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PROBLEMAS DE HISTORIA DEL SIGLO XX

Unidad 2 - El mundo de entreguerras

Clase 4: Vista panorámica del siglo XX. Las guerras mundiales:


rasgos y novedades

I. Introducción

En la unidad primera analizamos la herencia del siglo XIX largo centrándonos fundamentalmente en el legado
de las revoluciones burguesas y la Revolución Industrial; los aspectos fundamentales de la economía y la política
y las ideologías vigentes. El conocimiento de estos temas es imprescindible para la comprensión cabal del siglo
XX. Sobre estas bases damos inicio en esta clase a la segunda unidad.

Esta nueva unidad se denomina el mundo de entreguerras y abarca cuatro clases. Los temas tratados en
estas cuatro clases son, respectivamente:

1. Vista panorámica del siglo XX. Las guerras mundiales: rasgos y novedades

2. La Revolución Rusa y los avatares de la URSS hasta 1945.

3. La crisis económica del 29 y sus consecuencias.

4. Los fascismos y el Holocausto.

En esta primera clase de la segunda unidad comenzamos con una vista panorámica del siglo XX que nos
servirá de guía para todos los temas que trabajaremos hasta finalizar esta asignatura. Luego, nos detendremos
en Las guerras mundiales: rasgos y novedades. Las lecturas obligatorias para esta primera clase son
“Vista panorámica del siglo XX” y el capítulo 1° de la Historia del siglo XX de Eric Hobsbawm publicada en
Barcelona por la editorial Crítica en 1995. Cronológicamente, esta clase abarca desde el comienzo de la Primera
Guerra Mundial (1914) hasta el final de la Segunda (1945).

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Es importante percibir, al ir preparando la asignatura, que los cuatro temas incluidos en esta unidad
(Las guerras mundiales: rasgos y novedades; La Revolución Rusa y los avatares de la URSS hasta
1945; La crisis económica del 29 y sus consecuencias y Los fascismos y el Holocausto) se
desarrollan en el marco cronológico ya señalado, es decir: 1914-1945. Resulta conveniente a
medida que vamos trabajando construir líneas de tiempo que nos permitan ubicarnos
cronológicamente y utilizar mapas para orientarnos geográficamente.

II. Vista panorámica del siglo XX

Todos sabemos que los siglos duran 100 años. Pero, para este particular siglo XX que comenzamos a estudiar,
utilizaremos un recorte cronológico aplicado por el eminente historiador inglés Eric Hobsbawm que señala como
Siglo XX corto al lapso transcurrido entre el inicio de la gran Guerra o Primera Guerra Mundial en 1914 y la
disolución de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (a partir de ahora mencionada como URSS) en 1991.

Al analizar este período histórico Hobsbawm conforma un tríptico pues lo divide en tres etapas

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En este tríptico Hobsbawm diferencia claramente una primera etapa que se caracteriza por la quiebra de la
hegemonía europea y el derrumbe de la civilización occidental. La denomina “Era de las catástrofes”. ¿Por qué
esa denominación? Pues entre 1914 y 1945 tuvieron lugar dos guerras prolongadas y feroces con millones de
muertos, oleadas de rebelión, una revolución generalizada, la desarticulación de los grandes imperios coloniales,
una crisis económica de una magnitud, extensión, profundidad y duración inusitadas, la emergencia y
consolidación de formas de gobierno abusivas y expansivas. Fuertemente vinculados entre sí, todos estos
procesos hicieron de este lapso temporal un período de enormes perdidas en vidas, valores y bienes materiales.

Utilizamos para organizar los temas a estudiar en esta unidad el cuadro que figura a continuación y
detectamos en rojo/subrayado la temática de esta clase.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial se inició un período denominado la Guerra Fría que se extendió hasta la
disolución de la URSS Esta etapa se caracterizó el enfrentamiento entre las dos grandes potencias consolidadas
tras la guerra y el consiguiente hundimiento de las hasta ese entonces potencias occidentales como el Imperio
Alemán, el Reino Unido de Gran Bretaña, Francia, Italia, entre otras y el Imperio Japonés en Oriente. La
bipolaridad, que el enfrentamiento entre Estados Unidos y la URSS hizo evidente, marcó la historia de la
humanidad por más de cuarenta años pues el reparto de territorios entre ambas y el establecimiento de áreas de
influencia involucró directa o indirectamente la totalidad de los países de los diferentes continentes.

Esta situación de enfrentamiento y bipolaridad se mantuvo hasta la disolución de la URSS dando cierta
homogeneidad en cuanto a las relaciones internacionales al período. Pero, si se tienen en cuenta otros aspectos,
se verifica claramente la existencia de dos etapas bien diferenciadas que conforman con la Era de las Catástrofes
el tríptico señalado por Hobsbawm. La primera de estas etapas es la Edad de Oro que se extiende desde fines de
la década del cuarenta hasta mediados de la década del setenta y que incluye a los plateados años cincuenta y
los dorados años sesenta caracterizados por notables cambios económicos y sociales. La segunda etapa, que es
de crisis mundial y cambios políticos de enorme trascendencia, se inicia a partir de 1973 con el fin de la bonanza
económica de los años anteriores y culmina con el fin del orden bipolar al colapsar la URSS.

Resulta sumamente interesante reflexionar sobre estos cambios tan drásticos y sus
consecuencias pues forman parte de la realidad en que vivimos hoy en día. Para lograr su
cabal comprensión el análisis del siglo XX resulta fundamental.
Pensar

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III. Las guerras mundiales: rasgos y novedades.

La Gran Guerra o Primer Guerra Mundial (1914-1918) marca el inicio histórico del siglo XX según
Eric Hobsbawm. Este autor hace referencia a la Época de la Guerra Total al analizar estos
conflictos bélicos y marca diferencias con las acontecidas en siglos anteriores. Trabaja en un mismo
capítulo ambas guerras mundiales y establece comparaciones entre ambas.

Además de la ausencia de grandes guerras en Europa entre 1815 y 1914, es importante señalar que hasta 1914
los conflictos que involucraron a las grandes potencias fueron altamente desiguales pues no implicaban paridad
de fuerzas entre los contendientes y prácticamente no repercutieron en la vida de los civiles de los países
vencedores. Algunos ejemplos válidos al respecto son las guerras que Estados Unidos emprendió contra México
en la primera mitad del siglo XIX y contra España a fines del mismo siglo; las expediciones imperialistas en Asia
y África o, incluso, la derrota francesa en México.

Uno de los cambios fundamentales entre estas guerras y las del siglo XX remite a la dimensión
de estas últimas que transformó al mundo entero en beligerante y/u ocupado. El impacto en la
población civil fue altísimo, de una dimensión infinitamente mayor. La guerra adquirió un
Pensar
carácter que solo admitía la victoria o la derrota total pues de guerras con objetivos limitados
y concretos se pasó a objetivos ilimitados que involucraban el aniquilamiento del adversario.

