales de Getsemaní, ¿cómo no se abatirá debiendo arrastrar el
madero de salvación y muerte? ¿Qué corazón podrá resistirá su amargura?
Extinguidas en torno de Jesús las fuentes de piedad, no había para él otra cosa
que despecho y rabia. Los infames verdugos tiraban de una cuerda para darle
tortura en vez de ayuda; y vomitando blasfemias que en breve se convertían en
castigos, prorrumpían en satánica risa a cada suspiro que despedía la víctima
para su salud.

Jerusalén, aquella ciudad predilecta, se había levantado en masa contra Dios;


bandadas de infelices corrían buscando al Profeta para saludarle con brutal
sonrisa, y los buenos que en número muy corto se encontraban allí, no se
atrevían a presentarse en público, y menos todavía á socorrerá Jesús. Una
mujer empero, a quien su dolor extremo anima para vencerse a sí misma,
desafiando a la muerte penetra por entre la nube de enemigos y se dirige al
penado. La multitud azorada se pasma ante aquella imagen sublime de
abnegación y valor. Era su frente hermosa, y expresaba tanta pena, tanta
amargura, tanto interés por Aquel que iba a morir, que más de una lágrima
arrancó de aquellas turbas curiosas y faltas de sensibilidad. Era María, que no
pudiendo permanecer encerrada mientras su Hijo caminaba en busca del bien
ajeno, sale a buscarle. Subiré a la montaña de la mirra, dice con los Cantares:
y siguiendo el reguero de la sangre que derramaba a su paso el Cordero sin
mancilla, le encuentra en la puerta Judiciaria, bien otro de lo que poco antes
era su semblante.

A la vista de Jesús la Virgen candorosa retrocede un paso horrorizada; le mira


fijamente; y como si dudara de la realidad de aquella transformación
sangrienta, busca por entre el polvo y la sangre cuajada las divinas facciones
que tantas veces contempló extasiada. Solo su amor de madre pudiera
reconocerá Jesús, quien al sentirla a su lado cubierta de aflicción la dice:
¡Madre mía! ¡Oh! ¡Madre mía! Madre de aquel hombre aborrecido; Madre de
aquel ser humillado, Madre de aquella viva llaga que iba a subir al Moria para
inmolarse en favor de sus verdugos.
La Madre santa comprendió todo el valor de aquella expresión corta y
sublime; y conformándose con las disposiciones del Padre celestial, ni una
sola queja dejó escapar de sus labios. Esta calidad estimable de Madre de su
Dios, la obligaba a estar a su lado, a compartir con él sus dolores, a animarle,
digámoslo así, con su presencia, para sufrir con valor. Era su oficio de madre.
Su tierna compasión hubiera deseado cargar sobre sus hombros la pesada cruz
del Hijo. ¡Es tan consolador para una madre quitará costa suya la aflicción del
Hijo a quien estima! Pero a María, ni aun este solaz de padecer le estaba
concedido. Había de probar, sí, el mismo sufrimiento que el Redentor del
mundo; más todas las angustias debían aglomerársele en el corazón, sin que
tomara en ellas ninguna parte el cuerpo. ¡Tan acrisolada quería el Señor el
alma de aquella pura
criatura!

Ver a Jesús cubierto de oprobios, caminar con dificultad y apartarse de sus


ojos para llegar a la muerte, ¡oh! era un tormento insufrible para su corazón
amante; y aquella voz apagada y tremulenta que vino de repente a herirla con
la rapidez del rayo, la recordó en un momento los días de placer en que le oía
con entusiasmo, y la tristeza de aquella escena de crímenes bajo cuyo imperio
estaba dominado el que la profería. Sus fuerzas casi extinguidas por la
tribulación la abandonaron; y hubiera caído exánime, fría contra la tierra, a no
haber corrido a sostenerla el discípulo más fiel. ¡Oh! Y cuanto mereció María
el dictado de ¡Madre de Dolores!

VIERNES QUINTO

Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar


llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y
con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Junto a la cruz de
Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás,
y María Magdalena.
Jn. XIX, 17.

Una montaña aislada de la ciudad santa, el monte de las Calaveras deja su


monotonía, olvida que es el lugar de los muertos, y de repente se convierte en
mansión agitada de los vivos. Jerusalén va a quedar abandonada, porque todos
sus hijos se dirigen al Gólgota. ¿Qué nueva tan extraña es la que llama tanto la
atención? Es que va á ejecutarse un castigo horrible, es que va a cometerse un
grande crimen, es que ese crimen atraerá la maldición de Dios, y quiere Dios
amontonar testigos de su justicia vengadora. Los sacerdotes malos de una Ley
santísima; los doctores ciegos y los depositarios inicuos de la justicia humana,
reúnen junto a sí una turba armada; y desviándola servilmente del sendero de
la verdad, la conducen al deicidio.

Llegados a la cima fatal se agrupan a millares los espectadores para


contemplar de cerca al Criminal; y aquellos pechos en que no ardía otra pasión
que el odio, lejos de llorar ante el hombre de dolores, olvidan sus beneficios, y
claman rabiosos: Muera, muera… Un ronco sonido, que partiendo del sitio de
la escena resonaba por las hendiduras y se prolongaba con horror por la
montaña, vino a herir el alma de María. La Madre de Dios adivinó la causa; se
desprende de los compañeros de dolor, y parte azorada en busca de su Hijo.
¡Ah! La primera imagen que se ofrece a su vista, es el cuerpo de Jesús que
colgante de un madero se destacaba por cima de las oleadas furiosas de
enemigos. Inclina con resignación su noble frente; y animada por la misma
violencia del dolor, penetra con firmeza hasta el ara santa. Atravesando la
tierra, la sangre del Salvador venía a regar la testa carcomida de Adán.
La Virgen contempla amargamente aquel espectáculo de consternación y luto;
levanta su vista al cielo que parece insensible a tan atroz delito; mira a la tierra
como azorada al sentir la humedad del divino licor que la revelaba el deicidio,
y las almas de su gente secadas por la fría ingratitud. Oye a Jesús clamar al
Padre eterno por el abandono triste en que se encuentra; y su corazón benigno,
que se complacía en derramar el bien, se parte de tristeza sin poder prestar
auxilio a aquel Hijo amado y moribundo. Estar junto a la cruz del Salvador, y
contemplarle en agonía sin serle permitido acercar a sus labios ya morados
una gotita, una sola gota de confortable bálsamo, ¡oh! era para la Señora un
dolor horrible.

Desde que el Hijo santo se encarnó en su seno, la amable nazarena se


conformó gustosa al decreto de muerte que había de dar vida al mundo; y esta
privación pudiera efectuarse, recibiendo a lo menos el ingrato consuelo de
cerrarle sus ojos por la vez postrera. Mas debía también Ella apurar hasta las
heces el cáliz del dolor, y aquel consuelo hubiera sido un lenitivo del que no
podía gustar en el momento supremo. Dios la quería Corredentora del hombre;
y cuando llegaba la inmolación cruenta de la Víctima divina, la inmolación
incruenta en el corazón de la Madre-víctima debía asemejarse en un todo a la
del Redentor.

Aquel abandono de toda consolación sensible, colmaba la aflicción de


entrambos. Cuando perdidas ya todas las fuerzas humanas de Jesús, hubo
llegado la hora de dar término a los tormentos y de sellar la reconciliación del
hombre con Dios, la naturaleza entera se resintió de aquella espantosa
medicina del pecado. Casi la hora de sexta, la tierra se cubrió de densísimas
tinieblas que la ennegrecieron por espacio de tres horas. El sol perdió su
resplandor, negando así su luz a los malvados que asesinaban a Cristo. El velo
del templo ostentó su dolor rasgándose de arriba abajo; las piedras
retemblando se partieron con estrépito, y levantándose con furia las losas que
cubrían los sepulcros, dieron paso a los que estaban muertos, y se levantaban
otra vez animados para atestiguar el crimen de los vivos. Muere Jesús.
Y el Centurión al encontrarse en aquella revolución de los elementos, al
contemplar aquella muerte amorosa, al triste y atribulado Jesús espirando
entre tormentos y rogando con fervor por sus verdugos, al observar el poder de
aquel Dios, y su majestad ostentada en tantos y tan extraordinarios sucesos,
levanta su voz y exclama compungido: «Verdaderamente, este era Hijo de
Dios.» Todos
los soldados, todos los que habían ascendido a la cumbre mortal con frenesí,
batían sus pechos aturdidos y corrían azorados por la grandeza de aquella
manifestación del cielo. Solo María, abismada en su dolor, permanecía muda,
estática, insensible a todo cuanto se agitaba en torno suyo. ¿Qué le importaba
la revolución de un mundo, si perdía a su Hijo? ¿Podía caber mayor angustia
que la que entonces torturaba su espíritu?

VIERNES SEXTO

Cuando hubo muerto Jesús, José de Arimatea, que era discípulo suyo,
aunque oculto por miedo de los judíos, rogó á Pilatos que le permitiese
quitar de la cruz el cuerpo de Jesús. Permitióselo Pilatos, y viniendo, lo
desclavó en efecto, y lo quitó del madero. Y la Sumamitis (esto es, María,)
afligida sostuvo en su regazo y en sus rodillas el cuerpo de su difunto Hijo.
(Jn. XIX,38)

¡Qué rápida transformación se experimenta en el Calvario! ¡Qué escena tan


diversa presenta aquella cima sacrosanta! ¿En dónde están los bárbaros
sayones que atropellaron a Cristo? ¿En dónde están los verdugos que acabaron
tan cruelmente con su vida? Satisfecha hasta el colmo su venganza, se
apartaron del lugar del suplicio al espirar Jesús, dejándole enclavado sin
cuidar ni siquiera de darle sepultura. Pero estaba ya cumplida la misión del
Salvador sobre la tierra; y aquel sagrado cuerpo, que poco ha era objeto de
todos los oprobios, no debía sufrir más los insultos que había recibido hasta su
postrera hora.
Todo estaba cambiado en torno de Jesús. Al bullicio, al clamoreo infernal de
las turbas seducidas, había sucedido el silencio de la muerte; a la multitud
agitada en la montaña, un grupo de hombres y mujeres que adoraban con ardor
al hombre Dios: a las torpes blasfemias que se levantaban en contra de él,
tiernos sollozos de una triste madre, inconsolable en amigos y amigas que le
acompañaban en su dolor mismo. Mas ¡ay! ese dolor que fuera irresistible a la
sola fortaleza humana, debía todavía acrecentarse más. José, varón discreto, y
Nicodemo, vinieron con licencia de Pilatos para descolgar el cadáver de su
Maestro y acondicionarlo como era debido. La Virgen estaba presente cuando
el descendimiento de la cruz, y bien que a despecho de aquellos que la
amaban, fué depositado el santo cuerpo en sus brazos maternales.

Por viva que fuese la idea que tenía formada la Señora de las penas de su Hijo,
aquella contemplación inmediata de las señales del tormento, reabrió la
tribulación en su pecho angustiado. ¡Oh! ¡Qué amargos recuerdos despertaría
en su alma aquella figura desconocida del más bello entre los hombres! ¿Tú, le
diría afligida, tú eres Aquel en quien yo miré un día la imagen de mi Dios?
¿Tú eres Aquel que en tu mano tuviste la virtud omnipotente del Criador? ¿Tú
eres Aquel que se encarnó en mi seno para dar la vida al mundo? Y era preciso
para el sacrificio, ¿qué perdieras el suave atractivo que depositó en ti tu eterno
Padre? ¡Ay de mí! ¿Qué se han hecho aquel sonrís gracioso que regocijaba el
alma, aquellas tiernas caricias, aquella impresión dulcísima de tus labios
divinos en mi frente? Se huyó el placer de tú semblante, y tu boca indica la
inmovilidad y el color de la muerte. Yo te estrechaba un día entre mis brazos;
yo cuidaba con esmero tu tierno cuerpecito; yo alejaba de tí cuanto podía
ofenderte, y ahora no encuentro un lugar que no esté destrozado por las llagas.
El sol se complacía en dorar tu rubia cabellera ocultando sus gracias en las
tuyas, y rindiendo en tu presencia su belleza; más ahora confundidos por el
polvo, la sangre, y las salivas, tus cabellos no guardan ya su natural encanto.

Busco en tus ojos aquel mirar sublime que inspiraba virtud y amor del cielo;
mas ¡ay! veo perdida su claridad hermosa, y aquella expresión de bondad que
revelabas en todas tus miradas. Y esos pies que andaban de continuo en busca
de la oveja descarriada; y esas manos que se abrían solamente para derramar
el bien por todas partes, ¡oh dura ingratitud! hoy traspasados por los clavos no
semejan otra cosa que una masa de carne ensangrentada. Vosotros, continua,
vosotros que pasáis por el camino de la vida; vosotros que os halláis en este
mundo de tribulación y llanto, decidme: ¿podréis encontrar un dolor semejante
al dolor mío? Yo tenía un Hijo a quien amaba con amor de madre; y él me
quería a mí, como estima un hijo, y con amor de Dios. Pero amaba al hombre
con amor de Redentor; y ese amor vuestro venciendo a su amor filial, hizo que
quisiera destrozar mi espíritu para salvaros a todos. Yo le contemplo muerto, y
esas llagas sangrientas atestiguan el crimen que le arrancó la vida; ¿y amaréis
aun la culpa que es la que mató a un Dios?
Así esta Virgen desolada revolvía en su espíritu los ayes lastimeros de su
angustia. No hay dolor comparable al que sufría en aquel momento la Madre
del Señor. Su corazón sensible estaba agitado por una de aquellas borrascas
terribles que remueven cuanto se encuentra al paso; pero que nada destruyen,
para atestiguar con los restos la furia que todo lo arrastró. Mil y mil recuerdos
se empujaban en la mente de María. Aquel angustioso fué se presentaba ante
el
ser actual de su Hijo, y todo cuanto observaba en él no hacía más que
acrecentar sus penas. ¡Si a lo menos en aquellas tristes llagas, si en aquellos
raudales que brotaron de sangre preciosa hubiera podido ver salvados a los
hombres todos! Pero sabia cuán grande había de ser la ingratitud: comprendía
con aquella mirada que atravesaba los tiempos, cuantos millares de almas
perderían el fruto inestimable de la Pasión divina: y ese pensamiento amargo
en aquel acto solemne en que estaba toda poseída de la gravedad de las penas
de su Hijo, penetraba su espíritu con una de las más agudas espadas que probó
en el discurso de todos sus dolores.
VIERNES SÉPTIMO

Tomaron el cuerpo de Jesús, y lo ataron en lienzos con aromas, así como


los judíos acostumbran sepultar. Y en aquel lugar en que fue crucificado,
había un huerto; y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual todavía no
había sido puesto alguno. Allí pues, por causa de la Parasceve de los judíos,
porque estaba cerca el sepulcro, pusieron a Jesús.
(Jn. XIX, 40, 41 y 42)

El cuadro final del sangriento drama que pasó por el corazón de María fué una
escena de quietud y mudez. Lejos del lugar terrible del tormento, las turbas
descansaban de la fatiga que llevó consigo el deicidio; y solo un puñado de
gente rencorosa buscaba a despecho de todos los milagros ocultar la divina
misión de Jesucristo. Acuérdate, le dicen a Pilatos, que aquel impostor dijo
mientras aun vivía, que después de tres días de su muerte volverá resucitado
entre nosotros. Pon a guardas a su sepulcro; no sea que viniendo sus discípulos
lo llevaran consigo, aparentando que salió resucitado... Y pusieron centinelas
frente al lugar en que reposaba el cuerpo santo, sellando atentamente la losa de
la entrada. ¡Ay! Aquella piedra oprimió terriblemente el pecho angustiado de
María. ¿Quién podrá explicar lo que pasaba en aquel corazón sensible? Su
triste soledad, su imaginación destrozada por los sucesos pasados, el silencio,
la inmovilidad y las lágrimas de los pocos que permanecieron a su lado a pesar
de la tormenta, todo aumentaba en la Madre de Dolores la acerbidad de su
aflicción.

La Señora de todas las naciones, la canta Jeremías en sus Threnos, ha quedado


solitaria y como viuda. Una sola es la compañía que anhela de continuo su
alma bella. Privada de su Dios todo es seco, árido, sin vida para aquella que
acostumbraba a tratar al mismo Dios familiarmente. La dura losa que se
interpone entre Jesús y ella la deja en soledad, semejante a la viuda que llora
la muerte de su esposo. Quedó tributaria la princesa de todas las provincias.
La que llevaba en sí la misión alta de calmar las angustias de su pueblo, la que
debía sosegar la pena de sus hijos y enjugar con amor todas sus lágrimas,
rinde el tributo que le impone su condición humana, y abarca en su corazón
las amarguras que debía luego endulzar en sus hermanos. Los caminos de Sion
están de luto. Rególos el Cordero con su sangre, y esta sangre recuerda a la
cándida Paloma un delito que han consumado aquellos hijos suyos para
quienes ofreció al Eterno el adorado Hijo que se encarnó en su seno. Toda su
hermosura desapareció de la hija de Sion. Tantas penas, tantas tribulaciones
cargaron de repente sobre la triste Virgen, que extinguieron el carmín de sus
mejillas, cubriendo su semblante de una palidez mortal. Si en el estertor
cruelísimo de la agonía de Jesús no pereció esa Madre por la virtud divina,
¿cuál quedaría su rostro frente a frente de la faz extenuada de su Hijo?... ¡Y
para colmo de pena, se le priva hasta el consuelo de unirse a su cadáver!

Al contemplará esa Virgen dolorosa después de separada de su Hijo, al ver su


quietud, su profundo silencio, diríase que está poseída de una especie de
insensibilidad que domina todos sus sentidos. ¡Ah! Es que el dolor que
encerraba en su corazón María, no era dable comunicarlo al hombre y mucho
menos a este el comprenderlo. Ella sola debía sufrir: y esa privación de
desahogar su angustia en otro corazón que pudiera sentir con la gravedad y
con la intensidad que ella sufría, acrecentaba su dolor, y lo hacía comparable a
la abundancia de las aguas de la mar. Sin tregua en su aflicción, sin apoyo en
su tristeza, ¿qué hará María? Reconcentrar en su pecho su tortura, y ofrecerla
en holocausto uniéndola a los tormentos de Jesús.
Juan y las mujeres que estaban junto a ella, ni se atrevían a desplegar sus
labios para consolar a la Virgen. ¡Era tan sublime y tan digno el dolor de esta
Señora, y ellos se sentían así tan impotentes para poder calmarlo! Solo la
gracia, que la había confortado en la pelea, solo ella podía derramar consuelos
allí donde no cabía otra cosa que desolación y llanto. Y esa gracia le vino por
último a María... En el árbol sagrado de la cruz terminó el Salvador la carrera
de humillaciones por medio de la cual y con su muerte debía dar la vida al
mundo. Esa mujer tan tierna y compasiva que no le abandonó hasta el último
suspiro que exhaló en el Gólgota, debía también acabar sus penas cuando
tuvieron fin las de su Hijo amado. Ella que le seguía en los tormentos no podía
menos que acompañarle también en sus placeres y en sus angustias, y sus
atroces penas se extinguieron por fin, recibiendo una recompensa tan grande
de sus méritos, cuanto fue profunda su aflicción en sus dolores. Estos
desaparecieron como por encanto celestial, cuando se le presentó Jesús
coronado de gloria y derramando torrentes de luz todas sus llagas. Era el
cumplimiento de otra profecía que se cumplió exactamente, como acababa de
cumplirse también la profecía tétrica de Simeón.
TIERNOS AFECTOS DE UN ALMA A MARÍA SANTÍSIMA AL PIE
DE LA CRUZ

Por el Ilmo. Sr. D. José María de Jesús Belauzarán


Dignísimo Obispo de Monterrey.
Da a la luz, para utilidad de los fieles, un tierno devoto de los dolores de
nuestra Señora.
México 1835

HIMNO A LA PASIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

De pie la Madre dolorosa


junto a la Cruz, llorosa,
mientras pendía el Hijo.
Cuya ánima gimiente,
contristada y doliente
atravesó la espada.

¡Oh cuán triste y afligida


estuvo aquella bendita
Madre del Unigénito!
Languidecía y se dolía
la piadosa Madre que veía
las penas de su excelso Hijo.

¿Qué hombre no lloraría


sí a la Madre de Cristo viera
en tanto suplicio?
¿Quién no se entristecería
a la Madre contemplando
con su doliente Hijo?

Por los pecados de su gente


vio a Jesús en los tormentos
y doblegado por los azotes.
Vio a su dulce Hijo
muriendo desolado
al entregar su espíritu.

Oh, Madre, fuente de amor,


hazme sentir tu dolor,
contigo quiero llorar.
Haz que mi corazón arda
en el amor de mi Dios
y en cumplir su voluntad.

Santa Madre, yo te ruego


que me traspases las llagas
del Crucificado en el corazón.
De tu Hijo malherido
que por mí tanto sufrió
reparte conmigo las penas.

Déjame llorar contigo


condolerme por tu Hijo
mientras yo esté vivo.
Junto a la Cruz contigo estar
y contigo asociarme
en el llanto es mi deseo.
Virgen de Vírgenes preclara
no te amargues ya conmigo,
déjame llorar contigo.
Haz que llore la muerte de Cristo,
hazme socio de su pasión,
haz que me quede con sus llagas.

Haz que me hieran sus llagas,


haz que con la Cruz me embriague,
y con la Sangre de tu Hijo.
Para que no me queme en las llamas,
defiéndeme tú, Virgen santa,
en el día del juicio.

Cuando, Cristo, haya de irme,


concédeme que tu Madre me guíe
a la palma de la victoria.
Cuando el cuerpo sea muerto,
haz que al ánima sea dada
del Paraíso la gloria.

L/: Ruega por nosotros dolorosísima Madre


R/: Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

ORACIÓN
Oh tristísima María y afligidísima Reina, que tenéis en el ara de la Cruz a
vuestro amabilísimo y Unigénito Hijo, como una víctima que se ofrece a su
Eterno Padre en agradable sacrificio por el remedio de los hombres, y
satisfacción superabundante de sus culpas: ofreced también vos ¡Oh dulcísima
María y abogado de pecadores! Ese mar inmenso de lágrimas, de martirios, de
dolores y amarguras, que inundo vuestra alma bendita al pie de la Cruz de
vuestro difunto Hijo, para que reconciliara nuestra alma con Dios, y
participando de los efectos de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, vivamos
crucificados por su amor, alabando, bendiciendo y glorificando sus divinas
misericordias en esta vida, y después, por tu grande piedad ¡Oh Madre de
Clemencia! Mostrándonos en la hora de la muerte a Jesús, fruto bendito de tu
vientre, nos llenemos del consuelo al oír de su divina boca aquella dulcísima
palabra: Hoy estarás conmigo en el paraíso de la Glori

RECUERDO CONTINUOS DE LOS TORMENTOS DE JESÚS Y DE


LAS LÁGRIMAS DE MARÍA SANTÍSIMA, SU MADRE, EN USO
PRÁCTICO DE UN RELOJ SANTO

Para fomentar esta frecuente memoria, repartiremos por las veinticuatro


horas los pasos principales de la Pasión del Señor, a los que se añadirán
algunas jaculatorias, con un Ave María, para saludar a María, Madre
Dolorosa, en lo que se ganan copiosas indulgencias.

A las ocho de la noche


Instituyó nuestro Señor Jesucristo el Santísimo Sacramento.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de mi señor Jesucristo, y los


dolores de su santísima Madre.

Oh Virgen Madre de Dios, que comulgasteis dignamente aquel mismo Hijo


que trajiste nueve meses en vuestro vientre purísimo: alcanzadme pureza de
corazón para recibirle en mi pecho. Ave María.
A las nueve de la noche
Oró el Señor en el huerto y sudó sangre.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh Virgen Santísima, por la suma aflicción que padeció vuestro Hijo en este
paso, sed servida de ayudarme y confortarme en todas mis aflicciones. Ave
María.

A las diez de la noche


Fue el Señor entregado por Judas y preso por los soldados.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh Virgen María, por las prisiones cruelísimas que arrastraron a vuestro Hijo
por las calles de Jerusalén, alcanzadme la gracia de Dios, me lleve siempre,
aunque sea arrastrando, en seguimiento de la divina voluntad. Ave María.

A las once de la noche


Llevó el Señor una cruel bofetada.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh virgen Madre de Dios, por el honor ofendido de vuestro Hijo, os suplico


con ansia que nunca consintáis que yo llegue a injuriarle con culpa grave. Ave
María.

A media noche
Fue el Señor condenado a muerte por Caifás y los sacerdotes.

Bendita y alabada sea… etc.


Oh Santísima Señora, por la impía sentencia que dio Caifás contra vuestro
Hijo, sed mi abogada para que su Majestad, no pronuncie contra mí la
sentencia que merecen mis culpas. Ave María.

A la una de la noche
Dieron muchas bofetadas a Jesús y le escupieron en su divino rostro.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh dolorosísima Virgen, por la paciencia increíble con que vuestro Hijo se


dejó injuriar de gente tan vil, alcanzadme paciencia y gusto de llegar a ser
injuriado por su amor. Ave María.

A las dos de la noche


Cubrieron con un velo el rostro del Señor, y dándole golpes le decían por
escarnio: adivina quién te dio.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh Madre amantísima, ya que en aquella noche hicieron los hombres tanta


burla y mofa de vuestro Hijo, hombre y Dios, alcanzadme que yo siempre le
estime, le ame y adore de todo mi corazón. Ave María.

A las tres de la mañana


Fue el Señor negado por San Pedro

Bendita y alabada sea… etc.

Oh Virgen María, por el sentimiento que tuvo vuestro Hijo viéndose negado
de un discípulo que especialmente amaba: haced que, pues el Señor me ama
tanto, nunca lo niegue con las obras. Ave María.

A las cuatro de la mañana


Cantó el gallo, puso el Señor los ojos en San Pedro, y comenzó a llorar.
Bendita y alabada sea… etc.

Oh Virgen Madre, por lo mucho que os consolaron las lágrimas de San Pedro,
alcanzadme del Señor, lágrimas verdaderas de contrición. Ave María.

A las cinco de la mañana


Se confirmó la sentencia de muerte que de noche habían dado los fariseos.

Bendita y alabada sea… etc.

Ruegos oh Virgen María, por el dolor que os cansó esta inicua sentencia, que
no consintáis que Dios confirme la sentencia de condenación que contra mi
han dado ya mis pecados. Ave María.

A las seis de la mañana


Fue el Señor remitido a Poncio Pilatos.

Bendita y alabada sea… etc.

Virgen tantísima, por la paciencia con que sufrió vuestro Hijo ser juzgado de
Pilato: alcanzadme que yo nunca tema los juicios de los hombres, sino
solamente los juicios de Dios. Ave María.

A las siete de la mañana


Fue el Señor enviado a Herodes, y reputado por loco.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh Santísima Reina, por la injuria que hicieron a vuestro Hijo, vistiéndole de


blanco como a loco, siendo la sabiduría eterna del Padre, enseñadme a sufrir,
aunque todos hagan burla de mí. Ave María.
A las ocho de la mañana
Fue el Señor públicamente azotado.

Bendita y alabada sea… etc.

Virgen amantísima, mirad a vuestro hijo delicadísimo cruelmente azotado, y


todo desecho en sangre, pidoos que no consintáis que yo renueve sus azotes
con mis pecados. Ave María.

A las nueve de la mañana


El Señor es coronado de espinas.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh afligidísima Madre, por la cruel corona que atravesó la cabeza de vuestro


Hijo, concededme traiga siempre en mi cabeza una continua memoria de sus
penas y martirios. Ave María.

A las diez de la mañana


Salió el Señor al Monte Calvario con la cruz sobre sus hombros.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh afligidísima Señora, por la espada de dolor que os traspasó el corazón


cuando encontrasteis a vuestro Hijo cargado con la cruz: concededme que
sepa pesar bien este beneficio de morir Cristo por mí. Ave María.

A las once de la mañana


Fue el Señor extendido y clavado en la Cruz.

Bendita y alabada sea… etc.


Oh Virgen angustiadísima, que a vos visteis estar crucificando con tanta
crueldad a vuestro Hijo: clavad en mi corazón un vivo sentimiento de su
muerte y de mis pecados. Ave María.

Al medio día
Fue el Señor levantado en la cruz en el monte Calvario.

Bendita y alabada sea… etc.

Puesto de rodillas adoraré a Jesús crucificado, y consideraré que el Señor,


lleno de aflicción y amor, me mira y me dice: Hijo mío, muero de este modo
por tu amor, mira cuanto te amo.

Se dirá a lo menos tres veces:

Bendito sea el amor con que Cristo murió por mí.

Amoos, mi Dios, sobre todo, ya que vos, mas que a la vida y a la honra, e
amasteis a mí.

A la una de la tarde
Perdonó al buen ladrón, y pidió perdón a su Eterno Padre por los que le
crucificaron.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh Madre Santísima, por la bondad de vuestro Hijo os pido que, pues fui tan
desgraciado que lo crucifiqué, sea también del número de los perdonados. Ave
María.

A las dos de la tarde


Encomendó el Señor al evangelista Juan a su Madre, y a su Madre a San Juan.
Bendita y alabada sea… etc.

Oh Virgen Madre de Dios, acordaos que vuestro Hijo os hizo madre de


pecadores, más ya que hasta aquí he sido pecador, alcanzadme que desde
ahora sea buen hijo vuestro. Ave María.

A las tres de la tarde


Expiró el Señor en la Cruz

Bendita y alabada sea… etc.

Oh Virgen purísima, por la espada de dolor que traspasó vuestro corazón en


esta hora: clavad en mi alma un dolor vivo de haber sido la causa de esta
muerte, para que ella me aproveche. Ave María.

A las cuatro de la tarde


Abrieron con una lanza el pecho del Señor, y salió sangre y agua.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh Señora y Madre mía, por la cruel lanza que traspasó el costado de vuestro
Hijo: haced que su muerte afrentosa, me hiera siempre y traspase el corazón.
Ave María.

A las cinco de la tarde


Depusieron al Señor de la Cruz en los brazos de la Señora.

Bendita y alabada sea… etc.

Virgen Señora, por la pena que afligió vuestra alma cuando visteis en vuestros
brazos el sagrado cadáver ensangrentado de vuestro Hijo: dadme una viva
compasión de sus tormentos. Ave María.
A las seis de la tarde
Fue el Señor sepultado, acompañándole su santísima Madre.

Bendita y alabada sea… etc.

Suplicoos, Virgen Santísima, que, así como sepultasteis a vuestro Hijo en un


sepulcro de piedra: hagáis de esta piedra de mi corazón, sepulcro en que
depositáis a mi Señor. Ave María.

A las siete de la tarde


Retirose la Señora al cenáculo a sentir la ausencia y pérdida de su Hijo.

Bendita y alabada sea… etc.

Oh dolorosísima Madre, por la inexplicable pena que tuvisteis en la falta de


vuestro Hijo: dadme un vivo sentimiento de tantas veces como lo he perdido.
Amén.
CORONA DOLOROSA TEJÍDA CON LAS AMENAS FLORES DEL
SANTÍSIMO ROSARIO

EN RECUERDO DE LOS SIETE MAYORES DOLORES DE LA GRAN


REINA DEL CIELO MARÍA SANTÍSIMA EN LA PASIÓN DE SU
AMADO HIJO JESÚS, SALUD Y REDENCIÓN NUESTRA.

ORDENADA
POR UN SACERDOTE SECULAR DE ESTA CIUDAD DE MÉXICO,
AÑO DE 1808

ACTO DE CONTRICCIÓN
Oh Dolorosísima Virgen María, por ser vuestro Hijo quien es, y porque le amo
sobre todas las cosas, me pesa de haberle ofendido; quisiera ser tan feliz, que a
vuestros Pies se me partiera el corazón de puro amor a Jesús, y de dolor de
haberle injuriado con mis culpas. Valedme, Afligidísima Madre, para que
muera yo mil veces, antes que otra vez ofenda a vuestro Hijo y mi Dios.
Amparadme, para que con vuestro Patrocinio sea estable en mis propósitos, y
firme en la resolución que protesto de primero morir que ofenderle. Amén.

PRIMER MISTERIO
EN QUE SE MEDITA LA PASIÓN DE CRISTO SEÑOR NUESTRO
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, que des de tu retrete estabas
mirando, j contemplando la algazara y vocería con que los ingratos Es cribas y
Fariseos, guiados del discípulo traidor, llegaron al Huerto de Getsemaní, y con
denuestos, improperios, y blasfemias, echaron mano del Sacrosanto Cuerpo de
tu amabilísimo Hijo, le ataron y aprisionaron: Concédeme, amabilísima
Virgen, por esta agudísima pena, que no vuelva yo a entregarme por mi mano
á el Demonio, ni admita los ósculos de paz que la carne y el mundo,
traidoramente me ofrecen, para atar con mis culpas aquellas Man en las cuales
el Padre deposito todos los bienes; sino que huyendo de los lazos que estos
enemigos me ofrecen con mas cara de paz, me aprisione en las suaves
cadenas, que Jesús tu Hijo padeció por mi amor, para que así cuando se
desaten las de la vida, quede perpetuamente aprisionado en la suya en la
Gloria. Amén.

SEGUNDO MISTERIO
EN QUE SE CONTEMPLA LA PRESENTACIÓN DE CRISTO A ANÁS
Y CAIFÁS
¡Oh amantísima Madre del mejor Hijo! Quién podrá ponderar la agonía de tu
Corazón amoroso, al contemplar el sentimiento de tu Alma, cuando
presentado Jesús en las presencias de Anás y Caifás, en presencia de éste un
maldito Soldado hirió su venerabilísimo Rostro con una bofetada ¡Oh Señora,
cuanta será tu pena! ¡Qué amargo tu dolor! Y cuanto más será el ver que hoy
los malos cristianos, aun hacemos cosas peores: porque a aquellos les faltó la
fé, pero nosotros con ella, y con las evidencias de tan continuados beneficios,
somos más ingratos. Pues, Señora y Madre nuestra, vuestro Patrocinio nos
ampare para la enmienda, y si hasta aquí con nuestras culpas, tantas veces
hemos levantado la mano sacrílegamente para herir con ella el bellísima
Rastro de vuestro amado, desde hoy se es» tienda solo a la penitencia para
que, por ella, y vuestra intercesión podamos ver sereno aquel Rostro en que
desean verse los Ángeles allá en la Gloria. Amén.

TERCER MISTERIO
EN QUE SE MEDITAN LOS AZOTES
¡Oh Afligidísima Reina del Cielo! ¡cual sería el dolor de vuestra Anima al
contemplar a Jesús en la presencia de Pilatos! El cual después de muchas
demandas y respuestas; y de no hallar culpa en el que nunca fe tuvo, solo por
satisfacer las instancias del Pueblo, le mando azotar cruelmente. ¡Oh Virgen
Purísima, que dolor tan agudo seria éste para Vos! ¡Qué pena para Jesús!
Aquella suma Pureza verse en medio del día en un Palacio público, delante de
tanta muchedumbre desnudar en carnes vivas, aun contra todo lo que la razón
dicta de vergüenza, y honestidad, y esto por los más viles hombres de la tierra.
¿Y esto por salvar a aquellos mismos que cometían tan grande sacrilegio? ¿Y
ésta por remediarme a mí, que tan continuamente le azoto, y desperdicio su
Sangre con tanta culpa? Pues Vos Señora, Vos sola ( que sola fuisteis en el
mundo quien no concurrió en tan grave maldad ) podéis desagraviar a vuestro
Hijo, Vos sola podéis interceder per los hombres; Vos sola sois poderosa para
alcanzarles el perdón de tanto desacato, y suplicarle que no descargue sobre
nosotros los azotes de su Justicia sino que en esta vida nos dé azotes de
trabajos, y penas, para que mediante la penitencia de nuestros delitos,
consigamos la gracia, y gozarle por tus dolores, y los vuestros en la Gloria.
Amén.

CUARTO MISTERIO
EN QUÉ SE MEDITA LA CORONACIÓN
¡Oh Tristísima y Purísima Reina! Aun todavía no se ha saciado la malicia con
haber dejado a vuestro Hijo tan otro, que lo vemos, y no lo conocemos, según
está de herido y maltratado. No se contenta, porque viendo que no había
acabado con la vida en los azotes el malvado Juez lo entrego a los guardas
para que a su voluntad lo castigasen, y ellos lo ejecutaron coronándolo con
juncos, y espinas penetrantes. Aquí, Señora, aquí es menester que vuestro
pecho se esfuerza para oír las injurias con que lo tratan, para ver las mofas
conque le burlan, para admirar los escarnios con que le vejan, y poniéndole
por Cetro una caña; por Púrpura una vestidura vieja; por trono una dura
piedra; y por Dosel el desnudo suelo; y que para celebrar la nueva investidura
con ademanes, y gestos, hincándole la rodilla le dicen: Dios te salve, Rey de
los Judíos. ¡Qué dolor sería este para Vos Soberana Reyna, que conocíais la
entereza de su obrar, la excelencia de su Santidad, y la grandeza de su
soberanía, ver al Supremo Rey de la Gloria escarnecido, y burlado, coa tales
insignias, con tales tratos, y de tales hombres! Oh, y ¿quién os acompañara en
el sentimiento, como ha acompañado de los verdugos en el escarnio! Yo soy,
Señora, yo soy quien innumerables ocasiones ha apretado, y encarnado esas
penetrantes púas a vuestro Hijo coma mis vanidades, con mis torres de viento,
y pensamientos de tierra. ¿Pero qué podré yo hacer paira aliviaros tanta pena,
sino confesar mi culpa, llorar mi yerro! Y entre las cadenas de mí cautiverio
proclamarle mi Autor, mi Criador, mi Conservador, mi Rescatador, mi
Bienhechor, mi verdadero Dios, mi Eterno Rey, mi potentísimo Emperador,
por quien espero tener la Corona de la Gloria. Amén.

QUINTO MISTERIO
DEL ENCUENTRO EN LA CALLE DE LA AMARGURA
¡Oh Dolorosísima, y Amantísima Virgen! Qué entendimiento (aunque sea
Angélico) podra explicar el dolor que penetro vuestro abrasado Corazón
cuando habiendo salido de vuestro retrete en busca de vuestro querido,
después de haber andado como diligente Esposa las calles y plazas, después de
haber encontrado las guardias y Soldados de la Ciudad, ¿hallasteis a vuestro
amado? ¡Qué herido! ¡Qué injuriado! ¡O Madre afligidísima! Ese que veis
todo ensangrentado, llagado y herido, es aquel que con tanta gloria visteis
aplaudido en Belén, ¿de Ángeles? Ese, que ahora va pedido, y condenada al
suplicio infame por los Escribas y Sacerdotes, ¿es aquel Inocente Cordero a
quien los Pastores veneraron en el Pesebre? ¿Es, por ventura, ése que estáis
mirando Coronado de espinas, aquel Rey que adoraron las Coronas de los
Magos? ¿Es ése, que todo el Pueblo ha voceado por peor que Barrabas aquel
Señor a quien los Serafines aclaman, Santo, y Santísimo? Ea, llegad. Señora,
llegad, aliviad tanta pena, desagraviad tanto desacato, Pero ¡o dolor! Que ya
los Ojos de María hablan a Jesús con lágrimas, y el Corazón de Jesús responde
a María con suspiros. Ya aquellos dos amantes, los más finos se estrechan en
sentimientos, más dolorosos, mientras menos explicados. ¿Qué es lo que a
vuestra dolorosa Madre decís, Varón insigne de dolores? ¿Qué es lo que
decís? ¿Y Vos, Mujer fuerte, Esposa querida, desconsolada Madre, ¿qué es lo
que respondéis a vuestro atormentado Hijo? Mas no, Señora, no me lo digáis,
que ya parece que lo oigo de sus Divinos Labios, ya juzgo que dice: que
muere por un ingrato, que padece por un desconocido, que va á dar la vida por
mí, que he sido la causa de sus dolores, y los vuestros. Pues, Señora
dolorosísima, qué acción habrá que pueda ser recompensa de una tan excesiva
caridad, sino rendir vida al dolor, ¿en reconocimiento de tanto beneficio?
Jesús va a morir? ¿María a padecer? ¿Y yo he de vivir? No Señora, muera yo
al dolor de ser causa de las penas de Jesús; muera al sentimiento de ser
instrumento de vuestras panas Viva, pero solo para gemir tanto yerro. Muera,
pero solo llorando tan. la culpa. Viva muriendo en las amarguras de padecer
por Jesús. Muera viviendo en la compasión de las penas de María hasta ir a
tener por Jesús, y con María eternas dulzuras en la Gloria. Amén.

SEXTO MISTERIO
EN QUE SE MEDITA LAS TRES HORAS QUE ESTUVO EN LA
CRUZ, NUESTRO SALVADOR
¡Oh Dolorosísima Virgen Madre! Ya tu querido llegó al Monte de la Mirra, y
ya a tu Purísimo Corazón se le llega aquel cuchillo agudo que tras¬ pasará tu
Alma, tanto ha profetizado por Simeón, y desde entonces atravesado en tu
dulcísimo Espíritu. Ya Señora, han taladrado la Cruz Ya desnudan aquel
Virginal Cuerpo que tu pariste sin dolor, para a tu vista clavarle en ella, y
levantarlo en alto con tantos dolores. Ya tremolan aquel Estandarte, insignia
de nuestra sanidad. Ya mejor que allá Moisés en el Desierto fijó la Serpiente,
fijan á la eterna Sabiduría del Padre en el Monte Calvario; y desde el alto mar
de sus congojas, su abrasado pecho no os olvida. Allí os reconoce, allí os mira,
allí os habla. Y qué os dice: Mulier, ecce filius tuus. ¿Y este es el cuchillo?
¿Este es el dolor más penetrante para vuestro Corazón, tan temido, y tan
esperado? Si, sí, porque este es un nuevo parto en que por adopción nos
prohijó Jesús hijos vuestros. ¡Y tanto dolor os costamos que éste entre todos
vuestros Dolores es el mayor! ¡Oh alma mía! Y si tú supieras agradecer este
beneficio: ¡Y, o Soberana Madre y Señora nuestra! Pues si lo que mucho vale,
mucho cuesta, hacednos conocer lo que valemos en la estimación de Jesús,
pues le costamos la vida, y a Vos tantos Dolores: hacednos verdaderos hijos
en la observancia de tus preceptos, fieles alumnos en la compañía de vuestros
sentimientos, para poder ser dichosos compañeros del fruto de tantas penas, en
las alegrías de la gloria. Amén.

SÉPTIMO MISTERIO
EN QUE SE MEDITA LA SEPULTURA DEL SEÑOR Y SOLEDAD DE
SU SANTÍSIMA MADRE
¡Oh Tristísima y desamparada Virgen María! Que después de tan
innumerables tormentos como padeció vuestro afligido Corazón, llegó al
extremo de vuestros sentimientos en el desamparo de vuestra suma pobreza,
pues os hallabais con el Cuerpo difunto de vuestro amoroso Hijo, y no tenías
con que bajarlo de la Cruz, amortajarlo, y darle honrosa Sepultura, hasta que
el cielo movió los ánimos de aquellos dos piadosos Varones José, y
Nicodemus, de los cuáles, el uno pidió intrépidamente á Pilatos el Cuerpo para
sepultarlo, y ambos lo bajaron del Suplicio infame, que su Madre la Sinagoga
le había dado. Entre tanto, Vos, Tórtola amante, cándida Paloma, gemíais, y
sollozabais, y aunque sentíais el desamparo, y pobreza más os angustiaba el
remedio, pues de él pendía vuestro mayor desconsuelo. Suspirabais, y
anhelabais por no ver a vuestro Unigénito en el afrentoso Leño, y os causaba
mayor ahogo el haberos de apartar del Sagrado Cadáver en el Sepulcro. ¡O
Corazón invencible! ¡Hasta donde han de llegar tus penas! Grande es como el
Mar tu agonía, ¿quién podrá consolarte? Ninguna criatura; pues si pierdes en
la compañía de JE^ SUS todas las delicias, en su ausencia todos los bienes, en
sui Vida tu Vida, ¿qué podrá consolarte? Solo un sentimiento, solo un dolor te
podrá aliviar, y éste será el de mi obstinación, que más ciega que los Fariseos,
más dura que los mármoles, arraigada en sus vicios, firme en sus apetitos, se
duela, y se compadezca, no de ti, que aunque padeces, eres Pura, eres Santa;
sino de sí misma, que con sus culpas fue la causa de tus penas, Y si esto alivia
tus pesaras, si esto consuela tu Soledad, aquí estoy,, Madre Dolorosa, aquí
estoy, que quisiera primero haber dejado de ser, que haber sido tan ingrato:
quisiera primero haber muerto a los mayores martirios, que haber faltado a la
fidelidad de hijo tuyo quisiera primero estar sepultado en los Abismos, que
haber ofendido a tu Hijo. Y quisiera aniquilarme tanto en el dolor y pesar de
mis. culpas por ser ofensas de un Dios tan bueno, amable, y adorable, que,
siendo el Alma incapaz de aniquilarse, la aniquilara en el fuego de tal
sentimiento, para que Mariposa de tan dulce llama, Salamandra de tan suave
incendio, acabando en la muerte del dolor, renaciera en la hoguera del amor
para vivir Fénix de los Dolores de Jesús y de María en la Gloria. Amén.

Luego se rezarán tres Padres nuestros y tres Ave Marías gloriados a la


Santísima Trinidad y después la siguiente:

ORACION
Misericordiosísimo, Benignísimo y Poderosísimo Dios Trino y Uno, en quien
creo, en quien espero, y a quien únicamente amo: Yo me postro ante el Trono
de vuestra Majestad y Gloria, y os ofrezco la Sangre y Agua que derramo mi
Jesús de su Costado, y por ella os pido por todos los que tienen Almas a su
cargo, y por todos los Sacerdotes, para que dignamente administren los Santos
Sacramentos, te pongo por intercesores, juntos con esta Sangre, los méritos de
todos aquellos Santos a quienes les has concedido el comunicarles alguna
parte de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, y te ruego que les per» dones
las culpas que en este su oficio hubieren cometido, para que libres de ellas te
gocen, y todos juntos te adoremos en la Gloria, en donde vives, y reinas por
todos los siglos de los siglos. Amén.
Madre llena de dolor
Haced que cuando espiremos,
Nuestras Almas entreguemos
En las Manos del Señor.

Quien a Dios quiere seguir,


Y en su Gloria quiere entrar,
Una cosa ha de asentar.
Y de corazón decir:
Antes morir que pecar,
Y antes que pecar morir.

¡Oh Dulcísimo Jesús!


Yo te doy mi corazón,
Para que estampes en él
Tu Santísima Pasión.

DEVOCIÓN DE LOS CUARENTA DÍAS


QUE DEBEN REZARSE EN PRESENCIA DE LA MILAGROSA IMAGEN
DE LA
SANTÍSIMA VIRGEN DE LA SOLEDAD
QUE SE VENERA EN SU TEMPLO DE IRAPUATO, GUANAJUATO, MÉXICO

Se rezan cuarenta Aves Marías diariamente, al terminar cada decena, se


hace la petición y en seguida se reza la siguiente jaculatoria:

Madre y Señora de la Soledad


Mi espejo y mi luz,
Tú que tan sola te encontraste
Al pie de la Cruz,
Por esas angustias que sufriste en tu soledad,
Te suplico me socorras en tanta necesidad,
Madre Santísima de la Soledad
Antes de cuarenta días,
Remedia mi necesidad.
PLEGARIA A LA SANTÍSMA VIRGEN
Heme aquí, Oh Madre, ante tus pies postrado,
Heme aquí, Oh Madre, contrito y humillado,
Delante de tu altar,
Pues tu nombre, tan solo a tanto alcanza,
Porque el llamarte Madre, mi esperanza,
Ya grande como el mar.

Yo siempre tengo la memoria fija


Que soy tu pequeñuelo, que soy tu hijo,
¡Acuérdate también!
Dirige tu mi paso, se mi guía,
Y en todas mis acciones, Madre mía,
Llévame siempre al bien.

No digas que no puedes, Dios te ha dado,


Su poder todo y nunca te ha negado
Lo que quieres pedir
No digas que no debes, ¡eres mi Madre!
Y el Hijo Eterno del Eterno Padre
Me lo ha enseñado así.
Si acaso no pudieras, yo diría;
Me ama, es cierto, como Madre mía,
Mas le falta poder,
Si no fueras mi Madre, tristemente
No es mi Madre, dijérame doliente,
No me puede querer.

Pero si lo eres y eres poderosa


¿Quién te excusará Virgen amorosa,
Si me perdiera yo?
Deja pues que te ruegue y te pida,
Es por tu honra que está comprometida
¡Es la honra de Dios!
¿Qué te pido? No más una mirada,
Pues dio a tus ojos Dios, Virgen Sagrada
Tan alta potestad,
Que no puede morir eternamente
Aquel que mires buena y complaciente
Y llena de piedad.

CON LICENCIA ECLESIÁSTICA

LA SOLEDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

PIADOSO EJERCICIO PARA ACOMPAÑAR A LA SANTÍSIMA


VIRGEN EN SU SOLEDAD DURANTE LA NOCHE DEL VIERNES
SANTO

PRÁCTICA DE ESTE EJERCICIO


Reunidas las personas que hayan de practicarle, se dará principio haciendo
el Vía Crucis, y terminado, arrodillados ante una Imagen de la Santísima
Virgen, se dirá la siguiente:

ORACIÓN
Eterno y poderoso Dios, qué cuando exigía vuestra justicia trataseis al hombre
como a los Ángeles rebeldes, no oyendo sino vuestra misericordia, quisisteis
mejor qué vuestro unigénito Hijo, tomando sobre sí los crímenes de la
humanidad, se os presentara como digna víctima, y expiándolos con la efusión
de su inocente sangre, se uniera de nuevo el misterioso vínculo que liga las
criaturas con su Criador. Y a este fin escogisteis a la Santísima Virgen
María, para que el Verbo Eterno, tomando carne en sus entrañas purísimas, la
asociase a la gran obra de nuestra redención, haciéndola participante de los
tormentos, amarguras y dolores de su pasión. Yo, el más vil de todos los
pecadores, me atrevo, sin embargo, a comparecer ante vuestra soberana
presencia, confiado en la poderosa mediación de esta soberana Abogada de los
mortales y en los méritos infinitos de la sangre preciosa de vuestro Santísimo
Hijo, mi Señor Jesucristo, vertida por mí en el presente día. En esta confianza,
¡oh Dios mío! aunque con mis pecados he renovado con frecuencia los
sufrimientos de Jesús y los dolores de María, voy a permitirme recordar los
unos y los otros, en esta noche que, movido de tu divina gracia, vengo a
implorar misericordia y perdón. Esta es la hora en que ya descansando en el
sepulcro vuestro divino Hijo, muerto en la Cruz por nuestro amor, su santa
Madre se encontraba sola desprovista de todo humano consuelo y meditando
en su aflicción las muchas almas para quienes serían
ineficaces los padecimientos del Señor. Yo no quiero contarme en su número,
y para ello, detestando mis innumerables y gravísimos pecados, vengo a
acompañar a María en su soledad, seguro de que con ello conseguiré
las gracias que necesito para conseguir mi eterna salvación. Aceptad, Dios
mío, este piadoso ejercicio el honra y gloria vuestra, de la Pasión y muerte de
Jesucristo y de los dolores y angustias de su Santísima Madre, y por su
intercesión concededme que, aborreciendo mis culpas pasadas, pueda en lo
sucesivo abstenerme de cometerlas. También os pido, y al propio intento lo
ofrezco, porque os dignéis, Señor, socorrer todas las necesidades de todos mis
prójimos amigos y enemigos, y muy particularmente de los que se dedican en
esta noche a la piadosa práctica de acompañar a la afligidísima María en su
soledad, que a todos alcances el mérito de sus dolores y los de la pasión y
muerte de su divino Hijo. Así mismo ruego por nuestra Santa Madre la Iglesia,
por el Sumo Pontífice y Prelados de ella, por la conversión de los infieles,
herejes y pecadores, y por las benditas almas del Purgatorio. Mirad muy
particularmente; haced que todos cuantos imploramos vuestras piedades,
acogiéndonos al tutelar amparo de esta Señora, os sirvamos en paz y caridad
durante la vida, para conseguir después la gloria, donde cantemos vuestras
alabanzas por los siglos de los siglos. Amén.
ORACIÓN A MARÍA SANTÍSIMA
Virgen Santísima dolorida y angustiada, míranos a tus pies implorando tus
soberanas piedades. Nosotros somos los que hemos crucificado tu Hijo divino:
nosotros la causa de la amargura que en tu corazón rebosa; pero con todo,
esperamos no nos arrojes de tu lado como merecemos. Bien habéis oído que tu
moribundo Hijo te ha constituido Madre de todo el género humano en la
persona del apóstol predilecto: en esta confianza nos acercamos a ti. Las
madres aman más aquellos hijos que son más ingratos, cubren sus faltas con el
manto de su ternura y ruegan por ellos a sus padres para que no les castiguen
como merecen. Eso es lo que esperamos de ti ¡oh dulcísima María! Los cielos
con sus negros crespones que encubren los astros, la tierra con sus horribles
sacudimientos, demuestran la magnitud de nuestros crímenes. Á ti acudimos
como a nuestro refugio y esperanza. Ruega por nosotros, a fin de que la sangre
preciosa que Jesucristo ha derramado, caiga toda sobre nuestras almas como
saludable rocío para que, limpias de esta suerte de todas sus manchas, puedan
comparecer sin temor ante el Padre celestial, en el día terrible en que nos pida
cuenta de nuestros actos. Nosotros, en cambio, protestamos, angustiadísima
Madre nuestra, de que queremos vivir en lo sucesivo como verdaderos hijos
tuyos; y para conseguir las gracias que para
ello necesitamos, detestando las pasadas culpas y con propósito de no renovar
más las llagas de Jesús y tus acerbos dolores, venimos a acompañarte esta
noche en tu triste soledad. Dígnate aceptar nuestro obsequio y sea ello prenda
de nuestra salvación eterna. Amén.

MEDITACION I
Jesús muere pendiente de la Cruz

Trasladémonos en alas de nuestra imaginación al Calvario y procuremos


reproducir en nuestra memoria la sangrienta escena que hoy tuvo lugar en él y
que conmemora nuestra Santa Madre la Iglesia. Sufre la cumbre de la
montaña, lugar destinado para la ejecución de los criminales, levántanse tres
cruces y míranse tres hombres pendientes de ellas. Soldados romanos
custodian los reos mirando el suplicio con la indiferencia propia de guerreros
acostumbrados a los sangrientos espectáculos del campo de batalla, juegan
tranquilamente a los dados. Una multitud del pueblo invade la cima del monte,
en el espacio que dejan libres los centinelas, ocupando la restante los senderos
que a ella conduce. ¡Y cosa extraña! No se observa entre los judíos
allí presentes el sentimiento de piedad que experimentan todos cuantos por
necesidad o curiosidad presencian una sentencia de muerte. Lejos de eso, los
semblantes revelan satisfacción parece que se gozan en la agonía del que
ocupa la Cruz del centro. Sí, de él se ocupa la pública atención, y en tales
términos, que casi pasan desapercibidos los otros dos hombres que expían sus
delitos en las otras dos cruces. ¿Quién es ese hombre que así atrae tan
poderosamente las miradas de todos? Los otros dos crucificados son ladrones;
pertenecientes a una cuadrilla que por largo tiempo vagó por las cercanías de
Jerusalén; sus robos fueron innumerables, sus atrocidades inauditas: cuando
ahora pasan desapercibidos para los judíos, es sin duda porque el condenado
del centro reúne mayores delitos, más cúmulo de maldades...
¡Ah! No. Ese hombre que atrae sobre sí todas las miradas, para quien no hay
una sola palabra de compasión, es Jesús de Nazareth, quien ha dado vista a los
ciegos, pies a los cojos, movimiento a los paralíticos, vida a los muertos. El
que con solo cinco panes de cebada y dos peces dio de comer a más de cinco
mil personas; el que en una palabra su vida entera puede reasumirse diciendo:
pasó haciendo bien. En prueba de ello, no hace muchos días que esa misma
multitud que hoy con horrible sarcasmo le insulta en su patíbulo, sembró de
flores y ramaje su camino, gritando: ¡Hosanna al Hijo de David! El mismo
Pilatos le ha sentenciado hoy, protestando de su inocencia y queriendo alejar
de sí la sangre del Justo que mandaba derramar. Y siendo así, ¿por qué
consiente Dios semejante iniquidad? ¡Ah, hermanos míos! Jesucristo, como
hijo único de Dios, es impecable, la suma santidad, la suma
inocencia, la suma pureza; pero ha tomado sobre sí los crímenes de la
humanidad toda; el pecado de Adán, las prevaricaciones de su raza
degenerada, nuestras iniquidades, las culpas de las generaciones futuras; y
como víctima propiciatoria de agradable olor, su sacrificio sube hasta su
Eterno Padre desde el altar de la Cruz, y el cielo se reconcilia con la tierra.
Dios abre a sus criaturas los brazos de su clemencia.
¡Oh pecado, cuán grande es tu magnitud, que exiges para expiarte la muerte de
un Hombre-Dios! Y, sin embargo, nosotros te cometemos todos los días, a
todas horas, por vía de entretenimiento y diversión... Empero sigamos fijando
nuestras miradas en el Calvario; no perdamos un detalle de la muerte de ese
justo, que muere por la salvación de todos. El sol se niega a seguir alumbrando
tan terrible espectáculo; negras y apiñadas nubes le han envuelto como en
fúnebre sudario, y ahogando sus brillantes rayos, niegan a la vista el bello tinte
de los cielos y sustituyen las tinieblas de la noche a la claridad del día. No
corre un soplo de aire; la atmósfera que se respira es pesada, cual precursora
de tempestades. De vez en cuando se escuchan roncos truenos, que,
retumbando en las concavidades de la tierra, cual, si a toda ella agitara
violenta convulsión, dominan con su ruido el rumor de las voces de la
muchedumbre. Muy contadas personas son las que rodean la Cruz del
Salvador; entre ellas está su Madre amada, la predilecta del Eterno, la Virgen
de las vírgenes, la Inmaculada María. Su rostro, quedaba envidia al jazmín y a
la rosa está desfigurado á violencia del dolor que experimenta su corazón. Sus
ojos, más brillantes que el lucero de la mañana, han perdido su lucidez á
fuerza de las lágrimas que han derramado.
Allí, envuelta en negras vestiduras, permanece al pie de la Cruz donde agoniza
el Hijo de sus entrañas, apurando hasta las heces el cáliz de la amargura.
¿Cómo pintar los dolores de esta Madre, viendo morir a su divino Hijo? El
Apóstol San Juan, testigo narrador de la pasión de su Maestro, no encuentra en
su inspirada pluma frases para describirlos y se contenta con decir que junto a
la Cruz de Jesús estaba su Madre… Hable, pues, solo el sentimiento, donde la
lengua no puede encontrar palabras, y procuremos con nuestro corazón
comprender siquiera algo de las angustias de María al pie de la Cruz.
Cuando una madre pierde a un hijo de sus entrañas, es un consuelo en parte
para su atribulado corazón la idea de que ha muerto sin faltarle nada. El
moribundo, por escasa de recursos que sea una familia, descansa en un blando
lecho; sus parientes, sus amigos le rodean en la hora suprema; la Religión
endulza los últimos instantes; la ciencia, impotente para arrancar la víctima de
las garras de la muerte, puede sin embargo disminuir sus sufrimientos, atenuar
sus dolores: nunca faltan almas compasivas que cuando ya el moribundo,
rendido por lenta agonía, muestra en su respiración
entrecortada la sequedad de sus fauces, le incorporen amorosamente é
introduzcan en sus entreabiertos labios algunas gotas de bebida refrigerante, o
de cordial que le aliente algunos momentos más. Palabras de consuelo dirigen
todos al ser que experimenta la pérdida; el bien que ha hecho durante su vida
el que se halla próximo a sucumbir, se refiere con entusiasmo, lamentando la
desgracia de su muerte, y todos y cada uno de estos detalles, son otros tantos
lenitivos del dolor que se experimenta.
Pues bien; ninguno de estos consuelos tiene María. ¡Ay! Bien puede decir que
su amado Hijo ha carecido de todo, y, por tanto, que no hay dolor que iguale a
su dolor. Una durísima Cruz de madera es el lecho donde muere el autor de la
vida: sujetos a ella con gruesos clavos sus pies y sus manos, el cuerpo
desplomado pesa todo hacia abajo, haciendo que el clavo de los pies dilate con
vivísimo dolor la herida que los traspasa, mientras los brazos, dislocados con
indescriptible tormento, encuentran la resistencia de los clavos de las manos,
que hacen consiguiente en ellas lo mismo que el taladro de los pies. Y esto
cuando el sacrosanto cuerpo más necesitaba descanso, pues las espaldas están
abiertas al rigor de los azotes, hinchadas y sangrientas las rodillas por los
golpes que han dado al caer con la Cruz, descoyuntados los hombros con el
peso de ésta, que ha llevado sobre ellos hasta el lugar del suplicio, inflamado
el cuello al rigor de la soga con que fue atado. En si el dulce Jesús pretende
apoyar su espalda contra el duro leño, para encontrar de esta suerte algún
descanso; la madera, con su aspereza al rozar la carne viva, le causa un dolor
más; su cabeza, agobiada por tanto sufrimiento, siente cada vez más la
violencia de las espinas que tiene clavadas en ella; en vano también quiere,
como triste consuelo, ver por última a vez a las personas que le han
permanecido fieles siguiéndole hasta allí, su santa Madre, el amado Apóstol,
las otras Marías; más tampoco puede; la sangre que corre de las heridas de la
cabeza se extiende coagulada sobre sus ojos, ocultando a su vista estos seres
queridos, cual si un velo fúnebre los ocultara. No hay para él consuelos de
ningún género: su Eterno Padre le desampara, tratándole como merecían los
pecadores, cuyas culpas ha tomado voluntariamente sobre sí; y cuando la
pérdida de la sangre, la fatiga precursora de la muerte y tanto tormento secan
sus fauces, no hay un alma generosa que introduzca en sus labios unas gotas
siquiera de agua; sólo un sayón inhumano le aproxima una esponja
impregnada de vinagre y hiel. Bien puede, pues, decir María que su hijo ha
muerto careciendo de todo. Sus purísimos oídos lo escuchan tampoco las
alabanzas del más digno de ser alabado; sólo oye por doquiera blasfemias,
imprecaciones y sarcasmos.

