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crónicas

de la
serpiente
emplumada

EL LIBRO DEL GUERRERO


edgardo civallero
HRO
SERPIETE EMPLVMADA

EL LIBRO
L GVERRERO

EDGARDO CIVALL ERO


Edición revisada y corregida por el autor
Abril de 2020

Civallero, Edgardo
Crónicas de la Serpiente Emplumada 2: El Libro del Guerrero / Edgardo Civallero. -
- ed. revisada -- Madrid : Edgardo Civallero, 2020. c2009.
p. : il. en b/n.
1. Ucronía. 2. Aztecas. 3. Mayas. 4. Serpiente Emplumada. 5. Descubrimiento de
América. 6. Taínos. I. Civallero, Edgardo. II. Título.

© Edgardo Civallero, 2009


© de la presente edición digital, 2020, Edgardo Civallero
Diseño de portada e interior: Edgardo Civallero

La distribución de esta edición digital se realiza exclusivamente a través de las plataformas


virtuales, sitio web y redes sociales del autor.

“Crónicas de la Serpiente Emplumada 2: El Libro del Guerrero” se distribuye bajo una


licencia Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas Internacional de Creative
Commons.
HRO
SERPIETE EMPLVMADA

QVETZALCOATL IN IAMOXTIN
LIBRO 1I

INIC OME AMOXTLI

EL LIBRO
L GVERRERO

YAOQUIZQUIAMOXTLI
...el Extranjero era diferente. Si resultaba
aterrador, era por ser irreconocible, incomprensible.
Utilizaba armas desconocidas. Hablaba un idioma
completamente distinto. Su comportamiento no
concordaba con nada conocido. Su actitud ante el
amor y el honor no se parecía en nada a la de los
pueblos que atravesaba. Era esa diferencia la que le
hacía tan destructivo y despiadado a los ojos de la
tribu.

Robert Holdstock, Mythago Wood. 1984.

Jamás la naturaleza humana ha sido tan


envilecida como cuando la ignorancia está armada de
poder; [los] tristes efectos de la inquisición son poca
cosa en comparación con los sacrificios públicos
llamados autos de fe, y con los horrores que los
preceden ... Todo lo que se nos refiere de los pueblos
que han sacrificado hombres a las divinidades no se
aproxima siquiera a estas ejecuciones acompañadas de
ceremonias religiosas ... Se reprochó a Moctezuma el
inmolar cautivos a sus dioses; ¿qué habría dicho él si
hubiese visto un auto de fe?

D. Diderot y J. le Rond d’Alembert,


Encyclopédie. 1751-1772. Entrada «Inquisition».
Tomo VIII, p. 775.

1
Introducción
España, 1521

Un mensajero de piel y ojos claros gritó, con toda la fuerza de sus


pulmones, la siguiente proclama frente a las murallas de Sevilla:

«Somos mexicas. Somos los hijos de la Serpiente Emplumada, cuyo


emblema adorna nuestras velas. Somos los que invocan la protección de
Huitzilopochtli y Tezcatlipoca. Somos los guerreros-jaguar y los guerreros-
águila. Somos los temidos por totonacas y tlaxcaltecas, por huaxtecas y
otomíes, por zapotecas y mixtecas, por taínos y caribes, por itzáes y
chichimecas. Somos una nación, sus vasallas y sus aliadas. Somos miles.

Hemos viajado soles y lunas hasta aquí desde las Tierras del Oeste,
merced a los conocimientos que nos legaron vuestros enviados. Rendid
vuestra ciudad y aceptad el vasallaje a nuestro hueyi tlahtoani, Moteuczoma
Xocoyotzin. Rendid vuestras tierras, vuestras gentes y vuestros bienes y
aceptad la vida como súbditos de nuestros dioses y nuestro regente. O
enfrentad nuestras fuerzas sabiendo que el único destino que os espera es
recorrer el camino a Mictlan, la tierra de los muertos.

Somos mexicas, llamados aztecas por nuestros orígenes en la mítica


Aztlan. Somos los guerreros-águila y los guerreros-jaguar llegados desde
occidente. Somos los temidos. Y somos miles.

2
Somos los nacidos en Tenochtitlan, los que vienen del otro lado del
mar, de las Tierras del Oeste, allí donde se pone el sol. Y las velas de nuestros
barcos fueron empujadas hasta aquí por el soplo de Quetzalcoatl, aquél que
controla los vientos.

Nuestra Serpiente Emplumada».

Hacía dos años que un flamenco, conocido en España como Carlos de


Gante, se había convertido en heredero de títulos, coronas y territorios en
media Europa. Era Rey de Nápoles, de Aragón y de Sicilia, y ―junto a su
madre, Juana― de Castilla y León; Archiduque de Austria; Duque de
Zeeland, de Luxemburgo, de Lothier, de Limburg y de Brabante; Conde de
Holanda, de Hainault, de Flandes, de Charolais y de Artois; Conde Palatino
de Burgundia; Margrave de Namur; y Emperador electo del Sacro Imperio
Romano.

Medio siglo antes, los que podían escrutar los tiempos que aún no
habían llegado se atrevieron a profetizar sus pasos. Dijeron que para 1521, ese
Carlos ahogaría en sangre la rebelión de los comuneros castellanos, sofocaría
a las germanías valencianas, derrotaría al ejército navarro-francés que
buscaba la separación de sus dominios y presidiría la Dieta de Worms, en la
que declararía fuera de la ley al monje alemán Martín Lutero. Pronosticaron
que en 1522 el flamenco doblegaría a los agermanats mallorquines y se
enfrentaría, en territorio italiano, a una serie de interminables conflictos por
el Milanesado con sus vecinos franceses. Vieron, entre la niebla del futuro,
que en 1523 sus tropas ―apoyadas por Inglaterra y financiadas con el oro

3
proveniente de un mundo nuevo que alguien bautizaría «América»―
invadirían Francia y ocuparían Provenza. También auguraron que en 1525,
luego de varios juegos tácticos de ocupaciones y batallas, sus ejércitos
superarían a las fuerzas galas en Pavía. Para 1526 ―dictaron los
vaticinadores― mientras observara la derrota húngara ante los otomanos en
Mohács, se casaría en Sevilla con su prima Isabel de Portugal, y al año
siguiente nacería su heredero, Felipe. Finalmente, aventuraron que en 1535
tomaría Túnez de manos de los piratas berberiscos de Barbarroja, y mucho
después sus barcos y los de sus aliados vencerían a los de su enemigo otomano
en Lepanto.

En otro tiempo, en otra historia, Carlos de Habsburgo cumpliría al


pie de la letra tales predicciones. Construiría las bases de un verdadero
imperio, conteniendo la expansión turca de Sulayman el Magnífico,
asfixiando a las ricas ciudades mercantiles italianas, manteniendo a raya a los
príncipes alemanes protestantes y hundiéndose en un duelo eterno con su
archienemigo Francisco I de Francia. El oro de sus colonias de allende los
mares permitiría el florecimiento de su reinado y el crecimiento de muchas de
las ciudades de su extenso imperio.

Pero en esta historia, en este tiempo que ningún augur pudo siquiera
presagiar, el monarca de múltiples títulos no contará con el oro llegado de las
lejanas «Américas», pues en 1521 tales tierras aún no están representadas en
sus mapas. De hecho, jamás lo estarán bajo esa denominación. Y en su
horizonte acaba de aparecer una nueva y poderosa amenaza, absolutamente
ignota hasta el momento.

4
I
Sevilla, 1521

E volaron las flechas de los de Michhuahcan y de


Totonacapan, y los de Tlaxcallan lanzaron sus venablos
junto a los Zapoteca, los Mixteca y los Huaxteca. Los
Chinanteca, Mazateca, Tlapaneca y Otomí prepararon sus
armas en frente de la grande cibdad de Sevilla, dispuestos a
rendilla ante sus esforçados braços. E fue assí que començó
una batalla que nuestra memoria recordará por siempre: la
primera do enfrentáronse las dos Tierras.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo III.

Una mano oscura enterró, de un golpe, siete flechas en la arena.

Rodilla en tierra, el hombre tensó su arco, llevando la cuerda hasta su


rostro pintado de negro y surcado por líneas blancas. Un escudo chimalli,
adornado con una angulosa mariposa blanca y negra, cubría todo su costado
izquierdo. La punta de su primera flecha buscaba blancos sobre las murallas
almenadas de aquella ciudad. El estruendo a su alrededor parecía haberse
apagado: sólo distinguía su respiración, el acelerado golpeteo de su corazón,
el flujo de la sangre que inundaba su vista, las plumas de la flecha entre sus

5
dedos apretados, el olor acre del humo de la pólvora quemada.

Sólo eso podía percibir. Sensaciones aumentadas. Nada más.

Dejó ir la saeta, y la vio incrustarse en su objetivo: un bulto oscuro


que desapareció tras la muralla. «Mitl!»1, oyó la orden a sus espaldas.
«Mitl!». Desenterró rápidamente la segunda flecha y tensó de nuevo su
arma. A su alrededor, otros hombres ―envueltos en corazas de algodón
reforzadas con cuero y metal, y luciendo plumas de garza axoquen en sus
negros cabellos― surgían como fantasmas desde el vientre de la espesa
humareda que avivaban cañones y arcabuces, y clavaban sus flechas en el
suelo.

Disparos de armas de fuego, saetas, proyectiles... El asalto a Sevilla era


ya una realidad el 8 de julio del año del Señor de 1521. Amanecía.

El primer día de aquel malhadado mes de julio, una flota de ciento


cincuenta barcos asestaba un duro golpe a Sanlúcar y comenzaba a ascender
el Guadalquivir con rumbo a Sevilla. Casi a la vez, una segunda armada ―con
otras tantas embarcaciones― atacaba Cádiz y desembarcaba en sus costas un
ejército numeroso y bien pertrechado. Tras saquear la ciudad, esos hombres
emprendieron la marcha hacia Sevilla, una marcha que se vería interrumpida
por los continuos ataques que lanzaban y el saqueo de todo cuanto hallaban.
Ante semejante amenaza, la población huía e intentaba ponerse a salvo en el

1
En náhuatl, «¡Flechas!».

6
interior de la vieja Al-Andalus, convirtiendo muchos pueblos de los amplios
dominios de los Medina-Sidonia en auténticos descampados.

Para el día 4 los barcos de la primera flota llegaban al Arenal sevillano.


Mientras tanto, las tropas que avanzaban a pie dejaban atrás una Jerez
arrasada, alzando a su paso víveres, prisioneros y todo lo que pudiera serles
útil, y desbaratando las débiles y desorganizadas resistencias que osaron
hacerles frente. Por su parte, la segunda armada invasora, concluida la
ofensiva contra el puerto gaditano, remontaba el Guadalquivir habiendo
cañoneado también Sanlúcar, que sufría así un nuevo asalto. Esta flota
esperaría los jabeques que, regresando desde Sevilla ―adonde guiaran a la
primera por la ruta más segura― la conducirían a su vez por el único camino
libre de escollos.

Esa misma jornada, mensajeros sevillanos abandonaban la ciudad


para advertir a cuantos caseríos encontraran en su carrera. Su destino final
era Toledo, punto en el que se decía que se concentraría el grueso de las
tropas imperiales que bajaban desde Navarra para sitiar a la última
resistencia comunera castellana, encabezada allí por María Pacheco. Las
fuerzas andaluzas de la casa de Medina-Sidonia, leales a Carlos I, hacía días
que habían partido al mando de Pedro Pérez de Guzmán a sofocar la rebelión
toledana. Por su parte, los hombres de armas que habían quedado en la
región estaban siendo convocados por las casas nobles a las que debían
fidelidad. Con un poco de fortuna, quizás esos hombres se vieran apoyados
por los dos mil andaluces del Guzmán, si fueran alertados a tiempo. Y con un
mucho más de suerte, esas huestes volverían con la ayuda de las tropas
imperiales, en las cuales participaban forzadamente muchos de los vencidos
en Villalar, escenario del golpe de gracia propinado a los comuneros.

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Si así fuese, no serían dos, sino treinta los miles de españoles bien
pertrechados y mejor dirigidos que plantarían cara a aquellos extranjeros
llegados Dios sabía de donde.

La Torre de la Fortaleza de Triana había sido derruida, así como el


Puente de Barcas que cruzaba el Guadalquivir, y la Torre del Oro, ocupada.
Apenas arribada, la primera armada arrojó a tierra un ejército similar al que
subía desde Cádiz, que cercó rápidamente la villa y sometió sus murallas a
incesante cañoneo y sus arrabales y campiñas a minucioso pillaje. Las aguas
que saciaban la sed de la ciudad habían sido envenenadas y los acueductos
que las transportaban, volados por los aires.

Cuando clareaba el 6 de julio, las dos flotas invasoras se reunían en


Sevilla y compartían importantes novedades y bienes. Con el Puente de
Barcas destruido, los trescientos barcos no tardarían en ubicarse alrededor de
la ciudad, ocupando toda la curva que el río formaba en torno a ella. Las
embarcaciones extranjeras apuntarían enseguida sus cañones a las riberas,
dispuestas a hacer fuego ante el más mínimo atisbo de resistencia. Nada más
pisar la orilla, los atacantes habían repartido grupos de guardia, tropas,
avanzadillas de exploración, vigías y mensajeros en una enorme superficie,
rodeando el núcleo hispalense. Las urcas todavía contenían numerosas armas,
especialmente saetas, y buenos depósitos de pólvora, bronce y plomo. Pero
algunas carabelas tendrían que regresar aguas abajo y hacerse con provisiones
para alimentar a tan larga tropa.

En el interior de la ciudad amurallada, el agua se volvía un bien


precioso. El húmedo calor estival y las malas condiciones lograrían que los
alimentos perecederos se pudrieran antes de lo esperado. El comercio y el
suministro de bienes se habían interrumpido. El trigo se acababa: la carestía

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que se sufría desde hacía meses en la región ―y que ya había motivado una
revuelta sangrienta en la propia Sevilla poco tiempo atrás― provocaría una
segura hambruna. La mayor parte de la población de Triana y alrededores se
había retirado, intentando proteger sus vidas antes que sus haciendas. Y
mientras los atacantes se preparaban bajo las murallas de Sevilla, los
defensores, sobre ellas, se agotaban en una espera interminable.

El 7 de julio, un mensajero de piel clara había gritado una misteriosa


proclama. Al amanecer se había dirigido ante la Puerta Real, había pedido
por el gobernador de aquella ciudad y, frente a él, a sus acompañantes y a
todos aquellos que se asomaban a los muros para defenderlos, había
declarado la guerra a la villa. Era el pueblo mexica, vociferaba, el que había
llegado desde allende los mares para hacerla suya.

Pese al enmarañado castellano en el que se expresaba, el extranjero


supo hacerse entender. Por el aspecto que presentaban los recién llegados y la
disposición de su flota, a los sevillanos no les habría costado demasiado
adivinar sus intenciones si el hombre las hubiese manifestado en lengua
náhuatl. Las habrían comprendido incluso si se hubiesen ahorrado dicha
confesión, como había ocurrido días antes en Cádiz. Sin embargo, los altos
mandos de tamaño ejército tenían una razón para actuar como actuaban. Si
podían evitarlo, deseaban no tener que arrasar por completo aquella ciudad
en particular.

Tras el anuncio, el mensajero había dejado un escudo, un puñado de


flechas y una manta en el mismo sitio en el que se había parado. Aquello era,

9
entre los mexicas, el equivalente ceremonial de una declaración de guerra:
ofrecer armas y vestiduras con las que los enemigos pudieran entrar en
combate. Pero los hispanos estaban lejos de saberlo. Tan lejos como estaban
de entender por qué eran atacados.

¿Quiénes eran los tales «mexicas»? ¿De dónde venían? ¿Qué era esa
«Serpiente Emplumada» de la que hablaba aquel extranjero, ésa que parecía
divisarse en las velas de todos los barcos que ya cubrían el río Guadalquivir?
Tras oír las palabras del enviado enemigo, ésas fueron las primeras preguntas
que se hicieron los miembros de los Cabildos secular y eclesiástico junto a los
nobles y los capitanes de las compañías militares destacadas en la ciudad,
reunidos todos en los Alcázares. ¿«Mexicas»? ¿«Vuestros enviados»?
¿«Llegados desde occidente»? ¿Qué significaba todo aquello?

Las deliberaciones entre la clase dirigente de la villa fueron largas. No


se sabía con cuánto tiempo se contaba para tomar decisiones. Allí no se
habían dado plazos. Tampoco se habían expuesto las razones del ataque, ni se
habían dejado espacios para el diálogo, la concertación o las tratativas. Sólo
había una amenaza ―muy tangible, por cierto― y dos salidas posibles:
sumisión o destrucción.

Pero... ¿sumisión a qué monarca, a qué reino, a qué cultura?


¿Aceptación de qué condiciones, de qué dioses, de qué leyes? En caso de
preparar una defensa armada... ¿habría posibilidades de resistencia o de
victoria? Y en caso de ofrecer una rendición... ¿se respetarían las vidas,
haciendas y dignidades de los sevillanos? ¿Qué deparaba el futuro, en
cualquiera de los casos?

Ninguna de esas incógnitas podía ser despejada. Las dudas


aumentaban con cada minuto que pasaba, y mientras más se discutía el

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asunto, más confuso se tornaba y mayor era la incertidumbre que flotaba
sobre los españoles.

En tanto que los miembros del Cabildo ―nobles, clérigos, hidalgos y


mandos militares― discutían, las murmuraciones corrían de boca en boca
por los callejones y plazas de la ciudad, deformándose más y más a lo largo del
proceso. Muchos decían que eran cincuenta mil los hombres de allí fuera, y
otros juraban y perjuraban que no pasaban de dos mil y que cualquier milicia
española podría romper el cerco. Jactanciosos y temerosos, hombres y
mujeres, ricos y pobres, todos compartían las mismas inquietudes y los
mismos miedos.

El Capitán General de Sevilla, don Fernando Enríquez de Ribera


―hermano del Marqués de Tarifa, don Fadrique― se había hecho cargo de
la organización de las defensas. El hombre no quería perder demasiado
tiempo en las reuniones que en ese momento celebraban los miembros del
Cabildo y la aristocracia sevillana. Sabía que cada minuto valía oro. Dotado
de un sentido común más práctico, había ordenado a sus subordinados que
vigilaran cuidadosamente cada uno de los movimientos de las fuerzas a las
cuales se enfrentaban, para lo cual llevaban horas oteándolas desde las torres.
Aquel minucioso reconocimiento les deparó la certeza de ser ampliamente
superados en número, artillería y provisiones. Así se lo hicieron saber a su
superior: estaban aislados e incomunicados; la ciudad era un verdadero caos;
la población, presa del pánico resultaba incontrolable; las aguas habían sido
emponzoñadas y cortadas en su mayor parte, y las que quedaban no
alcanzarían para proveer líquido a todos los habitantes intramuros. Todos
esos factores ―y otros tantos que preferían no tener en cuenta para poder
conservar algo de ánimo― precipitarían la caída de Sevilla en unos pocos
días, o tal vez en horas, si los enemigos desplegaban todo su poderío. Había

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que decidir rápidamente qué movimiento se iba a efectuar. No era de esperar
que los atacantes tuvieran demasiada paciencia, aunque, en su posición,
podían alargar aquel cerco durante meses, matándolos de hambre, sed,
desesperación y enfermedades.

Era mediodía. Los representantes sevillanos seguían encerrados en los


Alcázares, espacio elegido para tratar el delicado asunto en cuestión, en lugar
del tradicional punto de reunión de los cabildantes en el Corral de los Olmos.
Enríquez de Ribera comunicó entonces el resultado de las observaciones
llevadas a cabo por la gente a su mando y expuso claramente que, en su
opinión, la respuesta más plausible era la resistencia armada. Los capitanes de
las compañías de Sevilla ―recién formadas con la leva de ciudadanos―
asintieron quedamente. Ninguno ignoraba que había escasas posibilidades de
tener éxito en una confrontación con aquel enemigo que acampaba
extramuros. Pero daban por hecho que cualquier otra acción difícilmente les
conduciría a un mejor final. Y preferían morir luchando a convertirse en
siervos de un señor desconocido.

Los nobles, los clérigos representantes del Arzobispo Diego de Deza,


los burgueses, los letrados e hidalgos presentes en la sala no encontraron nada
que argumentar. Aquella situación aparentaba no tener otra salida. El
Asistente del Cabildo, don Sancho Martínez de Leyra, preguntó si se habían
tomado las medidas oportunas y si los hombres dispuestos a combatir habían
sido convenientemente advertidos y provistos de armas y munición. Los
militares respondieron con frases cortas, que daban a entender que todo eso
estaba en proceso y que poco más podía hacerse en una ciudad anárquica. Se
concluyó, por ende, que la ciudad opondría resistencia tras las murallas,
confiando en la pronta llegada de tropas leales al rey Carlos, a quienes se
habían enviado mensajeros tres días antes.

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El Capitán General pidió a todos los miembros de las casas nobles
sevillanas que llamaran a guerra a sus barriadas, a sus deudos y a sus
dependientes. Y que los equiparan de su propio pecunio: las magras finanzas
del Cabildo debían destinarse, en la medida de lo posible, a mantener los
hospitales y a dar de comer a los numerosos hambrientos. Éstos últimos,
debido a la escasez de trigo y otras vituallas, abundaban entre los muros de la
ciudad. Asimismo, requirió de los representantes eclesiásticos que exhortaran
a las diferentes cofradías y parroquias a organizar la resistencia de sus
collaciones, así como la distribución de víveres y la seguridad de los más
indefensos. Don Rodrigo de Figueroa, Duque de Arcos, y su fogoso e
indisciplinado hermano don Juan anunciaron que aportarían un millar de
hombres armados y todos los caballos de su casa que se hallaran en aquel
momento dentro de la villa. Los enviados de las poderosas y acaudaladas
Duquesas de Medina-Sidonia ―suegra y nuera, tradicionalmente
enfrentadas a la Casa de Arcos― ofrecieron también los servicios de su gente,
entre ellos los de caballeros fieles como el joven Conde de Belalcázar. Y de esa
manera, cada representante fue brindando su colaboración, lo cual no era
poco en una Sevilla dividida por seculares luchas intestinas de poder.

Antes del atardecer, las barriadas eran avisadas de los sucesos del día,
y las defensas se aprestaban, comandadas por el Capitán General, el Duque
de Arcos y otros nobles desde los Alcázares Reales. Y fue un capitán sevillano
―un hidalgo llamado Miguel de Montecruz― el que respondió a la
declaración de guerra de los mexicas, cuando el mismo mensajero que había
hecho su proclama al amanecer se acercó a las murallas al ponerse el sol y
repitió de nuevo su anuncio.

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A Montecruz le bastó un disparo de arcabuz.

Las hogueras ardieron alrededor de la ciudad toda la noche, y los


inmensos tambores teponaztli y tlalpanhuehuetl retumbaron con voces
profundas. Voces llegadas desde el otro lado del mundo. Voces en las que
hablaban las gargantas de ancestros que no habían sido olvidados.

Danzaron los guerreros de las cien naciones que componían el ejército


de la serpiente con plumas. Agitaron sus manos y sus pies, sus adornos y sus
cabellos a la vera del manso Guadalquivir, testigo mudo de aquella
celebración. Sus ropas, sus cintas y sus borlas cortaron el aire del estío
andaluz, y callaron los grillos y las ranas, embelesadas ―o quizás
sorprendidas― por sus cantares, coplas en lenguas exóticas que sólo sus
intérpretes comprendían.

Bailaron los tzotziles, los kaqchikeles, los tzeltales, los k’iches y los
ch’oles de las tierras calientes, con sus prendas de algodón bordado anudadas
en torno a la cintura, con sus pieles oscuras tatuadas y sus rostros pintados de
colores y orlados de plumas. Evocaban los templos de piedra y las casas de
techos de palma de su tierra, el olor del maíz fresco, el tacto de la corteza de
los árboles ya’, el sabor de la fruta poox y los ojos oscuros de sus mujeres.
Rompían la noche las docenas de tabacos encendidos, aspirados al son de las
sonajas tuch’ y soot que hacían suyo el ritmo del universo. Y las alas de los
espíritus de sus bosques los rodearon y los acariciaron, recordándoles las
hazañas de sus antepasados guerreros y los poemas que loaban sus triunfos.

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Bailaron los aliados y vasallos de los mexicas: tepanecas y aculhuas,
chalcas y xochimilcas, totonacas y tlaxcaltecas, zapotecas y mixtecas,
huaxtecas y culhuas, chinantecas y mazatecas, tlapanecas y otomíes, hombres
procedentes del suelo que lamían los dos mares, en la región central de las
Tierras del Oeste. Atravesaron los enjambres de chispas que desprendían las
fogatas siguiendo las sonajas ayacachtli, y las llamas se reflejaron en sus
armas, en sus pulseras de chalchihuitl verde, en sus colgantes de metal y
caracola atigrada, en sus pendientes de hueso. Sangraban sus orejas, allí
donde habían hundido las espinas huitztli de maguey para ofrendar el rojo
líquido vital a sus dioses. Y en sus chimalli flameaban largos mechones de
cabellos de cihuateteoh, mujeres muertas durante el parto, espíritus
poderosos, temibles, fantasmales casi, que moraban en el oeste y cuyos restos
tenían el poder de petrificar a los enemigos.

Bailaron los quechuas, wankas, chankas y aymaras de las altas


cordilleras nevadas del lejano sur, con sus vestidos de lana de llama y sus
estridentes flautas, sus recuerdos de altiplanos poblados de pajas blancas y el
gusto de las hojas de coca en la boca. Con sus ushuta de cuero patearon la
arena, marcando el pulso de su danza. Y a su lado brincaron los taínos y
caribes de las islas del Mar Central, engalanados sus torsos y sus largos
cabellos con plumas rojas y amarillas de guacamayos, representando en las
Tierras del Este las ceremonias de sus areitos.

Bailaron los p’urhépechas de Michhuahcan, los tohono o’odham, los


o’ob, los macurawe, los konkáak y los yoreme de los desolados desiertos y
montañas del norte, y sus cuerpos contaron las historias de los arenales
sedientos, de los brazos erizados de espinas de sus plantas y del color ocre de
sus casas, de sus cacharros y de sus pieles. Y junto a ellos danzaron los wayuu,
los warao y los tïha de las interminables selvas y los grandes ríos del sudeste,

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nombrando con cada paso a los translúcidos guardianes de las flores, de las
lluvias, de las plantas, de las aves de colores y de los felinos inquietos.

Todos ellos bailaron y cantaron, cada uno en su lengua, cada uno


celebrando las memorias pasadas y las proezas futuras.

Y giraron sin descanso los chichimecah: los rarámuri, wixárika,


naáyerite y o’dami, ebrios de hongo peyotl traído de Wirikuta, que en sus
lenguas llamaban ciguri, hikuri, hualari y kamaba. Y viajaron a otro mundo,
al universo de los dioses, y allí siguieron marcando el ritmo con sus piernas y
sus brazos desnudos, golpeando un suelo irreal con sus pies descalzos. Y
cuando retornaron de su travesía de ensueño, luego de largas horas, contaron
lo que habían visto: ciudades de extensas murallas vencidas por el «fuego y el
agua» de la guerra, sangre alimentando a la tierra y al sol, humaredas que
cubrían el horizonte y, tras ellas, enormes animales de crines largas sobre los
cuales montaban hombres pálidos. Y una voz les había musitado, en su sueño
narcotizado, que habían llegado a la tierra de los guerreros y la riqueza, la
tierra del este, allí donde nacía el sol. Y que ese lugar sería su lugar, su capital,
el corazón palpitante de un reino que se volvería próspero y poderoso cuando
lo hubieran conquistado.

Al otro lado de las murallas, en las iglesias y conventos sevillanos, los


religiosos y sus feligreses oraron toda la noche, aterrorizados. Por las calles
transitaban procesiones de penitentes y flagelantes: más de millar y medio de
personas que acarreaban pesadas cruces y caminaban con el torso descubierto
y sogas al cuello, entonando salves y plegarias. Muchos cristianos juraron allí
que Dios, la Virgen, los arcángeles y los santos de su extenso paraíso se habían
presentado ante ellos y habían respondido a sus plegarias, prometiéndoles la
salvaguarda de sus vidas y el perdón de todos sus pecados.

16
Años después, algunos de los sobrevivientes de esas jornadas aún
seguían recordando aquella noche, y llevaban grabadas dentro las palabras
que habían recibido de sus dioses a ambos lados de las murallas de Sevilla. Y
muchos de los que entonces estuvieron en el interior del recinto jamás
pudieron dejar de sentirse traicionados por aquellas divinidades en las que
habían creído y a las que habían lanzado sus ruegos.

Al alba del día 8, el ejército de la Serpiente Emplumada encontró las


murallas sevillanas rematadas de banderas. Ese mismo amanecer, los
defensores de los elevados muros descubrieron ante sí un formidable ejército
de veinticinco millares de almas con todos sus pabellones desplegados al aire
suave de la mañana. Aves y castillos, almenas y pedernales, leones y dragones
se veían en aquellos estandartes, allá arriba, allá abajo.

El tlacochcalcatl, el general en jefe de las huestes invasoras, era un


noble de la casa real de Tenochtitlan llamado Tepehuahtzin. Hijo de una de
las esposas del antiguo tlahtoani Tizoc y primo del actual, Moteuczoma
Xocoyotzin, su nombre significaba «el conquistador». Pertenecía a la feroz
clase guerrera de los cuachicqueh —condición necesaria para alcanzar su
rango, el más alto de la escala militar— y era hombre célebre y respetado por
los suyos. Su fama y nobleza fueron razones de peso para que el hueyi
tlahtoani delegara en él el liderazgo de aquella expedición en vez de
encabezarla personalmente, como marcaba la tradición mexica.

Antes de la alborada, Tepehuahtzin reunió a los jefes de las distintas


elites guerreras mexicas, a los tiyahcahuan que comandaban las secciones de

17
soldados comunes y a los generales tlacateccatl de los distintos cuerpos de
naciones aliadas y vasallas. E impartió sus órdenes finales, disposiciones que
cerraban un plan diseñado a bordo de la Ayahuicoatl —la «Serpiente de
niebla», nao capitana de la flota— durante los días que llevaban estacionados
frente a Sevilla. Los hispanos no habían aceptado la rendición. No habían
admitido que se encontraban en franca desventaja: habían sobrepuesto
ciegamente su orgullo al bienestar y la conveniencia de su gente y su ciudad.
Habían desestimado todas las advertencias que estaban a la vista. Y habían
matado con alevosía a su embajador, aquel joven descendiente de uno de los
Mensajeros. Debían, en consecuencia, sufrir el embate de las armas mexicas.
Los hijos de Huitzilopochtli y Quetzalcoatl y sus aliados y vasallos de los
cuatro horizontes de las Tierras del Oeste caerían sobre aquella villa con toda
su ira, con todo su ímpetu. ¡Misericordiosos fueran los dioses con las almas de
aquellos que se les opusieran!

En su arenga, el tlacochcalcatl pidió a su consejo de capitanes, a sus


hermanos de armas, que pensaran en sus familias, en sus amigos, en su gente,
en los paisajes que habían dejado atrás al partir de sus tierras. Pues, de
alcanzar la victoria, no sólo llegarían de su mano los trofeos y los prisioneros,
sino también un retorno lleno de honor a los brazos de aquellas familias y
amigos y a aquellos rincones añorados. Para aquellos mexicas que decidieran
volver a su terruño resonarían entonces las bocinas de caracol sobre las torres
de los templos de Tenochtitlan, e infinitas barcas ocultarían las aguas del lago
para darles la bienvenida, y mujeres, niños y ancianos saldrían a las calzadas a
recibirlos entre cánticos y lágrimas de alegría.

Y si llegaba la hora de afrontar la muerte, que fuera valerosamente,


dejando atrás una memoria digna de gloria y respeto eterno. Tras el último
aliento, defendido bravamente, se iniciaría el camino hacia el Tonatiuh

18
Ilhuicatl, morada de guerreros, donde acompañarían al Sol en su viaje diario a
lo largo de cuatro años para bajar luego a la tierra convertidos en colibríes de
plumaje deslumbrante. En aquel lugar, para poder admirar al Sol en su
magnífica potestad tendrían que cubrirse los ojos con sus escudos, tal era su
resplandor, y solo podrían atisbar su sagrada figura a través de los agujeros
que las flechas y las balas hubieran horadado en sus rodelas. Los más bravos,
pues, serían los que mejor lograrían ver a la deidad.

Eso dijo Tepehuahtzin a sus hombres aquel día bajo las murallas de
Sevilla, y eso dirían los capitanes a sus tropas. Así lo repetirían luego los que
sobrevivieron a aquella jornada. Y así lo cantarían, siglos después, los que
reviviesen esos recuerdos para que jamás se perdieran.

En las torres y almenas, cientos de defensores aprestaban arcabuces y


ballestas, dardos y balas, pólvora y mecha. Sobre el Arenal, miles de atacantes
comprobaban el filo de espadas y cuchillos, cargaban flechas y piedras,
tensaban cuerdas, preparaban boleadoras, sujetaban postes y estacas.

La calma y el silencio reinaron momentáneamente tras el fragor de los


preparativos, vislumbrándose uno de esos intervalos en suspenso, un instante
vacío e irreal, similar al que se produce en el pecho antes de lanzar un grito, o
en el cielo antes de que caiga un rayo. Uno de esos paréntesis estériles que
preceden a una explosión de vida, o de ruido, o de rabia.

Y esa explosión llegó.

Nació de pronto, casi inesperadamente, del interior de docenas de


bocinas de caracol tecciztli y wayllaqipa, que lanzaban la orden de ataque con
sus voces guturales.

Fue entonces cuando los cañones ―sujetos a recias cureñas de


madera encajadas y aseguradas en la tierra reseca― arrojaron hierro y piedra,

19
una vez más, contra los muros y las puertas de Sevilla, con una precisión que
pocas piezas de artillería europeas tenían.

Fue entonces cuando las banderas de señales indicaron a los


innumerables arqueros chichimecah, caribes y mayas que era hora de
adelantarse. Y así lo hicieron también los honderos quechuas, wankas y
chankas, con sus waraka de lana y sus proyectiles de piedra.

Fue entonces cuando a bordo de los trescientos barcos que se mecían


sobre el Guadalquivir volvieron a retumbar los tambores: medio millar de
teponaztli, wankara y tlalpanhuehuetl cuyos golpes ya se habían grabado, día
tras día y noche tras noche, en las cabezas y las entrañas de los sevillanos.

Fue entonces cuando todas las campanas de todas las iglesias de


Sevilla se pusieron a sonar a rebato, y cuando los clarines españoles dieron
una imperiosa llamada de alerta.

Fue entonces, justo entonces, cuando comenzó la primera batalla


entre las dos Tierras.

20
II
TenochtitlAn, 1493

Son los mercados o tianguis cosas de la más grande


maravilla, que ocupan lo que dos Salamancas llenarían.
Trúbanse en ellos muchísimas mercancías non conoscidas
en Europa, que llegan desde todos los rincones de aquesta
tierra... E son de admirar sus labores de metales e piedras
preziosas, e de plumas, que fazen dellas bellísimos abanicos
e tocados... Mas el maior deleite es conoscer allí las
diferentes viandas e manxares que comen aquestos mexicas.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo III.

Los granos de maíz reventaban en el interior de una marmita xoctli


puesta al fuego sobre las tres tenamaztli, las piedras del hogar mexica. Y en su
lugar aparecían unas «rosetas» blancas que impregnaban el aire con un
aroma apetitoso.

—Momochitl— dijo Cuitlachnehnemini, el pochtecatl, tomando un


puñado y ofreciéndoselo a Escobedo.

El segoviano recordó que el nombre de su amigo significaba algo así


como «el que cuida el sueño del maíz». Eso había creído entender en alguna

21
ocasión. Por ello, no sólo no le sorprendió sino que además le hizo gracia
estar descubriendo, de su mano, tantas maravillas asociadas a aquella semilla
de coloraciones variadas. El segoviano ya había visto granos color borra de
vino, ascuas encendidas, agua profunda y hueso, además de los más comunes
de tonalidad amarilla.

Inmediatamente después de llevarse el puñado a la boca, aquellas


«rosetas» parecieron disolverse lentamente sobre la lengua. Estaban
realmente sabrosas.

—Momoche— repitió el escribano, aún masticando.

El mexica meneó la cabeza. Sí, se entendía, pero no era precisamente


una pronunciación perfecta del náhuatl. Quizás el hablar con la boca llena no
ayudara. Sin embargo, tuvo que reconocer que Escobedo era el que estaba
realizando los mayores progresos con la lengua, aunque muchos de sus
compañeros tampoco se quedaban atrás. Condenados, en cierta forma, a
permanecer en aquellas tierras, resolvieron pronto que su tarea prioritaria era
averiguar cómo funcionaba todo aquel universo, tan distinto del mundo en el
que ellos habían nacido y se habían criado. Y una parte nada desdeñable de
esa ambiciosa empresa consistía, en primera instancia, en aprender el idioma,
un código lleno de consonantes impronunciables y largas palabras que se
deshacían en la boca de los castellanos —como el momochitl— antes de que
lograran llegar a la sílaba final.

—Xizo...— asintió el mexica en un murmullo. Caminaban, sorteando


el gentío, por el mercado de Tlatelolco, el inmenso escenario donde
negociantes y compradores repetían diariamente el mismo espectáculo de
aglomeración, voces y transacciones. Aquel lugar probablemente hubiera
ocupado la superficie de dos Sevillas juntas —o quizás el de dos Salamancas;

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exagerar era innecesario— y era el corazón mercantil del estado, si es que
podía llamarse así a Tenochtitlan. En el tiyanquiztli de Tlatelolco, el mayor
de los tantos que había en la ciudad, podía encontrarse cualquier cosa
encontrable en esa parte del planeta: esclavos fácilmente identificables por el
pequeño yugo de madera que llevaban alrededor del cuello, ricas mantas de
algodón, placas de metal labrado, cera, miel, bloques de sal, cuchillos de
piedra, goma negra olli, cañas para fumar, engrudo de raíces, resinas olorosas,
escobas, «betún de mar» chapopohtli...

Exhibían allí sus destrezas los más habilidosos artesanos: los maestros
de las plumas, que trabajaban con riquísimas materias primas procedentes de
los bosques y selvas del sur cálido; los plateros, que golpeaban las chapas de
oro hasta convertirlas en magníficos pendientes, brazaletes y orejeras; los
alfareros, que untaban sus pocillos y vasijas con el hueso molido de la fruta
tzapotl y ahumaban las piezas sobre el fuego del hogar; los fabricantes de
cestas y canastas, los bordadores, los tratantes de piedras preciosas... Todos
desempeñaban su trabajo y todos regateaban el precio final de cada artículo.

Los había —como en tantas otras partes— que vendían mantas de


basto tejido ayatl, paños maxtlatl y vestidos huipilli podridos y remendados, o
granos de cacao rellenos de cenizas y barro, o maíz con gorgojos y más de
cinco años de cosecha, o frutos tomatl rancios y machucados, o frijoles ruines.
Ésos eran los que más hablaban, intentando convencer a sus compradores de
la «alta calidad» de sus productos.

Pero había también verdaderos artistas en sus oficios. Aquí, unos


mostraban paños delgados de fibra de maguey, de trama fina y abierta e hilos
bien torcidos, y más allá, eran de palma o de algodón las engalanadas telas
que vendían otros. Los dedos del español se perdían en las urdimbres y en las

23
nuevas texturas de aquellos hilos desconocidos. Acullá, los vendedores de
espejos frotaban láminas de piedra con estiércol de murciélago y las pulían
con unas cañas llamadas quetzalotlatl, obteniendo resultados sorprendentes.
Mirándose en uno de ellos —y extrañándose del aspecto demacrado y sufrido
del rostro que le devolvía la mirada— el escribano se asombró de la calidad
del artefacto. «Hecho de un simple pedrusco» se dijo, desconcertado.
«Pedruscos» usaban también los que trabajaban las piedras preciosas. Ésos
mercaban esmeraldas quetzalitztli, turquesas teoxihuitl, translúcidos cristales
de roca tehuilotl y finos rubíes tlapalteoxihuitl de color sangre. También
tenían perlas, nácares, corales, jaspes, jades chalchihuitl, mármoles aitztli y un
curioso pedernal verde claro con pintas azules que llamó la atención de
Escobedo, y al que denominaban tecelic.

Verdaderas bellezas, sí, y proezas de la habilidad del hombre. Pero el


castellano seguía prefiriendo, entre todas las secciones del inmenso
tiyanquiztli, el área en donde se concentraban las cocineras y los vendedores
de alimentos. Quizás había perdido un poco el interés por lo que sus
compañeros sin duda considerarían «riquezas» y se había concentrado más
en conocer la naturaleza de aquella gente. Y descubrir las costumbres
culinarias y alimenticias era un paso esencial. Estaba convencido de que casi
todas las cosas importantes —desde un matrimonio hasta un trato comercial,
pasando por el aprecio hacia la ciudad en la que se vivía— empezaban por la
mesa y la bebida. Si esos dos elementos ganaban el paladar y el estómago,
cualquier individuo se vería compelido a mirar con mejores ojos la situación
por la que atravesara.

Fueran creencias personales o experiencia de vida, lo cierto es que


Escobedo se había concentrado en conocer e identificar los sabores, olores y
texturas de las comidas mexicas, con gran placer de su compañero pochtecatl,

24
que se afanaba, gustoso, en familiarizarlo con todo aquello que fuera comible
o bebible en su ciudad. Así, desfilaban ante los que vendían el jugo meneuctli
extraído del maguey, y el octli que se obtenía al fermentarlo, y los gusanos
rojos que habitaban la planta, los cuales, asados, eran una delicia. Había
docenas de variedades de frijoles etl: amarillos y colorados, blancos y
jaspeados, grandes y menuditos. Había mazorcas de maíz verdes y tiernas,
crudas y doradas, y tortillas de masa mezclada con miel, y granos tostados
envueltos en esa misma masa. Y pepitas de calabaza hervidas o asadas, frutas
xicohtzapotl y xocotl, raíces xicamatl, ciruelas mazaxocotl, piñas, verdes
ahuacatl de carne mantecosa, y esas tunas espinosas llamadas nochtli —fruto
de los nohpalli— rosadas y amarillas, blancas y bermejas, rebosantes de
semillas y jugo.

Había carnes de medio centenar de patos. Cuitlachnehnemini,


encantado, comenzó a recitar los nombres, y Escobedo enseguida se mareó:
yacapatlahuac, chilcanauhtli, zolcanauhtli, tzonyayauhqui, xalcuani,
atapalcatl, amanacochtli... La lista parecía interminable, y siguió otra: la de
los peces de lago y mar que comían los mexicas. Allí se exponían, envueltos en
el espeso y clásico olor de las pescaderías: huitzitzilmichin, papalomichin,
ocelomichin... Estaba claro que michin significaba «pez», y el segoviano
agendó el dato en el único rincón de su memoria que parecía estar
sobreviviendo vacío a tal inundación de saber.

Poco reconocía el hombre de todo lo que veía: algunos de aquellos


patos le recordaban a los ánades de su tierra, pero los peces le eran
completamente extraños. Lo que sí pudo distinguir fueron las tortugas de mar
chimalmichin que durante semanas constituyeron parte de su dieta a través
de su periplo desde Cuba, así como los cangrejos tecuicihtli y los caracoles
tecciztli. Todos ellos eran viejos conocidos que le habían salvado la vida,

25
destrozado los dientes, quemado la garganta y arruinado los riñones para el
resto de sus días.

También identificó las iguanas, que allí llamaban cuauhcuetzpalin.


Unos pasos más allá encontró conejos tochtli, que eran cocidos con unos
trebolillos xocoyolli y servidos sobre «cueritos» de maguey. Muy cerca
advirtió la presencia de liebres, y de topillos tozan, y de las curiosas
tlacuatzin. E incluso había perros pelados xoloitzcuintli, a pesar de ser
sagrados. Pero no se detuvo ante ninguno de ellos. Sí lo hizo al dar con un
insólito animal que jamás había visto, y que el pochtecatl denominó
ayotochtli. Aquello significaba algo así como «conejo-tortuga». Por las
expresiones de su compañero, aquel bicho debía ser verdaderamente sabroso,
y adivinó que se guisaba en su propio caparazón. Por desgracia, eso era todo
lo que Escobedo alcanzaba a ver del animalito: un carapacho de varias bandas
pardas, con aspecto de mosaicos de piecitas irregulares. Allí no se observaban
patas ni cabeza por ninguna parte, hasta que el vendedor, a pedido de
Cuitlachnehnemini, desenroscó al animal, que estaba vivo y hecho una
pelota, según pudo comprobar el segoviano tras la operación.

Se preguntó a qué sabría la carne de ese pequeño monstruillo, y se


repitió la pregunta cuando se cruzó con los vendedores de camarones del
lago, que también incluían entre sus mercaderías a renacuajos atepocatl y a
unas mosquillas —Escobedo no hallaba otra palabra mejor para
designarlas— que había visto corretear sobre el agua de los canales que
constituían las calles principales de aquella ciudad. ¿Eso se comía? Su eterna
curiosidad se vio amenazada por una arcada de asco, de solo pensar en
llevarse a la boca «aquello». Las mosquillas en cuestión recibían el nombre
de amoyotl y eran, en efecto, otra de sus comidas, así como las larvas llamadas
izcahuihtli, recomendadas para las madres sin leche. Haciendo un esfuerzo

26
supremo, probó algunas que estaban preparando en guiso, y tuvo que
reconocer, en contra de sus prejuicios, que su instinto le había engañado: el
manjar estaba bueno. Por supuesto, no había que tener en cuenta las
diminutas patitas que la lengua podía distinguir en medio de aquel cocido.

No eran los únicos insectos que se veían en el mercado. El segoviano


encontró larvas de hormigas negras tlilazcatl; gusanos cinocuilin de las
mazorcas del maíz; hormigas tzintlatlauhqui azcatl; chinches; orugas de la
que en Castilla se llamaba «mariposa de la muerte»; huevos, larvas y pupas
de una avispa muy venenosa que denominaban quetzalmiyahuatl; y unas
chinches que eran conocidas como axayacatl —«rostro de agua»— y que se
comían hechas una pasta junto con sus puestas ahuauhtli.

«Palabras, palabras y más palabras...» se decía el español, agobiado.


Nunca hasta ese momento había valorado tanto la riqueza de términos de
una lengua. Sin duda eran aquellos complicados e inacabables vocablos los
únicos que posibilitaban nombrar todo lo que albergaba aquel universo.

Entre los vegetales —cuidadosamente ordenados sobre mantas, en


canastos o espuertas— había batatas camohtli, unas raíces llamadas tolcimatl
—redondillas y blancas, pero amarillas al cocerse— y otras que parecían
cebollas y sabían a castañas, a las que decían cacomitl. Había hojas de
amaranto huauhquilitl, que se comían hervidas o en tamalli, y otra variedad
de la misma planta que se hervía con salitre y recibía el nombre de quiltonilli.
Había flores de diferentes tipos, que eran muy usadas en las comidas e incluso
mezcladas en el cacahuatl. Escobedo descubrió las ayoxochitl de la calabaza, y
las del maguey, la yuca, el nohpalli, la espadaña...

Y había hongos nanacatl —algunos alucinógenos— y cebollitas


xonacatl, y calabazas ayohtli, cayohtli y tzilacayohtli, y habas, y frutos

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xitomatl de muchas variedades, y semillas de huauhtli y chiyan, y piñones
ococenyollohtli, y semillas del girasol chimalxochitl que el escribano
reconoció con una sonrisa.

Aquel torbellino de gente, compras y regateos estaba, de alguna


manera, regulado por una docena de jueces tiyanquizpan tlayanqueh,
pertenecientes al gremio de los pochtecah. Allí estaban siempre, albergados
en una casa especial, dispuestos a arbitrar en cualquier litigio que se
presentara o a disponer soluciones a las quejas. Eran fácilmente reconocibles
por sus barbotes curvos tencololli de jade, oro, ámbar o turquesa, y por otros
rectos y largos llamados apozonaltezzacatl. Además de esos jueces, estaban
los vigilantes del mismo gremio, quienes recorrían permanentemente las
callejas en las que se arremolinaban los vendedores, controlando mercaderías
y precios. Precios que, por otra parte, estaban expuestos en paneles en donde
se establecían los valores mínimos de cada producto.

Todo ello quedaría plasmado, por supuesto, en las minuciosas y


pormenorizadas «Crónicas» que iba compilando el segoviano, quien, dicho
sea de paso, debía obtener tinta y papel aquella mañana sin falta. Al menos, si
deseaba continuar con sus escritos. Pues los materiales que había traído desde
Castilla, empleados hasta el límite de sus posibilidades, habían terminado por
agotarse al cabo de los numerosos capítulos de tan largo periplo.

Cuitlachnehnemini también poseía una curiosidad insaciable.


Preguntaba constantemente a Escobedo por los paralelismos que pudieran
existir entre su mundo mexica y el universo al otro lado del gran mar. Y
Escobedo intentaba —a veces con cierto éxito— explicar a su amigo las
características generales de las comidas, las bebidas y las costumbres de su
tierra natal, proveyendo el mayor lujo de detalles que le permitía su aún

28
limitado dominio del náhuatl.

Cuando estuvieron frente al tenderete de un anciano cubierto con una


cuidada manta de algodón blanco anudada sobre el hombro, el comerciante
le hizo saber al español que allí podría conseguir tinta y papel. Provisto en
palacio de piedras verdes, granos de cacao y muchos otros bienes de gran
valor, el hispano podía darse el lujo de adquirir aquello que le hiciera falta.
Aunque muy bien podría haber solicitado las cosas que necesitara al
petlacalcatl, el mayordomo general del hueyi tlahtoani, prefería tener cierta
independencia en sus actos: ello le permitía conocer un poco mejor las formas
de trabajo locales, los materiales con los que se elaboraban los objetos que
tenía a la vista y también a los artífices que les daban vida.

«Cualli tonaltzintli» saludaron los recién llegados. El anciano les


respondió, rindiendo los honores que delataban las ricas vestimentas del
pochtecatl y la piel clara de Escobedo. Toda Tenochtitlan sabía de la
presencia de los extranjeros, alojados por el regente Ahuitzotl como invitados
especiales. Considerados embajadores amigos, debían recibir un determinado
tratamiento y una serie de saludos adicionales durante el complicado ritual de
iniciar una conversación mexica.

El mercader vendía papel, tintas, colores, cal y pinceles, y se dedicaba,


él mismo, a la ilustración o escritura de códices, una profesión muy respetada
en todos aquellos horizontes. Escobedo se sentó en un taburete bajo y
observó el trabajo del viejo. Éste, a pedido de Cuitlachnehnemini, procedió a
revelarle el proceso de fabricación de las tiras de papel amatl, de la tinta y de
los diversos pigmentos. En un rincón podían apreciarse panes de un color
rojo vivo llamado nocheztli, «sangre de tuna», porque era fabricado con las
cochinillas que vivían en los nohpalli y en sus frutos. En otro estaban los

29
tonos elaborados con flores de las tierras calientes, como el rosa anaranjado
xochipalli o el azul verdoso matlalli. De las tortillas de hierbas zacatlaxcalli se
obtenía un tinte amarillo pálido que, combinado con el azul texohtli y con un
poco de alumbre tlalxocotl, daba un bellísimo verde oscuro iyappalli. Había
un violáceo oscuro de las hierbas del índigo xiuhquilitl, una grana de mala
calidad que llamaban tlapalnextli —que estaba mezclada con harina o tiza y
era realmente pésima— y un hermoso tono colorado que se lograba hirviendo
la madera de un árbol conocido como huitzcuahuitl. Había además mucho
aceche para fabricar los colores, y tinta tlilli de excelente calidad, hecha de
hollín de teas. Y piedras de barniz, y otro tinte conseguido a partir de agallas
nacazcolotl.

El segoviano, cada vez más atiborrado de términos nuevos, deslizó sus


pupilas sobre los dibujos realizados por aquel escriba y se deleitó con la
cantidad de detalles que incorporaban las ilustraciones mexicas. Aquellas
gentes, desprovistas de letras para perpetuar sus recuerdos, parecían codificar
muchas de sus experiencias e ideas a través de complejos diseños. Aún
desconocía lo que representaban la mayor parte de ellos, pero su intuición le
decía —tras revisar unos pocos documentos en palacio— que cada elemento
incluido debía tener un profundo significado, así como lo tenían los colores
usados, o las dimensiones, o la posición en la que habían sido ubicados dentro
la página.

Tomó uno de los códices que el hombre preparaba, manipulándolo


con un exquisito cuidado, y lo revisó manifestando verdadero interés. Estaba
formado por largas hojas plegadas en zig-zag, elaboradas con de fibras de
corteza de higuera machacadas y sobadas, y recubiertas luego con una fina
capa de estuco blanco sobre la cual se pintaban imágenes multicolores. Había
allí templos, mercados, dioses, animales, plantas, diversas mercancías y

30
personas. Escobedo acarició las tapas —de madera forrada en piel— y
curioseó nuevamente los contenidos. Fue entonces cuando notó que algunas
de esas figuras humanas estaban pintadas de amarillo. ¿Significaría eso que
padecían algún tipo de enfermedad?

—In imehuayo— dijo, haciendo un esfuerzo por recordar las palabras


exactas. —Coztic in imehuayo— tartamudeó, señalando una piel amarilla.

Los dos hombres asintieron, animándole a seguir.

—Cocoxqueh?—preguntó, tratando de averiguar si las imágenes


simbolizaban enfermos.

Los mexicas no comprendieron. Escobedo lo intentó de nuevo.

—In cocoxqueh, in imehuayo coztic?

—Ahmo, niman ahmo...— negó el viejo artesano con una sonrisa al


adivinar lo que había llamado la atención a su interlocutor. E
inmediatamente después le aclaró que en los códices, las mujeres solían
representarse con la piel de aquel color.

—Cihuah?— quiso asegurarse el español, dibujando con las manos


una curvilínea silueta femenina.

—Quemah— afirmaron ambos casi al unísono, riendo abiertamente.

Las mujeres se distinguían por la piel amarilla, al igual que algunos


muertos; las pecadoras iban desnudas y con unas vendas sobre los ojos; la
sangre aparecía como agua orlada de piedras preciosas y flores, pues eso era,
en definitiva, para los mexicas; los dioses estelares llevaban dos rizos
enhiestos sobre la frente; los enfermos eran identificables por sus miembros
torcidos y sus ojos saliéndose fuera de las órbitas. Un ave quetzaltototl bajo el
brazo era la representación del placer, una cruz blanca era tanto la del viento

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como la del cielo, y una serpiente enroscada en torno al cuello de algún
personaje, la del pecado carnal. Los jeroglíficos —conjuntos de signos que
simbolizaban conceptos concretos o abstractos— eran algo más complicados.
Escobedo señaló uno al pochtecatl, manifestando una vez más su interés.

—Yaoyotl— respondió con simpleza el mexica. «Guerra».

El español miró de nuevo aquellas formas artísticas: una rodela


chimalli, un haz de dardos mitl, una espada angulosa macuahuitl, una maza
erizada de espinas cuauhololli... Se sintió un imbécil. Definitivamente, aquello
se expresaba por sí solo y no necesitaba aclaraciones.

Antes de alejarse de aquel puesto, Escobedo compró varios códices en


blanco ya armados y un puñado de panes de tinta negra de humo, que era la
que estaba más acostumbrado a usar. En un futuro quizás se animara a
experimentar con algunos colores: el rojo, tal vez, o el azul. Dado que los
mexicas usaban pinceles para escribir, como los de cola de ardilla techalotl,
las plumas que buscaba fueron un artículo más difícil de conseguir. Sin
embargo, luego de mostrarle los gastados restos de la suya a
Cuitlachnehnemini, lograron obtener unas cuantas, fuertes y muy bien
cortadas, en la tienda de un vendedor de penachos.

Con su carga y algunos sabores nuevos en el paladar —y muchas,


muchísimas ideas para anotar en su bitácora de viaje, que empezaba a
convertirse en su diario de vida— regresaron lentamente a palacio,
compartiendo risas y una animada charla. Para no perder la costumbre,
hablaban de comida. Tras ellos, el mercado seguía palpitando, alborotado e
incansable.

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En uno de los patios de palacio, el cordobés Diego de Arana, Martín
de Urtubia, Antonio de Cuéllar, Domingo de Lequeitio y otros españoles
intercambiaban conocimientos sobre armas con algunos cuachicqueh, la elite
más poderosa de guerreros mexicas.

Esos hombres llevaban la cabeza rapada por ambos lados y los


cabellos restantes colgando, como una cresta caída, hacia la derecha la parte
superior y hacia atrás en una trenza la inferior. Era ése un peinado que
llamaban tzotzocolli, y que sólo ellos podían usar. Del mismo modo, eran los
únicos que podían adornárselo con las plumas blancas de la garza aztatl, las
cuales tenían una profunda significación ceremonial. Si bien a diario se
dejaban los cabellos colgando, en momentos de guerra, danzas o ceremonias
se los alzaban en un penacho que los hacía espantables.

Su nombradía y su estatus les permitían tener el gran honor de ser los


primeros en entrar en batalla. Habían alcanzado esas posiciones privilegiadas
gracias al elevado número de prisioneros que habían capturado durante sus
incursiones y aventuras bélicas. Tenían fama de ser individuos feroces,
orgullosos e impasibles, auténticos émulos de los históricos espartanos. Y
ellos sabían hacer valer y respetar esa reputación, tanto con su apariencia
como con sus actos.

Justamente llegaban Escobedo y su compañero pochtecatl —aún


hablando de opíparos banquetes de uno y otro lado del vasto océano—
cuando Arana pedía una de las espadas locales y la observaba con expresión
burlona.

—A fe que aquestas armas de palo no soportarían un solo embate de


nuestros fierros. ¿No lo ven ansí vuesas mercedes?— se jactaba ante los otros
hispanos, que asentían entre risotadas y frases soeces. El resultado del choque

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de madera contra metal no presentaba demasiadas alternativas, como ya
habían comprobado en tierras de Yucatán.

—El capitán Arana debiera pensar que la labor del arma depende de
la habilidad de la mano que la maneja, y no de la su industria— intervino
Escobedo con sorna. Las relaciones entre él y Arana, lejos de suavizarse, se
habían endurecido bastante.

Todos lo miraron. Los cuachicqueh notaron el matiz áspero de las


voces y se interesaron en la conversación, a pesar de que estaban lejos de
entenderla. No obstante, siendo agudos observadores, a veces les bastaba un
olor, un sonido o una mueca para aprehender mucho más que lo que las
palabras decían. Inmutables, se ocuparon de no perder detalle.

—¡Pecador de mí! ¿De cuando acá los escribanos saben de peleas?—


exclamó el hombre. Luego, dirigiéndose a los otros españoles, agregó: —
Nuestro comepapeles, que es hombre leído y escribido, ¿piensa quizás que
aquestos soldados pueden darnos de coces con sus espadillas y rodelas de
maderos?

—No digo tal, ni Dios lo permita, que el que negocia con la pluma
poco sabe de espadas. Mas creo tener algo de sentido común, que si
hubiésemos esperado del vuestro, medrados estaríamos agora.— Arana
arqueó una ceja, malhumorado. —Y digo que esos hombres de allí me
parecen ser gente de grandísima fiereza y de no andarse con rodeos.

Rió el cordobés y se volvió a sus compañeros.

—¿Vosotros que opináis, señores míos? ¿Han de romperme los tales


mexicas la cabeza con sus machangadas de palo?

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—De vello holgáseme yo— sentenció el de Lequeitio con toda su
flema.

Arana se tornó hacia uno de los guerreros y le propuso, usando un


náhuatl básico, un pequeño combate de demostración. El hombre miró a
Arana, miró a los suyos y después al pochtecatl y a Escobedo. No entendía
bien de qué se trataba aquello, y no quería pagar con su vida ante el tlahtoani
por haber injuriado a un embajador extranjero. El pochtecatl consultó con
Escobedo, que le puso al tanto de la situación. Lo que dijo luego el
comerciante suavizó los rasgos del cuachicqui. «Xizo» fue su lacónica
respuesta, y tomó un chimalli y una espada macuahuitl de práctica, una lonja
de madera que, en su forma verdadera, hubiera tenido los bordes poblados de
filosas lascas de obsidiana. Entregándoselos a Arana, buscó los propios y se
dispuso para el combate.

—Diez maravedíes por Arana— chicoteó el de Cuéllar al de Urtubia.

—Vete a cagar, Antonio. Apuesta granos de kakaw, o nada apuestes.

El primero tentó su bolsa, dubitativo.

—Ya, ya... Pues diez de ésos.

—Pláceme. Vayan en buena hora.

Arana hizo un molinete con la espada, tanteando su tacto y su peso y


calibrando su agarre a la mano. «Ea, capitán Arana, téngaselas bien tiesas a
ese condenado» gritaron algunos de sus compañeros. Su oponente mexica se
cruzó el escudo en el brazo izquierdo y, con la guardia baja y la punta de su
arma casi tocando el suelo, se curvó sobre sí mismo como un gato dispuesto a
saltar, concentrándose en los movimientos del hispano. El capitán cordobés
comenzó a dibujar un círculo con sus pasos, pero el mexica no siguió su juego.

35
Atravesó de improviso el imaginario óvalo y, agachándose y cubriéndose la
cabeza con el escudo, trazó una media luna con su espada, intentando
alcanzar las piernas del español. Éste retrocedió desordenadamente y
descargó un golpe débil sobre el escudo contrario, que resonó seco. El mexica,
sin haber acertado en su blanco, se levantó de pronto, golpeó con su chimalli
el de su contrincante y se lo arrancó del brazo. Luego, girando sobre sí mismo,
se colocó detrás de Arana. Agachándose nuevamente y a toda velocidad,
empujó con el borde del escudo la parte trasera de las rodillas del español,
haciendo que éste cayera de hinojos. En ese instante el mexica se puso en pie,
tomó suavemente al cordobés de los cabellos y le puso el borde romo de la
macuahuitl en el cuello. La secuencia no duró ni cinco segundos, y el andaluz
apenas si tuvo tiempo de reaccionar con algún mandoble al aire.

—Joder...— sisearon los hispanos presentes, que ni siquiera habían


tenido la oportunidad de dar más voces de ánimo.

El guerrero ayudó al capitán a incorporarse. Arana estaba confundido


y un tanto azorado.

—¿Han visto vuesas mercedes la desvergüenza deste bellaco, que


quiéreme hacer cocos con una espada de palo?— bromeó, para quitarle
importancia al asunto.

Los hombres reían por lo bajo, pero en realidad estaban un poco


molestos. Antonio de Cuéllar, a regañadientes, pagó sus granos a Martín.
Arana propuso otra vuelta. El mexica se encogió de hombros y se colocó de
nuevo en su posición inicial, impertérrito. Esta vez, los españoles se pusieron
a gritar con fuerza a su compañero, instándole a que luciera sus artes.