La Gran Guerra se extendió desde 1914 hasta 1918. Sus raíces se rastrean en el siglo XIX y
abarcan, entre otras, la competencia industrial, naval y financiera entre las diferentes potencias; el
imperialismo y el consiguiente reparto del mundo; la prédica nacionalista vinculada a la
conformación de los Estados-Nación; reclamos territoriales de vieja y nueva data; tensiones
sociales, políticas y económicas que ponían en jaque a las fuerzas gobernantes de los diferentes
territorios. Los sistemas de alianzas, gestados a fines del XIX y modificados a principios del XX,
favorecieron la conformación de dos bloques antagónicos. Inicialmente, las fuerzas de ambos
contendientes parecieron equilibradas. Inglaterra, Francia y la Rusia zarista conformaron un bloque
al que posteriormente adhirió Italia y se sumó Estados Unidos, además de otros muchos estados.
Sus oponentes tenían como sustento al Imperio Alemán aliado a la Monarquía Austro-Húngara y a
un convulsionado estado turco. Se combatió larga y ferozmente en los frentes Occidental, Oriental,
Alpino o Italiano, Balcánico, Marítimo, Colonial y del Cercano Oriente. La denominación y ubicación
geográfica de estos frentes nos permite entender por qué estamos hablando de una guerra
“mundial”.

La guerra duró y costó, en vidas y bienes materiales, mucho más de lo que cualquier cálculo previo hubiese
supuesto. La tecnología puesta en juego para la industria bélica puso de evidencia su poderío destructor. La
guerra sirvió además para llevar a cabo acciones que, en este particular contexto, no fueron ni evitadas ni
paliadas. Ejemplo claro al respecto es el exterminio de un 1.500.000 armenios que habitaban en territorio turco,
la dispersión de los sobrevivientes y el intento de aniquilación de su lengua y cultura.

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También, en estas circunstancias bélicas y directamente vinculadas a ellas, se inició en 1917 una revolución que
puso fin al zarismo en Rusia. Esta revolución repercutió fuera de su territorio en dos sentidos diferentes. Por un
lado, al alejarse Rusia de la guerra alteró el curso del frente bélico oriental; por otro, incidió en la oleada
revolucionaria que en 1918 sacudió a Europa Oriental y Central.

La guerra provocó millones de muertos y la destrucción de viviendas, caminos, barcos,


industrias, cultivos, etc. Modificó sustancialmente el mapa de Europa. La desintegración de los
imperios ruso y austro-húngaro, el desmembramiento del territorio bajo dominio turco, los
cambios en el territorio del desaparecido Imperio Alemán significaron cambios de fronteras e,
incluso, el surgimiento de nuevos estados. La guerra finalizó con la firma de un conjunto de
tratados, conformado por los de Versalles, Trianon, Neuilly y Sèvres, que no fueron
negociados sino impuestos a cada uno de los vencidos respectivamente. La dureza de las
condiciones aplicadas a los vencidos, especialmente a Alemania considerada responsable de la
guerra, anularon cualquier posibilidad de una paz duradera. Las fricciones entre los vencedores
y el retiro de Estados Unidos el gran vencedor contribuyeron a inestabilizar aún más la
situación. La destrucción del sistema económico previo, la pérdida de hegemonía de Europa en
el contexto mundial, particularmente de Inglaterra, el triunfo de la Revolución Rusa liderada
por Lenín, hicieron de la post-guerra un período altamente conflictivo. La crisis económica de
1929 empeoró notablemente la situación internacional ya inestable y acentuó tensiones y
desequilibrios.

En la década del 30 se hicieron visibles las consecuencias económicas, sociales y políticas del crack
del 29. Contemporáneamente, y fuertemente vinculados a la crisis, algunos estados emprendieron
acciones militares tendientes a su expansión. Japón en Manchuría, Italia en Etiopía son algunos de
los ejemplos que podemos mencionar. Pero fue, fundamentalmente, la reconstrucción de Alemania
vinculada a un nacionalismo extremo exacerbado por las condiciones de la Paz de Versalles el centro
del problema. Encabezado por Adolph Hitler, militarizado y armado, el III Reich comenzó un
proceso de expansión que al avanzar sobre Polonia dio comienzo a una nueva guerra mundial, más
mortífera y destructora que la anterior.

La guerra submarina y la inclusión de la aviación como fuerza bélica hicieron de esta guerra un
nuevo tipo de conflicto. En la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) Alemania, Italia y Japón
conformaron el eje. En esta alianza el III Reich alemán constituía la fuerza principal. En 1939 la
guerra estalló como un conflicto europeo y para 1940 el poderío alemán se hacia sentir en el
continente. Solamente, Gran Bretaña resistía a ese brutal empuje para 1940-1941.

Punto de inflexión es 1941. Año marcado por la invasión alemana a su antiguo aliado, la URSS El fracaso en este
frente fue determinante para la evolución del conflicto bélico. El avance ruso sobre Europa Oriental y Central, la
expansión japonesa en Extremo Oriente, la inclusión de Estados Unidos en el conflicto, le dieron dimensión
mundial a la guerra.

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Ideológicamente opuestos, Estados Unidos y la URSS combinaron sus fuerzas para aniquilar al
Reich alemán. Tres años requirió derrotarlo. La victoria aliada fue total y la rendición alemana
incondicional. El avance del Ejército Rojo y el bombardeo efectuado por la aviación
Pensar norteamericana devastaron ciudades y campos. Ambas potencias, e Inglaterra junto con ellas,
negociaron entre 1943 y 1945 a través de conferencias internacionales el reparto de territorios
y áreas de influencia entre los futuros vencedores. Pactaron también las características del
nuevo orden internacional. Derrotar a Japón llevo mucho menos tiempo, pero no menor nivel
de destrucción. Estados Unidos, en forma unilateral, puso fin a la guerra en Extremo Oriente
logrando la rendición incondicional de Japón con los bombardeos atómicos de las ciudades de
Hiroshima y Nagasaki. La humanidad todo, inició en ese momento una nueva era signada por
el poder destructivo que alcanzó la tecnología puesta al servicio de la guerra.

IV. Conclusión

Eric Hobsbawm destaca en estas páginas la magnitud de las pérdidas en vidas humanas que caracterizaron estas
guerras. La lucha por la supervivencia llevo el enfrentamiento al límite. La guerra adquirió un carácter total.
Afectó a todos los ciudadanos, alcanzó un altísimo nivel de destrucción y determinó y transformó el nivel de vida
la población. La guerra masiva requiere producción masiva. Por lo tanto, la gestión y la organización apuntan a
ese preciso fin e involucran la totalidad de los recursos.

La Primera Guerra no resolvió los problemas que le dieron origen y generó nuevos problemas
de difícil solución. Cerró una etapa que fue considerada, desde un presente amargo, como un
pasado irrecuperable. La idea de progreso vigente en el pensamiento del siglo XIX chocó con
Pensar
una realidad que planteaba un futuro incierto. Los vencedores, salvo Estados Unidos, y los
vencidos estaban exhaustos y debilitados.

