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LA

NACIÓN Y SU HISTORIA
INDEPENDENCIAS, RELATO HISTORIOGRÁFICO Y DEBATES SOBRE LA NACIÓN:
AMÉRICA LATINA, SIGLO XIX
CENTRO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS
LA NACIÓN Y SU HISTORIA
INDEPENDENCIAS, RELATO HISTORIOGRÁFICO Y DEBATES SOBRE LA
NACIÓN: AMÉRICA LATINA, SIGLO XIX

Guillermo Palacios
coordinador

EL COLEGIO DE MÉXICO
980.02
NI 249
La nación y su historia. Independencias, relato historiográfico y debates sobre la nación :
América Latina, siglo XIX / Guillermo Palacios, coord. — la. ed. — México, D.F. : El
Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2009.
413 p. ; 22 cm.

ISBN 978-607-462-014-6

1. América Latina — Historia — Guerras de independencia, 1806- 1830 -- Fuentes.


2. América Latina -- Política y gobierno — Historiografía — Siglo XIX. 3. Estado
nacional — América Latina — Historia — Siglo XIX. I. Palacios, Guillermo, coord. II t.

Open access edition funded by the National Endowment for the Humanities/Andrew W. Mellon Foundation
Humanities Open Book Program.

The text of this book is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0
International License: https://creativecommons.org/licences/by-nc-nd/4.0/

Primera edición, 2009

DR © EL COLEGIO DE MÉXICO, A.C.


Camino al Ajusco 20
Pedregal de Santa Teresa
10740 México, D.F.
www.colmex.mx

ISBN 978-607-462-014-6

Impreso en México
CONTENIDO

Cubierta
Portadilla
Portada
Créditos
CONTENIDO
Presentación
La nación argentina entre el ser y el acontecimiento. La controvertida plasmación de una visión
genealógica del pasado nacional
Las luchas narrativas de una nación escindida. La historiografía colombiana del siglo XIX
Apropiación del pasado, escritura de la historia y construcción de la nación en México
La invención de la historia nacional en el Perú decimonónico
La construcción historiográfica de la nación ecuatoriana en los textos tempranos
El pueblo soberano versus la plebe proselitista. Discurso historiográfico y etnización política en
Bolivia, 1825-1922
Emblemas de Brasil en la historiografía del siglo XIX: Monarquía, unidad territorial y evolución
natural
De la historia natural a la historia nacional: la Historia Física y Política de Claudio Gay y la nación
chilena
Venezuela, 1830 y 1858: Los contenidos historiográficos de dos debates constitucionales
Colaboradores
PRESENTACIÓN*

El volumen que el lector tiene en sus manos es de alguna manera una consecuencia de los trabajos
publicados en Ensayos sobre la nueva historia política de América Latina, s. XIX (El Colegio de México,
2007). La idea era simple: se trataba de ver hasta qué punto esa ‘nueva historia, o nueva historiografía,
como prefieren algunos, era capaz de lanzar una nueva mirada a la historia de la historiografía
decimonónica en América Latina y a su emergencia en el contexto de la formación, lenta, difícil,
enmarañada, de las naciones soberanas. Se buscaba descubrir, desde perspectivas actuales, las
relaciones entre un parto y el otro, los vasos comunicantes que pudieran vincular la construcción del
relato historiográfico de los avatares de la edificación de entidades nacionales y viceversa, y mostrar, en
su caso, el compromiso de esa historiografía, o, si se quiere, de ese esfuerzo por construir un pasado
específico, con un proyecto de nación.
En dicha búsqueda se esperaba que la nueva' historiografía y sus temas predilectos —soberanía,
ciudadanía, representación, sociabilidades y circulación de ideas, territorialidad, pero también sistemas
simbólicos, emblemas e imaginarios sociales, etc.— dieran una nota diversa a lo que sabemos sobre las
relaciones entre la historia y la constitución de los Estados y de las sociedades nacionales en el siglo XIX
iberoamericano. No era una idea nueva (si es que las hay), sino una propuesta de usar una nueva mirada
para escudriñar un tema antiguo. Al mismo tiempo, nos parecía que una visión comparativa de diversas
situaciones historiográficas iberoamericanas podría dar lugar a futuras indagaciones e investigaciones en
la materia y ser útil tanto a investigadores como a estudiantes universitarios. Por otro lado, preferimos
usar ‘relato historiográfico’ y no ‘historia (si bien usemos este término en un sentido lato en diversas
ocasiones a lo largo de esta presentación), para diferenciar lo que parece ser un momento pre-moderno
de la práctica de narrar el pasado, y su profesionalización, ya en los últimos años del siglo XIX o en los
primeros del XX.

* * *

Es evidente que el relato historiográfico que se produce en las jóvenes naciones iberoamericanas durante
la segunda mitad del siglo XIX es resultado de las visiones de las élites, muchas veces visiones
encontradas. No creemos que haya necesidad de ahondar en este punto. Es la historia de las élites la que
primero se inventa, como forma de justificar no tanto al Estado nacional sino a sus ocupantes, y
desdibujar la presencia de los adversarios y, sobre todo, de los grupos subalternos. En ese sentido, el
término, tan común, construcción del Estado nacional’ debe ser entendido como consolidación de las
élites criollas’ en el periodo post-independencias. Aquí la historia es un terreno de batalla, un campo vivo
—no un pasado inerte— donde se definen identidades y se reclaman derechos y obligaciones que
generalmente abren el camino a la conducción del aparato estatal y al control de la sociedad que éste
organiza o trata de organizar. El relato es un arma con la que se reivindica un pasado que justifica las
aspiraciones de determinados grupos o facciones, que descubren o inventan raíces, genealogías, y linajes
que otorgan privilegios a unos y se los niegan a otros. En varios de los casos discutidos en este volumen,
la narrativa sobre el pasado no es más que una de las vertientes de la lucha política que se desarrolla en
el presente de los autores. Es una narración muchas veces impugnada por actores de lo que se narra o
por sus descendientes, que ‘corrigen determinadas versiones y obligan a cambiarla en aras de una
cuestionable precisión sobre los hechos y, en particular, sobre los protagonistas. Y no raro, como en los
casos ecuatoriano y venezolano, para mencionar sólo dos ejemplos, para poder escribir la historia de la
historiografía iberoamericana decimonónica es necesario primero cimentar la plataforma de luchas
políticas que sirven de marco y contexto para la elaboración o reelaboración del relato historiográfico.
Con la excepción de Claudio Gay, el científico francés contratado por el gobierno chileno para escribir
una historia natural del país, los autores de las narrativas históricas decimonónicas en Iberoamérica —
como también lo fueron en Europa occidental— son, casi en su totalidad, juez y parte en la materia que
narran: allí están Bartolomé Mitre y Lucas Alamán, miembros de la nata de la sociedad postcolonial, entre
otros, para confirmarlo. (Y aun en el caso de Gay, si bien se mira, quienes lo contratan son las élites
chilenas que esperan, con razón, y en función de su activa participación en la construcción del relato, que
la obra final refleje su posición dominante en la historia chilena). Mientras se apoyan en el pasado remoto
que construyen para fundar sus razones, escriben al mismo tiempo una historia que están viviendo en su
momento, o que está umbilicalmente ligada a su contemporaneidad, y de la cual participan como actores
de primera grandeza. Es una historia en construcción, una verdadera historia del presente. Y como tal, es
una historia, o un relato historiográfico, cuyo tono de optimismo o pesimismo con relación al pasado y al
futuro de la nación depende en buena medida de la suerte que sus redactores corren en los momentos de
la elaboración del texto. El pasado se pinta en tonos tenebrosos si el presente es desfavorable a quien lo
narra, y, por lo contrario, es glorioso si la suerte le ha sonreído al tratadista. Se le puede ver como el
camino hacia la democracia y la modernidad o, por el contrario, como la ruta hacia el desastre y la
decadencia de la idea republicana.
Al interior de esto hay una idea de la historia, iluminista y progresista, que choca constantemente con y
se erosiona ante las realidades concretas que les toca vivir a muchos de los autores del relato
historiográfico decimonónico, en particular a los que pierden en determinado momento la oportunidad de
comprobar, con sus experiencias vitales, el rumbo justo de la historia y se ven obligados a racionalizar la
derrota en un curso temporal en el cual la propia razón auguraba la victoria. Se busca lo ‘racional’ en la
historia, el encaje’ natural —o providencial— de sus partes, de su presentación auto-explicativa que no
deje dudas sobre la lógica del proceso Por eso, algunos pasados’ habría que evitarlos, ponerlos a un lado
como momentos excepcionales, anómalos, fuera de la norma histórica’, descalificarlos de alguna manera
sin descalificar al mismo tiempo la justicia general de la Historia, con mayúscula. Pero el contraste entre
el ser y el deber ser es por lo general implacable; esto es, entre lo que la historia muestra del devenir
iberoamericano ‘real’ y lo que debería mostrar conforme a los modelos ideales que en algún momento
impulsaron las ideas de organización política de las nuevas repúblicas.
Es un lugar común la noción de que el relato historiográfico moderno está íntimamente ligado al
hallazgo o construcción de lo heroico como acto fundacional, como un mito elaborado a partir de
materiales de la experiencia. Sin esto el pasado no es digno de convertirse en un ‘tratado de historia. Y
sin ese tratado, como sin esa gesta heroica, los fundamentos de la nación, según los modelos vigentes en
el mundo occidental decimonónico, no pueden ser instaurados. Lo hacen los mexicanos, los chilenos y los
peruanos, entre otros, con el pasado indígena. Para amalgamarse, las nacionalidades necesitan ‘raíces’
que celebrar, proezas que conmemorar y éstas generalmente se forjan junto con la definición de un otro’,
hostil, antagonista, extraño y extranjero, sea éste el imperialista europeo o, también, el indio ‘bárbaro’ —
no el heroico e inmaculado del pasado remoto, sino el que, convertido en parte de la chusma y de la
plebe, ‘estorba el camino de la civilización. De allí que esos relatos historiográficos fundamenten
identidades ‘nacionales’ y, al mismo tiempo, se basen en ellas para justificarse como narraciones
‘nacionalmente’ diferenciadas. En el caso de Brasil, la identidad nacional se forja como un cinturón
defensivo contra la ‘anarquía republicana que rodea al territorio del imperio por todos sus costados. Pero
a veces, como es el caso mexicano después de la guerra de 1848 con Estados Unidos y de la pérdida de la
mitad de su territorio, esas nacionalidades, y finalmente la construcción de un relato historiográfico
‘nacional’, también son resultado de traumas colectivos, que amalgaman un sentimiento de unión y una
identidad común nacidos de la derrota y de la humillación, y que son necesarios, imprescindibles aun,
para evitar la desaparición de la propia idea de nación.
Pero, aun cuando se trate de procesos semejantes de construcción societaria con apoyo en la
elaboración de relatos historiográficos, no hay como dejar de notar las diferencias existentes en los casos
tratados. Hay narraciones que ‘reconstruyen el pasado necesario contra viento y marea, como parte de la
contienda política, afrontando las dificultades de la desgracia momentánea, sin apoyos ni alicientes,
mientras que otras lo hacen con el patrocinio de Estados que necesitan menos de los fundamentos
historiográficos para una consolidación que ya se obtiene por otros caminos. Es el caso de Chile y Brasil,
no por coincidencia las dos entidades nacionales que se vanaglorian de su consolidación y del orden
interno que guardan durante los largos periodos de anarquía por los que atraviesan las otras naciones
iberoamericanas; caso semejante, si bien no idéntico, es el de Colombia y de los privilegios documentales
concedidos a Restrepo por las autoridades nacionales para elaborar su historia.
El volumen hace alusión a las independencias iberoamericanas en el subtítulo porque son ellas las que
marcan un hito en las visiones que las élites regionales lanzan sobre el pasado con vistas al futuro pero en
una operación que busca cimentar su poder en el presente. Ellas, las guerras de independencia y los
procesos inmediatos que les siguen, son el punto de partida de la ‘historia nacional' y la relación de esa
historia nueva con el pasado colonial será en muchos casos, como sabemos, materia prima de la disputa
entre liberales y conservadores. Se trata de estabilizar el pasado, de ‘fijarlo’ de una vez por todas de
acuerdo a determinada posición al interior de la sociedad y del Estado. Por eso, la cuestión de la Verdad’
es un elemento central en muchos de los relatos analizados por los autores del volumen. Varias de las
reconstrucciones del pasado se centran en el momento fundacional de la guerra, y en diversos casos la
tarea del autor es partir de lo que existe, generalmente considerado una ‘mentira’, para, a través de un
proceso de precisión y ajuste de los ‘hechos’, llegar a la Verdad’, para repartir con justicia —y aquí la
historia muestra su faz de juez y árbitro— laureles y espinas. Restaurar la ‘verdad’ de los hechos y de los
procesos equivale a recuperar una entidad del espíritu, una especie de ‘alma’ que la nación necesita
conocer y hacer funcionar para ella misma poder operar a contento. Una operación que con frecuencia se
realiza por medio de relecturas ideológicas de la historiografía nacional temprana, a la luz de las disputas
políticas de la segunda mitad del siglo entre liberales y conservadores, centralistas y federales, etc., para
poner ‘la verdad de los hechos en su sitio. De aquí vendrán los esfuerzos por implantar relatos
historiográficos hegemónicos, lo que se logra aparentemente en los países de temprana consolidación de
un Estado que monopoliza la soberanía, como Chile y Brasil, mientras que en Colombia, en Ecuador o en
Venezuela la posibilidad de un discurso hegemónico estará a la deriva en el mar de divisiones entre las
élites locales. México parece ser un caso intermedio, en el que las pugnas entre liberales y conservadores
no obstan para la construcción, en lo general, de un discurso historiográfico unitario.
La historia Verdadera parte de la falsedad primigenia para llegar a la luz que la consagra como la liga
que amalgama a la sociedad y fundamenta al Estado. Un conocimiento que se delinea también por medio
de la exploración geográfica, por la definición de límites y confines que son a su vez fronteras de
nacionalidades y de historias compartidas al interior del territorio. No sólo por eso, sino porque la base
territorial, es obvio, constituye el espacio del ejercicio de la soberanía de los Estados nacionales. No en
balde muchos de los conflictos entre las nuevas naciones iberoamericanas durante el siglo XIX y hasta
bien entrado el XX, se deben precisamente a disputas por la extensión de esa soberanía territorial.
Territorio, sí, pero también la descubierta de la historia natural y del apoyo que ésta puede prestar a la
construcción de identidades nacionales de cuño político y cultural. Las ciencias de la naturaleza —la
biología, la botánica, la química, la geología, etc.—, pero también la arqueología en el caso peruano, se
usan para apoyar la construcción de una historiografía en la que la dimensión física de la nación, su flora
y fauna, sus relieves y depresiones, además de las costumbres de sus habitantes, son centrales para la
definición de la identidad nacional.
A la cuestión de la verdad habría que agregar tal vez el problema del olvido’. Ya se hizo referencia
líneas arriba a los esfuerzos intelectuales de diversos políticos/pensadores de la segunda mitad del siglo
XIX por encajar en un cuadro explicativo derrotas y retrocesos aparentes que niegan una razón histórica
que apuntaba hacia la consolidación de sociedades y Estados modernos y progresistas, a semejanza de los
modelos europeos del momento. La solución es desnaturalizar esos episodios, recluirlos al cajón de las
‘incoherencias' de la historia. Otra opción, como lo muestra el caso venezolano de los debates
parlamentares de 1858 discutido en este volumen, es recurrir al olvido’ —más de veinte años antes de la
famosa conferencia de Renan sobre la definición de la nación y requisitos para su existencia— para borrar
del registro histórico los ‘desvíos’ que habían retorcido el camino de la república y llevado a su
degeneración y decadencia temprana, y que dejaban en evidencia la incapacidad de las élites para
construir un sistema político viable. Había que volver a las etapas heroicas de las guerras y de la
emergencia de líderes y proceres, releer sus acciones y actitudes y hacer, literalmente, tabula rasa del
pasado.
Pero las historiografías decimonónicas, además de —y tal vez más que— justificar la existencia del
Estado nacional, justifican una determinada organización de la sociedad, con segmentos privilegiados y
sectores excluidos o marginados, esto es, explican y legitiman la injusticia al etnificar políticamente la
historia, como en el caso boliviano, o entonces, como en el de Brasil, intentan resolver en la narrativa
desigualdades que existen en la realidad social, apelando a imágenes de armonía social y de participación
equivalente de los diversos componentes raciales de una nación en la consolidación de su soberanía. Por
ese camino, el leitmotiv historiográfico de la opresión colonial no sólo sirve a las élites criollas como
motivo explicativo y factor justificante de la independencia, sino que, convertida también en fuente del
embrutecimiento* permanente del indígena, se transforma en la piedra de toque para legitimar su
exclusión. La herencia de un indígena ‘degenerado’ era obra de la colonia y contra ella nada podía hacer
la nación soberana —e inocente—, como no fuera buscar, por un medio u otro, su extinción, ya fuera a
través de la educación europeizante, del mestizaje o, mejor aún, del blanqueamiento y de la
castellanización extensiva.
Buena parte de los autores de los capítulos focalizan una o varias obras capitales de la historiografía
decimonónica de los países que les tocó tratar, y estudian los sentidos que esas obras otorgan a las
sociedades postcoloniales. Palti se ocupa de manera central de la Historia de Belgrano y la independencia
argentina, de Bartolomé Mitre. Vélez Rendón focaliza su estudio en la Historia de la Revolución de la
República de Colombia en la América Meridional, de José Manuel Restrepo, y en sus relecturas
decimonónicas más importantes. Zermeño parte de la Historia de Méjico de Lucas Alamán para discutir la
formación de una historia unitaria, dotada de rasgos comunes tanto para conservadores como para
liberales. Thurner, quien retrocede hasta mediados del siglo XVIII para trazar la perspectiva de la
invención de la historia de Perú basándose de manera particular en José Hipólito Unanue, centra buena
parte de su trabajo en la obra de Sebastián Lorente, con destaque para su Historia Antigua del Perú.
Buriano encuadra su estudio entre dos monumentos historiográficos, el Resumen de la Historia del
Ecuador, de Pedro Fermín Cevallos, y la Historia General de la República del Ecuador, de Federico
González Suárez. Irurozqui, si bien incursiona en el análisis historiográfico de la novelística, culmina sus
reflexiones en la Historia General de Bolivia, de Alcides Arguedas. Mana Ligia Prado alterna el análisis de
obras históricas, como la História Gemido Brasil, de Francisco Adolfo Varnhagen, vizconde de Porto
Seguro, con el análisis de la iconografía que apoya en la plástica consolidación del Estado nacional, y de
la novelística romántica referida al indígena, en agudo contraste con los resultados del análisis de
Irurozqui sobre el mismo asunto en Bolivia. Sagredo prefiere ver la construcción de una identidad
nacional chilena, base de la edificación del Estado nacional, a través de la Historia fisica y política de
Chile, de Claudio Gay. Serrano, por su parte, se zambulle en el análisis de dos debates parlamentarios y
en el uso que sus participantes hacen de la historia nacional.
El volumen está organizado a partir de una sección que agrupa los estudios que discuten con mayor
detalle problemas propiamente historiográficos (Palti, Vélez y Zermeño), con un trabajo (Thurner) que
integra esa problemática —si bien reniegue de su denominación— pero que se enlaza con y sirve de
bisagra a los que le siguen, que agrupan a los países andinos, y que agregan a lo historiográfico el
análisis del contexto empírico de la producción del relato, en particular el tratamiento de la cuestión
indígena o del ‘indio’ (Buriano, Irurozqui). La tercera porción agrupa tres estudios que se identifican,
paradójicamente, por su temática diferenciada: abre con el estudio de Prado, que acompaña a Irurozqui
en el tratamiento de la literatura nacionalista y la visión del indígena y le agrega la perspectiva
iconográfica, también presente en Thurner, sigue con Sagredo y su análisis de la historia natural de Chile
y de las cuestión territorial, también tocada por Prado, y culmina con Serrano y los debates
historiográficos en el Congreso venezolano en dos fechas capitales, 1830 y 1858.
GUILLERMO PALACIOS
Coordinador
Nota
* Agradezco la colaboración de la licenciada en Historia Laura Rojas Hernández en varias fases de la
factura de este volumen.
LA NACIÓN ARGENTINA ENTRE EL SER Y EL ACONTECIMIENTO.
LA CONTROVERTIDA PLASMACIÓN DE UNA VISIÓN GENEALÓGICA DEL PASADO
NACIONAL1

ELÍAS JOSÉ PALTI


Universidad Nacional de Quilmes-Conicet

Mientras preparaba su expedición libertadora, Simón Bolívar expresaba el sentimiento de refundación


(con las esperanzas, y también incertidumbres, que esto conlleva) que la idea de la quiebra de vínculo
colonial suscitaba.

¿Se pudo prever, cuando el género humano se hallaba en su infancia, rodeado de tanta incertidumbre, ignorancia y
error, cuál sería el régimen que abrazaría para su conservación? ¿Quién se habría atrevido a decir: tal nación será
república o monarquía, ésta será pequeña, aquélla grande? En mi concepto ésta es la imagen de nuestra situación.
Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte.2

Había que crear, pues, como el Dios bíblico en el Génesis, un nuevo mundo de la materia informe.
Poner un orden en la geografía llana, que había perdido todos sus puntos de referencia junto con la
administración colonial, significaba, fundamentalmente, para Bolívar, definir los límites y la naturaleza de
los nuevos estados.
Las naciones latinoamericanas encontrarían así un inicio claramente identificable en el calendario. A
diferencia de las naciones europeas, cuyo origen mítico se hunde en el fondo de los tiempos, en esta
región del planeta habrían sido una construcción reciente y, en consecuencia, relativamente arbitraria.
Sin embargo, una vez instalados, los nuevos estados requerirían, para su afirmación, fundarse en
principios de legitimidad menos contingentes que los azares de las batallas en el curso de las guerras de
independencia. La lucha contra el pasado colonial se trocaría entonces en una lucha no menos ardua por
negar (o, al menos, velar) la eventualidad de sus orígenes como nación y encontrarles basamentos más
permanentes (y, por tanto, históricamente incontestables).
Surgiría entonces la idea de que los nuevos estados sólo dieron forma institucional a naciones
largamente preexistentes cuyo linaje la historiografía respectiva habría de develar. Cada historia
nacional, tal como habría de concebirse a lo largo del siglo XIX, se nos revelaría como un curso unitario y
evolutivo por el cual aquel principio particular que supuestamente caracteriza a la respectiva
nacionalidad se desenvuelve progresivamente a lo largo de periodos sucesivos que expresan otras tantas
fases lógicas necesarias en su desarrollo. No obstante, configurar un concepto tal no sería en absoluto
sencillo en el contexto de sociedades posrevolucionarias como las nuestras. En principio, la idea de una
identidad nacional presupone las de unidad (es decir, la existencia de ciertos rasgos comunes que puedan
reconocerse por igual en los connacionales de todos los tiempos, regiones y clases sociales) y de
exclusividad (que tales rasgos distingan a éstos de los miembros de las demás comunidades nacionales).
Una característica adicional es que tal principio particular debe ser, empero, reconocible como
universalmente valioso, es decir, encarnar valores incontestables que justifiquen por sí su existencia y su
defensa ante cualquier posible amenaza interior o exterior. La historia nacional genealógica tendrá, pues,
además, un carácter eminentemente autocelebratorio. “Un pasado heroico, la gloria...”, decía Renan,
“...éste es el capital social sobre el cual se basa una idea nacional”.3
Sin embargo, en la América hispánica ninguno de aquellos elementos a los que usualmente se apela
como base para tales construcciones genealógicas (lengua, etnicidad, tradiciones), parecía susceptible de
llenar las exigencias de unidad y exclusividad requeridas. Aparentemente, no habría forma de justificar
racionalmente (más allá de la pura contingencia de la suerte en el campo de batalla) por qué, por
ejemplo, Bolivia o Paraguay son naciones independientes y no lo son las provincias del litoral argentino;
cuáles son, en definitiva, los fundamentos objetivos en los que se sostendrían los nuevos estados. El
problema crucial radicaba, de todos modos, en otra parte. Y esto nos remite a la tercera de las
características de las narrativas genealógicas de la nación: menos aún podía tal historia ser celebratoria
de tradiciones con las que se quiso romper brutalmente y a las que por mucho tiempo se buscó erradicar.
Lo cierto es que la plasmación de una narrativa histórica fundada en el supuesto de identidad nacional
será aquí un fenómeno sumamente tardío. Con la excepción notable de Brasil y Chile, habrá que esperar
hasta fines del siglo XIX para encontrar las primeras “historia nacionales” que ofrecezcan una visión
sistemática y coherente del pasado nacional. Resulta paradójico, pues, que Benedict Anderson afirme hoy
que en América Latina las “comunidades de criollos desarrollaron tempranamente concepciones de la
nacionalidad [nation-ness] mucho antes aun que en la mayor parte de Europa”5 En realidad, según
muestra José Carlos Chiaramonte,5 hasta 1850 la idea de “nacionalidad” fue por lo menos ambigua. De
hecho, la lucha por la independencia fue planteada en términos de un enfrentamiento entre españoles-
americanos y españoles-europeos, cada uno de ellos encarnando respectivamente los principios de la
libertad versus los del despotismo.6 Según sus mismos actores, no se trataba tanto de una lucha nacional
como de un enfrentamiento entre principios opuestos. Por lo mismo, no se definían aún criterios de
identidad más allá de la espontánea adhesión a la causa de la independencia.
Esta carencia tenía, en parte, fundamentos conceptuales. Como el mismo Anderson señala para el caso
europeo (y no hay razón para pensar que ello no es válido también para el latinoamericano), el ideario
iluminista podía servir de legitimación a la lucha por la independencia, pero no ofrecía un marco
adecuado para moldear formas de “comunidad imaginada” del tipo de las naciones modernas.7 En efecto,
cuando el porteño Mariano Moreno decía, siguiendo su vena contractualista, que una vez roto el vínculo
con la metrópoli, “la soberanía retrovertía en el pueblo”, no buscaba, ni lo creía tampoco necesario,
aclarar a qué “pueblo” se refería: ¿al de Buenos Aires?, ¿al del virreinato?, ¿al conjunto de los españoles-
americanos?, o, finalmente, ¿al de la totalidad de los súbditos del monarca, incluidos los españoles-
europeos?; ¿sólo a la “gente decente”?, ¿a las clases bajas blancas?, ¿o, también, mestizos, indígenas y
esclavos? Lo que definitivamente no parecía posible imaginar era algo parecido a lo que hoy llamamos
“pueblo argentino”. La idea de que la independencia dio forma institucional a naciones preexistentes (y
que Anderson parece compartir) será, en efecto, una construcción historiográfica muy posterior. Ni las
condiciones históricas ni los marcos conceptuales necesarios para ello estaban todavía disponibles.
Aun así, es cierto que la urgencia por delimitar las respectivas identidades nacionales aparecería como
ineludible tan pronto como las guerras por la independencia llegaran a su fin. Disipado el fantasma del
enemigo común que servía hasta entonces de aglutinante del frente revolucionario, surgiría claramente el
peligro de la disolución política y la “guerra social” prevista por Bolívar.8 Con el fin de afirmar los nuevos
estados surgiría la necesidad de consolidar lo que hasta entonces no era sino un patriotismo americanista
vago en una “conciencia nacional” a la que se subordinaran otras formas de identidad (regionales, de
casta, etcétera).9
La apelación a la historia es consecuencia de ello. Ella, en fin, contenía, según se pensaba, las claves
para la edificación del nuevo ordenamiento institucional. Ya el British Packet (el periódico de la
comunidad inglesa en Río de la Plata) advertía que “las instituciones que no están fundamentadas o
sostenidas por las costumbres no pueden durar en ningún pueblo”.10 Y Rivada-via reconocía al menos el
poder legitimante de la escritura histórica (de la “gloria” contenida en el respectivo “heroico pasado”,
según pedía Renan) cuando en 1812 ordenó, por decreto, “se escriba la historia de nuestra feliz
revolución, para perpetuar la memoria de los héroes, las virtudes de los hijos de América del Sud, y la
época gloriosa de nuestra Independencia civil, propiciando un nuevo estímulo, y la única recompensa que
puede llenar las aspiraciones de las almas grandes”.11 Pero no será sencillo para la nueva élite surgida
tras la revolución, descubrir el germen primitivo de las libertades modernas tan costosamente
conseguidas en tradiciones forjadas, según ellos denunciaban, en el despotismo hispánico. Lo sugestivo
del decreto rivadaviano es que hable de “independencia civil” (no “nacional”) y se refiera vagamente a los
“hijos de la América del Sud” en general. Más relevante aun para nuestro tema es que la historia a la que
se apela no vaya más allá del relato de la lucha por la independencia. Tampoco el Himno Nacional
Argentino señala hechos dignos de ser mencionados, anteriores a la serie de batallas contra “el tirano
opresor”.12
El bagaje de ideas románticas que inunda a Buenos Aires en la década de 1830, proveería finalmente a
la llamada Generación del 37, las herramientas conceptuales para articular estos tanteos históricos
imprecisos en una visión genealógica coherente. Ésta se propondría así superar el persistente divorcio
entre el nuevo Estado y las tradiciones y la cultura locales. Una nación que se desconoce, pensaban sus
miembros, no podría afirmar ningún orden institucional. No obstante, a pesar de su retórica historicista,
difícilmente (y sólo tardíamente) habrá de superar tales limitaciones que surgían de aquel rechazo al
pasado colonial en bloque que se impuso por la lógica misma del proceso revolucionario.13 Así
permanecerá desgarrada entre, por un lado, su vocación (que compartía con la generación revolucionaria
que les precedió) por erradicar los principios sociales tradicionalistas heredados de la colonia y,14 por
otro, su crítica a la idea iluminista de que un pueblo pueda modificar su naturaleza y sus costumbres a
voluntad (idea que, pensaban sus miembros, no podía sino llevar, como efectivamente lo hizo en los años
veinte, a la anarquía).15 “Los pueblos tienen su ley de progreso y desarrollo”,16 decía Alberdi, ley que los
revolucionarios de Mayo habrían violentado. La causa última de ello, sin embargo, radicaría en otra parte.
Más que el rechazo “ilustrado” del pasado, serán los antagonismos presentes los que habrán de reactivar
esa marca de contingencia en los orígenes de su formación nacional, sellando un persistente divorcio
entre la élite letrada y las tradiciones y cultura locales.
En efecto, la maduración del proyecto romántico en un modelo historio-gráfico consistente presuponía
una visión marcadamente racionalista y evolutiva de la historia argentina que la ruptura con el rosismo
(al que, aunque ya reconocido como bárbaro, seguirían identificándolo como la expresión auténtica de la
realidad local y encarnación de la nacionalidad) haría imposible sostener.17 A sólo un año de su formación
como tal, los miembros de la Generación del ’37 marcharían uno a uno a un exilio que, como pronto
descubrirían, sería inesperada e insoportablemente prolongado. La historia local se les aparecería
entonces como empeñada en contradecir las más elementales exigencias de la razón y obstinada en
burlar las leyes universales que guían su transcurso. En este contexto, la elaboración historiográfica del
pasado argentino según el concepto genealógico de la nacionalidad resultaría inviable. ¿Cómo narrar una
historia que, sencillamente, parecía no haber conducido a nada, o peor aun, a Rosas? Según decía Mitre
citando a José Rivera Indarte, “el sistema de Rosas es capaz de falsificar los monumentos nacionales y de
hacer imposible la historia”.18 Fracasado el efímero proyecto de tornar al “tirano” en una suerte de
agente involuntario de la razón, para los miembros de la Generación del ’37, mirar al pasado sería hundir
la vista en un vacío tan profundo como el desierto descrito por Sarmiento en Facundo.19
Habría así que esperar a que el sistema de alianzas montado por Rosas comience a revelar fisuras para
que los pensadores argentinos pudieran aventurar algún intento por revalorizar el propio legado
histórico. En una serie de cartas a Pedro de Ángelis, publicadas en 1847 en Montevideo, Esteban
Echeverría, al mismo tiempo que señalaba los primeros síntomas de desavenencias entre los caudillos del
litoral y Rosas, sentaría las bases para una historia genealógica. Éste creía entonces ver en el régimen
municipal colonial, el germen local de los principios democráticos que la historia posterior debía
desarrollar. Su formación ofrecía, según entendía, el hilo conductor invisible que ordenaba el transcurso
histórico nacional argentino en una unidad de sentido orgánico a lo largo de sus incesantes cambios y
fisuras. Instancia que hundía sus raíces en los orígenes mismos de la colonización, sería el primer esbozo
de esa democracia incipiente que habría de emerger en mayo y se proyectaría hacia el futuro como el
ámbito primario de participación cívica desde donde la Joven Generación ejercería su misión docente. El
régimen municipal sería, en fin, el ámbito institucional a partir del cual el sujeto-ciudadano moderno se
iría progresivamente constituyendo en las pampas.

Quiero, ante todo, reconocer el hecho dominador, indestructible, radicado en nuestra sociedad, anterior a la
revolución de Mayo y robustecido y legitimado por ella [...] Quiero que a ese núcleo primitivo de asociación municipal,
a esa pequeña patria, se incorporen todas esas individualidades nómadas que vagan por nuestros campos; que dejen
la lanza, abran allí su corazón a los efectos simpáticos y sociales y se despojen a poco de su selvática rudeza. El
distrito municipal será la escuela donde el pueblo aprenda a conocer sus intereses y sus derechos, donde adquiera
costumbres cívicas y sociales, donde se eduque paulatinamente para el gobierno de sí mismo o la democracia, bajo el
ojo vigilante de los patriotas ilustrados: en él se derramarán los gérmenes del orden, de la paz, de la libertad, del
trabajo en común encaminado al bienestar común.20

Dicho proyecto aportaba así el diseño de un modelo racional de nación que no significaba un rechazo
llano de su realidad pasada y presente tal como ella se manifestaba. Rosas mismo ocuparía dentro de este
esquema su lugar legítimo en la historia, como el del quizás rudo pero imprescindible caparazón para un
aún débil organismo en cuyo seno germinaban nuevas formas de vida democrática que la joven
generación iría desarrollando. En fin, él mismo permitía concebir la presencia en la historia local, de una
instancia de continuidad que definiría su identidad, aquel oculto soporte unitario que articularía en una
unidad de sentido una historia en apariencia escindida.
Hacia 1850 Sarmiento buscaría ya, en Recuerdos de Provincia, “revivir las tradiciones antiguas,
recuerdos de un tiempo mejor” que, para él, era ahora la mejor “protesta contra el estado presente”.21
Finalmente, caído Rosas, Mitre funda el Instituto Histórico y Geográfico del Río de la Plata. Se inicia
entonces la publicación de la Galería de Celebridades Argentinas con la que se intentará llenar el vacío
historiográfico argentino (“este vació criminal”, asegura Mitre, que “pone en evidencia nuestra incuria y
nuestro atraso en materia de estudios históricos”).22 En ella apareció el primer esbozo de la obra que
finalmente habrá de clausurar esta brecha en la desigual producción intelectual del romanticismo criollo
(ya por entonces muy sólida en lo que hace a su obra literaria y doctrinaria, pero sumamente precaria e
incipiente en cuanto a realizaciones historiográficas): la Historia de Belgrano y la independencia
argentina de Mitre. Ésta representa el más acabado de los intentos por reunir conforme un mismo
principio explicativo, los diversos acontecimientos que irrumpen en el transcurso de la historia nacional.
Articulada en torno a la idea de la preexistencia de la nación, Mitre logra allí limar las aristas
conflictivas del pasado argentino, mostrando sus diferentes periodos (la colonización, la revolución, la
anarquía, Rosas, la organización nacional) como momentos que encajan armónicamente entre sí y se
siguen lógicamente unos de otros. Y es en el primero de ellos, como corresponde al credo romántico, que
se definen los rasgos distintivos que habrán de marcar todo el desarrollo posterior. De esta forma, la
historia nacional argentina recuperaba una unidad de sentido, dentro de la cual sus distintas fases forman
una trama compacta y homogénea. El hecho revolucionario perdía así su carácter disruptivo, marcando
sólo un hito en un despliegue unitario. “La revolución argentina”, aseguraba, “lejos de ser el resultado de
una inspiración personal, de la influencia de un círculo, o de un momento de sorpresa, fue el producto
espontáneo de gérmenes por largo tiempo elaborados, y la consecuencia inevitable de la fuerza de las
cosas”.23 Finalmente, en la Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, su segunda gran
obra histórica, Mitre define cuál fue el valor y cuál la significación histórico-universal del surgimiento de
dicha nacionalidad en el marco más global del progreso evolutivo genérico de la especie: difundir los
principios de la libertad que, de otro modo, hubieran permanecido recluidos en América del Norte.
Tenemos, pues, definido allí un concepto genealógico de la nacionalidad. Ésta se nos revela con el
carácter de unidad y exclusividad que supone toda narrativa tal, y, al mismo tiempo, como encarnando
valores de validez incondicional. Sin embargo, cabe recordar que las primeras dos ediciones de la
Historia de Belgrano (que datan de 1856 y 1858-1859, respectivamente) quedaron inconclusas, y sólo en
la cuarta de ellas (publicada casi treinta años mástarde) alcanzó su forma definitiva. Y esto es sintomático
de los problemas que se suscitaron en el proceso de su elaboración. La empresa que se inicia tras la caída
de Rosas destinada a reconfigurar la imagen de un pasado desgarrado por los enfrentamientos civiles, no
podría sobrevivir al fuerte contraste que significó la fractura producida entre Buenos Aires y la
Confederación. Embarcados Mitre, Sarmiento, Alberdi y los demás ex compañeros de exilio en una lucha
que terminaría enfrentándolos entre sí, todo intento por articular una visión sistemática del propio
transcurso histórico como nación, quedaría entonces nuevamente comprometido. Sólo la definitiva
consolidación del Estado nacional permitiría concebir una historia tramada genealógicamente. La
consecución de un orden político proveería no sólo las bases institucionales, sino, fundamentalmente, las
condiciones epistémicas que permitieran tornar a la nacionalidad visible como objeto de la realidad. Éste
señalaría, en fin, el término de este persistente divorcio de las élites ilustradas argentinas con sus
tradiciones y su legado histórico, volviendo ya decisivamente menos cruentas las controversias históricas
que todavía se agitaban. Aun así, dicho proceso, como veremos, no estuvo ausente de contradicciones.

RAZÓN Y REVOLUCIÓN EN LA HISTORIA DE BELGRANO DE MITRE

La visión histórica de Mitre destila ya, en efecto, una fe inquebrantable en la marcha espontánea de la
historia. Como señala Tulio Halperín Donghi:

Para Mitre el mal no tiene presencia histórica; es, o pura apariencia, o condición necesaria para un bien mayor
destinado a ser revelado sólo en el porvenir. Sería ocioso denunciar la falta de hondura trágica de una concepción de
la realidad histórica que deliberadamente recusa validez a cualquier visión trágica; sería igualmente ocioso denunciar
en ese optimismo la expresión de una fe antes que la conclusión alcanzada a partir de una libre exploración de la
realidad; eso era precisamente lo que era, y para entender la obra histórica de Mitre es preciso tomar totalmente en
serio esa fe profana e inquebrantable que la informaba.24

Sin embargo, esta comprobación suele dar como resultado una imagen demasiado compacta y lineal de
su obra historiográfica, ocultando las tensiones que transitan su texto. Esta se encuentra atravesada por
contradicciones que tienen dos orígenes. El primero de ellos, del hecho de que su concepto genealógico
de la nación cristalizara, en realidad, tardíamente (sólo aparece formulado en la tercera edición de la
Historia de Belgrano, de 1876), cuando muchos de los supuestos típicamente románticos sobre los que
dicho concepto se sostenía se encontraban ya fuertemente cuestionados. En la segunda mitad del siglo
XIX el clima intelectual se había modificado profundamente, presentando tendencias contrastantes al
respecto. Al mismo tiempo que, por un lado, las ideas nacionalistas reciben con el Risorgimento un
impulso fundamental, comienza, por el otro, el proceso que culmina en la conferencia famosa dictada por
Renan en 1882, titulada “¿Qué es una nación?”, y por el cual se desmontarían las concepciones de las
nacionalidades como entidades objetivas. La Historia de Belgrano resulta incomprensible fuera del
contexto de estas transformaciones (y las ambigüedades y contradicciones que éstas generaron). La obra
de Renan, en particular, contiene claves fundamentales para reconstruir el lecho de ideas a partir del cual
se concibió dicha obra.
En su reseña del desarrollo de las diversas nacionalidades europeas, Renan mostraba claramente que
ninguno de los supuestos factores en que la nacionalidad se basa (como la unidad de lengua, raza,
religión, geografía, etc.), puede explicar cómo las naciones se formaron y delimitaron mutuamente.
Frente a cualquier criterio que pretendía utilizarse para definir “objetivamente” una nación, Renan
encontraba siempre contraejemplos que lo refutaban (es decir, de naciones que albergaban pluralidad de
razas, o lenguas; o bien, de razas o lenguas compartidas por naciones que eran, no obstante, claramente
diversas entre sí; y así sucesivamente). A fin de constituirse como un todo homogéneo y único, toda
nación, decía, debió antes ser capaz de rellenar sus fisuras internas y “olvidar” los antagonismos que la
dividieron históricamente (“el olvido, y yo diría, el error histórico”, aseguraba Renan, “son factores
esenciales en la creación de una nación, y por ello el progreso de los estudios históricos es con frecuencia
peligroso para la nacionalidad”).25 Según las interpretaciones tradicionales, Renan volvía así a un
concepto “subjetivo”, de matriz iluminista, de la nacionalidad. La misma se trataría de una construcción
política “artificial”. No obstante, estudios más recientes han discutido este enfoque.
Benedict Anderson llamaría la atención sobre la peculiar sintaxis de la expresión de Renan cuando
afirma la necesidad de “olvidar” para poder constituir una nación. Éste dice que el pueblo francés doit
avoir oublié (debe haber olvidado) en vez de, como sería más lógico, doit oublier (debe olvidar). Y esto es
profundamente significativo. Lo que Renan señala allí es que el olvido es al mismo tiempo una condición
para la constitución de una nación (un deber) y la prueba de su existencia como tal (un hecho): la
“nación” se constituye a sí misma en el propio acto de “olvidar” sus antagonismos; y, sin embargo, para
que haya “olvido” es necesario que exista ya un sujeto que “olvide”.26 Renan insistiría en este doble
carácter de la nacionalidad.

Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas que, a decir verdad, no son más que una sola, constituyen
este alma, este principio espiritual. Una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos, la otra el
consentimiento actual, el deseo de vivir en común, la voluntad de continuar haciendo valer la herencia indivisa que se
ha recibido. El hombre, señores, no se improvisa. La nación, como el individuo, es la culminación de un largo pasado
de esfuerzos, sacrificios y devoción.27

Los componentes objetivos y subjetivos de la nación (materialidad y voluntad) reenvían uno al otro
permanentemente. La imposibilidad de establecer parámetros objetivos para definir a la nación, lleva así
a radicar la cuestión en el ámbito de la voluntad subjetiva. Empero, ésta presupone siempre la existencia
de formas sustantivas objetivas de organización social, las cuales no pueden, a su vez, explicar su propio
origen y conformación sin apelar a un elemento volitivo subjetivo, y así ad infinitum. No es, en última
instancia, el supuesto “voluntarismo iluminista” de Renan, sino esta circularidad, esta oscilación entre
sujeto y objeto, entre presente y pasado, lo que termina por abrir una primera brecha en el discurso
genealógico de la nación revelando las aporías que el mismo contiene.28 Como veremos, la narrativa
histórica de Mitre replica esa oscilación entre lo “subjetivo” (el “pueblo”) y lo “objetivo” (la “nación”),
aunque en éste responderá menos a un proyecto de desmontar las aporías del concepto genealógico de la
nacionalidad que a las vacilaciones conceptuales y vaivenes de su trayectoria política e intelectual. Y esto
nos conduce a la segunda de las fuentes de tensiones que se observan en su obra.
El segundo aspecto conflictivo que deja su marca en la Historia de Belgra-no tiene que ver con el hecho
de que la confección de la misma se prolongó por más de treinta años llenos de eventos que determinaron
profundas transformaciones políticas y sociales. Y el pensamiento histórico de Mitre no permaneció
inalterable ante las mismas. De hecho, el texto final de dicha obra guarda aún las huellas de un muy
controvertido proceso de elaboración.
Su parte mejor conocida es el capítulo I, titulado “Sociabilidad argentina”, que es aquel en que Mitre
define los principios que habrían guiado la evolución nacional e identifican la nacionalidad argentina
desde su origen (la colonización), recortándola claramente dentro del mapa sudamericano. De allí que,
tras el derrumbe del orden colonial, su delimitación espontánea respecto de aquellos otros “organismos
nacionales” que le eran incompatibles (Bolivia, Paraguay, Chile, etc.) resultaría inevitable, puesto que
estaba determinado por las leyes orgánicas de su constitución natural. Este representa así el más
acabado de los intentos realizados en dicho país en el siglo pasado por reunir conforme un mismo
principio explicativo los diversos acontecimientos que jalonan el transcurso de la historia nacional.
Mediante una serie de oposiciones Mitre iría revelándonos cómo se fue constituyendo el núcleo
primitivo de las formas locales particulares de sociabilidad; cómo el despotismo español se trasmutó en
esas tierras en el germen fecundo de la libertad.29 El resultado será una “democracia rudimental”30 que
encerraba tanto el embrión de la posterior disolución como también las fuerzas cohesivas que
prefiguraban sus formas institucionales definitivas cuya realización Mitre creía estar ya vislumbrando.31
De esta forma, la historia nacional argentina recuperaba una unidad de sentido dentro de la cual sus
distintos periodos forman una trama compacta y homogénea.
Ahora bien, como dijimos, este capítulo es un agregado posterior; sólo aparece en la tercera edición de
1876. Según Vicente F. López, con quien Mitre sostuvo la polémica historiográfica más sonada del siglo
XIX en Argentina (polémica que, para algunos, constituye la piedra basai de la tradición histórica local),
éste le roba el mencionado concepto, que le provee un contenido “filosófico” a su narrativa, de su propio
relato de 1872-1873. En todo caso, lo cierto es que dicho capítulo, en contra de lo que afirman las
lecturas tradicionales de esta obra, que suelen ver al resto de la misma como una mera ilustración de lo
que allí se afirma, no se concilia con ésta. En realidad, contradice muy obviamente su proyecto original
(según se plasma en las dos primeras ediciones de 1856 y 1858-1859). El objeto original de la obra era
destacar la efectividad de la acción humana en la determinación de los acontecimientos históricos.32
Mitre hace esto explícito en el curso de su polémica con Dalmacio Vélez Sarsfield, producida en 1864, con
relación a la desobediencia de Belgrano, cuando éste se niega a acatar al gobierno porteño que, tras las
derrotas sufridas en el Alto Perú, le había ordenado retirarse a Córdoba (y decide enfrentar al enemigo en
Tucumán, donde triunfa). Vélez Sarsfield condena esta acción de Belgrano alegando que, de todos modos,
como luego se comprobaría, la independencia de las provincias norteñas igual se habría de producir.
Mitre no niega esto último; pero, asegura, “su resultado habría sido muy diverso para la
nacionalidad”.33 Según afirma:

Bien que la independencia fuese un hecho fatal que tenía que cumplirse, y más tarde se hubiese repuesto de aquel
contraste, no puede desconocerse, aun suponiendo como se dice que el ejército invasor no hubiese pasado de
Córdoba en aquella ocasión, que las Provincias de Tucumán y Salta se perdían para la Nación, como se perdió el Alto
Perú, a pesar de la decisión con que respondió al llamamiento de Buenos Aires, y del propósito en que perseveró por
largo tiempo de formar con nosotros un cuerpo de nación. Esto ocurrió porque abandonamos el teatro de guerra por
varias ocasiones, entregándolo al enemigo; separando esfuerzos y produciendo así una solución de continuidad que
determinó una nueva nacionalidad, no obstante la prodigiosa resistencia de Arenales y otros, de que hablaremos a su
tiempo. Toda solución de continuidad de la revolución, ha dado siempre el mismo resultado: en el Paraguay, en la
Banda Oriental, como en el Alto Perú.34

Como vemos, se trata de un concepto opuesto al que formula en el capítulo inicial de la versión de
1876, por el que su obra será conocida. Según afirma aquí, si Belgrano hubiera acatado la orden del
gobierno, la independencia probablemente se habría igualmente producido, pero las provincias del
noroeste argentino hoy formarían parte de Bolivia. La nación argentina, lejos de ser un fatalismo
geográfico o natural, aparece así como el resultado contingente de un curso determinado por la serie de
sus accidentes. Y es esto precisamente lo que lo torna relevante. En definitiva, para Mitre, si la acción de
Belgrano fue decisiva, es decir, tuvo una importancia histórica, es porque definió el modo y el alcance de
la nacionalidad argentina. Fueron sus aciertos militares y, sobre todo, políticos, los que determinaron la
constitución de la “nueva entidad” llamada pueblo argentino (que no existiría antes de mayo). Sólo esta
percepción hace comprensible y confiere densidad histórica a lo que llama “el drama de mayo”.35
Lo cierto es que este hincapié en la significación histórica de la acción de los actores, y, por
consiguiente, del carácter “construido” de la nacionalidad, dotaba a ésta de un aire de precariedad
incompatible ya con las necesidades de un orden que, veinte años más tarde, comenzaría a afirmarse.36 Y
es ese mismo orden el que, como decíamos, haría al mismo tiempo posible imaginar la “nacionalidad
argentina” como una entidad objetiva,37 que existe en sí y por sí, independientemente de la voluntad de
sus miembros, y precede incluso a su constitución efectiva como tal (la que sólo vendría a dar forma
institucional a una realidad preexistente).38 Esto lleva a Mitre a adicionar su famoso capítulo inicial en el
que traza la genealogía de la nacionalidad desde sus orígenes remotos, en los que residiría la simiente de
toda su evolución posterior y contendrían, por tanto, la clave última para comprender su trayectoria
efectiva. Éste, como vimos, contradice claramente el proyecto original de la obra. En la versión final
habrían así de yuxtaponerse dos diseños contrapuestos.
Esto obliga ya a revisar aquella imagen tradicional de esta obra que tiende a obliterar las tensiones que
la recorren. Pero la superposición en su texto final de dos diseños contradictorios entre sí revela algo más
que eso. El punto crítico aquí es que tampoco entonces, en 1876, la idea de Mitre de la evolución
argentina era tan lineal como ese primer capítulo sugiere. En definitiva, si no logra rearticular
retrospectivamente su narrativa, borrando las huellas de los distintos momentos en su proceso de
elaboración, se debe a que aún entonces Mitre mantiene una relación problemática respecto de su propia
realidad presente. De hecho, éste nunca habría de alinearse plenamente con el nuevo consenso que por
esos años se afirma en la élite (hay que recordar que, cuando escribe ese primer capítulo, Mitre acababa
de salir de la cárcel por su participación en la revolución de 1874). Esto se observa más claramente
analizando otro de los capítulos, menos conocido, que añade en esa misma edición, y que formará el
núcleo de su controversia con Vicente E López.
La polémica entre Mitre y López (1881-1882) es particularmente ilustrativa de las relaciones entre su
pensamiento histórico y su concepto político. El argumento central de López contra Mitre consiste en
que, en su tercera edición de la Historia de Belgrano, este último hace “filosofía” sin saberlo (la oposición
entre ambos, cabe aclarar, se planteó en términos de una lucha entre dos escuelas, la “filosófica”,
representada por López, y la “científica”, representada por Mitre).39 Como ya señalamos, según López,
Mitre tomó las pautas de interpretación, el concepto filosófico que preside dicha obra, de una serie de
artículos que aquél publicara entre 1872 y 1873 en la Revista del Río de la Plata sobre “El año XX” (y que
luego serían reunidos y publicados con el título de Ensayo sobre la revolución de Mayo). Sin embargo, es
importante destacar que López no se refería aquí tanto al tan mentado capítulo I, como a otro suceso,
mucho menos conocido, que aparece relatado en el capítulo VIII de la tercera edición, y que será el motivo
central de disputa entre ambos: el debate producido en el Cabildo el 22 de mayo entre Paso y el fiscal
Villota. Para López, este debate marcó la instancia crucial en el proceso revolucionario; constituía “la
parte verdaderamente capital y propiamente histórica de la Revolución de Mayo”.40 Allí Paso encontró la
“fórmula jurídica” (la doctrina del Negotiorum Gestor) que abrió finalmente el curso a la revolución.
Mitre sólo haría suyo este aporte original de López, que consistió, según sus palabras, en la “apreciación
del género oratorio histórico” en el marco del cual tendría lugar la acción revolucionaria, y al que define
como “casuístico”.41
En su respuesta a López, Mitre arguye que aquél, en realidad, confunde su fórmula jurídica con su
fórmula política, que es previa a lo jurídico.

La forma de la revolución de Mayo fue, pues, rigurosamente legal, y su fórmula jurídica, por lo que respecta a sus
preliminares, a su teatro de operaciones y a sus medios de acción, fue la del derecho municipal... Pero la revolución
era en sus tendencias esencialmente POLÍTICA; su fórmula política (no jurídica), fue la que se puso a discusión en la
asamblea popular, y la que con la sanción del voto de la mayoría se hizo ley, que se impuso y se convirtió en autoridad
y fuerza gubernamental. .. Ésta es la noción fundamental que se ha ocultado a la clara penetración del señor López, y
lo ha llevado a desconocer la fórmula política —que en cierto modo niega—, confundiéndola con la. jurídica.42

Más importante que el discurso de Paso, dice, es el previo de Castelli en el que postula el principio de
que “La España ha caducado”, lo que trasladaba la discusión del plano jurídico al político. Para Mitre, el
problema en debate en el Cabildo porteño era “el de la soberanía y el pueblo”,43 no el principio de la
soberanía popular (que Villota no cuestiona), sino cómo identificar al sujeto de la voluntad. Mitre
coincide, pues, en que la jornada del 22 de mayo marcó aquella instancia crucial de la que, en definitiva,
nace la nacionalidad argentina. Con su estrategia polémica, el fiscal Villota había, efectivamente,
derrumbado los argumentos patriotas, llevando toda la situación a un punto muerto. En su respuesta a
Castelli, el fiscal admitía el principio de soberanía popular, para plantear, en cambio, la cuestión, más
fundamental, de a qué “pueblo” se refería dicho principio (¿a todos los súbditos del monarca?, ¿a los
habitantes del virreinato?, ¿o sólo al pueblo de Buenos Aires?). Y el discurso de Paso no resolvía el punto.
Lo cierto es que éste, para Mitre, era, en el fondo, indecidible; lo que llevaba a trasladar toda la cuestión
al ámbito de la política y de la acción revolucionaria (que es siempre, dice, contraria a derecho).

Pero esta confrontación prueba algo más, y es que el discurso del doctor Paso no fue jurídico sino político. El
accidente que, según el señor López, le imprimirá aquel carácter, no fue sino un mero argumento subsidiario, un
recurso oratorio, que no constituye su fondo, ni del cual se deduzca ninguna consecuencia jurídica; por el contrarío,
sus premisas y conclusiones son: que la cosa se debía hacer, que era necesaria, y que se haría de todos modos con
doctrina jurídica o con teoría política, o sin ellas; fue más que político, acentuadamente revolucionario, lo que es
contrario de jurídico, o sea arreglado a estricto derecho.44
Esta fue la teoría que desenvolvió Castelli con fogosa elocuencia en la tribuna Municipal del cabildo del año X en
presencia del caso ocurrente: y fundándola en el derecho positivo, tuvo también en esta parte del discurso su faz
jurídica, como el de Passo, bien que de una manera accesoria como éste. El punto en discusión era la soberanía, y si
hay en el mundo algo que pueda calificarse de principio político, es éste, como que de él fluyen todas las
consecuencias y aplicaciones.45

Encontramos aquí la raíz de las diferencias políticas entre Mitre y López. Como vemos, Mitre pone a un
lado los supuestos de orden genético del romanticismo para reencontrarse así con la problemática
original planteada al modelo contractualista ilustrado. Pero en esto se nos revela mejor hasta qué punto
éste se alejaría ya más drásticamente de aquél: es tal operación la que le permitiría, justamente, abordar
aquello que era inabordable para él. Tanto el ideal contractualista-ilustrado como el concepto
genealógico-romántico de la nacionalidad, al que todavía se adhería López, suponían ya la existencia de
un pueblo preconstituido. Para Mitre, en cambio, la política indica esa instancia fundacional por la que un
pueblo se constituye como tal, esto es, remite al plano de la articulación histórica de los valores y normas
que identifican a una comunidad. Este carácter creativo de sentidos de identidad es lo que define una
acción propiamente histórica.46 En definitiva, lo que Mitre le critica a López es que, con su reducción
jurídica de la política priva de significación histórica la acción de los actores, y, con ello, vacía la gesta de
mayo de todo contenido dramático.

Tal ha sucedido al señor López en su composición histórica: ha suprimido en ella el papel del protagonista, y así nos la
presenta desprovista de su antecedente necesario y de su explicación indispensable. En efecto, el señor López, en su
Historia de La Revolución Argentina, nos ha hablado de todo largamente [...] y de lo único que se ha olvidado es... de
hablarnos de la revolución del 25 de Mayo!
Mayo es el punto de partida histórico de la revolución y de la razón de ella; lo que le da significado, la explica y le
imprime su sello característico, desde su primera manifestación democrática hasta sus últimos estremecimientos en
medio de las convulsiones de la guerra civil.47

En esto Mitre retoma una idea de José M. Paz, quien en sus Memorias aseguraba que Belgrano había
sido superior a San Martín, porque San Martín formó soldados, pero Belgrano formó ciudadanos.48 En su
paso por el interior, el ejército del Norte sembró la semilla de la libertad, constituyendo así una
comunidad nacional en torno a valores y principios compartidos.49 La suya fue una “propaganda militar”
(“la propaganda militar de la revolución”, decía, “no se emprendió revolucionaria sino militarmente”);50
su campaña constituyó, en fin, la forja en que se habría de fundir esa “nueva entidad”. De allí que (como
señaló en su polémica anterior con Vélez Sarsfield) las fronteras nacionales luego se demarcaran
siguiendo la línea más allá de la cual su acción proselitista no pudo penetrar.51
Como vemos, una vez que dejamos de lado esa imagen compacta de la visión histórica de Mitre se nos
descubre un universo mucho más rico y complejo. Y también problemático. Lo cierto es que la versión
definitiva de la Historia de Belgrano se encuentra cruzada por una tensión esencial que no alcanza a
resolverse en esta obra, superponiéndose en su texto dos diseños incompatibles entre sí (uno genealógico
y otro que podemos llamar proselitista). Sin embargo, esta yuxtaposición de modelos contrapuestos en su
texto final revela algo más que las vicisitudes de su proceso de elaboración. En última instancia, la
revolución de 1874 que lo tuvo como protagonista (y da el marco histórico preciso para su reelaboración
de la Historia de Belgrano) tuvo efectos contradictorios en la reformulación de su perspectiva
historiográfica. Al mismo tiempo que abrió las puertas a la plasmación de un concepto genealógico de la
nacionalidad, el suceso revolucionario vino a reactivar, precisamente, aquella instancia —el fondo de
contingencia de todo desarrollo propiamente histórico— que toda narrativa genealógica debe obliterar a
fin de articularse.
El punto es que son precisamente estas tensiones presentes en su texto las que hacen esta obra
significativa históricamente. En sus fisuras se nos revela el carácter controvertido que asumió el proceso
de afirmación de un Estado centralizado que tuvo lugar en Argentina en la segunda mitad del siglo XIX, y
cómo esto volvería aun entonces problemática la concepción de una idea de la nacionalidad que
proveyera a dicho Estado un basamento simbólico. Ésta permanecerá así oscilante entre el Ser y el
acontecimiento, desgarrada entre, por un lado, su afán por afincar su identidad en fundamentos más
permanentes y, por otro, la revelación perturbadora, que recurrentemente habrá de acosarla, de la
radical contingencia de sus orígenes, y la consiguiente arbitrariedad —y precariedad— de su
configuración presente como tal.

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Notas al pie
1 Este trabajo forma parte de una obra mayor, actualmente en elaboración, cuyo título tentativo es “La
nación como problema en el pensamiento romántico argentino. Los lenguajes políticos plurales y la visión
histórica de la Generación del ‘37”.
2 Simón Bolívar, “Carta desde Jamaica” (1815), en Romero (comp.), Pensamiento político, p. 89.
3 Renan, ¿Qué es una nación?, p. 40.
4 Anderson, Imagined Communities, p. 50 (hincapié en el original). Anderson lo explica citando a
Masur: “cada una de las nuevas repúblicas de Sud América habían sido unidades administrativas desde el
siglo XVI al siglo XVIIl” (Anderson, Imagined, p. 52).
5 Véase Chiaramonte, El mito de los orígenes.
6 El triunfo de la libertad sobre el despotismo (1817) era precisamente el título del libro del patriota
venezolano Juan Germán Roscio.
7 Anderson, Imagined, p. 65.
8 Todavía en 1820 Bernardo de Monteagudo confiaba en que “la opinión del país es fuerte, universal e
inequívoca sobre su independencia y libertad civil”. Lo que aseguraba, para él, tal unidad era “la memoria
de los ultrajes de tres siglos, el temor de que ellos se repitan con toda la impetuosidad de la venganza
reprimida” (Monteagudo, “Estado actual de la revolución” (10/7/1820), en Horizontes políticos, p. 189).
Años más tarde, empero, luego de su experiencia frustrante como superministro de San Martín en Perú,
el cuadro que pinta cambia radicalmente. “Después de una espantosa revolución, cuyo término se aleja de
día en día, no es posible dejar de estremecerse, al contemplar el cuadro que ofrecerá el Perú cuando todo
su territorio esté libre de españoles y sea la hora de reprimir las pasiones inflamadas por tantos años:
entonces se acabarán de conocer los infernales efectos del espíritu democrático: entonces desplegarán
las varias razas de aquella población, el odio que se profesan” (Monteagudo, Horizontes políticos, p. 218).
9 Según palabras de Echeverría, se trataba de forjar “un dogma que conciliase todas las opiniones,
todos los intereses, y los abrace en su vasta y fraternal unidad” (Echeverría, “Ojeada retrospectiva”, en
Dogma Socialista, p. 15).
10 The British Packet, p. 46.
11 Citado por Jaime Jaramillo Uribe, “Frecuencias temáticas de la historiografía latinoamericana”, en
Zea (comp.), América Latina en sus ideas,, p. 23.
12 El Manifiesto del 25 de octubre de 1817 del Congreso Constituyente evita explícitamente toda
consideración histórica para legitimar la independencia, dado que asegura que las mismas “pueden
suscitar contestaciones problemáticas”, prefiriendo, por el contrario, apelar a argumentos más
pragmáticos que denuncian la situación de actual miseria, “a hechos que forman un contraste lastimoso
de nuestro sufrimiento con la opresión y servicia de los españoles” (“Manifiesto del 25/10/1817 del
Congreso Constituyente”, en José Luis Romero (comp.), Pensamiento político, p. 207).
13 ”E1 día que dejamos de ser colonos, cayó nuestro parentesco con la España: desde la República
somos hijos de la Francia”, aseguraba Alberdi en 1837 sin que ello le pareciera inconsistente con su
proclamado historicismo (Alberdi, Fragmento preliminar, p. 153).
14 De este modo, tendían a instaurar en la historia nacional argentina una cesura que separaría dos
épocas, cada una de las cuales remitiría a filiaciones diversas. Según decía Alberdi en 1837: “Nosotros
hemos tenido dos existencias al mundo, una colonial, otra republicana. La primera nos la dio la España, la
segunda la Francia. El día que dejamos de ser colonos, cayo nuestro parentesco con la España: desde la
República, somos hijos de la Francia” (Alberdi, Fragmento preliminar, p. 153).
15 “Esto”, admitía Alberdi, “importaría poco, si la vida social pudiera plagiarse como los escritos. Pero
la vida social es adherente al suelo y a la edad, y no se importa como el lienzo y el vino” (Alberdi,
Fragmento preliminar, p. 146). Asimismo, decía “quiere ser fecunda, y cuando no es la realización de una
mudanza moral que le ha precedido, abunda en sangre y esterilidad, en vez de vida y progreso” (Alberdi,
Fragmento preliminar, p. 137).
16 Alberdi, Fragmento preliminar, p, 147.
17 Si todavía en el Fragmento preliminar Alberdi podía decir que “nuestra situación es, a nuestro modo
de ver, normal, lógica, dialéctica” (Alberdi, Fragmento preliminar, p. 147), una vez en el exilio esto ya no
será posible. Comenzaría entonces a desarrollar la idea de la necesidad de una regeneración radical de la
población nativa mediante la inmigración masiva de europeos.
18 Mitre, “Estudio sobre la vida y escritos de D. José Rivera Indarte”, en Obras completas, vol. xii, p.
427.
19 “Ahora, yo pregunto: ¿qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el
simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver..., no ver nada? Porque cuanto más hunde los ojos en
aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en la
contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué
hay más allá de lo que ve? La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte” (Sarmiento, Civilización y
Barbarie, p. 92).
20 Echeverría, “Carta segunda”, en Obras completas, p. 204.
21 Sarmiento, “Sud América” (1/4/1851), en Obras completas, vol. IV, p. 404.
22 Mitre, Historia de Belgrano, vol. I, p. 32.
23 Ibid., pp. 278-279.
24 Halperín Donghi, El espejo de la historia, p. 124.
25 Renan, ¿Qué es una nación?, p. 27.
26 Como afirma John Breuilly: “Si se toma el punto de vista de Renan de este modo [como la
reafirmación de un puro voluntarismo] el mismo es un sinsentido. La afirmación reiterada de la frase yo
soy francés’ es vacua a menos que se la conecte con alguna noción de qué significa ser francés. A su vez,
tal significado puede tornarse políticamente significativo sólo si es compartido por un cierto número de
personas con una organización efectiva. Es más bien este significado compartido y su organización
política las que constituyen una forma de nacionalismo, antes que las elecciones individuales de los
franceses” (Breuilly, Nationalism and the State, p. 8).
27 Renan, ¿Qué es una nación?, pp. 39-40.
28 Sobre el proceso que lleva al dislocamiento del concepto genealógico de la nacionalidad, véase Pal ti,
La nación como problema. Por otro lado, cabe destacar que la élite argentina estaba particularmente
actualizada respecto de las nuevas corrientes de ideas que circulaban en Europa. Resulta interesante, por
ejemplo, que ya en los años setenta, muy poco después de su aparición en Francia, López reseñe en las
páginas de la Revista del Río de la Plata la obra Los orígenes de la Francia contemporánea, de Taine
(sobre la recepción de Taine en la Argentina, véase Fernando Devoto, “Taine y Les Origines de la France
Contemporaine en dos historiografías [francesa y argentina] finiseculares”, en Comité Argentino, Imagen
y recepción, pp. 221-246). En cuanto a las lecturas de Mitre, las palabras de Tulio Halperín Donghi son
elocuentes: “no sólo había leído por ejemplo la Ucronía de Renouvier, sino que era capaz de ubicarla con
precisión en el marco del renacimiento neokantiano que la había inspirado” (Halperín Donghi, “La
historiografía argentina, del Ochenta al Centenario”, en Ensayos de historiografía, p. 50).
29 Mientras en Perú, decía Mitre, la llegada de los españoles generó una sociedad altamente
estratificada (reproduciendo y acentuando las pautas sociales tradicionalistas hispánicas), en el Río de la
Plata, en cambio, ésta fue perfectamente igualitaria (dada la ausencia de indígenas que pudieran ser
sometidos) desde sus comienzos. Mientras allí los colonizadores provinieron de las zonas más atrasadas
de España, entre los que aquí se acercaron abundaban los nacidos en “comarcas laboriosas”, puertos de
mar y grandes ciudades (Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, p. 24). Finalmente,
dentro del que sería el virreinato del Río de la Plata se distinguen pronto las zonas litorales (en un
creciente contacto con las grandes rutas comerciales que las disposiciones monopolistas españolas no
pudieron evitar) y las interiores (que se mantuvieron en su afección por los hábitos introducidos con las
corrientes colonizadoras provenientes de Perú). En fin, las condiciones naturales del medio, la naturaleza
de las poblaciones arribadas y la lejanía de la metrópoli, habrían allí de dar lugar a un espíritu localista,
inspiraciones liberales, y una inclinación por el trabajo personal desconocidas en otras zonas del imperio
colonial español.
30 “Todos los elementos mancomunados y hasta cierto punto ponderados constituían una naturaleza
turbulenta y laboriosa por necesidad, con instintos de independencia individual y de libertad individual”
(Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, p. 24). De esta forma se preanunciaba la
revolución. “La colonia y la metrópoli no formaban una sustancia homogénea”, aseguraba Mitre (Mitre,
Historia de Belgrano y de la independencia argentina, p. 63).
31 Mitre retomaba aquí el concepto original de Echeverría, refomaulándolo. “El espíritu guerrero”,
decía, “promovería disturbios en la colonia naciente”; el “espíritu municipal”, por el contrario,
“encontraría su aplicación en la actividad de la vida colectiva, y la preparación para el trabajo” (Mitre,
Historia de Belgrano y de la independencia argentina, p. 23). Ambas tendencias, latentes durante el
periodo colonial, habrían de desenvolverse una vez conquistada la independencia, signando su lucha
nuestro proceso de formación como nación moderna. El primero de ellos (belicista), más elemental y
rudimentario, tomaría la delantera. Sólo progresivamente sería desplazado por el espíritu democrático-
orgánico más refinado heredado de las instituciones municipales coloniales.
32 Más específicamente, Mitre se proponía despejar la “terrible duda” con que muere Florencio Varela,
esto es, si los revolucionarios de Mayo actuaron verdaderamente con el objeto de dar la independencia a
los argentinos. Mitre intentaba así demostrar cómo se gestó, en las postrimerías del régimen colonial, la
idea de independencia. Belgrano, según muestra, habría jugado un papel central en esta gestación.
33 Mitre, “Estudios Históricos. Belgrano y Güemes”, en Obras completas, vol. XI, p. 295.
34 Mitre, Obras completas, vol. XI, p. 328.
35 Mitre, Comprobaciones históricas, vol. II, p. 196.
36 Cabe aclarar que el tipo de nacionalismo que subyace aquí es aquel que los estudiosos del tema
definen como “primer nacionalismo” o “nacionalismo oficial”. Al respecto, véase Anderson, Imagined
Communities; Hobsbawm, Nations and Nationalism, John Plamenatz, “Two Types of Nationalism”, en
Kamenka (comp.), The Nature and Evolution y Snyder, The Meaning of Nationalism.
37 Las interpretaciones hoy en boga, teñidas por el así llamado “giro lingüístico” y de orientación
decididamente “antigenealógica’, tienden a realizar el carácter arbitrario de ideas tales como la de
identidad nacional en tanto que construcciones intelectuales (“comunidades imaginadas”). “Una
comunidad”, dice Keith Baker, “existe sólo en la medida en que hay algún discurso común por el cual sus
miembros pueden constituirse ellos mismos como grupo” (Baker, “On the Problem of the Ideological
Origins of the French Revolution”, en LaCapra y Kaplan (comp.), Modem European Intellectual History, p.
203). Ciertamente, es el propio discurso histórico el que crea la idea de la preexistencia de la
nacionalidad sobre la que se funda, que forja en el imaginario colectivo una conciencia de la propia
“identidad nacional”. Sin embargo, lo dicho constituye sólo una mitad de la verdad. La otra mitad es que
una ficción tal como la idea de nación no es algo que surja o se modifique arbitrariamente, como tampoco
ninguna otra producción ideológica. El hecho de que la nación pueda recortarse y tornarse visible como
objeto presupone ciertas condiciones históricas de posibilidad. Parafraseando a Baker, tal “discurso
común” sólo existe, a su vez, en la medida en que existe ya cierta comunidad efectiva entre sus miembros.
En este caso, como dijimos anteriormente, la emergencia de un discurso sobre la nacionalidad, con las
características que estamos analizando (los “nacionalismos oficiales”), supuso y acompañó el proceso de
constitución de determinado tipo de comunidad, como es la de los estados nacionales.
38 Resulta sintomático al respecto, el hecho de que Mitre responda a López con relación a la acusación
de éste de haberle robado el concepto con el que elabora su primer capítulo de la versión de 1876, en el
que se condensa la idea de la nacionalidad argentina, que lejos de representar un aporte original de
López, formaba parte ya del sentido común de los argentinos; “estas nociones que pertenecen ya a la
moneda corriente de las ideas en circulación”, dice, “no se disputan entre los hombres de cierto nivel
intelectual”. Su aporte respecto de López, aseguraba, residía en haber trasladado estos principios, que,
como decía, ya nadie disputaba, “al terreno de la comprobación y el análisis” (Mitre, Comprobaciones
históricas, p. 62).
39 En un interesante estudio de esta polémica, aparecido recientemente, Alejandro Eujanián muestra
cómo, así planteada, la misma resulta trivial (Eujanián, “Polémicas por la historia”).
40 López, Debate histórico, vol. I, p. 96.
41 Ibid., p. 100. Al omitir este evento, dice López, Mitre “no dio al lector una idea, en fin, del fondo
filosófico de aquel cuadro en que la acción de los hombres y la acción de las ideas estaban tan
vinculadas” (ibid., p. 101).
42 Mitre, Comprobaciones históricas, vol. II, pp. 169-170.
43 “Esta doble fórmula, que comprende en sus dos términos la sustitución del antiguo régimen y la
inauguración de la vida nueva con su razón de ser, se refunde en dos palabras: PUEBLO y SOBERANÍA”
(ibid., p. 187).
44 Ibid, p. 180.
45 Ibid., p. 189.
46 Esto lo llevó a una polémica con Sarmiento con respecto al valor de la poesía. Frente al sanjuanino,
que en Viajes condena la poesía como una suerte de ejercicio ocioso, Mitre la reivindicaría remitiendo el
término a su acepción originaria: poiesis, que la define como la instancia creativa del lenguaje anterior a
su cristalización conceptual. La “política” a la que Mitre intenta rescatar de su reducción jurídica por
parte de López era esencialmente eso: poiesis (creativa de identidades y proveedora de sentidos de
comunidad).
47 Ibid., p. 184.
48 Paz, Memoriaspóstumas, vol. I, p. 191.
49 “Sus progresos en la opinión de los pueblos fueron lentos, pero seguros. Su vasta correspondencia
da una idea de sus trabajos en este sentido. A todos escribía de su puño y letra, y en sus cartas, por lo
general cortas, aunque no precisas, nunca descuidaba intercalar una línea sobre los deberes del
patriotismo, difundiendo así por el medio más eficaz, las ideas y los sentimientos que quería inocular en
los pueblos” (Mitre, “Biografía del General Belgrano”, en Obras completas, vol. XI, p. 251).
50 Ibid., p. 329.
51 Paraguay sería un caso particular, puesto que su campaña, aunque derrotada, bastó para “inocular”
los principios revolucionarios. Así, aunque derrotado militarmente, había triunfado en el plano moral.
“Sabedor Velasco de todo lo que pasaba en el campamento paraguayo, se apresuró a presentarse en él
para contener con su presencia los progresos de la revolución, neutralizando la influencia poderosa de
Belgrano. Pero ya era tarde; las ideas revolucionarias se habían identificado con los hombres, y Belgrano,
el rechazado de Paraguay, el capitulado de Tacuary, tenía en el Paraguay más poder que su gobernador, y
podía decir con propiedad: ‘Venció, vencida Roma” (Mitre, “Biografía del General Belgrano”, en Obras
completas, vol. XI, p. 181).
LAS LUCHAS NARRATIVAS DE UNA NACIÓN ESCINDIDA.
LA HISTORIOGRAFÍA COLOMBIANA DEL SIGLO XIX*

JUAN CARLOS VÉLEZ RENDÓN


Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia

La historiográfia decimonónica colombiana tuvo entre sus temas centrales la revolución de Independencia
y los primeros años de vida republicana.1 Como buena parte de los intelectuales colombianos de ese siglo,
los historiadores no pudieron escapar a la fuerza cautivante que provocaba la “gesta patriótica”, un
proceso fundacional de una nueva realidad política convertida, según el historiador Germán Colmenares,
en el punto de partida en el que se “hallaban contenidas todas las promesas”2 y, al mismo tiempo, en el
tema al que retornaron constantemente los polemistas a lo largo del siglo XIX.
Los historiadores que durante el siglo XIX estudiaron la revolución pertenecían a diferentes
generaciones. Se trataba, en algunos casos, de personajes educados entre el escolasticismo y la
ilustración, y con una fuerte influencia del pensamiento hispánico liberal, que presenciaron, a veces en la
condición de protagonistas, las luchas por la emancipación de España y que se sintieron comprometidos a
dejar un registro historiográfico del proceso. En otros casos se trataba de personajes que maduraron con
los debates suscitados por la recepción del socialismo utópico en Nueva Granada y con las reformas
liberales de medio siglo. En general, eran historiadores inmersos en una época de cambios políticos
radicales: conocieron de manera indirecta la Independencia de Estados Unidos de Norteamérica y la
Revolución francesa, fueron testigos de las luchas de independencia en Hispanoamérica y de las
vicisitudes políticas que vivió Nueva Granada luego de consagradas las instituciones republicanas, y
alcanzaron a experimentar la “revolución” de mitad de siglo XIX.3
Uno de los historiadores más destacados de la denominada generación “iluminista” o de la
“Independencia” es José Manuel Restrepo (1781-1863), autor de la Historia de la Revolución de la
República de Colombia en la América Meridional, publicada inicialmente en París en 1827. De esta obra
se ha afirmado que marcó un punto de inflexión en relación con los modos predominantes de escribir
historia hasta ese momento en Nueva Granada y constituyó un canon explicativo de la revolución de
independencia. Tal como lo explica el historiador Jorge Orlando Meló, no sólo se deslindó de una
convencional narración de hechos sino que introdujo “un punto de vista unificador”, una interpretación
general, unas relaciones causales y unos parámetros para la escritura de la historia del proceso
independentista, que se mantuvieron como guía por lo menos durante todo el siglo XIX.4 Según Germán
Colmenares, la obra se convirtió en una “prisión historiográfica”, es decir, estableció “un repertorio fijo e
inalterable de los hechos” de la revolución de independencia, que cerró los caminos de la investigación de
los acontecimientos sociales del periodo durante casi dos siglos.5
En su momento, la obra de Restrepo sirvió al propósito de legitimar lo que denominó “gloriosa
transformación política” derivada de las luchas de independencia y, al mismo tiempo, fijó las pautas y
estimuló un debate de largo alcance en el que participaron protagonistas de los hechos, ensayistas,
políticos e historiadores. Sin salirse del canon establecido por Restrepo, las reinterpretaciones y
resignificaciones del proceso militar y político de la independencia y de los primeros años de vida
republicana, formuladas entre otros autores por José María Samper (1828-1888), Joaquín Posada
Gutiérrez (1797-1881) o José Manuel Groot (1800-1878), dieron origen a una disputa intelectual que se
desarrolló dentro del terreno historiográfico, tanto por la valoración de la herencia colonial, por el sentido
de las luchas de independencia y por el desarrollo de las instituciones republicanas, como por la
legitimidad y orientación del Estado y por los factores que constituyeron la nación.
Cada una de las reinterpretaciones y resignificaciones de la historia por parte de Samper, Posada y
Groot se escribió en medio de un proceso político turbulento que incidió en las relecturas que concibieron
sobre el tema. Los autores, vinculados por diferentes “lazos emotivos” al pasado que describían,6
expusieron puntos de vista diferentes, influenciados por la intensa actividad militar, política e ideológica
que presentaba Nueva Granada al promediar el siglo XIX. Si bien recogen y exaltan los conflictos surgidos
y desarrollados desde los años de la revolución, los leen con la lente del acontecer político de mediados
del siglo XIX.
Este ensayo se propone realizar una reflexión sobre la obra pionera de Restrepo y sobre las relecturas
que concibieron Samper, Posada Gutiérrez y Groot. Se trata de describir la manera como en Colombia se
configuró un campo historiográfico contencioso, estimulado por la actualidad política que vivió cada uno
de los historiadores mencionados. Desde esta perspectiva, se identificará la manera como interactuaron
reflexión intelectual y proceso político, para resaltar la forma como este ultimo le dio “consistencia a las
ideas construidas en el discurso”.7 Esto, por otro lado, permitirá demostrar que, en el caso colombiano,
más que constituirse un relato historiográfico hegemónico durante el siglo XIX, lo que se pone en
evidencia con las obras de aquellos autores, es el reflejo más o menos nítido de la escisión política que
atravesaba a la sociedad colombiana al promediar el siglo XIX.
El texto está dividido en dos partes, que corresponden a momentos centrales de producción
historiográfica en el siglo XIX: los años inmediatos al triunfo de la revolución de independencia y los de
mitad de siglo. En la primera parte presento la Historia de José Manuel Restrepo, obra pionera y central
en la historiografía decimonónica dedicada a la revolución de independencia. En la segunda parte
presento respectivamente las obras de Samper, Posada Gutiérrez y Groot, que constituyen las primeras
relecturas del texto de Restrepo, pero inscritas en debates políticos e ideológicos que imprimieron un
sello particular a la historiografía de la época. En cada una de estas partes se hará hincapié en algunos
temas que fueron objeto de reinterpretaciones y polémicas que dan cuenta del tono que, a mediados del
siglo XIX, adoptaron en el plano historiográfico las luchas por la forma en que se debía organizar el Estado
y la definición de los elementos constitutivos de la nación.

LA REVOLUCIÓN SE HACE HISTORIA

La recreación intelectual de la revolución de independencia en Nueva Granada comenzó casi al mismo


tiempo en que se desataron los acontecimientos que paulatina y espontáneamente fueron dirigiéndose
hacia la ruptura total con el gobierno del Consejo de Regencia establecido en Cádiz. La declaratoria de
independencia absoluta estimuló, de manera simultánea, discusiones que se desarrollaron por medio de
periódicos, hojas sueltas y panfletos que tenían por objeto inmediato conquistar la opinión popular en
favor de alguno de los bandos en que se dividieron los patriotas, enfrentados por la decisión de la
separación absoluta del gobierno español y del rey, y por la definición del carácter centralista o
federalista que debería adoptar el nuevo gobierno.8
Aunque se concibieron interpretaciones de acontecimientos aislados, las propuestas de comprensión
integral del proceso revolucionario sólo se produjeron luego de la finalización de las luchas de
independencia y de la consagración constitucional del republicanismo. Habían transcurrido apenas siete
años desde que se desarrolló la batalla que marcó la derrota de las tropas españolas por parte de las
fuerzas patriotas en Nueva Granada, cuando en París se publicó la primera obra de historia que se refería
a los acontecimientos asociados al proceso de la independencia. La Histoire de la Colombie, escrita por
Pierre Lallement (1728-1829) y editada por la Librería Alexis Eymery en 1826,9 dedicaba los tres
capítulos de la primera parte a aspectos referidos al descubrimiento y la conquista, y al régimen colonial;
y los trece capítulos de la segunda parte los empleó para referirse a las “causas y preludios” de la
“Revolución” en algunos de los acontecimientos que la caracterizaron, en el Congreso de Angostura y
otros actos fundacionales, así como en el reconocimiento dado a la nueva República de Colombia.10
Al promediar mayo de 1827, cuando el país se sobreponía con dificultad a las vicisitudes de la vida
republicana, la Gaceta de Colombia, el diario oficial de la nueva república, registró la recepción de la
obra de Lallement con una referencia general a su contenido. Aunque el anónimo comentarista no
desestimaba el propósito del libro y apreciaba el buen concepto que Lallement tenía de la república,
anotaba que un “extranjero” que nunca había visitado el país no podía menos que “escribir una historia
equivocada”, llena de “errores” y de “imprecisiones”.11 Mucho más contundente con la valoración de la
mencionada obra fue el propio Libertador Simón Bolívar, entonces presidente de la República de
Colombia, quien la calificó como “faramalla”. Según cita de Peru de la Croix, para el Libertador, la obra,
en materia de estilo, era “concisa” y “correcta”, pero carecía de valor como obra de historia; es decir, le
faltaban “detalles”, los hechos estaban “truncados” o eran “falsos”, la crítica y el juicio que hacía de ellos
eran “erróneos”; en fin, según Bolívar, desplegaba una “política trivial” y “rastrera”.12
Es posible que estos comentarios hubiesen obrado como una sentencia condenatoria contra la obra de
Lallement, que pasó a segundo plano, y su tardía traducción (1998) da cuenta del desinterés por ella en
Colombia. No ocurrió lo mismo con una obra publicada casi simultáneamente por un patriota de origen
americano, que ocupó la atención de los colombianos y exaltó el ánimo de los protagonistas de los hechos.
Después de elaborar un diario político militar de los acontecimientos ocurridos desde 1819 y de compilar
documentos y realizar entrevistas con los protagonistas de los hechos, José Manuel Restrepo publicó en
París, en el año de 1827, la Historia de la Revolución de la República de Colombia en la América
Meridional.13
Restrepo era un abogado formado en Santafé, con conocimientos de geografía que le permitieron
colaborar en el Semanario de la Nueva Granada, publicado por el sabio Francisco José de Caldas, director
de la muy reconocida Expedición Botánica. Durante los años iniciales de la guerra de independencia
(1810-1814) fue secretario de Juan del Corral y de Demetrio Tejada, presidentes del estado de Antioquia,
y diputado por el mismo estado al Congreso de las Provincias Unidas. Durante la reconquista española
(1814-1816) debió exiliarse primero en el interior del país (Popayán y Rionegro) y luego en el exterior
(Kingston y Nueva York), de donde regresó a Colombia en 1819, año que marcó el final de la dominación
española. Instaurada la república, ocupó el cargo de gobernador político de la provincia de Antioquia y en
1821 participó en el Congreso Constituyente que consagró la existencia de la República de Colombia, en
la que se reunían Nueva Granada y Venezuela. Posteriormente fue nombrado por Simón Bolívar como
secretario del Interior, época durante la cual escribió la primera edición de la Historia.14
La Gaceta de Colombia se aventuraba a afirmar que la obra de Restrepo sería “la verdadera historia de
Colombia”. Consideraba que por las “luces, rectitud y consagración al trabajo”, así como por la
disposición de “todos los documentos correspondientes” que servían de soporte a su obra, el secretario
del Despacho del Interior publicaría una historia “exacta, verídica e imparcial”, pese a que había sido
“ájente en el curso (de la) gloriosa transformación política”. Por su parte, Bolívar manifestaba que, a
diferencia de la obra del francés, la de Restrepo sí era “una Historia”; aunque advertía que contenía
“algunos errores de concepto y aun de hecho en varios de sus relatos, particularmente sobre operaciones
militares y descripción de batallas y combates”, afirmaba que el libro era “rico en pormenores históricos”,
poseía una “abundante colección de detalles”, no hacía “gracia de ninguno de ellos” y los sucesos
principales los refería todos “con exactitud cronológica”.15
Entre los rasgos que se destacaban de la obra de Restrepo, y que él mismo reivindicaba en su Historia,
estaban la “exactitud”, la “veracidad” y la “imparcialidad”. Como muestra de su imparcialidad y por su
condición de protagonista en algunos de los acontecimientos que narraba, de funcionario gubernamental
cercano a los más destacados gestores del proceso y de estrecho colaborador de Bolívar, en la obra se
refería a sí mismo en tercera persona, aunque no faltó la ocasión en que se pusiera en entredicho su
“imparcialidad” en la presentación de ciertos hechos en los que trataba de justificar, aun contra las
evidencias, el papel desempeñado por Bolívar.16 Por lo demás, como su obra se publicó cuando buena
parte de los protagonistas de las luchas por la independencia seguía viva y en plena actividad militar o
política, hubo una exaltación de los ánimos y se suscitaron reclamos por la manera como narraba los
hechos. Se hicieron solicitudes de rectificación y aclaración por parte de los protagonistas y de los deudos
de los involucrados en narraciones de situaciones “poco gloriosas”. En su diario, el propio Restrepo
afirmaba que aunque la obra “tuvo aceptación”, algunos de sus juicios “hirieron el amor propio” de
muchos de los “actores” de la revolución. En Cartagena, por ejemplo, algunos personajes no quedaron
conformes con la descripción de lo sucedido a principios de 1815, cuando “la causa de la libertad se puso
en peligro” por la conducta de algunos generales y de personas principales de la ciudad. Para el
historiador Jorge Orlando Meló, uno de los personajes heridos en su orgullo fue el patriota José
Fernández Madrid, quien acudió ante Bolívar para lograr que Restrepo modificara su versión de la caída
de la república en 1816. José Manuel Marroquín también comentaba que no pocas de las afirmaciones
hechas por Restrepo en su Historia fueron “contradichas e impugnadas”, ya fixera por familiares y deudos
de los individuos de “quienes refiere acciones poco honrosas” o por escritores que se consideraban
“mejor informados” y que pretendían “poner las cosas en su verdadero punto”.17
La radicalización de la política partidista a finales de los años veinte reforzó la necesidad de volver la
mirada a la revolución de independencia —y en consecuencia a la obra de Restrepo—, sobre todo entre
quienes tomaron parte en ella como miembros del mismo ejército libertador y ahora integraban las
facciones que se disputaban el poder y requerían argumentos en su favor para consolidarse
políticamente. Se publicaron ensayos que tenían por objeto incidir en la opinión de manera inmediata,
pero que se remontaban a los hechos de la independencia, sin salirse del marco explicativo ya trazado por
Restrepo. Tal es el caso, por ejemplo, de las Meditaciones colombianas, ensayos publicados por Juan
García del Río (1794-1856) en el transcurso del segundo semestre de 1829. Aunque se trata de
reflexiones políticas motivadas por las discusiones sobre el tipo de instituciones formales que debería
adoptar la Gran Colombia en el año de 1830, para sobreponerse a la inestabilidad y garantizar el orden
político, contienen una interpretación de la revolución de independencia que retomaba la obra de
Restrepo y convalidaba su percepción del proceso.18
La muerte de Bolívar en diciembre de 1830 y el final de su proyecto político de la Gran Colombia en el
año siguiente, exacerbaron las “pasiones partidistas”. Como lo ha planteado el historiador Marco
Palacios, las disputas “se proyectaron hacia atrás, en las distintas lecturas que fueron haciéndose de la
“Patria Boba” (1811-1816) y hacia delante, en los discursos constitucionalistas fuertemente entrelazados
a las narrativas posteriores”.19
Puede afirmarse que la primera relectura de la historia de la revolución, motivada por estos hechos, la
concibió el mismo José Manuel Restrepo. No existe un consenso acerca del momento en el cual el
entonces superintendente de la Casa de la Moneda comenzó a preparar una segunda edición revisada y
ampliada de su obra, pero se estima que fue después de 1832. Tal como quedó registrado en la
“advertencia” de esta segunda edición, terminó de prepararla en 1848, pero fue publicada hasta 1858.
Las razones declaradas que justificaban esta nueva edición, tenían que ver con los errores tipográficos
que contenía la primera y con la posibilidad de dar una versión mucho más precisa y completa de los
acontecimientos, sobre todo de los ocurridos en Venezuela, pues en el lapso se publicaron libros que,
como el mismo autor reconoce, contribuyeron a su labor pese a la “parcialidad” o al “odio” que
“respiraban” algunos de sus autores: la Geografía general para el uso de la juventud de Venezuela de
Feliciano Montenegro, la Historia de Venezuela desde 1797 hasta 1830 de Rafael María Baralt y Ramón
Díaz, publicada en 1841, Los recuerdos sobre la rebelión de Caracas de José Domingo Días, publicados en
1829, y la Historia de la Revolución hispano-americana de Mariano Torrente, publicada en 1830.
Entre la documentación adicional que exhibe en esta segunda edición hay cuadros estadísticos sobre
población, recursos naturales y demográficos; mapas (ya incluidos en la primera) y anotaciones sobre la
geografía que dan cuenta de las riquezas, diversidad y situación de la patria; datos sobre guerra,
gobierno, administración y finanzas públicas procedentes de archivos oficiales y de corresponsales que le
franquearon documentos de sus respectivos archivos privados. Para acceder a esta información en los
archivos oficiales, contó con el beneplácito y “la bondadosa protección que dieron” a su “empresa” los
presidentes de Nueva Granada entre 1832 y 1849: Francisco de Paula Santander, José Ignacio Márquez,
Pedro A. Herrán y Tomás C. Mosquera, así como sus respectivos secretarios. En este sentido, Restrepo no
sólo reunía los documentos que ilustraban el proceso de creación de la república, sino que representaba
el punto de vista institucional en tanto el cuerpo documental de su historia estaba constituido por los
informes de gobierno, partes oficiales, decretos y leyes del Estado que se instauró desde la revolución.
Sin embargo, existen razones más poderosas, aunque no declaradas, que parecían justificar esta segunda
edición. Una de ellas, y tal vez la más importante, es la muerte de Bolívar y la disolución de la Gran
Colombia. Mientras que la primera edición sólo abordaba la historia del virreinato de Nueva Granada
desde 1740 hasta 1819 y de la capitanía de Venezuela entre 1728-1819, la segunda edición incluía una
tercera parte dedicada a la República de Colombia entre 1819, fecha de su creación, y 1839, cuando las
repúblicas de Ecuador, Nueva Granada y Venezuela acordaron los términos de liquidación de la deuda
adquirida por la entidad que las reunió como una sola república. Además de esta novedad, quienes han
tenido la posibilidad de comparar las dos ediciones afirman que Restrepo se revisó a sí mismo, matizó
algunas de sus observaciones, sustituyó calificativos sobre algunos protagonistas y moderó su valoración
del papel de la Iglesia durante los años de la revolución.20
A diferencia del efecto que generó la publicación de la primera edición, esta reedición exaltó mucho
menos los ánimos pero anunciaba una discusión de mayor calado intelectual. Según advierte el propio
Restrepo en su Autobiografía, la obra al parecer “gustó generalmente”, aunque agregaba con algún
desencanto que recibió “pocas críticas” y ningún periódico la había analizado, ya fuera para “elogiar su
mérito” o para “censurar sus defectos”; la explicación que daba para ese silencio era comprensible: “Esto
acaso habrá provenido de la dificultad que hay para escribir un artículo bien razonado sobre la
materia”.21 Lo que tal vez no sospechaba Restrepo es que las críticas favorables o negativas a su libro se
harían de manera implícita o explícita en otras obras de carácter historiográfico que, a finales del decenio
de 1850, estaban madurando en la mente de algunos de sus contemporáneos.
Los comentarios acerca de la Historia de Restrepo se derivan de la animosidad de la época, pero no se
debe pasar por alto el exaltado interés por la publicación de una historia sobre los hechos de la
independencia escrita por un patriota, la discusión sobre la validez y la objetividad de una obra cuyo
autor era, a su vez, protagonista de algunos de los hechos que narraba, y la valoración de la obra a partir
de criterios historiográficos propios de la época, como la verdad y la imparcialidad. Pero, ¿qué motivo
justificaba que se concibiera en Colombia una obra de carácter histórico sobre un pasado tan inmediato
que se confundía todavía con la actualidad?, ¿cuál fue el aporte de la obra de Restrepo a la comprensión
de un proceso militar y político que, en cierta medida, estaba todavía en marcha?, ¿qué características
tiene la obra de Restrepo, que mereció una aprobación inicial del “héroe” de la gesta patriótica y de parte
del establecimiento oficial colombiano, al punto de constituirse en la historia de la revolución?, ¿qué tan
duradero fue ese reconocimiento?, ¿cómo incidió en el debate intelectual e historiográfico?

