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Respuesta crítica a Mario Liverani (1995) El Antiguo Oriente: Historia, Sociedad y Economía,

Barcelona, Crítica. Capítulos introductorios 1-2 y epílogo

Uno de los mitos más conocidos del pensamiento moderno es que el Cercano Oriente antiguo
(que debe incluir a Egipto) fue la cuna de nuestra civilización. En este sentido, los proyectos de
historia universal realizados en el siglo XX siempre colocaron al Cercano Oriente en la posición
de escenario de los primeros experimentos organizativos para una sociedad compleja, que se
vería en su forma más clásica en Grecia. Al hacerlo, otros espacios del mundo y otras épocas
quedaban afuera. En realidad, todo el pensamiento occidental moderno se ha basado en dos
principios: orientalismo y etnocentrismo, con una historia universal que tuvo al Estado como
protagonista y a Europa como espacio privilegiado.

¿Tiene algún núcleo de verdad este mito? Si bien en posición manifiestamente crítica al
orientalismo y etnocentrismo, Liverani parece pensar que sí, pues cree posible reconstruir una
cadena de transmisión hasta nosotros desde los fenómenos prístinos de Cercano Oriente. En
esa cadena, el eslabón cercano-oriental no es el originario, pues los previos fueron tan
esenciales como él en el desarrollo. Es más, en la imagen que finalmente Liverani proyecta, la
de una continuidad, de una cadena formada por eslabones y de un umbral para las sociedades
complejas (¿antes de las civilizaciones no hay complejidad?), el modelo moderno luce
incólume. ¿Es esto sólo lo que puede decirse en contra del etnocentrismo y su viejo proyecto
de historia universal de corte hegeliano?

Esta visión queda reforzada cuando Liverani menciona la forma de trabajo de la historiografía:
partir de las condiciones geográficas y ambientales para terminar en la ideología y la
imaginación simbólica, teniendo en cuenta una estructura donde todos los elementos son
interdependientes. El esquema es conservador, tanto o más aún que lo que él llama obtención
y publicación de nuevos materiales (arqueología y filología). Un lector inexperto creería que
ser historiador del Cercano Oriente antiguo es una actividad parcial o totalmente divorciada
del encuentro y lectura de tablillas cuneiformes o de papiros e inscripciones funerarias. De
hecho, esto ocurre con mucha frecuencia en países como Argentina, donde muchos
autodenominados especialistas no saben leer lenguas muertas. Un camino más atractivo para
la disciplina sería estimular en definitiva el aprendizaje de esas lenguas para que el estudiante
parta de la premisa de que esas sociedades del pasado remoto son demasiado diferentes de
las nuestras para que les inoculemos de entrada un pensamiento moderno. Es lícito
preguntarnos si un habitante de Siria en el siglo XVIII a.C. comenzaría por las condiciones
geográficas y ambientales a la hora de describir a su sociedad. Más aún, ¿lo haría un habitante
de la selva de Chiapas, México hoy en día? ¿Podrían el sirio antiguo y el indígena chiapaneco
pensar como un marxista?

Si el sentido de trabajar sobre Cercano Oriente antiguo fuese conocer los primeros procesos de
urbanización, carece de sentido mantener el surgimiento de la escritura como punto
cronológico inicial de la disciplina. Como bien dice Liverani, la escritura es sólo un momento en
un proceso más amplio. Pero sorprende que se mantenga así, más allá de la importancia que
sin dudas tiene el uso de textos. Y así sucede entonces que no se problematiza el hecho de
definir como núcleos centrales a las ciudades mejor trabajadas arqueológicamente hasta el día
de la fecha, y al resto se le denomina zonas intermedias o de frontera, donde la información es
menos numerosa, por más que se declare que nunca se les debe menospreciar. La elección del
núcleo central influye directamente en el tono de la narrativa histórica y en el conjunto de
metáforas a utilizar en su transcurso.
Por supuesto que conectar dataciones por C14 y dendrocronología y textos administrativos
datados no es cosa fácil. A esto hay que sumar las listas dinásticas y hasta textos astronómicos,
cuando se encuentran. Liverani explica correctamente que en Mesopotamia los años se
identificaban de tres maneras: epónimos (esto es raro para nuestra mentalidad, y una prueba
más de que estamos tratando con un mundo totalmente ajeno), es decir que se elegía a un
alto funcionario para que de su nombre al año (hay un pequeño problema con el nombre de
Asiria que Liverani no parece reconocer, pues sólo se habla de Asiria a partir de mediados-fines
del segundo milenio a.C., mientras que el sistema de datación se ha usado antes); nombres de
año, y número de año de reinado. Al ser fragmentarios todos los documentos de esa
naturaleza se hace difícil tener una cronología absoluta para largos periodos. Pero no estamos
tan mal. En el caso de la documentación de Mari, por ejemplo, se han hecho grandes esfuerzos
por clasificar cronológicamente la correspondencia del palacio real con funcionarios y
gobernadores, y así el periodo cobra sentido para algunos.

