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Protocolo

La palabra protocolo solía ser una palabra linda para mí. Me hacía pensar en lo
atinente al ceremonial y protocolo, a situaciones especiales en la cuál “gente importante”
se reunía o presentaba en público y estaban rodeados de una comitiva, guardaespaldas
y cámaras. De un tiempo a esta parte dicha palabra ha adquirido aristas espinosas que
me hacen sentir incómoda.
Ahora hay protocolos para todo. Ante la incertidumbre de qué hacer en un
mundo donde pasan cosas nuevas y se aplican sanciones viejas, los protocolos
abundan. Muchas veces son bienvenidos porque le quitan a la gente la
responsabilidad de razonar y actuar en forma útil, lógica y eficaz ante las situaciones que
les plantea el trabajo.
El Programa de Cultura en Barrios envió un “Protocolo para los inscriptos”
(textuales palabras) a quiénes asistirían a sus clases virtuales. Benditos aquéllos que
tienen una computadora, tablet o celular con conexión a internet para seguir las clases.
Afortunadamente soy una de esas personas privilegiadas.
Para suavizar la bajada de línea nos piden “tener en cuenta las siguientes
consideraciones para que todas las personas participantes podamos disfrutar del buen
desarrollo del taller”. Alguna vez leí que “el camino al infierno está plagado de buenas
intenciones”. Tal cual.
El protocolo me hizo dar cuenta del escaso conocimiento de las vidas de los
residentes de la Ciudad que tienen las autoridades gubernamentales. Para comenzar,
imagino que quién escribió el protocolo vive en una casa grande en un barrio privado ya
que les pide a los asistentes que busquen un lugar tranquilo, silencioso de la casa.
¿Habrán escuchado alguna vez la palabra “monoambiente”, “pensión” u “hotel”? En esta
ciudad tal vez haya silencio en un décimo piso. Eso si tus vecinos no escuchan música
fuerte.
Como si esto fuera poco solicitan que el lugar estéiluminado. ¿A ellos les llegará
la factura de la luz todos los meses? A los laburantes que cuando les llega necesitan
pedir prestado para pagarla, cada vez ponen menos lamparitas y con menor amperaje.
Seguro que no tienen animales (aunque ellos los llaman mascotas, lo cuál no
me sorprende) porque nos piden evitar su circulación. Quiénes tenemos la dicha de vivir
con animales sabemos que nuestro perrito no dejará de ladrar hasta que esté al lado (o
encima) nuestro. Los gatos son mucho más discretos, aunque suelen tener una extraña
predilección hacia las computadoras y los teclados. (Ni hablar del monoambiente).
No viven con su familia pues nos recomiendan evitar su circulación para
favorecer nuestra concentración. Seguimos en la casa de campo con muchos cuartos y
nos olvidamos de nuestra realidad habitacional. También nos imaginan rodeados de
electrodomésticos distractores entre los que mencionan el mismo teléfono que usás para
conectarte.
He aquí un acierto: algo habrán oído de las maldiciones lanzadas durante esta
cuarentena a las compañías proveedoras de servicio de internet ya que nos
recomiendan ubicarnos donde la señal sea mejor y estable. Igual son optimistas
porque creen que tenemos señal todo el tiempo y que cuando nos dispongamos a
conectarnos lo lograremos. Solamente me resta decir que nos merecemos el
meteorito.
© Edith Fiamingo 2020