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Argumento

Lila no puede evitarlo… es adicta al sexo. Uno pensaría que a la

mayoría de los hombres les encantaría tener una esposa adicta al

sexo, pero no, en lugar de tomar ventaja de su asombrosa situación,

su marido la envía a terapia para que consiga ayuda. Excepto que la

pobre Lila se sienta entre el grupo y no puede pensar en nada más

que en el hecho de que no ha tenido sexo en seis semanas. Su deseo

es atroz, una bestia hambrienta y lasciva. Si ella no obtiene lo que

quiere, lo que necesita, va a explotar. Y aún cuando apropiadamente

rechazó las insinuaciones de un guapo y potencial patrocinador, no

puede evitar conocer a un misterioso extraño en el estacionamiento

que promete mostrarle que la recuperación es una pérdida de

tiempo.
Respiré hondo y traté de ignorar el revoloteo de mi corazón. Ellos

se quedaron mirándome. Todos sus pequeños ojos observando,

esperando que confesara todos mis sucios pecados en una exhalación

para así dar el primer paso hacia la sanación y recuperación.

Me sentía ridícula allí. ¡Curación y recuperación… qué montón de

mierda! ¿Por qué era tan malo amar algo que se sentía tan bien? La

sociedad estaba gravemente equivocada si pensaban que podían

impedir que la gente tuviera sexo con un programa de doce pasos y

una pesada capa de culpabilidad. Dios, lo único que quería en el

mundo era encontrar la fuerza para salir por la puerta y no mirar

para atrás, pero no podía hacer eso.

Kenny, mi marido, contaba conmigo para atravesar esto, y

después de todo lo que le había hecho en los últimos cinco años, no

podía defraudarlo de nuevo.


Me tragué el orgullo y permití que el aire llenara mis pulmones y

luego se desinflaran con un largo suspiro que agitaba las piezas

sueltas de cabello que colgaban sobre mi frente.

“Hola”, empecé. Mi voz quebrada bajo la presión de esa palabra

“Mi nombre es Lila y…”

¿Y qué?, ¿soy una puta?, ¿una mujerzuela?, ¿y tengo problemas

con el sexo? Lo absurdo de esas palabras aisladas fue casi suficiente

para hacerme reír.

“Y yo… yo soy… supongo que soy una adicta al sexo”.

Un coro de saludos circuló por la habitación, una combinación de

voces masculinas y femeninas, jóvenes y adultos, gordos y flacos;

era impresionante y espantoso. Mi cinismo interior se preguntó cómo

diablos alguien tan gordo y sucio como el tipo grasiento que ocupaba

la mitad de la segunda fila podría ser un adicto al sexo, el poder de

su mirada hambrienta mientras me miraba hacia abajo me dijo

mucho más de lo que hubiera querido saber sobre él.


“Bienvenida Lila”. La líder del grupo se llamaba Grace, y a juzgar

por su expresión petulante, pero tranquila, no podía imaginar a nadie

como ella que hubiera caído en esto, pero Kenny me había prometido

que todos en el grupo serían como yo. “¿Te sientes cómoda

diciéndonos por qué estás aquí?”

No me sentía cómoda con nada de esto, y como inspeccioné la

puerta otra vez, mi conciencia combatió el impulso ardiente dentro

de mí de largarse en la noche y nunca mirar hacia atrás. “Uh…” Bajé

la vista hacia mis manos, una mezcla de vergüenza y malestar

quemaba mis mejillas. “Supongo que estoy aquí para intentar salvar

mi matrimonio”.

Grace asintió, y al mirar al mar de rostros delante de mí, vi unos

cuantos asentimientos más. Eso no me dio mucha confianza, pero

me tragué mi orgullo y me zambullí.

“He estado engañándolo desde antes de casarnos”. Admití. “Y no

sólo una o dos veces, sino todo el tiempo”, dije. “En nuestra boda

tuve sexo con todos los padrinos antes de decir nuestros votos, y en
la recepción me cogí a mi suegro en el… ¿Puedo decir eso? ¿Qué me

cogí a alguien?”

