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TINTA

“Una muerte inexplicable”


Carlota Suárez García
Título original: Tinta
1.ª edición: Enero 2017
Autorización de versión digital: Abril de 2017
Copyright © 2017 Carlota Suárez
TelA ediciones
ISBN: 978-84-617-5871-5
Diseño de la portada e imágenes interiores: © Manuel Persa
Fotografía de autora (solapa): © Marco Govel
Maquetación y diseño interior: © Carlota Suárez García
Impreso en Asturias (España) por SUMMA
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley y bajo los apercibimientos legalmente
previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea
electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra
sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.
Para Arturo, mi pareja, mi amigo, mi plomo en los bolsillos. Gracias por quererme y apoyarme, cuando
lo merezco y cuando no. Te quiero.
”The pen is mightier than the sword”
(La pluma es más poderosa que la espada)
Edward Bulwer-Lytton

ÍNDICE
JOAQUÍN 9
SOFÍA 15
PRIMER DÍA— 17
SEGUNDO DÍA— 29
TERCER DÍA— 43
CUARTO DÍA— 57
QUINTO DÍA— 69
SEXTO DÍA— 81
SÉPTIMO DÍA— 99
SOLEDAD 113
PRIMER DÍA— 115
SEGUNDO DÍA— 127
TERCER DÍA— 139
CUARTO DÍA— 155
QUINTO DÍA— 169
SEXTO DÍA— 191
SÉPTIMO DÍA— 209
BRUNO 233
PRIMER DÍA— 235
SEGUNDO DÍA— 249
TERCER DÍA— 259
CUARTO DÍA— 269
QUINTO DÍA— 281
SEXTO DÍA— 295
SÉPTIMO DÍA— 299
FLORENCIO 309
Agradecimientos 317
JOAQUÍN
(Prólogo)
M
e llamo Joaquín, soy forense y estoy devanándome los sesos para buscar la
manera de explicar lo inexplicable sin parecer un loco o un incompetente.
Causa de la muerte: ¡nadie se lo creería!
La sala, de forma rectangular y sin ventanas, se puede atravesar en siete u ocho
pasos, nueve si mides menos de un metro noventa o tienes las piernas cortas. Al fondo,
unos tres metros de meseta de acero inoxidable sobre la que descansa una báscula,
instrumental quirúrgico, tubos con tapones de colores y bandejas de contenido muy
atractivo para mí, pero quizá repugnante para una buena parte de la raza humana. Diría
que el ciudadano común se podría sentir aquí como mi viejo Nissan en el desguace de
Ramón, lo que personalmente no me parece tan traumático.
Ocupando el resto de la pared, que como toda la estancia ha sido alicatada en blanco,
un par de cajoneras y un fregadero completan el conjunto. En el centro, sobre una fría
mesa quirúrgica, mi puñetero problema. Una mujer joven y esbelta que debió estar
buena, cuyos grandes ojos azules parecen mirar una vieja lámpara de quirófano que no
pueden ver.
Nadie pensaría en los adjetivos “acogedora” o “cómoda” para describir una sala de
autopsias pero este cuchitril, con pinta de enfermería de plaza de toros, tampoco lo
parece. Pocos lo entenderían pero, si no fuera por el lío en el que me han metido,
estaría realmente cómodo en este antiguo almacén de material, situado en el sótano del
hospital comarcal. Lo han intentado habilitar para que resulte funcional y tengo todo lo
que necesito. Mientras doy vueltas alrededor del cadáver y sudo como un pollo, pienso
que lo único que me sobra es la tía de la camilla.
Prefiero trabajar aquí, donde nadie me molesta, que hacerlo en la sala número tres del
nuevo y ultramoderno Instituto de Medicina Legal, al que tendré que regresar en cuanto
se resuelva lo que el arquitecto ha definido como “pequeños problemas técnicos”.
Parece que la partida estratosférica destinada a la construcción y dotación del edificio,
no ha sido suficiente para contratar un buen proyecto de ventilación. Como
consecuencia, aquellos funcionarios cuyas oficinas se han trasladado al Instituto, llevan
dos meses —desde la misma apertura— conteniendo arcadas y quejándose de que les
huele a muerto.
Sólo trabajé allí unas seis semanas, pero me parecieron años. No soportaba escuchar
las quejas de aquellos gilipollas estirados que no deberían haber invadido nuestro
templo. Tanto el equipo de mi colega como el mío propio, nos habíamos mostrado
reacios a que fiscales, funcionarios y administrativos trabajaran encima de nuestras
cabezas pero claro, nadie escuchaba a los tipos del sótano. Ninguno de nosotros había
pedido una nave espacial como aquella ni mobiliario de diseño. Soy lo suficientemente
bueno en lo mío como para poder hacer una autopsia en una mesa de cocina y emitir el
informe sin usar un iMac ultrafino de veintisiete pulgadas.
Era legendaria mi falta de paciencia e incontinencia verbal, por lo que procuraba
guardar mis opiniones para mí y para el resto de ratas del sótano, como nos llamaban
los de arriba. Si no fuera así, habría gritado que olía a descomposición y podredumbre,
como en los plenos del ayuntamiento o las salas del congreso. Para colmo, habíamos
tenido que ser mi colega y yo los que nos marcháramos con nuestros respectivos
equipos. Desde entonces llevábamos una especie de trabajo itinerante en el que
estábamos usando, hasta que se resolviera el problema, algunas salas adaptadas o
mortuorios de hospitales y clínicas de la región.
Imagino a los almidonados de la corbata y a las equilibristas de los tacones, pegar
brincos de alegría cuando se corrió la voz de que las ratas del sótano nos largábamos
de allí. La Señorita Moneypenny —una “secretariucha” engreída que me había mirado
como si fuera un extraterrestre el día que me animé a invitarla a almorzar— no tendría
ya la necesidad de malgastar su carísimo perfume de Yves San Laurent, que utilizaba
como si fuera un puñetero ambientador.
Sigo dando vueltas alrededor de la camilla, compadeciéndome de mí mismo y de mi
mala suerte…
¡Manda huevos!, sin darme cuenta me he convertido en un Peter Pan cuarentón,
soltero convencido, inconformista y enganchado al tinte para el pelo. Me encanta mi
trabajo, al que dedico más tiempo del necesario —sin ser un freak como mi predecesor,
sobre el que aún circulan leyendas escabrosas— y hasta hoy jamás había tenido
problemas para cerrar un informe. ¡Hay que joderse!, no sé cómo voy a abordar el caso
de la Barbie castaña.
—¡Tiene que ser una broma, una puñetera y pesada broma! —digo en voz alta
mientras sigo caminando en círculos sin quitar ojo a la centrifugadora, a pesar de ser
consciente de que el resultado será el mismo que las dos veces anteriores.
Sé que sólo consigo dilatar el tiempo, aplazar el momento de emitir el informe definitivo
en el que tendré que explicar… ¡carajo!, no hay nada que explicar, no se puede explicar
lo inexplicable.
Me sobresalto al escuchar un ruido al otro lado de la puerta. Es el ascensor, que se
encuentra a pocos metros de la improvisada sala de autopsias, justo enfrente del
mortuorio del hospital. Seguro que algún pobre infeliz la ha cascado y el jefe de
celadores se encarga de su penúltimo paseo en camilla. Al momento, tres golpes secos
en la puerta rompen el hilo de mis pensamientos. —¡Mierda!, más vale que sea Jorge
que ha olvidado algo, porque maldita la gana que tengo de atender visitas—.
Precisamente mandé a mi asistente a casa antes de tiempo para que no hiciera
preguntas.
Tras pasarme los dedos por el cabello y colocarme un poco la bata, me dirijo a la
puerta y abro sin preguntar quién es. Al otro lado, una mujer joven me mira con gesto de
reconocimiento. No lleva bata ni “traje de faena”, viste unos jeans grises y una cazadora
de cuero. Me suena su cara, creo que nos conocemos pero no logro ubicarla.
—¡Joaquín, te la han asignado a ti! —exclama la joven de pelo rubio y corte a lo años
ochenta que me recuerda un poco a Marie Fredriksson, la cantante de Roxette—. No
sabes quién soy, ¿verdad?
—Pues… —contesto, dudando— ¡claro! eres la hija del doctor Morales, ahora caigo.
Perdona… ¿Soledad?, te llamabas Soledad, ¿no es así?—. En contra de todo
pronóstico, me relajo un poco y, por primera vez en horas, me olvido de la tía de la
camilla.
—Así es, me llamaba y aún me llamo —añade, guiñando un ojo—. Veo que tienes
buena memoria, aunque seguro que te acordarás mejor de Isabel Coronas.
—Jajajaja, Isa, Isa, inolvidable —río, recordando mi cita con la amiga de Soledad,
cuando ésta cursaba tercero de medicina y yo aún no peinaba canas, teñidas, pero
canas—. Tengo entendido que ambas trabajáis aquí ahora, pero supongo que no habrás
venido sólo a saludar.
—No, la verdad es que no sabía si te habrían asignado a ti el caso de la Pija… —
Soledad se avergüenza un poco, como si hubiera faltado al respeto al cadáver, y se
retracta de lo dicho— de Sofía de Castro. Estoy interesada en ella y he decidido probar
suerte.
—Pues sí, me ha tocado a mí “el muerto”, en este caso “la muerta” y créeme que no
estoy saltando de alegría —contesto, con la voz afectada de quien sabe que le ha caído
un buen marrón, mientras echo un rápido vistazo al informe preliminar, que acabará sin
duda en la destructora de papel.
—Te has puesto muy serio de repente Joaquín, ¿qué es lo que pasa?.
—¿Por qué no empiezas tú contándome quién era la Barbie castaña y por qué carajo
se ha convertido en el primer “Expediente X” de toda mi carrera?
A la mañana siguiente, después de haber dado vueltas toda la noche a mi
conversación con Soledad y tras consultarlo con la almohada y con mi buen amigo Jack
Daniels, firmo el informe definitivo de la autopsia y me centro en enterrar para siempre
mi experiencia con la Barbie Castaña. Por primera vez en toda mi carrera he tomado el
camino fácil, he renunciado a la verdad. Nunca tardaré tanto en olvidar a una mujer.
Causa de la muerte: Infarto agudo de miocardio.
PRIMERA PARTE
—”Si me preguntan por la composición de la tinta… sólo puedo pensar en aquel Valentino con
la espalda al aire tan sexy. Un manchurrón de tinta me lo estropeó para siempre.
¡Siete mil dólares en el contenedor de la basura!”
(Sofía de Castro Doe)
SOFÍA
P
ara qué voy a pecar de falsa modestia, soy divina, de algo tiene que servir
cuidarse como yo lo hago. Tengo veinticinco años y… bueeeeeno, vale, treinta y
uno. Pero conste que nadie lo diría, ni lo dice, de hecho.
Apenas tengo familia y si estoy a este lado de El Charco, es por Valeria.
Hace poco más de cuatro años que mis padres fallecieron en un accidente de coche.
Iban de camino a nuestra casita de Arrixaca, un pueblecito en la Manga del Mar Menor
en el que papá había pasado sus vacaciones infantiles, motivo por el que estaba muy
unido a aquel pedazo de tierra, a casi mil kilómetros de casa. Claro que cuando Leandro
de Castro vestía pantalones cortos, Arrixaca era un encantador refugio de pescadores y
artistas que invitaba a la tranquilidad, en lugar del enorme complejo vacacional para
horteras en que se ha convertido.
Era un veintiocho de diciembre, habíamos pasado juntos la semana de Navidad y yo
volaba de regreso a Los Ángeles, donde me encontraba haciendo un máster. Como
cada año, mi madre celebraría la mejor fiesta de Nochevieja de Arrixaca y alrededores,
por lo que los imagino a ambos ultimando detalles y repasando la lista de invitados,
cuando aquel camión los embistió.
Pasé unos meses tremendamente triste e incluso pensé que no me recuperaría, pero
al final lo hice y aunque desde entonces odio las fiestas navideñas, puedo decir que
acabé superándolo.
Puesto que había estudiado Derecho y acababa de terminar un postgrado en
economía —sólo mencionarlo me hace bostezar—, todos los conocidos de la familia
creían que continuaría con la actividad legal de mi padre, pero nada más lejos de mi
intención. Cuando regresé a Gijón de forma más o menos definitiva, decidí vender el
bufete porque aquel trabajo me resultaba asfixiante y aburrido. Sin embargo, debo
admitir que me están siendo muy útiles todos los conocimientos adquiridos en la facultad
para administrar sin dificultad la fortuna de mi familia. Mi actividad se basa
principalmente en gestionar, con ayuda de Brian, la empresa de mi difunta madre, que
es mucho más chic que un sobrio y rancio bufete de abogados.
Recuerdo que mamá —cuyos padres, originarios y residentes en Austin, nunca se
habían alejado más de trescientos kilómetros de su casa— siempre decía que lo mejor
que había hecho en su vida había sido casarse con un europeo y cruzar El Charco.
Al igual que yo, Catherine Doe no quiso continuar con el negocio familiar, a pesar de la
ilusión de mi abuelo —el señor Doe— por preparar a su única hija para dirigir la
petrolera. Cuando su progenitor le propuso que empezara a “dejarse caer” por las
oficinas e intentó llevarla a ver el funcionamiento de los pozos, a Cathy le faltó tiempo
para echar a correr e instalarse en la Ciudad de las Estrellas. Fue allí donde fundó su
propia empresa y conoció a mi padre, un joven abogado español que, buscando el
glamuroso Beverly Hills, había terminado en Ocean Park, al oeste de Santa Mónica,
perdido en un mar de surfistas y marihuana.
A pesar del cambio de residencia de Catherine, su firma de artículos de escritorio de
alta calidad ha estado asentada siempre en los Estados Unidos por temas fiscales.
Puesto que Brian —asesor de mi madre desde el principio y mío en la actualidad—, ha
sido siempre de la máxima confianza, una vez que se casó con mi padre, la ya entonces
señora de Castro, podía pasarse largas temporadas sin pisar el Downtown de Los
Ángeles, donde Ink On Paper ha tenido siempre su sede principal.
Mi madre, con un gusto exquisito, era la mujer más elegante que he conocido jamás,
aunque creo que a estas alturas, hasta ella estaría de acuerdo en que la he superado.
PRIMER DÍA
Gijón, 23 de Febrero de 2012
H
ace un par de semanas que llegué de los Estados Unidos. A día de hoy, casi
todo mi círculo de amistades se encuentra en Los Ángeles y paso más tiempo
en mi apartamento de Westlake que aquí. Desmond y Prince quieren que me
traslade definitivamente y no les ha gustado mucho la idea de que decidiera venir a
Gijón. Ambos tienen un cabreo considerable por no poder organizarme una gran fiesta
de cumpleaños con temática de los años veinte —Cielo, lo haremos en plan salón de
Atlantic City, será divino. ¡Stay here Sofi, come on!—. Se habían pasado toda la
semana anterior a mi partida insistiendo en que me quedara.
Estoy segura de que esas dos reinonas habrían organizado la fiesta del año —lo de
haber nacido un veintinueve de febrero les parece de lo más exótico—, pero no imagino
pasar mi cumpleaños de verdad, el que sólo ocurre cada cuatro años, sin Valeria. La
muy cabezota dice que no puede pedir días libres en esta época —¡será egoísta, la
próxima vez no vengo!— Algunas veces me planteo dar una alegría a mis amigos y
trasladarme definitivamente a los Estados Unidos. A lo mejor si lo mío con Robert
cuaja… No sé, mi actual novio es atractivo y tiene amistades interesantes, me encantan
las cenas que organiza y acompañarle en sus viajes relámpago, pero esas camisas tan
horteras que invaden su vestidor pueden conmigo. “Si tuviera un poco más de gusto
sería perfecto”.
No tengo hermanos ni tíos o primos, la única familia que me queda son mis abuelos
maternos, a los que apenas conozco, y mis amigos americanos, aunque divertidos y
alocados, no son Valeria. Ella ha sido siempre un apoyo fundamental para mí, aunque a
veces me desespere esa forma tan práctica de vestir, actuar, grrrr… ¡vivir!
Ahora me dirijo a la biblioteca donde trabaja mi mejor amiga, para recogerla e irnos al
teatro. Ella no lo supo hasta ayer y creía que íbamos al cine, que es lo que a mí me
gusta. Hasta compro en la misma tienda de productos ecológicos que Di Caprio y Jack
Webb.
—¡Hola Val! Vamos chica, cierra este antro, tengo el coche mal aparcado. —Preferiría
que mi amiga trabajase en una agencia de publicidad, una revista de moda o incluso una
tienda de ropa porque este sitio es horrible. Siempre está plagado de viejos, estudiantes
llenos de acné y frikis.
—Disculpe señorita, ¿podría hacer el favor de bajar el volumen?, aún faltan tres
minutos para la hora de cierre —me reprende un tipo con pinta de empollón y cara de
amargado.
“No te digo, aquí tenemos al friki número uno”.
—Claro, usted perdone. Venía a buscar a mi amiga y pensaba que era más tarde,
discúlpeme por favor, no era mi intención molestarle —le contesto, con una sonrisa tan
amplia como cínica. Cuando quiero puedo parecer tremendamente educada. “¿Tres
minutos? ¡hay que joderse!, no sé cómo Valeria puede aguantar a estos tipos,
¡puaaaag!”.
Mientras espero a que mi amiga apague los ordenadores y garabatee unas
instrucciones para su compañero —otro friki de cuidado—, me siento en una de esas
insulsas e incómodas sillas de madera de las que disponen todos los edificios públicos
aquí en España. Siempre he sospechado que el comprar los muebles más incómodos
del catálogo tiene como objeto que no permanezcas mucho tiempo sentado. Pues
conmigo lo han conseguido, desde luego. Jamás posaría mi fabuloso y trabajado trasero
en una de éstas, de no ser por el deprimente medio que Val ha escogido para poder
pagar su hipoteca y demás facturas. ¡Qué le voy a hacer!, tiene que haber gente para
todo y a ésta no hay quien la cambie.
Ya se va el raro de las gafas de carey —joder, justo a las ocho y media, seguro que lo
hace para putear—. Si yo fuera Valeria, le hacía la vida imposible a ese gili para que se
le quitaran las ganas de venir a darme la tabarra.
—Venga Sofi, cuando quieras
“¡Por fin!”
—Val tía, no podrías haber escogido un trabajo más cutre, ¡este sitio es horrible! —le
suelto sin poder reprimirme. “Mierda, no debí decirlo, sólo con verle el careto… cuando
frunce el ceño y arruga los labios de esa manera, malo”.
—Claro cielo, no debí rechazar todas esas apetitosas ofertas que me ofrecieron tus
amigos, lo sé, pero ¿dónde están todos ellos ahora, reina? —dice, mientras cierra la
puerta a nuestras espaldas.
“Tocada y hundida”.
Valeria tiene motivos para recordarme el pasado, pero me fastidia darle la razón.
Cuando los Riera y su círculo pensaban que me quedaría con el bufete de papá y por
lo tanto, con sus casos y clientes, me llamaban prácticamente a diario. Por aquel
entonces me enfadé muchísimo con Val por no querer aceptar la oferta de dirigir su
fundación, un puesto por el que cualquier licenciado en biblioteconomía y documentación
habría matado. Cualquiera menos mi querida amiga claro, que tiene la puñetera manía
de pensar que el conocimiento y lo que vale la pena está siempre en los sitios más feos
y la gente más rara.
Ya en la escuela era así de rarita y aunque creí que aquello cambiaría en cuanto
empezáramos a la facultad, el tiempo me demostró lo tremendamente equivocada que
estaba. Había pensado que el ambiente de una universidad privada y chic en Madrid
haría que se interesase por la moda, las tendencias y la estética, pero ni con esas.
Me costó muchísimo convencerla para que dejase que mis padres corrieran con los
gastos de su carrera y seguir así estudiando juntas, pero finalmente accedió. Ambas
habíamos ido a una prestigiosa escuela aquí en Gijón, donde había conocido a una Val
que vestía de rastrillo, pero yo pensaba que en la “uni” sería diferente. No tardé en
darme cuenta de que los estudiantes de derecho y los de biblioteconomía éramos muy
diferentes. Vamos, que se veía a la legua quién estudiaba qué. Además, el hecho de que
mi amiga accediera a que mi familia corriera con los gastos de las matrículas pero no
del alojamiento, dietas y demás, la llevó a trabajar en una cafetería para viejos ¡sirviendo
porras y churros! —“qué horror, andar por ahí oliendo a fritanga”— y a vivir en un
apartamento que compartía con tres alumnos más.
Volviendo a los Riera, el caso es que en cuanto vendí el bufete, desaparecieron y no
volví a saber nada más de ellos —“¡con lo que me gustaba asistir a todas esas
fiestas!”—. Fue a partir de entonces cuando empecé a pasar largas temporadas en Los
Ángeles y a supervisar in situ la promoción y marketing de la empresa de mamá.
Allí valoran de verdad mi elegancia y estilo. El mero hecho de que venga a España de
vez en cuando viste mucho. A la vuelta siempre me invitan a un montón de fiestas, para
interrogarme sobre las últimas tendencias y observar qué es lo que me he puesto ese
día con el fin de copiar mi look en cuanto tienen ocasión. Siempre procuro ver unas
cuantas películas españolas para poder comentarlo con la gente de la “industria” e
incluso en ocasiones, si Val puede coger un par de días o tres, nos vamos juntas a
Londres o París, “¿quién necesita a los Riera?”.
Salimos a la calle y puedo ver como Doña Perfecta tuerce el gesto al ver mi Audi en la
plaza de minusválidos, “menos mal que no me han multado, cualquiera la aguanta si lo
llegan a hacer”.
Hace dos meses que saqué por internet las entradas para El diario de Adán y Eva
porque a Val le apetecía ver una obra que al principio pensé que sería un real coñazo,
como todo lo que a mi amiga le suele gustar. Sin embargo, cuando me enteré de que
Ana Millán y Fernando Guillén Cuervo formaban parte del reparto, decidí darle una
sorpresa a Valeria. La televisión por cable es mi afición favorita y esos tíos salen
también por la tele, así que no podía ser muy aburrida.
—¡Qué ilusión me hace esto, Sofi! Ha sido una sorpresa muy agradable, cuando me lo
dijiste no te creía, pensé que iríamos al cine. No sabes la gana que tengo de ver la
adaptación de la obra de Twain, Miguel Ángel Solá es un gran director.
”¿Twain?, a ver si esto no va a ser tan divertido como esperaba…”
—Ese Twain es el tío que escribió el cuento de Tom Sawyer, ¿no?
—Sí Sofía, el mismo “tío” que escribió ese “cuento”.
—Val, de todos modos me debes una, así que la semana que viene vendrás conmigo a
ver Lo mejor de Eva —le digo—. Es curioso como, en “la Meca del cine”, todos
consideran fabuloso el hecho de consumir cine europeo.
—Y aún es más curioso que les guste tanto destrozarlo —contesta mi amiga, que
siente rechazo por todo lo americano—, recuerdo lo que hicieron con Abre los ojos.
—Vanilla Sky.
—En efecto, el gili de Tom Cruise va y dice que lo de Amenábar es una ópera y lo de
ellos un Rock and Roll. ¡Vamos, hombre! Lo de Amenábar es el original, una gran
película con un guión fabuloso y lo de ellos una vulgar copia.
—Ahí te doy la razón —le digo, mientras me rasco la mano derecha.
—¿Quieres parar ya, Sofía? —me reprende—, ¿cuántas veces te he dicho que
deberías de ir al dermatólogo a que te mire eso?
—Tantas como yo te he contestado que lo consulté varias veces y ninguna de ellas le
dieron importancia. Es una herida de guerra, un incidente de cuando era pequeña.
Apenas se ve, así que no creo necesario hacerme la estética, de momento —me quejo,
un poco aburrida de que me trate como a una niña—. Parece un lunar pero no lo es ¡y
mucho menos un melanoma, ceniza!
—Vaaaale Sofi, ya lo sé —se disculpa Val—, es sólo que ahora lo tienes hecho un
asco, ¿para qué te lo rascas así?
—Es que hasta hoy no recuerdo que me picase nunca tanto —respondo, retirando la
mano—, pero voy a acabar haciéndome una herida, tienes razón. Ya paro.
Arrixaca, 16 de Agosto de 1994
Aunque odiaba ir a La Manga en verano, sólo tenía catorce años y debía acompañar
a mis padres a nuestra casa de veraneo.
Esa tarde había quedado con May, una chica que vivía con su madre en uno de los
chalets cercanos al nuestro. A mis padres no les gustaba que fuéramos amigas porque
decían que, al ser mayor que yo, no teníamos los mismos intereses. Yo, en lugar de
discutir, optaba por quedar con ella en las mesas del acantilado. La zona recreativa
estaba a las afueras del pueblo, donde era difícil que nos vieran porque en aquella
época, todo el mundo prefería los chiringuitos de la playa.
Eran casi las siete. Sabía que mi madre no me prestaría mucha atención porque
estaba muy atareada preparando el cóctel de esa noche, así que aproveché la
situación y le dije que me iba a jugar un rato a la plaza. Cogí la bolsa azul celeste de
Snoopy, donde guardaba revistas, pipas y otras chucherías y me la colgué al hombro,
antes de pasar por la terraza que daba al jardín trasero para coger mi radio cassette.
Papá estaba en el Club de Golf y suponía que, como siempre solía hacer, regresaría a
casa justo para vestirse y bajar a recibir a los invitados, así que no había peligro de
que ninguno me descubriera.
May no era tan mayor. Entonces tenía dieciséis años —dos más que yo—, le
encantaban las revistas de chicos, vestía superguay y a veces ¡se maquillaba! Al
principio pensaba que mis padres sabían que mi amiga fumaba y por eso no querían
que nos viésemos, o a lo mejor porque llevaba los jeans rotos un poco por debajo del
trasero… hasta que oí una conversación entre mi madre y una de sus amigas, en la
que ponían verde a la madre de May. Les escuché decir que Alejandra era una chica
de dudosa reputación, que había bailado en un club muy conocido de la zona. Por el
tono que utilizó Candela —la mejor amiga de mamá— al pronunciar la palabra “club”,
pensé que poco tenía que ver con el Club de Tenis o el de Golf. Según ella, hacía
unos años que se había liado con un constructor muy conocido en el pueblo, que le
compró el chalet donde la bailarina —que ya no bailaba en el club—, vivía desde
entonces con su hija.
A mi madre y sus amigas no les debía de gustar como vecina y por eso en mi casa
no les hacía gracia que saliese con May, que era mucho más divertida que las chicas
de mi edad. En aquel pueblucho, las niñas sólo sabían correr y jugar a cosas raras,
como dar una patada a un bote para que una de ellas fuera a buscarlo y mientras
tanto, esconderse todas las demás, ¡menudo rollo! Echaba de menos a Valeria que, a
pesar de no tener nada que ver con May, resultaba interesante y divertida… a su
manera. Estaba deseando que empezaran las clases de nuevo para volver a verla.
Arrixaca era horrible. No había escaparates y la gente vestía todo el año como si
estuviera de vacaciones. No entendía que a mi madre le pudiese gustar veranear allí y
pronto comprendí que, en efecto, así era. Casi nunca salía de casa, donde organizaba
comidas, fiestas y cenas a las que acudían sólo los más distinguidos y elegantes de la
zona. “Si es que papá y sus amigos eran unos horteras, aquella casa debería de haber
estado en Marbella”. May me contaba cosas fabulosas sobre Puerto Banús. Yo estaba
segura de que algún día iríamos de compras allí y pasearíamos viendo chicos guapos,
bolsos y zapatos… ¡zapatos con tacones de vértigo como los de las revistas!
Desde “el loro” —así llamaba May al radio cassette—, Bryan Adams suplicaba el
perdón de su “ex” en “Please, forgive me”, un tema que a mi amiga le encantaba y que
aquel verano no paraba de escuchar. Mi madre hablaba inglés en casa desde que yo
tenía uso de razón y mi colegio era bilingüe, así que entendía perfectamente que aquel
infeliz de Bryan estaba coladito por una chica a la que no podía olvidar. Sin embargo,
a pesar de comprender los temas de Roxette, Bryan Adams o Wet Wet Wet —por
poner un ejemplo de lo que pegaba fuerte ese verano—, yo prefería escuchar música
española, y Revólver me volvía loca. “Lástima que fuera tan torpe con la guitarra”
Llegué a unos metros de las mesas y vi que May aún no estaba, “¡porras!”. Distinguí
a un tío allí plantado que, para colmo, había puesto un montón de trastos en la mesa
donde siempre nos sentábamos nosotras. ¡Qué se había creído, no podía invadirlo
todo con su porquería!
—¡Eh tú!, ¿quieres dejar de ocupar dos mesas? —le dije, enfadada y frunciendo el
ceño— Quiero sentarme aquí mientras espero a mi amiga y está lleno de papeles y
libros viejos.
El muy idiota me miró fijamente como si quisiera ver al través de mí.
“Encima me trataba como si fuera invisible, lo que me faltaba”.
—Niña, no seas impertinente —me contestó—, tienes dos mesas más disponibles.
—Ya, claro, ¡pues tú también tienes dos mesas más disponibles, cuatro ojos! Quiero
estar cerca del mar y seguro que a todos esos papelotes les importa un bledo donde
los dejes—chillé, mientras amontonaba todos los trastos y los dejaba sobre una mesa,
a su lado.
El muy imbécil me miró con cara de loco y empezó a hacer ruidos raros y a moverse
de una manera nerviosa. “Como si se fuera a acabar el mundo por unos cuantos
papeles y un par de libros cambiados de sitio”.
—Oye, no seas exagerado ¿quieres? —le dije, acercándome.
Fue entonces cuando el pirado, que según mis cálculos me doblaba la edad, empezó
a respirar de forma más y más agitada hasta que, de repente, me atacó con algo muy
afilado que tenía en la mano. Al pillarme por sorpresa, tardé un poco en reaccionar y
percatarme de que, lo que había confundido con un bolígrafo, era una pluma
estilográfica que el muy canalla me clavó con fuerza en la mano, cerca de los nudillos.
Sentí un dolor muy muy agudo, como cuando había pisado aquel cristal en la playa
de La Concha el verano anterior y empecé a sangrar. Me dolía mucho y aunque lo
intenté con todas mis fuerzas, no pude evitar ponerme a llorar.
Eché a correr para alejarme de aquel loco y pensé que tendría que parar en cuanto
estuviera fuera de su alcance, para poder inventarme una excusa con la que justificar
la herida. Mis padres me habían advertido una y mil veces que no me alejara de la
plaza yo sola y en cuanto a May… bueno, ya me encontraría.
Aunque el raro no me siguió ni nada parecido, jamás había corrido tan deprisa en
toda mi vida y cuando llegué a la última curva, justo antes del cartel que indicaba el
inicio del pueblo, aminoré la marcha y empecé a caminar.
Me limpié un poco los mocos, froté los ojos y comprobé que no me hubiese
manchado los shorts tejanos y la camiseta de cuello barco que estrenaba ese día.
Todo bien, se me habían caído unas gotitas de sangre en las zapatillas Victoria rosa, a
las que había dado un toque personal sustituyendo los cordones por unos bonitos
lazos de raso fucsia. No tenía importancia, las manchas se irían fácil y, si no era así,
no sería el fin del mundo porque tenían ya dos temporadas. No suponía una gran
pérdida.
Intenté inventar algo creíble y pensé que lo mejor era pasar por la plaza y lavar la
mano en la fuente. Con un poco de suerte, las niñas de la urbanización estarían allí y
podríamos volver juntas a casa, por lo que me libraría de dar explicaciones. La mano
ya no tenía tan mala pinta y si alguien veía la herida, haría como que me daba cuenta
en ese momento
“¡Porras!, me había dejado la Superpop y las chucherías encima de la mesa sin ni
siquiera haber visto todas las fotos”. Eso sí que era mala suerte.
D
ejo el coche en la plaza de Val, que vive muy cerca del teatro, y de camino me
toca aguantar —¡qué novedad— a Pepita Grilla.
—No sé para qué vienes en coche —me dice—, ya ves que antes no has
podido aparcar y si no diese la casualidad de que tengo el mío en el taller, ahora habrías
tenido que meterlo en el parking.
—Estoy habituada a usar coche para todo Val, las distancias en Los Ángeles son muy
largas. Lo que tengo que hacer es vender ese pedazo de “casuplón” en el que sólo
quedan fantasmas y comprar un ático aquí, en el centro.
—¿No te da pena vender la casa donde creciste, Sofi? —me pregunta, tras un largo
silencio.
—Sólo son cuatro paredes Valeria, eso fue lo que tú me dijiste cuando lo de papá y
mamá, que los recuerdos no están en ningún sitio, ¿no fue así?
Después del accidente, Val y yo nos fuimos unos días a la casita de La Manga del Mar
Menor y fue una de las peores experiencias de mi vida. A pesar de que a ni a mi madre
ni a mí nos había gustado nunca Arrixaca, mi padre había pasado los veranos allí desde
pequeño y sus recuerdos estaban por toda la casa.
Cuando era un niño y le daban vacaciones en la escuela, Leandro pasaba los meses
de verano en casa de sus tíos —una pareja encantadora, fallecida hacía años, que
prácticamente lo había criado— allí mismo, en Arrixaca. Mi padre guardaba tan buenos
recuerdos de su niñez que sacrificó los deseos de su mujer y su hija durante años —
pensando, seguramente, que a ambas les acabaría por gustar aquel pueblecito de La
Manga— y compró un chalet en una de las cientos de urbanizaciones que proliferaban
como setas por aquel entonces.
Hacía años que yo no pisaba aquello y sabía que no lo volvería a hacer, así que Val
me convenció para venderla y evitar así que se cayera a pedazos.
—Lo sé Sofía, pero en aquel momento me refería al chalet de La Manga, no a vuestra
casa familiar —responde—. A ver, no me mal interpretes, yo también creo que sería
mucho más cómodo para ti vender la casona y mudarte al centro, pero me sorprende
que te lo plantees sin un atisbo de nostalgia, ya que es el lugar donde creciste.
—¡Ay Val! no empecemos —le contesto a mi amiga, que está empeñada en que me
encierro en mí misma y que no hago frente al dolor—. Pienso en ellos, pero ya no sufro,
lo he superado ¿vale? He aprendido a ser práctica.
—Eres Sofía de Castro Doe, nada más opuesto a la palabra “práctica”, cielo —me
espeta sin parpadear.
“Quizá tenga razón, estos tacones no son muy prácticos…”
—OK Val, tienes razón, cuando la tienes te la doy —respondo, mientras bajo la vista
hacia mis Jimmy Choo—. ¡Mira qué montón de gente!, parece que la obra tiene su
público.
—Se lo puedes decir a tus amiguitos de “la Industria” —me dice la muy celosa, con
una poco habitual sonrisa de medio lado—. Últimamente los papeles se están invirtiendo
y son las salas de cine las que están vacías. Al fin y al cabo, el teatro es el verdadero
cine en tres dimensiones. ¡Y sin necesidad de usar incómodas gafas!
—Punto para la bibliotecaria
Salimos del teatro poco antes de las doce y debo admitir que me he divertido
muchísimo. Acompaño a mi amiga hasta casa y, aunque insiste en que me quede, bajo a
por el coche y me voy a la casona. Quiero mucho a Valeria, pero su apartamento me
parece enano e incomodísimo, no puedo quedarme de ninguna manera.
—Hablamos mañana, Val —me despido.
—Claro Sofi y muchísimas gracias por la sorpresa, me lo he pasado genial —contesta
—, vamos al cine cuando tú quieras, ¡hasta mañana!
SEGUNDO DÍA
Gijón, 24 de Febrero de 2012
E
sto… ¡no me lo puedo creer! ¡Sí, sí, siiii!, éste es el tipo de cosas que me ponen
realmente contenta, por las que merece la pena levantarse por la mañana.
Alexey, el encargado de mi boutique favorita, acaba de darme el notición de la
semana. Se trata del top azul con topitos moka que quería. Llevo mucho tiempo
intentando conseguirlo, desde que lo vi en aquel catálogo tan fabuloso. A pesar de
tratarse de un prêt-à-porter, me consta que no es nada fácil de encontrar. Menos mal
que no se ha inventado algo relacionado con el mundo de la moda que Alexey no pueda
conseguir.
Me encuentro de camino a la tienda de Alex con Valeria que como siempre, no para de
criticarme. A veces la mataría y sin embargo, no sé por qué extraño motivo, me da
seguridad conocer su opinión antes de tomar una decisión importante. ¡Nadie pondría en
duda que la adquisición del top azul lo es!
—Sofi, cielo… te vas a matar. Esos tacones deberían de venderse en el departamento
de equipamiento para deportes de riesgo —me dice, la muy cruel.
”Esta Valeria no cambia”.
—No digas bobadas, Val. Estoy comodísima con ellos y aunque parezcan de vértigo,
no terminan en aguja del todo —trato de convencerla—. ¿Te das cuenta de que la base
es un pelín más ancha? Tienes que probarlos, cambiarás de opinión cuando logres verte
unas piernas interminables con el único gesto de calzarte unos zapatos. “Daría cualquier
cosa porque tirara a la basura esos horribles zapa-playeros que tienen la suela como un
balancín, ¡qué horror!”
—No lo verán tus ojos, amiga mía —contesta—. ¿Probarme yo esos zancos?, estás
loca Sofi.
”Misión imposible, lo sé”.
Llegamos a la elegante boutique, en una de las principales calles comerciales de la
ciudad. Alex, que se encuentra hablando con una de las empleadas, me hace una señal
para indicar que nos ha visto y por el rabillo del ojo, veo como Valeria arruga el gesto.
Creo que está celosa, así que me dispongo a chincharla un poco, algo que suelo
conseguir con facilidad.
—¿Has visto que suerte he tenido conociendo a Alexey? —le digo—. ¡Dios existe!
—Cariño, si Dios existiera, cuando salgo de rebajas quedarían algo más que
pantalones de la talla treinta y seis o treinta y ocho y tu pobre y fea amiga podría
embutirse en prendas rebajadas al menos una vez en la vida —me contesta, con el ceño
fruncido.
”¡Ya estamos dramatizando! Como si no pudiese hacer dieta o ir al gimnasio. Cada vez
que tiene oportunidad me echa en cara la fortuna que, según ella, me gasto en ropa”.
—Valeria —empiezo a rebatirle, con una repentina gana de pelea—, ahí lo tienes. Es
evidente que Dios es mujer y usa menos de una treinta y ocho, claro.
—Claro… —replica, poniendo los ojos en blanco— ¡Uff, paciencia Val, paciencia!
—Oye Val, acompáñame al probador, anda, así me das tu opinión —le pido, con cara
de buena, para ablandarla un poco.
Mi amiga cede y ambas nos dirigimos a las elegantes cabinas, con el top que Alex me
ha sacado del almacén. Voy contenta como unas castañuelas y pensando en lo
afortunada que he sido. “Ojalá mi suerte no cambie”.
Pruebo la deseada prenda y me veo como una auténtica diva. Sienta genial, tiene
mucho estilo y me favorece un montón. No puedo evitar una sonrisa al mirarme en el
espejo y ver reflejada a mi amiga, que asoma la cabeza por un lateral del probador con
gesto pícaro. Estos momentos de complicidad que tenemos desde hace años son los
que de verdad nos unen. Valeria empieza a hacer muecas, como si fuera un títere y la
cortina del probador hiciera las veces de telón en el teatro, lo que me provoca una
carcajada escandalosa que llama la atención de una de las dependientas. Con gesto
serio y estirado, la mujer nos pregunta si hay algún problema, lo que Val niega
rotundamente con la cabeza. Es entonces cuando lo noto, mi mandíbula parece haberse
bloqueado. No puedo abrir la boca ni tampoco cerrarla del todo. Valeria, que piensa que
estoy haciendo el payaso, se burla de mí y vuelve a reírse y a hacer muecas estúpidas.
A los pocos minutos, ante mi cara de horror y los gestos que trato de hacerle, se da
cuenta de que algo sucede.
—Sofi, Sofi, ¿qué ocurre?, ¿qué es lo que te pasa? —pregunta, preocupada mientras
yo, que soy incapaz de responder, sólo acierto a emitir sonidos guturales mientras me
señalo la barbilla.
—¡mmmmmmmm, mmmmmm, mmmmmm! —lo intento pero no puedo pronunciar
palabra, mis esfuerzos no obtienen más resultado que un agudo dolor a ambos lados de
la mandíbula y un ruido lastimero que parece un gruñido.
Necesito ir a un hospital o a un centro médico. Quizá si me siento y me tranquilizo un
poco… Respiro hondo un par de veces, tres, cuatro… es inútil, no vale de nada. Oigo
como Valeria, azorada, me pregunta una y mil veces qué me pasa mientras me quita el
top y me vuelve a poner la camisa de seda y la blazer gris perla, mi favorita.
Nos dirigimos hacia la puerta de la boutique. Val tira de mí como si le fuera la vida en
ello pero yo, decidida a llevarme el top azul de topitos, clavo los talones en el elegante
suelo de madera de iroko y me dispongo a pagar. “Lo tengo, ya es mío, ahora podemos
irnos”.
Sólo de pensar en salir así a la calle me muero de vergüenza, parece que llevo una
máscara. Las comisuras de mi boca permanecen elevadas en un gesto cómico continuo,
tengo los dientes casi juntos, aunque no del todo, y no soy capaz de cambiar de
expresión. Me enervo y miro a mi amiga, haciéndole gestos para que localice un taxi lo
antes posible. No caminaré ni un metro más con esta pinta.
Llegamos al hospital. Veo a Val revolviendo en mi cartera y buscando lo que supongo
que será la tarjeta sanitaria, pero no puedo pensar en nada más que en mi cara, mi
pobre cara…
—”Tienes que tranquilizarte Sofía. Vamos, esto se va a pasar, será un minuto y se
pasará” —Intento auto convencerme pero me es imposible. Mientras tanto, mi amiga me
conduce a lo que parece una sala de espera.
—Sofía cielo, debes tranquilizarte, verás como no es nada, en un par de horas estarás
en casa ojeando la Cosmo. Venga, tranquila —intenta animarme—. Como no te puedes
explicar, me dejarán acompañarte. Estoy aquí contigo, debes tranquilizarte Sofi.
Me da seguridad que Val esté conmigo porque ella siempre sabe actuar en momentos
de crisis. Recuerdo perfectamente cómo asumió el mando tras la muerte de mis padres,
cuando los antidepresivos, los ansiolíticos y el dolor, nublaban mi mente y me impedían
tomar cualquier decisión. “Es mi amiga, Valeria, mi mayor apoyo” —pienso, mientras
utilizo mi caro y exclusivo fular para ocultar el gesto de chiste, la máscara cómica que
tengo ahora por cara.
Gijón, 8 de Mayo de 1992
Por aquel entonces yo tenía doce años, cursaba séptimo de EGB y aún no conocía a
May, que dos años después me parecería la chica más guay de Arrixaca. Es más, la
relación que tenía con Valeria por aquel entonces era un tanto… diferente.
Hacía dos minutos que había sonado el timbre para entrar en clase, pero estaba
remoloneado un poco y aún me encontraba en el patio. Ese día estrenaba una
preciosa chaqueta rosa chicle de angora y quería llegar la última para que a nadie se
le ocurriera colgar sus prendas encima. Evitar el despachurramiento de mi rebeca
nueva bien valía una reprimenda de Mayte, nuestra tutora.
Justo cuando iba a abrir la puerta principal para entrar al colegio, me pareció oír algo
y traté de agudizar el oído…
—¡Gafuda, gafada, Valeria la becada! ¡La empollona nunca estrena y usa faldas de
ballena! —escuché canturrear a dos voces muy conocidas para mí.
“¡Porras!, se trataba de las gemelas Riera, Sonia y Silvia”. Todo el colegio sabía que
eran mis mejores amigas. La víctima de sus burlas era la responsable de que yo
pudiera sacar buenas notas sin preocuparme de cosas tan aburridas como estudiar,
así que tenía que hacer algo si no quería que esas dos me acabaran chafando lo que
quedaba de curso.
Valeria era una niña con gafas de culo de botella a la que los profesores nos
prohibían llamar gorda —o sea, que estaba como un tonel—. Ella misma me había
contado que era la segunda de tres hermanos. Vivía en un barrio de esos apartados,
con edificios como cajas de zapatos y ladrillo visto. Su padre regentaba una tienda de
libros usados —aaaargggg ¡qué asco!— y estaba claro que era una muerta de hambre.
Se rumoreaba que tenía una beca, pero nadie entendía que se las hubiera arreglado
para estudiar en nuestro colegio, que era uno de los pocos bilingües en todo el país y
centro de referencia a nivel nacional. A ese respecto, corrían rumores misteriosos,
extravagantes e incluso mágicos. Resultaba imposible saber qué creer sobre lo que yo
había bautizado como “el misterio de la empollona becada”.
Miss Bowie, única heredera de un archimillonario americano, era la propietaria del
palacete y los terrenos en los que se ubicaba el colegio y sus modernas instalaciones.
Sabía por mi madre y la gente del Club de Tenis que, con sus casi cincuenta años,
Susan nunca se había casado y, no conformándose con poner en marcha el primer
colegio bilingüe de todo el país, decidió ser ella quien lo dirigiera. La institución
llevaba abierta más de ocho años y yo fui una de las primeras alumnas en
matricularme, antes incluso de empezar primaria.
Las familias pudientes de Gijón hacían lo imposible para conseguir que sus retoños
asistieran a la Bowie International School, conocida coloquialmente como “BIS”.
Aquellos que se daban aires de grandeza pero cuyos fondos no se lo permitían, solían
criticarla, alegando que era perjudicial para los alumnos que las materias pilares —
como matemáticas, historia, física o química— se impartieran en una lengua diferente
a la materna. Defendían que aquel método podía dificultar el aprendizaje y, por lo
tanto, retrasarnos y ponernos en desventaja en cuanto tuviéramos que ingresar en la
universidad. Yo había escuchado conversaciones entre mi madre y sus amigas, por lo
que sabía que sólo eran los argumentos de una pandilla de envidiosos.
Volviendo a la pelea en el patio del colegio… El caso es que la vaca con gafas que
habitaba una caja de zapatos en el extrarradio y nunca sacaba menos de diez, era mi
vecina de pupitre y garantía total de aprobar todos y cada uno de los exámenes de ese
curso y los que vendrían. Si aquel par de idiotas la seguían machacando, acabaría
metiéndome en el mismo saco que a ellas y no me dejaría copiar.
Tras meditar durante unos instantes sobre el mejor modo de actuar, decidí darle la
vuelta a la tortilla haciéndome la heroína.
—¡Eh Rieras!, ¿queréis dejar a Vale en paz? —les grité a las gemelas, frunciendo
mucho el ceño.
—¿”Vale”?, ¿acaso sois amigas? —preguntó una de ellas, atónita.
—¿A ti qué te importa Silvia?, ¡largaos de aquí! —Seguí con mi papel, pensando que
luego les explicaría mi estrategia y se morirían de la risa.
—¿Estás loca o qué?, no puedes dejar que te vean por ahí con este engendro —me
dijo Sonia con cara de asco—. ¡Mira que pintas trae!
Era verdad, Valeria tenía pinta de rata de biblioteca, pero una rata bien goooorda
—“podría decirse que se trataba de una Vaca de Biblioteca”—. No pude evitar sonreír
ante mi propia ocurrencia, pero debía continuar con mi golpe de efecto.
—¿Ah no?, ¡yo hago lo que me da la gana y voy con quien quiero, so lista! —le
contesté a Sonia, que no daba crédito a lo que estaba oyendo.
—¡Allá tú! Pero luego, cuando te metan en el grupito de los raros, no vengas
lloriqueando —me avisó la aludida, dándose la vuelta y arrastrando a su hermana del
brazo.
Yo no tenía la menor duda de que lo había bordado. Tras aquel rifirrafe que a mi
entender había sido una actuación soberbia, me dirigí hacia mi vecina de pupitre.
Estaba orgullosa de mi hazaña y esperaba un gesto de alivio y agradecimiento, un
juramento de lealtad o algo parecido cuando, de repente —¡plaaaaaaaaaf!—. Noté mi
mejilla derecha como si estuviera ardiendo y parecía que el corazón se me había
subido a la cabeza, donde palpitaba lenta pero intensamente. Tardé unos segundos en
comprender que la Vaca, lejos de darme las gracias y jurarme obediencia y sumisión
como en las pelis, había decidido regalarme una sonora bofetada.
—¡Sé defenderme sola, imbécil! No te necesito —gritó, mientras agitaba la mano
derecha para tratar de aliviar el dolor—. Ni a ti, ni a nadie.
Valeria tenía la palma de la mano como un pimiento, por lo que no quería ni
imaginar cómo habría quedado mi cara. Intenté contestar pero fui incapaz y, para mi
bochorno, no pude evitar hacer pucheros. Se me formó un nudo en la garganta y el
carrillo me dolía horrores, —“mierda, mierda, no podía ponerme a llorar como una
idiota—”.
—Vaya, parece que tu libreto llegaba sólo hasta aquí, princesita. ¿O acaso esta
escena no entraba dentro del guión? —se burló Valeria.
—¡Eres una gorda de mierda!, ¡muerta de hambre! —gritaba, llorando desconsolada,
mientras la cogía por los pelos hasta que conseguí que se arrodillara en el suelo—.
¡No eres nadie para darme una bofetada a mí. Ni siquiera mis padres me han pegado
jamás un bofetón! ¿Quién te crees que eres, Imbécil? ¡Te odio!
—Acabáramos… Ese es tu problema Nancy, que deberían de haberte dado este
bofetón hace mucho tiempo —replicó la Vaca de Biblioteca con tono burlón, mientras
me agarraba por las muñecas para que le soltara aquella rizada mata de pelo.
Valeria tiró de mí hasta hacerme caer a su lado y entonces agarró mi chaqueta rosa
y la arrastró por el barro con gesto de satisfacción. Aquello fue más de lo que yo podía
soportar y grité, lloré, pataleé… Tenía la cara congestionada y el hipo no me permitía
decir nada pero aún así, hice todo lo posible por no soltar el estropajo pelirrojo que la
rara tenía por pelo.
Acababa de agarrar las gafas de la mugrienta y tirarlas a un lado cuando, a mi
espalda, oí la aguda voz de la Señorita María José, la Jefa de estudios: —¡Valeria
Corrales García, Sofía de Castro Doe!, a mi despacho. ¡Ahora!
U
na voz ronca me trae de vuelta al presente, donde Val y yo permanecemos
sentadas en la fría e incómoda sala de espera del hospital comarcal..
—Sofía de Castro Doe, sígame si es tan amable.
La voz pertenece a una mujer con un horrible pijama clínico —“pensaba que no nos
iban a llamar nunca”—, que nos conduce a través de una puerta que lleva a un estrecho
pasillo atestado de gente. Allí nos vuelve a decir que aguardemos hasta que las ranas
críen pelo. No sé cuánto tiempo llevamos aquí y ¿aún tenemos que esperar?. Tanta
espera se me está haciendo eterna y esto parece el metro madrileño a la hora punta.
Val me empuja suavemente para que me siente. Al lado de estas sillas, las de su
querida biblioteca parecen un chaise longue de Le Corbusier.
A mi alrededor sólo hay viejos tosiendo y quejándose lastimeramente y personas en
bata con una pinta terrible. ¿Acaso me van a tener esperando aquí todo el día? —“mi
cara, mi pobre cara… ¡y para colmo, Valeria parece más preocupada del reloj que de
mí!”—
—Sofi, cariño, salgo un momento a llamar a Carlos para pedirle que me sustituya, aquí
no tengo cobertura —me dice—. No te preocupes, estaré pendiente por si te llaman, es
sólo un minuto.
“¿Un minuto?, pero bueno, no me puedo quedar aquí sola, con estas pintas y rodeada
de gente de lo más vulgar. ¿Qué hora es?, la una y diez… mi amiga entra normalmente
a la una, pero esto es una urgencia, no creo que al tal Carlos le vaya a pasar nada por
quedarse todo el día en la biblioteca. No me parece a mí que un señor bajito y calvo
tenga una vida muy interesante, ainssssss… ¡mi cara!”
Al rato, Val regresa con una botella de agua mineral y una pajita —no lo había
pensado, pero tengo sed— y poco después me avisan desde la consulta número uno,
donde una enfermera me empieza a hacer preguntas sobre antecedentes familiares,
enfermedades crónicas, alergias… Es una tía gorda que pone mala cara cuando Valeria
empieza a hablar por mí. Mi amiga le dice que quien se esconde tras el Hermés gris
marengo, no tiene familia ni puede explicarse, porque se le ha quedado la mandíbula
bloqueada. Tras justificarse por tomar la palabra, añade que conoce mi historial médico
igual que el suyo propio y sólo entonces, la vaca burra cambia de expresión y esboza
algo parecido a una sonrisa amable. Estoy segura de que en su interior se muere de la
risa por mi mala suerte. Exceptuando a mi querida Val, siempre despierto la envidia de
mis congéneres. ¡Qué se dejen ya de charletas y me solucionen esto, o me voy a volver
loca! Si pudiera gritar lo haría.
Tras intercambiar con Valeria unas cuantas palabras más, la gorda se levanta y me
pone una pulsera identificativa.
—No es Tous, reina, pero no tardarás en poder quitártela —me suelta la enfermera.
—”Será gilipollas”—. Encima, puedo ver como mi amiga trata, con muy poco éxito, de
disimular una sonrisa.
—Espera fuera un par de minutos y vendrá un celador para acompañarte a un box. Tu
amiga tendrá que salir —continúa la ballena blanca—, pero no te preocupes por no
poder hablar, porque ya tenemos todos los datos que necesitamos, Sofía. Estarás bien
enseguida.
“Parece que la gorda no es tan imbécil como aparentaba”. Miro a Valeria con cara de
cordero degollado. Me empiezan a temblar las piernas y el ritmo de mi corazón se
acelera. “¡Mierda!, no me gusta admitirlo pero estoy asustada”.
—Sofía, cariño, todo va a ir bien, te lo prometo. Estaré aquí al lado —me dice Valeria,
apretándome la mano y dándome un beso en la mejilla para salir a continuación por la
misma puerta que entramos.
“Joder, joder, joder… tengo miedo, estoy asustada”. Me pregunto qué me va a pasar,
quiero que me quiten ya esta cara de chiste —”No pasa nada, no pasa nada.. Val está
aquí al lado, todo va a ir bien”— No logro contener una lágrima que me resbala por la
mejilla.
—Sofía de Castro Doe, por aquí por favor —me indica un hombre mayor y de anchas
espaldas, para a continuación conducirme hasta lo que llama “boxes” y dejarme allí
aparcada.
En estas condiciones no puedo cantarle las cuarenta, pero si llego a poder ¡me iba a
oír! “¿Qué se ha creído este idiota?” Me ha tratado como si fuera el viejo Clío de Val.
En lo que llaman “área asistencial uno” me recibe otra sanitaria bajita, ya veterana, y
me indica que espere en una silla. A los pocos minutos vuelve para hacerme un análisis
de sangre.
—Es el protocolo —me dice—, no te asustes.
”Ay madre, con lo que odio las agujas… snif snif”
—Enseguida vendrá la doctora a examinarte —me explica, antes de darme
instrucciones—. Mientras tanto, toma estas servilletas de papel y por favor, retira todo el
maquillaje y cosméticos de cuello y cara para facilitar la exploración.
—”¡Cómo!, ¿desmaquillarme, por qué? Claro arpía, ¿y qué tal si también me metéis
bambú bajo las uñas?”
Espero pacientemente, mientras noto una tensión tremenda en la mandíbula y un dolor
de oídos que hasta me impide pensar con claridad —“¡madre mía, madre mía, que se
me pase pronto por Dios, que se me pase!”—.
Unos minutos después aparece la doctora a la que se refería la enana raquítica.
—Buenas tardes Sofía, soy la doctora Morales y voy a examinarte. Sé que no eres
capaz de hablar y ya conozco los detalles más relevantes, así que tranquila si no te
puedes expresar como quieres. Voy a palpar los cóndilos de tu mandíbula aquí, justo
delante del oído. Sólo quiero que levantes la mano si te duele y que contestes a mis
preguntas asintiendo o negando con la cabeza, ¿lo has entendido? —me pregunta con
tono amable.
Asiento, —“¿cree que soy estúpida o qué?, claro que lo he entendido”—.
Empieza a manipular mi cara y presiona tal y como me explicó que haría, mientras me
formula preguntas simples. Levanto la mano un par de veces para indicarle que me duele
y entonces hace un gesto afirmativo con la cabeza, lo cual me tranquiliza.
—Bueno Sofía, en principio no te debes preocupar —empieza a explicarme, cuando
entra de nuevo la enfermera con un papel y se lo entrega.
La doctora le da las gracias y echa un vistazo. Superada la primera impresión, me cae
simpática, ya no creo que me haya tratado como una imbécil, sino que es amable. Con
un vestido más o menos decente y un poco de colorete incluso podría ser mona, —“es
más joven que yo, creo”—.
—Es el resultado de tus análisis, está todo bien. Verás, lo que padeces es un bloqueo
mandibular, digamos que tu musculatura está agarrotada, lo que te impide abrir la boca.
Llamaré a la enfermera para que te ponga un relajante muscular y un antiinflamatorio,
con eso debería remitir en unas horas —dice sonriendo y apretándome el brazo
ligeramente—. No obstante, te daré unas recetas para casa y lo más probable es que
mañana estés perfectamente. En principio no hay motivo de alarma Sofía, una buena
carcajada y un poco de estrés pueden ser suficientes para dejarte con la boca cerrada
un buen rato.
La Doctora Morales sale un momento y vuelve enseguida, precedida de la enfermera
que me hizo el análisis de sangre.
—Sofía por favor, bájate un poquito el pantalón, vamos a poner una banderilla —”qué
simpática, no se conformó con hacer que me quitara el maquillaje y sacarme sangre
como para todos los anémicos de la ciudad, que ahora disfruta torturándome con las
inyecciones”—.
Mientras la enfermera me deja el culo como un colador, la Doctora Morales me
entrega las recetas de las que me habló.
—Ya estás lista, en caso de que en unas horas no mejores te vienes otra vez, ¿de
acuerdo?, pero ahora relájate porque estoy convencida de que no será necesario. La
enfermera te acompañará para informar a tu amiga de todo, en vista de que aún no
estás en condiciones de hablar. Que te mejores —se despide.
”Sí, seguro que con un poco de colorete y haciendo algo a ese pelo mejoraría mucho”.
Estoy más tranquila, no tengo de qué preocuparme —salvo de taparme el careto
hasta que llegue a casa, claro—.
Val me está esperando fuera y su cara se relaja a medida que la veterana pinchaculos
le explica lo que la doctora me ha contado previamente. Mi amiga me mira sonriente,
pasa por la ventanilla a tramitar el volante y al fin salimos de la Casa de los Horrores.
De camino a casa, paramos un momento en la farmacia para hacer acopio de todo lo
que me han recetado y cuando por fin llegamos me doy cuenta de que estoy aún más
cansada de lo que me parecía.
—Sofi, ahora tienes que descansar. Yo debo ir a la biblioteca y saldré tarde así que, si
no me llamas, entenderé que estás bien y pasaré a verte mañana antes de ir al trabajo
—me dice, acariciándome la mejilla y abriendo la puerta de mi casa para pasar tras de
mí y conducirme hasta la cama—. Si necesitas algo sólo tienes que mandarme un
mensaje, aunque estoy segura de que enseguida podrás hablar como una cacatúa.
”Corre, corre, no sea que tu compañero el calvo tenga hoy la cita de su vida y se la
vaya a perder por mi culpa”.
En cuanto Valeria se marcha, entiendo su insistencia en dejarme acostada. La
inyección que me ha puesto la perforaculos me hace sentir rara, inestable, noto como
los ojos, que ya sentía pesados de camino, se me cierran sin que yo pueda impedirlo.
No lucho contra lo inevitable y me abandono a un sueño profundo que me tienta con la
promesa de olvidarme de la pinta que tengo y de el horrible trago que acabo de pasar.
TERCER DÍA
Gijón, 25 de Febrero de 2012
M
e despierto con una sensación conocida y lejana, un caminar entre la bruma,
aislada por una cortina translúcida que altera mi percepción. Cuanto ocurre a mi
alrededor se queda en la superficie, sobre mi piel, no consigo que penetre. Sé
que algo pasa pero no logro saber qué es.
Recuerdo la casa familiar atestada de gente, los pésames, las lágrimas, los papeleos
y telegramas, todo aquello que luchaba por atravesar una máscara de aislamiento como
la que ahora llevo puesta. Los fármacos, como entonces, han cumplido su cometido y es
evidente que me estoy tratando de levantar, pero no acabo de conseguirlo.
No sé qué hora es, la neblina se va disipando y tengo el vago recuerdo de haberme
despertado y visto sobre la mesita una caja de diazepám al lado de un post it, donde la
pulcra letra de Valeria me daba instrucciones sobre cómo administrarlo. Puede que a
media noche haya tomado el relajante muscular y el antiinflamatorio que me recetaron en
el hospital, pero no estoy segura —“¿y mi cara?”—. Trato de bostezar pero me es
imposible, continúo con esta especie de bloqueo que hace que mi boca permanezca
semi abierta desde ayer. Sin embargo ya no siento dolor sino un extraño hormigueo
—“será efecto de los fármacos”—.
Miro el reloj del iPhone que marca ¡las doce del medio día! He dormido casi un día
entero —“¡madre mía, madre mía!”—. ¿Y mi cara?, ¿por qué no puedo abrir la boca?
¡Ay madre, ay madre!, esto no está pasando, aún estoy dormida, se trata de un sueño.
Es eso, voy a despertar y todo estará bien.
Me incorporo y siento el tacto suave de las sábanas y el olor a les pleasures, mi
nuevo perfume de hogar —jamás se me ocurriría utilizar uno de esos ambientadores
cutres para marujas—. El agradable olor despeja mis dudas, debo estar despierta
porque mis sentidos empiezan a agudizarse.
Mi mente parece más clara pero sigo sin poder abrir la boca y esa extraña sensación
de hormigueo en la cara aún persiste.
Recuerdo mi sonrisa de idiota de ayer y el corazón me golpea el pecho con fuerza
haciendo que sus latidos retumben en mis oídos. Debo tranquilizarme —uno, respiiiiiro,
dos, respiiiiiiro, tres, respiiiiiiiiro, cuatro—. ¡Se acabó!, no me logro calmar, mi caja
torácica es un tambor, un taiko japonés que me hace pensar en mi restaurante favorito
de Los Ángeles. Como el instrumento ritual, mi pecho no para de vibrar, así que dejo las
técnicas de relajación y voy directa al espejo. “Que sea lo que tenga ser”.
¡Nooooooooooooo, noooooooooo, no puede ser! No reconozco al monstruo que me
devuelve la mirada. Quizá me resulte vagamente familiar, pero nada tengo que ver con la
mujer de rostro deforme que me observa con un solo ojo y la mitad derecha de la cara
como si se hubiera desprendido de su soporte. La sensación de hormigueo se me hace
más evidente y noto un acartonamiento que no sabría explicar, como si media cara se
hubiera transformado en una caja de cereales. Siento miedo, un miedo que no tarda en
dar paso al pánico. Me mareo, así que doblo las rodillas, toco el frío suelo de pizarra
con la palma de la mano y me dejo caer suavemente apoyando la espalda en la pared.
Fundido en negro…
Vuelvo a estar consciente y no soy capaz de calcular el tiempo que llevo aquí tirada.
Mi espalda me dice que un buen rato, pero no me fío, no acierto a poner nombre a
tantas sensaciones, pero sé que tengo que pedir ayuda. Debo avisar a Val, ella sabrá
que hacer —“Valeria lo arreglará todo, siempre lo hace, tranquila Sofía, todo se va a
solucionar, tranquila—”.
Gijón, 18 de Mayo de 1992
Miss Bowie, fría y exigente, imponía un respeto que casi rozaba el miedo en todos
nosotros. En todos excepto en la gafuda de mi vecina de pupitre, que a pesar de esa
pinta ridícula, no se asustaba por nada. Desde el día de nuestra pelea, no se hablaba
de otra cosa en todo el colegio y nadie entendía que la becada se hubiera atrevido a
pegar a otra alumna, sabiendo que aquello podía llevarla a perder la beca y ser
expulsada del centro.
La política de la Bowie International School era muy estricta en lo relativo al
comportamiento de los alumnos y nuestra grave infracción de las normas había sido
castigada con un mes entero de “servicios”, aunque no se nos había especificado en
qué consistirían.
Aquel lunes de mediados de mayo descubriríamos a qué “servicios” se referían
nuestros verdugos. Se trataba de mi primer día de tortura al lado de La Vaca.
Cuando la señorita Maria José nos explicó qué debíamos hacer, yo no daba crédito a
lo que estaba oyendo, ¡me pareció totalmente injusto! Se nos había asignado la tarea
de clasificar, registrar y ordenar un montón de libros en la nueva biblioteca y, para
colmo, era condición indispensable que trabajáramos en equipo —“menudo equipo”—.
Tendría que pasarme con el engendro todos los días lectivos, de cinco a seis, hasta
final de curso —“menos mal que el mes de junio sólo había clase por la mañana,
seguro que nadie se había dado cuenta”—. Sólo tenía que apretar los dientes y
aguantar un par de semanas.
La antigua biblioteca se había quedado pequeña y la directora había decidido
cambiar su ubicación. El que fuera laboratorio de ciencias antes de la reestructuración
del ala este, había sido acondicionado con unas impresionantes estanterías de nogal
que cubrían todas las paredes de arriba a abajo. La resolución del castigo pintó, en el
rostro de mi compañera forzosa, una sonrisa que no hizo más que avivar en mi interior
las ganas de acabar con ella. Para La Vaca de Biblioteca aquello era como un maldito
parque de atracciones.
—“¿Qué tal si nos ponen a doblar y ordenar modelitos de colección?” —pensé.
Me parecía muy injusto que aquello sólo mereciera llamarse castigo para una de
nosotras, más concretamente para mí, que odiaba tocar los libros con las manos, “a
saber por qué manos habían pasado antes”.
No se conocían casos como el de Valeria en la corta historia de la escuela y eran
muchos los rumores que corrían para explicar su presencia entre nosotros. Como
pasaba con los cotilleos amarillistas o la prensa rosa, yo sospechaba que podían ser
humo que ocultaran la verdad, una verdad que podría ser muy pero que muy jugosa…
Puesto que La Vaca de Biblioteca era un recurso necesario para mi expediente, la
había seguido de cerca y algo me hacía intuir que detrás de aquellas gafas de culo de
botella había algo más que una beca y ganas de hincar los codos. Si de algo entendía
yo, era de prensa rosa, y el adefesio me las iba a pagar. Descubriría su secreto en
memoria de mi difunta chaqueta de angora.
Aquel primer día pasó más lento que una clase de educación física y salí de la
cárcel de papel y madera resuelta a convencer a mi madre para que hiciera una
reclamación formal que me librara de la tortura. El plan de escaquearme del castigo no
dio resultado porque a “la americana” —así la llamaba mi padre para hacerla rabiar—,
le había entrado la “vena british”, negándose a interceder entre la jefa de estudios y yo.
Catherine consideraba que “mi comportamiento no había sido el que cabía esperar de
una señorita” y por lo tanto, merecía cumplir el castigo que se me había impuesto.
Para colmo de males, las Riera no habían entendido mi estrategia y no sólo se
habían reído de mí y de mi supuesta amistad con la rara, sino que se mostraban
contentísimas de que mi delicada chaqueta rosa hubiera terminado hecha jirones.
Grrrr… la rabia me cegaba de tal forma que aún no era capaz de trazar un plan, pero
estaba decidida a encontrar la manera de acabar con aquella gafuda insoportable que,
encima, ya no me dejaba asomar la nariz a sus deberes y exámenes.
M
e arrastro hasta el dormitorio, alargo el brazo hacia la mesita y le mando un
wassap a mi amiga, con la certeza de que estará pendiente del teléfono. A los
pocos segundos, las dos aspas verdes me indican que Val ha leído el mensaje.
—No te muevas, voy para allá —leo, con alivio, en la pantalla del iPhone.
La resolución de Valeria y el saberla tan cerca, derriban los diques que hasta ahora
me permitían contener el llanto. La primera lágrima corre por mi mejilla, si es que esta
masa informe se puede llamar así. A la solitaria muestra de impotencia se une otra, y
otra más hasta que acabo sumida en un llanto irrefrenable.
—“Tranquila Sofía, todo se va a solucionar, tranquila” —repito en mi interior, mientras
me vuelvo a tumbar en la cama.
Me parece que han pasado horas, cuando oigo cuatro golpes secos en la puerta y un
tintinear metálico de llaves, seguido del ruido de los pasos de Val, que entra
congestionada y a paso militar.
Al verme, no puede ocultar una mueca de horror y aunque enseguida se recompone,
me ha dado tiempo a ser realmente consciente de la situación. Soy un monstruo, un
monstruo repugnante al que nadie querrá mirar nunca.
—Sofi cielo, no te preocupes, todo se va a solucionar, tranquila —me dice,
atropellada.
“¡Esta frase parece un maldito mantra! Val no parece tranquila en absoluto, ¿cómo lo
voy a estar yo?”
—Mi amiga Carol tuvo una parálisis facial el verano pasado y es algo transitorio, en un
par de días estaba nueva, seguro que es eso Sofi. Venga cariño, debes vestirte, te
ayudo y nos vamos al hospital —continúa mi amiga—. Ayer, después de dejarte, hablé
con Carlos y le cambié el turno, así que hoy hice la mañana y no tengo que volver.
”Oh claro ya estoy mucho más tranquila, el calvo no tendrá que hacer horas extras.
Qué me importa a mí el tío ese, ¿acaso no me ha visto la cara? ¡Esto es una
emergencia!”
Me pongo unos jeans y una camiseta básica de algodón —no quiero ni pensar en las
pintas que tengo—. Val me acerca unas deportivas que no recuerdo cuándo usé por
última vez, pero lo único que quiero es llegar pronto al hospital y arreglar este estropicio,
así que me calzo y cojo la chaqueta y el bolso.
Al salir a la calle veo que Doña Perfecta ha dejado el coche en doble fila a pesar de
que unos metros más allá está todo libre. Nos conocemos demasiado bien, por lo que
este simple detalle hace que me dé cuenta de lo preocupada que está y me pongo en lo
peor. En el corto trayecto que hago desde el jardín delantero de casa hasta el cacharro
de mi amiga tropiezo cuatro veces. He tratado de tapar mi cara con el pelo y sólo puedo
abrir el ojo izquierdo, que me llora de continuo pero, aunque Val me sujeta del brazo, no
calculo dónde piso.
En poco más de quince minutos llegamos al hospital y mientras Valeria se encarga de
los trámites, me siento en la horrible sala del día anterior —“esto no está pasando.
Parece El día de la marmota, la aburridísima película de Bill Murray”—, rodeada de
suciedad y tristeza.
—Ya está Sofi, enseguida nos llamarán —me dice Valeria intentando, en vano,
disimular su preocupación—, espero que no se retrasen y nos pasen antes del cambio
de turno. No hemos venido a la mejor hora.
“¡No te fastida! Qué poca delicadeza la mía, tendría que haber esperado un par de
horas para convertirme en este monstruo y así no trastornar a los de la bata. Lo tendré
en cuenta para la próxima vez”.
—¿Te duele, Sofía? —Es como la sexta vez que me pregunta lo mismo.
Niego con la cabeza y frunzo el ceño.
—Sofía de Castro Doe, por aquí —me llama un hombre de mediana edad y espalda
más ancha que el armario de mis zapatos, que nos guía a través del pasillo del terror, no
sin antes tratar de detener a Valeria con gesto brusco.
—Disculpe, mi amiga no puede hablar y es importante que la acompañe para explicar
lo que le pasa —responde Val—.
“Siempre tan educada, yo lo habría mandado a la mierda.”
—De acuerdo, siendo así no hay problema, pero sólo hasta la consulta de
clasificación.
”Será gilipollas, el musculitos”.
Nos volvemos a sentar en las incómodas sillas de ayer y, a través de la puerta
entreabierta que tengo enfrente, acierto a ver a la oronda fan de Tous.
