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¿Cómo puedo saber cuál es mi vocación?

El inmortal pontífice Pío XII, en su constitución apostólica Sedes sapientiae, del 31 de mayo de 1956,
puso fin a opiniones y disputas teológicas, al determinar con toda exactitud y precisión los dos ele-
mentos esenciales de toda vocación religiosa o sacerdotal: el llamado divino y la admisión o llamado
eclesiástico. He acá sus propias palabras:
«Ante todo, queremos que nadie ignore que el fundamento de toda vida religiosa o sacerdotal y apos-
tólica —lo que se llama vocación divina— está constituido por dos elementos en cierto modo esencia-
les, a saber; uno divino y otro eclesiástico.
»En lo referente al primero, el llamado de Dios para abrazar el estado sacerdotal o religioso es tan
necesario que, si falta, hay que decir que falta el fundamento mismo sobre el que se apoya todo el
edificio. Porque el que no fue llamado por Dios, no es movido ni ayudado por su divina gracia. Si pue-
de decirse, sin duda alguna, que hay un verdadero llamado de Dios para cualquier estado, en cuanto
que el principal autor de todos los estados y de todos los dones y disposiciones, tanto naturales como
sobrenaturales, para ellos es el mismo Dios, con mayor razón puede y debe decirse de la vocación
religiosa y sacerdotal, que brilla con tan sublime fulgor y está colmada de tantas y tan grandes exce-
lencias naturales y sobrenaturales, que no puede provenir sino que “Todo regalo valioso y todo don
perfecto vienen de arriba, del Padre de las luces” (Sant 1,17).
»Ahora bien, hablando del segundo elemento de la vocación religiosa y sacerdotal, enseña el Catecis-
mo romano que “se dice que son llamados por Dios los que son llamados por los legítimos ministros
de la Iglesia” (Catecismo romano, II). Lo cual, lejos de estar en contradicción con lo que hemos dicho
acerca del llamado de Dios, está íntimamente relacionado con él. Porque la vocación divina al estado
religioso y clerical, en cuanto que destina al que la posee a llevar públicamente una vida de santifi-
cación y a ejercer un ministerio jerárquico en la Iglesia —sociedad visible y jerárquica—, debe recibir
confirmación, aceptación y dirección oficial por parte de los superiores jerárquicos, a los que el mismo
Dios confió el gobierno de la Iglesia». [...]
A esos dos elementos esenciales hay que añadir, naturalmente, la idoneidad canónica por parte del
sujeto de la vocación; idoneidad que —como veremos— es efecto del llamado divino y condición pre-
via indispensable para el legítimo llamado eclesiástico.
[La vocación] consta de un triple elemento:
a Especial llamado por parte de Dios.
b Aptitud para esa clase de vida.
c Admisión por parte del legítimo superior.
Lo primero constituye el elemento divino de la vocación, o sea, el más característico y esencial por
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parte de Dios que llama. Lo segundo constituye la idoneidad canónica por parte del sujeto llamado.
Y lo tercero constituye formalmente el elemento eclesiástico de la vocación, que no es otro que la libre
admisión del candidato por parte del legítimo superior. [...]

1. El llamado de Dios
Si quisiéramos encontrar el origen primario y el último fundamento dogmático de toda vocación huma-
na o sobrenatural, habríamos de remontarnos a dos grandes hechos: la finalidad de la Creación y la
providencia amorosísima de Dios sobre todo lo creado, particularmente sobre las criaturas racionales
y libres.

