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El aviador

Lo conocí en la discoteca Zodíaco a la que iba de vez en cuando. Era un lugar


hermoso en una esquina de Floresta. Tenía varios pisos en desniveles. Estaba
vidriado y se podía ver hacia la calle. Las luces de colores titilaban y los globos de
espejos las reflejaban. Era divertido ir de pista en pista subiendo y bajando escaleras
para ir en busca de algún lindo joven y quedarse por ahí para que me viera y me
sacara a bailar. Obviamente eran otros tiempos en los que reinaban la
heterosexualidad y el patriarcado.
Ese día lo vi. Era más alto que yo (algo muy importante en ese entonces),
morocho y de pelo negro. Tenía una linda sonrisa. Me sacó a bailar. Se presentó.
Se llamaba Eduardo. Bailaba bien. Hacíamos una buena pareja de bailarines.
Cuando llegaron los lentos le dije que yo no bailaba lentos entonces fuimos a la barra
dónde compró dos bebidas y fuimos a conversar al balcón.
Era sábado y los varones debían ir de traje y corbata. El traje le quedaba lindo.
No recuerdo de qué hablamos pero la conversación fluía y nos reíamos. Cuando
terminamos los jugos y otra vez pasaban música disco volvimos a la pista. Y así
transcurrió la noche hasta que llegó la hora del zapatito de cristal y mi amiga y yo
partimos juntas.
Eduardo me invitó a vernos el sábado siguiente. Quedamos en encontrarnos
en la puerta de la Iglesia San José de Flores a las seis de la tarde. Era así en esa
época. No todo el mundo tenía teléfono y se hacían citas que se cumplían,
generalmente con puntualidad y compromiso.
Cuando llegué a la iglesia, Eduardo estaba esperándome. Vestido de calle
también era buen mozo. Caminamos un rato conversando y mirando vidrieras y luego
fuimos a una confitería donde seguimos conversando mientras tomábamos un
primavera sin alcohol.
Eduardo me caía muy bien, por su actitud, su amena charla y su porte. Me
acompañó en colectivo hasta mi casa justo para llegar al toque de queda de las nueve
de la noche. Me gustaba y mi Susanita interior evaluaba si este muchacho sería mi
futuro marido. No lo pude resolver esa tarde. Nos despedimos y volvimos a concertar
otro encuentro.
Recuerdo que se estaba preparando para entrar a la escuela militar de aviación
de Córdoba. Nos seguimos viendo hasta que ingresó y desde Córdoba nos
escribíamos cartas. Me contaba sus experiencias en esa nueva ciudad, la vida
colectiva en la escuela, las ganas que tenía de subirse a un avión.
En su primera licencia vino a Buenos Aires y nos vimos como habíamos
acordado por carta. Esta vez quedamos en encontrarnos en el centro para caminar
por la calle Corrientes. Entramos a las librerías de saldos, caminamos y fuimos a
tomar algo. En lugar de volver en colectivo me contó que nos pasaría a buscar en
auto un compañero de aviación, un estudiante del último año de la carrera.
Su compañero era rubio y muy buen mozo. Los tres conversamos
animadamente en el trayecto hasta mi casa. Días después llegó una carta de Córdoba
en la cuál Eduardo me decía que yo le había gustado mucho a su amigo, quién era un
mejor partido para mí porque, como estaba por recibirse, nos podríamos casar el año
siguiente. Mi respuesta fue nuestra última carta. Susanita sabía que nadie jamás iba
a elegir por ella.
© Edith Fiamingo 13-09-2020