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EL EQUILIBRIO MONETARIO Y EL EQUILIBRIO

DE LA BALANZA DE PAGOS COMO OBJETIVOS


DE LA POLÍTICA ECONÓMICA

i.—Introducción.

En medios cada vez más numerosos se han dado cuenta de la


importancia de mantener el equilibrio monetario, es decir, de evi-
tar tanto la inflación como la deflación; se han percatado igual-
mente de la necesidad de impedir los desequilibrios a largo plazo
en la balanza de pagos. No obstante, se halla bastante difundida
la opinión según la cual el equilibrio monetario, como objetivo
de la política económica, puede y debe subordinarse al objetivo
más elevado de mantener el pleno empleo ("full employuicnt").
Los partidarios de esta última tesis admiten, sin embargo, que
desde el punto de vista social el mantenimiento del equilibrio
monetario constituye un objetivo tan importante como el del ple-
no empleo. La importancia de este aspecto del equilibrio mone-
tario se deriva del hecho de que tanto la inflación como la defla-
ción entrañan consecuencias sociales inaceptables. Los desplaza-
mientos sociales indeseables en la distribución de la renta real, a
consecuencia de la inflación, se consideran justamente como la
forma más inicua posible de tributación, lo cual es suficientemen-
te conocido para que nos dediquemos aquí a examinarlo. Por
otra parte, a partir de la crisis de 1930, los males sociales de la
deflación, acompañada del paro en masa, han sido lo suficiente-
mente divulgados para que haya que repetirlos de nuevo. He-
mos, no obstante, de señalar aquí el hecho de que, a largo plazo,
las consecuencias sociales nefastas de la inflación no se limitan a
desplazamientos injustificados de rentas. En todos los países que
participan activamente en los cambios y pagos internacionales.
(i EMILIO DE FICUEROA [R. E. 1*., VIII,. 1

una inflación a largo plazo debe provocar inevitablemente un dé-


ficit grave en sus balanzas de pagos; lo que lleva, finalmente, á
un nuevo equilibrio alcanzado, ya sea a través de una deprecia-
ción de la unidad monetaria del país de que se trate, es decir, de
una devaluación (lo que implica la aceptación de una pérdida en
el valor de la moneda, socialmente inaceptable en principio), o
bien, por medio de restricciones severas a la importación (lo que
afectará gravemente a los elementos estructurales de la oferta de
trabajo). En consecuencia, se puede evidentemente adoptar el pun-
to de vista de que el mantenimiento del equilibrio monetario cons-
tituye un objetivo social tan importante como el mantenimiento
del pleno empleo. Toda política realizada por las autoridades pú-
blicas o por el banco central debe, por tanto, dirigirse a la reali-
zación simultánea del equilibrio monetario y del pleno empleo.
Antes dé determinar técnicamente los instrumentos de la po-
lítica monetaria más apropiados para la realización dé este obje-
tivo, conviene precisar el concepto; un tanto imprecisó, del equi-
librio monetario, las relaciones entre el equilibrio monetario y
el equilibrio de la balanza de pagos y las condiciones en que pue-
de lograrse a la vez ambos tipos de equilibrio.
Se verá que, eri principio, el equilibrio monetario es posible
á diversos niveles de producción y de empleo, y que la política
económica adecuada debe, pues, tender a un equilibrio monetario
que garantice al mismo tiempo el niayor nivel posible de empleo.

2.—El concepto de equilibrio monetario.

Desde finales del siglo XIX, numerosos economistas lian tra-


tado de dar una definición lo más precisa posible teóricamente
y que fuese utilizable a la vez en la práctica de las nociones de
inflación, deflación y del punto de equilibrio entre ambas, es de-
cir, del equilibrio monetario.
Originariamente, se estimaba que la inflación guardaba rela-
ción con un alza del nivel general dé precios, y la deflación, con
una baja. En éstas condiciones, el equilibrio monetario se caracte-
rizaba por la estabilidad de los precios. Según este punto de
vista, ya superado én nuestros días, el equilibrio monetario con-
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•~2:.-S5*M:. ,

sistía en una "moneda con valor estable"; la inflación, en una


baja del poder de compra de la moneda, y la deflación, en un
alza.
Sin embargo, en medios cada vez más numerosos se han dado
cuenta de que ésta no es una definición adecuada, dado que las
modificaciones en el poder de compra del dinero pueden también
producirse á consecuencia de la intervención de factores "reales",
como, por ejemplo, variaciones en la productividad que modifi-
can el poder dé compra de la moneda, sin que pueda propiamente
hablarse de perturbaciones en el procesó económico o en el equi-
librio monetario.
El mejor ejemplo conocido de un proceso inflacionista coinci-
dente con un nivel de precios bastante estable lo constituye la
evolución que tuvo lugar en los Estados Unidos en los años qué
precedieron inmediatamente a la crisis de 1929, en que la produc-
tividad aumentó fuertemente mientras que los precios no va-
riaron apenas. Este hecho demuestra que el equilibrio monetario
no puede identificarse exactamente con la estabilidad en el valor
de la moneda.
Los economista suecos, especialmente, se han esforzado en de-
terminar las condiciones esenciales del equilibrio monetario a tra-
vés de las nociones de "tipo de interés natural", de ahorro y de
inversión. Por tipo de interés natural entienden aquel tipo que
se formaría en una situación dada si todo el proceso económico,
y, por consiguiente, las transacciones en el mercado de capitales,
se desarrollaran sin la utilización de la moneda, es decir, en especie.
La condición de equilibrio monetario sería entonces que el tipo
efectivo de interés, es decir, el tipo del mercado o el coste del di-
nero se correspondiera siempre con el tipo de interés natural. Sin
embargo, se ha podido comprobar cada vez más que el concepto
de "tipo de interés natural" no es tampoco utilizable en la prác-
tica. En efecto, se ha tratado posteriormente de hallar la condi-
ción esencial para el equilibrio monetario recurriendo a las no-
ciones de ahorro e inversión, las cuales entrañan una grave di-
ficultad práctica, a saber: que el total del ahorro en una econo-
mía nacional cualquiera, es decir, la parte no consumida de la
renta nacional, debe ser, por definición, dentro del período con-
siderado, siempre igual al total de las inversiones, esto es, a la
8 EMILIO DE FIGUERO.t [ R . E. P., V I I I , I

parle no consumida del producto nacional bruto. En consecuen-


cia, carece de significación poner como condición del equilibrio
monetario la equivalencia, dentro del mismo período, entre el
ahorro y la inversión. Así, pues, los economistas suecos se han
visto obligados a introducir los conceptos de magnitudes "ex ante"
y "ex post". Las magnitudes "ex ante" constituyen anticipaciones
o previsiones a lo largo de un período determinado, mientras que
las magnitudes "ex post" son las realizaciones efectivas. Por tan-
to, únicamente de una mañera "ex ante" puede existir una dife-
rencia etitre el ahorro y la inversión totales. En la teoría sueca
moderna, la equivalencia entre el ahorro y la inversión "ex ante"
constituye la condición esencial para el equilibrio monetario. Si
las inversiones "ex ante" sobrepasan el ahorro "ex ante", provo-
carán una financiación parcial de aquéllas mediante la creación
de dinero nuevo o reduciendo la liquidez del sistema, pudiendo
esto dar lugar a un proceso de inflación caracterizado por benefi-
cios inesperados y, sobre todo, por una disminución imprevista
de los "stocks". El total de ahorro, comprendiendo en él los bene-
ficios inesperados, será "ex post" siempre igual a las inversiones,,
teniendo en cuenta las desinversiones procedentes de la reducción
fie los "stocks". Si el ahorro "ex ante" supera a las inversiones,
habrá, por el contrario, deflación; esta situación se caracteriza
por pérdidas en las empresas y por una acumulación imprevista
de "stocks" invendidos.
Una concepción semejante había sido ya defendida hacia el
año 1920 por los economistas ingleses D. H. Robertson y J. M. Key-
nes, que no utilizaron, sin embargo, la distinción "ex ante" y "ex
post". Robertson distinguió los fenómenos "autónomos" o "espon-
táneos" de los fenómenos "inducidos". Señaló igualmente la po-
sibilidad de un desequilibrio entre el total del ahorro espontáneo
y las inversiones de igual carácter. Keynes, por su parte, estable-
ció un criterio "sintomático" del equilibrio monetario, a saber:
la ausencia de beneficios y pérdidas inesperados ("Windfall profits
and losses"), lo que se indica a veces en la literatura inglesa con
la denominación de "beneficios nulos".
Se ha tratado igualmente de establecer como criterio para pre-
cisar el equilibrio monetario, la existencia de un nivel constante
en el flujo monetario, o sea, en el producto del "stock" monetario-
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por la velocidad de circulación del dinero. Sin embargo, este cri-