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a La finalidad de la Creación. Es un hecho que Dios creó todas las cosas, sacándolas de la nada
al conjuro taumatúrgico de su omnipotencia soberana: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra»
(Gén 1,1).
Pero, a diferencia de lo que ocurre con los agentes creadores, que abandonan su artefacto una vez
salido de sus manos —como el escultor abandona la estatua que acaba de esculpir, ya que no de-
pende de él en cuanto a su existir, sino únicamente en cuanto a su fabricación—, Dios no abandona
jamás, ni por un solo instante, a los seres que saca de la nada.
Los seres creados, salidos de las manos de Dios, deben retornar forzosamente a él. Fueron crea-
dos por Dios y para Dios. Pero como no pueden proporcionarle a Dios ningún bien intrínseco a la di-
vinidad —ya que Dios es el bien infinito y, por consiguiente, nada pueden añadirle intrínsecamente
las criaturas—, hay que concluir que los seres creados están destinados, por su propia naturaleza,
a la gloria externa de Dios, o sea, a retornar a él por vía de conocimiento, de amor y de servicio. [...]
b La providencia de Dios. Es un dogma de fe que todas las cosas creadas, incluso las más pequeñas
e insignificantes, están sometidas a la divina providencia; y no solo en general, sino cada una de ellas
en particular. La Sagrada Escritura nos dice expresamente que la providencia de Dios se extiende
incluso a las aves del cielo (cf. Mt 6,26), a los lirios del campo (cf. Mt 6,28), al número de cabellos de
nuestra cabeza (cf. Mt 10,30), a las lluvias y pastos de los ganados (cf. Sal 147,8-9), etcétera. [...]
¿Cómo sería posible excluir de la providencia universal de Dios una cosa tan alta y sublime, de tan
soberana trascendencia para sus criaturas racionales, como el problema de su vocación, o sea, del
estado o modo de vida en que habrán de realizar en este mundo la voluntad concreta y particularísi-
ma de Dios sobre ellas?
En la Sagrada Escritura se encuentran abundantes testimonios que ponen claramente de manifiesto
la existencia de la divina vocación como llamado especial de Dios a algunas determinadas personas.
Solamente por vía de ejemplo recogemos algunos textos del Nuevo Testamento: Jesús subió al monte,
llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a
predicar (cf. Mc 3,13-14). Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce,
a los que también nombró Apóstoles (cf. Lc 6,13). Después de esto, designó el Señor a otros setenta y
dos, y los mandó delante de él, de dos en dos (cf. Lc 10,1). «La cosecha es abundante, pero los obre-
ros son pocos. Rueguen por tanto al dueño de la cosecha que envíe obreros a recogerla» (Mt 9,37-38).
«No me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los elegí a ustedes» (Jn 15,16). «Tú, Señor, que conoces
los corazones de todos, señala a cuál de estos dos has elegido para ocupar, en este ministerio apostó-
lico, el puesto del que se apartó Judas para irse al lugar que le correspondía» (Hch 1,24-25).
Sin duda ninguna, Dios tiene trazado desde toda la eternidad un determinado plan sobre todos y cada
uno de nosotros, y nos designó a cada uno, en el conjunto de la Creación, un determinado puesto y
una determinada misión. La criatura podrá desviar por su inconsciencia o rechazar por completo ese
plan, abusando de su libre albedrío; pero, por parte de Dios, constituye sin género de dudas el plan
vocacional trazado sobre aquella criatura desde toda la eternidad y en cuya realización hubiera encon-
trado ella el camino más corto y expedito para alcanzar su último fin sobrenatural. [...]
En la Iglesia se encuentra la diversidad en la unidad. Aunque todos los bautizados tengan origen co-
mún e idéntico destino, cada uno, sin embargo, tiene su perfección relativa, su puesto reservado y su
papel que cumplir.
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Peregrinos de la eternidad, todos marchan hacia la casa del Padre, pero no por el mismo camino.
Cada cristiano tiene su vocación especial. Esta vocación es la consecuencia lógica del acto creador.
Al sacamos de la nada, trazaba Dios por anticipado nuestro programa de vida, que tratará, en conse-
cuencia, de realizar lo mejor posible. Dueño absoluto de nuestro ser, a él toca utilizarnos, según los
designios de su providencia, para la glorificación de su nombre. [...]
La conformidad completa y amorosa a los planes divinos constituye, en realidad, para un cristiano, la
ley fundamental y la obra única de su santidad: estar donde Dios quiere que estemos y hacer siempre
lo que Dios quiere que hagamos. ¿Qué llegará a ser ese recién nacido? ¿Fundador de otro hogar? ¿Re-
ligioso? ¿Sacerdote? Nadie lo sabe, excepto el mismo Dios que lo eligió, y esta selección será la mejor
de todas por haber sido inspirada por una ciencia, una sabiduría y una bondad infinitas. [...]