Lejos de quedarse esperando la acometida del oponente, y


entendiendo que no vendría a su redil, el cordobés se dirigió de frente hacia

36
él, lanzándole un golpe diagonal de derecha a izquierda. Con un ágil paso
hacia atrás, casi cimbreándose como un junco, el mexica esquivó el tajo y acto
seguido, aprovechando el impulso de retorno a su ubicación original, saltó
hacia delante y con la rodela topó al español, que cayó de espaldas al suelo.
Rápido, el mexica se lanzó encima de su adversario, aprisionó con la mano del
escudo la que sujetaba la espada hispana y acercó el borde de la suya a la
garganta de Arana, que estaba rojo de rabia.

Escobedo disfrutaba como pocos de aquel espectáculo.

—Halló lugar muy bastante do daros coces el mexica, mi señor


capitán.

El hombre se alzaba del suelo con la ayuda del silencioso cuachicqui y


se limpiaba las ropas de polvo, hecho un mar de furia.

—Maese Escobedo, guardaos vuestros comentarios, si os place— fue


lo único que escupió.

—Harto más me place ver vuestra exhibición de destreza, señor


Arana. Déjese de verbos y siga, siga, háganos placer a todos— se mofó el
escribano.

Los otros hombres ya no apostaban. Aquello estaba pasando el límite


de la cordialidad y se estaba convirtiendo en una afrenta. El de Cuéllar gritó:

—Dad al diablo esa rodela, don Diego, y jugad con dos espadas, al uso
nuestro.

El cordobés se volvió.

—Por el siglo de mi padre que agora dices algo con sentido, mozo.
Dacá otro de esos palos.

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Sin chimalli y con dos espadas mexicas de práctica, Arana se paró de
otra forma. Se sintió distinto. El cuachicqui avanzó una vez más, pero el
cordobés le cortó el paso, tirando un golpe a la entrepierna con la mano
izquierda y haciendo zumbar luego la mano derecha sobre la cabeza
contraria. Sorprendido, el guerrero cubrió el primer embate y se agachó para
evitar el segundo. Al devolver éste la estocada, Arana trabó la acometida con
la espada derecha y puso la izquierda bajo la barbilla de su oponente. El
mexica sonrió.

—Cencah cualli...— fue lo único que dijo. «Muy bien».

Sus compañeros participaron entonces en el juego.

Caía la tarde y allí seguían todos, enseñándose distintos movimientos


y técnicas con algunas macuahuitl de práctica. Otros hombres se habían
sumado a la partida.

38
III
Sevilla, 1521

Todo fue matanza e sangre, de la nuestra e de la


dellos. El entrechoque de fierros e la algaçara de las vozes se
oiesse desde lejos, que harto fragor leuantaban los ombres
allí luchando. E los defensores de las puertas de la cibdad de
Sevilla defendiéronlas con gran esfuerço e sacrifiçio de sus
vidas.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo III.

Los defensores hispanos sentían los muros temblar y quebrarse bajo


sus pies cada vez que los proyectiles se estrellaban contra ellos. Llegaba
primero a sus oídos el estampido del golpe, y exactamente tras él notaban la
vibración de las piedras añosas trepando por la médula de sus huesos. Y
percibían el silbido de los incontables fragmentos de piedra y metal escupidos
por los cañones zumbando sobre sus cabezas, entre sus cuerpos o a través de
sus miembros. Cada hombre podía escuchar el ruido de esos pedazos de
hierro, de bronce o de pedernal al acercarse, el sonido grave que se volvía
agudo de pronto, el aliento que se contenía hasta que las esquirlas pasaban de
largo sin dar en ningún blanco, y el suspiro de alivio que se expelía para ser

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retenido de nuevo ante la siguiente amenaza, que no se hacía esperar más de
un latido de corazón.

Ante los españoles, la oscura línea de agua del Guadalquivir iba


difuminándose poco a poco hasta casi desaparecer, oculta por el centenar de
humaredas provocadas por los obuses. Del interior de esa niebla densa y
maloliente vieron surgir una sombra que avanzaba irguiéndose hacia ellos.

Dos millares de flechas buscaban sus presas. Tras su paso, los


sevillanos que aún permanecían en pie pudieron atisbar a los dos mil de
hombres que las habían lanzado.

La gritería que se desató provocó que muchas pieles se erizasen de


espanto. Algunos españoles tensaban, entre voces y alaridos, las cuerdas de
sus ballestas con la ayuda de ganchos. Colocando dardos y «cuadrillos» en
los surcos de las cureñas, las manos raspadas apretaban los disparadores,
soltaban las nueces y enviaban afilados pedazos de hierro a asomar medio
palmo por la parte interior de las rodelas enemigas. Otros soplaban las
mechas de sus arcabuces y largaban onzas y onzas de buen plomo castellano a
cortar el aire persiguiendo el blanco de algún pecho. Todos ellos intentaban
protegerse de la segunda, y la tercera, y la cuarta andanada de flechas y
piedras que volaban sin tregua en dirección a las torres y almenas, rastreando
sus siluetas como hurones que se orientaran por las sonoras maldiciones que
lanzaban sus bocas.

Cubiertos por pequeños pero fuertes escudos chimalli —algunos de


madera, cuauhchimalli, reforzados con placas de metal salpicadas de púas, y
otros más ligeros de cañas de maíz, ohuachimalli, forrados de cuero— los
arqueros invasores vaciaban sus aljabas con una destreza infernal, enviando
sentencias de muerte pocas veces fallidas. Las coloridas hondas de lana de los

40
guerreros quechuas despedían pedruscos con la fuerza de un torbellino.
Todos ellos se movían aprisa y con gran ligereza entre el humo y los
incinerados restos que asfixiaban el Arenal, cambiando continuamente de
posición para no regalar blancos fáciles a sus adversarios. Y, al igual que los
españoles, gritaban: gritaban todo el tiempo su exaltación, su dolor, su furia,
su miedo o su sorpresa. Desde las murallas se oían, entre el tronar de cañones
y las imprecaciones y campanas andaluzas, algunos retazos de frases que el
viento hacía subir hasta las almenas.

...wañuchiychis...tlatelchiuhtli...

...k’uurucho’ob...xamechmictiacan...

Poco se acercaron esas tropas a la línea de muros. Buscaban hacer un


trabajo de zapa entre las huestes defensoras y evitar bajas que, a pesar de sus
precauciones, ya se estaban produciendo entre los suyos. Pues los disparos y
saetazos que prodigaban los sevillanos habían alcanzado con buena puntería
a algunos atacantes.

Las bocinas mexicas sonaron nuevamente, las banderas se alzaron y


tremolaron y aquellos hombres se replegaron, sólo para posibilitar que el
cañoneo se efectuara de forma más directa sobre las puertas. Si bien en
principio los disparos llegaban errados, la pronta corrección de sus
trayectorias permitió acertar en los objetivos después de varias detonaciones
más. Y esas puertas —que no habían sido diseñadas ni pensadas para
soportar el embate que estaban sufriendo en aquel momento— enseguida
mostraron los primeros signos de debilidad.

En el interior, las cuadrillas de las distintas collaciones sevillanas,


hombres de todas las edades y clases, se empeñaban en fortalecer la
resistencia de las entradas. Una vez que éstas fueran voladas, la única barrera

41
que existiría entre los extranjeros y la población de Sevilla serían sus brazos y
sus armas. Ninguno de ellos quería pensar en lo que vendría después.

Tepehuahtzin, el tlacochcalcatl de las fuerzas de la serpiente con


plumas, esperaba pacientemente el momento en que las defensas sevillanas se
rompieran. Sus arqueros y honderos habían hecho un buen trabajo sin sufrir
por ello bajas excesivas. El cañoneo de los días anteriores había convertido la
cara exterior de la ciudad en un conjunto deforme de ruinas y cicatrices
astilladas, y había reducido a escombros y pavesas los edificios extramuros y
secciones enteras de la barbacana, una barrera exterior baja separada de la
muralla principal por un foso de tres metros. Las piezas de artillería que
poseía para ataques en tierra eran excelentes, y eso le complacía. Ahora era
necesario concentrar su pesado fuego en las puertas, para así franquear la
entrada a la ciudad. Para cuando lograra destrozarlas, los diestros arqueros se
ocuparían de mantener a raya a quienes aún osaran reorganizarse y resistir
tras las almenas de Sevilla, y permitirían el ataque del grueso de las tropas,
infantería de a pie armada hasta los dientes que ya ardía en deseos de entrar
en combate. Pues no había mayor honor y gloria para ellos que los que podía
depararles una batalla.

Batallas... Muchas había visto y dirigido Tepehuahtzin. Ciudades


capturadas, templos incinerados, prisioneros enemigos ritualmente asidos de
los cabellos y despojados de sus armas, vida alimentando la tierra a través de
los sacrificios. Muchas cosas habían cambiado en los últimos años, desde la
llegada de los Mensajeros de las Tierras del Este a Tenochtitlan. Mas no por
eso la guerra había dejado de ser lo que finalmente era: el fuego que corría

42
por las venas de los hombres, la saliva espesa que se acumulaba en la boca
cargada de pánico, el sudor que cubría las manos y que se mezclaba con los
coágulos de sangre propia o contraria. Y las miradas de los que morían
clavadas para siempre en las pupilas de quienes los mataban, enterradas allí
para que escocieran cada vez que se cerraran los ojos. Y el olor de las armas,
que a veces parecían resbalarse entre los dedos, y el dolor de los brazos tras
horas de combate, y la cabeza que dejaba de esgrimir motivos para ocuparse
en una única empresa: no morir, no ser alcanzado, no ser vencido ni tomado
prisionero.

Para los mexicas la guerra era conflicto entre pares opuestos, pares
como el cielo y la tierra, el sol y la lluvia. O como el agua y el fuego, la imagen
metafórica usada en lengua náhuatl para referirse a cualquier contienda. Uno
de esos elementos siempre terminaba por incorporar, de alguna manera, al
otro. Esta anexión podía tener matices muy diversos y asumir distintas
formas, como bien sabía cualquier ciudad-estado de las Tierras del Oeste que
se hubiera atrevido a enfrentarse con Tenochtitlan y sus aliados.

Todo eso... por poder. Poder. El que daban los tributos y las
mercancías, las tierras y el trabajo de otros, los bienes preciosos y los
alimentos. Cientos, miles de hombres que abandonaban sus vidas, sus sueños
y sus familias por las decisiones de los que buscaban poder. En los tiempos
antiguos —aunque no tanto como para que Tepehuahtzin no los recordara—
había otras causas: las ofrendas de sangre que permitían al mundo seguir
funcionando y cumpliendo sus ciclos. Pero esas razones parecían haberse
difuminado, u olvidado, o descartado quizás de la memoria de los mexicas.
Sea como fuere, la que él dirigía entonces era una guerra por poder. Y no
tenía ninguna intención de perderla.

43
Las noticias que había traído la segunda flota, comandada por la
Tzitzimitl —la «Espíritu oscuro»2, nao gemela de la capitana— eran
óptimas: el puerto de Cádiz arrasado, las tropas desembarcadas y el espanto
adueñándose de las riberas del Guadalquivir. Todo ello se ajustaba al plan
general de las huestes de la Serpiente Emplumada, el cual, de momento,
mantenía entera su validez.

Todas esas certezas le obligaban a pensar en otra bastante más


amarga: sus hombres estaban agotados. Muchos soles de viaje cruzando el
mar. Falta de descanso. Demasiado miedo al atravesar tierras y aguas poco
menos que desconocidas. Y hambre, una imperiosa necesidad de llevarse a la
boca lo que fuera. A través del saqueo, sus fuerzas habían logrado obtener
comida, pero... ¡era tan extraña en aquel pedazo de mundo! Allí no había más
maíz que el pinolli tostado y molido que ellos llevaban como matalotaje, ni
más animales conocidos que los perros chichimeh y algunas aves, aunque
muchos de sus hombres ya habían sacrificado otras grandes bestias —sólo
adivinadas con anterioridad a través de los relatos de los Mensajeros— y las
habían asado. Entre ellas había varios de aquellos seres casi legendarios, los
cahuayomeh, raramente comidos, siempre montados por los hispanos.
Algunos le fueron presentados en las jornadas previas y había ordenado que
los mantuvieran vivos, pues eran ejemplares realmente imponentes.
¿Contarían los defensores con aquellos animales? ¿Los usarían contra ellos?

2
Para los mexicas, las tzitzimimeh eran espíritus femeninos vinculados con las estrellas y los
eclipses. De formas esqueléticas y aspectos sombríos, estaban asociadas a varias deidades
importantes. Los observadores europeos calificaron a estos espíritus como «demonios (de la
oscuridad, de la noche, del oeste)».

44
Del otro lado, Enríquez de Ribera, el Capitán General andaluz, dirigía
las acciones desde los Alcázares Reales. Sabía que poco o nada tardarían los
cañones enemigos —piezas increíblemente certeras— en echar abajo las
puertas, y que entonces todo dependería del valor de sus hombres para
defender, calle por calle y casa por casa, sus vidas y las de sus familias. Escapar
a través de aquel cerco parecía imposible, y la ayuda esperada quizás no
llegara a tiempo de evitar lo que se avecinaba.

Reunido con otros nobles en la lujosa Sala de la Media Naranja del


Alcázar, el Capitán escuchaba con desgana las alucinadas bravatas de los de la
Casa de Arcos y los requerimientos de seguridad y protección —plagados de
ínfulas— que demandaban las poderosas Duquesas de Medina-Sidonia a
través de sus enviados. Silencioso y con la barbilla descansando sobre los
nudillos, el hombre contemplaba aquel deplorable espectáculo y se
preguntaba de qué valdría toda esa «autoridad» —ésa que tantas veces había
sumido a la ciudad en el caos más extenuante— cuando aquellos «mexicas»
de fuera lograran forzar el paso y presentarse en los Alcázares y en todos los
palacetes de Sevilla. ¿Se mostrarían altivas y orgullosas las de Medina-Sidonia,
la casa más rica de Castilla? ¿Despilfarrarían bravuconadas los de Arcos?
¿Ante quién se arrodillarían y rendirían pleitesía los serviles vasallos
sevillanos de las Grandes Casas de España, ésos que vivían de las rentas y las
limosnas que los nobles les dispensaban?

Se acercaba la hora sexta. Casi mediodía. Tepehuahtzin oyó el áspero


llamado de sus bocinas desde el borde sureste de la ciudad. Casi al mismo
tiempo, desde el otro extremo llamaron también las caracolas tecciztli y las

45
flautas tlapitzalli. No hizo falta que sus subordinados le dijeran que las
puertas habían comenzado a quebrarse. Algo dentro suyo —ese sentido
infalible, ese instinto casi animal que tenían algunos guerreros— ya se lo
había anticipado.

Se ciñó la túnica cuitlatexohehuatl de plumas de loro azul sobre su


vestido y se colocó el tocado sobre sus cabellos cortados en cresta y trenzados
como los de todos sus hermanos de armas cuachicqueh. Tomando su espada
y su tlaahuitectli chimalli —un escudo de un blanco cegador— se dirigió
hacia el campo de batalla. Ya sus hombres preparaban mazas cubiertas de
espinas, cuchillos curvos, espadas de filos irregulares, escudos, arcabuces,
ballestas, lanzadores atlatl y venablos tlacochtli, hachas, hondas tematlatl,
picas, lanzas tepoztopilli y muchos, muchísimos arcos.

Él mismo lideraría aquel combate. Así había sido siempre. Así debía
ser.

Uno de los capitanes de las recién formadas compañías sevillanas —el


muy mentado Miguel de Montecruz— llegó a caballo a los Alcázares de la
villa. Venía de la Puerta Real, sobre el Arenal. Dejó su montura en la entrada
del lugar, bajo los dos imponentes torreones musulmanes que la flanqueaban.
Por aquel punto se entraba al perímetro fortificado, atravesando la
«coracha» o muro accesorio que rodeaba por completo el edificio y se
extendía desde allí hasta la Torre del Oro, junto al río.

El hombre cruzó corriendo el Patio de la Montería y se enfrentó al


Palacio de Don Pedro, el viejo corazón musulmán del Alcázar. En un

46
santiamén barrió con la mirada la fachada, sin distinguir la caligrafía cúfica
de la inscripción de alabanza a Alá de los caracteres góticos del nombre del
remodelador del edificio. Superó varias puertas ricamente aderezadas y llegó
al bellísimo Patio de las Doncellas, espacio en el que se había desarrollado la
vida pública del antiguo palacio. Apenas si vio las arcadas lobuladas que lo
coronaban: los brocados y encajes tallados en piedra no fueron para él más
que sombras desdibujadas. Aún a la carrera, se aventuró por un par de
corredores hasta alcanzar la Sala de la Media Naranja, pasando bajo el arco en
el cual se repetía hasta la saciedad la inscripción nazarita «Sólo Alá es
vencedor».

En aquel salón se hallaban los nobles, las autoridades, el Capitán


General y numerosos mensajeros que iban y venían llevando órdenes y
novedades desde y hacia los distintos puntos de la ciudad. Montecruz se
detuvo, jadeante, e hizo la reverencia de rigor.

—Ahorrad las cortesías y hablad presto las nuevas que traéis— gruñó
Enríquez.

—Caen las puertas sobre el Arenal. El enemigo se prepara para entrar


al asalto.

—Los hideputas tardaron menos de lo que yo creía— repuso el


Capitán General con un gesto hosco. Pareció pensar un momento y luego,
dirigiéndose al Duque de Arcos y a los representantes de las Duquesas de
Medina-Sidonia, les preguntó de cuántas caballerías disponían. En total se
habían reunido un millar, dado que el mayor número de animales se
encontraba fuera de la villa, en los feudos ducales de Mairena y Olivares.
Enríquez ordenó que la mitad fueran concentradas, junto con la media
docena de piezas de artillería que estaban en el Alcázar, en las tres puertas

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principales del lado del río: la Real, la de Triana y la del Arenal. El resto
debían repartirse entre la Plaza de San Francisco, las gradas de la Catedral y la
Plaza de la Alfalfa, en el centro de la villa. Además, mandó que se aparejaran
detrás de todas las puertas y postigos bajo ataque —y en las almenas por
encima de ellas— la mayor cantidad posible de arcabuceros y ballesteros, y
que se avisara al Mayoral de Negros y Loros —siervos negros y mulatos—
para que organizara a los esclavos cerca de la iglesia de la collación de Santa
María La Blanca, su habitual lugar de reunión. Finalmente, resolvió que la
ciudad fuera alertada del inminente asalto. Aunque estaba seguro de que la
noticia volaba ya por callejas y callejones, más rápida de garganta en garganta
que si viajara a lomos de corcel.

Los mensajeros y algunos nobles abandonaron la sala a toda prisa. El


Capitán General se volvió entonces hacia Montecruz.

—Fuisteis vos el que disparó al emisario extranjero, ¿verdad?

—Cierto es, su excelencia— respondió el capitán con una inclinación


de cabeza, halagado.

—¿Cuál es vuestro nombre?

—Miguel de Montecruz, señor.

—Pues sólo una cosa os diré, señor de Montecruz— dijo Enríquez


agriamente —y es que os ocultéis do ninguno os conozca, porque de entrar
estos invasores que agora nos sitian, querrán saber quién cometió la barbarie
de matar al su enviado. Y por mi ánima que, si quedo vivo, no seré yo quien
les niegue el nombre del que buscan.

Montecruz hizo una venia y se retiró, inflamado de ira, bajo la mirada


más furiosa aún de su superior.

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Muchos sevillanos se habían empleado hasta el último aliento para
asegurar las puertas. Pero, toda vez que éstas se estaban viniendo abajo en
todos los puntos del frente del río, se preparaban para lo peor. De entre
quienes seguían resollando, algunos se sumaron a los puestos tras las almenas
con la vaga esperanza de poder descargar sus armas sobre los enemigos que se
acercaran a ellas cuando intentaran atravesar las puertas. Otros, más
decididos quizás, se aprestaron al combate cuerpo a cuerpo. Y otros tantos
corrieron al interior de la villa, procurando tal vez defender ellos mismos a
sus familias, o escapar de una segura confrontación para la cual no estaban ni
entrenados ni preparados. Pues un arma en las manos no siempre hace al
soldado, aunque lo que dependa de su uso sea la propia vida.

Las entrañas de aquel recinto circular estaban sumidas en un


completo caos. Era tal el desbarajuste reinante que de nada servían las
órdenes emitidas a gritos. El desconcierto y la exasperación se habían
adueñado de los sevillanos, cuyos espíritus se exacerbaban aún más con el
arrebatado toque de campanas y el interminable redoble de tambores. Fuera,
los disparos de los cañones seguían hostigando las entradas. Y toda la masa
del ejército invasor, tensa como un enorme predador preparado para
arrojarse sobre su víctima, esperaba la señal para lanzarse al asalto.

Enríquez de Ribera permanecía en la sala de los Alcázares. Se inclinó


sobre la mesa, apoyando los puños sobre la lustrada madera, y desvió su
atención hacia una carta de Sevilla que se desplegaba ante sus ojos preñados
de desesperanza. Los extranjeros habían rodeado la ciudad completamente,
ocupando en mayor número todo el flanco del Guadalquivir. Por el oriente,
de momento se limitaban a cercar la villa impidiendo todo intento de escape.
Los cañones de tierra se habían ensañado con las puertas y las murallas del
Arenal. Los barcos, mientras tanto, habían bombardeado Triana, al otro lado

49
del río, de manera sistemática. La habían reducido casi a escombros,
desbaratando cualquier resistencia o ayuda que pudiera proceder de aquella
parte. Los gitanos, moriscos, barqueros, labradores y pequeños comerciantes
que vivían en esa barriada habían huido hacia el oeste, buscando algo de
seguridad, si es que tal seguridad era posible con aquellos indeseables
visitantes en pleno corazón de Andalucía.

Ante el asombro de unos y la perplejidad de otros, los invasores


habían evitado disparar sobre la aún imponente mole del Castillo de San
Jorge, edificio trianero que se elevaba junto al Puente de Barcas. Aquella
antigua fortaleza no cumplía funciones defensivas desde hacía tiempo y los
recién llegados sabían que no les supondría mayor peligro. Se había
convertido, sin embargo, en el terror de muchos sevillanos: sus estancias
albergaban las cárceles de la Inquisición.

Con los ojos clavados en el plano, el Capitán General veía aquella


situación como si estuviera dibujada en la propia carta. «Están destrozando
las puertas que dan al río», se repitió mentalmente. Si bien eran varias,
Enríquez confiaba en que podrían ser defendidas concentrando allí el grueso
de las fuerzas españolas. Pero a los suyos no les estaba permitido darse el lujo
de ser desprevenidos: con un golpe de audacia, el enemigo podría forzar su
entrada por la retaguardia del flanco oriental. Aunque, bien mirado, con el
mismo movimiento audaz sus hombres podrían efectuar una salida
sorpresiva por esos accesos menos custodiados.

Aquellos malditos de extramuros parecían haber sido creados por el


demonio, se decía el de Ribera. Las historias que ya habían hecho circular los
que defendían las almenas eran estremecedoras. La noche anterior los habían
sorprendido bailando como en un aquelarre, gritando en sus lenguas y

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tocando sus condenados atabales. Durante los días del sitio habían asado y
hervido a todos los perros de los que pudieron dar cuenta. ¡Comedores de
perros! Debían dormir por turnos, y aún muchos se preguntaban si realmente
lo hacían. Sus letales cañones eran bien diferentes de los de España, en donde
las piezas de artillería sólo servían para hacer humo y ruido, y descalabrar
quizás alguna pared o hundir un trozo de tierra.

¿Dónde estarían las fuerzas andaluzas que se habían dirigido a Toledo


para apoyar al ejército imperial en su lucha contra los comuneros? ¿Habrían
sido ya alertadas? ¿Llegarían a tiempo para socorrerlos, o solamente para
enterrarlos? ¿Enviarían las ciudades y casas nobles vecinas a Sevilla algún
refuerzo? ¿O se limitarían a alejarse de allí?

«Dios dirá» pensó para sí el Capitán General, mientras


inconscientemente pasaba los dedos sobre el sector del plano de la ciudad en
donde se encontraba el Palacio de las Dueñas, su hogar, el lugar en donde se
refugiaba su familia. ¿Escaparían vivos a aquella debacle que se cernía sobre
ellos? ¿Volvería a ver a su hijo Per Afán, a su mujer Inés?

«Dios dirá», se repitió.

51
IV
TenochtitlAn, 1493

E ante qualesquiera ofensa de las naciones vasallas e


sometidas, los mexicas de Tenochtitlán alzaban luego sus
armas de guerra e convocaban amigos e deudos para ir a dar
batalla a los ofensores. E formábanse exércitos numerosos e
bien pertrechados, que en el su camino al lugar do
libraríanse los combates íbanse haciendo con prouisiones e
más ombres de pelea.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo III.

Corrían ya los primeros días de octubre de 1493.

En el recinto central de Tenochtitlan, allí donde se asentaban los


templos, los palacios y las «casas» de los guerreros-jaguar ocelomeh y los
guerreros-águila cuacuauhtin, la actividad había explotado. Ahuitzotl, el
hueyi tlahtoani, había decidido enviar una expedición de castigo a la tierra de
los totonacas, buscando tomar represalia por el intolerable ataque que había
sufrido la caravana de pochtecah mexicas, aquella que había conducido a los
españoles hasta la ciudad del lago. Los espías quimichin emplazados en
Cempohuallan habían confirmado que la agresión había sido ordenada por el

52
gobernante local y que, ante el fracaso de la misma, el jefe de los guerreros —
líder de la partida atacante— había sido ejecutado, los caminos destrozados y
la villa, amurallada. Semejante violación de la precaria paz mantenida entre la
gran altepetl y sus vasallos no podía quedar impune. Por eso, las fuerzas
mexicas y las aliadas de los reinos aculhua y tepaneca —con cuyas ciudades
capitales, Texcoco y Tlacopan, Tenochtitlan mantenía una alianza antigua—
se aprestaban para el viaje y el combate. Entre ellos irían el propio Ahuitzotl,
el rey aculhua Nezahualpilli y el tepaneca, Totoquihuaztli. Pues era tradición
que los reyes comandaran sus ejércitos, mientras el gobierno de las altepetl
quedaba en manos de los cihuacoatl, importantes personajes —siempre
pertenecientes a la familia real— que cumplían las funciones de un virrey.

A esa partida se sumarían varios pochtecah, que eran, además de


mercaderes, buenos conocedores de rutas, lenguas y tierras y renombrados
guerreros con altos títulos nobiliarios. Quizás todo el asunto no pasara de una
exhibición de fuerza y poder por parte de las elites guerreras mexicas y
aliadas, y una bien declarada disculpa totonaca adornada con profundas
muestras de arrepentimiento y humildad y regada con numerosos presentes y
tributos. Aún así, probablemente hubiera algún cruce de armas que permitiría
a las huestes atacantes la captura de prisioneros. El destino de esos hombres
sería honrar a los dioses sobre el altar de sacrificios de los incontables templos
que se elevaban por encima de las aguas del lago Texcoco. Desde tiempos de
Tlacaelel la política de los mexicas al respecto era clara: gobernar desde el
miedo y rendir culto a la sangre.

Tlacaelel había sido un personaje poderoso dentro de la historia de


Tenochtitlan. Hijo del segundo tlahtoani, Huitzilihuitl, hermano del tercero,
Chimalpopoca, y sobrino del cuarto, Itzcoatl, se había convertido en
consejero de éste y había asumido, bajo sus cinco sucesores, importantes

53
puestos, incluyendo el de cihuacoatl, un rango que quedaría en manos de sus
descendientes a perpetuidad. De hecho, con Ahuitzotl esa posición la había
ocupado su hijo Tlilpotonqui.

Hacía más de medio siglo hispano, durante el reinado de Itzcoatl,


Tlacaelel había cambiado gran parte del originario sistema de creencias,
códigos y leyendas de los mexicas y los había reinventado, interpretándolos
desde un punto de vista nuevo. Así lo contaban algunos cantares:

Se guardaba la historia.
Pero, entonces fue quemada:
cuando reinó Itzcoatl en Mehxico.
Se tomó una resolución.
Los señores mexicas dijeron:
«No conviene que toda la gente
conozca las pinturas.
Los que están sujetos
se echarán a perder
y andará torcida la tierra,
porque allí se guarda mucha mentira,
y muchos en ellas han sido tenidos por dioses».

La historia antigua, la que conservaban en sus códices los sabios


tlamatinimeh, había sido reinterpretada y, a veces, directamente destruida
para ser rescrita de acuerdo a una postura más interesada. Con ese
movimiento, el sagaz y legendario Tlacaelel había logrado que los mexicas y
sus dioses dominaran la región de forma absoluta, concediendo orígenes

54
divinos a sus antepasados y otorgando méritos y atributos heroicos a sus
modestas deidades originarias. Al mismo tiempo había conseguido,
manipulando las leyendas, que el tributo de sangre fuera el eje de la religión y
de todas las actividades militares y socio-políticas de Tenochtitlan y sus
aliados. Como resultado, el pueblo mexica pasó de ser un mero grupo
tributario a una gran nación respetada y temida. Una especie de pueblo
elegido. A partir de ese momento, siempre existieron o se buscaron buenas
razones para entrar en guerra, anexionarse nuevas tierras, exigir tributos y
mantener subyugados y sin memoria a los vasallos.

No dejaba de ser llamativo que para las celebraciones en donde se


realizaban masivos sacrificios humanos —celebraciones escasas, por cierto—
se invitara a Tenochtitlan a los dirigentes de aquellos reinos considerados
como enemigos acérrimos: Tlaxcallan, Michhuahcan, Cholollan,
Huexotzinco...

Quizás algún día todo cambiara, se retornara al antiguo sistema de


pensamiento y volvieran los tiempos de sabiduría y buen juicio. El mítico rey
tolteca Quetzalcoatl —ése del que hablaban tantas leyendas, y del que los
mexicas decían ser herederos— sólo sacrificaba mariposas, resinas, flores,
hierbas y gotas de sangre propia ante el altar, y se había opuesto
estrictamente al sacrificio de seres humanos.

Aquél había sido considerado un monarca bueno, justo, pacífico e


inteligente. Pero durante el último ciclo todo eso se perdió y se crearon otros
códigos. Desde entonces, la sangre —el «agua preciosa», la joya vital— era la
base del sistema. Su derramamiento masivo era necesario, según las elites
dirigentes, para que el tiempo y el espacio continuaran su devenir y su
equilibrio. También se justificaba cuando los hombres reclamaban la

55
protección de los dioses o la concesión de algunos beneficios. Y, por supuesto,
para que el inestable sistema económico y social mexica pudiera perpetuarse
a lo largo de las generaciones.

A través de un tlacochcalcatl —un noble militar de alto rango— los


españoles habían sido convocados a participar en la expedición contra los
totonacas de Cempohuallan. Muchos habían declinado cortésmente la
invitación, entre ellos el escribano segoviano Escobedo y algunos andaluces y
murcianos: argumentaron que no tenían demasiada experiencia con las
armas... ni deseaban tenerla si no era para defender su propia vida, lo cual no
era el caso. Sin embargo, Arana, la gente de Lequeitio, Rodrigo de Jerez,
Antonio de Cuéllar y un puñado más habían aceptado con gusto la oferta.

Durante una de las jornadas previas a la expedición, Txatxu de


Lequeitio y Rodrigo de Jerez se encontraban en una de las salas de la casa de
los ocelomeh, ubicada a un lado del gran templo de Tlaloc y Huitzilopochtli,
en el recinto central de Tenochtitlan. El segundo —al igual que Escobedo y
Luis de Torres— ya manejaba de forma aceptable el idioma náhuatl y era
capaz de explicar procedimientos tan complejos como, en aquel momento, el
funcionamiento de un arcabuz. Los españoles habían propuesto llevar los
cinco que tenían consigo en el viaje que les esperaba, y los guerreros mexicas
habían estado de acuerdo. Su consentimiento no estaba exento de interés.
Siguiendo órdenes específicas de sus líderes, los ocelomeh y cuacuauhtin
deseaban conocer todos los detalles y aprender el manejo de aquel misterioso
tubo de hierro, que tanta admiración les había provocado desde el principio.

—No entiendo aún, señor don Rodrigo, como podéis hablar esa jerga
con tanta soltura. Treinta palabras he aprendido yo hasta agora, y ninguna
dellas pronuncio bien— admitía frustrado el de Lequeitio ante su compañero,

56
mientras éste aleccionaba a su audiencia sobre la estructura del arma.

—Dello no os preocupéis, amigo mío, que nadie aquí querrá oíros


hablar— repuso Rodrigo, enigmático.

—Valme Dios... ¿Y eso por qué?

—Porque nadie querrá verse obligado a sufriros el mal olor de boca,


que os hiede a demonios a tres tiros de ballesta— concluyó el otro la chanza,
entre dos carcajadas.

Esa misma noche, reunidos para comer algo, los españoles charlaron
sobre la expedición. Mientras mojaba una tortilla en salsa picante, Arana
preguntó:

—¿Cuánta pólvora nos queda?

—Poca hay— respondió Jacome, el genovés, que era el virtual


encargado de llevar la contabilidad de los bienes comunes hispanos. —La
mayor parte della es perdida e inservible, que harta salitre de la mar la ha
entrado y no creo yo que pueda funcionar.

—Debiéramos elaborar más, a tener lugar de hacello— comentó


Escobedo. —Los mexicas han mostrado ya demasiado interés en nuestras
armas, a fe mía, y en cómo funcionan. Mucho más después de las
demostraciones que muy bien hicieran don Rodrigo y el señor de
Lequeitio.— Los mencionados sonrieron halagados. —Si consiguiéramos
fabricar más pólvora, más balas, más arcabuces y más hierros, sería bueno
para nosotros y, allende desto, bueno para los mexicas. Y ansí, doble de bueno
para nosotros, si vuesas mercedes me entienden.

—Habla con prudencia nuestro escribiente— sentenció Luis de


Torres, expresando en palabras la aprobación general. —Mas una vez que los

57
mexicas aprendan ellos mesmos a fabricar las nuestras armas, ¿qué nos
garantiza que nos sigan teniendo con vida?

—Lo mesmo que lo garantiza agora, don Luis— repuso el segoviano.


—Su buena voluntad. Y nada más. Los mexicas pueden seguir viviendo sin las
nuestras cosas, que hasta hogaño hanlo hecho, y harto bien. Si respondemos
al su interés y ansí nos los ganamos, nos volveremos sus aliados, sus amigos,
sus hermanos.

—Con vuestra merced me entierren, que sabe de todo— dijo su


interlocutor. —Mas tarea dura será el encontrar los elementos, que hierros no
he visto aquí, ni plomos.

—Tiempo habemos de sobra para buscallos, don Luis, y nada de más


provecho podemos hacer que tenernos ocupados en aquesas nuestras
industrias. Que lo invertido agora será ganancia mañana.

Los oídos de todos recibieron complacidos aquella arenga al tiempo


que sus bocas daban cuenta de la cena. Con el paso de los días el aspecto de
aquellos hombres se había vuelto un tanto curioso: al tener los elementos
adecuados, se habían hecho confeccionar calzones, jubones y ropillas por el
sastre Juan de Medina, pues ninguno se planteaba siquiera la idea de vestir el
taparrabos maxtlatl, una experiencia que consideraban desagradable y que ya
les había tocado vivir a la fuerza en Kaan Peech y en Cempohuallan. No
obstante, calzaban gustosamente las ajorcas cactli que eran de uso común en
la tierra, pues sus botas y zapatos habían llegado a Tenochtitlan —los que
llegaron— podridos y hechos trizas. Y muchos ya se cubrían con las clásicas
capas anudadas de los mexicas, las tilmahtli, que les ayudaban a defenderse
del aire fresco de aquella región en esa época del año. Sentados en cojines
bajos tolcuextli confeccionados con esteras atadas, masticaban

58
meditabundos, comiendo con las manos y la ayuda de sus cuchillos, de los
cuáles pocas veces se separaban. Ante ellos había una cazuela de nacatlaolli
patzcalloh, carne aderezada con chilli rojo, tomatl y semillas de calabaza
pisadas. También les habían llevado codornices asadas, tortillas rellenas
tlaxcalpacholli y cuencos con salsas. Los olores de aquellas viandas se
mezclaban con el humo denso y aromático de los braseros que caldeaban e
iluminaban de manera difusa aquella cámara. Al cabo de un rato habló Arana.

—Mientras los ocho que vamos a Cempoala nos enteramos de los


asuntos y usos de pulicía y guerra de aquesta gente, los que se estén aquí
pueden trabajar en ello, que para eso quedarán en la villa nuestro lombardero,
y nuestro tonelero, que algo entiende de maderas. Pueden tentar de hacer
armazones de arcabuces y ballestas, y, de haber metal bueno, alguna espada o
cuchillo.

A eso, Alonso de Morales declaró que él también sabía algo de


carpintería, al igual que un tal Lope y el murciano Diego Pérez, que eran
calafates. Ellos podrían echar una mano. Dos onubenses, Francisco y
Andresillo, sabían de hierros. El primero era el lombardero de la expedición:
conocía de cañones, arcabuces y pólvora, además de tener alguna experiencia
en minas; el segundo había trabajado algún tiempo en una fragua, como
ayudante de un herrero de Huelva. Ambos podrían ocuparse, con un poco de
práctica y de colaboración mexica, de buscar mineral y armar una forja. Y
cuando volvieran, los que se iban a tierras totonacas igualmente aportarían
sus brazos o sus conocimientos, pues varios de ellos eran hombres
familiarizados, de una forma o de otra, con tales oficios. Las tareas quedaron
así repartidas, y se apuraron los últimos restos de la comida de aquella noche.

59
Dos días después —12 de octubre, según el registro que llevaba
Escobedo en sus «Crónicas»— el escribano y su amigo pochtecatl estaban
sentados en el amplio patio de la casa del último, lugar en el cual el extranjero
era siempre bienvenido. Cuitlachnehnemini consideraba un honor sus
frecuentes visitas, y creía que el comportamiento y las costumbres
respetuosas de Escobedo hablaban por sí solas de su corrección. El español
descubrió que pasaba mucho más tiempo en aquel lugar o en compañía del
pochtecatl que en palacio, con su propia gente. Se había dicho a sí mismo que
sólo intentaba conectarse mejor con la tierra y sus habitantes. Pero no era del
todo cierto. Lo que realmente experimentaba en la casa de su amigo era ese
calor familiar que él no tenía ni podía encontrar en otro sitio, un calor que
mitigaba el profundo sentimiento de soledad que cada vez lo invadía con más
frecuencia. Claro que tampoco podía descartarse el hecho de que a su
sensación de comodidad y bienestar estuvieran contribuyendo, y mucho, los
ojos oscuros de la joven hija del comerciante.

Por su parte, sus compañeros le reprochaban veladamente sus


ausencias. Pero en aquel momento su presencia no era necesaria en palacio.
Con Arana y los suyos viajando hacia Cempohuallan y con Luis de Torres,
Jacome el genovés y el gris Pero Gutiérrez «haciéndose cargo de todo», él
disponía de licencia para ocuparse de sus asuntos como le viniera en gana.
Aunque, por supuesto, su participación en las decisiones que afectaran al
grupo estaba garantizada. De momento, y a excepción de Escobedo y unos
pocos más, el contingente hispano no había puesto demasiado de su parte
para integrarse a su nueva vida. Quizás los hombres todavía se estaban
reponiendo de su interminable jornada por mares taínos e itzáes, o tal vez
asimilar todo aquello les estaba insumiendo más tiempo del esperado.

60
Cuitlachnehnemini intentaba enseñarle las reglas básicas del patolli,
juego que se asemejaba al antiguo parchís —con su tablero de esterilla, sus
dados de judías y sus fichas de piedra— y que, en aquella tierra, tenía cierto
trasfondo religioso. Fumaban ambos un fino tabaco en cañas decoradas con
verdadero arte, estucadas por fuera y pintadas a mano con vivos colores. La
noche caía serena, interrumpida a veces por los sonidos provenientes de la
ciudad, los canales y el extenso lago. El español, lejos de prestar atención a las
indicaciones que le brindaba el mexica, se había dejado llevar por sus
recuerdos. Hacía un año —si no llevaba mal la cuenta— que los tres barcos
del Almirante habían llegado a aquella tierra. Doce meses había deambulado
por aquel mundo nuevo con sus compañeros, buscando un destino que
parecía haberles querido eludir siempre. «Al destino no se lo busca» pensaba
el segoviano. «A la postre, es él el que te encuentra».

Si algún día alguien del otro lado del mar pudiera leer las historias que
había recogido en su cuaderno de bitácora, quizás creyera muy poco de todas
aquellas palabras. «Increíble» era, en efecto, el adjetivo apropiado para
calificar todo lo que habían vivido, todo lo que habían atravesado, todos lo
escollos que habían topado y a los que sólo algunos habían logrado sobrevivir.
Se preguntaba si, como había prometido, don Cristóbal habría regresado a
buscarlos al Fuerte de la Natividad. Se preguntaba también qué habría
ocurrido en tierras españolas durante todo aquel tiempo. «Si esto no es
nostalgia, ¿qué es?» se dijo, mientras se acariciaba la poblada barba y veía, a
través del humo de su tabaco, a Cuitlachnehnemini. El hombre había
interrumpido sus explicaciones y lo miraba con una sonrisa indefinida.

—Un año ha que estoy aquí— manifestó en español, lacónico. Su


interlocutor permaneció en silencio y alzó una ceja. Escobedo tradujo la frase.

61
—Cuix cactimaniliztli?3— se interesó el comerciante.

«Cactimaniliztli» repitió quedo el segoviano. Probablemente la


palabra tendría algo que ver con cactihcac, «vacío», o con soledad, o tal vez
con añoranza, con algo que se pierde y deja un hueco, o con el pesar que ese
mismo hueco provoca. No sabía lo que significaba el vocablo exactamente, o
lo que su amigo mexica comprendería al usarlo. Así de complicados eran los
idiomas. Pero entendía el sentido, la idea. Y eso, entre ellos, bastaba.

—Un poco...— respondió el escribano, asintiendo.

El mexica dio un par de lentas chupadas a su caña de tabaco, sin


despegar sus ojos entrecerrados de los del hispano. Escobedo no hubiera
podido precisar la edad de su amigo: era un hombre robusto, de su misma
estatura, con la piel muy cobriza, el perfil aguileño, los ojos oscuros y
rasgados, el cabello aún negro y vigoroso, los lóbulos de las orejas deformados
por los pendientes y surcados por las cicatrices de los autosacrificios. Todo él
daba una honda sensación de vitalidad, de energía, de entereza y, a la par, de
tranquilidad, de paz consigo mismo. Una paz que el segoviano
definitivamente no tenía: a pesar de haber sabido tomarse las cosas con
mucha calma, algo se le estaba rasgando por dentro. Quizás el cansancio
había llegado todo de repente, junto con el desánimo, la desesperanza, la
tristeza...

Y sí: también la melancolía.

Cuitlachnehnemini comentó que lo mejor que podía hacer era


mantenerse atareado, cuidarse bien, ocuparse de sí mismo y de su bienestar y
planear qué quería hacer en el futuro. A lo mejor debería pensar en una

3
En náhuatl, «¿Es nostalgia?».

62
familia, en un oficio, en echar raíces en aquel lugar en el que ahora estaba. Sus
destrezas y su saber serían muy apreciados por todos allí. «El que interpreta
los signos; el sabio; aquel en cuya mano reposan los libros, los escritos; aquel
que guarda la tinta negra y la tinta roja»: tales epítetos eran usados por los
mexicas para designar a sus escribas, colmándolos siempre de grandes
alabanzas. Con esas posibilidades, no le sería difícil formar un hogar propio.
Escobedo esbozó una sonrisa. Quizás su compañero mexica llevara razón.

Dejó de lado el tabaco, que ya se agotaba en las últimas briznas, y


miró el cielo estrellado.

—Notech icniuh... xipahpaqui. Tehhuantin timitztlazohtlah...4— le


animó el mexica con un gesto amable.

Escobedo se lo agradeció de veras. En efecto, aquél ya era un buen


comienzo. Antes de concentrarse en las reglas del patolli, el segoviano quiso
sacarse una duda.

—Cuitlachnehnemini... Ic otiyol, otitlacat?5

El mexica meneó la cabeza. Aquel hombre y su curiosidad eran


exasperantes. Usando el castellano básico que, gracias a la suya propia, había
ido aprendiendo, respondió a la pregunta del español con otra:

—¿Cuándo cortáis la vuesa barba?

Las carcajadas cortaron el aire nocturno de aquel patio y se perdieron


en alguno de los canales que atravesaban la enorme ciudad de Tenochtitlan.

4
En náhuatl, «Amigo mío... alégrate. Nosotros te queremos...».

5
En náhuatl, «¿Cuándo has venido a la vida, has nacido?».

63
V
Sevilla, 1521

E cantaron las tropas del sur, las de las montañas


nevadas y las aldeuelas de barro e paxa. Al ritmo de las sus
rodelas avançaron, que harto espanto puso en los ánimos de
los defensores de las murallas. E letanías entonaban en su
lengua, amenaçando de muerte a los sevillanos e sus
familias, e otras tantas cosas que ellos usaban dezir en
ocasiones de guerra.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo III.

En algún momento entre sexta y nona de aquel 8 de julio, las entradas


de Sevilla finalmente cedieron. Primero se derrumbó la Puerta Real, y luego la
del Arenal y la de Triana. Todo el ángulo sudeste de la villa, desde la
Mancebía al Alcázar y las Atarazanas, estaba quedando desprotegido.

Al frente de las tropas invasoras, ataviado con sus mejores galas de


combate, el tlacochcalcatl mexica Tepehuahtzin observaba el panorama
desde la orilla del Guadalquivir. Aquellas puertas sevillanas eran bajas y
ciertamente estrechas, y por encima de ellas, tras ellas y en sus flancos se
vislumbraba un enjambre de hispanos sosteniendo armas de fuego y ballestas

64
que brillaban bajo el sol. Sus disparos significarían numerosas bajas en su
ejército. Debía ocuparse de proteger la infantería con sus arqueros y
arcabuceros. No podía exponerse a perder hombres que no podrían ser
reemplazados en el corto plazo. Ordenó a sus mensajeros que, mediante las
banderas de colores y los toques de bocinas, avisaran a los infantes de la
vanguardia y a los hombres armados de arcos y arcabuces que se alistaran
para entrar en combate.

En la primera línea de ataque de la Serpiente Emplumada estaban las


naciones vasallas. Las antiguas costumbres que obligaban a las más expertas
elites de combatientes mexicas y sus aliados a entrar los primeros en batalla
habían sido modificadas muchos años antes. Las nuevas reglas requerían que
las huestes que no pertenecieran a Tenochtitlan encabezaran la formación,
abriendo el avance de las otras tropas y convirtiéndose, muchas veces, en un
verdadero escudo humano.

Allí, en aquellas filas adelantadas, tensos como cuerdas de arco, se


situaban las fuerzas de las montañas del sur, los hombres del Inqa del
Tawantinsuyu. Había quechuas, wankas, chankas, aymaras, yunkas, hombres
de distintas comunidades y orígenes vinculados por la piel, las costumbres y
la lengua quechua del Qusqu. Y obligados por su regente a servir a los señores
mexicas en sus guerras, igual que los mercenarios mexicas lo servían a él en las
propias. Sus manos apretaban mazas waqtana con cabezas de piedra en forma
de estrella, espadas tuqsina y picas turpuna, y de sus fajas de lana chunpi
colgaban haces de boleadoras capaces de romper piernas o desnucar a los
guerreros más fornidos. Algunos se cubrían con cascos umachina
embellecidos con lana o plumas, y casi todos llevaban las orejas perforadas,
exhibiendo adornos que delataban su origen y procedencia. Cargaban, sobre
el brazo izquierdo, rodelas de madera wallkanka reforzadas con placas de

65
hierro, y unos pocos aún sujetaban las hondas waraka que habían empleado
en los primeros ataques contra los defensores de las murallas aquella misma
mañana.

El general tlacateccatl de aquel cuerpo, siguiendo las indicaciones de


los heraldos de Tepehuahtzin —que alzaban banderas y soplaban caracolas—
mandó a sus hombres que se aprestaran. Aquel oficial se llamaba
Wayrachaki, y había sido un famoso Hatun Apu del ejército Inqa. Procedía
del norte del Tawantinsuyu, según se decía, y se dirigía a sus hombres usando
la lengua quechua de su patria, aunque hablaba también el náhuatl de los
aliados mexicas. El conjunto de hombres a su mando se concentraban ante las
puertas abatidas en pequeños grupos, con las elites guerreras a sus espaldas,
oyendo el repicar de las campanas de la ciudad y el estrépito de los tambores
de los barcos de la serpiente con plumas. Los cañones habían cesado sus
disparos. El momento se acercaba. A los lados de esa vanguardia se
aprestaron arqueros y arcabuceros: caribes y taínos de las islas del Mar
Central, mayas de las selvas del sur y chichimecah de los desiertos del norte.
Más diestros con los arcos que con las armas de fuego, usaban poco las
últimas pero eran capaces de acertar cualquier blanco a una distancia de
cincuenta varas con los primeros.

Tepehuahtzin no perdía de vista las murallas. Meditaba. El


movimiento que pensaba hacer era demasiado arriesgado. Inmediatamente
después de la avanzada había ubicado el fuerte contingente de cuachicqueh,
de guerreros-jaguar ocelomeh y de guerreros-águila cuacuauhtin. El resto de
sus fuerzas —un conglomerado de combatientes jóvenes, aliados y
artilleros— quedaban detrás, casi arrinconados contra las orillas del río, o
desplegados en distintas agrupaciones frente a los paños de muralla que se
extendían entre las puertas, alrededor de toda la ciudad. Aquello sería como

66
jugar patolli con su oponente, un desconocido general o capitán que
seguramente estaría devanándose los sesos en algún punto del interior de
aquel recinto fortificado. ¿Cuál sería su próximo movimiento? ¿Se
abandonaría a la desesperación de una partida tan desigual, o escondería
sorpresas inesperadas tras los muros? ¿Tendría allí cañones, cahuayomeh,
armas de fuego...?

El general mexica seguía cavilando. Intuía una amenaza sobre las


murallas y quería evitar pérdidas. A través de uno de sus mensajeros, hizo
llamar urgentemente al jefe de artillería. El tlacochcalcatl quiso saber si los
cañones podrían lanzar metralla y cadenas a la altura de las almenas. El
hombre miró el borde de aquellas paredes, hizo un par de rápidos cálculos
mentales y asintió en silencio. Había entendido la idea. Volvió a su puesto
mientras despachaba avisos a todas las unidades de artillería con órdenes
precisas. Al mismo tiempo, Tepehuahtzin mandaba alertar a las tropas para
que esperaran.

Los primeros disparos de metralla no alcanzaron su objetivo. Sólo


algunas esquirlas de piedra y metal mordieron los cuerpos de los defensores
en lo alto; las demás se deshicieron contra la piedra y la argamasa. Los
artilleros mexicas corrigieron el alza de sus obuses, levantando los pesados
cilindros de bronce con la ayuda de cuñas de madera y otros elementos a
mano. Para la cuarta andanada habían logrado el ángulo preciso, sembrando
graves heridas en toda la línea de almenas, pero sobre todo en las más
próximas a las puertas. Tepehuahtzin se sintió satisfecho. Aquello lucía
mucho mejor.

Había llegado el momento. Tomó de entre sus ropas un pequeño


tamborcillo de oro, el yopihhuehuetl —divisa de todos los grandes líderes

67
guerreros mexicas— y batió con fuerza su decorado parche. Los tañedores de
caracolas, ante aquel gesto, agotaron el aire de sus pulmones en un soplo
conjunto, unánime.

La tensión de las huestes de la Serpiente Emplumada fue rota por tan


ansiada señal. Resonó un bramido de bocinas, y el grito de Wayrachaki a sus
hombres partió el aire y se escuchó en todo el Arenal.

«Jacku, runakuna! Tukuy kallpawan!».6

Las voces de los arcabuceros y ballesteros que estaban en las almenas,


sobre las puertas que se asomaban al Arenal, anunciaron el inminente
choque. Soldados, artilleros, pecheros armados y jinetes se persignaron.

El grueso del ejército de la serpiente con plumas se dirigió hacia la


Puerta de Triana mientras importantes secciones avanzaban sobre la Real y la
del Arenal, sorteando pavesas y restos negruzcos y alzando ceniza a su paso.
En lo alto, los defensores afirmaron sus armas contra los bordes de piedra de
los fatigados muros. Allí asentaron las cureñas de las ballestas y los caños de
los arcabuces, mientras intentaban esquivar las infinitas esquirlas que les
enviaban los cañones contrarios. Aquellas figuras oscuras se les venían
encima lentamente, casi en formación. Su espanto no fue menor cuando un
extraño sonido escaló las murallas y sobresaltó el ánimo de todos ellos.

Los invasores cantaban.

6
En quechua, «¡Vamos, hombres! ¡Con toda la fuerza!».

68
El canto provenía de los hombres del Tawantinsuyu. Entonaban una
letanía en quechua, cuya primera frase era delineada por unas pocas
gargantas y respondida por todas las fuerzas al mando de Wayrachaki, las
cuales, además, marcaban el ritmo golpeando sus escudos wallkanka con las
armas que esgrimían, y haciendo rugir trompetas de caracol o de cráneos de
perros. Aquella mezcla de voces, opacadas —o quizás reforzadas— por el
estruendo de los tambores, el voltear de las campanas y el entrechocar de las
armas, se presentaba a los ojos hispanos como algo sobrenatural, un
espectáculo que ponía los pelos de punta, secaba bocas y encogía pechos.

—Auqakunata wañuchisunmi...— proferían aquellos funestos


alaridos.

—Kunturhinami chawpi pachapi...7— respondía al unísono la masa,


cuando algunos chicotazos de las ballestas hispanas atravesaban ya aire y
canto para ir a enterrarse, con ecos secos y vibrantes, en las wallkanka más
adelantadas.

—Wach’ikunanku wayra kanqanku...— se exaltaban las voces


iniciales.

—Rumihinaqa, sallu kasunchiq...8— contestaba la furibunda tropa a


voz en pecho, a la vez que los arqueros chichimecah, caribes, taínos y mayas
iniciaban las escaramuzas y bajaban un puñado de enemigos de las almenas
con sus certeros disparos.

7
En quechua, «A los enemigos demos muerte / como el cóndor en el centro del mundo».

8
En quechua, «Sus flechas serán aire. / Como la piedra, duros seremos».

69
—Yawarninkuta ujyakusunchiq...— volvían a clamar los conductores
de aquella arenga, avanzando con una resolución y una temeridad inauditas
hacia la línea de fuego de los sevillanos y hacia las puertas que les esperaban a
unos pocos pasos, abiertas entre los escombros como una invitación.

—Hatun llallita ujsarisunchiq...9— aullaban las bocas morenas,


acentuando cada sílaba, mientras arqueros y arcabuceros tomaban
precauciones. Estaban casi en la línea donde podían ser blanco fácil de los
proyectiles.

—Tawantinsuyup runakunanta...— exclamaron las voces principales,


cerrando aquella letanía.

—Auqakunanchiq yuyarinqanku...10— corearon los hombres de las


montañas y valles del austro de las Tierras del Oeste. No se había apagado
aún el sonido de aquella frase final cuando los flancos recibieron la orden.

«Mitl!».

De aquella marea humana surgió la enésima lluvia de flechas que los


hispanos soportaron aquel infausto día. Los arqueros se iban turnando,
convirtiendo la andanada en una corriente continua de puntas de madera,
metal, hueso y piedra que buscaban, hambrientas, carnes en las que hundirse.
Obligados a refugiarse tras los muros para protegerse o a cubrirse por
completo con las rodelas, los tiradores de las almenas quedaron casi
inmovilizados. Las bocinas de la Serpiente Emplumada dieron el aviso para
avanzar de nuevo, mandato que fue obedecido ciegamente por las fuerzas de

9
En quechua, «La sangre de ellos nos beberemos. / La gran victoria lograremos».

10
En quechua, «A los hombres del Tawantinsuyu / nuestros enemigos recordarán».

70
vanguardia y por las elites que les pisaban los talones, impacientes por entrar
en combate.

Lo que habían visto los defensores de las entradas del casco viejo del
puerto de Cádiz una semana antes no fue nada comparado con el espectáculo
de río crecido y desbocado que brindaron los atacantes a aquellos sevillanos
que los esperaban al otro lado de las puertas destrozadas. Éstos dispararon las
piezas de artillería que habían reunido tras ellas, y un torbellino de balas y
saetas segó la vida de quienes se internaron primero en el recinto fortificado,
yunkas, quechuas y aymaras que jamás volverían a ver sus aldeas de adobe y
piedra ni sus terruños natales. Pero el flujo de hombres era imparable.
Saltando por encima de los cuerpos deshechos, siguieron entrando y
siguieron cayendo, hasta que la capacidad de los defensores de recargar sus
armas se vio desbordada y comenzó la lucha cuerpo a cuerpo. La delantera
allanó el camino para que irrumpieran las elites mexicas, mientras cañones y
arqueros no dejaban de arrojar sus mortíferas cargas desde fuera —aunque en
un ángulo más cerrado, para evitar que los tiros perdidos hirieran a los
hermanos que ya luchaban dentro— y muchos saeteros penetraban en Sevilla
para ocuparse de cubrir las espaldas a sus compañeros.

Y allí se cruzaron y entrelazaron miles de pequeños dramas


personales, cuyos desenlaces eran veloces; cientos y cientos de momentos en
los que hombre y hombre se enfrentaban y peleaban por su vida y la muerte
contraria, que para el caso era lo mismo. Y de aquellas historias instantáneas
y fugaces sólo quedó el relato de los protagonistas que lograron sobrevivir y
contarlas.

71
Un mexica abatido por las balas y los chicotazos sevillanos yacía entre
los demás cuerpos caídos ante las murallas, en un lecho de cenizas y
escombros. El dolor provocado por el fuego que lo había atravesado había
dado paso a un frío intenso y paralizante, un abrazo gélido como el de los
vientos que bajaban a Tenochtitlan desde las montañas en los días de
invierno. Apenas sentía el brazo derecho pero, haciendo un último esfuerzo,
pudo levantar el izquierdo, en el cual aún llevaba su rodela. Muy despacio, la
alzó sobre su rostro, bajo un sol difuminado por las humaredas.

Dos docenas de débiles rayitos de luz atravesaron los agujeros que


perforaban su escudo y dibujaron pequeños círculos sobre su cara pintada,
cubierta de mugre. Antes de dormirse para siempre, aquel guerrero pensó con
orgullo que dos docenas de orificios serían más que suficientes para poder
contemplar al dios sol.

Wayrachaki y un puñado de seguidores chankas y wankas —famosos


por su arrojo y valentía— entraron por la Puerta Real y desafiaron a la
caballería que comandaba el hermano del Duque de Arcos, don Juan de
Figueroa. Cubiertos de petos, cascos, morriones y golas, aquellos hombres
vestidos de acero embistieron desde lejos contra las tropas invasoras con
rodelas, picas y espadas en mano. Sin dudarlo, los hombres de Wayrachaki
desenlazaron las boleadoras de sus fajas chunpi y comenzaron a revolearlas,
mientras, a sus espaldas, los ocelomeh mexicas y sus pares tlaxcaltecas,
totonacas y zapotecas acababan con la vida de un buen número de sevillanos
que intentaban cortarles el paso.

72
Encabezaban la embestida el de Arcos y varios de sus seguidores,
entre quienes se encontraban los Tello, los Portocarrero, los Pineda, los
Saavedra, los Esquivel y los Cassaus. Pero sus apellidos no significaban nada
para los wankas, en cuyos brazos giraban las tres cuerdas trenzadas de cuero
crudo de llama, rematadas en sendas pelotas de piedra. Con la carga de hierro
y caballos a veinte varas, lanzaron las boleadoras liwi a las patas de los
animales, se cambiaron de mano la pesada maza y saltaron hacia sus
adversarios. Los primeros caballos, con las extremidades enredadas por los
certeros tiros, se desplomaron entre el polvo que habían levantado sus cascos.
Los que venían detrás, al no lograr esquivarlos, tropezaron y cayeron sobre
ellos. El de Arcos no tuvo siquiera tiempo de salir de debajo de su derribada
montura, y su casco de acero toledano poco pudo hacer ante la media docena
de mazazos con los que un moreno guerrero del Tawantinsuyu borró sus
recuerdos, sus ínfulas y sus pecados. Sus compañeros hacían lo propio con
caballos y hombres por igual, destrozándoles el cráneo a golpes. Los
caballeros que no habían chocado con los animales derrumbados se
reordenaron y volvieron a cargar. Wayrachaki y los suyos se dispersaron
entonces, buscando otros objetivos, y dejaron el campo libre a los feroces
cuachicqueh mexicas, dignos de ser temidos. Con sus cabezas semi-rapadas,
sus tocados de plumas, sus labios y orejas horadados y sus rostros pintados,
esos espantosos guerreros iban armados con un hierro en cada mano y una
rodela en el antebrazo izquierdo. Una de esas armas era, invariablemente, una
especie de espada de dos filos, de hoja ancha y deforme. En la otra mano,
muchos llevaban un cuchillo fuerte y curvo como una hoz, y otros, un hacha
doble. Girando sobre sí mismos, cubriéndose ora la cabeza, ora el costado,
saltando, empujando, pateando, ejercitando toda su violencia, sus peores
instintos y sus mejores habilidades, avanzaban tumbando sevillanos. Lo

73
mismo atravesaban cuerpos que tajaban brazos y cabezas, sin importarles lo
cubiertos de hierro que estuvieran. Enfrentados a los jinetes, hicieron patinar
las puntas de las picas contrarias sobre sus escudos mientras desjarretaban las
caballerías y las abatían. Ya en tierra, los españoles no tuvieron ninguna
oportunidad de defenderse, pues terminaban enredados en estribos, sillas y
riendas, sobre los que brincaban sus oponentes para acallar para siempre sus
alaridos.

Muchos invasores eran alcanzados por los proyectiles que seguían


disparando los soldados españoles desde las almenas. Pero los arqueros que
cruzaban las puertas ya se ocupaban sumariamente de ellos. Con dos o tres
flechas cruzadas entre los dientes para no perder tiempo buscando en las
aljabas, apuntaban al pecho o al abdomen de sus contrarios y arrojaban saetas
a una velocidad de vértigo. En algunas ocasiones sus puntas ya estaban
ensangrentadas, pues habían traspasado con anterioridad caras, brazos y
vientres hispanos en las cercanías de la puerta.