terio ha sido justamente rechazado por la mayor parte de los eco-
nomistas, dado que es fácilmente demostrable que en un período
de expansión cualquiera la ausencia de desequilibrios monetarios
exige precisamente un desarrollo progresivo de la corriente mo-
netaria. Lo mismo cabe decir del criterio basado en una renta
nacional constante, que algunos han preconizado durante los últi-
mos años. En efecto, en períodos de expansión, la renta nacional
debe experimentar un crecimiento progresivo si se quieren evitar
perturbaciones monetarias.
Quizás ningún autor ba descrito de una manera más precisa
el concepto del equilibrio monetario que el economista holan-
dés J. G. Koopmans (1). La teoría de Koopmans constituye la mejor
literatura económica sobre la materia publicada hasta la fecha,
ya que en ella se deduce muy claramente la noción del equilibrio
monetario mediante una comparación elemental entre el desarro-
llo del proceso económico en una "Naturalwirtschaft", por una
parte, y una "Geldwirtschaft", por otra. ¿Cómo es posible
que en una economía monetaria el proceso económico se des-
arrolle de una manera diferente que en una economía de true-
que? La respuesta es muy sencilla: La moneda provoca una
ruptura en los cambios. Por una parte, en una economía mo-
netaria no es necesario que la oferta de productos se encuentre
siempre ante una demanda equivalente, dado que el dinero recibi-
do por los vendedores puede ser atesorado o retirado (por el re-
embolso de los créditos bancarios). Por otra parte, en una econo-
mía semejante, no es necesario que la demanda de productos se
encuentre siempre ante una oferta equivalente, dado que el com-
prador puede financiar sus gastos a través de la creación de dine-
ro o mediante un desatesoramiento, es decir, mediante una dis-
minución de sus disponibilidades de caja. Sólo los fenómenos de
creación de dinero o de retirada del mismo, de atesoramiento o
de desatesoramicnto, pueden, en consecuencia, constituir la causa
esencial de una diferencia entre el proceso económico en una eco-
nomía monetaria y en una economía de trueque, y sólo a través

(1) Cfr. ''Zum ProbJem des nculralen Galde3", trabajo que formó parte
del eimposium titulado Beilrage zur Geldüieoric, publicado en 1933 por F. von
Hayek.
10 EMILIO DE FICUEROA [R. E. P-, V I I I , 1

de ellos se puede lograr la deseada "neutralidad" del dinero o, en


otros términos, alcanzar el equilibrio monetario. Este último no
podrá lograrse durante un periodo determinado, nada más que si
el total de la creación espontánea y del desatesoramiento espon-
táneo del dinero es igual al total de la retirada espontánea y del
atesoramiento espontáneo del mismo. El término "espontáneo" es a
este respecto absolutamente necesario, dado que el total de la
creación de dinero y del desatesoramiento (comprendidos en él
la creación de dinero y el desatesoramiento inducidos) es eviden-
temente igual, por definición, para un período dado, al total de la
retirada de dinero y del atesoramiento —comprendidos la retira-
da de dinero y el atesoramiento inducidos—. En efecto, en 'tanto
que el dinero no se retira de la circulación, todos los medios de
pago creados en el curso de un período dado deben ser atesorados
en alguna parte. El desequilibrio monetario supone, por tanto,
que las fuerzas iriflácioriistas espontáneas contrapesen exactamente
las fuerzas deflacionistas espontáneas. La creación de dinero y el
desatesoramienfto espontáneo provocan una "demanda neta" in-
flacionista, es decir, una demanda de productos qué ño encuentra
ninguna oferta correspondiente. La retirada de dinero y el ate-
soramiento espontáneos provocan un déficit deflacionista de la
"demanda neta", en otros términos, una insuficiencia de la de-
manda con respecto a la oferta de mercancías. El crecimiento de
caja provocado por la inflación no es un atesoramiento espontáneo,
sino inducido. La disminución de caja provocada por la deflación
constituye un desatesoramiento inducido, no espontáneo. Análo-
gamente, en el caso de una financiación por medio del crédito
bancario o el reembolso de tales créditos, se puede hacer la dis-
tinción entre la creación y la retirada espontáneas y la creación y
la retirada inducidas de dinero.
Este criterio del equilibrio monetario se ajusta bastante bien
a una economía estática, pero no a una economía dinámica. No
implica precios estables, lo que se concibe fácilmente en el caso
más sencillo de una elevación de la productividad de un producto
dado, cuya elasticidad sea igual a — 1. La suma total pagada por
este producto permanece entonces la misma, el equilibrio moneta-
rio no es, por tanto, perturbado, por lo que para los demás pro-
ductos quedará la misma suma de dinero disponible que antes.
»ERO-ABttIL 1957] EL EQUILIBRIO MONETARIO... 11

La única consecuencia de la modificación de la productividad será


la baja de un solo precio, ló que reducirá el nivel general de pre-
cios, manteniéndose el equilibrio monetario. Este criterio no pre-
senta la desventaja de un flujo monetario constante. En el caso
de un aumento de la productividad, por ejemplo, de una mer-
cancía cuya demanda tienen una elasticidad inferior a — 1, la sama
total pagada por esta mercancía aumentará, y si se quiere no per-
turbar el equilibrio monetario, habrá que aumentar el dinero
necesario, ya sea a través dé una creación de dinero nuevo, de un
desatesoramientó monetario o de un aumento del flujo global. Es
evidente que éste criterio no implica un nivel constante de la
renta nacional. Si, por ejemplo, se' introducen más factores pro-
ductivos en el proceso de la producción —ya sean factores no uti-
lizados o factores nuevos— el total de las necesidades sociales de
caja, es decir, de las necesidades globales de liquidez, aumentará.
En consecuencia, si no se quiere perturbar el equilibrio moneta-
rio, habrá que satisfacer, por medio de la creación de dinero o
por el desatesoramientó, estas mayores necesidades de liquidez.
Esto significa que, en tal casó (un caso normal para una economía
en expansión), el flujo monetario debe aumentar para poder ser-
vir de base a un crecimiento de la renta nacional. Por consiguien-
te, la condición del equilibrio monetario establecida en la teoría
de Koopmans puede anunciarse del sigílente modo: el equilibrio
monetario exige uña adaptación constante de la oferta de efectivo
a Ia3 necesidades de liquidez del sistema.
La gran dificultad consiste, sin embargo, cuando se quiere uti-
lizar la concepción del equilibrio monetario como objetivo de la
política económica, en que la noción teórica abstracta del equili-
brio monetario no es jamás utilizable .como tal en la práctica.
Este inconveniente, inherente a todo criterio puramente teórico
del equilibrio monetario, resulta del hecho de que la noción de
dicho equilibrio se basa siempre en una comparación de los fenó-
menos "espontáneos" ("autónomos") o "ex ante", mientras que
las estadísticas no permiten distinguir los fenómenos "espontá-
neos" o "ex arite" de los fenómenos "inducidos" o "ex post". Los
resultados de la medición estadística de los fenómenos sociales
son siempre dados "ex post"; no existe jamás la posibilidad de ex-
traer inmediatamente conclusiones del material estadístico con
12 H.MILIO DE PICUEBOA [R. E. P., V I I I , . 1