EL “CUADRO” DE LA REVOLUCIÓN

Desde la perspectiva de Simón Bolívar, era apenas natural que se concibiera de manera tan rápida una
obra sobre un proceso político y militar todavía en marcha, que dedicaba especial atención al héroe de la
gesta. Para el Libertador resultaba válida aquella afirmación según la cual “la posteridad para con los
grandes hombres” empezaba mucho tiempo antes de su muerte, razón por la que su historia podía
escribirse durante su vida.22 Aunque Restrepo dedicaba la obra al Libertador, es probable que
vislumbrara el real alcance que tenía, pues era consciente de que el Estado emergente de la revolución
requería algo más que un triunfo militar para obtener el reconocimiento y la legitimidad, no sólo entre
sus ciudadanos, sino también en el concierto de países que contaban con tal reconocimiento. En su
opinión, se justificaba la escritura de una historia de la revolución, considerando, por un lado, la ausencia
en el continente de una “historia general” de tales acontecimientos, escrita por “testigos imparciales”;
por otro lado, el interés de todos los hombres y en particular de aquellos que consideraba “filósofos
observadores” en unos sucesos “exóticos” e inéditos emprendidos por los “ilustres guerreros” y por los
“políticos” que fundaron la República; finalmente, porque dicho proceso contenía “lecciones muy útiles a
la posteridad”. Se trataba, según sus palabras, del ascenso de hombres que sin experiencia en la guerra y
en los asuntos de gobierno ocuparon desde entonces un “lugar distinguido entre los capitanes y los
políticos más celebres”; la transformación de pueblos capaces desde entonces de darse leyes e
instituciones que les permitieran asegurar la libertad y el surgimiento “de repente” de “nuevos Estados”
que comenzaron a brillar entre las “potencias” conocidas.23 Según lo ha explicado el historiador Germán
Colmenares, el tema central de la Historia de Restrepo es la formación del Estado, desarrollado a partir
de tensiones internas superpuestas que cumplen una función narrativa. La “tensión” que estructura la
obra es la existente “entre el imperio de la ley, el afianzamiento de instituciones permanentes, y las
pasiones individuales y colectivas”, que conspiraban contra el propósito de “mantener incólume,
mediante un cuerpo permanente de leyes, la integridad de una nación”.24 Restrepo, en efecto, expone
detalladamente el arduo proceso por medio del cual se constituyó la soberanía de la nueva república: un
proceso militar, político, normativo y administrativo, que tuvo como punto culminante el reconocimiento
dado por otros estados a la nueva república, pero que debió superar enormes obstáculos impuestos por el
“egoísmo”, las “rivalidades”, el “espíritu del vértigo”...
Para historiar el proceso, el secretario del Despacho del Interior de la República concibió entonces lo
que denominó “un cuadro” de la revolución. El “cuadro”, en su segunda edición, está compuesto por tres
partes: la primera que corresponde al virreinato de Nueva Granada (1740-1819), la segunda a la
capitanía de Venezuela (1728-1819) y la tercera dedicada a Colombia (1819-1831), es decir, a la entidad
que reunió como una sola república aquellas unidades administrativas coloniales. Cada parte está
subdividida en capítulos que, a su vez, están organizados cronológicamente por años, aunque hay que
advertir que no hay una exposición consecutiva ni se les destina el mismo espacio a los hechos que se
describen, pues no todos eran “dignos de historiar”. Así por ejemplo, el primer capítulo de la obra, que
parte de la creación del virreinato de la Nueva Granada, aborda las causas de la independencia; se inicia
en los años de 1741 y 1742 con las hostilidades de la armada británica contra las colonias españolas;
sigue con el año de 1765, en el que los indios de Quito hicieron “movimientos revoltosos”; se ocupa del
año de 1767 en el que fueron expulsados los jesuitas del Nuevo Reino de Granada; agrupa los años de
1770 a 1776 para mencionar algunas reformas de Carlos III; pasa al año de 1781 para registrar con
mayor detalle los “alborotos” de la Villa del Socorro, mejor conocidos como el “movimiento de los
comuneros”; y así continúa de manera intermitente hasta llegar a 1809. Desde este año, cuando la obra
se refiere al proceso de independencia, hay una organización cronológica consecutiva que se mantiene
hasta los apartados finales del último capítulo, que aborda la disolución de la Gran Colombia.25
Para crear la impresión de un proceso unitario e integrado, Restrepo apeló a usos y técnicas de la
narración literaria que le permitían dar cuenta de acontecimientos militares y políticos que se
desarrollaban de manera simultánea en diferentes lugares de Perú, Nueva Granada y Venezuela.
Conformaba y condensaba series de hechos, organizados cronológicamente, que relacionaba con otras
series mediante giros del tipo: “entre tanto”, “mientras esto ocurría”, “al mismo tiempo”. Los vacíos o los
saltos temporales los justificaba informando que en esos días se “ofrecían muy pocos sucesos dignos de
historiar”. Esta estrategia narrativa le permitió organizar, unificar y hacer inteligible un cúmulo de
hechos que no siempre estaban relacionados, y exponerlos dentro de una estructura que fijaba
periodizaciones, relaciones de “causas”, cadenas de acontecimientos relevantes y perfiles de
“protagonistas” de primer orden, todo ello con el propósito de exaltar un proceso militar y político que
condujo a la instauración de la República de Colombia.
La secuencia lógica con la que Restrepo organizó su Historia entraña una interpretación de la
revolución como un proceso inevitable hacia la independencia. Más que la contingencia, Restrepo
advierte una “necesidad” en los hechos que explican el desenlace lógico para una serie de circunstancias
específicas. En su versión, la revolución fue motivada por unas causas, asociadas todas ellas al gobierno
que se ejercía desde la metrópoli, que constituyen el repertorio a partir del cual se va cristalizando la
“leyenda negra” acerca del pasado colonial en Nueva Granada. Para el autor, los neogranadinos, los
venezolanos y los “americanos del Sur” estaban “impelidos” hacia la independencia, por lo que
consideraba “causas y motivos harto poderosos”:

La exclusión, no por ley, sino por la práctica del gobierno español, de los principales empleos civiles, militares y
eclesiásticos; el orgullo y altanería de los españoles europeos empleados en las colonias, en los diferentes ramos de la
administración, que despreciaban altamente a los criollos blancos, a pesar de que eran sus hijos y descendientes, lo
mismo que a las castas; las prohibiciones de la Inquisición, sus visitas domiciliarias y sus procesos contra los hombres
ilustrados y pensadores; la prohibición de enseñar en los colegios y universidades la buena filosofía, las matemáticas
y algunos ramos de las ciencias políticas y morales. Reemplazadas por el despreciable e inútil fárrago de la
peripatética; el sistema restrictivo de la España, que no permitía trabajar minas de hierro ni establecer manufacturas
que perjudicaran a las de la metrópoli; el monopolio y comercio exclusivo que la madre patria pretendía ejercer sobre
todo el continente americano, que en las guerras europeas era sacrificado al primer cañonazo que tiraba la Gran
Bretaña; el ejemplo halagüeño y seductor de los Estados Unidos de Norte América que bajo instituciones sabias y
benéficas había prosperado rápidamente y aumentado sus habitantes con una asombrosa progresión: he aquí las
principales causas que impelían a los Granadinos y Venezolanos hacia una Revolución que los hiciera independientes
de la España, nación que despreciaban los criollos más de lo que ella merecía, según a ha observado un viajero
célebre.26

La revolución de independencia es entendida como un parteaguas para estos países: con la instalación
de una Junta Suprema de Gobierno en Quito en agosto de 1809, así como con los hechos del segundo
semestre de 1810 en Santa Fé de Bogotá, que propiciaron la conformación de una Junta Suprema qué
desconoció como autoridad al Consejo de Regencia de Cádiz y las Cortes de la Isla de León, Restrepo
establece un antes y un después en el proceso político de las colonias americanas. Las alusiones a un
“orden antiguo” y “sistema antiguo” para referirse a la época del gobierno colonial, así como las
referencias a un “nuevo orden”, a un “nuevo sistema de gobierno” para aludir al “nuevo tiempo” político
proclamado, son categorías de discontinuidad que expresan el significado que para Restrepo tuvo la
Independencia. Así pues, la cronología, la causalidad y la organización sistemática de los hechos militares
y políticos concebidas en la obra de Restrepo, describen, legitiman y dan un sentido a la acción de los
patriotas asociada a la búsqueda de la “independencia”, la “libertad” y la “igualdad” de las ex colonias.27
Debe considerarse, empero, que para Restrepo el paso de un sistema de gobierno al otro no estuvo
exento de dificultades. Conviene mencionarlas, pues las razones que expone el autor mantienen una
vigencia política extraordinaria durante la primera mitad del siglo y se convierten en base para el debate
posterior. El trayecto de la revolución concebido por Restrepo muestra un movimiento inicialmente
errático, conducido por hombres “inexpertos en la guerra y en la política”, que sumió a estos países en un
“mar de sangre”. La erosión del antiguo orden estuvo marcada en su opinión por factores que dificultaron
el aseguramiento inicial de la independencia: por un lado, los “gérmenes activos de división y anarquía”
que adoptaron la forma de la federación; por otro lado, el “genio del mal”, el “espíritu del vértigo”
encarnado en los “demagogos” con afanes de reconocimiento; por último, la “plebe” que se “insolentó”, la
“hez del pueblo”, la “ignorancia de los pueblos”, en fin, el “pueblo soberano” que convirtió en más de una
ocasión la revolución en revuelta y, por tanto, en “desorden”, “anarquía” y “caos”.
Para José Manuel Restrepo, uno de los desafíos que enfrentó “la revolución” fue el legado del gobierno
español que, por la época de la insubordinación política, se manifestaba de diversa maneras. Por ejemplo,
con la declaración de independencia emergieron provincias que fueron creadas “al arbitrio” por el
gobierno español, que reclamaron “soberanía” sin contar con recursos, población y capacidad suficientes
para constituir una autoridad fuerte que liderara la guerra contra la Corona. Para Restrepo —que en su
momento fue delegado de una de esas provincias—, las juntas independientes y soberanas que se
conformaron “aún en ciudades y parroquias miserables”, introdujeron la “división”, la “rivalidad” y la
“rebeldía” entre las ciudades, así como “odios duraderos” entre las provincias. Por ejemplo, a diferencia
de Cundinamarca o Antioquia, que contaban por lo menos con lo que Restrepo consideraba atributos
básicos para alcanzar el “rango” de estados, también surgieron autoridades provinciales en Mariquita,
Neiva, Casanare, Panamá o Chocó que reclamaron soberanía pero que no tenían cómo “establecer un
gobierno independiente y completo en los diferentes ramos de la administración pública por falta de
hombres instruidos y de rentas”. En estas circunstancias, Nueva Granada “no tenía pues la fuerza física y
moral, ni podía orientar los recursos que tenía en su seno” hacia la guerra para consolidar la
revolución.28
Para Restrepo, cuando este provincialismo adoptó las “ideas foráneas” del “federalismo” y las consagró
constitucionalmente, se limitaron las posibilidades para constituir un Estado fuerte que realizara la
guerra y conquistara la independencia. La razón principal es que en Nueva Granada no existían las
circunstancias propicias o ideales para el funcionamiento ideal del sistema federal, es decir, no había
estados “políticamente iguales”, “verdaderamente independientes” y que tuvieran los recursos para
financiar la administración pública y sostener la guerra. Uno de los casos particulares que mencionaba
era el de Cartagena, que para concebir su proyecto constitucional se inspiró en los principios de
Montesquieu y de Destutt de Tracy, diseñados para estados poderosos, capaces de sostener “mucho
aparato y lujo de funcionarios”, para gobernar a ciudadanos virtuosos, y no para “una provincia pobre,
habitada por hombres que tenían los vicios que inspiran la esclavitud, la ignorancia, el fanatismo y sobre
todo la diferencia de castas”.29 Tan importante como este factor resultaba la debilidad de la Presidencia,
una institución nueva limitada por la existencia de provincias fuertes y por una Constitución federal que
no resultaba viable en un entorno de guerra a muerte. Por esta razón, para Restrepo en Nueva Granada
no se pudo “establecer el centralismo en guerra, en hacienda y en otros ramos más importantes”. Aunque
se había establecido un “gobierno general” que estuvo representado tanto por un presidente como por un
triunvirato, lo cierto es que el poder ejecutivo era débil y carecía de los instrumentos para crear un
ejército, para establecer una tesorería y exigir la obediencia de los pueblos. Por esto, los fracasos iniciales
para consolidar la independencia no se debían tanto al hombre que se hallaba al frente de la
administración como a los “obstáculos insuperables” que ponían las provincias y a las “trabas que oponía
la Constitución federativa a la marcha sencilla y vigorosa del gobierno”.30
Otro factor que condicionó la revolución y que fue motivo de debate posterior era la situación de atraso
de la población después de siglos de dominación colonial. Para Restrepo, la “masa general” de granadinos
y venezolanos estaba sumida en la “más profunda ignorancia” y en el “abatimiento”: el indio reducido era
“abyecto, ignorante en sumo grado, estúpido y esclavo de los curas y corregidores”; el esclavo tenía la
“ignorancia y los vicios que trae consigo la esclavitud”; el mulato, por el contrario, estaba dotado de
viveza y de habilidades que lo hacían apto para muchos destinos; en fin rasgos todos que explicaban o
justificaban el poco entusiasmo del “pueblo” por la causa de la revolución en sus primeros años. Si bien
para Restrepo las élites ilustradas y moderadas fueron las gestoras de la revolución, la causa de la
independencia nunca habría triunfado sin el “concurso” del pueblo, sobre todo después de 1816, cuando
la reconquista violenta de los españoles inclinó definitivamente al pueblo en favor de la causa patriota.
Son frecuentes los pasajes en los que narra las oportunidades en las que el “pueblo”, con la orientación
de los generales, peleó y combatió “con gloria” por la “bella causa de la independencia, la libertad y la
igualdad de su querida patria”. Al tiempo que valora positivamente las acciones de los llaneros, que
resultaron cruciales en su momento para ganar las batallas con las que triunfó la revolución, también
narra y parece justificar las ocasiones en las que poblaciones no acostumbradas a la milicia, al hambre y
la escasez, a los saqueos de las tropas vencedoras y en general a las inclemencias de la guerra,
desertaban de las filas y huían a los montes. En cualquier caso, es evidente que el funcionario devenido
en historiador quería destacar que la revolución se propuso construir, no sin dificultades, un “espíritu
público de los pueblos” que permitiera la identificación del “interés particular de cada ciudadano con el
general del Estado”.31
Sin embargo, cuando describe las acciones del “pueblo”, que denotaban independencia o autonomía
política, el tono paternalista de Restrepo desaparece para dar lugar a valoraciones y comentarios
descalificadores. En estas circunstancias, “el pueblo” se convierte en la “plebe” cuyas acciones tornaron
en más de una ocasión a la revolución en “revuelta”. En efecto, cuando se “lisonjeaba” al pueblo con ideas
de libertad que “no entendía”, emergía el “pueblo soberano”, es decir, se “insolentaba” la “plebe”, se
expresaba en el escenario público la “hez del pueblo”, irrumpía la “ignorancia de los pueblos” en las
plazas públicas, en fin, reinaba “la anarquía”, el “caos” y el “desorden”.32 Restrepo es mucho más severo
con los líderes que, en su opinión, se aprovechaban del pueblo para lograr objetivos mezquinos y
personales. Contrario al “espíritu de moderación” que caracterizaba a los “primeros revolucionarios”, que
hicieron una revolución de la noche a la mañana sin derramamiento de sangre, aparecieron los
“agitadores”, los “azuzadores”, los “demagogos” y “los corifeos” del movimiento popular para encender
los ánimos, provocar el tumulto y lograr sus aspiraciones políticas. Con estos parámetros juzga la
actuación de Nariño y de sus más estrechos colaboradores en el año de 1810, entre los que se encontraba
uno de los líderes populares más connotados: José María Carbonell.33
Restrepo es menos considerado con los pueblos decididamente realistas que se convirtieron en
verdaderos obstáculos para la independencia, o con las guerrillas tardías conformadas por “malhechores”
que turbaban la tranquilidad pública. Esto es evidente en las descripciones poco favorables que realiza a
lo largo del texto sobre los pueblos del sur de Nueva Granada (pastusos y patianos) que se organizaron en
guerrillas realistas; o sobre las poblaciones que apoyaron tardíamente a las diezmadas fuerzas españolas
(los llaneros venezolanos de Calabozo); o sobre los que promovían “guerras de colores” o se
aprovechaban de las circunstancias para lograr aspiraciones personales y “egoístas”.34
Éstos son, en fin, algunos de los rasgos y características centrales de la obra de Restrepo que, aún en
la actualidad, es reconocida y se le sigue valorando como fuente clave para para el estudio de la
revolución de independencia. Aunque la Historia de Restrepo se constituyó en un punto de referencia
obligado para todos los que quisieron seguirlo en su oficio, también definió un campo para el debate
histórico e intelectual a lo largo del siglo XIX. Las descripciones, valoraciones y razones que expuso,
dieron lugar a un campo historiográfico contencioso en el que se batieron liberales radicales,
conservadores pesimistas y apologistas de la Iglesia y del clero de Nueva Granada.

LAS “LUCHAS LITERARIAS”

El debate historiográfico sobre la independencia comenzó propiamente al promediar el siglo XIX. La


difusión en Nueva Granada de las obras de Eugène Sue y Edgar Quinnet, así como la lectura de autores
que integraban la corriente del socialismo utópico, como el conde de Saint-Simon, Charles Fourier, Pierre
Joseph Proudhon, avivaron el debate político e indirectamente crearon un clima de opinión que incidió
sobre la percepción existente del pasado de la república.35 Sin embargo, las que crearon el entorno
intelectual favorable a la reinterpfetación y revaloración del proceso de Independencia y la instauración
del Estado republicano, fueron la “revolución” de 1848 en Francia, la “revolución liberal” de 1849 en
Nueva Granada y la guerra civil que se desarrolló en el país entre 1860 y 1863. En un entorno polarizado
políticamente, la relectura de la independencia se alimentaba, en algunos casos, de representaciones
tomadas de la situación europea, aunque resultaran difícilmente aplicables al proceso político, a los
actores sociales y políticos involucrados en él y a los hechos a que dieron lugar en Nueva Granada. Así
pues, supusieron un “extrañamiento de la realidad” propia en favor de representaciones derivadas de
modelos extraños, principalmente europeos.36
De la Revolución de 1848 se ha dicho, por ejemplo, que destruyó los esquemas explicativos de los
franceses y que tuvo, adicionalmente, “un efecto catalizador en el mundo hispánico”. También se ha
afirmado que en Nueva Granada tal efecto trascendió el campo político, alcanzó el intelectual y “tuvo
inmediatas repercusiones políticas y sociales, sobre todo en la juventud universitaria y en la clase
artesanal de la capital de la República”. Se ha advertido además que la ruptura entre liberales y
conservadores, “definitivamente anclada después de 1849”, radicalizó las interpretaciones de la
independencia, al punto que se llegó a “disfrazar la comprensión de la independencia de una manera
mucho más grosera que antes”. Entre estas apreciaciones quiero resaltar la afirmación de Jorge Orlando
Meló, según la cual “la agudización de los conflictos políticos de mediados de siglo condujo a una
creciente subordinación de la historia a las necesidades de la polémica ideológica”.37

JOSÉ MARÍA SAMPER: EL “HIMNO” DE LA EUFORIA LIBERAL

En la Nueva Granada, el 7 de marzo de 1849 los liberales liderados por José Hilario López retomaron
electoralmente el poder político, en unos comicios que fueron seriamente cuestionados por los opositores
conservadores, quienes no pudieron impedir el inicio de un periodo de reformas políticas, económicas y
sociales inspiradas en el liberalismo. Se trataba de una época de exaltación social y política, de fuertes
controversias partidistas e ideológicas, en las que tomaron parte artesanos de las principales ciudades del
país.
En el contexto del ascenso y la toma del poder gubernamental por parte del liberalismo, José María
Samper (1828-1888) concibió los Apuntamientos para la Historia Política y Social de la Nueva Granada,
publicados en 1853.38 Samper pertenecía a lo que él mismo denominó “segunda generación de
republicanos”. Era un abogado, militante en las filas del partido liberal, en donde se destacó por su
anticlericalismo y antimilitarismo, y por su discurso en favor de la libertad de prensa y de mercado. Se
formó políticamente en las escuelas republicanas, en las sociedades democráticas y en los clubes políticos
liberales; se nutrió intelectualmente con las influencias literarias del socialismo utópico y del
romanticismo europeo, y participó en el gobierno del presidente José Hilario López como funcionario en
el Ministerio de Relaciones Exteriores.39
En la introducción de su obra, Samper anotaba que el siglo que se prolongaba hasta 1850, en cuyo
transcurso se habían cumplido “estupendas revoluciones sociales” —entre las que incluía la de 1849 en la
Nueva Granada—, debía ser estudiado a profundidad con el fin de que los pueblos comprendieran su
situación e identificaran las instituciones que más les convenían. A su juicio, este propósito se debería
cumplir con mucho mayor esfuerzo en Nueva Granada, pues se carecía de una historia que cubriera el
periodo de 1810 hasta mediados de siglo, pues los “apuntamientos y nociones” que existían al respecto,
adolecían de “inexactitudes sustanciales del todo inaceptables”. Aunque no se equiparaba con José
Manuel Restrepo, a quien consideraba capaz de emprender la “empresa” de una historia de Nueva
Granada, sí consideraba que su obra debía ser complementada con los sucesos que el longevo historiador
no había abordado.40
Consecuente con sus anotaciones, Samper concibe una periodización que comprende desde la
revolución de independencia hasta mediados del siglo XIX. En esta periodización subyace una idea de la
historia como proceso hacia el progreso, es decir, hacia la democracia, que en su caso estaba
representada por el ascenso al poder del liberalismo en 1849.41 La obra está organizada en 55 capítulos,
pero el autor destaca en ellos seis momentos que consideraba cruciales en la historia de Nueva Granada.
En primer lugar 1810, año de la declaración de independencia o, en palabras del autor, época de la
“epopeya”, de “conquista para la libertad, de heroísmos i combates, de abnegación, de patriotismo i de
convulsión radical”. En segundo lugar 1821, año de promulgación de la Constitución que consagra la
unión de Nueva Granada y de Venezuela, que el autor entiende como la época de “organización, de
triunfo i de laboriosidad para crear una nación libre Í soberana donde sólo había existido un pueblo
tributario i abyecto”. En tercer lugar 1828, año de agitación partidista por el enfrentamiento evidente de
figuras como Bolívar, Santander, Páez y Flores, que lleva al primero a ocupar su lugar como presidente,
con el fin de neutralizar las aspiraciones “divisionistas” de los segundos, y que el autor considera como la
época de “fermentación popular, de traidoras ambiciones al lado de sacrificios generosos, de baldón para
Colombia i de triunfos efímeros para la arbitrariedad” así como de la “ignominiosa soberanía del sable”.
En cuarto lugar, el bienio 1830-1831, años en los que, ante la muerte de Bolívar, el poder es tomado
transitoriamente por el general venezolano Rafael Urdaneta, quien representaba el ala militar de las
facciones de la época; el autor tituló estos años como los de la “usurpación por la fuerza brutal i de
restauración por la soberanía del pueblo”. En quinto lugar 1837, año en el que llega a su fin el gobierno
de Francisco de Paula Santander y se inicia un periodo de gobiernos protoconservadores; según Samper,
es la época que “inauguró el engaño del pueblo, el reinado de la oligarquía i el cuarto poder”. Por último
1849, época que para el autor “entraña la resurrección de la libertad, el desarrollo de la prosperidad
nacional, el progreso de la civilización republicana influyendo en la marcha de todo el continente
colombiano Í la fundación real de la democracia como gobierno del siglo”.
La obra de Samper no conmovió el escenario político e intelectual como lo hiciera en su momento la
Historia de Restrepo. Aunque Samper advierte que su libro fue leído con “agrado” por la juventud y por
las mujeres, reconoce que no despertó el interés de los “literatos titulados”. Sin embargo, debe notarse
que lo que él mismo denominó como el “himno levantado (...) para cantar los grandes heroísmos i las
grandes virtudes que constituyen la epopeya de la libertad granadina”, representa uno de los puntos de
partida para la relectura de la revolución de independencia y de la vida republicana, relectura que
incidirá en parte de la historiografía colombiana por lo menos hasta mediados del siglo XX. Los
Apuntamientos fueron también, como él mismo lo denominó, el principio "serio y formal” de su carrera
literaria. En efecto, en 1861, Samper publicó en París Ensayos sobre las revoluciones políticas,42 una
obra con una argumentación más moderada que combina la descripción histórica con la argumentación
“filosófica” y “crítica”, y que resume su posición sobre el significado de la revolución y del proceso
político subsiguiente. Aunque estas obras no superan a la de Restrepo y corresponden a lo que se ha
denominado “interpretaciones liberales estereotipadas de América Latina”,43 debe advertirse que
contienen una resignificación de la historia, a partir de una valoración diferente de los protagonistas, de
las instituciones y del proceso político a lo largo del la primera mitad del siglo XIX. ¿En qué consiste esta
relectura?
En su argumentación identifica inicialmente los conflictos que durante la colonia se crearon, al punto
de desencadenar la revolución. En un pasaje en el que sintetiza su versión, dice que el régimen colonial
había suscitado “rivalidades locales”, “engendrado odios profundos entre las diversas razas y castas”,
“concentrado la propiedad territorial en muy pocas manos”, favorecido el enriquecimiento del clero
“dándole un ascendiente político irresistible”, y mantenido a la clase media y las clases populares en la
ignorancia. Se preguntaba, entonces “¿Cómo evitar que se produjesen con frecuencia conflictos
eclesiásticos y religiosos; que hubiese movimientos populares contra las clases antes privilegiadas; que
los hombres de color no pareciesen amenazantes por algún tiempo y en muchas circunstancias
turbulentas?”.44 En este relato el conflicto, antes que considerarse como una anomalía, se exalta como
factor fundamental del cambio y del progreso, así sus expresiones alcancen algún nivel de dramatismo.
Al igual que Restrepo, Samper comparte entonces la idea de que la revolución era “necesaria”,
“inevitable” y “lógica”, aunque sus argumentos parecen discurrir por el terreno propio de una filosofía de
la historia. Para el abogado militante en las filas del liberalismo, existía una “verdad” incuestionable: “la
revolución estaba en la lógica del tiempo y de los antecedentes, en las necesidades de la situación, en
todos los espíritus y en la organización misma de las colonias”. En su opinión, la revolución era
“inevitable” y “forzosa”; de un contenido “más social que político”; hacía parte de la “evolución de la
civilización” más que de “pueblos incomunicados y estancados”. Para el autor de los Apuntamientos y de
los Ensayos, la revolución de independencia también fue espontánea, súbita e imprevista, aunque hubo
una oportunidad que la propició. Más que atroz, la revolución fue “fecunda”, “extraña” y “original”, en la
medida en que se hizo simultánea y oportunamente en el sur del continente por personas que si acaso
tenían comunicación entre sí. Tenía, además, un sentido natural, pues los acontecimientos se
desarrollaron en correspondencia con las “situaciones precedentes” y con los “hechos posteriores”. En
síntesis, fue “un hecho supremo destinado a establecer y hacer efectiva la responsabilidad de la política
española por sus faltas de tres siglos, y a modificar profundamente, al mismo tiempo, la situación política
y social del mundo, mediante nuevos elementos de fuerza y equilibrio y la inauguración del derecho
público de la libertad”.45
Contra la narración de Restrepo, que sostenía que la revolución fue obra de unos cuantos ilustrados,
Samper advierte que fue “un hecho social”, y como tal no era imputable “al cálculo de ningún hombre o
partido”.46 Aunque en el desarrollo de su argumentación reconoce el papel del “elemento filosófico”
propio de los hombres inteligentes que encabezaron la revolución, exalta el componente “popular o de las
multitudes” que la aceptaron instintivamente “como arrebatadas por la impulsión, el soplo y la
electricidad de la idea revolucionaria”. Considera que, a diferencia de los primeros, que no fueron
sinceros del todo con el movimiento, el pueblo fue “candorosamente sincero” en la medida en que no
tenía la “idea” y todo lo que hizo fue de acuerdo con su sentir, sus creencias y sus tradiciones.
En contraste con Restrepo, que alude directamente a personajes, Samper presenta en su obra la acción
de agentes históricos, tales como los criollos, los mestizos, los militares, pero hace pocas referencias a los
personajes concretos. En este sentido, hace una disección de la categoría pueblo, para traducirla en
términos raciales con el fin de diferenciar su comportamiento durante la revolución. En su opinión, los
criollos guiaron la revolución, mientras las castas sólo obedecían a quienes en razón de su inteligencia y
su audacia lideraron el movimiento. Los indios fueron instrumentos de la reacción. Los mulatos y zambos
libres integraron las filas de la revolución, mientras que los mestizos sirvieron a los dos bandos. También
destaca el papel de los llaneros, quienes fueron el “gran recurso” de la independencia. No sobra notar
que menciona a las mujeres y resalta que mientras en cuestiones políticas podían equivocarse, su
sensibilidad para la justicia las llevó a desempeñar un papel admirable en la revolución, apreciación que
difiere de la que más tarde presentará el historiador José Manuel Groot. Aunque no negaba la asociación
del “pueblo” con las turbas y las “tradiciones viciadas y viciosas” derivadas de siglos de dominación
colonial, introduce una serie de matices que hacen que su versión de este actor de la revolución sea
diferente de la de Restrepo. La revolución fue, pues, un hecho social, “fue una obra del pueblo”, como
dice que son todas las revoluciones.47
La revolución se explicaba en parte considerando las “situaciones precedentes” en Nueva Granada, es
decir, valorando el papel de los comuneros —encarnación del pueblo— en las revueltas de finales del siglo
XVIII. Este episodio —que para Restrepo no superaba la categoría de “alboroto”—, era para Samper
síntoma de las “tendencias revolucionarias” que desde entonces se advertían y que dificultaron los
objetivos del gobierno colonial. En su opinión, la “tremenda insurrección” integrada por “10 000
comuneros armados a la diabla”, demostró a los gobernantes que había “gérmenes” revolucionarios que
sólo fueron neutralizados en ese momento por la intervención de sacerdotes y por compromisos que luego
fueron deshonrados por las autoridades”.48 En el momento de la independencia, los pueblos revelaron en
la revolución la “índole” de su raza, la naturaleza de la educación que habían recibido, el tipo de
aspiraciones que tenían y la “consistencia o debilidad de sus elementos de vida, conservación y
progreso”, es decir, que el pueblo de Nueva Granada había actuado según sus tradiciones de raza y
civilización: “todas las cualidades heroicas, toda las aspereza y los defectos propios de la vieja raza
española, se manifestaron en la lucha, haciendo juego con las cualidades y los defectos de las demás
razas que habían entrado en la composición de las sociedades hispano-colombianas”.49
Notoriamente afectado por la Francia de 1848, insiste en que las “influencias” de la revolución
americana de 1810 fueron las de la Francia de 1789, a diferencia de Restrepo que realzaba la influencia
de la revolución de Estados Unidos de Norteamérica. Mientras que los “acontecimientos del norte”
apeñas fueron conocidos en las colonias, pues el gobierno español impedía el ingreso de libros y
periódicos que provocaran la imitación o que despertaran “el espíritu de independencia”, la “revolución
francesa' produjo “un contragolpe infinitamente más poderoso”. Las razones que explican ese
contragolpe se derivan de las afinidades de lengua, “raza y civilización”, es decir, que “los pueblos” eran
mucho más franceses que anglosajones. Por lo demás, para el autor de los Ensayos la revolución
angloamericana, a la que califica como mezquina y poco heroica, fue motivada por derechos comerciales,
mientras que la francesa lo fue por los derechos del hombre y la solidaridad de su causa con la de todos
los pueblos oprimidos, aspecto que recalca a contrapelo de quienes aseguraban que se trataba de una
revolución por la libertad. “Su aliento (entonces) pasando sobre el océano en lenguas de fuego, enardeció
la sangre de los hispano-colombianos”.50
El abogado y ensayista Samper demuestra en sus escritos iniciales fidelidad a los principios liberales
que postulaban la reforma del Estado para conducir a la sociedad hacia el progreso y la civilización. Entre
tales principios estaba el de la federación, que su partido puso en práctica en Nueva Granada en el
momento de la escritura de los Ensayos. Para Samper, la palabra federación tiene una connotación
positiva: “es la síntesis de toda sociedad y toda ciencia, puesto que significa asociación de fuerzas libres,
diversas pero en escalas armónicas, superpuestas desde el sedimento social del individuo hasta la gran
personalidad de la nación”. Para el abogado, el “carácter y la naturaleza” de Hispanoamérica era
“confederada”, es decir, existía el carácter de separación y unión simultánea en la geografía, en los
recursos y en la sociedad, “pero enlazado por una ley general en armonía y reciprocidad”. Por esta razón,
para Samper era apenas natural que la “idea federalista” se manifestara “más o menos temprano” y “con
mayor o menor energía”, y que se presentara como una “solución que espíritus muy notables
consideraron necesaria y que a los pueblos, fuese por vanidad o por instinto de sus necesidades, les
pareció la más natural”. Ahora bien, compartía el diagnóstico formulado por Restrepo sobre su aplicación
improcedente en la Nueva Granada, en momentos en que se requería mayor unidad para derrotar al
enemigo español. Desde esta perspectiva, para Samper la idea federalista tuvo una “gran desgracia”: fue
“preconizada en algunos Estados por los hombres que menos podían comprenderla, representarla y
glorificarla”.51
Por último, para Samper la situación social y política que desencadenó la revolución fue completamente
positiva para la nación. En su opinión, la revolución tuvo que “crear un pueblo” donde había turbas
ignorantes, entumecidas y aisladas; tuvo que disciplinarlo para que no se deslumbrara ni se aturdiera con
la luz del sol de la libertad. Si bien no le atribuye autonomía, sí considera que después de la
independencia fue un sujeto político protagonista en la lucha por la democracia. Difería, entonces, de esa
idea según la cual “el pueblo” había sido objeto de manipulaciones, y afirmaba que todo lo que había
hecho en la dirección hacia el “progreso”, había sido oportuno; aunque tampoco dejaba de señalar que la
revolución también “se extravío por en medio de abismos”, pues hubo fuertes luchas porque algunos jefes
del movimiento “no comprendieron que la revolución implicaba la república democrática, es decir, un
cambio profundamente radical en la condición social y política”. Así entonces, para Samper, cada
pronunciamiento, cada guerra civil no era más que “un nuevo combate armado entre la Colonia, que
resiste y quiere vivir, como la hiedra en los escombros, y la democracia, que avanza, cobra bríos y espera
sin cesar”. Y sentenciaba que estas luchas sólo acabarían el día que la colonia fuera arrancada de raíz.
“Entre tanto, cada lucha, por funesta que sea transitoriamente, será en definitiva una ventaja para los
intereses permanentes, cuya base no puede ser otra que el DERECHO en su más completo desarrollo”.52