Ahora le tocó a Grace sonrojarse, y me pregunté una vez más

cuan corrompida podía estar alguien como ella. “Di lo que quieras

decir para sentirte cómoda Lila”.

Una leve y embarazosa sonrisa se me dibujó en las comisuras de

la boca. Pero rápidamente se desvaneció cuando recordé que todos

me estaban mirando como una manada de lobos hambrientos. “Así

que, de cualquier forma”, continué, “tuve sexo con mi suegro en la

recepción de la boda. Creo que eso no es exactamente un buen

comienzo para un matrimonio”.

“No estamos aquí para juzgar, Lila”, me dijo Grace. “Todos hemos

estado ahí, y algunos de nosotros todavía lo estamos; luchamos para

superar nuestros demonios interiores”.

“Ni siquiera sabía que tenía demonios”, admití. “Quiero decir,

claro, siempre amé el sexo. Incluso antes de saber qué era, solía

masturbarme sin parar porque no podía tener suficiente de esa


sensación maravillosa cada vez que me corría. La descontrolada

sensación de libertad y liberación, la realización de ese pequeño y

sucio secreto… siempre me encendía. Entonces, comencé a tener

sexo y una vez que empecé, sólo quería más y más y más, cada día,

todo el tiempo”.

“Y Kenny y yo, ese es mi esposo, Kenny”, expliqué. “Kenny y yo

hemos estado juntos desde que nos encontrábamos en la secundaria.

Nos separábamos de vez en cuando porque yo sólo quería más, pero

él siempre me perdonó y me aceptó de nuevo porque decía que no

podía vivir sin mí. Dijo que una vez que estuviéramos casados y

tuviéramos hijos, me establecería, pero no ocurrió así.

“Quiero decir… sin importar cuan duro lo intenté, no pude parar.

Me despierto en la mañana y me digo a mí misma que hoy es el día

en que voy a hacer las cosas bien, pero entonces veo a alguien en la

tienda de comestibles y sólo quiero follar y… luego todo se

descontrola a partir de ahí y vuelvo al punto de partida”.

Ellos asentían otra vez, casi la mitad de las personas en la

habitación silenciosamente acordaban con todo lo que decía, como si


hubieran estado allí. Mi mirada se detuvo en un hombre mayor

vestido con un impecable traje gris, sus penetrantes ojos azules se

reunieron con los míos, casi respondiendo a la bestia dentro de mí

con su propio aullido primordial de lujuria. En aquel momento todo lo

que podía pensar era que la cosa rasgaba aquel pulcro traje de su

cuerpo como un animal rabioso y alimentaba mi necesidad con su

caliente y desnuda carne.

Me aclaré la garganta y miré hacia otro lado, bajé la mirada hacia

mis manos durante un momento antes de seguir. “Amo a mi esposo.

Es mi mejor amigo. Él ha estado ahí para mí en momentos que

habrían desgarrado a otro hombre, pero si no logro mantener esto

bajo control, él va a dejarme. Va a tomar a nuestros hijos y dejarme,

y me quedaré sola”.

Podría parecer una pequeñez para otra persona, pero al final ese

era mi mayor miedo: estar sola. No sólo la soledad, sino el estar sin

Kenny porque realmente lo amaba.

Grace estaba hablando de nuevo. Realmente no pude escuchar lo

que estaba diciendo porque mi cabeza daba vueltas con la recurrente


comprensión de que si no hacía algo para tratar de arreglar esa parte

de mí que estaba rota, iba a perder todo lo que tenía. Mi marido, mis

hijos, mi vida…

Era lo único que pensaba cuando hice mi camino de vuelta hasta

mi asiento y traté de esforzarme en escuchar a los otros adictos

confesar sus crímenes.