respecto al carácter espontáneo o inducido de los movimientos


observados en las magnitudes económicas.
Un método eventual que permite superar esta dificultad con-
siste en partir de los datos "ex poet" y, basándose en diversos sín-
tomas de la evolución económica a lo largo del período estudiado,
tratar de alcanzar una hipótesis aceptable respecto al carácter
"espontáneo" o "inducido" de los diferentes fenómenos moneta-
rios observados. Este método ha sido aplicado por M. W. Holtrop,
presidente del "Ncderlandschc Bank", en el análisis de la evolu-
ción monetario de Holanda en el año 1953 y publicado en el in-
forme anual de dicha institución bancaria. Este documento esta-
blece para los cuatro grandes sectores de la economía holandesa,
a saber: las autoridades centrales, los poderes públicos subordi-
nados, los fondos y las cajas de ahorro, las empresas y las eco-
nomías domésticas, los superávits o déficits de liquidez, en tanto
que pueden ser medidos por los datos estadísticos disponibles. El
déficit de liquidez es igual al total de la demanda directa de cada
6cclor a las instituciones monetarias, es decir, a la creación de di-
nero a favor de cada sector, aumentado por las disminuciones de
efectivo (2.). El superávit de liquidez es igual al reembolso de las
deudas con las instituciones monetarias más la acumulación de
efectivo. El análisis propiamente dicho consiste entonces en ele-
gir una hipótesis plausible relativa al carácter autónomo (espon-
táneo) o inducido de los diferentes déficits y superávits de liqui-
dez: de este modo, se puede observar la presencia de fuerzas in-
(lacionistas o deflacionistas en los diferentes sectores de la econo-
mía nacional, y llegar a una conclusión relativa al desarrollo mo-
netario del conjunto de la economía del país. La exposición ante-
rior parece claramente establecer la absoluta necesidad de una
hipótesis semejante. Para la economía en su conjunto, el total del
déficit o del superávit de liquidez, de una manera "ex post", es
igual, por definición, al saldo negativo o positivo de la balanza
global de pagos, que corresponde a las salidas netas de oro y de
divisas hacia el extranjero o a las entradas netas procedentes del

(2) No es posible entrar aquí en las complicaciones que surgen del he-
cho de que "Nederlandsche Bank' tieno en cuenta no solamente la liquidez
primaria, es decir, los saldos de caja de los diferentes sectores, sino también
<;i liquidez secundaria.
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extranjero. Si se utiliza este análisis en el caso de una economía


cerrada, es decir, sin relaciones económicas con el extranjero, el
superávit o el déficit total de 'la liquidez social será siempre nulo,
cualquiera que sea la acción desarrollada por las fuerzas deflacio-
nistas o inflacionistas. Esta última consideración muestra una vez
más que los datos observados de una manera "ex post" tienen poca
significación por sí mismos y, al mismo tiempo, que es necesario
llegar a una hipótesis plausible respecta a las diferencias entre
fenómenos monetarios autónomos e inducidos. Esto es, que el
material estadístico disponible puede dar lugar a interpretacio-
nes bastante alejadas de la realidad. Por consiguiente, no es de
extrañar que el análisis realizado por el Presidente del "Neder-
landsche Bank" sobre la situación monetaria de Holanda en el
año 1953, haya dado lugar a animadas discusiones entre diversos
economistas de su país.
Otro método que permite superar las dificultades resultantes
de la carencia de un material estadístico adecuado sobre el equili-
brio monetario, consiste en encontrar una fórmula aproximada
del equilibrio económico general, que, acercándose todo lo posi-
ble a la fórmula teórica abstracta, sea igualmente susceptible de
observación estadística. En numerosos países se dispone ya de da-
tos estadísticos cada vez más abundantes, relativos a la evolución
de la renta nacional y a su utilización (la mayor parte, bajo la
forma de cifras anuales, y, a veces, trimestrales). Es interesante
investigar una fórmula aproximada del equilibrio monetario, en
término de rentas y gastos nacionales.
En principio, es posible traducir la fórmula del equilibrio mo-
netario dada por Koopmans, en términos de ingresos y gastos. Para
facilitar la exposición, llamaremos "renta nacional ex ante", a la
renta nacional nominal de un período determinado, tal como re-
sulta, por una parte, de la situación inicial y, por otra, de las mo-
dificaciones "reales" que han tenido lugar en el curso del período
considerado en las condiciones de la oferta y de la demanda. En
este caso, se puede admitir que el equilibrio monetario, tal como
ha sido definido por Koopmans, se mantiene, en tanto que los gas-
tos nacionales permanezcan iguales a la renta nacional ex ante
(por lo menos, mientras se examine una economía cerrada). En
efecto, e6ta igualdad implica que la oferta monetaria no se ha
14 EMILIO OE FIGUEROA [R. E. P., VIII, 1

modificado nada más que e'n función de los cambios realas expe-
rimentados por la economía nacional. Sin embargo, tenemos aquí
de nuevo la noción de "renta nacional ex ante''', que no es suscep-
tible de medida por los procedimientos estadísticos corrientes. Ha-
brá, por tanto, que recurrir necesariamente a un artificio para lo-
grar una fórmula utilizable desde el punto de vista estadístico. Con
objeto de simplificar el problema, supondremos que, para perío-
dos relativamente cortos, las remuneraciones de los factores pro-
ductivos, comprendidos los márgenes de beneficio, no experimen-
tan grandes modificaciones provocadas por la intervención de fac-
tores no monetarios, pudiéndose entonces utilizar el artificio que
consiste en suponer que la "renta nacional ex ante" es igual a la
renta nacional, tal como puede ser calculada ésta para un período
determinado, basándose, por una parte, en el volumen de las fuer-
zas productivas que intervienen en el proceso de la producción y,
por otra, en las remuneraciones pagadas a los factores productivos,
calculadas al principio del período. En resumen, podemos supo-
ner que1 la renta nacional corriente es igual a la "renta nacional
calculada sobre la base del coste ex unte de los factores". La fór-
mula aproximada se establece, pues, de una manera muy concisa:
existe equilibrio monetario en un corto período de tiempo, cuando
el total de los gastos nacionales (consumo -j- inversión) es igual
a la renta nacional "ex ante". Es únicamente admitiendo esta in-
terpretación como se puede utilizar la fórmula sucinta en el aná-
lisis del equilibrio monetario, es decir, estableciendo simplemente
la igualdad entre los gastos nacionales y la renta nacional. Sin
otra indicación, esta fórmula carecerá, sin embargo, de sentido,
dado que, para una economía cerrada, los gastos nacionales son
siempre, por definición, iguales a la renta nacional ex post. Se debe,
igualmente, interpretar de este modo la terminología usual, que
utiliza el concepto de inflationary gap. Este gap debe ser conside-
rado como una diferencia positiva entre los gastos nacionales y la
renta nacional ex ante. Si la diferencia entre estas dos magnitudes
es negativa, se puede entonces hablar de deflationary gap.
Se debe siempre tener en cuenta el carácter puramente apro-
ximado de la fórmula analítica anterior. Esta tiene simplemente
en cuenta el aumento del volumen de las fuerzas productivas uti-
lizadas, pero prescinde de la influencia de otras modificaciones
ENEHO-ABRIL 1957] EL EQUILIBRIO MONETARIO... 15

"reales" en la evolución económica, particularmente de los cambios


en la productividad; además, se tropieza con un obstáculo de prin-
cipio. No es posible afirmar, en general, que para mantener el
equilibrio monetario, una modificación en la productividad debe
provocar necesariamente un aumento o una disminución en la ren-
ta nacional. Ello dependerá, completamente, de cuál sea la elas-
ticidad de la demanda de aquellos productos cuya productividad
se ha modificado, es decir, de que'' aquélla sea mayor o menor
que — 1 .
Como ya liemos afirmado anteriormente, la fórmula aproxima-
da no es válida más que en una economía cerrada. Es, sin embar-
go, fácil de aplicar a una economía "abierta", teniendo en cuenta
el hecho de que en este caso los recursos disponibles para el con-
sumo y la inversión pueden ser aumentados mediante importacio-
nes de capital (préstamos contraídos por las instituciones no mone-
tarias y por la venta de títulos) y reducidos por las exportaciones
de capital. En una economía abierta, se pueden definir los bienes
nacionales como estando constituidos por el total del producto na-
cional bruto y las importaciones netas de capital (esta magnitud
puede ser negativa). Se llega a6Í a la fórmula aproximada siguien-
te: el equilibrio monetario requiere la> igualdad de los gastos na-
cionales y de los bienes nacionales uex ante". Si los gastos na-
cionales superan a los bienes nacionales ex ante, ello significa una
creación espontánea del dinero y un desatesoramicnto, es decir, la
aparición de fuerzas inflacionistas autónomas, que exceden de las
fuerzas deflacionistas autónomas constituidas por la retirada es-
pontánea de1 dinero y por el atesoramiento; resultará, pues, una
inflación que provocará una elevación de precios y pérdidas de
oro y divisas. En el caso contrario, se estará en presencia de una
deflación, que se traduce en una baja de precios y en una afluen-
cia de oro y divisas del exterior.