Joaquín Posada Gutiérrez: las memorias de la “decadencia” de la república53

El panorama historiográfico neogranadino se nutrió de nuevo con otra coyuntura política que, como se
apreciará, también incidió en la resignificación del pasado colonial, de la independencia y del proceso
político republicano. Luego del gobierno liberal de José Hilario López, entre 1851 y 1855 se dividieron los
integrantes del partido liberal, y se produjeron un pronunciamiento armado de los conservadores y un
golpe militar que desestabilizaron la política granadina y, en cierto sentido, propiciaron el regreso del
partido conservador a la presidencia de la república, en cabeza de Mariano Ospina Rodríguez. Sin
embargo, el presidente Ospina no pudo finalizar su mandato; entre 1860 y1863 el país vivió una nueva
guerra promovida por el liberal Tomás Cipriano de Mosquera, cuyo resultado final permitió al liberalismo
la toma del poder del Estado por la vía de las armas y la puesta en marcha de una serie de reformas que
dieron lugar al periodo denominado el Olimpo radical. Conforme el esquema político administrativo del
federalismo, se debilitó el Estado central, se adoptaron medidas contra la Iglesia, y se fortaleció la
autonomía de los estados confederados. Influenciados por estos sucesos, Joaquín Posada Gutiérrez y José
Manuel Groot escribieron sendas obras de historia que aportan respectivamente una versión pesimista y
conservadora de la independencia y del proceso político subsiguiente.
Joaquín Posada Gutiérrez (1797-1881) había nacido en Cartagena de Indias y se educó en Europa
durante la época del imperio napoleónico. Tuvo una activa participación en las guerras de independencia
al lado de Bolívar y en las facciones moderadas que fueron dando forma al partido conservador durante la
inestable vida política republicana de la primera mitad del siglo XIX. Sus últimas acciones como militar las
realizó en el gobierno conservador de Ospina Rodríguez. Con “las impresiones” que lo “afectaban” en
1863, es decir, luego del triunfo de la “revolución”, de la “desaparición” del “principio de legalidad” y de
la imposición de “la fuerza como base de acción” política, comenzó a escribir con “ánimo patriótico”, el
que consideraba un testimonio verídico de lo que vio y de lo que supo durante su vida, con el fin de que se
escribiera una historia “imparcial” de la Gran Colombia y de Nueva Granada. El resultado fue Memorias
histérico-políticas. Ultimos días de la Gran Colombia y del Libertador,54 publicadas en su primer tomo en
diciembre de 1865 y el segundo en 1881.
Desde una perspectiva lamartiniana, el longevo general cartagenero asociaba el papel de la historia al
que desarrollaba un juez “que ve, que escucha y que pronuncia”; en este sentido reclamaba para la
historia una “conciencia”, porque ella sería más tarde la del género humano. En consonancia con esta
apreciación de la historia, advertía que su labor se reducía a suministrar con ánimo “patriótico” una
memoria de los hechos que había protagonizado para que se escribiera una historia imparcialmente;
pretendía también ofrecer “escritos verídicos que le sirvan de derrotero, para que pueda encontrar el
rumbo por entre los escollos de la mentira”. Todo esto suponía poner en evidencia los responsables de los
hechos que habían puesto a Nueva Granada en el camino del “desastre” y de la “ruina”.55
Tal como ocurría con la obra de Restrepo, los argumentos de Posada Gutiérrez se apoyan en juicios
morales, a partir de los cuales va concibiendo lo que se ha denominado “una visión judicial del proceso
histórico”.56 No sólo daba su propia versión de los hechos y explicaba y justificaba sus propias acciones,
sino que también establecía responsabilidades sobre el destino que había tomado la república y sobre los
responsables de los males que la afectaban. Esto se aprecia, de alguna manera, en ese contraste
permanente, por un lado, entre los hechos “tal como sucedieron” y la manera como deberían haber
ocurrido según lo exigían las necesidades de la nueva república, y por el otro, con la historia de la
América anglosajona; desde esta perspectiva, los déficits y carencias de las repúblicas del sur del
continente resultaban evidentes.
Las Memorias de Posada Gutiérrez comprenden un lapso similar al de Samper, pero para demostrar no
un proceso hacia la democracia sino lo contrario: la decadencia de la república. La obra se refiere a los
primeros decenios de vida republicana en la Gran Colombia, aunque indirectamente también presentan
una valoración del pasado colonial y de la experiencia de las luchas de independencia. El primer tomo de
las Memorias se refiere a hechos políticos ocurridos en el decenio de 1820, entre el Congreso
Constituyente de Cúcuta que dio origen en 1821 ala Gran Colombia, hasta la muerte de Bolívar y la
desagregación en las repúblicas de Ecuador, Nueva Granada y Venezuela en 1831. El segundo tomo
comprende los hechos que van de 1830 a 1853. A diferencia de Restrepo, que escribe de la revolución
como la gesta patriótica en busca de la independencia, la libertad y la igualdad, y de Samper que la
concibe como la marcha paulatina hacia la democracia de Nueva Granada, Posada se propone describir
“el origen y desarrollo de los partidos” desde el año de 1826 hasta 1853, para explicar las razones que
condujeron a sucesos nefastos, es decir, a la disolución de la Gran Colombia en 1830 y a la toma del
gobierno por la vía armada por parte del partido liberal.57
La mirada sobre la revolución que concibe Joaquín Posada Gutiérrez es entonces la del testigo de la
gesta heroica que es protagonista, a su vez, de las luchas entre las facciones partidistas y de su efecto
sobre la estabilidad de la Nueva Granada. Consecuente con la periodización de su obra, Posada Gutiérrez
diferencia la revolución de la independencia de las que él mismo denominó “olimpiadas revolucionarias”,
que fueron las que emprendieron los “facciosos” luego de instaurada la república. La primera fue una
“guerra heroica” constituida por “batallas gloriosas”, cuyos protagonistas fueron “guerreros de eterna y
honrosa recordación” que dieron “renombre a su patria con hazañas inmortales”. El resultado de estas
guerras fue la “aparición” de “Colombia, hija de la victoria” que entraba “con honor en la sociedad de las
naciones independientes” y que presagiaba “una larga vida de paz y de dicha”.58 Las “olimpiadas
revolucionarias”, por su parte, correspondían a esos movimientos de carácter subversivo, a esas
rebeliones y tumultos adelantados por “facciones militares”, que vinieron a defraudar “esperanzas
halagüeñas” y a “hacer infructuosos tantos sacrificios”, dejando a la patria “nadando en lagos de sangre”.
En tales tumultos, las administraciones de las nuevas repúblicas quedaban expuestas a los cambios de
empleados y a la ruina de los “inventarios” y las precarias arcas públicas. En la sociedad se instalaban el
robo, el pillaje, las expoliaciones y las iniquidades como práctica política habitual. En ellas, en
consecuencia, predominaba la “putrefacción moral”, de tal manera que todos aquellos actos se
incrementaban en cada revolución, a tal punto que “se han excedido en (ellos) los mismos hombres que
antes los condenaron en sus adversarios”.59
Posada hace particular mención de las guerras que tuvieron como punto de partida las acciones
apoyadas por el general Francisco de Paula Santander, pues destruyeron “la moralidad del ejército”; las
emprendidas por el general Páez en Venezuela (Valencia y Caracas) en abril de 1826, ya que
desencadenaron esa “fatalidad que pesa como mano de hierro” sobre las repúblicas hispanoamericanas; y
las emprendidas por el general ecuatoriano Juan José Flores al sur del país. Dice, por ejemplo, que si
estas últimas no hubieran ocurrido, “Colombia, la verdadera, probablemente existiría libre, respetable y
respetada, el Libertador no se habría extraviado, y los escándalos subsiguientes no habrían quizás
aparecido”. En su opinión, fueron estas guerras en conjunto lo que provocó la “disolución” de la república
y la pérdida de un futuro prometedor a cambio de “la bancarrota oprobiosa y sin remedio”, de “la
postración física y moral”, la “ruina” y la “destrucción”.60
Posada Gutiérrez retoma las ideas centrales y el argumento de Restrepo sobre el federalismo, pero lo
desarrolla con el tono dramático que le imponía una periodización que llegaba hasta la época (1853) en la
que de nuevo se adoptaba constitucionalmente este principio de gobierno de la república. El
planteamiento general de Posada Gutiérrez consiste en demostrar que el hecho de que las ideas federales
produjeran beneficios en la América anglosajona, llevó a creer a algunos patriotas que tales ideas eran
una especie de “divinidad” que obraba “milagros” en cualquier lugar de Hispanoamérica donde se
aplicaran. En consecuencia, los patriotas de toda América “doblaron la rodilla ante el ídolo monstruoso y
le eligieron estatuas en todas partes”. Para el autor éste fue un “error fatal, origen de los espantosos
desastres” que vivieron las repúblicas de Hispanoamérica: “¡Calamidad funesta que ha hecho de tan
hermosos países vastos cementerios, osarios profundos, y de sus ciudades catacumbas, y de sus campos
desiertos y de sus apacibles habitantes, tigres feroces”.61
En Colombia y en Nueva Granada en particular, las ideas federalistas propiciaron la “patria boba”,
causaron la desintegración de la república que soñó Bolívar y condujeron al país hacia la “ruina” a
mediados del siglo. En efecto, Posada Gutiérrez consideraba que la federación, más que las armas
realistas, propició la reconquista de la Nueva Granada por las fuerzas españolas entre 1814 y 1816.
Asimismo, detrás de la rebelión contra el gobierno de Santa Fé de Bogotá iniciada por el general Paez en
Venezuela en 1826, y de las actitudes divisionistas de Francisco de Paula Santander en Nueva Granada y
del general Florez en Ecuador, subyacía el “espíritu de la federación”. El mismo “espíritu” que emergió en
Perú en 1829, cuando el general Lamar se rebeló contra Bolívar y alimentó las pasiones de las gentes que
habitaban el Alto Perú contra el gobierno central. El clamor por la federación provocó, en fin, la división
en la república y el final del proyecto que Bolívar había concebido para los países que había liberado.
Adicionalmente, para Posada Gutiérrez, la federación fue uno de los orígenes de las “facciones” que
forjaron identidades y lealtades políticas mucho más fuertes que el espíritu de unión entre los pueblos
que constituían la Gran Colombia y posteriormente Nueva Granada. La idea federal hizo mucho más
fuertes las rivalidades entre las facciones partidistas, introdujo “la rivalidad sorda” entre granadinos,
peruanos y venezolanos y agregó un “combustible más al incendio que se preparaba” en Nueva Granada.
Mientras que para muchos de sus contemporáneos, en la federación estaba la solución a los problemas
políticos derivados de una independencia inesperada, para otros, como Posada Gutiérrez, en ella residió
la ruina del sueño de libertad de Bolívar y, aún peor, de cada nuevo Estado que nacía conforme tal
principio: federación era pues la palabra “ominosa (...) que el infierno inventó para la ruina de Hispano-
América”.62 Posada mantiene una impresión más o menos parecida a la de Restrepo sobre el pueblo, en la
que prima una percepción paternalista. Esto no es obstáculo para que valoren negativamente las acciones
que por su cuenta emprendían los sectores populares después de iniciada la revolución. Lo que
frecuentemente califican como “populacho” o “plebe”, es una masa, más o menos inerte, que se movía al
ritmo de los agitadores políticos. Tanto más que “el pueblo”, en su obra resultan destacables los que
denominó “parlantes del civismo”, figura que evoca a los “demagogos” y “agitadores” de Restrepo, a los
que el militar cartagenero asignaba gran responsabilidad por el declive de la república. Posada fue un
crítico severo de sus contemporáneos, sobre todo de los que “abrazaron” las ideas del liberalismo, así
como de las nuevas generaciones asociadas al socialismo utópico. De manera implícita, vinculaba a los
“parlantes del civismo” con los jóvenes que veían “como plausible y muy liberal, el desacato a cuanto hay
de respetable, y a los mayores en edad, dignidad y gobierno”; los que producían la “algazara incivil” que,
como novedad, se acostumbraba en el Senado; los que expresaban “el desarrollo que ha tenido el
elemento democrático”; en fin, los que promovían la “anarquía reinante en las ideas, que traía por
consecuencia las polémicas de muladar y las disputas acaloradas de taberna, que las más de las veces
terminaban en pujilato”. De estos parlantes del civismo decía que la patria no les debía “el menor
sacrificio” en la independencia y que ostentaban el “patriotismo con palabrería”, a diferencia de “los que
combatimos (a los españoles), siguiendo los pasos del Grande Hombre”, que no necesitaban tales
ostentaciones. En una crítica explícita a la “religión de la humanidad” y a las experiencias sociales como
los falansterios, consideraba que ninguna de ellas superaba la obra civilizadora de la religión cristiana,
particularmente el papel de los jesuitas. Por ejemplo, en un pasaje de su obra dedicado a exaltar la labor
civilizadora de esta comunidad, se preguntaba: “¿Qué religión, qué nación, ha hecho jamás cosa que
siquiera se parezca a esto? ¿Los ideales Falansterios del ultrasocialismo, pueden comparársele?”.63
Como parece lógico en alguien que se formó en Europa, Posada recibió la influencia de las ideas
procedentes de la literatura política de la época que, de alguna manera, reflexionaban sobre el mundo
nuevo que surgió de las revoluciones americana, francesa e hispanoamericana. En su obra se notan ideas
de algunos de los pensadores de moda: cita, por ejemplo, a historiadores contemporáneos suyos como
José Manuel Restrepo, Rafael María Baral y Ramón Díaz, y César Cantú. También cita extensamente, para
rectificar o reconfirmar algunos sucesos, a contemporáneos suyos que escribieron memorias y ensayos
políticos, como José María Obando, Tomás Cipriano de Mosquera, Juan García del Río, entre otros. Pero
también hace referencia a Chateaubriand, para justificar la función civilizadora de la Iglesia en América.
Cita a Destutt de Tracy para justificar a Bolívar y para ponderar las acusaciones de absolutismo que se le
hacían, así como para establecer la relación existente entre el mejor gobierno, la libertad y la felicidad del
pueblo. Cita a Washington, al que consideraba como “modelo de los verdaderos liberales”, para justificar
y defender que en la Gran Colombia se expresaran libremente ideas favorables acerca de la monarquía.
Mencionando la personalidad benévola de Bolívar, quien “no podía guardar rencor veinticuatro horas
contra sus mayores enemigos”, cita a Maquiavelo en ese pasaje en el que dice que el Príncipe debe
hacerse querer y respetar, y que en caso de no poder lograr ambas cosas, debe preferir hacerse temer.
Por lo demás, es evidente que leyó Vida de los hombres ilustres de Plutarco, de donde tomó ejemplos y
referencias del mundo griego y romano que usa en sus memorias, sobre todo cuando alude al ideal
republicano. Llama la atención que, al lado de las referencias a la revolución estadunidense y a la
francesa, se presenten alusiones al mundo clásico y a la época medieval. En ciertas circunstancias, de
hecho, el parangón con el mundo clásico, con Grecia y la Roma imperial parecía un instrumento adecuado
para “leer” la política en esos días. Bolívar, al parecer, consideraba que la disolución de la Gran Colombia
se asemejaba a la del imperio romano; sus contemporáneos relacionaban a Bolívar con César; Posada
Gutiérrez hablaba de los triunviros, de Tiberio, de Nerón de Caligula y Cómodo en una clara referencia a
los opositores a Bolívar.64 Desde esta perspectiva, la revolución, que era apreciada como el origen de un
futuro promisorio, fue disolviéndose lentamente en los avatares de las luchas políticas entre las diferentes
facciones.
Tal vez por estas apreciaciones en las que se advierte la decepción de Posada, su obra se inscribe
dentro de lo que se ha llamado el “pesimismo conservador de mediados de siglo”. Las Memorias son,
como lo dice Jorge Orlando Meló, el testimonio de una persona “que había vivido las grandes esperanzas
de la época de la independencia, rodeado entre 1820 y 1830 por personajes históricos de primera
magnitud, verdaderos héroes que no pudieron sin embargo consolidar una república ordenada y sólida”.
Posteriormente, le correspondió presenciar y testimoniar “la constante decadencia” de la Nueva Granada,
gobernada por “políticos y militares de segunda categoría”.65
Así pues, Posada caracterizaba el desencanto con la política, derivado de lo que había sido
concretamente la experiencia republicana. La inestabilidad de las repúblicas, el faccionalismo, el
caudillismo y la inmoralidad eran algunos de los rasgos que contradecían el horizonte de libertad que se
dibujaba apenas fueron expulsados los españoles. Su lectura del presente y del pasado expresaba la
desilusión y el desencanto de los que, inspirados en la Ilustración, creyeron en la racionalidad que
domesticaría las pasiones de los hombres, en la eficacia de las leyes para controlar las ambiciones
desmedidas de los caudillos y en la acción de los ciudadanos que evitaría la guerra civil. En su lugar,
había sido testigo de la exacerbación de las “pasiones políticas”, de la “violación de la ley en nombre de la
misma ley” y de la “barbarie del pueblo”, exaltado por los profesionales de las juntas electorales. Para
este autor, nacido en la plena vigencia de los ideales de la Ilustración: “La lógica de la razón había sido
atropellada por las argucias de las pasiones, y la patria perecía bajo los golpes que le daban los unos y los
otros, cegados por las rivalidades, por el encono, por el odio y por el orgullo de triunfar humillando a su
adversario”.66
José Manuel Groot: la revaloración de la colonial y de la Iglesia

Otra obra clave dentro de la historiografía colombiana del siglo XIX que se modela en los años de la
guerra de 1860-1863, es la Historia Eclesiástica y Civil de Nueva Granada de José Manuel Groot (1800-
1878).67 El autor, nacido en Santa Fe y educado por preceptores ilustrados, comenzó a trabajar a
mediados del decenio de 1820 en la administración de Francisco de Paula Santander, como oficial
escribiente en la Secretaría de Guerra de Marina y tuvo relación con las logias masónicas y con la
literatura de autores ilustrados. Durante el decenio de 1830 fue reconocido por sus labores educativas,
por sus pinturas y cuadros costumbristas, y empezó su acercamiento con la práctica y las ideas católicas,
que se estrechó en la misma medida en que en el entorno político se gestaban las reformas liberales.
Desde finales de los años cuarenta escribió en periódicos de orientación católica, en los que criticó
aquellas ideas, los postulados en que se apoyaban y sus principales difusores en Nueva Granada;
asimismo, defendió los dogmas católicos y el papel de la Iglesia ahí. Empezó a adquirir notoriedad pública
por sus escritos apologéticos de la Iglesia católica y por la concepción de una historia que reivindicaba el
lugar de dicha institución en la “civilización” de Nueva Granada.
El juicio de Groot sobre la historiografía existente de Nueva Granada era mucho más drástico que los
emitidos anteriormente por sus colegas. En la introducción a su Historia Eclesiástica afirmaba que la
historia conocida hasta ese momento era “incompleta”, “falsificada” y “falseada”. Si bien no se refería
explícitamente a Restrepo, en el interior de su texto controvierte numerosas afirmaciones suyas, aunque
también es cierto que lo cita frecuentemente para reforzar sus argumentos. También alude a otros
autores para referir las falacias que los propagandistas habían diseminado contra la Iglesia y el clero de
Nueva Granada. Con este panorama, el apologista de la religión católica afirmaba que resultaba “poco
honroso para un país cristiano y civilizado carecer de la historia de su Iglesia” y aceptar las calumnias
que algunos escritores contemporáneos habían formulado sobre el clero, sindicándolo ante las nuevas
generaciones “como enemigo de las luces y hostil a la causa de la Independencia americana”.68 Con base
en estos argumentos, Groot se proponía “restablecer la verdad histórica desfigurada y aun falsificada con
respecto al estado eclesiástico”, al “antiguo gobierno español” y a algunas figuras como Antonio Nariño,
de quien se habían publicado “falsas ideas” sobre su actuación en la época transcurrida entre 1810 y
1815.
Aunque Groot se mantuvo al margen de las autoridades políticas, sobre todo cuando eran liberales,
debe advertirse que contó desde 1858 con el apoyo del presidente conservador Mariano Ospina
Rodríguez, para acceder a documentos oficiales del gobierno (archivos del virreinato y de la real
audiencia). Sin embargo, fue mucho más relevante e influyente el apoyo, el respaldo y la confianza de los
jerarcas de la Iglesia, que le autorizaron la consulta de archivos eclesiásticos, que aportan el grueso de la
documentación de la Historia Eclesiástica. En este sentido, debe notarse que el pintor de cuadros
costumbristas fue de los primeros historiadores en consultar archivos, cuyos documentos no habían sido
usados hasta ese momento.
Groot escribió entonces tres tomos, el primero fue publicado en 1869 y los dos restantes en 1870.
Según el historiador Sergio Andrés Mejía Macía, la Historia Eclesiástica fue concebida inicialmente en un
momento de “relativa satisfacción política” derivada de una reacción conservadora que había puesto
limites a las reformas liberales emprendidas entre 1849-1853, pero “terminó siendo dirigida contra” el
movimiento del liberalismo radical que apoyaba a Tomás Cipriano de Mosquera. Por esta razón, para
Mejía Macía, el “tono (...) frecuentemente amargo, sentencioso y agresivo cuando toca en política,
admonitivo y sistemáticamente polémico (...) sólo puede explicarse como una reacción de Groot contra la
contingencia política de la década de 1860”. De este modo, Groot expuso a los neogranadinos
anticatólicos y heterodoxos, la sucesión de hechos desde el pasado nacional para demostrar “que la
Iglesia católica neogranadina, detentora de las claves de la Revelación en virtud de la Sucesión Apostólica
(tenía) también la clave de la redención de la nación”. En consecuencia, la nación, al margen de la Iglesia,
como lo querían los liberales, se dirigiría a “los infiernos de la anarquía y el estancamiento”.69
Uno de los propósitos declarados de Groot, era la revaloración del pasado colonial. La Historia
Eclesiástica tiene 105 capítulos, de los cuales 43 están dedicados a la época colonial y los restantes al
periodo que comprende desde los hechos del “bienio crucial” en 1808, hasta la conspiración septembrina
y la disolución de la Gran Colombia en 1830. A diferencia de Restrepo, de Samper y de Posada, el
educador y polemista Groot se remonta a la época colonial para resaltar la obra creadora y civilizadora de
la Iglesia y del gobierno español. En una narración a veces pesada, Groot incluye y cita textualmente
numerosos documentos y transcribe, sin referencia, pasajes completos de obras sobre el tema, escritas
por un predecesor suyo que también había estudiado la época colonial (Joaquín Acosta). Así, la narrativa
histórica de Groot pone de relieve los acontecimientos en los que la Iglesia y la Corona ocuparon un lugar
central y, de esa manera, construye una historia con hechos que otorgan un significado y un sentido
diferentes a los asignados por aquellos autores. Para Groot, la revolución también era un proceso
inevitable pero, a diferencia de sus colegas, no por la situación de “abyección” y “atraso” en que tenía
España a las colonias, sino, al contrario, por la madurez que éstas habían alcanzado. Más que una crisis,
lo que advierte es países con riquezas y “civilización” suficientes como para seguir permaneciendo en una
condición colonial. Para él, en efecto, las “américas” habían alcanzado “un estado en el cual no podían
permanecer bajo el pupilaje colonial”. Las razones eran diversas: por un lado “habían alcanzado un punto
de incremento que las colocaba en el rango de las naciones, así por sus riquezas, como por su población y
estado de civilización”. Por otro lado, debido a estos rasgos y a la “extensión prodigiosa”, difícilmente
podían ser bien gobernados desde la distancia, pese a la actitud magnánima del que consideraba un
soberano siempre dispuesto a escuchar a sus vasallos; en consecuencia, los países debieron “sufrir
mucho” a unos mandatarios que con mucha frecuencia abusaban de su poder, amparados en el lento
trámite de los recursos ante la Corte. Por último, para Groot existía ya “un orgullo nacional”, una
“nacionalidad por naturaleza y por civilización”. Desde esta perspectiva, “en todas las provincias se
contaban hombres notables por sus luces y talentos, y el mismo hecho de la Revolución prueba que los
había, porque sin esas inteligencias no la habría habido”. Este último argumento demostraba mucho más
para el autor santafereño, “que las declamaciones de algunos escritores contra la ignorancia y la
abyección en que dicen que nos tenían sumidos el gobierno español, son falsas, son calumniosas; porque
es verdad que, de los espinos, como dice el Evangelio, no se cogen uvas”.70
Quienes lideraron el movimiento eran “hombres inteligentes” que, ante la incapacidad de las
autoridades establecidas para controlar a la “plebe”, hicieron los mejores esfuerzos para evitar el
descontrol. Sin embargo, el movimiento lentamente fue adquiriendo una dinámica tal que dividió
radicalmente a los patriotas. Se pregunta Groot por qué resulta extraño que el devenir de Nueva Granada
haya sido el de las guerras civiles, si “a los ochenta días de ser libres ya estábamos divididos, con
aspiraciones y rivalidades”. En su opinión, desde su “cuna”, los partidos en Nueva Granada habían traído
impreso un mismo carácter y habían procedido de la misma manera: “la índole natural y el distintivo
carácter de nuestros demagogos han sido la hipocresía, el fraude y el odio al catolicismo”.71
Para Groot, la “civilización” de Nueva Granada era obra en gran parte de la labor de la Iglesia y del
clero, pero tales logros habían sido desconocidos o ignorados por escritores cuyo principal objetivo
consistía en desfigurar la historia. En relación con el papel de la Iglesia y del clero durante la revolución,
afirmaba que, aun contra el deber ser de una Institución que no había sido atacada por el rey, el clero
tomó el partido de la causa patriótica, predicó en favor del nuevo gobierno y se sometió a sus leyes. Sin
embargo, Groot considera que desde esos años iniciales del proceso emancipatorio, se forjó un “espíritu
apasionado” contra el “estado eclesiástico” y contra el clero “bajo pretextos hipócritas”. Para Groot, el
clero de la Nueva Granada había sido “celoso por los intereses de la religión (y) también era bastante
ilustrado y patriota para no sacrificar la razón y la justicia de la causa a un ciego fanatismo”. No obstante,
juzgaba Groot que muchos de los hombres públicos acogieron de manera equivocada ideas de filósofos
europeos, según las cuales “la irreligión era indicio de ilustración y talento”. En estas apreciaciones
equivocadas debían buscarse, por ejemplo, la principal causa de la “decadencia y el retroceso de la
opinión de los pueblos en los años de 1814 a 1816”, y no como aseguraban algunos escritores, “en el
fanatismo atizado por el clero”.72
En el campo historiográfico afirma, por ejemplo, que el historiador José Antonio de Plaza, pasaba por
alto sucesos en los que la jerarquía eclesiástica y el clero bajo figuraban en favor de “la causa del
pueblo”, como ocurrió en el caso del obispo de Quito en los sucesos de 1810. También alude a Restrepo
para desvirtuar la idea según la cual el “fanatismo”, es decir el clero, le había hecho la guerra a la causa
de la república, “presentándola al pueblo como incompatible con la religión”. En cualquier caso,
aseguraba que si tales afirmaciones habían prosperado se debía a las “imprudencias” de los patriotas,
que “enajenaron la opinión de muchas gentes y de eclesiásticos respetables y virtuosos que habían
abrazado con entusiasmo y buena fe la causa patriótica desde el 20 de julio (de 1810)”.73
El tema de la federación es retomado en sus textos por José Manuel Groot con el mismo horizonte
valorativo de Restrepo, para reforzar uno de sus intereses: darle dimensión a la provincia de
Cundinamarca y defender las tesis de Antonio Nariño, presidente de la provincia a comienzos de la
revolución, quien pretendía constituir un gobierno centralista para agrupar en su órbita las demás
provincias de Nueva Granada. Al respecto, el polemista conservador llama la atención sobre que en los
años iniciales de la independencia, salvo Cundinamarca, las provincias que se proclamaron a sí mismas
“estados soberanos” no contaban con atributos básicos para alcanzar tal estatus: “Era cosa curiosa ver a
todas las provincias pidiendo auxilios de armas, de gente y de dinero a Cundinamarca; y Cundinamarca
mandándolos para todas partes, y no pidiéndolos entretanto a ninguna de ellas. ¿Qué clase de soberanías
eran éstas que no podían tener seguridades sino a expensas de Cundinamarca y al mismo tiempo con
celos y rivalidades con este Estado?”.74 Claro está que no faltan las referencias a las circunstancias en las
que quienes se denominaban “altezas serenísimas” le declararon a Nariño una “guerra terrible” que llenó
de odio a los patriotas y evitó que la revolución triunfara prontamente.
Para Groot, “la divertida historia de la federación” empezó entonces cuando comenzaron las rivalidades
entre soberanías y se prolongó durante el decenio de 1820. Mencionaba que así como los patriotas
americanos se sintieron ofendidos cuando la Junta de Sevilla se tituló a sí misma Suprema de España e
Indias, lo mismo ocurrió cuando la Junta de Santafé se llamó Suprema del Reino, hiriendo las
susceptibilidades de las juntas de las demás provincias. Desde entonces, el “empeño de la federación en
la otra patria (fue) erigir soberanías tan ridiculas como miserables, en que los pueblos eran sacrificados
para que los petulantes hicieran papel a su costa y los perdidos sacasen provecho”.75 Las “chispas” de la
federación persistieron hasta que los que las provocaron lograron su cometido. Por otro lado, para Groot
el “pueblo” estaba decididamente en favor del rey y no habría participado en la revolución de no ser por
los ofrecimientos populistas de algunos de sus agitadores. En su opinión, “las gentes profesaban
sentimientos de fidelidad al Rey, y el nombre de éste no se habría podido suprimir al empezar la
Revolución sin que ella fracasase en el acto”. Con una actitud paternalista, el pintor de cuadros
costumbristas no deja de advertir el efecto que produjeron los hechos de la revolución en una población
no acostumbrada a ella. Refiriéndose a una proclama que expidió en octubre de 1812 el gobierno de
Cundinamarca en la que se hacían preparativos de guerra, decía que la población estaba “aterrada”, pues
no sabía de lo que se trataba. Eran personas “acostumbradas a la rutina pacífica y sosegada de los
tiempos anteriores en que habían nacido y se habían criado, sin saber aquello de matarse los hombres,
sino cuando llegaba el caso de ajusticiar a alguno; y entonces, todos se encerraban en sus casas a rezar el
día de la ejecución, y cuando el pueblo presenciaba esos actos de justicia, quedaba horrorizado por
mucho tiempo”. Los santafereños no sabían de “saqueo” o “degüello” y creían imposible una situación en
la que los soldados entraran a las casas, “matando gente y cometiendo excesos sobre las personas”.76
Más allá de este estupor de los santafereños, advierte que la revolución reveló y puso mecanismos de
acción política a disposición del “pueblo”. Muestra, a su disgusto, la manera como sectores populares se
aproximaron y aprendieron la política: “(...) las gentes de entonces no tenían el criterio de las de ahora,
nacidas y criadas en las borrascas políticas, acostumbradas a discurrir sobre cosas públicas, hasta las
mujeres del pueblo, y con conocimientos extraños entonces al común de las gentes, porque los males no
se los habían hecho necesarios”.77 Para Groot, desde los sucesos de julio en la Nueva Granada, la gente
del “populacho” comenzó una actividad inusitada y desconocida en otras épocas: asistía a la calle para
hacer demandas, se reunía en las plazas y en las oficinas públicas para reclamar el castigo de los antiguos
gobernantes, insultaba y maltrataba a personas de una condición social superior. Como Samper, dedica
reflexiones a las mujeres, pero para descalificar sus acciones, particularmente las de las “verduleras”,
que “eran las más encarnizadas contra los españoles”. En fin, tal era la situación que, cuando el pueblo se
llamaba a sí mismo “soberano”, “ponía en apuros” a las mismas autoridades con sus “multiplicadas
exigencias y peticiones”.78
Ahora bien, tal como lo argumentaron Restrepo y Posada Gutiérrez, el pueblo “resultaba” ser un objeto
de manipulaciones por parte de quienes en la época asumieron su liderazgo. En efecto, el pueblo simple
era “empujado” por los “azuzadores y chisperos”, que le “soplaban al oído” las voces y peticiones que
debían hacer en la plaza pública. Se cuestionaba si en circunstancias en las cuales resultaba “tan fácil
corromper a la plebe”, el pueblo “olvidaba” la religión o eran los azuzadores quienes “se la hacían
olvidar”, pues aquéllos llegaron a cometer acciones “indignas de un pueblo medianamente civilizado”.
Groot también establece continuidades entre los “chisperos” del tiempo de la independencia y los
“azuzadores” posteriores, a quienes les cabían serias responsabilidades por el devenir de la política en la
Nueva Granada. Decía que los que se “apellidaban tribunos del pueblo” eran como un “croquis de los
demagogos que más tarde habían de venir”, con la única diferencia de que los primeros no “repudiaban la
moralidad”. Así pues, desde que los demagogos y chisperos alborotadores empezaron a tomar el nombre
de “tribunos del pueblo” y “declamaban con inaudita fogosidad”, se introdujo un germen de anarquía y
caos que no había sido posible combatir. Así mismo, muestra cómo se empezaron a establecer redes
políticas que posteriormente tendrían incidencia en la política neogranadina: “Los principales directores
de la máquina popular eran: el escribano García, llamado por antonomasia el Patriota; el doctor don
Francisco Javier Gómez (aliaspaneld); don José María Carbonell; el doctor Ignacio Herrera y otros. Así era
que el pueblo estaba siempre a disposición de los chisperos, quienes se entendían inmediatamente con
ciertos gamonales, maestros de oficio, carniceros, revendedores y pulperos, que tenían a su disposición
las masas para conducirlas a gritar donde era menester”.79
Como empresa editorial, la Historia Eclesiástica y Civil fue financieramente difícil y por poco no llega a
feliz término. Los principales lectores de su obra pertenecían al clero católico y a sus círculos de
influencia social. Tal como lo demuestra el historiador Luis Javier Ortiz Mesa, el principal número de
“suscriptores” de su obra procedía del clero de la católica Antioquia, en donde el obispo José Joaquín
Isaza emprendió una labor de divulgación que no realizó ninguno de sus similares en el país. En Bogotá la
obra también despertó el entusiasmo, incluso del propio gobierno liberal que compró 25 ejemplares para
la Biblioteca Nacional.80 Es probable que los sacerdotes fueran sus principales divulgadores, aunque no
debe descontarse que después de 1886, cuando los conservadores retornaron al poder del gobierno
central, la obra hubiera encontrado un nicho oficial para publicitaria.

CONSIDERACIONES FINALES

Con motivo de la publicación de la Historia Eclesiástica y Civil de la Nueva Granada de José María Groot
en 1869, en la Revista de Colombia se formulaba la siguiente sentencia historiográfica: “La historia, obra
del provenir e hija del tiempo, no debe recibir el sello de la época en que se escribe, ni hacerse el eco de
las pasiones que agitan a los partidos, ni encargarse de proclamar principios que no forman una serie
ordenada de verdades morales eternas; los que la hacen servir para estos fines sobreviven generalmente
a su efímera obra”.81 El autor de la frase, aunque emitía su opinión fundado en una pretensión corriente
en la época, pasaba por alto la que parece ser justamente la denominación de origen de la historiografía
colombiana del siglo XIX: su estrecha relación con la política, es decir, su cercanía con la contingencia,
con la inmediatez de las luchas partidistas por el Estado y por la nación, y con las corrientes ideológicas
que las alimentaban.
El recorrido sucinto por las obras de José Manuel Restrepo, José María Samper, Joaquín Posada
Gutiérrez y José Manuel Groot muestra un rasgo distintivo de la historiografía colombiana que se concibió
en los primeros cincuenta años de vida independiente: se enmarca dentro de lo que hoy se conoce como
“historia del presente”. Los historiadores se ocuparon preferencialmente de hechos inmediatos en el
tiempo, inscritos todavía en la memoria fresca de la sociedad, y cuyo desenlace parecía no haber ocurrido
en el momento de publicación de las obras. De ahí esa sensación de inevitable actualidad que se
desprendía de los textos de historia estudiados. Se debe resaltar también que los autores fueron actores
directos o indirectos de los hechos que documentaron. Se trataba en algunos casos de militares que
participaron en las luchas de Independencia, que se desempeñaron como funcionarios durante la
instauración del Estado republicano y posteriormente como militantes en las facciones partidistas que se
enfrentaron durante buena parte de la primera mitad del siglo. Esto explica, en parte, que los
historiadores mencionados no pudieran desprenderse emocionalmente cuando formularon sus reflexiones
sobre el pasado colonial, sobre la revolución y sobre la república, lo que aquí se advierte, no como una
anomalía sino como un rasgo característico. En unos se nota por el tono exaltado que adoptaban los
relatos sobre una revolución que consideraban inacabada, en otros se siente en el carácter agónico y
pesimista que emanaba de una narración evidentemente desencantada por la inestabilidad en que había
derivado la república.
El tema central de estas obras es la revolución de independencia y el proceso político republicano hasta
mediados del siglo XIX. Aunque la independencia es entendida como una ruptura política, debido al
particular “lazo emotivo” y político que establecieron con ese pasado, las lecturas y relecturas de la
historia de Nueva Granada no conducen a una igual valoración de los hechos, de los personajes y
organizaciones, así como de las instituciones que se adoptaron en el proceso. Este balance también pone
en evidencia la influencia de la contingencia sobre la historiografía colombiana del siglo XIX. Restrepo,
Samper, Posada Gutiérrez y Groot escribieron sus obras en medio de la turbulencia política que
caracterizó al país desde que triunfó la revolución y sus gobernantes quisieron sentar las bases del
Estado republicano. Aunque se ocupan de los hechos relacionados con la revolución y con la vida política
subsiguiente, los leyeron influenciados por el acontecer político, principalmente de mediados del siglo XIX.
Los autores de esta historiografía en su mayoría adoptaron los parámetros de operación historiográfica
de la obra de Restrepo, pero acogieron claves interpretativas del momento específico en el que
escribieron sus respectivas obras: un momento de notoria efervescencia política e ideológica en Nueva
Granada.
En este recorrido también se advierte la existencia de un debate historiográfico en ciernes. Los autores
indicados, aunque no fueron los únicos que se refirieron a la historia política de Nueva Granada,
participaron por medio de sus obras en un debate de largo aliento para definir el sentido del siglo XIX en
Colombia, es decir, la resignificación del pasado colonial, la comprensión de los hechos de la
independencia y la definición del modelo de Estado más propicio para el país. Cada uno de los autores
presentaba argumentos encontrados, documentación adicional para controvertir afirmaciones de los
antagonistas, puntos de vista divergentes sobre temas sensibles, en los que subyacía una posición sobre
el mejor modelo para orientar el Estado y una tesis sobre las fuentes de la nacionalidad colombiana.
Si bien la historiografía escapaba a la controversia inmediata y explícita de la hoja suelta, del artículo
de periódico y del debate político alimentado por la animosidad de la época, en aquellas obras se intuye
un litigio por temas que en el lapso de cincuenta años gozaban de enorme actualidad y vigencia. No es de
extrañar, entonces, que uno de los temas centrales de esta historiografía sea el federalismo. Su actualidad
y vigencia se deriva del hecho de que fue una bandera de las facciones y de los grupos políticos que al
promediar el siglo XIX adoptaron la ideología liberal y lograron ponerla en práctica desde 1846. La
historiografía hace el eco del debate político y pone interés especial al analizar este aspecto, rastreándolo
desde los años iniciales de la revolución de independencia. Tampoco sorprende que el tema del “pueblo”
resulte central en una historiografía dedicada a la revolución. Como parece obvio, la percepción, la
descripción y la valoración que conciben los historiadores, ponen en evidencia los prejuicios y las
prevenciones de una élite ilustrada ante la organización y la movilización de grupos subordinados que
desde finales del decenio de 1840 adquirieron gran protagonismo político de la mano de las facciones
liberales más radicales. Estos temas, aunque no eran los únicos, fueron centrales en el litigio
historiográfico que impidió, por lo menos durante el siglo XIX, concebir un relato hegemónico sobre el
pasado colonial, sobre la independencia y sobre los años iniciales de la república. La historiografía
colombiana debió esperar hasta principios del siglo XX para que se concibiera una obra histórica
unificadora de las versiones acerca del proceso, obra que debió despojarse de los matices, singularidades
y énfasis propios de las concebidas por aquellos autores.82

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Notas al pie
* Este ensayo se inscribe dentro del programa de Sostenibilidad 2005-2006, del Grupo Estudios
Políticos del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia (Medellín-Colombia), apoyado
por el Comité para el Desarrollo de la Investigación de la misma institución. Agradezco los comentarios
de los historiadores Beatriz Patiño y Gregorio Saldarriaga, que han enriquecido este texto.
1 También se publicaron obras dedicadas a la época colonial, pero que no ofrecen una apreciación
sobre los hechos de la Independencia y la formación del Estado republicano. Véase: Plaza, Memorias para
la historia de la Nueva Granada; Quijano Otero, Compendio de historia patria; Acosta. Historia de la
Nueva Granada.
2 Según Colmenares, “Muchos se sentían herederos inmediatos de una revolución que parecía ponerlos
en posesión de la historia, de sus mecanismos de cambio político y social”, Colmenares. Las convenciones
contra la cultura, pp. 19-21.
3 Sobre la generación “iluminista” o de la “Independencia”, véase Rodríguez, La Independencia de la
América española, pp. 15-16. Para Javier Ocampo tal generación se dividía, a su vez, en la generación
precursora, la generación heroica y la generación fundadora o de los caudillos. Ocampo López, Colombia
en sus ideas, pp. 595-596. Sobre la influencia del pensamiento hispánico liberal, véase Colom González,
El fuste torcido de la hispanidad.
4 Meló, “La literatura histórica en la República”.
5 Colmenares, La Historia de la Revolución por José Manuel Restrepo, p. 11.
6 Véase White, El texto histórico como artefacto literario y otros escritos.
7 Thibaud, Formas de guerra y construcción de identidades políticas.
8 Al respecto, véase Posada Carbó, “Historia de las ideas en Colombia desde la conquista hasta 1950”;
Tovar, Guerras de opinión y represión en Colombia durante la Independencia (1810-1820), Lomné, La
patria en representación. Una escena y sus públicos: Santa Fe de Bogotá, 1810-1828, pp. 323-324.
9 Lallement, Histoire de la Colombie. Existe una traducción al español a cargo de Diego Villegas,
publicada por la Cámara de Comercio de Medellin en 1998.
10 La Ley fundamental de la República de Colombia, expedida en Angostura en diciembre de 1819,
consagraba la unión de Venezuela y Nueva Granada. En 1832 se disolvió aquella república y emergieron
las de Ecuador, Nueva Granada y Venezuela. Aquí se hará alusión a la historiografía de Colombia o de la
de Nueva Granada, teniendo en cuenta la cronología y siguiendo el criterio de cada uno de los autores
estudiados.
11 Suplemento de la Gaceta de Colombia, 291, Bogotá, 13 de mayo de 1827, p. 6.
12 Croix, Diario de Bucaramanga, p. 131.
13 De la Historia de la Revolución de la República de Colombia en la América Meridional se han
publicado cuatro ediciones: la primera de ellas en 1827, en los talleres de la Librería Americana (París); la
segunda, corregida y ampliada por el propio autor, en la Imprenta de José Jacquin (Besançôn-Francia),
apareció en cuatro tomos en 1858; la tercera, publicada en ocho tomos, corresponde a una colección
oficial de difusión masiva denominada Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, editada en Bogotá en
1950; la última edición fue publicada en 1969, por Bedout de Medellín-Colombia. En este ensayo me
apoyo en la edición publicada en 1969. También escribió y publicó Ensayos sobre la geografía,
producciones, industria y población de la provincia de Antioquia en la Nueva Granada (1809); Diario
político y militar (publicado de manera póstuma en 1954), Historia de la Nueva Granada (una
“continuación de la Historia de la Revolución”, publicado de manera póstuma en 1963), Memoria sobre
amonedación de oro y plata en la Nueva Granada desde 1753 hasta 1859 (publicado en 1963) y ensayos
científicos sobre el cultivo del café, el sistema métrico, entre otros temas.
14 Fue secretario del Interior hasta enero de 1830. También fue presidente del Consejo de Gobierno,
director de la Academia Nacional, superintendente de la Casa de la Moneda (1825, y entre 1834 y 1859
con algunas interrupciones), así como director de Crédito Público (entre 1839 y 1841). Los datos
biográficos son tomados de Marroquín, “Don José Manuel Restrepo”; Restrepo. Autobiografía. También se
utilizaron los datos de las breves presentaciones sobre el autor, en cada una de las ediciones consultadas
de la obra.
15 Véase, respectivamente, Gaceta de Colombia, 291, Bogotá, 13 de mayo de 1827, p. 6; Croix, Diario
de Bucaramanga, pp. 132 y 134.
16 Según De la Croix el propio Bolívar afirmó que Restrepo era parcial cuando abordaba algunos
hechos en que se vio involucrado, como los ocurridos en Cartagena al tomar posesión de la Popa y se
abrieron las hostilidades contra la tropa de Cartagena. Croix, Diario de Bucramanga, p. 135.
17 Véase, respectivamente, Restrepo, Autobiografía, p. 36. Según la narración de Restrepo, el general
Mariano Montilla y el brigadier Castillo desobedecieron las órdenes del gobierno general y pusieron en
riesgo las actividades de los patriotas. Croix, Diario de Bucaramanga. Las anotaciones correspondientes
al día 2 de junio. Meló, La literatura histórica en la República. Marroquín, “Don José Manuel Restrepo”, p.
15.
18 El ensayo pretendía crear una opinión favorable a la monarquía constitucional, aunque apela a la
historia reciente para sustentar sus argumentos. García del Río, Meditaciones colombianas. También se
publicaron Urdaneta, Memorias del General Rafael Urdaneta y Obando, Apuntamientos para la historia.
19 Palacios, Un ensayo sobre el fratricidio colectivo como fuente de nacionalidad, p. 426.
20 Véase Meló, La literatura histérica en la República, pp. 47 y 51.
21 Restrepo, Autobiografía, p. 50.
22 Croix, Diario de Bucaramanga, pp. 134-135.
23 Restrepo, Historia de la Revolución, p. 15.
24 Colmenares, Las convenciones contra la cultura, pp. 180-181.
25 Por otro lado, mientras a los sucesos correspondientes al año de 1741 el autor les destina el espado
equivalente a cinco páginas, a los sucesos correspondientes al año de 1810 les dedica el equivalente a
treinta páginas aproximadamente, desequilibrio explicado por el autor debido a la ausencia de hechos
“dignos” de investigar.
26 Restrepo, Historia de la Revolución, volumen I, pp. 37, 44-45. El referido es Humbdolt.
27 Ibid., pp. 113, 128, 195 y 261.
28 Ibid., pp. 147, 150, 165, 183, 190-191, 198 y 294. Volumen VI, p. 420.
29 Ibid., pp. 165, 204.
30 Ibid., volumen I, p. 340; volumen II, pp. 99-100.
31 Ibid., volumen II, p. 101; volumen III, p. 305; volumen IV: p. 422; volumen V: pp. 10, 227.
32 Ibid., volumen I, pp. 136, 140, 189, 193.
33 Ibid., pp. 183-186.
34 Ibid., pp. 195-197; volumen IV, pp. 407-408; pp. 419-424, volumen V, pp. 19-24; 156-160; 295.
35 Véase una aproximación general al tema en Abrahamson, Las utopias sociales en América Latina en
el siglo XIX.
36 Colmenares, Las convenciones contra la cultura, pp. 27-28.
37 Véase, respectivamente, Guerra, Modernidad e Independencia, p. 377. Jaramillo Uribe, El
pensamiento colombiano en el siglo XIX, p. 174. Lomné, Una ‘palestra de gladiadores, pp. 291-292. Meló,
La literatura histórica en la República, p. 63.
38 Samper, Apuntamientos.
39 Por sus posturas políticas radicales se vio obligado a salir intermitentemente del país cuando sus
adversarios tomaban el control del poder gubernamental. Sin embargo, durante el decenio de 1860
experimentó una conversión política, ideológica y religiosa que lo llevó a suavizar sus posturas radicales y
a reencontrarse con todo aquello que en sus años juveniles atacó decididamente. Véase José María
Samper, Historia de un alma-, Hinds, José María Samper: the tought of a nineteenth-century new
granadan, pp. 95-164.
40 Samper, Apuntamientos, p. 584. Desconocía Samper que Restrepo estaba preparando una reedición
de su Historia que incluía la parte correspondiente a la Gran Colombia y que además estaba escribiendo
una historia de Nueva Granada, que fue publicada de manera postuma.
41 Véase Meló, op. cit.
42 Samper, Ensayos sobre las revoluciones políticas. Los ensayos son artículos difundidos inicialmente
en el periódico el Español de Ambos Mundos, que se publicaba en Londres, a los que se les agregó un
artículo etnográfico sobre la población de Nueva Granada, con el objeto de informar al público europeo
sobre los pueblos latinoamericanos y esclarecer el contenido democrático de las revoluciones en el
subcontinente. Aunque el autor explica que su obra es una reflexión sobre Hispanoamérica (a la que
llama Colombia) es evidente que muchas de sus reflexiones son formuladas pensando en Nueva Granada.
Véase Posada Carbó, Historia de las ideas en Colombia desde Lt conquista hasta 1950, pp. 42-43.
43 Hinds, José María Samper: the tought of a nineteenth-century new granadan, p. 17.
44 Samper, op. cit., pp. 202-203.
45 Samper, Ensayos sobre la revoluciones políticas, pp. 131, 141; 165-166, respectivamente.
46 Ibid., p. 141. Las cursivas aparecen en el original.
47 Ibid., pp. 136; 159-160; 170; 187. Cjr. Samper, Apuntamientos, pp. 30-31.
48 Samper, Ensayos sobre las revoluciones políticas, pp. 144-145.
49 Ibid, p. 185.
50 Samper, Ibid., pp. 137-140.
51 Ibid., pp. 171-172, 174-175. Cfr. Samper, Apuntamientos, p. 56.
52 Samper, Ensayos sobre las revoluciones políticas, pp. 179, 182-183 y 203.
53 Este acápite se apoya en mi artículo “Las tribulaciones de un patriota desencantado”. En Historia y
Sociedad, 12. Medellin, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellin, noviembre de 2006.
54 De las memorias se han publicado cuatro ediciones. La primera, publicada en dos tomos, uno en
1865 y el otro en 1881. Una segunda edición, en tres tomos, fue publicada por Ayacucho de Madrid, pero
de ella se excluyen los capítulos que tratan del periodo que va de 1830 a 1863. La tercera edición es de la
Biblioteca Popular de Cultura Colombiana del Ministerio de Educación Nacional. Una cuarta fue
publicada, en tres tomos, en 1971, por Bedout en Medellin. Posada Gutiérrez, Memorias histórico-
políticas. Este texto se apoya en la publicación de Ayacucho.
55 Posada Gutiérrez, op. cit., pp. 18, 21-22.
56 Melo, op, cit.
57 Posada Gutiérrez, op. cit pp. 15 y 20.
58 Ibid., p. 15.
59 Ibid., pp. 42, 218.
60 Ibid., pp. 79, 17, 44.
61 Ibid.,, p. 325.
62 Ibid.,, pp. 46, 81. “La federación arrebatando a la muerte su guadaña y seguida de las furias del
Averno lo arrasa todo, dejando escrito con letras de sangre sobre los escombros y sobre los osarios, una
sola frase: ‘Estados Soberanos’, en cambio de la más horrorosa desolación”. Ibid., volumen II, p. 108.
63 Ibid., pp. 96, 142, 106-107, 116.
64 Ibid., pp. 106, 185, 188, 295, 258.
65 Meló, La literatura histórica en la República, p. 6.
66 Posada Gutiérrez, op. cit., p. 172.
67 La primera edición fue editada en el taller de Foción Mantilla y en el de Medardo Rivas en Santa Fe
de Bogotá. Se tiene conocimiento de una segunda edición publicada en 1889, por este último editor. En
1953 se reeditó la obra en seis tomos dentro de la colección de la Biblioteca de Autores Colombianos del
Ministerio de Educación Nacional. Las referencias a esta obra son tomadas de esta última edición.
68 José Manuel Groot, Historia Eclesiástica y Civil.
69 Mejía Macía, “Estudio histórico de la Historia eclesiástica y civil” pp. 71 y 73.
70 Groot, Historia Eclesiástica y Civil, tomo III, p. 46.
71 Ibid., pp. 109, 390.
72 Ibid., pp. 395-396; 409; tomo IV, p. 411.
73 Ibid., pp. 56, 63, 189, 302.
74 Groot, op. cit.., tomo III, pp. 219-220.
75 Ibid., pp. 93, 194-195.
76 Ibid., p. 52.
77 Ibid., pp. 52, 247-248.
78 Ibid., pp. 78-79 y 84.
79 Ibid., pp. 80, 88, 90-91, 97, 384.
80 Véase Ortiz Mesa, “José Manuel Groot. Editar, publicar y vender un libro en el siglo XIX. Su
correspondencia con José Joaquín Isaza, Obispo de Antioquia”. Estudios Sociales, 6.
81 Revista de Colombia, año 1, número 1, citada en Groot, op. cit., p. 66.
82 Henao y Arrubla, Historia de Colombia para la enseñanza secundaria.
APROPIACIÓN DEL PASADO, ESCRITURA DE LA HISTORIA Y
CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN EN MÉXICO

GUILLERMO ZERMEÑO PADILLA


El Colegio de México

INTRODUCCIÓN

La emergencia del saber histórico en México durante el siglo XIX se debe no solamente a un factor
literario —la evolución de un tipo de escritura— sino también a un factor de índole político. Por esa razón
podemos preguntarnos: ¿Qué aspectos de la antigua República de las letras sobreviven en el nuevo
régimen político? ¿Cómo se reformula el saber histórico tradicional en el nuevo régimen político? ¿Qué
problemas enfrentan para dotar a la historia de una nueva legitimidad? La pugna entre liberales y
conservadores fue uno de los factores activos que intervinieron en la construcción del campo histórico
durante el siglo antepasado. Pero la cuestión también puede plantearse a la inversa: ¿Qué aspectos del
saber histórico tradicional son reformulados en el contexto del establecimiento del saber científico
positivista?
Es indudable que el siglo XIX intentó crear un lenguaje historiográfico propio. Se podría decir que
durante este periodo se conformó un estilo nacional de escribir historia. La formación de un estilo
significa que por encima de las diferencias político-ideológicas se desarrollaron los principios de una
identidad disciplinaria. El discurso de la historia no fue inventado en el siglo XIX. El término “historia” no
apareció por primera vez en el siglo XIX. Sin embargo, durante este lapso su valoración fue modificada y
se utilizó más en un día o en un año que a lo largo de las épocas anteriores. Son escasas las palabras
acuñadas por el siglo XIX referidas a la historia. No obstante, el siglo XIX alteró el valor y la frecuencia de
las palabras, y convirtió en un bien general lo que antes se circunscribía a un pequeño grupo o a alguna
corporación.
Es importante tener en cuenta que la historia no encarna necesariamente a través de discursos
individuales y racionales, sino a través de palabras sueltas o frases aisladas que se imponen a fuerza de
repetirse hasta configurar un uso generalizado. Así, puede decirse que el vocabulario de la historia que se
conformó a partir del siglo XIX no sólo ha llegado a crear y pensar por cada uno de los mexicanos, sino
que es capaz de generar emociones y de dar orientación a la personalidad, tanto más cuanto se ha
convertido en un hecho natural. Hay libros que no trascienden el lenguaje de un grupo en la medida en
que refieren a su cohesión interna, pero no a la vida entera. En cambio hay libros como los de historia
que pueden llegar a formar parte del lenguaje de una colectividad debido a la toma de poder de ese
grupo; son libros, entonces, que se apoderan de todos los ámbitos públicos y privados. En ese momento la
historia se vuelve monocorde: se convierte en un hecho natural y por tanto esencial, en un lenguaje que
tiende a tomar las partes por el todo.