Los atlatl de los tlaxcaltecas y otomíes tampoco descansaban. Uno


tras otro echaban a volar agudos venablos de madera endurecida al fuego.
Desconocidas por los españoles, esas armas eran capaces de perforar petos y
gruesos jubones. Algo sencillo para los guerreros de las Tierras del Oeste,
cuya habilidad les permitía efectuar varios disparos en instantes. Fueron ellos
quienes se enfrentaron a las descargas de los arcabuces sevillanos,
inclinándose para evitar el disparo y aprovechando el tiempo de recarga de
las primeras filas para abatir a cuantos se cruzaron ante sus ojos oscuros. La
confusión que sembraron entre los soldados les permitió acortar las
distancias y caer sobre ellos, ultimándolos a golpes de hacha o a filo de
cuchillo. Eran tan diestros con el atlatl como en la lucha cuerpo a cuerpo:
agachándose, quebrando rodillas y muslos primero, y hundiendo a sus

74
enemigos en la tierra para luego degollarlos, acrecentaron el pánico que
cundía en toda Sevilla.

Guerreros chankas y wankas al mando de Wayrachaki, sujetando las


wallkanka abolladas, continuaban destrozando cuerpos con sus mazas,
aunque muchos eran rendidos por las espadas o el plomo de los arcabuces. A
manos wankas cayó aquel Valencia de Benavides emparentado con la casa de
Medina-Sidonia. Como el suyo, otros rostros quedaron literalmente borrados
ante el embate de aquellos espantosos martillos. Bajo las picas andaluzas
pereció una tropa entera de guerreros mixtecas, junto a su famoso
tlacateccatl. Al cabo de unas pocas horas la tierra y el empedrado de las
vecindades de la puerta lucían bermejos: oscurecidos y húmedos, despedían
ese olor a metal tan reconocible de la sangre. Los gritos rebotaban entre las
paredes de piedra y ladrillo, voces en medio centenar de lenguas distintas que
hablaban de dolor, de miedo, de muerte.

Los sevillanos más avezados en el arte de la esgrima protagonizaron


breves duelos que bien podrían haber sido cantados luego por los trovadores
nómadas. Enfrentados a bravísimos contrincantes, lucharon a dos manos, con
daga y toledana, intentando alcanzar al contrario, el cual, conocedor de sus
mañas, terminaba siempre por encontrar el hueco o el momento para herir al
español, derribarlo y ejecutarlo sin miramientos. Fue así como perecieron
Luis de Guzmán, cuarto señor de la Algaba, y el oidor don Juan de Guzmán,
entre tantos otros valientes.

Bajo los arcos de la Puerta de Triana pasó Tepehuahtzin con otros


generales aliados y vasallos. Junto a ellos había muchísimos hombres de los
desiertos del norte —p’urhépechas, macurawes, konkáak y yoremes—
avezados en el uso del cuchillo y de las filosas hachas de bronce y hierro. Los

75
guerreros-águila mexicas que acompañaban al gran general debieron hacer
nuevos y denodados esfuerzos para vencer la porfiada firmeza con la que
seguían aguantando los sevillanos allí concentrados. Sin embargo, cuando los
arcabuces y las ballestas fallaron, el cuerpo a cuerpo dirimió las diferencias a
favor de los atacantes, que poco después se hicieron definitivamente con la
entrada y comenzaron a invadir parte de las vecinas callejas, estrechas y
sinuosas.

El aire se había vuelto irrespirable de tanto humo y tanta sangre como


arrastraba: la pestilencia de las armas y las heridas se pegaba en la piel, en el
pelo, en la boca, en los ojos, en el alma. Para los locales, excitados por el
fragor, por la quemazón en el estómago, por su propio terror a ser
aniquilados, no parecía haber otra cosa que el desesperado intento por
sobrevivir a cada encontronazo con un rival. En aquel punto de la batalla
fueron varios los guerreros-águila que todavía tuvieron que hacer frente a los
hombres a caballo que lideraba Francisco de Sotomayor y Portugal, quinto
conde de Belalcázar, quien a la fecha no contaba con más de veinte años.
Algunos mexicas, a pesar de su osada valentía, no supieron protegerse y
cayeron bajo las picas de los jinetes y los cascos de sus bestias. Pero en seguida
otros más hábiles se ocuparon de matar a los enjaezados animales —
apuntándoles a los ojos o a los flancos— y de poner fin a la obstinada
resistencia de los españoles, hincando sus armas en cuanto resquicio hallaran
en sus armaduras. El de Belalcázar aún se defendió bravamente, pie en tierra,
y acabó con dos de sus rivales antes de que una tosca espada le abriera las
entrañas.

En la Puerta del Arenal ocurría otro tanto. Allí, los aliados mayas de
las húmedas selvas del sur —ch’oles, kaqchikeles, tzeltales—, ondeando sus
plumas manchadas de coágulos rojizos y exhibiendo en sus tiznados rostros

76
los restos de las pinturas que no habían sido borradas por el sudor, abrían el
camino para el trabajo de los guerreros-jaguar y de muchos otros bravos.
Acostumbrados a inutilizar a sus adversarios para hacerlos prisioneros, los
mayas no tuvieron mucha dificultad en desarmar a los mermados defensores
y acabar con sus vidas de un certero tajo en la garganta. Los ocelomeh dieron
cuenta de la caballería ayudados por varios guerreros tzotziles, que usaron sus
cerbatanas para herir a los animales y convertir la ordenada formación de los
sevillanos en una tropelía confusa.

Aunque el Postigo del Carbón —cercano a la Torre de la Plata—, el


del Aceite, el del Alcázar y la Puerta de Jerez no resultaron ser presas tan
fáciles, las demás puertas que miraban al Arenal —la de San Juan, la de la
Almenilla— eran rebasadas una tras otra. Lo mismo acontecía en los
restantes accesos a la ciudad, donde escaramuzas e intercambios de disparos
se sucedían sin interrupción. En todos ellos los peones y hombres a caballo
iban retrocediendo sin dejar de pelear.

Los invasores insistían en limpiar las almenas de tiradores, lo cual


tomó mucho tiempo y costó numerosas vidas. Pero, toda vez que la lucha se
desarrollaba entonces dentro de la ciudad y no en sus bordes, los arqueros
chichimecah fueron dejando de lado sus arcos y metiendo mano a sus armas
de filo, a sus mazas, a sus hachas y sus lanzones, enfrentados a los cuales
perecían sus enemigos tras una opresiva agonía.

Pasaba la hora de vísperas y ya atardecía cuando las campanas de


Sevilla se llamaban a silencio y los tambores y bocinas de la serpiente con
plumas anunciaban la victoria, ajenos a los tortuosos caminos que aún les
faltaba recorrer a sus huestes para que la villa del Guadalquivir cayera
totalmente. Retirados al interior de su laberíntica ciudad, los sevillanos

77
esperaban. Por su parte, resguardados en las recién tomadas puertas y
murallas, los mexicas y sus aliados se preparaban para afrontar la larga noche
que les aguardaba.

Poco después sólo se oían los gritos y quejidos de los heridos allí
donde se habían sucedido los combates. Aunque los de los hispanos no
durarían demasiado.

78
VI
TenochtitlAn, 1493

Non son conoscidas las herramientas de fierro entre


los naturales de Tenochtitlán, ni entre ninguno de los
pueblos del Yucatán, que de piedra, leño y bronze hizieran
sus armas e útiles... De grande utilidad serían sierras e
hachuelas para labrar las fermosas maderas que crescen en
las florestas e montañas magníficas de la tierra de los
mexicas.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo III.

—Paresce que don Rodrigo de Jerez hásenos enamorado— decía con


toda la mala intención del mundo Andrés, el grumetillo de Huelva, mientras
él y sus compañeros fumaban tabaco después de la cena. Habían «llegado a
las aceitunas», como aún gustaban decir para señalar el fin de la comida,
aunque allí en Tenochtitlan las aceitunas no fueran ni siquiera un recuerdo.

Todos sonrieron pícaramente. Si había algo a lo que eran dados


aquellos españoles era a los chismes y a las chanzas, especialmente cuando el
individuo objeto de las mismas no se encontraba presente. Tal era el caso:
Rodrigo de Jerez —que no era de Jerez, sino de Ayamonte, Huelva— estaría

79
en aquel momento camino a Cempohuallan junto con Diego de Arana,
Txatxu y Domingo de Lequeitio, Martín de Urtubia, Antonio de Cuéllar, el
cordobés Corvalán y el sevillano Fernando Ordóñez. Podían hablar
libremente. Y como eso no era pecado...

—¿De una mexica?— preguntaba Alonso de Morales.

—Ajajá...— asentía, divertido, el jovencito. —¿De quién, si no? ¿De


una florentina?

—Bufff, pues a ver si con su don de lenguas cantalle puede eso de...

A tus labios rosados,


niña graciosa,
van a buscar almíbar
las mariposas.

Todos rieron, imaginándose al onubense traduciendo esforzadamente


la tal coplilla al náhuatl.

—Hombre, mal gusto no tiene el mozo, que las mujeres de estos lares
bellas son. Que ya lo dice el cantarejo ese:

Como una y una son dos


por las morenas me muero.
Lo blanco lo hizo un platero,
lo moreno lo hizo Dios.

80
—Mucho pelar la pava veo yo— terció Jacome el genovés —mas
tengan en mientes vuesas mercedes, que jóvenes son, que...

Nadie pele la pava


porque está visto
que de pelar la pava
nacen pavitos.

—Bueno... ¿Es que usted no piensa pelar la pava, don Jacome?—


pinchó Andrés.

—Eso, eso...— agregó otro. —Y decille a una moza aquello de...

Si yo me viera contigo,
la llave a la puerta echada
y el herrero se muriera
y la llave se quebrara.

Las carcajadas atronaban. El genovés se quedó pensativo y sin


respuesta ante los chicotes de los demás, acordándose de un refrán de su
tierra: Chi dixe donna, dixe danno.11

—Debe animarse vuesa merced, señor Jacome. Ande la rueda y coz


con ella— aconsejaba el murciano Diego Pérez.

11
Proverbio genovés basado en un juego de palabras. «Quien dice mujer, dice daño».

81
—Reíd, reíd, mas algo habrá el matrimonio cuando menester ha de
bendición de cura— apuntó Pero Gutiérrez, antiguo repostero real y hombre
tímido y opaco donde los hubiera.

—¡Ah! ¿Tiene miedo de que lo anoten a vuesa merced en el grueso


registro de San Cornelio?— gimoteó, aún riendo, Andrés de Huelva,
imitando con los dedos índice y meñique un par de cuernos sobre la frente.

—Muchos melindres no se gastan las mujeres para inscribirte en él,


zagal— respondió el otro, picado. —En menos que tumba un dado te
encuentras con la gente murmurando si te apunta o no te apunta hueso de
más en la cabeza. Y el que se lleva el chasco termina mamándose el dedo y
aguantándose el clavo sin voces.

—Eso será porque es vuasé más manso que todos los carneros de la
cristiandad y la morería juntos, maese Pero.

—Tú pregúntale al señor de Arana, que allá en Castilla dejó mujer e


hija— argumentó el aludido, con una mueca odiosa. —Ya sabes eso de que...

Pocos eclipses el sol,


y mil la luna padesce;
que son al desliz más prontas
que los hombres las mujeres.

—¿Dejó allá mujer?— se interesó Escobedo que, raro en él, estaba en


la rueda de presentes.

—El capitán Diego Henríquez de Arana, don Rodrigo, es primo


segundo de la segunda mujer del Almirante don Cristóbal. Tiene esposa en

82
Córdoba, y una hija, doña Catalina Henríquez de Arana— informó
sumariamente el interpelado. —Lo sé porque don Diego pidió al Almirante,
antes de que volviera éste a Castilla, que a ellas fueran sus sueldos, que varios
miles de maravedíes cuentan. Eso oílo yo en persona.

—Pues si le han robado a la parienta— intervino Andrés —que allá se


vuelva y que cante...

Mi mujer me han robado


tres días ha;
ya para bromas basta:
vuelvanmelá.

Las risas no paraban. Los de Huelva —mayoría en aquella sala—


tenían una labia tremenda y más refranes que libro antiguo.

—Al casamiento, pecho y a otra cosa, señores. No se fundieron


campanas para asustarse del repique— señalaba Francisco de Lepe.

—Sí, sí, mas para el señor Arana cuernos hay, como que cada cuatro
años uno es bisiesto.

—Tened la lengua, señores— recomendó el escribano segoviano —


que si maese Arana se entera de vuestros dichos, va a echar bellos verbos por
su boquita de hijodalgo.

—Bien está, mas... ¿quién es la moza que mira maese de Jerez,


Andresillo?— se volvieron algunos al grumete, retomando el tema principal.

—La hija de un señor guerrero, hombre de más humos que una


chimenea vieja. A ver quién es el monigote que le resuelle gordo. No le veo yo

83
buenas trazas al tal asunto, no...

—¿Y es linda moza?

—Por la cruz de mis calzones que vale la pena, sí.

—Por la cruz que no tienes...— aclaró Escobedo.

—...de los calzones que tampoco tengo, señor escribano— puntualizó


riendo Andrés. —Mas don Rodrigo tiene harta experiencia en eso de los
lances amatorios, que eso lo sé yo. No hubo hembra de tumba y trueno en su
tierra que él no tratase de tú a tú.

—Mucho sabes tú, zoenòtto— sentenciaba el genovés. —Con tantos


jemes de lengua como la tuya podríamos hacer comilona.

—No sé, no sé— replicó el muchachillo. —Mas si don Rodrigo no


quiere nada con la mexica, yo le haría un favor a la moza, que harto me
placería.

—¿Y después dello?— preguntó Jacome.

—Nada, don Jacome, nada... Pasará como con el virgo de Justilla, que
se perdió entre las pajas.

—¡Ved qué torpe y qué cosas!— se exasperaba el genovés. —Vas a


terminar tú con la testa en el «zompantle» ese.

—¿Qué a mí?— se mofaba el onubense, descostillándose. —No, no,


no... ¿Acaso no sabe vuesa merced que a virgo perdido nunca le falta marido?

—Puede que estos mexicas tengan viejas que zurzan virgos con seda,
como en Castilla— comentaba Francisco de Lepe.

—Ya me sé yo de que pata cojeas tú, Andresillo— concluía Escobedo.


—Mal sosegada debes traer tú la punta de la barriga.

84
—No lo sabe bien vuesa merced... ¡Como cola de alacrán, y aún peor!

—Y aún peor, sí, que aquella muerde sin hinchar, y la tuya hincha por
nueve meses.

En aquel momento llegaba el cacahuatl —amargo, espumoso y


caliente— con el que concluía la cena, y algunas vasijas de octli. Los hombres
dejaron el primero de lado porque, según ellos, para amarguras ya tenían las
suyas.

—Ah, he aquí la alegría de todas mis penas— suspiró embelesado


Juan de Medina, el sastre del grupo, asiendo una de las botijas de octli.

—Agua haría mejor en beber, don Juan, así os medre Dios, que los
mexicas no gustan de borrachos— le previno Pero Gutiérrez.

—El agua cosa mala es, don Pero, que en ella críanse ranas y
sabandijas. En cambio, ¿veis alguna dellas aquí dentro? A fe que no. Este
brebaje conserva la salud y alegra el espíritu del hombre— explicó el
interpelado antes de vaciar su primera jarra y acercarse a un brasero para
encender otro manojo de tabaco suave. Luego agregó: —Además, maese
Pero, ya sabe vuasé que la seca garganta, ni gruñe ni canta.

—Oídme un momento— anunció Escobedo, levantándose mientras


terminaba su cacahuatl, al cual él, particularmente, se había aficionado. —
Mañana comenzaremos las labores, que es hora ya de principiar las nuestras
industrias. Creo que don Luis tiene aparejado todo para que los que conozcan
de maderas tengan tratos con ellas.— El aludido afirmó que así era. —Llevad
vuestras herramientas, que hierros no trubaremos aquí y habredes menester
dellos. Los que saben de menas de metal vendrán conmigo en unos días,
creo...

85
Todos dieron su visto bueno. Algunos también se levantaron, y otros
sacaron unos dados para echar una partida. Antes de abandonar la sala,
Escobedo puso su mano sobre el hombro de Juan de Medina.

—Sed juicioso con la bebida, hermano Juan— le dijo suavemente. —


Aquí no gustan ni de «bebiendos» ni de «bebidos», y ved que no estamos en
posición de disputas.

Molesto, el reprendido se zafó de la palmadita del segoviano.

Cuando Escobedo se marchó, Medina se sirvió otra jarra de octli de


maguey y, mirando por encima del hombro, recitó pomposamente:

Un escribano y un gato
en un pozo se cayeron.
Como los dos tenían uñas
por la pared se subieron.

Luis de Torres y Rodrigo de Escobedo salieron juntos de la cohuacalli,


sector del palacio en el que se alojaban: el primero, para terminarse su tabaco
bajo las estrellas; el segundo, camino de la casa de su amigo mercader.

—¿Habéis novedades de los nuestros, don Luis?

El murciano —judío viejo, buen intérprete de lenguas y hombre de


confianza— meneó la cabeza, mientras chupaba su cohiba de finas hojas
mexicas.

—Nada he oído. Quiera Dios que salgan bien parados de la aventura.

86
—Nosotros, a lo nuestro— continuó Escobedo. —Mañana nos
ocuparemos de iniciar el trabajo...

—...y de ver si aquestos mexicas poseen buenas maderas.

—A fe que las poseen, si engañado no me han mis ojos.

—¿Habéis notado que aquestas gentes no conocen ni de carros ni de


ruedas?— comentó Torres.

—Ajá. Mas tampoco he visto bestias que puedan tirar de carros.— Se


acarició la barba el segoviano. —Entre cargar pesos a la espalda o tirar de un
carro, pienso que los siervos de los mexicas preferirán lo primero, don Luis. Y
por la cruz que beso y juro que no quisiérade ver los mis huesos tirando de un
carro por las calzadas de montaña que vos y yo ya hemos andado.

—Cierto es... ¿Salís de ronda, don Rodrigo?

—Hay una partida de patolli que me espera en la collación de los


pochtecah— respondió Escobedo con una sonrisa enigmática.

—Paresce que vuesa merced juégase mucho en aquesa partida—


sonrió también el otro, pescando en el aire la idea.

—La vida, don Luis. Juégome la vida— declaró socarronamente el


escribano antes de arrebujarse en su capa mexica y dirigirse, a paso reposado,
hacia la puerta sur de la coatepantli, la muralla decorada con zócalos de
serpientes entrelazadas que rodeaba al gran recinto ceremonial, corazón de
Tenochtitlan.

87
—Ma’a-s salaama, in shaa’a-l-llah12— se despidió desde la oscuridad
la silueta de Escobedo, usando el arábigo que ambos conocían.

—Ma’a-s salaama...— contestó el murciano, exhalando su última


bocanada de humo.

—Aquestos valen— indicó a la mañana siguiente el tonelero


Domingo Pérez, hombre de Lequeitio él, acariciando un conjunto de troncos
gruesos de tlahcuilolcuahuitl. Rojiza y con bellísimas vetas negras, aquella
madera tan exquisita era usada por los mexicas para sus instrumentos
musicales. Estaban en el petlacalco, el almacén general del palacio del hueyi
tlahtoani. Alonso de Morales y Diego Pérez estuvieron de acuerdo en que era
excelente material para empezar a serrar, a lijar y a encolar. Material de
primera.

—¿De cuántos habredes menester para hacer algunas cureñas de


ballesta y un par de fustes de arcabuz?— preguntó Luis de Torres.

—Con esto alcanza, que si es bueno como pienso ha de ser, de sobra


habremos— respondió el tonelero. —Podríamos usar también de ésos para
agenciarnos un par de toneles— observó, señalando unos troncos de ceiba
pochotl. —Mas tenga en cuenta, mi señor don Luis, que deberemos de
fabricar cola, y también habremos menester de hierros o algún metal...

12
En árabe, «Hasta mañana, si Dios quiere».

88
—¿Serviría el bronce, maestro Domingo?— inquirió Escobedo, que
tomaba nota mental de todo lo que ocurría para verterlo más tarde en sus
«Crónicas».

—Como servir, sirve, mas hierro es menester para las ballestas, y


porque aguanten mejor los aros de los toneles.

—Bien está. Poneos manos a la obra que ya me ocuparé yo del resto—


repuso el segoviano. Luis de Torres le preguntó si había tenido noticias de
que los mexicas manejaran bronce.

—Supe ayer que los de Tenochtitlán mercan planchas de ese metal a


una nación del norte que llaman Michhuahcan, o Michoacán— refirió el
segoviano. —Esos de Michoacán y los mexicas son amargos enemigos, mas
igualmente tienen comercio entre ellos.

—Hombre, don Rodrigo, y yo creído era que los únicos que


comerciaban con sus enemigos eran los genoveses.

—Ya sabe vuesa merced...

En el cielo manda Dios,


los diablos en el infierno,
y en este pícaro mundo
el que manda es el dinero.

—Déjese de coplillas, amigo mío, que ya hartas dellas tuve anoche. En


fin, de ser buen bronce el que consiguen de esos que decís, cañones y hasta
caños de arcabuz pudiéramos fabricar.— El escribano asintió. —¿Y que más
habéis sabido de aquesas gentes del norte?

89
—Dícenme que es reino importante, y que tiene por capital ciudad
grande y fuerte, que llaman Tzintzuntzani... o así me sonó.

—Vaya nombrecillo.

—Según supe, significa «el lugar de los tz’intzuni», que son unos
pequeños pajarillos a guisa de moscardones que nosotros hemos visto ya en
isla Mujeres, si no me engaño.

—Ah, ya recuerdo, ya... Asombrosas avecillas, y muy bellas, por mi fe.

—Pues ansí llaman a su villa. Contáronme que tiene hartos y bellos


templos que se levantan a las riberas de un lago, el Pátzcuaro creo, que
precisamente quiere decir, en la lengua de aquellas gentes, «ciudad de
piedra». En aquesa lengua los locales se denominan a sí mesmos
«purépechas» y a su rey, «cazonzi».

—Vuesa merced es un libro abierto— bromeó el murciano.

—Sólo repito, como las grajas— devolvió el otro la chanza. —


Explicáronme también que son bravíos guerreros, ferocísimos, y que no ha
sido posible domeñallos, a pesar de los intentos de Ahuitzotl y de los sus
aliados de otras naciones. Graves derrotas hanles infligido, según me han
contado. Y dícenme que usan buen metal para armas y herramientas, y que
son maestros diestros en la forja.

—Pues si mal no me acuerdo, habíannos hablado ya de esas gentes los


comerciantes que nos trajeron a Tenochtitlán, en viniendo desde la costa.

—Pues sí, cierto es, agora que lo mentáis. En cuanto a la cola...

—...menester es hervir pezuñas, huesos, pellejos...— señaló el


tonelero, interviniendo en la conversación. —Provéame vuesa merced de esos
despojos, que yo me ocuparé de tornallos en cola.

90
En aquel momento, el petlacalcatl —mayordomo palaciego y
encargado del petlacalco— se acercó a ellos para averiguar si aquellos
maderos serían de utilidad, y ambos españoles expresaron su satisfacción y su
agradecimiento. El mexica les informó que se había reservado para sus
hombres una sección de los talleres de palacio, lugar en donde dispondrían de
la mano de obra necesaria para ayudarles a llevar a cabo sus faenas. Los
interpelados, conformes, agradecieron nuevamente. Mientras tanto, el resto
de los españoles medían los troncos, los marcaban e intercambiaban burlas,
más por pasar el tiempo y despuntar el vicio que por otra cosa.

—Decid, hermano Domingo... ¿Estáis casado?— espoleaba Alonso de


Morales.

—Ahórrame historias, Alonso, y marca bien ese madero, que do tú


has marcado no sale ni una astilla para prender el brasero— gruñía el
tonelero, que no quería entrar en la red que le tendían.

—Pues yo reniego de las mujeres— confesaba Lope, calafate de


Moguer. —¡Bueno ando! La mejorcita, señores, corta un pelo en el aire.

—No hable contra las faldas, maese Lope, que mal con ellas y peor sin
ellas. Ya sabe: ni chato ni narigón— replicaba Juan de Medina.

—Calle, calle, señor sastre, que no sabe vuesa merced qué sesito hay
debajo de esas toquillas ni tras esos afeites, pestañas luengas y dientes
menudos.

—¿Agora queda bien marcado, maestro Domingo?— quiso


asegurarse Alonso.

Asentía el tonelero. Escobedo le preguntó si era cosa difícil cortar


aquellos troncos enormes con las herramientas que traían.

91
—Más fácil es que sorberse un huevo, señor mío. Tenedme fe, que de
aquí saldrán recios tablones y listones, por mi vida. ¡Andresillo! Sé útil para
algo más que para dalle a la sin hueso, hijo. Vente aquí, ayúdame con la sierra.

—Ese Andrés es más sabido que Séneca y demás sabios de la


cristiandad y la judería— advertía Jacome el genovés.

—Bla, bla, bla— repuso Juan de Medina, mirando al mentado de


reojo. —El mozo es como el gazpacho del tío Damián: mucho caldo y poco
pan.

—Lo que tiene es lengua de barbero, en lo afilada y cortadora—


agregaba otro, guiñando un ojo a la compañía.

El mencionado no sabía hacia donde disparar para defenderse. Así,


entre bromas y veras, se pusieron a aserrar las maderas que les permitirían
mostrar los primeros ejemplos de su trabajo ante el hueyi tlahtoani de
Tenochtitlan y su gente. Y de paso, empezar a ganarse la vida, que ya era
tiempo de dejar los usos celestiales de embajadores nobles y comenzar a
planear un futuro más terrenal y concreto.

92
VII
Sevilla, 1521

Desperados, ombres e mugeres, ancianos e críos


salieron por la Puerta llamada de Carmona, tentando de
escapar el cerco de las fuerzas de la Serpiente Emplumada.
Quando el aviso de aquesta tal locura e insensatez arribó a
los Alcáçares, los comandantes de la cibdad de Sevilla no
quisieron creello. Ya nada poderían fazer por la su gente,
que perdida estaba fuera de las murallas.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo III.

Tepehuahtzin volvió a su tienda xacalli en la orilla del río. Reunido


allí con sus principales generales tlacateccatl, tuvo elocuentes palabras de
ánimo para ellos. Acto seguido, dispuso que las piezas de artillería fueran
trasladadas a la zona exterior del Alcázar y las Reales Atarazanas,
especialmente a la puerta de Jerez, y que batieran toda esa zona durante la
noche. Asimismo, ordenó que algunos escuadrones de arqueros chichimecah,
taínos y caribes se ubicaran en el área opuesta de la ciudad, hacia naciente.
Aunque se tratase de una idea descabellada, cabía la posibilidad de que los
defensores intentaran una salida desesperada por aquel lado, quizás por la

93
puerta de Carmona, o por la de Macarena. Por eso se aseguró de que los
hombres allí enviados pudieran luchar en la oscuridad y fueran capaces de
disparar «flechas negras». Esa técnica —la de lanzar flechas invisibles en la
penumbra— sería letal contra blancos que seguramente llevarían antorchas
para alumbrarse y serían, pues, fácilmente distinguibles entre las sombras.
Por otro lado, mandó reforzar las guardias en los lugares tomados y que las
murallas y almenas del flanco del Arenal fueran resguardadas. En esa zona
mandó colocar guerreros mayas armados con cerbatanas y vigías zapotecas
que eran capaces de comunicarse con un lenguaje de silbos casi
imperceptible. Envió aviso a los artilleros y marineros de los barcos que se
balanceaban sobre el Guadalquivir, para que estuvieran atentos, y pidió que
los hombres que pudieran darse algo de reposo lo hicieran en los derruidos
arrabales extramuros, pero sin descuidarse. Al día siguiente tendrían mucho
trabajo, y quería gente despejada en su ejército. Sabía del cansancio y la fatiga
que aquejaban a sus huestes, pero todavía les quedaban algunas batallas por
librar antes del merecido descanso.

En el Alcázar sevillano, la desesperación no podía ser mayor. Todos


los nobles y autoridades de la ciudad discutían a voces, intentando
«analizar» la situación. Aquella ciudad no sería fácil de conquistar, pero ya
había sido abierta y su extremo occidental, ocupado. ¿Qué quedaba por
hacer? ¿Rendirse? ¿Intentar escapar? ¿Seguir resistiendo y confiar en una
improbable y milagrosa llegada de fuerzas hispanas desde Toledo o desde
villas vecinas?

El Capitán General recogía los informes de los mensajeros que


llegaban de todos los puntos de la ciudad y del frente de combate. Las noticias
no podían ser peores. Era consciente de que la angustia que lo embargaba en
aquel momento tendría que verse mil veces multiplicada en los vecinos de

94
Sevilla, a quienes estarían llegando nuevas igual de crueles, y que no tendrían
su temple para afrontarlas.

—Soy todo oídos, señores míos. Escucho vuestras sugerencias— dijo


secamente Enríquez de Ribera, invitando a pronunciarse a los dos Cabildos,
el secular y el eclesiástico, congregados en la Sala de la Media Naranja.

Los enviados de la casa de Medina-Sidonia opinaron que quizás


pudiera ofrecerse un rescate en oro por la ciudad y sus habitantes. Muchos se
revolvieron en sus asientos, incómodos, y cruzaron miradas asaz
significativas. Probablemente las de Medina-Sidonia pagarían por sus vidas,
pero... ¿quién podría hacer lo que ellas? ¿De dónde sacaría la ciudad dineros
para comprar la paz a aquel ejército, si es que aceptaba un soborno tal?

Otros nobles presentes preferían seguir resistiendo, a la espera de las


tropas imperiales. El Capitán General alegó que, dado que no se habían
recibido noticias ni había visos de que fueran a aparecer en un futuro
inmediato, aquello era bastante inviable. Los representantes del clero
sostenían que había que tener fe en Dios y que podría obrarse un milagro si la
ciudad se sometía a penitencia. A eso muchos sugirieron a los religiosos que
ya bastante penitencia había sufrido la villa y que, en aquel momento, valía
más el antiguo «ayúdate que te ayudaré» que cualquier otro artículo de fe.

Los capitanes de las compañías sevillanas narraron algunas escenas


que les había tocado vivir durante el asalto de aquella tarde, y pronosticaron
que los invasores, hábiles en la lucha, muy numerosos y bien pertrechados, no
se detendrían ante nada. Quizás una salida por las puertas menos custodiadas
hubiera sido una opción razonable, pero los vigías acababan de descubrir
tropas desplazándose hacia Carmona y Macarena. Podía deducirse que los
enemigos habían previsto esa posibilidad. Los mismos vigías hablaban de

95
movimiento de piezas de artillería hacia la parte sur, tal vez buscando vencer
la pertinaz resistencia que habían encontrado en el Alcázar.

—Quizás puédase luchar casa por casa, y ansí obligallos a retirarse por
pérdidas— insinuó el Asistente del Cabildo, aunque su opinión equivalía a
desangrarse peleando para intentar alcanzar un objetivo imposible, una
especie de victoria pírrica.

Precisamente en aquel momento entraba a la sala un hombre llegado


desde el extremo opuesto de Sevilla. Sin venia ni ceremonia que mediasen, el
individuo se acercó a la mesa y anunció a voces que los esclavos, beatas,
rufianes, vendedores y otras gentes de la collación de Santa María La Blanca
habían tomado el control de su zona y estaban cruzando la Puerta de
Carmona, tratando de escapar de la villa. A eso agregó que había un fuerte
motín en la cárcel. Todos quedaron boquiabiertos.

El eco de aquellas noticias llegó enseguida a la tienda de


Tepehuahtzin, que se lavaba los brazos cubiertos de coágulos de sangre.

—Xiquimminacan, xiquimtlequiquiztlazacan13— ordenó el mexica.

La Puerta de Carmona, situada en la banda oriental de Sevilla, era una


de las entradas que permitían el acceso al interior del recinto amurallado.
Junto a ella estaban situados los caños de agua que fueron bautizados en su
honor, caños que muy cerca de allí volcaban su carga límpida en un enorme

13
En náhuatl, «Disparadles flechas, disparadles arcabuces».

96
abrevadero para caballerías y en un arca de distribución, desde la cual el
valioso líquido se repartía a fuentes públicas, baños y palacios.

Hasta ese acceso llegaba la Calzada de la Cruz del Campo, el camino


que venía desde el este, desde Mairena, Alcalá de Guadaira y Marchena.
Antes de alcanzar el casco sevillano y la Puerta, la vía sorteaba el arroyo
Tamarguillo, atravesaba las huertas y casas aisladas de la barriada campesina
de San Roque y recorría el arrabal extramuros conocido precisamente como
«La Calzada». Inmediatamente después cruzaba el arroyo Tagarete por una
alcantarilla o pequeño puente adosado al acueducto, llamado «de las
Madejas».

«La Calzada» era, en tiempos de paz, lugar de paso para viajeros,


comerciantes, ganaderos y labradores, y estaba lleno de posadas bulliciosas
donde quienes arribaban a la ciudad tras el cierre de sus puertas podían
comer algo, enterarse de las últimas novedades, echar una partida de naipes o
dados, dormir mal y llenarse de pulgas. Vivían en ese arrabal muchos esclavos
africanos que habían obtenido su libertad y se habían organizado en una
cofradía o hermandad, la de Nuestra Señora de los Ángeles. Fueron ellos los
que erigieron en su barriada un humilladero bautizado como «la Cruz del
Campo», el cual dio nombre a la calzada. Próximo a ese rincón de devoción
—una sencilla cruz de madera— estaba la Huerta de los Ángeles, en donde
terminaba el Vía Crucis que en la Semana Santa de 1521 había instaurado el
Marqués de Tarifa, don Fadrique Enríquez de Ribera. La vía dolorosa
comenzaba en su propia casa, el Palacio de San Andrés, denominado, desde
entonces, «Casa de Pilatos».

La rutina de aquella parte de la ciudad siempre había sido un


continuo trajinar: el tránsito permanente, las idas y venidas de noticias

97
entrecruzadas, la picaresca, la mezcolanza de razas y lenguas. En un día
normal, todo eso quedaba reflejado en las aguas del Tagarete, igual que lo
hacía el perfil somnoliento de las vendedoras que cruzaban la Alcantarilla de
las Madejas cada mañana —cuando se abría la Puerta de Carmona— para
llevar sus productos a los mercados de las Plazas de la Alfalfa, del Pan o de la
Pescadería. Junto a los reflejos, en ese arroyo temblaban las sombras de los
pilluelos que jugaban entre los arcos del acueducto, las de los mendigos que
contaban las monedas de su limosna y las de los hombres de piel caoba que
arreglaban sus asuntos a viva voz, usando un castellano «bozal» muy teñido
de los tonos y las formas de sus lenguas natales.

Pero en los tiempos de guerra que presenciaba Sevilla, el arrabal de La


Calzada había sido asolado, saqueado e incendiado por las avanzadas de la
Serpiente Emplumada. Muchos de sus pobladores se habían refugiado tras las
murallas, aunque los más previsores habían recogido sus cosas y habían huido
hacia oriente. El acueducto ya no llevaba agua —había sido volado en las
cercanías de la dispersa barriada de San Roque— y las antiguas posadas
servían ahora de alojamiento a las huestes mexicas, que escrutaban
incansablemente la Puerta y no perdían de vista la Alcantarilla.

En aquel sector, las escaramuzas con los defensores de las murallas se


habían limitado a una serie de intercambios de disparos y saetazos que poco
resultado dieron. Las hermandades de loros y mulatos y los rufianes de la
collación de Santa María La Blanca —exactamente al otro lado del muro—
no dejaron de asomarse por las almenas y de lanzar improperios jactanciosos,
juramentos, arcabuzazos y pedradas a los invasores. Éstos se conformaron
con devolver algunos tiros y mantener una silenciosa y casi invisible
vigilancia. En general, pues, aquél había resultado ser un frente relativamente
tranquilo.

98
Hasta la noche del 8 de julio.

Para entonces, los mensajeros sevillanos estaban a poca distancia de


Almodóvar del Campo. Pasando por Carmona y Écija, habían llegado a
Córdoba el día cinco y, tras dar el aviso al Cabildo, habían cruzado la Sierra
Morena por los puertos de Acetre o Valderrepisa y de Niefla. Transitaban el
Camino Real de la Plata, el «camino a La Mancha», el único que permitía
atravesar esas montañas con rapidez. Sin descansar siquiera, cabalgando día y
noche, alertando donde pudieron, habían salvado el valle de Alcudia y los
invernaderos, desde donde los últimos rebaños trashumantes de ovejas
merinas de la Mesta emprendían su marcha hacia el norte. Dejando atrás las
ventas del Alcalde, del Molinillo y de Tartaneda, se aproximaban a tierras
almodovareñas.

Aún les quedaban dos días de marchas forzadas para llegar a Toledo.

Las campanas de Sevilla no habían dejado de repicar durante toda la


mañana del día ocho, y los cañonazos que se disparaban sobre el Arenal
podían oírse desde el Tagarete. Las fuerzas de la serpiente con plumas que se
concentraban en La Calzada estaban tensas, nerviosas, intranquilas. Eran
compañías de jóvenes guerreros mexicas y aliados casi desconocidos,
comandadas por un general de segundo rango. No tenían demasiada
experiencia y, aunque valerosas y bien equipadas, no deseaban tener que

99
enfrentar una salida sorpresiva por aquel lado de Sevilla. Temían verse
sobrepasados y no cumplir con su deber como se esperaba de ellos. Para
evitar cualquier tipo de inconveniente, confiaban en una línea de mensajeros
zapotecas que rodeaba la ciudad. Aquellos hombres se comunicaban con los
altos mandos mediante silbidos. Su lengua estaba dotada de tonos musicales
muy particulares. Esa característica les permitía expresar, por medio de
sonidos modulados con los labios, frases completas. Un solo aviso y tendrían
allí a varias unidades de expertos guerreros para apoyarlos.

El puesto más avanzado de vigilancia de aquellas huestes lo componía


una pareja de guerreros del pueblo miskitu, hombres procedentes de las
costas y montañas situadas al sur de las tierras mayas. Estaba situado en lo
alto, en los mismos canales secos de los Caños de Carmona, sobre la
Alcantarilla de las Madejas. Atardecía cuando uno de ellos llegaba desde el
campamento central de aquella avanzadilla, situado unas doscientas varas a
sus espaldas, cerca del humilladero.

—Diura, man sma ki?— preguntó, en un susurro, el que estaba arriba.

—Au, yang sika...14

El que se acercaba sacó de su macuto de fibras tejidas unas pocas


tortillas asadas, todavía calientes, y se las alcanzó a su compañero. También le
pasó un odre de cuero lleno hasta los topes de atolli mexica. El vigía echó un
trago, aunque, como cualquier otro miskitu, hubiera preferido beber waspu o
twalbi, ese mismo líquido pero fermentado. O, mejor aún, un poco de wabul,
un batido a base de raíces de yuca y otros tubérculos dulces. Ambos
masticaban despacio y hablaban en voz baja, con la vista fija en las murallas,

14
En miskitu, «– ¿Hermano, eres tú? – Sí, soy yo...».

100
en la Puerta y en los metros de arrabal desolado que los separaban de ellas. El
primero instó al recién llegado a que le contase las novedades que traía.

—Upla sut tlacateccatl ba mapara rangbisa15— murmuró,


encogiéndose de hombros.

El otro meneó la cabeza en un gesto de desaprobación. Dio un último


trago al odre, lo cerró y, chistando, lo dejó caer a los pies del acueducto. Allí
había otro puesto de observación en el que se hallaban tres vigías miskitu,
uno de los cuales estaba de paso. Al tiempo que agarraba el recipiente, uno de
ellos suspiró.

—Mayi latwankira laiura ba dukiara uba aikulkisna.16

El hombre que no pertenecía a la pareja de vigilancia de ese punto


esperó a que ambos bebieran y luego, tomando el odre, se despidió. Los otros
dos dijeron adiós con un ademán mudo. Cruzando la Alcantarilla de las
Madejas casi sin ser visto, bien pegado a los muros del acueducto, fue a
ocultarse a una casilla donde se habían instalado su compañero miskitu y otra
pareja de guardias del pueblo lenca. El miskitu les enseñaba una frase en su
lengua.

—Tusban ba bin kum dauki takisa.17

El que acababa de entrar tuvo que reprimir una sonora carcajada al


oír tal sentencia y ver a los lencas repitiendo aquello sin entender en absoluto
el significado. Saludó —«noxsa, noxsa, nakeesma»— y tendió el odre a su

15
En miskitu, «Todos los hombres se quejan contra el tlacateccatl».

16
En miskitu, «Me aflijo mucho por la lejanía de mi amada esposa».

17
En miskitu, «Los pedos salen haciendo ruido».

101
compatriota, mientras contenía a duras penas su hilaridad. Luego le pidió que
le dejase a él continuar con las «lecciones» de su idioma y que pasase el atolli
a sus vecinos de más atrás. El hombre asintió, se asomó, chifló bajo y lanzó
aquel trozo de cuero cosido a la siguiente pareja de vigías miskitu, que
estaban acompañados por hombres nawat y lenca. Allí se respiraba un
ambiente de franca camaradería. La «bota» pasó de mano en mano y, con
menos de la mitad de su contenido original, voló a la siguiente casilla, en la
cual se hablaba de la guerra, y en la que se juntaban ya, además de los vigías
miskitu y lenca, varios guerreros mexicas.

—Sibilia ba kutbanka tara nani bilara sa18— manifestaba uno,


infiriendo lo difícil que sería su toma. Los miskitu no estaban acostumbrados
a ver ciudades amuralladas.

—Au, au... Sakuna naha bailara upla manis bara sa19— apuntaba otro.
Tampoco estaban familiarizados con ejércitos tan grandes. Un trago al odre y
éste salió disparado hacia un pequeño círculo de hombres de todas las
nacionalidades, en pleno barrio de La Calzada. Un joven guerrero miskitu
apretaba con fuerza el amuleto kangbaya que llevaba enroscado al cuello.
Parecía temeroso. Uno de sus compañeros, mirándolo, lo señaló con la
barbilla y musitó:

—Ai waihla sia sip apia takisa.

—Tat tanta ba baiwaia isti20— sentenció otro.

18
En miskitu, «Sevilla se encuentra entre grandes murallas».

19
En miskitu, «Sí, sí... Pero en este lado (orilla) hay mucha gente».

20
En miskitu, «Por miedo a su enemigo, se vuelve incapaz» y «La madera delgada se raja
rápidamente».

102
Pasaría un rato antes de que aquellas charlas se vieran interrumpidas
por el inesperado aviso de la pareja de vigías apostados frente a la puerta de
Carmona.

Avanzando unas cinco leguas por día, bajo un calor seco que no les
hacía demasiada mella —viniendo de donde venían— y siguiendo la antigua
ruta romana que unía Gades o Cádiz con Hispalis o Sevilla, las tropas
desembarcadas de la serpiente con plumas habían dejado atrás Los Palacios y
Villafranca de la Marisma. Era ésa una zona rural, propiedad de la casa de
Arcos, rodeada por terrenos pantanosos, el caño de la Vera, el arroyo de la
Raya y las marismas. La exigua población que allí había quedado tras los
avisos de los pobladores de la ribera del Guadalquivir había presentado una
resistencia pobre al ejército que se movía por tierra.

Al atardecer llegarían a Dos Hermanas. Y no aminorarían la marcha


en toda la noche.

En el interior de la muralla sevillana, los vecinos de Santa María La


Blanca habían decidido escapar del cerco enemigo a cualquier precio. No
querían morir dentro de aquellos muros, atrapados como ratas.
Convocándose mutuamente, provistos de teas encendidas y de las pocas
armas de las que pudieron echar mano, aquella muchedumbre se dirigió a la
Puerta de Carmona, defendida por un puñado de soldados —libertos y

103
valentones recientemente levados— que pertenecían precisamente a aquella
barriada. Incapaces de detener la creciente marejada de voces, puños y
desesperación, no tuvieron más remedio que franquear el paso y unirse a los
suyos en esa huida enloquecida.

Antes de emprender aquel camino, hombres, mujeres, ancianos y


niños se agruparon frente a la portada gótica de la iglesia de Santa María y se
arrodillaron para rezar una oración, encomendando su destino a las fuerzas
del cielo. Junto a todas aquellas almas asustadas estaba Inés.

Era curioso para esa mujer estar de rodillas frente a aquel templo que
antaño había sido una de las principales sinagogas de la Aljama o barrio judío,
un barrio ya desaparecido que en sus tiempos se extendía desde Santa Cruz,
pegado al Alcázar, hasta la Puerta de Carmona. Y era curioso porque ella era
judía. Después del Edicto de la Alhambra —en 1492, o 5252 para los
hebreos— su familia tomó la decisión de «convertirse» al cristianismo para
evitar la expulsión que sufrieron muchos otros. En aquella época no era más
que una niña, pero tuvo que aprender a encubrir sus creencias y su origen en
público, a aguantar el epíteto de «marrana» que la población le había puesto
a los suyos y a honrar las imágenes y ceremonias de la religión de Cristo.
Tuvo que bautizarse y cambiar su nombre original, Aliza, por el de su
madrina, Inés. Aliza, su apelativo hebreo, quería decir «alegre». Aunque
desde entonces la alegría con la que vivió su primera infancia había sido
sustituida por un miedo cerval casi inmanejable, alimentado por el triste sino
que habían soportado tantos judíos sevillanos.

«Conversa», «judaizante», «judía escondida», «cristiana nueva»...


Así la habían etiquetado. Ella se sabía una anús, una «forzada» a abandonar
la ley de sus ancestros en contra de su voluntad. Desde que Fernando e Isabel,

104
los Reyes Católicos, habían creado el Tribunal del Santo Oficio de la
Inquisición en 1480 —con las primeras ejecuciones en 1481 en la propia
Sevilla— y desterrado a los judíos sevillanos en 1485, la persecución no había
cesado. Muchos hebreos habían sido amparados por algunas casas nobles
sevillanas, como las de Niebla y Medina-Sidonia. Entre ellos se contaba su
propia familia. Su padre era un apreciado rabbí, un hombre sabio e
influyente, y ello le ganó tal protección.

Otros, quizás los más numerosos, habían abandonado Sefarad,


encaminando sus pasos hacia tierras más promisorias o, al menos, más
acogedoras: Flandes, las antiguas ciudades de la Hansa. O Estambul, donde el
sultán Bayezid II —que envió su flota a buscarles a España— los recibió con
una frase que se hizo famosa: Gönderenler kaybeder, ben kazanýrým.
«Aquellos que les mandan, pierden; yo gano».

Así que allí estaba, disimulando entre aquella turba que la hubiera
linchado si hubiera conocido su origen, y sabiendo que lo que iba a hacer —lo
que iban a hacer todos ellos— era un suicidio. De sus labios, apenas audible,
brotó una plegaria de su fe, la shema, aquella que pronunciaba un judío cada
mañana y cada noche. Aquella que se decía antes de morir...

«Shema, Yisrael, Adonay elohaynu, Adonay echad».21

A su lado, un hombre de piel caoba rezaba a su manera, en voz alta.

«Que ello no llega aquí no, pobe puebo de bo potege, tó nojotro


potege, lo mujé potege... Agua ta malo, comida ta malo, Dió ayuda a nojotro...
¿Cómo nojotro pobe va viví? Agoda bo va ayudá nojotro... Diablia llega agoda
mima, bo ayuda... Acoddá di yo, acoddá di nojotro pobe...».

21
En hebreo, «Escucha, Israel, Adonay es nuestro Dios, Adonay es uno».

105
Del otro lado de la muralla, un mensajero zapoteca, en su guardia
insomne, musitaba una canción de sus tierras natales, una letra casi
premonitoria.

Laanu ma’ ziuunu guiba’


Xunaxido’ nga gapa laanu ndaani na’.
Ora ma’ ziuunu nacahui riaana
ndaani yoo...22

Inés continuaba su oración —de rodillas, aunque hubiera debido


hacerlo de pie— con sus manos tapando sus ojos y los párpados cerrados
conteniendo las lágrimas. La voz se le extravió en el fondo de la garganta.

«Baruch shem k’vod malchuto le’olam va’ed».23

El zapoteca finalizaba su canto.

Guiruti’ na’ que zie,


guira’ napa xi che’;
ne dxi ma’ guidxiña dxi
zaduunanenu guira’ ni ma’ ze'...24

22
En zapoteca, «Nosotros ya nos vamos a la flor de tumbas / donde la Diosa de la muerte
nos acogerá en sus brazos. / Cuando nos hayamos marchado, / oscuro quedará dentro de la
casa».

23
En hebreo, «Bendito el Nombre de la Gloria de su Reino, por siempre jamás».

24
En zapoteca, «Que nadie diga que se va a ir, / todos tendrán que irse; / y cuando llegue el
día / nos encontraremos con todos los que se han ido».

106
VIII
TenochtitlAn, 1493

E son las casas de aquestos mexicas de tan diversas


formas e maneras que sería luengo describillas a todas sin
ahorrarse detalles. Mas distínguense a oxo desnudo aquellas
de los nobles e comerciantes ricos de las del pueblo llano,
que son las últimas choças de barro con techumbres de
cañas pobrísimas, e las primeras galanas, bien adereçadas e
pintadas, con su patio e puertas e uertos bien cuidados.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo III.

Pasaba mediodía y los españoles ya sentían hambre. Los mexicas


solían tomar algún tentempié a esa hora, dejando la comida principal para el
atardecer. Luis de Torres había pedido que llevaran las viandas allí donde
ellos estaban trabajando, para ahorrarse molestias.

Mientras comían tortillas, Rodrigo de Escobedo, pluma y «Crónicas»


en mano, tomaba algunas sabrosas notas. Quería contar en su cuaderno de
bitácora —que ahora estaba escrito en papel amatl mexica, con el formato de
un códice— un poco de la vida y la historia de sus compañeros.

107
—Maestro Domingo, dejadme que aclare un poco las mis notas, por
no confundiros con el otro Domingo, que también es de Lequeitio— le decía
al tonelero.

—Apunte vuesa merced, señor escribano, que mi nombre es Domingo


Pérez de Achía, y que dejé en mi pueblo a mi mujer y a mi hijo Juan— aclaró,
para luego agregar, volviéndose a Andresillo: —Y más te vale que no hagas
ninguna chanza, zagal, si no quieres verte con el gaznate relleno de serrín.

El jovencito, con la boca llena, levantó los brazos y abrió


desmesuradamente los ojos, revelando con el gesto que él no había pensado
decir ni una palabra.

—¿Y vos, señor Jacome?

—Son zeneize, rizo ræo, strenzo i dentim, e parlo ciæo25— repuso el


genovés, echando mano a los habituales dichos en su lengua natal. —Mujer e
hijos hube en Huelva, don Rodrigo, si os place anotallo en vuestros
cuadernos.

—¿Don Diego?

—Diego Lorenzo es mi nombre, don Rodrigo, y en Huelva se estará


todavía la mi esposa, Inés Díaz.

—Y Diego Pérez, murciano y calafate— continuó el tocayo, que


«Diegos» había varios en la partida, incluyendo al capitán Arana.

Escobedo escribió, revisó sus notas al tiempo que masticaba su último


pedazo de tortilla y comentó:

25
Tradicional sentencia genovesa. «Soy genovés, raramente me río, hago rechinar los dientes
y hablo claro».

108
—Bien. A don Luis de Torres y a don Pero Gutiérrez ya los tengo
anotados. Me faltan Francisco de Lepe, que es de Huelva y tiene allá padres y
hermanos, según sé— el hombre lo corroboró con una leve inclinación de
cabeza —y Lope, que es calafate, y don Juan de Medina, que es nuestro sastre,
y Andresillo...

—Mujer no he dejado atrás, don Rodrigo, ni familia, que me crié por


la bondad de los hermanos del Monasterio de La Rábida— se apresuró a
señalar el grumete.

—Ya veo...— apuntaba el segoviano. —Me quedáis vos, don Alonso.

—Alonso de Morales, don Rodrigo. En Moguer vive mi mujer, doña


Leonor Alonso.

—Pues ya tengo aquí consigna de todos vosotros para la posteridad,


señores míos— sonrió. —Si los nuestros vuelven sanos y salvos, ansí Dios lo
quiera, de su visita a los totonacas de Cempoala, haré lo mesmo con ellos. Y
de los nuestros muertos, poca memoria ha quedado, que no tuve oportunidad
yo de conocellos a todos lo bien que hubiese querido. Aunque quizás algún
día, entre cohibas y octli, podrían vuesas mercedes referirme algo de ellos, si
es que de algo se acuerdan.

—No olvidéis a aquel infelice que quedó en la isla de Cozolumel—


mencionó el genovés.

—Personas hay a las que es mejor no mentar, señor Jacome— terció


Juan de Medina con sequedad. Tras sus palabras se produjo un incómodo
silencio.

—¿Creéis que alguna vez tornaremos a nuestras tierras?— preguntó


de pronto Andrés, cambiando abruptamente de tema y sin dirigirse a nadie

109
en particular. Todos quedaron serios y callados, terminando su comida.

—Mira, hijo— rompió el mutismo Domingo el tonelero, con esa


calma que sólo tenían los vascongados. —Más te vale olvidar lo que atrás
dejaste y que de agora en más te apliques el dicho: «Casa en la que vivas, viña
de la que bebas, y tierras, cuantas veas y puedas». El cielo lo hizo Dios para
quien lo merezca y la tierra para quien la gane, y a nosotros nos cumple avivar
el ojo y ponernos a trabajar para ganalla, que nadie va a regalarnos nada y
harto camino habemos aún por andar. Si vida quieres aquí, gánatela, que el
Creador te puso dos manos y un seso para que los uses en tu favor, si es que
listo eres.

—Amén— prorrumpieron varias voces con gravedad.

—Ea, pues, señores míos— cerró el discurso Domingo. —Manos a la


obra, que de los codos no salen lonjas de tocino, ni de esas maderas saldrán
armas hechas si no sudamos gordo sobre ellas.

Y manos a la obra se pusieron. Momentos después recogía Escobedo


su recado de escribir, charlando tranquilamente con Jacome y con Luis de
Torres, cuando escucharon al tonelero reprendiendo a Andrés.

—¡Cállate, mastuerzo, y no me vengas con filosofías ni con


dingolodangos que no son para zamacucos como tú! ¡Si agora hasta los
escarabajos empinan la cola, hombre! ¡Anda, condenado, y haz como te digo!

—Con maestros como éste— señaló el escribano a sus compañeros,


riendo —buenos pupilos sacaremos en aquestas tierras, señores.

110
«Octubre, veynte, año del Sñr de myll y quatrocientos e noventa y
tres» rezaba el comienzo de la entrada que Escobedo se acababa de poner a
redactar en sus «Crónicas».

El segoviano se quedó detenido en el gesto de escribir, con la pluma


clavada sobre el papel y la mirada perdida en algún punto del amatl de
corteza sobre el que anotaba sus historias.

Cuando salió de España era un hombre cercano a los treinta, fuerte,


de perfil aguileño y cuerpo enjuto, culto y lleno de sueños de gloria. Un año
después, con la salud quebrantada y manchones de sufrimiento sobre la piel y
en su memoria, se sentía un anciano. Muchos de sus cabellos oscuros se
habían blanqueado, y en el fondo de sus ojos marrones se había extendido
una especie de niebla que a veces, mas sólo a veces, llovía. Todas las fantasías
con las que se subió a las carabelas que zarparon de Palos de la Frontera
habían quedado hechas añicos bajo el peso de la realidad, esa realidad que
ningún libro de romances y aventuras reflejaba. Ninguno de ellos hablaba del
hambre que retorcía las tripas hasta desear arrancárselas con las propias
manos; de los vómitos interminables por beber agua enfangada; de las fiebres
que causaban las eternas horas bajo el sol y que provocaban alucinaciones y
desmayos; de las picaduras de los insectos extraños, que destrozaban el
pellejo e inflamaban las carnes; de los dientes caídos por el escorbuto y las
encías sangrantes por comer lo primero que estuviera al alcance, aunque
fueran cortezas o espinas.

No. Nadie contaba eso.

Tampoco explicaban cómo cargar el fardo de culpa por haber dejado


atrás compañeros heridos para que muriesen a manos de los enemigos
mientras se corría para salvar el pellejo propio, o cómo echar por la borda los

111
cuerpos sin vida de hombres con los que se había compartido penurias y que
habían perecido sin que fuera posible hacer nada por ahorrarles sufrimientos.

Tal vez ésa era la razón que lo había empujado a escribir todo lo que
había pasado con sus compañeros a través de su periplo. Lo había hecho en
castellano simple y vulgar, desprovisto de esas formas rebuscadas y esas
abreviaturas ilegibles que plagaban la escritura de los de su oficio. No sabía si
alguien posaría su mirada sobre esas palabras suyas. Pero tenía la esperanza
de que, en algún tiempo futuro, sus cuadernos cruzasen el mar nuevamente y
llegaran a España, a sus tierras castellanas o a cualquier otra. Quizás entonces
sus amigos, sus familiares, sus descendientes —de quienes los tuvieran—
podrían enterarse de lo que el destino les había deparado a ellos, un simple
puñado de hombres que, de la noche a la mañana, se habían encontrado en
medio de una odisea que ni la más febril de las mentes europeas podría haber
soñado siquiera.

Y tal vez en ese momento muchos hidalguillos y segundones de las


Españas dejaran de soñar con aventuras por los mares y los puertos de allende
los horizontes. Pues fáciles eran las bravuconadas en las mesas de las tabernas
y en los mentideros de las villas. Pero la realidad —siempre la realidad— era
bien distinta.

Dos lágrimas resbalaron de sus ojos cansados y fueron a dar sobre la


única frase escrita en el códice. Dos borrones se formaron lentamente, y el
papel absorbió el agua salada, y la tinta se difuminó.

Escobedo se observó las manos. Estaban agrietadas, llenas de


cicatrices, con las uñas partidas. Recordó sus años mozos, cuando era
estudiante, cuando lo más áspero que habían tocado sus dedos era el papel o
el pergamino, o quizás la empuñadura lustrosa de una espada nueva. Sí, algo

112
sabía de hierros el escribano, aunque no lo quisiera decir. En realidad sabía
mucho. Pero prefería olvidar tal saber, pues en malos pasos lo había metido
en el pasado. A su memoria acudía la imagen de cierta reyerta en Salamanca,
que acabó con cruce de toledanas y un ahogado «¡Dios mío!» que no
pronunciaron sus labios. Desde aquella noche funesta había preferido confiar
su camino a las enseñanzas de los libros, pero reconocía que la mayor parte de
las veces, en aquel valle de zarzas que era el mundo, las cosas no podían
solucionarse simplemente con buenos verbos.

—Don Rodrigo... Don Rodrigo, ¿me oís?— lo reclamaba una voz


desde el otro lado de sus pensamientos. El hombre, ensimismado, no había
notado la llegada de maese Domingo el tonelero, que sólo buscaba decirle que
las maderas estaban ya cortadas y listas para ser trabajadas más finamente al
día siguiente. El escribano celebró los progresos de aquella jornada y volvió a
su pluma y a su papel de corteza sin mucho entusiasmo.

«Octubre, veynte, año del Sñr de myll y quatrocientos e noventa y


tres», rezaba el comienzo de la entrada, con sus dos pequeñas manchas. Y así
se quedó. Porque Rodrigo de Escobedo cerró su cuaderno plegado y recogió
cuidadosamente sus cosas, con una infinita tristeza en el pecho. Y salió a
pasear bajo el atardecer mexica, que en aquella ciudad cruzada de canales se
saturaba de croar de ranas, cantos de pájaros y el aroma de cocinas en las que
gente de paz preparaba la última comida del día.

«Veinte de octubre» pensó Rodrigo Balmaceda esa noche en Kosom


Lu’umil. Estaba afilando su espada con una piedra negra de moler maíz traída

113
de tierra firme. La había mercado a un comerciante en los puertos de Xaman
Nah, al oeste de la isla, cuando la suya se perdió. «Ha más de un año que salí
de Castilla, y cinco meses que pisé Ixlapak» se dijo el muchacho. En las cinco
lunas que llevaba viviendo en aquella aldea itzá, el aspecto del andaluz había
cambiado mucho. Se había hecho perforar las orejas, luciendo en ellas
sencillos adornos de piedras verdes, y solía exhibir pinturas de color
bermellón en el torso y los brazos. El sol había oscurecido su piel, volviéndola
del color de la arena mojada, y el salitre marino había aclarado sus cabellos
largos, los cuales llevaba recogidos en una cola a la usanza de los hombres del
lugar. Pero usar el mismo peinado no evitaba que, en comparación con los
lisos y recios mechones negros de los locales, los suyos parecieran vedijas de
oveja sucias y arruinadas.

Se había habituado a rasurarse todas las semanas, especialmente


desde que su pequeña «hermana favorita», Ix Xíiw, le había dicho que su
barba «pinchaba». Agradecía contar, entre sus pertenencias, con un espejo
que conservó de los «rescates» y con una daga sevillana que, entre sus
múltiples funciones, cumplía con la de afeitarlo. Pues el sistema itzá de quitar
el vello facial —depilando pelo a pelo con una pinza, o quemándolo
directamente con paños calientes— no le atraía demasiado.

Vestía prendas sencillas de algodón. No se había podido acostumbrar


al ex de los itzáes, así que había logrado que su «madre adoptiva» le
confeccionara, siguiendo sus austeras indicaciones, una especie de amplia
camisa marinera abierta y unos burdos calzones que llevaba atados con un
cordón a la cintura. Sus botas, como el resto de sus ropas originales, habían
terminado pudriéndose del todo, por lo que debió de conseguirse unas
sandalias fuertes, al estilo de las de esparto de su pueblo natal. Conservaba
sus alforjas, su cinturón y sus armas, que cuidaba casi con mimo, pues le eran

114
de mucha utilidad en una región en la que el hierro era prácticamente
desconocido.

Se había tomado la costumbre de marcar las semanas en el cuero de su


alforja con diminutos tajos de cuchillo, señalando algunas con un corte un
poco más grueso para no olvidar ciertos acontecimientos. A decir verdad, a
Balmaceda el calendario jamás le había importado demasiado. Hijo de su
época, el tiempo no había sido para él más que una sucesión de días y noches
sin mayores hitos que algún suceso importante. Además, el muchacho no
había tenido la oportunidad de aprender a escribir, con lo cual no podía —
como el escribano Escobedo, su antiguo compañero de andanzas— relatar
sobre hojas de papel todo lo que vivía día a día. No obstante, algo dentro de él
le decía que mantener frescos los recuerdos era importante. En consecuencia,
consignaba sus tiempos al cuero... y su historia a la memoria, como solía
hacer la gente allá donde había nacido y allí donde ahora vivía.

Su vida se desarrollaba al lento ritmo de las mareas que acariciaban las


playas cercanas a la aldea de Ixlapak. Había aprendido a hablar fluidamente
la lengua de los itzáes y, con la ayuda de algunos vecinos, había conseguido
construirse una canoa a partir de un enorme tronco de ya’axche’. Lejos de
interesarse por los cultivos, decidió ocuparse en las faenas de pesca,
empleando redes de fibras, arpones, canastos de palma y algunos anzuelos de
hueso. Con paños bastos de algodón y con bejucos había armado una vela que
hacía que surcase las aguas a mayor velocidad que las barcas de los
pescadores locales, movidas a remo. Ello le permitía pasar sus días navegando
las costas de Kosom Lu’umil, en las cuales ya empezaba a ser conocido, tanto
por su singular aspecto como por su trabajo.