La democracia quedó desprestigiada y debilitada. Esto facilitó el surgimiento de fuerzas antidemocráticas que
resultaron atrayentes para las masas y favorecieron políticas que cercenaban los derechos de sus ciudadanos y
buscaban la expansión militar sobre otros territorios. Las paces firmadas pusieron fin al conflicto pero no
sentaron las bases para una paz duradera. A los veinte años de finalizado el conflicto una nueva guerra, europea
en su origen, sacudía nuevamente al mundo.

La situación al finalizar la Segunda Guerra fue radicalmente diferente en muchos aspectos. No


una, sino dos son las potencias que se consolidan tras el conflicto. Dos potencias que,
coyunturalmente, se unieron para la derrota del Reich alemán, pero que obtenida ésta, fueron
feroces competidoras. En el marco de este enfrentamiento, denominado Guerra Fría, la
situación internacional quedó estabilizada por decenios y los esfuerzos realizados para
reorganizar la economía beneficiaron ampliamente, incluso a los vencidos.

Hobsbawm inicia la Era de las Catástrofes con el comienzo de la Primera Guerra y la finaliza con la rendición
incondicional de los vencidos en la Segunda Guerra. Pero entre una y otra de estas guerras se formó y consolidó
la URSS, tema que analizaremos en la próxima clase; se establecieron regímenes como el fascismo y el
nazismo; y una crisis económica de magnitud inusual golpeó duramente a las diferentes economías. Estos temas
que se trabajan en las próximas clases y que forman parte de la Segunda Unidad tienen una fuerte interrelación
entre sí. Es importante, por lo tanto, al completar las lecturas asignadas para toda la unidad integrar estas
temáticas para lograr su cabal comprensión.

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Clase 5: La Revolución Rusa y los avatares de la URSS hasta 1945

I. Introducción

La clase anterior comenzamos a desarrollar la Unidad II denominada la Era de las catástrofes, analizamos
un acotado panorama del siglo XX sumamente útil para guiar nuestro trabajo hasta el fin del cuatrimestre y
estudiamos ambas guerras mundiales. En esta clase en particular trabajamos sobre la Revolución Rusa y los
avatares de la URSS hasta 1945. Obviamente, retomamos el mismo período que estudiamos la clase anterior
y que delimita esta unidad, pero centrándonos en un proceso de particular importancia para el siglo XX.

En el esquema que ya trabajamos para este periodo, situamos el inicio de la Revolución Rusa en
rojo/subrayada en el marco temporal de la Gran Guerra y su evolución en los años transcurridos hasta el
final de la Segunda Guerra.

Esta segunda clase de la Unidad II tiene dos lecturas obligatorias de dos diferentes autores.
Una de ellas corresponde, al igual que en clases anteriores, a Eric Hobsbawm. De su texto
Historia del siglo XX publicado en Barcelona por Crítica en 1995 está indicado para esta clase el
Capítulo II, denominado la Revolución Mundial. Completamos esta lectura con las páginas 36-45
y 135-146 de La edad contemporánea, 1914-1945 de Pasquale Villani publicado también en
Barcelona por la editorial Ariel en 1997. Es importante al leer ambos textos detectar los
enfoques y posturas divergentes entre ambos autores.

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Para desarrollar esta temática comenzamos con un breve comentario sobre el imperio ruso
durante el gobierno de los zares a fines del siglo XIX y principios del XX; luego analizamos el
crucial año 1917; continuamos con el estudio del origen y la conformación de la URSS bajo el
liderazgo de Lenín y finalizamos con la evolución de la URSS tras la muerte de Lenín en 1924 y
el análisis del gobierno de Stalin, desde su ascenso al poder hasta el final de la Segunda Guerra
Mundial.

II. La Rusia zarista

Hacia fines del siglo XIX el territorio ruso, de enormes dimensiones, continuaba gobernado en forma
autocrática por la dinastía Romanov. Nicolás II estaba en el trono al iniciarse el siglo XX. País netamente
agrario con una población conformada en su gran mayoría por campesinos pobres y sin tierra, Rusia inició
tardíamente su industrialización a fines del siglo XIX, fundamentalmente con capitales franceses. Esa
industrialización dio origen a proletariado industrial, poco numeroso en comparación con el campesinado,
pero altamente concentrado en unas pocas ciudades. Un fuerte clero ortodoxo, una nobleza terrateniente y
una débil burguesía completaban la sociedad rusa contemporánea.

Crisis económica, descontento político y fuertes tensiones sociales se hicieron visibles en


forma nítida en 1904-1905 cuando el zarismo fue estrepitosamente derrotado por el
Imperio Japonés en una guerra que puso de manifiesto que la extensión territorial no
Pensar
implicaba poderío militar o eficiencia gubernamental y administrativa. Esa guerra y las
graves desigualdades e injusticias que padecían obreros y campesinos confluyeron en una
revolución que jaqueó al gobierno durante 1905. La fidelidad del ejército y la policía
salvaron al régimen desprestigiado. Desprestigio que acrecentaron las prédicas de
ideólogos como Lenín y Trotsky que revisaron críticamente la revolución de 1905 y
comenzaron a elaborar las estrategias tendientes para capitalizar la situación y preparar
alternativas que significaran, no sólo la extinción del zarismo, sino el cambio total de la
economía, la sociedad y la política rusa. Legado fundamental de la revolución de 1905 fue
la difusión de los soviets, consejos de base popular, al ámbito fabril urbano.

La ausencia de reformas, la censura y la represión de los disidentes, el empeoramiento de las condiciones


económicas se hicieron sentir con dureza entre 1906 y 1914. Pero fue con el ingreso y la participación de
Rusia en la Primera Guerra Mundial que la situación resultó insostenible.

Hobsbawm explica que, en el siglo XX, la revolución es hija de la guerra. Afirmación que

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considera válida tanto para ésta como para posteriores estallidos revolucionarios.
Particularmente en este caso el frente oriental, en el que rusos y alemanes se enfrentaron
duramente, sumó derrotas y muertes para una población que no encontraba sentido a su
participación en el conflicto.

III. 1917

El año 1917 es fundamental para comprender el proceso revolucionario ruso cuyo impacto y consecuencias
no se limitaron a ese específico territorio y alcanzaron, además, una notable perduración temporal. Ya a
fines de 1916, y tras las sucesivas y mortíferas derrotas inflingidas por los alemanes, la situación había
adquirido un carácter altamente explosivo. Pero esta revolución no se concretó en forma inmediata y
podemos distinguir en el transcurso de 1917 diferentes momentos y ubicarlos cronológicamente(1) en:

Febrero

Se produjo un movimiento espontáneo provocado por el descontento existente, agravado por la


guerra. Es fundamental señalar que en este caso, a diferencia de los sucedido en 1905, las
tropas no reprimieron sino que confraternizaron con los sublevados.

Marzo

La magnitud de la sublevación determinó al zar a abdicar. Se formó un gobierno provisional,


fundamentalmente liberal, vinculado a una Duma opuesta a cualquier intento de reforma
agraria radical.

