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LA IMPORTANCIA DE SERVIR

“Yo no vine a este mundo a ser servido, sino a servir…” del evangelio de San Mateo,
Capitulo 20, 28.

Todos estamos en el mundo para un propósito único, ser felices.

Pero ser feliz requiere de muchas prácticas bondadosas en la vida, es más fácil
hacer el bien, que hacer el mal. Y una de esas formas de hacer el bien, es el servicio.
Servir forma parte del “dar” y la esencia de la espiritualidad es el servicio hacia los
semejantes.

Servir a otros es servir a Dios. Basado en esto, se puede decir entonces que todo
aquello que puedes hacer a otros, lo tienes que hacer porque quizás después no se
pueda hacer, cada oportunidad para servir es única y aunque se presenten otras
similares en cualquier momento, ninguna es idéntica, porque el servicio que se haga
a cada persona, tiene una satisfacción diferente para cada una y para sí mismo.

Hacer servicio no es sinónimo de ser esclavo, tampoco de hacerles todo a los


demás, cada uno es responsable de sus quehaceres, el servicio es ayuda, es apoyo
y mano amiga. Si tienes el don de servicio, aprovéchalo al máximo, si aún no lo
tienes, comienza a pensar en desarrollarlo. Cada día la vida nos da al menos una
oportunidad de servir, tal como los “Boy scouts” (niños exploradores) hacen la
promesa de por lo menos una buena acción a alguien cada día, hay que proponerse
esa misma práctica, aunque seas adulto, lo puedes aplicar en tu vida.
El servir y la solidaridad

En este mismo orden de ideas, ser solidario es una forma de servicio. Ambos valores están
plenamente relacionados, porque cuando te importa el bienestar del otro, haces tu
respectivo servicio si este lo requiere para conseguir ese bienestar y eso también es ser
solidario. No se trata solamente de acompañarle en un momento difícil y decirle unas
palabras de apoyo, sino de evitar todo aquello que pueda afectarles ese bienestar a los
demás, porque así mismo te afecta el tuyo. Ser solidario es preocuparse por la tranquilidad
de la otra persona cuando algo perturbador de su vida está ocurriendo. El mejor regalo que
se pueda recibir espiritualmente, es una oportunidad de hacer servicio.

Servicio y liderazgo

Los verdaderos líderes no actúan sólo de acuerdo a una jerarquía y a un don de


mando, sino que lucha por el bienestar de los suyos y les procura las mejores condiciones.
Puede que tengas un ticket premiado que diga que eres el líder y por eso vas a tener éxito
en la vida, pero si no ayudas a los que tienes a tu alrededor y dependen de ti a conseguir
su ticket de pase hacia el éxito, puedes perder el tuyo. Ser servicial es parte de ese
liderazgo, lo que hagas por el resto también te va a afectar o beneficiar, porque si eres líder
es en razón de que trabajas en equipo, consideras a todos como parte del grupo y estas al
servicio del equipo, no solo al mando.

Mandar es solo dar órdenes, liderazgo es servir al equipo y hay muchas formas de
servir: orientar, guiar, apoyar, colaborar y corregir.

Víctor Frankl, afirma que: “la puerta de la felicidad se abre hacia fuera, cuando más
se quiere abrir hacia adentro, más se cierra”.

Hoy en día, el servir a los demás, no se entiende como la predisposición que se tiene
de ayudar a nuestro prójimo sino se le da un significado más de servilismo, por lo tanto
no es un modo de actuación que se prodigue con asiduidad.

El servicio, actitud del espíritu para ayudar ante cualquier necesidad que puedan
tener los demás, nos facilita salir de nuestro estado de comodidad, de pasividad, donde
nos encontramos, abriéndonos a un mundo rico en experiencias donde podemos sacar
lo mejor de nosotros mismos y a su vez enriquecernos con los demás.

Es un estado interno que nos predispone a estar pendientes de las necesidades


ajenas; el cual nos lleva a aprender a ser humildes; sin esta virtud es difícil no creerse la
ayuda que se da. Se desarrolla el amor hacia los demás, aprendemos a renunciar a
nuestro tiempo, a nuestras necesidades, nos ayuda a comprender al prójimo por lo que
nos resulta más fácil perdonar. El ponernos al servicio de los demás, nos engrandece
como personas, nos hace mejores, dándole un pleno sentido a la vida. Siendo una de las
primeras consecuencias de esta predisposición la alegría interna que sentimos

Los tiempos actuales, nos hacen vivir con rapidez, estresados, pensando en todo lo que
tenemos que hacer a lo largo del día, encerrándonos en nuestro pequeño mundo que
no nos deja ver más allá de nuestras necesidades y deseos, sin poder ver lo que sucede
a nuestro alrededor y sin voluntad de hacerlo. Viviendo hacia dentro nos hace más
egoístas; cediendo el paso, en ocasiones, a estados de soledad, de tristeza, incluso de
depresión.
Cuando se tiene orgullo, vanidad, egoísmo…es difícil ponerse en la piel del
otro; sentimos que nos estamos rebajando ante la posibilidad de ayuda que se nos
pueda presentar. Cuando nos asaltan pensamientos de rechazo tales como: “¿cómo voy
yo a prestarle mi servicio si es a mí a quien debería servir?”. Preguntarse: ¿qué saco yo
de todo esto? ¿Qué me das a cambio? Muestra la inferioridad moral que tenemos, aún
por superar, porque puede cerrar toda posibilidad de una buena y sana relación, que
albergaría situaciones para ponernos al servicio desinteresado y a su vez, gratificante
con los demás. Esta actitud nos encierra más en la materia dejando el espíritu sin opción
de manifestarse, dando la posibilidad de ir endureciendo poco a poco el corazón.