115
Sus capturas eran buenas: aquel mar turquesa era generoso con
quienes lo trataban con respeto y sabían esperar. En los puertos de Xaman
Nah trocaba los frutos de su trabajo —pescado seco y salado, mariscos y
caracolas— por los bienes que necesitaba, y en su propia aldea cambiaba
parte de su «cosecha» por maíz, calabazas, tabaco y ají.

Había obtenido de su comunidad el permiso para adueñarse de un


pequeño retazo de tierra en donde, con la colaboración de su familia
adoptiva, había levantado una casita de paredes de madera y techo de palma.
Allí dentro conservaba sus escasas pertenencias: redes, anzuelos y
herramientas... pues ¿qué más necesitaba?

Por las noches, a la luz de las estrellas y entre el humo del tabaco al
que se había vuelto muy aficionado, había escuchado incontables narraciones
con un deleite especial. Los cuentos y leyendas que narraban la aparición de la
vida sobre la tierra y las hazañas de los héroes ancestrales itzáes hacían que su
espíritu volase lejos, a edades fantásticas, cuando la magia caminaba sobre la
tierra, los animales hablaban y los dioses hollaban los senderos y trataban sus
asuntos con los hombres.

Pero además había aprendido mucho sobre la historia de aquel pueblo


y sobre la geografía de la tierra firme que se adivinaba en el horizonte del
oeste. Allí, decían, se encontraban las grandes ciudades de piedra, las murallas
defensivas, las torres, los templos, los observatorios de las estrellas. Allí se
habían gestado las guerras, las traiciones, las alianzas, los ataques, los amores
y odios que poblaban las páginas de la historia itzá, pocas veces escritas, casi
siempre contadas. Los nombres de las villas y provincias resonaban en sus
oídos con ecos de ensueño: Coba, Tzama, Xel Ha, Conil, Chichen Itza,
Chikin Chel, Uaymil, Ch’aak Temal...

116
A veces se detenía a pensar en su vida anterior. Le había costado
mucho dejarla de lado para iniciar una nueva andadura en aquel mundo que,
a pesar de sus esfuerzos, aún le resultaba poco conocido. Todavía tenía
pesadillas, y muchos de sus fantasmas seguían visitándolo puntualmente cada
noche. Por otra parte, no se sentía totalmente incluido en la comunidad en la
que vivía. Su espíritu nómada y aventurero no cuadraba demasiado bien con
las existencias tranquilas de los labradores de Ixlapak, apegadas a los campos
de cultivo y al trabajo diario. Y sobre todo, aún no había encontrado
compañera, lo cual le impedía participar en el ciclo natural de la vida humana
tal y como la entendían los itzáes. Pero con una buena dosis de paciencia y
otra de confianza, tal vez pronto lograra que unos ojos oscuros lo miraran con
interés.

Por lo demás, pasaba mucho tiempo con la familia que él consideraba


suya por adopción, personas a las que amaba y respetaba y de las que recibía
igual afecto. Era gente sencilla, y le dolía ver cómo prestaban servicios a los
grandes señores de la isla a cambio de nada. Le recordaba las relaciones de
vasallaje que los «Grandes» de Castilla imponían a sus siervos, entre los
cuales se encontraban sus padres, sus tíos y todos los conocidos de su niñez.
No estaba dispuesto a encadenarse con ese tipo de grilletes: fue eso,
probablemente, lo que lo llevó a escoger ganarse la vida como pescador y
navegante en Kosom Lu’umil, y a poner su destino y su sustento en manos del
mar.

Amaba el mar, que hasta aquel momento había sido un compañero


bastante fiel. En ocasiones pasaba noches y días sobre su barca, rodeando la
isla, descubriendo todos los rincones de sus fondos arenosos y coralinos, los
detalles de sus playas y lagunas, la fuerza de sus corrientes y de sus vientos, la
posición de las estrellas sobre su cabeza. Otras veces destinaba horas y más

117
horas a revisar el casco de su embarcación y planear aditamentos o mejoras,
que llevaba a cabo lentamente, con una tenacidad y un empeño asombrosos
en persona tan joven y con tanto fuego en las venas.

«Veinte de octubre» se repetía Rodrigo, embadurnando


cuidadosamente las hojas de su toledana y de su «daga de riñones» con grasa
de manatí, para preservarlas de la herrumbre y de los efectos nocivos del
salitre. Canturreaba bajito el ch’eel una canción itzá. «Ma’ maachik tèen, ma’
maachik tèen u neh chan weecho»26. En los últimos días había decidido
navegar hacia tierra firme, hacia los puertos de Pole y Xaman Ha’. De allí
venían muchas barcas cargadas de peregrinas de Ix Chéel, de bienes y de
relatos: relatos de selvas y montañas, de costas interminables hacia el norte y
hacia el sur, de mercados y comerciantes. ¿Quién sabía? Era posible que, con
un poco de fortuna y tesón, pudiera dedicarse al comercio, mejorar su
embarcación o construir otra más grande y fuerte. Y entonces tal vez pudiera
consolidar mejor su posición y su independencia, conseguir una compañera y
crear su propia familia. Según había podido comprobar, los comerciantes
eran hombres muy poderosos y bien considerados en aquellas tierras.

Volvió sus ojos claros hacia el cielo y, con las manos sobre el puño de
su espada —cruz de gavilanes finos y guarnición de cazoleta— se quedó
mirando las estrellas que formaban la constelación de Orión, el cazador...

26
En maya yucateco, «No me quites, no me quites la cola de este pequeño armadillo».

118
... una constelación que recién se asomaba por sobre las aguas del lago
Texcoco. Los pasos de Escobedo lo habían conducido a casa de su amigo
pochtecatl en Tepetitlan, una de las siete collaciones o calpolli en las que los
comerciantes mexicas se agrupaban, tanto en Tenochtitlan como en
Tlatelolco. Tepetitlan estaba ubicada en el campan de Moyotlan, una de las
cuatro divisiones de la ciudad, situada al suroeste. Para llegar, el español salió
por la puerta sur, una doble hilera de ocho columnas enmarcadas por dos
sólidos pilares y coronada por un friso de madera tallada. Atravesó el canal
que rodeaba todo el recinto ceremonial, giró al oeste, dejó atrás la plaza y el
Palacio del Cihuacoatl, pasó entre la cuicacalli o Casa de Cantores y el Palacio
del Tlilancalqui y antes de la Casa de Animales viró hacia el sur, cruzando
canales y acequias, calles y chinamitl.

En la casa de Cuitlachnehnemini, los siervos ordenaban leña, así como


las cañas tlachinolacatl —de maíz y otros tipos— que se utilizaban para cocer
los tamalli. En los patios externos, daban de comer grano a las gallinas y a esos
huehxolomeh que, a ojos de los españoles, parecían enormes gallos con
papada. «Cualli yohualli» saludó el español, avanzando lentamente mientras
los servidores de su amigo inclinaban respetuosamente la cabeza y
continuaban enfrascados en sus tareas.

Las moradas mexicas eran de varios tipos. El segoviano, gracias a sus


prolongados paseos por la ciudad, había podido ver muchas de ellas, pero
había olvidado sus nombres. ¡Aquella lengua náhuatl tenía tantas
designaciones para cada detalle de la vida cotidiana! Generalmente las casas
eran de una sola planta, aunque los palacios de las personas más ricas podían
tener hasta dos. La de su amigo tenía sólo una, muy espaciosa. Era
encantadora: simple, bien ventilada y decorada, limpia y ordenada. Como la

119
gran mayoría, aquella vivienda estaba organizada alrededor de un enorme
patio central, lo que le daba cierto aire morisco. A ese espacio abrían sus
amplias puertas las habitaciones principales. No había ventanas, ni internas
ni externas, rasgo este que no sorprendió a Escobedo, pues en las aldehuelas
segovianas tampoco se veían demasiadas. Los pisos eran de tierra apisonada o
mortero teñido de rojo, y siempre lucían muy pulidos y arreglados. Los
techos, por su parte, estaban armados sobre recias vigas de madera y
terminaban en una azotea plana: los mexicas no conocían las tejas.

Dentro de las habitaciones —al menos, en lo que concernía a la casa


de Cuitlachnehnemini— se usaban esteras para cubrir los pisos o para tapar
las puertas. El mobiliario era escaso: algunos asientos de madera, juncos o
pieles, algunos cántaros y cestas y poco más. Para calentarse colocaban
braseros de diversas formas, siempre bien aderezados, en los que quemaban
maderas y resinas fragantes. En la cocina estaba el fuego central y junto a él el
metlatl; en el cual todas las mañanas, tras oír las llamadas de bocinas y
atabales que daban la bienvenida al sol y abanicar las brasas de la lumbre para
avivarlas, las mujeres de cada casa —o, en su caso, las esclavas— molían el
maíz de las sempiternas tortillas. Era entonces cuando se escuchaba, en toda
la ciudad del lago, un sonido característico: el palmeteo de miles de manos
femeninas que daban forma circular a la masa de maíz.

Las casas tenían dos entradas: una, la principal, hacia la calle de tierra;
otra, la secundaria, hacia el canal. Por aquella última se recibían las
provisiones ofrecidas cotidianamente por vendedores ambulantes en canoas:
flores, verduras, pesca y agua potable. Por allí también entraban las visitas
que llegaban en barcas, y salía Cuitlachnehnemini cuando partía en viajes
comerciales. Pues la mejor forma de abandonar Tenochtitlan, y la más rápida
si se iba con mucha carga, era cruzando el lago.

120
El pochtecatl estaba en el amplio patio de su morada, reunido con dos
ancianos pochtecatlatoqueh, verdaderas autoridades en su gremio. Esos
comerciantes viajeros ya retirados de la actividad —especialmente de las
largas travesías— eran muy respetados debido a su experiencia. De ahí que
sus colegas más jóvenes les pidieran siempre consejo y contaran con ellos para
tomar decisiones que afectaran al sector. Escobedo saludó a su amigo.

—Nehhuatl onihualla onimitzittaco— le dijo. «Yo he venido a


verte».

—Tehhuatl tihuitz tinechittaqui— respondió el mercader con


solemnidad. «Tú vienes de allá para verme». Así cerraban su breve
ceremonial de bienvenida.

—Cuix namechahmana?27— preguntó el segoviano.

—Ahmo, ahmo... Niyaz in Anahuac Xicalanco. Niquihmati:


nohtlatoctiz, ninehnemitiz28— explicó. El español entendió que su
compañero mexica preparaba un viaje comercial a las costas del oriente, a las
tierras que él ya había visto aunque fuera de lejos, desde el mar. El pochtecatl
le había contado muchas veces que solía ir allí, atravesando el territorio
enemigo de Tecuantepec —con riesgo de su vida y la de sus acompañantes y
cargadores tlamemeh— para llevar, entre otras muchas cosas, grana de tunas,
piedra de lumbre, orejeras de cobre, cuchillos de obsidiana itztli, punzones
itzauhqui, cascabeles, hierbas y flores medicinales tlacopahtli y xochipalli y
capas quetzalichayatl de fibras de maguey. A su vez, de aquellas tierras
calientes traía bellísimas plumas de quetzaltototl y chalchiuhtototl, cueros

27
En náhuatl, «¿Os molesto?».

28
En náhuatl, «No, no... Iré a Anahuac Xicalanco. Me preparo: me moveré, viajaré».

121
labrados de animales feroces, granos de cacao, abanicos de plumas
coxolihehcacehuaztli, ámbar, orejeras quetzalcoyolnacochtli, piedras
quetzalitztli parecidas a esmeraldas y rodelas xiuhchimalli ornadas de
turquesas. Además se hacía con esclavos, que en aquella región solían costar
treinta o cuarenta mantas de algodón cuachtli, las mismas que habían sido
usadas para comprarlo a él en Cempohuallan. Dentro del enorme mundo de
los comerciantes mexicas, los que viajaban —los oztomecah— eran los que
más exponían, pero también los que más beneficios obtenían. Y entre ellos,
los tratantes de mercadería humana —los tecohuanimeh— se hallaban entre
las personas más ricas del universo mexica. Por otro lado, los pochtecah
viajeros eran hábiles espías y guerreros, y muchas veces ostentaban, además
de sus altas posiciones pecuniarias, títulos nobles concedidos por el hueyi
tlahtoani en recompensa por sus acciones políticas y militares. Eran, por
ende, una clase social con mucho poder y mucha autonomía, tanto política y
social como económica.

Cuitlachnehnemini presentó al extranjero a sus mayores,


nombrándolo tlahcuiloani. «El que dibuja, el que escribe». Así lo había
bautizado cuando lo vio por primera vez, prisionero y de rodillas, en el patio
de aquel desgraciado palacio totonaca. «Tlilli, tlapalli, tlilatl iolhuil»29 dijo de
él. Pero los pochtecatlatoqueh ya se estaban retirando y terminaron de
despedirse del dueño de la casa. Mientras tanto, la hija del pochtecatl se había
acercado al hispano con una fragrante caña de tabaco iyetl en su mano
derecha y un plato para apoyarla en la izquierda. Vestía una sobria cueitl que
le cubría el cuerpo hasta las pantorrillas, y un huipilli encima, apenas
bordado. Su sencillez y su modestia la hacían todavía más hermosa a ojos del

29
En náhuatl, «La escritura y la tinta son su especialidad».

122
hispano. Correspondiendo al ofrecimiento de la muchacha, Escobedo recibió
la caña como mandaban las normas de urbanidad mexicas: tomándola con su
mano derecha por el extremo decorado. Asió luego el plato con la izquierda,
pues la costumbre estipulaba que ambos elementos se debían tomar como si
fueran arma y escudo, respectivamente. Con un susurrado «tlazohcamati»
agradeció el gesto, y la chica, entornando los ojos, respondió con un suave
«amitla».

—Mopal elcihcihui30— declaró el mercader cuando su hija se retiró.


El español comenzó a fumar sin dar respuesta a aquella afirmación,
entendiendo que «el que calla, otorga». Se hizo silencio cuando la joven —
llamada Ayahuitl, «bruma»— apareció con una iyetl y un plato para su
padre. Los dos hombres la siguieron con la mirada mientras se alejaba de
nuevo, sus tobilleras y pulseras sonando y su huipilli ondeando suavemente
tras ella. El pochtecatl dio un par de chupadas largas a su tabaco —el cual,
como muchos mexicas, solía mezclar con betún chapopohtli para darle
aroma— y escuchó con atención al escribano, que le comentó brevemente los
adelantos de su gente con los trabajos de la madera. Aquel avance complacía,
y mucho, al comerciante. Luego éste refirió los detalles de su futuro viaje.

—Cuix huitz nonahuac?31— le preguntó inesperadamente al


segoviano. Rodrigo sopesó cuidadosamente la invitación. No le desagradaba
la idea de viajar con su mejor amigo, una persona que podría abrirle muchas
puertas, del que podría aprender infinitas cosas y al que, en última instancia,
le debía la vida. Además, de su mano podía conocer mejor el país y las

30
En náhuatl, «Ella suspira por ti».

31
En náhuatl, «¿Vienes conmigo?».

123
costumbres, y hasta evaluar la posibilidad de convertirse en pochtecatl. Sabía
que aquel hombre no sólo lo había salvado en un pasado reciente, sino que
podría ayudarle a construir un futuro a su medida. Además... no quería
desairar al que, con un guiño del destino, podría convertirse en su suegro.
Pero, para poder irse tranquilo, deseaba ordenar un poco sus asuntos y quería
esperar a que llegaran sus compañeros de Cempohuallan.

—Nocnihuan...— intentó explicar Escobedo. —In cuepcahuan


nicchiyaz.32

—Quemah. Nehhuatl nimitzchiyaz33— fue la respuesta de


Cuitlachnehnemini, que acercaba el tradicional tablero de patolli.

32
En náhuatl, «Mis compañeros... Esperaré su retorno...».

33
En náhuatl, «Bien. Yo te esperaré a ti».

124
IX
Sevilla, 1521

E dízese que quando el miedo entra al cuerpo,


empuxa a los ombres a fazer sandezes e desvaríos que, en
estando cuerdos e tranquilos, no fazerían de ningún modo.
E al miedo achácasele, pues, la grande locura e nescedad que
fizieron aquesos pobres diablos, que por huir de un destino
incierto sellaron un cierto sino.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo III.

Caía ya la noche cuando los miskitu emplazados sobre el acueducto


notaron gritería y ruidos extraños tras la Puerta. Aquella barahúnda no
presagiaba nada bueno. Siguiendo la ruta del odre de atolli, enviaron la
novedad a sus superiores, que avisaron del hecho a los altos mandos a través
de los zapotecas y organizaron a las tropas para repeler cualquier ataque
sorpresivo que partiera desde las murallas o desde el interior de la fortificada
ciudad. A pesar de tantas carreras, todo se hizo con el mayor de los sigilos,
ocultándose los hombres entre las sombras para no ser percibidos con
facilidad.

125
Cuando la Puerta de Carmona se abrió lentamente, los dos vigilantes
no daban crédito a sus ojos.

—Bika! Man baha sut kaikisma?

—Kaikisna...34

Lo que salía no era una compañía del ejército sevillano. Se trataba de


población civil: mujeres, ancianos, niños, esclavos, todos ellos provistos de
antorchas y flanqueados por hombres malamente armados, con escasa
protección y totalmente desorganizados. Los miskitu pronto comprendieron
lo que estaba ocurriendo. Aquello era una escapada desesperada, una fuga
apresurada de los sitiados en la que estaban condenando sus vidas. Mientras
uno daba el aviso a sus compañeros de abajo —soplando casi la palabra
waihla nani, «enemigos»— el otro no podía separar los ojos de aquel tropel.

—Witin nani sut pruaisa35— anunció quedamente.

—Yang naha tasba wina katna kaka, aiklabaia kapri— repuso el otro.
—Taura aiklabi pruwaia, alba kaia mankara.36

—Witin nani sut pruaisa— repitió el primero, con la tristeza


nublándole la mirada. Era un guerrero, no un asesino. Atacar a la
muchedumbre que huía despavorida le parecía simplemente una masacre. Su
compañero observaba perplejo a algunas de aquellas personas de piel oscura.
Era la primera vez que veía hombres y mujeres de raza negra.

34
En miskitu, «– ¡Mira! ¿Ves todo eso? – Los veo...».

35
En miskitu, «Todos ellos van a morir».

36
En miskitu, «Si yo fuera de esta tierra, lucharía. Primero morir peleando, que vivir
esclavo».

126
—Taya kalatka siksa baku...37— se dijo, extrañado.

El puñado de sevillanos que cruzaban armados por Carmona se


adelantó al grupo y formó una especie de muro que avanzaba lentamente, con
precaución, oteando a través de la penumbra que ya cubría por completo las
primeras casas abandonadas del arrabal de La Calzada. Los vigías lenca y
miskitu situados en las riberas del arroyo Tagarete podían distinguirlos a la
luz de las teas encendidas que portaban, y advirtieron nuevamente a su
general de lo que estaba sucediendo. Éste, confuso ante una situación tan
singular, volvió a dar aviso a los altos mandos a través de los mensajeros
zapotecas, y ordenó a sus tropas que se mantuvieran alertas, preparadas ante
cualquier eventualidad.

Los sevillanos superaban las casas y callejas que los separaban de la


Alcantarilla de las Madejas y de las aguas del arroyo, con los ojos y las flechas
de sus enemigos apuntándoles. Se movían muy despacio, con mucho miedo.
El tiempo transcurría casi sin ser sentido, al ritmo de los pasos de quienes los
arrastraban en su fuga. De pronto, uno de ellos, un rufián armado con un
viejo arcabuz de mecha humeante, entrevió algo en la negrura a los pies del
acueducto y, sin pensarlo dos veces, alzó el caño de hierro y disparó.

«A las armas las carga el diablo» sentenciaba un viejo dicho español.


Y, en efecto, pareció que el mismo demonio orientara la trayectoria de aquel
pedazo de plomo candente. Enviado casi al azar contra un objetivo apenas
adivinado en la oscuridad, partió el pecho de uno de los vigías miskitu,
acallando el recuerdo de la esposa que había dibujado con nostalgia mientras
caía la noche.

37
En miskitu, «El color de la piel es como negro...».

127
—Yaptam palira! Pat waihla nani aula!38— clamó su compañero,
haciendo reaccionar a los hombres que estaban más cerca del humilladero.
Justo al mismo tiempo, los silbos zapotecas devolvían la orden del
tlacochcalcatl mexica, Tepehuahtzin. Eran dos palabras en náhuatl, apoyadas
por la llegada de varios escuadrones de arqueros chichimecah, taínos y
caribes.

«A las armas las carga el diablo», decía el refrán. Algunos lo


remataban afirmando que las disparan los imbéciles.

—Diara sut brisna ba man dukiam atia sa39— alcanzó a pronunciar,


con las pupilas dilatadas por el asombro y el dolor, el vigía miskitu a su amigo
y compañero antes de morir. El otro lo sostenía entre sus brazos. «Se fue...»
pensó el hombre. A su alrededor había estallado la confrontación. Pero su
pensamiento estaba lejos de allí. Miraba aquel cuerpo que yacía inerte y
pensaba que podía haber sido él el que ocupara su lugar. Hubieran bastado
sólo unos minutos para que sus recuerdos, sus sueños, sus deseos, sus gustos,
su historia, sus lazos, todo desapareciera envuelto en un último suspiro. Todo
ido, todo terminado de golpe, así, sin más, simplemente porque sí.

Una tempestad de «flechas negras» atravesó la turba que intentaba


abandonar Sevilla por Carmona. Las puntas agudas de los proyectiles no
diferenciaban niños de ancianos, hombres de mujeres. Los arqueros

38
En miskitu, «¡(Insulto, sin traducción posible)! ¡Ya se acercan los enemigos!».

39
En miskitu, «Las cosas todas que tengo son todas tuyas».

128
chichimecah se aproximaron por la Calzada de la Cruz del Campo y, sin dejar
de disparar, cruzaron el puentecillo sobre el arroyo. Buscando resguardo
entre las sombras, continuaron enviando sus saetas contra aquellas antorchas
que ahora corrían frenéticamente de un lado a otro. La calle de tierra era un
reguero de heridos que se arrastraban como podían entre alaridos de dolor.
Los guerreros taínos, caribes, miskitu, lencas, nawat y mexicas siguieron las
huellas de los chichimecah, prestos a entrar en acción, con el corazón hecho
un ovillo de miedo, dudas y excitación. Los sevillanos contraatacaban con
unas pocas ballestas y arcabuces al bulto, presas de la desesperación, y
algunos se daban media vuelta y regresaban sobre sus pasos, tropezando con
los cuerpos de los caídos y empujando al resto hacia la Puerta. Desde las
almenas de la muralla se escucharon también los disparos de algunos
defensores que les cubrían la retaguardia, pero los arqueros, ya fogueados en
la batalla del Arenal, no ofrecieron blancos fáciles y regaron con dardos la
cima del alto muro.

Y entonces ocurrió uno de los sucesos más lamentables de aquella


nefanda jornada. Para evitar la entrada de invasores por Carmona, los
defensores —reforzados por tropas que llegaban desde el Alcázar por
mandato de Enríquez de Ribera— cerraron las puertas y las trabaron. Pocos
de los que habían salido pudieron volver a entrar, y el clamor que se elevó
fuera de la puerta no consiguió revocar la decisión. Salvar a esos que se
habían «rebelado» contra las órdenes —aún a sabiendas de lo que podía
sucederles— equivalía a poner en peligro al resto de la población. Y ese era un
riesgo que no se podía correr.

A los guerreros de la serpiente con plumas no les costó ningún trabajo


rodear y hacer prisioneros a los desdichados que habían quedado aislados

129
fuera del casco sevillano, mientras se defendían, al mismo tiempo, del ataque
que arreciaba desde las almenas.

A manos del vigía miskitu que había alcanzado el odre de atolli a su


compañero sobre el acueducto cayó prisionera Inés. La joven no se resistió.
No hubiera podido, ni hubiera sabido. De sus labios temblorosos sólo se
desprendieron palabras en la lengua de sus antepasados.

«Shav’atenu kabel. Ushm tza’akatenu. Yode’a ta’alumot».40

—Un centenar. Quizás dos— fue todo lo que pudo responder el


mensajero.

Enríquez de Ribera tuvo que sentarse tras escuchar la funesta noticia.


Ése no era el resultado que había esperado una vez que se acatase su orden.
Aquella gente tenía que haber sido detenida cuando quería salir, no cuando
trataba de volver a entrar. Los que estaban en la Sala de la Media Naranja
dejaron caer el peso de sus cabezas sobre el pecho y clavaron su mirada en el
suelo. Había pasado la hora de completas, o tal vez maitines, ¿quién podía
saberlo? Allí ya no sonaban las campanas que dividían el tiempo sevillano al
ritmo de los rezos.

—¿Y la cárcel?

40
En hebreo, «Nuestro clamor acepta y oye nuestro grito, Tú el que conoce los misterios».
Es parte de la Ana Bek’oach.

130
—Medio centenar de presos muertos y ciento y tantos fugados, que
poco pudieron hacer las gentes de armas en llegando allí. Sólo dieron con los
que no lograron salirse de sus celdas.

—Y a los escapados, ¿habeislos buscado?

—En la noche, perseguillos es trabajo sin provecho. Es como querer


atar al humo.

El Capitán General hundió la cara entre las manos. En cuanto


amaneciera se reanudarían los combates. Y ya no tenía más cartas que jugar.
Sólo restaba confiar en la bravura y en el instinto de supervivencia de los
sevillanos. Pero con media muralla principal perdida, sus puertas abiertas y
un mar de despojos hispanos yaciendo ante ellas, ¿podían la valentía y el
arrojo mantenerse en pie?

—¿Por ventura habedes nuevas de las puertas del Alcázar?— quiso


averiguar Enríquez, aunque era una demanda estúpida y él lo sabía.

—Oídlo vos mesmo, señor— repuso el mensajero. En efecto, los


cañones no habían dejado de golpear aquellas entradas en lo que iba de
noche. Pronto caerían, y con la primera claridad del sol nada evitaría una
nueva carnicería.

El Capitán alzó la vista. Poca gente quedaba en aquella sala. Muchos


nobles habían muerto durante los enfrentamientos de la tarde anterior.
Muchos buenos amigos, gente joven como Belalcázar. Y cuando llegaron las
peores noticias, la mayor parte de los restantes se había dirigido a sus
palacetes y casas para resguardarse allí, convocando a sus deudos en torno
suyo para defender sus pertenencias y personas, olvidando la villa y sus
habitantes. Permanecían con él algunos clérigos, un puñado de nobles e

131
hidalgos, los miembros del Cabildo secular que no habían caído a manos
enemigas y los militares bajo su mando. Nadie más.

Nada más.

La ayuda de Toledo ya no podría socorrerles. Faltaban dos o tres días,


con suerte, para que sus mensajeros dieran el aviso —si no habían sufrido
ningún percance al cruzar la Sierra Morena— y tomaría diez días más a
marchas forzadas para que las fuerzas imperiales pudieran acercarse a Sevilla.
Para entonces, sería una suerte si subsistía memoria o rastro de los habitantes
de la ciudad del Guadalquivir.

Tampoco había llegado apoyo desde las villas vecinas. El Capitán


General pensó que los relatos de los que habían huido de la ciudad y sus
alrededores habrían bastado para infundir temor en los espíritus más
bizarros.

—Tened las guardias en las puertas orientales. Que ninguno cometa


otro grande desatino como el que aquesos desdichados han hecho. Que los
hombres descansen si pudiesen, mas de hacello, que recuerden41 presto. En
amaneciendo habremos harta labor una otra vez. Aconteceranos lo que Dios
pluguiera.

En su tienda sobre el Arenal, Tepehuahtzin era informado de la toma


de prisioneros en Carmona. El mexica no dormía. No hubiera podido, con
tantas imágenes en la cabeza, tanta responsabilidad en el pecho, tanta sangre
y tanto fuego corriéndole por las venas, tantos planes por urdir.

41
En castellano antiguo, el verbo significaba «despertar». Para «recordar», el verbo usado
era «acordarse».

132
El tlacochcalcatl repasó mentalmente los últimos acontecimientos.
Luego se levantó de su estera —aderezada con ricas pieles de ocelotl, como
correspondía a su rango— y, rebuscando en unos abultados sacos que
ocupaban un extremo de su tienda xacalli, extrajo de uno de ellos un macizo
crucifijo dorado. Era uno de los trofeos que había traído la Tzitzimitl desde
Cádiz. Aquel símbolo siempre le había causado una sensación confusa, desde
que los Mensajeros se lo enseñaron y explicaron hacía años, allá en
Tenochtitlan. Una sensación que oscilaba entre la curiosidad, la diversión y el
horror. No comprendía cómo aquella gente había sacrificado así, tan
cruelmente, al que consideraba su salvador, su dios, su divinidad. Los dioses
mexicas eran poderosos y escapaban al entendimiento o el alcance de los
mortales. Pero aquel hombre, ejecutado primero, adorado luego...

Miró largo rato el crucifijo y sin mediar explicación alguna se lo lanzó


al subordinado que le había llevado las novedades. Acto seguido, con frases
breves, dio sus órdenes.

Sevilla se rendiría al día siguiente. No le quedaba ninguna duda.

Los prisioneros habían sido maniatados y arrinconados en una


antigua posada de La Calzada, abandonada por sus propietarios y maltratada
por el saqueo. Varios guardias armados los vigilaban. A la luz de unos pocos
candiles de aceite negruzco, los cautivos podían ver sus facciones cobrizas,
sus pinturas, sus vestimentas y sus adornos, tan exóticos para sus ojos como
distantes para sus mentes.

133
Sabían de ellos que eran el enemigo, que estaban atacando su ciudad y
que ahora sus vidas les pertenecían. Sólo eso. Un rumor de lamentos, de
sollozos, de improperios, de maldiciones y rezos recorría aquel recinto de
paredes encaladas, ocres a la tenue y sucia luz de las lamparillas.

Con la espalda contra una de ellas, arrebujada en su mantilla, estaba la


judía «conversa». A su lado renegaba un viejo mendigo, andrajoso y
mugriento. Vestía un sayo largo hecho jirones que no hubiera servido ni
como papel de estraza, abierto por el hombro y cerrado por delante. Se
tapaba la cabeza con una caperuza de cuartos y con un paño por donde
deambulaba un rebaño de bichejos diminutos. Llevaba las piernas desnudas
bajo un calzón antaño blanco, y calzaba unas abarcas de cuero crudo atadas
con tomizas de esparto. Blasfemaba en su castellano más castizo. «Senjusticia
com’aquesta no ha quedar sin pugnición, pardiez, qu’aquestos hideputas
traidores, bellacos redomados, presto han trubar quien les espulgue las
costillas... Sen resuello lo’han de dejar, y aun pior». Por la otra banda, una
africana —quizás una antigua esclava— murmuraba a una pequeña que
llevaba envuelta en un manto, apretada contra su pecho. «No llora no,
pequeña di mi, no hacé eso no, ojito e’flore» le decía, cubriéndola de besos.
«Nojotra van está bien, yo cuiddá ti mucho, agoda tu duelme... Yo ama ti
mucho fuerte».

«Todo han destruido, bastardos, las murallas y el castillo trianero,


todo...» denunciaba el pordiosero, e Inés lo interrumpió.

—¿Escucho bien? ¿El Castillo de San Jorge, destruido es?

—Ansí dicen, mi señora, que no l’han visto los mis ojos... Mas, en
arrasando todo el río ¿como el castillo iba a salvarse?

134
—Maravilla muncha es aquesa...— se mordió la lengua la mujer.
Aquella fortaleza era la sede de la Inquisición, el terror de los «conversos»,
los muros en cuyo interior se confesaba lo inconfesable, lo inadmisible, lo
inexistente. ¿Habría sido realmente destruida? De allí habían salido muchos
de los suyos vistiendo sambenitos, o como blanco del escarnio popular en su
ruta a las hogueras levantadas en la plaza de San Francisco. Allí estaba el
martillo que rompía lo que aquella sociedad más odiaba: lo diferente. Y
oponérsele era imposible. Ya lo decía un viejo refrán ladino: «Fierro que da al
vidrio, ¡guay del vidrio! Vidrio que da al fierro, ¡guay del vidrio!». Los
débiles siempre perdían. Siempre.

Varios extranjeros armados entraron en la posada, eligieron a algunos


prisioneros y los alzaron del suelo. Cuando pasaron frente a Inés, la mujer
pudo reconocer entre ellos al miskitu que la había capturado. Él también la
reconoció y, señalándola con la barbilla, le dijo unas pocas palabras al
responsable de escoger a uno o a otro. Éste la miró con interés, gruñó algo
ininteligible y levantó del suelo al mendigo que yacía a su lado, empujándolo
hacia la puerta junto a los demás que ya estaban de pie. Allí otros hombres se
hacían cargo de ellos, amordazándolos.

El miskitu se agachó hacia la judía y la observó con atención. Luego,


atisbando a un lado y a otro, extrajo de su bolsa de fibras un par de tortillas
envueltas en un paño y se las puso entre las manos. La mujer estudió
fugazmente el rostro de aquel guerrero y vio pena en sus ojos oscuros, una
especie de disculpa que superaba la barrera de los odios y los idiomas. El
miskitu dirigió su mirada a la africana y su criatura e inmediatamente
después, con un gesto mudo, la volvió a posar en ella. Inés asintió. No sabía
muy bien cómo dar las gracias por aquello. Por experiencia de vida estaba
convencida de que el hierro siempre rompía el vidrio, pero esta vez también

135
se había resquebrajado el metal. Proyectó su agradecimiento en un tímido
ademán, que el hombre respondió cerrando y volviendo a abrir lentamente
los párpados al tiempo que se incorporaba.

—Aliza— dijo la mujer, tocándose el pecho. Nunca podría explicar


qué la motivó a hacer eso. Simplemente lo sintió y actuó en consecuencia.

—Saiwan42— dijo el hombre, imitando el gesto antes de salir aprisa de


la posada. Fuera se escuchaban golpes y gemidos apagados. «Saura,
saura...»43 iba repitiendo el miskitu en su lengua.

Sevilla se rendiría al día siguiente. A Tepehuahtzin no le quedaba


ninguna duda.

Al amanecer del nueve de julio, desde las murallas que bordeaban la


Puerta de Carmona se podía ver una treintena de cruces de madera erigidas a
lo largo de la Calzada de la Cruz del Campo. Aquello parecía una ironía
amarga, una asociación grotesca de nombres y hechos. Clavados a ellas
estaban treinta de los prisioneros tomados la noche anterior. Los menos
valiosos, los más viejos, los que habían sido capturados heridos o
moribundos. Pero, aún así, sevillanos. Vecinos de Santa María la Blanca,
familiares, amigos o conocidos de aquellos que se asomaban espantados por
encima de las almenas.

42
El nombre equivale, en miskitu, a «amanecer».

43
En miskitu, «Malo, malo...».

136
Aquella misma mañana se aproximaba a la ciudad, a la Puerta de
Jerez, la vanguardia del enorme ejército que había asolado Cádiz, Puerto
Real, Jerez, Lebrija, Cabezas de San Juan, Los Palacios, Villafranca de la
Marisma, Dos Hermanas y todas las otras poblaciones que había encontrado
en su camino. En aquellas columnas llegaban veinticinco millares de almas.
Centenares de prisioneros y caballos. Y muchísimas ganas de acabar con todo
aquello —costase lo que costase— para descansar de una buena vez.

Sevilla se rendiría aquel nueve de julio. Eso había pronosticado el


tlacochcalcatl mexica. Él ya había efectuado su movimiento en aquel
gigantesco tablero de patolli. Y ansiaba saber —como todo buen jugador
cuando arriesga mucho— cuál sería el de sus oponentes.

137
X
Tenochtitlan, 1494

Las calles de agua e tierra de Tenochtitlan


llenáronse de gentes, que a vozes rescebían todos al su
exército e principales hombres de armas. E los captibos que
truxían con ellos habían traças que movían a misericordia e
compasión. Mas ninguna hubieron, que no estaba ello entre
los sus usos e costumbres, sino más bien el sacrificallos por
honrar a sus dioses.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo III.

—Buena sea vuestra venida— dijo, con una ancha sonrisa, Andresillo
de Huelva. Mediaba enero del nuevo año y las tropas mexicas regresaban de
Cempohuallan. Y con ellas, todos los españoles que allá habían marchado.

Tenochtitlan se había puesto de gala para recibir a sus hijos y a sus


aliados, pueblos éstos con orígenes similares a los mexicas y con historias
comunes de luchas, dominaciones, batallas y encuentros.

El ejército había llegado formado en dos columnas, con los cautivos


en el centro. Los prisioneros iban cantando y danzando contra su voluntad, y
dando a veces voces plañideras en su lengua totonaca. Cruzaron la calzada

138
sur —piedra y tierra apisonada que se elevaba dos varas sobre el agua— y
salvaron los dos puentes que la cortaban, uno de ellos incluido en la pequeña
fortaleza de Xoloc. Por encima de la ciudad, en las cumbres de los templos de
Huitzilopochtli y Tlaloc, Quetzalcoatl y Tezcatlipoca, Chicome Coatl y
Xochiquetzal, sonaban los descomunales tambores tlalpanhuehuetl y las
caracolas. Entraron primero los guerreros más viejos, los cuauhhuehuetqueh,
con sus bezotes de piedras pardas, sus galas de cueros teñidos de rojo, sus
orejeras de caracoles, sus rodelas y bordones. Tras ellos venían los maestros
de armas de cada campan, los achcauhtin, llevando colgadas pequeñas
calabacillas con tabaco y, en sus manos, incensarios con lumbre y costalillos
de incienso copalli.

Inmediatamente después marchaban los guerreros de los cuatro


campan del gran altepetl mexica: los de Moyotlan, Zoquiapan o Teopan,
Aztacalco y Cuepohpan. Cada parcialidad ingresaba a Tenochtitlan
precedida por su pantli, una bandera o insignia de papel amatl. La del campan
del noreste, Cuepohpan, estaba compuesta por tres banderillas blancas
enlazadas por plumas de quetzaltototl. El campan del suroeste, Moyotlan,
traía una enseña con franjas horizontales verdes, amarillas y rojas y un cuadro
color café con nueve círculos o motas de algodón blanco y otros tantos en los
bordes. El del sureste, Teopan, llevaba una bandera con franjas rojas y
blancas y el del noroeste, Aztacalco, portaba una especie de paraguas de
plumas doradas. Cada campan era liderado por uno de los miembros del
consejo privado del tlahtoani: el tlacochcalcatl, el tlacateccatl, el
ticociahuacatl y el atempanecatl. En aquella época, todos ellos eran
importantes jefes militares, cada uno con sus atribuciones y sus rangos
propios. Y de entre ellos —personajes de sangre real y alto linaje— se elegiría
al siguiente hueyi tlahtoani cuando Ahuitzotl muriera.

139
Pisando las huellas de los guerreros mexicas venían las naciones
aliadas y vasallas: las fuerzas aculhuas de la ciudad-estado de Texcoco, los
tepanecas de Tlacopan, los culhuas de Culhuacan, los chalcas de Chalco, los
chinampanecas de los islotes del lago, y los hombres de Xochimilco, Mixquic,
Itztapalapan, Cuitlahuac, Huitzilopochco, Mexicatzinco y tantos otros
lugares vecinos de los lagos. Pues el de Texcoco —sobre el cual se alzaba
Tenochtitlan— se comunicaba con cuatro lagunas más, todas ellas
densamente pobladas.

Hombres y mujeres de la imponente ciudad mexica recibían al


ejército a voces: «¡Seáis muy bienvenidos, hijos del sol, al asiento, lugar y casa
del gran señor Huitzilopochtli!». La procesión atravesó la calzada sur y se
dirigió al amplio recinto central, a los mismos pies del hueyi teocalli, el
templo doble de Huitzilopochtli y Tlaloc. Allí fueron recibidos por los altos
sacerdotes, y todos los recién llegados —nobles, guerreros y prisioneros por
igual— tocaron la tierra con su dedo medio y se lo llevaron a la boca, en señal
de respeto, obediencia y sumisión.

Además de los prisioneros, aquel ejército acarreaba rico tributo:


bezotes de oro, esmeralda y cristal; orejeras; diademas de papel dorado;
fastuosas tobilleras y tranzaderas de cabello; gruesos canutillos de pluma
llenos de polvo de oro; suaves pieles y cueros; mantas y vestidos. Y cargas de
cacao, fardos de algodón y de chilli, pepitas de calabaza, panales de miel,
copalli, licor de cerezas capoloctli, cerbatanas para la caza, pigmentos para
elaborar pinturas, papel, cuchillos de obsidiana...

Tras los discursos del hueyi tlahtoani y sus principales, los españoles
se encaminaron juntos al sector de palacio en el cual aún se alojaban, con la
promesa de una recepción posterior por parte del propio regente, además de

140
ceremonias, fiestas y cuantiosos presentes.

Rodrigo de Jerez venía con el brazo izquierdo vendado y colgando en


cabestrillo. Andresillo lo miraba y reía por lo bajo.

—Vos, hermano, ¿veisme alguna coroza, o de qué os reís?— soltó el


herido al grumete, entre bromas y veras.

—¡Ave María! ¡Destemplado viene este laúd!

—Calentose el horno y salieron llamaradas— chicoteó el genovés


Jacome.

—¿No habrá querido vuesa meced parar una estocada a brazo


desnudo?— se mofó Luis de Torres, sumándose a la chanza general.

—Son los broqueles de aquesta gente débiles como bizcochos, don


Luis— argumentaba el de Ayamonte, mohíno. —Al primer golpe que rescebí,
vesme aquí con el brazo como cogote de pollo.

—A fe mía que para su defensa usó una tortilla desas, que no


broquel— dijo Diego de Arana, que se incorporaba al grupo tras saludar a sus
compañeros.

—¡Conciértame estos candiles!— exclamaba Rodrigo, al que llovían


bromas de todas partes.

—¿Escociote, Rodriguillo?— le palmeaba la espalda Txatxu de


Lequeitio, entre carcajadas sonoras.

—Ahórrame burlas, Txatxu amigo, ansí te medre Dios, que ya


bastantes me caen por doquiera.

—Mas... ¿usasteis los broqueles dellos y no las nuestras rodelas?

141
—No llevamos suficientes, y vime forzado a llevar un escudillo
mexica.

—¿Y do está Antonio?— buscaba Juan de Medina al de Cuéllar.

—Vesle aquí, vesle.

—Maldito sea este necio, y qué porradas dice. ¡Vete de aquí a la mala
ventura!— seguía protestando Rodrigo contra Andrés, que, al parecer,
continuaba con sus pullas.

—Por mi ánima, rapaz, que oigas y calles, que por eso te dio Dios dos
oídos y una lengua sola— mediaba Escobedo, intentando atajar al zagal.

—Dejadme de prédicas, que yo me entiendo y bailo solo, señor


escribano. No dejo que se me cocinen en el buche las palabras: que antes largo
el arcabuzazo y venga lo que viniere— se defendía el muchacho.

—Eres tú una alhaja de las que el diablo empeñó y no sacó— le


reprendía el segoviano.

—Es esta una cortada que cualquier cirujano sevillano declararía ser
obra maestra de cortadas, señores— explicaba Rodrigo de Jerez, mostrando
su herida al asombro general.

—No habrá ido a por lana y venido sin pluma, ¿verdad, maese
Rodrigo?— reía maestro Domingo, el tonelero.

—No, no, no, mi amigo, que un solo golpe no derriba un roble—


rebatía el aludido.

—A las obras creo, que las palabras las venden de balde doquiera. Que
cada buhonero alaba sus agujas— insistía Andresillo, para deleite de todos y
pesadumbre de Jerez.

142
—Jesús... Cuando tú naciste ya comía yo pan con corteza, zagal—
replicó Rodrigo, enfadoso.

—¡Santiguarme quiero! ¡Aunque soy mozo, cosas he visto asaz!

—Ya, ya, basta de requilorios y andar andillo— metió baza el


escribano. —¡Mátenme cuerdos y no me den vida necios! Y tú— aconsejó al
muchacho —si entre lobos quieres andar, enséñate primero a dar aullidos.

—Y además de la herida de don Rodrigo, ¿cómo os fue en


Cempoala?— preguntaba Luis de Torres a Domingo de Lequeitio.

—Postema y mala landre maten a esos de Cempoala, don Luis.


¡Válalos el diablo y mal cancre se los coma!— refunfuñaba el vizcaíno contra
los totonacas, quienes, por lo visto, no les habían dado buena jornada. —Ya
os referiremos las nuestras aventuras desde la cruz a la fecha, que no son
pocas ni es grano de anís.

—No fue tan duro, que no hicimos sino llegar y recaudar— intervino
Arana. —En peores nos hemos visto. Harta carrera tuvimos hasta allá, eso sí,
que en reunir el ejército de aquestos mexicas y los sus aliados tardamos lo más
del viaje.

—En llegando allí— continuó el relato Rodrigo de Jerez —habían los


totonacas deshecho malamente el camino, haciendo de él senda de espinos y
roquedal intransitable. Harto daño hicieron a la calzada que vuesas mercedes
y yo caminamos tiempo ha...

—Y la villa habían murallado con palizadas de lodo y piedras, como


adobes— agregó Antonio de Cuéllar.

143
—Cierto es, que grande enojo tomaron dello los mexicas, por ser
aquella ciudad tributaria y por ser ellos sus vasallos y estar defendiéndose de
aquesa guisa contra de sus señores.

—Una vez asentados— siguió Arana —mandaron los reyes Ahuitzotl


y aliados a unos embajadores, por allanar el camino y evitar ofensas, que
tradición y costumbre es ésa entre los suyos. Mas volvieron los dichos
embajadores con las manos vacías, que los totonacas dijéronles que ellos no
querían más aceptar el señorazgo de los mexicas, y que libres iban a ser, o
muertos.

—Dióseles un pito la embajada, como dijo el otro— resumió Txatxu.

—Por la noche enviaron los generales a unos que llaman


«quimichin», que en lengua nuestra es como decir «ratones», y son
aquestos unos espías prácticos en las cosas de guerra. Y van aquestos tan
quedos que en la propia ciudad se meten sin ser sentidos, y hasta en las casas
y palacios principales, y traen cosas para demostrar a sus jefes que en verdad
allí se estuvieron y revisáronlo todo.

—Avisados son aquestos mexicas, que el mur44 que no sabe sino un


horado, si aquel le tapan, no habrá donde se esconda del gato— reflexionó
Jacome.

—Pues tras la labor de esos «quimichin», sabíanse los mexicas todos


los horados de Cempoala, por entrar y por salir della, que maravilla igual no
he visto yo— señaló el de Cuéllar admirado.

44
En castellano antiguo, «Ratón».

144
—Sotiles hombres son aquesos espías— aseveró Domingo de
Lequeitio.

—¿Sotiles, dices?— exclamó Txatxu. —¡Hara! ¡Si capaces son de


sentir el galope del caballo de bastos!

—Al amanecer fuéronse los embajadores una otra vez a parlamentar


con los de la villa, que antes murieran muerte mala que bajar escalones ni
faltar un quilate de su punto— retomó la historia Arana. —Y la mesma
respuesta rescebieron, que los otros iguales son en cosas de honra. Y ansí
apercibiéronse las tropas con toda diligencia. Los mexicas habían reunido
grande ejército, pues fueron muchos aliados de las villas e ciudades de todas
las orillas de aquestos lagos.

—Y entonces comenzaron los mexicas a dar voces y a sonar atabales y


bocinas— apuntó el de Cuéllar. —¡Válgame nuestra señora, que sea
conmigo! Púsoseme en pie el cabello. «Junta de lobos, muerte de ovejas»,
díjeme.

—Pocas mataduras has visto tú en la barriga— sonrió Domingo de


Lequeitio. Y mirando al resto, añadió. —Le corrían letanías por todo el
cuerpo, señores, y sudaba gordo como garbanzos.

—Los hombres no son de fierro ni están obligados a tener como los


clavos, que aun a ellos les falta la fuerza y suelen aflojar— manifestó el otro, a
modo de disculpa. Luego se dirigió al de Lequeitio. —Y tú, tú eres más bruto
que el que asó la manteca. ¡Bravucón rajabroqueles, y no más digo!

—¡Quien no te conozca, que te compre, maltrapillo! Que eres como el


perro de Juan Molleja, que antes que le caiga el palo ya se queja.

145
—Sea, sea, tened en paz la fiesta, señores, y siga adelante maese Arana
con su relato— terciaron a la vez Torres y Escobedo.

—Pues ahí comenzó la danza, que atabales y sonajeros tocaban para


ello— sonrió Arana, rememorando la batalla. —De allá salieron los
totonacas, fierísimamente armados, que daba espanto sólo de vellos desde
lejos, y gritando blasfemias y otras cosas del jaez en la su lengua. Y de acá los
mexicas y los sus vecinos y amigos, apellidando a los otros por su santa madre
que los parió y todo lo demás que imaginarse puedan vuesas mercedes, que
no era aquello entretenimiento de doncellas.

—Y espadas afuera luego— prosiguió Rodrigo de Jerez, mientras los


demás asentían. —Cuchillada aquí, tajos acullá, reveses... Tiraron los mexicas
de sus espadartes de leño y piedra a toda priesa y descolgáronseles encima a
los mandobles, tales que si los totonacas no hubieran puesto esforzada
resistencia y coraje como pusieron, en un despabilar de ojos los hubieran
vuelto cisco.

—«¡Degollina con ellos, o cuatro onzas de plomo entre pecho y


espalda!» dijimos nosotros, y allá fuimos— declaró Antonio. —Mas
teníamos órdenes de no matar demasiados y de tomar los más prisioneros
que pudiésemos, sin que ello fuera en perjuicio de nuestras vidas, que en
defendiéndolas, lícito era escabechinar a aquellos hideputas.

—Si por mi fuese, a todos los hacía chanfaina aquella mañana, que
mal trago y sinjusticia nos dieron en Cempoala— refunfuñó Txatxu.

—Pues sepan vuesas mercedes que el pandero estuvo en manos que lo


sabían hacer sonar— se jactó Rodrigo. —Los mexicas despacharon hartos
totonacas a la tierra de las calaveras sin recomendación ninguna, que do iban
no eran menester. ¡Tornábanles picadillo en un verbo!

146
—Nunca mucho costó poco— observó Escobedo, un tanto incrédulo
ante aquella enumeración de hazañas y proezas tan salpicada de bravatas.

—Imaginen vuasés el escenario— dilataba la historia Rodrigo,


impertérrito. —Aquel le arrimó un balazo a uno y lo mandó a pudrir tierra y a
criar malvas con la mollera— apuntó con su mano sana al de Cuéllar. —
Otros acullá, armados con dos estacas gordas como un brazo, se suavizaban el
cordobán a trancazos.

—Mas muchos soldados jóvenes había— matizó Arana —que no


sabían de guerra ni maldita cosa, y trabajaban entre varios para cautivar a
algún bravo totonaca. Y los mexicas, de avisados y resabidos como son,
meten entre varios jóvenes sin experiencia a algún soldado viejo, a algún
«tigre» o «águila» que conozca harto el oficio y les saque la olla del fuego si
se ven en apuros. Y ansí de los más bravos los jóvenes van aprendiendo, que
es grande maravilla de ver.

—Buenos son en la guerra. Y valientes— afirmó el cordobés


Corvalán, callado hasta entonces.

—Sí, mas desorganizados también lo son— apostilló Arana, —que


con un poco más de orden y concierto alcanzarían muchas más victorias con
mucho menos embarazo. Mas aquesta es cosa que podremos tratar más
adelante con los principales mexicas, y que será de beneficio para todos. Que
con nuestro saber y nuestras armas, grandes cosas podría hacer su ejército.

—Aquí los señores de Lequeitio prendieron varios prisioneros, que


maese Txatxu fue uno de los que más hizo— celebró Rodrigo de Jerez.

—Con la boca de espuerta que Dios le dio, habrá echado por ella
sapos, culebras y demás alimañas, y desmayádolos con el su aliento— volvió a
la carga Andrés, que ya llevaba mucho tiempo callado.

147
—¡Como quien oye llover, niño! ¡Callos en los tímpanos tengo de oír
esas necedades!— respondió el aludido.

—Y algún regüeldo también habrá echado, ¿a que sí?— bromeó


maestro Domingo.

—Sí, y algún bostezo de a cuarta, como que hay viñas en Jerez—


asintió Rodrigo.

—Ya tiene vuesa merced su escudilla, como cada cual— consoló


Escobedo a Txatxu, que meneó la cabeza sin hacerse cargo de todo lo que le
endilgaban.

—La verdad sea para Dios, y Dios para los buenos, y los buenos sean
para el cielo, don Rodrigo— se limitó a decir el vizcaíno. —Tienda vuasé por
ahí los ojos— y señaló a Andrés —y verá qué valiente gente topa. A mi
deberían agora trasquilarme y darme divisa de noble por mis prisioneros.

—¿Cómo ansí?— le interrogaron sus compañeros.

—Sabed, señores, que los grados de estos mexicas van en consonancia


con los prisioneros que han tomado en guerra— explicó el vizcaíno. —Y
cuando un mozo novato en las lides toma un prisionero, trasquílanlo de cierta
manera y déjanle detrás del colodrillo un manojo de pelo para tranzallo con
plumería rica. Anda entonces el tal mancebo con honores por la calle y entre
sus allegados. Y puede ya vestir ciertas prendas y llevar divisa, y rescibe
favores del rey y los nobles. Y mientras más prisioneros toma uno, más
honras carga y más presentes ricos del rey. Aquesto vilo yo en Cempoala, que
a varios mozos cortaron las guedejas y obsequiaron por los sus prisioneros.

—¿Y a vos han de trasquilaros de esa guisa?— se interesaron algunos,


jocosos. El vizcaíno se encogió de hombros.

148
—Y don Martín, ¿qué tal lo hizo?— preguntó Andrés refiriéndose al
de Urtubia, que había estado escuchando todo sin decir palabra.

—Cualquiera diría que no rompe plato, mas capaz es de sacalle los


ojos al verdugo— contestó Antonio de Cuéllar, poniéndole al susodicho la
mano sobre el hombro. —¡Si no conoceré yo las uvas de mi majuelo!

—Pues aquí estuviéronse todos rezando por vosotros— contó


Jacome, —que hombres y mujeres familiares de los que con vuesas mercedes
iban se estuvieron de ayuno y sin lavarse, mugrientos todos. Y los sacerdotes,
según me fue dicho aquí en palacio, andaban en abstinencias, y muchos
sacrificios de codornices y ofrendas a los sus dioses hicieron, que de arriba
abajo sahumaron sus ídolos cada día. Y las mujeres en especial andaban de
oraciones y grandes sollozos, ofresciendo comida a los tales ídolos.

—¿Y como terminó la historia en Cempoala?— quisieron saber todos,


tras comentar lo dicho por el genovés.

—Por excusar prolijidades mayores, diré que los mexicas hicieron


larga carnicería— cerró la historia Diego de Arana —y en tomando las
palizadas, no dejaron allí persona viviente ni piante. En ello ayudaron muy
mucho nuestros arcabuces y hierros, que grandísimo espanto traían los
totonacas de vellos y oíllos, y los mesmos mexicas y sus aliados espantábanse
del ruido de los disparos. Saliéronles luego los principales de Cempoala al
paso con hartos bienes, plegando a los sus dioses, pidiendo misericordia y
ofresciendo sus muchos tributos. Y con las bocinas y atabales mandaron los
mexicas a los guerreros tenerse y sosegar, y no seguir matando gente. Y ansí,
con los prisioneros tomados y todo el tributo, que adelantado lo pagaron por
un año los totonacas, volviéronse.

—¿Ansí, sin más?

149
—Mucho aparato de disculpas y razones hubo— arguyó Rodrigo de
Jerez —mas no lo vimos nosotros por hallarnos apartados de ese campo. Y
muchos discursos de los nobles de Cempoala al rey Ahuitzotl y sus aliados,
concertando las paces. Mas tengo para mi que los mexicas apaciguáronse en
viendo el tributo, que harto era.

—¿Vístelo vos?

—Sí, a fe... Había allí mucho género de mantas ricas y mucha suma de
pañetes labrados de infinitas maneras de labores y colores, y en ellos iban
puestos las figuras de los sus dioses. Y luego había mantas delgadas de a
veinte brazas de largas, y de a diez, y de a ocho y más aun, a las maravillas
galanas; y prendas muy ricas que es lo que acostumbran a traer las mujeres de
señores y principales, que no las pecheras...

—¿Y aquesto, por qué es?— preguntó Jacome.

—La gente común no puede llevar prendas de lienzo ni labradas, so


pena de castigo, sino paños blancos o de «nacuametl»45, comunes y bastos.

—¿Será bien que almorcemos, camaradas? Las costillas me suenan en


el cuerpo como la bolsa de trebejos del ajedrez— propuso Arana, atajando lo
que se pronosticaba como una larga disertación de Jerez.

—Para almuerzo tarde es, que ya es casi mediodía. Mejor tomáramos


comida— indicó Corvalán.

—Muerto soy de hambre, que mayor lacería no he padecido desde


que bajamos de los balandros nuestros— declaró Rodrigo de Jerez.

—Mas ¿no llevaban matalotaje los mexicas?— inquirió Escobedo.

45
Nombre náhuatl de la fibra conocida como «henequén».

150
—Sí, don Rodrigo, que en cada villa que el ejército atravesaba, los
señores dellas dábanle tributo y buen rescebimiento a Ahuitzotl y sus
principales. Tenían los mexicas para eso a unos mayordomos que iban
adelante de las tropas y llegábanse a las villas por avisar de la venida de su
señor. Y a los principales mexicas y vasallos teníanles un estrado galano y
dábanles allí aguamanos y muchos presentes, y grande banquete. A los demás
dábannos las provisiones generales. Mas tantos éramos, que a la repartija
tocábamos a bien poco por testa. Y aún cuando fuimos tenidos siempre por la
nuestra categoría de embajadores y nobles, el rey debía tener consideración
para con muchas otras personas que con él iban, que de mayor rango eran
que nosotros.

—Al acabo estoy46, maese Rodrigo— manifestó Escobedo. —Y veo


además que al que se acostumbra al buen yantar, la escasez paréscele lacería.

—Es que aquestos banquetes de aquí son cosa sólida, suculenta y que
se pega al riñón— repuso Jerez. —Y no de puro soplillo y oropel como el
«pinole» ese que llevan de provisión los mexicas a la guerra, que es tan de
poca sustancia como manjar de monja.

—A más— añadió Martín de Urtubia —cada día habíamos de


recordar luego para trasponer y pasar adelante, que luenga distancia
habíamos de recorrer. Y entre el andar mucho y el dormir poco, ofendidos
siempre por el mucho aire y sol de las montañas y sin poder sosegar y
recogernos hasta muy tarde, consumiéronsenos las carnes que habíamos
ganado aquí.

46
En castellano antiguo, la expresión vendría a significar «ahora entiendo el meollo del
asunto».

151
Para entonces ya se sentaban en su sala, mientras los servidores de
palacio aparejaban bebidas y viandas.

—Comeré como el puerco la bellota: todo a hecho— anunciaba


Txatxu de Lequeitio. Las risas burlescas de los demás dejaban entender que a
nadie le cabía la menor duda de ello.

—Mal se ha costumbrado vuesa merced, señor Txatxu, con aquestos


mexicas. Menester sería que volviera a Castilla a comer en algún bodegón de
camino— le sugería Luis de Torres.

—Ea, don Luis, ¿acaso cree vuasé que no he comido en ellos, y aún
almorzado y cenado cien veces? Que en mi casa comíame yo dos mondongos
enteros de carnero con sus morcillas, pies y manos, y dos libras de pan y otros
tantos azumbrillos de buen vino. ¿Y en las ventas, qué? Media hogaza de pan
más negro que mis uñas me ponían, con corteza de piedra y miga de engrudo.
Y algún huevo, mal guisado y peor aliñado, frito en un aceite que parecía
sacado del culo de un candil. Y algún tiesto de gallina lleno de agua del pilón
de las vacas me echaban, todo puerco y lleno de lagañas de la ventera.

Sus compañeros reían con aquellos recuerdos. Quien más, quien


menos, todos conocían la mala fama de las posadas castellanas.

—Pues parado he yo muchas veces en una venta del camino de La


Mancha que llaman «del Molinillo». Sus tajadas de lomo y sus torreznos
fritos, difíciles son de olvidar— comentó Arana.

—Conozco la tal fonda— intervino Luis de Torres. —Más conoscida


es que la ruda. Pudieran mis tripas ladrar, a cuenta de los perros que me han
dado a comer allí.

152
—Pues vecina della, en la Venta del Alcalde— se sonrió Escobedo,
trayendo a la mesa recuerdos de su pasado —he almorzado yo tantos rocines
viejos que traía muelas y estómago hechos diestros jinetes.

—En Sevilla habíades de parar— recomendó Fernando Ordóñez, el


segundón que un día compartiera albergue con Rodrigo Balmaceda en
Kosom Lu’umil. —En los tenderetes de San Francisco podríades gustar
lenguas de vaca, cecinas de jabalí, lomo en adobo y piezas de tocino de tres
dedos de grueso.

—¿Os han curado bien, don Rodrigo?— preguntó el escribano a su


tocayo, viendo que se acariciaba el brazo herido.

—Maravilleme, amigo mío, del buen trabajo de los físicos y cirujanos


de aquesta gente, que antes de decir «Cristo» me tenían la herida curada y
vendada. Laváronla con ciertas aguas que, por mi fe, pareciéronme orines y
como tales olían. Luego pusieron encima della una penca de la planta de la
que se hace el «octli», asada y caliente, y después echáronle cenizas de una
hierba que llaman «matlatlxihuitl», más un puñado de sal. Con eso y algunas
curas otros días usando lo mesmo, encarnose la herida y curose bastante bien,
que agora sólo picores me da, mas ni sangra ni duele.

—Yo vide curar mayores descalabros que el de Rodrigo— refería


Antonio de Cuéllar, —que piernas rotas y cabezas partidas arreglaban con sus
mejunjes los tales físicos. Y a decir verdad, pareciome buen trabajo, más
mejor aún que el de los matasanos que en Castilla he visto, que aquellos
ninguno dejaban vivo, y aquestos curaron muchos y bien.

—Y sobre los principales de los mexicas, ¿qué habéis sabido, don


Diego?— quiso averiguar Luis de Torres.

153
—Iban con nosotros varios reyes, que a mi entender son aliados de
Ahuitzotl y que son los de Tezcoco y Tlacopan, villas vecinas al lago por la
parte de oriente y de occidente. Iba cada uno con sus buenas compañías de
guerreros, que pareciéronme bien armadas y concertadas. E iban también en
la partida naciones vasallas que, según supo Rodrigo, han sido conquistadas
años ha y agora tienen como regentes a señores mexicas, nobles de la familia
real.

—Y los sus capitanes, ¿de sangre real son también?