Abril

Vladimir Ilich Ulianov, conocido como Lenín, retornó a Petrogrado y planteó los puntos
fundamentales de su accionar futuro en las Tesis de Abril. “Pan, paz y tierra” fueron las
consignas que concitaron apoyo en torno suyo y del grupo bolchevique que Lenín encabezaba.
Ante un gobierno sin sustento, los soviets se extendieron y ampliaron notablemente su
influencia facilitando el paso de una revolución inicial burguesa a una futura revolución que
permitiera establecer al proletariado en el poder. Lenín hizo de un movimiento anárquico un
paso a la toma del gobierno. Para esto contaba con una revolución inminente a nivel europeo y
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Mayo/Agosto

El gobierno provisional continuaba perdiendo apoyo. Ni realizó la imprescindible reforma


agraria, ni puso fin a la impopular y sangrienta participación rusa en la guerra. La persecución
a los bolcheviques y su impotencia ante intentos militares pro-monárquicos sellaron el fin del
gobierno provisional encabezado por Kerensky.

Octubre

Cuidadosamente preparada se llevó a cabo la revolución que puso fin al gobierno provisional y
estableció en el poder a un Consejo de Comisarios del Pueblo integrado por Trostky y Stalin y
férreamente dirigido por Lenín. Eric Hobsbawm denomina a esta revolución de octubre la
“revolución mundial” por su importancia y repercusión. Destaca fuertemente, este autor, la
magnitud de su expansión y la perdurabilidad de sus consecuencias. Señala asimismo la índole
ecuménica de una revolución que caracteriza como proletaria y mundial.

IV. La formación y consolidación de la URSS hasta la muerte de Lenín

Los primeros años del nuevo régimen fueron sumamente difíciles. Sostenerse en el poder fue la prioridad y
para ello era imprescindible derrotar a los opositores y ampliar la base del poder del nuevo gobierno.

Las medidas llevadas a cabo fueron:

La abolición y confiscación de la gran propiedad; la nacionalización de la tierra; el control de


bancos, empresas, la producción social y del reparto de la producción social; la confiscación de
bienes extranjeros y el desconocimiento de la deuda exterior contraída por los gobiernos
previos.

La firma de la Paz de Brest-Litovsk con Alemania que puso fin a la participación rusa en la
Gran Guerra con una importante pérdida territorial.

La creación, por parte de Trotsky, del Ejercito Rojo que se transformó en el sustento del
régimen.

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En el contexto de una sangrienta y feroz guerra civil que los enfrentó a sus opositores, el
Ejército Rojo fue clave para la victoria. La oposición, denominada “los blancos”, contó con
el apoyo de tropas de diferentes países decididos a poner fin a la revolución. Esta guerra
marcó el desenvolvimiento posterior del nuevo estado: la Unión de las Repúblicas
Soviéticas Socialistas. Muerte, hambre, destrucción caracterizaron esta etapa y, según
Hobsbawm, forjaron un modelo de gobierno que debió tomar decisiones día a día, sobre la
marcha, en una situación confusa y peligrosa. La columna vertebral del nuevo régimen fue
el Partido Comunista. Poderoso instrumento centralizado y controlado desde la cúspide
que, considera Villani, estableció una rígida dictadura monopolizando el poder.

Este partido, guiado por Lenín, debió resolver la gravísima situación económica que aquejaba al país. Ya en
1913, antes de la guerra, la economía rusa presentaba serios problemas que la Primera Guerra acentuó.

La guerra civil significó desorden, destrucción y la implementación de requisas. El descontento,


incrementado por la carestía, llevo a Lenín a implementar en 1921 una Nueva Política
Económica denominada la NEP. Estas reformas tendieron a reanimar el mercado y reactivar la
producción. Consideradas como “capitalismo de Estado” fueron para Lenín una alternativa de
carácter transitorio que permitió recuperar para 1927 los niveles económicos de 1913. Criticadas
duramente en el núcleo del poder, incluso por Trotsky, favorecieron a la zona rural y permitieron
el enriquecimiento de algunos campesinos denominados kulaki. Esta distensión en el aspecto
económico se acompaño de un mayor control policiaco de la población y del endurecimiento de
la disciplina partidaria. Lenín, motor y artífice de este proceso, enfermó seriamente en 1922 y
falleció en 1924 dejando, por un lado, problemas muy serios que requerían solución, por otro,
indudablemente la revolución comunista estaba firmemente establecida y su influencia excedía
sus fronteras geográficas.

En 1918 el mundo sintió el impacto de esta revolución victoriosa. La primera oleada revolucionaria, original y
formativa, que esta revolución provocó sacudió fundamentalmente Europa Oriental y Central. En particular, a
los países derrotados, como Alemania y Hungría. Generó expectativas favorables en muchos y pánico en
otros pero, para 1920, estas revoluciones se habían diluidos o habían sido sofocadas. Además, la 3°
Internacional fracturó al movimiento obrero internacional. La URSS se encontró sola y aislada por un cordón
sanitario que pretendía, al no haberla derrotado, al menos limitarla a su territorio original. Fue hacia Extremo
Oriente, especialmente hacia China, donde la influencia comunista dio sus frutos aunque con variantes
significativas.

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V. La evolución de la URSS tras la muerte de Lenín. Las políticas de Stalin

La enfermedad de Lenín abrió el juego de la sucesión del poder. A su muerte, Trotsky y


Stalin, se enfrentaron personal e ideológicamente. Para 1927 Stalin, desde su puesto de
Secretario del Partido, estaba instalado solidamente en el poder. Ante el planteo de Trotsky
de una revolución permanente y universal, Stalin optó por un modelo de socialismo en un
solo país. Descartó la posibilidad de un proceso gradual y forzó los tiempos para una
industrialización ultrarrápida e impuso la colectivización de las tierras. Instrumentó para
lograrlo Planes Quinquenales a partir de 1928 que además del costo humano que
implicaron, determinaron el hundimiento de la agricultura rusa que no se recuperó de este
proceso de destrucción. La industria, especialmente la pesada, alcanzó niveles realmente
llamativos. Los transportes y la producción de carbón, acero y electricidad tuvieron ritmos
de desarrollo altísimos.

Estos cambios económicos se lograron con salarios muy bajos, jornadas de trabajo extenuantes, un sistema
disciplinario durísimo y una despiadada política represiva. El sistema de vida fue absolutamente subvertido
por la colectivización forzada. El partido y el ejército fueron objeto de purgas constantes. Prisiones, campos
de trabajo forzado y ejecuciones tuvieron su momento más crítico entre 1936 y 1938. El poder de Stalin se
mantuvo hasta su muerte en 1953

VI. Conclusión

Los casi treinta años que Stalin estuvo en el poder marcaron a fuego la historia soviética y son aún hoy
objeto de intensos debates. Es importante, al leer textos referidos a temas de importancia capital como los
que hemos trabajado en esta clase, detectar los enfoques y posturas divergentes tanto entre Villani y
Hobsbawm como entre muchos otros autores que realizan investigaciones al respecto.