EL PRESENTE HACE HABLAR AL PASADO

En 1821, año de su independencia, México nace a la historia como nación. A partir de entonces el nuevo
México hizo hablar al pasado “no mexicano” —esto es, al pasado precolombino y virreinal— de otra
manera. Aunque es verdad también que el pasado novohispano había hecho hablar de otra manera a los
antiguos mexicanos. La pregunta entonces es cómo “los nuevos mexicanos” se apropiaron del pasado. Se
apropian no sólo de temas y periodos, sino convierten en “historiadores mexicanos” a los cronistas
españoles e indígenas. La historiografía nacional, en ese sentido, se funda en un anacronismo.
Intentaremos describir brevemente este proceso.
Estrictamente hablando no hay historia de México mientras no exista México como nación. Por eso no
hay que confundirse con la historia del jesuita Francisco Javier Clavijero. Su “México” no es el México
cuya historia comienza a trazarse en 1821 .La Historia antigua de Mexico de Clavijero persigue otros
fines y se refiere a los “mexicanos originales”, a los pobladores antes de la invención de América, a los
habitantes del suelo “americano” antes de la llegada de los conquistadores españoles. Clavijero escribe su
historia para responder a las historias que le parecen ofensivas e indecentes, para hacer la crítica de
ciertas versiones ilustradas sobre los “salvajes americanos”. Clavijero, criollo español americano, se
siente aludido, pero también busca corregir los errores históricos que a su juicio encuentra en las páginas
de autores como el prusiano Cornelius Paw, el naturalista francés Buffon y el escocés Robertson. Es una
historia de la tierra y sus pobladores, de su antigüedad y de sus formas de gobierno y artes de hacer las
cosas (cultura), del antiguo México hasta el día y año de la conquista (mayo de 1521). Lo hace siguiendo
las convenciones del ars histórica de su tiempo, y prosigue la historia de su correligionario José de
Acosta.
La ambigüedad del término “México” se origina en La Declaración de Independencia,, firmada el 28 de
septiembre de 1821. Con esta Declaración se pone oficialmente en circulación el nombre de México
ampliando su significado. La palabra México ya no refiere únicamente a los antiguos pobladores del valle
del Anáhuac sino también a los que llegaron después de Europa. La Declaración toma prestado un
nombre antiguo españolizado para denominar a una nueva entidad.
¿En qué sentido y hasta dónde un evento jurídico-político puede afectar la forma de escribir la historia?
En principio se trata de dos eventos no simultáneos. En primer lugar es la Declaración —resultado de
movimientos sociales y políticos, tanto internos como externos— la que funda a la nación; sólo después
comienza a escribirse su historia. El primer paso supone el cambio de nombres de la misma entidad: se
sustituye Nueva España por México. Este giro implica escribir una nueva historia, pero no
necesariamente presupone un cambio inmediato de los instrumentos con que se hace la historia ni cómo
se escribirá.
La Declaración de Independencia contiene, a su vez, una frase con una referencia histórica explícita.
En ella se afirma lo siguiente: La Nación Mexicana que por trescientos años ni ha tenido voluntad propia,
ni libre el uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido.1 Se trata evidentemente de un
anacronismo; no hace justicia a la verdad histórica en cuanto al establecimiento de las relaciones entre
gobernantes y gobernados durante el virreinato novohispano. Muchos de los que se dicen oprimidos en
1821 y fundamentan la necesidad de la independencia pudieron en el pasado inmediato ser miembros de
los opresores. Históricamente, la nación era inexistente antes de 1821; la nación mexicana, por tanto, no
es sujeto de atribución moral y así no es verdad que la nación esté saliendo de la opresión después de tres
siglos. Llama la atención que la fecha de 1821 coincida con la fecha de la conquista, tres siglos antes.
Esta simetría pudiera contener un valor simbólico. La retórica de la Declaración sólo expresa la voluntad
manifiesta de fundar una nación. Posee la dimensión de un futuro al que se aspira más que ser
propiamente la expresión de una experiencia pretérita.
Al margen de su contenido de verdad lo importante es que la referencia histórica evoca un sentimiento
de humillación que apela a su contraparte: la necesidad de contar la historia de la emancipación o salida
de la opresión. Esta historia se tiñe por tanto de una coloración dramática para que sea verdadera; será la
historia de héroes y villanos, de proceres y traidores; una historia en la que deberán brillar los
precursores de la independencia y de la libertad.2 Una historia fincada en dicho sentimiento de
humillación buscará en el pasado los motivos de su edificación y redención. Por eso, en sus inicios,
exhibirá fuertes motivos escatológicos y providencialistas.3
Fray Servando Teresa de Mier publicó en 1813 la Historia de la Revolución de Nueva España
antiguamente Andhuac o verdadero origen y causas de ella con la relación de sus progresos hasta el
presente año de 1813. Como vemos no aparece todavía el nombre de México como el recipiente natural
de esta historia. Algunos años antes se había publicado en Italia La historia antigua de México del jesuita
expulso Francisco Javier Clavijero. Como se dijo, no es una historia de México sino del antiguo México, es
decir, una narración del periodo anterior a 1521. La intención de Clavijero se dirigía además a la defensa
de la grandeza de los americanos frente a la denigración de la cultura hispánica por los philosophes de la
Ilustración. Se trata en ese sentido de una historia apologética.
Por eso considero que la historia de México comienza a escribirse hasta que México como una nueva
entidad política desarrolla su propia experiencia, traza en medio de la incertidumbre su camino político y
social. Ahora bien, en la medida en que toma prestado el nombre de los antiguos mexicanos habitantes
del Anáhuac, el país va creando una relación ambigua con los descendientes de los antiguos pobladores,
quienes paulatinamente dejarán de ser llamados indios para convertirse en los indígenas modernos. Una
de las cuestiones de la futura historiografía será saber qué hacer con ese pasado y ese presente de los
antiguos pobladores del Anáhuac.
No es sencillo determinar el significado de la palabra historia en ese momento. Existen diversos
géneros que podrían confundirnos, y aparecen títulos que llevan el nombre de historia o relación de
hechos. Sin embargo lo decisivo radicaría en poder establecer las nuevas relaciones entre el discurso
histórico y la nueva entidad política. Y por lo menos cuando ocurre la independencia de México la historia
como relato verídico de los hechos del pasado no tiene un lugar central en los saberes del antiguo
régimen. Ese lugar es ocupado principalmente por la filosofía y la teología, por un lado, y la historia
natural, la medicina, el derecho, por el otro; de modo tal que en ese sentido el saber histórico tiene una
función secundaria o subordinada. La historia es importante sobre todo para los funcionarios civiles y
eclesiásticos; sirve de apoyo para elaborar discursos y argumentaciones, para descubrir en el presente la
confirmación de los designios inscritos en la providencia —historia eclesiástica— o en las obras del
pasado: historia civil. La investigación del pasado como la conocemos actualmente no está desarrollada
por completo.

UNA POLÍTICA DE LA HISTORIA

La figura del intelectual como se le conoce en la actualidad no existe durante la primera mitad del siglo
XIX. En cambio, sí puede apreciarse la figura del “ideólogo” desarrollada a partir de la Revolución
francesa.4 Del mismo modo, la figura del historiador durante este periodo no coincide plenamente con la
del profesional de la historia consolidada en el siglo XX en los centros de investigación y de enseñanza.5
Por eso nos preguntamos acerca de los rasgos que singularizan al historiador del siglo XIX en México.
En principio se puede encontrar que el individuo que se ocupa del estudio del pasado es también
predominantemente un funcionario de Estado. Funcionario, como sabemos, de un Estado en gestación,
que emerge de las cenizas del imperio español bajo la dominación borbónica. Un Estado en formación que
utilizó el estudio de la historia para dotar a la nación de su propia aureola. La gestación política de la
nación cifrada alrededor del dilema entre monarquía o república,6 implicó que los nuevos gobernantes, ya
desligados de sus obligaciones con Madrid, tuvieran que hacerse cargo también de los antiguos archivos,
en particular de las antigüedades mexicanas heredadas por la Corona española a la nueva entidad
política.
Lucas Alamán (1792-1853) representa uno de los ejemplos más acabados de esta figura de historiador-
funcionario. Poco después de la emancipación política de México en 1821, Lucas Alamán se hizo cargo del
Despacho de Gobernación y Relaciones Exteriores en 1823. En la Memoria presentada ante el Congreso
en 1823 Alamán establece a mi parecer algunas de las pautas del historiador del futuro. En primer lugar,
otorga a la estadística un valor primordial para la adecuada administración del territorio y de la economía
nacional. Como veremos, su utilización no representa una innovación original del nuevo régimen político.7
Un segundo aspecto es la importancia atribuida al desarrollo de la educación pública para la formación
de una ciudadanía consciente de sus libertades individuales.8 En tercer lugar, Alamán menciona la
necesidad de crear un organismo dirigido a la administración de la memoria nacional. La administración
de los bienes de la nación y la generalización de la educación aparecen como dos aspectos que subyacen
a la necesidad de construir una memoria histórica apropiada a la emergencia del nuevo régimen político.
No aparece todavía el interés en escribir una historia de la nación mexicana, porque su precondición —la
nación— no existe sino como una promesa en ciernes. En cambio, está ya presente la cuestión de qué
hacer con el legado del antiguo régimen político con todo y sus legajos.
Alamán hace referencia, por ejemplo, a los archivos administrativos del régimen virreinal recién
colapsado. En relación con ese cúmulo de papeles en completo desorden considera la conveniencia de
formar un “archivo general”; pero al pensar en su utilidad no lo hace en primera instancia en función de
los “historiadores” sino del “público” en general. Distingue del legado novohispano el archivo vivo9 del
“archivo muerto” o conjunto de piezas y objetos de toda clase coleccionados durante el virreinato. Hace
mención expresa de dos coleccionistas, Boturini y Dupaix, quienes se preocuparon en conservar un tipo
de objetos extraños y curiosos. Piezas que habían dejado de cumplir una función en el presente y, sin
embargo, a juicio de Alamán, no por ello eran menos apreciables.
La pregunta natural que surge es acerca del proceso que condujo a estimar como valiosas a esas
“antigüedades mexicanas” así como aquellas “de los primeros años de la dominación española”. Es de
notar que no se trata del gusto particular de algún individuo por estas curiosidades, sino del interés de un
funcionario público en establecer una política de Estado respecto a tales objetos para colocarlos en el
espacio adecuado para su exhibición. Es una política de Estado en la medida en que incluye no solamente
a la ciudad-capital sino a todas “las demás ciudades de provincia”. La necesidad de encontrarles un lugar
adecuado a dichos objetos radica en que los “estudiosos” puedan leerlos y examinarlos sin trabas ni
dificultades en beneficio “de la nación” y de intereses de los particulares.10
En la Memoria presentada ante el Congreso destaca el hecho de que existen entonces personas
curiosas interesadas en analizar esos objetos, y que sus actos pueden llenar una necesidad de la nación.
Esto significa que la formación futura del discurso histórico nacional corre al parejo con la formación
política de la nación. A diferencia de lo que se ha pensado,11 se muestra el interés primordial en estudiar
el origen del hombre americano, las culturas precolombinas y, sólo después, comenzará a haber mayor
interés en el virreinato.12 La administración colonial está todavía demasiado próxima como para
someterla al escrutinio histórico, es constitutiva de todos aquellos que participan en la construcción de la
nación. Más aún, se puede decir que la iniciativa de Alamán no hace sino proseguir una tradición imperial
establecida antiguamente por el Consejo de Indias. La única diferencia es que ahora Alamán lo hace en
nombre de la nueva nación mexicana.13
Así, como funcionario de un Estado en gestación, Alamán se pregunta en 1823 acerca de qué puede y
debe hacer con el legado recibido por la administración anterior. Como ministro del interior y del exterior
es receptor de una herencia compuesta por una población, un territorio y un pasado conformado por
objetos en desuso pero que despiertan asombro y curiosidad, especialmente a partir del siglo XVIII.
Estadística, Educación e Historia se constituyen en tres pilares básicos para la construcción de la nación.
Estas tres instancias se corresponden con la creación de espacios adecuados para cada una de las
operaciones. La formación de estos espacios requerirá tiempo y recursos, y sin duda también
intervendrán los avatares políticos. Alamán cuenta en su haber personal con una amplia experiencia en el
campo de la minería, y relaciones personales con un amplio espectro de personalidades científicas de la
escena europea. En su opinión, el nuevo gobierno requiere disponer de cuentas claras y exactas del
universo político, social y cultural. La nación debe construirse sobre la base de inferencias probadas y no
meramente especulativas.14 Alamán, hijo de su época, en cierto modo no hace sino dar continuidad a
algunas de las premisas de la España ilustrada de los Borbones: dotar al aparato de Estado de una mayor
racionalidad y capacidad de contender con las otras potencias.
POLÍTICA E HISTORIA

Ahora bien, en la medida en que la figura del “historiador” es marginal y emerge desde los recintos del
gobierno, la formación del discurso histórico estará fuertemente afectada por las configuraciones
sociopolíticas de las élites. En especial, desde la década de 1830 los rasgos de los dos bandos políticos —
conservador y liberal— se hacen más evidentes. No obstante, la formación del discurso histórico de la
nación no respetará en lo fundamental las ideologías políticas. Dentro de un tejido más o menos unitario
podrá haber cierta preferencia por algunos periodos, temas o personajes, que evocan viejas disputas
entre antiguos y modernos.15 Salvadas las diferencias, emergerá un tipo de escritura histórica más o
menos unitario.
En las oscilaciones que podría haber entre gobiernos centralistas o federalistas dominará un tipo de
iniciativas como las de Lucas Alamán acerca de la necesidad de tejer un discurso unitario representativo
de la nación. Poco a poco un discurso histórico centrado en el presente inmediato dará lugar a la
exploración y estudio sistemático del pasado colonial y prehispánico. En esta labor destacarán sobre todo
personajes del partido conservador.16
Es reveladora, por ejemplo, la forma como el mismo Lucás Alamán dos décadas después, hacia 1850,
estableció el vínculo entre patria y nación. Frente al bando liberal se definió como un “conservador”
porque tiene interés, dice, en “conservar la débil vida que queda de esta pobre sociedad, a quien habéis
herido de muerte”. Acusa a los liberales de haber despojado “a la patria de su nacionalidad, de sus
virtudes, de sus riquezas, de su valor, de su fuerza, de sus esperanzas... nosotros queremos devolvérselo
todo; por eso nos llamamos conservadores”.17
Entre el despojo y la restitución de las virtudes y riquezas del pueblo mexicano Alamán cifra el dilema
de la nación. Esta apreciación tiene lugar después de la experiencia traumática de la guerra con los
Estados Unidos (1846-1848). A la luz de estos acontecimientos el estudio del pasado cuenta con un valor
y una importancia adicionales. Ya no se trata solamente de la conservación y examen de objetos curiosos,
sino que estos mismos contienen el poder de representar los valores y virtudes de la mexicanidad. Así,
podría ser paradójico para quienes piensan la modernidad solamente como contraposición a la tradición,
que un funcionario e historiador moderno convierta a la tradición en un valor para el presente. Son las
formas ancestrales, de acuerdo con Alamán, las que configuran las virtudes y dotan de fortaleza a un
pueblo.
Espíritu nacional y espíritu patriótico se hermanan alrededor del discurso histórico. La historia de la
nación es una de las formas, entre otras, de recuperar y restituir las “virtudes” del mexicano plasmadas
en su pasado. También, parecería que la guerra y, en particular, las derrotas, llegan a constituirse en la
ocasión ideal para plantear las interrogaciones históricas clásicas: ¿De dónde se viene? ¿A dónde se va? Y
la cuestión acerca de las fortalezas y debilidades del mexicano pueden ser respondidas únicamente si se
revisa su pasado. Esta sola pregunta pone en juego el acervo cultural relacionado con el pasado
(patrimonio histórico) e incluye otra cuestión acerca del modo “correcto” de hacerlo.
Hasta aquí podría plantearse que la historia que se escribe durante este periodo corre al parejo con la
gestación política de la nación. Es una historia que no contiene profundidad histórica, porque en esencia
se trata de una historia del presente. Pero a partir de la guerra con Estados Unidos se inicia propiamente
un periodo reflexivo que sienta las bases para la formación de un discurso histórico nacional.

ESCRIBIR UNA NUEVA HISTORIA

El desarrollo de la estadística es un buen indicio para observar las bases de la construcción del nuevo
discurso histórico. El “arte de razonar por medio de las cifras”, como denominó Condorcet a la
estadística,18 es en esencia una práctica desarrollada en el antiguo régimen. Se concibe como un saber
universal que desconoce el color de las banderas políticas. El atributo principal de la estadística no
consiste tanto en el manejo de los números sino en la búsqueda de las regularidades, tanto en el mundo
natural como social. Si se aplica este dispositivo al análisis histórico, significa que si se realiza de manera
metódica se pueden extraer las verdades necesarias para “domesticar el azar” en el presente.19
Después de Alamán, José Justo Gómez de la Cortina (1799-1860) es otro de los personajes
“conservadores” interesados en desarrollar las artes del gobierno al servicio de la nación. No se trata
tampoco de un “historiador” como lo conocemos hoy en día. El Conde de la Cortina es un funcionario
público —gobernador del Distrito Federal en 1835-1836, ministro de Relaciones Exteriores y de Hacienda
en 1837-1838—, un empresario ligado al ramo de los ferrocarriles y, finalmente, un individuo interesado
en la ciencia y la cultura.20 Fue fundador en 1833 del Instituto de Geografía y Estadística con sede en su
domicilio privado. Ese año, Manuel Ortiz de la Torre estableció por primera vez las normas para descubrir
por medio de la estadística las características del “mexicano medio”.21 Dos años después, en enero de
1835, el Instituto fue reconocido oficialmente por el Gobierno. En 1839 asumió la forma de Comisión de
Estadística Militar debido al interés expreso del Ministerio de la Guerra, y sólo hasta 1850 al Instituto se
le conoce como Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.22 El Conde de la Cortina coincidía con
Lucas Alamán en que por medio de la estadística se puede tener un mejor gobierno al descubrir las leyes
o constantes en el funcionamiento del mundo social.23
Diez años después de la independencia aparece también la necesidad de redactar “historias” de los
estados, del “distrito y territorios de la federación”. Lo interesante es que esta iniciativa forme parte de
un instructivo para recabar los datos estadísticos del país. La estadística se convirtió desde el siglo XVIII
en una ciencia estratégica para gobernar. El inventario del pasado corre al parejo en ese sentido con el de
la población, recursos naturales, etcétera. En este “instructivo” se anuncia el orden temporal que debe
guiar la recopilación de los datos históricos y su narrativa. Se ha de hacer a partir de tres épocas: “la
anterior a la conquista”, “la del gobierno español” y “la de la independencia, manifestándose por sus
fechas respectivas y circunstancias dignas de notarse los descubrimientos de los terrenos que
sucesivamente se fueron haciendo, el establecimiento y reformas posteriores en la administración civil y
eclesiástica, y en los diversos ramos de civilización y prosperidad, y los principales sucesos acaecidos
hasta hoy, con particularidad los de la tercera de las tres épocas mencionadas, esperando los individuos
que hayan obtenido celebridad en ella por su beneficencia pública, buen gobierno, literatura, brillantez
de sus armas, o por cualquier otro aspecto, y los lugares famosos por las acciones de guerra,
pronunciamientos y demás ocurrencias notables”.24
Además de la creación de la Sociedad de Geografía y Estadística (1833) que anuncia la necesidad de
crear un lenguaje histórico depurado y exacto que dé cuenta del ser de la nación mexicana, en 1835 se
fundan las Academias Nacionales de la Lengua y de la Historia. En ese año, José María Gutiérrez de
Estrada, siendo ministro del Interior y del Exterior, en su Memoria ante el Congreso, al igual que Alamán,
asume un proyecto de Estado relativo a la instrucción pública y el desarrollo de las academias de
ciencias, artes y humanidades. Teniendo en cuenta la relevancia de difundir el conocimiento a través de
publicaciones periódicas, promueve la Revista Mexicana para dar a conocer las cosas notables que hay en
México en cuanto a su historia, costumbres, avances en las ciencias naturales y exactas y demás artes
como el militar y la agricultura, sin olvidar aquellas dedicadas a la “belleza”. Al ministro le interesa sobre
todo dar a conocer sus progresos (“adelantamientos”) en todos los ramos, pero también sus dificultades.
Confía en que con la propagación de estas “luces” se disipen los errores “que ejercen la poderosa
influencia en el atraso que sufrimos”. En cuanto a la conservación y cuidado de las ruinas, códices,
manuscritos y restos de la antigüedad mexicana, sería “vergonzoso”, dice, no continuar con trabajos como
los de Guillermo Dupaix de 1806. Sería “vergonzoso” dejar en la oscuridad “la historia de los primeros
tiempos de la Nación, y los usos, costumbres y gobierno de nuestros antepasados. Pero nuestras fatales
discordias, así como han impedido los progresos de nuestra industria, han paralizado las mejoras”.
Reconoce, empero, que su investigación está llena de dificultades pues se trata de objetos que
“manifiestan un gusto muy estraño y singular”, que recuerdan a los egipcios.
En el discurso de Gutiérrez de Estrada se destaca el programa (que me permito citar in extenso por su
importancia) que han de desarrollar principalmente las diferentes academias de la lengua, de la historia25
y de las artes en cuanto a la necesidad de

ilustrar la historia de nuestra nación, purgándola de los errores y fábulas de que tanto adolecen las que se han escrito
hasta ahora, aclarando las contradicciones que en ellas se encuentran a cada paso, comparando los datos acerca de
los hechos que se refieran de distinto modo, distinguiendo en cada uno la mayor o menor probabilidad, y poniendo en
claro los acaecimientos más notables, sus efectos, su influjo en el estado moral y físico de la nación, y sus conexiones
con los demás del mismo continente y de otras partes del mundo.
La obscuridad de los tiempos y de los sucesos anteriores a la conquista, hace más indispensable un estudio
profundo de los pocos medios que nos restan para averiguarlos y darles mayor claridad y certeza que la que hasta
aquí se ha conseguido. La historia posterior a la conquista se reduce únicamente a la nomenclatura de los Virreyes
que gobernaron la Nueva España; y nadie ha escrito la de los tres siglos de la dominación española, que era la más
importante y útil para nosotros. Los acontecimientos que ocurrieron en esta época han quedado sepultados en los
archivos o en las crónicas de las órdenes religiosas, y sin embargo, era muy conveniente saberlos, tener noticia de la
legislación, de los usos y costumbres introducidas entre nosotros, del sistema adoptado por el Gobierno de España
para la administración de las Indias, de las variaciones que ha tenido, de sus causas y motivos, y de las consecuencias
que produjeron, para que, a la luz de lo pasado, hubiéramos podido guiarnos y marchar con alguna mayor seguridad
en nuestra nueva carrera.
A estas razones de necesidad y conveniencia, deben añadirse las del lustre y honor que resultarán a la República
de que se escriba su historia y se saquen del olvido los hechos de nuestros antepasados, refiriéndose con verdad, cuál
fue la suerte que tuvieron, sus padecimientos, o la quietud y seguridad de que gozaron; y las causas que influyeron en
su atraso o adelantamientos. Los demás puntos que debe abrazar la historia darán a conocer las producciones de
nuestro país, su población, su riqueza, el carácter de sus habitantes, los establecimientos que posee, el estado de su
ilustración y de su industria, y la prosperidad y el engrandecimiento a que es llamado por la Providencia entre los
demás de este continente.
Deseoso el Gobierno de elevar este monumento de gloria en nuestra patria, con el objeto de que se reúnan desde
luego los materiales necesarios para su construcción, ha excitado el celo y patriotismo de varias personas
recomendables por su saber, talentos y dedicación al estudio de nuestras antigüedades, eligiéndolas para formar con
ellas una Academia nacional de la historia, que tenga por instituto la adquisición de materiales históricos,
especialmente los documentos originales, obras inéditas, y de cuanto exista en los archivos públicos y bibliotecas
particulares.
El Gobierno se lisonjea de que prosperarán pronto los trabajos de la Academia, y que sus individuos justificarán la
confianza que ha depositado en ellos, y la buena reputación de que disfrutan.26

Gómez de la Cortina encabeza a un grupo de cerca de 30 personalidades de la política y la cultura que


van a participar en las producciones de revistas y periódicos y en la formación de Liceos y Academias. Se
atribuyen asimismo la función de “censurar el lenguaje y estilo de todas las obras”, tanto del gobierno
como de los cuerpos científicos y de escritores en general.27 Desde el gobierno se instituye así el derecho
a la crítica ajustada a las necesidades de la nación en proceso.
El interés de Gómez de la Cortina en la historia data como en Alamán de la década de 1820. En 1829
publicó una Cartilla historial o método para estudiar la historia, reeditada en México en 1840 y dedicado
a los alumnos del Colegio Militar.28 Ahí plantea la necesidad de hacer de la historia una ciencia similar a
la astronomía capaz de revelar el sentido y dirección de los hechos futuros.29 En 1844 participó en una
polémica sobre la historia con José María Lacunza (1809-1869). La polémica se originó por la necesidad
de renovar los planes de estudio en la enseñanza de las humanidades.30 Por primera vez se estableció la
enseñanza de la historia de México a nivel superior. Lacunza recibió el nombramiento de primer
catedrático de historia. Brevemente, en la discusión aparecen dos temas de interés: la actualización de
los métodos de enseñanza y la escritura de la historia. Sobresale el interés por dejar de hacer de la
historia una simple relación de hechos para descubrir sus relaciones causales. Se puede considerar como
la “primera querella” moderna de corte historiográfico en México.31 En 1829, como se advirtió Gómez de
la Cortina ya había planteado la necesidad de hacer de la historia una ciencia similar a la astronomía.Esta
pretensión implicaba modificar la sintaxis y gramática de la escritura sobre el pasado.
Motivado también por la derrota en la guerra con los Estados Unidos (1846-1848) la elaboración del
Diccionario Universal de Historia y de Geografía de 1853-1856 está inspirado en un sentimiento de
humillación: desde sus primeras páginas se nos recuerda la derrota y las pérdidas territoriales frente a
los Estados Unidos. De ahí la necesidad de elevar el espíritu patriótico mediante el inventario histórico y
territorial después de la derrota. La historia adquiere una función análoga a la de los geógrafos y
estadísticos en cuanto a establecer las medidas de la nación y así disponer de mejores bases para futuras
guerras.32
El Diccionario fue producido por el mismo grupo de la década anterior, pero integrando a nuevos
jóvenes interesados en la historia, como Manuel Orozco y Berra y Joaquín García Icazbalceta. Este último
acababa de traducir la obra de William Prescott sobre la conquista de Perú. Así, en la lista de
colaboradores de los 10 volúmenes aparecen personalidades de diversas generaciones y profesiones:
políticos, empresarios, funcionarios públicos, gentes civiles y de iglesia. Todos comparten la idea de que
el desarrollo de una cultura histórica objetiva era también base para el progreso de la nación.33 La
producción del Diccionario se inspiró en un diccionario histórico español de 1846-1848 dirigido por
Francisco de Paula Mellado, quien a su vez había tomado como modelo la versión francesa de Marie
Nicolás Bouillet, el Dictionnaire Universel d’His to ire et de Géographie de 1842.34
Los primeros volúmenes de este diccionario comenzaron a circular en 1853. En su concepción se trata
de la adaptación de una tecnología desarrollada en Europa a partir del siglo XVII a la situación de una
nación moderna en construcción, que pone su esperanza en el pasado para darse la consistencia de la que
carece en el presente y para recibir una orientación para el futuro.35 La producción de estos libros
monumentales deja ver que así como se requieren geógrafos para delimitar el territorio y las riquezas
naturales, y estadísticos encargados de inventariar y calcular el material humano y moral de la nación,
hacen falta historiadores que regresen el pasado al presente para saber qué es un mexicano, o si se
quiere, qué se puede esperar de un mexicano. Estos individuos han de ordenar, clasificar y reseñar las
antigüedades mexicanas y novohispanas para conformar una memoria exacta de la nación. Así, situado en
los linderos de “lo nacional”, la novedad de este programa radica en el propósito de fijar los hechos
históricos y desarrollar paso a paso una narrativa capaz de inscribir a la historia mexicana en la historia
de la humanidad.36 Esta narrativa de largo alcance es la que propiamente desarrollarán los liberales unos
años después.
Hasta aquí parece que la escritura de la historia sigue un proceso unitario y coherente. Se muestra una
mayor presencia de los conservadores en la historia que de los miembros del partido liberal, más atentos
a la historia del tiempo presente. Sin embargo, el triunfo del partido liberal en las guerras de reforma
(1857-1867) pone las bases para el desarrollo de una versión liberal de la historia de México. Se verá
como a la Historia de Méjico de Alamán se contrapondrá la de Justo Sierra, Evolución Política del Pueblo
Mexicano (1902); frente a la versión del Diccionario Universal mencionado aparecerá un nuevo
Diccionario de Francisco Sosa.
Retomaré al final la historia de Justo Sierra, pues parece ser la culminación de un proceso
historiográfico que tendrá gran importancia incluso en el futuro de la historiografía del siglo XX. Pero por
ahora quisiera subrayar que aun cuando sus interpretaciones puedan diferir en la valoración de
personajes y procesos históricos, las versiones liberal y conservadora comparten en esencia modos
similares de cocinar la historia. Los ingredientes pueden variar, pero ambas comparten la idea de un
historiador-juez del pasado y formas narrativo-literarias dramáticas.
Así, podemos decir que las bases de un nuevo discurso histórico se establecieron en México antes de la
desaparición de la antigua Universidad Pontificia y su transformación en la nueva universidad en 1856
bajo la impronta liberal positivista.37 Es verdad que la enseñanza de la historia no trasciende todavía
durante este periodo en los planes de estudio de todos los colegios de la ciudad de México.38 Sin
embargo, como veremos, se establecen las bases “metodológicas” para la formación de un nuevo lenguaje
histórico que dé cuenta de la nación como un todo unitario.39 Se tratará, en esencia, de limpiar de errores
y contradicciones lo que se considera un tipo de “literatura espúrea”.40 De esa manera, antes de la
“profesionalización de la historia” se perfila un nuevo discurso científico sobre el pasado con el trasfondo
político de la formación de la nación.

CIENCIA Y VERDAD DE LA HISTORIA

Al remitirle sus dos primeros libros del Cuadro histórico de la Revolución Mexicana, el historiador Carlos
M. Bustamante (1774-1848) le escribe el 2 de febrero de 1825 a Simón Bolívar, libertador de Perú. Ahí se
autodescribe como el nuevo Bernal Díaz: están escritos “en verdad, y a presencia de testigos y personas
suncrónas (sic) de la revolución; creo que soy el Bernal Díaz de estos tiempos, soldado sincero que
escribió lo que vio sin alivio”.41 Con ello, Bustamante cree legitimar su oficio acudiendo a un criterio
antiguo para fundar su nueva historia. Esta no es la principal razón que separaría a Alamán de
Bustamante. Lucas Alamán representa una nueva generación. Alamán, al realizar la semblanza y el
balance de la obra de Bustamante indicó que no trataba más que de presentar un “fiel retrato” de éste,
tal como verdaderamente había sido. Ésa era la mejor manera de hacerle justicia. La exposición de la
“verdad pura” era no sólo “un deber del escritor, sino también el único medio de honrar la memoria del
Lic. Bustamante vindicándolo de las inculpaciones que durante su vida se le han hecho”.42
El Cuadro histórico de Bustamante, según Alamán, no era historia verdadera; de hecho, aclara Alamán,
Bustamante mismo no pretendió “escribir una historia, sino reunir materiales para ella, no merece por
esto grave censura. El lenguaje de éste y de los demás escritos [...] es a veces poco correcto, mas sin
embargo puro aunque le hace parecer afectado el uso de algunas voces anticuadas cuya significación no
conocía bien y de otras que sin necesidad ha introducido tomadas del foro o del latín, tales como deturpar
por desacreditar o deshonrar, formidar por causar o tener temor pues en ambos sentidos la emplea y
algunas vulgares como apechugar por emprender o acometer. El estilo es fácil, fluido y claro: a veces
elegante y no pocas veces animado y sentimental”. En opinión de Alamán, las obras de autores como
Bustamente se “leerían con más gusto” si se hubiese dedicado simplemente a hacer la edición correcta
del texto, “omitiendo las frecuentes notas del editor, pocas de las cuales son necesarias, las más son
inútiles y no pocas impertinentes; pero lo que es verdaderamente intolerable es el abuso de intercalar en
el texto sus propias observaciones, sin distinguirlas de aquél y dilacerarlo con largas interrupciones,
suprimiendo lo que le parecía innecesario”. Encuentra también en la obra de Bustamante muchas
imprecisiones y errores, incluso desorden en el formato de la página, en el orden de las notaciones, las
citas y referencias. No se trata simplemente de erratas de imprenta sino de alteraciones de los originales,
cortando periodos, arreglándolos a su modo. Domina en sus obras el desaseo en la presentación, descuido
en el uso de las fuentes, falta de reflexión.43 Finalmente, critica la inexactitud en la presentación de los
hechos y la infidelidad en el uso de las fuentes, ya que incluso “los originales han padecido notables
alteraciones”.44 No sin un toque de ironía concluye Alamán: “Muy de desear será que Bustamante tenga
imitadores, que trabajando con la constancia que él lo hizo, sepan evitar sus faltas.”45 En suma,
Bustamante pertenecía a la vieja escuela de historia que todavía tenía a Plinio y Tito Livio como sus
modelos. En cuanto a su noción de verdad histórica su referente seguía siendo Cervantes. En una de sus
publicaciones de 1842 (El Gabinete Mexicano) suscribió lo dicho por Cervantes en El Quijote.

