Está en la página 1de 6

Txt 37: “El populismo en la política brasileña”, Weffort

El texto comienza con una breve introducción del populismo en el que se describe a este
movimiento como una expresión de la crisis económica y, a la vez, de la crisis política de la
oligarquía. Esta crisis política abre un periodo de democratización del Estado basado en el
autoritarismo, esto explicado por la fragilidad de las clases urbanas dominantes para reemplazar a
la oligarquía en un contexto de emergencia de las clases populares que les presenta la necesidad
de incorporar a las masas en la política y, también, en el contexto de un país agrario al que se le
presentan posibilidades de un desarrollo capitalista nacional. Destaca los aspectos contradictorios
de los populismos, pero niega como explicación a estas contradicciones la idea de los liberales de
clase media y de algunos hombres de izquierda que plantea al populismo como un fenómeno de
carácter personal que se basa en el oportunismo de algunos líderes políticos que se basan en la
manipulación de las masas. Weffort destaca que si bien existe esta manipulación, no es absoluta.
Postula al populismo como una forma de organización del poder de los grupos dominantes, pero
también como una forma de ascenso de las masas, por lo que la capacidad de manipulación de las
mismas se ve potencialmente amenazada por su incorporación en la vida política.

La crisis de la oligarquía y las nuevas clases

Weffort se refiere a la revolución de 1930 como un punto de inflexión que abre la crisis del poder
oligárquico. Marca el inicio de una tendencia a la ampliación institucional de las bases sociales del
Estado, a partir del 30. En cuanto a los sectores que participan en la Revolución, se refiere a los
sectores populares diciendo que entran realmente en el juego de la política en las condiciones en
las que se instala el nuevo régimen, pero no que no tienen una participación real en la Revolución.
Sobre los sectores burgueses relacionados a la industria nos dice que si bien fueron los mayores
beneficiarios de este proceso, tampoco participaron activamente. Para explicar este punto se
refiere a lo que propone Celso Furtado, según el cual la reorientación de la economía hacia la
industria no se basa en una política consciente de industrialización, sino que es producto de
efectos internos de la crisis de la economía agraria que crean indirectamente las condiciones
favorables para este desarrollo.

Así, Weffort se centra en las clases medias (mayormente funcionarios públicos, militares y
profesionales liberales) como actor principal en la crisis oligárquica y marca la revolución del 30
como el punto culminante de la presión de este sector en búsqueda de garantías para el sufragio.
Menciona algunos antecedentes de su lucha política en los años 20 como campañas de opinión,
insurrecciones militares, la marcha de la Columna Prestes. Weffort marca una “dependencia
social” de las clases medias por la que no logran conformar una ideología propia y por la que
“jamás fue capaz de ser verdaderamente eficaz fuera de un cierto tipo de alianza con un grupo
situado en el interior mismo de la oligarquía”. Resalta el hecho de que la actividad económica de
las clases medias se encontraba principalmente en sectores subsidiarios de la estructura de la gran
propiedad agraria. Pero, además, también explica esta alianza con sectores de la misma oligarquía,
por una negativa de alianza con los sectores populares: si bien buscan y consiguen la simpatía de
las masas urbanas, no están interesados en su participación activa y de hecho, la Alianza liberal
busca prevenir un movimiento popular.

En este sentido, nos dice que la incorporación de las clases populares a la política dependerá del
curso de los acontecimientos y de la inestabilidad del nuevo equilibrio de poder. Por eso, el autor
define tanto a la revolución del 30 como a la posterior participación de las masas como cambios
promovidos “desde arriba hacia abajo”, lo que constituye “una de las condiciones históricas del
régimen y de la política populista vigente en los dos decenios siguientes”.