3. Formas de inflación y de deflación.


Además de una definición clara de las nociones de equilibrio
monetario, de inflación y de deflación, conviene igualmente preci-
sar las diferentes causas posibles de la inflación y de la deflación,
!teí como las diversas formas que adoptan los fenómenos inflacio-
16 EMILIO DE FICUEROA [R. E. P., V I H , 1

nistas y deflacionistas resultantes de estas causas. Esto es particu-


larmente importante desde el punto de vista de una política econó-
mica que trate de mantener efectivamente el equilibrio monetario.
En efecto, según la naturaleza de las perturbaciones monetarias,
habrá que utilizar para combatirlas diferentes instrumentos de po-
lítica económica.
Un crecimiento de los gastos nacionales por medio de una finan-
ciación inflacionista puede ser la causa primaria de la inflación.
En este caso, se puede hablar de una inflación de gastos.
A este respecto, la literatura americana utiliza la expresión
inflationury demand pulí. Por otra parte, la deflación resulta de
un retardo entre los gastos nacionales y los bienes nacionales ex
ante, es decir, de un excedente del atesoramiento espontáneo y de
la retirada de dinero. En las economías modernas, la deflación
tiene siempre el carácter de una deflación de gastos.
Sin embargo, es igualmente posible que el origen de un pro-
ceso de inflación se encuentre en un aumento autónomo de los
costes; por ejemplo, en la elevación de salarios lograda a través de
la intervención de los sindicatos, o en incrementos autónomos en
el margen de beneficios, a consecuencia del reforzamiento de un
monopolio por parte de los productores o de los comerciantes.
Se trata entonces de una inflación de costes, siendo la inflación de
salarios la forma más corriente y extendida. En la literatura nor-
teamericana se habla a este respecto de un "inflationary cost
pnsh". Una deflación autónoma de costes es prácticamente incon-
cebible en el estado actual de las relaciones sociales.
Lo mismo que la inflación de gastos, la inflación de costes pue-
de tener un carácter general si el alza autónoma de los mismos vie-
ne financiada por una creación espontánea de dinero o por un des-
atesoramiento. La diferencia en la causa primaria del proceso de
inflación entraña, sin embargo, importantes consecuencias desde
el punto de vista de la forma en que surge la inflación. Una infla-
ción de gastos se caracteriza por una fuerte expansión del volu-
men de dinero y por una anticipación de aquélla sobre el alza de
los precios. Esto no significa que el público o las empresas hayan
adquirido el hábito de mantener una elevada liquidez, sino que
puede suponerse que una inflación de gastos, provocada por com-
pras excesivas de la industria con objeto de constituir, por ejem-
Kr<iiito-ABitii. 19571 I:L EQUILIBRIO MUNKTAKIO... 17

pío, "stocks" complementarios, vendrá acompañada de una dismi-


nución del volumen monetario, especialmente si estas mayores
compras se efectúan, en gran parte, en el extranjero. El dinero de
nueva creación o el desatesoramiento se destina entonces a la
compra de divisas y desaparece, por tanto, de la circulación; si
el desatesoramiento se destina a la compra de divisas extranjeras,
el volumen monetario disminuirá consecuentemente. Es así que
al principio de la guerra de Corea la constitución de "stocks"
suplementarios, durante el verano de 1950, dio lugar en algunos
países como, por ejemplo, Holanda, a un proceso inflacionista,
caracterizado por una contracción del volumen monetario, seguido
de una deflación (período de liquidación de los "stocks"), carac-
terizada por un aumento del volumen monetario interior. Este
ejemplo demuestra claramente que habrá que ser extremadamente
cauto con respecto a las conclusiones que se puedan deducir del
examen de la evolución del volumen monetario existente. En los
países que gozan de una gran liquidez monetaria y tienen un coe-
ficiente elevado de importaciones, una disminución del volumen
monetario puede constituir, no obstante, un índice de inflación,
en tanto que un aumento de este volumen puede ser un síntoma
deflacionista. En los países donde, por el contrario, las relaciones
aludidas son diferentes, una inflación de gastos se manifestará más
frecuentemente por una expansión del volumen de medios de pago.
No ocurre lo mismo en el caso de una inflación de costes. La
experiencia de la inflación de- salarios ha demostrado, sobre todo
en Francia, que el alza de salarios está generalmente financiada,
al principio, por una disminución de la liquidez, y, más tarde,
únicamente por una creación de dinero, en proporciones cada vez
mayores. Resulta, pues, que, cu. el caso de una inflación de sa-
larios, el alza de los precios y de los salarias precede, durante un
cierto período de tiempo, a la expansión del volumen monetario;
la inflación de costes se manifiesta, en general, por una escasez
de dinero.
Desde el punto de vista de la política económica, conviene des-
tacar que la política financiera y monetaria no pueden combatir
nada más que las inflaciones y las deflaciones de gastos, siendo
ineficaces frente a una inflación de salarios. Teóricamente, las me-
didas fiscales o la restricción del crédito pueden privar a las em-
18 EMILIO DE FICUEROA [R. E. P., V I I I , 1

juesas de los medios de pago necesarios para cubrir los aumentos


de salarios; pero, en la práctica, esta política no es factible, dado
que introduciría en el proceso económico elementos provocadores
de una crisis grave. En tal caso, el remedio sería peor que la en-
fermedad. La única arma eficaz contra las inflaciones de salarios
consiste en la acción de las autoridades sobre los salarios nmuios;
en cuanto a las otras inflaciones de costes, el único medio de com-
batirlas consiste en que las autoridades se opongan a las alzas
monopolística de precios. Si se quiere evitar una intervención ex-
cesiva del Estado en la vida económica y se prefiere una "econo-
mía orientada", en la cual las autoridades públicas se abstengan
todo lo posible de reducir la libertad en las decisiones individua-
les y la soberanía del consumidor, renunciando a les métodos de
"control directo", tales como la regulación de los precios y el racio-
namiento, las autoridades tratarán de alcanzar los objetivos socia-
les generalmente admitidos, influyendo' sobre la circulación mone-
taria a través de una pob'tica financiera apoyada en la política
monetaria del Banco Central. No obstante, conviene observar que,
cuando 6e trata de mantener el equilibrio monetario, no es posi-
ble, en el estado actual de las relaciones sociales, prescindir de
una cierta intervención directa per parte del Estado para evitar
las elevaciones monopolísticas de costes y de precios. En otros tér-
minos, las autoridades deben luchar contra las inflaciones de sa-
larios resultantes de una posición dominante de los sindicatos en
el mercado del trabajo.

4. Naturaleza del equilibrio monetario.

Otro aspecto importante de los desequilibrios monetarios, que


las autoridades responsables deben tener en cuenta, concierne a la
naturaleza misma del equilibrio monetario. Por una parte, se pue-
de matencr que aquél será un equilibrio estable siempre que todo
desequilibrio dé lugar automáticamente a la aparición de fuerzas
que tienden a restablecer la situación de origen. Hay numerosos
casos en los cuales una perturbación inflacionista o deflacionista
tiende a adquirir un carácter acumulativo, y, por tanto, a ampliar-
se progresivamente. Por otra parte, no se debe permitir que el equi-
"ENERO-ABIUL 1957] EL EQUILIBRIO MONETARIO... 19