Quien haya perdido un hijo u otra persona querida, compare circunstancias


con circunstancias y podrá formarse una idea, siquiera muy ligera, de los
dolores de la Madre de Jesús. Entre tanto, el tiempo pasa, la hora se aproxima:
el pecho del Redentor se dilata a consecuencia de tan dolorosa agonía, y dando
a la gran maza para probar su divinidad, entregó su espíritu al Eterno Padre. Y
a murió Jesús, ya está sola María. No hay almas compasivas que consolándola
procuren separarla de aquel horrible lecho mortuorio. San Juan y las piadosas
mujeres están a su vez mudos é inmóviles de dolor y espanto y no pueden
alentarla en tan duro trance. No, allí está tronchada la azucena fragante de
virginal pureza, marchito el lirio de la más perfecta resignación, deshojada la
rosa de la más sublime caridad. Ella no se apercibe de la espantosa convulsión
que trastorna la naturaleza, no oye el retumbar de los elementos que se
extremasen al considerar muerto a su autor, ni las voces del pueblo
arrepentido que proclama la divinidad del crucificado difunto, no ve los
peñascos que chocan unos con otros al desprenderse de las montañas, ni los
cuerpos resucitados que devuelve de sus tumbas la muerte vencida, como
primicias de la vida eterna que nos ha conquistado el Salvador. Toda su
atención, toda su vista, su vida entera está concentrada en el cadáver del que
era la lumbre de sus ojos, la alegría de su corazón su Dios y su Hijo...
Procuremos darla algún consuelo; nos es muy fácil. Basta para ello
aprendamos y grabemos para siempre en nuestros pechos la sublime lección
de humildad que nos da el Redentor al morir en la Cruz. Él, soberano Señor de
todas las cosas, que todo lo hizo de la nada, a quien todo obedece y a quien los
ángeles sirven de rodillas, ha querido ser tratado como el más vil de los
hombres y morir con unos sufrimientos, una ignominia y un desamparo tales,
cual ninguno ha muerto ni morirá.
Y lo ha querido así para enseñarnos aquella santa virtud, que es el fundamento
de todas las demás. No se albergue ya, pues, por más tiempo la soberbia en
nuestros corazones, á vista de tan maravilloso ejemplo. Si la Providencia nos
ha dada un nombre ilustre, si con mano pródiga ha derramado sobre nosotros
las riquezas, los honores, los bienes de toda clase, si todo sonríe en derredor
nuestro y la humana flaqueza hace pretendamos considerarnos superiores a
todos los que carecen de lo que poseemos, fijemos
nuestras miradas en la Cruz. En ella Amemos desnudo, pendiente de tres
clavos el cadáver del Dios-Hombre, es decir, la suma sabiduría, la riqueza
infinita, el Rey de los Reyes; y siendo así nos preguntaremos: ¿Cómo nos
envanecemos de nuestra ciencia, de nuestra riqueza, de nuestros honores?
¿Tenemos acaso verdadera propiedad sobre ellas? ¡Ah! no. Una enfermedad, o
la debilidad consiguiente a la vejez, hacen olvidemos lo poco que sabíamos;
una desgracia un accidente cualquiera pueden reducirnos a la mayor pobreza;
la calumnia O una mala acción que ejecutemos a causa nuestra miseria, es
fácil disipen cual el humo el honor y la estimación que disfrutábamos. Si pues
nada es nuestro, ¿cómo nos atrevemos a despreciar, a mirar con altanería al
ignorante, al pobre, al inferior? ¿Cómo, cuando el Autor de todo nos da el
ejemplo, muriendo como el último de los hombres en una Cruz? Penetrados de
profunda humildad y detestando nuestra soberbia pasada, comprendamos que
cuanto tenemos es un don gratuito del Señor, para emplearlo en su honra,
provecho nuestro y del prójimo. Y cuando
seamos verdaderamente humildes, entonces podremos acompañar a María en
su soledad, enjugando las lágrimas que ahora vierte al ver el cadáver de su
Hijo, pendiente de tres clavos en la Cruz.

Medítese algún tiempo sobre lo leído y al concluir se dirá:

Madre dolorosísima.
Rogad por nosotros.

Querubes celestiales, que en el excelso coro


Cantáis del Dios eterno la gloria el loor,
Dejad abandonadas las cítaras de oro,
N o turben sus acentos el maternal dolor.
Bajad en raudo vuelo de la celeste altura;
Pendiente de un madero, muriera j a Jesús,
Y sola, el pecho amante henchido de amargura,
María permanece de pie junto a la Cruz.
Ella sola... María ... la flor de la pureza.
Escogida entre todas las que en el mundo están,
De dolor abatida inclina la cabeza,
Cual palma solitaria que dobla el huracán.
Sus ojos, soles bellos, la luz están apagada,
Que hoy solo verter llanto su patrimonio es;
Su rostro de jazmines v rosa nacarada,
Ostenta de la muerte la horrible palidez.
La muerte, bien quisiera Madre tan cariñosa
Seguir a su Hijo amado, morir junto a la cruz;
Mas no, morir no quiere, que tierna y generosa,
Ha de cumplir fielmente lo que encargó Jesús.
Por eso desde el Gólgota invita a los mortales
Á correr a su lado, las culpas a dejar;
Abre á los pecadores sus brazos maternales,
Y les dice: «Hijos míos, venidme a consolar.
Que abandonéis el vicio, que la virtud sigáis,
Ese consuelo sólo quiere mi corazón;
Que mi pesar aumenta, al ver cual malográis,
La sangre de mi Hijo, su santa Redención.»
Querubes celestiales, venid junto a María,
Porque ella es vuestra reina y sufre sin igual;
Cesad en vuestros cantos de plácida harmonía,
No turben vuestras arpas el dolor maternal.
El llanto que afligidos vertemos a raudales,
De contrición sincera, mirando su dolor,
Llevadlo, querubines, sus manos virginales,
Aceptándolo quieran ofrecerlo al Señor.

Honremos a María en su soledad, rezando el Padre Nuestro y siete Ave-


Marías. Guando se haya terminado, se dirá:

Madre dolorosísima:
Rogad por nosotros.

ORACIÓN
Angustiadísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra: penetrados de
la más profunda aflicción al considerar el dolor que experimentó tu alma
purísima al ver muerto en la Cruz a tu divino Hijo, venimos a tus pies
resueltos a no abandonarte jamás. Dígnate, Señora, adoptarnos en lugar de
Jesús, cumpliendo así el último encargo que te ha dado antes de espirar. Y
para que podarnos corresponder a tan excelente favor y cumplir como buenos
hijos, alcánzanos del Señor la gracia de obtener la virtud de la humildad, para
que alejando de nuestro corazón toda idea de superioridad a nuestros
semejantes, nos amemos siempre como verdaderos hermanos, hijos de tan
cariñosa Madre, y aprovechando los méritos de la pasión y muerte de
Jesucristo, al concluir nuestra peregrinación sobre la tierra, merezcamos ciñas
nuestras sienes con la corona de los elegidos, de la cual gocemos por los siglos
de los siglos. Amén.

Al llegar aquí puede descansarse un breve espacio de tiempo, según la


extensión que se haya dado a la Meditación. Durante el descanso, cada cual
procurará mantenerse en los sentimientos de piedad que le haya inspirado
el ejercicio. Después se prosigue.

MEDITACIÓN II.
Jesús depositado en los brazos de su Madre.

Y a está consumado el sacrificio. Se ha verificado la reconciliación de Dios


con la humanidad, pues la víctima tres veces santa es un sangriento cadáver
pendiente de la cruz, digno túmulo de un Redentor. Ha muerto Jesús, pero no
han terminado los dolores de María. Para poder formarnos una idea de los
nuevos sufrimientos que ahora tiene que padecer la augusta Madre del Dios-
Hombre, comparemos, hermanos míos, como lo hicimos anteriormente, la
situación de la afligida Señora, con la de cualquier persona del mundo que se
halle en situación análoga a la suya, y el corazón más endurecido no podrá
menos de hacerse pedazos de dolor, al comprender, mediante esta
comparación, quenada puede igualarlas angustias de María, después de la
muerte de su amado Hijo, que inmensa como el mar es su amargura. En
efecto, basta que la muerte penetre en una morada, para que ya los fríos restos
de su víctima objeto de una especie de veneración para todos sus parientes y
amigos.
Los hechos de su vida pasada parecen como que se purifican al contacto de la
fría guadaña, y aunque desgraciadamente se registren muchas malas acciones
en la vida del ser que fue, todas parecen olvidarse y sólo quedan palabras de
elogio a las virtudes y bellas prendas que adornaron al difunto. Figurémonos
por un momento cuál sería el sufrimiento de una madre, que, habiendo tenido
la desgracia de perder su hijo, cuando inmóvil de dolor contemplara por
última vez al pie del lecho mortuorio el pálido semblante del que había
llevado en sus entrañas, cuando los presentes, prodigándola palabras de
consuelo, se esforzarán en arrancarla de allí, viera llegar un hombre sin
corazón, que, mirando con desprecio y furor al difunto, le diera un golpe sobre
el pecho. ¡Inmenso sería el dolor de esta madre! Grande el horror que se
apoderaría de los circunstantes, los cuales, a una voz, vituperarían tan inicua
acción: y, sin embargo, este hecho, suponiendo pudiera realizarse, no tendría
comparación ni remota con lo que vió y sufrió la Santísima Virgen. Ella sigue
en el Calvario, al pie del lecho mortuorio donde ha expirado su divino Hijo;
pero este lecho mortuorio es una cruz: no hay a su lado almas caritativas que
la fuercen cariñosamente á que deje aquel lugar de dolores, ofreciéndola
cumplirán los últimos deberes con el cadáver. María está sola; las santas
mujeres y el Apóstol amado se miran postrados en tierra, presa del más
profundo pesar, y no pueden ofrecerla consuelo alguno; y en aquellos
momentos, cuando ya parecía agotada la rabia y el furor de los judíos, un
brutal soldado se aproxima al sacrosanto cadáver y con un golpe de lanza,
dirigido al costado de la víctima pone de manifiesto aquel corazón divino que
tanto había amado a los hombres, que diera su vida por ellos. Si un sencillo
golpe, como antes hemos dicho, dado a un muerto cualquiera, centuplicaría el
dolor de la madre que lo presenciara, y horrorizaría, y con razón, a los demás,
por más que se tratara del cuerpo de un hombre pecador, ¡cuánto no haría
sufrir a la ternísima María la fiera lanzada que hiere el pecho de Jesús! De
Jesús, del Dios hecho hombre por redimir al mundo, del que en su vida entera
no hay una acción que no merezca sino alabanzas. «¡Oh, corazón adorable de
mi querido Hijo exclamaría la afligida Señora: yo adoro profundamente la
divinidad que permanece unida a ti, a pesar de la muerte! No, no ha sido la
lanza del soldado la que te ha puesto de manifiesto; ha sido la violencia del
amor que concentrabas en ti para con los hombres, la que ha roto tu pecho
para mostrarte a todos y que viéndote te amen. Padre Eterno, continuaría la
triste Madre, dirigiendo sus ojos llenos de lágrimas al cielo: he aquí ya abierto
el costado de tu Hijo y mío, y con él abiertas las puertas de la gloria a todos
los mortales. Yo, tu humilde esclava, quiero cumplir fielmente su última
voluntad; yo soy la Madre de todos los hombres: Señor, haz surgir de ese
costado santísimo ríos de gracias, para que todos consigan su salvación. Hijos
míos, nos dice, en fin, dirigiéndose a nosotros: Abierta está ya la puerta que
conduce a la eterna felicidad. Entrad, ¿qué os detiene? ¿Os amedrenta el
cúmulo de vuestros pecados autores de esta muerte, de esta lanzada? No
temáis, está con vosotros vuestra Madre. Si grandes son vuestras culpas,
mayor es el mérito de la víctima inmolada. Hijos míos, venid, no os detengáis,
atended a mis dolores, mirad la soledad en que me hallo. De vosotros espero el
consuelo. Una lágrima de arrepentimiento... Una promesa de no ofender jamás
al Señor...
Entre tanto, el tiempo pasa, el sol declina con rapidez a su ocaso, la afligida
Señora necesita dar sepultura al cuerpo de su amado Hijo carece hasta de
medios para conseguirlo. En el mundo, el rico, mediante sus bienes, el pobre
con los dones de la caridad, tienen con q u e costearse los últimos honores;
sólo Jesús, el dueño de todo lo criado, quiere aún después de su muerte ser
pobre entre los pobres; por eso María, su Madre, desea bajar el santo cuerpo
de la cruz y carece de escalera; quiere amortajarle decorosamente y no tiene
paño mortuorio; quiere lavar el sangriento cadáver y le faltan bálsamos
aromáticos; quiere, en fin, darle sepultura y no hay un túmulo donde le pueda
enterrar. Los cielos con sus esplendentes celajes iluminados con la brillante
luz de los astros, ofrecieron mansión donde el Señor reposará después de la
magnífica obra de la Creación; ahora, tras la más elevada, incomprensible é
infinita de la redención, ¿no tendrá el Redentor un sepulcro para su divino
cuerpo? ¡Oh! La Providencia, en quien siempre confió María, no puede dejarla
sin consuelo. Á los débiles resplandores del crepúsculo vespertino, míranse
salir dos hombres de la ciudad de Jerusalén y subir rápidamente las veredas
que conducen a la cima del monte de las Calaveras. Son José de Arimatea y
Nicodemus, que han obtenido de Pilatos el permiso de enterrar el cuerpo de
Jesucristo, y provistos de lo necesario, se encaminan a cumplir tan triste deber.
Humildemente piden permiso a la Virgen Santísima para llevarlo, y ella sólo
puede mostrar su agradecimiento con suspiros. Jamás ninguna Madre tiene
valor para presenciar los últimos honores que se tributan al hijo de sus
entrañas, y si alguna lo hace, es sostenida por la excitación misma del dolor,
que en breve la hace caer postrada y sin fuerzas, que acaban por aniquilarse
ante aquel exceso de energía. Sólo María no se separará de aquel lugar, y
aunque su dolor excede al de todas las madres, la gracia divina la sostendrá
para que cumpla hasta el fin su misión.
En la antigua ley, para dar gracias a Dios por sus beneficios y mantener la
memoria de la promesa hecha a la humanidad de un futuro libertador, los
patriarcas, en representación de toda aquélla, erigían altares, donde se
colocaban las víctimas inmoladas que se Ofrecían al Señor consumidas por el
fuego.
La víctima real y no figurada, el cordero de Dios que quita los pecados del
mundo, ha reemplazado los antiguos sacrificios; el holocausto sólo digno de
Dios, que es Dios mismo, su Verbo humanado, ha muerto en la cruz por los
hombres; pero se hacía preciso que esta santa víctima fuera ofrecida al Eterno
Padre en expiación de los pecados de la humanidad. Mas |cual será el altar
digno de recibirlo? Sólo hay uno: el regazo de María. Ella fue escogida entre
todas las mujeres, objeto de las complacencias del Altísimo y preservada de
toda mancha desde el primer instante de su Concepción; forma entre toda la
raza de Adam una excepción: aquella impura; ella pura, así como Jesús,
cordero sin mancilla, quiso tomar sobre sí las culpas de los hombres para
redimirlas, así también María, paloma inmaculada por privilegio especial, era
preciso ofreciera al Eterno Padre, en nombre de la humanidad culpable, la
víctima que acababa de inmolarse. Por eso, contemplad a María; apenas los
justos varones, ayudados de San Juan y las piadosas mujeres, bajan de la cruz
el venerable cadáver, extiende sus brazos y ruega sea depositado en ellos,
donde le recibe, le estrecha contra su seno reverentemente y baña con sus
lágrimas su desfigurado semblante. Esforcémonos en entrar con piadosa
meditación en los sentimientos que embargarían el alma de la atribulada
Señora, al tener a su Hijo muerto en su regazo.

Ven a mis brazos, diría la Santísima Virgen; ven a mis brazos, cadáver
sacrosanto; muchas otras veces te he tenido en ellos; pero ¡qué diferencia! En
Belén, cuando te sostenía en mi regazo, miraba la celestial sonrisa con que
recibías los presentes de los monarcas orientales; ahora tu rostro pálido solo
ofrece a mi vista los horrores de la muerte. Una mirada de tus divinos ojos
bastaba á consolarme de las fatigas que sufrí al huir a Egipto para preservarte
del furor de Herodes; ahora que sufro mayor quebranto, miro extinguida la
esplendente luz de tus pupilas. ¡Ah! yo te sostengo muerto, Hijo de mis
entrañas, y además miro desnudo tu ensangrentado cadáver. Desnudo tú, que
vistes los cielos de arrebol al despuntar la aurora, de esplendente azul al medio
día y de un manto negro salpicado de lucientes estrellas por la noche. Desnudo
tú, que das a los prados vestidos de yerba y de bellos matices a las flores.
Desnudo tú, por quien las aves ostentan espléndido plumaje y pieles de mil
colores los animales... ¡Oh pecado horrible y cuánta es tu malicia, pues tantas
cuestas al Señor de todo lo criado! Después que la Santísima Virgen
desahogara su sentimiento en estos o parecidos afectos, iría ofreciendo al
Eterno Padre todos y cada uno de los miembros de Jesucristo, destrozados a
consecuencia de su pasión. Sí, hermanos míos; María la madre purísima de
Jesús, teniendo en sus brazos, cual inmaculado altar, la víctima sacrificada,
ofrece a Dios la cabeza traspasada de las espinas, en expiación de los horribles
pensamientos que albergamos con frecuencia en nuestra mente; aquel rostro
cubierto de sangre coagulada y desfigurado por la muerte, para expiar ante la
justicia eterna las heridas que abrimos en la reputación del prójimo, con
nuestras calumnias, burlas y murmuraciones; los pies y las manos taladradas
de gruesos clavos, en descargo de los movimientos desordenados a que nos
llevan nuestros apetitos; y, en fin, la afrentosa desnudez del cadáver, para que
el Señor perdone el pecado que más degrada la humana naturaleza y que, a
pesar de rebajarnos al nivel de los brutos, con frecuencia desgraciadamente se
comete, «Hasta cuándo, mortales, volvería a exclamar la Santísima Virgen,
hasta cuando no consideraréis el inmenso mal que os causáis dejándoos
arrastrar de la concupiscencia de la carne. Por ese pecado, el fuego del cielo
arrasó ciudades enteras en tiempo de los patriarcas; por ese pecado, el cadáver
de mi Hijo se muestra en mis brazos desnudo y ensangrentado.
Si el sentimiento de vuestra propia dignidad que se degrada, si la vergüenza de
apagar en vuestros semblantes la luz que el Criador ha encendido en ellos, si
el temor, en fin, de ser por una eternidad, no compañeros, sino alfombra de los
pies de los demonios, no son bastantes motivos para que rechacéis toda
impureza, mirad este cadáver desnudo, contemplad la sangre que le cubre, sus
miembros dislocados, las innumerables heridas que tiene. ¿No queréis
acompañarme y prestar esta ayuda para amortajarle? Pues bien; la pureza es el
solo vestido digno de ofrecer al que es la fuente de toda pureza. Formad
resolución de manteneros puros, de alejar cuantas ocasiones se os presenten de
mancharos, de tener cerradas las puertas de los sentidos a toda sugestión de la
concupiscencia; yo os conseguiré gracias para resistirlas y seréis dignos de
que os admita en mi compañía.»

Medítese como anteriormente

Madre dolorosísima:
Rogad por nosotros.

Miradla: su frente pura


Se inclina cual flor marchita;
No hay pena como su cuita;
Faltó a sus ojos la luz:
En sus brazos la Señora
Sostiene el cadáver yerto
De Jesús; ¿cómo no ha muerto
¿María al pie de la Cruz?
Hija del Padre querida,
Es sumisa y obediente,
Y desea constantemente
Su voluntad acatar:
Mas gracia que la conforta,
Dios en ella Complacido
La da: sólo así ha podido
Padecer sin espirar.
Murió el Redentor; su cuerpo
Depositarlo conviene
Y otro túmulo no tiene
Que el regazo virginal
De su Madre; el sacrificio
La Hostia pura ha consumado
Y exige altar no manchado
Víctima que es celestial.
Y a no tiene la Señora
Los consuelos celestiales
Que inundaron a raudales
En Belén su corazón.
Cuando a Jesús, tierno niño,
Le estrecharía entre sus brazos,
Dándole dulces abrazos
Con la más grata efusión.
Entonces con gozo santo
Miraba su pura frente,
Que se orlaba refulgente
Con célico resplandor;
Y los reyes y Pastores
Á sus plantas se postraban,
Y los ángeles cantaban
Alabanzas al Señor.
Hoy, como entonces, la Madre
En brazos al Hijo tiene,
Pero un cadáver sostiene.
Ya murió su dulce bien:
No circundan su cabeza
Rayos de luces divinas,
Sino corona de espinas
Traspasa la pura sien.
Los reyes y los pastores
No le rinden homenajes;
Un pueblo vil, sus ultrajes
Lanza a Jesús sin cesar:
Ni de los Ángeles suena
La célica melodía...
¡Quién la pena de María
Podrá ver y no llorar.
Señora, roto en pedazos
El corazón en el pecho,
Quiere salirse despecho
Viéndote en tal aflicción:
Ante tus plantas postrados
Vednos, aunque pecadores,
Rogamos por tus dolores,
Nos mires con compasión.
Acompañemos a María en su soledad, rezando un Padre Nuestro y siete
Ave-Marías.

Madre dolorosísima:
Rogad por nosotros.

ORACIÓN
Oh angustiadísima María, Madre de Dios y Madre nuestra: considerándote
con tu Santísimo Hijo muerto en los brazos, falta valor para fijar la vista en tan
triste cuadro. La vergüenza colorea nuestro semblante y el agudo
remordimiento despedaza nuestra conciencia. Nosotros hemos crucificado tu
amantísimo Hijo; nuestras impurezas han puesto su cadáver desnudo en tus
virginales brazos; quisiéramos ocultar en lo más profundo de la tierra nuestra
vergüenza y confusión. Pero ¿á dónde iremos, si de ti nos apartamos? ¡oh!
entonces nuestra perdición es segura. No, Virgen Santísima, tú eres nuestra
Madre; en tus brazos, como en sagrado altar, se halla la Hostia pura, que
puede únicamente aplacar al Eterno Padre. No nos desampares, cúbrenos con
tu manto, y alcánzanos por ese mismo dolor que experimenta en ese trance tu
bendita alma, contrición profunda de nuestros pecados y un gran amor a la
pureza, con cuya virtud, viviendo como ángeles en la tierra, merezcamos
hacerte compañía en el cielo, por toda una eternidad. Amén.

MEDITACIÓN III.
Entierro de Nuestro Señor Jesucristo.

No han terminado aún todos los dolores de la Santísima Virgen; resérvala el


Eterno Padre mayores pruebas, y su corazón purísimo, que ya rebosa
grandísima amargura, debe prepararse para sufrir más. ¿Pero caben todavía
mayores adicciones? Ella ha visto a su Hijo Santísimo, al Dios y hombre
verdadero, hecho el escarnio de las gentes y el desprecio del pueblo; ha
contemplado aquel cuerpo santo despedazado con crueles azotes; aquella
divina cabeza, admiración de los ángeles, taladrada con gruesas espinas;
aquellas manos y pies sacratísimos fijos en la cruz con penetrantes clavos de
hierro; amargada con hiel y vinagre aquella boca santísima, que sólo se abrió
para pronunciar palabras de perdón; ha escuchado las blasfemias y ultrajes con
que los enemigos de Jesús le han insultado en su agonía; le ha visto, en fin,
morir en la cruz, y más tarde ha estrechado contra su pecho virginal el sagrado
cadáver.
¿Qué más le resta que sufrir? ¡Ah! hermanos míos, si el sentimiento, si la
misericordia se alberga en vuestros pechos, venid de nuevo al Calvario para
consolar la triste Madre, a la que van a separar del cuerpo inanimado de su
Hijo, para darle sepultura. Las madres que han tenido la desgracia de perder al
hijo de sus entrañas, podrán formarse una idea, aunque imperfecta, del dolor
que en este momento vino de nuevo a aumentar las angustias de María
Santísima. Sólo una idea imperfecta, sí, porque ellas, en tan duro trance, se
ven rodeadas de parientes y amigos que das alientan y consuelan; saben que
mientras los unos las acompañan, otros cuidan de que el entierro se verifique
con el respeto y consideración debidos al cadáver y a la posición de su familia,
y aunque sientan partírseles el corazón al pensar se separan para siempre del
Hijo querido, templa su dolor el pensamiento de que no le falta honor ninguno
hasta dejarle en su última morada. Y sin embargo ¿qué comparación cabe
entre el cadáver de un miserable mortal y el del Hombre-Dios? Ninguna.
¿Puede acaso nunca ponerse en parangón el Criador y la criatura? ciertamente
que no, y, no obstante, el cuerpo de Jesús casi no tiene honores; su Madre
purísima carece de todo consuelo.
Levantemos los ojos de la consideración otra vez al monte de las Calaveras, y
al tenue resplandor del crepúsculo vespertino, que apenas deja entrever los
objetos, contemplemos la fúnebre comitiva que baja a paso lento las
escarpadas sendas de la montaña. La forman sólo siete personas. Dos hombres
llevan envuelto en un blanco sudario un cadáver: sígueles de cerca una mujer,
cuyo semblante revela un dolor tan profundo, que no hay palabra
para describirlo; otras tres mujeres van a su lado juntamente con un joven, los
cuales en vano intentan consolar a la primera, porque al pretender pronunciar
una palabra, los sollozos anudan también sus gargantas y las lágrimas corren
de sus ojos, tanto más abundantes cuanto más reprimidas. ¿De quién es ese
entierro tan pobre, que no hay siquiera una antorcha que ilumine el camino
que recorre la comitiva? De seguro, nada absolutamente poseería el que ya es
cadáver. Sin embargo, lo poseyó todo; digo mal, lo posee todo; suyo es el sol,
suya la luna, suyos los astros, suyo el cielo, suya es la tierra y cuanto contiene,
suyos los hombres, los imperios y cuanto existe, porque ese cadáver es el de
Jesús, Verbo de Dios, por quien todo ha sido hecho, que ha venido a la tierra a
pagar con carne humana las culpas de la humanidad. ¡Jesús es ese! Imposible.
¿Cómo Jesús tan solo después de muerto? ¿Dónde están las cinco mil personas
á quienes alimentó milagrosamente? ¿Cómo no se disputan el honor de
conducir con pompa su cadáver y acompañar a su madre tantos paralíticos a
quienes dio movimiento, tantos ciegos a quienes dio vista, tantos enfermos
como sanó, tantos muertos como resucitó? ¡Ay! El hombre olvida pronto los
beneficios; Jesucristo ha muerto crucificado por los principales de su nación, y
el respeto humano, el temor de qué dirán, contiene en sus moradas a los
favorecidos.
Ya pasó el beneficio, ¡qué les importa el bienhechor!; ¡qué les interesa que su
madre carezca de todo consuelo!; ahora lo que importa es que los príncipes de
los sacerdotes, los escribas y fariseos no sé aperciban siquiera de que hubo
relaciones entre ellos y el Crucificado; podían causarles algún mal, vale más
mostrarse indiferentes. Por eso, de tanto y tanto millar de hombres favorecidos
por Jesús, sólo dos han tenido valor de aproximarse a su cadáver para darle
sepultura y de doce apóstoles que presenciaron los milagros que testificaban
su omnipotencia, sólo uno acompaña el cadáver del Maestro; de aquella
multitud de mujeres que á porfía le presentaban sus hijos para que les
bendijera, solo tres se han atrevido a acompañar a María en su soledad, Y allí
en el huerto solitario de las faldas del Calvario; sin más antorcha funeraria que
la pálida luz de la luna, sin otro canto fúnebre que el dolor inmenso de la más
santa y más pura de todas las madres; sin otras palabras de consuelo que los
no interrumpidos suspiros de aquel coito número de personas, el cuerpo de
Jesús es depositado en un sepulcro y una gran piedra colocada en su boca roba
su cuerpo a las tristes miradas de su Madre. ¡Gran Dios! ¡Qué sola ha quedado
María sin su amado Jesús! Supongamos por un instante el Sol despojado de
sus luces, arrebatadas al mar sus aguas, arrancados de sus asientos los montes
y dando por un momento sensibilidad
á estas criaturas insensibles; consideremos cuán grande sería su dolor al verse
privados de lo que constituye su centro, la esencia de su ser; pues bien, ni aun
así podemos formarnos una idea del dolor de María al verse separada de lo
que constituía para ella la vida, la alegría, el imán de toda su alma. Sería
necesario para poder apreciar en algún tanto el dolor de la divina Señora, que
la inteligencia humana pudiera también apreciar el amor de Jesús para María y
el de María para con Jesús. Callen, pues, las palabras; hablen sólo los
sentimientos del corazón.

Al considerar la pena grandísima de la Santísima Virgen al verse separada del


cadáver de su amado Jesús; al representárnosla sola, que al mirar con angustia
la losa que la priva de su vista, cae en tierra desplomada á violencia del dolor
vivísimo que su corazón experimenta en aquellos terribles momentos, ¿no es
verdad, hermanos míos, que también nuestro pecho se oprime y que las
lágrimas acuden a nuestros ojos? ¿No es cierto que sentimos un vivo deseo de
correr al lado de esta Madre desolada, para acompañarla y consolarla? Sí. Mas
plegue a Dios que este deseo no sea enteramente efímero, porque
desgraciadamente muchas veces hemos imitado la conducta
de los favorecidos por Jesús, y que, sin embargo, dejaron a su Madre en los
momentos en que más necesitaba de su auxilio; desgraciadamente, vuelvo a
decir, muchos de entre nosotros dejan hoy a María abandonada en su soledad.
En efecto, cuántas veces al pretender cumplir los deberes de cristianos, hemos
sido detenidos por un temor pueril, por un solo respeto humano. Hoy
ese día festivo, por ejemplo, y debo asistir a la santa Misa; pero no, pueden
verme aquellos amigos y creerán que soy un beato. Si asisto a ella y la oigo
con devoción y modestia, me llamarán hipócrita; conviene que me vean en el
Templo con aire distraído, con modales desembarazados.
No debo confesarme; me consta que la persona que me protege no apruébala
confesión, y si lo sabe, puedo perder mi fortuna. La costumbre ha hecho se
compre y se venda los días festivos; si no sigo la corriente de la época, me
llamarán mojigato. ¿Qué se dirá de mí en las tertulias que frecuento, en los
círculos adonde concurro, si me abstengo o me opongo a la murmuración, si
se aperciben de que rezo el Santo Rosario, de que visito el Santísimo, de que
saludo al pasar por la puerta de un templo? Se reirán de mí, me pondré en
ridículo. ¡Ay! Hermanos míos, ¡cuántas faltas de esta naturaleza no se
cometen diariamente y cuántas no tenemos que echarnos en cara nosotros
mismos! Pues bien, al obrar así, entendámoslo bien, imitamos la conducta de
aquellos a quienes Jesús dio de comer, sanó de sus dolencias, hizo beneficios,
y, sin embargo, cuando en tropel debieron acudir a sus funerales y acompañar
á la Madre de su divino bienhechor, permanecieron en sus moradas y no se
atrevieron a concurrir adonde les llamaba el más santo de los deberes, la
gratitud, por no malquistarse con los escribas y fariseos, por no hacer
profesión pública de discípulos del crucificado.
Cualquiera de nosotros motejaría, y con razón, de mal hijo a aquel que
sabiendo estaba su madre en una tribulación, en un quebranto, no acudiera
presuroso a su lado, pretextando ocupaciones urgentes, negocios graves. ¿Qué
más urgente ni más grave, diríamos, y con razón, que la piedad filial? Pues
bien, nosotros todos somos hijos de la Santísima Virgen, ella nos ha adoptado
por tales al pie de la Cruz, ya lo hemos visto: nosotros, como los habitantes de
Jerusalén, somos deudores a Jesucristo de inmensos beneficios
materiales y morales. Él nos da la vida, la salud, los bienes; Él conserva en el
mundo las personas que nos son queridas y necesarias; por Él tienen feliz
éxito nuestros asuntos y empresas; Él nos ha redimido con su preciosa sangre,
nos ha hecho nacer en el gremio de la Iglesia santa, para que podamos
aprovecharnos de la redención nos da el perdón de nuestros pecados en el
sacramento de la Penitencia; nos alimenta con su carne y sangre adorables en
la Eucaristía; nos ofrece, en fin, una ventura eterna en el cielo: ingratos
seremos, hermanos míos, si no acudimos a sus funerales, si no consolamos en
el duro trance en que ahora consideramos a su santa Madre María. Y para ello,
no formemos propósitos efímeros, ni nos limitemos a derramar lágrimas
estériles; formemos la resolución de cumplir fielmente los deberes de
cristianos, despreciando todo humano respeto: si tememos que esto pueda
perjudicarnos en concepto de alguien, consideremos que lo importante es no
perder el concepto de Dios, de cuya Providencia todo proviene, y que tiene
contados los cabellos de nuestra cabeza; y si esta reflexión no es bastante,
consideremos a nuestra Madre, sola, triste, abandonada de todos, mirando
sepultar el cadáver de su Santísimo Hijo, y comprendiendo entonces que
nuestro puesto está a su lado, portémonos como buenos hijos, y a las burlas
necias que puedan dirigirnos, digamos con firmeza: mi Madre, mi querida
Madre, la Santísima Virgen, a quien tanto debo, la que tantas veces ha rogado
por mí, sufre, y debo estar a su lado para consolarla, cumpliendo fielmente los
deberes de cristiano. De esta suerte, no sólo no dejaremos abandonada a María
en el entierro de su Santísimo Hijo, sino que, cuando llegue nuestra muerte,
cuando ya persona alguna podrá valernos en este mundo, esta divina Señora
vendrá a su vez a consolarnos en nuestras terribles angustias y ceñirá nuestra
frente con una corona inmortal.

Medítese como anteriormente.

Madre dolorosísima.
Rogad por nosotros.

¡Cuán sola está María!, cuan triste y afligida!;


Es de inmensa amargura un mar su corazón:
Tórtola solitaria que en el desierto anida,
y con gemido triste demanda compasión.
Doblada la cabeza, pálida, sin aliento,
Cual flor a la que falta del sol la clara luz,
Las sendas del Calvario descienden á paso lento,
En pos de los varones que llevan a Jesús.
Era Jesús a ella cual flor al verde prado.
Su vida, su alegría, encanto de su ser;
Mas ¡ay! en vano busca la Madre al Hijo amado;
Un cadáver tan sólo ante ella puede ver.
Cadáver, más carece de pompa funeraria.
Ni tiene quien consuele la Madre su dolor,
Ni hay quien riegue con llanto la tumba solitaria,
Do en breve sepultado quedará el Redentor.
Donde os halláis, estrellas de brillo refulgente,
Venid, y al santo cuerpo servid de luminar,
Él os formó de nada, con mano omnipotente,
Y es justo su cadáver vengáis a iluminar.
Bajad, Ángeles bellos, de la celeste altura.
Acompañad el cuerpo del Salvador Jesús,
Consolad a María, que sufre la amargura
De verse abandonada sin su vida y su luz.
Mas no; quiere el Eterno que aquel cuerpo bendito
Baje al sepulcro solo, sin pompa, sin honor.
Que al espiar el Verbo el pecado maldito.
Todo el mal sea al justo y el bien al pecador.
Pero al menos los hombres, aquellos que dichosos
Fueron favorecidos con milagros sin par,
Al lado de María hoy vendrán presurosos.
Si no a dar consuelos, al menos, a llorar.
Mas ¡ay que son los hombres ingratos y crueles,
Y olvidan beneficios cual humo que se va;
Muy pocos a María en su dolor son fieles,
Y vedla, desolada, junto al sepulcro está.
Señora, á vuestras plantas vednos al fin postrados.
Ingratos hemos sido, infieles en verdad;
Graves o innumerables son ¡ay! nuestros pecados,
Pero a tus pies venimos demandando piedad.
No nos deseches, Madre, por tus mismos dolores,
Pues sois luz hermosa de paz y salvación
Y hallan en ti Abogada los pobres pecadores,
Que, cual ahora nosotros, te dan el corazón.

Acompañemos a María en su soledad, rezando un Padre nuestro y siete Ave


Marías.

Madre dolorosísima.
Rogad por nosotros.

ORACIÓN
Dolorosísima Madre de Dios y angustiadísima Señora: vednos aquí ante
vuestras plantas benditas, queriendo acompañaros en la triste soledad á que os
ha reducido la muerte de vuestro Hijo santísimo. Comprendemos que una y
mil veces hemos renovado vuestra aflicción, cuando imitadores de los judíos
favorecidos por Jesús, y que, no obstante, os abandonaron en tan duro trance,
hemos postergado nuestros deberes de cristianos a un vil respeto humano, a un
temor sin fundamento. Resueltos a no abandonaros más, os rogamos, Madre
querida, nos alcancéis gracia para que, cumpliendo exactamente nuestras
obligaciones, vivamos como fieles hijos vuestros y nunca os abandonemos,
mereciendo así vuestra protección, para conseguir con ella la eterna gloria.
Amén.

MEDITACIÓN IV.
La Santísima Virgen sola en su morada.

Ya está la Santísima Virgen en su morada, pero ¿cómo? ¡sola completamente


sola! Consideremos los dolorosos pensamientos que acudirían a la mente de la
divina Señora al verse en aquella casa, centro antes de todas sus alegrías y hoy
de la tristeza y desolación. Allí reposaba como hombre verdadero su
Santísimo Hijo; pero ya no existe; en vano le agua da, como otras veces, su
purísima Madre; la muerte ha roto los lazos que ligaban a la vida su
humanidad, y el cuerpo, convertido en yerto cadáver, descansa en el fondo de
un sepulcro. ¿Pero acaso, preguntaréis, estaba María completamente sola? ¿No
habernos oído antes que San Juan, la Magdalena y las otras piadosas mujeres
se encontraban allí a su lado? Sí, pero también hemos oído que, abrumados del
mismo dolor, sus labios no podían pronunciar palabra alguna de consuelo.
Además, y aun suponiendo que los piadosos acompañantes hubieran podido
prodigarla alguno, no era posible pudiera caber en el pecho de María. Si el Sol
que, esplendente, ilumina la naturaleza y difunde por doquiera la vida y la
animación con su calor y su luz, apagara en un momento sus rayos, viérase á
la naturaleza morir, digámoslo así, de dolor, sin que pudiera darla el benéfico
calor que necesita para vivir, la luna, las estrellas y los demás astros.
Pues bien, de la misma manera, María vivía por la influencia del Sol de Jesús;
privada de él, criatura alguna puede llenar el vacío de su corazón. Ella sola,
como la más perfecta de todas ellas, amó a su divino Hijo con un amor cual no
sintió jamás el Serafín más abrasado, su amante corazón latía en Jesús y por
Jesús, era para ella el único y verdadero bien; privada de él, no se concibe
pudiera continuar viviendo sin un milagro de la Omnipotencia divina. ¿Pero
acaso, quizá preguntéis también, no sabía la Sma Virgen que su Hijo adorable
había de resucitar? Ciertamente que sí. ¿Pues entonces, cómo tanta pena por
una privación de algunas horas? ¡Ah!, hermanos míos, ¡y qué bien se descubre
en esta reflexión nuestro corazón grosero y carnal! ¡Cuán perfectamente se
muestra en ello lo lejos que estamos de comprender el verdadero Bien! Un pez
sacado de las aguas perece inmediatamente, y por pronto que queramos
volverles a ellas, la muerte se habrá anticipado a nuestro deseo, porque para el
pez no ay otro bien sino la linfa pura y cristalina que recorre en todas
direcciones. La avecilla acostumbrada a surcar los aires con toda libertad, se
entristece cuando se mira aprisionada, y por rápidos que queramos franquearle
los hierros de su prisión, la muerte habrá concluido su frágil existencia, porque
no hay para ella otro bien que la libertad del espacio, y sin ella no puede vivir.
Pues de la misma manera que el bien para que el pez ha sido criado, y que
disfruta, es el agua, y el aire el del ave, el corazón del hombre ha sido criado
para un Bien infinito, real, único que puede llenarle, satisfacerle, hacerle feliz.
Este Bien es su Criador, fuera de él, todo es quimera, vanidad, mentira.
Comprendíalo así con su purísima inteligencia la Santa Virgen; amaba a su
Dios y Señor como a su único y verdadero Bien, y habiendo gozado de este
amor en las múltiples y expansivas relaciones de una Madre para con su Hijo,
por la excelsa prerrogativa a que el cielo la destinara, fácilmente podemos
comprender no era posible amar y poseer este Bien infinito, sin experimentar
vivísimo dolor, al encontrarse separada de él, siquiera sólo fuese por algún
tiempo.
Nosotros mismos lloramos y lamentamos la separación demuestro lado de las
personas queridas, siquiera tras breves días volvamos a verlas: nuestro mismo
corazón sien te vacío, cuando nos vemos privados de un bien que apetecemos,
aunque sea por breves momentos. Y, sin embargo, ninguna comparación cabe
entre el amor carnal que profesamos a nuestros parientes y amigos, entre el
deseo satisfecho de un bien material y el amor purísimo de María á Jesús, el
gozo de poseer, como una Madre posee a su Hijo, el Bien infinito, lo que
constituye la suprema y única felicidad de la criatura. Dios su Criador. Con
razón, pues, la Santa Virgen, al encontrarse en su morada sin la prenda de su
corazón, siente y se halla en la más completa soledad. Por otra parte, no era
sólo la pena de la privación de su Hijo la que torturaba el corazón de María,
allegábanse á ella otras no menos intensas y terribles. Lentas y amargas
transcurren para la pobre Madre las horas de aquella larguísima noche, que
ahora conmemoramos: cuando los resplandores del nuevo día, produciendo el
movimiento en la ciudad deicida, llegaron a la vista de la afligida Señora,
volvió a recordar fielmente los sucesos del día anterior.
Vió de nuevo a su Hijo llevado de Tribunal en Tribunal injuriado por la plebe,
tratado como loco, azotado, coronado de espinas, pospuesto á Barrabás; volvió
a seguirle por el doloroso camino del Calvario, le contempló espirante en la
Cruz, le consideró cadáver en sus brazos y muerto
en la actualidad en el Sepulcro, y recordando las últimas palabras de la Santa
Víctima, y al verse constituida Madre de todo el género humano, el recuerdo
del extraordinario número de hijos ingratos, para quienes serían infructuosas
la pasión y muerte de Jesucristo, vino, por decirlo así, a producir nuevas
oleadas de amargura, en el inmenso mar de dolores que anegaba su corazón.
¡Oh!, diría la afligidísima Señora, Mi Hijo muy amado saldrá en breve de las
tinieblas del Sepulcro y, vencedor del pecado y de la muerte, recobrará la
gloria de su divinidad de que voluntariamente se ha despojado por salvar al
pecador: mas ¡ay! ¡cuántos de entre estos permanecerán para siempre
enterrados en el sepulcro de sus culpas, siendo su eterno patrimonio las
tinieblas y las sombras de la muerte! Aquí la Santísima Virgen lamentaría la
perdida de los pérfidos judíos que desconocieron al verdadero Mesías
prometido
Y recorriendo los siglos con vista profética, sufriría indecibles angustias, las
angustias de una Madre que ve en peligro sus hijos queridos sin poder
salvarlos; al considerar la multitud de perseguidores que pretenderían ahogar
la Iglesia en ríos de sangre, la de los herejes que negarían los venerandos
dogmas de la amada esposa del Hombre Dios, la de los malos cristianos que,
en todos los tiempos y en todos los países, preferirían vivir eternamente
sepultados en el sepulcro de su condenación, a reinar con Cristo en el cielo, á
trueque de satisfacer criminales pasiones, de vivir entregados a sucios deleites,
de enriquecerse por medios reprobados de satisfacer la innoble envidia,
cebando las lenguas murmuradoras en la honra y la reputación del prójimo.
¡Hijos de mi alma!, volvería a exclamar la desolada Señora no aumentéis, por
piedad, los sufrimientos de vuestra Madre que os ama. Sed fíeles a Jesús, y no
destrocéis mi corazón con vuestros pecados.
Hermanos míos, escuchemos las voces de esta Madre dolorida nuestra, que se
dirige a todos y a cada uno de nosotros. ¿Quién no tendrá, que reprocharse
alguna acción criminal? Aquí, en presencia de María Santísima, detestemos de
todo corazón cuanto hasta ahora nos ha apartado de la santa ley del Señor,
formando la resolución de trabajar con todas nuestras fuerzas en extirpar la
mala semilla de los vicios que se arraigan en nuestros corazones, con la ayuda
de la divina gracia, a fin de que, una vez que hemos venido a acompañar a
María en su soledad, nunca nos separemos de ella. Á muy poco trabajo
encontraremos con su protección una recompensa sin fin.
Mucho sufrió, como hemos visto en estas Meditaciones, la Santísima Virgen;
pero ¡cuán grande no fue su recompensa! Llegó tras su amarga soledad el
momento de la Resurrección de su amado, le vio salir triunfante del sepulcro,
y para consolarla en sus dolores, el Señor la hizo ver la multitud innumerable
de Mártires, de Confesores, de Vírgenes, de quienes sería Reina, y que en todo
tiempo y de todos los países irían a aumentar el festín de las bodas del
Cordero y a constituir la brillante corte de la Jerusalén triunfante. Como
María, y por su intercesión, nosotros también seremos consolados si
secundando la gracia rompemos las ligaduras de la muerte de la culpa y
resucitamos con Cristo. En breve nuestra Santa Madre la iglesia, bendiciendo
el fuego sagrado y con el alegre clamoreo de sus campanas, nos dará a
conocer su regocijo por la Resurrección de Jesús, enseñándonos debemos
como nacer a una nueva vida. Pidámoslo así, por la intercesión de esta divina
Señora, a quien hemos acompañado en su soledad, y ella quiera darnos, en
cambio a esta noche dedicada a recordar sus dolores, su protección durante la
vida y después la bienaventuranza eterna. Amén.

Para conseguirlo, saludemos por última vez a María con un Padre nuestro y
siete Ave-Marías.

Madre dolorosísima.
Rogad por nosotros.

ORACIÓN
Angustiadísima Virgen María, Madre de Dios y Señora nuestra: al venir a
acompañarte durante las amargas horas dé tu soledad, sentimos nuestro
corazón traspasado del más vivo dolor, considerando que nuestras gravísimas
culpas son la causa de tus aflicciones. Detestándolas con todas veras, te
pedimos tu protección y ayuda para salir de este miserable estado y portarnos
en lo sucesivo como hijos agradecidos vuestros. No permitas. Madre querida,
que, en adelante ningún cristiano, y muy particularmente los que reunidos han
practicado esta devoción o cooperado a ella, sean causa de volver a lastimar tu
corazón maternal. En breve, Madre querida, al ver tu Santísimo Hijo
resucitado, experimentará tu alma tan grandes consuelos cómo han sido tus
aflicciones; haz que todos participemos de ellos en alguna parte,
alcanzándonos gracia para resucitar con Cristo, saliendo de la muerte de la
culpa, y perseverar toda nuestra vida como verdaderos hijos tuyos, para que,
asistidos con tu intercesión en las vicisitudes del tiempo, alcancemos al fin la
bienaventuranza eterna, donde en cambio, á el corto rato que hemos estado a
tus plantas en la presente noche acompañándote en tu soledad, lo estemos
también por los siglos de los siglos. Así sea.

Saludemos por última vez a María Santísima, diciéndola para despedida la


siguiente:

ANTÍFONA
Reina del cielo, alégrate, ¡aleluya!, porque Aquel que fuisteis digna de llevar
en las entrañas, ¡aleluya!, resucitó como lo dijo: ¡Aleluya! Ruega a Dios por
nosotros: ¡Aleluya!

L/: Gozaos y alegraos. Virgen María. ¡Aleluya!


R/: Porque verdaderamente resucitó el Señor ¡Aleluya!

ORACIÓN
¡Oh Dios, que te dignaste alegrar al mundo con la Resurrección de tu Hijo
Jesucristo Señor nuestro!; concédenos que, por la intercesión de su Madre la
gloriosa siempre Virgen María, logremos conseguir los gozos de la vida
eterna: por Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
LA TORTOLILLA TRISTE
LA PALOMA MÁS CÁNDIDA GIMIENDO Y CANTANDO EN LAS
CONCAVIDADES DE LA GRUTA DE BELÉN.
DOLORES TIERNOS DE MARÍA SANTÍSIMA, MIRANDO A SU
DULCE JESÚS EN UN PESEBRE HUMILDE Y DESECHADO

Por el Pbro. Dr. D. Juan Antonio Pérez de Espinoza, Fundador y Prepósito


de la Congregación de San Felipe Neri de la Ciudad de Málaga y de la Villa
de San Miguel el Grande.
Reimpresa en México, año de 1774.

MEDITACIÓN I.
¡Oh Tortolilla triste, que, en las concavidades de la Cueva de Belén, de ante
mano sentiste y lloraste con tiernos suspiros la Pasión de tu Jesús amado!
¡Qué alegría ocuparía tu Corazón y tu alma cuando viste delante de tus ojos al
hermosísimo, y agradable rostro de Jesús, que tanto desearon ver los
Patriarcas y Profetas antiguos! ¡Que ternuras le dirías al que siendo inmortal
vestido de tosco sayal de nuestra carne! Mas o que lágrimas y suspiros darías
de lo íntimo de tu pecho al atender, que aquel hermoso rostro había de ser
obscurecido y afeado con terribles golpes, bofetadas y salivas inmundas. Es
posible, dirías, que ha de haber criaturas tan ingratas, que a tu vista te ofendan
y ultrajen tu cara. ¡Oh mi bien! ¡Oh mi niño! ¡Oh mi cielo! ¡Oh mi Jesús!
¿Quién así te baldona? ¿Quién al verte o te ama?

DEPRECACIÓN
Pues así quisiste Señor, ofrecer tu rostro a las salivas, tus nacaradas mejillas a
las bofetadas y golpes, tu cabello hermoso a ser repelado de aquellos tigres
fieros, y te ofreciste desde el punto del nacer, y aun desde tu animación, por
mí, haz que no te ofenda, ni te ultraje en tu presencia, aun con la más leve
culpa, y adoren tu paciente amor, y todas las criaturas angelicales y humanas,
veneren y amen tu apacible rostro por todas las eternidades. Amén.
Padre nuestro, Ave María y Gloria.

MEDITACIÓN II.
¡Oh Cítara suavísima! Que al entonar la capilla angélica: Gloria in excelsis
Deo. Resonaste con dulce armonía dando gracias a tu dulce amante Jesús, por
todo el linaje humano, siendo tu voz la más agradable a sus oídos. Mas y que
breve se convirtió su amorosa cítara en amargo llanto, haciendo eco en su
pecho las horrorosas voces, desprecios y clamores de aquel ingrato pueblo,
que había de clamar: crucifícale, crucifícale, quítale de nuestra vista, reo es y
digno de muerte. ¡Oh sacrílegas lenguas! ¿la muerte queréis dar a quien viene
a daros la vida? Oh como entre gemidos y sollozos convidarías a los santos
ángeles, para que, en contraposición de tantas blasfemias, le cantasen: ¡Santo,
Santo, Santo! Sea a vos, Oh Verbo humanado, eterna adoración y gloria por
los siglos de los siglos. Amén.

DEPRECACIÓN
Así como te dignaste Señor, de nacer desconocido en un portal humilde,
aunque adorado de los Ángeles y te sujetase a ser con clamores condenado a
muerte cruel, concédenos benigno el que, imitando tu humildad, amemos los
desprecios y pisemos el fausto y estimación mundana, y cerrando los oídos a
los silbos de la antigua serpiente, solo oigamos tus divinas inspiraciones y
demos a tu Majestad eternas alabanzas en unión de los espíritus angélicos y
justos de la tierra. Amén.
MEDITACIÓN III.
¡Oh Paloma sin hiel candidísima y suave, que entre dulces gorjeos y
coloquios, llegaste a aplicar esos labios de nácar a las tiernas mejillas y lirios
agraciados de la boca de tu niño hermoso! ¡Que dulzuras tan raras causaría en
tu interior aquel ósculo suave! ¡Como enlazaría en amores las dos benditas
almas! Cuan fina y amorosa aplicaste a tus pechos aquel cordero sacro,
regalando con el néctar y leche suavísima, que entre dulces arrullos muy
gustoso mamaba, mas aquellas delicias en acíbar trocadas las veía tu vivo
amor, cuando considerabas el ósculo de Judas, y aquella hiel amarga, que le
daría en la Cruz la perfidia judaica. ¡Oh cruel y amargo cáliz! ¡Oh traidor
inhumano! (exclamarías herida) ¡Oh culpa, culpa amarga, que a este tierno
niño tanta amargura causas! Mis lágrimas, suspiros, mi amargo y tierno llanto,
endulzarán tus penas ¡Oh mi Jesús amado!

DEPRECACIÓN
¡Oh suavísimo bien de mi alma! Por la leche purísima y pechos que mamaste
de vuestra Madre pura, perdonad mis defectos, no merezco tus labios
hermosísimo niño, dadme tus pies sagrados, a tus plantas aplico mi boca y
pecho helado, corrido estoy de verme tan duro y tan ingrato. Peor eh sido que
Judas, pues tantas te eh entregado cuantas veces te eh ofendido y repito el
pecado, ¡Oh mi bien! ¡Oh mi niño! ¡Oh Jesús agraciado! Oiga yo de tu boca
como la Magdalena: tus pecados están perdonados. Amén.

MEDITACIÓN IV.
¡Oh Corderita tierna, que al manso cordero diste a luz sin dolor, sin lesión de
tu virginal pureza! ¡Que gozo sería el que sentiste cuando obsequiosa y fiel
besaste las manecitas tiernas de tu Benditísimo Hijo, hechas a torno por lo
perfecto y llenas de jacintos por lo liberal y hermoso! Como aplicarías tus
labios a sus piececitos helados, y los entrarías en tu pecho, pues apenas
alcanzarían a cubrirlos las mantillas pobres y cortas, pues aun al mismo
tiempo se ofrecían a tu mente aquellos clavos duros, que habían de traspasar
sus liberales manos y sagrados pies, que tantos pasos dieron para nuestro bien
y remedios en busca de las errantes ovejuelas. ¡Oh como exclamarías! ¡Oh
bellos pies dirías (de dolor traspasada) que eh de ver heridos con una dura
escarpia! ¡manos hermosas, ay, que os veo rubricadas al cincel de los hierros
con carmesí sagrado de tu Preciosa Sangre! ¿los yerros son del hombre, y tu
Señor, los pagas? Beso tus santos pes y tus preciosas manos.

DEPRECACIÓN
Regad, ojos, los pies de vuestro Niño amante, ensayaos a sentir la pena tan
tirana que ocasionó la culpa a las divinas manos, sirvan Señor, de concha, tus
palmas agraciadas a las perlas que vierte tu dolorosa Madre. Ofrécelas Señora,
a tu Eterno Padre, trasladad a mi pecho aquestos duros clavos, sienta Jesús,
mis yerros y llore mis pecados, endereza mis pasos por esos pies sagrados, tus
manos me ayuden, pues ellas me formaron. ¡Oh mi Jesús Divino! Adoro, beso,
y amo los afectos que miro en vuestros pies y manos, adoro y reverencio esas
sacratísimas llagas, que ya lloro, harán los duros clavos. Amén.

MEDITACIÓN V.
¡Oh esposa la mas bella del amante de las almas, presa de sus amores y en
ellos anegada! Oh que ansiosa y solicita en las mantillas afeadas y pañalitos
limpios que bordo de flores tu cariño, envolviste al que viste los cielos de
bellezas, y la tierra de rosas y hermosura, ligando y fajando con gran
reverencia al Omnipotente y Soberano Rey. ¡Que regocijos tan tiernos
inundarían tu Corazón y tu alma, apretando en tus brazos al que el cielo no
abraza! Pero tantas ternuras y caricias amantes en penas y gemidos se volvían
al instante, al contemplar como los lobos fieros le ligarían inhumanos,
rompiéndoles sus carnes y atado a la columna en casa de Pilatos, desgarrarían
su cuerpo inmaculado, y quitada la túnica tejida de su mano, le vestirían por
burla la púrpura de grana como fingido rey ¡Que diferente trato, del que tú
Madre tierna, cariñosa, le dabas! ¡Oh! Alaben las criaturas todas tan supremo
monarca.

DEPRECACIÓN
¡Oh Rey, Señor y Dueño! ¡Oh Majestad increada! ¡Quien Señor, no te adora!
¡Quien mi Jesús, no te ama! Las telas de mi pecho te ofrezco por abrigo, mi
corazón por cuna y por descanso. Haz en el tu mansión, por tu pobreza suma
viste mi alma de gracia, suplan mis deseos el esmero amoroso que en que te
envolvió tu bendita y santa Madre. Prepara oh Reina mía, mi corazón para
recibir a tan amable huésped. Poderosa eres, benigna eres, mi alma, mi vida,
sentidos y potencias a tu bondad consagro, haz en mi como cosa tuya. Amén.
MEDITACIÓN VI.
Candidísima Azucena sobre quien descansó el Espíritu de Dios, escala
refulgente en donde estribó y descansó el Verbo Divino, ya hecho hombre,
quien podrá alcanzar el gozo que tuviste cuando elevaste a tu dulce Niño del
pesebre duro, y reposó en tus brazos y le abrigaste estando tiritando de frío,
hallándole mas gustoso en tu seno, que aun en los mismos cielos, aquí sí, que
si gustarías aquel panal dulce lleno de suavidades. Pero, ay Señora mía, ese
florido ramillete, que tu vista regala, será acequio de mirra, que amargura tus
gustos, cuando Señora, de tus brazos amantes pase a los de un duro leño,
coronado de flores, más después de espinas y cambrones. En sus brazos
María, los de la Cruz miraba, y así el descanso del Niño era para su Madre,
cuchillo penetrante.

DEPRECACIÓN
¡Oh mi bien! Oh mi amor crucificado desde el nacer hasta el morir, todo fue
Cruz para ti, y sangriento cuchillo para tu bendita madre. Haz que yo me
abrace en tu Cruz de Corazón. Y tu dolorosa crucificada Señora, imprime en
mi corazón tus penas, estas sea el empleo de mi vida, y tus dolores, tierno
escudo y defensa en mi última agonía, y que se logre en mi y en todos, el fruto
copioso de la redención y Sangre de tu bendito Hijo. Amén.

MEDITACIÓN VII.
Madre intacta del Hijo Unigénito del Padre, que extáticos delirios
sobrevendrían a tu alma, viendo a aquel dulce sueño del pastorcito tierno, que
es siempre vigilante. Dormidito le veías entre el heno y las pajas, advirtiendo
en su apacible rostro y mejillas de grana, las lágrimas tiernas, cual perlas
engastadas, que sus ojos vertieron entre el cierzo y escarcha, a impulsos del
amor que tenías a nuestras almas, reposaba entre tanto y tu afecto velaba. No
despertéis mi Niño, dirías, almas enamoradas dejadle dormir. ¡Oh preciosas
Zagalas! Pero, oh Madre, cuanto gozosa afligida, pues contempláis tierna, en
el sueño de la muerte y el sepulcro en la cuna. Con tus tiernas lágrimas
regabas sus mejillas e interrumpidas, su sueño, con los gemidos de tu alma.
Oh Vida de mi vida, dirías enamorada, centro de mis delicias. Hijo de mis
entrañas, que me he de ver sin ti, sola y desconsolada, teniendo en mis brazos,
envuelto en la mortaja, que te eh dar al sepulcro, quedándome sin alma, ¡Ay
que dolor! ¡Ay qué pena! ¡Que congoja tan amarga! Así gemía María en su
mente elevada, sintiendo los dolores de la pasión sagrada.