—Sofía de Castro Doe, puerta uno —oigo por la megafonía.
“Esto parece un flashback”.
Entramos a la consulta de clasificación y la gorda nos mira con incredulidad.
—Vaya, siento verte otra vez por aquí —me dice.
“Sí claro, seguro que lo sientes. Tú encantada de ponerme la pulserita de Tous, que
por cierto, ya sólo llevan las horteras”
—La verdad es que nosotras tampoco contábamos con volver por aquí —Val sale en
mi ayuda y a continuación le explica a la ballena blanca lo que me ha pasado en las
últimas veinticuatro horas.
La enfermera apunta rápidamente todo lo que mi amiga le cuenta junto con los datos
personales, antecedentes familiares y el mismo rollo que ya debería tener anotado.
“Otra vez lo mismo, no entiendo que haya que repetirlo de nuevo, y encima mi cara va
cada vez peor, ¡incompetentes!”
—Pues ya estás triada, ahora sólo tienes que esperar a que vengan a buscarte, Sofía.
Espero no tener que volver a verte.
“¿Triada? No hablo tu idioma, petarda. Querrás decir marcada como el ganado, sólo
que en lugar de pendientes en las orejas o tatuajes a fuego, tú me pones pulseritas de
colores”.
Mientras suelta todo ese rollo —sospecho que más por quedar bien con Val que
conmigo—, me pone la joyita de marras alrededor de la muñeca.
—Sofi, cielo, sabes que tengo que salir —me dice Valeria, mientras me abraza
brevemente en un vano intento por tranquilizarme—. Por favor, trata de mantener la
calma, me avisarán si necesitas algo.
Veo como mi amiga sale por la misma puerta que entramos y me deja aquí, sola.
Hasta ahora no me había dado cuenta, pero mirando alrededor veo que al menos hoy,
estoy rodeada de gente medianamente elegante. Vestidos y trajes de buen corte,
zapatos de calidad...
El tipo de la corbata naranja parece ofendido por algo —hummm… resulta atractivo,
¡y yo con estas pintas!— Me doy cuenta de que la mayoría sostienen cubos en las
manos y están vomitando como si aquello se tratara de una competición, ¡arggggg qué
asco!
—Sofía de Castro Doe, por aquí —me llama una voz masculina y cortante.
Se trata del portero de discoteca que no dejaba entrar a Val. Me lleva frente al mismo
mostrador de ayer, donde me recibe la raquítica enfermera perforaculos.
—Vaya Sofía, parece que el bloqueo no ha remitido ¿eh?
“Pero qué lista, ¿bloqueo mandibular? Si sólo fuera eso… quizá no se ha fijado en la
calabaza deforme que tengo por cara, ¡será imbécil!”
—Siéntate en esta camilla y repetiremos la analítica —me explica, haciéndose la
agradable—. Sé que no te gustan las agujas pero es el protocolo, cielo. Enseguida
pasará un médico a verte.
Tras hacer de conejillo de Indias para la esmirriada, que disfruta agujereándome por
donde puede, vuelven a dejarme sola. “Mi cara, mi cara, me está entrando el pánico...
¿y si me quedo así?, ayer no supieron hacerme nada. ¡Ay Dios!”.
La banda sonora de lo que ya parece mi segunda residencia, se limita a gemidos
sordos y continuos, interrumpidos de vez en cuando por el sonido de las arcadas y
vómitos del guaperas de la corbata y sus amigos. “Me gustaría saber dónde han
comido, no cabe duda de que vienen todos del mismo sitio”.
Mientras trato inútilmente de relajarme, oigo al otro lado de la cortina una voz familiar
—creo que es la doctora que me atendió ayer—. Intento recordar su nombre pero me
resulta imposible. Quizá se presentara, antes de explorarme y supongo que llevará una
identificación visible, pero no suelo prestar atención a ese tipo de cosas. Esa es
precisamente una de las actitudes que el Pepito Grillo que tengo por amiga siempre me
reprocha —tendría que hacerle un poco más de caso a Val—. “¡Mi cara, mi pobre
cara!”.
—Hola Sofía, veo que esto no mejora —me dice, en efecto, la misma médica que me
atendió ayer, mientras aparta la cortina y entra en lo que llaman “box número tres”.
“A este paso, el maldito box me va a resultar más familiar que los probadores de Le
Coquette-Barrington, en Westwood Boulevard”.
—No sólo no mejora sino que parece que se complica —continúa—. Hay que echar un
vistazo a ese ojo y ver si el hormigueo que refieres está relacionado con el bloqueo
mandibular o se trata de una coincidencia. Vamos a ver... mi turno termina ahora y te
atenderá la doctora Gutiérrez, que quizá te pida una analítica más específica e incluso
pruebas de imagen pero no obstante, tengo una amiga en medicina interna a la que voy
a ver antes de irme. Le comentaré tu caso para ver si puede pasar a verte y estaré al
tanto, Sofía.
La Doctora Morales, tal y como reza su identificación, me da una palmada en el
hombro y sale de aquí, flanqueada por la raquítica enfermera. “Ambas han terminado su
turno y a mí que me den”.
Los nervios me tienen bloqueada, tengo miedo y con la única compañía de una
serenata de vómitos y ruidos intestinales de fondo, hago lo posible por olvidar la imagen
del monstruo en el espejo.
Estoy incómoda, esta camilla es muy estrecha y decido sentarme en la silla que hay
aquí al lado, a mi derecha. Miro la hora en el teléfono y veo que son las tres y media… y
treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres… el tiempo pasa muy despacio y para colmo,
apenas tengo cobertura. “Si al menos pudiera navegar un rato por la red… Esta mañana
se estrenaba la nueva colección de complementos de Dior”
Las cuatro menos veinte y aquí no aparece nadie. Me hago pis, así que me levanto,
aparto la áspera cortinilla con cuidado de no tocarla demasiado y veo a un par de tipos
con pijama verde y una mujer con bata blanca que no me suenan de nada —“claro, la
esmirriada se ha largado a casita mientras yo sigo aquí pudriéndome—”.
Uno de los hombres se gira y me mira con gesto interrogante, me toco la boca
indicando que no puedo hablar y trato de gesticular para preguntar por el baño pero,
como no se me ocurre ningún gesto que quede elegante para formular tal pregunta,
decido escribirlo en un papel que hay encima del pequeño mostrador, al lado de un
portalápices —“¿el baño, por favor?”.
El tipo comprende. Me coge por el brazo, acompañándome al fondo del pasillo, desde
donde me indica que gire a la izquierda hasta una puerta de aspecto anodino y sin nada
que la identifique.
Entro directa a la taza y apenas me da tiempo a bajarme los jeans… —“ufff, ¡qué
alivio!”—. Salgo del asqueroso cubículo en el que huele a orines y enfermedad, abro la
puerta que da al pasillo y antes de poder cruzarla, casi sin querer, me veo reflejada en
un espejo cutre y salpicado de óxido que hay encima del lavabo… Un ojo derecho
asimétrico, con el párpado caído en este rostro que me niego a admitir sea mío, el color
enfermizo de quien no presta atención a su estuche de belleza y como colofón, me fijo
en una sonrisa dantesca que parece burlarse de la situación.
Noto que me mareo, la consciencia me abandona y me siento caer. Fundido en
negro…
No sé cuánto tiempo ha pasado. Estoy tumbada de nuevo en la camilla, me duele
muchísimo el trasero y la espalda. Ahora lo recuerdo… pero me niego, quiero borrar esa
imagen de mi cabeza —“ese engendro no podía ser yo, ¡de ninguna manera!”— Con el
estómago contraído por el miedo, me toco la cara con la mano y corroboro aquello que
me niego a admitir. ¡Soy un monstruo, un verdadero monstruo!
Me vienen un montón de imágenes a la mente. Entre ellas, las hermanas Riera y yo
sentadas en el salón de casa de mis padres viendo Los Goonies… entonces oigo que
alguien se acerca y al momento puedo ver a una marimacho que, luciendo el uniforme
oficial de este horrible sitio, se dirige a mí con una voz de pito que no le pega nada: —
Buenas tardes Sofía, mi nombre es Carla Gutiérrez y soy la médica que te atenderá por
el momento. La Doctora Morales me ha informado de lo que tenemos y a lo largo de la
tarde pasará alguien de medicina interna a verte.
Respondo con gestos y frunciendo el ceño. “No quiero imaginar la pinta que tengo
mientras arrugo el entrecejo”.
—Al igual que ayer, la analítica está bien y respecto al pequeño incidente en el baño,
no ha sido más que una reacción vagal, hemos comprobado tus constantes y son
normales.
“Estupendo, entonces nada, me voy a casita con este careto indescriptible porque lo
normal es eso, unos días te levantas con nudos en el pelo y otros con la cara deformada
como un alien y la mandíbula bloqueada. Me quedo mucho más tranquila”.
Mientras la Doctora Hulk sigue ahí de pie rellenando papelitos, siento tal ira e
impotencia que no sé que hacer. Si por mí fuera, me tiraría en el suelo a patalear como
una posesa. “¡Incompetentes!”
Cuando la estibadora con voz de dibujo animado se va, me tumbo del todo y trato de
descansar un poco.
Me despierto incómoda y desorientada. Mi dolorido trasero me recuerda dónde estoy
y el episodio del baño pasa por mi mente como un rayo, pero tardo poco más de un
segundo en ignorarlo.
Presiono el botón principal del teléfono para que la pantalla se ilumine y distingo los
dígitos blancos sobre un bucólico paisaje toscano, que marcan las siete y media de la
tarde —¿Cómo puedo haber dormido más de tres horas sin que nadie pasara a verme?
—. ¡Mierda, si pudiera hablar me iban a oír!
—Disculpe señorita, no quería despertarla —oigo decir al capullo que me indicó dónde
estaba el baño, mientras aparta la cortinilla—, su acompañante lleva preguntando por
usted desde el cambio de turno. Hace unas tres horas, al no haber ninguna novedad, le
dijimos que podía dejarnos un número de móvil e ir a darse una vuelta, pero acaba de
llegar y no tenemos nada nuevo, así que se me ocurrió que quizá quiera escribirle un
mensaje para tranquilizarla.
“Lo que faltaba, ahora éste me quiere gestionar la agenda”.
—La Doctora Gutiérrez me acaba de explicar que pronto pasará a verla Isabel
Coronas —continúa hablando—, una internista del hospital que ha sido informada sobre
su caso.
Mientras el tipo me acerca un boli y un papel, trato de leer su identificación pero la
tiene al revés. “Será un camillero de esos que van de listillos y quiere ligar conmigo,
seguro”.
Pienso que me da exactamente igual el nombre de la internista de marras, sólo quiero
que me vean de una puñetera vez y sean capaces de arreglar este desaguisado. Y
encima Val, por ahí de paseo mientras yo me muero de asco en este maldito armario de
hospital. Pues me niego a escribirle que todo va bien. ¡Nada va bien!, ¡nada!, están
dejando que me pudra en este sitio asqueroso lleno de fluidos en el que cogeré alguna
enfermedad terrible.
Mientras le devuelvo al capullo el boli con una nota —“Para Valeria: ¡Val, haz que me
atiendan ya!, ¡quiero salir de aquí con mi cara de antes y nadie me hace caso!”—, me
doy cuenta de que ya no se oye tanto movimiento en los pasillos. Pienso en el guaperas
de la corbata naranja, que habrá tenido más suerte que yo y estará cómodamente
sentado en su sofá, mientras ojea una revista de economía y se toma una infusión.
El tiempo continúa pasando, sin prisa, mientras yo me quiero morir aquí tirada. Tengo
una botella de agua con una pajita sobre la especie de mueble de cuartel militar que
pretende hacer las veces de mesita provisional. “Lo de la pajita ha sido cosa del capullo
del pijama verde, seguro, pero echaré un trago”.
Tras beber un sorbo, no sin cierta dificultad, cojo el teléfono que, espero, no se haya
quedado sin batería —“me olvidé el cargador en casa”—. Puedo ver en la pantalla que
quedan cinco minutos para las ocho, pero… ¡Oh Dios!, ¿qué son estos bultos?, ¡manos,
brazos… y en el cuello también los tengo!
Me incorporo, decidida a ir a buscar ayuda, y veo frente a mí a una mujer atractiva, de
casi un metro setenta, melena castaña y grandes ojos que me mira con atención.
—Buenas tardes Sofía, me llamo Isabel Coronas y he pasado a echarte un vistazo —
me dice—. Sole… esto, la Doctora Morales me ha hablado de tu caso.
“Sole, ¿eh?, apuesto a que he sido el tema de conversación de dos solteronas
amargadas por los turnos y la desidia, no sería la primera vez”.
De pronto se queda en silencio y da un par de pasos hasta encontrarse prácticamente
encima de mí —“qué agobio”—.
Me mira muy fijamente y tras ponerse un guante de látex que ha sacado del bolsillo de
la bata, me levanta la barbilla y continúa palpándome el cuello para, a continuación,
explorarme la piel de brazos y manos, donde esos horribles granos parecen multiplicarse
por momentos.
Se para un poco más en la mano derecha y traza circunferencias con el dedo
alrededor de un horrible grano, un poco más brillante que el resto que, casualmente,
parece haber surgido justo encima de la cicatriz que tanto preocupa a Val.
—Contéstame sí o no con la cabeza —me dice mientras se quita el guante y lo tira a
un cubo metálico—, ¿tenías estos habones cuando llegaste al hospital?
Niego con la cabeza.
—¿Te administraron algo desde entonces, una inyección, una pastilla…?
—Vuelvo a negar.
Tras consultar de nuevo la carpeta que lleva en la mano, lo que deduzco que es mi
historia, la internista me informa de que saldrá un momento a cotejar sus datos con los
de la Teniente O’Neil, a la que llama por su apellido, y enseguida estará de nuevo
conmigo.
“Eso espero, no estoy dispuesta a formar parte del mobiliario por más tiempo”.
No han pasado ni cinco minutos desde que la médica de medicina interna estuvo aquí,
cuando empiezo a notar que me falta el aire. Intento respirar pero me es imposible, me
asusto y, al tratar de pedir ayuda, tiro la mesita con el brazo. Oigo ruido de pisadas y al
capullo pedir un médico mientras la mujer de bata blanca que estaba con él me toca el
brazo y dice algo de “poner un suero salino y preparar una adrenalina”.
“¡Ay Dios!, lo de la adrenalina suena grave”.
Al momento aparece la marimacho, que intenta meter sus manazas en mi boca, lo que
me produce unas tremendas arcadas y un dolor agudo en la mandíbula.
“¡No puedo abrir la boca, idiota! ¿Por qué vine ayer a este puñetero sitio de mierda?”
Noto algo frío en el pecho…
—¡No entra aire!, ¿tienes vía? —la oigo preguntar…
Me siento caer y dejo de oír lo que pasa a mi alrededor. Fundido en negro…
Un profundo dolor en el pecho me despierta, un poco de aire con sabor rancio, si es
que el aire puede saber a algo, llena mis pulmones y me seca la boca. Veo la cara de la
marimacho y a una enfermera encima de mí, mientras en un lateral, la internista de
melena brillante y bien cuidada, observa muy concentrada y con el ceño fruncido.
—¡Menudo susto nos has dado Sofía! —dice la Teniente O’neil—, has sufrido un
edema de glotis y tenemos una urticaria.
“¿Tenemos? aparte de esa pinta de estibador del muelle, no veo que tengas toda la
cara cubierta de granos”
—No te pongas nerviosa, vamos a administrarte un antihistamínico y te quedarás en
observación unas horas.
Se van todos menos el capullo, que me dice que informará a Valeria de los nuevos
acontecimientos. “Hay que joderse, parece estar más preocupado por Val que por mí”.
Lo veo salir y cruzarse con una gorda con la que comparte modelito —horrible pijama
verde agua con lamparones—, que entra y se dirige hacia mí.
—Buenas noches cielo, te ayudaré a quitarte la ropa que traes para poder ponerte
este camisón, estarás más cómoda —me dice La Vaca, antes de descolgar la bolsa de
suero que tengo conectada a mi brazo derecho.
“No me lo puedo creer, ¿quiere que me ponga ese trapo al que llama camisón? ¡Esto
sí que es una pesadilla!”
No sé cuanto tiempo ha pasado, supongo que he dormido a ratos pero no estoy
segura. Siento un hormigueo por todo el cuerpo y al mirarme el brazo veo que los granos
siguen ahí. Intento abrir la boca pero no puedo —Estoy asustada, estoy muy asustada,
¿dónde está Valeria?, ¿no se habrá ido dejándome sola?—. Necesito que mi amiga me
diga que todo va a ir bien, verle la cara y saber que no me miente, que lo tiene todo
controlado, como siempre.
—Buenas noches Sofía —oigo la voz de la internista que se presentó hace un rato y
en la que por algún motivo, confío—. Debo ser sincera contigo, estamos un poco
despistados respecto a tu diagnóstico.
“¡Qué novedad!, alguien que admite su incompetencia”
—Por ello he decidido ingresarte en planta, para poder pedirte pruebas de imagen y
estudiar tu caso con el resto del equipo de medicina interna —me explica—. Estoy
esperando a que preparen tu cama y enseguida firmaré el ingreso. Ahora procura estar
tranquila y trata de descansar, me aseguraré de que informan a tu amiga, ella podrá
verte arriba.
“Estoy asustada, estoy asustada, estoy asustada…”
CUARTO DÍA
Gijón, 26 de Febrero de 2012
T
umbada sobre un horrible colchón, miro las plaquetas que cubren el techo de la
cuatrocientos veintiuno. Sospecho que algún día fueron blancas pero hoy, al igual
que la pared, se ven de un color indeterminado que me hace pensar en suciedad
y bacterias. Para colmo de males, ¡tengo una compañera de habitación!
No sé como me las voy a arreglar para sobrevivir. Si lo que sea que tengo no acaba
conmigo pronto, lo terminará haciendo la convivencia con esta señora tan rara, sin duda.
La anciana que ocupa la cama de mi izquierda —la más cercana a la ventana—, duerme
a ratos y cuando despierta, dice cosas sin sentido, como que ya está puesta la mesa o
que su amiga no le quiere dejar la peonza.
Esto es asqueroso, no quiero estar aquí, ¿una compañera de cuarto impuesta? La
última vez que me pasó esto fue en el colegio mayor y la tortura sólo duró dos días, lo
que papá tardó en conseguirme un apartamento luminoso y de altos techos en La Latina.
Me encantaba pasear por la zona de los Austria, que en aquel momento estaba
empezando a llenarse de tiendas chic.
No sé en qué hora vivo porque el iPhone se ha quedado sin batería, pero desde que
me subieron a esta celda de castigo parece haber pasado una eternidad.
Cuando llegué, Valeria me estaba esperando aquí con un velo de preocupación en la
cara, por lo que a pesar de su discurso tranquilizador, el efecto no fue el que ella
pretendía. Me asusté muchísimo y como no podía gritar porque mi boca seguía siendo
un adefesio, me empecé a mover y a hacer ruido para llamar la atención de los
sanitarios, a los que pretendía pedir unas cuantas explicaciones. No sólo no lo conseguí,
sino que alguien introdujo en la bolsa del suero algo que sin duda se acercaba bastante
a un relajante para caballos, porque me dejó grogui. A medida que perdía la consciencia,
notaba la fría mano de Val arropando la mía, pero ahora no está aquí. Creo haberla
escuchado decir que se acercaría a mi casa a buscar el cargador del móvil y unas
cuantas cosillas básicas, pero no acaba de llegar. “¿Cree que puedo sobrevivir en este
cuchitril sin mis cosas?, ¡no entiendo por qué tarda tanto!”
Me duele el brazo derecho, donde me han metido esa aguja terrible que me atraviesa
la vena. Estoy incómoda y quiero hacer pis, intento incorporarme y entonces….
—¡Oh Dios, oh Dios! !Socooorro, socoooorroooo! —trato de gritar, desesperada, al
comprobar que las torneadas y tonificadas piernas que siempre han llamado la atención
del sexo opuesto, son ahora un par de adornos inertes que cuelgan a ambos lados de
mis caderas. Las noto pesadas, como dos columnas inútiles incapaces de sujetarme.
Soy consciente de que el grito sólo suena en mi cabeza porque no puedo emitir más que
ruidos extraños y primitivos.
Ni siquiera la loca de al lado parece oírme, así que busco el clásico avisador que
imagino colgando del cabecero de la cama, pero no lo encuentro y estoy cada vez más
alterada. El corazón se me va a salir por la boca, así que tiro del pie que sujeta la bolsa
de suero y lo hago chocar contra la puerta, lo que provoca un estruendo terrible que
alerta al personal.
“Seguro que mientras yo me muero en este cuartucho, los muy incompetentes se
hartan de bollos y café”.
—¿Qué ocurre, qué es lo que pasa? —Una enfermera entra corriendo y me encuentra
destapada, con el pedazo de lija que llaman sábanas en el suelo y horrorizada por lo que
me ocurre.
“Debo tranquilizarme, quizá me hayan puesto la epidural por algún motivo y no lo
recuerde, ¿alguna prueba que me hicieron estando dormida? Sí, debe ser eso”.
La sanitaria sigue ahí plantada, mirándome y sin hacer nada, lo que me altera aún
más.
—¡mmmmmmmmm!, ¡mmmmmmmm! —grito, mientras me señalo la boca y las
piernas alternativamente.
Parece que mis quejidos la sacan de su ensimismamiento y me acerca un viejo bloc de
cuadros, de esos con espiral metálica y un Bic azul.
“Si mi difunta madre me ve escribir con esta cutrería de bolígrafo, se vuelve a morir
del susto”.
—¡No puedo mover las piernas! —escribo, acelerada y con mala letra.
—¿No puedes moverlas? —me dice mientras la veo darme un pellizco que no siento—.
Asiente si notas esto.
“¡Oh Dios, oh Dios, me he quedado paralítica!”
Tras negar enérgicamente con la cabeza, me tumbo y comienzo a llorar, no puedo
más, he perdido el control de la situación, me rindo. Estoy a expensas de un montón de
perforaculos y batablancas que no hacen más que dar palos de ciego mientras yo me
muero poco a poco…
“¿Poco a poco?, ¡qué va! voy cuesta abajo y sin frenos. Y encima, Valeria no
aparece”.
Gijón, 19 de Mayo de 1992
Eran las cinco y acabábamos de terminar la clase de historia con Mayte, nuestra
tutora. ¡Menudo rollo! Yo estaba hasta el moño de los Visigodos y aún tenía por
delante una hora entera con la mugrienta, pero debía aguantar estoicamente. Había
oído decir que la venganza se servía fría y no quería que el cabreo por el triste destino
de la chaqueta de angora nublara mi mente. Tenía que ser lista, más lista que La Vaca
de Biblioteca.
La gorda había salido de las primeras —seguro que ya estaba clasificando libros—,
así que tenía que irme o parecería que le cargaba todo el trabajo y seguro que me
acababan llamando la atención por no saber trabajar en equipo.
De camino a la cárcel de madera y papel, oí los pasos de alguien que corría a mi
encuentro.
—¡Hola Sofi! —me saludó Silvia Riera
“Sabía que acabarían recapacitando”
—¿Dónde has dejado a tu novia?, quizá esté encendiendo velitas para prepararte
una velada romántica en la biblioteca, claro…
—¡Bruja! —susurré entre dientes.
—¿Qué has llamado a mi hermana? —escuché preguntar a Sonia, que había
acudido al rescate de Silvia. Ésta última se había hecho a un lado y parecía satisfecha
de su burla, así que me lo pensé mejor y opté por callar. Teniendo en cuenta el lío en
el que me había metido, no podía arriesgarme.
—Nada, nada, perdonad —contesté, apretando mucho los dientes y dándome la
vuelta.
—¡Corre, corre! —oí a mi espalda—, la vaca está esperando a su heroína.
No pude aguantarlo, apreté los puños y me dije que no debía responder a la
provocación pero al mismo tiempo me giré y les lancé una bomba…
—Lo siento chicas, es una pena que penséis así —escupí, con una sonrisa cínica y
llena de rabia—. Por cierto, Silvia, ese vestido tan divino que llevaste al cumple de
Cloe, ¿lo recuerdas?, fue una pena que se estropease con el quitamanchas, a lo mejor
alguien saboteó el spray mágico.
Hacía un par de meses que la muy asquerosa me había copiado un vestido precioso
para llevar a una fiesta de cumpleaños a la que yo también estaba invitada. Por
supuesto, se encargó de informarme de que lo estrenaría ese día, por lo que yo no
pude ponerme el mío, tal y como había planeado.
Como Dios existía y me quería un montón, la Riera se manchó con uno de los
canapés y fue mi oportunidad. Decidí vengarme echando un poco de lejía en el
quitamanchas que Cloe me envió a buscar. Cierto que había olvidado tirarlo, por lo que
quizá se estropease alguna otra prenda pero, como en todas las guerras, había daños
colaterales.
—¡Serás mala! ¡Eres mala, Sofía de Castro! —empezó a gritar la aludida, loca de
rabia y con las mejillas encendidas.
Mucho más tranquila y con la seguridad de haber dado en el blanco, me marché,
con paso tranquilo, camino de la biblioteca. “La venganza se servía fría, y eso era
válido también para las Riera”.
Antes de empujar la enorme y pesada puerta de casi tres metros de altura, respiré
profundo y traté de poner mi mejor sonrisa. Me encontré a Valeria tras una mesa
balinesa de madera oscura y anchas patas. Aquel exclusivo mueble habría venido en
barco, en uno de los contenedores que la directora hacía traer cada vez que se
encaprichaba de algo. Por lo que decían, Susan viajaba a menudo y tenía por
costumbre comprar grandes cantidades de piezas curiosas, telas o aquello que atraía
su atención.
Miss Bowie era una caprichosa obsesionada con la estética y la decoración. Su casa
estrenaba muebles y complementos con más frecuencia que su dueña —sabía aquello
por mi madre y sus amigas del club—, que en cuanto se cansaba de algo lo acababa
llevando a la escuela.
Con entrar en la biblioteca, una ya se daba cuenta del batiburrillo de estilos. El
resultado era muy poco armonioso, la preciosa mesa de madera tropical no pegaba ni
con cola con las estanterías de nogal, por poner como ejemplo lo más evidente. A
pesar de sus grandes dimensiones, aquella maravilla de cuatro patas se le quedaba
pequeña a la vaca, que la había sepultado bajo un centenar de libros amontonados por
tema y autor, que apenas dejaban sitio para el ordenador, cuya gran pantalla ya
ocupaba lo suyo.
—Hola Valeria —saludé, dando a entender que quería una tregua—. ¿Cómo estás
hoy, animada a seguir con la tarea?
—Uy, uy, uy… ¿a qué viene tanta amabilidad, Nancy? —me respondió, frunciendo el
ceño y con gesto escéptico—. Algo estás maquinando y es inútil que lo niegues porque
te tengo calada.
—¡Cómo eres, chica! —exclamo, con cara de niña buena—. Sólo he pensado que, si
vamos a tener que pasar tanto tiempo juntas, será mejor que nos llevemos bien.
—Ya, y de paso, a ver si bajo la guardia y te dejo copiar en el examen de Historia,
¿verdad? —añadió.
“No se le escapaba una”.
—Mira Valeria —dije, tratando de cambiar de estrategia—, si estuviéramos en un
desfile de alta costura o en una boutique, tomaría la iniciativa pero quiero acabar con
esto y olvidarme para siempre. Aunque no lo creas, no soy tan tonta como para no
darme cuenta de que, si quiero que den el cumplimiento del castigo por bueno, tengo
que dejarte llevar la batuta. Sé que estoy en tu terreno.
—Ya —A pesar de su cara de escepticismo, sabía que hasta ella tenía un ego que
alimentar y ahí estaba yo para darle de comer… “La venganza se servía fría”.
—Bueno, si quieres puedes ir leyéndome los títulos de los lomos del primer montón
para que yo los vaya metiendo en la base de datos —apuntó, para continuar dándome
instrucciones—. En la esquina inferior derecha, encontrarás una pegatina con un
número de cinco cifras, dímelo a continuación del título.
—¡Claro! —respondí, intentando parecer entusiasmada con la idea—, aunque estoy
pensando que tendría que leerte también el nombre del autor, ¿no?
—No pienses, Nancy —contestó, burlona, mientras yo intentaba controlarme para no
tirarle de los pelos—. Los montones de encima de la mesa son de autores cuya obra
conozco de sobra, así ahorraremos tiempo, confía en mí.
—Lo haré Valeria —asentí, mientras le iba alcanzando, apretando los dientes, los
volúmenes que me había pedido.
A las seis, anuncié que era hora de irse y la imbécil se despidió de mí, quedándose
allí plantada. “Pelota, estaba buscando ir de buena delante de la directora, seguro”.
—Valeria —dije, con voz inocente—, ya son las seis.
—Lo sé, es que quiero terminar de clasificar “la Generación del Veintisiete”.
—¡Valeria, jolín! —le contesté, esta vez más cabreada que una mona, porque
además de chafar mi plan de seguirla hasta su casa y ver qué podía descubrir, quería
hacerme pasar por idiota—, ¿crees que soy boba?, estoy viéndote poner en una
pegatina “Salvador Dalí”. Mi madre tiene un dibujo original en casa, ¿sabes?, sé que
ese tío pintaba.
—Bravo Nancy, también tengo entendido que comía, dormía y meaba, como Juan
Ramón Jiménez y compañía —me escupió la muy gili.
—¡Me tienes harta! —grité—, vas de listilla y me sacas de quicio, te vas a arrepentir,
lo juro.
—Por las bragas de Mafalda, lo juras— oí que me contestaba, mientras me iba
dando un portazo. “Odiaba a esa gorda de mierda”.
Me pasé veinte minutos agazapada tras un árbol —justo al salir me había encontrado
con la profe de literatura que, divertida ante mi pregunta, me confirmó que Dalí se
consideraba miembro de esa generación de idiotas, “¡maldita vaca empollona!”—,
hasta que la gafuda salió de la escuela con su ridícula mochila y la seguí, sin que se
diera cuenta, hasta la parada del autobús.
Cogió el número once y ese día la fortuna parecía estar de mi lado, porque una
mujer llegó corriendo justo cuando el chófer, que accedió a abrir las puertas de nuevo,
iba a arrancar. Aquello me dio la oportunidad de subir a la vez que ella y sentarme en
uno de los asientos de delante sin que Valeria me viera. Me puse un poco nerviosa
porque, como nunca usaba el transporte público, no tenía uno de esos bonos que
llevaban los cutres en la cartera y tuve que pagar en metálico. Aquello hizo que me
demorara un poco más de la cuenta y me arriesgara a ser descubierta pero pronto
pude ver, en una de las ventanillas, el reflejo de La Vaca enfrascada en un libro, lo que
me dio la seguridad de que no se enteraría de nada.
Durante todo el recorrido estuve pensando en si mi excusa iba a colar. Había
planificado aquello la noche anterior y como no sabía qué día se me presentaría la
oportunidad, dije en casa que me pasaría toda la semana haciendo un trabajo con las
Riera al terminar el castigo. Sin embargo, en aquel momento y quizá por miedo a
alejarme tanto de casa, temía que alguna de las gemelas le contase a sus padres que
estábamos enfadadas y los míos me acabaran pillando.
Yo siempre volvía a casa dando un corto paseo —odiaba aquello porque me llenaba
las suelas de barro— por aquellos caminos que discurrían entre las casas indianas,
palacios de piedra y modernos chalets de nueva construcción. Quizá fuera la alumna
que vivía más cerca de la escuela y por lo que estaba viendo con auténtico terror, ¡la
gorda era la que vivía más lejos!
Al fin, siete paradas más tarde, La Vaca se bajó y yo la seguí con disimulo, dejando
pasar primero a un hombre, que reconocí como el chófer de uno de nuestros vecinos.
“La mugrienta vivía en un barrio de criados”.
Caminé a una distancia prudencial de Valeria, por unas calles bastante normales,
flanqueadas por sucios edificios de entre ocho y diez plantas. En cuatro o cinco
minutos, habíamos llegado a un pequeño parque.
En aquel barrio, si querías relajarte un poco en el jardín, tenías que sentarte al lado
de un viejo que daba de comer a las palomas o de una pareja que se morreaba
delante de todos, “¡qué horror, menuda falta de intimidad!”.
Cuando aparté la vista de aquel par de guarros, busqué a la gorda con la mirada y…
¡No me lo podía creer!, ¿era su novio?, ¡noooooo, imposible! La Vaca se había parado
a hablar con un chico guapísimo, rubísimo, con los ojos azulísimos y una melena
supercuidada, que se había ofrecido a llevarle la mochila. “Oh Dios, oh Dios, me caía
muerta”.
Aquel guaperas tendría tres o cuatro años más que nosotras y era muy elegante,
llevaba unos jeans desgastados y un jersey azul marino de cuello cisne bajo un abrigo
de lana estilosísimo del mismo color y aunque no podía distinguir la marca de sus
zapatos, imaginaba unos italianos ideales de horma estrecha. El chico caminaba con
seguridad y despreocupación, ¿cómo podía estar en aquel barrio? Y lo que era aún
peor, ¿de qué conocía a la mugrienta?
Me quedé allí parada sin poder moverme y entonces, un hombre de unos cuarenta y
cinco o cincuenta años cuyo rostro me resultó familiar, se acercó a ellos y los cogió a
ambos por el hombro, conduciéndolos hacia uno de los portales que podía ver al
fondo. Empecé a sospechar que quizá se trataran de su padre y su hermano pero
enseguida descarté la posibilidad, el hombre era atractivo para su edad y, al igual que
el chico, vestía con estilo y tenía pinta de ser bien educado y de buena familia.
Entonces, algo sucedió, La Vaca se puso de puntillas para susurrar al oído del
hombre, y los tres se dieron la vuelta y se quedaron mirándome. ¡Me habían
descubierto!
Aunque me costaba admitirlo, mi impresión había sido acertada y a Valeria la
acompañaban, en efecto, su hermano mayor, Sergio, y su padre.
En ese momento, yo estaba sentada en el salón de la familia Corrales, mientras el
padre de mi compañera de clase cogía las llaves del coche. Mientras esperaba por él,
pensé que me resultaba fácil imaginar a Sebastián trabajando en una boutique de
moda, pero me costaba mucho pensar en aquel hombre elegante y atractivo como un
tendero de libros viejos y polvorientos.
En aquel espacio —que muy a mi pesar me pareció decorado con mucha clase—,
había podido ver, además de un montón de libros por todas partes, una Parker Duofold
clásica montada sobre un tintero, una bonita serie de litografías —de autor
desconocido, eso sí—, muebles escogidos con gusto y muy bien integrados e incluso
un par de alfombras, no muy grandes, que me parecieron cosidas a mano.
—Así que te gusta jugar a detectives, ¿eh, Nancy? —se burlaba la mugrienta, que
era lo único que parecía no encajar en aquella casa.
“Si su madre había sido la responsable de decorar el salón, bien podía asesorar a
Valeria con su indumentaria”
—No creerías que no te iba a descubrir.
—Ya —respondí, un poco molesta, no tanto por la burla en sí sino porque la hiciera
delante de Sergio, que parecía divertirse de lo lindo con el comentario de su hermana
—, ¿y cuando te diste cuenta, si puede saberse?
—Supe que planeabas algo desde que entraste en la biblioteca haciéndome la pelota
—contestó, riendo—. Luego sólo tuve que fijarme un poco y no fue difícil distinguir tus
bonitas botas de caña alta tras el castaño del patio delantero, al lado de la caseta del
bedel.
—¿Qué?, ¿por qué no me dijiste nada? —pregunté, avergonzada y sintiéndome
ridícula—. ¡Dejaste que me subiera al autobús y te siguiera hasta aquí, ¿por qué?
—Porque fue divertido y además, te lo merecías.
—Eres mala Valeria —solté—, eres mala y cruel.
—Le dijo la sartén al cazo —contestó La Vaca—. Si así fuera, te habría dejado en la
calle y no le habría dicho a mi padre que te llevara hasta tu preciosa casa de barrio
rico para evitar que tu mamá te dé unos buenos azotes.
—¿Lista, Sofía? —intervino Sebastián, que acababa de entrar al salón con las llaves
del coche en la mano.
—¡Estoy lista! —respondí, sonriente y segura de que la pequeña aventura que hacía
un momento me había parecido inútil, me acababa de brindar la posibilidad de
vengarme de la mugrienta.
Tuve aquella certeza en el momento en que el padre de Valeria entró de nuevo en el
salón, trayéndome a la mente a Westley, el chico guapo de “La princesa prometida”.
Inmediatamente, recordé dónde había visto antes el rostro de Sebastián Corrales, un
librero y un chantajista… “La venganza se servía fría”.
S
igo, asustada y muerta de asco, sobre el incómodo colchón de la habitación
cuatrocientos veintiuno del hospital comarcal.
—Sofi, cariño ¡ya estoy aquí! —La voz de Valeria, que entra por la puerta de la
habitación con una horrible bolsa de tela en una mano y una botella de agua en la otra,
me despierta—. ¿Qué ha pasado cielo?, has estado llorando…
Mi amiga saca de la bolsa un cuaderno y mi pluma de plata y los deja sobre la mesita,
guardando en el cajón el “cutrebloc” y el Bic.
Un par de lágrimas corren por mi mejilla al ver la pluma de Ink On Paper que lleva mi
nombre, un modelo que se fabrica desde el día de mi nacimiento. Catherine Doe lo
había diseñado personalmente para que saliera a la venta el día que me alumbró y
todavía hoy, a pesar de su elevado precio, sigue siendo una de las más vendidas.
Cojo esta maravilla suave de lineas puras y elegantes entre mis manos y desvirgo el
sobrio cuaderno: —“Val, ¡no puedo mover las piernas!, ¡no siento nada en ellas!, ¡me
estoy quedando paralítica, joder! Haz algo Valeria, por favor.
En cuanto lee la nota, mi amiga abre unos ojos como platos, me abraza y vuelve a
repetirme que todo irá bien, algo que, a estas alturas, ninguna de las dos creemos.
—Sofi —me dice, con gesto serio y decidido—, voy a salir un momento a ver si puedo
localizar a alguien que me informe de las decisiones que están tomando. Acabo de
solicitar los días que me quedaban libres y no trabajo en toda la semana, así que tengo
todo el tiempo del mundo. Solucionaremos esto, te lo prometo.
Pasado un cuarto de hora o veinte minutos, Valeria entra de nuevo en la habitación,
donde la vieja pone el hilo musical con sus potentes ronquidos. “No sé si prefiero que
esté despierta o dormida. Si no me obliga a escuchar delirios, me regala estos rugidos
intermitentes que volverían loco al más cuerdo”.
—Bueno Sofía —empieza a informar mi amiga, tratando de aparentar una tranquilidad
que no siente—, parece que los doctores no tienen una explicación para lo de la parálisis
y han solicitado una resonancia y un escáner que te harán mañana. Seguro que esas
pruebas les aportan la información que necesitan para poder darte el tratamiento
adecuado y que te pongas bien.
“Están dando palos de ciego”
También me han dicho que tu analítica está estupenda —añade, intentando poner la
nota positiva—. Tú descansa y no te preocupes, cielo, yo me quedo a tu lado.
“Como si el hecho de que se quede a mi lado fuera a arreglar algo, ¡aiiiins, pobre de
mí, pobre de mí…!”
Veo a Val sentarse en un sillón de piel sintética cuyo tapizado está roto y desgastado
—“asqueroso, el que se siente ahí se queda pegado para siempre”—. Mi amiga lo
arrastra con suavidad hasta colocarse a mi lado, entre la cama y un armario que parece
un escobero viejo. Saca un libro que sujeta con la mano derecha, mientras sostiene la
mía con la izquierda. Entonces me doy cuenta, veo que Val me está dando golpecitos
secos con el dedo medio y anular al ritmo de Revólver —“nos encantaba jugar a eso,
¿qué tema es?”— ¡pero no siento nada!, trato de levantar el brazo y tampoco puedo,
intento mover el otro y tampoco.
“¡Oh Dios, oh Dios!, esto es muy grave”.
Muerta de miedo, imaginándome en una peli de Alfred Hitchcock, intento llamar la
atención de Valeria, emitiendo los quejidos de ballena herida que se han convertido en mi
único lenguaje estos últimos días.
La puerta se abre y una enfermera entra a ponernos el termómetro, justo entonces Val
me suelta la mano…
—No lo sientes, ¿verdad Sofi? —me pregunta, con voz ligeramente temblorosa— Has
dejado de apretar…
Valeria, la fuerte, la resolutiva, la capaz, está superada por los acontecimientos y sin
quererlo me transmite la certeza de que me muero, de que es el final. Soy un vegetal,
una coliflor con la cara deformada, que han encerrado con una vieja que ronca.
Sé que estoy llorando porque Valeria me limpia las lágrimas con un pañuelo de papel,
pero no siento el caudal de miedo que cruza mi rostro, he perdido toda la sensibilidad.
—Disculpe —oigo como Val, con voz afectada, se dirige a la enfermera—, es mi
amiga, la tenía cogida de la mano y hace un momento ha dejado de ejercer presión. Le
levanté los brazos y sospecho que le ha pasado lo mismo que con las piernas, no los
mueve y no parece sentir nada. ¡Hagan algo por favor!
Escuchar la evidencia en la asustada voz de Valeria me altera aún más, si cabe y
siento que me mareo. Fundido en negro…
QUINTO DÍA
Gijón, 27 de Febrero de 2012
M
e despierta un ruido metálico. Abro un poco los ojos y, como ninguna luz brillante
e impertinente se cuela entre mis pestañas, deduzco que debe ser muy
temprano o aún no ha amanecido.
Justo cuando me voy a girar en la cama —haciéndome la remolona para dormir un
poquito más— lo recuerdo todo y los segundos mágicos de paz que regala el olvido, en
ese primer momento de modorra, dan paso a la cruda realidad.
El ruido que me arrancó de la inconsciencia es el chirriar del carrito de la enfermera.
La luz no me hace daño porque no estoy en Los Ángeles, donde incluso en Febrero, el
sol da la bienvenida al nuevo día y me tortura con dulzura hasta que decido levantarme,
ponerme un bonito vestido y pasearme hasta el Ricks para tomarme un brunch.
Valeria duerme a mi lado, con el cuello torcido y un libro sobre el regazo, mientras un
hilillo de baba le cae por la comisura derecha, “arggg, ¡qué asco!”
No puedo avisarla de que estoy despierta sin mugir como una vaca, porque —no me
ha llevado ni un minuto darme cuenta— sigo sin poder abrir o cerrar la boca y tampoco
soy capaz de mover los brazos y las piernas. “Ay, ay… me parezco al científico ese de
las gafas al que se le cae la cabeza y da conferencias desde su silla de ruedas, ése que
se pasa el día soplando por una pajita”.
¡Necesito hacer pis, necesito hacer pis! ¿Qué hago? No tengo manera de avisar a
nadie… ¡me voy a hacer pis en la cama como una vieja inútil!. ¡Dios mío!
Empiezo a gemir, a emitir esos ruidos guturales que son lo único que sale de mi
garganta, pero Valeria sigue como un tronco y la enfermera, que está poniéndole el
termómetro a mi insufrible vecina, no se entera de nada.
—Buenos días Sofía, veo que estás despierta —me dice la batablanca del carrito,
mientras me mete el termómetro en la oreja—. Treinta y seis y medio, está bien, dentro
de un rato te pasarán a buscar para llevarte a rayos, ¿de acuerdo?
—“No puedo hablar, imbécil, ¿qué quieres que te diga, acaso no me ves?” —pienso,
desesperada y notando como mi vejiga ya no aguanta más.
Sigo gimiendo, incómoda y temiendo mojar la cama.
—Estaremos pendientes, sí —oigo que responde Val, conteniendo un bostezo—.
Muchas gracias.
“¿Gracias? ¡Lo que faltaba!, están aquí para eso, esta Valeria es boba. Sólo falta que
les ponga un monumento, ¿no ve que son unos inútiles que no saben cómo curarme y
que no se da cuenta de que me hago pis?.
—¡Sofi! —exclama, percatándose al fin, de que algo no va bien—, ¿qué pasa, cielo?
“¡Otra!, Valeria, no puedo hablar, ¿qué pregunta es esa? Por Dios, me hago pis!”
—¿Tienes ganas de hacer pis?, ¿necesitas la chata? —pregunta—. Un momento,
cariño, ahora mismo te la traigo.
“Parece que mi amiga se despertó del todo”
Val saca la chata del baño y me la pone, lo que me resulta tremendamente
vergonzoso. Valeria subiéndome el camisón, Valeria bajándome las bragas, Valeria
secándome, Valeria vaciando mi pis en el wáter, Valeria acercándose con una toallita
húmeda y limpiándome la cara con suavidad…
—No llores Sofía, todo va a ir bien —me dice.
“¿Estoy llorando?, ¡mierda!”
—Voy a salir un momento al baño y vuelvo enseguida —añade Val, que tiene la camisa
arrugada como un acordeón y una pinta terrible.
Mi amiga sale por la puerta y me vuelvo a quedar encerrada en la cuatrocientos
veintiuno, que huele a desinfectante y suena a quejidos de vieja loca. Al girar el cuello,
algo que aún puedo hacer —pero visto lo visto, no sé por cuánto tiempo—, me quedo
mirando hacia el feo sillón en el que Valeria ha pasado la noche y me dedico a contar las
grietas y agujeros de la tapicería.
Diez minutos o un cuarto de hora después, mi amiga entra de nuevo, acompañada de
un señor con bata blanca, de unos sesenta o sesenta y cinco años.
—Sofi cariño, el doctor Morales quiere decirnos algo —me dice, tocándome la mejilla
con delicadeza—, son las diez y media y enseguida te bajarán a rayos.
—Buenos días Sofía —me saluda el doctor—, quería informarle de que esta mañana,
en la sesión clínica, hemos comentado su caso. Aunque no tenemos nada concluyente y
aún estamos pendientes de varias pruebas complementarias, barajamos la hipótesis de
que su afección pueda ser algún tipo de miopatía.
—¿Una miopatía? —repite Valeria, confusa— Doctor, me he estado documentando un
poco y Sofía no presentó síntomas de este tipo hasta ahora, ¿están seguros de que se
trata de eso?
“Ay Val, ¿qué me pasa, por Dios?”
—Pues no, no estamos seguros de nada. Dejen que les exponga lo que venía a
contarles, por favor —responde, un poco indignado, el carcamal.
Atando cabos, y por esa manera de levantar la ceja izquierda que me parece haber
visto antes, me pregunto si no será el padre de la primera médica que me vio en
urgencias. “Se apellidaba Morales, creo recordar…”
—En pocos minutos tenemos pensado hacerle un escáner y una resonancia, además
de una biopsia de las lesiones cutáneas y otra muscular —continúa, mirándome a mí e
ignorando a Val—. Eso nos dará más datos y es posible que confirme el diagnóstico,
pero aún así pensamos que podemos empezar a ponerle ya corticoides para ver qué
pasa. Observar el efecto del tratamiento puede ayudarnos mucho y si se confirma la
miopatía, habremos ganado tiempo, ¿lo comprende?
—Sofía —dice Valeria mientras me sostiene la mano—, a mí me parece razonable.
Entiendo lo que propone el doctor, ¿y tú?
Hago un gesto afirmativo con la cabeza y mi amiga me pellizca suavemente la barbilla
y sonríe.
—De acuerdo, llamaré a una enfermera para que le ponga la primera dosis —añade el
doctor Morales—. Pronto pasarán a buscarla, Sofía. Les informaremos en cuanto
tengamos algo nuevo y dígale a su amiga que Internet no tiene todas las respuestas.
Valeria lo mira con una sonrisa de culpabilidad que no entiendo.
“Era lo que faltaba, que no pueda buscar en Internet lo que le dé la gana. Además, Val
se pasa la vida con la nariz metida en los libros, seguro que sabe más que él de todo”.
Enseguida entra la enfermera a meterme en el suero lo que supongo que es el
corticoide y al salir, se cruza con un celador que me viene a recoger para llevarme a
rayos.
“Espero que no me queden las piernas como pegollos de horreo y me hinche como un
pez globo, es lo que dicen que pasa cuando tomas esa porquería que me acaba de
administrar”.
—Sofi, Cielo, son las once menos cuarto —me informa Valeria, que sabe que no
puedo consultar el iPhone—. Voy a aprovechar para bajar a tomarme un café y un
pincho y estaré aquí cuando vuelvas, ¿de acuerdo?
El celador es un imbécil que va de graciosillo y me habla como si estuviéramos en la
barra de un bar cutre de los que seguramente frecuenta. Empuja la camilla hasta el
ascensor y habla por los codos sobre un fin de semana en la nieve —como si me
importase a mí que este hortera se haya pasado el domingo echando raíces en la cola
de un telesilla en una estación enana, que apenas llega a los nueve kilómetros
esquiables—. Me abstraigo de los insulsos comentarios del payaso, pensando en mi
última escapada a Aspen con Desmon y Prince y en la Fiesta de fin de temporada en
Casa de los Whitewood. “Menudo vestido de Valentino había lucido yo aquel día, atraía
todas las miradas, estaba espectular…”
Llegamos a rayos y casi me da algo. Esto es horrible, está superviejo y no hay más
que puertas desconchadas a lo largo de un estrecho pasillo por el que apenas entra una
camilla. El troglodita me está dando golpes contra todas las esquinas —“¡inútil!”— y
encima me deja aparcada aquí como si fuera una bicicleta vieja.
—¡Aquí acaba el viajecito, guapa, enseguida te llaman! —me dice, el muy caradura,
abandonándome sin más en medio de este cuchitril, donde todo el mundo me mira.
Pasados unos diez minutos, sale una mujer con pijama clínico verde y dice mi nombre,
pero yo no le puedo responder y aunque hago mi imitación de ballena, no se da cuenta y
vuelve a entrar, cerrando la puerta tras de sí. “Aquí son todos idiotas”
Siento una impotencia terrible y pienso en que gritaría, cuando la mujer sale de nuevo
y se acerca a mí.
—A ver qué tenemos por aquí… —dice, recogiendo la carpeta que hay a los pies de
mi cama—. Venga Sofía, tranquila. Vamos a darnos una sesión de rayos uva.
“Otra graciosa, esto parece el Club de la Comedia ¡Qué cruz!”
La mujer hace una señal a otra batablanca, en este caso bataverde, que se encarga
de conducirme al interior de una reducida sala y trasladarme de la camilla a una
plataforma que, en efecto, recuerda un poco a la de un solarium.
La enfermera me explica que debo estar muy quieta —“cómo si pudiera hacer otra
cosa”— y que escucharé un zumbido un poco desagradable durante los tres cuartos de
hora que dura la prueba.
“Vengo de la cuatrocientos veintiuno, estoy segura de que la vieja de la cama de al
lado supera con creces el ruido al que se refiere”.
A los pocos minutos, la camilla se empieza a mover y como viene ocurriendo los
últimos días, el eco del pasado acude en mi ayuda para llenar y dar sentido a un
inquietante presente.
Gijón, 15 de Septiembre de 1988
Aquel caluroso viernes, en el que estrenaba un precioso vestido de bambula rosa,
era la presentación del nuevo curso escolar, en el que yo empezaría tercero de
primaria. Aunque la reunión no era ni mucho menos obligatoria y las clases se
iniciaban formalmente el lunes, casi nadie se quería perder la oportunidad de exhibir
su bronceado —¡qué ordinarios, por Dios!— y enseñar algunas fotos de sus
vacaciones estivales.
El acto ya había concluido y salí al patio delantero con Silvia y Sonia, que estaban
un poco enfadadas porque las habían puesto en aulas diferentes. A mí me tocaba ir a
clase con Silvia.
—No te quejes, Sonia —le dije—, al menos te has librado de tener a “la morsa” como
tutor.
—Bueno, pensándolo así…
—Pues a mí no me parece tan malo —intervino Silvia—, a Pablo Rendueles, el
hermano mayor de Olaya, le subió la nota el año pasado para ayudarle en la media de
la Selectividad.
—¡Ay, qué tonta eres, de verdad! —me reí—, con el dineral que pagan nuestros
padres, ¿qué menos? Seguro que no ha sido cosa de “la morsa”, se lo habrá mandado
Miss Bowie.
Las gemelas no se daban cuenta de nada y es que, aunque fuéramos al mismo
curso, ellas hacían los ocho en diciembre, por lo que yo, que los había cumplido en
febrero, era casi un año mayor que ellas. Me encantaba la sensación de superioridad
que me daba aquella diferencia.
—Lo que tenía que hacer mi futuro tutor —dijo Sonia, riendo— es afeitarse ese
ridículo bigote.
—¡Nooooooo! —grité, haciendo un poco de teatro—, ¿cómo lo llamaríamos,
entonces?
Las tres nos reímos con ganas hasta que vimos aparecer, en la puerta principal, el
Mercedes gris del padre de las gemelas, que se despidieron de mí hasta el lunes
siguiente y se marcharon en dirección al coche. Me fijé en que Sonia no le quitaba ojo
a mi vestido nuevo, “se moría de envidia”. Lo mejor de la escuela era que aún siendo
privada, no teníamos uniforme, algo nada habitual y que había levantado ampollas.
Había quienes tenían especial interés en que todos supieran que pagaban una
cantidad elevadísima por la educación de sus hijos, “¡paletos!”.
La Bowie International School, ocupaba casi veinte hectáreas y estaba formada por
varios edificios independientes. En el principal, al que llamábamos El Castillo, se
encontraban los departamentos y despachos, salas de profesores, biblioteca etc. Era
un palacio de piedra construido en 1921 en estilo regional, por un arquitecto asturiano
en el que los Bowie parecían haber depositado toda su confianza y buena parte de su
fortuna. Aquello había dado que hablar, porque muchas familias gijonesas estaban
interesadas en parte del terreno y los americanos, a pesar de no haber sido vistos por
allí, no querían vender ni un metro. Todo ello —unido al hecho de que se habían
negado a construir la capilla anexa que casi se daba por hecho en aquel tipo de
construcciones, y a que se decía que vivían en Nueva Orleans— había generado
desconfianza y levantado todo tipo de críticas y rumores sobre ritos paganos y Vudú.
Dos generaciones de guardeses habían sido los únicos habitantes del que todo el
mundo conocía como “El palacio de los yankis”, hasta que Susan Bowie se trasladó y
decidió levantar el que sería centro educativo de referencia en todo el país.
El resto de las instalaciones, modernas y de lineas rectas y puras, contrastaban con
el estilo montañés de la casona, que era el símbolo más representativo del colegio
pero, a pesar del contraste, resultaba un conjunto elegante.
Justo detrás de El Castillo, a mano derecha, se encontraba el aulario, un edificio de
tres plantas y grandes proporciones, construido en hormigón, acero y vidrio, en el que
destacaba este último, compensando el tamaño y aportando claridad y ligereza. A la
izquierda y de los mismos materiales, una cúpula con capacidad para ochocientas
personas, hacía las veces de auditorio. Allí acababa de celebrarse, como cada año, la
presentación del curso escolar.
Por detrás de estos tres edificios, las instalaciones deportivas, incluían una pista de
atletismo descubierta —de cuatrocientos metros y seis calles—, campo de fútbol,
baloncesto y tenis. Todas ellas, por supuesto, disponían de iluminación nocturna, algo
con lo que todo el mundo estaba encantado. Para mí ya era bastante tortura tener que
sudar y echar carreritas en clase de educación física tres horas por semana. El edificio
más alejado de El Castillo, justo detrás de la pista de atletismo y delante del bosque de
eucaliptos, era una especie de templo para el equipo de natación, que podía disfrutar
de una piscina cubierta, gimnasio y dos vestuarios totalmente equipados. ¡Aquello era
un horror!, la mayoría de las instalaciones estaban pensadas para deportistas, sólo
faltaba que nos obligaran a ir en chándal a la escuela.
Yo estaba esperando a mi madre, que estaba reunida con Miss Bowie, Susan, como
ella la llamaba. Ambas se conocían desde antes de que la BIS abriera sus puertas,
aunque mamá no hablaba demasiado de su relación y yo no recibía un trato especial
por su parte. Aquello me molestaba un poco, la verdad. Al fin y al cabo, eran
compatriotas y no había mucho americano o americana en Gijón en aquella época, por
lo que pensaba que bien podía tener un trato de favor con la hija de su paisana.
Como todo el mundo se había ido a casa, yo estaba muy aburrida y mamá tardaba
un montón, así que decidí esperarla dentro y darme una vuelta para ver si había
alguna novedad en El Castillo. Crucé el imponente hall y giré hacia el ala este, donde
se encontraban los despachos. Di un par de saltitos mientras jugaba con mi vestido,
que se movía a causa de la corriente —debían de tener un montón de ventanas
abiertas porque eran casi las dos y hacía calor— y entonces escuché la voz de mi
madre y la de Susan, que parecían discutir con un hombre al que no reconocí.
Sentí curiosidad y miré a través de uno de los amplios ventanales hacia el patio
interior, que contenía un jardincito muy bien cuidado y al que iban a dar las ventanas
de cuatro de los departamentos y del despacho de la directora. Desde allí, podía ver
perfectamente el perfil de mamá y de Miss Bowie, que discutían acaloradamente con
un hombre de la edad de papá o un poco mayor. Tenía el pelo rubio y se parecía un
poco a Westley, el chico guapo de “La princesa prometida”, sólo que más viejo.
Las voces llegaban hasta mí un poco ahogadas porque, aunque Susan tenía la
ventana abierta, las enormes cristaleras de la sala en la que yo me encontraba —que
iban prácticamente del suelo al techo—, estaban cerradas a cal y canto. De todos
modos, pude escuchar a la directora ofrecer dinero al hombre rubio para que no
contara algo sobre el accidente de un familiar y, por algún motivo, mi madre parecía
apoyar a Susan e intentaba convencer al desconocido de que aceptara.
Me pareció entender que él rechazaba la oferta y, en su lugar, pedía que su hija
estudiara gratis en la escuela, “¡qué caradura!” No pude oír nada más porque Miss
Bowie se giró para cerrar la ventana y temiendo que me descubrieran, corrí hacia la
salida.
Esperé a mi madre delante de El Castillo, justo al lado de la pequeña caseta del
bedel, preguntándome quién sería aquel hombre y secretamente aliviada de que
mamá y Susan estuvieran en el mismo bando. “No me vendría nada mal tener a la
directora de mi lado”.
Aunque me intrigaba la identidad del hombre rubio —Susan no estaba casada ni se
le conocía novio alguno—, pronto me olvidé del asunto y pasé a cosas más
importantes. ¿Me dejaría mamá estrenar el lunes la chaqueta que había comprado en
nuestras vacaciones en Bali? Tenía que conseguir que me dejara hacerlo o ya no me
la verían en la escuela, porque enseguida empezaría a enfriar y no podría ponerla, así
que empecé a pensar en la mejor manera de convencerla.
D
espués de mi recorrido turístico por el área de radiología, me conducen hasta
una sala, en la que un hombre joven echa un vistazo a la carpeta que llevo a mis
pies, para hablarme a continuación como si fuera idiota:
—Buenos días Sofía —me saluda—, voy a cogerte unos cachitos de piel y músculo
para analizar, pero debes estar tranquila porque no te va a doler. Como no puedes sentir
nada, ni siquiera pondremos anestesia, irá rápido.
El impertinente me toma muestras de tejido en el interior de los brazos, en una mano y
en el muslo. Según me explicó el doctor Morales, las enviará a anatomía patológica para
su análisis.
“Recuerdo las palabras del doctor en la planta y me tranquiliza saber que están
siguiendo sus instrucciones. Al menos estos incompetentes saben leer”.
—Bueno Sofía, ya casi está —me dice el carnicero, cambiándose los guantes y
sonriendo, como si estuviera hablando con una retrasada—, un par de puntos aquí, otra
sutura allá y no te quedarán más que unas cicatrices finitas.
“¡Un momento!, ¿cicatrices? Nadie me habló de cicatrices. ¡Oh Dios, oh, Dios, lo que
me faltaba!”
En cuanto me acaban de suturar, un celador me devuelve a la habitación, donde
Valeria me espera, caminando nerviosa de un lado a otro.
—¡Sofi! —exclama, nada más verme—, estaba preocupada, son casi las tres y no
acababan de subirte.
“Como si tuviera yo la culpa de que no me subieran antes, ¡no te digo!”.
—¿Tienes ganas de hacer pis? —pregunta mi amiga, solícita, fijándose en mi cara,
que se mueve afirmativamente—. Ahora te pongo la chata Sofi.
“Menos mal que Valeria está aquí, si dependiera de todos estos idiotas estaría
enterrada entre porquería”
—Hola, parece que ya ha llegado nuestra viajera —le dice la enfermera a Val,
haciéndose la simpática, mientras entra por la puerta—. ¿Estás poniéndole la chata?
—Sí, así es —responde mi amiga.
—Como no puede decirnos cuándo tiene que ir al baño —añade la perforaculos—,
podemos traerle pañales de adulto, será más cómodo.
“Esto no me está pasando, no me está ocurriendo a mí. ¡Valeria por favor, no lo
permitas, no Val, no Val, por favor!”.
—¡Ni hablar! —oigo decir a mi amiga, en tono tajante —Para eso estoy yo aquí. Nos
las arreglaremos, no es necesario que traigas nada.
“Esa es mi bibliotecaria, ¡fastídiate, bruja amargada!”
Al rato aparece la auxiliar de la tarde, una chica bastante agradable que viene a asear
a la loca de mi vecina y pide a Valeria que salga un momento. En los minutos que pasa
en el pasillo, me parece oírla hablar con alguien y al entrar, me comenta que ha estado
con una médica del equipo del doctor Morales, pero que no le ha podido decir nada
nuevo. Por la descripción que me hace, deduzco que se trata de la mujer que me
ingresó, Isabel no sé qué.
Me está entrando un poco la modorra, “serán los duerme-elefantes esos que me
ponen en el suero” y Valeria me dice que aprovechará para pasar por casa a darse una
ducha y recoger algunas cosas.
—Que descanses cielo, vuelvo enseguida.
“No tardes Valeria, no tardes, porfa”.
Me encuentro en ese estado de duermevela en el que todo parece desdibujarse,
cuando oigo un ruido en el pasillo. Creo que Valeria ha olvidado algo pero estoy
equivocada…
Al abrir los ojos lo veo y me llevo un susto de muerte, ¡es él, el friki de la biblioteca!,
“¿Qué está haciendo aquí este tipo raro?, ¿estoy soñando?”
—Sofía, Sofía, así que te llamas Sofía… —dice el raro, arrastrando mucho las
palabras mientras se acerca a mi cama y clava sus ojos en los míos, tan cerca, que
noto su aliento agrio y caliente, “Argggg, me muero de asco”
—Siento muchísimo que estés aquí, en este estado…
Su aspecto no es exactamente malo, Dockers color mostaza, camisa de Ralph Lauren
a cuadros bajo una Barbour azul marino, Sebago color chocolate, gafas Lacoste de
pasta y messenger de cuero. Podría decirse que viste mejor que Robert —“¡ay, Robert!,
no le he llamado desde hace días y no sabe nada de esto”—, pero algo en su mirada
me asusta, es como si me atravesara.
No entiendo quién es, qué quiere de mí o cómo sabe que estoy aquí, ¡deseo que se
largue ya!, así que intento gritar. Aunque en mi mente grito, en la cuatrocientos veintiuno
sólo se oye un lamento de ballena varada al que enseguida se unen los delirios de una
vieja loca.
Ante mi reacción, el raro da un paso atrás y veo como su cara parece transformarse
de pronto. Un sudor pegajoso cubre su rostro en pocos segundos y abre mucho los ojos
como si, de repente, hubiese descubierto algo. La barbilla comienza a temblarle y
empieza moverse de un modo extraño que me recuerda un episodio del pasado que no
acierto a concretar. Eso me asusta aún más, frunzo el ceño y lo miro con ojos de
verdadero odio, odio ante el fantasma del miedo —encarnado ahora en el tipo de las
gafas—, ante la incertidumbre y el desconocimiento, la dependencia que tengo de
Valeria, no sólo ahora sino siempre. Llevo años siendo una inútil, años sin poder
arreglármelas sola aunque pudiera moverme y hablar.
“Te odio, vete, ¡vete!” —pienso, y no sé si me dirijo al friki de las gafas o a mí misma.
—Perdóname, perdóname por favor… —gime el raro, asustándome cada vez más—
Te devolveré lo que es tuyo, prometo que te devolveré lo que es tuyo.
No entiendo absolutamente nada, incluso parezco razonar de un modo que no es
propio de mí, profundizo en mi alma a unos niveles que no me interesan, nunca me han
interesado, es algo surrealista, incomprensible…
La realidad se cubre con una tela que distorsiona el tiempo y el espacio, no recuerdo
que el friki se haya ido pero estoy segura de que estuvo aquí, no sé cuándo me ponen la
siguiente dosis de corticoides, pero alguien lo hace. Tampoco veo aparecer a Valeria,
pero sé que está conmigo, y quizá la loca ronque, pero no estoy segura de lo que oigo,
como tampoco sé si estoy despierta o dormida…
SEXTO DÍA
Gijón, 28 de Febrero de 2012
M
e parece oír una voz que me llama a través de la niebla... Intento subir a la
superficie, hacer que el humo se disipe, y parece que lo consigo.
—Sofía, vamos Sofi, despierta —Ahora distingo claramente a Valeria,
llamándome a lo lejos—. Sofi cielo, creo que es mejor que te espabiles un poco.
Abro los ojos y veo a mi amiga, sonriente y con la cara muy cerca de mí. “¿Y ésta de
qué se ríe?, como si hubiera motivos para estar contenta”.
—Cariño, voy a traerte la chata para que hagas pis —me dice.
“Menuda alegría, ¡bravo! Hace cuatro días, me despertaba con el notición de que
sería la nueva propietaria de un top divino y superexclusivo y ahora la gran noticia es que
Valeria me va a poner a hacer pis. ¡Ay Dios, si ya hubiera visto el último episodio de
Mujeres desesperadas, pedía que me llevases contigo”
—Temo que quieran bajarte a rayos de nuevo y no te dé tiempo a hacer tus
necesidades —sigue charlando Val—, ¡hoy has dormido como un tronco!
La miro con gesto interrogante y el ceño un poco fruncido, pero ya se ha dado la
vuelta para coger la chata y colocármela bajo las sábanas. “Qué vergüenza, ¡estoy
harta!”
Mientras Val vacía mi pis en el wáter —prefiero no pensar cuándo fue la última vez que
hice caca—, miro hacia la mesita para intentar ver qué hora es pero no veo mi iPhone
por ninguna parte. Mi amiga ha debido de guardármelo.
“¡Qué sopor, aún no me he despertado del todo!”.
—¡Sofía, Sofía, estás bostezando! —grita Valeria, desde la puerta del baño—, ¡has
abierto la boca como un hipopótamo!
—¡Es cierto!, puedo abrir la boca, Val —oigo, sorprendida, una voz ronca que
reconozco como mía—. Me caigo muerta, Valeria. ¡Estoy mejorando!, ya me veía
soplando por la pajita.
Lágrimas de alivio empiezan a resbalar por mis mejillas, lo que me hace tomar
conciencia de la tensión a la que he estado sometida y hasta decido pasar por alto que
Valeria me acabe de comparar con un bicho gordo y feo.
—¡Qué alegría Sofi, qué alegría! —exclama mi amiga, apretando un poco los puños y
moviéndolos hacia arriba y hacia abajo como cuando iba al colegio y nos daban las
notas—. Mientras dormías, me he fijado en que ambos ojos están a la misma altura y
apenas tienes granitos, es lo que quería decirte cuando te desperté. Deberíamos de
avisar a alguien, ¿no crees?
—Sí, tienes razón —respondo.
“Qué bien oírme de nuevo y poder hablar”
—Parece que el corticoide ése está dando resultado Val, porque también siento un
ligero hormigueo en los dedos de las manos y los pies.
Valeria sale al pasillo, contenta como unas castañuelas y yo casi temo sonreír por
miedo a volver a quedarme bloqueada. Mi cabeza va a mil por hora y ya estoy haciendo
planes para cuando salga de aquí. Pensaba que este día no iba a llegar nunca.
Ni siquiera los quejidos lastimeros de la loca de al lado consiguen apagar hoy mi
entusiasmo. “¡Estoy mejor, estoy mejor y no me voy a morir!”.
—¡Cállate de una vez, vieja loca! —le grito a mi compañera de habitación, que
continúa con su retahíla de palabras inconexas—. Sé que estás totalmente ida y hasta
dudo que entiendas lo que te digo, pero llevo dos días deseando hacer esto. ¡Qué ganas
de perderte de vista, por Dios!
—Ay Sofi, Sofi… —Valeria entra por la puerta, reprendiéndome, para variar—. Verás
cuando llegues a la edad de Alicia y te encuentres con una estirada que, en lugar de
apiadarse de ti, se dedique a darte gritos. Salvas que estoy muy contenta y sólo me
apetece pegarte un buen achuchón.
—Déjate de achuchones —contesto— y cuéntame qué te han dicho los de la bata.
—Sólo he podido hablar con una de las enfermeras, pero se comprometió a informar
enseguida a algún miembro del equipo —me cuenta—. Por cierto, ¿has pensado en
llamar a Robert?, tienes el iPhone hasta arriba de llamadas suyas y no te has
preocupado de contestarle.
—¡Valeria!, ¿te has fijado en que estoy encerrada en un asco de hospital, medio
muerta y sin poder moverme?
—Por favor Sofía, no hagas que desee que vuelvas al estado de silencio forzoso —me
dice, la muy bruja—. La primera llamada de tu chico fue cuando entrábamos al teatro, el
día antes de tu primera visita a urgencias.
—Lo sé —trato de disculparme—, precisamente pensé en él ayer, cuando te fuiste a
casa y apareció el friki de la biblioteca.
—¿El friki de la biblioteca? —pregunta Val, extrañada.
—Sí, ese que me echó una bronca terrible el día que fui a buscarte para ir al teatro, el
de las gafas —le contesto a mi amiga, que frunce el ceño, extrañada. “Con la cantidad
de raros que pasan por allí, no me extraña que no se dé cuenta de quién es”
—¿Te puedes creer que se presentó ayer aquí? —añado.
—¿Bruno, el escritor? —Parece que sí sabe de quién le hablo—. Vendría a visitar a
alguien y te vería de casualidad, Sofía. Y no seas exagerada anda, no te echó una
bronca tremenda, sólo te pidió un poco de silencio.
—¡Que no, que no! —contesto, enfadada con Valeria, que parece haberse quedado
pensativa—. Te juro que venía a verme a mí y le dio como un ataque, Val. En serio,
balbuceaba y pedía perdón por quitarme no sé qué. Ese tío está loco, te lo digo yo.
—Sofi… —empieza a contarme Valeria, que ahora vuelve a arrugar ligeramente la
frente —Bueno, quizás no sea nada pero ayer por la tarde, cuando me pasé por casa,
aproveché para llamar al móvil de Carlos, que está haciendo mi turno, para preguntarle
qué tal todo…
—¡Ya me parecía raro que no mencionaras el trabajo! —la corto—, ¿crees que los
libros se van a marchar volando si no estás tú, ¿o qué?
—¡Sofía!, Carlos está haciendo la mañana para que la chica nueva se libre del peor
turno —lo defiende—. Además, ¿por qué te doy explicaciones?, te estaba contando lo
que me dijo…
Val continúa contándome que Bruno, el escritor, se pasó por la biblioteca ayer por la
mañana y le preguntó al calvo por mí. Tanto a Carlos como a Valeria les extrañó aquello
porque al parecer, el friki nunca trabajaba allí los lunes y es uno de esos obsesionado
con los horarios al que jamás habían visto alterar su rutina.
—Es un raro, ¡te lo dije! —intervengo—, ¿pero qué tiene que ver ése conmigo?
—No lo sé —responde Val—, pero Carlos se siente fatal porque se fue un poco de la
lengua y le comentó que yo no estaba porque tenía a una amiga ingresada en el
hospital.
—¡Bah!, ¿y cómo va a deducir el friki que esa soy yo? —intento tranquilizarla. Hoy
estoy demasiado contenta como para enfadarme con el soso de su compañero— Y
aunque lo hiciese, ¿de qué me conoce para venir a verme y qué es lo que me quiere
devolver?