librio monetario sea inestable, en el sentidol de que una ruptura


del mismo en cualquier sentido no ponga en acción fuerzas de sen-
tido contrario, con el riesgo de que, en todos los casos, aparezca
un proceso acumulativo de perturbación. A este repectO', sólo se
puede afirmar la necesidad de una distinción muy clara entre las
rupturas del equilibrio monetario que sean propiamente reversi-
bles y aquellas que no lo sean.
Las rupturas del equilibrio automáticamente reversibles pueden
producirse, por ejemplo, en el caso de una constitución momentá-
nea y anormal de "stocks" provocada por el temor a una escasez
futura. Esta acumulación anormal de existencias, además de pro-
vocar una reducción de la liquidez, es seguida, después del agota-
miento de aquéllas, por su reconstitución, gracias, especialmente,
a una tendencia indecisa de los precios y a la reducción de lo*
"stocks". La experiencia de diversos países, en el curso de los
,años que siguieron al comienzo de la guerra de Corea, ha demos-
trado claramente esta reversibilidad automática y el consiguiente
ciclo monetario. Se pueden también considerar ceino movimientos
automáticamente reversibles, los movimientos estacionales que se
producen, según los casos, no sólo en el sector privado de la econo-
mía, sino también en el sector público, como, por ejemplo, a con-
tinuación de una acumulación de ingresos fiscales en un cierto
período del año.
Se tienen rupturas del equilibrio monetario no automáticamen-
te reversibles, cuando, por ejemplo, las autoridades practican du-
rante largo tiempo una financiación inflacionista o cuando las
empresas invierten en inmovilizaciones recurriendo, en gran esca-
la, al crédito bancario. Estas rupturas pueden resultar, asimis-
mo, de una inflación de costes.
La distinción anterior entre perturbaciones monetarias de dife-
rente naturaleza reviste una gran importancia para la política eco-
nómica, dado que, en principio, sólo aquellas rupturas del equili»
brío no automáticamente reversibles exigen una intervención del
gobierno y del banco central.
No se debe, iin embargo, perder jamás de vista—y aquí se ve lo
particularmente difícil que es la política para mantener el equi-
librio monetario—que las rupturas automáticamente reversibles
'íueden ser inducidas de otras no automáticamente reversibles. Re-
20 KM1LIO UK KICUEUO.l . [K. E. P., V I H , J

tulla, per lanto, que no es posible impedir que una inflación mo-
mentánea, relacionada con un aumenio de los "stocks", dé lugar
a una elevación de precios y salarios que, en el estado actual de las
relaciones sociales, no será, verdaderamente, automáticamente re-
versible. La necesidad de actuar sobre los procesos inflaciouistas
automáticamente reversibles depende, en particular, de la medida
en la cual el gobierno sea capaz de neutralizar una inflación acu-
mulativa y, sobre todo, una inflación de salarios. En aquellos paí-
ses donde el gobierno no posee fuerza bastante para impedir el
proceso inílacionista, se impone una intervención más rápida, en
seguida que se manifiesten los fenómenos inflaeionistas automáti-
camente reversibles, cen objeto de evitar una depreciación defini-
tiva de la unidad monetaria imputable a factores monetarios.

5, Relación entre el equilibrio monetario y la balanza de pagos.

El equilibrio monetario, que depende de la igualdad entre los


•gastos de una economía y -us bienes nacionales "ex ante", puede
^ser calificado do equilibrio monctarici interno, en oposición al
equilibrio monetario externo, que supone el equilibrio de la ba-
ianza global de pagos. Para un período determinado, el saldo de
la balanza global de pagos de un país, es, por definición, siempre
igual a los ingreses o salidas de oro y de divisas que figuran como
saldo de la balanea de pagos. La distinción entre el equilibrio mo-
netario interno y externo no es absolutamente necesaria, siendo
dado que se puede, asimismo, distinguir el equilibrio monetario,
en el sentido descrito anteriormente, del equilibrio de la balanza
de pagos, tal como lo liemos definido.
El mantenimiento del equilibrio monetario en un país no debe,
pues, entrañar automáticamente un equilibrio de la balanza de
pagos. Los desplazamientos de la demanda internacional implican
modificaciones en la relación real de intercambio ("terins of Ira-
de"), que pueden, manteniéndose el equilibrio monetario interior,
provocar desequilibrios en la balanza de pagos. Pero, en tanto se
mantiene el equilibrio monetario, nada se opone al restablecimien-
to automático del equilibrio de la balanza de pagos, y toda pertur-
bación de este equilibrio suscitará la intervención automática de
i:>F.p.o-.»nnii. 19571 F.I. Em;ii.inmo MONETARIO... 21

fuerzas que los restauren. Esto da lugar a modificaciones do pre-


cios y de rentas en el país con-iderado, que repercutirán sobre los
gastos nacionales y que, en el caso de equilibrio monetario, adap-
tarán los gastos nacionales a los bienes disponibles. La balanza
de pagos de un país no puede estar en déficit permanente nada
más que en el caso de que este país sufra una inflación continua,
en tanto que un superávit en la balanza de pagos sólo podrá man-
tenerse de un modo permanente en el caso de una deflación a largo
plazo. Si el equilibrio monetario de un paÍ3 no exige, por consi-
guiente, un equilibrio constante de la balanza de pagos, supone,
iín embargo, una estabilidad financiera externa en sentido amplio,
C3 decir, una situación en la cual sólo los desequilibrios tempora-
les de la balanza general de pagos sean posibles, provocando modi-
ficaciones temporales en las reservas de oro y divisas.
De estas consideraciones se deduce una importante conclusión
para la política económica, a saber: no existe ninguna razón para
llevar a cabo una política monetaria y financiera que tienda espe-
cialmente al mantenimiento del equilibrio de la balanza de pagos.
Una política basada en el mantenimiento del equilibrio monetario,
biempre que se vea coronada por el éxito, garantiza igualmente la
estabilidad financiera externa, en el amplio sentido en que aquí
la liemos definido.
Por otra parte, conviene tener en cuenta que un país que man-
tiene el equilibrio monetario y el equilibrio de la balanza de pa
gos rio puede estar inmunizado, de una manera permanente contra
la influencia de fuerzas inflacionislas y dcflacionistas procedentes
del extranjero. Así, por ejemplo, cuando la renla nacional nominal
aumenta por la acción de fuerzas inflacionistas exteriores, el equi-
librio monetario y el equilibrio de la balanza de pagos del país
pueden mantenerse por medio de una expansión simultánea de
la renta y del gasto nacionales. Teóricamente, se puede, asimismo,
concebir el mantenimiento del equilibrio de la balanza de pagos
en el mundo entero, en tanto que existen desequilibrios monetarios
en ciertos países: la incidencia de aquéllos se distribuye igualmen-
te sobre otros países, sin poder lograr la igualdad entre la renta
nacional y los gastos nacionales de los países "afectados". Este fe-
nómeno puede especialmente manifestarse cuando ciertos países
"exportan inflación", hacia otros, que ajustan entonces sus gastos
22 EMILIO PE MCUEROA IR. E. P., V I I í , 1

nacionales al nuevo nivel de la renta nacional nominal, aumen-


tada por esta importación; lo que permite a los países que pro-
vocan la inflación mantener el equilibrio de su balanza de pagos.
Este ejemplo teórico plantea la cuestión de saber si es conveniente
mantener simultáneamente en un país, en todas las circunstancias
que se presenten, el equilibrio monetario y el de la balanza de pa-
gos, y si, en un caso como el que hemos citado, no será mejor
tender a un equilibrio monetario universal, reaccionando contra la
(importación de fuerzas inflacionistas y deflacionistas exteriores
por el juego de las fuerzas interiores (deflacionistas e inflacionis-
tas) compensadoras. Antes de responder a esta cuestión habrá que
examinar sistemáticamente el problema de los principios genera-
les de la política del equilibrio monetario.

