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Manuel Alberto Vargas Hernández

No. de cuenta 303096935


Literatura Española de los Siglos XVIII y XIX

El pensamiento de Benito Jerónimo Feijoo: entre la escolástica y la


ilustración

Durante los miles de años de historia de la humanidad y de las civilizaciones que ha


construido, ha habido personajes sobresalientes; algunos por su destreza en la guerra como
Temístocles, otros por su valor como Alejandro Magno, algunos por su belleza física como
Cleopatra y otros por su inteligencia y sabiduría como Cicerón. Además de esto, los
hombres sabios no son todos iguales; algunos son creativos, otros son analíticos, y sólo
unos pocos son ambas cosas. Lo que casi nunca cambia es esta simple regla: todo hombre
es reflejo y producto del tiempo en el que vive. A menudo, la producción intelectual de
tales individuos refleja no sólo las preocupaciones de su tiempo sino también sus prejuicios,
sus contradicciones, y, sobre todo, la pugna entre las distintas influencias y corrientes
filosóficas, políticas, artísticas y religiosas de su tiempo.
En el siglo XVIII, vivó en España un personaje muy importante en la historia de la
literatura y la filosofía de ese país: Benito Jerónimo Feijoo, cura benedictino formado en la
iglesia católica quien además estudió, entre otras universidades, en la universidad de
Salamanca. Se le recuerda por haber dado diversas cátedras en la universidad de Oviedo
hasta su muerte. A Benito Feijoo le tocó vivir durante el llamado siglo de las luces, periodo
de la historia marcado por el racionalismo, el escepticismo y el humanismo secular. ¿Cómo
afectó tal ambiente intelectual la obra de Benito Feijoo? ¿Podría este hombre formado en la
escolástica conciliar los dogmas católicos con las ideas de la ilustración? Es mi intención en
este breve ensayo mostrar cómo la obra de Benito Feijoo refleja la pugna entre dos
corrientes, la escolástica y el racionalismo francés, y el modo como Feijoo trató de conciliar
ambas sin comprometerse. Para esto comentaré algunos aspectos de uno de sus ensayos:
“Defensa de las mujeres”.
Feijoo, por medio del método deductivo, ese que parte de lo general a lo particular y
se basa en dos o tres premisas para llegar a una conclusión, muestra como todas las cosas
de las que se les acusa a las mujeres son el resultado del maltrato de los hombres, quienes a
menudo están motivados por una fijación enfermiza con el sexo opuesto o como dice

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Feijoo: “la mordacidad contra las mujeres; muchísimas veces, y aun las más, anda
acompañada de una desordenada inclinación hacia ellas” (Feijoo). Y agrega:
No niego los vicios de muchas. ¡Mas ay! Si se aclarara la genealogía de sus desórdenes,
¡cómo se hallaría tener su primer origen en el porfiado impulso de individuos de nuestro
sexo! Quien quisiere hacer buenas a todas las mujeres, convierta a todos los hombres. Puso
en ellas la naturaleza por antemural la vergüenza contra todas las baterías del apetito, y
rarísima vez se le abre a esta muralla la brecha por la parte interior de la plaza (Feijoo).
Como ya mencioné, Feijoo parte de lo general, la premisa de que el hombre es el
causante de los defectos de los que se culpa a las mujeres, a lo particular: ejemplos
concretos en la historia contemporánea y antigua de Europa –mayormente de mujeres
sabias, prudentes y castas- que desmienten las principales acusaciones en contra de las
mujeres. Feijoo pone especial énfasis en negar que el entendimiento o inteligencia de las
mujeres sea inferior al de los hombres y para ello es necesario que contradiga a quienes
durante siglos han sido considerados autoridades en la filosofía y otras áreas del saber. Este
punto en particular es posiblemente el más central en el ensayo de Feijoo: en “Defensa de
las mujeres”, Feijoo asume una actitud ilustrada para demostrar la falsedad de una creencia
generalizada en su tiempo, lo inferior de la inteligencia de las mujeres, a través del
silogismo.
En su afán de educar, desmentir y divulgar la verdad, Feijoo contradice abiertamente
a los sabios griegos de la escolástica, Aristóteles y Platón, pero guarda mucho más recato al
referirse a los santos padres de la iglesia católica. Es evidente que su condición de religioso
lo hace refrenarse al referirse a las autoridades de la iglesia. Con inteligencia, Feijoo evita
las cuestiones más espinosas en las que la razón y la fe entran en puga y siempre trata de
validar sus argumentos señalando como la Biblia y los escritos de las autoridades de la
iglesia apoyan sus conclusiones:
Las declamaciones que contra las mujeres se leen en algunos Escritores sagrados, se deben
entender dirigidas a las perversas, que no es dudable las hay. Y aun cuando miraran en
común al sexo, nada se prueba de ahí, porque declaman los Médicos de las almas contra las
mujeres, como los Médicos de los cuerpos contra las frutas, que siendo en sí buenas, útiles, y
hermosas, el abuso las hace nocivas. Fuera de que no se ignora la extensión que admite la
Oratoria en ponderar el riesgo, cuando es su intento desviar el daño (Feijoo).
Además de esto, siempre asume una actitud antagónica ante todo lo que considera
pagano, en especial con respecto al islam y al judaísmo. Tal pareciera que Feijoo a cada
momento tratara de asegurarse de que sus ideas no suenen como las de un apostata o un
hereje:

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El falso Profeta Mahoma, en aquel mal plantado paraíso, que destinó para sus secuaces, les
negó la entrada a las mujeres, limitando su felicidad al deleite de ver desde afuera la gloria,
que habían de poseer dentro los hombres. Y cierto que sería muy buena dicha de las casadas,
ver en aquella bienaventuranza, compuesta toda de torpezas, a sus maridos en los brazos de
otras consortes, que para este efecto fingió fabricadas de nuevo aquel grande Artífice de
Quimeras. Bastaba para comprehender cuánto puede errar el hombre, ver admitido este
delirio en una gran parte del mundo (Feijoo).
En otras palabras, Feijoo intenta articular dos cosas que son diametralmente opuestas:
el racionalismo secular y la fe. Antonio Alatorre y Carlos Rincón en sus ensayos El
heliocentrismo en el mundo de habla española y Sobre la ilustración española,
respectivamente, coinciden en esto: durante el siglo XVIII en España, la filosofía es
concebida más en su sentido original o primitivo, ósea, el de ciencia. Los aspectos
metafísicos o especulativos de la filosofía son rechazados y los filósofos son valorados en
tanto son defensores de la razón y las verdades comprobables. En este contexto, Feijoo es
considerado por muchos como un apóstol de la ilustración en España por su pasión al
desmentir los “errores comunes” del vulgo. ¿Es en realmente el caso? ¿Fue Benito
Jerónimo Feijoo en verdad un hombre ilustrado? El siguiente fragmento del ensayo Carlos
Rincón es de gran utilidad para entender algo que considero es el eje central de mi tesis: el
de la relación de Feijoo con su tiempo, con su contexto histórico, social e ideológico:
El Padre Feijoo condena a los Philosofos de los españoles por su radical oposición a la razón;
tales filósofos hallaron «el arte de tener razón contra lo que dicta el buen juicio y dar no sé
qué color especioso a lo que más dista de lo razonable». Luego, en la época de las Cartas
eruditas, hallamos el intento de acompañar el término filosofía de calificativos que marquen
la oposición propia de la lucha entre lo viejo y lo nuevo: «basta nombrar la nueva Philosofia
para conmover (a los escolásticos) el estómago». En el mismo tono irónico procede
enseguida a proponerle a su ficticio corresponsal que escoja el Aula de Philosofia o de
Religiones de Salamanca o de Alcalá, «y puesto a la puerta, diga en voz alta que el aire es
pesado, que es una patraña la de la Esfera de fuego» y otras provocadoras verdades físicas
descubiertas en la época. Con ello «verá que gritería se levanta contra V. Md.». Esto revelaría
hasta qué punto los errores propios del pensamiento escolástico «están metidos en los
tuétanos de innumerables Philosofos». Varias décadas más tarde Cadalso recoge en sus
Cartas Marruecas el mismo asunto, indicando la forma particular cómo la filosofía
peripatética trata de sobrevivir y continuar sirviendo de legitimación del poder establecido.
Según escribe el personaje español Nuño: «La filosofía aristotélica, con todas sus sutilezas,
desterrada ya de toda Europa, y que sólo ha hallado asilo en este rincón de ella, se defiende
por algo nos de nuestros viejos con tanto esmero, e iba a decir con tanta fe como símbolo de
la religión». Por su parte, el marroquí Ben Beley comenta como sigue los libros de filosofía
escolástica: «Me asombra la variedad de ocurrencias extraordinarias que tiene el hombre
cuando no procede sobre principios ciertos y evidentes». Con todo, habría un nuevo tipo de
filósofos escolásticos, según lo deja suponer otro texto. Es el encarnado por quienes «por
carrera o razón de estado siguen el método común de instruirse plenamente a solas de las
verdaderas ciencias positivas, estudian a Newton en su cuarto y explican a Aristóteles en su
cátedra», de los cueles «hay muchos en España» (Rincón 560, 561).