Deben ser (dice) los historiadores puntuales, verdaderos, y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, ni el
rencor, ni la afición no les haga torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito
de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.46

En la misma obra histórica de Alamán se encuentran también los rasgos que caracterizarán a la nueva
historiografía. Además de considerarse testigo ocular de los acontecimientos de la independencia de
México, al escribir la Historia de México en 1849, afirma que no ha sido otra su intención más que la de
“presentar los hechos con verdad y exactitud”.47 En la obra histórica de Alamán —viajero en Europa tras
las huellas y los pasos del barón Guillermo de Humboldt (1769-1859) y del abate Gregoire y Haíiy— se
encuentran ya los rasgos básicos que caracterizan a la nueva historiografía. Personalidades como Lucas
Alamán y el Conde de la Cortina, o Alejandro Arango y Escandón, Francisco Arrangoiz, Gregorio Mier y
Terán o Mariano Icazbalceta, además de preocuparse en 1850 de la situación económica y política
nacionales están convencidos de que el desarrollo de una cultura histórica objetiva constituye una base
fundamental para progresar.48
Los criterios para fijar los hechos históricos fueron desarrollados por una generación más joven que la
de Alamán. Joaquín García Icazbalceta (1825-1894) nace y crece en el mismo proceso de gestación de la
nación. El colectivo que da forma al Diccionario con pretensiones de universalidad enfrenta el problema
de cómo producir un tipo de escritura que no dependa de las condiciones regionales, lingüísticas o
etnográficas de los grupos y comunidades que componen la nación. Esta condición solamente se cumple
si los juicios emitidos consiguen ser la expresión no de un individuo particular ni tratarse de un caso
asilado o meramente conjetural; hace falta que se desarrolle un “sujeto trascendental”, árbitro imparcial,
no partidista, de los hechos históricos. En forma análoga a la obra de agrimensura y delimitación
territorial de los ingenieros y geógrafos, la obra de la historia ha de ser capaz de tomarle las medidas
exactas al ser de la nación.
Se adivina que la forma que ha de asumir esta clase de escritura se ha de asemejar al lenguaje de los
juzgados republicanos también en gestación durante la década de 1850. El historiador y polemista del
periodo “positivista” Francisco Bulnes (1847-1924) es un buen ejemplo de la nueva forma republicana de
historiar:

Pero la historia no es ni puede ser generosa, sino justiciera; la clemencia le está prohibida; su tarea no es de hacer
desaparecer a los hombres en el sepulcro sin epitafio, sino desenterrar, investigar, escudriñar, procesar, agobiar,
abrumar, remoler a los hombres, tamizarlos entre las mallas de una crítica sin piedad, sin límite, sin vacilaciones, sin
más temor que el de no haber descubierto lo bastante para formar la lección que debe servir a los hombres del
presente para preparar su porvenir. La historia es una ciencia tan recta como las matemáticas y en donde la
humanidad debe leer claramente su destino escrito de preferencia con los errores de su pasado.49
La emisión de los juicios históricos se asemeja a los juicios formulados en las cortes de justicia
republicanas.50 Los materiales impresos del pasado son utilizados para debatir sobre las acciones
punibles o meritorias de los hombres del pasado. Esta práctica está presente tanto en García Icazbalceta
como en Francisco Bulnes, quien en un momento se defendió apelando a la historia crítica: “A los que
juzgan mis defectos de historiador, se les ha pasado que mis trabajos no son de historia, sino de crítica
histórica. Es cierto que en toda historia debe haber alguna crítica y que en toda crítica histórica es
preciso que haya historia; mas la crítica tiene por objeto depurar lo que se llama historia y formular con
ella generalizaciones que sirvan de enseñanza a los hombres de Estado y a los pueblos”.51 En el trasfondo
aparece la sombra del historiador francés Hypolite Taine.
A primera vista, esta forma de escribir la historia se asemeja a la historiografía antigua que intenta
cumplir una función pedagógica. Sin embargo, el lugar del Príncipe en la sociedad cortesana ha sido
ahora ocupado, durante el periodo nacional, por la figura del ciudadano o por su forma más abstracta: el
pueblo. Así, el espacio ocupado por la historiografía nacional es un equivalente funcional de los juzgados
republicanos en la medida en que la escritura de la historia tiene como misión no sólo in-formar sobre el
pasado, sino ante todo formar las mentes y los cuerpos de los ciudadanos.52 Así como en la década de
1820 se podía tener a las “señoritas” como posibles lectoras (Bustamante, Mañanas en la Alameda), a
partir de fines de la década de 1860, los niños aparecen como los principales consumidores potenciales
de la historia de México. La función peda gógica de la historia aparece de la mano de los escritores-
pedagogos. Un magnífico ejemplo se tiene con José Rosas Moreno, escritor de fábulas para niños y de una
versión de la historia para niños.
En forma de verso y siguiendo la mnemotécnica o arte de memorizar repitiendo, entrega su versión de
la historia entendida como “la sincera y fiel narración verdadera del pasado, escarmiento y gloria del
hombre, maestra y buen testigo, espejo del alma humana, premia el bien, castiga el mal, arroja luz sobre
el pasado, y al futuro le muestra su paso, al llegar al ocaso, la luz se prende en otro hemisferio”. La
contemplación del pasado puede entregar valiosas “Lecciones para evitar los males del porvenir”. La
historia se divide en historia universal o del mundo e historia nacional. La historia antigua es aquella que
se interna en una edad que nos “asombra”. La historia de nuestros siglos es la moderna. La de la religión
es la historia sagrada. En cambio la historia profana es la que estudia al hombre con sus pasiones y sus
luchas. Crónica es la relación de sucesos sin enlace ni objeto determinado, si es por años, son anales, si
décadas si por diez. Efemérides es la historia de un día. Biografía es la historia o vida de un hombre.
Ciencias auxiliares de la Historia son: la Geografía, Cronología, Arqueología, Numismática, Heráldica.53
La Historia, “Maestra de la Humanidad”: con este eslogan se llega a 1910. En 1912, a diferencia de
1853, se le atribuye a la Historia (con mayúscula) una función civilizadora, propia de los pueblos más
avanzados. “Sin la historia no habría detrás de nosotros sino un inmenso vacío que dejaría nuestra vida
como aislada en la eternidad del tiempo”, dice un autor mexicano en 1912. Es curioso, no obstante, que
en la lista de historiadores notables mencione desde Heródoto, Tucídides, Macauly y Gibbon, Guizot y
Michelet, William Prescott hasta los alemanes Mommsen y Ranke, sin considerar un solo mexicano.54
Dentro del proyecto de escritura de una historia de la nación lo más difícil es separarla de su
raigambre política. Para la segunda mitad del siglo XIX hay una identificación entre tipo de historia y
partido político. Tras el triunfo de los liberales, Lucas Alamán permanecerá como un escritor satanizado y
sepultado por la retórica liberal de un Justo Sierra, quien se erige como el historiador sobre la cenizas de
su presunto adversario.55 Si aspira a representar a la nación deberá ser imparcial cuando intenta ser
portavoz del pueblo; objetiva, cuando intenta inscribir a los mexicanos como parte de la mexicanidad;
finalmente, debe insertarse dentro de una secuencia civilizatoria de perfeccionamiento constante de la
raza humana. Con base en estos dispositivos, la trama preferida para relatar el pasado será la de la lucha
de contrarios, amigoenemigo, familiar-extranjero. Se privilegiará la historia política y militar al intentar
explicar el avance y los triunfos de los rubros más avanzados frente al atraso de otros. México se
encuentra en el segundo caso.
García Icazbalceta, por ejemplo, discrimina los periodos históricos en función de su tensión dramática.
A mayor tensión dramática provocada por los enfrentamientos entre los bandos, se tendrá más público
interesado en la historia. Por esa razón, los momentos de mayor conflicto —la conquista y la
independencia— momentos de enfrentamiento y de rupturas, son más apreciados por los historiadores
que el largo y lento trayecto del periodo novohispano.56 Sin comprender el funcionamiento y evolución de
la historiografía, Icazbalceta juzga que debido a esa lentitud los historiadores de entonces se contentaban
con la cronología o mero establecimiento de los hechos.57 Después de la independencia, la historia se
muestra inmersa en la inestabilidad e incertidumbre, lo cual favorece el poder evocativo y la atracción
por la lectura de la historia. En ese sentido, no se puede pasar por alto que se escribe historia en medio
del auge de la novelística.58 Cuánto facilita, dice Icazbalceta, la labor del historiador “el contar con una
completa unidad de acción y de interés, y por término el magnífico desenlace de la entrada del ejército en
la capital”.59 Después de la tempestad viene la calma. En los historiadores del periodo existe en ese
sentido la conciencia de escribir una historia justiciera pero que al mismo tiempo atraiga el interés de los
lectores.
La forma del juzgado civil nos ilustra sobre la doble función que jugará la producción histórica después
de 1850. Al tiempo que se imparte justicia sobre el pasado se promueve la formación del ciudadano
universal mexicano. En consecuencia, la investigación y escrituración del pasado deberán proporcionar
igualmente la ilustración para comportarse adecuadamente en el presente. En lo expuesto se alcanza a
advertir una paradoja: la historia regulada por los criterios científicos deberá cumplir tareas análogas a
las que cumplía la historia en el periodo prenacional, es decir, la de ser maestra para la vida. Al tiempo
que instruye sobre la naturaleza del pasado, ha de promover en el aprendiz nuevos hábitos de
pensamiento y razonamiento.
Así, la historia enmarcada por la búsqueda de “regularidades” adquiere en el periodo nacional una
función pedagógica altamente moralizadora. Al seguir los lincamientos impuestos en los jurados
republicanos la historia se constituye en un espacio de escritura orientado a inculcar en el pueblo un
espíritu de justicia universal. Esos espacios —en palabras de uno de sus voceros— materializan “a los ojos
del vulgo la idea de responsabilidad de la conducta humana; obliga a todos a sentir solidaridad para la
protección mutua; constituye una cátedra de moral social que se levanta en comarcas a donde no llegan
sino tenues rayos de civilización”.60

EL POSITIVISMO Y LA HISTORIA

Se considera la alocución pronunciada por Gabino Barreda el 16 de septiembre de 1867 como el inicio del
proyecto estatal positivista en materia de ciencia, instrucción pública y educación.61 Empero, si se revisa
su “oración cívica” se podrá ver que no hace sino reiterar y exaltar principios de la ciencia moderna
esgrimidos anteriormente por el Conde de la Cortina sintetizados en las nociones de regularidad,
evolución, progreso y finalidad. Quizás la novedad del discurso de Barreda radica en la importancia dada
al aspecto “filosófico normativo” de la nueva escritura de la historia.62 El ministro de Instrucción Pública
del presidente Juárez aparece entonces como su artífice y orquestador. Se advierte también que su
discurso, a diferencia del conservador, no está marcado por la melancolía sino por el optimismo producido
por el triunfo militar ante las tropas del ejército de Maximiliano de Habsburgo. En ese sentido, el
predominio cultural resultado de un triunfo militar puede dotar a la escritura de la historia de un mayor
grado de chovinismo y de reforzamiento del sentimiento de grandeza y eternidad. La historiografía liberal
no hace sino continuar el modelo historiográfico “conservador”, pero al mismo tiempo intentará borrar
sus huellas al situarlo del lado de los perdedores.63 Se implanta a continuación como el modelo
hegemónico de interpretación histórica; un modelo de ciencia histórica de cuño positivo, es decir, un
saber dependiente de leyes y que mantiene su fe en la unidad del método científico. El proceso de
implantación de la “filosofía positivista” en las formas de la historia se inició con la reforma y
desaparición de la antigua universidad en 1856 y el ascenso al poder académico de los positivistas.64
No se trata de enunciados programáticos aislados sino de la formación histórica de un consenso
alrededor de la forma de proceder frente al pasado. En una de las primeras síntesis “teóricas” sobre el
modo moderno de escribir la historia elaborada por Manuel Larráinzar (1809-1884) en 1867, el año en
que Barreda pronunció su discurso, se encuentra una definición de la historia en la que se mezclan las
enseñanzas de las autoridades clásicas y modernas (Mably, Chateaubriand, Lamartine) y otros autores
franceses menos conocidos. Entre sus rasgos sobresalen: a) El establecimiento exacto de los hechos
mediante la consulta de las “fuentes más puras” a fin de extraer “la verdad”; b) los hechos deben
exponerse “en el lenguaje más adecuado, para que puedan llegar a la posteridad sin cambio ni alteración
alguna”; c) el discurso del historiador “debe parecerse a un espejo fiel, que reproduce los objetos tales
como los recibe, que no los altera ni muda, ni en la forma ni en el color” en referencia a Lamartine, y d) el
historiador, a la manera de un juez, “ve, examina y falla”, y por esa razón ejerce una verdadera
“magistratura”.65
Dentro de una concepción evolutiva de la historia los hechos políticos y militares tienen una relevancia
especial en la medida en que su cometido principal es explicar por qué unos pueblos triunfan y otros
fracasan. Esta valoración de los hechos no es una novedad del periodo “positivista”, ya que sus rasgos se
encuentran en historiadores del periodo “conservador” como Manuel Orozco y Berra y Joaquín García
Icazbalceta. Por ejemplo para Icazbalceta la perspectiva política y militar permite identificar los
momentos culminantes de una historia concebida como cambio y aceleración, y este aspecto es el que
tiene un mayor interés para los lectores de historia.66 En este sentido, a mayor inestabilidad en el
presente se incrementa el interés por el pasado y viceversa, a mayor estabilidad menor atracción por el
pasado.67
La Historia como destino se inicia en Icazbalceta con la entrada triunfal del Ejército Trigarante en la
ciudad de México en 1821. En cambio, para los liberales, el ingreso de Juárez y de su ejército en la ciudad
de México en 1867 señala la celebración de la “segunda independencia”, en este caso del ejército francés.
Aun siendo distintos y distantes en el tiempo se trata de dos episodios de naturaleza militar que obligan al
narrador a dejar atrás los anacronismos acostumbrados de la historiografía premoderna o la simple
enumeración cronológica de los hechos.68
¿Cómo valorar entonces la contribución específica del positivismo en la historiografía moderna? ¿En
dónde se podría situar el gesto estabilizador o “conservador” de los liberales? Considero que ese rasgo se
encuentra básicamente en el programa de reforma social, siendo la reforma de las ciencias y del
pensamiento su condición necesaria.69 De ahí que la implantación del positivismo se mueva en tres
planos: el lógico (de lo más simple a lo más complejo), el pedagógico (establecimiento de este orden en la
mente del niño) y el histórico (una teoría de la evolución de los tres estados).70 Este procedimiento se
entroniza en México después del triunfo militar de los liberales en 1867. En el campo de la historia, por
ejemplo, el programa diseñado por Larráinzar para escribir una historia general de México desde la
independencia,71 puede verse como la base del desarrollo de la obra cumbre de la historiografía del
régimen liberal positivista: México a través de los siglos (1884-1889), coordinada por el general Vicente
Riva Palacio.
El rasgo predominante del giro positivista no se relaciona tanto con la formación de una ciudadanía
republicana. Este aspecto ya está presente desde el origen de la nación. Después de la declaración de
intenciones de Lucas Alamán de 1823, la década de 1840 puede verse como la etapa de los cimientos de
la nueva historia nacional. El triunfo liberal de la década de 1860 no hace sino continuar y hacer
extensivo a todo México el programa previamente trazado por los conservadores. Riva Palacio sintetiza
este proceso:

La historia en los tiempos que alcanzamos, ha tomado un carácter más elevado y más noble: no es ya la relación más
o menos florida de los acontecimientos que han pasado, ni el inocente pasatiempo del escritor y de los lectores; es el
examen filosófico y critico de las causas que han producido los grandes acontecimientos, el estudio de las terribles y
consecutivas evoluciones que han traído a la humanidad y a los pueblos al estado de civilización y de progreso en que
se encuentran; es el conjunto de datos ciertos para despejar esas importantes incógnitas que persigue la sociología.

En Riva Palacio se encuentran también los elementos para comprender cómo el saber histórico
moderno quedó envuelto en la “ontología positivista”:

Y es porque se realiza en nuestros días una evolución científica: la filosofía metafísica después de haber sustituido a la
escuela teológica, cede el campo a la ciencia positiva, en cuyo periodo entra ya resueltamente la humanidad. La
historia, que no podía quedar fuera de ese movimiento, toma un nuevo aspecto tomando como segura base no los
razonamientos a priori ni los sistemas preconcebidos, no el conocimiento de hechos sin más dependencia entre ellos
que la cronológica, sino las relaciones que necesariamente enlazan entre sí a todos esos acontecimientos y que los
determinan, que los convierten de cifras aisladas en antecedentes y consiguientes de profundo y exacto raciocinio» en
causas y efectos de un gran proceso sociológico... Por eso ya en la historia los grandes sucesos no se consideran como
el fatal cumplimiento de inescrutables designios de la providencia [...] Los datos para la resolución del problema se
buscan en los luminosos archivos de la ciencia.72

La construcción de esta nueva ciencia de Estado basó uno de sus principios en la posibilidad de
desarrollar un lenguaje universal sobre lo mexicano, a partir de fijar en tinta con exactitud hechos y
descripciones unitarias de los eventos sucedidos. Esta fue precisamente la pretensión de la obra histórica
escrita por Justo Sierra, Evolución política del pueblo mexicano73

CONCLUSIONES

El desarrollo de una nueva ciencia de la historia comenzó a cobrar mayor relevancia durante la década de
1840 y es obra, fundamentalmente, del partido conservador. En torno del vocablo “ciencia” se agrupó una
doble dimensión soteriológica después de la derrota con Estados Unidos: 1) la de liberarse del
sentimiento de humillación mediante el engrandecimiento de la patria, y 2) la de prepararse
“científicamente” para futuras batallas. La falta de cohesión interna podía ser subsanable en el campo
simbólico mediante la formación de un discurso histórico y geográfico homogeneizador. Esta función se
realizó mediante la operación de coleccionar todas la piezas en un lugar apropiado (El Archivo Nacional,
los museos, los monumentos, los diccionarios, etcétera), y la labor de investigación para dar a conocer la
verdadera historia de México. La generación de Lucas Alamán y del Conde de la Cortina se sintió
llamada, en ese sentido, a sentar las bases del discurso histórico nacional que hiciera justicia a los
progresos en la construcción política de la nación. Dejó a las siguientes generaciones la labor de
proseguir la tarea y llevarla a su conclusión.74
La resignificación en México del término historia durante este lapso se puede seguir de la mano del
partido conservador en una coyuntura sociopolítica y militar específica: la derrota de México frente al
ejército estadounidense entre 1846 y 1848. Uno de los efectos colaterales de la derrota mexicana
consistió en profundizar la necesidad de edificar una historia nacional sobre nuevas bases
epistemológicas. En primera instancia, el discurso se dirigió a los militares encargados de defender a la
patria y progresivamente este imperativo se hará patrimonio de la ciudadanía en general, en especial
gracias a la intermediación de la hegemonía político-militar liberal.75 En ese sentido, fue la causa militar
y no sólo la política la que sustentó y alimentó primariamente a la nueva historiografía de cuño
nacionalista.
La distinción entre liberales y conservadores que se desarrolló en el campo político es insuficiente para
entender la formación del discurso histórico moderno.76 Los precedió a ambos la formación e
incorporación del canon de la ciencia como requisito para gobernar a una nueva entidad política
emergente. El a priori científico ocupa paulatinamente el a priori teológico moral del antiguo régimen. El
estudio histórico de la estadística constituye una guía adecuada para identificar la desvinculación
paulatina de la ciencia y la moralidad. Sin embargo, este proceso fue más complejo de lo previsto. La
historiografía nacional asumió una función para la cual supuestamente no estaba destinada: la de servir
de maestra para la vida. La historia, en otro escenario, continuó siendo un saber moral o una ciencia de
las costumbres. De ahí la importancia de la historia en los planes de enseñanza y de educación cívica.
Uno de los principales logros de la historiografía liberal consistió en desarrollar una versión de la
historia como proceso, pero como si se tratara de una esencia. Ecos de esta formación historiográfica se
siguen encontrando en muchas obras históricas del periodo profesional. La historia de México aparece
como si se tratara de una naturaleza humana inmutable. Pero el mismo proceso histórico moderno en el
que se inscribe la historia nacional deja ver la contingencia en las formas de producción del pasado.77
La aparición de la historia en el siglo XIX corrió paralela al desarrollo de la ingeniería y geografía físicas
y humanas ocupadas en el reconocimiento y transformación del espacio (incluido el cuerpo de los
individuos); en tanto la historia se dedicaría al conocimiento de la transformación de las cosas y los
objetos físicos y humanos a través del tiempo. Sin dejar de prestar atención a la importancia estratégica
de la “nueva ciencia” en el ámbito político y militar, el desarrollo de la historiografía en el siglo XIX semeja
en el campo de la escritura, como señala De Certeau, los procesos de colonización y conquista que
ocurren en otros terrenos: para el “engrandecimiento” y “ornato” de la patria.78
Edmundo O’Gorman ha sido quizás uno de los escasos historiadores del periodo profesional que reveló
el carácter ambiguo de la historiografía de cuño liberal. Sus ensayos circularon al lado de esta tradición y
emergen como piezas raras sobre un fondo interpretativo liberal-positivista de la historia nacional. Esta
interpretación fue tenazmente construida a partir del triunfo liberal sobre el partido conservador, pero
también sobre el ejército francés en decadencia durante la segunda mitad del siglo XIX. En su ensayo La
supervivencia política novo-hispana. Monarquía o República O’Gorman ha contribuido a revelar esa
borradura encubierta en la forma del saber liberal: la que denomina como supervivencia de la tradición
en la modernidad, es decir, aquel territorio marcado por la repetición y reiteración de lo ya sabido
reforzado en prácticas rituales cotidianas. Estas prácticas fueron aludidas, como vimos, por Alamán
cuando frente a la impaciencia de los liberales mencionaba la necesidad de devolver el pasado a los
mexicanos. Esta tesis recordada por O’Gorman al conmemorarse el centenario del triunfo liberal,79 no
recibió la acogida debida en la década de 1970 debido al peso que tenía entonces en las universidades la
versión positivista alternativa a la versión liberal: el materialismo histórico.

BIBLIOGRAFÍA

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Notas al pie
1 Acta de Independencia firmada el 28 de septiembre de 1821.
2 Véase Michel Bertrand, “Écrire l’histoire, fonder la Nation: héros et conscience national dans le

Mexique du XIXe siècle”, Sophie Dulucq et Colette Zytnicki (coords.), Décoloniser L’Histo ire. De “l’histoire
coloniale” aux histoires nationales en Amérique latine et en Afrique (XIXe-XXe siecles), Paris, PSFHO-M,
2003, pp. 125-139.
3 No obstante, este sentimiento cambia de signo al asentarse la dominación liberal a fines del siglo.
Vicente Riva Palacio hace un llamado a dejar de negar el pasado colonial ominoso: “La Nueva España no
fue la vieja nación conquistada que recobra su libertad después de trescientos años de dominio
extranjero; fuente de históricos errores y de extraviadas consideraciones filosóficas ha sido considerarla
así, cuando es un pueblo, el mexicano, cuya embriogenia y morfología deben estudiarse en los tres siglos
del gobierno español, durante los cuales, con el misterioso trabajo de la crisálida y con heterogéneos
componentes: españoles, indios, mestizos... formóse la individualidad social y política que, sintiéndose
robusta, proclamó su emancipación en 1810”. Citado por Juan Ortega y Medina, La historia hoy, 1992, pp.
14-15. .
4 Véase, Lewis A. Coser, Hombres de ideas. El punto de vista del sociólogo, México, FCE, 1968, pp. 200-
216.
5 El antecedente más inmediato a la aparición del “intelectual” en el marco de la nación republicana es
el “caso Dreyfus”. Véase, Cristophe Charle, Naissance des “intellectuelles” 1880-1900, París, Les Éditions
de Minuit, 1990.
6 Véase Edmundo O’Gorman, La supervivencia política novo-hispana. Monarquía o República, México,
Universidad Iberoamericana, 1986 [1967].
7 Lucas Alamán, Memoria del secretario de Estado y del Despacho de Relaciones Exteriores e
Interiores que presenta al soberano Congreso Constituyente sobre los negocios a su cargo, leída en la
sesión del 8 de noviembre de 1823, México, Imprenta del Gobierno en Palacio, p. 22. El artículo 161,
apartado VIII, de la Constitución de 1824 señala también la obligación de los estados de informar sobre la
población para la elaboración confiable de censos y tablas estadísticas. Cf. Leticia Mayer Celis, Entre el
infierno de una realidad y el cielo de un imaginario. Estadística y comunidad científica en el México de la
primera mitad del siglo XIX, México, El Colegio de México, 1999, p. 46.
8 Alamán, op. cit., p. 34.
9 Ibid., p. 39.
10 Idem. Véase también Luis Gerardo Morales, Orígenes de la museología mexicana. Fuentes para el
estudio histórico del Museo Nacional, 1780-1940, México, Universidad Iberoamericana, 1994.
11 Enrique Florescano, Historia de las historias de la nación mexicana, México, Taurus, 2002, p. 353.
12 Durante las primeras dos décadas después de 1821 domina, por un lado, la historia antigua, y en ello
las obras de autores como Clavijero y Boturini serán una referencia constante. Por otro lado se desarrolla
una especie de historia del tiempo presente en la cual preocupa ante todo el significado y curso del
proceso de independencia. Ejemplos de estas historias son las de José María Luis Mora (1794-1850)
México y sus revoluciones (1826-1836); Carlos María Bustamante (1774-1848), Cuadro histórico de la
revolución mexicana comenzada el 15 de septiembre de 1810por el ciudadano Miguel Hidalgo y Costilla
de 1843 y Mañanas de la Alameda de México publicadas para facilitar a las señoritas el estudio de la
historia de su país (1835-1836), y Lorenzo de Zavala (1788-1836), Ensayo histórico de las revoluciones de
México desde 1808 hasta 1830 (1831-1832). Son historias de la independencia, y de la conquista hasta
1521.
13 Para las prácticas de conservación en el antiguo régimen véase Manuel Josef de Ayala, “Historia”, en
Diccionario de Gobierno y Legislación de Indias, ed. Marta Milagros del Vas Mingo, Madrid, Ediciones de
Cultura Hispánica, 1990, pp. 127-131.
14 Alamán, op. cit., p. 54. Un signo de “modernidad” en Alamán era la necesidad de racionalizar la
burocracia estatal.
15 Véase José Antonio Maravall, Antiguos y Modernos. Visión de la historia e idea de progreso hasta el
Renacimiento, México, Alianza Editorial, 1986.
16 Cf Juan A. Ortega y Medina, Polémicas y ensayos mexicanos en tomo a la historia, 2a ed., México,
UNAM, 1992 [1970], pp. 74-132.
17 Citado en Andrés Lira, “Prólogo”, Lucas Alamán, México, Cal y Arena, 1997, p. 58.
18 Mayer Celis, op. cit., pp. 15; 22.
19 Ian Hacking, La domesticación del azar, Barcelona, Gedisa, 1991. Cf. Mayer Celis, op. cit. p. 21.
20 Cf Juan N. Almonte, Guía de forasteros y conocimientos útiles, México, 1852, pp. 588-591. El Conde
de la Cortina y General de División fue miembro de las Academias Españolas de la Lengua y de la
Historia; publicó un Diccionario de Sinónimos Castellanos, México, Imprenta de Vicente García Torres,
1845.
21 Mayer Celis, op. cit., pp. 42 y 56.
22 Cf. Capítulo II del libro de Mayer Celis. Para un estudio crítico del Instituto durante el periodo del
“positivismo”, véase Ricardo Rivera Cortés, “La difusión de la ciencia en México en el siglo XIX, El caso de
la segunda época del Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística”, tesis de Licenciatura
en Historia, México, Escuela Nacional de Antropología e Historia, 2000.
23 “Ciencia es el conocimiento claro y cierto de alguna cosa, fundado en principios evidentes por sí
mismos, o en demostraciones. Es el resultado de la comparación que hace el entendimiento humano de
todas las nociones que adquiere, reduciéndolas a principios o reglas constantes”. Citado en Mayer, op.
cit., p. 22.
24 Manuel Ortiz de la Torre, “Instrucción sobre los datos para formar la estadística”, 30 de septiembre
de 1831.
25 Por circulares de la Secretaría de Relaciones se crearon la Academia de la Lengua el 22 de marzo de
1835 y la Academia Nacional de Historia el 23 de marzo de 1835. Manuel Dublán y José María Lozano,
Legislación mexicana, tomo III, México, Imprenta del Comercio, 1876, pp. 35-37. Entre las tareas de la
Academia de la Lengua están el cuidar y conservar la pureza de la lengua, promover la edición de los
clásicos, formar el diccionario de las voces hispano-mexicanas, “la formación del Atlas etnográfico de la
República en la parte perteneciente a idiomas. Censurar el lenguaje y estilo de todas las obras que pasen
a su censura el Gobierno, los cuerpos científicos o los mismos autores. Y finalmente establecer premios
anuales de elocuencia y poesía. De este modo cree el Gobierno que podrá contenerse la lastimosa
decadencia en que se halla nuestra lengua y que han ocasionado tanto la falta de educación general,
como el abuso que se ha hecho de las malas traducciones de que ha inundado a la República la codicia de
los libreros extranjeros”.
26 José María Gutiérrez de Estrada, Memoria de la Secretaría de Estado y del Despacho de Relaciones
Interiores y Exteriores presentada ante el Congreso el 26y 30 de marzo de 1835, México, Imprenta del
Águila, 1835, pp. 41-46. Ortografía actualizada.
27 Véase Carmen Ruiz Castañeda El Conde la Cortina y “El Zurriago Literario”. Primera revista
mexicana de critica literaria (1839-1840. 1843y 1851), México, UNAM-Centro de Estudios Literarios, 1974;
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Lozano (comps.), Colección completa de las disposiciones legislativas expedidas desde la independencia
de la República, tomo I, México, Imprenta del Comercio a cargo de Dublán y Lozano, hijos, 1876, pp. 35-
36.
28 Eugenia Roldán Vera, “Conciencia histórica y enseñanza: un análisis de los primeros libros de texto
de historia nacional, 1852-1894”, tesis de Licenciatura en Historia, UNAM, 1995, p. 18.
29 Mayer Celis, op. citp. 119.
30 Para el tema de la enseñanza de la historia en México de 1821 a 1960 véase el texto clásico de
Josefina Vázquez de Knaught, Nacionalismo y educación en México, México, El Colegio de México, 1975.
31 En Juan A. Ortega y Medina, Polémicas y ensayos mexicanos en tomo a la historia, 2a ed., México,
UNAM, 1992 [1970], pp. 74-132.
32 “Cuando por todas partes del mundo se nos desconoce y se nos calumnia; cuando nosotros mismos
no sabemos ni nuestros elementos de riqueza, ni nuestras esperanzas de progreso, ni nuestros recuerdos
tristes y gloriosos, ni los nombres que debemos respetar o despreciar; una obra que siquiera ensaye
pintar todo esto, que intente reunirlo en una sola compilación, que se proponga juntar las piedras
dispersas de ese edificio por formar, merece incuestionablemente la aprobación y el apoyo de cuantos han
nacido en este suelo.” Diccionario Universal de Historia y de Geografía, t. I, p. IV. Al respecto véase,
Mayer Celis, op. cit.
33 José C. Valadés, Alamán. Estadista e historiador, pp. 472-83.
34 Antonia Pi-Suñer Llorens, “Una gran empresa cultural de mediados del siglo XIX: el Diccionario
Universal de Historia y Geografía, en Laura Beatriz Suárez de la Torre (coord.), op. cit., pp. 408-418.
35 Guillermo Zermeño Padilla, La cultura moderna de la historia. Una aproximación teórica e
historiográfica, México, El Colegio de México, 2002, pp. 157-165.
36 “Introducción”, Diccionario Universal de Historia y Geografía, p. I.
37 Este proceso se puede rastrear en documentación recogida en el libro de Rafael Sánchez Vázquez,
Génesis y desarrollo de la cultura jurídica mexicana, México, Editorial Porrúa, 2001, pp. 568-603.
38 Como se aprecia en un registro del año de 1852 respecto al Colegio Nacional de San Gregorio y San
Ildelfonso. Sólo en el Liceo Franco-Mexicano aparecen las materias de Historia y de Geografía antiguas,
romanas, medievales y modernas. En cambio en el Colegio Científico español-mexicano aparecen en la
sección de Letras las materias de Historia Sagrada, Geografía e Historia universales. En la Nacional y
Pontifica Universidad aparecen las cátedras tradicionales de teología y filosofía, medicina y cánones. La
historia sigue vinculándose a las “letras” y si acaso a la de geografía. Juan Nepomuceno Almonte, Guía de
forasteros y repertorio de conocimientos útiles, México, Imprenta de I. Cumplido, 1852. Edición
facsimilar del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1997.
39 Véase Antonia Pi-Suñer Llorens (coord.), En busca de un discurso integrador de la Nación, 1848-
1884, México, UNAM, 1996.
40 Cf. Mariano Cuevas, Historia de la Nación mexicana, México, Talleres Tipográficos Modelo, 1940.
41 Carlos María Bustamante, Diario Histórico, III, 1, 3a ed. de Rina Ortiz, México, INAH, 1982, p. 32.
42 Lucas Alamán, “Noticias biográficas del Lic. Carlos María Bustamante y juicio crítico de sus obras”,
en Andrés Lira, Lucas Alamán, op. cit., p. 244.
43 Todas las referencias pertenecen a Lucas Alamán, “Noticias biográficas del Lic. Carlos María
Bustamante y juicio crítico de sus obras”, op. cit., pp, 257-258.
44 Ibid., p. 263.
45 Ibid., p. 265.
46 Carlos María Bustamante, El Gabinete Mexicano, México, Imprenta de Lara, 1842, p. 137. Se puede
consultar también con mucho provecho el disco compacto coordinado por Josefina Z. Vázquez y Héctor C.
Hernández (eds.), Diario Histórico de México, î822-1848, cd-1, México, CIESAS-E1 Colegio de México,
2002.
47 Citado por José C. Valadés, Alamán. Estadista e historiador, México, UNAM, 1987 [1938], p. 467.
Véase también Lucas Alamán “Prólogo”, Historia de México, en Obras de Lucas Alamán, Carlos Pereyra
(dir.), México, Jus, 1942.
48 José C. Valadés, Alamán. Estadista e historiador, op. cit., pp. 472-483.
49 Francisco Bulnes, El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el Imperio, México,
Librería de Charles Bouret, 1904, p. 870. Véase también, Rogelio Jiménez Maree, La pasión por la
polémica. El debate sobre la historia en la época de Francisco Bulnes, México, Instituto Mora, 2003. No
se trata de un caso aislado. Véanse también las referencias de Ernesto de la Torre Villar sobre “La vida y
obra de José Fernando Ramírez”, en José Fernando Ramírez, Obras Históricas, vol. I: Época Prehispánica,
México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, pp. 90-91.
50 Antonio Ramos Pedrueza (1864-1930), “El jurado como institución nacional (Estudio leído en el
Primer Congreso Jurídico Nacional)”, en Conferencias, México, Eusebio Gómez de la Puente, 1922, pp.
97-122. “Sólo hay una lógica para la investigación de la verdad; y no existiendo diferente camino para
llegar a la certidumbre, tratándose de un juicio penal o tratándose de cualquier otro hecho de la vida
ordinaria, no hay razón para que existan dos lógicas; la judicial una, la usual otra”, p. 99. Francisco
Bulnes, El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el Imperio, op. cit., p. 870. Rogelio
Jiménez Maree, “Historia y retórica: la pasión por la polémica en Francisco Bulnes”, tesis de Maestrú en
Historia, México, Instituto Mora, 2000.
51 Francisco Bulnes, “Crítica histórica”, en Páginas Escogidas, prol. y selecc. de Martín Quirarte, UNAM,
Biblioteca del Estudiante Universitario, México, 1968, p. 3.
52 Eugenia Roldán Vera, “Conciencia histórica y enseñanza; un análisis de los primeros libros de texto
de historia nacional. 1852-1894”, tesis de Licenciatura de Historia, FFL-UNAM, 1995. De la misma autora,
“Les origines de l’histoire nacional au Mexique. Les premiers manuels scolaires (1852-1894)”, en Michel
Bertrand y Richard Marin (dirs.), Ecrire rhistoire de l’Amérique latine y XIXe-XXe siècles, Paris, CNRS,
2001, pp. 107-130.
53 José Rosas, Nuevo compendio de la Historia de México, escrito en verso y dedicado a la infancia
mexicana. Primera parte. (Los toltecas), México, Imprenta del autor, 1877, pp. III-IV.
54 Pedro Maldonado Olea, “La historia, maestra de la humanidad”, conferencia impartida en la

Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística el 27 de junio de 1912. Boletín de la Sociedad... 5a época, t.


V, n. 5. México, Imprenta Arturo García Cubas, 1912, p. 265.
55 Justo Sierra, Evolución del pueblo mexicano, pp. 184-185.
56 La ausencia de las relaciones políticas internas y externas durante un periodo entorpece la tarea del
escritor y lo deja “sin uno de sus principales recursos; y aun cuando a fuerza de ingenio haya conseguido
inspirar vida a la narración de hechos aislados y muchas veces insignificantes, viene todavía a estrellarse
contra la necesidad de interrumpirla a cada paso el hilo de los sucesos, con la noticia del cambio de
virrey. No hay ingenio que baste para disimular esta repetición continua del mismo acontecimiento,
espresado (sic) por necesidad casi siempre con las mismas palabras [...] con grave perjuicio de la unidad
del plan y del interés de la narración; a lo que se agrega que en muchos casos el principal personaje no
hace más que aparecer y retirarse, sin dejar en pos de sí memoria alguna, ni en bien ni en mal”. Joaquín
García Icazbalceta, “Historiadores de México”, en Diccionario Universal de Historia y de Geografía, t. IV,
México, Tipografía de Rafael-Librería de Andrade, 1854, p. 137.
57 Ibidem.
58 “Al silencio y tranquilidad de aquellos siglos, sucedieron los tormentosos días de la guerra de
independencia. El historiador que antes no acertaba a dar movimiento a su narración, tropieza ahora en
el estremo (sic) contrario. Muertos los primeros caudillos todo interés, toda unidad de acción desaparece
en el confuso laberinto de guerrilleros y ladrones. Preséntase Morelos y por algún tiempo reanima el
interés y restablece la unidad; pero cuando a su vez también sucumbe, entonces ya no queda sino un
inmenso caos de pasiones desenfrenadas, en el que solo aparece como un punto luminoso la breve, pero
inmortal campaña de Mina [...] Pero lo que perdía la historia en atractivo, ganaban ciertamente los
pueblos en reposo y bienestar”. Ibidem.
59 Idem.
60 Antonio Ramos Pedrueza, Conferencias, México, Eusebio Gómez de Puente, 1922, p. 121.
61 Leopoldo Zea, El positivismo en México. Nacimiento, apogeo y decadencia, México, FCE, 1975, pp.
105-147.
62 Roldán Vera, op. cit., pp. 26-7. Para una ampliación de la noción “normativa” del positivismo y Ja
semántica polivalente del término véase Leszek Kolakowski, La filosofía positivista, México, REÍ, 1993.
63 Un ejemplo de la “depuración” del legado historiográfico “conservador” es la obra del presbítero de
Lagos, Agustín Rivera, quien inspirado en las reglas de la “crítica” de Jaime Balmes escribió una
“biografía y juicio crítico de don Lucas Alamán como político y como historiador”, en Principios críticos
sobre el virreinato de la Nueva España y sobre la revolución de independencia escritos en Lagos, México,
SEP, 1922, pp. 239-284. Aun cuando sus escritos corresponden al periodo anterior fueron republicados en
1921-1924 como parte del programa educativo y cultural de José Vasconcelos dentro de la colección
“Clásicos Universales”, al lado de Homero, Platón, Dante, Tolstoi, Esquilo, Plutarco, etcétera.
64 Rafael Sánchez Vázquez, Génesis y desarrollo de la cultura jurídica mexicana, México, Editorial
Porrúa, 2001, pp. 568-603.
65 José María Larráinzar, “Algunas ideas sobre la historia y manera de escribir la de México,
especialmente la contemporánea, desde la declaración de independencia, en 1821, hasta nuestros días”.
Estudio presentado ante la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en 1865, en Juan A. Ortega y
Medina, Polémicas y ensayos mexicanos en torno a la historia, México, UNAM, 1992 [1970], p. 153.
66 Joaquín García Icazbalceta, “Historiadores de México”, op. cit., p. 137.
67 Idem.
68 Idem.
69 Se requiere una historia cultural del positivismo para comprender mejor la recepción y aplicación de
un modelo sociológico antiliberal (al menos en el sentido de la filosofía de John Stuart Mill), estabilizador,
es decir, en esencia antiutópico. De acuerdo con Kolakowski “Comte favoreció el golpe de Estado de
Napoleón III porque pensaba que una dictadura privada de doctrina puede, con el tiempo, si se la
completa con una ideología social adecuada, transformar la sociedad en el espíritu orgánico, restaurar la
unidad deseada de la vida política y de la fe”. Kolakowski, La filosofía positivista, pp. 68-69.
70 Augusto Comte, Discurso sobre el espíritu positivo, Buenos Aires, Aguilar, 1982 [1844].
71 José María Larráinzar, op. cit., pp. 142-255.
72 Vicente Riva Palacio en su biografía sobre el historiador José María Roa Bárcena. José Ortiz
Monasterio (coord.), Vicente Riva Palacio, Los ceros. Galena de contemporáneos, México, Instituto Mora,
2a ed., 1996, [1882], p. 308. Vicente Riva Palacio, “Hernán Cortés. Ensayo histórico y filosófico”, en José
Ortiz Monasterio, selec. y prol., Vicente Riva Palacio, México, Cal y Arena, 1998, pp. 476-477. Para
profundizar en la obra historiográfica de Riva Palacio véase José Ortiz Monasterio, “La obra
historiográfica de Vicente Riva Palacio”, tesis de Doctorado en Historia, México, Universidad
Iberoamericana, 1999.
73 La Evolucion política del pueblo mexicano sintetiza y culmina la interpretación “liberal” de la
historia nacional de México. Se trata de dos textos publicados entre 1900 y 1902, que fueron recogidos
más tarde en 1940 en forma de un solo libro. Es la obra del ministro de Educación de Porfirio Díaz, que
logró sobrevivir en el siguiente régimen de la Revolución mexicana.
74 Alamán falleció en 1853, precisamente cuando aparecía el primer volumen de esta obra
enciclopédica.
75 Véase Tadeo Ortiz de Ayala, México considerado como nación independiente y libre, 1832; José Justo
Gómez de la Cortina, Cartilla historial o método para estudiar la historia, Madrid, Eusebio Aguado, 1829
(México, 1840). Un análisis detallado de estos textos se encuentra en Eugenia Roldán Vera, op. cit.
76 Por ejemplo Luis Chávez Orozco en la década de 1930 no consigue descubrir la unidad que subyace
a la contradicción tradición-modernidad, a partir de la cual cree comprender la obra de Lucas Alamán.
Luis Chávez Orozco, “Lucas Alamán” en Historia de México (1808-1836), México, INEHRM, 1985 [1947],
pp. 267-301.
77 Véase Michel de Certau, La escritura de la historia, México, Universidad Iberoamericana, 1993, pp.
27-2$. Es un dato que es posible encontrar en uno de los principios desarrollados por Augusto Comte
(1798-1857). La misma ciencia (y en consecuencia la historiografía moderna) es parte de la historia de la
ciencia. De modo que el establecimiento de las leyes del desarrollo histórico poseen también un carácter
sociológico y, en consecuencia, histórico. En ese sentido, el “positivismo” de Comte, es una forma de
“historicismo”. Cf. Kolakowski, La filosofía positivista, pp. 70-71 y 87-88.
78 De Certau, La escritura de la historia, pp. 78-79 y 84-90.
79 Edmundo O’Gorman, La supervivencia política novo-hispana. Monarquía o República, México,
Universidad Iberoamericana, 1986 [1967].
LA INVENCIÓN DE LA HISTORIA NACIONAL EN EL PERÚ
DECIMONÓNICO

MARK THURNER
Universidad de Florida

Más que ofrecer una relación de los pormenores de la “historiografía peruana”1 en el siglo XIX, este
capítulo intenta trazar a grandes rasgos las principales líneas narrativas y conceptuales que posibilitaron
la invención de la “historia peruana”, entendida como un discurso narrativo autorreferencial (es decir, el
sujeto escritor escribe “la vida” de un sujeto singular colectivo del cual se imagina ser miembro o crítico
íntimo), cuya eficacia descansa sobre los efectos literarios realistas generados por la enfática repetición
de su nombre propio (en este caso, “Perú” y “peruano”) en las cada vez más amplias esferas y tiempos
“de la nación”. Al colonizar espacios y tiempos enunciativos (ciencia, pasado, política, futuro, economía,
presente, educación, familia, comunidad) con su nombre, la historia nacional se naturaliza, volviéndose
moderna identidad y universo referencial de los sujetos así nombrados (en este caso, “peruanos”). Lo que
interesa aquí no es tanto esbozar la “historiografía” como “herramienta en la construcción del Estado
nacional” sino indagar sobre los elementos literarios y conceptuales que hacen posible pensar (hasta hoy)
que “Perú” es un sujeto colectivo singular (es decir, un sujeto madre con múltiples miembros, todos
identificables por el mismo nombre propio) y “genético” (es decir, transgeneracional y autorreproductivo)
que “tiene historia” y sobre el cual se puede “escribir historia” o erigir “historiografía peruana”. En suma,
¿como es posible que algo llamado “historia peruana” exista y se preste a ser estudiada, escrita y vivida?
Y de allí volver sobre la cuestión de “la invención de la historia nacional” ya que los historiadores de hoy
son y somos el “futuro pasado” de esa moderna invención.2
El papel matriz que desempeña el nombre propio en la narrativa histórica fue bien comprendido por el
filósofo e historiador Sebastián Lo rente (1813-1884), y es por esta razón más que por ninguna otra que (a
pesar de haber nacido en España) puede considerarse el fundador de la “historia peruana”
contemporánea. Lorente hizo por el discurso histórico lo que los libertadores San Martín y Bolívar habían
hecho por el discurso político: sus pronunciamientos y sus escritos hicieron que “el Perú” perteneciera a
“los peruanos” y viceversa. Esto es, las historias de Lorente, publicadas entre 1860 y 1879, convirtieron
para siempre a “todo el Perú” en el territorio eterno y soberano del saber y ser de “todos los peruanos”.
Lorente inventó la “historia peruana” como el “relato completo” de todas las cosas memorables jamás
alcanzadas por “los peruanos”, en un territorio literario o imaginado, proyectado retroactivamente y
hacia el futuro. Lo hizo con un estilo inspirador y ameno, y con la aprobación del sistema educativo del
Estado. Su “historia crítica de la civilización peruana” contemplaba “el desarrollo nacional” como la
sublime “armonía entre todos los elementos civilizados”, desde el pasado más remoto y primitivo hasta el
presente y hacia el futuro, estableciendo así el marco genealógico perdurable del discurso histórico
peruano contemporáneo (y el plano de todos los museos nacionales del Perú). Era, además, muy
consciente de la vital importancia de su labor para la nación: “para nosotros —escribe— la historia [...] de
la civilización peruana [...] es la más importante después de la historia sagrada.”3 Al igual que el francés
Jules Michelet, Lorente trabajó dentro de “la concepción de la historia de un pueblo como un todo
unitario que se va desenvolviendo desde un momento original hacia un destino, y que se manifiesta en la
identidad armónica del alma nacional”.4 Gracias sobre todo a Lorente, en la década de 1880 Perú
poseería una narrativa histórica nacional propia, cuya genealogía era antigua y cuyo futuro sólo estaba
limitado por el alcance providencial de su glorioso nombre. ¿Cómo ocurrió todo esto? ¿Y cuáles han sido
sus efectos?
Lorente vivió y escribió en el Perú durante la próspera pero truncada “era del guano” (1845 a 1880) y
fue el más prolífico e influyente historiador del Perú del siglo XIX. Partisano en la “Revolución liberal” del
Perú (1854-1855), Lorente logró el favor de los más poderosos presidentes y ministros del Perú del siglo
XIX y fue durante la llamada época liberal (desde el régimen de Ramón Castilla al de Manuel Pardo)
cuando se formaron tanto la moderna República Peruana como la “historia peruana”. Por entonces
director del colegio liberal más importante del Perú (Nuestra Señora de Guadalupe), con cátedras en
historia natural en la Facultad de Medicina y en historia de la civilización peruana en la Universidad de
San Marcos, donde fue el decano fundador de Letras, Lorente escribió, casi sin ayuda, la primera
generación de libros de texto de filosofía y de historia (y de muchas otras materias), institucionalizando y
dando a la vez coherencia filosófica a la nueva historia nacional.
Aparte de su gran peso institucional y pedagógico, Lorente destacó entre los historiadores peruanos de
su época por su pensamiento filosófico y la fluidez de su escritura. La mayoría de los “historiadores” del
Perú durante este periodo se caracterizaron por ser eruditos, analistas, bibliógrafos, biógrafos,
costumbristas o ensayistas. Los más estrechos competidores de Lorente fueron Manuel de Mendiburu
(1805-1885), Mariano Felipe Paz Soldán (1821-1886) y Ricardo Palma (1833-1919). El general Mendiburu
compiló un notable “diccionario biográfico-histórico” de grandes hombres y de los hechos y épocas que
los rodearon, sin embargo no se trataba de historia en el sentido contemporáneo. Paz Soldán, reconocido
por los historiadores profesionales por haber introducido el uso sistemático de la nota a pie de página y
editado la primera revista de historia del Perú, La Revista Peruana, recopiló numerosas fuentes para la
historia del Perú independiente, pero según él mismo reconoció, su Historia del Perú Independiente
(1868) no era sino “anales o crónicas” incompletos de los hechos que pudo documentar.5 Ricardo Palma
compiló los Anales de la Inquisición de Lima (1863-1897), pero admitió que el trabajo era poco más que
“el armazón de un libro filosófico-social, que otro más competente escribirá. El autor se conforma con que
no se le niegue el mérito de haber, pacientemente, acopiado los datos. La tela y los materiales son suyos.
Que otro pinte el cuadro”.6 Las Tradiciones de Palma se caracterizan por ser pequeñas viñetas, diálogos,
la trascripción de documentos históricos y anécdotas, muchas de las cuales están tramadas en los modos
verbales festivos y a menudo satíricos del costumbrismo liberal. Tanto los Anales como las Tradiciones
son los frutos literarios de una abundante investigación en archivos y bibliotecas, cuando Palma era
director de la Biblioteca Nacional, y no hay duda de que sus trabajos han sido ampliamente leídos en la
Lima del siglo XX como una forma de historia popular. En contraste con los escritos de estos tres autores,
los trabajos de Lorente no son biográficos, recopilaciones de fuentes ni aburridos anales, y tampoco se
caracterizan por la anécdota literaria o la viñeta. Las historias de Lorente son filosóficas,
multidisciplinarias, evolutivas y empíricas, y “pintan cuadros” narrativos de la trayectoria completa de la
“historia peruana”. Lorente no hace alarde de erudición, pero sus textos merecían sin duda el nombre de
historia en la época contemporánea mundial. Mendiburu, Paz Soldán y Palma admitían tener una visión
más limitada de la historia (crónica política, compilación, biografía, cronología), así como una incapacidad
confesa para escribir historia “filosófica” o “social”. Lorente era todo lo contrario: su visión de la historia
era filosófica o historicista y su manera de escribir era sintética. Es más, Lorente fue el único historiador
en el Perú del siglo XIX que pudo finalizar y ver publicadas una serie de libros que abarcaban la totalidad
de la “historia peruana”, desde la “época primitiva” hasta la “era contemporánea”. Sus indispensables
libros de texto y su “historia general” circularon profusamente en las escuelas, librerías y salones del
Perú, e influyeron decisivamente en el diseño de los planes de estudios nacionales del país, a nivel
secundario al igual que universitario. Aunque sólo sea por esta razón, su trabajo constituye la mejor
descripción, tanto de la vanguardia académica como de las tendencias oficiales y no oficiales del
pensamiento histórico y su enseñanza en el siglo XIX en el Perú.

