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DESDE LAS TINIEBLAS DEL OLVIDO

Los universos indígenas en Juan de Castellanos.

Juan Marchena F.

Sevilla, Cartagena, Lisboa, 2005

EDICION BASE:
Juan Marchena F., Desde las Tinieblas del Olvido. Los universos indígenas escondidos
en la crónica americana de Juan de castellanos, Ed. Planeta, Caracas, 2008, y
Academia de la Historia de Boyacá, Tunja, 2005.
A la belleza de la esperanza, en tiempos difíciles.

A todos los pueblos indígenas de América y


a todos los pueblos de Colombia.

A Angélica Medina y a su abuela, que le enseñó


a amar la tierra de los Uitotos y sus ocultos universos.

A todas y a todos los que, como Juan de Castellanos,


tuvieron que navegar un océano de siglos para que
se les reconocieran sus trabajos y sus méritos.

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- Presentación: Sobre libros peregrinos y libros olvidados. 5
- En busca del tiempo perdido: Juan de Castellanos. 15
- La región más transparente: Hablando de la tierra y la belleza. 65
- El apogeo del espanto: Un mundo perdido para siempre. 99
- Sobre héroes y tumbas: Pueblos de superbísimos plumajes. 139
- El Reino de este Mundo: El esplendor del tiempo antiguo. 207
- Todos los Nombres: La voz antigua de la tierra. 265
- Magias y maravillas: El hombre que sabía contar cuentos. 288
- Cuatrocientos años son nada. 330
- Bibliografía. 334
- MAPAS. 62

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JUAN MARCHENA FERNANDEZ.
jmarfern@upo.es

Doctor en Historia Latinoamericana (año 1979). Catedrático de


Historia de América en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.
Director del Área de Historia de América en esa Universidad. Fue
vicerrector de las Universidades Internacional de Andalucía (La
Rábida), de la que fue fundador, y de la Univ. Pablo de Olavide de
Sevilla. Actualmente es Director del Programa de Máster y
Doctorado en Historia Latinoamericana en dicha Universidad.
También es co-Director del Programa de Postdoctorado en Historia
Andina en la Universidad Andina Simón Bolívar (Parlamento
Andino) en Quito, Ecuador. Asesor Internacional en el Doctorado en
Historia de Rudecolombia, Colombia, y Director del Maestrado en
Historia, Territorio y Frontera en la Universidad Federal de
Rondonia (Brasil).
Autor de más de cien trabajos de investigación publicados en
España, Europa, Estados Unidos y América Latina. Autor en algunas
de las principales obras de referencia de historia Latinoamericana:
Historia de América Latina de UNESCO (París, 2004), Historia
Andina (Quito, La Paz, 1997-2012), Historia de España de
Menéndez Pidal (Madrid, 2001) e Historia de América Latina. De
los orígenes a la Independencia (Editorial Crítica, Barcelona 2005).
Pertenece a numerosos consejos académicos y de redacción de
prestigiosas revistas de investigación internacionales del JCR.
Premio Nacional de investigación en España, 1992. Investigador
principal en diversos proyectos de la Junta de Andalucía (I+D+I), del
Ministerio de Educación español y de la Unión Europa.. Ha recibido
diferentes distinciones honorificas por las universidades de Potosí
(Bolivia), Trujillo (Perú), Cuzco (Perú), Pinar del Río (Cuba) y
Universidad Nacional del Centro del Perú (Huancayo), y el
doctorado Honoris Causa por las Universidades Andina Simón
Bolívar (Quito), Cartagena (Colombia), Catamarca (Argentina) y
Universidade Nova de Lisboa. Profesor Visitante en universidades
de Francia, Alemania, Inglaterra, Portugal, Estados Unidos, México,
Cuba, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Chile y
Argentina. Desde 2007, miembro de la Academia de Historia del
Ecuador, de la Academia Boliviana de Historia y de la real
Academia de la Historia de España. Miembro del comité científico
del CHAM (Centro de História de Além-Mar) de la Universidad
Nova de Lisboa.
Ha sido director de programas de investigación y cooperación en la
región Andina y el Caribe desde 1979, de UNESCO, CEPAL, de la
AECID, de la OEI, del PNUD, del Ministerio de Educación español,
en Bolivia, Perú, Ecuador, Argentina, Brasil y Colombia. Es
Coordinador de varias redes interuniversitarias entre España y
México, Ecuador, Uruguay, Brasil, Colombia y Bolivia de la
Agencia Española de Cooperación Internacional. Investigador
Principal en el proyecto “Memorias de la Insurgencia”, en
colaboración con el Centro Nacional de Historia de Venezuela.
Profesor en la Maestría de estudios Ibero-Americanos en la
universidad de Libreville, Gabón. Miembro del Consejo Mundial
José Martí de Solidaridad Internacional de Unesco. Actualmente
dirige programas de investigación y formación en Ecuador, Perú,
Colombia, Bolivia, Brasil y Gabón.

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Presentación: Sobre libros peregrinos y libros olvidados.

Este libro, como todos los libros, es deudor de otros que le precedieron, y
también de muchas personas. Y de muchas palabras que vienen de lejos, de atrás, de
otra estación. Cada palabra, escrita o pronunciada, ha sido escrita y pronunciada por
tantos y por tantas antes de nosotros que no podemos sentirnos dueños de las
mismas, sino eslabones de una larga cadena de usuarios; una cadena que se difumina
hasta perderse en la neblina del tiempo. Ciertamente, cuando las escribimos, cuando
las pronunciamos y las usamos, las viejas palabras que ahora tejemos en cada frase
cobran nueva vida, como si les insufláramos un ánima inédita; pero no por ello son
nuestras, siempre nos las dejan a deber.
Con los libros sucede algo parecido. Frente a mi casa en Sevilla, en la vieja calle
de la Imprenta, existió por años el taller del editor Jácome Cromberger. Allí, una placa
de mármol nos recuerda que de sus hábiles manos manchadas de tinta surgieron, casi
por ensalmo, las más bellas ediciones de principios del S.XVI; los libros más “raros y
peregrinos” porque, como con ansia de tierra y mar, fugaron de la imprenta a recorrer
largos caminos, cruzaron los océanos y trajinaron el cada vez más dilatado mundo.
Libros peregrinos y colmados, henchidos, de palabras que desde entonces, y danzando
de mano en mano, han nutrido nuestro universo y han contribuido notablemente a la

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construcción del pensamiento que nos ilumina. Por eso, este libro, como todos los
libros, es deudor de los muchos libros que peregrinaron hasta él, salvando el tiempo, la
estación y el espacio hasta alcanzarlo.
De unos más que de otros, desde luego. Este libro es deudor, en primer lugar y
sobre todo, de aquel que escribiera durante cuarenta años en los fríos de Tunja, en
una casona próxima a la Plaza de Armas, un avejentado por la vida y atravesado por los
recuerdos poeta andaluz llamado Juan de Castellanos. Autor de un libro de nombre
bastante pomposo: Elegías de Varones Ilustres de Indias. Una obra, en principio, de
aterrador volumen y contenido: nada menos que 113.609 versos endecasílabos
enlazados en octavas reales; con seguridad el más largo poema escrito en lengua
castellana. “La obra de más monstruosas proporciones que en su género posee
cualquier literatura”, y “pesadísima y farragosa”, gruñó refiriéndose a ella el ofuscado
polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo, haciendo honor a su escasa indulgencia con
todo lo que, según él, se apartaba de los cánones. De todas formas, en estos tiempos
nuestros malos sin duda para la lírica, en los que la poesía casi ha desaparecido por
completo de nuestras vidas literarias y cotidianas, y en los que la prosa de ferretería
inunda los anaqueles de las librerías, es cierto que semejante retahíla de estrofas
parece de imposible digestión aún para los más pertinaces, constantes y pacientes
devoradores de literatura; y dadas, además y sobre todo, las magnitudes oceánicas del
texto. Al menos eso es lo que se percibe en una primera aproximación al libro de
Castellanos
El propósito aparente de las Elegías, ensalzar a la generación de conquistadores
y en buena parte destructores de la población que habitaba el continente americano
antes de la llegada del Almirante Don Cristóbal, puede producirnos, además, un
desagradable rechazo. Los resultados de las violencias de aquellos cuyas historias se
guardan en el libro, han sido lo suficientemente contundentes como para que
pensemos en delietarnos con su elogio y glorificación. Y de un modo más sentido si,
como yo, el arriesgado lector de tamaña obra se muestra substancialmente en
desacuerdo y oposición crítica ante el “nuevo mundo” que forjaron los elegíados
“varones ilustres”; un mundo que, andando el tiempo y por avatares del destino y la
mano de otros hombres no menos “ilustres”, aun pervive lamentablemente entre
nosotros con todo su lastre de injusticia e iniquidades.
El deseo de tantos como escribieron sobre estos trágicos sucesos de la
conquista por Occidente del mundo americano, de la que fueron actores y testigos, fue
dejar memoria, recuerdo imborrable de todo aquello; evitar el olvido de sus gestas y
proezas, por más que se tratara de una historia terrífica, en la que los verdaderos
protagonistas fueron la demencia, la crueldad, la desmesura y la inhumanidad. En este
sentido, Juan de Castellanos no parece separarse un ápice de sus contemporáneos, de
los demás cronistas y apuntadores que escribieron sobre estos hechos, sobre un
tiempo de guerra brutal y desalmada. Hechos y tiempo que, mírese como se miren,
constituyen un sangriento drama cuyo recuerdo se asemeja a la flama que brota de un
horno encendido. Como escribió Walter Benjamin en El Libro de los Pasajes, y tal como

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en el cementerio de Portbou una lápida recuerda, “no existe ningún documento de
cultura que no lo sea al mismo tiempo de la barbarie”1.
Pero, a pesar de todo lo anterior, lo extraordinario de la obra de Juan de
Castellanos está en el secreto que oculta. Y bien profundo y recóndito que está,
entreverado en sus infinitos endecasílabos, en sus más de 14.000 octavas reales y en
sus miles de otros versos sueltos. Un secreto que merece la pena develar. La
experiencia me ha enseñado que algunas obras esconden la más preciada de las joyas
entre lo que parece ser una liturgia de escorpiones; y ésta es una de ellas. En descubrir
este secreto he empleado algunas horas de muchos días, y en las páginas que siguen
intentaré sacarlo a la luz.
Detrás de todo este inmenso aparato de elegías, de este mamotreto que pocos
han leído desde que se escribió, se guarda celosamente la que seguramente puede ser
una de las obras literarias más interesantes del S.XVI, en la que el castellano americano
parece tener su nacimiento, mixturando palabras y expresiones nuevas hasta constituir
un cuerpo inédito, exuberante, vivo y palpitante, que, como con ansia de crecer, viene
desde atrás empujando hasta nuestros días. Se esconde también una de las denuncias
más terribles contra este tiempo de fuego y hierro que destruyó y arrasó un universo
de culturas y sociedades en todo el continente americano, muchas de las cuales ni
siquiera conocemos por sus nombres y menos por sus hombres y mujeres; se esconde
igualmente un canto de alabanza a la belleza, a la nobleza, a la valentía, a la
imponencia, a la riqueza en todos los sentidos, de aquellas culturas y aquellas
sociedades destruidas por la acción civilizadora de Occidente entre 1492 y 1600; un
canto al esplendor de la naturaleza americana, a su geografía, a sus extremos, a sus
grandezas, a lo que le era propio, y a la que no por extraña al viejo mundo tenía que
ser menos digna de ser ensalzada y comprendida; además, se esconde una mirada, una
forma de ver la realidad, la mirada de Juan de Castellanos, que nos asombra por
proceder de un tiempo de violencia donde los ojos solo parecían servir para posarse en
la riqueza, la ambición, el lucro, el interés y la avaricia; se esconde también un
poderoso raudal de informaciones y descripciones sobre las culturas indígenas que
poblaban buena parte del continente en 1492, con una enorme cantidad de
precisiones etnológicas que muestran su riqueza y esplendor, y que sin duda pueden
ser de gran utilidad en nuestros días para cuantos intentan conocer, desde la
arqueología, la historia, la etnografía o la lingüística, aquel mundo desaparecido para
siempre; se esconde igualmente una historia personal, la del mismo Castellanos, que
fue relegado, olvidado y casi desaparecido también en una España Imperial, debido
precisamente a su interés por narrar lo que él consideraba era la verdad, la que no
debía ser ocultada ni deformada, en un tiempo difícil para las verdades y los
reconocimientos; y se esconde, por último, una fantástica colección de historias,
individuales y colectivas, que hacen de las Elegías un repositorio de cuentos y relatos,
sin duda el primero en su género en la literatura americana, donde realismo, magia y
1
- Benjamin decidió suicidarse en Portbou, pequeña localidad de la costa catalana, en
1940, antes que caer en manos de la Gestapo, de la que huía, y ante la negativa de las
autoridades de Franco a autorizar su ingreso en España y salvar así su vida.

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maravillas no solo se dan la mano, sino que conforman el núcleo central del relato. Lo
real maravilloso tuvo aquí y desde entonces ámbito donde afincarse y florecer.
Y sigo explicitando deudas. Soy deudor de cada una de las ediciones de las
Elegías, fragmentarias en su totalidad hasta hace relativamente poco tiempo. De todas
aprendí mucho. Desde el viejo manuscrito que Castellanos envió a Felipe III en 1601,
de letra prolija y pluma grácil; los conservados en la Colección Muñoz de la Real
Academia de la Historia de Madrid (num. 70 y 71); y los que se guardan en la Colección
de Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid (mss.3022). Deudor soy también
de las sucesivas impresiones que he podido manejar: la de Madrid de 1589, realizada
en vida del autor (solo la primera parte de las Elegías), salida de la casa de la Viuda de
Alonso Gómez, Impresor de Su Majestad, otro de los viejos editores de “libros
peregrinos”; la de Rivadeneira, también en Madrid en 1847, en la Biblioteca de Autores
Españoles, conteniendo casi la totalidad de las tres primeras partes de la obra, con
prólogo de Buenaventura Carlos Aribau; la de Joaquín Acosta, un año más tarde en
París, acogiendo la Historia de la Conquista de la Nueva Granada, otro fragmento; la
cuarta parte de las Elegías, publicada por Antonio Paz y Meliá en la imprenta de
Antonio Pérez Dubrull, en el Madrid de 1886, e incluido en la colección de escritores
castellanos; la edición de Ángel González Palencia del fragmento titulado Discurso de
Francisco Drake, hasta entonces inédito y desgajado de la obra, también en Madrid en
1921; por fin la primera edición completa de todo el texto, publicado en Caracas
durante 1930-32, realizada por Caracciolo Parra León, casi trescientos años después de
haber sido escrito; la de Jorge Luis Arango y Miguel Antonio Caro, auspiciada por la
Presidencia de la República de Colombia, en cuatro volúmenes, que vio la luz en
Bogotá en 1955; y por último, la más consumada a mi entender, la de Gerardo Rivas
Moreno, que vio la luz en Cali en 1997, con formidables índices realizados por
Cristóbal Acosta Torres, y a la que pertenecen todas las referencias para la localización
de los fragmentos de las Elegías que aquí aparecen.
Deudor también me hallo de un importante número de trabajos sobre la obra
de Castellanos que han realizado diversos especialistas en literatura, gramática,
lingüística e historia de la lengua, como Manuel Alvar, Giovanni Meo-Zilio, José María
Vergara y Vergara, Ulises Rojas, Marcos Jiménez de la Espada, Mario Germán Romero,
Pedro Henríquez Ureña, Miguel Antonio Caro, Enrique Medina, Germán Posada Mejía,
Enrique Otero d’Costa, Rivas Sacconi, Isaac Pardo, Francisco Esteve Barba, Gerardo
Rivas, Germán Arciniegas, Jorge Orlando Melo, Luis Fernando Restrepo, Vicente
Reynal, María Teresa Babín, Álvaro Félix Bolaños, Pedro Gómez Valderrama o
Guillermo Céspedes del Castillo, entre muchos otros, en Madrid, Florencia, Tunja,
México, Caracas, Puerto Rico o Bogotá. Deudor igualmente soy del excelente prólogo
realizado para la edición de Gerardo Rivas Moreno por Javier Ocampo López, de las
Academias Colombianas de Historia y de la Lengua, y del Instituto Universitario Juan de
Castellanos de Tunja; en deuda me siento también con el reciente trabajo de Mercedes
Medina de Pacheco, de la Academia de Historia de Boyacá, sobre las mujeres que
aparecen en las Elegías.

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Me siento especialmente deudor de un libro apasionante y cuya lectura
recomiendo enfáticamente por muchas razones: me refiero a la obra de William
Ospina Las auroras de sangre, publicada en Bogotá en 1999 por Editorial Norma y el
Ministerio de Cultura colombiano. Ospina y yo coincidimos en el tiempo y en el tema.
Él en Bogotá, y yo en Sevilla y Cartagena -donde dictaba varias conferencias en su
universidad sobre la belleza escondida del canto de Castellanos-, devoramos cada uno
por su lado los infinitos e intrincados versos de Don Juan, tratando de desentrañar sus
secretos. Ospina también había quedado fascinado como yo –y atrapado, cómo no-
entre los laberínticos endecasílabos. Él mismo comenta que Castellanos es “iniciador
de una de las literaturas que hoy conmueven al mundo”. Sin duda es cierto. Pero más
allá de esta apreciación, Ospina encuentra en su relectura de las Elegías, en el rumor
de violencia que encierran sus páginas, en su materia corpórea y textual urdida de
horror, muerte y destrucción, las auroras de sangre de la realidad colombiana; algo
que casi espanta, como si se tratase de una predestinación cuajada en la misma
conformación del Nuevo Mundo fundado por la conquista; como si lo terrible llegara
hasta nosotros en forma de irrenunciable herencia del pasado. Auroras de sangre que,
si bien hay quien considera que convendría olvidar, pasando voluntaria y rápidamente
página, William Ospina en cambio propone no olvidar, sino rescatar, traer, acercar,
detenerse y mirar: abrir los ojos. No puedo menos que insertar aquí un fragmento de
su reflexión, que me parece conmovedora y reveladora del impacto de las Elegías en
nuestro mundo:

"Descubriremos, como han tenido que descubrir todos los pueblos y todas las
generaciones, que no se trata de olvidar sino de comprender; que las tragedias sólo se
superan de verdad cuando se puede hablar serenamente de ellas; que todo lo que
permanece silenciado nos persigue y nos tiraniza, nos agota en la indignación y en la
impotencia; que la única reconciliación es con nosotros mismos, disolviendo los
bandos rencorosos que fluyen por los ríos de la sangre, para que podamos entrar en el
futuro con fortaleza y orgullo. Y el rumor infinito de las Elegías nos dirá para siempre
que el único lenguaje posible de la alianza es el lenguaje misterioso de la memoria y
del canto”2.

El canto. Pese a todo lo anterior, surge el canto, la poesía, la belleza. Qué


curioso, llegar por distintos caminos a similar conclusión. Porque “arrimado a la
verdad”, como deseaba escribir, Juan de Castellanos va instalando en sus versos, como
sin pretensión pero con fuerza, la belleza, la austera belleza, la hermosa belleza del
mundo americano. Esta fue la puerta que me permitió ingresar a la oscura galería que
conduce al secreto escondido en las profundidades del olvido. Es cierto que, siguiendo
la cascada de endecasílabos, en tropel desenfrenado, como huayco torrentoso de lodo
y piedras que se despeña por una quebrada en los Andes, de la mano de Castellanos el
lector se introduce mundo americano adentro acompañando a las sucesivas oleadas
de asaltantes europeos que se internaron en aquel universo; como Conrad,
penetramos hacia el corazón de las tinieblas: un mundo impío de sangre y destrucción,

2
- Las auroras... Pág. 398.

9
un vendaval de fuego. El horror. Lo que otro poeta español, Miguel Hernández,
abrasado por la violencia de una guerra civil despiadada y cruel desatada muchos años
después, definió como el apogeo del espanto. No olvidar el infierno parece
proponernos Juan de Castellanos con su obra, y abunda en detalles a tal fin, como el
episodio del páramo de Pamplona donde la muerte se ocupa del que se detiene y del
que huye, y se ríe de todos ellos enseñándoles los dientes, en una risa sardónica: esa
risa es la divisa de la muerte, concluye (Elegías, pág.4003). Pero a su vez, en medio del
barullo de la violencia (“brama la tierra con mortal gemido”-704-, escribe sobre la
entrada de Pedro de Heredia en el pueblo de Turbaco, cerca de Cartagena), Juan de
Castellanos, como interpretando un solo de violín audible a duras penas entre el
fortísimo de la batalla, va tejiendo entre sus versos un canto a la belleza, a la nobleza
del mundo destruido, como curando heridas, como una queja de amor, como con
ansia de restauración.
Él escribirá repetidas veces, de nuevo escondido entre los versos, que aquellos
años perdidos del pasado violento fueron inútiles. No los añora. Su corazón sin furia
administra los recuerdos y los deposita en palabras: “Los pocos baquianos que vivimos
/ todas aquestas cosas contemplamos, / y recordándonos de lo que vimos, / y como
nada queda que veamos, / con gran dolor lloramos y gemimos, / con gran dolor
gemimos y lloramos. / Miramos la maldad entonces hecha / cuando mirar en ella no
aprovecha”(39).
Debió permanecer encorvado durante horas sobre la mesa donde escribía,
quizás encogido sobre sí mismo ante el frío del páramo tunjano; encorvado sobre las
palabras, pasando la vida sobre el corazón, anota Ospina, que es como se escriben las
memorias; seguramente llorando en privado: “Y ansí, de ver en poco tantos muertos /
de lágrimas arroyos van abiertos”(400). Aquel hombre, que sobre todo sabía mirar,
acabó por hallar la medida de lo humano años después, cuando comenzó a escribir. Y
aquel forastero en tierra extraña acabó por hacerse de ella; no hacerla suya, sino
hacerse de ella, que es bien distinto. Aunque para lograrlo hubiera de limpiarse, expiar
su culpa, y, usando el tesoro de las palabras, ennoblecer aquella tierra, nuestra tierra,
nuestro mundo, llenándolo de colores, de sonidos, nuevos para él y para todos
nosotros. Por eso, el secreto, el gran secreto escondido en las Elegías, es la pintura, la
narración, la descripción –haciéndolas llegar a nosotros, al lector, a quien hace muchas
referencias, como con aire de sencilla complicidad, a quien hace depositario de su
historia- de la belleza del mundo nuevo, de su naturaleza, sus paisajes, su flora y su
fauna; y sobre todo la de sus gentes, sus habitantes originarios, valientes, nobles,
luchadores incansables y hasta la muerte por su libertad, por su tierra, por sus
costumbres. Como él mismo indica: “Porque estos indios son ahidalgados / y guardan
amistad si la prometen; / gentiles hombres, bien proporcionados, / prudentes en las
cosas que acometen”(733). Su gran secreto fue que pudo legarnos la belleza y la
rebeldía de un mundo que él mismo, en compañía de otros, se encargó de destruir.
3
- En adelante, las referencias que aparecerán entre paréntesis tras un texto
entrecomillado de las Elegías, indicarán su ubicación en la edición de Gerardo Rivas
Moreno.

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Releyendo los sonetos de Francisco de Quevedo, escritos muy pocos años
después de la muerte de Don Juan, un mismo y desalentado tono vital parecen destilar
ambos autores. Uno de estos sonetos quevedianos, Desde la torre, viene a reflejar,
quizás, la actitud de Castellanos escribiendo en el silencioso sosiego de su casa de
Tunja: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, /
vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”.
A Juan de Castellanos le ha sido negado por algunos críticos y estudiosos su
misma cualidad de poeta. No solo en su tiempo, donde escasamente pudo ser
conocido porque tal cosa fue impedida: su obra apenas causó mayor impacto entre los
pocos que la leyeron, cuando no resultó rotundamente anatemizada por una crítica
basada en la normativa clásica y dogmática propia de la época. Sin contar con que,
algunas frases suyas, en contra de la gloria y “la gesta americana”, sonaron como
cañonazos en el corazón de un imperio empeñado en ser grande y plusultrista: “Si
fuesen más al claro mis razones / vendrías a taparte los oídos, / tratando de jueces
mocetones / grandes de gorra, largos de vestidos / que salen solemnísimos ladrones, /
desvergonzados, sucios, atrevidos, / que no hayan en la ley más fundamento / que sus
antojos, gustos y contentos. / Unos vienen con sed de los infiernos / y tal cosa no se les
escapa; / otros con grandes cofres de cuadernos / que son de necedades gran
solapa”(93). O sobre los funcionarios de gobierno, de quienes dice que “y ansí ya por
derechos o cohechos / no fueron los menores los provechos”(608). Se explica de este
modo, aunque luego abundaremos en ello, que la obra completa viera la luz muchos
años después de haber sido escrita.
Andando el tiempo, cierta crítica americana apeló al españolismo del autor
para no considerar a Castellanos y a su obra como algo propio, y olvidarlo en el rincón
de los extranjeros. Otra crítica española, también ceñida a su propio nacionalismo
encorsetado, lo consideró un “exótico” “impracticable” que llenaba de extrañas
palabras indígenas sus enrevesados versos, “poblados de prosaísmos y de muy difícil
lectura”, como escribió el polígrafo citado más arriba. Pecado por el que debía ser
olvidado y relegado a dormir un sueño de siglos en los estantes de la extravagancia,
dictaminaron desde la Academia. Nada extraño: ya sabemos que la poética española
se ha inclinado tradicionalmente a la abstracción, en la que el gongorismo, por
ejemplo, ha mantenido sus más encendidos cultivadores y ha arrancado los más
entusiastas aplausos. Sin ir más lejos, otro tunjano-santafereño, Hernando Domínguez
Camargo, seguidor de Don Luis de Góngora y Argote, sí es admirado como el gran
poeta colombiano del S.XVII. Una obra similar y contemporánea, Os Lusiadas, de Luis
Vaz de Camôes, fue considerada en el reino portugués la obra cimera de su
generación, y su autor elevado a la cumbre de las letras lusitanas. Incluso otro libro
como La Araucana de Alonso de Ercilla, igualmente de parecida factura, fue apreciado
como “excelsa composición”, y su autor asumido como uno de los más eximios
representantes de la literatura española de la época.
La poética de Castellanos es, por el contrario, de otra textura, donde la riqueza
léxica está al servicio de lo que quiere narrar y no al revés: un vitral de infinitas teselas
con vida propia al que hay que contemplar en su integridad para descubrirlo en toda

11
su belleza; y, dejando aparte el plomo de las junturas, detenernos en las irisadas
formas y en el color de las pequeñas pero innumerables piezas que lo componen. En
ellas está la mano y la pluma de Castellanos, rasgueando el papel durante cuarenta
años, encorvado sobre las palabras, sin azar, con voluntad en cada frase, así
compuestas y ahí ubicadas por su expreso deseo, sin apenas concesiones al estilo o a la
rima, sacando, extrayendo, mimando, las palabras del infinito cajón de un nuevo
idioma compuesto por voces y términos castellanos e indígenas, chibchas, muiscas,
cenúes, caribes, taironas, aruhacas, quechuas, incluso nahuatl... Al servicio de una
historia donde nada había de inventarse porque, sin necesidad alguna de invención, el
mundo que los europeos consideraban lejano e inasible se hacía presencia: real,
limpio, traslúcido. Y en la que la orgía de sangre y destrucción que otros querían
ocultar aquí se mostraba nítidamente, sin vendas ni otras máscaras.
¿Ficción? ¿Realidad? ¿Qué decir de la mágica realidad escondida en el pasaje
de la llegada a Santa Marta de un barco cargado de ávidos expedicionarios de oro y
perlas (gente “chapetona”, señala ya Castellanos -554-), algunos de ellos mujeres? Hay
que esperar cuatrocientos años más para hallar en Cien años de soledad un relato
semejante, donde la aparente ficción se construye desde la realidad: “¿Dónde está la
ciudad rica por fama / que Santa Marta dicen que se llama?”, preguntaron unas damas
españolas al bajar de los navíos y hallarse en medio de un rancherío de barracas de
palma y bahareque, perdidas entre los vientos del desierto costeño. La respuesta de
aquellos hombres samarios a las doñas que se mofaban de su pobreza, es magistral en
la pluma de Castellanos: “Señoras, la ciudad es invisible, / la cual tiene muralla
transparente / a los grandes calores convenible / y más para recién venida gente... /
Tampoco podréis ver los aposentos / porque son hechos por encantamientos”, donde
“todos corremos con deseos / de fajar con Angélica la Bella / y metelle las manos por
los senos / do se suelen hallar joyeles4 buenos”(558). ¿Angélica la Bella o Remedios la
Bella? Probablemente la misma, la que para entonces ya andaba escondida entre los
guaduales, los manglares y las yaretas de la ciénaga de Santa Marta, provocando
encendidas evocaciones entre los vecinos. La magia de la belleza, como un sortilegio,
era ya parte inseparable de la realidad apenas en 1540.
Pero decía que soy deudor también de muchas personas que me han animado
y ayudado en esta empresa de navegar endecasílabos infinitos. Quiero manifestarme
en deuda con Javier Ocampo López, de quien me siento orgulloso por haber recibido
su magisterio, como profesor y como amigo. Aún recuerdo sus manifestaciones
reiteradas de alegría visitando la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves de Alanís, en
la sierra norte de la provincia de Sevilla, lugar de nacimiento de Don Juan, donde pude
acompañarlo en procura de datos sobre Castellanos; o su agilidad juvenil, trepando a
una de las torres del castillo medieval que domina el pueblo, junto con más de una
docena de arriesgados estudiantes, a pesar del peligro de una caída múltiple que
conduciría al hospital a la temeraria expedición. Javier Ocampo, uno de los mejores
conocedores de la obra de Castellanos y empeñado ahora en la rehabilitación de su
casa, a espaldas de la catedral de Tunja, fue quien se encargó de que la Universidad
4
- Conjunto de joyas, puñado de riquezas.

12
Pedagógica y Tecnológica de Colombia y la Academia de la Historia de Boyacá
publicaran una primera edición de este mi libro en Colombia.
También soy deudor de varios amigos tunjanos, a quienes agradezco su
hospitalidad, compañeros docentes y alumnos en los doctorados en Historia
Americana, tanto en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla como de la red
universitaria Rudecolombia, dictado en Tunja. Con ellos he podido sentirme en esa
ciudad donde por tanto tiempo moró Juan de Castellanos como en casa, y entender
parte de las razones por las cuales el poeta pudo dedicar allí tanto tiempo a escribir.
Especial recuerdo tengo de las procesiones durante una Semana Santa que allí
pasamos, y en la que los “nazarenos” encapuchados de mil colores, la trompetería de
las bandas de música marchando tras las imágenes siempre sangrantes de los cristos, o
de las lágrimas siempre dolorosas de las vírgenes, tanto nos recordaban a Andalucía.
Deudor soy también de María Elena Rodríguez, querida amiga y excelsa editora,
que luchó contra vientos y mareas para que este libro se editara en Venezuela, y se
encargó de su difusión y promoción, quedando yo para siempre devoto de todos sus
emprendimientos. Soy deudor igualmente y con especial énfasis del Dr. Winston
Caballero, de la Universidad de Cartagena, que tantas veces revisó el manuscrito y
tantas y tan certeras apreciaciones me realizó; de Rómulo Bustos y Moisés Álvarez, de
la misma universidad y del Archivo Histórico de esa ciudad, por las facilidades que
siempre me han brindado para trabajar y vivir en Cartagena, una ciudad que, en
muchos sentidos, forma parte imprescindible de mi vida profesional y personal; de los
estudiantes de su Universidad, por haberme soportado las largas conferencias sobre
las Elegías, en mi afán por reivindicar su importancia. Deudor igualmente soy de varios
colaboradores y amigos entrañables que, en la Universidad Pablo de Olavide, me han
ayudado con este trabajo: de Ruth López Oseira, ahora docente en la Universidad de
Medellín; de Justo Cuño y José Luis Belmonte, otros enamorados de Castellanos,
primero a la fuerza, luego de corazón. Ellos, como yo, en las aulas de la Licenciatura en
Humanidades de la UPO, explicamos a nuestros estudiantes el valor de la obra de
Castellanos para conocer aquella América perdida en los albores del tiempo colonial;
divulgamos fragmentos de las Elegías, recitamos las octavas más significativas,
proyectamos sus endecasílabos sobre pantallas luminosas para mejor desgranar sus
contenidos, acompañados de la melancólica música para viola de François de
Couperin, cuya conmovedora Troisième Leçon de Ténèbres parece el más acertado
cortejo que los versos de Castellanos puedan llevar.
Deudor, cómo no, y en el lugar más destacado aunque aquí aparezcan al final,
de todo lo que han enseñado a este desgarbado autor cada uno de los pueblos y
naciones indígenas del continente, tanto individual –personas concretas de carne y
hueso, y alma, sobre todo alma- como colectivamente. Me han enseñado tantas cosas
que las palabras que aquí sitúe serán todas y cada una un pálido reflejo de mi
agradecimiento y de mi deuda infinita e impagable. Desde aquella señora de aretes de
plata y rostro de infinita dulzura cuyo poncho devolvió mi aliento casi desaparecido en
una fría noche paceña, rodeado de muertos por la represión de los asesinos de
siempre; aquella banda de músicos indígenas que trasegaron la sierra al compás de sus

13
requintos, sus trompetas, sus bombos y su redoblante, esparciendo huaynos y yaravíes
por los confines de los cerros; aquellas mujeres de la puna que no se cansaron de
reconstruir el mundo que otros iban destrozando delante de ellas; aquellos caciques y
chamanes del oriente ecuatoriano que han perseverado en mostrar, de verdad, que
otro mundo es posible porque existe; aquellas maestras indígenas incansables delante
del pizarrón, sonriendo ante un turbión de niños en mitad de la selva, de los páramos,
en los valles más perdidos de las sierras; aquellas copleras, aquel anciano majestuoso
encorvado sobre su labor; aquellos Emberas del Sinú colombiano, aquellos
Guambianos, aquellos Wayúu, Kogui, KanKuamos, aquellos Arhuacos, resistiendo
todos en mitad de un conflicto armado sangriento y disparatado; aquellos orgullosos
mineros defendiendo la justicia y sus derechos con cartuchos de dinamita en un
zurrón. Como escribió un querido hermano, ¡cómo olvidar tantas palabras oídas y
sentidas! Son palabras que ahora, en estos tiempos nuestros, tibios, inconsecuentes,
ignorantes y amnésicos, palabras como dignidad, valentía, sabiduría, reciprocidad,
trabajo, tesón, paciencia, vergüenza, seriedad, decoro, sobriedad, decencia, parecen
pertenecer a otro planeta, a un mundo pasado, pero que gracias a ellos no he podido
olvidar ni relegar. Me las dejaron a deber.
Soy, pues, deudor de tantos libros, tantas personas y tantas palabras que no
puedo sino concluir que mis méritos propios vienen a resultar bien parcos en este
libro. Si acaso me atribuyo uno es el de la paciencia en la anotación prolija de la
infinitud de versos que ahora siguen. Pero también me felicito por haber descubierto,
leyendo y releyendo los endecasílabos de las Elegías, esa belleza escondida que,
rescatándola de las tinieblas del olvido, aquí acarreo para ustedes. Ojalá les llegue.

Sevilla, Cartagena, Lisboa, 2004-2005.

14
En busca del tiempo perdido: Juan de Castellanos.

Después de múltiples vueltas y revueltas, a través de un paisaje de cerros


arbolados de chaparros, cruzando pequeños puentes que salvan arroyos escondidos
entre álamos, piedras y helechos, la carretera serpentea por fin la ultima cuesta y el
viajero puede poner pié en Alanís de la Sierra. Casas blancas y silenciosas le aguardan,
expuestas al sol y al aire frío de la región. Sobre la cal de las fachadas, sobre las tejas,
sobre las piedras de la plaza, una campana anuncia la proximidad de la iglesia de
Nuestra Señora de las Nieves, y, al levantar la mirada, el paseante encontrará la silueta
del Castillo; enhiestos aun después de tantos siglos, sus lastimados muros y sus torres
almenadas permiten adivinar un pasado de frontera.
Fue el año de 1522 y en ese lugar situado en el entonces Reino de Sevilla,
cuando y donde nació Joannes de Castellanos, hijo de una familia de cierto acomodo
en el pueblo que, sin llegar a ser de las más ricas y poderosas, era dueña de algunas
tierras y de algún ganado, como buena parte de los vecinos de Alanís. En aquellas
serranías poco más podía hacerse que apacentar ovejas y criar cerdos, o emplearse en
las minas cercanas, por lo que, ante las dificultades para alcanzar alguna educación,
sus padres utilizaron las redes familiares de que disponían -cuya extensión e
importancia constituían el mayor capital al uso en la época- y enviaron al muchacho a
la ciudad para que aprendiera al menos las primeras letras, y pudiera así labrarse un
porvenir lejos de las ovejas y los peñascales. Un clérigo llamado Miguel de Heredia,
relacionado con la madre del niño y residente en Sevilla, donde tenía abierta “Escuela
de Estudios Generales”, fue encargado de su educación, recibiendo a cambio algunos

15
pagos en metálico y, sobre todo, productos de la sierra, elaborados tras las matanzas
de los cerdos y la esquila del ganado. La aplicación del joven Joan y el celo de Don
Miguel debieron ser suficientes porque, a los pocos años, siendo ya mozo el pupilo, el
preceptor escribió a la familia informándoles que su destreza era tanta y sus
conocimientos bastantes como para que pudiera enseñar por sí mismo gramática,
poesía y oratoria a quién y donde quisiera5.
Pero Sevilla, en esos años de la década de los 30 del S.XVI, era la ciudad de los
prodigios: la corte de los milagros, el gran teatro del mundo, el emporio de las
maravillas, el mejor cahíz sobre la tierra, de tantas riquezas, tantas novedades, tantas
grandezas y primores como llegaban en los barcos que remontaban el Guadalquivir a
descansar exhaustos de su travesía de meses. Demasiados portentos, demasiadas
excelencias y exhuberancias que llevaban a cada quien y a cada cual a construirse un
universo de quimeras y barruntos acerca de lo que podía hallarse al otro lado del
océano. Porque el Nuevo Mundo parecía comenzar allí mismo, en el arenal del río
donde apopaban los buques y se descargaban los tesoros. Tesoros no solo en sustancia
de metal, o de gemas, corales, perlas, turmalinas, ágatas... sino tesoros de olores,
sabores, colores, que brotaban de los productos ignotos, de las maderas preciosas, de
las plantas tintóreas, de los mareados papagayos irisados, de la piel cobriza y
entristecida de los cientos de indígenas isleños procedentes del recién asaltado Caribe,
vendidos como esclavos en la Plaza Grande de San Francisco, uno de los cuales fue
comprado y regalado a otro mozo sevillano llamado Bartolomé y de apellido Las Casas.
Todo aquello producía una atracción lo suficientemente poderosa como para
que aquel despierto muchacho de Alanís, conocedor ahora del poder de las palabras,
de la geografía de Toscanelli, del Imago Mundi de Pierre d’Ailly, de las aventuras
galantes de los Amadises, de las leyes del tiempo de la Historia y de las gestas de los
héroes clásicos, los Eneas, los Aquiles y los Ulises, no sintiera en su interior la llamada
vigorosa e invencible de los navíos y corriese a embarcarse para cruzar el mar; y
conocer así, palpando, sintiendo, aquel nuevo mundo, tan distinto -y al parecer tan
desprendido- que le colmaría de gloria y fortuna, según el axioma de su generación
que les animaba a marchar a Indias “para lograr honra e fama, e dar luz a los que
andaban en tinieblas; pero también para hallar riquezas, que todos los hombres
comúnmente buscamos”6.
De esta experiencia personal en la Sevilla de la época, escribió en las Elegías
sobre los muchachos de su generación, deslumbrados ante tantas riquezas, tantas
novedades: “Como mozuelos rústicos nacidos / en el cortijo vil o pobre villa / que en su
rusticidad fuesen traídos / a ver las excelencias de Sevilla, / y de tan grandes cosas

5
- Sobre estas casas de estudios en Sevilla, puede consultarse el trabajo de José
Sánchez Herrero y Silvia María Pérez González (ver bibliografía).
6
- Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.
Pág.34.

16
conmovidos / juzgasen ser extraña maravilla, / estuviesen de tratos 7 tan inmensos /
atónitos, pasmados y suspensos8”(49).
Acabó por embarcarse.
En el registro o catálogo de pasajeros a Indias de la Casa de la Contratación no
aparece ningún Joan de Castellanos en esos años; pero aparte ser normal -dada la
enorme cantidad de personas que ilegalmente pasaron a América, cada una por mil y
una razones diferentes, desde las judiciales a las personales-, su corta edad y
posiblemente la falta de permiso familiar para marchar a la aventura, debieron
sumarlo a la larga lista de los viajeros sin registro. Solo sabemos que con 17 años, en
1539, llegó a la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, como él mismo escribe, con
Baltasar, el hijo de un paisano suyo de Alanís que llevaba varios años allí
asentado(115). Enseguida entró a servir al obispo de aquella ciudad, Don Alonso
Manso, dados sus conocimientos de letras y latines. Pero no duró mucho en el oficio
de asistente: la muerte del prelado, ese mismo año, le condujo al desempleo y a tener
que buscar nueva ocupación. El estado calamitoso de Puerto Rico, toda vez que sus
placeres de oro habían sido agotados y su población nativa exterminada tras la
revuelta de sus caciques contra los invasores, había hecho de esta hermosa isla de
Borínquen un lugar poco atractivo para los colonos españoles, cuya codicia y
expectativas prodigiosas no parecían menguar ni siquiera ante el despropósito de
semejante carnicería como habían ejecutado. Puerto Rico quedó casi transformada en
una “isla inútil”, llamadas así las que, tras la depredación de la conquista, quedaron
despobladas de nativos y exhaustas de oro. El término “isla inútil” señala tanto las
consecuencias de la invasión europea como las intenciones y maneras de los
asaltantes.
Durante dos años Juan de Castellanos siguió el mismo camino de los demás
compañeros de aventuras: saltar de isla en isla intentando hallar alguna que rindiese
sustanciosos réditos, entendiendo por tales los obtenidos con el pillaje, el robo y el
secuestro. Primero pasó por Santo Domingo; allí el número de inquietos españoles
desocupados era considerable, no quedando ya otro modo de subsistir que hacerse
ganadero o dedicarse al cultivo de la caña de azúcar en la región de Azúa. Como para
eso no habían cruzado el mar, afirmaban, Castellanos y otros muchos pasaron a su vez
por Aruba, Bonaire (Buinare, escribe Castellanos –356-) y Curaçao, donde las
perspectivas eran, al parecer, mejores.
En estas islas el negocio consistía en “rescatar indios”, es decir, organizar desde
ellas reiteradas razzias sobre los pueblos costeros situados en los actuales litorales
colombianos y venezolanos, capturar a golpe de chafarote, palo y espadazos a grupos
de nativos –hombres, mujeres y niños- que, una vez encadenados, marcados a fuego y
embarcados, venderían como esclavos en las islas antillanas que habían quedado
despobladas, especialmente La Española (Santo Domingo), donde sus compradores los
pondrían a trabajar en las minas o en los cañaverales. Por supuesto, los que se
resistieran recibirían crueles miramientos, a punta de lanza, ballesta o arcabuz. Si la
7
- Tratos, comercio, negocios.
8
- Admirados, perplejos.

17
ocasión se presentaba y había cómo, se dedicaban también a una brutal arqueología,
desenterrando tumbas de los antiguos pobladores en sus cementerios tradicionales,
cuya localización obtenían tras someter a tormento a los más viejos de cada lugar, o a
sus “mohanes” (sacerdotes). Se hacían así de un botín en joyas antiguas, alhajas,
reliquias u oro de chaguala, guardados en múcuras (vasijas de barro) junto a las
momias de los antiguos pobladores del Caribe; botín que se repartían según los
meritos y aportes de cada uno de los participantes en tales “empresas de rescate”, que
así llamaban, dejando en el lugar un severo olor a chamusquina.
La resistencia de algunos pueblos costeros, atentos a la llegada de los hombres
blancos, organizados en torno a los guerreros más animosos y mejor armados con
flechas envenenadas con “curare” y otras hierbas, o bien por el simple exterminio de
estas poblaciones, más la dificultad para hallar nuevos e intactos cementerios
indígenas, llevaron a la ruina a muchos de estos grupos de saqueadores de tumbas y
rescatistas de indios. Les era necesario y urgente encontrar una nueva fuente de
riqueza, y ésta apareció en la que llamaron Costa de las Perlas, cuyo centro neurálgico,
La Nueva Cádiz de la isla de Cubagua, se transformó en un emporio donde acudieron
todos los desocupados del Caribe, entre ellos Juan de Castellanos en 1541: “La isla de
Cubagua nos enseña / este natural cambio claramente; / la cual aunque es estéril y
pequeña, / sin recurso de río ni de fuente, / sin árbol y sin rama para leña / sino cardos
y espinas solamente, / sus faltas enmendó naturaleza / con una prosperísima riqueza, /
pues sembró por placeres9 principales / que están a sus riberas adyacentes, / gran
copia de riquísimos ostiales / de do sacan perlas excelentes”(275).
La vida que llevó allí fue la de un aventurero más, tratando de obtener –y
seguramente lográndolo- algunos indios a los que se les obligaba a sumergirse una y
otra vez, a profundidades de vértigo, en busca de las ostras perleras dormidas en el
fondo de los arrecifes; indígenas que eran arrojados al agua con una piedra atada a la
cintura, y a los que solo izaban a la superficie cuando lograban hacerse con la pieza. En
Cubagua, donde todo lo logrado a punta de pulmón de indios reventados podía
perderse en una noche, en una partida de naipes o entre los brazos de la más atractiva
esclava puesta a ganar por su dueño, y donde se acabó por reunir la hez del mundo
conocido, pudo oír Castellanos de boca de sus protagonistas las más desgarradoras y
sangrientas historias de lo que hasta entonces había sido la conquista del paraíso.
Entre otros, conoció a Francisco de Orellana, quien allí recaló, agotado, tras su
aventura amazónica. Y conoció también, por voz de muchos otros, la valentía, la
entereza o la nobleza de los indígenas que resistieron la invasión, la de sus caudillos,
de sus familias, la belleza de sus lenguas, la naturaleza de sus dioses, la armonía de su
civilización destruida y aniquilada.
Y allí también, calificándolo en sus Elegías como un castigo de reposición del
orden natural, soportó el formidable maremoto que destruyó la ciudad de Nueva Cádiz
en 1543. Él lo vivió en vivo y en directo y pudo sentir la fuerza de la naturaleza, como
actuando en reparación de tanto agravio: “El agua de los cielos era tanta / y con tan
9
- Placeres: Bajos arenosos cerca de las costas donde se pescaba o se hallaban ostiales
a, relativamente, escasa profundidad.

18
grandes ímpetus venía / que el más entero brío se quebranta / y el ánimo más fuerte
más temía. / Ruido temeroso se levanta / que de la mar y tierra procedía; / sobrevino
la noche muy oscura / y con ella grandísima tristura”(291)... La ciudad “con fuerza del
temblor se va rompiendo, / y causaba gran temor aquel ruido; / asombraba la furia del
estruendo / de aquellas derrumbadas canterías / y quiebras de las vigas y
alfajías10”(292). Tuvo que salir aprisa de su casa porque se venía abajo: “Tenía por
delante plaza rasa11, / e viendo yo henderse12 cierta esquina / a grandes voces dije:
<¡fuera, fuera / que ya se caen las rejas y madera!>13”(Id.). Como señala Castellanos,
era la ira de la tierra.
Tras la ruina en que quedó la ciudad, marchó Don Juan a la isla Margarita: “En
esta dicha isla mayormente / fui mucho tiempo residente”(293). En realidad en
Margarita vivió apenas un año, pero fue -luego lo confesaría- el más feliz de su vida.
“Que cierto quiero bien aquella tierra, / pues por allí gasté mi primavera, / y allí tengo
también quien bien me quiera”(329). En compañía de su amigo Rodrigo Niebla y de
otros sobrevivientes de Cubagua (“cansados de la guerra dura / tomaban esta isla por
holgura” –294-), continuaron allí viviendo de las perlas: un mundo isleño donde
quisieron recrear el Edén, lejos de las leyes humanas y, como señala, también de las
divinas. Sus descripciones no dejan lugar a dudas porque la Elegía XIV, de la Primera
Parte, se transforma precisamente en un “Elogio de la Isla Margarita”: “No hallaban
lugar cosas molestas / ni do pesares hagan sus empleos; / todo son regocijos, bailes,
fiestas, / costosos y riquísimos arreos14. / Cuantas cosas desean, están prestas / parar
satisfacerles sus deseos; / los amenos lugares frecuentando / e unos a los otros
festejando”(295). Allí, en esos “amenos lugares” que frecuentaban, “aun otros
consumían las ganancias / con juegos y con damas que servían; / frecuentábanse bien
estas estancias / donde hermosas damas residían” (Id.). “Sirven mestizas mozas
diligentes / instruidas de mano castellana, / lascivos ojos, levantadas frentes, / de
condición benévola y humana”... “Hay cantos de suaves ruiseñores / con cuyo son las
damas y galanes / encienden más sus pechos en amores. / Allí mirar, allí la dulce seña /
que el ardiente deseo les enseña”... “Allí también señoras principales / en vida marital
y más segura / asidas con los nudos conyugales / frecuentaban también estas holguras
/ en aviso y belleza tan cabales / que nadie tuvo más de hermosura”(296). “Allí pintó
natura humana / cuanto bueno se pinta y se trasunta”(297). No cabe duda de que en
Margarita Juan de Castellanos fue un hombre feliz.
Pero, al igual que en otros lugares, el paraíso tuvo su final, “porque como las
perlas se acabaron / en aquella sazón ya repetida, / y luego los esclavos se quitaron / a

10
- Alfarjía. Viga transversal que conforma el entramado del techo de una vivienda.
11
- Despejada.
12
- Rajarse.
13
- En adelante se usarán los signos < y > al principio y al final de una frase para indicar
que quien habla lo hace en primera persona, y que Castellanos sitúa entre comillas.
14
- Arreos: Adornos, tantos de vestidos como de joyas.

19
causa de la ley establecida15, / todos ellos faustos se trocaron / en una más que mísera
caída. / De suerte que forzados a la enmienda / buscaba cada cual nueva vivienda”...
“Éste y aquel hacían mudamiento, / eso me da16 casado que soltero, / buscando por
las Indias un asiento / que les pudiese ser más duradero”... “pasaban al Perú y Nueva
España / los de más levantadas esperanzas”... “dejando vacos los lugares llenos / y los
que en ellos quedan son los menos”(Id.).
Juan de Castellanos saltó entonces a otra isla, a Trinidad, y de ahí trasegó por
Cumaná, Coro, Paria, por Maracapana y la laguna de Tacarigua, hasta hallar nuevo
acomodo en las pesquerías de perlas del Cabo de la Vela, en la Guajira, en los primeros
meses de 1544. Fue la primera vez que pisó la actual tierra colombiana y ya nunca más
salió de ella. Allí el negocio de las perlas era el mismo que en Cubagua y Margarita:
indios reventados de tanto sumergirse, y lugar de triste recuerdo por los muchos
nativos que quedaron muertos. Algo empezaba a cambiar en él, y así escribe: “Por la
gente que en ella perecía / y ser vida de grandes aflicciones: / en aguas sumergidos en
el día, / las noches en cadenas y prisiones”(483). Como Castellanos, muchos otros
llegaron desde Cubagua y Margarita: “Hicieron pues aquí sus vecindades / gente que
de Cubagua procedía, / compelidos de las necesidades / causadas por faltar la
granjería / de perlas, de que grandes cantidades / un tiempo por aquella mar había; / y
acá se prometían copia harta17 / por noticias de los de Santa Marta”(481). Y porque un
tal Diego de Paredes, recorriendo aquella costa, “vio de sartas de perlas buena trama,
/ y desde entonces se tendió la fama”(Id.) en aquel pueblo que llamaron Nuestra
Señora de los Remedios, “donde se descubrió tan gran riqueza / que no puede medirse
su grandeza”(482).
En estos años, cuando vivía en el Cabo de la Vela, Juan de Castellanos fue padre
de Jerónima, a quien luego, ya instalado en Tunja, reclamó y llevó con él. Años en que
pareció haber hallado de nuevo lugar definitivo para enriquecerse y quedarse:
“Hallaba pues la índica cuadrilla / muy pobladas de conchas las arenas, / pues para
proveer la redecilla / cualquier placer les da las manos llenas: / perla común, aljófar 18,
cadenilla19 / de todas suertes y otras piezas buenas”(Id.). Un lugar donde todos
vinieron a más: “Cualquiera que llegó necesitado, / la pobre, la doncella, la viuda, /
tuvo dote y honor y buen estado, / con tal munificencia que sin duda / nadie salió de
allí desconsolado”(Id.).
En estos años fue inseparable compañero del fraile jerónimo Martín de
Calatayud, otro personaje de novela, que llegó a la región ese mismo año de 1544
(372). A la muerte del prelado de Santa Marta 20, Fray Martín fue nombrado obispo de
15
- Se refiere a la aplicación de las Leyes Nuevas que ponía fin a la esclavitud de los
indios, si bien es cierto que se ejecutaron cuando las perlas se habían agotado y los
indios también.
16
- Eso me da: lo mismo, me da igual, tanto lo uno como lo otro.
17
- Copia, abundancia.
18
- Perla de forma irregular y normalmente pequeña.
19
- Perlas pequeñas que servían para hacer cadenetas, ensartándolas.
20
- El obispo Juan de Angulo, muerto en 1544.

20
aquella diócesis, pero, cautivo de la codicia según Castellanos, entró de lleno al
negocio de las perlas. Don Juan se burla de él y de sus mudanzas a la hora de opinar
sobre los excesos cometidos contra los indios pescadores de perlas; incluso lo acusa de
haber resultado “cohechado” por los vecinos para que tolerase -ya estaba oficialmente
prohibida- la esclavitud de los indios para tan duro y mortal trabajo. Así, escribe que
“murmuraciones hubo no pequeñas; / que dádivas, al fin, quebrantan peñas”(483).
Castellanos pone en boca de un indígena su protesta personal contra el mal trato y el
favor que el obispo tenía para con los españoles que esclavizaban a los naturales,
dirigiendo al obispo las siguientes duras palabras: “<Los que tantas riquezas han
sacado21 / bien merecen la carta de alhorría22. / ¿Qué vendaval te dio que te ha
mudado? / ¿Qué brisa trastocó tu fantasía? / Venías publicando buenas bulas, / ¿y
ahora que ves perlas disimulas?>”(Id.). Este mismo indígena (seguramente la opinión
de Castellanos en su boca) acusa a Calatayud de haberse dejado sobornar:
“<Huntáronte las palmas de las manos / porque no pueden ser otros misterios; / coge
de todos, date buenas mañas / que yo te digo que tu alma engañas>”(Id.). Nuestro
autor concluye, confirmando la acusación del pescador, que el obispo no defendió a
los indígenas ni fomentó la aplicación de la ley: “Pero ricos sobornos destas gentes / su
cordura volvieron en demencia, / y ansí, sin mejorar, los querellantes / se quedaron
cautivos como antes”(Id.). Por sus excesos en la comida y la bebida, a las que tan
aficionado era Fray Martín como indica repetidamente Castellanos, el prelado acabó
enfermando, y su final parece de opereta: fulminado por un rayo mientras jugaba una
partida de cartas con tres contertulios en el Cabo de la Vela. “Y por su mala dicha dio
sobre ellos / flamígera saeta que se fragua / de exhalaciones secas y calientes. / Privó a
los dos hermanos de la vida”... “con el común estruendo y estampida”... “y al buen
Calatayud en una pierna” “...tan pasmado quedó del sobresalto”... que durante días no
pudo hablar, pues “como quien ve fantasma con oscuro / cuyo pavor terrible,
descompuesto / aun no les da lugar a santiguarse”(1336).
Desde la Guajira, dado que el negocio de las perlas duró poco tiempo, Juan de
Castellanos participó en diversas “entradas” por la costa y el interior. Estuvo en “Santa
Marta, pues, do yo vivía”(842), en las salinas de Tapé y en la fundación de
Tamalameque ese mismo año de 1544, donde coincidió con el poeta Lorenzo Martín, y
donde discutían sobre poesía, metro, rimas y endecasílabos italianos, que a Martín no
gustaban, prefiriendo la métrica antigua (coplas en romances octosilábicos): “Y el
Lorenzo Martín, con ser extremo / en la facilidad al uso viejo, / al nuevo no le pudo dar
alcance”... a los endecasílabos latinos: “Cuando leía los poemas, / vestidos de desta
nueva compostura / dejaban muy mal son en sus oídos”(1262). Una imagen extraña,
en mitad de las espesuras y humedales de Tamalameque, la de dos poetas discutiendo
sobre sonetos y octavas reales. De Santa Marta Castellanos pasó a Cartagena, donde
llegó por primera vez en 1545, a escasos doce años de haber sido fundada: “Dejad de
descansar, pluma cansada / que no cumple dormir tanto la siesta, / pues si pensáis dar
fin a la jornada / gran peregrinación es la que resta. / Añadid a la tela comenzada /
21
- Es decir, los indios.
22
- Carta de libertad.

21
aquella ciudad sobre mar puesta, / y aquel emporio cuyo nombre suena / por la
bondad del puerto, Cartagena”(695).
Siendo ya tierra de mercaderes controlados por el clan de los Heredia -los
fundadores-, poco lugar había allí para un aventurero como Castellanos: “Luego la
fama como suele vuela / entre guerreros y entre contratantes: / alistan la espada, la
rodela23, / limpian las armas olvidadas antes. / Cual carga nao, cual la carabela, / de
caballos y cosas importantes, / como de sedas, granas 24, perpiñanes, / finísimas
holandas y ruanes25. / Fue luego la ciudad de Cartagena / frecuentada de barcos y
navíos, / y en breve tiempo la ribera llena / de ricos y costosos atavíos, / que vienen a
buscar dorada vena26 / y a conquistar no vistos señoríos; / los españoles van en
crecimiento / y las contrataciones en aumento” (716).
Desde Cartagena participó en nuevas entradas tierra adentro, y también por los
pueblos tairona en la Sierra Nevada. En Santa Marta formó parte de algunas
expediciones, y durante más de cinco años trajinó el territorio, por la ciénaga y hacia
la región del Valle del cacique de Upar (Valledupar), como la que dirigió el capitán
Francisco Salguero, a quien luego encontraría en Tunja y sería fundador del convento
de Santa Clara de dicha ciudad. Incluso probó suerte como minero en la zona durante
1550, por Guachaca y Maconchita(491). Luego se alistó con Pedro de Ursúa, quien
andando el tiempo sería famoso por su entrada al río Marañón y tierra de los Quijos en
el actual Ecuador: “Salió buen capitán y diligente / para le acometer cualquier
jornada27, / y ansí porque aquí daba buena cuenta / en los negocios de mayor
afrenta28”(302). En 1552 Juan de Castellanos seguía en la región de Santa Marta. Luego
siguió con Ursúa hacia la zona de Pamplona, por tierras de los Musos: “Y ansí, con el
valor de su persona, / y entre valientes indios y arriscados 29, / pobló ciudad a quien
llamó Pamplona / cuyos campos y ríos son dorados. / Vile hacer a la Real Corona /
otros muchos servicios señalados”(Id.) Hasta Santa Fe de Bogotá ascendió la
expedición: “A Bogotá llegó, y al presidente / presentó sus recaudos y escritura, / e yo
lo vi, que me hallé presente / en la ciudad en esta coyuntura”(943).
Cuando su patrón Ursúa decidió irse al Perú, amparado por el Virrey Marqués
de Cañete, Castellanos regresó a Santa Marta 30 y de allí saltó de nuevo a Cartagena.
23
- Escudo, pavés, con el que se protegían de las flechas de los indios.
24
- Paños finos usados para trajes de fiesta, de color rojo.
25
- Perpiñanes, holandas, ruanes. Todas clases de tejidos europeos, procedentes de
Francia (Perpiñan y Ruan) y de Holanda.
26
- Dorada vena: veta, filón de oro.
27
- Llamaban “jornada” a una expedición o “empresa” de conquista.
28
- En los momentos cuando era necesario demostrar más valor.
29
- Arriscados: fortificados en los riscos de las sierras.
30
- No quiso continuar bajo el mando de Ursúa ni marchar con él al Perú a seguir
nuevas correrías, pues al parecer ya tenía decidido el paso que iba a dar en adelante. Si
lo hubiera acompañado hubiera acabado en la entrada al Marañón, en la disparatada
aventura de Lope de Aguirre, y ahí terminado sus días, porque de la misma ninguno de
los leales a Ursúa se salvó.

22
Era el año 1554, tenía 32 años y llevaba 15 en América como aventurero, de los cuales
diez transcurridos en la actual costa colombiana. Hasta aquí su vida había sido un
tiempo vertiginoso. Pero en Cartagena Castellanos resuelve cambiarla. Radicalmente.
Decide ordenarse como sacerdote y abandonar las armas y su rumbo andariego:
“Siendo pues yo soldado peregrino / allí me dieron amigable mano, / y recibí las
órdenes, indigno / de subir a lugar tan soberano. /... Y el canónigo Campos que hoy nos
dura, / entonces provisor en aquel clero, / por más honrarme me nombró por cura, /
después Su Majestad por Tesorero31”(697). Aunque, enseguida, como arrepentido de
contar en las Elegías detalles sobre su vida, añade: “Mas para lo que se procura / este
disgreso32 es algo rastrero; / quiero volver a nuestros navegantes / y al mismo punto
do quedamos antes”(Id.).
En Cartagena, el ahora sacerdote avisa sobre el clima de la ciudad a los que
quieran arribar hasta ella, de tantas muertes como se producían en el puerto entre los
recién llegados: “Al novicio que viene mal dispuesto / o le da sanidad, o mata
presto”(699); y se muestra especialmente crítico e incluso ácido con la sociedad local,
a la que ha visto crecer desde que la ciudad no era sino una miserable ranchería de
bohíos de palma, y que ahora se mostraba engalanada y empavonada ante tanto oro y
tanta plata como llegaban desde el interior buscando el puerto, el más importante ya
del sur del Caribe y de toda La Nueva Granada y Venezuela. Con fina pluma comenta
cómo, muy pronto, el comercio constituyó el nervio de la ciudad: “Y en aquel tiempo
que se representa / iban juntas la paga con la venta”(717), y algo más adelante, cómo
va creciendo: “La ciudad se adornó con obras varias, / ensanchó muelles, hizo
torreones, / fuentes y muchas cosas necesarias / que por no dilatar estos renglones /
en esta relación pongo sumarias”(836). Usa su mejor ironía para describirnos esa
sociedad de arribistas y cambistas, en todos los sentidos, que constituyó el primer
vecindario blanco de la ciudad, donde el metal permitía alcanzar cualquier cosa que se
pretendiera. A las mujeres más advenedizas las despacha con sarcasmo, “cuyas
fantásticas ostentaciones / se confirmaban con postizos dones. / Jactándose de noble
parentela / tal que ninguna padecía mancha, / arrastra cada cual sérica tela 33, / no
31
- Lo que da una idea de la velocidad de ascenso que podía alcanzarse en estas
primeras décadas coloniales, una vez recibida la ordenación sacerdotal. En apenas un
año, Castellanos pasó de ser un aventurero arriesgado a convertirse en Tesorero de la
catedral de Cartagena. Tuvo que hacer traer desde Alanís una serie de documentos
que su madre, Catalina Sánchez, le envió a Río del Hacha, lo que prueba que su
decisión estaba tomada desde tiempo atrás (1550). Se trataba de pruebas de limpieza
de sangre, partidas bautismales, testimonios de varios vecinos, e informes del que
fuera su preceptor en Sevilla, Miguel de Heredia. El nivel cultural de los primeros
españoles en América era tan bajo que, con estudios demostrados de letras y latín, y
algún conocimiento de Sagradas Escrituras, podía accederse al sacerdocio. Si además
se era más letrado, como fue el caso de Don Juan, la carrera eclesiástica podía
acelerarse en grado sumo.
32
- Esta digresión.
33
- Sérica tela: tejido de seda.

23
cabe por la calle que es más ancha. / Una se puso doña Berenguela; / otra hizo
llamarse Doña Sancha; / de manera que de genealogía / esa tomaba más que más
podía”(Id.)
Para él, la apariencia, la pompa y el boato eran excusas y procuras para ocultar
tanta sangre como había costado la conquista de aquella región, y para esconder los
humildes y poco honorables orígenes de sus vecinos, así como para enjugar los
sudores de los miles de indios esclavos –luego también los africanos- que habían
convertido el puerto en un pavoroso mercado de impiedad. Pero el parecer antes que
el ser, constituía, como en todas las sociedades barrocas, el alma de la ciudad y de sus
habitantes. Los versos de esta octava son magistrales, especialmente los dos últimos:
“Salen a luz vestidos recamados34 / con admirables fresos35 guarnecidos; / relumbran
costosísimos tocados36 / que de rayos del sol eran heridos. / Otras sacan cabellos
encrespados / y en redecillas de oro recogidos. / Y ansí, con vestiduras excelentes /
llevan tras sí los ojos de las gentes”(Id.). Llevar tras sí los ojos de las gentes, qué
hermosa y plástica manera de referirse a la seducción y a la sugestión en un mundo de
apariencias.
Los metales circulando, las perlas o las esmeraldas, la riqueza toda servía para
figurar autoridad y rango: “No dejan los plateros a la balda / pues los ocupan en
labrarles oro; / engástase la perla y la esmeralda / y otras piedras anejas a tesoro. /
Tiene ya cada cual paje de falda37, / por más autoridad y más decoro. / Adórnanse los
dedos con anillos, / penden las arracadas38 y sarcillos” (Id.). Una ciudad de galanteos,
de secretos de alcoba, donde los tratos y la riqueza fácil componían el ánima de la élite
local: “Del galán a la dama corre paje / con blanda locución y bien compuesta. / Oyese
por las partes el mensaje, / vuelve no menos grata la respuesta; / la dulce seña sirve de
lenguaje / do la palabra no se manifiesta. / Estaba todo lleno finalmente / de todos
tratos y de toda gente”(Id.). De toda gente que aunque se mostrasen como duques o
marqueses en aquel mundo de apariencias, no eran en origen sino melcocheros
(mieleros): “Y siempre sucedían compañeros / que llegaban de todas condiciones, /
pues vinieron hasta melcocheros, / y gozaron de tales ocasiones / que volvieron
cargados de dineros / de vender sus melcochas y turrones. / Por estar todo tan de oro
hecho / nadie daba paso sin provecho”(Id.). Aunque advierte, todas las glorias del
mundo pasan, especialmente para aquellos que las dilapidaron: “Muchas veces se ve
por experiencia / demás de lo que consta por lectura, / que suele ser la viva diligencia /
guía para tener buena ventura. / Más en los hombres faltos de prudencia / aquesta
también es de poca dura, / y muchos vemos de riqueza llenos / que procurando más
34
- Bordados, adornados con joyas.
35
- Friso: faja de seda o de tejido primoroso que rodea a la prenda para realzarla.
Normalmente es de otro color al que guarnece.
36
- Sombreros u otras prendas para la cabeza, o realce de los peinados con joyas,
cintas de colores u otros aditamentos.
37
- Muchacho o muchacha que acompañaba siempre a la doña, normalmente esclavo,
cuyas vestimentas hacían juego con la persona a quien servían.
38
- Arete con adorno colgante.

24
vienen a menos”(718). Una crítica contra la ambición y la avidez desmesurada de
riquezas que Castellanos ve derramada por toda la ciudad; crítica que él, a su vez, va a
derramar a todo lo largo de su obra.
Durante tres años, hasta enero de 1558, mantuvo su prebenda en la catedral
cartagenera. Luego aceptó el curato de Río del Hacha, donde se instaló otros tres años.
En 1561 fue nombrado cura de Tamalameque, una localidad que él mismo había
fundado, pero donde al cabo de unos meses fue acusado de herejía y de infidencia,
seguramente motivado por las críticas que lanzó contra la sociedad local por el
maltrato a los indígenas, dado que, desde su punto de vista y como expondría
posteriormente en las Elegías, podía ser lícita la guerra contra el valiente que se
oponía y resistía, pero a todas luces era una crueldad castigar y humillar al indígena
vencido y sometido. Aunque fue absuelto de tales acusaciones, según se desprende del
expediente conservado en el Archivo General de Indias de Sevilla 39, en 1562 decidió
abandonar la región costera y dirigirse al interior, aceptando el curato de la parroquia
de Santiago de Tunja, donde llegó cuando tenía 40 años. Dos años después, en 1564,
murió en aquella ciudad el bachiller Martín de Castro, beneficiado 40 de la parroquia, y
en 1568 le concedieron a Castellanos dicho beneficio. Tenía ya casi cincuenta años y
consideraba venir de vuelta de todo, buscando un lugar donde “aquietarse”, y
seguramente, donde poder llevar a cabo lo que ahora deseaba hacer: escribir.
Entre los años 1568 y 1570 comenzó a redactar las Elegías; primero en prosa,
pero luego las versificó. Como señala Agustín de Zárate, su censor, “las tornó a reducir
a coplas; y no de las redondillas41 que comúnmente se han usado en nuestra nación,
sino en estilo italiano, que llaman octava rima... y otros colores poéticos con todo el
buen orden que se requiere”(7). Al cabo de nueve años había terminado la Primera
Parte42.
Su motivo, explicitado en la dedicatoria a Felipe II, a quien ofrece esta primera
pieza, fue narrar “en versos castellanos43” lo que vivió, lo que vio, lo que oyó, lo que
39
- Año 1562. Sección Justicia, Legajo 1105.
40
- Un beneficio eclesiástico era un cargo remunerado. En este caso, adscrito a la
iglesia parroquial mayor de Tunja.
41
- La redondilla era una composición métrica de cuatro versos octosílabos, rimando
primero y tercero, y segundo y cuarto.
42
- Esta Primera Parte es la que se publicó en Madrid, en 1589, en la imprenta real de
la viuda de Alonso Gómez, con el prólogo y censura de Agustín de Zárate.
43
- Como el mismo Zárate explica en el prólogo de la primera edición, en realidad eran
versos al “modo itálico”, introducidos ya por Garcilaso de la Vega (1501-1536) o Juan
Boscán (1487-1542) entre otros autores, que retomaban una tradición iniciada por el
Marqués de Santillana en sus Sonetos fechos al itálico modo en el S.XV. Tema que fue
de discusión constante a lo largo de la vida de Castellanos, con Lorenzo Martín, por
ejemplo, en Tamalameque; o con Gonzalo Jiménez de Quesada en Tunja, y que sus
críticos posteriores no han dejado de señalar, como luego ampliaremos. No se trataba
de una cuestión de más o menos silabas en los versos, sino de un nuevo sentir, una
nueva forma de sustanciar, que el octosilábico castellano acogía con dificultad. Son

25
sintió desde que pisó aquellas tierras americanas, “donde yo he gastado lo más y
mejor del discurso de mi vida”(3). Una vida y una serie de hechos que él entiende
dignos de ser contados; y que si no fuera por su dedicación a esta empresa de
escribirlos, en la paz de su retiro en Tunja, quedarían “para siempre encarcelados en
las oscuridades del olvido, sin haber persona que, movida de este justo celo, procurase
sacarlos a la luz; para que, con la libertad que ellos merecen, corrieran por el mundo, y
fueran a dar noticias de sí a los deseosos de saber"(Id.). Y más estando como están las
“cosas de Indias”, en su opinión, “mayormente tan oclusas44 y olvidadas”, y siendo
como son “dignas de ser eternizadas”(4). Hasta aquí no difiere en gran medida de
otros cronistas de la época. Pero había algo más, que el mismo Agustín de Zárate
advierte: “En lo que más muestra la facundia de su ingenio es en ingerir en sus coplas
tanta abundancia de nombres bárbaros de indios, y ello sin fuerza ni violencia del
metro y cantidad de sílabas, por ser los tales nombres tan difíciles que apenas se
pueden pronunciar con la lengua”(7).
Él tuvo conciencia de que el pasado vivido no había sido solo el de las gestas de
los suyos; en toda la obra existe una emoción constante, una sorpresa permanente, un
asombro cotidiano, ante el nuevo mundo, su naturaleza y sus gentes: “Suceden entre
tanto que vivimos / casos que razón pide que notemos, / los cuales, si pesamos y
medimos, / a gran admiración nos moveremos”(18). Ahora que ese mundo era ayer
merecía la pena revivirlo para trascenderlo hacia el futuro, para no olvidar, una
constante en toda su obra: “Para dar orden a lo prometido / Orbe de Indias es el que
me llama / a sacarlo del sepulcro del olvido”(17). Es consciente de que se trata de un
mundo perdido, “pues como canto casos dolorosos”, “parecióme decir la verdad pura /
sin usar de ficción ni compostura”(Id.). Repite varias veces este asunto: “Cansado de
peregrinar por diversas partes de estas Indias”(1141), escribe en el prólogo a los
lectores de la Cuarta Parte, “estará cierta la posteridad (para quien principalmente
esto se escribe), que aquí no falta el principal condimento que historia requiere, que es
verdad. Ésta se lea, y mi buena voluntad se reciba, pues sin esperanza de
remuneración he gastado tiempo, papel y dinero por servirles”(1144).
Obviamente habla de hazañas, pues así dice que fueron los hechos de muchos
de los castellanos en aquellas tierras, pero en un tiempo tan heroico como malgastado.
Porque, en Tunja, con no pocas gotas de arrepentimiento, él, que se ve ajado y añoso,
en una muestra de amor hacia la tierra y sus habitantes, habla de sí mismo como un
antiguo malhechor sobreviviente, que encontró en las palabras una forma de
redención: “Pues escapándonos de los rigores / del Mavorte 45 feroz, cruel, airado, /
hicimos lo que hacen malhechores, / que recogerse suelen a sagrado. / Su gracia nos
de Dios, y sus favores, / para llorar el tiempo malgastado, / porque con la mudanza del
oficio / se gaste lo demás en su servicio”(373).

olvidar que esta polémica métrica encerraba el antagonismo existente entre tradición
e innovación, y que afloraba por cualquier hendija.
44
- Obstruidas.
45
- Vocablo latino. Mavors, -tis. Recurso poético. Guerra, lucha armada.

26
E insiste, podría pintarse con más negrura este tiempo pasado y gastado, pero
cree que es suficiente con lo escrito: “Pudiera de lo visto y entendido / entrar en
laberinto de maldades, / indignas del varón bien instruido / en nuestras evangélicas
verdades; / más no serán razón ir divertido 46 / contando semejantes crueldades”(39).
Diversos “ingenios de las letras”, a quienes Castellanos entregó esta Primera
Parte antes de publicarla, le hicieron comentarios que aparecen impresos en esta
edición: los dominicos Alberto Pedrero y Pedro Verdugo, el tesorero de la catedral de
Bogotá Miguel de Espejo, o los vecinos de Tunja y Santa Fe Cipriano Fernández de Cea,
Cristóbal de León, Sebastián García y Gaspar de Villaroel; todos realizan epigramas
laudatorios, donde se señala que si griegos, troyanos y romanos tuvieron quien
cantara sus grandes gestas, “oblíguense también a Castellanos / los varones de Indias
más altivos, / pues con sus versos dulces y galanos / honra mucho los muertos y los
vivos”(13).
Es curioso, pero en los comentarios de esos “ingenios” (que se seguirán
repitiendo en las introducciones de las demás partes de las Elegías) los intereses de los
unos, y los del autor por otro lado, siendo los mismos aparentemente -es decir, luchar
contra el olvido, “la cárcel del olvido” escribe Castellanos(1169)-, tienen propósitos
bien distintos. Y sin embargo, ambos intereses coadyuvaron al escaso éxito que la obra
tuvo en su tiempo y aun mucho después. Pasamos a explicarnos.
Los panegiristas y, en general, los conquistadores que leyeron la obra, se
sintieron reconfortados viendo sus gestas allí narradas y ensalzadas. Atendieron más a
estos hechos que a todo lo demás, porque pensaron que así se salvaban de un injusto
olvido en el que creyeron habían caído tras la llegada de los primeros administradores
coloniales, quienes relegaron (cuando no liquidaron, pensaron) la estela de los viejos y
“primeros pobladores de la tierra”, como les gustaba llamarse para distinguirse de los
“nuevos” que después llegaron47. Por otro lado, Castellanos quería ensalzar la belleza
de la naturaleza americana, y la gallardía del mundo indígena que él conoció vivo y
rutilante, frente a la destrucción de aquel universo y al abatimiento de unos naturales
conquistados y sometidos, en estado de absoluta desolación, como podían contemplar
ahora sus ojos. Y, sin duda también, para limpiar su culpa de los excesos cometidos
contra ellos. Los dos motivos, el de los viejos conquistadores en sus epigramas
laudatorios para con sus hechos, y el de Castellanos enalteciendo al mundo antiguo y
destruido, se unieron para que, en España, las Elegías fueran, si no expresamente mal
recibidas, sí ignoradas con la sutileza del silencio. Porque ambas posiciones resultaban
inadecuadas –por razones distintas- en una España filipina que, en pleno éxtasis
imperial –más una ilusión que realidad-, quiso hacerse una apología de sí misma,
usando para ello su intelectualidad oficial, basada –desde mediados de la década de
1580- en una nobleza cortesana que despreciaba todo lo que sonara a atrasado y
46
- De buen humor, con buen ánimo. En el S.XVI, este verbo tenía varias acepciones.
Más adelante se aclaran.
47
- Sobre este conflicto entre “viejos” y “nuevos” en “la tierra” he publicado varios
estudios. Marchena, Juan. “Los hijos de la guerra...”. Véase también mis trabajos en el
Vol.XVIII dedicado al S.XVI en la Historia de España de Menéndez Pidal. (Id.)

27
añejo, aunque buena parte de la misma fuera sin duda atrasada y añeja, y basada
también en una Iglesia militante, empeñada en avalar jurídicamente el poder de una
monarquía teocrática, dentro de la cual había cobrado un papel predominante,
especialmente en el gobierno espiritual y político –y también en el económico- de los
dominios americanos, justificando la posesión temporal y espiritual por parte de
España de aquellas tierras con toda la artillería teológica y doctrinal que pudo reunir 48.
Ambas intelectualidades, la aportada por un sector de la nobleza, y la
participada por la mayor parte de la Iglesia, se unieron en la reprobación de todo lo
que estuviera relacionado con “indianos” y “peruleros”, “brutos” y manchados de
sangre, ignorantes y analfabetos. Gentes que pretendían, con sus despilfarros y
actitudes de nuevos ricos, y alegando sus hazañas y epopeyas en la conquista
americana, nada menos que obtener parangones con la nobleza tradicional y tratar de
considerarse sus iguales; cuando, además, muchos de esos conquistadores no habían
sido en origen sino plebeyos, porquerizos, labradores, zapateros o sastres, si no
ladrones y rufianes. No en balde, alegaban las sangres más rancias del estamentalismo
español, esos truhanes habían pretendido hacer valer ante el Rey que la tal conquista
americana fue una empresa de particulares más que un proyecto de Su Majestad, por
lo poco o nada que éste había aportado, llegando algunos a decir que lo recibido del
monarca no habían sido sino inconvenientes y molestias. Y finalmente -culminaban su
desprecio hacia estos hombres de trueno-, porque muchos terminaron por sublevarse
contra la autoridad del mismo Rey, alegando que se habían sentido asaltados por los
delegados del Monarca enviados a las Indias; una traición por la que habían terminado
sus días en el infame cadalso. Gentes de mala vida, peor muerte y ningún honor,
concluían.
Por otra parte, y en lo referente a la obra de Castellanos, la opinión de lo más
granado del pensamiento oficial español anexo a la Monarquía no podía ser más
desfavorable. Todo lo que tuviera que ver con el ensalzamiento de lo que, a sus ojos,
no era sino un mundo bárbaro y salvaje, desmedido, lejano y perdido, estaba fuera de
lugar y de momento. Una obra en la que se incluían, además, gran cantidad de
términos y locuciones indígenas, mostrando un propósito contrario al deseo imperial
de civilizar, castellanizar, cristianizar, desbastar, refinar y educar. Todo ello debía ser
puesto, cuanto menos, en entredicho, y categorizado como peligroso y
contraproducente a los intereses y prestigio de la Monarquía Católica. Buen ejemplo
de ello, afirmaban, era lo que estaba sucediendo con los escritos del descarriado fraile
Bartolomé de Las Casas, que tanto estaban contribuyendo a la construcción de una
leyenda antiespañola en toda Europa, sospechándose que estaba al servicio de los
enemigos de España; tantos como eran éstos ahora, testificaban, por lo que el Rey Don
Felipe habíase visto obligado a declarar “Guerra con toda la Tierra”. Y máxime en unos
momentos en que el esfuerzo imperial estaba volcado en la lucha contra la perversa

48
- A pesar de alguna disidencia, como la de Bartolomé de Las Casas, o ciertos críticos
de la escuela de Salamanca. Véase José Antonio Maravall, Estado Moderno y
mentalidad social, siglos XV a XVII. Madrid, 1972.

28
herejía, objetivo básico del monarca español, al lado de quien había que situarse
monolíticamente, sin fisuras ni crítica alguna a su obra y empeños.
El complicado año de 1589, con el Rey encerrado ya en El Escorial49, no fue el
mejor momento para publicar las Elegías. Un libro que no tocaba los temas vitales para
la glorificación de la Monarquía, sino que los orillaba, y en su lugar podían leerse
afirmaciones que resultaban peligrosas e inconvenientes, incluyendo loas a los
conquistadores viejos, y alabanzas a los irreductibles salvajes indígenas, quienes
aparecían en sus páginas como nobles, bellos, imponentes, valientes y sacrificados
ante la maldad de los españoles; salpicado todo él de críticas feroces y destructivas
hacia los jueces, gobernadores, ministros y representantes de la autoridad real en
aquellos lejanos e inquietos dominios, por su ineptitud, corrupción y crueldad; un libro,
además, que procedía de la pluma de un oscuro y desconocido personaje, perdido en
los lejanos páramos de Tunja, tierra adentro de las muy ignotas y bárbaras sierras de la
Nueva Granada... Nada de ello auguraba el mejor de los destinos para tal obra. Por
todas estas razones el futuro de las Elegías estaba sentenciado. No solo de la Primera
Parte, sino de las restantes, que nunca verían la luz en varios siglos, como
efectivamente así fue.
Otra obra contemporánea y de similar temática, la Araucana de Alonso de
Ercilla, fue en cambio mejor recibida; era una obra clásica, casi latina, donde todos los
personajes se comportaban como héroes griegos, incluidos los caudillos indígenas;
eran predecibles; sus conductas se correspondían con las maneras y estereotipos al
uso en la época; no había barbarismos; no había descripciones de mundos extraños; el
Monarca quedaba en su eximio lugar; además, el noble Ercilla estaba en España para
defenderla y difundirla. Demasiadas diferencias. Aunque Castellanos envió a la
península las otras tres partes de sus Elegías, e incluso dejó señalado en su testamento
ciertos dineros para publicar “quinientos volúmenes” de cada una, las tales ediciones
nunca vieron la luz. Se sabe que había encargado de esta tarea a un tal Juan Sáenz
Hurtado y al capitán Juan de la Fuente; pero su sobrino Alonso de Castellanos no pudo
contactarlos desde Tunja después de su muerte, quedando la obra inédita y los
manuscritos descarriados.
La Primera Parte de las Elegías, escrita entre 1568-70 y 1579, y publicada en
Madrid en 1589 (la única que se editó en vida del autor) consta de 14 Elegías. Se
narran en ellas los viajes de Colon, las entradas y primeros asentamientos en las islas
49
- En julio del año anterior la llamada “Armada invencible” fue derrotada por los
ingleses, obligando a realizar un giro importante en la política europea de la
monarquía española; y también en julio del año siguiente, Antonio Pérez, el que fuera
secretario personal del Rey, huía de su prisión, iniciándose un complicado, revuelto y
sangriento proceso político que marcó hondamente al monarca y a su administración,
tras el cual la nobleza y la iglesia cobraron nuevos bríos, y desempeñaron un papel más
relevante en la monarquía. La mayor parte de la historiografía del periodo considera
que en estos años se inicia el camino de la decadencia progresiva que conduciría a la
pérdida de la hegemonía española en Europa y a la descomposición interna de los
reinos.

29
de La Española, Puerto Rico, Cuba, Jamaica, Margarita, Cubagua y Trinidad, así como
las empresas de rescate llevadas a cabo por los ríos Uyapari y Orinoco. Igualmente se
cuenta lo acaecido en los primeros establecimientos en el continente, en Paria y
Cumaná, las razzias por los poblados costeros, los asaltos a los asentamientos
indígenas... Por último, la Elegía XIV está dedicada a Pedro de Ursúa, su expedición por
el Marañón50, la continuación de la misma por Lope de Aguirre y sus andanzas por el
Caribe hasta su ajusticiamiento.
Ya están planteados, en estos casi veinte mil versos, la mayoría de los temas
que van a conformar el esqueleto de la obra, así como el estilo general y los modos de
escribirla. El Canto primero se inicia con una declaración de intenciones acerca de los
objetivos del libro; y enseguida se adentra en la historia de Colón y el “hallazgo” del
continente americano, asegurando que el Almirante ya había estado previamente allí,
arrastrado por una tormenta, “según por boca dél se representa / hablando con los
suyos cerca desto / como más adelante veréis presto”(19), cuando navegaba de
Portugal a Madeira: “<El negocio pasó de esta manera, / haciendo yo51 de Portugal
camino / para la ínsula de la Madera / terrible temporal nos sobrevino. /... Dispúseme
de veras por ver tierra / si por alguna parte parecía, / y dióme por los ojos una sierra /
con ciertas ensilladas52 que allí hacía>”(26). Castellanos también cita a otros
contemporáneos, que dicen sabían la misma historia del “pre-descubrimiento” de
primera mano: “Para confirmación de lo contado / algunos dan razón algo fundada, / y
entre ellos el varón adelantado / Gonzalo Jiménez de Quesada”(19). Igualmente pone
en boca de Colón cual era su oficio: “<También sé que sabéis que yo vivía / de hacer
mapas mundo que vendía>”(27).
Aparece ya en esta Primera Parte el caudal descriptivo de Castellanos acerca de
la naturaleza americana y sus habitantes originarios, ocupando muchas octavas y
versos. Así como el bien desarrollado sentido del humor de Don Juan, otra constante
en su obra, puesto de manifiesto, por ejemplo, en la narración de la sorpresa que se
llevaron aquellos españoles que, en una mina de Acla, en La Española, encontraron
una moneda de Octavio Augusto, emperador de Roma. ¿Es que habían llegado allí
antes los romanos? No: “Mas por entendimiento no mal sanos / fue la pura verdad
investigada, / y hallóse que dos italianos / hicieron esta burla señalada, / echando la
moneda por sus manos / en la mina que tengo ya nombrada”(45). Descripciones,
hechos y alabanzas del Nuevo Mundo que se repetirán a lo largo de la geografía del
Caribe que abarca este primer libro.
Un sentido del humor que no puede esconder el hondo dramatismo que
impregna la obra. Como luego ampliaremos, ya en la tercera estrofa anuncia lo que
sigue: “Iré con pasos algo presurosos, / sin orla de poéticos cabellos / que hacen versos
dulces, sonorosos / a los ejercitados en leellos. / Pues como canto casos dolorosos /
cuales los padecieron muchos dellos, / parecióme decir la verdad pura / sin usar de
ficción ni compostura”(17). Castellanos demuestra ser un hombre apasionado en
50
- Así llamado originariamente el río Amazonas.
51
- Colón.
52
- Depresiones en las montañas.

30
defensa de lo que cree es de justicia. Ya abundaremos en ello. En este sentido, se
ajusta – o crea, junto con otros de su generación, especialmente los que escribieron
entre 1580 y 1620- a un estereotipo moral que derrama una angustia existencial en
torno a la cual giran sus expectativas y preocupaciones filosóficas, sociales y políticas,
de donde devienen la desconfianza ante las estimaciones de sus semejantes, y la
crítica de vicios y falsos valores de sus contemporáneos y del gobierno político y moral,
plasmando en los versos su enorme preocupación por un tiempo destructor que
conduce irremediablemente a la muerte. Esta obsesión lo lleva, como a otros, a
intensificar el valor negativo de muchas actitudes que, aunque corrientes y al uso
entre los de su generación, no puede ni quiere aceptar. Aunque es un hombre de
formación renacentista, la visión barroca del tiempo y de la vida, de la propia
existencia, que emana de su obra, convierte a Juan de Castellanos en un autor de
avanzada próximo a Quevedo, Cervantes o Lope de Vega.
En 1585, seis años después de concluir la primera, termina Don Juan la Segunda
Parte de las Elegías, cuya censura realiza muy escuetamente Alonso de Ercilla, a quien
remitió la obra53. Afirma Ercilla que se alegra “por ver fielmente escritas muchas cosas
y particularidades que yo vi y entendí en aquella tierra, al tiempo que pasé y estuve en
ella”, porque su autor va “muy arrimado a la verdad”. Una verdad que es también
confirmada en los elogios que hacen otros contemporáneos, vecinos de Castellanos y
que, al igual que en la Primera Parte, se incluyen en el prólogo a ésta Segunda(348-
349): el tesorero de la catedral de Santa Fe Miguel de Espejo, Jerónimo Gálvez, Juan
Cibero de Vera, el Maestre de Campo Lázaro Luis Iranzo, o el que fuera autor de otro
clásico de la época, Milicia y descripción de las Indias, Bernardo de Vargas Machuca54.
Todos insisten, con frases similares, que en las páginas que siguen queda reflejada la
“honra ganada por los brazos de los insignes castellanos”, o que “el valor de los
castellanos ha triunfado de todas las indómitas naciones”. Alguno, como Iranzo, en una
loa extasiada a la violencia de la conquista, escribe esta terrible estrofa: “Y destas

53
- De Alonso de Ercilla escribe Castellanos: “El ínclito poeta y admirable / Don Alonso
de Ercilla con sus versos / corrientes, lisos, tersos y suaves”(1261).
54
- Natural de Simancas (1557) y muerto en Madrid en 1622. Vivió mucho tiempo en
América dedicado a diversos oficios militares, la mayoría de ellos por cuenta propia,
llegando a ser Maestre de Campo. Buen conocedor de la realidad americana y
especialmente neogranadina, peruana y chilena, residió algún tiempo en Santa Fe de
Bogotá donde conoció a Castellanos. Su obra Milicia y Descripción de las Indias fue
editada en Madrid en 1599, un compendio de consejos a conquistadores y pobladores,
seguido de una descripción geográfica de las “Indias Occidentales”, con numerosos
detalles sobre la geografía, la flora y la fauna americanas, y un extenso vocabulario de
nombres indígenas. También se insertan en la misma alabanzas a la obra escritas por el
capitán Alonso de Carvajal, o por Lázaro Luis de Iranzo, entre otros, residentes en
Tunja y que también prologaron las dos primeras partes de las Elegías de Castellanos.
El libro de Vargas Machuca volvió a reeditarse en 1889, en la Colección de Libros Raros
o Curiosos que tratan de América. (T.IV. Col.908 a 916).

31
historias y blasones / la muerte quedará tan ensalzada / que ya los vivos no estimen las
vidas “(349).
Pero, al igual que en la primera parte, apenas ya en la quinta octava real de
esta Segunda Parte comienza Castellanos su lamento. Para él, la violencia y la muerte
no son motivo de gloria, sino hijas de las malas acciones de los conquistadores, y una
catástrofe para el Nuevo Mundo, donde los pueblos nativos fueron exterminados:
“Pero también por los inconvenientes / en tierra de Cubagua sucedidos / de increíble
número de gentes / los vemos asolados y barridos. / Caciques y señores prepotentes /
con todos sus sujetos consumidos, / por usarse también mala cautela / en la
gobernación de Venezuela”(350). Y poco más adelante se vuelve a doler: frente a la
“hidalguía” de los indios venezolanos, la de los castellanos “fue más artera 55”, no
respondiendo a la “sinceridad” de los naturales, andando siempre los españoles con
“engaños”. Quedo así la tierra despoblada por tantas matanzas: “Hay tan poquitos que
hoy tengan vida / que la memoria da terrible pena; / Cubagua fue sin freno y sin
medida, / y aquí fue la maldad no menos llena. / Yo mismo vi cautelas e invenciones /
indignas de cristianas intenciones”(354).
Esta Segunda Parte consta de cuatro Elegías, dos “Relaciones” y dos Elogios. Las
tres primeras Elegías se dedican a los gobernadores enviados por Carlos V a Venezuela
como parte del contrato firmado por el Emperador con los banqueros alemanes de la
familia Wesler: Ambrosio Alfinger, George Spira y Felipe de Hutten, y sus entradas por
el Cabo de la Vela, y sabanas de Soturma, por Paria y la Guayana, sus andanzas por
Coro, Maracaibo, el Tocuyo y Trujillo; y la expedición de Nicolás de Federman hasta la
zona de Pamplona, donde murió Alfinger. La Elegía IV la dedica al gobernador de Santa
Marta Pedro Fernández de Lugo, y a sus incursiones por el Magdalena. En las dos
Relaciones se narran las “cosas del Cabo de la Vela”, con sus pesquerías de perlas y
otros sucesos allí acontecidos, y la historia de Santa Marta desde su fundación por
Rodrigo de Bastidas. Los Elogios van dedicados a los dos siguientes gobernadores de
este puerto del Caribe: Luis de Rojas -que dirigió la guerra contra los indios de Bonda
en la Sierra Nevada y en la Guajira, y quien resistió el asalto de los guerreros indígenas
a la ciudad-, y a Lope de Orozco, incluyendo las expediciones que dirigió contra los
indios chimilas y lo acontecido en la gobernación hasta el año de 1585 en que se cierra
esta Segunda Parte. Es decir, en ella se resume fundamentalmente la historia de las
costas de Venezuela y de Santa Marta.
Es común que, junto a las alabanzas destinadas a algunos de sus amigos,
dedique contundentes frases al desatino y malos propósitos de las autoridades
enviadas por Su Majestad para el gobierno de aquellas jurisdicciones. La mayor parte
de las veces los hace responsables de las barbaridades cometidas contra los nativos, y
de la destrucción de aquel mundo por vía de la avaricia y la crueldad de jueces y
capitanes. Si algún gobernador “salía bueno”, comenta, enseguida los vecinos
intentaban sacárselo de encima, como fue el caso de Luis de Manjarés: “Pero ya lo
traían inquieto / envidias y malicias del infierno, / maculando 56 sus obras y trofeos /
55
- Artero: Mañoso, tramposo, que con astucia y malas artes consigue lo que desea.
56
- Manchando.

32
con falsísima voz de casos feos. / Y aunque cualquiera dellos fue patraña, / testigos
falsos lo hicieron leso57, / tanto que lo llevaron para España / y ante el Emperador
pareció preso”... “y yo vi los testigos y malsines58 / cómo todos tuvieron malos
fines”(609).
Tres años después de haber finalizado esta Segunda Parte de las Elegías, en
1588 –“doce menos del número de ciento”(962)-, termina la Tercera Parte, indicando
que en ella “se da razón de las cosas acontecidas en las gobernaciones de Cartagena y
Popayán, desde el tiempo en que en ellas entraron españoles hasta el año 1588” (693).
Además incluye la “Historia de la Gobernación de Antioquia y el Chocó”, y el “Discurso
del Capitán Francisco Drake”, que se publicaría mucho después, ya en el siglo XX,
separado del resto de la obra. En la dedicatoria que hace a Felipe II vuelve a insistir en
su propósito, construir “el gran memorial que redimiendo / voy de la tiranía del
olvido”(Id.).
Esta vez los elogios a la obra, que anteceden a la misma, “realizados por varios
ingenios”, están firmados solo por vecinos de Tunja y Santa Fe de Bogotá. Salvo el
empecinado Sargento Mayor Lázaro Luis Iranzo -que sigue ensalzando las bizarrías,
glorias, triunfo y hados de los españoles, “las batallas, contiendas y porfías, / reinos en
nuevo mundo conquistados”(694)-, los demás comentaristas solo destacan el carácter
poético de la obra y el talento versificador del autor, con frases como: “Si pudiera
llegar mi flaco vuelo / adonde con el tuyo te abalanzas”; “de tales elegancias se matiza
/ vuestra suave musa cuando canta”; “poeta lleno de licor divino / por influjo del alto
firmamento, / para manifestar vuestro talento / tentaste asperísimo camino”...
comparándolo con Homero o Virgilio, para rematar diciendo que en América solo hay
un poeta como él: “Mas en las Indias, un mundo tan largo / ¿quién puede? Nadie,
fuera de la vena / casta del casto y llano Castellanos”(693-694). Un paso adelante al
menos, cuando comprobamos que muchos de estos conquistadores han trocado, al fin
y en la vejez, las armas, el morrión y la adarga por la práctica del ripio y el aparejar
sonetos.
Esta Tercera Parte comienza con la Historia de Cartagena, en nueve Cantos, dos
Elegías y un Elogio. Los Cantos van dedicados a la fundación de la ciudad por Pedro de
Heredia, sus luchas contra los vecinos indígenas de Turbaco, los conflictos entre las
distintas autoridades, la visita de Juan de Vadillo, las entradas por Buriticá y Antioquia,
hasta la muerte de Heredia ahogado en Zahara de los Atunes (Cádiz), cuando llegaba a
España en la flota de Cosme Farfán. Describe Castellanos la tempestad que arrojó al
navío contra la playa: “Con esta furiosísima refriega / llegaron al paraje de Zahara, / la
costa della toda turbia, ciega / y tal que no se veía cosa clara”(821). Allí todo se perdió
y muchos se ahogaron, y vuelve a demostrar con ironía el poco cariño que sentía Don
Juan hacia jueces y leguleyos: “Otros muchos juristas y escribanos / bullían por las
ondas muy espesos, / pero no se valían de sus manos / para contra la mar hacer
procesos. / Perecen ellos y papeles vanos / do pintaron aposta los excesos, / y a los del
57
- Culpable.
58
- Malsín: Soplón, cizañero, que acusa o incrimina o habla más de alguien con
intención malévola.

33
licenciado Juan Montaño / el agua no les quiso hacer daño, / porque viéndolos ir con
tales sellos / el marino rigor de ellos se espanta: / Digo que se espantó la mar de vellos
/ y así no los corrompe ni quebranta” (822). Heredia muere ahogado: “el capitán
egregio, sabio, fuerte, / indigno de morir tan mala muerte” (Id.).
Las Elegías que siguen las dedica a Juan del Busto de Villegas y a Francisco de
Lugo, gobernadores de Cartagena; y el Elogio a Pedro Fernández de Lugo, también
gobernador hasta la incursión contra la ciudad realizada por Francis Drake.
Sigue luego la Historia de Popayán, en una Elegía a Sebastián de Belalcázar 59,
formada por once Cantos, en la que nos cuenta las guerras de éste caudillo contra los
generales incaicos de Atahualpa60, la fundación de la ciudad, la gran sublevación
indígena del cacique Pigoanza, el asalto a Timaná, la llegada del Virrey Blasco Núñez de
Vela61 y la guerra contra el alzado Gonzalo Pizarro62, hasta el levantamiento de los
partidarios de Francisco Hernández Girón63. La historia de Popayán finaliza con un
“Catálogo” de sus gobernadores y un Epílogo a todo lo anterior, donde Castellanos
abandona las octavas reales y escribe “en metros sueltos”. Aquí de nuevo se despide
con un fragmento revelador de sus intenciones, y también de sus miedos,
seguramente conocedor de las críticas que le están llegando desde España: “Ve con
Dios, historia mía / salida de mis entrañas; / no temas mordaces mañas / ni al que

59
- De Belalcázar anota además un divertido episodio biográfico, que él le contaría, y
que fue motivo para emigrar a América tan joven. Escribe Castellanos que, según
Belalcázar, todo se debió al miedo al castigo por haber matado en España y de puro
bruto, a un burro de su familia cuando iba “a la breña / con un jumento do traía leña. /
Trayéndolo cargado por sendero / en que pluviosa tempestad embarga, / en un
atolladar y atascadero / cayó la flaca bestia con la carga; / quitó la soga, lazos y el
apero; / Anímalo con gritos porque salga, / de la cola con gran sudor ayuda, / mas el
jumento flaco no se muda. / Entonces él, con juvenil regaño, / en las manos tomó duro
garrote / diciéndole <sabed que si me ensaño / vos os habéis de erguir y andar al
trote>. / Al fin, sin voluntad de tanto daño, / con uno le acertó tras el cocote, / y fue de
tal vigor aquel acierto / que el asno miserable quedó muerto. / El mal recado visto, no
se tarda / en huir, conocida su locura / dejando leña, sogas y el albarda, / y el vivir en
pobreza y angostura, / con imaginaciones que le aguarda / en otra tierra próspera
aventura, / y serle muy mejor ir a la guerra / que cultivar los campos en su tierra”(846).
60
- Ultimo inca de la dinastía antes de la llegada de los españoles, asesinado por orden
de Francisco Pizarro tras entregar un fabuloso tesoro en la localidad peruana de
Cajamarca.
61
- Primer Virrey del Perú, muerto por Gonzalo Pizarro en Añaquito al no reconocerle
autoridad.
62
- Hermano menor de Francisco Pizarro, sublevado contra la autoridad del rey por la
aplicación de las Leyes Nuevas que limitaban las encomiendas de indios. Fue
ajusticiado por el enviado real Pedro de La Gasca, tras una sangrienta guerra.
63
- Otro conquistador sublevado contra la autoridad real.