DEPRECACIÓN
¡Oh mi Jesús querido! ¡Oh mi Jesús amado! Adorante los Ángeles, los
hombres te alaben, la tierra y las plantas, pues quisisteis nacer por almas tan
ingratas. ¡Oh mutación tan rara! ¡El Inmortal, mortal! ¡El Inmenso abreviado!
¡Todo un Dios, tierno Niño! ¡Llorando, la alegría! ¡Tiritando de frío, el fuego
soberano! ¡Que extremos tan distantes supo alcanzar amor! ¡Oh mi Jesús
querido! ¡Oh dulce Esposo amado! Siento el haberte ofendido, lloro el haber
pecado. Pero Jesús, pequé, muera yo de quebranto. Tu Madre, se mi asilo, tu
mi bien y mi amparo, por tus dolores tiernos, en el último trago recibirás mi
espíritu en tus benditas manos. Amén.

Jesús, José y María


Con gran gozo y alegría,
Os ofrezco el corazón
Y el alma mía.

A LA DOLOROSA MADRE MARÍA CON SU TIERNO NIÑO JESÚS

Las glorias de Belén Y pena de lo que ama,


En penas transformadas, Que amor sin pena es débil,
Llorando ríe la Aurora, Gozo sin pena es nada.
Gimiendo, pena el alba.
Contempla a Jesús Niño,
Goza de lo que pena, Hoy la Virgen intacta
Y percibe los ecos
De su pasión sagrada. Las divinas orejas
A quien la gloria canta
En tu pecho las penas Con terribles blasfemias
Con los gozos se enlazan Serán atormentadas.
Sintiendo su madre tierna
Lo mismo que gozabas. Esas torneadas manos,
Mas que nieves blancas,
Aquel rostro divino Se verán cual rubíes
Que es espejo sin mancha De sangre rubricadas.
Ahora lo vez hermoso
Después, que feo y sin gala. Esos cintillos tiernos
Y fajas delicadas
Esos cabellos rizos Denotan los cordeles
Mas que el oro de Arabia Y sogas inhumanas.
Los veréis repelados
De la furia judaica. Los pañalitos limpios
Y mantillas afeadas
Esos divinos ojos, Muestra la ropa púrpura
Luceros que nos salvan, De Majestad burlada.
O que breve marchitos
Los veréis y si alma. Esos tiernos arrullos
Caricias regaladas
Esos labios preciosos En golpes y baldones
Que dulce leche esmalta Se verán conmutadas.
Serán abrevados
Con hiel amarga. Ese agraciado niño
Que en tus brazos descansa
Esas mejillas rojas Sera breve acecico
Esa boca de nácar, De penas, mirra aciaga.
Se atenderá, que mustia,
Que pálida, sin grana. Su Majestad si miras,
En pajas reclinada,
Hoy regaláis con besos En una dura Cruz
Esas sacras mejillas, La atiendes ya clavada.
Mas con el beso de Judas
Las veréis ultrajadas. Si dormido le gozas,
En tu regazo ufana, Oh quien me concediera
Ya muerto le contemplas Que el alma liquidada
Con la pobre mortaja. En llanto, por los ojos
La vida me quitara.
¡Ay Madre mía querida!
A tu alma enamorada Porque para que esa vida,
Mirando a Jesús Niño, Si tú, Virgen intacta
La atiendo traspasada. Vives de lo que penas
Y mueres de lo que amas.

LOS DOLORES DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

EJERCICIOS DE PIEDAD A CADA UNO DE SUS DOLORES


EJERCICIO PIADOSO A LA PRESENTACIÓN DE NUESTRO
SEÑOR JESUCRISTO Y PURIFICACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

ORACIÓN
Virgen Religiosísima, Madre de Dios, Reina de Ángeles y hombres,
presentada a los tres años de vuestra tierna edad en el Santo Templo de
Jerusalén, donde hasta los catorce años vivisteis ocupada en continua oración
y ejercicios piadosos de aquel lugar sagrado, siendo un perfectísimo modelo
de todas las almas y personas religiosas, que después de la venida de vuestro
Divino Hijo habían de consagrarse a servirle toda la vida en tantos sagrados
templos de santísimas religiones. Gózome, o Religiosísima Virgen, de la
inmensidad de gracias que merecisteis con la santísima vida que hicisteis en el
Templo; y os ruego, por vuestra religiosísima Presentación, que me concedáis
sea yo templo santo de la Santísima Trinidad; cumpla con las obligaciones de
Alma consagrada a Dios, ejercitándome continuamente en las virtudes y
ejercicios santos de mi estado, y la gracia que os pido en esta Novena, si es
para mayor gloria de Dios, honor vuestro y provecho de mi alma. Amen.

I. Oh Espejo brillante de todas las virtudes, la maravilla más hermosa,


cuarenta días apenas habían transcurrido desde tu entrega cuando tú, aunque la
más pura de todas las vírgenes, fue, de acuerdo con la ley, presentada en el
templo para ser purificada: concédenos que, como para que nuestros
corazones no se manchen por el pecado, para que nosotros también seamos
dignos de ser presentados a nuestro Dios en el templo de su gloria. Reza un
Ave María

II. Oh Virgen más obediente, en tu presentación en el templo, como otras


mujeres, quisiste ofrecer el sacrificio habitual: obtén para nosotros que
nosotros, siguiendo tu ejemplo, aprendamos a ofrecernos un sacrificio vivo a
Dios, practicando toda virtud. Reza un Ave María

III. Oh Virgen más pura, al observar el precepto de la ley, poco te importó que
los hombres te consideraran impura: pídenos la gracia para mantener nuestros
corazones puros para siempre, por muy mal que el mundo pueda pensarnos.
Reza un Ave María
IV. Oh Virgen, la más santísima, al ofrecer a tu divino Hijo a su Padre eterno,
has alegrado a todos los atrios del cielo: presenta nuestros pobres corazones a
Dios, para que Él, por su gracia, los mantenga libres del pecado mortal. Reza
un Ave María

V. Oh Virgen más humilde, al colocar a Jesús en los santos brazos de Simeón,


llenaste su alma de alegría celestial: entrega nuestros corazones a la santa
custodia de Dios, para que Él los llene con Su Espíritu Santo. Reza un Ave
María

VI. Oh Virgen más celosa, al redimir a tu Hijo, Jesús, de acuerdo con la ley,
cooperaste en la salvación del mundo: rescata ahora a nuestros pobres
corazones de la esclavitud del pecado, para que sean siempre puros ante la faz
de Dios. Reza un Ave María

VII. Oh Virgen más mansa, al escuchar la profecía de Simeón prediciendo tus


infortunios, inmediatamente te inclinaste ante el beneplácito de Dios:
permítenos también soportar todos los problemas con paciencia y resignación
a su voluntad divina. Reza un Ave María

VIII. Oh Virgen más compasionada, cuando a través de tu divino Hijo llenaste


con luz el alma de la Ana profetisa, hiciste que magnificara las misericordias
de Dios al reconocer a Jesús como el Redentor del mundo: enriqueced
nuestras almas con la gracia celestial, para que podamos en gran parte
comparten el fruto de la redención divina. Reza un Ave María

IX. Oh Virgen más resignada, que sintió tu alma paralizada de dolor cuando
en espíritu previste toda la amarga pasión de tu Hijo, y, conociendo el dolor de
José, tu esposo, por todos tus sufrimientos, con palabras santas lo consolaste:
traspasa nuestras almas completamente con verdadero dolor por nuestros
pecados, para que algún día tengamos el consuelo de ser hechos partícipes de
tu gloria en el cielo. Reza un Ave María

L/: Simeón recibió una respuesta del Espíritu Santo.


R/: Reza un Ave María
OREMOS: Dios todopoderoso y eterno, Te suplicamos Tu majestad, que
como Tu Hijo unigénito fue presentado en el templo en la sustancia de nuestra
carne, nos permitas así también presentarnos ante Ti con corazones limpios.
Amén
SEPTENARIO EN HONOR DE MARÍA SANTÍSIMA EN SU
DOLOROSO DESTIERRO

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS


Oh excelentísima Virgen María, Madre de Dios y Reina nuestra, yo la más
humilde de las criaturas, compadecida de los trabajos de vuestro doloroso
destierro, consagro desde hoy a tu servicio mi entendimiento y memoria para
pensar en Vos, mi corazón para amaros, y mi lengua para bendeciros
invocando siempre en mis trabajos y sufrimientos a los tesoros queridos de
vuestro corazón. Jesús y José. Amén.

DIA PRIMERO
Después que partieron los magos de Belén, un ángel se le apareció en sueños a
José y le dijo: toma al niño y a su madre y huye a Egipto, permanece allí hasta
que yo te avise. Pues Herodes ha de buscar al niño para matarlo. José se
levantó de noche todavía, tomó al niño y a su madre y huyó a Egipto. Al punto
pudieron darse cuenta María y José del peligro que corría Jesús. Herodes
había encargado a los magos que le dijesen donde se encontraba el recién
nacido Rey de los Judíos, con la intención de matarlo. Y cuando herodes
concebía desconfianza, perseguía sus intentos, con la rapidez y la falta de
miramientos que le eran propios. No había tiempo que perder, y los luceros de
la noche, contemplaron el doloroso destierro de la Virgen.
Récense siete aves marías…

ORACIÓN: Oh Nuestra Señora del Destierro, que en las sombras de la noche


te disteis a la fuga para salvar la vida de tu hijo bendito, haced que nosotros,
firmemente adheridos a los principios de nuestra fé, estemos dispuestos a
perderlo todo por conservar en nuestras almas la gracia de la amistad con
Dios. Amén.

Jaculatoria: Nuestra Señora del Destierro, preservad de la irreligión a la


incauta juventud, y a la vez te rogamos intercedas para que todos tus hijos se
aparten de los vicios y de los crímenes. Así sea.
DIA SEGUNDO
Conforme al mandato del ángel, José y María huyeron con el niño durante la
misma noche. Hasta que llegaron a la etapa dejando atrás Gaza, no se sintieron
seguros de los espías de Herodes. Cada vez que oían detrás el paso de un asno,
cada vez que rápido y sin ruido asomaba un rostro sobre la cerca de un viñedo,
cada vez que fijaba alguno en ellos sus ojos investigadores, aumentaba el
temor de ser descubiertos. La huida a Egipto fue para María y José llena de
sobresaltos y angustias.
Récense siete aves marías…

ORACIÓN: Oh Virgen del Destierro, que obediente a los avisos del cielo, te
disteis a la fuga confiada verdaderamente en la Providencia Divina, haced que
nosotros, en las angustias de esta vida, fijemos siempre nuestra mente y
nuestro corazón en la protección de Dios. Amén.

DIA TERCERO
El camino que José y María tuvieron que recorrer en su destierro era difícil y
abrupto. Desde Belén iban descendiendo a las llanuras bajas, allí propiamente
no había ningún camino sino solo sendas escarpadas que siglo tras siglo se
conservan, gracias al paso de los hombres y los animales. Estos pasajes los
tuvieron que salvar María y José en la oscuridad de la noche, cuando despuntó
la aurora, divisaron desde las alturas el país de los filisteos, que se extendía
allá en lo profundo bajo una capa azul de aire. Al segundo día de haber salido
de Belén, los santos fugitivos llegaron a Gaza, la última ciudad grande antes
del desierto, allí compraron sus provisiones para el viaje de travesía… y
empezó el desierto.
Récense siete aves marías…

ORACIÓN: Oh Virgen del Destierro, que sobre aquel desierto inmenso que
atravesasteis en tu huida a Egipto, se reflejó vuestra alma angustiada, haced
que nosotros, peregrinos del desierto de esta vida, sintamos en nuestras
arideces los fulgores maternales de vuestra Luz. Amén.
Récense siete aves marías…

DIA CUARTO
José y María no se aventuraron atravesar solos por el desierto camino de
Egipto. Como había que atravesar parajes sin agua y hacer altos para pernoctar
en sitios y tiempos determinados, era natural que las gentes formasen
caravanas y marchase de ese modo. En pleno desierto de un día para otro
variaba muy poco el panorama, que se tenía la impresión de no haber hecho
ningún avance. En el alma de María tenía lugar entre tanto un fenómeno que
no se podrá llegar a representar en todo su misterio y en toda su profundidad.
Aquel desierto que recorrían entre las montañas de Israel y el Nilo salía
continuamente en los libros santos, Abraham, el progenitor del pueblo hebreo
había hecho aquella travesía. Y como se conmovería interiormente la Virgen
al pensar en José, el hijo de Jacob… y que su esposo llevaba el mismo
nombre.
Récense siete aves marías…

ORACIÓN: Oh Virgen del Destierro, que, en la intimidad de vuestro


corazón, meditasteis la vida de vuestro pueblo contenida en los libros santos:
haced que nuestras almas vivan encendidas de un amor profundo a la santa
Iglesia de Cristo, cuya figura era el pueblo escogido de Israel. Amén.

DIA QUINTO
María, la hija reflexiva de su pueblo que guardaba en su interior todas las
tradiciones religiosas que le interesaban, había acompañado muchas veces en
Egipto, a través del desierto a sus antepasados. Ahora camina personalmente
sobre el yermo, y en sus brazos lleva al que Dios había prometido a los
patriarcas Abraham, Isaac y Jacob. Llevaba al verdadero Redentor del mundo.
En Jesús se encontraba toda la historia de Israel. Tras larga y penosa travesía
llegaron los divinos viajeros a los extensos valles del Nilo. Por aquel tiempo
residían en Egipto muchos israelitas asociados en agrupaciones propias, José
indudablemente se incorporó en alguna de aquellas comunidades. Durante su
permanencia en Egipto, vivió María por vía de misterio la historia del pueblo
de Israel.
Récense siete aves marías…
ORACIÓN: Oh Virgen del Destierro, que, con vuestra llegada a Egipto,
llevasteis a aquellas regiones que vivían en la oscuridad del paganismo la luz
del mundo, Cristo Jesús, haced que nosotros portadores de Cristo por medio
de la gracia, sepamos hacerlo presente en las almas de nuestros hermanos
alejados de Dios por el pecado. Así sea.

DIA SEXTO
Después de la muerte de Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a
José en Egipto, diciéndole: levántate, toma al niño y a su madre y vete a Israel,
porque han muerto los que atentaban a la vida del Niño. José se levanto y con
la Virgen y el niño regresaron a Israel. Cuando se enteró que reinaba
Arquelao, en lugar de su padre Herodes, temió ir allá, y avisado en sueños, se
dirigió a Galilea y se instaló en la ciudad llamada Nazareth. Así se cumplió la
predicción del profeta sobre Jesús: será llamado Nazareno.
Récense siete aves marías…

ORACIÓN: Oh Virgen del Destierro, modelo de obediencia a la voz de Dios,


haced que nosotros en las penalidades de esta vida, sepamos ver siempre la
mano amorosa del Señor, que quiere probarnos en la tierra, para premiarnos
con la mejor corona en el cielo. Amén.

DIA SÉPTIMO
Con su ausencia de Nazareth, José y María se vieron libres de parientes que
los observasen, de este modo quedó oculto a los profanos el misterio de la
Encarnación. Este misterio había sido revelado únicamente a los pastores, a
los magos, al anciano Simeón y la profetiza Ana. A estos había escogido el
cielo, siguiendo las leyes de la gracia, y no del parentesco. Pero también estos
testigos únicos de aquellos sucesos admirables perdieron con la huida a Egipto
todo contacto con el niño Redentor, lo mismo que los parientes de Nazareth.
Así creció Jesús, realmente en la oscuridad con su concepción y nacimiento
milagrosos permanecieron misterios que nadie conocía en Nazareth.
Récense siete aves marías…

ORACIÓN: Oh Virgen del Destierro, que, en unión de vuestro castísimo


esposo, fuisteis depositaria del misterio del Verbo Encarnado, iluminad
nuestro entendimiento con la luz divina, e inflamad nuestro corazón, para que,
en lo secreto de nuestras almas, meditemos la gracia de la redención. Así sea.
NOVENA AL NIÑO PERDIDO
Puesto de rodillas, hacha la señal de la Cruz y dicho el Acto de Contrición
como se acostumbra, se dice la Oración preparatoria de todos los días que
es la que se sigue.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS


Dulcísimo Jesús, cuyo adorable Nombre endulza los labios, alegra el corazón,
vigoriza el espíritu, despierta las potencias, y llena el alma de espirituales
consolaciones, con toda mi alma te adoro: con todas mis potencias te llamo:
con todo mi corazón la eficacia de mis labios te pido que oigas los clamores
de esta miserable criatura que tiene penetrado el corazón de dolor, y se postra
a tus pies. Por la profunda reverencia que tengo a tu sacratísima humanidad, y
por la vergüenza que me causa el haberte ofendido tantas veces no me atrevo a
levantar los ojos para mirar la hermosura de tu divino. rostro: pero obligado de
mi necesidad, atraído de la dulzura de tu nombre, y noticioso de que estás
perdido por mi amor, vengo a buscarte como la Magdalena, y pues mis
lagrimas dan testimonio de mi dolor, y es infinita tu misericordia,
compadécete, Señor de mí, y dame gracia para que en los días de esta Novena
(que te vengo a hacer) te sepa pedir solo aquello
que cede en honra y gloria tuya, exaltación de tu Dulcísimo Nombre, y bien de
mi alma. Amen.
Acabada esta oración se rezan cinco Credos, y después se dice la oración
correspondiente a cada día como sigue:

DIA PRIMERO
ORACIÓN
Jesús amabilísimo, Divino Niño, y Dios eterno, que vestido de nuestra carne
quisiste nacer en un portal para morir por nosotros en una Cruz, yo el más vil
de tus criaturas te doy infinitas gracias por tan incomparable beneficio, y
obligado de tanto amor, quisiera Niño mío, y Dios mío, que yo y todos los
hombres no tuvieron otro ejercicio que de amar a quien tanto nos amó, ¡para
que así sea Jesús mío! cuanto está de mi parte desde ahora para siempre pongo
en tus Divinas y tiernas manos, mi alma con sus potencias, mi cuerpo con sus
sentidos, y mi corazón con sus afectos, y te hago dueño hasta del libre albedrío
que me diste, para que no teniendo libertad en pensamientos, obras y palabras,
ellas y yo seamos cautivos de tu amor, a ti Dios mío, que con el Padre, y el
Espíritu Santo, vives y reinas por los siglos. Amen.

ORACIÓN FINAL
Jesús amorosísimo, consuelo de las almas, y dulce regalo de los que te
invocan con limpieza de corazón, oprimido del imponderable peso de mis
culpas, llego a los pies de tu augusto Trono, buscando el remedio de mi alma,
bien sé Señor, que ingrato te ofendí infinitas veces, y que por lo mismo no soy
dígito de que uses conmigo de misericordia; pero sí confieso mi delito, si
conozco mi yerro, y arrepentido te pido perdón, ¿será tal mi desgracia que me
levante desconsolado de tus pies? No Dios mío, que, si es propio de mi
fragilidad el pecar, más propio es de tu misericordia perdonar a los que
contritos se arrepienten. No Padre clementísimo, que si yo soy el primero que
salgo. reprobado se burlarán de mí mis enemigos, y blasfemando de ti dirán
que son mayores mis culpas que tu misericordia, y pues te dignaste de oír
compasivo los suspiros del humilde Publicano, dígnate también de oír los
míos. ¡Oye amado de mi alma! ¡Oye dulcísimo Jesús mío! Oye los clamores
de mi afligido corazón y recoge estas lágrimas en satisfacción de mis culpas,
perdóname como á Magdalena, que así lo espero Criador y Redentor mío: y si
juntamente consigo el favor particular que te pido en esta Novena, seré
perpetuo pregonero de tus maravillas; publicaré por el mundo tus alabanzas, y
constituyéndome esclavo de tu sacratísima imagen, expondré mi salud,
sacrificaré mi vida, y perderé mi honra por amplificar tu devoción y culto, y
en cuanto me sea posible haré que todas las criaturas amen alaben, y sirvan a ti
Dulcísimo Jesús mío, que en perfecta unidad con el Padre, y el Espíritu Santo,
vives y reinas Dios por todos los siglos, de los siglos Amen.

DIA SEGUNDO
ORACIÓN
Oh Dios incomprehensible, cuya adorable providencia es oculta a todo
entendimiento criado, yo adoro tus secretos juicios, y persuadido que él
haberte querido perder fue para obligarme a que te buscase o para enseñarme
el cuidado con que debo vivir para no perderme en la confusa babilonia de
este mundo, te agradezco tan singular favor, y te pido por los méritos de tu
sacratísima Humanidad, que abras los ojos de mi entendimiento para que
conozca y me aparte de los peligros de ofenderte, que es en lo que consiste mi
perdición. En tu paternal Providencia confío, y con tu asistencia propongo
ejercitarme en las virtudes, borrar los yerros de mi vida pasada, y mortificar
mis pasiones con el freno de tu santo temor hasta asegurar con la
perseverancia una buena muerte. Amen.

DIA TERCERO
ORACIÓN
Sabiduría Eterna, a quien están patentes los secretos más íntimos del corazón
humano, y en cuya presencia son ignorantes los más sabios del mundo, yo
confieso Señor mi ignorancia, y te ruego soberano Maestro, que con la luz de
tu Celestial Doctrina, destierres las densas tinieblas de mi entendimiento, para
que conociendo las falacias del mundo, olvide su vana ciencia, y en tu Divina
Escuela aprenda el Jesús de Santísimo Nombre, imprímelo Señor en el bronce
de mi corazón, para que enternecido se haga dócil a tus inspiraciones, y por tu
Misericordia has que cada respiración mía sea un Jesús que endulce las
amarguras de mi alma, y me abrase en las llamas de tu
Divino amor. Amen.

DIA CUARTO
ORACIÓN
Hermosísimo Niño y Dios Eterno, que, para acrecentar los méritos de tu
Santísima Madre, quisiste que pasase por el dolor de perderte o buscarte
perdido, yo Dios mío, y todo mi bien, adoro los altos juicios de tu Providencia,
y compadecido de ver en tanta aflicción a tu Santísima Madre y mi Señora,
sigo sus pasos, la acompaño en sus grandes penas y desconsuelos, y con ella
vengo a buscarte, ya que por mi desgracia te perdí. Y pues tienes prometido
salir al encuentro a quien te busca, y abrir a quien te llama no te escondes de
mi ¡Niño mío! pues te busca y te llama el que te perdió como frágil, y como
miserable te necesita. Compadécete de mí miseria, y dame tu gracia, para que
con ella sepa agradarte y servirte hasta la muerte. Amen.

DIA QUINTO
ORACIÓN
Jesús amabilísimo, que para enseñarme a cumplir con mis obligaciones me
proponéis la inquieta solicitud y desvelo con que te buscó perdido tu
Santísima Madre, yo Dios mío, y Señor mío, te estimo tan singular favor, y
alentado con tan poderoso ejemplo te suplico no permitas reine en mí el vicio
capital de la pereza, y si hasta aquí he sido omiso y negligente en todo lo
bueno, de aquí adelante. propongo con tu Divina gracia huir .la ociosidad,
madre de todos los vicios, emplearme en adquirir las virtudes que son más
propias de mi estado, y no perdonar trabajo ni fatiga por agradarte y servirte
hasta la muerte. Amen.

DIA SEXTO
ORACIÓN
Dulcísimo Jesús, consuelo y regalo de las almas puras, que, perdido en
Jerusalén, quisiste ser hallado entre los Doctores del Templo para consuelo de
tu afligida Madre, yo te ruego por sus lágrimas, y por el gozo inefable que
sintió su bendita alma cuando te vió ocupar la Cátedra de Moisés como
verdadero Legislador, que no permitas me pierda yo en el laberinto del
mundo, ni me deje arrastrar del bullicioso tropel de mis pasiones, sino que
llevando por norte tu Santa Ley, guarde sus Preceptos, y siga tus pasos hasta
que llegue a verte, donde te goce y alabe eternamente. Amen.

DIA SEPTIMO
ORACIÓN
Doctor sapientísimo, y Niño, tierno en quien el Eterno Padre depósito los
inagotables tesoros de su infinita sabiduría; aunque te veo como Niño de
escuela preguntando a los Doctores de la Ley, bien conozco Señor que tu
Doctrina es la confusión de los soberbios, y sabios del mundo, y por lo mismo
deseoso de aprovecharme de ella, vengo a oír tu Divina palabra, ya suplicarte
que me hagas humilde de corazón, para que poniendo los ojos en el polvo de
mi vileza, aborrezca, las honras, busque para mí los desprecios, y para ti Jesús
mío, todas las alabanzas de que eres digno en los cielos y en la tierra. Amen.

DIA OCTAVO
ORACIÓN
Santísimo Niño, Señor y Criador Omnipotente de cielo y tierra, que, por
obedecer a Dios Padre, conservando en el cielo el trono de tu Majestad,
dejasteis en la tierra la casa, la compañía y halagos de tus dulcísimos Padres,
y te acogiste al templo de Jerusalén, yo Niño mío, adoro tan generosa
resolución, y con la mayor ternura de mi alma te suplico, que pues deje por tu
amor hasta mi propia voluntad. apartes de mi corazón todos los afectos de
carne, y sangre y pongas en él una obediencia ciega para que, negándome a mí
mismo, haga en toda tu santísima voluntad, y la de mis superiores, para que á
imitación tuya sea obediente hasta muerte. Amen.

DIA NOVENO
ORACIÓN
Jesús amabilísimo, que teniendo en tus manos todos los tesoros del cielo y de
la tierra quisiste para confundir la profana curiosidad de los mundanos; usar
una pobre túnica, alabo Jesús mío, tan profunda humildad, y te suplico
infundas en mi corazón un espíritu nuevo, y un amor entrañable a la santa
pobreza, para que contento con lo necesario para cubrir mi desnudez, y lo que
permite mi estado, solo procure adornar mi alma con la Vestidura nupcial de
tu santísima gracia, y con las joyas de. las virtudes, que son las que te agradan
y me aprovechan. Amen
NOVENA A NUESTRO PADRE JESUS Y SU SANTÍSIMA MADRE EN
EL DOLOROSO Y AFLIGIDOO PASO DE SU ENCUENTRO EN LA
CALLE DE LA AMARGURA

ACTO DE CONTRICCIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, porque sois la suma bondad
os amo, y me pesa de no haberos amado, me pesa de baberos ofendido, y
prometo en adelante no ofenderos más; no más pecar, amado Jesús mío, no
más pecar.

ORACIÓN
¡Oh Afligidísimo Jesús! ¡Oh Madre Dolorosísima! que buscando mi bien
hallasteis en la calle de la amargura vuestro mayor Dolor! quién pudiera,
Dulcísimo Redentor mío, Amorosísima Madre de mi Alma, ¡traspasar su
corazón de aquel mismo Dolor con que fue el vuestro penetrado! ¿Pero qué
católico redimido con esa Sangre preciosa, y con esa pesada Cruz no será
herido de amor por corresponder siquiera a quien así amó hasta el fin, dando
su vida por amor? ¡O miserable de mí si no me deshago en lágrimas de amor,
y de dolor! Mi pecado, mi sacrílego delito os hizo beber el amarguísimo Cáliz
de ese fatal encuentro. Yo, Señora, yo soy quien ha puesto a vuestro amado
Hijo como le habéis encontrado, siendo Jesús fruto bendito de tu vientre,
apenas podréis conocer, que es la vida de vuestra Alma, y la Alma de mi vida,
por lo desfigurado que lo han puesto mis pasiones y apetitos: ya no veréis
aquel rostro blanco, sonrosado, y lleno de atractivos para robar corazones:
desapareció la cristalina luz del Ciclo de sus ojos: se oscureció la encendida
púrpura de sus labios: faltó la natural compostura de su dorado y ondeado
cabello; y toda la gallarda la airosa simetría de un cuerpo el más bien formado,
se ha convertido en palideces, cardenales, heridas, sangre, salivas, afrentas,
bofetadas, sogas, Cruz y espinas. Haced, Señor, por vuestra Pasión Santísima,
y por la tierna compasión de vuestra querida Madre, que, enternecidos
nuestros corazones con la meditación de vuestras penas, practiquemos estos
piadosos ejercicios en honra y gloria vuestra, y en utilidad de nuestras Almas.
Siendo el fruto, que deseamos sacar, aplicado por vuestra infinita
misericordia, para alivio y descanso de las Benditas Almas del Purgatorio, por
la redención de los Cautivos Cristianos, para la conversión de los que están en
pecado mortal, para la exaltación de la Santa Fe Católica, paz entre los hijos
de la Iglesia, y feliz victoria de todos los enemigos; y particularmente, sí
conviniere, para que lograr yo en mi aflicción el consuelo que espero en quien
ha sido, es, y será para mí, y para el mundo todo, Jesús de los Afligidos.
Amén.

DIA PRIMERO
MEDITACIÓN
Considera, Alma mía, cómo tu amado Redentor Jesús camina hacia el
Calvario cargado con la Cruz en que va a ser crucificado, y que en este tan
triste y doloroso estado lo encuentra su Madre afligidísima en la calle de la
Amargura. Ahí se miran Hijo y Madre. Allí reflexionando sus penas con
recíprocos afectos, hay cruz para los dos inocentes, mereciendo tú la Cruz. Si
le amas, medita este Dolor.

SÚPLICA
Amorosísimos Mártires del amor, mi Dulce Jesús, y mi ternísima Madre: Os
pido humildemente por el dolor indecible que os causó en ese encuentro el
terrible paso de esa Cruz, me deis resignación para llevar gustoso la Cruz que
me tocó en suerte abrazándola con amor hasta el Calvario, porque es Cruz, y
me la disteis Vos. Sean, Señor, los tristes gemidos y virginales lágrimas de mi
Madre que a vuestra vista padece, los méritos de mi súplica, lo logre yo por
ella principalmente unirme a tu Santísima voluntad. Amen.

Ahora se reza un padre nuestro y un ave maría con gloria patri en


reverencia y memoria de este acervo dolor.

Bendita sea la bondad y paciencia de Jesús, que así amó a los Hombres
afligidos

Alabada sea la ternura y compasión de María nuestra Señora y Madre, que así
nos proporcionó tal consuelo.

DIA SEGUNDO
CONSIDERACIÓN
Considera, Alma mía, cómo tu buen Jesús, no solamente padece el tormento
que le ocasiona el peso de la Cruz, sino que su Sacratísima Cabeza está
cruelmente taladrada con la Corona de Espinas, con que su Madre y tu Señora
lo encuentra en la calle de la Amargura. Su materno corazón es punzado con
las espinas que hieren todo el casco, frente, y ojos del Hijo: ¡qué
abundantísimas corrientes manan de la Cabeza de este Santo Monte! Sube
Alma, sube con la meditación, que bien puedes llevarte; no le temas a las
espinas; si la amas, medita este Dolor.

SÚPLICA
Benignísimos Redentores de mi Alma Jesús y María, coronados de Dolor por
el agudo que por la Redención humana padecisteis, sufriendo la inhumana y
cruel Corona de Espinas, que os taladró cabeza y corazón, cuando en la
amargura de este encuentro os visteis: Os suplico postrado a vuestros pies,
miréis con misericordia a todas las cabezas coronadas, taladrándolas vuestra
soberana luz para que con acierto nos gobiernen; y a nosotros nos
comuniquéis aquella reverente sumisión que nos inspira la ley para dar honor
a el Príncipe, y compadecernos de las espinas que rodean su cabeza, Mira,
Señor, que estas súplicas van acompáñala de la poderosa intercesión de esa
afligida Madre, que a tu lado ruega por nosotros pecadores, y que nada os
pedirá que no nos tenga cuenta. Así lo espero lleno de confianza: y no quiero,
Señor, lo que no quieras. Amen.

DIA TERCERO
MEDITACIÓN
Considera, Alma mía, que hoy encuentra la más amante de las Madres a su
delicado Hijo Jesús atado con ásperas sogas, y gruesas cadenas, causando en
su cuello y cintura imponderable dolor, y mucho más agudo en el hombro de
la Cruz por haber con su peso introducido en él, hasta el hueso, la soga, que
con malicioso arte puso la crueldad debajo del Madero. Mira como por tus
libertades estas ligaduras, bajo el bárbaro impulso de crueles Sayones, hacen
rodar por tierra a Jesucristo: acude pronto, y si le amas, medita este Dolor.

SÚPLICA
¡O mi buen Jesús! ¡O María afligidísima! ¡Madre y Señora de mi Alma! Por la
excesiva pena que sufristeis en ese encuentro Doloroso viéndoos padecer sin
culpa el rigor de tan violentas e inhumanas prisiones con que os sujeto el amor
para hacer por mí el más agradable sacrificio, os suplico me dispenséis la
gracia de vivir siempre sujeto a vuestra ley Santísima, para que, ligado con sus
amorosos y suaves preceptos, logre ser en esta vida prisionero de vuestra
gracia, y por ella goce eternamente de verdadera libertad en la Gloria. Amén.

DIA CUARTO
MEDITACIÓN
Considera, Alma mi a, que el Príncipe de la Gloria, Señor de todo lo criado, y
Redentor de los hombres, es conducido por ellos al suplicio como reo, a quien
para cubrir su modesto rostro de confusión e ignominias le van publicando á
voz de Pregonero la sentencia de su muerte. Oye a tu Juez Supremo acusado
por los hombres; pero mira a la Abogada de los hombres entre ellos y el Juez
Supremo. ¡O encuentro el más terrible para Hijo y Madre, y el más feliz para
los hijos de los hombres! Venid, hombres, llegad, que es la ocasión más
oportuna para salir de aflicciones; más antes de pedir, si lo amáis, meditad este
Dolor.

SÚPLICA
¡Dios mío! ¡mi fortaleza y mi salud, a qué estado os han traído mis pecados!
Ellos os quitan la vida, y para que el sacrificio os fuese más doloroso, ellos
mismos os ponen delante esa inocente víctima de vuestra querida Madre y mi
Abogada: por el acervo traspaso de vuestros tiernos corazones á el encontraros
sentenciado a una afrentosa muerte. Os suplico me concedáis aquella caridad
cristiana, que me enseña a suspender sentencias, en el juzgado de mi pasión,
sobre las operaciones de mis prójimos, mirándolos a todos con aquel amor con
que Vos por mí sufristeis la sentencia, para hacerme digno de las bendiciones
de vuestra diestra. Amen.

DIA QUINTO
CONSIDERACIÓN
Considera, Alma mía, que el más hermoso de los hijos de los hombres, el
rostro más peregrino, el escogido entre millares, aquel a quien le fue dada toda
la gloria del Líbano, y la gracia en tan abundante copia, que se derramaba por
sus labios, aparece hoy a la vista de su querida Madre tan disforme por las
heridas, tan debilitado y flaco por la falta de la sangre, tan desconocido el
rostro por el sudor, cardenales, salivas, cieno, é hinchazón de la mejilla que
recibió la bofetada, y tan agobiado, y casi muerto por el peso de la Cruz, y
repetidas caídas, que necesita en tan funesto encuentro toda la superior luz de
su espíritu y todo el fiel impulso de su Materno Corazón para conocer que es
el mismo que en Belén alimentaba con el celestial néctar de su pecho. ¿Qué es
esto? ¿diría, es estala fortaleza de Sion? ¿Es esta la Ciudad de la perfecta
hermosura y el gozo del Universo? Alma, mira a tu Salvador, y si le amas,
medita esta dolorosa transfiguración.

SÚPLICA
¡O hermosura de los Cielos, más graciosa, más amable, cuanto más
ensangrentada y dolorosa! ¡O rostros peregrinos de Hijo y Madre oscurecidos
en el eclipse de un encuentro! por tan crecido tormento os pedimos nos deis,
pues la derramáis, una poca de esa sangre de tus heridas, y de esa agua de tus
lágrimas para quitar las manchas del pecado (que desfigura la hermosura de
nuestra Alma) en el lavatorio de una verdadera penitencia, con la que
volvamos a encontrar vuestra amistad, y gracia. Amen.

DIA SEXTO
MEDITACIÓN
Considera, Alma mía, que el Salvador del Mundo, verdadero hijo de Dios, y
Santo por esencia, cuando camina a ser la Hostia saludable por los pecados de
los Hombres, lo encuentra su ternísima Madre cubierto de la ignominia y
confusión con que lo traía la infiel Judea, empeñada en llenarlo de oprobios
con indecorosos tratamientos, é ignominiosos dicterios. La plebe, y, lo que, es
más, el Magistrado y Sacerdocio con infame algazara, y sacrílego vilipendio,
aguzando sus lenguas como venenosas víboras, le nombran embustero,
alborotador, maldito: le arrojan sobre su venerable Rostro lo más inmundo de
las calles, y todos a porfía, con risas, mofas y pesadas burlas, conspiran a que
Jesús sea el desprecio de la plebe; solamente en el aprecio de su Madre
encuentra veneración y respeto. Si confiesas que es tu Dios, alábale,
bendícele, y medita este Dolor.

SÚPLICA
Omnipotente Criador de Cielo y Tierra, yo te adoro, y como mi Dios, te alabo
y confieso Santo é infinitamente bueno: Dulcísima Madre, Madre de mi Dios
y Madre mía, yo te venero Mártir en tan doloroso encuentro, y te alabo pura, y
sin mancha desde el primer instante de tu ser; alaben y bendigan todas las
criaturas del Cielo y de la Tierra a Jesús y á María, en recompensa y
desagravio de las injurias y desprecios con que fueron tratados en la calle de la
Amargura; por este inexplicable tormento os suplicamos, amorosísimos
Medianeros de todos los Afligidos, nos alcancéis la virtud de la constancia,
para confesar con obras la Santa Ley Evangélica, aun en medio de sus
mayores enemigos, que la insultan y desprecian; para que mi lengua, mi
corazón y mis obras se empleen en daros bendición, honor, alabanza, culto,
acción de gracias por los siglos de los siglos. Amen.

DIA SÉPTIMO
CONSIDERACIÓN
Considera, Alma mía, en la dolorosa, y triste situación en que encontró la
Madre á el Hijo en día de su mayor tribulación. Solo, desamparado de los
suyos, va Jesús a dar por los suyos la vida y el corazón. Ni las turbas, que
tantos beneficios han recibido de su mano; ni el Discipulado, que tanta
doctrina babia aprendido de su boca; ni los Apóstoles, que tanto amor, y
cariño le habían mostrado, y aun jurado para el caso de esta persecución;
ninguno parece, todos huyen, todos cobardes le dejan en medio de su padecer,
dándole un nuevo martirio a su amante corazón; no huyas cobarde de la
compañía de Jesús, por más que el mundo la persiga: antes sí huye del
mundo, y compadecido de verlo solo con su Madre hasta de su partido, ven a
acompañarlo, sube al Monte de la Mirra, y medita despacio este Dolor.

SÚPLICA
¡O bondad suma! ¡O paciencia infinita de mi Dios! Por redimir a él Siervo
entregasteis a vuestro amado Hijo, y aun quisisteis que en esta entrega tuviese
parte la Madre; pero el vil esclavo, el ingrato favorecido, cuando más
resplandeció la fineza de este amor, traspasándose dos corazones con la
sangrienta espada de ese encuentro, desampararon las víctimas, y dejaron en
poder del enemigo á el más fino á el más leal amor. Por este tan penetrante
Dolor os pido, Redentor mío, y a vos, Madre Soberana, que olvidando tales
ingratitudes, me concedáis un rayo de vuestra luz, para que conociendo cuánto
me habéis amado, y lo mucho que os debo, me empeñe en corresponder
agradecido, dándoos enteramente mi Alma, mi vida y corazón. Amen.

DIA OCTAVO
MEDITACIÓN
Considera, Alma mía, que la pena más grande de los que perfectamente se
aman es verse padecer sin poderse remediar, y si no ha habido amor más
tierno, ni más grande, que el que a su hijo Jesús tuvo María Santísima, ya
puedes entender hasta dónde llegaría la acción de estos dos amantes corazones
al encontrarse en el golfo más amargo de la pasión sin poderse mutuamente
socorrer. Veía la Madre que necesitaba el hijo humedecer su boca, que árida y
seca por la falta de la sangre la llevaba abierta para respirar, y no podía
socorrerlo por no tener más agua que las lágrimas de sus ojos. Veía que la
sangre que a hilos corría de su taladrada cabeza, cayendo por sus divinos ojos
le impedía la vista, y que su descompuesto cabello, con el sudor y polvo que
sobre el rostro tenía, le fatigaban demasiado, pero que no le era permitido a su
amor el acercarse a limpiarlo. Veía, que el cansancio en que le había puesto el
peso de la Cruz, y la cruel prisa con que le conducían a la muerte, se la iba
acelerando, y ¡O cómo desearía recostarle algún rato en su regazo para repetir
sus antiguos cariños, y darle algún breve consuelo, más se quedaba en
desearlo! Veía el Hijo el corazón de la Madre penetrado de otros tantos
Cuchillos, cuantos eran estos infructuosos deseos; y crecía su tormento,
porque no era Voluntad del Padre, que estos dos amantes corazones gustasen
el alivio. ¡Qué haces, Alma, que no llegas a dar con tus lágrimas consuelo a
los que por ti padecen! Si los amas, medita este Dolor.

SÚPLICA
Jesús mío, afligido con tantas penalidades, Tristísima Madre mía, traspasada
de tantos desconsuelos, por la cruel pena de veros padecer sin el alivio que
deseaba vuestro amor, os suplico humildemente os dignáis hacer, que yo lleno
de conformidad, tolere la continuación de estos trabajos y aflicciones con que
me corrige tu misericordia, y que conociendo que son regalos de vuestro
paternal cariño, no quiera más que lo que quiera vuestra santa voluntad.
Amen.

DIA NOVENO
MEDITACIÓN
Considera alma mia, que no hay dolor semejante á el que padece quien ama
cuando le apartan de la vista lo que ama para entregarlo a la muerte; y si el
amor con que aman los Serafines a su Dios, es un grado muy tibio respecto del
vehemente fuego de amor Divino en que estaban abrasados los corazones de
Jesús y de María, deberás inferir la dolorosa violencia que padecen á el haber
de separarse, una impetuosa ola de la alta mar de esta Pasión los babia unido
en el más fatal encuentro, y cuando éste ofrecía a las dos Víctimas tan
acibarado consuelo, otro furioso golpe dé la misma tempestad los desune, y
los entrega a otro más grande y más agudo martirio. Sobre la triste Madre
echaba su vista moribunda el paciente nazareno, y ron trémula voz, pero con
afectuosas y agradecidas expresiones, le hablaba por consolarle y desahogar
su pecho cuando la furia judaica ansiosa de verlo ya agonizar sobre el madero
lo arrebatan de la presencia de María, poniendo un enlutado velo a sus
virginales ojos la confusión, con el concurso y multitud que lo cercaba. A
morir va Jesús, la Madre queda sin vida; tu vivirás con la Madre si poseído de
ternura le sales á el encuentro en esta Meditación.

SÚPLICA
¡O amor dulce de mi Alma! ¡Jesús consuelo de mi aflicción, María esperanza
mía! A Vos, Señores del Cielo y de la Tierra, á vos recurre por último este
pobre pecador: Vuestro amor, sacrificado por mí en ese dolorosísimo
encuentro, me llena de confianza para pediros me concedáis, por la acción que
tuvisteis en tan sensible separación, un eficaz auxilio para que no pierda esta
ocasión, tal vez la última en que me habléis amoroso, me avisáis benigno, y
os presentáis a mi vista con esas ciertas señales de que me queréis
salvar. Sed, Jesús mío, mi consuelo en esta vida, y en la otra mi corona, y mi
gloria. Amen.
NOVENA
A MARIA SANTISIMA DOLOROSA EN LA MONTAÑA DEL
CALVARIO

ADVERTENCIA
En todo tiempo viene bien este gratísimo obsequio a Nuestra Señora para
obtener lo que se desea en cualquier pretensión del alma, o para bien del
cuerpo; mas el propio es comprendiendo en ella el viernes de Dolores. El día
que empieza, o a lo menos el que se acaba, se ha de confesar y comulgar,
aunque en ambos será bueno ejecutarlo. Todos los días de ella se ha de leer
algún libro espiritual, ya sea de la pasión de Cristo, o de Dolores de Nuestra
Señora, quien los tuviere y ya que no se hagan penitencias especiales, dense a
lo menos limosnas, y visítense los altares después de la Misa. Y por la
compasión de los tormentos del Hijo, y dolores acerbísimos de la Madre, sea
en su novena el mayor esmero de sus devotos huir cuanto en divertimientos,
conversaciones, empleos y mucho más, paseos, festines, etc., puede ser
ocasión de ofensa divina, aunque no sea grave; y hacer examen de conciencia
antes de acostarse. La meditación estos días debe ser el dolor que toca, según
la distribución que de ellos hace en la segunda oración, que es la que empieza
siempre: Tristísima y dolorosísima Virgen María, etc.

Puestos en la presencia de Dios, y de María Santísima Dolorosa, hecha la


señal de la cruz, se dirá:

Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador y Redentor mío,


infinitamente bueno, infinitamente perfecto: os amo sobre todas las cosas por
ser quien sois; y por ser quien sois me pesa, pésame, Señor, de todo corazón
de haberos ofendido, y propongo firmemente de nunca más pecar, y de
apartarme, con vuestra divina gracia, de todas las ocasiones de ofenderos,
confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta: os ofrezco mi
vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados: así como os lo
suplico, así confío en vuestra divina piedad y misericordia infinita me los
perdonaréis por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, por la
intercesión y Dolores de vuestra santísima Madre, y me daréis gracia para
enmendarme y para perseverar en vuestro santo servicio, y en el de vuestra
Dolorosísima Madre, y Señora mía, hasta la muerte. Amen.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS


Dolorosísima y purísima Virgen María, Madre del mejor Hijo, la más dichosa
y la más afligida de todas las madres del mundo, postrado a vuestros pies
imploro humildemente vuestra benignísima piedad, para que me alcancéis de
la divina misericordia de vuestro Hijo crucificado el favor que pido en esta
Novena, si ha de ser para gloria suya y honra vuestra: y si no, dirigid mis
inclinaciones y afectos, para que solo deseen y pidan lo que sea conforme a su
santísima voluntad y en obsequio vuestro. Amen.

En reverencia de los siete mayores Dolores que padeció María santísima se


rezarán un Padre nuestro y siete Ave Marías con Gloria Patri.

PRIMER DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que, siguiendo los pasos
de vuestro Hijo, afrentado con la cruz a cuestas por la calle de la Amargura,
llegasteis al monte Calvario, a donde os convidó, como á monte de mirra, el
Espíritu santo: os suplico humildemente, Señora, me alcancéis de vuestro
mismo Hijo una firme resolución de seguirle yo también con mi cruz,
imitando vuestra fineza, por el camino estrecho de la salvación, a donde con
ejemplos y palabras nos convida; y la petición que yo os hago en esta Novena,
para gloria
suya y bien de mi alma. Amen.

Aquí alentando la confianza en la protección de María santísima, pedirá


cada uno secretamente a Dios el favor que desea, y una buena muerte. Los
demás días se dice todo como el primero, excepto la oración propia del día.
SEGUNDO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, Madre natural de Dios, y Madre
singularmente nuestra, por especial y última voluntad de vuestro dulcísimo
Hijo, que adoptándonos desde la Cruz por herma nos suyos, en cabeza del
Discípulo más amado, os encargó que nos miraseis como á hijos, y a los
hombres que os amásemos como á madre; haced, Señora, con nosotros oficios
de madre dirigiendo a Dios todas nuestras obras, palabras y pensamientos;
alcanzadnos gracia, para que cumpliendo con la obligación de hijos de
vuestros Dolores, os acompañemos, sirvamos y reverenciemos, y el favor que
pedimos para gloria de Dios y honra vuestra. Amen.

TERCER DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que, puesta al lado de la
Cruz, en que estaba crucificado vuestro dulcísimo Hijo, mi amante Redentor
Jesucristo, le veíais padecer, agonizar y morir sin consuelo, porque no le
merecen nuestros pecados; volved, Señora, a nosotros vuestros piadosísimos
ojos, bañados en lágrimas, y compadecida del infeliz estado en que nos tienen
las culpas, alcanzadnos gracia para llorarlas con verdadero arrepentimiento y
lágrimas del corazón; y el favor que pedimos, si ha de ser para gloria de Dios
y bien nuestro. Amen.

CUARTO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que, entre la
muchedumbre de Escribas y Fariseos, que rodeaban a vuestro dulcísimo Hijo,
mi Señor Jesucristo, oíais las afrentosas palabras, injurias y blasfemias con
que baldonaban su divina inocencia, purificad, Señora, mis labios para que yo
le desagravie con amor; y oíd los suspiros de mi corazón, que dicen que es mi
Dios y Señor, suma santidad, suma bondad, suma inocencia, suma verdad; y
alcanzadme de su misericordia este favor que os pido, si ha de ser para gloria
suya y bien de mi alma. Amen.

QUINTO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que después de haber
entregado el espíritu al Eterno Padre en la Cruz vuestro dulcísimo Hijo, mi
Señor Jesucristo, cuando parecía haberse acabado los tormentos, visteis a un
soldado levantar la lanza y romper su santísimo costado hiriendo el amante
corazón del Crucificado difunto, bañadme, Señora, en esa sangre y agua, para
que se me parta el corazón de dolor de mis culpas: entradme por esa puerta a
la eternidad de la gloria; y alcanzadme de Dios este favor que os pido, si ha de
ser para gloria suya y bien de mi alma. Amen,

SEXTO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que al pie de la santa
Cruz estebáis viendo desclavará vuestro dulcísimo Hijo, mi Señor Jesucristo, y
recibisteis en vuestras manos la corona de espinas y los clavos bañados en su
sangre preciosísima, poned, Señora, esas punzantes espinas sobre mis ojos,
esos agudos clavos sobre mi corazón, para que yo sienta algo de lo mucho que
sentisteis, y vaya a la parte en vuestros Dolores, aborreciendo más que la
muerte la culpa, que fué causa de tantos males; y alcanzadme de vuestro Hijo
el perdón de todas las mías y el favor que os pido, si ha de ser para mayor
gloria suya y bien de mi alma. Amen.

SÉPTIMO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que después de haber
adorado y besado la corona y clavos de vuestro dulcísimo Hijo recibisteis en
vuestros virginales brazos su santísimo Cuerpo, mirad, Señora, esas heridas
que abrió la crueldad: mirad esa sangre que cuajó el aire: mirad ese Cuerpo
bellísimo que formó el Espíritu santo, ya al que no le conoceréis:
compadeceos de mí, para que, arrepentido de haberos ocasionado tanto dolor,
se deshaga mi corazón en llanto; y alcanzadme este favor que os pido, si ha de
ser para mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amen.

OCTAVO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, que, anegada en lágrimas,
con ellas lavasteis el cuerpo llagado de vuestro dulcísimo Hijo, aplicasteis su
divino rostro a vuestro rostro purísimo, le ungisteis y amortajasteis para
conducirle al sepulcro, donde con él dejasteis vuestro amantísimo corazón,
dadme, Señora, licencia para que como criado el más humilde de vuestra
familia, acompañe yo el entierro de mi Señor; nunca me aparte de su sepulcro
el dolor de mis culpas; y alcanzadme de su bondad el favor que os pido, si ha
de ser para mayor gloria suya y bien de mi alma. Amen.

NOVENO DÍA
Tristísima y Dolorosísima Virgen María, mi Señora, ya queda vuestro
dulcísimo Hijo, mi Señor Jesucristo, sepultado, y Vos, Señora, os volvéis sola
sin la luz de vuestros ojos, y sin la vida de vuestro Corazón. Todos los
espíritus del cielo os acompañen ¡oh María Dolorosísima! a quien me pesa de
haber dado tantos quebrantos con mis culpas: yo he sido, Madre amantísima,
el malhechor; yo el cruel homicida que con ellas he quitado la vida a vuestro
Hijo santísimo. A vuestros pies me postro, porque me valga vuestra piedad; y
aunque he sido tan cruel contra Vos, en vuestra misericordia confío,
esperando, por los Dolores mismos que yo os he ocasionado, el perdón que no
merezco. Propongo, Señora y Madre mía afligida, firmemente la enmienda y
empezar nueva vida, para que me valga vuestro sagrado amparo, y por él logre
en vuestra compañía la eterna gloria, y el favor que os pido, si ha de ser para
mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amen.
NOVENA A NUESTRA SEÑORA DE LA PIEDAD

ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador, Padre amantísimo y
Redentor mío, a quien amo sobre todas las cosas y aún más que a mí mismo:
pésame, Señor, ¡una y mil veces de haberos ofendido! Propongo firmemente
de nunca más pecar, y de apartarme de todas las ocasiones de ofenderos,
confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta, y satisfacer si algo
os debiere: Ofrezcos, Señor, mi vida. obras y trabajos, en satisfacción de todos
mis pecados. Y como os lo suplico, así confío en vuestra divina bondad y
misericordia infinita, me perdonaréis y daréis gracia para ocuparme con fruto
en los ejercicios de esta santa Novena, que dedico en honor de vuestra
Santísima Madre de Piedad, y perseverar en tan santas intenciones hasta el
último aliento de mi vida. Amen.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DIAS


Salve, Madre amantísima de los míseros hijos de Adán, excelsa Reina de los
cielos, candorosa paloma, refugio y esperanza de pecadores, puerto seguro de
eterna salvación, Virgen adorabilísima de Piedad. Este dulce título, que tanto
os realza y esclarece, me anima en este día a acudir a vuestros pies: aunque
confundido y abrumado con el enorme peso de mis sacrílegas maldades, Pero,
¡oh Piadosísima Madre! ¡Cómo tendré atrevimiento a levantar del suelo mi
inmunda vista, y dirigir mis ojos a vuestra santísima imagen de Piedad,
cuando contemple que mis pecados os han situado al pie de un vil patíbulo
levantado por mi maldad! Aquel Hijo Santísimo, en quien el Eterno Padre fijó
todas sus delicias, y que Vos, ¡oh! gran Reina mostrasteis al mundo
señalándolo por su Redentor, ¿cómo osaré mirarte, cuando lo he depuesto
cadáver en vuestro virginal regazo, cubierto de la preciosa sangre que mi
impía mano derramó¡¡Oh! ¡incomparable María! Vos toda sois piedad; ¡más
yo toda impiedad! Vos toda Clemencia; ¡yo toda venganza! Vos toda Pureza;
¡yo toda asquerosa miseria! Mas veo en vuestra piadosa imagen simbolizados
todos los impulsos de vuestro piadoso corazón: pues si bien nos mostráis
taladradas por nuestras culpas las manos de vuestro santísimo Hijo; ¡también
veo vuestra piadosa mano detener la siniestra de la justa indignación de
vuestro ultrajado Hijo! Si bien vuestra sagrada diestra nos echa en rostro la
cruel herida, que nuestra prevaricación ha abierto en el costado de vuestro
inocente Hijo; ¡también veo que vuestra Piedad nos señala la fuente de
misericordia y el sello de nuestra redención! Ea pues, dulcísima Madre y
amantísima regeneradora en Dios de los abatidos hijos de Eva; arrojad sobre
esta mísera prole vuestras compasivas miradas, pues en vuestros piadosos ojos
está nuestra vida; ¡en ellos nuestra esperanza y nuestra salvación! Alumbrad
con ellos nuestra ceguedad, para que cantando acá en la tierra vuestras
alabanzas, merezcamos algún día por vuestra intercesión reiterar nuestros
afectuosos canticos en la eterna mansión de los justos, por todos los siglos de
los siglos. Amen.

DIA PRIMERO
¡Oh! ¡Piadosísima Madre, nuestra segunda y verdadera Eva! Acordaos de que,
al pie del Árbol de Vida plantado en el Gólgota, fuisteis delegada madre
universal de los míseros mortales, que, bajo la mortífera sombra del árbol del
Edén, incurrieron en la desgracia de su Hacedor, ¡quedando de este modo
sujetos a la muerte y un sin número de miserias! ¡Sí! Acordaos Reina y Señora
nuestra, que Vos sois la segunda Eva; ¡aunque en con trasposición a la
primera! Si aquella altiva Eva con su soberbia cerro para siempre a su
posteridad las puertas de un terreno paraíso; Vos la humilde Eva con vuestra
clemencia abrís de par en par a los míseros mortales la entra da a otro eterno y
deleitoso. Si aquella imprudente Eva emponzoñó a su triste descendencia con
el venenoso fruto de muerte; Vos la prudentísima Eva nos dais el saludable
antídoto que sana de raíz nuestras espirituales dolencias, Ofreciéndonos el
saludable Fruto de Vida de vuestras purísimas entrañas. Si aquella cruel Eva
arrastró consigo sus hijos a un insondable abismo de miserias; Vos la Eva de
clemencia, interponéis vuestro maternal corazón entre nuestros nefastos
crímenes, ¡y la justa venganza de un Dios ofendido! ¡Oh la más tierna y
solicita de las madres! ¿Qué podremos pues hacer en gratitud a tanto amor?
qué. haremos pues, oh clementísima María, sino postrarnos ante vuestra
maternal presencia; ponernos bajo la sombra de vuestras alas; ¿guarecernos
bajo el poderoso escudo de vuestro patrocinio? Si Vos, Señora, nos
abandonaseis, ¿qué sería de nosotros miserables pecadores? Si Vos, Señora,
no abogaseis por nosotros ante el solio de la Divina Justicia, ¿quién rompiera
las opresoras cadenas, con que intenta aherrojarnos el príncipe de las
tinieblas? Haced pues, clementísima Madre, que nuestros pasos no se dirijan a
otro, que á todo lo que fuere en servicio de vuestro Santísimo Hijo, y mayor
honra y gloria vuestra. Amen.
Aquí se rezan tres Ave Marías del modo siguiente:

¡Hija del Padre Creador, Sálvenos vuestra Piedad!


Ave María.

¡Madre del Hijo Redentor, Sálvenos vuestra Piedad


Ave María.

¡Esposa del espíritu Consolador, sálvenos vuestra Piedad!


Ave María y Gloria Patri.

ORACION PARA TODOS LOS DIAS A LA SAGRADA IMAGEN DEL


CADAVER DE N. S. JESUCRISTO
colocado en el regazo de su Santísima Madre
¡Oh! Dulcísimo Jesús, Dios y Redentor mío, que, encerrado nueve meses en el
Virginal útero de la Reina de los ángeles, descansasteis en su amoroso regazo,
¡donde fuisteis alimentado con la sustancia de su purísima Sangre! ¡Mi
corazón se despedaza de pena al considerar que mi sacrílega mano es la que ha
abierto vuestro costado, y taladrado vuestras manos y pies! ¡Yo soy el impío
que ha derramado esa preciosa Sangre de que os veo inundado! ¡Yo he
eclipsado esos hermosos ojos, en que desean mirar los bienaventurados! ¡Yo
soy el ingrato que ha traspasado con la espada del más acerbo dolor el tierno y
amantísimo corazón de vuestra Santísima Madre! ¡Ah! ¡Adorabilísimo
Salvador mío! ¡Cuán caro os cuesta el amor de mi salvación Padre amantísimo
de nuestras almas, dad lágrimas de amargo arrepentimiento a estos mis áridos
ojos, para que día y noche no cese de llorar las ofensas con que os he
injuriado! Venid, Redentor mío, venid a estos mis brazos, que no os soltaré
hasta tanto que mi pobre alma logre unirse a la vuestra Santísima por una
eternidad de eternidades. Amen.

DIA SEGUNDO
¡Oh Adorabilísima María! Aquí tenéis al prófugo Jacob, que, amenazado en
todas partes por el peso de mis propios pecados, lanzado de la paterna casa de
la patria celestial; busco un asilo, que me ponga a cubierto del enojo del Dios
de Justicia. ¡Fatigado ya de mi penosa fuga, me postro rendido a vuestros
sagrados pies! Vos sois la misteriosa Escala que une los cielos con la tierra; y
por ella veo subir y bajar los bienaventurados espíritus celestes ministros de
las órdenes del Señor, ¡y que por vuestra intercesión son ellos los portadores
del decreto de mi eterna salvación! Paréceme también, dulcísima Madre, ver
al extremo de esta celestial Escala colocado vuestro Excelso Hijo, y que,
desde lo alto de ella, me dirige estas consoladoras palabras: «No temas, pues
yo soy el Señor tu Dios y Redentor, que, por la mediación de mi Santísima
Madre, te librare de todo: los peligros que te asaltan durante tu penosa
peregrinación en ese valle de miserias. Yo te alimentare con mi propio cuerpo
y sangre, hasta que tus pies logren entrar en la beatifica mansión de las eternas
delicias. 0h! ¡Piadosísima Madre! ¿A quién sino a Vos soy deudor de tamaños
beneficios? Permitidme Señora, que cual otro Jacob exclame: ¡0h! ¡Que
terrible es este lugar! Ciertamente que en este recinto no hay otra cosa que el
palacio de Dios y la puerta del cielo. Si, Vos sois ese Palacio eternal y esa
puerta de salvación, ¡y Vos misma me facilitáis la escala para penetrar en tan
delicioso lugar! Haced, Señora, que con indelebles lágrimas de ternura y
arrepentimiento rotule las piedras de este santo templo. Este es el lugar de mi
asilo, y no me apartaré de él un punto. Aquí me hallo en salvo de las
agresiones de mi enemigo, y aun cuando me aconteciese en este lugar, tengo
siempre a mano la escala de mi salvación. Ayudadme, Señora, en tan santo
propósito, para que algún día logre por vuestra mediación habitar el palacio
eternal de la Gloria. Amen.