6. Aspectos generales de la política del equilibrio monetario.

En principio, «e puede concebir el equilibrio monetario y el


equilibrio de la balanza de pagos a diferentes niveles de la ac
tividad económica nacional y del comercio internacional. Si pre-
dominan las fuerzas deflacionistas, se puede reaccionar adoptando
medidas que consoliden la deflación por medio de una reducción
de costes y, por tanto, de rentas y de gastos. Se alcanza, finalmen-
te, un nuevo equilibrio monetario a consecuencia de una disminu-
ción de la renta nacional nominal a un nivel tal que no sea apenas
posible reducir todavía más el dinero destinado al flujo de gas-
tos. El nuevo equilibrio está, entonces, basado en un nivel más re-
ducido de la actividad económica, del empleo y de los cambios.
La famosa "política de reajuste", que fue aplicada por diferentes
países a partir de la crisis de 1930, constituye un ejemplo muy co-
nocido de un proceso de deflación semejante. Por otra parte, so
puede concebir que una inflación se desarrolle libremente a costa
de graves tensiones sobre el mercado y la ocupación. En este caso,
se alcanzará eventualmente un nuevo equilibrio monetario, des-
pués de un cierto tiempo, en tanto que las mayores necesidades
de liquidez, provocadas por el alza de los precios, serán absor-
bidas bajo la forma de un "atesoramiento espontáneo" de caja,
que constituirá una gran parte del dinero de nueva creación. Este
nuevo equilibrio se alcanzará entonces a costa de todos los incon-
ENER0-AUR1L 1 9 5 7 ] EL EQU1LIUBIO MONETARIO... 23

venientes sociales que trae consigo una depreciación monetaria


progresiva.
Las siguientes normas pueden considerarse como principios ge-
nerales para una política conveniente del equilibrio monetario. En
la -medida en que se puede elegir entre diferentes métodos alter-
nativos susceptibles de alcanzar o de mantener el equilibrio mo-
netario, se dará preferencia a aquellos que logren el equilibrio al
nivel más elevado posible de actividad económica nacional. En tan-
to que exista una posibilidad de elección entre diferentes métodos
para alcanzar el pleno empleo, &e utilizará aquél que garantice
este último y al mismo tiempo el equilibrio monetario, a un nivel
lo más estable posible.
A éste respecto, es muy importante distinguir claramente dos
formas posibles de política financiera y monetaria para alcanzar
ni equilibrio monetario. Existe, en primer lugar, la "política de
neutralización", que trata de neutralizar y suprimir, desde el prin-
cipio, las fuerzas inflacionistas o deflacionistas que tiendan a
predominar. Existe también la "política de compensación", que
trata de oponer a las fuerzas inflacionistas predominantes, fuer-
zas deflacionistas de igual intensidad y sentido contrario, y vice-
versa. Es evidente el becho de que el equilibrio monetario será
tanto más estable cuanto más se compensen las fuerzas inflacionis-
tas con las deflacionistas. Esta notoria constatación constituye un
.".rgumeiito de peso a favor de una elección que dé, tanto como sea
jiosible, la preferencia a una política de neutralización sobre una
política de compensación. Neutralizando muy rápidamente todas las
fuerzas deflacionistas o inflacionistas regulables, que tiendan a
predominar, se disminuye el riesgo de ver desencadenarse fuerzas
menos fácilmente controlables, contra las cuales no se puede ac-
tuar nada más que por medio de una política de compensación,
muebo más difícil de manejar. En la vasta literatura sobre la
"compensatory fiscal policy", se ha pasado por alto a menudo, des-
graciadamente, esta distinción entre política de neutralización y
política de compensación.
Desde el punto de vista práctico, la preferencia dada a la po-
lítica de neutralización significa que, por ejemplo, en presencia
de una deflación, el gobierno debe esforzarse por eliminar aquélla
24 KMII.10 PE FICUEItOA [ R . E. P . , V I H , 1

a través de una movilización de fondos atesorados, de atraerse el


ahorro privado por medio de la emisión de empréstitos públicos a
largo plazo y de utilizar los mismos para financiar las déficits en
el presupuesto.
Si se recurre inmediatamente a una creación de dinero de ca-
rácter compensatorio, el dinero atesorado dejará de ser retenido
por sus poseedores cu el caso ile una reanimación de la coyuntura;
este fenómeno creará un factor inflacionista de carácter suplemen-
tario, no controlable. Eligiendo una política de neutralización ge
disminuye, pues, sensiblemente, la acción de influencias incontro-
lables. La creación de dinero, en tanto que constituye un instru-
mento de una política monetaria y financiera de compensación, no
debe considerarse sino como un remedio de última instancia, para
el caso de que la política de neutralización no dé los resultados
apetecidos.
Así, pues, según hemos visto anteriormente, las mayores difi-
cultades de la política monetaria y financiera consisten en la ac-
ción de fuerzas inflacionistas y deflacionistas procedentes del exte-
rior. Si un país "importa" inflación o deflación, a consecuencia de
un alza o baja de la renta nominal procedente de la exportación
o de. un alza o baja del precio de las importaciones y de las ex-
portaciones, no convendrá reaccionar por medio de medidas autó-
nomas interiores de carácter compensador. En el ca6O de un país
que trate de reaccionar contra la importación de una deflación ex-
tranjera, practicando una política inflacionista autónoma, sin es-
tar seguro de que los clientes comerciales más importantes seguirán
la misma política, se arriesgará a perder rápidamente una gran
parte de sus reservas de oro y divisas. Por otra parte, si reacciona
contra la importación de una inflación extranjera llevando a calió
una deflación interior comprometerá gravemente su nivel de em-
pleo.
Por las mismas razones, los ajustes para modificar los tipos de
cambio implican graves inconvenientes. En efecto, un país que ha
padecido una inflación durante un período bastante largo de tiem-
po puede sentirse inclinado a depreciar su tipo de cambio cuando
la inflación amenaza tomar un carácter no auténticamente rever-
sible; por otra parte, la situación del mercado de trabajo de este
país experimentará también una contracción. Pero, en este caso,
KNERO-ABH1L 1 9 5 7 ] EL EQUILIBRIO MONETARIO... 25

la depreciación deberá siempre realizarse, ya sea por el país que


provoca la inflación o por la colectividad de los países que man-
tiejien relaciones comerciales con el primero, revalcrizando su mo-
neda. Para una revalorización aislada, un país que forma parte de
un grupo de países podrá, sin duda, atenuar la incidencia de una
inflación importada sobre su nivel anterior de precios; pero no
podrá recurrir a dicba medida, ya que corre el riesgo de afectar
desfavorablemente a su nivel de empleo-; la revalorización moneta-
ria "actúa" no sólo en el país que padece la inflación, sino tam-
bién en todos aquellos países que mantienen relaciones comercia-
les con el primero. En este orden de ideas, son numerosos los
países que recurren a un sistema de tipos de cambio, "flexibles". A
nuestro juicio, la idea de aceptar de una manera permanente la
formación de tipos de cambio fluctuantes debe ser categóricamente
rechazada. El argumento decisivo contra los tipos de cambio fluc-
luantes es que dicba libertad suprime uno de los estimulantes más
importantes de la estabilidad monetaria. Durante el largo período
en que se ha mantenido los tipos de cambio fijos, todos los países
que mantenían importantes relaciones económicas con el extran-
jero, se lian visto rápidamente afielados, en el caso de. una in-
flación, por remesas de oro y divisas hacia el extranjero. Mien-
tras que, con tipos de cambio fluctuantes, esta acción es mucho
más lenta y limitada, en tanto que el estímulo para mantener
un orden duradero en el campo financiero se ve considerablemente
debilitado. La única solución satisfactoria al problema de mante-
ner el equilibrio monetario consite en una coordinación interna-
cional de la política financiera y monetaria. Una coordinación
semejante no será, en verdad, viable más que si está basada en
«-.cuerdos multilaterales, que prevean sanciones económicas contra
los países cuya política financiera y monetaria se desvíe de las
normas establecidas.