—Eso, don Luis, no pude sabello, que tienen los mexicas tantos
nombres para sus capitanes que milagro sería aprendellos todos de una
sentada. Cuatro había que parescían más principales que todos. Según supe
de boca de un noble aculhua que iba con nos, ésos son de familia real y
forman un consejo privado del rey Ahuitzotl. Y son todos primos, o sobrinos,
o hermanos de alguna de las mujeres del padre o el tío o el abuelo de
Ahuitzotl. ¡El diablo entiende esas familias! Paresce que los nobles y hombres
principales toman varias esposas, como los moros, y de esa guisa viven, y a
todos sus hijos intentan favorescer en lo que pudieren.

—Cierto es tal, que Ahuitzotl tiene dos mujeres, que yo sepa— señaló
Escobedo. —Mas siempre tienen una señora principal, que la de Ahuitzotl
llámase Tlilancapatl y es ella hija de una princesa de Tezcoco.

—El general de más confianza de Ahuitzotl es uno fiero y experto que


dicen Cuauhnochtli— continuó Arana. —Otros llevó consigo, entre ellos un
sobrino suyo, un mozo de unos veinticinco años de nombre Moteuczoma, al
que apodan «Xocoyotzin», que es como decir «el joven», pues parece que
ya hubo un rey con ese nombre y no gustan de confundillos. Y es aqueste
mozo bravo y galano. Según supe, hijo es de un antiguo rey.

154
Así, relatándose aventuras y sucesos, los españoles siguieron
comiendo, fumando y trasegando tazas y tazas de cacahuatl bien adobado,
bebida ésta a la que todos —aún los más reacios a tomarla habitualmente—
hicieron los honores tras días y días sin recibir más que «agua teñida de
cacao», a decir de los expedicionarios. Y es que, según apuntaba Escobedo,
«basta que algo falte para que se lo aprecie».

—Y a vuesas mercedes, ¿cómo les ha ido por aquí?— interpeló


Rodrigo de Jerez a Luis de Torres.

—Dadnos albricias, amigo, pues buenas nuevas habemos. Pudimos


aderezar unos recios tablones y armar unos pocos fustes de arcabuces, unos
toneles, un par de ruedas, un armazón de carro, y hasta un pequeño batel.—
Los hispanos que habían permanecido en Tenochtitlan asentían orgullosos
por sus logros. —Y con bronce que obtuvimos merced al mayordomo de
palacio, pudimos forjar algunas armas, flechas y perdigones, mas de poco
vigor, no siendo de hierro. Pudimos fabricar cola, mas aún no hemos sido
capaces de explicar a los mexicas los componentes de la pólvora.

—Huélgome mucho de oír aquesto, señores. ¡Albricias os sean dadas


en buena hora! Mas, ¿forja habemos ya, pues?

—Ya la verá vuesa merced, que Andresillo usó su lengua larga para
explicarnos como había de ser armada, según sus recuerdos de una en la que
él trabajó. Y ansí pudimos hacer un yunque de piedra dura y unos mazos de
piedra también, que los mexicas tienen rocas harto sólidas para hacer las sus
herramientas de labrar templos e ídolos. Y el horno fácil fue, que tenían los
mexicas algunos prisioneros de una nación del norte que llaman Michoacán,
buenos forjadores, que nos ayudaron... aunque a lo primero no gustaron
dello.

155
—Convenciéronles pronto— agregó maestro Domingo con sarcasmo,
—que entre adornar el «zompantle» ese con las sus cabezas o armar un
horno, la elección les fue sencilla, y no lo pensaron mucho.

—Mas... ¡habréis trabajado como esclavos para tantos logros en tan


poco tiempo!— exclamó Martín de Urtubia, aún admirado por lo que oía.

—No, amigo mío, que en nuestro provecho hemos invertido el


tiempo, y nada más. Harta ayuda nos han brindado los mexicas, cierto es, y
están todos ellos admirados por las novedades que habemos. A decir verdad,
cuanto más se maravillan, tanto más nos ayudan. No es tiempo de
desaprovechar tan buena oportunidad como aquesta que agora se nos pinta.
Bueno será presentar las nuestras cosas al hueyi tlahtoani y conseguir su
favor.

—Y si el rey nos favoresce por nuestras obras...— comenzó la frase


Luis de Torres...

—... y por las nuestras...— siguió Arana.

—... pienso que podremos haber grandísima fortuna— cerró la idea


Escobedo.

Todos sonrieron. Y elevaron sus tazas de cacahuatl, a su propia salud


y a la de su venturoso futuro.

«Seáis muy bien venidos. Fuisteis a luchar con mis padres, hermanos,
amigos, pasando tantos trabajos, soles, aguas, montes, ríos, pasando con
harto dolor y temor a vista de animales fieros, y llegasteis allá y luchasteis con

156
los traidores, salteadores, con harto valor, con las vuestras armas extranjeras.
Y habedes vuelto con honra y prisioneros, para gran contento de aquesta
ciudad y sus gentes. No han de ser vuestros trabajos olvidados, que grande
recompensa rescebiréis de las mis manos. Descansad agora, amigos,
hermanos, y holgad conmigo».

Con este discurso —traducido por Escobedo, aunque entendido por


la mayoría en su forma original— el propio Ahuitzotl recibió a los españoles
en palacio, varios días después de su arribo a la ciudad. Eran los últimos en
tener audiencia con el hueyi tlahtoani, que ya había prodigado personalmente
regalos y atenciones a todos los que participaron en la expedición a
Cempohuallan, comenzando por sus aliados de Texcoco y Tlacopan y
terminando por las diferentes compañías pertenecientes a los campan y
calpolli de Tenochtitlan. Aunque lo primero había sido el agradecimiento a
Huitzilopochtli, el señor solar de la guerra, la deidad más importante del
panteón mexica. El dios-héroe tribal que los había guiado desde la mítica
Aztlan hasta la actual ciudad del lago, en una larga migración que muchos
códices relataban detalladamente.

Pronto habría una gran fiesta en la cual los prisioneros capturados en


tierra totonaca serían ofrecidos a los dioses. Para esa celebración —en la que
se esperaba que participara toda Tenochtitlan— ya se habían enviado
invitaciones formales a las naciones vecinas y, muy especialmente, a los
enemigos más irreconciliables. De esa forma, verían con sus propios ojos el
destino que les aguardaba a los que osaban enfrentarse a los mexicas, el
«pueblo elegido por los dioses».

Luego de elogiar el rol jugado por los hispanos en Cempohuallan,


Ahuitzotl se interesó por los últimos trabajos del resto del grupo. Los

157
españoles pudieron presentar el fruto de sus labores, para asombro y deleite
del tlahtoani. Le mostraron el batel, y le comentaron que esa misma
estructura —teniendo a mano los recursos apropiados— podía reproducirse a
mayor escala para armar balandros o carabelas que navegaran el océano, ése
que los mexicas llamaban «Gran agua» o «Cielo de agua». Le explicaron
también el funcionamiento del pequeño carro y sus ruedas, un mecanismo
que aquellas gentes ya conocían desde hacía siglos y que sólo usaban en sus
juguetes, pues debido a la ausencia de bestias de tiro en sus tierras era poco
útil para desempeñar otras funciones. Le enseñaron los fustes de madera de
los arcabuces, un tonel y las pocas armas de bronce, y dieron cuenta de que
estaban trabajando para poder encontrar hierro y fabricar pólvora.
Complacido en extremo, el hueyi tlahtoani les hizo saber que sería de su gusto
poder construir esos barcos de los que le hablaban. Entendía que tales naves
podrían agilizar las rutas comerciales hacia las tierras cálidas del sur. Quizás
estableciendo una base cerca de Cempohuallan y trayendo grandes maderos
desde las tierras meridionales, los españoles podrían trabajar mucho mejor. O
tal vez pudieran realizar sus primeras experiencias en el propio lago.
Asimismo, se interesó por los metales y la pólvora, y alentó a los hispanos
para que continuaran sus búsquedas instándoles a que consultaran a los
orfebres del mercado de Tlatelolco.

Viendo que aquel momento era propicio, Escobedo comunicó al


regente que tenía planeado dirigirse en breve al sur con una caravana de
pochtecah. Aquello tomó por sorpresa a sus compañeros, pero el segoviano
hizo caso omiso de su extrañeza. Manifestó que, más allá de sus intereses
personales, tenía la intención de levantar mapas detallados de aquellas tierras,
que luego servirían a los principales de Tenochtitlan para prever sus
movimientos en esa región y conocer, de primera mano, la geografía de tales

158
territorios. Ahuitzotl asintió y le hizo saber a Escobedo que sus destrezas eran
muy apreciadas por los suyos y que, a su retorno, le complacería mucho que
las enseñara en la escuela de los nobles, el calmecatl. El tlahtoani declaró,
además, que tras los festejos —a los que esperaba que todos asistieran— le
agradaría mucho reunirse con los que habían participado en la expedición a
Cempohuallan para conocer su opinión sobre las estrategias bélicas mexicas,
y sobre cómo mejorarlas de acuerdo a su propia experiencia y entendimiento.
Asimismo, quiso saber cómo había sido la estancia de los hispanos en la
ciudad hasta aquel momento. A eso todos respondieron de la forma más
favorable. Ahuitzotl anunció entonces que daría como mercedes a cada
español sus propias tierras, casas y bienes, y que los animaba a establecerse
por su cuenta, a desarrollar sus oficios y a formar una familia. Dado que
habían dado muestras evidentes de hallarse bien en aquel lugar y
acostumbrarse pronto a su lengua y a su modo de vida, y que hasta ese
momento nadie había recibido quejas ni visto en ellos cosas engañosas, creía
que aquella era la mejor manera de integrarlos en su propia sociedad y de
vincularlos más y mejor a su pueblo. Todos demostraron satisfacción por esas
noticias y expresaron su profundo agradecimiento.

El tlahtoani dispuso, por último, que a cada uno de los españoles le


fuera entregada una pareja de esclavas para que dispusieran de ellas de
acuerdo a sus intereses. Tal novedad pintó algunas sonrisas en los rostros
hispanos.

Por la noche, durante la cena, y aprovechando el relajado ambiente de


alegría generado por los buenos resultados de sus asuntos, Escobedo charló
brevemente con sus compañeros sobre su viaje —que hasta aquel día había
mantenido en secreto— y, como sin querer, fue delegando algunas de sus
tareas y responsabilidades en aquellos que consideraba más aptos. En

159
especial, organizó la búsqueda de menas de hierro, dejando la tarea a cargo de
Luis de Torres. Algo dentro de él le decía que empezaba a transitar un
camino que, poco a poco, lo iría separando cada vez más del destino de aquel
grupo. Aún no estaba muy seguro de lo que le depararía el futuro, un futuro
que quizás encontrara resuelto o que él mismo construiría con sus decisiones.
En los últimos días había estado pensando mucho en aquel mozo que se había
quedado en la isla, en Kosom Lu’umil. ¿Había sido una locura la del
muchacho? ¿O fue el más sabio de todos ellos? ¿Qué precio estaría pagando
por su determinación? ¿Qué habría ganado gracias a ella? ¿Sería feliz? ¿Habría
formado familia, elegido un lugar donde vivir y un oficio que le diera de
comer? ¿Habría logrado dejar atrás sus recuerdos? ¿Habría aprendido a
convivir con ellos?

Escobedo sabía que, si continuaba compartiendo íntimamente el día a


día con los suyos, jamás podría liberarse de los vínculos que aún lo unían a su
tierra natal. Estaba claro que no podría deshacerse jamás de sus raíces, de su
piel, de su idioma, de su educación, de sus valores y creencias, de sus
costumbres... Tampoco estaba seguro de querer hacer tal cosa. Pero era
consciente de que necesitaba llenar una página nueva, una página en blanco y
a su medida, que debía ser trazada sólo por sus manos. Al menos, si quería
que lo escrito lo hiciera feliz.

Necesitaba distanciarse de aquel grupo, respirar su propio aire, andar


sus propios pasos. Muchos de sus compañeros habrían sido incapaces de dar
ese salto, y él lo sabía. Eran partes del grupo: sin él o fuera de él, nada serían.
Sólo sonámbulos, sombras sin rumbo, espectros vacíos y perdidos. Pero el
segoviano se sentía diferente. Su espíritu era más independiente. Más curioso
e intrigante.

160
Alejarse de Tenochtitlan una temporada le permitiría un poco de
soledad y de silencio interno, ése que tanto precisaba para aclarar sus ideas.
Para dejar de llorar cada noche a causa del vacío que lo devoraba por dentro.
Para aprender a diseñar y levantar esa vida que tanto ansiaba tener.

Sería después de las celebraciones, le había dicho Cuitlachnehnemini


un par de días antes. El pochtecatl ya había adelantado bastante con sus
preparativos para el largo viaje. «Después de las celebraciones», pensó el
segoviano. El plazo le parecía interminable.

161
XI
Castilla, 1521

Aquesta cibdad de Sevilla rindiose finalmente,


quando ya no resistía una sola bala de cañón más, ni una
escaramuça en sus entradas. E grande fue el pesar de sus
abitantes en quanto conoscieron las nuevas de la su
rendición, desonrosa para ellos. Pues muchos de sus
allegados e amigos, e también familiares, habían dado sus
vidas en la defensa.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo IV.

Nueve de julio. Dos ejércitos rodeando Sevilla. Un flota ocupando el


río. Las murallas y puertas occidentales tomadas. Prisioneros crucificados
ante una de las entradas orientales. Poca agua, poca comida. Desesperación,
agotamiento, caos generalizado, ninguna ayuda exterior.

Las fuerzas invasoras habían lanzado un ataque fulminante. Sin línea


de suministros, viviendo únicamente de lo que podían encontrar o saquear,
no hubieran podido actuar de otra forma. Hubiera sido imposible para ellos
mantener un clásico asedio europeo durante semanas o meses. La potencia de
su ofensiva y su arrolladora superioridad numérica habían sido factores

162
decisivos en la posición favorable que habían logrado. Pero arriesgaban
mucho. Demasiado, quizás. El cansancio y el hambre ya estaban haciendo
mella en ellos, y si aquella situación persistía, su victoria se demoraría cada
vez más.

Enríquez de Ribera convocó urgentemente a los supervivientes de los


Cabildos en los Alcázares aquella misma mañana y, tras comunicarles las
últimas novedades, planteó la rendición como la única posibilidad que
quedaba. Podían resistir algún tiempo más, sí, pero aquello sería alargar la
agonía. Si mantenían la opción de la defensa, probablemente terminarían
siendo aniquilados. Quién sabía si crucificados. No había otra salida. Su
majestad Carlos I entendería aquella decisión, y con el tiempo quizás pudiera
revertirse aquella derrota y girar el tablero a favor de Sevilla y sus habitantes.

Los hombres se miraron. Después de haber presenciado cómo en


cuestión de días lo inimaginable se volvía real delante de sus propios ojos,
ante sus propias murallas y puertas, no les quedaba dentro ni una migaja de
ánimo. Asintieron sin palabras —no había mucho que decir— y aceptaron
aquel destino que parecía impuesto por algún demonio del quinto infierno: el
infierno de los orgullosos.

Sólo quedaba averiguar cuáles eran las condiciones de la rendición, si


es que aún estaban a tiempo de pactar alguna. Debían enviar a un embajador.

Había amanecido ya cuando Tepehuahtzin, que dictaba a un grupo


de escribas parte de las crónicas de la jornada anterior, fue avisado de la

163
llegada del ejército de tierra. Su alegría no pudo ser mayor. Todo salía según
lo proyectado.

Tardó poco en recibir entre sus brazos al general de aquellas fuerzas,


su hermano Machimaleh. Aquél era uno de los pocos hermanos que le
quedaban tras una fatídica guerra contra Huexotzinco quince años antes, en
la cual habían caído buena parte de los varones de su familia. Machimaleh —
que ostentaba el cargo de tocuiltecatl o segundo al mando de las tropas de la
serpiente con plumas— venía fatigado del largo viaje por mar, de su trayecto
por tierra, de las batallas que había debido librar y en las que, merced a los
dioses, había vencido. Pero, a la vez, se le notaba complacido por haber
podido cumplir con su cometido y por poder reunirse, finalmente, con sus
compañeros.

Después de los saludos, Tepehuahtzin comentó con su hermano la


situación de Sevilla. Tras la batalla del día anterior, aquello estaba calmo, si es
que esa palabra podía definir la tensión de la espera. Luego quiso escuchar las
noticias que el otro traía. Supo así que el plan general para aquella etapa se
había ejecutado a la perfección. Los prisioneros capturados en Cádiz —los
que habían presenciado el sacrificio de los cautivos— habían sido liberados
antes de tomar Jerez; algunos de los de Jerez, testigos similares, habían sido
liberados cerca de Lebrija, y así sucesivamente. El relato del poderío, la sangre
fría y la saña mexicas se extendería por todo aquel territorio en cuestión de
días, sembrando el pánico. El desconocimiento que se tenía de ellos, de su
procedencia, posibilidades y naturaleza, acentuaría el miedo. Si lo que habían
presupuesto en Tenochtitlan antes de partir era correcto, en aquel momento
sólo una gran fuerza militar hispana osaría oponérseles; en cuanto a las
ciudades, probablemente capitularían sin oponer demasiada resistencia en
cuanto Sevilla cayera.

164
El ejército traía provisiones, armas, cautivos y, sobre todo, caballos y
carros. «Cahuayomeh...» se dijo Tepehuahtzin, interesado. Machimaleh
refirió que algunos de los prisioneros —los que sabían cabalgar sobre aquellas
bestias asombrosas— habían intentado escapar sobre sus lomos, pero de nada
les había servido la velocidad de los animales. Los demás, viendo la suerte que
correrían si pretendían huir, colaboraron en todo lo que les fue posible, y ya
algunos mexicas, gracias a ellos, estaban aprendiendo a montar. Los carros,
por su parte, les habían sido de mucha utilidad para transportar víveres,
armas y barricas de pólvora y agua potable, aunque habían sido difíciles de
mover por ciertas zonas. Los enormes animales que tiraban de ellos,
exhaustos por las marchas forzadas, serían sacrificados inmediatamente: su
carne serviría de alimento. Exceptuando el profundo cansancio provocado
por la caminata y la inseguridad sentida al pisar por primera vez aquellas
tierras, los hombres estaban en buenas condiciones.

Concluido este intercambio inicial de impresiones, Machimaleh


compartió con el tlacochcacatl la información que había obtenido de los
cautivos a lo largo del trayecto, información referente al país y sus gentes.
Había descubierto muchos factores que podían resultarles beneficiosos. Un
rey poco apreciado, que estaba en el extranjero y había dejado el gobierno en
manos de nobles foráneos nada respetados. Una revuelta popular reciente en
Castilla, y varias en curso en las islas Baleares y en Valencia. Un odio intenso
a los judíos, pueblo muy influyente en la arena política y económica. Una
población morisca sofocada por las presiones. Extensos territorios en manos
de nobles, religiosos y ciertas órdenes militares que ya casi no tenían poder
bélico. Todos esos testimonios dibujaban un panorama fragmentario y
nebuloso, cierto, pero aún así reflejaban bastante bien la realidad del reino
que estaban pisando.

165
Aquello le pareció a Tepehuahtzin un desafío, una nueva partida de
su sempiterno patolli planteada en un tablero mucho más grande, complejo y
riesgoso. Pero sólo era necesario saber qué fichas mover para que todo aquel
entramado cayera en sus manos por su propio peso y realizando un esfuerzo
mínimo. Necesitaba más datos. Debía profundizar las divisiones, enfrentar,
aprovechar las debilidades, exacerbar los ánimos de los enemigos
irreconciliables, deshacerse de las cabezas visibles, ofrecer al pueblo promesas
de mejor vida. La estructura de aquella nación parecía tan endeble y sus bases
tan frágiles que, en opinión de Tepehuahtzin, bastaría un soplo para
demolerla.

Sólo eso. Un soplo. Una brisa.

Curiosa coincidencia: Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, era el


dios del viento.

Pregoneros enviados por el Cabildo secular comenzaron a hacer sonar


sus cuernos en la Plaza de la Alfalfa, cerca de las calles de la Caza, la
Espartería, los Odreros y la Pescadería. Allí gritaron sus avisos, todos ellos
escritos a vuelapluma por el propio Capitán General. Continuarían sus
proclamas en las Plazas del Pan y de San Francisco, para luego dirigirse a las
del Salvador, Santa Catalina y Feria. Los vecinos, privados de sueño,
debilitados, reaccionaban de diferentes maneras ante el anuncio. «De parte
del Señor Capitán General de Sevilla, don Fernando Enríquez de Ribera, se
hace saber...».

166
Se hacía saber que, después del infierno que todos habían padecido,
Sevilla se rendía. Que la población debía retirarse de puertas y murallas y
refugiarse en el interior de sus casas, o agruparse en las plazas. Que todos los
hombres de armas seguían bajo el mando de la Capitanía General. Que se
recomendaba tranquilidad, prudencia y sensatez.

Eso se hacía saber.

Muchos se preguntaron por qué no se había tomado esa decisión


antes del ataque, evitando muertes, destrozos e infortunios. Algunos
sintieron que aquel acto era una deshonra para los que habían dado su vida
en defensa de su ciudad y su gente. Otros tantos suspiraron aliviados,
pensando que por fin todo había acabado y que solamente restaba esperar,
averiguar quiénes eran aquellos que los atacaban y qué pretendían. La
mayoría, sin embargo, fue incapaz de pensar o de sentir algo. Habían vivido
una experiencia que no había sido soportada por Sevilla desde que Fernando
III, rey de Castilla y León, había arrebatado aquella plaza fuerte a los
musulmanes en 1248. Casi tres siglos de paz habían borrado totalmente de la
conciencia sevillana la mera idea de un asedio, una invasión o una guerra.

Los pregoneros seguían su camino tan rápido como las calles se lo


permitían. «De parte del Señor Capitán General de Sevilla, don Fernando
Enríquez de Ribera, se hace saber...» continuaban gritando.

A una jornada de Toledo, los mensajeros despachados por Sevilla


dieron con los primeros campamentos de las tropas leales a Carlos I, fuerzas
comandadas por Antonio de Zúñiga, Prior de la Orden de San Juan y

167
hermano del Duque de Béjar. La situación allí era incierta. Tras la rendición
en mayo de los rebeldes comuneros de Madrid, Toledo se había convertido
en el último foco de resistencia de aquel movimiento en Castilla. Hasta ese
momento, liderados por el obispo Antonio de Acuña, los «rebelados» habían
combatido con los «realistas» entre Lilla y El Romeral en marzo, y en Illescas
más tarde. Para entonces, Zúñiga y sus hombres habían arrasado Mora y los
de Acuña habían atacado Villaseca de la Sagra. La entrada de tropas francesas
en Navarra coincidió con un alzamiento de la población de aquella región.
Una parte importante del ejército imperial debió marchar entonces hacia el
norte para recuperar ese territorio, quedando el Prior sólo con sus propias
fuerzas para ocuparse de poner a Toledo bajo la autoridad del rey. A la sazón,
el obispo Acuña había huido y a mediados de junio la defensa de la villa
toledana descansaba en las manos de María Pacheco, una mujer de origen
noble, viuda de aquel Juan de Padilla que había capitaneado las Comunidades
y había sido ajusticiado tras la derrota de Villalar.

Villalar. Allí donde los rebeldes perdieron toda su fuerza.

Junto a la gente de Zúñiga, los mensajeros sevillanos encontraron a los


de la casa de Medina-Sidonia. Se trataba de un grupo de un millar de hombres
liderados por don Pedro de Guzmán, el tercer hermano en la línea sucesoria
del Ducado. La historia de aquella familia era peculiar, y ocupaba las charlas
de mentideros y tertulias andaluzas. El primer hermano, Alonso, había sido
declarado «incapaz, falto de seso, impotente y mentecato», pues no sabía
siquiera hacer letra ni firma y además —así decían las malas lenguas— su
«impotencia» era notoria. El segundo hermano, Juan Alonso, logró que el
matrimonio del primero se disolviese y se casó con su cuñada, Ana de
Aragón, haciéndose además con el título nobiliario. Para 1521 ya algunos lo
llamaban «Duque». En compañía del tercer hermano, Pedro, un joven de 18

168
años, se había dirigido a Toledo para apoyar a Carlos I —a quien, en
definitiva, debía su título— pero se había enfermado muy oportunamente y
había debido quedarse en Córdoba. Mientras tanto, las riendas del Ducado,
las del Señorío de Sanlúcar, las del Condado de Niebla y el Marquesado de
Cazaza las llevaban la propia Ana de Aragón —hija del Arzobispo de
Zaragoza y «nieta natural» de Fernando el Católico— y su suegra, la viuda
Leonor de Zúñiga.

Aquellos mil seguidores que aportó el de Guzmán a las huestes del


emperador, habían sido levados al estilo feudal con el que se formaban los
ejércitos de aquella época: los nobles convocaban a los hombres que les
debían vasallaje y éstos se ocupaban de proveerse con las armas de las que
disponían. El mantenimiento de la tropa, la paga de sueldos y, a veces,
caballos y ciertos armamentos, corrían por cuenta de los señores. En Italia se
habían probado nuevas estructuras, y algunas llegaron a implantarse en
ciertos puntos estratégicos de la península Ibérica —la compañía asentada en
Cádiz había sido un ejemplo— pero faltaba mucho para que se crearan
ejércitos reales o imperiales fijos, entrenados y bien preparados. Para las
guerras a gran escala se solían contratar mercenarios, hombres que
generalmente provenían de Flandes, de los estados tudescos —los famosos
landsknecht o lansquenetes— y de la Confederación Helvética.

Los mensajeros pidieron a los soldados por don Pedro. Orientados


hacia su tienda —aquel campamento era un verdadero caos— apenas si se
dieron tiempo para apearse de las monturas y referir la noticia. En un primer
momento, nadie dio crédito a lo que escuchaba. Aquello no podía ser posible.
Simplemente no podía ser. Debía tratarse de una broma, de un desatino por
el cual alguien pagaría con su cabeza.

169
Sin embargo, poco tardaron el de Medina-Sidonia y sus
acompañantes en comprender que no eran víctimas de una burla y que, a
partir de aquel momento, Toledo podía hacer lo que le viniese en gana con
sus llamamientos comuneros y su rebeldía. Si lo que les acababan de describir
con todos sus pelos y señales era lo que aparentaba ser, pronto no quedaría
títere con cabeza en Castilla entera.

Pedro de Guzmán mandó aviso urgente al Prior de San Juan, al


tiempo que ordenaba a sus hombres que diesen algo de comer y beber a los
mensajeros sevillanos y a sus maltrechas cabalgaduras. Mientras tanto, no
dejaba de mesarse los cabellos y de retorcerse las manos, sin saber qué hacer o
qué esperar. Era una persona valerosa, pero el abismo que se estaba abriendo
bajo sus pies y bajo los del reino que defendía con sus armas era tan profundo
que no veía escapatoria posible.

Antonio de Zúñiga llegó a caballo. En cuanto hubo desmontado, fue


informado de todas las novedades. Y palideció. Concluyó enseguida que
aquella amenaza era mucho más poderosa que la que podían plantear todas
las Comunidades juntas, y que debía hacerse algo de inmediato. Mentalmente
pasó revista de todos los nobles fieles a Carlos I que podía reunir en aquellas
horas. Eran pocos. Hasta que no retornaran las tropas que estaban luchando
en Navarra —y parecía que aún faltaba para eso— tendría que valerse por sí
mismo, dar parte a quien correspondiera y dirigirse al sur, haciendo un
llamamiento masivo a todos los hombres, señores y vasallos que pudieran
sostener un arma.

—Alzad el real— dijo el Prior a los hombres, refiriéndose al


campamento. —Partimos hacia Sevilla. Enviad mensajeros por el camino a

170
Córdoba. Que convoquen a los señores nobles y a todos los hombres de
armas disponibles en consejos y villas.

—¿Y los toledanos?— preguntó el de Medina-Sidonia, casi


adivinando la respuesta.

—¡Llévelos el diablo! Ya darán cuenta dellos los que bajen de


Navarra. Agora no habemos tiempo de ocuparnos de fruslerías como
aquestas.

En efecto, así era. Estaban sufriendo una invasión masiva en toda


regla. Y Castilla, en aquel preciso momento, no estaba en posición de hacerle
frente.

El Cabildo sevillano había encontrado un embajador que pudiera


parlamentar con el líder de las fuerzas atacantes. Había designado, para
desempeñar aquella difícil misión, a una persona «apropiada por su don de
mundo»: el veinticuatro y tesorero Alonso Gutiérrez de Madrid. Era aquél
un hombre destacado y, en cierta forma, admirado: contaba con una larga
trayectoria como político inteligente y como financiero hábil y ambicioso.
Llevaba adelante importantes negocios en toda Castilla —incluyendo el
manejo de las rentas de las órdenes de Calatrava, Santiago y Alcántara, y
algunos otros asuntos oscuros— y, en Sevilla, estaba muy relacionado con el
emporio comercial genovés. Se había casado con una jovencísima y bella
mujer —María de Pisa— y había adquirido varios cargos en la
administración real, entre los que se contaban un regimiento en Madrid y,
más tarde, una contaduría en Toledo. Pero era también muy odiado: en

171
principio, por ser judío converso y tener problemas con el Santo Oficio y, en
segundo lugar, por ser un peligroso intrigante y un tratante desaprensivo y
rapaz, a quien más valía tener a favor que en contra. Bien lo sabían las
poderosas familias judías de Abraham Seneor y Rabbí Mayr Melamed, cuyos
monopolios financieros les había arrebatado de las manos jugando sucio.
Había comprado la Veinticuatría y la Contaduría Mayor del consejo sevillano
en 1496 y desde entonces se había granjeado enemistades muy poderosas,
aunque, por supuesto, también se había ganado la amistad de personajes
influyentes que, en caso necesario, imponían su presencia y evitaban
cualquier acción contra él. Además, según había comprobado Gutiérrez
muchas veces, el dinero allanaba todos los caminos y amansaba todos los
ánimos adversos y contrariados.

Sus enemigos lo eligieron pensando que lo enviaban a una muerte


segura. Tras haber disparado al mensajero extranjero, era de esperar que los
atacantes devolvieran el gesto con el embajador hispano. Sus amigos, sin
embargo, creían que él era la persona adecuada a la hora de negociar y quien
podría sacar el mejor partido de aquella espinosa situación.

El hombre, ya sesentón, bajó por la Calle de la Mar. Ésta salía de la


parte trasera de la Catedral —el famoso Patio de los Naranjos—, cruzaba la
Alcaicería y la calle de los genoveses e iba a dar a la Puerta del Arenal. Llegado
a las últimas líneas de defensa sevillana, encomendó sus cosas a los peones y
ballesteros que allí estaban y, levantando los brazos por encima de su cabeza,
se encaminó lentamente hacia las tropas enemigas.

«El Cabildo y Sevilla toda os encomienda a vos aquesta difícil misión,


don Alonso. En las vuestras manos quedamos. Id, pues, y que Nuestro Señor
os ilumine». Así le habían dicho. Cuando estuvo cerca de la puerta

172
destrozada y descubrió todos los cadáveres españoles aún tendidos, la sangre
seca y los enjambres de moscas, no pudo reprimir las náuseas. Nada sabía de
guerras, ni de estocadas o balazos. Aunque sí sabía que de cualquier conflicto
podía surgir algún trato ventajoso o un buen negocio. Y estaba dispuesto a
aprovechar aquella oportunidad haciendo uso de su enorme experiencia.

Un saetazo delató la presencia de los hombres de la Serpiente


Emplumada. La flecha fue a enterrarse a sus pies. Gutiérrez de Madrid se
quedó quieto, helado casi, sin poder despegar los ojos de aquella varilla
empenachada. Luego miró al frente. Hacia él avanzaban varios hombres cuya
sola visión le causó espanto. Le gritaron, pero él no entendió lo que le decían.
Sus piernas temblaban. Quizás su espíritu emprendedor lo había llevado
demasiado lejos. O puede que alguien quisiera verlo exactamente allí, bajo las
armas de enemigos desconocidos. Mantuvo los brazos en alto y musitó de
manera entrecortada algunas palabras de paz.

Los hombres lo rodearon y uno de ellos, por la espalda, le golpeó la


parte trasera de las rodillas, haciéndolo caer. Inmediatamente se vio con los
brazos atados. Lo alzaron del suelo y, casi a rastras, lo empujaron hacia la
Puerta. Vio muchos, muchísimos más hombres como sus captores, tan
diferentes de los que él se había cruzado hasta entonces que parecían venidos
de otro mundo. Algunos de ellos arrastraban sus propios muertos y caídos.
Cuando atravesó las murallas y salió al Arenal, el cuadro lo dejó pasmado. En
enormes piras ardían decenas y decenas de cadáveres. El humo que despedían
las hogueras, con su olor acre y repulsivo a carne quemada, le pegó en la cara
y lo hizo toser. Fue trasladado hasta el río por entre las ruinas de lo que
habían sido hasta hacía poco los arrabales extramuros y los almacenes
portuarios sevillanos, mientras observaba como su fino calzado se deshacía
entre los escombros, las cenizas y los despojos carbonizados. Al elevar la

173
mirada contempló las hileras de tiendas, las infinitas tropas y los monstruosos
cañones decorados con sierpes y todo tipo de alimañas de formas angulosas.

Y, sobre todo, pudo atisbar los barcos bamboleándose suavemente


sobre el Guadalquivir: centenares de velas del color del paño crudo, con un
gigantesco dragón con plumas estampado sobre ellas.

Gutiérrez de Madrid fue conducido hasta una enorme tienda y puesto


de rodillas frente a su entrada. El personaje que salió de ella y sus
acompañantes semejaban los protagonistas de algún cuento del oriente
lejano, esos que a veces traían las caravanas que surgían de las entrañas del
desierto con especias y sedas. Los guerreros informaron cómo lo habían
hallado y el hombre, con una breve indicación, hizo que le liberaran los
brazos. Luego, con un ademán cortés y autoritario a la vez, le pidió que se
pusiera de pie. El español así lo hizo.

—Yo os saludo— pronunció aquel extranjero, usando un castellano


perfecto, aunque provisto de cierta pátina extraña.

—Yo os saludo, señor— repitió, como un eco, el embajador sevillano.


—Soy Alonso Gutiérrez de Madrid, veinticuatro y tesorero del honrado
Cabildo de Sevilla, y embajador de la ciudad ante vuestra merced y el reino a
quien represente y sirva.

—Alonso Gutiérrez de Madrid...— dijo el tlacochcalcatl. — Mi


nombre es Tepehuahtzin, gran general del ejército de la Serpiente
Emplumada. Soy hijo de la casa real de Tenochtitlan, discípulo de vuestros
Mensajeros y enviado de nuestro hueyi tlahtoani, Moteuczoma Xocoyotzin.

174
—Sabed disculpar mi ignorancia, señor, mas los nombres que mentáis
no los habíamos oído nunca antes— repuso el sevillano, totalmente
confundido ante voces de un idioma que ni siquiera le sonaba familiar. —
Nadie en Sevilla sabe de vuestro rey y reino, o de dónde se encuentran
vuestras tierras, o de lo que pretendéis en las nuestras.

—Presto lo sabréis, que a aqueso habréis sido enviado. Entrad en paz


en mi tienda, Alonso Gutiérrez, y no temáis por la vuestra vida, que mi
pueblo sabe respetar a los embajadores y mensajeros. Entrad y hablemos.

El español siguió a Tepehuahtzin dentro de su xacalli. Sus ojos


tardaron en acostumbrarse a la penumbra que reinaba en el interior. En
algunos braseros ardían incienso copalli y hierbas olorosas cuyos aromas le
eran desconocidos. Fue invitado a sentarse en un cojín bajo, forrado de piel
de ocelotl, mientras el mexica ordenaba que se les trajera algo para comer y
beber y le echaba un vistazo curioso a su invitado. Pues hasta aquel momento
no había podido ver a los hispanos de aquel lado del mar de cerca y con
tranquilidad. Todo lo que conocía de ellos —su lengua, sus costumbres, sus
vestiduras— era lo que había aprendido de labios de los «Mensajeros». Es
decir, pura teoría.

—Vuestra ciudad ha sufrido un serio revés, Alonso Gutiérrez. No


hubiera sido menester tanta muerte y destrucción si hubiérades aceptado la
nuestra oferta.

—Disculpad, señor, mas, como os he referido antes, no conoscemos la


vuestra procedencia. No sabemos de qué nos habláis, a decir verdad.

—Venimos de Tenochtitlan, embajador. Somos los servidores del


hueyi tlahtoani de Tenochtitlan.— El mexica pensó un momento. —Vosotros
lo llamaríais «rey»...

175
—¿Tenotitlán? Mi señor Tep... Tepehuazin... ¿podréis decirme acaso
dónde se encuentra ese lugar?

—Tenochtitlan, señor embajador, se encuentra al otro lado de las


aguas que vosotros llamáis «Mar Océana», al oeste de vuestros reinos.

A Alonso Gutiérrez el sobresalto lo dejó sin pulso. Quedó


boquiabierto unos minutos, considerando aquella afirmación, que no quería
meterse en su cabeza bajo ningún concepto.

—¿Del oeste? ¿Del otro lado del mar? Perdonad mi osadía, mi señor
Tepehuazin, mas... es imposible llegar desde allende la Mar Océana. Más allá
de las aguas, si tierras hay, tan lejanas son que sería increíble alcanzarlas
navegando.

—¿Imposible, decís?— El tlacochcalcatl, ante esa aseveración, sonrió.


En aquel momento entraban algunos de sus servidores, con cañas de tabaco,
cacahuatl y un puñado de tortillas. —Pues de allí venimos, por mucho
asombro que os cause... Y que me toméis por mentiroso no es nada cortés de
vuestra parte.

—Os ruego me disculpéis, que no era aquesa mi intención... Mas...


ya... ya hemos intentado cruzar ese mar— balbuceó el hispano. —Los
portugueses hanlo intentado. De buena fuente sé que genoveses e ingleses
también lo han hecho. Todos buscaban las Indias, que imaginaban que
trubarían al otro lado. Mas nadie llegó allí.

—O nadie retornó para contallo...— repuso el mexica. Dicho esto,


tomó una xicalli de cacahuatl y probó su contenido. Hallándolo a su gusto,
invitó al hispano a compartir con él la bebida.

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—¿Ninguno retornó...? ¿Queréis decir que... que los nuestros... han
estado allí?

—¿Vuestros enviados? Sí, por supuesto... Los primeros, los que


nosotros llamamos «Mensajeros», arribaron hace casi treinta años. Yo era
un niño entonces, y en Tenochtitlan reinaba mi tío Ahuitzotl, glorioso
guerrero de feliz memoria.

Gutiérrez de Madrid, con las manos temblorosas por la emoción y el


impacto de aquella noticia, tomó una xicalli y se llevó su contenido a los
labios. Aquel líquido tenía un sabor definitivamente exótico: un brebaje
espumoso, caliente, amargo y picante al mismo tiempo. El hombre intentaba
asimilar todo aquello a la mayor velocidad posible, y estudiar cuál debería ser
su táctica de allí en más. Alguien había alcanzado las míticas «Indias» por la
ruta del occidente. Alguien se había quedado allí. Alguien les había dicho a
aquellos que moraban al otro lado del mar dónde estaba Castilla. Y ésos
habían venido, arrasando todo. Aquello no tenía ningún sentido.

El mexica, por su parte, saboreaba su bebida y no quitaba ojo de las


ropas, el calzado y el tocado del sevillano. «Todo es como nos lo enseñaron»
pensaba para sí. «Su habla, sus ropas, sus maneras... Todo».

—¿Los primeros llegaron hace treinta años...? Decidme, señor


Tepehuazin... ¿Cómo llegaron? ¿Por qué no sabemos nada dello? ¿Y por qué
decís que fueron «los primeros»?

El mexica se estiró en su asiento y encendió su tubo de tabaco,


agarrando con unas pincillas un ascua de un brasero cercano.

—La historia completa la conocemos pocos, señor embajador, y no os


aburriré con ella agora, pues asuntos más importantes habemos entre manos.
Sabed sólo que a mí me fue referida por mi mentor y maestro, un hombre

177
sabio e ilustre que nos enseñó la vuestra lengua, escritura, costumbres e
historia, y que ha dejado grande legado de documentos escritos en
Tenochtitlan. Hasta donde sé, él y sus compañeros cruzaron el mar con un
aventurero genovés llamado Colón...

—¿Colón? ¿Cristóbal Colón?

—Ése mesmo.

—Perdonad mi atrevimiento, mi señor Tepehuazin, mas... debéis


estar bromeando... Ése tal Colón era un loco que partió en una aventura
insana y jamás...— El hombre se detuvo. En su cabeza se abría paso una idea
que, aunque desquiciada, tenía todos los visos de ser verdad.

—¿Jamás regresó...? No, Alonso Gutiérrez, jamás lo hizo. Creemos


que desapareció en el mar en su viaje de vuelta. Mas antes de regresar dejó
allá unos cuarenta hombres en una isla llamada Haití, en nuestro Mar
Central. Esos cuarenta se lanzaron a explorar más hacia el oeste. Para cuando
llegaron a Tenochtitlan, tras padecer penurias sin cuento, eran sólo una
veintena.

—¡Santo Dios!— exclamó el español.

—Ellos fueron los primeros. Poco después encontramos una segunda


embajada de vuestros enviados, que sólo trajeron la muerte más horrorosa a
nuestro pueblo. Merced a sus relatos supusimos la suerte de Colón. Dos o tres
de vuestras expediciones se cruzaron con nuestros barcos en los sucesivos
años. Todas ellas fueron capturadas y destruidas. Con el tiempo, supimos lo
peligrosos que podíais ser para nuestra gente. A la vez, también aprendimos
las maravillas que había de aqueste lado del mar. Sabíamos que algún día el
encuentro entre nos había de producirse. Debía producirse. Así lo
anunciaban nuestras profecías. Fue entonces cuando decidimos venir.

178
El español había terminado su cacahuatl. Sus manos aún temblaban, y
el humo del tabaco de Tepehuahtzin le hacía escocer los ojos y la nariz.

—¿Venir? ¿Por qué, mi señor? ¿Qué queréis de nosotros?

—Todo, señor embajador— contestó el tlacochcalcatl con una


sencillez apabullante. —Queremos la vuestra ciudad y gente, vuestros
caballos y rebaños, vuestros metales, vuestras cosechas, vuestros bienes. De
agora en más respetaremos vuestras vidas, siempre que os sometáis a la
autoridad de nuestro hueyi tlahtoani y os convirtáis en vasallos y tributarios
de Tenochtitlan, sus regentes y sus dioses.

El atribulado hispano no sabía qué decir. Ni siquiera terminaba de


entender completamente el porqué de todo aquello, la identidad de sus
invasores, los motivos, las razones, las causas. Y, sobre todo, no podía siquiera
entrever o adivinar los efectos futuros de las acciones y decisiones presentes.
Pero se estaba dando cuenta de las enormes posibilidades que tenía aquel
endemoniado asunto. Si esa gente venía de las «Indias», eran la avanzadilla
de un reino rico, poderoso y próspero cuya ruta había sido buscada por años
por los más grandes príncipes, magnates y navegantes europeos.

Quedaba claro que, para los recién llegados, ni Castilla ni las otras
partes del reino eran territorio extraño, aunque jamás lo hubieran pisado
antes. Sin duda alguna eso les daba total ventaja sobre sus adversarios, cuyo
desconcierto y perplejidad proporcionaba al ejército invasor una inmejorable
posición para imponer sus designios. Pero, tras su orgullosa arrogancia,
debían tener un punto débil, alguna grieta en su sólida fachada. Eso lo sabía
muy bien Gutiérrez de Madrid: todo poderoso tiene un lado flaco, que a
veces ni él mismo conoce. El español pensaba tan rápido como podía.
Necesitarían aliados, amigos, conquistas rápidas, caminos allanados. Y él

179
podía proveerles todo eso y mucho más. Mucha información. Tepehuahtzin
lo observaba como un lince a su presa. Parecía querer penetrar, con sus ojos
oscuros, en el fondo de sus cavilaciones.

—Estaréis pensando qué habéis para ganar y perder con aqueste


ofrescimiento, mi señor embajador. No os esforcéis ni congojéis, que yo os lo
diré. Podéis perdello todo, como habréis visto. No podéis oponernos mayor
resistencia: sois un pueblo dividido, débil, pobre, y estamos bastante bien al
cabo de vuestras alternativas. Mas si obráis con cordura, podéis ganar un
soberano sabio, un comercio próspero y un reino unido y pacífico. Rendid la
ciudad agora y la vida de la vuestra gente será respetada. Como os digo, seréis
vasallos de Moteuczoma Xocoyotzin, tributaréis a Tenochtitlan y estaréis
protegidos por sus fuerzas...— y aquí el mexica señaló la tierra y el cielo —
...aquí y allá.

—¿Cuáles son las condiciones de la rendición?— inició las


negociaciones Gutiérrez de Madrid. Tepehuahtzin sonrió.

—Que vuestros hombres dejen las armas. Que se abran todas las
puertas de la ciudad, y que mi gente sea rescebida en las casas de vuestras
familias en paz. Ellos se harán cargo a partir de agora de aquesos hogares y
bienes. Desde el momento en que entremos en Sevilla, gobernaremos la
ciudad según nuestros usos y costumbres.

—No será cosa sencilla conseguir la conformidad de los nuestros


cabildantes, mas lo hablaré con ellos y haré lo que esté en mis manos. ¿Eso es
todo?

—No, mi señor embajador. Algo más hay. Una vez esté asentado en el
vuestro castillo, que será mi residencia, quiero que se presenten ante mí los
principales y nobles de la villa. Todos ellos. Y vuestra gente trabajará para

180
reconstruir todo lo que ha sido destruido en Sevilla. Desde los canales de agua
al puente, y, sobre todo, las murallas y puertas.

El hispano asintió.

—Bien está.

—Otra cosa, señor embajador... Quiero creer que vuestro Cabildo os


ha enviado a mí por ser persona de buen juicio y razón. Vuestros consejos
pueden serme de utilidad en el futuro... ¿Puedo contar con los vuestros
servicios?

—Pienso que habréis menester dellos, mi señor Tepehuazin— osó


responder Gutiérrez de Madrid. Sabía que era hora de poner todas las cartas
sobre la mesa. Si Sevilla estaba condenada a servir a un invasor, él quería
asegurarse una posición en el nuevo esquema que se estaba conformando en
aquella tienda sobre el Arenal. Y si aquel desconocido estaba exagerando el
valor de sus naipes, como parecía, el judío decidió que él no iba a quedarse
atrás.

—Veo que sois hombre osado, mas... ¿por qué suponéis que habría yo
menester dellos?— quiso averiguar Tepehuahtzin.

—Estáis muy lejos de vuestras tierras y, si bien sois poderosos, habréis


necesidad de amigos y aliados aquí, por mejor conoscer el terreno y moveros
ansí con más grande soltura... Y creo que yo podría ayudaros en eso.

—¿Y qué buscáis ganar? Porque sabréis que estáis traicionando a


vuestra gente, embajador.

—Mi gente es la que más seguridad me da y más dinero me hace


ganar, señor Tepehuazin. Y sensato es por mi parte ponerme del lado del
señor y no del del vasallo.

181
—Pláceme— repuso el tlacochcalcatl. —Dejadme agora, Alonso
Gutiérrez, y tornad con los vuestros para entregalles mi mensaje. Haced
vuestro trabajo y volved a verme cuando el sol comience a bajar. Entonces
seguiremos hablando.

El español se incorporó con torpeza del cojín bajo e hizo una


reverencia ante el mexica. A una orden de éste, los guardias que estaban
apostados a la entrada de la tienda acudieron para escoltarlo hasta la Puerta
del Arenal.

Desde allí, el hombre comenzó a subir despacio por la Calle de la Mar,


sorteando los cadáveres de los que hasta hacía un día habían sido sus vecinos.
Su cabeza era un remolino de ideas. Llevaba en su piel el olor de los muertos
enemigos quemados en piras y el del tabaco del mexica. Y en su boca, dos
sabores: el del cacahuatl espumoso y el de su conversación con aquel
extranjero.

Y sintió que ambos eran iguales: amargos y picantes a la vez.

En su tienda, Tepehuahtzin se relajó. Repasó mentalmente su


entrevista con el embajador sevillano varias veces. Odiaba a los traidores. Le
daban asco. Aquel individuo estaba dispuesto a traicionar a todos los que
habían dado su sangre y su vida por defender sus familias, sus creencias y su
ciudad. No había, en su escala de valores, nada más bajo que aquel que
entregaba a su pueblo. Mas, por esa misma razón, sabía que podría utilizar a
aquel castellano sin miramientos ni remordimientos, usándolo para alcanzar
sus fines y descartándolo luego. Aquella idea puso una especie de sonrisa

182
indefinida en sus labios. Disfrutaría del momento en que pudiera deshacerse
de él. Escoria como aquélla no debía caminar bajo el cielo o sobre la tierra, no
debía respirar el mismo aire ni beber la misma agua que el resto de la gente.
Ensuciaba todo. Contaminaba todo.

Mandó llamar a su hermano Machimaleh y, juntos, repasaron el plan


que seguirían a continuación.

183
XII
Mar Central, 1494

E los caminos que unen Tenochtitlan con la lexana


Xicalanco atraviessan tierras de las naciones mixteca,
zapoteca, mazateca, chinanteca e popoloca, hasta llegar a la
final al territorio de la nación chontalli, que en lengua
náhuatl significa estrangero. E son diferentes aquesas gentes
entre sí, e hablan lenguas harto dispares, que entrellos no se
entienden.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo IV.

Rodrigo de Escobedo llevaba varios meses de viaje.

De acuerdo a sus siempre cuidadosos registros, había salido de


Tenochtitlan a finales de enero. En Tochtepec, en el límite sur de los
dominios mexicas, se separaban los caminos que iban a Anahuac Xicalanco
—la costa del norte y del este— y a Anahuac Ayotlan, la del sur y el oeste, esa
que él aún no había visto pero de la que había tenido abundantes referencias.
A partir de aquel punto su ruta torció hacia el litoral oriental, hasta
Coatzacualco.

Para entonces finalizaba mayo, y el zigzagueante derrotero de la


caravana de pochtecah en la que participaba el segoviano había atravesado
tierras mixtecas, zapotecas, mazatecas, chinantecas y popolocas. Bordeando
la costa, entraron en los dominios del pueblo chontalli o yokot’an. Llegaron a

184
la villa de Potonchan hacia principios de agosto, y a Xicalanco —puerta a los
territorios itzáes— hacia finales de septiembre.

Xicalanco —o Zactam, en lengua chontalli— se situaba


estratégicamente cerca de una enorme laguna costera y de un litoral marítimo
en el que volcaban sus aguas ríos como el Ozomahtintlan, oscuros y
espumosos como el cacahuatl. En sus muelles lacustres amarraban las barcas
que, transitando las caudalosas vías fluviales de la región, arribaban desde
Cuauhtemallan, las tierras altas de aquel cálido y húmedo sur. Acudían desde
allí los mercaderes o’depüt o zoques, cargados de goma olli, telas, topacios
amarillos y cochinilla. Bajaban también los ch’oles, los tojolab’al, los tzeltales
y los tzotziles con ámbar. Y por las rutas del mar hacían su viaje las barcas
itzáes, procedentes de Chak’an Peten, Kaan Peech y Kosom Lu’umil.

El escribano, fiel a sus costumbres, había ido anotando una esmerada


relación de todos los acontecimientos vividos y de todos los paisajes y las
naciones que encontraba en su trayecto. Para ello había iniciado un nuevo
diario, que había bautizado como «Libro de viaje». A su retorno a
Tenochtitlan, transcribiría lo más interesante de aquel «Libro...» en sus
«Crónicas», que había dejado allá al cuidado de su amigo Luis de Torres.

La marcha se había hecho pesada debido a que recorrían grandes


distancias a pie, a que los pochtecah se detenían aquí y allá para hacer sus
tratos y enterarse de novedades, y a que transitaban por regiones que
pertenecían a pueblos no siempre amistosos con los mexicas. Y si bien los
comerciantes de Tenochtitlan podían disfrazarse y aparentar ser —gracias a
su dominio de las lenguas de cada zona— nativos de tal o cual ciudad,
Escobedo era extranjero a todas luces y no había forma de evitar que llamara
la atención. Por ende, debían moverse con mucha precaución, y más de una

185
vez el segoviano tuvo que permanecer escondido varios días en alguna
aldehuela perdida para no ser visto.

También era cierto que Cuitlachnehnemini, líder de aquel grupo por


su experiencia, alargaba los tiempos de estancia en cada lugar para que su
amigo hispano tuviera la oportunidad de fijarse en todos los detalles, de
indagar en cada rincón, de saborear cada manjar y de escribir todo eso en sus
códices. La minuciosa curiosidad de Escobedo y su facilidad para aprender y
recordar las cosas más asombrosas no hacían más que espolear al mexica, el
cual siempre terminaba demorando unos días más la partida de cada pueblo
que visitaban para poder mostrarle algo, presentarlo a diversos personajes y
profundizar en el conocimiento de gentes y tierras.

Los yokot’an de Xicalanco mantenían buenas relaciones con los


mexicas. Relaciones estrictamente comerciales, a decir verdad, pero buenas al
fin y al cabo. Eran mercaderes avezados: las tierras en las que vivían
producían poco —aunque el mar y la laguna fueran pródigos en pescado,
tortugas y otros frutos— por lo que su economía dependía principalmente del
intercambio. Conocían todas las materias primas y riquezas de su región y de
las vecinas, y mantenían sólidas redes comerciales que se extendían hasta
Potonchan y Cempohuallan, por el noroeste, y hasta los lejanos puertos de
Nito y Naco, por el sudeste, mucho más allá de Kosom Lu’umil. Tierra
adentro, sus caravanas y flotillas de barcas enlazaban con las rutas de sus
hermanos chontalli de Itzamkanac, ciudad que los mexicas llamaban Acallan,
«la tierra de las barcas». Desde ese lugar, según contaban algunas tradiciones
añosas, habían partido los famosos putun para ocupar extensas áreas de
Yucatán, y de los cuales descenderían los itzáes.

186
Los yokot’an eran, además, diestros navegantes y viajeros. Sus mapas
eran renombrados, en especial los que contenían —sobre alguna tira de tosco
henequén— las rutas marítimas del Yucatán y de toda la costa septentrional y
oriental de aquellas tierras. Conocían bien las lenguas y las costumbres de sus
vecinos, lo cual les facilitaba sus desplazamientos a través de tantas naciones
diferentes.

En Xicalanco, los mexicas habían sido recibidos por el principal de la


villa, que los alojó en unos aposentos específicos destinados a visitantes. Los
pochtecah pensaban quedarse allí algunos días, a la espera de ciertas flotillas
mercantes itzáes que estaban por arribar desde Yucatán. Escobedo tendría,
pues, mucho tiempo para pensar, para aprender y para descubrir.

La presencia de un hombre barbado y de piel blanca en la caravana de


mercaderes de Tenochtitlan causó sorpresa y cierta inquietud entre los
pueblos de la costa, especialmente entre los chontalli de Potonchan y
Xicalanco. Circulaban entre ellos, desde hacía unos meses, historias de
hombres extraños llegados del este en barcas de velas, que habían tenido
encuentros violentos con los itzáes de Kaan Peech y Chak’an Peten, y que
llevaban consigo armas singulares. Cuitlachnehnemini y sus compañeros
escucharon esos relatos con sonrisas displicentes y frases tranquilizadoras,
pues conocían los hechos de labios de uno de sus propios protagonistas.

Escobedo se los había narrado de manera exhaustiva durante el viaje,


en aquellas noches en las que debían hacer alto en algún recodo del sendero,
lejos de todo pueblo, y dormir bajo las estrellas... o las nubes de tormenta.

187
Acurrucados en sus gruesas mantas de algodón, los componentes de la
caravana escuchaban atentamente al segoviano y lo interrumpían de vez en
cuando con exclamaciones, imprecaciones, historias propias o preguntas. Sin
embargo, Cuitlachnehnemini —que ya conocía el relato— oía todo aquello
en silencio, con una expresión seria y pensativa. Una tarde, antes de entrar en
Coatzacualco, el pochtecatl le preguntó a su amigo español el porqué de
aquellos ataques y muertes en territorio itzá.

—Ahmo niquimati— declaró Escobedo después de pensarlo un


momento. —Ahzo... nocnihuan tlaicoltiah... Tencualactli in icolli, in tlacah
incocoliztliuh...47

—Icolli... Ipampa in iuh anhuallahqueh in Cempohuallan, in


Tenochtitlan?48

Rodrigo calló, pero no pudo disimular su desazón. Sabía que


generalizar era un error, y que, al igual que él mismo, cada uno de sus
compañeros habría tenido sus propias razones para embarcarse con Colón.
Pero, en líneas generales, había mucho de codicia. Había también espíritu de
aventura, desesperación, búsqueda de nuevas vidas y nuevos rumbos. Así
trató de explicárselo, en pocas palabras, al mexica.

—Tehhuatl... Tleh otihuallah?49

47
En náhuatl, «No lo sé. Quizás mis compañeros codician. La codicia es veneno, enfermedad
de los hombres».

48
En náhuatl, «Codicia... ¿Por esa causa ustedes vinieron a Cempohuallan, a Tenochtitlan?».

49
En náhuatl, «Tú... ¿Por qué viniste (hacia aquí)?».

188
Escobedo ni supo ni pudo responderle inmediatamente.

Castilla. Su puesto de contino real, nombrado por la Reina en 1486.


Su sueldo de veinte mil maravedíes al año, que le permitía vivir como un
verdadero hijodalgo. La misiva secreta de su tío, fray Rodrigo Pérez,
franciscano del monasterio onubense de Santa María de la Rábida, recibida
en el otoño de 1491. Su relación de las ideas de un navegante genovés, o
portugués, un tal Colombo, o Colomo, o Colón, que su compañero fray Juan
Pérez había recibido en el monasterio, y que pretendía llegar a las Indias
cruzando el mar occidental. El convencimiento de que aquel marino sabía lo
que hacía, que parecía tener pruebas de que la ruta hacia las riquezas de las
Indias era factible... El aviso de que, si los reyes aceptaban financiar la
empresa, enviarían en aquella expedición, según sus usos, a un escribano para
que diera cuenta de los descubrimientos y tomara nota de los posibles
tributos a recaudar. El consejo de que moviera hilos para conseguir ese
puesto. Sus dudas. Sus preguntas averiguando el fondo de aquella historia. La
posibilidad latente de llegar a las fabulosas riquezas del Quersoneso Áureo,
Mangi y Catay. Sus peticiones, las influencias movidas a su favor. Su
designación para ir en aquella expedición, un poco más tarde. El viaje, largo,
interminable, hasta que apareció la tierra buscada y prometida. El acta de
descubrimiento que él mismo levantó en la ínsula de Guanahaní, territorio
del pueblo lucayo. Las exploraciones a través de las islas. La confianza de
Colón. Sus «Crónicas». Las expediciones breves que encabezó a las órdenes
del Almirante. El naufragio de la «Santa María» que algunos creyeron hecho
a propósito para dejar gente allí. La imposibilidad de cargar a todos los

189
tripulantes de la nao en las dos carabelas que quedaban. La construcción del
fortín de Natividad. La vida con los taínos de Guacanagarí. El
enfrentamiento constante con Arana, su superior al mando, por la inclinación
desmedida de ambos hacia las mujeres y el oro. Las disputas con Jacome el
genovés, que a veces habían llegado casi a los cuchillos. El odio de los locales,
a quienes saqueaban y maltrataban sin miramientos. Las borracheras, los
desafíos diarios, la total desorganización, el «sálvese quien pueda», la
codicia, la ambición... Y luego, una de las tantas mujeres taínas con las que
pasaba las noches contándole la historia de Caonabó y su plan para arrasar
Natividad, ante el descuido o la complacencia —eso nunca se sabría— de
Guacanagarí. Y entonces la decisión de partir, y las muchas que tendrían que
tomar después hasta ser conducidos a Tenochtitlan. Y el cambio dentro de él.
Y las cosas que no habían cambiado; entre ellas, el odio visceral hacia Arana...

—Por ambición, supongo— escupió al cabo de un rato en castellano.


Luego tradujo la frase. El mercader lo miró confundido.

—Cualli yectli tlacatl niquimati. In icolli ahmo niquitta.


Teicnomatiliztli, yolcualiliztli niquitta...50

—In tlacah patlah, Cuitlachnehnemini. Inin tlacatl in aquin tiquimati


in axcan, ahmo necah tlacatl in aquin quizaya acalco in Castilla.51

50
En náhuatl, «Conozco un hombre justo (bueno, recto). No veo codicia (en él). Veo
compasión, honestidad, sabiduría...».

51
En náhuatl, «Los hombres cambian, Cuitlachnehnemini. Este hombre que tú conoces hoy

190
El pochtecatl repuso que era cierto: los hombres cambiaban y él se
alegraba mucho de ello, en especial en lo que concernía a Rodrigo. Agregó
que confiaba en que todos sus compañeros hubieran cambiado en mayor o
menor medida, como él lo hizo. Pues entendía que la codicia y la ambición,
bien manejadas, eran sanas, y podían convertirse incluso en un acicate para el
progreso. Pero, mal controladas, eran espinas en el alma de los hombres y,
como consecuencia, en la de sus pueblos. Y a las espinas había que arrancarlas
antes de que provocaran daños irreparables.

Escobedo entendió lo que su compañero trataba de decirle. Pero la


cuestión no era tan sencilla. Él era otro en ciertos aspectos, o, mejor dicho,
aquellos viajes, aquellas tierras y todas sus aventuras y desventuras lo habían
transformado en otro a la fuerza. Sin embargo, ¿cuánto habían mudado de
parecer los suyos? ¿Qué evitaba que Tenochtitlan se convirtiera en otra
Natividad, en otra Kosom Lu’umil, en otra Kaan Peech? ¿El miedo? ¿La
inseguridad? Cuando esos factores se esfumaran a medida que aumentasen su
confianza y su poder, ¿qué ocurriría?

«Sólo puedo hablar por mí, amigo mío» reconoció Rodrigo.


Cuitlachnehnemini estuvo un rato con la vista clavada en el suelo. Hasta que
finalmente se atrevió a preguntar algo que Rodrigo esperaba desde hacía
tiempo. Y lo hizo en ese castellano que tanto se esforzaba por aprender.

—¿Más hombres de Castilla vienen?

«Ahmo niquimati», fue la lacónica respuesta del segoviano. Si el


Almirante había logrado regresar a España, probablemente sí: vendrían más
hombres y más barcos. Y traerían armas, y caballos, y hierros, y frailes, y

no es aquel hombre que salió de Castilla en un barco».

191
capitanes... Llegarían a aquellas costas centenares de Diegos, de Antonios, de
Rodrigos, de Domingos, todos buscando oro, especias, pedrería, mujeres y
tierras. Lo mismo que habían buscado ellos en su momento. Lo mismo que
algunos seguían deseando obtener.