DIA TERCERO
0h! ¡celestial María, Madre del Redentor del mundo! Salúdoos y una mil
veces con aquellas expresivas palabras de vuestra prima Isabel: «Bendita tu
eres entre todas las mujeres, y bendito es el Fruto de tu purísimo vientre. Vos
estabais ya destinado desde antes de los siglos a ser el Santuario de la
Santísima Trinidad. ¡Aun no existía el abismo, ni habían brotado las fuentes,
cuando ya erais la escogida para quebrantar la cabeza de la infernal Serpiente,
para romper las tiránicas cadenas de Satanás! En verdad podéis, Señora.
exclamar: El que me dió el ser, reposo en mi tabernáculo. 0h! ¡prodigio! Vos,
Señora, ¡engendrasteis al autor de vuestra existencia sin menoscabo de vuestra
virginidad! Por eso, Señora, os vieron las hijas de Sion, y os predicaron
beatísima, y las reinas os tributaron alabanza. 0h! ¡Excelsa María! Vos sois la
Emperatriz de los cielos, la Reina de los ángeles y el esplendor de las
vírgenes; pero de todos estos eminentes títulos, ¡ninguno tanto os sublima y
enaltece como el de Madre de Dios! Este augusto título reúne en sí todo lo
más excelente y poderoso que puede el entendimiento concebir. ¡Alma mía,
no desmayes! Qué es lo que no alcanzaríamos del Hijo interponiendo por
valedor a la autoridad de la Augusta Madre, que lo llevó en sus purísimas
entrañas, le dió á luz, le alimento en su virginal pecho, y solicita huyendo por
desiertos lo lleva a Egipto por salvarle del sanguinario Herodes. ¡Ah! ¡Reina y
Señora nuestra, y Madre del Verbo humanado! Ya pues que tanto ascendiente
habéis siempre obtenido de vuestro amantísimo Hijo, no cesaré de repetir:
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y siempre, y
principalmente en el terrible trance de la muerte, para que nuestras almas
vuelen sin obstáculo a las eternas mansiones de la patria celestial. Amen.

DIA CUARTO
0h! ¡Amorosísima María, prudentísima Abigail! Yo soy el estúpido Nabal, que
tantas veces he provocado la indignación del divino y poderoso David,
ultrajando a él y a sus ministros con el mayor descaro, y negando mis socorros
al prójimo desvalido; ¡olvidando los infinitos beneficios que he recibido de
sus manos en haber custodiado contra la rapacidad de los impíos ladrones y la
voracidad de las fieras infernales mis más preciosos bienes espirituales, que yo
he trocado por los instrumentos de embriaguez y pábulo de mis impurezas!
Tiemblo, Señora, al pensar en las severas, aunque justas amenazas del
ofendido David, y no me atrevo ponerme ante su presencia, pues temo los
rigores de su justicia, ¡y que a paso precipitado se dirige a castigarme! Salidle
Vos al encuentro, hermosísima Abigail, ¡pues Vos sois la que puede aplacarle
con vuestra belleza, prudencia y dulzura! ¡Conozco que mis pecados le han
puesto en el caso de no aceptar ninguna de mis ofrendas! ¡Sí! ¡Las
despreciara! ¡Pero recibirá gustoso las vuestras! Ea, Señora, salidle pues al
encuentro y decidle: ¡a Señor, castigad en ml los delitos del torpe Árbol! ¡No
desoigáis las palabras de vuestra sierva! ¡No tiñáis con su sangre vuestra real
mano! ¡Ah María! Piélago inmenso de bondades, fuente inagotable de
dulzuras, ¡delicia del cielo, Reina y Señora universal de las criaturas!
¡Apiadaos de mí el más vil de los gusanillos de la tierra! ¡Apiadaos de mi
según la muchedumbre de vuestras misericordias! indigno soy de vuestras
bondades; pero Veo, Señora, que Vos no abandonáis al pecador en medio de
su aflicción. Si, caritativa Abigail, ocultadme bajo el poderoso manto de
vuestro patrocinio, y salvadme de la indignación del Divino David, a quien
tanto he ofendido: y mi alma os quedará reconocida por una eternidad de
eternidades. Amen.

DIA QUINTO
¡Oh excelsa Emperatriz de los cielos! Ester divina y Salvadora del pueblo
cristiano! Defendednos, gran Reina, de las negras intrigas del infernal Aman,
que ha jurado la ruina de vuestro pueblo querido, é incesantemente conspira á
anonadar a todos vuestros fieles vasallos. No perdáis tiempo, Señora, en
acudir al augusto solio del Divino Asuero. ¡Sabed que tiene ya decretada la
terrible sentencia de muerte de todos vuestros predilectos hijos! Vos, Piadosa
Ester, que tanto valimiento gozáis en el magnánimo corazón del Divino
Asuero, no permitáis, ¡Señora, que prevalezcan los infernales designios del
infame Aman! Arrancad, pues podéis ese horrible decreto. por el que van a ser
condenados vuestros amados siervos. Ya sabéis, que no se os negará esta
petición; pues el Rey ha prometido otorgaros cuanto le pidáis. Y en efecto:
siendo el Divino Asuero vuestro Santísimo Hijo y Esposo juntamente, y Vos
la Ester Divina, ¿no está en vuestra mano el hacer revocar la sentencia de
condenación dada contra el pueblo que tiernamente os adora, alcanzándole la
gracia de una verdadera penitencia? ¡Ah! ¡Amorosísima Madre! ¡Cuántas
veces habéis contenido el brazo vengador ya levantado de vuestro ultrajado
Hijo en el mismo momento, el que iba a descargar el tremendo golpe de su ira!
Casi me atreviera decir, que ya no existirla el humano linaje sino existierais
Vos ¡Oh! ¡Corazón de una Dulcísima Madre! oh! Madre de un Dulcísimo
Corazón. interceded por nosotros, oh! gran Reina, con vuestro augusto Hijo,
para que cuando llegue la hora postrera, nuestras al más, desatadas de los
carnales vínculos, puedan remontar su vuelo y posarse en las gradas del trono
del celestial Asuero por todos los siglos de los siglos. Amen.

DIA SEXTO
0h! Esclarecida María ¡esplendente Estrella de la mañana, y la más bella de
todas las que la 0mnipotente mano iluminó! Estrella; ¡con la cual se destierra
toda obscuridad y tinieblas! ¡Norte del ofuscado pecador, extraviado y sin
rumbo en el proceloso mar de esta agitada vida! ¡Lucero colocado en el alto
firmamento del Oriente, a quien postradas adoran las doce místicas estrellas de
Israel! Disipad las horrendas visiones de la tenebrosa noche que atravesamos,
y anunciamos los suspirados crepúsculos do un día sereno. para surcar sin
peligro las encrespadas olas de este piélago de amarguras. oh! Celeste Estrella,
cuyo resplandor eclipsa la luz del sol y de la luna. Cuántas veces el prisma de
mis desencadenadas pasiones, la densa nube del pecado me ha privado de los
puros rayos de tan esplendente Astro. Pero vuestra inmensa misericordia ha
disuelto siempre esa nube, y a mis ojos a brillado con mayor intensidad
vuestro inextinguible resplandor. ¡Oh! ¡Luz de los ciegos pecadores!
Prestadme ahora y siempre vuestra radiante claridad, para distinguir sin
obstáculo todo lo que sea conforme a la Santísima voluntad de mi Dios y
Criador. Haced, Señora que, así como los santos Reyes, guiados por la
singular Estrella de Jacob, vinieron a adorar a vuestro Santísimo Hijo del
mismo modo, este vuestro indigno siervo, alumbrado por la esplendente luz de
vuestro celestial rostro, logre hallarle, verle, adorarle y ofrecerte los más
preciosos dones de mi corazón por toda una eternidad. Amen.

DIA SEPTIMO
¡Oh Santísima María, celestial medicamento que, en vuestra sagrada imagen
de Piedad, á Ulldecona recetó su Patrón el Médico San Lucas! ¿Cómo pues
podrá enfermar este venturoso pueblo, poseyendo tan celeste Medicina, y tan
gran Médico, que la ordenó? ¡Pero, ahí Piadosa Señora! La enfermedad
espiritual que padezco ha llegado a ofuscar mi razón, y huyendo del
medicamento, que me ofrecéis para sanarme; voy en pos del mortífero veneno
del pecado, que el maligno espíritu aparentemente ha endulzado para atraerme
con los encantadores halagos de mis desenfrenadas pasiones, ¡y sentir después
toda la intensidad de su amargor! Yo soy el paralítico del Evangelio, aunque
bajo diferente aspecto; pues si aquel infeliz estuvo paralítico treinta y ocho
años, no sano antes, por no tener quien le arrojase al baño; más yo a quién
continuamente los ministros de la Iglesia invitan con repetidas instancias, y
me abren las puertas de la piscina probática de la penitencia para sanarme; yo,
loco de mí, rehusó la salud, ¡que a tan poca costa puedo recobrar! ¡Bien
pudiera compararse mi obstinación a la de Naamán, que reusaba sanarse de la
cruel lepra, por no querer admitir el consejo del profeta Eliseo, en bañarse
simplemente siete veces en las aguas del Jordán! Pero por fin, conozco ya la
urgente necesidad de salir de esta peligrosa dolencia, ¡que ha tiempo que me
aflige! A Vos, Señora, ¡acudo que sois la Salud de los enfermos! Libradme
por vuestra Piedad de las dolencias
del cuerpo, y principalmente de las que afean el alma a fin de que esta pueda
presentarse limpia de la asquerosa lepra del pecado ante el trono del Altísimo,
y por su pureza se haga digna de ser admitida en la celeste Patria. Amen.

DIA OCTAVO
¡Oh! Clementísima María, Madre y. Refugio de los desventurados pecadores.
Extraviado, perdido y acosado por todas partes, lanzado en tierras extrañas, sin
amparo y abandonado a mí mismo, ¡busco en vano un asilo donde aquietar mi
fatigado espíritu! Mis enemigos acrecen por momentos, y no dejan piedra por
mover, ¡investigando hasta las entrañas de la tierra sedientos de mi sangre!
Oprimido del terrible anatema de un Dios que injurié, ¿quién podrá salvarme?
Si del oriente vuelo al occidente, si del septentrional medio día; ¡allí me
sorprenderá su mano! Si me oculto en los abismos de mar o en las cavidades
de los montes; ¡allí me alcanzará su ira! ¡Ay! cuitado de mí! ¿Qué haré?
¿Dónde me albergará? ¡Ah! Piadosa Micol, que por una ventana salvaste al
perseguido David buscado para la muerte por los soldados del Saul; ¡líbrame
de la venganza de un Dios Justiciero! o a lo menos, si seguro estuviese en las
cavernas de los montes, indícame un asilo como lo halló Elías en el monte
Horeb, ¡para salvarse de la sanguinaria Jezabel! ¿Pero qué es lo que digo? ¡Mi
razón está ofuscada! ¿Por qué desespero cuando puedo contar con un asilo
seguro? ¡Sí! ¡Lo tengo, y seguro! Este asilo sois Vos, María, ¡Refugio de los
míseros pecadores! ¡Si! Clementísima Madre! No lo niego. ¡Mucho he pecado
contra Vos y vuestro Santísimo Hijo! Mas de mil veces he provocado su ira;
he ¿insultado su poder; he blasfemado su Nombre venerando; he
menospreciado sus amenazas. ¡Si! ¡Mucho he pecado! ¡Mucho! ¡Pero el
excesivo número de mis ofensas no ha extinguido aun en vuestro tierno
corazón aquel fuego de compasivo amor para con los desgraciados! ¡Si, lo
repetiré una y mil veces! ¡María! ¡Sois el Refugio de pecadores y yo como el
mayor de ellos necesito más y más vuestro Refugio! ¡Aquí me tenéis, Madre
mía! ¡No me rechacéis, pues en vano pretendierais apartarme de Vos! Aquí
mismo a vuestros sagrados pies, contrito y arrepentido quiero exhalar mi
último. aliento, para que Vos misma recibáis mi espíritu, y lo entreguéis al
Padre de las misericordias y por vuestra intercesión le destine a la morada de
los justos por toda una eternidad. Amen.
DIA NOVENO Y ULTIMO
¡Oh Compasiva María, consuelo de los afligidos! Volved esos vuestros
misericordiosos ojos sobre la deplorable raza de Adán, arrojada
ignominiosamente del Paraíso, ¡y apiadaos de las miserias que la afligen!
¡Mirad a los tristes hijos de la culpable Eva anegados en un insondable mar de
amarguras, a que le condeno el anatema de un Dios desobedecido! A todos y a
cada uno les dice: Comerás el amargo pan de la proscripción regado con el
sudor de tu rostro. ¡Trabajarás sin reposo, y la tierra te producirá espinas y
abrojos! 0h! ¡Desgracias sin límite! ¿Cuándo dejaréis de acosarme? Oprimidos
con el peso de tantas angustias, ¿quién nos consolará? ¿Quién enjugará
nuestras lágrimas? ¿Quién romperá los grillos con que estamos aprisionados?
¡Ah Señora! Vos que sois el Consuelo de los afligidos, abrid vuestros
celestiales labios, ¡y proferir una sola palabra, que ella será el bálsamo, que
cicatrizará nuestras heridas! Acordaos, Soberana Madre, que vuestro
Santísimo Hijo al acercarse a las puertas de Naín, consoló a aquella pobre
viuda, cuyo. hijo llevaban a enterrar! Acordaos, Señora, ¡que dos solas
palabras proferidas de su santísima boca la consolaron! le dijo: No llores y
luego se vio el motivo de este consuelo cuando mandó al cadáver que se
levantase, el que se levantó del féretro, obediente al mandato del Salvador,
¡que acababa de restituirle a la vida! Vos, Señora, pronunciad también esas
dos consoladoras palabras: No lloréis, y veréis al instante, gran Reina, ¡como
el con suelo de ellas nos devuelve la suspirada tranquilidad! ¡Ah Benignísima
Madre! ¡No apartéis de nosotros ese divino rostro lleno de celestial dulzura!
No atendáis a la gravedad de nuestras culpas; y solo sí, considerad que si sois
Madre de Dios, también sois Madre de los hombres, pues al pie de la Cruz
aceptasteis este dulce título para consolarnos, salvamos y nacemos participes
de la eterna bienaventuranza por infinitos siglos. Amen.
NOVENA DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD
EJERCICIO DE NUEVE DÍA EN VENERACION DE LAS PENAS QUE
PADECIÓ EN SU SOLEDAD
LA VIRGEN MARÍA EN LOS TRES DIAS DE LA MUERTE
DE SU SANTÍSIMO HIJO, SEÑOR NUESTRO.

ACTO DE CONTRICION
¡Purísima Virgen María, afligidísima Madre de Dios! a mí me pesa, pésame,
Señora, de todo corazón me pesa de haber ofendido a vuestro hijo Jesucristo,
mi verdadero Dios, en quien creo, en quien espero y a quien amo sobre todas
las cosas. Me pesa también, Madre afligida, de haber sido con mis culpas la
causa de tan crecidas penas como padecisteis en vuestra amarga soledad. Yo
propongo firmemente, Madre y Señora, mía, nunca más pecar, y aliviar
vuestras penas con la enmienda de mi vida. ¡Madre de mi alma! ¡Oh Señora
de mi corazón! Os suplico humildemente ofrezcáis á vuestro Hijo, mi Dios, su
sacratísima pasión y muerte y las inmensas penas de vuestra triste soledad, en
satisfacción de todos mis pecados. Así como os lo suplico, así confío en
vuestra gran bondad me alcanzaréis de su misericordia infinita perdón de mis
culpas, gracia para nunca más ofenderle, y fervorosa devoción para serviros
siempre á vos, Señora, en el misterio de vuestra dolorosa soledad, hasta
haceros compañía en la gloria de la resurrección, donde vivís y reináis por
todos los siglos de los siglos. Amen.

DIA PRIMERO
¡Dignísima Madre de Dios! que estando en pie junto a la cruz de Jesús,
vuestro unigénito hijo, le visteis penar, agonizar y morir, que dando sola y
desamparada, sin más alivio que amarguras y sin más compañía que
tormentos; participad a mi alma, oh dolorida Virgen, esas vuestras penas y
aflicciones, para que os acompañe toda mi vida en el justo sentimiento de la
muerte de vuestro querido Hijo. Permitidme que os asista continuamente en
tan amarga soledad, sintiendo lo que sentís y llorando lo que lloráis. Infundid
en mi pecho, oh Madre del verdadero amor, una encendida caridad para amar
a vuestro divino Hijo, que por mi amor murió crucificado; y concededme el
favor que os pido en esta novena, para gloria de Dios, honra vuestra y
provecho de mi alma. Amen.
Se dicen tres Ave Marías, y después:

ORACION
¡Oh Madre la más desconsolada de todas las del mundo! que al ver espirar a
vuestro Hijo en el sangriento madero de la cruz recibisteis en vuestra alma una
pena tan crecida, cuanto era crecido el amor con que le amabais; os
suplicamos, Señora, que por esta inmensa pena que sentisteis en tan doloroso
misterio, nos alcancéis un verdadero amor de Dios y firme aborrecimiento de
las vanidades del mundo. Volved vuestros ojos misericordiosos, y mirad a los
que en el amor y servicio de su divina Majestad aspiran a más perfección.
Remediad a los enfermos, asistid a los que se hallasen en las agonías de la
muerte, atended a todos, y especialmente a cuantos nos empleamos en el
ejercicio de esta novena, para obsequiaros en el misterio de vuestra santísima
soledad, y después besaros los pies por eternidades en el cielo. Amen.

Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar, memoria de la pasión y muerte


de nuestro redentor Jesucristo, y la penosísima soledad de María Santísima,
Señora nuestra, concebida sin mancha de pecado original en el primer instante
de su ser natural. Amen.

ADORACION DE LAS SANTISIMAS LLAGAS DE NUESTRO


SEÑOR JESUCRISTO

A LA LLAGA DEL PIÉ DERECHO


Adórote, santísima llaga del pie derecho de mi dulcísimo Jesús, y os pido,
Señor, que, por ella, y por el dolor que ocasionó a vuestra amantísima Madre,
me perdonéis cuanto os he ofendido con mis pensamientos, palabras y obras, y
que me libréis de morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria Patri)

A LA LLAGA DEL PIÉ IZQUIERDO


Adorote, santísima llaga del pie izquierdo de mi Señor Jesucristo, y os pido,
Señor, que, por ella, y por el dolor que ocasionó a vuestra amantísima Madre,
me perdonaréis cuanto os he ofendido con mis pasos y movimientos, y que me
libréis de morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria Patri)

A LA LLAGA DE LA MANO DERECHA


Adórote, sacratísima llaga de la mano derecha de mi dulcísimo Jesús, y os
pido, Señor, que, por ella, y por el dolor que ocasionó a vuestra santísima
Madre, me perdonéis cuanto os he ofendido con mis potencias, y me libréis de
morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria Patri)

A LA LLAGA DE LA MANO IZQUIERDA


Adórote, oh sacratísima llaga de la mano izquierda de mi amoroso Jesús, y os
pido, Señor, que, por ella, y por el dolor que ocasionó a vuestra Santísima
Madre, me perdonéis cuanto os he ofendido con el mal uso de mis sentidos, y
que me libréis de morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria Patri)

A LA LLAGA AMOROSA DEL COSTADO


Adórote, santísima llaga del costado de mi amoroso Jesús, y os pido, Señor,
que, por ella, y por el dolor que ocasionó a vuestra santísima Madre, me
perdonéis cuanto os he ofendido con el mal uso de los santos sacramentos, y
que me libréis de morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria Patri)

ADORACIÓN A TODAS LAS LLAGAS DE CRISTO NUESTRO


SEÑOR
Yo os adoro, sacratísimas llagas de todo el divino cuerpo de mi Señor
Jesucristo; os doy gracias por haberlas todas padecido por mi amor, y os pido,
Señor, que, por ellas, y por todos los dolores que ocasionaron a vuestra
Santísima Madre, bañéis mi alma con la preciosa sangre que de esas divinas
fuentes derramasteis, perdonándome cuanto os ofendí, y que me libréis de
morir en pecado mortal. Amen. (Padre nuestro y gloria Patri)

ORACIÓN
Señor mío Jesucristo, por aquella amargura que, por mí, miserable pecador,
padeciste en la cruz, principalmente cuando vuestra alma salió de vuestro
sacratísimo cuerpo, os pido y suplico que cuando mi alma salga de este mi
corruptible cuerpo tengáis de ella misericordia y la conduzcáis a la vida
eterna. Amen.

DIA SEGUNDO
¡Oh corazón fidelísimo de la Virgen María, sagrario de Dios y trono de su
divino amor! ¡Oh corazón amantísimo, coronado de espinas y crucificado con
angustias! Oh tierno corazón de la Virgen más pura, que al romperse el pecho
de mi Redentor con el golpe de aquella cruel lanza, que abrió puerta a nuestra
salvación en nuestro Crucificado, fuiste herido viva mente y atravesado de
pena os ofrezco al Padre eterno en sacrificio de dolor, como preciosa dádiva
de amor, para que en recompensa me conceda, por vuestro amor y dolor, que
mi corazón sea herido y quebrantado de verdadero dolor y perfecta contrición
de mis pecados, luz y acierto para hacer una buena confesión de todos ellos, y
la gracia que pido en esta novena, para gloria de su divina Majestad, honor
vuestro y provecho mío. Amen.

ORACION
¡Tristísima Señora! que después de muerto vuestro unigénito Hijo, nuestro
dulcísimo Jesús, en el afrentoso leño de la cruz, teniendo puesto vuestro
corazón y clavados vuestros ojos en el Crucificado, visteis romper su divino
pecho y abrir su precioso corazón al golpe de una lanza, saliendo por la herida
sangre y agua para nuestro remedio, y quedando aquella puerta abierta para
nuestro refugio; oíd, Reina afligida, nuestros ruegos, y por la grandísima pena
que en este lastimoso misterio hirió tan ¿olorosamente vuestro tierno corazón,
dadnos una grande pena de haber ofendido a Dios, por ser quien es, y un
perfecto aborrecimiento de las culpas. Convertid a su Majestad todos los
pecadores del mundo y amparad a todos los fieles cristianos, particularmente a
los que veneramos vuestra penosísima soledad con la devoción de esta
novena, para lograr vuestro amparo en esta vida y acompañaros en la gloria.
Amen.

DIA TERCERO
¡Oh Reina de los cielos! Tesoro de aflicciones, que, después de haber adorado
con tierna devoción y besado con devota ternura la corona, las espinas y
clavos de Jesús, recibisteis amorosa al pie de la cruz su lastimoso cuerpo ya
difunto en vuestro doloroso pecho y regazo maternal, contemplando la fatal
ruina que el pecado había hecho en aquel sacro templo de la Divinidad;
ofreced, Madre mía, al Padre eterno ese divino cadáver, cubierto de sangre y
llagas, para que por ese sacrificio tan agradable me conceda luz con que
conozca la malicia y fealdad del pecado mortal, que fué la causa de tan
sangriento destrozo en vuestro precioso Hijo, y juntamente me conceda firme
resolución de nunca más pecar, con el beneficio que pido en esta novena, para
gloria suya y bien de mi alma. Amen.
ORACION
¡Dolorosísima Virgen y Madre la más desamparada! que al mirar con ojos
atentos arrimado a vuestro pecho el difunto cuerpo de vuestro Hijo tan herido
y lastimado, entre vuestros virginales brazos, quedasteis sumamente
angustiada en terrible soledad; Suplicámoste, Señora, por tan crecida pena,
que no nos desamparéis. Compadeceos, Madre piadosísima, de todas las
naciones de la tierra. Volved vuestros ojos misericordiosos a cuantos están en
pecado mortal. Favoreced propicia a los fieles difuntos y a todos los vivos que
habitamos en este valle de lágrimas, particularmente a los que os servimos con
la devoción de esta novena para amaros en el cielo. Amen.

DIA CUARTO
¡Oh Virgen la más santa y Madre la más afligida! que sobre la amarga soledad
que exteriormente padecisteis por la muerte de vuestro Hijo, fuisteis
interiormente lastimada con mayor y más terrible soledad cuando le visteis
encerrar en el sepulcro; suplicoos, oh Virgen prudentísima, que, por lo mucho
que sintió vuestro corazón esta ausencia y soledad, intercedáis por mí a
nuestro Señor, para que nunca me desampare ni me deje apartar de su
majestad divina; sino que me conceda un gran de aprecio de su divina
presencia, y que continuamente le traiga yo presente en mi corazón, desde
donde me comunique su gracia y me favorezca con lo que en esta novena
solicito, para su mayor gloria, honor vuestro y bien mío. Amen.

ORACION
¡Oh Reina de los mártires! que padeciendo antes la aflicción de verá vuestro
Hijo muerto, ahora se os aumentó la pena de llorarle sepultado y ausente; por
esta imponderable pena os pedimos, angustiada Señora, nos concedáis una
viva fe y gran veneración a la real presencia de nuestro Señor en el Santísimo
Sacramento, y disposición perfecta para recibirle en la sagrada comunión. Que
patrocinéis a los huérfanos, desamparados y afligidos. Que remediéis a todos
en sus necesidades espirituales y temporales, especialmente a cuantos
veneramos el misterio de vuestra soledad con la práctica de esta novena, para
vuestra mayor devoción y nuestro eterno bien. Amen.

DIA QUINTO
¡Oh María, mar de amarguras! que, caminando del sepulcro de Jesucristo a la
ciudad de Jerusalén, sola, sin la luz de vuestros ojos, hallasteis en el monte
Calvario el sagrado árbol de la cruz, y le adorasteis con profunda reverencia,
le estrechasteis entre vuestros brazos con firme resignación, renovando en
vuestro pecho el sentimiento de la pasión y muerte de vuestro Hijo y la pena y
dolor de vuestra soledad; humildemente os ruego, Señora de mi vida, me
consigáis de vuestro hijo Jesús una grande estimación de su santísima cruz,
para que con ella me abrace en amor perseverante, sufriendo con resignación y
conformidad todas las adversidades y trabajos que se me ofrecieren en el
camino del cielo, y juntamente me conceda lo que en esta novena pretendo,
para su santo servicio, gloria de vuestro nombre y provecho de mi alma.
Amen.

ORACION
¡Virgen Sacratísima, maestra del más perfecto padecer! que en vuestra
penosísima soledad nos enseñasteis la primera a estimar y adorar la cruz de
Jesucristo, y mirando en la cumbre del Calvario este árbol sangriento,
despojado de su divino fruto, recibisteis en vuestro corazón nuevo aumento de
pena. Antes, Señora, teníais gran parte de alivio mirando a vuestro amado
Jesús, aunque sin vida; más ahora, que ni vivo ni muerto parece a vuestros
ojos, desamparada ya de su dulce presencia, ¡oh Reina dolorosa, qué cruz de
penas! ¡Qué soledad tan grande! Deseamos, pues, angustiada Señora, aliviaros
la cruz de vuestra soledad con la paciencia en los trabajos; y por tanto, os
suplicamos nos deis una conformidad grande en nuestras necesidades; que
miréis con benignidad a los cautivos cristianos, y a cuantos se hallasen en
alguna aflicción, tentación o peligro; que dilatéis por todo el mundo el amor
del Crucificado y veneración de su cruz; y a los que os adoramos con esta
santa novena concedednos, dulce Virgen, vuestra protección para conseguir la
gloria. Amen.

DIA SEXTO
¡Oh Madre la más amorosa y la más desamparada! ¿Quién podrá explicar la
pena que sintió vuestro corazón considerando la traición del perverso Judas, el
menosprecio que habían de hacer los malos cristianos de la pasión de vuestro
Hijo Santísimo, y las injurias y ofensas de los pecadores contra su Majestad?
A vuestros pies, Señora, tenéis hoy al mayor de todos. Yo soy, Virgen
Soberana, yo soy quien tantas veces he vendido a Jesucristo por un infame
placer, y he despreciado por mi culpa cuanto por mi ha padecido. Pésame del
sentimiento y pena que os he ocasionado con este desprecio. ¡Oh Madre de
Dios, amparo de mi alma! por la pasión y muerte de vuestro Hijo y por la pena
y dolor de vuestro corazón, interceded con vuestro Hijo para que me perdone
los pecados y me mire con ojos de misericordia. Misericordia, Virgen
Santísima; misericordia, piadosísima Señora; concededme el don del santo
temor de Dios, aprecio de la pasión y muerte de mi Redentor, y lo que solicito
por esta novena, para gloria suya, honor vuestro y provecho mío. Amen.

ORACION
Oh amorosa Madre de los pecadores y tristísima Señora! que entre las muchas
penas que afligieron vuestra alma purísima en vuestra amarga soledad,
sentisteis tanto el desastrado fin del infeliz y desdichado Judas, y en su
desgracia llorasteis amargamente la perdición de tantas almas que por sus
pecados se alejan de la misericordia de Dios; aumentad en nuestros corazones,
oh compasiva Virgen, la confianza en vuestro amor, para que, por más
atribuladas que se hallen nuestras almas, jamás dejen de acudir a vuestra
amorosa presencia, pues en vos, oh Madre clementísima, está todo nuestro
remedio, nuestro consuelo y nuestra seguridad. Mirad con benignidad a todos
los pecadores, infundiendo en sus almas un grandísimo temor de Dios.
Convertid los herejes y traed todos los infieles al gremio de la Iglesia.
Amparad a todos, principalmente a cuantos os adoramos en el misterio de
vuestra soledad con esta devota novena, para ser vuestros eternamente. Amen.

DIA SEPTIMO
¡Afligidísima Emperatriz de los cielos y tierra! qué tan herido tenéis vuestro
corazón, mirando la cobardía de espíritu y flaqueza de ánimo con que los
apóstoles, que tenían mayor obligación a vuestro Hijo, y a vuestro amor
debían finezas de madre, os dejaron sola y des amparada en la mayor
aflicción; en virtud de esta pena, infundid en mi alma un verdadero
agradecimiento a los beneficios divinos, y la virtud de la fortaleza para vencer
valerosamente las tentaciones de mis enemigos y mortificar mis pasiones
desordenadas, y no me neguéis lo que pretendo en esta novena, para gloria de
Dios, para vuestro honor y para mi utilidad. Amen.
ORACION
¡Oh María, mar de gracias y consuelo de afligidos! que viendo los discípulos
del Señor fugitivos y descaminados, como ovejas sin pastor, con notable
detrimento de sus almas, los recibisteis amorosa y los alentasteis compasiva,
ejercitando en vuestra soledad el oficio de madre, que con tantas ansias os
encomendó desde la cruz nuestro redentor Jesucristo; os rogamos, Madre
nuestra, no permitáis en nuestros corazones tibieza y desaliento para servir a
Dios, y confesar su santo nombre a vista de los que no le aman. Congregad
nos de todas las naciones en una fe y en una misma religión católica. Asistid a
todos los ministros evangélicos y a cuantos se emplean por el mundo en el
bien espiritual de las almas. Experimenten todos vuestra poderosa protección,
especialmente cuantos con respeto de hijos os ofrecemos esta devota novena,
para conseguir vuestra protección y adoraros en la gloria. Amen.

DIA OCTAVO
¡Dios te salve, llena de gracia, María mar de amargura! que siendo Reina de
los ángeles por disposición divina, fuisteis desamparada de todos en vuestra
rigurosa soledad, dejándoos sin consuelo en vuestra mayor tristeza, y en
vuestra mayor necesidad sin alivio, afligida y sola; os pido, oh vida de mi
alma, no me permitáis apartar jamás de vuestra presencia, y me concedáis un
corazón limpio y puro, para que os pueda dignamente acompañar y servir
todos los días de mi vida. Asistidme con vuestra gracia, y no me neguéis el
favor que pretendo en esta santa novena, para gloria de Dios, para honor de
vuestro nombre y para utilidad de mi alma. Amen.

ORACION
¡Oh bendita entre todas las mujeres! Que amando tanto a los ángeles del cielo,
y siendo tan amada de todos los espíritus celestiales, carecisteis de su
asistencia en medio de vuestro mayor desamparo, sin que ninguno confortase
ni consolase vuestra afligida alma entre tantas angustias, dejándoos padecerá
solas sin alivio, y cerrándose el cielo a todo cuanto pudiera serviros de
consuelo; os suplicamos, Reina y Madre, nos concedáis un perfecto amor
vuestro, con que nos compadezcamos de vuestra pena y lloremos vuestra
soledad, como hijos amantes de tal Madre y leales vasallos de tal Reina.
Dadnos vuestra gracia para aborrecer el vicio. Consolad a todos los que se
hallan perseguidos, abatidos y despreciados. Aumentad el número de vuestros
devotos y amparad á todos, principalmente a los que os veneramos con la
devoción de esta novena, para ser vuestros sin fin en la bienaventuranza.
Amen.

DIA NOVENO
¡Sacratísima Madre de Dios, solitaria y purísima paloma! que, sola en vuestro
retiro, renovando en vuestro corazón la memoria de la pasión y muerte de
vuestro divino Hijo, creció tanto en vuestra alma el deseo de gozar su
presencia y el sentimiento de considerarle ausente, que os puso la pena de tan
gran soledad en el último extremo de la vida, sin que ninguna cosa criada os
pudiese servir de alivio. ¿Qué serafín Señora, podrá alcanzar vuestro amor? Ni
¿qué querubín podrá explicar vuestra pena en este santísimo misterio? Yo le
adoro y le amo, y por él os suplico me alcancéis de vuestro hijo Jesús el don
de la perseverancia en su amor y servicio hasta verle glorioso, y la gracia que
os pido en esta novena, para su gloria, vuestro honor y mi utilidad eterna.
Amen.

ORACION
¡Oh Reina de los serafines y corona de los mártires! que estáis como
crucificada entre la tierra y cielo, sin que del cielo os venga algún alivio ni en
la tierra haya cosa que os pueda dar consuelo; cuya alma santísima, cuanto
más ilustrada, tanto más encendida en amor, y cuanto más amante, tanto más
dolorida; con tal extremo de soledad, que en fuerza de la pena os ha puesto en
la última disposición para vuestra mayor gloria, que fué la resurrección de
vuestro Hijo ; os suplicamos, Reina de los mártires, que por tan inefable
misterio nos concedáis firme y constante voluntad de buscar nuestro único y
sumo bien , que es Dios. Que a los fieles cristianos deis paz y concordia, a los
príncipes eclesiásticos y seculares luz y acierto para que gobiernen según el
espíritu de la Iglesia católica. Unid, Señora, todas las naciones del orbe en una
fe, en un bautismo y en un mismo espíritu de caridad; y a todos echadnos
vuestra bendición, particularmente a cuantos nos hemos empleado en la
devoción de esta santa novena, en veneración de las penas de vuestra
santísima soledad, para haceros compañía en los gozos de la gloria. Amen.
LOS VEINTICUATRO DOLORES MÁS PRINCIPALES QUE
PADECIÓ LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

I.
Hallándose la Virgen en Belén en el tiempo de su preñez, no hubo quien la
recibiera, por lo que se vió precisada a retirarse a un establo.
Ave María.

II.
Ve circuncidar a su tierno e inocente infante, y oye a Simeón que le anuncia,
traspasará su corazón con la más aguda y penetrante espada de dolor, cuando
haya de padecer y morir tan cruel y afrentosamente por nosotros.
Ave María.

III.
Llora la muerte de los niños inocentes, degollados por orden del rey Herodes,
y para libertar de ella a su Hijo, se ve en la precisión de huir de noche y
retirarse en Egipto con San José.
Ave María.

IV.
Por tres días anduvo buscando a su Hijo perdido
Ave María.

V.
Muere su más amado y querido esposo José.
Ave María.

VI.
Siente mucho el que os judíos no quieran recibir la predicación de su Hijo, y
que, antes, por el contrario, lo desprecian sumamente y buscan ocasiones para
matarlo.
Ave María.

VII.
Saluda últimamente a su Hijo Jesús antes que entrase a su pasión, y
previniendo en espíritu sus grandes penas y amarguras, se ofrece ella misma a
padecerlas, es confortada por el ángel y recurre a la oración.
Ave María.

VIII.
Oye decir que su Hijo Santísimo ha sudado sangre en el huerto, y habiéndolo
vendido Judas, lo han apresado y maltratado los judíos.
Ave María.

IX.
Se aflige y contrista la Señora por la negación de Pedro, y porque ve que su
Hijo es acusado, abofeteado, escupido y vilipendiado en las casas de Anás,
Caifás y Pilatos, y tratado de loco en la de Herodes.
Ave María.

X.
Ver que ah instancia de los judíos, azotan cruelísimamente a su Hijo
Santísimo, teniéndolo desnudo y atado a una columna.
Ave María.

XI.
Ve que con grande inhumanidad lo visten de púrpura y le ponen la corona de
espinas sobre la cabeza.
Ave María.

XII.
Se duele mucho porque a su Hijo Jesús lo saca Pilatos a la presencia de todo el
pueblo, diciéndole: mirad a este hombre, y por que con el mayor desprecio e
ignominia lo posponen a los judíos a Barrabás.
Ave María.

XIII.
Conoce que Pilatos por satisfacer a los judíos, condena a su Hijo a que
padezca muerte de Cruz, quedando el contento con solo haberse lavado y
purificado las manos.
Ave María.

XIV.
Derrama abundantes y copiosos raudales de lagrimas sobre la cruz y los
clavos, que habían de servir para enclavar a su dulce y bendijo Hijo Jesús.
Ave María.

XV.
Encuentra a su Hijo caminando hacia el Monte Calvario con la Cruz a cuestas,
y queriéndole abrazar la desprecian y maltratan los judíos.
Ave María.
XVI.
Luego que llega su Hijo al Monte Calvario, ve que lo desnudan con grande
crueldad y fiereza de las vestiduras que tenia pegadas a la misma carne, y que
lo arrojan inhumanamente sobre la Cruz.
Ave María.

XVII.
Con sumo dolor de su corazón, ve enclavar los pies y manos de su Hijo.
Ave María.

XVIII.
Ve enarbolar la Cruz, y a su Hijo crucificado entre dos ladrones y blasfemado
de todos.
Ave María.

XIX.
Oye a su Santísimo Hijo, que estando para morir, la nombra Mujer y no
Madre, y despojada de un tan dulce y gustoso título, adopta por Hijo a San
Juan en lugar de su amantísimo Jesús.
Ave María.

XX.
Le causa gran pena y dolor el que estando sediento su Santísimo Hijo, en vez
de agua, le dan a beber hiel y vinagre, y también cuando le oye decir, que lo
ah abandonado su Eterno Padre, y ve que encomienda su espíritu.
Ave María.

XXI.
Lo oye clamar con una voz sumamente grande y descompasada, y después,
con gravísimo dolor de su corazón, lo ve inclinar su cabeza y expirar.
Ave María.

XXII.
Ve que después de muerto le abren el costado con una lanza, y que salen de
allí agua y sangre, las que ofrecen luego al Eterno Padre por la salvación del
mundo.
Ave María.

XXIII.
Después de haber bajado el cuerpo de la Cruz lo recibe en sus brazos,
sintiendo entonces penetrada su alma con la espada del más vivo dolor y
amargura, y observando más de cerca una multitud de heridas tan profundas,
las riega y lava con sus lágrimas.
Ave María.

XXIV.
Es inexplicable su angustia cuando le dan sepultura al Santo Cuerpo, y
obligada a retirarse de allí, sola y afligida, contempla incesantemente con la
viveza de su entendimiento, con la ternura de su corazón tantos acervos
dolores como había sufrido y tolerado su amantísimo Hijo Jesús en todo el
tiempo de su Pasión.
Ave María.

Se podrán rezar tres padres nuestros, tres aves marías y tres glorias patris,
en honor de los tres huesos descubiertos de la espalda del Señor.

SALVE DOLOROSA
Salve, Virgen doloroso pues en la cruz vuestro Hijo
salve, de Mártires Reina á vos por Madre nos deja.
Madre de misericordia,
entre espinas Azucena. A ti tristes suspiramos,
llorando culpas y ofensas,
Vida y dulzura derramas que a tu Hijo fueron clavos,
en vuestras lágrimas tiernas, y á tu pecho agudas flechas
y en esas perlas nos dais
prendas de esperanza nuestra. Ahogada en el Calvario
os hizo vuestra clemencia;
Dios te salve, á ti llamamos volvednos pues esos ojos,
tus hijos los hijos de Eva: que ellos son nuestras defensas.
o Madre, todos dolores!
Y a vuestro fruto Jesús, o María, mar de pellas!
grano muerto acá en la tierra,
haced que eh el paraíso Tu compasión, dulce Madre
auxilio de vida nos sea. Añade nuestra dureza,
y tu martirio nos logre
¡O Madre, toda piedad! la palma y Corona eterna.
o Madre, toda clemencia!
NOCHE TRISTE DEL CORAZÓN DE MARÍA
EN LA MELANCÓLICA NOCHE DEL APOSENTILLO DE
CRISTO

DISPUESTA

Por. el R. P. Fr. Juan de Abreu, Predicador General Jubilado, Definidor


Exento de la Provincia del Santo Evangelio, y Comisario Visitador del
Venerable Orden Tercera de N. P. S. Francisco de la Ciudad de México

Con licencia en México, por Joseph Bernardo de Hogal


Año de 1736

ORACION
Oh María, penada Madre de mi Señor Jesucristo, Hija del Padre, Madre del
Hijo, Esposa del Espíritu Santo, a tus pies con profunda humildad tienes a
quien ha causado con sus culpas fuerte tempestad de dolores sobre tu Corazón
dulcísimo, quien ha sido tan cruel, que es necesaria toda tu constancia, y
fortaleza, para no morir a la violencia tirana de tan inhumano rigor; pero con
el pronto conocimiento que tengo, Señora y Madre mía. de todos mis pecados,
verdaderamente arrepentido pongo tus manos mi espíritu,
para que hagas de mi cuanto fuere de tu santísima voluntad porque es mi
intención desde este instante hasta el último de mi vida, estampar en mi
corazón la Espada aguda de tu dolor, y no hacer cosa sin consultar primero a
tu piadosa intercesión para estar como debo incesantemente desagraviándote,
por lo que yo, y todos los pecadores del mundo te han. agraviado con obras,
palabras, y pensamientos. Sedme, Purísima María, mi Intercesora y Madrina
para poder llegar a los pies de mi Señor, a llorar amargamente el haberle
puesto en tan tenebrosa cárcel, haberle escupido, abofeteado, y dándole tan
mala noche, pues con tu ayuda espero me ha de franquear su inagotable piedad
y misericordia infinita. Amén.

ACTO DE CONTRICION
¡Aprisionado bien del alma mía! ¡Pacientísimo Jesús, que atrevimiento es el
mío! Como tengo cara para ponerme en vuestra Divina Real presencia,
habiendo obscurecido con el tizne de mis culpas la hermosura de tu rostro. En
que pensaba yo, amante mío, cuando con mis pecados te puse esa gruesa
cadena a la garganta, escupí y abofetee el cielo de tu belleza, pise tu Sangre, y
ultraje tu siempre adorable ley. ¡O y como quisiera haber perdido mil vidas,
antes que haberte dado el más mínimo disgusto! Que hare para morir de dolor,
y compasión. ¿A dónde comprare el bálsamo, y saludable licor de una
contrición verdadera? ¡Pero que preguntó! En tus manos esta, Señor, el
herirme de muerte, el arrojar de tu aljaba el dulce apetecible dardo de tu amor,
para que rinda el espíritu arrepentido a tus pies. Peque, mi Dios, peque, Jesús
querido, no supe lo que me hice, ya estoy arrepentido: y con hado en
tu misma bondad, y en los merecimientos de los innumerables escarnios que
padeciste en aquella triste noche, espero, que me has de perdonar mis pecados,
y que por los Dolores de María Santísima mi Señora me has de dar gracia
eficaz, para perder la vida, antes que cometer otra culpa. Peque mi Dios,
peque Jesús querido, no supe lo que me hice, ya estoy arrepentido.

PRIMER MISTERIO
El Alba más hermosa
la Aurora más divina,
llorando, en su Alma siente
sombras, que Jesús pisa.
Séale al desagravio,
en noche tan impía
el corazón, el que arda
en cándidas bujías.
Recibid, Santa Madre,
tristísima María,
todo el fuego, que el alma
a tus pies sacrifica.

ORACIÓN
Oh María, fragantísima Rosa de Jericó, pero cercada de las más agudas
espinas de dolor! Luna llena de las luces, de la gracia; pero rodeada en esta
melancólica noche de la lobreguez, y obscuras tinieblas de mis culpas, que fon
las que afligen en prisión tan amarga el atribulado Corazón de Jesús, y tu
materno despedazado Corazón. Quien es, Santísima María, el triste peso, que,
atadas las manos, caído el pelo, escupido el Rostro, y acardenalado con el
recio golpe de aquella cruel bofetada, solo pisa sombra, horrores y tinieblas,
en la tenebrosa cárcel, que le fabricaron mis delitos. No es, traspasada Madre,
aquel Infante tierno, y hermosísimo Nazareno, que en el Altar de oro de
vuestro purísimo regazo adoraron en Belén los Pastores, reverenciaron los
Reyes, y celebraron los Ángeles. Pues como en la mayor ignominia, y
vilipendio, preso, juzgado como reo, y ultrajado corno facineroso. ¡O cuanto
pudo mi ingratitud, mi obstinación y dureza! Recibid, Madre, y Señora mía, en
desagravio de los horrores, y obscuridad de esa noche, con la luz de la Fe,
todo el fuego en que fe abraza mi corazón de sentimiento y de pena; y por las
penas, que padecisteis en la noche triste de vuestra acerba pasión os pido, me
concedáis clara luz, para que vea las tinieblas, en que ha estado metida mi
alma, en el obscuro abominable aposentillo, y lóbrega cárcel de mi cuerpo;
para que siguiendo en esta miserable vida el camino de la verdad y la luz de
vuestra inagotable protección, merezca por tu intercesión la gracia. Amen.

SEGUNDO MISTERIO
Cuando en duras prisiones
la paciencia agoniza,
de no morir la Madre,
en su interior expira.
Quien en tal desamparo
Y de crecida fatiga,
No ofrecerá a su Reina
Prisionera la vida.
Recibid los afectos
Señora, que os dedica
Por ramos olorosos
Un alma arrepentida.

ORACIÓN
Oh Dolorosa Madre mía, amargo mar lleno de las mayores tribulaciones: a
quien, Señora, cuando no de arrepentimiento, de agradecido siquiera, no se le
parten las entrañas de dolor, al registrar anegado en mil martirios a tu Jesús,
amarrado con los duros eslabones de una cadena, y con cordeles de cáñamo
contra la dureza de un poste, quedando inclinado, y violentísimo el Cuerpo,
para ser en aquel calabozo verdadero Iris y Arco de paz entre Dios y los
pecadores ¿Hasta dónde, Paloma inocentísima, han de llegar tus dolores?
Ahora sí, Madre tristísima, que es vuestro Hijo para vos, Hazme mirra,
Ramillete de amarguras, aprisionado, y ceñido con durísimos cordeles, cuales
quieran en este imponderable martirio vuestros dolorosos pensamientos. Que
lágrimas de sangre no lloraríais con la viva representación de las muchas
veces, que yo había de amarrar a vuestro preciosísimo Hijo con la pesada
cadena de mis siempre libres y depravadas costumbres. Recibid, pues, en
desagravio, Santísima Señora, todas las obras penales, que ejecutare en el
tiempo de mi vida, y alcanzadme de vuestro amantísimo Hijo por los
tormentos que padeció en aquella amarga noche, me desprenda, y me cierre de
las ligaduras, con que me he dejado aprisionar del Demonio tantas veces,
cuantas le he puesto a las manos la cadena con la repetición de mis culpas,
para ser esclavo suyo: que me emplee siempre, y me ciña ala observancia de
los divinos preceptos, para estar todo el tiempo de mi vida dando flores de
virtud, y buen ejemplo, para con ellas fabricar olorosos Ramilletes, que sirvan
de desagravio a su Majestad Divina. Amen.

TERCER MISTERIO
En un sótano inmundo,
lleno de sabandijas,
Alcázar la crueldad
a Jesús le fabrica.
Eco el más Doloroso
hace aquesta inmundicia
del Jericó en la Rosa,
entre horrores marchita.
Por Flores desojadas
recibid, Madre mía,
del Alma las potencias,
que os sirvan de alcatifa.

ORACIÓN
Oh María Candidísima, Madre de piedad y Señora mía, como no se rompe mi
corazón de dolor y sentimiento, cuando considero, que siendo todo tuyo el
delicado Cuerpo de mi Señor Jesucristo, pues tú le engendraste, por lo
consiguiente tuyas fueron tus afrentas, tus agonías y fatigas en aquella amarga
noche. Cual es, Señora, el Real Palacio, el Reclinatorio de oro, y acento de
púrpura, que al Rey Supremo de la eternidad previene el mundo. Pero ya
registran mis ojos, que una alcoba inmunda, el basurero de la casa del
Pontífice; el lugar más indecente, y abominable del mundo, lleno de telarañas,
de humedad, sembrado de hueros, y acompañado de aquellas sabandijas.
Come con en esta vista no se rasga mi corazón de sentimiento, al ver ahí
ultrajada la Imagen del Eterno Padre, el resplandor de su Gloria, y tu Hijo
inocentísimo. Recibid, Señora mía, en desagravio de aqueste menosprecio los
afectos de mi corazón, que por desojadas flores os ofrece con toda mi alma mi
rendida voluntad. Y pues eres fin de la maldición de Eva, como Ave llena de
gracia y testigo claro de la humildad de Jesús, llévate Dolorosa Madre mía,
contigo nuestros corazones y con la suavidad de tus méritos únelos para
siempre con los Bienaventurados. Amén.

CUARTO MISTERIO
Al Corazón más tierno
en esta Noche fría
un estropajo hediondo
sirve de cortina.
Rásguese en mil pedazos:
el pecho, y por divisa
a María le consagre
el Alma derretida.
El corazón en trozos
roto incensario; sirva
de aliviar con flagrancia
cuanto en si vaporiza.
ORACIÓN
Oh María, Reyna esclarecida de los Mártires y Mártir del mismo amor! Como
vives, Santísima Señora, viendo tratar de lo más viles hombres del mundo al
Hijo de Dios Eterno con el más costoso desprecio, que se ha visto, cuando
para divertir lo restante de la noche, inventaron un juego, en que Cristo
Sansón Divino había de hacer el principal papel. Como estaría tu Corazón,
viendo, que le vendan el Rostro con un trapo, permítase esta voz a los labios,
pues lo puso mi Redentor sobre sus ojos. Causándole a su mansedumbre
cruelísimos tormentos, por la tizne, grasa, y fetor en que estaba insertado
aquel andrajo, ¡Oh Sabiduría del Padre, y Espejo de su bondad! Vos, cubiertos
vuestros soberanos ojos, con un inmundo velo, y no se desatan los míos en
mares de amargo llanto. Mas duro soy que las piedras
pues con tal espectáculo no muero de sentimiento. ¡Mas ay dolor! Que en vez
de sentir esa ignominia he cubierto innumerables veces con los inmundos
estropajos de mis vicios tu siempre amable hermosura, y el Corazón de María!
Recibid, atribulada Madre, este desagravio de esta afrenta mis Oraciones; y
pues fue en aquella noche triste tu Corazón por muchas partes roto, místico
incensario de oro, de fragrantísimo incienso, unid nuestros fervorosos afectos
a tan sagrados aromas, y con ellos de nuestro corazón las telas, para que sirvan
de velos al Rey de la Majestad; alcanzándonos de tu infinita clemencia, el que
nos conceda por tus méritos correr el velo de la vergüenza, que nos aparta de
lo bueno, que nunca le ofendamos, y que siempre desvelados le amemos.
Amén.

QUINTO MISTERIO
El azahar de mi culpa
con golpes, y salivas,
Saber de Jesús quiere
Si quien le dio adivina.
O maltratado Rostro
Lave esa negra tinta
del llanto de mis ojos
el agua cristalina.
Esta os ofrezco, Madre,
en dos alcantarillas,
que al fuego de mi pecho
el amor alambica.

ORACIÓN
Oh Madre del amor hermoso y traspasada Madre de mi Señor Jesucristo! No
ay, Purísima María; sino añadir fortaleza a fortaleza, para resistir los golpes,
que se le siguen a vuestro acuchillado corazón. Cual estaría este, viendo
adorado como á Rey de burlas al Señor de los Ejércitos, recibiendo; en lugar
de adoraciones y reverencias, ultrajes, baldones, golpes, bofetadas, y
asquerosas, y feas salivas. Que espada de dolor no traspasaría tu Alma, al
registrar, que cruelísimamente atrevidos los Sayones le mesen del sacratísimo
pelo y venerable barba. Que delitos ha cometido, O Padre Eterno, este
obedientísimo Hijo vuestro, que así lo permitís a los ultrajes. Como se atreve
el hombre al pelo, y barba del más gallardo hermoso Nazareno. Si caía el
ungüento sagrado desde la cabeza hacia la barba de Aaron, en señal de respeto
y veneración al Sacerdocio, como se aprecia en tan poco el mejor pelo, y
barba del mejor Aaron Sacerdote Jesús. O, Y como en este doloroso paso
regaría mi Señor con lágrimas de sus ojos aquel sótano, y vos, Purísima
Madre, ¡las piedras de aquel Cenáculo! Recibid atribulada Señora, en
desagravio de esta afrenta, toda mi alma, y supla por agua de azahar todo el
llanto, en que por las fuentes de mis ojos se destila el corazón. Alcanzadme,
Señora, de vuestro preciosísimo Hijo, el que incesantemente este regando con
mis lágrimas el inmundo albañal y tenebroso Aposentillo de mi conciencia,
que limpia esta de todo pecado, merezca, después de esta vida, gozaros por
toda una eternidad en la Gloria. Amén.
SEXTO MISTERIO
Especies aromáticas
en Cazolejas rindan
al Hijo, y él la Madre
entrañas compasivas.
Si fetor del pecado
dos Almas martiriza,
aromas les ofrezcan,
pues ven las necesitan.
Aceptad, Dueño hermoso,
recibid, Madre pía,
este pobre holocausto
de una Fe dolorida.

ORACIÓN
Oh Celestial princesa de ambos Orbes, Paraíso Soberano de Reales y
hermosísimas Granadas, pues has florecido más, y más, a pesar de los aires
crueles de tan contrarios tormentos. Cuales serían, Santísima Señora, en esta
triste noche los tiernos suspiros y fervorosos afectos de tu destrozado Corazón,
al registrar los insufribles tormentos, que padeció mi Señor en todos cinco
sentidos, siendo el más atormentado el del olfato, por las inmundicias de aquel
asqueroso sótano inmundo, y calabozo abominable, más hediondo por la
putrefacción de las culpas de los hombres agavilladas para atormentar a Jesús
en aquel sitio, que por estar lleno de todos los desaseos y asquerosidades del
Palacio. O cuanto deben llorar aun los mismos Ángeles este menosprecio, este
desacato, y la cruelísima indecencia. ¡O buen Jesús! ¡O extremo de humildad,
y paciencia! Como podre, bien mío, desagraviaros de lo que por mi habéis
padecido en este melancólico lugar. Pero recibid, atormentado amante, por
mano de María Santísima mi Señora, en desagravio de tanta inmundicia, de
que os habéis visto acompañado en esta noche, el buen olor de las obras santas
con que desde este instante propongo con todo mi corazón serviros, haciendo
ardiente brasero de mi pecho para fabricar de todo el una aromática Cazoleja,
confeccionada en virtudes heroicas, para desagraviaros, mediante la
intercesión de tu Santísima, y Dolorosa. Madre. ¡O María! Azucena fragrante,
que mitigas todo dolor y aflicción, socorre con suavidad a los que la
hediondez del pecado tiene en el más inmundo sótano y aborrecible
Aposentillo. Extingue en todos, como universal Madre, la voraz llama de todo
lo concupiscible, y enciende las del amor casto, para que perciba así el
corazón los alivios, al paso que sintió de la culpa la corrupción, y gravedad de
su peso, para morir en tu gracia. Amen.

SÉPTIMO MISTERIO
Si ay Dolor, que se iguale,
y a mi Dolor se mida,
registrado: O vos OMNES
QUI TRANSITIS PER VIAM.
ASPERGES ME HYSOPO,
A mi amado repitan,
para lavar sus manchas
las Almas afligidas.
Que yo, Fuente de amor,
les daré, agradecida,
de mis ojos el agua,
pues es Agua bendita.

ORACIÓN
¡Oh Santísima e Inmaculada Ovejita la más amante y fina del Cordero de Dios
aprisionado! ¡Oh ejemplar de la mayor resignación y tolerancia! Dónde está
mi amor y compasión, pues no me quitan la vida al ver, que, cansados de
tantas irrisiones, y burlas los ministros de satanás, se echan a dormir, dejando
solo a mi Señor sin poderle hacer tú en tan melancólica noche compañía. Que
agonías no padecería tu Purísima Alma, al registrar las agonías del Corazón de
Jesús en las tristes horas de su soledad amarga, representándosele allí la
persecución de unos, y el olvido de otros, negado ele Pedro, y apartado para
siempre de Judas. Que especies tan lúgubres no se apoderarían de aquel divino
entendimiento. O y quien pudiera a un tiempo mismo acompañaros a vos, y
acompañar a mi Jesús. ¡Mas ay de mí, miserable! Qué compañía puedo
haceros, ni a vos, ni a vuestro Hijo, Santísima María, cuando soy yo con la
fealdad de mis culpas quien está causando a esos dos amabilísimos Corazones
el mayor tormento. Quedaos sin compañía, bien mío, y quedaos sola,
Dolorosísima Madre, que menos os ha de afligir vuestra soledad, que la dureza
de mi corazón, y de mi pertinaz ingratitud. Pero, no obstante, sirva Señora, de
desagravio mí mismo corrimiento, y confusión de mis pecados: Suplicándote
por las amarguras, y agonías, que padeciste en la soledad de aquella noche, me
alcances de mi Señor Jesucristo, rocíe con el hisopo de su Poderosa mano,
tinto en su Soberana Sangre, mejor Agua bendita, a mi espíritu, y corazón,
para que quede mi Alma más blanca y resplandeciente, y lucida, que los
ampos de la nieve. No te olvides, Señor de mirar por el logro de aquella
Preciosa Sangre en la exaltación de la Santa Fe Católica, ruina de las herejías
y conversión de todos los pecadores y el descanso de las prisioneras Almas del
Purgatorio, y con especialidad, Santísima María, socorre ahora, y en la última
de su vida a las devotas Almas de vuestros agudos Dolores, imprimiendo en
ellas la aguda Espada de vuestras acerbas penas, para que crucificadas en
vuestro sumo Dolor, merezcan por una especialísima gracia acompañaros en
los gozos de la Gloria. Amén.

OFRECIMIENTO DE LAS TRES AVES MARÍAS


Oh Paloma Candidísima, Escala del Cielo, Puerta del Paraíso, Sagrario y
Templo de la siempre Grande, Santísima y Amabilísima Trinidad: Estas tres
Ave Marías te ofrecemos con toda nuestra alma a aquellas tres gotas de
Purísima Sangre, que, de tu Castísimo Corazón, para que de ellas se formase
la Sacratísima Humanidad de mi
Señor Jesucristo, cuando le concebiste
en tus Virginales entrañas: Suplicóte
por esta Sangre y por la que derramó
mi Señor la noche del Jueves Santo en
la casa de Caifás, me alcances lágrimas de
verdadera penitencia, para
llorar los agravios de esta Sangre;
esfuerzo, resolución, y valor para
despreciar al mundo, Demonio, y Carne;
para que llena mi alma, y las de todos
los Católicos de los espirituales dones de
la gracia, merezcamos por tus
agudos Dolores acompañarte por
toda la eternidad en el perdurable
descanso de la Gloria. Amén.
DEVOCIÓN A LOS CINCO MAYORES DOLORES
QUE TUVO LA SANTISIMA VIRGEN MARÍA

Dedicada a la Santa Imagen de Nuestra Señora de los Dolores de la


Parroquia de Texcoco, Ciudad de México.
El Ilustrísimo y Dignísimo Sr. arzobispo de México, Dr. D. Pelagio Antonio
de Labastida y Davalos, concedió 80 días de indulgencia, a quien
devotamente rezare estas oraciones.

MODO DE OFRECERLOS

PRIMERO
Señor mío Jesucristo: yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció
mi Señora, la Virgen María, cuando le profetizo Simeón, que te habían de
quitar la vida, por este dolor te pido conocimiento y contrición de mis culpas.
Padre nuestro, Ave María.

SEGUNDO
Señor mío Jesucristo: yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció
mi Señora, la Virgen María, cuando te perdió tres días, por este dolor te
suplico remisión de mis pecados.
Padre nuestro, Ave María.

TERCERO
Señor mío Jesucristo: yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció
mi Señora, la Virgen María, cuando hoyó que te había preso y atado, por este
dolor te pido las virtudes que por el pecado perdí.
Padre nuestro, Ave María.

CUARTO
Señor mío Jesucristo: yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció
mi Señora, la Virgen María, cuando te vió crucificado, por este dolor te pido
el don de gracia, y antes de mi muerte tu cuerpo en comida.
Padre nuestro, Ave María.

QUINTO
Señor mío Jesucristo: yo te saludo en honra y reverencia del dolor que padeció
mi Señora, la Virgen María, cuando te vio poner en el sepulcro, por este dolor
te pido verte en mi muerte, asistiéndome con los auxilios necesarios de tu
gracia, para que así, me recibas en los gozos de la vida eterna. Amén.
Padre nuestro, Ave María.