7. Los instrumentos de la política monetaria y financiera.

En cuanto al análisis de las diferentes formas posibles de in-


flación, se ha señalado ya que, en el estado actual de las relacio-
nes sociales, no se puede prescindir de un elemento intervencionis-
26 EMILIO PE F1CUEROA [R. K. P., V I I I , 1

la en el logro de una política que trata de alcanzar el equilibrio


monetario; se trata de la acción directa de las autoridades sobre los
salarios y, en caso necesario, igualmente sobre ciertos precios. Una
política de salarios es absolutamente indispensable para evitar las
inflaciones de salarios.
En la medida en que las fuerzas inflacionistas y dcflacionistas
encuentren su origen en el aumento o en la disminución, respectiva-
mente, do los gastos, la política monetaria, o en el sentido correc-
to de la expresión, la política boticaria, puede ejercer una influen-
cia neutralizadora, en parte, a través de su acción indirecta sobre
el volumen del crédito, empleando la política del tipo de interés,
y, en parte, gracias al racionamiento directo del crédito, dando pre-
ferencia a una restricción cuantitativa global, con objeto de evitar
la intervención directa. Las experiencias recientes lian demostrado
que el instrumento "clásico" del banco central, es decir, la política
del descuento, adquiere algunas veces mayor importancia práctica
que la que le atribuían los teóricos. Es cierto que, en muchos ca-
sos como, por ejemplo, en períodos de acumulación especulativa
del "stocks", la influencia del tipo de interés sobre la demanda de
crédito es débil; por el contrario, conviene no perder nunca de vis-
ta que las modificaciones del tipo oficial de descuento pueden te-
ner una gran influencia sobre la oferta de crédito de los bancos
privados. Sin embargo, el efecto neutralizador de la política mone-
taria será a menudo insuficiente para mantener el equilibrio mo-
netario. Este es, especialmente, el caso cuando la acumulación de
efectivo tiene un carácter inflacionista. En tal caso, el único me-
dio posible es la retirada del dinero excedente por medio de la
política financiera, es decir, de la política presupuestaria de las
autoridades públicas. Se ha subrayado ya anteriormente el alcance
relativamente limitado que tiene la política de los tipos de cambio.
No obstante, en ciertas circunstancias, los ajustes autónomos de los
tipos de cambio pueden, en cierta medida, contribuir al equilibrio
monetario y I09 de la balanza de pagos al nivel óptimo de em-
pleo. Si se tiene, por ejemplo, que la situación de un país es tal
que el equilibrio monetario no: puede alcanzarse sino por medio
•de un paro muy extendido, una modificación de los tipos de cam-
bio constituye el instrumento más adecuado para salir de dicha
situación embarazosa. En cierto grado, el mantenimiento de los
ErSERO-ABF.IL 1 9 5 7 ] EL EQUILIBRIO SIO.NETAIC1O... 27

tipos de cambio puede ser a veces útil para combatir la "importa-


ción" de una inflación extranjera.
Entre las cuatro modalidades señalad;:» de la política finan-
ciera y monetaria (la política financiera del Gobierno, la política
monetaria del banco central, el control directo de los salarios y la
política del tipo de cambio), la política financiera adquiere indis-
cutiblemente la máxima importancia desde el punto de vista cuan-
titativo, puesto que se ocupa más especialmente de los flujos mo-
netarios. Esto justifica la conveniencia de dedicar un mayor exa-
men a la política financiera.
En lo que concierne a la integración de las finanzas públicas
y la política del mantenimiento del equilibrio monetario, se pue-
de distinguir la política basada en el desarrollo estructural a largo
plazo, de la que trata de impedir la ruptura del equilibrio, cuyos
efectos son a corto plazo.
Dediquemos ahora unas palabras a la política que traía del des-
arrollo estructural equilibrado. En una economía en desarrollo el
volumen monetario debe, evidentemente, experimentar una expan-
sión progresiva para satisfacer las necesidades crecientes de liqui-
dez del sistema. A este efecto, las autoridades no tendrán casi que
intervenir, porque nn sistema bancario moderno garantiza, gene-
raímenle, una elasticidad suficiente de la oferta monetaria. Pero
un equilibrio, para que sea estable, exige más, dado que las re-
servas líquidas no sen únicamente requeridas bajo la forma de di-
nero, sino igualmente bajo la forma de diversos activos realiza-
bles, de segundo o tercer orden de liquidez. Por tal motivo, habrá
que vigilar también que la oferta de liquidez de segundo y tercer
orden se ajuste de una manera permanente a las necesidades di-
versas de los diferentes grupos de poseedores, para que se alcance
la mayor estabilidad posible en la posesión de los diferentes acti-
vos. A este respecto, la política de la deuda, dependiente de las
autoridades centrales, puede jugar un importante papel en la re-
gulación de; la política de los empréstitos, de tal modo, que la
oferta de las diversas categorías de títulos de la deuda pública co-
rrespondan a una situación normal; e3 decir, a una estructura de
los activos disponibles que se consideren como normal durante un
largo período de tiempo. Favoreciendo la mayor estabilidad posi
ble en la posesión de las diferentes categorías de títulos de la deuda
2Í¡ KMII.10 nK FICLKROA [R. E. P., VIII, 1

pública, 6e b'mita el peligro de "monetización" (transformación en


dinero de fondos públicos reembolsados por Ia3 entidades emiso-
ras), y de "desnionetización" de la deuda pública.
En lo que concierne al desarrollo a largo plazo, se debe tener
igualmente en cuenta la gran extensión que han adquirido moder-
namente los distribuidores institucionales de títulos de la deuda,
principalmcne en el sector de lo* fondos de los seguros sociales y
privados; en la mayor parte de los países existe actualmente una
oferta continua e importante de aliorro procedente de dichas fuen-
tes, que busca una colocación segura. Con objeto de evitar una
tendencia estructural dcflacionista, las au'.oridadss responsables
deben someterse a dos consecuencias derivadas de esta situación.
Importa que se abstengan, en la medida de lo posible, de aumen-
lar el volumen de ahorro institucional, acumulando fondos en eJ
sector de los seguros sociales. Por la misma razón, la financiación
de los seguros sociales debe efectuarse preferentemente por el sis-
tema de reparto, más bien que por el de la capitalización, ya que
este último implica una acumulación de fondos y plantea, por tan
to, el problema de su colocación o inversión. Además, conviene que
Ja política de empréstitos seguida por las autoridades públicas ab-
sorba todos los excedentes de aliorro existentes en el sector de los
distribuidores institucionales que no sean necesarios para la finan-
ciación de dicho sector.
En fin, la evolución estructural de la economía debe estimular
a las autoridades pvíblicas a vigilar continuamente el alza progre-
siva de los ingresos fiscales, que constituye el corolario necesario
de un aumento regular en la renta nacional nominal, con tipos
impositivos fiscales invariables. Si se manifiestan tendencias dc-
flacionistas en el si-tema, el gobierno deberá combatirlas por me-
dio de una política presupuestaria adecuada.
La política financiera y monetaria tiende a la neutralización
de. los desequilibrios a corlo plazo y deberá hacer también frente
a los problemas de equilibrio que resultan de la aparición de he-
chos súbitos e inesperados, más bien que de las dificultades proce-
dentes de la lucha contra las fluctuaciones coyunturales.
Los acontecimientos imprevistos, como un grave peligro de
guerra, cataclismos naturales, etc., pueden exigir a las autoridades
públicas importantes necesidades financieras de carácter extraor-
K.\ER0-A3R!L 1957] El. EQUILIBRIO MONETARIO... 29

diñarlo. En la medida en que es imposible satisfacer dichas nece-


sidades reduciendo otros ga¿tos públicos, habrá que recurrir, en
principio, a la financiación por medio de impuestos, con objeto
de evitar un aumento inútil de la deuda pública. Puede, sin em-
liargo, ocurrir que la carga fiscal sea ya lo suficientemente grande
para que todo el aumento de los impuestos reduzca hasta tal pun-
to la propensión a invertir que la financiación por medio de im-
puestos, dificultando la formación de capitales, constituya una car-
pa mucho más pesada para el futuro que los empréstitos. En este
caso, habrá que recurrir, naturalmente, a la financiación por me-
dio de empréstitos. Además, en todos los casos en que la cobertura
de las necesidades extraordinarias de las autoridades públicas exi-
ja una disminución de los gastos civiles para mantener el equili-
brio monetario, es de la mayor importancia, desde el punto de
vista de la estabilidad monetaria y financiera, que las medidas
presupuestarias destinadas a comprimir los gastos civiles manten-
ga todo lo posible la relación normal existente entre el consumo
y la inversión. Se evitará así el provocar inútilmente desequilibrios
en los procesos de producción y de venta. La experiencia de, por
ejemplo Holanda, demuestra que es posible mantener esta relación
constante. Al principio de 1951, el gobierno holandés tuvo que ha-
cer frente a un crecimiento súbito de los gastos para la defensa
nacional, y examinó y aplicó con éxito un programa de contrac-
ción de los gastos civiles, que limitaba las inversiones y el consu-
mo en el sector privado en una relación de 1 a 5.
En lo que se refiere a las perturbaciones coyunturales, la po-
lítica financiera debe tender, en la medida de lo posible, a neu-
tralizar o a compensar las tendencias inflacionistas o dcflacionis-
tas que no sean automáticamente reversibles. A este efecto, habrá
de esforzarse por mantener en el nivel más bajo posible las fuer-
zas inflacionistas y deflacionistas, que se mantengan en equilibrio,
y de lograr, simultáneamente, el nivel de empleo más elevado. Esto
no implica que se tenga que alcanzar un porcentaje de paro igual
a 0. La política de ocupación total puede admitirse un porcentaje
normal de paro susceptible de modificaciones pasajeras en relación
con los. cambios estructurales del proceso económico (por ejem-
plo, cuando se trata de la conversión de una economía de paz en
una economía de guerra y viceversa).
30 EMILIO DK F1CUEROA IR. E. P., V I I I , 1