34
tiene, como Lía64, / ojos llenos de legañas; / Éste tal nunca te vea / mas suplico que te
lea / quien es de verdad amigo, / pues tu no llevas contigo / cosa que verdad no sea”
(963).
Esta Tercera Parte de las Elegías continúa con la “Historia de la Gobernación de
Antioquia y de la del Chocó”. En catorce Cantos narra las entradas desde Popayán por
el río Cauca hacia el norte, y por el Magdalena hacia el oeste, la fundación de Santa Fe
de Antioquia, las entradas a las provincias de Pequí y Teco, y el establecimiento de las
ciudades de San Juan de Rodas y Úbeda, así como el acoso continuo a que fueron
sometidos los conquistadores por los indígenas, que se oponían a estos
establecimientos en su tierras. A esta Historia sigue el Elogio de Gaspar de Rodas,
gobernador, y las entradas por la zona de Zaragoza hasta los reales de minas allí
existentes. Después figura una “Relación Breve”, donde se describe la gobernación del
Chocó.
Y esta Parte termina con el “Discurso del Capitán Francisco Drake”. Está
compuesto por cinco Cantos, desde la salida de Drake de Inglaterra, sus andanzas por
Santo Domingo, Panamá y el Pacífico, hasta el asalto a la ciudad de Cartagena y la
rendición de la misma con su posterior saqueo. Parece un obra independiente, o al
menos así la quiso componer, aunque luego la incluyera en esta Tercera Parte. En
realidad, estudiando la edición de Ribadeneira -que trabajó con el manuscrito-, hay
que señalar que el “Discurso...” estaba situado originalmente después de la parte
dedicada a Cartagena, pero sus páginas fueron arrancadas por cierta mano que no
consideró conveniente su inserción en el texto, por razones obvias: resultaban
demasiado reveladoras del calamitoso estado de las cosas en los “dominios indianos
de Su Majestad”, y el jaque continuo a que éstos se hallaban sometidos por la acción
de los corsarios, aparte de la bochornosa impresión que emana de las octavas, por la
nada vigorosa defensa de los súbditos del monarca español durante los reiterados
asaltos de Drake, tanto en el Caribe como en el Pacífico, huyendo como podían tierra
adentro nada más ver aparecer sus velas en el horizonte. Un tal Sarmiento, que
Rivadeneira identifica como Pedro Sarmiento de Gamboa, anota al margen del
manuscrito: “Desdesta estancia se debe quitar”; y al final, “Hasta aquí el discurso de
Draque que se ha de quitar. Sarmiento”(844). Como antes indicamos, esta parte no
sería publicada sino hasta 1921 65.
64
- Personaje bíblico. Hija de Labán y esposa de Jacob, que tenía los ojos llenos de
legañas.
65
- De hecho, el original del “Discurso...” no se conserva actualmente con el resto del
manuscrito ni en la Real Academia de la Historia, ni en la Biblioteca Nacional de
Madrid, sino en Valencia de Don Juan (León), donde el manuscrito vino finalmente a
depositarse tras ser comprado al aristócrata inglés que lo poseía. Todo indica que,
efectivamente, ese Sarmiento era Pedro Sarmiento de Gamboa. Seguramente poco
antes de su muerte, pues como es sabido, Sarmiento regresó de su atribulado viaje a la
Tierra de Fuego en 1590, cuando fue liberado de los franceses, que lo tenían prisionero
en Mont-de-Marsan, tras el pago de un fuerte rescate, y debió morir casi enseguida
(1592?). Es probable que entre 1590 y 1592 –porque en otras fechas sería imposible-

35
trabajara para el Consejo de Indias, donde fue revisado el manuscrito de las Elegías, y
donde pudo tener acceso al mismo. Entonces debió arrancar el fragmento de Drake del
original, debido quizás a que él fue uno de los que estuvo en Lima cuando el asalto al
puerto de El Callao, y uno de los encargados también de perseguirlo, sin éxito, por el
Pacífico; de manera que cualquier cosa que ensalzara al corsario, o mostrase la falta de
preparación de los españoles para resistirlo, no debía ser del agrado de Don Pedro.
Parece que no fue lo único que se arrancó: al inicio de esta Segunda Parte falta en el
original un dibujo de la “laguna de Venezuela” (lago de Maracaibo), pues Castellanos
indica que ahí estaba el mapa: “Me pareció poner aquí la muestra / que se delineó por
mano diestra”(350), y al pie de la página “Aquí la laguna de Venezuela”. No sabemos
quien se lo llevó. Sarmiento siguió corrigiendo el original; unas páginas después del
fragmento de Drake hay nuevas notas al margen. En una de ellas enmienda la opinión
de Castellanos sobre Quizquiz, un general del ejército incaico, del que Don Juan
escribe: “Aqueste capitán no fue tirano / sino que solamente pretendía / restaurar el
imperio de su mano / para lo dar a quien pertenecía”. Es decir, Castellanos, fiel a su
espíritu de reconocer la justicia de la posición indígena frente a los invasores
españoles, señala claramente que Quizquiz era un militar leal a su señor (el inca
Atahualpa) y que pretendía restaurar la dinastía incaica injustamente destruida por los
europeos. Sarmiento no tolera tal afirmación y anota: “Este Quizquiz fue capitán de
Atagualpa; fue compañero de Chalcochima, y ambos prendieron a Guascar Inca; que
era hijo legítimo de Guaynacapac, y lo mató. Y ansí fue tirano Quizquiz y Chalcochima
y Atagualpa. Y ansí toda esta estancia se debe enmendar si se ha de escribir lo cierto.
Porque yo averigüé por justicia esta verdad y toda la monarquía de indios Ingas y
conquista de españoles en tiempo del virrey don Francisco de Toledo”(860). Y firma
Pº.Sarmiento -que Ribadeneira transcribe Pablo (¿) Sarmiento. Como se observa,
Sarmiento se muestra influenciado por la idea cuzqueña de la bastardía e ilegitimidad
de Atahualpa frente a su hermano Huascar, cabeza de la panaca imperial (familia real)
que quedó en el Cuzco; y así no duda en calificar al Inca Atahualpa y a sus generales
como asesinos y usurpadores. Esta distinta posición entre ambos autores puede tener
su justificación en los distintos interlocutores que utilizaran para recabar la
información. Si Sarmiento usó como informantes a los cuzqueños, extrajo esta
conclusión, producto del odio que la panaca imperial cuzqueña aun sentía contra los
norteños de Quito, años después de aquellos hechos, por haber matado al verdadero
Inca, que para ellos era Huascar. Pero como Castellanos se informó a través de los
conquistadores que habían estado con Belalcázar y los quiteños, es decir, los
partidarios de Atahualpa, su visión resultó ser completamente la contraria. Todavía
más adelante en el manuscrito hay nuevas notas de Sarmiento: así, cuando Castellanos
escribe sobre los habitantes del río Manoa, en la amazonía andina, que según él
desemboca en “la Guayana”(865), “y por naturaleza proveídos / hombres, en la
cabeza, de dos caras” (Id.), Sarmiento escribe al margen “Estos son los Iscaycingas,
que quiere decir dos narices y no dos caras. Pº.Sarmiento”(Id.). Sarmiento usa los
datos que poseía por sus investigaciones sobre los habitantes originarios del Perú,
fundamentalmente a través de informantes quechuas, y por eso usa este vocablo en

36
La lectura del “Discurso del Capitán Francisco Drake” recuerda un libro de
aventuras, de cuyo protagonista Castellanos hace la siguiente descripción: “Es hombre
rojo de gracioso gesto, / menos en estatura que mediano, / mas en sus proporciones
bien compuesto / y en plática medido cortesano. / Respuestas vivas, un ingenio presto
/ en todas cuantas cosas pone mano; / en negocios mayormente de guerra / muy
pocas o ningunas veces yerra”(1090). Castellanos pide fuerzas a las musas para narrar
esta aventura de piratas que huele a pólvora y a mar: “Dame tú, Musa mía, tal aliento /
que con verdad sincera manifieste / alguna parte de mi sentimiento / en trago tan
acerbo como éste, / y aquella destrucción y asolamiento / que hizo con su luterana
hueste / el Capitán inglés, dicho Francisco / en éste nuestro recental aprisco”(1075). En
el discurso incluye también a la reina Isabel de Inglaterra en el afán por el botín,
cuando vio desembarcar en Inglaterra lo que traía Drake: “Hasta la misma Reina se
recrea / con lo que resultó del salto hecho. / Preguntó dónde, cómo, de quién sea, /
según que suele femenino pecho; / tanto que sospecharon que desea / también ir a la
parte del provecho. / Francisco respondió de tal manera / que del propósito no quedó
fuera”(1082). Las imágenes de las batallas parecen fotogramas de una película. Así,
cuando desde Cartagena envían una flotilla a enfrentar a la armada de Drake antes que
ésta entrase en el puerto, escribe: “Este principio de naval pelea / se divisaba bien de
Cartagena, / donde cualquier terrado y azotea / estaba de hombres y mujeres
llena”(1080).
Pero lo común en todas las descripciones de los ataques del inglés es la huida
en masa de los españoles. En El Callao, cuando todos los vecinos escapan hacia Lima
con sus riquezas, abandonando el puerto, una mujer sale al paso de los que se
escabullen: “¿A donde vais los que ceñís espada / dejando vuestras casas y haciendas?
/ ¡Oh gente vil, cobarde y apocada / indigna, cierto, de viriles prendas!”(1083); en
Santo Domingo las mujeres se esconden en el monte corriendo, como pueden y con lo
puesto: “Porque también huían la casada / sin esperar chapín 66, toca67 ni manto, / una

esta lengua: iskay (dos), sinqa (nariz). Cuatro octavas más adelante Sarmiento vuelve a
hacer otra anotación al texto de Castellanos: cuando Don Juan habla de dos indígenas
muy bajitos que capturó en la sierra peruana el capitán Juan Álvarez Maldonado, “de
los pigmeos que la fama siembra / cautivaron un macho y una hembra”(865),
Sarmiento afirma con rotundidad: “No hubo tal cosa, que yo estaba allí, y Juan Álvarez
Maldonado en Lima. Pº. Sarmiento”(Id.). Y dos octavas más adelante, coloca una
última anotación, corrigiendo a Castellanos en el nombre de estos, según él, pigmeos:
leemos a Don Juan, “Allí llaman a éstos Sachalunas / y no pudieron ver otras
algunas”(866); Sarmiento anota “Sacharunas son hombres salvajes, y son grandes y
vellosos”(Id.) Sarmiento vuelve a atinar con el quechua: Sach’arunas, salvajes. Por
último, y lo comentaremos más adelante, Sarmiento enmendó también algunos versos
por considerarlos muy subidos de tono o demasiados explícitos en descripciones de la
anatomía de algunas indígenas.
66
- Sandalia de corcho forrada de cordobán o cuero curtido y finamente tratado, muy
usada por las mujeres en la época como calzado.
67
- Mantoncillo con que las mujeres cubrían la espalda o aun la cabeza y el rostro.

37
descalza y otra destocada / pero ninguna dellas sin espanto /... Sus galas, sus arreos, su
decoro / dentro de sus moradas se les queda, / ropas con ricas bordaduras de oro, /
vajillas y gran suma de monedas”(1096); rematando con otra escena fílmica: “Una se
va a caer y otra trompieza / con el impedimento de las faldas / Oh, ¡cuántas veces
vuelven la cabeza / pensando que ya van a sus espaldas!. / ¡Y cuántas veces con mortal
semblante / ruegan que esperen las que van delante!”(Id.). El bombardeo (que no
truena, sino “retruena”, que no brama sino “rebrama”) viene enseguida, y de nuevo la
descripción es bien realista: “La parda bala, gruesa, retronante, / pasa de la ciudad
muy adelante, / y aquellas que caían más cercanas, / rebramando con tiros más
estrechos, / derriban chapiteles y ventanas, / abaten las alturas de los techos, /
almenas de las torres hacen llamas, / ensanchan los lugares más estrechos, / los altos
edificios arruinan / y a los habitadores desatinan”(1097).
También, en el ataque a Cartagena Castellanos se hace eco de la falta de interés
de muchos de los vecinos, pobres y sin bienes, para defender la ciudad, porque
pensaban que no era negocio arriesgar sus vidas por resguardar las riquezas de otros:
“Uno con gran desdén y sacudida / decía: ¿Qué dineros o qué prenda / me dan a mí
por arriesgar la vida / porque a vecinos libre yo su hacienda? / Otro que tiene casa
proveída / esa será razón que la defienda”(1119). Los más se quejaban del hambre que
tenían por ser tan pobres, y que con tal apetito mala defensa podría hacerse: “Otros
decían: ¿Qué piensan los ricos / que tengo que hacer con escopeta / haciéndome las
tripas villancicos68 / y sin hallar quien en compás las meta? / Y aun dicen que me limpie
los hocicos / con cosa que de precio se entremeta. / Pues yo reniego de tan buen
donaire / salir a pelear con papo69 de aire”(Id.). Así, la ciudad cayó en manos de los
ingleses al primer asalto, y hubo de rescatarse a cambio de los tesoros y joyas que
habían escondido previamente los vecinos en el monte: “Hubo rescates otros de
sustancia, / particulares de los ciudadanos / de bienes, que en aumento de ganancia /
tenían los contrarios entre manos70. / Y no fueron de menos importancia / que de cien
mil y tantos castellanos71 / y aun hubo después otras adiciones / fraudes y socaliñas 72
de ladrones”(1133). Termina el episodio con la retirada de Drake cargado de tesoros:
“Hecha la paga, pues, a su contento, / no sin grave dolor de los pagantes, / prometió
de salirse del asiento / y puertos y bahías circundantes”(1134).
Trece años después de terminar de escribir esta Tercera, Juan de Castellanos
acabó de componer la Cuarta y última Parte de las Elegías, dedicada en 1601 al rey
Felipe III. En el prólogo a sus lectores confiesa de nuevo que las había escrito en prosa,
pero sus amigos de Tunja le obligaron a versificarla: “Enamorados (con justa razón) de
la dulcedumbre del verso con que Don Alonso de Ercilla celebró las guerras de Chile,
quisieron que las del Mar del Norte también se cantasen con la misma ligadura, que es
en octavas ritmas; y ansí con ellas, por la mayor parte, he procedido en la fábrica de
68
- Hacer las tripas villancicos: cantar canciones, hacer ruido el estómago de tan vacío.
69
- Papo: buche de las aves.
70
-Tener entre manos: tener presos, prisioneros, cautivados.
71
- Monedas de oro medievales. Eran, en realidad, monedas de cuenta, no de uso.
72
- Artificio, ardid con que se saca algo a alguien que no está obligado a dar.

38
este inexausto73 edificio”(1143). Los “ingenios” comentaristas son otros que en los
prólogos anteriores (es de suponer que, después de tantos años, los primeros
panegiristas hubieran muerto). Ahora son Francisco Mejía de Porras, arcediano de
Santa Fe de Bogotá, Pedro Díaz Barroso, profesor de teología, y el tunjano Sebastián
García. Mientras los dos primeros se limitan a hacer sus glosas, en latín, con
expresiones como “Exemplum clarum”, “Noster vates memoratu digna Joannes de
Castellanos omnia membra refert”, “Inmmortalis honor”, “Praeclaram musa Joannis de
Castellanos qui hic monumenta canit74”(1145), el último apunta que afortunadamente
Castellanos vive aun, porque si no la memoria de los demás hubiera muerto con ellos:
“A vos proveyó Dios de larga vida / porque sin ello la de los antiguos / en Indias fuera
para siempre muerta”(Id.). Ya el mismo Don Juan se lamentaba en 1591 de que
debería haber empezado mucho antes, y así hubiera podido escribir más (¡) “...si
tomara muchos años atrás este cuidado; / más no me pasó tal por pensamiento, / y
agora ni la edad me lo consiente / ni me faltan cien mil desasosiegos / causados de
malditas intenciones”(1270). “Malditas intenciones” a las que luego nos referiremos y
que, al parecer, le enturbiaron la quietud de los últimos años de su vida.
Ya comentamos que, para bien o para mal, entre los poetas fue considerado
como historiador, y por tanto arrumbado en un rincón por no pertenecer al gremio; y
entre los historiadores fue tomado por poeta, e igualmente poco considerado cuando
no víctima del olvido. Precisamente lo que él quería evitar; porque con su olvido se
empacaba también su propósito de guardar para el tiempo futuro el pasado gastado.
Pero los más de cien mil endecasílabos quedaron ahí. Como indicó él mismo, después
de escribir la obra en prosa (al menos la Primera Parte), la versificó, y así siguió en lo
sucesivo, usando el mismo metro -octavas reales- que utilizara Ercilla en su Araucana,
publicada en 1569, es decir, apenas cuando él había comenzado a escribir sus Elegías
(entre 1568 y 1570). No era un metro nuevo, ya lo indicamos, sino que había ido
poniéndose de moda en la pluma de los renovadores Garcilaso de la Vega y Juan
Boscán -aunque para entonces ambos ya habían muerto-, y fue usado igualmente por
Luis Vaz de Camôes en Os Lusiadas -editada en 157275-. Es decir, un metro que se
había hecho bien americano76.
73
- Inexhausto. Inagotable, inacabable.
74
- Muy libremente: La musa preclara de Juan de Castellanos a quien debemos este
canto monumental; Nuestro digno de la mayor fama poeta Juan de Castellanos, cuya
obra a todos conviene. Claro ejemplo para todos; De honor inmortal...
75
- Obra que Castellanos no debió conocer; al menos no cita en sus Elegías. Si así
hubiera sido seguro la hubiera mencionado, tratándose de un libro de similar
propósito y compuesto en el mismo metro, lo que le hubiera aportado mayor
seguridad en su decisión de versificar en octavas. Más curiosa aun resulta esta
ausencia dado el alto número de portugueses instalados por esos años en el comercio
de la Nueva Granada, especialmente en Cartagena, manejando el comercio de
esclavos.
76
- A este respecto hay que indicar que estas tres obras, escritas en fechas similares,
son todas bien extensas, como si un hálito común las provocase; tratan temas

39
Respecto de esta forma de escribir sus Elegías, Castellanos nos cuenta
entreveradamente entre las octavas, sus largas conversaciones -y discusiones- sobre
este asunto de la versificación “al nuevo estilo” con otro veterano del mundo
americano como era Gonzalo Jiménez de Quesada. De nuevo resaltamos lo insólito
que debía parecer a los ojos de quienes los contemplaran la visión de estos dos
aguerridos hombres de trueno (al menos antaño) discutiendo sobre cuestiones de
rima, metro y poética. Jiménez de Quesada, estaba de nuevo en “las Indias” en 1550,
después de dilapidar por toda Europa la fortuna conseguida tras los primeros años de
la conquista. Regresó mucho más calvo (“de cabello y de fortuna”) pero con nuevos
bríos, tras conseguir renovadas licencias de Felipe II y un título de Adelantado de la
Nueva Granada; así lo narra Castellanos: “Vino también en esta coyuntura / al reino
que él había descubierto / y con sus capitanes conquistado, / Don Gonzalo Jiménez de
Quesada, / harto más repelado que con pelo, / porque en juegos y damas y combates,
/ libreas77, invenciones, faustos vanos / y prodigalidad desordenada, / dio fin a la
grandeza de moneda78 / en aquestas provincias adquirida, / peregrinando por diversas
partes, / por Francia, por Italia y Lusitania / con mayor fausto que señor de salva 79. / Y
un día lo prendieron en Lisboa / hallándolo con ropas recamadas80 / (parece ser que
allí no se permiten)81, / y cuando lo sacaron de la cárcel / pidióle la mujer del carcelero
/ ciertos maravedís82 del carcelaje83, / y él le mandó dar luego cien ducados84, / y la
mujer, con tan honrosa paga, / juró de no estar más en el oficio / ni ser de otro

parecidos, y tardaron en realizarse mucho tiempo: más de veinte años Camôes y


Ercilla, y casi cuarenta Castellanos. Pero si los dos primeros alcanzaron un sonoro éxito
en sus países, porque en ellos compusieron sus poemas, Don Juan, en cambio, que
quedó en Tunja, bien pegado a la tierra de la que tanto escribió, no mereció aplauso
alguno; ni siquiera una edición completa de su obra.
77
- Vestido uniforme muy adornado y costeado.
78
- Grandeza de moneda: riqueza, exteriorización de la misma.
79
- Señor de salva: Señor a quien, por su categoría y rango, debían ofrecérseles salvas
en su honor, cañonazos o tiros de pólvora como saludo. Andar como señor de salva: ir
con el mayor lustre y preeminencias.
80
- Bordadas, normalmente con oros e incluso incrustaciones de perlas y joyas.
81
- Existieron en varias cortes europeas ciertas salvaguardas a la hora de usar
determinadas vestimentas por su lujo y esplendor, solo reservadas a algunos
personajes de la corte o alta nobleza. Normalmente se hacía para marcar diferencias
de status y evitar confusiones, manteniéndose de este modo la rígida estamentación
social por parte de las más rancias familias y linajes de los reinos, ante el avance de los
nuevos ricos, favorecidos por el comercio y los negocios, a quienes no les reconocían
mayores distinciones.
82
- Moneda corriente, de escaso valor, al uso en la España del XVI. Normalmente era
de vellón (plata muy devaluada) y su valor varió mucho a lo largo del tiempo.
83
- Especie de propina que el preso liberado abonaba al carcelero por los favores y
trato recibidos durante el tiempo de su encierro.
84
- Moneda de oro de alto valor usada en España hasta finales del S.XVI.

40
ninguno carcelera”(1342). Como es sabido, Jiménez de Quesada había escrito también
su propia obra, El Antijovio, un alegato contra Paulo Jovio85, quien había criticado en
sus Viri Illustri86duramente a los españoles por su comportamiento en Italia durante las
campañas de Carlos V y el saqueo de Roma. Lo hizo en América, con un alarde de
memoria y erudición a su estilo, recreando con todo lujo de detalles las campañas
italianas, francesas y flamencas de las tropas españolas, defendiendo la causa de su
monarquía y alabando el buen hacer de los españoles, en un derroche de patriotismo
más propio de otras épocas87. Quizás por ello se mostraba ferozmente anti-
italianizante y no concordaba en absoluto con las ideas métricas de Castellanos.
85
- Paolo Giovio. 1583-1552. Médico de los Papas León X y Clemente VII. Arzobispo de
Nochera, Piamonte, Milán. Historiador afamado en la Europa de la primera mitad del
S.XVI. Escribió Dialogo dell’impere militari et amorose, Roma, 1555, también editado
en Lyon en 1559 y en España en 1561, donde comentaba las empresas militares de
ilustres contemporáneos suyos. También, Gli elogi pite brevemente scritte d’huomini
ilustri di guerra, antichi et moderni, Florencia, 1554, conocido como Viri Illustri, libro
objeto de las iras de Jiménez de Quesada. Las ediciones de Giovio se multiplicaron en
España: Libro de las historias y cosas acontecidas en Alemaña, España, Francia, Italia,
Flandres, Inglaterra, Reyno de Artois, Dacia, Grecia, Sclauonia, Egipto, Polonia, Turquía,
India y Nuevo Mundo y en otros reinos y señoríos, comenzando del tiempo del Papa
León y de la venida de... Carlos Quinto de España hasta su muerte, compuesto por
Paulo Iovio, en latín, y traducido en romance castellano por Antonio Ioan Villafranca y
por el mismo añadido lo que faltaba en Iovio hasta la muerte del... Emperador Carlos
Quinto, Valencia, 1562; y la Segunda Parte de todas las cosas sucedidas en el mundo en
estos cincuenta años de nuestro tiempo, Salamanca, 1563.
86
- De nuevo encontramos una interesante relación de los “Varones Ilustres” de
Castellanos con una obra muy conocida en la Europa de la época como fue Viri Illustri
de Giovio. ¿Tomaría Don Juan de aquí el título para sus Varones Ilustres? Se entienden
así mejor sus largas discusiones con Jiménez de Quesada. Desde luego, las elegías
como forma poética las había puesto de moda Garcilaso de la Vega, con las dedicadas
al propio Juan Boscán o al Duque de Alba.
87
- El Antijovio. (Apuntamientos y anotaciones sobre la Historia de Paulo Jovio)
Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1952. También editado por Ediciones de Cultura
Hispánica, Madrid, 1965. Jiménez de Quesada en el prólogo justifica su obra en el
enfado que le producen los libros de Giovio: “De cómo en este tiempo presente los
españoles son odiados de todas las naciones de la tierra por haber sujetado a casi toda
la redondez de ella, y de todas las más de las naciones que en ella hay pobladas, y de
las demás causas que hay para esto”. El capítulo segundo comienza con otro texto aun
más explicito contra el historiador italiano: “Y ciertamente es digno de grande culpa...
una persona de tanta doctrina que haya querido dejar en escrito perpetuo gran cargo
de conciencia, tantas cosas como contra razón y honestidad dejó escritas contra los
españoles, al revés de lo acontecido. Y aun no bastó contar los acontecimientos al
contrario: ya los vencedores muchas veces hallarles vencidos, ya los acometedores
acometidos, ya los heridos sanos, ya los muertos vivos, y, en fin, volviendo de abajo

41
Los discusiones entre ambos por el uso de la rima y el orden poético quedan
reflejadas en las Elegías. Jiménez defiende el uso de la redondilla, verso español
tradicional, y se muestra en contra de las modernidades de Castellanos: “Y él porfió
conmigo muchas veces / ser los metros antiguos castellanos / los propios y adaptados
a su lengua, / por ser hijos nacidos de su vientre; / y éstos advenedizos, adoptivos / de
diferente madre y extranjera. / Mas no tuvo razón, pues que sabía / haber versos
latinos que son varios / en la composición y cantidades, / y aunque con diferentes pies
se mueven / son legítimos hijos de una madre, / y en sus entrañas propios
engendrados”(1262). Aunque Don Juan aclara que lo que a Jiménez resulta extraño –e
igual le sucedió con el poeta Lorenzo Martín en Tamalameque- es la novedad de esta
forma de componer, que explica con detalle: “Porque composición italiana, / hurtada
de los metros que se dicen / endecasílabos entre latinos, / aun no corría por aquestas
partes”, juzgándose “ser prosa que tenía / al beneplácito las consonancias, / por ser
tan puntual esta medida / que se requiere para mayor gracia / huir las colisiones de
vocales”(Id.).
Una característica de Castellanos frente a Ercilla, por ejemplo, es que él se
queda al margen de la historia que cuenta. (Le hemos visto muy escasamente
hablando de sí mismo, por lo que resulta tan difícil como hallar una aguja en un pajar
encontrar referencias autobiográficas en sus Elegías). Así, mientras Ercilla parece ser el
héroe de la Araucana, o al menos un personaje central, Castellanos apenas si figura en
su obra88.

para arriba todo el edificio de lo sucedido, pero poniendo también epítetos y nombres
a los españoles, feos e injuriosos las más veces de las que se le ofreció hablar de ellos.
Y no solamente todo lo que está dicho, pero aun a la misma nación española en
general, llamándola bárbara, cruel, inicua y sin piedad, y otras muchas cosas de esta
traza que, teniendo yo la que tengo, quizás de hombre de bien, estaba obligado a
volver por mi patria, cosa que ya que no lo supiese hacer, a lo menos no se me pudiese
negar el buen deseo de ello; y sobre todo, como ya está dicho, llamándose historiador,
mudar en los cuentos la sustancia de cómo pasaron, si no se disculpa con que han
hecho y harán lo mismo casi todos los escritores de su nación en lo que tocare a
España”.
88
- Y es tan así que algunos analistas del texto de Castellanos han empleado largas y
numerosas horas –yo mismo he tenido que caer en la misma laboriosísima ocupación,
y aseguro que es muy penosa, navegando sin brújula en el mar de endecasílabos, hasta
tal extremo que opté por digitalizar informáticamente toda la obra- rastreando
detalles personales que se hallan bien escondidos, o situados sin orden ni lógica alguna
entre el maremagno de estrofas. Lo que explica que hasta 1867 -por trabajos de José
María Vergara, uno de los pocos y primeros que realmente leyó toda la obra- no se
supo dónde había nacido Castellanos, cuando, repasando una y otra vez el texto, este
autor halló la octava en la que Don Juan citaba su lugar de nacimiento: Alanís. Hasta
entonces se pensaba que era natural de Tunja (lo que demuestra además que nadie
había visitado su tumba en la catedral boyacense, donde bien claramente está
señalada su procedencia: “Patria Alanis”; o que nadie entendió esa misteriosa palabra,

42
Otro hecho también a destacar, para comprender la versificación de nuestro
autor, es que como él mismo indica, no necesita ni quiere falsear la historia; quiere “ir
apegado a la verdad” antes que forzarla para atender la rima a pies juntillas, pues ésta
puede mantenerse usando los poderosos recursos de una lengua rica: “Ni cantaré
fingidos beneficios / de Prometeo89, hijo de Japeto90, / fantaseando vanos edificios /
con harta más estima que el efecto, / como los que con grandes artificios / van
supliendo las faltas del sujeto91; / porque las grandes cosas que yo digo / su punto y su
valor tienen consigo”... “Demás de ser negocios indecentes / matizar la verdad con
variedades; / la cual no da sabor al buen oído / si lleva de mentiras el vestido”(17). Y
eso que, por versificar, versificó hasta las fechas y los nombres propios, fuesen de
españoles o de indígenas, lo que sacaba de sus casillas a Menéndez Pelayo: “La gran
desdicha de este libro (se refiere a las Elegías) es estar en verso... por la exorbitante
cantidad de ellas (octavas), por las innumerables que hay desmarañadas, rastreras y
prosaicas, por la dureza inarmónica que comunican al metro tantos nombres bárbaros
y exóticos, y por la oscuridad que muchas veces resulta del empeño desacordado en
que el autor se puso a versificar todo, hasta las fechas, valiéndose para ello de los
rodeos más extravagantes”92.
En realidad, si tenía que contar una historia de personajes y darles su enmarque
cronológico sin abandonar endecasílabos y octavas, no tenía otro remedio que
versificar tales datos. El mérito estaba en hacerlo con ritmo y elegancia:
Así, por ejemplo, con las fechas: “Corría, según cómputo cristiano, / año de tres
quinientos y cuarenta / al tiempo que el planeta más lozano / al pluvial Acuario se
presenta, / veinteno día del bifronte Jano / primero de los meses de esta
cuenta93”(1241)” o “Quince cientos del cómputo cristiano / y otros setenta y nueve ya
corrían / cuando Francisco Drake, luterano / entró por do corsarios no venían 94”(1082).

“Alanis”). Supongo que a su supuesta procedencia tunjana se debió parte de la


protesta de Marcelino Menéndez y Pelayo, por haber incluido Rivadeneira a
Castellanos en la Biblioteca de Autores Españoles en 1847, cuando ni siquiera se
estaba seguro de dónde había nacido; máxime habiendo quedado fuera de la
colección, aclara el rígido polígrafo, el Marqués de Santillana, Boscán o Juan de
Valdés... Es curioso que cuando al fin se hizo justicia a las Elegías, publicándolas,
aunque fuera un fragmento, no faltó quien protestara.
89
- Titán que robó el fuego de los dioses y lo entregó a los hombres.
90
- Hijo del cielo y de la tierra. Es el progenitor del hombre. Padre de Prometeo.
91
- Aquí, Castellanos ataca a los poetas llenos de artificios pero escasos de contenido,
lo que constituía (?) la norma entre los escritores de la época.
92
- Menéndez Pelayo en Colombia. (Vid. Bibliografía). Pág. 238.
93
- Forma bien enrevesada de datar: El sol es el planeta más lozano, que entra el 20 de
enero en el signo astronómico de Acuario, y el bifronte Jano (Dios mitológico de las dos
caras) es Jano, Janeiro o Enero en castellano, primer mes de la cuenta del año. Es decir,
la acción transcurre el 20 de enero de 1540.
94
- Año de 1579 (quince cientos más setenta y nueve); Drake entró al Pacífico por el
estrecho de Magallanes, “por donde corsarios no venían”.

43
Así, con las posiciones geográficas, como la de Puerto Rico: “En diez y siete y diez y
ocho grados / se suele computar altura deste, / los diámetros tienen prolongados /
cincuenta y cinco leguas leste oeste 95”(106). Así, con las distancias (desde Cuba):
“Porque desde Haití derecha vía / a lo que Cuba tiene más cercano / ochenta millas
son de travesía / o veinte leguas de uso castellano96. / Jamaica le dan al mediodía, / al
oriente Haití toma la mano, / al norte la Florida va corriente, / Yucatán a la parte del
poniente”(142). Así, con el número de los que van en una expedición: “Mil para tomar
armas hay por cuenta / y destos los quinientos aviados97, / por tierra de caballos son
los treinta / y otros treinta rocinos98 van cargados; / Van por mar cuatrocientos y
sesenta / entre ellos marinos y soldados”(576). Así, con los nombres propios
castellanos: “Llegóse de soldados gran estruendo / aderezados99 para la demanda, /
muchos de corazón malo u horrendo / como fue Juan Alonso de la Vanda, / Lope de
Aguirre100, Pérez y Salduendo, / Diego de Torres, Vargas y Miranda, / y un Cristóbal
Fernández, mal cristiano, / Pedro Fernández y Miguel Serrano”(307). Y así, con los
indígenas: “Sus pueblos, sus culturas, sus labores / y aquella gran potencia de señores:
/ El feroz y terrible Turperamo, / y el invencible siempre Barutaima, / el gran
Guaramental, el Guayacamo, / Canima, Guaigoto, con Pariaima, / Gotoguaney, Perina,
Periamo, / sin otros muchos desta circunstancia, / Querequerepe, Canaruma, Guaima /
con cercas de grandísima distancia”(171).
La última apostilla de Menéndez Pelayo sobre Castellanos es más cruel aun, y
demuestra cuánto se separaba el critico español de cualquier abismo de modernidad,
al señalar que el realismo de las Elegías era más propio de “un mariscador de Huelva” -
por su “chocarrería trivial y soldadesca”- que de un clérigo anciano y decoroso, al estar
dotado de una “conciencia laxa y acomodaticia” cuando no dado a “chismes de
95
- 17 y 18 º de Latitud Norte (llamada altura, por la altura del sol respecto del
ecuador en su cenit, que es lo que podía medirse con precisión en esa época con el
astrolabio ola ballestilla, antecedentes del sextante). Efectivamente, la isla se halla
entre los paralelos 17 y 18 º Norte sobre el ecuador. Respecto al tamaño, frente a las
55 leguas de este a oeste (unos 300 km) según Castellanos, en realidad son 180 km, lo
que equivaldría a menos de 35 leguas.
96
- Una milla náutica de la época equivalía a la cuarta parte de una legua. Según
Castellanos la distancia entre Haití y Cuba es de 20 leguas o 110 km aprox.; en realidad
apenas son 75.
97
- Aviar. Un verbo bien usado en la época. Abastecer, proveer, procurar lo necesario
para algo
98
- Rocín. Caballo de poco lustre. Cabalgadura para carga. Puede referirse a mulas.
99
- De gran estruendo aderezados. Castellanos se refiere a varias cosas a la vez:
vestidos con todos los arreos para la guerra; fuertemente armados; gente de valor,
ruda y de pocos escrúpulos.
100
- El vizcaíno Lope de Aguirre, protagonista de la entrada de Pedro de Ursúa por el
Marañón, llamado a sí mismo “El Peregrino”, y conocido en su época como “El Tirano”
o “la Ira de Dios”. Se sublevó contra Ursúa a quién mandó matar, y luego se alzó contra
el rey, siendo finalmente ajusticiado en la costa de Venezuela.

44
rancherías”, a la “historia natural” y “a las costumbres de los indios”, y en todo tan
“opuesto a lo que a la gravedad de la Historia conviene”. Buena definición de lo que
entendía Don Marcelino por literatura y por historia.
Cuando en verdad Castellanos no solo va apegado a los datos, sino que aporta
las fuentes que utiliza. Avisa que los hechos están expuestos en sus versos “sin más
reparo ni encarecimiento / de proceder, sin mácula el hilo / de la verdad, de cosas por
mí vistas / y las que recogí de los cronistas”(17). Cronistas y contemporáneos que cita,
como Las Casas, Orozco, Avendaño, Medrano, Aguado, Cieza, Gonzalo Fernández de
Oviedo, Soler, Nuño de Arteaga, Jiménez de Quesada, Orellana, Aguirre, a muchos de
los cuales conoció personalmente y con quién intercambió información. De algunos,
como Fernández de Oviedo, escribe: “Y Gonzalo Fernández, cuyo marte 101 / fue de las
guerras todo buen testigo, / y ansí de estos discursos me dio parte / como quien me
tenía por amigo / ...y es tanta su bondad, que me asegura / ser todo lo que dice verdad
pura”(697). Sobre Juan de Orozco, vecino de Tunja (“el cual tenía voto de testigo / que
pudo deponer de lo que vido /... y a quien se puede dar toda creencia”), autor de un
libro llamado El Peregrino, anota: “El cual, en prolijísimos renglones / antes que viese
su fatal partida / hizo libro de peregrinaciones / hechas en el discurso de su vida, / y
también escribió destas regiones102, / alguna parte no tan extendida / en su libro
llamado Peregrino”(720). De Gonzalo Jiménez de Quesada, “cuyo valor a mi me fue
notorio / por la conversación de muchos años”(1147), informa que incluso manejó sus
documentos: “... puesto por memoria / en los papeles del adelantado / Don Gonzalo
Jiménez de Quesada / en un cuaderno de su propia mano103”(1164).

101
- Marte: Dios de la guerra. Aquí aplicado en el sentido de espíritu guerrero.
102
- Se refiere a la Nueva Granada.
103
- Uno de los pocos conquistadores de quien podemos decir poseía una sólida
formación intelectual. Hijo de juristas andaluces, estudió leyes y acabó en América
siguiendo la consigna de la época de correr mundo y rescatar riquezas. Tras sus
conquistas en la Nueva Granada y la fundación de Bogotá en 1538, volvió a España a
pleitear sus derechos sobre estas tierras; pleitos que perdió. Recorrió Europa, como ya
comentamos, dilapidando una fortuna, y volvió a Cundinamarca varios años después
(1550), con un pomposo título de Mariscal de Campo pero sin gobierno político alguno,
muriendo en la ciudad de Mariquita en 1579 a los setenta años, después de arruinarse
intentando realizar otras “prodigiosas entradas” por el Orinoco que acabaron en
desastre. Al igual que Castellanos, también dedicó los últimos años de su vida a
escribir: no solo el Antijovio, ya comentado, sino un sin fin de otros trabajos: Ratos de
Suesca (pueblo cercano a Bogotá donde vivía retirado y que consideraba lugar de
refugio para los desengañados de la política colonial del imperio), que era una especie
de libro de memorias lleno de “cosas de Indias”; escribió también un gran “cuaderno”
al que se refiere Castellanos en éstas páginas, que llamó Relación de la conquista del
Nuevo Reino de Granada, un Epítome de la Conquista, e incluso unos Anales de Carlos
V, todos perdidos, dado que su sobrino, Antonio de Berrío, a quien legó sus bienes, se
intituló Gobernador del Dorado y, siguiendo los pasos de su tío, buscó el mítico reino

45
Nos dice entreveradamente en las octavas que ha repasado su propio texto con
los contemporáneos e incluso con sus mismos vecinos: “Conozco que soy torpe
coronista104 / pero de tantas cosas peregrinas / de muchas soy testigo yo de vista / en
guerras extranjeras e intestinas; / y las que pongo por ajena lista / yo sé que son
personas fidedignas; / y aquellas que me dictan lo que escribo / y algunas dellas viven
donde vivo. /... Ansí quel curioso que procura / historias verdaderas ésta lea / porque
le sé decir que mi lectura / no dura cosa que verdad no sea; / Matices faltarán en la
pintura / y los colores de la docta Dea 105; / Mas la sinceridad que represento / le
servirá de lustre y ornamento”(900). En otras ocasiones usa materiales que le
proporcionaron sus conocidos: por ejemplo, tras informar sobre cierto detalle, lo
corrige y lo amplía, porque de tal asunto “mucho tiempo después cierto vecino / me
dio muy larga cuenta por su carta”(493). Incluso desde otros puntos de la geografía le
enviaban apuntes que luego usaba: “Aunque, según las relaciones nuevas / que de la
Villa de Mompox me envía / el antiguo soldado Juan de Cuevas...”(712). Documentos
todos a los que asigna la credibilidad de la confianza personal que él tiene en el autor o
autores; a los que incluso les pide que escriban “relaciones” y se las envíen:
“Ayudándome de las relaciones / y cartas de Hierónimo de Torres, / que es ocular
testigo, y hoy vecino / de la nombrada villa de Antioquia, / antiguo peregrino de estas
partes, / y cartas de Hierónimo de Torres106/... y de quien tengo cierta confianza / que
todo lo que dice va tejido / con hilos de verdad irrefragables, / el cual tiene el crédito
que tiene / de bien compuesto, con ingenio claro, / según sus papeles manifiestan. /
Esta relación hizo por mi ruego / pidiéndoselo yo con gran instancia”(1035). Otras
veces promete usar estos datos cuando los reciba, como el texto de las aventuras de
cierto conquistador: “El capitán Diego de Bocanegra /... y aun hace de ellas él cierto
tratado; / Prometido me ha de dar copia luenga / e yo las cantaré cuando la
tenga“(916).
Sin todas estas fuentes hubiera sido imposible aportar semejante cúmulo de
datos y precisiones en nombres, fechas, circunstancias y sucesos. Tanto en la
dedicatoria a Felipe III como en el prólogo “A los lectores” de esta Cuarta Parte, aporta
detalles sobre sus fuentes, “ayudado (en lo que yo no vi) de las relaciones de los
primeros descubridores y conquistadores, con quienes he tenido comunicación y
amistad continuada, no solamente después, pero mucho antes que este pío recurso se
me proveyese... así por ser informaciones de testigos oculares fidedignos, como

por el Orinoco y la Guayana, encontrándose nada menos que con otro gran iluminado
de aquellos años, Sir Walter Raleigh.
104
- Palabra en desuso para expresar cronista. El que escribe una corónica o crónica.
Del latín cors, cordis; De memoria. Saber, decir de coro. De ahí corografía, descripción
de alguna región; corónica, descripción de algún hecho o memoria de lo individual o
colectivo. Una de las crónicas más famosas del Perú, la de Felipe Huaman Poma de
Ayala, aun conserva este viejo título: Nueva Corónica y Buen Gobierno.
105
- Dea, Deadia: Entre los romanos, diosa por excelencia, compendio de virtudes de
muchas otras por su sabiduría y bondad.
106
- Aquí se equivoca y repite el nombre del informante.

46
porque la corriente de ellas no va tan lejos de su nacimiento”(1141). Y aun aclara más:
“De muchos que en sus peregrinaciones han envejecido fui importunado a que yo
tomase la mano para ponerlas en escrito, como quien, ya que no en todas, a lo menos
en muchas de ellas había sido ocular testigo; y de las otras no estaba tan ayuno que no
tuviese bastante noticia, por el conocimiento y comunicación de muchas personas que
en ellas se hallaron”(1142). Castellanos fue así uno de los primeros en aplicar las
técnicas de la historia oral para reconstruir el pasado americano, sabiendo que muchos
de los testigos y protagonistas de los hechos se morían de puro viejos: “Y considerando
cómo se iban consumiendo con larga edad los vivos originales de donde había de sacar
verdadero traslado cualquiera que tuviese ese cuidado, y que los que después escriben
sin testigos de vista no llevan el camino tan derecho que no hallen dudosas torceduras,
porque las cosas, cuanto más lejanas de sus principios se cuentan, con menos
certidumbre se pintan. Antes que este recurso a mí faltase, puse, como dicen, haldas
en cinta107, y entré en este ambagioso108 laberinto”(Id.). Además, explica cual era su
técnica: primero escribe con las fuentes orales o manuscritas que ha recogido, luego
enseña a los informantes –antes de que se mueran, indica- su “cuaderno” para que
hagan correcciones; y finalmente contrasta las diversas opiniones de unos y otros
hasta obtener un dato (“subyecto”) unificado: “Para que vean lo que voy escribiendo /
les damos el cuaderno descubierto, / y lo primero que les encomiendo / es advertirme
siempre de lo cierto, / porque pongamos antes el remiendo / que ocular testigo caiga
muerto; / y acontece sobre un mismo subyecto / tener diez relaciones de
respecto”(900).
Retomando el asunto del estilo literario de Don Juan, y en contra de nuevo de
la opinión de Menéndez Pelayo, creemos que las Elegías aportan a la literatura
americana –y castellana en general- un modo de escribir en el que, el lenguaje tiene tal
frescura que parece completamente vivo. Frases que se intercalan o aparecen
escondidas -y bien escondidas, hay que apuntar- a todo lo largo de la obra. Así por
ejemplo, cuando algunos castellanos se vieron asaltados cerca de Popayán por
numerosos grupos de indígenas fuertemente armados, uno de los capitanes propone
tomar “las armas del conejo”, es decir, huir como tales: “Diciéndoles: <Señores
compañeros, / tengo por salutífero consejo, / pues somos hombres sueltos y ligeros, /
que tomemos las armas del conejo>”(894). O, en otra similar ocasión, “unos dejan allí
las calzas luego / y otros tomaron las de Villadiego109”(422). Una calidez y unas formas
coloquiales en la expresión que se tornan en características de muchos pasajes de la
obra, como cuando, en las islas del Caribe, Castellanos describe el miedo de un
español, quien le grita a otro que eche a correr ante el avance de los indígenas:
“<¡Date, date, Miguel, de buena suerte / si no quieres morir de mala muerte!>”(470); o
en las costas de Venezuela, donde algunos nativos ven llegar a los españoles en unas
107
- Expresión popular castellana que viene a significar remangarse la falda o la túnica
para poder correr.
108
- De ambages: rodeos, circunloquios, caminos intrincados.
109
- “Dejar las calzas” (quitarse los pantalones para correr mejor) o “tomar las de
Villadiego”, viejas expresiones que significan salir huyendo.

47
lanchas, y dan la voz de aviso con estas palabras: “<¡Arma, arma, que los barbudos
vienen!>”(470). Otro ejemplo de lo que indicamos se encuentra en la narración de la
expedición de Alonso Luis de Lugo, perdido por las sierras de Pamplona, cuando un
negro esclavo, Gasparillo, se ofrece para ir a buscar comida a cambio de su carta de
libertad; y el Adelantado le contesta que sí, que vaya, pero que tenga mucho cuidado
de no caer en manos de los indígenas, porque le cortarán las orejas y las narices antes
de matarlo: “<Cuarenta cartas de daré de horro110 / de letras estampadas con matices
/ si para me venir algún socorro / cumplieres, Gasparillo, lo que dices. / Pero mira no
caigas en chinchorro111 / do te ahorres112 de orejas y narices, / porque podría ser en tu
corrida / por ganar libertad, perder la vida>”(1304).
Conversaciones y chanzas entre los españoles, que Castellanos transcribe con
humor, como el caso de Luis de Manjarés, de quien Don Juan se mofa a su vez porque
hablaba muy mal (“balbuciente”, escribe). Con ocasión de un combate en la zona de
Vélez113, un tal Diego Rincón viene bajando un cerro alabándose a sí mismo por sus
muchas proezas que dice ha realizado en la refriega: “<Hago voto solemne y repentino
/ a Hércules114, y a Héctor115 y a Morgante116 / les haga que me den ancho camino / y
huyan de ponérseme delante, / que mi rodela y el acero fino / asombrarán al más
fiero gigante>”, les dice a sus compañeros, añadiendo que ha tumbado a un indígena
que, al caer, ha hecho un ruido espantoso. A lo que contesta Luis de Manjarés, de
chanza, que él también oyó el estruendo: “<Yo oí el golpe, voto a Quisto 117, / cuando
tocó la tierra con los codos, / y aun ahora sin haberlo visto / en oíros hablar temblamos
todos / ¡Oh, brazo vigoroso, diestro, listo, / más fuerte que el mas fuerte de los godos!
/ Este hecho deshace cuanta trama / han tejido los Nueve118 de la Fama>”(1287). Se
mofa también Castellanos de los “chapetones” (recién llegados, novatos en
110
- Horro: libre.
111
- Red, celada, trampa.
112
- Te ahorres: te veas liberado de.
113
- En el actual departamento colombiano de Santander.
114
- Uno de los más afamados representantes en la mitología clásica de la fortaleza y el
esfuerzo.
115
- El capitán más valeroso de los héroes troyanos.
116
- Morgante es uno de los personajes épicos del ciclo Carolingio que aparece en los
cantares de gesta de la Edad Media. Es un gigante de gran fuerza que molestaba a las
monjas de una abadía, acudiendo en ayuda de las religiosas el caballero Orlando,
héroe del Cantar de Orlando, de autor anónimo escrito en torno al Trescientos.
Orlando vence al gigante Morgante, le convierte al cristianismo y le hace su escudero
para siempre. A partir de aquí, se transforman en amigos y compañeros inseparables
de aventuras, aunque algunos autores escribieron y cantaron episodios de su vida por
separado, como Morgante Piccolo, editado en Venecia en 1482. Luego, Ludovico
Ariosto, en su Orlando Furioso, Turín, 1516, narró las aventuras de ambos.
117
- A Cristo. Jurar.
118
- Debe referirse a los Trece de la Fama de Francisco Pizarro en la isla del Gallo,
aunque para Castellanos eran solo nueve.

48
América119) y con poca experiencia en las guerras contra los indígenas, a quienes a
pesar de su pregonada experiencia en las guerras de Italia, los valientes guerreros
indígenas hasta les arrebataban las lanzas y las picas. A éstos les aconseja Don Juan
más prudencia en el actuar y el hablar: “Do bárbara canalla se les pega / hasta quitar
las lanzas de las manos / a ciertos caballeros fanfarrones / de los que acá llamamos
chapetones / en Itálicas guerras ya tenidos / según ellos decían, en gran precio, /
demás de ser mil veces instruidos / en militar doctrina de Vegecio 120; / mas ahora
quedaron muy corridos / y cada cual en posición de necio / por no dar muestra en
aquel rebato121 / de lo que pide bélico recato”(422). Chapetones que recibieron,
muchos de ellos, lo que no esperaban recibir; Castellanos así lo avisa: “Veréis de
gentes viles y mugrientas / hechos soldados más que fanfarrones, / que bien pensaban
caminar por ventas122 / y de hallar a legua los mesones; / hacían los pobres falsas
cuentas / y al fin bien parecían chapetones, / porque guanibucanes y cocinas 123 / tan
solamente venden flechas finas”(373).
El texto está plagado de humor, sencillez, ironía y sentido de la familiaridad
acerca de lo que escribe, lo que le lleva por momentos a entrar en detalles que rozan
la escatología. Por ejemplo, la historia de Pedro de Limpias, que se acerca en silencio a
un bohío indígena, escondido y agazapado entre unas matas preparando una celada,
cuando sale de su choza un indígena a vigilar los contornos: “Estando pues el Limpias
abajado / entre ciertos ajíes o pimientos, / vido salir un indio descuidado / fuera de sus
pajizos aposentos. / Sin ver acechador el acechado, / e ya cesando de sus
movimientos, / a las matas de ajíes se encamina / la crecida represa de la orina. / Lava
con orines el insonte / al sonte124 barbas, cejas y cabello, / y de los pelos del velloso
monte / descienden las corrientes hasta el cuello; / porque la caza no se les
remonte125 / retiene Limpias todo su resuello, / pues el menor anhelo no se suelta /
hasta tanto que el indio dio la vuelta. / El caño del gandul 126 ya desaguado, / que fue
poco menor que regadera, / en ojos y hocico rociado, / el buen Pedro de Limpias salió
afuera”(364). O la historia del cacique tairona preso, que pudo escapar aprovechando
un momento concreto: “Mas el cacique con humilde gesto / pidió relajación del
119
- Parece que el nombre de chapetón o chapetones les era impuesto por las
“chapetas” o manchas que por efecto del sol les salían en el rostro a los recién llegados
a América, o que habían cruzado recientemente el mar.
120
- Flavio Renato Vegecio. Autor latino del S.IV, conocido por su obra De re militare.
121
- Rebato, arrebato. Momento de fuerza, violencia.
122
- Ventas: posadas en los caminos donde descansar y comer.
123
- Guanebucanes y cocinas, dos grupos étnicos de las costas de la Guajira.
124
- Sonte: Silencioso, callado a la fuerza. Mojando por el insonte, el que no tiene por
qué no hacer ruido.
125
- Para que no se descubra la celada y puedan los españoles asaltar a los indígenas
en el bohío.
126
- Gandul, gandules. Guerreros africanos al servicio de los reyes musulmanes de
Granada. Castellanos usa repetidamente esta palabra para referirse a los guerreros
indígenas. No tenía el sentido peyorativo que posee ahora la palabra.

49
aspereza127, / haciendo por señales manifiesto / que mandaba hacer naturaleza /
evacuaciones del manjar digesto, / lo cual hizo sin tomar reposo / reconociendo ser
uso forzoso. / Pero como salió de la collera, / las espaldas y calcañares 128 vueltos, / en
abajar huyendo la ladera / todos sus pensamientos son resueltos, / y abrevia lo posible
la carrera”(620). Aunque no solo los indígenas sino también los españoles tenían estas
necesidades, y, según cuenta Castellanos, era una maniobra peligrosa si no se iba con
cuidado, como le sucedió a Juan de Cuellar en los Vélez: “Uno de los soldados
fanfarrones / que trajo Belalcázar en su hueste, / al cual, según se supo después desto,
/ común necesidad inevitable / le hizo advertir al cumplimiento / no lejos de su rancho,
mas en parte / oculta y encubierta do pudiese / con más honestidad evacuarse, / cerca
del cual estaban en acecho / espiando a la gente castellana / tres o cuatro gandules
atrevidos / que no perdieron tiempo, porque luego / saltaron como tigres a la caza / y
del primero golpe de macana / que no supo de donde le venía / le saltaron los ojos y
los sesos”(1239).
Sencillez en la que muestra una comunicación muy directa con el lector; una
veces le dice que está cansado, otras que tal asunto lo deja de lado, o otras que se va a
detener un momento porque es la hora de comer, pero que enseguida sigue: “En lo
que fue después –lo que sucedió- no pongo mano / ni me conviene sin comer primero,
/ porque tengo ya la mesa puesta / y hay mucho que decir en lo que resta”(731).
Castellanos realiza también curiosos juegos de palabras y símiles llenos de
agudeza. Cuando habla de la muerte a flechazos de Juan Vivas: “El pobre de Juan Vivas,
pues que vido / el remate contrario a su nombre”(1268); o sobre un hechicero
indígena en el río Magdalena, quien aseguró a los suyos que podían atacar con éxito
unos bergantines que ascendían sus aguas, muriendo en cambio en la batalla sin poder
tomar los navíos: “Y al afligido jeque hechicero, / que de su mal no fue buen adivino, /
pues salieron falaces sus juicios / y el oráculo suyo fementido”(1271); o sobre el
hambre que tenían otros y no podían hacerse de ninguna vitualla por tener que cruzar
un río muy caudaloso, arriesgándose a pasar de todos modos “se aventuraron siete
nadadores / a pasar por aquella travesía, / pareciéndoles ser menos dañoso / hartarse
de agua que morir de hambre”(1279). De esos mismos hambrientos escribe que
semejaban “penitentes”, “que tales parecían en el traje / y aun fuéranles aceptos los
ayunos / a ser a pan y agua, pero fueron / con agua solamente, que por fuerza /
bebieron en el río”(1280). Siguiendo con los juegos de palabras, escribe que, como
terneros, tenían que pedir ayuda a otros compañeros cuando se veían en apuros en el
combate, tal fue el caso de Antón Pérez de Lara, que gritó y gritó esperando que, como
águilas, viniese su amigo Morán a auxiliarle: “Y viéndose perdido, sin poderse / valer,
como la res que ya rendida / a dientes de los lobos, no le queda / otro recurso sino dar
balidos, / dio voces a Morán que lo valiese; / el cual, reconociendo voz amiga, / acudió
con la furia y el denuedo / que el águila caudal cuando socorre / los hijos en el nido
salteados, / que, encogiendo las alas, y las uñas / abiertas y extendidas, furiosa / se
viene por los aires, despeñando / contra quien de su prole la despoja”(1282).
127
- De las cadenas que lo retenían, en “collera” de grilletes que dirá luego.
128
- Parte posterior de la planta del pie.

50
Juegos de palabras que llegan a su coronación al narrar el episodio de la gente
perdida por el Valle de Opón, muerta de hambre, y que cortaron los labios para
guisarlos a unos caballos que habían fallecido de no comer; con lo cual quedaron las
pobres bestias enseñando los dientes, como riéndose del hambre que habían pasado
comiendo tan solo raíces. Castellanos juega con la palabra sardonia (un ranúnculo
comestible) y con la risa sardónica, que es una paralización facial que provoca el jugo
de dicha planta, dejando el rostro en postura semejante a la risa. “Amanecieron
muertos ciertos mulos / cortados uno y otro labio, / quedando de tal suerte que
juzgaran / jactarse de su buena dentadura / y que de las ayunas se reían, / siendo
(como lo fue) sardonia risa / de griegos y latinos celebrada. / Hízose la pesquisa, mas
no pudo / hallarse más razón de la que daban / los míseros pacientes con su boca / por
una y otra parte cercenada”(1284). Otras veces no se comían los labios de los mulos,
sino lo intentaban con otros trozos de los animales, imposibles de ablandar en el
caldero: “Y al repartir las partes del caballo / en él no se hallaba cosa fea / sin
desecharse pie, tripa ni callo / ni cuero, ni juntura de manea 129; / Cuecen en ollas
genital tallo / como regaladísima lamprea130, / y las unas y otras reventando / siempre
remanecía menos blando”(730).
Hambre y calamidades que llevan a “Filipe de Uten” (Felipe de Hutten) en las
sierras venezolanas a clamar, en la pluma de Castellanos, contra la naturaleza que
tanto se les opone, y, al compararse con los héroes clásicos y mitológicos, halla en qué
les aventajaban éstos: “<Y no solo tenemos competencias / con enemigos bravos y
sangrientos; / mas también nos combaten las potencias / de fuegos, aguas, furiosos
vientos, / y tierras de malignas influencias, / y finalmente todos elementos. / Con
todos ellos hemos peleado / y de todos nos hemos escapado. / ¿Qué me dicen de
Baco131, y furia brava / del grande Macedón 132 que después vino? / ¿Qué de cualquier
otro que ganaba / por su grande valor honor divino? / Porque nunca la comida les
faltaba / y siempre les sobraba pan y vino>”(449). Hambre que llevó a algunos, cuando
alcanzaron las fértiles tierras de La Tora133, a gritar como locos, vestirse de indígenas y
bailar y cantar como ellos: “Y vistos los buhíos y ramadas / se pusieron al modo de
salvajes / vistiéndose de mantas coloradas / cubiertas las cabezas con plumajes, / con
voces altas y regocijadas / hacen ostentación de nuevos trajes, / diciendo: <¡Tierra
buena!, ¡Tierra buena!, / ¡Tierra que pone fin a nuestra pena!>”(593).

129
- Soga con la que se traban las manos de las caballerías para que no puedan
escaparse.
130
- Pez en forma de anguila.
131
- Hijo de Júpiter y de Selene, conquistó la India y Egipto, y ayudó a su padre en su
lucha contra los Titanes, naciendo en esta guerra el grito de Evohé o Io Baco con que se
le invocaba. Se le representa sobre un tonel (plantó las viñas en Nisa) y en un carro
tirado por tigres y panteras.
132
- Se refiere al gran Alejandro Magno, rey de Macedonia, conquistador de buena
parte del mundo conocido en su época. Murió en Babilonia en 324 a.d..n.e.
133
- Actual Barrancabermeja, sobre el Magdalena.

51
Y hambre, por último y en esta ocasión, que a los que se adentraron con
Lorenzo Martín por Tamalameque les lleva a cantar “cantidad de coplas... de las que
entonces usaban por acá”, para ver si así, cantando, la espantaban 134:

“Sus, sus, hermanos míos,


trastornemos y busquemos
algo con que reformemos
los estómagos vacíos.
Sacad de flaqueza bríos,
aunque estáis puesto del lodo,
si no queréis que del todo
nos quedemos petrifríos135.

Tenemos las camisetas


flojas, y anchos los jubones;
pretinas de los calzones
encogen las agujetas136.
Todos bailamos gambetas
al son de los estrompiezos137,
y tenemos los pescuezos
más delgados que garcetas138.

Quedan de los cerviguillos139


solamente los hollejos;
los más mancebos son viejos
en rostros y colodrillos140.
Nuestros vientres tan sencillos,
que tendría cada uno
por liviano desayuno
menudo141 de dos novillos.

Y ansí dicen Valderrama


y Francisco de Henao,
que con tallos de bihao142

134
- De estas coplillas dice Castellanos que “fueron muchas, pero de solo seis me
dieron copia”, que son las que transcribe. Señala que son “coplas redondillas
repentinas” (pág.1302-1303) .
135
- Petrificados.
136
- Correa o cinta que sujetaba las prendas y que llevaban encogidas de tanto
achicarlas en sus hebillas.
137
- Dice que van, tan débiles, tropezando tanto, que parecen que van bailando una
gambeta, cruzando las piernas en el aire.
138
- Pequeñas garzas, aves acuáticas de delgadas patas y cuellos.
139
- Cerviz, parte posterior del cuello.
140
- Parte posterior de la cabeza.
141
- Guiso realizado con las tripas, el estómago y otras vísceras del ganado vacuno o
porcino.
142
- Bijao, planta de hojas parecidas a las del plátano que sirve para envolver ciertos
productos, pero difícilmente comestible. Castellanos se refiere al bijao en diversos

52
la parte baja les brama;
y quieren ir do los llama
algún cuesco de palmicha143,
cuando no hallaren chicha,
yuca, batata y auyama144.

Los pasos que dais oblicuos,


flojos, remisos y tardos,
se volverán en gallardos
en cebando los hocicos.
Con esto seréis más ricos
que aquel Herodes Antipas145,
y sosegarán las tripas
que nos hacen villancicos146.

El que más flaco se siente


para guerra se componga,
y guíenos Mangalonga147
al pueblo do vio la gente,
con resguardo conveniente
les visitemos los puertos,
pues todos seremos muertos
si no jugamos de diente148”(1302-1303).

Es decir, con todos estos materiales, cada vez más concretos, ordenados,
minuciosos, en la Cuarta Parte de las Elegías puede llegar a detalles realmente
rigurosos. Sobre todo porque muchos de estos episodios los vivió personalmente, y
para los demás siempre tuvo a la mano testigos directos que le informaron acerca de
los mismos. Este último libro consta de la “Historia del Nuevo Reino de Granada”, una
Elegía, y un Elogio. La historia de la Nueva Granada, en 23 Cantos, escrita por completo
en versos libres, comienza con la entrada de Gonzalo Jiménez de Quesada desde Santa
Marta, tierra adentro, por los Vélez, hasta llegar a las sabanas de Tunja y Bogotá.
Continúa con los derroteros de Nicolás de Federmán (Fedrimán, llama él) desde
Venezuela, y de Belalcázar desde Popayán, y su encuentro en las alturas de
Cundinamarca. Sigue la fundación de Tunja y la guerra de Duitama, terminando con la
fundación de San Juan de los Llanos, en Venezuela. La Elegía está dedicada al capitán

momentos de la obra, indicando que si comían eso, es que ya no había otra cosa que
echarse a la boca.
143
- Fruta de la palmiche, palma real.
144
- Castellanos introduce aquí productos americanos como exquisitos.
145
- Hijo de Herodes el Grande. Tetrarca de Galilea.
146
- Aunque ahora los villancicos son canciones que se cantan en navidad, entonces
eran canciones populares que se cantaban por las calles de las ciudades, pueblos y
villas (de ahí el nombre, de villanos o vecinos de las villas) en muchas épocas del año.
147
- Así se llamaba el negro guía que les acompañaba.
148
- Jugar de diente: masticar, comer.

53
Jerónimo Hurtado de Mendoza en la entrada de los Gualíes149; y el Elogio al doctor
Antonio González, último, mientras escribía, gobernador del Nuevo Reino, hasta 1592.
Termina el libro con referencias a la rebelión de las alcabalas en Tunja. Aquí
apunta un viejo litigio que ya trató en páginas anteriores, cual fue el enfrentamiento
entre “viejos” y “nuevos” en la tierra, o entre primeros conquistadores, vecinos y
pobladores, contra las autoridades que posteriormente remitieron desde España y sus
deudos, allegados y demás favorecidos por su nepotismo. Luego le dedicaremos un
espacio a reseñar la visión particular de Castellanos sobre este tema, especialmente su
opinión sobre los jueces y magistrados encargados de regir aquellas tierras, a quienes
hace responsables de buena parta de las barbaridades cometidas. Pone en boca de
uno de los capitanes, Alonso de Lugo, una frase de aliento a los “viejos”, en cuanto
afirma que serán “materia para la historia”: “<Al fin, señores, sois rica materia / para
los curiosos cronistas, / y serán vuestros hechos duraderos / con espanto de siglos
venideros>”(571).
Pero es al final de esta Cuarta Parte cuando Don Juan se despacha a gusto con
el asunto. Afirma que, una vez fundadas las ciudades, repartidas tierras e indios, y
realizados con los caciques locales los pactos y alianzas necesarios como para asegurar
la paz en las regiones, llegaron los “nuevos”, enviados y amparados desde España,
“cebados de las ricas esperanzas” de constituir una nueva elite social y económica,
desbancando a los “viejos en la tierra” que, según Don Juan, tanto trabajaron para
conseguir los bienes que ahora tienen, pues “comúnmente traen los que vienen /... los
ojos enclavados solamente / en el provecho puro, sin templarlo / con agua 150 de
trabajos y riesgos”(1295). Como le sucedió a alguno, “soldado principal y gran jinete, /
y servir en la tierra más espacio / de cuarenta y tres años, no le cupo / un pedazo de
pan de recompensa, / porque por este tiempo las vacantes / se reservan para
lisonjeros151 / chocantes y malsines holgazanes”(1296). Y afirma ser ésta la condición
de ciertos gobernantes: “Esto no sin razón decir se puede / de la de Don Alonso Luis de
Lugo152, / según se mostró falto de modestia / con los descubridores primitivos, / a
quien se dibujó con tal estampa / que no faltaba ya sino decirles / que postrados por
tierra le hablasen”(1328); porque desde que llegó Lugo “subió de puntos la pompa
señoril y el aparato, / y tomó con el trueno y estampido / y voz de ser señor tan alto
tono / que con el bajo mío yo no puedo / formar tan apacible consonancia / que deje
de decir en otro canto / algunas disonancias de las suyas”(Id.).
Y termina Castellanos, en sus últimos años, por aborrecer a estos “nuevos” y a
sus artimañas con frases bien duras: “Triste y desventurada la persona / que en este
tiempo de rigor severo / do no se halla rastro de clemencia / oye pronunciación de su
149
- Situados en la zona donde luego estarían las ricas minas de Mariquita, en la actual
Antioquia.
150
- Sin templarlo con agua: sin rebajarlo, sin mezclarlo, sin enfriarlo. En su natural
temperatura y estado.
151
- Lisonja: Alabanza afectada para ganar la voluntad de alguien.
152
- Gobernador enviado para regir la Nueva Granada, procedente de las islas Canarias
donde era Adelantado (1295).

54
sentencia. / Porque según la pluma se menea / y corre por la más bruñida plana, /
aquel papel parece que desea / ser un manantial de sangre humana. / En efecto: no
hay cosa que no sea / fuente de donde rigor mana, / extendiendo las más tendidas
riendas / a pérdidas de honras y de haciendas”... “¡Oh!, cuántos, cuántos de estas viles
heces / o por promesas o por amenazas / cumplen la voluntad de los jueces / que
sacan dichos como con tenazas!”(1398) 153. Por todo ello, aunque niega la veracidad de
la acusación, Castellanos se hace eco de que, a fines del S.XVI, ciertos criollos
(“hombres de gallarda compostura”), apretados por las voraces y corruptas
autoridades reales, reclamaron sus derechos sobre aquellas tierras y aquellos súbditos:
“<No ha de entrar en nuestra tierra / el Rey, ni con su mando criatura, / pues ésta
nuestros padres la ganaron, / hallaron, descubrieron y poblaron>”(1400). ¿Un primer
grito de criollismo y americanidad frente a la corrupción y el nepotismo de las
autoridades españolas?
Todo esto nos retrotrae a la cuestión de la mala opinión que se tuvo del libro de
Castellanos en la España oficial; y no solo por sus criticas al sistema. La de Sarmiento
de Gamboa en la Tercera Parte, ya comentada, no sería la única censura a la que fue
sometido el manuscrito; en esta Cuarta Parte y en un pasaje en el que un fraile huye
con una importante cantidad de dinero que ha obtenido fraudulentamente estafando
a varios vecinos, que luego comentaremos, encontramos una nota al margen del
manuscrito firmada por “Gracián” (?) señalando que el fragmento debe ser eliminado:
“Estos treinta y cinco versos borrados se quitan”(1222). Además, en varios pasajes de
esta Cuarta Parte se sustituyen palabras, o se tachan versos, como en el caso de los
dedicados a Jerónimo de Torres (1035). Evidentemente, estas censuras, y la de
Sarmiento eliminando el Discurso de Drake, pesaron en contra de que la obra pudiera
publicarse, lo que no sucedió (la de esta Cuarta Parte) sino hasta 1848 (250 años
después de haber sido escrita), y no en España sino en París.
Censura a la que se le escapa, en cambio, una estrofa contundente en la que
Castellanos viene a proponer que los indígenas maltratados puedan dar de
“mojicones” a algunos desaprensivos funcionarios que les mandan azotar, y que les
valga llevarlos amarrados y golpeados a que los juzgue la Real Audiencia: “Que los
indios den de mojicones / cada vez que les mandaren dar azotes, / los amarren y

153
- Tema que, de nuevo, nos lleva a Quevedo, otro de los autores que más zahirieron
la venalidad y corrupción de los jueces. Parece como si Don Francisco se inspirara en
las acusaciones de Don Juan: A un juez mercadería. “Las leyes con que juzgas, ¡oh
Batino! / menos bien las estudias que las vendes, / lo que te compran solamente
entiendes, / más que Jasón te agrada el Vellocino. / El humano derecho y el divino /
cuando los interpretas, los ofendes, / y al compás que la encoges o la extiendes / tu
mano para el fallo se previno. / No sabes escuchar ruegos baratos / y sólo quien te da
te quita dudas; / no te gobiernan textos, sino tratos. / Pues que de intentos y de
interés no mudas / o lávate las manos con Pilatos / o, con la bolsa, ahórcate con
Judas”.

55
pongan en prisiones / y lastimen con piedras y garrotes, / y que después de darles esta
carda / los lleven al Audiencia en un albarda154”(1397).
Juan de Castellanos fue uno de los poetas más interesantes del S.XVI en lengua
castellana, y a la vez uno de los más prolijos historiadores de la invasión y conquista
del mundo americano por los europeos entre 1492 y 1598: las dos virtudes que
durante tanto tiempo le negaron, recién ahora salen a la luz con toda su brillantez.
Además, con varios siglos de adelanto, podemos considerarlo como el primer
etnólogo, el primer antropólogo, el primer naturalista del Caribe, Colombia y
Venezuela; y también el primero en recuperar y valorizar un léxico, el de las lenguas
amerindias, sin el cual América no podría ser nombrada. Sin olvidar tampoco que
ningún cronista, ningún historiador de su época -y yo diría que casi inclusive en
nuestros días- incorporó a la historia de América a la mujer y a su papel destacadísimo
en aquel mundo; una mujer viva, activa, decisiva y decisoria, protagonista en lo
menudo y en lo grande de aquel tiempo revuelto y apasionado.
Tanto las indígenas como las españolas. En este sentido hay que indicar que son
continuas las referencias en las Elegías al gran número de mujeres que acompañaban
las expediciones, aun las más arriesgadas, o las que salían hacia regiones desconocidas
y lejanas; una presencia que ha sido completamente escamoteada por otros autores y,
en general, por la historiografía americanista; las encontramos de la mano de
Castellanos por el río Meta, donde cocinaban para sus maridos (“llegó pues esta dueña
/ a fin de le rogar fuese por leña, / eso con gran instancia le rogaba / por guisar no se
qué de lo que había / para dar al marido que esperaba”-209-); mujeres que, en
Cumaná, como “Mari López, Joana Luenga, / Sancha, Teresa Díaz, Mari Menga”(286),
acompañaron a Fray Bartolomé de las Casas en su aventura caribeña, y lo mismo
cocinaban que hilaban que construían sus casas sin perder su postura y donaire:
“Cuánto mejor también a Mari Menga / no mudar el andar con nueva ropa, / ni dejar
de hacer la hebra luenga / mordiendo con los labios el estopa 155, / y hacer que el
marido se detenga / para ver si le sale bien la sopa, / la sabrosa cecina 156, los tasajos157
/ y, en el rescoldo, las cabezas de los ajos”(287); mujeres en las selvas de Venezuela,
con las armas en la mano rechazando un ataque de los indígenas (“Otro gran
escuadrón por hacer presa / a la puerta de un bohío se abalanza, / más una mujer
fuerte portuguesa / arrebató en las manos una lanza / y lo hizo volver, mal que le pesa,
/ con harto más desorden que ordenanza”-441-); vestidas de hombres en el fuerte de
Bonda, en la costa de Santa Marta, con las armas en la mano para defenderse del
ataque de los indígenas, “y ya vestidas de viriles telas / les dieron sus espadas y
rodelas; / las cuales, bien armadas, como vían / en trajes usurpados sus personas, / tal
furor les tomó, que presumían / de ser otras segundas amazonas, / y en la postura en
154
- Zurrón o receptáculo de esparto y otro material que se coloca sobre las caballerías
para llevar cargas. Normalmente se compone de dos partes, situadas a ambos lados
del lomo del animal.
155
- Hilando las hebras con el sistema tradicional castellano.
156
- Carne salada y secada al aire, al sol o al humo.
157
- Pedazo de carne seca y salada, “acecinada”.

56
que se movían / todas eran Minervas158 o Belonas159”(686); o por la zona de San Juan
de los Llanos, donde quedaron desamparadas por haber huido sus esposos en un
ataque de los indígenas, siendo protegidas por un fraile: “del hábito de San Francisco, /
mandándole llevar también consigo / seis mujeres casadas sin amparo / por haberse
huido sus maridos, / preciando más su vida que las de ellas, / las cuales amparó con
gran cuidado / hasta ya las poner en salvamento”(1363).
Mujeres con mando político, como Aldonza Manrique, gobernadora de
Margarita: “Era perpetua gobernadora / desta isla do va rabia furiosa 160, / aquella
nobilísima señora / Doña Aldonza Manrique, generosa / de mucho más honor
merecedora / y para gobernar más alta cosa”(325); cautivadas varias de ellas por los
indígenas, como la esposa de Francisco Enríquez, en el río Magdalena, cerca de
Tamalameque: “pues yendo su mujer acompañada / de ciertos españoles, sus criados,
/ dentro de un bergantín bien equipado / de negros que remaban, y de negras / de que
ella se servía... / ella fue navegando por el río / hacia Tamalameque, do tenía / muy
buen repartimiento su marido / sin sospecha de mal inconveniente”... pero los
indígenas “dieron en el navío descuidado / con sangriento rigor, pues que ninguno / de
cuantos iban escapó con vida / sino solo la dama desdichada, / reservada para mayor
desdicha / porque la traspusieron161 donde nunca / vido su libertad”(1270);
acompañando a sus maridos en sus cargos, como Doña María Carvajal, esposa del
mariscal Jorge Robledo que realizó la entrada a Antioquia(809); o con Jerónimo
Lebrón, que llegó a Santa Marta en fechas tempranas con numerosas mujeres,
normalmente de bajo estatus social y económico en España, muchas de las cuales
casaron varias veces por quedar repetidamente viudas: “También trajeron en los
bergantines / la planta de mujeres españolas / que fueron las primeras que subieron /
a ver el Nuevo reino, do no menos / han hoy fructificado que las otras / de trigo y de
cebada y de otros granos. / Una fue destas Isabel Romero / a matrimonial yugo sujeta /
con Francisco Lorenzo, primitivo / vecino del ancón 162 de Santa Marta; / después con
Juan Céspedes casada / en quien hubo dos hijos hoy presentes... Las demás no se
ponen en escrito / por no darme sus nombres los antiguos / a falta de faltarles la
memoria... Doña Isabel, Leonor y Catalina, no menos avisadas que hermosas... (1260-

158
- Minerva. Diosa de la sabiduría y de las artes. Su figura se representa tocada por un
casco, en la mano derecha una lanza, y en la izquierda un escudo, llevando un peto de
metal sobre el pecho con la figura de la égida (cabeza de la medusa, que le
proporcionaba a quien la portara la máxima protección, siendo también atributo de
Júpiter).
159
- Belona. Diosa de la guerra entre los romanos. Así, se habla de los campos de
Belona como campos de batalla, o del furor de Belona como el que anima a los
guerreros en el combate.
160
- Se refiere a la tropa de Lope de Aguirre, que acabó por tomar la isla de Margarita
ahorcando a la mayor parte de las autoridades.
161
- La internaron monte adentro.
162
- Pequeña ensenada donde se puede fondear.

57
61)... todas en hermosura y en aviso / virtud, bondad, honor, recogimiento / más ricas
que de bienes de fortuna”(1296).
Otras, como Constanza de León, mostraban todo su dolor ante la muerte de sus
amados: “Costanza de León tiene deshechas / mejillas y estragados los cabellos. /
Haciendo más patentes las sospechas / de carnal amistad con uno de ellos; / enterrólo,
clamor que rompe el aire, / en la isla que llaman Perataire 163”(164). O amasando pan
en la recién fundada Santa Fe de Bogotá: “Y la primera que sacó harina / y dio primero
pan perfeccionado / es Eloísa Gutiérrez, noble dueña”(1264).
Una presencia femenina que a veces originaba mil y un conflictos en el seno de
las expediciones, como en el caso de la de Ursúa y Aguirre por el Marañón, en la que
además de Doña Inés de Atienza y la hija de Aguirre, Elvira, iba un numeroso grupo de
mujeres, entre ellas “Fulana de Torralba”(342); como en aquella otra entrada a la costa
de Santa Marta, donde un canónigo canario, de apellido Gasco, enviado por Don Pedro
de Lugo con gente procedentes de la costa de Berbería en la que se dedicaban a hacer
razzias de rescate, las mismas que luego repetirían en el Caribe, no vino solo sino
acompañado: “Y allí Gasco traía linda amiga / que vive hoy y el nombre no se
diga...”(237); muy pronto, cuando regresaban de sus entradas, comenzaron las intrigas
entre los miembros de la hueste por los favores de la Doña: “Que por aquellos campos
y florestas / a vueltas de trabajos y desmanes / no faltaban requiebros y recuestas, /
paseos y mensajes de galanes, / a los cuales volvían las respuestas / con gustosos y
dulces ademanes. / Padecía fatiga nuestro Gasco / por ver su bella dama tan sin
asco”(Id.) Por más que el canónigo la encerraba, la moza siempre conseguía zafarse, y
al final uno de los galanes se enfrentó a Gasco, originándose una gran trifulca que
acabó en batalla campal: “Hollaba la señora tan liviano / que no pudo sufrir lugar
recluso, / y así con Arce, mozo cortesano, / el Gasco con furor se descompuso; /
Muchos con ellos dos echaron mano / y el alboroto fue harto confuso, / pues con ser
de los suyos socorrido / el canónigo Gasco fue herido. / Después que se vio con
diligente cura, / asegurado bien de la herida, / parecíole ser mayor cordura / dejar la
moza que perder la vida. / Partióse por buscar otra aventura, / juzgando por ganancia
la perdida”(237).
Y sin contar, obviamente, el papel protagónico que las mujeres indígenas
tendrán en toda la obra, como se comprobará en las páginas que siguen: las cacicas
más poderosas, las amazonas guerreras, las madres que lloran a sus hijos o las que
cantan dulces canciones en las ceremonias. Un mundo de mujeres.
La frase final de las Elegías la dedica Castellanos a su musa, a la que con justa
razón considera exhausta después de los más de cien mil versos; y, cómo no, también
a la “verdad y certidumbre” que, como reiteradamente nos recuerda, anima e impulsa
toda su obra: “Musa mía, no te alteres / por llamarte blanca o prieta 164, / que donde
quiera que fueres / ley de mundo te sujeta / a diversos pareceres165. / Bien sé que vas

163
- Un pequeño islote junto a la península de Paria.
164
- Blanca o negra.
165
- Castellanos debía conocer ya las aceradas críticas que su obra recibía en España.

58
sin ropaje / de poética costumbre, / porque tú, con otra lumbre, / hablas sencillo
lenguaje / de verdad y certidumbre”(1392).
Terminan así las Elegías de Don Juan de Castellanos, y con ellas prácticamente
su vida. En 1606 firma su testamento y al año siguiente muere a los 85 años de edad.
Llevaba 45 años residiendo en Tunja, como el mismo escribió(1309), de la que apenas
salió si no es para acercarse a la vecina Villa de Leiva, adonde tenía una hermosa casa
situada en la plaza del pueblo; y 63 años viviendo en la actual Colombia. Una vida, toda
una vida, la mayor parte de ella dedicada a escribir.
Desde Tunja reclamó a su hija Jerónima, que vivía en la costa; la acomodó a su
lado y la dotó para que casara con el español Pedro de Rivera, con quien Castellanos
acabó pleiteando. Uno de los hijos de ambos, Gabriel, acompañó a su abuelo durante
muchos años, al igual que su sobrino Alonso, que vino desde Alanís y acabó siendo
cura también en Tunja. Durante todos estos años se encargó de la construcción de la
iglesia de Santiago, la actual catedral tunjana, finalizada poco antes de su muerte, y
donde intervinieron notables artistas y arquitectos como Bartolomé Carrión, y en la
que el artesonado de la techumbre en mucho recuerda al mudéjar andaluz.
Igualmente la dotó de un importante repertorio de retablos y esculturas, como el
calvario mandado traer del taller sevillano de Bautista Vázquez el Viejo, y otros
“retratos y dibujos” de artistas locales, “algunos de pincel y otros de bulto /
principalmente la capilla que dejó hecha / Pero Ruíz García, do su hijo / Antonio Ruíz
Mancipe se desvela / en decorarla con preciosos dones / y ansí parece ya piña de
oro”(1310). Escribe que se trata de “un templo que en ciudades más antiguas / sería
numerado con los buenos”(Id.)... “Capillas hay en él particulares, / sepulcros de
vecinos generosos, / con tales ornamentos que podrían / ser ricos en Toledo y en
Sevilla”(Id.).
En su testamento demuestra tener varias posesiones en Tunja, Villa de Leiva y
Vélez, con no pocos ganados y varios esclavos negros 166. A buena parte de éstos
dejaba en libertad a su muerte, dotándolos de bienes y propiedades, así como
ordenaba decir misas por el alma de los esclavos e indios que habían muerto a su
servicio a lo largo de su vida. En la relación testamentaria aparecen también varias
armas y una rodela, posiblemente recuerdos de su anterior vida peregrina. Así confiesa
haber sido su existencia en los últimos años: “En Tunja, donde tengo mi reposo / con
una medianía de sustento / sin aspirar a don más fructuoso: / porque si rico es quien
es contento / yo lo soy sin recurso grandioso; / un día y victo es, mas no soy pobre /
pues no me falta, ya que no me sobre”(1308).
De todos modos -comenta en las Elegías con no poca tristeza- estos bienes les
son envidiados y aun se los quieren arrebatar, aunque no cita quien, sino un
“milano167”: “Pero con saña de furor rabioso / envidias encarescen el bocado; / cuenta
más de lo que es el codicioso, / quiérelo cercenar el desalmado. / Suma miseria es ser
166
- Datos que sirvieron a la profesora Cortés Alonso para realizar un estupendo
trabajo sobre la esclavitud africana en los fríos páramos y en los valles del Boyacá
colonial
167
- Ave que se caracteriza por robar presas o capturarlas en el aire.

59
envidioso / mas muy mayor el no ser envidiado. / Mordido soy deste cruel veneno /
que nunca tuve yo del bien ajeno /... Pero como no hay quietud perfecta / y siempre la
malicia prevalece, / malévolo que juega falsa treta / de mis merecimientos escarnece
/... Pues por persuasión de este milano / esta limitadísima comida / con colores
absurdos de tirano / por muchas vías se me circuncida, / y como si estuviese ya en su
mano / pide que lo restante se divida; / y juzgo yo de estos desconciertos / que debe
de contarme con los muertos. / Que él viva más que yo no lo recelo, / pues él no tiene
menos blanco pelo / ni tantos dientes como yo en la boca, / y el Rey que me lo dio
(Dios le de el cielo) / no me querrá quitar tan poca cosa, / y defendiéndome reales
brazos / mi capa no será hecha pedazos”(1308-1309)168.
Antes de morir mandó hacerse un túmulo en la iglesia, detrás del coro, junto a
un altar, con el siguiente epitafio:

SUPER POST MULTA GESTA IOANNES DE CASTELLANOS CONDITUR HOC TUMULO HOC
TUIT IN TEMPLO PER TEMPORA LONGA MINISTER ET RECTOR PATRIA ALANIS.

(DESPUES DE MULTIPLES HECHOS, JUAN DE CASTELLANOS YACE BAJO ESTE TÚMULO.


EN ESTE TEMPLO FUE POR LARGO TIEMPO MINISTRO Y RECTOR. ALANIS FUE SU
PATRIA.)

Resulta cuanto menos digno de mención que, después de tantos años,


recordara a Alanís. Es posible, por esa prodigiosa memoria que demostró tener, que
nunca olvidara el sonido de la campana de la iglesia de su pueblo natal, ni el claqueteo
de los picos de las cigüeñas sobre su espadaña en los meses de verano. Lo que con
168
- Cabe suponer que se refiera a su yerno Pedro de Rivera, con el que litigó por
ciertos bienes; o, dado como era proclive a encararse con los malos gobernantes y
jueces, al Justicia Mayor de Tunja, Villagómez Campuzano, o a su ayudante Juan de
Mardones, con quienes tuvo también ciertos agarres por sus exageraciones y cuentos
contra los “viejos de la tierra”, y por denunciar diversas conspiraciones, según
Castellanos todas inventadas (1394-1410).

60
seguridad nunca olvidó fue lo visto y lo vivido desde que llegó a América en 1539,
como los más de cien mil endecasílabos demuestran.
Ya tenemos planteado el esqueleto de la obra y el retrato del personaje;
pasemos ahora a adentrarnos en el laberinto, como el mismo Castellanos reconoció
que era su obra. Busquemos el secreto: los mundos indígenas que, revalorizados,
enaltecidos, descritos y detallados, contiene en su interior. Este es el “joyel” que
guarda la liturgia de escorpiones que conforma aparentemente las Elegías.
En fin, al igual que aquel capitán Tobías Hume, tan valeroso guerrero como
virtuoso violista en la Inglaterra de fines del S.XVI, Juan de Castellanos nos ofrece su
obra en el convencimiento de que, ya no al cultista de su época, ni al político, al juez o
al gobernante, ni siquiera al eclesiástico formal de la iglesia barroca de la
contrarreforma, ésta iba dirigida “al lector de buen entendimiento”. No buscó la
autobiografía ni la exaltación de sí mismo, pues con ello demostraría la vana gloria de
su trabajo. No robó invenciones de nadie, sino usó su propio ingenio, su propia pluma,
su propia mirada y el caudal infatigable de sus propios recuerdos que parecen no
agotarse ni perderse entre sus versos. Como si con ellos viniera a decir a sus
contemporáneos, o a nosotros mismos, usando un viejo aforismo latino entonces de
moda, que carpere vel noli nostra, vel ede tua: si éstos no son de tu grado, lector,
escribe los tuyos propios. Con la resolución de un viejo soldado, expone ante nuestros
ojos el tiempo que dejó atrás.
Así, de la mano de Castellanos, recorremos la amplia geografía de una América
inédita, social, cultural, lingüística, buscando los universos indígenas, vivos, rutilantes,
“superbísimos”... Corramos entonces las páginas, y naveguemos el infinito océano de
octavas. Dejémonos seducir por la belleza escondida en las tinieblas del olvido.

61
62
63
64
La región más transparente: Hablando de la tierra y la belleza.

Al menos un tercio del total de la obra dedicó Juan de Castellanos a describir lo


que él llama “la tierra”: la naturaleza, las plantas, los animales, las regiones, los
accidentes geográficos, que, más que accidentes, él ve como prodigios de la “natura”,
y ante los cuales el hombre no puede sino inscribir su impotencia. América en él es un
asombro continuo; asombro ante la nueva tierra, buena, a la que amar. A la que amar
porque ponía fin a sus hambres y a la pena de la mala vida en España, escribe. Y una
tierra bella, ocupada, habitada, de la que puede hacerse morada, compartiéndola, y
ante la que debe decirse, “a boca llena”, que es tierra de “bendición clara y serena”:
“Tierra de oro, tierra bastecida; / Tierra para hacer perpetua casa; / Tierra con
abundancia de comida; / Tierra de grandes pueblos, tierra rasa; / Tierra donde se ve
gente vestida / y a sus tiempos no sabe mal la brasa; / Tierra de bendición clara y
serena; / Tierra que pone fin a nuestra pena. / ¡Tierra buena!, ¡Tierra buena!. Tierra
que pone fin a nuestra pena. / Sino de quien diréis a boca llena: / Tierra que pone fin a
nuestra pena!”(593).
Castellanos se sitúa así en una posición bien alejada de la mayoría de sus
contemporáneos, y aun de otros descriptores de la realidad americana en estas fechas.
No describe el mundo americano para explicar su desmesura, o lo extraño de lo nuevo
ante lo viejo, como hacen otros; lo describe para darlo a conocer, porque, como lo
comprende -o intenta comprenderlo-, lo expone ante los ojos del lector en toda su
magnificencia, pero a la vez destilando la magia inmanente a ese universo y la sorpresa

65
que destila aquel mundo que se estrena a sus ojos. Comprenderlo se transforma para
Castellanos en un objetivo principal. A veces establece similitudes, para mejor darse a
entender, pero dejando entrever que en nada o casi nada lo viejo adelanta a lo nuevo;
en todo caso, sucede lo contrario. Considera que deben divulgarse los prodigios que
halla a cada paso para borrar la ignorancia. Por ello su obra tiene un claro propósito
pedagógico cuando no proselitista: convencer de que América no es tierra extraña,
sino común, colectiva. Y él, baquiano de esta nueva tierra, parte ya de ella, repite una y
otra vez frases como “los que aquí vivimos, sabemos”, o “como aquí decimos
comúnmente”, o “como vemos cada día”...
Es parte de ella porque en sus explicaciones sobre la tierra que le rodea no hay
un atisbo de rechazo por provenir de otra, sino de simbiosis de su experiencia anterior,
de su cultura de origen, con todo lo visto, lo oído, lo sentido y lo vivido desde que llegó
al continente, con toda la novedad del mundo americano. Castellanos es así un
mestizo cultural; globaliza lo humano y pone en relación naturalezas diferenciadas,
orígenes múltiples de los sujetos, visiones diversificadas del mundo que en ocasiones
son radicalmente opuestas entre sí. Intenta, con sus explicaciones –no solo acerca de
la “natura” sino, sobre todo, de los comportamientos humanos, de la naturaleza del
hombre, sean indígenas o europeos- hallar una identidad que pueda ser compartida; y
ésta es la pertenencia común a una “tierra buena”, como él dice, “a la que amar”.
Porque opina que de esta pertenencia común habrá de surgir una identidad y unos
valores que puedan ser colectivos. Un camino largo y difícil que, en su sentir, parte del
conocimiento recíproco y de la asunción de una serie de deberes y derechos por parte
de todos. Y en esta universalización de lo humano, la tierra americana, la de “los que
aquí vivimos”, la de los “como aquí decimos”, es el punto de partida. La raíz.
Una tierra americana, por tanto y en primer lugar, para vivir; porque, como
indica, es de tal “templanza, tan a gusto y a medida, / que da más largos años a la
vida”(18).
Afirma, y se anota como uno de los primeros geógrafos de lo global, que toda la
Tierra es un solo mundo: “Una fábrica es, y un mundo solo / cuanto ciñen el uno y otro
polo”(18). América no es una tierra perdida, sino una parte fundamental del planeta,
de lo habitado. El diluvio, que creó los océanos, escribe, dividió las tierras, pero no por
eso fueron distintas, o tuvieron orígenes diferentes; de ahí la inclusión de América en
la ecumene: “Mas la tierra, morada proveída / a los hombres y brutos animales, /
quedó desde el diluvio dividida / en dos partes que cuasi son iguales: / la una nunca
vista ni sabida / sino de sus propios naturales; / y aquesta tiene tan capaces senos /
como la otra, o harto poco menos” (Id.).
Ambos mundos, pues, quedaron aislados por el diluvio. Y lo afirma al haber
constatado que, en el recuerdo colectivo de los nativos americanos, quedaban rastros
de tal acontecimiento: solo que, al no poseer escritura, únicamente lo recordaban por
tradición oral, y ésta, advierte, es más vaga cuanto “de más atrás en el tiempo viniere”:
“Bien que noticia tienen del diluvio / y de la creación del universo, / pero con adición
de disparates... / varios, en relación como carecen / de letras y caracteres antiguos, /
según las hieroglíficas figuras / que solían tener otras naciones, / que les

66
representaban por señales / los pretéritos acontecimientos. / De manera que
solamente saben, / y aun no sin variar en sus razones, / cosas acontecidas poco
antes”(1149).
Juan de Castellanos, al no establecer diferencias entre el origen de indígenas y
españoles, dando muestras de una señalada ausencia de eurocentrismo
verdaderamente extraña para el S.XVI, llega incluso a plantearse el tema del
poblamiento del continente americano, acertando además plenamente: “Los que tales
tierras han poblado / acá pasaron por algún estrecho, / huyendo de algún caso
desastrado / o ya buscando tierras de provecho; / entonces el estrecho muy cerrado, /
y hubiese mayor boca después hecho, / pues suelen en tormenta y en bonanza / hacer,
por tiempos, mares gran mudanza”(46). Y afirma que no tardará mucho en conocerse
esta verdad: “No merece yerro que se crea / tener el tal estrecho por muy cierto; /
Tiempos podrán venir en que se vea. /... También digo que puede ser que sea / antes
de muchos años descubierto; / Porque la tierra nueva descubierta / para grandes
empresas hace puerta”(Id.)
Y concluye que el que no llegasen los aborígenes americanos a Europa como
llegaron los europeos a América, fue una cuestión de tiempo, al no poseer aun barcos
capaces; no por falta de valor o emprendimiento, como decían algunos de sus
contemporáneos, remarcando la inferioridad cultural indígena: “Porque decían ser
estas naciones / faltas de los orgullos y los bríos / que mueven los humanos corazones
/ a trastornar los mares y los ríos; / Y no pueden hacer navegaciones / a causas de
estar faltos de navíos / y que canoas, balsas y piraguas / no podían arar 169 prolijas
aguas”(44).
La naturaleza, su asombro ante ella, y su descripción, constituyen el hilo
conductor de todo el relato. Y aquí vuelve a separarse de otros cronistas, de otros
pintores de ese mundo en fechas iniciales. Muchos de ellos, en una generalización
válida para la mayor parte de los europeos del XVI, no veían en la tierra americana sino
una geografía desproporcionada, incluso monstruosa, a la que había, en un alarde de
valentía y coraje, que arrebatarle oros y riquezas arriesgando la vida, como decía
Bernal Díaz del Castillo, un lugar donde lograr “fama e riquezas, que todos los hombres
comúnmente buscamos”; el lugar del expolio. Una visión que no ha sufrido
sustanciales transformaciones desde entonces hasta nuestros días; y una línea de
pensamiento –y de actuación- que desborda el tiempo colonial y se adentra con
rotundidad en el periodo de la Ilustración, donde el conocimiento de la naturaleza
había de servir para aprender a doblegarla; en el periodo del desarrollismo positivista
del S.XIX, cuando la naturaleza debía estar al servicio del hombre; y en nuestros días,
donde un neoliberalismo voraz ha reimplantado la vieja doctrina del todo vale desde el
desempeño de un poder cada vez más omnímodo y hegemónico.
Así, a partir de 1492, la naturaleza americana fue visualizada por muchos como
un obstáculo al avance del hombre, del progreso universal (el del viejo mundo se
entiende), de la civilización (también entendida unívocamente): selvas impenetrables,
ríos invadeables, montañas asperísimas e insalvables, los animales todos mortíferos e
169
- Arar prolijas aguas: Navegar mares extensos.

67
insaciables (serpientes, caimanes, fieras), los insectos insoportables (“sabandijas”), los
indios violentos, bárbaros, crueles, sanguinarios, antropófagos, desnudos,
incivilizados... En cambio Castellanos sabe mirar la belleza. El mundo no es un valle de
lagrimas, ni el lugar del pecado, viene a decirnos; tampoco es el paraíso. Es como es:
simplemente una tierra buena, generosa y bella, donde merece la pena vivir, porque
“da más largos años a la vida”. En todo caso, son los hombres europeos, con sus
acciones y violencias, los que han transformado la belleza en perversidad. Los que, con
su falta de conocimiento, sus “locuras” y “avideces”, se enfrentan a una naturaleza que
siempre les podrá, que siempre les vencerá. No respetarla –es una cuestión que
plantea en las Elegías a cada paso- significa enfrentarse a su contundente respuesta:
sea un caimán que devora a los arriesgados que cruzan un río sin más precauciones; un
tigre que asalta a los no avisados, a los descuidados; una fruta, una comida, que mata a
los que por hambre se echan al coleto cualquier cosa; una montaña, una selva, una
ciénaga, que acaba con los que quieren cruzarlas sin entender sus claves, sus misterios,
sus secretos; un vendaval, un terremoto, un cataclismo, que intenta restituir el viejo
orden que los nuevos ocupantes de la tierra nueva se han empeñado en revolver.
Castellanos está lleno de atención, de curiosidad. Es un hombre –y un texto-
deslumbrado por el nuevo mundo, donde el poder de la naturaleza se demuestra en
sus fuerzas indomables. Una tierra, además, mágica; y a estrenar, como pan recién
hecho a la boca del horno: un mundo nuevo en verdad. Como algún autor ha señalado,
un mundo inviolado al que violaron. Por eso las Elegías muestran y pintan, aunque
parezca lo contrario, más que a los españoles, a la naturaleza y a los nativos
americanos. Es consciente de cuánto de lo que él vio en sus primeros años americanos
ya no existe: un mundo perdido ya, o deformado. Con no poco sentimiento de pérdida
y no poca ironía, señala cual era la visión de los colonizadores, y aun de la monarquía
con aquel mundo:
“Querían estos reyes singulares170 / en aquestos sus amplios señoríos / que
hasta las sabanas y manglares / y todas las riberas de los ríos, / se les tornaran viñas y
olivares / y no campos inmensos tan vacíos; / sino hacer las tierras provechosas / y en
ellas jamás ver gentes ociosas”(50).
Castellanos deja entrever que su civilización no es redentora, sino destructora.
Señala repetidamente que los indígenas vivían en armonía con la naturaleza, y en ella
hallaban y encontraban la mayor parte de sus recursos; en función de ella arbitraban
sus costumbres y sus formas culturales; atendían sus señales, que entendían como
lenguaje de sus divinidades. De todo lo cual se devenía un profundo sentido de
identificación del hombre con el medio. El hombre no es superior a la naturaleza,
concluye, sino parte de la misma: conocerla, admirarla y respetarla es parte
importante del respeto hacia uno mismo. Juan de Castellanos parece el primer
ecologista en este mundo.
Por eso no cesa de glosarla y describirla: “Hay infinitas islas y abundancia / de
lagos dulces, campos espaciosos, / sierras de prolijísima distancia, / montes excelsos,

170
- Se refiere a los Reyes Católicos.

68
bosques tenebrosos, / tierras para labrar de gran sustancia, / verdes florestas, prados
deleitosos, / de cristalinas aguas dulces fuentes, / diversidad de frutos excelentes”.
Y establece, cómo no, comparaciones: “Ríos que cuando llegan a lo llano /
llevan sus aguas tan potente hilo / que son pequeños Ganges y Eridano 171 / y en su
comparación el turbio Nilo”(Id.) Y enseguida aparecen sus habitantes: “En riquezas se
ven gentes pujantes, / grandes reinos, provincias generosas, / auríferos veneros y
abundantes / metales de virtud, piedras preciosas, / margaritas 172 y lucidos
pinjantes173 / que sacan de las aguas espumosas. / Templanza tan a gusto y a medida /
que da más largos años a la vida”(18).
La naturaleza es completa: “Cuanto naturaleza tiene hecho, / examinado y visto
sabiamente, / no vaca ni carece de provecho, / ya sea cubierto, ya patente, / que la
virtud no pierde su derecho / aunque sea la muestra diferente; / ansi veréis, do faltan
muchas cosas / otras que no son menos provechosas. / En Indias tierras hay do no se
crían / oro ni plata; mas en su distancia / algunas veces hay tal granjería 174 / que suele
dar riquísima ganancia, / supliendo aquella falta que tenia / con cosas de no menos
importancia, / que causa natural allí compuso / y los hombres aplican a su uso. / No
veréis por acá tierra tan pobre / que de lo que contratan las naciones / alguna buena
cosa no le sobre; / pues aquí cogen copia de algodones, / allí plomo y azogue 175, acullá
cobre, / aquí muchos ganados y allí dones / de cristales, viriles 176 y esmeraldas; / Aquí
pastel177, orchilla178, y allí gualdas179”(275).
Una tierra americana prolífica: “Hay en torno labranzas y frutales, / regalos
grandes destos naturales”(517). Buena tierra y buenas gentes: “Es de su natural
aquella gente / en sus disposiciones elegante, / gallarda, limpia, suelta, diligente; / la
tierra rica, fértil, abundante / y para la salud muy excelente”(474).
Así, describe las variadas regiones que componen aquel mundo. Los Andes, por
ejemplo:
“La cordillera de las altas sierras / que salen de la parte del estrecho / a quien
dio Magallanes nombramiento / ... al noroeste viene declinando / con grandes brazos
della dependientes, / a diferentes vías extendidos / incluyendo las sierras de los Andes.
/... Y en la continuación de su corriente / se viene por la tórrida metiendo / y la
equinoccial atravesando; / Pero ya cerca della se divide / en tres brazos la dicha
171
- Antiguo nombre del río Po, en Italia. Según la mitología clásica, llamábase así por
haberse precipitado en sus aguas Eridano, hijo del sol.
172
- Una de las variedades de perlas.
173
- Joya que se cuelga del cuello.
174
- Trato, negocios con grandes ganancias.
175
- Mercurio.
176
- Vidrios finos.
177
- Pasta de hojas de glasto (planta tintórea de la que se obtiene un producto
parecido al añil) que sirve para teñir de negro y otros colores.
178
- Liquen que se adscribe a la orcina. Producto tintóreo que se obtiene de esta
planta.
179
- Planta tintórea que sirve para teñir de amarillo dorado.

69
cordillera, / que contienen amplísimos terrenos: / el uno destos ramos va corriendo /
entre la Mar del Sur180 y río Cauca, / el cual continuando su derrota / pasa por Panamá
y enfermo suelo / del que Nombre de Dios heredó nombre, / y va hasta llegar a Nueva
España. / El otro ramo dentre los dos ríos / que es el de Cauca y de la Magdalena / do
se contienen las provincias dichas / de los catíos y otras gentes bravas, / prestas a la
defensa de sus tierras, / es de menor discurso su corrida, / pues el remate dél es a las
juntas / donde las dos corrientes hacen una, / que será veinte leguas la distancia /
desde su conyunción a la marina. /... Del tercero diré como se tiende / entre el gran río
de la Magdalena, / y los inmensos llanos de quien hice / mención en otras partes do
convino; / el cual ramo se va continuando / por la costa del mar de Santa Marta, / del
Cabo de la Vela y Venezuela, / y por el alaguna que se llama / en aquella provincia
Maracaibo. / Pero donde contiene mas anchura, / con multitud de gentes naturales, /
valles amenos, fértiles culturas, / herbosos campos, fuentes cristalinas, / de varias
mieses grandes sementeras, / dehesas proveídas de ganados / con pastos que no
pierden sus verdores, / claras corrientes, lagos espaciosos, / diversas cazas, pescas
apacibles, / de plata y oro prósperos veneros, / piedras preciosas, ricas esmeraldas, /
templanza salutífero, pues nunca / frío fatiga ni calor da pena, / con otras muchas
cosas necesarias / a la conservación de los mortales”(967).
Las islas del Caribe, con sus bahías de ensueño:
“Ofrecíase delante cierto seno / de frescas arboledas rodeado, / con playa
limpia bien acomodado... / Colgaban de las rocas ornamentos / de yerbas diferentes
en verdores, / dulces aguas y claros nacimientos / que formaban murmurios181 y
clamores... / Con otras más de gentileza, / según quiso pintar naturaleza”(34-35).
Puerto Rico, con todos los nombres de sus ríos:
“Van por su medio montes poco fríos / porque los aires son todos templados; /
Vierten a todas partes dulces ríos / cuyas arenas son granos dorados: / sus recodos,
remansos, vertederos, / abundan de riquísimos veneros. / A la parte del norte
Cairabone, / que más que toda agua multiplica. / Más al oriente corre Tainiabone, /
cuyas vertientes son de tierra rica; / Otro también se llama Bayamone, / y el que
nombró Luisa la Cacica182 / Camuy, Culibrimas y el Aguada, / de fértiles labranzas
cultivada. / El Mayaguex al sur hace su playa, / y allá sus aguas Coriguex derrama; / Al
oriente demora Baramaya, / Jacagua, y el que dicen de Guayama; / Macao, Guayaney y
Guibanaya, / menos ricos que otros, según fama; / pero ninguno dellos falto de oro, / y
en todas sus riberas gran decoro”(106).
Trinidad:
“Es en todos los tiempos y sazones / de muchos alimentos abundosa; / Tiene
sabanas, ríos, mar, ancones, / y en muchas partes selva montuosa. / Son grandes y
extendidas poblaciones / de gente por extremo belicosa; / Todos en general de buenos
gestos, / altos, fornidos, sueltos, bien dispuestos. / Por todos los más meses esta gente
180
- Así llamado el océano Pacífico por oposición a la Mar del Norte u océano
Atlántico.
181
- Murmullos.
182
- A la que haremos referencia en el último capítulo de este libro.

70
/ compite con caribes inhumanos, / de minas apariencia competente / muestran ansí
las sierras como llanos”(174).
El río Amazonas:
“Guiando su derrota por un río / que en Moyobamba tiene nacimiento, / y al
Mar del Norte hace su salida / con casi dos mil leguas de corrida. / La madre dél es tal y
tan extensa / que no la vio mayor hombre viviente, / y ansí, por ser grandeza tan
inmensa, / mar dulce le llamamos comúnmente; / Y dicen ser engaño del que piensa /
no ser el Marañón esta creciente: / Tal nombre le pusieron los Pinzones, / de ciertos
nautas dichos Marañones. / Por la equinoccial sus agua guía, / dando prolijas vueltas
diferentes, / y della casi nada se desvía / con impetuosísimas crecientes; / De islas
numerosas la cuantía, / muy muchas de las cuales tienen gentes, / algunas señaladas
en grandeza, / pero ningunas muestras de riqueza. / Orilla deste río, montuosa, / hacía
pues Pizarro183 su jornada, / tierra mal asombrada de lluviosa, / por una parte y otra
mal poblada; / Y a veces la montaña rigurosa / les daba la canela deseada. / Sus
árboles altísimos y locos, pero no muy espesos, sino pocos184”(304).
Las sierras andinas de la actual Colombia:
“Las encumbradísimas alturas / de las sierras de Agatá, en aquel tiempo /
hollaba multitud de naturales / a quien señoreaban dos caciques / Cocomé y Agatá, de
quien heredan / las empinadas sierras este nombre, / que por la mayor parte son sin
monte: / pero sabanas altas y balsares185 / estériles, y faltas en verano / de líquidas
corrientes, porque beben / las represadas aguas del invierno. / Mas vistas las
vertientes al ocaso, / al nacimiento de la misma sierra / responden grandes ríos
furiosos / que proceden de partes diferentes, / y se encuentran y juntan en tan valle /
de muy grandes llanadas, que se hace / entre esta sierra y otra montuosa / cubierta de
vetustas arboledas, / por donde quedan espaciosos lagos / en tiempo de verano, cuyas
aguas / abundan de pescados diferentes. / En el invierno los confines montes / y
campos rasos quedan anegados, / cuyos fluidos ímpetus recibe / el río Grande de la
Magdalena”(1235).
Con sus ríos:
“Aquestos ríos pues de quien di llena / relación en las partes que convino, / son
Darién, Cauca y de la Magdalena, / que corren gran distancia de camino / hasta que
juntos llegan al arena / y riberas del término marino; / Y entre los tres hay ríos y
quebradas / tantas, que no podrán ser numeradas. / Donde, según la vista verifica, / se
contiene riquísimo tesoro, / por ser en general la tierra rica, / y ríos y quebradas
manan oro; / Y ansí dice quien esto certifica, / que mora de presente donde moro, /
haber en todas partes y lugares / infinidad de minas singulares”(963).

183
- Se refiere a Gonzalo Pizarro en su expedición al País de la Canela (desde Quito al
oriente, por los Quijos, hacia el río Napo)
184
- Se refiere a los árboles de canela, cuya búsqueda originó la anteriormente
mencionada expedición.
185
- Pantanos, ciénagas de altura. Terrenos inundables de los páramos en
determinadas estaciones.