¡Oh Sangre de mi Jesús!


¡Oh remedio universal!
Líbranos de todo mal
Por ser vertida en la cruz.
DEPRECACIÓN
Lleno de confianza y fe,
Vengo a tus plantas, Señora,
Que, aunque alma soy pecadora,
Eres mi madre, y bien sé,
Que consuelas al que llora.
Por eso te busco a ti,
Para que calmes mi pena,
Porque eres, María, tan buena,
Que te dolerás de mí,
Tu que de gracias estas llena.
Si a ti mis ojos levanto,
Si dolorosa te miro,
De mi alma sale un suspiro,
Y me arranca tierno llanto,
Ese tu sufrir que miro.
Y me colma de la ventura.
La dulcísima esperanza,
De que su remedio alcanza
Quien te invoca en su amargura,
Quien te pide en su confianza.
Que hagas de mi compasión,
Te pido, pues, madre mía,
Que remedies, María,
Mis penas y mi aflicción,
De tu hijo por la agonía.
Por su sangre, que vertida
Fue en el Gólgota sangriento,
Por su heroico sufrimiento,
Mira madre, condolida,
Las miserias que lamento.
Por las tres necesidades
Mayores que padeciste,
Después que examine viste
Por mis atroces maldades
Al hijo que al mundo diste.
Por tu horrible desconsuelo,
Por tu amarga soledad,
Por tanta calamidad,
Como en ti aglomeró el cielo,
¡María!... ten piedad de mí.
Si invoco tu santo nombre,
Si como a Madre te llamo,
Si en mi pesar a ti clamo,
Predilecta del Dios hombre
¿Atenderás mi reclamo?
Si lo atenderás, Señora,
Y cambiara en alegría,
La aflicción y pena mía,
Porque eres la protectora,
De todo el que en ti confía.
Me voy y en tus manos dejo
Mi suerte y mi vida entregada,
Llevándome, Madre amada,
No el pesar de que me quejo
Sino mi alma consolada.
Se rezan siete Aves Marías…

ORACIÓN
¡Oh Dulcísima María, Madre de Misericordia! ¡Oh dulce esperanza de los
pecadores! ¡Oh eficaz atractivo de nuestra voluntad! ¡Oh María ¡Oh Reina!
¡Oh Señora! ¡Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos! Recibe estas
siete aves Marías, en memoria de tus dolores santísimos, y por ellos te pido
que, en el trance y agonía de mi muerte, cuando, ya viciados los sentidos, ya
turbadas las potencias, ya quebrantados los ojos, ya perdida el habla, ya
levantado el pecho, ya postradas las fuerzas y cubierto el rostro con el sudor
de la muerte, me halle luchando con el terrible final parasismo, cercado de
enemigos innumerables que procuran mi eterna condenación y esperan que
salga mi alma para acusarla de tantas culpas que eh cometido, ante el tribunal
de Dios, allí, querida de mi alma, allí, única esperanza mía, allí, poderosísima
Madre de los Dolores, allí amorosísima Reina, allí, vigilantisima Pastora, allí,
María, (Oh, que dulce nombre) allí, María, ampárame, allí defiéndeme, allí
asísteme como Pastora a sus ovejas, como madre a sus hijos, como reina a sus
humildes vasallos, aquel es el punto de donde depende la salvación o
condenación eterna, aquel es el horizonte que divide el tiempo de la eternidad,
aqueo que es el instante en que se pronuncia la fatal sentencia que ha de durar
para siempre, pues si me faltas entonces ¡dulcísima abogada mía! Si me fallas
entonces, ¿Qué será de mi alma cuando cuantas culpas eh cometido? No me
dejes en aquel peligro, no te retires en aquel trance, acuérdate que, si Dios te
eligió para madre suya, fue para que fueses medianera entre Dios y los
hombres, y por lo tanto debes ampararme en aquella hora, y porque entonces
podre no tener fuerzas ni sentidos para llamarte, desde ahora como si ya
estuviera en la última agonía, te llamo, desde ahora te invoco, y desde ahora
me acojo a tu poderosa intercesión. A la sombra de tu amparo me pongo para
liberarme de los merecidos rigores del Sol de justicia, Cristo, y desde ahora,
como si yo agonizara, invoco tu dulcísimo y Santísimo Nombre, y esto que
ahora digo le guardo para aquella: María, María, querida de mi alma, consuelo
de mi corazón, en tus manos encomiendo mi espíritu, para que por ellas pase
al tribunal de Dios, donde intercedas por mi alma pecadora. En ti pongo mi
esperanza, en ti confío, en ti espero. Yo, ya voy a expirar, misericordia, madre
del alma, misericordia, misericordia, misericordia. Amén.
DEVOCIÓN DE LAS LÁGRIMAS DE NUESTRA SEÑORA
Y
CONSUELO DE SUS DEVOTOS

GEMIDO I.
Compadeceos de mí por lo mucho que pasé en la vida de ni
Hijo Jesús.

El santo Job cercado de dolores y aflicciones prorrumpió en estas sentidísimas


voces: “Compadeceos de mí; tened compasión de mí, a lo menos los que sois
mis amigos; y estas mis más expresiones me parecen voces de nuestra Señora
cuando se hallaba traspasada su bendita Alma de dolor:” “Compadeceos de
mí, a lo menos vosotros los que me amáis.” Y así, todos los que se precian de
devotos de la Madre de Dios, atiendan a sus gemidos, cuando en su grande
aflicción les pide que se compadezcan. A estos más especialmente deben herir
los estímulos de compasión; porque si es razón que los dolores de María
Santísima enternezcan los corazones de todos, ¿qué impresión deberán hacer
en los que tuvieren amor? A la verdad, no hay afecto más natural al corazón
humano, que la compasión de quien padece; de suerte, que, si nuestro corazón
no es de fiera, o dentro de un pecho de carne no se ha trasformado en piedra,
forzosamente nos hemos de condoler de la aflicción ajena: esto sucede por una
especie de oculto mecanismo, que sin saber cómo obra dentro de nosotros,
naturalmente nos vienen las lágrimas a los ojos, cuando las vemos derramar en
fuerza de la aflicción; como que nos duele el corazón por lo que a otros está
acongojando, aun cuando en nada, nos toquen. De aquí, pues, se forma el
primer argumento que nos acredita de bárbaros y de inhumanos, si no nos
compadecemos de la Madre de Dios afligida; porque, prescindiendo de la
calidad de la persona por todos títulos amabilísima, la extraordinaria y viva
aflicción que padece, hiere y lastima al corazón más insensible.

Todos saben que ninguna pura criatura se pue de comparar, ni con mucha
distancia, con la Santísima Virgen en las dignidades a que el Señor la ensalzó,
ni en la heróica virtud en que resplandeció su benditísima Alma. Cuanto a la
dignidad, las más brillantes estrellas del cielo pierden su luz a vista de este
hermoso Sol; y los más elevados serafines del trono de Dios sirven, cuando
mucho, de humilde peana a sus soberanos pies. A este modo, pues, la hizo
Dios superior a toda criatura en la pena, en el tormento, y en el continuado
martirio de su santísima Alma. Con la misma admirable providencia que el
Eterno Padre trató a su Hijo, en quien tanto se complacía, trató también a esta
Hija más amada que el resto de todas las criaturas. Destinó Dios Padre a su
Hijo una muerte horrorosísima, acompañada de inefables aflicciones; y dió á
su Santísima Madre una vida tan mortificada y llena de aflicción, que solo pue
de compararse con la cruel muerte de su Hijo Jesucristo.

Para formar una, aunque muy inferior idea, debemos sentar dos principios
innegables, que nos darán alguna luz para conocer cuán graves fueron las
penas de la Santísima Virgen. Lo primero, tres circunstancias concurren para
la pena y sentimiento de un corazón: una es la natural ternura, otra, el afecto
amoroso que le anima, y otra el conocimiento del mal que se padece: sin la
concurrencia de estas tres causas no puede sentir el corazón grande dolor; más
á proporción que crece cada una de estas circunstancias, se aumenta el
martirio que padece. Tampoco puede negarse, sin manifiesta injuria de la
razón y de la fé, que no hubo criatura de corazón más tierno, sensible y
amoroso que la Santísima Virgen; nadie tuvo más ardiente amor a Jesucristo,
mi tan vivo conocimiento de todo cuanto padecía el Señor. En esta suposición
ya se advierte con toda claridad, que lo que en las otras almas amantes de Dios
causaría grande pena y sentimiento, en la amorosísima Virgen produciría un
tormento inexplicable. Dejando ahora las incomodidades y desaliño de la
gruta de Belén, en donde sin duda tuvo la Santísima Virgen muy penetrante
dolor, pues tenía que hospedará Dios Omnipotente en una casa de brutos;
dejando aparte la pena y sentimiento de la Circuncisión al octavo día del
nacimiento de su hermoso Niño, cada una de las cuales seria suficiente para
hacer muy dolorosa impresión en el alma más dura e insensible, pongamos los
ojos en el día de la Purificación de la Señora. ¡Quién podrá explicar cuánto
seria su dolor, cuando el santo anciano Simeón, tomando en los brazos al
Niño, e iluminado con una luz profética, se volvió a la devota Madre, que le
había ofrecido de rodillas, y la dijo: Este Niño servirá para ruina y
resurrección de muchos en Israel; él será el objeto y el blanco de contradicción
de los hombres, y una penetrante espada traspasará tu alma Aquí de repente, y
como en una sola mirada, vió la Virgen dos espectáculos los más lastimosos
que pueden imaginarse, y fueron la cruelísima Pasión de su Hijo, y la
perdición de una gran parte de los hombres, por cuya salvación había venido
su Hijo al mundo. No tiene caudal el humano entendimiento, ni lengua
humana expresiones para explicar el cruelísimo golpe que con esta noticia
recibió su corazón. Cuando tenía a su hermosísimo Hijo reclinado en los
brazos, y se sentía dulcemente arrebatar de su adorable belleza, entonces era
cuan do se avivaba la herida de su corazón. Cuando a través de aquella
purísima humanidad veía traslucir los resplandores de la divinidad que
ocultaba, pero que reverberaban en su lindísimo rostro, la venia al
pensamiento lo que le había dicho Simeón. ¡Qué repetidos y crueles golpes,
qué lastimosas heridas daría esta espada en su amoroso corazón!

Siguióse después la persecución de Herodes, y el verse en la precisión de huir


a Egipto, y andar fugitiva siete años peregrinando por regiones bárbaras. ¡Oh,
quien pudiera formar idea digna de los sustos de esta afligida Madre, y de la
opresión de su Alma! En todos aquellos años ni una so la noche dormiría con
sosiego, mi viviría sin aflicción un solo instante, ya temiendo que fuese des
cubierto aquel preciosísimo tesoro, tan buscado de la malicia de Herodes, ya
sintiendo las infinitas incomodidades que veía pasar a su Dios y su Hijo por
aquella tierra de idólatras. ¡Qué largo sería el tormento de su corazón! Pasaba
un mes, y otro mes; si se acababan las incomodidades del invierno, venían las
del estío; y el Niño Dios siempre a padecer, y su Santísima Madre a penar y
sentir. Pasaba un año, y otro año, y no pasaba la persecución, el susto y el
peligro de ser descubierto, arrebatado y muerto el Hijo de Dios vivo y de
María Santísima. ¡Qué largos se harían estos años pues Dios para mayor
mérito quiso que ignorase la Virgen el término; y así carecía aun del consuelo
de esperarle!
Al fin se acabó el destierro, pero no el tormento y aflicción de la Virgen.
¡Profundísimos son los consejos de Dios! ¡Quién pudiera pensar que había de
tratar así a la criatura más santa, más pura y agradable en sus divinos ojos!
Otro muevo golpe estaba preparado para aquel amante corazón. A los doce
años de la edad de Dios Niño se halló la Señora sin su Hijo, viniendo del
templo.

¡Qué aflicción seria la suya en semejante lance Le busca, pero no le halla; y


por más diligencias que hace, ¡ni aun noticias puede adquirir por el camino!
¡Qué tristes pensamientos combaten su bendita Alma! ¡María Santísima sin
Dios! ¡María Santísima sin su Hijo! ¡Con qué ansia registra aquellos sombríos
bosques, por ver si estaba retirado a orar! Va de puerta en puerta por las casas
de los parientes y conocidos, por saber si estaba allí; todo lo anda afligida,
angustiada y cuidadosa; llora desconsolada y triste; el corazón la palpita, y no
puede ver bien el camino, por tener los ojos arrasados de lágrimas. Así pasó la
primera noche la Virgen sin poder descubrirle: esperaba verle con la luz del
día; pero también pasó aquel día, y no pareció su Hijo. Decid, ángeles del
cielo, ¿cuántas veces os preguntó la Señora por su Dios, y no la respondisteis.
Llegó la segunda noche, y ya era mayor la desconfianza y el tormento. ¡Oh,
cuántas veces diría a los que pasaban ¿Por ventura habéis visto al amado de mi
alma! Nadie le daba noticia. ¡Mas ay! que, para explicar esta aflicción, es
preciso sentirla y experimentarla; y para sentirla dignamente, es preciso ser
Madre, y de tal Hijo. Pasó la segunda noche, y el Niño Dios no parecía

Entonces sí que tomarían fuerza las funestas, ideas de su afligido pensamiento,


y su humildad profundísima culparía á su descuido, cuando todo era una
disposición del Altísimo. Todo era contra aquel desconsolado corazón: el
amor, la fé, la humildad, las diligencias, las fatigas, todo batallaba y combatía
contra el Alma atribulada de la Virgen, porque todo la inclinaba a temer, que
el Señor, disgustado, se había retirado para siempre. Por último, al tercero día
pareció el Niño en el Templo disputando con los doctores; y no pudo menos la
Madre de darle amorosas quejas, y de insinuarle su dolor. Hijo; ¿cómo lo has
hecho así con nosotros! ¡Mira con qué dolor tu padre y yo te hemos buscado!
¿Quién de nosotros, si viese a la Señora en esta penosa fatiga y ansia, pudiera
negarse a la compasión, o quién podría contener las lágrimas! A la verdad se
necesita grande dureza de corazón para no sentir dolor, con solo considerar lo
que entonces padeció la Virgen. ¿Qué seria, pues, si la hubiéramos visto con
nuestros mismos ojos, y nos hubiera preguntado afligida por su Hijo y por su
Dios! Ved aquí lo que fué la vida de la Madre de Dios; una continuada
sucesión de aflicciones en todo el tiempo que vivió su Hijo Jesús. Dios
amoroso y justísimo iban martirizando aquel inocentísimo corazón por los
altos fines de su divina Providencia: unos golpes eran preparación para otros;
un martirio, aunque cruelísimo é imponderable, era ensayo para otro mayor
martirio. Se iban cumpliendo los dichos de los profetas, y a cada momento se
renovaba en la Virgen la memoria de lo que había dicho Simeón; cada día de
la vida preciosa de su Hijo era un paso que le veía la Señora ir dando al
lastimoso y triste fin con que la había de acabar en la Cruz. Creo que sola esta
consideración era bastante para quitarla en un momento la vida, si la
Omnipotencia de Dios no esforzase su valeroso brazo para conservarla, así
como había hecho esfuerzos para la grande obra de la Encarnación del Verbo.

Ahora, cristiano, que lees, o que oyes leer estas cosas: tú que naturalmente te
compadeces de cualquier persona afligida, ¿cómo no miras compasivo a la
Madre de Dios al verla en una aflicción tan justa y penetrante, en una aflicción
tan viva y tan continuada? ¿Acaso ha desmerecido con algún agravio tu
compasión? ¿Acaso desmerece por su persona aquel obsequio que nos merece
la más ordinaria criatura? A la verdad es difícil de creer, y mucho mas de
confesar, que solo con la Madre de Dios seamos crueles; y que, viéndola en la
mayor angustia, se quede insensible nuestro corazón, y podamos endurecer las
entrañas, que no se conmuevan al sentimiento y piedad, y que no procuremos
consolarla.

¡O Virgen amorosísima, santísima y afligidísima! ¿Qué haré con mi duro


corazón para enternecerle, como deseo, en la compasión de vuestros dolores?
Yo me confundo y avergüenzo de tener un corazón tan delicado y tierno para
con la más vil criatura, y tan duro y como de bronce para miraros compasivo.
¿Qué haré, amabilísima Señora? Rasgadme el pecho por vuestra poderosa
intercesión; arrancadme este, corazón de piedra, y dadme un corazón de carne:
dadme, o Madre de Dios, un corazón con que os ame, y yo me compadeceré
de vuestros tormentos: encended en mi pecho el fuego de vuestro amor, y se
derretirá mi corazón de ternura y compasión por lo que habéis padecido.
Haced que yo os ame, y sentiré vuestras penas más que las mías propias:
sentiré en lo
vivo de mi alma esa espada que atravesó la vuestra. Confieso que merezco
grande castigo, y que es razón que castiguéis mi dureza; pero sea por favor, o
por castigo, traspasadme el corazón y el alma con las espadas de vuestros
dolores. Sienta yo toda mi vida en mi interior aquel golpe que recibisteis con
la dura profecía de Simeón. Si halláis en mí un corazón de piedra, poderosa es
vuestra intercesión para sacar de una piedra aguas abundantísimas... Y si en
esto os puedo consolar, sabed, Madre amorosísima, que más apetezco vuestras
lágrimas, que todas las alegrías del mundo, y que más quiero llorar con vos,
que alegrarme sin vos. Ea, pues, Madre, fuente de amor, hacedme sentir
vuestro dolor, para que yo llore con Vos.
CONSUELO I.
Meditar los primeros dolores de la Madre de Dios.

Cuando nos hallamos en algún trabajo o aflicción, nos sirve de grande alivio
que alguna persona haga de nosotros compasiva memoria. Ved aquí por qué
todos desean manifestar su trabajo, aunque no tenga remedio, porque a lo
menos se consuelan con ver que los amigos los miran con compasión. De este
modo nos enseña la naturaleza y nuestra experiencia propia á consolar a la
Santísima Virgen. Siempre que nos ponemos a meditar lo mucho que padeció
la Virgen, al mismo paso que se va nuestro corazón enterneciendo, se
enternece el de nuestra Señora a nuestro favor. Cuando Jesucristo estaba
pendiente en la cruz, y sumergido en un mar inmenso de amargura, veía, como
Dios, todo lo que había de suceder, y le servía de gran consuelo el considerar
que en los venideros siglos habría muchos que se acordasen de lo que por
nosotros padecía. Ahora me parece que hacemos buen argumento del Hijo a la
Madre, y que, del mismo modo, considerando los dolores que padeció la
Santísima Virgen en la Vida y Muerte de su Hijo, daremos un grande alivio a
su afligidísimo corazón. Después de estos estímulos pondremos siete
meditaciones para los siete dolores principales de nuestra Señora, para que
sirvan de obsequio con que poder dar este consuelo a la Madre de Dios. Este
consuelo será más o menos grande, según la frecuencia y afecto con que
usemos de aquellas meditaciones. Hay almas tan deseosas de consolar a la
Virgen, que repitiendo por los siete días de la semana las siete meditaciones,
continúan con perpetuo círculo en hacer un grande obsequio a María
Santísima. Pero a lo menos no podrá negarse el alma que esto
lee, a escoger siete viernes para meditar consecutivamente en ellos los siete
dolores de muestra Señora, consagrando aquellos días con algunas obras de
piedad, como en su lugar diremos. Los siete viernes que preceden al día en
que la iglesia celebra los dolores de la Virgen, parece que nos están precisando
al ejercicio de esta devoción, pues aquel tiempo también nos convida. Otros la
repiten en cualquiera otra estación del año, cuando la mayor devoción o
alguna necesidad particular los mueve a recurrir a la Madre de Dios en sus
aflicciones. Lo cierto es que nuestra Señora mirará a los que la aman según
viere que se acuerdan y meditan lo mucho que padeció.

GEMIDO II.
Compadeceos de mí por lo mucho que he padecido en la
muerte de mi Hijo.

Para tratar dignamente esta materia, no la debía de tratar hombre terreno,


porque en toda la humana naturaleza no hay lengua que pueda explicar, ni
entendimiento que pueda comprender cuánto padeció la Madre de Dios en la
pasión y muerte de su Hijo. No obstante, pues, conviene hablar de este punto:
con el permiso que nos da la inefable grandeza de la materia, procuremos
formar alguna idea, que, aunque diminuta y oscura, sea la suficiente para
movernos a compasión, que es todo nuestro deseo. Valgámonos, pues, de la
consideración antecedente como degrada para subir a ésta que es más alta; lo
que será lo mismo que aprovecharnos de la primera herida que hizo en nuestro
corazón, para penetrar más adentro con este estímulo. Si tan grande fué el
dolor de nuestra Señora con la profecía de Simeón, ¿qué seria cuando la vió
terriblemente ejecutada! ¿Cuánto mayor fue su pena viendo a su Hijo
sentenciado por Pilatos, que la que había sentido cuando le andaba
escondiendo de la persecución de Herodes? ¿Quién podrá explicar el doloroso
encuentro de la Madre con el Hijo, cuando encorvado con el peso de la cruz,
iba caminando al suplicio infame entre dos facinerosos? Aquí fué preciso que
el brazo del Omnipotente hiciese prodigios admirables para conservar vivo el
corazón de la Señora; porque el dolor que entonces sintió, me parece que
repartido entre muchos corazones, sería más que suficiente para quitarles en
un punto la vida con la fuerza del sentimiento. Tan lastimosa era figura de
nuestro Redentor en este paso, que las mujeres de Jerusalén no pudieron
contener las lágrimas, y le iban siguiendo con llanto muy compasivo

¡Qué efecto, pues, haría este dolor en el corazón de su propia Madre! ¡Y en el


corazón de tal Madre! Se me hace sumamente difícil pasar de este punto,
porque
no hallo voces para ponderar lo que padeció la Señora cuando vió á su amado
Hijo clavado en la cruz, muriendo de sed, y quejándose al Eterno Padre del
desamparo en que estaba. Veía la amorosa Madre que se le rasgaban las
manos con el peso del cuerpo; que la convulsión de sus sagrados miembros le
aumentaban las heridas, y no podía socorrerle. ¡Ay, que todos estos tormentos
si los padeciese la Señora en lugar de su Hijo, no pudieran hacer en su Alma
impresión tan cruel como la de esta vista sola de Jesucristo en la cruz! ¿Qué
diré al despedirse el Señor de su Madre al poner en ella sus ojos, y al darla por
hijo un hombre en lugar de un Hijo Dios al dar el último suspiro, al inclinar la
cabeza sobre el pecho?

¡Qué dolor para la Virgen Santísima Dios le vió la Señora le experimentó, y ni


los ángeles pueden explicar lo vivo de este dolor! Ved aquí lo que es martirio,
y lo que es padecer. Todos los tormentos de los mártires, aun los más
horrorosos y crueles, serian consuelo y alegría comparados con este tormento.
¡Qué lastimado y herido quedaría aquel corazón! Vamos añadiendo otros
golpes aún mayores, pues quiso Dios mostrar su Omnipotencia en hacer que
un corazón de carne sufriese un dolor cuasi infinito. Puesto en los brazos de la
Señora el sacrosanto cadáver, al ver tan de cerca todas aquellas heridas, al
mirar y reparar en aquel divino rostro denegrido y deshecho, lleno de sangre y
de salivas, al ver de este modo la cara del Unigénito Dios, ¡qué nueva y cruel
espada traspasó su Alma bendita! Aquí ya el entendimiento pierde todo el
tino; y va viendo estas cosas sin poder hacer idea, solo puede preguntarse,
¿qué seria! ¿Qué seria cuando sepultado el cadáver de su Hijo, y retirada la
Señora al cenáculo con san Juan, se viese en la soledad más cruel, privada
hasta de aquel lastimoso consuelo de poder a lo menos estrechar entre sus
brazos el cuerpo muerto de su amado Hijo! ¿Qué seria cuando en su
imaginación vivísima se la representase a un mismo tiempo por una parte toda
la amabilidad infinita de Dios Hombre, y por otra todos los horrores de aquella
infame muerte? Unía la Virgen en su consideración la honra debida a Dios
Omnipotente, y el horrible sacrilegio, injurias y blasfemias que había recibido
de los hombres más viles. De esta funesta unión se le seguía en el Alma un
dolor, una aflicción y un golpe cruelísimo sobre toda ponderación...

¡Quién pudiera creer que todavía pudiese aumentarse el golpe Mas con efecto,
crecía mucho su dolor cuando miraba hacia el vasto y dilatado campo de los
futuros siglos, viendo pisada de los cristianos la sangre de su Hijo, y que esta
divina sangre había de ser para muchos su ruina y perdición; que había de
haber generalmente en el cristianismo tanto olvido de lo mucho que el Hijo de
Dios había padecido por nosotros! ¡Oh! ¡Qué tristes imágenes, y qué
pensamientos crueles alimentaban aquella Alma tristísima por todo el tiempo
de su soledad! Ya basta, que no puede nuestro corazón, aunque tan duro, sufrir
tantos golpes como van dando estas preguntas, y los unos le dejan como
insensible para los otros: de lo que hemos dicho se puede valer el
entendimiento para inclinar el alma a la más justa compasión de María
Santísima en tal estado. David decía, que le habían cercado los tormentos del
infierno; pero ¡cuánto más penetrantes y crueles que los de Da vid fueron los
de la Señora en la muerte de su Hijo! Adora, pues, alma mía, á vista de las
disposiciones de la Divina Providencia, que tan crueles tormentos ordenó para
una criatura tan amable: compadécete de sus dolores, y procura por todos los
modos posibles consolarla.

Mas ¿cómo os podré consolar Virgen Santísima, en semejante pérdida? Una


pena tan justa y tan intensa, Señora, no puede admitir consuelo. Pero si hasta
aquí he concurrido a vuestra aflicción, despreciando la sangre de vuestro Hijo
con mis culpas, y haciendo inútil para mí el fruto de su pasión, remedio tiene
el por: vuestro dolor; desde ahora me determino a adorar aquella sangre
derramada por mí; estimando todo lo posible la muerte y los tormentos, que
fueron mi redención. Conozco que el olvido ingrato de este inefable beneficio
os penetra el sentimiento, y que tenéis mucha razón para quejaros de mí, pues
en vez de aliviar vuestro dolor, le he agravado sumamente, haciéndoos más
dolorosa la pasión de vuestro Hijo. Mas sabed, piadosísima Señora, que desde
hoy quiero, y verdaderamente deseo traer mi pensamiento ocupado siempre en
esta pasión y muerte de que vivía tan olvidado. Consolaos, afligidísima Reina,
pues con la gracia de Dios procuraré ser agradecido, a lo menos tener siempre
presente tan singular beneficio. Concurrid, Señora, con vuestra intercesión,
alcanzándome esta gracia, y hacedme este favor por amor de vuestro Hijo muy
amado. Haced que yo traiga siempre en mi memoria la muerte de mi Dios: que
mi alma os esté siempre acompañando en los tormentos de la pasión, y en la
consideración de aquellas llagas que me redimieron. Así os lo suplico con la
iglesia para ser más bien oído.
CONSUELO II.
La memoria frecuente de la pasion y muerte del Hijo de
Dios.

Si uno de los mayores tormentos que padeció el corazon de la Vírgen era el


grande olvido que habian de tener los hombres de la muerte y pasion de
Jesucristo, sin duda tendrá grande alivio viendo que nos acordamos con
frecuencia de aquel inestimable beneficio. Dos poderosos motivos concurren
para este alivio, así como concurrieron á su dolor en el olvido de los hombres;
el uno es por lo que á nosotros toca, y el otro por lo que respecta á su
Santísimo Hijo: al Hijo Divino clavado en la cruz, le afligia mucho el ver el
número sin número de almas que le habian de ser ingratas, olvidadas de que
habia muerto por ellas en fuerza de su amor; y la memoria de las muchas que
no se olvidarian de su pasion, le servia de consuelo en aquel mar de
amarguras. Quien reflexionare en el amor que nuestra Señora tiene á
Jesucristo, podrá ver cuánto estimará que su Hijo tenga el consuelo de que le
asistan muchas almas en la cruz con la memoria continua de su dolorosa
muerte, acordándose compasivas de lo mucho que por nosotros padeció. Si
cuando el Señor elamaba desde la cruz, manifestando la ardentísima sed,
hubiera podido la Vírgen socorrerle con un poco de agua, ¡qué consuelo no
hubiera sido el de esta Señora en darle en tan lastimoso estado aquel alivio!
Yo creo que en la frecuente memoria de los tormentos de la pasion, tiene el
Señor un consuelo infinitamente mayor que el que le hubiera dado el agua
mitigándole la sed. ¿Qué consuelo, pues, será para
la Vírgen Madre, el ver que cada uno de nosotros corre cuidadoso y diligente á
dará Cristo este alivio en su cruz, y que le alivia los tormentos, no tanto con el
agua material que le mitigue la sed, cuanto con las lágrimas de compasion que
ofrece derramadas por su amor! ¡Oh! ¡Qué gustosa y suavísima le parece esta
agua de compasion, por que ésta es la que le mitiga la sed insaciable de
nuestro bien, en que arde su corazon! La sed que manifestó el Señor, aunque
intensísima, no era tanto de agua, cuanto de nuestra salvacion. Pues como la
tierna y dolorosa memoria de la pasion del Señor es un medio poderosísimo y
muy eficaz para salvarnos, nada puede mitigar tanto la sed del Señor como
esta frecuente memoria; y por consiguiente, nada puede dar tan grande
consuelo á la
Señora. De aquí nace el segundo motivo de alivio para María Santísima, que
es ver bien empleada la sangre de su Hijo, y que no se inutiliza para nosotros
su sagrada pasion. El haber de ser Jesucristo ruina para muchos, como lo habia
di
cho Simeon, era el dolor mas penetrante de la Vírgen, y no tenia otro consuelo
que el que le habia dado el mismo Simeon, de que aquel Hijo seria
resurreccion para otros; pocos á la verdad, si se comparan con los que se
pierden. Y supuesto que uno solo que se perdiese, uno solo que pise la sangre
de Dios, uno solo en quien se frustren los misterios de la vida pasion y muerte
de Dios Hombre, seria bastante para quitar la vida á la Señora con la violencia
del dolor. ¿Qué será el ver que Jesucristo vendria á ser ruina para tantos! Tú,
pues, que esto estas leyendo, anímate, que en tu mano tienes el dar grande
pena á la Señora, per diéndote, y despreciando la sangre de su Hijo; ó darla un
inesplicable consuelo, estimando y adorando esta sangre, acordándote de ella
con frecuencia, y aprovechando en tí la que por tí se derramó con tantos
dolores. Mira lo que resuelves, que yo esperando que desearás consolar á tu
Madre, te aviso que al fin de este libro se pondrá un relox santo que te
despierte á todas horas, y te enseñe una fructuosa memoria de la pasion del
Señor y la afliccion de la Vírgen: él podrá, usándole, santificar tu alma, y
servir al mismo tiempo de consuelo á nuestra Señora.
GEMIDO III.
Compadeccos de mí, que soy vuestra Madre.

El el amor que unos á otros nos tenemos, nos obliga á condolernos de los
agenos
trabajos, ¿cómo no hará este mismo efecto el amor del hijo para con su madre!
El amor es una especie de union entre las almas, que hace que sean comunes
las aflicciones que cualquiera de ellas padece; pero el amor entre madre é hijo
es una union mucho mas fuerte y estrecha, en tanto grado, que la madre y el
hijo deben reputarse en cierto modo como una sola persona. De aquí proviene,
que trayendo consigo todo amor alguna ternura de corazon, el amor á nuestras
madres es mucho mas tierno que otro alguno: nuestras entrañas, como algun
dia fueron entrañas suyas, se conmueven íntimamente al verá nuestras madres
heridas en su corazon, y llenas de pena.

Aun los héroes de la guerra, aquellos hombres á quienes parece tocaron


corazones de hierro, de tal suerte se enternecian si se acordaban del título de
hijos, que parecian otros hombres. ¿Qué grande, pues, y qué indispensable
obligacion es la de compadecernos de nuestra afligida Madre, si nos
preciamos de ser hijos" Llégase á esto, que este estrecho parentesco que
tenemos con la Madre de Dios, no es por la generacion humana, sino por
adopcion voluntaria y amorosa, que es un parentesco que todo nació del
corazon. En otras madres los vínculos de la sangre nos dan un parentesco
forzoso, ciego y muchas veces violento: tal vez nos hallamos parientes de
quien aun conocer no quisiéramos; pero este parentesco de hijos de María
Santísima fué del todo libre, voluntario y de amor; de aquel amor con que nos
recibió por hijos en la ausencia de un Hijo Dios. Luego muy clara es la
obligacion grande que tenemos de compadecernos mucho de los dolores de
nuestra Madre, y de reputar como propias sus penas y aflicciones.

Todavía hay en esta filiacion otra circunstancia particular, que nos obliga á
sentir amargamente sus dolores; esta es, que los mas crueles que pa deció
fueron desde que empezamos á ser hijos suyos. Si Benjamin recien nacido
hubiera tenido uso de razon, ¿qué pena no le costarian los crueles dolores que
veia padecer á su madre la hermosa Raquel, mirándola exhalar el alma para
darle á la luz de la vida? Por cierto que ni Neron me parece que tuviera
entrañas capacés de endurecerse al ver las aflicciones del parto que padecen
por los hijos sus propias madres. Aun esta circunstancia mo le faltó á la
Vírgen, para que por todos títulos quedemos obligados á la compasion de sus
dolores: nosotros nacimos especialmente en el Calvario; y cuando la Señora
perdió á su Unigénito, este Señor nos entregó por hijos suyos en la persona del
Evangelista. ¿Pero qué dolor no padeció nuestra Madre en este triste paso?
Considérese bien, que en lugar de un Hijo Dios, tenia uno que era puramente
hombre; y que yo y
los demas pecadores como yo, entrábamos á suplir en lugar de aquel Hijo, que
siendo Unigénito del Padre, tambien era Hijo verdadero de la Vírgen. ¿Quién
habrá que pueda ponderar este dolor! Con razon dijo San Bernardo, que esta
consideracion fué una espada muy aguda que traspasó el Alma afligida de la
Señora; porque aunque nos amaba escesivamente por imágenes y por
sustitutos de su Hijo, no podia ménos de sentir un dolor inesplicable, por la
infinita diferencia que hallaba entre su Unigénito y los hijos adoptivos. Luego
cada uno de nosotros es como Benjamin, á quien su padre Jacob llamó hijo de
la mano derecha, y su madre Raquel hijo de su dolor: Filius doloris mei. Dios,
nuestro amoroso Padre, bien manifestó que nos queria poner á su mano
derecha, pues nos hacia hijos de su misma Madre.

¡Pero cuánto fué el dolor de la Señora cuando empezamos á ser sus hijos.
Teniendo, pues, libre el uso de la razon, nos debe parecer feísima la enorme
ingratitud de los que no se compadecen ni aun de este grande dolor, con que
nos hizo sus hijos: Filius doloris mei. Vamos subiendo como por grados,á
formar idea de esta enorme ingratitud. Toda dureza de corazon es torpe,
aunque sea para con un animalito inocente: mucho mas lo será con los que son
de nuestra especie, si los vemos en alguna afliccion: mucho mas aun si á la
semejanza en la naturaleza se juntan las razones de amistad, de parentesco ó
de beneficios recibidos. Pero si suponemos que esta insensibilidad de corazon
es respecto de
la propia Madre, ¡qué horror!: Pues para con una Madre como la Virgen ¿qué
será? No se puede leer sin conmocion del alma lo que Jeremías dice
literalmente de Jerusalen, y la Iglesia lo aplica á María Santísima. Lachrymae
ejus in marilis ejus, non es qui consoletur eam er omnibus charis ejus: que
cuando la ven correr por sus mejillas las lágrimas con la fuerza del dolor, no
hay entre tantos hijos quien la consuele. A la verdad es vergüenza que un
cristiano se llame hijo de la Señora para invocarla en sus necesidades, y para
reparar los golpes de la divina Justicia; que quiera ser hijo de la Señora para
esperar su bendicion en la Bienaventuranza, y que no se acuerde de que es hijo
de la Vírgen para consolarla en sus angustias, ó á lo ménos compadecerse de
sus trabajos, y de los cruelísimos dolores de su bendita Alma.

¡Qué horroroso espectáculo seria estar una madre con una lanza atravesada en
el corazon, dando el alma entre gemidos, y que estuviesen sus hijos oyendo
sus clamores, y divertidos en otros objetos; pensando en paseos, diversiones ó
negocios, sin emplear en su madre los ojos, aun enjutos y sin lágrimas! ¡Qué
disgusto, y tal vez ira, no concebiria el que presenciase esta dureza! Pues estos
mismos somos nosotros, los que sabiendo por la fé, que una cruel espada
atravesó el Alma de la Vírgen, y oyendo sus gemidos en éste y otros
semejantes libros, no nos detenemos ni por un cuarto de hora á mirar
compasivos á nuestra propia Madre tan angustiada y herida; todo el tiempo
nos llevan las diversiones y los negocios; todo se emplea con el mundo y las
criaturas que hay en él, y no hallamos un cuarto de hora para poner los ojos en
nuestra afligida Madre, y considerar lo mucho pue padeció por nosotros: cierto
que nos merece muy poco, pues ni aun siendo nuestra Madre nos parece
acreedora á la compasion y cuidado que nos mereceria una criada diligente.

Rubor me causa el abatir tanto el discurso en unas materias tan nobles; pero
me es preciso en cierto modo este abatimiento, para dar en rostro á la mayor
parte de los hombres con estas vilezas, para confundirlos. Si tuviésemos un
criado diligente con el corazon tan angustiado como lo tuvo la Reyna de los
Angeles (perdonad la com paracion, Madre de Dios) qué cuidados, qué penas
y qué ansias nos deberial Con la asistencia, con los gastos, con las palabras,
con una ternura de alma, manifestada en los llorosos ojos, y en lo enternecido
del semblante, procurariamos consolarle, á lo ménos dando pruebas de nuestra
compasion. Así tratariamos á un criado. Pero á la verdadera Madre de Dios, á
nuestra amorosísima Madre, á María Santísima, tan diligente en procurar
nuestro bien; á la que sabemos que por nuestro respeto padeció tanto dolor,
cuanto ninguno podrá esperimentar; á esta Señora la tenemos tan olvidada,
que hay católicos á quienes se les pasa un mes y otro mes, un año y otro año
sin acordarse de los dolores de esta Madre Virgen. ¡Oh qué torpe y
monstruoso es este olvido!

Me darán por escusa, que ahora no estamos presentes á tan funesto


espectáculo. ¿Pero qué me podrán responder, cuando es poderosa para
entermecernos y afligirnos una historia triste, ó una trágica novela! ¡Oh qué
estraña inconsecuencia! Hay muchas personas que consumen horas y mas
horas en leer sucesos trágicos y fabulosos, y se conmueven aun sabiendo que
es una relacion vana, fingimientos y mentiras; y estas mismas no hallan un
breve intervalo de tiempo para pensar en lo mucho que padeció María
Santísima, sabiendo por la fé que es cierto. Cualquier trabajo de los que hemos
padecido, por antiguo que sea, le repasamos de tal modo en la memoria, que
nos le hacemos presente, y de nuevo nos excita los afectos que entónces
sentiamos. ¡Qué razon hay para que no reputemos por nuestros los trabajos de
nuestra amorosa Madre, para representarlos á nuestra consideracion, y
compadecernos de lo que ha costado el título de Madre nuestra.

No hay culpa, Madre mia amorosísima, no hay culpa: me da vergüenza la


ingratitud de mi olvido: veo que no merezco el nombre de hijo vuestro, pues
no he procurado consolaros ni asistiros, á lo ménos con mi compasion, por lo
mucho que habeis padecido por ser nuestra Madre: perdon os pido, Señora, y
si no me quereis perdonar por agraviada, perdonadme por ser Madre: acordaos
de este título para apiadaros, ya que yo no le he tenido presente para
compadecerme en vuestras penas. Mostrad, Señora, que sois Madre, y mejor
Madre que yo hijo: si me quereis castigar, sea con castigo de Madre, y no me
entregueis á la divina Justicia: sea el castigo de vuestra mano, Madre de
misericordia: si os quereis vengar de la dureza de mi corazon, de mi insensible
tibieza, tomad esos clavos de la cruz de Cristo, esas espinas que á él le
atravesaron la cabeza, y á vos, Señora, el corazon: herid el mio con esos
instrumentos, no con heridas ligeras, sino con una herida penetrante, pues es
tan grave midelito; con ese amoroso castigo yo manifestaré que soy hijo
vuestro, y vos acreditareis que sois Madre, y Madre piadosa y santa; pues
vuestro castigo será el perdon de las injurias.

CONSUELO III.
Mirar con frecuencia la imágen de la Madre de Dios afligida.

Este es otro modo de poder manifestará María Sma. nuestra compasion: poner
con frecuencia los ojos en su dolorosa imágen. No hay puerta que dé mas fácil
y patente la entrada á muestro corazon que los ojos: por eso nos condolemos
de las agenas lágrimas cuando las vemos derramar; y si por acaso hallamos
una persona miserablemente herida, corriendo sangre, palpitando el pecho,
afligido el semblante, convulso todo su cuerpo con la vehemencia del dolor,
hace esta figura tanta impresion en el alma, que muchos no la pueden sufrir, y
retiran naturalmente los ojos, porque no viendo, no sienta su corazon tanta
pena. Ya, pues, que no asistimos al doloroso martirio de la Madre de Dios, y
por esto nos
hallamos tan tibios para compadecernos, suplamos esta falta poniendo con
devocion los ojos en sus imágenes, y procuremos tener en nuestras casas algun
despertador de lo mucho que padeció María Santísima para ser nuestra Madre:
de este modo no será tanto nuestro olvido, y recibirá nuestra Señora como un
gran consuelo en su afliccion el obsequio de que pongamos con ternura y
devocion los ojos en su imágen dolorosa. No sea nuestro mirar tan indiferente
como si estuviéramos viendo cualquiera otro objeto: acompañe el corazon á
los ojos, y digamos á la Vírgen alguna jaculatoria que le sea agradable, y á
nosotros
provechosa.
GEMIDO IV.
Compadeceos de mí, porque padecí inocente.

Pasando el sabio los ojos por el mundo, una de las cosas tristes que halló, y le
afligieron el corazon, hasta sentir tedio en la vida, fué el verá los inocentes
llorando, y que no habia quien los consolase: Vidi lachrimas innocentium, et
neminem consolatorem. Ved aquí otro nuevo motivo que nos obliga á
condolernos de las lágrimas de nuestra Señora; porque si todavía enternece el
ver padecer aunque sea con culpa, el ver sufrir al inocente nos mueve á mucha
mayor compasion. El que ve un reo que va al suplicio con las manos atadas, la
soga al cuello, cercado de alguaciles y soldados, aparta naturalmente la vista
por no afligirse: no quiere que se le imprima en la imaginacion una figura tan
funesta, no obstante que creemos que padece por sus delitos; pero ¿cuánto
creceria nuestra compasion, si nos pareciese que iba inocente! Se conmoverian
todas las entrañas al ver aquel lastimoso espectáculo; porque no hay cosa mas
distante de la razon, ni que mas nos turbe el interior, que ver la inocencia
padeciendo.

Cuando vemos padecer con culpa, el dictámen del entendimiento y la ley de


justicia que nació con muestra razon, están aprobando mudamente el castigo y
el tormento, por tenerle merecido; y los mismos atribulados, vertiendo
copiosas lágrimas, nos dispensan en cierto modo de la compasion cuanto mas
acusan su pecado; como lo hacian los hermanos de José, cuando decian:
Justamente padecemos esto, pues hemos pecado contra nuestro hermano, á
vista de aquellas angustias de su alma con que nos supli caba; por lo cual nos
ha sobrevenido la presente tribulacion. No obstante, aquellas mismas lágrimas
y afliccion, aunque bien merecida, nos mueven á compasion; porque nuestra
naturaleza, por el parentesco de la semejanza, y mucho mas por los vínculos
de la caridad, se siente herida del mal ageno. Si es inocente, el mismo juicio
que ántes mitigaba la compasion, nos la agrava; y el mismo entendimeinto nos
está clavando continuamente en el alma el estímulo de la compasion. Para el
que ha pecado, toda la pena merecida es corta, porque cae sobre su delito; mas
para el inocente
toda afliccion, por pequeña que sea, es grande sin medida; siempre es
demasiada, porque ninguna merecia. ¿Qué será, pues, si con una inocencia
suma y notoria juntamos el tormento mas duro y cruel que se puede imaginar?
¿Si considederamos, digo, la inocencia de la Madre de Dios con los
cruelísimos dolores que padeció en la vida y muerte de su Hijo Aquí es en
donde nuestro corazon se debe entregar al mas profundo sentimiento, y se
hallará siempre incapaz de una compasion igual, al mérito del motivo.

¡Qué hermosa era á los divinos ojos aquella dichosa Alma de la Santísima
Vírgen! ¡Qué pura, inocente y santa aquella candidísima Paloma! Era un
espejo criado, en que sin mancha alguna reverberaba la luz eterna de la
Beatísima Trini
dad, y la Increada hermosura. Dios al mirar su felicísima alma recibia mayor
complacencia que la que le daba todo el resto de las criaturas, y aquellos
divinos ojos, que llegan á descubrir defectos en los mismos ángeles, mo
descubrieron en la Señora la menor mancha ni defecto. Toda eres hermosa,
Esposa mia, y en tí no hay mancha, le decia el Espíritu Santo. ¡Quién diria,
pues, que esta Alma inocentísima habia de ser la mas cruelmente atormentada
de cuantas hubo ni habrá jamas en la redondez de la tierra, aun cuando la vista
recorra todo el vasto campo de los siglos pasados, presentes y futuros Repasa,
lector, en tu memoria lo que has leido en los precedentes estímulos de
compasion, y aumenta esta circunstancia de la inocencia de la Vírgen, y verás
cuán torpe cosa es que estas lágrimas de la inocencia no hallen consuelo.
Uno de los espectáculos que todavía horrorizan al mundo, es la muerte de los
niños inocentes. Aun parece que está lamentándose Raquel, y que las voces de
aquellas criaturas inocentes están todavía clamando debajo del trono de Dios
por la venganza, como leemos en el Apocalipsi. La circunstancia que mas
agrava esta crueldad es la notoria inocencia de aquellos tiernos infantes.
Cuánto mas triste y cruel seria aquel espectáculo, si la impía persecucion de
Herodes consiguiera su intento, y si entre millares de inocentes hubiesen
hallado los bárbaros alfanjes á Dios Niño amorosamente enlazado en los
brazos de su Madre ternísima y amorosa! ¡Quién duda que entónces estas dos
víctimas sacrificadas con el bárbaro cuchillo, por ser mas inocentes y puras
que todas las otras, serian el escándalo de la humanidad, afrenta de la razon, y
tormento de nuestra memoria! Jamas podriamos acordarnos sin lágrimas de
aquella crueldad. Ahora, pues, estas lágrimas que vertiriamos entónces, en este
caso imaginado, son las que nos pide la Madre de Dios, con el mismo, y aun
con mas fuerte motivo. Ve muerto en sus brazos á su amado Hijo: ve que
todavía desde su sacrosanto pecho, cruelmente rasgado, corre por los vestidos
de la Vírgen la divina sangre; y si en este caso no vemos á la ternísima Señora
degollada con el cruel cuchillo de los bárbaros, la miramos atravesada en el
corazon con la espada cruelísima de su dolor; espada inesplicablemente mas
cruel para su Alma, que cualquiera otra que la quitase la vida. ¿Qué razon,
pues, tienes tú, si
creyendo la inocencia suma de tu Señora, cierras todavía el corazon, y
endureces tus entrañas para no compadecerte de lo que padeció la Madre de
Dios?

No tengo razon alguna, inocentísima y afligidísima Vírgen, no la tengo; y esto


mismo me carga de una nueva y feísima culpa. Vos inocente, derramando tan
sentidas lágrimas; y yo culpado, tan seco y tan empedernido. Válgame Dios!
Pues no me puedo sufrir, quisiera vengarme de mí mismo, y no puedo sufrir la
vergüenza que me causa el ver las lágrimas que derramásteis bajo la cruz de
vuestro Hijo, siendo vos inocentísima. Y siendo culpado yo en esta muerte, ni
lloro, mi siento mi corazon herido con la espada que atravesó el vuestro!
Compadeceos, Señora, de mi dureza, y aceptad mis deseos de tener una viva
compasion de vuestros dolores. Yo deseo, y con ansia os pido, que me
concedais estar siempre con la consideracion junto á la cruz de vuestro Hijo,
acompañando vuestro llanto con mis lágrimas, para consolaros á lo ménos en
esto.
CONSUELO IV.
Ofrecer a Dios por los dolores de la Virgen todos los trabajos
de la vida.

Toda compañía en los trabajos es una especie de consuelo, y no podemos


hacer mejor compañía a la Madre de Dios afligida, que ofrecerle nuestras
aflicciones. Unas lágrimas son el consuelo de otras lágrimas, y unos gemidos
el alivio de otros. Como vivimos en este valle de lágrimas, siempre gimiendo
y llorando, nunca faltan motivos que nos aflijan, y así tenemos continuamente
a la mano un medio muy fácil de consolar a la Señora en sus dolores. Ya que
María Santísima siendo la más inocente, padeció tanto, razón es que los que
somos tan culpados, tengamos paciencia cuando Dios justamente nos castiga.
Con este discurso se convenció el buen ladrón a tener paciencia cuando se vió
crucificado, no obstante estar tan poco acostumbrado a la conformidad en toda
su vida. Hablando de Jesús, decía a su compañero el buen ladrón: Nosotros
padecemos el digno castigo de nuestros delitos, pero éste ¿qué crimen ha
cometido? De esta misma consideración nos podemos valer cuando el corazón
se oprime con los trabajos. Pongamos los ojos en la Madre de Dios al pie de la
cruz de su Santísimo Hijo, y podremos decirnos a nosotros mismos: Si la
purísima Virgen, que nunca peco ni tuvo la más leve sombra de defecto, así
padece, ¿por qué yo no quiero padecer teniendo tantos pecados! Las víctimas
en el templo se ofrecían a Dios, heridas y vertiendo sangre: hagamos víctima
de nuestro corazón en obsequio de la Madre Dolorosa de Jesús; y si le
tenemos herido y lleno de pena con los golpes que Dios nos da, aprovechemos
esta ocasión, ofreciéndolo todo al Señor por los dolores de la Virgen.
Suframos en obsequio suyo cualquiera afición, para acompañará la Señora,
con la seguridad de que estima y recibe en su corazón muestras lágrimas, y de
que muestro sufrimiento es para la Virgen el obsequio más agradable. Bien
podemos esperar de su bondad, que si la hiciéremos compañía en esta vida
llorando junto a la cruz de Jesucristo, algún día la acompañaremos gozando
con la Señora junto al trono de Dios.

GEMIDO V.
Compadeceos de mí, porque padecí por vuestro amor.

Si los estímulos precedentes han herido nuestro corazón, éste de que hablamos
ahora le debe herir más profundamente por ser mucho más penetrante. El ver
padecer a otro, naturalmente nos causa pena: si la persona que padece es
nuestra Madre, nos llega más al interior: si sobre ser Madre, padece inocente,
agrava mucho más la herida: ¿qué será el ver que todo cuanto padece, lo
padece por nuestro amor? Entonces concurre la compasión natural con el
estímulo del agradecimiento; porque, a la verdad, es mayor ingratitud el no
corresponder ni aun con la compasión a la amorosa fineza que costó muchos
dolores. Pongamos un ejemplo sensible, para que sea más claro el argumento
de lo que hemos de decir. Si un amigo vuestro, llevado del amor que nos tenía,
entrase a libertarnos de la muerte en alguna pendencia, y saliese herido y
ensangrentado, lleno de dolores y aflicciones, de tal suerte nos ejecutaría por
el sentimiento, que los que nos viesen junto a él con los ojos enjutos, nos
condenarían de infieles y de ingratos. Ya la verdad que solamente las fieras o
algunos bárbaros indómitos, pudieran negar las lágrimas a los que viesen estar
derramando su sangre por su amor. Dejemos dar otro paso a nuestra
imaginación, y supongamos que era la Madre de Dios la que obraba esta
fineza: que veíamos rasgado y herido su cuerpo virginal; y que aquella
purísima sangre se estaba derramando en nuestra presencia. Mas huyamos,
apartemos presto el pensamiento de vista tan dolorosa, porque el ánimo se
aflige y desmaya. No obstante, no nos demos por desobligados a la compasión
que en este caso tendríamos, pues en realidad estamos casi en los mismos
términos, y nos corre la misma obligación. Algunas devotas almas contemplan
y consideran que la Señora pediría y alcanzaría de Dios acompañará su
adorado Hijo en los tormentos y dolores; y que así la Virgen Madre padeció
invisible más realmente en su purísimo cuerpo todos los
martirios que su Hijo iba padeciendo en su santa humanidad; acompañándole
de este modo en sus penas, así como le acompañaba en el amor a los hombres,
por cuyo motivo padecía. De este modo, aunque no corría visiblemente la
sangre de la Virgen, sentía todo el dolor de las heridas; padeció la agonía del
Huerto, la dureza de las prisiones, los apretados cordeles, los golpes de los
azotes, las heridas de los clavos y de las espinas; sintió la aflicción de su
espíritu, la sed ardentísima, y la agonía mortal; al fin, cuanto padeció el Señor:
y todo lo padeció, porque nos amaba á semejanza de su Hijo. Sobre todo, esto,
¡qué aflicción y tormento sería el de su alma por lo que estaba viendo padecer
a su bendito Hijo! ¡Cuánto más suave hubiera sido para la Virgen que se
doblasen sus tormentos, como quedase libre de ellos su amado Jesús Luego
por esta parte fué todavía mayor el martirio de aquella inocente alma, que el
de su cuerpo virginal, aunque estuviese padeciendo todos los tormentos de la
Pasión del Hijo por un modo invisible, aunque verdadero! Si padecía porque
nos amaba, á imitación de su Hijo, ¿quién nos podrá dispensar de la
compasión?

Pero mi pensamiento aun pasa más adelante, y me da vergüenza que se quede


mi corazón tan corto por no poder acompañar al discurso con los debidos
afectos. Lo que voy a decir es mucho más que todo cuanto he referido; y si
vos, Madre Santísima de Jesús, me dais licencia, mejor fuera omitirlo que
ponderarlo, si no hemos de corresponder con lágrimas de sangre. Mas al fin
digámoslo por honra de la Virgen, aunque nos condenemos á ingratos, si no
morimos con la fuerza del sentimiento. No solo se ofreció la Señora por
nuestro amor a la muerte y los tormentos, sino que ofreció a su único y
adorado Hijo y a su verdadero Dios a la misma muerte. Así es, este Hijo fué
ofrecido a la muerte por su amorosa Madre, para que se salvase el mundo, así
como Isaac fué ofrecido por su padre. Aquel consentimiento que la pidió Dios
por medio del ángel para que encarnase el Verbo Divino, también se le pediría
para que muriese en la cruz; y de este modo fue la Virgen (como dicen los
santos) en cierto modo Co-Redentora, por haber concurrido con su
consentimiento a nuestra redención, San Anselmo llegó a decir, que era tan
vehemente el deseo de nuestro bien en la Señora, y que fué tan pleno su
consentimiento a los decretos de Dios por la utilidad de nuestras almas, que, si
fuese preciso, con sus propias manos (no puede decirse sin lágrimas), con sus
virginales manos hubiera crucificado a su Hijo. ¡A tanto la obligaba el amor
de los hombres!

Mas ¿quién me dará palabras para explicar la vehemencia de este dolor!


¿Quién podrá concebir, y cuánto menos explicar lo doloroso de aquella última
ternísima despedida de Jesucristo con su Madre en el cenáculo cuando ya iba a
entregarse a la muerte Creer que fué menor la angustia de lo que pedía aquella
separación, es injuria para el amor de una Madre, que conocía bien la crueldad
de tal muerte, y las terribles, consecuencias del horrendo sacrilegio que se
había de cometer? No obstante, este dolor, que no puede aún concebirse, le
sufrió realmente María Santísima, y le padeció con conformidad por el amor
de mí, que leo estas cosas, y por el amor de vosotros, los que las estáis
oyendo.

Pásmese el mundo, admírense los ángeles del cielo. Vió la Señora que así era
preciso para nuestra salvación, y conformándose con lo que había determinado
el Padre Eterno, dijo: Así sea: muera mi hijo vilmente crucificado. Pero al
decir
estas palabras, ¡qué torrente de lágrimas la asaltó de sus ojos, y qué nuevo
golpe dió en su Alma la dura espada de Simeón! Si nosotros al decir estas
palabras sentimos tal vez que se turba el corazón, y se conmueve hasta lo
íntimo del alma; nosotros que somos de yero, comparados con aquel
ardentísimo amor de la Virgen, ¿qué sucedería al corazón de María Santísima!
Añádase a lo dicho, que este acto no fué repentino, sino muy premeditado: no
se ejecutó una vez, y
después se retrató con el arrepentimiento, sino que fué repetido una y mil
veces; porque desde que entendió ser esta la voluntad del Padre Eterno, y que
éste había preferido la salvación del más vil de los hombres a la vida y honra
de su
adorado Hijo, no cesó de decir con una continua conformidad: Ecce ancilla
Domini, Fiat: aquí está la esclava del Señor, hágase; y ni el tiempo entibió su
amor, ni la continua meditación disminuía el sentimiento. De este modo estaba
sin cesar bebiendo este cáliz amarguísimo, animándose con volver los ojos al
bien que nos resultaba. ¡Oh cuánto costó mi redención a la Madre de Dios! ¿Y
es posible todavía que yo no me compadezca de sus tormentos?

¿En dónde Señora, se ha visto semejante ingratitud? ¿En dónde semejante


dureza! ¡Válgame Dios, que sea yo el monstro más horroroso de iniquidad que
ha habido debajo del sol! Yo no soy hijo vuestro, no, Señora, porque me
parece imposible que una Madre tan amorosa tenga un hijo tan cruel y tan
ingrato. Quisiera huir de mí mismo, porque de mí mismo tengo horror. Pero
todavía espero en vos, amabilísima Madre, el amor que me tuvisteis; me
confunde, y al mismo tiempo me alimenta. Bien sé que no me habéis amado
tanto por ser yo bueno: vuestro amor fue un amor de compasión, y todo mi
mérito fueron mis propias miserias. ¡Qué mayor miseria que esta dureza de mi
corazón! Compadeceos de ella, y remediadme. Caiga sobre este duro corazón
una lágrima de las que llorasteis para que se derrita en sentimiento: una
lágrima sola basta
para enternecerle, ablandarle y pegar en él el fuego de amor: ya que por
haberme amado, consentisteis en que se derramase sobre mi alma la sangre de
vuestro Hijo, derramad ahora sobre mi corazón esas lágrimas también:
merezca el amor
que me tuvisteis este favor que os pido. ¡Oh Santísima Virgen! Llore yo con
vos la cruel muerte que padeció vuestro Hijo, y llore yo mientras me dure la
vida.

CONSUELO V.
Aprovecharnos de la sangre de Cristo, confesando a menudo.

Este es el mayor consuelo que podemos dar ¿a la Madre de Dios. Si el deseo


de nuestro bien era tan vehemente que la obligó a ofrecer su mismo Hijo sobre
el altar de la cruz, ¿cuánto consuelo recibirá en ver que se aprovecha aquella
misma sangre, que miró con tanto dolor cuando se vertía por nosotros? No
podemos hacerla más fructuosa que usando bien de los Sacramentos, en que la
depositó. Cuando nos hallamos a los pies de un confesor, al levantar éste la
mano para absolvernos, sucede lo mismo que si estuviésemos al pie de la cruz
en el Calvario, y roto el sacrosanto costado, cayese sobre nosotros la divina
sangre. ¡Bendito sea Dios, que tan a la mano nos dejó un remedio tan
precioso! En esto se conocerá cuán grande aflicción será para la Virgen el ver
que hay muchos que desprecian un remedio que tanto costó, y tanto vale;
viendo que pasan meses y más meses mortalmente heridos, y que pudiendo
sanar con aquel divino bálsamo, que sacó del pecho de su amado Hijo, van a
perecer eternamente solo por no usarle. ¡Oh! No demos este disgusto a María
Santísima: procurémosla a lo menos el consuelo de hacer en nosotros
fructuosa la pasión de su Hijo, ya que padeció por nuestro amor... Ya que
pecamos con frecuencia, confesemos a menudo: lavemos nuestras almas
muchas veces en aquella fuente de gracia, ya que a cada paso contraemos
nuevas manchas; y para mejor aprovecharnos de tan precioso remedio, seria,
bueno resolvernos a una confesión general, si no la hemos hecho alguna vez.
Entonces sí que tendría la
Virgen gran consuelo en ver nuestra alma lavada otra vez con este segundo
bautismo de la sangre de su Hijo. Católico que esto lees, te suplico por el
amoroso corazón de la Señora, que de termines dar este consuelo a tu Madre.
Póstrate hoy a los pies de nuestra Señora, y haz un propósito serio de confesar
a menudo; y si todavía no has hecho confesión general, determina hacerla
cuanto antes: advierte que en esto la darás tanto consuelo, que hará que los
ángeles celebren tu conversión con fiesta en el cielo, y tú lo verás algún día.