No podía concentrarme, por más que lo intenté. Todo en lo que

podía pensar era en aquel destello de fantasía que ardía dentro de mí

cuando nos miramos a los ojos con el señor del traje gris. Mi

imaginación corrió de manera salvaje con pensamientos acerca de su

fuerte boca sobre la mía, su suave y húmeda lengua entre mis labios

mientras sus itinerantes manos frenéticamente me subían la falda

alrededor de mis caderas y de un tirón apartaba mis bragas para

llegar a la humedad, esperando el premio entre mis muslos. Casi

podía sentir su polla dentro de mí, abriéndose paso entre los pliegues

doloridos de mi coño mientras se apresuraba hacia arriba para

llenarme hasta que lloraba y suplicaba por la dulce liberación del

infierno y el tormento de aguantar.


Habían pasado seis semanas desde que había estado con un

hombre, y ese último hombre había sido mi esposo. Él había sido

reacio a ceder entonces, jurando que sólo estaba alimentando a la

bestia dentro de mí que necesitaba ser negada hasta que finalmente

muriera de hambre. En realidad no pensaba que eso fuera a

funcionar. La bestia era muy fuerte, y aunque había estado

alimentándola con un consolador e induciendo orgasmos y salvajes

fantasías tan a menudo como podía encontrar un momento a solas,

no fue suficiente.

Además, ¿cómo podría sobrevivir nuestro matrimonio sin

intimidad?

No conocía las respuestas, pero sí sabía una cosa. Necesitaba una

polla. Una gran polla, una polla pequeña, una polla gorda o una

delgada… no importaba. Si no me follaban y rápido, iba a explotar y

no de una manera con la que me sentiría bien.

Estaba inquieta en el asiento, el chirrido de la silla de metal

debajo de la piel desnuda de la parte posterior de mis muslos y los

pies raspando sobre el suelo lo suficiente como para atraer la


atención de las dos mujeres sentadas al final del pasillo. Ambas eran

bastante atractivas, y me imaginaba el toqueteo de sus manos

hambrientas sobre mi cuerpo, la palpación de sus dedos y sus bocas

ansiosas, escalofríos de necesidad pinchaban mi piel. Necesitaba

bajarme.

Miré hacia la puerta de la habitación y luego al reloj. No había un

límite de tiempo en las reuniones, al menos eso es lo que nos habían

dicho por teléfono. Tal vez podría irme antes de tiempo,

engancharme con alguien en el bar que había visto a dos cuadras y

llegar a casa antes de que Kenny siquiera note la diferencia. Miré

hacia la puerta de nuevo, y entonces escuché la charla del grupo que

estaban recitando juntos su mantra, mientras cedían el control de

sus deseos a un poder superior y pedían a ese poder que les conceda

la fuerza para seguir adelante un día más.

Y entonces empezaron a dispersarse, mezclándose cerca de la

mesa de refrescos mientras yo estaba sentada y pegada a la silla y

tratando de averiguar cuál sería mi próximo movimiento. ¿Tendría

tiempo para ir a ese bar camino a casa, bajarme en la caseta del


baño y calmar las contorsiones y gritos de la bestia hambrienta

dentro de mí? La picazón en mi sangre era insoportable, y estaba a

punto de romper la puerta cuando una profunda voz masculina se

acercó a mi izquierda.

“Crema y dos de azúcar”, el dijo. “Nunca me equivoco, pero hay

una primera vez para todo”.

Miré arriba y por encima de mi hombro. El hombre del traje gris

estaba junto a mi silla. Sostenía dos humeantes tazas de espuma de

poliestireno, una de ellas extendida hacia mí.

Extendí la mano a regañadientes, tomando la taza de café.

“Crema y dos de azúcar”, asentí con la cabeza y me la llevé a los

labios. Un agridulce calor tocó mi paladar, y aunque no era

exactamente la más sabrosa taza de café que hubiera probado, su

don para adivinar mi preferencia me intrigó. “Es un gran talento ese

que tienes”.

“Soy muy sociable”, contestó. “Un vendedor, en realidad. Mi

trabajo es saber lo que la gente necesita incluso antes de saber que


lo necesiten. Por desgracia no puedo controlar lo terrible que está

este café, pero espero que el gesto haya sido bien recibido”. Hizo una

pausa por un momento y luego me tendió la mano. “Frank”, dijo.