71
En cada región, en cada travesía recorriendo el ancho mundo americano, va
dejando descripciones de sus detalles más significativos:
Así, descendiendo desde las sierras y montañas:
“Rompiendo por tan ásperas montañas / que cuasi luz del cielo no se
veía”(438); “Montañas despobladas / tristes, lluviosas, cenagosas, frías, / de luz y de
salud desamparadas; / de por medio las altas serranías / y cordillera de sierras nevadas
/ que dividen la poderosa vena / del río Cauca y de la Magdalena”(869); “Caminos
cenagosos y montañas / tristes, oscuras, ásperas, lluviosas / y ajenas totalmente de
consuelo / inundación de aguas todas horas”(1284).
Declara la belleza de lo inasible en las sierras del Ecuador: “Dejando los
albergues agradables, / los campos y sabanas apacibles, / por las montañas van
inhabitables, / y lugares que son inaccesibles, / y con trabajos tan intolerables / que no
pueden intentarse de terribles: / oscuros bosques, ásperos breñales / avolcanadas
tierras, cenagales /... tierras de fertilísimas labores / y campo que hartura prometía, /
adonde ni los fríos ni calores / se podían juzgar a demasía. / Aunque tienen aquestos
moradores / igual siempre la noche con el día / por ser debajo del ecuante cinto 186 /
por quien un polo y otro fue distinto(882).
O las nieves de la bien llamada Sierra Nevada de Santa Marta:
“Y hay hasta lo mas alto tales ratos / donde la nieve ven perseverante, / que
tengo por menor al monte Atos187 / y aquel que se nombró del rey Atlante188. / La
nieve, dicen hombres insensatos, / ser piedra blanca, clara, rutilante, / aunque por ojos
y razón se pruebe / ser lo más alto verdadera nieve. / Y ansí, con tiempos claros y
serenos, / bien mirada la cumbre donde toca, / a veces vemos más, a veces menos; /
unas veces hay mucha y otras hay poca, / por derretirse parte de sus senos; / Y aun
para confundir opinión loca / veremos en los tiempos mas lucidos / venir los ríos claros
y crecidos”(491).
Descendiendo, alcanza los fríos páramos, como el de Nutaves, por el Cauca,
para llegar al Valle de Teco: “En aquel tiempo vía peligrosa / a causa de pasar por un
altura / de tierra fría, despoblada, / que páramos llamamos comúnmente, / do corren
insufribles ventisqueros / imbríferos189 y tales que traspasan / sus pluviosos soplos las
entrañas”(992). O el de Pamplona, donde, a pesar del frío, si uno se acostumbra es
tierra saludable, pues el “arte” templa los rigores de la naturaleza: “Pero con increíble
pesadumbre / al humano es vivir incomportable, / pues el glacial viento de su cumbre /
no es a los humanos amigable; / Mas la continuación y la costumbre / parece que lo
hacen tolerable / de tal manera ya que, en su altura, / arte templa rigores de
natura”(400).
Hasta llegar a los valles, tierras de verdor, riqueza y poblamiento. Como el de
Guane, por la región de los Vélez190:
186
- Ecuante cinto: línea ecuatorial.
187
- Monte Athos, en Salónica, Grecia.
188
- Cordillera del Atlas, en el norte de África.
189
- Umbríos.
190
- En el actural Departamento colombiano de Santander.

72
“Y aunque son grandemente pedregales / las partes habitables deste suelo, / es
amigable siempre su templanza / para conservación del individuo, / pues nunca frío ni
calor da pena / por ser desocupado de montañas / y visitarlo saludables vientos / a su
fertilidad nada contrarios. / Y ansí contiene virtuosas plantas / que producen en todos
tiempos frutos / apacibles al gusto y a la vista, / y al olfato no menos agradables. /
Traspuestas en labranzas regadías / do guían por acequias aguas claras / que bajan de
los altos murmurando / y se derivan por diversas partes / en toda la provincia, que
contiene / de circuito más de doce leguas” (1241).
O el de Opón, en la misma región, poblado y sumido en el trajín del intercambio
de productos en un mundo donde todavía el comercio monetario no había hecho
aparición:
“Y cuanto más encumbra las laderas / más a placer se ven las rasas cumbres, /
llenas de cultivadas sementeras / que quitan atrasadas pesadumbres; / fertilísimos
valles y riberas / con los humanos usos y costumbres, / vénse los pueblos, hierven los
caminos / los tractos y contractos de vecinos”(597).
El del Cauca: “Es un valle llamado de Guarcama / que por contemplación del
que gobierna / Valle de San Andrés heredó nombre / como le llaman hoy los
españoles, / cuya fertilidad los incitaba / a ver lo más secreto de la tierra, / con pronta
voluntad encaminada / a vivienda que fuese permanente, / porque los convidaba la
frescura / de fructíferas plantas y arboledas / en campos abundantes de labranzas, /
regadas de las aguas cristalinas, / terreno sano, claro, descubierto, / desabahado 191 de
montisca192 sombra, / por longitud de hasta veinte leguas; / en latitud tendría diez o
doce; / a trechos pueblos ricos y opulentos / de minas, por labor y granjerías / de los
algodonales que poseen, / de que se hacen telas razonables, / blancas y variadas en
colores”( 1019). O cuando se une al del Magdalena: “Aunque parejas cumbres los
despiden, / corren por diferentes señoríos, / pues antes que se junten los dividen /
sierras que llaman dentre los dos ríos193, / que cuasi paralelamente miden / sus cursos,
sus distancias y desvíos. / Mas por do Cauca guía sus corrientes / hay vegas grandes,
valles excelentes”(846).
Y junto a los valles, las sabanas:
“Son bosques de sabanas extendidas, / con tal densor que no sabré pintallo, /
las yerbas dellas todas tan crecidas, / con un poleo194 de prolijo tallo / que si no son
holladas y abatidas / no se aparecen195 hombres a caballo; / Y algunas arboledas,
aunque raras, / muy limpias de troncones y de jaras”(226).
Hasta descender a las selvas, como las del Darién, según él una región
desolada: “Pero ninguna mas incomportable, / ni mas perjudicial al ser humano, / por
ser anegadiza, montuosa, / con otras cien mil plagas insufribles, / y cuyas influencias
solamente / son adaptadas para criar oro, / de que gozan algunos naturales, /
191
- De abajar, envilecer, humillar. Desabajado, liberado, desenvilecido.
192
- Montuna.
193
- De donde procede el nombre de Antioquia, entre ríos.
194
- Planta herbácea.
195
- No se ven.

73
rarísimos, en árboles subidos, / sobre los cuales tejen barbacoas 196, / y en ellas sus
tugurios o chozuelas, / por las inundaciones de los ríos, / que suelen ser allí
cuotidianas”(1011). O las del Orinoco: “Que todas son montañas extendidas / tan
lluviosas, tan tristes, tan oscuras, / que no pueden romper sus espesuras”(586).
Las regiones, las alturas, los valles, las selvas, los ríos, están además salpicados
de lugares singulares. Cascadas, por ejemplo, cuyo nombre en lengua indígena taguato
en una región del alto Orinoco –Bumbum, completamente onomatopéyico- despistó a
los españoles: “Ansí que no de balde le decía / al Ordás el Taguato que siguiera / el río
Caranaca, do se vía / mejor disposición en la ribera... / Y ansí, por divertir su fantasía,
/ como quien lo tenía bien corrido, / <Bumbun temeretopo> le decía, / señalando de
piedras gran ruido. / El bárbaro vocablo se entendía; / mas el propósito fue mal
entendido, / pues allí cada cual interpretaba / según aquel deseo que llevaba. / ...
Yendo pues cada cual dellos ya falto / no menos de salud que provisiones, / vinieron á
topar con cierto salto / de peñascos y grandes farallones / do caían las aguas de más
alto / y el ruido causaba confusiones. / Allí se conoció menos prolijo / aquel Bumbune
que Taguato dijo”(170-171).
Volcanes: “Bien como cuando la sulfúrea vena / de Quito sus ardores
engrandece / en el volcán y fonda197 socarrena198, / y con espesos humos acontece, / la
tierra circunstante ser tan llena / que el sol se les esconde y oscurece; / Y aunque
distante dél, atemoriza / al morador que ve llover ceniza”(649).
O lagunas, como él llama al lago de Maracaibo, cuyas orillas se hallan
impregnadas de ciertas arenas oleaginosas: “Y aun es aquella lama como brea. /
Demás de aquesta pegajosa greda / hay fuera lagunazos de bitume199, / do quien entra
yo fío que no pueda / sacar presto su pie si se le sume, / pues cualquier animal allí se
queda / hasta que ya por tiempo se consume; / finalmente, fieles e infieles / suelen
brear200 con ello sus bateles201”(478)
Y los distintos fenómenos atmosféricos, que llenan a Castellanos de curiosidad
al explicarlos. Tormentas: “Según suelen venir granizos gruesos / de la región del aire
congelados, / que lastiman las carnes y aun los huesos / de las aves, conejos y venados,
/ y también los ruidos son espesos / de los golpes que dan en los tejados: / tal y tan
grande estruendo se hacía / al tiempo que se da la batería”(565); “Lluvias y truenos
son por tales modos / que pensaron allí perecer todos”(583). Lluvias que son terribles
en la selva: “No vemos de sabanas apariencias / que con su caza den algún consuelo, /
sino bosques que crían pestilencias / sin dar al aire cosa que dé vuelo; / predominan
malignas influencias, / un continuo llover, un triste cielo, / truenos, oscuridad, horror
eterno, / con otras semejanzas del infierno”(587); “Cuyos confines son y cuyo suelo /
196
- Construcciones elevadas de palos y maderas para protegerse del agua o de los
animales.
197
- Honda.
198
- Hueco, concavidad.
199
- Bitumen, betún.
200
- Embrear, calafatear.
201
- Botes.

74
de malo y asperísimo camino, / y donde pocas veces se ve cielo, / resplandor de
planeta ni de sino, / sino cuasi perpetua tiniebla, / molestas lluvias y continua
niebla”(593); “Espesa breña, cenagoso suelo, / y creo que el peor del Nuevo Mundo, /
do nunca se ve luz que dé consuelo, / y es el rigor de lluvias sin segundo / paréceles
subir al alto cielo, / y al bajar, que descienden al profundo”(594).
Aguas que generan grandes avenidas de piedras, lodo y barros, llamados en
quechua huaycos: “Bien como cuando nimbo proceloso / derrama por los altos sus
licores / y la creciente dellos se deriva / por los declives valles y quebrados, / llevando
por delante con ruido / las plantas y las piedras poderosas”(1206). O gigantescas
crecidas en los ríos: “Y una noche llegó tal avenida, / estando rancheados los de tierra,
/ con tan impetuosa descendida / corriente de los altos de la sierra, / que no dejó
recurso ni huida, / pues de una y otra parte los encierra, / y estuvieron aquestas
compañías / subidas en los árboles dos días”(593); incluso cuando navegaban: “Los
bergantines por la misma vía202 / contra corriente van á puros brazos, / pues aunque
recogido todavía / podían navegar buenos pedazos. / Pero cuanto por él más se subía /
se topaban mayores embarazos / de piedras y de palos y corrientes / que todos eran
riesgos eminentes”(593).
Y furiosos vientos: “Viento de riguroso remolino / cuando circungirando por el
campo / sopla, confunde, barre y ahuyenta / el poderoso polvo y el arena”(1257).
Los climas, en general, son descritos con detalle, como los muy diferentes que
se pueden hallar en la Nueva Granada; aunque dice que su temple no es tan riguroso
como para tener que andar arrimado de continuo a estufas o chimeneas. Además, la
variedad de climas permite la diversificación productiva, intercambiándose frutos de
unas zonas a otras, y permitiendo la adaptación de las plantas europeas en hallando el
lugar conveniente para ello: “Hay oro, plata, cobre, plomo, piedras / preciosas de
valor, engrandecido / con templanza graciosa y apacible / en todo tiempo, porque
raras veces / hay tal rigor de frío que demande / favor a chimeneas ni braseros / ;
aunque también hay hielos y granizos, / y páramos, no tales que no sean / para fértiles
mieses apropiados / de todos granos, hierbas y legumbres / y cualesquier especies de
ganados / ... Provincias hay calientes asimismo, / terrenos de propicias influencias / do
fructíferos árboles se crían, / así de los plantados nuevamente / como de los antiguos y
nativos, / de cuyos frutos gozan a sus tiempos / los que residen en la tierra fría”(1148-
1149).
Su pluma se desgrana en sortilegios de verbos y adjetivos cuando quiere
describir los amaneceres y las puestas de sol. Aquí su alma de poeta parece que tiene
donde expandirse, de un modo no muy diferente, por ejemplo, con los versos de
Garcilaso de la Vega203. Amaneceres descritos así:
202
- Se refiere al río Magdalena.
203
- En la Égloga I, Garcilaso describe así un amanecer: “El sol tiende los rayos de su
lumbre / por montes y por valles, despertando / las aves y animales y la gente: / cual
por el aire claro va volando, / cual por el verde valle o alta cumbre / paciendo va
segura y libremente, / cual con el sol presente / va de nuevo al oficio / y al usado
ejercicio / do su natura o menester le inclina”. Nótense las semejanzas en el estilo.

75
“La luz esclarecida de Diana / sus dorados cabellos recogía / y Venus anunciaba
la mañana / que por pasos contados se venía...” (120); “Ya planetas y signos celestiales
/ perdían resplandores de sus lumbres / por se manifestar rayos febales 204 / dorando
las alturas de las cumbres /... y la solicitud de los mortales / repetía sus usos y
costumbres / en tal manera que cualquiera veía / el bien o el mal de donde le
venía”(502); “Cuando la luz de Febo se presenta / por las cumbres de montes
ensalzados...”(121); “Y cuando los purpúreos arreboles / herían la ladera y el
repecho...”(567); “Cuan llegó ya la bella dama / del antiguo Titón205, mostró la cara, / e
ya salía de la dulce cama / adonde el cansancio se repara, / y en la misma sazón fébea
llama / volvía las tinieblas en luz clara...”(536); “Al tiempo, pues, que la gallarda Venus
/ vencía descubriendo sus dorados / copetes por la puerta del Aurora...”(1008).
O las puestas de sol, mandando a las gentes a dormir: “Y el sol iba sus carros
recogiendo206 / al hemisferio del opuesto cielo, / la lumbre de sus rayos escondiendo /
a los habitadores de este suelo, / y el alegre color se va vistiendo / de la librea del
nocturno cielo, / cesando por aquel inconveniente / contratos y el concurso de la
gente”(536).
Pero la naturaleza, la tierra, está habitada por infinidad de animales; una fauna
americana que deslumbra a Castellanos y para la que emplea cientos de octavas en su
descripción: “Hay también por aquestos despoblados / y campos tan inmensos y vacíos
/ cantidad infinita de venados, / los cuales son de dos ó tres natíos207; / dantas208 y
puercos tan multiplicados / que cubren las riberas de los ríos; / Hay tigres, osos,
onzas209 y leones / cebados, en aquestas ocasiones. / Nutrias anchas que tienen sus
estilos, / y de puerco la forma y ademanes; / Inmensa cantidad de cocodrilos, / a
quien todos acá llaman caimanes, / cuya ferocidad y bravos filos / son causa de
grandísimos desmanes, / pues suelen devorar estas serpientes / crecidísimo número
de gentes”(169).
Los caimanes se cuentan entre sus animales favoritos o, al menos, entre los que
más le llaman la atención por su braveza, sigilo en el cazar y peligrosidad, siendo
castigo mortal para aquellos que no reconocen sus fuerzas y poderío. En diversas
partes de las Elegías se detiene a contarnos historias relacionadas con caimanes. Por
ejemplo, narra cómo una zona del río Magdalena estaba infectada de ellos, y
“cebados”, es decir, acostumbrados a comer carne humana, porque algunos grupos
indígenas depositaban sus difuntos en el río, lo que a Castellanos le parece una
costumbre “indecente”, y peligrosa: “Pues por estar sin fuerzas y sin brío / usaban de
sepulcros indecentes, / porque viendo quedar el cuerpo frío / los vitales espíritus
204
- De Febo, el sol.
205
- Titón, esposo de la Aurora.
206
- Arreboles, carros de fuego del sol.
207
- Astas en las cornumentas.
208
- Anta, tapir. Gran paquidermo americano de abundante carne y grasa. Su piel,
dura y resistente, era muy usada por los indígenas y también por los españoles para
fabricar petos y rodelas.
209
- Mamífero salvaje parecido al leopardo. Debe referirse al jaguar.

76
absentes, / echaban a los muertos en el río, / donde los devoraban las serpientes, / y
ansí, cebados en aquel sustento, / iban sus osadías en aumento. / Pues es ansí verdad
que tanta era / la vigilancia del portento duro, / y hambre de la bestia carnicera, / que
ni con claridad ni con oscuro / nadie tentó llegar á la ribera / que pudiese salir della
seguro; / y dejo de contar casos diversos / por no poder caber en pocos versos”(586).
Aunque anuncia que no lo va a contar no pude sustraerse a narrarlo, escribiendo a
continuación el episodio de los españoles que lavaban sus ropas en la orilla: “Pues
antes de caer en el engaño, / como llegasen muchos descuidados / a beber ó lavar el
pobre paño / por falta de criadas ó criados, / hicieron los caimanes mucho daño / en
caballos y perros y soldados; / y ansí con vara larga se cogía / el agua que en el campo
se bebía”(Id.). De otras zonas, como en la Tora210, también sobre el Magdalena, dice
“haber en toda ella / inmensa cantidad de cocodrilos, / tanto que perturbaban el
pasaje”(1274)
La descripción más larga de un animal en toda la obra (págs.540-543), está
dedicada, cómo no, al caimán, al que describe magistralmente como “fiero dragón y
acuática serpiente”: “Entre tanto que allí se detenían / e guías de la tierra se tomaban,
/ muchos indios amigos que traían / en aquel amplio río se bañaban; / Pero cuantos
entraban no salían, / antes la mayor parte se quedaban; / con ser excelentes
nadadores / siempre desparecían los mejores. / Hallábase la gente descontenta, / ansí
soldados como capitanes, / y a ningún español se representa / la causa ni razón destos
desmanes; / hasta que ya cayeron en la cuenta / de voraces lagartos ó caimanes, /
fiero dragón y acuática serpiente, / que hasta hacer presa no se siente”(Id.). Detalla su
forma de cazar: “Esta bestia cruel parece muerta / en el agua y a modo de madero, /
pero para hacer su presa cierta / no puede gavilán ser mas ligero: / Va por turbias
orillas encubierta / adonde cogen agua ó lavadero, / y aun sin sacar del agua la
ventrecha211, / de los que suenan212 fuera se aprovecha. / Pues como huela que por la
ribera / anda bárbara gente o española, / si no puede cazar de otra manera / procura
hacer presa con la cola, / que con pesado golpe saca fuera, / y es tal que bastara con
ella sola / a llevar plantas gruesas arraigadas, / cuanto mas á personas descuidadas. /
Son en estas astucias tan continos213 / que aunque viven con miedo del engaño / todos
aquellos bárbaros vecinos / reciben destas bestias mucho daño”(Id.). Comenta algunas
de las artimañas usadas por los nativos para poder bañarse en los ríos con cierta
seguridad, pero también cómo son burladas por los astutos caimanes: “Y es en su
recreación y policía / lavarse muchas veces en el día. / Algunos indios por guarida
cierta / hacen dentro del agua palizadas, / para que por allí no halle puerta, / y ellos
tienen por tierra sus entradas; / Mas natural instinto que despierta / al caimán en las
noches mas cerradas, / entrase por la puerta que está fuera, / y cubierto con agua los
espera... / Y ansí cuando se bañan le dan prenda / que no les cuesta menos que la vida;
/ y él, para confirmar sus malas mañas, / les da, por aposento, sus entrañas” (Id.).
210
- Actual Barrancabermeja.
211
- Vientre de los pescados.
212
- De los que hacen ruido, se mueven, en la orilla.
213
- Continos: perseverantes.

77
En sus descripciones se detiene en precisar las medidas de estos animales:
“Alguna destas bestias hay que tiene / a veinte y aun a treinta pies de largo 214”(Id.).
Mas otros detalles: “Él en efecto es boquirrasgado, / sin lengua, con dos ordenes de
dientes, / de durísimas conchas rodeado, / los pies no de lagarto diferentes: / Es largo
de hocico y ahusado; / son astutas y cálidas serpientes”(Id.) Abundan los episodios en
que los protagonistas fueron los caimanes, como aquel en que un indígena valiente
corrió en auxilio de su mujer, a punto de ser devorada por uno de ellos, y quien les
enseñó a los españoles que la parte más vulnerable del animal eran sus ojos, cosa que
él en modo alguno está dispuesto a comprobar: “Pero por cierto suerte fue galana / la
que supo hacer un Andresillo, / por librar a su mujer, llamada Juana, / de boca del
vorace cocodrilo, / que como viese mano que cercana / en el río hinchese 215 cantarillo;
/ asióle della con su duro diente / y tras sí la llevó ligeramente. / Oyendo los clamores y
la grita, / y viendo que le lleva su querida, / el osado zagal se precipita / en la
profundidad por dalle vida, / y dentro de las aguas se la quita, / sin que pudiese dalle
mas herida; / Porque con un machete que tenía / los ojos al caimán entorpecía. / No
perdió los manjares de su mesa / por cobardía, porque tiene poca; / pero por no
quedar con vista lesa / cuando fuerza menor allí le toca, / con temor y dolor suelta la
presa / del cruento sepulcro de su boca; / Pues con ser animal feroz, rabioso, / es
siempre de sus ojos temeroso. / Muchos afirman este devaneo, / o verdad de que yo
soy ignorante, / y que para tan áspero torneo / este remedio dicen ser bastante; / Pero
yo ciertamente no deseo / necesidad de prueba semejante”(Id.).
Quien sí tuvo que comprobarlo fue, al parecer, el murciano Alonso Sánchez,
quien intentó utilizar este ardid para salvarse, lo que no consiguió al final: “Aunque
cierto español con estas mañas / se libró de no ir á sus entrañas. / Alonso Sánchez éste
se decía, / de Murcia natural y allí nacido, / el cual en aquel tiempo que venía / gente
por descubrir este partido, / para juntarse con la compañía / de quien había sido
dividido, / por no quedar allí le fue forzado, / a riesgo de morir, pasar á nado. /
Llevando presuroso la carrera, / y de la concluir no sin antojos, / voracísima boca de la
fiera / a su vientre le quiso dar despojos: / Él viéndose tratar desta manera / acude con
los dedos á los ojos, / con la cual prevención el sin ventura / se libró de la viva
sepultura. / Hiende las aguas con veloce mano / por poderse hallar en la orilla; / Mas
antes que se viese tan cercano / que la tomase por segura silla, / la sierpe por las
carnes del cristiano / hincó dos ó tres veces la mejilla, / y el español con lo que ya sabía
/ con gran valor de sí la despedía. / Al fin pudo salir, mas de tal arte, / y la mísera carne
tan rompida, / que diligente cura no fue parte / para poderle dar alguna vida; / pues
luego que topó nuestro estandarte / fue el alma de las carnes despedida, / habiendo
ya limpiado su conciencia / con sacramento de la penitencia”(Id.).
Más historias siguen sobre algunos arriesgados que no consideraban el peligro
de cruzar los ríos a nado: “Poco después otro gentil soldado, / delante los demás desta
conquista, / cierto río tentó pasar á nado, / y en presencia de todos y a su vista / fue de
214
- Entre unos cinco metros y medio y ocho metros. El pie castellano era una medida
de longitud de aproximadamente 28 centímetros.
215
- Llenase.

78
cruel caimán arrebatado: / Hay quien lo ve, mas no quien lo resista: / Pide favor, y
nadie favorece; / zambúllese con él, y desaparece” (Id.). Caimanes tan osados que
incluso atacaban a las canoas: “Pudiéramos contaros maravillas / de la braveza de este
serpentino; / mas bien será decir de Juan Varillas / y Martín Sánchez, hoy nuestro
vecino, / que vieron un caimán en las orillas / del agua por do guían su camino; / al
cual tiran y dan con un espada, / por no perderla con cordel atada. / Luego con
furiosos accidentes / el feroz arremetió con la canoa, / y con aquellos espantables
dientes / asió de los remates de la proa. / Asombráronse desto nuestras gentes / con
pesado pesar de que la roa, / porque cuando mordió la bestia fiera / otro tanto sacó de
la madera”(Id.).
Comenta también la lucha, que alguna vez vio, entre un tigre216 y un caimán,
donde cada cual llevaba ventaja según donde se desarrollase la lid, fuese en tierra o en
el agua: “Tigre los acomete si los halla / en tierra, y es de ver esta batalla. / Porque el
pintado tigre lo rodea / con presurosos saltos y ligeros, / defendiéndole el agua que
desea / de ríos, de lagunas ó de esteros, / y clávale durante la pelea / con las uñas las
conchas y los cueros: / da muestra el caimán de su braveza, / aunque le falta presta
ligereza. / Mas abre las durísimas quijadas, / hace sus diligencias y se enhiesta, / dando
tan sonorosas tenazadas / como tarasca día de la fiesta217. / Da vueltas con la cola tan
pesada / cuando para herir la hace presta, / que si con ella diese, por enmedio / al
tigre partiría sin remedio. / Y si en el arenal o seca plaza / el tal tigre gozó de
vencimiento, / arrastra luego la pesada caza / a montuosa cueva y aposento, / adonde
la desconcha y despedaza / para satisfacer el pecho hambriento; / Mas si pasar el río le
acontece, / el caimán es allí quien prevalece. / Porque suele la maculosa fiera 218
muchas / veces, pasar una corriente / a nado, para ver parte frontera, / que de caza
será mas conveniente; / Mas si caimán lo ve por su ribera / sujétalo en el agua
fácilmente, / y no tiene dudoso vencimiento, / sino cierto, por ser en su elemento. / Y
ansí cualquiera dellos ha por buena / la pelea del puesto do se cría: / quel tigre pasa el
río con su pena; / y el caimán, si del agua se desvía, / o para desovar en el arena, / o ya
para dormir al sol del día, / de la manera dicha se aprovecha / el tigre, cuando ve su
suerte hecha”(Id).
Por último, y en lo referente a este animal, describe su modo de reproducción y
cómo sus huevos son un manjar para los indígenas, incluso su carne: “Los huevos como
de ánsar219 y mayores / en el arena deja sepultados, / adonde con la fuerza de calores,
/ sin los ver el caimán, son animados: / Toman en ellos gustos y sabores / los indios,
aunque sean empollados; / y aun si lo matan, como cosa buena, / de carne del caimán
hacen su cena”(Id.). Cosa que los españoles hicieron igualmente: “Y también en
hambrienta pesadumbre / alguna vez le fue manjar aceto220 / a quien nunca lo tuvo de
216
- Evidentemente un jaguar.
217
- Se refiere a la Tarasca, o dragón de fuego, que iba abriendo sus fauces contra el
público al inicio de las procesiones del Corpus Cristi en España y también en América.
218
- Maculosa fiera: jaguar, de piel llena de manchas.
219
- Ánade, pato de gran tamaño.
220
- Aceptable.

79
costumbre / ni pensó de se ver en tal aprieto; / pero la hambre pone dulcedumbre / en
lo que careció de tal efeto221”(Id.).
Narra un episodio que demuestra el respeto que acabaron por tenerles los
españoles a estos anfibios, pues para pescar en la orilla de los ríos construían una
especie de entarimado donde pensaban estar a salvo de los caimanes, aunque, eso sí,
debían ser bien sólidos, pues de lo contrario no servían de gran cosa: “Junto del río
Grande, donde agora / llaman los cuatro brazos y la Tora, / allí para pescar mas á
provecho, / un Juan Rodríguez Gil con un anzuelo, / con temor del caimán que por
acecho / al que se descuidó pescó de vuelo, / había cierta barbacoa hecho, / dos varas
de medir alta del suelo, / pareciéndole que por esta vía / ningún riesgo de muerte
correría. / Llegóse con las aguas ocultado / el vorace caimán a la ribera, / y
embistiendo con ellas el tablado, / la cautelosa cola sacó fuera, / dando con ella golpe
tan pesado / que derribó por tierra la madera: / Al instante volvió la boca brava, / mas
no pudo pescar al que pescaba, / pues aunque se mojó con la tormenta / del agua que
el caimán echó por alto, / no le tocó la cola con que tienta / para cebar la boca hacer
salto. / Y el Juan Rodríguez hoy día me cuenta / cómo turbado deste sobresalto, / con
las manos y con los pies estriba, / huyendo dél por la barranca arriba. / Después que
derribó la barbacoa, / viendo que le faltó tan buen bocado, / el cuerpo descubrió como
canoa / no lejos de la orilla sobre aguado”(Id.). Termina la historia con la persecución
de este caimán hasta cazarlo, aunque luego los españoles –seguramente imitando a los
indígenas, pero con menos ciencia culinaria- quisieron comérselo; pero ya era carne
descompuesta y así murieron muchos intoxicados: “Acude luego Cristóbal de Roa, / en
puntería bien ejercitado, / y con el fuego que otras armas cala / en las entrañas le
metió la bala. / Al profundo del agua se metía, / y brevemente se mostraba fuera; / la
cola y la cabeza revolvía / como si con alguno compitiera: / Finalmente lo vieron otro
día / ya muerto y al través en la ribera, / con un olor de almizcle 222 que dél nace /
pesado ya por ser tan eficace. / Fue luego por el español abierto / para lo sepultar en
el arquivo223, / pero por el hambriento desconcierto / el dragón se mostró vindicativo,
/ matando muchos más después de muerto / que pudiera matar estando vivo, /
porque sobre sesenta perecieron / que de las carnes del caimán comieron”(Id.).
Tras el caimán, el siguiente reptil que le llama poderosísimamente la atención
es la culebra, boa (“boba”, escribe), serpientes en general, grandes o pequeñas,
monstruosas o venenosas.
Casi todas son protagonistas de historias tremendas, como la de Pedro de
Aranda, un ballestero que, yendo de exploración delante del grupo, se dio de frente
con una al detenerse a descansar: “En un troncón que vido mas cercano / arrimó la
ballesta que traía; / atrás dio luego salto bien lejano / porque le pareció que se movía,
/ huyendo con más ímpetu que cebra, / por conocer al claro ser culebra. / El cuello
221
- Efecto, entendido como calidad, virtud.
222
- Sustancia aromática de olor muy fuerte Es segregada por ciertas glándulas en
algunos animales y aves.
223
- Almacén, lugar donde se guarda algo. En este caso se refiere a un hoyo en la tierra
donde iban a sepultar al caimán.

80
levantó la bestia fiera, / y luego la trisulca224 lengua saca: / meneó la cabeza, la cual era
/ no de menor grandeza que de vaca; / La lumbre de los ojos reverbera / para mayor
temor del alma flaca, / mas con oír rumor se estuvo queda / debajo de la selva y
arboleda. / Aranda se paró, como ya viese / llegar el avanguardia de la gente; / dio
voces para que se detuviese, / sin huelgo del temor de la serpiente. / La cual como de
allí no se moviese, / y todos se parasen de repente, / Aranda pidió tiros, y se apresta /
para cobrar sus armas y ballesta. / De venenoso tiro se repara, / que luego recibió rasa
cureña225; / apuntó bien a la espantable cara / por lo mas escombrado de la breña; /
Un ojo le clavó la veloz jara226 / y a no dar allí fuera dar en peña; / La bestia se movió
de do yacía, / con silbos que la selva se hundía. / Infláronse las venas y garganta / con
el dolor y su costumbre brava; / Ya como grande viga se levanta, / ya se extendía, ya se
doblegaba, / ya ramos de la más cercana planta / con golpes de la cola derribaba; /
piedras, palos cosas diferentes, / hacía mil pedazos con los dientes”(362).
Ante el tamaño del reptil (y su “serpentín enojo”, añade) no pocos se alejaron a
toda prisa, y hasta que no estuvo casi muerto no se atrevieron, entonces sí, a acudir
todos con palos a rematar al animal: “Resguardábanse todos de las prestas / vueltas,
por no le dar cebo y despojo; / otros, huyendo van por las florestas / del gran furor y
serpentín enojo; / Otros en él desarman las ballestas / y acaso le quebraron el otro ojo;
/ Y en este tiempo vino nuestro bando / que iba de sus furias aflojando. / Y como sus
vuelcos fuesen ya pequeños / y diese de desmayo clara seña, / perdieron el temor los
más isleños227, / y de las bajas ramas de la breña / cortaron verdes y crecidos leños /
para herir la bestia zahareña228: / Tal combate de golpes se concierta / que la terrible
fiera quedó muerta”(363).
Luego vino la operación de medirla: “Los capitanes desta compañía, / con todos
cuantos iban a su cargo, / la midieron, y vieron que tenía / poco menos que treinta
pies de largo229: / y lo más grueso della bien sería / de hombre por do tiene más
embargo”(Id.); y, finalmente de almorzarla, en un festín que Castellanos resume con
una frase maestra, indicando que aunque ahora se la comen, fueron ellos los que
estuvieron a punto de ser devorados por el reptil: “Porque su gusto della fue de suerte
/ que tuvo quien comió gusto de muerte”(586) 230.
Otras serpientes que hallaron eran tan grandes que cabía un venado entre sus
mandíbulas: “Y yendo caminando después desto / dos jornadas o tres más adelante, /
vieron una culebra monstruosa / que tuvo veintisiete pies de largo 231, / de más grosor
224
- Trisulca, de tres puntas.
225
- Apoyo para disparar la ballesta a ras del suelo.
226
- Jara: flecha, saeta.
227
- Isleños, desperdigados por el monte, adonde habían ido corriendo.
228
- Brava, valiente.
229
- Más de ocho metros y medio.
230
- Nótese que el final de esta historia, el almuerzo de la serpiente, se halla 223
páginas después de la narración de su captura. Castellanos va escribiendo conforme se
va acordando de las cosas, pero no olvida –porque lo dice- lo que fue dejando atrás.
231
- Unos ocho metros.

81
que un hombre corpulento, / con un venado dentro de la boca, / la cual mataron con
los arcabuces; / y aquestas son de las que llaman bobas 232; / mas al fin son culebras, y
esto basta / para que no se muevan sin astucia”(1359).
Habla también sobre las anacondas, o güíos, aunque no cita su nombre, que
apresaron a varios hombres que cruzaron ríos sin mayores precauciones: “Pudiera Juan
Lorenzo por la puente / pasar donde lo estaban esperando, / y el miserable joven,
imprudente, / determinóse de volver nadando. / Asióle del un pie fiera serpiente / y en
el fondo lo mete forcejeando; / otra vez sobreaguó las manos puestas / y dijo dos
palabras que son éstas: / <Señor, misericordia>, y al instante / fue de la bestia fiera
sumergido / de suerte que la gente circundante / miró por él, mas nunca más lo
vido”(584).
En otra ocasión son unos indígenas los que encuentran una de estas grandes
boas, la capturan viva y la llevan –en una escena contada como en una película,
incluida su banda sonora- para que la vean los españoles, por lo mucho que les
gustaba y se asombraban de las cosas que ofrecía la fauna americana, especialmente
todo lo grande y monstruoso. Pero no falta en la historia el atrevido que casi no lo
cuenta por hacerse el valiente: “Porque otra se halló más adelante / en grandeza
mayor o nada menos, / tan harta que no pudo menearse; / y los indios del campo
desde fuera, / con una vara larga le pusieron / bien, como quien enlaza vaca mansa, /
una cabria233 gruesa del pescuezo, / llevándola rastrando porque viesen / los españoles
bestia tan horrenda; / e iban todos a compás cantando, / según y como tienen de
costumbre / cuando llevan maderos poderosos, / sin que ella con su vista perspicace /
diese demostraciones de braveza. / Mas un mozo mestizo, que era hijo / de Olalla el
Cojo, como más osado, / llegóse cerca della, con intento / de se subir encima la cabeza,
/ y en alzando él un pie, súbitamente / lo sintió dentro del voraz cuello. / Acudieron
con priesa los cercanos / para valer al mozo mentecato, / y aun después de muerta la
culebra / fue menester traer barras de hierro / para sacar el pie de entre los dientes. /
Curáronle con bálsamo las llagas, / y dellas quedó sano brevemente”(1359).
También se refiere a las venenosas, con una descripción vívida de las serpientes
de cascabel: “Aquestos son de víboras crueles / a quien ha la natura proveído / en
punta de la cola cascabeles / para que no se muevan sin ruido; / Y ansí los infieles y
fieles / se valen y aprovechan del oído / huyendo del mortífero veneno, / que suele de
remedio ser ajeno234”(420). Algunos de estos cascabeles llevaban los indígenas de las
serranías de Coro en sus penachos: “A las plumas el cascabel asido, / que como
caracol os represento. / Y como hoja seca su ruido / que lo puede también llevar el
viento; / argúyese del número crecido / haber allí de víboras aumento, / pues que
traigan ellos tantas sumas / colgando como digo de las plumas”(Id.).

232
- Boas. Se refiere a que no son venenosas.
233
- Cuerda, soga.
234
- De remedio ser ajeno: que no tiene cura.

82
Otro animal que le sorprende es el manatí, y lo describe al hablar de
Barranca235, también en el río Magdalena, un lugar donde los mosquitos (entonces
como hoy) a nadie dejaba vivir en las tardes, cuando se calmaba la brisa; y un lugar que
dice Castellanos era bien peligroso por la gran cantidad de caimanes que había, pues
atacaban a los indios de servicio que allí tenían los españoles: “Lugar es donde viven a
gran vicio; / da muchas cosas, frutas y pescado, / mas de mosquitos no poco bullicio /
siempre que sopla viento sosegado; / los caimanes les comen el servicio / cuando llega
por agua descuidado. / Hay manatíes, pesca de deleite, / cuya grosura tienen por
aceite, / en este río abundoso / sin le faltar invierno ni verano”(797). Del manatí dice
que se aprovecha todo, su carne -guisada o en tasajo (salada)-, su grasa y su piel: “Es
pece grande y en sabor gustoso / para los achacosos no bien sanos / en guisados, y en
tiempo tenebroso / esta manteca tienen a la mano236; / Según hala la cola, y a manera,
/ la boca que parece de ternera. / Tantos tasajos da como un ternero, / y alguno como
más crecidas reses; / Indios algunos usan de su cuero / haciendo dél adargas237 y
paveses238, / que no puede pasar indio flechero / y hacen poca mella los reveses; / son
torpes en remanso y en corriente / y ansí los pescan indios fácilmente”(Id.).
Las tortugas e “hicoteas”239 (así las llama alguna vez -pág.686-) eran un manjar
bien apetecido, incluso como recurso medicinal: “Vieron cinco tortugas poderosas /
venir a desovar en el arena... / Porque por experiencia conocida / la carne destos
dichos animales / es un salutífera comida / de do se hacen guisados principales; / y si la
sangre de ellos es bebida / es provechosa para muchos males. / En el anchor y término
de larga / cada cual dellas es como una adarga”(149).
El jaguar o “tigre” es otro de los animales que Castellanos destaca entre sus
favoritos, por su fiereza y valentía; y bien peligrosos cuando estaban “cebados”. Así,
opina que, por los muchos muertos en los combates que las fieras devoraban cuando
una batalla concluía, esto “fue causa que los tigres se cebasen / y en esta tierra fueran
tan nocivos, / pues como ya los muertos les faltasen / procuraban cebarse de los vivos;
/ y fue tan grande plaga y desventura / que no teníamos hora segura”(248).
Especialmente en la región de Coro, que afirma estar toda ella “de tigres todas horas
infestados, / cuyas entrañas fueron sepulturas / de muchas racionales criaturas. / Y a
un rocín que estaba descansando, / de todos el mayor y más crecido, / llevó más de
235
- Se refiere al lugar conocido como Barranca de Malambo, a orillas del río
Magdalena, y donde terminaba o comenzaba el camino por tierra hacia Cartagena en
esos años. Allí se embarcaban o desembarcaban los productos procedentes o con
destino a esa ciudad. Recibe tal nombre por el talud de tierra o “barranca” que
formaba el río en estas orillas.
236
- En “tiempo tenebroso” -es decir, por la noche- se alumbraban con velas fabricadas
con sebo de manatí.
237
- Escudo, rodela.
238
- Escudos, de forma oblonga.
239
- En realidad las tortugas son marinas y las hicoteas o galápagos viven en aguas
dulces. Por su tamaño son también muy diferentes: las primeras son mucho más
grandes.

83
cien pasos arrastrando / un tigre, sin poder ser socorrido; / después la gente que lo va
buscando / hallaron el pescuezo ya comido; / y un Alonso García de Ribera / también
fue cebo de la bestia fiera /... En la misma comarca se nos cuenta / estar en un bohío
recogidos / indios en cantidad más de cuarenta / con palos gruesos muy fortalecidos, /
mas al techo subió fiera hambrienta / y sin aprovechar grandes ruidos / saltó por la
cumbrera ya rompida, / y a todos ellos los dejó sin vida”(438). Más de un cuento largo,
a los que luego nos referiremos, tiene a los “tigres” como protagonistas.
Otro animal al que muestra respeto es el oso, fuerte y valiente también, afirma,
como aquél con que se dieron de frente en las sabanas del Guaviare; no pudieron
cazarlo, por más españoles que lo rodearon como en corrida de toros: “Caminando
después una mañana, / orilla del Guayare poderoso, / en una prolijísima sabana /
dieron los de caballo con un oso: / rodeólo la gente castellana / como toro que tienen
en un coso; / llegaron de peones gente mucha / por respecto de ver aquella lucha. /
Arremetió Hierónimo Cataño / creyendo de poder alanceallo, / mas el atrevimiento fue
con daño / pues cuando se llegó para matallo / usó la bestia de mayor engaño, /
asiendo de las piernas al caballo, / y como si tronchara flaco leño / en tierra dio con él
y con su dueño. / De mano de la bestia carnicera / el caballo quedó luego tendido: / y
Hierónimo Cataño pereciera / a no ser prestamente socorrido; Y el oso se escapó de tal
manera, / que de ninguno pudo ser herido”(420). Al hilo de escribir sobre estos
animales, comenta Castellanos cosas de su vida más reciente, como la del oso que vivía
cerca de una propiedad suya (seguramente en Villa de Leiva) y que tenía atemorizados
a sus vecinos, pues incluso había construido su madriguera en la copa de un árbol:
“Suelen algunas veces ser dañinos / a los indios que tienen más vecinos. / Bien cerca
de un estancia que yo tengo /... un oso destos hubo tiempo luengo / que consumió
gran número de gente. / Matólo George Pérez, un mestizo, / con tiro de arcabuz que
en él se hizo. / Alguna vez también hemos hallado / en árbol alto barbacoa hecha, /
donde ya sube puerco, ya venado, / o cazas otras de que se aprovecha: / En alto tiene
hecho soberado, / y por sus manos cama donde se echa: / Fuerza de osos es que no
me espanta / subir venados a tan alta planta”(Id.).
De otros animales alaba su buena carne, como los jabalíes, que en cierto valle
por la cuenca del Orinoco donde habitaban indígenas Guaypíes, los españoles –entre
los que él se hallaba- llamaron “valle de los perniles” por los muchos de jabalí que allí
comieron; eso sí, dice que algunos son peligrosos por sus afilados colmillos o “navajas
fieras y espumosas”: “Los nuestros fueron a henchir los senos / al pueblo que llamaron
de Perniles, / por se hallar allí muchos y buenos, / a causa de cazar estos guaypíes /
crecida cantidad de jabalíes. / Y en aquellas regiones apartadas / acontece topar en
campo raso / de puerco crecidísimas manadas, / que al peregrino hacen muy al caso, /
pues en necesidad de las entradas / son gran socorro del hambriento vaso, / y el que
caballo tiene y campo ancho, / con la lanza provee bien su rancho. / Suerte de caza es
tan deleitosa, / que suele proveer hambrientos sacos, / y en alguna manera peligrosa, /
a causa de viejísimos verracos, / que con navaja fiera y espumosa, / en su defensa no
se muestran flacos; / E uno destos por alanceallo / a mí me hirió mal un buen
caballo”(422). Incluso narra el modo de cazarlos -que él no se explica- de alguno de sus

84
compañeros, con una especie de paralizante, seguramente una hierba que los
indígenas le enseñaron: “Antonio de Esquivel, un caballero, / que ha poco que dio
postrer suspiro, / contaba deste bárbaro montero / un modo de cazar de que me
admiro, / y fue que con tocar el solo cuero / con no sé qué que ponen en el tiro, / do
quiera que le diere, si le acierta, / cae la caza luego como muerta; / pero cumple llegar
con gran presteza / a la caza después del tocamiento, / por no ser duradera la torpeza,
/ ni aquella flojedad y adormimiento; / pues cobra la perdida ligereza, / si hay en la
matar detenimiento”(Id.). Otro lugar, entre las sabanas de Tolú y la región de Urabá,
hacia las sierras del Abive, fue donde hicieron otra gran cacería de jabalíes, quedando
para esta zona y desde entonces el nombre de Montería y río de las Monterías(758).
También habla de la baquira: “Baquiras mayormente, que son reses / ligeras, y
en faición240 puercos monteses” (966); e incluso de los auríes241: “Hallaron las comidas
que les cuadran, / y unos perrillos chicos que no ladran. / Son buenos de comer y
dichos mayos242 / a los cuales llaman también auríes”(208).
Sobre las aves, su colección de descripciones es también amplia. Aves de mil
tamaños, formas y colores, como las que había en la isla Margarita: “Mas admiráronse
como tenía / innumerables aves diferentes, / y tantas que el arena se cubría... de las
nidadas viejas y recientes”(150). Las que, al no estar acostumbradas a la presencia de
humanos en aquellas islas, no huían, y eran presa fácil para aquellos eternos
hambrientos: “Como las aves no hacían fugas / de las extrañas gentes y modernas, /
mataban y comían las pechugas / y no se desdeñaban de las piernas”(150).
Sin duda, las aves que más le llamaron la atención fueron las de plumaje
colorido, algunas incluso con diademas engañosas: “Hallaron cantidad de guacamayos

240
- Ficción, apariencia.
241
- Jauríes, perros. Perros sin pelo, que reciben numerosos nombres a lo largo del
continente americano. En México son los “Xoloescuincle”. Mesoamérica debía ser su
lugar de procedencia, y desde aquí debieron pasar al Perú, donde no hay evidencias de
su existencia antes del S.VIII. Llamados en algunas zonas de Sudamérica “viringos”,
“chonos” (de ahí que en Lima, por ejemplo, se les llame “perros chinos”), “perro
orquídea”, “flor de luna”, “perros pila” (en el norte de Argentina) o “perros calatos”
(perros desnudos). El allqu (perro en quechua) es el perro europeo. En Mesoamérica
estos animales se comían en ocasiones ceremoniales, o se sacrificaban como ofrenda a
los dioses en épocas de seca. Se les consideraba también por sus propiedades
medicinales, ya que el calor de sus cuerpos desnudos podía curar la artritis, por
ejemplo. En la zona Moche del norte peruano, donde los contactos por el Pacífico con
Mesoamérica están más que probados, estos perros fueron corrientes, y desde aquí
debieron extenderse por otras regiones. El cronista Huamán Poma de Ayala se refiere
a ellos como alimento favorito de los indígenas Yunga, y Pedro Cieza de León en su
Crónica del Perú los cita como parecidos en tamaño a los “gozques” (perros pequeños
europeos) “a quien aquí llaman chonos”.
242
- Mayos, en su vieja acepción de inútil.

85
/ papagayos, y micos y coríes 243, / y frutas de guayabas y papayos, / con no sé cuantos
pájaros pajíes244, / que en tiempo y en sazón más regalada / se tienen por comida
delicada. / Son grandes, y uno de ellos tiene cresta / de plumas solamente bien
formada; / otros en la cabeza tienen puesta / una bien hecha piedra turquesada; /
otros la tienen verde, y es aquesta / tal que la juzgareis por bien preciada, / mas cosa
hueca es, y tal que pierde / el muerto su color azul y verde”(208). El número, color y
gritería de tantas aves le causa admiración, e incluso dieron lugar a algún topónimo
por los guacamayos que hallaron en el Valle de Sapo, en la región de los Vélez: “De allí
bajaron por despeñaderos / hasta llegar al llano montuoso, / y en él una quebrada
peñascosa / en cuyas arboledas se hallaron / inmensa cantidad de guacamayas / que
los atormentaban con graznidos, / como suelen hacer cuando ven gente / o anuncian
humedad de temporales. / Y aquel arroyo, hasta nuestro tiempo, / se llama río de las
guacamayas”(1236).
Más aves: “Otra de más sabor y mejor gracia / que por allí se llama
guacharaca245; / domésticas y bravas muchas aves, / ningunas más gustosas y suaves. /
El indico pavón246 allí se halla, / capones sobre todos excelentes, / con otra grande
copia que se calla / de cazas en sabor no diferentes; / otro mistillo247, y otro
taratalla248, / que guisaban con varios adherentes”(295). De Cartagena, por ejemplo,
dice: “Perdices también hay en la montaña, / en grandeza mayores que en España. /
Son poco diferentes en la traza / y no menos gustosos sus bocados; /... aves diversas la
marina cría / y en sus ancones mucha pesquería”(700).
Y gallinas, que hallaron en la tierra de los Musos, aunque avisa que eran de las
que habían llevado los españoles, y que los indígenas poseían por haber hecho
trueques con ellos; lo cual le sirve para explicar que aquella tierra era tan rica en
piedras preciosas que esas gallinas, en sus buches, las tenían, porque las picoteaban
del suelo: “Y en las provincias destos naturales / se hallaron gallinas de las nuestras, /
de los de paz habidas por contrato; / y entonces en los papos249 se hallaron / algunas
esmeraldas pequeñuelas”(1350).
Con la fauna piscícola sucede algo similar que con las aves: de todos tipos y de
todas las variedades: “Ríos que de su curso se despegan / con fuerza de crecientes los
243
- Curí o Corí. Nombre que recibe en Colombia el cuy o conejillo de Indias. En Cuba,
curiel.
244
- El nombre de este ave ya ha desaparecido excepto en Centroamérica: Pijije. Vive
en lugares pantanosos, de buen canto y colores destacados, predominado el canela.
Todavía es muy apreciado por su carne.
245
- Es palabra cumanagoto. Se trata de una gallinácea, cuya carne es de excelente
sabor, que al volar emite continuos graznidos. En otras regiones americanas recibe el
nombre de chachalaca.
246
- Pavo, originario de América, que en lengua portuguesa aun conserva su nombre
de procedencia: perú.
247
- Mixtillo.
248
- Ave ribereña.
249
- Buche del animal.

86
anegan. / El rigor de las aguas acabado / y las inundaciones y crecientes, / inmensa
suma es la del pescado / de géneros y modos diferentes, / en ciénegas, en charcos
represado, / en los manantiales y corrientes; / el cual, de más de ser tan copioso, / es
sano y en sabor maravilloso./ Hay caribes250, cachamas251, palometas252, / guabinas253,
armadillos254, peje sano. / Si se secan algunas ceneguetas255 / con los calores grandes
del verano, / acontece sacar entre las grietas / el indio cuanto quiere, y el cristiano. /
Hacen harina dél cuando se seca, / sacan mil calabazas de manteca 256”(169). En el
camino de los Vélez hacia Tunja y Bogotá, las lagunas ofrecían gran cantidad de
pescados: “Y dentro de seis días dieron vista / a Tincajaes, población que goza / del
espacioso lago Siguasinza, / seminario de peces sin escamas, / de facción de lampreas
pequeñuelas / cuyo grueso será como tres dedos / más o menos algunos, y de largo /
el de más longitud de palmo y medio, / preciosos en sabor, aunque flegmosos257. /
Pero de semejante pesquería / viven en Santa Fe más regalados / por ser en general
más corpulentos / estos peces, y el agua do se pescan / río corriente, Fontibón
llamado, / del bárbaro lucrosa granjería; / como lo es también esta laguna / de Tinjacá,
cuya circunferencia / es cuatro o cinco leguas, y de ancho / dos leguas poco menos la
distancia”(1233).
Aguas en las cuales encontraban de todo, incluso caracoles, que se
transformaron también en alimento durante varias jornadas: era la llamada desde
entonces “sabana de los caracoles”, situada en el camino de Pamplona: “Pues en
cierto rincón desta dehesa, / estando ya con falta de alimento, / congregación de
aguas y represa / de caracoles dio gran cumplimiento, / y en veinte días no gozó su
mesa / de otro más cabal mantenimiento”(399).
La otra gran obsesión de los europeos (aun lo es en nuestros días) es la enorme
cantidad de “sabandijas” que, reiteran, alberga el continente, ante las que sienten un
inusitado temor: es posible que por tratarse de animales o insectos desconocidos, o
por su espectacular tamaño, número y proporciones respecto de sus congéneres
conocidos al otro lado del mar. Castellanos se hace eco de ello y abunda en detalles:
“Murciélagos, mosquitos, garrapatas / ocupan pies y piernas y verijas258; / avispas y
hormigas y mal gratas / culebras, sapos y otras sabandijas, / que los hacen volver
desesperados”(586). Especialmente “de mosquitos tan terribles plagas / que ya todos
sus miembros eran llagas”(587). En el río Guachaca, por la región de Santa Marta,
“daban pesadísimos desdenes / mosquitos rodadores y jejenes. / Llagadas las orejas y
aun tobillos / de todos los esclavos y sirvientes, / los rostros consumidos y amarillos, /
250
- Pequeño, pero muy voraz, que abunda en las costas de Venezuela y Colombia..
251
- Parecidas a las mojarras.
252
- Pez de agua salada parecido al jurel.
253
- Pez de río, de carne suave y gustosa, cuerpo cilíndrico y tacto viscoso.
254
- Crustáceos que, en algunas zonas, reciben el nombre de “cochinillas de humedad”.
255
- Marismas.
256
- Debe referirse a las morenas, de las que se extrae grasa abundante..
257
- Viscosos.
258
- Zona púbica.

87
pecosas las mejillas y las frentes, / aunque todos andaban con capillos / según los que
se ponen penitentes, / abiertos solamente por do veían / y por allí también los
afligían”(489). En las selvas sentían un especial pavor ante lo desconocido: “Concepto
tienen ya de verse hartos / fuera de la rabiosa pestilencia / de sapos, de culebras, de
lagartos”(597). O “no faltaban también en las fatigas / murciélagos, mosquitos y
hormigas”(745).
De algunos da prolijas referencias. Los “pitos 259”, por ejemplo: “Mas número de
chinches infinito / hay por allí contrarios en faiciones260; / llámense pitos, tienen las
costumbres / de chinches y aun mayores pesadumbres”(759). O el comején,
“domésticos ladrones”, sobre el que, aparte describirlo, da consejos a los que los
sufren: “Demás de que con tales confusiones / roban domésticos ladrones /...
consumen los ardientes comejenes / que son blanca manera de hormigas, / y en las
tierras calientes una plaga / que nada dejará que no deshaga. / Esta perniciosa
sabandija / sobre la tierra hace su morada, / y al modo de hormiga se cobija, / aunque
sobre la haz muy levantada261, / donde cría sus pollos y se ahija / y aumenta
crecidísima manada; / pero su cualidad es tan ardiente / que lo duro deshace
brevemente. / Hasta de la madera se mantiene / y en el hierro y acero hace caño, / y al
mercadante262, pues, no le conviene / tardar en revolver lienzos o paño, / que si por
algún tiempo se detiene / ha de hallar irreparable daño”(827).
“Sabandijas” que, ante el hambre perenne de los españoles, no parecían
ofrecer mayores obstáculos a su ingestión: “Y aun destos uno, Johan Ugarte / de su
juicio muy enajenado, / frenético, furioso porque quiso / satisfacer a la rabiosa hambre
/ con rabioso manjar, feo y obsceno, / que fue la carne de terrestre sapo; / y desde el
mismo punto quedó loco / sin que cobrase más su buen juicio, / que harto poco tuvo
cuando hizo / en tan horrenda sabandija salva 263”(1167). Muchas historias cuenta al
respecto: “Pues era tal el hambre, que comían / grillos, culebras y otras inmundicias, /
a la salud contrarias y nocivas, / tanto que perecieron brevemente / más de sesenta
por aquellos bosques, / de enfermedad y hambre traspasados. / Y aconteció hallarse
Pero Niño / seis o siete ratones que tenían / unos indios cocidos en la olla / con
insípidos tallos de bihaos264, / y tuvo tan gran asco que no pudo / gustar aquel manjar
inusitado; / y otro soldado, menos asqueroso, / dio por ellos sesenta y cuatro pesos /...
y anidándolos dentro de su pecho / afirmaba ser carne de faisanes”(1284) 265.
259
- Especie de garrapata.
260
- Facciones: formas, características.
261
- Sobre la haz muy levantada, que sobresale sobre la tierra.
262
- Mercader, comerciante.
263
- Hacer salva: antiguamente, probar la comida, para asegurarse que no había en ella
ponzoña o veneno, “salvando” así la vida el que había de ingerirla.
264
- Bijaos. Plantas musácea, cuyo tallo está formado por las vainas de las hojas caídas.
A esta planta se refiere Castellanos muchas veces en la obra.
265
- Tanta hambre pasaron algunos que incluso se comieron las velas que llevaban
para alumbrarse, lo que fue ocasión jocosa: “Y uno de ellos, que fue Fernán Suárez /
allí, delante del adelantado, / en una de las velas hizo prueba, / saboreándose como

88
Incluso de las niguas266 da detalles, aunque afortunadamente las mujeres
indígenas con sus “topos” –que aquí describe y aun se usan en los Andes, como
aguzados prendedores para sujetar las mantas o aguayos que llevan sobre sus
hombros- les enseñaron como librarse de ellas: “De los pies se hallaron tan tullidos, /
que casi no podían menearse, / con una comezón intolerable, / sin entender la causa
deste daño; / hasta que ciertas bárbaras, por señas, / por no haber lengua que las
entendiese, / se convidaron a les dar remedio, / sacando con las puntas de los topos, /
(o gruesos alfileres con que traen / asida la cubierta que se ponen, / de tal suerte, que
de sus miembros todos / los brazos solos quedan descubiertos) / unas abominables
sabandijas / a quien llamamos niguas comúnmente: / minutísimas pulgas que se
meten / entre el cuero y la carne soterradas, / adonde con el sebo van creciendo, / y
llegan, si por caso se descuidan, / a ser de la grandeza de garbanzo; / aquella
corpulencia toda llena / de hijos semejantes a la madre, / que se van por las plantas
extendiendo / y su generación multiplicando. / Y ansí vimos algunos, a lo menos /
indios y negros sucios, descuidados, / dejallas encarnar de tal manera / que vienen a
perder algunos dedos / de los pies, por tardar en remediarlos”(1172).
Sin embargo, al insecto que más espacio dedica es, sin duda, a la abeja,
realizando un cuasi tratado de apicultura. Explica sus particularidades, sus tipos, sus
comportamientos, sus jerarquías, sus “gobiernos”; explica como hay que diferenciarlas
de otras, unas avispas bien picosas que abundan por la zona de Santa Marta; explica
las clases de miel que producen en función de las flores que liban, y sus efectos
medicinales, y que se vuelven ácidas si no se las calienta; explica las clases de cera, que
en América, dice, siempre es prieta (negra); explica que son bien pegajosas estas
abejas, y molestas, que se les pegan a las barbas; y acaba expresando cuánto le gusta
la miel, y cuánto se ha divertido escribiendo este fragmento:
“De miel era lo más que se traía, / pequeñas calabazas no bien llenas / a causa
de quel bárbaro tenía / una cierta manera de colmenas / de dentro de la casa do vivía;
/ Abejas grandes, mansas y tan buenas / que carecen de aquellos aguijones / que
lastiman y causan hinchazones. / En el árbol también hay abejera / con abejas de casta
diferente, / y en el labrar267 diversa la manera / de aquel panal de castellana gente; /
mas son bolsas y cóncavos de cera / do la líquida miel está patente, / y en partes hay
de miel tal abundancia / que no deja de ser buena ganancia. / Al menos en los llanos

quien come / diacitrón o carne de membrillo, / dando mil castañetas con la lengua /
hasta dejar el hilo solamente, / y aun después, mascujando, recorría / las reliquias
pegadas al pabilo, / de que el adelantado Don Alonso / con toda su fatiga no podía /
abstenerse de risa por gran rato”(1302). Diacitrón: acitrón; cidra, cayote, en confite;
Mascujar: mascullar, mascar con dificultad. Don Alonso: se refiere al adelantado
Alonso Luís de Lugo, Gobernador de la Nueva Granada.
266
- Insecto parecido a la pulga que se introduce bajo la piel de los animales y los
humanos, perfora el tejido en forma de túneles y deposita allí su cría.
267
- Labrar: en una antigua acepción, trabajar una materia. También horadar,
agujerear, socavar. Así, se “labraban” las minas o se “labraban” los túneles.

89
hallan tanta / que sus vecinos no tienen deseos / del Himeto 268, que musa vieja canta,
/ ni del dulce licor de los hibleos269; / Y es porque por allí cualquiera planta / imita las
que tienen los sabeos270, / donde demás del singular incienso / este licor se dice ser
inmenso. / Más líquida miel es que de Castilla, / mas a mi parecer no tan perfecta, /
pero medicinal a maravilla / según por experiencia se decreta: / Cera nunca la vimos
amarilla, / ni por acá se saca sino prieta; / Miel se suele tornar ácida luego, / y aquesto
se remedia con el fuego. / Esto deben causar las influencias / o cualidad de montes o
de breñas271, / o de abejas las muchas diferencias, / pues hay grandes, menores y
pequeñas / hasta tener de moscas apariencias, / en árboles y cóncavos de peñas: /
Acúleos272 no tienen, mas sin ellos, / se pegan a las barbas y cabellos, / y son tan
importunas y tan prestas / en el acometer a todas cosas, / que no dejan de ser algo
molestas / y en todo cuanto pueden enojosas. / También hay por los valles y florestas /
unas avispas grandes venenosas, / cuya herida vemos ser durable / y altera con dolor
intolerable. / De las melíficas273 ninguna daría, / lo menos con tanta pesadumbre. /
Tienen gobierno como las de España, / y poco diferentes en costumbre; / Todas ellas
se dan muy buena maña / en el multiplicar su dulcedumbre; / Tienen sus capitanes o
sus reyes / sin violar el orden de sus leyes. / Conocen sus asientos o cortijos, / y si
caminan lejos, los atajos; / Comunes las moradas y los hijos, / comunes ensimismo los
trabajos, / los pastos, los placeres, regocijos, / todos sus desenfados y agasajos: / En la
solicitud, en el meneo, / es una voluntad y es un deseo. / Están sujetas todas a
gobierno, / y tal que no parece ser insano, / pues para los sustentos del invierno /
trabajan en el tiempo del verano: / Unas recogen de la flor lo tierno; / Otras en el
recibo tienen mano; / Eso me da de noche que de día, / conservan amistad y
compañía. / Entre tanto que van las unas fuera, / las que quedan componen materiales
/ y hacen habitáculos de cera; / Otras sacan sus nuevos animales; / Otras resguardan la
común carrera; / Otras anuncian turbios temporales, / y en barruntando tales
avenidas / se están dentro de casa recogidas. / Defienden sus trabajos y haciendas / si
las quieren robar sus adversarios; / Tienen también sus guerras y contiendas / si se
juntaron dos bandos contrarios; / Y el polvoroso viento pone riendas / en alborotos tan
tumultuarios, / do, según el coraje de su Marte, / excepta pluvia, nadie fuera parte. /
Escogen el lugar menos nocivo / para vivir en orden y concierto, / ¡Válgame Cristo, hijo
de Dios vivo, / y con cuánto descuido me divierto, / al sabor de la miel, en lo que
escribo, / por la que rescatamos en el puerto!274”(489-490).

268
- Monte del Ática, en Grecia, cerca de Atenas, famoso por la miel de sus abejas.
269
- Habitantes de tres ciudades antiguas de Sicilia, las Hiblas (Mayor, Minor, y Parva).
En ellas se fabricaba un licor dulce con miel de abeja.
270
- Habitantes del mítico reino de Saba, de donde procedía el incienso y también un
vino de miel.
271
- Matorrales, maleza.
272
- Aguijón.
273
- Melificas: que fabrican miel.
274
- Se refiere al Cabo de la Vela, donde rescataron miel que traían los indígenas

90
Pasemos al reino vegetal. Los árboles primero: Castellanos los describe
magníficos de porte, de mil y una propiedades.
Del guayacán (conocido en tiempos de la colonia como “árbol de hierro”), o del
quebracho, hace excelentes representaciones: “Poblaciones cercanas a los ríos... / y las
puertas grandísimas ramadas / para gozar del fresco de los fríos / vientos, en las
calores destempladas; / y por ser general aqueste uso / el nombre de Ramada se le
puso. / Y a causa de cortar con gran trabajo / con hachuelas de piedra la madera, / el
árbol excavaban a buen tajo, / e ya teniendo las raíces fuera / lo hincaban arriba las
raíces, / tiraban, y arrancábanlo de cuajo, / antes de tener hacha forastera 275, / el
tronco limpio ya de sus cervices; / Puestos ansí por orden admirable, / para siempre,
según que se presume, / por ser esta madera tan durable / que solo vivo fuego la
consume, / en dulces ríos y en la mar fondable, / tan grave peso tiene que se sume 276,
/ y los que cortan hoy viejo madero / trescientas veces mellan el acero. / Es esto que
decimos hoy visible / a quien asientos viejos ver procura; / cuya madera es
incorruptible, / pues mucha hasta nuestro tiempo dura / y no tendría yo por imposible
/ ser antiquísima su compostura; / Y en lo futuro puede ser testigo / si no le toca fuego
como digo. / Si la madera vieja ves cortando / con segurón 277 o hacha castellana, / un
sutil polvo verde va volando / que toca la persona mas cercana, / y la camisa del que
está sudando / la pone de color de fina grana; / Y es este colorado tan perfecto / que
no hará Brasil278 tan buen efecto”(508).
Maderas duras, incorruptibles, algunas tan pesadas que no flotan, y que
aportan materias tintóreas o taninos, fundamentales para curtir las pieles. Árboles
sagrados, enormes, a cuya sombra ponían los cenúes las tumbas de sus principales y
parientes: “Viendo los dichos árboles tan gruesos, / y aun más que los de más vieja
montaña, / y haber debajo los difuntos huesos, / todos los más pensaban ser patraña;
/ eran hobos279 los más, y ceibas tales / que su grandor admira a los mortales”(720). O
en la Amazonía, de cuyo tamaño da cuenta: “E yendo por una arboleda clara, / limpio
suelo, los árboles lejanos /... el pie de uno no se rodeara / con diez hombres asidos de
las manos”(866).
Otros árboles o arbustos son de gran utilidad (todavía hoy), como las guaduas,
que parecen servir para todo: “Estas guádubas son muy gruesas cañas, / huecas y altas
sobre seis estados, / de que rodean muchos sus cabañas / componiendo fortísimos
cercados / que de duro rigor no son extrañas, / pues han menester hierros afilados; /
Córtanlas ellos con agudas guijas, / y en muchas partes sirven de vasijas. / Tal planta es
que nunca lleva fruto / ni de viciosa hoja se cobija, / sino ramo de puntas mal instruto;
/ y bien puede lo hueco ser vasija, / pues de los gruesos el mayor cañuto / tiene
capacidad de una botija, / y ha menester tener el brazo bueno / el que de agua lo
275
- Se refiere al hacha de hierro, que tomaron de los europeos.
276
- Sumir: hundir.
277
- Serrucho.
278
- Brasil, palo de brasil, vercino. Madera tintórea del árbol de su nombre que dio
origen al nombre del país actual.
279
- Jobos.

91
llevare lleno. / Son harto más seguros que de barro / y para cualquier uso mas ligeros;
/ Suele ser su cañuto muy buen tarro / donde reses ordeñan los vaqueros; / No se les
pega de la leche sarro, / y aunque queden al sol, duran enteros; / Sirve también
aquesta cañavera / para pajizas casas de madera. / Y aun muchas veces yendo los
soldados / fatigados de sed por tierra seca, / aquellos que son diestros y avisados, /
como conocen ser la planta hueca / y haber dentro licores represados, / con el espada
por la baja rueca280 / la cortan, y en el hueco hallan tanta / agua que satisface su
garganta”(789). En la zona de Popayán dice que son “cañas altas, huecas, pero duras, /
tanto que no tendré con gran exceso / compararlas en estas escrituras / a la dureza del
humano hueso. / Largos cañutos son sus coyunturas / como muslo de hombre lo más
grueso”(871).
O los cardones, cactus característicos de las zonas áridas americanas281: “Por
ser suelo seco tan enjuto / que nunca produjo grano ni fruto, / si no son datos 282, fruto
de cardones, / de que hay cantidad innumerable / que cogen en sus tiempos y sazones,
/ y tienen por sustento razonable / en aquellas provincias y regiones: / de gustoso
sabor y saludable / unos redondos, otros perlongados, / blancos unos y otros
colorados; / También de ser el fruto sano / tiene de buen olor suaves dejos, / granillos
menudicos y a su grano / parecen los del higo ser anejos283; / el árbol del altura del
manzano, / pero de su blandura va muy lejos, / pues son ramos rollizos con esquinas /
cubiertos de espesísimas espinas”(365). Fruto con especiales particularidades: “Mucho
cardón hallaron, mucha tuna284, / y el agua que hallaron fue ninguna. / Mas aunque
eran todos chapetones / y en este menester de pocas mañas, / dieron en comer fruta
de cardones, / la cual les refrescaba las entrañas; / y no salieron estas invenciones / del
hombre natural de las Españas, / mas de un indio Gonzalo que venía / de Castilla con
esta compañía; / Y luego cada cual se desatina / haciendo de su vida poca cuenta, / por
ver el gran extremo de la orina / que no menos que muerte representa, / pues era
toda como sangre fina / cuando de las narices nos revienta. / Quejábanse del indio don
Gonzalo / por les mostrar aquel fruto tan malo. / El indio consultor, riendo, dice: <De
aqueste mal no moriréis ogaño285, / pues bien visteis que yo la salva hice, / sin querer
eximirme deste daño. / Nadie desmaye ni se escandalice, / no piense ser de muerte tal
engaño, / porque presto saldréis desta fatiga / y al médico podréis dar una
higa286>”(374).
Y sigue con frutos maravillosos, tantos que los especifica cuando habla de la
bondad de cada una de las regiones:
280
- La primera antalladura.
281
- En algunas zonas llamados “candelabros”.
282
- Datos, a manera de dátiles.
283
- Anexos, próximos, cercanos.
284
- En España, chumberas; “higuera de tuna”.
285
- Ogaño, ahora.
286
- Dar una higa, vieja expresión castellana, coloquial, burla, desprecio. La higa se
representaba con la mano palma abajo, cerrado el puño, mostrando el dedo pulgar
entre el índice y el corazón.

92
Así, la costa de Santa Marta dice ser “tierra de fructíferos cardones / con que
gran parte de ella se embaraza; / de uvas, de granadas y melones, / podría tener
abundante plaza; / hay hobos, cimirucos287 y mamones288”(357). E insiste páginas más
adelante, contándonos con detenimiento las peculiaridades de unos frijoles que
hallaron: “Descubrimos auyamas289 y frisoles290, / razonable manjar, aunque liviano /...
pues podemos decir por cosa nota / que por tiempo de seis o siete días / ninguno de
nosotros bebió gota, / y pienso quel manjar que se comía / hacía toda la sed estar
remota; / más sé con todo esto que la orina / a todas horas era muy contina”(488). De
Santa Marta, todavía un poco más adelante, acaba rematando: “De yucas y maíz es su
comida / de lo cual asimismo hacen vinos; / de frutos es la tierra bastecida, / silvestres,
que no labran los vecinos.... Hay parras por los árboles tendidas / de racimos de uvas
proveídas. / Aquestas son lambruscas naturales / cuyos gustos allí son tan inicuos /
racimillos pequeños, pero tales / que hacen pegajosos los hocicos”(497).
Igual en el Cabo de la Vela. “Y ansí hallaron ciertas sementeras / de auyamas y
de yucas boniatas291, / con otras más raíces comederas / que son pericaguazos292 / y
batatas”(572), donde trocando con los indígenas obtenían cosas de comer: “Y en paga
de las cosas que traían / ninguno revolvía descontento; / traían yucas, plátanos,
auyamas, / manzanas olorosas, piñas, guamas293”(659).
En la isla Margarita también había gran cantidad de frutas: “Hay muchos higos,
uvas y melones, / dignísimos de ver, mesas de reyes, / pitahayas 294, guanábanas295,
anones296, / guayabas297 y guaraes298 y mameyes299. / Hay chica300, cotuprises301 y
287
- Simira: planta de fruto carnoso, cuya baya, de tamaño ovoideo, es de buen sabor.
288
- Fruto del mamón, árbol muy corriente en el Caribe y, en general, en zonas
calientes.
289
- Calabazas grandes, de piel gruesa.
290
- Frisol es el nombre antiguo del frijol o la judía. Curiosamente, aun hoy en
Colombia se llama frisol a las pequeñas piedras o cantos rodados que se hallan junto al
oro en los lavaderos aluviales. Seguramente por su forma y tamaño.
291
- Yucas dulces.
292
- Especie de yucas alargadas.
293
- Fruta del guamo, que forma una legumbre muy larga que contiene diez o doce
semillas cubiertas de una sustancia blanca y dulce.
294
- Cactácea que, además, da hermosas flores.
295
- Fruta del guanábano, de fruto de pulpa blanca, sabroso, refrigerante y dulce, uno
de los más delicados del Caribe.
296
- Especie de chirimoya.
297
- Fruto del guayabo, parecido a una pera o manzana, con la carne llena de pequeñas
semillas.
298
- Fruto del guará, parecido al castaño.
299
- Fruto del mamey, de color amarillo, aromático, dulce y muy sabroso.
300
- Fruta roja de la que, además, se obtenía una tintura con la que los indígenas de la
región del Caribe pintaban sus cuerpos.
301
- Frutos del coto, de cuya corteza se obtenía además una sustancia tintórea.

93
mamones / piñas, curibijuris302, caracueyes303, / con otros muchos más que se
desechan / e indios naturales aprovechan”(294).
En la costa de Venezuela, igual, incluso uvas americanas: “Donde hallaron
árboles uveros / bien conocidos ya de los antiguos, / que para los hambrientos
compañeros / no dejaron de ser buenos amigos / por tener sus racimos muy enteros; /
las uvas dellos grandes como higos, / de gran suavidad y cordiales, / y estos árboles
son como nogales”(440). También “hallaron copia de mantenimiento / de yucas,
boniatas y maíces / y juntamente para su sustento / otras diversidades de raíces / que
los que no conocen abundancia / afirman ser comida de sustancia”(427).
Sobre los aviamientos de Cartagena es más explicito, insistiendo en su
feracidad. Aclara la dificultad del trasplante de árboles europeos al clima del Caribe,
aunque opina que las locales son excelentes. También se pregunta, sin hallar
respuesta, sobre el origen del nombre del plátano: “Hay huertas hoy pobladas de
legumbres / nativas y traídas de Castilla; / mas éstas allí mudan sus costumbres / pues
no producen granos de semilla, / y ansí siempre les va de tierra extraña / deste reino
más breve que de España. / Hay pepinos, cohombros304 y melones, / copia de
calabazas, berenjenas; / Hay naranjas y limas y limones, / de que casas y huertas están
llenas; / Hay uvas, a sus tiempos y sazones, / de parras que se dan allí muy buenas; /
Hay de la tierra frutas diferentes, / gustosas, olorosas y excelentes. / Hay caimitos 305,
guanábanas, anones, / en árboles mayores que manzanos; / Hay olorosos hobos que
en facciones / y pareceres son mirabolanos306; / Hay guayabas, papayas y mamones, /
piñas que hinchen307 bien entrambas manos, / con olor mas suave que de nardos, / y el
nacimiento dellas es en cardos. / Hay plátanos que es fruta codiciosa, / a manera de
árbol es su planta, / mas no lo es aquella muy umbrosa / y estéril de quien vieja musa
canta, / pues á la fruta destos deliciosa / musa le llaman en la Tierra Santa 308, / y no sé
por qué vía o qué hombre / acá de plátano le puso nombre”.
De otras regiones más apartadas de su conocimiento directo da también
amplios detalles. Sobre el Sinú, por ejemplo: “Porque tenían estos naturales / las casas
todas bien aderezadas / con gran copia de huertas de frutales / maravillosamente
cultivadas; / grandísimas labranzas de yucales / y otras raíces dellos estimadas, / como
batatas, ajes309, himoconas310, / que suelen ser regalos de personas”(728). O sobre el
Chocó y sus platanales, aunque fueran causa de un mal encuentro para los españoles,
302
- Fruto del curí, especie de piñas grandes de piñones como castañas.
303
- Caracueles, planta de grandes flores aromáticas.
304
- Planta hortícola parecida al pepino.
305
- Fruto del caimito: es redondo, del tamaño de una naranja, de pulpa azucarada,
viscosa y refrigerante.
306
- Mirobálano. Árbol tintóreo de la India, de frutos de color negro, rojo o amarillo.
307
- Ocupan.
308
- Musa era un célebre médico del emperador Augusto, a quien se le dedican las
plantas musáceas que él estudió, entre ellas el plátano y el abacá.
309
- Ajíes.
310
- Ajicones, ajicomones, parecidas a las berenjenas.

94
a quienes, una vez más, el hambre los cegó: “Y en el primero pueblo que se vido, / en
la contraria banda situado, / había cuantidad de platanales / que las orillas frescas
ocupaban; / racimos sazonados y maduros / pendientes de las plantas, convidando / a
los que se llegaron con canoas / en que vinieron del opuesto lado; / Y con decilles
Melchor Velázquez / que no llegasen a los platanales, / no fuesen las Hespérides
aquellas / donde el dragón guardaba las manzanas311. / Mas, con la codicia del suave
fruto, / faltóles obediencia, y acometen / sin orden divididos, derribando / aquí y allí
racimos a porfía, / sin recelar el daño que tenían / cercano, pues estaban emboscados
/ dentro del platanal bárbaros fieros, / que cuando más los vieron embebidos / salió la
multitud y torbellino, / con acometimiento furibundo, / y del primer encuentro se
llevaron / once soldados con sus arcabuces”(1068).
Las referencias al maíz (“índico grano”, señala –1280-), y a la chicha (“vino que
hacen de su grano” –1235-) son corrientes, así como a la yuca o a las boniatas (yucas
dulces). De otras frutas hace descripciones más pormenorizadas, por ejemplo, de las
guamas, cuando se les acercaron unos indígenas “cada cual con un gran haz de
guamas; / fruta gustosa, dulce, delicada / y a corporal salud nada nociva, / antes a
quien del hígado se siente / enfermo, cierto se la restituye / según he visto yo por
experiencia: / será su longitud más de tres palmos / y el grueso de tres dedos
largamente; / o más o menos blanda la corteza, / rolliza y arrugada por de fuera; / y
ésta rompida, dentro se contienen / jugosos globos que se continúan / al modo de
unas cuentas ensartadas, / juntas y despegadas unas de las otras, / que hinchen la
longura de la guama; / y es la blancura de estas pelotillas / a copillos de nieve
semejante; / una pepita dentro cada una / tierna, piramidal en la hechura; / pero lo
que se come desta fruta / es aquel blanco que algodón semeja, / que dentro de la boca
se deshace / no sin suavidad del que lo gusta; / también hay otras diferentes guamas /
que son a la manera de algarrobas, / no más en el tamaño y aplanadas, / que tienen
los efectos de las otras”(1028).
Comenta también la existencia en la Guajira de unas ciertas “aceitunas”:
“Solamente comían una fruta / que por acá llamamos aceitunas, / que son en las
figuras aparentes / y en el sabor y gusto diferentes”(644); y sobre el moque312, en la
zona de Tunja, “cierta fruta / que tiene parecer de cabrahigo 313 / en el olor mas grave
que gustoso”(1189-90).
Y de los aguacates, por supuesto, que así los llama, y no paltas 314, como se les
conoce por debajo de la línea ecuatorial: “Y fruta de aguacates, cuya hechura / es a
similitud de pera verde / aunque mayor y de más largo cuello, / de gusto simple casi de
manteca, / ningún olor, mas tales hay que tienen / el del anís, y su sabor el mismo; /

311
- Compara aquel platanal con el jardín de las Hespérides, ninfas que con la ayuda de
Ladón, el fiero dragón de cien cabezas, guardaban las manzanas de oro que Juno
entregó a Júpiter.
312
- Higo del árbol del maqui..
313
- Higuera macho silvestre.
314
- En quechua.

95
una pepita sola , y esa grande / poco menos que de huevo de gallina; / es fruta sana, y
es el sabor alto, / no muy hojoso315, mas de buena vista”(986).
También detalla la existencia de nísperos americanos, comida al parecer bien
predilecta de los monos, aunque con efectos secundarios: “Les dio de ciertos árboles
silvestres / un fruto, dellos nunca visto, / que tiene la facción de cermenillas 316 / a
quien llamamos nísperos los viejos / porque les son algo semejantes; / y viendo que los
monos o los micos / que por allí se crían con gran copia / subidos por los árboles
hacían, / comiendo dellas, reiterada salva / (y ellos no comen cosa que no sea /
alimento seguro, sin sospecha / de ser mantenimiento venenoso) / determinaron de
saltar en tierra / y aprovecharse dellas asimismo; / que no dejó de selles gran socorro,
/ aunque si se comen muchas emborrachan / no menos que madroños
rubicundos317”(1301).
Con efectos secundarios si se abusa de él, describe el maní: “Hallaron de maní
ciertas labranzas, / y es una hierba que de las raíces / están asidas pequeñuelas vainas,
/ no mayores que las de los garbanzos, / y dentro dellas tienen unos granos / que,
fuera de la cáscara, parecen / meollos318 de avellas319 propiamente, / y no menos lo
son en el tamaño. / Estos, tostados, tienen gusto bueno, / aunque si los comemos con
exceso / después decimos: <Dolet mihi caput>320. / Hácese dellos buena confitura / y
turrón que parece de piñones321”(1192).
Las calabazas, calabazos o totumas son citadas profusamente, con todo tipo de
utilidades. Así, por ejemplo, entre los taironas de la Sierra Nevada de Santa Marta:
“Antes de sus desdichas y desmanes, / solían poseer aqueste suelo / los indios tairos y
guanebucanes, / por otro nombre del Calabazuelo: / Los tairos son vestidos y galanes;
/ los otros han por bien andar en pelo, / solamente la parte vergonzosa / con oro
cubren con otra cosa: / es un calabazuelo comúnmente”(508).
Turmas322 también halló en Sorocotá, en el camino entre los Vélez y Bogotá:
“Allí hicieron noche, y otro día / entraron por las grandes poblaciones / de Sorocotá,
las casas todas proveídas / de su maíz, fríjoles y de turmas, / redondillas raíces que se
siembran / y producen un tallo con sus ramas, / y hojas y unas flores, aunque raras, /
de purpúreo color amortiguado; / y a las raíces desta dicha hierba, / que será de tres
palmos de altura, / están asidas ellas so la tierra, / del tamaño de un huevo más y
menos, / unas redondas y otras perlongadas: / son blancas y moradas y amarillas, /
harinosas raíces de buen gusto, / regalo de los indios bien acepto, / y aun de los
españoles golosina” (1171).
315
- Con pocas hojas.
316
- Del cermeño, especie de peral. Da una fruta pequeña, como una pera pequeña
pero muy aromática.
317
- Sanos, de buen color.
318
- Parte principal, sustancia, médula.
319
- Avellanas.
320
- Me duele la cola.
321
- Bien antiguo es entonces el turrón de maní.
322
- Raíces con forma de testículos.

96
Y de la hoja de coca, a cuyas propiedades y usos dedica varias octavas cuando
escribe sobre los indígenas de las sabanas de Bogotá: “Hablan pocas palabras,
duermen poco / pues el mayor espacio de la noche / gastan en marcar ayos 323, que son
hojas / naturalmente como de zumaque324; / y de la misma suerte las labranzas, / y los
efectos son ni más ni menos; / mas debe ser de gran vigor el jugo / pues comportan 325
con él la sed y el hambre, / y aunque debe conservar la dentadura, / pues por viejo que
sea cualquier indio / muere sin padecer falta de dientes; / Y en todas las naciones
destas Indias / es común uso por la mayor parte / mascar aquestas hojas que es la
coca, / y que tienen en Pirú los naturales / y aun españoles por ganancia gruesa. / Usan
también con él de cierto polvo, / o cal hecha de ciertos caracoles / que traen en el que
llaman poporo326, / que es un calabazuelo donde meten / un palillo, y aquello que se
pega / recogen en la boca con el ayo. / Y por tener en mucho tales hojas / sahumaban
a sus ídolos con ellas”(1157).
Aunque sin duda la planta más citada, y con horror, es el bihao (bijao),
sinónimo de hambre, pues cuando se ven obligados a comer sus tallos es que no hay
nada más que echarse a la boca: “Pues en espacio de catorce días / la principal fue
tallos de bihaos, / remotos de sabor y de sustancia”(1279).
Respecto de las comidas, es interesante cómo ya en ese tiempo encontramos
mezclados ingredientes y productos procedentes de ambos mundos: Así, en los Vélez,
dice que comieron “tortillas de maíz y de cazabe, / venados y conejos y coríes, /
tórtolas y palomas y perdices, / cantidad de jamones bien curados / porque tenían ya
buenas manadas / de puercos desque vino Belalcázar, / que trajo los primeros de la
tierra. / Hubo también capones y gallinas / que se multiplicaron desque vino / Nicolao
Fedrimán327 de Venezuela, / que al Nuevo Reino trajo las primeras”(1306). Y gustaron
también hacia Dabeiba otros manjares que, aunque confeccionados con productos
locales que harían retroceder a los más escrupulosos, a ellos, baquianos en la tierra, les
parecieron bien sabrosos: “Buscaron, pues, allí mantenimiento / pero nunca se pudo
hallar grano, / sino tortas algunas de casabe / con hormigas aladas amasadas, / que
solas y tostadas asimismo, / suelen comellas en algunas partes; / y al tiempo de
tostallas en sus tiestos / huelen como quesillos asaderos”(1192).
Una tierra, en fin, bella, llena de vida, y rica en todo tipo de productos; aunque
Castellanos confiesa que los españoles son incapaces de verla así, porque no están por
la labor de trabajarla. Su ideal de colonización nada tiene que ver con un espíritu de
colonos. Como comenta, muchos de los castellanos son irreductibles: “Porque gentes
baldías y perdidas / no temen perder almas y vida”(50). De ahí el contraste. La tierra
323
- Hayo, palabra quechua: mezcla de hojas de coca y sales calizas, sosa o ceniza.
324
- Arbusto de fruto redondo y rojizo que posee mucho tanino y usaban comúnmente
los zurradores como curtiente.
325
- Soportan.
326
- Especie de pequeña vasija o recipiente, a veces de oro, muy adornado, donde se
guardaba la cal o la ceniza para mezclar con la hoja de coca. En el Museo del Oro de
Bogotá se conserva una excelente colección de estos poporos.
327
- Nicolás de Féderman.

97
en cambio es generosa, prolífica: “Lo mismo puede ser en estas partes / de Indias,
según vemos el aumento / numeroso de gente que se cría, / ansí mestiza como
castellana, / y la fertilidad de los terrenos / dispuestos a perpetua permanencia, / y a la
procreación de tantas cosas / cuantas son en el mundo necesarias / a la conservación
de los mortales”. Pero, continúa, si la tierra está mal, baldía, vacía por tantas
matanzas, sin las riquezas “de las que carecen estos días, / es más por negligencia de
cultores / que falta de propicias influencias; / mas la necesidad, hábil maestra, / les ha
de compeler a que corrijan / sus ociosas costumbres con trabajo”, especialmente ,
“dejar a sus propios naturales” porque de ellos es la tierra y saben trabajarla y hacer
que dé sus frutos. Lo que él mismo sabe por experiencia, pues en tantas caminatas,
siempre eran los indígenas los que tenían, de mejor o peor grado, que darles de
comer. Tierra que debía ser bien gobernada, no por aquellos que solo tienen “por
sueño y ocio generosa paga”, “si por los que gobiernan se tuviera / más esforzado celo
del aumento / del aprisco cristiano, mayormente / habiendo tanta gente holgazana /
que podría fundar nuevos albergues / aun en lo descubierto, pues hay tierras / baldías,
provechosas y dispuestas / para se socorrer del fruto de ellas: / Valles amenos, fértiles
riberas, / cuya disposición está pidiendo / del corvo labrador ser desenvuelta / y de
todos ganados ser hollada. / Mas no miran en esto los que llevan / por sueño y ocio
generosa paga”(1051-1052).
Casi al final de la obra vuelve a insistir en este asunto: hay que conservar la
tierra, protegerla, trabajarla, naturalmente guardando y preservando a sus habitantes
originarios, donde han de criarse ganados y plantas de uno y otro continente
(“extranjeras” dice que son las europeas), pues toda ella es “fertilísimo campo y
apacible, / igual, alegre, llano, raso, limpio; / ... que son grandes y amplísimas dehesas
/ todas de tan propicias influencias / que si por españoles se poblaran / en aquella
sazón y coyuntura, / conservando los indios naturales, / tuvieran cumplimiento de
regalos, / pues no faltará trigo ni cebada / con las demás simientes de legumbres; /
fructíferos vergeles y jardines / de las nativas plantas y extranjeras, / con todas las
especies de ganados / al menester humano necesarios; / y viníferas viñas ansimismo /
en partes que pudieran ser irríguas328, / por ser esta llanada deleitosa / de cristalinas
fuentes proveída / con aguas salutíferas que corren / al beneplácito de quien las guía; /
y amiga la templanza del terreno / a la salud humana todo tiempo. / Y allí los
moradores demás desto / tuvieran, para colmo de contento, / auríferos veneros por
vecinos”(1242).
Aunque, concluye, poco de esto será posible. El mundo antiguo parece perdido
para siempre, y lo sabe bien, porque él mismo fue, durante años, uno de los que
extendieron y alcanzaron el apogeo del espanto.

328
- Irrigadas.

98
El apogeo del espanto: Un mundo perdido para siempre.

La denuncia de Juan de Castellanos sobre la destrucción del mundo indígena


como consecuencia de la conquista es contundente. No es fácil hallar en el contexto de
los cronistas y autores de la época –salvo en Bartolomé de Las Casas y pocos más- un
testimonio y una actitud similares. La conquista de América fue para Juan de
Castellanos una empresa de hazañas individuales; hazañas entendidas como gestos de
valentía, de coraje, repartidas por igual entre nativos y españoles. Pero, con la
perspectiva del tiempo transcurrido, todo aquello le parece un inmenso disparate. Un
acto de crueldad sin límites, sin sentido, una sinrazón que nada podía justificar sino la
maldad de los hombres. Una fantasmagoría de la historia. No juzga la conquista en sí;
la acepta como un producto del tiempo que vivió; pero sí juzga cómo se llevó a cabo,
sus desmanes, sus violencias desproporcionadas, sus crímenes, la sangre que costó, las
vidas que segó, el mundo que destruyó, y a la colección de desalmados que en ella
participó.
Castellanos dice que estos desalmados serán en su obra “en común
reprehendidos. / Honro los que merecen ser honrados, / pero reprehendo perversos
atrevidos, / que sin ley, y sin rey, y sin enmienda, / a cualquier maldad sueltan la
rienda”(97). Tanto, que llega a describir la abominación que debía sentirse para con
“los Colones”, los que abrieron la puerta de aquel mundo a los occidentales. Los
compara con otros grandes destructores de la humanidad. Y no halla palabras para
describir el apogeo del espanto:

99
“¿Qué palabras serán aquí bastantes / para decir miserias semejantes? / Pues a
cualquiera parte donde fueres / hallarás por los campos divertidos329 / hambrientos
los maridos, sin mujeres; / las mujeres hambrientas, sin maridos; / los hijos sin regalos,
sin placeres, / de paternal regazo despedidos; / chupados, consumidos, y de suerte /
que eran propio retrato de la muerte: / bien como las abejas en enjambre, / vagaban,
olvidados sus asientos330, / sin alimento fresco ni fiambre, / sin sentido, sin fuerzas, sin
alientos. / Al fin, debilitados de la hambre, / caían de quinientos en quinientos, /
tendidos por los campos y riberas / por cebo de las aves carniceras. / No hizo
mortandad tan gran cadena / en la ferocidad del rey Atila, / ni tanta por los campos de
Ravena331, / gente que España y Francia recopila, / ni turco por Belgrado ni Viena /
cuando sus moradores aniquila332, / ni del gran Taborlán333 la brava hueste, / cuantas
aquí causó tan brava peste. / Pueblos pudieras ver sin moradores, / que todos los
dejaban y huían; / Intolerables eran los hedores / que purísimos aires corrompían: / Y
ensimismo los nuevos pobladores / no menos desventuras padecían, / pues sus
mejores ratos y más ciertos / eran hacer fosados para muertos. / Allí los arrojaban a
montones, / juntos los principales y notables. / ¡Oh cuántas quejas, cuántas
maldiciones / sonaban en la furia destos males, / abominando todos los Colones. /... En
tratos, en palabras, en figura, / de hambre cada cual era pintura. / Traían los cabellos
erizados, / los ojos en las cuencas muy metidos, / los labios en color amortiguados, /
los dientes descarnados, carcomidos; / los cueros a los huesos van pegados, / de pálido
color como teñidos; / Sin ninguna cubierta las estillas 334, / y claras y patentes las
costillas”(67).
El horror de la conquista, que Castellanos inicia con el temor que sintieron los
indígenas desde el mismo momento en que Colón pisó tierra americana, cuando los
nativos de las islas vieron los primeros navíos castellanos: “Salían a mirar nuestros
329
- Agradable a los sentidos. Es común en la literatura de la época hallar la expresión
“jardín divertido”: festivo, rico, diverso, variado. Contrapone la belleza del mundo
americano con el terrible paisaje humano de muerte y desolación producido por la
conquista.
330
- Sus pueblos de origen.
331
- Se refiere a la batalla de Ravenna, acaecida en abril de 1512, considerada como
una de las más sangrientas de su tiempo. Luis XII envió a Italia un poderoso ejército al
mando de Gastón de Foix, que se enfrentó a las tropas españolas mandadas por
Ramón Cardona. Los muertos fueron miles entre italianos, españoles, franceses y
alemanes, incluidos buena parte de los capitanes de ambos bandos.
332
- Compara la situación en América con las invasiones turcas por el suroeste
europeo, la conquista de los Balcanes y los varios sitios de Viena, con todas sus
secuelas de terror, violencias y destrucciones.
333
- Se refiere a Tamerlán, emperador de los tártaros en el S.XIV, quien desde
Samarcanda sometió bajo su poder a las regiones asiáticas situadas al oeste del mar
Caspio, el Indostán, el sur de Rusia, Siria y Persia, destruyendo Bagdad. Venció a
Bayaceto, sultán de los turcos otomanos. Murió cuando planeaba la invasión de China.
334
- En su acepción de tallos. Se refiere a los miembros, brazos y piernas.

100
navíos, / volvían a los bosques espantados, / huían en canoas por los ríos, / no saben
qué hacerse de turbados. / Entraban y salían de buhíos, / jamás de extraña gente
visitados; / Ningún entendimiento suyo lleva / poder adivinar cosa tan nueva”(34).
Desde este momento Castellanos toma partido, como si avisara a los naturales
sobre lo que va a acontecer: tiempos de sinrazón y desafueros, incendios, crueldades,
muerte, despoblación. Primero usa las palabras de una indígena que quería convencer
a los suyos de la bondad de los extranjeros, porque les traían regalos y presentes, y así
no debían atender los augurios de su rey, quien había soñado que vendrían tiempos de
terror. Enseguida es él quien toma la voz y reprende a la locuaz:
“¿Qué vas, mujer liviana, pregonando, / juzgando solamente lo presente? /
Mira que con las nuevas dese bando335 / engañas a los tuyos malamente; / El dicho vas
agora publicando, / mas tú verás el hecho diferente; / Verás gran sinrazón y desafuero,
/ y el sueño de tu rey ser verdadero. / Verás incendios grandes de ciudades / en las
partes que menos convenía. / Verás abuso grande de crueldades / en el que mal
ninguno merecía. / Verás talar336 labranzas y heredades / quel bárbaro sincero poseía,
/ y en su reinado y propio señorío / guardarse de decir es esto mío. / Y ansí fue que los
hombres que vinieron / en los primeros años fueron tales / que sin refrenamiento
consumieron / innumerables indios naturales. / Tan grande fue la prisa que les dieron /
en uso de labranza y metales, / y eran tan excesivos los tormentos, / que se mataban
ellos por momentos. / Lamentan los más duros corazones / en islas tan ad plenum
abastadas337, / de ver que de millones de millones / ya no se hallan rastros ni pisadas; /
y que tan conocidas poblaciones / estén todas barridas y asoladas, / y destos no
quedar hombre viviente / que como cosa propia lo lamente”(38-39)
Gente española, “sin olor de buena vida”, que organizaron un carnaval de
horrores: “Llegóse de soldados gran estruendo / aderezados por la demanda, / muchos
de corazón malo y horrendo. /... Otros algunos, en maldad insignes, / gente
desesperada y atrevida, / amiga de traiciones y motines, / sin Dios y sin olor de buena
vida; / Al fin, en sus costumbres tan ruines / que tienen la virtud aborrecida; / ningún
concierto hay que los concierte / ni temen temporal, ni eterna muerte”(307-308).
Gentes desalmadas y en gran cantidad que incluso hubo, cuenta Castellanos, quien
avisó a su capitán acerca de los que con él marchaban, como sucedió en la expedición
de Ursúa; un tal Pero Alonso le advirtió “que con vos lleváis gente traidora, /... que sin
temor de Dios ni miedo vuestro / han de soltar las riendas y el cabestro”(313). Talantes
y desmesuras que Castellanos explicita en algunos personajes concretos, como Lope
de Aguirre, “la más perversa criatura / que de razón formó naturaleza; / todo cautelas,
todo maldad pura, / sin mezcla de virtud ni de nobleza; / Sus palabras, sus tratos, su
gobierno, / eran a semejanza del infierno”(319). Despropósitos y maldades que llevan
a Castellanos a escribir, dirigiéndose a los lectores: “Notad, lectores, la borrachería, /
335
- Nuevas dese bando: Noticias que vas propagando.
336
- El verbo talar era usado en la Edad Media como sinónimo de asolar, arrasar,
eliminar toda plantación, cultivo o heredad. En las campañas bélicas se decía “talar los
campos”, “talar el país”.
337
- Tan pobladas, abastecidas de gentes.

101
las tramas, las cautelas, los desinos338, / pues yo no sé si llore ni si ría / de tan enormes
y feos desatinos; / so color339, pues, de lo que le decía, / ensangrentó las playas y
caminos”(321). Y, como santiguándose, llama a la prevención: “Mas Dios nos guarde
de villano tiesto / cuando para maldad viene dispuesto”(322).
Dice que estas gentes “fueron por allí moro sin dueño”340, que incluso “sin más
mirar inconvenientes / se robaban despiertos, o con sueño”(175) entre sí. En todos los
cuales la ambición y la codicia eran plaga; parte fundamental de la condición humana,
mediando las riquezas, sin que nadie quede a salvo: “La condición del corazón humano
/ con tales esperanzas se halaga, / que cuantas más riquezas a la mano / menos la
codiciosa sed apaga; / y en el noble varón y en el villano / antigua suele ser aquesta
plaga; / porque la hambre de crecida renta / cuanto más come, queda más
hambrienta”(878).
En virtud de esta condición humana, de la codicia y la ambición, asolaron,
destrozaron, despoblaron, hasta caer en la cuenta -algunos de ellos y muchos años
después- de la infamia cometida: “Y entonces conocieron los engaños / en que vivieron
los conquistadores viejos / de Santa Marta y Venezuela, / y los torpes antiguos de
Cubacua341, / cuyas populosísimas provincias / talaron, destruyeron y asolaron, / y uso
de los esclavos dejó yermas, / atenidos a ellos y al rancheo / de lo que se hallaba sobre
tierra. / Y absortos en aquella golosina / no se miraba más de lo presente; / siendo
temeridades manifiestas / no conservar aquellas poblaciones / insignes en pujanza y
en grandeza, / cuya recordación es imposible / no lastimar humanos corazones / de los
que conocimos su entereza, / y que no se tuviese por infamia / descubrir y asolar lo
descubierto. /... Lo cual después lloraban muchos dellos / cuando tarde cayeron en la
cuenta.”(1231-32).
Mezcla de maldad, codicia y mal gobierno, la conquista fue para Castellanos un
episodio entre malvados, arteros342, desleales, mentirosos, por una parte, e indígenas
“fieles”, “sinceros”, con ciertas “presunciones de hidalguía” y valientes cuando
combatían, por la otra. En un solo párrafo resume su opinión al respecto, mostrando
las diferencias entre ambos mundos:
“Habían los esclavos muy baratos343, / y no les iba mal en los contratos. / Mas
las contrataciones maculaba344 / codicia, que no hizo cosa buena, / pues fiel amistad
que el indio daba / se solía pagar con dura pena; / y el que nunca la vio, ya recelaba / el
riguroso son de la cadena, / hallarse de sus tierras apartado, / y ver el rostro del señor
338
- Desinos: falta de sino; locuras.
339
- So color: según el color, de acuerdo con.
340
- Moro sin dueño: viejo dicho castellano, bien racista, que significa que un
musulmán, o despectivamente “moro”, no podía estar sin amo ni rienda. Se aplicaba
a todo aquel que no atendía a ley ni obediencia.
341
- Cubagua.
342
- Mañosos, tramposos, que con astucia y malas artes consiguen lo que desea.
343
- Capturando indígenas que vendían como esclavos, cuyo elevado número hizo que
su precio fuera muy bajo.
344
- Manchaba, deslustraba.

102
airado. / Mantenían los indios paz entera, / mayormente la gente caquetía345, / por ser
en sus costumbres más sincera, / con cierta presunción de hidalguía; / Mas nuestra
castellana más artera / a su sinceridad no respondía, / y ansí por dalles muchas
ocasiones / empeoraron ellos condiciones. / Porque si procuraba sus provechos / el
español mediante sus engaños, / también indios quedaban satisfechos / con muertes,
con heridas y otros daños, / y en defenderse con valientes hechos / duraron harto
número de años; / tanto, que fue por bien larga distancia, / la pérdida mayor que la
ganancia. / Y a no se consentir aquella era, / tantas y tan enormes sinrazones, / sino
que se pasara la carrera / según las nuevas leyes y sanciones, / esta gobernación digo
que fuera / de lo más principal destas regiones, / por ser muchas provincias principales
/ con grande cuantidad de naturales”(354).
Un mundo donde la falta de respeto y el robo eran acciones cotidianas: “Luego
los caballeros y peones, / pensando en hallar un gran tesoro, / escudriñaron casas y
rincones / sin les guardar respeto ni decoro; / y en estas diligencias de ladrones /
recogerían seis mil pesos de oro, / quedado con disgustos y querella / por se les
escapar toda la pella346”(728). De lo que no se libraba nadie, ni siquiera una anciana
indígena a quien encontraron en un puente caminero por la región del Cauca. No solo
le robaron, sino le pegaron después: “Le llamaron el puente de la vieja / por una que
prendieron en el puente, / mujer negociadora que tractaba / por aquella comarca
como muchas / viudas allí tienen de costumbre; / mas en aquel viaje, de sus tractos /
otros arrebataron la ganancia, / quitándole preseas que valían / arriba de mil pesos de
buen oro, / y si por cambio dello algo dieron / sería de bofetones el retorno”(989).
Conseguir botín, capturar tesoros, era su meta, el motivo de su avance tierra
adentro: “Y los rescates de oro por momentos / iban en caudalosos
crecimientos”(716). Siguiendo el mito de que, de un día para otro, como en el Perú de
Cajamarca, cuando el rescate del Inca Atahualpa ofrecido a Francisco Pizarro, todos
serían ricos, colmándoles los desvaríos más optimistas. Eso pensaban cuando se
enfrentaron al Tunja, señor de Boyacá, y asaltaron su palacio comenzando el saqueo:
“Andaban, pues, allí las manos listas / y tan prestos los pies, que parecían / que no los
asentaban en el suelo, / acarreando cada cual al patio / aquello que hallaba de
provecho; / y al tiempo que traían las preseas / de lo que relucía, van diciendo: /
<¡Pirú!, ¡Pirú!, ¡Pirú!347, buen Licenciado / que ¡voto a tal! Que es otro
Cajamalca>”(1200)
Una actitud y unas acciones que conllevaron, en opinión de Castellanos, a que
los indígenas les declararan la guerra, les resistiesen y combatiesen hasta el final; hasta
su práctica extinción o hasta la dominación más absoluta. Los propios caciques se lo
advierten a los capitanes españoles cuando les reclamaban más y más metales y
comidas. Les llaman desalmados y gente sin tierra, y les invocan a que trabajen, lo que
no sirve de gran cosa: “Pero dijéronles: <Perded cuidado, / que vuestra voluntad ha de
345
- En la actual costa venezolana y los valles de Caracas.
346
- Masa. No pudieron tomar todo el tesoro porque los indígenas huyeron antes con
él.
347
- Perú, Perú.

