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A Onetti no le dieron el Nobel por

ser muy depresivo»


Una exposición en la Casa de América recupera la figura del escritor
uruguayo con casi 300 objetos personales nunca antes expuestos. Su viuda,
Dorotea Muhr, se sincera en esta entrevista

INÉS MARTÍN RODRIGO@imartinrodrigoActualizado:20/10/2014 10:29h

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Juan Carlos Onetti  (1909-1994) pasó veinte años en

Madrid. Los mismos que en 2014 se cumplen de su

muerte. Un aniversario que la  Casa de América  ha

aprovechado para rendir homenaje al escritor uruguayo

con una  exposición que recupera su figura y recrea su

particular universo . Más de 300 objetos personales,

muchos de ellos inéditos, para acercarnos al  Onetti más


íntimo . Ese «Juan» con el que  Dorotea

Muhr  compartió casi una vida.

- ¿Cómo recuerda a Juan al cumplirse veinte años de su

muerte?

- Es una cosa continua. Hablamos de Onetti como si fuera

alguien entre nosotros. No hay una sensación de que son

veinte años. Por suerte, es una cosa muy suave y muy

hermosa, porque está presente siempre.

- Si tuviera que presentárselo a alguien, ¿cómo lo

definiría?

- Como alguien muy contradictorio. Por un lado era un

depresivo, podía ser agresivo cuando no quería ver a


alguien. Y por otro lado tenía una dulzura y una ternura

impresionantes. Estaba al margen de la vida, lo creativo

era más fuerte que la realidad. Un día me dijo: «Mis

personajes son más fuertes, están acá conmigo, vos sos un

fantasma».

- ¿Cómo era en persona? Porque se mostraba un poco

intratable.

- Usaba eso para echar a la gente, porque siempre decía

que no hay nada mejor que un buen libro y cuando le

impedían leer se ponía un poco…

- ¿Y a qué autores leía todas esas horas que pasaba

aislado?
- Faulkner, más que nada. Los grandes autores a los que él

quería: Proust, Céline, Hemingway, Fitzgerald… Hay

tantos, querida… Todos los franceses, Sartre, Camus… Los

que quieras.

- Sintió que había cumplido un sueño cuando publicó en

Gallimard, la editorial de Proust.

- Fue un honor enorme, su sueño hecho realidad.

- ¿Se sintió reconocido?

- A él no le importaba ser o no reconocido.

- Pero fue uno de los grandes olvidados por el Nobel.

¿Sentía pena o resentimiento?


- No. Le hubiera dado una enorme alegría, pero en ningún

momento pensó que se lo iban a dar. Uruguay era un país

muy chico, no era importante, y hay mucha política. El

que dirigía el Nobel en esa época leyó parte de su obra y lo

descartó porque dijo que era muy depresivo.

- ¿Era muy distinto el Onetti escritor del periodista?

No, no. Creo que, para él, ser periodista era escribir, pero

de otra forma. Quizás ser periodista le ayudó a ser

escritor. Trabajó en Acción y levantó Marcha desde el

principio. Lo montaba todo, lo hacía todo solo, decía que

le sangraban los pies… No lo creo.

- Decía que escribir era una cosa sensual.


- Claro.

- ¿Por qué?

- Porque le gustaba dibujar letra por letra, escribía todo a

mano. Bueno, el periodismo, a máquina. Pero escribía

cada letra. Por eso no corregía, porque le daba tanto

tiempo para pensar y escribía tan lento que ya sabía lo

que quería escribir. Había una sensualidad en la escritura.

- ¿Cómo le cambió su paso por la cárcel tras su detención

en la dictadura y su posterior estancia en un psiquiátrico?

- Cambiar no. Creo que cuando salió de eso estaba como

resignado y diciendo adiós al Uruguay un poco. Pero lo


pasó muy mal. Tuvimos suerte al no estar en el piso

cuando vinieron a buscarle a las cuatro de la mañana,

porque lo habrían encapuchado, golpeado; lo podrían

haber matado del susto.

- ¿Cómo influyó el exilio en su vida y su obra?

- Los primeros dos años casi no podía escribir. Él era un

hombre de hogar, era signo de cáncer, era muy hogareño.

Volver a construir esta casa [se refiere a la que tenían en

la Avenida de América, en Madrid], casi igual que la que

tenía en Uruguay, le sirvió para decir: «Bueno, estoy acá,

no importa que este país no sea el mío». Eso lo ayudó.


- Solía decir: «¿Quién va a leer a Onetti en diez años? ¿A

quién le va a importar?». ¿Qué pensaría ahora?

- No pensaba que su recuerdo durara diez años, y son

veinte ahora… Estaría contento, porque, al fin y al cabo,

como decía Faulkner, los libros son como una historia que

se mueve, cada persona que lee un libro lo vuelve a

revivir.

- ¿Buscaba trascender, que su obra le sobreviviera?

- No, no, de ninguna manera. No, no le importaba. Lo que

le importaba era el gozo que tenía escribiendo. Si iba bien

y tenía buenas críticas, mejor, miel sobre hojuela, como

decía.
- ¿Por qué se recluyó en los últimos años, sin salir de casa

y casi sin moverse de la cama?

- Bueno, un poco porque tuvo un problema con una

pierna; casi se muere, porque tuvo gangrena. Además,

para él la cama era el lugar ideal para todo: para dormir,

para hacer el amor, para leer… Decía: «¿Qué más

querés?».

- Pero no para escribir.

- También para escribir. Escribía en la cama, sobre el

codo, lo tenía totalmente hinchado de la fuerza que le

ponía, pero con tal de no levantarse...


- «Fue creada para mí», llegó a decir refiriéndose a usted.

- ¿Dijo? Bueno, a lo mejor yo soy un personaje de ficción y

entré en la vida de él así… Y es verdad, porque la

violinista de La vida breve soy yo.

- ¿Cómo se conocieron?

- Nos vimos una vez, no más, y después ya no nos vimos

más. Y después nos vimos otra vez.

- Y comenzaron una larga relación, que duró desde 1955

hasta 1994. Son muchos años.

- Sí, sí.

- ¿Llegó a conocerlo realmente?


- No, no. Juan tenía una vida interior, una profundidad,

una complejidad enorme, enorme. Al final sentía que se

iba… Por suerte tuvo una muerte muy tranquila, porque

estaba casi leyendo cuando murió.

- ¿Qué pensaba de sus libros?

- No pensaba nada. Terminaba un libro y se olvidaba.

- Ese pesimismo que aparentemente gobernaba a Onetti

no se trasladó a su obra.

- Mucha gente dice que sí. Yo pienso que muestra la vida

con lo difícil que es, pero da la sensación de que, a pesar

de todo eso, se puede gozar. Y así fue.

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