—Ni idea, Sofía —contesta—, pero Carlos dice que se le cayó al suelo la tarjeta de un
psiquiatra y una lista un poco rara. Mi compañero se dio cuenta cuando Bruno ya se
había ido, así que lo recogió y al leerlo le dio mala espina, por eso se arrepintió de
haberle dado más información de la cuenta y me lo dijo.
Las dos nos miramos a los ojos, Val con su cara de estar en las nubes —puedo leer
que me ha creído y no piensa que sea una paranoica—, y yo para comprobar que me
está diciendo todo lo que sabe. Lo cierto es que ya sólo puedo pensar en salir del
cuchitril, calzarme unos buenos tacones y sentirme de nuevo yo misma.
—¡Buenos días Bella Durmiente! —saluda una enfermera mientras entra, haciéndose
la simpática—. Así que estás mejorando, ¿eh?.
—Sí, así es —contesto—. “Desde luego, no será gracias a tus cuidados”. Además de
poder abrir y cerrar la boca, empiezo a notar sensibilidad en los pies y en las manos.
—Es una gran noticia Sofía, me alegra mucho oírtelo decir. Me preguntaba cómo sería
tu voz —responde, como si de verdad se alegrara—. El doctor Morales está avisado y
pasará a verte a lo largo de la mañana.
—Estupendo, muchas gracias —se despide Valeria, que ya parece haber vuelto a la
Tierra, y se dedica a tocarme los dedos de las manos—. Sofi, ¿notas esto? Intenta
agarrarme, a ver si puedes.
Trato de apretarle la mano a mi amiga y aunque no lo consigo, sí que noto el tacto de
su piel. Además tengo una sensación tosca y desagradable en las piernas,
consecuencia, sin duda, de dormir entre unas sábanas de pésima calidad. Nunca algo
tan molesto me había puesto tan contenta.
Valeria me pasa un espejo y veo, aliviada, que mi cara es casi la que era. Tan sólo
tengo un par de granitos en la barbilla y el ojo derecho un pelín más cerrado que el otro,
pero Val asegura que me ve mejor cada minuto que pasa.
“Pues podrías haberme traído el neceser de los cosméticos chica, desde luego…”
Como ya puedo abrir la boca, mi amiga se ofrece a cepillarme los dientes, lo que hace
que me sienta mucho mejor. “Ay madre, igual me lleva oliendo el aliento todo este tiempo
y nadie me dijo nada… Yo por si acaso no pregunto, ¡qué vergüenza!”
En cuanto terminamos, Valeria coge mi pluma y mi libreta de la mesita, empeñada en
que hagamos una lista con todas las dudas que se nos planteen. Es una cuadriculada y
no quiere que se nos olvide preguntarle nada al doctor. “¡Ya ves, menuda tontería!”.
—Yo sólo quiero saber cuándo voy a salir de aquí —le digo a Val, que ahí sentada con
la libreta y las piernas cruzadas, parece una secretaria de los años cincuenta entrada en
carnes.
—Sofi cielo, saldrás cuando te recuperes, ¿no te parece? —suelta Rotenmeyer,
sarcástica—. ¡No querrás llegar a casa a rastras!
—Pero qué graciosa eres —contesto—. Tengo hambre, quiero una ensalada templada
de pavo y unos ahumados.
—Sofía… —contesta, con esa cara que detesto, como de ir un paso por delante—, a
veces no sé si hablas en broma o en serio. Quizá pueda conseguirte un café y unas
galletas, pero ¿no se te habrá pasado por la cabeza que puedas disponer aquí de la
carta del Ricks, verdad?
“Nunca se sabe, tenía que intentarlo”.
Gijón, 20 de Mayo de 1992
Eran las cinco y diez y ni La Vaca ni yo habíamos mencionado el episodio del día
anterior. Mi compañera de castigo seguía metiendo libros en la base de datos,
mientras yo le iba leyendo los títulos en voz alta. La situación era muy graciosa,
parecía que nos estábamos midiendo, como los pistoleros de esas pelis del oeste que
veían los viejos por las tardes.
—¿Qué tal con tus amigas? —preguntó en un momento dado—, parece que
últimamente no las tienes muy contentas.
—Es que yo no tengo que contentar a nadie —respondí, cortante.
—Lo olvidaba, la Nancy sólo piensa en ella misma.
—Mira, adefesio —ataqué, ansiosa por demostrar que iba a acabar con ella, tal y
como había prometido—, yo que tú me andaría con mucho ojo. No me tomes por tonta.
La muy bruja seguía alternando la vista entre los lomos de los libros y el ordenador,
sin dar señal alguna de estar molesta.
—No creo que a ninguno de los alumnos que vienen a esta escuela —continué,
intentando cabrearla— les haga gracia saber que sus familias pagan un dineral por su
educación, cuando tú estás aquí gracias al chantajista de tu padre. “La venganza se
servía fría”.
La reacción de La Vaca me pilló desprevenida, me esperaba gritos, otra pelea,
lamentos, insultos… pero no ocurrió nada de eso. Valeria me pidió el título de los tres
libros que nos faltaban para acabar de clasificar el último montón que teníamos sobre
la mesa, y una vez la hubo despejado, giró su silla para quedarse frente a mí y me
miró fijamente a los ojos.
—Sofía, ¿estás segura de lo que acabas de decir? —preguntó—. Piensa bien tu
respuesta.
—Oye, no te hagas la interesante, ¿quieres? —contesté, disimulando que estaba un
poco intimidada—, si intentas meterme miedo no lo conseguirás. Además, ¡tengo la
sartén por el mango!
“Su padre podía ser un delincuente, ¡ay Dios!, y yo dejando que me llevara en coche
a casa. ¡Cómo para que me hubiera pasado cualquier cosa!”
—De acuerdo —contestó, levantándose lentamente y dirigiéndose hacia el fondo de
la habitación—, puedes decirle a todo el mundo que mi padre no paga matrícula, pero
también tendrás que explicar por qué.
—¡Y lo haré! —contesté, segura de estar ganando la partida—. Tú estudias gratis
aquí porque tu padre amenazó a Miss Bowie. Yo lo vi y mi madre estaba en el
despacho de la directora cuando lo hizo, ¡los vi a los tres!
—Vaya —respondió La Vaca, regresando a la mesa con un libro en la mano—, crees
que lo sabes todo Nancy y aunque así fuera, que no es el caso, a veces no hay peor
condena que el conocimiento.
—¡No empieces a hablar en plan raro para hacerte la interesante, que aquí sólo
estamos tú y yo! —grité, cabreada y un poco asustada, al ver la cara de suficiencia
que ponía el adefesio—. Si ahora no eres muy popular en la escuela, no te digo lo que
vas a sufrir a partir de mañana.
—Muy bien —contestó, con voz pausada y poniendo frente a mí un viejo libro blanco
con letras negras—, entonces lo sufriremos juntas. Si yo caigo, tu caes.
“Ink on Paper, metaphor or witchcraft?”, Tinta sobre papel, metáfora o brujería… La
Vaca me había puesto delante un libro de aspecto extraño y aburrido, en cuya portada
no había ni una miserable imagen, y aunque me impactó un poco leer el nombre de la
empresa de mi madre en aquel volumen, me pareció una frase que podría ocurrírsele
a cualquiera que estuviera tan ocioso como para ponerse a escribir.
El adefesio se apartó un poco, como si quisiera darle a aquello un golpe de efecto y
a mí me entró la risa. “¿Qué estaba esperando, que abriera el libro, que le diera con él
en la cabeza o que lo clasificara con los demás? ¡Qué rara era, por Dios!”
—¿No te suena de nada el nombre que da título a este libro, Nancy? —preguntó, al
fin.
—Siiiiiiii, Valeria —contesté, aburrida y arrastrando un poco el “sí”, para que viera
que me tenía hasta las narices y que no me haría cambiar de opinión con ningún
numerito—. Mi madre tiene una empresa de artículos de escritorio muy chic que se
llama “Ink on paper”, pero como comprenderás, poco tiene que ver con pociones
mágicas. Y eso de las metáforas… bueno, para quien lo entienda.
—¿Y no sientes curiosidad? —preguntó frunciendo el ceño— ¿No quieres echarle un
vistazo, por lo menos?
—¡Ay Dios!, si voy a perder el tiempo leyendo —respondí, mirando la hora y
comprobando que aún me quedaban veinte minutos para que acabase la tortura—, al
menos que sea el Vogue. Si estás tan interesada, resúmemelo tú, anda. “Al menos,
mientras el adefesio hablara, me libraría de clasificar todos aquellos libros sucios y
polvorientos que me daba tanta grima tocar”.
—Lo haré —contestó, mientras pasaba unas cuantas páginas y señalaba un nombre
—, ¿conoces a Jerome Doe?, ¿sabes que se hizo rico gracias a varios pozos de
petróleo en Texas?
—Jerome Doe es mi abuelo, un pobre paleto sureño —contesté, repitiendo lo que
tantas veces había oído decir a mamá—. ¿Qué pinta mi abuelo en ese libro?
—Parece que ya te va interesando un poco… —se burló mi compañera forzosa— El
caso es que el paleto sureño, como tú lo llamas, tenía contratados a un montón de
trabajadores, entre ellos Maximilian, un buen hombre de origen irlandés, que se había
casado con una mejicana. El objetivo principal de Maximilian era conseguir dinero
suficiente para viajar a Europa con su mujer y su futuro hijo, Sebastián…
—Mira, adefesio —dije exagerando un bostezo—, casi prefiero cantarte los títulos de
toda la Generación del Veintisiete, Treinta y seis o lo que te dé la gana, ¡me
abuuuuuurro!
—¿Que te aburres?, tienes delante de ti un libro que habla de tu familia —me
contestó, un poco indignada y hasta sorprendida— y sospecho que no eres consciente
de la mitad de lo que dice aquí.
—No me interesa, ya te dije que es un paleto y no extrañaría a nadie que trabajase
mucha gente en su negocio. Tampoco encuentro nada raro en que lo hiciera algún
borracho irlandés —me reí, satisfecha de sacarla de sus casillas.
—De acuerdo —respondió, la muy pesada, tras un sonoro suspiro—, pero me vas a
escuchar porque te juro que lo que viene a continuación, puede hundir tu reputación y
la de tu familia.
—Permíteme que lo dude —escupí, indignada—. Mis padres pagan para que yo
venga a esta escuela y no son unos chantajistas como el tuyo. ¡A ver quién es aquí la
que se hunde!
—Quizá los Doe sean algo mucho peor —añadió—. Max, el irlandés del que te
hablé, era el padre de mi padre y murió el cinco de abril de mil novecientos cuarenta y
siete, con otros quince trabajadores más, en uno de los pozos de tu abuelo. ¡Tu
abuelo! el “paleto sureño”, el hombre que se embolsó el dinero del seguro que debería
de haber sido entregado a las familias de las víctimas…
Seguí escuchando al adefesio, mientras bostezaba y miraba mi bonito reloj de
pulsera de cuarzo rosa. “El tiempo no pasaba, ¡por Dios!”.
Valeria aseguraba que el accidente había sido a causa de una negligencia de la
compañía. Por lo visto, Maximilian, “Max”, como ella llamaba a un abuelo al que no
había llegado a conocer, era consciente del riesgo que estaban asumiendo él y sus
compañeros, lo que lo llevó a ponerlo en conocimiento de la recién fundada Texas Oil
Workers Union —Unión de Trabajadores del Petróleo en Texas—. Según Valeria, su
abuelo había redactado un informe sobre todas las deficiencias de seguridad en las
instalaciones del pozo pero, obstaculizados por la recién promulgada ley Taft-Hartley,
trabajadores y miembros del sindicato, fueron víctimas y testigos de aquello que
habían temido sin que pudieran hacer nada por evitarlo.
La Vaca afirmaba que además, mi abuelo se había quedado con del dinero del
seguro, un capital que habría utilizado para financiar la campaña de un tal Lionel
Bowie, que acabaría siendo gobernador y devolviéndole el favor a Jerome —mi abuelo
—, lo que incrementaría aún más su fortuna.
—Mira Valeria —dije, cabreada—, me importan un bledo todas esas aburridas
historias de negocios.
—¡No me lo puedo creer! —gritó—. Te estoy diciendo que tu abuelo fue responsable
de la muerte de dieciséis hombres honrados, que dejó a sus familias en la ruina y que
siguió haciéndose rico con malas prácticas. Sofía, Ink on Paper, la empresa de tu
madre, ¡está financiada con dinero manchado de sangre! Y también lo está esta
escuela, ya que fue el heredero de El Castillo, el gobernador Bowie, quien lo puso en
manos de su hija Susan. Además, Susan invirtió una elevada suma en costear todas
las instalaciones, suma de la que no habría dispuesto de no ser por un paleto tejano
que se quedó con lo que no era suyo.
—¡Haaala, exagerada! —reí—. Mi madre tiene clase, Ink on Paper no tiene nada que
ver con el paleto tejano del que habla ese libro. Sólo hay que ver la nueva y elegante
línea de portaminas que ha diseñado ella misma para la colección de este otoño, ¡es
ideal! En cuanto a la escuela y el gobernador ése, ¿quién es tu padre para venir a
chantajear a Susan?
—Dejando a un lado que ese paleto tejano es tu abuelo —continuó—, fue él quien
dio a tu madre el dinero para fundar la empresa y si sigues leyendo, verás que se
armó un buen follón por culpa del accidente. Quizás a Jerome se le hubiera caído el
pelo si no llega a ser por la catástrofe de El Grandcamp, un buque que explotó en la
ciudad de Texas días después del accidente en el pozo, y que conmocionó a todo
Estados Unidos por el elevado número de víctimas. Aquello hizo que tu abuelo, su
empresa y las familias afectadas por el accidente pasaran a un segundo plano.
No había manera de hacer callar al adefesio, que parecía muy indignada con todo el
asunto y empezó a defender a su padre.
Me contó que Sebastián había nacido dos semanas después de la muerte de
Maximilian. Esperanza, la abuela materna de Valeria, había trabajado muy duro para
poder sacar adelante a su hijo y cumplir el sueño de su marido de venirse a Europa,
algo que consiguió hacer tras cuatro años, instalándose finalmente en Asturias.
A pesar de haber censado a Sebastián con el apellido “Corrales” —más operativo
que MacGregor, en la España de aquel entonces—, la mejicana se hizo la promesa de
conseguir para su familia aquello por lo que Max había luchado, una educación que
hiciera de ellos hombres y mujeres capaces de luchar por un mundo justo. Hombres y
mujeres dignos de él. Su hijo no olvidaría jamás a su padre, el sacrificio de éste
dejándose la vida en aquel sucio pozo de petróleo y el intento fallido de salvarse, no
sólo él sino también a todos sus compañeros.
—Valeria, ¿ya has terminado? —pregunté, ahogando un bostezo—, quiero irme a
casa a pensar de qué color pintaré la pancarta que te hundirá para siempre, “Valeria,
La Vaca de Biblioteca estudia gratis”.
—De acuerdo Nancy, veo que no te importa —respondió—, así que yo también me
iré a casa, imaginando la reacción de las Riera y de ese chico tan guapo, Alejandro
Villafranca, cuando se enteren de que tu madre era una bruja alcohólica y porrera que
malgastaba la fortuna de un asesino, timador y paleto.
—¡Te has pasado! —grité, roja de rabia—, no tienes por dónde salir y ahora me
vienes con esas. Oye, ¿pensabas que me iba a importar que ese libro contara la
historia de la empresa de mi abuelo o de mi madre? Me da lo mismo, la política y los
negocios funcionan así, todo el mundo lo sabe, pero como vuelvas a insultar a mi
madre te vas a enterar.
—¡Eres increíble, Nancy! —exclamó—. Si me dejaras acabar de hablar, verías que
los derechos de este libro son de mi padre, y su intención de traducirlo y editarlo al
español es la causa de que tu madre y Susan casi se hicieran pis en sus carísimos
pantalones. Me temo que aquí donde lo ves, tan blanco e inocente, cuenta muchas
cosas sobre la juventud de la elegante señora de Castro.
—¡Demuéstramelo!, ¡demuéstramelo si puedes!
La Vaca pasó unas cuantas páginas, hasta llegar a un capítulo en el que pude leer
algo que me empezó preocupar.
El autor afirmaba que tras fundar Ink on Paper, mi madre se gastaba todos sus
beneficios en alcohol y marihuana. Según aquel libro, había vivido ¡en una especie de
comuna hippie para surfistas! Corrían rumores de que no había tenido escrúpulos en
admitir el dinero de Jerome Doe, a pesar de conocer su origen. En otro capítulo
totalmente rocambolesco que Valeria se ocupó de buscar, se afirmaba que el
gobernador Bowie, habría usado durante años la tinta de alta calidad comercializada
por Ink on Paper —empresa a la que habría favorecido en los concursos públicos para
dotar de material a juzgados, comisarías etc—.
En el mismo capítulo, el autor tachaba a mi madre de bruja, alegando que contratos,
sentencias, escrituras y demás documentos firmados con su tinta, no se podían romper
o modificar pasara lo que pasara. Había oído hablar en casa de las estúpidas
creencias sureñas, claro, pero no podía creer que alguien tuviera la desfachatez de
publicar aquellas sandeces. No debía permitir que nadie diera crédito a aquella
basura.
—¿Qué te pasa Nancy? —preguntó La Vaca, con una sonrisa de triunfo en la cara,
mientras yo tragaba saliva e intentaba poner mis pensamientos en orden— Ya son más
de las seis, pensaba que tenías prisa.
—¡Estúpida!
—¿Eso es todo lo que se te ocurre? —se burló—, ¿llamarme estúpida? Vamos,
puedes hacerlo mejor.
—De acuerdo —respondí, mientras intentaba pensar en la manera de sacar algo a
cambio, tras descartar la posibilidad de chivarme del padre del adefesio—, explícame
entonces qué es lo que pasó en el despacho de Susan y no diré que estás aquí por tu
cara bonita.
Valeria me miraba en silencio y con gesto divertido, lo que no dejaba de
sorprenderme.
—No hablaré si tú te comprometes a no decirle a nadie que en su juventud, mi
madre andaba por ahí fumando porros con surfistas piojosos —continué, poniendo mis
condiciones— y que me dejes copiar en los próximos exámenes.
—De verdad Nancy, que no dejas de sorprenderme. ¡Eres de lo que no hay! —soltó
—. Tu familia y la de la directora Bowie se han visto implicadas en asuntos
vergonzosos durante años y a ti sólo te preocupa que tu madre haya fumado canutos
con unos cuantos surfistas cuando era joven.
—Supongo que a ti te importaría un bledo que te conocieran como la “hija de la
porrera” pero yo no soy tú, así que no me juzgues —respondí, enfadada—. Al fin y al
cabo has conseguido lo que querías, ¿aceptas o no?
—De acueeerdo —afirmó, con una sonrisa y moviendo la cabeza hacia los lados—,
acepto.
Valeria cerró el libro de golpe y me señaló el nombre del autor —autora, por lo que
pude ver—. Leí, en letra negra y brillante, el nombre de Esperanza Corrales, su
abuela.
“¡Vaya!, imaginaba que una mejicana antes de los años cincuenta no sabría leer ni
escribir, aún menos en inglés”. No era de extrañar que Sebastián, el padre de La Vaca,
fuera quien poseía los derechos sobre el libro.
Según Valeria, su padre siempre había querido lo mejor para ella y cuando oyó
hablar del prestigio de la Bowie International School, sólo tuvo que investigar un poco
para darse cuenta de que podría tener en su mano la llave del futuro de su hija
mediana.
Andrea, la pequeña, era muy retraída y no quería cambiar de escuela y Sergio se
marcharía el curso siguiente a estudiar a Irlanda. Tanto Esperanza como Sebastián y
su esposa e hijos, habían mantenido un estrecho contacto con la familia de Maximilian,
que estaban encantados de tener entre ellos al mayor de los Corrales, que no dejaba
de ser un MacGregor. Valeria, en cambio, era —a pesar de su edad y al igual que su
padre y su abuela— una enamorada de las letras, algo que raramente daba de comer
o pagaba las facturas. Puesto que Sebastián comprendía las inquietudes de su hija,
pensó que la niña merecía que le facilitaran un poco las cosas.
—Así que el caradura de tu padre —dije, enfadadísima—, tuvo la brillante idea de
traducir y publicar en España esa porquería, ¿no? ¡Muy bonito!
—¡No has entendido nada, Nancy! —protestó—. Mi padre jamás haría tal cosa, sólo
envió un ejemplar del libro a la directora, con una nota en la que manifestaba su
intención de hacerlo.
—¡Ah, bueno! —respondí, sarcástica—, eso está mucho mejor. Todo un caballero, tu
padre.
—¡Mira Nancy, no me toques las narices! —gritó—. Debería darte vergüenza todo lo
que hizo tu abuelo, pero eres demasiado frívola y superficial para hacerlo. Tu madre,
en cambio, sí se avergonzó del contenido de ese libro, porque en cuanto Susan le
habló de él, le faltó tiempo para tratar de silenciar a mi padre.
—Ya, claro —repliqué—, y el Señor Honradez encantado, claro.
—Pues mira —se defendió—, has acertado llamándolo así, porque no aceptó ni un
duro en metálico, ¿sabes? Él sólo quería darme la mejor educación, nada más, algo
que estoy aprovechando más que muchos y muchas que sí podéis pagarla.
—Bueeeno vaaale, pero recuerda nuestro trato, ¿eh? —puntualicé, sabiendo que si
seguía insistiendo, sólo conseguiría que Valeria rompiera su promesa—. Tengo
derecho a copiarte, y no hace falta que vayas por ahí anunciando a bombo y platillo
que somos superamigas, ¿eh?.
Valeria sonrió tras mi último comentario y cogió el libro para llevarlo de nuevo al
fondo de la biblioteca, donde supuse que lo guardaría en algún armario escondido.
“¡Qué equivocada estaba!”.
—Oye Valeria —le dije—, una última cosa…
—Dime, Nancy —la oí contestar, desde el fondo.
—Según me has contado, ese libro tiene un contenido un tanto comprometedor para
Miss Bowie, ¿cómo es que se arriesga a tenerlo aquí?
—Bueno, digamos que no sé dónde guarda Susan su ejemplar ni me interesa —
empezó a responder, mientras se acercaba a mí, metiendo el volumen en su piojosa
mochila—, pero cuando se te ocurra hacerme alguna otra faena, recuerda que voy un
paso por delante.
—¡Serás tramposa!
“La muy canalla había traído el libro desde su casa. No me lo podía creer, lo había
planeado todo desde el principio”.
A
ntes de que Valeria me pueda traer el café con galletas —”espero que al menos
consiga unas pastas de té o unas moscovitas”—, se abre la puerta de la
habitación y aparece, sonriente, el doctor Morales.
—Buenos días Sofía, casi tardes —saluda—. Parece que estamos de enhorabuena,
¿no es así?
—Así es doctor —respondo—, ¿cuando voy a poder mover los pies y las manos?
“Este carcamal, desde luego, ¡me da la enhorabuena como si acabara de tener
mellizos!”
—Bueno —empieza a explicar, acercándose a mi cama—, eso quisiéramos saber,
Sofía. Estamos haciendo todo lo que podemos. El escáner y la resonancia son normales
y para el resultado de la biopsia, aún tendremos que esperar.
—¡No puedo esperar! —exclamo—, manden las muestras a mi hospital de referencia
en Los Ángeles, no tardarán nada. “Necesito poder manipular mi iPhone y caminar ya”
—¡Sofía! —me reprende Val, como si fuera una niña—. Disculpe doctor, está muy
nerviosa y ahora que se ve un poco mejor…
—Sofía —responde el batablanca, carraspeando un poco “se le nota más cabreado
que Paris Hilton en un Walmart”—, no creo que en Los Ángeles, por muy americanos
que sean, puedan aplaudir para que las células se reproduzcan más rápido.
—Estoooo… disculpe, tiene razón mi amiga, estoy un poco inquieta, “¡cascarrabias!”
—No se disculpe —contesta, aunque sé de sobra que estaba deseando que lo hiciera
—, enseguida vendrá una enfermera a retirarle el suero y en su lugar, le traerán una
comida de verdad. Los corticoides se le seguirán administrando, por supuesto, pero por
boca.
Lo de la comida me pone muy contenta y le pregunto por la carta.
—Que tenga buena tarde, Sofía —me responde, negando con la cabeza y dándome la
espalda, mientras se dirige hacia la puerta. “¡Menudo callo!”
Cuando la enfermera me quita el suero, la muy burra, me hace un daño tremendo y
¡levanto el brazo! Es increíble lo rápido que estoy mejorando, ya no sólo tengo
sensibilidad sino que puedo mover todo el tronco superior. La enfermera sonríe y anota
algo en su carpeta.
“Ésta se ríe porque quiere perderme de vista, si no lo sabré yo. No se me olvida que
quería ponerme pañales”.
Valeria, que está moviéndome las piernas, me da instrucciones para que haga
determinados ejercicios que ha buscado por internet y que tienen como objetivo que no
se me atrofien los músculos. “Ay Val, necesitaba hacer sentadillas, ¡por Dios, mi
tonificado trasero se va a quedar todo fofo y entonces sí que me da algo, amiga mía!”.
Es un alivio no estar conectada a ninguna bolsa y me anima mucho ver que ya
sostengo un poco en alto ambas piernas e incluso puedo mover un poco los dedos de
los pies.
La alegría dura poco, sólo hasta que llega el auxiliar con la comida. Apenas puedo
contener las arcadas y aún antes de destapar la horrible bandeja de plástico azul, el olor
me da una idea de lo que hay debajo “arggggg”.
—¿No creerán que voy a comerme esto, eh Valeria? —le pregunto a mi amiga, que
acaba de apartar la tapa—. Ve a la cafetería y tráeme algo rico en proteínas y bajo en
carbohidratos, ¿quieres?, yo no puedo comer eso.
—Sofía, no nos han dicho si tienes que seguir algún tipo de dieta —contesta la
aguafiestas—. Además han tenido el detalle de traerte la comida dos horas después de
lo habitual, así que pruébalo, al menos.
“No, si encima voy a tener que darles las gracias”.
Según un papelito que viene encima del contenedor de porquería azul, esto es caldo
de gallina, arroz con pollo y un plátano. “Sólo tengo claro lo del plátano, y porque no se
han molestado en pelarlo y cortarlo en trocitos”
—¡Ni hablar! —grito—, Valeeeeria, pooooooorfa, ¿por qué no te acercas al Ono a por
un poco de sushi? Aaaaaanda Vaaaal.
—Por supuesto que no. Sofía, no voy a ir a por sushi a ningún sitio y vas a intentar
comerte eso —responde, negando con la cabeza—. Venga, prueba a ver si te arreglas
para coger los cubiertos y comer sola.
Aunque sólo me como el plátano —“ni esto está bueno, arggg, ¡qué maduro!”—, lo
hago sola y sin ningún problema.
Las manos me responden perfectamente y también compruebo que puedo doblar las
rodillas. Mi plan es que en cuanto tenga ganas de hacer pis, probaré a levantarme e ir al
baño.
Sobre las seis de la tarde, se pasa la internista que me ingresó y comprueba que he
recuperado la sensibilidad y la capacidad motora, tal y como le dijeron. Consulta algo en
la historia y anota un par de cosas, pero me molesta un poco ver que frunce el ceño y
pone cara rara, cuando Valeria le pregunta si contaban con que el corticoide tuviera un
efecto tan espectacular y tan rápido.
“Lo que pensaba, una solterona amargada a la que le falta su amiguita de urgencias
para cotillear”.
—El resultado es muy satisfactorio, en efecto —le contesta, con la misma cara larga
—. Debo admitir que yo, personalmente, no las tenía todas conmigo.
—De cualquier modo —sigue interrogándola Valeria—, ¿es posible que vuelvan a
aparecer los síntomas?
“Hija Valeria, con amigas como tú… ¡pero qué ceniza, por Dios!”
—Debéis entender que no puedo contestar a esa pregunta hasta que no tengamos un
diagnóstico claro —responde—. Ahora descansa y seguiremos pendientes de tu
evolución.
“Vamos, que no tienes ni idea, so lista”
En cuanto se va la Doctora Alegrías, noto ganas de hacer pis y le digo a Valeria que
me ayude a levantarme para ver si puedo caminar. Me incorporo y me siento sobre el
colchón con las piernas colgando. A la de una, a la de dos, a la de…¡tres!, ¡bien, prueba
superada! Empiezo caminando como un potro recién nacido, pero al final consigo llegar
al baño y sentarme. No estaba tan feliz desde la noticia del top azul.
Al salir del asqueroso cubículo, camino un poco alrededor de la cama y me estiro todo
lo que puedo. Curioseo un poco dentro del armario para ver qué me ha traído Valeria y
corroboro que, tal y como pensaba, no se le ha ocurrido traer ni un triste gloss o un
poco de corrector de ojeras.
“¡Esta Val!”
Como ya no tengo el suero y no dependo de nadie, decido pegarme una buena ducha.
“Mato por una buena bañera y un puñadito de sales de lavanda”
En cuanto salgo del baño, y tras preguntarme unas veinte veces si me he mareado y si
me encuentro bien, Valeria me dice que va a irse a dormir a casa y que volverá mañana.
“¡Ay, me va a dejar aquí sola con la vieja loca!”.
—De acuerdo, estaré bien —me despido—, pero ven prontito, ¿eh?, que no quiero
estar sola, Valeria.
—Vendré a primera hora, en cuanto me dejen entrar —responde, sonriendo—. No
seas tonta, además tienes el iPhone y deberes que hacer, quiero que me escribas esa
lista de preguntas para hacerle mañana al doctor Morales, ¿de acuerdo?
—Vale, te prometo que haré una lista bien larga.
—Hasta mañana cariño —se despide, dándome un beso en la frente—, que
descanses.
—Hasta mañana Val.
SÉPTIMO DÍA
Gijón, 29 de Febrero de 2012
L
os sonoros ronquidos de mi insufrible compañera de cuarto me recuerdan donde
estoy. “Cómo para olvidarlo ¡Ay Dios, lo que hay que aguantar!”
—¡Muchas gracias, vieja chiflada! —grito, cabreadísima porque me haya
despertado de forma tan brusca—. Bonita forma de desearme feliz cumpleaños.
La habitación está en penumbra, por lo que debe de ser muy temprano, pero antes de
comprobar la hora o hacer cualquier otra cosa, muevo manos y pies para asegurarme
de que no me he vuelto a quedar como Stephen Hawking. “La loca y yo sabemos que mi
mandíbula está perfectamente, porque hablo y grito sin dificultad”.
Miro el iPhone y veo que todavía son las siete y media de la mañana. “¿Qué hago yo
a estas horas, el día de mi cumpleaños y en esta porquería de sitio?”
Decido revisar la lista de lo que Val me tiene que traer para comprobar que no me falta
nada y poder enviársela lo antes posible, veamos:
Neceser de maquillaje (el rosa no, que es para fiestas y noche, tráeme el
azul)
Conjunto de La perla beige liso (con la braguita brasileña, no el culotte)
Minimedia cristal de color toffe.
Top azul de topitos moka (creo que lo dejé en la bolsa a la entrada de casa,
quítale las etiquetas Val, porfa)
Abrigo de color chocolate y pantalón pitillo toffe de Viktor & Rolf (fíjate en
que el pantalón tenga un cinturón estrechito entre las trabillas y si no es así,
estará colgando del gancho de la percha. Me lo traes también)
Zapatos Jimmy Choo color beige de la colección de dos mil once (el que
tiene la pulsera al tobillo y un taconazo increíble)
No olvides mi Birkin, Val. Es mi bolso favorito y la única manera de llevar
todos los trastos que me has traído con un poco de clase.
Creo que ya está todo, porque lo más básico lo ha dejado Valeria aquí, en el armario.
Se olvidó el Boucheron —ya me lo echaré esta noche para salir a cenar con ella y
celebrar mi cumple y liberación—, pero me arreglo con el perfume de Donna Karan, por
el momento. Eso que es demasiado afrutado… por algo no lo uso apenas. “Esta noche
convenzo a Val para que se ponga tacones y la maquillo, será mi reto”
Decido ir duchándome para salir enseguida a informar a los batablancas de que me
largo a casa, pero antes le mando a Valeria una foto de la lista, para que tenga tiempo y
se organice. “¡Qué ganas tengo de estar en la calle!”
Casi me he terminado de aclarar el pelo —“menos mal que a Val no se le ha olvidado
mi mascarilla de keratina”—, cuando oigo el móvil sonar insistentemente. Decido que si
es importante volverán a llamar porque, después de lo que he pasado, no pienso
arriesgar el tipo corriendo a cogerlo para pegar un resbalón y terminar con una pierna
rota. ¡Vamos, lo que me faltaba!.
Salgo de la ducha intentando no rozar la cortinilla —“aiiiins, ¡qué grima!”— y cuando
termino de envolverme en la toalla, vuelvo a oír la melodía del iPhone. Como ya me he
secado y esto es tan enano que estoy prácticamente al lado de la mesita, cojo el
teléfono y veo que es Valeria.
—¡Hola Val! —contesto, animada.
—Buenos días, Sofía —oigo la voz de Valeria, un poco amodorrada, al otro lado del
teléfono—, veo que estás en plena forma, ¿me quieres explicar qué es lo que me
acabas de mandar?
—Muchas gracias por felicitarme, amiga mía, —contesto, enfadadísima.
—Perdooooona Sofi, muchísimas felicidades, cielo —se disculpa—. Es que aún no son
las ocho de la mañana y estoy cansada, compréndelo.
—Vaaale, lo comprendo —respondo—. ¿Cuándo vienes?, quiero irme pronto. Había
pensado que de camino a casa, podemos pasar por Le Tartaire a reservar mesa para
esta noche, ¿qué te parece?
—A ver Sofía —oigo a mi amiga, que ha invocado a la Rotenmeyer que lleva dentro—,
hasta donde yo sé, no te han dado el alta y me extraña que a estas horas haya pasado
algún doctor con novedades.
—Mira Val, es mi cumpleaños y no lo voy a pasar en un sitio tan feo y con olor a pis,
así que no seas aguafiestas —me defiendo—. ¿Has recibido la lista? Por favor, no
olvides el Hermés, no puedo salir de aquí con la bolsa esa de colorines que me has
traído.
—De verdad Sofía, que no sé qué voy a hacer contigo —contesta, al otro lado de la
línea—. Me pasaré por tu casa dentro de un rato a por todo lo que me has pedido, pero
no te hagas ilusiones, ¿quieres? No me parece que al doctor Morales le vaya a hacer
ninguna gracia que dejes el hospital sin saber qué diablos te pasa.
—¿Cómo que qué me pasa? —Me enfado— ¡No me pasa nada, estoy perfectamente
y me da exactamente igual la opinión de ese carcamal, ¿alguna duda sobre la lista?
—Aparte de que no es la lista que contaba que hicieras —me dice con tono serio—,
acabas de decir que no olvide el “Hermés”, pero aquí me escribes que te lleve el
“Birkin”, que supongo que es ese bolso grande y cuadrado que lleva una etiqueta para
maletas colgando.
—¡Valeria, por Dios! —Me escandalizo—, no es cuadrado, es rectangular y claro que
es ése. Birkin es el modelo y Hermés la marca, tengo mucho que enseñarte, ¡madre
mía! Bueno, tú pásate por mi casa y ven pronto, yo me encargo de que me suelten.
—Ya te he dicho que me pasaré Sofi, pero la hora de visitas empieza a las once, no
podré ir antes.
—¿A las once? —repito, disgustada— ¿Y qué voy a hacer yo hasta las once?
—Cielo, encontrarás algo que hacer, estoy segura —Val parece enfadada, “¡encima!,
ni que fuera ella la que está aquí encerrada”—. Nos vemos en un rato.
—Hasta dentro de un rato, Valeria —me despido, con tono de disculpa. “Si no se le
pasa el enfado, es capaz de no traerme el Birkin”.
Gijón, 29 de Mayo de 1992
Como ya había supuesto, ni la jefa de estudios ni Mayte, nuestra tutora, se habían
dado cuenta de que el mes de junio sólo había clase de nueve a dos y como resultado,
¡nos ahorramos dos semanas enteras de castigo! Eso quería decir que aquel último
viernes de mayo se terminaba la tortura de clasificar, amontonar y colocar unos libros
con cuyas páginas ya me había cortado un par de veces —¡cómo dolía!— y que tenían
tanto polvo que me hacían estornudar.
Para ser justa, debía decir que La Vaca estaba cumpliendo su promesa. Como cada
final de curso, había exámenes casi a diario y hasta entonces sabíamos la nota de
cuatro materias. Como venía siendo habitual, Valeria había sacado sobresaliente en
todas, pero yo había metido la pata en lengua española y literatura, porque me había
confundido al copiar y me hice un lío con lo de los dos cuartetos y el terceto. No vi que
Val había escrito, con aquella letra redondilla suya, que aquello formaba un soneto
como los de Pablo Neruda, con el que me había estado dando la tabarra en la
biblioteca el día anterior al examen, “¡qué rabia!”. De todos modos tenía un notable
alto. “Así, nadie sospecharía que la había copiado”.
Eran las cinco y acabábamos de terminar la clase de mates. Como siempre, hice un
poco de tiempo para dejar que Valeria llegara primero a la biblioteca —¡sólo faltaba
que alguien pensase que aquello me gustaba!— y fuera planificando lo que quería
clasificar. Entonces, Silvia salió de clase toda estirada y sin mirarme siquiera —“mira
tú, ¿y a mí qué?”—, caminó por el pasillo hasta encontrarse con su hermana y ambas
cuchichearon y rieron mientras me miraban de reojo. Por un lado me daba lo mismo
que las Riera no me hablasen, pero llegaba el verano y mi madre organizaría al
menos un par de fiestas a las que siempre acudían sus padres, por lo que era más
divertido que nos lleváramos bien. Supuse que ellas pensarían lo mismo, así que me
prometí no pensar más en ello y esperar a ver qué pasaba.
Cuando llegué a la biblioteca, Valeria estaba tras la mesa balinesa pero, en lugar de
tener delante unos cuantos montones de libros, había puesto su piojosa mochila
encima de aquella madera oscura que había sido testigo de nuestro trabajo durante las
dos últimas semanas.
—Hola Valeria —saludé, animada.
Desde que habíamos sellado el pacto de silencio, nuestra relación había mejorado y
yo veía a La Vaca un poco más interesante.
—No me digas que quieres hacer el vago por ser el último día —le pregunté—, ¡a
ver si nos van a aumentar el castigo por saltárnoslo!
—Descuida Sofía —me contestó, sacando de la mochila un bonito paquete, envuelto
en papel de regalo azul—, no se enterará nadie.
—¿Qué es eso? —pregunté, emocionada y contenta como unas castañuelas—, ¿es
para mí?
—Así es —respondió, entregándome el regalo—, creo que es justo que lo tengas.
—¡Ay, qué nervios! —Me impacienté tanto, que decidí romper el papel para poder
ver rápidamente el contenido— ¡Valeria!, ¡Gracias, gracias, graaaaacias!
La Vaca se había portado bien. Tenía delante de mí una chaqueta de angora rosa
idéntica a la que no había sobrevivido a nuestra pelea. Estaba tan contenta que no
podía borrar la sonrisa de la cara.
—¿Te hace ilusión? —preguntó, con una timidez muy poco habitual en ella— No
estaba segura de la talla pero creo que es ésa, Sergio vino conmigo a comprarla.
—¿Ah sí?, ¿fue Sergio contigo? —No me podía olvidar del guapísimo hermano de
Valeria, y me halagaba que hubiese ido con su hermana a comprar mi chaqueta. “¡Ay,
qué majo era!”— ¿Cuándo se vuelve a Irlanda?
—Se marcha el domingo por la tarde —Sergio estaba estudiando en Dublín y se
había saltado las clases unos días para estar con su familia—, porque el lunes
empieza los exámenes finales.
—Oh, vaya —dije, decepcionada.
Me daba muchísima rabia que la última imagen que aquel chico tan guapo había
tenido de mí, fuera intercambiando lindezas con su hermana con la que, por lo que
veía, tenía mucha complicidad.
—¿Por qué no te vienes mañana con nosotros al Monte de Deva? —me propuso
Valeria—. Van unos cuantos amigos de Sergio, además de nosotros dos. Queremos
hacer una barbacoa para despedirnos de él, porque se ha apuntado a unos cursos en
Edimburgo y no le veremos el pelo en todo el verano.
—¿En serio? —No me lo podía creer, era mi oportunidad de cambiar la imagen que
Sergio tenía de mí y quizás tuviera amigos tan guapos como él…— Iré encantada,
tengo un vestido nuevo monísimo que…
—Sofía —me cortó Valeria, riendo—, mejor deja el vestido para otra ocasión, unos
tejanos y una camiseta serán suficientes.
Supuse que una fiesta campestre y un círculo de amistades alternativo no estaría tan
mal.
Cuando salí de la biblioteca con mi chaqueta nueva en la mano, me encontré a las
Riera, que aún no se habían ido. En cuanto me fijé en cómo se miraban, decidí que
sería oportuno informarlas de que a partir de entonces quizá incluyera a mi nueva
amiga en algunos de mis planes. “Se habían quedado muertas”.
Pensé en Sergio, con esa melena tan rubia y cuidada… ¡qué ganas de conocer a sus
amigos! Eso sí, ellos que fueran como quisieran pero yo estrenaría mi precioso vestido
y si alguno sacaba un porro de esos, me iría de allí.
L
levo un buen rato aquí sentada, haciendo un montón de planes. Hoy es veintinueve
de febrero, veintinueve de febrero... Estoy deseando celebrar mi cumpleaños
fuera de este antro.
—Aquí llega el desayuno —me dice la auxiliar, entrando por la puerta con una de esas
asquerosas bandejas de plástico azul—. ¡Estás guapísima, menudo cambio!
—Lo sé, una no puede hacer mucho por estar mona con la cara torcida y granos por
todas partes —respondo desde la silla.
Me he puesto los tejanos y la camiseta porque no veía la hora de deshacerme del
horrible camisón con el que enseño todo el trasero —“seguro que Lady Gaga iría a los
Grammy con uno así, pero Sofía de Castro tiene clase”—. Como en este sitio no tienen
un triste secador de pelo y a mi amiga no se le ocurrió meter el de viaje en la bolsa, he
tenido que conformarme con quitar la mayor humedad y desenredar un poco la melena.
Menos mal que he podido echarme crema hidratante y, a pesar de lo poco que he
dormido, tengo una cara fabulosa.
—No sabía que te fueran a dar el alta ya —comenta la auxiliar, que hoy tiene ganas de
cháchara “luego se quejan de que tienen mucho trabajo”—. Me alegro mucho por ti.
—Gracias, yo me alegro aún más, te lo puedo asegurar —le digo—. Si no te importa,
llama a algún miembro del equipo del doctor Morales para que pase a hablar conmigo.
—Se lo comentaré a la enfermera, a ver qué puede hacer y vendré en un rato a
recoger eso —se despide, señalando mi desayuno.
Levanto la tapa de la bandeja, más por aburrimiento que por ganas de ver lo que hay
debajo, y siento cómo se me revuelve el estómago.
La charlatana vuelve sobre las nueve y media a recoger la bandeja, que he vuelto a
tapar sin ni siquiera tocar la taza. Al poco tiempo, cuando pensaba que alguien se
dignaría a hacerme una visita, la auxiliar regresa para cambiar a la vieja loca, pero ni
rastro del carcamal y compañía. Le pregunto a la cambiapañales, que ya no parece
tener ganas de hablar, y me dice que ha avisado en el mostrador, pero pierdo la
paciencia y decido salir al pasillo a ver qué es lo que pasa.
Una enfermera esmirriada a la que no he visto hasta hoy me pregunta qué hago aquí,
a lo que respondo con una sonrisa cínica: —sesión de spa y cromoterapia, cariño, ¿y
tú?
—Perdone, pero hasta las once no empieza la hora de visitas —insiste la muy pesada
que, al verme sin camisón, me ha confundido con un familiar—, debe irse.
—Eso es precisamente lo que quiero, ¡irme!
—Perdone, ha sido un error —se disculpa, al fijarse en la pulsera cutre que adorna mi
mano derecha—, ¿eres Sofía de Castro?
—Sí, soy Sofía de Castro Doe.
—Mi compañera —me informa— va a pasar por tu habitación enseguida a
administrarte el tratamiento y puedes comentarle lo que quieras.
“Y tú, ¿qué pintas aquí, entonces?”.
—Mira, yo sólo quiero avisar de que en cuanto llegue mi amiga me voy, ¿entendido?
—le digo a la batablanca con cara de susto, que tiene pinta de nueva—, así que me
preparáis la cuenta, los corticoides esos que debo seguir tomando o lo que sea.
—Tengo que pedirte que esperes a que mi compañera pueda atenderte, por favor —
repite, tartamudeando, como si le fuese a pegar un mordisco.
“¡Por Dios, ¿nadie sabe hacer su trabajo aquí, o qué?”.
Entro de nuevo en la habitación y, justo cuando estoy enviando a Valeria un mensaje
para que se apure, llega la enfermera con las pastillas que debo tomarme y un vaso de
agua.
—Buenos días Sofía, me han dicho que tienes prisa por marcharte —me saluda,
mirándome de arriba a abajo, “menudo tipazo, ¿eh, vaca? Apuesto a que hoy te saltas el
postre”— y ya veo que así es, hasta te has vestido y todo.
—Pues sí, te han informado bien —respondo, muy seria—. ¿Va a dignarse el doctor
Morales a aparecer, o voy a tener que montar un numerito?
—No creo que vaya a ser necesario —dice el carcamal, entrando por la puerta,
“¿cuanto tiempo llevará ahí cotilleando?”—, ¿qué es lo que pasa?
—No pasa nada —explico—, simplemente, estoy esperando a que venga mi amiga a
buscarme y me voy, eso es todo.
—Vamos a ver, Sofía —empieza a decirme, como si estuviera hablando con su nieta
—, tiene que entender que no tenemos un diagnóstico claro y ni siquiera lleva
veinticuatro horas libre de signos y síntomas. Imagine que vuelve a recaer. No puedo
darle el alta aún.
—Pues yo me encuentro perfectamente y me voy —respondo, tajante—. Me marcho
en cuanto tenga algo decente que ponerme, así que vaya haciéndome las recetas o lo
que sea que me tenga que hacer.
Tanto el médico como la enfermera —que se ha quedado detrás de él, la muy cotilla
—, me miran como si estuviera loca y eso sí que me enfada, ¡es mi cumpleaños! ¿No
pueden entender que quiera pasarlo en un sitio bonito, que huela bien y donde me traten
como a una reina?
—Vamos a ver, por lo que veo —dice el carcamal, que parece estar entrando en razón
— ha tomado una decisión y no hay manera de hacerla cambiar de opinión, ¿me
equivoco?
—No se equivoca doctor, está en lo cierto. “¡Vaya si lo está!”
—Pues entonces tendrá que firmar el Alta Voluntaria, documento en el que se
responsabiliza usted de la decisión —me explica—. Yo, por mi parte y a aunque no
tengo obligación de hacerlo, le firmaré las recetas y dejaré un aviso para que se pongan
en contacto con usted en cuanto tengamos los resultados de anatomía patológica.
—¡Fabuloso! —exclamo, mirando el iPhone para ver que ya son las diez y cuarto y
aún no tengo noticias de Valeria.
—Pero por favor, Sofía —añade—, acuda a urgencias en cuanto presente algún
síntoma y no deje de tomar el tratamiento tal y como le pauto. Piense que cualquier
signo nos puede ayudar a establecer un diagnóstico acertado y a partir de ahora no la
vamos a poder controlar como si estuviera aquí en la planta.
—Vale, vale, doctor, lo entiendo todo —contesto, apurándolo para poder salir de aquí
enseguida. “¡Vamos Val!, no me digas que no te vas a poder colar antes de las once,
mujer”—, entonces, ¿me deja las recetas en el mostrador?¿Dónde está eso que tengo
firmar?
—Un poco de paciencia, Sofía —responde—, enseguida se lo tramitamos todo.
El tiempo pasa más lento que una tortuga y a las once llega Val con todas mis
cosas.“¡Ay, mi Birkin, y además estreno el top, ¡qué ganas!”
—Buenos días Sofía, felicidades —me saluda, dándome un beso en cada mejilla pero
un poco enfurruñada—. Veo que estás decidida a irte.
—Y yo veo que estás enfadada, ¿eh? —contesto—. Vaaamos Val, que es mi
cumpleaños y tenemos mucho que celebrar.
—Claro, pero recuerda que no se puede ser así de egoísta siempre, Sofía —
refunfuña un poco, como siempre que se le van pasando los enfados—. Ya me han
informado de todo en el pasillo, por lo visto te traen ahora el Alta Voluntaria para que la
firmes, ¿no es así?
—Sí, y no te pongas en plan madre —la aviso—, porque lo he hablado con el doctor
Morales y he prometido seguir sus instrucciones.
—Eso espero. No sé cómo te las arreglas, pero siempre te acabas saliendo con la
tuya —ríe. “¡Bien!, ya está de mi lado”—. Bajo un momento a la cafetería mientras te
cambias y arreglas los papeles. Mándame un wassap en cuanto estés lista.
—¡Sí! —doy un gritito de entusiasmo.
Cuando falta menos de un cuarto de hora para las doce, aviso a mi amiga para que
suba a buscarme. Ya he firmado todo lo que tenía que firmar y estoy impecablemente
vestida y arreglada. Llevo un maquillaje muy discreto y ni siquiera me he pintado los
ojos, lo haré cuando llegue a casa porque la luz del cuchitril al que llaman cuarto de baño
es un desastre y además no tienen espejo de aumento ni nada. Espero a Valeria frente a
los ascensores y en cuanto se abre la puerta del que acaba de subir a mi amiga, no le
doy tiempo a salir y entro como un león que acaban de liberar de su cautiverio,
marcando la planta del vestíbulo.
—¡Sofía! —me riñe Val—, quería haberme despedido de Alicia y del personal.
—¿Alicia? —pregunto, para darme cuenta enseguida de que habla de la loca de mi
compañera—. ¡Ah, la vieja loca! Por Dios Valeria, esa no se acuerda de ti ni de mí, y el
personal está muy ocupado o, si no lo está, debería estarlo.
—No tienes remedio Sofi, de verdad que no tienes remedio.
Falta un minuto para las doce cuando llegamos al vestíbulo, cojo a Valeria del brazo y
me dispongo a cruzar la puerta de esta horrible prisión de pijamas y sueros, cuando noto
una lágrima que se desliza por mi mejilla. Me seco con la mano y al mirarme los dedos,
veo un líquido negro y denso…
—¿Qué te pasa Sofi? —me pregunta Val—, pensaba que no te habías puesto
máscara de pestañas.
—Y no lo he hecho —respondo—, no me he pintado los ojos, Valeria. Fundido en
negro…
Hay quien dice que al morir, ves pasar toda tu vida como si fueran fotogramas.
Viviendo en Los Ángeles y codeándome con quien lo he venido haciendo estos últimos
años, podría conseguir una peli de Óscar, de no ser porque en mi caso no es así.
Tampoco puedo decir qué sentido es el último que se pierde, porque no oigo el
desesperado y desgarrador grito de Valeria, pero sí el graznar de las gaviotas de
Arrixaca… Huelo la sal del mediterráneo, noto un agudo dolor en la mano derecha y
veo el rostro enajenado de un hombre que me mira tras unos gruesos cristales…
SEGUNDA PARTE
—”Si me preguntan por la composición de la tinta… pensaré en una vida nueva. En la pócima
que todo lo hace posible, esté compuesta de lo que esté, sueños y magia, probablemente”
(Soledad Morales de Prendes)
SOLEDAD
M
e llamo Soledad Morales y soy lo que nunca quise haber sido, vivo como nunca
pensé que lo haría. Desde que tengo uso de razón tuve claro que quería ser
periodista, corresponsal en países remotos desde donde escribiría libros que
se leerían en todo el mundo.
La niña que fui estaba convencida de que trabajaría para una importante cadena de
televisión o para un periódico influyente, y daría a conocer al mundo entero costumbres
y problemas que les eran ajenos. Implicaría, a través de mis artículos, a personas
anónimas del primer mundo en injusticias sufridas por desconocidos a miles de
kilómetros de sus seguras y confortables casas.
La niña que fui correría aventuras, tendría una vida fascinante y no se dejaría
amedrentar por nada ni por nadie, pero ya no soy esa niña…
Desgraciadamente, mi apellido, mis progenitores y mi empeño por enterrar a esa niña
que fui, me trajeron al Hospital Comarcal. Trabajo como médica de urgencias en este
centro, donde mi padre ha sido jefe de servicio de medicina interna durante años y aún
lo sigue siendo. Un montón de toneladas de hormigón y ladrillo que lapidaron, sin darme
cuenta, mis sueños y expectativas.
Mi compañero de aventuras, lejos de tratarse de un apuesto reportero gráfico con
sonrisa de medio lado y cámara en ristre, no es otro que el doctor Olay, mi cojo y
amargado jefe, que disfruta poniéndome a prueba no sólo a mí sino al resto de
compañeros.
Lo que aún no sé es que esta cárcel blanca con olor a antiséptico que parece robarme
la energía y la ilusión, va a ser el escenario de la historia más fascinante que jamás se
haya escrito.
PRIMER DÍA
Gijón, 23 de Febrero de 2012
E
sta semana tengo un buen turno, trabajo de ocho a tres.
Estoy en la sala de personal, adelantando papeleo, mientras espero a que el
laboratorio me pase el resultado de un par de analíticas, cuando Isabel entra por
la puerta con el ceño fruncido y cara de pocos amigos.
—Buenos días Isa, no sabía que estuvieras de mañanas —saludo, animada. “Viendo
la irritación de mi amiga, me temo que no ha sido la frase más apropiada”.
—Tampoco yo lo sabía hasta hace un par de horas, Sole —responde—. Tu papi ya
está haciendo de la suyas. ¿Quién coño me mandaría a mí hacerme internista y
quedarme en este hospital?
La contundente respuesta de Isabel es suficiente para hacerme una idea de la
situación. “Entre la úlcera de mi padre —su jefe—, y la pierna de Olay —el mío—, van a
terminar con nosotras”.
Isabel y yo hemos crecido juntas. Ella es un año mayor y nuestras familias se conocen
desde siempre. Cuando perdió a su padre, antes de cumplir los quince, Isabel empezó a
pasar largas temporadas en mi casa y aquello creó un vínculo especial entre nosotras.
Al ser ambas hijas únicas, hemos asumido sin darnos cuenta el papel de hermanas,
dejándonos la ropa, compartiendo amigos y confidencias o discutiendo cuando toca.
A diferencia de mí, Isa siempre ha querido estudiar medicina para llegar a ser como mi
padre, el doctor Morales. El mismo doctor Morales que ahora la llama al móvil para que
esté en el hospital en menos de una hora, o le asigna una guardia con la que no contaba
aun sabiendo —quizá precisamente por eso— que tiene pensado salir a cenar con
Eduardo.

—¡Te lo dije Isa! Si mi padre se enteraba de que estabas saliendo con él, os haría la
vida imposible. ¿Te lo dije o no te lo dije? —le pregunto.
—Me lo dijiste, Sole, ¡me lo dijiste!
—Es de dominio público que Edu y mi padre no se pueden ver. Eso, a mis ojos, hace
que tu elección no pueda ser más acertada —añado, tratando de hacerla sonreír, pero
ni con esas. “No está el horno pa’ bollos”.
—¡Sole! ¿me quieres decir cómo coño se arregla una para guardar un secreto en este
nido de víboras donde el cotilleo es deporte habitual? —suelta mi amiga, mientras me
lanza una mirada cómplice.
Ambas sabemos que no se trata de una pregunta retórica y que si yo conseguí
guardar un secreto —a día de hoy no sé si fue la mejor opción—, ella también debería
poder hacerlo. A mi amiga le gustaría que le diera la solución, pero me limito a
responder con un silencio calculado.
—La segunda vez que Edu cambió el turno para coincidir conmigo —continuó
quejándose Isa, en vista de que yo no decía nada—, a Pablo, el anestesista ese tan
cotilla que tiene más pluma que un desfile de reinonas, le faltó tiempo para invitar a tu
papi a desayunar.
—Ese tipo es un gacetillero —observé. No me podía creer que mi padre le diera
carrete a ese cotilla de Pablo y me fastidiaba muchísimo que lo hiciera.
—Vete tú a saber las conclusiones que sacarían ese par, y sólo ¡por un puto cambio
de turno! —suelta, cabreada.
“Papá es la leche, menudo controlador está hecho, y con los años va a peor”.
—Lo sé Isa, esto es peor que un reality, ¿qué quieres? Pasamos demasiadas horas
aquí encerrados y eso acaba por contaminar —opino.
Temo que se terminó el descanso al ver a Roberto, uno de los enfermeros,
asomándose a la puerta y agitando un par de hojas en alto.
—Ahí están tus analíticas, Sole —me dice Isa—, te toca volver al tajo. Y yo ya me he
desahogado, así que me subo a la planta.
—Así es, debo seguir trabajando.
—¿Nos vemos esta tarde? —me pregunta, mientras salimos juntas de la sala —El
doctor Morales ya se ha encargado de joderme el día y Edu tiene guardia.
—Pues lo cierto es que esta noche voy al teatro —Contesto. Por un momento siento
ser el segundo plato de mi amiga y casi me enfado, pero en seguida me doy cuenta de
lo ridículo que resulta y me quito la idea de la cabeza—. Tengo entrada para El diario de
Adán y Eva y están todas agotadas, pero si quieres nos podemos tomar una caña en el
Ó Conaill antes de que empiece la función.
—OK, ¡hecho! Lástima no poder conseguir otra entrada para que no tuvieras que ir
sola. Me paso a buscarte sobre las siete y media, ¿vale?
Isa no entiende que me guste ir sola al cine o al teatro y siente lástima por mí, algo
que me irrita muchísimo, pero no es momento para iniciar una discusión. El tablón está a
tope de pacientes y ya son las doce de la mañana, así que tengo que despejar esto.
—Perfecto, nos vemos esta tarde. Que te sea leve —le digo, levantando mucho las
cejas con gesto resignado.
“El Bulldog es un hueso, pero no imagino la tortura que debe suponer trabajar con mi
padre”.
El resto de la mañana me pasa volando en un intento frustrado de vaciar el corcho tras
el mostrador, que cada vez parece más saturado.
En urgencias está todo protocolizado. En cuanto el paciente llega, tiene que pasar el
proceso de clasificación que llamamos “triaje”, en el que una enfermera o enfermero le
toma los datos personales, patologías, alergias etc. Además, se encarga de valorar la
gravedad de la urgencia, que se traducirá en un grado al que corresponde un color
determinado. Los informes de los pacientes triados pasan al mostrador y nosotros
utilizamos los colores para repartírnoslos, colocando una chincheta por paciente sobre
un tablón que hoy, que yo llevo el verde, parece un campo de tréboles.
A las tres y cinco ya le he dado el cambio a Carla, me he excusado ante mi padre que
se pasó para convencerme de ir a comer con mamá y con él, y voy de camino al coche
con la llave en la mano. “Me pasaré por algún sitio de comida rápida a por cualquier
cosa y me echaré una buena siesta, hoy no la perdono”.
Después de comerme un menú Big Mac extra grande —no sé qué veneno lleva la
salsa de mi hamburguesa favorita pero me encanta—, me hago un café gigante y me lo
llevo al salón, donde pienso leer un rato.
Me despierta el contacto del suave pelaje de Tina que ronronea, cameladora,
haciéndome cosquillas en la cara. Me he quedado dormida en el sofá y no tengo ni idea
de la hora que es. Flor del desierto —biografía ficticia, por lo que dicen, de Waris Dirie
— descansa abierto sobre mi regazo y parece que no he leído mucho, así que debo
llevar fuera de combate un buen rato.
Consulto el móvil, que he dejado en silencio y al ver que son las seis y media, pienso
que debo calcular bien los tiempos para no cabrear a Isabel. No soporta que me retrase
y quiero darme un baño y vestirme tranquilamente. Mi filosofía es sencilla, como ya
tengo bastante estrés en el hospital, cuando llego a casa procuro dar un giro de ciento
ochenta grados y tomarme las cosas con calma.
Voy llenando la bañera, enciendo una barrita de incienso con olor a sándalo y me llevo
el libro conmigo. Decido programar la alarma del móvil en cuarenta minutos, lo que me
dejará tiempo suficiente para vestirme y maquillarme un poco.
Poco después de las siete y media suena el timbre y sé que se trata de mi amiga.
—Un momento Isa, ahora bajo —contesto al telefonillo, mientras puedo ver como, en
la pequeña pantalla, Isabel me saca la lengua y hace gestos obscenos.
“¡Como si fuera una quinceañera!”
Llegamos al Ó Conaill a las ocho menos cinco. No está muy lejos de mi casa, pero
nos gusta pasear sin prisa, cogidas del brazo mientras intercambiamos confidencias.
Isa es, junto con mi abuela materna, la única mujer cuyo contacto me aporta una paz y
seguridad absolutas. Me aterra pensar que algún día decida “dar la espantada” y
dejarme sola. Mi padre la tiene harta y sé que adora el calor y la playa, lo que me hace
pensar que, si tuviera una oportunidad laboral en el sur o en las Islas Canarias, se iría a
pesar de Edu, del hospital y de mí.
Gijón, 7 de Mayo de 1999
Al día siguiente era mi cumpleaños. No entendía cómo contaban el tiempo mis
padres, mis tíos o sus amigos, ni el motivo por el que éste parecía pasar más deprisa
para ellos. Llevaba días escuchando aquello de: —“nuestra niña se hace mayor,
¡diecisiete años ya!”—. ¿Ya? ¡todavía, diría yo. En menos de dos meses Isa cumpliría
dieciocho y yo empezaría a parecerle una cría.
—¡No digas chorradas Sole!, soy tan sólo diez meses mayor que tú —reía mi amiga,
ante lo que le parecía un miedo ridículo por mi parte.
Estábamos las dos dentro del horreo. Mi padre nos lo había dejado acondicionar con
cojines y cretonas, además de una preciosa manta de vivos colores que el tío Enrique
me había traído de México. No podía decirse que la conquista nos hubiera costado
demasiado porque mi madre, muy amiga de fiestas, comidas y reuniones pijas, estaba
totalmente de acuerdo en que nos mantuviéramos lo más alejadas posible del salón
principal o, si el tiempo acompañaba, de la piscina. Era allí donde recibía a los snobs
de sus amigos y el hecho de que nosotras dos ocupáramos un espacio en la zona de
atrás, donde se encontraba ubicado el viejo horreo, era una suerte y una comodidad
para todos.
Aquel se había convertido en nuestro rincón privado, un territorio vedado a los
adultos. Todas nuestras ilusiones, expectativas, miedos y preocupaciones habitaban
aquellas paredes de madera, levantadas sobre cuatro pegollos de piedra donde
antiguamente se secaba el maíz.
—Eso lo dices ahora, Isabel, pero ya verás cuando quieras ir a la disco con las
chicas, por ejemplo, y a mí no me dejen entrar por mi edad —contesté, alterada.
Isa me miraba con los ojos en blanco y me dejaba hablar.
—O imagina cuando… ¡madre mía Isa, madre mía, las elecciones! —seguí
lamentándome—. El año que viene hay elecciones generales y tú podrás votar pero yo
no. Una experiencia tan importante y no la podremos compartir. ¡Tendré que esperar
cuatro largos años para tomar partido en una decisión sobre el futuro de mi país!
—¡Maria Soledad Morales de Prendes!, como broma estuvo bien pero ahora ya me
estás preocupando —decía mi amiga con los labios apretados y cara de pocos amigos
—. Punto uno: NUNCA, repito, NUNCA vamos a la disco y punto dos: nuestro país se
va a la mierda votes tú o no y es más, no creo que yo lo haga tampoco.
—¡Isa! es un derecho constitucional que tenemos que ejercer…
—Ya, ya… y más teniendo vagina. Muchas mujeres dieron su vida para que nosotras
podamos votar hoy, bla, bla, bla… —empezó a burlarse, imitando mi tono de voz y
repitiendo aquello sobre lo que habíamos discutido mil veces.
Yo la miraba, cabreada y sin responder. Siempre lo mismo, yo pensaba que Isa no
se comprometía con nada y ella me tachaba de feminista, “como si dos mujeres
pudieran no serlo”.
—En un país con políticos medianamente honrados podría colar pero esto es España
cielo, déjate de sermones y ve al grano ¿quieres? —terminó su discursito mirándome
muy fijamente a los ojos y con una expresión que yo no captaba del todo—. Me da que
las discotecas o las votaciones no es lo que más te preocupa.
Era yo la que iba a cumplir años y estaba pensando en que Isabel cumpliría los
dieciocho enseguida. Yo no estaba preparada para que nuestra relación cambiara, no
quería que Isa llegara a lo que todo el mundo llamaba “edad adulta” y dejase de
relacionarse conmigo como lo venía haciendo hasta ese momento. Y luego estaba “lo
otro”, claro…
—No sé lo que me tratas de decir Isa —repliqué, confundida.
—Pues yo creo que sí lo sabes, pero lo intentas evitar. Mañana es tu cumple, soy tu
mejor amiga y siempre esquivas el tema. ¿La disco?, ¿formar parte del engranaje del
sistema democrático del país? —me hablaba cada vez más alterada y subiendo el tono
de voz —. Tú haces diecisiete mañana Sole, pero es que yo cumpliré dieciocho en dos
meses y ¡ambas somos vírgenes!
—¡Shhhhh! Isa, cómo te oiga mi padre nos metemos las dos en un lío, ¿te has vuelto
loca? —le susurré a mi amiga abriendo mucho los ojos— ¡Baja la voz!
—Claro, lo olvidaba, vives en la casa de los Pin y Pon. Por favor Sole, hay un
montón de manzanos, una pared de piedra y unos cuantos tabiques entre tus padres y
nosotras en este momento. No nos puede oír nadie.
No comprendía el motivo por el que se dirigía a mí en aquel tono tan brusco, parecía
enfadada, realmente enfadada.
—Tienes razón Isa, es sólo que no me siento cómoda hablando aquí de esto.
En cuanto terminé de contestarle, Isabel hizo algo que me pilló totalmente
desprevenida. Sin previo aviso y mirándome fijamente a los ojos, me cogió por las
muñecas y puso cada una de mis manos sobre sus pechos.
—¿Es por esto? —preguntó con el mismo tono de enfado, quizá un poco más alto—.
Soy tu mejor amiga, ¡debería de ser tu confidente y no me lo cuentas! ¿Acaso sería
distinto si tuviera “paquete”?
Aquello me descolocó por completo, me puse tensa y el corazón se me aceleró. Noté
que me ruborizaba sin poder evitarlo y la cabeza empezó a darme vueltas. Quería
echar a correr y no conseguía separar mis manos de los turgentes pechos de mi
amiga, que no había apartado su mirada de la mía ni un momento.
—Has salido con Juan y Sergio —continuaba hablando, en vista de que yo no podía
hacerlo—, yo llevo ocho meses con Lucas y tú y yo no hemos hablado ni una vez de
sexo.
Bajo las palmas de mis manos podía notar los pezones de Isabel, una Isabel que
seguía increpándome mientras yo callaba.
—Nos lo contamos todo, sabes más de mí que nadie y no eres capaz de explicarme
que no sientes nada por ellos, que no te apetece besarles aunque lo hagas y que
cuando vemos “Sensación de Vivir” suspiras por Kelly Taylor y no por Dylan o Brandon
—escupió, como si llevara conteniendo aquellas palabras años, siglos, una eternidad
—. Lo he intentado muchas veces, Sole. Yo quiero contarte mis miedos y hablar sobre
Lucas, pero no me atrevo.
Tras recomponerme un poco, conseguí retirar las manos del pecho de mi amiga,
aunque sin poder evitar la tentación de rozar ligeramente sus pezones.
—Isa, yo nunca me negué a hablar de sexo contigo, sabes que puedes contarme lo
que sientes, lo que temes, aquello que te preocupa... —contesté, con voz temblorosa y
tratando de evitar su mirada— Podemos hablar de Lucas y de ti.
—Lo sé. No te niegas Sole, nunca lo harías —Isabel ya no se mostraba enfadada
conmigo pero era mucho peor, su voz sonaba triste—, pero tampoco me invitas a tocar
el tema contigo.
—Perdona, yo… por favor Isa, mis padres no pueden saber nada de esto —Noté
como mi amiga me levantaba la barbilla suavemente y adiviné su rostro tras la cortina
salada que emborronaba mis ojos.
La frustración y el miedo resbalaban por mis mejillas dejando espacio para el alivio.
—Nena, si me pusieran las “peras” te enseñaría lo que vale un peine. Te dije que era
virgen, no que no domine unas cuantas técnicas preliminares que te volverían loca —
soltó con una risa franca y espontánea, antes de darme un enorme abrazo de los
nuestros para demostrarme que nada había cambiado y que seguíamos siendo un
equipo.
No me había dado cuenta hasta entonces de la falta que me había hecho aquella
conversación.
E
l Ó Conaill está hasta la bandera. Siempre que hay algún espectáculo más o
menos popular en el teatro, los asistentes se unen a los habituales en este pub
irlandés cuyas cervezas y sidras de caña tienen fama en toda la ciudad.
Está a dos pasos del Teatro Jovellanos, por lo que favorece la tertulia antes y después
de la representación.
Vemos una mesa vacía al fondo y nos apresuramos a ocuparla. Un camarero recoge
con gesto cansado las botellas, vasos y pequeñas cestas de mimbre llenas de cáscaras
de cacahuete que cubren toda la superficie. “Parece que hemos tenido suerte”.
Mientras damos buena cuenta de un par de cervezas negras, Isa y yo charlamos
animadamente sobre Clara, una amiga común que acaba de tener un bebé, para pasar
inmediatamente al tema principal, Edu. Mi amiga está radiante estas últimas semanas, la
veo feliz e ilusionada.
—En serio Sole, éste es el definitivo —me dice muy seria—, tengo un pálpito.
—¿Éste también? —le pregunto burlona y mirándola de medio lado.
—¡Lo digo en serio! No había sentido esto antes y me da la impresión de que voy a
sentar la cabeza… siempre que tu superpapi no me lo fastidie.
—Mira Isa, una cosa está clara, si quieres que lo vuestro funcione y dure, la única
solución es que uno de los dos deje el hospital, lo sabes tan bien como yo.
—¿Tú crees? —me pregunta, pensativa—. Tiene que haber una fórmula para poder
tener una relación en el trabajo y no fastidiarla en ninguno de los sentidos. Este curro
nuestro es una calamidad.
—Lo sé…
—Ya, lo sabes —En este punto me mira muy fijamente a los ojos y continúa hablando
con gesto grave—, pero eso no quiere decir que tengas que esconderte, ser una monja
o evitar las relaciones, ¿no te parece?
Sé por donde van los tiros y no me hace mucha gracia que Isabel vuelva sobre el tema
de Lau.
Laura es catalana y trabajaba como traumatóloga en una fundación privada de
Barcelona. Ella siempre había querido estudiar “neuro” y en un momento dado se le
presentó la oportunidad de dejar su plaza de modo provisional, para venir a hacer la
residencia en neurología a nuestro hospital. Lau no se lo pensó dos veces, cogió los
bártulos y se vino para Gijón. Nuestra relación comenzó cuando ella llevaba dos años de
residente y terminó hace diez meses, cuando finalizó y se le dio oportunidad de
quedarse…
—Isa, fue duro, no sabes hasta que punto —me defendí, cansada de tener que
hacerlo y con la presión en el pecho que siempre me provocaba hablar del tema.
—¿No es más duro ahora, que no la tienes a ella? ¡No me jodas Sole!, cuéntale de
una vez a tus padres lo que ya saben, vive tu vida y déjate de secretos —me dice con
gesto grave.