“Lila”.

El calor de su piel parecía intensificar el zumbido de un hambre

eléctrico a través de mi cuerpo, y aunque tenía que haber alguna

extraña conexión psicológica, el hecho de que él me recordó a mi

suegro hizo que la conexión se sintiera más fuerte.

Su sonrisa era casualmente seductora, un tigre sonriendo y

escondido entre las hojas oscuras de una selva peligrosa. Me

pregunté, cuando levanté la cabeza para mirarlo, ¿qué tan preciso

era su don en realidad? Podría sentir lo mucho que necesitaba ser

follada, o era yo en tan mal estado que estaba dispuesta a leer cada

signo como si fuera un posible vamos.

“Grace me dio un codazo en tu dirección, ha mencionado que

podrías estar buscando un patrocinador”.


“Un patrocinador”, asentí. “Claro, sigo siendo muy nueva para

todo esto. ¿Qué hace exactamente un patrocinador?”

“Te apoya en tiempos de necesidad, un oído cuando nadie más

parece entender por lo que estás pasando, un hombro…”

Tomé otro sorbo de café de mi taza, y mi cara debe haber

mostrado cuan amargo sabía, porque la sonrisa de Frank se

ensanchó y dio un paso atrás para mirar por encima del hombro

hacia el reloj de pared. “¿Te gustaría venir a sentarte a tomar una

taza de café conmigo? Hay un pequeño café a una cuadra de aquí”.

“No lo sé”. Internamente, quería más que sólo un café de Frank,

pero mi conciencia estaba todavía allí, bajo la superficie. “Se está

haciendo tarde, probablemente debería volver a casa”.

Frank asintió lentamente, la punta rosada de su lengua

lentamente humedeció su labio inferior. “Entiendo, no es fácil abrirse

a nivel personal. En primer lugar, el venir aquí fue probablemente

una de las cosas más difíciles que hayas hecho nunca. Te diré qué”,

empezó a decir, metiendo la mano en el bolsillo interior de la


chaqueta del traje. “Voy a darte mi tarjeta, y después de haber

tenido un par de días para pensar en todo, me llamas y podemos ir a

tomar un café”.

“Gracias”. Tomé la tarjeta y la sostuve en mi mano, los dedos

frotaban la cartulina lisa, la superficie elevada de su nombre. Eché un

vistazo a las letras, FRANK HARDING. “Voy a pensarlo”.

“Bien”, asintió. “Espero oír de ti”.

No quería que se alejara, pero lo hizo. Quiero decir, realmente,

¿qué se supone que un adicto al sexo en recuperación le deba decir a

otro? Especialmente uno que obviamente había estado en

recuperación lo suficiente como para ser considerado un patrocinador

responsable. Dudaba que si le preguntara si quería follarme las cosas

irían bien. Me agaché para recoger mi bolso del suelo y me puse de

pie. Analicé la habitación por última vez, sin estar segura de si

alguna vez me dejaría volver, incluso si hacerlo significaba salvar mi

matrimonio. Una parte de mí ama demasiado la emoción como para

nunca dejarlo.
Me abrí paso a través de la desapercibida multitud y salí al aire de

la noche. La brisa refrescó mi piel enrojecida, acariciaba mi pelo

como la mano de un amante. Caminando hacia el estacionamiento, la

adicta dentro de mí quería volver corriendo al edificio y ceder a la

petición de Frank de ir a tomar un café. Quizás no era un muy buen

patrocinador… tal vez pueda convencerlo para que me diera lo que

necesitaba.

“Es un montón de mierda”. El sonido de esa voz me sobresaltó, y

casi se me cae el bolso en mi prisa por agarrarlo contra el pecho.

“Toda la cosa del grupo de reunión, es una pérdida de tiempo”.

La sombra que habló se apoyó en mi coche, y aunque no pude

distinguir ni decir si lo conocía del interior, cuando se paró en toda su

estatura, me di cuenta de que era increíblemente alto y desgarbado.

“¿Disculpe?”

“Las reuniones… son un desperdicio. He estado viniendo aquí

durante años y nunca me han hecho ni una maldita cosa buena”.