103
ser hecha, / pues el manjar mejor aderezado / ha de llevar la punta de la flecha: / y el
dardo servirá de pan pintado. /... Decidnos, ¿qué son vuestros pareceres? / ¿Con qué
furia venís o con qué viento, / pues tan menoscabados de poderes / os arrojáis a tanto
detrimento? / No tenéis hijos, no traéis mujeres, / no tenéis pueblo, no hacéis asiento,
/ no conocéis labranza ni hacienda, / sino muy mala suerte de vivienda: / Y si tenéis
mujeres, y son buenas, / vosotros no debéis ser hombres buenos, / pues os queréis
servir de las ajenas / y andáis a saltear bienes ajenos: / Las caras os dio Dios de pelos
llenas, / y de maldad tenéis los pechos llenos: / Trabajá, trabajá, gente sin freno, / y no
queráis comer sudor ajeno>. / Estas palabras y otras semejantes / decían estos
bárbaros vecinos / a nuestros trabajados caminantes / y más que fatigados peregrinos:
/ Que si las miran ojos vigilantes, / no fueron totalmente desatinos; / Pero los
nuestros, ya sin sufrimiento, / determinados van al rompimiento”(418-419).
La violencia se transforma así en el desencadenante de la ola de destrucción
que atravesó el continente. Y las consecuencias de todo ello no sólo fue una vida
marcada a sangre y a fuego, sino un futuro que también quedaría señalado por esta
violencia. Los dos versos finales, terribles, parecen una profecía, cuando avisa a los que
a América quieren venir:
“No penséis acertar estas jornadas / por vía de halagos ni de mimos, / sino con
muy gentiles cuchilladas; / pues en la tierra donde residimos / la buena paz negocian
las espadas. / No veréis amistad en esta tierra / si no se gana con sangrienta
guerra”(286).
Una violencia en la que, para mostrarla en toda su sangrienta realidad,
Castellanos no ahorra detalles: almas y sangres escapan a la vez. “Mas dióle por el
hombro tal lanzada / que el hierro le salió por el costado: / Cayó, porque salieron de
repente / el ánima y la sangre juntamente”(192).
El furor, el horror de la guerra, la destrucción y la muerte hacen que hasta la
naturaleza se estremezca. Los mismos animales parecen conmoverse ante lo que
contemplan: “No faltaban aullidos entre tanto / de fieras por sus sendas más
estrechas, / ni las aves nocturnas que con canto / de lloros confirmaban las sospechas;
/ los búhos, conmovidos del espanto, / por cima les cantaban las endechas 348, / con
otras más señales que no cuento / por quien iba temor en crecimiento”(892).
Estremecimiento resumido en estos versos magistrales: “Brama la tierra con mortal
gemido, / y auméntase la grita y alarido”(704).
Castellanos entona un llanto que se extiende por toda la obra, como el Dante
penetrando a los infiernos. Es su inferno personal: “Iré con pasos algo presurosos / sin
orla de poéticos cabellos, / que hacen versos dulces, sonorosos, / a los ejercitados en
leellos; / Pues como canto casos dolorosos / cuales los padecieron muchos de ellos, /
parecióme decir la verdad pura / sin usar de ficción ni compostura”(17). Ésta es la
tercera octava de la obra. Ya ha avisado lo que sigue: “La sangre derramada hace río /
que despedían las entrañas rotas, / como de gran turbión espesas gotas”(914).
Y lo va desgranando entre los endecasílabos: “La tierra cubren venenosos tiros /
y golpes causadores de suspiros”(702); “Andan por cima de los hombres muertos”
348
- Coplas y canciones tristes, de lamentos.

104
(Id.); “Gritos, voces, clamor, lamentaciones, / los aires destemplaban y rompían; / de
todas partes andaban confusiones; / niño, varón, mujer, se confundían”(231).
Un repertorio de maldades de sus antiguos compañeros: “Su fin, su pretensión,
sus paraderos / fue siempre destruir los naturales”(246). Y añade: “Con orden de
clemencia tan ajena / que el escribirlo da terrible pena /... se procuraba / privar de
libertad al indio llano, / y en esto fueron tantos los engaños / que se hicieron increíbles
daños. / De tan inmensa copia de vecinos / rarísimos son hoy los que parecen; /
Umbrosos montes cubren los caminos / que los humanos ojos humedecen. / Los
campos por do pasan peregrinos / con sangre de los muertos reverdecen. / Ya no se ve
labranza ni cultura / sino bosques incultos y espesura. /... Tanto ciega los ojos la codicia
/ que la maldad se tiene por justicia.”(246).
Compañeros a quien califica de “bestiales”, capturando y matando indios: “No
por eso cesó su desvarío, / ni se mudaron estos pareceres; / Antes hierro les dan por
atavío, / y aherrojados hombres y mujeres / luego los entregaron al navío / que tenían
allí los mercaderes; / volviéronse después la tierra adentro, / donde hicieron otro mal
encuentro. /...Estos, con otros muchos que tomaron / por otras partes fuera del
asiento, / ansimismo vendieron y entregaron / a los que iban en su seguimiento; / Y
todo lo barrieron y asolaron / con un luciferino desatiento, / y sin causa quemaron los
bestiales / cuatro caciques harto principales”(274).
“No pueden prolijísimos renglones / decir ad plenum349 lo que se hacía: / tantas
cautelas, tantas invenciones / tanta maldad, tanta villanía”(277).
Y culmina: “Caducas son las cosas deste suelo / y a caídas sujetas las más
sanas”(1195). Parece el fin. Como sumido en una noche oscura, que en parte recuerda
a la Noche Oscura de San Juan de la Cruz350, o a la agonía de Felipe II, al que llamaban
“la muerte” “por el aire letal que tras sí deja”, recluido en El Escorial, su gigantesco
panteón, como él, recluido en Tunja, su otro panteón, Juan de Castellanos transita esa
noche oscura del alma sin hallar refugio de aflicciones. Es, como luego escribirá Joseph
Conrad351, el horror. Y así lo explicita: “He de tocar cosas de espanto”(407). O “Aquí se
contarán casos terribles”(17).
De vez en cuando, entre tanta maldad narrada, decide detenerse un instante,
como compungido: “Quiero tomar un poco de reposo / para que pueda, con
recogimiento, / poner en orden el futuro canto, / que ya no será canto, sino
llanto”(452).
Es como si describiese el paisaje después de una batalla:
“... Por encima de miembros palpitantes /... con piernas y con pies, manos y
brazos / que por aquel lugar están tendidos, / cabezas repartidas en pedazos / y sesos
derramados y esparcidos”(705). Como una horda: “Vienen quemando templos,
heredades, / deshonrando doncellas y casadas, / sin freno usan deshonestidades, / sin

349
- Por completo.
350
- Escrita en 1578.
351
- El corazón de las tinieblas. Londres, 1902.

105
riendas ensangrientan las espadas, /... las mujeres paridas y preñadas; / Jura siempre
la gente fementida352 / de nunca perdonar cosa nacida”(340).
Indígenas que quedan desposeídos “de lo suyo”, como él proclama en multitud
de ocasiones: son, a partir de entonces, “los desposeídos”. “Sufriendo pues aquestos
naturales / no pocas sinrazones insufribles, / callaban por hallarse desiguales / en
armas aceradas y terribles”(111). “Y sus hijos e hijas y mujeres / a servidumbre mísera
sujetos; / pierden de libertad aquellos fueros, / que no pueden comprarse por
dineros”(112).
El discurso de los naturales queda patente en la pluma de Castellanos: “<La
grave sujeción y desventura / que todos padecemos al presente>”(112). Y añade de su
mano: “¡Cuan afligidos, cuán atribulados, / cuán muertos, cuán corridos, cuán
cansados”(Id.).
Un discurso en que muestra el hartazgo que sintieron los indígenas ante una
situación insoportable: primero, “como vencidos de gran sueño”, soportaban “con
paciencia”; ahora, prefieren “morir en sus defensas”. “<Los días y las noches
padeciendo / servimos estas gentes extranjeras; / a más andar nos vamos
consumiendo / en minas y prolijas sementeras; / y todos ellos andan repartiendo /
nuestros campos, sabanas y riberas: / aquello que aquí siempre poseímos, / y donde
nos criamos y nacimos. / Cada cual de nosotros tiene dueño / a quien reconozcamos
obediencia, / y a todos cuantos males os enseño / no hacemos ninguna resistencia; /
Antes, como vencidos de gran sueño, / llevamos estas cosas con paciencia, / hasta
dalles las hijas y mujeres / para sus pasatiempos y placeres. / A la maldad y
desvergüenza suya / como viles cobardes damos vado. /... Pues ¿quién hay de los
hombres que no huya / siendo cornudo ser aporreado, / sino nosotros, vil y baja gente
/ que pasamos por todo blandamente?>”(112). Otros en cambio no aceptan la
situación, y la combaten de plano, “queriendo más morir en sus defensas / que ver y
padecer tantas ofensas”(124).
Las matanzas conforman la cotidianidad del horror. Los arcabuces “abren
calles” en las filas indígenas: “Cristianos van haciendo gran matanza, / indios en su
locura perseveran, / traspasan pechos jaras353 y gorguces354, / calles haciendo van los
arcabuces”(58).
Una orgía de sangre.
“Ansí los que mandaban las espadas / a pocos atrevidos dejan sanos, / hiriendo
con terribles cuchilladas / a los que se hallaron más cercanos; / Derríbanse cabezas y
quijadas, / córtense piernas, pies, brazos y manos, / cercénense los huesos de
canillas355, / los pescuezos, las barbas y mejillas”(64). “Pues corrían sabanas como río /
con tanta sangre como fue vertida, / sin poderse decir el gran gentío / que por aquel
lugar quedó sin vida”(83).

352
- Falta de palabra, engañosa, falsa.
353
- Así llama comúnmente a las flechas.
354
- Especie de dardo o lanza corta. Venablo.
355
- Tibias y peronés.

106
Los españoles irrumpen entre los indígenas, que son asolados como rebaño de
corderos: “Lobos entran aquí por los rebaños, / por acullá leones los aquejan; / por
todas partes hay crecidos daños; / armas toman aquí y allí las dejan. / No pueden
atinar a los engaños; / por aquí dicen ay, allí se quejan; / aquí dan cuchilladas, aquí
hieren, / por esta parte matan y allí mueren. / No hay muerte que con muerte no
segunden, / caen gallardos mozos, caen canas, /... suenan montes, collados y sabanas /
con gritos y clamores que se hunden. / Huellan por arcos, flechas y macanas356. / Si
huyen por aquí, por allí pican; / aquí dan tropezón, allí trompican; / ... Si por aquí los
hiere duro Marte, / por acullá crueles escuadrones. / Muerte, fuerza, temor de cada
parte; / sangre, terror, dolor, tristes gemidos; / montón grande de muertos y
caídos”(119).
Según Castellanos, algunos capitanes -como Alonso de Herrera- parecen
sumergidos en el Apocalipsis del horror: “Infinidad de sangre va vertiendo, / gandules
señalados derribando, / a una y otra mano revolviendo, / peones y caballos animando;
/ penachos y plumajes abatiendo, / pechos, cuellos, ijares traspasando; / increíble
parece la matanza / que este gigante hizo con su lanza. /... Aquí veréis caídos y
sangrientos / allí montones muertos se hollaban”(201). No es el único: de los
endecasílabos manan descripciones similares: “Allí veréis un indio traspasado / por
pecho, por entrañas y ternillas; / Allí cabeza y brazo derribado; / acullá jarretadas 357 las
rodillas”(379).
Sin ahorrar detalles: “Gran multitud de sangre va corriendo / que despide
hervor de tanta vena; / éste queda mortal, aquel gimiendo, / otros dan vuelcos por
aquel arena, / el suelo con las tripas va barriendo; / A otros, cuya fatiga los refrena, /
embisten todavía los cristianos, / a los que se mostraban más lozanos”(467); “De esta
manera son los embarazos / que ponen a los vivos los caídos, / con piernas y con pies,
manos y brazos / que por aquel lugar quedan tendidos; / cabezas repartidas en
pedazos / y sesos derramados y esparcidos”(705); “Aquí vieras cabezas ir rodando, /
allí regar la tierra roja vena, / ir uno con las tripas arrastrando, / otros tenderse por
aquel arena; / brazos caídos, manos palpitando, / que de los cuerpos el furor
cercena”(876). Resumido todo en estos versos terribles: “La verde hierba se paraba
roja / y crece la mortífera congoja”(728).
Una congoja que alcanza al corazón de Castellanos cuando escribe que de estos
cuerpos destrozados sale “el alma triste”, en forma de “rubio licor, silla del alma”:
“...Las espadas, / con los tajantes filos, dividiendo / los brazos de los hombres, y con
puntas / penetraban las partes entrañables, / por cuyas violentas bocas sale / la
sustancia vital, y el alma triste. /... Suena grita, tumulto y alboroto, / horrible y
espantoso terremoto”(1252); “Porque el vaso mortal358, roto y abierto / por infinitas
partes, destilaba / aquel rubio licor, silla del alma / cuya falta las fuerzas
disminuye”(1253).
356
- Palabra arahuaca. Maza, cachiporra.
357
- Cortadas, rotos los tendones.
358
- “Vaso mortal”, o simplemente “vaso”. En muchas ocasiones Castellanos se refiere
al cuerpo humano empleando esta expresión.

107
La crueldad de las matanzas se acrecienta cuando los españoles combaten a los
indígenas con perros: “Unos y otros el lebrel degüella / rompiéndoles las venas y los
cuellos”(1252). “Partió luego con gente descansada / y algunos perros bravos y
cebados / en indios359, que trajeron a la tierra / los que vinieron con el Belalcázar, /
porque los otros antes no tenían / en uso coadjutores semejantes; / y después raros
eran los soldados / que se menospreciaban de tenellos, / algunos con soltura que
pasaba / de límites y términos humanos, / pues como gente de piedad ajena / las
culpas que pudieron ser punidas / con más templanza, las tenaces bocas / eran
ejecutoras del castigo”(1238). “A gran prisa siguieron el alcance, / no sin ayuda de los
bravos perros, / que hicieron en ellos gran estrago”(1256).
Perros que tenían nombres legendarios: “Ayudaba también un cierto perro /
llamado según dicen Becerrillo, /... del cual perro nos han contado tales cosas / que se
pueden tener por espantosas”(117). “Lleváronse también ciertos lebreles, / el uno de
ellos perro señalado, / el cual, en guerras de indios infieles, / no ganó menos quel
mejor soldado, / y ansí por hechos malos y crueles / fue de diversas partes
desterrado360; / llamábase Amadís, y fue más fiero / quel otro fabuloso caballero 361. /
Armábanlo también de duro fardo / como fuese patente la rencilla362, / el cual sabía de
dar tan buen resguardo / al tiempo que rompía la cuadrilla, / que piedra, flecha, lanza,
dardo, / era si le tocaba maravilla, / del cual tenía Castro 363 confianza / como de un
escuadrón de gran pujanza”(613).
Era claro el temor que sintieron los indígenas antes estos perros enfurecidos;
pero pronto aprendieron a defenderse de ellos, como en el caso de la entrada de
cierto capitán español que fue al combate... “con seis caballos y otros tantos perros, /
cuyas entrañas impías estaban / en las de bárbaras gentes cebadas / y acostumbrados
a los rompimientos, / donde suelen hacer mortal estrago, / en tanto grado que
sulfúrea bala, / ni jara despedida de ballesta, / entre los indios no se teme tanto; /
aunque necesidad suele mostrarles / en repentino salto la defensa, / que es darle cebo
con siniestro brazo / y descargar el diestro con la maza, / desmenuzando cascos y
quijadas / del incauto lebrel, que sin resguardo, / fajó con el gandul apercibido; / y ansí
queda por cebo hartas veces / de aquellos en quien él suele cebarse”(995).
Cuando resultaba demasiado peligroso acercarse hasta un guerrero indígena
para combatirlo, le echaban los perros. En uno de estos casos, en que un valeroso
guerrero se defendía con una cadena y ya había arrojado al suelo a varios españoles,
Castellanos cuenta que “y a los gritos que daban desde un cerro / acuden españoles
359
- Cebados: acostumbrados a comer carne humana.
360
- Eran tan apreciados por los españoles en los combates que sus dueños recibían
partes por ellos en los repartos del botín, como si hubieran aportado caballos. Por su
brutalidad, recibían castigos igual que los demás hombres de la expedición.
361
- Se refiere a Amadís de Gaula, famoso y mítico personaje prototipo de las novelas
de caballerías, tan populares en la Baja Edad Media y comienzos del S.XVI:
362
- Es decir, le colocaban una especie de peto o coraza de pieles.
363
- Se refiere a Francisco de Castro, teniente de Luis de Rojas, Gobernador de Santa
Marta.

108
con un perro. / Era perro de gran conocimiento / y bien instructo para tales lances, / y
como lo vio ir en el momento / sigue del fuerte chipa364 los alcances: /... y como vio
venir aquel alano / para se defender probó la mano. / Mas el perro feroz, encarnizado,
/ sin recelar los golpes de cadenas, / saltó con el mancebo desdichado, / cebándose en
la sangre de sus venas, / y de sus carnes, ya despedazado, / las voraces entrañas
fueron llenas; y ansí se concluyó la valentía / de que dio claras muestras aquel
día”(410).
Los azuzaban: “<Carga, carga, mastín>, anda diciendo”(417).
Sobre el perro Amadís, mencionado más arriba, Castellanos cuenta varias
historias llenas de espanto: “El perro Amadís, viendo la caza, / bien como lobo dentro
de cabañas, / unos derriba y otros despedaza, / echándole de fuera las entrañas, /
hasta hacerles escombrar la plaza, / metiéndose por ásperas montañas”(616). Y en
concreto, la lucha contra un formidable guerrero ante el cual los españoles
retrocedían: “Quisieran salir muchos desta gente / a se probar en singular certamen, /
y el maese de campo no consiente / que hagan de sus fuerzas tal examen, / diciendo:
<Con menor inconveniente / deseo castigar este vejamen: / este es un perro sin temor
ni rienda; / con otro perro tenga la contienda. / El lebrel Amadís está pidiendo / las
carnes deste indio para cena, / el cual de ver la grita y el estruendo / está
remordiscando la cadena; / menester es que venga, y en viniendo, / él le dará su
merecida pena>. / Van luego dos o tres de la cuadrilla / y al perro le quitaron la traílla.
/ Ni Melampo, Harpago ni Dorseo, / con tanta furia van por el ejido, / con Dramas,
Harpolos y Melaneo, / tras el señor en ciervo convertido365. / Cuánta fue la soltura y el
deseo / del Amadís, después quel indio vido, / el cual también, como le vio la cara, /
para la competencia se repara. / Meneando los pies con buen talante, / con el bastón
que punto no se tarda / y golpes por detrás y por delante, / con mas velocidad que
fiera parda, / con ambas manos juega de montante, / de cuyos golpes Amadís se
guarda; / y para dar contentos a su vientre / busca lugar y modos por do le entre. / El
perro, con furor enerizado366; / los pies, como pantera, diligentes; / la nariz y hocico
regalado, / mostrando los colmillos y los dientes / con que tiene de ser despedazado /
sin valerle sus locos accidentes; / Más el gandul, que su vivir pretende, / con bríos
varoniles se defiende. / Anda la mortal obra que no cesa / sin que para resuello se dé
vado; / la pesada macana muy espesa, / guardándose por uno y otro lado. / Mas el
perro le daba tanta priesa / que ya se ven las muestras de cansado, / pues el golpe no
sale tan entero / ni con tanto vigor como primero. / Y aunque procura bien no darle
364
- Cacique de la zona de Coro.
365
- Castellanos usa, para comparar la ferocidad de los perros usados por los españoles
contra los indígenas, la figura mitológica de Acteón. Cazador empedernido, en una de
sus correrías Acteón osó contemplar desnuda a la diosa Artemís mientras se bañaba,
quien, en castigo por su imprudencia, lo transformó en ciervo para que sus propios
perros lo devorasen. Los anteriores nombres citados por Castellanos corresponden a
los seis perros de Actión, lo que ilustra el conocimiento del autor sobre estos temas y
lo recurrente de los mismos todavía a finales del S.XVI.
366
- Forma antigua del verbo erizar.

109
puerta, / y por todas las partes se recata, / sucede para darla más abierta /
inconveniente grande que lo mata; / Y fue que en el compás se desconcierta, / y un
golpe que tiró lo desbarata; / en una piedra frente del alano, / soltando la macana de
la mano. / Quiso luego coger el empulguera367, / pero no se le dan esos lugares, /
porque la presta boca carnicera / asió con tal fulgor de los ijares, / que las humanas
tripas salen fuera / para de las caninas ser manjares; / y al fin, como si fuera débil caza,
/ el lebrel Amadís lo despedaza” (619-620).
Historias crueles en las que los perros son protagonistas: “Llevaban estos tres
en su defensa / tres perros señalados en braveza: / Turquillo, Amigo, y otro
Melenao368, / que para se valer en la jornada / los fueron a su tiempo
provechosos”(1033). Dice que encontraron a compañeros muertos y que “su dolor fue
tan excesivo /... si no se desaguara por los ojos / alguna parte de su sentimiento; /
donde hasta los perros lo hicieron, / de natural instinto convocados”(1033). No les
sirvió de mucho a los perros este rasgo de humanidad, porque treinta versos más
adelante, cuenta Castellanos : “Para se remediar y cobrar fuerzas, / que ya la hambre
se las consumía, / de los tres perros uno degollaron / que por nombre tenía Melenao, /
y bien o mal asado fue socorro / para poder llegar en salvamento / a Santa Fe..”(1033).
A las matanzas seguían los incendios de ciudades, un paisaje desolado tras el
paso de los conquistadores; un fuego que parece no extinguirse en años: “Y estos
soldados, con la gran codicia, / que las más veces suele dar de mano / a
consideraciones necesarias, / pusieron en el suelo la candela / de las ardientes pajas
que llevaban, / y embebescidos en recoger oro / no miraron aquel inconveniente, /
que fue cundiendo por los esportillos369 / no con abierta llama ni sonora, / hasta venir
a dar en las paredes / que estaban esteradas370 de carrizos371 / pulidamente puestos y
trabados, / donde creció la llama de tal suerte / que cuando revolvieron las cabezas /
no fue cosa posible mitigarla, / y aun poder salir fuera fue un milagro / a causa de ser
fábrica pajiza. / Pero con este riesgo no dejaron / el oro que tenían recogido, / a lo
menos aquello que sus fuerzas / bastaron a poner sobre los hombros, / dejando lo
demás encomendado / a la soberbia furia del incendio, / que fue volando hasta la
techumbre, / y de su resplandor aquellos campos / desecharon de sí nocturna sombra.
/... Mas de cualquier manera que esto sea / el fuego desta casa fue durable / espacio
de cinco años, sin que fuese / invierno parte para consumirlo, / y en este tiempo nunca
faltó humo / en el compás y sitio donde estaba”(1203).
Si prendían fuego a las ciudades o a los fuertes construidos por los indígenas,
éstos preferían morir abrasados antes que rendir la posición: “Con verse ya cercanos a
367
- La empulguera es una de las extremidades de la ballesta. Seguramente,
Castellanos quiere decir que habiendo perdido la macana, intentó el guerrero hacerse
con el arco que llevaría colgado en la espalda.
368
- Perro con melena, seguramente haciendo referencia a la bravura o fiereza del
león.
369
- Especie de alfombra de esparto.
370
- Forradas de esteras, tejidas de paja u otra fibra vegetal.
371
- Con los tallos de esta planta se hacían techos rasos.

110
la muerte / siempre permanecieron peleando / desde la fortaleza, hasta tanto / que
ya se convirtieron en ceniza”(1063). O evitando que otros se rindiesen, o que sus hijos
y mujeres cayesen en manos de los españoles: “Los nuestros, sin temores de desvíos, /
entablan adentro más el juego, / hasta meter los indios en buhíos, / a muchos de los
cuales ponen fuego, / por no querer, dejados desvaríos, / rendirse ni de sí hacer
entrego; / antes los más, a trueco de no darse, / consentían en ellos abrasarse. / Si
acaso las doncellas o donceles / de la pajiza casa se salían, / los padres, inhumanos y
crueles, / a las ardientes llamas los volvían: / donde los miserables infieles / sus vidas
con sus hijos consumían, / sin quererse ninguno dar a vida / de todos cuantos iban de
vencida”(193). “Mas otros duros, malos, pertinaces, / tomaron por remedio mas
acepto, / ser del ígnite fuego consumidos; / Tanto que si sus hijos y mujeres / querían
evadirse del peligro, / ellos, con manos impías, crueles, / al fuego los volvían, donde
fueron / los unos y los otros abrasados”(1059). Preferían quemar los pueblos antes que
dejarlos caer en manos españolas: “Mandaron a la gente que se halla / con mechas,
aderecen la candela / para que se conviertan en ceniza / las moradas de la ciudad
pajiza. / Fumosas llamas cercan el asiento / que sobre muchos otros tiene mando. /
Vuelan luego con gran fuerza de viento / los bajos y los altos ocupando, / sin que
manifestasen sentimiento / los indios que su mal están mirando; / mas antes deseaban
ver las casas / do cristianos entraron hechas brasas”(561).
Muerte de indígenas que sigue en los ostiales, ahogados: “En aquesta manera
de bajeles372 / había gente nuestra marinera, / que por aquellas playas y placeles 373 /
en guarda de los indios iban fuera; / algunos tan malditos y crueles / como cómitres 374
malos de galera; / y ansí, destos míseros cautivos / eran pocos los que quedaban vivos,
/ por tener muy angosta pasadía / y más que limitadas las raciones, / pues sobre mar el
agua se traía / con las más necesarias provisiones. / En la mar sumergidos en el día, / y
en la noche con ásperas prisiones, / y ansí, para quedar dos o tres hechos, / de la vida
quedaban diez deshechos. / Este principio y estas ocasiones / de los esclavos fueron
perdimiento, / de todas las insignes poblaciones / que en mis versos atrás os
represento”(277).
Muertes y crueldades que llevaron a muchos indígenas al suicidio antes que
caer prisioneros y quedar como esclavos: “Y ansí los indios, como no tuviesen / refugio
do pudiesen acogerse / y escapar del furor de las espadas, / la mayor parte dellos, con
el miedo / o desesperación y emperramiento, / del alto risco se precipitaron / y fueron
a parar do con los sesos / dejaron rociados los peñascos, / no menos que el insano 375
Pirineo376 / cuando quiso sin alas ir volando”(1324).
Los que no murieron en el combate murieron victimas de los crueles rescates
de indios, que, como Castellanos conocía muy bien, fueron causa de la despoblación
372
- Canoas y piraguas.
373
- Placeres, bancos de arena.
374
- Jefe de los galeotes o remeros forzados en las galeras.
375
- Loco.
376
- Personaje mitológico que se arrojó desde una peña para volar y, obviamente, se
estrelló.

111
de regiones enteras. Algunos no solo para ser vendidos en las Antillas, sino para ser
vendidos en España, como hizo el Almirante:
“Colón tomó los indios que vinieron / encareciendo mucho la hazaña, / y en un
navío luego los metieron / que estaba de camino para España, / los cuales brevemente
perecieron / enflaquecidos de pasión extraña, / porque no viendo más que agua y cielo
/ no querían regalo ni consuelo”(83).
Su destino principal eran las islas del Caribe, donde sus naturales ya habían
desaparecido, y resultaban fundamentales como mano de obra: “Estos dos capitanes
fueron tales, / y tan perjudiciales y nocivos, / que demás de roballes los caudales / de
cuanto contenían sus archivos377 / llevaron presos muchos naturales / que hicieron
esclavos y cautivos / sin causa de delitos cometidos; / antes siendo de paz y repartidos.
/ Sería de quinientos la partida; / digo quinientos de Cipacua 378 sola; / mozos y mozas,
gente muy lucida, / contra la voluntad sacra charola379; / y el Vadillo380, después de
recibida, / mandólos enviar a La Española / para sus intereses y ganancias, / y servir en
ingenios381 y en estancias”(748).
Buena parte de los primeros “descubridores” de estas costas fueron rescatistas
de indios: “Y aun antes no se daba poca priesa / en saltear por mar aquella tierra / el
Gobernador Diego de Nicuesa / con otro capitán dicho Luis Guerra, / que no
cumplieron bien con su promesa, / porque fuerza de indios los destierra; / y allí vino
también Juan de la Cosa382 / sin la hacer que fuera provechosa”(695).
Los capturaban con todos sus bienes, y los llevaban consigo hasta las factorías
costeras donde eran embarcados para las islas: “Recogen a la plaza de los vivos /
número copioso de cautivos. / Suenan prisiones duras y molestas / por cuellos de los
padres y sus prendas383; / Hácense las compañías luego prestas / para los apartar de
sus viviendas; / Llevan los miserables a sus cuestas / sus adquiridos bienes y haciendas
/ hasta las casas de los vencedores, / como dellas y dellos posesores. / ...Mostró la
gente nueva sus trofeos / así como hazaña grandiosa, / y en ver algunos índicos
arreos384, / desea ranchear quien menos osa; / Luego salieron otros arrancheos 385 /
diciendo que el hurtar es dulce cosa; / Recogióse de indios muchedumbre / reducidos
a dura servidumbre. / Para confirmaciones deste yerro / que de mayores otros se
377
- Se refiere a sus almacenes.
378
- Asentamiento indígena situado en una serranía próxima al actual Puerto
Colombia, cerca de Barranquilla.
379
- Debe referirse a la voluntad real, del Emperador Carlos, Sacra Charolus.
380
- Juan de Vadillo, juez de residencia a Pedro de Heredia.
381
- Ingenios azucareros, instalaciones donde se elaboraba el azúcar.
382
- Juan de la Cosa murió precisamente asaeteado por los indígenas de Turbaco, cerca
de Cartagena de Indias, que aun no estaba fundada, en una operación de rescate de
indios.
383
- Los amarraban por el cuello con sogas o cadenas; hombres mujeres y niños.
384
- Algunas joyas que llevaban los cautivos incitaban a los españoles a seguir
rescatando.
385
- Robos, arrancar algo a alguien violentamente.

112
deriva, / allí los señalaron con el hierro / que de la libertad dulce los priva 386; /
perpetuóse luego su destierro / adonde cada cual muriendo viva, / poniéndoles prolijo
mar en medio, / en otro cautiverio sin remedio. / Gran número de indios fue vendido /
por las islas en públicos pregones387”(365).
Demanda que creció debido a la falta de mano de obra en los ingenios
azucareros de las islas, cuyo número aumentó extraordinariamente en la primera
mitad del S.XVI: “Y no quiero pasar más adelante / contando los que se han edificado /
porque, ponellos todos por escrito / sería proceder en infinito. / Destos cada cual es un
señorío / gentil y principal heredamiento, / tienen necesidad de gran gentío / para
tener cabal aviamiento; / faltaba ya de indios el avío / por el universal acabamiento, /
de suerte que hay en estas heredades / negros en excesivas cantidades. /... En grande
aumento va cada ralea / y con gran vigor se multiplica, / tanto que ya parecen ser
Guinea, / Haití, Cuba, San Juan y Jamaica”(100).
A cambio, estos esclavistas de indios compraban en las islas otros productos
que vendían en las costas de las actuales Colombia y Venezuela: “Todo el oro ya traen
a rodo388 / y muy crecido número de esclavos / que llevan a las islas los navíos / para
traer comidas y atavíos”(501).
Decenas de miles de naturales fueron así esclavizados, sacándolos de a poco de
los que eufemísticamente llamaban “invernaderos”, es decir, lugares donde se sabía
que el número de indígenas era elevado: “Con grillos, con cadenas o tramojos, / los
indios en los barcos son metidos”(137). Y los españoles, cuenta Castellanos, tenían en
esto su principal negocio: “No faltaban rancheos y salidas”(200). “El cual, dentro del
tiempo que quería, / volvió de muchos indios proveído, / y así como si fuesen de
Etiopia389 / este doctor llevó crecida copia”(554). “Y algunos mercaderes ya potentes /
que allí fueron personas principales / rescataron esclavos destas gentes / que de perlas
traían sus jornales390; / los cuales, como buzos excelentes / descubrían riquísimos
ostiales / y con propias canoas y piraguas / sacaban ya las conchas de las aguas”(276).
“Muchos allí hacían su viaje / de Cubagua, con este mismo cargo, / de rescatar esclavos
o comida... /... Por haber los esclavos tan barato / se frecuentaba bien este camino. /...
Frecuentaban las armadas / la costa 391, so colores de rescate”(217). Buena parte de los
conflictos con los caribes fueron la excusa para apresarlos: “Aquestos duros trances
acabados, / encuentros y reencuentros excesivos, / los caribes quedaron mal parados:
/ de doscientos, ochenta solos vivos; / los cuales todos fueron maniatados, / quedando
por esclavos y cautivos”(136).

386
- Eran marcados a fuego en el brazo, en el pecho o en la mejilla.
387
- Se vendían en las plazas de las ciudades antillanas al mejor postor.
388
- Vieja expresión que significa en abundancia.
389
- Compara la esclavitud de los indios con la de los negros. Etíope en griego significa
negro.
390
- Eran enviados a trabajar a los ostiales y tenían que traer cada día la porción de
perlas que se les asignaba.
391
- Se refiere a las costas de Venezuela.

113
Sin respetar aliados: “Pues al que por la paz era ya nuestro / menos se
reservaba las cabuyas392, / que son prisiones hechas de cabestro: / españoles usando
de las suyas, / pues robaban a diestro y a siniestro / piezas393, sin respetar cuáles ni
cuyas, / por causa de lo cual muchos caían / en las redes y lazos que hacían”(217).
A veces los propios indios los entregaban: “Que también entre indios se hacían
/ pesadísimos saltos y nocivos: / mataban, abrasaban, destruían, / traían a sus tierras
muchos vivos; / y aquellos rescataban y vendían / como sujetos suyos y cautivos, / y
aun, algunos insanos y dementes, / vendían a sus hijos y parientes”(217).
Una tierra, la zona costera, que dice Castellanos acabó perdiéndose para
siempre: “Pero con tantas idas y venidas / de las cercanas islas con armadas, /
quedaron estas tierras destruidas, / sus costas y fronteras asoladas”(218). “Y siempre
con aquella golosina / de esclavos que enviaban por momentos, / agora por rescates,
ya por guerra, / que fue la perdición de aquella tierra”(233). “Cubagua concertó
también que fuesen / sus capitanes y rescatadores / que los indios esclavos
recogiesen, / o granjeados ya por sus sudores, / o de los que los otros les
vendiesen”(246). “Los nuestros saquearon las aldeas / recogiendo mujeres y
muchachos; / de oro bajo, joyas y preseas394, / sin que les pongan armas sus empachos
/... y todos los llevaron cubagüeses395 / a trueco de preseas e intereses”(247).
“Tierra asombrada, clara, exenta / pero sus poblaciones anihila / la gran saca de
esclavos que solía / el antiguo tener por granjería. / Que los antiguos no tenían ojo / a
se perpetuar ni hacer nido, / sino con los esclavos y despojo / mejorar cada uno su
vestido, / y ansí las inquietudes y el enojo / han mucho destos indios consumido”(682).
El número de indígenas disminuyó enseguida, no solo por las muertes en los
ostiales sino por las guerras a sangre y fuego que realizaban los españoles en las
razzias de rescate; una acción que Castellanos califica como de “luciferina”: “No por
eso cesó su desvarío / ni se mudaron estos pareceres; / antes hierro les dan por
atavío396; /... Volviéronse después la tierra adentro / donde hicieron otro mal
encuentro. /... Estos con otros muchos que tomaron / por otras partes fuera del
asiento / ansímismo vendieron y entregaron. /... Y todo lo barrieron y asolaron / con
un luciferino desatiento”(274). Asaltaban los poblados en la noche: “Los falsos y
nocturnos mercaderes / dan en los miserables inocentes, / que estaban con sus hijos y
mujeres / en las sencillas camas, y pendientes / perturban soporíferos placeres; /
Oprimidos los tienen y obedientes, / dentro de las hamacas encogidos, / no menos
apretados que cosidos”(364). Y a los que capturaban, les ordenaban estarse quietos,
porque solo les interesaba llevarlos para vender: “<Sentaos en el suelo y estad quedos
/ si no queréis morir de mala muerte; / Que no seremos con vosotros bravos / si
fuereis en servir buenos esclavos>”(378).
392
- Cuerda hecha de pita.
393
- Pieza, pieza de Indias: nombre que se le daba a cada uno de los esclavos
capturados.
394
- Presentes.
395
- Gente de Cubagua.
396
- Los marcan y los encadenan.

114
Otras veces ordenaban a los pueblos costeros que les arrimaran comida a los
barcos; entonces no devolvían a los porteadores: “También les demandó quien la
trajese; / Fuele bastante gente proveía / diciéndole que luego la volviese; / mas el
capitán y gente suelta / nunca les consintieron dar la vuelta. /... Pues llegados mujeres
y varones / cargados a la boca del aquel río / les pusieron cadenas y prisiones / y los
metieron dentro del navío; / hecha la suerte pérfida tirana / luego bajaron a
Maracapana”(279).
Para aliviar la tensión de lo narrado, Castellanos cuenta al lector algún detalle
de estas operaciones, y de cómo un indio intentó recuperar a su compañera, que había
sido capturada por los españoles, cambiándola por otra mujer, pues así entendía eran
estos negocios. Pero una fiera se atravesó en su camino: “Quiero también contaros
otra cosa / de un indio que venía por un llano, / a pedir libertad para su esposa /
cautiva del ejército cristiano: / Otra lleva por ella muy hermosa / y espada de las
nuestras en la mano. / Mas tigre le mató la india bella, / y dél hacer quisiera lo que
della. / Mas viéndolo venir el caminante, / cubrióse tras el tronco de un madero, /
poniéndole la punta por delante / al tiempo que voló saltó ligero; / de suerte que la
espada trepidante / entró por el vital degolladero. / Cayó la bestia fiera sin aliento, / y
el buen indio gozó de vencimiento. / Dio relación á nuestra compañía / del daño
recibido y del provecho; / fueron allá por ver lo que decía / y satisfízose cristiano
pecho: / Diéronle la querida que pedía / en premio de tan honroso hecho; / hiciéronle
los indios grande fiesta / por serles esta fiera muy molesta”.
Los que no murieron en la guerra, en las extenuantes inmersiones y trabajos,
devorados por los perros, quemados dentro de sus casas, vendidos como esclavos lejos
de su tierra, lo hicieron victima de las plagas y enfermedades que los invasores
llevaron consigo. Castellanos dice que fue la perdición definitiva de aquellos
territorios: “Pero hallólos todos despoblados, / desiertos y sin muestra de cultura. /
Dos o tres indias viejas solamente / ovieron a las manos, y otros pocos / de indios muy
enfermos consumidos; / Y preguntándoles adónde estaban / todos los moradores de la
tierra, / respondieron con lloro no fingido / que todos los barrió cruel y brava / peste
que por allí se padecía: / Esto reconocieron claramente / por infalibles muestras y por
cuerpos / que por haber faltado manos sanas / no se les dio terrena sepultura. /
Volviéronse con esta mala nueva / y sin otra ganancia ni provecho / que lástima, dolor
y pesadumbre, / cual la tenemos hoy en este reino. / Pues por la era del de ochenta y
ocho / hubo tal mortandad de naturales, / que los diamantinos corazones / a tierno
sentimiento se movieran, / viendo cómo la flor de todos ellos, / mozos y mozas en
edad florida, / y de los nobles jóvenes patricios, / damas de gran primor y gallardía, /
eran arrebatados de la furia / de aquella tempestad fiera y horrible / sin que bastasen
curas ni remedios, / solicitud, cuidado, diligencia”(1070).
Por eso insiste en que el resultado de la conquista fue, en primer lugar, la
despoblación de la tierra:
“Porque Cubagua, muy más extendida / de lo que por justicia se le daba, / tenía
mucha tierra destruida / con cantidad de esclavos que sacaba”(160). Por los muchos

115
rescates: “Rescatando con cuentas y con hachas397 / oro, ropa, muchachos y
muchachas”(354). “Pero de grosedad tan conocida, / do se hiciera permanencia buena,
/ hay tan poquitos hoy que tengan vida / que la memoria da terrible pena. / Cubagua
fue sin freno y sin medida, / y aquí fue la maldad no menos llena: / Yo mismo vi
cautelas é invenciones / indignas de cristianas intenciones”(Id.). Y robos y saqueos: “Y
aquella general inadvertencia / a todos cuantos hoy viven lastima, / por ser entonces
tanta la demencia / que indios no tenían en estima, / y nadie procuraba permanencia /
sino coger el oro de por cima; / Y tan exorbitantes intenciones / fueron causa de
grandes perdiciones. /... Y todas con inmensa pesadumbre / de las cuales daré razón
cumplida / si Dios fuere servido darme vida”(357).
En las islas y en la Tierra Firme: “Por la molestia, pues, que voy diciendo / de
que estaban aquestos indios llenos, / los del agua se fueron retrayendo; / los de tierra
también, ni más ni menos”(366). Los que no morían, se internaban hacia los profundos
interiores del continente: “Privándolos de todos sus haberes, / y de queridas, hijas y
mujeres. / Con estas desvergüenzas y solturas / estos indios se fueron despoblando, /
metiéndose por grandes espesuras, / potente población anihilando 398”(531).
“Hambre y enfermedad los anihila, / incultas hallan todas las riberas, / por estar
ya los pueblos conocidos / en partes diferentes retraídos”(576). Inclusive las orillas del
Magdalena, donde muchos indígenas murieron en el trabajo terrible de las bogas 399.
Castellanos aclara que, sin indios, no habrá nada, y que la codicia –como la locura del
beodo- es la que ha acabado con aquel mundo: “Pues del numerosísimo gentío / que
solía hollar esta ribera / por una y otra parte del gran río, / sin los que residían más
afuera, / al parecer de muchos, y aun del mío, / no deben de ser mil en esta era; / y el
número por cuenta descubierto / ser menos y no más es lo más cierto. / Bien entiendo
que general dolencia / a muchos cuellos apretó la soga; / pero la más continua
pestilencia / no neguemos haber sido la boga. / Y si no se va hoy con advertencia, / y el
orden y remedio se prorroga, / han de faltar, y faltos naturales / las faltas han de ser
universales. / Porque donde ellos faltan, falta renta, / y donde falta renta, falta todo; /
mas nada desto se le representa / a la sed inextinta del beodo, / de su codicia, por
hacer la cuenta / que hacen los que dicen a su modo: / comamos y bebamos y
asolemos, / ahora, que mañana moriremos. / Y por perseverar en sus motivos / hay
pueblos de españoles ya desiertos, / porque donde no quedan indios vivos / cuéntense
los señores con los muertos: / En efecto, trabajos excesivos / han sido causa destos
desconciertos, / y para que los tales no procedan / es menester mirar por los que
quedan”(1390). Especialmente duro era este trabajo en la zona de Honda, con una
corriente mucho más fuerte: “Muy más impetuosa la corriente, / cuyo trabajo duro y
excesivo / ha consumido toda la grandeza / que restaba de aquellos remadores /
confines y aun lejanos del Gran Río”(1307).
397
- Cuentas y hachas, baratijas que daban a cambio en los rescates de joyas y
personas.
398
- Anihilar: textualmente, volver nada. Aniquilar.
399
- Bogas, indios bogas. Indios remeros que subían y bajaban las embarcaciones por el
río, sin descanso ni alimentos.

116
Un maltrato del que Castellanos da abundantes referencias, cuando, por
ejemplo, pone en boca de Las Casas la siguiente frase dirigida al rey, acusando a los
españoles de mil tropelías: “<Usan los españoles de cautelas / dignísimas, señor, de
gran enmienda: / abusos, desvergüenzas, corruptelas / de que las Indias son pública
tienda; / No son perros que ladran, sino lobos, / que viven de rapiñas y de robos. / De
cuantos allá viven se destierra / el peso, la razón y la medida; / y el simple natural de
aquella tierra / no tiene libertad ni tiene vida; / pues manteniendo paz, le hacen
guerra, / le quitan la mujer y la comida; / Al pacífico, llano y al más manso / a este se le
da menos descanso>”(285)
Una explotación que no solo alcanzaba a los bogas, sino a todos los pueblos
situados a la orilla de un camino, que eran usados como forzados cargadores, como en
el caso de la ruta que comunicaba la boca del Carare, en el Magdalena, hacia Vélez,
que Castellanos conocía muy bien: “Y seis o siete leguas más arriba / hicieron
tambos400 y asignaron puerto / hasta donde llegaban los bajeles, / con muchas y
diversas mercancías / que metían con indios en el Reino. / Ocasión grandemente
perniciosa / para disminuirse naturales, / porque como de bestias careciesen, / suplían
con indios esta falta, / alquilándolos los encomenderos / como si fueran mulos o
caballos; / y aun a éstos sus amos dánles grano, / porque no desfallezcan y se queden /
por falta de alimentos desmayados” (1306).
Trabajos tan recios que el mismo autor señala que era mejor salida la guerra
que la sujeción: “Algún tiempo se hizo con blandura, / no tanta cuanta allí se señalaba,
/ pero después fue tanta la soltura / con que con estos indios se trataba / que les era la
guerra más segura / que lo que mala paz aseguraba”(277).
Dominados, sometidos, obligados a servir y tributar a sus conquistadores, los
que fueron señores y libres se veían ahora rendidos en un mundo oprobioso para ellos.
Castellanos escribe, dispersa por los infinitos endecasílabos, la historia americana de la
infamia: “Ya tenían amos señalados / a quien daban demoras401 o tributos, / poderoso
carguío para gente / que fue, de libertad antigua, puesta / en una miserable
servidumbre; / mayormente faltando la modestia / de parte de los duros exactores, /
que no tenían límite ni tasa / en aquel tiempo, sino que sin ella / cobraba cada cual
con extorsiones / aquello que razón no permitía, / demás de los trabajos excesivos / de
personal servicio, donde muchos / por no los comportar, desesperaban, / o, débiles y
flacos, perecían”(1249).
Pagos de tributos en los cuales Castellanos señala toda la crueldad que podía
devenirse de estos actos. Así, acudiendo un cacique a pagarlos, “Este, siendo llamado
por el amo / a la contribución de su tributo / vino sin excusarse, proveído / de lo que le
mandaron que trajese; / y después de le dar joyas tan buenas / que merecían
agradecimiento, / el inconsiderado, blasfemando / de todo cuanto trajo, le decía: /
<Perro chingamanal, sucio borracho, / ¿con opinión de principal cacique / este oro me
400
- Palabra quechua que luego se extendió por toda América y que significa venta,
parada, estación en un camino.
401
- Plus que debía pagarse cuando se entregaba el tributo fuera de los plazos
establecidos por el encomendero.

117
diste sin empacho / más destilado que por alambique? / ¿Piensas que tratas con algún
muchacho / que podrás contentarlo con empique402? / Vea ya claridad lo del archivo 403
/ si no quieres que yo te queme vivo>”(1250).
Pegándoles: “Estando pues los Lermas404 cierto día / entre ellos, sin sospecha
de su lloro405, / un principal cacique les traía / algunas joyas no de muy buen oro; / y el
Juan de Lerma que las recibía / con ira, sin guardarle su decoro, / con los dones, por
vellos no ser ricos, / al cacique le dio por los hocicos. / El bárbaro no hizo sentimiento,
/ mas viendo tan notable destemplanza, / con disimulación en el momento / propuso
de tomar llena venganza”(494).
O asesinándolos: “Porque después de pagados los tributos / (en aquella sazón
oro labrado) / Baltasar Maldonado remachaba / aquellas joyas todas con martillo /
para fundirlas y hacer los tejos406, / y preguntado cómo no traía / bastante cantidad
con qué pudiese / acabar de pagarle la demora / (que entonces no tenían limitada ), /
el indio, fatigado de dar tanto, / respondió con algún desabrimiento, / y el amo, con
mayor y menos seso, / con el martillo le quebró los cascos, / en tal manera, que no
bastó cura / que pudiese de muerte reservarlo”(1319). Eso le sucedió, según cuenta
Castellanos, al gran cacique Tundama, señor de Tunja. Con otros menos principales, el
trato sería peor si cabe.
La infamia y crueldad de este tiempo la sigue mostrando el autor a través de los
castigos a que eran sometidos los indígenas. Así, a un guerrero que les había
combatido con furor: “Uno dellos ovieron a las manos / porque les hizo rostro
resistivo, / al cual dieron castigos inhumanos / y ajenos de católico motivo, / pues por
los intestinos y livianos / al mísero gandul empalan vivo; / pusiéronlo después en un
collado / a vista del lugar recién poblado”(629). A un cacique que les hizo resistencia:
“Llegado pues el mísero cautivo / a la presencia deste licenciado 407, / luego, como
varón vindicativo / y en los enojos nada reportado, / a sus negros 408 mandó quemarlo
vivo, / los cuales ejecutan su mandado, / sin que bastasen ruegos ni razones / que
daban más compuestas condiciones”(776). O al hijo de la cacica Gaitana, en el valle del
Cauca, a quien queman vivo en presencia de su madre: “En la uña hicieron los
procesos409 / y dióse vocalmente la sentencia: / que muera hecho brasas y ceniza /
402
- De empicar, empicarse. Aficionarse a algo. Empique: cosa y objeto de poco valor
pero que pude gustar. Baratija.
403
- Lo que tienes guardado.
404
- Jerónimo y Juan de Lerma, hijos de Francisco de Lerma. Una saga de
conquistadores en las costas de Santa Marta y Río del Hacha.
405
- Los indígenas se quejaban de la excesiva cantidad de tributo a entregar.
406
-Especie de lingotillos de metal, a manera de tejas, que hacían los españoles
machacando y fundiendo las joyas que los indígenas traían como tributo.
407
- Juan de Vadillo, juez de residencia.
408
- Negros esclavos. En algunas expediciones llevaban a ciertos esclavos negros que
ejercían las funciones de verdugo.
409
- Le torturaron introduciéndoles objetos punzantes debajo de las uñas de las manos
y los pies.

118
mandó, cuyo rigor escandaliza. / Pertinaces en este mal motivo / juntóse luego
cantidad de rama; / traen después al mísero cautivo / en presencia de aquella que lo
ama: / De fuscos410 humos rodeado vivo / su vida consumió la viva llama, / y ya podéis
sentir qué sentiría / la miserable madre que lo vía. / Decía: <¡Hijo mío! cuán incierta /
es a los confiados confianza. / ¡Para cuántas borrascas hace puerta / un brevecillo rato
de bonanza! / Hijo, que sin tu vida quedo muerta, / mas no lo quedaré para venganza;
/ bien puedo yo morir, pero tus penas / de pagármelas han con las septenas 411>”(889).
A los prisioneros en el Chocó no les dieron perdón: “Ahorcaron algunos
después desto / de los que se prendieron, y cortaron / manos, sin que mostrasen
sentimiento / al golpe del machete los pacientes; / antes, ejecutada la sentencia, /
metían ellos mismos en el fuego / la sangrienta lisión 412 del trunco brazo, / quemando
fuertemente la herida. / Y éstos, con libertad desenfrenada, / al tiempo de salir dentre
los nuestros / iban diciendo de ellos mil blasfemias / afrentas, vituperios y
amenazas”(1059).
Aunque no sin rebelarse ni mostrar valentía en semejante trance: “Algunos
ahorcaron de los presos / y el uno de ellos cuando pregonaban / <el rey manda hacer
esta justicia> / dijo con un desgaire desdeñando: / <¿Qué rey, qué rey es ese que lo
manda?> / Y el capitán, por ver el desacato / y aquel torvo mirar y furibundo, / mandó
soltar un perro furioso / en estas cazas muy ejercitado, / que con impetuoso
movimiento / fajó con él, y estándolo comiendo / el indio le decía: <Come, come> / sin
que de su tormento diese muestra, / formase queja ni torciese gesto. / Los demás
enviaron libremente, / algunos sin narices y otros mancos, / que fueron pocos y de los
más viejos, / que siempre suelen ser más indomables”(1063).
Siempre amenazaban con el castigo. A los que indígenas que preguntaron
dónde estaba su cacique, se negaron a decirlo: “A lo cual todos ellos respondían / que
ninguno sabía dónde estaba; / y que aunque los desmembraran a tormentos / fuera de
ningún fruto su trabajo / porque ninguno dellos jamás tuvo / más querer, voluntad ni
complacencia / de la que en Señor reconocían”(1180).
Castigos que no se detenían después de una batalla, a pesar de que los
indígenas ya se habían retirado, “dejando victoriosos a los nuestros, / que de
promiscuo sexo prenderían / hasta trescientas piezas, todas sanas / de las cuales a
bárbaros más duros / señalaron con áspero castigo, / cortándoles a unos las narices, /
a otros los pulgares de la mano, / mandándoles que fuesen mensajeros / con aquella
señal a los vecinos, / diciendo que si fuesen pertinaces / habían de pasar por otro
tanto”(1239).
Castellanos en esto tampoco ahorra detalles: “Y a las manos hubieron a uno
vivo / que se empaló, y a cabo de gran rato / el palo se cayó de mal hincado, / dando
terrible golpe con el cuerpo, / el cual se desasió deste suplicio / cuando creyeron todos
estar muerto, / y fue tan presurosa la huida / que nunca le pudieron dar alcance /
410
-Oscuros.
411
- La septena era una séptima parte del total que se abonaba como plus sobre la
cantidad de la multa o sanción impuesta en caso de agravante o demora.
412
- La parte lisiada, cortada.

119
hasta que se metió por la montaña, / pero de aquella burla no podía / vivir el
miserable muchas horas”(1366).
Maldad que alcanza hasta para matar a los indios guías que les han conducido
por regiones desconocidas, cuando creen que les están perdiendo a propósito: “A tino
caminaron sin señales / en demanda de pueblos que decían; / guiábanlos aquellos dos
zagales /... que siempre los metían por breñales, / donde de sed y hambre perecían; /
trajéronlos así cinco jornadas, / y al cabo los mataron a lanzadas”(387).
Otra forma de castigarlos, también terrible, era deshonrarlos. Así, Castellanos
cuenta que uno de los Oidores de la Audiencia de Santa Fe apresó al cacique de Tunja
Don Juan, ya bautizado y reconocido por los españoles como autoridad, “...porque le
dijese do tenía / la cueva rica de su santuario; / usó de gran rigor dándole trato, /
trayéndolo desnudo por las calles / de sus mismos sujetos y vasallos, / las manos atrás
puestas y ligadas / y con soga pendiente del pescuezo, / de que quedó con tanto
sentimiento / que él mismo se ahorcó con el enojo”(1320).
Agravio y deshonra que demostraban ante cualquier autoridad, como en la
ocasión en que entraron en la sala del gran cacique de Tunja, y allí lo que quieren es
capturarlo a la viva fuerza, originándose una sangrienta batalla:
“...Mas el General413 luego y el Alférez, / reconociendo ser él el que querían /
echaron mano del para sacallo / de en medio de los suyos, con intento / de ponerlo
con guardas a recado; / y el Tunja, viendo la descompostura, / a grandes voces, dijo:
<¿Quien consiente / que en medio de mi gente preso sea / sin que nadie provea
resistencia, / y que en vuestra presencia tengan estos / términos descompuestos y
villanos? / Apareje las manos cada uno / y no quede ninguno destos locos, / pues son
malos y pocos todos ellos>. / Aun no bien acabó de decir esto, / cuando de dentro y
fuera cercado / se levantó gran grita y alarido, / confusísimas voces y alboroto, /
desenvolviéndose de todas partes; /... y de diversas armas, rodeados / de principales
indios, trabajando / de quitarles el rey de entre las manos; / mas no pudieron salir con
sus intentos; / antes, con poca sangre derramada, / lo defendieron
valerosamente”(1198).
Deshonra que seguía por quitarles sus mujeres: “Ansí que, según orden que se
puso / en hacer el negocio manifiesto, / dicen traer mujeres a su uso, / quiero decir, a
uso deshonesto”(58). “Dieron en unas grandes poblaciones / do no faltaron amorosas
llamas, / pues por ser de tan bellas proporciones / le llamaron el valle de las Damas, /
con las demás anejas condiciones / en usar de grandísima franqueza / de aquello que
les dio naturaleza”(384). “El español volvía con oscuro / a saltear el resto del buhío, /
privándolo de todos sus haberes, / y de queridas, hijas y mujeres. / Con estas
desvergüenzas y solturas / estos indios se fueron despoblando, / metiéndose por
grandes espesuras, / potente población anihilando”(531).
Mujeres indígenas que luego usaban para todo tipo de negocios: “Y aquellos del
Perú porque les diese / lo más aventajado de la tierra, / usaban de lisonjas y del cebo /
que tienen los lenones414 de costumbre / cuando buscan con mozas su ganancia, / de
413
- Se refiere a Jiménez de Quesada.
414
- Alcahuete, que trafica con mujeres.

120
que venían todos proveídos; / pues había soldado que traía / ciento y cincuenta piezas
de servicio, / entre machos y hembras amorosas, / las cuales regalaban a sus amos / en
cama y en los otros ministerios; / y de las más lustrosas le enviaban / so color de llevar
algún mensaje, / o con alguna buena golosina / de buñuelos, hojuelas 415 o pasteles, /
de que ellas eran grandes oficialas. / Y aun hubo portugués que cuando iba / una
criada suya, dicha Ñusta416, / a los de su cuartel, dijo fisgando: / -<Allá va miña Ñusta;
praza a Deus / aproveite a seu amo su traballo 417>. Cuya facecia418 hasta nuestro
tiempo / se suele referir por apotegma419 / cuando suceden cosas semejantes, / a que
suelen dicaces420 aplicarlo; / pues por nuestros pecados nunca faltan / gobernantes
amigos de carona421 / que dan las ocasiones por momentos”(1311).
O engañando a los naturales en trueques increíbles: “Mas a uno dellos, mozo
bien dispuesto, / sin saber los intentos que traía, / vieron venir nadando por el río, /
encaminado, sin mostrar recelo, / al lugar donde estaban alojados; / y después de
tomada la ribera / vínose para ellos, y en llegando, / sacó de su zurrón o su mochila /
catorce corazones de oro fino / de veintiún quilates, que pesaron / dos mil y
setecientos castellanos422. / Los nuestros, aunque tristes y afligidos, / parece que con
ver aquella muestra / cobraron un poquillo de más brío, / y con grandes regalos y
caricias / al bárbaro trataron, y le dieron / cuchillos y tijeras y otras cosas; / y con tan
pobres prendas satisfecho / a nado se volvió por donde vino, / y otro día volvió con
otro tanto, / que fue recompensado con cosillas / de cuentas y un bonete423 colorado,
/ rogándole que siempre les trajese / de aquellos corazones, do los suyos / tenían
colocados sus afectos; / pero nunca volvió, ni más lo vieron, / aunque esperaron tres o
cuatro días”(1207-1208).
Y en general, la infamia sigue en la pluma de Castellanos por los mil y un
vericuetos de esta historia americana.
Los indígenas fueron comúnmente traicionados en los pactos que con ellos
hicieron los españoles, porque Castellanos opina que era una estrategia para que les
dejaran establecerse entre ellos y luego combatirlos, antes que deseos sinceros de
mantener la tierra en paz. El trato del cacique Canoabo con Alonso de Ojeda
(“Hojeda”) y la traición de éste último, motiva el siguiente pasaje de nuestro autor:

415
- Dulces con hojaldre y miel.
416
- En quechua, princesa.
417
- Como diciendo que quiera Dios aproveche a él, que es su amo, el trabajo de su
esclava.
418
- Chiste, cuento gracioso.
419
- Dicho breve y sentencioso que alcanza celebridad.
420
- Personas con dicacidad, agudeza, aguda y chistosa intención y mordacidad.
421
- Amigos de carona: enamoradizos.
422
- El castellano era una moneda de oro usada en la Edad Media. En la época del
autor se usaba como moneda de cuenta, para calcular el valor del oro, y no como
moneda de cambio.
423
- Un gorrillo de lana.

121
“Mas al fin se trató con Coanabo, / mediante dos intérpretes sagaces, / que no
fuesen las guerras tan al cabo 424 / y tuviese por bien de hacer paces; / pues si se fuese
sin hacer más guerra / también le dejarán ellos la tierra. / Los indios, como gente toda
vana, / cesaron de tan áspero denuedo / oyendo la razón de buena gana, / aunque
más con cautela que con miedo, / por los poder tomar en la sabana / y no tras
baluartes a pie quedo425; / Y ansí Coanabo dijo ser contento / si se cumpliese tal
prometimiento. / Las lenguas por quien esto se decía / aseguráronle todo denuesto 426;
/ satisfízose dellos y otro día / hizo salir la gente deste puesto /... Pero nuestro Hojeda,
más anciano, / determinó ganarle por la mano, / porque dejando guardas en su muro,
/ de hombres vigilantes recatados, / partió calladamente con oscuro, / seis caballos
con él y cien soldados; / Y estando Coanabo muy seguro, / de gran sueño los suyos
ocupados, / en la quietud mejor, cerca del alba, / con terrible furor les hizo salva 427, /
diciendo <Santiago, Santiago>. / Anda lista la lanza y el espada; / no se podían dar
golpes en vago428, / ni se tira baldía cuchillada. / Hacían en los indios más estrago / que
lobos en manada descuidada, / a causa de su grande desatino / causado del asalto
repentino. / Viendo pues tan terrible menoscabo / y el tropel de los golpes desiguales,
/ huyendo van por uno y otro cabo, / metiéndose por montes y breñales. / Prendieron
a Uxmatex y Coanabo / con otros muchos indios principales; / quedaron de oro fino
muchas piezas / que después repartieron por cabezas. / Conclusa desta suerte la
revuelta / en la sabana fértil o dehesa, / con la velocidad de gente suelta / recogieron
despojos y la presa. / Y al fuerte do salieron dan la vuelta, / donde tuvieron abundante
mesa, / con gran pena y dolor de Coanabo, / que sintió su prisión por todo cabo. / Al
cual, en la cadena donde estaba, / nadie lo vio con bríos decaído, / puesto que
grandemente se quejaba / de no cumplir con él lo prometido; / Pues él no se veló 429 ni
se guardaba / debajo del concierto referido. /... Mas eran diferentes intenciones / las
de Hojeda con sus compañeros; / Y ansí se señalaron cien varones, / sueltos y
valentísimos guerreros, / para llevarlos ante los Colones430 / y presentarles estos
prisioneros; /...Y en un navío luego los metieron, / que estaba de camino para
España”(82-83).
Castellanos menciona a los capitanes “falsos y perjuros” que no mantienen la
palabra dada a los indígenas: "Llaman de paz a los de aquel partido / los capitanes
falsos y perjuros: / los indios, no pensando ser fingidos, / salieron de sus fuerzas431 y

424
- Tan al cabo: con tanta crudeza y asiduidad.
425
- Ojeda había construido unos fuertecillos para protegerse de los ataques de
Coanabo.
426
- Injuria. Que no le injuriarían ni atacarían.
427
- Hacer salva: Atacar, disparar.
428
- Golpes en vago, en falso, inútiles.
429
- No se veló: no hizo vela, no se guardó en la noche.
430
- Los llevó a la isla de La Española, donde gobernaban “los Colones”, descendientes
del Almirante, a quienes se les había conferido el gobierno de las Indias en esos años.
431
- Fortalezas.

122
sus muros; / Y el consorcio cruel y fementido432 / cuando los vio sin armas y seguros /
dieron sobre ellos repentinamente / y tomaron gran número de gente. / Un indio
ladino433 les decía, / como se vio de libertad ajeno: / <Esto no fue valor, ni valentía, / ni
hecho que manó de pecho bueno: / Prendernos con tan gran alevosía / sobre paz y las
manos en el seno434; / pues nosotros salimos como hermanos / debajo de palabra de
cristianos. / Y pues cautividad no merecemos, / de libertad pedimos las enmiendas; /
Que si por culpa vuestra nos movemos / a descubiertas guerras y contiendas, / bien
sabes tú, Losada435, que sabemos / defender las personas y haciendas; / Ansí que pues
llamáis de paz la tierra, / no la quebréis con tan injusta guerra>"(274).
No solo en las costas, sino también en los grandes ríos de la cuenca del Orinoco,
adonde llegó Ambrosio Alfinger: “En una de estas islas residía / el indio Cumujagua,
generoso, / que fue señor a quien obedecía / un número de gentes grandioso; / éste
los recibió con alegría / dentro de la ciudad de su reposo, / adonde por hallar todo
remedio / estuvo con los suyos año y medio. / Tuvieron el recado conveniente 436, / sin
ofrecerse guerra ni combate, / y hubieron de los indios buenamente / más de cien mil
ducados de rescate. / Codicia, que de males es la fuente / y a cosas indebida nos abate,
/ hizo prender al indio caballero437 / para poder sacarle más dinero. / Viendo los indios
ya que sobre paces / usaban de tan ásperas afrentas, / procuraban ordenar guerreras
haces438 / que de temor pudiesen ser exentas439”(393).
La falta de palabra de los españoles era conocida por los señores indígenas,
como el cacique Cathe, a quien puso preso Jiménez de Quesada, que pudo escapar y
avisar a los demás líderes sobre la llegada de los extranjeros, sus intenciones y malos
usos: “<Porque salteadores y ladrones / que ya tenéis en vuestras vecindades / debajo
de dañadas intenciones / conmigo celebraron amistades; / mas luego me pusieron en
prisiones / descubriendo sus malas intenciones; / sácanme de mis tierras en cadenas /
sin me las aflojar en las ajenas>”(444).
Otra de las estrategias usadas por los invasores fue utilizar las rivalidades
interétnicas entre las diversas parcialidades de indígenas. Estas fueron transformadas
en crueles guerras que asolaron las regiones y liquidaron la población nativa, porque
los naturales acabaron matándose entre sí. “De indios a la costa más cercanos / tenían

432
- Consorcio cruel y fementido. Así denomina Castellanos al grupo de españoles que
atacó a los indígenas: compañía de hombres crueles y falsos de palabra (fementidos).
433
- Ladino: que conocía la lengua castellana y usaba ciertas costumbres de los
extranjeros.
434
- Las manos en el seno, en el pecho, en paz, no sobre las armas.
435
- Diego de Losada fue uno de los más terribles rescatistas de indios de Cubagua.
436
- Tuvieron el recado conveniente: fueron abastecidos y alimentados por los indios.
437
- Al indio caballero, al cacique, que era caballero, según Castellanos, por la nobleza
con que se había portado con los españoles, sosteniéndolos y alimentándolos nada
menos que por año y medio.
438
- Guerreras haces: Tropa formada en filas (haz de soldados).
439
- Sin miedo alguno.

123
muy crueles competencias / con los que residían en los llanos; / a causa de las cuales
diferencias / fueron bien recibidos los cristianos”(219).
Castellanos se extiende en la narración de estos enfrentamientos, y el partido
que los españoles sacaron a los mismos. Así, un cacique de la costa de Venezuela pidió
a Jerónimo de Ortal que le ayudase a derrotar a otro, lo que el capitán español aceptó
del mejor grado, sabiendo que ello significaba hallar el camino despejado para hacerse
con toda la tierra y debilitar a sus enemigos, que se matarían entre sí. El cacique se lo
pide a Ortal con estas palabras: “<Este es Orocopón, fiero gigante, / que con aquestos
términos confina; / varón guerrero, capitán pujante, / que do quier que sus haces
encamina / todo cuanto se pone por delante / asuela, desbarata y arruina. /... Darías
grandes colmos a tus hechos / si de su muerte fuésemos testigos. / Y quebrantando
quebrazón tan duro / de los demás podrás dormir seguro. / Es astuta persona,
recatada, / dispuesta para toda competencia; / mas los agudos filos de tu espada /
podrán cortar los de esta pestilencia. / Yo quiero también ir a la jornada / y me quiero
hallar en la pendencia / con aquellos pertrechos y soldados / que por tu boca fueren
señalados>”(228).
Pedro de Heredia, fundador de Cartagena de Indias, hace lo mismo en la zona
de Mahates: “Heredia con la lengua440 le pregunta / si tienen en sus tierras enemigos, /
para que son sus armas y caballos / vayan los suyos a desagraviallos. / Respóndele
Cambayo441: <Si sois tales / que deseáis empresa generosa / de todas las ciudades
principales / sola Cipacua es más poderosa, / cuyos vecinos son mis capitales /
contrarios... /... Bien creo que saldrás en el intento, / y si me haces este beneficio / no
faltará mi reconocimiento, / con gran obligación a tu servicio, /... de más que también
de parte mía / irá muy bien armada compañía”(712).
Y el cacique muisca Sacresaxigua que, al haber sido atacado por los Panches, no
duda en pedir ayuda a Jiménez de Quesada: “Pocos días después los indios Panches /
entraron en la tierra de los Moscas442, / en los cuales hicieron gran estrago / y se
fueron ellos con la presa / de gentes, que llevaron para cebo / de sus infames y voraces
vientres. / Lo cual, sabido por Sacresaxigua, / a los católicos acudió luego, / y al
Gonzalo Jiménez de Quesada / le dijo: <Capitán, si no soy necio / en vuestro
menosprecio más que mío / el caribe443 gentío comarcano / ensangrentó su mano
largamente / en esta buena gente que os sustenta. /... El socorro y ayuda prometido /
es el que agora pido, porque quiero, / hasta dejar el cuello, darles guerra>”(1213). A lo
que Quesada respondió. “<Apercibe tu gente, buen amigo, / porque la mía ya se
perfecciona / con buena gana de se ver contigo / entre la mala gente que os
baldona444. / Y en las ejecuciones del castigo / yo me quiero hallar con mi persona; / y
cuando tu poder tuvieres junto445, / aquí nos hallarás puestos a punto>”(Id.). El cacique
440
- Interprete. Según Castellanos era la famosa India Catalina.
441
- Cacique de Mahates, sobre el río Magdalena.
442
- Muiscas.
443
- Castellanos denomina Caribes a los Panches por su antropofagia.
444
- Que os ofende.
445
- Cuando hallas juntado tus tropas.

124
Muisca se puso a la tarea: “Sacresaxigua, lleno de contento / de ver la voluntad
determinada, /... sacó doce mil hombres de pelea / de los que conocía ser cursados / y
diestros en guerrera disciplina / que, sujetos al orden de los nuestros, / entraron en la
tierra de los Panches. /... Y ansí como supiesen la venida / de los barbudos 446 con tan
gran caterva, /... ocuparon las ásperas alturas. /... y aunque con algún daño de los
suyos / mataron ciertos Moscas, y al momento / fueron despedazados, y bebida / la
sangre que pudieron a porfía. / Y fuera más sangrienta la matanza / a no ser
socorridos de los nuestros, / que reprimieron la caribe furia”(1214). Esta amistad entre
Jiménez de Quesada y el Señor Muisca no duró mucho, puesto que otro caudillo le
denunció ante los españoles: “Un émulo, que fue Cuximinpaua, / habló con Fernán
Pérez447, y le dijo / no ser aquel Señor, sino tirano, / pariente del Señor448, pero no
tanto / que el reino le viniese por herencia; / mas como poderoso y atrevido / con
mañas y cautelas y sobornos / se apoderó, no solo del estado, / pero de la grandeza
del tesoro”(1216). Lo que fue suficiente para que apresaran a Sacresaxigua y le
exigiesen entregase todo lo escondido.
En otra ocasión, y en la zona de los llanos, Castellanos narra que un valiente
guerrero -“gigante”- a quien han prendido los españoles, fue encerrado con otros
indígenas, aliados de los españoles, y contra los que había peleado. El cautivo los llama
cobardes, por no haberle ayudado contra los extranjeros. Luego los españoles lo
entregaron a sus aliados indígenas para quedar bien con ellos, y para que éstos se
vengasen de él por los muchos muertos que les había hecho:
“Y allí, con voz que gran temor ponía, / a los presos con él reprehendía: /
Decíales ansí: <Flacos villanos, a quien su propia cobardía daña, / tantos en escuadrón
y a mí cercanos, / ¿Cómo nunca supisteis daros maña / y me dejasteis solo y entre
manos / de gente que os constaba ser extraña? / Pues con uno que espaldas me
hiciera / nadie me sujetara ni rindiera. / Antes, a no perder mi fuerte maza / por
vuestra culpa, tales ocasiones / ella diera, tan buen orden y traza / en machucar
cabezas de ladrones, / que de cuantos estaban en la plaza / solamente quedaran los
troncones449, / y todos sin tomar ningunos pesos / rociaran la tierra con sus sesos>. /
Los bárbaros amigos que lo veían / en enojo y furor tan encendido, / por algunos
vocablos coligían / de las palabras dichas el sentido; / y como su venganza pretendían /
por ocasión del daño recibido, / pidieron al gigante por su suerte, / para vengarse
dándole la muerte. / Pedro de Lerma450, por les dar contento, / mandóles entregar el
indio luego, / muy fuera de cristiano sentimiento, / pues no dejó de estar en esto
ciego: / Asieron dél gandules más de ciento , / a quien se hizo del gandul entrego, / y
brazos, pies, molledos451 y garganta / amarraron a una gruesa planta. / Estas crueles
diligencias hechas, / atado por mil vías al madero, / aperciben los arcos y las flechas / y
446
- Varias veces, a lo largo de la obra, Castellanos denomina así a los españoles.
447
- Uno de los capitanes de Jiménez de Quesada.
448
- Se refiere al gran señor de los Muiscas, ya muerto, al parecer tío de Sacresaxigua.
449
- Los cuerpos desmembrados.
450
- Uno de los capitanes de Jerónimo de Lebrón en la entrada hacia Bogotá.
451
- Parte carnosa de los miembros, brazos, piernas...

125
el mísero servía de terrero452, / donde sin desviar iban derechas / al beneplácito del
ballestero, / estremeciéndose con los dolores, / y el árbol ensimismo da temblores. /
Con esta crueldad dicha de suso453 / le clavan pechos, brazos, coyunturas; / mas él, con
el dolor tal fuerza puso, / que quebró las espesas ligaduras / y a pelear con todos se
dispuso, / sacando de sí mismo flechas duras, / con puntas de las cuales ansimismo / él
envió contrarios al abismo. / Pues aunque ya traía traspasado / de heridas mortales
mortal vaso, / tras ello iba tan encarnizado / como bravo león en campo raso. /... Desta
manera fue rompiendo venas454 / de los que van huyendo del portento, / hasta que de
las frágiles cadenas / hizo separación vital aliento 455, / para morar en las eternas
penas”(538).
En la Guajira, los indios incluso ayudaron a construir los fuertes: “Vinieron en
aquesta coyuntura / los de Macinga, población notoria /... ayudas y favores
prometiendo / para la obra que se va haciendo. / Desto se recibió harto consuelo / por
los que a todas horas trabajaban, / viendo que les venía muy a pelo / el ayuda que
tanto deseaban; / y ansí, ya por temor, ya con buen celo, / los bárbaros ya dichos
ayudaban, / cuya labor fue tan sin aliento / que no fuese con grande
crecimiento”(658). O por el río Magdalena, donde en sus incursiones eran
acompañados por indígenas amigos: “Con tres canoas grandes que servían / de
squifes456 o bateles, que podían / en otras ocasiones dar alcance, / equipadas de
bárbaros amigos / de los que son confines a Malambo, / a las cuales mandaban dos
caciques / que venían con ellos, uno Melo / y el otro Malebú, de donde toman / los
indios Malebúes457 este nombre”(1265).
Alianzas de algunos indígenas con los españoles que causaron no pocos
conflictos en el seno de las dirigencias nativas. En un pasaje donde Castellanos narra
una reunión de caciques a fin de complotarse contra los invasores, uno de ellos
recrimina la actitud a otro de los presentes porque ha pactado con los españoles; el
aludido se levanta de la reunión y mata al denunciante: “Otro, con soberbísimo
denuedo, / pesándole de las conformidades, / levantóse diciendo: <Yo no puedo /
sufrir acobardadas poquedades; / parece que te ciscas458 ya de miedo / pues apeteces
estas amistades; / perdido va, Dulió459, tu fuerte brío; / mas no se perderá jamás el
mío>. / El Dulió, vista la soberbia vana / y ser principio de otros embarazos, / alzó con
gran presteza la macana / tirando golpe de nervosos brazos; / el cual, como le dio de
buena gana / le hizo la cabeza dos pedazos. / Necesario no fue golpe segundo / para
sacarlo fuera deste mundo”(709).
452
- Saco terrero; saco lleno de tierra donde se practicaba el tiro con arcos y ballestas.
453
Dicha de suso: así dicha, antes dicha.
454
- Cortando, rompiendo venas: Castellanos usa repetidamente este expresión
referida a herir, ir causando heridas.
455
- Se liberó de las cadenas que le ataban a la vida.
456
- Esquife: bote pequeño.
457
- Malibú.
458
- Ciscar: ensuciarse, hacer de vientre, defecar.
459
- Cacique de la zona de Turbaco, cerca de Cartagena.

126
Algunos traicionan a los suyos por venganza, como aquel que les fue indicando
donde estaban todas las trampas que el general incaico Rumiñahui460 había ido
preparando a las tropas de Belalcázar en el camino hacia Riobamba 461: “Un bárbaro
daquellos, dicho Mayo462, / falto de los pendientes genitales, / de paz se les llegó,
siéndoles ayo463 / para les descubrir ocultos males, / manifestándoles partes no vacas /
de hoyos y acutísimas464 estacas. /... Este por Hruminavi fue privado / de los lascivos
gustos y placeres, / y con otros eunucos diputado / para le ser custodio de mujeres 465;
/ y siempre, como cuerpo lastimado, / tuvo vindicativos pareceres. / Y esperando
hallar vez oportuna, / tomó la que le trajo la fortuna. / Y así les descubrió los hoyos
hechos / y todo lo que Hruminavi piensa, / en los puertos y pasos más estrechos /
hacer para fortísima defensa. /... Usando con solícito cuidado / Hruminavi de ardides
diferentes, / y por un orden muy disimulado / mil hoyos en los pasos más urgentes; /
pero por aquel bárbaro capado / quedaban descubiertos y patentes”(853).
Otro les aportó detalles tácticos de cómo asaltar ciertas fortalezas indígenas en
la zona de Tunja, cuyo foso no era tan profundo como parecía; también lo hacía por
venganza. Castellanos cuenta los detalles: “Y un indio... / que fue por el Tundama 466
maltratado, / cortándole la mano y las orejas, / y andaba siempre con los españoles /
con esperanza ya de ver el día / en que pudiese dél verse vengado, / dijo hablando con
el Maldonado467: / <Valeroso Pauí468, no tengas pena, / porque la cava llena469 que os
empece470 / es de lo que parece diferente, / por ser muy de repente fabricada / y con
acelerada prisa hecha. / Es ancha, mas estrecha su hondura, / menos que a la cintura
lo más alto471. / Si queréis dar asalto de mañana / probá y hallaréis llana la carrera 472; /
pasareis por doquiera como digo. / No pudo ser testigo mi desvío 473, / mas un pariente
mío me lo dijo>. / Contentos recibieron todos ellos / con las razones, este
desengaño”(1316).
460
- General incaico, jefe del ejército del norte, en el actual Ecuador. Al morir su Inca,
Atahualpa, asesinado por los españoles, prosiguió la guerra contra éstos, hasta que fue
traicionado y muerto.
461
- En el actual Ecuador, en la ruta hacia el norte entre Tomebamba (Cuenca) y Quito.
462
- Como se indicó en otra nota anterior, mayo, en una vieja acepción castellana,
significa inútil, estéril. Lo llama Mayo porque está castrado.
463
- Criado, servidor.
464
- Agudísimas.
465
- Seguramente del Ajllawasi, templo de las vírgenes del sol.
466
- Gran señor de las sabanas de Boyacá y Cundinamarca.
467
- El capitán Baltasar Maldonado, uno de los conquistadores de la región.
468
- Pauí: Señor.
469
- Cava: Foso, excavación alrededor de una fortaleza. Cava llena, inundada, llena de
agua.
470
- Empecer: que daña, causa perjuicio, impide, obstaculiza.
471
- Lo más hondo.
472
- Llana la carrera: fácil el camino.
473
- No lo ha visto personalmente.

127
Algunas veces les comunicaban dónde escondían los tesoros los caciques
rivales, de quienes así se vengaban. Un señor étnico, súbdito del gran Tunja, le habla a
los españoles sobre estos tesoros escondidos, porque “gran odio le tenía por haberle /
muerto su padre, no sé por qué causa”(1196): “<Capitán... /... servírete doquiera... /...
ser tu siervo me basta... /... córtame los cabellos y el vestido474, / no seré conocido de
los míos, / y sin los atavíos destos valles 475; / llevárete do halles gran tesoro, / pues si
pretendes oro y otros bienes / aquí presente tienes buena guía: / caudal de gran
cuantía te prometo. / Otro deste secreto nunca diera razón, / aunque muriera con
tormentos, / porque son mandamientos y rigores / del Tunja, de Señores el Supremo; /
y aunque también yo temo su potencia, / vuestra mejor esencia me asegura / y me da
coyuntura que me cuadre. / Éste mató mi padre con prisiones; / tan buenas ocasiones
de venganza / ninguno las alcanza, que perderlas quiera / sin gozar dellas, y así digo /
que si fueres conmigo y a su casa / tendrán en plaza rasa tus hermanos / donde
henchir476 las manos de riqueza. / Requiérese presteza y armas buenas, / por haber
partes llenas de defensa / y gente que no piensa ser rendida>”(Id.).
Un cacique en el valle del Cauca, que había prometido lealtad a los españoles,
cumple con la misma y les avisa de que harto número de indígenas viene a atacarles:
“Yo cumplo, capitán, con lo que debo / a la amistad que tengo prometida. / Y pues que
cosa más no sé de nuevo / licencia pido para mi partida, / porque salir con claro no me
atrevo; / quizá no den en mí de recudida477”(919).
Llevaban los españoles en la conquista de regiones del sur y oeste de la Nueva
Granada, indios yanaconas478, traídos desde el norte del actual Ecuador, muchos de
ellos al mando de sus capitanes (“orejones479”) expertos en la guerra, que combatieron
junto a los castellanos contra los caciques indígenas que se resistieron a la dominación.
Cuando el ataque de los resistentes era muy voluminoso, construían fortalezas
provisionales y allí soportaban la embestida: “Hicieron en los fuertes sus garitas, / con
pretiles, amparos y coronas480, / do con dardos y piedras infinitas / entraron muchos
indios yanaconas / para que, desde allí, cuando las gritas / oyesen, señalasen sus
personas, / por ser muchos de ellos orejones, / cursados en belígeras cuestiones”(920).
Algunos jefes indígenas, aliados de los españoles, aconsejaban a los capitanes
castellanos en las acciones de guerra, conociendo como conocían las tácticas de
474
- Cortar los cabellos: perder su identidad como miembro de su comunidad o su
étnia. Muchas veces los españoles cortaban el cabello a los indígenas prisioneros para
humillarlos y ofenderlos, pues significaba llenarlos de vergüenza y hacerles romper sus
lazos con su tradición.
475
- El vestido era uno de los más poderosos signos de identidad.
476
- Llenar.
477
- De recudida: De regreso.
478
- Servidores.
479
- Selecto grupo de militares incaicos, guerreros y capitanes del ejército del Inca.
Marchaban con los españoles por los pactos establecidos con ellos por las autoridades
del incario.
480
- Garitas, pretiles, amparos y coronas: elementos de la fortificación.

128
combate. Tal fue el caso, por ejemplo, de Melo, uno de los caciques de Mompox, en
una incursión por el río Magdalena, cuando veía las evoluciones de las gentes a las que
iban a atacar. Así le decía al capitán Alonso Martín: “<Sabed que me recelo de
repique481 / de parte del cacique desta banda. / La prisa con que anda quien va y viene
/ algún misterio tiene, y el secreto / de ningún buen efecto da la muestra; / Haya de
parte vuestra vigilancia / pues corren con instancia las comarcas 482>”(1271). Le
aconseja tomar una de sus piraguas y capturar alguna del enemigo, para que, aunque
fuese a la fuerza, confesasen sus intenciones: “<Las tres ligeras barcas están prestas; /
tomemos una destas que pasare / para que nos declare los intentos / por bien, o si
negaren, con tormentos>. / A todos pareció sano consejo”(Id.).
Cuando iban con aliados indígenas, para no confundirlos con los enemigos, les
colocaban sobre la frente cintas de colores preestablecidos: “Y algunos naturales
asimismo / que les eran amigos y parciales / cada cual dellos con guirnalda verde /
para los conocer en la refriega”(1207). Aunque a cierto guerrero indígena, aliado de los
españoles, este detalle se le olvidó en pleno combate, pues tomó una rica corona que
halló en uno de los cadáveres enemigos, quitándose la cinta verde que llevaba como
identificación; lo que le costó la vida: “El cual en la sangrienta pesadumbre / donde
muchos estaban vomitando / las ánimas, los pechos traspasados, / vio con corona de
oro y ornamentos / de bellas plumas un gallardo joven, / ya de vital aliento despedido,
/ y como fuese pieza codiciosa / quísose mejorar, y dio de mano 483 / a la verde
guirnalda que tenía, / señal de su salud y su seguro, / y púsose la otra, que fue cambio
/ que no le costó menos que la vida; / porque en la confusión sanguinolenta, / viéndolo
con insignia diferente / de la que los amigos se cubrían, / creyendo ser del puesto 484 de
Tundama, / con todos los demás quedó tendido; / sin que desta desgracia se tuviese /
noticia ni sospecha hasta tanto / que, puestos en huida los contrarios / y recogidos
todos los amigos, / aquél se halló menos, que cualquiera / quisiera más guardarlo que
sus ojos485; / al cual, entre cadáveres buscando, / hallaron traspasado de una lanza; / y
por tener trocada la presea, / se conoció la causa de su muerte, / por no ser conocido
del que hizo / el mal, en el horror de la matanza”(1207).
En el recién establecido pueblo de San Juan de Rodas, en la actual Antioquia,
una indígena que desea convertirse a la religión cristiana llega a avisar a los castellanos
para que huyan, porque vienen sus connaturales a atacarlos: “Una de aquellas indias
escondidas, / quizás de buen espíritu movida, / se vino para ellos y les dijo: / <Y ¿qué
hacéis aquí, nación cristiana, / bien como si viésedes a bodas486, / teniendo ya la
muerte tan cercana / al albedrío de estas gentes todas? / Creed sin duda que darán 487
mañana / en vuestro pueblo de San Juan de Rodas, / y si no volvéis hoy con pies
481
- Repique: ataque, riña, pelea.
482
- Correr las comarcas con instancia: Convocar a los pueblos con un motivo.
483
- Dar de mano: liberar, soltar.
484
- Bando, facción.
485
- “Quisiera más guardarlo que sus ojos”: muy querido.
486
- Como si estuviesen de fiesta.
487
- Dar en: caer sobre, llegar a.

129
livianos488 / vendréis unos y otros a sus manos489. / Caminad sin ningún detenimiento /
esto que resta de la luz del día, / y no paréis por el impedimento / caliginoso 490 de la
noche fría; / Y para que veáis que yo no miento / me llevaréis en vuestra compañía, /
porque quiero, por las cosas que he visto, / tomar la santa fe de Jesucristo”(1001).
Caso que se repite varias veces: “Dieron aviso deste movimiento / indias
nacidas en aquel terreno / que servían a nuestros españoles”(1045); o como el de una
hermana del cacique Agrazava, también en la actual Antioquia, quien comunica a los
españoles el inminente ataque de los caciques; lo hace por amor a un capitán y
también porque dice querer bautizarse: “Gran cantidad de bárbaras mujeres, / que de
los españoles no se estragan491, / antes los miran con lascivos ojos, / entrestas una
muy gallarda moza, / hermana de Agrazava, también vino / a ver los españoles muchas
veces; / Y como de las tramas y conciertos492 / estaba satisfecha y enterada, / de
compasión movida por ventura, / o por otros respectos amorosos, / determinó hablar
al don Antonio493 / secretamente, para dalle cuenta / de lo que los caciques
ordenaban; / y con intérprete de quien la moza / tenía ya segura confianza, / le dijo las
palabras que se siguen: / <Por no te ver en riesgo de la vida, / de piedad movida,
quiero darte / secretamente parte de la guerra / a que toda la tierra se convoca; / y
pues a todos toca semejante / riesgo, ten adelante más aviso, / antes que de improviso
quedes muerto, / porque tendrás por cierto que mi hermano, / y otros que tienen
mano más potente, / ruegan a mucha gente les ayuden, / y sé que les acuden de
lugares / millares de millares muy de veras: / Han hecho sementeras en gran copia /
para que por inopia494 de sustento / no dejen el sangriento desafío: / Y aqueste
desvarío quien lo guía / es un Pedro Catía, lengua vuestra; / aqueste los adiestra y él os
vende. / Remedie quien entiende mis razones / porque no son ficciones las que digo. /
Antes como testigo las declaro / porque hallen reparo las peleas; / Y para que me creas
venir llana / pido como cristiana el agua santa, / pues creo lo que canta la fe vuestra / y
huyo la siniestra de bestiales; / Huyo mis naturales imprudentes, / y a deudos y
parientes, vulgo ciego, / renuncio desde luego por entero, / y entre vosotros quiero
vivir siempre>”(1006).
O denunciando a los otros aliados, aun a las puertas del cadalso, como ciertos
caciques que fueron apresados por resistir a los españoles: “Y cuando los llevaban a la
horca, / contritos y con cruces en la mano, / alzaron una voz entristecida / diciendo:
<Quien tal hace que tal pague; / nosotros padecemos justamente, / pero los
Tahamíes495 nos movieron / al crimen y delito cometido496, / de nuestros
488
- Rápidamente.
489
-Venir a sus manos: caer en su poder.
490
- Oscuro, denso, neblinoso.
491
- En el sentido de que no se extrañan.
492
- La conjura de los caciques para acabar con los españoles.
493
- Antonio Osorio de Paz, teniente de Andrés de Valdivia, gobernador en funciones
de Antioquia.
494
- Falta, escasez.
495
- En las orillas de los ríos Nichi y Cauca.

130
pensamientos y deseos / entonces muy remoto y apartado>”(1043). Denunciar a los
otros aliados era una forma de obtener la libertad, si estaban presos, como hizo uno
de los caciques de Mompox, acusando a los que habían matado a algunos españoles
en el río Magdalena: “<No tengas, Capitán, mala sospecha / que de la maldad hecha el
otro año / ayudamos al daño y desatinos / los que somos vecinos desta banda, / sino
de la que manda Alonso xeque497, / que es en Tamalameque su vivienda, / y él fue de
la contienda trama y tela498, / autor de la cautela y las maldades / debajo de amistades
y halago. / Si piensas dar el pago que merece, / mi persona se ofrece ser la
guía>”(1267-1268). Alonso Martín le contestó en el acto: “<Si tu hicieres eso / en mí
siempre tendrás fiel amigo. /... e yo no faltaré de lo que digo. / Di por donde, sin que
me detenga, / que yo te soltaré cuando convenga>”(1268).
Los intérpretes indígenas o “lenguas” también avisaban a los españoles de los
peligros y celadas que les tendían los naturales: “Demás de que la Lengua que traían /
por algunas palabras de los indios / coligió la maldad y estratagema, / y al Alonso
Martín499 en gran secreto / le dijo: <Capitán, cumple velarte500, / que vienen de mal
arte los presentes / y deben tener gentes en celada. / Gente de paz y armada tan
extensa / a mí no me contenta donde piso 501; / por tanto, ten aviso y advertencia, /
pues tienes experiencia destas cosas>”(1266).
Las Elegías contienen toda una colección de traiciones, que Castellanos
concreta y explicita después de señalar una fórmula que los españoles repetían una y
otra vez cuando entraban en contacto con los indígenas: No debían preocuparse, les
decían, pues ellos solo querían ser sus “amigos y parientes”. Así lo va desgranando en
cada caso, por ejemplo en el Caribe, cuando sitúa la mencionada frase, pletórica de
impudor, en voz de los rescatistas: “<Reprimid, buenas gentes, vuestras riendas; /
procurad evitad inconvenientes, / que no queremos guerras ni contiendas / sino seros
amigos y parientes>”(219). En las costas de Venezuela: “Y para ser amigos y parientes /
sin ser de sus haciendas pretendientes”(287). En las de Santa Marta: “<Queremos ser
hermanos, / amigos vuestros, deudos y parientes, / y que tengáis por bien dar
obediencia / a un rey de grandísima potencia”(535). Por las ciénagas, hacia Valle de
Upar: “Dijéronles que vuelvan intramuros / con sus mujeres, hijos y haciendas, / pues
en ninguna parte más seguros / que dentro de sus casas y viviendas; / que no son
tiranos y tan duros / que quieran despojarlos de sus prendas. / <Y solamente somos
pretendientes / de haceros amigos y parientes>”(618). Por la provincia de Chimila, en
la Sierra Nevada: “Cómo no fuesen indios imprudentes / porque venían para ser
vecinos, / amigos verdaderos y parientes / y con determinados presupuestos / de no
496
- Al parecer habían sido convencidos que resistir a los invasores era un crimen y
delito por el que merecían morir.
497
- Alonso Xeque: Cacique de Tamalameque.
498
- Trama y tela: en el tejido, urdimbre e hilazón.
499
- Uno de los capitanes del gobernador Jerónimo de Lebrón que remontaba el
Magdalena.
500
- Guardar vela, estar preparado.
501
- No estar contento donde se pisa: No estar tranquilo con la situación.

131
serles pesados ni molestos”(683). En Cartagena, insistiéndoles sobre su presencia allí:
“Y fue lo principal que su motivo / era hacerlos deudos y parientes, / y siempre con
amor caritativo / enseñarles costumbres excelentes, / abriéndoles con ellas un camino
/ cuyo fin goza de favor divino”(701). Incluso los intérpretes o lenguas repetían la
frase, como la India Catalina en las ciénagas del Magdalena, diciéndole a los suyos con
el mayor cinismo que “<éstos... son nobles cristianos, / de costumbres loables y
excelentes, / y vienen para ser vuestros hermanos / y a haceros sus deudos y
parientes; / jamás tuvieron violentas manos / contra los que se muestran obedientes; /
mis propios ojos son buenos testigos / de cómo saben ser buenos amigos”(Id.).
Y traiciones que a veces pagaron con la vida. A lo largo de las páginas
Castellanos cita varios casos en los cuales lo más repulsivo para un valiente guerrero
indígena que defendía su tierra eran los indios ladinos, de su propia raza y pueblo,
entregados, colaboracionistas o pactictas con los españoles. Esos, si caían en sus
manos, no tenían perdón. Así, cuando asaltan una fortaleza española en la costa de
Santa Marta, y consiguen conquistarla, la masacre de los indios que allí vivían con los
castellanos fue completa: “Sin reservar la bruta pestilencia / a las indias ladinas que
servían / de su propia nación y descendencia / y que por sus parientes conocían. / Y a
los niños en estado de inocencia / también despedazaban y partían, / sin que dejasen
piante502 ni mamante / de cuanto se ponía por delante”(640).
Junto con todo el horror de la guerra y la destrucción, Castellanos pone especial
empeño en la denuncia del mal gobierno por parte de los españoles en la nueva tierra;
un juicio que expande y reparte por toda la obra. En su opinión, la perversa naturaleza
humana de los conquistadores debía ser controlada y sujetada por buenos
gobernantes y administradores, que abortaran los desmanes de los poderosos y
lograsen la armonía entre naturales y europeos; porque la tierra, protegiendo a
aquellos de éstos, daba para todos, y habría paz. Sería entonces país de promisión y
felicidad, y no de muerte, injusticias y desabrido futuro. Pero la corrupción estaba
asentada sobre el gobierno de los españoles desde el primer día. Así afirma: “Es cosa
que se vido raras veces / y que podréis contar por maravilla / venir a Indias por jueces /
y no llevar dineros a Castilla; / pues muchos en juguetes y belheses / gastan más que
demanda su costilla503; / Montó su sueldo quince, gastó treinta, / y al fin lo veis
después con larga renta”(97). Más adelante, hablando de un gobernador de Puerto
Rico: “La tierra repartió contrario bando / y quedaron así más agraviados, / por ver que
se llevó la mejoría / el inútil que no lo merecía. / Mas esto no es en Indias cosa nueva /
y siempre se será lo que fue antes. / Tenemos destas cosas larga prueba / por haber
visto muchas semejantes: / pues quien postrero va, primero lleva, / mayormente
malsines y chocantes504 / con deudos y criados de jueces / que ya todo lo hinchen505
estas heces”(137).

502
- Alguien que pía, que llora. Un niño pequeño.
503
- Regalos y bagatelas que llevan a sus esposas.
504
- Malsines y chocantes: Soplones y antipáticos.
505
- Hinchar: molestar, fastidiar, malograr.

132
Algunas veces, Castellanos detiene su discurso y lanza una fuerte diatriba
contra jueces y gobernantes, construyendo desde lo particular un axioma válido para
toda la América ocupada por los españoles. De Antonio Navarro, juez de residencia506
de Jorge Spira, escribe sin ambages con la mayor ironía: “En Indias es costumbre bien
usada / someterse gobiernos a letrados507, / y siendo la razón considerada, / es justa:
pero por nuestros pecados, / de tan extendidísima manada / salen muy pocos dellos
acertados; / Unos por gran soltura de conciencia; / otros porque carecen de
experiencia. / Los cuales sería bien no gobernasen / hasta pasar siquiera de
pasantes508, / o por mejor decir que los pasasen / a desiertos de tierra tan distantes /
que por ninguna vía tropezasen / en cosa que criase litigantes; / pues los más destos
en poblada tierra / adonde mora paz, encienden guerra, / pervirtiendo las buenas
intenciones / de Bártulos509 y Baldos510 y Felinos511, / Abades512, Albericos513 y
Jasones514, / con otros de jurídicos caminos; / Y ansí, por aficiones o pasiones / se
arrojan a trescientos desatinos, / sin que temor alguno los fatigue, / habiendo Dios y
rey que los castigue. / Bien pudiera gastar alguna vela / en este caso, pues me da gran
cebo515 / la confusión que de presente vuela / por este miserable Reino Nuevo; / Mas
quiero concluir con Venezuela / por no quebrar aquel hilo que llevo, / adonde vimos al
doctor Navarro, / que vino por auriga deste carro516. / Era vaso517 de muy poca
506
- Juicio de residencia. Revisión del gobierno ejecutado, que realizaba un juez
encargado por la Real Audiencia o por el Consejo de Indias a los cargos públicos en
América Colonial, una vez finalizaban su mandato. Estos jueces de residencia, mientras
duraban las averiguaciones pertinentes, tomaban para sí el gobierno de la provincia o
jurisdicción, cometiendo no pocos desatinos que se sumaban a los del residenciado.
507
- Jueces.
508
- Pasantes: en prácticas.
509
- Se refiere a Bártolo, también conocido como Alfami, jurista del siglo XIV, autor de
los Comentarios de los textos romanos. (1350 aprox.). Los que siguen son juristas
clásicos, relativamente conocidos en la época.
510
- Se refiere a Pedro Baldo de Ubaldis, jurisconsulto italiano del S.XIV, autor de
numerosos tratados sobre derecho civil, romano y canónico.
511
- Felino María Sandeo. Decretalista de la primera mitad del S. XVI.
512
- Sin duda un genérico de los numerosos juristas y comentaristas de las Decretales
que existieron a fines de la Edad Media y que se denominaron así, los Abbas Anticus
(Bernardo de Montmirat, del Languedoc, segunda mitad del S.XII) y los Abbas
Modernus (Abbas Panormitanus, Nicolo Tedeschi, obispo de Palermo, de finales del
S.XIX)
513
- Alberico de Rosate o Roxiate, jurisconsulto italiano del S.XIII, autor de los
Comentarios a las decretales y a las Pandectas.
514
-Jasón del Maino o del Maine: Otro célebre jurisconsulto de fines del S.XV,
comentarista del Digesto, creador de una escuela de postglosadores de los textos
romanos conocida como de los Jasones.
515
- Da gran cebo: anima, tienta.
516
- Auriga de este carro: conductor de la cuadriga. Se refiere al que ejerce el gobierno.

133
prudencia, / y no para tal cargo suficiente; / Vino con provisiones del Audiencia, /
estando Fuen Mayor518 por Presidente, / y para que tomase residencia / al dicho
George Espira519 y a su gente; / El cual, por mas autorizar su mando, / ahorcó dos
soldados en llegando”(431-432).
Compara la mala vida de muchos vecinos, comiendo “bihaos” y “algún tiempo
también las verdolagas, / si las había por algún terreno”(721), con la vida esplendorosa
de los jueces, “a vino y a capones regoldando520”(Id.). Y si de algunas zonas como
Antioquia dice que los vecinos se enriquecen con las minas, “mucho más jueces,
comisarios / frecuentes, por las livianas ocasiones / (absortos en aquesta golosina) / a
ser universales herederos / de lo que valerosos han ganado / a costa de la sangre de
sus venas”(971-972).
Pero muestra su hartazgo con el asunto, pues según él no tiene solución: “Esto
no tiene fin si se comienza, / y ansí fuera mejor dalle de mano; / mas es sobrada ya la
desvergüenza / que tienen con el pobre baquiano521, / sin esperar razón que los
convenza, / ni derecho, ni mando soberano; / y todo lo mejor de las conquistas / se
llevan holgazanes papelistas522”(Id.). Vuelve al asunto de los jueces de residencia –a
quienes llama “faraones” por su mucho poder-, que primero se aprovechaban de los
vecinos, sacándoles lo que podían y recibiendo halagos y mimos, y luego los castigaban
con todo tipo de argucias legales, arruinando los territorios: “Y estos con quien usaron
de halago / y por quien encargaron su conciencia, / esos mismos después le dan el
pago, / al tiempo que les toman residencia. /... Sus faraones son embarradores / que
solían gozar de sus favores /... Todas son bullarazas523 y contiendas / con gran
asolamiento de haciendas”(722).
Más adelante insiste en que todos los que viven en América deben rezar para
verse libres de los malos jueces (“solícitas raposas”, los denomina), que son legión, y
por más que los castiguen por sus malos juicios “ninguno se mejora”, que solo sirven
para buscar su provecho personal: “Aquel que en Indias tiene su vivienda / no debería
faltar en oraciones / al Sumo Hacedor que lo defienda / de jueces de malas
intenciones, / pues aunque los castiguen cada hora / muy pocos o ninguno se mejora. /
Bien señalados son los que estas greyes524 / han gobernado con sencillos pechos525; /
mas otros, so color de servir reyes, / nos tienen asolados y deshechos; / no por servir al
rey, ni cumplir leyes, / sino por acudir a sus provechos. / Tan sueltos a cualquier
desvergüenza / que quien más dice de ellos no comienza”(745).
517
- Cuerpo, aquí entendido como persona.
518
- Alonso de Fuenmayor, Presidente de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá.
519
- Uno de los capitanes de la conquista de Venezuela en el periodo de los Welser.
520
- Eructando los gases del estómago.
521
- Baquiano: conocedor, antiguo en la tierra.
522
- Papelistas: despectivamente, burócratas.
523
- Algazaras, peleas, conflictos, enfrentamientos.
524
- Grey, pueblo.
525
- Sencillos pechos: juego de palabras; por una parte, indica que se trataba de gente
sencilla; por otra, que no cobraban excesivos tributos (pechos).

134
Comenta que son ellos los causantes de lo “revoltosas” que están “las
opiniones” en América, y que el “Real Consejo” debía mirar bien las causas de tal
actitud, “mirando que son los movedores / de las revueltas, tramas y bullicios, / los
jueces que vienen a regirnos, / en cuya consecuencia me parece / que viene bien aquí
delirant reges / et plectuntur Achivi526, sin que pequen: / mas aquesta, por ser materia
larga, / a tiempo conveniente la remito”(1044).
Los acusa también en otro pasaje de unir robo y codicia con lascivia,
acentuándose cada vez más la corrupción, aunque este es un asunto, escribe, que
conviene no airear demasiado: “Aqueste juez... / fue notado de algunas demasías 527 /
que no fueron en otros tan culpables; / pues según las que vemos estos días / aquellas
eran más que tolerables, / porque paraban en lascivos hechos / sin pretensión de
robos ni cohechos. / Agora los dos males andan juntos, / pues si lasciva Venus los
abrasa / no por eso jueces pierden puntos / en recoger pillajes hacia casa; / Éstas no
son sospechas ni barruntos, / porque los hacen ya por plaza rasa 528; / pero callemos
deshonestidades, / que dan grande disgusto las verdades”(808-809).
Una disposición que afecta a jueces y gobernantes y a toda la administración en
general: “Notarios, escribanos y malsines529, / de los cuales a uno ni ninguno / conocí
que tuviese buenos fines, / antes tristísimos acabamientos / y sin gozar de santos
sacramentos. /... hambrientos lobos que todo lo quieren / y a los demás les cuentan
los bocados. / Vayan las cosas por donde fueren / la casa llena hasta los tejados, /
robando viven y robando mueren, / y en robos son sus días acabados; / destos iban allí
no se qué tantos / y cada cual el cofre proveído”(821). Gobernantes y administradores
de justicia de los que señala en otro lugar que fueron “comisarios espesos”: “que sin
riendas ni bozales / por cualesquier negocios ordinarios / dejaban asolados los
caudales / con insufribles costas 530 y salarios, / o de españoles o de naturales, / cuya
continuación entonces era / aquí y allí y allá red barredera”(1389).
Con especial desdoro trata a los jueces que venían del Perú, pues allí era donde
se “viciaban”, afirma. Muchos actuaban así por “estímulo de malos consejos / venidos
de Perú, de cuya parte / pandetur omne malum531. ¡Dios quiera / que nunca gente dél
en esta tierra532 / hubiera puesto pies a gobernalla! / Hubiéranse excusado
pesadumbres, / pues todos, o los más que vienen, traen / un olor y aun sabor de

526
- Que podría traducirse como “Cuando deliran los reyes, los griegos son castigados”,
como queriendo indicar que las malas leyes o los malos gobiernos castigan a los
inocentes.
527
- Excesos.
528
- Abiertamente.
529
- Cizañeros, soplones, los que incriminan a alguien o hablan mal de algo con
maligna intención.
530
- Costas, ayudas de costa, viáticos que se pagaban por sobre el sueldo para alguna
actividad concreta que ejecutara un juez o autoridad.
531
- “Todo lo malo crece” o “todo lo malo se expande”.
532
- Se refiere a la Nueva Granada.