Sé que Isabel quiere lo mejor para mí y que es la impotencia la que habla por ella,
pero no encuentro justo que me recuerde mis fracasos o que me fastidie una velada
como la de hoy. La miro en silencio, cansada, derrotada por las circunstancias y sin
ganas de responder a sus provocaciones, sin fuerzas para defenderme otra vez, como
tantas otras…
—Lo tenías todo a tu favor, terminaste tu primera residencia a la vez que Laura la
suya en neurología. Tenéis la inmensa fortuna de que os den la oportunidad de quedaros
a ambas y ¿qué sucede? —Mi amiga no me da tregua, sigue recordándome lo que fue,
para que reflexione sobre lo que pudo haber sido— Pues que Laura, amando su
profesión y a ti, se ve obligada a marcharse y tú, que sólo estás en el sótano de los
pirados porque quieres ser una niña buena, vas y te quedas.
—No es tan fácil Isa —me quejo, de forma mecánica y deseando zanjar la
conversación—. El hospital es un nido de víboras, no creo que te tenga que recordar
ninguno de los chismes de “la portera”, ahora que también te afectan a ti y a tu amorcito.
—Sí que fue fácil y aún lo es, lo tuviste en la mano —ataca—. Ella se quedaba por ti,
le daba una oportunidad a lo vuestro y por culpa de tus miedos y tu empeño en ser una
lesbiana amargada, está poniendo escayolas y comiendo pan tumaca mientras suspira
por una asturiana imbécil con aspiraciones a solterona.
—¡Ya te vale Isa! —exclamo, haciéndome la ofendida, aunque sé que tiene razón.
“Pronto tendré que poner solución a esto y tomar una decisión”.
Veo como Isabel mira detrás de mí con gesto contrariado y me doy la vuelta. Un tipo
espigado, de gafas y peinado con raya al medio se ha colocado a nuestro lado y nos
mira de un modo extraño. Parece que está esperando a que dejemos la mesa libre, pero
de una forma grosera y descarada.
—Ese tío es imbécil —dice mi amiga, airada y en voz alta.
—No merece la pena enfrentarse a él Isa, falta poco más de un cuarto de hora para
que empiece la obra, pagamos en la barra y en paz, buena gana de líos.
Isabel no parece muy conforme pero, así y todo, se levanta y ambas nos dirigimos a
la barra. Mientras tanto, el tipo ocupa el sitio que ha dejado libre mi amiga y empieza a
sacar libretas, agendas o algo parecido. “¡Qué tío tan raro!”
Tras despedirme de Isabel, entro en el teatro con la convicción de dejarme llevar por
la trama y sustituir mis sentimientos, recuerdos y preocupaciones por los de los
personajes. Lo consigo y la presión en el pecho se atenúa durante el tiempo que dura la
representación.
Salgo del teatro con una sensación extraña. Opino que la adaptación ha sido
impecable, con ese humor tan “Twain” que el director ha sabido trasladar, unos actores
fabulosos en los papeles de Felipe —intentando representar a Adán—y Catalina —como
Eva—.
Pienso en lo sencillo que es ser como la mayoría, sentir como la mayoría, pertenecer
a la mayoría…
El termómetro frente al Jovellanos marca tres grados centígrados y una fina lluvia me
cala hasta los huesos en poco tiempo, pero me gusta el efecto del agua al atravesar la
tenue luz de las farolas. Resulta tranquilizador e invita a la reflexión.
“Adán y Eva, Felipe y Catalina. ¿Por qué no Eva y Catalina?” Tiene razón Isa, parezco
una solterona crónica y amargada que ronde los sesenta. Puede que los
contemporáneos de Mark Twain se escandalizaran de que dos mujeres se atrajeran
entre sí —el propio Twain seguro que no— pero yo vivo en el siglo veintiuno, no tengo
motivos para esconderme y si los tengo, están sólo en mi cabeza. He oído a Isabel
decirme esto miles de veces.
Camino hacia mi apartamento pensando en una buena copa de vino antes de
acostarme, “me la tengo merecida”.
SEGUNDO DÍA
Gijón, 24 de Febrero de 2012
L
os viernes suele ser un día poco conflictivo. Estoy en el hospital, faltan casi dos
horas para que acabe mi turno y por aquí todo está bastante tranquilo. Patologías
y accidentes parecen estar inexplicablemente relacionados con el día de la
semana, climatología o calendario deportivo, sobre todo en lo que se refiere al “deporte
rey”.
Mientras pienso en que alguien debería escribir una tesis sobre eso, se me acerca
Alfonso Bulldog Olay, mi jefe.
—Soledad, pásate por boxes y habla con Carmen. Se trata de una mujer joven con un
bloqueo mandibular —me dice, haciendo alarde de un buen humor nada propio de su
carácter—, será un momento.
—Claro, Alfonso. Voy para allá —contesto, con una sonrisa forzada.
No puedo evitar desconfiar de los repentinos “ataques de humanidad” de mi superior
que, por lo general, suelen preceder a una tormenta.
Me dirijo directamente a boxes para buscar a la enfermera, sin pasarme por el
mostrador. Puesto que Olay está informado de todo, supongo que se ha hecho cargo de
la historia y de retirar el caso del tablón. “Si somos cualquiera de nosotros los que nos
saltamos el protocolo nos arma una buena, pero tratándose de él…”
—Hola Carmen, me dice el doctor Olay que tenemos un bloqueo mandibular, ¿tienes la
historia por ahí? —pregunto a la enfermera, que me espera con su sonrisa habitual.
Carmen trabaja en urgencias desde tiempos inmemoriales y hace un par de semanas
nos dijo que se jubilaba. Siempre me extrañó que no hubiera pedido el traslado y envidio
su entrega y actitud. Por tratarse de un trabajo duro y agotador, resulta raro encontrar
personal veterano por aquí porque, en cuanto tienen puntuación suficiente, suelen
solicitar un puesto más cómodo.
La mujer que tengo delante de mí, con una fuerza vital inversamente proporcional al
tamaño de su raquítico cuerpo, es sin duda una excepción. La enfermera es admirada
por todos y el único alma viviente en urgencias al que el Bulldog respeta, teniendo
además un trato amigable con el resto de la plantilla.
—Aquí lo tienes todo, cielo, la pija del número tres —me informa, levantando las cejas
y girando la cabeza un poco hacia los lados—. La analítica ya está en el laboratorio. Le
he indicado que se quitara la media tonelada de pintura que llevaba en la cara para
facilitar la exploración y a la muy estirada casi le da un pasmo.
—Oh… gracias Carmen, pero no era necesario —respondo, extrañada de que se le
haya ocurrido semejante cosa. “Voy a explorarla, ¡no a practicarle una cirugía!”
—Lo sé Doctora Morales, pero no pude resistir la tentación de ver a la Reina de Saba
sin la “mascarita”—. Ahora, la cara de Carmen está radiante y satisfecha de su
trastada, lo cual me deja claro que quien se encuentra en el tercer box no es santa de su
devoción.
“Ya sabía yo… cuando esta mujer se dirige a mí como Doctora Morales y en ese tono
tan rimbombante, es que a continuación viene algo como esto”.
¡Eres incorregible Carmen! —le digo, sin poder contener la risa.
La curiosidad por conocer al personaje del box número tres va en aumento, así que
decido romper el misterio, consulto la historia rápidamente y me dirijo a explorarla.
Al llegar a la altura del tercer biombo, veo a una atractiva mujer de cuerpo atlético y
elegante, con una brillante melena de color castaño que le llega un poco por debajo de
los hombros. Me mira con ojos asustados, es muy guapa y la sensación de
vulnerabilidad que transmite, hace que sienta lástima por ella al pensar en la pequeña
jugarreta de Carmen.
—Buenas tardes, Sofía. Soy la doctora Morales y voy a examinarte —le informo,
intentando tranquilizarla—. Sé que no eres capaz de hablar y ya conozco los detalles
más relevantes, así que tranquila si no te puedes expresar como quieres. Voy a palpar
los cóndilos de tu mandíbula aquí, justo delante del oído. Sólo quiero que levantes la
mano si te duele y que contestes a mis preguntas asintiendo o negando con la cabeza,
¿lo has entendido?.
La expresión que hace unos instantes me pareció compungida y preocupada, es
sustituida en pocos segundos por un rictus que poco tiene que ver con su bloqueo.
Viendo su actitud, me solidarizo en secreto con Carmen y casi aplaudo su “trato
especial”. Ya no la veo tan atractiva y ni muchísimo menos, vulnerable o indefensa.
Me dispongo a explorar a La Pija del tercer box. Palpo cóndilos, ramas ascendentes
de la mandíbula y musculatura adyacente. Todo parece normal, quizá los maseteros un
poco rígidos.
—Bueno Sofía, en principio no te debes preocupar —empiezo a explicarle—, haremos
lo siguiente…
En ese momento entra Carmen con la analítica y no se me escapa como mira de reojo
a nuestra paciente para a continuación, posar sus ojos en mí con una pícara sonrisa y
volver a marcharse.
—Es el resultado de tus análisis, está todo bien —le explico—. Verás, lo que padeces
es un bloqueo mandibular, digamos que tu musculatura está agarrotada, lo que te impide
abrir la boca. Llamaré a la enfermera para que te ponga un relajante muscular y un
antiinflamatorio, con eso debería remitir en unas horas.
Sofía parece entender lo que le digo y aunque no puede hablar, tampoco me hace
ningún gesto, por lo que continúo.
—No obstante, te daré unas recetas para casa y lo más probable es que mañana
estés perfectamente. En principio no hay motivo de alarma Sofía, una buena carcajada y
un poco de estrés pueden ser suficientes para dejarte con la boca cerrada un buen rato
—le explico, intentando sonreír y apretándole ligeramente el brazo, algo que trato de
hacer siempre para relajar tensiones. Debo reconocer que en este caso me resulta un
poco forzado. “Hay que ver lo estirada que es esta mujer”.
Salgo a buscar a Carmen, pensando en el enorme placer que va a sentir al oírme decir
“diclofenaco intramuscular”, algo que resolverá el problema de la pija pero que también
le quitará las ganas de sentarse durante un buen rato. Cuando la encuentro y le pido que
se pase a pinchar el antiinflamatorio, me hace un gesto perverso, se frota las manos
haciendo teatro, y pone rumbo al tercer box.
—Sofía, por favor, bájate un poquito el pantalón. Vamos a poner un par de banderillas
—escucho a la enfermera divertirse de lo lindo, mientras cubro las recetas y se las doy
a nuestra “VIP”.
—Ya estás lista, en caso de que en unas horas no mejores te vienes otra vez, ¿de
acuerdo?, pero ahora relájate porque estoy convencida de que no será necesario. La
enfermera te acompañará para informar a tu amiga de todo, en vista de que aún no
estás en condiciones de hablar. Que te mejores —me despido, con gesto amable, de La
Pija del tercer box.
Carmen me apuñala con la mirada ante la perspectiva de tan ardua misión “Me
encanta tomarle el pelo y estoy segura de que, en un rato, me vendrá contando alguna
anécdota divertida sobre nuestra curiosa paciente”.
Mientras camino en dirección al mostrador para ver qué me espera en el temido
corcho de las chinchetas, giro la cabeza a tiempo de ver como la veterana me dirige una
mirada entre divertida y enojada. Sonrío y hago un gesto de burla que desarma su
máscara de indignación fingida y la hace estallar en una carcajada.
Lo que resta de la jornada discurre sin ninguna otra novedad pero aún así, no dejo de
trabajar hasta que me dan el relevo.
Salgo agotada del hospital y llego a mi apartamento, donde la gata persa me espera
acurrucada en el sofá. Siempre he querido tener un perro pero la felina, debido a su
carácter independiente e higiene, encaja a la perfección con mi estilo de vida. Además
es lo único que me queda de Laura. Tina, un par de libros y un montón de reproches. La
miro y su pose altiva y elegante me recuerda a La Pija del tercer box. Sonrío al
encontrar cierta similitud cantarina entre el apodo que le hemos colgado a la mujer del
bloqueo con un título de Sabina, “Rubia de la cuarta fila”. Siento la acuciante necesidad
de escuchar la voz rota del de Jaén y esta tarde ya tiene banda sonora.
Mientras busco al Flaco entre mis listas de reproducción, dudo entre cocinar algo sano
o llamar al chino. El recuerdo del tipazo de la pija me hace descartar los grasientos
paquetitos de pollo con almendras y rollitos primavera pero, como ya es tarde, me
decanto por un término medio y saco del congelador una bolsita de arroz tres delicias,
que preparo en el microondas en pocos minutos.
Mi lectura no parece muy adecuada como acompañamiento. La biografía —ficticia
según dicen— de la modelo somalí, es demasiado desagradable como para leer
sentada a la mesa. El terrible absceso resultante de haber practicado una ablación de
clítoris y labios con una cuchilla de afeitar sucia, no es el mejor aderezo para mi plato de
arroz, así que decido comer en el salón para ver las noticias en diferido. No estoy
segura de que la pantalla del televisor me vaya a ofrecer algo mucho más agradable que
mi libro pero, así y todo, no está de más informarse de lo que pasa en este loco mundo
que nos tocó en suerte habitar.
Como mis horarios no son siempre los mismos y nunca sé cuándo voy a llegar a casa,
acostumbro a dejar programado el reproductor para grabar las noticias de las tres de la
tarde y verlas cuando me viene bien. Hoy lo haré mientras doy buena cuenta de mi
comida.
Parece que el accidente ferroviario ocurrido en Argentina hace casi dos semanas ya
se ha cobrado cincuenta y un vidas y son más de setecientos los heridos. Trato de
imaginar el caos en los hospitales de campaña y no puedo evitar volver a pensar en
Laura, que participó en varios dispositivos de este tipo, y con la que aprendí mucho de lo
que aplico en mis protocolos de urgencias. Recojo el plato y me dirijo a la cocina, donde
me espera un montoncito de jugosos frixuelos, el delicioso postre que llevo comiendo a
diario desde el viernes. “No hay duda de que esto es lo mejor del Carnaval y algo tan
bueno no se debería comer sólo un día al año…”
Gijón, 8 de mayo de 1999
Aquel día me desperté con un olor delicioso que invadía toda la casa… ¡frixuelos!,
¡eran frixuelos! Salté de la cama, busqué las zapatillas con los dedos de los pies y
corrí hasta la cocina, donde mi madre preparaba mi postre favorito.
—Buenos días mami, ¡qué riiiiiico! —grité entusiasmada.
—Hoy mi niña cumple diecisiete añitos. Eres toda una mujer, cariño, una mujercita
encantadora y preciosa. Papá era partidario de una tarta para que pudieras soplar las
velas, pero yo sé bien lo que le gusta a mi niña —decía, mientras me acariciaba la
larga melena rubia con gesto cariñoso.
—No hay color mami, ¿tenemos chocolate para echarles por encima?—. La boca se
me hacía agua y no podía esperar a hincarles el diente.
—Sí cielo, y también mermelada. Hoy es un día especial cariño, pero tienes que
cuidar un poquitín la línea ¿vale?.
“Ya estamos” . No quería discutir con mi madre, que nunca cocinaba y hoy, que era
el día libre de Rosa, estaba haciendo un esfuerzo por su glotona y ansiosa hija. Para
mí era importante que me preparase aquellos creps dulces y jugosos, pero siempre
estaba igual con el tema de la ropa, el pelo, la línea… Su amiga Pitusa y ella no
hacían más que reprenderme por mi afición al chocolate, lo que me había llevado a
ocultarlo en el horreo y comerlo allí en compañía de Isa, que hacía lo mismo con los
cigarros.
—¿Dónde está mi princesa? —oí que exclamaba papá, entrando por la puerta de la
cocina.
—Buenos días papi, ya podía ser mi cumpleaños todos los días —dije entusiasmada
—. ¡Mira qué desayuno!
—Tiene muy buena pinta, Bolita. Aquí huele delicioso —observó acercándose a
mamá por la espalda y dandole un cariñoso pellizco en el trasero.
—¡José!, ¿quieres estarte quieto? —le reprendió mi madre, con tono severo pero
sonriendo —y no la llames así, ¿quieres? “Bolita”, ¡por Dios! ¿Qué clase de apelativo
es ese?
—Uno cariñoso mujer, sólo hay que ver las fotos de cuando era un bebé —rió mi
padre.
—Pero está claro que ya no es un bebé, y no quiero que nuestras amistades te oigan
llamarla así.
Ya se había roto la magia, por un momento me había creído que éramos una familia
normal y alegre, de las que buscaban la felicidad dentro de las paredes de su casa y
no de puertas para afuera.
Me habría gustado que mi madre aceptara a Soledad. Soledad, su hija, usaba
tejanos, detestaba el maquillaje y jamás se habría puesto unos tacones. Odiaba los
nudos y enredamientos de aquella incómoda melena panoya y no podía soportar a
Vicky, Mimi, Pitusa, Cuqui… ni a sus estiradas hijas y perritos pequineses.
La mañana de mi decimoséptimo cumpleaños, tras la observación de mi estirada y
frívola madre, sonreí con deportividad, como siempre hacía, y procuré no
enfurruñarme.
—Y bien, ¿ya lo tienes todo listo? —me preguntó mi padre, intentando llevar la
conversación por otros derroteros—. Os he visto a Isabel y a ti cuchicheando toda la
semana, lo que me hace suponer que estaréis preparando algo divertido para hoy.
Además el que sea Sábado es una ventaja Bol… cielo.
—Sí, así es, la verdad es que tú ya te has encargado de todo, así que Isa y yo sólo
hemos estado cotilleando un poco.
Mi padre había reservado una espicha para cincuenta invitados aunque, por
supuesto, el número de asistentes había sido un cálculo de mi madre. Isa y yo no
habíamos entendido, hasta hacía unos días, de dónde iban a salir cincuenta personas.
Al final, nosotras sólo habíamos invitado a quince. El resto eran hijas e hijos de sus
amigos, con los que mamá estaba empeñada en que me relacionase.
—Lo pasaréis genial cielo, no tengas prisa por llegar a casa, sois jóvenes y tenéis
que disfrutar.¡Quién tuviera de nuevo diecisiete años! —decía mi madre, con gesto
ausente, mientras yo me centraba en dar buena cuenta del desayuno—. He hablado
con Marta y ya sabe que Isabel se quedará aquí esta noche.
—Sí, mamá. ¡Dormiremos en el horreo!.
Isa vivía a un par de casas de la nuestra pero Marta, su madre, se iba ese día al
pueblo a visitar a sus suegros y no volvía hasta el domingo, por lo que estaba más
tranquila sabiendo que mi amiga no se quedaba sola.
—Como queráis, hoy es tu día —contestó mi padre—. El autobús esperará a que
termine la fiesta y os traerá de vuelta a todos. A Isa y a ti os dejará las últimas porque,
siendo tú la anfitriona, es lo más adecuado.
—Sí papá, muchas gracias por ocuparte de todo —contesté, sin poder disimular la
contrariedad que me causaba ser la marioneta de mis padres—, aunque mamá dice
que muchos de los invitados llevarán su propio coche, ¿no, mami?
Me irritaba muchísimo tener que aguantar a los cachorros de las amistades pijas de
mi madre el día de mi cumpleaños, pero no me quedaba otro remedio. “Otra sonrisa
de niña buena, y allí no pasaba nada”.
—Sí cielo, y ahora… ¡tachaaaaaaaaaaan! —mi madre se levantó para sacar, de
detrás de la puerta abierta de la cocina, un paquete rectangular envuelto en papel color
chocolate y adornado con un sobrio lazo beige—. Vamos cariño, ¡ábrelo!
Me lancé a arrancar el papel ante la divertida mirada de mi padre, para encontrarme
con una caja de Martinelli, la marca de zapatos favorita de mamá. La abrí con un poco
menos de entusiasmo del que había puesto en deshacer el paquete y en el interior,
entre papel de seda, descubrí unos zapatos de ante color rosa palo con un poco de
charol en la puntera y ¡unos tacones imposibles! —“Sabe que no soporto los tacones,
no los soporto”—pensé, intentando no parecer desilusionada.
—Sabía que te encantarían cariño, lo sabía. Además, como puedes ver, el tacón es
lo suficientemente ancho para que puedas caminar sin dificultad, ¡vas a estar preciosa!
—exclamó mi madre, sin dejarme pronunciar palabra. —Pero espera, aún hay más,
los zapatos son sólo el toque final a tu indumentaria de esta noche. Mira, princesa,
¡ábrelo!
Mi madre se acercó con otro paquete que era, evidentemente, un vestido. Se trataba
de una percha de la que colgaba una funda cubierta de papel celofán y otro lazo beige,
esta vez de raso. Lo saqué de su envoltorio y me encontré con un bonito vestido de
gasa, talle alto y falda disparada de color hueso. Se veía a la legua que se trataba de
un modelo carísimo y muy bonito. Si me hubiesen gustado los vestidos, no me cabía
duda de que estaría realmente encantada con ése.
—Es muy bonito mamá, me encanta —le dije, con voz dulce—, pero se trata de una
espicha. Vamos a un llagar, ¡no puedo aparecer con este modelazo, por Dios!
—Claro que puedes cielo, eres la homenajeada y debes ir preciosa, pareces una
muñeca.
“¡Yo no quería parecer una muñeca, joder!”.
—Papá, por favor, díselo tú ¿a que no puedo ir así vestida al Llagar de Ramón? —
pregunté, dirigiendo una suplicante mirada a mi padre.
—Yo de modelitos no quiero saber nada “Bolita” —pronunció esta última palabra muy
despacio, consciente de estar diciéndola y mirando a mi madre a los ojos. —Anda,
¡abre mi regalo!
Vi como mi padre sacaba de detrás de la espalda un paquete rectangular, envuelto
con papel gris muy brillante y un lazo violeta —“¡era un libro, era un libro!”—. Casi se
lo arrebaté de las manos y, cuando lo abrí no podía creer lo que veían mis ojos, pero
aún menos cuando pasé la primera página.
—¡Papá!, ¿cómo lo has conseguido? ¡No me lo puedo creer, aún no se ha publicado
en España, faltan como mínimo un par de meses! —exclamé, eufórica, mientras
abrazaba a mi padre, olvidándome por completo de los torturadores tacones, el vestido
de gasa y el hecho de tener que ir disfrazada de princesa a un llagar con mesa corrida
en mi diecisiete cumpleaños.
Tenía entre las manos “Hija de la fortuna”, el esperado libro de mi autora favorita
que, además, ¡me había dedicado el libro personalmente! —“Para Soledad, porque
el fonendo y la pluma no están reñidos y algún día será ella quien me
dedique un libro. Con mis mejores deseos y esperando que disfrute de su
lectura. Isabel Allende”.
Sabía que mi padre había sido el responsable del contenido de la dedicatoria y eso
me irritaba un poco —daba por hecho que seguiría sus pasos, estudiando medicina—,
pero estaba demasiado excitada con el regalo como para echárselo en cara y quería
que me contara cómo había logrado tal hazaña.
—En Chile se publicó hace quince días y un compañero del hospital que conoce a
alguien en la editorial me lo consiguió— me explicó mientras yo abría unos ojos como
platos y agarraba el libro tan fuerte que mis nudillos se estaban quedando blancos—.
Tuvimos la suerte de que Isabel se encontrara allí en ese momento y accediera a
firmar el libro, no es muy habitual que salga en Sudamérica antes que aquí pero
hemos tenido suerte.
—¡Gracias, gracias, graaaacias, ha sido el mejor regalo del mundo! Ahora voy a mi
habitación a leer un rato hasta la hora de comer—. Me despedí, acelerada y con unas
ganas terribles de encerrarme con mi tesoro.
M
e despierto amodorrada y con las lumbares machacadas —“tengo que cambiar
este sofá, es torturador”—.
El reproductor se ha parado y en la tele están echando un programa de
cotilleo donde periodistas, miembros de la farándula y participantes de realities se tiran
los trastos a voz en grito. Como no tengo planes para esta tarde, no me molesto en
mirar la hora.
Voy a la nevera a por la botella de Verdejo que dejé ayer a medias y me sirvo una
buena copa mientras me dispongo a terminar el libro.
Justo cuando Wairis está llegando a Mogadiscio, suena el teléfono y veo reflejado el
número de mi madre…
—Hola mami, ¿qué tal estás? —saludo, con un tono alegre que no refleja el fastidio
porque el impertinente aparatito haya perturbado mi tranquila tarde de lectura.
—Muy bien cariño, ¿y tú? —contesta—. Pensé que vendrías ayer a comer, le dije a tu
padre que te convenciera. Estoy segura de que no comes más que porquerías Soledad;
pizza, marranadas orientales y todas esas grasas saturadas.
—Noooo Mami, tranquila —respondo, poniendo los ojos en blanco—. Mira, hoy
compraré unos calabacines, carne para guisar y cocinaré para tener de sobra en la
nevera, lo prometo.
—Ya, cielo. Oye, sabes que no quiero molestar, pero me gustaría que vinieras a casa
al menos un par de veces por semana… ¡No te veo el pelo!
En este sentido mis padres siempre han sido muy prudentes, respetan mi
independencia y nunca se presentan en casa sin avisar. A decir verdad, soy yo quien va
a la suya y no a la inversa. “Tiene razón Isa, lo saben y no quieren encontrarse a su hija
pegándose el lote con otra y tener que explicárselo a sus amigos”.
—Vale mamá, tienes razón, ¿qué te parece si me paso mañana? —me comprometo,
con un terrible sentimiento de culpa—. Es que ayer fui al teatro y antes quedé con Isa
para tomar algo.
—¡Ay cariño! Isa… tu padre me ha contado lo de ese chico y me tiene preocupada —
contesta mi madre, con voz afectada, como si a mi amiga le hubieran diagnosticado una
gravísima enfermedad—. Mañana me lo cuentas tú con pelos y señales. No quiero que
nuestra Isabel salga con cualquiera. Por lo que me dice papá no se trata de un
muchacho muy recomendable.
—Mamá, es asunto de Isa —“qué manía con Edu, parece mentira que mi padre se
deje influenciar por la fama de mujeriego que le dan en el hospital, aquello sí que es un
puto realily”—, te lo contará ella si le apetece hacerlo.
—Bueno, mujer…
—Llámala, si tienes tanto interés.
Me cabrea muchísimo tanto cotilleo —“luego a Isa le extraña que no les hable de mis
cosas”—. Mi madre no conoce a Edu de nada y vista la opinión de mi padre, él tampoco.
—Bueno hija, no te pongas así, nos vemos mañana. Te quiero.
—Y yo a ti mamá, hasta mañana.
Aprovechando que estoy al lado del teléfono, decido llamar a Isabel y le cuento lo de
La Pija del tercer box.
—En serio Isa, es tan frívola, que parece una caricatura —añado, después de haberle
relatado el episodio con Sofía de Castro—. ¡No te lo puedes imaginar!
—Bueno Sole, no exageres —contesta—. No me negarás que conocemos a unas
cuantas así, ¿olvidas el barrio en el que crecimos?
—Pues por eso mismo —replico con convicción—, a pesar de conocer bien a ese tipo
de especímenes, ésta me dejó a cuadros.
También le cuento a mi amiga toda la información que Carmen recopiló hablando con
quienes la atendieron en urgencias antes que nosotras. Según me explicó antes del
cambio de turno, La Pija había sido la comidilla y me daba la impresión de que se
hablaría de ella durante una temporada.
—La enfermera de Clasificación también se quedó alucinada y casi se muere de la risa
—le cuento a Isa—. Pensaba que Paris Hilton se había teñido el pelo de castaño, con
eso te lo digo todo.
—¡Joder!, sí que parece gilipollas, la tía —me responde Isabel, al otro lado de la línea
—. Oye, ¿qué tal la obra de ayer?
—Bien, muy bien —contesto—. Como era de esperar, una adaptación fabulosa y muy
amena.
—¿Y qué planes tienes para esta tarde?
—Bueno, quiero terminar el libro que estoy leyendo para empezar el último de
Katherine Pancol o “La elegancia del erizo”, aún no lo he decidido.
—¡Waaaaaao!, planazo —me contesta mi amiga, en un tono que no me gusta un pelo.
—Lo es —me defiendo—, después del día que tuve en el hospital, es lo que más me
apetece.
—No te enfades Sole, es broma —responde, con voz suave—. Oye, tengo que
dejarte, me está llamando Edu.
—Vale Isa, pasadlo bien. Hasta mañana.
—Adiós
Me vuelvo a sentar en el sofá, cojo la copa con intención de beber un sorbo de vino y
la apuro de un solo trago, rellenándola de nuevo antes de recostarme y abrir el libro
donde lo he dejado. Mientras tanto, Tina me mira de reojo desde el otro extremo del
sofá. “Tengo que hacer algo, quiero tener una vida con alguien a mi lado, quizá una
catalana que se dedica a poner escayolas…”
A las nueve y media he terminado el libro, una segunda botella de vino, una tableta de
chocolate con leche de Lindt y una bolsa de patatas fritas a la vinagreta. Pienso en mi
madre, en su amiga Pitusa y en La Pija del tercer box…
“Soy una lesbiana con cuatro kilos de más, adicta al chocolate, sola y a medio
desengaño del alcoholismo”.
TERCER DÍA
Gijón, 25 de Febrero de 2012
H
oy está siendo una mañana especialmente complicada. Se ha producido una
intoxicación en uno de los hoteles de la ciudad y es precisamente allí donde se
estaba celebrando el Congreso Nacional de Cardiología. Como resultado,
tenemos urgencias saturadas y el hecho de que los afectados sean médicos, nos
complica la situación más de lo que ya es.
Los intoxicados se empeñan en hacer su propio análisis de la situación, proponer
medidas y discutir cada paso del protocolo que se les aplica, desde el ingreso hasta el
tratamiento.
—Dejaría que se deshidrataran todos, Sole, ¡te lo juro! —se queja Leo—. El gilipollas
de la corbata de color butano ya me ha preguntado seis veces en qué año de MIR estoy
y si he consultado esto o lo otro.
“Si Leo está perdiendo la paciencia, es que la cosa se pone fea”
—Me cago en la puta, ¡como si hiciera falta ser el jodido doctor House para poner un
suero! —se sigue quejando—. Estoy empezando a pensar que estos cardiólogos de los
huevos necesitan un infartado para alguna de sus ponencias y que soy su coballa.
Siento lástima por Leonardo, que está agotado y encima tiene que aguantar a un
impertinente.
Hemos pedido socorro a los de digestivo, que han bajado a reforzar el frente de
batalla y parece que lo tienen más o menos controlado. Así y todo los pasillos están
atestados de cubos con bolsas y personas de rostro blanco y sudoroso, presionándose
el abdomen entre gemidos de dolor. “¡Madre mía!, con la cantidad de veces que he
comido almejas en el Grand Gigia. No pienso volver a hacerlo”.
Faltan siete minutos para las tres, por lo que me acerco al mostrador pensando en el
cambio de turno. Lo cierto es que tengo el tablón limpio, ni una chincheta amarilla, que
es el color que me han asignado hoy. Carla, que hará la tarde, se pondrá como unas
castañuelas.
—¡Soledad!, ¡Soledad! no te lo vas a creer —Carmen, que al igual que yo debería de
estar a punto de dar el cambio a una compañera, aparece con una historia en la mano y
camina hacia mí con paso apresurado y los ojos muy abiertos.
—¿Qué es eso que no me voy a creer?, ¿acaso el doctor Olay está regalando
piruletas en pediatría? —contesto, sonriendo al imaginar la escena.
—No cielo, he dicho increíble no imposible —puntualiza.
Adoro el tono irónico y el humor ácido de la enfermera
—Se trata de La Pija del tercer box, acaban de triarla y no te lo pierdas, no sólo no se
ha recuperado del bloqueo sino que ahora, tiene la cara que parece un cromo —me
informa—. Pensaba esperar un par de minutos porque sé que Carla está al llegar pero
creí que sentirías curiosidad.
—Y creíste bien. Claro que me gustaría verla antes de irme.
Empiezo a sentir un ligero remordimiento por haberme reído de nuestra paciente y, por
el comportamiento de Carmen, creo que compartimos el mismo sentimiento. “Grrrr… Mi
maldita conciencia. La culpa es del viejo, por mandarme a un colegio de monjas”.
Cojo la historia de manos de Carmen y le echo un rápido vistazo, antes de
encaminarme hacia los boxes. La enfermera me sigue y, cuando estamos llegando,
levanta tres dedos y me los coloca delante de la cara, guiñando un ojo. Enseguida
entiendo que nuestra paciente VIP tiene mesa fija en este establecimiento. Antes de
entrar en el tercer box, cojo aire para armarme de paciencia, aparto la cortina y ya
estoy, de nuevo, frente La Pija del tercer box.
—Hola Sofía, veo que esto no mejora —le digo.
La joven atractiva que conocí ayer me mira en silencio desde la camilla. Tiene un
aspecto horrible, su ojo derecho está totalmente cerrado, el párpado parece haberse
descolgado y el modelito de ayer ha sido sustituido por unos tejanos y una camiseta de
algodón que podrían haber salido de mi propio armario.
—No sólo no mejora sino que parece que se complica. Hay que echar un vistazo a ese
ojo y ver si el hormigueo que refieres está relacionado con el bloqueo mandibular o se
trata de una coincidencia. Vamos a ver... mi turno termina ahora y te atenderá la doctora
Gutiérrez, que quizá te pida una analítica más específica e incluso pruebas de imagen —
añado, intentando pensar a toda prisa— pero no obstante, tengo una amiga en medicina
interna a la que voy a ver antes de irme. Le comentaré tu caso para ver si puede pasar
a verte y estaré al tanto, Sofía.
Siento lástima por ella, así que le doy una ligera palmada en el hombro mientras me
fijo de nuevo en su rostro. Me resulta extraño que su boca permanezca con el mismo
rictus que ayer, sin que la comisura derecha haya sufrido modificación alguna, como si
tan sólo el ojo hubiera sido el afectado... Pienso en algo neurológico, me despido de La
Pija, que hoy sí que parece realmente asustada, y me dirijo de nuevo al mostrador para
informar a Carla, a la que he oído llegar.
—Buenas tardes Carla, supongo que ya has comido —saludo—, espero que no hayan
sido las almejas del Grand Gigia. Esos tíos de ahí afuera las han cenado y no tienen
buen aspecto.
Carla es una mujer alta y corpulenta, cuya pinta de estibador choca con su voz, tan
aguda que me provoca dolor de cabeza. Lo cierto es que no estoy muy segura de si lo
que me satura es el tono que usa o el hecho de que sólo podamos hablar de su retoño.
¡Es monotema!
—Bueno Sole, ya sabes cómo es esto, no tengo muy claro si se ha tratado de un
desayuno o una comida. Mateo me dio una noche de perros y no pegué ojo, así que
pasé toda la mañana durmiendo en el sofá —me dice, alargando las vocales como para
exagerar su cansancio—, cuando me quise dar cuenta ya tenía que ponerme en marcha.
“Ufff, nos acercamos a zona peligrosa”. Decido abordar rápidamente el tema que me
preocupa para no darle más cuerda a la mamaíta.
—¿Recuerdas a la paciente de la que te hablé ayer, La Pija del tercer box?, pues ha
vuelto —le digo—. El bloqueo no ha remitido y además viene con algo que podría ser
una parálisis facial, llegó hará diez minutos y está de nuevo en el box número tres. He
quedado en subir un momento a ver a Isabel Coronas antes de irme y tenía pensado
pedirle que bajara a echarle un ojo a Sofía.
—¿La pija se llama Sofía? Ok, por mí genial que se pase Isabel, así me cuenta cómo
le va con ese cirujano —responde mi compañera, con un tono mucho más animado que
hace un momento—, Eduardo ¿no?
“¿Y cómo sabe ésta lo de Edu? Tiene razón Isa, ¡menudo nido de víboras!”
La miro, frunciendo un poco el ceño y limitando mis palabras a una escueta despedida,
antes de dirigirme a la zona de personal.
Paso por los vestuarios a pegarme una ducha rápida y cambiarme de ropa.
La planta de Medicina Interna es la cuarta y, puesto que aún me tortura la imagen del
tipazo de La Pija, decido subir por las escaleras para compensar los kilos de comida
basura, vino y chocolate que llevo este mes.
—¡Mira quién está por aquí!, vaya, vaya… así que hoy toca comidita familiar, ¿eh? —
me aborda Isabel, encantada de chincharme, nada más verme.
—Así es, Isa —le contesto poniendo los ojos en blanco—, mamá ha insistido y
cualquiera le dice que no.
—No te quejes Bolita, que apenas vas a visitarla —dice, poniendo especial énfasis en
el apelativo infantil que, a puertas de la treintena, me saca de quicio.
—Pues yo que tú no estaría tan contenta —contraataco, segura de poder ganar esta
partida—. Sé que mi madre tiene intención de hacerme el tercer grado hasta averiguar
algo sobre “ese muchacho tan poco recomendable del que me ha hablado tu padre y
sale con nuestra Isa”.
—¡Joder! —exclama, conteniendo el aire—, no se te ocurra contarle nada.
“Parece que mi respuesta ha conseguido alterar a la mujer de hielo”
—No sé… una es débil —contesto, mientras saboreo el triunfo.
—Vaya, parece que os estáis divirtiendo —oigo la voz de mi padre detrás de mí—.
Voy a cambiarme y vuelvo en cinco minutos hija, ¿vamos en mi coche?
—Sí papá, como sabía que iba a comer con vosotros no he traído el Volvo —
contesto, mirando a Isa con gesto burlón—. Te espero aquí y aprovecho para
comentarle algo a tu adjunta.
—Con que “a tu adjunta”, ¿eh?
—Venga, tregua y cambio de tercio —digo, sonriente, intentando centrarme en la
paciente del bloqueo—. ¿Recuerdas lo que te conté ayer por teléfono?, ¿lo de La Pija
del tercer box?
—¿Cómo olvidarlo, nena? —dice Isabel, muerta de risa—. Un personaje así merece
quedarse con cara de gilipollas un rato, es una prueba fehaciente de que tus monjas
tenían razón y su jefe es justo.
Mi amiga fue un par de años al mismo colegio que yo, para después montar el
numerito en su casa hasta que la sacaron de allí. No puede ver a las monjas e intenta
dejarlo claro siempre que tiene ocasión.
—¡Isabel Coronas Regio!, haz el favor de no ser cruel —le recrimino, con un nudo de
culpabilidad en el estómago.
Desde siempre, cada vez que discutimos por algo o queremos reprendernos entre
nosotras, usamos nuestro nombre completo, como en la escuela. A todo el que nos
escucha le resulta gracioso pero para nosotras es un termómetro infalible del grado de
enfado de cada una.
Informo a mi amiga de que La Pija vuelve a ocupar el tercer box de generales en
urgencias y pido que pase a echarle un ojo. Isabel, sospecho que más por malsana
curiosidad que por hacerle un favor a la pobre infeliz, accede.
—Pasaré a ver a tu chica en un rato, en cuanto organice un poco esto —promete—.
Ya sabes que además del turno de tarde, tengo guardia.
—Gracias, Isa.
— Y… Sole, recuerda que fuiste tú quien me criticaste a “esa pobre muchacha
indefensa” —añade, con la clara intención de “poner la puntilla”—. Me pasaré para que
te sientas mejor contigo misma por haberte reído de ella, pero no proyectes el resultado
de tus acciones en mí. Ya sabes a lo que me refiero, Bolita.
“En momentos como éste la mataba. Me irrita tanto su prepotencia… y para colmo,
sabe lo que me avergüenza que mi padre se dirija a mí por ese mote infantil. Bolita es
mucho peor que María Soledad Morales de Prendes. Isa siempre tiene que tener la
última palabra, grrr”.
Pienso en advertirla sobre el interrogatorio al que se verá sometida por Carla, pero
decido no hacerlo. Estoy segura de que sólo conseguiría enfadarla más y soy
consciente de que se sabe defender solita.
—Me queda claro, Isa. Hablamos —le digo saliendo por la puerta.
He oído los inconfundibles pasos de mi padre en el pasillo y mis tripas, conscientes de
que hoy comerán caliente, rugen de impaciencia por saciar su apetito.
Ya en el coche de mi padre y de camino a su casa, intento hacer oídos sordos a sus
comentarios sobre el novio de mi amiga. Aunque no le entro al trapo, sigue hablando de
Edu como si fuera un auténtico cafre, mientras mi pie derecho presiona un acelerador
fantasma que no logra acortar el tiempo que nos lleva alcanzar la casa familiar, donde mi
madre nos espera para comer.
La comida no puede estar más deliciosa. Tomates con cecina de León aliñada,
puerros gratinados y besugo al horno con patatas panaderas, preparadas con mucha
cebollita, como a mí me gusta.
—Está riquísimo mamá —le digo, sin haber tragado aún lo que tengo en la boca—.
¿Quién lo iba a decir?, tú que nunca cocinabas.
—Es por culpa de todos esos programas de cocina que ponen en la tele. Una cosa es
que a tu señora madre no le guste la cocina y otra muy diferente que no esté a la moda
—alega mi padre, tratando de hacerla rabiar.
—Me alegra que te guste, hija —contesta orgullosa—, desde que dejé la fundación
tengo más tiempo libre.
La familia de mi madre ha sido inmensamente rica desde generaciones. De hecho,
sobre la puerta principal, hay un escudo de armas que todo aquel que viene de visita se
para a admirar. “Snobs superficiales”.
Las mujeres de su familia siempre se han dedicado a labores humanitarias y actos de
caridad, que no es otra cosa que una manera de desgravar impuestos y tener peso en
las conversaciones del Club de Tenis. El caso es que hace un par de años, la Fundación
Busca un amigo —organización que se encargaba de poner en contacto ancianos
solitarios con perros igualmente solitarios y abandonados— protagonizó un gran
escándalo.
Mi madre y su amiga Pitusa trabajaban activamente con la asociación, sufragando los
gastos de entrenadores caninos y psicólogos que ayudaban a los “nuevos amigos” en el
periodo de adaptación. Afortunadamente, sus contactos las avisaron para que estuvieran
desvinculadas de aquello antes de que todo saliera a la luz. Perros maltratados, cuentas
falsas, “voluntarios“ contratados con sueldos elevadísimos…
Aquello se traducía, desde entonces, en que mi madre tenía mucho más tiempo libre y
lo estaba empleando en algo que nunca habríamos imaginado pero que mi estómago y
papilas gustativas agradecían sin rechistar.
Ya hemos terminado de comer y papá, que es el especialista en cafés desde que
cambiaron su complicadísima cafetera express por una de cápsulas, nos ha preparado
un ristretto solo para mamá y un arpegio con leche y mucha azúcar para mí.
—Parece mentira que huela tan bien y sepa tan mal —comenta, entrando en el
comedor con las tazas humeantes sobre una bonita bandeja.
—Es porque no acostumbras al paladar —contesto— y haces bien porque si lo
intentases un par de veces o tres… estarías perdido y serías víctima de la cafeína para
siempre, ¡palabra de adicta!
—Señoras… puesto que ya les he servido el café, me retiro a consultar unas tesis—
dice, refiriéndose a ambas pero mirándome fijamente a mí—. Os dejo para que habléis,
por ejemplo, sobre el tarambana ése de Eduardo.
Me enfado un poco porque no me gusta que le dé pie a mi madre —¡cómo si
necesitara que alguien la animase!— para cotillear sobre Isa y Edu.
Probablemente no habrá ninguna tesis que revisar. Apuesto a que se tumbará en el
viejo orejero del despacho a dormir una siesta. Con su metro noventa de estatura y esa
abundante mata de pelo gris, se le ve un hombre fuerte y capaz pero le faltan apenas
cuatro años para cumplir los setenta y, aunque no quiere ni hablar de jubilación —no
entiendo que nadie prefiera el hospital a cualquier otra cosa—, sé por Isa que cada vez
se le hace más cuesta arriba coordinar el equipo. A mi madre, con quince años menos y
más cirugías de las que admitiría aun bajo tortura, la confunden a menudo con su hija.
—¡Ni se te ocurra mamá! —me adelanto—, no voy a decirte nada sobre las relaciones
personales de mi amiga, si quieres saber algo la llamas y le preguntas. Ya no somos
niñas, se acabó el gobernarnos la vida a vuestro antojo.
—Yo no te he preguntado nada Sole, cariño —contesta, compungida.
“Es cierto, siempre me pongo a la defensiva e incluso me sorprendo pluralizando,
cuando sé muy bien que Isa no se deja gobernar por nadie”.
Gijón, 8 de Mayo de 1999
Estrenaba mis diecisiete disfrutando, sobre la cama de mi cuarto, del mejor regalo
de cumpleaños del mundo.
Eliza Sommers y yo teníamos algunas cosas en común, mi ciudad no era Valparaíso
pero su tío también era marino y …¿y ese ruido?, estaba tan enfrascada en el libro
que no oí a Isabel llamarme desde el otro lado de la puerta.
—Pasa Isa, ¡ya estás aquí! —exclamé, tratando de parecer eufórica y disimulando la
irritación de que su llegada hubiera interrumpido mi lectura.
—No disimules, petarda. Te jode un montón que haya fastidiado esa historia que
tienes entre manos. ¡Caray, llevo media hora pegándote voces y no te enteras! —
contestó, riendo de medio lado y cerrando la puerta a su espalda—. Mi madre me ha
traído antes de irse al pueblo. No me gusta nada tanto interés por su familia política,
los visita más ahora que cuando papá vivía y sospecho que mi tío Ramón le anda
tirando los trastos.
—¡No digas bobadas!, y si así fuera ¿qué pasa?
Isa me miraba fijamente y en silencio, con los labios fruncidos, señal de que no le
gustaba lo que oía.
—Tu tío está soltero, siempre estuvo enamorado de ella y el hecho de que salgan
juntos no quiere decir que haya querido menos a tu padre y que aún lo quiera —traté
de razonar—. Tu madre es aún joven, tiene derecho a rehacer su vida.
—¡Agggggg ni lo menciones, Sole! —replicó, indignada y torciendo aún más el gesto
—, no quiero hablar del tema.
—Lo has sacado tú, gili —reí.
Pagué aquella contestación con un auténtico ataque de cosquillas, estrategia favorita
de mi amiga que, ¿por qué no admitirlo?, siempre le daba resultado conmigo.
Estaba sobre mí, sujetándome por las muñecas con ambas manos cuando, de
repente, se paró en seco para mirarme fijamente a los ojos. Aquello me trajo a la
memoria la conversación del día anterior en el horreo y el recuerdo del tacto de sus
pezones casi me traiciona pero, poco antes de que el mundo se detuviera, mi amiga
estalló en una sonora carcajada. En cuanto recuperó la compostura, tosió ligeramente
y empezó a cantar en el tono más desafinado que nadie haya escuchado jamás, el
“Happy Birthday” para, a continuación, sacar un paquete de lo más finolis de su
enorme bolso de rafia.
—¿Y esto?, ¡qué nervios! —pregunté, emocionada mientras me lanzaba a por el
regalo.
—Ábrelo, vamos, ¡ábrelo! —me animaba Isa, tan expectante como yo—. Es que no
quiero dártelo cuando todos los demás, nena.
No había dejado que mi amiga pronunciara la última palabra, cuando ya había
destrozado el paquete, arrancado el lazo y apartado un montón de papel de seda que
envolvía exquisitamente un…
—¡Isa!, ¿cómo se te ocurre? Era sólo un capricho superficial, demasiado caro para
no poder enseñarlo —dije, con una risa nerviosa, y un sujetador en la mano.
Hacía dos semanas, mi amiga y yo habíamos salido de compras al centro y me
quedé prendada de un conjunto de lencería muy sexy… Me daba vergüenza admitir
que me gustaba aquella braguita brasileña con el sujetador de blonda y liguero de La
Perla pero a Isa podía confesarle cualquier cosa y la cara que se me había puesto con
tan sólo mirar aquella divinidad lo decía todo.
—Cielo, dejando a parte que me parece increíble que a una lesbiana le pueda gustar
este conjuntazo azul celeste, te diré que es sólo parte de tu regalo —me dijo,
descarada—. Pero ahora enséñame el modelito que tu mami te ha comprado. Lo sé
todo, ayer llamó a la mía para contárselo.
—¿Cómo que es sólo parte del regalo? Ya te has pasado, Isa —contesté,
sorprendida y encantada—. Respecto a mis gustos en cuestión de lencería, puedo
ponérmelo bajo una camisa de franela a cuadros para que vaya más acorde con mi
“condición”. Cualquier cosa con tal de que tu estrecha mente no pierda el equilibrio.
—¡Lo que me faltaba por oír! La única estrecha que veo en este cuarto sostiene un
libro en la mano como si fuera un salvavidas o mejor aún, ¡las tetas de Carmen
Electra!
Las dos nos reímos con ganas sujetándonos la barriga.
—¡Chiiiiicaaaaaas, la comida está lista! —oímos a mi madre llamarnos desde el
comedor.
Durante la comida, Isa y yo no hicimos más que reír nerviosas y mirarnos con
complicidad. Aquello irritaba a mi madre que, aunque no lo quisiera admitir, envidiaba
que por una vez fuéramos nosotras las que celebrábamos una fiesta. Ivana de Prendes
daría su Vuitton rojo por asistir al cumpleaños de su hija adolescente, así era ella.
—Cariño, tienes el Dior y los Martinelli en el vestidor —informó, con voz suave, sin
percatarse de que Isabel intentaba contener la risa.
Yo la miraba en silencio preguntándome cómo podía haberme educado en aquella
casa. “Si dijese vestido o zapatos la habría entendido igual, no soportaba que utilizara
las firmas de alta costura como tarjetas de presentación”
—¿Estáis seguras de que queréis dormir en el horreo? —preguntó, cambiando de
tema—. Ya no sois niñas, estaréis más cómodas en tu cuarto.
—Estaremos bien mamá, gracias —le contesté, irritada y con prisa por zanjar la
conversación.
Después de comer, Isabel y yo nos levantamos apresuradas y quedamos con mi
padre en vernos a las siete en punto para que nos llevara al llagar, puesto que los
invitados llegarían a partir de las siete y media.
Eran las ocho menos diez y papá acababa de irse, después de dejarnos a Isa y a mí
en el Llagar de Ramón. Isabel me había prometido encargarse de que pudiéramos
tener a mamá contenta y a la vez divertirnos de lo lindo y yo cruzaba los dedos para
que así fuera.
Tal y como planificamos, mi amiga se estaba ocupando de “los de verdad” mientras
yo recibía con una encantadora y cínica sonrisa a Piluca, Mimi, la estirada hija de
Pitusa y su hermano, las superestúpidas gemelas Riera y un montón de medio
conocidos más.
Los cachorros de la alta sociedad de la ciudad conocían exactamente su papel y lo
interpretaban con maestría. Todos, sin excepción, me saludaban con un par de besos
de esos que no llegan a tocar la cara, alababan mi vestido y, tras colocar su regalo en
la “mesa de los detalles”, se dejaban guiar por su anfitriona. Yo los conducía hasta lo
que Isa había bautizado como “Zona Vip”. Una vez ubicados y tras brindarles los
minutos de protagonismo de los que se alimentaban sus crecidísimos egos,
conversaban entre ellos y trataban de averiguar quién poseía la cartera más abultada,
el círculo más sofisticado o la ropa más exclusiva.
Mientras tanto, Isabel iba posicionando estratégicamente a “los de verdad”, cuyos
atuendos, más cómodos e informales, eran mucho más adecuados para una espicha.
El resultado fue que parecían dos fiestas diferentes compartiendo salón.
—¡Oh Dios mío! —exclamó Sonia Riera, dándome una palmadita en el hombro—,
deberías de comentarle algo a Isabel Coronas, ¡ha venido en tejanos!
Mi amiga llevaba sus Levis favoritos y un top de lentejuelas que se había puesto en
mi honor y para reírse un poco de la especie de carnaval high level en el que
habíamos convertido El llagar de Ramón. De hecho, lo habíamos comprado juntas la
semana anterior, cuando yo aún tenía la esperanza de poder asistir a mi fiesta vestida
como me diera la gana.
—Lo sé, cariño —contesté, divertida e imitando un poco los gestos de mi
interlocutora, que parecía no darse cuenta de la exageración—, pero con todo lo fan de
Coco Chanel que tú eres, deberías de saber que en este caso Isa está mucho más
elegante que nosotras.
Como la más estirada de las Riera no parecía entender el chiste —con el que sólo
trataba de disfrazar mi burla—, tuve que explicárselo y perdió toda la gracia. “Esta tía
se cae al suelo y sigue a gatas, ¡por favor!”
—Al fin y al cabo esto es una espicha, se trata de “picar algo” de pie y beber sidra
mientras charlas un poco —continué, con intención de aclarar mi comentario anterior
—, ¿verías elegante que tu primo Mon se presentara de Chaqué en la verbena de
Villafranca?
La cara que se le había quedado a la muy boba hizo que valiera la pena aguantar a
aquellos presuntuosos.
El llagar era precioso, el sitio ideal para espichas y encuentros informales, por lo que
dudaba que muchos Martinelli, Sebago o Manolos hubieran pisado antes aquel rústico
suelo de piedra. Los toneles de sidra, de los que se escanció directamente durante
toda la noche, se disponían cubriendo las paredes, también de piedra y de un grosor
que poco tenían que envidiar a nuestra casa.
En cuanto me pareció que había cumplido con “los estirados”, me uní a “los de
verdad” y la noche se pintó de otro color.
Además de Lucas y su amigo Samuel, habían ido Rodrigo, Gelu y Kiko, que iban al
mismo instituto que Isa y con los que salíamos de vez en cuando.
Clara, nuestra mejor amiga, se había llevado a Agnes, una chica danesa que estaba
en su casa en un programa de intercambio y con la que Isabel parecía haber hecho
muy buenas migas.
—“Es muy sexy… y ¡menudo cuerpazo!”—pensé.
Carmina, Mayte y Bego llegaron un poco más tarde acompañadas de Susana y Toni,
a los que habían ido a recoger a la estación para darme una sorpresa.
—¡Chicos, cuanto tiempo! —exclamé, sorprendida y encantada—. No esperaba
veros por aquí ni de broma.
Los dos hermanos habían sido mis vecinos desde que éramos pequeñajos hasta
hacía un par de años, cuando tuvieron que mudarse a México debido al traslado
laboral de su padre.
—Isa nos ha dicho que la chica más guapa de Gijón cumplía diecisiete hoy y no
podíamos dejar de venir —contestó Toni, camelador, dándome un par de sonoros
besos.
Pili y Alejandra, dos compañeras de clase con las que me llevaba especialmente
bien, estaban encantadas con tanta testosterona. En nuestro colegio, a pesar de ser
mixto desde hacía un año, había muy pocos chicos e Isabel y yo compartíamos
muchos amigos del sexo opuesto que habían venido a la fiesta y eran además a cual
más divertido.
C
on el delicioso regustillo a café en el paladar, decido despedirme de mis padres.
Hemos disfrutado de una sobremesa agradable y distendida, por lo que me voy
antes de que sea demasiado tarde y mi madre y yo empecemos a discutir por
cualquier tontería.
—Ha estado genial mamá, delicioso —le digo sonriente y animada.
—Celebro escuchar eso cielo, pero antes de irte pasa a decirle adiós a papá.
“Ya estamos, ¿acaso cree que me voy a ir sin despedirme?, siempre lo hago y aún así
trata de adelantarse dándome instrucciones, como si no supiera comportarme o fuera
una niña”.
—Sí mamá, a eso iba —replico secamente.
Camino hasta el despacho de mi padre, llamo enérgicamente a la puerta y tras darle
un minuto para limpiarse la baba de la siesta, sentarse a la mesa y hacer el papel de
erudito, abro suavemente y me despido.
—Me voy papá —le digo—, nos vemos por el hospital.
—Vale cielo, ¿pero no prefieres que te lleve? —me dice solícito—. No me cuesta
nada.
—No es necesario papá, te lo agradezco, pero hoy me apetece ir caminando —
contesto—. A pesar del frío, el cielo está despejado y sabes lo que me gusta el paseo
desde aquí.
Mis padres viven a las afueras, sobre una colina desde la que, según bajas hacia el
centro, no pierdes de vista el mar. Luego, para llegar a mi casa, puedo bordear la playa
y respirar, me gusta esa sensación y me vendrá bien para reflexionar un poco.
—Como quieras, Bolita —contesta mi padre—, hasta mañana.
Bajo la colina por un camino de tierra por el que me gusta atajar desde pequeña. Me
resulta mucho más atractivo y relajante que la vía asfaltada que comunica con la ciudad
propiamente dicha. Ésta se encuentra siempre atestada de monovolúmenes con familias
“bien”, deportivos cabrios con la capota puesta —lo más ridículo que una se puede
encontrar aquí, donde llueve casi todo el año— o minibuses llenos de niños uniformados
y repelentes.
En menos de un cuarto de hora, he alcanzado el paseo de la playa, donde el aire ya
tiene otro olor. Respiro un par de veces dejándome embargar por la luz del sol y el
sonido de las olas, me quito los zapatos y decido completar mi paseo bajando a la arena
y, ¿por qué no?, caminando por la orilla. ¡Inocente de mí!, siempre me pasa igual. Un día
como el de hoy, a finales de Febrero, el mar puede estar a diez o doce grados, pero un
cielo azul y la luz del sol son capaces de convencerme de casi cualquier cosa. “¡Ay qué
frío!, apenas siento los pies y los dedos se me están poniendo blancos”.
Procuro no pararme, mientras reflexiono sobre el hecho de cambiar de vida, confesar
a mis padres lo que Isa afirma que ya saben y se niegan a admitir —¿qué pretendo?
soy yo la que fomento el rechazo, ocultándolo como si fuera algo vergonzoso—,
escribir…
Escribir para alguien que no sea yo misma, como llevo años haciendo, “porque la
pluma y el fonendo no son incompatibles…”
Me he dejado manipular desde pequeña, siempre hice lo que se suponía que había
que hacer y ahora soy infeliz. No quiero taponar hemorragias ni reducir luxaciones o
firmar recetas, ¡nunca he querido hacerlo!
Levanto la vista y veo acercarse a una pelirroja de ojos verdes y tristes que camina en
sentido contrario al mío, parece preocupada y reflexiva, lleva unos vaqueros
desgastados con las perneras dobladas que se ajustan a unas anchas y contundentes
caderas. En conjunto, irradia seguridad en sí misma y de alguna manera me siento
atraída por ella.“Demasiado tiempo a pan y agua, Sole”.
Al cruzarnos, me hace un gesto elevando ligeramente la barbilla, un saludo cortés
entre dos desconocidas ateridas de frío, que han tenido la brillante idea de pasear a la
orilla del mar Cantábrico un sábado del mes de febrero.
Llego a casa congelada, así que abro el grifo del agua caliente, echo unas sales en la
bañera, dejo mi libro electrónico a un lado y enciendo una barrita de incienso.
Tras un reparador baño debería de encontrarme mucho mejor pero el frío no se ha ido
del todo… La noche me encuentra acompañada de Joaquín Sabina, una tableta de
Corte D’or con leche, un paquete de kleenex medio vacío y una tonelada de mocos. Miro
de reojo uno de los estantes superiores de la librería, desde donde Hija de la Fortuna, el
único libro que he dejado sin terminar hasta la fecha, me reta con su exótica portada.
“Isa tiene razón, soy una lesbiana amargada e infeliz que no hace nada por mejorar”.
CUARTO DÍA
Gijón, 26 de Febrero de 2012
U
n agudo e insufrible pitido, que parece ir aumentando de volumen, me taladra los
oídos.
—Bip biiip biiiiiiiiiiiip
“¿Ya son las siete? ¡Oh, no!, qué sueño… no debí quedarme leyendo hasta tan tarde”.
Me tapo la cara con la almohada, pero el ruido me sigue torturando como si tratara de
arrancarme a la fuerza de los acogedores brazos de Morfeo. Entonces una idea se abre
camino en mi somnolienta cabeza: —“ese no es mi despertador, se trata del teléfono…
¿a estas horas?, ¿qué habrá pasado?”
Me despejo de golpe y busco a ciegas hasta dar con el torturador aparato que
descansa a mi derecha, sobre la mesita.
—¿Sí, quién es? —contesto, medio dormida y sin haber mirado la pantalla.
—¿Cómo que quién es?, ¿acaso no me tienes en la lista de contactos? —refunfuña
Isabel, desde el otro lado de la línea.
—¡Isa! No me fastidies, me despiertas de buenas a primeras y encima tengo que
aguantar bobadas —respondo, con voz pastosa—. ¿Qué hora es, si puede saberse?,
¿qué es lo que pasa?
—Son las seis y cinco, nena. Se nota que no te has chutado la dosis de cafeína
matutina y te llamo porque La Pija del tercer box es ahora La Pija de la cuatrocientos
veintiuno y nos trae a todos de cabeza.
—¿Cómo? —pregunto, aturdida por una noticia que me pilla de sopetón. “¿Tendrían
algo que ver los signos de ayer con el bloqueo mandibular?, ¿erré en mi valoración?,
¿no fui lo suficientemente concienzuda?”
La línea permanece en silencio y me imagino a Isa consultando la historia de Sofía de
Castro.
—¡No fastidies! —exclamo, pensando en que La Pija pudo haber sufrido un ictus o qué
sé yo.
—Imagino que a estas alturas estarás dándole vueltas a mil y una posibilidades. Si es
así, no lo hagas —escucho a Isabel, que, para variar, parece leerme el pensamiento—.
Te adelanto que nadie de los que consulté entiende qué coño le está pasando a La Pija.
Vístete y te invito a desayunar, nos vemos en la cafetería del hospital en media hora.
—¿Ni siquiera me preguntas? —protesto, mientras la cama me llama a gritos—.
Joooo Isa, ¡que son las seis de la mañana!
—Las seis y siete minutos exactamente y ¿se puede saber quién me metió en este lío,
Bolita? —escupe, enfadada—. Vamos, podrías haberle dejado el marrón a Carla o
consultar a un otorrino pero no, que la vea la tonta de Isabel. Venga, espabila y vente
para acá, te espero.
—No voy a enfadarme antes de tomarme un café o dos porque sé que me arrepentiré,
pero no porque te lo merezcas —le contesto, enfadada por la falta de sueño—. Nos
vemos en media hora.
Cuelgo con un cabreo considerable, que se va atenuando a medida que el agua fría
me resbala por la piel, despejando mi mente.
—No es sólo la falta de cafeína, que también, lo admito, es que me pone mala la
actitud egoísta de Isa. Siempre ha sido igual y no cambiará en la vida —hablo sola
mientras termino de ducharme y me visto—. No piensa en que me ha dado un susto de
muerte o en que estoy tan cansada que prefiero dormir. Si tiene necesidad de decirme
algo o hace planes que me incluyan, nunca me consulta, ¿que son las seis de la
mañana? ¡como si son las cinco!, grrr…
En quince minutos estoy saliendo por la puerta con las llaves del coche en la mano.
“Necesito un café bien grande”.
Gijón, 9 de Mayo de 1999
Eran las seis de la madrugada del día después de mi decimoséptimo cumpleaños.
Con las mejillas encendidas, los Martinelli en la mano derecha y la sensación de tener
el mundo a mis pies, comencé a subir las escaleras del horreo con el máximo sigilo,
para no despertar a Isabel. “Tonta de mí, como que iba a quedarse dormida sin
haberme interrogado antes”.
—¡Por fin! Pensé que no llegarías nunca —me abordó Isa en cuanto entré,
levantándose como un resorte con los ojos muy muy abiertos—. ¿Qué tal, cómo fue?
¿Y esa sonrisilla tonta?
—Dame un minuto —contesté—, quiero ponerme el pijama por si a mi padre o a mi
madre se les ocurre husmear por aquí.
Sabía que nunca lo harían, pero necesitaba acompasar el ritmo de mi corazón y
reflexionar un poco antes de enfrentarme al interrogatorio de Isabel.
—¿Ya se ha ido? —me asaltó Isa, sin darme un respiro—. ¿Cómo?, ¿por dónde?
—¡Jo, Isa! Por la puerta, ¿por dónde si no? —contesté, divertida—. Mi padre no puso
hoy la alarma exterior porque sabía que llegaríamos tarde, así que no hubo problema.
—Vale, vale… pero empieza por el principio, quiero saberlo todo, absolutamente
todo.
En vista de que el ejercicio de auto-preparación no iba a servir de nada, miré a mi
amiga a los ojos y empecé a dar saltitos como un canguro loco.
—¡Ha sido perfecto, Isa! —exclamé, apretando los puños y sin poder borrar la
sonrisa bobalicona que me acompañaría el resto de la mañana—. Agnes estuvo muy
dulce.
Mi amiga me miraba en silencio, ansiosa porque continuara contándole, con pelos y
señales, mi primera experiencia.
—Me explicó que salía con otra chica —continué—, pero que se trataba de una
relación totalmente abierta en la que ambas veían a otras personas para luego hablarlo
con naturalidad.
—¡Joder! Llámame carca, nena —contestó mi amiga, sorprendida— pero si Lucas
me viene contando cómo se lo montó con otra, le doy una patada en los huevos que le
sale tortilla por la bragueta.
—¡Pero bueno, si fuiste tú la del regalito! —protesté.
—¿Cómo que “la del regalito”?
—Según Agnes, fuiste muy convincente el día que le dijiste que yo era lesbiana y
que no me vendría mal tener “mi primera experiencia” con alguien que no fuera de por
aquí —repliqué, un poco cabreada ante su reacción—. No te niego que fue fabuloso,
pero no entiendo que ahora te pongas en plan puritana, cuando ayer querías que lo
habláramos todo. ¿Por qué criticas el tipo de relación de Agnes?, ¿cómo te voy a
contar mis cosas sin la seguridad de que no vas a criticarme también?
—¡Touch! —exclamó Isabel levantando las manos en un gesto de rendición.
Odiaba esa manía suya por adoptar palabras extranjeras “tocada” o “me has dado”
serviría igual.
—¿Quieres oírlo o no? —pregunté, no sólo exagerando mi enfado sino con unas
ganas tremendas de explicárselo todo.
—¿Estás de broma?, ¡por supuesto que quiero! Pero que quede algo claro —dijo
muy seria y continuó en tono solemne—: JAMÁS, repito, JAMÁS saldrá de mi boca
nada de lo que tú y yo hablemos entre estas paredes, y son paredes metafóricas Sole,
sabes lo que quiero decir.
Sabía que Isa era discreta, pero el hecho de que no me hubiera consultado antes de
hablar con Agnes, hacía que me sintiera un poco manipulada. La danesa me había
asegurado que Clara, nuestra amiga común y con cuya familia se alojaba, no sabía
nada de todo aquello porque Isa se lo había hecho prometer. Isabel le había dejado
muy claro que se trataba de un regalo de cumpleaños especial y que nadie debía
enterarse. “Menudo regalito, mi amiga era la leche”.
—Vaaale, te creo. Pero seré yo quien decida cómo y cuándo hablarle a Clara de mis
preferencias sexuales —dije, haciendo gestos en plan telenovela para frivolizar un
poco—. Agnes dice que está acostumbrada a sus escapadas y que no se extrañará.
—¡Déjate de Clara y ve al grano! —rió Isa, sin poder disimular su intriga.
Mi amiga y yo estábamos igual de alteradas y las seis dieron paso a las siete, las
siete a las ocho…
A las nueve y media ya le había contado con pelos y señales mi primer polvo con
una rubia imponente de veinte años, que un par de horas después estaría volando de
camino a Copenhague. No podía contener mi entusiasmo, me sentía adulta, incluso
más que Isa, que miraba con ojos como platos rebuscando en su maquinaria alguna
pregunta más que hacerme. Yo dudaba que le hubiera faltado algo por preguntar
porque aquella mañana me había quedado muy claro que Isa tenía talento para los
interrogatorios.
—Y ahora tu Dama de las Nieves le contará a su chica cómo se lo montó con una
“niña bien” en la casita de la piscina de sus papás, toda una aventura —dijo
gesticulando—. ¡Hay que joderse!, mátame si lo entiendo.
Debía admitir que no me molestaba que Isa opinara así porque, en realidad,
tampoco a mí me gustaría tener una relación abierta, pero me había venido genial que
Agnes sí lo hiciera.
—Sólo quedas tú, Isa y los dieciocho están al caer —le dije para picarla y sin poder
evitar cierto tono de superioridad—. Yo que tú trataría de ponerle solución.
—¡Buffff!, estoy valorando el tema de hacerme también lesbiana —respondió, medio
en broma medio en serio—. Vosotras os quedáis con lo divertido y os libráis de… ¡eso!
¿A quién le puede atraer la idea de meterse algo de ese calibre ahí dentro?
—Argggg ¡y además con vida propia! —añadí, echando leña al fuego—. ¡Tú, que
estuviste dos cursos enteros jugando al voley en pañales!
Isa utilizaba tampones de tamaño mini y, aún así, me había costado un triunfo
conseguir que se animara a usarlos. Había gastado casi una caja antes de conseguir
colocarse bien el primero, a pesar de lo incómodo que le resultaba entrenar a voley
con compresa. ¡Menuda guarrada!
—¡Serás cabrona! —rió dándome un empujoncito—, eran compresas, joder.
—Está claro que hoy no dormiremos, así que vamos a desayunar —propuse—. ¡Qué
hambre da el sexo por Dios! Quizá esté bien empezar a fumar, por eso del cigarrito
postcoital, al menos me mantendré tipo fino.
Ante semejante idea, mi amiga me dio una colleja y frunció el ceño, “ella, que
fumaba como un carretero”.
—Lesbiana o fumadora, tú eliges —rió—. Por el momento, la cajetilla de Chester”
me la quedo yo.
L
o único bueno de llegar al hospital antes de las siete, es que tengo el
aparcamiento casi para mí sola. Dejo mi viejo Volvo en una de las plazas más
cercanas a urgencias y camino unos metros hasta llegar a la puerta principal, que
me lleva directamente a la cafetería.
En el área destinada a pacientes y familiares hay cuatro o seis mesas ocupadas por
personas de rostros taciturnos y cansados. Una chica de poco más de veinte años llora
en silencio mientras a sus pies descansa una bolsa de basura cuyo contenido, adivino,
son las pertenencias de algún familiar o amigo cercano recién fallecido.
—“Pantalón de pana, camisa de cuadros, americana, mocasines, un cuaderno, un
bolígrafo, gafas de ver de cerca y un viejo reloj de cadena”—Es un juego macabro al
que nunca me puedo resistir y que junto con mi reconocida adicción a la cafeína,
mantiene viva a la escritora que un día quise ser.
Mientras medito sobre la conveniencia de modificar el protocolo que aplicamos en el
hospital con el tratamiento a los familiares de los éxitus —no se puede consentir que un
desconocido de bata blanca te dé las cosas de un ser querido en una bolsa de plástico
mientras te informa de que se lo llevan al mortuorio para dejar la cama libre—, busco a
Isabel con la mirada. No tardo más de un minuto en localizarla, sentada a una de las
mesas del fondo, en el área de personal.
A esta hora y más siendo domingo, el Templo de los bollos permanece prácticamente
desierto.
El olor a café despierta mi apetito y los jugos gástricos no dan tregua así que lo
primero que hago, aún antes de sentarme frente a mi amiga, es pedirle a Santiago un
café de los míos —con leche, alto de café y tamaño caldero— con un pincho de tortilla y
dos magdalenas.
—Te vas a poner como una vaca —suelta Isa, tan directa como siempre.
—Buenos días a ti también —respondo, con mi tono más irónico—. El desayuno es la
comida más importante del día y no voy a dejar que fastidies mi ritual matutino. Además
pagas tú, así que seguro que me apetece algo más.
—Unas fresas con cava, ¡no te jode! —Isabel eleva un poco el tono.
—Vale Isabel, tú ganas —Siempre acaba teniendo la última palabra—. Baja la voz por
favor, que parecemos crías.
Mientras Santiago me sirve el opíparo desayuno, mi amiga comienza a narrarme lo
sucedido con La Pija del Tercer Box y me deja de piedra.
Lo que parecía una simple parálisis facial no ha terminado en la UCI de milagro y aún
está por ver.
Isabel me cuenta cómo, al marcharme yo, todo se le complicó en planta y tardó unas
tres horas en bajar a ver a Sofía. Eran casi las siete cuando se encontró con Carla que,
por supuesto, la abordó en cuanto la vio para preguntarle por Eduardo. Como mi amiga
sabe capear ese tipo de temporales, no tardó en desviar la conversación hacia La Pija,
a la que la supermami había visto ya.
