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Es probable que para mucha gente la filosofía no llegue a ser, en

último término, más que una palabra ambigua, pues se la emplea


en los contextos más variados para referirse a cosas diversas.
Como expresión lingüística común, la palabra "filosofía" no tiene
un contenido preciso, ni permite una definición escueta
generalmente aceptable. Oímos hablar repetidas veces de la
filosofía de un programa electoral en política, o de la filosofía de
una estrategia de comercialización de un producto en el ámbito de
la industria y del comercio; se habla también, en el lenguaje
cotidiano, de que es bueno tomarse la vida con filosofía, o de que
cada uno se hace y tiene su propia filosofía de la vida. Por último,
se dice que filosofía es también una especie de saber, para algunos
un tanto nebuloso o incluso tenebroso, en el que se ocupan, o tal
vez sólo se entretienen, determinados individuos no exentos de
cierta petulancia o de un determinado aire de esoterismo y de
misterio.

El caso es que no se ve, especialmente por parte de quienes


todavía no han tenido ocasión o no se han interesado por una seria
aproximación personal a la filosofía como disciplina intelectual, no
se ve, digo, cuál puede ser el denominador común, si es que lo hay,
a la multiplicidad de usos del término y del concepto de filosofía.
Concedamos, incluso, que sea preciso diferenciar la filosofía como
actitud vital de la filosofía como saber teórico, y centrémonos, de
momento, en esta segunda acepción. Pero incluso así persistirá en
toda su intensidad la complejidad y dificultad del problema de
llegar a un concepto claro y preciso de qué es filosofía. Podemos
verlo mejor haciendo una comparación.

Si nos preguntamos qué es la Biología, o qué son las Matemáticas,


o la Historia como disciplinas intelectuales, para qué sirven, por
qué existen, el definirlas no se nos presenta como un problema
insoluble. Así, la Biología no es sino el estudio de la materia viva y
de los fenómenos orgánicos, utilizando para ello el método
experimental. Sus resultados son útiles en el campo de la medicina,
de la industria, de la agricultura, etc. No hay una especial dificultad
en contestar a la pregunta ¿qué es la Biología?. Pero ¿pasa lo
mismo con la filosofía, incluso en su sólo sentido de disciplina
intelectual? A ver quién tiene una respuesta así de clara para la
pregunta ¿para qué sirve la filosofía?, o ¿cuál es la razón de ser de
esta actividad que cuenta ya con veintisiete siglos de existencia?

Tal vez alguno de quienes lean este artículo podría esperar que yo
dijera aquí y ahora el concepto adecuado de qué es filosofía, que
resolviera esta confusión y diera la respuesta mágica que eliminara
toda duda. No se molesten si les digo que no es mi intención ni
siquiera intentarlo. Y no sólo por el socorrido pretexto de que no es
posible resolver tan complejo y espinoso asunto en el corto espacio
de un artículo, sino porque me considero con muy escasas
posibilidades de salir airoso en una empresa en la que muchos
insignes e ilustres maestros han fracasado.

Y es que los cambios que el concepto de filosofía ha sufrido a lo


largo de la historia, junto con la amplitud y variedad de los
productos culturales que a sí mismos se han designado con el
nombre de "filosofía", hacen extremadamente difícil y arriesgado el
intento de construir, de acuñar un concepto unívoco, definitivo y
universal de qué es filosofía. La formulación de su tarea y de su
objeto se ha venido modificando a tenor de las circunstancias
históricas y a medida que han ido apareciendo y desarrollándose
las ciencias particulares. Por todo lo cual, no es del todo posible
fijar, desde un punto de vista sistemático, el ámbito de estudio, el
objeto y el método de la filosofía, como suele hacerse, desde el
principio, con cualquier saber o ciencia. Lo característico de la
filosofía como disciplina intelectual va a consistir, por todo ello, en
que su tarea vertebral tiene que ser justificarse a sí misma de una
manera "crítica" en el proceso mismo que la razón desarrolla en su
intento de comprensión del mundo.
En términos muy generales, en el pasado, la gran mayoría de los
grandes filósofos construían sus filosofías desde un determinado
"modo de hacer", o sea desde un cierto "método" que diferenciaba
más o menos claramente a la filosofía de los demás saberes, en
particular de las ciencias. Así, mientras las ciencias particulares se
ocupaban cada una de un objeto determinado, de un problema
específico que constituía su especialidad, como por ejemplo lo son
los fenómenos orgánicos en el caso de la Biología, o el estudio de
los fósiles en el caso de la Paleontología, o el de los fenómenos
atmosféricos en el caso de la Meteorología, la "especialidad" de la
filosofía era, podríamos decir, "la totalidad de lo que es", o sea, el
sentido del todo, el ser del Universo, entendiendo aquí por
Universo el conjunto integral de todo lo que es y existe en su
trabazón, en sus relaciones mutuas.