Sin embargo, Weffort niega la ausencia total de las masas ya que si bien no forman parte activa de
los movimientos de la clase media, “están presentes para cualquiera de las dos facciones en
conflicto como una presión permanente sobre el statu quo oligárquico.” Insiste en el hecho de que
las clases populares son tenidas en cuenta como un problema a resolver por las clases
dominantes. Para demostrar la actitud de la Alianza Liberal se refiere a lo mencionado en su
plataforma electoral en la que se busca transferir los conflictos sociales de la esfera policial a la del
derecho social y, además, cita un discurso de G. Vargas en el que se pone de manifiesto la
necesidad de atender a las necesidades del proletariado como medida conjunta al proteccionismo
a favor de la industria. Y finalmente destaca la importancia que tendrá la legislación laboral para
los trabajadores, como forma de expresión de su participación en la política.

Estado y clases populares

Después de mostrar algunos números sobre el porcentaje de participación electoral en las


elecciones posrevolucionarias, Weffort nos dice que la presencia popular no está dada tanto por
su participación en las elecciones, como por el hecho de que las formas de preservación del poder
pasan a estar impregnadas por la importancia de estos sectores. Y destaca el hecho de que tanto
bajo la dictadura de Vargas como en la etapa democrática del 45 al 64 su participación se da con
una escasísima autonomía, bajo la tutela de representantes de los grupos dominantes. Nos dice
también que la promoción de su participación no se da desde los grupos dominantes, sino que
surge como consecuencia de las condiciones en las que entra en crisis la oligarquía y la
incapacidad de los sectores de la Alianza Liberal de establecer sólidamente las bases del nuevo
Estado.

Así, postula que hasta el fortalecimiento de la figura de Vargas, se da un período de inestabilidad


marcado por las luchas entre los tenentes (los jefes militares) y los jefes de los sectores de la
oligarquía en la alianza. Los sectores más radicales de esta alianza se agrupan bajo la dirección de
L. C. Prestes en la Alianza Nacional Libertadora, mientras que los sectores de derecha forman el
movimiento “integralista”, de característica fascistas. Con la fallida insurrección del ALN en el 35,
Vargas logra consolidar su figura y, una vez establecida la dictadura en el 37, elimina al
movimiento integralista.

Weffort destaca para la comprensión de este período de inestabilidad el hecho de que si bien la
oligarquía como grupo político fue derrotada, todavía permanecía como un grupo fundamental en
el control de los principales sectores de la economía, con la exportación de café como elemento
central. Los grupos oligárquicos de la alianza son marginales en la economía de exportación. De
esta manera, el nuevo gobierno debe moverse “en un contexto complejo de compromisos y
conciliaciones entre intereses diferentes y a veces contradictorios.”, razón por la cual ninguno de
los grupos que conforman la alianza logra asegurarse una hegemonía política ni presentar sus
intereses como intereses generales de la nación. En este contexto de inestabilidad, se forman,
según Weffort, algunas de las características principales de lo que será el populismo brasileño: “la
personalización del poder, la imagen (mitad real y mitad mítica) de la soberanía del Estado sobre el
conjunto de la sociedad y la necesidad de la participación de las masas populares urbanas.” Al
desaparecer esa identificación de la clase política dominante y la clase económicamente
dominante propia del viejo régimen, “el jefe de Estado asume la posición de árbitro y allí se
encuentra una de las fuentes de su fuerza personal” y pasa a confundirse su persona con el Estado
mismo como institución. Así, la dictadura de Vargas consolida su poder personal y logra imponer la
soberanía del Estado.

Entonces, en este contexto de crisis al interior de los grupos dominantes, se produce el ascenso de
las masas en la política, constituyendo estas la fuente social de legitimidad y poder autónomo del
gobierno. Será el jefe de Estado quien controle la participación de las masas y en su papel de
árbitro, “tiende a optar por las soluciones que despierten menor resistencia o mayor apoyo
popular.” Así, Weffort asegura que la fuente de capacidad de manipulación de las masas de la
clase dominante es su propia debilidad como clase que, al incapacitarlos a legitimar su
dominación, los obliga a recurrir a intermediarios como Vargas y los líderes populistas de la etapa
democrática que puedan establecer alianzas con las clases dominadas. Entonces, marca como
límites del populismo, por un lado “el margen de compromiso que exista ocasionalmente entre los
grupos dominantes y su habilidad personal para resolver los conflictos como árbitro” y, a su vez,
“las masas populares, la presión que puedan ejercer y el nivel creciente de sus reivindicaciones”.