Es interesante el concepto de punto nodal, sobre todo para eliminar la falsa imagen de zonas
culturales homogéneas con fronteras étnicas bien delimitadas. En esos puntos se cruzarían
rutas de tráfico comercial, y a través de este movimiento de hombres y productos viajarían
influencias culturales, ideas, innovaciones tecnológicas, etc. También se menciona en este
punto, así como también en otros, la existencia de grupos móviles dedicados al pastoreo de
ovejas y cabras en gran escala. Este aspecto del Cercano Oriente es de gran importancia, pues
es un tema con frecuencia mal abordado por los especialistas, quienes suelen colocar a los
grupos pastoriles en la periferia de los procesos civilizatorios. Para ir un poco más allá de lo
dicho por Liverani, si los puntos nodales son múltiples y cercanos unos con otros, mejor pensar
en un mundo muy fluido en cuanto a las relaciones humanas. Así es mucho más fácil prescindir
en la práctica del concepto de frontera, que efectivamente está cargado de ideología. Aquí
conviene tener en cuenta que las simplificaciones de una realidad lingüística, cultural,
económica heterogénea sólo tienen sentido en el ejercicio del control sociopolítico, es decir
que sirven a los intereses del grupo que administra o gobierna (la figura retórica del caos más
allá del área controlada por un palacio es recurrente en los textos antiguos). Por debajo de la
élite dominante, no tenemos datos suficientes que hablen a favor de un paisaje social
compartido por todos. Obviamente es muy difícil en el campo de la asiriología hacer una
historia desde abajo.

Sorprende un poco que Liverani hable de una estabilidad climática en los últimos diez mil años,
pues se sabe que sí hubo cambios importantes, especialmente en el sur mesopotámico. No
obstante, es muy importante el aporte que hace sobre ecología y la creciente huella de la
actividad humana en el ecosistema.

No conviene acentuar, como sí lo hace Liverani, que la densidad poblacional fuese mayor en
las zonas de agricultura y que los grupos móviles no representaran grandes números. Hay
varios factores que condicionan esta imagen idílica, entre los que destaca la tasa de mortalidad
por enfermedades que surgen precisamente de la mayor densidad demográfica. Liverani
mismo reconoce esta realidad, pero su imagen general termina por ser la tradicional,
lamentablemente. Vale la pena resaltar, por el contrario, el énfasis puesto en la variedad
regional del desarrollo tecnológico y su dependencia del contexto social y político, aspecto de
gran importancia. No se puede pensar la metalurgia del bronce, por ejemplo, sin el aporte de
las grandes organizaciones que garantizaban el flujo de cobre y estaño, así como la instalación
de los talleres para su confección. No, no se trata de un mundo estático, inmóvil,
efectivamente.
En mi opinión, la valoración de un instrumento analítico como el marxista “modo de
producción” queda a criterio de cada uno. Liverani nos describe lo que en la disciplina
conocemos como modelo de los dos sectores, opuesto en principio al patrimonialista de corte
más weberiano. No me detendré a analizar este tema, pues depende en última instancia de la
tendencia teórica de cada uno. Sólo me gustaría llamar la atención sobre el hecho de que
ninguno de estos modelos parte del análisis mismo de los documentos originales, y que sólo
son útiles si contribuyen a esclarecer aspectos clave de ese análisis de las fuentes originales.
Nadie parte de cero en esto, pero tampoco tiene que partir del marxismo (a propósito, el
modelo de los dos sectores es básicamente Marx en los Grundrisse) o del pensamiento
weberiano.