GEMIDO VI.
Compadeceos de mí, pues habéis tenido la culpa de lo mucho
que he padecido.

He aquí otro muy penetrante estímulo, alma mía, que te debe herir el corazón,
por haber tú sido la causa de lo mucho que padeció la Madre de Dios, como ya
hemos ponderado. El mucho amor que te tuvo, la hizo ofrecer su corazón a los
golpes; y tus culpas fueron el impulso de la lanza que le penetró. Bien pudiera
padecer la Virgen por nuestro amor, sin que nosotros fuésemos el instrumento
de su martirio; pero este es el mayor motivo de nuestra pena, el ser nosotros
los verdugos que la martirizaron. Lo que sucedió en la pasión del Hijo,
aconteció en el martirio de la Madre, siendo los hombres el instrumento de
una y otra crueldad. ¿Quién podrá reflexionar en esta circunstancia sin
enternecerse? Si
por acaso sucediera que en la caza matásemos o hiriésemos de peligro a un
amigo, aunque sin culpa, y por pura desgracia, ¿qué pena no sería la nuestra!
Necesitamos de llorar por sus heridas; y de protestar con el sentimiento y los
obsequios, con la asistencia, y de todos los modos posibles, nuestra pena de
haberlo ejecutado. Entonces sería el indignarnos contra el día y la hora en que
salimos de casa, y contra el instrumento de las heridas; y no serían suficientes
para sosegarnos las continuas lágrimas, las súplicas repetidas de perdón, ni el
arrepentimiento de mil modos protestado. Aunque todos los amigos, por serlo,
rodean al enfermo llenos de pena, entre todo el mayor sentimiento le cabe al
que le hirió por desgracia, y le puso en aquel estado.

Ahora, pues, tenemos en realidad el caso que acabamos de fingir, y en


circunstancias mucho más agravantes: la que está herida lastimosamente es
nuestra propia Madre, es la Madre del verdadero Dios: nosotros somos la
causa de las heridas de su corazón: nuestras culpas la redujeron al deplorable
estado en que hasta ahora no se ha visto criatura humana. Esto no fué por
desgracia, sino por malicia; no por casualidad, sino con advertencia; no una
vez sola, sino muchas y repetidas veces. ¡Oh monstruosa y nunca imaginada
enormidad! Increíble parece que tan grande malicia cupiese en nuestras
acciones; más a la verdad es así, porque nuestros pecados fueron toda la causa
de la muerte de Cristo, y de la extrema aflicción de la Señora. Tú, pecador,
advierte que cuando pecabas, con sola una acción clavabas la lanza en el
pecho del Hijo y en el corazón de la Madre: ahora verás si tenías razón para
alegrarte en tu pecado, y para procurar con tanto empeño y gusto repetirle,
sabiendo que con él hacías derramar tantas lágrimas y tanta sangre.
Avergüénzate de tí mismo, y procura a lo menos compensar con tus lágrimas,
las que por tu causa derramó María Santísima.
Todavía quiero que formemos más vivo concepto de lo que es el pecado en lo
mucho que padeció la Virgen. Tú que esto lees, o que lo estás creyendo, sabe
que cuando no hubiese más pecados que los tuyos, es muy cierto que, en todos
los ángeles y santos, y aun en los inexplicables méritos de la Santísima
Virgen, no habría valor suficiente para satisfacerlos. La pasión del Hijo de
Dios sería tan necesaria como ha sido para redimir al género humano. ... ¡Tan
grande es la malicia del menor pecado mortal!: Supongamos que así sucedió;
y que solo por los pecados que tú cometiste padeció Jesucristo la muerte
afrentosa de cruz a la vista de su Madre. ¿Qué pena seria la tuya en mirar a la
Santísima Virgen en aquel estado lamentable, a que la redujo por tu causa la
muerte del Señor!, Como loco y desesperado buscarías una cueva dónde
esconderte; confuso y avergonzado querrías huir de tí mismo, por no poder
sufrir el horror de tu maldad.

Dime, pues, hombre racional, ¿acaso ahora es menor tu culpa que lo que sería
en esta suposición? ¿Acaso el pecado de los otros hombres disminuye tu
delito! ¡El que ellos hayan injuriado a Dios en su cara, hace que el Señor no
sienta los golpes que tú le diste! ¿O tenía Dios perdida la honra, y no se le
daba nada de ser afrentado cuando tú le ofendiste? ¿Por qué, pues, te disculpas
con los ajenos pecados, y tienes por menor tu delito, que lo que sería si tú solo
fueses el culpado? Si tu culpa es tal, que aun no habiendo otra alguna,
necesitaba la muerte del Hijo de Dios, del mismo modo que los pecados de
todos los demás hombres para satisfacer en justicia; si solo por tus pecados
(como dicen los santos Padres) hubiera venido el Hijo de Dios al mundo a
padecer por tu amor, ¿qué motivo hay para que no te reputes por reo y
homicida de Jesucristo? Sobre alguno ha caído el enormísimo delito de la
muerte de nuestro Salvador. Si tú te juzgas inocente, lo mismo dirán todos los
pecadores, pues tienen la misma razón: luego no hay en el mundo de quien
pueda quejarse la justicia de Dios. ¿Y muerto el Hijo de Dios por las culpas de
todos, serán todos inocentes en esta muerte afrentosa? ¡Qué absurdo Vuelve,
pues, los ojos a tus culpas, y llora mucho el haber sido con ellas la causa de la
muerte del Hijo, y del martirio de la Madre! Con cuánta razón, pues, se
quejará de ti María Santísima como se queja Jesucristo: Super dolorem
vulnerum meorum addiderunt; de que tú, no contento con ver la tan afligida,
cuando repites y agravas tus pecados, clavas cada vez más adentro la espada
en su corazón, y repites con bárbara crueldad los golpes en la Madre, y las
heridas en el Hijo Detente un poco en la carrera de tus culpas; para, y mira el
lastimoso estado a que has reducido el corazón de la Señora, y llora por lo
menos lo que has hecho.

Mas demos otra vista al corazón de la Madre de Dios; vamos despacio y con
blandura, como quien va tentando heridas, observando la profundidad de las
que recibió la Virgen, para movernos a las lágrimas. ¡Oh qué sensible y
delicado es el corazón de la Virgen, y qué profundas son las heridas que en él
hicieron nuestras propias manos!, ¡Cuántos y cuán graves son, y qué
vivamente han lastimado a la Señora los pecados que hemos cometido después
de habernos purificado en el bautismo con la divina sangre! Cualquier alma
tocada del amor de Dios, siente vivísimamente, aun mas que la muerte misma,
el verá Dios ofendido: algunas se desmayaban en oyendo decir culpa mortal; y
todas sentían el mayor tormento en saber que Dios era ofendido: tan delicado
y sensible las había dejado el corazón el amor divino, que el más leve toque
las hería y hacia derramar lágrimas: aun por esto, solo el sospechar que ellas
tenían ofendido a Dios, las ponía en una agonía inexplicable. ¿Cuál sería,
pues, la delicadeza del corazón de la Señora, que ama a su Dios con un amor
intensísimo, y cuál sería su dolor á vista de tantas culpas por mí cometidas, y
de las que he de cometer, si desde hoy no me enmiendo de veras? ¿Qué
tormento será el de aquel puro corazón, siendo tantos los ingratos hijos que
concurren a herirle cada uno con sus pecados! Pecados de los herejes, pecados
de los cristianos, pecados de los seculares, pecados de los eclesiásticos y
pecados de los hijos y devotos; pecados públicos y ocultos; pecados de
escándalo y de reincidencia; pecados de costumbre, y culpas calladas en la
confesión: por último, pecados en todos tiempos y lugares contra toda razón y
leyes; y pecados cuya multitud excede á las arenas del mar, cuya enormidad
sonroja aun a los ojos más depravados; pecados tales, que cada uno de ellos
irritó la justicia divina, de modo que fué precisa la muerte del Unigénito de
Dios para aplacarla. ¡Qué efecto harían tantos pecados contra el corazón de
María Santísima, que conoció su multitud y fealdad, y pesaba toda su
gravedad y grandeza Juntemos en la Virgen el clarísimo conocimiento de las
infinitas ofensas de Dios y el amor cuasi infinito al mismo Dios ofendido, y
verá cada uno si puede resultar de aquí un inmenso dolor! ¡Y todo esto por
nuestras culpas! ¡Cómo hemos sido hijos amantes, los que tan mal hemos
tratado a nuestra Madre?
Yo, Señora, caigo postrado a vuestros pies, lleno de sonrojo y confusión,
porque no puedo con el peso de mi propia iniquidad. No me atrevo a levantar
los ojos a miraros. Yo, Virgen Santísima, yo he sido el que os redujo a
semejante estado,
como si fueseis una persona que lo hubiese merecido: toda mi vida la he
empleado en correr con ciego ímpetu a clavar saetas en vuestro amoroso
corazón, pues siempre he ido repitiendo culpas sobre culpas: todo en mí ha
sido ofensas contra vuestro adorado Hijo: yo soy el delincuente en su muerte
afrentosa, ¿cómo podré esperar asilo en su Madre Mas perdonadme, Señora,
las mismas heridas que le hice, ya que es tanta mi felicidad, en medio de mi
desgracia, que la misma muerte que es mi delito, es mi remedio; y las heridas,
efectos de mis culpas, esas mismas son causa de mi redención. Vuestro
amabilísimo Hijo pedía al Padre que me perdonase, ofreciéndole sus llagas
para conseguir mi perdón; y volviendo a vos sus ojos, sintiendo mi desamparo,
os encargó, bien afligido, desde la cruz, que me admitieseis por hijo. Yo me
valgo de esta petición, Madre piadosísima, y os suplico que pues tengo tan
buen protector, os dignéis de perdonarme: castigadme enhorabuena, con tal
que me perdonéis; y si padeciendo yo, queréis que consiga el perdón, hacedme
participante de los tormentos de vuestro santísimo Hijo, para que así logre el
perdón que me alcanzó con ellos.
CONSUELO VI.
Obsequios a los amorosos dolores de la Santísima Virgen.

Pide la buena razón, que, pues nosotros hemos sido los que con nuestros
pecados martirizamos el corazón de la Virgen, ahora después que conocemos
nuestro yerro, procuremos hacer á esta Señora algún obsequio particular. Al
fin de estos Gemidos se pondrá un obsequio señalado a los dolores de la
Virgen amante; será conveniente tomar algunos días sucesivos para esta
devoción, aquellos que, parecieren a cada uno más propios o más
acomodados: esta devoción debe hacerse con el mayor fervor en orden á
conseguir de la Señora que nos alcance vivo dolor y sentimiento de las penas
con que hemos afligido su corazón amante, y que de tal modo convierta
nuestros corazones, que sientan para con Dios y con las cosas del cielo tanta
ternura y afectos como hasta aquí
han tenido para las cosas de la tierra.
GEMIDO VII.
Compadeceos de mí, porque en eso me agradáis mucho.

Si nuestro fin principal en los obsequios de María Santísima es agradar a esta


Señora, ¿quién duda que debemos aplicarnos con todo empeño a aquel
obsequio que la es de mayor agrado? Ponderadas, pues, todas las
circunstancias, en ninguna se complace más que con la afectuosa compasión
de sus dolores. Todos apreciamos más los obsequios de los amigos en el
tiempo de la tribulación que en otras ocasiones: también la Señora estima
mucho más que nos compadezcamos de su aflicción, que el que nos alegremos
en otro cualquier misterio de su gloria y dignidad. Una cosa decía Santa
Brígida, que al mismo tiempo es muy conforme a razón, que no había mayor
gusto y obsequio para la Virgen, que la compañía que la hacían los fieles en
sus dolores. Con un fundamento tan claro de lo que se complace la Virgen
Madre en esta compasión, ¿quién habrá que no se esfuerce a usar de todos los
estímulos que puedan herir su corazón para condolerse de sus penas!

No obstante, tenemos otro testimonio, más público, y no menos irrefragable de


lo mucho que agradamos a la Señora con esta compasión. La misma Madre de
Dios bajó del cielo, no una vez sola, y vino a la tierra a plantar en ella esta
devoción. Con este fin instituyó por sí misma la religión de los servitas, que
no tienen otro instituto sino el de propagar por el mundo la compasión de la
Madre de Dios afligida: ya en esto se advierte cuánto le agrada semejante
devoción: no puede menos de ser grande la complacencia de la Señora en una
devoción, que procuró con tanto empeño, pues de ninguna otra se contará, que
fuese el fin de una congregación de siervos, fundada por la Virgen, haciendo
al mismo tiempo tanto gasto de prodigios (por decirlo así) como en esta
fundación dispensó. Causa grande alegría en el corazón, y al mismo tiempo
persuade bien este asunto la sencilla narración de este suceso.

Corría el año de 1233, cuando siete caballeros florentines el día de la


Asunción gloriosa de la Virgen la estaban alabando con todo el fervor de sus
corazones: ved aquí que de improviso se le aparece la soberana Reina llena de
gloria y hermosura, y derramando en el corazón de estos de votos una avenida
de júbilo que los ahogaba, les dijo: que abandonando riquezas, honras y
mundo, se retirasen a servirla con toda pureza y fervor, sin decirles no
obstante el fin a que se ordenaba este precepto; porque quería la Virgen
prudentísima prevenir con anticipación disposiciones proporcionadas para
obras grandes. A semejante precepto insinuado por la misma Señora, ya se ve
si darían pronta ejecución aquellos devotos suyos. Con efecto, en el próximo
día de la Natividad de María Santísima, repartiendo las riquezas a los pobres,
y dejando al mundo los cuidados del mundo, se retiraron a una pobre casa,
poco distante del poblado, a hacer una vida celestial. Al mismo tiempo ellos
con áspera penitencia, con alta oración y ejercicios de piedad, y Dios
interiormente con su gracia, iban preparando los fundamentos de la grande
obra que la Madre de Dios había ideado. Sucedió que siendo preciso el que
viniesen a la ciudad, y concurriendo el pueblo á venerarlos, quiso el Señor
promover más la veneración con este prodigio. Algunos niños de pecho que se
hallaban en el concurso, pendientes del cuello de sus madres, empezaron a
decir claramente: aquí vienen los siervos de María: ved allí los siervos de
María. Se repitió este prodigio en varias ocasiones, y san Felipe Benicio en la
edad de cinco meses fué uno de los niños que hablaron. Fué tanta la
conmoción que hizo en el pueblo es te prodigio, que corrían en tropel a
buscarlos en sus humildes celditas, y de tal modo que los per
turbaban...

La Santísima Virgen, que había tomado a su cargo esta obra, les señaló unos
montes muy ásperos a dónde se retirasen huyendo del concurso: en ellos
estuvo la Virgen por seis continuos años, perfeccionando aquellas siete
piedras fundamentales sobre que había de levantar su grande obra. Llegó el
año de 1239, y en la tercera domínica de cuaresma les dió a entender con un
estupendo prodigio, que había llegado el tiempo de levantar el edificio sobre
sus fundamentos, y aconteció que una viña, poco antes plantada floreció y dió
uvas abundantes, y prodigiosas. Entonces reveló la Virgen el misterio al
obispo de aquella diócesis con las palabras del Eclesiástico: Yo, como viña,
fructifiqué un olor suavísimo, y mis flores son de honra y honestidad. Declaró
que era su voluntad fundar con aquellos siete varones una nueva
congregación, religiosa toda dedicada, á honra suya. Con esta noticia a
aquellos varones, santos llenos de fervor doblaron sus oraciones, y
multiplicaron los ayunos para que Virgen fue se servida de decirles su
voluntad.
Un, viernes santo, que en aquel año fué el 25 de Marzo, día consagrado a la
Encarnación del Hijo de Dios, cuando estaban en alta contemplación
considerando los tormentos de Jesucristo, y los cruelísimos dolores que
resultaron a su Madre en el día en que la eligió para tan alta dignidad, se
abrieron de repente los cielos, y por sus puertas salió la Augustísima Reina
acompañada y cortejada de ángeles innumerables: venia con un aire al mismo
tiempo amoroso y afligido, al mismo tiempo dulce y penetrada de pena; y al
verla aquellos siervos suyos, quedaron como estáticos y fuera de sí con la
fuerza de los afectos que sentían.

Parte de aquellos ángeles enarbolaban los instrumentos de la pasión, y parte de


ellos insignias diferentes: unos traían ciertos hábitos negros, y otros un libro
con la regla de San Agustín: otro embrazaba un escudo, en el que se leía con
letras
de oro. Siervos de María; y otro por último levantaba una brillante palma.
Llegando entonces la Señora a aquella devota compañía, dijo: que era su
voluntad que se fundase una religiosa congregación, cuyo instituto fuese
santificarse a sí y a todo el mundo con la memoria de la pasión de su Hijo y la
de sus dolores; y así, que dejan del vestido de penitencia, vistiesen aquellos
hábitos negros en memoria de su sentimiento. Les: dió la regla que habían de
observar, é instituyó la nueva congregación con el nombre de Siervos de
María; y prometiéndoles la felicidad eterna simbolizada en aquella palma, si
observasen los que les ordenaba, y su Hijo quería, desapareció la visión. Ya
veis quien vino a introducir en el mundo esta devoción de los siete dolores, y a
persuadir la compasión que debíamos tener de lo mucho que la Virgen Madre
padeció. No fué un varón devoto, ni aun algún santo iluminado de Dios, sino
la misma Reina de los cielos, ¿Qué disculpa podrá dar el que se precia de
devoto suyo para no compadecerse de María Santísima? ¿Cómo puede omitir
esta devoción el que desea agradarla! Compadezcámonos, pues, de la Madre
de Dios afligida cuantos la tenemos amor, y deseamos obsequiarla. Ahora,
Santísima Virgen, acabo de conocer cuánto os agradarían mis lágrimas
derramadas por compasión de vuestros dolores, y ahora tengo mayor motivo
para desear un corazón compasivo y tierno, y un dolor que me penetre toda el
alma para llorar con vos, y agradaros, ¡Oh mi Dios! No sé cómo conseguir
este dolor Solo por vuestro favor, o Virgen, y por milagro del Omnipotente.
Ea, pues, Señora, si tanto deseáis nuestras compasivas lágrimas, que a fuerza
de prodigios vinisteis a plantar en el mundo la devoción de vuestros dolores,
haced otro milagro más para plantarla en mi corazón. Yo quisiera agradaros
llorando toda mi vida, porque más me consuelan estas lágrimas en obsequio
vuestro, que las mayores alegrías del mundo. Sed conmigo piadosa, y
despachadme esta petición; haced que yo os acompañe en vuestro llanto, ya
que tanto os agrada el que lloremos con vos, y tantos deseos habéis puesto en
mí de agradaros.
CONSUELO VII.
Propósito de procurar por nuestra parte la devoción a la Virgen,
y dedicarnos para siempre a la compasión de sus dolores y los
de su Hijo Santísimo.

Si tanto se consuela María Santísima cuando nos ve compungirnos


compadecidos de sus aflicciones, ¡cuánto consuelo recibirá si nos resolvemos
a emplear toda nuestra vida en la compasión de sus dolores, y que nuestra
empresa es traer esclavos a esta Reyna que la sirvan con nosotros. Va en esto
la diferencia que hay entre un amigo que sirve en una ocasión determinada, y
el que perpetuamente se dedica a servirnos. Será, pues, de grande alivio para
la Virgen en su pena ver que das tu nombre para alistarte con los esclavos de
la Virgen en memoria de las amarguras que sufrió en la pasión y muerte de su
Santísimo Hijo, y que no dejes día ninguno en que no hagas memoria
compasiva de sus dolores, ofreciendo algún obsequio a esta amorosa Madre,
meditando principalmente la santísima pasión.
GEMIDO VIII.
Compadeceos de mí, ya que yo os lo pido.

Este gemido de nuestra Señora y Madre de Dios afligida, no solo mueve a


compasión, sino que de tal modo nos ejecuta pidiendo nuestras lágrimas, que
ya es al mismo tiempo una terrible acusación contra los que se las niegan;
pues, aunque no hubiese los motivos alegados, basta que así lo pida la Madre
de Dios tan afligida. Consideremos que la Virgen penetrada de aquella queja
que explica Jeremías, vuelve sus ojos a todos los que viven en el mundo, por
ver si halla algunos que se compadezcan de sus dolores; no obstante, ve que
son muy pocos los que la tienen en memoria, y dice: Hijo mío (estas palabras
no se pueden oír sin lágrimas), hijo mío, ya que me veo tan olvidada de
muchos, tú a lo menos no te olvides. Contempla mis dolores, acompáñame en
cuanto pudieres en mis lágrimas, compadécete de mí, y siente que sean mis
amigos tan pocos. Esta queja oída con atención, es como una saeta que penetra
hasta lo íntimo del alma: es un arpón que hiere y aflige, sin permitir que se
borre jamás de la memoria. ¿Quién habrá que no sienta oyendo que la Señora
se queja de que sean tan pocos sus amigos? Pocos cristianos contaremos que
no se lisonjeen de que son devotos de la Virgen; más si bien se considera,
¡cuántos son los que la aumentan la pena, y cuán pocos los que la consuelan!

El motivo de quejarse María Santísima de que sean pocos los que se


compadecen de sus dolores y de los de su divino Hijo, es porque esta
compasión viene a ser como la piedra de toque de la verdadera amistad para
con la Madre de Dios, pues aun acá entre nosotros esta es la más segura señal
para conocer los verdaderos amigos, el que nos asistan y acompañen en el
tiempo de nuestras aflicciones. Por lo común no nos faltan amigos cuando nos
acompaña la felicidad; pero en el tiempo de los trabajos manifiestan con su
desamparo la falsedad de su amistad: de este mismo modo está la Santísima
Virgen conociendo a los que la estiman con amor sincero. Si nosotros
atendemos a esta su petición, si oímos sus gemidos, si nos compadecemos de
sus dolores, es verdadero nuestro amor; pero los que así no lo hacen, no sé yo
cómo se pueden lisonjear de ser sus devotos. La Virgen no conoce por devoto
suyo al que no se compadece de su pena y de los tormentos de su Hijo; porque
no es hijo verdadero aquel que no mira a su Madre: no es siervo fiel aquel que
no acompaña a su señor, ni discípulo el que no sigue a su maestro. Ved aquí
reprobada con justa causa la devoción de la mayor parte de los hombres, por
ser muy pocos los que se compadecen de tan crueles dolores.

Esta fué la prerrogativa de san Juan sobre todos los demás apóstoles y
discípulos, el haber asistido y acompañado a la Señora en todas sus aflicciones
y angustias, tomando parte en ellas; y si es lícito formar conjeturas sobre los
juicios del Altísimo, acaso por esta asistencia se le dió por madre la misma
Madre de Dios; pues era justo que ya se había distinguido más que todos en
acompañarla en sus dolores, fuese honrado con el especial título de hijo suyo:
Mulier, ecce filius tuu. Luego si esta composición de los dolores de María
Santísima es el más evidente testimonio que podemos darla de nuestro amor:
si es lo que nos pide la Señora en prueba de ser sus devotos, ¿qué razón hay
para que no la hagamos este obsequio, pues nos lo está pidiendo con lágrimas
en los ojos? Hagamos cuenta de que la Virgen nos hace la misma pregunta
que Cristo nuestro bien hizo a san Pedro: ¿Diligis me? ¿Me tienes amor?
¿Eres mi devoto? Si no tenemos compasión, ni aun memoria de lo mucho que
padeció al pie de la cruz, ¿quién se atreverá a responder: Tu scis qui amo te.
Sí, Señora, y vos sabéis que os amo. Si esta es la señal en que se conocen sus
devotos, ninguno pudiera dar esta respuesta, si antes no hubiera dado sus
lágrimas.

Entremos más la saeta, y clavemos este estímulo en lo íntimo del corazón.


Supongamos que en nosotros no hubiese razón que nos obligase a amará
María Santísima, o que pudiésemos mirar a esta Señora con la misma
indiferencia que a otro cualquier prójimo; aun en este caso solamente un
hombre bárbaro y cruel pudiera dejar de enternecerse viendo a esta Reina en
suma angustia, penetrada de cruelísima aflicción, y pidiendo la compasión con
lágrimas. Tengo presente que, en medio de una cruel guerra, al fin de una
sangrienta batalla, cuando todavía estaban los aceros calientes con la sangre, y
los ánimos con la cólera, un soldado prusiano mal herido, pedía que le
socorriesen: le oyó un príncipe del
ejército enemigo, y fué tanta la impresión que esta sentida petición hizo en sus
entrañas, que le recogió corriendo sangre; y abrazándose con él, le puso sobre
su caballo, y por entre las lanzas le llevó donde pudiesen curarle. Esta
conmoción sintió el ánimo de un soldado, aunque enemigo y colérico, con el
gemido de un pobre, maltratado: ¿qué impresión no hubiera hecho en él, si
hubiese sido una honesta matrona, no solo herida, sino en la mayor aflicción
que ha visto el mundo? ¿Qué seria si además de esto fuese inocentísima, y
sobre inocente Princesa sobre Princesa, su bienhechora especial, su propia
Madre? ¿Qué impresión no haría en los ánimos de los que oyesen los gemidos
con que pedía que la consolasen! Aquí tenemos el caso imaginado: la Madre
de Dios y nuestra propia Madre nos pide llena de aflicción que la
acompañemos con nuestras lágrimas: se queja de que sean tan pocos sus
amigos, y de que sabiendo toda su aflicción, y oyendo sus gemidos, no hay
quien la consuele, que es lo mismo que dijo el profeta Jeremías: ludierunt quia
ingemisco ego, et non est qui consoletur me.

Ahora, pues, si nos hallamos comprendidos en esta queja de la Virgen, no


solamente nos mueva la ternura que causan estas palabras en el corazón
humano: entremos dentro de nosotros mismos, y meditemos bien este punto:
pregúntese cada uno a sí mismo si tiene valor para negar a la Santísima Virgen
lo que le pide con aflicción. Pregúntese si preciándose de compasivo con
cualquier criatura, podrá ser duro e insensible para con la inocentísima Virgen.
Propongámonos a lo menos el darla el consuelo de considerar con frecuencia
sus dolores, y acompañarla lo posible, en el sentimiento de la pasión y muerte
de su adorado Hijo. Felices los que así se compadecieren, pues de ellos se
puede muy bien decir lo que dijo Jesucristo: Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados. Y por el mismo motivo desgraciados los que
ostentan contra la Señora una bárbara insensibilidad de corazón; porque
también la Señora será en el juicio insensible: esta insensibilidad será el cargo
más terrible, y la mayor confusión de los cristianos en el día de la cuenta;
porque entonces conocerán con irremediable dolor, que no solo fueron
ingratos, sino inhumanos y crueles con la Señora y su Hijo.

Por el contrario, la compasión de los dolores de la Virgen es un gran medio


para ablandar la dureza de nuestro corazón empedernido, como lo enseña la
experiencia. En tanto grado, que para mí la devoción a la Madre de Dios
afligida es y ha sido siempre la llave maestra con que procuraba abrir los
tesoros de la misericordia divina para la conversión de las almas perdidas.
Muchos años ha se me presentó para confesarse cierta persona, tan perdida de
una pasión y amistad ilícita, que ella misma conocía que no se hallaba en
estado de llegar al tribunal de la penitencia; y aseguraba que, aunque se veía
sepultada en el infierno, tenía por absolutamente imposible entibiarse aquella
amorosa pasión. No obstante, se rindió al partido que la hice, de decir por siete
días siete veces la oración del Padre nuestro y Ave María en memoria de los
siete dolores de la Santísima Virgen; y concluido este paso, volvería. A los
nueve días vino a buscarme, pidiéndome día y método para hacer una
confesión general. Yo me admiré de su petición, me informé del estado de su
alma, y me aseguró que ya había recobrado el dominio sobre su corazón, y
solo pensaba en salvarse. No bien le había señalado día, cuando así que
ejecutó su santa resolución, vino a mí otra enferma del mismo mal, la aconsejé
el mismo remedio, y también se libertó. Una y otra continuaron con mucho
consuelo mío. Pero grande admiración me causó la primera; porque es
increíble la guerra, las instancias, los ruegos y la fuerza que la hicieron, para
que soldase la amistad que había ya quebrado; mas todo fué inútil con la
gracia de Dios: muchos años la oí de confesión, y perseveró constante. Tan
frecuentes maravillas he visto de esta especie, que me sería más fácil contar
las veces que no me correspondió el suceso, que las maravillas que me han
consolado; de tal modo, que los misioneros que tomaban esta empresa, me
aseguraron repetidas veces que era increíble la diferencia del fruto de sus
misiones desde que en ellas persuadían la devoción de los dolores de la
Virgen.

Seamos, pues, compasivos para con aquella Madre a de cuyo amor pende
nuestra felicidad, y no la meguemos la compasión, pues nos la pide. Yo,
Santísima Virgen, no puedo faltaros en lo que tan justamente me pedís, ni os
puedo dar lo que Dios justísimamente no me concede. Me pedís que me
compadezca de vos, que os acompañe en las lágrimas que derramasteis por los
tormentos y ofensas de vuestro Hijo: ved aquí, Señora, que esto mismo
quisiera concederos; más Dios justamenteme lo niega. Yo me hallo con un
corazón durísimo; quisiera llorar por los tormentos de vuestro Hijo, y por la
causa que di con mis pecados, aquellas lágrimas que he vertido por los
trabajos de la vida; pero confieso que esta dureza que siento es castigo de Dios
bien merecido. Mas, Señora, vos podéis aplacar la ira de Dios, y al punto se
ablandará mi corazón. Por esas lágrimas que llorasteis, os suplico que me
miréis compasiva, y me alcancéis un vivo dolor en mi corazón, para que yo
sienta vuestros tormentos y los de vuestro Hijo Jesús: convertid, Señora, sus
llagas en heridas de mi corazón, y haced que á vista de su cruz pierda el gusto
a las cosas temporales, para que pueda decir que le amo.

CONSUELO VIII.
Procurar que otros se compadezcan de los dolores de la Virgen.

El que es pobre, y debe mucho, pide limosna; y con lo que otros le dan,
satisface
la deuda propia: esto debemos hacer con María Santísima: nosotros estamos
necesitados de todo afecto pio, y no tenemos de la afligida Virgen la
compasión que era justo; pues a lo menos hagamos las diligencias posibles,
para que los otros se compadezcan; porque si la Señora se consuela mucho
con nuestra compasión, mayor será su consuelo, si se ve que la procuramos
más alivio en la devoción de los otros. Si por nuestro medio se conduele
alguno considerando los dolores de la Virgen y la pasión de su Hijo, sin duda
que la Reina del cielo se agradará no solamente de aquel que se compadece,
sino también del que la procuró este obsequio. Ved aquí un modo fácil de
consolar a la Virgen, y obligarla mucho: persuadamos a nuestros amigos, y a
cuantos pudiéremos, la devoción de los dolores de María Santísima,
repartiendo sus estampas y las insignias de esta misma devoción, y
convidándolos a recibir la grande honra de esclavos de María: también
ayudarán mucho a plantar en los corazones de los fieles esta devota
compasión, las familiares conversaciones sobre lo que la Señora padeció en la
vida y muerte de su Hijo: repartiendo algunos libros de los que tratan este
punto, o leyéndolos en presencia de otras personas; pues muchas veces suelen
estas conversaciones y leyendas ser instrumento de que la gracia se vale para
enternecer los corazones. Algunos suelen exponer al público las imágenes de
la Señora en el paso de su aflicción. Por último, cada uno procure por los
medios que le sean posibles mover los ánimos de todos a esta tierna
compasión de los dolores de María Santísima, y crea el que en esto la sirva
con celo, que recibirá en agradecimiento un premio infinitamente mayor que
sus obsequios.

GEMIDO IX.
Compadeceos de mí, para consolar en esto a mi Hijo.

Entre los innumerables y cruelísimos tormentos que padeció el Señor estando


pendiente en la cruz, uno de los mayores fué ver la angustia y aflicción de su
amorosa Madre. San Bernardo afirma, que más pena recibía el Señor de ver
padecer a su Madre, que la que le causaban los tormentos de su pasión, aunque
en extremo crueles. Para formar concepto más arreglado de cuán grande fué
esta aflicción, debe saberse que Jesucristo desde el principio de su venida
empezó á
dolerse en su interior de lo mucho que su amorosa Madre había de padecer por
respecto de su Hijo. Cuál sería, pues, la compasión del Señor en aquella última
hora, cuando vió el corazón de su Madre sumergido en un mar de angustias. El
que oye las tiernas expresiones de nuestro amoroso Dios para con las viles
criaturas que le tienen ofendido mil veces, podrá formar algún concepto de la
ternura de aquel divino corazón para con su Madre la Virgen María. Hagamos
memoria de algunas: Así como una madre ama a su hijo único, así te amaba
yo (decía el Señor al pueblo ingrato y de Israel). Quien a vosotros ofende, a mí
me ofende en las niñas de mis ojos (dice Dios hablando de sus ministros). Este
es el corazón de Dios para con nosotros, aunque siervos rebeldes, ingratos y
pésimos: ¿qué ternura y que amor sería el suyo para con su Madre amorosa,
Purísima y Santísima ya tenemos esta luz para formar idea de lo grande de su
dolor, pues conocemos las angustias que padecía la Señora. Añádase á esto
que Jesucristo sabía muy bien, que toda la aflicción de la Virgen se fundaba en
el amor que le tenía; circunstancia que en un pecho menos generoso que en el
del Hijo de Dios, haría una impresión inexplicable. Cuando Jesús desde la
cruz volvía sus amorosos ojos a la Señora, no solo veía su rostro afligidísimo
y capaz de enternecer a los mismos judíos, sino que dentro del pecho de la
Virgen miraba un corazón traspasado con mil saetas de amor, que apuntaban
desde aquel Hijo que tan tiernamente amaba; y está sola vista era una de las
más crueles para el que tanto la amaba.

Bien claramente se ve cuánto agradará al divino Hijo que nos compadezcamos


en los dolores de su Madre, y cuán preciosa será en los divinos ojos esta
compasión. Por esta razón Jesucristo nos pidió que nos compadeciésemos, y
tratásemos como á muestra propia Madre a la Santísima Virgen: Ecce Mater
tua. Esta fué la última voluntad del Hijo de Dios al despedirse de nosotros, o
ya
la verdad que causa admiración, que solo esto pidiese a los hombres en aquella
última hora: dejándolos obligados con una tan grande fineza, como fué dar por
ellos la vida, no les recomendó otro agradecimiento. Se condolía de ver el
desamparo y soledad en que su Madre quedaba, y pidió al Evangelista, y en él
a todos los hombres, que la consolasen como hijos. Quien sobre este punto
reflexione debidamente, no podrá endurecer su corazón.

Es posible que, espirando Jesucristo clavado en un madero por mí, me pide tan
encarecidamente que me compadezca de la afligidísima Virgen, y cuide de
ella como de una Madre, y que yo, ¡la trate como extraña! ¡Es posible que yo
no sienta, ni me compadezca de su extremo desconsuelo! Para negarme al
Señor en una petición tan justa, es preciso, que mis entrañas sean más que de
bronce. Compadezcámonos, pues, de los dolores de la sentidísima Virgen, no
solo, por lo mucho que merece la Señora, sino porque en esto damos gusto a
Jesucristo.
Tanta era la compasión que aquel divino Hijo tenia de su Santísima Madre,
que estimaría mucho más verla consolada, que recibir cualquier otro alivio de
sus propios tormentos. Esto se infería de su amor, que era el más fino, más
heroico y generoso; y así como la Señora quería más bien padecer, que ver
cuanto padecía su Hijo, así Cristo nuestro bien, en correspondencia, sentíamos
los dolores de su Madre, que los tormentos propios. Si tenemos, pues, amor al
Hijo de Dios que muere por nuestro amor, démosle el gusto de consolará su
Madre y muestra. Las lágrimas de los pecadores (dijo san Bernardo) son como
el vino de los ángeles, por lo mucho que se alegran con ellas, según el
Evangelio: las lágrimas de los devotos de María Santísima en sus dolores son
la alegría del Señor, por lo mucho que se interesa en el consuelo de su afligida
Madre. Supuesta esta verdad, no causarán admiración las demostraciones que
el Señor ha hecho de lo mucho que estima esta devoción.

Se confirma bien con un regalo del Señor a su siervo san Peregrino de Laciosi,
religioso servita. Había este siervo de María propuesto en su corazón en
obsequio de los dolores de la Señora hacer una extraña penitencia: ésta era el
no sentarse jamás en toda su vida, pues la Madre de Dios había sufrido en pie
y junto a la cruz de su Hijo el dolor intolerable de verle morir. Por treinta años
continuos había ejecutado esta penitencia el varón Santo: sucedió, pues, que,
enfermando de una pierna, determinaron los cirujanos cortarla; pues el Señor
había permitido que el mal llegase a extremo tan desesperado para mayor
ostentación de su amor. No pudo sufrir su corazón, hablando á muestro modo,
que padeciese dolores tan crueles el instrumento que había servido en
obsequio de los dolores de su Madre, y quiso el mismo Dios curarle por este
modo maravilloso. Había junto al enfermo un devoto Crucifijo, sin duda para
que en paso tan terrible se confortase con su vista. Ved aquí que el Señor
despega un brazo de la cruz, toca al miembro enfermo, y de repente queda
sano. Prodigio raro a la verdad, pero proporcionado al mérito de aquel siervo
de la Virgen; pues si tal vez la devoción de la Madre ocasionó, la enfermedad,
correspondía al amor del Hijo el remediarla.

En el año de 1766 cierta mujer que antes había sido muy devota de la Virgen
afligida, después entregada a mil abominaciones, se vió muy tentada de la
desesperación, sin poder ejecutar sus funestas intenciones; determinó arrojarse
al rio, pero de noche, para que nadie la estorbase: Salió antes de anochecerá
dar una vuelta por el campo, por disimular su intento, y hallando una ermita
abierta, entró en ella, y a poco rato una doncella, para ella desconocida, la que
la suplicó que la ayudase a rezar la corona de los dolores de la Virgen: aunque
se excusó con decir que no tenía tiempo, la doncella no conocida la obligó de
rodillas, y con buen modo á que lo hiciese. Rezada la corona, alternativamente
hizo la doncella un ofrecimiento ternísimo, en que pedía al Señor que por los
dolores de su Madre se compadeciese de los pecadores. Saludó a la
compañera, la agradeció la condescendencia, y la dejó muy sosegada. La
mujer, llevada de la curiosidad, salió a ver qué camino tomaba; y ya no vió
persona alguna; admirándose de la ligereza con que había desaparecido.
Ya sosegada, hizo este discurso: he oído decir que aquí cerca hay misioneros;
yo los buscaré mañana para consultar el caso. Con efecto, fue en busca de los
misioneros, y halló que eran los mismos que tres años antes la habían
encomendado la devoción de los dolores, y la habían enseñado a rezar la
Corona. Uno de ellos la oyó generalmente, y la animó a una entera confesión
general. Por más que examinó quién fuese aquella doncella que había visto,
solo pudo averiguar que ni era de la feligresía en donde se hallaban, ni de otras
circunvecinas; pero vió que era en extremo hermosa, su traje semejante al que
emplea la devoción en las imágenes de María Santísima. Entonces advirtió el
misionero que sería la Virgen, que por bondad especialísima había salvado á
aquella alma de la muerte temporal y de la eterna. La experiencia acreditó que
desde entonces había quedado arrepentida y enmendada. ¿Qué prueba más
clara se podrá dar de cuanto estima Dios esta devoción, pues se valió para
acreditarlo de tan estupenda maravilla! La mejor prueba de que fué favor del
cielo, fué la perseverancia. De aquí, como de fuente original, nacen las gracias
que cada día reparte el cielo en favor de los devotos de los dolores de la
Virgen: el agrado que recibe Jesucristo es la raíz de los beneficios que el cielo
les dispensa en esta vida, y de muchos más que reserva para la eterna. Quien
pretenda una llave maestra para franquear los tesoros de la divina
misericordia, tome esta admirable devoción: Jesucristo en los favores que hace
llover sobre los devotos de los dolores de su Madre, obra como Dios, como
rey, como Hijo, como honrado, como agradecido (permítaseme esta frase tan
trivial en materia tan alta y soberana). Lo mucho que padeció la Señora por el
amor a su Hijo, está pidiendo como indispensable esta remuneración: sobre
todo esto, los dictámenes de la verdadera honra, la grandeza del Rey de la
gloria, y el ser Dios el que manda honrar a las madres, y procurarlas todo
consuelo en los trabajos, está clamando a favor de aquellos que consolaren a la
Virgen en su mayor aflicción meditando sus dolores. Apliquémonos, pues, de
corazón a este piadoso
ejercicio, ya que tanto agradamos en él a aquel Jesús amoroso, cuya voluntad
debemos hacer por tantos títulos, aunque sea preciso desentrañarnos por
complacerle.

Pero si yo, o Santísima Madre, tuviera un grande amor a vuestro Hijo, este
sería suficiente motivo para persuadirme esta devoción; más si mi corazón es
duro para la compasión de vuestros dolores, esta misma dureza es la que
impide para amar como debo a vuestro Santísimo Hijo. A vos, misericordiosa
Señora, recurro por el remedio de una y otra miseria. Vos sois mi esperanza, y
habéis de ser mi consuelo. Alcanzadme que yo le ame mucho, y lloraré muy
tiernamente vuestros dolores. Haced que arda mi corazón en el amor de
Jesucristo, y yo os prometo llorar tanto vuestras penas, que agrade mucho al
Señor.

CONSUELO IX.
Saludar con frecuencia a la Madre de Dios afligida.

Este es uno de los principales medios de consolar a la Señora, según lo que


persuade la razón; porque con el uso de las frecuentes jaculatorias podemos
hacerla una continua asistencia y compañía. Ni siempre podremos estar
meditando en sus dolores, ni siempre empleados en otros obsequios; más casi
siempre podremos levantar nuestro corazón a la Señora, significarla nuestro
sentimiento, y hacer un acto bueno que la agrade. En este libro después de
estos Gemidos y estímulos de compasión, van algunas jaculatorias, y son las
que hace la Iglesia en el llanto que llamamos de la Virgen: otras ponemos más
adelante al fin de las meditaciones de los siete dolores, y otras muchas
vendrán al corazón del que se deje penetrar de estos estímulos. Cada uno
válgase de aquellas que toquen más a su alma; y yo le suplico por las entrañas
de Jesús, que repita con fervor estos actos, pues poco sabe el que no lo
experimenta cuánto se enciende en el corazón con estos reiterados soplos del
Espíritu Santo la llama del amor, así para con la Madre como para con el Hijo:
de este amor nace mayor compasión, y de esta misma compasión, mayor
amor; y entretanto llueven del cielo las bendiciones de Dios y las de nuestra
Madre, porque al uno y al otro damos tanto consuelo con la devoción a los
dolores de María Santísima.
GEMIDO X.
Compadeceos de mí, y yo me apiadaré de vosotros.

Nuestro corazón es libre, porque le hizo Dios absoluto señor de todos sus
movimientos. Por esto muchas veces a las persuasiones más fuertes no se
rinde, haciendo ostentación de su albedrío contra los más eficaces argumentos.
Por esta razón conviene buscarle por todos lados, pues tal vez se rinde con las
armas más débiles, porque la hieren por donde es más flaco. Todos tenemos el
flaco de la propia conveniencia; por lo cual, ponderados ya tantos motivos
nobles y fuertes para la cordial devoción de los dolores de la Santísima
Virgen, expondremos la propia conveniencia, porque las armas que por este
medio nos
combaten, suelen rendirnos con facilidad. Busquemos, pues, el origen y la
fuente de nuestra verdadera utilidad. Es inexplicable la generosidad de la
Madre de Dios para remunerar cualquier obsequio, aun el más leve, cuanto
más la devoción de sus dolores, que es el que más le agrada. No tuvo el
mundo príncipe y princesa de corazón tan generoso, liberal y magnánimo
como la Emperatriz del cielo y de la tierra; ni hubo jamás quien pudiese
mostrar su generosidad y gratitud como la Santísima Virgen, no solo porque
su dignidad la da el supremo dominio, sobre todas las criaturas, sino porque
no puede ignorar el mérito de nuestros obsequios. De tal suerte, que aun el
movimiento bueno por leve que sea, cuando empieza en lo más oculto del
corazón, le ve en Dios, como si fuera exterior y expuesto a sus hermosos ojos.
Cuánta será, pues, la utilidad de aquellas felices almas, que obliguen su regia
liberalidad con la cordial compasión de sus dolores No hay duda que esta
suprema Reina remunerará este obsequio con un agradecimiento dignos de su
persona.

Supongamos ahora que estos devotos de la Virgen se hallan afligidos; la buena


razón está pidiendo que la Madre de Dios no deje pasar ocasión tan oportuna
porque qué cosa, ¡habrá más regular que el que la Señora procure enjugar las
lágrimas de los que las han derramado por su amor, y consolar los ánimos de
aquellos que tanto han deseado consolarla!... ¿Será imposible que la Virgen
deje de amparará sus devotos, cuando los vio en la misión En reverencia debe
interesar a todos, pues todos generalmente suspiramos afligidos en este valle
de lágrimas, y al mismo tiempo nadie como la Madre de Dios nos puede
consolar, suele decirse que solo el que se ha visto afligido se puede
compadecer del que se ve en aflicción ¿Quién supo mejor que la Virgen, por
experiencia, lo que es un corazón desolado entre amarguras. De nadie, pues,
podemos esperar con justo título la compasión cuando nos hallemos afligidos,
por cualquier motivo que sea. Si como la Iglesia la llama, es la Santísima
Virgen la consoladora de afligidos, mucho más lo será de los que tienen un
derecho especial a sus consuelos.

Pero este especial derecho no solo se funda en la razón, sino también en la


experiencia. Muchas veces ha aparecido a sus devotos para enjugarles sus
lágrimas; y no obstante son mucho más sin comparación los milagros
invisibles de su mano consoladora. Algunas veces tienen sus devotos lo
suficiente con levantar los llorosos ojos a esta amorosísima Madre desde este
profundo y triste
valle, y al punto se les alivia el corazón angustiado: les basta pronunciar su
nombre suavísimo, para que una clara luz les resplandezca en medio de la
oscuridad, y queden desterradas de sus ánimos las tinieblas y confusiones, la
angustia y la aflicción con todas sus turbaciones o impaciencias. Entonces les
parecerá los afligidos ánimos, que sienten en su interior que la Santísima,
Virgen pasa su mano suavísima por su corazón llagado, curando todas las
heridas que en él han hecho los trabajos arto sin oro. Otras veces socorre
María Santísima á, los suyos por un modo muy diverso; porque no les saca las
espinas que tienen clavadas en el alma, así, como el Padre Eterno no sacó la
espada que atravesó la de la Virgen; deja que corra la sangre del corazón, que
son las lágrimas; pero hace que esas mismas lágrimas sean en cierto modo
dulces, y que en el mismo padecerse halle, una especie de consuelo: entre
tumultos de olas y tempestades da la paz y serenidad interior, y en medio de
las angustias más crueles pone una santa alegría, con que el alma queda tan
gustos y enamorada de padecer, que lo pide, lo desea, y no daría sin grande
sentimiento la misma cruz en que se mira clavada, y, cuya vista por sí sola
seria en otro tiempo suficiente para afligirla y angustiarla. Todas estas
maravillas las entienden los que tienen experiencia de ellas.

Pero será preciso alegar otra especie de experiencias, que puedan persuadirá
todo el prodigioso consuelo que da la Señora a los devotos de sus dolores
omitiendo, pues, los casos que por frecuentes no parecen milagrosos, y en que
la Virgen nos consuela, mitigando nuestros corporales dolores, tocaré algunos
que por sus circunstancias son más raros. En el año de 1766 sucedió a tres o
cuatro leguas de Oporto, que una doncella, devota de los dolores de la Virgen,
había consagrado su virginidad ahora de la afligidísima Virgen, con verdadera
pero simple resolución: sus padres la querían obligará que tomase estado con
un joven que les agradaba. Instaban, perseguían, mortificaban a la hija, como
si ésta no fuera la que tenía que sufrir las incomodidades de aquel estado, o los
malos procederes del marido que pretendían darla. Llegó el empeño de la
madre a tal exceso, que juzgó que su hija solo perdiendo la honra podría
mudar de resolución; y ciega, con furiosa terna, introdujo al mancebo en el
aposento de la doncella, cerrando por de fuera la puerta. No puede regar una
pasión á más horrible extremo; pero no admira esto al que conoce el empeño
de una mujer que abandonó el temor de Dios. Despierta la hija, se asusta,
conoce la el voz, peligro, la insolencia y la traición: clama, no halla salida, y
exclamó llorando: Virgen Madre, socorredme invocó a su protectora con
desecho llanto. Tal fué la impresión que estas lágrimas hicieron en el joven,
que no se atrevió a tocarla; y la doncella le intimidó con tal furor, imperio y
resolución, que no cesó de temblar como si le estuviera aterrando alguna
fuerza superior.

Llegó el día, abrió la infame madre la puerta, salió el mozo avergonzado, con
tanto el suceso: la hija también salió como una furia; reprendiendo el delito
execrable y nunca visto: al alboroto salió su padre, que traía en la mano una
vasija de agua hirviendo, y arrojándola sobre la doncella, quedó toda su
garganta y pecho abrasado, hecho una viva llaga. Considérese cuál sería su
dolor, y qué aflicción la de verse herida y abrasada: toma la mantilla, va a la
iglesia, recurre a su protectora, y después de haber llorado delante de la
Virgen, dió parte al misionero que me contó esto mismo. El la consoló, y con
una especial confianza del buen suceso, aunque inconsiderada y temeraria, le
dijo que no llamase cirujano, pues ya que había padecido por la Virgen, la
misma Señora la había de curar. Se retiró, pasó la noche con dolores, y con
dolores el siguiente día: el misionero la decía que la Virgen la había de curar,
Durmió en la siguiente noche, y despertó libre de dolores, sin cicatriz, herida,
ni aun señal de quemadura, e Fué á dar parte al misionero, el que la confirmó
en su buen propósito, y la mandó dar las gracias a la Virgen, que quiso
mostrar claramente cuánto favorece en sus aflicciones a los que se
compadecen de las que padeció la Señora. . . y Seria nimiamente difuso si me
dejase llevar del deseo de hacer patente al mundo, que la devoción de los
dolores de la Virgen es grande remedio en toda especie de aflicciones de esta
vida. Me contentaré con lo que llevo dicho sobre los trabajos corporales, y
hablaré de los que afligen el espíritu: por esta puerta se descubre mucho más
la utilidad, que tenemos en esta devoción. Baste decir que aun al mismo padre
de la mentira le mandó Dios decir, que esta devoción era el medio más eficaz
para librarse de las vejaciones de Satanás. Pero más importantes y frecuentes
son otros triunfos que con esta devoción se logran contra Satanás. Estas son
las maravillosas, conversiones de pecadores; milagros mucho más admirables,
porque la propia libertad resiste al brazo del Omnipotente, y Dios no quiere
violentarla.

Pocos años ha, hallándome lejos de mi patria, conocí en el suceso que voy a
referir la eficacia y poder de esta devoción de los dolores de la Virgen para
alcanzar de Dios la conversión de las almas obstinadas. Había una mujer que
en otro tiempo había seguido el buen camino; más olvidada de Dios, vino a
sumergirse en pecados de impureza, y en la desesperación, que es
consiguiente, por ser efecto de ellos, y al mismo tiempo causa de otros
nuevos; pues el que no espera salvación, enteramente se abandona. Me
consultaron, por si podría hallar remedio a un mal tan escandaloso; y
queriendo persuadir a aquella pecadora á que recibiese el escapulario y corona
de los dolores, en que yo fundaba grande esperanza por la experiencia que
tenía, solo pude conseguir que la tomase, haciendo una tibia y débil promesa
de que rezaría algunas Ave Marías a la Virgen cuando pudiese. De la
respuesta se colige el miserable estado de aquella alma. Nueve meses se
pasaron sin que diese otra respuesta, que frías promesas para en adelante,
dilatando siempre la confesión para otro tiempo. Entretanto, rogaban a la
Santísima Virgen muchas personas de virtud, pidiéndola con sus lágrimas que
socorriese a aquella alma, que tanto necesitaba de su compasión.

Ved aquí que en un día sábado se acordó de rezar la Letanía de Ntra. Señora, y
poco después se la apareció el demonio, diciendo que la misma Virgen le
había obligado a que la advirtiese, que solo la faltaban tres días de vida si no
se convertía y confesaba: desapareció, y quedó la infeliz tan afligida, que poco
a poco degeneró su pena en frenesí. Llámense médicos, hácense remedios, y el
mal iba creciendo. Volvió el demonio el Domingo a decirle que no tenía más,
plazo, que dos días; el lunes apretó más, reduciéndole, a solo aquel día, todo
por orden superior, a que no podía resistir. La enferma se volvía y revolvía en
la cama, y con aflicción increíble clamaba: Dios mío, Dios mío. En este estado
la vi, y estas palabras me dieron alguna esperanza para cuando calmase el
frenesí, cuya causa ignoraba por entonces., Vinieron los médicos,
determinaron que se diese el Viático a la enferma: ya el escándalo sería mayor
si no quisiese recibir los Sacramentos que en la salud había despreciado. Hubo
resistencia, lágrimas, ruegos, instancias; en fin, se dejó persuadir de que
todavía tenía remedio su alma; se llamó a cierto confesor, el que la halló bien
arrepentida, porque la gracia de Dios había obrado en su interior tan
maravillosa mudanza. A la confesión se siguió el Viático; con lágrimas de
grande arrepentimiento besaba la enferma el escudo del escapulario sin apartar
sus ojos del Crucifijo.

Cuando el alma de esta, pecadora se hallaba, entre el gozo de su


arrepentimiento, y una santa confesión por las pasadas culpas, se apareció de
nuevo el demonio diciéndole que estaba ya perdida, porque su confesión y
comunión habían sido aparentes y engañosas, porque los que falsamente se la
habían administrado, eran los demonios: con esto desapareció, dejando en el
alma la turbación que es propia de Satanás. Los circunstantes ignoraban el
motivo; pero veían a la enferma derramar un arroyo de lágrimas, y pedir a
gritos perdón delante del Crucifijo, y misericordia a la Virgen Madre. En esta
angustia se la apareció María Santísima como en un relámpago, serenando
toda aquella tempestad con su semblante majestuoso, y lleno de benignidad; lo
cual ocasionó nuevas lágrimas, más dulces que las primeras, bien que no
menos saludables. Alentase su corazón de modo que eran continuas y
fervorosas las jaculatorias que decía a Jesucristo y a la Virgen. El que esto
escribe, aunque ignoraba la causa, presenciaba estos efectos.

Convaleció la enferma, resucitó su alma, mudó de vida y de costumbres, y por


algunos años se entregó a la dirección de quien tanto la había en cargado la
devoción de los dolores: le refirió todo lo que queda escrito, y fué un ejemplar
de virtud, la que había sido el escándalo de muchos. Tan poderosa es la
devoción de los dolores de la Virgen para alcanzar la conversión de los
pecadores. De estos sucesos pudiera referir muchos sucedidos con el mismo
que esto escribe, los que, aunque menos ruidosos, no son menos verdaderos.
Bendito sea Dios por sus misericordias. Este mismo prodigio con menos
estruendo, mas no con menos dificultad, se ha repetido millares de veces. Yo
conocí una mujer desesperada y resuelta ya a quitarse la vida, para evitar con
su muerte y la del niño que llevaba en su vientre la infamia de su flaqueza. No
eran bastante para
disuadirla los consejos, las razones, ni aun el miedo de la eterna condenación;
más empezando a rezar la Corona, y a traer por blasón de su devoción el
escapulario con el escudo de la Virgen de los Dolores, encomendándose de
veras a la Virgen afligida, á poco tiempo se convirtió aquel bravo león en
mansísima oveja. Los corazones tocados del amor lascivo, y abrasados de este
infame fuego, que con esta devoción han vuelto y cada día vuelven al camino
de la ley de Dios, son muy frecuentes; pero la prudencia y el inviolable secreto
que se observa acerca del tribunal sagrado de la confesión, no permite publicar
unos milagros que son más admirables que la resurrección de los muertos;
pero los médicos que curan las enfermedades del alma, y tienen experiencia,
se admiran de ver cuán poderoso medio es para conseguir dolor de los
pecados, pedírsele con instancia a la Santísima Virgen por la aflicción que
padeció en la muerte de su Hijo.

Tenemos, pues, por última consecuencia de todo este discurso, que, si nos
compadecemos de las angustias de la Madre de Dios, también la Señora se
compadecerá de las nuestras. ¿Qué estímulo puede haber que nos incite a esta
devoción con mayor eficacia, cuando continuamente nos cercan y afligen las
miserias! Resolvámonos, pues, a obsequiará la Virgen en sus dolores, aunque
no sea sino por muestro propio interés. Así será, Madre de Dios: yo me
compadeceré de vuestras lágrimas, para que vos os compadezcáis de las mías.
¿En dónde hallaré yo el consuelo más pronto que en vos, piadosísima Señora!
Lloraré, pues, vuestros trabajos, y no tendré que llorar tanto por los míos. Yo
quisiera que convirtieseis mi amor propio en vuestro amor; y si tantas lágrimas
inútilmente he vertido por mis aflicciones, desde hoy serán más santas
derramando las por vuestras aflicciones, y por los tormentos de vuestro Hijo.
Me confundo de yerme tan seco para llorar vuestras angustias, y tan sensible
para mis propias miserias: desde ahora quiero enmendar mis yerros:
compadeceos vos de mí primero, para que yo me compadezca de vos:
amparadme en la aflicción que me causa la dureza de mí mismo corazón.
Empezad vos, Virgen Santísima, como más piadosa, y apiadaos de mí, para
que yo llore vuestros dolores. Mediad entre Dios y mi dureza, para que el
Señor no me castigue por mis culpas, irritado con mi insensibilidad.
Favorecedme por la pasión de vuestro Hijo, y haced que su cruz me defienda,
su muerte me valga, y su gracia me convierta.

CONSUELO X.
Hacer el septenario de los Dolores con devoción.

A compasión que la Madre de Dios nos pide con sus gemidos, y la que nos
granjea la compasión de la Virgen en muestras aflicciones, es un afecto que
debe vivir continuamente en nuestro corazón; pero en la solemnidad de los
Dolores es tan debido, que parece impiedad no compadecerse en semejante
tiempo de las cruelísimas angustias de la Señora. Mas como nuestro corazón
no es fácil en tomar repentinamente los movimientos saludables, conviene
prepararle para este fin con los siete días precedentes, inclinándole a la
compasión de la Madre de Dios afligida: para esto se pone en este libro un
septenario devoto. Si dejamos que entren en nuestro corazón las
consideraciones que allí se señalan, podrán, mediante la gracia divina,
disponerle de modo, que el día de la solemnidad de los Dolores de la Virgen
reciba una sincera compasión, para merecer con ella la piedad de la Madre de
Dios en nuestros trabajos. Muchas personas cuando las oprime alguna
particular urgencia, hacen por siete días rogativas especiales por los siete
dolores de la Virgen: estas se podrán valer, o bien de las meditaciones que
más abajo se pondrán para los siete viernes, o bien de los ejercicios que
daremos para los días que preceden a la festividad de los Dolores. Otros no
por urgencia particular, sino por mayor devoción, repiten muchas veces en el
año este septenario, y algunos todos los meses. Cada uno hallará en su corazón
el efecto proporcionado al amor con que haga este obsequio, y la Virgen
Madre le mirará con una compasión que remunere su devoción copiosamente.

GEMIDO XI.
Compadeceos de mi aflicción, y yo me compadeceré de vosotros
en la hora de la muerte.

La protección de la Madre de Dios en la hora de nuestra muerte es el punto en


que más nos interesamos, porque de ella pende nuestra eterna felicidad.
Terrible paso es aquel en que se decide para siempre si hemos de estar
eternamente con Dios en el cielo viviendo en una inundación de contento y de
gozo íntimo, santo y completo, o si hemos de estar como los demonios
blasfemando desesperados, con una aflicción inseparable de las entrañas, ¡en
un fuego íntimo, cruel, inextinguible! ¡De aquel solo punto pende nuestra
suerte única! Bien se ve, pues, cuánto conviene procurar con todo empeño el
auxilio para un peligro tan grande, y pensar en merecer que la Madre de Dios
se compadezca de nosotros en aquella hora.
Aquí tienes, o alma, otro nuevo estímulo que te anima a compadecerte de la
Virgen Madre en la muerte de su Hijo, pues de este modo la Señora se
compadecerá de tí en la hora de tu muerte. Entonces la agonía y la aflicción en
que nos ve, la acuerda la aflicción y agonías en que espiró su Hijo clavado en
la cruz: no solo por el amor del Hijo, sino por el deseo que tiene de que sea en
ti sumamente fructuosa, empeñará su valimiento para que derrame sobre tí su
sangre, y para que reciba misericordioso tu alma en su costado abierto, pues
por tu amor permitió que se le rasgasen cruelmente.