135
cherinolas533”(1201). Y, una vez más, evita seguir escribiendo sobre esto, como si
sintiera temor o recelos de seguir con el asunto: “Pero dejemos esto para cuando /
pidiere coyuntura tratar dello”(Id.). Lugar que no tarda mucho en encontrar, pocas
páginas más adelante, para hacerse eco de la corrupción existente en la entrega y
concesión de las mercedes reales por parte de las autoridades delegadas: “A todos los
demás iban juzgando / según les pareció que merecían; / no con tal rectitud que no
quedasen / muchos buenos soldados con agravio, / viendo ser preferidos con ventajas
/ los que menos habían trabajado: / negocio bien común en estas partes / donde los
lisonjeros y malsines / suelen llevar la nata de la tierra, / y los que conocieron ser
atlantes, / que llevaron el peso de la siesta 534, / muchos jueces malconsiderados / los
dejan con el papo535 lleno de aire. / Aunque ya todo va tan corrompido / que si en
nombre del rey hacen mercedes, / a quien trae mayor garsisobaco 536 / las vende para
sí quien tiene mando, / sin atenciones de merecimientos; / y es esta desvergüenza tan
usada / que ya parece ley establecida”(1208).
Corrupción que se extiende con la compra de sentencias: “A causa de las
grandes ocasiones / que tienen a la mano los que rigen, / para no llevar pasos
regulados / en la distribución de la justicia; / porque no pocos de ellos se regulan / y
nivelan con regla de oro fino, / que, como poderosa, los inclina / a bajezas de cosas
indebidas”. Y concluye que, aunque por sus maldades deberían ser apedreados,
“verdad sea que por aquestas partes / el orden se pervierte del castigo, / porque los
delincuentes y culpados / suelen apedrear a los jueces / con piedras esmeraldas
guarnecidas”(1294).
Casos que ejemplifica en algunos personajes concretos, como el Adelantado de
la Nueva Granada Alonso Luis de Lugo, de quien dice que “sus intentos fueron todos /
inclinados a recoger moneda, / que es el blanco común donde dirigen / los hijos de
este siglo sus saetas”, y junto con sus ayudantes Antonio de Luján y Francisco Arias,
“inquietísimos desalmados” y “grandes papelistas”, “vacó toda la tierra que servía / y
cobró para sí de los caciques / los proventos537, tributos y demoras / que solían pagar,
si más, no menos”(1329). Y si algún dilecto funcionario se le resistía, como fue el caso
del Tesorero de la Aduana de Santa Marta, que no quería entregarle las llaves de la
Caja Real porque sabía que el Señor Adelantado se quedaría con todo lo recaudado,
éste, “visto que ni por ruegos, ni por fieros / medios y tercerías538, no podía / ganar la
533
- Palabra en germanía o jerga de ladrones usada en la España de la época. Significa
junta o reunión de ladrones o rufianes, cuyo jefe es el cherinol.
534
- Sexta hora Por extensión, tiempo después del mediodía en que aprieta más el
calor. Por eso se dice dormir la siesta o hacer la siesta. En el texto, llevar el peso de la
siesta indica llevar todo el trabajo, con el mayor esfuerzo.
535
- En las aves, buche. Parte abultada entre la barba y el cuello.
536
- En germanía, garsinar, robar. El garsisobaco era una bolsa o bulto que se llevaba
escondido bajo el brazo, en la axila, oculto por la capa, donde se iba guardando lo que
se iba robando.
537
- Rentas, productos.
538
- Intermediarios.

136
voluntad del Tesorero, / estando muchos en la Aduana / sobre éste mismo caso
confiriendo539, / apechugó540 con él y echóle mano / de la parte que sale más enhiesta
/ de las calzas y honesto perizoma541, / arrancando la llave con la bolsa / do sabía
tenerla resguardada; / y por presencia de los compañeros, / Justicia y Regimiento 542 y
otros muchos, / sacó sus estipendios de la Caja, / con la cuenta, razón y diligencias /
que a él le pareció ser necesarias”(1297).
Corrupción que alcanza incluso a los curas y frailes, de los que cuenta
abundantes detalles –censurados en el manuscrito original- , como un tal Fray
Domingo, “respetado, / de gran crédito entre todos ellos”, que recogió para los indios
más de siete mil ducados, estableciéndose el orden en que debía gastarlos, “pero él,
como díscolo, no quiso / guardar el propio suyo ni el ajeno, / porque días después, con
buen viaje, / a Sevilla llegó con el dinero, /... mudando los honestos femorales 543 / en
calzas recamadas y costosas, / y los demás vestidos religiosos / en legos y profanos
atavíos, / con todas las anejas circunstancias / a lascivo galán desvanecido. / Y en este
traje puesto partió luego / con fausto de criados para Roma, / y anduvo por Italia
derramado”. Todo ello lo cuenta Castellanos advirtiendo que conoce bien el caso
porque tiene en su poder el testamento del fraile, que murió pobre “por haber
consumido sus limosnas / en lo que los vanos hombres acostumbran”(1221-1222).
Es ante este sin fin de barbaridades que Castellanos sitúa la beligerancia y la
resistencia de los naturales, que conocían perfectamente el carácter de la conquista y
los conquistadores, y que sufrían esta realidad. Como luego veremos, en no pocos
casos estas denuncias las sitúa en boca de los caciques indígenas, y conforman un largo
muestrario de razones para combatir a los españoles. En sus discursos contra los
invasores y en sus llamadas a resistirlos, queda reflejada además la opinión del autor, y
su visión de lo que allí había y estaba aconteciendo. Por ejemplo, la arenga a su pueblo
de la cacica Anacaona, viendo a su gente destruida en la Isla de La Española, es un
feroz alegato contra la conquista, que sitúa a Castellanos en un plano bien alejado de
los panegiristas españoles. Así habla Anacaona en los endecasílabos de Don Juan:
"<Volved, volved las armas a las manos / y cóbrese la libertad perdida; / acaben
crudelísimos tiranos / causadores de nuestra mala vida; / esfuércense los mozos y los
canos544 / para tomar enmienda merecida, / porque si buscan horas convenientes /
mejores no las hay que las presentes. / Si muerte temporal estáis temiendo / con
juicios de vanas opiniones, / y ¿qué mayor que estar siempre muriendo / con tantas y
tan grandes aflicciones? / ¿No veis cómo nos vamos consumiendo? / ¿No veis
desiertas nuestras poblaciones? / ¿No veis lamentaciones de viudas / y casadas, de
todo bien desnudas? / ¿No veis todas las sierras y los llanos / llenas de calaveras y de
huesos, / de hijos, y de padres, y de hermanos, / muertos en tan tiránicos excesos? /
539
- Examinando el asunto, discutiendo sobre él.
540
- Cargó contra él.
541
- Vendaje o braga que cubría las partes pudendas.
542
- Justicia y Regimiento de una ciudad: autoridades locales de la misma.
543
- Especie de pantalón basto que cubría las piernas hasta la rodilla.
544
- Canos, canosos. Viejos.

137
¿Qué diré de los vivos y los sanos / cuyos agravios vemos más expresos, / pues de
muerte son sus esperanzas / sirviéndoles en minas y labranzas? / ¡Oh grave sujeción,
oh gran afrenta / para quien libre della se gozaba! / ¿Cuál es el corazón que no
revienta / llorando?>. Y aun también ella lloraba / al tiempo que estas cosas
representa”(75).
Espíritu de rebeldía ante tanta injusticia resumido en el discurso de un cacique
venezolano a Ambrosio Alfinger: Después de alojarlo y darle comida, el capitán ordena
poner preso a quien le ayudó. Su protesta es bien significativa:
"<Decid, ingrata gente y extranjera, / ¿En las tierras adonde sois vecinos /
acostumbran pagar desta manera / los que son hospedados peregrinos? / ¿Suelen
pagar al amistad sincera / con tan desordenados desatinos? / ¿Recompensan el buen
acogimiento / con tan torpe desagradecimiento? / Aquí llegastes flacos y hambrientos,
/ mal parados de guerras y contiendas; / salimos de nuestros aposentos / por daros
más a gusto las viviendas; / Fuisteis bien proveídos de alimentos, / partimos con
vosotros las haciendas: / Pues ¿dó se sufre tan dañado pecho / contra quien tantos
bienes os ha hecho? / Mal puede confiar de fuerte lanza / una gente tan mal
agradecida; / E ya se nos acerca la venganza / cruel y justamente merecida; / Pues no
querrá tan próspera pujanza / cual veis hacer en balde su venida, / si no se redimieren
vejaciones / con quitar al cacique las prisiones. / Y pues aquestos son medios
humanos, / y para desterrar guerras molestas, / no seáis temerarios ni livianos / en
acudirnos bien con las respuestas; / Y si no, preparad luego las manos, / porque los
indios ya las tienen prestas, / y en comenzando conoceréis luego / del arte que
jugamos este juego>"(394).
El arte con que juegan este juego. En las páginas que siguen descubrimos cómo
Juan de Castellanos se encargó de explicar prolijamente que el mundo indígena no
aceptó sumisamente la ocupación; aunque sus gestos de valentía y resistencia los
pagaran con la vida y el exterminio. Por eso la que sigue es, para Castellanos, una
historia sobre héroes y tumbas. El mundo indígena en su esplendor de rebeldía.

138
Sobre héroes y tumbas: Pueblos de superbísimos plumajes.

A pesar de la destrucción, o precisamente por tratarse de un mundo ya perdido


mientras escribe -perdido por su mano y la de muchos como él, de ahí ese dejo de
melancolía culpable que destilan los versos-, Juan de Castellanos eleva desde las
páginas de las Elegías un formidable canto a los pueblos y sociedades indígenas que
conoció. Para él fueron heroicos, imponentes, bellos, y terríficos en la defensa de sus
tierras. Las guerras que mantuvieron contra los españoles debían enaltecerse y
contarse entre las grandes epopeyas de la historia. La descripción de estos pueblos en
rebelión viene a resultar, en la pluma de Castellanos, una mezcla extraña de
arrobadora belleza, turbado pavor, y olor a muerte y destrucción, porque eso
significaba para los españoles la máquina de guerra indígena una vez se ponía en
movimiento. Belleza y temor que se halla no sólo en el colorido de la selva de plumajes
que sobre ellos se venía, sino también en el turbión de sonidos que traía aparejada,
como “barruntando la muerte”, escribe; o en el inmenso orgullo de Baucunar, casi un
héroe clásico en la pluma de Castellanos, cuando arenga a los suyos a morir en la
lucha por expulsar a los españoles de la isla de Trinidad. E igual que él otros muchos
caciques, y cacicas, hombres y mujeres de todas las etnias, todas las lenguas, en todos
los paisajes, todas las regiones.

139
Al hilo de esta epopeya, los detalles, las informaciones, las aclaraciones, una
copiosísima nube de referencias sobre los universos indígenas en rebelión, se suceden
página tras página en las Elegías. Ordenar todo este material de corte etnográfico
esparcido por Castellanos a lo largo de la obra es una tarea bien difícil por su
dispersión. Y laboriosa, desde luego, por su abundancia. Y aquí se mezclan varias
cuestiones. Es abundante y disperso porque por una parte Don Juan quiso narrarnos,
describirnos, ese mundo, zona por zona, región por región: descendió así al detalle de
referirnos los colores, los olores, los objetos, las situaciones, las palabras pronunciadas,
desde cómo era el collar de garras de “tigre” de un cacique, los colores y las tinturas de
los plumajes aventados por un guerrero que descendía una ladera enarbolando su
macana, el tipo de madera con que construían sus flechas tal o cual etnia, de cuantas
filas se conformaba un escuadrón de guanebucanes o las tácticas para combatir desde
las canoas, hasta el olor del miedo de los españoles cuando oían las “indicas cornetas”
y el estruendo de los atambores que pronosticaban un inminente ataque de los
nativos, los encendidos discursos llamando a la resistencia pronunciados por los
ancianos de una aldea, o los insultos que prodigaban a los castellanos los indígenas
más briosos, arrochelados en las alturas de una sierra. Quiso también mostrarnos
cómo ese mundo tenía sus lógicas, sus leyes, sus capacidades, sus normas, fueran
guerreras, políticas, religiosas o sociales; en fin, insistió en que a pesar de se tratarse
de un mundo bárbaro, en su misma barbarie se contenían las normas de una civilidad
incuestionable, contrapuesta en muchas ocasiones a la crueldad, el desatino, la
falsedad y la traición de los españoles. Con lo cual, lo que pudo haber sido un relato
donde se dispusieran civilización frente a barbarie, lo transformó en un lienzo a caballo
entre los horrores de la guerra y la alabanza hacia los que lucharon por su libertad. De
forma nada sutil intenta aclarar –desde su propia posición moral, desde luego- que
ante una oprobiosa tiranía impuesta por las “malas acciones” de los “arteros”
conquistadores, los indígenas contrapusieron la nobleza y el coraje, la belleza y la
hidalguía de su rebelión.
Castellanos también deseó dejar testimonio escrito de todos estos múltiples
detalles -mínimos a veces- porque era consciente de que aquel mundo antiguo que él
conoció, con sus valores épicos, había sido barrido por los aires ventosos del tiempo
pasado; un tiempo que a pocos importaba ya, dado que los viejos valores en que se
basaba habían sido sustituidos por otros, faltos, según él, de los más elementales
códigos éticos y de honorabilidad. Sus datos tienen un propósito de permanencia y de
resguardo de lo antiguo. En ese sentido, como un primer etnólogo del mundo
americano, valoriza a aquellos bravos indígenas, a aquellos valientes guerreros, sus
actitudes, sus armas, sus pinturas, sus “superbísimos plumajes”, y los refiere, los
pormenoriza como elementos fundamentales de su cultura, en la que el honor y la
valentía constituían elementos basales de sus conductas. Un material etnográfico que
hoy nos es de inestimable ayuda para conocer mejor estas desaparecidas sociedades
primitivas.
Por último, quiso también rescatar aquel universo para, frente a los según él
graves despropósitos del gobierno colonial, hacer ver lo mucho y bueno que se había

140
perdido para siempre: sus descripciones tienen un propósito político, mostrar qué
buenos vasallos se desperdiciaron por culpa de tan malos señores como les impusieron
con la conquista, ignorantes de sus valores, apegados a la codicia y el enriquecimiento
fácil e inmediato; y qué destrucción más absoluta aguardaba a aquellas tierras en
manos de los actuales jueces y gobernantes.
Como no podía ser de otro modo, dada la formación intelectual de Juan de
Castellanos, la manera más axiomática que halló el autor para ensalzar aquel mundo
fue mitificarlo, ubicándolos en los escenarios literarios y míticos del mundo clásico, e
insertando a sus héroes entre los más afamados personajes mitológicos.
Así, al trazar una descripción de los isleños del Caribe, escribe: “Asímismo
nuestros castellanos / decían, viéndolos con tal arreo, / si son sátiros545 éstos, o
silvanos546, / y ellas aquellas ninfas de Aristeo547, / o son faunos548 lascivos y lozanos, /
o las nereides549, hijas de Nereo550, / o dríades551 que llaman, o náyades552, / de quien
trataron las antigüedades. / Ansí todas las ninfas como ellos / son bien proporcionados
y bien hechos, / sacados553 son de hombros y de cuellos, / y más pecan de anchos que
de estrechos: / ¡Cuán luenga hermosura de cabellos! / ¡Qué gran tabla de espaldas y
de cuellos! / Los galanes, las damas y los pajes / jamás deben mudar ropa ni trajes. /
Por cierto, todos ellos son dispuestos, / y ellas por consiguiente bien dispuestas, / pero
los trajes son muy deshonestos / aun para las mujeres deshonestas, / pues los unos y
los otros andan prestos / para solemnizar venéreas fiestas 554”(34).
Belleza, sensualidad, paisajes que parecen extraídos de las descripciones de la
más remota antigüedad: “Muchas ninfas andaban por las aguas / nadando, los cabellos
esparcidos, / e indios en canoas y piraguas / de sus arcos y flechas proveídos, /
pintados con el jugo de las aguas / que son sus argumentos más pulidos; / de narices y
orejas dependían / algunas joyas que resplandecían”(35).
545
- En la mitología clásica, personajes semidioses, mitad hombres y mitad cabras.
546
- De Silvanus, dios de las selvas y los campos entre los latinos.
547
- Hijo de Apolo y de Cirene. Enseñó a los hombres la ganadería y la agricultura. Se
mostraba rodeado de numerosas ninfas, deidades de las aguas, bosques y selvas. Estas
ninfas aparecen en la poética del S.XVI con gran profusión, por ejemplo en Garcilaso de
la Vega, igualmente entreviéndose en el agua entre cascadas y paisajes de ensueño:
“Hermosas ninfas que, en el río metidas / contentas habitais en las moradas / de
relucientes piedras fabricadas / y en columnas de vidrio sostenidas; / Agora esteis
labrando embebecidas / protegiendo las telas delicadas; / agora unas con otras
apartadas contándoos los amores y la vida”. (Soneto 11).
548
- Semidios de los prados y las selvas.
549
- Ninfas que presidían el mar y vivían en él.
550
- Dios del Mar, hijo del Ponto y de La Tierra.
551
- Ninfas de los bosques.
552
- Ninfas de las fuentes.
553
- Enhiestos.
554
- Se refiere a los areitos, que él entiende como procaces por la sensualidad de los
bailes, a los que hace varias referencias.

141
Ninfas en el agua, como aquella indígena que para huir de los españoles se
arroja al lago Maracaibo y llega nadando velozmente hasta las viviendas (“barbacoas”-
palafitos- escribe) donde vive su pueblo: “Y la moza, más suelta que Atalanta555, /
alcanzó de su curso los extremos / del lago que decimos, no se espanta / ni de las
bravas ondas que le vemos; / llegó a las barbacoas la giganta / haciendo de sus
diestros brazos remos, / pues allí las mujeres y varones / son en nadar más diestros
que tritones556”(352-353).
Son ágiles, sueltos, etéreos, por supuesto casi héroes troyanos, como los
guerreros de las sierras venezolanas: “Un gamo cada cual en la soltura, / Paris 557 en la
certeza con que tira / al ímpetu primero, gente dura; / y el menor un Aquiles 558 en la
ira, / la gran ferocidad de su postura / tal que pone temor a quien lo mira; / y el feroz
español con todo esto / procura ganarles el recuesto 559”(622). O aquel indígena de
Bonda, cerca de Santa Marta: “Fue, demás de su fuerza y aspereza, / en regular la
flecha tan perito / que pudo competir con la destreza / del Hércules560 discípulo de
Eurito561: / un tiro solo de su gran destreza / manda razón que pongan en
escrito”(667). En el valle de Opón, un gigante indígena les sale al camino a los
españoles y los hace retroceder: “Un terrible gandul se les opuso / en medio de la
senda, defendiendo / él solo, sin ayuda, la subida, / de su fuerza y esfuerzo confiado; /
en las manos bastón correspondiente / al monstruoso cuerpo y estatura, / pues en los

555
-Hija de Esqueneo, rey del Esciros. Celebre por su ligereza, prometió casarse con
quien la venciera en una carrera, pero debiendo ser condenados a muerte los
derrotados. Hipómenes logró vencerla arrojando a su paso manzanas de oro, que ella
recogía. Tras la boda, ella y su esposo profanaron el templo de Cibeles, siendo
convertidos en leones.
556
- Deidades marinas con figura de hombre de la cintura para arriba, y de pez el resto.
557
- Príncipe troyano. Raptó a Elena, esposa de Menelao, rey de Esparta, llevándola a
su cuidad y desencadenando la guerra de Troya. Muerto su hermano Héctor a manos
de Aquiles, Paris se venga contra éste matándolo de un certero flechazo en su único
punto débil, su famoso talón.
558
- Otro de los héroes de la guerra de Troya. Valiente guerrero aqueo, conoce que
Héctor, príncipe troyano y hermano de Paris, ha matado a su amigo Patroclo. Marcha a
la muralla de Troya y allí desafía a Héctor en combate singular. Lo mata y, lleno de ira
por su amigo muerto, amarra al cadáver de Héctor a su cuadriga, arrastrándolo siete
veces alrededor de la ciudad sitiada. Paris consigue a su vez vencerlo clavándole un
flecha en su talón.
559
- Sitio o lugar en declive. Cuesta.
560
- El héroe más célebre dela mitología clásica. Hijo de Júpiter, era la encarnación de
la fuerza, gracias a la cual, y a su destreza y habilidad, pudo llevar a cabo sus famosos
doce trabajos.
561
- Rey de Ecalia y padre de Iola, la cual ganó Hércules en un combate. Se decía
enseñó a Hércules numerosas tretas.

142
miembros era Polifemo562 / o el otro Briareo centimano563; /... más él, con la macana
de Golias564, / que poco menos era, tales golpes / les daba que volvían
trompicando”(1285).
Los indios Cocinas del Cabo de la Vela eran “de tan ligeras piernas y livianas /
que son a las de ciervos muy vecinas; / es solo su sustento y su cosecha / lo que les
puede dar el arco y flecha. / Todos enjutos: altos, gente baza 565, / y nunca jamás ropa
ni atavío / que a sus nerviosos miembros embaraza; / Son dados al sangriento desafío,
/ tan diestros en la pesca y en la caza / que no saben soltar tiro baldío. / Animosísimos
en la pelea / contra cualquier y donde quier que sea”(371); y en la Guajira “los indios
como cabras van saltando, / los arcos prestos y las flechas puestas, / con la grita que
suelen cuando riendas / sueltan a las rencillas y contiendas”(652). Los Tahamíes,
situados en las orillas del los ríos Nichi y Cauca eran igualmente veloces: “Mas entrellos
hay naturales / diversos y de vida más sincera, / desnudos, descuidados de caudales, /
ligerísimos en gran manera / pues alcanzan silvestres animales / sin alargarse mucho la
carrera, / baquiras mayormente, que son reses / ligeras, y en faición puercos
monteses”. Incluso cuenta que una indígena de entre ellos los cazaba por el monte a
pura carrera, “hasta tomar alguno, y a sus cuestas / lo traía, según fácil oveja, / asido
de la pierna y el oreja”(966).
Para Castellanos a estas virtudes, y en su relación con el mundo clásico, se
sumaba la belleza corporal de su desnudez. Frente a otros autores de la época, que
entendían el ir desnudos como un signo de barbarie, él la describe –aunque se muestra
contradictorio en ocasiones, por ejemplo con el asunto de su “deshonestidad”, aunque
no siempre- como un elemento cultural, propio de “sus policías 566”, y desde luego lo
aborda las más de las veces desde la ortodoxia estética más clasicista: “Y ven 567 de los
pies a la cabeza / andar hombres desnudos por las playas, / mujeres do vista se
endereza / sin arreos de mantos ni de sayas, / por ser sus policías y conciertos / andar
galán y dama descubiertos”(34). Y en el continente, por ejemplo entre los naturales del
río Meta: “Vive la gente dél con desengaño / pues nada de su cuerpo cubre paño. /
Desde las plantas a los altos cuellos / sus partes se verán desabahadas568; / ellos hasta
la cinta los cabellos / y las mujeres todas trasquiladas; / tanto que juzgareis ellos ser
562
- Personaje de la Odisea. Cíclope, hijo de Neptuno, a quien se enfrentó Ulises,
derrotándolo al vaciarle su único ojo.
563
- Personaje de la mitología, gigante hijo del Cielo y de La Tierra, con 50 cabezas y
cien brazos. Fue precipitado en el mar por Poseidón y encadenado bajo el Etna por
Júpiter.
564
- Según las Antiguas Escrituras, Goliat, gigante a quien se enfrentó David,
derrotándolo con una honda.
565
- De bazo: del latín badius, rojizo. En castellano, de color moreno que tira a amarillo.
566
- Policía entendida en su acepción principal: orden, norma. “Vivir en policía”, vivir
en orden, bajo normas. “Sus policías”, sus normas y su orden.
567
- Los primeros españoles que llegaron al Caribe.
568
- De aballar, desvanecer, esfumar los contornos en una pintura. Desaballar, dar
nitidez, resaltar.

143
ellas / a no ser las señales apropiadas, / donde naturaleza diferencia / el existente ser
de la apariencia”(412).
En las costas de la Sierra Nevada y la Guajira se hallaban “los indios tairos y
guanebucanes / por otro nombre del calabazuelo: / los tairos son vestidos y galanes, /
los otros han por bien andar en pelo; / solamente la parte vergonzosa / con oro cubren
con otra cosa, / en un calabazuelo comúnmente; / y éstos señoreaban más la tierra / y
los vestidos tairos eran gente / que procedía de los de la sierra. /... Son los
guanebucanes bien dispuestos / y ansimismo las hembras bien dispuestas, / y si los
hombres andan deshonestos / no menos las mujeres, deshonestas; / los tairos con sus
mantas van compuestos; / las tairas bien cubiertas y compuestas; / más la gente
desnuda poseía / mejor disposición y gallardía. /... No parecían mal los blancos dientes
/ y el torcido mirar con ojos bellos / de las desnudas ninfas destas gentes, / y las
peinadas crenchas569 de cabellos / con las preseas ricas que pendientes / van de nariz,
orejas y de cuellos, / muñecas y molledos570 rodeados / de brazaletes de oro mal
labrados”(508).
Junto a la belleza, la desnudez es entendida como “gallarda compostura”,
“galas de la natura” o “gentil disposición”. Yendo de Cartagena a Urabá, por el río de
las Monterías (llamado así porque allí mataron cientos de jabalíes-758-), dice que
hallaron “gente de soberbísimo semblante”: “Es gente de gallarda compostura, / traen
ellas y ellos los cabellos / tan largos que traspasan la cintura, / hombres luengos de
zancas571 y de cuellos, / el cuerpo sin ninguna vestidura, / pero cubren las partes
vergonzosas / con pedazos de mantas y otras cosas”(Id.). De los indios de Carora, en
Venezuela, escribe: “Gente que nunca cubre tela / porque sus galas son, y gentileza /
pintar las que le dio naturaleza”(861). De la región catía, en la Antioquia actual: gentes
“desnudas de los pies a las gargantas, / solo cubren las partes vergonzosas / con
cortezas y hojas de las plantas, / gentil disposición, traza garrida / ellos y ellas...”(964).
O sobre los naturales del lago de Maracaibo: “Ya digo no ponerles embarazo / las
ropas sinuosas ni pendientes; / el viril miembro cubre calabazo / pero los genitales van
pendientes. / A otros más honestos un pedazo / de maure 572 cubre partes impudentes,
/ y aunque desnudas todas las mujeres / vencen los más honestos pareceres, / porque
debajo al horcajadura573 / se ponen la que llaman pampanilla574 / que van tendiendo
hasta la cintura / y allí galana zona con que asilla 575”(353). Lo que se repite entre los
indígenas de la zona de Urabá: “Que meten dentro de unos caracoles / por gran
honestidad miembros viriles; / las mujeres cubren sus mancillas / con hojas o con
ciertas pampanillas”(757).
569
- Cada una de las dos partes en que se divide el cabello al trazar una raya sobre el
cuero cabelludo.
570
- Parte redonda y carnosa de los miembros, especialmente en los brazos.
571
- Piernas largas y delgadas.
572
- Maure. Término local con el que se denomina una cinta o faja.
573
- Unión de las piernas con el tronco.
574
- Comúnmente, taparrabos.
575
- De asir, sujetar. Castellanos está describiendo un tanga.

144
Señala también que a muchos de estos naturales lo que les llamaba realmente
la atención era exactamente lo contrario: ir vestidos. Por eso comenta que los indios
de Zamba, en la costa de Cartagena, al ver a la india Catalina, una natural de ese
pueblo y acompañante como “lengua” de la expedición de Pedro de Heredia, que
volvió al lugar vestida como española, “admíranse de ver en nuevo traje / la que nació
de madre no vestida, / pues allí hasta partes impudentes / suelen andar abiertas y
patentes”(711).
Indica que, en general, los españoles entendían como signo de civilidad hallar
gentes vestidas, especialmente porque entre ellos hallarían más fácilmente comidas y
otros bienes que entre los desnudos: “Mayormente después de que se hallaron /
rodeados de prósperas culturas / de donde ya podían dar sustancia / a los estómagos
enflaquecidos /... por ver gran cantidad de naturales / de telas de algodón aderezados,
/ varias en los colores y pinturas, / cuyas muestras le dieron certidumbre / de más
honestidad y policía / que las otras naciones habitantes / en las provincias bajas
adyacentes / a las marinas ondas su riberas”(1148).
Castellanos realiza en varios lugares de la obra ciertas disquisiciones sobre la
relación entre cultura y riqueza. Para él la sabiduría, la prudencia, la astucia, la valentía
–y también obviamente la capacidad de acumular riquezas- de las sociedades
indígenas, eran síntomas de civilidad. Así lo expone, por ejemplo, en el caso del
cacique Behechío en la isla de La Española: “Y rey de muy extenso señorío, / belicoso
varón, sabio, prudente, / y en valor de riquezas eminente”(75). O de Sacresaxigua,
señor de Bogotá: “Varón astuto, liberal, bien quisto576, / de gran autoridad en su
persona, / de presencia graciosa y agradable, / a quien reconocían obediencia / las
altas y las bajas condiciones”(1210). Patente queda para él la relación entre capacidad
política y civilidad, porque afirma que la sola valentía no elimina la pobreza, poniendo
el ejemplo de los escitas577: “Antes conozco en los naturales / con quien tractamos en
indiana tierra / que cuanto son más ricos sus caudales / tanto son menos dados a la
guerra; / los pobres son guerreros principales / de quien todo regalo se destierra, / y
juzgan ser su bienaventuranza / la venenosa flecha, dardo, lanza. / Nunca precisaron
oro fuertes scitas, / mas no por eso fue flaco su tiro, / antes venciendo gentes infinitas
/ siempre quedaron libres de suspiro, / grandes victorias suyas hay escritas / sin
escapárseles Darío ni Ciro, / ansí que no deshace la pobreza / al buen brío que dio
naturaleza”(462).
Señala que la dignidad y el honor de estos pueblos indígenas son dignas de
toda estimación, y multiplica los ejemplos, como el del cacique conocido por los
españoles como Enriquillo, en La Española, sublevado contra los conquistadores por el
mal que hicieron a su esposa, porque, afirma Castellanos en los más puros códigos de
la época, el honor, si no se repara la afrenta, queda perdido para siempre: “Fue

576
- Querido.
577
- De Scytha, o Escitia, región del Asia antigua, cuyos habitantes se enfrentaron con
éxito a los grandes príncipes y reyes que invadieron su territorio, como Dario o Ciro,
reyes de Persia y conquistadores de Babilonia y del Asia menor.

145
Enrique578 pues, indio ladino, / que supo bien la lengua castellana, / cacique principal,
harto vecino / al pueblo de San Joan de la Maguana. / Usóse con él cierto desatino /
por su mujer que fue también cristiana: / era gentil lector, gran escribano / y en estas
islas tuvo grande mano579 / por no poder templar la destemplanza / de aquella
pesadísima zozobra, / porque el honor que pierde tal usanza / para siempre jamás,
nunca se cobra”(101). Y con quien, como no pudo ser vencido, tuvieron que negociar,
y el mismo Carlos V pactar con él; tras lo cual, fiel a su palabra, se retiró a sus
posesiones y la tierra quedó en paz: “Y dando de valor bastante prueba, / al gran
emperador llegó la nueva, /... Le perdonó cualquiera maleficio / escribiéndole carta de
su mano / donde se le mostraba muy propicio / si dejase furor tan inhumano /... Vino
la carta para Don Enrique, / porque el emperador ansí le llama, /... Hizo de capitanes
llamamiento / diciendo <Buenas bulas son aquestas, / no cumple ya dejallas de la
mano> /... Dejó las asperezas destos puertos580, / volvióse do primero residía, / su vida
fue después vida segura / y ansí se concluyó guerra tan dura”(103-104).
Sobre otras poblaciones de Antioquia, resalta su ingenio y dignidad –“crédito”-
a los que relaciona con el tesón y la arrogancia frente a los españoles: “Y aquesta de
Catía, más serrana, / es en común (demás de ser valiente) / nación ingeniosa, buen
vestida / y que vive con peso y con medida. /... Son bárbaros de miembros elegantes /
y de bravo denuedo y arrogancia, / honestísimas todas las mujeres, / gallardas y de
bellos pareceres. / Alindados los rostros en faiciones, / mas ellos en algo bazos y
morenos, / de gran verdad en sus contrataciones / sin de su crédito venir a menos; /...
Traen cabellos largos en su tierra / pero quitásenlos habiendo guerra. / Ellas lo traen
mucho más crecido / según en otras muchas partes vemos”(964). Y en el río Cesar:
“Hay dentro del Upar muchas naciones / en las lenguas y ritos diferentes, / pero todas
de fieras condiciones, / y de estas son los Tupes más valientes, / altos y de fornidas
proporciones / y a los cristianos no muy obedientes”(673). Lo que no quería decir que
fueran innobles, sino sinceros y “amorosos”, como los naturales de las selvas del
Orinoco: “Consta por otra parte ser sincera / gente, docible, noble y amorosa; / y en
aquella sazón tan blanda cera / que della se hiciera cualquier cosa”(224).
Dignos, gallardos, bien dispuestos, como los nativos de la Florida, siempre con
sus anotaciones clasicistas, como esta comparación con las sirenas: “Son los floridos
todos bien dispuestos, / membrudos, recios, sueltos, alentados581, / en todas
proporciones bien compuestos / en los arcos y flechas muy usados; / son en sus armas
sumamente prestos / y en las peleas nada descuidados; / a los contrarios van viejos y
nuevos / como las bestias fieras a sus cebos. / No nada con tal ímpetu sirena, / ni por
las bravas ondas tan experta”(139-140). Igual en las costas de Venezuela: “Esta gente,
mujeres y varones, / es por la mayor parte bien dispuesta, / de muy bien amasadas
578
- Nótese que no lo llama “Enriquillo” como los demás contemporáneos y cronistas
sino, con todo respeto, “Enrique”. Luego señala que el emperador Carlos se vio
obligado a llamarlo “Don Enrique”.
579
- Tener gran mano, ser importante, hacer cosas notables.
580
- Se refiere a las serranías del centro de la isla donde se había hecho fuerte.
581
- Animoso, valiente, despierto.

146
proporciones, / con cierta gallardía no mal puesta: / diestros en sus guerreros
escuadrones, / para su defensión la mano presa, / el regulado tiro582 siempre lleno /
de pestilencialísimo veneno”(160).
Y elegantes:
“De la costa del mar que represento583 / hasta tres leguas estarán distantes, /
las gentes que las tienen por asiento / son mucho más que otras elegantes, / y tanto
que por otro nombramiento / les llaman las islas de Gigantes / por ser en general de su
cosecha / gente de grandes miembros y bien hecha. / No tienen para qué formar
querellas / de natura por malas proporciones; / son las mujeres por extremo bellas, /
gentiles hombres todos los varones; / Por consiguiente son ellos y ellas / de nobles y
apacibles condiciones. / Tienen para la guerra gentil brío / y su lenguaje es el
caquetío”(355). O en el camino hacia los llanos: “Son todos ellos negros como cuervos,
/ más altos y dispuestos que fornidos, / ligeros y alentados como ciervos / al conyugal
amor muy sometidos; / en guerra pertinaces y protervos584, / temerarios, dementes,
atrevidos, / presume cada cual de ser tan bueno / que en el acometer no tiene
freno”(265). Por la laguna de Maracaibo: “Los naturales della son desnudos, / todas
sus proporciones muy bien hechas / alentados, fornidos y membrudos, / prontosísimos
al arco y a las flechas; /... Hay gente limpia, de graciosa traza / y dados a la pesca y a la
caza”(353). De Cartagena: “La gente natural es bien dispuesta / y pura desnudez su
vestidura, / la mano para guerra siempre presta, / y las mujeres de grande hermosura,
/ y el arma de quel indio se aprovecha / es de mortal y venenosa flecha”(695). Del valle
del Cauca: “Tienen disposición y gallardía / y es gente blanca, limpia, curiosa, / los
rostros aguileños y facciones / de linda y agraciada compostura”(1242).
Los adjetivos cobran en Castellanos un brillo especial cuando se refiere a la
belleza de las mujeres indígenas. De nuevo en esto se separa de sus contemporáneos:
las nativas, aparte de “ninfas”, son tan hermosas que no parecen terrenales, “de este
suelo”, y al verlas los españoles quedaban “suspensos”, absortos, mudos. Así, de una
cacica de La Española, escribe: “Entre todas las cosas la natura / esta ninfa crió por más
lozana; / no sabré dibujaros su figura / por parecer divina más que humana; / mas
quiero comparar su hermosura / al claro resplandor de la mañana / pues aunque la
cubría mortal velo / no parecía cosa de este suelo; / Las gracias de las otras eran
muertas / delante dones tan esclarecidos; / suspensos se quedaban por las puertas /
pasando, sus cabellos esparcidos, / y aquellas proporciones descubiertas / cadenas de
potencias y sentidos; / ablandaban también sus condiciones / los más endurecidos
corazones”(59). Los españoles la llamaban Diana, “teniéndola por cosa milagrosa / a
ella nunca desto le pesaba, / ni fue de sus loores desdeñosa; / Antes, en gran manera
se holgaba / que todos la loasen de hermosa”(Id.).
Las descripciones de este corte abundan: El cacique Guaramental en las selvas
del Orinoco tenía al parecer “tres ninfas, mas no ninfas, sino Deas 585, / en examen de
582
- Acertada flecha.
583
- Costas de la actual Venezuela, frente a las islas de Aruba y Curaçao.
584
- Perseverantes.
585
- Deidad romana, que acumulaba las virtudes de todas las diosas femeninas.

147
toda hermosura, / Guamba, Goroguaney y Mayarare / cuyos nombres es justo que
declare. / Tomaron estos apellidos tales / las tres ninfas atrás conmemoradas, / de los
reinos donde eran naturales / y al bárbaro le fueron enviadas; /... Los temples son de
grandes excelencias / a la salud humana provechosas, / propicias y admirables
influencias / en producir mujeres generosas, / tanto que todas tienen las decencias /
que se requieren para ser hermosas, / con un grave mirar, un aire bello, / tal que se
huelgan ellas de entendello. / Al gran Agamenón586 y al gran Aquiles / no dieron tanto
gusto las doncellas / causa de sus pendencias juveniles / cuanto dio de las tres
cualquiera dellas / a causa de mostrarse tan gentiles / tan bien proporcionadas y tan
bellas. /...Doncellas de lozana hermosura / allí sirvieron con tan gran limpieza / que no
se les manchaba vestidura / que causase desdén a su belleza, / por ser las ropas de su
compostura / aquellas que les dio naturaleza”(224-225). Por el río Unare se adentraron
en tierras de cacicas, tan bellas como poderosas, y de grandes talentos: “Llegaron a las
tierras que mandaba / la reina que llamaban Anapuya / la cual de buena paz les
esperaba, / hermosa, varonil587, cabal, y cuya / mano muy liberal se le mostraba / en
todas proporciones elegante, / y para guerra y paz mujer bastante. / Y en general es
este mujeriego588 / de bien compuestos miembros y lozanos; / Ninguna cosa duras al
entrego / que suelen recibir lascivas manos / derretidas en amoroso fuego, / grandes
aficionadas a cristianos, / serenos ojos, blandos movimientos, / causadores de tiernos
sentimientos. /... Después con las debidas cortesías / de la gallarda reina despedidos /
la gran Orocomay fueron buscando / do también los estaban esperando. / Con grande
cantidad de bastimento / por ser Orocomay atrás nombrada / señora de grandísimo
talento / y a cualquier español aficionada: / libre de yugo ya de casamiento/ y que
después no quiso ser casada, / tuvo hijo varón de gran estima / y el nombre deste
mozo fue Perima. / Alto, fornido, suelto, bien dispuesto, / y aunque zurdo, perito
sagitario589”(254).
En las costas de Venezuela, “son mujeres de tanta hermosura / que se pueden
mirar por maravilla; / trigueñas590, altas, bien proporcionadas / en habla y en meneos
agraciadas. / No falta gentileza de Deidamia591 / ni belleza que las antigüedades /
quisieron colocar en Hipodamia592 / con otras apacibles cualidades”(354); y en la
586
- Rey de Micenas, jefe de los griegos en el sitio de Troya.
587
- Nótese que el calificativo “varonil” aplicado a esta cacica es para Castellanos no
una contradicción sino una alabanza, en cuanto manifiesta las virtudes guerreras
plasmadas en el aspecto atlético de su cuerpo, según la concepción más clasicista de la
belleza femenina.
588
- Conjunto de mujeres.
589
- Perito sagitario: diestro con las flechas.
590
- Aunque posteriormente en Venezuela y otras regiones del caribe “trigueño” se
identifica con “color oscuro”, todavía en este época el término se refiere al “color del
trigo”, entre rubio y moreno.
591
- Culto a la diosa Dea.
592
- Bella hija de Enomaos, Rey de Pisa, con numerosos pretendientes, entre ellos
Perseo.

148
región de Acarigua593, en el camino hacia los llanos, “no sin recelo de guerreras tramas
/ dieron en unas grandes poblaciones / do no faltaron amorosas llamas, / pues por ser
de tan bellas proporciones / le llamaron el valle de las Damas, / con las más añejas
condiciones / en usar de grandísima franqueza / de aquello que les dio
naturaleza”(384).
Sobre la costa de Cartagena, en Cipacua, cerca del actual Puerto Colombia:
“Vinieron a los ranchos después desto / sobre cien mozas bien encaconadas594, / cada
cual dellas de gracioso gesto / en todos miembros bien proporcionadas / pero todas en
traje deshonesto, / porque sus cueros eran las delgadas595 / y el vergonzoso y
ampollado vaso / con natural labor en campo raso 596. / No vírgenes vestales597, sino
dueñas598, / ansimismo ninguna conyugadas / pero solteras todas y risueñas / y para lo
demás aparejadas; / Al fin se conoció por ciertas señas / que debían ser enamoradas, /
pues por allí también hay cantoneras599 / y mujeres que son aventureras. / Y todas en
común son generosas / en dar lo que les dio natural uso, / sin el de vestiduras
engañosas / ni del que suele ser velo confuso;/ en efecto, por ser éstas tan hermosas /
Pueblo de las Hermosas se le puso, / y ansí Cipacua, porque lo merece, / con este
mismo nombre permanece”(714). Aunque, añade Castellanos, las mujeres indígenas se
llevaron un cierto chasco, porque los españoles no tenían nada que no tuvieran sus
compañeros indígenas: “En efecto, volvieron boquisecas / y defraudadas de sus
pensamientos, / a causa de que los de nuestras gentes / serían de los suyos
diferentes”(Id.).
Un tema que continúa cuando describe ciertas mujeres en el Valle del Cauca:
“A vuelta de los cuales acudían / gran cantidad de bárbaras mujeres / que de los
españoles no se extrañan; / antes los miraban con lascivos ojos, / y entre éstas una
muy gallarda moza”(1006). O en las sabanas de Bogotá: “Pues voluntariamente les
servían / muchas que, como todas, comúnmente / amicísimas son de novedades / y no
poco salaces600 y lascivas”(1179).
La descripción de la belleza femenina ocupa muchas octavas: cerca de Los Vélez
se hallaban, según él, las más bellas de entre todas, empezando por una cacica “de por
aquel compás la más lucida: / mayormente mujeres, do la vista / humana más inclina
593
- En Venezuela
594
- Con collares de cacona, ámbar.
595
- Así en plural, “las delgadas”, parte inferior del vientre.
596
- En el manuscrito original aparecen tachados estos dos últimos versos, y sustituidos
por Pedro Sarmiento, el censor, por: “y las partes impuras al oreo, / con un bestial y
rústico rodeo”. En realidad Castellanos había querido decir que llevaban el pubis
rasurado.
597
- Vírgenes consagradas a la diosa romana Vesta, diosa del fuego y del hogar
doméstico.
598
- Solteras pero no vírgenes; en la época “dueñas de sí mismas”.
599
- Prostitutas. Llamadas cantoneras porque se situaban en los cantones de las casas y
calles (esquinas).
600
- Muy inclinadas a la lujuria.

149
sus antojos, / eran a las demás aventajadas / en la disposición y hermosura, / aire,
donaire, gracia y atavío”(1243); por Buriticá, escribe sobre la esposa de un cacique:
“Era moza de cuerpo bien dispuesto / y de hermoso y agraciado gesto”(774); de los
Muiscas, “entre ellas una india que doquiera / pudiera ser juzgada por hermosa, /
gentil disposición y rostro grave, / cosa común a todas las que tienen / de su beldad
alguna confianza”(1192), y sobre una cacica de esta zona, “a la cual no faltaba
gallardía, / aire, disposición y gentileza”(1225); por el Chocó, con ribetes de poesía
bucólica y versos finales de sutiles sugerencias: “Entre ellos una india de quien dice / el
Diego Ortiz601, testigo fidedigno / ser en disposición y gallardía / y en rutilo color602
purpúrea rosa, / ojos serenos, claros, rostro grave603 / con las demás facciones
respondientes / a perfección de cándida pintura, / cuales se suelen dar en los poemas /
a las hermosas ninfas y náyades, / en culto y atavío604 de su tierra, / pero de telas algo
más lustrosas, / en el cual las porciones descubiertas / manifestaban bien que las
ocultas / no serían de gracias envidiosas”(1236).
Una belleza que alcanza a las amazonas, no solo por su valor y destreza en el
uso de las armas, sino física y corporalmente, hasta en los más íntimos detalles, en un
gesto de complicidad con el lector, al que Castellanos supone muy interesado por
estos temas: “Mas si también deseas ver mujeres / direte dónde viven maniriguas605, /
que son mujeres sueltas y flecheras / con fama de grandísimas guerreras. / Lindos ojos
y cejas, lisas frentes, / gentil disposición, belleza rara, / los miembros todos claros y
patentes / porque ningún vestido los repara; / y tienen en las partes impudentes /
más pelos que vosotros en la cara: / aquellos solos sirven de cubierta / para no ver los
quicios de la puerta”(447).
Mujeres indígenas todas a las que Castellanos, aparte la belleza, avecina la
lealtad como rasgo definitorio de su carácter y actitudes. Lealtad de una madre que
prefiere acompañar a su hijo cautivado por los españoles antes que volverse a su
pueblo: “Pues eres, hijo, tú cautivo, / no quiero yo huir de ser cautiva / ni dejaré de ir
donde tú fueres, / y allí moriré yo donde murieres”(577). O a sus esposos, como
aquella que, viendo como su compañero no la abandonó ante un español que quiso
capturarla, ella tampoco abandonó a su defensor: “Y Francisco Muñoz... /... con codicia
temeraria / de tomar una moza bien dispuesta, / rompió por los opuestos, apartado /
del cuerpo de los otros españoles, / e ya teniéndola por los cabellos / a los gritos que
dio, viéndose presa, / acudió su marido, no con menos / furor que torva vaca cuando
siente / al hijo berrear en la dehesa / y asido de las uñas de la fiera; / y como lo halló
tan ocupado / en sujetar la bárbara hermosa, / y entonces descompuesto de rodela, /
el indio, no perdiendo coyuntura, / en el Muñoz desembrazó la flecha / traspasando las
armas, y en un hombro / tocó la punta del mortal veneno, / del cual murió después... /
601
- Uno de los hombres de Jiménez de Quesada, luego residente en Tunja.
602
- De color rubio subido, de brillo como de oro, resplandeciente.
603
- Que causa respeto y veneración.
604
- Culto y atavío: vestida según la costumbre de su tierra.
605
- Así llama a las amazonas, nombre puesto por Francisco de Orellana. Maniriguas es
el nombre de la étnia, según Castellanos, a la que pertenecen estas mujeres guerreras.

150
Y el bárbaro feroz también quisiera / emplear otro tiro venenoso / en Pero Niño, que
sobre él venía; / mas amparóse bien con el escudo, / y antes que segunda se le llega /
con alígeros pies, y con el hierro, / el arco sagitífero cercena, / y un dedo de la mano
juntamente. / Mas el membrudo bárbaro herido, / en confianza de su fortaleza /
apechugó606 con él, y ambos asidos, / enciéndese la lucha rigurosa, / con no menos
bufidos que si fueran / dos toros madrigados607 encendidos / en furia de cornígera
pelea608. / Anda la cabezada y la rodilla, / puños y mojicones 609 a las vueltas; / estriban
y forcejan con anhelos / recíprocos y vueltas, hasta tanto / que vinieron los dos juntos
al suelo / al pie de cierta palma, que fue dalla610 / al Pero Niño, por haber encima /
lugar y parte donde se anidaba / enjambre de melifluas abejas, / que todas ellas dieron
al desnudo / harto menos dulzor que pesadumbre. / Y la mujer del indio que pudiera /
hacer ausencia dellos y escaparse, / no se determinó, y en lo que pudo / favoreció la
parte del marido, / que fue rendido del contrario Marte / y presos ella y él del fuerte
joven”(1274-1275).
La inclinación de Castellanos hacia los indígenas queda de manifiesto reiteradas
veces. Por ejemplo, cuando destaca su nobleza, en acciones en las que muy rara vez
aparecen los españoles dotados de tal virtud. Después de un combate entre un indio y
un castellano, en que éste resulta herido, es el guerrero indígena quien, de vencido
pasa a ser salvador: “Conclusas y acabadas las cuestiones / en que los dos se vieron de
mal arte, / el indio se dejó poner prisiones / por superioridad del otro Marte 611, / y el
vencedor la flecha de arpones612 / sacósela por la contraria parte, / aunque con la
herida penetrante / paso no pudo dar más adelante. / Mas espaldas ajenas tuvo
prestas, / porque para llegar a su rebaño 613 / el indio lo tomó sobre sus cuestas614 /
recompensando parte deste daño”(211).
Porque, aunque valientes, fuertes y siempre listos a defender su tierra
(“hombrazos”, escribirá), eran poseedores de otras virtudes, como los naturales de
Paria: “Que puesto caso que para guerrera / industria nunca fue menesterosa 615, /
consta por otra parte ser sincera, / gente docible616, noble y amorosa”(224). Los de
Cipacua: “Porque todos los más de aquella era617, / según manifestaba su presencia, /
eran, demás de ser guerrera, / hombrazos de valor y de prudencia, / y que sabían do
606
- Apechugar, sacar pecho, enfrentarse, pelear.
607
- Madrigados: experimentados. Dicho para el toro, semental experimentado.
608
- Cornígera pelea: pelea con los cuernos.
609
- Golpe que se da en la cara con la mano.
610
- Guadaña. En este sentido, arma final, definitiva.
611
- Guerrero.
612
- Estas flechas tenían punta de dientes de tiburón o de púas de dura madera, de
modo que no podían extraerse sin desgarrar la carne.
613
- Al campamento de los españoles.
614
- Sobre sus espaldas.
615
- No fueron vagos para combatir.
616
- Dócil.
617
- Era: área, lugar, zona.

151
menester era / vivir con vigilancia y advertencia”(714). O los de Urabá: “Porque estos
indios son ahidalgados / y guardan amistad si la prometen; / gentiles hombres, bien
proporcionados / prudentes en las cosas que acometen; /... las mujeres gallardas y
dispuestas, / pulidas y en el traje más honestas”(733).
Y honorables en sus tratos pero nada confiados, una vez conocidas las
maldades de los españoles, como se deduce del episodio de la costa de Venezuela,
cuando unos españoles desembarcan y un cacique les pregunta: “<¿Quién sois, a qué
venís, o quién os manda? / ¿Qué designio tenéis, o qué demanda?> / Esteban 618
respondió: “<Somos cristianos, / de religiones el mejor tesoro: / venimos en demanda
de los llanos / por decir verdad buscamos oro; / Somos también carísimos hermanos /
del cacique Manaure, rey de Coro>. / El indio, viendo que en Manaure toca, / dióse
ciertas palmadas en la boca. / Y luego, con el rostro más sereno, / les dijo: <Si es de paz
vuestra venida / por ser hermanos de señor tan bueno / tengo por bien dejaros con la
vida. / Vamos, pues así es, a mi terreno; / de todos hallareis buen acogida / Y de
cualquier asalto de enemigo / seguros podéis ir, pues yo lo digo>”(385). No obstante el
cacique advirtió a los suyos: “<Pues por sí o por no, de vuestras lanzas / no viváis por
ahora descuidados / porque si vienen ellos de mal arte / tengo yo de llevar la peor
parte>”(Id.).
Nobleza y entendimiento, dos características de los indígenas en las que
Castellanos insistirá una y otra vez, porque eran virtudes que, a su entender,
perduraban aun después de la conquista: Un cacique llamado Nompanim, cacique de
Tobacá, por Sogamoso, enterado de que había muerto un conquistador y
encomendero a quien juró obediencia y tributo, le dijo a la viuda de éste que no se
preocupara, que a ella seguiría sirviendo y tributando, pero que no se volviera a casar,
porque entonces daría por rotos los pactos establecidos con el difunto:
“<Entiéndame, señora, lo que digo; / yo tuve por amigo tu marido / y sin amor
fingido consentía / que alguna gente mía le sirviese / y dellos recogiese la demora 619. /
Tú los tienes ahora, y están dentro / de aquel repartimiento620 que te deja. / De mí no
tendrás queja, y a la clara / el guardarle la cara 621 ten por cierto, / tanto después de
muerto como vivo, / si tú con buen motivo la guardares. / Pero si te casares, aquí cesa
/ el dar a mi promesa cumplimiento; / pues si tienes intento de otra prenda / quiero
que mi hacienda no la tenga / cualquier otro que venga bigarrado 622 / a lo que no ha
ganado ni merece623; / pues vemos que acontece muchas veces / entrar aquestas
618
- Esteban Martín, uno de los primeros vecinos de Coro, que llegó a aprender muy
bien la lengua de los nativos de la región.
619
- Tributo.
620
- Indígenas “repartidos” tras la conquista a determinados conquistadores para que
les trabajasen y les tributasen.
621
- Guardar la cara: mantener respeto y obediencia.
622
- De abigarrar: juntar cosas distintas sin orden ni concierto. Se refiere a alguien
dispuesto a quedarse con todo.
623
- Volvemos otra vez al conflicto ya explicado entre “viejos” y “nuevos en la tierra”.
Observamos como incluso los jefes indígenas, que habían finalmente pactado con los

152
heces holgazanas / en lugar de las canas honorosas, / y con manos ociosas y lavadas /
gozan de las ganadas posesiones, / y os dan de bofetones y de palos 624, / en vez de los
regalos recibidos / de los viejos maridos que perdistes. / Y ansí lo que hicistes por
holgaros / suele después quitaros dulce vida; / pena cuya medida satisface, / porque la
que tal hace, que tal pague>. / Semejantes palabras en sustancia / fueron las deste
bárbaro prudente”(1205).
Y junto con la nobleza y la sabiduría, su deseo de no rendirse, sino resistir.
Castellanos explica y reitera que los indios no se dejaron dominar. Siempre
combatieron, siempre lucharon por su libertad, pareciéndoles las gentes más valientes
del mundo, como se refleja en las palabras que hace pronunciar al cacique Coanabo en
La Española: “<Valerosos guerreros, gente mía: / bien creo que tendréis en la memoria
/ que en todas nuestras guerras y porfías / jamás hemos perdido la victoria. / No
quiero recitar las valentías, / pues a todos os es cosa notoria / que de todos los del
contrario bando / ninguno se nos fueron alabando. /... Porque bien entendéis no ser
ignavos625, / sino sagaces, sabios, diligentes, / astutos, ferocísimos y bravos, / con tan
grande extremo de valientes; / que pretenden hacernos sus esclavos: / no deudos, no
consortes, no parientes; / antes serán los ciertos galardones / morir en miserables
sujeciones. / Pues para refrenar la tiranía / de tan cudiciosísimos tiranos, / entre tanto
que dura la porfía, / es menester que os anden bien las manos626; / Agora quiero yo la
valentía, / las fuerzas y los hechos soberanos. / Aquí quiero que buenos se señalen / y
muestren los valientes cuánto valen. / Animen a caídos dulces prendas / de hijos y
mujeres afligidas / en vuestras propias tierras adquiridas; / Anímense de ver que las
contiendas / son por guardar las honras y las vidas, / y que va la razón de nuestra
banda, / pues no lleváis injusta la demanda /... Vengad vuestras injurias y denuestos, /
veamos este fin tan deseado, / que contra cantidad tan importuna / a pocos mal ayuda
la fortuna>”(78).
En mitad del combate, cuando los suyos flaquean, va “diciendo: <¿Qué hacéis,
gentes perdidas / que más muertos estáis que caídos, / y más ciertas tenéis vuestras
caídas / si destos extranjeros sois vencidos? / Pelead, y perded antes las vidas / que
seáis deste puesto removidos. / Valientes son, y rigurosos vienen, / mas hombres son,
y de cansarse tienen. / El más valiente dellos también muere / y le faltan alientos y

“viejos” conquistadores, no aceptaban el mal orden ni las imposiciones de los


“nuevos”, de los que llegaron después, a quienes veían como aprovechados y
desconocedores del mundo anterior, que tanta sangre había costado, y que no
respetaban los pactos anteriormente establecidos.
624
- Fue común que estas viudas de “viejos” conquistadores fueran obligadas a casarse
–obligadas por sus familias o ante el deseo de no verse solas- con “nuevos en la tierra”,
en descarados, conocidos y forzados matrimonios de conveniencia, donde ellos
obtenían las encomiendas y repartimientos del difunto, y ellas la única manera de
poder dejar algo a sus hijos. Eran sabidos los malos tratos que estos nuevos maridos
infringían a sus esposas, normalmente más mayores que ellos.
625
- Indolentes, flojos, cobardes.
626
- Andar las manos: pelear.

153
resuellos; / La fortuna dé ya lo que nos diere / o quede por nosotros o por ellos; / y
caiga de nosotros quien cayere / a trueco de matar algunos dellos. / Venid, apresurad
esta carrera, / que yo quiero llevar la delantera>”(81). Y sigue Castellanos: “Ansí como
terribles torbellinos / con gran fuerza de vientos furiosos /... ansí, con tan gran ruido y
algazara / el Canoabo hízose levante, / que en acometer nadie repara / con furia de
temor tan discrepante / que el feroz español volvió la cara627 / y no pudo pasar más
adelante. /.. Era tanta la gente que venía / con piedra, con macana, dardo o flecha, /
que en grandísimo riesgo los ponía”(81).
Del mismo modo en Puerto Rico: “Mas no poquitas veces ponen miedo / a
gentes valerosas españolas / la fuerza, la soltura y el denuedo / que tienen muchos
indios a sus solas; / que como valerosos a pie quedo / ganan victoriosas laureolas; /
Heles visto hacer hechos extraños / y en nuestra gente no pequeños daños”(122). Y
episodios concretos, con no poca plástica cinematográfica, como cuando narra el
combate de un valiente guerrero indígena borinqueño con un español a caballo; el
guerrero lo vio llegar al galope, “el cual, con valeroso continente, / macana con dos
brazos esgrimiendo, / se defendía valerosamente, / la lanza y el caballo rebatiendo. / El
español, de verlo tan valiente, / los labios con despecho remordiendo, / arremetió con
vana confianza, / pensando de llevarlo con la lanza. / Bien pensaba matarlo de camino
/ y quedarle también el brazo sano, / pero contrariamente les avino 628, / pues el indio,
con ánimo romano, / dio de través un salto peregrino 629 / y quitóle la lanza de la mano;
/ el cual, después de hecha tal ofensa, / con la lanza hacía su defensa”. El español,
desconcertado y desarmado, se queda quieto esperando que venga más gente a
ayudarlo y, efectivamente, llegaron otros pocos también a caballo. “Llegados estos
cuatro por la vía / donde el dicho Baeza630 reparaba, / vieron al indio que se defendía /
con aspecto feroz y furia brava, / y cómo, con lozana gallardía, / la lanza por el aire
blandeaba. / Cada cual de ellos a decir comienza / ¡qué grande poquedad, y qué
vergüenza!631, / mas cada cual guarda su caballo / al riesgo no queriendo ser anejos 632;
/ y ansí, con intención de lancearlo / tiráronle las lanzas desde lejos. / No pudieron
herirlo ni matarlo; / quedáronse confusos y perplejos, / ansí que de las lanzas rebatidas
/ tenía todas cinco recogidas633. / Estando todos no sabiendo cómo / sacar las lanzas
del gandul guardoso / allegó por allí Luis Perdomo, / soldado diestro, suelto y
animoso... / el cual, en gran manera se reía / y no sin confusión destos cristianos; / se
bajó del caballo que traía /... Desta manera pues se fue llegando, / su vida y la del indio
resguardando. / Afirmóse también de su postura / el indio sin recelo del combate, /
627
- Retrocedió, se retiró.
628
- Sucedió lo inesperado.
629
- Raro, inusual.
630
- Fernando de Baeza se llamaba el español del caballo. Era hombre de Ponce de
León.
631
- Los mismos españoles reconocen que cuatro hombres a caballo no se atreven con
un indio solo.
632
- No querer estar próximos al riesgo:guardarse.
633
- Es decir, el guerrero se quedó con las cinco lanzas.

154
tirándole dos botes634 con soltura / que luego Luis Perdomo le rebate; / y entró con él
en esta coyuntura / no queriendo matar ni que lo mate; / y ansí vinieron juntos a la
lucha, / de cada parte no sin fuerza mucha. / Cual de ellos juega falsa treta, / pues
barren los hocicos la ceniza635; / el vestido636 las manos mal aprieta, / el que no tiene
ropa637 se desliza; / Mas al fin el vestido lo sujeta / y a puño y bofetón lo martiriza; /
sirvióle después bien este cautivo / el tiempo que en el mundo duró vivo”(122-123).
O sobre los Caribes, que incluso son ellos los que atacan a los españoles: “Salen
de aquí638 caribes con armadas / corriéndolos confines comarcanos, / en sus piraguas
bien aderezadas / ayudadas de velas y de manos; / Hacen a tierra firme sus entradas, /
acometen a pueblos de cristianos; / son tan bravos, feroces y tan diestros, / que hacen
poca cuenta de los nuestros”(51). En otra ocasión Castellanos cuenta como
amenazaban a los españoles, persiguiendo en sus rápidas canoas a los castellanos que
huían remando lo más rápido que podían, y diciéndoles: “<¡Ah barbudos! Seáis muy
bien llegados>, / les decía la gente monstruosa: / <Días ha que tenemos deseados /
encuentros desta caza deleitosa; / seréis en nuestra ollas regalados, / veremos si tenéis
carne sabrosa; / Ya vamos, suspended remos un poco 639, / enmendaremos vuestro
intento loco>”(203).
En la costa de Venezuela, cuando veían llegar a los españoles en los barcos, les
gritaban para que desembarcasen: “Decían y hacían muchos fieros 640 / con gestos de
cien mil bravosidades, / tiran por alto flechas los archeros, / comienzan a gritar
parcialidades641, / cualquiera capitán donde se halla / a grande furia pide la
batalla”(186). Porque, en general, afirma que “los bárbaros con bríos singulares /
defienden las entradas y lugares / con sus acostumbradas valentías”(561).
Son, según Castellanos, gentes valientes desde el nacimiento: “Cualquier
morador de aquesta tierra642 / de tales asperezas se compuso / que de paz y sosiego se
destierra, / y en furia y en rigor está recluso. / Ansí que todos son hombres de guerra /
desde que de razón tuvieron uso. / El principal, menor y más villano643, / nacieron con
las armas en la mano. /... Tan diestros sagitarios y acertados / que no sueltan de balde
la saeta, / por siempre ser en todos los oficios / estos sus principales
ejercicios644”(208).

634
- Dos botes: dos intentos de lancearlo.
635
- Dieron con la cara en el suelo.
636
- El español.
637
- El indígena, el desnudo.
638
- Se refiere a la isla Dominica, en las Antillas Menores.
639
- Dejad de remar.
640
- Fieros: insultos, gestos procaces.
641
- Bravuconerías.
642
- Se refiere a la región costera venezolana por la parte de Coro.
643
- Villano: los que viven en pueblos y ciudades.
644
- En varios lugares de la obra se refiere a los ejercicios que hacían los indígenas
practicando desde niños el tiro de la flecha.

155
En una incursión para rescatar indios en la costa de Venezuela, organizada
desde Cubagua, y en la que participó personalmente Juan de Castellanos, ocurrió otro
episodio singular: “Hicimos en caribes cierto salto / tomándoles la gente y el fardaje 645;
/ Mas uno de prisión viéndose falto, / con un hijuelo suyo como paje, / subió por un
caney646 a lo más alto / por no se sujetar al vasallaje: / Él con un arco grueso muy
galano, / y el muchacho las flechas en la mano. / Él era por extremo bien dispuesto, /
gallardo y de tan buena compostura / que de sus proporciones y su gesto / no vimos
por allí mejor figura; / Y en una cierta forma, todo esto / que decoraba más su
hermosura, / en todas estas cosas fue eminente, / y más en los extremos de valiente. /
De que se vido ya donde quería, / para hacernos daño se pertrecha, / alborotando
nuestra compañía / con tiros espesísimos de flecha, / de las cuales ninguna despedía /
que fuese mal tirada ni mal hecha, / y allí donde sus tiros endereza / hirió a Alonso
Marqués en la cabeza. / Venían ciertos indios ventureros647, / vecinos de la isla
Margarita, / para servir á nuestros compañeros, / y gozar del despojo que se quita: / A
estos, porque son grandes flecheros, / el Alonso Marqués dio grande grita, /
mandándoles que luego lo matasen / y con flechas de yerba648 le tirasen. / No podía
dejar de ser terrero649 / porque ningún reparo lo cubría; / mas él, como diestrísimo
guerrero, / las flechas con el arco rebatía: / De muchas se libró, mas por entero / de
todas ni de tantas no podía; / Con las ajenas ya nos importuna, / que de las propias le
quedó ninguna650. / Sus propias carnes eran el aljaba, / y dellas las sacaba su
vasallo651; / mas con las que de sí propio sacaba / hería muchos indios que me callo; / Y
con una que fue con furia brava / a Luis de Chaves le mató el caballo. /... Estando pues
el indio fatigado / con las heridas y calor del cielo, / de la cumbre rodó desalentado /
hasta venir a dar al duro suelo. / Con un vigilantísimo cuidado / luego bajó tras él aquel
mozuelo, / y sin ninguno temor se sentó junto / del que más parecía ya difunto. /
Adonde sucedieron estos males, / y vimos destos indios las caídas, / había fertilísimos
yucales / que son unas raíces conocidas, / que si se comen verdes son mortales / y ansí
privan á muchos de las vidas652: / No trato de las yucas boniatas / que se suelen comer
645
- Sus bienes y pertenencias.
646
- Construcción cuadrangular de pilares de madera y techo de palma que servía
como vivienda colectiva entre los caribes y arahuacos.
647
- Indígenas que se arrendaban con los españoles, actuaban como guías, lenguas o
ayudaban en los combates contra otros indios.
648
- Untadas con hierba o veneno.
649
- Blanco para practicar el tiro. Se llamaban terreros porque normalmente eran sacos
rellenos de tierra.
650
- Disparaba las flechas que recibía, reutilizándolas.
651
- El niño que tenía con él le iba sacando las flechas que tenía clavadas en el cuerpo y
volvía a usarlas, disparándolas contra sus enemigos. Por eso escribe Castellanos que su
cuerpo le servía de aljaba (bolsa o carcaj donde se llevaban las flechas).
652
- Las conocidas como “yucas bravas”, en oposición a las “yucas dulces”. Castellanos
las llama “yucas boniatas”, de boniato o batata. Las primeras deben ser tratadas
previamente, antes de rayarlas o cocerlas, mediante la extracción del líquido o zumo

156
como batatas. / El herido gandul como volviese / un poco sobre sí mas alentado, / al
indiezuelo hizo que trajese / raíces del mortífero bocado: / Dióselas él, y como las
comiese / con furia de varón desesperado, / creímos todos cuantos vimos esto / que lo
hacia por morir mas presto. / Vímoslo revolcar por la ribera, / bascar 653 y vomitar con
pena fuerte, / decíamos: <¿no veis la bestia fiera / cuán de su voluntad tomó la
muerte?> / Mas no le sucedió desta manera, / antes en bien trocó su mala suerte; / y
deseando ver en qué paraba, / con grande vigilancia se guardaba. / Visto que no trabó
la pestilencia / ni hizo sentimientos otro día, / le curaron con suma diligencia / las
llagas y flechazos que tenía. / Sanó muy bien, e hizo residencia / muchos días en
nuestra compañía; / y cuando ya se vido más seguro / determinó huirse con
oscuro”(260-261).
Valentía en la que Castellanos insiste al poner en boca de los caciques fuertes
recriminaciones a los suyos cuando pierden fuerza o anhelan rendirse o retirarse: En
Trinidad, el cacique Baucunar grita a sus tropas cuando comienzan a retroceder
porque los españoles han matado a unos de sus jefes: “<Volved al fuerte / ¿Cómo,
porque veáis un hombre muerto / dejáis de proseguir tan buena suerte? / Tened,
tened, villanos sin vergüenza / que ya nuestra victoria se comienza>”(192). Por los
afluentes del Orinoco, donde los españoles llegaron exhaustos y pasaban las noches
robando comida, un cacique habla a sus guerreros porque no se atreven a combatirlos.
“Diciéndoles: <¡Ah, torpes, insensatos, / no hombres sino bultos de madera! / ¿Cómo
se sufre que de cuatro gatos / os dejéis sujetar de esta manera? / Los más dellos
enfermos e hipatos654, / gente de nuestros reinos extranjera, / salteando de noche
como zorros / por no tener recursos ni socorros. / Conciba cada cual mi confianza, /
estén los venenosos tiros prestos, / que quiero que volvamos a la danza / para
reconocer quién son aquestos, / tomando dellos la cruel venganza / que merecen
ladrones tan molestos. / Coman ahora bien chacos655 y coche656, / que yo haré que
tengan negra noche>”(222).
Una valentía a la que se sumaban las depuradas técnicas utilizadas en los
asaltos a los campamentos españoles. Castellanos explica al lector cómo atacaron un
fuertecillo que los españoles han hecho para defenderse cerca de Santa Marta: “De las
piedras veréis el aire lleno / que caen sobre todos los armados. / Empléanse las flechas
con veneno, / pasan las guaicas657 pechos estofados658. / Echábanles también ardiente

venenoso que contienen con un instrumento exprimidor y colador, de fibra vegetal


(normalmente hoja de palma entretejida), llamado sebucán o cebucán. Después, una
vez seca, esta pasta de yuca sirve para fabricar el cazabe.
653
- Basquear, inquietud estomacal, intentos de vomitar.
654
- Resollando, fatigados, agotados.
655
- Chaco: montería que se hacía para capturar animales, normalmente puercos de
monte. Piezas obtenidas en estas cacerías.
656
- Cochinos, cerdos de monte.
657
- Voz arahuaca, flechas, saetas.
658
- Protegidos con chalecos de cuero.

157
heno659 / contra ciertos pertrechos fabricados660; / por aquellos cuarteles y defensas /
los gritos y las voces son inmensas”(257). Francisco de Orellana confesó al parecer a
Castellanos que en muchas ocasiones, cuando descendía el Amazonas, no se atrevían a
bajar a tierra: “Quisieron en un pueblo tomar tierra / que sobre la barranca aparecía, /
mas no lo permitió gente de guerra / que con feroces bríos acudía, / e india varonil
que, como perra, / sus partes bravamente defendía, / a la cual le pusieron Amazona /
por mostrar gran valor de su persona”(305).
Por la zona de la Guajira, guanebucanes y cocinas llegaron a ser temibles: “Eran
guanebucanes gente brava, / y cuando competían dos señores / seguían al que más se
lo pagaba / y mejor premiaba sus sudores; / y tiénese por cierto, que ganaba / quien
más podía gozar de sus favores. / Fue gente principal, rica, gallarda, / puesto que la
demás era bastarda”(392). Más adelante, de estos mismos guanebucanes dice que son
“gente de gran valor y valentía / graciosa, de sinceras voluntades, / liberal en partir lo
que tenía / debajo de ser buenas amistades”(508).
Valientes en grupo, pero también cuando iban solos. Así, Castellanos cuenta
que yendo unos españoles a caballo en busca de caza, “vieron atravesar por la sabana
/ un indio poco menos que gigante, / de dardos y pavés 661 aderezado / y con mujer y
dos hijos al lado. / Baten las piernas luego por la plaza 662 / a fin de tomar presa
semejante; / el indio luego se desembaraza / echando hijos y mujer delante, / con
ánimo de dar orden y traza / de los librar del riesgo circundante; / y ansí como león o
tigre fiera, / en medio de aquel llano los espera. / Rodean todos ellos al desnudo, / que
solo, sin tener otra compaña, / puso mano a los dardos y al escudo / y en detenerlos él
se dio tal maña / que sin la perturbar su mujer pudo / tomar con los hijuelos la
montaña, / quedando por librar a su querida / en grandísimo riesgo de la vida /
Queriendo ir tras la femenina planta, / como le perturbaron el antojo, / el brazo
robustísimo levanta, / y con aquella gran furia y enojo / a Fustamante663 dio por la
garganta / y al caballo de Infante664 quebró el ojo. / Roja se ve la tierra y el arena / con
el licor de la cristiana vena. / El indio todavía da corridas / porque sus pies ligeros lo
rescaten, / no teniendo más puntas prevenidas / arremetieron, pues, los que
combaten, / y aunque le dieron dos o tres heridas / Arteaga 665 rogó que no lo maten”.
Lo prendieron y llevaron al pueblo, donde al poco tiempo murió, dice Castellanos que
de tristeza: “Mas el ausencia, siendo mal tan fuerte, / creyendo que fue causa de su
muerte”(414-415).
En Bonda, los españoles amenazan a los indios; y estos se mofan de la
advertencia, diciéndoles que se atrevan, que les ataquen: “Rióse de estas nuevas el
659
- Flechas incendiarias, con estopa ardiente en las puntas.
660
- Contra las protecciones de madera tras las cuales se protegían los españoles.
661
- Escudo.
662
- Los españoles echan a correr tras el indígena. “La plaza” se refiere a la sabana.
663
- Bustamante. Uno de los hombres de Spira, en la entrada hacia Bogotá.
664
- Rodrigo de Infante, miembro de una acaudalada familia sevillana, también
miembro de la expedición.
665
- Martín de Arteaga capitán vizcaíno que anduvo también con Alfinger.

158
salvaje / Macarona, sin muestra de accidente / diciéndoles: <Reíos del mensaje / y
nadie haga rugas en la frente, / pues que tenemos fuerzas y coraje / para desbaratar
doblada gente. / Porque Dorniso, Gaira, Mamatoco666 / por ser pocos espántanse de
poco. / Vengan cubiertos de armas que en la fragua / con curiosidad herrero hizo; /
nosotros solamente con la jagua667, / pintados, y pajuelas de carrizo668. / Vengan que
su tormenta será de agua, / y acá se la daremos de granizo; / pues de muchos más
bravos y guerreros / sirven en atambores hoy sus cueros 669. / Vengan, vengan, y sean
los que fueren / que bien conozco gente sin cabellos 670, / y sé que cuantos más
vinieren / tanta más perdición es para ellos. / Vengan, vengan, y los que más pudieren
/ a los otros estirarán los cuellos671; / Pues a lo menos yo de mí confío / que no me
tienen de estirar el mío”(645).
Otro cacique, Jebo, que atacaba Santa Marta, les gritaba a los españoles: “<Ya
sabéis a lo que vengo; / Subid, gallinas, daros vuestro grano, / y pues que me pedís de
lo que tengo / estos regalos salen de mi mano> / Con esto ladeó sus hombros anchos, /
cuya flecha llegó hasta los ranchos”(657).
Las tropas de Rumiñahui atacaron con furor a los españoles y les hicieron
retroceder, a pesar de ir armados con caballos y protecciones de metal: “Mas los
indios no son flojos ni tardos / en responderles con ardiente prisa; / pues sin
intermisiones ni resguardos / de la confusa grita que no cesa / de violentas piedras y
de dardos / nube descarga multitud espesa, / quel cielo de los ojos arrebata / y con su
violencia los maltrata. / Bien como de langostas las nubadas / que suelen impedir la
vista clara, / ansí son las espesas rociadas / del dardo, de la piedra, de la vara 672, /
atormentando cascos y celadas, / escudos y rodelas donde para, / cuyos pesados
golpes también labran673, / matan caballos y hombres descalabran”(851).
Cuando los españoles intentaron la entrada entre los Paeces, en la zona de
Popayán, la resistencia fue notable: “Entró hasta los paez la contienda, / nación
guerrera y en extremo brava / adonde no hicieron la hacienda / tan a gusto como se
pensaba, / por hallar quien la tierra les defienda, / proveída de tiros el aljaba, / y tal
bravosidad y pertinacia / que no fue de los nuestros sin desgracia”(907). Igual con
otros grupos: “La brava nación de los pijaos; / ansí los llaman a los desta casta / los

666
- Tres caciques que acompañan al gran señor Macarona
667
- Lanza larga hecha del tronco del árbol de jagua, duro y liso.
668
- Flechas de caña. Compara las armas de los españoles, de metal y hierro, con las de
ellos, de madera y caña.
669
- Una de sus costumbres rituales era despellejar a los vencidos y con sus pieles
fabricar tambores que empleaban en la guerra.
670
- Igualmente les cortaban y arrancaban el cuero cabelludo.
671
- Los ahorcaban.
672
- Castellanos usa las palabras, vara, jara, carrizo, para referirse a las flechas, en
función del material con que estaban construidas
673
- Horadan, traspasan.

159
españoles, y es la razón cierta / porque la corpulencia de aquel asta 674 / se precian de
traerla descubierta; / gente suelta, feroz, fornida, basta, / y en uso de la guerra muy
experta; / membrudos, bien dispuestos, caras torvas, / las frentes anchas, las narices
corvas. / Selváticos, caribes675, atrevidos, / todos en general, y en tanto grado / que
muertos pueden ser, mas no rendidos”(916).
En la zona de Antioquia asaltan los españoles un poblado, pero se tienen que
retirar dada la defensa vigorosa que hicieron los indígenas: “Y no tan de reposo que no
fuese / con renombre de fuga la salida”. Y da más detalles: “Porque cierto gandul
embravecido, / de miembros y estatura de gigante, / con voces espantables los anima.
/... Este se puso junto del cercado / en la más alta parte, donde estaba / un árbol que
tenían ya cortado: / chaguala676 fina pende de su pecho, / de orejas y narices otras
joyas, / penachos variados ondeando, / bravo meneo y áspera postura: / y terrible
bastón que meneaba / al de Goliat era semejante; / A voces allí puesto desafía / con
grandes vituperios a los nuestros, / de los cuales (que estaban más a mano) / salieron
cuatro, Pinto, lusitano, / Francisco de Aguilar y Sancho Vélez, / y Alonso de Arce, todos
con escudos / y espadas cortadoras en las manos. / Llegaron al lugar, y el árbol era /
para fajar con él impedimento; / Mas todavía con aquel coraje / que crían vengadoras
voluntades, / rodean al gandul, que se movía / con suma ligereza, meneando / el
áspero bastón a todas partes; / y al Sancho Vélez que halló mas cerca, / cubierta la
cabeza con celada / y la rodela puesta por delante, / tan gran golpe le dio con la
macana / que la tierra midió677 cuasi que muerto; / Al Arce revolvió luego con otro, / al
cual hizo pedazos el escudo / y lo tendió también en aquel suelo. / Francisco de
Aguilar, que bien pensaba / quedar victorioso del gigante, / el poderoso palo lo
compele / a juntar las rodillas con la tierra. / Entonces Andrés Pinto, como suelto, /
abalanzóse por el diestro lado / antes que revolviese con el leño, / y con la punta del
cruel acero / rompió por el ijar bravas entrañas / del bárbaro feroz, en tal manera /
quel ánima salió por la herida / y el cuerpo monstruoso cayó luego, / con una voz y
grito tan horrendo / que los que se hallaron a la mira / de sus furores fueron aflojando.
/... Y los demás, habiendo consumido / las flechas y los dardos que traían, / a sus
pajizas casas se volvieron, / no presurosos, mas a paso lento, / diciendo: <Descansad,
gente barbuda, / porque para dar fin a la contienda / aquí seremos de hoy en cuatro
días>”(970-971).
También en Antioquia, en Ibijico, un cacique viene a decirle a Gaspar de Rodas
que nunca le van a dar la paz, y que recoja sus ganados y se vaya, que ellos le ayudaran
a salir haciéndole caminos con tal de que abandone la tierra: “<Capitán español, yo soy
Yutengo / no menos en valor que en bienes rico, / a denunciar la guerra cruel vengo /
de Pequí, porque salgas de Ibijico; / si pides la razón otra no tengo / fuera de aquesta
que te notifico / que es: guerra capital a sangre y fuego / y la paz para siempre te la
674
- Se refiere al miembro viril, de donde le viene el nombre que los españoles les
pusieron.
675
- Se refiere a que eran antropófagos, según Castellanos.
676
- Joya de oro.
677
- Medir la tierra: caer al suelo.

160
niego. / El gran Sinago con sus dos sobrinos / te suplican que vayas brevemente /
porque ellos harán anchos los caminos / por do metas ganados y tu gente /... Pero para
llegar buenos y sanos / llevad prestas las armas y las manos>”(980).
Valentía que no perdían ni aún en los peores trances. En el Chocó, Melchor
Velázquez amenaza con matar a un indio que les ha ido llevando por los peores
caminos, ríos y montes sin fin, despoblados y sin comida. El indio le responde: “<Tengo
por acertados los engaños, / evitando los daños y los males / de nuestros naturales y
parientes, / por no darlos a manos extranjeras; / y tú mismo hicieras otro tanto; / Usa,
que no me espanto de la pena, / pues estoy en cadena detenido; / la muerte yo la
pido, yo la quiero / contento, pues que muero sin ofensa / y por justa defensa de mi
tierra>”(1066). A continuación el español lo mató. Igual en el caso del valiente
muchacho a quien persigue a caballo Pedro de Limpias, uno de los primeros vecinos de
Coro: “Espuelas apretó tras un mozuelo / y con el pecho 678 pudo derribarlo, / el cual se
levantó luego del suelo / y cuando revolvió para tomarlo / se puso, no de salto más de
vuelo, / encima de las ancas del caballo; / por las arcas 679 aprieta y lo lastima / sin que
lo pueda desechar de encima. / A derribarlo mil veces amaga / por quedar vencedor en
la contienda / el Limpias, no sabiendo qué se haga, / no como del muchacho se
defienda; / el brazo revolvió con una daga / y dióle con la mano de la rienda; / el
muchacho con tan atroce juego / en tierra traspasado cayó luego. / Estuvo nuestro
Limpias muy a canto / de perder opinión en el viaje, / y como nunca vieron otro tanto,
/ jamás en osadía de salvaje, / quedaron todos ellos con espanto / de la velocidad y del
coraje”(378).
Cualquier indio parece dispuesto a la defensa y con gran valor, como uno que
cuenta Castellanos se encontró con varios españoles por el camino de Bogotá a Honda,
buscando un paso para cruzar un río, y al ver al indio pretendieron que les dijera
donde estaba el vado: “Y para buscar paso más quieto / fueron cinco soldados más
abajo, / los cuales encontraron con un indio, / descuidado de ver en aquel suelo /
hombres extraños y de barba larga, / y a prima fronte680 deste sobresalto / quedó con
el horror que caminante / cuando se ve de fiera salteado, / que, viendo no poder
asegurarse, / con fuga de los pies se desenvuelve / y a las manos comete su defensa. /
El bárbaro feroz desta manera, / estando de los cinco rodeado, / con un ástil 681 pesado
se menea / con furia y apariencia de demonio, / pues dellos lastimó los tres o cuatro /
a causa de querer tomallo vivo / para que fuese guía del camino; / mas él se defendió
por un buen rato, / y al fin se dieron maña, sin herirlo; / como lo derribaron, y
arrastrando, / a todos los llevaba por la cuesta / que declinaba hacia la corriente / del
peñascoso río, forcejando / con manos y con pies y con rodillas, / no sin coces, puñetes
y bocados, / y aun alguno gritó porque le hizo / los testículos cortos algo largos; / pero
con todo esto fue rendido / y sin ejecución amenazado. / E ya después por señas

678
- Con el pecho del caballo.
679
- Parte anterior del pecho o torax.
680
- De improviso.
681
- Mástil, pedazo o barra de madera.

161
amigables / le dieron a entender que no querían / sino que les mostrase por adonde /
en aquel río hallarían paso”(1190-1191).
Y valentía que demuestran también en los ataques para liberar a sus familiares
cautivos de los españoles: “Y puestos en camino, como viesen / los bárbaros inmites 682
y protervos683 / que les llevaban hijos y mujeres, / bajó gran cantidad de los altores /
con ímpetu furioso y alocado / rompiendo por opuestos defensores / hasta trabar de
cuerdas y cadenas / con que iban enlazados los cautivos, / tal era su pasión y su deseo
/ de libertar sus deudos y parientes”(1240).
Esta combinación de nobleza, valentía y belleza, los hace, para Castellanos,
imponentes: son versos magníficos, llenos de color, de fuerza.
Los indígenas siempre parecen listos para atacarles. En las islas antillanas:
“Desta misma manera parecía / la gran congregación destos salvajes: / pues de los
campos nada se veía / sino cabezas, rostros y plumajes, / con aquella potente flechería
/ de que llenos venían los carcajes / y dardos acutísimos tostados, / piernas, brazos y
rostros embijados”(79). Los españoles se preparaban, pero la procesión y el temor iban
por dentro: “Mas era diferente sentimiento / el otro que de dentro padecían, / por ver
aquel tumulto turbulento / y el orden y concierto que traían, / porque bien entendían
ser de loco / a tanta multitud tener en poco”(Id.). Llegan los indígenas sobre los
españoles: “Rompiendo van los aires alaridos / y tales que a los hombres más enteros /
atruenan y atormentan los oídos / por ser tan importunos y tan fieros: / las cuerdas de
los arcos dan crujidos / heridas de los brazos de flecheros; / No para, no reposa, jamás
cesa, / el protervo furor de tanta priesa”(80). En las costas de Venezuela: “Formaron
una hueste poderosa / con que cubrían campos y sabanas /.. Jamás se vido semejante
cosa / de dardos, arcos, flechas y macanas, / tan grande munición, tantos carcajes, /
tantas diversidades de plumajes”(124). En la zona de Santa Marta: “Mas cuando vino la
mañana / oyóse de cornetas gran ruido / y gente que cubría la sabana / con temerosa
grita y alarido. / Con tanta furia vienen escuadrones / que tiemblan los más fuertes
corazones. / Como si leones fueran van bramando / contra los peregrinos navegantes;
/ Veíanse los plumajes ondeando / y aquellas estaturas de gigantes: / águilas en los
pechos relumbrando / que de riquezas muestra son bastantes; / los arcos entesados a
los pechos, / camino de los nuestros van derechos”(176). Los españoles dan la voz de
alarma, y Castellanos anota una frase magistral que refleja bien lo que sentían al verlos
llegar contra ellos: “<¡Arma, arma, que gentes hay de guerra! / y aun es menester que
esfuerzo haya, / pues viene sobre nos toda la tierra>”(Id.).
Toda la tierra parecía que se les venía encima cuando los guerreros tocaban sus
tambores y sonaban las caracolas, señal de que el ataque iba a comenzar: “Oyóse la
corneta, salen fuera / con furia jamás vista ni pensada; / suenan de todas partes
alaridos / y gritas que conmueven los oídos”(189). Por el camino a los llanos: “Suena la
vocería y el estruendo / de los itotos bárbaros, lozanos, / los labios con coraje
remordiendo / vienen al escuadrón de los cristianos”(201).

682
- Desnudos.
683
- Obstinados.

162
Y cuando, sobre el ruido, se arremolinaba contra ellos la “selva de superbísimos
plumajes”, en la zona del valle de Upar: “Henchían el compás de la gran plaza / los
fuertes escuadrones de salvajes / armados de macana, dardo, maza, / robustísimos
arcos y carcajes; / sobre la gente de gallarda traza / ondean superbísimos
plumajes”(229). En Soturna, la Guajira: “No multiplican áticas colmenas / los
enjambres de abejas tan poblados / ni revuelve la mar tantas arenas / cuando sus
vientos andas más turbados / cuanto se ven aquí campañas llenas / de sagitarios fieros
y esforzados. /... Venían los caudillos de salvajes / con diademas de oro coronados, /
encima superbísimos plumajes, / los rostros de pinturas variados. / A las espaldas
llenos los carcajes, / los arcos en las manos preparados, / con tan feroz y bravo
continente / que hacían templar al más valiente”(385). En el lago de Maracaibo:
“Viendo los indios ya que sobre paces / usaban de tan ásperas afrentas684 / procuraban
ordenar guerreras haces685 / que de temor pudieran ser exentas; / juntado de canoas
muy capaces / un número de más de cuatrocientas, / y en ellas embarcaron estas
gentes / tres mil indios gallardos y valientes. / Luego la gran caterva de salvajes /
aprietan en las manos canaletes686, / todos con superbísimos plumajes / joyas de oro,
petos, brazaletes, / a las espaldas puestos los carcajes, / algunos asimismo con
almetes687; / daba la vista deste movimiento / temores con algún
contentamiento688”(393). Por el río Meta: “Regíanlos catorce capitanes / como
gigantes todos y animosos, / a su modo soberbios de galanes / aunque los ornamentos
son plumosos, / y según los meneos y ademanes / de ensangrentar las manos
codiciosos; / Ondean por los hombros de salvajes / grandes diversidades de plumajes.
/... Trabóse más del uno y otro bando / el bélico furor triste y horrendo, / el indo fiero
tierra va ganando, / el español feroz la va perdiendo”(413).
El ataque de los guaypíes enmascarados, por la zona del río Guaviare, cobra en
las Elegías un colorido extraordinario. “Hasta que dieron en las poblaciones / que
llamaron de los enmascarados: / que al parecer venían con jubones / y con muy justas
calzas atacados; / el cuerpo cada cual embarnizado / de colores de negro y colorado /
sobre la ropa que les dio natura, / y como buen barniz bien asentado / era desta
manera la pintura / sin ninguno venir diferenciado: / Bitumen negro hasta la cintura / y
todo lo demás de colorado, / las caras ensimismo traían negras, / plumas con
cascabeles de culebras. /... camino de los nuestros se venían; / Y alentados y sueltos
como gamos, / no con poco furor acometían / con muy grandes paveses y azagayas 689,
/ y los penachos son de guacamayas. / A las plumas el cascabel asido, / que como
caracol os represento / y como hoja seca su ruido / que lo puede también llevar el
viento”(420).
684
- Por romper los españoles los pactos hechos con ellos.
685
-Filas de guerreros. Escuadrones.
686
- Remos.
687
- Especie de casco.
688
- Contentamiento en el caso de que los españoles vencieran a los indígenas, por el
gran botín en oro y joyas que conseguirían.
689
- Lanza pequeña arrojadiza.

163
Los españoles se aterrorizaban cuando los veían bajar de los riscos por los
Andes venezolanos, y los endecasílabos así se llenan de temor: “No se les dio lugar a
más razones, / porque ya los venían rodeando / soberbios y feroces escuadrones / que
cielo y tierra van amenazando: / Tiemblan los mas quietos corazones / cuanto más los
que estaban esperando, / viendo por estos campos y lugares / para cada varón cuatro
millares. /... No tantas yerbas hay en las sabanas / cuantas flechas y dardos y macanas.
/ Ocupaban los llanos y las abras690 / de las cumbres por do vienen saltando, / como
monteses y lascivas cabras / de riscos asperísimos bajando: /... Cada cual con mil rayas
y pinturas, / pechos, brazos y rostros adereza, / haciéndoles mas fieras las figuras /
mano de la mujer o la combleza691; / De plumas largas son las coberturas / con que
todos adornan la cabeza, / que el movimiento y aire blando / van por robustos
hombros ondeando. /...Húndense las alturas y los llanos / con voces que declaran
<¡mueran, mueran!> / Apréstanse las armas y las manos / de los que vienen y de los
que esperan; / Vuelan agudos dardos, vuelan flechas, / que contra los cristianos van
derechas”(466).
Imponentes aun desde su suciedad, como los Choques, situados entre el
Marañón y el Orinoco, que aunque inmersos en unas costumbres que Castellanos halla
bárbaras, no por eso les deja de reconocer su civilidad, su orden y valentía, con
escudos donde llevan un sol pintado con detalles antropomórficos, y tácticas de guerra
bien eficaces; terminando esta descripción de los Choques con una ocurrencia
bastante significativa: “Nación que no sé cómo me la llame, / pues ésta es
indubitablemente / la más sucia, más torpe, más infame / que cuantas tienen hoy
nombre de gente; / y aunque más sus vilezas encarame, / es sacar una gota de gran
fuente; / Su sustento lo más es tan inmundo / que cosa no se vio más en el mundo: /
pues demás de comer humanas gentes, / maldad en que ellos viven muy expertos, /
comen diversidades de serpientes / sin que sepan tener límites ciertos: / Comen sus
propios hijos y parientes, / suelen ser sepultura de los muertos692; / gusanos come la
nación maldita, / y hasta los cabellos que se quita. / Son, demás de lo dicho, gentes
vagas, / ya vueltas693 de lo que comer procuran; / comen hilas y parches de las llagas /
que quitan españoles que se curan; / Si te lavas las manos, o ya hagas / lavarte los pies
sucios, se apresuran / a beber aquella agua sucia y fea / como delicadísima clarea 694. /
Son indios bien dispuestos y alentados, / sin orden, sin razón y sin gobierno, / feroces,
atrevidos, alocados; / El viejo, mozo y el muchacho tierno / en el acometer
determinados / no menos que demonios del infierno; / Sus armas lanzas son, pavés y
dardo / que bien ha menester duro resguardo. / En hacer estas armas no son rudos, /
ni tienen, cierto, sutileza poca; / Pintan el sol en todos sus escudos, / con sus rayos,
nariz, ojos y boca; / Los Choques todos son hombres desnudos, / y a las hembras
690
- Puertos, pasos entre las montañas.
691
- Manceba. Persona amancebada.
692
- Ser sepultura de los muertos: comerse los cadáveres.
693
- En vista de.
694
- Bebida que se hace con vino claro, azúcar y miel, canela y otras sustancias
aromáticas.

164
cubierta no les toca: / todos andan al natural estilo, / sin torcer ni hilar un solo hilo. / Si
vuelve las espaldas algún bando / no es porque su furia se mitigue, / pues lo suelen
hacer de cuando en cuando / para más molestar a quien los sigue; / porque dardos
agudos van hincando / adonde su contrario se castigue, / y en los hincar no son tan
indiscretos / que no hagan mortíferos efetos. / La mortal experiencia desta maña / que
tienen estas gentes fue sabida / por Joan de Castro, natural de Ocaña, / corriendo tras
quien iba de huida, / pues con la punta de la dura caña / al miserable le huyó la vida: /
en efecto, la cosa fue de suerte / que quien pensó matar padeció muerte. / Y otros
ensangrentaron su carrera / cuando victoriosos se juzgaron. / Al fin, ellos pelean de
manera / que muchos españoles me juraron / nunca topar con gente tan guerrera / en
todas las naciones que toparon; / Y el Choque, ni por bien ni por herida, / se quiere,
según dicen, dar a vida. / Luego, pues, que llegaron los cristianos / a unas mal
compuestas ramadillas695, / vinieron solos dos destos villanos / con dos totumas696 de
agua o escudillas, / do mojaban los dedos de las manos / y tocaban las barbas y
mejillas / a ciertos españoles que allí vieron, / y sin hablar palabra se volvieron. / Y
como se volvieron de improviso / sin muestra de placeres ni de enojo, / los nuestros
españoles, no sin riso, / dicen: <Menester es abrir el ojo, / porque mojar las barbas es
aviso / de que echemos las barbas en remojo; / Antes que se mojen los cabellos /
determinemos ir en busca dellos>”(423-424).
Los indígenas son así, para Castellanos, no unos bárbaros salvajes, sino unos
guerreros bien organizados y tremendos en el combate, como demostraron en
infinidad de ocasiones, entre ellas en las sierras de Santa Marta, a quienes compara
con los sarracenos por su mucho valor y forma de combatir, y sobre los que da detalles
del orden que usaban en sus batallas:
“Parecieron por riscos y altas peñas / inmensa cuantidad de naturales, / con
tales gritas, voces y gobierno / que parecían furias del infierno. /... Ansí también aquí
se desatina / el español con grita tan contina. / Porque las gentes a furor subyetas / se
convocan, animan y se llaman / tocando sobre más de mil cornetas / que parece
tocándolas que braman: / Innumerable copia de saetas / por una y otra parte se
derraman, / galgas lapídeas697, infinito canto, / que al más fuerte causaban gran
espanto. / No falta gran ruido de atambores / que tocaban en una y otra loma, / con
los pesados gritos y clamores / que suelen los secuaces de Mahoma: / Quince caciques
son, grandes señores, / subyectos a los mandos del naoma 698, / llamado, según dicen,
Marocando, / sus gentes cada cual acaudillando. / Serían mas de veinte mil salvajes /
inflados con guerreras apostemas699, / y con aquellas furias y corajes / de gentes
renegadas y blasfemas: / Menéase gran suma de plumajes, / ricas coronas, lucidas
diademas, / resplandecientes pectos y chagualas, / lucidos brazaletes y otras galas. /

695
- Pequeñas construcciones de ramas y palmas.
696
- Cuencos fabricados con totumos o calabazos secos.
697
- Piedras planas que les arrojaban desde lo alto.
698
- Señor principal entre los taironas de la Sierra Nevada.
699
- Guerreras apostemas: cosas inherentes a la guerra.

165
No venían con orden mal digesto700, / sino con un compás bien concertado, /
acomodado cada cual al puesto / que por su capitán fue señalado, / sin que las
asperezas del recuesto / efecto haga desproporcionado, / porque venían estas gentes
juntas / en dos prolijas alas ó dos puntas. / El un cacique, dicho Macopira, / gobierna
con Macorpes el un ala; / no con menos furor ni menos ira, / a la siniestra va
Toronomala; / en este mismo puesto Doromira, / el cual en gran destreza les iguala, / y
Marocando, principal regente, / va con otros caciques en la frente”(519).
En la zona de Santa Marta fueron comunes los enfrentamientos, donde las
selvas de plumajes causaban hondos temores: “Innumerables eran los salvajes / a su
modo feroces y gallardos / compuestas las cabezas con plumajes / proveídos de lanzas
y de dardos / de flechas venenosas los carcajes / en las ejecuciones nada tardos: / la
postura, talante y le denuedo / al ánimo mayor pusiera miedo”(606). Tanto, que
muchas veces obligaron a los españoles a retirarse: “Embárcase la gente como puede /
huyendo de los espesos macanazos, / pero contrario marte no concede / ir salvas las
espaldas y espinazos, / porque ninguno dellos hay que quede / por los menos sin cinco
o seis flechazos / de tan rabiosa yerba, que ninguno / dejara de morir con solo
uno”(607).
No solo esperaban a los castellanos en sus cerros, sino que bajaban a campo
abierto a pelearlos: “Para sus guerras y otros usos vanos / tienen de plumas ricos
ornamentos / con que los capitanes más lozanos / manifiestan sus bravos
pensamientos / y ansí vienen ahora muy galanos / a los premeditados rompimientos /
dejando las alturas y peñoles / para probarse con los españoles. /... Cuánta fue la
braveza y el estruendo / que la bárbara gente representa / al tiempo que venía
descendiendo / llena de furia, de temor exenta / y grita que los aires va rompiendo /
con intención y voluntad sangrienta”(616). Y supremamente engalanados con sus
mejores joyas y adornos de guerra y rituales: “De largas plumas las cabezas llenas, /
diademas de oro por las frentes / en los pechos chagualas o patenas / que los rayos del
sol hacen patentes / con otras joyas de doradas venas / de las orejas y nariz
pendientes / embijados, compuestos y lozanos / y con arcos y flechas en las
manos”(622).
Los textos al respecto son abundantes. Todavía en la región de Santa Marta: “Y
sale la caterva de salvajes / con posturas feroces y galanas / las cabezas vestidas de
plumajes / arcos, flechas, dardos y macanas, / saltos y brincos, gestos y
visajes701”(687); en Turbaco, cerca de Cartagena, con sus “índicas cornetas” y
atambores: “Opónense catervas de salvajes, / levántase la grita y alaridos. / Larga y
espesa selva de plumajes / voces que se confunden los oídos. / Resuenan sagitíferos
carcajes, / los golpes de los arcos y crujidos. / Rompe los aires índica corneta / y acá
cualquier caballo que se inquieta”(702); por la zona de Tolú, donde Castellanos alaba la
disposición que tenían en sus escuadrones: “Vinieron, perlongando las riberas 702, / al
compás de sus roncos atambores / escuadras ordenadas por hileras / como suelen
700
- Mal digesto: mal hecho.
701
- Aspecto, apariencia, gestos realizados con el rostro.
702
- Siguiendo los ríos, por las orillas de.

166
cursados guerreadores; / solamente faltaban las banderas, / por no llegar allí los
inventores; / En lo demás el escuadrón camina / según orden de buena disciplina. /
Unos dellos con picas en las manos, / otros, dorados arcos y carcajes, / más gallardos
los mozos y los canos / sobre diademas de oro sus plumajes; / Y a su modo tan puestos
y galanos / que no se vio de traza de salvajes / que de más vistosa compostura / en
gala, proporciones y hechura”(733).
Una disposición que a los españoles causaba asombro y pavor. Como escribe
magistralmente Castellanos, al ver a los indígenas dirigirse contra ellos con excelente
orden y disciplina, tenían “tragada ya la muerte”: “Cuando venían era de ver digno / el
orden que traían los salvajes; / aquellas joyas ricas de oro fino; / aquella gran soberbia
de plumajes; / aquel alborotado torbellino; / aquellos ademanes de corajes. / Y de los
españoles, el más fuerte, / tragada, como dicen, ya la muerte”(750).
Un orden en las formaciones que Castellanos va a comparar con las tropas
alemanas (tudescas), y con un formidable aparato de guerra, desde el armamento a las
vestimentas, que variaba en función de cada grupo étnico. Así, las tropas incaicas de
Rumiñahui: “Escopíes703 bastados704 de algodones, / con gran primor colchados y
tupidos; / de palo bien tallado los morriones705 / con hoja gruesa de oro guarnecidos; /
plumajes, diademas, invenciones / varias en las maneras de vestidos, / porque según
las tierras y raleas / usaban de los trajes y libreas”(851). Por Timaná, en el valle del
Cauca, donde explica la estructura de los escuadrones: “Tan bien proporcionadas las
hileras / como tudescos de los más cursados; / picas o lanzas son las delanteras, /
luego los macaneros esforzados, / las crujidoras hondas y ligeras / con adaptadas
piedras a los lados, / cuyos tiros no salen menos ciertos / que los de los flecheros más
expertos”(912). Detalles que da también para los indígenas de Antioquia, cerca de la
recién fundada ciudad de Cáceres: “Y en ese mismo punto ven delante / los españoles
la tumultuosa / hueste de los salvajes, la cual era / en número mayor que se pensaba /
con orden singular los escuadrones, / ordenados a nueve por hilera / con sus
sobresalientes706 señalados, / gallardos y feroces todos ellos / llenas las sagitíferas
aljabas / de tiros venenosos y mortales, / picas tostadas y macanas duras / y
estalladoras hondas707 a las vueltas”(1048). Igual los Muiscas: “Traían tan formados
escuadrones / y con tal regulada disciplina / como si fuera banda de tudescos; / unos
dellos cubiertos con paveses / y multitud de dardos a la mano / que mujeres
armígeras708 traían; / otros con picas largas y con mazas / pendientes de los hombros
asimismo; / otros con fuertes arcos y con flechas; / otros fundibularios 709 proveído /
zurrón de lisas piedras y redondas: / otros también traían cerbatanas / y aljabas de

703
- Petos, protectores para el pecho y la espalda.
704
- Forrados.
705
- Cascos, en este caso fabricados de madera. Los españoles los llevaban de metal.
706
- Sus jefes u oficiales de cada escuadrón.
707
- Estalladoras hondas, por el ruido que hacía el cuero al despedir la piedra.
708
- Mujeres armadas.
709
- Soldado que peleaba con honda.