Metodológicamente no interesaban al filósofo, por tanto,


estrictamente hablando, cada uno de los objetos o problemas que
componen el Universo por sí mismos, en su ser separado y
específico, sino que lo que le interesaba era el sentido de sus
relaciones entre sí, lo que cada cosa es frente y junto a las demás,
su puesto, papel y rango en el conjunto de todas las cosas, lo que
cada cosa representa en el todo de la existencia universal. El
científico, obligado por los propios presupuestos de su método, lo
que ha hecho desde siempre ha sido colocarse ante el Universo
acotando un trozo del que ha hecho su objeto de estudio. Pero al
hacer eso rompía automáticamente así la red de interdependencias
en que todo objeto se encuentra de hecho en el Universo, cortaba
esa integridad con la que el mundo se nos aparece desde la actitud
natural y espontánea de nuestra mente en la vida. El filósofo
buscaba entonces precisamente esa totalidad, buscaba una idea,
una concepción integral de ese todo o Universo presentido, desde
el propio vivir cotidiano, no como un montón desmenuzado de
cosas, sino como algo completo y unitario.
Tal vez, a primera vista, este intento de la filosofía del pasado de
aspirar a pensar el sentido del todo en una concepción sistemática
y unitaria de toda la realidad puede ofrecer, para nosotros
hombres del siglo XXI, un cierto aspecto de megalomanía. De
hecho, nuestra época considera ya esta empresa como una tarea
ilusoria, imposible y de desaforadas pretensiones. Incluso si se
tuviera en cuenta que la filosofía perseguía así el sentido de la
totalidad del Universo y de la vida sin dejar de ser una disciplina ni
más ni menos modesta que las demás. Porque esa totalidad,
buscada por la filosofía, no era pensada como el conjunto
numérico de las cosas que existen, ni se componía de la suma de
los saberes de todas las ciencias, sino que tan sólo buscaría lo
universal de cada cosa, la esencia, el aspecto por el que cada cosa
se relaciona y se inserta en la totalidad adquiriendo así una
plenitud de sentido.

Hegel -seguramente el último de los grandes filósofos sistemáticos


y metafísicos del pasado- decía que tan sólo la filosofía hacía ver a
los hombres el mundo tal como es, como totalidad, y no como
ilusoriamente se le aparecen las cosas separadas, aisladas,
autónomas, inconexas, sin sentido. Frente a las ciencias, la filosofía
tendría, pues, un papel de primer orden que cumplir, y que no sería
otro que el de ofrecer un concepto de la totalidad, una concepción
"metafísica" del ser del mundo y del sentido de la vida.

Uno de los argumentos esgrimidos por los críticos contemporáneos


de esta filosofía metafísica del pasado ha sido el de que, si la
validez de un saber se mide por sus resultados efectivos en aquello
de que trata, entonces los avances de la filosofía en sus veintisiete
siglos de existencia y de esfuerzos no parecen haber conseguido
nada efectivo o casi nada de lo que decía investigar. Porque,
¿dónde está, quién tiene hoy esa concepción unitaria y universal
del sentido de la totalidad del Universo más o menos comúnmente
aceptada, o cuál es la concepción del mundo propiamente dicha
que la filosofía proporciona hoy a la humanidad?, ¿cuáles son los
fundamentos de valor que la filosofía propone hoy para orientar
moralmente la acción y la vida de los hombres?