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Casi todos los historiadores coinciden en que la ilustración llegó algo tarde a España
y que hay una reticencia entre los intelectuales en abrazar del todo el racionalismo secular.
Una razón tal vez sea que mientras que en gran parte de Europa el protestantismo es
dominante, en España la hegemonía de la iglesia católica permanece casi intacta. Como
bien muestra Carlos Rincón en la anterior cita, había todavía en España quienes
“estudia[ban] a Newton en su cuarto y explica[ban] a Aristóteles en su cátedra”. En mi
opinión, pese a que a Feijoo se le considera una excepción entre sus contemporáneos en lo
que respecta a tomarse enserio “la lucha entre lo viejo y lo nuevo” pienso que Benito
Feijoo al mismo tiempo que refutaba a Aristóteles, Platón y Tolomeo, se hacía el miope
ante las profundas contracciones que suponían las enseñanzas de Santo Tomás y San
Agustín –por evidentes razones- no sólo en el campo religioso sino también en el filosófico.
Y al decir filosófico me refiero al sentido más primordial de la palabra en el contexto de la
ilustración, el racionalismo y el del siglo de las luces: el de la búsqueda de la verdad y el
rechazo a los dogmas y creencias que conducían al hombre a un estado de servilismo
mental y espiritual.
En conclusión, Benito Feijoo en “Defensa de las mujeres” prueba que en la mayor
parte de los casos los hombres son los culpables de los vicios o defectos de los que se culpa
al sexo opuesto. Además, la mujer mostraría con mayor medida su talento en la literatura, la
filosofía y las ciencias si la sociedad no las presionara a asumir papeles tradicionales como
el de amas de casa, madres y esposas. En este sentido, el ensayo de Feijoo posee una
validez clara a pesar de los siglos de distancia que nos separan del momento y el contexto
en el que se escribió. Hoy día, las mujeres siguen luchando para tener los mismos derechos
que los hombres, acceder a papeles a los que antes sólo los hombres podían acceder y
romper con esquemas y roles sociales tradicionales.

Bibliografía

ALATORRE, Antonio. El heliocentrismo en el mundo de habla española. México: Fondo


de Cultura Económica, 2011.
FEIJOO, Benito. “Defensa de las mujeres”. Teatro crítico universal, en
http://www.filosofia.org/feijoo.htm. Biblioteca feijoniana del Proyecto Filosofía en
español. Edición digital de las Obras de Feijoo. Fecha de consulta: 17 de mayo del
2020.

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RINCÓN, Carlos. “Sobre la ilustración española”. Cuadernos Hispanoamericanos, en
http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcmk6z4. Edición digital a partir
de Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 261 (marzo 1972), pp. 553-576. Fecha de
consulta: 17 de mayo del 2020.