167
saetas emplumadas / que violentos soplos despedían; / pero ninguno jáculos 710 sin
hierba / que con rabioso fin amenazaba”(1183).
En Tunja esta máquina de guerra indígena parecía soberbia, brillando al sol los
adornos de oro: “Vieron hacia la parte del Oriente / bajar por la cercana serranía /
sobre cincuenta mil hombres de guerra: / lucidos escuadrones ordenados / con
diferentes armas y pertrechos, / innumerables paveses, hondas, picas, / arcos, flechas,
macanas, tiraderas711, / ondeando por cima de las sienes / lozana bizarría de plumajes,
/ coronas de oro, petos, brazaletes, / que traían los indios principales / con otras joyas
más, cuyo refracto / la vista de los ojos impedía”(1206). O en la zona de Mompox,
donde eran tantas las flechas y lanzas que traían que, desde lejos, parecía una selva de
palos chamuscados la que se les venía encima: “La mayor parte dellos con coronas / de
plumas coloradas y amarillas; / otros con superbísimos penachos / y diademas de oro
que, heridas / del refracto del sol, a los opuestos / más prontitud ponían en la vista; /
arcos, flechas y tiros venenosos / a la similitud y a la manera / con que se muestra la
quemada selva / de las ligeras hojas descompuesta / y las enteras ramas chamuscadas,
/ que tales parecían con las armas / los del tumultuoso movimiento, / que rompían el
aire con la grita / estruendo y estampido de cornetas / con que se denunciaba la
batalla”(1266-1267). Imponencia a la que sumaban la “grita y alarido” con que
combatían, que dio lugar a que los españoles llamasen la Grita a cierta región de
Venezuela camino de los llanos: “Llegando, pues, el campo donde digo / el Luis de
Manjares pasó delante / al valle que llamamos de la Grita / porque nunca de noche ni
de día / dejaban de la dar los naturales”(1287).
Además, eran muchos los que componían estas tropas indígenas, tanto en las
islas del Caribe: “Hervían como grande hormiguero / quitada la cubierta de la tierra / o
como las langostas, si son tantas / que cubren los sembrados y las plantas”(63); como
en los interiores continentales, donde sus movimientos y “arrogancias” causaban harto
temor a los españoles, como los Omaguas de los llanos: “Alta gente, gallarda, bien
fornida, / que ninguno venía sin rodela, / y cantidad de dardos, y en buen orden /
todos los escuadrones, cuya vista / no parecía mal, aunque ponía / temor aquel meneo
y arrogancia”(1366).
La guerra, según Castellanos, un terreno en el que los indígenas se hallaban a
sus anchas, era la consecuencia de la nula credibilidad y confianza que les despertaban
los españoles. Nuestro autor insiste una y otra vez en que, definitivamente, nadie creía
en las palabras de paz de los españoles, ni en sus tratos y propuestas:
En la expedición de Féderman se encuentran con un grupo de indígenas, los
cuales les “amenazan con bélicos pertrechos, / diciéndoles: <Volved a esotra mano 712>
/ dándose de palmadas en los pechos / que son señales de furor insano; / pero con
pretensión de sus provechos / ruégales con la paz el Fedrimano; / dicen no querer
hombres en sus senos / que no saben si son malos o buenos”(381). Un cacique increpa
a los suyos, llamándolos a la venganza. “<De mujeril temor limpiad los senos / para
710
- Dardo, saeta, flecha.
711
- Instrumento de correas de cuero que servía para disparar flechas.
712
- Regresad, retroceded.

168
poder tomar justas venganzas / de los que ya sabéis que no son buenos / pues vienen
a comer nuestras labranzas / sin su sudor, gozando los ajenos / con otras desmedidas
destemplanzas”(201).
Primero se cercioraban de las intenciones de los extranjeros, mandándoles
comisionados: “Enviaban espías los señores / de saber intenciones deseosos; /
alborotábanse los moradores, / teniéndolos por hombres sospechosos; /
asegurábanlos destos temores / ver pocos, ellos siendo poderosos; / algunos deseban
rompimiento / por descubrir aquel encantamiento”(219)). Pero una vez que sabían
quienes eran, y sus “arteras” intenciones, les atacaban, increpándolos: “Los indios, que
venían muy follones713 / respondían las armas meneando: / <Bien sabemos que sois
unos ladrones / que andáis noches y días salteando: / flojos, haraganosos,
mogollones714 / a trabajos ajenos regoldando 715. / Toma maíz, toma tortillas hechas>, /
y disparaban cantidad de flechas”(219).
A Antonio Sedeño, que venía huyendo desde la costa de Venezuela de las
autoridades del rey, internándose hacia los llanos, le contesta el cacique Gotoguaney:
"<Andad para allá, bellacos haraganes, / hombres de mal vivir, gente baldía, / glotones,
paroleros716, charlatanes, / chocantes, burladores, mogollones, / falsos y de traidores
condiciones. /... Mas no me espanto yo de pocas cosas / ni por acá se tiene tal
costumbre; / Sé yo domar los tigres y leones, / cuanto mas á cobardes corazones. /
Nuestras agudas puntas de alfileres / no se espantan de lanzas fanfarronas, /...
Nuestros regalos van vías derechas, / pendientes de las puntas de las flechas. / A todos
causo yo temor horrendo, / y soy Gotoguaney, y ansí me llamo; / las cosas que hacéis
bien las entiendo; / Y sé también cómo venís huyendo / por no querer servir a vuestro
amo; / Y si no revolvéis por do vinistes, / podrá ser que paguéis lo que hicistes>"(256).
A un rescatista en la zona de Paria, le dicen los indios que permanezca ahí en la
playa, que ellos les van a traer de todo, “certificando que rescataría / esclavos y
comida con hartura, / y el torpe capitán bien lo creía /... Los indios, con fingidas
alegrías, / pidiéronle de espacio cuatro días, / por los poder matar a coyuntura / y
tiempo que les fuese conveniente, / porque también habían hecho jura / con todos los
demás de aquella frente / por no dejar a la vida criatura / que de españoles fuese
descendiente, / y para los efectos desta guerra / estaba conjurada ya la tierra”(279). Y
el cacique les dice a los suyos: “<Cortemos ya, señores, las espigas / de do sale
simiente tan dañosa; / pues jamás comeremos buenas migas / con gente, que por ser
tan ambiciosa, / aquí y allí y en todas partes pican, / haciendo lo contrario que
predican. / Que sean fraudulentos y tiranos, / que sean atrevidos homicidas, / los
ejemplos los tenemos entre manos / por las cosas atrás acaecidas, / donde los más
pacíficos y llanos / corremos mayor riesgo de las vidas. / Y no son estas, no, vanas
sospechas, / pues veis de nuevo las maldades hechas>”(Id.).

713
- Ruidosos.
714
- Holgazanes.
715
- Eructando.
716
- Habladores de cosas vanas. Embusteros.

169
No soportaron la prepotencia de los que cobraban el tributo de malos modos,
como sucedió con el cacique Chianchón, por los Vélez, en la Nueva Granada, que se
rebeló él y toda la zona: “Pero después Hierónimo de Aguayo, / a quien le cupo por
repartimiento / al indio Chianchón con sus sujetos, / como con poco no se contentaba
/ ni cosa le cuadró que se le diese, /... envió de su casa tres soldados /... mancebos
menos cuerdos que valientes / para que de Chicachón cobrasen oro / per fas vel nefas
quomodocumque717; / y ellos en cumplimiento deste mando / tan importunos fueron
con el indio, / haciéndoles pagar aquel tributo / a que nacimos todos obligados, /
cargando sobre tres una tormenta / de bárbaros, que fueran cuatrocientos / pocos
para librarse de sus furias, / y así nunca pudieron evadirse / del acometimiento
riguroso. /... Y el Chianchón, como hombre poderoso, / fue parte para que la tierra
toda / de Guane, desechase de sus hombros / el yugo desta dura servidumbre”(1307-
1308).
No creen sus palabras de paz, como el cacique Toné, en el camino del Chocó,
que les increpa y asegura que no habrá paz mientras quede un español vivo: “<Llegaos
un poco más acá, cristianos / por el tributo que sé os adereza 718. / Dejaremos las armas
de las manos / para ponérloslas en la cabeza; / a aun de vosotros a los más lozanos /
tengo de desmembrar pieza por pieza, / porque si padecéis muerte prolija / la paz que
me pedís quedará fija>”(1056).
Ni creen a los frailes, como explica un cacique a los suyos, especialmente
porque les negaban su religión e impedían continuar sus ritos y costumbres, mientras
no evitan que los conquistadores les quiten a sus mujeres. Castellanos no tiene reparo
alguno en poner todo esto en boca de Oriquiamo, señor de los piaches en Paria: "<Los
frailes, aunque nos parecen buenos / y de santas palabras y obras pías /... yo tengo
para mí que son espías, / porque españoles son, ni mas ni menos. /...Bien veis que por
palabras y en escritos / suelen abominar estos letrados / las viejas ceremonias y los
ritos / en que fuimos nacidos y criados: / Aquestas son sus voces y sus gritos, / y en
esto viven todos ocupados: / Frailes quitan deleites y placeres, / y los otros los hijos y
mujeres. / Y pues ellos por tan dañosos modos / quieren que nuestra gente se
destruya, / meneemos acá manos y codos719 / de suerte que su vida se concluya, / para
que desta vez se borren todos / sin dejar en la tierra cosa suya, / tentando por tal vía la
fortuna, / que en Cumaná y acá demos a una>"(280).
En Bonda: “Diciendo que las tales amistades / traían mayor daño que provecho,
/ y ansí hablaban mil bravosidades / vaciando por la boca lo del pecho, / mas no fueron
tan faltas de verdades / que no las confirmasen con el hecho, / como podrían ser
testigos ciertos”(501).
En Coro, un cacique les increpa: “<Andad para allá, bellacos, haraganes, /
infames, mentirosos, burladores, / que pretendéis comer ajenos panes / donde no
derramáis vuestros sudores; / pues Pocigueica 720 ya nos dio noticia / de vuestras
717
- Muy libremente, sí o sí, y de cualquier modo.
718
- Que os gusta.
719
- Peleemos, tomemos las armas.
720
- Gran señor de la zona del paso de Origua, por Bonda.

170
propiedades y codicia. / Si venís a cobrar algún tributo, / águilas de oro, petos y
celadas721, / luego como pongáis pies en enjuto722 / las hallaréis tan bien aderezadas /
que nunca volveréis sin aquel fruto / que sacasteis de aquellas cabalgadas 723> / Esto
decían, y otras muchas cosas, / y disparaban flechas venenosas”(532).
El cacique Marubare, por Santa Marta, le dice al capitán español: “Cruel guerra
con vos es más segura / que cualquier pacífica promesa, / pues toda vuestra paz es
maldad pura / y a todos buenos términos aviesa724; / y cuando de la paz luce centella /
es para nos robar debajo della. /...Y ansí quiero hacer ya confianza / no de palabras,
sino de mi lanza”(568).
Otro cacique de la zona de Pocigueyca opina de los españoles que “creer que
buscan paz es desatino, / según su vecindad es sabedora, / que si la gozan es por oro
fino / o cosas que les pagan de demora. /... Fingiendo paz que dellos se destierra, / so
color de la cual nos hacen guerra”(627). Y en sus juntas lo dejaban claro, como en el
valle del Cauca: “Bien sabéis, sin que yo lo represente / el fin para que somos
congregados: / que de las causas es la más urgente / y la que más despierta
descuidados, / pues que nos quiere, peregrina gente725, / quitar la libertad y los
estados”(909).
En otra junta, en la provincia de Pequí, se afirma: los españoles son “fomento
de gran fuego, porque privan / de libertad nativa y otros frutos, / imponiendo tributos
y servicios / de viles ejercicios, do perecen / cuantos hoy obedecen sus mandados / y
mal considerados pareceres; / pues hijos y mujeres no reserva / esta cruel caterva de
ladrones, / cuyas ocupaciones principales / son robar los caudales del terreno / y del
sudor ajeno sustentarse, / servirse y regalarse sin templanzas / en minas y labranzas
los ocupan; / al fin, todo lo chupan y consumen. / Y ansí los que presumen de
valientes / deben mostrar los dientes y las manos. / Libremos de tiranos nuestra tierra;
/ hartémoslos de guerra, pues la quieren /.. y acá no somos menos en pelea”(979).
No solo los caciques: nadie les cree, como aquel guerrero que se acerca hasta
donde los españoles estaban fortificados: “Cuando vieron bajar por un recuesto, /
gandul empenachado bien dispuesto. / En todos sus meneos y semblante /
representaba singular soltura: / tenía proporciones de gigante, / y no menos feroz en
la postura, / con un carcaj de flechas abundante, / cubierta solamente la cintura; / arco
que de los hombros va pendiente, / y en las manos macana prepotente. / Cada cual
español está confuso / viéndolo descender con tanta gana, / con armas y pertrechos
de su uso, / que son el arco, flechas y macana, / sin detenerse hasta que se puso /
delante de la gente castellana, / con tanta barahúnda726 y desatino727 / como si fuera
721
- Sus aderezos rituales de guerra.
722
- Como pongáis los pies en esta tierra.
723
- Los españoles llamaban “cabalgadas” a estas entradas o razzias en las tierras
indígenas por las costas de Venezuela y Colombia.
724
- Torcida, mala, atravesada, mal encaminada.
725
- Los españoles se llamaban a veces a sí mismos los “peregrinos”.
726
-Ruido y confusión grande.
727
- Locura.

171
espíritu malino. / Pues en el punto que llegó, comienza / con grandes voces y palabras
rasas: / <¡Salid! salid! bellacos sin vergüenza, / sin que más reposéis en nuestras casas;
/ que si ventura quiere que yo venza / os tengo de quemar en vivas brasas: / ¡Salid!
salid! salid! malos cristianos, / recibiréis regalos de mis manos. / Llegados son vuestros
postreros hados728, / que de mi furia no podéis huíros. / ¿Aguarichas 729 estaisos
encerrados? / ¿De temor a la muerte dais suspiros? / ¡Mirad, Mirad! pues os estáis
parados / si son medicinales estos tiros> / Y diciendo y haciendo tira flechas, / no mal
encaminadas ni mal hechas”(619).
Ni siquiera les creen cuando piden perdón, como aquel Andrés de Valdivia,
prisionero de los indígenas en la zona de las pesquerías de perlas, quien pide le
perdonen la vida: que él se irá, y sacará a la gente de allí y nunca volverán. Pero
aunque algún cacique intercede por él, los demás le niegan la vida. Valdivia, único
superviviente de una refriega con los indios, se hace entender de los señores a través
de una india lengua que llevaba: "<Permitid que me vaya libremente / sin pretensión
de dar fin a mis días, / porque luego, con paso diligente, / me partiré para las
Pesquerías730 / y desta tierra sacaré mi gente, / sin que revuelvan otras compañías / a
daros inquietud ni mover guerra, / mas siempre será libre vuestra tierra. / Niégueme
su fulgente luz Apolo731 / si yo volviere más a la porfía; / antes se cumplirá sin haber
dolo732, / olor ni semejanza de falsía; / Hacedlo, pues matar un hombre solo / antes es
poquedad que valentía, / y dejándome ir haréis un hecho / de virtud y de honor y gran
provecho> / La lengua declaró lo que decía / y los caciques todos estuvieron / atentos
y algún tanto reportados, / los unos con los otros platicando, / tomando pareceres y
los votos / cerca de lo que más les convenía. / Y un indio principal dicho Carcara /... a
todos les habló desta manera: / <Amigos y parientes, de mi voto / no lo haréis remoto
de la vida733, / porque será perdida diligencia / y acrecentar pendencia con cristianos: /
lavemos nuestras manos deste hecho; / satisfaced al pecho que se mide / haciendo lo
que pide brevemente, / pues tiene rey potente que lo envía / a nuestra serranía, y es
mandado, / y siendo su criado, y él tan fuerte, / ha de vengar su muerte, porque tiene
/ gran multitud que viene cada día; / al fin, es cobardía detestable / matar al miserable
ya rendido. / Aquí no soy movido con engaños, / más por evitar daños venideros, /
fines y paraderos lamentables / que son inevitables si éste muere. / Si su palabra fuere
vil y corta, / un hombre más no importa ya que vuelva / con otra mayor selva
peregrina734, / pues una golondrina nunca hizo / verano, ni un granizo ocupó plaza, / ni
destruyó la haza735 ni simiente. / Soltarlo de presente poco cuesta, / usando con él
728
- Vuestro destino final.
729
- Guarichas. Mujeres jóvenes y solteras. En los andes, mujeres que acompañaban a
los soldados. Soldaderas.
730
- A Cubagua.
731
- Dios del día.
732
- Daño.
733
- Hacer remoto de algo: quitar.
734
-Selva peregrina: grupo nutrido de conquistadores.
735
- Haz, gavilla de trigo.

172
desta hidalguía> / dijo Carcara, no sin gran deseo / de lo librar de la mortal angustia. /
Mas un Quimé, cacique furioso, / de mala digestión736, protervo, duro, / con iracundo
rostro le responde: / <Gentil predicador nos es venido / a defender partido de un
tirano, / cuya sangrienta mano hizo menos737 / innumerables buenos en la tierra, /
quedando de la guerra sin ayuda / tanta mujer viuda, y sus hijuelos / sin padres, sin
abuelos, sin amparo. / De negocio tan claro sois testigos, / pues de los enemigos los
más pocos738>. / Aquesto dicho levantó la maza, / bajándola con golpe tan horrible /
que le desmenuzó cascos y sesos: / cayó lanzando sangre por la boca, / y el ánima salió
de aquella cárcel / mortal adonde estaba detenida. / Ansí mismo la india que servía /
de lengua padeció la misma muerte, / por mano de Ubaná, y aquesto hecho / cortóles
las cabezas, y a los otros / cristianos que murieron peleando, / y púsolas en medio del
camino / por donde, si los de las Pesquerías / hubiesen escapado del conflicto /...
habían de pasar forzosamente, /... y vistas la cabezas no parasen / con miedo de pasar
por otro tanto, / y se saliesen fuera de la tierra”(1031).
Castellanos, exponiendo una y otra vez estas razones en boca de los indígenas,
insiste en que su rebelión estaba amparada por toda justicia. Así habla el cacique
Agueibaná, de Puerto Rico: “Los días y las noches padeciendo / servimos estas gentes
extranjeras; / a más andar nos vamos consumiendo / en minas y prolijas sementeras /
y todos ellos andan repartiendo / nuestros campos sabanas y riberas / aquello que
aquí siempre poseímos / y donde nos criamos y nacimos. /... Por tanto, cada cual las
manos haga prestas / y del pesado sueño se despierte; / échese dos carcajes a las
cuestas, / aliste con furor el arco fuerte, / y sin otras demandas ni respuestas / mueran
los enemigos mala muerte / porque no puede ser mejor cauterio 739 / para la llaga
deste cautiverio”(112).
Razones expuestas por otro cacique tairona, que viendo como los españoles
habían empalado cruelmente a su mejor guerrero, le pregunta al cadáver: “<¿Quién te
dio tan duras penas? / Él me lo pagará con las septenas> / No dijo más, pero sus
intenciones / serían de hacer la tierra roja / con la sangre de humanos corazones / de
la gente cristiana y ortodoja740”(630).
Conocían tanto a los españoles que en el combate los insultaban. Qué colección
de insultos recibían, aunque no sabemos si es una excusa de Castellanos para insultar
también a alguno:
En la Guajira: “Y como gentes de temor exentas / a voces dicen: <Esperad,
gallinas, / para que rematemos nuestras cuentas / al son de cornetas y bocinas> / Esto
decían y otras mil afrentas / que de poner en letra son indignas”(654). “Llegados a las
partes más vecinas, / subidos en cerrillos y peñoles741, /... llamando por sus nombres
736
- De mal carácter.
737
- Hacer menos: matar, eliminar, desaparecer.
738
- De los enemigos, cuantos menos, mejor.
739
- Cauterizar, curar una herida con el fuego.
740
- Ortodoxa.
741
- Cerros o promontorios rocosos donde se guarnecían. De ahí el término que usa a
veces, “empeñolarse”, cuando los indígenas se subían a los peñoles. Otras veces usa el

173
de gallinas / a los más conocidos españoles, / con un título más tan sin vergüenza / que
por su fealdad no se comienza”(655). Ven a los españoles construyendo un fuertecillo;
les avisan que va a durarles poco: “Y en los cerros cercanos y fronteros / subidos, les
hacían estos fieros: / <¿Y de que sirve trabajar en vano / gente vil, apocada, burladora,
/ pues cuanto trabajáis este verano / hemos de deshacer en una hora? / ¿Quién te
hizo valiente, Campuzano? / ¡Ah Torquemada!, ven por la demora; / las indias hilan ya
vuestras desquilas742 / para meteros dentro de mochilas743”(659).
Una cacica los insulta también, en el río Jamundí, porque se han subido a la
cima de un cerrillo y no bajan a combatirla: “<Oh, gente baja, vil, floja, cobarde, / digna
de femenino nombramiento>”(876). Luego arenga a los suyos: “<Romped, romped, y
apechugad con ellos, / y asidles de las barbas y cabellos>”(Id.). Mientras, “los
atormentaban con clamores / sin quitarles jamás de a la redonda / tocando mil bocinas
y atambores”(Id.). Por último, cuando los españoles huyen, los persiguen
insultándolos: “Las mujeres también de estas aldeas / los amenazaban con palabras
feas. / Porque tras ellos van por las laderas / llamándolos ladrones, robadores, / las
cuales de por sí tienen bandera, / y así mismo tocaban atambores, / llevan macanas,
lanzas, tiraderas, / agudos y volantes pasadores744, / sin dejar reposar bando cristiano /
hasta que ya lo vieron en lo llano”(Id.).
En Antioquia, por San Juan de Rodas: “Estos serían hasta cuatrocientos / en una
casa agrande rancheados / a vista de los nuestros, y que siempre / les daban grita con
palabras feas / y denunciándoles infausta muerte”(1003). Por los Vélez: “Gran junta de
salvajes en lo alto / con gran ostentación de regocijos / y grita de palabras injuriosas /
en menosprecio de los españoles”(1239). Por Tunja y Sogamoso: “No sin tumulto, grita
y algazara / y estruendo de cornetas y atambores, / con que los vagos aires se rompían
/ llevando las palabras furiosas / fieros, bravosidades y amenazas, / a los oídos de los
españoles”(1312).
En la sierra de Dabeiba, atacan los españoles un fuerte donde hay muchos
indios guarnecidos. Desde dentro, todas las noche un indígena les insulta, les grita mil
oprobios, hasta que un arcabucero consigue acertarle en la oscuridad. El guerrero,
herido, pide que lo rematen los compañeros y lo venguen, y seguramente, según
Castellanos, pide también ser canibalizado ritualmente. Esta historia da pie a que Don
Juan escriba una suerte de poético epitafio al caído: “Tuvieron después desto los
cercados / grande solicitud y vigilancia / en se velar las noches y los días, / no sin
aquellas gritas que solían / con afrentas, oprobios y amenazas. / Un bárbaro ladino
mayormente / se solía poner en cierta parte / en lo alto del fuerte cada noche, /
confiado de que, con obscurana, / tiro no le podía hacer daño, / y en lengua castellana
les decía / desvergüenzas y deshonestidades; / Pero García de Arce, puesto caso / que

término “arrochelarse”, que procede de la ciudad francesa de La Rochelle, a la que se


consideraba muy fortificada. Arrochelarse significaba, por tanto, guarnecerse,
fortificarse, subirse a los peñoles.
742
- Esquelas: paño mortuorio.
743
- A los cadáveres los enterraban encerrados en unos sacos o mortajas.
744
- Pequeños dardos afilados.

174
no podía ver al que hablaba, / do sonaba la voz guió la bala, / y fue con tan buen tino
que con ella / hizo que resollase por el pecho; / El cual, con el angustia de la muerte, /
cayó dando gemidos lamentables. / Pero los otros, porque no sintiesen / los nuestros
las querellas del caído, / cantaban y hacían gran estruendo; / Y él mismo les decía: <Ya
mi vida / conozco ser rendida de la muerte, / y cómo se convierte mi sentido / al fin
aborrecido que tenemos. / No pueden los extremos de tristura / callar la desventura y
el tormento / del gran dolor que siento, y al más lleno / juicio le es ajeno sufrimiento, /
que como veloz viento se le aleja. / Es el dolor de queja muy pariente / y el del triste
doliente la querella, / y ansí me voy con ella deslizando; / mas porque los del bando
peregrino / no sientan mi mezquino acabamiento, / será de gran momento lo que
ruego, / y es que me matéis luego, sin tardanza, / y que toméis venganza de mi
muerte> / Esto pusieron ellos en efecto, / y aun por ventura fue mantenimiento / de
sus voraces vientres, como suelen”(1061).
Otra forma de insultarlos era quitarles a los españoles sus mujeres, igual que
estos les quitaban las suyas, y así se lo indicaban haciendo grandes alardes. El cacique
Jebo, en Bonda, cerca de Santa Marta, ha sitiado a los españoles en un fuertecillo.
Previamente ha capturado a las mujeres, siguiendo instrucciones del gran cacique
(“naoma”) Macarona, y éste las quiere “para concubinas”(638). Jebo, como conoce a
los sitiados, los insulta desde fuera, nombre por nombre, y les va indicando lo que ha
hecho con cada una de sus mujeres. Castellanos muestra aquí toda la ironía que
pueden llegar a alcanzar sus versos: “Pero detúvose la gente fiera / como los vido bien
apercebidos; / Contentándose con tirar de fuera / jáculos de veneno proveídos, / y con
decirles desde la ladera / oprobios a los hombres conocidos, / los unos y los otros a
porfía; / Principalmente Jebo les decía: / <No penséis de huiros, gallinazas, / que no
tenéis navío ni guarida: / Asidos os tenemos en los lazos; / por demás 745 es pensar en
la huída; / A bofetones, palos y leñazos / os hemos luego de quitar la vida: / que no
queremos vivos los maridos, / sino las compañeras de sus nidos. / En su poder las
tienen los desnudos; / acertádoles hemos en la vena; / y como tienen anchos los
escudos / las heridas les dan poquita pena; / aquellas pocas son, putos cornudos, /
andad, traednos más de Cartagena, / que pues tenéis mestizos en las nuestras /
queremos desquitarnos en las vuestras. / ¡Ah, don Luis!, de tí tengo mancilla / por el
autoridad de tu persona, / pues trajiste guarichas de Castilla / para servir a las de
Macarona; / quitámosle del lado la costilla, / aquesta demasía nos perdona, / que a
bien librar tú quedarás viudo, / y no solo viudo pero mudo. / ¡Ah Manjarés, chiquito
don Antonio!, / ¿adónde está tu madre mi señora? / Ella te podrá dar por testimonio /
de cómo se le paga la demora; / tu padre con nosotros fue demonio / y tú sigues sus
pasos desde agora: / vete, vete, rapaz, tú poco a poco, / mira que tienes términos de
loco. / ¡Ah, ojos de aspa tuerta, Ballesteros!, / en mal cobro pusiste tu guaricha, / tu
plata, tus tapices y dineros, / pues ella nos está haciendo chicha / y dellos somos ya tus
herederos, / lo cual debes tener a buena dicha: / liberal eres en pagar escote 746, /
dándonos la mujer con larga dote. / Tesorero Bartolomé García, / bien puedes enviar
745
-Inútil.
746
- Cuota.

175
por tu mulata, / que por tenerla a cuestas tantos día / nadie la quiere cara ni barata; /
e yo, si por ventura fuere mía, / darétela sin oro y aun sin plata, / pues yo no me
contento ni me alegro / de ver tanto albayalde sobre negro747. / ¡Ah Francisco de
Castro, desbarbado!, / libre puedes estar desta querella, / pues la virgen pegada con tu
lado / no perderá la sangre de doncella / si no fuese buscándole tocado / que pudiese
mejor satisfacella, / que tus esfuerzos no serán bastantes / para dalle presea con
pinjantes748. / Alcalde trapecista749 Campuzano, / no pienses desnudarte la pelleja750, /
porque pensabas ya darle de mano751 / para buscar más nueva haceleja752, / que
también por acá ningún anciano / se precia de vestir ropa tan vieja; / si no la compras
con algún embuste, / con ella pienso retorvar un fuste 753. / No tengas pesadumbres tú,
Riberos, / por faltarte las pasas y grajea 754, / pues á trueco de muy pocos dineros /
traerás otra más moza de Guinea: / que tienen linda tez aquellos cueros / para
poderlos blanquear con brea755, / y nosotros, en las horas obscuras, / hemos de
recorrerle las costuras756> / Otras muchas afrentas y denuestos / decían los demás en
alto grito, / que querer referirlos, demás destos, / seria proceder en infinito; /
mayormente que son tan deshonestos / que no sufren ponerse por escrito, / y en los
dichos mudamos elegancia / puesto que no se muda la sustancia. / Porque cada cual
indio destos senos / hoy día puede ser lengua bastante, / y son en sus palabras tan
obscenos / que no se vido cosa semejante; / En obras de maldad no lo son menos, /
antes el mejor es fino bergante757; / Y cuanto se concluye y se comienza / por ellos es
notable desvergüenza”(641-642).
Porque, según Castellanos, en la medida que los indios dejan de ser tales y se
pegan a los españoles, abandonando sus usos y costumbres, es decir, se vuelven
ladinos, solo aprenden maldades, que es lo único que les pueden enseñar los
españoles: “Y notan de la gente castellana / sus mañas, sus ardides y secretos; / y
todos ellos cuando ven la suya / no dejan ocasión que se les huya. / No toman la virtud
de estas escuelas / sino pecados, juegos, desatinos / y tantos más abundan de
novelas758 / cuanto se van haciendo más ladinos; / y estos, en los engaños y cautelas, /
747
- Los indígenas tratan despectivamente a los negros, por actuar casi siempre como
verdugos a las órdenes de los españoles. Albayalde sobre negro, pintura blanca sobre
negro, su cuerpo sobre el de la mulata.
748
- Que ni siquiera adornándola con todas las joyas volverá a lucir como antes.
749
- Tramposo.
750
- Quitarse algo de encima, cambiar.
751
- Abandonar.
752
- Barragana, concubina.
753
- Forrar una columna.
754
- Confite, dulce menudo.
755
- Otro insulto a las mujeres negras, diciendo que son tan oscuras que solo se
pueden blanquear con brea, que es una sustancia completamente negra.
756
- Revisar todo su cuerpo.
757
- Malandrín, pícaro, sinvergüenza.
758
- Novedades, cuentos, historias.

176
son peores que espíritus malignos / y entrellos no se ve mozo ni viejo / que quiera ser
capaz de buen consejo”(675).
Todas estas “apostemas”759, que escribiría Castellanos, lanzadas contra los
españoles, aparecen resumidas y reiteradas en los discursos de los caciques, que el
autor siembra con exuberancia a lo largo de toda la obra. Aparte el ya citado en el
capítulo anterior discurso de la cacica dominicana Anacaona, Bacaunar, cacique de la
isla de Trinidad, también arenga a los suyos:
"<Entended pues que vamos á la guerra / y no por pasatiempos ni placeres, /
sino para morir por nuestra tierra / defendiendo los hijos y mujeres; / Y para no huir de
sierra en sierra / por no cumplir ajenos pareceres, / sobresaltados, flacos, sin consuelo,
/ por cama principal el duro suelo; / y porque no muráis en granjerías 760, / que solo las
pensar da grave pena, / trabajando las noches y los días / con sujeción de todo bien
ajena, / do las más descansadas pasadías / serán cepos y grillos y cadenas, / como
sabéis muy bien los que por agua / huísteis algún tiempo de Cubagua. / Demás desto
debéis de parar mientes761 / a las cosas de nuevo sucedidas / en padres, deudos, hijos
y parientes, / que perdieron ayer sus dulces vidas: / Veis huérfanos los niños
inocentes; / viudas mil mujeres y perdidas; / oís lloros, sollozos y gemidos / que hieren
y lastiman los oídos>”(178). Baucanar ha convocado a los principales caciques de la isla
de Trinidad, y en la pluma de Castellanos les habla: “<Pues que todos estáis tan bien
armados / y de lo necesario proveídos, / está claro que ya sois avisados / del fin para
que sois aquí venidos: / Pues es a defender vuestros estados / y las tierras adonde sois
nacidos, / nuestras mujeres, hijos y parientes / con las cosas a esto concernientes. /
Cosa de donde daños e provechos / podrían redundar á nuestra gente / todos debéis
de la tomar a pechos, / no con temeridad ni flojamente: / Para tal tiempo son los altos
hechos, / los tiros y los golpes del valiente, / grandezas y hazañas señaladas, / los
engaños, ardides y celadas. / Vuelve nuestro contrario con aumento / de gente que
tenéis bien en memoria, / y está claro que vuelve con intento / de morir ó quedar con
la victoria: / Pues para reposar trazan asiento / como si fuese ya suya la gloria, / sin
temores de nuestros hombres buenos / que della los podrán hacer ajenos. / Paréceles
la isla cosa bella, / y a su deseo hinche la medida; / Ellos han de morir por poseella / y
no hacer baldía su venida; / Mas a nosotros por echarlos della / conviene sin temor
perder la vida, / pues una vez morir mejor seria / que morir cien veces cada día. / Que
si sois avisados y discretos / entenderéis que quieren muy de veras / hacernos sus
esclavos y sujetos / para que les hagamos sementeras; / Y a los que no les fuéremos
acetos762 / sacarnos destas fértiles riberas, / llevándonos en grillos y cadenas / por mar
a conocer tierras ajenas. / En sus heredamientos y cortijos / moriréis con trabajos
inhumanos, / apartados los padres de los hijos, / hermanos de carísimos hermanos: /

759
- Pústulas.
760
- Trabajos para los españoles.
761
- Pensar, discurrir.
762
- Adeptos.

177
No cesarán rencillas ni letijos763, / si descansar quisieran vuestras manos. / Y los ciertos
descansos y holguras / habrán de ser en cárceles oscuras>”(185).
Rumiñahui también arenga en idéntico sentido a sus tropas antes de atacar a
Belalcázar, recordándoles las glorias del incario y su triste final: “<Ya veis el miserable
cautiverio / con que los hados van amenazando, / y cómo de los Ingas el imperio /
extrañas gentes vienen ocupando, / con muertes, deshonor y vituperio / de los que
sobre nos tenían mando: / El gran emperador Guáxcar sin vida, / la de Atabalibá
también perdida. / Otros poseen ya su plata y oro / y buscan lo que más hay
escondido; / El caudaloso fausto y el tesoro / de Cuzco y Caxamalca 764 veis perdido; /
La majestad, respecto y el decoro / de nuestros orejones 765 abatido, / haciéndoles que
acudan con tributos / de plata y oro, joyas y otros frutos. / Y también vienen en
demanda nuestra / a fin de que hagamos otro tanto, / si no convierte vuestra fuerte
diestra / su crecido placer en duro llanto, / y aquel dominio de la gloria vuestra / no les
pone temor, terror y espanto, / encomendando bien a las memorias / vuestros
heroicos hechos y victorias. / Pues si con éstas aceptáis la vida / ¿adonde pretendéis
hacer empleo? / En cualquier parte que pongáis la mira / acertaréis al blanco del
deseo, / y abatiréis aquella mortal ira / a quien anima su primer trofeo, / ganado sin
rigores de pelea / ni movimiento que defensa sea. / Y es fácil de domar esta demencia,
/ por ser pocos766 y en fuerzas no mejores, / pues que nos consta ya por experiencia /
que padecen flaquezas y temores. / Veis demás desto cuánta diferencia / hay de ser
siervos a quedar señores, / de perder o cobrar vuestros estados, / o de siempre
mandar o ser mandados. / No cause lo de Caxamalca miedo, / por nos vencer allí pocos
cristianos; / pues cada cual de nos estuvo quedo / sin querernos valer de nuestras
manos, / porque juzgábamos por el denuedo / y el aspecto no ser hombres humanos;
/ Mas ya nos consta por sus condiciones / que son hombres mortales y ladrones. / Y
aquellos pocos de redondas uñas767, / do suben y les sirven de castillos, / podéislos
enlazar por las pesuñas, / como cuando cazáis con los aillos768, / o los civis769 con que
tomáis vicuñas, / usando tal ardid en vez de grillos; / y a tierra veréis ir en ese punto /
caballo y caballero todo junto. / Ansí que, pues en esto no va menos / que las honras,
haciendas y las vidas, / y tenemos aquestos campos llenos / de gentes diestras bien
apercebidas, / haced aquello que debéis a buenos / en refrenar las sueltas y atrevidas;
/ Porque si no, veréis en sus poderes / vuestras queridas, hijas y mujeres>”(850).
La cacica conocida por los españoles como La Gaitana, llegó a donde sus
deudos, grandes señores de la tierra de Popayán, entre ellos su esposo, a pedir
venganza por su hijo muerto, quemado vivo por los españoles: “Ronca la voz, los ojos
hechos fuentes / turbada, despulsada y amarilla, / la voz apenas saca de los dientes, /
763
- Litigios.
764
- Cajamarca.
765
- Jefes guerreros, nobleza incaica.
766
- Los españoles.
767
- Se refiere a los caballos.
768
- Los ayllus, con sus comunidades, en grupo.
769
- Lazos. Boleadoras.

178
despedazada cada cual mejilla, / Diciendo: <Deudos míos y parientes, / muévanos mis
desdichas a mancilla: / A ti más que a ninguno, Pigoanza, / competen los rigores de
venganza. / A ti me quejo, y el favor invoco / con que mi gran agravio se castigue, /
pues nuestro parentesco no es tan poco / que por muchas razones no te obligue / a
refrenar la furia deste loco770 / que a ti y a mi y a todos nos persigue, / con cuyos
vientos vamos navegando / y en un mismo navío naufragando. / Común y general es la
tormenta: / Nadie desta fortuna se reserva; / Truécanse los honores en afrenta, / la
noble libertad se hace sierva: / quien tal calamidad experimenta / busque la verdadera
contrahierba771, / que deste mal es único remedio / quitándolos a todos de por medio.
/ De la mujer, del hijo, del marido / se sirven, y los tienen por despojos; / Y no pequeña
parte te ha cabido / de la continuación destos enojos, / pues tienen con engaños
detenido / al hijo que es la lumbre de tus ojos: / No lo goza su deseosa madre, / ni le
consienten ir a ver su padre. / Aquel origen triste de mi llanto, / hijo mío, dolor de mis
entrañas, / quemaron vivo por poner espanto / a nuestras gentes y a las más extrañas:
/ De ti sé que harían otro tanto: / tales son sus cautelas y sus mañas. / Mira por ti, pues
ellos son de arte / que será menester anticiparte. / Bien hace quien de tal golpe se
escuda, / y huye de mojarse cuando llueve; / A nuestra causa la razón ayuda, / y la
ventura va con quien se atreve; / De la victoria nuestra no se duda / ni de pagar su
deuda quien la debe; / Bien sabes que será juicio vano / soltar las ocasiones de la
mano. / A quien fue causa de mi desventura, / junto lo tienes y aun te hace cocos 772: /
Es cómodo lugar, gran angostura, / los tuyos muchos, y los suyos pocos, / nunca mejor
sazón y coyuntura / para que nadie quede destos locos; / Dad en los que los hados
amonestan, / porque después daréis en los que restan. / Este propósito tiene Pirama; /
Guanaca quiere questo se concluya; / los Paeces que acuden a la trama / tu
determinación es propia suya; / En todo cuanto Timaná se llama / no resta voluntad
más que la tuya: / En guerra que desean tantos buenos / no tienen los yalcones de ser
menos. / Mira, señor, la general fatiga, / el miserable pueblo cómo anda, / la justísima
causa que te obliga / a querer aceptar esta demanda, / pues eres General en esta liga /
do van tantos caciques de tu banda: / Cuanto les ordenaras harán luego, / e yo de
parte suya te lo ruego>”(890-891). Y termina diciéndole: “<A todos cumple menear los
codos / y a ninguno mostrar la mano blanda, / siendo de condición el enemigo / que
nunca se descuida del castigo. /... Y si por caso, lo que Dios no quiera, / de paz o de
guerra caes en sus manos, / reconocida tienes la manera / del castigo que dan estos
tiranos: / vivos en ardentísima hoguera / los sepultan por casos muy livianos; / pues
considera si serán más justos / contigo que les das tantos disgustos>”(909).
Toné, cacique en el valle del Cauca, les habla también a los suyos: “<Oíd con
atención, fuertes varones, / deciros he razones que os espanten / y el ánimo levanten
más caído, / pues quiero, no movido por antojos, / poner ante los ojos desventura /
que pide ser la cura sin tardanza, / antes que más pujanza destas gentes / atraiga
770
- Se refiere al sevillano Pedro de Añasco, hombre de Belalcázar, ahora por la zona
de Popayán.
771
- Antídoto.
772
- Hacer cocos: hacer halagos.

179
nuestras frentes a su yugo. / Durísimo verdugo, va sin freno / usurpando el ajeno
territorio, / y según es notorio, los haberes, / los hijos y mujeres y haciendas. / Para
tomar enmiendas falta brío; / Cada cual está frío conociendo / que nos van
consumiendo poco a poco; / Paréceme ser loco sufrimiento / dejar su desatiento sin
castigo. / Por vosotros lo digo, gente fiera, / que ya puede cualquiera subyectaros, /
moveros y mandaros como a brutos, / pagándoles tributos y a porfía / cumpliendo
noche y día voluntades / ajenas de verdades y modestias: / Llévannos como bestias
donde quieren; / nuestros hijuelos mueren sin venganzas / en minas y labranzas que
les labran; / Azotan, descalabran a los flojos; / Vosotros como cojos y sin manos / sufrís
estos cristianos. ¡Ay, catíos! / ¿Qué son de vuestros bríos y braveza? / ¿Que es de la
fortaleza que solía / domar la serranía peleando? / ¿Quién ha tornado blando vuestro
pecho? / ¿Quién turba y ha deshecho los alardes773? / Bajos, viles, cobardes corazones,
/ pues tantas sinrazones como éstas / lleváis a vuestras cuestas con paciencia. / Mirad
la diferencia de las mías, / pues que Pedro de Frías 774 sabéis cierto / ser por mis manos
muerto y otros siete / y el lengua y alcahuete Juan González, /... La vil desconfianza se
deseche; / el tiempo se aproveche, no se pierda; / el arco tenga cuerda mas estrecha; /
la voladora flecha nunca pare; / la macana declare su justicia: / Salgan a la milicia
desde luego / bien tostados al fuego los astiles: / Huyan temores viles de los senos, /
pues veis que no va menos en la obra / que gozar sin zozobra de las prendas / de hijos
y haciendas y mujeres. / Aquestos pareceres no son vanos: / Por tanto nuestras manos
y nobleza / muestren su fortaleza y estén prestas / a redimir molestas
vejaciones>”(973-974).
El cacique Ocharí, por el Chocó, increpa a sus guerreros, que se retiran después
de ser duramente castigados por los españoles: “<¿Dó va la compañía que no siente /
la pérdida presente de señores / muertos en los rigores desta guerra / por libertar su
tierra de tiranos / y sacar de las manos de extranjeros / vuestros herederos y
parientes? / Oh flojos, negligentes, vulgo loco, / ¿Cómo tenéis en poco la venganza /
del estrago y matanza de los nuestros, / animosos y diestros en sus hechos? / Volved,
volved, pertrechos a la mano, / no quede cristiano que no muera, / pues quedan de
manera todos ellos / que podremos vencerlos fácilmente>”(1049).
El cacique Tundama, gran señor de Tunja, le responde a Maldonado que le ha
pedido vasallaje: "<Alabo yo la paz que me demandas / con tus palabras blandas, si las
obras / fuesen sin las zozobras del tributo, / pues quiero de ese fruto ser exento /
porque con tal intento me defiendo; / y porque sé y entiendo vuestras mañas, / al Rey
de las Españas, tolerable / sería y agradable darle dones, / pues todas las naciones le
respetan, / y reyes se sujetan a su gusto, / y éste no será justo dar al siervo. /
Hallarásme protervo775 cerca desto / por no me ser honesto ni decente / servir al que
es sirviente mal mirado, / pues él no te ha mandado que nos mates / ni robes, ni
maltrates, ni despojes; / más tú todo lo coges y arrebatas, / en nuestra sangre bañas
773
- Demostraciones de poder. Normalmente se llamaban alardes a los desfiles o
fiestas donde los ejércitos se reunían.
774
- Uno de los capitanes de Jerónimo de Lebrón, que intentó la entrada a Antioquia.
775
- Obstinado.

180
tus alanos776, / cortas los pies y manos y narices, / genitales raíces atormentas; /
demás destas afrentas, robas templos. / No me traigas ejemplos de los muertos, / pues
por sus desconciertos se perdieron, / y porque no tuvieron mis motivos / ahora con los
vivos has de habello. / Aliento ni resuello no me falta, / y la presunción alta y animosa /
con gente belicosa que desea / ver en esta pelea cuánto vales / y cómo della sales
victorioso. / No tomes más reposo, porque luego / quiero hacer principio de mi juego>
/ Aquesto dicho disparó su tiro, / y luego los demás una nubada / de flechas
susurrantes, tan espesas, / como las gruesas gotas cuando vienen / de la preñada nube
descendiendo / con viento huracán tempestuoso”(1314-1315).
La guerra, pues, se transformaba, según Castellanos, en la respuesta indígena a
tantos desafueros como cometieron contra ellos. Una guerra terrible, pero
tremendamente efectiva.
La batalla comenzaba con el bramar de “indicas cornetas”:
En Trinidad: “Mas Baucunar, tocando su corneta, / salieron los que estaban
emboscados / con tal y tan cruel arremetida / que muchos nuestros fueron sin la
vida”(180). En Santa Marta: “Porque las gentes a furor sujetas / se convocan, animan y
se llaman / tocando sobre más de mil cornetas / que parecen tocándolas que
braman”(519). En la Guajira: “Animan con cornetas los de fuera / que son hechas de
grandes caracoles”(564). En Bonda: “Llegados a las partes más vecinas, / subidos en
cerrillos y peñoles, / tocaron las cornetas y bocinas / cóncavos y marinos
caracoles”(655). En Turbaco: “Cuando vieron plumajes infinitos / que descendían con
potente mano, / dando terribles y espantables gritos; / temeroso ruido de cornetas / y
abundancia de dardos y saetas”(704). En Urabá: “Había de cornetas gran repique /
ostentando sus fuerzas y poderes, / y todos cuantos son, puestos a pique 777, / según
requieren tales menesteres”(750). En Sogamoso: “Tocáronse los roncos instrumentos,
/ fotutos778 y cornetas, dando grita”(1256). En las sabanas de Bogotá: “Señal de
sanguinoso rompimiento, / y el terrible bramido de cornetas / de grandes y marinos
caracoles”(1316).
Y atambores:
En Tamalameque: “Y de una y otra parte de aquel río / tocaban infinitos
atambores / con grita que denota gran gentío / por cima de los ásperos altores, / y el
ruido les fue tan enojoso, / que no tuvieron punto de reposo”(566).
Y ambos, atambores y cornetas juntos, en la Tora: “Y demás de los gritos y
clamores / que dan a la no vista compañía, / tocan tantas cornetas y atambores / que
pareció que el mundo se hundía”(596). En San Juan de Rodas: “Con estruendo, ruido y
alboroto / de horrísonas bocinas y cornetas, / de canillas, de brazos y de piernas / de
sus contrarios muertos en la guerra; / apresurados sones de atambores / y voces que
confunden los oídos”(1002). En Tunja: “Con tumulto, grito y algazara, / y estruendo de

776
- Perros.
777
- Poner a pique, a punto de caer.
778
- Caracoles. El nombre de fotuto quedó adscrito a los pitos o instrumentos de
viento.

181
cornetas y atambores / con que los vagos aires779 se rompían, / llevando las palabras
furiosas, / fieros, bravosidades y amenazas / a los oídos de los españoles”(1312)
Tanto que hasta los animales salvajes se espantan: “Y ansímismo las bárbaras
cornetas, / estruendo de atambores y bocinas, / la grita y alarido descompuesto / que
suelen en señal de rompimiento, / con tal retumbo, que los animales / fieros
desamparaban sus cavernas / buscando cada cual lugar seguro / fuera de aquel
horrísono ruido”(1213).
Luego llegaba la batalla, donde todos los ruidos y sonidos se arremolinaban:
“De parte de los bárbaros gobiernos / en una y otra parte represados, / el ruido fue
tanto de los cuernos / o caracoles grandes engastados / que parecía que de los
infiernos / salían rebramando los dañados / gritos de las mujeres y clamores / y roncos
sones de sus atambores / rompen los aires, y las nubes hienden; / obra la furia, crece
la porfía, / palabras ciertas no se comprenden / porque la confusión prevalecía; / solas
las manos son las que se entienden / por quien contrario golpe recibía. / Hablan tajo,
revés, aguda punta, / o macana que brazos descoyunta”(913). Así debió sonar en
verdad el feroz combate entablado en Timaná, en la zona de Popayán. Resumido
también en la entrada de Pedro de Heredia en el pueblo de Turbaco: “Brama la tierra
con mortal gemido / y auméntase la grita y alarido”(704).
Las armas de los indígenas resultaban temibles, como en las serranías de Nori:
“En uso de sus armas son expertos, / y para las tomar ninguno tardo; / en los tiros que
hacen son muy ciertos: / usan macana, honda, lanza, dardo”(769). En el valle de Patía:
“Con posturas gallardas y lozanas / paveses, dardos, lanzas y macanas”(871). O en los
Vélez: “Mayormente que no puede negarse / ser estos indios válidos guerreros, /
alentados, ligeros, corpulentos, / y en el acometer determinados, / demás de la
destreza vigilante / que tienen en el uso de sus armas”(1257).
A la hierba, el veneno, era a lo que más temían. Era muerte segura al poco
tiempo de resultar heridos o, como cuenta, varios días después, tras tan graves
sufrimientos que algunos deseban matarse de su propia mano:
“Ninguno dellos780 hay que quede / por lo menos sin cinco o seis flechazos, / de
tan rabiosa yerba, que ninguno / dejará de morir con solo uno”(607). “Muerte
sumamente trabajosa / a causa de la yerba ponzoñosa. /... con el color mudado y
amarillo, / traspellados781 los dientes y rabiando / hacía de la boca colodrillo 782, /
como suelen hacer con violencia / los que padecen esta pestilencia”(734). “El tiro del
carcaj va siempre lleno / cuando se ven en bélica porfía, / de pestilencialísimo veneno /
que mata dentro de natural día; / algunos al tercero y al septeno, / con rabia que de
seso los desvía, / y aun ellos se darían mala muerte / si los dejasen solos desta
suerte”(496).

779
- Vagos aires: Vaporosos.
780
- Los que entraron por la sierra Tairona.
781
- Cerrados.
782
- Parte posterior de la cabeza. El agitado giraba al parecer tanto la cabeza que no se
sabía dónde estaba la boca y dónde el cráneo.

182
La hierba, curare o veneno, fue descrita por otros contemporáneos, aunque el
que da una descripción más interesante y directa, porque estuvo en la misma zona que
Castellanos y por la misma época, es Pedro Cieza de León, cronista de los más
interesantes para la historia del Perú, que también anduvo por Cartagena y allí recogió
esta información783.
783
- “Por ser tan nombrada en todas partes esta hierba ponzoñosa que tienen los
indios de Cartagena y Santa Marta me pareció dar aquí relación de la composición
della, la cual es así. Esta hierba es compuesta de muchas cosas; las principales yo las
investigué y procuré saber en la provincia de Cartagena, en un pueblo de la costa
llamado Bahaire, de un cacique o señor dél, que había por nombre Macuriz, el cual me
enseñó unas raíces cortas, de mal olor, tirante el color dellas a pardas. Y díjome que
por la costa del mar, junto a los árboles que llamamos manzanillos, cavaban debajo la
tierra, y de las raíces de aquel pestífero árbol sacaban aquéllas, las cuales queman en
unas cazuelas de barro y hacen dellas una pasta, y buscan unas hormigas tan grandes
como un escarabajo de los que se crían en España, negrísimas y muy malas, que
solamente de picar a un hombre se le hace una roncha, y le da tan gran dolor que casi
lo priva de su sentido, como aconteció yendo caminando en la jornada que hicimos
con el licenciado Juan de Vadillo, acertando a pasar un río un Noguerol y yo, adonde
aguardamos ciertos soldados que quedaban atrás, porque él iba por cabo de escuadra
en aquella guerra, a donde le picó una de aquestas hormigas que digo, y le dio tan gran
dolor que se le quitaba el sentido, y se le hinchó la mayor parte de la pierna, y aun le
dieron tres o cuatro calenturas del gran dolor, hasta que la ponzoña acabó de hacer su
curso. También buscan para hacer esta mala cosa unas arañas muy grandes, y
asimismo le echan unos gusanos peludos, delgados, cumplidos como medio dedo, de
los cuales yo no me podré olvidar, porque, estando guardando un río en las montañas
que llaman de Abibe, abajo por un ramo de un árbol donde yo, estaba uno de estos
gusanos, y me picó en el pescuezo, y llevé la más trabajosa noche que en mi vida tuve,
y de mayor dolor. Hácenla también con las alas del murciélago, y la cabeza y cola de
un pescado pequeño que hay en el mar, que ha por nombre peje tamborino, de muy
gran ponzoña, y con sapos y colas de culebras, y unas manzanillas que parecen en el
color y olor naturales de España. Y algunos recién venidos della a estas partes,
saltando en la costa, como no saben la ponzoña que es, las comen. Yo conocía un Juan
Agraz (que ahora le vi en la ciudad de San Francisco del Quito), que es de los que
vinieron de Cartagena con Vadillo, que cuando vino de España y salió del navío en la
costa de Santa Marta comió diez o doce destas manzanas, y le oí jurar que en el olor,
color y sabor no podían ser mejores, salvo que tienen una leche que debe ser la
malentía tan mala que se convierte en ponzoña; después que las hubo comido pensó
reventar, y si no fuera socorrido con aceite ciertamente muriera. Otras hierbas y
raíces también le echan a esta hierba y. cuando la quieren hacer. aderezan mucha
lumbre en un llano desviado de sus casas o aposentos, poniendo unas ollas; buscan
alguna esclava o india que ellos tengan en poco, y aquella india la cuece y pone en la
perfección que ha de tener, y del olor y vaho que echa de sí muere aquella persona
que la hace, según yo oí. Con aquesta hierba tan mala como he contado untan los

183
Veneno para el que buscaban desesperadamente remedios, antídotos o
“contrahierbas” para salvar la vida. Castellanos se dirige ahora a los lectores “hombres
de ciencias”, y cuenta una experiencia personal:
“Nadie quiso hacer el experiencia / de muchos que después yo vi heridos; /
Echen juicios pues, hombres de ciencia, / si destos casos viven advertidos: / Si por
ventura hacen resistencia / venenos a venenos recibidos, / que desto que yo vi soy
buen testigo, / y afirmo por verdad lo que aquí digo. / En efecto, la cosa más usada /
para seguridad de tan mal juego / es el cortar la carne maculada / cauterizándola con
vivo fuego; / Mas no quiere ser cura dilatada, / que nada prestará no siendo luego 784; /
Y pues que trato del remedio presto, / quiero decir un cuento cerca desto: / Iban
ciertos soldados singulares, / de gente que llamamos baquiana, / conquistando la
tierra de Tagares, / que son confines de Maracapana785, / puerto bien señalado destos
mares / y de contratación cotidiana; / Y el cacique Mariño, belicoso, / un paso 786 les
tomó dificultoso. / De los soldados de mayor soltura / que el capitán tenía por ligeros,
/ hizo venir por la cuesta y angostura / hasta veinte, los diez arcabuceros, / en cuya
defensión y cobertura / irían otros tantos rodeleros787: / Yo con aquesta gente
caminaba, / y a un Joan de Quindós arrodelaba788. / Era la flecharía tan inmensa / que
del peñol y alto descendía, / que con rodela harto mas extensa / cubrir entrambos
cuerpos no podía; / Y en tal modo miré por su defensa / que no me descuidaba de la
mía, / y como no la puse bien pareja, / hirieron al Quindós en una oreja. / Pues como
de presente carecía / para poder quemarla de aparejo, / con riesgo que tardanza
prometía / si la tuviera para más consejo, / echó mano a la daga que traía / y luego la
quitó del pestorejo789, / queriendo con temor de la herida / quedar más sin oreja que
sin vida”(261).
Los arcos usados por los indígenas eran magníficos, potentes y muy bien
construidos. De ellos hace Castellanos prolijas descripciones. En las costas
venezolanas: “Las cuerdas de sus arcos más usadas, / y con que peleaban más de
veras, / eran listas de cañas bien sacadas / haciendo de sus nudos empulgueras790; /
que puestas en el arco y ajustadas / eran por mucho tiempo duraderas, / pues si a

indios las puntas de sus flechas, y están tan diestros en el tirar y son tan certeros y
tiran con tanta fuerza, que ha acaecido muchas veces pasar las armas y caballo de una
parte a otra, o al caballero que va encima, si no son demasiadamente las armas buenas
y tienen mucho algodón; porque en aquella tierra, por su aspereza y humedad, no son
buenas las cotas ni corazas, ni aprovechan nada para la guerra destos indios, que
pelean con flechas”. Pedro Cieza de Léon. La Crónica del Perú. Madrid, 1962. Pág. 51-
53.
784
- No siendo luego, es decir, inmediatamente.
785
- En la costa continental de Venezuela, cerca de Margarita.
786
- Un caminoangosto, una quebrada, un desfiladero.
787
- Rodeleros: soldados con rodela, un escudo grande para protegerse de las flechas.
788
- Protegía con el escudo.
789
- Pestorejo: en los cerdos, tira de carne que une las orejas al rostro.
790
- Zona del arco donde se ajusta la cuerda.

184
posta no se las quebraban / sus diez y doce años le duraban”(271). Algunos tan
potentes que podían disparar varias flechas a la vez: “También Mabuya fue tan gran
flechero / que yo le vi tirar tres flechas juntas, / y dar con todas ellas en terrero / y en
pequeño compás791 todas tres juntas”(Id.). Y tan flexibles que podían doblarse
completamente hasta juntar sus dos extremos, como los de las costas de Santa Marta:
“Tienen flechas y arcos no pequeños, / gruesos, y mal labrada la madera, / mas por
fuerza los hacen ser cimbreños / hasta hacer juntar el empulguera”(496).
Los arqueros (o “archeros”) usaban protectores para las muñecas, por ejemplo
los Cuicas, cerca de la ciudad venezolana de Trujillo: “No tantas hierbas hay en la
sabana / cuantas flechas, dardos y macanas. /... No se puede pintar bien con palabras /
la gran ferocidad que van mostrando, / el brioso furor, la torva cara, / el meneo del
arco y de la jara. /... Las cuerdas de los arcos dan crujidos / tantos y con tal furia los
excesos / que semejaban a los estallidos / cuando se queman montes muy espesos; / y
a no tener los brazos guarnecidos / les cortaran las carnes y aun los huesos / las
cuerdas, / pero dan en parte hueca / con que va reparada la muñeca”(466). O los
Calamarí de Cartagena: “Ponen en las muñecas flechaderos, / con aquellas posturas y
visajes / que los hacen más torvos y más fieros”(737). Y si faltaban las flechas, los arcos
eran tan robustos que podían usarse como macanas, como en la zona de Bonda: “Y los
que ya de flechas carecían, / que no gastaron números pequeños, / de los robustos
arcos se valían, / que no son menos que rollizos leños, / con cuyos golpes grandes
rebatían / las lanzas, los caballos y los dueños”(657). O en Santa Marta: “Tanto mal
hacen como duros leños / si a manteniente dan en la mollera, / pues su golpe la hace
dos pedazos / al tiempo que ya vienen a los brazos”(496).
Las flechas, dardos, jaras, jáculos, eran el arma preferida por los indígenas en el
combate: “Arma común de todos es la flecha, / que pocas veces halla medicina; / tiran
perdidas ciertas silbaderas792, / por emplear las otras más de veras”(496). Y bien
poderosas, por la fuerza que podían llevar: “Tan terrible vigor su tiro lleva / que fuera
de guerreras confusiones / a uno le hicieron hacer prueba / sobre corazas armas de
algodones, / y traspasólo todo como breva, / siendo de palo puro los arpones: / Ponen
arnés793, por ver si lo pasaba, / mas en aquel la flecha deslizaba”(496). Muchas de ellas
eran “tostadas”(922), es decir, quemada la madera, para darles más consistencia. Lo
mismo hacían con las puntas de las lanzas.
Y tantas que los endecasílabos corren en su recuento: “Vuela la venenosa
flechería / de que ninguno dellos iba falto; / tantas descienden, y con tanta priesa, /
como gotas de lluvia muy espesa”(502). “Y cargadas de dardos mil mujeres / que
servían en estos menesteres”(871).
La puntería de los indígenas era proverbial, y según Castellanos eso se debía a
la gran cantidad de ejercicios que hacían desde su infancia: “Ningunos pueden ser más
excelentes / de flecheros que el orbe nuevo cría, / porque desde muchachos
balbucientes / se hacen diestros en la puntería; / júntense muchos niños,
791
- Casi en un mismo lugar.
792
- Dardos más pequeños, con cerbatanas.
793
- Peto, armadura metálica.

185
pretendientes / de llevar cada cual la mejoría794, / puestos en los extremos de una
plaza / con bola verde como calabaza; / Estando todos ellos esperando, / arrójanla con
brazo vigoroso, / y aquel que no le da yendo rodando / queda de cierto premio
perdidoso; / vánse por tiempo tanto despertando / que, yendo con el paso presuroso,
/ nunca yerran conejo ni hutía, / ni saben arrojar flecha baldía”(355).
Las Elegías dan pie a multitud de demostraciones de esta habilidad: “Acaso
vieron encendida mecha / indios que velan en un altozano, / y teniendo por cierta la
sospecha / en que debía ser algún cristiano, / apuntan a la lumbre con la flecha /
clavándole la mecha con la mano”(502). “Hay morador del pueblo do yo vivo 795 / con
seis peligrosísimos flechazos, / e uno de ellos fue penosa rienda / por el miembro viril
atravesada”(1033).
Aparte el arco y las flechas usaban otras armas, como tiraderas y cerbatanas. A
ambas las describe con todo lujo de detalles: “Pero los indios Moscas 796, moradores /
de todo lo que llaman tierra fría, / usan principalmente tiraderas, / que son unos
dardillos de carrizo / con puntas de durísima madera, / que tiran con amientos 797, no
de hilos / sino con un palillo de dos palmos / del grueso de la flecha, prolongando / con
él la tercia parte de la caña. / Este tiene dos ganchos afijados, / distantes cada cual en
un extremo / del amiento que digo; con el uno / ocupan el pie raso del dardillo, / y el
otro, con el índice corvado, / aprietan con la flecha juntamente / hasta que el jáculo se
desembraza, / según la fuerza del que lo despide. / Es arma limpia de mortal veneno, /
y de todas las bárbaras es ésta / la de menor rigor, y harto menos / que flechas que
despiden cerbatanas, / pues hay cierta nación que dellas usa, / do meten jaculillos
venenosos / de muy sutiles puntas, y al principio / un poco de algodón que el hueco
hinche, / y cuando soplan, sale de tal suerte / que hace regulada puntería: / Y aun
acontece dar entre las cejas / sin que los ojos puedan dar aviso: / el golpe flaco, pero
los efectos / con mortales angustias amenazan, / a causa de tener mortal untura. /
Pero las tiraderas destos Moscas / con débiles escudos se resisten”(1156).
Flechas y tiros venenosos que los españoles temen porque llegan sin avisar. Así
dice Castellanos que el capitán Alonso Martín advertía a los suyos: “<Caballeros, la
cosa más segura / es huir los peligros conocidos, / sin ponernos en riesgos y aventura /
de quedar lastimados y heridos, / y más de pestilencia, que con cura / rarísimos
podrán ser socorridos, / pues en oscuridad no veis el tiro / hasta que se declara con
suspiro>”(1271).
Las hondas eran también usadas, tanto en la Sierra Nevada como en el sur
popayanés: “Innumerables hondas disparando; / con sus crujidos hacen tal estruendo /
que de sobresaltados los caballos / mal pueden los jinetes concertallos”(413).
“Hondas, de las cuales / usan en las peleas comúnmente / con brazo vigoroso, sin
torcerse / la piedra del objeto do la guían”(1242). “Los brazos fuertes con furor se
mueven; espesas piedras, lanzas, dardos, llueven. / No suenan tan espesos estallidos /
794
- Un premio.
795
- Tunja.
796
- Muiscas.
797
- Correa, cinta.

186
cuando las fuerzas de los fuegos crecen / en los espesos montes encendidos / que de
rocío y humedad carecen; / siendo de brazos vientos conmovidos / que los soplan,
avivan y engrandecen, / cuantos son los crujidos de la honda / que suena aquí y allí y a
la redonda”(858).
Usan también picas, como en la tierra de los Guanes: “Al encuentro salió con
gentil orden / un escuadrón soberbio de piqueros / que debían estar ya con aviso, /
haciendo retener el presuroso / paso del codicioso peregrino, / amparándose bien con
los escudos / porque con tal denuedo les picaban / como si fueran diestros alemanes /
en el compás de pies y en las posturas”(1245). O en el Chocó, “gruesos estacones / que
piramidalmente van labrados / hasta se rematar en sutil punta / tostada, tan aguda
que desmalla / las más fortificadas armaduras”(1055).
Se protegían con paveses y escudos, confeccionados con diversas pieles, como
los naturales del norte del río Magdalena: “Pavés de manatí, lanza tostada / casco de
duro cuero con plumaje, / con dardos o con flechas muchos dellos, / y cornetas
colgadas de los cuellos”(415). Otras veces eran de madera, engalanados con planchas
de oro, y, en general, el orden de sus atavíos, pertrechos y formaciones a Castellanos
le parece impecable: “En la composición de la ordenanza / pavés y dardos llevan los
primeros, / y los de más atrás aguda lanza; / Tras estos, muchedumbre de flecheros, / y
hondas, que tienen gran usanza, / cuyos tiros no son menos certeros”(412).
Disponían diversas trampas por los caminos que suponían habían de transitar
los españoles, como en Popayán: “Por partes do tenían ciertos hoyos / sutilmente
tapados y encubiertos, / uso común de todos estos indios / do toman ciervos y otros
animales”(1257). “ Y prevención de hoyos y de púas / de que tenían con sutil astucia /
ocupados los pasos y caminos; / mas los escarmentados españoles / iban con el recato
necesario, / engaños encubiertos descubriendo, / mas no tan sin daño, que no fuese /
con desgracia de Pedro de Alvarado / y Baltasar de Morantín, alcalde / en aquella
sazón, porque dos púas / quebrantaron el hilo de sus vidas / con aquellos rabiosos
accidentes / anejos de pestífero veneno”(1258).
O gruesas piedras situadas en los árboles que caían a su paso, por la zona del
Meta: “En árboles asidos con bejucos / que, hollados por los que no lo saben, /
derriban sobre sí la pesadumbre, / y una destas cayó sin dar de lleno / aunque lastimó
mal a tres soldados, / que fue para los otros escarmiento, / pues iban todos ellos
enhilados / recatados y fuera de camino / a causa de los lazos encubiertos”(1364).
“Galgas”, grandes piedras que arrojaban desde lo alto, para que, rodando,
arrastrasen tras sí a los que subían para obligarlos a bajar de los cerros, como en la
Sierra Nevada: “Subiendo no con poca pesadumbre / por asperísimos derrumbaderos,
/ salieron de lo alto de la cumbre / sobre los dichos doce compañeros / de galgas
infinita muchedumbre / y número crecido de flecheros, / con tanta grita, tantos
alaridos / que les atormentaban los oídos. / Son grandes los temores que conciben /
viéndose de esta suerte salteados, / por no hallar lugar sobre que estriben 798, / que
todos ellos son avolcanados, / y como las galgas los derriben / habían de rodar dos mil

798
- Donde poner sólidamente el pie.

187
estados799. / Con el temor de la precipitada / galga, van separados y disjuntos, / que
por alguno de esta camarada / pasó distancia de pequeños puntos. / Tras esto vino
galga de lo alto / sin punto declinar de la cuchilla 800, / la cual dio pequeño sobresalto /
a la famosa gente de Castilla. / Mas, antes de llegar, dio tan gran salto, / que salvó por
encima la cuadrilla; / dan gracias al Señor omnipotente / que los libró de riesgo tan
patente”(620-621).
Las descripciones de estas piedras cayendo y rodando ladera abajo son bien
plásticas y abundantes: “Lléganse más al escuadrón desnudo, / y entonces arrojó brazo
potente / un guijarro rollizo tal que pudo / al mulato Francisco de la Fuente 801 / hacerle
dos pedazos el escudo / y henderle los cascos de la frente, / el cual a pocos pasos dio
caída, / que fueron los postreros de su vida”(632).
“Galgas innumerables van saltando / que los duros encuentros hacen moles /
contra los que se vienen acercando / a los que defienden los peñoles; / y ansí
quedaron del cristiano bando / perniquebrados ciertos españoles, / y con las otras más
pequeñas piezas / corriendo sangre no pocas cabezas”(858).
“Y ansí cuando llegaba do pudiera / valerse de los pies y de las manos, / una
terrible galga de las muchas / que se precipitaban de lo alto / le dio tan gran
encuentro, que lo hizo / por los vagantes aires ir volando, / hasta llegar al gremio de la
madre802 / donde se reclinó hecho pedazos”(1321).
“Con lo cual comenzaron la subida / apercibidos de sus instrumentos / con la
comodidad que fue posible, / y a los primeros pasos fue tan grande / la presurosa
fuerza de las galgas / de precipitante curso, y el ruido / dellas como si fuera terremoto,
/ que el pináculo803 todo conmovía, / en tal manera que los españoles / a su pesar
mudaron pareceres, / y los pies a lugares más seguros”(1325).
Otras veces eran grandes maderos los que les arrojaban, como en el Chocó,
donde alrededor de una fortaleza los indígenas tenían habilitadas “y empinadas a
trechos grandes vigas / sueltas y sin ninguna ligadura, / pero de tal manera que
juzgaran / ser a la fábrica correspondientes804, / y para sustentar su pesadumbre, /
siendo cualquiera mano poderosa / para precipitarlas fácilmente / sobre los que
llegaran descuidados”(1056).
Muchas veces les hacían la guerra desde canoas, de las que eran hábiles
conductores y constructores: “Debajo de las cuales805 hay canoas, / o navíos que
tienen diputados, / con que se mandan hombres y mujeres / y se sirven en todos
menesteres. / Es la canoa barca de un madero / que rige con grandísima destreza / el
bárbaro patrón o marinero, / y corre con tan grande ligereza / que parece vencer lo
mas ligero, / por ser hecha con mucha sutileza; / Y no son muy crecidos estos leños, /
799
- Estadios: medida de longitud 125 pasos.
800
- Quebrada angosta.
801
- De la expedición de Francisco González de Castro a las tierras de Pocigueyca.
802
- Gremio de la madre: la madre tierra, a ras del suelo.
803
- Cerro, montaña.
804
- Como si fueran parte del edificio, para no llamar la atención.
805
- Debajo de sus casas, en el lago de Maracaibo

188
pues por la mayor parte son pequeños”(351). Otra vio hacer, también en el lago, “del
tronco de una ceiba verde, / tan grande que ella pide que me acuerde 806”(Id.), que
para poder meterla en el agua, de tan grande como era, se necesitó “crecido numero
de gente”, y “fue cosa, según dicen, conveniente / que diez pies le cortasen de la popa,
/ con las cuales industrias y concierto / la metieron en el acuoso puerto/... Pasaron,
pues, el lago descubierto / de la manera que se representa; / los moradores dél en
cada puerto / hacen de sus canoas mucha cuenta, / cavadas con gran orden y
concierto / con carecer de toda herramienta; / más lábrala flegmático sosiego 807, / con
hachuelas de piedra y con fuego”(351-352).
“También podré decir sin desvarío / que suele navegar algún salvaje / por
esteros, lagunas o por río, / y, dada conclusión a su viaje, / puesto sobre sus hombros
el navío / lo lleva donde hacen estalaje 808; / Parecen monstruosas cosas éstas / por
poder llevar navíos a sus cuestas. / Quiérome declarar desta manera / por deshacer la
duda el oyente, / haber canoa como lanzadera / capaz de una persona solamente, /
hecha de ligerísima madera / que vuela contra toda la corriente; / y por no la dejar en
el arena / en los hombros la lleva muy sin pena; / Y aun suele hacer más la gente fiera /
contra sus enemigos peleando: / tener el un pie dentro, y otro fuera, / con el cual va la
barca gobernando, / sirviéndole de remo, de manera / que puede con las manos ir
flechando, / y no va menos cierta la saeta / que si la despidiera diestro geta 809”(353).
También aprendieron a usar las armas españolas, como un cacique en las
tierras de Barquisimeto: “Porque llegó con armas de cristianos / y en ellos hizo tal
arremetida / que les quitó la presa de las manos”(431). El cacique Macarona, que
ocupó un fuerte español en Santa Marta, se apoderó de las armas que allí había, “las
cuales repartía Macarona / según la calidad de la persona. / Fueron cargados de
preciosas galas, / oro, perlas y plata gran cuantía, / y a sus casas por ásperas escalas 810
/ las piezas suben del artillería; / llevaron polvorín, pelotas811, balas, / y cuantas armas
español tenía: / espadas, cotas, lanzas, escopetas, / que sus manos traían inquietas. /
Porque para sus bélicas porfías / aquellas aplicaron a su uso / ejercitándose las
punterías / por acertar el blanco que se puso, / hasta que después de muchos días / el
cebo de la pólvora concluso. / Y auque no les faltaron materiales / faltáronles peritos
oficiales”(640).
O se las compraban a algunos comerciantes que pasaban por las costas, como a
cierto barco francés, también cerca de Santa Marta: “Jebo hizo sus pies apresurados /
806
- Efectivamente, se acuerda catorce páginas después y da el dato: “Tronco de veinte
pies en la grosura / y de ciento cincuenta de longura”(365). Equivalentes a cinco
metros y medio de grueso y cuarenta y dos de largo.
807
- Paciencia
808
- Campamento.
809
. Natural de un pueblo del reino de los escitas, al este de Dacia, famosos por su
puntería como arqueros.
810
- Por los caminos escalonados de la Sierra Nevada, a los que nos referiremos en el
próximo capítulo.
811
. Esferas de hierro que disparaba el cañón.

189
a celebrar con ellos amistades; / Indios llevó consigo desarmados / para representar
seguridades, / y en poniendo los pies en la ribera / mostró señal de paz, blanca
bandera. / Los navegantes, no sin gran recato, / envían un bajel en el cual vino / un
vascongado con quien un buen rato / el Jebo razonó como ladino, / diciéndole que
vienen a contrato / y que traían joyas de oro fino; / Y el navarrisco, que por ellas
muere, / dijo que le dará cuanto pidiere, / que traían buen vino de Sorrento812, /
hachas, machetes, coseletes, cotas; / Jebo responde: <Mi mayor intento / no fue
comprar el vino de tus botas813, / mas la playa tendrás muy a contento / si pólvora me
dieres y pelotas, / y algunos arcabuces competentes, / que sean lisos, limpios y sin
fuentes814> / Como Jebo ceñía espada y daga, / entienden que de veras lo decía, / y
con tan buenas joyas los amaga / que le vendieron cuanto les pedía; / Y es cosa
creedera que la paga / fue siete veces más que merecía. / Al fin los indios vuelven á sus
nidos, / de pólvora y pelotas proveídos. / Y en todo tiempo, donde residían, / en las
horas nocturnas y quietas, / para velar personas se ponían / de las más avisadas y
discretas, / y al tiempo que los cuartos se rendían815 / disparaban cargadas escopetas,
/ de tal manera que cristianos hartos / oyéndolas también rendían cuartos 816. / Ansí
que, si recuentros sucedían, / allende de los arcos y las flechas, / también con
arcabuces acudían, / algunos dellos ya las cargas hechas, / frascos 817 que de los
hombros dependían, / en los brazos los rollos de las mechas, / las cabezas cubiertas
con celadas / y todos los mas dellos con espadas. /... Y el Jebo de los hechos en España
/ lleva sus aderezos y vestidos, / y espada, daga por bordón jineta 818, / y un paje junto
con el escopeta”(665-666).
En Boyacá aplicaron armas de hierro sobre sus lanzas de madera, “puesto caso
que indios principales / traían en sus astas afijadas / muchas dagas, cuchillos y puñales,
/ tijeras, recatón819, puntas de espadas, / y con el afición destos metales / hasta las
guarniciones afiladas: / agudos los botones o las bolas, / demás de buenas lanzas
españolas”(922).
Usaban también tácticas españolas, como en Timaná, donde los escuadrones
indígenas resultaban muy difíciles de vencer : “Rompe los aires grita y alarido; / hierve
la furia con ardor funesto; / el escuadrón no puede ser rompido / para dar a caballo
lugar presto, / pues al instante que uno ven caído / el vivo sucesor estaba puesto; /
cuanto más mueren, tanto más se cierra, / y ansí los indios van ganando tierra”(922).
En la costa han aprendido otras cosas: “Y al tiempo que hacían el estrago /
también ellos decían <¡Santiago!>”(640).
812
- Ciudad italiana, cerca de Nápoles, famosa por sus vinos.
813
- Vasija de duelas de madera, un poco más grande que un barril, donde se
guardaba el vino.
814
- Sin orificios ni fugas.
815
- Comenzaba a oscurecer.
816
- Rendían cuentas consigo mismos.
817
- Recipientes donde el arcabucero llevaba la pólvora.
818
- Bordón jineta: lanza larga.
819
- Especie de cuchillo o navaja.

190
E innumerables artimañas con las que desconcertaban a los españoles. Algunas
de las que usaban en la caza las aplicaron también en la guerra, como para acercarse a
los barcos sin ser sentidos, en la zona de Maracaibo: “En algunos estanques o lagunas /
habitadas de nadadoras aves; / Y están estos estanques y sus senos / de secos
calabazos siempre llenos. / Por cima de las ondas fluctuando, / o quedos si no da
soplos el viento, / las ánades entrellos churcheando820 / aquello que les es
mantenimiento. / Allí suelen entrar de cuando en cuando / indios que de cazar tienen
intento, / cubierta la cabeza del cazante / con medio calabazo semejante. / Y porque
con aquellos embarazos / las ánades allí no puedan vello, / entre los sobredichos
calabazas / en el agua se mete hasta el cuello, / cubiertas bien las manos y los brazos /
excepta la cubierta del cabello, / con cordel apretada la cintura / para colgar la caza
que procura. / Cubierto pues con aguas el villano, / do para su propósito barrunta /
estar más a sabor y más cercano / al tiempo que algún ave se le junta, / ásele de los
pies oculta mano, / y entre las turbias aguas es difunta: / Y con gastar en esto breves
ratos / acontece sacar copia de patos”(353). También se acercaban así a los
campamentos en las orillas de los ríos o a las canoas y embarcaciones en que
remontaban las crecientes.
En general, usaron mil y una estratagemas, como quemar los pajonales por
donde pasaban los españoles, cegándolos, a ver si se despeñaban, como en la zona de
Coro: “Indios cercanos acudieron luego / y por los pajonales ponen fuego. /
Auméntanse las llamas en exceso / con furioso viento que venía / y la nube de humo
tan espeso / la vista destas gentes impedía; / el repentino caso y el suceso / en un
terrible riesgo los ponía: / tal ímpetu de fuego los rodea / que no ven la salud que se
desea. / Haciendo pues su natural oficio / las llamas y fumosos arreboles, / fue tanta la
presura y el bullicio / que por aquellos riscos y peñoles / se despeñó gran parte del
servicio / y entrellos no sé cuántos españoles”(429). Lo que se vuelve a repetir varias
veces, como ésta en Antioquia: “Que levantaron presurosas llamas / cuya sonora
tempestad y furia / vuela, y a más andar los va siguiendo. / El Gonzalo de Vega que
quedaba / en retaguardia, como conociese / el riesgo y amenaza de la muerte, / a
grandes voces dijo: <Fuera, fuera, / andar, andar, andar a parte rasa, / porque si no
tomamos la ladera / con tiempo nos haremos todos brasa> / Huyen los delanteros
velozmente, / y él, como se quedaba rezagado / por no dejar atrás alguno dellos, /
cuando quiso salir de la presura / hallóse tan cercano de las llamas / que tentó de
saltar por medio dellas / hacia lo que quedaba ya quemado, / por ser lo más seguro,
confiando / de su velocidad y ligereza. / Mas el impetuoso torbellino / como si fuera
paja lo arrebata, / y vuela más atrás, donde la nube / de la fumosa llama se tendía, /
dejándolo sin barbas ni cabellos, / las manos, pies y rostros abrasados, / ardiendo los
vestidos, que quisiera / rompellos y apartarlos; mas no puede / el miserable darse
tanta priesa / quel fuego mas no fuese penetrando, / según el gran Alcides821 la camisa
/ vestida por engaño del Centauro822. / Pasada pues la fuerza del incendio, / al son de
820
- Chucheando, rebuscando cosas menudas.
821
- Sobrenombre de Hércules.
822
- Personajes mitológicos mitad hombre, mitad caballo, que habitaban Tesalia.

191
sus lamentos y gemidos, / volvieron compañeros a buscarlo, / y con apresurada
diligencia / empapan las ardientes vestiduras / con agua que tenían a la mano: / Las
cuales resilbaban como cuando / en la ciscosa 823 pila del herrero / meten el
instrumento caldeado; / y sin parar, en unos y otros hombros, / lo llevan al real por
darle cura; / En vano, pues un día solamente / tuvieron vida los tostados
miembros”(984).
También les “preparaban” recepciones y comidas en los pueblos que sabían
iban a asaltar los españoles, porque poco cuidado tendrían buscando alimentos, dada
la mucha hambre que arrastraban, como en el Guaviare: “Ansí que las cansadas
compañías, / aquellas asperezas ya subidas, / en lo alto pararon ciertos días / por se
hallar maíz y otras comidas; / Y aunque las casas de indios ya vacías, / a muchos
fatigaron con heridas / a causa de tener en las entradas / gran cantidad de puyas
soterradas. / Y en las labranzas y en el suelo llano, / do más acude la codicia loca; / y
aun dentro del espiga de aquel grano, / y en la madura fruta que provoca / a que la
coja la hambrienta mano, / con riesgo de los dedos y aun de boca, / no siempre
remediado de Minerva824, / pues las más destas puyas tienen yerba”(439).
Los indígenas Guaypíes practicaban con muñecos, para que perdieran el miedo
a los caballos: “Yendo como diez dellos cierto día / a caza de venados por un llano, / un
hombre de caballo aparecía / con lanza de dos puntas en la mano; / Como no fuese
desta compañía / echaba cada cual juicio vano, / y como no se mueve y los espera, /
determinaron ir a ver quién era. / Después de ya llegada nuestra gente / hubo de
mucha risa gran tumulto, / y es porque conocieron claramente / caballo y caballero ser
de bulto: / Desde los bajos pies hasta la frente / de paja y algodón era su culto, / y
desto tantas armas y tan varias / cuantas son en la guerra necesarias. / Todos estos
ensayos se hacían / por los indios, que son allí guerreros, / para perder el miedo que
tenían / a los caballos y a los caballeros, / y con aquellos bultos competían / como si
fueran hombres verdaderos; / Y ansí tenía éste los costados / de lanzas y de dardos
traspasados”(448).
Cuando los españoles se parapetaban en algún fuertecillo, procuraban que los
enemigos no supieran cuantos estaban allí, para que pensaran que eran mayor
número, pero siempre los indígenas conseguían burlarlos: “Y el hecho de verdad no lo
sabían825. / Mas pajecillo vil del tesorero / recorrió los retretes826 y recodos; / ladino,
más al parecer sincero, / y tuvo tal ardid y tales modos / que, sin faltar primero ni
postrero, / con granos de maíz los contó todos, / y hecho cerca desto lo que quiso / a
Jebo dio los granos y el aviso”(656).
Otras veces mandaban a alguien con comida, pero era para contar cuántos eran
y conocer donde estaban mejor y peor defendidos; y eso lo supieron por un delator:
“<Y para certidumbre, dijo, sea / aviso, que veréis por la mañana / un bárbaro con una

823
- Ciscosa, negra.
824
- Diosa de la guerra.
825
- No sabían cuantos españoles había en el fuerte de la zona de Bonda.
826
- Cuarto pequeño.

192
hicotea827 / y señales de paz, pero no sana, / pues su venida es para que vea / y cuente
bien la gente castellana; / no le dejéis entrar, estese fuera, / y aun si es posible luego
muera>”(686).
Otra veces, cuando atacaban poblados situados en las ramas de los árboles,
desde arriba les arrojaban mil cosas: “Todos los otros valerosamente / hicieron
resistencia de lo alto / hasta les arrojar agua caliente / para que se dejasen del
asalto”(744). Y en el Chocó les arrojaban también “vasos inmundos / de fétidos y
sucios excrementos”(1063).
También llegaron a arrojarles calabazos con ají en polvo, para irritarlos,
cegarlos y hacerlos estornudar, a los españoles que estaban dentro de un fuerte en La
Española, cercados por los indígenas: “Cantidad de calabazos / vuelta ceniza con ají
molido; /... volados al lugar fortalecido, / los polvos que tocasen la narices / pudiesen
menearles las cervices828. / Reconocido por negocio cierto / que con la fuerza de los
estornudos / no tendría vigor el más experto / para se reparar con los escudos, / y ansí
podrían dar en descubierto / las flechas y los jáculos agudos. / Porque tales industrias
son ardides / de que caribes usan en sus lides. /... Como coríes829 en el arboleda /
vuelan los calabazos y, quebrados / dentro, se levantó gran polvareda: / todos en
estornudos son iguales, / no siendo salutíferas señales. /... Pues cuando de los cuerpos
hay meneo, / impelidos de aquella violencia, / los bárbaros cumplían el deseo / que
daba prontitud y diligencia, / para poder encaminar la flecha / donde con harto daño
se desecha”(64).
Otras veces usaban las guaduas como pértigas y escapar de ser apresados, tal
cual sucedió en Ampudia, por Popayán: “Porque estaban de guádubas830 cercados /
nativas que llegaban a lo alto; / y en viéndose los indios aquejados, / no pudiendo
librarse del asalto, / a las flexibles plantas abrazados / daban un gran vaivén para su
salto, / y sin se desasir hacían vuelo / hasta poner los pies en fijo suelo. / Que la
guáduba verde se domeña / a la parte que tira quien colgado / va della, sea ya varón o
dueña, / uso que tienen bien ejercitado; / era guarida la cercana breña / que los rodea
por cualquiera lado, / y ansí desparecían en un punto, / pues saltar y huir andaba
junto. / Esto hacían con tan gran destreza / maridos y mujeres y menores, / que podía
pasar por gentileza / entre los escogidos trepadores; / de suerte, que con esta ligereza
/ dejaban fríos a los vencedores, / quedando cada cual dellos ayuno, / sin poder tomar
uno ni ninguno”(879).
Hacían rituales que, en realidad eran celadas perfectamente preparadas, como
llevar ofrendas: “Llegada la hora del concierto / en el día que habían señalado, /
vinieron... por cada español un indio solo / todos ellos sin armas, y cargados / cada
cual con una gran hace de guamas. /... Pero las que traían estos indios / eran de las
más luengas y rollizas, / y en cada hace dellas encubierto / afilado machete vizcaíno, /
y ciertos trozos de madera dura / más poderoso que de pardo plomo, / de la corteza
827
- Tortuga de tierra.
828
- Los cuellos.
829
- Conejillos de indias, cuyes.
830
- Guadua. Caña alta.

193
limpios y muy blancos, / que se juzgaban ser palos de balsa, / ligerísima no menos que
corcha, / y cuyas apariencias encubrían / la gran dureza y el mortal engaño. / Acuden
pues los nuestros al regalo, / cebados en aquella golosina / do venía la muerte
disfrazada / no menos que con ropas de dulzura; / Y al tiempo que llegó cada cual
dellos / a tomar la porción que le cabía, / con la siniestra dieron el presente, / y con la
diestra sacan los podones831, / con tanta prontitud en dar el golpe / quel pensamiento
y él fueron a una, / ensangrentando cada cual los filos / en los incautos, que con
regocijo, / iban a recibir su desventura, / que comenzó con fieras cuchilladas / y palos
que los cascos desmenuzan: / Cortan rostros, cabezas y pescuezos, / derríbanse
narices y quijadas / que caían con dientes y con muelas; / Crece la confusión y el
alboroto, / anda la lucha fiera y orgullosa, / abrázanse heridos con los sanos, / y
algunos se aprovechan de las dagas / vengando sus injurias en algunos / de los astutos
bárbaros y fieros; / mas como los vestidos no tenían / en los desnudos donde hacer
presa, / ligeramente se les deslizaban; / y andando fervorosa la pendencia / un terrible
gandul vio cierta hacha, / la cual, con increíble ligereza / del suelo levantó, y
enarbolada, / el violento golpe descendiendo / de los nervosos brazos sacudido, /
rompió los cascos hasta las encías / al capitán Francisco Maldonado; / Descargó luego
con la misma hacha / sobre Juan de Cotura, valenciano, / y del tercero golpe dio
remate / de Chaves, valentísimo guerrero. / Los miserables caen despedidos / del
aliento vital, y Sancho Vélez, / insigne montañés por sus hazañas, / allí las remató con
fin acerbo832, / con otros cinco válidos soldados / de cuyos nombres no se me dio
copia; / Mas sé que la tuvieron de heridas / que penetraban hasta las entrañas; / Pero
los otros, aunque mal heridos / de los primeros golpes de antuviada 833, / volvieron
sobre sí, y a las espadas / echaron mano con terrible furia, / y aprietan a los bárbaros
de suerte / que muchos dellos en aquel conflicto / hubieron a los muertos compañía; /
Y los demás, a paso presuroso, / se fueron retrayendo con intento / de volver con más
indios y pertrechos; / Pero los españoles conociendo / que de sus pies ligeros dependía
/ el escapar de tanto detrimento, / tomaron por remedio la huida / y por lugar sagrado
la montaña, / por donde caminaron a gran prisa / la vuelta de la villa de
Antioquia”(1028-1029).
Pero a la vez, y en otro de los fuertes de las primeras fundaciones en la zona del
valle del Cauca, un grupo de indígenas repetía la misma estratagema: “Y cuando ya
febeos resplandores / doraban las alturas y los valles, / enviaron al fuerte ciertos indios
/ cargados de regalos, cuyos gustos / habían de ser tragos de amargura; / Pues fueron
enviados por cubierta / de sus intentos duros y malicia, / y para descuidarlos del asalto
/ y golpe que cercano les venía. / Fingieron, pues, los bárbaros cansancio, / diciendo
que venían de más lejos, / y que los enviaban los caciques / a ver si les faltaban
alimentos / para les proveer lo necesario, / de que Valdivia recibió contento, / y
aquella compañía desdichada, / no conociendo bien ser el postrero / que en esta vida
frágil y caduca / habían de tener por su mudanza. / Pues cuando repartían los
831
- Herramienta para podar, con mango de madera y dos cuchillas.
832
- Áspero, desapacible.
833
- Golpe o porrazo dado de improviso.

194
presentes, / embajadores mudos de sus males, / salió la tempestad fiera y horrible /
con más impetuoso movimiento / que viento proceloso que remueve / la poderosa
tierra, y arrancando / va los frondosos árboles su fuerza; / Pues no menos lo fue la
palizada / hecha para valerse dentro della, / porque turbados todos del asalto /
repentino, sin dél haber sospecha, / apenas ocurrieron a las armas / cuando ya la
tenían ocupada, / aportillada834, rota y abatida. / Y para resistir aquella furia / Pedro
Valero y un León salieron / como valientes hombres al encuentro; / Pero barriólos
luego la creciente / según que suele la de raudo río / opuesta presa de reparo débil, /
pues al Valero poderoso golpe / le derramó los sesos, exhalando / luego la dulce vida
por la boca; / Y el Diego de León cayó pasados / los pechos de dos jáculos agudos, /
con rabia de la muerte remordiendo / lo circundante del sangriento suelo”(1020-
1030).
Usaban otras tácticas. Una de ellas era quitarse a los españoles de encima lo
más rápido posible. Los caciques les avisaban que los más ricos y mejores tesoros y
aviamientos estaban siempre más allá de sus tierras, y les daban facilidades para que
las cruzasen cuanto antes: “Estos decían todos, mayormente / Tacujurango que, con el
deseo / de verlos fuera de su territorio, / al General835 habló desta manera: / <Capitán,
si pasares adelante / los tuyos no serán trabajos vanos, / pues verás tierra rica y
abundante / de bastimentos y dorados granos836; / la cual afirmo que será bastante /
para poder llenaros ambas manos, / porque demás de ser provincia bella / es una
pasta de oro toda ella> /... Los nuestros, con aquellas buenas nuevas, / determinaron
de hacer viaje / a la provincia que les alababa”(985).
En el Sinú, los caciques les dicen que se vayan tierra adentro, porque “<Pobres /
son todas las provincias adyacentes / a las marinas ondas y riberas; mas a las
cabezadas deste río837 / hallareis poblaciones opulentas838 / y gozareis de próspera
ventura; / que tal es la que tienen sus vecinos / en quietud y ocio, porque nunca / allí
llegaron gentes extranjeras / que sus ricos caudales disminuyan>”(991).
En Tunja, los guías indígenas que pusieron a disposición de los españoles, les
dieron vueltas y revueltas por todas las sabanas y páramos, con tal que nunca dieran
con la ciudad: “Después de la noticias / que tuvo de que gentes extranjeras / andaban
por su tierra, que los suyos / con fraudes y cautelas desviaban / de la ciudad de Tunja,
do tenía / aqueste rey severo su vivienda”(1196).
Incluso les llegaron a hacer anchos caminos con tal de que cruzaran
rápidamente sus territorios, como en el caso de los Vélez hacia los llanos: “Dieron en
un camino recién hecho / muy ancho, y en quebradas hechas puentes, / el cual duraba
más de veinte leguas / por todas partes bien aderezado. /... Quedaban atrás las
poblaciones de indios; /... y según pareció por dicho de ellos / aquel camino fue hecho
834
- Desportillada, quebrada.
835
- Se refiere a Gaspar de Rojas, Adelantado por la región de Antioquia, provincia de
Pequí.
836
- Maíz.
837
- San Jorge.
838
- Se referían a las sierras de Dabeiba.

195
de industria / para que los cristianos lo siguiesen / hasta sacarlos fuera de su
tierra”(1365). Cuando se dieron cuenta del engaño y quisieron volver atrás, “los
caminos / por donde habían de ir a lo poblado / teníanlos tapados y encubiertos / con
árboles encima derribados”(Id.).
Otra táctica consistía en quemar las sementeras y los pueblos por donde habían
de pasar los españoles, con lo cual, sin vituallas, ni donde protegerse del frío y la lluvia,
salían rápidamente de allí buscando mejores lugares: “Cuando los vieron venir no se
tardaron / en convertir sus casas en ceniza, / ansímismo talando sus labranzas / que les
podían dar mantenimiento; / lo cual fue causa de que padeciesen / grave
necesidad”(986). “Pusieron fuego todos a sus casas, / y por collados valles y laderas /
en espacio de menos de dos horas / vieron toda la tierra humeando, / sin dejarles
albergue do pudiesen / de las molestas lluvias ampararse”(1283). “Y encienden luego
sus pajizas casas, / según y como tienen de costumbre / cuando son infestados de
contrarios”(983). “Y ansí fueron a dar un alborada / al pueblo descubierto... / pero
halláronlo hecho ceniza / y los vecinos dél ya remontados / porque esto hace ellos
fácilmente / cuando ven que las gentes extranjeras / saben adónde tienen sus manidas
/ que luego las abrasan, y se mudan / a lugares que sean más ocultos. / De manera que
nuestros peregrinos / no tuvieron mejor acogimiento / allí que en la montaña
pluviosa”(1303). “Mas en prosecución de su camino / dieron en los asientos de dos
pueblos / quemados de sus propios moradores, / como suelen hacer siempre que
sienten / andar gentes extrañas por sus tierras”(1361).
Artimañas y ardides usadas también para no pagar los onerosos tributos o las
requisitorias continuas de entregas de metal:
“Desta manera, viendo los caballos / y la soberbia de los extranjeros, /
quedaron los más vivos cuasi muertos, / y el Tunja con la grande pesadumbre / de
vejez y carnosa corpulencia, / imposibilitado de salvarse / por pies ajenos ni por suyos
propios, / mandó cerrar las puertas del cercado”, y en una de las casas “ya tenía en
petacas liadas recogido / gran cantidad de oro que podía / llevar un indio solo cada
carga, / las cuales arrojaban por encima / de la primera cerca sus criados, / sin advertir
en ello nuestra gente, / por estar todos juntos a la puerta / del gran cercado do tenían
noticia del tesoro; / y apenas las petacas que caían / con él en tierra fuera de la cerca /
eran llegadas, cuando de improviso / desaparecían, y de mano en mano las trasponían
/ por ocultas vías, donde nunca jamás / se halló rastro por los inquisidores
diligentes”(1197).
“Y otro día llegaron a las sierras de Tundama. / El cual, como guerrero caviloso,
/ les envió regalos al camino / de mantas, oro, caza y otras cosas, / diciendo que
esperasen entre tanto / que él venía con ocho cargas de oro / que se llegaban entre los
vecinos; / y siéndoles acepto su mensaje, / por no perder aquel aditamento, / pararon
tanto tiempo que pasaba / el sol del círculo meridiano; / mas él, con el espacio que le
dieron / se dio tan buena maña con los suyos / que sacaron del pueblo las alhajas / y el
oro todo de los santuarios, / y por los altos comarcanos / puso innumerable gente bien
armada / que hundían con gran grita / la comarca con oprobios, diciendo / que
viniesen, y llevarían encima las cabezas / el oro que tenían para darles. / Y corridos los

196
nuestros de la burla, / determinaron saquear el pueblo, / del cual salieron todos
manvacíos839, / aunque no de pedradas y flechazos”(1201).
Muerto el Tunja, a su sucesor Sacresaxigua le pidieron el tesoro del rey,
amenazándole con que si no se los daba allí quedaría preso, y luego lo matarían:
“Oídas por el indio las razones, / dio por respuesta con semblante ledo: / <El
oro que yo puedo del rey muerto / podéis tener por cierto y en la mano, / e yo me
hago llano cerca desto; / mas no podré tan presto recogerlo / a causa de tenerlo
repartido / y entre sí dividido gentes mías; / mas en cuarenta días hago bueno / de
daros medio lleno desde el fondo / el bohío redondo donde duermo>. / Con este
liberal prometimiento / los españoles se regocijaron, / y el General 840 le dio grandes
favores; / e ya hacían cuenta que tenían / tan cuantiosas partes como fueron / las de la
memorable Caxamalca841. / Y el indio convocó de sus vasallos / personas de quien él se
confiaba, / con quien comunicó sus pensamientos / y el orden que quería que tuviesen
/ en traer el tesoro prometido. / Y ansí, después de hecho su concierto, / cada día
traían una carga / de joyas y de láminas envueltas / en una de sus mantas como
suelen, / pero de tal manera, que el sonido, / con el reiterado movimiento / del cuerpo
que sudaba con el peso, / en los oídos de los españoles / formaba deleitosa
consonancia; / y acompañaban cada carga destas / tres docenas de indios bien
dispuestos, / cubiertos todos de galanas telas / (uso suyo común en vez de capas 842), /
y después que llegaban, el cacique / mandábalo meter en el retrete / para tales efectos
señalado, / donde, sin se bajar el del carguío, / de los robustos hombros lo dejaba /
caer en aquel suelo, / porque fuese el sonoro golpe percibido / de los que estaban
fuera conversando / con el Sacresaxigua, que les ruega / que hasta tanto que viniese
todo, / y a su promesa diese cumplimiento, / estuviesen quietos sin mirallo, / por ser el
oro cosa codiciosa / y de diversas manos atractado843, / podría ser el más venir a
menos, / y por el mismo caso su palabra. / Y ansí por no le dar desabrimiento 844, /
todos se conformaron con su ruego. / Pero los indios cuando se volvían, / el oro que
traía solo uno / por todos era luego repartido / en mochilas a posta preparadas, /
sacándolo disimuladamente / debajo de las mantas encubierto, / sin que se
barruntasen los engaños; / cuyos intentos eran, entre tanto / que el tiempo limitado se
cumplía, / ser posible tener algún descuido / los ojos vigilantes de las guardas, / y el
detenido sin prisión tuviese / lugar para poder escabullirse; / mas esta buena suerte no
le cupo, / por la continuada vigilancia / en las nocturnas horas y diurnas. / Y ansí,
cumplida ya la cuarentena, / y llegada la pascua845 de aquel gozo / a cuyas posesiones
anhelaban, / entraron para ver el caudaloso / tesoro con inmenso regocijo, / porque
839
- De manos vacías.
840
- Jiménez de Quesada.
841
- Cajamarca. Tal proposición les recuerda el rescate de Atahuallpa.
842
- Se refiere a los ponchos que llevaban los indígenas.
843
- Atraído, gustado.
844
- Disgusto.
845
- Hace un símil entre la cuaresma y la pascua con los cuarenta días que esperaron
que llegara el tesoro.

197
cada cual dellos dibujaba / en su desvanecida fantasía / grandes estados, rentas,
mayorazgos. / Pero como hallasen el tugurio / vacío de sus ricas esperanzas / y sin que
dellas pareciese rastro, / quedaron como cuando los seguros / de pesado temor son
salteados, / los ojos bajos y las lenguas mudas, / y en todo lo demás como pasmados. /
Finalmente, que los varones ricos, / despertando del sueño que durmieron, / con nada
se hallaron en las manos. / Y el General Jiménez, agraviado / de tan pesada y enojosa
burla, / mandó poner en ásperas prisiones / al autor dellas, no sin amenazas / y
algunos palos por añadidura, / diciéndole: <Di, perro fementido 846, / inicuo, falso,
malo, fraudulento, / ¿do pusieron el oro que han traído? / ¿O quién lo traspasó deste
aposento? / Que yo lo vi, si no estaba dormido. / ¿O fue humo de algún
encantamiento? / Y pues que no parece, bien se entiende / que en mostrarlo y quitarlo
fuiste duende>”(1217-1218).
Obviamente, y según la naturaleza de aquellos hombres chasqueados,
apretaron a Sacresaxigua con tormentos hasta que se les fue la mano y lo mataron. El
gran cacique se mantuvo “sin querer dar respuestas a preguntas / hechas acerca de las
pretensiones / del caudal a que todos aspiraban. / De cuya causa hizo Fernán Pérez /
grandes requerimientos al Teniente / para que dél supiese por tormentos / lo que les
ocultaba con halagos. / Y esto se hizo tan acerbamente / que dieron cabo dél en breve
tiempo; / y ansí quedó la gente castellana / no sin codicia, mas sin esperanza / de
poder rastrear aquel tesoro, / y el cacique sin él y sin la vida”(1219-1220).
Otro caso fue el del cacique Toquisoque, por los Vélez, quien una vez que fue a
entregar su tributo, al receptor le pareció poco, y amenazó con quemarlo vivo si no le
traía más. “El indio, con traición disimulada, / apariencia leal y rostro ledo, / le
respondió: <No puedo más ahora; / pero si con mejora quieres paga, / conviene que se
haga donde moro, / pues para llegar oro mucho hace / al caso, si te place, ser presente
/ donde yo represente que conviene / darte de lo que tiene cada uno, / sin excusar
ninguno deste gasto, / pues yo solo no basto para tanto. / Y ansí cobrarás cuanto tu
deseo / te pide, porque creo ser bastante / el tenerte delante de los ojos / para que tus
antojos y tu pecho / quede de lo que buscas satisfecho>”(1250). Los castellanos
quedaron muy contentos con estas palabras y enseguida organizaron una expedición
para ir a la tierra del cacique y traerse todo lo que hallaran, marchando una docena de
ellos al mando del alcalde Juan Gascón y algunos indios yanaconas hacia aquellos
confines, “con los cuales llegaron a las casas / de Tiquisoque, donde les hicieron /
regalos que servían de cubierta / de los intentos malos que tenían; / y dejándolos bien
aposentados, / el Tiquisoque se despidió dellos / diciéndoles: <Por más regocijaros, /
serviros y agradaros, damos traza / para salir a caza de venados / cazadores cursados
del oficio. / Gozaréis de ejercicio deleitoso; / veréis que el temeroso ciervo huye, / y
cómo lo concluye la red puesta, / donde la flecha presta lo traspasa, / de la cual no es
escasa gente suelta. / Al fin daré la vuelta de mañana; / después no será vana mi
promesa, / pues todos a gran prisa traerán oro / tanto que satisfagan a tu
lloro>”(1250-51). Los castellanos quedaron con no pocos recelos y temores por haber
llegado hasta allí, solos en mitad de aquel gentío de indígenas. Uno de ellos, Benito
846
- Mentiroso.