Y seguramente llegarían de Castilla docenas de escribanos como él,


que dejarían constancia de todo lo que ocurriera.

Lo harían como siempre lo habían hecho: de manera más o menos


fehaciente. Construirían así una historia digna de crédito cuya veracidad
quedaría en entredicho con el correr del tiempo. Y perpetuarían unos hechos
y unos actos que se rescribirían y reinterpretarían en el futuro, como ya se
habían rescrito y reinterpretado los acontecidos en el pasado.

Sobre la plaza central de Xicalanco se elevaban las torres de algunos


templos, una imagen tan habitual en aquellas tierras como la de los robustos
campanarios coronados por nidos de cigüeñas que jalonaban la meseta
castellana. Sentado en una esquina del recinto, Escobedo escribía en su diario,
mordisqueando de vez en cuando un tzapotl que manchaba con su jugo las
páginas del códice, y mirando a su nuevo compañero de viaje, un pequeño
mono-ardilla ozomahtli que le habían obsequiado los pochtecah para que
fuese algo así como su mascota. Cual si fuera un perrillo castellano, el
animalito no se despegaba de él ni se bajaba de sus hombros: sus ojos, de
expresión casi humana, lo observaban con curiosidad descubridora.
«Asombrado estará de ver las mis barbas» bromeaba el segoviano consigo
mismo. La región de Ozomahtintlan era pródiga en aquellos animales. De

192
hecho, el propio nombre de la zona, del río que la atravesaba y de una villa
cercana a él significaba «tierra de monos». O «tierra de pequeños monos»,
si se consideraba el otro nombre de aquel territorio, Ozomahtzintlan. La
inquieta presencia del ozomahtli era buena compañía: con sus gracias, con
sus carreras, con sus caras y sus ademanes, el hispano entretenía sus largas
horas de estadía en la villa.

Describía el español los perfiles de aquellas teocalli, las «casas de los


dioses», como las llamaban los mexicas. Aquellas siluetas le trajeron
recuerdos. Dejó la pluma a un lado, le dio el enorme hueso de la fruta a su
mascota para que terminara de limpiarlo de pulpa, y ocupó el tiempo que le
restaba de espera reviviendo las celebraciones que presenció durante sus
últimos días en Tenochtitlan, hacia finales de diciembre.

Se celebraba el festival de Panquetzaliztli en honor al dios de la


guerra, Huitzilopochtli. Al parecer, los actos conmemorativos habían
comenzado ochenta días antes, en el mes llamado Ochpaniztli, y habían
ocupado los meses de Teotlehco, Tepeilhuitl y Quecholli, cada uno de veinte
días de acuerdo al calendario solar local. Durante todo ese tiempo, los
sacerdotes y muchos mexicas de ambos sexos y de todas las edades habían
hecho penitencia. Llegado el mes de Panquetzaliztli, se habían puesto a
cantar una canción en honor a la deidad. Empezaban los cantores a
medianoche y terminaban al amanecer: se agrupaban coros masivos en los
templos, haciendo sonar además bocinas y flautas. Escobedo, ignorante aún
de esas festividades —y de otras tantas, propias de cada mes— había
escuchado ecos de aquellos cantares en casa del pochtecatl.

193
—In cuicatl in ehua itoca tlaxotecayotl; icuic in Huitzilopochtli52—
había explicado Cuitlachnehnemini.

La fiesta principal solía coincidir con el solsticio de invierno, el


momento en el que el sol se encontraba —de acuerdo a las creencias
mexicas— en conjunción con la tierra y, por ende, en una relación muy
especial con ella. Aquel acontecimiento anual se festejaba con juegos de
pelota, procesiones, banquetes, danzas, cantos, embellecimiento de casas y
árboles con banderines de papel y guirnaldas de flores de girasol
chimalxochitl, combates ceremoniales y sacrificios. Sacrificios personales:
algunas gotas de sangre, un puñado de resina copalli, unas pocas tiras de
papel goteadas de goma olli, flores... Y sacrificios humanos: los guerreros
mexicas ofrecían a la divinidad sus cautivos, y los nobles y pochtecah
pudientes, sus esclavos.

Nueve días antes del festejo central, los ancianos de todos los barrios
de Tenochtitlan se habían dirigido por la calzada del sur hasta la ciudad de
Huitzilopochco, sobre el estrecho que separaba los lagos Texcoco y
Xochimilco. Allí, en el manantial llamado Huitzilatl, habían llenado cántaros
nuevos y, una vez cubiertas sus anchas bocas con hojas de ciprés ahuehuetl,
habían cargado con ellos las dos leguas que los separaban de su villa. Con esas
aguas habían bañado a los prisioneros y esclavos al pie del hueyi teocalli, el
«gran templo», empapando sus cuerpos y ropas. Luego los habían despojado
de las prendas mojadas y los habían vestido con adornos de papel,
pintándoles brazos y piernas de azul y los rostros a rayas amarillas y azules,
diseños típicos de Huitzilopochtli. Les habían atravesado el tabique de la

52
En náhuatl, «El canto que entonan se llama tlaxotecayotl; el canto de Huitzilopochtli».

194
nariz con una saetilla y colgado una nariguera en forma de medio círculo.
Para finalizar el atavío, les habían puesto unas coronas de finas cañas con
manojos de plumas en lo alto, blancas para los hombres y amarillas para las
mujeres. Así engalanados, los dueños se los habían llevado a sus casas, en
donde cada cual realizaba ceremonias y fiestas privadas.

Cinco días antes de la gran celebración, los propietarios de aquellos


prisioneros y esclavos habían ayunado, practicando a la vez abstinencia y
penitencia. Escobedo supo todos los detalles de boca del pochtecatl, el cual
había decidido ofrecer a Huitzilopochtli diez de sus siervos. La idea mexica
de «ayuno» implicaba no ingerir ni sal ni chilli ni beber otra cosa que agua, y
reducir las comidas a una, escasa y realizada al mediodía. Aquello era, en
cierta forma, parecido a las costumbres tradicionales observadas durante la
Cuaresma cristiana. En la penitencia se incluía un baño a medianoche: los
hombres, en ciertos oratorios especiales llamados ayauhcalli, «casas de la
bruma»; las mujeres, en la corriente más cercana a la puerta de su vivienda,
generalmente en un canal. Además de soportar el agua helada y el frío aire de
aquella época invernal y de aquellas alturas, los varones llevaban consigo
cuatro espinas de maguey con las cuales se perforaban orejas, dedos o
lenguas. Las féminas, por su parte, sólo portaban una espina de la misma
planta, con la que también se sangraban. Al autosacrificarse, todos solían
repetir: «Ic izcaltilo in tonatiuh». «Así se nutre el sol».

Al amanecer previo al día esperado, los esclavos y prisioneros se


habían presentado ante sus dueños cantando a voz en pecho, con una
escudilla llena de almagre azul entre sus manos. Con esa pasta habían pintado
jambas y puertas de las casas de sus amos y de las habitaciones propias. Tras
aquel rito se les había dado de comer y beber. Escobedo había presenciado la
ceremonia en casa del pochtecatl. De la decena de hombres y mujeres

195
condenados al sacrificio, sólo un par habían probado bocado; el segoviano
había advertido, en las expresiones de los demás, el terror al destino que les
aguardaba.

Al salir el sol de la jornada señalada, un sacerdote vestido como


Payinal —vicario de Huitzilopochtli, ágil corredor y mensajero de la muerte
en combate— había descendido del «gran templo» y se había dirigido al
campo de pelota ceremonial. En aquel mismo lugar había sacrificado cuatro
prisioneros cubiertos de papel: dos en honor al dios Amapan y otros dos en
honor a Huappatzin. Inmediatamente después, sus servidores habían
arrastrado los cadáveres por la arena del campo de juego, tiñéndola de sangre.

Desde allí, Payinal y su comitiva habían ido corriendo hasta


Tlatelolco, en el norte. Luego se habían dirigido a Nonohualco, en cuyo
templo se les había unido otro sacerdote, personificando a Cuahuitlihcac,
otro vicario de Huitzilopochtli. Juntos habían llegado hasta Tlacopan, ya en
tierra firme, atravesando el lago por la calzada del oeste. A continuación
habían ido hasta Popotlan, y en el templo de ese lugar habían ofrendado
varias vidas. Siguiendo con aquella marcha, habían alcanzado Chapoltepetl,
cruzando Izquitlan. Nuevo sacrificio y nueva carrera hasta Acachinanco,
pasando por Coyohuahcan, Tepetocan y Mazatlan. En definitiva, un viaje a
través y alrededor de la gran ciudad lacustre y de sus innumerables barrios.

Mientras los dos «dioses» hacían ese recorrido, quienes iban a morir
habían sido nuevamente trasladados por sus dueños al hueyi teocalli y
divididos en dos grupos para representar una batalla. A un lado se habían
colocado los prisioneros de guerra; al otro, los esclavos. Los primeros, que
habían sido asistidos por sus amos guerreros durante el simulacro, habían
utilizado rodelas pintadas con círculos blancos y negros, garrotes y dardos.

196
Sus contrincantes habían contado sólo con unas pequeñas flechas. Con
mucho público presente, habían combatido entre ellos, y los que habían sido
apresados por el primer grupo habían sido sacrificados allí mismo sobre un
teponaztli, un enorme tambor de madera tallada. Seguidamente, en un acto
ritual, les habían arrancado el corazón del pecho.

Había sido en aquel preciso momento, recordaba Escobedo, cuando


ellos hicieron su entrada en el corazón de Tenochtitlan.

Él y sus compañeros habían salido del palacio hacia el interior del


recinto ceremonial, un espacio magnífico con sus blancos y policromados
edificios tan limpios, y sus fuegos siempre ardiendo. Avanzando de sur a
norte por una calzada abarrotada de gente, dejaron a su izquierda los templos
de las diosas Xochiquetzal y Chicome Coatl, y a su derecha el del
Tezcatlipoca negro y el edificio perteneciente a la elite de los guerreros
ocelomeh. Los españoles no conocían ese lugar por dentro, pero lo suponían
similar al de los cuacuauhtin, que ya habían visitado. Éste último, la «casa de
las águilas», era realmente hermoso. Sus dos entradas estaban flanqueadas
por estatuas que representaban precisamente a guerreros-águila, de vara y
media de altura y un detallismo asombroso. Todos sus muros, exteriores e
interiores, estaban profusamente decorados, y en el acceso a la sala norte se
erguían dos esculturas de cerámica en verdad impresionantes que
representaban a Mictlan Teuctli, el esquelético señor del inframundo. Por
último, en los bancos adosados a las paredes se desplegaban procesiones de
combatientes tallados en piedra y coloreados, que confluían en una bola de

197
hierba zacatapayolli: ésa en la que se solían clavar las espinas de maguey tras
ser usadas en los autosacrificios.

Una vez que pusieron los pies en la amplia extensión que se abría en la
base del hueyi teocalli —el «templo mayor», la gran pirámide de doble cima
en honor a Huitzilopochtli y Tlaloc— giraron a la izquierda para evitar la
multitud y bordearon el santuario de Quetzalcoatl-Ehecatl. Era aquella una
construcción muy particular: una pirámide rectangular coronada por un
adoratorio circular techado con paja. Tenía almenas en forma de caracol, y su
puerta se hallaba entre las mismísimas fauces de una monstruosa serpiente
tallada en los muros.

Superaron luego el hueyi tzompantli, cuya visión todavía los


sobrecogía. Había varios pequeños ejemplares de aquellos «ábacos de
calaveras» —como ya los llamaban los hispanos— repartidos por todo el
recinto ceremonial. Algunos de ellos eran simplemente «decorativos» y
estaban tallados en piedra, estucados y coloreados. Sin embargo, el hueyi
tzompantli —el «grande», el central— era real. Demasiado real: troncos
horizontales atravesando una multitud de cráneos, algunos de los cuales aún
tenían pieles resecas o cabellos pegados al hueso.

Torcieron nuevamente a la derecha, pasando entre el edificio de


Quetzalcoatl y el tlachco, el campo del juego ceremonial de pelota. Con paso
firme, sortearon el gentío y fueron conducidos al templo de Cihuacoatl.
Desde allí podía verse con toda claridad la doble escalinata que ascendía
hasta la cúspide del hueyi teocalli, además del maravilloso paisaje que
rodeaba Tenochtitlan. Eso incluía las cimas nevadas de las sierras y las

198
siluetas lejanas del humeante Popocatepetl y la blanca Iztaccihuatl53. Todo el
grupo de hispanos fue acomodado junto a otros invitados como
Cuitlachnehnemini, el cual no se separaba de Escobedo. Resultaba llamativo
que en aquel mismo lugar también hubieran sido colocados los embajadores
de los pueblos enemigos de los mexicas.

El «templo mayor» era una mole de tierra y piedra tezontli de unos


treinta metros de altura, dividida en dos partes. La de la izquierda, la mitad
sur, estaba dedicada al dios de la lluvia Tlaloc, y su santuario en la cima medía
unos quince metros y era de color azul. La de la derecha, la mitad norte, era la
del dios solar de la guerra Huitzilopochtli. Formando una sola pirámide,
ambas mitades —dualidad de la vida y la muerte— representaban montañas
asociadas a los mitos de cada dios: la Tonacatepetl, «el cerro del alimento»
estaba relacionada con la leyenda de la creación del ser humano a partir del
maíz; la Coatepetl, «el cerro de la serpiente», tenía que ver con el sitio mítico
en donde había nacido la deidad central del panteón mexica.

Cuitlachnehnemini aclaraba al escribano que aquel templo


simbolizaba el centro del mundo. Estaba orientado hacia los cuatro puntos
cardinales, y en él confluían, además de los cuatro rumbos, el camino que
llevaba hacia los trece cielos del mundo superior y el que se dirigía hacia los
nueve niveles del inframundo. Las seis direcciones se encontraban y se
enlazaban allí. Y toda la ciudad se organizaba de manera concéntrica en torno
a aquel «ombligo»: los nobles, en sus palacios del interior, y los pescadores y

53
El Popocatepetl («cerro humeante») es un volcán aún activo. Iztaccichuatl («señora
blanca») es una montaña, separada del anterior por un paso. Ambos eran visibles en el
horizonte sudoriental de Tenochtitlan.

199
horticultores pobres, en sus chozas de barro y caña del sector más externo,
casi flotando sobre el lago.

Al pie de las escaleras del hueyi teocalli —en las que se podían contar
un centenar de empinados peldaños— estaba la fabulosa escultura
desmembrada de Coyolxauhqui, parte del antiguo mito de los mexicas
referido al nacimiento de Huitzilopochtli. La narración explicaba que el dios
había matado a su hermana y a cuatrocientos de sus hermanos y había
arrojado el cadáver descuartizado de la primera desde lo alto de la Coatepetl.
Al menos, así lo había entendido Escobedo cuando su amigo se lo contó
abreviando mucho la historia.

Cerca de aquel relieve había una enorme serpiente ondulante, altares,


plataformas y cinco columnas de piedra maciza con forma de guerreros.
Aunque todo el conjunto se mantenía siempre muy limpio, con motivo de
aquellas celebraciones había sido cuidadosamente barrido y arreglado por las
cihuatlahmachchiuhqui, jóvenes mujeres al servicio del dios.

Al poco de ubicarse en la parte del templo que les habían reservado y


haber sido testigos del sacrificio de algunos esclavos, vieron retornar a
Payinal y Cuahuitlihcac de su viaje por toda Tenochtitlan. La escaramuza
ceremonial se detuvo entonces a la orden de un sacerdote que gritaba desde
lo alto del «templo mayor». Los «dioses» llegaron precedidos por dos
estandartes de papel y plumas que fueron subidos al teocalli merced a dos
porteadores, los cuales descendieron luego cargando la efigie del señor de la
guerra.

El ídolo de Huitzilopochtli, hasta ese momento oculto tras cortinas en


la cima de su santuario, estaba hecho de una masa de semillas de huauhtli
unidas por sirope de maguey. En su interior, para «darle vida», se colocaban

200
bolsas conteniendo piezas de jade, huesos y amuletos. La estatua había sido
construida pocas noches antes: la masa se cocinaba en el recinto llamado
Tilocan y la figura se armaba en otro denominado Itepeyoc. Allí se la vestía
ricamente y se le colocaba una máscara de oro. La imagen, una vez bajada a la
plaza central del recinto ceremonial, fue fragmentada y repartida entre el
pueblo para ser comida. Cada uno se llevaría un poco a su casa, para
compartirlo con los suyos.

Tras ello, los servidores del dios tomaron a los prisioneros y esclavos y
los trasladaron, una vez más, en procesión alrededor del «templo mayor».
Finalmente fueron conducidos al techcatl, el altar de sacrificios de la cima del
teocalli, por varios hombres pintados enteramente de negro. Primero
ascendieron los prisioneros de guerra, y tras ellos los esclavos. Después de
cada muerte sonaron las trompetas de caracol, los bastones chicahuaztli, los
caparazones de tortuga ayotl, los teponaztli, las sonajas... Y los cadáveres
fueron arrojados, rodando, por las escaleras, mientras sus corazones —
denominados ritualmente cuauhnochtli54— se iban apilando en un enorme
cuenco de piedra llamado cuauhxicalli.

Caían los cadáveres desde lo alto, como había caído el cuerpo


destrozado de Coyolxauhqui desde la cumbre de la Coatepetl.

Escobedo estaba horrorizado ante aquel espectáculo. Luis de Torres, a


su lado, notó su consternación y sonrió con ironía.

—¿Espántase vuesa merced de lo que ve?

54
En náhuatl, «Tunas del águila». El «águila» era Huitzilopochtli, y las «tunas» le servían
de alimento.

201
—Barbarie me parece— apuntó el segoviano, con un nudo en la
garganta.

—Eso es que ha visto pocas ejecuciones en Castilla, que de estar


presente en algún auto de fe, tendría el alma curtida a estos dolores...

El escribano se giró para mirarlo. Torres mantenía la atención fija en


las escalinatas del hueyi teocalli.

—...o quizás en alguna batalla contra los moros, que cuando estuve en
Murcia vide yo unas cuantas, y no son más que muerte y crueldades sin fin.

—No he presenciado yo auto de fe ninguno, don Luis.

—Si vuesa merced tuviera sangre judía, como yo, sabría lo que
cuentan y lo que duelen los tales autos. Helos visto yo, e igual es que aquesto.
Sangre o fuego, lo mesmo da, que todo es por agradar a una fe maldita y
meter terror en las ánimas.

—Tenga esas palabras para sí, mi amigo.

—Nadie me ha de denunciar aquí al Santo Oficio, don Rodrigo—


respondió secamente el murciano. —Aquí puedo ser otra vez quien soy:
Yosef, hijo de Levy. Olvidarme puedo ya de la doña Catalina Sánchez que
dejé en Moguer por esposa, que siempre renegó de mis raíces. Olvidarme
puedo de la limpieza de sangre, de los miedos, de mis amigos perseguidos y
juzgados, del potro y los tormentos...— El hombre habló en un murmullo,
mordiendo las palabras para que sólo llegaran a los oídos del segoviano,
mientras los ojos se le arrasaban de lágrimas. —Aquí, don Rodrigo, ya nadie
me ha de perseguir por mi origen.

202
Todo eso había revivido el segoviano en aquella plaza. Atardecía ya, y
el mono-ardilla dormía en su regazo, encima de su diario aún abierto, con la
cola arrollada en torno a su cuerpo como cualquier michifuz castellano.
Despertó al animalillo, lo cargó en su hombro, metió su diario y su recado de
escribir en el morral y se levantó, dirigiéndose con paso cansino hacia la
cámara que compartía con Cuitlachnehnemini en Xicalanco.

Aquel día de la fiesta central del Panquetzaliztli había sido uno de


emociones fuertes. Memorable, en verdad. Habían seguido cuatro jornadas
de festejos particulares en casa de aquellos que habían ofrendado las vidas de
sus cautivos a la divinidad. Entre los cuales, por cierto, no habían sido
incluidos los prisioneros que los españoles habían capturado en
Cempohuallan. Dado que se respetaban sus creencias, los hispanos no se
habían visto en la obligación moral de sacrificar sus prisioneros. En vez de
eso, los habían vendido a buen precio en el tiyanquiztli de Tlatelolco.

Había tantos sentimientos mezclados que Escobedo no conseguía


deshacer la maraña de recuerdos que guardaba de aquellos momentos. Pero
podía evocar claramente el juego ceremonial de pelota que había disfrutado
viendo antes de su partida de la villa del lago.

El juego en sí recibía el nombre de ollamaliztli, aunque era más


conocido como tlachtli. Su práctica estaba permitida únicamente entre
nobles, guerreros y sacerdotes, y Escobedo intuyó que tenía ciertas
connotaciones religiosas y mitológicas que no alcanzó a comprender del todo.
El tlachco, el lugar donde se practicaba, estaba cercado por altos muros y
tenía la forma de una I mayúscula, con una línea en el medio que lo dividía en
dos áreas, una para cada equipo. En la zona central, encastrados en la pared a

203
cierta altura, había dos aros de piedra con la silueta de una serpiente —los
tlachtemalacatl— situados uno a cada lado.

Durante la partida sonaron todo tipo de instrumentos musicales, pero


el segoviano no recordaba haber escuchado vihuelas, rabeles o cosas
semejantes. Los espectadores —nobles y plebeyos por igual, aunque
separados en distintas zonas— cruzaban importantes apuestas: mantas de
algodón, joyas de jade, bolsas de cacao, plumas quetzalli... Lo que tuvieran.
Tan fuerte apostaban que llegaban a arriesgar sus casas, haciendas y mujeres,
y muchos ofrecían sus propias personas, terminando a veces como esclavos o
sacrificados a los dioses.

La pelota ollamaloni, hecha de goma olli, pesaba entre seis y ocho


libras, medía un palmo y rebotaba como por arte de magia. Lo más
sorprendente era que debía ser impulsada sin usar manos ni pies, es decir,
empleando cualquier otra parte del cuerpo. Aquella bola, por su propio peso y
la velocidad a la que se movía, era letal: dañaba carnes, partía cráneos y
costillas, rasgaba la piel y mataba a alguno si lo alcanzaba de lleno en la cara o
en las tripas. Todo eso a pesar de que los jugadores —en dos equipos de
número variable— estaban forrados de protectores: en las piernas y
espinillas, sobre el pecho, en los codos, en los hombros, en las caderas. Su
aspecto era galano, y todas sus prendas estaban profusamente decoradas.

Partiendo de la raya central, la bola iba pasando de cadera en cadera,


de pierna en pierna y de pecho en pecho. El objetivo final, el que resolvía el
juego, era empujar la pelota a través del aro correspondiente. Sin embargo —
como bien pudo notar Escobedo— aquélla era una tarea ardua, si no
imposible, dada la altura de las metas. Por tal motivo se usaba un sistema
complementario de puntos que ayudaban a decidir la partida y eran

204
contabilizados por árbitros. Se perdían puntos si se intentaba pasar la pelota
de goma por el aro y se fallaba, si se la dejaba ir fuera del campo, si rebotaba
dos veces antes de lanzarla al equipo contrario... Se ganaban cuando la
ollamaloni golpeaba la pared situada a espaldas del adversario.

Era, pues, un deporte complejo, en el que los mexicas se ejercitaban


con gran pasión y en el que eran muy diestros y elegantes. Durante ciertas
festividades el equipo perdedor ofrecía su vida a la deidad. Pero, según refería
Cuitlachnehnemini, aquello ocurría sólo en ocasiones aisladas. Por lo general,
el tlachtli se practicaba como un pasatiempo, y los mejores jugadores eran
verdaderos héroes, tanto en Tenochtitlan como en todos los sitios donde se
jugaba. Pues también era popular, con otras reglas y bajo otras formas, en
tierras mixtecas, zapotecas e itzáes.

Pocos días después, el segoviano había dicho adiós a sus compañeros


y se había encaminado a casa del pochtecatl para aguardar allí la salida de la
caravana que lo llevaría a recorrer los horizontes más allá del límite sur del
territorio mexica.

Antes de partir, Cuitlachnehnemini había tenido que cumplir ciertos


ritos para obtener el favor de sus dioses y que éstos le dieran un buen viaje.
Aquello era costumbre entre los pochtecah, una tradición ineludible. Además,
dado que iba a estar ausente de su casa bastante tiempo, debía dejar todos sus
asuntos en orden. En cuanto a la partida, había elegido una fecha favorable
para el comienzo de su expedición mercante: ce miquiztli, «1-muerte», un
buen día para los devotos de Tezcatlipoca que hubieran demostrado

205
humildad. En el calendario de Escobedo, coincidía con la última jornada de
enero.

La noche anterior, Cuitlachnehnemini se había cortado y lavado los


cabellos. Luego había ofrecido numerosas tiras de papel pintadas con olli
derretido a distintas deidades: al señor del fuego, Xiuhteuctli; a Tlalteuctli,
señor de la tierra; a Yahcateuctli, protector de los comerciantes y dueño de un
curioso apéndice nasal. Y había atado todos esos papeles en su báculo topilli,
que llevaría durante todo el viaje. Inmediatamente después había obsequiado
otros papelillos pintados, con forma de mariposa, a los dioses del camino
Zacatzontli y Tlacotzontli.

Pasada la medianoche, a modo de sacrificio el pochtecatl había


descabezado varias codornices ante el fuego de su hogar. Los cuerpos
decapitados corrieron hacia el sur, lo cual había sido interpretado como señal
de buen agüero. Había ofrendado también su sangre, salpicándola hacia los
cuatro horizontes al tiempo que repetía la fórmula ritual «teoneppa»:
«cuatro veces para el dios». Había quemado copalli blanco, había dicho sus
plegarias y, finalmente, había puesto a arder sobre el incienso otra tira de
papel más, la cual se consumió por completo. Aquello también había sido un
augurio propicio.

Tras todas las ceremonias, de las que Escobedo fue un atento y


respetuoso testigo, los dos amigos saborearon un guiso delicioso y devoraron
varias cestillas chiquihuitl llenas de tamalli. El hispano observó un detalle
curioso: los sirvientes que traían los platos de comida jamás los asían por el
borde, sino que los cargaban en medio de la palma. Recordando las ventas
castellanas, en las cuales muchas veces había debido comer «sopa de dedos»
del que repartía el yantar, no tuvo más remedio que soltar una carcajada y

206
referir el caso al mexica. Relajados, bebieron cacahuatl muy espumoso en
unas tazas especiales hechas de coraza de tortuga, al igual que los platos para
apoyarlas y los palillos para revolver. Aquello era un servicio digno de reyes:
por lo general, las bebidas se tomaban en pocillos de barro o de calabaza.

Pasaron toda la noche fumando el tabaco del pochtecatl y mascando


unos hongos nanacatl, que el español describiría luego como «unos
honguillos que emborrachan y hacen ver visiones». Mientras esperaban
juntos el alba, el mercader había explicado lo que se iban a encontrar en su
viaje, cómo habían de proceder, cómo debían comerciar. Y le había contado
que traerían hartas riquezas, como el teonacaztli, la «oreja divina», especia
del país mixteca que usaban los nobles para aderezar las bebidas de cacao.

A la mañana siguiente, el mercader había comido con su familia,


amigos, vecinos y allegados. Había convidado a los más ricos con cacahuatl y
a los pobres con atolli. Había repartido cañas de tabaco, flores chimalxochitl
y cuauhxochitl, y unas guirnaldas de papel decoradas con mosaicos de
turquesa y plumas de fibras de agave ichquetzalli abrillantadas con mica.
Luego los viejos le habían dado consejos y bienaventuranzas. Entre tanto, los
porteadores que Cuitlachnehnemini había contratado para el viaje habían
empezado ya a cargar en barcas las andas cacaxtli con las mercancías
amarradas sobre ellas, y los paños cuachtli que se usarían para pagar en las
transacciones: los más caros, los tototlacualtecuachtli, valían cien granos de
cacao, y los tecuachtli, sólo cuarenta. Tan valiosa mercancía debía ser llevada
con mucho cuidado. Los cargadores habían armado con ella varios fardos
petatl, envueltos en esteras y atados con recias cuerdas. Los llevarían colgados
a la espalda mediante una cinta ancha de palma, la mecapalli, que se ceñían a
la frente.

207
Llegado el momento de la despedida, el pochtecatl —engalanado con
orejeras de cuero y piedras, un bezote curvo y un abanico redondo
ehcacehuaztli de palma tejida— había regalado muchas mantas
amanepaniuhqui con adornos de papel, vestidos huitztecollaxochic con flores
naranjas, paños femeninos tlalpiltilmahtli tejidos con pequeños nudos, capas
tlatzcallotl decoradas con volutas y espirales, taparrabos coyoichcamaxtlatl
forrados de piel de «lobo» coyotl... Habían sido costosos presentes, dignos
de tan importante mercader. Al mexica sólo le restaba despedirse de su hija
—la única mujer de la familia, pues Cuitlachnehnemini sólo había tenido una
esposa, de la cual había enviudado—, dándole un puñado de consejos y
muchas muestras de cariño.

Escobedo rememoraba con mucho placer, y con una especie de nudo


en el estómago, su propia despedida de Ayahuitl. Aquello fue arriesgado,
inverosímil, curioso y, sobre todo, digno de recordarse por siempre. Habían
sido sólo dos frases. La del segoviano fue pronunciada débilmente, con
inseguridad por lo que debía hacer, por cómo debía actuar, por cómo debía
decir lo que pugnaba por salir a gritos. Sólo pudo musitar...

—Nehhuatl nicuepaz...— «Volveré».

—Nehhuatl nican niyez...— «Aquí estaré» afirmó la muchacha, con


una sonrisa y una madurez que le detuvieron el pulso, le desbocaron el
corazón y le hicieron temblar las piernas. Todo a la vez.

208
Si aquello no había sido una promesa, ¿qué había sido entonces?

Los mercaderes que esperaban arribaron a Xicalanco cuatro días


después. La comitiva mexica fue a su encuentro, llevando entre ellos a
Escobedo. Auguraban excelentes tratos comerciales, pues los itzáes solían
traer buenas cosas desde sus costas. Grande fue la sorpresa de los mercaderes
del Yucatán cuando vieron al escribano.

—Ah... Uláak’ táanxel kaahil!55

Cuitlachnehnemini preguntó a qué se debía esa exclamación, y los


comerciantes mayas le contaron de un hombre de piel blanca que hablaba el
itzá a la perfección, que se embellecía como ellos y practicaba sus costumbres,
y que venía navegando tras ellos en una enorme barca con velas de paño de
algodón. Ya era conocido en todo el litoral desde Kosom Lu’umil a Chak’an
Peten, y ellos mismos le habían hablado de Xicalanco.

Traducida la respuesta, Rodrigo de Escobedo suspiró aliviado. Sabía


perfectamente quién era aquel extraño de piel blanca. Y sintió que sería
magnífico poder reencontrarse con él.

55
En maya yucateco, «¡Otro extranjero!».

209
XIII
Castilla, 1521

Dízese en los escritos antiguos de nuestros maiores


que la cobdicia siempre lleva al ombre a la perdición e al mal
camino. Camino es para la trayción, la falta de sensatez e de
seso, el olbido e tantas otras pérdidas. Dezían también que
assí como se ganan algunas posesiones, piérdense otras. E
que el ombre avissado e cauto sabe quando apartarse de
aquese sendero.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo IV.

—Todo eso es lo que he podido averiguar, señores. He de volver allí


antes de que se ponga el sol para llevar la nuestra respuesta.

El Cabildo sevillano había oído con mucha atención el relato de la


embajada de Gutiérrez de Madrid, despojado, como era de esperar, de todo
aquello que no fuera estrictamente necesario dar a conocer. Todos
coincidieron en que no quedaba otra salida que aceptar y que, en última
instancia, la derrota no sería tan vergonzosa ni humillante como ellos
esperaban.

210
Antes de que el embajador abandonara la Sala de la Media Naranja,
Enríquez de Ribera se volvió para preguntarle si conocía el motivo por el que
el tal Tepehuazin quería tener ante él a los nobles de la villa. El hombre
repuso que lo ignoraba.

Mientras salía del Alcázar, Gutiérrez se dijo que, en circunstancias tan


poco halagüeñas, hubiera preferido no figurar en la lista de los principales
sevillanos. Aquella convocatoria no tenía trazas de nada bueno. Debía
ganarse la confianza y el favor de los extranjeros cuanto antes.

El jinete rebasó el Castillo de San Servando, cruzó velozmente el


Puente de Alcántara y entró al casco toledano por la puerta del mismo
nombre. Al galope bordeó el recinto amurallado y, sin dejar de ascender, se
dirigió al Alcázar de la ciudad, que exhibía su perfil imponente sobre la villa y
el río Tajo.

—¡Decid a doña María que traigo nuevas!— gritó a los guardias de la


entrada.

Momentos después se encontraba en presencia de María López de


Mendoza y Pacheco, hija del Marqués de Mondéjar y Conde de Tendilla y
viuda de Juan de Padilla, de triste y honrosa memoria. Se trataba de una
dama granadina noble, culta, que rondaba los 25 años. A pesar de su juventud
mostraba un temple férreo y era dueña de un carácter indomeñable. La
mujer, de luto riguroso, lo esperaba sentada en un escaño bajo, en una de las
salas de la fortaleza.

—Hablad...

211
—Señora, las tropas del Prior de San Juan están alzando el real y se
trasladan al sur.

Todos en aquella sala demostraron con voces su sorpresa ante la


noticia.

—¿Cierto sois del tal movimiento?

—Vídelo con los mis ojos, señora. Mas aquesa no es la novedad. Las
tropas muévense hacia Sevilla. Llegados son aquesta mañana unos
mensajeros de aquella ciudad. Dícese que ha sufrido invasión de una flota
extranjera, que ha subido por el Guadalquivir arrasando todo a diestro y
siniestro. El Prior se retira con todos sus hombres.

—Convocad a los capitanes y enviad mensajeros con la nueva allí


donde sea menester— dijo María Pacheco. —Paresce que a la postre Dios
sonríe a la nuestra causa.

Con la respuesta favorable del Cabildo en sus manos, Alonso


Gutiérrez de Madrid atravesó nuevamente la Puerta del Arenal rumbo a la
tienda del tlacochcalcatl. Como la vez anterior, iba escoltado por guerreros
del ejército de la Serpiente Emplumada. E intranquilo: con un sólo
movimiento, aquellos hombres podrían terminar sus días y sus sueños allí
mismo, de un golpe. Y él no había superado tantas pruebas y tantos
obstáculos a lo largo de sus seis décadas de vida para que, por una estupidez,
lo acabaran de un flechazo o un mandoble. Además, si todo salía bien, había
buenas expectativas para el futuro. Quizás pudiera obtener un puesto
importante en la nueva configuración de poderes que parecía estar

212
decidiéndose allí, a orillas del Guadalquivir. Aunque debía jugar bien los
naipes que tenía en la mano y guardar para ocasiones propicias los que
ocultaba en la manga. Pues todo buen jugador sabía que las trampas eran las
que podían inclinar hacia uno u otro lado una partida difícil. Y aquella lo era.

Las piras funerarias que había visto por la mañana se habían


consumido: en su lugar sólo había unos tizones que hacían más
fantasmagórico y sobrecogedor el aspecto que presentaba aquel frente de
Sevilla. Se detuvo ante el xacalli de Tepehuahtzin y uno de los guardias, tras
consultar en el interior de la tienda, le franqueó el paso. El mexica, que
estudiaba lo que al español le parecieron pergaminos plegados, lo saludó con
un gesto amable.

—Sentaos, mi señor embajador, si os place...— le dijo, indicándole el


mismo cojín bajo que había ocupado durante su visita anterior. —Confío en
que me traeréis buenas nuevas.

—Dadme la enhorabuena, mi señor Tepehuazin, porque ansí es. El


Cabildo sevillano ha aceptado las vuestras condiciones.— El tlacochcalcatl
asintió, complacido. —Agora sólo resta que vuestra merced me dicte las
instrucciones que se deberán seguir en lo sucesivo.

—Mañana al amanecer entraremos en la ciudad y me dirigiré al


vuestro castillo, mientras mis hombres se hacen con el control de puertas y
murallas. Una vez que allí me asiente, daré mis órdenes. Aunque la primera,
ya lo sabéis, es que los nobles de la ciudad acudan a mi presencia.

—Ya ha sido hablado, y ansí se hará.

—Bien está. Lo demás se irá viendo.— Un servidor entraba con tazas


de cacahuatl y tubos de tabaco. —¿Gustáis un poco de cacahuatl?

213
—Ha un gusto particular, por mi fe, mas pláceme. Os lo agradezco.
¿Llámase «cacahuate», pues?

—Cacahuatl, señor embajador, cacahuatl. Hágase al hábito de la


nuestra lengua vuestra merced, que harto ha de oílla de agora en más. Y
aproveche que aún habemos de aquesta bebida, que pronto se acabará y no
habremos más della hasta que nuestros barcos tornen a Tenochtitlan.

Gutiérrez de Madrid bebió un sorbo. El mexica volvió a sus cartas


plegadas.

—Decidme, Alonso Gutiérrez. ¿Todos aquestos territorios pertenecen


al mesmo señor?— Y señaló con el dedo, sobre una tosca carta del sur de la
península Ibérica, la zona comprendida entre Sanlúcar de Barrameda, Cádiz y
Sevilla. El español se inclinó y observó cuidadosamente el mapa. No estaba
acostumbrado a leerlos —no era algo corriente para los hombres de su
época— y, por ende, tardó algún tiempo en descifrarlo. Tepehuahtzin,
mientras tanto, no le quitaba la vista de encima.

—Si aquesto es Sevilla, luego lo de aquí es Sanlúcar, y más allá, el


puerto de Cádiz...— razonaba el hombre para sí. Al cabo de unos minutos se
incorporó y devolvió la carta a su dueño. —La mayor parte dello, mi señor
Tepehuazin, pertenece a los Medina-Sidonia. Ya conosceréis a las Duquesas,
que son las que tienen el poder, a falta de los hombres de la casa.

—Y aquesos hombres, ¿do están?

—Idos son al norte, a Toledo, por combatir a los rebeldes de las


Comunidades, que de un tiempo a esta parte hanse alzado contra la autoridad
del nuestro rey.

214
—Algo tengo oído de ese asunto— repuso Tepehuahtzin. —¿Y el
resto de las tierras?

—Pertenecen a varias casas nobles de menor rango. Todas ellas os


serán presentadas.

—Bien... ¿Sabéis do se encuentran las guarniciones militares en ese


territorio que os he mostrado?

—Dejadme decillo de aquesta manera, mi señor Tepehuazin. Las más


fuertes halas muerto vuestra merced y el su ejército aquí en Sevilla. La otra
compañía de soldados está en Cádiz.

—Pláceme, que aquesas muertas son también.

—¿Habéis...?— comenzó la pregunta Gutiérrez de Madrid, incrédulo.

—...arrasado Cádiz, embajador. Y todas las villas en el camino desde


allí hasta aquí. Y, por si queréis contallo a vuestros amigos sevillanos,
habemos otra flota dirigiéndose a ocupar las Canarias y presto tomaremos
Córdoba y Granada, en donde, por lo que sé, poco esfuerzo hará falta para
que eso ocurra.

El español estaba espantado. Aquello era un propósito de conquista


más ambicioso de lo que había imaginado.

—Nada revelaré, que soy vuestro servidor. Mas sepa vuestra merced
que aquestas que menta son plazas fuertes. Harto tiempo tomó a los reyes
Isabel y Fernando el conquistar Granada.

—Lo sé, Alonso Gutiérrez, que los vuestros Mensajeros nos lo


avisaron. Mas agora cuento yo con aliados dentro de la ciudad.— El español,
perdido en su propia confusión, no entendía lo que aquel hombre quería
decirle. Pero los escalofríos que le recorrían el cuerpo eran mala señal.

215
—Disculpad, mas no os comprendo, mi señor...

—No es menester, que yo me entiendo y eso basta. Agora decidme,


señor embajador... ¿Saben los hombres del norte de nuestra presencia?

—Varios mensajeros fueron enviados, por alertalles.

—¿Cuántos son?

—He oído que los sevillanos son un millar. Mas si resciben apoyo
hartos más serán, que dicen que de Navarra baja un ejército de unas treinta
mil almas, y que ya cerca de Toledo había muchos cientos más.

—Y aquestos rebeldes de Toledo, ¿qué sabéis dellos?

—Estuve yo en Medina del Campo, una villa del norte, cuando estalló
la revuelta el pasado año. Allí conocí al jefe de los comuneros toledanos, un
Juan de Padilla que era personaje hidalgo y de ideas claras. Prestele dinero
por un medallón de oro que empeñó, aunque el negocio no fue del su agrado.
Mas creo yo que acuciado por la necesidad, viose obligado a ello. A aqueste
Juan de Padilla degolláronlo tras la derrota de Villalar, que fue más de dos
meses ha. Y agora, según supe, comanda la resistencia en Toledo la su mujer,
una María Pacheco que es de casa noble de Granada, mas opónese al rey y al
su poder.

—Y vos, Alonso Gutiérrez, ¿elegísteis el lado de los vencedores?

—Dello puede dar fe vuestra merced, que fiel he sido hasta agora a
Carlos de Gante. Mas los castellanos no gustan de imperios, mi señor
Tepehuazin, que ellos en todo tiempo han sido gente reacia a acatar yugos.
Distinto ha sido en Sevilla o en otras villas de la Andalucía. Aquestas siempre
fueron tierras de señoríos nobles. El dominio de los poderosos es visto por
cosa natural y está fuera de discusión.

216
Tepehuahtzin repasaba una vez más la carta que tenía en sus manos.

—¿Sabéis acaso do están los barcos de las vuesas flotas?— preguntó.

—No, tal cosa no sé yo. Muchos dellos ha apresado o quemado la


vuestra armada aquí mesmo. Si, como decís, arrasado es el puerto de Cádiz, y
si, como supongo, también son destruidos los barcos de Sanlúcar, pocas naves
quedarán en esta región, como no sean las galeras mercantes que vienen de
Génova o las carabelas y naos que llegan de las islas o de Portugal.

—¿Y en el mar interior?

—¿El Mediterráneo? Tierra de nadie, mi señor. No os aconsejo entrar


allí con vuestras naves. Habréis de hacer frente a los piratas berberiscos del
Barbarroja, y a las galeras turcas, venecianas, genovesas, florentinas y pisanas,
y a los barcos catalanes, mallorquines y valencianos, y a todos los cántabros y
castellanos que por allí andan y campean a sus anchas. Os destrozarán.

—Niquittaznequi nicmahuizoznequi...56— exclamó el mexica con un


ademán irónico. Luego plegó su carta. —Habeisme hecho un grande servicio,
señor embajador, y podéis ser cierto de que os será recompensado. Partid
agora y llevad mis indicaciones al vuestro consejo, que desde mañana
habremos harto que hacer.

El español se levantó pesadamente y, con una reverencia respetuosa,


salió de la tienda. Fuera atardecía. Tepehuahtzin salió también del xacalli y
vio marchar al embajador sevillano hacia las murallas. Le había revelado
muchas cosas, en verdad. Quizás demasiadas. Pero sabía que aquel individuo
actuaría siempre en beneficio propio. No contaría nada a sus conciudadanos,

56
En náhuatl, «Eso quiero verlo...».

217
y se guardaría mucho de intentar engañar a los que serían, en poco tiempo,
sus gobernantes. Y si algo se le escapaba, tanto daba: no le había dicho nada
que no deseara que se supiese.

En su camino al Alcázar, Gutiérrez de Madrid se preguntó qué le


depararía el día venidero. Confiaba en su propia habilidad y, de alguna
manera, en la de Tepehuahtzin. Aunque no era poco el temor que le inspiraba
aquel hombre certero y frío.

El piloto de la Santa Maria das Neves, Alfonso Gonçalvez, «nacido


em Lisboa e vecino de Arrecife, em Lanzarote, comerciante e marino» estaba
tirado, casi convertido en una piltrafa, contra el muro interno de la Mancebía
sevillana, abandonada desde que habían llegado aquellos conquistadores de
fuera. La Mancebía se extendía paralela a la muralla principal, entre las
puertas de Triana y del Arenal, y tenía un paredón interior que la aislaba del
resto de la población, convirtiéndola casi en un barrio cerrado, una especie de
«aljama» que mantenía separadas a las prostitutas de toda la demás gente.
Allí, contra aquel mismo muro, se había desplomado el portugués hacía dos
días, y aún no se había levantado. Su dignidad, su moral, sus ganas de vivir, su
vergüenza y su honor habían desaparecido bajo los efectos del alcohol. «Eu
disse-o, eu disse-o...» había repetido insistentemente durante todo ese
tiempo, hasta convertir aquella frase en una especie de letanía monótona,
apagada a veces por los hipidos y sollozos e interrumpida otras por las
náuseas. «Eu dei o aviso a esse capitão de Cádis... Eu disse: ‘Vem uma
armada, senhor capitão’, assim disse». El hombre alzaba la mano y señalaba a
su alrededor, como si se estuviera dirigiendo a una audiencia imaginaria.

218
«Agora todos eles estão mortos, vêde-lo? Todos...». Acto seguido se mesaba
los cabellos y volvía a lamentarse. «E nós também morreremos, nós
também... Hoje, amanhã, não sê quando, mas estaremos todos mortos a mãos
destes filhos da puta...».

Ya había caído la noche, aunque dentro de Gonçalvez no había luz


desde hacía un par de días. El hombre vomitó por enésima vez y se puso a
recordar sus días en Arrecife, mientras murmuraba el final de una endecha
que había oído allá en las Canarias, y que sonaba a epitafio: «¿Do está tu
escudo? ¿Do está tu lanza? / Todo lo acaba la malandanza».

Las tropas del Prior de San Juan y sus aliados avanzaban hacia el sur,
deshaciendo el camino que los mensajeros sevillanos habían recorrido para ir
a su encuentro. Eran unos tres mil hombres, pero el Prior contaba con
reclutar más a su paso. La noticia —divulgada a la ida por los de Sevilla en
cada recodo del camino— había abatido muchos ánimos, pero al mismo
tiempo había enardecido algunos otros. Y aquello convenía al líder castellano:
desde la indignación y el enojo cualquier hombre entregaría mejor su vida y
se lanzaría a combatir a un enemigo desconocido sin siquiera dudarlo.

Su destino inicial era Córdoba, en donde concentraría la mayor


cantidad de hombres posibles para luego dirigirse a Sevilla. Mientras tanto,
los emisarios de esa última ciudad continuarían su camino hacia Madrid y
Segovia, con órdenes expresas del Prior, que también iba despachando sus
propios enviados conforme se aproximaban a Andalucía.

219
Para entonces, Gonzalo de Iriarte y sus hombres atravesaban los
campos andaluces de sur a norte. Habían conseguido monturas para muchos
de ellos en varios puntos de su trayecto: en la dispersa población de Paterna
de Rivera, en la bellísima ciudad de Arcos de la Frontera, en Bornos, en
Villamartín... Cruzarían luego por El Coronil y Utrera, en donde recabarían
información precisa del paso del ejército invasor por la vecina Villafranca. Su
camino los llevaría por el Arahal, Marchena y Écija antes de ir a dar con sus
huesos en Córdoba. Para su contento, muchos hombres se les habían unido,
como los soldados licenciados de las guerras de Italia que encontraron en
Arcos. Y dieron con docenas de matasietes desocupados con deseos de
entretener sus horas en algo más emocionante que farruquear en las plazas y
revolear dados en las tascas.

De tal manera —improvisada, valerosa y desquiciada— aquella


hueste crecía día a día. Iriarte aún no sabía, a ciencia cierta, qué es lo que
harían una vez llegados a su destino. Todavía les faltaba un trecho, y cuando
se lo preguntaban respondía que ya se vería.

Mañana del 10 de julio. El ejército de la Serpiente Emplumada al


completo rodeaba la ciudad y entraba por las puertas hasta entonces cerradas.
Al menos, aquellas que aún resistían de pie. Densas formaciones de guerreros
aliados se apostaban en las torres y los muros, al tiempo que Tepehuahtzin,
acompañado por Machimaleh y el resto de sus generales, cruzaba el arco de la
Puerta del Arenal en lenta procesión. Del otro lado lo esperaban Gutiérrez de
Madrid y un puñado de cabildantes. Las tropas extranjeras marchaban
fuertemente armadas, exhibiendo sus estandartes y ataviadas con sus mejores

220
galas. Al ritmo de los atabales y en su propia lengua, cada una de las distintas
secciones entonaba cánticos de victoria, y por las callejas se perdía el eco de
los bramidos que emitían flautas, caracolas y trompetas.

La población, atemorizada y absorta a un tiempo, se asomaba a espiar


a los invasores. Tepehuahtzin subió por la Calle de la Mar, giró por la de los
Placentinos hasta el antiguo Corral de los Olmos, a la sombra de la torre de la
Catedral —el alminar de la antigua mezquita— y, mientras sus hombres
ocupaban la plaza abierta ante la fachada del templo y sus gradas, se dirigió al
Alcázar. A la entrada lo esperaban el Capitán General, sus subordinados y
algunos nobles. Gutiérrez de Madrid indicó al tlacochcalcatl quién de entre
todos ellos era Enríquez de Ribera.

—Os saludo, mi señor capitán— dijo el mexica. El sevillano,


desgastado por tantos días de lucha sin descanso y por la humillación de
haber sido vencido y enfrentarse a un futuro incierto, hizo, a pesar de todo,
acopio de dignidad.

—Os saludo, señor— respondió, inclinando levemente la cabeza. —


Vuestra es la villa y sus gentes. Quiera Dios que gobernéis a aquellos que
habéis conquistado mejor que lo que nosotros los supimos defender.

—Brava defensa ha sido, os lo aseguro, que habéis hecho todo lo que


en vuestras manos estaba y merecéis agora todo mi respeto— declaró
Tepehuahtzin. —Acompañadnos, hacedme placer, que con vuestra merced
quisiera hablar unas palabras.

Enríquez asintió. El tlacochcalcatl se volvió entonces hacia sus tropas


y les habló en castellano. Quería que los sevillanos conocieran las órdenes que
iba a repetir a sus hombres, entre quienes ya habían sido proclamadas el día
anterior.

221
—Ocupad las casas en paz. No quiero saqueos, ni robos, ni abusos
contra persona alguna. Descansad si podéis y comed lo que hubiésedes.
Mañana, los hombres ya señalados para ello se pondrán a trabajar.

Sus instrucciones fueron traducidas por los que conocían la lengua de


Castilla y recibidas con una gritería alborozada. Inmediatamente después, los
diferentes cuerpos del ejército comenzaron a desfilar, guiados por sus
tlacateccah. Tepehuahtzin entró a continuación al Alcázar, lado a lado con
Enríquez de Ribera.

—Como veis, mi señor capitán, no deseo la destrucción de vuestra


ciudad ni la de vuestras gentes. Queremos hacer de aquesta la nuestra capital,
villa insigne y próspera.

—Por la fuerza de las armas no se consiguen esos nobles fines que


mentáis, señor mío— manifestó amargamente el sevillano.

—Las armas no hubieran sido menester si hubiésedes oído la nuestra


advertencia. Mas ya que elegisteis luchar con honor, sabed agora rendíos con
sumisión y paciencia, que más llano será todo si nos ahorramos problemas.—
El mexica contempló y alabó la belleza del edificio que, de allí en más, sería su
palacio y la sede de su gobierno. Sus acompañantes tampoco podían despegar
los ojos de los muros ornados, de las arcadas labradas, de los pisos. Sin duda,
era aquél un lugar digno de reyes.

Dio órdenes en náhuatl a los suyos, instándoles a que reconocieran


todo el edificio y a que acondicionaran los espacios necesarios, tanto para sus
habitaciones y las de sus principales como para el gobierno. Enríquez lo
condujo a la Sala de la Media Naranja, y Tepehuahtzin, maravillado, supo
que desde aquel rincón regiría los destinos de la ciudad y de los territorios
que en adelante conquistara.

222
—Sentémonos y hablemos, mi señor capitán— dijo. El interpelado
ocupó un asiento. Los nobles y cabildantes sevillanos y los generales de la
serpiente con plumas hicieron lo propio. —Mañana principiaremos a reparar
los caños de agua, por que toda la ciudad tenga de beber, y el puente sobre el
río, por no estar aislados. Murallas y puertas tomarán más tiempo, mas confío
en que ninguno de vuestros vecinos de fuera de los muros sea tan necio como
para osar atacarnos. No sería bueno para nadie.

—Por mí puedo hablar, mi señor, y por nadie más. No sé lo que


nuestros vecinos piensen hacer. Como habréis podido comprobar por vos
mesmo, solos hemos estado ante vuestro ataque.

—Hombre sensato y amigo de la verdad me parescéis, señor capitán,


y aqueso es cosa que aprecio en una persona. Cordura, sensatez y buen tino es
de lo que habemos menester agora.— Tepehuahtzin reflexionó un instante.
Luego se dirigió a Gutiérrez de Madrid. —Señor embajador, convocad para
mañana por la tarde a los nobles. Procuradme, además, un escribano.— El
judío se levantó y muchos de los sevillanos presentes lo miraron con odio,
entendiendo que se había convertido en siervo de los conquistadores. O en su
aliado. Antes de que saliera, lo detuvo.

—Por cierto... ¿Conoscéis el nombre del que disparó al nuestro


enviado?

Fue Enríquez de Ribera el que respondió. Sabía que tal cosa ocurriría.
Y, como había prometido, no se callaría aquella información.

—Buscadlo y traédmelo también— fue todo lo que dijo Tepehuahtzin


a Gutiérrez. El «embajador» decidió no moverse de allí hasta que la reunión
terminara. Por su parte, el mexica interrogó al Capitán General nuevamente.

—Decidme, señor capitán... ¿Noble sois?

223
—Provengo de familia noble, más no he dominios de los que hablar.
El Marquesado está en manos de mi hermano mayor— contestó Enríquez.
Tepehuahtzin pareció mostrar cierto alivio.

—Bien está. Habré menester de la vuestra colaboración durante


aquestos primeros tiempos. Quiero que toda la pólvora y las armas de la
ciudad se almacenen en aqueste castillo, y que todos los cahuayomeh...— el
mexica titubeó, buscando la palabra correcta —...los caballos y animales de
montar también sean traídos aquí.

—Dudo que aquesa orden pueda ser cumplida— observó Enríquez,


con cierta agresividad que no pasó desapercibida al tlacochcalcatl.

—Puedo hacella cumplir por la fuerza, mi señor capitán. Vos elegís.


Disponed las cosas para que mañana, a lo largo del día, todo lo mentado
empiece a llegar a aquesta fortaleza.— Enríquez de Ribera se mordió la
lengua y consintió en silencio. —Una otra cosa importante son los
bastimentos. ¿Habéis almacenes de reserva para la vuestra gente?

—Poco habemos— intervino Gutiérrez de Madrid, —que hemos


sufrido grandes carestías en los últimos tiempos. Huertos y campos han sido
arrasados por las vuestras tropas, y muchos almacenes han sido saqueados.
Lo que quede estará en manos de los mercaderes.

—Disponed, señor capitán, que concentren todas las vituallas que los
vuestros hubiesen menester en los sitios que vos consideréis oportuno.
Sacrificad animales, si los habéis. En comiendo vuestra gente, comerá la mía,
que en sus casas se alojarán. No deseo padescer hambrunas agora. Y escribid,
mi señor embajador, una lista de las poblaciones cercanas a las cuales
mercabais alimentos, para que mis hombres vayan por ellos.

224
—Ansí se hará— repuso el otro. Tepehuahtzin se alzó de su silla,
dando por finalizada aquella entrevista. Aunque, antes de que los demás
hicieran lo mismo, tuvo algunas palabras más para los sevillanos.

—Mañana por la noche, mi gente celebrará la victoria según los


nuestros usos y costumbres, por honrar a nuestros dioses. Os aconsejo que
ninguno de los vuestros esté presente. Y tened aquesto en mente, señores
míos: cualquier descontento, cualquier rebelión, cualquier ataque será
apagado con las armas. Evitad, si os place, que hayamos tal ocasión. Y, mi
señor capitán— dijo secamente a Enríquez, —apilad los cadáveres de los
vuestros muertos cerca de las murallas destruidas. Y quemadlos agora
mesmo.

El bullicio de la entrada de las tropas de la Serpiente Emplumada


había puesto en alerta al portugués Gonçalvez, que, sin alcohol que ayudara a
abotargar su miedo o su instinto de supervivencia, corrió a lo largo del muro
de la Mancebía hasta dar con el Postigo del Golpe, la puerta que la
comunicaba con el resto de Sevilla. No había vigilancia allí, ni esperaba
encontrarla tal y como estaban las cosas. Aquel lugar había sido abandonado.
Supuso que las callejas de la ciudadela-burdel más cercanas a las murallas
exteriores estarían destruidas, por lo que optó por buscar refugio en alguna
de las casas que se mantenían en pie cerca del postigo.

Se metió en el primer portal que halló y subió unas estrechas escaleras


que conducían a un cuarto mugriento y hediondo. Gracias a los haces de luz
que se filtraban apenas por los rajados postigos de la única y diminuta

225
ventana, el marino atisbó un camastro revuelto, una mesa, un par de
banquetas, dos o tres jofainas, una trébede, calderos y poco más. Tardó poco
en distinguir, entre el bullicio que provenía del exterior —aquellos
condenados extranjeros soplaban y golpeaban todo lo que tenían a mano para
celebrar su victoria— un gemido apagado que salía de un rincón, mezcla de
suspiro y lamento. Una mujer joven, desgreñada y hecha un ovillo, se
acurrucaba en una esquina. Desde detrás de los mechones negros que le
ocultaban el rostro, dos ojos enormes lo contemplaban, intentando averiguar
si era amigo o enemigo.

—Non temáis, mulher, que soy de los vuestros.

La muchacha —pues no más de veinte años tenía— se apartó un poco


el pelo de la cara para verlo mejor en la penumbra. El portugués creyó
apreciar que sus manos y sus labios temblaban. Pero quizás lo imaginara.

—Ya son entrados, ¿verdad?— El hombre asintió, desolado, y miró a


su alrededor, intentando controlar una situación personal que se le había
escapado de las manos hacía días. —¿Soldado sois?— preguntó la joven.

—No, non lo soy, e muy a mi pesar...— aclaró el otro, sin siquiera


voltearse. La expresión de su rostro era de profundo desprecio hacia sí
mismo. Comenzaba a darse cuenta de lo que había hecho o, peor aún, de lo
que había dejado de hacer. Contempló aquel cuarto: los rayos de sol que
entraban delataban el polvillo fino que flotaba en el ambiente. Como en un
déjà vu, aquello lo llevó a un momento del pasado, un instante que retornaba
de forma insistente a su cabeza: el cuarto del capitán de Cádiz, hacía pocos
días. «Meu Deus...», pensó. Sólo unos días, y parecía que habían pasado
años. ¿Cómo se había llegado a esa situación? ¿Cómo había llegado él a estar
como estaba?

226
—¿Qué van a hacernos?— La voz de la muchacha lo trajo de vuelta a
la realidad. Esta vez Gonçalvez se volvió a mirarla. —Aquesos de fuera, ¿qué
van a hacernos?

—Non lo sé, mas melhor será para todos que non nos truben na rua.

—Sois portugués...

—Alfonso Gonçalvez, comerciante e marino de Arrecife, em


Lanzarote, nas Canarias.

—¿Lanzarote?— La joven rompió a reír, una risa nerviosa que más se


parecía a una serie de convulsiones que a una carcajada. —Mi abuela era de
Gran Canaria. Una esclava canaria.— Dejó de reír y se retiró todo el cabello
de la cara. —Yo me llamo Lucía.

—Permitidme estar aquí, Lucía, hasta averiguar que pretenden esos


de fuera. Creedme: nada malo debéis temer de mí.

—¿Temer?— La muchacha rió otra vez esa risa suya, descontrolada y


rota. —¿Es que no catáis quién soy y cómo vivo, mi señor Alfonso? ¿Creéis
que puedo temer a un hombre, después de los cientos que me han...?

La muchacha dejó la frase colgando de sus labios y perdió la vista en


algún punto de la nada que se abría ante ella. El portugués se le acercó.

—Mas teméis a los de fuera.

—Aquesos no son hombres...— La joven negaba con la cabeza, con


vehemencia, la mirada aún en el vacío. —No... Son demonios. Bestias son...
Bestias llegadas para castigarnos por los nuestros pecados, para llevarnos al
infierno a pagar nuestras faltas. Y eso sí que lo temo.— Alzó los ojos hacia él.
—Eso sí...

227
Alfonso Gonçalvez la observó detenidamente. Entre las sombras del
cuarto, pese al destrozo que la vida había infligido en aquella joven, la
encontró indescriptiblemente hermosa. E igual de deshecha que su risa.
Quizás fueran esos ojos que lo miraban tan de cerca aunque estuviesen a
leguas o a años de distancia. O tal vez esa risa, que aún pretendía serlo a pesar
de todo. Descubrió entonces que no era el único que se sentía miserable en
aquella ciudad: ante él yacía un jirón de oscuridad que un día había sido una
mujer.

E intuyó —a pesar del mareo, las náuseas incontenibles y el dolor que


le partía la cabeza— que de allí en más, el mundo que él había conocido y
amado se transformaría en un lugar tan mísero como ellos dos.

Tendió la mano a Lucía y la ayudó a levantarse del rincón. Los


cánticos de los guerreros de pieles cobrizas se colaban por las rendijas del
ventanuco e inundaban, de forma inevitable, aquella pequeña cámara.
«Tawantinsuyup churikunanqa sinchinkutami rikuchisanku»57 coreaban las
tropas de Wayrachaki.

57
En quechua, «Los hijos del Tawantinsuyu están mostrando su valor (su fuerza)».

228
XIV
Mar Central, 1494

Una mesma tierra puédese apreciar con distintos


oxos de acuerdo al que la mire, o quando la mire, o como. E
fueron las costas del Iucatán un escenario de bellezas sin
par, quando antaño habían sido infierno verde, cenagal e
cuna de alimañas infectas. E tornose marabilla en un verbo,
e aquesas vistas borraron del ánima e la memoria los
entuertos pasados, que lexanos parescían.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo IV.

—¡Válgame la maldición! ¡Mas si es el escribano Escobedo...!

—Pláceme veros otra vez, maese Balmaceda— repuso el segoviano,


estrechándole la mano. —Parésceme que los de Kosom Lu’umil no os han
tratado mal.

—Hanme tratado como hermanos, don Rodrigo, y aún muy mejor.

—Ya lo veo, ya... ¡Si lucís mesmamente como un itzá!

Los dos españoles se habían encontrado en el puerto de mar de


Xicalanco, un emplazamiento un tanto alejado de la villa en cuyas cercanías

229
se habían instalado mercados, almacenes y casas de mercaderes. El andaluz
acababa de desembarcar. Escobedo había estado atento a la llegada de su
compatriota, la cual le fue anticipada por los mismos que le dieron la nueva
de su supervivencia. Por su parte, Balmaceda ni siquiera esperaba aquel
encuentro: hacía tiempo que había dado a sus compañeros de viaje por
muertos en algún punto del mar o en alguna villa itzá. De hecho, había tenido
noticias de sus conflictos cuando pasó por Kaan Peech y Chak’an Peten, por
lo que supuso que, de persistir en ese tipo de acciones, no les aguardaba un
final feliz.