Eric Hobsbawm destaca la importancia de la URSS en la derrota del nazismo en la Segunda


Guerra Mundial, cuando el Ejército Rojo resultó imprescindible para poner fin al poder del Reich
Alemán y provocó una segunda oleada expansiva del modelo comunista. Esa oleada hizo que a
los cuarenta años de la Revolución de Octubre un tercio de la humanidad estuviera bajo estos
regímenes y el modelo organizativo del PC leninista. Valora además la opción que esta
revolución significó ante el capitalismo, como modelo alternativo y superador. Villani, por su
parte, analiza los porqué de un régimen que caracteriza como antidemocrático y para hacerlo
presenta alternativas de discusión en torno a las políticas implementadas por Lenín y las
modificaciones o persistencia de las mismas durante el stalinismo.

La inmunidad de la URSS ante la crisis del 29, el modelo de desarrollo económico planificado que se exportó
a los países atrasados y que se difundió aún más que los aspectos políticos del régimen, la defensa del
territorio nacional durante la invasión alemana en la 2° guerra y su posterior expansión son algunos de los
aspectos en discusión constante que continuaremos analizando en las próximas clases.

1- Es importante recordar que el calendario juliano se utilizó en Rusia hasta el 1° de enero de 1919. Ese calendario
difiere del gregoriano, usado actualmente, en 12 días en el siglo XIX y 13 en el siglo XX. Esta diferencia pueda
implicar variaciones en las fechas mencionadas por los diferentes autores.
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Clase 6: La crisis económica de 1929 y sus consecuencias

Para Eric Hobsbawm hay una sola guerra con un período de armisticio entre 1919 y 1939. Este
período de entreguerras que se aborda en la Unidad II tiene una complejidad que requiere
varias clases para su abordaje. Una de las cuestiones claves es el Crack de 1929 y la crisis
subsiguiente.

La crisis comenzó en Estados Unidos de América, la que genera muchos interrogantes, por
qué la crisis estalló en una economía próspera como la norteamericana de los años veinte
y por qué se difundió al resto del mundo capitalista. Para intentar una respuesta básica
Pensar
tenemos que ubicarnos en las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Estados
Unidos se involucró en el conflicto de la Gran Guerra de diferentes modos, en un principio
proveyó de materiales bélicos y productos de todo tipo a su aliada histórica, Gran Bretaña,
pero a último momento intervino directamente en el conflicto siendo definitorio en la
resolución del mismo.

Sin embargo, no alcanza con establecer la diferencia entre derrotados y vencedores. Entre los primeros,
cabe señalar la situación de Alemania y las condiciones humillantes que le impusieron sus vecinos. Sin
embargo, entre los que triunfaron algunos ganaron pero dejaron jirones de su economía y de su poder; Gran
Bretaña fue el caso paradigmático. En el período de entreguerras Gran Bretaña continuó dominando un
extenso imperio colonial pero había perdido su ubicación como el centro financiero internacional. En los
años veinte, Estados Unidos ocupó ese lugar, había entrado en la guerra como una economía deudora y
cuando acabó, se había convertido en acreedora de Europa. En la inmediata posguerra los bancos
norteamericanos prestaron dinero a diferentes países pero, en particular, financiaron a Alemania para que
ésta afrontara los pagos de las reparaciones de guerra y Francia fue la beneficiaria principal de esos fondos.
Aunque no se advertía en la época, la economía capitalista no volvió a funcionar del modo que lo había
hecho hasta la guerra y esta situación no fue advertida o no se prestó atención en los cambios en el sistema
financiero y comercial internacional.

De la década del veinte en Estados Unidos destacamos que mientras los bancos norteamericanos tomaban la
delantera en el mundo financiero internacional, en lo interno, su economía mostró una gran pujanza y
amplios sectores de la población tuvieron acceso a las innovaciones tecnológicas basadas en la difusión de la
electricidad y a los automotores; los motores de explosión internos modificaron la producción y la vida
cotidiana; como en los casos de la mecanización del campo y en el transporte urbano y rural donde el uso
del automóvil y de otros vehículos similares incidieron en la movilidad de las personas y de la producción; en

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el ámbito doméstico se dio la difusión de la radio y de los electrodomésticos. En los años veinte, el aumento
del consumo se hizo con la difusión del crédito.

Los avances de la llamada segunda revolución industrial y, en particular, la utilización de los derivados del
petróleo como combustible modificaron las condiciones de la vida.

Al mismo tiempo, los gobiernos republicanos en ese tiempo se diferenciaron de la gestión de demócrata
Wilson (1913-1921), se decidieron por el aislacionismo con respecto a los problemas de la política europea
de la inmediata posguerra para concentrarse en los asuntos internos norteamericanos.

En ese contexto se desencadenó la crisis de 1929, que por su profundidad, por su duración
en el tiempo y la extensión geográfica que abarcó a la mayor parte del planeta ha sido
objeto de innumerables estudios y diferentes teorías para desentrañar sus incógnitas. La
dinámica de la crisis a partir del crack es conocida y no genera mayores controversias. Sin
embargo, el debate gira en torno de las causas de la crisis para desentrañar aquellas
señales que hubieran adelantado la cercanía del crack y para comprender la génesis de la
crisis con sentido pedagógico para tenerlo en cuenta a futuro y evitar situaciones similares.

En primer término, se debate si la crisis se debió a factores intrínsecamente norteamericanos o si las causas
respondieron a un conjunto de problemáticas internas y externas a Estados Unidos como parte de la
situación de la posguerra. Otro grupo de teorías giran en torno si la crisis fue tan solo un problema de
manejo monetario o si se debía a diferentes aspectos de la economía.

El autor que seguimos en esta clase, Charles Kindlenberger, plantea estos problemas en torno a
los debates que ha generado entre los especialistas, quien plantea sus diferencias con Paul
Samuelson y Milton Fridman. Para éste último, la crisis se debió a un mal manejo monetario
por parte de la Reserva Federal.

Antes de adentrarnos en las teorías sobre su origen, convendría analizar brevemente en que consistió el
crack. Como decíamos, la economía norteamericana vivía una etapa de prosperidad y de expansión del
consumo de bienes durables. Las bolsas de comercio de diferentes ciudades del país seguían el mismo signo,
sin embargo por la magnitud de las operaciones, la de Nueva York era la más representativa y de algún
modo era una de los signos que marcaban a la ciudad como la nueva City financiera del capitalismo. Hasta
marzo de 1928 los precios de las acciones acompañaron el valor real de las empresas, pero a partir de
entonces se dio un cambio imperceptible. Los precios de las acciones treparon a un ritmo mayor que el valor
real de las compañías, este fenómeno fue favorecido por una coincidencia de factores, la existencia de
liquidez y de tasas de interés bajas, la presencia de trust de inversión (similares a los fondos de inversión de
hoy día) que invirtieron en activos de riesgo y permitían la compra de acciones sin contar con el dinero
quedando en garantía las mismas acciones con el fin de atraer una mayor clientela, algunos de ellos no
tenían experiencia en este tipo de mercados especulativos.