De esta manera se reitera la idea de que hay un condicionamiento doble: el ascenso de las masas
está condicionado por el Estado, pero el Estado está condicionado por las masas.

Por último, caracteriza a esta nueva forma de Estado como un Estado burgués sin que pueda
hablarse de una democracia burguesa tal como es concebida por la tradición europea, un “Estado
de Compromiso que es al mismo tiempo un Estado de Masas”.

Presión popular y ciudadanía

En este apartado Weffort discute la utilización de los conceptos de lucha de clase propios de la
tradición europea para Brasil u otros países dependientes y periféricos de América Latina. Propone
que siguiendo esta tradición y, entendiendo que una activa participación política implica una
conciencia común de intereses de clases, se llega a la conclusión de que todas las clases sociales
de Brasil fueron políticamente pasivas. Destaca el gran nivel de heterogeneidad y de marcadas
diferencias al interior de todas las clases sociales de Brasil y, particularmente, en las clases
proletarias o en vías de proletarización. Para estos sectores utiliza el término “masas populares”
como una forma de designar cierta homogeneidad en los sectores sociales más bajos y diferencia,
dentro de estos, a las masas populares urbanas.

Insiste en que mismo para este sector popular urbano, no se debe estudiar su comportamiento
como comportamiento de clases, tal como lo propone la tradición europea. Weffort propone que
las relaciones que estos sectores mantuvieron con el Estado y otros sectores sociales son
relaciones individuales cuyo contenido de clase no se manifiesta de manera directa, por lo que
defiende que el populismo debe ser estudiado desde sus relaciones individuales.

Para desarrollar esta idea toma como ejemplo la legislación laboral apuntando que esta va más
allá de un mero juego personal del jefe de Estado y que, una vez que su reglamentación pasa a
constituir una función permanente del Estado, se produce una transferencia al Estado del prestigio
del presidente ante las masas. Según el autor esta transferencia es clave en la política populista. Y,
así, explica que la manipulación populista es una relación ambigua: desde el plano político, porque
es a la vez relación de identidad entre individuos (entre el líder y los individuos de las masas dado
por el reconocimiento de la igualdad entre ellos que subyace en el reconocimiento de la
ciudadanía de las masas) y relación entre el Estado como institución y algunas clases sociales; en el
plano social, porque la legislación laboral constituye un mecanismo regulador de relaciones entre
ciudadanos y, a su vez, de relaciones entre clases sociales distintas. E insiste en que “en el
populismo, el rasgo característico de estas relaciones se encuentra en el hecho de que las
relaciones entre individuos de clases sociales diferentes tienen más importancia que las relaciones
entre éstas mismas clases concebidas como un todo social y políticamente homogéneo.”, en que
las relaciones de clase se manifiestan como relaciones entre individuos. Esto también lo
ejemplifica con el poco interés del político populista en una organización de las masas que no sea
otra que una forma de organización funcional al control de las mismas.

Posteriormente, destaca que la reivindicación de la ciudadanía de las masas no se da sólo en el


plano político, sino también en el plano social y económico, dado por los procesos de
industrialización y urbanización. Ejemplifica esto con números en el aumento del proletariado
industrial. Menciona particularmente el caso de las migraciones rurales que logran incorporarse a
la vida urbana en lo que se ha llamado una “revolución individual” a través de una “triple presión”
con formas individuales de presión: 1) presión por incorporarse a los empleos urbanos, 2) presión
por ampliar las posibilidades de consumo y 3) presión por la participación política.

Aquí destaca “otro límite a la idea de manipulación”, esto es, el hecho de que debe haber una
satisfacción aunque sea relativa de los intereses populares. De hecho, la manipulación entrará en
crisis: esta manipulación abre la vía a una movilización política popular cuando la economía urbana
agota las posibilidades de absorción de migrantes y de redistribución económica. “Es en esta fase
cuando la temática de las reformas estructurales comienza a hacerse popular.”