Solo esta esperanza, cuando otra razón experiencia no hubiese, sería suficiente
para conmover todo el mundo, y traer todos los pueblos en tropel a procurar
cada uno en el modo posible obsequiar de corazón a María Santísima en sus
dolores; porque juntando la importantísima necesidad de la protección de la
Virgen en aquella agonía, con la esperanza de su amparo en aquella hora,
sinos
compadecemos de su aflicción, todos debían solicitar por este medio tener una
esperanza bien fundada de su eterna salvación. A este intento leemos un caso
maravilloso. Había un clérigo muy devoto de los Dolores de la Virgen, al que
una aguda calentura tenía ya en el fin de la vida: en aquel peligro aplicaba
Satanás todas sus fuerzas, y casi le había reducido a términos de perder la
esperanza de salvarse. A la Madre de Dios no la sufría el corazón dejarle en
tantas angustias; y así vino sensiblemente á visitarle como Madre amorosa, y
llegándose a él, le dijo estas tiernas palabras: ¿Y por qué, hijo mío, tanto te
entristeces? Tú que me consolaste tantas veces en mis dolores, ten ánimo, y
alégrate, porque te salvarás. ¡Bendita sea mil veces tan amorosa Madre!
Desapareció la Señora, y el enfermo rebosando el gozo, plácidamente espiró.

Todos saben cuánto se aumenta el peligro de la última hora, cuando se teme


una muerte sin Sacramentos: entonces es grande prodigio que salga bien la
sentencia, cuando no hay tiempo de clamar a Dios por misericordia. La muerte
de los que naufragan, dice todos que es la más peligrosa, pues apenas se
pueden
confesar, ni aun tal vez invocar el nombre de Jesús, y de esta muerte quiso la
Señora librar por la devoción de sus dolores al mismo que esto escribe. Corría
el año de 1768, y en el mes de noviembre navegaba el que estas cosas
escriben, de Vigo a San Sebastián de Vizcaya: el invierno era cruel, el tiempo
malo y la costa brava: doblados al fin los cabos de Finisterre y el Ortegal,
seguía la costa de Asturias, cuando el navío se halló en calma; y echadas todas
las velas, no se esperaba del cielo el más pequeño soplo, cuando de repente
cayó sobre nosotros un furioso huracán, y hallando sueltas todas las velas, fué
grande merced de Dios el no sumergirnos en un momento. Parecía que las
furias del infierno agitaban las olas, las que, repelidas de la costa, se volvían
más embravecidas: todo el cuidado del piloto fué huir mar adentro como
debía. Pasadas muchas horas en continuo riesgo, pues la tormenta crecía, cada
vez más en aquel peligrosísimo golfo, volvimos a la madrugada sobre tierra
para escapar en algún
puerto de la furia de los mares, Ya había pasado veinte y cuatro horas de
continuada lucha con los vientos, con los mares, con la muerte, sin que cesase
la tormenta, cuando avistamos el pequeño puerto de Quitaría en Vizcaya.

El deseo de tomar tierra nos hacía despreciar el peligro de la costa, en la que


los vientos, las olas y los escollos combatiéndose mutuamente, eran una
imagen del infierno. Avisamos con tiros a los de la tierra de nuestro peligro;
pero ninguno
nos favoreció, porque todos temían con razón la muerte, si pretendían
libertarnos de ella. Echarnos áncoras; y para dar al viento, menor presas
mandó el piloto arriar todas las velas, para que el navío se pudiese sustentar,
no teniendo en donde, los vientos hiciesen impresión. Pocas horas habían
pasado, cuando no pudiendo el áncora sostener al navío, fué arrastrando hasta
que perdimos, el fondo, y se quedó colgada en la proa, o Acudieron al
equipaje, y echaron áncora mueva con cable mucho más largo; pero ni halló
ya fondo, entonces las dos áncoras pendientes en la proa, cuando los mares
furiosos sacudían la popa, y al parecer la levantaban hasta las estrellas, estaba
el navío para sumergirse por momentos. Todos se esforzaban a salvar un
áncora a lo menos, y estos esfuerzos eran propios para una sumersión.

Todos claman y se afligen: no hay otro recurso que a Dios y a María


Santísima; pero el Señor quería angustiarnos. Por último, ya desesperados de
remedio, cortan ambas amarras, dejan áncoras y cables, el navío queda sin
velas, sin ver
gas, sin amarras, sin gobierno en medio de los vientos y las olas, y entre rocas
y peñascos; todo esto de noche. Entretanto que trabajaban por izar una verga y
vela para dar gobierno al navío, solo se oía una voz: vamos a morir al mar. Al
fin salimos del puerto, soplaban los vientos con la misma furia, y las aguas
habían perdido el freno: el navío más bien era juguete de las ondas, que
navegaba. El mar cubría a los marineros sobre las mismas vergas, y sin poder
mudar las ropas, tiritaban de frio y de miedo, deshaciéndose en promesas a
Dios y a la Virgen, y con impaciencia me decían: Padre, por ese Señor que
trae al pecho, enséñemos cómo hemos de pedir a Dios para que nos oiga. Y
exhortándolos yo á que recurriesen a la Virgen de los Dolores, me respondían
con una blasfemia material. Ya en este tiempo no podía servir la bomba, y a
cada momento parecían descoyuntarse las cavernas, y deshacerse del todo: un
marinero estaba herido de un pie, otro de la mano y todos sin comer: ni había
velas que encender, porque los vientos las derritieron todas en pocas horas, y
era preciso ver la aguja en medio de las tinieblas. La confusión y el desorden
que causaban los golpes del navío son para sentirse y no para explicarse.

Volviendo en fin la proa al Sur al medio de la noche, venimos a la madrugada


del viernes a caer sobre San Sebastián. Pusimos la bandera en el árbol mayor
para pedir socorro: íbamos como a la capa de una parte a otra por toda la
mañana, sufriendo la furia de la costa que estaba terrible; pero era preciso
esperar socorro de tierra; más a los que estaban en ella, embravecidos los
mares, los tenían atemorizados, y con razón; porque sus murallas caían con las
olas, los navíos daban en la costa, y echar una lancha al mar, les parecía lo
mismo que enterrar en ella a los vivos. Desesperados, pues, de hallar socorro
en los hombres, nos volvimos a Dios, y nos entregamos al mar, navegando al
Norte, ya sin esperanza de vida, Siguióse otra noche tan larga, tan afligida y
tempestuosa como las precedentes. El sueño, el hambre, la fatiga y el susto
pintados en los semblantes, causaban un desconsuelo general, porque cada uno
desalentaba a todos los que le veían.
No obstante, yo los animaba a esperar socorro de Dios por medio de los
Dolores de la Señora, a quien se dirigían nuestros votos: el navío se iba
sosteniendo sin descoyuntarse, a pesar de los encuentros de las olas, que en
aquel infernal golfo
se empeñaban en despedazarle: en el sábado volvimos a parecerá vista de San
Sebastián; más el viento mudado a Poniente, nos impelía a la costa de Francia,
quedando de este modo muy atrás el puerto a que nos dirigíamos. Bien se nos
acordaba poder entrar así en cualquiera puerto de Francia; más allí era
inevitable la muerte, y sin remedio el naufragio; pues no teniendo áncora con
que dar fondo en el rio, aun cuando hubiese la felicidad de embocar la barra,
íbamos a dar en la costa, por no poder asegurar el navío mientras le
socorriesen con áncoras y amarras: solo en el muelle de San Sebastián
podíamos salvar las vidas; pero el viento era contrario, los mares estaban
fuertes, la costa muy brava, el día corto, y todo adverso. No obstante, era
sábado, y con esta circunstancia esperaba socorro de la Virgen, por ser día que
la dedica la devoción; aunque por los sucesos parecía que estaba escrito en el
libro de los destinos de la Providencia que habíamos de perecer ahogados.
Mandó el piloto que volviésemos al mar, por no luchar de noche con los
peñascos de la costa; y bajó a descansar un poco,
porque había trabajado cuasi sin alimento y reposo desde la noche del
miércoles.

Yo me quedé arriba, y llamando a los marineros, rezamos la Letanía de la


Virgen: los animaba yo con aquella especie de esperanza que de cuando en
cuando sentía en mi corazón, y les decía, que aun esperaba que, todos aquellos
días entraríamos en San Sebastián de Vizcaya, eco Estas palabras fueron
recibidas poco menos que con risa, y mostrándome a lo lejos los montes de
San Sebastián, que estarían a distancia de ocho leguas, siendo contrario el
viento, navegando mar adentro nosotros, y restando solas tres horas de día. Yo
con poco discurso, pero con bastante fé, sin dar razón por qué lo creía, les
aseguraba que
mis esperanzas eran de que aquel sábado tendrían fin nuestros sustos. Yo no
cesaba de mirará la bandera, y observar los vientos, como si a fuerza de mirar
pudiese obligarlos a que se volviesen: con efecto, fueron cambiando dentro de
media hora. Claman, sube el piloto, empieza a disponer nueva maniobra, y en
todos resucitan las esperanzas de vivir. La Virgen parece que inspiraba furia a
los vientos, pero con dirección favorable: más bien saltaba el navío sobre las
ondas que se atropellaban, que navegaba surcando mares: en menos de dos
horas estábamos a la vista del puerto, y ya el piloto nos buscaba en la lancha...
Ved aquí que advertimos un navío destrozado, las murallas por tierra, los
habitantes pasmados: todos acuden al socorro, todos gritan viendo, el peligro,
y todos quieren tener parte en la vida que nos daban; entra el navío como una
saeta por el estrecho de la Concha (así llaman aquel puerto por su figura): por
el lado derecho cuasi rozábamos contra una peña eminente; por el izquierdo
tocaban las vergas en la muralla del castillo: amainan las velas, entregan el
navío a la conducción muerta de los pilotos, y le introducen en el muelle.
Todos respiran, todos alaban a Dios y a la Virgen, y poco después fué doble el
motivo del agradecimiento; pues cuando yo aún estaba en el navío, ya éste
estaba con la quilla en tierra, porque el agua iba faltando con la marea, y
advertimos que, si el socorro del cielo se detiene un poco, no habiendo agua
en el muelle para entrar la embarcación, por fuerza daría contra la costa en la
playa.
Todavía se conoció más el prodigio al día siguiente, porque visitando el navío
el capitán, pasaba por los costados un cuchillo de parte á parte. Y pues con
una embarcación como ésta pudimos resistir a las olas y a la muerte, porque
Dios por intercesión de su Madre nos quiso salvar, me ha parecido que a lo
menos debía yo publicar este caso para eterno testimonio de mi gratitud.
Saquemos de aquí por última consecuencia, que quien durante la vida
venerase con sincera devoción a María Santísima afligida, tiene un argumento
muy fuerte para esperar que se compadecerá de él la Virgen cuando le vea en
la agonía de la muerte. Luego es razón que todos nos dediquemos a una
devoción tan útil, pues todos nos hemos de ver en aquella hora, y no hay quien
no desee que sea feliz.

Yo a lo menos, clementísima Virgen, desde ahora recurro a vuestra protección


para que me amparéis en aquel terrible paso. Puede ser que entonces ni aun los
moribundos ojos pueda levantar para mirar vuestra imagen, y así desde este
instante clamo á vos, y os suplico que por aquellas crueles angustias que
padecisteis viendo a vuestro Hijo espirar, os compadezcáis de mí en la última
agonía. Acordaos de la ardentísima sed de vuestro Hijo en la cruz, que más era
sed de mi salvación, que de agua que le diese refrigerio: acudid, Virgen
Santísima, a mitigarle esta sed, procurando mi salvación, pues será consuelo
de su amor el tenerme en el cielo a mí, por quien moría amoroso: a mí por
quien lloró, clamó, pidió, dió su sangre, vida y Alma. Acordaos, Señora, de
cuanto padeció por salvarme, y de cuanto padecisteis vos en verle sufrir... Si
yo me pierdo, todo fué inútil respecto de mí, y en vano se derramaron tantas
lágrimas y tanta sangre; pero si me salvo, vuestro Hijo dará por bien empleada
toda su pasión. Ea, pues, Abogada nuestra, miradnos en aquella hora con esos
ojos de misericordia; y por la mortal, agonía de vuestro Primogénito pendiente
de la cruz, compadeceos de este hijo que os señaló el mismo Jesús. Por el
amor de aquel Hijo inocente, tened compasión de este hijo culpado. Como el
buen ladrón rogaba a vuestro santísimo Hijo, así yo os, suplico cuando os
halléis en tanta gloria, reciba yo tan buen despacho como él, haciendo vos, que
en espirando la vida en mi cuerpo, sea mi alma llevada al Paraíso.

CONSUELO XI.
Procurar ayunar los sábados en memoria de la soledad de la Virgen
muerto su bendito Hijo.
El ayuno del sábado es una devoción tan introducida en el cristianismo, que
prescindiendo de la flaqueza natural, laboriosa ocupación, es practicada de
todos los que se precian de devotos de la Virgen; pero los que profesan
devoción a sus Dolores, le deben ejercitar por particular razón, porque un
sábado fué cruel y tristísima para la Madre de Dios, pues cuánta angustia
soledad fué la que se apoderó del corazón de la Virgen el día que estuvo
retirada en el Cenáculo después de haber dado sepultura al sacrosanto
cadáver! Allí estaba por una parte repasando en su memoria la suma
amabilidad de su Hijo, y otra todo cuanto había padecido; un dolor mayor que
cuantos son imaginables, y más cuando todas estas consideraciones caían en
un corazón ternísimo y abrasado del divino amor. Los que saben los efectos
del amor, tienen este medio más para conocer lo que sería aquella, penosa
soledad que sentía la Señora, pues era su amor como infinito, la pérdida
verdaderamente infinita, y todas las circunstancias acrecentaban el sentimiento
y la angustia. ¡Qué si aquel sábado para María Santísima, y qué dilatadas sus
horas! ¡Qué prolija aquella continuada noche Luego es muy justo que los
devotos de los Dolores de la Virgen tomen en este día alguna mortificación: la
más propia me parece el ayuno, porque dice san Bernardo, y consta de una
carta de Inocencio II, ¡que con este motivo se introdujo en la iglesia la
abstinencia de la carne de este día! Pero los que no pueden ayunar, podrán a su
arbitrio satisfacer su devoción con alguna proporcionada penitencia.

GEMIDO XII.
Compadeceos de mi en la vida, y yo os protegeré después de vuestra
muerte.
Muy diversa puede ser nuestra suerte después de aquel terrible y peligroso
paso de la agonía, porque el infierno recibe la mayor parte de las almas, el
Purgatorio menos, y muchas menos son las que vuelan en derechura al
Paraíso. Por lo cual tenemos dos cosas de suma importancia la una, y la más
principal es, no caer en el infierno; y la otra, libertarnos del Purgatorio, o no
permanecer en él por mucho tiempo. Para lo uno otro hallaremos grande
socorro en la devoción de los siete Dolores de la virgen. Todas confiesan lo
primero; porque es de una dichosa muerte pende toda nuestra felicidad; y ya
en el Gemido precedente hemos dicho cuánto conviene esta devoción para
morir bien. Todos lo que, durante la vida, deben la gracia de la contrición
verdadera a esta misma devoción, también deben a ésta misma atribuir su
felicidad eterna; pues fué una consecuencia de su conversión; y siendo el
dolor, de los pecados, u efecto tan propio de la gracia por la devoción de los
Dolores, bien clara está la conexión, tener con nuestra predestinaciones, Aquí
se puede decir con verdad de los devotos de María Santísima lo que dijo
David de los amigos de Dios: que son con exceso honrados y premiados se
confirma lo que ya en su lugar dijimos, Dios premiando estos devotos de su
Madre, obra como Hijo, como príncipe, como honrado y como Dios, y así no
debe causar admiración, que en obsequio de la Virgen obre la divina
liberalidad como pródiga; pues este amante. Hijo estima tanto la compasión de
los Dolores de su, Madre, como si lloráramos sus tormentos propios, porque el
objeto principal él mismo. Si tantas y tan grandes utilidades nos vienen de la
meditación de la pasión de Jesucristo que los santos padres acaban ni aciertan
a explicarlas, qué no podremos esperar también de la compasiva memoria de
los Dolores de la Virgen.

Lo cierto es que la devoción de los siete Dolores trae consigo una de las
mayores señales de predestinación, que apuntan los santos Padres, y es la
frecuente memoria de la pasión de Jesucristo. Esta memoria de la pasión es
como la sangre
de aquel cordero que Dios mandó poner sobre las puertas de los israelitas, para
que no entrase por ellas el ángel del Señor, que hacía estragos en los egipcios;
o más propiamente es aquel misterioso tau, figura de la cruz, con que Dios
mandó señalar la frente de los que gimen y se compadecen: para qué con esta
señal se libertasen de la general mortandad que los ángeles exterminadores
hacían en todos. Así lo pide la razón; porque si esta sangre divina ha de
señalar a los escogidos de Dios para la vida eterna, cuanto más traemos esta
sangre en la frente, esto es, presente en la memoria, cuanto más
profundamente grabada esté en nuestra consideración la cruz de Jesucristo,
mejor señal es de que usará con nosotros de la especial misericordia de
librarnos de la muerte eterna. Yo no dudo que son inescrutables los consejos
de Dios, y que es temeridad que pretendan los viles gusanos de la tierra
penetrar los profundos secretos de la divinidad; es lícito que nuestro tosco
entendimiento presuma abrir el libro cerrado con siete sellos; más es tan
importante este grande negocio de la salvación que debemos estimar como
muy preciosas las más leves conjeturas de conseguirla: cuando Dios permite
algunas, como que centellean de sus altísimos consejos para despertar nuestro
fervor a que hagamos, como dice san Pedro, cierta nuestra salvación por
medio de las buenas obras. Luego haremos muy bien, si deseamos salvarnos,
dedicarnos desde hoy a una devoción cordialísima a los Dolores de la Virgen
para gozar la felicidad. Pasando ahora el segundo peligro que nos amenaza
después de la muerte, que es el Purgatorio,
también conduce mucho para librarnos, o disminuir sus penas, esta devoción,
Este favor le vemos abundante en las innumerables indulgencias que
Jesucristo ha concedido por boca de sus vicarios, pues apenas se pueden
contar, por ser cómo innumerables; más para que de ellas se haga el debido
aprecio, conviene que demos alguna luz sobre la estimación que merece todo
lo que disminuye las penas del Purgatorio.

Para esto nos valdremos de una comparación. Si por aviso de algún siervo de
Dios supiésemos que nos esperaba una muerte violenta, y que habíamos de ser
quemados vivos, ¡qué aflicción seria la nuestra en considerar aquellas llamas!
Todas las diligencias posibles nos parecerían muy pocas, para que Dios
revocase la sentencia, y con mutase aquella muerte en otra menos penosa. Y sí
llegábamos a conseguirlo, daríamos por bien empleadas todas nuestras fatigas,
lágrimas y penitencias, Volvamos a muestro caso: sabemos de cierto que son
rarísimas las almas que en derechura van al Paraíso, sin experimentar las
penas
del Purgatorio; de suerte, que de algunos santos canonizados consta que no
obstante sus admirables virtudes, se purificaron como oro en aquel fuego antes
de entrará ser vasos de la gloria de Dios, Y así, ¿quién podrá esperar con
fundamento llegar al cielo libre de aquellas llamas! Luego tenemos por casi
cierto, que a nuestra muerte han de seguir las llamas del fuego que purifica;
fuego respecto del cual este de acá parecería refrigerio; fuego que hizo Dios a
propósito para vengarse de sus enemigos los demonios. Sabemos que hemos
de arder no por un cuarto de hora, como si muriésemos quemados; porque
entonces las mismas llamas, aun antes que la vida, quitan el sentimiento, sino
que hemos, de sufrir sus llamaradas por meses enteros y por años, Almas muy
santas ardieron muchos días por defectos que á nuestros ojos eran muy leves;
qué será, pues, ¿por un pecado grave? ¿Qué será por muchos? ¿Que será por
todas las depravaciones de una vida mundana Oh Dios eterno, quién no os
temerá?

Tú, alma, que esto lees, bien quisieras entonces, como el rico avariento, que á
lo menos te refrigerasen aquel ardor con la extremidad del dedo tocado en
agua. Sabe, pues, que las lágrimas que ahora derramares, compadecida de los
tormentos del Hijo y aflicciones de su Madre, tienen admirable virtud para
apagar o disminuir aquellas llamas. Te hiciste devoto de la afligidísima
Virgen, y rezas en su memoria la Corona u otras devotas oraciones; pues este
es un diluvio celestial, que cae sobre las llamas del Purgatorio, que estaban
preparadas para tí. En favor tuyo se abre el tesoro de la Iglesia, que es el
depósito de las oraciones y penitencias de los santos y santas, que dieron
mayores satisfacciones que las que debían por sus culpas: allí están los
sudores y fatigas de los apóstoles, los tormentos de los mártires, las
inexplicables virtudes y lágrimas de la Santísima Virgen, y los méritos de la
pasión y muerte del Hijo de Dios vivo. Decir que se conceden cien días de
indulgencia, es decir que logras la satisfacción que corresponde a cien días de
penitencia rigorosa, según los sagrados Cánones, Mas todavía el verdadero
devoto de los Dolores, tiene en esta devoción una riquísima mina de donde
sacar caudales para pagar, no solo por sus culpas, sino por ajenas deudas, esto
es, por las de las almas del Purgatorio.

Ve aquí un nuevo modo de poder negociar más pronto nuestra libertad de


aquella tenebrosa cárcel, esto es, procurando con estas indulgencias hacer
amigos que nos reciban en los eternos tabernáculos. Este es un negocio muy
seguro por dos motivos: lo uno, porque las indulgencias aplicadas a las almas,
logran el efecto más cierto, por no haber, impedimento de parte de quien la
recibe, como sucede en nosotros, en quienes muchas veces la poca disposición
es causa de que indulgencias muy copiosas tengan pequeño efecto. Además,
por ser esta aplicación de las indulgencias a las almas del Purgatorio un acto
heroico
de caridad, merecemos mucho con él; y no solamente satisfacemos por
nuestras deudas, sino que logramos nuevos grados de gracia, semilla de mayor
gloria; y no hay duda en que las almas bienaventuradas, cuando saben ya lo
que es verá Dios, y lo que es un grado más de caridad en aquella deliciosa
vista, darían por bien emplea das todas las penas del Purgatorio, si con ellas
pudieran merecer solo un grado más de gloria.

A esto se añade, que no cabe en la razón humana dudar de que todas las almas
que se hayan libertado de las llamas por estas indulgencias, desde que entren
en la bienaventuranza, serán en la presencia del Altísimo perpetuos
intercesores a favor de aquellos que las procuraron tan gran de felicidad. ¡Oh,
y cómo entonces conociendo el bien que gozan, y el mal de que salieron
libres, no podrán menos de pedir con grandes ansias por el que las hizo tantos
beneficios, principalmente si ven a sus bienhechores sujetos a las mismas
penas! Entonces aquellos bienaventurados espíritus, viendo padecer a los que
liberales dieron de limosna las indulgencias que pudieran haber reservado para
sí, se postrarán delante del
Altísimo, y no cesarán de clamar y de pedir, hasta sacarlos de aquella
tenebrosa prisión. Siendo, pues, aquellas oraciones de unos espíritus
transformados por amor en Dios, y siendo tan fervorosas y continuadas, tan
justas y agradables al Señor, ¿cómo podrá este menos de atenderlas. Luego
tenemos por última consecuencia, que aun para después de la muerte son de
increíble utilidad las indulgencias concedidas a la devoción de los Dolores de
la Virgen; porque o bien las apliquemos por nosotros mismos, o bien por las
benditas almas del Purgatorio, siempre nos mitigarán aquellas llamas terribles.

Volviendo ahora los ojos del entendimiento hacia todo cuanto se ha dicho,
¿qué disculpa podrá tener un hombre racional, y mucho menos un cristiano,
que aspira a su salvación, para no dedicarse con todo empeño a esta devoción
santísima? Todas las fuerzas del alma, todo cuidado y fatiga temporal, será mil
veces bien empleado en es te obsequio tan útil para la vida y la muerte, y aun
para después de esta vida: este es un obsequio que la razón nos persuade, que
la Señora nos está pidiendo con instancia y con lágrimas; es un obsequio que
Dios estima, quiere y premia con generosidad, ¿qué motivo habrá que le retar
de Aseguremos, pues, con una sola acción cuantas felicidades podemos
desear; demos gloria a Dios, consuelo a su afligida Madre, ejemplo al mundo,
labia y envidia al infierno. Vamos a servir a la Santísima Virgen, robándola
sus afectos:
acompañémosla en sus lágrimas, para ser algún día participante de su gloria.

Pero ¿quién os podrá resistir, o Reina Soberana quién os podrá resistir, si por
tantos medios combatís nuestro corazón? Yo me confieso rendido, y quisiera
que fuese mi corazón el primero en que triunfaseis de mi dureza, Señora
nuestra, amabilísima y afligidísima: amabilísima por vuestra inexplicable
bondad, afligidísima por mi execrable malicia: ya que hasta ahora he
concurrido a afligiros, justo es que desde hoy concurra a vuestro consuelo:
llore yo vuestras lágrimas, pues vos tanto habéis llorado por mis vanas
alegrías y locos regocijos. Yo os traspasé el corazón, ofendiendo a vuestro
Amado: herid vos mi corazón
con las espadas de vuestros dolores para gloria de vuestro Hijo. Dadme un
continuo dolor que tenga crucificada mi alma, y no me destinen mis culpas a
los tormentos eternos. Tomad aquí la venganza que merezco: herid, cortad y
abrasad mi corazón; pero libradme de las abrasadoras llamas que temo para
después de esta vida. Encended me en vuestro santo amor y en el de vuestro
Hijo Jesús: haga este amor santo que yo viva en un continuo llanto por haberle
ofendido. Mirad, Señora, que estas lágrimas os darán más gloria que las que
me haría derramar la fuerza de los tormentos insufribles: arda ahora mi
corazón en amor de vuestro Hijo: llore yo vuestros dolores y mis culpas; pues
de este modo espero que en el día último me defendáis, para que no arda en
otras llamas, ni derrame lágrimas irremediables más amargas.
CONSUELO XII.
Rezar cada día el Rosario, rezar cuotidianamente la Corona de los siete
Dolores,

La Corona de los Dolores de la Virgen consta de siete misterios, y cada uno de


éstos de siete Ave Marías, por los siete principales Dolores, en memoria de las
lágrimas que derramó, se rezan al fin tres Ave Marías. El modo de rezar esta
Corona con fruto nuestro y agrado de la Señora, es considerar, aunque sea
brevemente, aquel dolor a que corresponde el misterio, y hacer alguna pía
deprecación a la Santísima Virgen, para lo cual pondré al fin de este libro
algunas oraciones que me parecieron útiles, propias y cortísimas. El beneficio
que nos resulta de rezar esta Corona, se ve en lo que dijimos acerca de algunas
de las indulgencias que logramos por este obsequio; pero no podrá explicarse
el consuelo que con esta devoción daremos a la Madre de Dios afligida. No se
necesita para conocer cuanto sea, sino advertir que este obsequio consta de la
oración angélica, cuyas palabras son de inestimable precio: no pueden
pronunciarse otras más agradables a los oídos de la Santísima Virgen. Cuando
se dicen con devoción, Dios se alegra, por decirlo así, los ángeles se llenan de
un nuevo gozo, y toda la corte celestial recibe consuelo por la gloria que
resulta a su Reina. Añádase á esto, que esta devoción va acompañada de la
memoria de la pasión del Señor y de sus Dolores; cosa que, como ya se dijo, la
agrada mucho. También se agregan las pías deprecaciones que en cada
misterio dirigimos a la Virgen, las cuales la son de mucho consuelo, así como
nuestro descuido y olvido la sirven de grande pena. Ya, pues, se deja ver que
para la Madre de Dios afligida será un obsequio de sumo consuelo el de rezar
la Corona de los siete Dolores; y si todos los días la ofrecemos este tributo,
¿quién podrá
explicar cuánto estimará María Santísima un obsequio tan continuado! Si
deseamos, pues, consolará una Señora a quien mil veces hemos afligido con
nuestras culpas, dediquémonos a rezar diariamente esta Corona, que pues es
en honra de la Madre de Dios, no haremos mucho; antes bien será muy poco,
si comparamos el tiempo que nos ocupa este ejercicio con el que empleamos
en el cuidado del cuerpo y en los del mundo.
OBSEQUIOS DOLOROSOS A NUESTRA SEÑORA EN SU SOLEDAD
EN MEMORIA DE SUS SIETE PRINCIPALES DOLORES

PRIMER OBSEQUIO

ORACION.
Señor mío Jesucristo, que, estando clavado en la cruz, y teniendo vuestra
Alma sumergida en un profundísimo mar de amargura, os compadecisteis
tanto de vuestra afligida Madre, que la recomendasteis al amado discípulo:
concedednos tan grande ternura de corazón, y tocad nuestras almas de tal
modo, que sintamos con verdadera compasión sus lágrimas, y lloremos
dignamente lo mucho que padeció por nuestro amor como Madre. Esto os
pedimos, Señor, por el amor de la misma Señora, amante Madre vuestra, que
vive en vuestra compañía, y reina con vos por los siglos de los siglos. Amen.

PRIMER DOLOR
En la profecía de Simeón.

Al presentar la Santísima Virgen su Hijo en el templo, el santo anciano


Simeón viendo los futuros sucesos, hizo a la Madre amorosa con grande pena
de su corazón esta profecía: Este Niño será la ruina y la resurrección para
muchos en
Israel: será objeto de grande contradicción, y una espada de dolor traspasará,
Señora, vuestra alma. ¡Qué noticia esta para una Madre, y tal Madre ¡Qué
noticia para quien suspiraba por la salvación de todos los hombres, y daría la
vida con sumo gusto porque no se perdiese el hombre más vil del mundo! No
obstante, este grandísimo dolor, la Virgen Señora se sujetó con todo el
rendimiento de su Alma, inclinando profundamente la cabeza a los decretos de
Dios. Aprende aquí, alma mía, aprende la conformidad en cualquier noticia
triste que recibieres, sacrificando tus afectos, aunque sean los más justos y
santos, a los decretos de Dios.

Ahora se rezarán siete Ave Marías, diciendo después de cada una su


jaculatoria en la forma siguiente:

Primera Ave María. Bendita sea, o Madre de Dios, la conformidad con que
sufristeis la espada de dolor: bendita sea.

Segunda Ave María. No permitáis, Señora, que yo os aumente esa herida con
mis culpas.

Tercera Ave María. O Madre de Dios, y cuando llorasteis viendo desde tan
lejos las culpas que yo habla de cometer.

Cuarta Ave María. Señora, grande contradicción he sido yo para vuestro


santísimo Hijo; pero ya se acabó.

Quinta Ave María. O Madre de Dios, si vuestro Hijo ha de ser ruina para
muchos, no queráis que yo sea del número de los muchos.

Sexta Ave María. O Madre de Dios, qué desgracia es que baje Dios del cielo a
salvarme, ¡y yo haya de perderme!

Séptima Ave María. En vuestras manos, amorosa Madre, entrego mi alma: yo


he de salvarme

Aquí y en los Obsequios siguientes se dirá el himno Stabat Mater, o la


Letanía Lauretana con este versículo.

V. Rogad por nosotros, virgen dolorosísima.


R. Para que por la pasión de Jesucristo logremos la salvación.
Señor mío Jesucristo, en cuya pasión y muerte, según la profecía de Simeón,
traspasó una espada de dolor el Alma dulcísima de vuestra Madre gloriosa la
Virgen María: concedednos propicio, que todos los que veneramos la memoria
de sus Dolores, consigamos el fruto feliz de vuestra pasión y muerte, para
veros y gozaros en los siglos de los siglos. Amen.

SEGUNDO OBSEQUIO

SEGUNDO DOLOR
La huida a Egipto

Cuando Herodes degollar todos los niños de Belén y sus contornos: avisó un
Ángel a San José del peligro, para que luego huyese a Egipto. Asustado el
Santo, comunicó el aviso a la Señora, la cual, tomando en sus brazos al Niño,
al instante se puso en caminó. Compadécete, alma mía, del susto de la Madre,
de las incomodidades del Niño, y de la aflicción de San José, Medita el
tormento que padecían aquellas almas en una peregrinación tan arriesgada,
temiendo a cada instante ser descubiertos, y perder la vida. Aprende de aquí a
huir los peligros y
muerte de tu alma con toda puntualidad y cuidado; no fiándote de tu propia
virtud. Cuando Dios manda huir, ni aun la Virgen sosegó, siendo quien era,
¿por qué has de descansar tú en el riesgo!

Siete Ave Marías cada una con su jaculatoria en la forma siguiente:

Primera Ave María. ¡O Madre de Dios, vos llena de susto, vos huyendo, y yo
no huyo!

Segunda Ave María. Señora, llevadme con vos, porque mis enemigos me
persiguen.

Tercera Ave María. Madre de Dios, amparadme, porque todo el infierno


persigue a mi alma.
Cuarta Ave María. ¡O Madre de Dios, por vuestro destierro compadeceos de
los desterrados hijos de Eva!

Quinta Ave María. ¡Oh, si llegaré yo algún día a ver mi patria! ¿Y cuándo será

Sexta Ave María. Madre Dios, enseñadme a huir de quien me busca para
perderme.

Séptima Ave María. Señora, yo voy caminando por entre mil precipicios;
defendedme, Virgen Santísima.

V. Rogad por nosotros, Virgen dolorosísima.


R. Para que por la pasión de Jesucristo logremos la salvación.

Dios mío, y protector de los que en vos esperan, que con la huida a Egipto
quisisteis librar de la persecución de Herodes a vuestro Unigénito Hijo y
Redentor nuestro: concedednos por la intercesión de la bienaventurada
siempre Virgen María, que libres de todos los peligros de alma y cuerpo,
lleguemos a la eterna patria. Amén.

TERCER OBSEQUIO.

TERCER DOLOR.
En la pérdida del Niño Dios en el Templo.

Saliendo del Templo la Virgen María, el niño Dios perdió la compañía de sus
padres, y no conocieron su falta hasta el fin de aquel día. Alma mía, considera
la aflicción y angustia de la Señora al hallarse sin el que era su Hijo y su Dios.
Mira qué tormento padecería buscándole afligidísima, y sin que diligencia,
alguna fuese bastante para descubrirle. Dos días y dos noches enteras duró
este cruelísimo martirio de su amoroso corazón. Admírate de la providencia
con que Dios quiso crucificar de este modo aquella alma inocentísima, y vive
en persuasión de que Dios por altísimos fines mortifica las almas que más
quiere.

Se rezarán siete Aves Marías con sus jaculatorias en la forma siguiente:

Primera Ave María. Madre de Dios, por lo mucho que llorasteis perdiendo a
vuestro Hijo Dios, no permitáis que yo le pierda.

Segunda Ave María. Vos, Señora, llorasteis tanto siendo inocente, cómo no
lloro yo perdiéndole por mi culpa.

Tercera Ave María. Señora, por aquellas tan amargas lágrimas alcanzadme
que llore yo el haberle perdido.

Cuarta Ave María. ¡O Madre de Dios, por el dolor grande que sentisteis en la
ausencia de vuestro Niño, comunicad a mi corazón esa misma pena!

Quinta lee María. O Madre de Dios, ¡piérdase todo, como yo no pierda a mi


Dios!

Sexta Ave María. Señora, si por desgracia le pierdo, le buscaré en vuestros


brazos, y allí le hallaré.

Séptima Ave María. No os dejaré, Virgen Santísima, porque andando con vos,
no pierdo a Dios.

V. Rogad por nosotros, Virgen dolorosísima.


R. Para que por la pasión de Jesucristo logremos la salvación.

Eterno Dios, que, para nuestra enseñanza, quisisteis que la bienaventurada


siempre Virgen María, después de tres días de aflicción, hallase en el Templo
a su Unigénito Hijo y Salvador nuestro: por su intercesión concedednos a los
que le hemos perdido, que, buscándole con lágrimas de verdadera contrición,
le hallemos en el templo vivo de nuestras almas. Amén.
CUARTO OBSEQUIO

CUARTO DOLOR.
El encuentro de la señora con su Hijo en él camina del Calvario.

Cuando ya el Señor iba caminando al Calvario le salió al encuentro su


afligidísima, Madre. Pondera, alma mía, cuál sería la pena, de aquellos dos
corazones al mirarse mutuamente. No tiene nuestra lengua términos para
explicar ni aun la idea imperfecta que forma el entendimiento. Era Madre, y
tal Madre, y de tal Hijo: le veía en aquel estado tristísimo, le vió caminando a
la muerte, y a una muerte afrentosa y cruelísima, y en aquel estado le vió de
repente. A lo menos, pues, acompaña a la Señora, siguiendo con ella a su
Santísimo Hijo, que va a morir por tí; y cuando ves que la Madre de Dios así
llora, no te afligirás, si Dios te diere una vida triste y llorosa, pues solo así
puedes acompañar de más cerca a tu Madre y Señora.

Récense las siete Ave Marías con sus jaculatorias en la forma siguiente:

Primera Ave María. Señora, perdonadme: vuestro Hijo va a morir por mi


culpa: alcanzadme perdón, Señora.

Segunda Ave María. Mis grandes pecados hacen la cruz tan pesada;
perdonadme, Señora.

Tercera Ave María. Yo soy el que di la sentencia de muerte cuando me


resolvía pecar.

Cuarta Ave María. Madre de Dios, si así castiga el Señor a su inocente Hijo,
¿qué hará con el culpado?

Quinta Ave María. Clavad en mi alma, y clavad bien adentro esa espada de
dolor que tanto os hiere.

Sexta Ave María. Señora, si yo puedo aliviaros ese dolor con irá morir, quiero
morir, no padezca el Hijo querido.
Séptima Ave María. A lo menos, o Madre de Dios, conseguidme que yo le
acompañe llevando mi cruz: dadme esfuerzo.

V. Rogad por nosotros, Virgen dolorosísima.


R. Para que por la pasión de vuestro Hijo consigamos nuestra salvación.

Señor mío Jesucristo, que, caminando al Calvario oprimido con el peso de la


cruz, no aceptasteis las lágrimas de las hijas de Jerusalén, diciéndolas que
llorasen antes por sus hijos: recibid piadoso las lágrimas que vuestra M adre
derrama por mí, que también soy hijo suyo; y por el dolor que entonces
padeció, perdonad mis pecados para gloria de vuestra cruz Amén.
QUINTO OBSEQUIO

QUINTO DOLOR.
En la muerte del Hijo de Dios.

Crucificado el Señor, derramada su sangre, exhausto ya de espíritus,


abrasándose de sed sus entrañas, y oprimido con una inexplicable angustia,
volvía sus ojos desde la cruz a su amorosísima Madre. A este mismo tiempo
también la Señora tenia los suyos clavados en la lastimosa imagen del Hijo.
¡Oh espada de Simeón, y qué terrible golpe Representa, alma mía, en tu
imaginación este lastimoso espectáculo: mira bien a Jesús y María en este
paso: mira bien que tú eres la causa de lo que padecen, ¡y llora lo que hiciste
cuando pecaste!

Se rezarán siete Ave Marías con sus jaculatorias en la forma siguientes:

Primera Ave María. Madre de Dios, bendita sea la pasión y muerte de mi


Redentor: bendita Sea.

Segunda Ave María. Es posible, señora, que por mi amor murió vuestro
Santísimo Hijo Bendito sea tanto amor.

Tercera Ave María. Madre de Dios, murió vuestro Hijo por salvarme, ¿y yo
me he de perder? No lo permitáis.
Cuarta Ave María. Virgen Santísima, ¡quién me concediera amar al que me
amó tanto, que murió de amor!

Quinta Ave María. Señora, por la sangre de vuestro Hijo Jesucristo,


enseñadme a amarle.

Sexta Ave María. Amadle por mí, Madre de Dios, ya que yo no le amo.

Séptima Ave María. Señora, válgame por quien vos sois la sangre de mi
Redentor.

V. Rogad por nosotros, Virgen dolorosísima.


R. Para que por la pasión de Cristo logremos la salvación.
Omnipotente y eterno Dios, que con la muerte de vuestro único Hijo en el
patíbulo de la cruz hicisteis que su Madre la bienaventurada Virgen María
fuese Reina de los mártires: concedednos por el merecimiento de su grande
martirio, que, participando de sus dolores, lleguemos a gozar del precioso
fruto de la sangre de vuestro Hijo, que vive y reina con vos por los siglos de
los siglos. Amen.

SEXTO OBSEQUIO

SEXTO DOLOR.
Cuando la Señora recibió en sus brazos el santo cadáver.

Depositado el santo cadáver en los brazos de su Madre amorosa, considera tú,


alma mía, lo que pasaría el corazón de la Señora. ¡Qué impresión haría en él el
más lastimoso espectáculo que puede darse! ¡Era su adorado Hijo Era su Dios!
¡Qué ósculos tan tiernos! ¡Qué lágrimas tan ardientes mezcladas con la sangre
del amado Hijo! Pegado tenía su lloroso rostro al santo costado, y ríos de
lágrimas bañaban el sacrosanto cadáver. Compadécete, alma mía, de lo que
ves: compadécete, ya que no sabes ni puedes formar idea de lo que padeció en
este paso aquel amante corazón, y cuando sintieres herida tu alma con algún
dolor vehemente, compárale con este dolor, y te parecerá pequeño: ofrécele en
obsequio suyo, y se te convertirá en alegría.
Se rezarán siete Ave Marías con sus jaculatorias en la forma siguiente:

Primera Ave María. Madre de Dios, por las llagas de vuestro Santísimo Hijo,
tened piedad de mí.

Segunda Ave María. ¡Ay Señora! ¿Si mi culpa puso en tal estado al Hijo de
Dios, en cuál pondrá a mi alma?

Tercera Ave María. Madre Santísima, pues tanto costó a Dios mi alma, no
permitáis que se pierda.

Cuarta Ave María. Ahora conozco, Señora, lo que es el pecado, pues veo el
estrago que ha hecho.

Quinta Ave María. Ahí tenéis, Señora, el precio de mi rescate; no consintáis


que yo quede cautivo del pecado y del demonio.

Sexta Ave María. Aquí tenéis, Señora, mi corazón; depositad en él ese Santo
cadáver.

Séptima Ave María. Si buscáis, o Madre mía, piedra para el sepulcro de


vuestro Hijo, aquí tenéis mi corazón, que es más duro que las piedras.

V. Rogad por nosotros, Virgen dolorosísima.


R. Para que por la pasión de Jesucristo logremos nuestra salvación.

Señor, que, acabada la redención del mundo, quisisteis que el precio de


nuestro rescate fuese depositado en los brazos de la siempre Virgen María:
concédenos por sus lágrimas, que la veneremos con tan devota compasión,
que merezcamos gozar el fruto preciosísimo de la divina sangre. Amén.

SEPTIMO OBSEQUIO.

SEPTIMO DOLOR.
En la soledad de la Señora.

Cuando la Virgen se retiró al Cenáculo después de dar sepultura al santísimo


cuerpo de su Hijo, considera bien cuál sería la triste soledad en que se veía la
Señora. Entonces se representarían a su alma todos los pasos de la vida, y
todos
los tormentos de la muerte de su Hijo. Entonces el afecto de Madre, el
conocimiento altísimo de la divinidad, el trato de treinta y tres años, el
ardentísimo deseo de la honrada de Dios; todos estos afectos estarían
crucificando a aquel corazón. ¡Oh qué amarga soledad! Desearía penetrar
hasta
los abismos, para tener el consuelo de acompañar aquella bendita Alma:
desearía a lo menos tener en sus brazos el santo y lastimado cadáver que el
sepulcro la ocultaba; pero se veía sin Hijo, sin su Dios, sin el alma y sin el
cuerpo de Jesús. ¡Oh, qué soledad, qué tormento, qué pena Aprende de aquí,
alma mía, á confortar tu corazón en la falta de tus amigos y parientes y
consuélate con que todo es nada, mientras no pierdas a Dios! Tú puedes no
perderá Dios cuando todo se pierde; y entonces, aunque todo perezca, eres
feliz.

Se rezarán siete Ave Marías con sus jaculatorias en la forma siguiente:

Primera Ave María. Yo quisiera, o Madre de Dios, ser digno de poder


consolaros.

Segunda Ave María. Ea, Madre, y Madre de amor, dadme que yo sienta y llore
con vos vuestro dolor.

Tercera Ave María. ¡Oh Madre de Dios, en tan grande desconsuelo aceptad la
compañía de mis lágrimas.

Cuarta Ave María. Señora, si os amo, ¿por qué no lloro! Y siendo vos tan
amable, ¿cómo no os amo!

Quinta Ave María. ¡Quién me concediera el conocer bien a vuestro Hijo, y


sentiría también vuestro dolor!
Sexta Ave María. A lo menos, Madre de Dios, no sea infructuosa en mí una
muerte tan cruel.

Séptima Ave María. Permitid, Madre de Dios, que yo os acompañe en tan


grande soledad.

V. Rogad por nosotros, Virgen dolorosísima.


R. Para que por la pasión de Jesucristo logremos nuestra salvación.

Omnipotente y eterno Señor, que en los tres días de la muerte de vuestro


Unigénito dejasteis penar el corazón de la bienaventurada Virgen María su
Madre, en una cruelísima soledad: concedednos por sus méritos é intercesión,
que de tal modo la acompañemos en sus lágrimas, que vayamos después a
acompañarla en el gozo y alegría de verá su Hijo y nuestro Salvador por todos
los siglos de los siglos. Amen.
SÁBADO DE DOLORES
CONSAGRADO EN MEMORIA DE LOS ACERBOS SUFRIMIENTOS DE LA
MADRE DE DIOS.
V. Rogad por nosotros, Virgen dolorosísima.
R. Para que por la pasión de Jesucristo logremos nuestra salvación.

OREMOS
Santísima Virgen, Madre de Dios, aquí llego a implorar vuestra misericordia:
he esperado este día por parecerme que en él no me despediréis de vuestros
pies desconsolado. No traigo méritos que pueda ofreceros; pero me han de
valer esas lágrimas que derramasteis, esos dolores que sentisteis en el alma, y
los cruelísimos tormentos de vuestro Hijo, que los motivaron. Por todo esto,
Señora, os pido que me atendáis. Yo deseo lo mismo que vos queréis: sé que
amáis como infinitamente a vuestro Hijo: sé que sentisteis en lo íntimo del
alma el verle padecer tan cruelmente, y ver al mismo tiempo que los hombres
no habían de estimar aquella sangre divina tan cruelmente derramada. Ved
ahora el único objeto de mis deseos. Yo quisiera adorar esta sangre: quisiera
recibirla en lo íntimo de mi corazón: quisiera que fructificase bien en mi alma;
y para esto vengo a buscar vuestros pies, lleno de desconsuelo y amargura;
porque no lloro como debía mis pecados, ni siente mi corazón aquel dolor que
mis delitos merecen; y así recelo que se pierda en mí toda aquella muerte y
pasión. ¡Oh adorada Madre mía y Señora mía Por vuestro Hijo muerto por mí,
muera yo de dolor de haberle crucificado con mis culpas. Clavad en mi pecho
esas espadas que os traspasan el alma. Lloré yo, pues pequé, para que vos os
consoléis, pues no pecasteis. Sí, Madre de Dios, demos a Dios esta gloria, y
este consuelo a vuestro Hijo: honrad este santo nombre, alcanzándome lo que
por él os pido. ¡Oh Madre de Jesús! Por el mismo Jesús difunto concededme
que yo llore mucho mis pecados. Bien me podéis valer, Señora, pues vuestro
Hijo os hizo cuasi omnipotente. Yo quiero; pero si una mano superior no me
toca el corazón, no podré. A vos clamo, á vos recurro, en vos espero. No se
dirá que habéis endurecido vuestro corazón, siendo Madre, y teniéndole vos
tan angustiado. Sí, Virgen Santísima, ya me tengo por dichoso, porque acerté a
buscar vuestros pies: me cuento por venturoso, pues sois muy clemente, más
empeñada en la gloria de Dios, y más interesada en la honra de vuestro Hijo
que yo mismo. Bendita seáis, pues logré buen despacho de mi súplica: alabada
seáis eternamente. Amen.
EJERCICIO PIADOSO
EN HONOR DEL
DOLOROSO CORAZÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

Mi Jesús, mi dulce amor,


Me pesa de haber pecado:
Yo quisiera haberte amado
Como mereces, Señor.
El enmendarme propongo,
Y para alcanzar perdón,
De tu Madre la aflicción,
Por intercesora pongo:
Perdóname, Jesús mío,
Por tu infinita piedad,
Que ya en tu suma bondad
Conseguir tu gracia fio. - º
A tí, Virgen, mi confianza
Te pide de corazón,
Que me alcances contrición
Fé, caridad y esperanza.

1. Os compadezco, o dolorida María, por la aflicción que vuestro tierno


corazón sufrió al oír la profecía del anciano Simeón. Amada Madre mía: por
vuestro mismo corazón tan afligido, alcanzadme la virtud de la humildad, y el
don del
santo temor de Dios. Ave María.

2. Os compadezco, dolorida Madre, por la angustia que vuestro sensibilísimo


corazón sufrió en la huida y demora en Egipto. Amada Madre mía: por vuestro
corazón tan angustiado, alcanzadme la virtud de la liberalidad, especialmente
con los pobres, y el don de piedad. Ave María.

3. Os compadezco, dolorida Madre, por los afanes que vuestro cuidadoso


corazón experimentó en haber perdido a vuestro amabilísimo Jesús. Amada
Madre mía: por vuestro corazón tan terriblemente agitado, alcanzadme la
virtud de la caridad y el don de ciencia. Ave María.
4. Os compadezco, dolorida Madre, por aquella consternación que sufrió
vuestro materno corazón, cuando encontrasteis a vuestro amabilísimo Jesús
con la cruz a cuestas. Amada Madre mía: por vuestro corazón tan
terriblemente oprimido, alcanzadme la virtud de la paciencia y el don de
fortaleza. Ave María.

5. Os compadezco, dolorida Madre, por el martirio que padeció vuestro


generoso corazón, hallándoos presente a la agonía de Jesús. Amada Madre
mía: por vuestro corazón tan martirizado, alcanzadme la virtud de la
templanza, y el don de consejo. Ave María.

6. Os compadezco, dolorida Madre, por la herida que sufrió vuestro amante


corazón, con la lanzada que traspasó el costado de Jesús, e hirió su
amabilísimo corazón. Amada Madre mía: por el vuestro tan cruelmente
traspasado, alcanzad
me la virtud de la caridad fraterna, y el don de entendimiento. Ave María.

7. Os compadezco, dolorida Madre, por aquel sentimiento que experimentó


vuestro piadosísimo corazón en la sepultura de Jesús. Amada Madre mía: por
vuestro sagrado corazón extremadamente afligido, alcanzadme la virtud de la
diligencia, y el don de sabiduría. Ave María.

V. Ruega por nosotros, Virgen dolorosísima.


R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor. Amén.

ORACION.
Te rogamos, Jesucristo Señor nuestro, que a hora y en la hora de nuestra
muerte interceda por nosotros, ante tu divina clemencia, la bienaventurada
Virgen María tu Madre, cuya sacratísima alma traspasó la espada de dolor en
la hora de tu pasión. Que vives y reinas por todos los siglos de los siglos.
Amen.

SALVE
Salve, Virgen dolorosa,
Salve, de mártires reina,
Madre de misericordia,
Entre espinas azucena.

Vida y dulzura derramas


Entre tus lágrimas tiernas,
Y en estas perlas nos das
Prendas de esperanza nuestra.

Dios te salve, á tí llamamos


Tus hijos, los hijos de Eva,
Pues en la cruz Jesucristo
A tí por Madre nos deja.

A tí, tristes suspiramos,


Llorando culpas y ofensas,
Que a tu Hijo fueron clavos,
Y a tu pecho agudas flechas.

Abogada en el Calvario
Te formaste por clemencia;
Vuélvenos, pues, esos ojos
Que ellos son nuestra defensa.

Y a dulce fruto Jesús,


Grano muerto acá en la tierra,
Haz Madre que en el Paraíso
Árbol de vida nos sea.

¡O Madre toda piedad!


¡O Madre toda clemencia!
¡O Madre todos dolores!
¡O María mar de penas!

Tu compasión amorosa
Ablande nuestra dureza,
Y tu martirio nos logre
La palma y corona eterna.
Amen.

Tres Ave Marías a María Santísima y luego la siguiente:


ORACION
¡O dulcísima Madre de misericordia, o única esperanza de los pecadores, o
eficaz atractivo de nuestras voluntades, o María, o Reina, o Señora! Vuelve a
nosotros esos tus ojos misericordiosos. Recibe estas tres Ave Marías, que con
el afecto de mi corazón, he rezado en memoria de tus dones, y por ellos te
pido que en el trance y agonía de la muerte, cuando ya viciados los sentidos y
turbadas las potencias, ya turbada la vista, ya perdida el habla, ya levantado el
pecho, ya postradas las fuerzas y cubierto el rostro con el sudor de la muerte,
esté luchando con el terrible final parasismo, cercado de enemigos
innumerables que procurarán mi condenación, y estarán esperando que salga
mi alma para acusarla de todas sus culpas, ante el tremendo tribunal de Dios:
allí, querida de nuestras almas: allí, única esperanza de nuestros corazones
desmayados: allí, amorosísima Madre: allí, vigilantisima Pastora: allí, María,
¡o dulce nombre! Allí, ampárame: allí, María, defiéndeme: allí, asísteme,
como pastora a sus ovejas, como madre a sus hijos, como reina a sus vasallos:
aquel es el punto de donde depende la salvación o condenación eterna: aquel
es él horizonte que divide el tiempo de la eternidad: aquel es el instante en que
se pronuncia la final sentencia que ha de durar para siempre; pues si me faltas
entonces, ¿qué será de mi alma cuando tantas culpas he cometido? No me
dejes en aquel peligro, no me desampares en aquel horrible trance. Acuérdate,
amabilísima Señora, que, si Dios te eligió para Madre suya, fué para que
fueses medianera entre Dios y los hombres. Por tanto, debes ampararme en
aquella hora ¡o María, o segurísimo sagrado y refugio mío! Pues puede ser que
entonces no tenga fuerza ni sentido para llamarte: desde ahora, como si ya
estuviera en la última agonía, te llamo: desde ahora te invoco; desde ahora me
acojo a tu poderosísima y piadosísima intercesión: a la sombra de tu amparo
me acojo para librarme de los merecidos rigores del sol de justicia Cristo; y
desde ahora, como si ya agonizara, invoco tu dulcísimo nombre; y esto que
ahora digo, lo guardo para aquella hora. María, misericordia; María, piedad;
María, clemencia; María, María, María Santísima, querida de mi alma,
consuelo de mi corazón, en tus manos santísimas encomiendo mi espíritu, para
que por ellas pase al tribunal de Dios, donde intercedas por esta alma
pecadora: en tí pongo mi esperanza, en tí confío, en tí espero. Ya, ya voy a
espirar: misericordia, Madre de mi alma: misericordia, Madre de mi corazón:
misericordia, dulcísima María: misericordia. Amen.

JACULATORIA.

Bendito sea quien te crió


Tan pura, bella y hermosa;
Bendito el que tan preciosa
Para Madre te formó:
Bendito el que te libró
De la mancha del pecado;
Bendito el que se ha dignado
Hacerte tan excelente,
Y bendito eternamente,
Pues de gracia te ha llenado.
CARTA DE ESCLAVITUD PERPETUA

A vuestros Virginales pies llega mi alma llena de rubor y confusión. No me


atrevo a levantar á vos mis ojos, ni se atreve mi lengua á pronunciar una
palabra en vuestra presencia. Toda mi vida he estado sirviendo, no a Dios,
como debiera, sino al mundo, a mis apetitos y a vuestro mayor enemigo.
¿Quién me servirá ahora de padrino, para que yo sea esclavo vuestro, después
de haberlo sido de tan infames dueños? No tengo disculpa que alegar, pues
ninguno me cautivó: yo mismo me ofrecí y me sujeté. Yo, Señora, confieso
que hice mal, y muy mal, y lleno de confusión no puedo negar mi
atrevimiento, Pero cuanto más confieso mi culpa, más esperanzas tengo de
que me habéis de alcanzar el perdón; y si vos no hubierais empezado a
favorecerme, no conocería yo mi culpa, ni me arrepentiría. Por tanto, lleno de
esperanza, y confiado en vuestra
benignidad, la que sé que es muy grande, y aun la tengo por mucho mayor de
lo que llego a conocer, me animo a decir públicamente delante de los cielos y
la tierra, que yo de mi libre voluntad, y en todo mi juicio, con deseo de dar
gloria a Dios, y de conseguir la protección de su Santísima Madre, me vendo
por esclavo de la benditísima Virgen María, para servirla desde este instante
hasta la hora de mi muerte, y aun desde este instante por toda la eternidad. Y
pues es gloria de su divino Hijo el obsequio hecho a su Madre, quiero
obsequiarla, servirla y amarla con todas mis fuerzas, y que la Madre de Dios
sea mi Señora, y yo su esclavo, con mayor dominio todavía que el que tienen
los hombres sobre los esclavos comprados; y pues solo pretende la Santísima
Virgen mi voluntad, para llevarla a su Hijo, quiero que sea Señora de mi
voluntad, y deseo en todas mis acciones agradarla, servirla y obedecerla.
Pongo por testigos al ángel de mi guarda, y al Santo Esposo de la Virgen San
José, y pretendo dar a los demonios
la confusión de que vean con grande pena suya, que ya no quiero que mi alma
sea mía, sino de aquella que es Madre de Dios, mi Criador y Redentor. Esto
digo y lo protesto; y para perpetuo testimonio de mi esclavitud a la Señora, lo
firmo, y me consigno.
De la Santísima Virgen, esclavo perpetuo,

TRIBUTO DE CONSUELOS QUE SUS AMANTES HIJOS OFRECEN


A SU AMANTÍSIMA MADRE LA VIRGEN DE LOS DOLORES
! Oh María, la más Santa y la más afligida de las madres! que mostrando a tu
fiel Santa Coleta, a Jesús tu adorable Hijo, cubierto de llagas y chorreando
sangre Divina, le dijiste: Así tratan a mi Hijo los hombres, ¡renovando con
nuevos pecados su pasión y mis dolores! ¡Cuán grande será tu amargura al ver
a tantos de esos ingratos hijos entregados esta noche a toda clase de excesos y
de lúbricos pecados renovando con cada uno de ellos la sacrosanta pasión de
tu Hijo y tus acerbas penas! Si, esta noche el Hijo de tu alma, tu inocente Jesús
será mofado, escupido, azotado, coronado de espinas y crucificado. Su Sangre
Divina, mezclada a tus lagrimas será pisoteada de nuevo por aleves pies.! Oh
pecadores, pobres hermanos míos, ¡cuán caros cuestan a Jesús y a su
afligidísima Madre vuestros desenfrenos y excesos!
¿Y tus fieles hijos, Madre queridísima? !Ah! Nosotros a fuer de agradecidos
queremos desagraviar y consolar a Hijo y Madre, ofreciendo por cada
respiración de esta noche, otros tantos actos de amor y de reparación,
pidiéndote
a la vez! ¡oh Abogada tiernísima de los pecadores! intercedas ante el Dios
ofendido, para con esos hijos que, aunque ingratos, no dejan de ser tuyos, a fin
de que un día vuelvan rosos y arrepentidos a las siempre abiertas puertas del
Corazón bondadosísimo de tu Jesús y sean después contados entre tus hijos
dichosos en la dulce patria del Paraíso. Amén.
Récense siete Ave Marías y una Salve en memoria de los siete mayores
Dolores de la Virgen Santísima.
DÉCIMA
Dios te salve, Reina hermosa,
Llena de grande amargura;
Dios te salve, Virgen pura,
Triste, afligida y llorosa.
Por tu Soledad penosa,
Y por tu pena excesiva
Haz que, en mi la gracia viva,
Haz que logre feliz suerte:
Y tu asísteme en mi muerte
Como Madre compasiva.

Dios te salve, María, llena de dolores; Jesús Crucificado está contigo: digna
eres de compasión entre todas las mujeres; y digno de compasión es Jesús, el
fruto de tu vientre.
Santa María, Madre de Dios crucificado, alcánzanos lagrimas a nosotros
que hemos crucificado a tu Hijo, ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amen.
(100 días de indulgencias. Pío XI.)
DEVOTO MES
CONSAGRADO A LOS DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA

PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin
dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal
condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas
y la más ingrata á vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del
alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las
prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y
consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío,
que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por
mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo
profundo del abismo en castigo de ellos; más la rectitud de mi intención, y el
noble objeto que me coloca ante vos en este afortunado momento, estoy
seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra
indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor.... Padre de misericordia.
No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones
de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno
siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por
su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus
amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea
susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.
Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a
quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía,
interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo,
amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia;
porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y. aunque este en
la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en
nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el cielo que tenéis el
primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras
gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí
vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la
consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para
amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: "O Señora, yo soy tu
siervo" Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y
gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma.
Amen.