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Esta metodología hizo más vulnerables a las operaciones bursátiles cuando a partir de septiembre de 1929
se interrumpió el ascenso de los precios en la Bolsa de Nueva York y comenzaron a experimentar
fluctuaciones, con alzas y bajas, que desembocaron en el jueves negro y el martes negro, el 24 y el 29 de
octubre de 1929, respectivamente. Los trusts de inversión sufrieron fuertes pérdidas, por las bajas y porque
perdían valor los activos-garantía, de este modo estuvieron dadas las condiciones para que se
desencadenara el crack.

La plaza de Nueva York atraía a inversores de distintos lugares de Estados Unidos y de otros países, cuando
se conoció la caída de los valores cundió el pánico. En aquel entonces la información a larga distancia
circulaba vía telegráfica que requería estaciones de retrasmisiones y los mensajes llegaban con varias horas
de diferencia con respecto a la emisión inicial.

Vista la crisis en forma retrospectiva se pueden señalar signos de alarma que no fueron
tomados en cuenta, salvo por algunos periodistas especializados, quienes habían dado la
voz de alarma por el crecimiento desmesurado de la inversión en la Bolsa y planteaban que
Pensar
se estaba generando una burbuja especulativa. En los años previos se dieron algunas
señales preocupantes, aunque no fueron atendidas. La primera fue el desplome de las
inversiones inmobiliarias en la Florida. En esos años, con la difusión del automóvil se
extendió a sectores sociales más amplios el hábito de las vacaciones y la búsqueda de
climas más benignos, así creció la inversión inmobiliaria en las costas cálidas de la Florida
hasta que los habituales huracanes marcaron con dureza los riesgos de esas construcciones
y la consiguiente caída de sus valores. En 1928, la fábrica Ford dispuso discontinuar la
fabricación del modelo Ford T para iniciar la construcción del nuevo modelo Ford A, más
confortable y con detalles de lujo. Un número importante de interesados se suscribieron
con anticipación para adquirirlo. Sin embargo cuando salió a la venta no tuvo el mismo
éxito que su antecesor. Mientras las fábricas seguían con el mismo ritmo de producción, el
consumo se estaba retrayendo sin que fuera advertido o analizado en su real dimensión.

En este punto, hay que señalar algunos aspectos de la política comercial norteamericana, que había
acentuado su proteccionismo que no favorecía al intercambio internacional, ya complicado por la circulación
de varias monedas que no tenían un sistema de cambios acordados, era el caso del dólar, la libra e, incluso,
el franco. La decadencia de Gran Bretaña se visualizaba en esta cuestión, la libra había dominado en el
mercado hasta la Primera Guerra Mundial; en los años veinte, el regreso al patrón oro por parte de Gran
Bretaña en 1925 con la misma relación de antes de la Guerra, deja una libra sobrevaluada y hace que sus
productos no fueran competitivos. Las políticas norteamericanas restrictivas con respecto al comercio exterior
no le permitieron a los productos norteamericanos acceder al mercado externo con mayor fluidez y de ese
modo canalizar los excedentes que no absorbía el mercado interno. Estados Unidos había fijado barreras
arancelarias y para-arancelarias que protegían a su producción, los países de producción primaria no tenían

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muchas posibilidades, más aún porque Estados Unidos tenía una economía primaria muy rica y
prácticamente era uno de los primeros exportadores en ese rubro. De este modo se había puesto fin a la
división internacional del trabajo en que se había basado el intercambio comercial durante el largo siglo XIX,
entre regiones productoras de manufacturas y regiones proveedoras de materias primas; modelo que había
liderado Gran Bretaña.

Si volvemos al análisis del crack, debemos señalar que otro signo que no se tuvo en cuenta fue
la liquidez, las empresas habían tenido enormes ganancias, una parte de las mismas eran
invertidas en innovaciones tecnológicas pero tenían un volumen de dinero que dejaban en el
circuito bancario, que pese a las bajas tasas tenía más rentabilidad que la inversión productiva.
Cuando el 24 de octubre se vivió un anticipo del pánico del martes siguiente, los agentes
involucrados en el negocio, los grandes bancos y empresas que tenían directa o indirectamente
interés en la cuestión, salieron al mercado con compras para apuntalar el precio de las
acciones. Pero estas acciones resultaron insuficientes, el 29 de octubre la Bolsa de Nueva York
experimentó su “martes negro”, señalado como la fecha del Crack.

El sistema bancario norteamericano estaba bajo el control de los Estados y lo regía normativas que pretendía
evitar el monopolio. Por tal motivo, los gobiernos estaduales no autorizaban la instalación de sucursales de
bancos de otras jurisdicciones y no existían cadenas bancarias nacionales, sino que tenían influencia en una
ciudad o en un Estado. Por su parte, la Reserva Federal no actuaba como banco de última instancia, cada
Banco respondía con sus propios activos y dependía de la confianza del público.

Tras el crack llegó la Gran Depresión. El crack del 29 de octubre de la Bolsa de Nueva York
inició un ciclo de caída y leves recuperaciones pero siempre con la tendencia a la baja por
varios años. A la crisis bursátil se le sumó la crisis bancaria. Cuando las operaciones
basadas en los activos – garantías habían perdido su valor y no podían cubrir la deuda
originaria trasladó la crisis a los bancos y la subsiguiente caída de muchos de ellos. La
Reserva Federal no actuaba de banca de última instancia y el sistema bancario
norteamericano quedó expuesto a las corridas y a las quiebras.

La quiebra del sistema bancario generó un efecto dominó, por una parte desaparecieron el crédito para las
empresas y los medios de pagos en una economía altamente bancarizada. A medida que se profundizaba la
crisis también se extendía a otros ámbitos de la economía, pronto quedó de manifiesto la situación no
advertida hasta entonces, existía un stock de productos no vendidos y que no tenía mercados. Ante la
existencia de la sobreproducción, las empresas respondieron con la disminución del ritmo productivo o
directamente la suspensión de la misma, con las inmediatas consecuencias sociales, las suspensiones y
despidos de trabajadores que generó una profunda crisis social para los directamente involucrados y que
afectó al resto de la sociedad. En poco tiempo la crisis alcanzó a toda la sociedad norteamericana, los que

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perdieron su trabajo también perdieron los bienes que habían adquirido a crédito, como se había extendido
en ese tiempo.

El mercado internacional no facilitaba la situación. Las condiciones comerciales proteccionistas de Estados


Unidos no le permitía mantener un intercambio comercial fluido con el exterior, por lo que no podían
canalizar el excedente del mercado interno. La caída de la producción en Estados Unidos sumados a los
problemas que arrastraban los países europeos impactaron en los países y regiones exportadoras de
materias primas, entre otros, fueron afectados los de América Latina.