Según Carla, Sofía de Castro tenía signos compatibles con una parálisis facial. Como
el día anterior, la analítica básica era normal y no había solicitado ninguna prueba de
imagen porque sabía por mí que Isa se pasaría esa tarde. En este punto, mi amiga me
lanza una reprobadora mirada, a la que sólo acierto a poner una sonrisa bobalicona que
pretende ser una disculpa.
Por debajo de la voz de Isabel, oigo un ruido procedente de mi derecha y, por el rabillo
del ojo, veo como la muchacha de la bolsa de basura llora amargamente abrazada a una
mujer de mediana edad que acaba de llegar y cuya similitud de rasgos no deja lugar a
dudas de que se trata de su madre.
—“Es el abuelo, seguro. Su abuelo ha fallecido hace unas horas tras una larga
enfermedad. A la chica le tocaba quedarse con él y por primera vez no llora de pena
sino de alivio porque el anciano se ha visto al fin liberado de todo sufrimiento”. —No
puedo evitar seguir con mi jueguecito.
—Sole, ¡lo estás haciendo otra vez! —me dice Isabel, como ha hecho tantas veces en
situaciones similares.
—Lo siento Isa, una mala costumbre —trato de disculparme—. ¿No crees que es muy
frío lo de entregar los objetos personales de los fallecidos en bolsas de basura?, habría
que comentarlo en el Consejo de Salud, eh… continúa por favor, te escucho.
—¿Qué me escuchas? —pregunta, enfadada— ¡Una mierda! Estás en tu mundo una
vez más, así que haz el favor de olvidarte de las puñeteras bolsas y centrarte en lo que
te estoy contando o te juro que me desentiendo de esto.
—No, no. Te escucho, Isa, de verdad que sí.
—Ya. Continúo, pero te juro que si no te centras, paso de contarte nada y como
resultado, te perderás una buena historia; una de verdad, no como ésa que te estás
inventando.
Vuelvo a disculparme, sorprendida de que mi amiga me conozca tan bien y prometo
que tiene toda mi atención.
Isa me sigue contando como pasó a ver a La Pija, que en ese momento presentaba,
además del bloqueo y la asimetría facial con ptosis palpebral derecha —vamos, que
tenía media cara hecha un cuadro—, una especie de urticaria que se le extendía por
cara y cuello.
Puesto que ni Carla ni yo le habíamos comentado nada de ninguna urticaria y el
informe de urgencias tampoco lo mencionaba, Isabel decidió buscar a mi compañera
para asegurarse de que nada había sucedido en el periodo transcurrido entre que ella la
había visitado y ese momento. Isabel no entendía que aquel brote hubiera surgido desde
el ingreso, sin haberle administrado nada que pudiera habérselo provocado. Aún así, mi
amiga volvió a cerciorarse de que, en efecto, el informe de urgencias ponía claramente:
“no alergias conocidas”.
—¿Una urticaria? —interrumpo— ¡No me lo puedo creer! Cuando yo la vi tenía un
aspecto horrible, pero la misma piel de melocotón postlifting y cosméticos de lujo que el
primer día.
—Pues creételo. Y todavía no te he contado lo mejor —dice, guiñando un ojo—. Deja
que continúe.
A estas alturas ya he dado buena cuenta del pincho de tortilla y mi caldero de cafeína
está mediado. Mientras quito el papel a una de las magdalenas, miro a mi amiga y hago
un repaso mental de todos los signos que pude apreciar en La Pija desde la primera vez
que la vi. “Nada encaja”.
—¡Sigue, sigue! me tienes en ascuas —la apuro.
Isabel continúa contándome cómo, cuando ya estaba llegando al mostrador para
preguntar por Carla, empezó a escuchar voces a su espalda, y vio una enfermera
dirigrse a boxes con un carro de paradas.
—¡Noooooooo!, ¿La Pija? —exclamo, sin poder contenerme.
—Exacto.
Isa tuvo una corazonada y siguió a la enfermera hasta el tercer box, donde La Pija
parecía haber sufrido un edema de glotis. Cuando entró, Carla estaba encima de una
cianótica Sofía, tratando de abrirle la boca para comprobar que no hubiera obstrucción
de la vía aérea pero, debido al bloqueo mandibular, aquello se le estaba antojando
imposible.
La auscultación indicaba ausencia de entrada de aire y era impensable meter tubo
alguno debido a la escasa apertura. Inmediatamente y por si se trataba de una reacción
anafiláctica, se le administró adrenalina directa, la incorporaron ligeramente y al fin, tras
aplicarle una mascarilla de oxígeno, La Pija respiró.
Después de unas horas sin cambios y en vista de los acontecimientos, Isabel firmó el
ingreso y así fue, en definitiva, como La Pija del tercer box pasó a ser La Pija de la
cuatrocientos veintiuno.
—¡Madre mía, Isa! —intervengo, alucinada—. ¿Qué pudo producirle la reacción?, ¿te
dijo Carla que le hubieran administrado algo?
—Si te soy sincera, aun teniendo en cuenta los habones y el edema, todo esto me
suena muy raro —comenta Isabel, frunciendo el ceño—. No me creo lo de la alergia.
—¿Y cuál es tu teoría? —pregunto.
—Nena, no empieces como tu padre —contesta, irritada—. ¿Cuál es la tuya?, ¡no te
fastidia! Sólo digo que me huele raro, nada más. Algo no encaja Sole, por eso te he
llamado.
Me doy cuenta de que la segunda magdalena se me ha caído en el café, a lo que Isa
pone gesto de asco, así que llamo a Santiago para que me sirva otro bien cargado.
Puedo prescindir de la magdalena, pero ni me planteo bajar a urgencias sin haberme
tomado el segundo café. Si así fuera, el corcho estaría a tope de chinchetas de mi color
hasta el cambio de turno.
Cuando faltan diez minutos para las ocho, me despido de Isa y prometo llamarla esta
misma tarde. Mi amiga tiene la mirada perdida y adivino que está ordenando ideas para
ver cómo le explica a mi padre todos los acontecimientos que han precedido al ingreso
de La Pija. “¡Hay que ver cómo se complica la vida!, yo dejaría el informe a la enfermera
y arreando. Aunque lo niegue, sigue idolatrando a su querido Doctor Morales y siempre
busca su aprobación. ¡Será masoquista!”
Llego un poco justa y el Bulldog me mira con esa cara tan suya que aún me pone los
pelos de punta. “Mira que son, es domingo y tanto éste como mi viejo podrían quedarse
en el sofá leyendo o salir a pasear y sin embargo aquí los tenemos, tocando las
narices”. Imagino a mi amiga, unas plantas por encima de mí, dando explicaciones a su
querido y adorado jefe.
—Doctora Morales, ¿se le han pegado las sábanas hoy? —me suelta Alfonso Olay—.
Su compañero está esperando para darle el cambio.
—No sólo no se me han pegado sino, que llevo despierta más que de costumbre —
respondo, conteniendo la rabia—, falta un minuto para las ocho y no creo que Tomás
lleve esperando mucho tiempo. ¿Y usted?, parece que no ha pasado buena noche,
Doctor Olay. “¿He sido yo?, ¿he dicho eso?”
El Bulldog me da la espalda sin contestar y oigo a mi derecha una risita ahogada. Al
girarme, veo a Carmen con gesto satisfecho y, podría decir, hasta orgulloso.
—¡Carmen!, ¿qué haces aquí, trabajas todo el fin de semana?
—He hablado con la supervisora. Quiero trabajar los pocos días que me quedan para
jubilarme seguidos, de manera que a partir del jueves ya no pisaré estas baldosas —me
dice, dándome una palmadita en el hombro y apretando ligeramente—. Eso ha estado
muy, pero que muy bien, el cascarrabias se lo merecía. Me preguntaba cuándo
levantarías las patas de atrás. ¡Bravo por ti!
—Gracias Carmen, en cuanto le dé el cambio a Tomás, hablamos —le digo,
impaciente por contarle las novedades sobre La Pija—. ¡Qué bien que estés hoy aquí!,
así te cuento algo que te va a dejar a cuadros. “Voy a echarla mucho de menos cuando
se jubile”.
Tomás me mira con cara agria desde el otro lado del mostrador, se ha quitado el
pijama clínico y lleva la bata encima de la ropa de calle. Me pasa las historias y me
cuenta lo que tenemos —nada grave, lo de siempre—, borrachos, cortes y la
agudización de un EPOC.
En las cuatro horas siguientes no tengo tiempo de hablar con Carmen porque la
mañana se me ha complicado, algo en lo que el Bulldog tiene bastante que ver. Por otro
lado, el anciano con disnea continúa aquí porque no localizamos a ningún familiar,
aunque Carmen, según me han dicho los de admisiones, está removiendo Roma con
Santiago.
Es increíble y cada vez más frecuente que los viernes, sábados y vísperas de festivos
por la noche, el caradura de turno quiera salir de fiesta y, al no saber qué hacer con el
abuelo, lo traiga a urgencias con cualquier excusa. Puede dejarlo aquí abandonado y
desorientado horas o —ya se ha dado el caso— incluso un día entero.
“Este mundo es una mierda y yo, a este paso, estaré peor que ese anciano.
Envejeceré sola y no tendré a nadie”.
—Parece que el caradura ha aparecido —me dice Carmen—. El tío atufa a alcohol y
ni se ha molestado en inventarse una disculpa, ¡esto es demasiado!
—Lo es —contesto—, da miedo pensar en hacerse mayor.
—¡Calla, calla!, da más miedo pensar en no llegar, ¿no te das cuenta de que estás
hablando con una casi jubilada? —me dice la enfermera, poniendo voz de viejecita—.
Tres días como éste y a vivir la vida.
—¿Qué es lo primero que vas a hacer, Carmen? —pregunto.
Me doy cuenta de que conozco a Carmen desde hace años y no sé mucho de su vida
privada, salvo que está casada y le encanta el yoga.
—Buscar unas buenas vacaciones y largarme con mi maridito, pero cuéntame tú —me
dice—. Si es respecto a La Pija, creo que ya me han adelantado algo, aunque no
mucho. Esta mañana está siendo una auténtica locura.
—Lo sé, la mía no está siendo mucho mejor, el Bulldog me la está devolviendo.
—¡Menudo gruñón!, le da rabia que te hayas atrevido a hacerle frente, pero te
aseguro que acabará respetándote precisamente por eso.
Le explico a Carmen lo que me ha contado Isa y más o menos coincide con lo que ya
sabe. El caso de La Pija del tercer box ya es de dominio público.
Son las dos y media y parece que Olay se ha suavizado un poco. Hace poco menos
de cinco minutos que ha entrado una fractura abierta de tibia y la ha asumido él mismo
en lugar de pasármela. Como dice la abuela, “vale más ponerse una vez colorada que
ciento amarilla”.
A las tres menos cinco doy el cambio a Marco, un cotilla de cuidado al que no puedo
ver delante y que además viene de pésimo humor. Le explico lo que hay, un par de
gastroenteritis en espera del resultado de la analítica y el cuadro ansioso de un habitual
que cree tener un infarto un par de veces al mes.
—Bien Soledad, que tengas un buen día —me despide.
—Que tengas una excelente tarde, Marco —le deseo, con mi tono más irónico. “No
soporto a este tío y apostaría a que fue el quien le chivó a Carla lo de Isa y Edu”. Odio
este sitio.
Salgo en dirección al coche y me dirijo hacia casa con idea de relajarme un poco y
unas ganas locas de hablar con Isabel. Aunque podría haber subido hasta la cuarta para
ver a La Pija, no quiero encontrarme con elviejo.
Después de comerme una pizza a la barbacoa, cojo el libro y me voy directa al sofá
que comparto con Tina. Llamaré a Isa más tarde, porque Edu no trabajó hoy y estoy
segura de que están juntos. Estiro las piernas, me relajo y me pongo a leer. Al final me
he decantado por Muriel Barbery… “Al pasar delante del chiscón de la portera,
inclinó la cabeza y esbozó una gran sonrisa. La portera le prestaba
numerosos servicios: Henriette quería conservar su amistad…”
—“En mi trabajo todo son porteras, porteras cotillas y mal encaradas” —pienso.
Estoy un poco deprimida últimamente y lo veo todo negro pero quizá tan sólo sea gris.
Carmen, por ejemplo, es diferente…
Necesito hablar con Isa, ella siempre me anima pero me da rabia interrumpirla y
decido mandarle un wassap para que me llame cuando pueda.
—Bip biiip biiiiiiiiiiiip
Me despierto sobresaltada con el ruido del teléfono. Miro la pantalla y veo que es
Isabel.
—Parece que hoy te ha dado por despertarme, ¿eh? —respondo, con voz pastosa.
—Y tú has aprendido a mirar la pantallita antes de responder. ¿Estás durmiendo la
siesta? —pregunta, divertida al otro lado de la línea—. Son las siete de la tarde, Sole.
¡Duermes más que Tina!
Me tengo que morder la lengua para no mandarla a la mierda.
—Bueno qué —continúa—, ¿me vas a contar alguna novedad sobre La Pija?
—¿Yo? —pregunto, inocente pero arrepentida de no haber subido a la planta antes de
volver a casa—. Esperaba que tú me dijeras algo.
—Pero bueno, ¡serás caradura! Yo me largué del hospital en cuanto informé a
Superpapi de las novedades y tú has estado allí toda la mañana —contesta airada—.
No digas más, ni siquiera te has pasado por “la cuarta”.
—¡Acertaste!
—¡Hay que joderse Sole! —responde, dolida—. Me tienes toda la noche pendiente de
La Pija y, por evitar a tu viejo, pretendes que me entere yo de la evolución de Sofía de
Castro. ¡Yo!, que sabes que en una semana y pico apenas he visto a Edu un par de
días.
—Perdona Isa, tienes razón. Debí pasarme —me disculpo, avergonzada—, quizá
llame a casa y le pregunte a mi padre.
—Sole, sé que estás pasando una mala racha y que temes que tu padre se haya
enterado de lo de Laura, pero no puedes evitarlo continuamente —me dice, comprensiva
—. Mira… Edu no le gusta, vete tú a saber porqué y es un tío. Seguramente Laura no le
gustará porque es una tía, ¿qué diferencia hay?
—Dame tiempo, Isa —le pido—. Voy a hacer algo, te lo prometo. He estado pensando
mucho sobre ello y voy a hacer algo.
—De cualquier modo, estaré al tanto de La Pija. Trabajo los dos próximos días y el
martes, además, haré guardia para poder marcharme el fin de semana con Eduardo —
me dice entusiasmada—. Queremos irnos de Paradores hasta el martes siguiente, ¡va a
estar genial!
—¡Qué bien Isa!, es un planazo —contesto, sin poder evitar sentir una punzada de
envidia—. Ahora te dejo descansar y hablamos mañana.
—Adiós Sole.
Cuelgo con una sensación de vacío que últimamente se está haciendo demasiado
frecuente. “Esto no puede ser, se acabó, tengo que espabilar”.
Abro el armario y busco las zapatillas de correr. Me pongo unos pantalones cortos
verde lima que me encantan —“ufff, menudos michelines, esta goma aprieta
demasiado”— y me los vuelvo a quitar pensando, deprimida, en que parezco una
morcilla de Burgos.
Debo ser positiva, ¡positiva! En un par de semanas de entrenamiento —porque hoy
empiezo— me van a quedar fabulosos, pero de momento me decido por unos piratas
negros, que disimulan mucho más, y una camiseta de tirantes del mismo color.
Hace un frío que pela y no se ve un burro a tres pasos, así que me pongo un
cortavientos con reflectantes. Cojo los auriculares, los conecto al iPod y, tras seleccionar
“caña al mono” como lista de reproducción para mi primer entrenamiento en unos
catorce meses, salgo por la puerta decidida a comerme el mundo.
Siempre me pasa lo mismo, cada vez que pienso en comerme el mundo, ¡va el mundo
y se me zampa! He corrido seis kilómetros en casi cuarenta y cinco minutos, ¿qué clase
de marca es esa? Estoy baja de forma, deprimida y mañana tendré unas agujetas de
miedo.
Abro el grifo de la bañera para que se vaya llenando mientras me quito la ropa
empapada de sudor y la meto directamente en el bombo de la lavadora. “Si no lo hago,
esto mañana huele a tigre que tira para atrás”.
Hoy me castigo sin cenar. El recuerdo de los pantalones y su apretada cinturilla me
persigue, así que, tras el baño reparador, me tomo un Ibuprofeno preventivo y me meto
en la cama a leer.
“Mañana será otro día y prepárate Sole, porque te va a doler hasta el último pelo de
la cabeza”.
QUINTO DÍA.
Gijón, 27 de Febrero de 2012
S
on las doce de la mañana. Me encuentro apoyada en el mostrador de urgencias
mirando fijamente el odiado corcho, mientras espero a que la impresora escupa
los resultados de las analíticas de uno de mis casos.
Hoy no es mi día. Me he levantado con unas agujetas terribles que no se pasan a
pesar de ir hasta arriba de ibuprofenos y además me vuelven a tocar “amarillos”. El
único punto positivo del día es que el Bulldog no trabaja hoy.
No he tenido tiempo de subir para ver cómo le va a La Pija, pero como Isa entra
cuando yo salgo, me pasaré a verla cuando le hayan dado el cambio y tenga algo que
contar.
—¡Soledad, teléfono! —Roberto me llama, con el auricular en la mano, desde una
zona apartada al extremo del mostrador.
“Me pregunto quién será”. Me acerco y pego el teléfono al oído derecho, mientras
tapo el izquierdo con la mano para aislarme de los chillidos y llantos infantiles que llegan
hasta aquí. Un fino tabique nos separa de urgencias pediátricas y resulta muy molesto
en este lado del pasillo.
—¿Diga?
—Hola Sole, ¿cómo estás? —me pregunta, desde el otro lado de la línea, una voz
nasal… la misma que me leía a Gisela Galimi por las noches, la que me suplicó que
diera un paso más, aquella que me dijo adiós con la promesa de no volver a recitar a la
argentina.
Mi corazón empieza a latir con fuerza, las manos me sudan y siento que me ahogo.
Procuro tragar saliva, me obligo a respirar y llamo a mi fuerza de voluntad para que
emerja. Invoco al aire para que vibre en mis cuerdas vocales y me permita contestar…
—Laura —no acierto a decir nada más, el nudo de mi garganta se niega a
desaparecer.
—Siento mucho llamarte al hospital. No quería hacerlo pero para serte sincera, borré
tu teléfono móvil de la agenda —la oigo hablar y es como si hubieran pasado años,
décadas desde la última vez—. Debo admitir que los primeros meses fueron duros y
podría haberme puesto en contacto contigo en unas condiciones lamentables, lo que no
habría sido muy apropiado.
—No te preocupes, Laura. ¿Cómo estás, cómo te encuentras? —consigo responder,
con voz extrañamente neutra y pausada, que no reflejan en modo alguno mi torbellino
interior.
—Pues bien, feliz, por eso quería llamarte Soledad —responde, a una pregunta que no
quiere ser respondida, a una duda que no quiere ser despejada—. He conocido a alguien
y de alguna manera, sentía que entre nosotras quedaba algo pendiente. Necesitaba
hablar contigo, hacértelo saber.
“Ha conocido a alguien, ha conocido a alguien valiente, que sabe lo que quiere y no
deja pasar la oportunidad”. Siento que me ahogo, me falta el aire… Laura continúa
hablando al otro lado de la línea, pero mis oídos se llenan con los versos de la poetisa
argentina, Gisela retumba en mis tímpanos en un vano intento por apagar aquello que no
quiero oír—: “Puedo soltarme el pelo, abandonarme en vos, estarme quieta.
Desordenar el sol en nuestra casa, volver sobre mí y encontrarte. Dejar el equipaje,
disfrutarlo: mi tierra prometida son tus manos”.
—Me alegro mucho por ti, Laura —consigo responder a duras penas—. Te deseo lo
mejor, es bueno saberte feliz, lo nuestro es agua pasada. Ahora debo dejarte porque
tengo mucho trabajo. Adiós.
Cuelgo el auricular con mano temblorosa, mientras me aseguro de que no hay nadie
alrededor. Como si hubiese estado esperando para no interrumpir, la impresora se
activa y escupe el resultado de la analítica.
Roberto es discreto, aún sin saber de quién se trataba, el enfermero se ha retirado
para dejarme hablar tranquila. Cojo la hoja de papel aún caliente y trato de comprobar si
todo está normal, pero me es imposible descifrar todos esos extraños símbolos que se
emborronan y se mezclan unos con otros. Mis ojos se han llenado de lágrimas y no veo
nada a través de esta lente salada que amenaza con inundar una mañana que se apaga,
se oscurece… Si no hago algo pronto voy a perder el control. Mi intento de contener las
lágrimas se queda en eso, en un vano intento, así que me seco rápidamente con la
manga de la bata y apuro el paso hacia Leonardo, que se encuentra de espaldas a mí, a
unos metros.
—Leo, por favor, echa un ojo a esta analítica y ocúpate de Rubén Fernández Díaz,
Roberto lo tiene todo —le digo, rápidamente y sin pararme, para que no me pueda ver la
cara—. Tengo que ir al baño.
—Soledad, ¿te encuentras bien, te pasa algo? —lo oigo preguntar a mi espalda.
—Sí Leo, no te preocupes, algo no me sentó bien ayer. Gracias por cubrirme —le
contesto, sin girarme, mientras corro torpemente en dirección a los vestuarios—, vuelvo
enseguida.
Hasta dentro de un par de horas esto permanecerá prácticamente vacío. No obstante,
abandono la zona de taquillas y me encierro en uno de los inodoros, un estrecho
habitáculo alineado con otros tres contra la pared oeste, frente a los armarios metálicos
que contienen nuestros efectos personales. Apenas me da tiempo a cerrar la puerta y
empiezo a hipar sin poder evitarlo. No puedo contener las lágrimas ni los mocos.
¡Parezco un surtidor de fluidos, decepción y rabia! “¿Qué pretendo? ¿Acaso esperaba
que Laura guardase celibato hasta que yo decidiera hacer frente a mis problemas?”
Pienso en La Pija, en la mujer que espera en la sala con un ataque de ansiedad
porque su hija pequeña acaba de matarse en un accidente de moto, en los ancianos que
ingresan sin acompañante o con un cuidador y me odio por pensar que tengo problemas.
Tan sólo soy una cobarde con una vida demasiado fácil, estoy tan acostumbrada a que
me lo den todo hecho que sólo me limito a seguir las baldosas amarillas, brillantes,
cómodas y regulares, el camino marcado, “lo que debe ser”. Aunque sienta deseos de
caminar sobre tierra, barro o arenas movedizas no lo hago, podría retorcerme un tobillo,
hundirme, correr riesgos… Hubo un tiempo en que me sentí fuerte y segura, pero al
primer revés, desistí. Renuncié a mi deseo de trazar un camino diferente, de cambiar de
dirección… ¡Maldita cobarde!
Gijón, 12 de Mayo de 1999
Por tercer día consecutivo mis ojos se abrieron mucho antes de que sonara el
despertador. Me sentía bien, con energía y capaz de cualquier cosa. Al girar la cabeza
en la penumbra de mi habitación, comprobé que los dígitos luminosos aún marcaban
las siete menos cuarto.
La inevitable sonrisa que no me abandonaba desde el domingo acudió a mis labios y
comencé a planear el día. Tenía examen de literatura a segunda hora pero estaba
controlado, lo aprobaría sin dificultad. Además, había quedado a las cinco en el centro
de la ciudad con Pili, que me había regalado una camisa de franela chulísima para mi
cumple y me quedaba un poco reventona, por lo que pensábamos ir juntas a por una
talla más y de paso darnos una vuelta.
Recordé la carcajada de Isa, que revivía nuestra conversación sobre lesbianas y
camisas de leñador, mientras yo abría el paquete. ¡Lo que me había costado
convencer a Pili de que el regalo me encantaba y que sólo se trataba de una broma
privada entre dos locas de la vida!
Tras pasar por el baño y darme una ducha rápida, cogí mis trastos y bajé la escalera
dando saltitos.
—Buenos días, cielo —me saludó papá, que estaba desayunando con el periódico
abierto sobre la mesa y el maletín a un lado.
—Hola papi, me gustaría saber que opinarían en el hospital si supieran que el
temible doctor Morales desayuna Cola Cao como los niños pequeños —contesté
riendo.
—¿Como que temible?, ¿se puede saber de dónde has sacado eso? —preguntó,
frunciendo el ceño.
—No sé, me lo imagino —En ese momento me di cuenta de que no se oía más que
las páginas del periódico—. ¿Dónde está mamá, no se ha levando aún?
—¡Menuda imaginación la tuya, hija mía! —contestó mi padre, sin ocultar que mi
observación le había hecho mella—. Mamá está en la cama con una de sus migrañas.
Le he administrado un analgésico y se quedará con la persiana bajada y descansando
hasta la hora de comer, me ha dicho que te recordara que tienes hora en la peluquería
a las cuatro y media.
“¡Porras, lo había olvidado!”
—Vaya, quedé con Pili a las cinco —me quejo—, tendré que decirle que la veré más
tarde.
—Muy bien, Bolita. Ahora me voy a trabajar —se despidió, dándome un fugaz beso
en la mejilla para a continuación dirigirse hacia la puerta—. Esta semana se decidirá
quién va a ser el próximo jefe de servicio y soy uno de los candidatos.
—Eso es genial papá, mucha suerte —le deseé, tratando de reparar un poco el daño
ante mi mal entendida broma matutina.
No tenía ni repajorela idea de si mi padre había mencionado antes el tema ese del
ascenso o de si aquello era o no importante.
Aprovechando que mi madre no estaba para reprenderme o poner los ojos en
blanco, me serví un buen trozo de bizcocho y otro café tamaño bacinilla.
Mientras saboreaba el adictivo brebaje, pensé en la cena de aquella noche. Si mi
padre no me llega a recordar la cita con la pelu se me habría olvidado por completo y,
por lo tanto, habría pasado una mañana mucho más feliz.
El Doctor Velasco estaba pasando unos días en Gijón y vendría a cenar a casa con
su mujer. Antonio Velasco era catedrático de cardiología en la Complutense y puesto
que el año siguiente yo pasaría a la universidad, mi padre estaba muy interesado en
que me conociera. Ese era el motivo de que mi madre se hubiera encargado de
pedirme cita en la peluquería y probablemente de que Rosa, la mujer que se ocupaba
de la casa, tuviera un día de lo más entretenido.
—¡Mooooooc Mooooooc Mooooooc! —oí el claxon del padre de Pili, que venía a
recogerme para ir a clase.
Me puse la chaqueta del uniforme, cogí la cartera con los libros y no dejé pasar la
oportunidad de cortar otro trozo de bizcocho para el camino. “Ojalá no me faltara Rosa
nunca, ¡qué bien cocinaba!”
La mañana pasó sin contratiempos. Había bordado el examen de literatura y estaba
rebosante de optimismo y energía. El tutor acababa de informarnos de que la
profesora de historia había tenido un problema de última hora y la clase quedaba
anulada, por lo que acabaríamos una hora antes de lo habitual, “¡genial!”. Se me
ocurrió que estaría bien regresar a casa dando un paseo para reflexionar un poco, así
que le susurré a Pili que no me esperara y ambas quedamos en que pasaría a
recogerme por la pelu para ir a cambiar la camisa. El salón de belleza estaba muy
céntrico y a cinco minutos de la tienda donde teníamos que hacer el cambio, por lo
que nuestro plan seguía en pie.
Había dado la una y media sin que apenas fuera consciente del paso del tiempo.
Salvo por el examen, en el que había conseguido centrar toda mi atención, aquella
mañana se había esfumado en un conglomerado de planes futuros, excitación y
entusiasmo. Ni haciendo un esfuerzo recordaba todas las materias del día y debía
admitir que había dedicado hasta la última neurona a planificar “El Salto”.
Aquel era el día en que al fin daría el paso. Sabía que mis padres lo entenderían
aunque quizá tardaran un poco, pero no me importaba.
Pensaba en lo orgullosa que iba a estar Isabel. No le había contado nada porque lo
había decidido aquella misma mañana y desde entonces, casi no podía contener mi
impaciencia.
Las circunstancias lo habían precipitado todo, por lo que pasaría a la acción esa
misma tarde. Sentía que era lo que debía hacer y me parecía mentira que hasta
entonces hubiese podido convivir con mi secreto de forma natural. En ese momento
me aprisionaba y me ardía, sentía una necesidad casi física de expulsarlo, pero
faltaba poco. Al día siguiente me levantaría liberada, ya no tendría nada que ocultar.
De camino a casa, reflexionaba sobre el hecho de que me obsesionara tanto
impresionar a Isabel. Lo primero que se me había venido a la cabeza tras tomar la
decisión, había sido Isa y lo orgullosa que estaría de mí. Sin embargo, sabía que me
diría que el verdadero motivo de dar el paso debía de ser alcanzar la felicidad y vivir
como yo quería hacerlo.
Gracias al imprevisto de la profe de historia, estaba disfrutando de un magnífico
paseo y mi mente, que yo quería centrar en planificar lo más inmediato, se fue por
otros derroteros…
Las relaciones humanas eran complicadas. Yo veía en Isabel una especie de
hermana mayor pero también a mi mejor amiga y sin embargo me irritaba su obsesión
por agradar a mi padre hasta el punto de querer estudiar medicina. No creía que el
armario de Isa —con un toque grunge que me volvía loca— fuera del agrado de mi
madre, pero estaba segura de que a mi padre le habría encantado tener una hija como
ella. ¿Celos? Quizá, pero ya volvería al psicoanálisis en otra ocasión, ese día tenía
muchas cosas que hacer y demasiado en lo que pensar. “Céntrate, Sole, céntrate”
Cuando llegué a casa, la actividad era frenética. Nada mejor que una cena pija para
acabar con la migraña de mi madre o traspasársela a Rosa, a la que me encontré con
cara de circunstancias y encerrada en una cocina atestada de ingredientes y bandejas.
—Soledad, ¡qué gusto verte! —me recibió la cocinera con su acento cantarín—. Tu
madre anda preparando los últimos detalles y dice que no comerá contigo porque está
demasiado ocupada.
—Claro, ya veo que ha tenido que cocinar un montón —contesté, irónica, riendo y
abriendo la nevera de dos puertas.
El enorme frigorífico custodiaba unos coloridos platos que, como todo lo que
preparaba Rosa, tenían una pinta exquisita.
—¡Hay que ver como eres, niña! Aparta todas esas verduras y siéntate ahí. Serás mi
probadora de honor.
—¡¡¡Bieeeeeeen!!! —aplaudí, con entusiasmo, sentándome de un salto en uno de los
taburetes que se encontraban dispuestos frente a la ancha barra de madera de sésamo
negro.
Mi madre era una auténtica pija que siempre quería lucir lo más exclusivo.
Había sido mi tío Enrique quien trajera, de uno de sus viajes, la madera para que la
cocina de su cuñada pudiera disponer de un mueble así de exótico. No era sólo que el
sésamo procediese de Oriente Medio o la India sino que además, lo más habitual era
que se tratara de una madera marrón. El sésamo blanco, rojo o negro —como era el
caso— resultaba mucho menos habitual.
Lo mismo ocurría con las tumbonas, sillas y mesas de la piscina, talladas todas ellas
en balau, mucho más pesada y duradera que la teca, que era el material comúnmente
utilizado para los muebles de jardín. Lo que convencía a mi madre no era en absoluto
la resistencia o lo práctico del material sino su exotismo y exclusividad. No había nada
que le gustara más que el hecho de que las visitas le preguntaran por el origen de
aquellos muebles que se empeñaban en llamar “piezas”. A mí aquello me parecía de
chiste, una mesa de centro en un apartamento de sesenta metros cuadrados en
cualquier barrio de la periferia era un mueble, pero la misma mesa en casa de mi
madre o de muchos de sus amigos, pasaba a convertirse en una “pieza”. Ellos sí que
estaban hechos unos “piezas”, ¡era para partirse de risa!
El hermano de mi padre era, además de mi tío favorito, mi padrino. El hecho de que
fuera capitán de barco alimentaba desde que tenía uso de razón mis historias y, a
pesar de estar a un paso de la edad adulta, yo aún disfrutaba imaginándolo
protagonizando mil y una aventuras.
¡Rosa era la mejor! Mi menú de aquel día había sido un ensayo general de la cena
de esa noche pero con triple ración de postre. Sus manzanas rellenas de arroz con
leche eran para quitarse el sombrero y en cuanto al biscuit de turrón… mmmm,
¡buenísimo! Estaba nerviosa y excitada, pero ni con esas perdía el apetito. Allí
sentada, viendo a Rosa trajinar en la cocina y con el gusto a limón y canela invadiendo
cada una de mis papilas gustativas, el plan iba tomando forma.
Cuando miré el reloj y vi que ya eran las tres y veinte, subí a mi cuarto para darme
una ducha, enfundarme mis vaqueros favoritos, una camiseta gris y la cazadora de
cuero con cuello motero que tanto me gustaba. Las Converse grises estaban en el
armario de mi cuarto y mi madre había vuelto a ponerles cordones nuevos. “Grrrr,
¿dónde se habían visto unas Converse con los cordones relucientes?, algún día
peinaría uno de sus visones a lo punk con un montón de laca”.
Salí por la puerta principal, sonriente y emocionada ante lo que me parecía el
principio de la nueva Soledad. En uno de los bolsillos traseros de mis levis, un recorte
de revista descansaba pacientemente a que llegara su momento de gloria.
Llegué a la peluquería poco antes de las cuatro y media, sonriente ante la
perspectiva del cambio. El Salón de Belleza “Shine” pertenecía a una antigua amiga de
mi madre que en ese momento estaba pasando unos días en Barbados.
Dolores, que se había empeñado en que la llamaran Dolly, había sido una de las
primeras en trabajar con extensiones de pelo natural en todo el norte de España y
aquello le había supuesto un éxito tremendo entre las Cuquis, Lilis y demás socias del
Club de Tenis.
Todo el mundo conocía a Dolly y su fabuloso salón. Cada vez que mi madre la
mencionaba, yo no podía evitar pensar en la famosa oveja con la que “Dolly tijeras”
compartía nombre y en que todas sus clientas parecían, al igual que la lanuda
escocesa, clones unas de otras. Mechas rubias, bucles abiertos en las puntas…
“—¿Lleva extensiones fulanita? —Ay no sé, ¡preguntémosle a Dolly!”.
—¡Soledad! Genial que hayas llegado ya, pasa y te voy lavando —Ana, una chica
poco mayor que yo que me caía genial, me hizo volver a la Tierra.
—Claro, ya voy —contesté.
La recepcionista, cuyo nombre nunca conseguía recordar, colocó mis cosas en un
armario y me puso la bata, en cuyo bolsillo guardé el arrugado recorte que llevaba
horas estudiando. Antes de pasar al lava-cabezas, cogí el libro de Isabel Allende, que
casi había terminado.
—¿Cómo va todo, Soledad? —preguntó Ana, tan educada como siempre—, ¿vas a
cortar un poquito o sólo peinar?
—Cortar y peinar, Ana.
—Ok. Te echaré la mascarilla, la dejamos actuar unos minutos y voy avisando a Lola
—me comentó—. Ya sabes que Dolly está fuera, así que debo asignarte otra
peluquera, ¿te importa?
—Por supuesto que no, ningún problema —contesté, con una sonrisa de oreja a
oreja.
“¿Importarme?, estaba encantada de que aquella bruja cotilla estuviera a miles de
kilómetros”.
Ana me había lavado la cabeza con manos expertas, dándome un relajante masaje
para a continuación, repartirme la mascarilla por todo el cabello. Una vez que el
potingue reestructurante hubo actuado, me senté frente al espejo esperando a que Lola
terminase con una clienta. Rechacé la revista de moda que la recepcionista me ofreció
y miré de reojo a la seca y reteñida cincuentona que se sentaba a mi derecha y cuyo
parloteo me impedía concentrarme en la lectura. Eliza Sommers también había tenido
que dar un cambio radical, aunque no voluntario del todo. La protagonista de “Hija de
la fortuna” había tenido que hacerse pasar por hombre en su viaje por unas tierras
que, en la época en que se desarrollaba la trama, resultaban especialmente peligrosas
para una mujer. Metí la mano en el bolsillo de la bata, saqué el arrugado recorte, lo
planché con la mano y me concentré en la imagen.
Se trataba de una foto en blanco y negro. Al fondo, en un desenfocado segundo
plano, un montón de rascacielos que podrían formar parte de la City londinense,
Nueva York, o incluso Shangai y en ese escenario, nítida y protagonista, ella… Carrie-
Anne Moss. Vestía toda de negro, con pantalones ajustados y camiseta de tirantes
—“¡menudo tipazo!”—. Desde aquel papel arrugado y mirándome a través de unas
oscuras y aerodinámicas gafas, la actriz me apuntaba con una sofisticada arma corta.
Había encontrado la foto en una revista de cine que mi padrino me había enviado un
par de semanas antes desde los Estados Unidos. Solía hacerlo a menudo porque
sabía que era la forma más divertida de estudiar inglés e Isa y yo pasábamos tardes
enteras sumergidas entre sus páginas.
—Hola Soledad, siento que hayas tenido que esperar —se disculpó Lola a mi
espalda.
—Tranquila —contesté—, he venido pronto.
—Bueno señorita —me dice sonriente, mirándome a través del espejo—, usted dirá.
Tras una respiración profunda y devolviendo la sonrisa a mi interlocutora, alargué la
mano para que pudiera ver la foto.
—Quiero que me hagas este corte Lola, por favor —le expliqué, decidida.
—¿En serio?, ¿lo has consultado con tu madre? —me contestó, con ojos como
platos.
—Es una sorpresa, le gustará. Además, la cabeza es mía ¿no te parece? —objeté,
un poco molesta de que no me tratara como una adulta capaz de tomar sus propias
decisiones—. Además, creo que este look tiene mucho estilo.
—Claro, no me malinterpretes cielo —intervino Lola, que no me quería ofender—, a
mí me encanta y creo que te va a quedar muy bien pero claro, te veo tan rubita, con tu
melena larga y eso… Parecía un poco avergonzada y me dio pena.
—Te entiendo Lola, por supuesto, pero quiero cambiar ¿vale?
—OK cariño, de acuerdo —cerró el tema, animada—. ¡Vamos allá! ,te voy a dejar
divina.
Me quedé tan absorta mirando trabajar a Lola, que ni siquiera abrí el libro. La
peluquera manejaba la tijera genial. En ocasiones, había oído hablar a las amigas de
mi madre de la competitividad reinante entre la dueña del salón y ella, que se había
ganado el respeto y admiración de clientas y colegas. “¿Quién quiere que la peine, la
oveja o la peluquera?” Sonreí ante mi propia ocurrencia, mientras bajaba la barbilla
para que Lola me pudiera rapar la nuca. ¡Estaba quedando genial! Nuca despejada y
capa superior un pelín más larga para poder engominarla hacia atrás o peinarme de
lado, como Carrie-Ann.
En ese momento, ya se podía ver el resultado y me sentía muy satisfecha y capaz
de cualquier cosa. Me arrepentía un poco de no haberlo teñido también de negro,
habría quedado fabuloso y endurecido además, aquellos rasgos de niña buena que
odiaba. Por otro lado, me obligaría a visitar la pelu cada dos por tres para teñir la raíz,
por lo que resultaba mucho más cómodo pasar del tinte por el momento.
Aquello era el principio del cambio, esa noche les diría a todos quién era, incluyendo
al doctor Velasco y a la arpía de su mujer. Les haría saber que no quería estudiar
medicina y que odiaba las cenas de tiros largos en el Club. Tendrían que entender que
no me interesaban los chicos sino las chicas y que por encima de todo no quería
seguir los pasos de mi padre, ni de mi madre ni de nadie. Soledad Morales caminaría
sola y elegiría su propio camino.
Prefería no imaginar la reacción de mis padres ante tal confesión. El hecho de que
hubieran invitado a Antonio Velasco a cenar esa noche había dejado demasiado claro
el empeño de mi padre en que viviese la vida que estaban construyendo para mí.
Aquello daba aún más miedo que afrontar la situación y defender mi postura, algo que
haría en pocas horas y para lo que ya había reunido suficiente valor. Soltar la bomba
ante nuestros invitados les daría a mis padres una idea de lo segura que estaba.
Conociendo a mi madre, sabía que era capaz de darle la vuelta a cualquier cosa que
yo dijera con tal de no admitir que tenía una hija lesbiana y andrajosa —si te gustaban
los jeans desgastados o las chupas de cuero eras una andrajosa o una estrella de
rock, para ella no había otra— que se quería ganar la vida escribiendo.
—Bueno, pues no me dirás que no has cambiado —oí que me preguntaba Lola con
una sonrisa—. ¿Qué te parece?, ¿te gusta?
—¡Me encanta Lola!, es justo lo que quería o aún mejor —contesté con sinceridad—.
Gracias.
Salí del salón de belleza encantada con mi nuevo look y ansiosa por conocer la
opinión de Pili, que me esperaba justo delante mirando una revista. Mi amiga levantó
la vista, miró hacia mí y la volvió a bajar. “¡No me había reconocido!”
—¿Se puede saber que te pasa?, ¿necesitas gafas? —pregunté para chincharla.
—¡Sole! —exclamó, abriendo mucho los ojos y la boca—, no te había reconocido.
Estás… ¡guapísima!
—Gracias —contesté, riendo—. Lo he copiado de una actriz que participa en una peli
que no tardará en estrenarse en España. Se titula Matrix.
—¿Matrix? Suena raro, esa aquí ni llega. Suena a fracaso total —dijo, tirando de mí
y corriendo en dirección a la tienda—. ¡Venga!, vamos a cambiar tu regalo, tengo
ganas de que lo estrenes.
A las seis y media ya habíamos cambiado la camisa y estábamos sentadas en El
Fornu comiéndonos un par de croissants de mantequilla con chocolate caliente.
Pensaba que mi madre se habría escandalizado si me llega a ver merendar de
aquella manera, y más aún si hubiera sabido que Rosa me había dejado “tripitir”
postre. “Bueno, sólo había repetido la manzana rellena y probado una ración de
biscuit”.
A las siete y cuarto me despedí de Pili, que me había acompañado hasta la parada
del autobús, donde confié en poder terminar mi libro. Sólo me quedaba un capítulo y
estaba ansiosa por conocer el desenlace, pero la excitación de aquellos últimos días
estaba retrasando mi lectura porque no lograba concentrarme.
A
lguien golpea suavemente la puerta del baño, el baño del que no quiero salir
nunca más.
—Toc toc toc… ¿Soledad? Abre niña —oigo la voz de Carmen al otro lado—,
no voy a preguntarte si estás bien porque sería absurdo y a mi edad ya no pierde una el
tiempo con tonterías. Límpiate esos mocos y sal.
No comprendo nada, ¿por qué sabe que estoy llorando?
A pesar de mi estupor, abro la puerta despacio, casi con miedo y la encuentro allí
plantada con los brazos abiertos. Nunca me ha pasado nada igual, de repente, me
encuentro llorando contra su pecho, sin importarme hacer ruido o manchar la bata de la
enfermera de mocos y babas.
—Llora niña, llóralo todo y no dejes ni una gota —me susurra, sin dejar de abrazarme
—. Grita si necesitas hacerlo y que esto te sirva para purificarte, de bautismo. Deja
nacer a Soledad, libérala de una vez por todas.
Sus palabras, que suenan a oración cantada al oído, tienen un efecto hipnótico y
tranquilizador, casi mágico.
No lo comprendo bien, pero tampoco lo intento. En este momento es lo que menos me
preocupa, ¿o quizá lo comprenda perfectamente? Si es tan evidente para Carmen,
puede que todo el mundo lo sepa. Me entra el pánico, levanto la cabeza para
encontrarme con unos ojos tranquilos, bondadosos y comprensivos, no necesito
pronunciar palabra alguna.
—Nadie más lo sabe niña, nadie salvo tu padre, claro —Carmen parece leerme el
pensamiento—. Laura era una buena chica, un buen partido, pero quizá no fuera su
momento.
—¿Mi padre?, ¿crees que mi padre lo sabe, Carmen? ¡No puede ser! —casi grito,
pero me doy cuenta de inmediato y trato de recuperar el control.
—Es muy diferente saber que aceptar —contesta, en tono tranquilo, la enfermera— y
por desgracia, en este mundo sencillo que tanto nos esforzamos en complicar, son dos
conceptos que no siempre van de la mano.
Por algún motivo, no me extraña que Carmen se haya dado cuenta y me descubro
preguntándome si compartirá su vida con otra mujer, aunque es imposible porque sé que
vive con quien ella llama “su maridito”. No lo menciona habitualmente, pero a mí me lo ha
nombrado un par de veces.
—Y tú… ¿por qué lo sabes? —le pregunto, casi avergonzada.
—Sé que llamó Laura porque Roberto, que cogió el teléfono, me lo dijo —contesta—.
La llegó a conocer un poco cuando trabajaba aquí e intercambiaron un par de palabras.
En cuanto a lo vuestro… chiquilla, es sencillo leer esos ojos castaños a los que se les ha
ido apagando el brillo, no necesito ninguna piedra Rosetta.
—¡Ay Carmen!, ¿qué voy a hacer? —digo, derrotada, con un enorme peso en el
estómago.
—Por el momento, lavarte esa cara y echar un poco de corrector de ojeras y colorete.
Estoy segura de que en esa taquilla tuya no hay nada semejante, así que toma la llave
de la mía y adelante. Una aún quiere dar buena impresión —dice guiñándome un ojo—.
En cuanto tengas un momento, pasas a devolverme la llave y hablamos, quiero tomarme
unos vinos contigo fuera de este manicomio para celebrar que soy una jubileta.
Como un autómata, sigo las instrucciones de la enfermera. Me cambio la bata, aplico
un poco de corrector bajo los ojos e incluso encuentro, en la taquilla de Carmen, un
colirio que me viene genial para no parecer un maldito zombi. En cuanto estoy lista,
salgo para intentar cerrar la puerta de la memoria durante unas horas, al menos lo que
tarde en despejar el dichoso corcho de chinchetas amarillas.
Un par de neumonías y una fractura de peroné ayudan a que mi objetivo se cumpla y a
las tres menos cuarto estoy buscando a Carmen para devolverle la llave de la taquilla y
darle las gracias. Me la encuentro charlando animadamente con Leo, que hoy dobla
turno y tiene cara de estar cansado. “Anda que no sacan partido de los residentes”.
—¡Sole! —me dice Carmen—, dame un minuto para que dé el cambio y hablamos tú y
yo, ¡esta pobre vieja tiene ganas de marcha!
Mientras la enfermera se aleja en dirección a la consulta de triaje, donde habrá
quedado con algún compañero, intento entablar una conversación con Leo para quitarle
importancia a mi estampida de hace unas horas.
—¿Cómo va, Leo? —pregunto.
—¿Cómo te va a ti?, a ver si eres un poco más “clarita” la próxima vez —contesta,
sonriendo—. Conseguiste preocuparme, ¿sabes? Como moraleja te diré que prefiero
controlar una próstata a partir de los sesenta que aguantar dos ovarios cabrones,
turnándose para putearme una vez al mes.
—¡Leo! —exclamo—, ¿se puede saber a qué viene eso?
—¡Coño, Sole!, le pregunté a Carmen qué te pasaba y me dijo que no fuera cotilla,
que eran cosas de mujeres —contesta—. Mujeres y menstruación, menstruación y
ovarios…
—Vale, buena asociación —contesto, divertida—. Aquí llega Carmen, ¿te quedas tú,
compi?
—Claro, ¿cómo no, doctora? —contesta, poniendo los ojos en blanco—. ¿Sabes que
será lo bueno de tener que revisar mi próstata una vez al año?
—¡Y dale con la próstata!, mira que te ha dado fuerte —le digo—. A ver, ¿qué?
—Que para entonces mi residencia será historia y seré yo quien putee a unos cuantos
infelices —responde, medio en broma, medio en serio.
—No te quejes —le digo—, que al menos hoy no tienes al doctor Olay rondando por
aquí. ¡Hasta mañana!
—Hasta mañana —se despide Leo, mientras Carmen y yo nos alejamos en dirección a
los vestuarios.
Es el cambio de turno y la zona de personal está a tope. Aunque aún le queda un día
de trabajo, todo el mundo quiere bromear con la futura jubilada, mostrando envidia por la
buena vida que se va a pegar y preguntándole por sus planes.
Carmen cae bien a todo el personal, todos la apreciamos sinceramente y sin embargo,
no tiene verdaderos amigos en el trabajo, lo que teniendo en cuenta la Teoría del nido
de víboras, es sin duda la postura más saludable. Incluso me atrevería a afirmar que ahí
radica el secreto para mantenerse cuerdo hasta la jubilación.
Entre broma y broma, la enfermera me guiña el ojo y susurra:
—“Mañana a las siete y media en La Bodeguita, ¿te va bien?”.
—Perfecto, no haré planes —respondo, en el mismo tono conspiratorio.
Mientras me pongo los tejanos, la veo alejarse con su inseparable bolsa de deporte en
la mano. Me ha contado que para ella es importante un paréntesis entre el trabajo y “lo
que importa” así que, cuando está de mañanas, come en el hospital y a las cuatro,
cumple religiosamente con su clase de yoga o pilates. Si el turno no se lo permite o por
algún motivo no llega a tiempo, hace unos cuantos largos en la piscina antes de irse a
casa. Quizá esa sea la fórmula, pero la diferencia entre Carmen y yo es que a ella le
gusta su trabajo, no me cabe la menor duda.
Me pregunto a qué se dedicará su marido y si tendrán hijos. A pesar de que me
encanta inventar vidas, aunque sean disparatadas, no tengo una para Carmen. No puedo
evitar sentirme triste ante la perspectiva de su jubilación y tras el episodio de hoy, pienso
en el desamparo, un sentimiento poco habitual en mí que me trae a la memoria al tío
Enrique y a Rosa, la asistenta que estuvo en casa de mis padres hasta hace pocos
años.
La ausencia de Laura me duele de otra manera, no hace que me sienta desamparada,
quizá triste o fracasada. Ahora mismo, ¿por qué no admitirlo?, celosa. Estoy celosa de
una mujer que no conozco pero que es más valiente que yo, más segura de sí misma,
más…¡mierda! Quiero echar tierra sobre estos pensamientos y subir a la cuarta a ver a
Isa, que ya podrá contarme algo sobre La Pija. “No voy a decirle nada de la llamada de
Laura, no se lo diré, no se lo diré”
Son las tres y media y la planta está bastante tranquila. Un auxiliar empuja, apático, el
típico carrito de acero inoxidable lleno a rebosar de pañales para adultos, gasas,
esponjas y apósitos.
Me paro a la altura de la cuatrocientos diecisiete, tras cuya puerta entornada puedo
ver el consumido cuerpo de una mujer que gime bajito, como para no hacer ruido… “Se
llama María, emigró a Bélgica con dieciséis años para buscar trabajo y tras mucho
esfuerzo consiguió construir una familia y ahorrar un poco de dinero. Regresó a España
con su marido e hijos para montar un pequeño negocio en su pueblo natal. Hace tres
años que su hija, ya anciana, falleció sin dejar descendencia. María ha olvidado que los
suyos la esperan en ese otro plano que nadie conoce pero de vez en cuando, en
momentos como éste, un instante de cordura la invade y la hace sollozar bajito por
haber invertido el orden natural, sobreviviendo a aquellos que una vez habitaron su
vientre…”
Las camas de Medicina Interna suelen estar ocupadas por ancianos dependientes que
se empeñan en hacer frente a la biología, insistiendo en vivir a toda costa. Como mera
observadora, creo que la demencia les lleva a olvidar el propósito de una vida plena,
limitando sus últimos años a horas de inmovilidad en sitios como éste, esperando a que
alguien les cambie de postura para evitar las úlceras y las escaras.
—¡Sole!, ¿cuánto tiempo llevas aquí? —oigo la voz de Isabel a mi espalda.
—Acabo de llegar Isa, ¿cómo va todo?
—Ya, así que acabas de llegar —contesta mi amiga, con una cínica sonrisa, mientras
sigue la dirección de mi mirada—. Veo que estás muy interesada en Magdalena, para la
que te habrás inventado una historia buenísima, en lugar de mover el culo hasta la
cuatrocientos veintiuno, donde tu pija parece poner todo lo que está de su mano en
volvernos locos a todos.
—¡Isa!
Me saca de quicio que me conozca tan bien, a veces tengo la tentación de hacerme un
sombrerito de papel de aluminio para evitar que me lea el pensamiento.
—Sólo como apunte y para quedarme a gusto —continúa señalando la cama de la
cuatrocientos diecisiete par—, Magdalena fue toda la vida una verdadera hija de puta
que hizo la vida imposible a todo el que la rodeaba. Le sale la pasta por las orejas y dio
la espalda a un hijo que, a pesar de todo, es mejor persona que ella y la viene a ver a
diario.
—¡Qué sabrás tú lo que estoy pensando! —suelto, indignada.
—Vale, vale… sólo quería sacarte de tu error, por si te habías inventado alguna
chorrada triste sobre una viejecita encantadora o algo así.
—“No le digas lo de la llamada de Lauri, no se lo digas, no se lo digas…” —pienso,
mientras me muerdo la lengua y contengo el aire—. Laura me ha llamado hoy para
decirme que tiene pareja.
—¡Repite eso! —exclama, con los ojos como platos, ante mi repentina confesión.
—Vamos a la cuatrocientos veintiuno —contesto— y explícame lo que quieras sobre
La Pija para que me pueda ir a casa a escuchar El hombre del traje gris y ponerme
hasta arriba de chocolate.
—Sole —balbucea, acariciándome los hombros—, lo siento muchísimo.
—Era cuestión de tiempo. Debo alegrarme por ella —respondo, conteniendo el llanto y
caminando por el estrecho pasillo al lado de mi amiga—, ahora mismo soy incapaz, pero
debo hacerlo.
Llegamos a la cuatrocientos veintiuno, cuya puerta permanece cerrada. En el pasillo,
justo enfrente, una mujer más o menos de nuestra edad nos informa de que están
cambiando y aseando a Alicia, la compañera de La Pija. Se presenta como Valeria,
amiga y acompañante de Sofía de Castro.
Al ver a Isa con bata e identificación, le pregunta si forma parte del equipo del doctor
Morales y si podría informarla sobre la salud de Sofía, por la que está realmente
preocupada.
Mientras me muerdo la lengua para evitar hablar o preguntar más de la cuenta,
reconozco en la joven que tengo enfrente a la mujer con la que me crucé paseando por
la playa hace un par de días. Recuerdo que me resultó atractiva y me sonrojo
ligeramente.
—Siento no poder ayudarla, Valeria —oigo decir a Isabel—. Deje un sobre en el buzón
que encontrará al final del pasillo y procure estar allí mañana a partir de las doce y
media, le informaremos de lo que tengamos.
—Gracias, intentaré hacerlo como dices —responde la mujer, con tono amable y
triste.
Isabel me coge del brazo y tira de mí con intención de conducirme al despacho. Antes
de seguirla, miro disimuladamente a Valeria y adivino en sus apagados ojos verdes que
ella también me ha reconocido.
—Hasta luego —me despido—, siento mucho lo de tu amiga.
Cuando llegamos al área de personal, Isa cierra la puerta tras de sí y me mira. Indaga
sobre mi estado de ánimo, pregunta por la llamada de Laura y al comprender que estoy
cerrada como una ostra y no tengo intención alguna de darle explicaciones, decide
contarme novedades sobre La Pija de la cuatrocientos veintiuno.
Me comenta que no quiso esperar a que yo la viera para evitar a Valeria, la
acompañante de Sofía, puesto que puede meterse en un lío por informar a los familiares
o responsables de la paciente fuera del horario de visitas. De todos modos, sospecho
que tampoco sabría qué decirle.
Antes de que nos sentemos, una enfermera que no conozco entra y le pide a Isabel
que se acerque un momento al mostrador para firmarle unas recetas. Ambas salen,
dejando la puerta entreabierta y permitiéndome ver como la pelirroja se aleja en
dirección a los ascensores con ese porte elegante que me resulta tan atractivo como
hace un par de tardes. “Hasta el día más gris tiene pinceladas violeta”.
—Venga, Bolita —dice Isabel, entrando por la puerta—, te cuento rápidamente antes
de meterme en faena.
—Cuenta, cuenta…
Isabel me explica que están completamente perdidos en cuanto al diagnóstico de
Sofía de Castro. Cuando aún no se habían cumplido veinticuatro horas del ingreso, La
Pija presentó una parálisis en los miembros inferiores. No tenía sensibilidad ni podía
mover las piernas, por lo que le habían programado una resonancia para el día
siguiente, o sea, hoy.
Según mi amiga, ni el resultado de las pruebas radiológicas, ni la analítica parecen
concluyentes, pero lo más sorprendente de todo es que ahora, Sofía ¡tampoco puede
mover los brazos!
—¡Espera! —la corto, demasiado aturdida para poder procesar una información a la
que no encuentro sentido—. ¿Me estás diciendo que se ha quedado paralizada? ¿Y el
bloqueo mandibular, y la urticaria? ¿Puede hablar?
—Nunca llegó a recuperarse del bloqueo, Sole. No respondió al diazepán y sigue con
la urticaria y la ptosis, su cara es un verdadero cromo —contesta Isa—. Los habones no
remiten con antihistamínicos y lejos de mejorar, cada vez parece presentar más signos
clínicos que no tenemos ni idea de lo que significan.
—¿No teníais sesión clínica hoy? —pregunto—, supongo que habréis tratado el caso.
—¿Estás de broma?, ¡no hemos hablado de otra cosa! —contesta—. Tu padre está
hecho un basilisco, ya sabes cómo se pone cuando algo lo supera.
—Lo sé, créeme que lo sé.
—Bueno, tengo que irme ya, Sole —dice, levantándose—. Como puedes imaginar, no
hemos llegado a ninguna conclusión. Alguien ha formulado la hipótesis de que podría
tratarse de una miopatía, por lo que estamos tratándola con corticoides, pero aún es
pronto para saber si funciona.
—Ya… una miopatía de etiología no filiada, lo mismo que decir que estáis perdidos.
¡Menuda historia!
—Para que luego te las andes inventando —me dice sonriendo—. Ahora vete a casa y
no le des mucho al chocolate, ¿vale? Prometo llamarte si surge algo nuevo.
—Gracias Isa, que tengas buena tarde —me despido.
—Sole… ¿vas a estar bien? —vuelve a preguntar, esta vez mirándome directamente a
los ojos.
—Que siiiiiii, pesaaaaaada —contesto—. Adiós, tenme informada.
Mientras camino hacia la salida pienso en el extrañísimo caso de La Pija y en lo
preocupada que estaba su amiga, ¿serían pareja? No, ¡que va! estoy segura de que a
Sofía le gustan los tíos, recuerdo perfectamente cómo miraba al gilipollas intoxicado que
le amargó la mañana del Sábado a Leo. En cambio esa chica, Valeria…
El pitido del ascensor rompe el hilo de mis pensamientos y al entrar, me cruzo con un
tipo que me resulta familiar. Mientras recorro las cuatro plantas que habría debido bajar
caminando —“quéjate luego de que no te sientan bien los pantalones de correr
verdes”—, hago un repaso mental del personal que conozco en el hospital para intentar
poner nombre al hombre de prominente mentón y pelo oscuro que tanto me suena.
Apenas fue un instante, pero me miró de una manera que a pesar de los cristales de sus
gafas, casi me atraviesa.
—¡Ya caigo! —grito, en voz alta, sin darme cuenta.
No tiene nada que ver con el trabajo. Es el tío raro de los cuadernos, el que casi nos
echó de la mesa del Ó Conaill, seguro que tiene a algún familiar ingresado. “Esta ciudad
es un pañuelo”.
Al menos, entre el extraño caso de la pija, el contoneo de su amiga pelirroja y el tipo
de las gafas, llevo un buen rato sin pensar en Laura y la lesbiana valiente.
Salgo por la puerta principal con las llaves del coche en la mano, me dirijo al Volvo y
una vez dentro, conecto el IPhone al sistema de audio antes de arrancar. “Puedo
ponerme triste y decir que no soy el mejor, que me falta valor para atarme a tu
cama…”
Con tanto lío han dado las cinco, pero el menú de esta tarde no necesita mucho
tiempo de elaboración. Doy unos mimos a Tina, que hoy está inusualmente cariñosa y
programo el iTunes en versión “no animes a esta amargada, húndela aún más”.
Mientras Sabina pierde una y otra vez el tranvía que ha de sacarlo de Calle
Melancolía, me dispongo a abrir una botella de vino pero, justo antes de cortar la
cápsula de plástico que rodea el corcho, cambio de opinión. Laura fue buena conmigo, la
quiero y ha encontrado la pareja que se merece. Estoy decidida a brindar por ella, y no
puedo hacerlo con Moscato, un vino “de maricas” que ella odia con todo su alma.
Tengo una botella de Ana de Codorniu en el botellero, así que la meto en el
congelador mientras preparo un buen bol de galletas saladas y otro con cuadraditos de
chocolate Lindt con leche cuidadosamente cortados, una fuente enorme de patatas fritas
de luxe y unos taquitos de queso curado con churruscos de pan de ajo. En media hora
sacaré la botella de Ana y aprovecharé para comprobar que aún me quedan bombones
helados artesanos de esos que tanto me gustan. Tengo primer plato, segundo y
acompañamiento, pero no puede faltar el postre. “Somos lo que comemos, ¡viva la dieta
equilibrada!”
Una vez que el cava se ha enfriado, lo coloco todo en la camarera y me dirijo hacia el
salón, para tumbarme en el chaise longue y permitir que el Flaco me acune, mientras
las burbujas y el azúcar intentan atenuar el dolor… “Algunas veces suelo recostar mi
cabeza en el hombro de la luna y me hablo de esa amante inoportuna que se llama
soledad, que se llama soledad…”
SEXTO DÍA
Gijón, 28 de Febrero de 2012
S
on las tres de la mañana y llevo al menos veinte minutos con la cabeza metida en
el water. Sólo de pensar en el despertador, que me honrará con su melodía en
menos de cuatro horas, se me ponen los pelos de punta. Tengo un dolor de
cabeza de los que hacen historia, mi estómago sube y baja como en una montaña rusa y
el sofisticado y saludable menú de ayer es ahora un amasijo que se ha ido por el
desagüe.
Sabía que no era buena idea abrir la botella de vino después de la de cava… o quizá
haya sido el queso, eso es. Resulta mucho menos deprimente pensar en una cuña de
Manchego asesino que verme a mí misma como una lesbiana sola, alcoholizada y adicta
a las grasas saturadas.
Con un esfuerzo sobrehumano intento levantarme. Me apoyo en la taza y tanteo mis
piernas para comprobar que, a pesar del entumecimiento, han decidido sostenerme una
vez más.
Poniendo especial cuidado en no mirarme al espejo para no empeorar el concepto que
esta noche tengo de mí misma, me dispongo a echar un poco de pasta de dientes sobre
el cepillo, parando justo a tiempo de cambiar el eléctrico por el manual, “no soportaría la
vibración, que haría que mi cabeza explotara como una granada de mano”. Dos minutos
de mecánicos movimientos y un par de arcadas después, me enjuago con el colutorio y
me dirijo a la cama, que parece estar más lejos que nunca.
La alarma infernal ataca sin haberme dado tiempo a recuperar. Tanteo con la mano
hasta lograr apagar el despertador, pero ya me ha taladrado la sien, obsequiándome
con unos latidos regulares que amenazan con acompañarme el resto del día.
Me incorporo y busco las zapatillas con los pies, evitando encender la luz cuyas
diminutas partículas, estoy segura, se abalanzarán sobre mis ojos clavándome sus
afilados aguijones. Levanto la persiana con suavidad y agradezco que estemos en
febrero y aún no haya amanecido a esta altura del globo. La tenue y benévola
iluminación de las farolas se filtra entre las rendijas, para ayudarme en el proceso de
adaptación al mundo de los vivos y poco a poco me siento preparada para ponerme en
marcha. El aire frío que entra por la ventana acaba de despejarme, y mientras la
habitación se ventila, entro en el baño dispuesta a pegarme una ducha reparadora.
Cualquiera que me conozca un poco sabe que no perdono el desayuno, es más, me
recreo en la que considero la comida más importante y la forma más placentera de
empezar el día. Es oficial, tengo una resaca de órdago, porque no recuerdo la última vez
que me tomé un café a palo seco y sólo de pensar en comida se me revuelve el
estómago, ¡argg!
A las ocho menos cinco estoy en el hospital, dándole el turno a mi compañero mientras
miro de reojo el tablón, cuyas chinchetas de colores bailan al son de los tambores que
retumban en mi cabeza. Los martes no suele haber mucho lío en urgencias y espero que
hoy no sea una excepción. “Va a ser una mañana larga”.
—Buenos días Soledad —me saluda Carmen, levantándome la barbilla y
carraspeando un par de veces—, veo que has tenido una noche complicada.
—Buenos días —contesto—. No he dormido muy bien, ¿para que te voy a engañar?
—Espero que sigas mi consejo chiquilla —me dice la enfermera, tras comprobar que
no hay moros en la costa—, una noche de auto compasión o dos y a comprarse un
bonito vestido.
—Estoy firmemente dispuesta a intentarlo Carmen —le digo, guiñando un ojo—, es
sólo que me he pasado con la anestesia, nada más.
Carmen se ríe y, apretándome ambas mejillas con la mano en un gesto cariñoso, tira
suavemente de mí para hablarme al oído:
—Sé que tu hígado no me ha hecho nada querida, pero tú y yo tenemos una cita hoy.
—Lo sé, lo sé —contesto, divertida—. Conozco un par de remedios caseros que me
pondrán a tono para esta tarde, ¡hoy toca marcha y marcha tendrás, futura jubilada!
—¡Así me gusta!, esa es la actitud —contesta, mirando de reojo al Doctor Olay que se
acerca al mostrador—. Me voy antes de que ese cascarrabias me dedique uno de sus
ladridos.
—Hasta luego, Carmen.
Parece que la estadística se cumple hasta las once y media, cuando el Bulldog nos
informa de un accidente en uno de los pabellones deportivos municipales. Los heridos
están de camino y empezarán a llegar en cualquier momento. Según los datos que nos
han dado desde la centralita de emergencias, la grada oeste se ha caído, arrastrando
consigo a una treintena de personas de las cuales, catorce, sufren lesiones y heridas
que no se han podido tratar en sus centros de salud. Los más graves son dos jugadores
de baloncesto que estaban entrenando en ese momento y han quedado atrapados bajo
un montón de hierros.
A pesar de su difícil carácter, en casos como éste se agradece la presencia de
Alfonso Olay, no sólo por su experiencia en trauma sino porque sabe gestionar una
crisis.
Mientras hago un repaso mental de lo que tengo pendiente y me aseguro de haberlo
dejado todo bien atado, puedo ver a Carmen, que con su habitual eficiencia intenta
apurar a uno de mis compañeros para que le firme un informe de alguien que ya puede
irse a casa.
Cuando empiezan a llegar los primeros heridos, el Bulldog ya tiene una idea exacta de
la situación y en poco tiempo estamos todos metidos en faena.
—¡Soledad! —me grita Olay, alargándome un par de historias clínicas—, de momento
ocúpate de estos dos.
—Claro, voy —respondo, mientras recojo la documentación y le echo un primer
vistazo.
Tal y como indican los informes de urgencias, me encuentro con una pareja de
ancianos, de setenta y uno y setenta y tres años. La mujer, con un brazo en cabestrillo
por lo que parece ser una luxación de hombro, mira preocupada a su esposo, que
semiconsciente, permanece tumbado en una camilla. Tras una primera exploración, me
parece que el hombre está simplemente conmocionado pero además de la analítica,
pido un par de pruebas complementarias. Su mujer, que no se separa de él ni un minuto,
nos ha informado de que padece una demencia severa.
—Marieta —le digo a la anciana—, déjeme ver ese hombro.
—Estábamos viendo a nuestra biznieta, ¿sabe? —solloza la anciana—. Fue con el
colegio a hacer uno de esos talleres de gimnasia rítmica y queríamos darle una
sorpresa. No sabía que estábamos allí, no se lo dije para que no se pusiera nerviosa.
—No se preocupe, ha sido sólo un susto —intento tranquilizarla—. Vamos a hacerle
una radiografía y le reduciré esa luxación enseguida. Es muy doloroso, lo sé, pero verá
que notará un alivio instantáneo en cuanto coloquemos el hombro en su sitio.
—Gracias hija, pero no puedo moverme de aquí ahora —contesta—, no dejaré solo a
mi Antonio.
—Marieta, Antonio estará bien y la radiografía no tardará más que un momento, se lo
prometo.
Me cuesta convencer a la mujer, pero al fin lo consigo. Aviso a uno de los celadores de
que la acompañe a rayos y me dirijo al mostrador a ver si ha llegado ya algo del
laboratorio.
A la una y veinte, un enfermero que no había visto hasta hoy, me acerca las
radiografías de Marieta, lo que me permite corroborar que padece una luxación de
hombro simple. Adivinando un corpulento cuerpo bajo la bata blanca del hombre, no dejo
que se vaya y le pido que me acompañe a la consulta para sujetar a la anciana, que
debe estar sufriendo unos dolores terribles, y reducírselo lo antes posible.
Consigo colocar el hombro en su sitio de un sólo movimiento, rápido y preciso. Al
instante, oigo un suspiro de alivio de labios de mi paciente, que me mira con
preocupación.
—¡Listo!, ¿ve cómo se ha quedado todo en un susto? —le digo, sonriendo—. Trate de
moverlo, eso es… ¡ya tiene función! Ahora le harán una placa de control, estará un par
de semanas inmovilizada y después el traumatólogo le pautará unos cuantos ejercicios.
En poco tiempo estará usted como nueva.
—¿Puedo ir ya con mi Antonio?
La mujer sólo piensa en su esposo, que continúa esperando en el pasillo, tumbado
sobre la fría camilla.
—Claro, pero primero le harán la placa —respondo.
Me tomo un momento para respirar y ordenar ideas. Mi cabeza me ha dado una
tregua y la banda de percusión que hasta hace un momento me obsequiaba con su ritmo
regular e insistente, ha dejado de usarla como caja de resonancia.
Miro la pantalla del portátil y veo que son casi las dos. Enseguida entra de nuevo el
enfermero con la radiografía más reciente que indica, tal como yo pensaba, que la
reducción ha sido exitosa. Llamo a Marieta, y le entrego el informe y las recetas.
—En la ventanilla le tramitarán el volante para acudir a la consulta de trauma dentro de
quince días —le explico—. El laboratorio ya me ha enviado las analíticas y ambas están
bien, pronto tendré más datos para poder decirle qué hacemos con Antonio, pero no
parece nada grave.
Me dirijo de nuevo al mostrador, donde Olay me informa de que ya está todo
controlado. Los dos baloncestistas han sido enviados al Hospital Autonómico con
politraumatismo severo uno, y múltiples fracturas costales el otro. Respecto a nuestros
pacientes, salvo Antonio y una mujer joven que está siendo intervenida de urgencia, ya
son todo altas, ¡en menos de tres horas!
Puedo ver una sonrisa satisfecha en los labios de Olay, que jamás admitiría en voz alta
que está orgulloso de su equipo.
De repente, oigo una discusión alterada que parece venir del fondo del pasillo y un
minuto después, Carmen pasa a nuestro lado en la misma dirección.
—¡Basta! Esta mujer se queda y no hay más que hablar! —oigo gritar a la enfermera,
con voz firme y autoritaria “parece realmente enfadada”—. Me importa un bledo que
haya sido atendida y le hayan dado el alta ya, es su acompañante y la necesita. ¡Se
queda!
Olay levanta la cabeza de los informes y me mira, poniendo los ojos en blanco. Un
minuto después, hace un gesto a Carmen para que se acerque y nos explique lo que
acaba de pasar.
La enfermera nos cuenta lo ocurrido. Parece que el problema ha surgido con el
matrimonio que me había tocado atender a mí. Uno de los celadores indicó a Marieta
que tenía que esperar fuera del área de urgencias, en la sala reservada para los
familiares, a lo que ella se negó y el celador llamó a un par de auxiliares que informaron
a la mujer de que se trataba del protocolo. Eran las normas y había que cumplirlas, pero
Marieta no estaba dispuesta a dejar solo a su marido y no atendió a razones, por lo que
se inició una discusión que al parecer, nuestra Carmen, había zanjado con un par de
gritos.
