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¡Cómo pasan los años!

¡Cómo pasan los años!, me dijo el viejo amigo al reconocerme en una de esa calles macilentas
de la vida. ¡Qué original! ¡Claro que los años pasan. Y pasan y pasan. Y han pasado y seguirán
pasando. El problema no es que los años pasen sino que tú te quedes parado en una equina
viéndolos pasar. Permitiendo que la brisa te desgaste hasta desaparecer en polvo para el polvo
de los siglos. O que te dejes arrastrar como un pelele por la ventolera de los años y en
pretérito se conjugue tu existencia. Si eslabonamos en sucesiva constancia la existencia del
segundo que pasa al segundo que llega éste embridará al año entrante impidiendo que nos
arrastre el que se va. Y el año pasará pero sin ti. Tú estarás en el que llega. Y formarás de lo
que trae. Por eso no hablo en negativo ni en pasado. Nada de “yo tenía” o “yo era”. Tengo y
soy. Soy y tengo. Si menos o más me importa poco. Estar para ser es lo lúcido. Y sé tan bien
que los años pasan que me niego a que me celebren cumpleaños. Porque como cada vez me
quedan menos, la cancioncita celebrante del “cumpleaños feliz”, estimuladora para cuando se
tiene quince, suena algo así como “se va, se va, se va, se va” cuando el medio siglo comienza
acelerado a sumar en cuenta regresiva. Lo mejor de todo esto es que si fuera posible
descontarle a los años cumplidos los años perdidos, no podríamos hacerlo sin sufrir severas
mutilaciones. Porque ¿de cuál año perdido podríamos desprendernos sin afectar a los demás?
A qué tristeza o a qué alegría estamos dispuestos a renunciar sabiendo que cada una tuvo su
opuesto eslabonado. Cuánto de lo que somos debemos a los años que hemos perdido. Y de
verdad, cuánto de lo perdido no forma lo que hemos ganado. Prefiero con los años que he
perdido poblar el silencio de mis auroras angustiadas. Desarmarlos y usarlos como refacciones
para dudas y quebrantos. Remodelar su arquitectura para colocarlos de mascarones,
rompeolas o escapularios en la proa del hiende-hielo que desplaza mis incertidumbres.
Mantenerlos en reserva para excusas, negaciones y disculpas. No es del todo malo tener a
buen resguardo una buena reserva de los años que hemos perdido. Suelo ver en los andenes
de los años que abordo, junto a quienes, insensibles, esperan su año propicio, guindando de
las techumbres oxidadas, ristras enjuntas de años perdidos secándose al sol, abandonados por
la malagradecida indiferencia. Comprendo que no es fácil decidirse a saltar dentro de un año
en marcha para llevar a desovar los sueños a contra corriente, sintiendo esa certeza vital de no
haber dejado de estar vivo al sufrir el estallido solar de los pulmones y el ansioso trepidar de la
sangre en las arterias ante las fauces ignotas del abismo que hace levitar el alma con un dejo
de asombro en las pupilas. Sé lo cómodo que resulta esperar y no buscar. Pero quien espera
debe saber a conciencia batiente que no se puede cambiar cuando se quiere. Que nuestras
fuerzas, encogidas en la espera no catapultarán anhelos tardíos. Los he visto colgar de las
estelas en arrepentimiento desesperado antes de precipitarse hacia la nada. Lastimero intento
retardado que suele disolverse en epitafios. Pero también los temerarios tienen que calcular
sus ímpetus. Porque no es de pétalos el curso de los años en marcha. Ni es seguro que se
pueda lograr lo que se quiere. Que querer es poder solamente cuando lo que queremos está
adecuadamente ensamblado a lo que podemos. Que debemos cargar con las consecuencias de
navegar a contra pelo de los años sufriendo los embates de sus hostiles aristas. Pero
recompensa el poder llenarnos el alma de sus inéditos asombros. Hundir las manos en sus
vítreas transparencias y sentir el vivificante roce de sus espléndidas promesas. Aprendiendo
con la velocidad que ellos nos imprimen a capricho que no es habitarlos lo importante, sino el
acompañarlos en su vertiginosa travesía por la inmensidad de sus posibilidades. Casi suena a
presentación social entre años que se despiden nuestra persistente presencia tripulante.
Debut y despedida. Siempre impulsado por ese trascender generacionalmente la vida que
llamamos juventud los que la hemos dejado en alguno de esos años de los que hemos saltado
para embridar otros años, sin preocuparnos mucho por el equipaje. Confeso en callos y
cicatrices, sin saldos de rencor ni resentimientos, a la vid agradezco el vino, a mi mujer el amor
y a esta vida que elegí todo lo demás, incluidos los amigos, esas gratas pausas en el transcurrir.
Porque la vida debe ser sensible percepción, visión aguda, pasión razonada en las cenizas, piel
ardida, agua que escapa entre los dedos para la resurrección de los sueños. No sé como será el
dócil navegar por las casualidades de los años. Me dicen que no existen escollos y que los
remos terminan casi nuevos. Que es tan suave su transcurso que ninguna cicatriz macula la
conciencia. Que la paz adormece los sentidos con el sutil aletear de sus arrullos. Que no hay
presagios ni sobresaltos. Que todo se reduce a un sempiterno contemplar amaneceres porque
las noches asumen la noche individual. Pero yo, grumete impenitente, me niego a ser
asexuado ectoplasma de alada mansedumbre, uso las noches para dispersarme entre sus
desdibujadas madrugadas olorosas a tentación y puerto marinero y es costumbre inveterada
para los amaneceres encontrarnos. Claro que no es gratuita la travesía remontando los rápidos
de los años. Pero el reto es continuar a pesar del alerta de la herida. He aprendido a respetar
los años que han pasado. No los humillo comparándolos. De ninguno me quejo. Pero a
ninguno añoro. El año mejor es el que viene. Siempre el que viene. Aunque pueda ser el
último. Y si es el último, te heredo el garfio de abordaje.