Después de esta síntesis de la, abordaremos el análisis que nos plantea Kindleberger,
quien polemiza con Paul Samuelson y Milton Friedman. Para Samuelson, era una más y
debía dejarse en manos del mercado su resolución. Más recientemente, Friedman la
Pensar
analiza como un desajuste monetario, de acuerdo a su interpretación de la economía.
Ambos economistas observan la crisis como un fenómeno interno de los Estados Unidos.
Sin embargo, Kindleberger la ubica en el contexto internacional de la posguerra y la
atribuye a una multiplicidad de causas. Considera que Gran Bretaña había perdido la
capacidad de estabilizar el mercado internacional y Estados Unidos no estaba dispuesto a
asumir esa función. En la década trascurrida desde el fin de la guerra se habían producido
cambios con respecto al funcionamiento de los mercados internacionales de la pre-guerra
y no se tomaron medidas con los cambios que se habían experimentado. Para Kindleberger
la inestabilidad del sistema económico internacional se debía por lo dicho anteriormente y,
esencialmente, porque Estados Unidos no podía garantizar un mercado relativamente
abierto para los bienes con problemas, en particular, las materias primas; no era un
comprador nato de productos primarios sino que era proveedor de materias primas y de
manufacturas. Por las dificultades generadas por la sobrevaloración de la libra con
respecto al patrón oro, los productos ingleses perdieron competitividad y se alteró el
sistema de tipos de cambios.

El autor observa que el sistema financiero había sufrido cambios, la banca inglesa había perdido
su capacidad de centro financiero internacional. En tanto Francia, que recibía recursos frescos
por los pagos de las reparaciones de guerra que pagaba Alemania, se guiaba por objetivos
internos y no se proponía una política de estabilización de la economía mundial. Estados Unidos
mantenía una política bancaria acorde con su sistema político interno, los bancos tenían ámbitos
de acción limitados a ciudades o estados. También faltó una coordinación de políticas
macroeconómicas internas en Estados Unidos y relativas al mercado internacional. Por último, a
pesar del incremento de los bancos norteamericanos en el sistema financiero internacional, ni
estos ni la Reserva Federal norteamericana garantizaron mecanismos en que fueran
prestamistas de última instancia que hubieran suavizado los efectos negativos de la crisis. Por
tal motivo, una vez que se produjo el crack de la Bolsa y cuando éste afectó a la economía real,
no se dieron préstamos anticíclicos, necesarios para aportar inversiones en el mercado cuando
escaseaba el crédito.

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Clase 7: Los fascismos y el Holocausto

Desde fines del siglo XIX las vertientes antiliberales comenzaron a nutrir la trayectoria del nacionalismo y
postulaban una idea de nación contraria a la soberanía popular, sobre la base de la negación del principio
democrático.

La nación era valorizada porque constituía un factor de unificación de increíble alcance, que aparecía por
encima de las diferencias sociales. El crecimiento de la idea de nación como principal aglutinante social se
acompañó del quiebre de la confianza depositada hasta entonces en el individuo. A las visiones universales
del liberalismo y del socialismo se anteponía una mirada particular: la afirmación de la comunidad nacional y
la subordinación del individuo a la misma.

En esta clase analizaremos las dos experiencias de este tipo que se desarrollaron en la Europa
de entreguerras: el Fascismo y el Nazismo. Para ello se deberá realizar la lectura de dos textos
que contemplan el proceso y que están indicadas en el cronograma del curso:

Procacci, G. Historia general del siglo XX. Barcelona, Crítica, 2005. Cap. 5 pto. 3 y
cap. 13.

Burrin, Ph., Hitler y los judíos. Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1990.
Introducción y cap. 6

La Italia Fascista

El texto de Procacci analiza la situación que permitió la emergencia del fascismo. Finalizada la 1º Guerra
Mundial, Italia comenzó a cuestionarse el costo de su participación en la misma. Desconforme con el reparto
oficiado por las potencias vencedoras, se instaló la sensación de que la suya había sido una “victoria
mutilada”.

El fin de la guerra produjo una recesión, acompañada de inflación y desocupación que


condujeron al colapso económico, frente al cual los sindicatos y partidos de izquierda
organizaron huelgas y olas de protesta. Como reacción a la situación de inestabilidad se
desarrolló en el norte y centro de Italia el movimiento squadrista, que fue realizando
diversos ataques contra las sedes de los partidos de izquierda y de los sindicatos

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socialistas, a los que consideraba artífices del desorden imperante. Su punto de referencia
era Benito Mussolini quien había fundado en 1919 el primer Fasci de Combattimento en
Milán, sobre la base de un programa heterogéneo y radical. Su creciente popularidad le
permitió integrar en 1921 una lista de concertación nacional y llevar algunos diputados al
Parlamento. Ese mismo año se organizó el Partido Fascista., que se fue convirtiendo en la
entidad política más poderosa de la convulsionada Italia de la década del veinte.

Un año después, en medio de varias crisis de gobierno, los fascistas organizaron en octubre una
Marcha sobre Roma, que culminó con una solicitud del rey encargando a Mussolini la
formación de un nuevo gobierno.

La Cámara de Diputados le concedió plenos poderes, con los que se abocó a reformar el estado: instituyó la
Milicia Voluntaria de Seguridad y decidió la permanencia del Gran Consejo Fascista. La sanción de una nueva
ley electoral que otorgaba los dos tercios de los escaños a la mayoría provocó el episodio que daría a
Mussolini la ocasión de transformar el estado liberal en un estado fascista: el diputado socialista Matteotti
denunció fraude y fue asesinado. Frente a la oposición parlamentaria que generó el hecho, Mussolini ordenó
la prohibición de toda actividad política y suprimió la libertad de prensa, en defensa de la estabilidad del
gobierno.

El fin del funcionamiento de las instituciones representativas dejó paso a una concepción corporativista del
estado. Según esta concepción la sociedad era un cuerpo de órganos encargados de tareas específicas para
beneficio común. Las corporaciones fueron organizadas por rama de actividad, integradas por obreros y
patronos (con lo que se quería eliminar la idea de lucha de clases) y controladas por el estado.

Toda idea de conflicto social o disidencia fue considerada atentatoria contra la salud de la
nación y, por tanto, reprimida. Convertido en Duce, Mussolini desplegó una política de
expansionismo militar que concluiría con su alineamiento con la Alemania nazi en la
Segunda Guerra Mundial.

Alemania. El nazismo.

La primera Guerra Mundial generó un punto de inflexión en la conciencia nacional alemana. Ante la explosión
de la contienda Alemania reaccionó como una comunidad unida por la voluntad de defensa de la nación
común.

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Comenzó a desarrollarse en 1914 un patriotismo de corte heroico y militarista que dominó


la escena política en los primeros años de la guerra. Así la Primera Guerra consolidó una
tradición política desarrollada en el siglo XIX para la que lo peculiar de la identidad
alemana no solo la diferenciaba del resto de las naciones de occidente, sino que también
la hacía superior, proporcionándole elementos para la renovación espiritual. Pero el fin de
la guerra puso en cuestión esta concepción de la superioridad alemana. Las grandes
pérdidas materiales y humanas destruyeron el entusiasmo inicial. Las negociaciones de
paz afectaron el orgullo alemán y se convirtieron en el germen del avance de la nueva
derecha.

En Alemania el período de la posguerra estuvo signado por dificultades de diverso tipo. Tras la
derrota, el Kaiser Guillermo II huyó a Holanda, y nació la República de Weimar, signada por la
inestabilidad política, la fragilidad económica y la humillación de los sentimientos nacionales
frente a las condiciones impuestas por el Tratado de Versalles.