—Estoy hasta las mismísimas narices de ver como en pediatría pasan madres o
padres histéricos con sus hijos por un puñetero pico de fiebre —protesta, encolerizada
—. Ese hombre tiene una demencia, también se encuentra perdido e indefenso, como
cualquier niño. No me voy a jubilar sin hablar antes con servicios sociales para que traten
este tema. Si hay que cambiar los protocolos, se cambian los protocolos…
—…¡ y punto! —Olay le termina la frase, sonriendo y moviendo la cabeza hacia los
lados.
—Francamente Carmen —le digo—, creo que tienes toda la razón. La presencia de un
familiar, facilita mucho el manejo en estos casos.
—¡Pues claro! Si en realidad nos hacen un favor, es muy complicado tratar a alguien
que se siente desorientado —continúa—. Sin ir más lejos, en el momento que intentaron
alejar a Marieta de su lado, el anciano empezó a dar órdenes como si estuviera en un
barco, su mujer dice que fue primer oficial de máquinas en un buque mercante…
Gijón, 15 de Mayo de 1999
Parecía mentira, ¡cómo cambiaban las cosas en un abrir y cerrar de ojos! Tres días
antes sólo podía pensar en la cantidad de posibilidades que tenía ante mí, en todo lo
que me quedaba por vivir. En ese momento, sin embargo, mis emociones se habían
dado la vuelta como un calcetín, haciendo que la ilusión diera paso a la apatía, la
esperanza a la tristeza, el alivio al dolor…
A mi lado, sobre la mesita, “Hija de la fortuna” descansaba sin que yo hubiera podido
terminarlo. Me quedaban menos de treinta páginas por leer pero no me sentía capaz
de hacerlo. En la vida de Eliza, su tío favorito, John, seguía surcando los mares,
riendo… Regentando prostíbulos y tabernas, es cierto, pero ¿acaso no era frente a una
barra donde se encontraban las historias más fascinantes?, eso era al menos lo que
sucedía en mis novelas. El capitán Sommers aún estaba vivo en aquellas hojas de
papel y por eso no quería llegar al final del libro. Cabía la posibilidad de que el tío de
Eliza dejase de existir, cualquier cosa podía pasar en una treintena de páginas, tal era
el poder de la tinta… y yo sabía que no podría soportar otra pérdida.
Mi queridísimo y admirado padrino había sufrido un accidente en el Golfo de México
y ya nunca volvería a enviarme revistas. Había emprendido el viaje definitivo, del que
no regresaría con ningún exótico regalo. Nunca volvería a escucharle narrar
encuentros curiosos, describir lugares extraordinarios o lo más importante, lo que
nadie podría entender jamás, ya no volvería a ver sus brillantes ojos clavados en mí,
sin juzgarme, mientras me escuchaba en silencio. Nadie escuchaba como mi tío
Enrique.
Mi padrino era el pequeño de los dos hermanos y nunca se había casado ni tenido
hijos, por lo que yo había sido desde que tenía uso de razón, la orgullosa beneficiaria
de gran parte de su afecto y cariño.
Eran las seis de la mañana y tumbada sobre mi cama, consciente de que no podría
volver a conciliar el sueño y de que en un par de horas tendría que empezar a
vestirme para el funeral, hacía un repaso mental de los últimos acontecimientos.
Tan sólo dos días antes, cuando pensaba que mi vida daría un giro y me disponía a
entrar en casa erguida, con mi nuevo look y decidida a presentar y defender a la nueva
Soledad, me encontré con un recibidor en penumbra y la planta baja completamente
vacía, sin rastro del bullicio que me esperaba. Mi madre no apuraba a Rosa, a la que
tampoco oía en la cocina y a pesar de que la mesa del comedor estaba pulcramente
preparada con servicio completo para cinco comensales, nada más indicaba que
hubiese invitados para la cena de esa noche.
Me quedé parada ante la puerta y pude escuchar, en la planta de arriba, un ruido
sordo. Me pareció una especie de gemido amortiguado que no hacía presagiar nada
bueno. A mi izquierda, sobre un baúl toscamente tallado, la lámpara Tiffany con
diseños de flores de loto derramaba una luz amarilla y tenue sobre un papel. Era la
primera vez que yo veía un telegrama y aunque sabía que no debía hacerlo, lo cogí
entre las manos y comencé a leer: —“AA/Dr Jose Antonio Morales: Desde esta naviera
queremos darle nuestro más sentido pésame por el fallecimiento de su hermano, el Capitán de
marina mercante Enrique Morales, mientras cumplía con sus funciones en el puerto de Tampico.
Se trata de una pérdida inestimable que será acusada por todos nosotros.”
Había leído que los telegramas se pagaban por caracter y que ése era el motivo de
que normalmente fueran tan escuetos, sin embargo había tardado una eternidad en
leer aquél. El temblor de mis manos dificultaba la lectura y tenía que volver a empezar.
Cuando por fin logré terminar la última frase, me costó otro tanto procesar la
información que transmitía y, antes de romper a llorar sin poder contenerme, me odié a
mí misma. Me odié por ser tan curiosa, por haberlo leído, como si mi ignorancia
pudiese traer a mi tío de vuelta o quien hubiera escrito aquellas palabras le hubiese
arrebatado la vida con el simple gesto de ponerlo por escrito… ¿tal era el poder de la
tinta?
Tardé unos minutos en subir las escaleras y llamar tímidamente a la puerta del
dormitorio de mis padres. Fue mi madre quien la abrió y acariciando mi recién cortado
cabello en un gesto inusualmente cariñoso, halagó mi gusto y calificó de valiente mi
nuevo look —“curioso adjetivo” —pensaría yo, días después.
Entré en el cuarto y pude ver como Ivana de Prendes, peinada y maquillada para una
cena que no se celebraría, acunaba entre los brazos a su esposo, un hermano
destrozado por el dolor. Aquel día mi padre se volvió vulnerable a mis ojos. No
recordaba haberlo visto llorar nunca y por eso jamás olvidaría aquella tarde que, lejos
de cambiar mi vida para siempre como yo había planeado, me empujaría a continuar
siguiendo las baldosas amarillas, el camino que se había trazado para mí.
Empecé a escuchar ruidos y el olor a café se coló bajo el suelo de madera y me
llevó de vuelta al presente, al día que enterraríamos a mi querido tío Enrique. Debía
prepararme para lo que venía y ayudar en lo que pudiera. No podía flojear. A él no le
hubiese gustado verme llorar y tenía que estar al lado de mi familia, así que dejé que
la tristeza, la sensación de pérdida y el dolor, corrieran por mis mejillas hasta que
estuve segura de que las lágrimas no me dejarían en evidencia en la iglesia, el
cementerio o la recepción posterior, y me metí en la ducha.
Alas dos y media doy el alta a Antonio, el amante esposo de Marieta, que tan sólo se
encuentra un poco más desorientado de lo habitual y algo magullado.
Estoy en el mostrador revisando un par de informes cuando veo aparecer a mi padre.
—Hola Bolita, ¿cómo va todo? —me pregunta bajito, para que nadie le oiga llamarme
así—, traigo noticias sobre esa paciente que Isabel y tú tenéis a medias y que se ha
convertido en la comidilla de toda la planta.
—¿De veras? —me siento culpable por no haberle preguntado antes por ella—,
¡cuenta, cuenta!
—Bueno —comienza a decir mi padre—, había pensado que quizá te apetezca venir a
comer a casa y podríamos hablar de ello con calma.
—¡Ay papá! —contesto, con cara de cordero degollado—. Te prometo que no es por
ponerte una excusa, pero esta tarde he quedado para tomar unos vinos con Carmen, la
enfermera, y quería comer algo rápido y echarme una siesta antes.
—¿Carmen?
—Si papá, ¿no sabes de quién te hablo? —No me doy cuenta de que las plantas de
ingreso y el área de urgencias son dos mundos diferentes y no sabemos mucho los unos
de los otros—. Mira, hablando de la reina de Roma…
Carmen, muy oportuna, viene a recordarme nuestra cita de esta tarde y saluda
socarrona a mi padre.
—Doctor Morales, un placer verle por el inframundo, ¿le ha dicho Soledad que les
pierdo de vista en veinticuatro horas?
—Me lo estaba contando, sí —contesta mi padre, en un tono que me informa de que
conoce a su interlocutora y le cae bien—. Creo que tenéis planes para esta tarde, ¿no
intentarás contagiarte de la energía de la juventud?
—No lo necesito, doctor —contesta la enfermera, guiñando un ojo—. Quizá muy al
contrario que algunos que se empeñan en permanecer aún en activo.
Si mi padre acusó el golpe, lo sabe disimular con una amplia sonrisa que a todas luces
me parece sincera. Carmen se despide de mí hasta la tarde y se dirige hacia los
vestuarios.
—Vamos papá, ¿qué pasa con La Pij… con Sofía de Castro? —pregunto, intrigada.
—¿Tú también? —Parece ofendido por que le hayamos puesto un mote a su paciente
—, en la cuarta es conocida como La Pija de la cuatrocientos veintiuno, pero que
también tú la llames así…
—Vamos papá, ¡al grano!
—Bueno, no hay mucho que contar —responde—, salvo que alguien comentó que
podía tratarse de algún tipo de miopatía y ayer, siguiendo esa teoría —porque, para ser
sincero, no teníamos otra—, decidimos empezar a tratarla con corticoides y pedir una
biopsia.
—Sí, lo sé —contesto—. Isabel me lo dijo, ¿ha habido algún resultado?
—Pues sí, así es. No sólo los ha habido sino que son extraordinariamente positivos.
La urticaria y el bloqueo han desaparecido del todo y ya tiene sensibilidad en
extremidades superiores e inferiores.
—¡Increíble! —exclamo, sorprendida—. ¿Cómo una dosis mínima de corticoides pudo
haber tenido un resultado tan espectacular? Ayer a primera hora de la tarde estaba
hecha un cromo.
—Lo sé, a mí también me resulta extrañísimo —responde—. La información que te
doy es de hace una hora y ya estaba recuperando algo de movilidad en pies y manos.
—Es extraordinario, me iba a pasar a ver a Isa pero ya que me has informado tú, me
iré directamente a casa para descansar y hablaré con ella en otro momento.
—Si quieres se lo digo yo —se ofrece mi padre—. Voy a volver para darle un par de
instrucciones e informarle de las novedades antes de irme.
—Genial papá, y muchas gracias por venir a contármelo, de verdad —le digo, dándole
un beso en la mejilla—. Dile a mamá que haga un postre rico esta tarde porque mañana
tenéis invitada.
—Estará encantada, Bolita… y yo también —Puedo ver una amplia sonrisa dibujada
en su rostro—. Hasta mañana.
—Adiós —me despido de mi padre, pensando en que mañana mantendremos una
conversación que se ha retrasado demasiado tiempo.
—Una última cosa Soledad, cielo… —me dice, dándose la vuelta, cómo si dudase
entre contármelo o no— ya entiendo porque la llamáis así... a La Pija, quiero decir.
—Así que te ha soltado alguna lindeza, ¿eh? —contesto, divertida—. Aquí le pusimos
el mote y no podía hablar, imagino lo que puede salir de esa boca ahora que puede
hacerlo.
—No te lo vas a creer —empieza a contar mi padre, con cara de circunstancias—.
Quería que mandásemos las muestras de tejido a Estados Unidos porque así iría más
rápido y cuando le informé de que le quitaríamos el suero y podría comer… ¡me pidió la
carta, hija!, ¿te lo puedes creer?
—¡La carta! —exclamo, desternillándome de risa—. Habrá que revisar tus batas papá,
parece que La Pija te vio pinta de metre.
—En la vida me pasó cosa igual, y ahora sí que me despido. Hasta mañana.
—Adios papá, espero que mañana me expliques el menú con la mitad de eficiencia
que a tus pacientes —me despedí.
Llego a casa cuando faltan poco más de veinte minutos para las cuatro.
Tina me mira, perezosa, desde el sofá y no hace ningún amago de venir a saludarme,
lo que me irrita un poco “si es que yo hubiera preferido un perro”.
Ya no estoy tan revuelta como esta mañana pero aún no tengo hambre, así que
decido tomar mi Cóctel Mágico y echarme una buena siesta para poder cumplir la
promesa que le hice a Carmen y dar la talla esta tarde. Pelo un par de plátanos y un
kiwi, los corto el trocitos y lo hecho todo en la jarra junto a un buen chorro de leche, un
huevo crudo y un poco de canela. Ahora viene la prueba de fuego, la única pega de mi
remedio casero contra la resaca… ¡Bien!, parece que mi cabeza resiste el ruido de la
batidora, que manejo con cuidado para no salpicar la meseta de la cocina. Una vez que
lo he mezclado todo, saco dos ibuprofeno del botiquín y los trago con ayuda del
milagroso batido. Programo la alarma del teléfono para que me despierte en un par de
horas y me tumbo en el sofá tapada con la manta, mientras acaricio a mi gata, aunque
no se lo merezca la muy bribona.
Be my baby now, my one and only baby… A las seis y diez, The Ronettes me
despiertan, alegres y pícaras. “Ha sido buena idea cambiar la alarma del teléfono, esto
es mucho más agradable que el cruel Biiiip”.
No sé si ha sido efecto del batido o de la siesta, pero me encuentro muchísimo mejor.
Ya no me duele la cabeza e incluso me comería un buen bocata de jamón ibérico con
tomate. Puede que tenga mucho que ver el hecho de saber que mañana me quitaré un
gran peso de encima o la expectativa de pasar una tarde con Carmen, que por algún
motivo me transmite la sensación de que todo va a ir bien. Me siento fuerte.
Echo un vistazo rápido al teléfono y veo un mensaje de Isa en el que me informa de
que La Pija ya ha recuperado la sensibilidad y la capacidad motora, “¡increíble!”. Le
contesto con un rápido “mañana hablamos” y me dispongo a iniciar el ritual de esta
tarde.
Calculo el tiempo para poder pegarme un baño de media horita antes de salir, así que
abro el grifo y enciendo una barra de incienso. Mientras se llena la bañera, reviso el
armario pensando en qué ropa ponerme. Carmen se merece algo diferente a los tejanos
y las Converse, así que me decido por el vestido azul de cintura alta y la cazadora de
cuero negra y botas moteras. Una vez que lo he dispuesto todo sobre la cama me doy
cuenta, con sorpresa, de que llevo varias horas sin pensar en Laura. Sigue doliendo un
poco pero ahora mismo comprendo que la futura jubilada tiene razón y que esto se
pasará, estaré bien y dejará de doler.
Cierro el grifo, echo unas sales de baño de Lavanda y miro el reloj. Sólo dispongo de
veinticinco minutos y no tengo ningún libro empezado para acompañar mi baño, así que
me dirijo al salón a buscar algo nuevo.
Puede que fuera consciente de esto antes de abrir la puerta, quizá ya viniese
pensando en él, que desde su estante me reta a dar el paso. Último estante, Hija de la
fortuna, de Isabel Allende.
Muevo la escalera unos centímetros a la derecha, “debo engrasarla porque chirría un
poco sobre el carril” y subo los cuatro primeros escalones para alcanzarlo con una
mano, que a duras penas consigo mantener firme.
A las siete y cinco, con el agua tibia, casi fría, me despido de Eliza Sommers, que aún
conserva a su tío y siento un extraño alivio. No sé qué habría pasado si John hubiese
sufrido un brutal accidente, pero no ha sido así, aunque me haya llevado casi trece años
reunir el valor necesario para descubrirlo.
A las ocho menos veinte entro por la puerta de La Bodeguita, una vinacoteca muy pija,
que en lugar de barriles, piedra y madera, como sugiere su nombre, se asemeja más a
un laboratorio. Puedo ver a Carmen, que agita la mano desde un rincón de la barra, tan
blanca y aséptica que apenas parece que hallamos abandonado el hospital.
—Hola cielo —me saluda, animada—. ¡Estás guapísima!, si hasta te has maquillado un
poco y todo.
—En tu honor, Carmen —respondo con una sonrisa.
—Me siento halagada —contesta riendo—, ¿qué bebes, Sole?
—Tomaré un Verdejo.
—Fabuloso —responde, llamando al camarero y pidiendo mi copa.
Mientras da un sorbo a su Rioja, Carmen me mira con atención y me pregunta si estoy
preparada para hablar de Laura y la lesbiana valiente. Me sorprendo diciéndole que lo
estoy y contándole mis planes para mañana, algo que aplaude con una alegría sincera.
Carmen está segura de que mis padres responderán de forma positiva y me ofrece su
hombro para berrear siempre que quiera. En cuanto a mi ex, ambas coincidimos en que
se ha comportado de una forma impecable y le aseguro a Carmen que, con el tiempo,
cuando pueda volver a pensar en ella sin que los poemas de Gisela Galimi retumben en
mis oídos, la llamaré e intentaré que mantengamos una relación afectuosa porque se lo
merece, creo que ambas lo merecemos.
Con la segunda copa, cuento las novedades sobre La Pija y ninguna de las dos
podemos contener la risa, imaginando la cara de mi padre cuando La Pija del tercer box,
actualmente de la cuatrocientos veintiuno, le pidió la carta como si estuviera en un
restaurante con estrella Michelin..
—Pues no te cuento el careto que le puso la susodicha a Dolores, mi compañera,
cuando ésta le colocó la pulsera en la consulta de triaje —dice Carmen, sin parar de reír
—, encima, la bruja de Lola va y le suelta: —“No es Tous, reina…”
—¿En serio? —Eso no me lo había contado—. Dolores es de lo que no hay.
—Cierto, ahí se pasó un poco, pero es que es tan pija que parece una caricatura —
contesta, pidiendo la cuenta—. Cielo, vamos a otro sitio a forrar un poco, ¿no te
parece? La anestesia no es buena a palo seco.
—¡A mí me lo vas a contar!— río, pensando en la resaca de esta mañana.
El tiempo con Carmen pasa volando. Son las nueve y diez y nos dirigimos a La Venta,
una especie de tapería que ahora llaman gastrobar. En cualquier caso, se trata de un
local muy acogedor que se encuentra a unos minutos a pie.
De camino, pregunto a Carmen por sus planes y ésta me comenta que lo primero que
hará es preparar un viajecito con su “maridito”. Él aún trabaja, pero lo ha convencido
para pedir un mes de permiso sin sueldo que unirá a sus días de vacaciones. Se irán los
dos a celebrarlo a Meloneras, en Gran Canaria, donde hace un par de años, ya con
vistas a la jubilación, adquirieron una bonita casa.
—¡Eso es estupendo!, yo adoro Lajares, al norte de Fuerteventura —le digo—. Está a
tiro de piedra de Meloneras.
—A golpe de Ferry, cierto —contesta Carmen—, me encantan el sol y la playa. En
cuanto “mi costilla” se jubile vendré a Gijón sólo de visita y en verano.
—¿Cuánto tiempo lleváis casados, Carmen? —pregunto, con sincera curiosidad y un
poco de envidia.
—Pues la friolera de cuarenta y cuatro años, cielo —me contesta, sonriente—, me
casé con diecinueve.
—¡Cuarenta y cuatro años! —me admiro—. Envidio el modo en que hablas de él,
aunque no lo hagas a menudo.
—Lo quiero más que el primer día, Soledad —me dice—. El tiempo no es poco,
mucho o demasiado, lo importante es hacer que cada momento valga la pena.
No puedo evitar acordarme de Marieta y su marido Antonio y de cómo actuó Carmen
para que pudieran permanecer juntos en urgencias a pesar de las normas y los
protocolos.
—No sé si es muy apropiado preguntarte esto, Carmen —tanteo— ¿Tienes hijos?
—Tuvimos un hijo y ahora tenemos un ángel —contesta, con una especie de tristeza
tranquila—. Murió a los nueve años en un accidente de coche.
—¡Oh! Carmen, lo siento —digo avergonzada—, no debí preguntar.
—No te preocupes, es noche de confesiones —me dice guiñando un ojo—. Hace
mucho tiempo de eso y lo he superado, ambos lo hemos hecho y nos ha unido más, si
cabe.
—¡Lo admito! Me encantaría tomarme un vino con ese hombre tuyo —le digo—,
parece el tipo perfecto.
—Está muy lejos de la perfección niña, pero es el hombre que quiero —responde,
riendo—. Lo he invitado a que nos acompañe.
Sin darnos cuenta hemos llegado a La Venta y de espaldas a nosotras, acodado en la
barra, puedo ver una figura familiar. Anchas espaldas, pelo canoso y abundante… Me
voy a girar para susurrarle a Carmen que el Bulldog está allí mismo, cuando éste se
vuelve hacia nosotras con una sonrisa amplia y relajada, un gesto que nunca le había
visto antes. Entonces, Alfonso Olay, me saluda con un beso en cada mejilla, para a
continuación sostener a Carmen por la cintura y acercar sus labios a los de ella.
—Señoras, las estaba esperando —dice, conduciéndonos hacia una mesa y
retirándole la silla a su esposa—, están bellísimas esta noche.
—¡Alfonso! —exclamo, sin poder contenerme, mientras veo a Carmen reír divertida.
—Celebro que haya dejado de ser el Bulldog, aunque sólo sea durante esta noche…
—¿Cómo?, yo… —tartamudeo un poco, como cuando me sorprendían copiando en
clase de la señorita Cecilia.
—¡Al! —ataja Carmen—. No seas picotero. Tú ni caso, Sole, se está aprovechando y
quiere ir de protagonista, como los niños, pero hoy celebramos que YO me jubilo.
Durante la cena, se hace evidente la complicidad entre la pareja. Al principio, me
cuesta un poco entablar conversación en la misma línea que Carmen y yo llevábamos
antes de estar Olay presente —“Nunca habría adivinado que fueran un matrimonio”—,
pero Carmen se encarga de romper el hielo. Me cuenta, sin tapujos, que no soporta los
ladridos ni las prisas del Bulldog, pero adora los bizcochos y los masajes de Alfonso,
por lo que es fácil establecer parcelas y separar ambas.
Ahora comprendo que la enfermera no haya dejado urgencias, aunque se vea obligada
a coincidir con su marido. Ambos diferencian sin dificultad su vida privada y laboral,
pudiendo a cambio organizar turnos y guardias, para reunir días de vacaciones y
descansos en común.
Me cuentan que adoran viajar y pienso en que ése sea quizá uno de los motivos de
que tengan una mente tan abierta, aunque no lo pensara del cojo gruñón que he
conocido hasta hoy. El Alfonso de esta noche es atento, empático e incluso divertido.
Tras una botella de vino y dando un repaso a nuestras vidas, me entero de que la
cojera de Olay es una secuela del accidente que mucho tiempo atrás se llevó a su hijo,
algo que durante años fue un recuerdo constante del horror y que ahora no es más que
una especie de bendición, una forma de mantener presente al fruto de su amor, el ángel
que Carmen, atea hasta entonces, está segura de que les acompaña y les mantiene
unidos. Sin previo aviso, siento una oleada de afecto hacia los dos e intuyo que, de una
manera u otra, van a estar más presentes en mi vida a partir de hoy.
SÉPTIMO DÍA
Gijón, 29 de Febrero de 2012
L
levo media hora despierta y aún no han dado las siete de la mañana. Sin
embargo, las cinco horas escasas que he dormido han sido plácidas y suficientes.
Me encuentro llena de energía, animada y con ganas de afrontar el nuevo día.
Apuro mi tercer café mientras repaso la agradable velada de la noche anterior. Hoy es
la última vez que coincidiré con Carmen en el hospital y sé que la van a tener toda la
mañana acaparada. Casi no podré disfrutar de su compañía, pero ya no siento esa
sensación de abandono que me acuciaba al pensar que la perdería para siempre,
porque sé que ambas pondremos de nuestra parte para mantener el contacto.
Quiero sacar partido al madrugón y calculo que, si me doy prisa en salir de casa,
podré subir a la cuarta antes del cambio y hablar con Isabel un momento. Me pongo los
tejanos grises, la camiseta de Los Ramones y una sudadera de algodón bajo la
cazadora de cuero.
Mientras me ato las Converse, recuerdo que como en casa de mi madre y, si de algo
estoy segura, es de que a ésta no le va a hacer ninguna gracia mi indumentaria.
Teniendo en cuenta el tema que pienso tratar en la mesa, hoy me convendría tenerla
contenta y aún estoy a tiempo de cambiarme de ropa pero, si confío en que pueda
aceptar mi sexualidad, bien puede hacerlo extensivo a mi armario. Cojo las llaves
decidida, me calo el gorro de lana negro y salgo por la puerta.
A las siete y veinte ya estoy aparcada y encaminándome hacia el área de personal.
Decido pasar por los vestuarios antes de subir a ver a Isa porque con el pijama clínico y
la identificación, no tendré que dar explicaciones al pasearme fuera del horario de visitas
por el área de ingreso. Además, así también será más rápido dar el cambio en cuanto
regrese a urgencias. Como aún es temprano y esto está desierto, enseguida estoy
subiendo las escaleras —hoy empiezo la Operación pantaloncitos verde lima— hacia la
cuarta planta.
Al llegar me encuentro a Isabel en la sala de descanso, repantigada en el destartalado
sofá, con la tablet en una mano y un café en la otra.
—¡Buenos días Isa! —la saludo, animada.
—¡Caray, qué sorpresa! —contesta—, ¿café?
—Sí, gracias —En la planta de Isa, han comprado una cafetera de cápsulas y cada
uno se encarga de llevar las suyas, nada que ver con esas máquinas expendedoras de
laxante con aroma a torrefacto que se pueden encontrar en los pasillos—. Seguro que
tienes un cremoso ristretto para mí.
—Por supuesto, ¡marchando un ristretto doble que, sospecho, será el tercero de la
mañana!
—Te equivocas, es el cuarto —respondo con una sonrisa bobalicona y me arrepiento
nada más confesar.
—Te pasas con el café Sole, te pasas cantidad —Veo de reojo como sustituye mi
cápsula de ristretto por una de descafeinado y siento una oleada de cariño por ella, “no
diré nada”.
—Bueno, pues cuéntame —le digo—, ¿cómo va La Pija?
—Pues inexplicablemente bien. Ya tiene movilidad y sensibilidad en todos los
miembros, abre la boca, ni rastro de la urticaria…
—Vaya, ¿y de quién fue la idea de la miopatía? —pregunto, intrigada—, parece que
ha dado en el clavo.
—Ya —Isa tuerce un poco el gesto—. Me parece todo muy extraño Sole, aunque se
tratara de una miopatía, cosa que dudo, un par de días administrándole corticoides no
explican la desaparición de absolutamente todos los signos.
—Bueno, ¿y cómo lo explicas entonces? —pregunto, un poco extrañada pero, con la
certeza de que mi amiga no está convencida de que el caso de La Pija se haya resuelto.
—¡Y dale!, no tengo ninguna explicación, sólo lo intuyo —protesta—. No veo relación
entre una urticaria, un edema de glotis, parálisis, trismus, ptosis… Y luego, con una
dosis mínima de corticoides, desaparece todo.
—Muy normal no parece, la verdad —digo—. Anteayer, cuando me pasé por aquí,
estaba hecha polvo.
—Pues sí, y ¿sabes qué pasó al poco de irte? Que la tía montó un follón de miedo y
el personal auxiliar no sabía qué coño le estaba pasando porque no era capaz de hablar
ni escribir —me cuenta—. El caso es que esa misma noche empezó a mejorar y a lo
largo del día de ayer desaparecieron todos los signos de patología.
—Tienes razón Isa, todo esto es muy raro —le digo, mirando el reloj y apurando el
descafeinado disfrazado de droga dura—. Ahora me voy, quiero darle el cambio a Leo
para que pueda irse a casa.
—Vale, pero dime antes cómo estás, ayer te mandé un montón de mensajes y no me
contestaste.
—Bueno, contesté al primero y te dije que hablaríamos hoy, Isa —respondo—. La
verdad es que dormí toda la tarde y luego salí a cenar con Carmen para celebrar lo de
su jubilación. No estuve muy pendiente del teléfono.
—No pasa nada, te veo bien, no tienes ojeras y pareces animada —observa Isabel—.
¿Estoy en lo cierto o hay gato encerrado? Sole, sabes que puedes llamarme siempre
que quieras…
—Lo sé, Isa. Hoy voy a comer a casa de mis padres y quizá mañana pueda contarte
alguna novedad —le digo, guiñando un ojo—. Respecto a Laura, estoy triste pero
tranquila, intentando alegrarme por ella.
—De acuerdo Sole, cuídate y llámame si me necesitas, que tengas buena mañana.
—Gracias —me despido, dirigiéndome hacia la escalera.
A las ocho menos diez le doy el cambio a Leo, que parece cansado.
Tanto el tablón como las escasas carpetas encima del mostrador, indican que apenas
queda nada pendiente. Leonardo me ha pasado la historia de un hombre mayor, minero
retirado y con un enfisema, un habitual que parece haber tenido una una de sus crisis. Mi
compañero me informa de que lo tienen con mascarilla y evoluciona favorablemente.
Como la analítica no es preocupante, lo mandaré a casa en cuanto terminemos de
administrarle el broncodilatador.
Nada más que Leo se marcha aparece Olay, que ya se ha cambiado de ropa y me
acusa, con su tono habitual, de llegar hoy primero que otros días porque el joven
residente me cae bien y quiero liberarlo antes que a otros compañeros. Es curioso, pero
me tranquiliza el hecho de que sea el gilipollas de siempre y creo que, al igual que
Carmen, no me resultará difícil marcar la diferencia entre el Bulldog y Alfonso.
La mañana transcurre entre una fractura de fémur, un par de cortes bastante feos,
gastroenteritis, dos mujeres que se han puesto de parto… Por una de ellas me doy
cuenta de que es veintinueve de Febrero. Me hace gracia que la joven, de origen
haitiano, no quiera dar a luz a su retoño hoy afirmando, según me cuenta la ginecóloga,
que “lo condenará para siempre y se tratará de un ser cuya alma no evolucionará ni
madurará como las demás…” Hay que ver lo que nos pueden llegar a hacer los dolores
y las hormonas, parece mentira.
A las once y media me acerco a la cafetería a tomarme un pincho y una Coca Cola.
Voy a sentarme en una de las mesas reservadas para el personal, cuando veo a Valeria,
la amiga de La Pija, al otro lado del tabique de metacrilato que separa dos amplios
espacios. Me dirijo con la bandeja hacia su mesa y la saludo.
—Buenos días, ¿Valeria verdad?
—Buenos días —la pelirroja se incorpora y me saluda “le favorece el ligero rubor que
asoma en sus mejillas”—, no sabía que trabajaras aquí, pensé que el otro día estabas
visitando a una amiga.
—Y lo estaba —contesto—, ¿puedo sentarme?
—¡Claro!, qué mal educada —responde, un tanto azorada.
—La culpa es mía, ni siquiera me he presentado —le digo, tendiendo la mano—. Me
llamo Soledad Morales y fui quien atendió a tu amiga en urgencias la semana pasada.
—Doctora Morales, sí —responde, haciendo memoria—. Lo leí en los informes de
Sofi, es cierto. Has sido muy amable con ella y te lo agradezco. Sofía puede resultar
irritante, pero es mi amiga desde la infancia y, aunque a veces la mataría, no puedo
evitar cuidarla, entre otras cosas porque no sabe hacerlo sola.
—Vaya, tiene suerte de tenerte a su lado —observo, cruzando los dedos para que no
relacione mi apellido con el del jefe de servicio de medicina interna. No quiero quedar de
“niña de papá” con ella—, lo que estás haciendo por Sofía no lo haría cualquiera.
—Quiero pensar que, aunque quizá tuviese que aguantar unos cuantos comentarios
frívolos y protestas, ella también lo haría por mí —contesta, esbozando lo que me
parece una sonrisa triste—. Disponía de unos días libres del año pasado que aún no
había disfrutado y que tenía que coger, lo que me vino muy bien para poder
acompañarla.
—Tengo entendido que ha mejorado mucho —le digo—, supongo que no tardarán en
darle el alta.
—¡Esa es otra, no me hables! —dice, poniendo los ojos en blanco—. Resulta que hoy
es su cumpleaños y la señorita de Castro ha decidido que no quiere pasarlo en “un sitio
tan feo y con olor a pis”, por lo que ha solicitado el alta voluntaria.
—¡Pero si aún no han emitido un diagnóstico definitivo! —contesto, sin poder evitar reír
ante el gesto de desesperación de mi interlocutora, que se une a mí en una carcajada
escandalosa que parece molestar a las dos señoras de la mesa de al lado.
—Prefiero no pensar en ello, Soledad —contesta—. Yo ya le he dado mi opinión, pero
es una cabezota de armas tomar y sé que no tengo nada que hacer.
—Bueno, comprendo que sea un día importante para ella. Al fin y al cabo sólo
envejece un año cada cuatro —observo, recordando las palabras de la haitiana—.
Supongo que siendo año bisiesto va a ser complicado hacerla cambiar de opinión.
—¡Qué más quisiera Sofía que envejecer un año cada cuatro! —vuelve a reír—.
Espero que no te parezca mal que te lo diga, pero no me pega nada que trabajes aquí.
—Por supuesto que no me parece mal, a mí tampoco me pega —contesto con
sinceridad—, debería de estar escribiendo crónicas en una revista y trabajando en mi
tercera o cuarta novela.
—Yo soy bibliotecaria —responde, entusiasmada—. Cuenta conmigo para buscar la
documentación que necesites.
—Sólo me falta encontrar una buena historia y me pondré a ello —le digo, guiñando un
ojo—. Estoy pensando en hacer un viaje y puede que de ese modo, cambiando de aires,
encuentre alguna idea interesante.
Un bip procedente del teléfono de Valeria interrumpe nuestra conversación y ésta se
disculpa, mientras lee el mensaje con gesto de fastidio.
—Lo siento Soledad, es Sofía —me dice—. Quiere que suba a buscarla, y debo
hacerlo ya o es capaz de montar otro de sus numeritos.
—Claro, no te preocupes —contesto, pensando en lo atractiva que me resulta y
odiando a La Pija por tercera o cuarta vez en una semana—. Me alegra que todo haya
ido bien.
—Muchas gracias —responde, levantándose de la silla—. Pásate por la biblioteca
cuando quieras y te invitaré a un café, me ha encantado charlar contigo.
—¡Claro!, quizá lo haga —me despido—. La veo irse, contorneando unas caderas que
ya me hicieron mella el primer día que las vi en la playa, y la imagino rodeada de
libros…
Ya he dado buena cuenta del pincho de pollo y ahora, tras apurar el último trago de
Coca Cola, salgo de la cafetería para ponerme de nuevo manos a la obra.
Acabo de llegar a urgencias, cuando empiezo a escuchar voces y gritos alterados que
parecen filtrarse a través de la caja de los ascensores pero una enfermera me dice que
me esperan en boxes, por lo que me dirijo hacia allí sin conseguir enterarme del motivo
del follón.
En el box me encuentro a una anciana de cuerpo enclenque y pelo blanco pero muy
bien arreglado, que respira con dificultad y está desorientada. No tenemos historia
clínica porque no es capaz de aportar ningún dato y no lleva documentación alguna
encima. Viste un pantalón de algodón y un jersey de angora, ninguna otra prenda de
abrigo, de lo que deducimos que probablemente se haya escapado de su casa o de
alguna residencia de ancianos. La encontraron dos turistas a los que les extrañó verla
llorando sola, desabrigada y en zapatillas, así que nos la trajeron aquí “siempre la
misma historia, ¡qué vida ésta!”. Tras explorar a la anciana y comprobar que todo está
bien, cubro el informe y recomiendo dar parte a Servicios Sociales, aunque seguro que
en poco tiempo alguien la reclamará y no será necesario el trámite.
De camino al mostrador, me encuentro a Dolores, la corpulenta compañera de
Carmen.
—Hola Lola, se jubila nuestra Carmen, ¿eh? —la saludo—, vamos a echarla de
menos.
—¡Ya lo creo que sí! —contesta—. Esto no va a ser lo mismo sin ella. No puedo
imaginarlo.
—Por cierto, ¿sabes el motivo de tanto movimiento en el área de acceso a
hospitalización? —le pregunto.
—¿No te has enterado? Parece que alguien la ha palmado justo mientras salía por la
puerta del hospital —contesta—. ¡Dicen que acababan de darle el alta!
—¡Joder!
—Imagínate el follón, en pleno vestíbulo —me sigue contando—. Ahora supongo que
estarán con el levantamiento del cadáver y toda la pesca. En la puerta principal y con
todo el mundo pasando por allí.
—Pues tal y como está la cosa, verás los titulares de mañana sobre la ineficacia de la
sanidad —contesto—. Bueno Lola, sigo trabajando. Si ves a Carmen por ahí dale un
tirón de orejas de mi parte, no le he visto el pelo en toda la mañana.
—Se lo diré —contesta la enfermera—, aunque creo que la culpa es nuestra, que no la
estamos dejando mover un dedo y la tenemos medio secuestrada en el área de
personal.
Cuando pasan unos minutos de la una y media, me acerco un momento a la impresora
para ver si tengo algo y oigo a mi espalda unos pasos apurados.
—¡Sole, Sole! —me llama Carmen, que se acerca casi a la carrera.
—Vaya —respondo, girándome—, parece que Lola te ha dado el recadito.
—¿Lola? No he visto a Lola desde hace un buen rato, niña —responde, azorada—,
pero no te vas a creer lo que tengo que contarte.
—¡Caray, Carmen! —le digo—, suéltalo ya. Me estás poniendo nerviosa.
—De acuerdo, ¿te has enterado de la que hay montada en el vestíbulo? —me
pregunta.
—Más o menos. Lo que sé es que un paciente al que acababan de dar el alta la palmó
justo mientras salía por la puerta principal… —respondo—. Imagina los titulares de
mañana: —“Le dan el alta y la palma a la puerta del hospital”.
—Ya, sólo que no es “un” paciente sino “una” y no le han dado el alta exactamente…
—¡La Pija! —La certeza me asalta de inmediato. Pienso en Valeria, en Isa, en mi
padre y finalmente y de modo inconsciente y absurdo, en la haitiana.
—Tú lo has dicho —responde Carmen—. Menuda despedida, ¿eh?
Instintivamente, meto la mano en el bolso de la bata para buscar mi teléfono y veo un
montón de mensajes y llamadas perdidas de mi padre y de Isa. Seguro que papá ha
intentado avisarme en cuanto lo supo. Isabel, aunque no esté ahora en el hospital, se
habrá enterado por él o por cualquier otro miembro del equipo.
—Esto es rarísimo Carmen —le digo a la enfermera, que permanece a mi lado sin
poder dar crédito a la noticia—. He quedado para comer en casa de mis padres, así que
veré de qué me puedo enterar. Tú disfruta del día y olvídate de esto, yo me
comprometo a mantenerte informada.
—De acuerdo Sole, no dejes de hacerlo —me dice—, no me gusta nada esta historia
y querría saber cómo acaba.
—No te discuto que es todo muy raro, desde luego —le respondo—. Ahora lárgate o
no tardarán en volver a buscarte para que rompas una piñata o metas billetes en el
tanga de algún boy.
—¡Lo que me faltaba, niña! —ríe, mientras se dirige a la sala de personal.
Son las tres menos cuarto y no tengo más noticias de papá o de Isa. Ésta última tiene
el teléfono apagado o fuera de cobertura y papá no me lo coge, así que espero nerviosa
a que el imbécil de Tomás llegue, para darle el cambio y poder subir a la cuarta y
enterarme de lo ocurrido con la amiga de Valeria.
—Hola hija, ¿cómo va todo? —escucho a mi padre, que se me ha adelantado y parece
más cansado de lo habitual—. Acabo de ver que has devuelto mis llamadas pero ya
venía de camino. Hoy ha sido un día duro, supongo que te habrás enterado…
—Más o menos —respondo, dándole un corto abrazo—, Carmen me ha contado lo
poco que sabe, no tenemos mucha información aquí abajo.
—No creas que yo tengo mucha más, Bolita —responde, suspirando—. Ya sabes que
Sofía de Castro era una paciente un poco “especial”…
—El que esté muerta no quiere decir que no fuera una rompehuevos papá —atajo, al
ver a mi padre afectado por culpa de una egocéntrica que no quiso esperar un par de
días a que le dieran el alta—, cada cosa por su nombre. Pero sigue, ¿qué pasó
exactamente?
—Bueno, pues como te decía, el especial carácter de nuestra paciente hizo que
insistiera en irse a casa porque ya se encontraba bien —continúa—. El caso es que
ninguno de nosotros estábamos muy conformes con el diagnóstico, especialmente
Isabel, y aún faltaban los resultados de un par de pruebas complementarias.
—Por eso os negasteis a darle de alta y ella pidió la voluntaria —termino la explicación
de mi padre, matizando la última parte de la frase, para que vea que no tiene
responsabilidad alguna—. Me encontré a su amiga en la cafetería poco antes de que
sucediera todo y me lo contó, precisamente iba a recogerla.
—Pues ya sabes lo mismo que yo, Sole —contesta mi padre—. Se marchó sin haber
presentado más signos de patología y al parecer, al llegar al vestíbulo, mientras su
amiga le sostenía la puerta, calló fulminada a sus pies.
—¡Joder! —Pienso en Valeria, que lo tiene que estar pasando fatal, y se me hace un
nudo en el estómago.
En ese momento llega Tomás, tan estirado como siempre y con su habitual gesto de
amargado. Como estoy acompañada de mi padre, no me regala ninguno de sus
comentarios y se limita a preguntar si hay algo que deba saber.
—Nada de momento Tomás, todo controlado —le contesto con una sonrisa, sin hacer
comentario alguno respecto a que pasan cinco minutos de las tres, algo que si fuera al
contrario merecería una dura crítica por su parte—, que tengas buena tarde.
Mi padre, que parece pensativo, me sigue en dirección a la zona de personal.
—Papá —le digo—, he venido en coche así que si quieres irte podemos vernos en
casa.
—De acuerdo —contesta—, pero antes veré si puedo enterarme de cuándo van a
practicarle la autopsia. Necesito saber que no hemos cometido un error.
—Supongo que se pondrán con ella esta tarde y, si es así, me pasaré después de
comer para ver qué puedo averiguar —le digo, cogiéndolo suavemente del brazo—. Te
llamaré con lo que me cuenten pero sea lo que sea, recuerda que no has firmado el alta
de esa mujer, ni tú ni ningún miembro de tu equipo.
—Lo sé, hija —contesta, sonriendo—, y también sé que llevas mi apellido y has sido la
primera en atenderla, por lo que no me cabe duda de que acabarás conociendo la
respuesta a tanto interrogante.
—Nos vemos en casa.
Llego a casa de mis padres a las tres y media y veo el audi de papá aparcado frente
a los rosales, que mi madre parece haber podado recientemente.
Con todo el lío de La Pija, apenas me ha dado tiempo a pensar cómo voy a abordar el
tema que me preocupa, pero creo que eso es bueno. Son mis padres, no tengo que
preparar ningún guión, sólo explicarles lo que me pasa, aquello que me entristece, lo que
me hace feliz e infeliz…
Me bajo del coche y respiro profundo, pienso que huele a invierno y a humedad, a
catiuscas sobre los charcos y tardes en el horreo.
Antes de entrar, me limpio las Converse sobre el felpudo y hago un ejercicio de
autoconvicción, “lo hecho, hecho está y si no has tenido esta conversación antes la
tendrás ahora, no pienses en lo que pudo haber sido, haz que suceda a partir de este
momento”.
Gijón, 15 de Mayo de 1999
El funeral había estado marcado por el protocolo, la buena educación y el saber
estar, todo lo contrario de lo que mi padrino hubiese querido. El tío Enrique amaba
Asturias, Gijón, la lluvia… pero siempre había necesitado aire, aire con olor a salitre
sí, pero no necesariamente el que respirábamos en su ciudad natal.
Él era el único adulto bien recibido en mi horreo. Allí había compartido conmigo sus
historias y me había confesado —el día que me regaló la preciosa manta de colores—,
que igual que los peces no podían vivir fuera del agua, él tampoco sobreviviría atado a
un único lugar. Por aquel entonces le habían ofrecido un fabuloso destino en tierra que
él, por descontado, había rechazado sin valorarlo siquiera. Yo era la única que lo
sabía, a su hermano y a su cuñada les gustaba pensar que se mantenía lejos de casa
porque su trabajo le obligaba a hacerlo.
En alguna conversación con sus amigos, cuando mi madre soltaba la clásica frase
de: —“Pobre Enrique, todo el día de aquí para allá, así es imposible que forme una
familia…”, yo sonreía y callaba.
No podía apartar la vista de aquel cajón de madera tallada en cuyo interior yacía mi
tío, un pez fuera del agua. Estaba agotada y destrozada por la tristeza de imaginar su
cráneo deformado por una maldita grúa. Sentía pena por ver a mi padre, afectado
como estaba, teniendo que alargar la mano a todos aquellos representantes de la
naviera que habían acudido a hacer acto de presencia con sus trajes de buen corte.
Para colmo, aún faltaba darle sepultura, saldríamos de la iglesia y avanzaríamos todos
en comitiva hasta el cementerio, donde nos esperaba la cripta familiar.
Sus antepasados lo recibirían con todos los honores, pero nadie parecía darse
cuenta de que no era aquello lo que mi tío habría deseado. A Enrique le hubiera
gustado ser incinerado y que sus cenizas fueran arrojadas al mar pero al igual que su
sobrina, había antepuesto el bienestar y la tranquilidad de su familia a la suya propia.
No podía negarse a “recibir cristiana sepultura en la cripta familiar” y por ello no había
puesto su deseo por escrito. Tan sólo las paredes de mi horreo guardaban el secreto,
una confesión que mi tío me había hecho, como si se tratase de un negro presagio,
antes de partir hacia su último destino.
El día que yo le conté mi secreto, antes incluso de confesárselo a Isabel, él escuchó
como solía hacer, me acarició el cabello y me dijo que todo hombre y toda mujer
merecía ser feliz. Ese día, ambos resolvimos que no importaba lo que hicieran con
nuestro cuerpo mortal, estábamos seguros de que la energía estaba ahí, y Enrique
prometió que su espíritu me visitaría entre aquellas cuatro paredes y cuidaría de mí.
Yo sabía que como buen marino no pasaría mucho tiempo en tierra y así se lo hice
saber, pero me conformaba con una visita de cortesía cada tres o cuatro meses.
Ambos reímos y así es como quería recordarle.
Habíamos llegado al cementerio y el grupo de asistentes se había reducido a un
puñado de familiares lejanos y amigos. Tras la Encomendación, justo antes de
proceder a cerrar la cripta, me adelanté y pedí la palabra al sacerdote.
—Tan sólo me gustaría despedir brevemente a mi tío Enrique, padrino, confidente y
amigo y hacerle saber que siento muchísimo que este cementerio no se encuentre
más cerca del mar —comencé, tragando saliva y evitando mirar directamente a mi
padre, por miedo a no ser capaz de contener las lágrimas—. Sabes que siempre te
llevaré conmigo, mantén tu promesa de visitarme de vez en cuando y recuerda la frase
de Jacinto Benavente que tanto hemos analizado tú y yo: —“La vida es como un viaje
por la mar: hay días de calma y días de borrasca; lo importante es ser buen capitán de
nuestro barco”.
Comenzó a llover en cuanto salimos del cementerio y mi padre se puso a mi lado,
sosteniendo el paraguas con una mano y apretando mi hombro con la otra. Así, muy
juntos y en un silencio compartido, llegamos al coche y nos dirigimos a casa. Dos
semanas después, por orden suya, la frase del dramaturgo madrileño recordaría, en el
interior de nuestra cripta, que mi tío Enrique había sabido mantener el rumbo, su
propio rumbo hasta el final.
A
l entrar en casa de mis padres, un delicioso aroma a morcilla y lacón me da la
bienvenida. “Esto pinta mejor que la pizza y las galletitas saladas”.
—¡Qué bien huele! —saludo, animada, mientras entro a la cocina y abrazo a mi
madre—. Creo que esta afición tuya por los fogones es la que más me gusta de todas,
espero que no sea algo temporal.
—No lo será —responde, sonriendo y sin poder ocultar que se siente halagada—, más
aún teniendo en cuenta que es el único de mis hobbies que pareces valorar.
—Es que se te da muy bien, mami —sigo haciéndole un poco la pelota—. No cocinas
como Rosa, pero casi.
—¡Ay, Rosa! —exclama poniendo los ojos en blanco—. Todos la echamos de menos y
prometo no celarme de ese comentario, hija. Vamos, vete al despacho de tu padre y dile
que se siente a la mesa, no sé que hace allí metido.
Aunque sé que quería mucho a Rosa, la humildad de la Señora Perfección ante mi
observación me pilla por sorpresa. Recuerdo perfectamente el día que su asistenta nos
dijo que regresaba a Uruguay para cuidar de sus nietos y disfrutar de su familia. Era
muy difícil imaginar la vida sin ella y de hecho, aún nos manteníamos en contacto, y en
todos los buenos recuerdos de mi infancia tenía un papel aquella mujer.
Me dirijo al despacho y justo cuando voy a llamar, sale mi padre con una carpeta bajo
del brazo.
—Hola hija —saluda—, supongo que tu madre estará impaciente, se ha hecho
bastante tarde.
—Así es. ¿Es eso lo que creo que es? —pregunto, mirando hacia la carpeta—,
¿cómo se te ocurre sacarla del hospital, papá, y si el forense pide consultarla hoy?
—Sole, no estoy tan viejo —responde mi padre, torciendo un poco el gesto mientras
ambos caminamos hacia la cocina—. No es la historia clínica original, es una copia y
confío en tu discreción… Estoy seguro de que te será útil y la destruirás en cuanto se
aclare el asunto.
—De acuerdo, tienes razón —le digo, emocionada por el misterio que parece
esconderse tras el caso de La Pija, pero un poco nerviosa por el hecho de ver a mi
padre saltarse a la torera las normas de confidencialidad del paciente—. ¿Sabes algo
nuevo?
—Sólo que el cuerpo está en el sótano del hospital y que ya le han asignado forense
—me informa—, pero no sé quien es. Según me han dicho, querían ponerse con ella lo
antes posible.
—OK —respondo—. Después de comer y tomar el café me pasaré por el hospital a
ver si me entero de algo. Con un poco de suerte, igual se encarga ese tío tan majo que
fue alumno tuyo, ¿cómo se llamaba?
—Joaquín —contesta mi padre—. Yo también lo he pensado y tendríamos suerte si
así fuera, es el mejor.
—¡Ay Joaquín! —interviene mi madre, poniendo la fuente del compango con el
tradicional lacón, la deliciosa morcilla y el chorizo, en el centro de la mesa—. ¡Ese sí que
habría sido un buen partido para nuestra Isabel!
—¡Mamá! —protesto, aunque me abstengo de continuar discutiendo.
—Es verdad hija, y creo recordar que es muy guapo —continúa.
—Y mucho mayor que Isa también —contesto, para zanjar el tema.
—¡Bah!, bobadas —insiste, mientras me sirve una buena ración de fabada—. ¿Y tú
qué, cuando nos vas a presentar a un chico apuesto al que le gusten esas alpargatas
desgastadas y cazadoras de rockero que traes?
—Bueno mamá —comienzo, respirando profundo y prometiéndome que seré paciente
y que asumiré cualquier respuesta—, precisamente de eso quería hablaros hoy…
La reacción de mis padres es mucho mejor de lo que yo esperaba. Tras exponerles mi
situación con toda sinceridad, confesándoles incluso mi relación con Laura y mi deseo de
escribir, aunque sin insistir demasiado en el rechazo que siento por la medicina,
comprendo que tanto Isa como Carmen tenían razón y que ambos lo sabían.
No hay gritos ni lágrimas, incluso parecemos más una familia. No sabría explicarlo,
pero la única diferencia entre ésta y cualquier otra de nuestras comidas habituales, es
que hoy la conversación no es banal y no siento deseos de echar a correr nada más
terminar.
Me siento a gusto, arropada, y al contrario de lo que pensaba en un principio, entre
estas paredes no necesito defenderme.
Mi madre parece un poco preocupada por el hecho de tener que dar explicaciones a
sus amigas, pero eso ya me lo esperaba y aunque le digo que no tiene porqué hacerlo
—como si a esas cotillas les incumbiera mi vida sentimental—, sé que será un trago
difícil para ella.
No puedo evitar sonreír cuando, mientras llena mi tazón con una generosa ración de
arroz con leche, me recomienda que, dada mi condición sexual, cambie ligeramente de
indumentaria. Escuchar a mi madre hablar en esos términos me hace mucha gracia y
puesto que sé el trabajo que le cuesta hablar de ello conmigo, intento mostrarme
sonriente y comprensiva, pero también firme.
—Mamá, la forma de vestir y el estilo, como los gestos, las acciones o la manera de
hablar, es lo que hacen al individuo —intento razonar—. Aunque saliera con chicos, no
dejarían de gustarme las Converse o las cazadoras de cuero.
—¡Ay hija!, no sé…
—Si se me permite decir algo —interviene mi padre, con una sonrisa cómplice—,
Laura siempre me cayó bien y habría sido mucho mejor partido que ese sinvergüenza de
Edu.
—¡Papá! —exclamo, divertida—, deja a Isa que salga con quien quiera. Respecto a
Laura, es agua pasada pero tienes razón, habría sido un buen partido.
Después de comer, ayudo a mi madre a recoger y a meterlo todo en el lavavajillas
mientras mi padre prepara el café. Hoy, excepcionalmente, lo comparte con nosotras y
sin darnos cuenta han dado las seis de la tarde.
Mi madre ha quedado con unas amigas para ir al centro, así que se despide dando un
beso en los labios a mi padre y demorándose en mis mejillas un poco más de lo habitual.
Yo la abrazo brevemente y ambas sabemos que no es necesario decir nada más.
Hacía tiempo que no me sentía tan bien, sin cargas ni secretos. Al quedarnos solos,
mi padre me mira a los ojos y, cogiendo mis manos entre las suyas, me dice que está
orgulloso de mí. Sólo eso, una frase que provoca que unas lágrimas delatoras asomen a
mis ojos. Le digo que voy un momento al baño, me lavo la cara y vuelvo a sentarme
frente a él, que sostiene el duplicado de la historia de La Pija entre las manos.
Cuando llego de nuevo al hospital son las siete de la tarde y aunque ha parado de
llover, el aparcamiento está lleno de charcos.
Decido no sacar la carpeta del coche por si alguien me la ve o la olvido en algún sitio.
Entro por la puerta principal, me dirijo hacia los ascensores y bajo hasta el segundo
sótano, donde sólo se encuentra el mortuorio, la lavandería y un antiguo almacén
recientemente reconvertido en sala de autopsias provisional.
Llamo tres veces, agudizo un poco el oído y puedo oír el ruido de pasos acercándose.
Me abre la puerta un hombre de unos cuarenta y pico años, alto y con el pelo
sospechosamente negro. “Este Joaquín… no hay nada más ridículo que un tío que se
tiña las canas”.
—¡Joaquín, te la han asignado a ti! —exclamo, aliviada y pensando en la suerte que he
tenido de que sea él quien se ocupe del caso—. No sabes quién soy, ¿verdad?
—Pues… —contesta mi interlocutor, con gesto de duda— ¡claro! eres la hija del
doctor Morales, ahora caigo. Perdona… ¿Soledad?, te llamabas Soledad, ¿no es así?
—Así es, me llamaba y aún me llamo —añado, guiñando un ojo—. Veo que tienes
buena memoria, aunque seguro que te acordarás mejor de Isabel Coronas.
—Jajajaja, Isa, Isa, inolvidable —ríe, seguramente recordando su cita, años atrás—.
Tengo entendido que ambas trabajáis aquí ahora, pero supongo que no habrás venido
sólo a saludar.
—No, la verdad es que no sabía si te habrían asignado a ti el caso de La Pij… de
Sofía de Castro. Estoy interesada en ella y he decidido probar suerte.
—Pues sí, me ha tocado a mí “el muerto”, en este caso “la muerta” y créeme que no
estoy lo que se dice saltando de alegría —contesta, con un extraño tono en la voz que
activa mi alarma interior.
—Te has puesto muy serio de repente Joaquín, ¿qué es lo que pasa? —pregunto,
preocupada y sin poder quitar los ojos del cadáver de La Pija.
—¿Por qué no empiezas tú, contándome quién era la Barbie castaña y por qué carajo
se ha convertido en el primer “Expediente X” de toda mi carrera?
Aún estamos al lado de la puerta, el uno frente al otro, estudiando nuestras
respectivas reacciones. No tengo la menor duda de que el forense está preocupado y,
conociendo su reputación y las circunstancias que rodean el caso de La Pija, no es algo
que resulte muy tranquilizador.
—De acuerdo —le digo—, ¿por qué no me ofreces una silla y te cuento lo que sé
sobre La Pija de la sala de autopsias?
—¿La Pija de la sala de autopsias? —pregunta, frunciendo el ceño pero un poco más
relajado, mientras me conduce frente a la meseta de acero inoxidable y me acerca un
taburete.
Le explico que Sofía de Castro Doe empezó a ser conocida en urgencias como La Pija
del tercer box y las circunstancias que la hicieron convertirse en La Pija de la
cuatrocientos veintiuno, hasta finalizar su periplo por nuestro hospital aquí mismo, a
nuestro lado, como La Pija de la sala de autopsias.
—Son como piezas de diferentes rompecabezas —observa, tras escuchar mi
narración—. Nada tiene sentido.
—Lo sé, parece una serie de patologías aisladas y sin ninguna relación —contesto—.
Desde el principio, a Isabel no la convenció lo de la miopatía y esta misma mañana,
cuando hablé con ella, seguía sospechando que la desaparición de los signos clínicos no
tenía relación con la administración de los corticoides.
—Pues el resultado de la autopsia no va a ser precisamente esclarecedor —añade
Joaquín—, más bien todo lo contrario. Ni siquiera sé cómo explicar lo que he
encontrado.
—¿Por qué no empiezas contándomelo a mí, Joaquín?
A medida que el forense habla, el caso de La Pija se vuelve más incomprensible para
mí. Lo que mi interlocutor afirma haber encontrado no es extraño o inquietante sino
simplemente imposible.
Me cuenta que, cuando comenzó a hacer la autopsia siguiendo el procedimiento
habitual, todo parecía normal.
Fue pesando cada órgano, uno a uno y tomó las típicas muestras de fluidos que en
unos minutos metería en la centrifugadora. El peso de todos los órganos entraba dentro
de los parámetros habituales y nada indicaba que hubiese algo extraño, salvo quizás una
ligera tonalidad violácea en los riñones y el cerebro.
Cuando Joaquín llegó al corazón, tampoco vio nada llamativo salvo el mismo tono
violeta. A esas alturas, casi estaba tentado a echar la culpa de la alteración del color a
la vieja lampara de quirófano que le habían instalado provisionalmente, pero pronto
comprobó que no tenía nada que ver.
Al realizar algunos cortes seriados en las arterias coronarias, la cosa se había ido
complicando porque a medida que profundizaba en cada corte, el violeta era cada vez
menos azul y cada vez más negro, hasta que se encontró con “eso”.
En una autopsia como aquella, no era de extrañar toparse, en la aorta, el clásico
trombo hialino agónico organizado, de color rojo rosado, con la típica superficie brillante
y aspecto fibroso… Pero lo que el forense había encontrado era radicalmente distinto.
Se trataba de un tapón negro y denso como el alquitrán que, como no tardó en
averiguar, ¡era tinta! Ni plaquetas, ni fibrina, ni sangre, sino destilados del petróleo,
tanino, sulfatos y a saber cuántas porquerías más, precipitadas en un tapón mortal.
—¡Joder, Joaquín! —exclamo, abriendo mucho la boca y sin poder cotenerme.
—La piel, como puedes ver desde aquí —me dice, en un inútil intento de darle sentido
—, también tiene un tono ligeramente azulado y extrañamente uniforme. Sería
absolutamente normal en las nalgas, espalda y parte posterior de las piernas, como
efecto de la gravedad y debido a que está tumbada boca arriba, pero todo el cuerpo…
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
—¡Buena pregunta!
Me cuenta que, cuando se dispuso a meter los tubos de sangre en la centrifugadora
para su análisis, la sospecha de que por las venas de La Pija corría tinta tan negra
como inexplicable, se vio corroborada.
En el tiempo que había transcurrido desde la toma de la muestra, la sangre había
precipitado, separando el plasma y dejándolo, como ocurre habitualmente, suspendido
en la parte superior del tubo. Lo que no era tan habitual era que, en lugar del
característico amarillo traslúcido, aquel líquido viscoso que parecía retarlo desde la
meseta, fuera de un color azul oscuro, casi negro.
—¡No puede ser, Joaquín! —exclamo, subiendo la voz un poco más de lo que hubiera
querido—, ¿tomaste más muestras? ¿Seguro que es tinta?
—Tomé más de una muestra. Llevo toda la tarde metiendo tubos en la puñetera
centrifugadora—exclama, un tanto irritado y con gesto de impotencia—, y el resultado es
siempre el mismo, un porcentaje muy significativo de violeta de metilo y metil benceno en
sangre.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto, bloqueada—, ¿cómo han podido llegar
esas substancias a su torrente sanguíneo?
—Para tu segunda pregunta no tengo respuesta —contesta— y para la primera, sólo
una, tan inexplicable como evidente, La Pija de la sala de autopsias ha muerto a manos
de un montón de tinta, una cantidad enorme de tinta para pluma.
Pasamos la siguiente media hora intentando buscar explicación a lo que parece no
tenerla. Joaquín se muestra vencido, superado por una situación que no controla.
Si alguien hubiera tratado de envenenar a La Pija, tendríamos que haber visto algo que
nos pusiera alerta en urgencias o en planta, pero ninguno de los signos que Sofía ha
presentado la última semana apuntaba a tal conclusión. Además, Joaquín fijó la hora de
la muerte a las doce de esta misma mañana y sé que mi padre la vio cinco minutos
antes y su aspecto era bueno, ¿cómo es posible que muera envenenada en lo que tardó
en bajar el ascensor y llegar a la puerta? “Además, va a morirse hoy, cuando todos sus
signos han desaparecido. ¡Esto es una locura!”
Pienso que Valeria puede haber visto algo que nos resulte útil y valoro la posibilidad de
ponerme en contacto con ella —nos dejó su teléfono de contacto y lo he visto en la copia
de la historia—. Fantaseo con la idea de tener una excusa para poder verla e
inmediatamente me avergüenzo un poco de utilizar una situación como ésta.
—Joaquín —le digo, impotente—, no sé que pensar. ¿Cuándo emitirás el informe
definitivo?
—No lo sé Soledad —contesta, pasándose la mano por la abundante mata de pelo y
mordiéndose el labio inferior—. Esta tía la palmó de un infarto, sin duda, pero la causa
de que su patata haya dejado de funcionar ya es otra historia…
—Ya… —No creo que encuentre explicación al caso de La Pija pero no se lo digo
porque lo veo preocupado y nervioso—. Muchas gracias por compartir la información
conmigo Joaquín, ahora debo irme.
—Claro. Soledad… No es necesario que te diga que lo que hemos hablado hoy aquí
es estrictamente confidencial, ¿verdad?
—La duda ofende, Joaquín. Soy una tumba.
Salgo de allí aún más confusa de lo que entré y me dirijo de nuevo hacia los
ascensores.
Trabajar siete mañanas seguidas tiene sus ventajas, me espera un descanso de
cuatro días que me vendrá mejor que bien. Miro el teléfono para ver si tengo algún
mensaje y, además de comprobar que no hay cobertura, veo que ya son las ocho.
Dos plantas más arriba, a la altura del suelo, el ascensor se detiene y entra Roberto,
con un par de historias en la mano.
—¡Soledad! —saluda—. No pensaba verte hasta la semana que viene.
—Ni me verás —contesto al enfermero, mientras salgo al vestíbulo—, sólo me he
pasado un momento a ver a un amigo.
—Pues ya que te veo —dice, poniendo la mano sobre la célula fotoeléctrica para que
la puerta no se cierre—, te comento que han dejado en el mostrador de admisión de
urgencias un sobre bastante grueso para ti.
—¿Un sobre?, muchas gracias por avisarme, Roberto —contesto—. Quizá me pase
ahora. Pero no te preocupes y sube. Cogeré otro ascensor, que a estas horas no hay
problema de esperas.
—De acuerdo Sole, disfruta del descanso —se despide.
Urgencias está sólo una planta más abajo así que, pensando en la fabada de hace
unas horas, me decido por las escaleras y cruzo los dedos para no encontrarme con el
déspota de mi compañero.
Al acceder desde la zona de personal, tengo que recorrer todo el pasillo hasta el
mostrador de admisiones, que está justo en la entrada que lleva a la calle, un nivel por
debajo de la salida principal. Consigo llegar sin encontrarme con el idiota de Tomás, por
lo que respiro aliviada mientras espero a que los administrativos atiendan a un par de
pacientes.
—Buenas tardes —saludo a una mujer joven y de rostro amable con la que no he
coincidido nunca—, soy Soledad Morales, creo que han dejado algo para mí.
—Un momento, por favor —contesta, mientras parece consultar unos cuantos papeles
—. Aquí está: “A la atención de la doctora Soledad Morales”.
Recojo un sobre marrón, de tamaño DINA4 y bastante abultado, doy las gracias a la
mujer y salgo a la calle para dirigirme hacia el coche, que he aparcado frente a la puerta
principal. Me intriga tanto el contenido que a penas puedo esperar y, una vez dentro del
Volvo, lo abro.
Al meter la mano, me encuentro con un libro que, a pesar de su aspecto cuidado y
limpio, se nota que ha sido impreso hace más de cincuenta años. La portada,
completamente blanca, no tiene ninguna imagen que me pueda dar una pista sobre la
temática o el género, tan sólo un misterioso título en letra negra y brillante: —“Ink on
Paper, metaphor or witchcraft?” —Tinta sobre papel, ¿metáfora o brujería?—. Siento un
frío extraño que me recorre la espina dorsal y entonces, al poner el sobre en posición
vertical, una breve nota, con la tarjeta de visita de un reconocido psiquiatra grapada en
una esquina, cae sobre mis piernas: —“Para Soledad, porque quizá hayas
encontrado una historia que contar, aunque aún no lo sepas. Valeria”
Vuelvo a leer, en la tarjeta de visita, el nombre de Florencio Peláez. Lo recuerdo como
un hombre hablador y un poco excéntrico, cuyas clases magistrales convencieron a más
de uno para unirse a sus filas. Hasta la propia Isabel, que seguía a mi padre como un
perrito faldero, estuvo jugando con la idea de la psiquiatría al salir de una de ellas.
En el reverso de la tarjeta, leo, escrito a mano, un nombre que no me es familiar,
Bruno Soler. Paso unos minutos sumergida en aquel nombre y en el inquietante título
del libro, que me hace intuir que la explicación a aquello que parece no tenerla me ha
estado esperando hasta ahora en un sobre marrón. Entonces, varios bips agudos me
sacan de mis pensamientos. “Ya tengo cobertura”.
TERCERA PARTE
—”Si me preguntan por la composición de la tinta… apostaría por una idéntica proporción de
helio que de plomo”
(Bruno Soler)
BRUNO
N
o soy nadie, tan sólo una sombra, uno más, un habitante del olvido con gafas y
debilidad por los cafés antiguos y las tertulias. Tertulias en las que ya nunca
participo porque se me ha expulsado de cada una, no de forma directa pero sí
con miradas, agravios, desplantes…
Pensé que ella era diferente. Aquella amplia sonrisa sincera, espontánea, y no una
pose para que su rostro pareciera más atractivo.
Me quise convencer de que aquellos espejos que eran sus ojos escondían empatía,
comprensión, admiración, incluso por aquel tipo que siempre se sentaba en la misma
mesa, a la misma hora, con los mismos cuadernos y rodeado de libros. Aquel que era
incapaz de modificar su rutina.
Preso de un pacto entre mi lado más oscuro y la razón, sujeto por las cadenas de las
pautas y la costumbre, no soy consciente del peligroso arsenal que oculto en mi
messenger de cuero…
Jamás habría alterado la dirección de mis pasos o el objetivo de mi pluma de no haber
sido por esa sonrisa, un arma letal que me sumió en la más fría oscuridad, haciendo de
mí una mera herramienta del destino, un ángel vengador.
PRIMER DÍA
Gijón, 23 de Febrero de 2012
H
oy está siendo un día complicado, sin duda. Cuando llegué al Dindurra, mi mesa
habitual estaba ocupada por una de esas parejas de cotorras diabólicas que se
empeñan en disfrazarse de ancianas encantadoras e indefensas. El resultado es
simple, son las 11:07 y acabo de sentarme. Esto supone un retraso de 37 minutos en mi
rutina, 2.220 segundos que nadie me va a devolver.
Como si el retraso no fuera suficiente trastorno, Aurelio se ha jubilado y el tipo que me
atiende desde hace un par de meses no me cae bien. No digo que un camarero tenga
que gustarme, sé que puede hacer un buen café a pesar de no prestar atención al lado
de la taza en el que pone la cucharilla o pringar el sobre de azúcar con gotas de leche,
sólo digo que no me gusta. Se trata de una mera información, un hecho.
Me satisface trabajar aquí. Entro, pisando baldosas centenarias, en un espacio donde
el tiempo se ha detenido y no es extraño ver a un hombre escribiendo como debe
hacerse, con una pluma estilográfica y sobre una hoja de papel.
Si en algún momento noto que mi inspiración flojea, sólo tengo que levantar un poco la
vista para admirar las bellas columnas Art Decó que sostienen los altos techos, aspirar
profundo y tomar prestados unos cuantos centímetros cúbicos de las ideas y talento de
Jacinto Benavente o Alejandro Casona, que impregnan las paredes de este café.
Es fácil imaginar a dramaturgos, escritores, actores y músicos compartiendo mesa en
uno de los poquísimos cafés literarios del país.
Me pregunto quién será el pedante que decidió aplicar tal clasificación, “Café
Literario”. ¿Sabría el susodicho en qué remoto rincón hablaba Pérez Galdós —por
ejemplo— con sus contemporáneos? Quizá Don Benito odiase el olor a café y prefiriera
charlar sobre literatura sentado en El Retiro madrileño o de paseo por la playa de Las
Canteras, en la ciudad que lo vio nacer.
En algún sitio leí que definían el Paseo de Begoña, que discurre frente al Dindurra,
como un Broadway a escala y me gustó la comparación. Hasta 1942, el actual Teatro
Jovellanos, que comparte la pared oeste de mi lugar de trabajo matutino, llevaba el
nombre de “Teatro Dindurra”. Lo llamaron así en honor al empresario que sufragó los
gastos del que fue, desde entonces, centro cultural de la ciudad que me acoge desde
hace años. “El dinero manda y es un dios que, pase el tiempo que pase, no sólo no
pierde adeptos sino que los gana”.
Todo listo. Dos Moleskine Volant negros, de 13x21 a la derecha —hojas sin pautar,
faltaría más—; uno para escenarios, personajes y cronología; el otro para bibliografía,
documentación y datos. A mi izquierda, el clásico negro de tapa dura y 13x19 para
gestar el relato, dar rienda suelta a la pluma y regar de estilo unas páginas huérfanas.
Hasta hace 4 años, 23 días, 16 horas y 30 minutos, no habría osado utilizar más
pluma que la Parker Duofold, con la que Arthur Conan Doyle diera vida a su célebre
detective. Ahora, en cambio, mi arma favorita es otra ligeramente distinta.
El 29 de noviembre de 2007 leí, en la sala de espera del Doctor Peláez —mi
psiquiatra—, un artículo que logró algo que mi terapeuta no habría conseguido ni en
horas y horas de terapia. Me hizo cambiar de estilográfica.
Aquella revista, “Let´s Write!”, hablaba de una empresa estadounidense de artículos
de escritorio que me daba la oportunidad de escribir con una tinta excepcional que,
hasta ese momento, yo sólo conocía en su presentación para tintero.