—Y yo veo que habéis nuevos amigos— señaló el muchacho,


apuntando al mono que, como era costumbre ya, viajaba sobre el hombro de
su dueño. —Aunque también supe que buenos enemigos os habéis ganado.
Mas decidme, por mi abuela... ¿qué diablos hacéis aquí? ¿Os habéis quedado
en Xicalanco?— preguntó, un tanto inquieto.

—No, nada de eso. La nuestra historia es tan apasionante como de


seguro lo será la vuestra. Yo de viaje estoy agora, con unos mercaderes del
pueblo mexica que andan en los sus tratos y granjerías. El resto de los
hombres quedose en Tenochtitlan, la ciudad capital de aquesta gente.

—Oído tengo hablar de los tales mexicas. Mercenarios y fieros


guerreros me han dicho que son. Mas do está su capital no lo sé.

—Muy al norte de aquí. Luengos meses habemos viajado por arribar a


aquesta villa y mercar algunos bienes, y ya pretendíamos volvernos cuando
unos tratantes itzáes nos hablaron de vuestra barca. Entonces me decidí a
esperaros.

—¿Os habéis vuelto mercader, pues?

—En tales pasos ando, que quien ha oficio ha beneficio. ¿Y vos?

230
—En los mesmos que vuesa merced, que con un poco de fortuna y
otro de tesón podré ganarme una vida decente hasta el fin de mis días.
Holgada ocupación es la del comercio, y libre de pesadumbres, ¿verdad? Y
contadme, ¿qué ha sido de los vuestros compañeros?

—Allá en Tenochtitlan quedaron, como os digo, armando barcos y


armas para el señor de aquella villa. Empero, de los que conocisteis sólo
quedamos una veintena, que duros trances y tragos amargos habemos
pasado.

—¡Madre de mi alma!— exclamó Balmaceda. —¿Sólo veinte?— El


muchacho estuvo un rato en silencio, antes de retomar la conversación. —
Pues os tengo nuevas, don Rodrigo, que estimaréis grandísimamente vos y los
vuestros.

Balmaceda buscó un lugar en donde sentarse, dejando a sus pies su


alforja de cuero y sus armas, sus inseparables compañeras.

—Os escucho— lo instó Escobedo a continuar.

—Poco antes de partir de Kosom Lu’umil— refirió el andaluz,


revolviendo su bolso y sacando una lonja de pescado seco, que empezó a
mordisquear mientras hablaba —sufrimos ferocísima tormenta, que a un
pelo estuve de quedarme sin casa y sin barca. Una de ésas que los de Haití
llamaban huracán. Varios días duró, y arrojó a las playas de nuestra isla dos
canoas taínas. De Cuba. Ya sabréis que allí, por mor de las corrientes, fácil es
que arriben barcas cubanas, que no es la primera vez que ocurre. Aquestos
hombres, en viéndome, hubieron grande asombro y espanto.— Balmaceda
escupió un par de gruesas espinas y miró el mar. —Resultó que aquesos
taínos habían visto pasar los nuestros balandros, tiempo ha, y sabían de nos
porque asaltámosles sus bohíos una tarde. Y refirieron que después de

231
nuestro saqueo, ha varias lunas ya, encallaron en sus costas dos barcos
enormes, por culpa de una otra tormenta. Dijeron que los hombres que dellos
bajaron son blancos como nosotros, y van vestidos y armados de igual
guisa.— Escobedo tenía los ojos como platos. Su tocayo volvió a escupir
espinas y guardó el trozo de cecina de pescado.

—¿«Son», decís?— recalcó el escribano. —¿«Van»?

—Ajá... Aqueso es lo mejor del cuento: los desventurados aún se están


allí, viviendo en un fuerte como el que nosotros construimos en la
Hispaniola. Dijéronme que muchos están enfermos, y que gran mortandad
han traído a las aldeas. Los taínos huyen de ellos como de la peste, que es con
certeza lo que los tales fulanos llevan encima.

—¿Será el Almirante, que es tornado?— aventuró el segoviano, con la


voz entrecortada.

—Lo mesmo pregunteme yo, don Rodrigo. Mas no lo sé, que poco
más pude sacar a los taínos. Y decidido como era a iniciar mi jornada, di
aquellos desdichados al olvido, que tampoco había interés en encontrar
castellanos en el mi camino— y aquí Balmaceda sonrió a Escobedo,
disculpándose por lo bajo con un «no os ofendáis». —Ansí que híceme a la
mar con rumbo norte y buen viento, y no me preocupó en qué había de parar
la tal historia. Habrán durado en Cuba aquesos infortunados menos que
lienzo de narices.

—¿Cuánto ha de aquesto que me contáis?

—Bien ha dos lunas, o poco más.

232
—Con armas puede que aquellos hombres sobrevivan, aunque si
enfermos son y los taínos se les oponen no lograrán durar mucho tiempo... ni
salir de allí. Menester sería ir a por ellos.

—Hay dos lunas de viaje desde aquí hasta Kosom Lu’umil, y eso con
viento a favor...— calculaba Balmaceda con los ojos entrecerrados —...y
desde la isla hasta el norte de Cuba puede haber... ¿una luna más? Quizás
dos.— Luego, clavándoselos de nuevo al escribano, concluyó: —Con mucha
fortuna podría vuesa merced tardar medio año largo en ir y ser de vuelta aquí,
que no conozco yo otra ruta que no sea bordeando la tierra firme. Si vuesa
merced hubiese nao o carabela, más rápido iría, mas con las barcas de
aquestas tierras tardará lo que le digo, si no más.

—Desde aquí a Cempoala, con viento a favor, tendría un mes más... Y


para la ruta deberé fiarme de la memoria mía y de unas cartas de marear que
he mercado aquí en Xicalanco, que no he traído mis diarios conmigo—
reflexionó Escobedo en voz alta. Y se quedó pensando un rato, mientras el
andaluz hurgaba otra vez en su bolso para hacerse con un puñado de hojas de
tabaco con las que armar un cohiba. —Decidme, maese Balmaceda: ¿por
ventura iríais conmigo?

—Ningún motivo hallo para ir allá, mi señor Escobedo, que muy bien
estoy do estoy agora. Del mal, el menos...— declaró Rodrigo, echando a andar
hacia un puesto cercano donde una mujer asaba mazorcas de maíz. En las
brasas encendió su tabaco y, con un gesto, agradeció el servicio. Enseguida
volvió al lado del escribano, expulsando volutas que, a tenor de su expresión,
lo llenaban de placer. —A más, de hallar a los tales castellanos— continuó el
hombre su razonamiento —que a mí, todo sea dicho, no se me dan un
cuatrín, poco podríamos hacer por ellos. No pensará vuesa merced en meter

233
medio centenar de grumetes en esa barquichuela mía. Ir allá para eso sería
como coger agua en un cesto.

—Sólo quiero saber si me ayudaríais en esa jornada.

—No, señor Escobedo, partíos do quisiéredes con la mi bendición,


que os deseo todo bien, mas no contéis conmigo. Tanto mejor me hallara en
cueros en una porqueriza que yendo a rescatar cristianos. Y de corazón os
digo que espero no tener que decir de vos aquello de «ojos que lo vieron ir
nunca lo vieron volver».

—Mas pensad que, si se trata del Almirante don Cristóbal, sería


importante para nosotros el encontrallo.

—Lo será para vos, amigo mío, que no para mí. Ahórreme razones,
que no tengo intención ninguna de volver a Castilla, y, si he de ser honesto
con vos, no me placería nada el ver más castellanos por aquestas tierras.

—De eso se trata, maese Balmaceda. De eso se trata...— insistió


Escobedo. El andaluz se lo quedó mirando, intrigado.

—Hay cosas que aún no me habéis dicho, ¿verdad?— adivinó. El


segoviano así lo dio a entender con una sonrisa indefinida. Balmaceda
permaneció un rato en silencio, rumiando sus pensamientos. Dio una larga
pitada a su cohiba y, observando aquel atadillo de hojas secas al tiempo que
soltaba humo por boca y nariz, sentenció:

—Un viaje a Cuba no estaría mal, si lo pienso bien. Han allí los más
suaves cohibas que he gustado, por mi fe. Y en el transcurso podríais
enseñarme a leer y a escribir.— Escobedo, tomado por sorpresa, consintió en
el trato. —Mas después de dejaros en Zempala, o como se llame ese sitio que
mentáis, el negocio es todo vuestro. Todo vuestro— remarcó Balmaceda,

234
apuntándole con el tabaco medio consumido.

—Bueno... Todo sea por hacer bien sin catar a quién— replicó el
escribano, burlándose del abrupto cambio de opinión de su antiguo
compañero.

—No me jodáis...— resopló el otro. —Agora espero que compartáis


conmigo el vuestro alojamiento, que a ninguno conozco aquí. Y por el camino
me aclararéis todo eso que todavía no me habéis contado.— Alzó su alforja y
sus armas del suelo y se dispuso a seguirlo. —Por cierto, ¿habeisle puesto
nombre al mico?

—Diego— indicó el segoviano, simulando indiferencia. —Es en


honor a vuestro amigo, maese Arana. Aunque sé que con ello ofendo al infeliz
mono.

—Dello no hay dudas, que el nombre sigue al hombre— logró


articular Balmaceda entre dos carcajadas.

—Aqueste es mi amigo Cuitlachnehnemini, un pochtecatl, que es


como decir mercader en náhuatl. Tenedlo en grande estima, que es noble
persona en Tenochtitlan y de los mejores hombres con que me he topado— le
aconsejó Escobedo a su tocayo, presentándole al mexica. —Ca notech icniuh
inin tlacatl. Rodrigo Balmaceda itoca58— dijo luego al comerciante,
explicándole que era uno de sus antiguos compañeros de viaje que había

58
En náhuatl, «Este hombre es mi amigo. Se llama Rodrigo Balmaceda».

235
decidido quedarse en una isla de los itzáes, muy al oriente, en circunstancias
que era mejor no recordar. Ambos se saludaron con cortesía, aunque para
Cuitlachnehnemini el aspecto del hispano resultaba bastante insólito.

—Vaya nombre difícil el del vuestro amigo, don Rodrigo— comentó


el andaluz. —Decidme: ¿significa algo en esa lengua náhuatl que parescéis
hablar tan bien?

El escribano rió.

—Pues sí... Convencido estaba yo de que tenía algo que ver con el
maíz, mas no sé yo de dónde saqué idea tan peregrina, como no sea de algún
malentendido. Su nombre quiere decir algo ansí como «el viajero bravío».

El muchacho silbó su asombro.

—Si hace gala al nombre que lleva lo tendré en tan grande estima
como vos mandáis, tenédmelo por cierto.

Los dos españoles pasaron toda aquella tarde charlando sobre sus
respectivas vidas, obras y aventuras. El escribano puso al tanto a Balmaceda
de los planes castellanos en Tenochtitlan: algunos querían quedarse allí en
paz y comenzar una nueva vida, y otros, hacerse de una buena posición para
poder, en algún momento, cruzar una vez más el océano como embajadores,
mercaderes o navegantes. La llegada de más expediciones europeas a aquellas
costas frustraría, en cierta medida, cualquiera de esos planes. Escobedo no
ocultó el enredo de sus sentimientos: en una tierra cada vez menos
desconocida donde, a pesar de la nostalgia, eran bien tratados y podrían
obtener una buena posición, nadie quería ver amenazadas esas expectativas.
Y si bien eran varios los que, de tener la oportunidad, volverían a España si
llegasen barcos desde allí, convenía analizar primero la situación para ver
cuánto de favorable o de adverso podía reportarles.

236
Estudiaron a continuación la manera de dirigirse a Cuba para tratar
de hallar a aquellos «hombres blancos» que supuestamente habían
desembarcado en la isla. Cuitlachnehnemini quería ponerse al cabo de lo que
hablaban, por lo que Escobedo debía detenerse de tanto en tanto para
traducir a su amigo lo dicho. El pochtecatl opinaba que aquel viaje, de
materializarse, sería una locura. En realidad estaba muy preocupado. Y
alarmado. La pregunta que había hecho al segoviano durante su viaje parecía
tener ya una respuesta. Por lo que había llegado a entender, estaban viniendo
más hombres desde Castilla. Más hombres con barcos, con armas... Y con
enfermedades. No creía que fuera una buena idea el ir a «rescatarlos». Su
sentido común le indicaba que aquello equivalía a ir a buscar problemas para
traerlos a la casa propia.

Sin embargo, siendo persona prudente como era, prefirió guardar sus
juicios para sí y continuar escuchando lo que los españoles discutían. Quizás
tuvieran razones de peso para considerar aquella arriesgada opción tan
cuidadosamente como lo estaban haciendo.

Al atardecer, los dos hispanos habían arreglado un plan, tras evaluar


sus posibilidades, los recursos de que disponían, la ruta más factible y cómo
actuar en caso de dificultades o contratiempos. Balmaceda era capaz de
dibujar sobre el piso de tierra el mapa completo de la península de Yucatán y
señalar sobre él sus corrientes, sus vientos y sus ciudades costeras más
importantes. Tal alarde de memoria y de conocimientos geográficos
impresionó sobremanera a su compatriota, que se dio cuenta del uso que
podría hacer aquel muchacho de un don tan valioso como la escritura.
Hicieron partícipe de todo a Cuitlachnehnemini que, para sorpresa de
ambos, acabó de tomar la decisión de acompañarlos. El mexica alegó que no
podía dejar solo a Escobedo, el cual estaba bajo la protección de su hueyi

237
tlahtoani: hubiese sido imperdonable abandonarlo y no poder asistirlo si algo
le sucedía. Tampoco podía quedarse allí esperándolos. Además, y aunque no
expresó tal idea, no descartaba poder colaborar también dando su parecer —
y hasta oponiendo cierta resistencia— en caso de que los acontecimientos se
tornasen contrarios a los intereses de Tenochtitlan. Los cuales, a fin de
cuentas, eran los suyos propios.

Por otro lado, y ya en el campo de los negocios, recorrer otros


horizontes no le vendría nada mal.

Los castellanos, al principio reacios a llevarlo con ellos, terminaron


accediendo a su reclamo tras comprobar que el empeño y la insistencia del
mexica podían ser realmente tenaces.

—Perdonadme, don Rodrigo, mas el vuestro amigo no paresce


hombre de aventuras ni andariego, que más bien ricohombre o hijodalgo
aparenta ser— opinó Balmaceda en un aparte.

—Desengañaos, amigo mío, que aqueste hombre es bravo y ha visto


harto mundo. Pues según me ha contado, se inició en su oficio como viajero y
espía, como comienzan todos ellos, caminando y enfrentando avatares sin
cuento. Y si agora empéñase en venir con nos, es porque de seguro que algo se
traerá entre manos— reveló el escribano.

Resolvieron partir a la mañana siguiente, a pesar de las advertencias


de Cuitlachnehnemini, que señaló que aquél sería un día desfavorable para
zarpar: yei cuauhtli, «3-águila», estaba bajo los designios de Quetzalcoatl-
Ehecatl, señor de los vientos. No era un signo propicio. Aunque realizando un
pequeño sacrificio al dios en chicome quiahuitl o «7-lluvia», quizás la deidad
mostrara clemencia. Tal fecha llegaría cuatro días después, y él se ocuparía de
recordarla.

238
—Ya había decidido yo que Xicalanco sería la última estación de mi
recorrido, antes de regresar a Kosom Lu’umil— suspiró Balmaceda tras
tomar aquella resolución. —Los de Chak’an Peten me habían referido que en
pasando adelante de aquesta villa se habla una otra lengua que en nada se
paresce al itzá. Y agora ya veo que llevaban razón.

—Sí, amigo mío, que los mexicas hablan náhuatl, y en todos sus
dominios y en las tierras que les son vecinas pudierais haceros entender si lo
usarais. A propósito, ¿sabéis qué día es mañana?

El mozo tomó su bolso de cuero y comenzó a contar los pequeños


cortes de cuchillo con los que marcaba cada jornada. Escobedo lo miraba sin
reservas.

—Ahórrese fatigas, maese Balmaceda. Doce de octubre—


interrumpió la cuenta. —Dos años ha ya que llegamos a aquestas tierras.

—¡Mi Dios, y cómo se nos es pasado el tiempo!

—Podréis contar mejor ese tiempo cuando os enseñe los números.


Ansí no habréis menester de perforar tan malamente la vuestra alforja, que
paresce ese cuero mesmamente una criba.

—Mas no olvidéis que quiero también aprender a escribir y a leer lo


escrito, que hartas cosas he de relatar sobre todo lo que tengo visto en Kosom
Lu’umil y en mi viaje.

—A fe que parescéis haber vivido aventuras sin nombre.

—No tanto, mas creedme que vide y supe maravillas en viniendo


hacia aquí. Sorpréndeme que vosotros no las hayáis encontrado, ya que
hemos andado igual camino. De hecho, he venido siguiendo las huellas que
en su día dejasteis en toda la costa itzá, que no fueron otra cosa que

239
blasfemias y maldiciones contra todos vosotros. Hartos problemas causome
el haber la vuestra mesma piel.

—Dios me libre, y qué buena fama nos ha hecho ganar el señor


Arana... ¡A saber en qué negocios andará metido agora, voto a tal!

—Si decís que lo dejasteis construyendo barcos y armas, para cuando


tornéis a vuestra villa os toparéis con ejército completo y pertrechado como
para tomar cien Granadas, y con flota que ni la de los genoveses igualara.

—Dejaos de chanzas, que muy capaz es el fulano de llevar a cabo


tamaña proeza. ¿Y qué cosas han sido esas que habéis visto, que ameritan
aprender a escribir?

—No lo ameritan tales cosas, sino el que podré anotar todo lo vivido y
dejar que mi memoria lo olvide sin que por ello perezca, don Rodrigo. Para
vos, natural es escribir vuestras historias y pensamientos, mas para mí es
grande milagro y arma más poderosa que la espada, que aquella guarda para
el futuro y aquesta troncha y muele sin dejar nada.

—Por vida mía que juiciosas palabras son esas, para venir de alguien
tan joven.

—No debieran medirse las personas por los años que hayan, sino por
lo que en esos años tengan vivido. Os aseguro que el rasero es bien diferente,
y que más de un hijodalgo no sería sino un niño de pecho a la par de algunos
zagaletes que conoscí en el mi pueblo. Mas, si deseades saber lo que vide y
supe, imaginad ciudades enteras de piedra en medio del bosque más tupido
que pudieseis soñar, o puertos con cientos de barcas que flotan en un mar de
turquesas, o mercados llenos de gentes y de productos de todas colores...

240
—Algo dello vide yo, sí, mas no fue con los vuestros ojos, que los
míos, cuando vieron todas aquesas cosas, ocupados estaban en otros
menesteres y no supieron apreciar las bellezas que mentáis.

—Pues poned atención, agora que habréis la oportunidad de repetir el


trayecto, y veréis que aquestas tierras son un verdadero paraíso en la tierra,
como que me llamo Rodrigo Balmaceda.

Al alba del día siguiente el trío se acomodó en la barca del andaluz,


mientras la caravana de pochtecah mexicas, cargada de mercancías y
esclavos, volvía sobre sus pasos enfilando hacia el norte, hacia la ciudad del
lago. Los mercaderes llevaban una nota en castellano para el español Luis de
Torres y unas palabras en náhuatl para Ayahuitl. Los tres hombres se hicieron
a la mar y emprendieron su ruta hacia el este provistos con vituallas
suficientes, algunas armas y buena cantidad de cacao, piedras verdes, tabaco,
papel y tinta. Y un mono ozomahtli bautizado «Diego», al cual navegar no le
hacía maldita gracia.

—Mi estimado señor Escobedo... ¿Seríais tan amable de decille al


vuestro condenado mico que deje ya de colgarse de las velas?— prorrumpió
Balmaceda, conteniendo a duras penas sus deseos de patear al mono y
«enviarlo a jinetear olas», como él mismo se ocupó de aclarar. El escribano
apartó su «Cuaderno» a un lado y silbó a su ozomahtli para que descendiera
del palo. Llevaban ya dos semanas de navegación ligera. Gracias a los vientos
propicios, habían llegado muy pronto a Chak’an Peten, donde fueron
recibidos con no poca sorpresa y cierta desconfianza, provocada sobre todo

241
por Escobedo. Allí habían realizado, a petición del pochtecatl, un sencillo
ritual de ofrenda a Quetzalcoatl-Ehecatl, buscando su protección y la
colaboración de los buenos aires que hincharan los trapos, esos aires que el
dios gobernaba. El mexica no perdió la ocasión de pasear por uno de los
mercados de la gran ciudad y estudiar a conciencia las posibilidades de
intercambio con aquella región. De nuevo embarcados, aún les tomaría otros
quince días aproximarse a Kaan Peech, lugar del que Escobedo conservaba
tristes imágenes.

—No bajaremos a tierra en aquese lugar— sentenció el andaluz,


siempre al timón, la víspera de alcanzar aquel punto del recorrido. La frase
fue dicha en un tono que no permitía discusión. No obstante, el escribano
insistió en averiguar el por qué.

—Cuando pasé por aquí, ignorante de las vuesas hazañas, toqué tierra
por conoscer un poco y ver los mercados, como aquí hace el vuestro amigo.
Mas fui apresado al punto e interrogado por los guardias del batab, que
querían saber si os conoscía.— Rodrigo hizo una mueca de desagrado. —Yo
alegué y alegué, mas ellos me mostraron los tres trofeos que les dejasteis en
vuestra escapada, y me refirieron la historia completa, en buen itzá.
«Ladrones», «mentirosos», «bastardos», «asesinos» y otros palabrejas de
tan fino jaez fue lo menos que dijeron de todos vosotros, maese Escobedo. Y
los trofeos de los que os hablo están en la entrada del puerto: tres cabezas
empaladas, que aún conservan las sus pobladas barbas.

—Santos del cielo...— murmuró el segoviano.

—Sí, eso fue lo mesmo que yo dije, aunque después de oír la historia
que me contaron, pensé para mí que os merecíais estar todos allí, con perdón
de vuasé.— Balmaceda dio un golpe de timón y oteó el horizonte. —Los

242
itzáes se hicieron también con las armas de aquellos desgraciados, que os
olvidasteis en Kaan Peech un buen arcabuz y un par de ballestas, amén de
sendas espadas y dagas y un par de alforjas.

—Madre de Dios... ¿Podremos pasar por frente a sus costas sin tener
altercados?

—Creo que sí, que ya conocen el perfil de mi barca y de las velas. A


más, la explicación que a la postre les di yo tras saber de vuesos delitos los
convenció, que presto me dejaron ir en paz.

—¿Y qué les dijisteis?

—Que la mesma barbarie habíais hecho en la mi isla, y que por ese


motivo yo me quedé con los itzáes allá y vosotros seguisteis vuestro camino.
Lo cual, al fin y al cabo, es la pura verdad.

—Ya veo...— repuso el escribano. —Pues sabed, maese Rodrigo, que


estoy de acuerdo con vos, a pesar de que los hechos muestren una otra cosa. Y
cierto es que desde que os dejamos en aquella ínsula me he preguntado en
hartas ocasiones cómo habéis hecho para acostumbraros a vivir lejos de los
vuestros, entre extraños y en tierras tan distintas.

—Fácil no ha sido, vos deberéis sabello bien. Mas... ¿qué puedo


deciros? En aquella isla soy libre, que nunca lo fui tanto en ninguna otra
parte. Libre de todo, ¿entendéis? Y los que vos llamáis «extraños» ya no lo
son para mí. Agora son mi gente y mi familia— aclaraba el muchacho
mientras se movía para tensar la cuerda de una vela. —Pues he aprendido con
los itzáes que la gente propia, la familia propia, no siempre es la que lleva la
mesma sangre o habla la mesma lengua, sino la que le hace a uno un lugar
entrellos, lo ayuda a vivir y lo respeta por ser quien es.

243
El escribano contemplaba el agua que golpeteaba los lados de la
barcaza.

—Ya os lo he dicho antes y os lo repito agora, amigo mío. Para ser tan
joven, juicioso sois, que buenas razones habéis en todo lo que decís.

Balmaceda agradeció el cumplido.

—Hartas cosas helas sabido de los itzáes, que son gente de grande
entendimiento, avisada y prudente. Ellos hanme enseñado de todo con sus
proverbios y sus cuentos. Mas otras descubrilas yo mesmo, que la soledad es
mala compañera. Uno se hace mil preguntas en estando solo: sobre su vida,
sobre el destino... Y acaba por hallar muchas respuestas...— replicó el
muchacho.

—Ya quisiera hallallas yo para mí— se quejó el segoviano.

—Daréis con ellas, don Rodrigo, que sois hombre instruido, y más
prudente de lo que yo seré en toda mi vida. Mas no os engañéis: buscad
respuestas sencillas. Que en el sentido común hay más verdades y sapiencia
que en todos los libros del mundo juntos, y las cosas simples son más valiosas
que todo el tesoro de Venecia.

—Ya echaré mano del sentido común que mentáis, mozo, tenédmelo
por cierto— respondió Escobedo. El andaluz meneó la cabeza en un gesto de
seguridad.

—Y agora— agregó Balmaceda —si os place, traducid al vuestro


amigo todo el discurso que entrambos habemos habido, que rato ha que nos
mira cual si estuviéramos planeando echallo por la borda.

Pasaron, pues, de largo el puerto y villa de Kaan Peech, y


desembarcaron un poco más adelante a por agua. Enseguida continuaron su

244
viaje, deteniéndose en donde creían oportuno para abastecer sus vasijas o
para cocinar y dormir. Comida no les faltaba: la pericia de Balmaceda con las
redes y el arpón proveían a los viajeros de suficiente pescado y hasta de algún
manatí. Podían incluso darse el lujo de fumar buen tabaco y beber cacahuatl.
Con tales comodidades —que el escribano no había disfrutado en su periplo
anterior— la travesía se les hizo bastante fácil, y los días fueron pasando sin
mayores contratiempos que alguna corriente cruzada, un chaparrón
imprevisto o algún mediodía de calma chicha.

Su lenta ascensión con rumbo norte por el lado occidental de la


península de Yucatán los llevó a superar el puerto de pescadores de
Sakniteelchen y la isla de Hailna. Atravesaban el territorio de los itzáes
canules, un paisaje de estuarios bermejos, manglares y junglas, salpicado aquí
y allá por aldeas costeras y ribereñas, barcas y viajeros. Escobedo recordó que
por allí habían botado al mar los cuerpos de cinco de sus compañeros,
muertos entre vómitos hacía más de un año.

—Aqueste es el kuuchkaabal de Ah Canul, la tierra de los canules—


refería Balmaceda que, por como hablaba, parecía conocer todas esas tierras
como la palma de su mano. —Dijéronme unos sacerdotes que me crucé por
aquí que la ciudad principal llámase Kaalk’iinil, que es como decir «Garganta
del sol», y que se encuentra tierra adentro. Bellísima es, me contaron. Hay
también otras villas, como Maaxcanul, Dzibalche, Tepaakam, todas ellas
hacia el interior, cerca de una sierra que allí se levanta y que llaman pu’uk.

245
Para finales de octubre giraban al este, topándose con los puertos de
Sisal y Tiizpat y con las bocas de Dzilam, aún en el kuuchkaabal de Ah Canul.
Bordearon luego las costas de los kuuchkaabalo’ob de Chakan, Ceh Pech, Ah
Kin Ch’el y Chikinchel, todas ellas reseñadas en las «Crónicas» de Escobedo,
aunque el segoviano desconociera en aquellos tiempos sus nombres y no
hubiera tenido la oportunidad de verlas tan de cerca por haber navegado
siempre a una distancia segura de la orilla. En esta segunda ocasión iba
trazando un nuevo mapa de la costa, midiendo continuamente la posición
con su cuadrante y llenando hojas y hojas de anotaciones, detalles, apelativos
y sabrosos comentarios.

A esas alturas del viaje, Rodrigo Balmaceda ya había aprendido las


cifras romanas y la mayor parte del alfabeto. Armaba palabras con soltura,
pero su caligrafía era espantosa. De acuerdo al segoviano, lo que escribía
podía entenderlo sólo él, a lo cual el andaluz se defendía argumentando que,
en efecto, no necesitaba que nadie más lo comprendiera. Y, en cuanto a los
errores ortográficos, poco importaban por aquel entonces: en general, se
escribía según se hablaba, y cada escribiente lo hacía, por ende, a su manera,
reflejando la variante dialectal o social de la lengua castellana que tuviera a
bien usar.

—Bueno... ¿está bien escrito ansí?— preguntó una tarde Balmaceda,


mostrando una hoja recién garrapateada. Estaban acampados en algún rincón
del norte del Yucatán: Escobedo removía unas gachas de maíz y
Cuitlachnehnemini se entretenía jugando con el mono. El escribano agarró el
pliego de papel, en el cual se leía «comenzé la mi biage açe muchaz lunaz iá».

—¿Se puede saber qué carajo quisisteis escribir aquí?— estalló el de


Segovia.

246
—Hombre, don Rodrigo, lo que pone...— atinó a responder el
muchacho, un poco cohibido. Escobedo soltó una risa que le sacó lágrimas, y
no pudo evitar compartir aquello con el mexica, aunque el otro no se enterara
de mucho. «Errar es de hombres y ser herrado de bestias» afirmó el andaluz,
«todo corrido» como él solía decir. Ya era noche cerrada y el escribano aún
se esforzaba por explicar al joven la forma de escribir más o menos
decentemente aquella frase.

Cuando el mes de noviembre terminaba, sobrepasaban la laguna de


Yalahau y el puerto de Hool Boox, allí en donde un enorme tiburón —que fue
bautizado entonces como «pez dama»— había jugueteado con los remos de
los expedicionarios de Arana. Balmaceda hizo virar su embarcación al sur,
siguiendo la silueta de la península, y atracó en Éek’ kaab, bellísima ciudad
que fascinó tanto al segoviano como al mexica. Quedaron así fuera de su ruta
la isla que los españoles llamaron «Isla Mujeres» y aquella otra poblada de
aves marinas, que el escribano había descrito con palabras llenas de poesía.

A primeros de diciembre desembarcaban en Kosom Lu’umil.


Cuitlachnehnemini, con miles de ideas, planes, narraciones e imágenes en su
cabeza; Escobedo, con cierto sentimiento de opresión en el pecho.

—Ix Xíiw, in ts’unu’un... Bix a beel...!?

—In suku’un! Pa’atik a suut!59

59
En maya yucateco, «Ix Xiiw, mi colibrí... ¿Cómo estás?» y «¡Hermano mío! ¡Ya has
vuelto!».

247
De esa forma se reencontró Rodrigo Balmaceda con su pequeña
«hermana adoptiva» y con el resto de su familia, que salió a recibirlo apenas
los que estaban en la costa de Ixlapak avistaron los paños de la barcaza del
andaluz y dieron el aviso en la población. Rodrigo alzó a la pequeña del suelo
en un abrazo y jugueteó con la caracola roja que pendía de sus cabellos. La
niña, contentísima, le acarició la barba con un gesto reprobatorio, y luego
echó un vistazo indiscreto a los extraños compañeros de su «hermano».
Cuitlachnehnemini y Escobedo —de buen humor a pesar de todo— hablaban
por lo bajo en náhuatl y participaban de la alegría de los otros. Balmaceda los
espió por sobre su hermana y los señaló con la barbilla.

—Letio’ob ku p’a’asticeno’ob— le dijo a la niña como en secreto.

—Ba’axten?60— exclamó Ix Xíiw abriendo desmesuradamente los


ojos y dirigiéndoles otra de sus famosas miradas reprobatorias. Rodrigo se
encogió de hombros, simulando un inocente desconocimiento.

—Caballeros, os habéis ganado la inquina de mi pequeña hermanita,


que en enfadándose es peor que un vendaval— comunicó el andaluz dejando
a la pequeña en el suelo. —No sabéis cómo se pone cuando no acierto con sus
adivinanzas...

El padre de Ix Xíiw saludó efusivamente al muchacho e invitó a los


tres viajeros a su casa. Allí, los hombres pudieron comer algunas tortillas
frescas mientras comentaban con la familia los altercados del viaje y los
horizontes que habían surcado. Los itzáes demostraron mucha curiosidad por
el mexica y cierta aprensión por Escobedo: nadie había olvidado, a pesar del
tiempo transcurrido, las circunstancias en las que Rodrigo había optado por

60
En maya yucateco, «Se están burlando de mí» y «¿Por qué?».

248
permanecer en la isla. Y mucho menos su «familia adoptiva».

Al día siguiente, el andaluz se dirigió solo a entrevistarse con Ah Keeh


Koot, el ah kuuch kaab de Ixlapak. Balmaceda sabía que aquel hombre había
decidido quedarse con los náufragos taínos como esclavos. Era aquél un
destino común para los desafortunados cubanos que el mar botaba a las
costas itzáes, aunque menos cruel, por cierto, que acabar en la piedra de
sacrificios. Las islas del este no eran desconocidas para los mayas. Muchos
mercaderes itzáes se arriesgaban a cruzar el brazo de mar que separaba
Yucatán de Cuba para comerciar con los isleños. Y eran varios los cautivos
taínos en Kosom Lu’umil y en tierra firme: algunos de ellos habían logrado la
libertad, si bien jamás regresarían a su hogar.

El joven propuso al ah kuuch kaab que le vendiera los esclavos. Alegó


algunos motivos que quizás sonaron poco convincentes: sus «buenos
recuerdos» de su estancia en Haití y Cuba, la «hospitalidad» taína —
forzada, en todo caso— y el hecho de sentirse, en cierta forma, en deuda con
los hijos de aquella tierra. Ah Keeh Koot fingió considerar tales razones y
accedió a la transacción por un elevado precio en jade y cacao, precio que
sería pagado pieza sobre pieza y grano sobre grano por Escobedo y el mexica.

Antes de entregarle a los prisioneros isleños, el jefe estudió con


detenimiento a Balmaceda durante un largo rato, y luego le aseguró que no
era asunto suyo el entrometerse en sus negocios pero que, fueran cuales
fueran, no deseaba que el otro español permaneciese por más tiempo en la
isla. No quería k’as iik’o’ob —«malos vientos»— en su comunidad ni en su
tierra. Rodrigo lo miró con franqueza y le prometió que en dos días el
extranjero ya no estaría allí. Y que precisamente su negocio trataba de evitar
que esos «malos vientos» llegaran a Ixlapak.

249
Usando el vocabulario taíno que aún recordaban, Escobedo y
Balmaceda explicaron a la media docena de cubanos que serían libres siempre
y cuando los guiaran hasta los dos grandes barcos que habían encallado en su
isla. Los hombres se mostraron indecisos al principio: no confiaban en
absoluto en la gente de piel clara. Sin embargo, no tuvieron más remedio que
aceptar el trato, pues querían volver a sus costas desesperadamente. Y, a fin
de cuentas, aquellos extraños los habían comprado y, en la práctica, les
pertenecían. No estaban en posición de discutir condiciones.

De modo que en breve fueron preparadas las dos canoas taínas que la
diosa de las tormentas, Huabancex, había decidido arrojar a las playas de
Kosom Lu’umil. Y para el 17 de diciembre reanudaron la travesía.

250
XV
Castilla, 1521

Anunciose que fiesta grande habíase de fazer en las


gradas de la Cathedral, por celebrar la vitoria de la entrada
de las fuerças de la Serpiente Emplumada a Sevilla. E
mandose que ningún sevillano, so pena de muerte o
tormento, debía salir de la su casa aquesa noche

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo IV.

Saiwan, el vigía miskitu, y varios de sus compañeros de armas y de


pueblo iban a alojarse en la casa de Aliza, que había dejado de ser su
prisionera para convertirse en su forzada anfitriona. La judía, hija única,
condujo a aquella decena de guerreros al hogar paterno, allí donde siempre
había vivido. Allí donde había ido perdiendo esa alegría que ya sólo llevaba
en su nombre hebreo. Sus padres eran dueños de una casona con patio
interior en el barrio de Santa Cruz. Aquélla había sido una familia próspera y
pudiente, protegida por algunos nobles sevillanos debido a la fama del padre
de la joven mujer, un rabbí muy respetado.

En ese momento —media mañana del día 10— grupos numerosos de


extranjeros pululaban ya por las calles de aquella barriada, buscando morada.

251
Aliza se enfrentó a la pesada puerta de madera de su residencia, tachonada de
clavos de cabeza cuadrada, e hizo sonar el aldabón de hierro ennegrecido por
los años.

La madre tardó largo rato en asomarse a la mirilla, y grande fue su


alegría al reconocer a su hija y verla con vida. Aunque igual de grande fue su
espanto al hallarla rodeada por aquellos invasores, que se le antojaban, a
primera vista, unos salvajes incivilizados y semi-desnudos, pintados,
engalanados con plumas y abalorios y armados como gladiadores. O peor.

—Entra, fija miya, entra...— le dijo la madre al abrir la puerta.


Franqueó la entrada a su hija y, de mala gana, a sus acompañantes, a quienes
observó con verdadero pánico. La anciana la abrazó tras asegurar el portón, y
le cubrió el rostro de caricias mientras se deshacía en llanto y la atosigaba a
preguntas. Mezclándolo todo, le refería sus miedos y los acontecimientos de
los últimos días.

—¿Do está padre?— preguntó Aliza, intentando liberarse de aquel


aluvión de cariño materno. La anciana señaló un rincón a sus espaldas. La
mujer se volvió y vio a un hombre muy entrado en años, emocionado hasta
las lágrimas.

—Fija miya...— la recibió en sus brazos. —Mil gracias sean dadas al


Dío por haberte traído sana y salva a la muestra casa.

La mujer explicó a los dos ancianos la situación en la villa, y resumió


en breves frases lo que le había ocurrido durante las pasadas horas, evitando,
no obstante, los detalles más escabrosos. Luego los tres contemplaron a los
miskitu que, por su parte, también los observaban expectantes. Aliza declaró
que, si seguía con vida, probablemente se lo debía a Saiwan.

252
—Seáis bienvenidos a aquesta casa en paz— dijo entonces el anciano
a los extranjeros. Los guerreros, que no se movieron de su sitio, inclinaron
levemente la cabeza para girarla inmediatamente después hacia la mujer
joven. Aliza hizo señas de que pasaran al interior, y los diez hombres la
siguieron. Era curioso ver a aquellos conquistadores moviéndose con cautela,
respeto y humildad entre esos muros que, oficialmente, les pertenecían. La
judía los guió hacia unas habitaciones en uno de los extremos del patio,
indicándoles —siempre con la ayuda de gestos— que allí podrían quedarse.
«Aquestas son las vuestras cámaras» les dijo. Luego les mostró el aljibe y
cómo funcionaba, y les hizo saber que enseguida podrían comer algo. Los
miskitu asintieron nuevamente —poco más podían hacer— y dejaron sus
pertenencias en las dos habitaciones que les fueron destinadas. Realmente no
sabían cómo comportarse ni qué se esperaba de ellos. La orden que recibieron
fue ocupar las casas sevillanas, comer, descansar, estar alertas y reunirse para
la celebración de la victoria al atardecer siguiente. Habían oído que era
probable que pronto tuvieran que ponerse en marcha otra vez, así que debían
aprovechar cada momento para reponer sus fuerzas y aprender algo más de
aquella tierra que estaban ocupando.

Mientras los guerreros se acomodaban en los cuartos, Aliza supo por


sus padres que ya no quedaban sirvientes en la casa: todos habían huido
cuando los pregoneros habían proclamado la rendición. El aljibe del patio
seguía funcionando, y gracias a él habían podido beber sin tener que echar
mano de vecinos —entre los cuales había pocos amigos— o sufrir la sed
provocada por aquellos condenados que envenenaron las aguas de muchas de
las fuentes públicas. Las noticias que tenían del exterior de sus propias
paredes eran las que les habían llevado los hermanos judíos que se habían
acercado hasta allí para solicitar su ayuda. Afortunadamente, sus despensas

253
contaban con bastantes provisiones, y tenían dinero escondido que podrían
utilizar para salir de Sevilla si llegaba el caso, o, al menos, para aliviar su
situación si se volvía muy difícil. Aliza estaba al tanto de todo eso —sólo
hacía un par de días que faltaba de su casa— y también del escaso significado
que tenía frente a la desesperación que sentían sus padres. Asimismo daba
por cierto que, en adelante, todo sería distinto: con toda probabilidad, las
cosas empeorarían. Y no tenía la menor idea de qué destino les esperaba. Así
que compartía la desesperanza de su familia que, al fin y al cabo, tenía
motivos bien fundados para temer lo que pudiera acontecer mañana.

—Aliza...— sonó una voz a su espalda, interrumpiendo la


conversación. Saiwan estaba detrás de ellos con un par de morrales en las
manos. Por medio de la mímica les hizo entender que él y sus compañeros
tenían bastimentos —«tama»— pero que necesitarían fuego para
convertirlos en comida. Sin que mediaran más explicaciones la mujer les llevó
hasta la cocina.

Wayrachaki y sus tropas habían ocupado los edificios que rodeaban la


Plaza de San Francisco, un recinto que, como muchas otras plazas ibéricas,
estaba acotado por las propias casas. Habituados a la vida comunitaria de sus
lugares de origen, aquellas gentes de las montañas y altiplanos del sur de las
Tierras del Oeste se reunieron en grupos. Pronto asomaron las bolsas de lana
chuspa rellenas de hojas de coca, y de los macutos salieron las flautas con las
que aquellos hombres morenos habían conmemorado siempre los
acontecimientos importantes de su existencia: los nacimientos y las muertes,
los triunfos y las derrotas...

254
En aquel pesado mediodía sevillano se oyó, surgiendo desde el vientre
de la ciudad, el estruendo visceral de los pinkillos y las tarkas, que festejaban
la victoria de los que habían quedado con vida y honraban la memoria de los
que habían caído para que tal triunfo fuese posible. El sonido se enredaba con
el humo de los hogares y el aroma de las comidas, se trepaba a un viento que
presagiaba lluvia y rebotaba en las añosas piedras de las paredes medievales,
para perderse luego en adarves y corralas, mezclado con las vibraciones
procedentes de otros instrumentos soplados o golpeados en varios festejos
similares.

Los diez miskitu se habían colocado en torno al fuego y charlaban


mientras uno de ellos revolvía con una cuchara de madera en un cazo de
barro. Él mismo había elegido ese recipiente entre la panoplia de cacharros de
la casa, porque le resultó el más parecido a los que se utilizaban en su pueblo.
«Awas pautika lâwan ba pautara dingkan taim kasak aswisa» decía el que
cocinaba. «Awas?» preguntaba otro, dudando de los conocimientos sobre
distintos tipos de leña de su compañero. El primero le mostraba la mano.
«Awas maka babatni ba wan mihtara alkisa». Luego se la acercaba a la nariz.
«Awas maka ba kia damni sa».61

61
En miskitu, «La leña del pino seca, cuando se pone en el fuego arde muy bien», «¿Pino?»,
«La resina pegajosa de pino se adhiere a la mano» y «La resina del pino es aromática».

255
La familia judía, entre tanto, estaba sentada a la mesa: los miraban
llenos de incertidumbre, sin entender nada de lo que decían y sin saber cómo
actuar. En aquel momento, Saiwan se dio vuelta hacia ellos y se presentó.

—Saiwan...— pronunció, dirigiéndose a los padres de Aliza y


señalándose a sí mismo. Acto seguido nombró a sus compañeros. —Arari...
Waula... Kasbrika...

Aliza lo interrumpió.

—Asperad, asperad... ¿Arari?

—Au, Arari.— y el hombre imitó el maullido de un gato y el ademán


de arañar.

—Paresce querer dezir «gato»— sugirió el rabbí.

—Waula...— continuó Saiwan, e imitó con el brazo una serpiente,


silbando sordamente entre dientes. El aludido fruncía el ceño y todos los
demás le hacían chanzas en voz baja. Los judíos supusieron erróneamente que
sus nombres tenían que ver con animales.

—Kasbrika...— repitió, refiriéndose al tercero y, apuntando hacia el


cielo, dibujó en el aire el sol y una nube que lo tapaba.

—Nube— adivinó Aliza. Con timidez y algo de dificultad intentó


decir aquella palabra, y Kasbrika sonrió cuando logró pronunciarla. Por lo
visto no era sólo con los animales sino con la naturaleza en general con lo que
estaban relacionados sus nombres. Saiwan terminó de presentar a sus
compañeros: Imyula, Makwa, Kruhbu, Kakmapara, Wingku62 y...

62
En miskitu, los nombres se corresponden con el relámpago, un pajarillo, el ocelote, una
serpiente mítica y un oso hormiguero. Arari es el nombre de un gato montés negro y Waula,

256
—Aw!... Painika nina aya tiwan63— se excusó el hombre, confundido,
al llegar al último.

—Pikpik... — repuso el mentado con fastidio. Su nombre significaba


«rana», y fue coreado por todos los demás en tono de mofa: «Pik-pik-pik-
pik-pik...».

Los judíos no podrían recordar todas aquellas palabras, pero


agradecieron el gesto y les enseñaron también los suyos. La mujer, como
mejor pudo, incluso les explicó el significado de su nombre, y todos estallaron
en exclamaciones. «Lilia», repetían, pues así se decía «alegría» en su lengua.
Con un poco más de confianza, Saiwan señaló al rabbí y luego a Aliza,
preguntando «abba?». La mujer asintió. Aquello sonaba parecido al hebreo.

—Sí, él es el padre miyo. E ella, mi madre.— Y volvió a articular


ambos términos, extendiendo la mano hacia cada uno de sus progenitores.
Saiwan los repitió y los pronunció después en su propio idioma: abba y yapti.
En ese momento la joven se levantó de la mesa y se acercó al fuego para ver
qué preparaban.

—Ulang...— mostró el «cocinero», levantando un poco la cuchara.


Era un caldo espeso de harina de maíz. —Plun auhni...— manifestó
aprobatoriamente. —Aya... Upla bara daiwan sim pata pain pali sa...64— El
hombre metió la mano en el saco de sus provisiones y extrajo un poco de
aquella harina toscamente molida, entre la cual había aún algunos granos

el de una boa.

63
En miskitu, «Se me olvidó el nombre de mi amigo».

64
En miskitu, «Ulang (caldo espeso de maíz o yuca)... Comida sabrosa... Maíz... Es un buen
alimento para el hombre y los animales...».

257
enteros. «Aya» repitió. Aliza los tomó en su mano. Eran preciosos. Y
desconocidos. «Aya ma ba lipni»65 añadió el «cocinero» antes de volver a su
trabajo. La mujer llevó los granos a sus padres.

—Kli karna takamna...66— agregó otro, haciendo como que tenía


mucha fuerza. Aliza no pudo por menos que sonreír.

—Tyara kikra painkira brisa... Mawan lilia kum...67— comentó el más


viejo de los miskitu a Saiwan, quien asintió ensimismado, aunque a él no le
parecía que fuese una persona feliz. Encontraba, tras los ojos de la mujer, una
tristeza ilimitada.

Los demás hablaban animadamente sobre lo bueno que hubiera sido


contar con otros alimentos que le dieran más enjundia a aquel guiso ulang.
Un poco de ñame blanco usi, o yuca yauhra, o calabaza iwa. O quizás algo de
wîna. Carne. Alguien sugirió que aquello sería poco para todos ellos.
Entonces intervino el interlocutor de Saiwan: «Plun aitani daukan». Y con
un «plun uba ailal piaia ba saura sa»68 zanjó la conversación.

—Si pudiera favlar la su lingua e pruntalles quiénes son, qué fazen


aquí e qué va a ser de mozotros...— suspiró Aliza. Sus padres se encogieron de
hombros. «Aman, que se escape este mal diya» musitó la madre.

65
En miskitu, «El grano de maíz es brillante».

66
En miskitu, «Recuperaré(mos) la fuerza perdida».

67
En miskitu, «La joven tiene una linda sonrisa... Un rostro alegre...».

68
En miskitu, «Hizo suficiente comida» y «Comer mucho es malo».

258
«Lo que deva ser, será, fija miya» repuso el rabbí. «Tengamos fey en
el Dío, que él mos cudiará».

—Lucía, ¿estás ahí?— llamó una voz.

Gonçalvez salió del cuarto en el que la muchacha dormía entre


pesadillas. En el hueco de la escalera había una mujer mayor, que se
sorprendió cuando vio asomarse al portugués.

—Perdonad, señor. Creí que Lucía estaba sola. No son momentos ni


horas aquestas para trabajar...

—No trabaja, señora, que ella duerme. Entré aquí por guarecerme, y
aquí estoy aún.

La mujer lo miró con desconfianza y al cabo de un momento siguió


hablando.

—Vivíamos juntas aquí, mas cuando comenzaron a retumbar los


cañones fuime a la Plaza de la Alfalfa con una amiga. Lucía no se quiso venir.
La pobrecica no está bien.

—Entiéndese, que vida dura paresce haber sufrido.

—No lo sabe bien vuesa merced— lo interrumpió la otra. —Que las


que trabajábamos aquí, quién más, quien menos, habíamos elegido nuestro
destino, y mal no nos iba, digan lo que digan las malas lenguas y los
condenados prestes. Mas ella...— La mujer iba a decir algo más pero se calló
de repente y comenzó a descender los escalones. —Decidle, señor, que estuvo
Melisa, y que puede venir a verme y estarse conmigo cuando lo desee. Ella

259
sabrá cómo encontrarme. Decídselo, assí Dios os salve el alma.

—Ansí se lo diré, señora... Quede Dios con vos— repuso el portugués.


La mujer se alejó, respondiendo «Y con vos vaya, caballero» y Gonçalvez
volvió a la cámara, a sentarse en una banqueta coja y rezongona que allí
había. Se preguntaba cuál sería la historia de aquella joven. Y se preguntaba
también cuál sería la suya de allí en adelante.

Los miskitu invitaron a sus «anfitriones» a compartir aquel ulang de


maíz. Sentados algunos en el suelo y otros a la mesa con los tres judíos,
comenzaron a trasegar aquel caldo con un apetito voraz, como si no hubiesen
comido otra cosa en semanas. A los dueños de casa el cocido no les pareció
gran cosa pero, aún así, no quisieron ofender a sus «invitados». Sirviéndose
de nuevo de la mímica, Saiwan les anunció que a la noche siguiente debían
marchar a un encuentro con los suyos, y que ellos no debían salir de casa por
ningún motivo. Aunque no podía explicarles el por qué de aquella orden,
tampoco hubiera sabido cómo hacerlo. El miskitu, pese a que ni entendía ni
aceptaba lo que ocurriría entonces, estaba perfectamente al tanto de todo

El mismo aviso —junto con el de entregar armas y caballerías en los


Reales Alcázares— sería proclamado a lo largo de todo aquel día y el
siguiente por los pregoneros del Cabildo, que harían esfuerzos ingentes para
que su mensaje se escuchara alto y claro por encima de la barahúnda armada
por los extranjeros.

260
Probablemente, y aún sin haber oído tales advertencias, ningún
sevillano hubiera osado salir de su casa durante aquellas jornadas de
confusión.

11 de julio. A lo largo de todo el día fueron llegando al Alcázar


caballos, mulas, arcabuces, espadas, ballestas, munición y pólvora. Las tropas
asentadas en la villa iban recorriendo casas y almacenes, corralas y adarves, y
se incautaban de cuanto hallaban a su paso.

Cerca de las murallas ardían los cadáveres de los defensores de Sevilla


abatidos durante los combates. Las llamas consumían los sueños de los que se
fueron y las esperanzas de los que quedaban, que ni siquiera tuvieron la
oportunidad de darles sepultura de acuerdo a sus creencias.

A la hora de vísperas, los nobles de Sevilla acudieron a la cita con el


jefe del ejército de la Serpiente Emplumada en el Alcázar, atravesando una
ciudad en donde, poco a poco, el caos se apaciguaba al tiempo que
aumentaban el temor y la incertidumbre. Allí estaban las Duquesas de
Medina-Sidonia, el Duque de Arcos y el de Medinacelli, el Marqués de Tarifa
—hermano del Capitán General— y tantos otros. Tras la recepción, los más
poderosos fueron invitados a una comida con el tlacochcalcatl. A ella también
asistiría Gutiérrez de Madrid.

261
Quienes habían sido eximidos de participar en el banquete
abandonaron pronto los Alcázares para refugiarse en sus palacios citadinos.
El aire amenazaba tormenta, y la compañía de sus nuevos gobernantes no les
era agradable en absoluto.

Al caer la noche de aquel 11 de julio sonaron los tambores


tlalpanhuehuetl en las gradas de la Catedral. Obedeciendo a su instinto de
supervivencia más que a las órdenes dictadas, ningún sevillano estuvo allí
para presenciar la ceremonia. Ninguno, excepto los «invitados de honor»: el
«embajador» de Sevilla ante Tepehuahtzin y los nobles que con él habían
cenado.

La tormenta que presagiaban los vientos se desencadenó hacia


medianoche. Fue entonces cuando todo acabó y los guerreros de la serpiente
con plumas retornaron a las casas que ocupaban en la villa.

Las aguas del cielo lavaron los restos de lo que allí había acontecido.
Aunque no todos. Delante del atrio del templo mayor sevillano, en medio de
la oscuridad y la lluvia, los pocos perros callejeros que aún deambulaban
buscando un lugar en el que guarecerse del aguacero se toparon con las cruces
en las que colgaban los pellejos sanguinolentos de los nobles más ricos de
Castilla.

262
En un lugar destacado se encontraban los restos de las Duquesas de
Medina-Sidonia y, a su lado, los de Miguel de Montecruz. Muy pocos serían
capaces de reconocer a éste último. Sin embargo, serían muchos los que
lograran distinguir las ricas ropas que aún lucían la primeras.

A la mañana siguiente, los primeros habitantes de la ciudad que


pasaron por delante de la Catedral se quedaron clavados al suelo, intentando
comprender qué era aquello que veían.

Nadie pudo dar cuenta de lo que había ocurrido la noche anterior.


Nadie quiso intentar siquiera buscarle una explicación. Incluso los
extranjeros de la serpiente con plumas guardaron silencio, amparados por su
virtual desconocimiento del castellano y su situación de ventaja. Y el único
español que había estado presente en la ceremonia y aún seguía con vida —
Alonso Gutiérrez de Madrid— había enmudecido para el resto de sus días.
Sólo en su lecho de muerte, momentos antes de recitar la Shema, despegaría
sus labios para relatar a sus hijos la ejecución de la que había sido testigo.
Durante algún tiempo sus palabras serían tenidas como una prueba más de la
barbarie que habían traído los invasores a las tierras castellanas, pero todo lo
que vino después borraría su confesión de la memoria colectiva, una memoria
que, andando los años, elevaría a aquel judío converso a la categoría de
«traidor a Castilla».

Para la hora tercia del 12 de julio de 1521, la voz de rebelión se había


alzado en la antigua Hispalis. Y las fuerzas de los mexicas se aprestaban para
apagar el fuego de la revuelta con sangre.

263
Faltaba aún una semana para que el Prior de San Juan llegara a
Córdoba.

264
XVI
Mar Central, 1494-5

Muertos del ambre, andraxosos e quasi dementes


hallábanse aquellos ombres, tirados por el vendabal a las
costas de la ysla de Cuba e allí abandonados a su suerte. E
estaban todo el tiempo alçando las sus vozes al cielo, con
hartos iuramentos e promessas, por que los rescataran de
allí y los llebaran a lugar seguro e de gente amiga.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo IV.

El día de Natividad encontró a los tres viajeros y a sus guías tocando


el extremo occidental de Cuba. Los dos españoles no pudieron menos que dar
gracias a todos los santos de su paraíso por la buena fortuna que hasta
entonces habían tenido, y Cuitlachnehnemini hizo lo propio con sus dioses.
Pasaría una semana más antes de que el pochtecatl diese la voz de aviso: bajo
el sol del mediodía habían aparecido, recortadas sobre el horizonte, dos
siluetas extrañas para el mexica.

—Carabelas— aseguró Balmaceda. —Ahí están las condenadas, bien


enterradas en la arena.— Los taínos, que los precedían en sus canoas, daban
voces señalando aquellas figuras. «Yamocá piraguá» exclamaban,

265
identificando las dos naves con sus propias barcas de guerra. Aquellos
atemorizados guías viraron con celeridad y se colocaron junto a la barca del
andaluz. Sin demasiadas consideraciones le comunicaron que ellos habían
cumplido ya su parte del trato y que no tenían intención alguna de acercarse a
aquel lugar. Los españoles les agradecieron su ayuda y les desearon buena
fortuna. Diciendo «taiguey, guaitiao», se despidieron. Al alejarse, los
cubanos todavía le gritaron a Balmaceda: «Osama, guami, uará guarico
guakia...». «Han, han catú...»69 respondió el andaluz alzando la mano y
prometiéndose que algún día retornaría para visitarlos. Los taínos apuntaron
las proas de sus canoas hacia el oeste y volvieron sobre sus pasos en busca de
las costas de su aldea.

Cuanto más se aproximaban a los barcos, más tétrico les parecía aquel
espectáculo. El mexica no daba crédito a sus ojos. Aquellas embarcaciones le
resultaban descomunales: casas sobre el agua, monstruos gigantescos varados
en una playa y despedazados por el embate del mar y del viento. Los hispanos
comprendían que poco podría hacerse por los náufragos, a menos que éstos
se hubieran agenciado ya un par de piraguas, cayucos o canoas locales, o
contaran al menos con unos botes: las carabelas tenían el casco destrozado,
las vergas partidas, los trapos desflecados y las cuerdas desgarradas. Para
colmo de males, dos de los palos de una de ellas amenazaban con
desplomarse, y el mayor de la otra se estaba curvando sobre sí mismo de
manera alarmante. Viejas, mal calafateadas y medio comidas por la broma,
parecían llevar allí una eternidad.

69
En taíno, «(Tened) buen día, amigos», «Oye, señor, ven a nosotros» y «Sí, así será».

266
—Esas naos son del tiempo del Rey Perico y Maricastaña— declaró el
andaluz —que aún las de los primeros reyes godos lucieran mejor hogaño.

Para cuando estaban a doscientos pasos de las naves, dos hombres


desharrapados, con la ropa hecha jirones, barbados y desgreñados salieron de
entre la vegetación que llegaba hasta la playa y comenzaron a hacer señas con
los brazos en alto, como posesos.

—Aquesto va a ser peor de lo que pensé— murmuró Escobedo.

—Ya lo sabía yo— gruñó Balmaceda. —Estos pobres diablos no dan


un ochavo por sus vidas, y capaces serán de matarnos a los tres por hacerse
con provisiones y con la mesma barca. No hagáis lo que la gansa de
Cantimpalos70, don Rodrigo. Andad con tiento y con el hierro a mano, que
quien se fía del lobo entre sus dientes muere. Que no por ser cristianos nos
han de respetar.

—Sosiéguese, mi amigo, que todo saldrá a cuajo, si es que lo quiere el


cielo benditísimo.

—¡Alahé! Pues dareme punto en boca y os dejaré hacer.

Balmaceda enfiló su barcaza hacia la arena y pronto se encontraron


cara a cara con aquellos dos espectros vivos, que los contemplaban atónitos
desde la playa.

—¿Sois cristianos? ¿Habláis la nuestra lengua?— fue lo primero que


acertaron a preguntar a los gritos, en un estado de desesperación que
realmente movía a compasión.

70
Alusión a un antiguo refrán castellano: «La gansa de Cantimpalos, que salió al lobo al
camino».

267
—Castellanos somos— respondió Escobedo, bajando de la barca y
avanzando hacia la orilla con el agua por las rodillas. —¿Quiénes sois
vosotros?

Pero los dos hombres estaban ya de hinojos dando gracias al Creador,


abrazándose, mesándose los cabellos y llorando a lágrima viva.
Cuitlachnehnemini terminó de asegurar la barca junto a Balmaceda, y ambos
se sumaron a aquella estampa de desolación.

—Hermanos, ¿sois españoles? — insistió el andaluz.

—Españoles somos, señores— dijo uno de ellos —que en aquesas dos


carabelas que allí vedes fuimos naufragados aquí meses ha. Grande
hambruna y enfermedad hemos padescido, e solo cinco seguimos con vida,
que todos los otros están enterrados aquí cerca, en un fuerte que habemos
levantado con palizadas.

—Cinco de cincuenta, sólo ésos quedamos... ¡Madre de Dios, bendita


seas por habernos enviado la nuestra salvación!— chilló el otro, hincándose
otra vez de rodillas.

—Teneos, hermanos, y decidme... ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?


¿De dónde venís? ¿Quién es vuestro capitán?— les interrogó Escobedo.

—De las Canarias venimos, que hace meses salimos de allá con el
patrón de las carabelas. En llegando a aquestas tierras dimos con una isla que
queda más al oriente, mas en ningún sitio pudimos echar anclas sin que los
naturales dellas nos rescibieran como salvajes y posesos, con muchas flechas y
gritería. Con algunos tuvimos altercados por conseguir agua y comida, ansí
que decidimos de continuar hacia poniente. Y aquí embarrancó nuestras
carabelas una tormenta fierísima, que por poco nos ahoga a todos.

268
—¿Quién es vuestro capitán? ¿Vive aún?— repitió Escobedo.

—Es uno de los otros tres. Un tal Bermejo, que así le mentan por el
color de sus cabellos. Es de las Canarias él, como todos nosotros. De la isla de
Gomera.

—¿No venís con el Almirante Cristóbal Colón, pues?

A esa pregunta, los dos hombres enmudecieron y se miraron, en el


colmo del asombro.

—Virgen santísima, y que era verdad toda esa historia...— balbuceó


uno.

—¿Qué historia?— preguntó Balmaceda.

—La que nos contó el tal capitán Bermejo por enrolarnos en su viaje.
Dijo que había encontrado en alta mar un tonelillo con un mensaje dentro, un
pergamino encerado en el cual se daba cuenta de la posición de aquestas islas,
y que estaba escrito y firmado por un tal Colombo. Dijo que ese fulano había
salido de Palos buscando las Indias por occidente, y que él conociolo cuando
paró en Gomera con sus tres naves.

—Dijo también que el tal Colón lanzó el barril al agua en medio de


una tempestad— continuó el otro —y que ofrescía en él no sé cuantos
ducados para aquél que diera con el pliego, si se lo hacía llegar a sus
Majestades. Mas este Bermejo, que es hombre ambicioso, pensó que mucha
más fortuna conseguiría si intentaba él mesmo llegar a aquestas tierras, pues
en Castilla nunca se supo que el tal Colón regresara. Supusimos que sus naves
se habían perdido en la tormenta que mentaba en el su mensaje.