198
Zarco, dijo a los demás: "<Señores, plega a Dios que los venados / pardos no se
conviertan en mohinos847 / (que somos los que estamos encerrados / por nuestra
necedad y desatinos), / y que no tengan pasos ocupados 848 / y con fuerza de gente los
caminos. / En esta confusión quien se recela / no debe descuidarse de la vela. / Ya que
caímos en tan grande yerro / no durmamos según mente sencilla: / este caballo que
tenéis en cerro / esté toda la noche con la silla; / a la mano también aqueste perro /
para quitarle luego la traílla, / porque si viere gente de mal arte, / él hará lo que suele
por su parte>. / A todos pareció bien el aviso, / y ansí por el espacio de la noche /
tuvieron perspicase vigilancia, / y el indio Tiquisoque con la misma / envió mensajeros
a gran prisa / a convocar caciques comarcanos. /... En efecto, después que luz febea /
hizo restitución de los colores / que nocturnos vapores encubrían, / nuestros
atribulados españoles / estaban a la mira, vacilando / en varios pensamientos
divertidos, / unas veces del riesgo que corrían / entre gente bestial, arrojadiza / y otras
veces con buenas esperanzas, / por pasarse la noche sin haberles / acometido bárbaro
tumulto. / Y tendiendo la vista codiciosa / a una y otra parte del asiento 849, / vieron
bajar por una loma rasa / más de seiscientos indios bien armados / de dardos y de
flechas y macanas, / con aderezos de plumajería, / uso común de todos cuando salen /
muchos a guerra, caza y ejercicios / en que comunidad pone las manos. / Y ansí los
españoles no podían / certificarse de sus intenciones; / pero según la muestra y el
denuedo, / creyeron lo peor, y fue lo cierto; / de cuya causa, bien apercibidos, / y el
gran Gascón encima del caballo, / salieron al encuentro, no mostrando / alteración
alguna, mas fingiendo / salir por amistad a recibirlos, / estándose parados y quietos /
donde con el cuadrúpedo podía / hacer algunos lances ofensivos, / por ser allí lugar
desembargado / para les responder según cantasen. / Mas la perplejidad no fue
prolija, / antes con brevedad salieron della, / porque viéndose ya breve distancia / de
los que los estaban esperando, / sonaron caracoles con que suelen / suplir el ronco son
de las trompetas, / y la molesta grita que rompía / los aires declaró sus intenciones, /
demás de las espesas rociadas / de venenosas flechas que clavaban / los cóncavos
escudos contrapuestos / con tal obstinación que los ponían / muerte cruel delante de
los ojos, / y que sin el auxilio y el socorro / del cielo no podían escaparse. / Y ansí,
viéndose dentro del peligro, / por medios de razón inevitable, / el Juan Gascón, con
voz algo turbada, / habló con sus amigos desta suerte: / <Perdonadme, señores, pues
he sido / principal movedor y el instrumento / para que sin razón hayáis venido / a
veros en aqueste detrimento. / Bien sabe Dios si estoy arrepentido / y a cuánto llega
mi arrepentimiento, / pero para libraros nada presta: / socorro celestial es el que
resta>”(1251-1252). Evidentemente, todos los españoles fueron barridos por los
indígenas, y solo uno pudo escapar, aunque por breve rato: “Aunque quiero decir que
el uno dellos, / con ciertos yanaconas de servicio, / del áspero conflicto se hurtaron; /
pero no les valió su diligencia / por hallar los caminos ocupados. / Y ansí murieron

847
- Desgracias.
848
- Pasos ocupados: las rutas, los caminos, tomados, vigilados.
849
- Del poblado.

199
todos, pues un indio / dellos tan solamente llegó vivo / a la ciudad de Vélez,
malparado”(1253).
Este espíritu guerrero y, sobre todo, su efectividad en el combate, fue utilizado
también por los españoles cuando les convino. No solo para enfrentar a indígenas
contra indígenas, en una guerra cruel y despiadada en la que se sirvieron de todos los
conflictos y rivalidades interétnicas habidas y por haber, y de las que ya hemos dado
referencias más arriba; sino para solucionar las propias desavenencias internas
surgidas entre conquistadores, sus familias, socios y clientes por los repartos del botín
o del poder. Así, por ejemplo, Castellanos cuenta que, en Cartagena, el gobernador
Pedro de Heredia no dudó en recurrir a los indígenas del cercano pueblo del cacique
Carex (en la isla de Tierra Bomba) para que les ayudasen a liquidar a unos españoles
que se habían sublevado contra su autoridad dentro de la ciudad 850. Así le dijo el
español al cacique: “<Y pues te vendes por mi fiel amigo / hazme de dar mil hombres
bien armados / para que a Calamar851 vayan conmigo, / porque quiero quemar estos
cristianos / y allí tendrás donde henchir las manos>”(737). Carex no lo dudó, y con tal
de quitar de en medio a algunos de esos malvados barbudos que tanto daño le habían
hecho a su pueblo, le dio todos los indios que el español quiso: “El indio que le vio
pedir ayuda / reíase pensando ser ficciones; / mas el Heredia dijo que sin duda / venía
con aquellas intenciones /... y en un instante saca de su tierra / mil indios escogidos
para guerra”(Id.). La llegada a Cartagena de estas tropas, pintadas, con plumajes, arcos
y flechas, en una nube de canoas dirigidas por un bergantín al mando del cual iba
Pedro de Heredia ahora transformado en general de indígenas, dispuesto a atacar la
ciudad que él mismo había fundado, causó consternación entre los vecinos: “Porque el
tumulto fiero y estupendo / al tiempo de surgir en la bahía, / hizo con sus cornetas tal
estruendo / que pareció que el mundo se hundía, / con grita que los aires va
rompiendo / y a todo corazón temor ponía; / y mucho más a quien tales ruidos / nunca
jamás tocaron los oídos”(738). La ciudad se rindió inmediatamente y un grupo de
notables vecinos acudieron ante Heredia a decirle que todo quedaría en paz, pues sus
enemigos habían huido. El gobernador tomó de nuevo posesión del mando, “y aquesto
dicho, por la costa abajo / a Carex envió los mil que trajo”(739).
En otras ocasiones, también en Cartagena, Castellanos da cuenta de cómo los
españoles llamaron en su ayuda a lo indios comarcanos para que le ayudasen en su
lucha contra los piratas y corsarios que frecuentemente atacaban el puerto, cosa que
también hicieron cuando les prometieron aflojar los lazos con que los tenían
atenazados852, usando las mismas tácticas y armas que empleaban con tanto éxito
850
- Eran los que Castellanos denomina “los nueve de Madrid”(739), antiguos socios de
Don Pedro a quien reclamaban deudas contraídas y atrasadas.
851
- Primer nombre de la ciudad de Cartagena.
852
- Esta participación de los indígenas cartageneros en apoyo de los españoles cuando
alguien atacaba la ciudad –lo que fue hecho bien corriente-, continuó a lo largo de los
siglos. Curiosamente aun en el famoso ataque del almirante Vernon, nada menos que
en 1741, cuando una poderosa armada británica sitió la ciudad, el virrey Eslava llamó
en su ayuda a los indígenas de Turbaco, quienes enviaron seiscientos indios flecheros

200
contra los españoles. En el ataque de Martín Cote en 1559, el Gobernador Juan de
Bustos “mandó venir al indio Maridado / cacique principal de los fronteros 853, / el cual
acudió bien acompañado / de quinientos diestrísimos flecheros, / de venenosos tiros
pertrechado / cada cual, según bárbaros guerreros; / Luego la playa por partes juntas
/ fue sembrada de venenosas puntas”(825). Y en el ataque del inglés “Juan Acle”, el
gobernador Martín de las Alas “congregó del terreno circundante / españoles e indios
comarcanos, /... Todos los españoles son doscientos / y los bárbaros como
cuatrocientos. /... Sembraron muchas puyas por la playa / untadas con venenos
pestilentes, / porque cuando contraria gente vaya / por ella, sin les ser allí patentes, /
en paga de sus maleficios haya / muerte con miserables accidentes. /... En avanguardia
llevan los flecheros, / indios feroces y etíopes diestros, / que muchos dellos son
buenos arqueros”(831).
Para concluir de reflejar la admiración que Castellanos siente por este mundo
indígena en rebelión, debe considerarse la prolijidad de sus descripciones en cuanto a
la grandiosidad y a la belleza de sus actores principales: no solo los caciques con sus
collares y sus galas, sino hasta las pinturas de guerra de los pueblos que se opusieron
a los españoles.
Los caciques son descritos con esmero. Baucunar, por ejemplo, gran cacique de
la isla de Trinidad, es, con sus flechas envenenadas, “pestífero 854 ministro de la
muerte”: “Que de despojos fuertes y galanos855 / estaba proveído grandemente, / de
las guerras habidas con cristianos, / do dio bastantes muestras de valiente, / privando
de la vida por sus manos / a buen crecido número de gente. / Tenía pues el bárbaro
guerrero / escudo de metal algo ligero; / un águila de oro mal labrada / cubre sus
duros pechos y salvajes, / la cabeza cubierta con celada / y en ella superbísimos
plumajes; / pendiente de los hombros un espada, / a las espaldas anchas dos carcajes,
/ un arco muy derecho, duro, fuerte, / pestífero ministro de la muerte”(188).
Además de lo anterior, Baucunar llevaba al cuello un collar que a Castellanos le
impresiona, y que debió ver porque lo relata con todo detalle: “Llevaba sus zarcillos y,
en el cuello / un extraño collar digno de vello: / Por admirable orden y concierto / unas
uñas de tigres856 ensartadas / que por sus manos él había muerto / en tierra firme857
yendo con armadas; / el medio de la uña descubierto / y en oro las raíces engastadas; /
caricurí de oro reluciente / lleva las narices dependiente858”(Id.). Sobre todo lo demás,

que combatieron contra los ingleses. Juan Marchena F. “Sin temor de Rey ni de Dios.
Violencia, corrupción y crisis de autoridad en la Cartagena colonial”. En: Historia y
Cultura. N.4, Cartagena, diciembre, 1996. Pág. 236.
853
- Se refiere a los indios comarcanos de Turbaco y Arjona, fronteros con la ciudad.
854
- Pestífero, que lleva la peste, la enfermedad del veneno, la muerte.
855
- Estos despojos son armas arrebatadas a los españoles tras los combates, un
escudo, una espada, una celada...
856
- Jaguar.
857
- En el continente.
858
- Una nariguera de oro en forma de caricarí, halcón de las Guayanas y de la costa
del Brasil.

201
las pinturas de guerra: “Con tales ornamentos adornado / se muestra Baucunar, y
demás desto, / de bija859 colorada va pintado, / piernas, brazos y manos, pecho, gesto
/ como tigre feroz encarnizado / que para hacer salto va dispuesto, / tal lo representa
la postura, / sus aderezos, armas y pintura”(Id.).
Pero el resto de los caciques que le acompañan tampoco van a la zaga, vestidos
con pieles y cabezas de animales, totémicos para ellos, que le conferían sus fortalezas
y virtudes a través de determinados rituales: Pamacoa, por ejemplo, “cabeza de
pantera se tocaba / indicio de su grande valentía; / lleva también por joyas principales
/ collar de dientes de indios y animales”(189); Utuyaney, “un cuero de león 860 lleva
vestido, / cola de tigre lleva por medalla / para se señalar en la batalla”(Id.); Amanatey,
“un hocico de oso colmenero / por cima la cabeza levantada; / cubría sus espaldas con
el cuero / y por ellas un oso semejaba”(Id.); y alguno, como Diamaná, con la piel de un
animal que Castellanos dice no conocer: “Se puso de pelleja muy galana / de feroz
animal no conocido”(Id.). Y todos juntos portaban un racimo de flechas que arrojaron
sobre los españoles, fabricadas con los instrumentos más pulidos y otras “invenciones
nunca vistas”: “De diferentes otros animales / trajo Paraguaní las invenciones, / y
cautísimas flechas, y mortales, / porque con dientes van de tiburones, / puyas de
raya861, vivos pedernales / que pasan los tupidos algodones862. / Y todos los demás
destas conquistas / llevan invenciones nunca vistas”(Id.), pues “proveída de flechas el
aljaba863 / dardos de dura palma van tostados864 / que cada cual corazas traspasaba / y
los más duros sayos estofados865”(188).
Castellanos se dirige al lector para enfatizar la impresión que le causaron estas
tropas indígenas, así vestidas y emplumadas, con sus caudillos al frente: “caterva del
infierno” le parecían: “Viérades en el viejo y el moderno / diferentes colores de
plumajes / y con sus movimientos y gobierno / daban temor aquellos fieros trajes. /
Caterva866 parecía del infierno / que venía haciendo mil visajes 867, / tantas macanas,
flechas, tantos tiros, / cuantos no bastaré para deciros”(189).
En la costa de Santa Marta, el gran cacique Jebo les aturde y les incita desde
unas alturas con su presencia engalanada y el poder de sus escuadrones, sobre todo
cuando el sol se refleja en ellos; y desde luego vuelven los “superbísimos” plumajes:
859
- Palabra caribe, que significa rojo, encarnado. Viene del árbol de la bija, de cuya
semilla, macerada, se obtiene una tintura roja muy intensa, en forma de pasta, que se
untaba sobre el cuerpo. También se le conoce como achote.
860
- Puma.
861
- Pez muy abundante en el Caribe, de aceradas púas.
862
- Protectores de cuero y algodón que llevaban los españoles para protegerse de las
flechas.
863
- Castellano antiguo: bolsa.
864
- Quemaban la madera de palma para que fuera más resistente.
865
- Sayos estofados: vestidos que cubrían casi todo el cuerpo y que los estofaban (los
endurecían) al calor para que resistiesen mejor las flechas.
866
- Multitud desordenada.
867
- Gestos, muecas.

202
“Hacen ostentación de su tesoro, / puestos brazaletes, pectos868, orejeras, / con otras
diferentes joyas de oro / para cebar las gentes extranjeras; / daba su resplandor luz y
decoro / al escuadrón que va por las laderas, / cuando lucido rayo del oriente / hiere
las diademas de la frente. / Al claro manifiestan sus corajes / el meneo feroz y la
postura / y aquellos sagitíferos carcajes 869 / cuyo veneno no consiente cura. / Todos
con superbísimos plumajes / como de carrizal870 gran espesura, / cuando vellosos por
las partes sumas / producen tallos que parecen plumas871”(655).
Vestuario y presencia que llegan a su cenit en la descripción que un indígena
forastero hizo a la gente de Belalcázar de un cierto cacique o rey en el camino hacia
Bogotá: “Y entre otras cosas que les encamina / dijo de cierto rey que, sin vestido, / en
balsas iba por una piscina / a hacer oblación872, según él vido, / ungido todo bien de
trementina873 / y encima cantidad de oro molido, / desde los bajos pies hasta la frente
/ como rayo de sol resplandeciente”(860). La leyenda cobraba cuerpo y forma: “Y dijo
más, las avenidas ser continas / allí para hacer ofrecimientos, / de joyas de oro y
esmeraldas finas / con otras piezas de sus ornamentos; / y afirmando ser cosas
fidedignas / los soldados alegres y contentos / entonces le pusieron el Dorado / por
infinitas vías derramado”(861). Castellanos, luego, se mofa de la leyenda y dice que
nadie lo encontró, y que si primero el indígena que relató la historia a Belalcázar lo
situó en Bogotá, otros lo ponen en otros lugares, pero el Dorado corre siempre delante
de ellos: “Lo finge cada cual do se le antoja, / y cuando se descubre, corre y anda, / se
lleva del Dorado la demanda”(Id.).
Los adornos llaman poderosísimamente la atención de los españoles y de
Castellanos, por supuesto, dados su riqueza y colorido:
En Puerto Rico: “Un indio grandemente señalado, / las piernas y los brazos muy
compuestos, / en los pechos cemí874 de oro labrado, / y según su traza representa /
debía ser persona de gran cuenta”(127).
En la Costa de las Perlas los indígenas iban bien adornados con las más ricas
piezas extraídas del mar: “Que son con que así ellas como ellos / se ciñen y rodean los
ijares875; / otros sartas876 por brazos, piernas, cuellos, / en precio y en estima
singulares”(276).
Sobre los indígenas del Tocuyo dice que “no tienen oro, plata ni dinero, / mas
por riqueza tienen ciertos huesos / como joyas colgadas del garguero 877”(409).
868
- Pectorales.
869
- Sagitíferios carcajes: bolsas donde llevaban las flechas o saetas.
870
- Cañaveral.
871
- Efectivamente, las cañas producen unas plumas en la parte superior de sus tallos.
Así compara los plumajes de los indígenas con los carrizales moviéndose por el viento.
872
- Hacer ofrendas.
873
- Sustancia o resina de los pinos y otros árboles, pegajosa y odorífera.
874
- Dioses de los indígenas arahuacos. Tenían a veces rasgos zoomorficos.
875
- Cintura.
876
- Tiras, collares, pulseras.
877
- O gargüero. Parte superior de la tráquea.

203
Y los guanebucanes de la Guajira, “cada cual parte destas poseía / de oro no
pequeñas cantidades, / innumerables joyas y chagualas / para sus ornamentos y sus
galas”(508). O en la zona de Popayán, donde una indígena llevaba “brazaletes, collares
y orejeras, / cinta de oro batido le rodea / el vientre, los ijares, las caderas”, joyas
todas que les fueron arrebatadas, cayendo en “ajenas manos / que pesaron
ochocientos castellanos”(878). De una cacica de la zona del río Carare dice
“murénula878 de oro rodeaba / el garzo cuello, con maures ricas / (que son zarcillos
hechos a su modo) / y otras algunas joyas que mostraban / ser principal señora del
aquel suelo”(1236). O entre los catíos, en Antioquia, donde de las mujeres comenta:
“Es su común manera de vestido / largo, tanto que cubre los extremos; / joyeles
cuelgan de uno y otro oído / y de narices, en valor supremos”(965).
Sobre los “guechas”, un grupo de guerreros al servicio del señor de Bogotá,
situados en la frontera con los belicosos Panches, escribe que eran “valientes y
determinados, / de gran disposición, sueltos y diestros”, pero lo que más le llama la
atención son las joyas que, a modo de piercing, llevaban en el rostro, señalando el
número de enemigos a los que habían vencido: “Estos andaban siempre trasquilados, /
horadados los labios y narices, / y a la redonda todas las orejas, / y canutillos de oro
fino puestos / atravesados por los agujeros, / y de labios y orejas eran tantos / cuantos
habían muerto de los Panches / cualquiera de los guechas en la guerra”(1182). Algún
otro, como un cacique de la zona de Popayán, llevaba un sombrero español,
arrebatado a uno al que había vencido días atrás, y lo había adornado con plumas y
joyas; al capitán de la tropa castellana, cuando lo vio así tocado, no le pareció un buen
presagio de lo que sucedería: “Dijo: <No tengo yo por señal buena / cubriros con
sombrero la melena>”(902), y dirigiéndose a los suyos les advirtió: “<Porque según lo
visto yo os prometo / que se nos apareja mal ruido, / y si ya por ventura no me engaño
/ en la tierra tendremos mucho daño>”(Id.).
En Popayán, atacaron a los españoles “con posturas gallardas y lozanas, /
paveses, dardos, lanzas y macanas. / Innumerables joyas fanfarronas / del oro que el
latino llama puto879, / con pectos, brazaletes y coronas / que son según caperuza de
luto880, / de bija rubricadas las personas, / alarde y escuadrón no mal instruto 881; / Y
cargadas de dardos mil mujeres / que servían en estos menesteres”(871).
Aún desnudos, a Castellanos le llama la atención que lo único que lleven
encima sean joyas, como en la Ramada, cerca del Cabo de la Vela: “Tan deshonestas
las naciones / que no tienen cubierta que los vista: / oro labrado traen ellas y ellos / en
orejas, narices y en los cuellos”(531).
Y cuando no eran “superbísimos plumajes”, joyas y otros atavíos, las pinturas
de guerra daban a los indígenas un aspecto formidable:

878
- Murena o morena. Pez parecido a la anguila.
879
- Falso.
880
- Especie de pequeño sombrerete que se ponían las personas para cubrir la cabeza
en señal de luto por la pérdida de un ser querido.
881
- Instruido.

204
“Iba cualquier de ellos882 muy untado / todo, hasta la parte más sujeta, / de
bija, que es bitumen colorado / que los miembros y carnes les aprieta 883”(208). “Sobre
las naturales vestiduras, / digo las que les dio naturaleza, / llevaban diversidades de
pinturas, / muestra y ostentación de su braveza884”(837).
En la zona del Cabo de la Vela también venían a ellos “untados todos con resina
/ o mara885 que llamamos trementina”(384). O por la zona de Malambo, en el río
Magdalena, “delineados rostros, brazos, pechos, / con el bitumen de que tiene uso /
por mano de sus damas más queridas”(1266).
En el Guaviare (“Guayare”,419) describe a los guaypíes: “Hasta que dieron en
las poblaciones / que llamaron de los enmascarados, / que al parecer venían con
jubones886 / y con muy justas calzas atacados887; / el cuerpo cada cual embarnizado /
de colores de negro y colorado / sobre la ropa que les dio natura, / y como buen barniz
bien asentado / era de esta manera la pintura / sin ninguno venir diferenciado: /
bitumen negro hasta la cintura, / y todo lo demás de colorado / las caras así mismo
traían negras, / plumas con cascabeles de culebras”(420).
Pinturas que, especialmente sorprendían a los “chapetones”, nuevos en la
tierra: “Los más modernos dellos admirados / de ver los escuadrones que aparecen /
con diademas de oro coronados / que de rayos heridos resplandecen, / y con bitumen
negro o colorado / viene cada cual dellos888 embijado”(704). Y les impresionaban,
como las tropas del cacique Pigoanza, señor de los pijaos, especialmente a Castellanos
que, confiesa, no encuentra palabras para expresar su admiración: “Llegáronse de
partes diferentes / sobre doce mil bárbaros valientes, / no con ropas de grana ni de
seda / sino las que le dio naturaleza; / sobrellas oro y el betún de greda 889 / o bija por
salud y gentileza. / Fáltame copia890 con que decir pueda / su brío, su postura, su
braveza, / feroz y denodado continente / al de su corazón correspondiente”(909).
Normalmente la preparaban mezclando bija y trementina, cuyo olor servía a los
españoles para conocer la inminencia de un ataque: “Mas cuando se recela
rompimiento, / considerando que los indios suelen / enalmagrarse891 con aquel
882
- Está escribiendo sobre los indios del bajo Orinoco.
883
- Porque cuando se secaba formaba una especie de costra dura que les cubría todo
el cuerpo.
884
- Sobre los indios de la costa de Tolú, entre Cartagena y Urabá.
885
- Mara, palabra tupí-guaraní, bálsamo que se untaba en el cuerpo, de agradable
olor y efectos curativos.
886
- Especie de vestido que cubría desde los hombros a la cintura, ceñida y ajustada al
cuerpo.
887
- En realidad estaban desnudos y pintados. Jubones y calzas “atacados” le
“parecían” el betún negro y la bija roja que llevaban sobre el cuerpo.
888
- Se refiere a los indígenas de Turbaco, junto a Cartagena.
889
- Barro o arcilla bituminosa.
890
- Copia de versos: le faltan palabras, dice Castellanos.
891
- Untarse de almagra o almagre, una pintura obtenida del oxido de hierro, rojo, de
aspecto arcilloso.

205
ungüento / de bija que con trementina muelen, / los que tienen algún conocimiento /
de lejos los barruntan y los huelen”(525).
Tocados de superbísimos plumajes, embijados, con adornos de oro, dotados de
temibles armas, entre bocinas y tambores, aguerridos, nobles, dignos. Tal es la visión
que Castellanos arroja sobre estos indígenas en rebelión.
Un historia, efectivamente, sobre héroes y tumbas. Los indígenas no fueron
simplemente conquistados. Resistieron con todas sus fuerzas, con todo su orgullo,
toda su valentía, su coraje, sus ardides, usaron su inteligencia, sus técnicas de
combate, su conocimiento ancestral del medio natural y geográfico. Castellanos
explica que la invasión europea del mundo americano no fue un paseo triunfal para los
conquistadores. Y si al final las sociedades originarias fueron conquistadas, sus vidas
pusieron en el camino. No fue la conquista un encuentro de mundos: uno pudo
dominar al otro, pero el otro se resistió hasta el exterminio. Por eso es ésta una
historia de tumbas, pero también de héroes. No fueron pueblos vencidos ni
derrotados; fueron pueblos aniquilados. Las octavas, los endecasílabos de las Elegías
así lo demuestran, verso a verso, palabra a palabra. Un universo que se acaba, que lo
acabaron, y así tuvo que ser entendido, tragado, por los naturales del mundo
americano. Tras el apogeo del espanto que significó la conquista, siguieron décadas –
leemos en las Elegías- de “oprobiosa tiranía”, usando las palabras del autor: los
rescates, los repartos, los tributos, los trabajos forzados, la esclavitud, la pérdida de
sus bienes y propiedades, la destrucción de sus tierras, sus ciudades, la desarticulación
de sus nichos productivos, de sus relaciones de parentesco, de sus sistemas de
autoridades y linajes, de sus universos de creencias, el replegarse de sus huacas, sus
dioses, la desaparición de sus rituales... la desaparición de un mundo por la mano de
los conquistadores y colonizadores de Occidente. Todo eso está en estas páginas que
nos llegan desde las tinieblas del olvido. Castellanos conocía bien lo que estaba
escribiendo. Y, tras narrar la destrucción, todavía tiene fuerzas para, entre las páginas
de su obra interminable, describirnos más detalles de aquel escenario en destrucción.
Cómo era el Reino de este Mundo, antes de que la marea de sangre lo anegara por
entero.

206
El Reino de este Mundo. El esplendor del tiempo antiguo.

Las descripciones que Juan de Castellanos nos legó sobre el mundo antiguo son
excelentes; y bien abundantes. No deja de asombrarnos su capacidad de mirar, de
extraer de su memoria y de sus cuadernos tal cantidad de detalles minuciosamente
expuestos en las Elegías. Una minuciosidad que demuestra la seducción y el cúmulo de
sensaciones que le produjeron aquellos universos, ya perdidos para siempre mientras
escribía. Descripciones que si entonces formaron parte de su deseo de “dejar
constancia de lo vivido”, o de rescatarlas de las “tinieblas del olvido”, hoy constituyen
un valioso material para mejorar nuestro conocimiento sobre aquellas culturas que, en
la pluma de Castellanos, parecen cobrar –si es que eso fuese posible- nueva vida.
Hay que indicar una vez más que en la acumulación de informaciones sobre
estos mundos perdidos por el vendaval de la conquista, y que se entreveran en el
caudal irrefrenable de octavas reales, la posición de Juan de Castellanos difiere de la
de otros cronistas. No observa ni describe las características o pormenores de las
sociedades originarias, sus prácticas, ritos, usanzas o tradiciones, porque le resulten
extrañas; o por su exotismo –en la medida que se diferenciaban de los usos y
costumbres europeas-; o por su barbarie, en cuanto eran normalmente utilizadas para
justificar la acción civilizadora de Occidente sobre aquel, a los ojos europeos,
desarbolado y monstruoso mundo. Sino que las encuentra propias de un universo que
tiene sentido en sí mismo, dotado de circunstancias específicas que constituyen un

207
orden natural netamente americano. Desde su posición moral, se separa de otros
autores más estrictos en la ortodoxia de la época, y concede todo el valor a lo que
entiende es una ética de la naturaleza, donde la bondad, la piedad, la sinceridad, la
humanidad y la caridad deben primar sobre el resto de los comportamientos humanos.
Ni siquiera cuando bucea en asuntos bien espinosos para un hombre de su formación y
de su tiempo, como la idolatría o el canibalismo, parece perder aliento. Los maneja o
los expone sin caer en los tópicos y convencionalismos más comunes; y si no encuentra
explicaciones plausibles, muestra sin pudor sus propias contradicciones. Desde luego,
no escribe para la galería del oficialismo al uso. Más parece hacerlo para el lector de
buen entendimiento de fines del S.XVI.
Le hubiera resultado bien sencillo, al explicar estos mundos perdidos,
anteponer civilización a barbarie; o contraponerlas sin más, como hicieron otros; o
desde una posición de superioridad cultural, contar lo que vio con la asepsia de un
observador supuestamente imparcial; o denigrando o reduciéndolo a los detalles más
escabrosos, abundar en lo escandaloso y cruel. No, Castellanos se posiciona en una
dirección opuesta, y en cada una de sus minuciosas descripciones aclara, explica,
razona sobre el porqué de las cosas; por qué eran así, funcionaban así, se
comportaban de ese modo. Al fin y al cabo, cuando escribe es ya un hombre de la
tierra, un americano por decisión propia. “Nosotros así llamamos” a tal cosa, escribe,
“así decimos”. Ha tomado partido y posición. Acaricia el pasado deslizándolo por el
corazón y nos deja el testimonio de aquel mundo no por perdido menos rutilante; y de
su pérdida se lamenta porque, apunta, “los pocos baquianos que vivimos / todas
aquestas cosas contemplamos, / y recordándonos de lo que vimos, / y como nada
queda que veamos, / con gran dolor lloramos y gemimos, / con gran dolor gemimos y
lloramos. / Miramos la maldad entonces hecha / cuando mirar en ella no
aprovecha”(39).
Si no aprovecha la maldad, recordar le sirve para dejar testimonio; su
testimonio. Porque él fue testigo del esplendor de las altas culturas muiscas y
chibchas, en Tunja, Sogamoso, Bogotá... y ello se nota en sus octavas, plenas de
referencias magníficas sobre la historia de aquellas sociedades, sus conflictos, sus
grandezas y, también sobre las que entiende “sus miserias”. Pero, a la vez, no es
menos detallista ni se muestra menos impactado al referirnos la vida, las ceremonias,
las ciudades, los ritos y las costumbres de los pueblos de la costa, de Paria, de la
Guayana, de los Llanos, del “alaguna” de Maracaibo, de las sierras de Santa Marta, de
los ríos Magdalena, Cauca, Guaviare u Orinoco, de los páramos de Pamplona o Vélez...
Y en modo alguno está dispuesto a considerar que aquellos pueblos, según las
opiniones que le llegan desde Europa, debían ser catalogados como bárbaros sin más
por no poseer escritura, y necesitados de absoluta civilización. Para él, aquellas
sociedades tienen sus normas, sus leyes, sus “policías”, sus ritos y ceremonias, sus
sistemas de autoridades, su “comunicación” y su “comercio”. Y solicita, casi al principio
de la obra, paciencia al lector, porque más adentro del océano de elegías tendrá
sobradas noticias de todo ello.

208
Así, pregunta al que lee: “¿Cuántos pueblos hay entre cristianos, / por Italia,
por Francia, por España, / do no hallarais lectores ni escribanos / ni pueden a las letras
darse maña? / Ved vuestros más vecinos y cercanos; / ved la rusticidad de la montaña:
/ ¡Qué sería, si hoy están tan botos892, / por siglos de memoria tan remotos! /... Puesto
que no dudamos que hallaremos / gente de más razón y más concierto / después que
más adentro lo calemos893, / y el curso dél se muestre mas abierto: / reyes se hallarán,
y emperadores, / potentes y riquísimos señores”(46). Y aclara, aunque no llegó a
conocer las culturas de mesoamérica, que en las tierras que él ha frecuentado hay
sociedades que poseen sistemas similares a la escritura mediante jeroglíficos, como los
Catíos, en el valle del Cauca: “Y aun entre sus avisos principales / historian las cosas
sucedidas / mediante hieroglíficas señales / en mantas, y en otras cosas
esculpidas”(964). La historia contada en los tejidos, algo bien común en el mundo
andino, o en la cerámica, como él pudo comprobar.
La admiración de Castellanos por el tiempo antiguo se mezcla con la tristeza
que la destrucción de todo aquello le produce. No solo la de la población nativa, como
explicamos en capítulos anteriores, sino de su cultura material, sus viviendas, sus
ciudades, sus templos. O sus costumbres, a las que muchas de ellas añora indicando
que si perviviesen en sus días, muy diferentes serían las cosas “destas Indias”. Habla
así del pasado con profunda melancolía, y señala que es ésta la que le provoca y anima
a describirlo con minuciosidad, para que no se pierdan “cosas tan notables” y “dignas
de memoria”; así como tampoco ahorra calificativos para todos aquellos que, por su
mano y “copia de avaricias”, destruyeron lo que él ahora, desde las páginas llenas de
recuerdos, va lentamente desgranando en sus cantos, que son, dice, “endechas”,
canciones de duelo por el mundo perdido. Españoles a los que relata en sus
"diligencias de ladrones", robando, saqueando, destruyendo, buscando oros y riquezas
que considera “fueron inicuas ganancias”. Y lamenta la ignorancia de los saqueadores
porque no entendieron que aquellas tierras eran y fueron mucho más ricas en manos
de sus legítimos y antiguos dueños que lo que son ahora, en poder de los que en
“aquestos” días las poseen.
Así, las imágenes que crea sobre aquel tiempo son una combinación de
lamentos con idealizaciones. Pero encierran toda la fuerza descriptiva de aquel
hombre que supo mirar y escribir como pocos lo hicieron, en mitad del turbión de la
conquista.
Ordenemos los datos. Comencemos por las ciudades. Castellanos insistirá en
sus páginas que el principal signo de civilización de aquellas sociedades era el
importante grado de urbanización que poseían. Pero también fueron el blanco favorito
de los depredadores. Los españoles buscaban las ciudades con afán porque, suponían,
allí se hallaban concentradas la mayor parte de las riquezas nativas. Asaltarlas y
saquearlas era uno de sus principales propósitos. Porque él mismo participó en estas
razzias, y por las muchas historias que otros le contaron acerca de las mismas, las
informaciones sobre las ciudades indígenas son abundantes en las Elegías.
892
- Rudo, obtuso, torpe de ingenio.
893
- Se refiere al mundo americano. Calarlo, adentrarse en él de su mano.

209
Las ciudades siempre eran mágicas, como los naturales de Paria le indicaron a
Diego de Ordaz894: hallaría por el río Uyapari895, en un afluente del mismo llamado
Caranaca896, reinos de ensueño. “<Hallarás extendidas poblaciones / con toda la
grandeza que deseas, / oros, piedras preciosas, ricos dones, / muy lucidos ropajes y
preseas897; / sus ejercicios son contrataciones / ansí las ciudades como las aldeas; / es
gran provincia próspera, pujante, / de sal898 y bastimentos abundantes>”(170).
Regiones pobladas de ciudades, como le indicaron también a Ordaz que eran la
tierras y ríos de la Guayana, que desde entonces se transformó en una referencia
mítica que a tantos aventureros atraería; no solo a españoles, sino también a
franceses, holandeses, o británicos como Walter Raleigh 899. La descripción de
Castellanos de estas tierras y los reinos que contenían, en boca de un español llamado
Gil González900, es bien significativa, con numerosas ciudades levantadas tras gruesas
empalizadas, algunas de ellas realizadas con árboles plantados tan próximos unos de
otros que formaban una infranqueable muralla vegetal y natural:
"<No hallareis ancón901 ni seno vaco902 / de prepotentes pueblos y lugares, /
desde la Trinidad a Cariaco903, / ni desde Cumaná hasta Tagares904: / Chichiviche905,
894
- Uno de los lugartenientes de Hernán Cortés en la conquista de México. Se vino
para la Guayana buscando el Dorado, remontando el Orinoco. Murió regresando a
España, según Juan López de Velasco.
895
- Uyaparí. Uyapar, Uyapare, “río potente / a quienes otros llaman Urinoco”(165).
Según López de Velasco es el Urapary o “río de Paria”. Con seguridad un brazo del
Orinoco en su gigantesco delta.
896
- Situado después de Santo Tomé de Guayana hacia los llanos, por la provincia de
los Ajaguas y río “Apurisanare” (¿topónimo en el que se mezclarían los de las regiones
del Apure y del Casanare?), según Antonio Vázquez de Espinosa. Seguramente se
trataría del río Caroní.
897
- Alhajas, joyas o telas preciosas.
898
- La sal era considerada por los españoles como uno de los bienes más preciosos
que podían hallarse en los asentamientos indígenas. Era considerado como un índice
de civilidad, en la medida que permitía conservar los alimentos.
899
- Quien en 1595 buscó por el Orinoco la mítica ciudad de Manoa y la provincia
mágica de Caranaca, en compañía del sobrino de Jiménez de Quesada, Antonio de
Berrío. Fue autor de The Discoveries of the Large, Rich and Beautiful Empire of Guiana,
Londres 1596. En 1617 volvió a intentar encontrar el Dorado por aquella región, en la
suposición de que el imperio inca se había refugiado allí. Por atacar a la ciudad
española de Santo Tomé fue acusado de piratería y ejecutado en Londres en 1628.
900
- Gil González de Ávila. Lugarteniente de Diego de Ordás, alcalde que fue de
Cubagua.
901
- Bahía, rada, lugar donde fondear.
902
- No hay seno vaco: no se hallará ninguna ensenada vacía, despoblada.
903
- Golfo donde se fundó la ciudad de Cumaná.
904
- Tagaris. Nación indígena de la zona de Paria.
905
- Chiribiche. Punta frente a la isla delas Aves.

210
valle mas opaco, / Guantar906, Maracapana907 con sus mares, / y Neverí 908,
Caycarantal909, Atamo910, / provincia cada cual digna de amo. / Hay Chacopate911, hay
Cumanagoto, / Piritú912, las riberas del Unare913, / pues la fertilidad de Paragoto /
fáltame copia con que la declare: / Potente población de Cherigoto, / con todo lo que
dicen Mompiare; / Sus pueblos, sus culturas, sus labores, / y aquella gran potencia de
señores. / El feroz y terrible Turperamo, / y el invencible siempre Barutaima: / el gran
Guaramental, el Guayacamo, / Canima, Guaigoto, con Pariaima: / Gotoguaney, Perina,
Periamo, / son otros muchos desta circunstancia, / Querequerepe, Canaruma, Guaima,
/ con cercas914 de grandísima distancia. / Aquestos dichos fuertes ó cercados / tienen
señeros para su defensa, / de grosísimos árboles plantados / donde la verde rama se
condensa: / unos después de otros ordenados, / con más vigor de lo que nadie piensa,
/ pues aquel gran grosor que lleva hecho / tiene de duración prolijo trecho. / Otros
palenques915 hay más extendidos / en muchos destos campos y sabanas, / no de
plantas de árboles nacidos, / como las otras cercas más ancianas; / sino de palos muy
fortalecidos, / y cada cual con dos o tres andanas916, / con las cintas espesas de
bejucos917, / o correosas yedras de arcabucos918. / Tienen las más insignes poblaciones
/ en unas mesas llanas asentadas919, / debajo de los macos920, o mamones, / plantados
por hileras ordenadas, / árboles de hermosas proporciones, / cuyas hojas jamás se ven
mudadas; / Su vista da grandísimo contento, / y el fruto dellos es de gran sustento. /
906
- Río de la provincia de Cumaná.
907
- Puerto y ensenada en Paria. Allí murió Alonso de Ojeda.
908
- Río que nace en las sierras del Bergantín y desemboca entre Barcelona y Cumaná.
909
- Tierra de Caicara. Zona pantanosa de la región de Cumaná, en torno a una laguna
que se forma con los ríos Manacapara y San Bartolomé y desagua en el Guarico.
910
- Amana, según López de Velasco.
911
- Cachopatas, Tagares, Cumanagostos, Peritos y Palenques, eran, según Juan López
de Velasco, los principales grupos étnicos de la zona, con nombres similares a los de
Castellanos.
912
- Según Antonio de Alcedo, nombre común para toda la provincia al Este de
Cumaná. Tierra de Cumanagotos, Palenques o Guatines, Cores, Tumazas, Chaimas,
Farautes y Caribes, con pueblos en Manareima, Chiguatacuar, Chacopata, Guertecuar,
Pariaguan, Orituco, entre otros.
913
- Por Cumanagoto y Santa Cruz, en Paria.
914
- Cercados, empalizadas.
915
- Empalizadas. Posteriormente el término palenque comenzó a utilizarse para
indicar el reducto de madera donde se refugiaban los esclavos huidos, y
genéricamente, el pueblo donde éstos vivían.
916
- Andenes, pisos.
917
- Enredadera. Planta trepadora.
918
- Palabra de origen arahuaco: arbusto muy cerrado.
919
- Mesas llanas asentadas: se refiere a los conucos, o montículos de tierra donde se
plantaba y sembraba.
920
- Árboles de pequeñas frutas o macas.

211
Por montes, por sabanas, por oteros, / do quiera que sus pasos hombre guía, / hierve
la gente como hormigueros, / tanto que no veréis cosa vacía: / gentiles pescas, grandes
cazaderos; / tierra de bendición, tierra sanía; / hay minas de oro, mantas y hamacas /
desde Cojegua921 hasta los Caracas. / Por la costa de que memoria hago / atravesando
culmen y eminencia, / de la sierra que tiene nada vago 922, / porque poblada es por
excelencia, / damos en Tacarigua, que es un lago / de siete leguas de circunferencia, /
con islas dentro, do los infieles / tienen jardines, huertas y vergeles. / Si queréis que
sus nombres os declare / pues la memoria dellas no se escapa, / son Patenemo y
Aniquipotare, / Ariquibano, Guayos, Tapatapa; / con otras, que si alguno las hollare, /
podría mejorar su pobre capa / con el oro que tienen naturales / en joyas y preseas
principales>”(171-172).
Las descripciones de estas poblaciones se van intercalando en el texto. Por el
río Unare, el cacique Guaramental “tenía potentísimo cercado / al cual Delgado 923 hizo
su viaje; / el bárbaro mostró sus aposentos / con otros cortesanos cumplimientos. /...
Lugar es deleitoso y extendido / con grandes plazas, calles y carreras924, / por todas
partes bien fortalecido / con muchos flechaderos y troneras, / casa de armas, arcos
reservados / para poder armar diez mil soldados. /... gente de guarnición a la redonda,
/ seiscientos validísimos varones / que por sus cuartos925 le hacían ronda. / Casas llenas
de todos bastimentos / que los indios traían por momentos, / generosas despensas y
cocinas / abundantísimas de sus manjares, / bodegas de bebidas peregrinas / de maíz y
de piñas singulares. /... Labrador, oficial, hombre de guerra / con obediencia va pecho
por tierra926”(224-225).
Por la misma zona, otro cacique, Gotoguaney, poseía también un poderoso
cercado: “Amparados los indios belicosos / con cerca de tres cercos extendidos / cada
cual de maderos poderosos, / profundos y al cortar endurecidos / con yedras o bejucos
correosos / unos con otros bien fortalecidos, / y en torno de las cercas de maderos /
hoyos para meterse los flecheros”(256).
En el Guaviare, hacia la tierra de los Omaguas, “dieron con dos buhíos, uno
dellos / tenía más de cien pasos de largo / y en ancho latitud proporcionada, / donde,
según parece, se metían / los pocos naturales del terreno; / el otro les servía de cocina
/ y allí tenían grandes atambores. / Estaban estas casas en la vega / del río, que tenían
cultivada / con crecidas labranzas de batatas”(1359). Por el Amazonas, de la gente de
Orellana escribe: “Veían desde los barcos, ahumados 927 / que denotaban grandes
poblaciones, / y algunas torrecillas levantadas / o templos de sus vanas religiones, / o
ya podría ser, según se piensa / que las tenían para su defensa”(305).
921
- Por Paria.
922
- Ningún lugar vacío. Muy poblada.
923
- Agustín Delgado, uno de los lugartenientes de Jerónimo de Ortal en su entrada
por el Orinoco.
924
- Avenidas.
925
- Por sus cuatro partes. Por todos lados.
926
- Ir pecho por tierra: arrollando.
927
- Columnas de humo.

212
Aguas arriba, por los llanos, hallan “cuatro pueblos dentro de la montaña, /
todos en el compás de media legua / fortalecidos dentro de palenques / y dellos cada
cual con tres andanas”(1362). De otras poblaciones, sobreelevadas sobre el terreno
para protegerse de las crecidas de los ríos, describe su ajuar doméstico: “También
cuando las aguas son molestas / y los campos inundan avenidas, / viven en
barbacoas928 bien compuestas / encima de los árboles tejidas, / y en mil vasijas,
calabazos, cestas, / guardan aquellas míseras comidas, / harinas de raíces y pescados, /
carnes de dantas929, puercos y venados. / Los tasajos curados con lejía / de coa, cierta
planta salitrosa / porque sal por allí no se tenía, / ni gozan estos de tan buena
cosa”(265).
Por la zona de Coro, también las poblaciones se hallaban encerradas en
palenques: “Y a tres o cuatro días de jornada / toparon una fuerte palizada / de palos
gruesos, altos, bien hincados, / que con bejucos van entretejidos / de tres o cuatro
cintas rodeados, / apretados y muy fortalecidos: / gran número de indios congregados
/ y a su defensa bien apercibidos, / infinidad de flecha, dardo, honda, / y
propugnáculos930 a la redonda”(418).
En el lago de Maracaibo, las viviendas son palafíticas: “Dentro tienen los indios
su cultura / de casas fuertemente fabricadas / sobre las barbacoas, con estantes /
hincados en las aguas circundantes. / Son estas barbacoas soberados 931 / para su
defensión ingeniosos, / por suelo palos gruesos apretados / con yedras o bejucos
correosos. / Allí tienen tugurios bien formados / y viven regalados y viciosos 932, / con la
fertilidad de pesquería / que les sirve también de granjería933. /... Y están las
barbacoas que ya digo / las más a dos estados934 de fondura935; / agua les es refugio y
es abrigo, / y hacen su morada más segura; / allí hacen mercado, ponen tiendas / y
contratan sus bienes y haciendas /... Debajo de las cuales hay canoas / o navíos que
tienen diputados936 / con que se mandan937 hombres y mujeres / y se sirven en todos
menesteres”(350-351). Más adelante en las Elegías vuelve a insistir sobre estas casas
del “alaguna”, y continúa su descripción: “Dentro de la cual vieron, en entrando, / gran
número de casas blanqueando, / compuestas sobre fuertes talanqueras 938 / que hacen
más difícil su conquista, / las paredes guarnidas939 con esteras / que causaban de lejos
928
- Plataformas de madera.
929
- Tapir.
930
- Muros defensivos, parapetos.
931
- El soberado, sobrado o doblado, era la habitación superior situada directamente
bajo la cubierta o techumbre de las casas.
932
- Viciosos: sin trabajar.
933
- Comercio, intercambio.
934
- Medida de la estatura regular de un hombre.
935
- Altura sobre el nivel del agua.
936
- Dispuestos, prevenidos.
937
- Se mueven, se ordenan para sus trabajos y usos.
938
- Defensas.
939
- Guarnecidas, adornadas.

213
bella vista, / y no tan sin defensa las fronteras / de que gran fuerza de gente no resista;
/ y antes del dicho pueblo grande trecho / los rodea palenque muy bien hecho. /
Porque para hacer casa redonda / y de madera gruesa cualquier trama, / desde sus
barcas en el agua fonda940 / agudo tronco limpio de su rama, / muchas vueltas le dan a
la redonda / hasta que ya lo fijan en la lama 941 / con la profundidad que se
desea”(478).
En la costa de Río Hacha942 describe la existencia de “poblaciones cercanas a los
ríos / con sus calles bien puestas y ordenadas, / fuertes y potentísimo buhíos, / y en las
puertas grandísimas ramadas943 / para gozar del fresco de los fríos / vientos, en las
calores destempladas, / y por ser general aqueste uso / el nombre de Ramada944 se le
puso”(507). Explica luego cómo se construían estas viviendas, con gruesos troncos de
árboles de excelente madera a pesar de no contar con instrumentos de hierro para
talarlos, aunque avisa que se trataba de un método utilizado en los “asientos
antiguos”, allí existentes mucho antes de la llegada de los españoles: “Y a causa de
cortar con gran trabajo / con hachuelas de piedra la madera, / el árbol excavan a buen
tajo945, / y ya teniendo las raíces fuera / lo hincaban arriba las raíces, / tiraban, y
arrancábanlo de cuajo. /... Puestos así por orden admirable / para siempre, según que
se presume, / por ser esta madera tan durable / que solo vivo fuego la consume. /... Es
esto que decimos hoy visible / a quien asientos viejos ver procura, / cuya madera es
incorruptible / pues mucha hasta nuestro tiempo dura, / y no tendría yo por imposible
/ ser antiquísima su compostura”(508).
De la zona de Bonda, escribe: “Los españoles van en ese punto / a la ciudad
mayor que tienen junto. / La cual era, según se manifiesta, / alcázar y morada de los
reyes / y la cabeza dicen ser aquesta / de las que están sujetas a sus leyes; / era de
grandes casas bien compuesta / que suelen por allí llamar caneyes 946”(561). “Ciudad
pajiza”, dice que era, dos octavas más adelante (Id.). Y sobre las otras muchas
poblaciones que había por la sierra: “Por bajo valle va nuestro estandarte / mirando
poblaciones y culturas / puestas en la ladera, de tal arte / que hacen las subidas mal
seguras”(566).
En Buritaca, junto al río Guachaca, vuelve a referirse a los primitivos habitantes
de la zona: “Mas cerca de la playa donde digo / como dos o tres tiros de ballesta, /
asiento fue de pueblo muy antiguo / y entonces espesísima floresta / para defensa
pues del enemigo”(489). Por ese río se alcanzaban las primeras ciudades de la Sierra
940
- Clavan.
941
- En el lodo del fondo.
942
- Llamado así, según Castellanos porque “deste nombre tal es heredero / por una
que perdió cierto soldado / al tiempo que pasaba por su vado”(390).
943
- Construcciones de palos y ramas, a manera de sombrajos, que se situaban delante
de las casas para dar sombra y aprovechar las brisas.
944
- Pocos kilómetros al Oeste del Río del Hacha.
945
- Profundamente.
946
- Palabra arahuaca que designa a una gran vivienda rectangular, de paredes de
madera y techo a dos aguas de hojas de palma trenzadas.

214
Nevada, a las que se ascendía a través de elaboradas escaleras de piedra: “Llegaron a
las faldas de la sierra / donde tenían muchas sementeras; / pobladísima ven toda la
tierra, / insuperables todas las laderas; / mándanse ya de paz o ya de guerra / por
enhiestas y largas escaleras, / de grandes lajas947 puestas de buen arte / por no poder
subir por otra parte”(516-517).
En la zona de Maconchita sigue describiendo estas escarpadas poblaciones,
enlazadas mediante caminos enlosados, los que para él son signos de civilidad y
muestra del gran poder de sus señores naturales: “Y fuimos al lugar que se recita /
cuyas alturas son de tal manera / que se sube lo más por escalera, / excepto pasos, no
tampoco llanos, / sino mesas948 que no son tan enhiestas; / mas escalones van hechos
a manos / (en las que son insuperables cuestas / que no pueden subir los pies
humanos) / de lajas grandes, anchas, bien compuestas; / y escalas hay que tienen
reventones949 / de más de novecientos escalones. / Muchas en estas sierras son
mayores / y en partes prolijísimas calzadas / no faltas de grandezas y primores / y de
hermosas lajas enlosadas, / que arguyen gran potencia de señores / que solían tener
sierras nevadas; / y en los remates dellas y recuestos / hay poderosos mármoles
enhiestos950”(491). Igual en la zona de Bonda: “Pero para llegar a sus moradas / habían
de subir por escaleras / de losas bien compuestas y fijadas”(501). Páginas más
adelante recupera la descripción de estas poblaciones taironas: “Subieron pues al
pueblo más cercano / que de gran cantidad de casas era / por orden repartidas en un
llano / o hoya951, bien así como caldera, / a causa de tener a cada mano / muy alta y
asperísima ladera; / hay en torno labranzas y frutales, / regalos grandes destos
naturales”(516-517).
En ese valle de Tairona, las ciudades abundaban: “Es valle de profundas
angosturas / que rápida corriente lo reparte / pero las mesas dél, y sus alturas, / bien
pobladas en una y otra parte / de gente, curiosas las culturas, / casas pajizas, pero de
buen arte, / y su grandeza y latitud es tanta / que de caneyes grandes es la
planta”(528). Se detiene a explicarnos la forma de Taironacá: “Ciudad pajiza pero bien
fundada, / escombrada952 por parte del oriente, / es una de sus plazas enlosada / de
lajas grandes, puestas igualmente, / y su hechura va triangulada / por cada parte cien
pasos953 de frente, / y en las tres puntas, tres grandes caneyes, / moradas y aposentos
de sus reyes, / que son también pajizos aposentos / do suelen morar muchos de
cosuno954, / y se podían bien sobre trescientos / soldados alojar en cada uno, / con

947
- Grandes piedras lisas y planas.
948
- Plataformas en los puertos de la sierra.
949
- Tramos continuos de escalones a los que denomina así por el gran esfuerzo que
hay que hacer para subirlos.
950
- Grandes piedras verticales: monolitos rituales.
951
- Olla, zona rodeada por montañas.
952
- Despejada, sin piedras, lisa, llana.
953
- Algo menos de ochenta metros.
954
- Normalmente.

215
servicio, caballos y ornamentos, / dando lugar a todos oportuno 955; / eran pues estos
tres de las esquinas / del rey, hijos, mujer y concubinas956”(617).
Describiendo la región del Sinú, informa de la existencia de una gran cultura
agrícola, donde las viviendas se hallaban dispersas entre los cultivos: “Porque tenían
estos naturales / las casas todas bien aderezadas, / con gran copia de huertas de
frutales / maravillosamente cultivadas, / grandísimas labranzas de yucales / y otras
raíces dellos estimadas, / como batatas, ajes957, himoconas958, / que suelen ser regalos
de personas. / Asiento limpio por cualquier vías, / campiñas espaciosas por los lados, /
todas sus partes rasas y sanías / purísimos los aires y templados”(728).
Mas al Oeste, en el Darién, escribe que sus habitantes “vivían en el aire”:
“Porque tenían sus casillas hechas / encima de los árboles y plantas; / era gente de
débiles cosechas / sin uso de vestidos ni de mantas”(744). Y trescientas páginas más
adelante aporta nuevos detalles sobre estas viviendas del Darién: son “en árboles
subidos, / sobre los cuales tejen barbacoas, / y en ellas sus tugurios o chozuelas, / por
las inundaciones de los ríos / que suelen ser allí cuotidianas; / vivienda vil y más que
miserable”(1011).
Mismo sistema constructivo que halla también por Dabeiba, donde las ciudades
son arbóreas, divididas pos “barrios” (en función de donde los bosques fueran más
tupidos) y con viviendas fuertemente protegidas con mamparos de madera, troneras y
escalas para subir, desde donde arrojaban todo tipo de productos a los que intentaban
el asalto: “Tenían casas fabricadas / altas del suelo hasta seis estados, / encima de los
árboles fundadas / sobre fortalecidos soberados, / con vigas bien compuestas y
trabadas / por barrios unos de otros separados, / según hallaban estos moradores / los
árboles más gruesos y mejores. / No selva que podamos decir densa, / antes el suelo
limpio y escombrado, / donde su morador rústico piensa / valerse por estar
encaramado; / tienen pertrechos959 para su defensa / y el alto por lugares horadado /
para que por allí contrarios miren / y con las armas ofensivas tiren. / ...Encima llueven
ofensivas brasas, / rescoldo vivo y agua tan hirviendo / que del lugar se vuelven
retrayendo. / También caían tan pesados cantos / por una y otra saetera / que no
dejaban de poner espanto / a los que los miraban más afuera. /... Así mandó que bajen
una escala / a manera de puente levadizo / por do bajaron él o otros cincuenta”(769).
A les españoles estas fortalezas en los árboles les perecían imposibles de tomar:
“Pareciéndoles ser tiempo perdido / aquel que se gastaba porfiando / en allanar
aquella fortaleza / al parecer común inexpugnable”(1061).

955
- Cuando quiere dar idea de la capacidad de un edificio, usa siempre la misma
fórmula, empleada también por los historiadores de la antigüedad clásica, señalando
cuando soldados con su equipo cabrían en él.
956
- Señala así la división clásica de estos pueblos, tanto arahuacos como caribes: el rey
por una parte, sus hijos y guerreros por otra, y sus mujeres en el edificio restante.
957
- Ajíes.
958
- Ajicones, ajicomones, parecidas a las berenjenas.
959
- Obras defensivas.

216
Más hacia el Sur, toda la actual Antioquia estaba colmada de poblados, cuyas
viviendas de palma le llaman la atención por lo bien dispuestas que se hallaban y el
orden en que se establecían: entrando por el valle de Pequí “vieron un llano / poblado
de labranzas y apacible, / en cierta parte dél doce caneyes / o casas de vistosa
compostura, / morada de los indios más cercanos”(982), y por San Juan de Rodas
anduvieron “hasta llegar a parte de do vieron / un pueblo de cien casas populosas /
cuyos confines, campos y repechos / tenían buena copia de culturas 960”(986).
En el Chocó existían también grandes empalizadas: “Salidos pues del monte
más cercano / vieron la fabricada fortaleza / encima de una loma, que tenía / de
longitud hasta doscientos pasos / pero de latitud la mitad menos, / la cual por todas
partes ocupaba / el fuerte y edificio de madera, / y por cualquiera parte la subida /
para llegar a él era ladera / áspera de subir y trabajosa”(1056). Igualmente en las
alturas vivía una numerosa población, en habitaciones que a la vez eran fortalezas bien
defendidas, incluso dotadas de su propio sistema de recogida de aguas: “En ciertas
barbacoas, cuyos troncos / gruesos, bien afijados en la tierra, / subían en altura cuatro
brazas961, / espesas las hileras, y por orden / que, travesadas vigas por lo alto / y dada
perfección al soberado, / pudieron fabricar seguramente / casas pajizas para sus
albergues; / y lo más alto de la barbacoa / ceñido con maderos ajustados / que volaban
según el colgadizo, / que llaman los latinos meniano 962, / tan alto que servía de muralla
/ y amparo contra tiros extranjeros, / por él hechas troneras provechosas / para poder
valerse de los suyos /... Tenían abundancia de alimentos / arriba recogidos, y en
canoas963 / o maderos cavados, agua mucha / demás de las vasijas de sus vinos964; / y
para no perder la que del cielo / el pluvioso nimbo destilaba, / tenían en las alas de las
casas / hechas de gruesas guádubas965 canales, / cuyas corrientes iban dirigidas / a los
vasos que estaban contrapuestos”(1055-1056).
En las zonas de altura, por los Vélez, existían viviendas excavadas en cuevas
naturales, que servían de almacenes y también de refugios en casos de peligro: “Y al
tiempo que llegaron a la sierra / de Cocomé, ningún vecino vieron / porque todos
estaban levantados / metidos en las cuevas y cavernas / que son muchas y grandes, do
se meten / cuando toman las armas para guerra / o por ser frescos suelos en
verano”(1237). O en Guane, al Norte de Tunja y en el Sur del actual Departamento de
Santander, donde “no hallaron vecinos en el pueblo / porque todos estaban retraídos /
en unas grandes cuevas y solapas / que el pecho de la cingla 966 contenía; / altas y
rigurosas las subidas / pero por ambos lados iban sendas / a soslayo 967 guiadas a las
960
- Cultivos.
961
- Más de seis metros de altura.
962
- Una especie de balcón corrido.
963
- Canoas. En este caso de refiere a troncos de árboles ahuecados usados como
depósitos de agua.
964
- Chicha de maíz.
965
- Guaduas.
966
- Ladera muy escarpada, pero escalonada. El pecho de la cingla, la parte central.
967
- Oblicuamente.

217
puertas, / porque vía derecha pies humanos / no fueran poderosos, y aun por donde /
subían era prueba temeraria, / por no tener adonde detenerse / de aquel andén
estrecho resbalando, / y habían de dar salto que tenía / bien doscientos estados de
distancia”(1247). Una zona, ésta de Guane, donde había mucha población, “pues en el
circuito solamente / de lo que propiamente llaman Guane / había treinta mil casas
pobladas, / a dos y a tres vecinos cada una / y en ellas sus mujeres y familias / de
manera que la provincia toda / era manantial de naturales”(1246). Y junto a las
viviendas de los Guane, un complejo sistema de canales de riego, como en Butaregua,
“asiento bien compuesto, llano, limpio / de frutos y de mieses abundante / porque los
moradores curiosos / tenían regadías heredades / por acequias antiguas, y cursadas /
en tal manera, satisfacían / al codicioso fin de los cultores”(1247).
Las ciudades en la zona de los páramos de Tunja y sabanas de Boyacá eran
también fortalezas sólidamente construidas. El cacique Tundama había elevado una de
ellas, rodeada de lagunas, “y por la parte libre de los cienos / hecha profunda cava 968
llena de agua / que se comunicaba su longura / con una y otra parte del pantano, / y
por de dentro, junto de la cava, / hechos sus paredones y albarradas969 / de céspedes
trabados970, desde donde / podían ofender y defenderse, / sembradas muchas puyas
en contorno, / ocultas y compuestas sutilmente”(1312).
En Sogamoso había también otro cercado. “Y el mismo Sogamoso su cercado /
con las pendientes láminas y platos / del pálido metal que se buscaba / según y como
Tunja los tenía”(1202). Igual en Zipaquirá, donde eran abundantes las fortalezas: “Ya
por aquella parte descubrían / grandes y espaciosas llanadas / y en ellas grandiosas
poblaciones, / soberbios y vistosos edificios, / mayormente las cercas de señores / con
tanta majestad autorizadas / que parecían, viéndolas de lejos, / todas inexpugnables
fortalezas, / y por este respecto nuestra gente / Valle de los Alcázares le puso”(1174).
Cerca de Zipaquirá había otra, donde se retiraron los nobles Uzaques después de un
encuentro con los españoles: “Hasta meterse dentro de un cercado / grande que se
llama Buzongote, / yéndoles en alcance los caballos / que rodearon esta
fortaleza”(1175). De ella da más detalles pocos versos adelante, explicando el curioso
sistema que usaban para protegerse del sol y de la lluvia: “Cerca / en espacioso llano
situada, / bien gruesa y espaciosa, mas de cañas / por orden singular entretejidas, / tan
juntas y tupidas que de solo / fuego podía ser damnificada; / sería de tres tapias el
altura, / a trechos gruesos mástiles, y en ella / un toldo por lo alto que tenía / en
ancho cinco varas971 y de luengo / todo lo que el cercado rodeaba, / que serían dos mil
varas972 de tela / tan gruesa y tan tupida que del agua / y de rayos de sol era defensa. /
Dentro se contenían grandes cosas / vistosas y de buena compostura, / guarnidas las
paredes de carrizos / muy limpios, unos de otros enlazados / con hilos diferentes en
colores /... y tenían apacibles aposentos, / y a discreción de todos la comida”(1176).
968
- Especie de foso o trinchera.
969
- Pared de piedra.
970
- De plantas, yedras y bejucos entrelazados.
971
- Unos cuatro metros.
972
- Sobre 1.600 metros.

218
Sobre Tunja escribe que era una gran ciudad que vivía alrededor de los palacios
del Señor: “Ya los nuestros llegaban a las casas / y a vista del cercado del cacique /... –a
la salida del sol- cuyos rayos herían los buhíos / y dellos resultaban resplandores / de
láminas y piezas de oro fino / pendientes de las puertas, y tan juntas / que siendo de
los vientos meneadas / daban unas en otras, y formaban / retinte de sabor a los oídos,
/ aunque mayor lo daban a la vista. /... Y el Tunja /... mandó cerrar las puertas del
cercado / guarnido de dos cercas que distaban / la una de la otra doce pasos / y en la
de más adentro grandes casas”(1197).
En esta zona de Boyacá, junto a las fortalezas, los indígenas “tomaron por
refugio los peñoles”, y allí intentaron sobrevivir tras la conquista, “encastillados” en
aquellos “pináculos”. Algunos eran pequeñas ciudades o villas: “Destos el uno fue de
Suta y Tauza, / altísimo peñol inaccesible / cuyas murallas son peña tajada / y la corona
dél y sus conveses973 / capaz de gran número de gente /... debajo de una entrada
solamente / derecha y empinada por extremo, / y tan angosta que de pies de uno / era
su latitud embarazada, / con riesgo que si della deslizaba / había de volar hartos
estados / en menudos pedazos dividido”(1321).
Otro peñol fue el de Siminjaca, en la misma zona: “Llegaron pues al empinado
fuerte / do los indios estaban recogidos /... confiados al sitio peñascoso, /
imposibilitado de subida / por todas partes salvo por aquella / que para se meter les
dio camino /... y al pie deste peñol había monte, / arboledas espesas, enhebradas / con
cantidad inmensa de bejucos / cuyos sarmientos densos, correosos, / tenían
enredados densamente”(1322). Y otros más, similares a los anteriores, el de Ocabita y
Lupachoque, a los que solo pudieron subir después de sufrir muchas bajas y usando
infinidad de escalas como si del asalto a un poderoso castillo medieval se
tratara(1324).
En la sabana de Bogotá las poblaciones eran numerosas, con grandes avenidas
para las ceremonias, aunque escribe que en sus días ya están en desuso: “Proceden
descubriendo los potentes / pueblos en que la vista se cebaba, / con tanta
muchedumbre de tugurios / que parecían ser innumerables / y aquella señalada
compostura / de los grandes cercados que tenían / los que por el señor los
gobernaban, / que para ser de pajas y maderas / eran laboriosos edificios / y con
curiosidad edificados. / Y de cualquier cercado procedía / una niveladísima carrera / en
longitud de larga media legua, / y en latitud podían sin estorbo / ir caminando dos
grandes carretas, / tan por compás y tan sin torcedura / que aunque subiese por
alguna loma / de buena rectitud no discrepaba, / las cuales se señalan hoy en día, /
aunque dejaron ya los usos dellas; / mas entonces en ellas celebraban / las fiestas que
tenían de costumbre”(1177). Hasta llegar a la ciudad capital, “Y ansí día siguiente
descubrieron / aquella majestad de los cercados / y casas del Señor, cuya grandeza /
aniquiló las fábricas pasadas, / y las moradas de los Bogotaes / a los demás comunes
edificios, / y acrecentaron en los más templados / más engolosinados apetitos”(1178).
Los españoles asaltaron los palacios del gran señor de Bogotá, “los cuales
saquearon, y, aunque pocas, / se hallaron algunas joyas de oro, / en casa del Señor
973
- Combés. Espacio descubierto delante de los baluartes.

219
principalmente, / y una totuma974, vaso de oro fino, / llena de tejolillos975 de lo mismo,
/ que pesaron mil pesos poco menos, / que según pareció, de sus tributos / aquella
noche de su desventura / un señor se la dio de sus vasallos”(1209). Nos dice
Castellanos que los palacios de Bogotá eran los mejores de toda la zona: “Llegaron al
cercado / edificio que hacen los señores / do tienen sus pajizos aposentos, / que a los
demás exceden en grandeza / y en suntuosidad, principalmente / estos de Bogotá de
quien tratamos”(1153).
Más al Sur, en Cali, hallaron “casas pajizas pero con primores, / ausentes dellas
ya los moradores. / Entrellas muchas chozas muy pequeñas / redondas, do varón
jamás entraba / por ser albergues hechos para dueñas / el tiempo que su menstruo les
duraba”(873). Por el río Jamundí, “pueblo se hallaba de mil casas / grandes, de seis y
siete moradores / en cada una, donde de sus brasas / y humos divididos son señores, /
con hijos y mujeres y sirvientes / albergados en partes diferentes”(874).
En Popayán, “era la fuerza deste principado, / que Popayán tenía por segura, /
un espacioso fuerte rodeado / de guádubas nativas y espesura / de cerca, que tenía
cada lado / sobre cincuenta pasos en anchura, / la cual cerca, demás de ser tan gruesa
/ era sobremanera muy espesa”(871). Esta muralla poseía varias puertas: “Dos eran,
una de otra separada / que miran al oriente y occidente, / angosta cada cual en el
entrada / pues un caballo cabe solamente /... Hallaron grano y otros alimentos / y bien
acomodados aposentos. /... Hallaron cuatro leguas del cercado / el pueblo Popayán
conmemorado, / crecida población en gran manera / y toda suntuosa casería976, / mas
sola paja cubre la madera / y entrellas una casa que tenía / cuatrocientos estantes 977
por hilera, / tan grueso cada cual que no podía / por una y otra parte rodeado / ser de
dos españoles abrazado. / Catorce los horcones, y cualquiera / el mayor que producen
las florestas / admiración produce la cumbrera / por verse pocas plantas como esta, /
casa que decían ser de borrachera / donde solían celebrar sus fiestas”(872).
También existían en esta zona fuertes construidos en los peñoles: “Con galgas
como ruedas de molinos / en un alto peñol se hacen fuertes, / varios pertrechos, hijos
y mujeres / y lo más sustancial de sus haberes. / Señoreábase desde la altura / cuando
puede visible sutileza; / si lugar áspero formó natura / allí pudo llegar el aspereza; /
forma piramidal es su hechura / pero sitio capaz en la grandeza. /... las partes dél
imposibilitadas / para subir por ellas pies humanos; / solamente tenía dos entradas /
do no podían sentarse llanos, / antes las sendas van tan empinadas / que en vez de
pies se sirven de las manos, / y en estas no faltan compañías / que velaban las noches
y los días”(934).
Terminamos este recorrido de ciudades en Quito, donde Belalcázar consiguió
entrar venciendo la resistencia de Rumiñahui: “Entraron pues en la ciudad potente / de
Quito, donde estaba recogida / innumerable número de gente / de varias armas bien
apercibida; / Mas viéndolos entrar incontinente / fue por diversas partes esparcida, /
974
- Bandeja o charola de calabaza seca, pero en este caso confeccionada con oro.
975
- Tejos, tejuelos, pequeños trozos aplanados de oro.
976
- Caserío: conjunto de viviendas y edificios.
977
- Columnas.

220
dejándola con sus pertrechos varios / a la disposición de los contrarios. / Y ansí
hallaron muchos ornamentos / preciados entre bárbaras naciones, / y demás desto
grandes aposentos / llenos de grano y otras provisiones, / otros con belicosos
instrumentos, / lanzas, macanas, dardos, morriones, / y para guerra todo buen recado;
/ Mas oro poco, por estar alzado978. / Recogieron aquello que se halla, / trastornando
las casas y rincones, / los indios, rehusando dar batalla, / acudían de noche con tizones
/ por partes mas ocultas a quemalla; / Y aunque no salen con sus intenciones / la llama
todavía hizo mella / en algunas pajizas casas della. / No procedieron, por la resistencia
/ que hallan en contrarias voluntades, / encaminadas a la permanencia / de firmes y
católicas verdades, / destruyendo con suma diligencia / la falsa religión destas
ciudades; / Y ansí procuran en aquel asiento / plantar luego cabildo y
regimiento”(854).
Ciudades, pueblos, regiones, provincias, que además se hallaban enlazadas y
conectadas mediante una compleja red de caminos, que Castellanos pudo describir y
valorar al narrarnos la cantidad de intercambios, trueques, “contractos” y “comercio”
que se establecía incluso a larga distancia. Caminos no solo en las zonas de altura,
como en Tunja, (“dieron en un camino recién hecho / muy ancho, y en quebradas
hechas puentes, / el cual duraba más de veinte leguas / por todas partes bien
aderezado”-1365-), sino incluso en los llanos de Casanare: “En continuación de su
jornada / tierra se descubrió más andadera, / mas en tiempo de aguas anegada, / en su
disposición y en su manera / do vieron prolijísima calzada / que fue mas de cien leguas
duradera / con señales de antiguas poblaciones / y de labranzas viejos
camellones”(266).
Esta red de caminos necesitaba de multitud de puentes que cruzaran ríos y
quebradas. Y así se hallaban esparcidos por la geografía, como en la Sierra Nevada:
“Hay puentes de bejucos correosos / asidos a los árboles fronteros, / donde son
menester sólidas sienes979 / porque quien pasa da muchos vaivenes”(529); o en las
tierras Taironas, de la sierra hacia el Valle del Magdalena: “Volvieron sobre el río de
Don Diego / do los indios tenían una puente / no buena para caminante ciego, / por
estar de dos árboles pendiente / de yedras correosas de arcabucos, / a los cuales
llaman acá bejucos”(615). En el Valle del Cauca, por los Nutaves y valle de Teco:
“prosiguió su camino hasta tanto / que vio las aguas del potente río / de Cauca, y una
puente de bejucos, / a la cual le llamaban los antiguos / españoles la puente de
Aberunco / asaz nombrada980, pero los modernos / puente de Neguerí, por un cacique
/ guerrero que después allí vivía”(989). En las tierras Muiscas prendieron los españoles
a un indígena para que les dijera por donde se vadeaba un río, “el cual les enseñó no
lejos dellos / una puente tejida de bejucos / pendiente de los árboles más altos, /
invención que ninguno dellos vido / en peregrinaciones atrasadas; / y ansí pasar por
ella no quería / hombre de cuantos iban en el campo981, / porque además de ser
978
- Habérselo llevado los indígenas antes de la entrada de los españoles.
979
- No marearse, no perder la cabeza.
980
- Muy nombrada, famosa.
981
- Llamaban el “campo” a la hueste de españoles.

221
fábrica frágil, / zarzo mal hecho, con las mallas largas, / sospechaban ser algún engaño
/ y ser alguna fraudulenta trampa. / Mas Juan Rodríguez Gil982, más atrevido, / subió
para mirar las ligaduras / y pareciéndole bien las amarras / fuelas tentando, yendo
poco a poco / (aunque con los vaivenes de columpio) / hasta llegar a la contraria
banda, / y hecha ya la salva983 y experiencia / pasaban uno a uno con gran
tiento”(1191). También hallaron estos puentes en Popayán: “A cierto río llegan
abundante / el cual tenía puente de madera / donde con superbísimo coraje / los
bárbaros impiden el pasaje”(933).
Los españoles aprendieron a hacerlos, igual que los indígenas. El gobernador de
Antioquia Andrés de Valdivia, propuso a sus hombres hacer uno para poder cruzar el
río Cauca: “<Caballeros, grandemente / he deseado por do más estrecho / aqueste río
corre hacer puente, / porque sería celebrado hecho / para lo cual a tan heroica gente /
solo resta querer poner el pecho. /...Pues de cueros de vacas retorcidos / haremos las
maromas y ramales / con bejucos espesos y tejidos, / según suelen aquestos naturales,
/ a una y otra banda bien asidos, / ahincados estantes y puntales, / y pasarán algunos
cuando fuere / menester y algún caso lo pidiere> /... Pusieron luego manos a la obra /
con tal solicitud y diligencia / que en espacio de diez o doce días / le dieron conclusión,
que fue difícil / y trabajosa por la gran distancia”(1017). Aunque, como no estaban
seguros de su obra, mandaron pasar adelante a los más desafectos al gobernador, por
cualquier inconveniente: “Hizo pasar por ella diez soldados /... los cuales fueron de
muy mala gana /... y luego pasó la demás gente”(Id.).
Por los Vélez, los indígenas usaban escalas para remontar las laderas más
empinadas: “Y para las subir, los naturales / tenían adminículos flexibles, / correosos
bejucos bien asidos / a troncos de los árboles arriba /, al modo de la jarcia por do
suben / a la nutante984 gavia marineros /... Al fin por las escalas de las yedras, /
trabadas y tejidas bastamente, / pasaron todos ellos uno a uno / con riego de la vida,
que no teme”(1236).
Junto con el esplendor de las ciudades, lo siguiente que llama la atención a los
conquistadores son los templos que existen en las mismas: nada que ver con intereses
etnoreligiosos; los santuarios indígenas eran los lugares donde, se suponía, habrían de
hallar los más delicados y abultados tesoros. Pero en Castellanos es diferente. Lo que
le llama la atención, más que los templos en sí mismos, es todo aquello relacionado
con la religiosidad.
Por ejemplo, los dioses a los que adoran los naturales. Y no lo hace con afán de
mostrar su barbarismo, sino para descubrir y explicar sus lógicas religiosas, a las que
pone en relación con las de los antiguos habitantes de la Europa clásica. En la Sierra

982
- Uno de los hombres en Santa Marta de Fernández de Lugo que luego subió con
Jiménez de Quesada hasta Bogotá.
983
- Salvaguarda.
984
- Náutica.

222
Nevada de Santa Marta anota a este respecto: “Adoran los planetas y los sinos985, /
regocijándose por los oteros986”(497).
Vuelve a insistir en ello al referirse a los Catíos en Antioquia, y desgrana
similitudes con su propio mundo: “Muchos dellos adoran la milicia / de las estrellas
que su vista marca; / del general diluvio dan noticia / y gentes que escaparon en el
arca; / reconocen haber Dios de justicia, / del cielo y de la tierra gran monarca, / y
aunque al demonio tratan con regalo / temblando dél, conócenlo por malo. / Y ansí le
llaman ellos al diablo / Cunicubá, que malo representa / en la lengua catía tal vocablo,
/ y otros ninguno hay de más afrenta; / no le hacen pintura ni retablo / aunque los
amenaza y amedrienta; / díceles que él creó todas las cosas, / con otras invenciones
fabulosas. / En su vulgar987, a Dios llaman Abira, / que representa sumamente bueno; /
al español por nombre dan Aíra / que quiere decir, hijo de su seno 988”(965).
Los bogotáes, “no niegan haber Dios omnipotente, / señor universal y siempre
bueno / que todo lo crió; mas porque dicen / que el sol es criatura más lucida, / lo
deben adorar, y así lo hacen, / y como a su mujer y compañera / adoran y
engrandescen a la luna. / Bien creen ser las almas inmortales, / y que los cuerpos
mueren solamente, / y ellas bajan al centro de la tierra / adonde tiene cada cual
provincia, / términos y lugares diputados, / según acá los tienen y poseen, / y hallan
casas hechas y labranzas, / adonde tienen vida descansada; / eso me da los malos que
los buenos, / porque en esto no hacen diferencia. / También esperan ellos el juicio /
universal, y dicen que los muertos / han de resucitar, y para siempre / vivir en este
mundo, de la suerte / que agora viven, y es porque presumen / ser este mundo
permanescedero989, / de la misma manera que lo vemos”(1158).
Señala también que tanto en Bogotá como en Tunja, y en general en todas esas
sierras y páramos, la naturaleza y sus manifestaciones eran objeto de veneración: los
Apus990 andinos. “Y aun no todos ofrescen en los templos, / ni a ídolos hechura de sus
manos, / pues muchos reverencian a las sierras, / a las lagunas, fuentes y a los ríos, / a
cuevas, a quebradas, a peñascos / y a plantas donde hacen sus ofrendas, / sin que
sepan decir los inventores / primeros de las tales ceremonias”(1158).

985
- Las señales del destino, los augurios.
986
- Lugares elevados donde realizaban sus rituales de adoración a los astros.
987
- En su lengua común.
988
- En otras zonas, como en Mahates, en la provincia de Cartagena, también
asignaron a los capitanes españoles esta condición de dioses, donde el cacique
Cambayo dijo a Pedro de Heredia: “<Eres hijo del sol a lo que siento, / y aqueste
siempre te será propicio>”(712).
989
-Que existirá eternamente.
990
- En todo el cordón andino los dioses de la naturaleza, o Apus, son venerados por su
poder sobre los humanos, a quienes se pide protección y provecho en las cosechas. Al
mismo tiempo, estos Apus sagrados proporcionan signos de identidad a sus moradores
vecinos, como deidades locales cuyo culto los identifican como pertenecientes a un
mismo grupo o comunidad.

223
De los Bogotáes narra uno de sus mitos fundadores, cuando, al igual que en
otras culturas andinas y mesoamericanas, aparece cierto personaje que les
proporciona nuevas normas de comportamiento y algunos elementos que hacen
evolucionar su cultura material. Algo parecido a Wiracocha en los Andes centrales, o a
Quetzalcoatl para los mexicas. “Verdad sea que cuentan cómo vino / en los pasados
siglos un extraño / a quien llamaban Neuterequeteua, / o Bochica por otro
nombramiento, / o Xue que, según dicen algunos, / no fueron sino tres los que
vinieron / en diferentes tiempos predicando; / pero lo más común es que uno solo /
tenía los tres dichos epítetos. / Este tenía muy crecida barba, / y hasta la cintura los
cabellos, / con venda rodeados y cogidos, / al modo del rodete que ellos usan, / o
como los antiguos fariseos / los anchos filacterios 991 o coronas / con que se rodeaban
la cabeza; / y del Decálogo los mandamientos / en medio de la frente colocados; / que
bien desta manera tienen estos / una rosa de plumas en el medio / deste rodete de
que tienen uso, / el cual compuesto sobre los cabellos, / cae la rosa dél sobre las cejas.
/ Andaba, pues, aqueste, según dicen, / las plantas por el suelo sin calzado, / un
almalafa992 puesta, cuyas puntas / ataba sobre el hombro con un nudo, / de donde
dicen ellos que tomaron / andar descalzos y en el mismo traje, / y largos los cabellos,
porque barbas / a muy pocos ocupan las mejillas. / Este les predicaba muchas cosas, /
las cuales, si eran buenas, poco caso / hicieron dellas, pues las olvidaron; / pero
conforman en decir que vino / después una mujer de gran belleza, / que predicaba
cosas diferentes / de las que dijo Neuterequeteua; / a la cual unos dellos llaman Chie, /
otros Huitaca y otros Jubchrasguaya; / a cuyas opiniones se llegaba / innumerable
cantidad de gente; / y porque predicaba cosas malas, / el Neuterequeteua le dio
plumas / y convirtió sus miembros en lechuza. / Y de transformaciones dicen tantas /
que, si hiciésemos memoria dellas, / de solas se haría más volumen / que el otro del
poeta sulmonense993; / mas por ridiculosas no las cuento. / Pero de tantas, una me
parece / indigna de quedar en el tintero; / y es afirmarme por indubitable / indios
ladinos y de buen ingenio / haber entrellos grandes hechiceros, / algunos de los cuales
se convierten / en leones y tigres cuando quieren, / y hacen los efectos que los otros /
que suelen devorar carnes humanas”(1158-1159).
Es curioso, pero también separándose de sus contemporáneos, apenas
relaciona estos dioses indígenas con el demonio o el diablo. Son pocas las veces en que
vincula estas divinidades con el Satanás de los cristianos. Comenta que entre los
Taironas existía, pero que mostraban pánico ante él (616 y 666); igual entre los Catíos
de Antioquia, de quien huían (965); también cuando se refiere a algunos adivinos
Bogotáes, quienes afirmaban preguntar a los demonios sobre el futuro (1157 y 1160).
La única vez que hace mención expresa de comunicación demoníaca es en el episodio
de la cacica sublevada por venganza contra los españoles, conocida como La Gaitana,
pero aclara que fue por motivos de odio y sinrazón. Esta cacica explica a su pariente, el
991
- Especie de turbante.
992
- Túnica usada por los musulmanes.
993
- Ovidio, natural de Sulmo, hoy Sulmona. Autor de la Metamorfosis, obra a la que se
refiere Castellanos en el texto.

224
gran señor Pigoanza, de la zona de Popayán, que ha tenido tratos con el demonio, y
que si pelea contra los españoles va a vencerlos. “<Si cierta perdición no me es oculta,
/ porque de mis encantos apremiado / tuve con el demonio gran consulta / para
hacerte más desengañado, / y ansí, de la razón que dio, resulta / el cumplimiento de lo
deseado, / pues afirmó vencer el estandarte / que la verdad tuviese de su parte994. /
No debes recelar suerte siniestra / según aquel espíritu me inspira / porque más claro
que la luz se muestra / no poderse librar de nuestra ira: / que la verdad está de parte
nuestra / y de los mentirosos la mentira; / por tanto, reconoce tus ventajas, / pues no
te mueves a humo de pajas>”(915).
Los templos y santuarios son indagados por toda la geografía, y Castellanos los
va describiendo según su importancia: Orinoco arriba buscaban los españoles la que
habían oído nombrar “casa del sol”: “A Meta dirigían sus intentos / y a la casa del sol,
que entonces era / el blanco de los más descubrimientos / que pregonaban en aquella
era; / salió pues el Ortal con sus cristianos / a descubrir aquellos campos llanos”(238).
En esa región, después de una batalla toman un poblado, buscan el templo y
“descubrieron algunas joyas de oro / y de plata pequeñas campanillas / como de
aquellas que por adornallos / ponen en los bozales de caballos”(414). Por el río
Guataporí había “templos dedicados al honor divino / según su parecer y
testimonio”(512).
En el Valle de Carache, desde Coro tierra adentro hacia el país de los
“timotos”995, supieron de un templo, en la ciudad de Escuque, o “asiento viejo”(464):
“De un universal ofrecimiento / donde diversas gentes acudían, / y parecíales ser
necesario / el descubrir aqueste santuario. / Icaque se decía, y era diosa / que de bulto
tenían retractada / en casa de tres naves espaciosa / de grandes y menores
frecuentada. / Hacíasele fiesta generosa / (a tiempos y por días) señalada / donde
sacrificaban gentes vivas / o de sus naturales o cautivas. / El gran sacerdote destos
ministerios / entonces era Toy, gran hechicero, / el cual interpretaba los misterios / y
sucesos del tiempo venidero. /... Las casas de grandeza tan pujante, / tantas y por tal
orden y concierto / que no se vido cosa semejante / en cuanto por allí se ha
descubierto”(463). Le dijeron al gran sacerdote que querían hacer una ofrenda a la
diosa, y éste les contestó que allí no podían entrar, porque era lugar sagrado: “<No
holleis el santo suelo, / mirá que os tragará luego la tierra / sin que quede de vos un
solo pelo, / y temblarán los llanos y la sierra>”(464). A la fuerza tuvo que conducirlos

994
- Nótese que este principio, más que demoníaco, pertenece a la mas extricta
doctrina de la época. Del lado de la verdad está la justicia, y ésta vencerá sobre la
mentira. Un principio juxnaturalista que en toda Europa justificaba la “guerra justa”,
aunque ahora lo vemos aquí expuesto en boca de la cacica La Gaitana, siguiendo
instrucciones nada menos que del “demonio”, quien se sintió apremiado de los
encantos de la dama, invocándola, y no al revés, como parecía ser la costumbre. Con
todo lo cual el posible acto demoníaco de la cacica queda, cuanto menos, suavizado
por completo en la pluma de Castellanos.
995
- Huitotos.

225
hasta el santuario: “Y como viesen ya la huaca996 cierta / sin recelar sucesos venideros,
/ arrojóse Vallejo997 por la puerta / y tras él diez o doce compañeros: / los otros
estuvieron muy alerta / a fin de resistir a los flecheros; / los indios estuvieron en
espera / creyendo que la tierra los sorbiera. /... Después que se metieron por la huaca
/ hombres humanos ven sacrificados, / tantos ídolos, tanta petaca 998 / que todos se
quedaron admirados / pensando la riqueza ser tamaña / como la de Pirú y de Nueva
España. / Descubren de los ídolos los senos / hechos de hilo, no sin sutileza, / donde
suelen meter los dones buenos; / pero no remediaron su pobreza / porque todos los
más estaban llenos / de lo que allí tenían por riqueza, / de manera que fue la fiesta
toda / guitero999, cuentas verdes y baroda1000. / Las petacas están llenas de huesos, /
piedras de ijada1001, medicinal sajo1002; / el oro fueron menos de cien pesos, /
chagualas de guaní1003, que es oro bajo”(464).
Entre los guanebucanes de la costa de Santa Marta y la Guajira, buscaban otro
templo donde se decía había un ídolo de gran valor: “Entonces así mismo dio codicia /
del ídolo de oro gran noticia. / La fama del cual no era muy flaca / y aun todavía por
aquellos puestos / suena su voz, y por razón se saca / sus miembros ser de buen
grandor compuestos, / pues dicen lo llevaban en hamaca / diez o doce gandules bien
dispuestos. / Túvolo Boronata1004 por grandeza / y por ostentación de su riqueza”(390-
392).
Uno de los detalles más sorprendentes que aporta Castellanos es la existencia,
cerca del actual Río Hacha, de un templo que guardaba infinidad de estatuas de
madera, a tamaño natural, representando a indígenas guerreros que Don Juan no duda
en decir que pertenecían a una cultura anterior a la que hallaron a su llegada; otro
“asiento antiguo”1005. Estatuas que recuerdan a las famosas estatuas de terracota
996
- Castellanos usa la palabra quechua “huaca”, o lugar sagrado.
997
- Diego de Vallejo, hombre de Rodrigo de Bastidas y Contador Real en Coro.
998
- Mochilas o cestos donde se guardaban los cadáveres momificados de caciques o
señores importantes con sus joyas y aderezos.
999
- Llamado también cay, cuentas de colores, de huesos o conchas, según explica
Castellanos en la página 463. El güitero era una “sarta” de cuerda o “guita” donde se
enhebraban las cuentas.
1000
- Conchas de moluscos.
1001
- Jade, piedra con la que se confeccionaban amuletos a los que se les atribuían
poderes curativos para el mal de los riñones o de ijada.
1002
- Piedras medicinales, del latín, saxum.
1003
- Narigueras de guanín, palabra arahuaca, oro de baja ley.
1004
- Cacique del Río de la Hacha.
1005
- Es interesante destacar las reiteradas veces en que Castellanos refleja, sin aportar
mayores datos, su convencimiento de la existencia de una gran cultura en la zona de
Santa Marta, ya desaparecida a la llegada de los primeros españoles. Se refiere a los
que califica como “asientos antiguos”, muchos de ellos abandonados, “antecesores de
guanebucanes y señores” actuales(571), y a los que pertenecerían muchas de las
tumbas y cementerios que los españoles estaban ahora excavando. A veces indica

226
halladas en China, los guerreros del emperador Shih-Huang-Ti1006. “Al río de la Hacha
fue la gente / y a no mucho compás de su ribera / hallaron una casa prepotente, /
dentro sobre mil indios de madera / del altura que tienen comúnmente / hincados por
buen orden en hilera, / que debían ser antecesores / de los guanebucanes y
señores”(571).
En Cipacua, cerca del actual Puerto Colombia en la costa caribe, “hallaron
templo donde se adoraba / con gran veneración un puerco espino / que por romana
vieron que pesaba / cinco arrobas y media de oro fino1007. / El cual puerco hallaron en
Cipacua / y otro templo también en Cornapacua. /... Eran por dioses suyos adorados /
con grandes ceremonias ocho patos / que pesaron cuarenta mil ducados”(715).
En el Sinú, “una ciudad hallaron en lo llano / de pocos aunque ricos naturales,
/... A fin de ranchear alguna alhaja, / un negro del Heredia 1008 muy ladino1009 / que con
favor del amo se aventaja / a visitar las casas del vecino, / una múcura vio como tinaja
/ cubierta con chaguala de oro fino, / la cual a su señor puso en las manos / y pesó
cuatrocientos castellanos. /... Y en una plaza vieron al esquina / un grande y espacioso
santuario, / tan capaz que tenía cumplimientos / para dar a mil hombres aposentos.
/... Había muchos árboles afuera / pegados con el dicho santuario, / colgados de las
ramas en hilera / campanas de oro no de talle vario, / mas en tamaños, formas y
manera / según un almirez de boticario1010; / y en un momento manos bien
instrutas1011 / los despojaron destas bellas frutas. / Recogidas las dichas campanillas, /
cuyo sonido daba gran consuelo, / para ver si eran de oro las costillas 1012”(718-719). Y
sus ídolos: “Ídolos veinte y cuatro vieron altos, / todos como grandísimos gigantes, / de
madera labrada lo intestino / y lo de afuera hoja de oro fino. / Tenía cada cual puesta
tiara / o mitra de oro puro bien tallada; / de dos en dos tenían una vara / sobre sus
anchos hombros travesada, / cuyas posturas son cara con cara / y una hamaca del
bastón colgada, / en las cuales hamacas recibían / el oro que los indios ofrecían. / Era
todo lo más oro labrado, / y había también oro derretido, / finísimo después de
quilatado”(719). Enseguida comienza el saqueo, la “diligencia de ladrones” que llama
Castellanos: “Derriban las estatuas en el suelo, / quitan las vestiduras amarillas / no de
brocado ni de terciopelo / mas oro puro, hoja mal batida, / de más valor cuanto menos
pulida”(719).

también que aquélla zona debió estar, en tiempos pasados, más arbolada que lo que
estaba en su época, por las gruesas maderas de grandes árboles con que estaban
construidos dichos asientos; árboles que ahora no se hallaban por allí. De Buritaca
dice: “asiento fue de pueblo muy antiguo / y entonces espesísima floresta”(489).
1006
- Siglo III a.d.n.e.
1007
- Más de 63 kilos.
1008
- Pedro de Heredia, gobernador de Cartagena.
1009
- Muy españolizado.
1010
- Cuenco donde se majaban y mezclaban los productos en las viejas boticas o
farmacias.
1011
- Ignorantes.
1012
- Para ver si eran mazicas.

227
También los caquetíos del Cauca, “tienen pueblos formados, tienen templos / y
sus amos les dan buenos ejemplos”(355).
En Sogamoso fueron persiguiendo el lugar donde se hallaba un famoso
santuario, establecido, según la leyenda, por el mítico Neuterequeteua, o Bochica. Un
indígena “les declaró que Sogamoso / (a la tierra del cual llaman Iraca) / tenía
crecidísimo tesoro / en el adoratorio de su pueblo, / y que por aquella tierra santa /
otros muchos señores principales / demás del general allí tenían / también particulares
santuarios / do hallarían cantidad de oro”(1201). Por fin lo encontraron, y saquearon
sus tumbas: “Y para ver lo que se contenía / dentro del edificio suntuoso, /
rompiéronle las puertas, y con lumbre de pajas / que llevaban encendidas entraron
dentro dél, / adonde vieron donde llenar las manos a su gusto, / y en una barbacoa
bien compuesta / hombres difuntos secos, adornados / de telas ricas y de joyas, de
oro, / con otros ornamentos que debían / de ser cualificados personajes: / y, el
pavimento del adoratorio cubierto de espartillo blando, seco / (según allí se tiene de
costumbre / y en las demás provincias deste reino / que participan de terrenos fríos).
/... Tanto grosor tenía la cubierta, / gordor y corpulencia de los palos / sobre que fue la
fábrica compuesta, / los cuales se trajeron de los llanos, / según dicen los indios más
antiguos, / con infinito número de gente / que de diversas partes ocurrieron / a traer
de tan lejos la madera / que parecía ser incorruptible, / porque su templo fuese tan
durable / como los que nos cuentan las historias / ser hechos de maderos
arceuthinos1013, / que son de enebro, planta conocida, / de quien leemos que, sin
corromperse, / en España duraron edificios doscientos años sobre tres quinientos 1014. /
La cual madera Salomón pedía / al rey Hiran 1015 para labrar el suyo; / y esta ciega
nación, con pensamiento / de hacer edificio permanente, / buscaba materiales
infalibles. / Y aun díceme Juan Vázquez de Loaisa 1016 / que cuando se hincaban los
estantes / poderosísimos, cada cual dellos / se plantaba sobre un esclavo vivo, /
porque fundados sobre humana sangre / no serían sujetos a jactura1017”(1203).
En Baganique, valle del Señor de Tunja, saquearon “las casas despobladas, /
entre ellas una que era santuario, / en la cual se hallaron de oro fino / seis mil pesos en
joyas y otras cosas”(1196).
Del gran santuario de Tunja, Castellanos aporta diversos pormenores de las
muchas riquezas que contenía: “Cuyas muestras les daban en los ojos / de las
pendientes joyas por las puertas; / anduvieron con lumbres encendidas, / por ver si
respondían las entrañas a las exteriores apariencias: / y en una petaquilla rezagada, /
que con el alboroto no pudieron / poner en cobro como las primeras, / hallaron ocho
mil pesos de oro / finísimos de joyas diferentes, / y un ataúd de no menos quilates / al
1013
- Madera de arce, muy dura y resistente.
1014
- Mil setecientos años. No sabemos a que edificios se refiere. Seguramente
romanos.
1015
- Hirom, rey de Tiro. Se refiere a los cedros del Líbano.
1016
- Vecino de Castellanos en Tunja. Estuvo en la entrada de los Guanes y luego en
Bogotá con Jiménez de Quesada.
1017
- Fractura.

228
modo de linterna1018 su hechura / (dentro dél unos huesos de difunto) / que pesó seis
mil pesos, y, en el mismo / vaso, maravillosas esmeraldas; / y de láminas, águilas,
chagualas, / que colgadas estaban de las puertas, / se recogió tal suma que montaba /
ciento y cuarenta mil pesos cumplidos, / de lo que no pudieron con la prisa / sacar, por
les entrar en el cercado1019 / con más presteza de la que pensaban. / Hallaron
ensimismo tres buhíos / en forma circular, llenos de rollos / de finas telas, varias en
colores, / de las que tributaban sus vasallos: / hallaron demás desto de verdosas / y
coloradas piedras horadadas / infinidad de sartas a sus trechos; / cañutos 1020 de oro
fino que servían / en fiestas de coronas o rodetes, / con que los principales se ceñían /
las sienes, las muñecas y gargantas. / Hallaron también grandes caracoles / marinos,
de oro fino guarnecidos, / y estas eran las trompas o cornetas / que se tocaban en los
regocijos / y en los sangrientos trances de la guerra1021; / los cuales, según hemos
colegido, / venían por rescate de la costa / de gente en gente por diversas vías, / los
cuales como cosa peregrina / entre estos indios eran estimados”(1200).
A los que subían desde Popayán, les aclararon en Neiva que, siguiendo hacia las
sabanas, se encontrarían con El Dorado, y hallarían “terreno / que de prosperidad
estaba lleno, / porque verían una gran laguna / y dentro della rico santuario / fundado
sobre mármoles de oro / y ser inestimable la riqueza / que dentro dél estaba
consagrada”(1205). A lo que se unían las noticias que desde Quito traían las gentes de
Belalcázar: “Cierto rey que, sin vestido, / en balsas iba por una piscina / a hacer
oblación1022, según él vido1023, / ungido todo bien de trementina / y encima cantidad
de oro molido, / desde los bajos pies hasta la frente / como rayo de sol
resplandeciente”(860). Un santuario al que acudían muchos fieles a llevar ofrendas:
“Para hacer ofrecimientos, / de joyas de oro y esmeraldas finas / con otras piezas de
sus ornamentos; / y afirmando ser cosas fidedignas / los soldados alegres y contentos /
entonces le pusieron el Dorado”(861).
Cuando unos y otros llegaron al fin a Bogotá, asaltaron inmediatamente el
templo mayor, y allí hallaron “los falsos ídolos que tienen / unos de oro y otros de
madera, / otros de hilo1024 grandes y pequeños / todos con cabelleras, mal tallados, / y
también hacen ídolos de cera / y otros de barro blanco, pero todos / están de dos en
1018
- En forma de prisma.
1019
- Los guerreros indígenas atacaron desde fuera a los españoles mientras estaban
asolando el templo.
1020
- Aros cilindros de diversos tamaños.
1021
- Objetos similares a los que, afortunadamente, pueden contemplarse en el Museo
del Oro de Bogotá.
1022
- Hacer ofrendas.
1023
- Un indígena quechua entre los yanaconas que traían los orejones, aliados de
Belalcázar.
1024
- Debe referirse a unas figuras hechas con materiales textiles, normalmente
algodón, teñidos de varios colores, de carácter funerario, similares, por ejemplo, a las
de la cultura Chancay en la costa central peruana. Estas figuras representaban seres y
servidores que, para diversos trabajos y necesidades, les acompañarían en la otra vida.

229
dos, macho con hembra / adornados con mantas que les ponen / dentro de los
infames santuarios”(1157). Con hojas de coca, “sahumaban a sus ídolos con ellas /
pero de los perfumes que más usan / es trementina parda, que mal huele / y unos
caracolillos y almejuelas / no cierto del olor que se pregona / tener las ochinas del mar
Bermejo1025 / unguis (apud latinos) odoratus1026 / y en las boticas es blatta Bizantia 1027,
/ pues el de aquestas es abominable / hedor”(1157). También en la zona de Tunja los
zahumaban con moque1028(1190). Castellanos explica que en realidad, estos ídolos
eran adorados no por sí mismos sino por lo que representaban, sus diferentes
deidades, del mismo modo que los cristianos hacían con sus imágenes: “De cuyo
mandamiento –de los ídolos- no discrepan / aunque lo reconocen por inicuo, / y saben
que los ídolos no tienen / poder para les dar lo que le piden, / siendo como son obras
de sus manos”(1158).
En el contorno de Bogotá abundaban los santuarios: “Aunque por él había
muchedumbre / de santuarios públicos comunes, / sin los particulares que tenía / cada
uno, según sus devociones”(1178). En ellos se depositaban las ofrendas, en una
especie de urnas de figura antropomórfica, tocadas con un sombrero o bonete de
hojas de palma que podía levantarse a tal fin. Una vez llenos, los sacerdotes o
“xeques”1029 los enterraban como ofrenda a los dioses de la tierra: “Allí –tenían- sus
especiales alcancías / o cepos do metían sus ofrendas; / mas en los –santuarios-
generales se ponían / dos diferencias de gazofilacios 1030 / en la hechura, pues el uno
era / imagen de persona, toda hueca, / obra de barro mal proporcionada, / abierta por
encima de la frente / por donde se metían joyas de oro / de varios animales y figuras, /
y el abertura della se tapaba / con un bonete hecho de lo mismo, / tocado que
acostumbran muchos indios, / unos redondos y otros con sus picos / al modo de los
clérigos cristianos, / mas de hojas de palma bien tejidos; / y algunos tienen en la
coronilla / un mastelillo1031 de grosor de un dedo / y el luengo dél será de seis o siete. /
Otra manera de repositorios / también tenían en los santuarios: / ciertas vasijas
puestas so la tierra1032 / del cuello muy poquito descubierto, / tanto que cuasi no se
parescía1033, / por donde se metían ansí mismo / las joyas y preseas que ofrecían; / y el
un cepo, y el otro, cuando llenos, / enterrábanlos en lugar secreto / los xeques, y
ponían otros nuevos”(1178).

1025
- Moluscos del Mar Rojo.
1026
- Uñas odoríferas.
1027
- Cucarachas bizantinas.
1028
- Una sustancia aromática extraída del higo del árbol del maqui.
1029
- Castellanos usa la palabra “xeque” para referirse a los sacerdotes indígenas.
Xeque o jeque es una palabra de origen árabe, que significaba en la España musulmana
“anciano que manda”.
1030
- Lugar donde se recogían las ofrendas, limosnas y rentas del templo de Jerusalén.
1031
- Un pequeño mástil.
1032
- Enterradas.
1033
- Casi no se veían.

230
Por el río Jamundí, en la zona de Popayán, también encontraron santuarios:
“Halláronse del oro que desean / águilas finas, pectos, morriones / y en el remate de
un bohío vido / el alférez el suelo removido. / Con el hierro de la bandera cala / y el
asta mete con entrambas manos. / Encontró con finísima chaguala / que pesaba
trescientos castellanos; / entran otros soldados en la sala / con manos prestas y con
pies livianos, / y en este mismo hoyo que cavaron / otros cinco mil pesos se
hallaron”(873).
Los sacerdotes, “xeques”, hechiceros o “adivinos” y “agoreros”, son descritos
por Castellanos tanto en sus actitudes como en sus funciones. De los de Bogotá afirma
que, aunque se dedican a un culto que él no comparte en sus formas, sí les reconoce
recta y “decente” vida dedicados a la oración: “Luego se prepararon sacrificios / de
victimas humanas y otras cosas / para ser inmoladas por las manos / de los insanos 1034
xeques agoreros, / que son los sacerdotes y ministros / que de su religión tienen
cuidado, / y de cuyas palabras y respuestas / en gran manera viven confiados. / Por
éstos se presentan las ofrendas / que trae cada cual al santuario. /... Donde los xeques
tienen sus moradas / con gran recogimiento y abstinencia, / porque comen muy poco,
y eso cosas / livianas y de muy poca sustancia. / No son casados, viven castamente / y
si contraria cosa se presume / de aquella dignidad son removidos, / porque
teniéndolos por hombres santos / a quien respetan, honran y veneran, / y con quien se
consultan cosas graves, / no les parece cosa conveniente / que sean lujuriosos y
lascivos; / antes, las manos por quien las ofrendas / se hacen a los dioses y a los
templos, / limpias convienen ser y no polutas1035”(1157). Oraban en la noche
mascando hojas de coca: “Hablan pocas palabras, duermen poco / pues el mayor
espacio de la noche / gastan en mascar ayo, que son hojas / naturalmente como de
zumaque1036, /... mascar aquestas hojas, que es la coca”(1157).
En general, y esto lo afirma para toda la tierra americana que conoció, la
adivinación formaba parte muy importante de sus tareas como sacerdotes. Así, cuando
escribe sobre la religiosidad de los Caribes de Trinidad, afirma que “do quiera que
miréis allí se topa / macato1037, chicha, vino más grosero; / uno toma tabaco y otro
yopa1038 / para poder saber lo venidero. / Estaban plazas, calles y caminos / llenos de
hechiceros y adivinos”(185). En la Sierra Nevada de Santa Marta “hay muchas adivinas
y adivinos / y grande cantidad de hechiceros / que dicen un millón de desatinos /
acerca de los tiempos venideros”(497). El cacique Pigoanza, en Popayán, convence a
los suyos de que pueden atacar con éxito a los españoles porque “<avisos tengo desto,
fidedignos / con otra certidumbre que es aquesta / que nuestros consultores adivinos /
dicen ser la victoria manifiesta>”(918). En la tierra de los paeces, una indígena amiga le
dice a un español que se prepare, que serán atacados, pues cierta anciana adivina se lo
1034
- Locos.
1035
- Manchadas.
1036
- Arbusto de cuya hoja en España se extraía tanino para curtir las pieles y que
usaban los zurradores.
1037
- Mazato. Aguardiente de maíz.
1038
- Polvo vegetal alucinógeno.