“Oh…” Di un tentativo paso hacia el auto, una parte de mí se

hallaba emocionada por la perspectiva de este extraño en la

oscuridad. “Ésta es mi primera vez”.

“Lo sé”, él asintió. “Lila”. Agregó. “Lila, cuyo esposo la hizo venir

aquí”.

“No recuerdo haberte visto adentro”.

Estaba a sólo unos metros de distancia de él, pero todavía se

encontraba envuelto en las sombras, el escaso resplandor naranja de

las luces de la calle y las luces de algunos coches apenas fueron

suficientes para iluminar sus características.

“Nunca nadie lo hace”, dijo. “Y me gusta de esa manera. Me

mantiene… honesto”.

“¿Cómo te llamas?”

“¿Importa?”

Ahora estaba a pocos centímetros del misterioso desconocido y

casi podía distinguir sus rasgos. Tenía los pómulos fuertes y una
nariz larga, pelo negro y lacio que descansaba sobre sus hombros. Lo

vi encogerse de hombros y entonces se puso de pie y se alejó del

coche.

“Vamos a algún lugar”, dijo.

Una alarmada voz, cargada de culpa, fastidiaba en mi interior, una

voz que sólo recientemente había comenzado a escuchar.

Extendió su mano y agarró la mía dirigiéndome hacia él, mientras

se acercaba a la luz. Un par de impresionantes ojos verdes se

abalanzaron sobre mí, no sólo estaba dispuesta a complacer, sino

que silenciosamente comandaba mi bestia interior para responder al

llamado de la naturaleza.

“No debería”, protesté.

“Pero lo harás”.

¿Cómo era posible que supiera eso? Al menos que él fuera como

yo… alguien que entiende exactamente que se siente el necesitar

algo desesperadamente, sólo para que te sea negado. Sin mediar


palabra, lo seguí a través del estacionamiento hasta su auto,

sabiendo que deslizarme en el asiento del pasajero de un extraño era

un movimiento peligroso. Él me abrió la puerta y esperó a que

estuviera en el interior para cerrarla. Al menos el extraño era un

caballero.

Detrás del volante no me miró, hizo marcha atrás y giró a la

izquierda por el callejón. Evitó las principales calles de la ciudad, y

finalmente giró por una calle lateral que daba a una calle trasera. Sin

que las luces se derramaran en el interior, quitó su mano de la

palanca de cambios y la puso sobre mi muslo desnudo. Su palma era

cálida, ligeramente humedecida por el sudor de la ansiedad, que

calentaba mi piel fría mientras se movía lentamente hacia arriba y

me levantaba la falda a su paso.

Era difícil para él conducir con su mano llegando

desesperadamente entre mis muslos, por lo que atravesé el espacio

entre nosotros y rápidamente desabroché su cinturón. Giré y abrí el

primer botón de sus vaqueros y sentí como se levantaba su polla

contra mi mano mientras le bajaba la cremallera. Inhaló con los


dientes apretados mientras mi fría mano se envolvía alrededor del

caliente y rígido eje, y empecé a acariciarlo suavemente mientras

conducía.

El interior del coche era estrecho, de lo contrario me habría

inclinado y chupado su polla para mantenerlo queriendo más. En su

lugar, seguí acariciándolo, esperando como el infierno que él supiera

a dónde iba y que tuviera planes para llegar rápido allí. El suave

resplandor verde de las luces del tablero ofrecieron la iluminación

suficiente para ver su expresión facial, la excitación en sus ojos

creciendo, su boca apretada y luego jadeando mientras se deleitaba

con el tira y afloja constante de mi mano.

“Oh sí”, murmuró. “Apriétame, apriétame rápido y duro”.