—Y ansí nos hicimos a la mar, señores, que hartas promesas de gloria


y fortuna nos hizo el capitán. Mas trajimos con nosotros varios enfermos con

269
viruelas y peste, que en poco tiempo han acabado con la vida de muchos de
los nuestros y de infinidad de los naturales de aquí, que caen como moscas y
no se nos acercan ni para atacarnos. Nada hemos podido hacer sino armar
unos chozos con palmera y cañas y algunos maderos, y esperar la muerte o a
que alguien nos socorriera. Aqueste Bermejo fue tan avispado que no dio
aviso a nadie de la nuestra travesía... ¿Y vosotros, señores míos, sois de la
tripulación del tal Colón?

—Somos, sí, y ninguna noticia hemos habido del nuestro capitán.

—Ni la habréis— interrumpió el náufrago —pues muerto es, hundido


de seguro por la tempestad, que recuerdo yo una muy fuerte año y medio
atrás, que se llevó una flota de cien carabelas portuguesas y medio millar de
barcos de pesca y mercantes en las Canarias.

—¿Y cómo habéis sabido de nosotros?— trató de averiguar el otro.

Balmaceda resumió toda la historia, mientras Escobedo explicaba al


mexica la situación. Cuitlachnehnemini inmediatamente se opuso a que
llevaran a aquellos individuos a Tenochtitlan o a cualquiera de las tierras
firmes si estaban enfermos. El escribano intentó tranquilizarlo, alegando que
antes de nada deberían ver en qué estado estaban los otros tres.

—Llevadnos con vuestros compañeros— pidió entonces Escobedo.

Los náufragos se adelantaron para guiar a los tres hombres hacia su


campamento en aquel recóndito lugar del norte de Cuba. Balmaceda
aprovechó la ocasión para susurrarle al escribano que debían tener cuidado
con el capitán, que parecía una buena pieza. «De esas que el diablo empeñó y

270
no quiso rescatar» acordó el otro. Cruzaron el blanco arenal y se metieron
por una trocha entre las palmeras y la arboleda que, en aquella parte de la isla,
era exuberante y muy tupida. A medio centenar de pasos dieron con un
improvisado y deshecho «fortín» y en él, con tres hombres en los huesos,
tendidos en el interior de un chozo. Ninguno de ellos podía dar crédito a sus
ojos: los recién llegados debieron parecerles enviados divinos llegados para
salvar sus vidas y rescatarlos de aquel infierno en la tierra. El capitán se
levantó a duras penas del suelo.

—Seáis muy bienvenidos, señores, al hogar de las desdichas...— fue lo


que atinó a decir.

—¿Sois el capitán Bermejo?— preguntó Balmaceda. El pochtecatl


miraba a aquellos hombres con verdadero horror. Le hacían recordar viejas
leyendas de viajes al Mictlan, la tierra de los muertos de los mexicas.

—Mi nombre es Jaume Llops, natural de Valencia, mas llevo tanto


tiempo en Gomera que ya es como si fuera de allí— logró explicar,
conmocionado. —Dícenme Bermejo por la color de mis barbas... ¿Quiénes
son vuesas mercedes?

El segoviano refirió parcamente sus pasos, mencionando


Tenochtitlan y el origen de Cuitlachnehnemini sólo de pasada. Todavía no
sabía a qué atenerse y, como bien enseñaba el proverbio árabe, «el hombre es
amo de lo que calla, y esclavo de lo que dice». Bermejo rebuscó en un fardo
que en algún momento había sido un morral, y extrajo un pliego doblado en
varias piezas que entregó a Escobedo.

—Aqueste es el famoso mensaje del vuestro Almirante Colón, que


hallelo en una barrica flotando al norte de Gomera, durante un viaje. Milagro
fue que la tal barrica no se hundiera con mensaje y todo.

271
Tras desdoblar el casi deshecho pergamino, el escribano reconoció la
letra de su capitán. Sin duda aquella escritura tenía mucho de testamento, y
algo de lo que leyó le advirtió que jamás volvería a ver a aquel hombre.
Probablemente esa tempestad que describía velozmente en sus líneas se había
cobrado su vida y la de sus antiguos compañeros. Alzó la vista del mensaje,
mientras su cabeza pensaba tan rápido como podía. Si aquellos marinos
afirmaban que nadie había tenido nuevas del regreso de Colón,
probablemente fuese cierto que se había perdido en la tormenta. Lo cual
quería decir que en Europa nadie conocía aún la existencia de aquellas tierras
occidentales. Nadie, excepto ellos y aquellos cinco sobrevivientes, que habían
partido en secreto por evitar competencias y que, con tal precaución, se
habían condenado al olvido. Lo único que se le ocurría ante el calamitoso
estado de aquellos infelices era llevarlos con él a Tenochtitlan.

—Me temo que no podréis volver a los vuestros hogares, señores


míos— comunicó Escobedo, devolviendo el pliego. —No hay forma de
reparar las vuestras carabelas, ni podréis tornar en un bote.

—Aqueso sabémoslo ya, señor Escobedo— repuso Bermejo. —¿Do


están vuestros compañeros?

—En la tierra firme del oeste, a tres meses de navegación en barca.—


El hombre optó por cambiar rápidamente de tema. —Decidme, maese
Bermejo: ¿alguno de vosotros está enfermo?

—Enfermos de hambre y debilidad estamos, señor, mas no habemos


habido señales de peste ni viruelas, que ésas se llevaron al otro mundo a los
nuestros amigos.

—Bien está. Vendréis conmigo, pues— anunció el segoviano. Luego


informó de su decisión al mexica, aclarándole que ninguno de ellos

272
presentaba rastros de enfermedad y que allí no podrían dejarlos sin
condenarlos a una muerte segura por inanición. El pochtecatl no estaba muy
convencido, mas las razones argumentadas por su amigo eran sólidas y no
tuvo más remedio que aceptarlas. Los náufragos demostraban una alegría que
rayaba en la locura. Balmaceda, en un aparte, aconsejó a Escobedo que mejor
pusiera a aquellos hombres bajo sus órdenes si no quería tener altercados
futuros, pues parecían «madrigados y redomados». El segoviano aceptó con
gusto la recomendación.

—Y otra cosa, señores. Quedáis bajo mis cuidados, mas también bajo
mis órdenes. Aqueste es un mundo nuevo que no conoscéis, ansí que os
conviene seguir mis indicaciones si deseades continuar con vida.— Los
hombres asintieron. Balmaceda les preguntó si llevaban con ellos armas,
municiones, herramientas u otros elementos que pudieran serles útiles.

—Con nosotros sólo habemos ropas. Todo lo demás está en aquel


otro chozo, señor Balmaceda— señaló uno de los marineros. El andaluz se
dirigió a revisar el lugar indicado, y grande fue su sorpresa cuando encontró
una culebrina, tres arcabuces y un buen número de espadas, cuchillos, hachas,
sierras, mazos y garfios. Había, además, toneles y cajas de bastimentos vacías
y algunos baúles con rescates. Pero ni señales de pólvora.

—¿Habéis salvado algún chinchorro de desembarco?— gritó. La


respuesta fue afirmativa: habían salvado dos. Escobedo les preguntó si tenían
provisiones de algún tipo, pero sólo les quedaba bizcocho y algo de vino.
También estaba interesado en saber si tenían en su poder cuadrante,
sextante, brújula, cartas de navegación, papel, tinta o elementos por el estilo.
Y encontró que, en efecto, algunos de esos bienes había.

273
Decidieron que los cinco sobrevivientes viajarían al arrastre en uno de
los botes de desembarco, junto con dos barricas de agua y el resto de comida.
Iban tan cargados de piojos y pulgas que ninguno quería tenerlos cerca. Las
demás posesiones —en especial todo lo que tuviera hierro— serían
acomodadas en el otro. Balmaceda se había acercado a los esqueletos de las
carabelas y estaba registrando concienzudamente las estructuras para hacerse
con cosas que le fueran útiles: cuerdas, sogas, paños de vela, clavos de hierro,
remaches... Despacio repartió todo aquel botín entre su barcaza y el
chinchorro de carga. Acordaron partir al alba siguiente, si el viento ayudaba,
por lo que armaron un campamento en la propia playa, apartados de la línea
de marea —dibujada por restos de algas secas— y alrededor de un buen
fuego.

—«Garajonay» y «Madre de Dios». Assí se llamaban las mis


carabelas— se lamentaba Bermejo espiando de vez en cuando sus siluetas,
que la luz del crepúsculo teñía de ocres y naranjas. —Verge santísima! Agora
parecen fantasmas, mas eran dos navecillas bien marineras.

—Aclaradme algo, maese Bermejo— pidió Escobedo. —Disteis con el


tonelillo y el mensaje del Almirante en alta mar, lo leísteis y decidisteis venir
en busca de aquestas nuevas tierras. Y por no despertar sospechas
mantuvisteis todo el negocio en silencio, salvo con la vuestra tripulación, ¿no
es ansí?

El interpelado asintió en silencio.

—O sea: que nadie más sabe que estamos aquí, excepto nosotros.

274
—¡Desdichado de mí! Colgadme del aparejo si queréis, don Rodrigo...
¿Que esperabais que hiciese? ¿Acaso no sabéis lo dura que es la vida de los
marinos, y la competencia que han entrellos, que muchos matarían por saber
nuevas rutas, y harto más si conducen a las Indias?— se lamentó Bermejo. —
Desde que el vuestro capitán no fue tornado de la su sonada expedición, la
ruta del oeste fue abandonada. Todos decían: «Ya lo dije yo, que locura
grande es tentar esa ruta». Mas yo había entre manos la prueba de que en
verdad podía recorrerse. ¿Que me pedís que hiciera?

—¿Y la tripulación? ¿Ninguno contó su destino a su familia?

—Ninguno tenía familia, don Rodrigo, que era aquesa condición para
embarcarse. Estos dos de aquí son antiguos esclavos guanches liberados, y
ellos dos, convictos de la Andalucía por los que nadie daría un ochavo en sus
tierras y que desde hacía años vivían en Gomera por buscarse un vivir. Y ansí
eran todos, que el que más el que menos nada tenía que perder y todo podía
arriesgar en aqueste viaje. Fue por eso, creo yo, que vinieron con nos tantos
apestados.

La mirada que Balmaceda le echó al escribano hablaba por sí sola.

—Nadie contó nada, pues...— concluyó el segoviano.

—Nada, que ansí pedilo yo a cada uno de los hombres. Mas, aunque
hubieran contado algo, ¿pensáis que alguien hubiérales creído? Per l'amor de
Déu! Por locos e idiotas rematados los hubiesen tenido. Ni ellos mesmos
estaban ciertos de lo que hacían, y sabe Dios que en embarrancando en
aquesta costa más de uno quiso matarme por habello traído a las puertas del
infierno.

«Pues sí que estamos bien» apostilló Escobedo. Balmaceda suspiró


ruidosamente y aceptó un «cañuto de humo» —como había dado en

275
llamarlo— que le ofreció Cuitlachnehnemini. El pochtecatl ya disfrutaba del
suyo, acabado de encender. Los náufragos los miraban asombrados.

—Haceos al hábito, señores míos, que muchas y muy extrañas cosas


veredes de agora en más— les avisó el ch’eel entre el humo del tabaco. —Y no
será sólo eso: haced acopio de valor, que hartos peligros y aventuras podréis
vivir.— Dicho eso, se tendió en la arena, mirando las estrellas y canturreando
algo en itzá. El mexica hizo lo propio, usando su capa de almohada. Y
recostándose al lado de su tocayo, Escobedo recomendó a los demás que
intentaran descansar, pues les quedaba mucho camino por delante.

—¿«Hartos peligros y aventuras podréis vivir...»?— lo imitó,


bromista, en un siseo.

—Creedme, don Rodrigo: a los castellanos los prefiero asustados


como conejos en redil, antes que envalentonados.

El escribano sonrió y, enrollándose con su propia capa, trató de


dormirse.

Pero no podría hacerlo hasta bien entrada la madrugada. Su


ozomahtli no tenía sueño. Por el contrario, tenía unas enormes ganas de
incordiar.

Tuvieron que esperar al cuatro de enero para tener vientos favorables


que les permitieran partir. La barcaza y los dos pequeños chinchorros
pusieron entonces rumbo a poniente. Balmaceda deseaba deshacerse cuanto
antes de aquella «carga», así que intentó demorar la navegación lo menos
posible. En el plazo de dos semanas estaban nuevamente en Kosom Lu’umil,

276
sin mayores percances que las jugarretas del «mico de los demonios», las
clases de escritura —a las que se había sumado Cuitlachnehnemini— y las
continuas «Salves» y «Ave Marías» que rezaban los del botecito.

—¿Es que no saben otra cosa que rezos y oraciones, esos


condenados?— se exasperaba el muchacho andaluz.

—¿Y qué queréis que hagan? ¿Cantar romancillos?

—Hombre, al menos nos alegrarían el camino...

Se detuvieron una sola noche en la aldea itzá, tiempo suficiente para


que el ch’eel discutiera con su «familia adoptiva» sus planes para el futuro
inmediato y pusiera a buen recaudo sus bienes. A ese respecto, tuvo una
fuerte riña con los «rescatados». El capitán Bermejo argüía que esos hierros,
lonas, armas y sogas le pertenecían.

—Consideradlo el pago por los costes del viaje— se limitó a


responder Rodrigo, que estaba tentado de devolverlos a Cuba y olvidarlos
allí. Escobedo puso paz, aunque no dejó de señalarle al andaluz que esos
bienes eran, en efecto, de ellos.

—Más útiles me serán a mí aquí que a ellos en tierras mexicas, don


Rodrigo. Y de no haberlos recogido yo de do eran tirados, allí hubiéranse
quedado.

—Ya, cierto es, mas de ellos siguen siendo...

—¿Sabéis qué? Razón habedes, amigo mío— le dijo. —Y como yo


nada os debo a ninguno, aquí me quedo, en la mi casa y con los míos. Llegad
vos a Zempala como bien pudiéredes, a ver si la caridad y la buena voluntad
que os hinchan sirven para mantener a flote a aquesos condenados
chinchorros hasta allá.

277
La cuestión estaba zanjada: los bienes tenían nuevo dueño. Al alba
zarparon rumbo a Xicalanco, la que sería su primera etapa. Desde allí,
navegarían por rumbos que Balmaceda desconocía, aunque sabía que debería
limitarse a seguir la costa hasta llegar a Cempohuallan.

El viaje tomó semanas y fue bastante monótono. El ch’eel practicaba


sus destrezas alfabéticas, el escribano revisaba sus apuntes y mediciones para
confeccionar una carta de esas regiones a su llegada a Tenochtitlan
ayudándose con los mapas chontalli, y el mexica concebía nuevos negocios.
Por su parte, los cinco del chinchorro amanecían cada día más apocados y
apagados. Pero todos supusieron que se trataba de agotamiento y no dudaron
que, una vez en tierra y sometidos a buenos cuidados, se recuperarían pronto.

—¿Recordáis cómo asábamos pescados en las nuestras rodelas?—


preguntó una tarde Escobedo a Balmaceda, al calor de una brasas, en una
sección de costa del norte de Yucatán.

—Por mi fe que no... ¿Do fue aqueso?

—Pues si no me engaño, por aquí mesmo.

—Ya no viajaba yo con vosotros, mi amigo.

—Ah... Cierto es... Pero recordaréis cómo asomábamos el trasero por


la borda en el norte de Cuba, y las competencias que había entre los de
Lequeitio por ver cual zurullo hacía más ruido al caer al agua, ¿o no?

Balmaceda se desternillaba.

—Pues sí... Divertida gente, esos vascuences.

—Decidme, amigo... ¿De verdad no os apetece volver con los


vuestros?

278
—Sí, don Rodrigo. Cuanto antes regrese a Kosom Lu’umil, mejor. Ya
echo en falta a Ix Xíiw.

—Me refiero a los castellanos.

—No, señor escribano. Ésos ya no son los míos. Bien graciosos son
para un rato de chanzas y para rememorar glorias y desventuras pasadas, mas
no para otra cosa. Dejadme agora que os haga yo la mesma pregunta. ¿Os
apetece a vos volver con los vuestros?

Escobedo se quedó pensativo un rato.

—Pues el punto es que no, mas hasta agora he pensado que este
sentimiento mío de renegar de la mi gente es cosa que va contra natura.

—¿Entonces os sentís mejor entre los naturales de aquestas tierras que


entre vuestros camaradas de aventuras?

—Ansí es, sí... Sólo que no acierto a explicar por qué, o a decidir si es
algo que está bien o está mal.

—Habedes remordimientos.

—Algo ansí, sí.

—Pues dejaos de pamplinas, mi señor Escobedo, y haced de vuestra


vida lo que mejor os plazca, y al diablo con el resto.

—Quizás lo haga, que hallo en aquesta gente bastante más...


limpieza... o sencillez que en tierras nuestras.

—Sé de lo que habláis. Aunque no es oro todo lo que reluce, y hartas


desdichas, vilezas y sinjusticias he trubado aquí también, como en Castilla.
Mas me siento mejor entre los itzáes que entre castellanos, y tampoco sabría
decir por qué.

279
Llegaron a Xicalanco hacia finales de marzo. Los náufragos de Cuba
iban cada vez peor. Cuitlachnehnemini, preocupado, hizo notar varias veces a
Escobedo que podían estar enfermos. El segoviano lo achacaba a la debilidad
e insistía en que se pondrían como nuevos después de un par de semanas
comiendo decentemente en Tenochtitlan. El mercader, no sin cierta
inquietud, había aceptado esas razones, pero no dejaba de vigilar a los
españoles.

Para ese entonces, Balmaceda ya escribía con bastante soltura, lo cual


no dejaba de llenarlo de una especie de orgullo mezclado con satisfacción y
alegría. Tenía demasiadas cosas que contar. A ellas se dedicaría tan pronto
retornara a su casa.

El 18 de abril navegaban rumbo norte, aprovechando un viento que


parecía enviado por el mismo Quetzalcoatl-Ehecatl. Los trapos, totalmente
henchidos, parecían felices y hubieran sonreído de poder hacerlo. Al girar un
promontorio desembocaron en una amplia bahía. Al fondo se elevaban las
pirámides albas de Cempohuallan, que Escobedo reconoció al punto. Pero
apenas si se fijaron en eso: entre ellos y la villa totonaca, sobre el mar, se
presentaba el verdadero espectáculo, el que los dejó sin habla, el que les cortó
la respiración.

Una decena de carabelas de maderas ennegrecidas, de proas y popas


talladas, altas bordas y paños de algodón por velas, cabeceaban plácidamente
cerca de la costa.

280
XVII
Castilla, 1521

Los pellexos pintados, la sangre e demás restos que


se pusieron a la vista de las gentes de la cibdad de Sevilla
como muestra del sacrifiscio a Huitzilopochtli, fuerte temor
probocaron. Mas también algarabía grande, que los
sevillanos no querían aceptar aquese destino para sus nobles
e personages principales, e pensando en eso resolvieron
alçarse en armas.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo IV.

Tepehuahtzin se paseaba por la Sala de la Media Naranja,


recorriéndola de punta a punta. Era 12 de julio y fuera de aquellas paredes, en
los callejones y plazuelas, comenzaba la revuelta popular.

Resultaba paradójico que desde ese mismo salón desde el cual debería
tomar medidas contra el alzamiento, los sevillanos hubieran organizado sus
ataques contra él hasta hacía unos días. Pero así había sido siempre la
historia: un viento que movía locamente la veleta de los hombres. ¿O era al
revés? Fuese cual fuese el motivo, lo cierto era que las circunstancias
mudaban irremediablemente con el tiempo, y con ellas la situación de sus

281
protagonistas: el que ayer había sido un héroe, hoy era decapitado por
traidor; el que antes había sido poderoso caía en desgracia y pobreza; las
fortalezas musulmanas pasaban a manos cristianas y, por fin, al control de los
mexicas.

Sería una mera coincidencia, pero los sucesos que condujeron a los
disturbios que tenían lugar fuera del Alcázar estaban relacionados
precisamente con poderosos que caían en desgracia. El tlacochcalcatl, que
poco tiempo antes había actuado como el instigador de tales
acontecimientos, ocupaba ahora un lugar privilegiado como mero
observador. Ante sus ojos veía desfilar una secuencia mágica de imágenes
desvaídas, que parecían reflejar algo ocurrido hacía milenios en vez de horas.

Una recepción tensa, en la cual el líder mexica conoció a los nobles de


la ciudad, aquéllos a quienes pertenecía, literalmente, todo aquel territorio.
Muchos que se retiraron, otros que se quedaron invitados a una cena más
tensa aún. Y entonces, las condiciones de Tepehuahtzin. Las Duquesas de
Medina-Sidonia firmando ante un escribano amenazado de muerte el
documento a través del cual, para salvar sus propias vidas, cedían sus
posesiones y cargos al general de la Serpiente Emplumada. El resto de las
casas nobiliarias, retenidas allí con la excusa del banquete, imitándolas.
Inmediatamente después los guardias prendiéndolos y sujetando las manos y
los pies de aquellos desdichados con fuertes sogas. La Duquesa más joven
proclamando a los gritos su hidalguía, sus raíces lejanas procedentes de un
rey, sus relaciones, su poder... «Soy Ana de Aragón y de Gurrea» chilló, «hija
del Arzobispo de Zaragoza, nieta de Fernando el Católico». Y luego, tras

282
comprobar que todo aquello no valía sino para amedrentar e imponer respeto
a los suyos, su llanto implorando clemencia, perdida entera su anterior
dignidad. La celebración de la victoria ante aquel templo cristiano, en cuyas
gradas se colocó la piedra de sacrificios y la estatua de madera de
Huitzilopochtli, traída desde Tenochtitlan a bordo de la «Ayahuicoatl». El
cuchillo de pedernal del sacerdote extrayendo «las tunas del águila»; las
manos ofreciendo ese alimento sagrado a los dioses; el «agua preciosa»
corriendo por los peldaños y los viejos adoquines de Sevilla. Los tambores, las
bocinas y las flautas resonando mientras las pieles eran arrebatadas de los
cuerpos caídos y colocadas en cruces, como homenaje a las deidades y como
advertencia a los habitantes de aquella ciudad. A continuación los truenos y
la lluvia —caricia de Tlaloc a sus hijos— que lavó todo, todo, todo...

¿Se excedió Tepehuahtzin al dar aquel paso? ¿Se equivocó? ¿Debería


pagar muy cara su actuación? Intentando hallar respuestas a sus propias
preguntas lo encontró Machimaleh cuando entró en el recinto para
comunicarle que el levantamiento había comenzado, y que estaba localizado
en núcleos donde se habían dado cita hombres toscamente armados. El
tlacochcalcatl pensó que aquel intento de oposición era inútil: la mayor parte
de las armas y las caballerías de la ciudad las tenían consigo en la fortaleza.
¿Los atacarían con herramientas, con piedras, con cuchillos de cocina? Quizás
así fuera... No había que confiarse jamás, y mucho menos hacerlo en la
superioridad propia. Eso se lo había enseñado su mentor, Rodrigo de
Escobedo, hacía muchos años en Tenochtitlan: hasta los mayores imperios
podían ser derrotados y aniquilados por huestes reducidas que supieran

283
aprovechar sus fortalezas y valerse de las debilidades contrarias. Así se lo
había dicho: lo recordaba bien. Y él no pensaba dejarse sorprender por una
«hueste» ni perder la posición que tanto esfuerzo y sacrificio le había
costado ganar.

¿Qué hacer? ¿Cómo actuar? Si mostraba misericordia o inclinación al


diálogo, quizás ganara vasallos fieles y pudiera llegar a acuerdos. Pero, tal y
como estaban de enardecidos los ánimos, aquel paso hubiera sido una inútil
muestra de debilidad. Sangre había encendido la revuelta, y sangre debía
apagarla.

—Macamo xiquimicnoittacan...71— sentenció. Machimaleh asintió y


despachó emisarios. Tepehuahtzin mandó llamar entonces a los escribas para
continuar redactando las crónicas de aquella conquista. Deseaba enviar una
copia detallada de lo ya acaecido en los barcos que pronto zarparían hacia su
ciudad natal, su hogar, la villa de los templos sobre las aguas del Texcoco.

Gonçalvez había conseguido algo de comida —pagando un precio


ridículamente alto por ella— en una taberna cercana a la Plaza de la Alfalfa.
Las provisiones escaseaban en Sevilla, y los comerciantes, buenos
especuladores, no abrían ni sus arcas ni sus almacenes, éstos últimos lugares
de acopio de bastimentos y vituallas.

—Come, mulher, que pouco mais podemos fazer sinon manter-nos


vivos— animó a Lucía, mientras colocaba una hogaza de pan y unos

71
En náhuatl, «No les mostréis misericordia».

284
embutidos cocidos sobre la mesa. La muchacha se había abandonado a su
suerte. Nada le importaba, y parecía decidida a dejarse morir.

En la taberna en donde había comprado los alimentos, el portugués


escuchó las charlas de algunos parroquianos. Se enteró así de la noticia del
macabro sacrificio de los nobles más prestigiosos y ricos, algo de lo que, en su
fuero interno, se alegró. Y también supo de la revuelta que estaba en marcha.
Cavilando en su camino de vuelta, decidió que sería prudente guarecerse en
la Mancebía y no salir de allí mientras todas aquellas correntadas de
descontento no amainaran. Probablemente los que pretendían hacer frente a
los invasores terminarían sus días como esos nobles de los que hablaban: con
sus cueros expuestos al escarnio en algún sitio público.

Esas nuevas le contaba el hombre a su «anfitriona», que las digería


con el mismo hastío que la comida y sin mostrar emoción alguna. Hasta que
manifestó su conformidad con el hecho de que los nobles hubieran recibido
su merecido. En ese instante la mujer pareció volver de algún lugar muy
lejano y, por primera vez en el tiempo que llevaba allí, le prestó atención.

—Debiérades haberos unidos a los que se alzaron a favor de las


Comunidades— opinó Lucía.

—Nada disso sé yo, que el meu negócio é navegar, e pásome mais


tempo no mar e nos portos que enterándome dos assuntos das cidades. Mas...
¿Comunidades, dices?

—Sí, en Castilla fue, un tiempo ha. Aquí, el hermano del Duque de


Arcos se alzó también, clamando liberarse del yugo del rey y gobernar la villa
por sí mesmos, como pedían los de Segovia, Ávila y Toledo.

—¡¿Un noble?! ¡¿Alzándose contra el rey?!

285
—Ya lo veis, que aquesto semejaba un mundo al revés... Mas aqueste
Arcos era un segundón buscapleitos, un mequetrefe bravucón, un noblecillo
maleducado y bueno para nada que sólo quería meterse en grescas para hacer
asomar la espada. En nada parecíase a los de las comunidades castellanas, que
aquellos se alzaban por libertad y aqueste por divertimento.

—¿Cómo sabedes vos todo isso?

—El fulano solía venir por aquí.

—Nobre é raça de marica e afeminado que non trabalha e vive de


outros... Viste-se e obra como rico, e non lhe importa a sorte dos pobres... Eu
conheço-os bem, casta maldita, os piores abutres dos céus de Portugal e
Castela...— despotricó el marino en su propia lengua.

—¿Y agora que ocurrirá?

—Agora Sevilla tiene nuevos señores, moza— respondió el portugués.


—Será a mesma merda, mas com diferente cheiro... E hasta que os sevilhanos
aceitem as novas regras, habremos revueltas todos os días.

—¿Y vos que haréis?

—Sair daquí em quanto possa.

La mujer bajó la vista y lanzó un suspiro.

—Come, Lucía— dijo entonces el lusitano —que non sabemos


quando habremos jantar outra vez...

286
La sublevación de Sevilla fue rápidamente apagada, y al día siguiente
—13 de julio, fecha funesta según las creencias tradicionales castellanas—
fueron ejecutados todos los hombres que habían tomado parte en ella, todos
los sospechosos de ser rebeldes, todos los amigos y parientes de los
sospechosos y culpables, y todos aquellos que fueron descubiertos en
posesión de algún elemento que pudiese ser usado como arma contra los
mexicas y sus aliados.

Fue una masacre. Aunque muchos fueron colgados de las murallas,


debido a que faltó cuerda para ejecutar tanta gente, otros tantos fueron
sumariamente decapitados y sus cabezas apiladas junto a las puertas de la
villa para escarmiento y lección de otros. Pero fueron contados los ojos que
vieron aquello, pues la población estaba prácticamente prisionera y pocos
osaban acercarse a las entradas.

Entre el 14 y el 15, los almacenes de los comerciantes que aún tenían


existencias fueron requisados por las tropas de la Serpiente Emplumada bajo
órdenes del nuevo gobernador Tepehuahtzin y del Capitán General,
convertido en uno más de los forzados títeres del mexica. Todas las
mercancías expropiadas fueron sacadas a la venta en tenderetes, puestos y
mercadillos. Se vendieron, además, todos los animales que estaban dentro de
la ciudad y los que pudieron ser capturados por los recién llegados en
arrabales y campos cercanos. Las ganancias fueron a parar, como era de
suponer, a las arcas de los nuevos dueños de la villa. La ciudad estaba muda:
de espanto, de dolor, de indignación, de impotencia, de rabia. No se
escuchaban sus pasos ni sus carreras ni sus tradicionales gritos. No se oía la
algarabía ni el zumbido laborioso que desplegaba cualquier población. Todo
era silencio, gestos hoscos, miradas gachas o esquivas. En bodegones y

287
tabernas, los hombres se emborrachaban para tratar de olvidar su suerte,
ahogando sus últimos dineros en el fondo de un vaso de vino. Y cuando
surgía alguna voz ebria de rebeldía, las demás la acallaban en seguida,
instándole a que se tragara las palabras si no quería amanecer «en alto
puesto», es decir, colgado de las almenas. Las mujeres apenas salían de sus
casas, ocupadas como estaban en atender a los invasores. Aquéllos que tenían
campos extramuros se habían quedado sin tarea: la mayor parte habían sido
arrasados, y de momento eran pocos los permisos para salir del casco urbano.
Los artesanos volvían lentamente a sus labores, pero se preguntaban a quién
demonios ofrecerían sus productos. Los marinos y viajeros colmaban los
mesones intramuros, imposibilitados de subirse a un barco o de salir de la
villa.

Los caños de Carmona estaban siendo reconstruidos usando las


mismas piezas que fueran voladas en los primeros momentos del ataque a
Sevilla. Y la noche del 15 los restos de los ejecutados ardían en hogueras
descomunales en los antiguos muladares de extramuros, para frenar el
aumento de las enfermedades que podrían diezmar la villa. Las cabezas, sin
embargo, no fueron incineradas: ensartadas en largas varas obtenidas en las
Atarazanas, fueron desplegadas a modo de tzompantli a lo largo de la cara
exterior de las murallas, para recordar a todos los que se aproximaran a ellas
el castigo que habían recibido quienes se les opusieron.

El día 16 de julio, los pregoneros del «Cabildo» —un Cabildo que


jamás había sido precisamente «del pueblo» y que para entonces lo era
mucho menos— avisaron a todos los vecinos que debían reunirse en sus
respectivas parroquias para recibir instrucciones sobre cómo se desarrollarían
las cosas en el futuro. Allí se les informaría de que cada collación quedaría en
manos de un tlacateccatl extranjero, el cual intentaría por todos los medios

288
lograr que la vida de los sevillanos volviera a su antiguo cauce. Las distintas
compañías del ejército de la Serpiente Emplumada se ocuparían de ello: de
que no faltara comida, de que los labriegos pudieran labrar sus tierras, de que
los artesanos trabajaran y de que, poco a poco, los comerciantes retomaran
sus asuntos y los navegantes los suyos. Se organizaría, además, la repartición
de casas, y se forzaría a las viudas y solteras a unirse a guerreros extranjeros.

Aunque ya para aquel momento la mayoría de las mujeres habían sido


forzadas.

Como era de esperar, el descontento tras la comunicación de tales


medidas se generalizó. Había pocas opciones. Y la de huir presentaba varias
incógnitas. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Hacia dónde? ¿Hacia qué? Muchas mujeres,
sin alternativas posibles, aceptaron su destino con sumisión y docilidad.
Muchas otras prefirieron quitarse la vida, una vida que ya no tenía demasiado
sentido para ellas. Y unas cuantas aguantaron todo lo que vino
prometiéndose venganza por las demás y por los padres, maridos, hermanos e
hijos muertos. Una venganza que, por cierto, jamás conseguirían.

Aquel mismo día 16, las tropas comandadas por Antonio de Zúñiga,
Prior de San Juan, se concentraban en Córdoba. Los habitantes de la ciudad
estaban al tanto de los problemas de Sevilla, pero su Cabildo había decidido
no efectuar ningún movimiento hasta obtener datos dignos de crédito sobre
lo acontecido. Aún desconocían la identidad de los invasores y nada sabían de
sus intenciones inmediatas.

289
Córdoba, como muchas otras ciudades del reino de Castilla, estaba
rodeada de murallas y torres. Se situaba a la vera del Guadalquivir, allí donde
el río formaba un meandro cerrado. Su corazón era la medina musulmana, la
villa amurallada. A su alrededor se levantaban los arrabales, algunos de ellos
también protegidos por torreones y muros, constituyendo lo que
denominaban la ajerquia.

Tras cruzar el puente romano de tres ojos del arroyo Pedroches, el


ejército alzó el real a las afueras de la villa, mientras que sus dirigentes
hallaron alojamiento en una posada del casco cordobés. Don Pedro de
Guzmán buscó a su hermano para comunicarle su llegada, mientras el Prior y
sus colaboradores organizaban una reunión con los cabildantes para deliberar
sobre el apoyo de la ciudad a la defensa de Hispalis. Aquellos hombres
todavía no estaban enterados de que la toma de Sevilla era ya un hecho. Pero
no tardarían en llegarles los rumores de su caída en cuanto atravesaran la
puerta de la posada. La villa no podía ser defendida. Debía ser atacada. Al
menos si querían librarla del dominio del ejército de la Serpiente Emplumada.

En la habitación donde descansaba hasta el momento de la reunión,


los asistentes del Prior le anunciaron que un hombre solicitaba una audiencia.

—Que pase— respondió Zúñiga, mientras se hacía dar aguamanos


para refrescarse y decidía con qué ropas iba a asistir a la cita del Cabildo.
Ante él se cuadró un soldado de aspecto resuelto, con las ropas denunciando
un largo viaje y el rostro clamando a gritos por descanso. Traía como mozo o
escuderillo a un mozalbete con las mismas trazas que él. O peores.

—Alférez Gonzalo de Iriarte, excelencia, a vuestras órdenes— se


presentó el recién llegado.

290
XVIII
Cempohuallan, 1495

Una nube de velas blancas e trapos de algodón


desplegábanse al viento en la bahía de Zempoala, do los
castellanos habían construido naos e carabelas para el su
señor Ahuitzotl, gran orador o huei tlatoani de los mexicas
de Tenochtitlan. E era grande marabilla el poder ver todos
esos barcos allí flotando, con los sus maderos tallados e las
sus vergas.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo IV.

—¡Me cago en Cristo!— profirió Balmaceda, estupefacto.


Cuitlachnehnemini estuvo a punto de caerse por la borda, los ojos saliéndose
de las órbitas. La expresión de Escobedo no era muy distinta: con la boca
abierta de par en par, se había quedado alelado por la visión.

En la playa se levantaban talleres y se perfilaban baos, cuadernas,


mástiles y palos. Y entre unos roquedales cercanos emergían del agua tres
cascos que parecían hundidos. Había un verdadero ejército de hombres
trabajando allí, y otros tantos maniobrando en las embarcaciones.

291
—Ya os lo había dicho yo, don Rodrigo— dijo el ch’eel,
contemplando la ribera. —Dadle tiempo al Arana ése y os preparará una flota
como para derrotar a la veneciana.

El escribano asentía, riendo, y señalaba los barcos al pochtecatl. Éste


no lo podía creer. ¿Tanto habían avanzado ya? ¿Qué cosas podrían hacer esas
naves? ¿Hasta dónde podrían llegar? ¿Hasta dónde los podrían llevar? Todo
un espectro de posibilidades se abría en su cabeza de comerciante, y los
rumbos transitados en aquellos meses de viaje ya no le parecían ensoñaciones,
sino realidades al alcance de la mano.

—Don Rodrigo, yo os dejo aquí mesmo— dijo de pronto Balmaceda.


—No quiero tener ningún problema con vuestros compañeros, ni verme en el
trance de una riña.

—Por aqueso no os aflijáis, amigo mío, que yo respondo por vos.

—¿Ajá? ¿Y por vos, quién responde?

—El propio hueyi tlahtoani de Tenochtitlan. Vamos, avanzad un


trecho más y dejadnos allá. Podréis descansar y mañana al alba, si así lo
deseades, partiréis para vuestra isla con bastimentos y lo que hayáis menester.

— Sea...— aceptó Balmaceda de mala gana. Se acercaron lentamente


a la costa y encallaron la proa en una de las pocas secciones de arena libre que
lograron hallar. Al punto un hombre de piel blanca se les acercó corriendo,
seguido por varios guerreros mexicas.

—¿Don Rodrigo? ¿Sois vos?

Escobedo reconoció a Andrés de Huelva, sonriente como siempre,


vestido de punta en blanco, con un poblado bigote y varias pulseras de
chalchihuitl.

292
—Andresillo, zagal, sí que soy yo... Mas... ¡Madre de mi alma!
¡Miraos, pues! ¡Si os habéis hecho un hombre templado en menos de un año!

—Más de un año, don Rodrigo, que ya os dábamos por perdido y


muerto en el sur. Mas... ¿a quién traéis con vos? ¿No son aquellos españoles?

—Sí, son náufragos que hemos rescatado de las playas de Cuba con
ayuda de nuestro antiguo compañero Rodrigo Balmaceda. ¿Os acordáis de él?

Andrés torció el gesto.

—Sí, vaya si lo recuerdo. Y de seguro que también lo hará el


condenado Arana.

—¿Está él aquí?

—Sí, don Rodrigo, y os aconsejo que os mantengáis alejado de él, que


se ha vuelto hombre intratable, quisquilloso y con harto poder y codicia. Mas
decidme, ¿cómo os ha ido en vuestro viaje?

—A mí muy bien, que hartas cosas he visto y vivido. Y dime tú, mozo,
¿cómo habéis logrado armar aquestas naos?

—Esfuerzo nos ha costado, que las dos primeras, más pequeñas, las
probamos en el lago de Tezcoco y una dellas se fue a pique apenas tocó el
agua. Y aquellas que vedes allá entre las rocas son otras tres que aquí también
fallaron, más otras cinco que se hundieron en alta mar... Agora habemos
aquestas que se están aquí y otras quince que están navegando más al norte.

—Si paresce milagro y cosa de no creer... ¿Y de las armas, qué hay?

—Eso os lo referirá don Luis, que en Tenochtitlán se ha quedado.


Mas ya habemos pólvora y hierro, y allí se está trabajando con cañones,
falconetes y arcabuces, por hacellos mejores, que hartos problemas nos han
dado, y también algún herido.

293
—¿Alguno de los nuestros?

—No, todos nosotros estamos de maravillas, don Rodrigo, que no sé


yo si en el cielo haya un lugar como aqueste agora. Casas habemos, y tierras, y
hartos bienes. ¡Y mujeres!

—Hombre, lo que tú habías menester, Andresillo. Ansí que agora eres


dueño y señor de tu casa.

—Sí, pues, que...

La respuesta del grumete onubense se vio interrumpida por la voz de


Diego de Arana, que se aproximaba raudo con una cohorte de guerreros
mexicas a sus espaldas.

—Mas... ¿qué ven mis ojos? ¿Acaso es nuestro pintapapeles, que


tornado es?

—Don Diego... Sólo por haber el placer de oír una otra vez vuestra
armoniosa voz es que he vuelto, creedme— respondió el escribano con sorna.

—¡Alahé! ¿Y a quién habéis traído con vos?— Arana tardó en


reconocer a Balmaceda. —Pero si es el marrano traidor de...

Y uniendo el dicho al hecho, echó mano a su espada. Pero el andaluz


fue mucho más rápido. Con la suya también desenvainada detuvo el golpe y
con la otra mano le tiró un tajo de cuchillo a la cara que estuvo cerca de dejar
tuerto a Arana. Luego lo empujó hacia atrás, apartándolo de su lado.

—El cobarde de Diego de Arana, aún vivito y coleando— le escupió.


Escobedo se interpuso entre ambos hombres.

—Tocad al mozo y me ocuparé personalmente de que vuestra cabeza


adorne un tzompantli— le advirtió al cordobés. Éste rió.

294
—¿Quién os creéis que sois, maese Escobedo? ¿El consejero de
Ahuitzotl? Sabed que desde que os fuisteis, las cosas han cambiado mucho
por aquí.

—No necesito ser amigo de nadie para clavar vuestra testa en un


madero con mis propias manos, Arana— ladró el escribano. La saliva se le
había espesado, y a su sangre volvía la ira, la furia y la fuerza de sus años
mozos, cuando por menos de un «Jesús» desenvainaba la toledana. —No
tentéis la suerte.

—Vaya...— se carcajeó el cordobés, amenazando con la punta de su


hierro al segoviano. —¡Mirad esto! ¡El borrego resultó ser lobo! Hacedme
placer, chupatintas, y no me enseñéis los dientes si no sabéis usarlos. Echad
luego a esa alimaña de aquestas tierras si no queréis que lo haga rodar desde
lo alto del templo grande de Tenochtitlán.

Escobedo se cegó. Arrebató de un golpe el hierro de la mano derecha


de Balmaceda y lo cruzó con Arana. Aunque éste reaccionó a tiempo y con
gran agilidad, no fue lo suficientemente rápido: el escribano alzó el arma y
deslizó la punta por la cara del cordobés, que, esta vez sí, recibió un buen tajo.
Instintivamente el hombre se cubrió el rostro con la mano izquierda,
momento que fue aprovechado por Escobedo para bajar de un golpe el arma
de su adversario y colocar el filo de la suya en la garganta de Arana.

—Reíd agora— le espetó. —¡Reíd agora, os digo!

A su alrededor se había agrupado bastante gente, pero nadie


intervenía. Todos —incluidos los mexicas— sabían que no debían
entrometerse en un duelo, ocurriese lo que ocurriese.

—¿Vais a degollarme, don Rodrigo de Escobedo?— le animó Arana,


mordaz.

295
—No, bastardo... Os dejaré con vida para que recordéis cómo un día
huisteis de una isla itzá por no enfrentaros con éste de aquí atrás, y cómo
hogaño un simple chupatintas estuvo a punto de cortaros el gaznate. Vivid
con eso y disfrutadlo, que las mierdas como vos no merecen otra cosa.

Cuitlachnehnemini bajó el arma de Escobedo y se lo llevó de allí,


mientras Arana, con los brazos abiertos, le gritaba: «¿Eso es todo lo que
sabéis hacer? ¿Eso es todo?». Balmaceda asió el brazo del segoviano, a la vez
que recuperaba su espada.

—Ha sido un gusto volver a veros, don Rodrigo— le saludó. —Ya


sabéis do trubarme. Agora parto. Ya os dije que no quiero problemas, y si me
estoy aquí un minuto más terminaré matando a ese hideputa.

—Id con Dios, Rodrigo, y gracias por la vuestra ayuda— se despidió


Escobedo. El pochtecatl llevó aparte a Balmaceda y le entregó varias sartas de
valiosísimas cuentas de chalchihuitl. El andaluz agradeció el presente pero no
quiso aceptarlo. El mercader insistió y en su precario castellano le indicó que
lo necesitaría en el futuro, pues dentro de diez lunas lo estaría esperando en
Xicalanco para comerciar. Rodrigo asintió y se alejó al trote hacia su barcaza
sin cruzar palabra alguna con los cinco náufragos, que bajaban del chinchorro
cargados con sus hatos llenos de ropas viejas y daban gracias al cielo por su
feliz llegada a tierra firme y a manos amigas.

El ch’eel comenzó a empujar su barco para desencallarlo, y fue


entonces cuando Arana se libró del grupo que lo sujetaba y fue tras él.

—¿Os vais sin despediros, traidor? ¿Assí os vais?

Balmaceda ya estaba sobre su barca, orientando los paños para salir


de la bahía. Desde allí le desafió a voces:

296
—¡Volveremos a vernos, maese Arana! ¡Y la próxima vez será la
última!

Cuando por fin abandonaba aquella bahía con rumbo sur, con la
sangre repicándole en las sienes y la rabia atragantada, sintió el andaluz un
chillido entre las velas. Desde allá arriba bajó corriendo el ozomahtli.

—¡Santos del cielo! ¡El que me faltaba...!— gimió Rodrigo. El mono


se le subió al hombro y empezó a espulgarse tranquilamente.

297
XIX
Castilla, 1521

E los vezinos e abitantes de las riberas del río


Guadalquivir vieron passar una otra vez las embarcaciones
con la Serpiente Emplumada como insignia. E asombro
grande causábales el contemplar su tamaño e su figura, que
susto llevaban en el cuerpo de solo ver sus siluetas e las
sierpes de maderas que llevaban asomando por las proas,
con sus colmillos por fuera.

Crónicas de la Serpiente Emplumada, tomo IV.

Caminaban los de Medina-Sidonia por el puente romano que cruzaba


el Guadalquivir en los sotos de la Albolafia. De las aguas marrones surgían, en
aquel sitio, una infinidad de barras e islotes cubiertos por el plumaje blanco,
los picos negros y las miradas amarillas de las garcetas. El río movía allí varios
molinos —el de San Antonio, el de Enmedio, el de Téllez, el propio de la
Albolafia— cuyos chirriantes ejes de madera seguramente llevaban girando y
gimiendo desde el tiempo de los romanos o de los almohades. Don Juan
Alonso de Guzmán, ya repuesto de esa repentina «enfermedad» que le había
impedido dirigirse a Toledo al frente de sus hombres, oteaba la corriente

298
mansa con indiferencia, la misma con la que escuchaba las ideas y propuestas
de su hermano menor. Éste hablaba sin cesar de las nuevas que habían tenido,
de los hombres que habían levado en su camino desde Toledo, de los planes
del Prior para salvar Sevilla...

—Teneos, hermano, y dejad las vuestras razones a un lado, que


apasionadas son, sí, mas también propias de persona tan joven y sin
experiencia como sois vos— profirió de pronto el mayor de los Guzmanes,
tras un largo rato sin decir palabra. Don Pedro lo miró extrañado, casi
afrentado.

—¿Qué queréis decir?

—Vaya al diablo Sevilla y todo lo que en ella viva y muera, que a mí


no se me da un clavo su suerte— exclamó el otro. —Que los dominios de la
nuestra casa son los más grandes de Castilla, y no habemos menester de
arriesgar la vida por salvar a nadie ni a nada.

El muchacho parecía confundido.

—Mas... ¿qué decís? ¿Teméis arriesgar la vida? Señor, parescéis no


recordar que en aquesa villa habéis mujer, madre, casa, amigos y vasallos.

—Mujer, amigos y vasallos por conveniencia, y madre anciana, zagal.


¿Y casa? Cientos he, desde Sanlúcar a Medina-Sidonia y desde Sevilla hasta
Niebla. Mas vida he una sola, y no pienso ponerla bajo el cuchillo de nadie.

Aquella respuesta despejó de inmediato las dudas del otro.

—Es por eso que os «enfermasteis» en yendo a Toledo, ¿verdad?—


Don Juan Alonso de Guzmán no se inmutó. Continuó allí, sin despegar los
ojos de las aves que pescaban entre los carrizos de los islotes. —Enfermo de
cobardía.

299
El hombre se giró rápidamente y le cruzó la cara al joven de un revés.
Acto seguido lo asió por el collar del jubón.

—No porque seas mi hermano y noble te he de aguantar sandeces o


bellaquerías, ¿me oyes?— le aclaró, zamarreándolo con violencia. Luego lo
soltó y le apuntó a la cara con el índice. —Ten quieta la lengua, que muy
mozo eres para andar hablando de lo que no sabes. Que el rey solucione sus
asuntos y no me desampare, y si alguien tiene que morir por la su causa, que
sean los pecheros, que nada arriesgan. A mí se me da un ochavo que los
toledanos se rebelen, que yo ni gano ni pierdo con eso. Que mientras en
aquestas tierras me respeten, ningún problema me ha de venir encima.

El muchacho se restregaba la cara y se miraba la mano, pintada con


un imperceptible rastro de sangre. No podía creer lo que estaba oyendo.

—Y si Sevilla cae en manos de extranjeros, ¡que caiga y que se salve el


que pueda!— continuó el mayor. —Mientras siga yo vivo, todo lo demás no
me interesa.

—¡Maldita sea tu casta, que por desgracia es la mía! ¡Mal cancre te


coma, y pierdas todo lo que has, y te quedes como perro sarnoso en la calle!—
gritó Pedro, separándose de su hermano. —¡Maldito seas, traidor de los
demonios! ¡Así te lleguen los malos años, a ver do estarán las tus riquezas
para salvarte!

Corrió por el puente hacia la antigua y gastada puerta que se abría en


aquella parte de las murallas cordobesas, y se perdió de vista. Juan Alonso de
Guzmán se quedó allí, oyendo el ruido de la corriente al chocar contra las
piedras, y observando una vez más los molinos harineros, las garcillas y
moritos, las copas de los sauces y la Torre de la Calahorra. Pensaba en lo
estúpido que eran los puntos de honra y las hidalguías cuando el asunto, todo

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el maldito asunto, era mucho más sencillo: vivir para ver, vivir para tener,
vivir para disfrutar. Pero, sobre todo, vivir.

—Sí, alférez, oímos algunos rumores del ataque a Cádiz en cruzando


la sierra. Parésceme que las nuevas se mueven en aquesta bendita tierra más
veloces que langostas. Mas, por lo que me contáis, las fuerzas que agora se
están en Sevilla son muy superiores a las nuestras.

—No lo sé, excelencia, que todo aquesto es confuso y sólo por


rumores y noticias vagas nos movemos. Y ya sabe vuestra merced que cuando
los tales rumores viajan de boca en boca, cada lengua los agranda a su gusto,
que nunca sabe uno cuánto hay de verdad en ellos y cuánto de mentira.

—Mas vos y vuestros hombres fuisteis testigos del ataque a Cádiz. Al


menos ya sabemos a cuántos soldados nos trubaremos de seguro en Sevilla.
Los que hayan subido por el río con los barcos pueden ser menos, o ser sólo
naos y carabelas y nada más.

Iriarte se encogió de hombros.

—¿Los que vienen con vos son todos los hombres que habéis? ¿No
llegarán refuerzos?— preguntó. El otro negó con la cabeza y terminó de
secarse las manos. —Poco se podrá hacer, pues.

—Avanzaremos hasta los arrabales de Sevilla por oriente, por estudiar


la situación. Entonces sabremos qué conviene hacer, alférez— respondió
Zúñiga, mostrándose ofendido ante el atrevimiento de un subordinado que
pretendía decirle lo que era factible y lo que no.

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Gonzalo de Iriarte realizó una venia, musitando un «quedo a vuestras
órdenes» y, haciéndole una seña a Hernán, salió de allí. Un puñado de sus
hombres más leales lo esperaba a la puerta del mesón.

—Confiésense vuesas mercedes en la iglesia de Santa Marina, o do


más les plazca, que a la muerte nos lleva este hideputa, si se confirman los
rumores que corren sobre la rendición de Sevilla.— Los hombres se miraron
entre ellos, incómodos. Iriarte escupió al suelo y se quedó un rato masticando
su impotencia. —No tiene más hombres que los que habedes visto, y con ellos
piensa reconquistar la ciudad y tomarla de manos de los que arrasaron Cádiz,
por coronarse de laureles y llenarse de gloria eterna.

—¿No vienen más tropas?— se alarmaron algunos.

—No, señores, somos los que somos, y ansí sin más iremos a dar
batalla.— Varios de aquellos soldados gaditanos resoplaron. Una cosa era la
disciplina y otra bien distinta el suicidio. —Quedáis libres de vuestras
obligaciones para conmigo, amigos míos. Decidlo ansí a los vuesos
compañeros. El que lo desee, que se una a las huestes del señor Prior. El que
no quiera perder la vida tontamente, mas aún quiera vengar la suerte de los
nuestros compañeros del puerto, hará cosa inteligente si cabalga a Toledo y
espera allí la llegada de las fuerzas de Navarra.

—¿Y qué hará vuestra merced?— quiso saber uno de los soldados.

—Ir a Sevilla con aqueste cabrón. He menester de saldar una promesa


pendiente.— El hombre quedó en silencio unos momentos. —Si alguno va a
Toledo, que me lo haga saber, que he de dalle un par de recados.— Uno de los
hombres alzó la mano y comunicó que allí se dirigiría, pues tenía allegados en
la villa. Iriarte lo llevó aparte y le pidió que se hiciera cargo de Hernán. Le
encomendó que lo condujera a casa de una familia que él conocía, en donde

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de seguro cuidarían de él. Al menos como criado tendría un porvenir. Luego
se volvió hacia el muchacho.

—Hernán, irás con aqueste hombre a Toledo. Te dejará en una casa


do me conocen y do cuidarán de ti. Vete, pues, y nunca olvides todo lo que
has visto, todo lo que te he contado y todo lo que me has oído murmurar y
gruñir, que algún día podrás repetírselo tú a tus nietos, si los ves crecer.

El muchacho asintió, acongojado. Iriarte le revolvió los cabellos,


musitando un «Dios te proteja, zagal» que confiaba que se cumpliese.

«Ninguno de los tus nietos te creerá la historia que has visto, Hernán,
aunque jures por todos los santos del cielo» pensó Gonzalo para sí viéndolo
partir, cuando el mozo lo saludaba agitando la mano. Enrollado de su muñeca
todavía colgaba el rosario ennegrecido que rescatara hacía poco más de dos
semanas de las manos de su madre en una iglesia de Cádiz.

En el mismo momento en que tenía lugar aquella despedida, los


barcos de la serpiente con plumas empezaban a moverse por el Guadalquivir
con numerosas tropas sobre sus puentes y en sus bodegas. Llevaban con ellos
las armas traídas desde Tenochtitlan que no había hecho falta desembarcar,
así como los bastimentos que habían sobrevivido al viaje. Para aquella
expedición fueron elegidos los hombres que aseguraban estar en excelentes
condiciones, y se les asignaron las naves más resistentes y mejor armadas:
doscientas cincuenta naos, carabelas y urcas enormes, que exhibían con
orgullo su estandarte anguloso y colorido por encima de sus sombrías siluetas.

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Otras cinco naos zarparían para Tenochtitlan, transportando en sus
bodegas caballos, bueyes, armas y muchos de los bienes obtenidos durante los
saqueos a las distintas villas de Andalucía. En ellas, a buen recaudo, iría
también una copia de las crónicas de viaje y conquista que el tlacochcalcatl
había ido dictando cada día.

Casi medio centenar de barcos de la flota quedarían anclados en el


puerto, y veinte mil guerreros permanecerían en Sevilla y sus arrabales.
Tepehuahtzin había dado instrucciones a la armada que partía —comandada
por Machimaleh— de dirigirse corriente abajo para ir asegurando el
territorio hasta Sanlúcar. Esa ciudad no debería oponer resistencia si se
respetaban los títulos de traspaso de poder firmados ante escribano por su
señora, la Duquesa de Medina-Sidonia. Y, sobre todo, si recordaban las dos
anteriores visitas de los barcos mexicas a sus orillas.

La intención de Tepehuahtzin no era otra que descomprimir la


situación en Sevilla —había demasiados hombres y barcos en un mismo
lugar— y, a la vez, empezar a expandir y a asegurar sus dominios. Por otro
lado, necesitaba obtener suministros de forma urgente. Esperaba que las
urcas que enviaba aguas abajo retornaran a la brevedad con alimentos y
provisiones.

Una vez en Sanlúcar, los barcos debían poner rumbo a Cádiz para
tomar posesión de aquella ciudad. Desde allí, un par de carabelas regresarían
a Sevilla para informar de lo acontecido y el resto navegaría hacia el naciente,
penetrando en el Mediterráneo y reconociendo las costas hispanas.

Entre la tripulación de aquella armada se encontraba Enríquez de


Ribera. El Capitán General se convertía así en un rehén obligado a allanar el
camino de los invasores en los feudos de sus compatriotas. Su mujer, Inés

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Portocarrero y Cárdenas, de la Casa de Moguer, y su hijo Per Afán —un niño
de 12 años— permanecerían en Sevilla, en su residencia del Palacio de las
Dueñas, como prenda de «buena voluntad». La enseña de Enríquez —
bandas horizontales amarillas y verdes— sería presentada en todos los
puertos y villas con los que aquella flota entrase en contacto, para facilitar las
tratativas o, al menos, para retardar los conflictos.

El español sabía lo que le ocurriría a su familia si no cumplía con lo


que le ordenaban. El pellejo de su hermano, expuesto en una cruz ante la
Catedral sevillana, había sido demostración suficiente.

Las obras de reconstrucción del acueducto avanzaban, y en unos días


más se esperaba tener nuevamente agua limpia en todas las fuentes. Las del
puente también estaban en marcha, utilizándose para su reparación piedras
de las derruidas murallas, materiales de los arrabales incendiados y las más
avanzadas técnicas mexicas en el manejo de cursos de agua.

Tepehuahtzin mandó llamar a Gutiérrez de Madrid a la Sala de la


Media Naranja. El judío acudió pálido, temeroso y mudo. Su aspecto había
cambiado de manera notable. Incluso el tlacochcalcatl se daba cuenta de que
aquel hombre jamás volvería a ser el mismo. Pero, aún así, debía
aprovecharse de sus contactos y conocimientos.

—Convocad tres mensajeros. Tres que hayan familia y en cuyas casas


vivan mis hombres.— El judío inclinó la cabeza y salió del salón sin decir
nada. El mexica dictó una serie de mensajes a sus escribas. Para cuando
llegaron los tres elegidos, los textos estaban preparados.

—Llevaréis estos mensajes a Córdoba, a Jaén y a Granada. Se os darán


caballos, vituallas y dineros para el viaje. Si no tornáis en un tiempo prudente,
vuestras familias serán muertas. Si lo hacéis sin respuesta, vosotros os uniréis

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a la vuestra familia en el mesmo final. Partid agora.

La mañana del 18, las patrullas que nomadeaban al este de la villa


dieron aviso del avance de una tropa de unas cuatro mil almas. Tepehuahtzin
despachó a los comandantes de las cinco naos que iban a volver a
Tenochtitlan y de inmediato se puso a analizar aquella amenaza que acababa
de asomar a tan corta distancia.

19 de julio. Las huestes del Prior de San Juan y sus aliados se


acercaban a Sevilla. En su camino desde Écija habían logrado distinguir, en el
occidente, las difusas siluetas de arrabales y murallas. Y entre ellos y la ciudad,
un ejército inmenso que se extendía por campos y huertas.

A lo lejos sonaban bocinas y atabales. De pronto, decenas de


pabellones se alzaron y se desplegaron al viento en medio de una gritería
furibunda.

Y diez millares de manos alzaron sus armas al cielo.

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FIN
EL LIBRO
L GVERRERO
Nota del autor

Los retos a la hora de escribir la segunda parte de las «Crónicas de la


Serpiente Emplumada» no han disminuido en relación a la primera. Es más,
quizás hayan aumentado. Sin embargo, lejos de convertirse en una barrera,
las dificultades a superar se transformaron en un desafío digno de ser
afrontado.

Al incorporar al pueblo miskitu a mi historia descubrí que su lengua


actual está profundamente invadida por términos de origen inglés. Debido al
íntimo contacto que han tenido con colonos de esa nacionalidad, su idioma
posee multitud de palabras que derivan directamente de voces británicas. Por
ende, a la hora de redactar las frases en miskitu debí tomar la precaución de
revisar su etimología y origen, asegurándome de que todos los vocablos
fueran puramente miskitu y no tuvieran rastro alguno de influencias
europeas.

Redactar diálogos completos en castellano antiguo, usando giros y


formas de hace cinco siglos, tampoco fue sencillo. Por un lado, busqué
inspiración en los escritos de la época. El lector habituado a hojear esa
literatura encontrará seguramente palabras y frases procedentes de «La
Celestina» de Fernando de Rojas, de varias obras de Miguel de Cervantes y
Francisco de Quevedo (entre ellas la «Historia de la vida del Buscón») y del
inmortal «Lazarillo de Tormes». Sin embargo, una de mis fuentes más útiles

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y a la que debo mayor reconocimiento es un trabajo del peruano Ricardo
Palma, «Tradiciones peruanas», en donde recoge cantares, versos y formas
del decir del Perú colonial. Por otro lado, la tradición oral castellana actual
conserva muchos giros, expresiones y refranes que proceden de tiempos muy
antiguos. De ella también saqué inmenso provecho.

La elaboración de un plano exacto de Tenochtitlan antes de la llegada


hispana fue una tarea prácticamente imposible. Más allá de la famosa
maqueta exhibida en el Museo Nacional de Antropología de México, sólo
quedan de su geografía algunos relatos desarmados y ciertas referencias
aisladas sobre distintos edificios, templos y construcciones, especialmente en
las páginas de la «Historia General de las Cosas de Nueva España» de fray
Bernardino de Sahagún. En el caso de Sevilla, el trabajo fue mucho más
sencillo, aunque debí tener en cuenta que para 1521 la ciudad hispalense
contaba con edificios y estructuras construidas por o merced al
«descubrimiento» de América. Por tal motivo, tuve que investigar cada
rincón, cada calle y cada monumento mencionado para asegurarme de que
existía antes de 1492 o de que hubiera existido aunque América no hubiese
aparecido en los mapas.

Comidas, bebidas y prendas mexicas también representaron un


desafío, aunque esta vez por su extenuante diversidad. Me bastó consultar un
repertorio de la lengua náhuatl para encontrar centenares de términos
referidos a la ropa, definiendo vestidos, tocados y adornos con una
especificidad que pocas veces he encontrado en otro idioma. Los alimentos y
su forma de preparación y consumo también se desplegaron como un abanico
ante mis ojos, mareándome como lo hicieron con Rodrigo de Escobedo. Bien
dicen que el personaje es, en cierta forma, parte de su autor.

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Por último, la consulta cuidadosa de los anales de Sevilla me permitió
conocer a las personalidades políticas y económicas de la ciudad en 1521. La
historia real del converso Alonso Gutiérrez de Madrid es digna de una novela
por sí sola, así como la del hermano del Capitán General Enríquez de Ribera,
el Duque de Tarifa don Fadrique, que inauguró el primer Vía Crucis de la
ciudad tras volver de una expedición a Tierra Santa. Investigar la línea
sucesoria de Tenochtitlan y hallar a Tepehuahtzin y a Machimaleh insumió
un poco más de tiempo, así como realizar un mapa de las villas de los lagos
mexicas y relevar sus reyes, reinas y nobles. La mayor parte de los personajes
incluidos son reales, así como sus historias. Aunque la realidad supere con
creces a la ficción que planteo en esta saga.

Vaya mi agradecimiento a los personajes de esta narración, que me


siguen susurrando sus andanzas, y a todos los lectores que recorren estas
páginas, con la esperanza de que sigan haciéndolo hasta el final de la
aventura.

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