El avance de la social democracia producido desde 1918 era duramente criticado por los sectores
conservadores, que la consideraban responsable de la derrota. Los pactos de gobernabilidad establecidos con
el Partido Popular Alemán (liberales nacionales) y con el Zentrum, que agrupaba a los católicos, le
permitieron mantenerse en el gobierno por diez años después de los cuales la inestabilidad parlamentaria
condujo a la inacción, generando entre 1929 y 1933 un período de gabinetes presidenciales con fuerte
presencia de partidos de la derecha. En el plano económico, la derrota y la exigencia de pago de
reparaciones a los aliados tuvieron graves consecuencias financieras. La inflación descontrolada de 1923
perjudicó especialmente al sector asalariado y la crisis del 29 terminó quebrando a la República, que no pudo
superar el trance. La coyuntura creada por la crisis produjo una radicalización de los movimientos políticos
nacionalistas, en el curso de la cual los conceptos de nacionalismo militante y socialismo alemán adquirieron
una nueva dimensión. Las raíces del pensamiento romántico de la primera mitad del siglo XIX que exaltaba
el Estado como expresión político-jurídica del espíritu del pueblo, se habían fusionado a fines de siglo con el
nacionalismo de derecha, convirtiéndose en la ideología oficial de las elites conservadoras bajo el Segundo
Reich.

Adolf Hitler había participado de la guerra. En 1920, en el marco de la crisis de la


posguerra, creó en Munich el Partido Obrero Nacional Socialista que presentaba un
programa ecléctico fusionando elementos socialistas como la propuesta de nacionalización
de empresas con otros nacionalistas, orientados éstos a la formación de la Gran Alemania.
Gracias a la situación de descontento de amplios sectores sociales temerosos tanto ante la
posibilidad de una revolución socialista como del descenso social, logró sumar adherentes
a sus propuestas, que reivindicaban la superioridad alemana y canalizaba el odio hacia los

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judíos, a los que consideraba culpables de la derrota y la humillación nacional. En una


atmósfera política de creciente radicalización, intentó un golpe de estado en 1923 que
terminó en el fracaso tras el cual apeló a tácticas diferentes: la creación de las SA (tropas
de asalto) le permitió el controlar en las calles a las fuerzas de izquierda, mientras la
reorganización de su partido le dio la oportunidad de ganar las elecciones legislativas de
1932. Al año siguiente, fue nombrado Canciller y comenzó entonces la instauración del
estado nacional socialista.

Sus primeras medidas se dirigieron a terminar con la oposición y a liquidar las instituciones de la república.
El incendio del Reichtstag en 1927, del que culpó a los comunistas, le facilitó el camino: suspendió los
derechos y garantías constitucionales, disolvió sindicatos y partidos políticos, intervino las universidades e
implantó la censura de prensa. Toda oposición fue barrida y se produjeron detenciones masivas de militantes
y dirigentes comunistas y socialdemócratas. Se inició entonces la “sincronización” nazi, que dejaría el estado
bajo su poder. Para reforzar su autoridad, se deshizo en 1934 de los jefes de las SA, que fueron asesinados
en lo que se conoció como “la noche de los cuchillos largos” por las recientemente creadas SS (cuerpo de
seguridad), con apoyo del ejército. Liquidada la oposición y tras la muerte del presidente Hindemburg, se
declaró Führer y anunció el comienzo del Tercer Reich.

El texto de Procacci analiza los aspectos políticos y económicos de la instauración de régimen. Señala que el
proceso de concentración de poder se produjo a través de la formación de burocracias paralelas cuyas
competencias se entrecruzaban y entraban en conflicto. Esta Policracia generaba rivalidades entre los
funcionarios que favorecían las decisiones personales del Führer.

La verdadera nota diferencial del nazismo es el reclamo de legitimación biológica. En 1935


se sancionaron las Leyes de Nüremberg, que despojaron a los judíos de su ciudadanía y
sus derechos y obligaron a los miembros de estado a demostrar la pureza de sangre aria.
A partir de entonces la política racial del régimen fue radicalizandose.

Desde el punto de vista económico, el ascenso del nazismo coincidió con la superación de la depresión. El
gobierno lanzó un plan de obras públicas destinado a disminuir el desempleo, facilitado por la exclusión de
las mujeres del mercado laboral, a las que el régimen devolvía a su papel central dentro de la vida familiar.

El verdadero objetivo de Hitler era el rearme alemán; para implementarlo privilegió el desarrollo
de la industria bélica y promulgó en 1936 un plan cuatrienal orientado a tal fin. Un año después
arrancó la producción de Volkswagen y, gracias a la suma de los esfuerzos realizados, el
desempleo comenzó a bajar y a mejorar el nivel de vida y, con éste, la confianza en el régimen.
Esta política económica estaba relacionada con la búsqueda del Lebensraum, espacio vital, que
permitiera afianzar el desarrollo y proveyera al mantenimiento de la nación. Hitler definió como
objetivo de su política exterior la expansión hacia el este; para conseguirlo necesitaba
desvincularse de los condicionamientos internacionales.

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En 1935 abandonó la Conferencia sobre el desarme y otras medidas posteriores culminaron con la anexión
de Austria, Checoslovaquia y Polonia, desembocando en la 2º Guerra Mundial.

El aspecto más inquietante del régimen nazi es su política racial que culminó en el
genocidio de millones de personas a través de la llamada “solución final”. El texto de
Philippe Burrin se aboca al análisis de sus interpretaciones, que el autor señala en dos
líneas: la intencionalista y la funcionalista. De acuerdo con la primera, la solución final fue
resultado de un proyecto ideado por Hitler quien, en forma paralela a la preparación de la
campaña a Rusia habría dado la orden de exterminio. Según la segunda, se debió a la
propia dinámica de un régimen anárquico frente a una situación que se volvió inmanejable
en el transcurso de la mencionada campaña. La diferencia entre ambas se explica por la
falta de documentación que atestigüe la existencia e una orden escrita.

Luego de analizar ambas interpretaciones, el autor se adentra en la caracterización del


antisemitismo hitleriano cuyo origen remonta a la experiencia de la derrota de 1918,
interpretada como el desenlace de una guerra interior y exterior conducida por los judíos.
(p 32).

Es aquí importante detenerse en la lectura de las diferencias planteadas entre el programa


antisemita de los años veinte y el posterior a la guerra, cuando el problema judío se
asocia al del espacio vital. El retorno a la guerra mundial habría elevado la potencialidad de
aplicación de la solución final, cuando las campañas tomaron un giro inesperado para la
victoria alemana y Hitler decidió destruir a los que consideraba responsables de su fracaso.
Pero no estuvo solo en su determinación: Burrin señala la importancia del contexto al
caracterizar al Holocausto como un crimen de burócratas en el que la complicidad, el
asentimiento y la pasividad se pusieron al servicio de una maquinaria mortal que decidió
el destino de millones de personas.

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