Soy muy exigente con la composición de la tinta. No me gusta ese aspecto translucido
que, con el paso del tiempo, acaba por degradarse, ni el exceso de violeta de metilo,
que aporta un matiz que detesto. Hoy en día hay gran variedad de cartuchos para
pluma, que es lo más cómodo y lo que usamos incluso los más puristas, pero aquel
periodista me convenció para probar los de la empresa californiana, a pesar de ser
demasiado estrechos para mi vieja Parker. Por ese motivo, por el tamaño del cartucho,
me vi obligado a cambiar también de estilográfica, algo comparable a cambiar de agente
o editor, un cambio escrito con letras mayúsculas.
El martes 11 de diciembre de 2007 a las 17:03, un mensajero de MRW puso en mis
manos el arma y los cartuchos que me harían testigo directo del verdadero poder de la
tinta.
Aunque ahora, mi insustituible marca de cuadernos favorita ha sacado una amplia
gama de bolígrafos —mucho más cómodos que la estilográfica—, jamás les compraré
uno. Igual que a mí nunca se me ocurriría ponerme a dibujar cómics, no creo que haya
sido acertado fabricar material de escritura además de su tradicional e incomparable
línea de papelería.
¿El portátil? ¡Ni hablar!, siempre me he negado en redondo a usar la tecla para contar
historias, es algo impersonal y demasiado brusco, como un puñetazo. Me gusta acariciar
cuando escribo, no golpear como cualquier pandillero, eso se lo dejo a los “negros”.
Curiosamente, a pesar de haber escrito grandes obras, sólo tras la penúltima —un
bodrio tremendo para marujas del que no quiero acordarme—, mi editor ha contratado a
Roberto, un tipo cetrino de risa fácil y bobalicona que se encarga de picarme los
manuscritos.
Su repentino acto de generosidad se debe, seguramente, al hecho de que la novela
recaudó más de lo que la editorial ha ingresado en los últimos cinco años.
Nunca entenderé a los lectores y juré que jamás volvería a escribir para ellos. Esto
suena contradictorio. No me importa, puede que lo sea. A mi editor lo engañé, por
supuesto, pero es muy probable que se lo imagine. El best seller en cuestión lo firmé
con pseudónimo, algo que no hago con lo que me sale de dentro, lo que me ahoga, arde
y aprisiona hasta que consigo llorar con tinta. Quizá lo que años de consultas con
psicólogos y psiquiatras infantiles o las interminables sesiones con mis últimos
terapeutas no consiguieron, lo haya hecho sin esfuerzo mi muy querida Duofold,
sustituida a día de hoy por la americana SoCaDo. “No entiendo esa obsesión de los
loqueros con que hay que llorar, ¿exijo yo a todo el que me encuentro en mi camino que
escriba?”
Madrid, Martes 19 de Mayo de 1981
Estaba en una sala de espera aséptica, pintada en un tono azul muy claro, casi
imperceptible. Más adelante, el doctor me explicaría que ese color invitaba a abrir la
mente e inspiraba paz, algo que yo no podría entender.
Lo que a mí me tranquilizaba de aquella habitación eran sus paredes lisas, sin rastro
del frecuente gotelé que detestaba y un suelo de grandes listones de madera oscura,
que me facilitaban la tarea de calcular las dimensiones de la estancia. Había contado
200 listones de unos 2 x 0,1 metros, lo que me llevó a calcular que la sala tendría una
superficie de aproximadamente 40 metros cuadrados. No podía saberlo con exactitud
porque no tenía ningún instrumento a mano para poder tomar una medida que se
acercara más a la realidad, pero aquel cálculo aproximado era suficiente para que me
sintiera cómodo.
Yo tenía 10 años y mi madre, que llevaba 3 semanas discutiendo a diario con mi
padre para conseguir llevarme allí, se encontraba en ese momento en el interior de la
consulta del doctor Hall. Por los altavoces, que supuse ocultos tras unas molduras de
escayola situadas alrededor del alto techo, sonaban una tras otra las pegadizas
canciones de aquel negro de pelo sucio y colores estrafalarios del que todo el mundo
hablaba desde hacía unos días.
Me costaba entender que el tal Hall, siendo un doctor, no fuera médico.
—Tan sólo se trata de un terapeuta, cielo —me había dicho mi madre, mientras
caminábamos por Velázquez hasta la consulta donde nos encontrábamos en aquel
momento, en el número 126 de esa misma calle—. Hablarás con él como si fuera un
amigo, no habrá inyecciones ni puntos de sutura como cuando te tuvieron que coser,
no debes tener miedo.
“Cuando me tuvieron que coser…” Recordaba perfectamente aquel episodio.
Un par de meses antes, mientras jugaba en el parque después del colegio, me había
dado con la arista de un columpio en la cara, abriéndome una ceja. Aquello sangraba
mucho y se había montado un revuelo enorme. Mi madre y dos mujeres más me
habían cortado la hemorragia con varios pañuelos y una bolsa de la merienda y a
continuación, mamá me llevó al médico.
Aquel día fue el inicio de mi pesadilla y periplo por todos los especialistas
imaginables, ¿el motivo?, que el niño no lloraba.
Por supuesto que me dolía, recordaba el dolor agudo y penetrante pero
simplemente, no lloraba. No pensaba que el hecho de que mis ojos se inundaran de
lágrimas y empezara a moquear como en el mayor de los resfriados fuera a aportarme
nada útil. Estaba claro que mi madre pensaba de otra manera y lo que es peor, el
Doctor Canellada, mi pediatra, también.
Me habían cosido la ceja mientras yo daba zapatazos en el suelo y a continuación, el
doctor me hizo un volante para el neurólogo.
—Tenga cuidado de que Bruno no se queme o corte sin darse cuenta —le había
dicho a mi madre—, puede que tenga una alteración en la percepción del dolor y sea
eso lo que le impide llorar. Resulta extraño en un niño de su edad.
“Pero bueno, ¿no estaba dando patadas en el suelo cuando aquel armario que tenía
por enfermera se acercó a mí para coserme?, ¿no veía que fruncía el ceño porque me
dolía y eso hacía que la ceja me doliese aún más, pero no me daba cuenta y entonces
volvía a fruncirlo?”
Tenía claro que no se habían enterado de nada y en los días que siguieron, viendo
que me había metido en problemas, intenté llorar por mi cuenta, pero fracasé en cada
intento. No dio resultado cortarme con la cuchilla de afeitar de papá o clavarme el
portaminas en la mano. Todo aquello dolía un montón pero las lágrimas no afloraban.
Mientras recordaba el episodio del columpio y esperaba por mi madre, el difunto
rastafari seguía intentando pintar el mundo con la misma gama de colores que su
gorro de lana —“One love, one heart, let’s get together and feel all right… hear the
children crying…” Un amor, un sólo corazón, vamos a juntarnos y sentirnos bien...
escucha a los niños llorando…— y yo pensaba que los niños no teníamos porqué
llorar.
L
as 13:30, hora de salir del Dindurra. Guardo pulcramente mis cuadernos y la
pluma en una messenger de cuero desgastada que me acompaña desde hace
años. La cruzo sobre el pecho y me dirijo con paso tranquilo hacia mi
apartamento, una buhardilla completamente diáfana de 88 metros cuadrados y con
cocina americana, en la quinta planta de un antiguo edificio rehabilitado en el centro de
Gijón.
La distancia que separa la cafetería de mi refugio es de 525 metros, por lo que podría
cubrirla en unos pocos minutos pero como cada día, decido dar un rodeo para poder ver
el mar. Tengo tiempo suficiente.
Puesto que María, la mujer que se encarga de la limpieza, me deja la comida
preparada antes de irse para que yo sólo tenga que meterla en el microondas, aún
dispongo de 45 minutos. Los empleo en pasear e impregnarme del olor a salitre que
despeja y limpia mi mente. Roberto lo llama “reseteo”, yo sé que no es más que una
purificación diaria de la que no puedo prescindir, como lavarme los dientes o darme una
ducha.
El Cantábrico ruge hoy enfurecido y las olas, coronadas por un sombrero de espuma
blanca y densa, rompen contra el muro de piedra que soporta el paseo y discurre
acentuando la forma aconchada de la playa de San Lorenzo.
A las 14:14 ya me encuentro en el portal de mi edificio, un espacio amplio y
modernista cuyo suelo y paredes son una verdadera obra de arte. Más de una vez me
encontré a algún turista fotografiando estos magníficos mosaicos de los que yo disfruto
a diario.
Parece que hoy es un día de contratiempos, porque la urraca octogenaria que vive en
el cuarto y su feo caniche están esperando el ascensor. Odio a ese perro y detesto a la
anciana que huele a humedad y naftalina.
Son las 14:15, así que puedo evitar subir con ellos y aún tendré tiempo de llegar a
casa, ponerme cómodo y estar sentado a la mesa a las 14:30. Indico a la mujer que
suba y le cierro la pesada puerta de hierro en las narices, mientras arruga el rostro —
aún más— y le susurra algo al chucho.
Aprovecho la espera para ordenar mentalmente mis notas y pensar en el área
geográfica que investigaré esta tarde. Entretanto llego a mi apartamento y veo, como
cada jueves, la menestra de verduras aún tibia que María me ha dejado preparada. La
meto en el microondas para que se vaya calentando mientras cambio mis chinos caqui,
camisa impecablemente planchada y Sebago sin cordones por unos cómodos
pantalones de algodón ecológico, amplia camiseta y babuchas de cuero. Sintonizo en el
hilo musical el canal clásico y me dispongo a disfrutar del refrigerio.
A las 17:05, dejo a un lado El diablo a todas horas, primera y magistral novela de
Donald Ray Pollock y me levanto del sofá. Este autor, del que hasta ahora sólo había
leído los relatos cortos que publicó bajo el título de “Knockemstiff”, me recuerda
claramente a Nelson Algren.
La biblioteca se encuentra a 757 metros de mi casa, que cubro habitualmente en unos
8 minutos a pie, por lo que aún tengo 17 para cambiarme de ropa y asearme, aunque
hoy pretendo hacerlo en 15.
A las 17:28 llego a la biblioteca para continuar documentándome y me dirijo a la última
mesa del fondo y a la izquierda. Es la que ocupo cada martes y jueves, que es cuando
vengo aquí.
No me gusta el mes de febrero. A decir verdad, detesto los días previos a los
exámenes, sean cuatrimestrales, finales o poco me importa la periodicidad. En estos
periodos, la biblioteca se llena de jóvenes impertinentes que apuran al máximo. Se
pasan horas y horas sentados frente a unos libros cuyo contenido memorizarán durante
un plazo de aproximadamente 60 días, tras los cuales, los conocimientos adquiridos
serán sustituidos por atajos para pasar la pantalla de no sé qué videojuego.
Lo peor de estos invasores es el poco respeto por los habituales. Se adueñan de todo
el espacio que les rodea sin ningún tipo de pudor y desparraman sus libros, apuntes y
cuadernos por todos los lados.
La bibliotecaria pelirroja, que esta semana cubre el turno de tardes, siempre les llama
la atención y los conduce a la sala de estudio que, como su propio nombre indica, se
encuentra habilitada para tal fin. Reconozco que en realidad, no es más que una jaula
acristalada con mesas y sillas donde encerrar a estos animales extra hormonados y
poder controlarlos a través del cristal.
Si de mí dependiera, los muebles estarían atornilladas al suelo como en una cárcel,
para que los muy tarugos aprendieran a levantarse sin arrastrar su asiento.
Lo peor es cuando no hay sitio libre en la jaula. Entonces, los invasores encuentran vía
libre para contaminar con toda su basura la mesa que les venga en gana, esté o no
ocupada por alguien.
Hoy, un imberbe espigado y de aspecto nervioso está sentado en mi mesa y en la silla
que suelo ocupar. Puesto que comprendo que se trata de una biblioteca pública y que no
se puede reservar sitio —lo he preguntado—, pienso una solución de emergencia. Me
acerco, retiro los libros del onicófago adolescente —no puedo evitar fijarme en la masa
rosa y un poco sanguinolenta que ocupa el lugar de sus uñas— y los amontono,
respetando el orden, a mi derecha. Mientras tanto lo miro directamente a los ojos
invitándole a cambiar de asiento y, aunque al principio me parece que va a negarse, el
mocoso acaba cediendo. Algo en mi rostro debe indicarle que no se trata de una buena
idea y accede a sentarse a dos sillas de la mía. “Bien, nos hemos entendido”.
Puedo resignarme a compartir espacio con este niñato, pero soy muy exigente con la
luz. La distribución de ventanas y estanterías hacen que éste sea el lugar exacto en el
que deseo trabajar. Coloco mis cuadernos y busco en los estantes los libros que llevo
utilizando todo el mes, mientras aplaudo la decisión de haber venido dos minutos antes.
De no ser por esos dos minutos, tendría que empezar tarde y con el retraso matutino ya
he tenido suficiente.
No me cuesta esfuerzo alguno abrir el libro que tengo ante mí y sumergirme en una
historia que, a pesar de no pertenecerme, trato de hacer mía con esfuerzo y dedicación,
suavemente, sin que sus protagonistas lo noten, sin dejar huella. Acontecimientos y
lugares me absorben, el tiempo vuela ágil…
“…las heridas infligidas por aquella mujer que diez años atrás se había
presentado ante la puerta de su casa para, a instancias de su madre,
eliminar todo rastro de esa suciedad propia del género femenino, la habían
torturado desde entonces. Con cada micción, cada mes cuando la evidencia
de su género se burlaba de ella en forma de mancha escarlata, con cada
embestida de su cuñado, que la había violado repetidas veces hasta que la
roja bandera de la vergüenza dejó de hacer su puntual aparición…”
—Perdone señor, cerramos en diez minutos —me susurra la bibliotecaria,
arrancándome, con su tono bajo y educado, de la calurosa Somalia.
Me cae bien, es simpática, eficiente y nunca ha dejado de hacer todo lo posible por
conseguirme hasta las obras menos habituales. Sabe que odio consultar la base de
datos en el ordenador que tienen a disposición del público y lo respeta. Es una mujer de
mediana edad, alta, con un ligero sobrepeso y cara agradable.
—Claro Valeria, muchas gracias por avisarme. Hoy el tiempo ha pasado volando —le
digo, intentando ser amable.
Cuando conozco el nombre de pila de alguien a quien veo con asiduidad intento
utilizarlo, pero sólo si me cae bien. El actual camarero del Dindurra, por ejemplo, no es
el caso. Ni siquiera me he fijado en lo que pone su chapa…
—¡Hola Val! Vamos chica, cierra este antro, tengo el coche mal aparcado —oigo casi
gritar, mientras coloco el tercer volumen del atlas que abarca la zona del Cuerno de
África en el estante correspondiente.
Aún faltan 3 minutos para las 20:30 y no sé a quién pertenece esa voz chillona pero
desde luego, no es el volumen adecuado para la hora y el lugar en el que nos
encontramos.
—Disculpe señorita, ¿podría hacer el favor de bajar el volumen? Aún faltan 3 minutos
para la hora de cierre —reprendo, indignado, a quien osa perturbar el silencio de mi
santuario.
Apenas me da tiempo a terminar la frase, cuando me encuentro frente a unos
magnéticos ojos azules que me transportan a otro tiempo, a otro lugar.
Arrixaca, 16 de Agosto de 1994
Eran las 18:58 del Jueves 16 de Agosto de 1994. Faltaba 1 hora y 58 minutos para
que se pusiera el sol y entonces sería imposible escribir allí afuera, por lo que
aprovechaba lo que quedaba de luz para acabar de redactar el capítulo número
catorce de “Mareas sin luna”. Estaba escribiendo aquella novela para la editorial TelA,
con la que acababa de firmar un ventajoso contrato que me llevaría el mes siguiente a
instalarme en Gijón, una agradable ciudad costera en el norte.
Me gustaba aprovechar las mesas de aquel área recreativa a orillas del mar,
siempre y cuando se encontraran despejadas de tortillas, filetes empanados y niños
jugando al balón. Por suerte, solían preferir las nuevas instalaciones y los chiringuitos
playeros, por lo que aquel verano estaba siendo muy productivo para mí.
Hacía dos años que me había doctorado en Lengua y literatura. El haber terminado
mis estudios, me permitía dedicar todo mi tiempo a escribir y leer lo que me
interesaba, en lugar de empaparme de letras paridas en ocasiones por un puñado de
borrachos y vividores, adictos a la producción en serie, que habían sabido encontrar
los contactos adecuados —bien en la corte, periódicos, radio, editoriales o estudios
televisivos, dependiendo de la época—. La mayoría de aquellos infelices y su obra no
me importaban en absoluto. Algunos de ellos sí que conseguían emocionarme y
cautivarme, pero eran los menos.
No me cabía duda de que dar la vida por una historia, como me constaba que habían
hecho muchos, era un acto de heroicidad a tener en cuenta. Aunque no era un hecho
que aumentara la calidad de la obra en sí misma, yo, que me consideraba imparcial
en ese sentido, me inclinaba por aquellos europeos clásicos que así lo habían hecho.
A pesar de mis preferencias en materia de literatura europea clásica, no tenía ideas
suicidas y ni se me pasaba por la cabeza dar mi vida por ninguna de mis obras
presentes o futuras. En aquel momento tampoco era consciente de que serían otros
quienes acabarían haciéndolo por mí.
Me gustaba Arrixaca. Mis musas se escondían con asiduidad en aquella tierra
arenisca, en el olor a salitre e incluso en el insistente, agudo y desagradable graznar
de las gaviotas.
Cuando estudiaba, iba a casa del nono y la nona cada mes de junio, nada más
terminar las clases, pero en aquel momento, mientras gestaba mi cuarta novela, casi
se podría decir que vivía con los padres del arrogante y manipulador hombre al que
debía el cincuenta por ciento de mi material genético. Sólo a ellos les había pedido
permiso para suprimir mi apellido paterno, sólo ante ellos me disculpé una y mil veces
por hacerlo y sólo ellos me apoyaban.
Yo era yo, Bruno, y no les importaba que mi nombre de pila fuera seguido de 14, 9 ó
5 caracteres más.
—No tengo pensado pedirte el pasaporte, hijo y ni siquiera te llamo Bruno, para mí
eres “Colibrí” desde pequeñito —me había dicho la abuela, como respuesta a mi
decisión—. ¿Por qué va a importarme lo que pongan tus papeles, mientras sigas
viniendo a contarle historias a tu nona?
El abuelo había sido igualmente comprensivo o al menos, ni siquiera tocó el tema.
—Es tan natural en esta casa ver los papeles invertidos, Colibrí. El nieto contando
las historias y los nonos escuchando —había intervenido el anciano, la noche de las
confesiones—. La nona y yo te echaremos mucho de menos cuando te nos vayas allá
arriba. La radio y la “caja tonta” no son ni la mitad de buenos que tus relatos.
Por aquel entonces, era mi vieja Duofold la encargada de gestar mis historias. La
Parker bailaba sobre el papel como si tuviera vida propia, cuando las campanas de la
vieja iglesia indicaron que habían dado las 19:00. Calculé que tan sólo me quedaban 1
hora y 56 minutos de luz y esperaba que fuera suficiente para terminar al menos el
primer borrador. No tendría el mismo carácter si lo acababa en casa, necesitaba el
olor a salitre, saber del Mediterráneo a mi espalda y poder ver el Mar Menor al
levantar la vista del cuaderno.
—¡Eh tú!, ¿quieres dejar de ocupar dos mesas? —oí protestar, a una voz chillona e
infantil—. Quiero sentarme aquí mientras espero a mi amiga y está lleno de papeles y
libros viejos.
Dirigí la mirada hacia la voz para encontrarme a una chiquilla menuda y de pelo
castaño, recogido en un par de apretadas coletas, que me miraba fijamente con lo que
parecían dos espejos. Dos espejos que habían conseguido atrapar a mi amado
Mediterráneo para llevarlo con ellos.
—Niña, no seas impertinente —le contesté, frunciendo el ceño y con un inesperado
nudo en la garganta—, tienes dos mesas más disponibles.
—Ya, claro, ¡pues tú también tienes dos mesas más disponibles, cuatro ojos! —chilló
mientras amontonaba todas mis anotaciones y cerraba los libros haciendo un montón,
para dejarlos caer, sin ordenar, sobre una mesa a mi derecha—. Quiero estar cerca
del mar y estoy segura de que a todos esos papelotes les importa un bledo donde los
dejes.
Ante tal atropello, no podía evitar respirar agitadamente, me ahogaba. Veía como el
lugar que hasta hacía unos segundos ocupaban mis libros era invadido por una revista
de ídolos juveniles, un paquete de pipas, una baraja… Mis apuntes estaban todos
desordenados, los marca-páginas en el suelo y los libros cerrados. ¡Era un caos, un
caos que no podía soportar!
—Oye, no seas exagerado ¿quieres? —decía, acercándose a mí y haciendo que
toda mi ira se sumergiera durante unos instantes en el mar tras los espejos.
La muchacha me provocaba, mientras se atusaba el pelo sin apartar su mirada de la
mía. Pensé en todo el trabajo, las anotaciones, conclusiones y datos desordenados y
amontonados sin lógica ni criterio, en una mesa que no había sido de mi elección.
Noté como una irritación incontrolable me invadía y mi mano, sudorosa, presionaba la
Parker con fuerza. No pude evitar descargar toda mi rabia a través de la pluma,
clavándola con decisión en una de las extremidades de aquella mocosa, que empezó
a gritar desconsolada.
El rojo rubí de su sangre se mezcló con el negro de lo que deberían haber sido mis
palabras, dando lugar a un manantial cromático, que parecía brotar del dorso de su
mano, hipnotizándome hasta que lo perdí de vista.
E
l rostro de la mujer a la que acabo de dirigirme se inclina hacia mí. Es un óvalo
armonioso, como de diosa antigua, coronado por una brillante melena castaña
hasta los hombros y esa sonrisa…
—Claro, usted perdone. Venía a buscar a mi amiga y pensaba que era más tarde,
discúlpeme por favor, no era mi intención molestarle —me responde la actual dueña de
los espejos, con voz dulce y ligeramente aflautada.
No logro respirar, siento la contracción del diafragma amenazando con ahogarme y no
controlo el temblor de mis manos, por lo que decido dar la espalda a las dos mujeres y
recoger mis cosas en silencio, por miedo a no poder articular palabra con sentido
alguno.
Me siento un momento tratando de acompasar los latidos del corazón, que me golpea
el pecho con fuerza, la misma con la que me obligo a mantener la calma y a aislarme
durante unos segundos.
Dos respiraciones profundas y recupero el ritmo habitual de mi músculo cardiaco, ése
que siempre consideré idealizado por aquellos que tratan de ilustrar el amor con
imágenes, como si se pudiera pintar una gastroenteritis o una septicemia, “¡idiotas!”.
A las 20:30, como de costumbre, salgo por la puerta de la biblioteca. Me dirijo, como
viene siendo habitual los tres últimos meses, al Ó Conaill, donde me tomaré dos cañas,
mientras observo a los parroquianos. Para un escritor, es fundamental tener un
conocimiento lo más profundo posible de los personajes que darán o quitarán sentido a
su historia, por lo que me marco plazos y objetivos claros y trato de cumplirlos. El
método no lo es todo, pero sí gran parte del trabajo y por eso intento ser organizado y
estricto en ese tema.
Hoy, esto está lleno de gente —se nota que hay función en el teatro a las 21:30— y mi
mesa está ocupada por dos mujeres jóvenes que se encuentran enfrascadas en una
conversación que parece interesar y preocupar a ambas. No son habituales, así que
supongo que estarán aquí porque van al teatro, por lo que no tardarán en irse.
Espero pacientemente a que se levanten y en cuanto lo hacen, me siento, saco uno de
los Volant y la pluma y los coloco delante de mí en el orden adecuado.
Tras pedir la primera cerveza al camarero, intento centrarme en el tipo de mirada
perdida que permanece acodado en el extremo derecho de la barra pero me es
imposible, no puedo quitarme de la cabeza su sonrisa, esa sonrisa…
SEGUNDO DÍA
Gijón, 24 de Febrero de 2012
S
on las 07:30 y apenas he dormido dos horas. No puedo olvidar su sonrisa, esa
sonrisa… Sé que es la hora de levantarme, pero pienso que quizá no pase nada
si me relajo sólo 5 minutos más… Con 25 minutos tendré suficiente para poner la
cafetera, darme una ducha rápida, calentar la leche y estar desayunando a las 8:00,
como debe ser. “Son sólo 5 minutos”.
Noto la almohada húmeda. Me encuentro pegajoso y embotado, mis músculos están
muy tensos y no pienso con claridad.
Quizá tenga fiebre, ¿una gripe? No recuerdo haber sentido dolor de garganta,
congestión nasal, ni nada que se le parezca, aunque tengo el vago recuerdo de que esta
noche he sufrido alguna náusea y me duele muchísimo la cabeza.
Me incorporo un segundo, para percatarme de que una luz mortecina se cuela entre
las rendijas de la persiana. Vuelvo a dejarme caer en la oscuridad hasta que otra luz, la
suya, me ilumina de nuevo. Su sonrisa, esa sonrisa… “Bueno ya está bien, han debido
de pasar ya los cinco minutos”.
Giro la cabeza para mirar el despertador y veo que son las 11:40, “¡no puede ser!”
Acostumbro a dejarme arrastrar por el subconsciente, que es donde nacen mis ideas y
donde se esconden hasta que soy capaz de encontrarlas, pero no suele traicionarme de
esta manera. Mi consciencia, mi parte racional, ha establecido un pacto con esa zona
oscura, con mi parte irracional, en el que las reglas y la rutina son fundamentales. Sé
que no podré sobrevivir si rompo el pacto y hoy todo se derrumba, no hay reglas, ni
pautas, ni rutina…
No puedo pensar en nada salvo en su sonrisa, esa sonrisa, esa sonrisa…
A las 11:55 aún no he desayunado, ni leído la prensa, ni estudiado y esquematizado
los datos de ayer.
Un segundo de cordura me lleva hasta el imbécil del Dindurra, que estará pensando
que ha conseguido echarme de “su mesa”. Pero el camarero que no sabe a qué lado de
la taza se pone el sobre de azúcar, pronto es sustituido por lo único que hoy ocupa mi
mente, su sonrisa, esa sonrisa…
De repente oigo una llave y me sobresalto.
“¡María!”. Hace meses que no la veo porque mi editor, que es quien se encarga de
pagarle, se ha asegurado de que venga de 12:00 a 14:00. La mujer trabaja aquí de
lunes a sábado, en el periodo que estoy fuera, para que no coincidamos y no perturbe
mi concentración. Los domingos, Roberto viene a recoger los manuscritos que debe
pasar al procesador de textos y, como hemos llegado a establecer una cierta relación de
confianza, me trae comida rápida o precocinada y yo lo invito a un café antes de irse.
Intento centrarme en María, que me deja notas con instrucciones sobre cómo calentar
esto o aquello para que no pierda las vitaminas. Mientras la zona oscura tira de mí, trato
de emerger para poder comunicarme con la mujer que me deja post its sobre la ropa
planchada, explicando por qué ha doblado del revés una prenda u otra, pero no lo logro.
Sólo veo una sonrisa que inunda mi mente y somete mis sentidos. Su sonrisa, esa
sonrisa…
—Buenos días, me resulta extraño encontrarle en casa —saluda María, con prudencia
y un tinte de preocupación en la voz—. Puedo venir más tarde si lo desea, no quiero
interrumpirle si va a trabajar aquí hoy.
Su voz suena lejana, como un eco. Reconozco un acento suave, que alarga cada
palabra de una manera muy particular y recuerdo que es chilena. Es importante que
consiga deshacerme de ella, necesito estar solo.
—María, por favor, tómese el día libre. No la necesito. O mejor, tómese la semana
libre —le digo, de forma atropellada con tono brusco, mientras enciendo el hilo musical
—. Estoy trabajando en un nuevo proyecto y no quiero interrupciones.
Madrid, Viernes 29 de Mayo de 1981
Era un niño de 10 años en la consulta de un doctor que no era médico. Estaba otra
vez en la amplia y luminosa sala de espera de Alfredo Hall. Ese día mi madre se sentó
a mi lado y me dirigió una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora y cómplice.
Parecía que todos se habían olvidado ya del jamaicano de pelo sucio. La música que
ese día inundaba la sala, era del tipo cuya presencia pasaba desapercibida hasta que
a alguien se le ocurría apagarla y entonces, uno se daba cuenta de que faltaba algo.
Me gustaba la sensación que transmitía, invitaba a viajar en el tiempo y el espacio, a
inventar historias… Si mi madre me hubiera permitido llevar el cuaderno, me habría
sentado en el suelo a escribir.
—Bruno, te encantan los tebeos de Tintín y aquí hay un montón, ¿por qué no lees
uno mientras el doctor Hall te llama? —me propuso mi madre, con la mejor de las
intenciones, tratando de entretenerme.
Era cierto, me encantaban las aventuras de Tintín y las de Astérix. Un profesor me
había dicho una vez que aquella era una de las elecciones que había que tomar en la
vida, si “eras de Tintín” no podías “ser de Astérix”. Aquello me había tenido
francamente preocupado desde entonces. Si se trataba de una norma general debería
cumplirla, como también tendría que ser capaz de llorar cuando se esperaba que lo
hiciera.
Pensaba que si iba a ver al “doctor que no era médico” de forma regular —como era
evidente que haría—, podría aprovechar para decantarme por las historias de Tintín,
en vista de que el tal Hall tenía una de las dos estanterías de la sala atestada de ellas.
En aquel momento me pareció un buen plan aprovechar las obligadas visitas, para
cultivar mi gusto por el intrépido reportero hasta que pudiera decir que yo, Bruno
Ballester Soler, “era de Tintín”.
Me acerqué a una de las estanterías metálicas, un mueble ligero, exactamente igual
que el que se encontraba justo al lado. Encajaba muy bien con las 8 sillas de
metacrilato transparente que se encontraban, dispuestas de 4 en 4, alrededor de 2
mesas del mismo material y unos 1,5 x 1,5 metros de lado cada una. Observé con
atención la cantidad de historias que tenía al alcance de la mano, distribuidas en
montones de entre 3 y 5 volúmenes cada uno. En cada una de las 5 baldas de aquel
mueble, que mirándolo de cerca me pareció más un revistero debido a la inclinación
de los estantes, había tres montones espaciosamente repartidos. El mueble mediría
unos 2 metros de alto, lo cual no era mucho, teniendo en cuenta que aquellos techos
estaban a más de 3 metros del suelo. Calculé para cada balda unas dimensiones de
1,5 x 0,5 metros, pero antes de que pudiera hacerme una idea del número de cómics y
revistas que había allí, mamá me hizo una señal para que me acercara a ella y me
relajase un poco.
Decidí obedecer para que se sintiera mejor. Como los cómics estaban tan
pulcramente ordenados, me dio miedo coger otro que no fuera el primero del montón
que tenía más cerca. Ni siquiera estaba seguro de no haberlo leído ya.
Exceptuándonos a nosotros, no había nadie más en la sala. En las muchas visitas
que siguieron a aquella, averigüé que el reputado doctor, nos citaba estratégicamente
para que dispusiéramos de unos minutos de reflexión y relax en un ambiente
controlado y que siempre procuraba que no coincidiéramos con el paciente anterior.
Para conseguir tal fin, su despacho —por algún motivo no usaba el término
“consulta”—, disponía de una puerta de entrada y otra de salida, situadas en extremos
opuestos.
Me senté al lado de mamá y, justo cuando acababa de pasar la primera página del
cómic, se abrió la puerta de la sala. Ese día, en lugar de la estirada secretaria que
había acompañado a mi madre la semana anterior, asomó la cabeza un hombre alto y
rubio, unos años mayor que mi padre y de penetrantes ojos grises.
—Hola chico, así que tú eres Bruno, ¡por fin te conozco! Soy el doctor Hall, pero
puedes llamarme Alfredo —me saludó, de una forma directa y amable—. Pásate a mi
despacho y hablaremos cómodamente de nuestras cosas. Tu madre esperará aquí y te
guardará el tebeo, ¿de acuerdo?
Le devolví la mirada y asentí en silencio.
—Veo que no te ha dado tiempo de leerlo y es una pena, es bueno —añadió,
señalando el cómic—. Puedes llevártelo a casa y traérmelo la próxima semana, si
quieres.
Como ya sospechaba entonces, hubo muchas “próximas semanas” después de
aquella primera entrevista, tantas que acabaría diciendo, sin faltar a la verdad, que yo
“era de Tintín”.
El despacho de Alfredo era bastante amplio, pero más pequeño que la sala de
espera, a la que acabé llamando Sala Tintín. Resultaba acogedor. Mediría unos 5 x 6
metros. En su lado más estrecho, justo a la derecha de la puerta de entrada, habían
colocado una mesa de cristal de unos 2,5 x 1,5 metros, sostenida por 2 caballetes
metálicos, tras la que se acomodó mi terapeuta. El suelo —de los mismos listones que
el resto de las habitaciones—, me gustaba porque me había facilitado una vez más la
tarea de calcular las dimensiones del espacio en el que me encontraba. Allí las
paredes estaban pintadas de color verde agua. El doctor también me dio una
explicación psicológica para aquello pero no presté mucha atención porque no me
pareció útil.
Aunque la placa de la entrada no dejaba lugar a dudas de que se trataba de un
terapeuta infantil, no había en aquella habitación dibujo alguno, peluche o puzzle de
vivos colores, como yo había imaginado. Aquello me gustó, odiaba la manía que
tenían muchos adultos de tratar de engatusarnos, como si fuéramos tontos en lugar de
jóvenes.
El doctor Hall disponía de un diván de aspecto cómodo, frente a una ventana de
aproximadamente 1,5 x 3 metros, que aportaba luz natural a la sala desde la pared del
fondo. Aquello me trajo a la memoria las películas que tanto gustaban a mamá, las del
neoyorkino de gafas gruesas que, por aquel entonces, yo pensaba que dormía en uno
de aquellos muebles que no era ni una cama ni un sofá. Me parecía gracioso que, no
siendo ni una cosa ni otra, me recordara a ambos.
Alfredo me invitó a sentarme donde quisiera y yo lo hice en una silla con respaldo
alto y ruedas, tapizada en verde, que se parecía mucho a la que tenía en mi cuarto
para estudiar. No me gustaban los cambios.
Nuestra conversación, aunque no fue exactamente la charla entre amigos que mamá
me había descrito, tampoco resultó desagradable. El doctor Hall me hizo muchas
preguntas sobre mis gustos y hábitos, algo con lo que yo me encontraba cómodo. Me
preguntó cómo me había hecho las heridas en la mano y el muslo, pero no le hablé de
las lesiones autoinfligidas con el portaminas y las cuchillas de mi padre, porque no le
había contado nada a mamá y ambos teníamos un pacto de confianza. Los pactos no
se podían romper y por eso no le explicaría nada a Alfredo hasta no hacérselo saber a
mi madre.
La “sesión”, como el doctor Hall llamó a nuestra conversación, duró casi una hora
pasada la cual, se levantó y me preguntó si me había encontrado cómodo y si me
gustaría ir a verle unas cuantas veces más. Contesté que sí a ambas preguntas y no
mentí, porque me había sentido muy a gusto en aquel despacho y no me importaba
volver. A pesar de estar conforme, quise saber la frecuencia de mis visitas y el día que
tendría lugar cada una de ellas. Alfredo pareció encontrar interesante mi pregunta y
me interrogó acerca del motivo que me había llevado a hacerla.
—No sé la respuesta correcta —contesté, inocente—. Sólo quiero saberlo, me
parece seguro.
—Aquí no hay respuestas correctas o incorrectas, joven —observó el doctor Hall—, y
la tuya me parece muy razonable. La rutina te da seguridad y yo quiero que te sientas
seguro, así que vayamos juntos a hablar con Blanca y con tu madre, para que entre los
tres escojáis las fechas adecuadas, ¿te parece bien?
—Sí —respondí—, me parece bien.
Mi madre, que me pareció inquieta, se mostró contenta de que Alfredo y yo
hubiéramos hecho buenas migas y me dedicó una sonrisa. Éste nos acompañó hasta
la mesa tras la que se sentaba Blanca, que resultó ser la estirada secretaria que había
acompañado a mi madre la semana anterior hasta su despacho.
—Blanca buscará la cita que mejor os convenga —indicó Alfredo, mirándonos
alternativamente a mi madre y a mí—, de momento voy a ver a este jovencito una vez
a la semana. Dejad que él decida cuándo prefiere venir.
—Muchas gracias, doctor —se despidió mi madre.
—Adiós señora Soler —contestó Alfredo—. Bruno… nos vemos pronto. No olvides
traer el tebeo de vuelta, tengo toda una colección esperándote.
Salí de la consulta convencido de que, si iba a terminarme la colección de Tintín,
quizá aquello fuera a alargarse más de lo que me gustaría. De todos modos, la
primera batalla estaba ganada. Había conseguido que Blanca nos reservara todos los
viernes de junio y los dos primeros de julio a las 18:00, que eran citas idénticas a la
que nos había dado ese día. Caminé muy pegado a mi madre, con el tebeo debajo del
brazo y en dirección a casa, pensando en si sería el momento de confesar el origen de
mis heridas.
T
rato de centrarme en la mujer que tengo delante, pero no soy capaz y tampoco
sé cómo he acertado a hilvanar todas esas palabras. Sólo puedo pensar en su
sonrisa, esa sonrisa…
—Pero señor, por favor, necesito el dinero —me responde, la asistenta, haciendo
pucheros—. ¿Está usted descontento por algo?, ¿puedo arreglarlo de algún modo?
Podemos hablarlo con la empresa para la que trabajo, si quiere…
No acierto a comprender lo que pasa, sigo entre la niebla. Por mucho que lo intento
me cuesta mantener la atención, ¿a qué viene tanto balbuceo? Sólo quiero que se vaya
y no hace más que parlotear, así que hago un esfuerzo sobrehumano y al fin la entiendo.
—No pasa nada María, esto se quedará entre usted y yo —le explico, intentando
tranquilizarla y seguir concentrado, para no perder el hilo de la conversación—. En lo que
a mi editor respecta, no tiene por qué enterarse, es como si viniese usted cada día,
como siempre. Ahora váyase por favor, necesito estar solo.
No sé si se ha ido más tranquila o no y es como si nunca hubiéramos hablado, como si
aquella conversación no hubiera tenido lugar. Pienso que si tuviera que describir
físicamente a María no sabría hacerlo, porque la misma niebla que me nubla la mente se
la ha tragado…
No existe ningún otro rostro, sólo el de ella, y esa sonrisa, su sonrisa…
Son las 12:15. Me siento en el sofá para intentar poner en práctica todas esas
técnicas de relajación sobre las que llevo media vida trabajando, pero es inútil. Las
repaso una por una pero no da resultado, porque todas requieren una concentración que
soy incapaz de alcanzar.
No puedo dejar la mente en blanco ni tampoco pensar en otra cosa que su sonrisa,
esa sonrisa… debo atraparla antes de que desaparezca, tengo que hacerlo.
De pronto me entra el pánico y comprendo que ¡podría ocurrir una catástrofe! ¡Podría
olvidarla para siempre!, se podría borrar como el rostro de la mujer que acaba de
abandonar esta casa y entonces, me lanzo desesperado a buscar mi pluma y abro, con
un cúter y manos temblorosas, uno de los paquete de Volant negros sin empezar. Nunca
utilizo cuadernos de otro color.
Ante la nívea página me siento plenamente seguro porque ella espera que la llenen y
yo necesito vaciarme, así que empiezo a escribir. Escribo porque es la única vía que
conozco para poder hacerla mía, para que no se desdibuje como le ocurrió al rostro de
María, para que no sea engullida por la niebla…
Tu sonrisa… ladrona inconsciente que arrebata y multiplica el gesto de lo
que hasta ahora, en mi rostro apagado, derrotado, marchito y olvidado por
toda alma viviente, no era más que una herida abierta, un agujero fétido en
el que verter nutrientes y agua, poco más que la mínima ración que puede
mantener a cualquier animal con vida.
Y así continúo vomitando, escribiendo mientras las manos me sudan, provocando que
la SoCaDo —digna sustituta de mi antigua Parker Duofold—, se resbale.
No puedo evitar algún que otro borrón, pero no importa. El resultado es el mismo, una
caricia, la de sus labios sobre las blancas páginas de mi cuaderno, iluminadas por las
perfectamente alineadas perlas que adornan su sonrisa, esa sonrisa…
Una vida que no merecía tal nombre hasta ahora, una carrera sin rumbo,
sin freno, sin destino… un camino oscuro que de repente, sin avisar, se viste
con tu luz, se ilumina con ella… con tu sonrisa…
Las horas pasan sin que sienta hambre o sed, incluso mi “yo” más físico queda
supeditado a las letras, que parecen nutrirme e hidratarme sin necesidad de suplemento
alguno.
No sé qué hora es ni lo necesito saber. Se ha roto el pacto, pero ya me ocuparé de mi
propia supervivencia en otro momento. Hoy sólo importa ella, debo hacerla inmortal, su
sonrisa, esa sonrisa…
He perdido el control, ya no necesito método, ni rutina, ni pautas, tan sólo la necesito a
ella y por el momento intentaré atraparla del único modo que conozco, con la única
técnica que domino. No manejo más que un tipo de arma pero, sin duda, soy un
maestro. Su sonrisa, esa sonrisa…
TERCER DÍA
Gijón, 25 de Febrero de 2012
A
penas noto el paso del tiempo, no controlo periodo alguno en esta espiral de
locura en la que me he sumergido voluntariamente, aunque tampoco tenía
elección. No puedo dejar que la niebla del olvido se la trague, no deseo más que
zambullirme en el recuerdo, un recuerdo cercano y vívido que empezó con una sonrisa
que ya es mía y que como el más penetrante de los aromas o la más hipnótica de las
melodías, trae consigo algo más, unos ojos, sus ojos…
Tu mirada… dos espejos almendrados que no reflejan más que aquello que
desean ver, dos zafiros ignorantes de la belleza que devuelven a quien osa
mirarse en ellos, dos ventanas a mi deseo…
Quizás a lo lejos suene un timbre, puede que se trate del teléfono y durante un minuto
la niebla se disipa y recuerdo que es sábado, que ayer no acudí a mi cita con el doctor
Peláez y que probablemente se trate de su secretaria.
Antes de que mi parte racional amenace con supeditarme de nuevo a la rutina, al
método, al cumplimiento del pacto, impidiéndome así inmortalizarla a ella, a mi actual
dueña, me dejo engullir de nuevo por la bruma aunque siga oyendo el timbre a lo lejos.
Mi parte oscura, la irracional, me dice que al fin y al cabo, todo es relativo y puede que
el teléfono no esté sonando. No puedo saberlo, como tampoco sé si fueron mis manos
las que abrieron la botella de vino que descansa a mi derecha.
Arrixaca, 23 de Julio de 1985
Me alegraba estar allí, en Arrixaca. Siempre estaba deseando que terminaran las
clases para poder irme con los abuelos y descansar de las pesadas sesiones con el
doctor Hall, al que seguía visitando cada viernes a las 18:00. Suerte que desde el 15
de julio hasta el 31 de agosto se suspendía la terapia.
Hacía poco menos de una semana que estaba allí y me quedaría hasta principios de
Septiembre. Mi hermano, que había cumplido 25 años en Abril y con el que no tenía
una relación muy cordial, había sido el encargado de llevarme a casa de los nonos y
quizá fuera también quien me condujese, en su momento, de vuelta a Madrid.
Hugo estaba terminando arquitectura en la universidad Carlos de la Trava, que debía
su nombre a un arquitecto español que, a finales del siglo diecinueve, había sembrado
Europa de estructuras imposibles. Yo no sabía si le quedaban unas cuantas
asignaturas, el proyecto final o ambas cosas, porque no prestaba atención a sus
asuntos y esperaba que él hiciera lo propio con los míos.
Me trataba como si fuera idiota —algo que me hacía mucha gracia, teniendo en
cuenta la fama de la Carlos de la Trava de facilitar el ingreso a los “niños de papá”
incapaces de hacer la “O” con un canuto— y disfrutaba diciéndome que yo había sido
fruto de un descuido de nuestros padres.
Aseguraba que, cuando él se anudaba la corbata, el mocoso que había llegado para
alterar su mundo, aún usaba pañales. Aquello me hacía suponer que el impresentable
de mi hermano había sido realmente precoz en el uso de tan masculina prenda y no
fueron pocas las veces que deseé poder colgarlo de una.
Papá estaba loco de orgullo porque siguiera sus pasos y ya se había encargado de
añadir “& Son” —e hijo—, al nombre de su empresa. Construcciones Romualdo
Ballester estaba subiendo como la espuma a costa de destrozar y cubrir de hormigón y
ladrillo mi queridísima Manga del Mar Menor, entre otros muchos lugares semejantes
a lo largo y ancho del territorio nacional. Mientras Hugo escupía lindezas con intención
de herir mis sentimientos, yo sólo acertaba a pensar en lo hortera que sonaba aquello
de: “Construcciones Romualdo Ballester & Son”.
Hacía un par de meses, Romualdo —el matapájaros destroza-vidas que tenía por
padre— había enviado a su primogénito a supervisar unos trabajos a pocos kilómetros
de Arrixaca y éste se había quedado en casa de los abuelos. El nono y la nona se
mostraron encantados pero, aunque nunca lo habrían admitido, yo sé que no tardaron
en arrepentirse.
Hugo era un desaprensivo superficial al que sólo movía el dinero y el poder manejar
a su antojo a todo aquel que entrara en su perímetro de acción. El hecho de que aquel
fuera un pueblo pequeño y sus concejales, empresarios e incluso el alcalde jugaran al
mismo juego, hacía que mi hermano se encontrara en su salsa. Se dedicaba a mostrar
orgulloso su título “& Son” a todo aquel que quisiera verlo, y aún más si ese alguien
tenía una larga melena rubia y usaba más de una cien de sujetador. El pobre diablo no
se daba cuenta de que era el tamaño de su cartera y no su apellido el que le abría las
puertas de los peces gordos y las piernas de las rubias operadas. El hecho de que
cartera y apellido parecieran ir de la mano era sólo circunstancial.
Yo sabía que mis nonos, que amaban aquellas tierras y siempre habían sido
queridos y respetados por sus vecinos, se avergonzaban del comportamiento de su
hijo y ahora de su nieto, pero por encima de todo los querían y sufrían por ello.
Me sentía afortunado porque mi hermano me odiara de esa forma visceral que,
como gran jugador y manipulador que era, intentaba disfrazar de indiferencia. Pensaba
que era afortunado porque, aunque la constructora tuviese negocios en La Manga, él
hacía lo posible por no coincidir conmigo. Aunque aprovechara uno de sus viajes para
llevarme a casa de los nonos o recogerme, nunca se quedaba en Arrixaca si yo
también lo hacía.
El reloj que me compró el nono marcaba las 21:03 y sabía, porque me había
informado, que el sol se pondría ese día a las 21:22. Aquello quería decir que los
siguientes 19 minutos serían un regalo envuelto en un lazo naranja y amarillo que me
disponía a desatar con calma.
La nona me permitía llegar a cenar después de la puesta de sol y no se preocupaba,
porque sabía dónde estaba y que no corría peligro alguno. Al igual que hacía con mi
madre, yo siempre era sincero con ellos, aunque no lo contaba todo. Sabían que me
acercaba al faro y que me sentaba en el suelo con la espalda apoyada en la pared de
aquella edificación que había aguantado galernas, marejadas y el paso del tiempo. Yo
analizaba lo que suponía el concepto de tiempo, algo que tachaban de reparador
cuando a mí me parecía lo más destructivo que podía haber si no aprendías a
canalizarlo.
Lo que me guardaba para mí solo, era el motivo por el que acudía allí cada día. A la
hora en que el sol se tornaba naranja, el graznar de las gaviotas, semejante al llanto
insistente de un bebé, llenaba mi mente de un ruido tan ensordecedor y desordenado,
que lo ocupaba todo. Ése era el motivo, el regalo que me brindaban aquellas aladas
compañeras que despedían el día sobre mi cabeza.
Aún me quedaban 19 minutos de paz, 19 minutos de callar mis pensamientos,
miedos y preocupaciones. Un sonido que para la mayoría resultaba estridente e
insoportable, era para mí una ventana por la que asomarme y respirar, un remanso de
paz que me permitía descansar de cifras, pautas, objetivos…
Había intentado recrear aquella sensación en el metro, sentándome en uno de los
bancos de cualquier andén en Goya —la estación más cercana a casa—, donde a
veces tomaba la línea 4 hasta Avenida de América o la 2 hasta Ventas, sólo para
regresar de nuevo y disfrutar del ruido y la vibración, tristes sustitutos del quejido
lastimero de las gaviotas de Arrixaca.
El sol ya se había puesto y me encontraba relajado y tranquilo. Disfrutaba de los
minutos que precedían al caos que volvería a reinar en mi cabeza, en cuanto el
graznar de aquellas criaturas diera paso al silencio de la noche estival.
El cielo continuaba despejado y, a pesar del cuarto creciente en el que se encontraba
la luna, la visibilidad era buena y no necesitaría encender la linterna para regresar a
casa. Siempre estaba al día de las fases lunares porque era algo que marcaba
sutilmente mi rutina, por lo que sabía que en tan sólo 8 días disfrutaría de una enorme
luna llena sobre el Mediterráneo. Como me apasionaba la puesta de sol y amaba ese
rincón con toda la capacidad de amar que tenía —por aquel entonces yo sospechaba
que no era mucha y ni siquiera entendía bien el concepto de “amor”, ni me atraía en
absoluto la idea de analizarlo—, habría deseado que la orientación de aquel pedazo de
tierra fuera otra. Habría sido fantástico poder ver el sol ponerse en el infinito charco
que me regalaba aquellos momentos. Sin mar no habría gaviotas y sin gaviotas no
habría caos, ese caos que, aunque pudiera parecer contradictorio, hacía posible mi
orden.
De todos modos, la visión de una nívea esfera brillante reflejada en el espejo del Mar
Menor no era un espectáculo nada despreciable y pensé que bajo ningún concepto me
podía olvidar el cuaderno y la pluma 8 días después.
Me levanté del suelo, arrastrando la espalda por la pared encalada del faro, y
emprendí el regreso. A los pocos minutos, creí distinguir una silueta unos metros por
delante de mí, que me resultó familiar…
—¡Nono! —grité, a quien creí reconocer como a mi abuelo, tratando de ocultar un
ligero temor.
Aunque sabían dónde encontrarme, mis nonos nunca se acercaban por allí.
Respetaban mis santuarios y mi intimidad por encima de todo, lo que me hacía
sospechar que algo grave debía de haber ocurrido.
—Sí, colibrí, soy yo —contestó el nono, con voz grave—. Tengo que hablar contigo,
hijo.
Las manos de aquel hombre de porte elegante y erguido a pesar de la edad,
temblaban en aquel momento como no las había visto temblar jamás.
—¿Qué es lo que pasa? —pregunté, nervioso y preocupado—. ¿Está bien la nona?
—Sí Bruno, la nona está bien —contestó, poniéndome una mano sobre el hombro y
presionando ligeramente—. Se trata de tu madre, Colibrí.
Me aparté con brusquedad de aquel hombre compungido que me ofrecía su apoyo y
lo interrogué con la mirada. No soportaba aquellas pausas dramáticas y quería saber
qué había pasado. ¡Quería saberlo ya!
—Me acaba de llamar tu padre para decirme que Claudia sufrió ayer una crisis y
tuvieron que ingresarla en un sanatorio —me informó, pausadamente, mientras
adelantaba las manos con las palmas hacia arriba para que yo las tomara entre las
mías si así lo deseaba, sin tocarme, sin abrazarme, sin obligarme a nada…
Acepté el gesto del anciano, que lamentaba su torpeza al haberme apretado el
hombro sin avisar. Cogí sus manos entre las mías y ambos compartimos un minuto
tristemente íntimo, que me provocó una taquicardia que dio lugar a un ligero mareo…
Me costaba respirar, mi abuelo lo notó e inspiró profunda y ruidosamente frente a mí
hasta que consiguió que mi respiración se uniera a la suya en un ritmo regular.
Entonces, sólo entonces, emprendimos el camino de regreso a casa, uno al lado del
otro, pero sin tocarnos.
—Será algo temporal, colibrí. Pronto se recuperará y todo será como antes, ya lo
verás —trató de tranquilizarme—. De todos modos, sabes que la nona y yo estamos
encantados de tenerte en casa y que nos morimos de ganas por escuchar tus historias.
Bruno, puedes quedarte todo el tiempo que quieras e incluso trasladar el expediente
del instituto si lo deseas.
La sola idea de volver a Madrid sabiendo que mi madre no iba a estar en casa me
daba náuseas.
—Ellos la encerraron, nono —susurré, tragando bilis y con la rabia retumbándome
en la cabeza y el estómago—. Aprovecharon que yo no estaba para encerrar a mamá
y encontrarán la oportunidad de hacer lo mismo conmigo, lo sé…
El miedo y las dudas ocupaban toda mi cabeza, que amenazaba con estallar. Me
preguntaba si seguiría visitando al Doctor Hall y quién me llevaría a verle. Intenté
recordar el número de azulejos de la cocina de la nona pero me resultaba imposible
porque se entremezclaban con los listones de madera de La sala Tintín. Quería
recordar el rostro de mi madre, pero me era muy difícil hacerlo sin conocer las
características, situación y dimensiones del sitio donde la habían encerrado, así que
mi mente sólo podía imaginar a una mujer de gesto triste en una celda fría y sucia.
La cabeza me dolía cada vez más y el caos seguía apoderándose de ella, pero
estaba demasiado oscuro para que las gaviotas se prestasen a regalarme de nuevo un
poco de paz.
N
o veo copa alguna, pero la botella parece mediada. Cientos de migas, repartidas
generosamente a mi alrededor, me hacen pensar en un refrigerio, pero no
recuerdo haber comido nada. Sí puedo percibir el afrutado gusto del valioso
caldo en mi boca, en mi paladar, en mi lengua… y no puedo evitar pensar en la suya,
juguetona fruta madura tras las perlas blancas de su boca… Una boca que ya es mía.
No debo preocuparme por aquello que ya he salvado del olvido, actuando como su
custodio, su esclavo, su guardés. Sería una tortura inútil, estéril…
Debo centrarme en aquello que aún no poseo, que nadie ha inmortalizado y que aún
se puede diluir, como la fina arena en el agua, y evoco su mirada, esa mirada…
Largas pestañas, distraídas, que se elevan con gracia en una onda infinita.
Suaves párpados que parecen cargar con el peso del miedo, de la oscuridad.
Guardianes dispuestos a proteger las piedras preciosas cuya custodia les ha
sido delegada, gruesas cortinas que privarán a la inocencia que se esconde
tras ellas de todo aquello que pueda perturbarla, destruirla…
Su mirada, esa mirada… ya es mía y nadie podrá arrebatármela nunca. Sé que la
tengo.
Maravilla que se esconde entre el papel, para poder ser disfrutada cuando yo lo
desee, cuando mi alma necesite que unos ojos almendrados se abran paso atravesando
piel, músculo y vísceras, hasta alcanzarla.
Unos ojos que me miran desde esta hoja de cuaderno emborronada, justo antes de
pasar la página y deleitarme con la siguiente, que permanece intacta, en blanco,
completamente virgen. Contenedor yermo, a expensas de que mi pluma invada su
espacio, haciéndolo estremecer con suaves trazos…
Ahora, el negro néctar de mi SoCaDo acude en mi ayuda y sé que ambos podremos
continuar atrapando su recuerdo para siempre, el recuerdo de una piel…
…el recuerdo de tu suave piel, que invita a acariciarla, ese césped fresco y
bien cortado por el que ahora camino descalzo.
Tu piel… que tapiza el sendero, amortiguando mis pasos y me conduce a la
fuente de iluminación que es tu rostro…
…tu rostro, el mismo que ha hecho que mi existencia cobre sentido. Tengo
que hacerme con ese óvalo perfecto que irradia luz, una luz de la que me
hago dueño, una luz que penetra en la oscuridad que me acompaña desde
que puedo recordar…
Ya falta poco, muy poco, casi la tengo.
La haré mía y la protegeré de los males del mundo, de todo aquel que quiera hacerle
daño, alterar su belleza, la belleza de un rostro inocente y puro…
…tu rostro es la estrella que me guía a través de la densa cortina de niebla
que envuelve mi interior sin dejarme respirar, relegándome a la
profundidad, a la desesperación, al plano de los olvidados, al desahucio.
Pero hoy todo termina, porque la dulce tinta que atrapa tu cara, libera a su
vez a la pobre desahuciada que es mi alma…
CUARTO DÍA
Gijón, 26 de Febrero de 2012
E
s sencillo dejarme llevar, rendirme a la parte irracional, que me convence de que
los pactos no tienen más objeto que acabar rompiéndose de una manera u otra,
y nadie puede discutirme que ésta es la mejor. No recordaba cuánto deseaba
hacerlo…
Mientras mi parte racional intenta disipar la niebla para hacerme salir a la superficie,
yo grito que no quiero ser esclavo de herramientas inventadas, horarios, cifras, días y
horas... Obligaciones autoimpuestas, cadenas, todas ellas, que pretenden atarme a la
realidad e impedirme caer. Números primos que intentan evitar que me hunda, rígidas
rutinas que me mantienen en la superficie, pero quiero soltarme…
Sacrifico mi propia cordura, mi seguridad y existencia, por la suya. Como una plegaria,
pido a un dios en el que no creo que no me trague del todo, que no me engulla la bruma
sin antes impedir que se la lleve a ella.
Tengo su sonrisa, esa boca… Su mirada, esos ojos… Soy dueño de una piel y un
rostro que persistirá hasta la eternidad, porque no permitiré que suceda lo contrario. Me
centro entonces, con placer, dedicación e infinita devoción por ella, en unas piernas, sus
piernas…
… tus piernas, que invitan a explorar, a recorrer tierras fértiles o yermas, a
postrarse ante ellas y orar por la distancia entre tú y yo, otrora insalvable y
ahora tan cercana…
Guardo para mí este par de torneados y elegantes pilares, pilares del
templo de Venus, que no necesitan ornamentos, desnudas como aquella que
paso a paso se acerca a la salvación, la salvación de la tinta…
Y así, trazo a trazo, letra a letra, avanzo en mi camino con perseverancia y sabiendo
que hago lo correcto. Con la seguridad de que la protejo y de que hoy, este camino, es
recorrido por unas piernas, sus piernas…
El timbre no cesa. Se cuela, agudo, por mi conducto auditivo y me taladra,
produciéndome un dolor que no puedo soportar. Al fin se apaga, pero sólo para dar
paso a otro más grave, más metálico e irregular, que me obliga a levantar la SoCaDo
del papel y soltarla suavemente sobre el cuaderno abierto.
Mi pluma, arma que descansa entre mis dedos con la clara misión de preservarla a
ella, de seguir danzando sobre la pulcra sábana de celulosa que es su tabla salvación,
se impacientará si no la tomo pronto de nuevo. Toda interrupción es un obstáculo, un
trastorno…
—¡Bruno!, Bruno, ¿se puede saber dónde diablos te has metido? —una voz que no
reconozco invade mi territorio—. He llamado al timbre durante casi diez minutos y como
si nada. Tampoco contestas al teléfono.
Con un esfuerzo sobrehumano —no físico sino mental, por el hecho de intentar
centrarme en el hombre que me mira desde el umbral—, me levanto de la silla e intento
poner atención en escuchar y comprender lo que quiere decirme.
—¡Joder, Bruno! ¿Se puede saber qué te pasa? —pregunta, con gesto preocupado, el
que reconozco como Roberto, el chico que me pasa los manuscritos al procesador de
texto y que ha tenido el atrevimiento de usar la llave de emergencia—. ¡En la editorial
están preocupadísimos!
—¿Sí?, bueno —acierto a responder.
—¡Sí, coño! —exclama—, y ahora veo que tienen motivos para estarlo. Tío, hueles a
alcohol que apestas. Tienes que pegarte una ducha y ventilar un poco esto, ¿no ha
venido María esta semana?
—Sí, ha venido —contesto, recordando vagamente la promesa que le hice a la triste
mujer de acento suave— pero le dije que se fuera.
—Vamos a ver —empieza a decir, dejando un tupper de comida encima de la barra de
la cocina—, cuéntame qué es lo que te pasa, por qué has faltado a la cita con el doctor
Peláez y el motivo por el que no contestas al timbre ni al teléfono.
Intento fijar la vista en el espigado muchacho, de poco más de veinte años y gafas
redondas, que me observa con unos ojos como platos. De repente me invade una ira
incontrolable y pienso que no es nadie para juzgarme porque no me conoce, porque no
sabe nada de mí y no tiene derecho a invadir mi intimidad de esta manera.
No hay duda de que Roberto ve en mis ojos el reflejo de todo aquello que intento
contener, porque baja el volumen de su voz y suaviza el tono, para recordarme que es
domingo, que son las 14:15 y que en 15 minutos será mi hora de comer.
—Siento haber sido tan brusco, ¿de acuerdo? —se disculpa, mientras yo asiento con
la cabeza sin emitir sonido alguno—, pero debes comprender que esté un poco alterado.
La secretaria del doctor Peláez ha estado llamando a la editorial preguntando por ti y no
contestabas a nuestras llamadas, así que están todos como locos y llevan horas
dándome la tabarra.
Noto que el muchacho hace una pausa, un silencio que pretende que yo llene con mis
palabras, pero no lo hago.
—Yo… bueno, te devuelvo el ejemplar de Tintín que me prestaste la semana pasada,
ya si eso otro día me recomiendas el que quieras, hoy no te veo de humor…
Vuelve a hacer otra pausa, pero yo continúo en silencio e inmóvil, esperando que se
marche de mi casa.
—Bruno, no me has preparado manuscritos nuevos para picar, ¿acaso los tienes en
otro lado? —pregunta, con cautela, desde delante de la cajonera donde suelo
amontonar mi trabajo semanal..
—No tengo nada para ti hoy —respondo, apretando los puños y luchando contra
aquello que me arrastra.
—Vale, no pasa nada —dice, con voz temblorosa—. Ya me voy.Pero tío, come un
poco de esa lasagna que te dejo aquí, ¿vale? Es de D’Angelo, tu favorita.
—Adiós Roberto —me despido, sin darle las gracias.
Aún me queda mucho por hacer, la niebla avanza y debo atraparla antes de que la
cubra del todo y se la lleve.
Mientras oigo la puerta cerrarse, recuerdo unas largas y torneadas piernas, sus
piernas…
Madrid, Viernes 15 de Septiembre de 1988
Eran las 18:00 y Alfredo Hall no me había recibido aún, lo que me pareció una
completa falta de educación y tacto, puesto que mi sesión empezaba siempre a las
18:00h. Como Blanca sabía lo nervioso que me ponía la falta de puntualidad, se
asomó para disculpar al doctor.
—Perdona, Bruno —me dijo, desde la puerta—, acabo de pasarle una llamada
importante. Dale cinco minutos y estará listo.
—De acuerdo Blanca —respondí—, lo entiendo.
En verdad lo entendía, aquello constituía un imprevisto, y un imprevisto ineludible
era uno de los motivos por los que se podía romper un pacto.
Decidí esperar tranquilo, ojeando mi cómic favorito, “Tintín en el Tíbet”. Me resultaba
curioso que Hergé, su autor, hubiera escrito aquella historia a pesar de su psiquiatra.
Mientras la escribía, el historietista —nadie usaba aquella palabra que a mí, como
“serendipia” o “petimetre”, me encantaba— estaba en medio de una crisis. En una de
sus sesiones, el terapeuta que lo trataba le recomendó dejar de escribirla. Menos mal
que Hergé no siguió las instrucciones de aquel come-cocos porque, de lo contrario, yo
no habría tenido la oportunidad de disfrutar de aquella aventura que, a través de unas
blancas viñetas, me había llevado hasta Katmandú para rescatar al joven Tchang.
Si hubiera hecho caso al loquero, quizá el belga tampoco habría escrito “Vuelo 714
para Sidney” o “Tintín y los Pícaros”, entre otros volúmenes que siguieron a aquél…
—Bruno, Alfredo te atenderá ahora —oí la voz de la secretaria, que me sacó de mis
pensamientos para acompañarme, con paso tranquilo, hasta el despacho del
psicólogo, que tenía la puerta semi abierta, en una clara invitación a pasar.
—Buenas tardes Bruno —me saludó el doctor Hall, en tono neutro—. Siéntate, por
favor. Hoy tenemos mucho que hablar.
Desde el primer día que acudí a la consulta sin que mi madre me acompañara —
hacía ya tres años, 95 sesiones de terapia— optaba por recostarme en el diván, donde
me encontraba francamente cómodo y más cerca de ella. Me reconfortaba contarle,
cada domingo, cómo había ido mi “sesión Woody Allen”.
Con el tiempo empecé a tratar con Alfredo cosas que no contaba luego a mamá,
pero eran las menos. El pacto con mi madre era el más fuerte de todos los que había
establecido jamás y sólo me callaba aquello que pensaba que la podía disgustar.
Como no me gustó mucho el tono que había usado mi terapeuta para darme la
bienvenida, me costó un poco ponerme cómodo pero, aún así, lo logré y dejé que
fuera él quien tomara la palabra.
—¿Cómo te ha ido esta semana, Bruno? —formuló aquella pregunta genérica, que
introducía cada una de nuestras conversaciones, como si se tratase de una palabra
mágica.
—Diría que 4 —contesté, haciendo referencia al termómetro de estado de ánimo que
habíamos establecido, en el que 10 querría decir que era totalmente racional y dueño
de mis actos, mientras que 1 describía un día oscuro, donde las lagunas mentales
serían tales que no podría recordar apenas nada.
El termómetro que usábamos como herramienta era, por supuesto, en sentido
figurado.
Teniendo en cuenta los días de 24 horas como unidad, nunca había alcanzado ni tan
siquiera un 2 y ni mucho menos un 10. Lo máximo que me había acercado a las dos
cifras, había sido en Arrixaca, un atardecer especialmente bello en que las gaviotas
ahogaron mis pensamientos durante un periodo muy superior al habitual. Debo aclarar
que siempre le daba a Alfredo la media de toda la semana.
—4, de acuerdo… —contestó Alfredo— ¿quieres explicarme un poco ese 4?
—Bueno —comencé a vomitar, tal y como mi madre me había explicado años atrás
que debía hacer—, es por mi padre y esa mujer, ¡los odio! El respetable señor
Ballester, no se ha conformado con buscarse una amante con pinta de prostituta y
acabar consumiendo a mi madre hasta verla encerrada en un centro para enfermos
mentales, sino que la pasea por todo Arrixaca.
Alfredo se limitaba a mirarme, lo que quería decir que esperaba que siguiera
hablando.
—Los nonos y yo nos vemos expuestos a la mayor de las vergüenzas porque la ha
instalado allí —seguí contándole—, en la tercera fase de una de las urbanizaciones
con las que mi hermano y él están profanando mi único oasis de calma.
—Entiendo que no estás de acuerdo con la relación que tu padre tiene con esa
mujer…
—Entiendes... ¡qué vas a entender! —contesté, indignado—. Lo que me ofende no
es exactamente la relación de mi padre con ella, con mi hermano o con los nonos, a
los que ya ni siquiera se molesta en visitar.
Enseguida recuerdo que Alfredo, como terapeuta, no juzga ni opina, sólo expone y
pregunta, así que sigo echando bilis y rabia.
—Lo que me importa de verdad, es la relación de mi padre con mi madre, ¡eso me
importa! —intenté explicar— Romualdo le ha regalado un chalet nuevecito a la tal
Alejandra, con la que se pasa casi toda la semana.
Me paré un momento, con los labios apretados, como siempre que pensaba en el
hombre al que no sentía como padre, pero el doctor Hall me hizo un gesto que invitaba
a continuar.
—Admito que mientras yo no esté en Arrixaca, no me importa en absoluto —aclaré
—. Macarena y yo nos arreglamos muy bien solos, pero únicamente abandona La
Manga para venir a Madrid el fin de semana y, en lugar de acompañarme a ver a
mamá, se pasa todo el domingo durmiendo la resaca del día anterior o de comilona
por ahí con algún posible inversor o politicucho sin principios.
—Bruno, ¿te sientes abandonado?, ¿te parece injusto que Macarena, vuestra
asistenta, haya tenido que desempeñar el papel de tu madre?
—No sé qué decir, Alfredo —contesté, sinceramente—. Macarena hace lo mismo
que hacía antes del ingreso de mi madre, y el papel principal de mamá no era
acompañarme hasta aquí, o asegurarse de que comía verduras.
Mi terapeuta seguía en silencio y eso me incomodaba porque no quería tener que
explicarle así, en voz alta, la relación que tenía con mi madre.
—Mi madre y yo compartimos confidencias, intercambiamos impresiones, hablamos
de literatura… —añadí, sin intentar ocultar mi malestar— y seguimos haciéndolo,
aunque no con tanta frecuencia. No, definitivamente, Macarena, no suple a mi madre.
—No me has contestado a la primera pregunta —insistió—, ¿te sientes abandonado?
—¡Claro que me siento abandonado! —exploté—. Pero ya me sentía así cuando
empecé a venir aquí, así que si lo que quieres preguntarme es si ahora me siento aún
más abandonado, la respuesta es no.
El doctor seguía sentado al lado del diván y esa vez no fue necesario que hiciese
gesto alguno para animarme a seguir hablando.
—Me sentiría así si mi madre o los nonos me hubieran dado la espalda, pero yo
nunca conté con el cariño de Hugo o de papá, y Macarena es una mujer amable que
siempre se ha portado bien conmigo. En cuanto a ti… —le dije— eres una constante y
sabes que las constantes ayudan a subir la puntuación en mi termómetro de estado de
ánimo, pero eso no ha cambiado desde el ingreso de mamá.
—Está bien, sobre eso quería hablarte —empezó a decir, mientras su habitual gesto
neutro, cambiaba ligeramente—. Acabas de cumplir dieciocho años, Bruno, y creo que
es el momento de que te deje en manos de uno de mis colegas. Sabes que
normalmente os trato hasta los dieciséis o diecisiete años, y si he hecho una
excepción contigo, fue porque consideré que podía hacer algo más por ti, pero ya te he
dado todas las pautas y herramientas que tengo a mi disposición. Hasta aquí he
podido llegar.
—Si lo que dices es cierto —le rebatí, un poco decepcionado—, no le veo sentido a
continuar con ninguna otra terapia.
—Hemos hablado muchas veces del tema principal que te trajo aquí —contraatacó
—, y aunque en un principio te dije que no tenía importancia y que lo dejaríamos en un
segundo plano, fue sólo para evitar que te obsesionaras con ello y descargarte un
poco.
—Ya, pensaste que acabarías haciéndome llorar —escupí, lleno de rabia e
incorporándome—. Cuando ingresaron a mamá lo viste aún más fácil y decidiste
seguir intentándolo, tratando de apuntarte ese tanto para poder declararte vencedor de
la partida.
No podía evitar estar terriblemente decepcionado. ¿Abandono? Aquella sesión, ya
tenía título.
Alfredo seguía sentado, mientras que yo me había puesto de pie, una situación de
ventaja que daría más fuerza a mis palabras, por lo que continué hablando.
—¡Qué pena! —escupí—, pensar que verme derrochar vitaminas y minerales a
través del ojo te haría un poco más feliz…
—Muy bien, esto ya no forma parte de la sesión de hoy, ¿de acuerdo? —puntualizó
—. Te diré que estás siendo injusto, pero no tengo por qué defender mi postura, así
que me limitaré a darte el nombre y la dirección de alguien que podrá seguir
ayudándote.
Cogí una tarjeta de visita de manos del doctor y la guardé en el bolso sin mirarla.
Pensaba hablar de aquello con mi madre porque estaba seguro de que ella sabría que
hacer.
Aquel viernes, un día que por lo general solía rondar el 7, acabó por debajo de 4.
D
ulcemente asfixiado por unas largas piernas que he salvado del olvido, me veo
obligado a respirar y durante unos instantes vuelve a pasar. Mi consciencia
escala hasta la superficie, un vano intento de frenarme, contener mis impulsos y
someterme…
Levanto la mirada de mi cuaderno y entro en el plano de lo real, donde todo es caos,
copas y botellas casi vacías, restos de lasagna y papeles arrugados… “no sé de dónde
ha salido todo esto”.