Malgastar las ocasiones de servicio que te ofrece la vida, es perder oportunidades de


crecer interiormente, de ir pasito a pasito, consiguiendo que vaya germinando el amor
que tenemos todos en el fondo del corazón, desarrollando sentimientos sinceros y
momentos de alegría que nos ayuda a transitar el camino que hacemos con el envoltorio
carnal. Teresa de Calcuta decía: “El que no vive para servir, no sirve para vivir.”

Tenemos que pensar que somos seres sociables, interrelacionándonos continuamente


con las personas que tenemos alrededor. Si en vez de centrarnos solo en nosotros y en
nuestro pequeño mundo, aprendemos a meternos en los zapatos del familiar, amigo o
compañero, seremos capaces de percibir las necesidades que tienen los que nos rodean,
para poder ayudar en la medida de nuestras posibilidades. Unas veces nuestros actos
serán visibles, pero habrá ocasiones que no tienen por qué darse cuenta de que le hemos
brindado esa ayuda. Es cuando empecemos a vivir la virtud del servicio que
acrecentaremos otras virtudes como la humildad, la prudencia, la dulzura, la paciencia,
la caridad…

Jesús de Nazaret, nunca perdió una oportunidad de servir a los demás. Pasó Su vida
bendiciendo a los enfermos y alimentando espiritualmente a los hambrientos. Jesús
cuenta la parábola del buen samaritano que ayudó a un judío, enemigos naturales en
aquel tiempo; para ilustrar cómo debemos amar a nuestro prójimo. Enseñándonos que
la actitud de servicio es hacia todos, amigos y enemigos siendo a éstos últimos los que
más cuesta por lo que el servicio se hace más meritorio.
El maestro Jesús, dijo en cuanto al servicio: “… en cuanto lo hicisteis a uno de éstos,
mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

Nos equivocamos, cuando pensamos que perdemos el tiempo ayudando a los demás,
la generosidad siempre nos ayuda a crecer internamente, desarrollamos nuestra
capacidad de amar, de darnos. Nos despierta la necesidad de ser útiles a nuestro
prójimo, de preocuparnos por ellos, aunque sabemos que las cosas no pasan por
casualidad y que las vicisitudes de la vida, dolores o decepciones, las vivimos porque de
una manera u otra son pruebas o rescates que tenemos que vivir, pero teniendo la
compañía de un ser querido es más fácil sobrellevarlas.

A medida que vamos madurando, creciendo en nuestro interior, vamos comprendiendo


lo importante que es el sentimiento de amor; nos vamos sintiendo libres de nuestras
aparentes necesidades, el sentido de nuestra vida cambia, despertando las ganas de
vivir, de ayudar, de consolar y de animar a la persona que está cerca de nosotros,
pasando por momentos difíciles.

El camino que vamos recorriendo mientras aprendemos a amar a todas las personas a
las que podemos llegar, conocidos y desconocidos, nos enseña a desprendernos de
nuestros gustos, deseos, disminuyendo nuestras necesidades. En otras palabras,
superamos las tendencias negativas que tenemos y aumentamos los sentimientos que
nos hacen mejores personas, desarrollando la sensibilidad ante las necesidades que
tienen los demás, sintiéndonos más unidos a ellos.

El Sermón de la Montaña (Mateo, 7:12): “Así que, todas las cosas que queráis que los
hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos.”

Los sentimientos positivos que tenemos, nos inducen a ponerlos al servicio de nuestro
prójimo. Eso nos potencia los valores del perdón, de la caridad, de la solidaridad, de la
tolerancia, de la paciencia… los mismos que el Maestro no se cansó de enseñar y dar
ejemplo a lo largo de su vida.
La ayuda desinteresada en todos los aspectos de nuestra vida, nos alejan del egoísmo,
el orgullo, la vanidad. Si lo hacemos con sentimiento profundo y demostramos a los
demás que una vida compartida en el amor es más gratificante, más intensa, que nos
llena de alegría y de ilusión, nos alentará para hacer las cosas de corazón.

La madre Teresa de Calcuta: “Muchas veces basta una palabra, una mirada o un gesto
para llenar el corazón de los que amamos”.

Pensar que nuestro trabajo va a repercutir en otra persona, nos predispone a cumplir
con nuestras responsabilidades y compromisos lo mejor que sabemos, pues con nuestro
trabajo bien hecho, también servimos a los que nos rodean, tanto a nivel familiar, social,
laboral o solidarizándonos con el resto del mundo.

En muchos lugares de la tierra hay guerras, cataclismos, hambre, injusticias… gente que
necesita consuelo, un abrazo, ánimos, una sonrisa… Tal vez haya alguien que necesite
algo que nosotros podamos ofrecerle, comida, abrigo, elevar el pensamiento por ellos
al Padre… Cada día es una oportunidad que nos da la vida, para ser útiles en la sociedad
y hacerla un poquito mejor.

Enseñar a los hijos a servir a los demás es importante, porque aprenden actitudes muy
valiosas acerca de cómo relacionarse con otras personas, anteponiendo las necesidades
de los otros a las suyas. Los hijos que aprenden el valor de servir, desarrollan amistades
más auténticas y disfrutan más en su relación con los demás.

El que sinceramente ama y la caridad es su principio de vida, hace posibles las


obras del corazón.

Seamos hombres y mujeres de bien, engrandezcámonos con nuestro trabajo diario de


transformación interna; de esta manera pondremos nuestro granito de arena para
ayudar a cambiar el mundo.

“No nos cansemos, pues, de hacer el bien, porque a su tiempo segaremos, sino
desmayamos”. Pablo (Gálatas, 6:9)

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