231
avisó: “En gran secreto le habló diciendo / <Aquesta noche se nos apareja / grave
calamidad y pesadumbre, / según me certifica cierta vieja, / la cual vio que bajaba de la
cumbre / con lanzas, macanas y con flechas, / de bárbaros crecida muchedumbre/...
porque éstas no son frívolas sospechas>”(957-958).
Castellanos intenta explicar todo esto, acudiendo a sus fuentes: “Y el origen de
aqueste desvarío / Fernando de Avendaño1039, curioso / en las antigüedades de los
Moscas, / mozo criollo, diestro desta lengua, / hijo del capitán Juan de Avendaño, /
certifica que fue por esta vía: / Hubo tiempos pasados un cacique / Idacansás llamado,
que en su lengua, / significa luz grande de la tierra / el cual tenía gran conocimiento /
en las señales que representaban / haber mudanzas en los temporales / o de
serenidad o tempestades, / de sequedad, de pluvias, hielos, vientos, / o de contagiosas
pestilencias, / por el sol, por la luna, por estrellas, / por nubes, aves y otros animales, /
y cosas que le daban cierta muestra / en aquella provincia que regía / de venideros
acontecimientos; / o por ventura como hechicero / por comunicaciones del demonio /
que, como gran filósofo1040, diría / estas revoluciones y mudanzas / al gran Idacansás,
cuyos juicios, / como vieron en él ser puntuales, / entendieron venir por orden suyo, /
y acudían a él con varios dones / a la necesidad correspondientes / de lo que pretendía
cada uno, / reverenciándolo como quien era / oráculo común que consultaban / no
solo sus vasallos, sino cuantos / indios hay en aqueste Nuevo Reino”(1203).
Pero Castellanos apunta que esta creencia en los augurios no era cuestión
exclusiva de los indígenas1041. Si hubiera que señalar un colectivo especialmente
supersticioso ese sería sin duda el de los españoles del S.XVI, incluido el mismo autor
de las Elegías, porque en varias ocasiones explica que determinadas actitudes
observadas en la naturaleza o en los animales eran para los conquistadores señales de
1039
- Tunjano, hijo del capitán Juan de Avendaño, vecino de Tunja y amigo de
Castellanos, veterano en América desde la isla de Puerto Rico donde estuvo con Ponce
de León. La siguiente generación de españoles nacidos ya en la tierra sí sintieron una
notable curiosidad por conocer las raíces de aquel mundo, al que consideraron suyo,
no solo por derecho de conquista heredado de sus padres, sino por haber nacido allí.
No faltan ejemplos de ello entre los cronistas y escritores criollos y mestizos de la
segunda mitad del S.XVI y primeras décadas del XVII, lamentablemente no todos
conocidos ni bien estudiados.
1040
- Nótese que castellanos se permite bromear con “el demonio”, llamándolo “gran
filosofo”, lo que resulta bastante inaudito en la época, donde la sola mención del señor
del averno podía traer serias complicaciones. Simplemente, no parece tomarse en
serio nada de esto.
1041
- En realidad, todas las culturas del mundo, especialmente aquellas en más
permanente contacto con la naturaleza, manejan un código de señales que proviene
de ésta. Los sonidos, por ejemplo, anuncian cambios en las horas del día, o en las
estaciones. Los animales también advierten sobre otros sucesos como tormentas o
terremotos, o simplemente sobre la proximidad de la lluvia. Y esto lo conocía
Castellanos sobradamente bien. Por eso no correlaciona con rigor “augurios” y
hechicerías.

232
sucesos importantes y motivo de honda preocupación. Un mundo de augurios también
del otro lado: “Y del nocturno manto ya vestidos / floridos campos y los verdes leños,
/... los perros del real dieron aullidos / sin los poder apaciguar sus dueños, / en la cual
confusión, valor hispano / veló siempre las armas en la mano. / Demás de los caninos
animales / en lo restante de nocturnas horas / vieron algunos no sé qué señales / de
suceso mortal anunciadoras: / pero como fieles y leales / anteponían siempre sus
mejoras, / por no ser de cristianos caballeros / mirar como gentiles en agüeros”(1374).
Esto no lo cree ni Castellanos, por más que lo escriba. Él mismo tiene que apuntar
varias octavas más adelante: “No fuerzan los libres albedríos / lo que los vulgares
gentes llaman hados, / pues a la sacrosanta Providencia / debemos aplicar esta
potencia”(1375). No obstante, aclara con un tono más científico que todo tiene una
explicación natural, aunque con poca fe en lo que escribe porque, afirma, los augurios
sirven para que los prudentes estrechen sus cuidados: “Sabemos que los cuerpos
celestiales / influyen con sus fuerzas poderosas / según astrónomos, bienes y males, /
en las que son inferiores cosas. /... Y ansí podrían bien hombres prudentes / huir de
los peligros inminentes”(Id.).
La magia en poder de los xeques se relacionaba fundamentalmente con su
dominio sobre las fuerzas de la naturaleza. Así un sacerdote habla a los suyos, aún
después de la conquista: “Vosotros, perros, no me tenéis miedo; / pues bien, que
sabéis que puedo cualquier cosa: / traer contagiosa pestilencia / de fétida dolencia de
viruelas, / grave dolor de muelas, calenturas, / con otras desventuras, y que crío / con
este poder mío todas cuantas / hierbas, legumbres, plantas son nacidas”(1160).
Aclarando Castellanos que son “tontas” “burlerías”: “Porque, según aquestas gentes
creen, / llover y granizar es en su mano, / con los demás efectos naturales / que por los
cuatro vientos se varían, / y están en esto tan endurecidos / estos bestiales, que razón
no basta / a deshacer aquestas burlerías / con otras más ridículas y tontas / que tienen
arraigadas en los pechos”(1158).
Algunos de estos augurios y poderes sobre la naturaleza tuvieron notable fama,
como cuenta de Sogamoso, porque allí murió el Bochica Neuterequeteua. Castellanos
hace una excelente descripción de los métodos del xeque, y nos lo hace ver teatrales,
simpáticos, aunque él los contrapone con sus conocimientos científicos sobre la
formación de la escarcha:
“Y al tiempo de su muerte, según dicen, / al cacique dejó por heredero / de su
gran santidad y poderío, / y tienen hoy por muy averiguado / ser aquel territorio –
Sogamoso- tierra santa, / y que el cacique della tiene mano / para poder mudar los
temporales, / llover y granizar, y enviar hielos, / y los demás efectos que proceden / de
la media región y baja y alta. / Y así de todas partes deste reino / en busca del remedio
que desean / allí suelen venir en romería / gran cantidad de gentes con ofrendas / en
precio y en valor de gran sustancia, / que se dan al cacique, y él al xeque / que tiene
cargo de su santuario, / del cual declararemos a su tiempo / el caudal y riqueza que
tenía / cuando dieron en él los españoles; / que de presente basta que digamos / de la
reputación del Sogamoso / entre estos indios, porque les envíe / buenos y saludables
temporales, / teniendo por muy cierto que su ira / es causa de los daños que padecen /

233
en sus personas, casas o labranzas, / y así se dice dél que cuando hiela / y el escarcha
les quema los maíces, / tiene costumbre de cubrirse manta / blanca, por imitar a la
pruína1042. / Estáse solo, melancolizado, / inconversable, triste, desabrido, / porque
conozcan por aquellas muestras / ser él el causador de aquella plaga, / y no la región
ínfima del aire / do los vapores gruesos con el frío / en agua pruinosa se
convierten”(1159).
Magia que desarrollaron con hierbas, en cocimientos e infusiones, o
inhalándolas, como el tabaco o la yopa; costumbres y productos que los españoles
enseguida aprendieron. Así Castellanos menciona a un tal “Diego de Montes, diestro
cirujano1043, / y célebre varón en medicina / que de yerbas halló grandes secretos / con
cuya propiedad a la contina1044 / obraba salutíferos efectos”(408). Los indígenas les
enseñaron a librarse de la ponzoña de las flechas siguiendo varios métodos: “Pues
médicos de rústica Minerva1045 / les dijeron hallar por experiencia / el agua de la mar
ser contrayerba1046, / buena contra rabiosa pestilencia, / usada ya por índica caterva, /
lavándose con suma diligencia; / mas ha de ser brevísima corrida / la distancia del agua
a la herida”(565). “Porque para curar este veneno, / que rarísimas veces es curable, /
el estiércol del hombre hallan bueno / y ha sido contrayerba saludable; / y aunque el
olor no sea para seno, / por no ser apacible ni tratable, / deseo de escapar destas
dolencias / hace hacer tan sucias experiencias”(624). O les mostraron la utilidad de
algunos productos minerales o raspaduras de moluscos: “Horadan piedras en color
sangrientas, / no malas para el mal de los riñones”(616). Y de algunos frutos: “Estos,
con buena guarda de caudillos, / encaminaron al marino puerto, / dánles a beber agua
de membrillos / y sanaron mediante buen concierto, / aunque quedaron flacos y
amarillos”(703). Los xeques o hechiceros Muiscas, “también son médicos, y tienen /
noticia de las hierbas virtuosas, / y al tiempo de la cura también usan / de mil ridículas
ceremonias”(1163).
La religiosidad indígena se manifestaba fundamentalmente a través de un
complejo universo de rituales, que llaman la atención de Castellanos pues los describe
con agudeza. De los Taironas de la Sierra Nevada, anota: “Usan en regocijo y en sus
fiestas / de ricas y galanas vestiduras / de plumas admirablemente puestas, / que
forman varias flores y figuras. /... Son ceremoniáticos algunos / o todos en grandísima
manera, / y tienen prolijísimos ayunos / por sus hijos o por su sementera, / y entonces
solamente los alunos1047 / a cosas necesarias salen fuera. / Carne no comerán de
ningún arte / sino pescado por la mayor parte”(497).
Sobre los rituales que vio en Sogamoso, acaba por alabar la fe de los indígenas
en sus cultos, y su recogimiento y cumplimiento de las normas dictadas por sus
xeques, a quienes creen más que a los frailes que les predican, concluye. En realidad,
1042
- Capa de agua helada o escarcha.
1043
- Había estado con George Spira en Coro.
1044
- A la gente, al común.
1045
- Gentes de guerra que curaban sobre la marcha en el mismo campo de batalla.
1046
- Antídoto contra el curare.
1047
- Los que están en ayunas.

234
está narrando la ceremonia de purificación anual que realizaban los Muiscas en sus
lugares sagrados: “Pero lo cierto / es decir lo que tienen de costumbre / los
embaucadores sogamosos, / hablando con aquella gente bruta, / a lo cual dan más
crédito que suelen / a los que les predican cosas santas, / contradiciéndoles sus
desvaríos / y el culto de los ídolos nefarios, / a quien ofrecen hoy mejor que nunca /
aquellas cosas con que les parece / tenerlos más propicios y contentos / para
conseguir cosas que les piden, / y antes que hagan el ofrecimiento, / ayunan grande
número de días, / eso me da varones que mujeres. / Y es digna de notar el abstinencia
/ y el gran recogimiento con que viven / el tiempo todo que el ayuno dura. / No se
lavan el cuerpo, siendo cosa / que todos ellos usan por momentos; / no tocan a mujer,
ni ellas a hombre, / ni quieren comer carne ni pescado, / sino cosas de muy poca
sustancia / sin sal y sin ají, siendo de todos / sus gustos el que más les satisface. / Y
aunque sepan morir en la demanda, / no tienen de exceder un solo punto / de aquel
recogimiento y abstinencia. / Y concluidos los días del ayuno / que llaman saga, luego
dan al xeque / aquello que han de dar al Santuario, / y el xeque, no con menos
abstinencia, / ofrece la presea, consultando / con el demonio lo que se pretende / por
parte del que dio la tal ofrenda; / al cual después el xeque le da cuenta / de aquello
que el diablo le responde, / a poco más o menos por palabras / equívocas, y el indio
con aquello / se va contento, sin saber qué lleva; / y con cierto jabón que tienen ellos /
se lava luego bien el cuerpo todo; / y vístese nuevas mantas y galanas, / convida los
amigos y parientes, / banqueteándolos algunos días, / adonde se consume harta
chicha, / que es el brebaje que de grano hacen”(1160).
Describe también las ceremonias religiosas que tenían lugar en las grandes
avenidas o “carreras” ya descritas en las ciudades de los Bogotáes: “Mas entonces en
ellas celebraban / las fiestas que tenían de costumbre, / con muchos entremeses,
juegos, danzas, / al son de sus agrestes caramillos 1048 / y rusticas cicutas1049 y
zampoñas1050, / cada cual ostentando sus riquezas / con ornamentos de plumajería / y
pieles de diversos animales, / muchos con diademas de oro fino / y aquellas medias
lunas que acostumbran1051, / e ya cuando llegaban al remate / hacían a sus ídolos
ofrendas / no sin humana sangre hartas veces, / porque ponían sobre las garitas / de
aquellos mástiles que ya dijimos1052 / algún esclavo vivo y amarrado, / tirándole con
jáculos agudos, / al pie del mástil muchas escudillas / que ponían los unos y los otros, /
y la sangre que el vaso recibía / del mísero paciente destilada, / los dueños, cuyas eran
las vasijas, / ofrecían al torpe santuario / con sus ridículas ceremonias; / y aquel acto
concluso, se volvían / por la misma carrera con sus juegos, / hasta llegar a casa del
1048
- Flauta muy delgada, de sonido agudo, realizada con caña, madera o hueso.
1049
- Sicutas. Sikus, en quechua. Doble fila de flautas de cañas de distinto tamaño y
sonido.
1050
- Conjunto de varias flautas de caña amarradas entre sí.
1051
- Que, como ya se ha explicado más arriba, llevaban por adoración a la luna, según
Castellanos.
1052
- Se refiere a los que él denomina “palos de castigo”, de los que dará noticia más
adelante.

235
cacique / desde donde tenía su principio, / el cual los despedía con favores, / alabando
sus buenas intenciones / juegos, regocijos y libreas1053”(1177).
Varias veces relaciona en las ceremonias a las mujeres “vírgenes” que había en
los santuarios. En Quito, por ejemplo, escribe que estaban al cuidado de eunucos(853),
cuando en realidad se refiere al acllahuasi incaico, o recinto de las vírgenes del sol que
allí existía. Cerca del río Jamundí, en Popayán, cuenta haber hallado en un pueblo
ciertas casas pajizas, “y entrellas muchas chozas muy pequeñas / redondas, do varón
jamás entraba / por ser albergues hechos para dueñas / el tiempo que su menstruo les
duraba / donde, ni por palabra sin por señas, / con ellas nadie se comunicaba / ni
consienten que cosa den ni tomen / y a la puerta ponían lo que comen”(873). Los
grandes señores, insiste, eran servidos por muchas mujeres, a las que posteriormente
nos referiremos.
De todos los ritos religiosos, los que más llaman la atención a Castellanos son
los funerarios, a los que trata con sumo respeto. Presta mucho cuidado en la
descripción de las sepulturas, indicando que el culto y reverencia a los muertos en las
sociedades indígenas eran uno de sus mayores signos de civilidad. No solo entre las
regiones andinas, sino también en las de la costa. Desde luego pudo hacerse con
mucha información al respecto, ya que la profanación de las tumbas indígenas fue una
ocupación a la que los españoles se dedicaron con esmero y profusión; tanto que
motivó una normativa específica para este asunto por parte de la Corona1054.
1053
- Ropas engalanadas.
1054
- “Labrar huacas”, se decía en la época. Debía pedirse una licencia especial para
“huaquear” en las tumbas, a fin de que nadie dejara de pagar el quinto real, o
impuesto que, al igual que en las minas, había de abonarse a la Real Hacienda por todo
lo que saliera debajo de la tierra. Incluso se llegó a discutir la licitud de tales acciones
en varios Concilios en Lima (1551, 1567 y 1582) y en la Corte, dictaminándose que,
como aquellos difuntos habían muerto en el paganismo, no había ilicitud en el hecho
de tomar los bienes con que fueron enterrados, siempre que al cuerpo se le volviera a
sepultar. Incluso Bartolomé de las Casas llegó a escribir un tratado al respecto, De
Thesauris (1562), y lo siguió planteando en sus famosas Doce dudas (1564), acusando
de ser grave pecado el profanar las tumbas. La Iglesia terció indicando que podían
rescatarse sus tesoros si se entregaba una limosna para la salvación de las almas de los
difuntos; al fin y al cabo, aducía, si fueron entregados a dioses falsos debían rendirse
ahora “al Dios verdadero”. El gran jurista de la monarquía, Juan de Solórzano Pereira,
también trató este asunto en su Política Indiana (1647), asegurando la licitud de estos
trabajos ya que las tumbas y adoratorios habían sido “ofrendas al diablo”, propias de
“bárbaras naciones” a las que no se les debía ningún reconocimiento. Al final de toda
esta controversia, se dictaminó que era posible el huaqueo de las tumbas y los viejos
santuarios, siempre que se pidiera licencia al rey, se abonasen los derechos y se
respetasen los cadáveres. Llegaron a establecerse incluso “compañías de huaqueo”,
con accionistas y trabajadores al estilo de las empresas mineras. Debe señalarse por
último que un alto porcentaje del oro que salió de América durante el siglo XVI -una
inmensa cantidad- tuvo su origen en la expoliación de estos enterramientos. Se calcula

236
Castellanos se separa una vez más de sus contemporáneos al tratar de este asunto con
mucha consideración. A veces parece un arqueólogo descubriendo sus secretos con el
afán de explicar las culturas que investiga; otras, un antropólogo que explica los
rituales en su mayor complejidad. Pero siempre desde el mayor de los respetos. Los
datos sobre estas tumbas son continuos en las Elegías. Por ejemplo, escribe que un
vecino de Rio del Hacha, subiendo el cauce del Río Rancherías, por tierra de
guanebucanes, “yendo por la orilla desde río / la barranca dél hizo hendidura, / y
descubrió frontero de un bohío / en una muy antigua sepultura / una olla con cantidad
de oro / que fue remedio de su pobre lloro”(392).
Por la zona de la Ramada, entre Santa Marta y Río del Hacha, zona de
guanebucanes: “Digo que por aquellas espesuras / del puerto y fuera dél poca
distancia / se descubrieron muchas sepulturas / de donde resultó harta ganancia, /
porque todos los indios principales / se entierran con sus joyas y caudales. / Un hoyo
se cavaba que a buen sondo / de la profundidad que contenía / un estado sería lo más
fondo, / el cual derechamente descendía / bien así, como pozo muy redondo, / y en lo
más bajo dél se hacía / un grande socavón con partes anchas, / losado todo él de lisas
lanchas1055. / Puestos los edificios en su punto / (aunque no por artífice romano) 1056 /
en un duho1057 sentaban al difunto, / con sus arcos y flechas en la mano, / vasos de sus
bebidas allí junto / y bollos1058 y tortillas1059 de su mano, / compuesta y adornada la
persona / con joyas de oro, cuentas y cacona1060”(530).
De los taironas de la Sierra Nevada explica sus ritos funerarios: “Hay en sus
muertes un prolijo lloro, / do cuentan sus desastres y venturas; / entiérranse con
muchas joyas de oro, / según vimos en muchas sepulturas / a las cuales les guardan su
decoro / según sus ceremonias y locuras, / pues muchas de personas señaladas /
entrellos suelen ser reverenciadas”(497). Por el Valle de Upar abajo, en una isla del río,
los saqueadores se pusieron a trabajar: “Y trastornando donde se barrunta / estar
algunas joyas del vecino, / un ataúd se vio de una difunta / todo hecho de hoja de oro
fino; / esto con lo demás fue luego junta / porque dejalla fuera desatino / y pesó,
según dicen baquianos, / cinco mil y quinientos castellanos”(395).

que el reparto del botín individual alcanzado por la gente de Pedro de Heredia en el
saqueo de las tumbas del Sinú fue superior a lo obtenido por los participantes en el
famoso reparto de Cajamarca. Al respecto, la investigadora Rocío Delibes, de la
Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, se halla culminando un trabajo sobre este
tema. Castellanos emplea con estos salteadores de tumbas uno de sus característicos
juegos de palabras: “Así, desenterrando cuerpos muertos, / resucitaron muchos
hombres vivos”(530).
1055
- Lajas, piedras lisas y planas.
1056
- Quiere indicar que por fuera no parecían grandes obras.
1057
- Palabra arahuaca. Una especie de trono, o silla baja, de madera negra (caoba o
ceiba), donde se sentaba el cacique.
1058
- Especie de arepa de maíz.
1059
- Cazabe.
1060
- Collares de ámbar.

237
Funerales especiales en el caso de los grandes guerreros, que son quemados, y
su sangre caliente bebida por los demás para que les transmitiese su fuerza y valor en
el combate. Castellanos no hace el menor comentario al respecto: “De los indios que
mueren en la guerra / dicen los vivos ser cosa notoria, / digo los moradores de esta
sierra, / aquella muerte ser la mayor gloria / que les puede venir sobre la tierra, / y ansí
les cantan por algunos días / sus grandes hechos y sus valentías. / Y en una barbacoa
se procura / al cuerpo suponer brasas ardientes / y recoger en vasos la grosura 1061 /
por ministros que tienen competentes, / la cual beben en tanto questo dura / los más
aventajados y valientes; / después dan al sepulcro la ceniza / a la cual su linaje
solemniza”(654).
En el Sinú, la explicación de sepulcros y funerales se produce por boca de un
indígena, que avisa a los españoles que toda aquella tierra es bien rica en tumbas de
los antepasados: “<Cuanto veis en esta tierra, / tesoros prosperísimos encierra. /
Porque según antigua gente canta, / y es opinión de todos mis mayores, / ésta que veis
es toda tierra santa / llena de sepulturas de señores. / Encima della ponen una
planta1062 / destas que veis, o grandes o menores / y otras en la grandeza más
enhiestas / según los tiempos en que fueron puestas. / Así que, porque el muerto
menos pene, / aqueste lugar toma por abrigo / o natural o quien de lejos viene 1063; / y
aqueste suele ser orden antigo, / que las preseas quel difunto tiene / al mundo donde
va lleva consigo, / y la macana y arco y el aljaba1064 / con que cuando vivía peleaba. / Y
aquellos que tenía por cautivos, / aceptos1065 a sus ojos y presencia, / ansimismo con él
entierran vivos / en señal de dominio y obediencia, / sepultando también en los
archivos / las concubinas de mayor decencia / a fin de que lo sirvan y regalen / y allá
valgan con él lo que aquí valen. / La cueva que le hacen es sagrada, / y aquella tierra
que sacaron fuera / es luego del sepulcro desviada / sin la volver al hoyo de donde era,
/ y llénanlo de tierra colorada, / que cogen de la haz 1066 de una ladera, / y en el
sepulcro ponen pan y vino / para matalotaje 1067 del camino. / En un duho lo ponen
asentado, / que muchos dellos suelen ser de oro, / ansimismo pendiente del un lado /
la mochila de hayo y el poporo, / de todos sus sirvientes rodeado / acompañados ya de
mortal lloro, / mas hace que este llanto se reprima / la mucha tierra que echan por
encima. / Y sepulturas hay piramidales / hechas a la manera de montones / que no
tienen tan prósperos caudales, / por ser no de tan altas condiciones; / estas son las

1061
- Grasa y líquidos corporales derretidos.
1062
- En realidad un árbol, a veces gigantesco, como las ceibas, o los caobos, debajo de
cuyas raíces practicaban la sepultura.
1063
- Lo que indica que, desde lejos, otros grandes señores venían a ser enterrados en
aquel lugar, considerado sagrado para los cenúes, lo que explica la gran cantidad de
tumbas que halló la gente de Pedro de Heredia en una misma área.
1064
- Carcaj o bolsa donde llevaba las flechas.
1065
- Adeptos.
1066
- De la cara.
1067
- Víveres que se llevaban en el equipaje.

238
que veis por las señales / de mogotilos1068 o de farallones1069, / las cuales no tendrán
tanta valía / pero ninguna dellas hay vacía. / Pudiera daros cuenta más menuda / de
los lloros, areitos, borracheras, / maneras de llorar de la viuda, / triste cantar de las
endechaderas; / pero basta lo dicho, pues sin duda / son estas relaciones verdaderas; /
por tanto, si buscáis prósperos dones / anden listas las manos y azadones>”(719-722).
Castellanos sigue la descripción: “Que los entierros que se descubrían / en forma de
cuadrángulo cuadrados, / había muchos de ellos que tenían / a treinta y cuarenta mil
ducados. / Y los como montones no se veían / con tantas sumas ni tan bien labrados, /
y destos más o menos en el punto / según las cualidades del difunto. /... Y entonces lo
sepulcros que sacaban / eran los que llamaban de mogotes, / mas estos ahusados 1070
no mostraban / tener en sí tan caudalosos dotes / como los que tenían las
gargantas1071 / debajo de las muy crecidas plantas, / de las cuales la menor era / tan
gruesa como tres novillos juntos, / y las alturas dellas de manera / que subían de los
comunes puntos1072, / por lo cual no fue cosa creedera / haber debajo huesos de
difuntos / hasta tanto que con mayor ayuda / salieron todos ellos desta duda. / Estas
eran cuadradas sepulturas / y tenían riquísimos caudales, / tanto que nos afirman
escrituras / que pesaban el oro por quintales. / Piezas de diversísimas figuras, / y de
todas maneras de animales, / acuáticos, terrestres, aves, hasta / los más menudos y de
baja casta. / Dardos con cercos de oro rodeados, / con hierros de oro grandes y
menores, / y en hojas de oro todos aforrados. / Ansímismo muy grandes atambores / y
cascabeles finos enlazados / según los de pretales1073 y mayores, / flautas, diversidades
de vasijas, / moscas, arañas y otras sabandijas”(723-725).
También hallaron tumbas en Ayapel, en un lugar al que llamaron Pueblo
Grande, remontando el río – según Castellanos el Catarapa- desde Tolú: “Había por sus
campos y llanuras / en grandor más o menos señaladas / muchas piramidales
sepulturas / y por la mayor parte renovadas”(728), donde Pedro de Heredia llegó con
un navío y varias canoas y saqueó todo el cementerio: “`Subió desde la mar por aquel
río / que es en grandeza no menor quel Tajo, / y a las cuarenta leguas de desvío / halló
con remos principal atajo, / porque cerca del rico santuario / se podía llevar lo
necesario”(731), de donde salió “con la bolsa llena / de ricas piezas y de vasos
finos”(732).
Por la zona de Urabá, siguiendo el río Guacá hasta la tierra de cacique Utibará,
hallaron un pueblo y en él un santuario en una cueva que les indicó una indígena
anciana a la que atropellaron: “La temerosa vieja que los lleva / en cierta parte poco
montuosa / manifestó la boca de una cueva / cubierta de una bien labrada losa /...
bajando por algunos escalones / con lumbre para ver bien los rincones. / Sepulcro fue,
según que parecía / y entierro de señor cualificado, / por ser todo de buena cantería /
1068
- Mogotes, protuberancias en la tierra.
1069
- En cuevas practicadas en las laderas de los cerros.
1070
- Ovalados.
1071
- Socavones.
1072
- Sobresalían por encima de los demás árboles.
1073
- También petrales. Cintos, cinturones.

239
y a manera de bóveda labrado: / buscóse lo que más se pretendía / y hallaron de oro
buen recado, / pues los públicos fueron cien mil pesos / sin los que por los senos
fueron presos1074”(752-753). Explica también los ritos funerarios entre los Catíos, en el
valle del Cauca: “Cuando se mueren estos naturales / unos dicen que hembras y
varones / se transforman en bravos animales / como serpientes, tigres y leones; / otros
entiérranse con sus caudales, / criadas y criados y otros dones, / con fusia 1075 de tener
en otra vida / armas, oro, sirvientes y comida”(966).
El saqueo de las tumbas fue, como explicamos continuo. Por la zona de los
Vélez, en la región del cacique Sacre, Jiménez de Quesada animó a los suyos a seguir
hacia las sabanas diciéndoles que “<Muestra de oro veis sobre la tierra / arreo destas
bárbaras campañas, / y mucho más será lo que se encierra / en la capacidad de sus
entrañas, / así de los veneros encubiertos / como de los sepulcros de los
muertos”(1169).
Ya en las tierras de Boyacá, fueron preguntando por los cementerios, y así uno
de los castellanos “con un sepulcro dio recién labrado, / y en él un cuerpo muerto que
tenía / lucidísimas joyas que pesaron / ocho mil castellanos de oro fino, / mas cerca de
ser él se tuvo duda, / por el poco caudal y otras señales / que hallan en reales
sepulturas1076; / antes se sospechaba ser alguno / de sus Uzaques 1077, hombre
señalado, / que debió de morir en la presura1078; / pero nunca se supo ni ha sabido / de
cierta ciencia dónde lo pusieron1079”(1209).
Algunas de las momias de los grandes señores y guerreros eran llevados al
combate, como en la zona de Zipaquirá: “Salieron pues los bárbaros lucidos / poco más
de quinientos bien armados, / trayendo por delante ciertos muertos / enjutos y muy
secos, empinados, / que debían ser cuando vivían / hombres bien fortunados en
batallas / para poder vencer en virtud dellos, / y viéndolos allí, tomar esfuerzo /
imitando sus grande valentías, / según lo que nos cuentan las historias, / de nuestro
valeroso Cid Ruy Díaz / que, muerto, lo llevaban a la guerra 1080”(1174).
Castellanos aporta una gran información sobre el sepelio del gran Señor
Nemequén, uno de los grandes caciques de Bogotá, y, en general, sobre los duelos,
1074
- Los que se quedaron sin declarar.
1075
- Esperanza.
1076
- Según Castellanos, a los grandes señores se les enterraba en sus palacios, con las
momias de sus antepasados, y no en sepulcros en el campo, lo que se comprueba en
las descripciones que realiza de los grandes recintos reales de Bogotá y Tunja.
1077
- Nobleza indígena y guerrera entre los Bogotáes. Algo parecido a los Orejones
incaicos.
1078
- En la última guerra con los españoles.
1079
- Se refiere al gran Tisquesuzha, Señor de Bogotá, muerto en la guerra contra el
Tunja, muy poco antes de la llegada de los españoles, y cuya tumba buscaron éstos
desesperadamente sin hallarla.
1080
- Se refiere a la leyenda del Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, que, aunque
muerto, fue amarrado a la silla del caballo y puesto en la vanguardia durante una
batalla contra los musulmanes en Valencia.

240
entierros y sepulturas: “Todos sus vasallos en prolijo lloro, / como lo tienen de
costumbre, / que son endechas y cantares tristes / adonde representan las hazañas / y
cosas que por él acontecieran. / Y en la celebración de los entierros / se suelen poner
mantas coloradas; / y no menos con bija rubicunda1081 / se tiñen muchos hasta los
cabellos, / porque su luto dellos es aqueste 1082; / todo lo cual también se solemniza /
con cantidad de vino de su grano1083, / haciendo suntuosas borracheras / durante las
exequias del difunto, / que el espacio del tiempo corresponde / a la cualidad dél
cuando las hacen1084. / Mas en el enterrar a los señores, / ningunos otros van sino los
xeques / hasta la sepultura, la cual tienen / secretamente hecha por sus manos / desde
la misma hora que el cacique / entra por heredero del Estado, / en lugar tan oculto y
escondido / que no tan solamente criatura / viviente no la ve ni sabe della, / pero ni
dueño para quien se hace. / Unas hacen en bosques y espesuras, / otras en sierras
altas, y otras veces / en partes do con agua, derivada / de ríos o de lagos, las encubren,
/ y aquestas son las más disimuladas; / pero con todo esto la codicia / de nuestros
españoles las rastrea, / y como tengan oro, raras veces / pueden asegurarse de sus
uñas. / Y ansí de lo que sacan de los muertos / suelen resucitar algunos vivos, /
mayormente si son las sepulturas / de reyes y caciques principales, / porque se halla
do henchir1085 las manos. / Hacen estos sepulcros muy profundos, / y en lo más bajo
ponen a los reyes, / en los que llaman duhos asentados, / que muchos dellos suelen
ser de oro, / compuestos de galanos ornamentos, / así de mantas como ricas joyas, /
con armas defensivas y ofensivas, / hasta brazales, petos, morriones / del más alto
metal, y de los hombros / pendientes hartas veces de lo mismo / la mochila del ayo y el
poporo1086, / con múcuras de vino1087 y otras cosas / que suelen ser común
mantenimiento. / E ya cubiertos de terrena capa, / encima de aquel lecho poderoso /
ponen a las mujeres desdichadas, / de las que más quería, tres o cuatro, / o más o
menos, que sepultan vivas, / cubriéndolas con otra lechigada1088, / encima de la cual
van los esclavos / que mejor le servían, también vivos, / sobre los cuales cae la
postrera / capa de tierra con que se concluye / el lúgubre sepulcro y odioso, / cuyas
capas ningunas hay sin oro. / Y para que no sientan las mujeres / ni los esclavos
míseros su muerte, / antes de ver la cueva monstruosa / les dan los xeques ciertos

1081
- Tintura roja.
1082
- El color rojo.
1083
- Chicha.
1084
- Es decir, más dura el duelo cuanto más importante es el personaje. Igual que en
occidente, donde también se sirve alcohol durante el velatorio del cadáver.
1085
- Llenar.
1086
- La bolsa (en quechua, “chuspa”) para guardar la hoja coca ritual, y el poporo
donde se guarda la ceniza o la cal que sirve como reactivo para el mascado de la hoja.
1087
- Tinajas, ánforas con chicha.
1088
- Otra capa de tierra.

241
bebedizos / del ebrio tabaco, y otras hojas / del árbol que llamamos borrachera1089 /
en su común bebida disfrazados, / con que de las acciones del sentido / nada les queda
para ver su daño”(1163).
Aporta otros datos sobre ciertas tumbas de los bogotáes muertos por picaduras
de serpientes: “Otros ritos tendrán acerca desto / que por no los saber no los escribo; /
mas uno hallé puesto por memoria / en los papeles del Adelantado / Don Gonzalo
Jiménez de Quesada / en un cuaderno de su propia mano, / y es poner cruces sobre los
sepulcros / de aquellos que murieron de heridas / de víboras y sierpes 1090 ponzoñosas;
/ acerca de lo cual ninguno dellos / aciertan a decir cuál fue la causa / de poner esta
seña más que otra / para que se conozca que el difunto / murió de picadura de
culebra, / pues pudieran poner una figura / de sierpe que más claro lo dijera. / Pero la
dignidad incomparable / desta preciosa planta resplandece / aun entre los que ignoran
su misterio, / pues sin saber el fin van atinando / a que su fruto fue la medicina / con
que fuimos curados del bocado / que dio la boca del dragón antiguo / perseguidor del
humanal linaje1091”(1164).
Todos estos funerales, y, en general, todos los ritos y ceremonias, eran
acompañados por multitud de cantos. Cantos antes y durante el combate; cantos que
ya hemos comentado extrayéndolos de las informaciones de Castellanos, que son bien
precisas y continuas, igual cuando traían una gran serpiente para enseñársela a los
españoles, en sus fiestas y areitos, o cuando traían las maderas para las
construcciones. La música y el canto siempre estuvieron presentes en este mundo que
Castellanos nos acerca. Con voces, tambores, cornetas, flautas, platillos... Cantos de
muerte también, como sucedió en Puerto Rico, cuando el cacique Agueibaná organizó
una fiesta en la que había decidido matar a su encomendero Don Cristóbal: “La cual
muerte cantaron en un canto / de cierta borrachera que se hacía / no sin admiración ni
sin espanto / de la hermana hermosa que tenía, / que con el Don Cristóbal se holgaba,
/ y le dio cuenta de lo que pasaba. / Durante pues, el canto mal fundado, / un mozo,
que se dijo Joan González / en entender la lengua señalado, / queriendo percibir
aquestos males, / desnudo según ellos y embijado / metióse con los mismos naturales,
/ y pudo conocer al descubierto / lo dicho por la india ser muy cierto. / Procuró de
salirse del aprieto / rodeado de plumas y poporos, / y con aquel aviso de discreto, / ya
fuera de los bailes y sus coros, / habló con Don Cristóbal en secreto, / diciendo:
<Señor, ciertos son los toros; / Pareceríame muy buena cosa / que pongamos los pies
en polvorosa>”(113).
Cantos que proseguían cuando el mismo cacique Agueibaná, logró rodear a los
españoles en Puerto Rico: “Agueibaná hacía borrachera / a los que en su favor eran
venidos; / cantores en aquellos cantos diestros / cantaban ya la muerte de los
nuestros”(118).
1089
- “De ciertos árboles silvestres / un fruto... / a quien llamamos nísperos los viejos /
porque les son algo semejantes; / aunque si se comen muchos emborrachan / no
menos que madroños rubicundos”(1301).
1090
- Serpientes.
1091
- Se refiere a la serpiente que, según la Biblia, dio a Eva la fruta del árbol prohibido.

242
Y cantos que los españoles no entendían. En Bonda detuvieron a un cacique,
Jebo, y a seis mujeres indígenas, y los llevaron a todos hacia la ciudad: “Y al tiempo que
venían caminando / las indias todas seis iban cantando. / Viendo las muestras y los
pareceres, / algunos de la gente castellana / dicen: <Contentas van estas mujeres, /
pues canta cada cual de buena gana; / Dí, Jebo, ¿Si serán estos placeres / por
parecerles bien gente cristiana / y porque salen ya de vuestras redes / que las guardáis
detrás de mil paredes?> / El Jebo les responde: <No me espanto / que levantéis tan
falso testimonio, / pues de vosotros ellas al más santo / no querían más verle que al
demonio: / esa es la manera de su llanto, / y llaman a don Gairo y a don Nonio / y a
don Barco, porque estos son mohanes1092 / que las pueden librar destos desmanes. / Y
estas no son mujeres labradoras, / antes en Bonda pocas hay iguales: / Mi mujer una,
las demás señoras / casadas con varones principales / como veremos antes de mil
horas, / que cada cual vendrá con sus caudales / para dar libertad a su querida /
aunque por precio della de la vida>. / Y esto que dijo Jebo salió cierto”(666-667).
A veces la música sonaba desde los cercados de guaduas, en la región de
Anserma, porque los transformaban en gigantescos instrumentos de viento: “En
muchas cañas del primer cercado / a manera de fístulas había / en diferentes partes un
horado1093 / que herido del viento que corría / como si fuera canto concertado /
formaban consonancia y armonía, / y de voces concordes y sonoras / oían música
todas las horas”(789).
Los Patíos de Antioquia cantaban antes de combatir, lo que sonaba a lo oídos
españoles como un canto fúnebre: “Un ruido feroz, un ronco canto, / que no dejaba de
causar espanto”(869). Y las tropas de Pigoanza, antes de atacar a los españoles,
dispusieron “cantos y bailes de placeres / donde también entraban las mujeres, / en el
tumulto furioso desta junta / do cantando declaran sus conceptos”(918).
Cantos y bailes que se reproducían tras la victoria. Así Ubaque cuando volvía a
su reino triunfador cerca de Bogotá, “dio la vuelta lleno de despojos 1094 / a las
recreaciones de su reino, / donde fue recibido de los suyos / con bailes, regocijos y
canciones / en que representaban sus victorias”(1151).
En Bogotá y Sogamoso, en todas las fiestas religiosas, “danzan y bailan, cantan
juntamente / cantares o canciones, donde tienen / sus medidas y ciertas consonancias
/ que corresponden a los villancicos, / compuestos a su modo, donde cuentan / los
sucesos presentes y pasados, / ya de facecia 1095, ya de cosas graves, / adonde
vituperan o engrandecen / honor o deshonor de quien se trata. / En cosas graves van a
compasete1096; / usan de proporción en las alegres. / El modo de cantar es algo frío, / y

1092
- Hechiceros. Actualmente así son llamados en la costa colombiana los “espantos”
o seres que habitan en lagunas y ríos, y que salen a castigar a las personas que dañan
la naturaleza.
1093
- Orificio.
1094
- De botín recogido al enemigo.
1095
- Chiste, gracia, cuento alegre.
1096
- A compás, siguiendo un ritmo solemne.

243
del mismo jaez1097 todos sus bailes; / mas van en el compás tan regulados / que no
discrepan un tan solo comma1098 / en todos sus visajes1099 y meneos. / Y aún hasta
cuando traen arrastrando / algunos poderosos materiales / para sus edificios o los
nuestros, / con bailes o con cantos van tirando / a una con la voz y pies y manos, /
medidos al vaivén y voz que guía, / como cuando caloman 1100 marineros. / Van muy
empenachados y compuestos / con grandes medias-lunas en la frente, / cuyos cuernos
responden a lo alto, / que de buen oro tienen apariencia; / Y en seguimiento suyo van
mujeres / con cantidad de múcuras de vino, / que llevan donde quiera que se mueven,
/ y son los adherentes principales / de que ellos se pertrechan en sus tratos, / y más en
las belígeras contiendas”(1160-1161).
Otros ritos que referencia Castellanos son por ejemplo, el juego de pelota que
se ejecutaba en Puerto Rico. El cacique Aimanio prendió a un español, “para jugallo, y
después del juego / quien lo ganase lo matase luego. / Es su juego pelota saltadera /
grande, de cierta pasta ternecilla1101, / tantos a tantos anda la carrera1102, / en el
batey1103 o plaza que se trilla, / y las rehazas1104 son con la cadera, / con hombros, con
cabeza, con rodilla, / es toda la porfía deste marte1105, / que pase puesto de contraria
parte. / Para la tarde dejan la batalla / para que su frescor más los despierte”(108). En
otro capítulo daremos más detalles de este lance.
Más ritos: las deformaciones craneales, por ejemplo, que Castellanos cita entre
los Ochiés o los Soagagoas (en las fronteras de los Muiscas). “Gente robusta, suelta y
alentada /, de gran disposición, horribles gestos, / frentes y colodrillos 1106 aplanados, /
de tal suerte que hace la cabeza / atravesado lomo por lo alto, / no por naturaleza,
mas por arte, / entablándolas desde que son tiernas / hasta que se endurecen desta
forma”(1183).
Pero sin duda los rituales que más le sorprenden, más le inquietan, más le
repelen y más le llevan a dudar son los relacionados con el canibalismo. No duda en
aclarar el pavor que sentían antes tales hechos, sobre todo los españoles que
combatieron a los Caribes (o que fueron combatidos por éstos, que las dos cosas se
dieron) pues se veían devorados por fieras hambrientas, siendo pasto de sus
mandíbulas u hallando en sus “estómagos sepultura”. Los Caribes que salen de la isla
de “Matinico”, cita Castellanos, y ponen “confusión en las comarcas”, “son tan bravos,
feroces y tan diestros / que hacen poca cuenta de los nuestros”(51), “y todos ellos
1097
- Del mismo modo, de la misma manera.
1098
- Marcación antigua del ritmo musical.
1099
- Gestos.
1100
- Calomar: cantar de los marineros con compás monótono para trabajar a una los
que izan una vela o halan algún cabo.
1101
- Caucho.
1102
- Divididos por el igual el número de jugadores en un campo y otro.
1103
- Plaza que en los poblados arahuacos se disponía en medio de los bohíos.
1104
- De rehacer, devolver a golpes la pelota al otro campo.
1105
- Combate, lucha.
1106
- Parte posterior del cráneo.

244
comen carne humana / mejor que la de puercos y venados; / acometen con mas
atrevimiento / que tigre que a la caza va hambriento”(52).
Pero al referirse a los indígenas de la zona de Paria, establece una clara
diferencia, porque especifica que para ellos el canibalismo era un acto puramente
ritual y religioso, del que no gustaban, pero que hacían por obligación para con su
comunidad, y siguiendo pautas bien marcadas: “Comen algunos destos carne humana
/ por vía de pasión y de venganza, / y aquesta crudelísima comida / es fuera de sus
casas escondida. / No la quieren comer en parte rasa / sino donde la gente menos pisa;
/ las ollas nunca más entran en casa, / ni vaso ni cazuela do se guisa; / no se come
sacada de la brasa / con grita, regocijo ni con risa; / antes parece tal mantenimiento /
serles un cierto modo de tormento”(160).
En general, las Elegías son un muestrario no tanto del canibalismo sino del
miedo de los españoles a ser devorados. En la región de Urabá las gentes de Francisco
Cesar son atacadas por los guerreros del cacique Utibará, y señala además que
“también viene gran suma de mujeres / a gozar de la caza castellana, / que todos allí
comen carne humana”, mientras los españoles han “puesto en Dios los flacos
corazones, / haciendo votos y prometimientos / y suplicándole con oraciones / que les
libre de tales detrimentos, / porque tan crudelísimas naciones / no hagan de sus
carnes alimentos”(750).
En Abive, donde “humana carne comen todos ellos”(758), fueron muy
valientes, señala Castellanos, pues acabaron con los españoles que intentaron
conquistarlos: “Fueron muertos por esta gente dura, / y en sus vientres le dieron
sepultura. /... Hallaron de vestidos los retazos / de los que fueron miserablemente /
repartidos en puestas y en pedazos / para manjares desta dura gente: / allí hallaron
pies, manos y brazos / que los cocía ya licor ardiente. / Tuvieron los caribes negra cena
/ y estotros de la ver inmensa pena”(761).
Usa varias veces esta expresión: “gente dura”, cuando habla de comedores de
carne humana. Pero no usa, ni por asomo, los calificativos de otros cronistas y
contemporáneos. La contradicción es palpable en Castellanos en lo referente este
tema: no puede soslayar la antropofagia, ni mucho menos defenderla como elemento
propio de la cultura indígena. La trata como costumbre inhumana, alejada de la piedad
y de la caridad, pero la inserta, si acaso levemente, en una mentalidad de cazadores y
guerreros, comparando sus comportamientos con “los fieros tigres”. Aunque no hace
mención expresa, implícitamente viene a decirnos que, al tratarse de pueblos en
guerra permanente entre sí, donde los vecinos eran los enemigos más antiguos y más
encarnizados, sus sangrientas peleas por motivos perdidos en la noche de los tiempos
transformaban estas guerras en verdaderos ritos, donde el triunfo sobre los enemigos
generaba y conllevaba la posesión absoluta de los mismos, no solo como esclavos sino
como trofeos permanentes. El canibalismo era una forma de poseerlos para siempre.
Así, cuando por la zona de las minas de Anserma los españoles están escudriñando las
casas de un pueblo, (“gente codiciosa, / que en esto suele ser infatigable”, escribe de
sus compañeros, como repartiendo culpas) “vieron a las puertas una cosa / odiosa,
bestial y detestable: / en guádubas hendidas que tenían / manos y pies de hombres

245
que comían. /...Tienen pues estos indios inhumanos / cada cual una guáduba hendida /
a su puerta, y en ella pies y manos / de los que las perdieron con la vida, / pues con
voracidad de los hircanos1107 / tigres, tienen los hombres por comida, / y es el de más
valor y mejor maña / quien tiene mas pies puestos en su caña”(789). Igual sucedía con
los cráneos, que los Catíos depositaban delante de sus bohíos: “la cabeza, que ya
muerta / por honra grande ponen a la puerta”(965), o Pigoanza, que “de los cascos ya
limpios y rasos / para beber en ellos hacen vasos”(897).
En Cali, en las tierras del cacique Pete, compara de nuevo a los comedores de
carne humana con avezados y rudos cazadores, o con monteros en España, que
muestran sus trofeos disecados en sus casas. De nuevo aparece la expresión
“costumbres duras”: “Vieron en uno de sus aposentos / monstruosidad que los
escandaliza: / cueros de indios sobre cuatrocientos, / colgados, todos llenos de ceniza,
/ cuyas carnes sirvieron de alimentos; / uso que por allí se solemniza, / y en otras
casas, desta suerte llenos, / también a seis y a diez, y a más y a menos. / Según
victoriosos las banderas / que ganaron de sus competidores, / o como las pellejas de
las fieras / que cuelgan los monteros de señores; / éstas, más brutas y más carniceras,
/ ostentan desta suerte sus furores, / y aquel era mejor y más honrado / que más
indios había desollado. / En estos inhumanos pareceres, / costumbres duras y
desaforadas, / entraban ansimismo las mujeres / que solían cazar y ser cazadas, / y
ansí por sus enojos y placeres / tenían las pellejas ahumadas. / Eran también crueles y
homicidas / y solían comer y ser comidas”(875). Actividades en las que se incluyen las
mujeres cacicas: “Entre los escuadrones, la cacica, / y otras mujeres muchas, o con
maza / o con grueso bastón, o larga pica / para las emplear en esta caza, / con que
pensaban ocupar las brasas / y colgar los pellejos en sus casas”(Id.). Igual dice de los
Catíos, a cuyos prisioneros de guerra tienen como esclavos “si no los come condición
esquiva, / por usar todos destos maleficios”(965).
Otras muchas veces muestra a los antropófagos como fieras, cuya naturaleza
les lleva a la crueldad de la caza. En Cali, Belalcázar tuvo que volverse a Quito por más
tropas, y los indígenas de Popayán se fortificaron, pero defendiéndose muy bien de los
españoles, y “todas las noches y los días / venían a guerreras competencias”(880). Dice
Castellanos que “velar y pelear era el oficio” de los conquistadores, pero en esta
ocasión los indígenas enemigos preferían atacar a sus aliados: “Matábanles los indios
de servicio / al descuido menor que se tuviese, / y en un momento, ya varón, ya
hembra / por la cruel canalla se desmiembra. / Partiéndolos pedazo por pedazo / y
dividiendo cada coyuntura / el uno lleva pierna, el otro brazo, / otro las tripas sin el
asadura / otros riñones, hígados y bazo / si no podía más por la presura, / y revuelta de
la gente malina1108 / andando todos a la rebatina1109. / Sus bocas son no menos
carniceras / que las de bravos tigres y leones, / antes aventajados a las fieras / hienas,
cocodrilos y dragones, / exceden en crueldad a las panteras / y tienen muy peores

1107
- De Hircania, una región del Asia antigua.
1108
- Malvada.
1109
- Todos a la vez.

246
condiciones, / y aún el día de hoy gente de España / no les puede quitar aquella
maña”(Id.).
Incluso cuando escribe sobre la cacica La Gaitana, en cuyo juramento de
venganza por la muerte de su hijo estaba el devorar a sus asesinos, Castellanos
introduce tantos elementos de la antigüedad clásica que, aunque deplora el hecho, lo
despoja del barbarismo tradicional. Primero achaca este deseo desenfrenado de
venganza a su condición de mujer, lo que le lleva a situar el tema en un terreno
diferente1110. Después, cita varios casos de la antigüedad clásica como indicando que
era un hecho repetido:
“Ningún animal hay de su cosecha / tan cruel, tan protervo ni tan fiero / cuanto
flaca mujer si se pertrecha / (para vengarse) de furor severo; / y aún con matar no
queda satisfecha / siendo de las venganzas lo postrero / pues muchas dellas con los
cuerpos muertos / usaban detestables desconciertos. / Estas costumbres son de largos
años / entre mujeres varias insolentes, / no solamente para con extraños / en nación y
linaje diferentes, / pero también se extienden estos daños / a los padres, hermanos y
parientes, / porque su crueldad y su demencia / caminan sin que hagan diferencia. /
Desta bestialidad testigo sea / sin que de más hagamos escrutinio / el torpísimo hecho
de Medea1111 / o de Tulia, la hija de Tarquinio 1112, / o Scila1113, que por apetencia fea /
quiso quitar al padre su dominio, / con otras cuyo hecho furibundo / causó notables
daños en el mundo”(908).
Otra fase más en su ambivalencia en este tema la hallamos cuando asegura que
cierto actos de antropofagia con los enemigos fueron autorizados por los españoles:
algunos indígenas aliados en la guerra contra las tropas de Pigoanza, una vez vencidos,
se arrojaron sobre los cadáveres enemigos: “Gente de quien la nuestra se servía /...los
cuales a la carne que yacía / acudieron como voraces cuervos / y en breves horas los
campos cubiertos / quedaron libres de los cuerpos muertos”(914). Pero, sigue
contando: “Destos de paz, un bárbaro doliente / que sobre báculo se sostenía / pidió
para comer un delincuente / diciendo que con él se engordaría; / concediéronselo
liberalmente / y dio fin dél en un tan solo día; / hinchó del vientre tanto los lugares /
que luego reventó por los ijares. / Desta voracidad que hemos contado / dio (por ser
caso raro contingente) / testimonio Francisco de Alvarado / escribano, que se halló
presente”(914). Es decir, esta historia queda como un cuento moral, de modo que el
que mal comió, mal murió.
Pero aún Castellanos va a avanzar más. Ciertamente que todo este asunto está
disperso y repartido entre las octavas. Véanse las páginas donde se hallan las citas y se
comprobará lo que decimos. Ahora apuntará que los cristianos también comieron
1110
- Recurso fácil el que emplea Castellanos, llevando el asunto al tópico machista de
los supuestos comportamientos irrefrenables de la mujer. Parece como si así el lector
masculino pudiera entender mejor este acto de locura por tratarse de una cacica, en la
que podían suponerse estas actitudes.
1111
- Hija del rey de Cólquide. Mató por venganza a todos sus hijos que tuvo con Jasón.
1112
- En realidad era la esposa de Tarquino llamado el Soberbio, a quien mató.
1113
- Hija de Niso, rey de Megara, que traicionó a su padre por amor a Minos.

247
carne humana, aunque sin querer y sin saberlo, como les sucedió cuando entraron
hambrientos en los poblados de los Chispas, en los llanos de Venezuela. “Carne hallan
asada los cristianos; / comieron sin que sepan de quien era; / mas ojos propios los
hicieron ciertos / hallando pies y manos de hombres muertos. / Luego veréis estar
imaginando / unos que ven y no quieren creello, / otros en otra parte basqueando1114,
/ otros para bosar1115 mueven el cuello, / otros o los más dellos vomitando, / otros
meter los dedos para ello, / otros quisieron con aquellas sañas / abrirse con las manos
las entrañas”(386).
Pero, cuenta también con sumo detalle que otras veces comieron los españoles
carne humana a propósito y sin ninguna duda, como un tal Vasconia y otros varios
castellanos, que volviendo con mucho oro desde valle de Upar hacia Coro decidieron ir
bordeando el lago Maracaibo arrastrando a algunos indios capturados. El hambre los
asaltó y decidieron lisa y llanamente comerse a los prisioneros: “Pues para proveerse
de comida / mataban de los indios que traían, / hecho que por maldad se solemniza / y
al cristiano varón escandaliza /... Quedó Vasconia pues con seis o siete / y no sé
cuantos indios en cadena, / los cuales degolló cruel machete / para manjar infame de
su cena; / un Francico Martín y un Alderete, / teniendo la comida por obscena / las
pisadas siguieron al instante / de los otros que van más adelante. / Los que quedaron
sobre particiones / de pierna, pie de mano, brazo, codo / tuvieron ciertas bregas y
pasiones, / pues Vasconia partía de tal modo / que daba muy escasas las raciones / a
los otros, tomándoselo todo, / y ansí, por no tener con él pendencia / huyeron los
demás de su presencia. / Quedóse solo con furor horrendo, / do debió fenecer con
mala suerte”(396). Los que sobrevivieron a la macabra comilona ya no se fiaban de sus
compañeros, pensando iban a acabar devorados como los indígenas: “Los otros
adelante van huyendo, / temiendo cada cual que con su muerte / había, ya despierto,
ya durmiendo / de ser mantenimiento del más fuerte, / pues la maldad a tanto se
extendía / que del mayor amigo nadie fía”(397). Ya puestos, siguieron con sus
almuerzos. Dice Castellanos varias octavas más adelante que unos españoles perdidos
por las orillas del lago dieron con un indio al que mataron, y como “caribes nuevos” se
lo comieron: “Luego rompió las venas el cuchillo / y aun la sangre les fue licor sabroso,
/ y un soldado bestial, dicho Portillo / demás del hecho vil y criminoso / lo hizo tal que
no quiero decillo / por ser horrendo, feo y asqueroso / y tal que las entrañas sosegadas
/ en oirlo darán mil arqueadas. / Los miserables miembros repartidos / desde los bajos
pies a los cabellos / por no ser llenamente proveídos / estos voraces y hambrientos
cuellos”(397). Es decir, no fue un caso aislado. El canibalismo, con estos hechos
narrados con abundancia de detalles, perdía buena parte de su barbarismo natural, en
la medida que los españoles también eran capaces de ejecutarlo.
Y todavía muchas páginas más adelante, casi al final de la obra, lo vuelve a
recordar. Un grupo de conquistadores, subiendo desde La Tora hacia los páramos,
estuvieron a punto de repetir la historia: “Y como ya de hambre perecían, / un
caballero dicho Valenzuela / a los otros juró solemnemente / de matar a la india que
1114
- Con convulsiones estomacales.
1115
- Vomitar.

248
era guía / y comerse los hígados asados, / y ya dispuesto para la torpeza”... otro
compañero le dio un pedazo de queso y dejó en paz a la indígena(1279). Castellanos
escribe, simplemente, que fue un episodio “impropio de caballeros”.
Otro asunto al que nuestro autor dedica mucha atención es al sistema de
autoridades que regía los mundos indígenas. Según él, las “hierarquías” eran signo de
“buen gobierno”, “policía”, “prudencia” y “sabiduría”.
Ya conocemos la impresión que le causan los caciques guerreros y valientes,
envueltos en sus “superbísimos plumajes”, sus armas poderosas y su determinación
firme de resistir a los que asaltaban sus tierras. Caciques a los que ha definido como
“reyes” y “señores” de provincias bien regidas y administradas. Incluso a aquellos
grupos, como los Catíos, en los cuales es sistema de autoridades no era visible, les
reconoce un gran poder de organización y una lógica en sus jerarquías: “No reconocen
rey ni presidente / que les imponga leyes ni preceptos, / mas cada cual lo es de su
cabaña, / y el que más rico es, mayor compaña1116. / Pero todas las veces que se piensa
/ sobrevenir belígeros aprietos / están unidos para su defensa, / y entonces tienen
príncipes electos, / los cuales tienen potestad extensa / en ejercicio dellos
circunspectos / de cosas a la guerra concernientes, / y a estos son sujetos y
obedientes”(965).
Sobre los grupos asentados en las sabanas de Boyacá y Cundinamarca, da
muchos más detalles al respecto, e intenta explicar las jerarquías existentes en y entre
estas sociedades complejas: “En este claustro, pues, y circuito / había de caciques
muchedumbre, / a quien gente vulgar daba tributos; / y destos Príncipes la mayor
parte / servían a dos reyes diferentes, / el uno Bogotá y el otro Tunja, / que como
poderosos y soberbios, / procuraban ganarse los Estados; / sobre lo cual en diferentes
tiempos / hubo grandes recuentros y batallas, / sin que ninguno dellos consiguiese / el
cumplimiento de sus pretensiones. / Eran antiguas estas competencias, / las cuales se
venían heredando / de los antiguos en los sucesores; / mas no podré yo dellas dar
noticia, / por la poca que tienen estos indios / de lo que precedió, ni del origen / de los
primeros padres desta tierra. / Sólo presumo yo que fueron gentes / venidas de los
llanos a la sierra, / y las necesidades de ampararse / del frío, fue la causa del vestirse. /
Ansí que de los siglos precedentes / poder sacar razón es imposible, /... de manera que
solamente saben, / aun no sin variar en sus razones, / cosas acontecidas poco antes /
que los nuestros entrasen en su tierra”(1149).
Jerarquías que se complicaban o entraban en crisis cuando era necesario elegir
o suceder a algún señor o cacique principal. Así explica lo sucedido a la muerte del gran
señor Nemequene: “Los príncipes y xeques se juntaron / para constituir en el Estado /
al sucesor, que no puede ser hijo, / sino sobrino, hijo del hermana, / y en defecto de no
tener sobrino, / hermano del Señor es heredero, / siendo los de más días
preferidos1117. / Y al que tiene de ser, desde muy niño / lo tienen1118 en un templo
1116
- Se refiere a más mujeres, mas sirvientes y más esclavos.
1117
- Ninguna novedad, porque este sistema constituía una vieja tradición en la Europa
de la alta Edad Media, seguramente heredado del derecho romano, basado en el
aforismo mater semper certa est (la madre siempre es cierta). También se producía (y

249
recogido, / en continuos ayunos ocupado, / con guardas vigilantes que lo miran; / y en
esta reclusión de hartos años / no tiene de ver sol, ni comer cosa / que lleve sal, ni
conocer mujeres, / con otras abstinencias que le ponen, / de las cuales si punto
discrepase / queda por incapaz del señorío. / Y no tan solamente lo reprueban, / mas
es de todos ellos reputado / por hombre vil, infame, fementido, / sobre lo cual le
toman juramento, / diciendo maldiciones que le vengan / si no manifestara claramente
/ cualquier exceso que haya cometido / contra las observaciones de las cosas / que le
notificaron que guardase. / Y si les consta ser libre de culpa / con gran solemnidad es
admitido, / haciéndole sentar en rica silla, / guarnecida de oro y esmeraldas / y
preciosa corona de lo mismo, / al modo de bonete su hechura, / cubiertas de sus más
preciadas telas; / y después de tomarle juramento / sobre que será rey de buen
gobierno, / según lo fueron sus antecesores, / amparará sus tierras y vasallos / de
cualesquier agravios y molestias, / ellos, por consiguiente, hacen jura / de le ser
obedientes y leales; / Y en reconocimiento, desde luego / le sirve cada cual con una
joya. / Presentanle gran copia de venados, / conejos y coríes y perdices, / palomas,
tortolillas y otras aves / para proveimiento de las fiestas / y grandes regocijos que se
hacen, / señalándole nuevos oficiales / anejos al gobierno de su casa, / dándole mujer
que corresponda / en generosidad y hermosura / a los merecimientos de su esposo; / y
aunque después él toma cuantas quiere, / a todas es aquesta preferida, / y la superior
en el Estado; / y si ésta muere, queda la segunda / en la tal eminencia colocada; /
debajo de cual orden se procede, / heredando su vez la más antigua; / esto se guarda
desde los señores / hasta los de mas ínfimos estados”(1164).
A su vez, cada cacique subordinado al gran señor, fuera el Tunja o el Bogotá,
debía rendirle pleitesía y obediencia: “Al fin, después de muerto Nemequene / quedó
por sucesor en el Estado / su sobrino, llamado Thisquesuzha, / el cual a la sazón era
cacique / de Chía, donde dicen que procede / el rey de Bogotá, y ansí primero / que
goce del primero señorío, / ha de ser el de Chía su principio. / Este, según oyeron
españoles, / representaba bien en su persona, / alta disposición y gallardía / y
gravedad de rostro bien compuesto, / la dignidad y mando que tenía / sobre los otros
reyes desta tierra, / cuyos Estados, aunque les viniesen / de juro y heredad, no los
gozaban / sin que el de Bogotá los confirmase / y aprobase la nuevas elecciones; / y así
los príncipes que por herencia entraron a regir algún Estado, / tomada posesión, según
sus leyes, / venían con preciosos dones luego / por la confirmación del cacicazgo / al
Bogotá; y al tiempo que volvían / autorizados con aquel resello, / salían al camino sus

se produce) en otras sociedades asiáticas y africanas. El mantenimiento del linaje,


basado en la seguridad de la consanguinidad, se obtenía mediante la sucesión del hijo
de la hermana del señor, y no el del suyo propio, en la medida que la que transmitía
con certeza la sangre era forzosamente la mujer (matrilinealidad): la madre del señor,
sus hermanas –los hijos de éstas- o su hermano en último caso, eligiéndose al mayor
de entre ellos (“los de más días”). En todos estos varones la continuidad del linaje
sanguíneo estaba asegurado.
1118
- Los xeques y sacerdotes, con lo que se aseguraban un poder importante en la
esfera del futuro señor.

250
vasallos / con reconocimiento de presentes, / y a dar el parabién de las mercedes / que
por el gran Cipá le fueron hechas. / Y desde entonces eran los caciques / obedecidos
en tan gran manera, / que ninguna nación de las del mundo / tuvo tal obediencia ni
respeto / a señor que sobre ella tuvo mando”(1166). Todo ello le parece de tal orden y
justicia a Castellanos que anota a continuación que es lástima que este sistema no se
siga en sus días, después de la conquista, y aconseja cómo se podría remediar: “Lo cual
en este tiempo no se hace, / porque después que vino nuestra gente / son mal
obedecidos los caciques, / y en cosas que no pueden excusarse, / y ellos tenidos a su
cumplimiento. / Los súbditos, por ser mal inclinados, / gente de su cosecha haragana, /
hacen poco caudal de lo que mandan, / y conviene hacer, de do resulta / a los caciques
cárcel y prisiones, / por no dar a su tiempo los tributos, / a causa de les ser
inobedientes / los que tienen debajo de su mano. / Contra lo cual parece que sería /
eficaz remedio si, vacando / algún Estado destos, y los indios, / según y como tienen de
costumbre, / admitiesen en él al heredero, / lo confirmase la Real Audiencia / con
alguna loable ceremonia, / donde públicamente conociesen / tener aquel señor el
cacicazgo, / ya con autoridad del Rey de España, / que sería negocio de momento, /
para que le tuviesen más respeto, / según antes solían, pues entonces / sentían en
grandísima manera / el morir un señor sin heredero, / derecho sucesor del
cacicazgo”(1167). Castellanos escribe cómo solucionaba el Bogotá este problema de
hallarse un cacicazgo sin sucesión; sistema con el que parece estar en cierto modo de
acuerdo, aunque, pensamos, no sería de aplicación en el “civilizado” mundo colonial:
“Y así, cuando lo tal acontecía, / Bogotá lo ponía de su mano, / sin que hiciesen ellos
diligencia / en elegir señor que los rigiese. / Mas él una hacía, y es aquesta: / buscaba
dos de buenas apariencias, / hombres de buena casta conocidos / y de aquella
provincia naturales. / Estos mandaba desnudar, quedando / todas sus partes muy al
descubierto / en plaza pública, y en medio dellos / una graciosa ninfa sin más ropa / de
la que le vistió naturaleza; / y estando casi juntos y fronteros / del vaso codicioso de la
dueña, / a cualquier dellos cuya viril planta / alteración mostró libidinosa, /
desechábalo luego como hombre / de quien se conoció poca vergüenza / y de ningún
sostén para gobierno; / y si los dos mostraron accidentes, / entrambos iban fuera de la
suerte1119, / y otros se disponían a la prueba, / hasta topar con uno que tuviese /
quietos y entrenados genitales. / Este quedaba con el señorío / y sucesor perpetuo del
estado, / y era del Bogotá favorecido, / porque le parecía que la cosa / que
desconcierta más al que gobierna / eran inclinaciones sensuales, / y que para defensa
de las tierras / convenía ser hombres continentes, / porque las añagazas de mujeres /
los hacen descuidados y remisos, / y algunas veces ser acobardados”(1167).
Castellanos alaba el sistema de elecciones entre los caciques, porque, asegura,
llevaba la paz a los reinos y creaba riqueza y proaperidad, siendo fuente de buenos
gobiernos. Se respetaban las “hierarquías” que tanto le preocupaban pero se
anteponían principios de lógica natural. Además, si alguien decidía una “tiranía”, los
electores volverían las cosas a su lugar, como dice, adelantándose una vez más a su
tiempo, “poner en razón aquel abuso”. Parece una democracia primitiva pero, para
1119
- Quedaban eliminados de la competencia.

251
Castellanos, mucho más efectiva que las torpezas e iniquidades de los jueces y
gobernantes coloniales contra los que tanto arremetió: “La cual opinión fueron
heredando / hasta hoy los caciques que tenían / aquesta dignidad, no por herencia, /
sino por elección en aquel tiempo; / y no podían ser los elegidos / sino de Tobacá y
Firabitova, / pueblos al Sogamoso comarcanos, / gozando de su vez cada cual destos, /
sin haber elecciones sucesivas, / unas tras otras en un mismo pueblo; / antes, en las
vacantes, alternadas; / más dicen que una vez, en la vacante, / un caballero de
Firabitova, / de barba larga y en color bermejo1120 / (cosa que raras veces acontece /
en aquesta nación), tiranamente / usurpó con favor de seis hermanos, / varones
valerosos que tenía, / aquesta dignidad y señorío, / siendo de Tobacá la vez entonces; /
y sobre esta razón dieron aviso / los Tobacaes a los electores, / cuatro principalísimos
caciques / de Buzbauza, de Gameza, de Toca / y de Pesca, y en caso de discordia / se
valían del voto de Tundama. / Los cuales, avisados de la fuerza / y atrevimiento grande
del bermejo, / determinaron de hacerle guerra, / ansí por quebrantar los estatutos /
como porque prendió por ciertas vías / a Gameza, y a causa de negarle / el voto y
voluntad que le pedía, / hizo justicia dél públicamente 1121. / Juntaron, pues, ejército
crecido / todos los electores y el Tundama, / y el bermejo barbudo con su gente / no
rehusó de darles la batalla; / donde dio clara muestra peleando / a todos ellos de ser
aventajado / en animosidad y valentía; / pero los electores pregonaron / con penas
capitales que ninguno / de los de Sogamoso lo siguiesen / ni lo reconociesen por
cacique, / pues les era notorio ser tirano1122 / y haber tomado violentamente / aquella
dignidad que se debía / hacer por elección de los señores / que venían allí
determinados / de poner en razón aquel abuso. / Y aquesta diligencia pudo tanto, /
que la parcialidad de Sogamosos, / que era la mayor parte de su hueste, / se pasó de la
seña del bermejo / a la de los caciques electores, / y ansí dieron sobre él, y en el
conflicto / fue de vida y estado perdidoso, / como varón insigne peleando: / y los
hermanos, viéndolo caído, / de entre la multitud innumerable / con sus pocos parciales
lo sacaron, / y el cuerpo transpusieron donde nunca / jamás supieron dél, porque
quisieron / poner en palos altos1123 el cadáver, / según él hizo temerariamente / de
Gameza, cacique generoso. / Puestas ya las cosas en sosiego, / de voluntad de todos
eligieron / uno de Tobacá, que se llamaba / Nonpanim, que en su lengua representa /
vasija de león, y después deste, / sucedió su sobrino Sugamuxi, / que allí quiere decir el
encubierto, / y este reinaba cuando los cristianos / entraron en la tierra, y es llamado /
(el nombre corrompido) Sogamoso; / a quien después llamaron Don Alonso, / cuando
con agua santa fue lavado”(1204).
Estas sucesiones también alcanzan a las cacicas, donde todo el problema
parece residir en el tiempo que el viudo debe “guardarle luto”. No debía ser una
cuestión baladí, puesto que, según Castellanos, desde el mismo momento de la boda el
marido ya comenzaba a trabajar en el asunto: “Mas es para notar una costumbre / que
1120
- Colorado.
1121
- Lo ejecutó.
1122
- Entendido como ilegítimo.
1123
- Palos de castigo.

252
tienen cuando muere la señora / principal que la casa gobernaba, / y es que puede
mandar a su marido / que no tenga carnal ayuntamiento / dentro del término que le
señala; / pero la ley limita que no pueda / pasar la castidad del año quinto, / y menos
lo que quiere la difunta; / y así, mediante ruegos y regalos, / buenas obras y buenos
tratamientos / que el marido le pone por delante / haberle hecho desque se casaron, /
alcanza della que le disminuya / todo lo más que puede del espacio / determinado
para continencia”(1166).
Junto con Señores y caciques principales existía también una nobleza indígena,
de carácter guerrero, llamados los Uzaques: “El Nemequene, muy acompañado / de
todos los Uzaques de su corte, / que son los caballeros bien nacidos, / salió para hacer
general lista1124”(1157). Una nobleza que defendían incluso con la guerra, como la
desatada antes de la llegada de los españoles entre el Tunja y el Bogotá. El primero le
dijo al segundo, en palabras de Castellanos: “Dices que se te debe (obediencia) por
antiguo / linaje, y eso digo de los míos; / y que los desafíos tienen veces / ya para ser
jueces; pues quien fuere / mejor y defendiere su nobleza / dará de su grandeza
muestra clara”(1161). Y combatieron los dos ejércitos, donde el Bogotá murió de un
flechazo. Estas rivalidades permitieron que, a la llegada de los españoles, la región se
hallara dividida, y les fuera más fácil controlarla.
La obediencia y el respeto que toda la población sentía hacia sus señores era
encomiable, según Castellanos. Nadie podía ir a ver a un cacique sin ofrenda:
“Despacháronse pues lo mensajeros / en este menester bien instruidos, / y por ser
antiquísima costumbre / que ninguno parezca manvacío1125 / ante cualquier cacique
desta tierra / (y eso me da que sea su vasallo / que de los extranjeros señoríos) / ha de
presentar algo cuantas veces / hubiere de llegar a su presencia”(1153). Pero los
grandes señores solo aceptaban regalos testimoniales, pues, según indica Don Juan,
admitirlos todos podía ser motivo de que se “tuerza la justicia”: “El cual (Ubaque), sin
excusarse, conocida / la voluntad del rey, luego se puso / en camino con un rico
presente / de veinte hermosísimas doncellas / de ricas joyas bien aderezadas, / cien
cargas de su ropa más preciada, / muchas y finas piedras esmeraldas / y ciertos
animales de oro fino, / con otras varias cosas que ser suelen / dellos, y aun de nosotros
estimadas; / mas él de tantas cosas nada quiso / salvo por ceremonia, como suelen /
dos telas de algodón, porque decía / no debe tomar del acusado / prenda con que se
tuerza la justicia”(1153).
Nadie podía hablarles a la cara: “Adonde se les dio libre licencia / para dar al
señor el embajada / espaldas vueltas, bajos y encorvados / respeto que se tiene por
costumbre / por perecerles poca reverencia / hablar a los señores cara a cara”(1153). Y
eran servidos por numerosas mujeres, lo que de nuevo vuelve a ser resaltado por
Castellanos, como símbolo de su mucho poder: Al Tunja lo atendían “algunas indias
suyas / que lo sirviesen bien como solían / dándole halagos apacibles”(1200). Siempre
andaban en andas o “literas”. Y no solo los de Tunja y Bogotá, sino incluso los de la
tierra caliente. Así narra Castellanos como el cacique Guaramental salió de caza por el
1124
- Alarde o desfile de las tropas antes de marchar a la guerra.
1125
- De manos vacías.

253
río Unare: “Siguieron pues los indios sus demandas / de todos aderezos bien
compuestos, / partidos en escuadras y por bandas / por orden y concierto bien
digestos; / el gran Guaramental en unas andas / en hombros de gandules bien
dispuestos, / los lados y fronteras van abiertas / de lince maculoso 1126 las cubiertas, /
de madera muy negra son unidas / de la mejor que por acá se halla, / con chagualas de
oro guarnecidas, / en todas ellas infernal medalla, / por otras muchas partes esculpidas
/ animales cien mil de buena talla”(226). También el cacique Manaure, en Coro,
“Hacíase llevar en unas andas / con chapas de oro bien aderezadas /... usaba de real
magnificencia / sin se le conocer parecer vario”(358). Y en Urabá: “Había de cornetas
gran repique / ostentando sus fuerzas y poderes, /... según requieren tales
menesteres / en ricas andas traen al cacique, / también viene gran suma de
mujeres”(750).
Pero ninguno, afirma Castellanos, tenía la magnificencia del gran Cipa de
Bogotá cuando marchaba al combate: “Andaba Nemequén en ricas andas, / aquí y allá
los suyos animando”(1162), que fueron de gran utilidad cuando fue herido: “pero los
vivos / llevaban al señor, sin que parasen / un tan solo momento con las andas, / los
unos y los otros a remudo1127 / las noches y los días, hasta tanto / que a Bogotá
llegaron, do los xeques / a su cargo tomaron esta cura 1128”(1163). Litera que luego
encontraron los españoles en el saqueo del palacio, aunque “las andas se hallaron
solamente / en que este rey andaba, pero solo, / sin guarniciones de oro, la
madera”(1176).
La guerra era ocasión de grandes ceremonias de reconocimiento de la
autoridad de los señores, y donde se certificaban las alianzas y lealtades: “Teniendo
pues su gente recogida / cada cacique con los alimentos / y copia numerosa de
mujeres / para los regalar en la jornada / ante su gran señor, que Cipa llaman, / fueron
a presentarse todos ellos / y al tiempo limitado se hallaron / en los herbosos y
espaciosos campos / de Bogotá, cabeza destos reinos / donde tomaron sitios
diferentes / aparte cada cual con sus insignias / diversas en colores, de manera / que la
parcialidad de cada uno / podía conocerse por las tiendas / y pabellones que tenían
puestos”(1156).
En otras zonas los rituales de guerra eran igualmente importantes, y algunos
bien extraños para Castellanos, como en Tamalameque, donde el enemigo era
convidado a comer antes de ser atacado: “Mas antes de venir a rompimiento / les
daban alimentos abundantes, / y cuando se apartaban de los barcos / era con el
letífero1129 rocío / de jáculos y flechas penetrantes. / Y preguntándoles que por qué
causa / habiendo dádoles buena comida / acudían con postre tan inicuo, / el indio
Francesquillo1130 respondía / que porque sin comer ninguno puede / tener esfuerzo
para defenderse, / y era de gente baja y apocada / pelear con hambrientos y ayudarse
1126
- Pieles de jaguar.
1127
- Turnándose.
1128
- No consiguieron salvarlo y el gran Señor de Bogotá murió a los pocos días.
1129
. Letal.
1130
- Uno de los “lenguas” ladinos que levaba la expedición de Alonso Luis de Lugo.

254
/ de la guerra que hambre les hacía”(1300). En el sur, por Popayán, las huestes de
Pigozanza danzaban y cantaban desde días antes del combate: “Cuando la borrachera
se hacía / que con cantes y bailes celebraban”(897). Y antes de atacar: “Adonde
concurrió la muchedumbre / de aquellas serranías y fronteras / usando como tienen la
costumbre / la destemplanza de sus borracheras / siempre que dan guerrera
pesadumbre / a gentes naturales y extranjeras”(906). Los Taironas iban desnudos a la
guerra: “Vistense de algodón de tela fina / y muchos dellos tienen solamente / a las
espaldas una mantellina / y todo lo demás anda patente”(496). El cacique Uriorebuí,
de los caquetíos, primero insultaba ritualmente a los españoles en una especie de
demostración de fuerza, y luego tomaba unos polvos e ingería líquidos a través de los
cuales cobraba fuerza y valor divinos para el combate; finalmente se traspasaban las
lenguas con agujas: “<Hombres de mal vivir, gente bellaca / que de sudor ajeno se
mantiene. / ¡Aquí, tigres, aquí! ¡Aquí gente nosciva / haced de suerte que ninguno
viva!> /... El cual, con furiosos movimientos, / por encenderse más en el coraje, /
ciertos polvos tomaba por momentos; / y ansimismo bebió cierto brebaje; / hizo luego
de indios llamamientos, / da flechas al ejército salvaje / que las lenguas (de bien
hablar desnudas) / se traspasaban con puntas agudas”(386).
En la región de Antioquia, antes de combatir fumaban tabaco para sus agüeros,
y se pintaban sobre el cuerpo sus señales mágicas: “Los cuales se venían acercando /
según las señales coligían / por oler a humadas de tabaco, / bija y trementinas con que
vienen / untados cuando van a rompimiento”(1001).
Otra cuestión que fascina a Castellanos son las leyes que tenían establecidas
estos señores y caciques. Señala que en las regiones de la costa y del interior selvático
el orden de los “reyes” y “principales” era admirable, existiendo un consejo de
ancianos en las comunidades, un conjunto de leyes y normas que eran pregonadas
desde ciertos oteros, y una justicia escrupulosa. Así por ejemplo, el cacique
Guaramental, en el río Unare, “tenía por jueces y rectores / personas de quien él se
confiaba; / aquestos eran hombres ya mayores / a quien el más brioso respetaba; /
pobladas horcas de los malhechores / porque con gran rigor los castigaba / por mano
de verdugos carniceros / que servían también de pregoneros. / Tenían en un canto
deste llano1131 / donde los pregoneros se subían, / túmulo1132 levantado por su mano /
de gran altor, a donde se decían / inviolables mandos del tirano / que sin poner excusa
se cumplían”(225).
El gran Señor de los Bogotáes había dictado también severas normas, que
incumbían a aspectos tales como asesinatos, violaciones, incestos, sodomía,
transmisiones patrimoniales, ostentación y vestimentas, deserción o cobardía en el
combate, y las penas y castigos adecuadas a cada uno de estos delitos, que iban desde
la muerte, el trasquilarles los cabellos o a rasgarles el poncho que llevaban, lo que
consideraban grave afrenta. Normas que, anuncia, se van perdiendo porque las nuevas
disposiciones del orden colonial se han superpuesto sobre las antiguas, y ahora,
1131
- En un rincón de la plaza formada por los grandes caneyes donde residían las
principales familias.
1132
- Construcción elevada.

255
concluye, no se cumplen ni las unas ni las otras; lo que es para Castellanos motivo de
preocupación, pues consideraba las emanadas de los viejos señores más justas y
aplicables en aquel mundo, ahora descarriado y falto de control:
“Después aqueste Rey, porque su reino / gozase de pacífico gobierno / y
delincuentes fuesen castigados / según la cualidad de los delitos, / ordenó muchas
leyes, estampadas / en solas las memorias de los hombres, / que por ejecutarlas sin
descuido / se fueron arraigando de tal suerte / que hasta nuestros días permanecen /
entrellos, y se guardan muchas dellas, / aunque, como sujetos a las nuestras, / se van a
más andar desvaneciendo; / pero diremos de las que tenían, / estas que nos ofrece la
memoria. / Mandaba que quien mata, que muriese / aunque lo perdonasen los
parientes, / porque la vida Dios solo la daba / y no los hombres para perdonarla 1133. /
Mandó matar a quien mujer forzase, / siendo soltero, pero si casado, / durmiesen dos
solteros con la suya. / Al que tuviese cuenta con su madre, / con hija, con hermana,
con sobrina, / que son entrellos grados prohibidos, / que lo metiesen en un hoyo de
agua angosto, / con obscenas sabandijas, / y lo cubriesen con una gran losa / do
pereciese miserablemente, / y ellas pasaran por la misma pena. / Al sodomita, que
muriese luego / con ásperos tormentos, y dejaba / abierta puerta para pudiesen / los
reyes venideros agravarlos / con aumento de más crueles penas. / Y ansí los naturales
deste reino / nunca jamás han sido maculados / de tan feo y horrendo maleficio, / y
son en este caso todos limpios, / lo que no son (según algunos dicen) / naciones que
confinan con los llanos. / Mandó que si de parto pereciese / cualquier mujer casada, su
marido / perdiese la mitad de la hacienda, / y la diesen al suegro y a la suegra, /
hermanos o parientes más cercanos, / en defecto de padres; mas quedando / viva la
criatura, no debía / más de que la criasen a su costa1134. / Ordenó que ningún señor
subiese / en andas, que llevaban a sus hombros / criados que tenían, sino sólo / él o
cualquiera que él determinase / por algunos servicios señalados; / limitó los vestidos y
las joyas / a la gente común1135; y a los Uzaques, / que son los caballeros principales, /
de gran valor y generosa casta, / dióles licencia para que pudiesen / horadar las orejas
y narices, / y a su gusto traer joyas pendientes1136. / Ordenó que los bienes y haciendas

1133
- Se consideraba al Señor único dueño de vidas y muertes de sus vasallos.
1134
- Con esta regla parece que se trataba de evitar que los bienes de la madre
pasasen al patrimonio del marido en los casos en los que aquella no sobreviviese al
parto. Reglas parecidas encontramos en Europa, que tienen como finalidad preservar
el destino de los patrimonios unidos en un tronco familiar, llegando incluso a estar
relejados en los Códigos civiles actuales.
1135
- Normas también imperantes en la Europa de la época. Recordemos los problemas
que tuvo Jiménez de Quesada y que anotamos en un capítulo anterior, cuando por su
excesivo lujo en el vestir fue puesto preso en Lisboa, estando limitados ciertos
vestuarios a determinados miembros de la nobleza y de la Corte. Todo ello servía para
garantizar y fortalecer la sociedad estamental, y asimilar modos y comportamientos de
vida con condición social reconocida.
1136
- Un sistema muy similar al de los Orejones incaicos.

256
/ de quien sin heredero falleciese / quedaran aplicados a su fisco 1137. / Mandó que
quien huyese de batalla / antes que el capitán que los regía, / con fin de muerte vil
fuese punido. / Mandó que quien mostrase cobardía / en guerra, por afrenta lo
vistiesen / con ropas de mujer, y que con ellas / usase de los mismos ministerios / que
suelen ser anejos a las hembras, / por aquel tiempo que su Rey quisiera. / Estableció
también penas ligeras / por algunos delitos más livianos, / como romper la manta que
se cubre / o trasquilarle todos los cabellos / de que se precian y los traen largos, / y así
lo tienen por afrenta grave; / y aun el día de hoy los españoles / también suelen usar
deste castigo / con ellos, pero ya poco les duele, / viendo que allí se quedan las raíces /
que pueden remediar aquella falta. / Y, según corren sus atrevimientos, / más dura
pugnación es necesaria, / pues no tenemos ya cosa segura / dentro de las ciudades ni
en los campos”(1153-1154).
Sobre la esclavitud entre los naturales, por los datos que aporta se deduce que
estaba regida por normas muy similares a las europeas, o al menos así las entiende él,
aunque narra el caso de los Catíos: “Tienen esclavos para su servicios / de gente que
en la guerra se cautiva, / los cuales hacen rústicos oficios /...Pero muerto su amo,
como viva / es el esclavo del caudal entero / y de mujer y de hijos heredero 1138”(965).
La justicia indígena se complementaba con severas penas, entre las que señala
la existencia en las sabanas de Cundinamarca de los que llama “palos de castigo”:
“Veían en muchas partes asimismo / mástiles gruesos, altos y derechos, / y encima de
los más alto del mástil / gavias que semejaban desde fuera / a las otras que traen los
navíos, / que tales parecían a los nuestros / cuando lejana vista los miraba; / estando
estos árboles y ellas / ungidas de bitumen colorado / que el indio vecino llama bija. /
Había muchos destos, y el efecto / declararé después en otro canto 1139”(1174). El Tunja
también los empleaba: “Señor en gran manera vigilante, / y en las ejecuciones del
castigo / a toda crueldad precipitado, / feroz de condición, inexorable. / Y ansí por las
alturas de la loma / al occidente puesta deste pueblo 1140, / que de su nombre dél es
heredero, / la loma de los tales es llamada 1141 / por la gran multitud de palos puestos /
que hallaron en ella los primeros, / hendidos por los altos, do metían / al mísero
1137
- Norma también común en el derecho civil europeo, que se justifica por la
necesidad de que siempre exista un heredero que se haga cargo de los derechos y
obligaciones del causante, para seguridad del tráfico jurídico.
1138
- Lo que se justifica para preservar la unidad del patrimonio familiar, buscando un
cabeza de familia (pater familia) que asuma la responsabilidad de defenderlo, así como
a la prole que queda a su cuidado. Son construcciones de las que pueden observarse
rasgos si acaso similares en el derecho común o en el derecho natural europeo más
remoto.
1139
- Se refiere a los cuerpos que amarraban a los mismos, situados en las “carreras” o
avenidas de la ciudad del Bogotá, que luego enflechaban, y cuya sangre recogían en
escudillas que se depositaban como ofrendas en los templos; ceremonia de la que ya
hicimos mención en páginas anteriores.
1140
- La ciudad de Tunja.
1141
- Loma de los palos.

257
paciente la garganta / y quedaba pendiente hasta tanto / que el ánima del cuerpo se
partía, / demás de otros castigos con que todos / los de su reino, grandes y menores, /
estaban sin sentirse lo contrario / a su voluntad prontos y ajustados”(1195).
Otros rituales en los que se detiene para pormenorizarlos son los de bodas y
esponsales entre naturales, especialmente cuando los contrayentes formaban parte de
las familias principales de reyes o caciques. En la tierra de la cacica Orocomay, por el
río Unare, debió presenciar una de estas ceremonias, dado la cantidad de detalles que
aporta, en los que va mezclando la belleza de las personas y sus adornos, la música y
los bailes, hasta transformar la boda en un ritual clásico propio de un cuadro
renacentista, en el que una alegría bucólica y un aire mitológico parecen impregnar
todo el ambiente1142: “Estando todos en aquel asiento, / cuyos vecinos eran
liberales1143, / a celebrar vinieron casamiento / dos hijos de personas principales; / Y
estaban en aquel ayuntamiento / inmensa cantidad de naturales, / que demás de
vecinos y parientes / se llegaron de partes diferentes. / Ninguno dellos trajo largas
faldas, / puesto que matizados de colores / los rostros, brazos, pechos, las espaldas /
otros en carne fijas las labores1144; / otros aderezados de guirnaldas, / compuestas y
tejidas de mil flores, / por collares también uñas de fieras, / conchas de cachicamos 1145
por monteras. / Aquí y allí caterva de salvajes / bailaban a compás en ancho coro, /
haciendo muchos gestos y visajes, / a la danza guardando su decoro: / Ondean por
cabezas los plumajes, / resplandecen también joyejes de oro, / queque1146,
paracagua1147, grupo1148, caconas, / de que muchos ornaban sus personas. / Gran copia
de casadas y doncellas / regocijan allí la dulce rueda1149: / graves1150, sedas1151, airosas,
lindas, bellas, / no con lienzo ni paño ni con seda, / sino con tal cubierta todas ellas /
que después que nacieron se les queda, / y en cada cual se veía muy patente / lo que
razón honesta no consiente. / Muchas también dispuestas y sacadas / en sus gallardos
1142
- Ambiente descrito también en otras obras de le época. Por ejemplo, por Garcilaso
de la Vega, en las Églogas I y III: “En la hermosa tela se veían / entretejidas, las
silvestres diosas / salir de la espesura y que venían / todas a la ribera presurosas”. “Allí
con rostro blando y amoroso Venus / aquel hermoso mozo mira, / y luego le retira por
un rato, /... Con él en una huerta entrada siendo / una ninfa dormiendo le mostraba; /
el mozo la miraba y juntamente, / de súbito accidente acometido, / estaba
embebecido, y a la diosa / que a la ninfa hermosa se allegase / mostraba que rogase, y
parecía / que la diosa tenía de llegarse. / Él no podía hartarse de mirarla, / de
eternamente amarla proponiendo”.
1143
- Gente amiga.
1144
- Pinturas ceremoniales.
1145
- Voz tamanaca. Armadillo.
1146
- Cuentas de collar de oro.
1147
- Carey.
1148
- Grupiara. Pepita de oro de aluvión.
1149
- Bailaban en círculo.
1150
- Serias, dignas.
1151
- Tranquilas.

258
miembros y facciones, / que no dudo poder ser envidiadas / de muchas encubiertas
proporciones; / y ansí se crían todas regaladas / en aquellas provincias y regiones, / y
con ser los varones gente dura / los ablanda su blanda hermosura. / Aquel día pues en
que celebrado / el desposorio fue según sus leyes, / trajeron al mancebo desposado /
cantidad de caciques o de reyes / a un lugar de flores adornado, / a la sombra de
macos ó mameyes, / do tenían asientos prevenidos, / muchos dellos de oro
guarnecidos. / Estando cada cual en el asiento / según su calidad acostumbrada, /
Orocomay sacó del aposento / a plaza1152 la señora desposada: / de señoras de gran
merecimiento / salió la ninfa bien acompañada, / y a su modo tan bella y tan graciosa /
que cualquiera juzgara ser hermosa. / Los cabellos cubrían las espaldas, / tan largos
que se vieron pocos tales, / la cabeza con róseas guirnaldas, / rico collar de piedras
principales, / de rubíes, turquesas y esmeraldas, / una cinta de perlas y corales; / las
muñecas y piernas con chaquiras1153 / y entre ellas diamantes y zafiras. / Lo demás iba
todo descubierto, / diferente del uso vergonzoso, / mas tal que quiso natural concierto
/ pintar un espectáculo hermoso: / Tan bello que no fuera menos cierto / que Júpiter
quisiera ser esposo; / llevaba como virgen en la mano / ramillete de flores muy galano.
/ Llamábase la ninfa Gailacía, / mas mejor se llamara Galatea 1154, / por ser retrato vivo
do se vía / cuanto de hermosura se desea: / Con tan alto primor que deshacía / a
Deyopeya, Dafnis y a Pantea; / Y a aquella que por ser más que Glicera / fue puesta
por un polo del esfera1155. / Llegada con aquesta compañía / do estaban los caciques
esperando, / recibieron con grande cortesía / todos ellos al femenino bando: / Míranse
los esposos á porfía / y un rato consumieron contemplando, / y ella para mostrar qué
tal estaba / al mozo dio las flores que llevaba. / El mozo las tomó con gran contento / y
después de mostradas por buen trecho / volvióselas con dulce sentimiento, /
juntándolas primero con el pecho, / do prestaron los dos consentimiento, / y ansí su
casamiento quedó hecho: / Luego por multitud tan infinita / hubo de regocijos grande
grita. / El esposo se fue tras su querida / con estruendo de bailes y de danzas, / dáse
muy abundante la comida, / crecen en el beber las destemplanzas: / Orocomay,
princesa proveída, / mostró su gran valor y sus pujanzas: / Duraron en aquestas obras
pías / por espacio de más de quince días”(254-255).
Entre los catíos también se realizaban estas ceremonias, donde explica que
había “terceros”, es decir, alguien que organizaba la ceremonia y bajo su autoridad los
casaba (un sacerdote o hechicero): “Para los casamientos hay terceros, / y siendo
1152
- Sacar a plaza: mostrar.
1153
- Pulseras de piedras luminosas.
1154
- Una de las Nereides más bellas de la mitología clásica, amada por el gigante
Polifemo. La historia de Galatea, y su triunfo, motivó varios frescos característicos del
renacimiento italiano, entre ellos el Triunfo de Galatea, de Rafael, en el palacio de la
Farnesina de Roma. Parece que este tipo de pintura es la que está inspirándolos versos
de Castellanos referentes a esta boda en mitad de la selva.
1155
- De nuevo una colección de bellezas clásicas extraídas de la mitología: Deyopea, la
ninfa más hermosa que acompañaba a Juno, quien se la prometió a Eolo, dios de los
vientos; o Dafne, hija de la Tierra, insensible desde su belleza al amor de Apolo.

259
moza, virgen y hermosa, / promete buena copia de dineros / aquel que la pretende por
esposa1156. / Cuando se juntan miran en agüeros1157, / y a la doncella él tocar no osa, /
si la que ya desea verse dueña1158 / no lo convida con alguna seña”(965-966).
También comenta profusamente la existencia de la poligamia entre los
naturales, llegando a describir los palacios donde el cacique vivía con sus muchas
mujeres, como en el caso del cacique Guaramental, en el Unare, que poseía una
especie de harén, “sobre más de doscientas concubinas / de diferentes tierras y
lugares, / todas en general muchachas bellas, / eunucos también en guarda
dellas”(225).
En las tierras altas de las sabanas describe otras ceremonias de esponsales, y
sus ritos, con ocasión del pacto de Ubaque, uno de los caciques súbditos del Bogotá,
con su señor, al que le pide que tome dos hija suyas por esposas en señal de paz. Todo
ello le da pie para narrar diversas costumbres relacionadas con los matrimonios: “Se le
rindió, debajo de concierto / que el Bogotá tomase por mujeres / a dos hijas doncellas
que tenía. / Aceptó Bogotá las condiciones, / y el Ubaque las de quedar sujeto. /
Parece que, teniéndolo por yerno, / se le hicieron algo tolerables1159; / Mas Bogotá
tomó la mayor dellas, / y casó la menor con un hermano, / con la solemnidad y
regocijo / que tienen de costumbre todos ellos / en esta tierra cuando se desposan, /
que son embriagueces descompuestas, / sin otras ceremonias ni terceros; / antes,
cualquiera dellos que pretende / casarse con alguna que le cuadra, / contrata con los
padres o parientes / que la tienen debajo de su mano / cerca del precio que dará por
ella, / y si la cantidad no les contenta, / el comprador añade por dos veces / la mitad
más de lo que dio primero; / y si de la tercera vez no compra, / busca mujer que sea
más barata; / mas si les satisface lo que manda, / dánsela, sin usarse de más ritos / de
recibirla, dándoles la paga, / quedándose con ella quien la vende, / porque no lleva
más dote la novia, / de nobles o de bajas condiciones, / de solas veinte mucuras de
chicha, / vino que hacen de molido grano, / y algunas alhajuelas usuales. / De manera
que van por diferente / camino del que por acá llevamos; / pues para salir deste
mercancía / hemos de dar dineros al esposo 1160. / Finalmente, los indios deste reino /
sustentaban aquellas que podían, / pues sólo su caudal era la tasa. / Además desto los
reyes o caciques / cuando les dan noticias de doncellas / hermosas, las demandan a
1156
- Es decir, existía la compra de la esposa a la familia.
1157
- El hechicero o sacerdote les profetizaba el éxito en su unión.
1158
- Ser dueña, verse dueña: dejar de ser virgen.
1159
- Ubaque era aliado del señor de Tunja, aunque sus tierras se hallaban muy
próximas a las del gran Bogotá, por lo que los conflictos entre ambos fueron comunes.
Este matrimonio sellaba la paz.
1160
- Frase bastante cruel de Castellanos que trata de “mercancía” a su hija, porque
había que darle dote para casarla. Seguramente estaba motivada por los conflictos que
tuvo con su yerno, el español Pedro de Rivera, con quien casó a su hija Jerónima,
después de dotarla convenientemente, y que siempre le reclamó más y más hasta
acabar en varios pleitos que se vieron en la Audiencia de Santa Fe y de los que parece
que Castellanos no salió bien librado.

260
sus padres, / que sin contradicción se las envían, / y sírvenlos desnudas algún tiempo; /
mas cuando ya las tienen hechas dueñas, / las cubren con la ropa y atavío / que las
otras mujeres acostumbran, / de donde se colige que tenía / el Bogotá crecida
muchedumbre”(1151).
También se refiere Castellanos a otros rasgos de su cultura. Cosas que le
ofenden como la sodomía. De los pueblos de la costa de Santa Marta, por Gaira,
escribe que “tienen las hembras buenos pareceres, / y por la mayor parte las mujeres,
/ demás de ser malditos bujarrones /... Son gentes entre sí tan deshonestas / que las
espaldas andan mal seguras, / y en cualquiera lugar claro y oculto / se hallan muchos
Príapos1161 de bulto”(496-497). Sobre los habitantes del Valle de Tairona dice también
que con “por la mayor parte sodomitas / idólatras y grandes hechiceros, / con otras
abusiones1162 infinitas / cerca de juzgar cosas por agüeros /... Padre con hija, hermano
con hermana, / acontece servirles de maridos; / ninguno dellos vi que tengan gana /
de ser en buenos usos instruidos”(616). Entre los Catíos, anota, “los adúlteros son
aborrecidos / y cerca desto viven con gran cuenta / en no violar los maritales nidos, /
mas como deste mal algo se sienta / suelen tomar venganza los maridos / de los que
les hicieron el afrenta; / cualquier otro pecado les es blando / pero sin culpa siempre
del nefando. / Aman a sus mujeres tiernamente / en tal manera que les son sujetos; /
algunos hay que tienen más de veinte / o las que pueden para sus afectos”(965).
Para finalizar este conjunto de descripciones sobre las antiguas culturas de la
América que conoció, Castellanos se muestra sumamente prolijo en recopilar datos e
informaciones acerca de sus actividades productivas y “comerciales”. Al referirse a las
ciudades, anota siempre los oficios que en ellas se mantienen, tanto en la costa, como
los Taironas, por ejemplo, de quienes dice que “en sus oficios son ingeniosos / y la
holgazanía se destierra; / hay muchos tejedores, hay plateros / y muchos, de sus usos,
carpinteros”(616), como en el interior, cuando cita que cerca de la laguna de Tinjacá
en “algunas de las villas circundantes / artífices tenían figulinos1163, / de cuya causa
nuestros españoles / pueblos de los Olleros les llamaron”(1233).
Productos que nutrían una enorme y tupida red de intercambios que
Castellanos referencia como “contrataciones” o “tratos” o , simplemente, “comercio”.
Así, metales, caracoles, esmeraldas, coca, moluscos, sal, son trajinados entre regiones,
a veces a largas distancia. En la Sierra Nevada escribe que “entre ellos hay algunos
mercaderes / y sus maneras de contrataciones, / con los que están muy dentro de la
sierra / que no pequeños términos encierra”(496). Efectivamente, conocemos que
entre las sabanas del interior y la costa circularon diversos y nutridos contingentes de
productos. En el Sinú, indica que se intercambiaban metales y tejidos de algodón,
procedentes de regiones del interior, y que constituían su forma tradicional de vestir:
“Andan cubiertas desde la cintura / hasta los pies con una mantellina / que hace
1161
- Dios campestre de los jardines y el erotismo, de gran fama por mantener
relaciones sexuales indistintamente con hombres como con mujeres.
1162
- Abusos.
1163
- Artesanos del barro y la cerámica. Figurines y utensilios varios y, al parecer,
maestros olleros.

261
razonable compostura / de tela de algodón, delgada y fina; / unas son blancas, otras
con pintura / según su voluntad les encamina”(733).
Tejidos y metales procedentes algunos de ellos de la región de Antioquia, pues
acerca de la provincia de Norisco, en Pequí, escribe que era “de grandes poblaciones, y
abundante / de los mantenimientos necesarios, / rica de telas de algodón y oro, /...
dando preseas1164 / de sus preciadas telas y oro fino”(985). O entre los Catíos, que
cambiaban tejidos por metales: “En oro y mantas crecen sus caudales, / con gran
primor labradas y tejidas. /... Pero como son ricos contratantes / y es de oro tan
grande la ganancia, / de tierras mas viciosas y abundantes / se lo suelen traer en
abundancia”(964).
Tejidos que servían para los intercambios en la costa de Venezuela con los
pueblos situados un poco más al interior, como los Caracas: “La ropa que decimos son
hamacas / de que tienen por esta circunstancia, / y por toda la tierra de Caracas /
destas camas pendientes abundancia, / maures1165 y mantellinas, aunque flacas /
cubiertas, es allí buena ganancia /... y no les iba mal en los contratos”(354). Los
Taironas también intercambiaban mantas (“Los tairos con sus mantas van
compuestos”-508-), pues “tejen para sus compras y sus ventas / mantelinas pulidas de
algodones. / También se labran muy pulidas cuentas / de conchas que llamamos
nacarones”(616), de las que tenían mucho comercio, dice (Id.). En Cipacua, el cacique
les dio a la gente de Heredia como prendas, “bonete1166 colorado con su cresta / de
pluma roja con argentería1167, / camisa, zarafuelles1168, ciertas cuentas / y para sus
culturas herramientas”(715).
En el río Cauca, había tradición de trueque, señala Castellanos: “Fueron
aquestos dones alcahuetes / para hacer allí gentes atentas / a la contratación
cuotidiana, / que tenían a tarde y a mañana. / Y no solo varones acudían / a tales ferias
y contrato pío, / pero también mujeres se atrevían / a pasar lo mismo por el río. / Diré
de la manera que venían / que no será ficción ni desvarío / sino pura verdad y
certidumbre / según en lo demás es mi costumbre. / En una gruesa caña cabalgando /
y en ella de su vino cierta pieza / como botija, con los pies bogando / donde su
voluntad las adereza, / con rueca y huso todas van hilando, / cesta de fruta sobre la
cabeza, / y ansí pasan el río más derechas / que por carreras llanas y bien
hechas”(874).
Por la provincia de Guane, los tejidos también constituían la médula de su
producción e intercambios: “ropaje / de telas de algodón, que van tejidas / con hilos
variados en colores; / con una se rodean la cintura, / y otra que de los hombros va
pendiente / al izquierdo trabada con un nudo / dado con los extremos de la manta; /
traje común también a las mujeres, / que por honestidad y más resguardo / usan
debajo desto pampanillas / con que cubren las partes impudentes / las casadas,
1164
- Intercambiando con los que hasta allá llegaban.
1165
- Cintas anchas de colores.
1166
- Especie de sombrero pequeño.
1167
- Con piezas de plata?.
1168
- Zaragüelles. Calzones anchos y largos.

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porque las incorruptas / deste tercero velo son exentas”(1242). Por los Vélez,
preguntaron a ciertos indios capturados que donde estaban las minas, y respondieron
que no había, “sino que el oro que ellos poseían / venía de muy lejos por
rescate”(1237). Productos textiles que llegaban hasta el Orinoco, pues remontando
este río desde la Guayana, buscando las sierras, los españoles “hallaron mantas de
algodón tejidas, / pintadas con pincel y coloradas / de ningunos antiguos conocidas; /
con gran aplauso son solemnizadas / por ser muestra de cosas más subidas / y no
demorar lejos de la tierra, / viéndose muy cercanos a la sierra”(585).

En las sabanas hallaron “gran multitud de naturales / de telas de algodón


aderezados / varias en los colores y pinturas”(1148). Sobre todo los Muiscas, de los
que escribe: “Menos guerreros son que contratantes, / pues su mayor felicidad estriba
/ en ferias y mercados que celebran / en partes señaladas, donde vienen / en días
diputados para ello / con varias y diversas mercancías, / con todos los engaños y
cubiertas / que suelen sutilísimos judíos”(1156). En Bogotá, “paraba la bondad destas
provincias / en ser fértiles, sanas y abundantes / de cosas a la vida necesarias / pero
paupérrimas de plata y oro; / y aquellas muestras que se vieron antes / juzgaban ser
por vía de rescates / y contratos de partes diferentes”(1178). Oro que manejaban,
aunque llegara de lejos, excelentes orfebres: “Los Guatabitas por la mayor parte / eran
artífices de labrar oro, / y entre los otros indios reputados / por más sutiles en
aquestos usos, / y así por las provincias convecinas, / ajenas de las deste señorío, /
andaban muchos de ellos divertidos / ganando de comer por sus oficios, /... Y en aquel
tiempo, los señores / y principales indios / abundaban de pálidos metales, /
granjeados ya por contratos, ya por otras vías, / y su felicidad eran las joyas, /
ornamentos de vivos y de muertos”(1149-1150).
En Lenguazaque y Suesca traían para cambiar “muchas telas, varias en
colores”(1173). En general así en todas las sabanas. También las llaman los españoles
“mantas”(Id.), que cubrían las espaldas de las mujeres y agarraban con prendedores o
“topos”, “o gruesos alfileres / (con que traen / asida la cubierta que se ponen / de tal
suerte que de sus miembros todos / los brazos solos quedan descubiertos)”(1172).
Mantas que también servían para llevar las cargas “cada día traían una carga / en una
de sus mantas como suelen”(1218). Iban “cubiertos todos de galanas telas / (uso suyo
común en vez de capas)”(Id.).
Comercio e intercambios que los españoles aprovecharon a su modo, y muchos
de ellos se transformaron en asaltantes de estos indígenas que trajinaban sus
productos. Se emboscaban esperando que pasaran indios que llamaban
“contratantes”, para robarlos, como hicieron con cierta anciana indígena en
Popayán(878), o por la misma zona, “que creyendo ser indios contratantes, / ocultos
espera