Incluso con la cremallera hasta abajo era difícil tener acceso a su

longitud completa, cosa que me excitaba más de lo quisiera expresar

con palabras. Él era definitivamente proporcional para un hombre tan

alto. La entrepierna de mi ropa interior estaba húmeda y pegajosa

por la necesidad, si no se detenía pronto y me follaba, iba a volverme

loca.
Su propia necesidad debe haber sido más de lo que pudiera

soportar porque cuando estábamos a kilómetros de la civilización en

algún polvoriento camino de tierra, pisó los frenos y se estacionó

junto a un antiguo cementerio bajo a un dosel de árboles sin hojas.

Ni siquiera se abrochó los pantalones cuando salió del coche, y en el

instante en que me encontré con él en el parachoques delantero, me

agarró de la nuca y me barrió con un beso hambriento y poderoso.

Suave, húmeda, cálida… su lengua se deslizó y se puso rígida

contra la mía en una danza ritual tan primitiva que sólo los animales

pueden entender. Sus brazos se apretaron contra mi espalda, sus

dedos largos deslizándose por mi culo y agarrando el dobladillo de la

falda. Él la subió de un tirón casi violento y luego ubicó sus

antebrazos en las mejillas de mi culo para levantarme contra su

ingle. Incluso a través de mi ropa interior, podía sentir su dura polla

subiendo a mi encuentro, suplicando desgarrar más allá de la capa

fina de algodón que separaba nuestros cuerpos.

Me puso de espaldas contra el capó del coche, el metal caliente

calentaba mi piel contra el frío aire de la noche, entonces se


posicionó entre mis piernas. Sus dedos ansiosos envolvieron el

elástico de mi ropa interior y de un rápido tirón los llevó a mis

rodillas y luego los dejó colgando de mis tobillos. Levantando mis

piernas alrededor de sus caderas, me subió sobre el capó y luego se

abalanzó sobre mí con tanta fuerza que sentí el aire abandonar mis

pulmones en un suspiro casi doloroso.

Palpando la abultada cabeza de su polla en mi resbaladizo

agujero, me acercó más, y en voz baja supliqué. “¡Fóllame!”

“Sí”, gruñó penetrando los suaves pliegues de mi hambriento

coño. “Estás tan húmeda”, me estiró y penetró profundamente.

Grité de felicidad, levantando mis caderas para tomarlo bien

profundo. Dios, se sentía increíble, entrando y saliendo, sus pesadas

bolas justo encima de mi culo con cada empuje impaciente. Estaba

goteando, mis jugos cubrían su saco y se esparcían en gotas frías

contra mi piel cada vez que él se movía contra mí.

Todo el miedo y la ansiedad que había acumulado en estos meses

se habían ido, y en ese momento me sentí viva de nuevo. Yendo al


encuentro de sus embestidas, era yo misma otra vez, la mujer que

siempre había sido, y que en el fondo siempre quise ser. En ese

momento no me importó si estaba mal, si estaba rompiendo la

promesa hecha a mi esposo, renunciando a todo lo que había jurado

poner en orden para salvar mi matrimonio. Esa polla extraña se

sentía tan bien en mi interior, la acariciaba, exprimiéndola con mis

músculos, y si acelerara el ritmo y me cogiera un poco más rápido no

me tomaría mucho tiempo llegar.

“Jódeme duro”, le supliqué. “Más rápido”.

Retrocedió rápidamente y golpeó con fuerza, mi culo rebotando en

el capó de su coche con la violencia de cada embestida. Bajo mi

blusa pude sentir mis pezones endurecerse a causa del frío y de la

emoción de lo que estaba haciendo. No sabía nada de este hombre,

ni siquiera su nombre. Él podría ser un asesino en serie por todo lo

que sé, pero eso sólo me excitaba más.

“¿Te gusta eso, putita sucia?” gruñó, golpeando y empujando

hasta el fondo y hacia arriba antes de enviar sus caderas hacia atrás

y empujar de nuevo. “Te gusta ser follada”.


“Amo ser follada”, grité.

Su pecho se aplastó contra el mío y cuando su barbilla raspó mi

mejilla me estremecí sintiendo escalofríos por todo mi cuerpo. “Voy a

joder tu culo hasta que grites”.

“¡Sí, jode mi culo! ¡Folla mi culo duramente!”