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Pero ahora nos sale al paso un problema práctico de singular importancia. ¿Cómo se le manifiesta al
alma ese llamado de Dios? ¿Qué fenómeno psicológico se produce en ella para que note o advierta
ese divino llamamiento? Y si nada nota o percibe en su interior, ¿qué signos o manifestaciones exter-
nas llevarán al alma el convencimiento de que fue objeto por parte de Dios de ese llamado especial
hacia la vida religiosa? No puede darse una contestación única y categórica a estas preguntas, preci-
samente porque son variadísimos los modos y maneras de ese llamado divino.
«Nada hay tan sencillo —escribe todavía Colin (El culto de los votos)— o tan embrollado, tan luminoso
o tan oscuro, tan doloroso o tan agradable, tan natural o tan asombroso como la génesis de las voca-
ciones. Cada una tiene su historia. Desde los primeros pasos en la vida y a consecuencia de un con-
curso extraordinario de circunstancias providenciales, creen algunos haber encontrado el camino que
jamás abandonarán. A los 6 o 7 años exclamaban ya, con mucha seriedad: “Mamá, yo seré sacerdote;
papá, yo seré religiosa”. [...]
»Otros, por el contrario, vacilan durante largo tiempo, tantean, retroceden, como viajeros extraviados
por la noche en un tupido matorral, en busca del poste indicador; y, de pronto, al surgir la luz, aparece
súbitamente el camino recto hacia el horizonte soleado.
»También se descubre la vocación religiosa con motivo de una prueba, de un duelo, de un fracaso, de
un revés de fortuna o de una enfermedad. Al desgarrar la carne o el corazón, libertando al alma de las
fútiles frivolidades terrenas, el sufrimiento —ad lucem per crucem, por la cruz a la luz—, embajador de
Dios, trajo la respuesta cegadora e imperativa: “¡Ven, sígueme!”». [...]
Sin embargo, y a pesar de la gran variedad de formas con que se manifiesta el llamado divino, nunca
faltan dos notas o «constantes» que ponen al descubierto la existencia de la vocación en una deter-
minada alma; una cierta inclinación hacia la vida religiosa —compatible, sin embargo, con la rebeldía
de las pasiones, que no se resignan a abrazar aquel género de vida tan contrario a sus apetencias
desordenadas— y la idoneidad canónica, o sea, la aptitud física y moral para abrazar legítimamente y
con garantías de acierto el estado de perfección.
El primer elemento —o sea, la inclinación a abrazar el estado religioso—nunca puede faltar del todo, al
menos en la parte racional del hombre. Ya se comprende que sería una insensata temeridad lanzarse
a ese género de vida —que tantas privaciones lleva consigo— sin sentir hacia él la menor inclinación
o atractivo. No es menester, sin embargo, que este atractivo sea sensible: basta que exista en la parte
racional iluminada por la fe, a despecho de todas las repugnancias y rebeldías de los apetitos inferiores.
En cuanto a la idoneidad canónica, constituye —como ya dijimos— uno de los tres elementos esencia-
les de la vocación al estado religioso. Vamos a examinar cuidadosamente sus características funda-
mentales.

2. La idoneidad o aptitud para la vida religiosa


Es evidente que la falta absoluta de aptitud o idoneidad canónica para la vida religiosa argüiría con
plena certeza la falta de vocación divina hacia ella. Santo Tomás formula con toda claridad y precisión
el principio teológico fundamental: «Aquellos a quienes Dios elige para una misión los prepara y dispo-
ne de tal suerte que sean idóneos para desempeñarla convenientemente». [...]
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Dios no llama a un hombre al sacerdocio porque descubra en él ciertas disposiciones para las tareas
sacerdotales; es su llamado el que crea la aptitud. Llamado y aptitud son, pues, dos realidades es-
trechamente unidas. La primera escapa a una experiencia directa; en cambio, la aptitud es signo del
llamado.
Es menester advertir, sin embargo, que la simple aptitud o idoneidad para la vida religiosa no basta
para deducir, sin más, la existencia de la vocación divina a la misma, aunque la falta de aptitud sea
prueba evidente de la ausencia de vocación.
Son legión los que poseen todas las cualidades requeridas para la vida religiosa que, sin embargo,
no han sentido jamás la menor inclinación hacia ella. Para que esa idoneidad canónica manifieste o
descubra la existencia de una verdadera vocación, es preciso que vaya acompañada de la inclinación

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o deseo de abrazar la vida religiosa junto con la rectitud de intención, o sea, buscando únicamente la
gloria de Dios, la propia santificación y el bien de las almas.
«La vocación —escribe a este propósito Pío XI—, más que un sentimiento del corazón o atractivo sen-
sible, que a veces puede faltar o dejar de sentirse, se revela en la rectitud de intención del aspirante al
sacerdocio, unida a aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que lo hacen idóneo para
tal estado. Quien aspira al sacerdocio únicamente por el noble fin de consagrarse al servicio de Dios
y salvación de las almas, y juntamente tiene, o al menos procura seriamente conseguir, sólida piedad,
pureza de vida a toda prueba, ciencia suficiente en el sentido que más arriba hemos expuesto, este tal
da pruebas de ser llamado por Dios al estado sacerdotal». Esto mismo hay que decir con respecto a la
vocación religiosa, vaya acompañada o no de la vocación al sacerdocio.
A. Royo Marín, La vida religiosa, BAC, Madrid, 1965
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