LA MUTACIÓN POÉTICA DEL SUJETO SOBERANO: DEL LIBRO DE LOS REYES AL LIBRO
DEL PUEBLO

La “historia peruana” poscolonial puede entenderse como una poética republicana y una enseñanza del
conocimiento de sí mismo, que respalda la formación progresiva de ciudadanos y nacionales “ilustrados”
y “libres” que, adecuadamente informados de su historia, puedan “realizar su destino” como “hombres
peruanos”. Esta poética fue posible gracias a la revolución de la independencia pero requirió el
destronamiento conceptual del antiguo “Libro de los Reyes” o historia dinástica, un hecho literario que no
pudo llevarse a cabo hasta la “Revolución liberal” y la generación de Lorente. Similar al caso de Francia7
pero marcada por una diferencia colonial, “decapitar al Rey” en el campo conceptual de la historia
nacional implicaría, sin embargo, asumir una profunda deuda con su antecesor y sombra. En su
Diccionario para el pueblo (1855), Juan Espinosa, soldado e intelectual revolucionario, redefinió la
“historia” en estos términos republicanos:

‘La historia’, dice un autor que no recordamos, es el libro de los reyes; pero es preciso que esté escrito por hombres
libres y amigos de la verdad/ Este autor debió.ser cortesano; porque si no hubiera dicho: ‘La historia es un maestro de
escuela que enseña a leer a las sociedades modernas en el libro en que aprendieron a deletrear las antiguas.’8

Por las razones esbozadas anteriormente, no hay duda de que Lorente fue el más destacado “maestro
de historia” del Perú republicano. El comprendió que la manera de escribir historia era histórica, es decir,
que la nueva “Edad de las Revoluciones” presuponía una nueva poética histórica del pueblo y para el
pueblo, y ya no simplemente anales “cínicos” o “desinteresados de los hechos”. La historia era un espejo
filosófico y literario de los grandes cambios y verdades del hombre. En el Perú la atrevida nueva edad del
“hombre contemporáneo” nació de la revolución de independencia, ya que “existía [...] una unión íntima,
pero secreta [...] entre la causa de la independencia y la de la república [se] confundían la caída del
coloniaje con la abolición de la monarquía: la causa del Rey era diametralmente opuesta a la causa de la
patria; el pueblo propendía instintivamente a la república, y los patriotas más ilustrados eran en general
republicanos entusiastas”.9
La vieja “causa del rey” y el colonialismo habían estado sostenidos por la vieja historia cortesana o
“Libro de los Reyes”. Como señaló Espinosa, la era republicana de la revolución demandaba una historia
magistral y “antigua” del y para el pueblo. Y en Historia antigua del Perú (1860), Lorente dejó claro por
qué la “historia antigua” era ahora de lectura obligada para la republicana y moderna “sociedad
peruana”:

Si la civilización antigua del Perú ofrece un interés general a los hombres de todos los países, tiene para nosotros el
de la actualidad y el del porvenir. Ella está personificada en monumentos que aún subsisten, vive en nuestras
costumbres e influye sobre nuestra marcha social y política; quien la ignora, no puede comprender nuestra situación,
ni dirigir la sociedad con acierto. La influencia que su conocimiento está llamado a ejercer sobre nuestros
sentimientos, excede en importancia a las luces que nos da para comprender el presente. Por la grandeza pasada
presentiremos la futura; y conociendo mejor lo que puede ser el Perú, cooperaremos con mayor resolución a su
engrandecimiento.10

Lorente no estaba solo. La práctica o “causa política y social” de la antigüedad republicana fue
esbozada en las Antigüedades Peruanas (1851), de Mariano Eduardo de Rivero (con Jacob von Tschudi). A
diferencia de la tradición cortesana e imperial del “Libro de los Reyes”, más tarde rechazada por
Espinosa, donde las crónicas estaban rutinariamente dedicadas al rey, al príncipe o al virrey, el primer
libro republicano de “antigüedades peruanas” estaba apropiadamente dedicado al Congreso del Perú y a
“la causa de la soberanía nacional”. Esta causa no era otra que “la causa de la memoria en contra de la
perdición”. El epígrafe del libro cita esta línea de Casimir Perrier: “Los monumentos son como la Historia,
y como ella inviolables. Ellos deben conservar la memoria de los grandes sucesos nacionales y ceder tan
solo a los estragos del tiempo.”11 Rivero (1798-1857) fue director y fundador del primer museo nacional
de historia natural del Perú independiente y aseguró el financiamiento del Congreso para subsidiar la
impresión de láminas litográficas en la Viena imperial, gracias a la mediación de su colega suizo el
peruanista Jacob von Tschudi, miembro de la Real Academia de Ciencias de Vlena. En el prefacio del
libro, Rivero deplora la lamentable herencia colonial de destrucción y negligencia; escribe:

Siglos han transcurrido sin que el Perú posea una colección de sus antiguos monumentos arqueológicos, que el
tiempo, la codicia y superstición destruyeron en parte. Estos testigos mudos pero elocuentes, revelan la historia de
sucesos pasados y nos muestran la inteligencia, poder y grandeza de la nación que rigieron nuestros incas [...] La
historia de las naciones [...] no solo interesa por saber a que grado de poder y cultura llegaron estas [...] sino también,
para instruirnos de sus progresos [...] y preparar a los pueblos para el goce de una libertad nacional.12

El frontispicio del segundo volumen de Antigüedades peruanas, presentado como sustento para la
“imaginación generosa” de los peruanos y de su congreso (ya “que Babilonia, Egipto, Grecia y Roma no
son los únicos imperios que merecen servir de pábulo a una imaginación generosa”13), es una magnífica
representación de la historia sumamente prometedora del Perú. (Ilustración 1)

En este sepulcro neoclásico y romántico-científico de y para la generosa imaginación de los peruanos,


la antigua ruina de la Puerta del Sol en Tiahuanaco (hoy Bolivia) se levanta triunfal y simboliza el umbral
republicano hacia el futuro nacional. La bucólica familia india y la fauna y flora nativas “dan vida” a la
generosidad del paisaje de la tierra autóctona, mientras la gloria de los antiguos reyes incas y la cantería
presagian la mayor bienaventuranza aún por venir. Pero la antigua Puerta del Sol, que representa el arco
triunfal republicano de un sepultado “Perú antiguo”, es a la vez un “espejo” que pronto se convertiría en
símbolo o “logo” nacional.14 De la misma manera en que los efímeros arcos triunfales virreinales e
imperiales, construidos para las ceremonias reales en los siglos XVII y XVIII, eran majestuosos “espejos del
príncipe” dedicados a la educación del príncipe o del virrey,15 el viejo arco republicano de Rivero es un
“espejo del pueblo” dedicado a la causa de la memoria e iluminación de la “soberanía nacional”.
Este espejo republicano y antiguo del pueblo es una mutación de la vieja historia imperial o “Libro de
los Reyes” y su discurso colonial. Los catorce reyes incas que adornan la Puerta del Sol que figura en las
Antigüedades Peruanas, son copias exactas de aquellos que adornaban la representación imperial
española de los “emperadores peruanos” o “monarcas” incas y “ultramarinos” del Perú, de Jorge Juan y
Antonio de Ulloa, publicado en Madrid en 1748 (Ilustración 2). El grabado fue compuesto por artistas
peruanos y españoles, pero en muchas formas se trata de la interpretación creativa en imágenes de la
teoría y grandeza de la historia dinástica, y corresponde muy cercanamente a la poética de Lima fundada
o la conquista del Perú (1732), de Pedro de Peralta Barnuevo. La ilustración representa la sucesión del
rey Fernando VI, como fue imaginada y celebrada en Lima en 1746 (tres años después de la muerte de
Peralta). Los “emperadores peruanos” están enmarcados por el “Teatro Político” del mundo civilizado
hispano, simbolizado con el suntuoso pórtico flanqueado por representaciones piramidales de las
“Columnas de Hércules” (ya que Peralta y otros historiadores españoles habían confirmado que el
fundador de España era “egipcio” y no “griego”). Ángeles suspendidos sostienen la providencial cadena
de oro o “hilo de la historia” que “forja” la Fe, que une los pendones de las dinastías inca y española del
Perú, desde el inca fundador Manco Cápac al nuevo rey Fernando VI. En esta representación de la
historia dinástica del Perú, el inca Atahualpa aparece como el XIV emperador peruano y ofrece su cetro
real al Sacro Emperador Romano Carlos V, quien blande su espada, aquí nombrado XV Emperador del
Perú. El pendón de Carlos V muestra la Santa Cruz, el sagrado emblema adoptado por la Casa de los
Austria; su cristiana luz absorbe y reemplaza la luz pagana, aún brillante, del sol idolatrado por Manco
Cápac, representados respectivamente, en el primer pendón real en el ángulo inferior izquierdo de la
ilustración.

La ilustración de 1748 de los “emperadores peruanos”, es un bello “cartel” desplegable encartado en el


Apéndice de la Relación histórica del viaje a la América meridional, de Jorge Juan y Antonio de Ulloa,
acertadamente titulado “Resumen histórico del origen y sucesión de los incas, y demás soberanos del
Perú, con noticias de los sucesos más notables en el reinado de cada uno”. El Resumen histórico, cuyo
autor fue Ulloa, es en esencia una trascripción abreviada y contemporizada del relato del Inca Garcilaso
de la Vega sobre la dinastía de los incas, con varias adiciones notables. “Los otros soberanos del Perú”
son añadidos a la historia dinástica, de tal manera que “Carlos I de España, V de Alemania” o “El Sacro
Emperador Romano”, es aquí presentado como “el XV Monarca del Perú” y “el XV Emperador del Perú”.
En efecto, se agrega una nueva dinastía “peruana” a los anales de la historia universal: aquella que
comienza con “Carlos XV del Perú”. Pero, ¿quién presidía su coronación peruana? La ilustración
proporciona la respuesta: la Fe. De hecho, la figura alegórica de la Fe, forjadora de la “dinastía peruana”,
está en consonancia con la historia en dos partes de Garcilaso de la Vega sobre los incas y la conquista
española, en donde la “tiranía de Atahualpa” y la intervención de la Virgen María hacen posible un
translatio imperii de los “Incas, Reyes del Perú” a Carlos V “emperador romano y del universo”. “Carlos
XV del Perú” va seguido por una larga lista de “gobernadores del Perú”, que comienza con Francisco
Pizarro e incluye a todos los virreyes del Perú. Destaca que Atahualpa es restaurado como “el último inca”
del “imperio peruano” ya que, antes de su ejecución, tenía en su poder la “borla colorada” o insignia roja,
que se consideraba el equivalente inca de un sello dinástico. Se dice que a la muerte de Atahualpa,
Pizarra se adueñó del sello y lo pasó a otro de los hijos de Guayna Cápac, llamado Manco I. Pero “Manco
Inca” devolvió el sello real a Pizarra quien, a su vez, se lo hizo llegar a Carlos XV del Perú. En la
ilustración puede verse en primer plano, en la parte inferior a la izquierda de la Fe, la “borla colorada”
con tocado inca, mientras que abajo a su derecha reposa el León, emblema del Reino de Castilla y León,
con su zarpa descansando sobre el orbe.
Una muy buena razón por la que el español Ulloa es encumbrado posteriormente por la élite criolla de
Lima como “nuestro historiador nacional”, es el tratamiento que da al inca fundador Manco Cápac.
Remando contra la corriente de los críticos de la Europa noroccidental del siglo XVIII, que entonces
sostenían que el primer inca era seguramente de origen “extranjero”, Ulloa afirmaba que Manco Cápac
debió ser un “príncipe” descendiente por línea paterna de una antigua pequeña “nación” cerca de Cuzco,
que entonces se extendió bajo su gobierno. La crónica de Ulloa estaba en franca consonancia con el
renacimiento y los sistemas dinásticos y disposiciones de la “noble ciencia de los príncipes”, así como con
el discurso colonial del “indio desgraciado” o “miserable”, tan típico de los pronunciamientos de los
virreyes, magistrados e inspectores en el Perú (y México).16 En este discurso, los indios comunes eran
rutinariamente descritos como perezosos de mente y cuerpo y fácilmente influenciables por las exigencias
de impostores sediciosos, que se presentaban a sí mismos como herederos vengadores de la dinastía inca.
En la historia de Ulloa, como en el discurso de los magistrados coloniales, existe casi siempre un abismo
temporal y moral entre el glorioso pasado inca y el misérrimo presente indígena. En líneas generales, este
abismo refleja la división de la estructura social en nobles y plebeyos. No obstante, en el siglo XVIII, y
ahora que los incas estaban convirtiéndose en las “antiguas” tumbas de la memoria republicana, ese
abismo fue efectivamente temporalizado. Sin embargo, reclamos “utópicos” en el pasado inca, hechos por
rebeldes indios a fines del siglo XVIII, sugieren que en algunos casos el pasado inca estaba cualquier cosa
menos sepultado.17
El abismo colonial de carácter temporal entre el minúsculo nativo viviente y el glorioso inca fallecido
dejó su marca en el “generoso” arco republicano de Rivero. Dicho arco (véase arriba ilustración 1)
constituye un ilustrativo contraste con la arquitectura de la historia imperial de las dinastías (véase arriba
ilustración 2) pero es, a la vez, una sucesión. Ninguna virgen alegórica (la Fe) ni tampoco los Angeles
rondan alrededor del arco republicano del “antiguo Perú”, ahora representado con el asombroso realismo
y supernaturalismo de la estética neoclásica y romántica peruana que, en efecto, no deja lugar a la
dinastía ultramarina. La bóveda palaciega de un imperio dinástico universal que flota sobre “el orbe
político” gracias a los Ángeles y la Fe, ha sido devuelta en la curvatura de las alas de los ángeles y vuela
sin ataduras a través del océano. Ahora efímero, el palacio dinástico es desplazado por la antigua y firme
Puerta del Sol en Tiahuanaco, anclada firmemente en “el país”. Aquí, en el territorio originario de la
dinastía inca, éstas están talladas en la piedra antiquísima frente a la grandeza humboldtiana y la
sublimidad del paisaje ecuatorial andino (volcanes, flora, fauna), descrito científico-románticamente,
como pronto veremos, por el criollo peruano Hipólito Unanue hacia fines del siglo XVIII. Son ahora
“nuestros incas” porque están muertos, sepultados en “la tierra”. Esculpidos en piedras monumentales,
los incas que vivieron en las páginas y en la imaginería del dinástico Libro de los Reyes y su “Imperio
Peruano”, encontraron así una vida peruana de ultratumba en la historia republicana. En su calidad de
arcaicos, los incas sirven ahora de marco de referencia civilizadora al futuro de “la generosa imaginación
de los peruanos”. La diminuta familia al pie del gran umbral incaico-republicano de la “civilización
peruana” es un núcleo bondadoso y bucólico, que mira hacia arriba y hacia adelante. Bajo el antiguo arco
de la república, puede buscar ahora la libertad que ejerce su atracción desde la generosa tierra nativa y
las alas del magnífico cóndor. El “hombre peruano”, ex indígena, señala hacia el futuro, cuyo nombre es el
libro de “Antigüedades peruanas”. El cóndor, que enarbola el título “soberano del reino aviar” y “soberano
de estas regiones”, ha desplazado a la Fe y los ángeles como soberano símbolo natural, llevado por el
aire, de la noble grandeza del Perú. En primer plano y más allá del antiguo umbral, atrae la fecundidad y
majestuosidad de la tierra natal: las llamas, la “hoja divina” o planta de coca, la chinchona, planta de la
que se extrae la cura milagrosa de la malaria, o los altísimos volcanes que propagan fertilidad por todo el
territorio.
En resumen, el arco incaico-republicano de Rivero ejecuta una mutación o movimiento poético, pues en
él el paisaje del reino dinástico nativo está listo para que su suelo sea embaldosado por el buen maestro
de la historia. La tierra es el lecho de muerte del título y el libro “Dinastía ultramarina” y, al mismo
tiempo, la tumba sagrada de los incas.18 El museo arqueológico de Rivero para “la imaginación
generosa”, se convierte así en el paisaje doméstico que da “fondo nacional” al aula de historia de
Espinosa y Lorente, en donde los peruanos modernos pueden estudiar cómo los antiguos peruanos
aprendieron a deletrear “civilización”. La visión de Rivero fue de este modo un “nacionalismo oficial”,
aunque en una modalidad republicana poscolonial cuya “historia antigua” necesitaba dar cabida a los
“soberanos” incas “peruanos”.19

EL LIBRO DE LOS REYES PERUANO

Quizás el ejemplo peruano más brillante de la poética histórica dinástica de “El Libro de los Reyes” a
finales de la colonia es el trabajo del talentoso “Astrónomo e Ingeniero del Reino”, matemático, poeta y
rector universitario, el criollo Pedro de Peralta Barnuevo (1664-1743). Peralta ha sido también
ampliamente malinterpretado como adulador de los reyes y virreyes españoles y como escolástico
anticuado sin una conciencia criolla moderna y, por ello, su trabajo ha sido a menudo juzgado por los
historiadores profesionales como carente de rigor empírico. Pero como Jerry Williams ha sostenido
recientemente, la obra de Peralta muestra deliberadamente las marcas coloniales del hibridismo y la
ambigüedad criollas. Su pensamiento es, diríamos hoy, entre barroco e ilustrado, es decir, entre
neoplatónico y neoclásico, y los defectos de su investigación son, en gran medida, producto de una
biblioteca limitada y de falta de fondos.20 En realidad, las crónicas de Peralta proporcionan los mejores
instrumentos para comprender el arco de los “emperadores peruanos” de Juan y Ulloa, y para pensar en
la poética de la “historia peruana” de cualquier época, incluso hoy.
Admirador de la “teoría del discurso” de Antonio Solís, Peralta escribió historias paralelas de España y
del Perú, dedicadas al príncipe y al virrey, pero no auspiciadas por ellos. La Historia de España vindicada
(1730) es una defensa historicista criolla de un imperio en crisis, cada vez más atacado por los poderes y
los intelectuales de la Europa noroccidental, pero también cuestionado por los marginales del mismo
imperio. Quizás sea la única historia de España escrita por un súbdito colonial, y Peralta es muy
consciente tanto de su lugar de provinciano dentro del imperio, como del atrevimiento de su empresa. La
historia está dedicada al príncipe Fernando VI (1713-1759), quien heredaría el trono en 1746 de su padre
Felipe V. Pero Peralta nunca recibió del rey una petición expresa que auspiciara el trabajo, y no hay
pruebas de que el príncipe o el rey jamás leyeran la obra, a pesar de que se enviaron copias a España.21
La dedicatoria al príncipe que precedía la historia de España de Peralta fue firmada por su protector
local y colega académico Angel Ventura Calderón y Cevallos. La dedicatoria dio la oportunidad de
reflexionar sobre la naturaleza y utilidad de la historia por venir, y el elocuente discurso de don Ángel
aprovechó ampliamente esta oportunidad.

Entre todos los ilustres Trabajos que emprenden los hombres es el de la Historia uno de los más gloriosos a un
tiempo, y los más útiles; como que todo se dirige a la honra, y al ejemplo. Es una empresa formada a dos hazes de
inmortalidad; la que da a los pasados con el nombre, y la que previene a los futuros con la regla. Aun hace más que la
misma heroicidad, y se estiende a más que todas las hazañas: porque es la misma heroicidad fecunda, y es todas las
hazañas inmortalizadas.22

La historia, escribió Calderón y Cevallos, “ofrece junto y reflectado todo lo que separado y desnudo
dieron los sucessos: y lo que aun la vista no pudo distinguir confuso, lo da ordenado su memoria. No solo
compense lo que le falta de existencia en los hechos, sino que lo mejore, cuanto excede la realidad de las
luzes a la evidencia de los casos”. La historia no es solamente el espejo de todo lo grande en la vida, es
aún más grande que la vida porque es la brillante suma de “todas las hazañas inmortalizadas”.23 Y ¿qué
es el rey? El rey era precisamente la suma de “todas las hazañas inmortalizadas” de su real estirpe. Por
ello el rey era “una historia animada”. El príncipe debía no sólo “imitar” las hazañas de sus reales
antecesores sino “mejorarlas”, es decir, ser más grande que ellas y así ofrendar a la mayor gloria de su
linaje sus virtudes o “cualidades”. Al igual que los príncipes bienhechores, el historiador “mejoraba” y
“memorizaba” las hazañas confusas y olvidadas de la vida real. La historia misma era “dinástica”, ya que
era “una copia” del rey para el príncipe. Al igual que los príncipes, los nuevos libros de historia debían
“mejorar” las historias del pasado. La soberana indivisibilidad del objeto de la historia (las hazañas
inmortalizadas) era un reflejo de la soberana indivisibilidad del sujeto de la historia (el linaje real de
héroes, santos y reyes depositado en la figura del príncipe, símbolo del porvenir y “cabeza de la nación”).
Esta era la “teoría” de la Historia de España vindicada, de Peralta Barnuevo.
En muchas formas, la escritura posterior de la historia en el Perú poscolonial sustituirá simplemente
nuevos elementos retóricos o “unidades de discurso” por los esbozados por Peralta (pueblo por rey,
nación por príncipe, progreso o desarrollo por estirpe real, hechos por hazañas) con el resultante de que
su estructura poética más profunda se mantiene mayoritariamente inalterada, mientras que sus
contenidos filosóficos y políticos sí se modifican de acuerdo con el alcance de los campos semánticos de
los nuevos términos. La función poética unificadora del nombre propio (la “Nave Política” de la narrativa
histórica) y el largo “hilo” de la genealogía (el “mapa intelectual de todas las edades”) se mantendrán
como los sellos distintivos del discurso histórico “nacional” del Perú. Lo mismo sucederá con la poética de
la enseñanza: narrativa inspirada que inspira a su vez la acción y el amor de los nuevos sujetos soberanos
de la historia: los peruanos. La historia de Peralta anticipa también una convención poética que todavía
caracteriza la historia social y nacional: el contexto “explicativo” provisto por el esbozo geográfico de “el
país”.
En efecto, Peralta transforma todo el proyecto de la vindicación de España en una vindicación del Perú.
Esto se debe a que el Perú, con sus hijos ilustres, era ahora un tributo maduro a la virtud histórica de
España y su Imperio. Así, la relación entre el Perú y España era ahora la misma que entre Hispania y
Roma en tiempos del Imperio Romano, cuando Hispania era la “provincia más noble” del Imperio
Romano. En síntesis, la España moderna era un gran imperio, como Roma, difundiendo entre sus
provincias más favorecidas (entre las cuales “Perú” fue el mejor y más rico) las virtudes humanistas de “la
pluma y la espada”. El Perú podía convertirse en lo que era España. La periodización epocal de la historia
de España, que Peralta distribuye en una serie de “estados”, partiendo de una libertad primitiva para
luego pasar a la “conquista” romana, seguida por la “monarquía” española y finalmente por la era
“moderna” (que incluye la invasión morisca, la reconquista y el Imperio), podía aplicarse de manera
general a la arquitectura de una historia peruana. En resumen, la historia de España de Peralta ejecutaba
un translatio studii et imperii hacia el Perú y Lima.
La historia del Perú de Peralta Barnuevo se escribe, o más bien se canta, en verso. Dedicada al virrey
del Perú, Lima fundada o la conquista ¿leí Perú es un “poema de verdad” épico que canta la fundación del
Virreinato del Perú y su “Ciudad de los Reyes del Perú”. Se trata, esencialmente, de una transposición de
la historia del Inca Garcilaso a la lengua poética de los cantares de gesta épicos, pero en este caso es
Peralta quien canta sobre el “Orbe Peruano”. Como en la narración del Inca Garcilaso, Peralta cuenta que
Pizarro pasó la “borla colorada” del “tirano” ejecutado Atahualpa a su legítimo heredero, Manco Inca, en
Cuzco, pero que Manco se la había ofrecido a Pizarro. El discreto Pizarro se excusa diciendo que primero
debe consultar con su emperador Carlos V, ya que no es rol de un capitán intervenir en las modificaciones
de los imperios. Lo que Pizarro hace luego es

Y con asombro de ambos hemisferios, Un imperio formar de dos imperios.

Ante los ojos de la divina Providencia, y gracias al genio militar y al tacto político de Pizarro, se forma
un imperio a partir de dos. Pizarro se dirige entonces a la costa a fundar Lima. La real ciudad peruana de
Peralta es la unión de dos imperios en uno, el distinguido depósito de dos soberanías. Notablemente,
Peralta hace referencia a Lima como “la Ciudad de los Reyes del Perú”. Aunque el significado del nombre
es ambiguo (puede ser leído como la Ciudad de los Reyes en el Perú, que de por sí tiene dos lecturas
distintas, una religiosa y otra realista, o como la Ciudad de los Reyes peruanos) es evidente que Peralta
insinúa la última lectura, esto es, que Lima es el “asiento” de los reyes incas y españoles. Esta real unión
limeña y criolla está de acuerdo con la ilustración de Juan y Ulloa de 1748 descrita arriba (ilustración 2),
que al igual que la Historia de España vindicada de Peralta, es también un don y espejo ofrecido al
ascendente príncipe Fernando VI. Esta imagen de Lima como la unión de las historias dinásticas de los
monarcas del Perú incas y españoles, también fue desarrollada en ceremonias reales o fiestas en las
calles de Lima, algunas de las cuales fueron descritas por el mismo Peralta.24
La magnífica dedicatoria de Peralta en Lima fundada inmortaliza al virrey del Perú en virtud de la
“geometría del honor” que le une con el conquistador del Perú y fundador de Lima como “dos imperios en
uno”, Francisco Pizarro. Tanto el conquistador como el virrey son considerados “héroes” del Imperio
Peruano.25 Pero la cadena poética de la “geometría del honor” de Peralta se aleja mucho más en el
tiempo, llegando hasta el fundador mismo de la dinastía inca: Manco Cápac. Por supuesto, la fuente de
Peralta fue la Primera parte de los comentarios reales de los incas (1609). En efecto, la obra del Inca
Garcilaso había sido recientemente reimpresa en Madrid (1723) con un nuevo y erudito prólogo dedicado
a la educación y gloria de Felipe IV. La historia del Inca Garcilaso era ahora un texto esencial en los
proyectos culturales criollo y borbónico que sostenían las crónicas de Peralta: restaurar la legitimidad y la
grandeza de los imperios español y peruano.
La historia del Inca Garcilaso triunfó en Europa por diferentes razones. Está escrita en el idioma
renacentista de la historia magíster vitae de Cicerón, “un discurso que a la vez transmite el ejemplo e
impele al lector a actuar, imitando (o ignorando) el ejemplo”.26 Su éxito puede adjudicarse al hecho de
que narraba una historia reconocible y ya fabulada del ascenso y caída ejemplares de los “reyes” incas,
que respondía a las convenciones de la historia dinástica y a la epistemología thucydideana, renovada por
los historiadores renacentistas, según la cual la “verdadera relación” de los hechos requería que el autor
fuera un testigo ocular. Pero el texto también circulaba en el siglo XVIII en ediciones resumidas en inglés y
francés, donde era erróneamente leído como una crítica a España. Por otro lado, tras su segunda edición
española de 1723, el texto de Garcilaso circularía en Perú como una obra reivindicativa “nacional”,
sirviendo principalmente a restaurar los proyectos imperiales peruanos en América del Sur. La Historia
General del Inca Garcilaso no está dedicada al rey católico, sino a la madre del Rey de reyes, puesto que
la Virgen María o “el Marte español” había sido el elemento decisivo de la batalla de Cuzco.27 Fue “con su
celestial favor las fuertes armas de la noble España poniendo plus ultra en las columnas, y a las fuerzas
de Hércules abrieron por mar y tierra puertas, y camino a la conquista y conservación de las opulentas
provincias del Perú”. Su favor celestial era necesario, ya que “las armas Peruanas [eran] mas dignas de
loar que las Griegas, y Troyanas”.28 Los españoles tenían el ejército más grande que el mundo jamás
hubiera visto porque estaba al servicio del gran emperador Carlos V, quien, al sagrado servicio del Rey de
reyes, había “conquistado ambos mundos”. El Inca Garcilaso da crédito a Pizarro por haber castigado a
Atahualpa por sus indecibles crímenes de fratricidio y regicidio, “rescatando” así al “Imperio Peruano” de
su ruinoso reinado de tiranía y devastación. La ejecución de Atahualpa por Pizarro en Cajamarca no es de
ninguna manera un regicidio, sino la administración de justicia. La intervención de Pizarro hace posible la
perpetuación del “trono peruano” en el legítimo translatio del trono del difunto Huayna Cápac, tras la
ejecución del “tirano” Atahualpa, vía Manco Inca hacia el bondadoso y magnífico “emperador romano”
Carlos V. De forma notable, la narración de la conquista por el Inca Garcilaso, vista como un traspaso
providencial de la soberanía inca hacia Carlos V que, bajo los auspicios celestiales de la Virgen María, era
ante todo un traspaso de la soberanía hacia Dios, se mantuvo vigente en Madrid hasta avanzada la década
de 1780, cuando apareció en representaciones teatrales oficiales para los hijos del monarca Borbón.29
Asimismo, la “imagen majestuosa” que había inspirado la famosa ilustración de Juan y Antonio Ulloa de
1748 sobre los “monarcas peruanos” también era garcilacista: aquella ilustración condensaba
iconográficamente el “Libro de los Reyes” peruano, proveyendo de una arquitectura narrativa más
profunda al arco republicano de Rivero, ya que en este Libro los “incas” habían sido peruanizados como
reyes renacentistas. Así, el Libro peruano de los Reyes peruanos se prestaría al Libro peruano del Pueblo
peruano. Sin embargo, el traspaso narrativo de la soberanía, de los reyes peruanos al pueblo peruano, no
pudo imaginarse sin la ayuda de un sujeto mediador: el país.

EL NOMBRE PROPIO DE LA NATURALEZA: LA INVENCIÓN DEL PAÍS DE UNANUE

La narrativa dinástica garcilacista del reino alimentó la imaginación histórica peruana desde la
publicación de los Comentarios Reales de los incas a principios del siglo XVII hasta bien entrado el siglo
XIX. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, el proyecto borbónico y criollo de una restauración imperial
ilustrada generó las condiciones para la emergencia del país en tanto objeto científico y sujeto histórico.
Aunque los orígenes de la geografía histórica del “país” son antiguos (las influencias más frecuentemente
citadas son Tácito y Heródoto), esta forma clásica de historización de “la tierra” y de su nombre cobró
vigor bajo los auspicios dinásticos e imperiales durante el Renacimiento, inspirando, como hemos visto, la
Historia de España vindicada de Peralta (1730). Sin embargo, el interés creciente entre los sabios
españoles y criollos por la astronomía, la climatología, la geología, la antigüedad, la medicina y la historia
natural del hombre, produjo un nuevo lenguaje del “país” para la historia peruana. Al igual que en otras
regiones de Europa, la “Naturaleza” y “la gran cadena del Ser” eran conceptos clave, y las antiguas
nociones platónicas y aristotélicas de armonía, plenitud y gradación fueron temporalizadas y
transformadas en nociones científicas en el discurso histórico sobre el “país”.30
Sin ser la única, la voz peruana más influyente de la historia natural ilustrada del país fue la del sabio
criollo José Hipólito Unanue (175 5-1833).31 Diferentes estudios han señalado la importante contribución
que hizo el Barón von Humboldt a la elaboración y difusión de un icónico paisaje románticocientífico para
la imaginación histórica americana,32 pero lo que suele dejarse de lado es que Unanue estableció
firmemente las bases de un discurso imaginativo sobre la historia natural de la antigüedad peruana, sus
climas y sus hombres, diez años antes que Humboldt llegase a las costas americanas. Y fue Unanue quien,
en el caso del Perú, teorizó respecto del “don” particular de la imaginación americana, ardiendo bajo el
sol ecuatorial y perfectamente preparado para autogobernarse con brillantez. Como pronto veremos, la
historización o particularización universalista que hace Unanue sobre el país del Perú movió los cimientos
del trono tambaleante del reino dinástico universal de “El Libro de los Reyes”, abonando el terreno
epistemológico para la siembra de la historia republicana del Pueblo y la Patria.
Aunque Unanue era un consumado estadista que más tarde colaboraría como el primer ministro de
Hacienda del Perú independiente bajo el protectorado de José de San Martín y del libertador y dictador
Simón Bolívar, su pensamiento histórico puede comprenderse mejor como “patriótico criollo” que como
republicano o revolucionario. Unanue estuvo al servicio de los últimos virreyes del Perú, y su historicismo
cortesano se basaba en el estudio de la Antigüedad y las ciencias naturales, así como en lo que Jorge
Cañizares Esguerra ha llamado “epistemología patriótica criolla”.33 Unanue fue un colaborador
primordial del primer periódico histórico, literario y comercial del Perú, el Mercurio Peruano (1791-
1794), considerado frecuentemente por los historiadores como el faro del pensamiento iluminista en
Sudamérica. Algunos científicos sociales han citado al Mercurio Peruano como el periódico que desarrolla
el nacionalismo criollo y la “esfera pública” peruana, pero en realidad se trataba de la publicación
científica y comercial de una asociación llamada Amantes del país, dirigida a la élite iluminada cortesana,
universitaria, clerical y mercantil, auspiciada por el virrey español en Lima.34 Aunque el Mercurio
Peruano probablemente no fuera un punto de origen significativo del nacionalismo republicano en el
Perú, en sus páginas se registran ciertas pautas de un discurso histórico ilustrado, y en cierta forma estas
pautas sentaron las bases poéticas de la historia republicana, haciendo posible que historiadores
nacionales posteriores lo reconozcan como un predecesor de su propio discurso. En efecto, el primer
estandarte de los editores del Mercurio Peruano no era periodístico, sino histórico y científico. El editor
Jacinto Calero y Moreira declaraba en sus inicios que el propósito del periódico era rectificar el hecho
preocupante de que

un reino como el Peruano, tan favorecido de la naturaleza en la benignidad del clima, y en la opulencia del Suelo,
apenas ocupe un lugar muy reducido en el quadro del Universo, que nos trazan los Historiadores. El reparo de esta
falta es el objeto primitivo del Mercurio... La Historia, no tomada por principios generales, o por relaciones desnudas
de unos hechos tal vez alterados; sino contraída a la dilucidación, y conocimiento práctico de nuestros principales
establecimientos: la Historia, digo, en estos términos, será la primera, que suministre materiales a mi Papel
periódico.35

El amado “país y reino” imaginado y sostenido desde las páginas del Mercurio Peruano era
considerablemente más grande que la aún inconcebible, indeseable y minúscula República del Perú de
después de 1824, y los lectores o “público” eran escasos. En el Mercurio Peruano, “país” no es un
sinónimo de la futura “nación” o del territorio del Perú. Por el contrario, el “país” incluye no sólo la
expansión “natural” del Virreinato del Perú tal y como era en 1791, sino también, más como un sueño del
retorno historicista, los gloriosos logros del “Gran Perú”, cuya verdadera manifestación histórica no era el
Tawantinsuyu de los incas sino el aún más grande virreinato o “Reinos y Provincias del Perú”, que llegó a
clamar para sí casi toda Sudamérica. Tras este país peruano imaginado como reino natural venía la patria
de América o Nuevo Mundo. El giro histórico del Mercurio Peruano revelaba entonces una sensación de
declive entre las élites limeñas y un deseo de recuperar, mediante estudios históricos, geográficos y
estadísticos, el pasado glorioso del Virreinato del Perú de los siglos XVI y XVII. Como se lamentaba el
editor del Mercurio Peruano en el primer número, “este grande Imperio, cuya fundación por los Incas
queda envuelta en las tinieblas de un conjunto de fábulas y de una tradición incierta, ha perdido mucho
de su grandeza local desde el tiempo en que se le desmembraron por la parte del Norte las Provincias que
forman el Reyno de Quito, y sucesivamente las que al Este, constituyen el Virreynato de Buenos-Ayres”.
Despejar las tinieblas y renovar la historiografía respondía entonces a una reivindicación del
desmembrado “Imperio Peruano”.
Lo que resulta más destacable en el discuiso histórico del gran Perú de finales del siglo XVIII es que los
conceptos de “país” y “patria” eran historizados separadamente, o al menos en adición a “nación”. En la
década de 1790 y hasta que San Martín declaró la independencia en Lima (1821), el uso de “nación” o
“nacional” entre los criollos peruanos hacía casi siempre referencia a la transatlántica “Nación española”
de la cual formaban parte. “España” era la “madre patria”, mientras que “el Perú” (grande o pequeño) era
el “país” y América la “patria”. Entonces, “país” y “patria” todavía no habían desplazado a “Madre patria”
o “nación”, sino que se habían añadido a ésta como espacios científicos legítimos del discurso histórico.
En muchas maneras, esto fue una consecuencia lógica y esperable de las reformas administrativas
borbónicas, que buscaban realizar un trazado científico con el fin de explotar mejor los recursos naturales
e históricos de sus dominios. La “Madre patria” no sería entonces desplazada hasta cerca de 1824, lo que
explica en parte por qué la retórica de la guerra de la independencia del Perú solía enfrentar a la “patria”
y sus revolucionarios “patriotas” contra la “nación” (hispano-americana) y su leal “Ejército Nacional”. La
asociación revolucionaria de la “patria” con “nuestra historia” ya había sido anunciada en 1792, cuando el
exiliado jesuita peruano Viscardo y Guzmán, al escribir sobre el tricentenario del primer viaje de Colón,
proclamó que “el Nuevo Mundo es nuestra Patria, su historia es la nuestra”.36 Sin embargo, la
declaración americanista de Viscardo y Guzmán no era republicana, ni saludaba la llegada de una
República del Perú poscolonial; por el contrario, reclamaba la antigua patria natural de la imaginación
histórica criolla para la causa de la liberación del continente y, si esto no era posible, para una alianza con
Gran Bretaña.
Como queda entonces claro, la línea del Mercurio Peruano era patriótica, pragmática y naturalista, en
el sentido hispánico-criollo descrito por Cañizares-Esguerra, lo que significa que resultaba una fuente
confiable de autoconocimiento y a la vez un espacio en donde se podía “defender al país” de las mentiras
“extranjeras” o “europeas” (es decir, no hispánicas, ya que España era la parte materna de “la nación” y
no era considerada parte íntegra de la moderna “Europa”). Su principal tarea era corregir los errores y
distorsiones historiográficas y crónicas de viajes provenientes del noroeste europeo (principalmente
Francia, Gran Bretaña y Holanda), diseminando en cambio un conocimiento histórico, práctico y
verdadero del Perú.37
El ensayo programático de Unanue, Idea general de los monumentos del antiguo Perú e introducción a
su estudio apareció publicado en la edición del 17 de marzo de 1791 del Mercurio Peruano. La Idea
general fue posteriormente desarrollada y complementada en un segundo artículo intitulado Geografía
física del Perú el 5 de enero de 1792. Una década antes de la llegada de Humboldt al Perú, los ensayos de
Unanue no sólo inauguraron el estudio histórico-científico de los “monumentos antiguos”, sino también
una nueva imagen natural y estadística del Perú en tanto “país”, haciendo posible la “historia nacional”
republicana, en la medida en que el país o la tierra es la página sobre la que se escribe la historia del
pueblo. En Idea general, Unanue comienza con los lamentos del historiador por los archivos perdidos
durante la conquista española, debido a la avaricia que llevó a los conquistadores a saquear las tumbas
incaicas. Los “quipus” (sistema mnemotécnico de cuerdas y nudos de los incas) conservados en “los
archivos de Cuzco, Cajamarca y Quito” han sido “reducidos a polvo”. Entonces, “se ve un observador
obligado a recurrir al cotejo, o llamémosle interpretación, de los fragmentos y ruinas antiguas, para
completar el imperfecto retrato que nos trazó Garcilaso de su antiguo imperio”.38 Al igual que en Egipto,
los restos de los grandes monumentos de los incas han sobrevivido a los estragos del tiempo. Y en “el
reconocimiento de las obras que erigieron por magnificencia, o por necesidad, ofrecen ciertamente una
nueva luz capaz de esclarecer la oscuridad en que yace sumergida la parte histórica y civil de la
Monarquía peruana, en todo el tiempo que precedió a su conquista”.39
Resulta notable aquí la nueva identidad empírica del etnohistoriador o el estudioso de la antigüedad,
visto como un “observador” que recurre a los restos materiales de la cultura porque la memoria es falible
y los archivos (los quipus) se han perdido. Este “observador” es también un etnógrafo, ya que “las
tradiciones y reliquias de sus antiguos usos y costumbres [...] aún permanecen entre los Indios modernos,
que tenazmente conservan y rescatan sus antiguallas”.40 Más destacable aún, para Unanue, es que entre
estas costumbres se cuentan técnicas de irrigación, agricultura colectiva y tejido. Unanue observa cómo
los pastores modernos utilizan todavía los primitivos quipus para mantener un recuento de sus tropeles,
mientras que por las danzas, las canciones y, sobre todo, el idioma quechua, resulta posible “conjeturar el
grado de civilización a que ascendieron, y aun la duración su imperio”. Unanue invita entonces a los
lectores del Mercurio Peruano a unírsele “a subir hasta los tiempos heroicos del Perú”.41 Unanue es el
primer etnohistoriador del Perú: utiliza la práctica todavía corriente de compaginar fragmentos de
tempranos textos coloniales con “observaciones” de ruinas antiguas de antes de la conquista como si
pudiesen ser leídos como testimonios o testamentos de verdad, “completándolos” luego con
observaciones etnográficas. Constituye así en la imaginación científica una suerte de museo viviente
indígena como fuente certera de conocimiento histórico, es decir, un interlocutor viviente para la
interpretación de las ruinas, con un ojo clínico que le permite “completar” los registros “imperfectos”
dejados por el Inca Garcilaso de la Vega y “los demás historiadores”.
En la segunda entrega de su ensayo en el Mercurio Peruano sobre el estudio moderno del antiguo Perú,
Unanue inicia la historia del país con nombre propio (que luego será renovada y canonizada por Jorge
Basadre). El concepto fundamental de esta historia es éste: sobre una Naturaleza sin tiempo llamada
“Perú” (traducido en términos contemporáneos: una formación geológica y climática que, en realidad, no
es más que un territorio político naturalizado) donde los monumentos incaicos han sido erigidos y se
conservan.