Se deslizó fuera de mí y me agarró por la camisa, maniobró de

manera violenta hasta que quedé boca abajo sobre el capó del coche.

Levantó bien alto mi trasero y tan pronto como sentí el pinchazo de

su cabeza dirigiéndose hacia mi culo, me apreté en ansiosa

anticipación. Estaba empapado con mis jugos, pero aún así él se

escupió los dedos y los untó en torno a mi agujero para lograr una

lubricación adicional. Hacía siglos que no tenía mi culo escariado, y

una vez que comenzó su camino empujando hacia esa caverna

apretada, mis ahogados gritos de emoción quedaron atrapados en mi

garganta.

Trabajó lentamente, cada pequeña presión aumentaba mi

felicidad. Ni siquiera podía recordar la última vez que había tenido


una polla tan grande en mi culo, pero se sentía bien. Facilitaba su

entrada con cada golpe hasta que me aflojé lo suficiente para que

realmente me jodiera, me agarré al limpiaparabrisas mientras

martillaba hacia dentro y hacia fuera. Mi mejilla estaba presionada

contra el metal frío, el gélido aire se precipitó contra mi piel, pero

nada fue suficiente para enfriar el fuego que ardía dentro de mí.

Cada vez que me llenaba hasta la empuñadura me estremecía y mis

mejillas rebotaban debido a la fuerza de sus caderas, y luego se echó

hacia atrás otra vez para otro Grand Slam.

Yo no pensaba en el grupo de adictos sexuales, o en mi promesa

para tratar de resolver cualquier problema sexual, que obviamente

tenía, pero sí pensé en mi marido. Destellos fugaces de sus tristes

ojos marrones surgieron en mi mente, estimulando suaves pulsos de

culpa que deberían haberme detenido. Por el contrario, parecía que

sólo me excitaba más, como si el saber lo que estaba perdiendo

fuera suficiente para hacerme llegar.

Con sus manos en mi cadera, sus largos dedos hábilmente

empezaron a hacerme cosquillas y a acariciar mi clítoris. Corcoveo


bajo su estimulación, la abrumadora y emocionante excitación se

construía en mi estómago y prometía explotar por todo mi cuerpo

como fuegos artificiales del Cuatro de Julio.

“Justo ahí”. Rogué. “Oh sí, justo ahí”.

El buceo de sus dedos, rivalizaba con la perforación de su polla en

mi culo y el cepillado de su pulgar bailaba deliciosamente a través de

mi hinchado clítoris. Cuando las ondas calientes de la liberación

comenzaron a atravesarme, tomó su ritmo, enviando a casa cada

orgasmo como un martillo, con poder y precisión.

“Me voy a correr”, dijo, su cuerpo tieso con el inicio de la

liberación. Con pequeños espasmos y bruscas sacudidas, salió de mi

culo y se pasó la mano alrededor para acariciarse a sí mismo hasta

que una caliente inundación de chorros de semen brotó de su

púrpura e hinchada cabeza. Él pintó mi culo desnudo y mis muslos

con su semilla, sacudiéndose y golpeándose a sí mismo hasta que el

último y largo chorro de semen roció mi piel.


Por un momento, se quedó detrás de mí recuperando el aliento,

su agotado pene todavía estaba medio duro en su mano. Me quedé

allí sobre el capó, disfrutando del lento retroceso de los escalofríos

del placer mientras bailaban sobre mi piel. Pronto, la culpa vendría,

pero por el momento me sentía increíble. Tan viva, un lento incendio

que arde lentamente en la cúspide de cada parpadeo, pero por el

momento lo único que importaba era ese fuego.

Nunca iba a superar, lo que sea que me llevó a hacer las cosas

que hice, no cuando la sensación era tan intensa. No cuando el sólo

pensamiento de las manos de un extraño por todo mi cuerpo me

enviaba a un cercano orgasmo.