Estas preguntas no tienen respuestas que permitan apoyar cierto


consenso acerca de los logros sistemáticos alcanzados por los
filósofos del pasado sobre la filosofía como saber, o sea, como
disciplina intelectual. Pero precisamente por ello, la única
respuesta posible hoy para la pregunta ¿qué es filosofía? debería
partir de la negativa a distinguir entre filosofía como disciplina
intelectual y filosofía como actitud vital. La filosofía ha sido y sigue
siendo, ante todo, eso, una actitud, un modo de ser del hombre
frente al mundo. Pero es una actitud que tiene forma de aspiración,
de deseo, de inquietud y de "afán por sabe"r, por conocer, por
apropiarse la sabiduría. No otra cosa quiere decir, en griego
antiguo, el vocablo "filosofía", amor a la sabiduría. Sólo que, como
búsqueda de un sentido general del mundo, o de razones que
guíen nuestro comportamiento o nuestras expectativas, no puede
pretender, en sentido estricto, ninguna teorización definitiva de
nada, sino que se resuelve y se agota en su propio buscar, en esa
persecución continuada de los significados múltiples y cambiantes
latentes en las cosas. Y esto tanto más cuanto que el mundo, la
sociedad, el comportamiento humano y la vida en su conjunto no
son algo estático, sino vivo, en autodespliegue progresivo e
integrados por infinidad de interrelaciones dinámicas.

Aún así, todavía no faltaría quien preguntara, y estaría en


consonancia con el espíritu pragmático y utilitarista de nuestra
época: ¿Para qué sirve la filosofía?, ¿qué necesidades satisface?,
¿para qué toda esa búsqueda de los significados y de los valores de
fenómenos y procesos de los que ya se ocupan probablemente
mejor y más rigurosamente las ciencias?. ¿Por qué no hacer
entonces lo que ya una mayoría de gente aparentemente hace, que
es vivir la vida tranquilamente sin hacer caso de todas esas
vaguedades que dicen los filósofos?. ¿Acaso toda esa búsqueda es
algo más que una sutil forma de complicarse la propia vida y
seguramente también de complicársela a los demás?
Un gran filósofo, Kant, decía que el hombre que filosofa lo hace por
una exigencia del dinamismo propio de su razón, es decir, porque
su mente no puede aquietarse con una explicación cualquiera, sino
que aspira siempre hacia arriba, en busca de las síntesis supremas
y de los significados más penetrantes y más omniabarcantes. Otro
gran filósofo, Aristóteles, pensaba, por su parte, que todo hombre,
de una u otra forma, filosofa por naturaleza, o sea, porque, según
él, todo hombre, por naturaleza, quiere saber. Y un tercer gran
filósofo, Platón, afirmaba que el afán de saber, el amor a la
sabiduría, que es la esencia de la filosofía, cuando se da, cuando
surge y se despierta en alguien, suele ser el fruto de una dolorosa
constatación previa, hecha por ese alguien, de que no sabe, de que
ignora y de que "necesita" saber para ser. Sería, por ello, en esa
percepción de la propia indigencia, de la propia ignorancia, donde
estaría la raíz del conocer y, por tanto, de la filosofía.

Y es que, por su indigencia, por su desvalimiento constitutivo, todo


hombre, para ser un ser humano, está obligado a un constante
esfuerzo por ascender, desde la ignorancia que le es natural, hasta
la sabiduría; un esfuerzo que sólo es fructífero y provechoso
cuando es el resultado de un amor al saber. O sea, cuando surge
de una actitud vital que sin ningún temor a equivocarnos podemos
calificar de filosófica, actitud de búsqueda desde la humana
necesidad de comprender y expresar. Puede verse así cómo la
actitud vital, subyacente a la actividad filosófica, simboliza y
esencializa la función autoformativa y educativa, pues, debido a sus
posicionamientos metodológicos, la filosofía insiste en la necesidad
de ir siempre más allá del mero amontonamiento y superposición
de conocimientos especializados, parciales e inconexos, como los
que nos proporcionan las ciencias particulares. O sea, propugna,
como su distintivo más propio, la necesidad de llegar a un sentido
que incluyera de algún modo las interrelaciones y el lugar que los
distintos conocimientos parciales y especializados deberían tener
en una ideal síntesis universal, nunca alcanzable ni formulable en
un sistema cerrado, de ese tipo de saber que reflejaría, de un modo
inalcanzable, la totalidad de todo lo que es posible saber.

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