Concluye en que la mejor forma de referirse a las relaciones populistas es el de una “alianza
(tácita) entre sectores de diferentes clases sociales, en la cual la hegemonía coincide siempre con
las intereses de las clases dominantes, no sin dejar de satisfacer ciertas aspiraciones
fundamentales de las clases populares.”

El Estado en crisis

En ese apartado se centra en el período democrático que se abre en 1945, en el que las masas
aparecen libremente por primera vez en el escenario político. Esta democracia “tendrá como
sustento el mismo compromiso social vigente antes de 1945”.

Esta continuidad es ejemplificada a través del sistema de partidos que, con escasa autonomía
respecto al poder ejecutivo, se basaba “sobre dos grupos creados por Vargas al término del
régimen dictatorial”: el Partido Social Democrático (PSD) y el Partido Trabalhista Brasileiro (PTB). El
primero era la expresión de los sectores conservadores del sector agrario que lograron mantener
un control de la clientela de muchas áreas rurales. El PTB no tuvo gran eficacia en sus objetivos de
movilización popular, pero funcionó como un aparato personal de Vargas. Por otro lado, se
encontraba la Unión Democrática Nacional, de grupos urbanos de clase media que tomó una línea
opositora al sistema PSD-PTB y que se caracterizaría como un partido de derecha. También ser
refiere brevemente al retorno de Prestes como líder del Partido Comunista, pero comenta que una
vez que se declara su ilegalidad en el 47 pierde todo tipo de influencia.

Weffort caracteriza a este período como “la etapa en que se hace más claro el enfrentamiento
entre las fuerzas sociales en el gran compromiso que sirve de sustento al Estado y es también la
etapa en que ese compromiso entra en crisis”. En parte esto se debe a que la presión popular se
hace cada vez más fuerte, particularmente en los últimos años del período.

Weffort destaca que, a pesar de todos los cambios que se habían producido desde el 30, las
características generales de la estructura socioeconómica se mantuvieron. Esto lo explica por un
lado, por el hecho de que el desarrollo industrial no logró resolver las limitaciones impuestas por
el sector primario exportador por lo que tiende a debilitarse y, por otro lado, porque este
desarrollo industrial comenzó a depende cada vez en mayor medida de capitales extranjeros.

Según el autor, hay una emergencia de un movimiento popular con estilo nuevo y con nuevas
formas de acción. Algunos ejemplos de esto son: las huelgas frecuentes, la movilización de la
opinión pública sobre el tema de las reformas estructurales, la extensión de los derechos sociales a
los trabajadores del campo y la movilización de los campesinos para la organización sindical. Estos
últimos factores nos marcan el comienzo de movilización y manipulación de las masas rurales y
esto “significaba que se había iniciado el desplazamiento de uno de los elementos básicos de la
estructura de poder –la gran propiedad-, lo que el populismo nunca había osado intentar.”

Weffort concluye diciendo que “aún en la fase final del período democrático, el marco político
general continuó siendo el populismo.” Sin embargo, “mientras que en los años anteriores la
acción de los gobernantes no fue nunca más allá de optar, a través del juego de los intereses
dominantes, por la línea de menor resistencia popular, en esta nueva situación era el Estado el
que tenía la responsabilidad de resolver los intereses en juego. En tanto que en el período
precedente el proceso político creó a través del populismo –combinado con la relativa impotencia
de los grupos dominantes- la imagen de un Estado soberano, ahora era necesario que el Estado
probara su soberanía frente a esos grupos dominantes. La importancia política de las masas había
dependido siempre de una transacción entre los grupos dominantes, y esta transacción se
encontraba ahora en crisis.

Así, con Goulart el populismo adquiere una fragilidad tal que lo hace incapaz de controlar el
proceso de ascenso de las masas y la movilización cada vez mayor de estas hace que la derecha y
la clase media, los grandes propietarios y la burguesía industrial rompan el compromiso social en
el que se basaba el régimen.

También podría gustarte