DIA I.
Cuántos motivos, o afligidísima Virgen, ¡cuántos motivos para compadecerme
de vos, para tomar vuestro ejemplo y para enmendarme he sacado de esta
primera reflexión! Vos, Madre mía, tan solícita por el honor y comodidad del
Dios que, infante humanado, va a salir a luz de vuestras purísimas entrañas, os
angustiáis por ver no ser digno aquel lugar donde va a aparecer su humanidad
divinizada, y con solicitud amorosa le adornáis y componéis cuanto os es
posible.... y yo.... ¡ah ingratitud! no cuido de purificar mi conciencia, y
preparar debidamente mi pobre, mi desaliñada, mi inmunda alma, cuando
atraído por su infinita caridad viene a mí tan real y verdaderamente como está
en los cielos, haciéndole entrar y recibiendo á tan magnífico rey en tan sucio y
hediondo muladar.
¡Confusión grande la mía! Un Centurión, un hombre gentil se reputa indigno
de recibirle en su casa, que según su dignidad estaría bien adornada, al
ocurrírsele solo un primer pensamiento de la grandeza y poder de aquel
hombre a quien ya confiesa por Dios; y yo que tengo tantos y tan profundos
conocimientos de su magnificencia por las luces de la fe, ¡no me avergüenzo
de tan horrible menosprecio! ¡Confúndame, Madre mía, ¡y me confieso reo de
lesa Majestad divina! Mas no hade ser así en lo sucesivo.... no de ningún
modo despreciaré vuestra doctrina y ejemplo. Como fiel siervo vuestro
limpiaré y purificaré cuidadosamente mi conciencia hasta hallar, como la
mujer del Evangelio, la preciosa dracma de la gracia que había perdido por la
culpa, y no omitiré diligencia alguna para encontrarle, porque adornado con
ella sé ciertamente que no se desdeñaría de venir a mi alma vuestro
amabilísimo Jesús, y se complacerá de la mansión que le prepara, saciándola y
embebiéndola con el torrente de sus celestiales delicias. Ven, exclama, ya
desde este instante; ven, Señor, y no queráis tardar, pues ya no soy el que
antes era, porque desconocido é ingrato os cerré la puerta de mi corazón por
abrirla a la culpa traidora que tan lastimosa ha parado a mi alma. Ven, sí,
dueño mío: ¡qué afortunado seré el día que me hagáis esta merced! ¡Buen
Jesús! Cuando me acerque al celestial convite de vuestro amor, me vestiré el
nupcial manto de vuestra gracia, y cuando toméis posesión de mi alma no os
dejaré marchar, os asiré fuertemente, y como la esposa de los Cantares no os
soltaré por manera alguna; cerraré todas las comunicaciones, echaré de ella a
mis contrarios, os haré á vos solo el poseedor, y regocijado no me cansaré de
clamar: "Encontré al que tanto ama mi alma." Así lo propongo, dulcísima
María, y así lo he de cumplir, como que es lo que más me importa y lo que me
ha de causar mi eterna felicidad.

CONCLUSION PARA TODOS LOS DÍAS.


¿Por qué, o Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta
breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los
importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y
menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir
este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él
siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan
amortiguada es taba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi
entendimiento? Y pues que vos, que sois la verdad infalible y el verdadero
camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a
mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo
cierto é indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me
precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este
momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad
entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de
este modo llegar más pronto a unirme con vos. Consígalo así, Virgen
Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y
cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi
ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así
después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de
tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios,
reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amen.

DIA II.
A vista del nacimiento de mi Redentor, ¡qué sentimientos de humillación se
excitan en mi alma! ¡O Madre mía! ¿Para qué he llegado con mi consideración
a tan santo lugar? ¿Para qué he penetrado con mi reflexión y registrado el
portal de Belén? ¡Para qué, ay alma mía! Para aprender en él las lecciones más
importantes porque al mirar la ternura de vuestro corazón en el sentimiento de
las penalidades de mi Jesús, no puede menos de acompañaros el mío,
concibiendo un justo aborrecimiento a las riquezas y fausto de la tierra. Tal es,
Reina mía, el fuego que late en mi pecho, que me siento animado de los
deseos más eficaces ¡Que diga el mundo lo que quiera contra mí, porque desde
este lugar, á presencia de este espectáculo, estoy resuelto a llamar a cuantos
ambiciosos pueblan la región vasta del universo para que concurran a este
lugar !Venid , les diré con el más noble afecto de mi corazón, venid,
potentados orgullosos venid, no a visitar a otros que compiten con vosotros en
las riquezas no a las sinagogas del lujo y a los areópagos de la vanidad , sino a
un portal desbaratado, a un pesebre humilde y a una escuela y cátedra de
humildad. ¿Y quién es este? Me preguntareis, cuando yo no sé si os podré
contestar sin causaros la más singular admiración. Advertid que es el Señor
fuerte y poderoso, el Dios de toda virtud, y el mismo Rey de la gloria. ¿Os
extrañáis y crece vuestro encanto al mirarle acompañado de tan humildes
personas? Pues el uno es el fiel esposo y compañero de María, que es esa, que
es la verdadera Madre del Niño Dios, que angustiada y afligida por el pesar
quisiera colocarle en un lugar más proporcionado a tan gran monarca e hijo
suyo. Pero oíd las lecciones que este tan tierno Niño os da desde tan humilde
lugar. No queráis, os dice, atesorar sonreía tierra, donde tan expuestos se
hallan vuestros tesoros, ya a que la oruga o polilla los con suma, o ya a que los
roben los ladrones; atesorar, sí, en los cielos, donde nadie les puede causar
detrimento alguno. No os esclavicéis por ellos, buscad primero el reino de
Dios y su justicia, y lo demás queda a mi cargo Tomad mi ejemplo y el de
estos mis fieles siervos, que, aunque afligidos por verme en tanta pobreza, se
con forman gustosos con mi voluntad.... ¡Infelices poderosos y ricos, que no
sabéis usar de vuestras riquezas! ¡Ay de vosotros, porque cifráis en ellas
vuestra felicidad! Recordad el paradero desgraciado que tuvo el que vestía en
el mundo púrpura y brocados, Y después en el infierno apetecía solo una gota
de agua. Oíd esto, entendedlo e instruiros los que domináis la tierra.

Así me produciría, Virgen santa; así desahogaría mis sentimientos. Por tanto,
Señora mía, yo desde ahora me determino a renunciar todo cuanto posea para
hacerme pobre e imitaros Todo, todo lo he de sacrificar por vuestro amor Mas
no, Madre mía, no me pedís que haga tan universales sacrificios; no queréis el
que yo mendigue y lo distribuya todo; solo sí lo que queréis, y en ello os
agradaré, es que destierre de mi corazón la afición ciega y el apego aborrecible
que tengo al interés y a las riquezas; que use bien de las que Dios me conceda;
que alivie con ellas a mis prójimos necesitados; que no maquine ni adopte
medios inicuos con que adquirirlas y conservarlas; que deponga los pleitos
injustos que aun contra mi propia sangre sostengo por un vil interés; que no
falte a la verdad y acaso jure en falso por un lucro desgraciado; en fin , que no
anteponga mis riquezas a mi propia salvación. De este modo seré feliz,
enjugaré vuestras lágrimas, y os causaré inmensa alegría. Así lo haré, Virgen y
Reina de mi corazón, pues estoy en el ánimo de ser vuestro siervo fiel aunque
me cueste violencia, porque estoy seguro qui mi remuneración será completa
por toda la eternidad.

DIA III.
Ciertamente, Madre mía afligidísima, me causa suma edificación el ver la
prontitud y diligencia tan admirable que mostráis en el cumplimiento de la
divina ley. No ignoráis, bendita Virgen; no ignoráis que vuestro santísimo
Hijo es el mismo legislador supremo; tampoco se os oculta lo riguroso y penal
del decreto, y los sensibles efectos que causa en los tiernos infantes, y mucho
menos lo que va a contristar su ejecución a vuestro pecho enamorado. Esto, no
obstante, inocente paloma, queréis padecer y angustiaros primero que omitirle,
y lo hacéis con tanta solicitud y presteza ¡O santidad envidiada aun por los
mismos ángeles! ¡O prontitud y celo para las criaturas tibias é indevotas! ¿Qué
te parece, alma mía? ¿No te mueves á desarraigar de ti tu negligencia tan
culpable, tu criminal pereza, á vista de la lección que te da tu Señora y Reina,
pues no rehúsa añadir penas a otras que antes ya la habían afligido? ¿No te
resuelves a sacudir de ti esa pereza que tantos daños te causa esa pereza que
no te deja caminar a tu patria, impidiéndote toda clase de virtud y de obra
buena, que son los únicos recursos para tal jornada esa pereza que tantas y
tantas veces por un poco de sueño, por un poco de hambre, por un poco de
conversación o poltronería no te deja rezar el rosario y frecuentar tus antiguas
devociones, ocurriéndote mil pretextos, y amortiguando cada vez un poquito
más el importantísimo estado de la salud de tu alma esa pereza que busca
tantos efugios para retirarte de la frecuencia de los santos Sacramentos, para
hacerte odiosa la asistencia a los templos del Señor, o porque llueve, o porque
hace frio, o por que conviene más ir a dar un paseo con la amiga, o con el
conocido o pariente para tratar de vuestros negocios, porque según decís, para
todo hay después tiempo, y el día de fiesta solo estáis desocupados.... esa
pereza que de tal suerte ha cambiado vuestro corazón y vuestra piedad que
apenas sois ya conocidos, pues que algún día solo hallabais placer en servir a
Dios, en tributarle los debidos respetos , en llorar vuestros antiguos pecados,
en estudiar vuestra conciencia para enmendaros, en huir las ocasiones, en
pedir al Señor la gracia de la perseverancia final , y en interesar para ello a
María Santísima, cuyo patrocinio tantas veces solicitaste con lágrimas en tus
mejillas y ahora todo lo has olvidado , todo lo has dejado, todo lo tienes en
poco, nada te turba, ancha conciencia, y gracias si no te ríes y mofas de tan
divinos ejercicios, contentándote solo con masculladas, gruñidas y cercenadas
oraciones por cumplir, que al mismo Dios hacen volver la espalda y taparse
los oídos por no indignarse más?.... ¿Qué dices, alma mía? ¿Qué juzgas de
este estado de
trepides y frialdad? Resuélvete y acaba de salir de tu ignorancia culpable....
¿Quiere permanecer en él? Pero ¡ay! reflexiona el peligro en que te hayas de
tu perdición.
Nada menos te concitas que la reprobación del mismo Dios, que asegura que
vomitará y arrojará de sí a los tibios/' Despierta de tu letargo, que ya es hora;
no quieras llamarte siervo de María con solas las palabras, negando tu corazón
a ser participante de sus sentimientos Imítala en la prontitud con que cumple
los preceptos del Altísimo, aunque conoce que va a ser contristado su
pecho…. Hazlo tú así también, aunque tengas que mortificar tu genio, tu
inclinación, tus afectos y pasiones. Mira que una de las cosas de que más se
queja esta Señora es que hay muy pocos que la aman en verdad, porque hay
muy pocos que se compadecen y aprovechan de sus penas y dolores. No seré
yo uno de estos, Virgen y Madre de mi corazón, porque circuncidaré mi
voluntad y desecharé de mí la pereza, seré fervoroso y asistente a todas las
prácticas de piedad, y he de amaros e imitaros toda mi vida sin intermisión
alguna. Vayan con Dios y me despido de todos los que me traten de apartar de
mi acostumbrada piedad; lejos de mí las distracciones y las comodidades que
me han resfriado mi acostumbrada devoción, pues que desde ahora he de
poner en ejecución todas las cosas que pertenecen a mi aprovechamiento
espiritual con exactitud y cuidado. Así os lo prometo, Señora mía, y así lo
cumpliré con la gracia de vuestro santísimo Hijo , y con vuestra mediación,
para que así no tengáis de mí la menor queja, y conozcáis que os amo y amaré
hasta el fin.

DIA IV.
El ejemplo de humildad y obediencia que nos dais, tristísima Virgen, en el
acto de vuestra purificación en el templo, estoy por decir que fue ocasión para
que el Cielo en cambio os regalara con la aflicción que sorprendió a vuestra
alma en las palabras de Simeón. Por qué, aunque os reconoce como a su Reina
y Señora, pero trata de añadiros el singular título de reina también de los
laureados mártires, consagrándoos desde hoy la esmaltada corona. ¡Qué
examinada y probada es vuestra constancia! Pero con todo, hoy más que
nunca puedo aprender de vos una de las más importantes lecciones. Porque si
vos que sois la pureza por gracia, la inmaculada desde ab eterno, toda pulcra
por naturaleza, más pulcra por la gracia y pulquérrima por la gloria, pura en lo
interior por la misma pureza y en lo exterior por la virginidad os presentáis
hoy en el templo a cumplir la ley de la purificación, ¿qué haré yo, que desde
mi primer instante fui concebido en el pecado? ¡Yo, que llevó siempre
conmigo el instigador enemigo, y que soy de un barro el más frágil y
quebradizo! ¡Y yo, en fin, que nada puedo reconocer si no, como el Apóstol,
una rebelión de mis pasiones que cautiva la ley de mi razón inclinada y
propensa siempre al mal! ¿Cómo es posible que, hallándome en tal esfera no
cuide de purificar mi conciencia de las inmundicias de la culpa, y limpiarla de
la escoria del pecado?
¡Solo mi ignorancia maliciosa puede ser la autora de semejante delito! ¡Tan
solícito como soy en la limpieza de mi cuerpo, y en la de mi alma tan
abandonado! ¡Me pediréis cuenta Dios mío, de si he vivido según la política
mundana o según vuestra ley y soberanos preceptos! ¡Cuándo me he de
convencer de verdades tan eternas! ¡O malicia y ceguedad de mi corazón!
¡Bien cuidadoso soy, Madre mía, cuando estoy enfermo de buscar medicinas,
que sanen mi cuerpo miserable, que al fin se ha de arruinar, y para el bien de
mi alma, que ha de vivir para siempre, ¡tan vergonzosamente descuidado!
¡Ah! ¡Si me confieso lo hago de tarde en tarde, de prisa y como una simple
ceremonia, sin advertir que, por este santo Sacramento, recibido con la debida
preparación, de enemigo que era de Dios por el pecado me reconcilio con él
por la gracia; de hijo desconocido é infiel siervo de María me convierto en su
más querido siervo y compasivo devoto! ¡Qué error! ¡Qué desgracia! No
desea el Señor más que un he pecado para perdonarme como a David y yo ni
aun esto practico ¡Hasta cuándo alma mía, hasta cuándo! ¡Pero ya no más!
¡Ahora Dios mío ahora Reina
de mi corazón, llegó ya el instante de mi reconocimiento! Ya sé el camino,
pues que hoy me lo demostráis.
¡Iré al templo, yo que tanta necesidad tengo de purificarme! Allí ¡o felicidad!
confesaré mis iniquidades, porque sé que si así lo hago sois justo y fiel para
perdonármelas ¿Cómo he de poder ser vuestro siervo, Virgen santísima, si vos
sois tan limpio y yo tan sucio y abominable si vos amáis tanto la pureza del
corazón, ¿y yo permanezco tan tranquilo en el hediondo muladar de mis
pasiones? Mas no persistiré ni un instante en tal estado seré más solícito por la
integridad de mi conciencia me dispondré mejor cuando llegue a esta
saludable fuente a lavar mi alma, sin omitir el debido examen. ¡O confusión la
mía! Infinitas veces he asistido a esta probática piscina, y por mi culpa he
salido más inmundo de ella Yo he callado por una maldita vergüenza o mal
entendido pundonor las circunstancias que más acriminaban mi culpa; yo he
reparado tan poco en la enmienda desde una confesión a otra, que por mi
habitual descuido no hacía reparo de las culpas graves que cometía
presentándome al confesor con una misma relación, y convirtiendo esta
celestial medicina en ruina y perdición de mi alma Pero no ya así, Madre mía;
os lo prometo con las mayores veras de mi corazón y convencimiento de mi
entendimiento, para que así sea efectivamente vuestro siervo.

DIA V.
La divina revelación es el medio, Virgen Santísima, que hoy os descubre las
disposiciones incomprensibles del Altísimo, para salvar de tan odiable
enemigo a vuestro Hijo muy amado. He reflexionado, Madre mía, este paso
tan aflictivo, y en medio de que en él os encuentro sobresaltada como era
justo, y oprime sobremanera mi espíritu vuestra situación, más con todo,
Reina mía, me hallo admirado de la puntual correspondencia con que,
haciéndoos superior a todos los pesares, poneis en ejecución la voluntad del
Altísimo. ¡Digno ejemplo! ¡Exactitud singular! ¿Cómo, señora, no dudasteis
cómo no os detuvisteis á escudriñar los juicios y ocultos arcanos de la eterna
Sabiduría? ¿Cómo no dijisteis: este Hijo mío es más poderoso que todos los
reyes del mundo, tiene en su defensa innumerables ángeles, ¿y con solo su
presencia abatirá y confundirá todas las maquinaciones de su rival? ¿Cómo
por fin no se os ocurrieron semejantes discursos? ¡Ah! Sin duda fue para
enseñarnos a no despreciar las inspiraciones y llamamientos que tan
continuamente nos está dando el Señor para que nos enmendemos y dejemos
la mala vida que tenemos, o sigamos con más aliento la comenzada.
No lo dudes, alma mía, porque es evidente, que con frecuencia desatendemos
los llamamientos que nos hace el mismo Dios. Y si no, dime, ¿qué otra cosa es
ese interior movimiento que tú atribuyes á melancolía, pero que te amonesta y
avisa para que no vuelvas a tratar con tal o tal persona que te es ocasión para
pecar que no asistas a tal paseo o tertulia, que no te mezcles en las vidas
ajenas,
murmurando de las acciones de tus prójimos bajo el frívolo pretexto de pasar
el
rato, no tener mala intención y ser ya casi indispensable? ¿Qué otra cosa es
ese impulso o sentimiento que agita tu corazón cuando has obrado mal, que no
te deja, que te contrista y perturba? ¿Qué otra cosa es ese nuevo movimiento
que experimentas en muchas ocasiones, y te anima para que dejes tus malos
hábitos, para que frecuentes los sacramentos, para que practiques tus antiguas
devociones y de una vez mires con más interés por la salvación? ¿Qué otra
cosa, para decirlo de una vez, son todas esas calamidades que te sorprenden,
como una enfermedad, un revés de la fortuna, una traición de algún amigo o
pariente en quien tú tanto confiabas, una persecución o semejantes, o esos
desastres que adviertes acontecer en otras casas, como la muerte repentina de
un vecino o conocido, un robo, una puñalada, un accidente, un incendio y
tantos otros fatales
sucesos sino avisos del cielo, inspiraciones y llamamientos de la gracia de un
Dios, que bondadoso te espera y avisa para perdonarte? ¡No los desprecies ya,
alma mía, antes bien recíbelos como pruebas de la fineza de tu Dios! Así lo
haré, Virgen Santísima, y os imitaré con la mayor fidelidad Sacaré de ellos
una suma felicidad, y manifestaré mi gratitud debida a los beneficios de mi
Dios, pues estoy firmemente persuadido que de esta manera me hago acreedor
a sus misericordias; y así os doy también una prueba de los sentimientos
nobles que, por la meditación de vuestros dolores, se reproducen en mi alma,
aliviando así en lo que está de mi parte vuestras penas para reinar después sin
fin con vos.

DIA VI.
Muy bien sabia, tristísima Señora, el Cielo a quién confiaba su tesoro. Tenía
por seguro que, como era de infinito valor, se debía confiar a un cuidadoso y
solícito custodio; y como conocía que ninguno mejor que vos lo sería, por lo
mismo le depositó en vuestras manos Gran dignidad, pero muy dificultosa
empresa para una criatura que no esté prevenida con las bendiciones de la
celestial dulzura. Solo a vos ¡o María! se debió hacer tal entrega solo vuestro
corazón podía responder de empresa tan soberana; y la cumplís con tal
exactitud, que sois el dechado y modelo más perfecto. De vos, cuidadosísima
Reina, podemos aprender a cumplir con las obligaciones a que Dios nos ha
destinado En vos se halla descubierto nuestro vergonzoso olvido, o, mejor
dicho, nuestro total abandono... Vuestras lecciones confunden cada vez más
nuestra ignorancia pecaminosa y criminal ¡Por desgracia no vemos otra cosa
en los días tan calamitosos en que vivimos, más que un olvido y abandono
total de nuestras respectivas obligaciones! ¿Y qué nos hemos de prometer...?
qué hemos de esperar de tan funesto proceder?
Lo dice el Salmista: "que el que declina en sus obligaciones será contado en el
número de los inicuos.'' Sí, padres de familias; sí , amos y superiores del
mundo, que tan poco celáis a vuestros hijos y domésticos , que los veis vivir
sin sujeción, al gusto de su desenfreno y al arbitrio de su voluntad, sin
amonestarles, sin castigarlos para que se enmienden en lo sucesivo; que los
veis asociarse con malas compañías y faltar continuamente a sus respectivos
deberes, criándose unos holgazanes y vagamundos, siendo después vuestro
oprobio y el de la república, que no les tratáis como debéis, porque vosotros
también vivís como no debíais, dándoles escándalo con vuestras desazones y
quimeras frecuentes, y con vuestros desarreglos y palabras poco cautas y
decentes seréis juzgados con los inicuos y condenados por toda la eternidad, y
tendréis que sufrir las maldiciones que os echen en los infiernos cuando se
vean condenados también por culpa y descuido vuestro Sí, hijos y súbditos
que tan poco caso hacéis de aprovechar el tiempo, de respetar y obedecer a
vuestros padres y superiores, de estar sujetos a lo que os mandan por vuestro
bien , y de procurar dar pruebas de lo que sois aquí mismo, en este mundo
serviréis de escarmiento a los demás, como otros muchos que finalizan su vida
en afrentosos patíbulos, o sufren el insoportable peso de los grillos y cadenas,
haciendo desgraciada su existencia; y en el otro recibiréis el castigo con los
perversos, y sin fin Sí, por último,
cristianos todos que tan descuidados sois en el cumplimiento de vuestras
obligaciones, que tan poco caso hacéis de que Dios sea en ellas glorificado, y
de lo mucho que podíais ganar para vuestras almas en ellas, como sería si, en
ese trabajo en que le fatigas y sudas, o en ese destino en que padeces tantas
incomodidades, lo sufrieses con paciencia y lo ofrecieses al Señor, para
demostrar que cumplías aquí con tus deberes, y que esperabas la eterna
retribución por ellos; y que finalmente, vosotros mismos conocéis los daños
que os causa vuestra negligencia..... seréis reputados con los mayores
pecadores
del mundo.
Pero yo, Madre mía dulcísima, yo de mi parte y en nombre de todos los que
oyeren o leyeren estas reconvenciones que les hago originadas de la reflexión,
que he formado en este día, acerca del cuidado y diligencia que tuvisteis de
vuestro santísimo Hijo, por cuyo bien tantas penas y aflicciones acometían á
vuestro corazón yo, Señora , prometo la enmienda en cuanto hubiere faltado
hasta aquí, y estimulado con vuestro ejemplo, pondré en adelante el cuidado
más grande por ser fiel en el desempeño de mis deberes Así, Virgen
dolorosísima, me haré envidiable a todo el mundo, admirable a cuantos no lo
hagan; así seré el decoro de la sociedad, contribuiré a su bienestar y
espléndido
acrecentamiento, los que me conozcan me juzgarán como vuestro verdadero
siervo, y vuestras delicias y las de mi Dios serán ponerme algún día a vuestro
lado.

DIA VII.
¡Cuán terrible sería vuestra aflicción Virgen santa! ¡Qué momentos tan
amargos! ¡O pérdida la más sensible y dolorosa del mundo! No habíais aún,
triste Virgen, conocido en vuestro Hijo señal alguna que os indicase estaría
próxima su muerte. No esperabais de manera alguna tan funesto suceso Y sin
embargo, Jesús ya no está contigo Jesús no está como en otras ocasiones
delante de tus ojos, aliviando con su presencia tus penas Ah esto sí que es un
desconsuelo Tampoco era de extrañar, Madre mía, presumieseis que los
pérfidos judíos, movidos de algún estímulo de envidia, hubiesen ejecutado en
él algún atentado ¡Qué ansias qué dudas qué temores os afligen! Como las
cosas que por alguna violencia están fuera de su centro se inclinan a él, así
vuestro amoroso pecho apetecía la vista de su querido y regalado padre,
esposo y señor No perdonasteis diligencias y desvelos hasta encontrarle; no
disteis reposo alguno a vuestro corazón hasta verle y hallarle
¡Digno ejemplo! ¡Admirable lección para nosotros, que habiendo perdido la
prenda preciosa é inestimable de la gracia, nos estamos tranquilos y sin poner
diligencia alguna para buscarla! ¡O desvarío y necedad digna de llorarse con
lágrimas de sangre! ¡Vos, reina de mi vida, no os juzgabais ni teníais por
segura sin vuestro amado Hijo, que era vuestro consuelo y vida, y nosotros,
habiendo visto huir de nosotros a la que nos conduce a la patria feliz , y sin la
que no podemos ver ni gozar al que es la alegría de los ángeles, y forma la
felicidad esencial de los santos vivimos tan sin pena, que parece nada nos falta
y que todo lo tenemos en casa!
Estoy persuadido, Señora, de que no conocemos el estado tan fatal de nuestra
alma en semejante situación, porque si consideramos que sin la gracia de Dios
somos como sepulcros descubiertos que exhalan un fetidísimo hedor vasos de
ira y de maldición mansión de los demonios leños secos y preparados para el
fuego eterno objeto el más despreciable y provocador a los ojos de Dios no
estaríamos un instante sin ella, ni daríamos otra vez cabida al pecado para
robárnosla Si por el 'contrario considerásemos los bienes de esta gracia ; si
reflexionáramos que es un adorno y vestidura imprescindible para entrar en
aquel celestial convite de la gloria; que por ella nos hacemos amigos de Dios,
sus delicias y, si se puede así decir, su embeleso y encanto, no haríamos
tan poco caso ni la miraríamos con tanto descuido. Si escuchásemos a que
Ezequiel nos dice: "Que en cuanto el justo se aparta de su justicia y obra la
iniquidad pierde el mérito de todas ellas, y el Señor no las recordará;" que el
Apóstol nos exhorta a obrar con temor y temblor nuestra felicidad eterna;" y
por último, a lo que él mismo escribe a los de Éfeso: "Tened entendido que
todo fornicador, o inmundo, o avaro no tiene parte en la herencia del Señor,"
no correríamos tan precipitados en pos de nuestros vicios; no amaríamos tanto
los bienes perecederos del mundo; no estimaríamos tanto sus honores y
vanidades; solo la gracia, la gracia solo de Dios tendría el lugar preferente en
nuestro corazón ¿De qué me sirven, Madre y Señora mía, todas las cosas de
esta vida si de la noche a la mañana desaparezco de ella y soy trasladado al
tribunal del Señor, supremo juez de todas mis acciones?
¡O gracia, exclamaré entonces, o gracia, que ahora me eres tan necesaria! ¡O
justificación o inculpabilidad de vida! ¿dónde estás? ¡Los pasatiempos y
vanidades de la tierra me han desamparado, dejándome en manos de mi
condenación! ¡Ven, ven a mí, que contigo alcanzaré el perdón! ¡Pero ah cuán
tarde te pretendo cuando ya no te puedo lograr! Mas ahora que tengo tiempo,
Virgen Santísima, ahora que con esta reflexión me encuentro sumamente
convencido, os prometo no mirarla ya con tanto descuido; si la pierdo o he
perdido por mi debilidad y miseria, la buscaré con el mismo cuidado que vos
al
autor de ella vuestro Hijo Jesús, y no des cansaré hasta encontrarla, viviendo
hasta tanto en un continuo desasosiego; que si así lo hago seré el más feliz de
vuestros siervos, asegurando para siempre mi eterna fortuna.

DIA VIII.
Como que el poseer y gozar María Santísima de su amabilísimo Hijo era la
cosa que en su parecer, como era efectivamente, en cerraba el mayor bien y la
felicidad más grande, como era un tesoro el más grande y de infinito valor , y
como formaba todas sus complacencias y delicias, por consiguiente no debe
causar admiración el verla poseída de dolor y angustias al considerar que
algún día se había de desprender de semejante alhaja, y que se la habían de ar
rebatar de entre sus brazos. Y mucho más si se detenía a recordar el modo tan
bárbaro y cruel con que habían de apagar tan divina luz, y los oprobios que
habían de acompañar a tan abominable acción lo que sí me admira, Madre mía
de mi corazón; lo que sí me admira, repito, es el poco caso que hago de las
lecciones que me dais, y lo poco que me aprovecho de los ocultos arcanos que
en ellas se encierran para mi bien Vos, Virgen santa, os llenáis de amargura al
presentir el fin que espera a vuestro tierno y regalado Hijo, porque es el objeto
único de vuestro amor, y del que recibís tantas gracias y consolaciones y yo,
reina de mi vida, vivo tan descuidado del único bien, de la prenda que más
estimo, y de la que me ha de hacer feliz por toda la eternidad, que es mi alma
¿Y yo, para decirlo más claro, si es que puedo sin llenarme de rubor, hago tan
poco caso de mi salvación y de conseguir que mi alma sea feliz y afortunada
por toda la eternidad?
¡O necedad! ¡O desvío lastimoso! ¿Qué es, pero conseguir de esas honras
porque tanto me afano de esos negocios que tantos desvelos me causan, y por
cuya consecución ni como, ni bebo, ni sosiego, ni descanso? ¿Qué puede ser
más que el aprecio, la distinción y el nombre de los hombres? ¿Qué... más que
el pasar una vida cómoda, sin carecer de nada vivir agasajado, obsequiado,
reverenciado y aun temido? Pero y todo esto, ¿qué vale? ¿De qué me servirá
en aquel momento crítico, en aquel pesado lance de mi juicio? ¡Ah! Si esta
noche escucharé la voz del Evangelio que, como al rico, me dice: Hoy mismo
será la separación de tu cuerpo y de tu alma, y vendrás a dar me cuenta ¿de
qué te sirve todo eso que has congregado, si estás vacío de buenas obras?...
Conozco, Princesa del empíreo, mi insensatez y demencia.... No desprecio ni
un leve consejo de mis amigos cuando pertenece al logro de mis deseos y con
tanta desvergüenza hallo y menosprecio los que me da mi Redentor, hablando
a Marta y en ella a todos los cristianos.... diciendo: "¿Para qué te afanas y
turbas con
tantos negocios, cuando uno solo es necesario?" Oigo clamar á los Profetas en
el antiguo Testamento, a los Evangelistas y san Pablos en el nuevo, y que sin
intermisión me gritan y amonestan el camino que debo llevar, y el negocio
único de mi salvación, en que me debo ocupar con esmero y solicitud, Pero
yo, sordo y ciego, doy más crédito y me guio por mis apetitos y pasiones, que
no al mismo Señor que me vino a salvar. ¿Es posible, alma mía, es posible que
antepongas esa tu pasión, tu tibieza, tu poco recogimiento, tu libertinaje y
desenfrenamiento al consejo adorable de tu Redentor, y a los avisos de tus más
fieles apreciadores? ¿Es posible que prefieras esos bailes, torneos y banquetes,
esas palabras amatorias, esos desahogos livianos, y en suma, tantas culpas y
delitos que te han de perder y condenar sin remedio, a las saludables doctrinas
de los que de veras te aman, y a las tan útiles instrucciones de los que desean
verte glorificada y feliz en su compañía?
Abre, alma mía, los ojos, y aprovéchate de la luz que en esta ocasión te ofrece
tu misericordiosa Madre Expurga y sacude con su ayuda todos cuantos
estorbos te se presentan, y conoce que algún día te alegrarás de haberlo hecho
así. ¡Sí Reina mía, me aprovecharé de vuestras saludables lecciones, que tanto
contribuyen a mi eterna salud! ¿Con qué os podré pagar beneficios tan
inestimables? Por tanto, Virgen mía, os propongo mirar con más interés mi
propia salud ; que si así lo hago me podré gloriar de siervo vuestro en esta
vida, y os acompañaré en premio eternamente.

DIA IX.
Indecible sería el dolor vuestro, Madre mía, en tal situación... No sois vos
solamente, Señora, la que os admiráis de la obstinación de los judíos por no
reconocer en sus acciones tan asombrosas al divino Jesús por el Redentor que
esperaban, sino que yo también extraño una ilusión semejante en obcecarse a
los resplandores luminosos de antorcha tan divina. Culpables eran y dignos de
castigo pero a lo menos eran de poca fe Yo sí , y los demás que nos gloriamos
de católicos, somos culpables, porque ilustrados de tan superior luz, y
enriquecidos con un don tan favorito, vivimos de tal manera , que damos á
entender, o que hemos extinguido sus rayos, o que no queremos apreciarle
como se merece... ¡Tanta gloria que gozamos los españoles de católicos, y tan
poco como lo demostramos! ¿Qué fe es la nuestra? ¿Cuál la fe de los
españoles?
¡Ah! Presumo, que es una fe la más vana é infructuosa una fe exhausta y
amortiguada.... fe inferior a la de los demonios, que al menos creen y se
estremecen Presumo ¿Qué oigo presumo? No, no, fuera esta expresión no es
presunción, es realidad comprobada con los más funestos hechos... ¡Ojalá
fuera una mera presunción! ¡Ojalá me engañase! Hablen nuestras obras ¿Qué
fe es la tuya, criatura infeliz, que, si observas en algo los mandamientos de tu
Dios, si cumples con el precepto anual de confesarte, si vas a misa, si honras y
obedeces a tus padres o superiores, es más por humanos respetos o terrenas
conveniencias, que no porque creas que todo esto es muy conveniente a la
salud de tu alma? ¿Qué fe es la tuya, si cuando recibes al Señor de cielos y
tierra, si cuando asistes al tremendo y adorable sacrificio del Altar, si cuando
concurres a los divinos Oficios es con irreverencia, distracción,
descompostura y profanidad, y con tan poco espíritu, que claramente
manifiestas no hacerlo sino
por pura ceremonia, y sin avivar la fe sacrosanta que te avisa, que te declara,
que te enseña la grandeza, la excelencia é inefable bondad con que tan
accesible se ofrece a tu miseria é indignidad, y te colma de infinitos bienes,
prendas seguras para tu gloria?
¿Qué fe? ¡Ah, y qué dolor! ¿Qué fe es la tuja, insensata, estúpida y bárbara
criatura, si cuando oculto en el Sacramento de la Eucaristía, pero existente y
real como en el solio de su gloria, derramando bondad sale como pan de vida
en forma de Viático para consolar a los afligidos enfermos, te resistes a
doblarle la rodilla, á quitarte el sombrero, a acatarle como merece; te
incomodas si lo ves
reverenciado, ¿y aun tuerces de calle por no encontrarte con él? ¿Qué fe
cuando hemos visto robados los vasos sagrados por manos impuras, y
arrojadas las sagradas formas o por los altares o por los suelos? ¿Qué fe?
¡Dios mío! ¿Qué fe la de muchos católicos que pronuncian las proposiciones
más escanda losas, que enseñan los errores más heréticos, que siembran el aire
con palabras horrendas y sacrílegas contra vos, contra María Santísima, contra
la Iglesia santa y sus respetables ministros, reputando a la religión como obra
de los hombres, enseñándola como ilusión y publicándola como un aborto del
fanatismo y de la superstición? ¿Qué fe? ¡Tiembla la pluma y se resiste a
escribir tales horrores!
¿Qué fe? ¿A dónde, ni para qué proseguir cuando la España llora con lágrimas
de sangre los funestos espectáculos que presenta la prevaricación y el
naufragio funesto cíe la fe en el corazón de muchos católicos españoles?
Concluyamos, Madre mía, conociendo y confesando con mengua y confusión
nuestra, que somos mucho más culpables que los judíos, pues, aunque
aquellos crucificaron al Redentor, no le conocían por tal, Pero nosotros que le
confesamos y reconocemos nuestro Redentor, nuestra salud, nuestra vida y
resurrección, y sin embargo ejecutamos acciones tan sacrílegas, que sin duda
ellos no hubieran hecho si le hubieran conocido ¡O Virgen dolorosísima! ¿Es
este el modo de enjugar vuestras lágrimas y mitigar vuestras penas? ¡No,
Señora mía! Mas si nos enmendamos y reconocemos de tan torpe conducta,
suavizaremos tus aflicciones y consolaremos vuestro corazón así os lo
prometo, Reina de mi vida, en cuanto esté de mi parte: á lo menos por mi
propia utilidad y bien de mi alma, para poder así gozar el título de vuestro
verdadero siervo en este valle, y después besar vuestras hermosísimas manos
en la gloria.

DIA X.
¿Quién es, Virgen dolorosísima, el que causa tanto pesar a vuestro corazón?
¿Quién aumenta de tal manera vuestros clamores y suspiros? ¡Quién ha de ser!
Aquel a Dios que oísteis de la divina boca de vuestro amantísimo Hijo ¡Ay,
Señora mía, ¡que yo soy el motivo principal que os se paró de vuestro
santísimo Hijo por mí se despide hoy de vos yo soy la causa de vuestra
aflicción! ¿Quién lo diría, que vuestro siervo os había de arrebatar la prenda
que más apreciáis? ¿Cuándo se habrá oído semejante atrevimiento? Pero
Reina mía sería yo ingrato y obstinado si prosiguiese en tal consideración, y
no os restituyese el gozo y alegría que os causa vuestro santísimo Hijo Es
verdad que ya no le perdéis de vista pues que le gozáis intuitivamente, pero os
entristecéis, en el modo que cabe, cada vez que le posponemos a las criaturas
y a los apetitos desordenados, no haciendo el aprecio que se merece por
Redentor de nuestras almas y querido vuestro.
Por tanto, Señora mía, y para ejecutar los sentimientos que os dignáis
inspirarme en estas breves reflexiones que en memoria de vuestros dolores
medito y considero vos aquí mismo en vuestra presencia a daros una firme
señal de verdadero siervo, y a despedirme con efecto y de corazón de todas las
cosas que fueron causa de vuestra aflicción y de la muerte de vuestro querido
Hijo ¡Oídme Madre de mi alma, oídme, que ya empiezo con santa resolución
y eficaz propósito! ¡A Dios, honras y deleites que tanto me hacéis ofender a
Dios, a mi Salvador A Dios, respetos humanos, murmuraciones, envidias,
blasfemias y escándalos que habéis sido mis favoritos , y ahora conozco el mal
que habéis causado a mi alma a Dios pereza, poco amor a las cosas santas,
pasiones y vicios que me impedisteis tanto el camino de mi salvación y me
pusisteis á peligro de perderme a Dios, mundo infame , escuela de maldad y
teatro del vicio, que pues me has tenido engañado, te abandono y me aparto de
ti a Dios, en fin, todas las cosas que podáis haber sido causa de la ofensa de mi
Dios, que desde ahora os detesto y me aparto de vosotras! ¡Quiero ser fiel
siervo de mi Señora, y por eso os desamparo y olvido!
María Santísima me ama, estima y quiere como hijo por lo mismo quiero a
ella sola amar, estimar y querer. Ella me prepara bienes eternos por premio, y
vosotros me disponéis un interminable precipicio en paga. Por último, soy su
siervo y quiero cumplir exactamente mis deberes. ¡Consolaos Madre mía
dulcísima, que, si troqué vuestras cadenas tan estimables y dignas de aprecio
por otras despreciables é insufribles, no supe lo que me hice! Mas ahora arrojo
de mí estas para estrecharme con aquellas. ¡Feliz soy con ellas, porque me
guían a mi patria y reino vuestro, y me librarán de los males que padecería en
los abismos por toda la eternidad!
DIA XI.
¡Ay Madre de mi corazón! ¡Qué pesar tan grande experimento en mi alma
¡Qué extraña al paso que sensible admiración ocupa mi entendimiento! ¡Oh!
¿Quién jamás pensaría que de la misma familia y amados discípulos de tan
divino Maestro había de salir un hijo tan ingrato, un discípulo tan desconocido
y un amigo tan falso? ¿Quién jamás llegaría a creer que en un redil de mansos
corderos se abrigaba un lobo tan rapaz e inhumano? ¿Quién, por último,
imaginaria que en tan celestial jardín se cultivaba ortiga tan venenosa? Mas,
¿cuál es la causa, o qué motivo pudo haber para tan inesperada
transformación? ¡Ah Reina de mis potencias, qué doctrina tan importante debo
sacar para mi instrucción! ¡Judas sacrílego, Judas traidor, Judas bárbaro ahora,
y antes era discípulo, amigo y privilegiado por el Redentor! ¿Y por qué? ¿Por
qué? ¡O lección y escarmiento para mí!... Porque no tuvo perseverancia,
porque no continuó hasta el fin en el bien que había comenzado.
Lo mismo que sucedió a otros muchos que comenzaron bien y finalizaron mal;
y lo mismo que nos sucederá si no vivimos con aviso y cuidado, porque solo
está prometida la salvación al que perseverare hasta el fin. Pero ¿cómo es
posible alma mía, ignores tan constante y eterna verdad, cuando aún en las
cosas
temporales ves confirmados sus evidentes principios? ¿De qué sirve comenzar
una obra si no se trabaja hasta verla concluida? ¿Qué aprovechan los trabajos
empleados en ella y los medios que se han adoptado, si no se logra llevarla
hasta el cabo? Después de haberse fatigado un general en ordenar el plan de
batalla, distribuidas sus tropas y facilitados todos los preparativos, ¿de qué
aprovecharía todo esto si en lo más empeñado de la lucha, próximo ya a la
victoria, ya no cuida, deja su actividad, omite sus antiguas medidas, y no se
halla animado del interés que poco ha? ¿Qué adelantamientos serían los de un
médico que llevara muy adelantado el estado de su enfermo por sus
medicinas, por sus observaciones y estudios, si después no volviera más a
verle, le abandonara y descuidase de su restablecimiento ya tan inmediato?
¿Para qué, en fin, trabajaría el labrador afanoso, labrando la tierra y
sembrándola con tantos trabajos é intemperies, si aproximándose la cosecha
no hiciese más caso de ella?
¡Afanes infructuosos! ¡Trabajo perdido! ¿Y te extrañarás, alma mía, te
extrañarás de que, aunque sean muchos tus méritos y tus buenas obras en la
actualidad, si no continúas en ellos hasta el término de tus días todo sea vano,
todo sin provecho y malogrado? ¡Ah! oye sino las expresiones con que, lo que
Dios no permita, te reprenderá y fiscalizará si te condenas aquel supremo Juez
¿Para qué, diría, para qué infeliz criatura, comenzaste a ser virtuosa, a
dedicarte a las obras de piedad y temor santo mío, a la solicitud y cuidado de
agradarme? ¿Para qué, revestida de un celo laudable, te alistaste en el número
de los siervos de mi dolorida Madre, y te consagraste a su servicio y a la
compasión de sus penas? ¿Para qué te mortificaste tanto, renunciando tus
comodidades y gustos, y entregándote a la contemplación y retiro? ¿Para qué,
por último, frecuentaste los Sacramentos instituidos por tu salud y felicidad?...
¡Desdichada! Todas estas cosas te acusan y condenan cada vez más, pues que
inconstante no perseveraste y las olvidaste culpablemente, por lo que
aumentan de grado tu perversidad y malicia ¡Qué desengaños, alma mía, tan
evidentes! ¡Qué razones tan poderosas! Todo esto, Madre de mi corazón,
confirmado con el paradero triste del infeliz Judas, a quien mejor hubiera sido
no nacer, me obliga a vivir desde ahora avisado, a no decaer de las buenas
obras, a ejercerlas hasta el fin ayudado de la gracia de mi Dios que haciéndolo
así no debo temer en manera alguna la conclusión de aquel infeliz apóstol,
sino que por el contrario, perseverando así hasta el fin, tengo seguro salvarme
y gozar por siempre de tu hermosa presencia.

DIA XII.
No es extraño, Virgen angustiadísima, que receléis mucho del porte y malos
modos de los bárbaros judíos, pues los advertís preocupados y frenéticos por
el odio contra vuestro amantísimo Hijo Jesús ¡Cuántos sustos y temores agitan
a los corazones de las madres, cuando sus hijos que están en el servicio de las
armas tienen que entrar en una cruel y sangrienta batalla, con unos enemigos
cuya ferocidad ha llegado a distinguirlos con el dictado de bárbaros, en cuyas
manos son acuchillados los contrarios sin atender a tratados, sin admitir
distinciones y sin remisión alguna! Mas estas, sin embargo, tienen todavía
alguna esperanza, y no desconfían totalmente por depender sus vidas de la
fortuna o ventajas de la acción; pero con todo se angustian y sobrecogen sin
consuelo.
Pues ¿qué habíais de hacer vos Madre la más amante del mundo, sabiendo de
cierto que tenían la victoria por suya unos hombres sin comparación
inhumanos, bárbaros y sanguinarios? ¿Qué confianza habíais de concebir?
¡Ah! Toda su barbarie y obstinación provenía de su orgullo y soberbia Este
abominable monstruo, este principio y raíz de todo pecado, esta pasión
horrorosa y vicio execrable que domina tanto a las criaturas, ¿en cuántas
ocasiones Madre mía, nos hace semejantes a los obstinados judíos? ¿Cuántas
veces, endureciendo nuestro corazón, nos abandona a un porte tan reprensible
como el de aquellos?
¿Cuántas, posesionada de nuestra alma, de clara guerra descubierta a
Jesucristo, a sus instrucciones y a la humildad que nos dejó enseñada? ¡Oh qué
verdad tan funesta! Entronizada en algunas ocasiones la soberbia en nuestra
alma, ¿cuáles son si no los efectos? ¡Dios mío! Si por vuestras soberanas
disposiciones nos habéis constituido en el estado de la pobreza, o por vuestros
incomprensibles juicios no se logran nuestras pretensiones o encargos ¿quién
nos puede ver, ni oír ni aguantar? ¡Qué votos qué por vidas qué maldiciones
qué desesperación! Si nos hacen alguna injuria u ofensa, ¡qué cólera tan
furiosa se enciende en nosotros qué deseos de venganza! ¡Quisiéramos, como
aquellos inconsiderados discípulos, que bajase fuego del cielo para devorarlos!
¡Qué discurrir qué cavilar qué buscar medios para saciar la soberbia! Si por
vuestra inefable bondad nos constituisteis en alguna dignidad, o en la
opulencia y riquezas, ¡qué vanidad qué orgullo qué desdén y menosprecio de
los otros qué superioridad para con los subalternos qué imperio qué modales
tan soeces para tratar á los
pobres desvalidos! Si para nuestro bien del alma y utilidad de nuestros
prójimos nos habéis dotado de algún talento o ingenio particular, ¡qué
hinchazón qué gravedad... qué prurito porque todos lo sepan, lo conozcan y lo
alaben qué rabia si vemos algo igual en otros qué empeño por
desconceptuarle... qué si lo copió qué si se lo dijeron que si no es capaz.
En todas nuestras obras, por último, no respiramos más que soberbia y
vanidad Queremos ser preferidos a los otros que nadie nos resuelle que todo se
gobierne a nuestro antojo Si así sucede, es Dios un bendito y digno de
alabanza; pero si no es un injusto un cruel un qué sé yo ¿Y qué resulta de
esto? ¡Qué dolor causa solo el escribirlo! Lo que dice la sagrada Escritura: "
Entre los soberbios siempre hay desazones se hacen odiosos de Dios y de los
mismos hombres;" son castigados siempre por Dios como Lucifer y, por
último, que es muy suficiente, "es un mal incurable" Alma mía, despierta alma
mía, sal de tu sopor, y vigila para no dejarte sorprender... mira que has de estar
tanto más avisada, cuanto es un vicio que se introduce con mucha sagacidad, y
no se suele llegar a sentir sino de un pronto Advierte que tiene muchos
pretextos para ocultar su veneno el honor el cuidar de su reputación el no
mostrarse cobarde el no dejarlo pasar así el me toca de justicia la satisfacción
son otros tantos pasos y pretextos para llegar a este formidable vicio Ea, alma
mía, al cielo por los caminos de la humildad á consolar a nuestra Madre en sus
dolores, que ningún soberbio puede llamarse con verdad siervo de María, sino
un fiel imitador de los bárbaros judíos.

DIA XIII.
No encuentra, Virgen tristísima, mi consideración un momento de
desconsuelo y aflicción comparable con este, en el cual veis en tan funesta
situación a vuestro muy querido hijo Jesús... ¿Qué esperanzas concebiríais
Madre mía, sabiendo era conducido de un tribunal a otro en manos de tan
perversa canalla, y en poder de hombres tan desalmados? En la meditación
anterior vimos como apenas os quedaba alguna, más en la presente le lloráis
con justa razón perdido ¡Ah! ¡Qué tormento os causarían las pruebas que os
daban de ser muy próxima su muerte! ¡Cuánto la sentiríais! ¿Pero no me será
lícito, Reina de mi corazón, exclamar lleno de júbilo, Oh muerte dichosa, que
librándole de la venganza de sus enemigos y poniendo fin a sus
padecimientos, le vas a resucitar más glorioso, ¿y a abrirnos las puertas del
cielo que nuestra culpa había cerrado? ¡Ojalá que en nuestra muerte
permaneciéramos en el estado en que la del Señor nos constituyó! Quiero
decir ¡ojalá que en aquel trance nos hallásemos dignos de tal
herencia por haber conservado con una vida justa la gracia que nos mereció
Jesucristo! Mas los sentimientos únicos que hoy me animan , son solo los de
tener siempre presente la importancia de una buena muerte No, cristiano, no
debes ignorar que en aquella hora, cuando ya se acabó el tiempo de merecer, si
te hayas acreedora del infierno , has de convencerte con claridad del desprecio
de los pasos tan costosos que hoy ves dar a tu Dios humanado por tu bien, y de
los tormentos y aflicciones que por esta causa oprimen al corazón de su
bendita Madre ¡Cuánto te importa por esta razón el recordar siempre el
momento de tu muerte!
¡Ah! ¡Nótalo muy bien, y repara las muchas dificultades que se oponen
respecto de sus circunstancias! ¡Qué avisos serán estos para tu bien! Si
reflexionas su incertidumbre en cuanto al tiempo, ¡o Dios mío! y cómo puede
suceder en acabando de cometer un pecado me sorprenda y traslade al tribunal
del Eterno o bien sea por la mañana o por la tarde, o por el día o por la noche,
o a los veinte, a los cuarenta, o a los setenta Si consideras el cómo y adónde
¿quién te ha asegurado que no morirás o de un accidente, o de una puñalada, o
cayéndote un porrazo, o ahogándote, o en la cama, en la calle, en el paseo, en
la iglesia, en la visita, según todos los días lo estás presenciando? Si recuerdas,
por fin, lo que sirven entonces las riquezas, los honores, las comodidades y la
fortuna, hallarás que todo se queda por acá, y que de nada te aprovechan
entonces ¿Qué les ha quedado, si no, a tantos generales poderosos y hombres
del siglo, si aunque por
mucho tiempo hayan sido afamados y célebres, el mismo tiempo, que es el
padre del olvido, ha depositado en su tenebroso seno las victorias, los aplausos
y las conquistas? ¿Qué utilidad le ha resultado al rico orgulloso de sus bienes
y cuantiosas sumas, si ahora se quedan por aquí para que los disfruten otros,
sin que les fuera posible llevarlos en su compañía? ¿Qué ventajas le han
resultado al voluptuoso, al rencoroso, al murmurador, al envidioso y al que
tanto aborreció la religión de Jesucristo y sus máximas, de sus vicios y
locuras?
¡Oh! ¡Cuántos en aquella hora desearían no haber cometido tales culpas, y
haber dado oído a tantas verdades como les anunciaron los predicadores y
libros santos! Con que de aquí, alma mía, la consecuencia es muy natural Con
que solo en aquella hora te aprovecharán las obras buenas y santas Con que si
yerras el golpe, entonces tu error es para siempre inevitable Con que según es
la vida así es la muerte Pues desde ahora, Virgen dolorosísima, he de vivir
empleado en tan santo pensamiento A mí no me asustará, Madre mía, porque
estoy seguro de que si vivo bien es el principio de mi felicidad A mí no me
causará pavor como a los que viven olvidados de que ha de llegar, antes por el
contrario me estimulará para obrar bien, y así después reinar en vuestra
compañía para siempre.

DIA XIV.
Pero, Señora mía, no os podrá alguno preguntar, ¿por qué no os retirabais de
aquel sitio, escusándoos de presenciar una escena que tanto dolor y
sentimiento causaba a vuestro corazón? Mas cualquiera sin duda llega a
conocer el objeto y móvil que os obliga a unas acciones de que tan grandes
penas os resultaban Reflexionando atentamente sobre el pesar que recibiría
vuestra alma en aquel acto tan cruel, conozco que era imposible que pudieseis
sobrevivir si no estuvieseis auxiliada por la gracia y virtud de Dios Doctrina
muy útil e importante puedo sacar para mi provecho, cuando hoy advierto la
mansedumbre de mi Dios en un castigo tan descompasado, y la consternación
de mi Reina en
su presencia y a su vista ¿No sería yo, a la verdad, la criatura más desatinada,
si
con tales ejemplos no me animo a buscar, encontrar y abrazarme con la
penitencia?
¡Cristo Jesús sin culpa recibe hoy por la mía tantos azotes! ¡María Santísima
tampoco rehúsa las ocasiones de padecer, queriendo en esto imitar a su
dulcísimo Hijo!... ¿Y yo solo, a quien con más razón corresponde, he de huir
de las ocasiones que me presenta la penitencia y la mortificación? Pero,
aunque quiera yo prescindir de estas que tanto me obligan a abrazarme con
ella, ¿no hallo también otras muy poderosas que me la aconsejan, que me la
persuaden y que me manifiestan su necesidad y utilidad? ¡Cuántos pecados he
cometido! ¡Cuán repetidas han sido mis ofensas contra el cielo! Pues ¿qué
medio para repararlas qué para borrarlas y limpiarme de ellas si no la
penitencia? "Si no hago penitencia cierta es mi perdición eterna," como me lo
escriben las sagradas páginas: y si la hiciere, viviré para siempre, y el Señor se
olvidará de cuantas culpas hubiere cometido contra él.
¡O felicidad! ¡Fortuna incomparable! ¡Cuánto daría un hombre de los que
hubiese incurrido acá en el mundo según las leyes en delito de proscripción o
de muerte, y solo con algunas muestras de arrepentimiento y pruebas de
enmienda los viese absueltos y borrados! ¿Qué hacéis, mortales, que a tan
poca costa no adquirís tan particular remedio? ¿Qué os cuesta ceñiros un
cilicio, castigar vuestra carne con una disciplina, ayunar como es debido y
cercenar el sueño para estar vigilantes en la oración? Pero qué.... ¿Os
espantáis? ¿Tembláis ya horrorizados al oír unos nombres tan inhumanos y
crueles a vuestro parecer? ¿Pues qué hubierais dicho si vivierais en tiempo de
los Antonios, Pablos,
Arsenios, Pacomios, Jerónimos y demás anacoretas? ¿Qué si hubieseis
repasado sus chozas, sus camas, sus vestiduras, sus alimentos y los
instrumentos de mortificación y penitencia?
¿Qué si los miraseis tan flacos y consumidos que parecían ambulantes
esqueletos? ¡Estos sí que meditaban la pasión de su Redentor estos sí que
apreciaban el costoso precio de su rescate! Con todo eso no te escuses no
alegues pretextos, criatura católica, pues no te estrecho yo á tan grande
austeridad aunque debiera muy bien exhortarte a semejantes mortificaciones,
porque la gloria , que era el fin a que se dirigían las de aquellos, es la misma a
que tú caminas, y por tanto lo mismo debes tú trabajar para conseguirla No ,
no exijo de ti tan rígidas penitencias mucho más fáciles son las que te pueden
reconciliar con Dios, y yo me daría por contento si las practicases Calla, deja
esos tratos ilícitos con que tanto ofendes a Dios; evita esas ocasiones que te
hacen caer en pecado ; retírate de esa compañía de perdición; no continúes en
esas murmuraciones tan dañosas al prójimo; sufre, lleva con paciencia el genio
de tu consorte, de tus padres y señores ; no desees vengar tus injurias, abrázate
con humildad con los trabajos que te envié el Señor; tolera las molestias de tu
pobreza, de tu oficio y de tu empleo; despójate de la vanidad y de la soberbia;
arroja esas galas y renuncia las ilícitas y nocivas recreaciones por último, si
tienes un poco de reflexión, conocerás que en estas y otras cosas que tanta
repugnancia te cuestan , puedes ir practicando una laudable y útil penitencia¡
O alma mía, aprende aquí una mortificación y penitencia que desconocías,
¡pudiéndote ser tan fácil! Justo es, Madre mía, que desde ahora comience a
remediar tantos males como ha producido mi culpa Desde ahora os doy
palabra de utilizar tantos medios como tengo para la satisfacción. Y no solo lo
haré por esto, sino que por vuestro amor estoy resuelto a mucho más, con el
dictamen de
mi confesor, para apreciar así la sangre de Jesucristo y el fruto de mi
redención, y para portarme como siervo vuestro.

DIA XV.
¡Que inhumanos, Virgen Santísima qué crueles y desapiadados eran los
judíos! ¡Qué corazón tan empedernido tenían! Porque siquiera al considerar
que al día inmediato iba a espirar con tormentos tan terribles como le
preparaban, debían dejarle reposar en la noche, para que tuviese fuerzas y
valor para sufrirlos A cualquier reo, por gravísimos que sean sus delitos, se le
dispensa una justa conmiseración; pero a este dulcísimo Redentor, que
inocente padece por delitos ajenos, no se le da alivio alguno, ni aun el más
mínimo descanso.
¡Barbarie inaudita! ¡Cruel dad incomparable! Pero si con un poco cuidado
dedicamos nuestra reflexión á registrar o examinar la conducta de muchas
criaturas que son por la misericordia del Señor católicas y no hebreas,
descubriremos con el más profundo dolor que no se compadecen de la terrible
noche que pasó nuestro divino Redentor en la casa de Pilatos. La razón es muy
clara porque solo al recordar nosotros que tal hora, tal día, tal mes o en tal
ocasión nos sucedió algún infortunio o calamidad, bien presente lo tenemos y
muy bien nos lo representamos cuando llega Pues siendo esto efectivamente
así, ¿ no podremos asegurar con lágrimas en nuestros ojos que hay muchos
que se dicen cristianos , que no se compadecen de la terrible noche que sufrió
nuestro inocente Jesús y su contristada Madre? ¿Qué es, si no, infelices, lo que
muchos piensan y en lo que emplean las noches, cuya oscuridad, cuyo silencio
y cuya ocasión les recuerda aquella noche tan terrible para el Redentor y tan
fatal para su tierna Madre? ¿Las emplean por ventura en leer algún libro
devoto u honesto é instructivo en rezar con la familia el rosario u otras
devociones, en coser, en algún juego o lícita recreación o en algunas cosas
semejantes, tan propias de un buen cristiano u hombre de bien? ¡Ojalá que así
fuera!
¡No tratamos aquí Virgen Santísima, ni hablamos indiferentemente con todos,
porque afortunadamente se hallan buenas almas, fieles y exactos Servitas, que
saben recordar los padecimientos de aquella noche funesta, y emplearse en
obras de virtud y de piedad! Nos lamentamos, sí, con el más profundo
sentimiento de otros muchísimos, que las emplean en tertulias ilícitas, donde
la conversación favorita es la murmuración, la disolución, ¡la lascivia y el
libertinaje de las pasiones! ¡De aquellos que las emplean y consagran a unos
espectáculos de inmoralidad y disipación, aprendiendo en ellos, no el
pundonor, la sencillez y la virtud, si no los inicuos tratos, los impuros amores,
la
infidelidad, el crimen y la maldad, en mascarados con el más paliado disfraz
de inocencia y rectitud!
¡O peste digna de ser deplorada! ¡O insensatez y necedad! ¡No ha de haber
dinero para dar una limosna a un pobre, para socorrer a una afligida doncella,
para aliviar a un necesitado enfermo, u otras obras de que tanto bien resulta a
las almas, y sí para contribuir tan locamente a nuestra perdición y a la de los
demás! Otros las dedican a la concurrencia a los bailes, y á excitar contra sí la
maldición de Dios que irritado clama: "¡Ay de vosotros, bailarines, pueblo
cargado de iniquidad" ¡Y todavía hay quien los defienda, todavía quien los
sostiene por justos y sensatos! ¡Locos ignorantes no queráis cohonestar lo que
terminante mente el cielo abomina y repudia! ¿Cómo se hubieran seguido de
ellos tan funestas consecuencias si fueran tan inocentes como suponéis?
Mientras que Moisés estaba en el monte recibiendo la ley del Señor, se levanta
el pueblo a bailar al rededor del be cerro que había formado, y el mismo Dios
le dice: "Baja, baja al instante, Moisés, que el pueblo me está ofendiendo.
Baile
inocente y honesto era el que formó la hija de Jepté para salir a recibirle
cuando volvía vencedor; pero tuvo que sufrir la muerte de él mismo, para
cumplir la palabra que había dado a Dios cuando se halló en peligro, que fue
sacrificarle lo primero que hallase al entrar en su casa, si volvía a ella
triunfante Baile inocente era el de la joven Herodías, y de él resultó la muerte
del Bautista.
Pero ¿a qué más pruebas que las que todos los días experimentan sus
prosélitos y concurrentes en los efectos tan nocivos para sus cuerpos y para
sus almas? Para sus cuerpos, pues gastan sus dineros en las joyas, en los
adornos y en las galas, se fatigan toda una noche con movimientos violentos,
se ven flacos, consumidos , enfermizos y sin salud para sus almas , porque se
encuentran cargados de pereza y gravados por el desenfreno, incapaces para
frecuentar los sacramentos de vida eterna;