Eslo significa que la política presupuestaria anticíclica y siis


objetivos mone-tarios fundamentales deben marchar parí p-issu con
la política de ocupación.
En principio, la política presupuestaria anticíclica no se carac-
teriza por una alternativa entre déficits y superávits presupuesta-
rios o por una sucesión de déficits presupuestarios más o menos
grandes. No obstante, los países económicamente muy desarrolla-
dos no encuentran generalmente en sus presupuestos márgenes su-
ficientes para adoptar una política anticíclica que se limite a ha-
cer variar la magnitud de los elementos del presupuesto sin modi-
ficar su saldo. En los países occidentales, especialmente, el aumen-
to de la ocupación, en períodos de crisis, no podrá ser llevado a
cabo nada más que en una e-cala muy reducida o con un aumento
simultáneo y paralelo de los gastos públicos y de los ingresos
fiscales. Así, por ejemplo, en Holanda, la carga fiscal es ya tan
pesada, que un aumento de la fiscalidad, en períodos de crisis,
implicaría rápidamente, una contracción del nivel de empleo que
llevaría aparejada una expansión de los gastos. En consecuencia,
la política anticíclica de este país no supone necesariamente una
alternativa obligatoria da superávits o déficits presupuestarios. Es
muy posible y perfectamente normal que ciertos gastos—las inver
siones públicas, por ejemplo—sean financiados por medio de em-
préstitos en períodos de coyuntura ascendente; el presupuesto glo-
bal se presentará, por tanto, con un déficit, pero este déficit será
más débil que en un período de depresión.
Una política anticíclica debe tener en cuenta el carácter asimé-
trico de los movimientos coyunturales y las medidas anticíclicas.
La recuperación económica que alcanza rápidamente el pkno em-
pleo, no es ciertamente la contrapartida exacta de la depresión, en
la que el nivel de ocupación puede bajar durante un período bas-
tante largo. Además, es siempre más fácil frenar la aceleración de
la actividad económica, que estimular la misma. En consecuencia,
la lucha contra las crisis y la deflación exigirá, generalmente, me-
didas presupuestarias mucho más enérgicas que las requeridas en
la lucha contra el alza de precios. Esta constatación constituye, en
principio, un argumento más importante a favor de la manipula-
ción del sistema fiscal, con preferencia a una política de gastos pú-
ENEItO-ABKIL 1 9 5 7 ] EL EQUILIBRIO MONETARIO... 31

bJicos, si se quiere frenar una expansión duradera de los gastos


y descartar el peligro, de "una socialización fría". No obstante, en
muchos casos, la política fiscal no será suficiente y la política de
gastos públicos, especialmente una política de obras públicas que
no compita con el sector privado, deberá jugar también un papel
importante.
Es muy conveniente a este respecto que las autoridades respon-
sables reaccionen lo más rápidamente posible cuando estos movi-
mientos coyunturales se produzcan. Deberán, en la medida de lo
posible, dar una cierta flexibilidad al presupuesto. Del lado de los
gastos, la reacción automática anticíclica de las magnitudes presu-
puestarias ("built in flexibility") no es generalmente muy gTaude.
Por el contrario, la estructura ñscal ofrece a este respecto mayores
posibilidades; sin embargo, su "flexibilidad" intrínseca es bastante
limitada; en fifecto, si se extiende esta flexibilidad intrínseca dan-
do más importancia a formas de tributación cuyo rendimiento va-
ría con la coyuntura y se acentúa la progresividad del impuesto, se
corre el riesgo de frenar e incluso de paralizar la iniciativa priva-
da. La "flexibilidad legislativa" puede ser aumentada en diversos
países acelerando los procedimientos parlamentarios. El desarrollo
de la "flexibilidad administrativa", por delegación más amplia de
poderes del poder legislativo al poder ejecutivo, tropezará con
grandes dificulta-des, dado que esta delegación de poderes puede
comprometer los principios políticos do una democracia. En con-
secuencia, la flexibilidad debe ser alcanzada sobre todo a través de
variaciones acordadas por el legislador de los tipos impositivos y
de les gastos en obras públicas. En lo que concierne a la fiscalidatl,
conviene subrayar las modificaciones de los impuestos que no gra-
van los costes, especialmente los impuestos sobre las rentas. En efec-
to, el aumento de los impuestos que gravan los precios de coste
implica 'el riesgo, en períodos de alza, de desencadenar una inflación
de costes; el remedio será entonces peor que la enfermedad
La falta generalizada de flexibilidad en las finanzas públicas
constituye una razón importante para reforzar la política financiera
del gobierno a través de una pob'tica mucho más flexible del banco
central. A este efecto, el banco central deberá disponer de poderes,
suficientes para practicar una política cuantitativa y eficaz del cré-
dito.
32 EMILIO DE F1CUEROA [R. E. l\, VIH, 1

Constituye un buen augurio a este respecto que en el curso de


los últimos años los conceptos más sanos en niuteria de política mo-
netaria y financiera hayan empezado a prevalecer. En medios cada
vez más numerosos se han dado cuenta d>e que sería desatinado y
antisocial -subordinar y sacrificar el equilibrio monetario al ideal
del pleno empleo. Actualmente, se acepta con bastante generalidad,
mucho más que antes de la guerra, la posibilidad de lograr un equi-
librio monetario con un nivel elevado de actividad económica y de
ocupación. Aquellas que, sobre todo durante los primeros años de
la postguerra, eran partidarios de una "política de dinero barato" a
todo pasto se han ido cada vez dando mayor cuenta de la inconve-
niencia do tal criterio en circunstancias no propicias. Se ha vuelto a
la sana concepción de que las autoridades monetarias no puedan
minea manipular el tipo de interés a su gusto sin recurrir a métodos
de financiación inflacionistas, que resultan inaceptables desde el
punto de vista social. Pero, en el marco de la política del banco cen-
tral, las manipulaciones sobre el tipo de interés están especialmente
destinadas a influir indirectamente sobre el flujo monetario; una
sistemática política monetaria de dinero barato no tiene lugar den-
tro de este marco. Una ruptura deliberada del equilibrio monetario,
a través do medidas monetarias y financiaras, no so justifica nada
más quo si se quiere combatir una tendencia deflacionista por me-
dio de la inflación (reflación) o. de las inversiones, si se quiere neu-
tralizar mía tendencia inflacionista por medio de medidas deflacio-
nistas (desinflación).
Actualmente, es sobre el plano internacional donde se plantean
los problemas monetarios y financieros má3 complicados. Debido a
las relaciones económicas internacionales —reflejadas en sus balan-
zas de pagos—, muy pocos países pueden permitirse el lujo de una
política anlicíclica que exige asimismo que sus principales clientes
so sometan a las reglas del juego anticoyuntural. El mundo occiden-
tal está plenamente interesado ahora en lograr un sistema que coor-
dine, en el plano internacional, las políticas anticoyunturales de los
diferentes países; dicha política intenta alcanzar a la vez el equili-
brio monetario y 'el pleno empleo en un espacio geográfico tan di-
latado como sea posible. Sin este sistema y sin esta política no se
alcanzará lina solución factible para cl problema de la convertibi-
ENERO-ABRIL 1957] EL EQUILIBRIO MONETARIO... 33

lidad; un equilibrio monetario universal y duradero es la condi-


ción previa para la libro convertibilidad de las diferentes monedas
y para el libre intercambio de bienes y servicios entre los diferen-
tes países, lo que llevará consigo una división internacional del
trabajo da carácter más racional y un mayor bienestar para todos.

EMILIO DE FIGUEROA

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