No recuerdo haber llamado a ningún establecimiento de comida rápida ni sé quién ha
puesto este vaso de líquido ambarino en mi mano, pero no importa. Prefiero sumergirme
de nuevo en el recuerdo, el recuerdo de unas manos que, sólo en mi imaginación,
sostienen las mías para guiarme o dejarse guiar, unas manos, sus manos…
Tus manos… tiemblo en el incontenible deseo de poseerlas, de sentirlas
sobre mi cuerpo,
tus manos… consuelo en el que Neruda encontraría el color del trigo y
reconocería, sin duda, las alas de su paloma dorada,
tus manos… que se abren generosas a mí, que te sostengo y te conduzco a
la inmortalidad,
tus manos… cuyos dedos, temblorosos, acarician la eternidad, aquella que
haré tuya, entrelazando tus dedos y los míos, ungiéndote con tinta… la tinta
de mi deseo.
Mis manos están agarrotadas y sudorosas. Dejo la pluma a un lado y me centro en el
cuaderno, mi Caja de Pandora… Un montón de páginas que no eran más que una
promesa y ahora se han convertido en el objeto de mi existencia durante estas últimas
horas, que no ha sido otro que asegurar la suya…
Una vez cumplida mi misión, comprendo que he sobrevivido a la ruptura del pacto y
entonces mi consciencia aplaude y relega a mi parte oscura a lo más profundo, al lugar
donde se encontraba hasta ahora, prisionera de horarios, pautas, normas necesarias…
Estoy en paz porque la he hecho mía, porque he terminado mi tarea con éxito, así que
decido que es el momento de hacer callar a las gaviotas, porque no necesito oirlas
graznar.
Restablezco apresuradamente el pacto, busco pautas y hago un cálculo rápido y
sencillo…
En cuanto tengo en mi mente el valor del volumen de mi ascensor, se callan. Son las
00:01 del domingo 26 de Febrero de 2012, he invertido 60 horas y un minuto en atrapar
a la musa y hacerla mía. 60 horas y 1 minuto a cambio de toda la eternidad.
QUINTO DÍA
Gijón, 27 de Febrero de 2012
S
on las 7:27. Me despierto sin necesidad de molestos bips pero descansado,
alerta y perfectamente consciente de que hoy es un día de transición, un día en
el que debo permitirme una ligera laxitud. Me saltaré las pautas pero con un plan
establecido. Será más seguro y saldrá bien.
El lunes es el mejor momento de la semana para ponerlo todo en marcha de nuevo,
así que a las 7:30 apago el despertador, que acaba de sonar inútilmente, y me levanto
de la cama.
Abro las ventanas, pongo la cafetera y coloco mi pluma y el Volant mensual junto al
platito con mis cuatro galletas Digestive de avena, encima de la barra del office.
Me doy una ducha reparadora, que hoy me sienta especialmente bien y oigo un pitido
agudo que me informa de que el café está listo.
Envuelto en mi albornoz verde de rizo americano, me dirijo a la cocina y meto la jarra
con 250 ml de leche semidesnatada sin lactosa en el microondas —2 minutos y 27
segundos—.
Mientras se calienta la leche, me pongo una camisa de cuadros y los chinos,
pulcramente planchados por María, a la que recuerdo que debo incluir en mi lista.
A las 7:54 saco la leche y la coloco sobre la barra. Cierro las ventanas y a las 8:00 ya
me he servido el primer café de la mañana y estoy sentado y dispuesto a programar el
resto del día.
Vuelvo a coger la pluma y empiezo a escribir —en la página del Volant negro dedicada
al día de hoy— la lista.
Doctor Peláez: llamar a las 10:31 (empieza la consulta a las 10:30) a su
secretaria para tranquilizar a Florencio y mantener cita del próximo viernes.
Editorial: A las 10:37 llamar a Raúl y tranquilizarlo. No poner excusas ni
dar explicaciones, que se encargue él de decirle a Roberto que tendrá el
doble de manuscritos que pasar el domingo y arregle también lo de María
(para eso, poner excusa de trabajo, sólo para eso. Puede decirle a María que
venga a partir de mañana de nuevo)
María: Ver punto anterior.
Documentación sobre Somalia: Pasar por la biblioteca para adelantar el
trabajo retrasado (no implica no ir mañana y el jueves). Calculo que Valeria,
la bibliotecaria tiene turno de mañana esta semana, así que ir a primera hora
para evitar a los monstruos hiperhormonados (9:30)
Repaso la lista mientras doy buena cuenta de las 4 Digestive, me levanto a aclarar la
taza —no soporto los restos de galleta que quedan en el fondo— y me sirvo un segundo
café, que saborearé mientras leo la prensa.
Son las 8:21. Me tomaré 50 minutos para leer las noticias y tendré tiempo suficiente
de cepillarme los dientes, calzarme y recorrer los 757 metros que separan mi casa de la
biblioteca.
Gracias a Roberto, que se empeñó en inscribirme en no sé qué cosa que pago
mensualmente, tengo a mi disposición buena parte de la prensa nacional e internacional
en formato digital. Al principio yo no estaba muy conforme con leer en una tablet, pero el
hecho de tener la información en mis manos de manera inmediata sin pisar la calle y
perder así minutos inútiles —o incluso coincidir en el ascensor con vecinos indeseados—
me compensa el tener que recurrir al libro con botones.
A las 9:20 ya me he puesto los zapatos y la Barbour. Aunque no tardo más de 8
minutos en llegar a la biblioteca, prefiero estar allí antes de que abran para poder
ocupar mi mesa sin molestas interrupciones.
Tal y como calculaba, a las 9:28 estoy frente al que fuera, antiguamente, el edificio del
Banco de España en Gijón. Las escaleras —también calculando este punto he acertado
— ya están infectadas de adolescentes ruidosos y maleducados. Saco la lista, que he
metido en el bolsillo de mi Barbour, y hago un repaso mental.
Como me niego en rotundo a usar teléfono móvil —Roberto insiste en que me haga
con uno, pero en este punto he conseguido mantenerme firme—, tendré que acercarme
a una cabina para llamar al doctor Peláez, cuya tarjeta me aseguro de haber metido
entre las páginas de uno de mis Volant, y a la editorial —con Raúl no tengo problema
porque me sé el número de memoria—.
Son las 9:32 y aún no han abierto, “¿qué es lo que pasa?, ¡menuda falta de
puntualidad!”
No es hasta pasados 7 minutos más, que se abre la puerta y aparece el bajito calvo y
desagradable que, según mis cálculos, debería de estar en el turno de la tarde. Como
ya he decidido que hoy es un día de transición, no me altera demasiado este cambio,
pero espero que no se repita.
Una vez que he dispuesto mis cuadernos y la SoCaDo sobre mi mesa habitual, me
acerco al mostrador y le pregunto al impertinente —lleva una chapita identificativa con su
nombre pero no me interesa leerla ni conocer ningún dato personal suyo—, por la
bibliotecaria pelirroja.
—Buenos días —saludo—, ¿no está Valeria esta mañana?
—¿La ves por aquí? —me responde, el maleducado—, porque yo no la veo.
—En efecto, yo tampoco la puedo ver —le digo, irónico y enfadado—. ¿Podría
informarme simplemente de si va a trabajar esta tarde?
—Pues no, no va a trabajar esta tarde ni la que viene —contesta, manteniendo el
mismo tono déspota—. Su amiga, la tal Sofía, se ha puesto muy enferma de repente y
la han tenido que ingresar, así que ha pedido unos días libres para estar con ella en el
Hospital comarcal.
“Sofía, Sofía… mi musa tiene nombre, es ella”.
Se lo había oído pronunciar a Valeria 4 días antes, 4 días que ahora parecen una
eternidad. Pero no debo de preocuparme ya por eso. La he rescatado de la niebla, es
mía, descansa en el interior de un cuaderno que ha sido expresamente fabricado para la
eternidad.
Utilizo precisamente esa marca de cuadernos porque sus páginas están cosidas y no
encoladas, como la mayoría. Eso me da la seguridad de que nada se perderá, es una
garantía de supervivencia. Todos los cuadernos y libros deberían de tener sus páginas
cosidas.
—Gracias —contesto, secamente, girando sobre mí mismo para alcanzar la mesa
sobre la que trabajo durante 42 minutos.
A las 10:25 dejo el atlas somalí y los libros de consulta sobre la mesa —abiertos en la
página en la que estoy trabajando— y, tras meter los cuadernos y la pluma en la
messenger, salgo un momento para buscar un teléfono.
Es increíble lo complicado que resulta hoy en día encontrar un teléfono público.
Mientras busco en los alrededores de la biblioteca, pienso que ya que es lunes de
transición —a partir de mañana no modificaré mi rutina ni una décima de segundo—,
podría acercarme al hospital para asegurarme de que mi musa está bien. Es lo que
hace la gente habitualmente, unos bombones, unas flores y una visita al hospital. A mi
parte racional le parece oportuno, y la tranquilidad de saber que ya es mía, que no la
olvidaré y que se aloja en una de las baldas de mi estantería, hacen que mi parte oscura
esté completamente ausente, firmemente enterrada.
A las 10:33 encuentro una cabina, de esas abiertas que ponen ahora al lado de las
marquesinas de los autobuses, “qué falta de intimidad”.
Se me presenta una duda, ¿llamo primero al doctor Peláez, aunque sea más tarde de
lo programado o a Raúl, unos minutos antes? No tardo más que unos segundos en
decidir que en un día como el de hoy, y teniendo en cuenta la dificultad de no haber
encontrado un teléfono hasta ahora, bien puedo ser un poco flexible.
Llamo al doctor Peláez, cuya tarjeta —la he sacado de entre las páginas del cuaderno
y guardado en el bolsillo de los chinos antes de dejar la biblioteca— sostengo en la
mano y me contesta su secretaria. La mujer, con un timbre de voz que siempre me
tranquiliza, se muestra tan encantadora como siempre, aunque me pregunta
insistentemente si está todo en orden.
—Sí, está todo bien —me despido—. Acudiré a la cita del viernes a las 18:00 y por
favor, no anule las próximas. No volveré a fallar.
—¡Oh!, no lo he hecho señor Soler —contesta—. Me alegro de que esté usted bien, al
doctor le tranquilizará saberlo. Hasta el viernes, entonces.
—Adiós.
Pienso en la insistencia de la mujer y supongo que el doctor sospecha la evidencia y
se lo ha trasladado a ella, pero no voy a confesarle que he dejado de medicarme. Me
obligaría a hacerlo de nuevo y es más que evidente que mi rendimiento literario no es el
mismo cuando estoy limpio.
Son las 10:37. La conversación con la secretaria de mi psiquiatra ha sido corta.
No tardo en marcar de memoria el teléfono directo del editor jefe y cumplo con el
punto 2 y 3 de mi lista.
—¿Quién es? —oigo la malhumorada voz de Raúl al otro lado de la línea.
“Es lunes por la mañana, debería de haberlo pensado antes y dejar un recado a su
secretaria”.
—Buenos días Raúl —contesto—. Te llamo para que sepas que todo va bien y…
—¡El que faltaba! —me corta—. No das señales de vida en días y ahora, ¿pretendes
soltarme la parrafada como si nada? Vamos, ¡no me jodas!
—Raúl, te pido disculpas —continúo, intentando tranquilizarlo a él y tratando de no
alterarme yo—. Puedes decirle a Roberto que el domingo tendré listo lo de esta semana
y la pasada. Respecto a María, te agradecería que alguien se encargara de decirle que
puede volver a pasarse a partir de mañana.
—Mira Bruno, eres una de nuestras mejores bazas —empieza a decir—. Nos metes
pasta en la cartera, ¿vale?, ¡pero eso no quiere decir que hagas lo que te salga de los
cojones! Y si lo haces, avisa, ¡coño! Hablé con Roberto hace una hora y tienes al chaval
acojonado.
—Lo lamento —me disculpé, una vez más—, hablaré con él el domingo.
—Ni lo lamento ni pollas, ¡me trae sin cuidado que lo lamentes! —sigue despotricando
mi editor—. ¡A ver quién coño, excepto yo, te permite escribir a mano como el puto Fray
Luis de León, y pone un tío a tu disposición para que te pique los manuscritos!
—Lo siento Raúl, de verdad —Intento cortarlo, puesto que está muy alterado y no sé
hasta dónde podré aguantar—. Voy a dejarte porque estoy tratando de adelantar todo el
trabajo atrasado, ¿de acuerdo?
—Vale, está bien —Ahora parece un poco más tranquilo—. Llamaré a la empresa de
María. No te pediré explicaciones, pero si vas a meter a una fulana en casa, llama antes
y listo. No hace falta que eches a la asistenta, joder.
—Lo tendré en cuenta —respondo apretando los puños—, adiós.
—Adiós, y cómprate un puto móvil, ¡coño!
La conversación con Raúl me altera un poco —evito siempre hablar directamente con
el asno de dos patas para no sufrir taquicardia y pensamientos homicidas—, pero
respiro un par de veces y consigo tranquizarme.
A las 10:54 ya estoy sentado de nuevo en mi mesa habitual, recopilando información
sobre el Golfo de Adén y el río Shebeli.
A las 13:30 salgo de la biblioteca y, de camino a casa, hago una lista mental de
presentes más habituales para personas hospitalizadas que pronto reduzco a flores, un
libro o bombones.
Parte de mi última novela transcurre en la sala de partos de un hospital y mientras me
documentaba para ella, alguien me comentó que ya no se permiten las flores en las
habitaciones, lo que me facilita la tarea y la lista queda automáticamente limitada a libro
o bombones.
Tras unos minutos de indecisión y tras recurrir a un diagrama mental de flujo para
analizar los pros y los contras, me decido por los bombones. Me desvío un poco de mi
camino habitual —debo recordarme en voz alta que es lunes de transición y hago un par
de inspiraciones profundas— para pasar por una de las confiterías más populares de la
ciudad y compro una caja de bombones artesanos. “Un libro sería demasiado personal”
Me doy cuenta de que María no me ha podido preparar hoy la exquisita merluza con
patatas de los lunes —otras dos inspiraciones profundas— y quiero comer en casa, así
que pregunto a la dependienta que me vende los bombones por algún sitio cercano en el
que tengan platos precocinados comestibles. Me recomienda El ganso de oro, que se
encuentra a unos 450 metros.
Al llegar a la tienda, cuyo olor a guisos y azafrán me marea, tengo la infinita suerte de
que tienen merluza, lo que me baja ligeramente las pulsaciones y me estabiliza un poco.
A las 14:30, casi como si se tratara de cualquier otro lunes, me encuentro sentado a la
mesa y dispuesto a comer el plato que María me habría preparado hoy, de haberla
dejado hacerlo. Lo caliento durante 4,50 minutos. Calculo el tiempo de cocción en
función de las instrucciones de los post its de mi asistenta. Cada una de las raciones de
María es de aproximadamente la mitad que ésta y siempre me indica que lo meta en el
microondas a 1000W durante 2,25 minutos, por lo que el cálculo es sencillo .
Aunque no está tan rica como la de la chilena y quizá me haya pasado un poco con el
tiempo, la merluza se deja comer. En cuanto termino, me tomo un café, echando un
vistazo a las notas que he tomado en la biblioteca y programando cómo distribuiré el
tiempo esta tarde. Me cepillo los dientes y a las 15:23 pido un taxi para que venga a
recogerme y me lleve al hospital.
Ya en el asiento posterior del taxi, pienso que no tengo ni idea de en qué habitación
está ingresada mi musa.
A las 15:48 llego al hospital y me dirijo a admisiones, donde pienso probar suerte. Si
Marlene no está —Marlene es una administrativa que me facilitó alguna información para
mi última novela— lo intentaré en maternidad, donde hay un par de enfermeras que me
conocen.
—Hola, buenas tardes —saludo a una mujer gruesa y de cara agradable—, ¿está
Marlene por aquí?
—Lo siento —me responde—, hoy estuvo en turno de mañanas y no hace mucho que
se fue. ¿Puedo ayudarle yo en algo?
—Estoy buscando a una persona y no sé en qué habitación está —uso el tono que
suele funcionar cuando quiero conseguir información—. No quiero ponerte en un
compromiso, pero…
—Estoy aquí para eso, hombre —me contesta, servicial— dígame nombre y apellidos
del paciente.
—Bueno, ahí está el problema —explico—, sé que se llama Sofía pero no conozco los
apellidos.
—Vaya… —contesta, levantando la vista del ordenador, un poco confundida.
—Ya sabes… —recurro a mi imaginación— conoces a una chica, hablas a menudo,
pero no le vas preguntando el apellido. Calculo que tiene entre 27 y 35 años
—Claro —contesta, guiñando un ojo—, porque eso tampoco se suele preguntar a una
chica, veré lo que puedo hacer.
—Gracias
—Bueno, estás de suerte, tenemos tres Sofías ingresadas en el hospital, pero sólo
una cumple esas características —me informa, levantando la vista de la pantalla del
ordenador—. Nació en mil novecientos ochenta y está ingresada en medicina interna.
Habitación cuatrocientos veintiuno, cuarta planta.
—Muchas gracias —contesto, para dirigirme enseguida a los ascensores.
A las 15:57 llego a la cuarta planta. Al abrirse el ascensor me cruzo con una mujer
cuyo rostro me resulta familiar y que me mira directamente durante unos segundos más
de lo habitual.
Consulto los carteles, para comprobar que debo girar a la izquierda, y me encuentro
con un largo pasillo, que recorro hasta una sala de estar, de unos 30 metros cuadrados,
que se encuentra al fondo. Quiero hacerme una idea de cómo es la planta, así que
regreso de nuevo, observando que todas las puertas tienen asignado un número impar
comprendido entre el 401 y el 439, lo que suma un total de 20 habitaciones. Se
encuentran distribuidas a ambos lados del pasillo, al que calculo unos 40 metros de largo
por 2,5 de ancho y la 421 está casi en el medio, justo al lado del mostrador de control.
Detrás del mostrador, dos mujeres con bata blanca parecen más concentradas en sus
ordenadores que en las visitas, que a esta hora ya empiezan a ser frecuentes.
Tiemblo ligeramente antes de abrir la puerta, y noto el peso de la caja de bombones
en el interior de mi messenger, pero enseguida pienso que ella está a salvo y que no hay
nada que temer… hasta que, aún con la manilla en la mano, escucho la conversación
entre las sanitarias que acabo de ver en el control.
—Isabel, ¿se ha marchado ya Sole? —oigo decir a la que parece más veterana.
—Acaba de irse —responde la otra mujer, a la que no he podido ver la cara, pero
cuya voz me resulta familiar, “quizá de cuando investigué para el libro…”—, estuve
contándole las novedades sobre La Pija de la cuatrocientos veintiuno.
Al mencionar el número de habitación de mi musa, agudizo un poco el oído y me
quedo helado, con la manilla aún en la mano.
—Fue ella la primera que la vio en urgencias, ¿no? —sigo escuchando—. Cuando lo
de la boca en plan “sonrisa de clown”, quiero decir.
—Sí, así es. De hecho, también fue Soledad quien insistió en que pasara a echarle un
vistazo cuando llegó con el ojo descolgado y lo que parecía una parálisis facial —
respondió su interlocutora—, que al final terminó complicándose con la urticaria y toda la
pesca…
—¿Quién lo iba a decir? Con lo joven que es y mira tú, en menos de cuatro días,
¡como un cáctus! Boca, ojo, cara, piernas, manos… casi parece un cuento de Poe.
—¡Calla, mujer! No seas fantasiosa y pásame esos informes, anda.
Las piernas apenas me sostienen, la manilla resbala de mi sudorosa mano y una
sospecha, que siento la necesidad de corroborar, me invade. Tengo que saberlo, debo
comprobarlo ya, por doloroso que me resulte…
Abro la puerta y puedo ver dos camas, pero mi cerebro, sometido a mi parte oscura,
se niega a tomar los datos que necesita para hacer que me sienta seguro. No sabría
decir el área de la habitación ni el color de las paredes —“pautas, pautas, no puedo
romper el pacto ahora”—. Intento centrarme, obviando las características del espacio en
que me encuentro y, aunque me resulta muy difícil, no puedo hacer otra cosa…
—Sofía, Sofía, así que te llamas Sofía… —No puedo creer que ese ser deforme sea
mi musa y quiero asegurarme, mirando la pegatina a los pies de su cama— Siento
muchísimo que estés aquí, en este estado…
Es ella, no hay duda. Su ojo izquierdo, el único que permanece visible, sigue siendo el
espejo que encierra un mar que amo, y no puedo evitar darme cuenta de que he sido el
responsable de todo esto…
Le he arrebatado aquello que era suyo, no tenía ningún derecho, pensé que la salvaba
y estaba condenando su cuerpo mortal. Y no es la primera vez.
Ahora, a los pies de la cama de mi musa, en una habitación cuyas dimensiones
desconozco, lo comprendo todo…
Gijón, Viernes 14 de diciembre de 2007
Llevaba 13 años, 2 meses y 24 días haciendo el mismo recorrido a diario. Sin
embargo, no me había fijado en aquella elegante placa de bronce hasta ese día.
Estaba montada, junto con quince homólogas más, en un panel, a la entrada del
elegante y sobrio edificio que había sido en su día el concurrido Teatro Arango, a unos
450 metros de mi apartamento.
Entre “Constructora VIPSA” y “Global Publicidad”, pude ver cómo, “Leandro de
Castro, Abogado”, se burlaba de mí. “¿Qué posibilidad había de que aquel
desaprensivo desarrollara su actividad profesional allí, a escasa distancia de mi
casa?”
Aquel picapleitos, al que recordaba saliendo del Club de Golf de Arrixaca mientras
bromeaba con mi padre, había ayudado a éste a declarar a mi madre “incapaz”, lo que
les había aportado a ambos unos jugosos beneficios.
Romualdo Ballester no se había conformado con encerrar a su esposa en un centro
psiquiátrico, aquello había sido únicamente la primera fase del plan, que culminaría
del modo más beneficioso para él y para su primogénito.
Viendo que las oportunidades de inversión de Ballester & Son se multiplicaban —
gracias a sus contactos y a la ausencia de principios y moral de ambos—, decidieron
que no les vendría mal tener vía libre para acceder al dinero de mamá. Mi madre era,
gracias a la fortuna heredada de su familia, la máxima inversora de la empresa así
que, el día que el Juez dictaminó que no era dueña de sus actos, hizo a Romualdo y
Hugo Ballester mucho más ricos e infinitamente más miserables.
A veces el destino era cruel e inoportuno, pero alguien había dicho una vez que la
oportunidad hay que saber verla. En aquel momento, 3 horas y 37 minutos antes de
estrenar mi nueva pluma y mis nuevos cartuchos de tinta, interpreté la lectura casual
de la placa como una señal inequívoca de que había encontrado rostro y nombre para
uno de los personajes de mi novela —siempre resultaba terapeútico cumplir los
deseos de uno en la ficción, aunque no repercutieran en la realidad—. Un personaje
que, según mi línea temporal de la trama, encontraría esa misma tarde, sobre mi
Moleskine clásica, un triste final.
P
ido perdón a mi musa, tratando de controlar un temblor que me invade, a la vez
que mi parte racional queda de nuevo supeditada a la oscura. Ambas luchan por
poseerme, mientras gotas de sudor perlan mi cara, pero yo no quiero luchar.
—Perdóname, perdóname por favor… —le suplico—. Te devolveré lo que es tuyo,
prometo que te devolveré lo que es tuyo.
No puedo soportar mirarla y ver el odio reflejado en su rostro. Mi parte irracional me
dice que, de haber sido sincera aquella sonrisa que me regaló una tarde —aquel
momento en la biblioteca parece hoy tan lejano…—, no tendría sentido el odio que su
único ojo me ha dedicado hoy. Es también esa parte oscura la que le desea lo peor, la
que opina que merece lo que le está pasando. Trato de hacerla callar porque sé que mi
parte racional tiene un pacto con ella, sé que si no lo vuelvo a romper todo se arreglará,
todo irá bien…
No puedo dejarme tragar por la bruma, no puedo caer de nuevo en las tinieblas. Me
giro, dando la espalda a la musa y camino en dirección a los ascensores.
A las 16:40 estoy de nuevo en mi apartamento, agotado por el esfuerzo de hacer
frente a la niebla. Por primera vez en 41 años, 5 meses y tres días, siento el impulso de
pedir ayuda, quizá llamar al doctor Peláez y contarle lo que me está pasando pero, al
meter la mano en mi Barbour, donde he guardado la lista y la tarjeta, veo que las he
perdido. Hago memoria y creo recordar que las olvidé en la biblioteca. No soy capaz de
acordarme del número de mi psiquiatra. Soy bueno con los números pero mi cerebro
siempre se ha resistido a archivar los teléfonos de contacto de psicólogos, psiquiatras y
terapeutas. Quizá porque nunca quise visitarlos ni pensé que los necesitara, todo
debería de ir bien mientras no se rompiera el pacto, o eso creía yo.
Tengo que cumplir mi promesa y así lo voy a hacer. Ahora soy consciente de lo que ha
pasado, de cómo le he arrebatado a Sofía todo lo que le pertenecía, lo que aún es suyo
por derecho, aquello que le devolveré antes de que sea demasiado tarde.
Todas mis novelas están escritas a mano, en varios cuadernos negros, cerrados con
una goma. Mi sistema de clasificación consiste en escribir el número del volumen, un
guión y el título de la novela.
Hoy necesito comprobar si estoy en lo cierto al pensar que soy el responsable del
estado físico de Sofía y por ese motivo sostengo entre mis manos el Moleskine Clásico
“V3-Desencanto”. Lo abro y, entre sus páginas puedo leer cómo metí al picapleitos y a
su esposa en un coche que sería arrollado por un camión, cual broma macabra, el día
de los Santos Inocentes.
El 29 de diciembre de 2007, unos días después de haber escrito aquello, me enteré
por la prensa de que Leandro de Castro había fallecido el día anterior. En cuanto
terminé de leer el artículo me sentí absoluta e inexplicablemente responsable de aquel
suceso, pero algo no encajaba. Hubo un matiz que me convenció de que aquello era una
cruel y simple casualidad.
“Desencanto” se publicó a los pocos meses de aquel 29 de diciembre, con el sello de
la editorial para la que aún trabajo pero, en la novela, ningún abogado muere arrollado
por un camión.
El 16 de diciembre de 2007, dos días después de mi macabra “terapia de pluma” —
había vomitado la escena del accidente con intención de volcar toda mi rabia en negro
sobre blanco—, Roberto terminaba de teclear en mi apartamento el borrador definitivo
de la novela. Por aquel entonces, no gozaba aún de mi confianza y lo obligaba a picar
los manuscritos en mi casa, por temor a que los olvidara en algún sitio o los enseñara a
cualquier amigo. Suprimí la escena del accidente como un cambio de última hora, una
decisión tomada mientras le dictaba lo que quería que escribiera, porque en aquel
momento pensé que no encajaba bien en la trama. Recuerdo que ambos comparamos
ese fragmento con el original, escrito a mano en mi Moleskine, y estuvimos de acuerdo
en que la nueva versión de ese capítulo era mejor.
Atar cabos es fácil y al ver el deseo de venganza reflejado en este cuaderno,
comprendo que no son los caracteres los que condenan, sino la tinta…
Si quiero salvar a la Sofía mortal, debo liberarla antes de que sea demasiado tarde.
Devuelvo el clásico de tapa dura a su estante, entre los volúmenes 2 y 4, y busco un
poco más abajo el Volant de tapa blanda que encierra a mi musa. Lo sostengo durante
unos minutos entre mis temblorosas manos, sin fuerza para abrirlo, y me siento un
momento en el cómodo orejero color crema que me atrae y me invita al abandono. Aún
soy consciente de lo que debo hacer, tengo la solución en mis manos, pero de nuevo la
bruma amenaza con hacerme suyo y lo consigue…
Cuando regreso a la superficie ya ha oscurecido. El cuaderno que contiene su sonrisa,
su boca, sus ojos, su piel... se encuentra sobre el reposabrazos, a escasos centímetros
de mis dedos, al alcance de la mano. Pienso que debo actuar, por lo que seco mi rostro
sudoroso, respiro profundamente y abro el Volant negro por la primera página,
arrancándola y destrozándola en mil pedazos, igual que la siguiente, y la otra, y la otra…
Destrozo cada hoja con rabia para luego reducirlas a un polvo macroscópico que cubre
el suelo de la sala, polvo de letras malditas, de miradas, sonrisas, boca y piel…
Cuando ya no hay cuaderno, cuando el todo se ha convertido en nada, cierro los ojos y
la luz se apaga… Ahora sólo oigo el graznar de las gaviotas y así, entre el caos,
encuentro la paz.
SEXTO DÍA
Gijón, 28 de Febrero de 2012
U
n molesto pitido me avisa de que son las 7:30 de la mañana, hora de levantarse.
Para que uno se pueda levantar, es condición imprescindible haberse acostado
antes y hoy no es mi caso. Me desperezo, dolorido, sobre el orejero crema, en
cuyo respaldo he dejado un enorme cerco de sudor rancio. Estoy aquí, he sobrevivido a
la niebla.
Pienso que ha pasado el día de transición y no puedo permitirme el lujo de caer de
nuevo en la oscuridad. Me obligo a espabilar y a no mirar el cuaderno destrozado en mil
pedazos, los restos de papel y tinta que tapizan el suelo y crujen bajo mis pies.
Entro en la cocina e intento tomar las armas como un valiente soldado. Sé bien cuales
son y para asegurar la victoria, me dirijo al calendario, artillería pesada que confirma que
hoy es martes y de no ser año bisiesto, terminaría el mes de febrero. Abro las ventanas,
pongo la cafetera y coloco la tablet junto al platito con mis cuatro galletas Digestive de
avena, encima de la barra del office.
Me doy una buena y necesaria ducha, tratando de arrastrar cualquier resto de ira,
obsesión, angustia… y oigo el pitido de la cafetera.
Envuelto en mi albornoz, me dirijo a la cocina y meto la jarra de leche en el
microondas, 2 minutos y 27 segundos, tiempo suficiente para ponerme una camisa lisa
azul marino y unos tejanos, mientras pienso en doblar el trabajo de documentación para
poder cumplir con la editorial y no tener problemas con Raúl.
A las 7:54 saco la leche y la coloco sobre la barra, cierro las ventanas y a las 8:15 ya
voy por el segundo café del día y estoy, como cada mañana, sentado y dispuesto a leer
la prensa. Mientras me entero del fallecimiento de Isidro Zoreda, un músico local que
amablemente colaboró conmigo en uno de mis libros, recuerdo que María vendrá hoy a
las 12:00, lo que ayudará a que la niebla, que amenaza con avanzar de nuevo, acabe
por disiparse. Ella pondrá todo esto en orden y no tendré que barrer con mis manos los
restos del triste secuestro de la musa.
A las 9:15 me cepillo los dientes, me calzo y al ir a colgarme la messenger del
hombro, noto el peso extra de la caja de bombones, que decido regalar a la asistenta
como gesto de disculpa, “es lo que la gente suele hacer en estos casos”.
Dejo la caja sobre la barra del office y voy a escribirle una nota, pero, como tengo el
tiempo justo y he guardado la pluma, formo una cara sonriente con algunos de los los
tapones que la chilena guarda para una de esas campañas de ayuda humanitaria, y la
pongo justo al lado de los dulces.
A las 9:17 me dirijo a la biblioteca, donde ocupo mi mesa de siempre, busco los libros
que me interesan en la zona de consulta y puedo notar, sin asomo de duda, el escrutinio
al que estoy siendo sometido por el maleducado de las gafas. Intento hacer caso omiso
del bibliotecario y centrarme en los datos que debo tomar, pero cuando me dispongo a
coger la SoCaDo entre mis dedos empiezo a sudar, la pluma se resbala entre mis
húmedas falanges, el corazón me late apresuradamente, me duele el pecho y no puedo
respirar…
Permanezco firme y dispuesto a no caer, lo que me indica que mi parte racional está
en guardia y es ella quien identifica los síntomas de un ataque de pánico. No soy
médico, ni mucho menos psiquiatra o psicólogo —“¡todo lo contrario!”—, pero el haber
escrito y manejado infinidad de temas y perfiles de personajes varios, me ha llevado a
instruirme en diferentes áreas, a lo que puedo sumar el haberme sentado en sillas,
sillones y divanes de una larga lista de terapeutas. Si algo caracteriza un ataque de
pánico es que, por lo general, el que lo sufre no conoce el motivo. Desgraciadamente,
hoy no es mi caso y lo verdaderamente terrorífico en este momento es que yo, Bruno
Soler, estoy aterrorizado ante la idea de escribir.
—Disculpe, señor —me aborda el calvo de las gafas—, ¿se encuentra bien?
—Sí, no se preocupe —contesto—. No es nada, enseguida se me pasa.
—¿Está seguro de que no quiere que llame a nadie?
—Oiga, le he dicho que se me pasará, ¿de acuerdo? ¡Haga el favor de meterse en
sus asuntos!
El hombrecillo parece desistir y me deja tranquilo, aunque continúa vigilándome desde
detrás de la pantalla de su ordenador. Respiro profundamente, trato de relajarme y
vuelvo a intentar coger la pluma, pero es imposible —“No puede ser, no puede ser, no
me puede estar pasando esto”—. Decido que lo mejor será echar un vistazo a los atlas
temáticos y a la biografía de Ayaan Hirsi Ali, puesto que tarde o temprano debo hacerlo
y es mejor que centre la atención en algo útil para mantener la niebla a raya. Consigo
hacerlo durante un periodo de 3 horas y 37 minutos, pasados los cuales, intento tomar
unas breves notas y vuelvo a experimentar las mismas sensaciones. Sudo de nuevo
profusamente, el corazón retumba en mis oídos y tengo que concentrarme mucho para
poder llenar mis pulmones de aire.“No puede ser, no puedo imaginar mayor castigo…”
Son las 13:20 y se me ocurre una idea. Caminaré tranquilamente hasta el Dindurra y,
aunque no pueda cumplir con mi trabajo habitual allí —carezco de la documentación
necesaria—, sí que disfrutaré de mi purificación al lado del mar, el “reseteo”, como dice
Roberto. Quizá el olor a salitre disipe el miedo o, mejor aún, es posible que el graznido
de alguna gaviota supere el ruido del tráfico y me aporte un poco de paz. Me equivoco.
Avanzo por El Muro, como llaman los gijoneses a este paseo marítimo, pero soy un
zombi, una sombra del escritor que creí haber sido. “¿Qué escritor tiene miedo a
escribir?”
Pienso en aquellos meses que visité la planta de maternidad del hospital y en un joven
matrimonio que, sabiendo que estaba investigando para una novela, se prestaron a
contarme su historia —tan gris como cualquier otra— y me pregunto qué habría pasado
si a la mujer le hubiera entrado el pánico y aquello la hubiese incapacitado para parir. No
había cesárea posible para alumbrar una historia, ningún ginecólogo, matrona o cirujano
podía ayudarme, estaba solo, un escritor incapaz de escribir…
A las 14:15 entro en el portal de mi edificio. He mirado hacia otro lado al pasar por el
antiguo Teatro Arango, aunque la temible placa ya no reza el nombre de quien ayudó a
traer la desgracia a mi vida.
A las 14:30 ya me he cambiado de ropa y estoy sentado a la mesa degustando el
exquisito rollo de carne que María me prepara cada martes. La cara sonriente está
intacta y en el lugar que ocupaban los bombones, un post it de agradecimiento deseando
que me encuentre bien. “Y yo no puedo escribir ni una triste nota, estoy acabado…”
El apartamento está impoluto y me pregunto cómo hace María para tenerlo todo en
orden en sólo dos horas. Creo que prepara la comida en su casa, porque la cocina
siempre está limpia y las fuentes vienen y van, pero nunca me he ocupado de eso.
Aunque intento centrarme en mil y un asuntos que no tengan que ver con la literatura,
con la escritura o con aquello que me atemoriza, tal y como indican los profesionales, no
puedo hacerlo.
Voy a hundirme de nuevo, sé que voy a hundirme y ya no tengo motivos para luchar,
así que me siento en el sofá y dejo que la oscuridad me envuelva sin oponer resistencia
porque si no soy capaz de escribir se agotaron los motivos. No hay motivo alguno para
luchar, ya no…
SÉPTIMO DÍA
Gijón, 29 de Febrero de 2012
S
on las 5:00. Estoy helado y apenas siento los dedos de las manos. Aunque antes
de salir de mi apartamento ya era consciente de la baja temperatura que había
en el exterior, ¿qué suicida se pondría guantes para protegerse del frío antes de
saltar al vacío?
No siento la desesperación del suicida ni la enajenación propia de una crisis. No hay
lucha entre mi consciencia y mi parte oscura. Aunque 31 años, 9 meses y 10 días de
terapias periódicas, me han hecho consciente de mi incapacidad para sentir como el
resto de los mortales, hoy soy uno más.
Sé que la gente no se levanta un día decidido a suicidarse, pero determinadas
situaciones pueden llevar a cualquiera a saltar, aún en pleno uso de sus facultades
mentales.
Si hasta hoy he dudado a menudo de mi cordura, en este momento pongo en tela de
juicio los diagnósticos y conclusiones de quienes me tildaron de loco, incapaz emocional
o tantos y tantos términos clínicos basados en estúpidos tests y parámetros aún más
estúpidos.
El Elogio del horizonte, con un volumen de 200 metros cúbicos y una altura de 10
metros, se levanta majestuoso a mi espalda. Se trata de una escultura de hormigón,
obra de Eduardo Chillida, que se erigió en 1990 en este promontorio tapizado en verde,
que es el Cerro de Santa Catalina. La suave hierba que amortigua mis pasos lleva años
invitando a los visitantes a descansar y disfrutar de la vista, mientras sus escarpados
acantilados son conocidos por atraer tradicionalmente a suicidas como yo.
Si logro esperar 2 horas y 59 minutos antes de dejarme caer al mar —un mar que oigo
romper a mis pies contra las rocas, unos 80 metros por debajo de mí—, podré ver
despertar a la ciudad que habito desde hace 17 años, 5 meses, 28 días y 12 horas.
Aguardaré entonces a que se apaguen las luces de las farolas, para poder observar
por última vez la Playa de San Lorenzo y el perfil norte de la ciudad.
No pienso en el agónico graznar de las gaviotas, que en otras circunstancias
constituiría un regalo. Me puedo permitir el lujo de renunciar a unos miserables minutos
de paz —la paz que siempre me ha proporcionado el chillido de estos pájaros—, un bien
del que podré disfrutar pronto y de forma definitiva… “Tentador, muy tentador”.
Son las 7:59 y, aunque las farolas del paseo de El Muro permanecen encendidas, la
ciudad se activa como si el amanecer fuera hoy una especie de alarma lumínica.
El tráfico se hace más intenso, grupos de hombres y mujeres mayores, calzados con
cómodas zapatillas deportivas, salen a caminar a paso ligero y sin entretenerse. Algunos
jóvenes —perfectamente equipados— corren mientras consultan sus pulsómetros, en un
intento por llegar a la edad de los paseantes con la misma salud de hierro, un galgo se
escapa de la mano de su dueña, que pasea somnolienta por la arena… Todo ello
constituye un bello cuadro para llevarme grabado en la retina.
Son las 8:11. Avanzo un par de pasos y oigo el ruido de las pequeñas piedrecitas que,
arrastradas por las suelas de mis zapatos, caen ahora acantilado abajo, precediéndome
en el camino.
Vuelvo a notar el sudor frío, la falta de aire y la taquicardia, tan familiar estas últimas
horas, y me digo que es natural sufrir un ataque de pánico antes de precipitarse al
vacío.
Si ya he tomado la decisión, como sé que he hecho, es absurdo retrasar lo inevitable.
Sentarme sobre el césped, como estoy haciendo, tratando de llenar de aire mis
pulmones y acompasar mi ritmo cardiaco es, como mínimo, tan absurdo como si hubiera
optado por traer los guantes de lana para protegerme del frío.
Son las 8:17, aún sentado sobre la húmeda y fría hierba, analizo mi comportamiento y
me avergüenzo de él.
Si de algo estoy convencido es de que he nacido para ser escritor, y la vida de un
escritor que no puede escribir no tiene sentido alguno…
Madrid, domingo 18 de septiembre de 1994
Aunque hacía 9 años, 1 mes y 26 días que visitaba aquel lugar regularmente, la
sensación de angustia y tristeza que me invadía allí dentro, era la misma que la
primera vez que crucé la puerta del centro de internamiento para enfermos mentales
en el que se encontraba encerrada mi madre.
La echaba de menos. Yo acababa de cumplir 24 años y, a pesar de haber pasado
por horas y horas de terapia, mis relaciones sociales no habían mejorado excepto con
ella.
El doctor que me había atendido los 6 últimos años, ya no era “el doctor que no era
médico” —en aquellos términos había pensado en el doctor Hall cuando era niño—. Se
trataba de un reputado psiquiatra que, preocupado por mi marcha —había firmado un
contrato con una editorial que me ponía como condición residir en Asturias—, me
había buscado un colega en Gijón, al que había llamado para asegurarse de que me
atendería el primer viernes de octubre a las 18:00.
Ellos estaban seguros de que yo no era capaz de relacionarme de una forma sana
con los demás, pero no sabían de qué hablaban. Ninguno de ellos, ni siquiera Alfredo,
me había permitido entrar en la consulta con mamá y nadie que nos viera juntos
sospecharía que yo tenía problemas para relacionarme. No se daban cuenta de que
estaban equivocados, ¡todos lo estaban! Yo conectaba con mi madre y ambos
teníamos una comunicación sana y abierta, conversaciones enriquecedoras e
interesantes que no deseaba compartir con ningún psicólogo o psiquiatra.
Ese día, mientras cruzaba la puerta del centro, pensaba en todas esas charlas con
ella, momentos de sentirme normal, y me entristecía pensar que si hasta ese día nos
habíamos estado viendo una vez por semana, a partir entonces, debido a que me
mudaba, la frecuencia sería menor. Odiaba conducir, pero visitaría a mi madre una
vez cada dos semanas aunque estuviera a 473 kilómetros y 16 metros de allí.
El ascensor me llevaba a la sexta planta, donde estaba ubicada la sala común en la
que los internos leían, pintaban o se sentaban alrededor de los juegos de mesa en un
vano intento por escapar.
Pensaba en lo extraño que me había resultado la petición de mamá del domingo
anterior. Habíamos estado charlando sobre mi inminente partida hacia Gijón y mi
nuevo trabajo para la editorial. Se trataba de una oportunidad única, pero mi madre
parecía más apagada que de costumbre y yo no soportaba pensar en contribuir a
aquel estado de ánimo. Tras peguntarle varias veces si quería que rechazara la oferta
y asegurar que la seguiría visitando con regularidad, ella negó con la cabeza y me
pidió la tinta, la pluma y el tintero.
—¿Qué tinta, mamá? —le había preguntado, extrañado—. Mi favorita, la que usaba
en casa, es muy sucia y engorrosa. Te compraré un montón de cartuchos y una
Duofold nueva que te haré grabar, ¿de acuerdo?
—¡No, Bruno! —había contestado, alterada—. Aquí tengo todo el tiempo del mundo y
tú ya no usas esa tinta, es una pena. Por favor, hijo…
—Claro mamá, te lo traeré —la había intentado tranquilizar, preocupado por si
alguno de los celadores o enfermeros la veían nerviosa y le ponían una de aquellas
inyecciones que la dejaban aturdida—. Tengo un par de botellas guardadas.
Era una pena que ya nadie comercializara aquella composición de tinta en
cartuchos, porque el resultado era mejor que bueno. Yo había intentado rellenar los
cartuchos de mi Parker con ella, pero resultó un fracaso total.
—Tú siempre dices que la tinta está viva y que no hay que dejarla morir —había
añadido mi madre, algo más tranquila— y yo tengo mucho tiempo para darle razón de
ser, Bruno.
Mamá, que siempre había despertado la envidia de sus congéneres por su belleza y
elegancia, había perdido —a la vez que la esperanza y las ganas de vivir— 17 kilos y
350 gramos.
Recordé a Tomé de Burguillos y su análisis de los sonetos de Lope de Vega, que el
cabrón de mi padre recitaría con alegría: —“quien pone su esperanza en mujer
flaca…”
Quizás mi pobre madre, consumida en aquel sofá, rodeada de dementes y con sus
ojos castaños hundidos y apagados, fuese una mujer flaca y la tal Alejandra —un palo
de escoba con un globo aerostático a cada lado— fuera en cambio una mujer delgada.
Enorme poder, el de la retórica y el lenguaje.
—¡Hola mamá!, mira lo que te traigo —saludé, fingiendo una alegría que no sentía, a
la sombra de la que fue mi madre, que me esperaba con la mirada perdida en algún
punto de la pared.
—Bruno, cariño —me devolvió el saludo, con la sonrisa cansada y triste que ya era
habitual en su rostro—, te has acordado.
—Claro que sí mamá, una promesa es una promesa —contesté, sacando de la bolsa
las botellas de tinta y el tintero—. Ambos sabemos que falta algo, pero es difícil meter
determinadas cosas en este sitio…
—Claro, claro… —Esta vez, su respuesta iba cargada de ironía y conocimiento, algo
que extrañaría a muchos pero no a mí.
Mamá estaba perfectamente cuerda, era consciente de que la habían encerrado sin
motivo y se había resignado, se había rendido, sólo eso. Su mirada vacía no era fruto
de la demencia, la locura o los fármacos, se trataba simplemente del reflejo de la
rendición.
Como ya habíamos hecho en ocasiones anteriores con horquillas para el pelo,
lápices y pinzas de depilar, introduje la pluma en la manga de mi chaqueta para
despistar a los celadores, y la dejé caer en el interior de la bata de mi madre mientras
la abrazaba.
Ambos coincidíamos en que no deberían de ser tan estrictos, puesto que ya había
demostrado que no era un peligro ni para ella misma ni para los demás, pero en el
centro se defendían diciéndonos que mamá podía despistarse y dejar que alguien le
cogiese alguno de esos “objetos peligrosos” y los utilizara para autolesionarse o
atacar.
Cuando el celador me preguntó qué llevaba en la bolsa, le dije la verdad, se lo
enseñé y el hombrecillo no se extrañó de ver tinta y tintero pero no pluma, lo que me
resultó hilarante. Pensaba decirle que era para pintar con los dedos, tal y como había
visto hacer en la sala de terapia, pero no fue necesario, “¡ignorante!”
—Sabes que todo este contrabando se lo debes al doctor Hall —le susurré, en un
chiste íntimo—, no me hizo llorar, pero aprendí a abrazarte.
—Eras un niño —respondió—, fuiste precoz a la hora de hablar y tardaste un poco
más en abrazar a tu madre, eso fue todo. Pero cuéntame cosas de la mudanza, ¿está
todo listo?
—Bueno, ya sabes que me voy pasado mañana —respondí—. Raúl, el editor, se ha
encargado de todo. Yo sólo me ocupé de confirmar la cita de mi nuevo psiquiatra, un
tal Florencio, así que ya te contaré dentro de dos semanas, cuando vuelva a verte.
—Bruno, hijo… —comenzó a decirme, emocionada— como te dije antes, enseguida
empezaste a hablar. No habías cumplido los seis años cuando me di cuenta de que
tenías una imaginación prodigiosa y que eras capaz de inventar historias maravillosas,
pero de ahí a escribirlas…
Desde el principio, mi madre no se había mostrado muy entusiasmada con la idea
de mi nuevo contrato. Yo lo achababa a que me tenía que ir de su lado y que nos
veríamos con menos frecuencia pero había algo más…
—Mamá —la interrumpí—, ¿no te parece una pena inventar historias y no dejar
constancia de ellas en ningún sitio?
—A veces es mejor así —respondió—. Hay huellas que son imborrables, Bruno.
—Quiero la eternidad para mis historias mamá.
—Lo sé Bruno, siempre lo supe…
S
on las 10:37. Estoy empapado de lo que no sé si es sudor, salitre o ambas
cosas, noto el frío en el interior de mis huesos y no acierto a comprender si me
ha calado desde dentro o desde fuera.
Mientras camino con paso inseguro cerro abajo, pienso que si mi psiquiatra supiera
que llevo 2 años, 3 meses y 19 días sin tomar el tratamiento, adornaría mi historia
clínica con unas bonitas letras rojas, que rezarían algo así como: —“RIESGO DE
SUICIDIO”. En cambio no he sido capaz de dar el paso, no he podido saltar.
Apenas se ve actividad en el puerto deportivo, al abrigo de los vientos, gracias a la
protección del dique y de la propia Atalaya, que prácticamente he dejado atrás.
Camino en dirección a mi apartamento sin calcular el tiempo o la distancia,
simplemente camino, izquierda, derecha, izquierda…
A las 10:58 llevo 5 intentos y aún no he podido sostener la llave del portal entre los
dedos, que están completamente blancos e insensibles.
La octogenaria del caniche abre desde dentro y me mira directamente a los ojos,
como retándome a que le regale alguna de mis impertinencias. No le doy la satisfacción.
Sostengo torpemente la puerta, mientras la mujer y el chucho salen a la calle y tomo el
ascensor hasta mi apartamento, que consigo abrir a la tercera.
Sin quitarme ni siquiera el abrigo, entro en el salón y busco entre los estantes, “tiene
que estar por aquí, V4-Mareas sin luna, aquí dentro…” Las manos me tiemblan tanto
que no soy capaz de sacar la carta del interior del cuaderno, donde la he guardado,
doblada en dos. Al fin lo consigo. El sobre, de color sepia y desgastado por los años de
cautiverio mide —una vez desdoblado— 22,5 x 11,5 centímetros. No sé si se debe a que
aún no he entrado en calor o a que esto resulta demasiado doloroso, pero no logro
sostenerlo. Me obligo a concentrarme en la única tarea de mantenerlo firmemente ante
mí.
En el reverso lleva mi nombre, Bruno. Recordaba el día que el picapleitos me lo había
entregado. Hacía 5 meses y 4 días que me había instalado en Gijón, 37 minutos que
había llegado a Madrid, y tan sólo 4 minutos que había entrado en el triste despacho
que nos había cedido el director del centro en el que había estado interna mi madre.
Eran las 17:10 de un frío viernes de febrero. Mi padre y Hugo no estaban presentes,
los vería en el funeral, pero no cruzaríamos palabra alguna.
A las 11:53 reúno el valor necesario para abrir el sobre. Desde una cuartilla crema y
sedosa, los irregulares y torpes trazos tan característicos de las romas plumas
artesanales y el bello color de la tinta —esa tinta que al otro lado del charco, alguien
atrapó para mí en estrechos cartuchos a los que nunca más daré uso—, me invitan de
nuevo a leer, a despedirme una vez más…
Mi muy querido Bruno:
Desde que te tuve por primera vez entre mis brazos supe que eras especial
y que tenías un don. Desde el instante en que te alumbré y nos asustaste a
todos, hasta que un agudo chillido de protesta sustituyó el clásico llanto
infantil… desde ese momento, supe que siempre sufriría por ti.
Cuando empezaste a inventar historias, y me pedías que te dijera un país,
un nombre y un animal para hacer de ello un cuento, pensé que te
conformarías con representar aquello con tus muñecos o con narrárselo a los
nonos, pero estaba equivocada.
El día que di a luz a “el bebé que no llora”, como te llamó la comadrona,
ese día parí a un escritor y hay fuerzas contra las que es inútil luchar.
Yo lo intenté, había sido testigo de pequeños hechos, que aunque parecían
pasar desapercibidos a muchos, a mí no se me escapaban.
Tu padre, ¿que te voy a contar?, me tildó de loca cuando le comenté que
estaba asustada porque el nono había conseguido encontrar aquel libro que
habías pedido en tu carta a los Reyes Magos y que nadie conocía. Había
aparecido en el mercadillo de Arrixaca, en un puesto que vendía e
intercambiaba novelas del oeste y tebeos. Era como si el propio destino lo
hubiera colocado allí para ti y tu nono lo compró sin haber leído antes tu
carta, sólo porque le pareció un bonito regalo de Reyes para su nieto.
Yo seguía intentando nadar contracorriente, seguía intentando luchar
inútilmente contra lo que no comprendía y por eso no te dejaba llevar el
cuaderno y la pluma cuando salíamos de casa, por eso intenté disuadirte de
estudiar literatura con pobres argumentos que ni yo misma creía.
Si he soportado vivir, aún estando encerrada en este sitio, ha sido porque
quería asegurarme de que estabas a salvo y nadie te hacía daño, ni siquiera
tú mismo.
Hoy voy a quitarme la vida, pero no debes apenarte porque es algo que
decido yo.
Es muy triste haber estado aquí encerrada en contra de mi voluntad, pero
esta decisión es mía y por eso debes alegrarte. Sé que no va a ser difícil
hacerlo, muchos piensan que es muy complicado dar el paso pero en mi caso
ya lo he dado. Acabarás comprendiendo que en el momento que me he
decidido y he logrado escribir esta carta, ya me estoy suicidando.
Eres lo que más quiero en el mundo, hijo, y si hay algo que nunca podría
soportar es que pensaras que te abandono, que te dejo solo. No lo hago, y el
único modo que conozco de protegerte de ti mismo y del resto del mundo, es
empuñando el arma que tú hiciste poderosa, la que me gustaría haber sido
capaz de apartar de ti cuando aún luchaba por lo imposible y trataba de
evitar lo inevitable.
A MI HIJO BRUNO NUNCA LE VA A PASAR NADA MALO.
Te quiero, hijo mío.
Madrid, 24 de febrero de 1995
Claudia Soler
Sostengo la carta que mi madre escribió antes de ingerir 755 mililitros de tinta, con la
seguridad de que es inútil volver a intentarlo, de que no podré saltar al vacío y tampoco
podré volver a escribir. Mi vida, como la de mi madre, ya no tiene sentido, pero yo estoy
condenado a vivirla de todos modos. Ella, la tinta, me ha condenado a vivir… “Nadie
puede borrarlo, lo que se ha escrito, escrito está”.
Son las 12:00 del miércoles 29 de febrero de 2012. Los ojos me escuecen, noto la
cara húmeda y un sabor salado en los labios… estoy llorando.
FLORENCIO
(Epílogo)
E
l reloj de mi despacho marca las cinco de la tarde. Sigo enfrascado en historias
pendientes, informes de pruebas que siempre llegan siglos después de haberlos
solicitado y datos por contrastar. El último día de trabajo antes de las vacaciones
suele ser el peor, pero hoy me atrae más la idea de quedarme que la de llegar a casa.
Tengo una lista en el bolsillo con todos los recados que debo hacer por el camino y sólo
de pensar en ella se me quitan las ganas de despegar el trasero de aquí para regresar
al hogar con mi mujercita, que es la responsable de que las obligaciones más
desagradables de hoy empiecen tras la jornada laboral.
Siempre cierro la consulta el mes de junio para poder disfrutar de nuestra casita de
Llafranc, al norte de la Costa Brava. Me gusta el sexto mes del año porque me da la
posibilidad de disfrutar de un tiempo soleado, más horas de luz, y una relativa
tranquilidad, antes de la invasión de niños ruidosos y turistas. El problema es que a mi
esposa, aun conociéndome como me conoce, se le ha ocurrido proponerle a Sara que
pida un par de semanas en el trabajo y nos acompañe con los gemelos, dos fieras de
cinco años, consentidos a más no poder. Quiero mucho a mis nietos y a mi hija, también
quiero a Tina a pesar de su manía por entafarrarme de protector solar, pero todos
juntos… ¡Esconderé un par de blísters de “caramelos de la risa” en la maleta para poder
soportarlo!
El teléfono suena por enésima vez esta tarde y un minuto después, la cabeza de mi
secretaria asoma por la puerta entreabierta.
—Es su mujer, Doctor Peláez, ¿se la paso? —me consulta, con una voz entre divertida
y resignada.
—No, por favor —respondo, pensando una excusa y poniendo los ojos en blanco—,
dile que estoy con un paciente y que te puede dar el recado.
—Así lo haré, doctor.
—Gracias Clara
Mientras repaso la agenda mentalmente, Clara se asoma a mi despacho de nuevo
para informarme, siguiendo las instrucciones de mi mujer, de que nuestro querido yerno
ha decidido unirse al pelotón —qué noticia más fabulosa, mister sonrisa Profidén nos va
a honrar con su presencia, casi no puedo contener mi entusiasmo—. El susodicho tiene
un par de asuntos pendientes, así que volará tres días después que el resto de la familia
al aeropuerto de Girona donde su suegro, según le habrá ofrecido mi atenta esposa,
estará encantadísimo de recogerlo para llevarlo a Llafranc, donde ya estará todo
ordenadito y listo para que su ilustrísima pueda disfrutar de unas relajadas vacaciones.
Qué oportuno que además se libre de aguantar a sus fieras durante tooooodo el viaje,
preguntando cuánto falta o gritando que quieren hacer pis. Debo admitir que es bastante
más inteligente de lo que yo pensaba. Y ahí no acaba todo, Clara también me ha dicho
que el listillo ha conseguido billetes a un precio interesante para que Sara y él vuelvan
quince días después a reincorporarse al trabajo, mientras los niños se quedan tomando
el aire con los abuelos. En vista de los planes de mi adorable familia, necesitaré un
blíster extra de ansiolíticos.
¡Menudo caradura!, no sé cómo mi hija se lo consiente. Tina y yo siempre vamos en
avión y en el aeropuerto alquilamos un coche. Si accedí a ir conduciendo este año, fue
por culpa de las malditas maletas y todo el dispositivo que acompaña a los gemelos
cada vez que ponen un pie en la calle.
Con gesto cansado, despido a mi secretaria, en cuyo rostro puedo leer que siente
lástima por su abrumado jefe, y recuerdo que debo hablar con el colega que suele
atender nuestras urgencias mientras estoy fuera. Clara llamó a su despacho y sé que no
estará localizable hasta dentro de media hora que, como gesto de rebeldía, no pienso
aprovechar para hacer los recados inútiles que mi mujer se ha empeñado en
encargarme. Me da por pensar que los “caramelos de la risa” no van a ser suficiente
para evadirme de la realidad y que quizá necesite un método de refuerzo y algo más
lúdico como, por ejemplo, una buena lectura. Me dirijo a la estantería del fondo, donde
tengo un par de baldas dedicadas a las novelas que he ido comprando aquí y allá y aún
no he podido leer. La visión de los lomos de estos libros me hacen pensar, y no por
primera vez en los últimos meses, en Bruno Soler y Soledad Morales.
Bruno se había mudado a Gijón por cuestiones de trabajo y fue uno de mis colegas de
Madrid, donde el escritor había residido hasta entonces, quien le recomendó acudir a mi
consulta una vez que se hubiese instalado en nuestra ciudad. Mi colega madrileño lo
había visto desde que llegó a la mayoría de edad, siendo Alfredo Hall, un reputado
psicólogo infantil de la capital, el que lo había tratado previamente. En un principio, el
doctor Hall había considerado a Bruno un Asperger, hasta darse cuenta, un año de
sesiones después, de que aquel chaval no encajaba en ningún tipo de autismo. El niño
había entrado en contacto con él porque a su madre y a su pediatra les preocupaba que
no llorase y ya habían descartado un problema neurológico. Alfredo quitó importancia a
aquello aunque tomó nota como un síntoma a tener en cuenta. Más adelante, vería la
necesidad de que el niño, ya adulto, fuera valorado en la consulta de psiquiatría de mi
amigo; el mismo que, años de terapia más tarde y con motivo del cambio de residencia
de Bruno, le daría mi tarjeta.
Desde que me entrevisté con el escritor por primera vez algo no encajó pero, aún a
día de hoy, no sabría emitir un diagnóstico certero. Bruno parecía un Obsesivo-
Compulsivo de libro y como tal lo habíamos tratado mi colega madrileño y yo. Me
entrevistaba con él cada viernes a las seis de la tarde y aunque le había explicado que
no era necesaria la terapia semanal, siempre insistía en acudir y nuestra reunión pasó a
formar parte indispensable de su rutina. A pesar de mi insistencia, aquello había sido
inalterable hasta hacía tres meses.
El viernes veinticuatro de febrero no pasó a verme y, puesto que yo sospechaba que
había dejado de medicarse, di instrucciones a Clara para que intentara localizarlo, algo
que mi secretaria no consiguió. Fue el propio escritor quien la llamó tres días después,
asegurándole que todo iba bien y que volvería el viernes siguiente. Sin embargo, el
miércoles veintinueve de febrero, dos días antes de nuestra cita, Bruno se presentó en
mi puerta con un estuche de cuero en una mano y un trolley en la otra. Eran las cuatro y
media de la tarde, tenía la agenda cerrada y había avisado a Clara de que no se me
molestara, puesto que estaba preparando una ponencia para el congreso de psiquiatría
que se celebraría en Santander en pocas semanas. Cuando Bruno Soler apareció, a mi
secretaria le extrañó tanto —no era viernes y aquel tipo jamás cambiaba su rutina— que
lo invitó a esperar un momento en la sala y me informó de inmediato. Le dije que lo
mandara pasar y, si no hubiese conocido al hombre que me miraba desde el otro lado de
la mesa, pensaría que había confundido la puerta de mi despacho con la del abogado de
al lado. A pesar de haber alterado una rutina de años, el que yo había tomado por TOC
(Trastorno Obsesivo Compulsivo), se mostraba tranquilo y perfectamente centrado, lo
que me resultó aún más incomprensible al confesarme que llevaba un tiempo sin
medicarse. Bruno me comunicó, ante mi estupor, su decisión de ingresar por propia
voluntad en un centro para enfermos mentales. Su intención era que yo le recomendara
un lugar y le tramitase el ingreso, puesto que estaba decidido a no volver a su
apartamento. Después de aquello continuó contándome, en el mismo tono sosegado y
coherente que había utilizado desde el principio, la historia más disparatada que jamás
había escuchado, a no ser desde la butaca del cine o el teatro. Cuando terminó su
rocambolesca historia, dejó el estuche de cuero sobre la mesa de mi despacho,
diciéndome que se trataba de un regalo. Le expliqué que no podía aceptarlo pero él
insistió en que lo hiciera, elevando un poco la voz y perdiendo el control por primera vez
aquella tarde. Repetía y repetía, como si de un mantra se tratara: —“Nadie puede
borrarlo, lo que se ha escrito, escrito está; nadie puede borrarlo, lo que se ha escrito,
escrito está; nadie puede borrarlo, lo que se ha escrito, escrito está…”
En vista de que mi paciente, que ya no parecía tan racional como unos minutos antes,
estaba decidido a no abandonar mi despacho hasta que no accediera a su petición, me
puse en contacto con la institución que me pareció más recomendable. Tras conseguir
que me pasaran con el director, un viejo conocido, le expliqué la situación y Clara llamó a
un taxi.
Cuando el escritor se fue descubrí, en el interior del elegante estuche de cuero, una
bellísima pluma de diseño de la firma americana Ink On Paper, muy conocida por su alta
calidad y elevado precio. Durante los treinta minutos que siguieron a tan inesperada y
extraña visita, no pude apartar la vista de la pluma, modelo SoCaDo, mientras pensaba
en la disparatada historia que acababa de oír.
Unos días después y movido por la curiosidad, llamé al director del centro donde había
ingresado mi paciente y éste me contó que Bruno les había dado muchos quebraderos
de cabeza porque, a pesar de admitir que se trataba de un ingreso voluntario, se negó a
firmar el documento que así lo reflejaba, por lo que hubo que llamar a un notario que se
encargó de firmar para dar fe que aquella era la voluntad del paciente. Lo más
sorprendente de todo era que a los dos días, sin haber sufrido ninguna crisis ni
presentado síntoma alguno, el escritor había entrado en un estado catatónico y desde
entonces no respondía a ningún estímulo.
De vuelta al presente, buscando métodos de evasión para mis vacaciones, me decido
por la lectura ligera y entretenida de Vázquez Figueroa y un par de novelas de Mankell,
mientras lamento que un escritor como Soler haya terminado como terminó. Miro el reloj
y compruebo que falta algo más de un cuarto de hora para que pueda hablar con mi
colega y cerrar por fin “el chiringuito”. Dejo El mar en llamas y los dos casos de
Wallander sobre la mesa para asegurarme de que no los olvido al salir y me pregunto
cómo les irá a Soledad y a Valeria con el libro…
Cuando Soledad Morales, médica de urgencias e hija de un antiguo compañero de
facultad, se presentó en mi consulta para que le hablara de Bruno Soler con la excusa
de escribir una novela, pensé que lo que tenía que hacer era buscarse un novio. Me
pareció un poco atrevido su convencimiento de que el escritor tuviera algo que ver con la
muerte súbita de una tal Sofía de Castro, a la que Soledad había visto en urgencias con
lo que parecía un bloqueo mandibular y que se acabó complicando hasta el ingreso de la
mujer en la planta de medicina interna. Mi primer impulso fue el de echarla con la excusa
de que debía proteger la confidencialidad del señor Soler, hasta que me dijo el título de
su futura novela y no pude reprimir un escalofrío.
—Soledad —le dije, tras dejarla hablar durante casi un cuarto de hora y escuchar
cómo me contaba vaguedades e hipótesis—, sabes que yo también me debo al secreto
profesional y no haré una excepción cuando sé que tú no me lo estás contando todo.
—No comprendo lo que quieres decir —contestó, un tanto avergonzada—, te he
explicado lo que sé y tanto su amiga Valeria, que me está ayudando con la
documentación, como yo, encontramos ciertas coincidencias. Florencio, de poder hablar
con él no estaría aquí, pero se encuentra en estado catatónico, no puede ayudarme.
—Vamos a ver, Soledad —contesté—, no me creo que un par de casualidades como
ese encuentro en la biblioteca y una visita rápida en el hospital, te puedan llevar a la
conclusión de que Bruno esté implicado en la muerte de Sofía.Y desde luego, el que tu
paciente haya fallecido el mismo día que el escritor ingresó en el centro donde se
encuentra actualmente, parece indicar que Bruno no tiene nada que ver en algo que
además me estás describiendo como un infarto. ¿Se puede saber cómo puede alguien
provocar un infarto diferido? Porque el tiempo transcurrido desde la visita de Bruno
hasta la muerte de Sofía no es nada despreciable.
—Sólo creo que está implicado de alguna manera, no lo acuso de asesinar a nadie…
—contestó, dudando— Se trata sólo de una novela, formulo hipótesis a través de una
idea que desembocará en ficción pura y dura.
—Bueno, si tus sospechas estuvieran fundadas, lo adecuado sería llamar a la policía y
si se trata sólo de inventar una historia, no me necesitas —respondí, disfrutando un poco
de tenerla atrapada—. A no ser que quieras que ambos pongamos encima de la mesa la
información que tenemos. Puedes empezar contándome qué tiene que ver todo esto con
la tinta, porque te adelantaré que es precisamente “Tinta”, el título de tu futura novela, lo
que me ha llevado a pensar que tú y yo tengamos que continuar esta conversación.
Yo no podía obviar el hecho de que la historia que me había contado mi paciente y la
de Soledad, a cual más fantástica, tuvieran como nexo común aquel líquido y negro
elemento que empezaba a encender mi curiosidad. Tras unos segundos de duda,
Soledad me confesó que aunque la versión oficial no estaba falseada, quizá sí la habían
edulcorado un poco. Sin duda, la causa de la muerte había sido un infarto agudo de
miocardio aunque el trombo que el informe forense afirmaba haber localizado en las
coronarias de la víctima no era exactamente… un trombo. Después de hacerme
prometer que mantendría la boca cerrada, Soledad me relató cómo el forense le había
confesado estar totalmente desconcertado por las enormes cantidades de tinta que
encontró en el torrente sanguíneo de la fallecida. Aquello le había extrañado muchísimo
pero, cuando de verdad se quedó de una pieza fue cuando descubrió que lo que
obstruía las arterias coronarias de la mujer que tenía delante no era sangre coagulada
sino, ¡tinta seca! El cómo había llegado hasta allí tal cantidad de tinta o qué tenía que
ver aquello con la “lágrima negra” que tan dramáticamente describía mi interlocutora por
boca de Valeria —la íntima amiga de la desafortunada Sofía—, era un verdadero
misterio. Ni qué decir tiene que aquello resultó un artefacto incendiario fenomenal para la
ya prolífica imaginación de Soledad que, para qué negarlo, había contagiado a este
resignado y sufridor abuelete con su entusiasmo. Dos profesionales de la medicina, dos
mentes científicas acostumbradas a buscar y encontrar explicaciones lógicas, nos
estábamos dejando llevar por la fantasía…
Mientras pienso en las ganas que tengo de leer el libro de Soledad, Clara me avisa de
que tiene al teléfono a mi colega, el último asunto que debo resolver antes de irme, así
que reviso el caso pendiente con él en cinco minutos, le doy las gracias y cuelgo. Recojo
un poco la mesa del despacho mientras reflexiono sobre las asociaciones a las que me
llevó aquel día la conversación con Soledad Morales, que suenan a pseudociencia y
alquimia. Me pregunto si la misma tinta que salva o condena a un hijo puede acabar
también con la vida de una mujer.
Meto el blíster extra en mi maletín y, con una sonrisa torcida en los labios, tomo la
pluma y escribo: “Al imbécil de mi yerno le saldrán orejas de burro y rabo de
cerdo”, el poder de la tinta… ¡tonterías! Cierro la puerta del despacho, me despido de
mi secretaria y parto rumbo a mis vacaciones familiares.
—¡Clara! —grito desde el descansillo—, ¡entra en mi despacho y rompe la nota que
dejé encima de la mesa!, “nunca se sabe, no vaya a ser…”
Fin
Agradecimientos
En primer lugar fue Arturo, mi mayor apoyo, quien vio en Tinta algo más que un relato corto. Sus apuntes,
aportaciones, correcciones e ideas han sido una ayuda inestimable en la concepción de esta historia.
Sin mi padre Ángel, que incluso dedicó parte de sus vacaciones a mis personajes, y mi hermano Adrián,
capaz de leerse la novela de un tirón y emborronar, además, como el más exigente de los editores, Tinta
no sería la misma que tenéis entre las manos.
Mención especial y muy afectuosa para Jesús Cernuda, “Jota”, que un día me propuso presentarnos
ambos a un premio literario que, por supuesto no ganamos, pero sirvió como excusa, gasolina y fuerza.
Mª Sol, médica de familia en el centro de salud donde trabajo, me ayudó mucho con Soledad, a la que
incluso puso nombre propio, e hizo posible que una servidora no metiese demasiado la pata, de puertas
del hospital adentro.
El verdadero culpable del coágulo mortal fue Kike Cimas, que con sus conocimientos, imaginación y
generosidad aportó otra gota de tinta y amistad que son los ingredientes que llevaron este proyecto a buen
puerto.
Juan José Martínez-Junquera tuvo la inmensa amabilidad y paciencia de resolver todas mis dudas sobre
los entresijos legales que rodean una autopsia clínica.
Celia, con quien trabajé cuando era casi una mocosa y a quien volví a encontrar más tarde entre steps y
mancuernas, no sólo me ha animado y apoyado muchísimo sino que me ha prestado a “su costilla”,
Agustín, cuyo ánimo, promoción y fuerza resultan impagables.
Con Laura monté los perfiles psicológicos de los personajes y fue muy divertido cotillear sobre ellos como
si fueran viejos amigos.
A José Martín, “el amigo al otro lado de la ventana brillante”, ¡que siga ardiendo!
Gracias a Pilar, con quien he “compartido sillón” y ahora, mucho más divertido, comparto cafés y letras.
Agradecida también a Jose, que no sólo se prestó a infiltrarme corticoides sino, mucho más valioso, ánimo
y fuerza para publicar.
El hecho de que mis amigas Begoña y Susana me hayan leído, no siendo lectoras habituales, supone para
mí una gran satisfacción.
Unas gracias enormes a toda mi familia —Tino, Manolo, Joaquín ya no dice apenas tacos— y amigos,
Maria del Mar, Esteban, Marta —futura madre de Rita—, Félix, René, Pedro, Ángeles, Mimi, Ana, Gonzalo,
Rafa, Olvi, Montse, Moyra… que tanto me han apoyado y animado.
Espero no olvidarme de nadie y si es así, os pido disculpas.

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