Regresamos al estacionamiento en silencio, y mientras sentía la

culpa atravesarme, sólo me pregunté por instante qué estaría

pensando él. ¿Tendría una esposa en casa que nunca entendería lo

que había hecho, o la necesidad que lo obligó a buscar el contacto de

alguien, cualquiera, era que buscaba correrse? No le di las gracias ni

las buenas noches cuando salí de su auto y eché un vistazo alrededor

del estacionamiento. Había sólo un coche además del mío, y por un


momento me sentí aliviada de que no fuera mi marido viniendo a

averiguar qué me estaba tomando tanto tiempo para volver a casa.

Él se alejó, casi tan pronto como había cerrado la puerta, y

caminé con piernas temblorosas hasta mi coche, que me estaba

esperando. Oí el sonido de una puerta golpearse y eché una mirada

al otro lado de la calle, justo a tiempo para ver a alguien que salía

del edificio de la comunidad. Frank Harding se encontró con mi

mirada, y por un momento juré que lo sabía. Antes de que me

siguiera al estacionamiento con una completa ayuda de juicio, me

metí en el coche, lo arranqué y salí rápido del estacionamiento como

un murciélago salido del infierno.

El reloj del salpicadero marcaba las diez, de repente mi

imaginación hizo equipo con el miedo de que Kenny estaba en casa

caminando y en medio del conteo de todos los males que alguna vez

hubiera hecho para que él pudiera echármelos en cara en el

momento en que atravesara la puerta.

Pero cuando entré silenciosamente en la casa, lo vi dormitando en

el sofá, en la televisión pasaban un documental. Apenas levantó su


cabeza para sonreírme, haciendo un gesto con una mano hacia

nuestro hijo de dos años que dormía sobre su pecho.

“¿Un poco de ayuda, quizás?”

Asentí y en puntas de pie me metí en la sala, recogí al bebé y lo

abracé contra mi pecho, mientras lo llevaba de vuelta al pasillo para

ponerlo en su cama. Después de darle un beso en la frente, lo tapé

con la manta, y caminé lentamente a enfrentar las consecuencias

que seguramente me esperaban. Me paré al final del pasillo, no

queriendo acercarme mucho por miedo a que oliera mi pecado.

“¿Cómo te fue?” levantó una esperanzada ceja, y esos ojos

marrones que había imaginado juzgándome eran suaves, sólo con

una preocupación amorosa.

No lo merecía, y lo sabía, pero no podía dejarlo ir. No podría estar

sin él.

“Fue todo bien”, dije, asintiendo lentamente. “Fue un poco raro

supongo… pero estuvo bien”.


“¿Sí?”

Asentí nuevamente. “Sí”.

“¿Entonces piensas que volverás?”

Pensé en Frank Harding, no estando segura de que podría

enfrentar a un abstemio veterano sabiendo que él estaba al corriente

lo que había hecho, pero Kenny se veía tan dulce, tan lleno de

esperanza que lo menos que podía hacer por él en ese momento era

mentir. Lo entendería todo en la ducha, o en la mañana siguiente

una vez que hubiera dormido.

“Claro”, dije. “Volveré”.

“Bien”, casi se veía aliviado, como si hubiera esperado lo peor. Si

solo supiera, pensé…

“Voy a ducharme”, le dije. “Ese lugar se sentía sucio”.

“Ok”, él sonrió, realmente sonrió, y la culpa que no me permití

sentir mientras me follaban el culo en el capó del coche vino

corriendo hacia mí.


Pero sólo me alejé. Me encerré detrás de la seguridad de la puerta

del baño, me saqué la ropa y por un momento pensé en quemarla.

Sabía que no haría ninguna diferencia. No podría quemar lo que

había hecho.

A medida que me metí debajo de las perlas de vapor caliente,

apoyé la frente contra la pared de azulejos de la ducha y dejé que

mis pecados se fueran por el desagüe. No sabía si podría en realidad

regresar a ese lugar, enfrentar a esas personas, o potencialmente

correr hacia el extraño con el que había tenido relaciones sexuales

hacía menos de media hora.

Tengo mucho para pensar, mucho para procesar, y la mayor parte

de todo tenía que ver con cuánto de mí misma estaba dispuesta a

renunciar por el bien de la recuperación.

Fin