El primer objeto que se presenta a la contemplación de un Filósofo en la Historia de los Monumentos del antiguo
Perú, es el retrato de la organización y diversas disposiciones de su vasto territorio. Destinada su pluma a rastrear en
los despojos del tiempo y los humanos el grado de cultura a que ascendió aquella Nación famosa, que sin los auxilios
del Egipcio, el Fenicio o ni el Griego supo establecer leyes sabias, y sobresalir bajo de ciertos aspectos en las Artes y
las Ciencias; parece indispensable examine el suelo sobre que yacen las ruinas [.. .dado que] las calidades de las
Regiones influyen en los espíritus que las pueblan, sin el conocimiento físico del Perú jamás podrían bosquejarse las
eminentes ventajas de sus pasados, o presentes moradores.42

La observación de Unanue está fijada en la tierra y sus habitantes de manera similar a la de Peralta que
se fijaba en la España antigua, ya que la tierra revela las 4 calidades” del territorio, y éstas deben de ser
interpretadas por el historiador como “ventajas eminentes” que “influyen” en sus habitantes pasados y
presentes. No hay nada “científico” u observable allí, ya que Peralta pudo hacer lo mismo con una tierra
distante a través de los textos eruditos de otros. Pero la poética de la visión ilustrada de Unanue penetra
aún más profundamente hacia una “Naturaleza” sublime anterior a los monumentos y los hombres. Esta
visión primigenia y geológica encuentra en la Naturaleza el nombre propio del Perú. En efecto, al dar un
nombre a la tierra natural más allá del tiempo, Unanue encuentra la veta del oro, ya que el subsuelo rico
e inagotable es la fundación mito poética sobre la que se erigen todos los “mapas nacionales”, “museos
nacionales” y “monumentos nacionales”. Tras Unanue, el Perú se transforma en un país eterno o fuera del
“tiempo”, el suelo sobre el que debe sostenerse la “historia peruana”.

En el instante en que nombramos al Perú, empiezan a desaparecer de nuestra vista sus Pueblos y Ciudades, y se
aniquilan hasta los soberbios chapiteles de la opulenta Lima [...] Penetrando los oscuros siglos que ya dejaron de
existir, en busca de los fragmentos de los edificios de los Incas para contemplar la historia de sus Monumentos;
hemos venido a parar en aquellos días en que la huella humana no había surcado aun las arenas de esta Región
afortunada, ni el brazo labrador sus fértiles campiñas. Solo aparece la Naturaleza, rodeada de un silencio
misterioso.43

Unanue presenta entonces descripciones científicas y emotivas de la gran diversidad de las regiones
peruanas, argumentando que el Perú posee en su seno climas africanos, asiáticos y europeos, y se
encuentra entre las tierras más bendecidas y universales del mundo. En efecto, el tema de la diversidad
climática o ecológica y la plenitud (gradientes altítudinales ecuatoriales) se convertirán en marca
registrada del pensamiento histórico y antropológico del Perú (identificado hoy en día con John Murra), y
aunque este tema ya había sido desarrollado con anterioridad por los historiadores españoles Acosta y
Herrera, Unanue es fundacional en tanto su mirada es científica, sus análisis exactos, y su nombre
“peruano”.
En Observaciones sobre el clima de Lima y sus influencias en los seres organizados, en especial el
hombre, publicado por primera vez en 1805, Unanue satiriza las teorías europeas sobre estética,
clasificación de razas, color de piel y un determinismo climático o medioambiental ignorante y
provinciano. Esbozando una historia mundial alternativa del “ingenio”, Unanue elabora una ingeniosa
teoría “fisiológica” de la percepción basada, irónica pero sorpresivamente, en teorías europeas (sobre
todo en Leibniz y Montesquieu). Para Unanue, las capacidades especiales de percepción características
de los nativos de la América circumecuatorial, hipersensibles y faltos de voluntad, tenían como efecto
positivo paradójico el aguzar la imaginación, por el hecho fisiológico de que las imágenes de los objetos
llegaban con más velocidad y fuerza a imprimirse en el hiperactivo sistema nervioso de los hombres que
han nacido bajo “la influencia” del clima ecuatorial. Más precisamente, la crítica de Unanue del
historicismo colonialista y las certezas raciales del noroeste europeo, combinados con su teoría tropical
de la hiperpercepción, tenían claras implicaciones en el reciente revuelo de especulaciones históricas
rodeando los orígenes de Manco Cápac.
Juzgando las afirmaciones del Inca Garcilaso de la Vega como fantásticas, eruditos prestigiosos del
noroeste europeo como William Robertson, Guillaume Raynal y Alexander von Humboldt especularon que
quizá Manco Cápac no hubiese sido “peruano” en absoluto. Como hemos visto, Ulloa había respondido a
estas afirmaciones arriesgando que Manco Cápac debía de haber sido el “príncipe” de una pequeña
“nación” cercana a Cuzco, pero la lógica de su explicación era dinástica. En el discurso histórico clásico,
recuperado por historiadores del Renacimiento y del Neoclásico como el Inca Garcilaso y Peralta
Barnuevo, todas las “civilizaciones” y “naciones” tenían un origen, y por ende sus fundadores, incluso si
estos eran “míticos” o “fantásticos”. Los nombres de los antiguos fundadores se derivaban por lo general
de mitologías y leyendas sobre “orígenes nacionales”, quedando sujetos a un análisis histórico y
“poético”. Un brillante contemporáneo de Peralta Barnuevo, el napolitano Giambattista Vico (1668-1744),
aparentemente desconocido de aquel aunque por un tiempo vasallo también del “Imperio Español” (por
intermedio del reino de Aragón), argumentó en su Nueva ciencia que las “naciones” europeas u
occidentales casi siempre habían sido fundadas por “héroes hercúleos”. Más aún, estos héroes
gigantescos no eran necesariamente “hijos de la tierra”, es decir, hombres de la nobleza local que, como
nos explica Vico, responden al significado original del término “indígenas”. Como sostenía Peralta en su
historia de España, “Hércules de Egipto” había fundado “Hispania” o “España” en tiempos antiguos,
sentado las bases para la coronación de su primer rey nativo, apropiadamente llamado “Hispano”. La
lectura “crítica” que hace Vico sobre la “poética” de los antiguos anales sugería que las “naciones”
asiáticas o del este eran frecuentemente fundadas no por héroes hercúleos, sino por sabios
“zoroastrianos”. Entonces, por analogía, la historia clásica planteaba evidentes interrogantes derivados
de sus formulaciones fundacionales Este-Oeste, y estos interrogantes parecían haber sido planteados por
los historiadores peruanos: ¿Qué tipo de fundador había tenido la “nación peruana”? ¿Se trataba de un
héroe occidental o de un sabio oriental? ¿O quizás ambos? ¿Había nacido en “el Perú” o se trataba de un
viajero de otra tierra? Y si era extranjero, ¿de qué “civilización madre” provenía?
Influido por los eruditos orientalistas alemanes e ingleses del siglo XVIII, Humboldt, el prestigioso
contemporáneo de Unanue, especulaba con que Manco Cápac y el lenguaje Quechua fuesen de origen
oriental. Humboldt insinuó que Manco Cápac había traído las “leyes asiáticas” al Perú: benignas, bien
adaptadas, pero despóticas. El barón destacó sus tesis orientalistas sobre los orígenes de los incas en este
famoso pasaje:

Hombres barbudos y de tez más clara que la de los nativos de Anáhuac, de Cundinamarca o del altiplano de Cuzco,
hicieron su aparición sin nada que indicase su lugar de nacimiento. Presentando su rango de sumos sacerdotes, de
legisladores, de amigos de la paz y de las artes, que florecían bajo sus auspicios, provocaron un cambio repentino en
la política de las naciones, que saludaron su llegada con veneración. Los sagrados nombres de estos seres misteriosos
eran Quetzalcóatl, Bochica y Manco Cápac... La historia de estos legisladores, que he intentado develar en este
trabajo, está repleta de milagros, ficciones religiosas y todos aquellos personajes que implican un significado
alegórico. Algunos estudiosos han pretendido descubrir que aquellos extraños eran náufragos europeos... pero una
simple reflexión respecto del periodo de las migraciones toltecas, de las instituciones religiosas, de los símbolos de
culto, del calendario, y la forma de los monumentos de Cholula, Sagamozo y Cuzco, nos llevan a concluir que no fue
en el norte de Europa donde fraguaron sus leyes Quetzal coa ti, Bochica y Manco Cápac. Todas las consideraciones
nos llevan hacia el este de Asia, hacia aquellas naciones en contacto con los habitantes del Tibet, con los tártaros
chamánicos y con los ainus barbudos de las islas de Yezo y Sajalín.44

Cañizares-Esguerra sugiere acertadamente que las hipótesis orientalistas del prusiano sobre el origen
de los incas implicaron un desarrollo positivo en el discurso histórico americanista, no tanto por romper
con la tradición renacentista de comparar a incas y aztecas con los romanos y los griegos,45 sino porque
constituían una crítica antropológica a las visiones despectivas de historiadores europeos altamente
influyentes como Raynal, Robertson o De Pauw, los cuales consideraban a las diferentes culturas y climas
americanos como inferiores a los europeos en prácticamente todos los aspectos. El influyente Raynal
opinaba que Manco Cápac y Mama Ocllo eran “más blancos que los nativos” y que probablemente fuesen
“descendientes de navegantes de Europa o las Islas Canarias, arrojados por una tormenta a las costas del
Brasil”.46 En una palabra, los incas, al igual que los criollos, eran blancos degenerados que reinaban
sobre los primitivos nativos. Sin embargo, vista como derivada de las grandes civilizaciones del antiguo
Oriente, la civilización americana quizás tuviese una consideración más favorable. Aunque constataremos
que en el siglo XIX, los criollos peruanos criticarán e incluso despreciarán la teoría orientalista de
Humboldt de la interpretación de los orígenes de la civilización americana.47 Unanue fue el primero.
Aunque ambos se conocieron brevemente en Lima, Unanue no compartió la visión de Humboldt sobre
la cuestión de los orígenes. Manco Cápac era “peruano” por razones que tenían que ver con la influencia
del clima ecuatorial en el sistema nervioso de los seres humanos.

A los que nacen en este Nuevo-Mundo ha tocado el privilegio de ejercer con superioridad la imaginación, y descubrir
cuanto depende de la comparación. Yo por imaginación no entiendo aquellas fuertes y tumultuosas impresiones
excitadas sobre nuestros órganos por objetos análogos, u opuestos a nuestras pasiones, y en los que grabadas
profundamente recurren perpetua e involuntariamente, casi forzándonos a obrar como a los brutos, sin deliberación,
ni reflexión. Enriendo el poder de percibir con rapidez las imágenes de los objetos, sus relaciones y cualidades, de
donde nace la facilidad de compararlos, y exprimirlos con energía. Por este medio se iluminan nuestros pensamientos,
las sensaciones de engrandecen, y se pintan con vigor los sentimientos. De aquí esta elocuencia asombrosa con que
suelen explicarse los salvajes de América: las comparaciones naturales, pero fuertes de sus discursos, y la viveza en
sus sentimientos. Después que hemos oído algunas de las arengas de los guerreros de Arauco, estamos persuadidos
que Colocolo no fue menos digno del razonamiento de Ercilla, que Néstor del de Homero... De aquella misma preciosa
fuente nace la destreza y pericia en la escultura y pintura, sin mas enseñanza que su genio. En este modo de expresar
nuestras imágenes e ideas, hay en México, Quito, y el Cuzco una multitud de artistas capaces de competir con los más
provectos de Europa, y también de superarlos, si tuvieran la instrucción que estos reciben. Aquí en Lima, en el
Colegio del Príncipe, suelen verse muchachos indios aprendiendo a leer, que con un lápiz copian las estampas de
Klauver tan perfectamente, que es difícil descubrir un rasgo de diferencia. Me persuado que la imaginación, este
precioso don de la naturaleza difundido en América, brilla en especial en los lugares circunvecinos al Ecuador. Pocos
legisladores ha habido, dice un escritor que pudiesen como Manco-Cápac percibir las inclinaciones de sus vasallos,
compararlas con sus necesidades, y convertirlas en su propio provecho, por constituciones llenas de sagacidad y
benevolencia.48

La ley de Manco Cápac no era sin embargo una extensión del despotismo oriental, sino el producto de
la aguda imaginación y la razón comparativa de un “legislador” nativo. Más aún, Oriente y África del
Norte, y no Grecia, fueron los orígenes de la belleza y la civilización occidentales, y estos dones culturales
habían llegado al Perú por intermedio de España.

LA DEFENSA REPUBLICANA DE LA ANTIGUA “CIVILIZACIÓN PERUANA”

La defensa patriótica y criollista de Unanue y su sutil crítica a las tesis orientalistas y occidentalistas
europeas sobre los orígenes de los incas encontrarán un eco resonante en el Perú republicano y
poscolonial. Como ha demostrado Cañizares-Esguerra para la Hispanoamérica del siglo XVIII, los grandes
monumentos ofrecían a los estudiosos de la antigüedad americana un terreno firme de crítica sobre el
cual defender a la “civilización americana”, y así atacar las visiones con frecuencia desdeñosas de
historiadores filosóficos europeos como Amedée François Frezier, Raynal y Robertson, cada uno de los
cuales negaba o menospreciaba la existencia de estructuras arquitecturales significativas, es decir, restos
de alguna civilización desarrollada en el antiguo Perú.49 Sin embargo, era inevitable que la nueva crítica
arqueológica y naturalista también se dirigiese contra “nuestro” Inca Garcilaso de la Vega.50 Para Rivero,
Lorente y otros eruditos de su generación posterior a la colonia, el Inca Garcilaso no había sido lo
suficientemente severo. Retomando la opinión del explorador francés del siglo XVIII Charles-Marie de la
Condamine, Rivero señalaba que el Inca Garcilaso se había dejado llevar demasiado seguido por un
cegador y excesivo “amor patrio”.51 Los cronistas españoles podían ser incluso peores, por lo que una
ofensiva confusión o conflicto de intereses contaminaba al “observador” moderno. El “examen crítico” de
monumentos, artefactos y restos óseos, las investigaciones lingüísticas y la relectura crítica de las
crónicas podrían eventualmente enderezar las cosas.52
Así, en el siglo XIX, la región del lago Titicaca, y más precisamente Tiahuanaco y su Puerta del Sol, se
convirtieron en la Meca de los Andes para los sabios viajeros, románticos y científicos en busca de los
orígenes de la “civilización peruana” y su fundador mítico, Manco Cápac. Los había guiado hacia allí el
libro de la época de la conquista Crónica del Perú (1575), de Pedro Cieza de León. En Vue des Cordillères,
Humboldt proponía al visitante avisado “recorrer los bordes del lago Titicaca, en el distrito del Callao, y
los altiplanos de Tiahuanaco, teatro de la antigua civilización americana”,53 para verificar la crónica de
Cieza. Leonce Angrand, Alcide d’Orbigny, Jacob von Tschudi y Ephraim George Squier se cuentan entre
aquellos que respondieron al reto de Humboldt. Cada uno de estos exploradores publicó relatos de viaje o
informes científicos, con dibujos de las ruinas. Squier parece haber sido el primero en sacar fotografías,
que sirvieron de base a los dibujos de la Puerta del Sol que figuran en su Peru: Incidents of Travel and
Exploration in the Land of the Incas (1877) (Ilustración 3). La fotografía de Squier registra el “ojo
imperial” de la “vanguardia capitalista” durante los más escépticos finales del siglo XIX, cuando los
generosos frontispicios como los de Rivero y Tschudi estaban fuera de moda.54 La Puerta del Sol de
Squier lleva también la marca del discurso colonial en la figura del indígena encorvado a la base de la
“Gran Puerta Monolítica”. Este tipo de discurso difiere sin embargo del inscrito por Rivero en su
“generoso” arco republicano. En este caso, el indígena ya no viene a representar a “nuestros” incas, sino
que está configurado como un sigiloso “espía de nuestros actos” que protege los artefactos contra el robo
de anticuarios extranjeros como Squier, pero cuya presencia también “autentifica” la experiencia de
Squier en tanto viajero en un mundo exótico. Aquel indígena no es una fuente de información etnográfica,
sino el signo de las tradiciones coloniales de revueltas indígenas (la insurrección de Tupac Amaru), y
representa al campesino supersticioso que obstaculiza la acumulación de las colecciones de los
anticuarios.55 Squier había sido un estudiante ambicioso del historiador yanqui William Prescott, y fue el
autor de importantes libros sobre los túmulos indígenas del Misisipi y sobre antigüedades nicaragüenses.
Para Squier, Tiahuanaco era nada menos que “la Baalbek del Nuevo Mundo”.56 Claro que Baalbek era
fenicia, lo que sugería orígenes extranjeros y preincaicos.

Muchos eruditos sospecharon que Tiahuanaco había sido el centro de una civilización preincaica muy
antigua, que quizás estuviese en el origen del nacimiento de la dinastía inca y su culto del sol. La Puerta
del Sol misma fue considerada como un antiguo monumento de este culto, ya que tenía inscripciones que
representaban lo que parecía ser una deidad solar con bastones de serpientes en cada mano y flanqueada
por dos figuras en forma de cóndor. El trabajo en la piedra era monumental y en más de un sentido
superior a la manipostería de los incas en Cuzco. Tumbas cercanas contenían algunos restos funerarios,
que en parte fueron excavados y examinados. Otorgándole confirmación dinástica a una sospecha
arqueológica, el Inca Garcilaso había argumentado que los testimonios nativos de la nobleza local
indicaban que Manco Cápac provenía de estas regiones. ¿Pero eran verificables las afirmaciones del Inca
Garcilaso? Prestigiosos viajeros filósofos, científicos naturalistas e historiadores, como Walter Raleigh,
Raynal, Humboldt, John Ranking, Prescott o d’Orbigny, todos habían cuestionado las credenciales
“peruanas” de Manco Cápac.
Para el muy influyente William Prescott, Manco Cápac fue simplemente “el producto de la imaginación
vana de los monarcas peruanos”. Prescott había señalado que no le interesaban los orígenes de esta “raza
superior”, puesto que aquello era asunto de “anticuarios especuladores”, y no de verdaderos
historiadores. Aunque el historiador yanqui nunca visitó Cuzco, y de haberlo hecho no lo hubiese visto
(era ciego), Prescott no pudo evitar especular respecto de que los vestigios de Sacsahuamán y Cuzco eran
una prueba material del “despotismo de los incas”. Al final, sin embargo, para el historiador yanqui los
orígenes incas deben encontrarse en “una tierra de oscuridad más allá del dominio de la historia”.57 No
obstante, los lectores de Prescott en el Perú republicano tomaron muy en serio a esta “tierra de
oscuridad”. Esa tierra caía dentro del campo óptico de la historia nacional, y sin duda fue indispensable
para su elaboración definitiva. Por eso Lorente escribe, muy republicanamente, en una aparente
referencia a Prescott:

pudiera inferirse de todo esto que los antiguos tiempos del Perú en parte tenebrosos y en parte fabulosos están fuera
del dominio de la historia. Más aún entre las nubes de la primera época, cuando la tradición enmudece, y los quipos
no existen, se vislumbra la civilización primitiva en las tumbas, en las ruinas y en el suelo; y la cultura de los Incas,
que se revela por todos estos medios, pudo ser también contemplada por el observador europeo, cuando estaba en
todo su vigor y aun puede estudiarse en los monumentos esparcidos por todo el país, y en las costumbres que
dominan la vida de los indios; el idioma mismo hace revelaciones importantes sobre toda la antigüedad. No podemos
por lo tanto renunciar a una historia tan instructiva como interesante que presenta al Perú bello, rico y grande en el
tiempo como lo es en el espacio; ni mirar con desdén altas glorias, origen de la prosperidad actual y garantía de la
grandeza futura; como nunca se han mirado con indiferencia los primeros tiempos de Grecia y de Roma que la
imaginación pobló de fábulas, y en que la historia apenas puede desprenderse de las tinieblas. Por eso, si bien
presentida mas conocida la grandeza del Perú, y perdida hasta ayer su existencia en la de la metrópoli, 110 había ni
los vivos deseos ni la conciencia clara, que multiplican las historias de las grandes naciones independientes.38

En total oposición al desdén positivista de Prescott para los orígenes “oscuros”, el Manco Cápac de
Lorente llevaba la luz brillante del “espíritu nacional”. El relato de Lorente difiere sin embargo también
de la historia del Inca Garcilaso, donde Manco Cápac es el héroe-rey sin precedentes que funda la
civilización peruana. En la historia republicana e “independiente” de Lorente, Manco Cápac no es
dinástico, sino un “reformador” iluminado e imbuido con el espíritu nacional.59 Esta visión ingeniosa y
revisionista de Manco Cápac se inspiraba en la “epistemología patriótica” criolla de Unanue.60 Formado
en la medicina moderna, Lorente no compartía la teoría de Unanue sobre la imaginación sensorial
tropical, aunque su argumento de que Manco Cápac debe de haber sido peruano está inspirado en una
aprehensión y una identificación con el “espíritu nacional”. La visión histórica de Lorente era también
menos melancólica que la de Rivero. La posición de Lorente sobre la identidad de Manco Cápac estaba
clara:

El origen de Manco [Cápac] no será dudoso para el que con animo imparcial interrogue la historia. El hombre que tan
perfectamente conocía los lugares, y las personas, que tan penetrado estaba del espíritu nacional, y que con tal
sabiduría amalgamó los elementos de la civilización anterior, nació sin duda en el Perú. Su obra lleva el sello de la
raza nacional, y el del país; es la expresión de su época, tal como la podía comprender un hombre de genio.61

Para sostener su lectura de Manco Cápac, Lorente recurrió, al igual que lo habían hecho los criollos del
siglo XVIII, a formas de memoria nativas no literarias y al testimonio oral inca registrado en los primeros
informes españoles. Lorente no trata estas referencias como simples “fábulas”, sino como evidencia
cultural. De esta manera, “la nacionalidad de Manco [Cápac], que se deduce de razones tan concluyentes,
y que hasta cierto punto se revela en todas las tradiciones, se prueba también por testimonios directos.
Los quipocamayos de Pacaritambo, donde principió según todas las apariencias la misión del primer Inca,
le suponían engendrado allí por un rayo del sol”. Aunque para Lorente, Manco Cápac no era un monarca
sino “solo un reformador de instituciones”, este hecho no reduce su gloria. En realidad, la grandeza de
Manco Cápac reside en el “ingenio” y “espíritu comunal” de la primitiva civilización peruana antes de los
Incas. “Porque Manco halló al Perú preparado para recibir sus benéficas instituciones [...] no perderá
nada su merecido renombre [...] Nadie podrá disputarle la incomparable gloria de los grandes
bienhechores de la humanidad, y la de los grandes legisladores [...] la gloria sobre todo de haber
asegurado para siempre la unidad del Perú, base de su futura grandeza”.62
La descripción que hace Lorente de Manco Cápac como un “reformador” y unificador ilustrado más que
como el fundador de una dinastía o un rey inca vino a abonar el suelo arado por Unanue. Los Incas del
Libro de los Reyes encontraron en su historia una antigua tumba nacional, una buena muerte ceremonial
en la sucesión republicana. La “civilización peruana” ya no era la invención de algún monarca, sino la
larga historia de la más elevada y natural expresión del alma y del “espíritu nacional” del pueblo peruano,
construyendo una civilización en su tierra de origen, restaurándola en el territorio de los incas luego de la
conquista española, añadiendo nuevos elementos para de ese modo entrar en la modernidad sin tener que
pasar a través del lamentable feudalismo de la “Edad Media” europea. Aunque la “clara idea de la
Nación” se encontraba oscurecida por el imperio extranjero, su “nombre primitivo” no había sido borrado
por la conquista. El germen providencial de “la nueva nación” fue sembrada en la “riqueza imperecedera
del país” y en la “cultura de los incas”. El nombre de la civilización peruana se mantuvo a través de todos
estos cambios, como las “monadas” neoplatónicas de Leibniz. La arquitectura patriótica de la historia
republicana ahora se elevaba sobre el majestuoso edificio del Libro de los Reyes, y era el deber histórico
de Lorente elaborarla como una genealogía conmovedora de la civilización nacional. En el cincuenta
aniversario de la independencia del Perú, Lorente publicaría diversas crónicas “para el uso de los colegios
y las personas ilustradas”, y en una de ellas escribiría que ahora, al igual que en el pasado, “la grandeza
tradicional, el suelo privilegiado, las reformas emprendidas y el espíritu nacional, solícito y capaz de la
mayor cultura anuncian siempre a la república un glorioso porvenir”.63

ILUMINAR EL PORVENIR ANTIGUO: LA GRAN TAREA HISTORICISTA DE LORENTE

La tarea de Lorente sería la de iluminar los rincones oscuros de la historia nacional con una luz filosófica
y con una pluma viva y amena, formando así una visión “armoniosa” de la totalidad de la historia de la
civilización peruana a fin de promover la realización republicana de su antiguo destino: la perfecta
armonía social y espiritual del hombre. El hecho literario es que esta “armonía” descansaba sobre la
repetición del nombre propio “peruano” en todas las esferas y tiempos de la historia. En la introducción a
su Historia Antigua del Perú (1860), Lorente explicó:

decidido yo a escribir la historia del Perú que ha llegado a ser mi estudio constante por muchos años, no he podido
desconocer el interés de tan importante periodo; olvidado el cual la civilización nacional habría sido para mí un
enigma indescifrable, por no haberla tomado desde sus primeros orígenes. Deseando abrazar la vida del Perú en su
evolución progresiva; darme razón de los hechos, ligándolos a sus causas y a sus consecuencias, y presentar a los
demás una idea clara del conjunto, una imagen viva de los grandes sucesos, y una enseñanza práctica; claro es que no
podía comprender la situación de la república sin haber estudiado la época colonial, el coloniaje sin el estudio de la
conquista, la conquista echando en olvido el imperio de los incas, y el imperio, si desconocía la cultura primitiva.64

Y luego añade:

Como deseo que el Perú sea mejor conocido para que con este conocimiento sea más apreciado de propios y extraños,
y para que el sentimiento de la patria y la idea de nacionalidad, corazón e inteligencia de los pueblos, se fortifiquen y
esclarezcan con el espectáculo de una existencia continuada con bienestar y gloria por muchos siglos; me propongo
escribir la historia antigua del Perú con la menor imperfección que me permitan mi corto talento y la oscuridad que
rodea aquel periodo [...] Por lo demás yo no necesito probar que desearía hablar a la imaginación, al corazón y al
espíritu, unir el arte de la exposición a la ciencia de los hechos y a la inteligencia filosófica de la civilización, y
acercarme en lo posible al ideal de la historia tal como hoy se concibe y como la han escrito los grandes maestros.65

El deseo de desenmarañar el enigma del Perú y ofrecer sus “lecciones prácticas” lleva entonces a
Lorente a una investigación cada vez más profunda del “desarrollo nacional”. Esta búsqueda a través de
los tiempos trajo a la vista los “elementos permanentes y armoniosos” de la civilización peruana. Estos
elementos forman la estructura narrativa de su historia, creando un efecto de mimesis entre “las cosas” o
hechos descritos y “las palabras” o el relato. Descansa en este efecto literario “la verdad” de la historia
peruana. La profundidad y la longevidad de la historia genealógica o mimética de la civilización peruana
de Lorente descansarán precisamente en su armonía poética, en el sonido común o resonancia verídica
entre “el Perú” (la patria, el país, el sujeto madre y soberano) y “los peruanos” (el pueblo sujeto y
soberano). En efecto, para Lorente la tarea del historiador era conseguir este efecto mimético en el relato
como una “forma de verdad”. Así, Lorente insiste en que “lo que el historiador de la cultura peruana no
debe perder nunca de vista es la armonía entre todos los elementos civilizadores; el todo orgánico, que
constituye la civilización, ha de reaparecer distintamente en el conjunto armonioso de su historia
escrita.”66 Esta “armonía” sigue reapareciendo hoy en todas partes, formando ya el sentido común de los
peruanos.
Historia de la civilización peruana (1879) fue el logro máximo de Lorente. Hoy completamente
olvidada, esta concisa historia cristaliza su obra y anticipa muchas de las principales preocupaciones del
pensamiento social peruano del siglo XX. La tesis del libro es que el elemento permanente de la
civilización peruana antigua y moderna es un “espíritu comunal” constante, aunque flexible y por lo tanto
reformable. Esta Volksgeist andina es anterior y más duradera que el Estado inca. Orquestado por el
“reformador” Manco Cápac a gran escala y sin violencia, y consolidado por los monarcas incas que
centralizaron su ley, el “espíritu comunal” del Perú había conseguido lo que sólo la Esparta antigua había
logrado (aunque en una escala mucho más pequeña), y que los comunistas nunca pudieron reproducir, ya
que, a ojos de Lorente, el comunismo a gran escala había sido relegado por la historia al rol marginal de
una “utopía peligrosa”.67 En el Perú antiguo, sin embargo, aquella cosa no era utópica sino real, puesto
que lograba un equilibrio entre “el espíritu de Oriente” y “el espíritu de Occidente”. Era precisamente el
“espíritu comunal” y la arquitectura comunista de base del Estado inca lo que distinguía a la antigua
civilización peruana de los estados orientales “más despóticos” y del extinto ejemplo de Esparta.
¿Por qué esta singular estructura estatal basada en el “espíritu comunal” no consiguió perpetuarse en
el Perú? “El socialismo en la escala más vasta [...] no podía durar, porque contrariando los más poderosos
sentimientos de libertad, propiedad y familia debía debilitarse y corromperse a medida que se extendiera,
y de continuo estuvo expuesto a una destrucción súbita, porque la jerarquía social dejaba el destino de
todos pendiente de una sola cabeza”.68 El problema era que “los intereses de la Patria se confundían con
los de la autoridad”.69 Su extensión excesiva y su estructura monárquica demasiado centralizada
condenaron al socialismo inca al basurero de la historia. El “espíritu comunal” de Lorente debía entonces
distinguirse de la “monarquía” de los incas. Aquí Lorente se aparta de Humboldt y Prescott, asignando a
los peruanos un “espíritu” más profundo y generoso, uno que no sea “un obstáculo” para el progreso. Es
anterior, más autóctono y más duradero que el reinado centralizador de los incas o las dinastías
españolas.
En síntesis, las comunidades locales eran los cimientos sobre los cuales se construía el Estado en todas
las épocas de la historia del Perú. Es por ello que las comunidades del Perú sobrevivieron a la caída de la
dinastía inca, y sin duda más allá de la derrota de la dinastía española en manos de las fuerzas patrióticas
que fundaron la República.70 Aun así, las comunidades, en su forma tradicional, no podían ser las bases
de la nueva nación del Perú contemporáneo. Esto se debía a la extendida red de parentesco que
estructuraba internamente las comunidades, y que “violentaba el corazón humano”. Los “sentimientos
comunistas” basados en el parentesco de las comunidades inhibían el desarrollo de la “intimidad” en la
familia, la igualdad de sexos, haciendo imposible la “deliciosa abnegación” en el espacio cívico. Puesto
que la familia nuclear o monogámica era la base fraternal de una nación bien construida, la familia
extendida o la estructura de parentesco en la comunidad o ayllu representaban un obstáculo a la
completa realización de la fraternidad y la libertad.71 Sin embargo, esta estructura basada en el
parentesco no era lo único en juego en el “espíritu comunal” del Perú. Algunos aspectos positivos de ese
espíritu sobrevivirían para servir de ladrillos en la construcción de la futura nación democrática. Lorente
había observado ese productivo “espíritu comunal” en el Valle del Mantaro en la década de 1850, y pudo
comprender de primera mano tanto sus límites como su gran potencialidad para transformarse en
verdaderas prácticas republicanas.

LA HISTORIA “BAJO...” O EL NOMBRE DEL PROGRESO

Lorente argumentaba que la “civilización peruana” presentaba una historia singular de “desarrollo
nacional” que apuntaba hacia un destino providencial o universal: la plena libertad del hombre. “Bajo” las
dinastías inca, austríaca y borbónica, el Perú abrigaba un antiguo “espíritu comunal” que podía servir de
guía hacia el porvenir. En efecto, la historia republicana de Lorente desbancaba sutilmente al sujeto real-
aristocrático de la historia imperial o del “Libro de los Reyes”. Lo que distingue a la filosofía republicana
de la historia de Lorente, por ejemplo, de la “epistemología patriótica” de los historiadores criollos del
siglo XVIII es la centralidad del sujeto invariable “civilización peruana” bajo tal o cual dinastía. Cañizares-
Esguerra señala que, de acuerdo con las normas renacentistas y barrocas de la evidencia, el discurso
histórico criollo de la “epistemología patriótica” casi siempre privilegiaba las informaciones provenientes
de la aristocracia nativa, desautorizando con facilidad las opiniones del vulgo. Como resultado de ello, la
epistemología patriótica colonial, a pesar de su patriotismo americano, seguía debatiéndose en las
estructuras de la historia dinástica imperial. En una palabra, Lorente construye la primera historia del
Perú “desde abajo”, o más precisamente, “bajo las dinastías”. Porque lo que atrajo la imaginación
histórica republicana de Lorente fue la “civilización primitiva” en su “movimiento general”. En ese
movimiento, los monarcas podían ser los instrumentos de la unidad y el orden, así como los elementos
organizadores de la narración histórica. En la larga evolución o progreso “genético” de la civilización del
pueblo, las dinastías “ultramarinas” de los Borbones o los Habsburgo eran figuras impuestas pero
finalmente pasajeras; ellas afianzaban o estorbaban el movimiento de la civilización, pero no eran su
“alma” perdurable y luminosa.
¿Cuál era la historia de la civilización peruana “bajo” las dinastías ultramarinas y cómo escribirla? La
“historia antigua” del Perú se había encontrado de repente con la “vanguardia de Europa”. El resultado
universal del acontecimiento de la conquista, destructivo pero finalmente creador, fue el nacimiento de la
era moderna. En el Perú, la “Historia Moderna” estuvo marcada por una “sujeción colonial” que “hacía
perder el sentimiento de la existencia nacional. Colocado el poder central al otro lado de los mares no era
dado a la nación tener la idea clara de sus necesidades, ni de sus recursos”. Por otro, “la Providencia [...]
jamás borra unos nombres del libro de la vida, sino para escribir otros”.72 Aunque la “idea clara de la
Nación” se encontraba opacada, aquello no significaba que su “nombre primitivo” había sido borrado. El
palimpsesto histórico de la Providencia se aseguraría de ello, porque “al desaparecer el Imperio de los
Incas hacía germinar las semillas de una nueva nación”. En efecto, “los mismos principios que habían
dado origen a la conquista, debían producir la independencia de la colonia”, ya que “ninguna fuerza de la
tierra era bastante [par] a ahogar los gérmenes de progreso: la cultura de los Incas, el cristianismo y la
influencia española, quedaron en el Perú junto con la grandeza imperecedera del país para reparar los
estragos que siguieron a la caída del Imperio” incaico.73 No sólo había “progreso” en el Perú colonial
moderno: “el Virreinato daba a los Peruanos una influencia más extensa y más gloriosa que la dominación
de los Incas, y bajo las apariencias uniformes de la inmovilidad ocultaba un progreso variado”.74 La Lima
virreinal, centro del poder peruano colonial, “contribuyó [...] a formar las nuevas sociedades, con las que
la emancipación había de establecer siete Repúblicas hispano-americanas y uno de los estados de la
federación colombiana”.75 En el fondo, el nombre primitivo de la civilización peruana seguía vivo como la
mónada neoplatónica de Leibniz, cuya obra filosófica junto con la de Kant, ejerció una gran influencia en
Lorente. Para Lorente, entonces, el “progreso” no es una fuerza foránea importada de la Europa moderna
sino la renovación histórica del “nombre primitivo” del Perú en “la nueva nación” peruana germinada por
la cultura virreinal tras la conquista. El lenguaje del “progreso” de Lorente es historicista en el sentido de
Leibniz y Herder descrito por Friedrich Meinecke: una fuerza de autocrecimiento y renovación
filogenético que se extiende al reino espiritual, donde el “progreso” está grabado en un “germen” o
“nombre” preformado.76
Al igual que sus contemporáneos Jules Michelet y Leopoldo von Ranke, y como ellos inspirado en la
filosofía y lenguaje de Vico y Herder, a Lorente le repugna el “espíritu sistemático” de la Iluminación
francesa a la Voltaire, con su escepticismo destructor y su alienante ironía, pero está dispuesto a utilizar
algunos de sus probados instrumentos metodológicos.77 La historia de las civilizaciones debía estar
basada en sólidas evidencias, pero debía también ser amena, concisa y brillante como la carrera de la
humanidad misma y puesta a su servicio. “Bástale para sus altos fines, que los hechos estén
perfectamente determinados y atribuidos a sus verdaderas causas”.78
Lorente creyó profundamente en el poder luminoso de la narración limpia de los hechos y movimientos
de la historia. La narración histórica debe desembarazarse

de cuanto entorpecería su marcha o la haría menos sencilla y metódica, evita [ndo] las digresiones que tocan en la
anécdota, todo adorno postizo y sobre todo las largas reflexiones. Yo creo que debo sugerirlas al lector, no
trasmitírselas; que los hechos hablen por sí mismos y la historia suministre sus elocuentes enseñanzas con sólo el
auxilio del sentido común, sin pedirlas prestadas a la filosofía, que puesta en lugar de la narración la hace siempre
sospechosa, de un sentido parcial y de aplicaciones más limitadas.79

Así, Lorente se vale de la estrategia narrativa que Hayden White ha identificado como “explicación por
la trama” (explication by emplotmeni) .80 Bajo este régimen literario de la verdad, el historiador hace que
“los hechos hablen por sí mismos”, buscando refugiarse siempre en la lectura o “recepción” desde “el
sentido común”. Asimismo, en toda su obra Lorente siempre evita

el vicio pomposo de las citas de que algunos historiadores recargan sus páginas. Esta intempestiva erudición que
jamás usaron los de primer orden, hace perder de vista el espectáculo de lo que fue por escuchar lo que otros dijeron,
quita al pensamiento propio la unidad de concepción, a la narración el colorido y al estilo su libre movimiento; y
presenta así la realidad que pretendía reproducir más fielmente, sin verdad, sin luz y sin vida. SÍ se pretende con este
sistema fatigoso de citas continuas autorizar el propio testimonio con el de otros historiadores, se olvida sin duda que
semejante pretensión conduciría de ordinario a discusiones interminables, y que en la mayoría de los casos el trabajo
de las citas no quedaría compensado con el crédito que el historiador puede buscar por lo común con medios más
naturales y de éxito más seguro.81

Las técnicas narrativas de la representación realista, en Lorente, emanan de su filosofía de la historia.


No indican falta de erudición o carencia de datos como lo han querido insinuar sus críticos. La narración
histórica no es un simple espejo de todos los hechos sino una “pintura fiel y viva de la realidad” misma, y
por lo tanto legible desde el “sentido común”, porque brota de la lógica real de los hechos cotidianos de
los hombres. Para Lorente, los hechos históricos nunca son “caprichos del acaso” porque

estando sujetas a las leyes físicas y morales las evoluciones de la humanidad por la doble acción de la Providencia y
de la libertad humana, toda exposición desordenada, en que aparezcan los sucesos sin relaciones con el tiempo, con
los lugares, con las personas y con las demás influencias, no será la pintura fiel y viva de la realidad, será la imagen
del caos, el tenebroso reflejo de siglos vacíos o turbulentos, apariencias fugitivas sin significación para el progreso,
las que a lo más podrán alimentar la vana curiosidad, ya que no extravíen el pensamiento.82

La historia escrita no debe ser nunca una “imagen del caos”; el historiador siempre debe buscar la
“verdadera armonía” entre el texto que elabora y la esencia de la realidad retratada. Y como la moderna
“historia de la civilización” es la única que contempla la “armonía entre todos los elementos civilizadores”
de la humanidad es ella la más alta y “verdadera historia”. Así es que “la historia metódica de la
civilización, la verdadera historia presentando los hechos en su unidad viviente y luminosa, merecerá
llamarse según el lenguaje de Cicerón, luz de la verdad y maestra de la vida”.83
Frente a un indigenismo criollo que, durante el periodo inmediatamente posterior a la independencia,
erigió una leyenda negra antiespañola sobre el “coloniaje”, en efecto convirtiéndolo en “un paréntesis
retrógrado y letárgico” en el desarrollo nacional del Perú,84 Lorente defendió una visión filosófica del
desarrollo histórico de la civilización peruana. Tal visión historicista jamás pudo admitir una negación tan
“superficial” y “cínica” en la larga historia de la civilización del pueblo peruano. Era una ley filosófica de
la historia, de orden leibniziana y vicosina, que la Providencia siempre proveía resultados lógicos y
positivos, ya que jamás “borra un nombre del libro de la vida” sin reemplazarlo con otro. Aunque su visión
del periodo colonial es bastante crítica, para Lorente era obvio que había emergido una “nueva
nacionalidad peruana” bajo las influencias de España, por entonces “vanguardia de Europa”, y su
ferviente catolicismo colonial. La nueva nacionalidad de la vieja civilización peruana era “más sólida” de
lo que había sido bajo el “frágil” orden de los incas. El Perú conservó su nombre.
La historia del Perú independiente y republicano de Lorente formaba parte de la historia mundial de la
“edad contemporánea” iniciada por la Revolución francesa. “Desde 1789 hasta nuestros días [...] puede
decirse que nos hallamos en la edad de las revoluciones” en que “se deja sentir más y más la dominación
del gran número; si no todo se hace por el pueblo, se procura manifestar que todo es para el pueblo.”85 A
pesar de las convulsiones políticas en el Perú, la Edad de las Revoluciones se caracterizaba por “el
predominio de la democracia, la solidaridad creciente de los pueblos y el progreso rápido”.86 De hecho,
“la civilización del siglo XIX alcanza una grandeza, a que nada puede compararse en los tiempos antiguos,
ni en los modernos, sin que por eso esté exenta de sufrimientos y de extravíos”.87 Y a pesar de las oleadas
reaccionarias en Europa, el liberalismo popular o republicano, “fundamento de toda revolución
contemporánea”, avanzaba tanto en Europa como en América, y eran evidentes los signos de progreso en
los “Estados despóticos” del África colonial y también en Asia. Lorente señala que en la India hubo
progreso durante el colonialismo británico. “Calcuta y otros grandes centros ostentaban bellos
establecimientos de instrucción y beneficencia. Mas el despotismo de la Compañía de las Indias
Orientales se hacía más y más intolerable”.88 El motín de 1857 frenó los peores abusos de la rapaz
Compañía, pero la rebelión fracasó a causa de divisiones religiosas y del llamado de las castas más
poderosas a volver a la monarquía mogul. En cambio, la reina de Inglaterra prometió reformas
económicas y justicia social.89 Era solo una cuestión de tiempo antes de que la India también obtuviese su
independencia republicana.
Las revoluciones en Hispanoamérica tardaron en llegar, pues hace tiempo que los americanos y sobre
todo los peruanos estaban ya bien preparados por su historia para una vida independiente de la
metrópoli. A diferencia de muchos, en el relato independentista de Lorente no existe ningún “todavía no”
(noch nicht o notyei). En efecto, la grandeza y los recursos de las colonias siempre habían sobrepasado
los de la metrópoli, y “la antigua grandeza de los imperios peruano y mexicano respondía del porvenir de
poderosos estados”. Bajo el dominio colonial “habían ocurrido tentativas de emancipación, a las que solo
faltó la oportunidad para el éxito completo [...] El gobierno español no sabía administrar bien países, que
apenas conocía [...] Además de las absurdas y ruinosas restricciones impuestas al movimiento
civilizador”.90 El Iluminismo hispanoamericano del siglo XVIII (Lorente tiene en mente figuras como
Peralta y Unanue) proveyó de las luces filosóficas para la germinación de la libertad. El éxito de los
Estados Unidos impulsaba a los criollos, al mismo tiempo que la feroz represión de los alzamientos de
esclavos en Haití minaba su resolución. Pero la Revolución francesa, a pesar del Terror, “vino a revelar los
derechos, las conveniencias y las aspiraciones, que condenaban el coloniaje”.91 Apartándose de aquellos
que afirmaban que un Perú recalcitrante había sido arrastrado a la independencia, Lorente argumentaba
que en América del Sur los primeros gritos de independencia se escucharon en el Perú en 1804, con la
conspiración “de Aguilar y Ubalde en el Cuzco”. Más tarde, las incursiones de los británicos en Buenos
Aires fueron rechazadas y allí floreció el patriotismo. Los movimientos independentistas se esparcieron
rápidamente a través del continente en 1808, ya que la guerra que libraba la propia España por su
independencia contra la Francia napoleónica brindó a las colonias el momento oportuno para liberarse. El
golpe militar liberal de 1820 en España puso fin al reinado absolutista de Fernando VII, colaborando con
la causa de la libertad en América.92
En Lima, el ejército libertador de San Martín fue recibido cálidamente: de no haber sido por la simpatía
del general rioplatense hacia la monarquía constitucional, la revolución republicana por la independencia,
activa en Lima, podría haber evitado el derramamiento de sangre. Las dudas de San Martín y las
maniobras del último virrey, La Serna, preparaban la escena para la intervención política y militar,
necesaria y definitiva, de Simón Bolívar, cuyas fuerzas finalmente triunfaron en Ayacucho en 1824.93
Bolívar fue entonces el hombre que se necesitaba, la personificación de la independencia, con “su mirada
de águila, su exterior imperioso y su elocuencia vehemente avasallaban al vulgo; de aspiraciones
sublimes, de vasta inteligencia, y de imaginación volcánica”.94 El Perú y Sudamérica ya tenían un héroe
cultural épico, un fundador brillante de la edad contemporánea de las revoluciones. Sin embargo, en el
Perú y otras repúblicas sudamericanas, el legado más visible de la independencia fue un militarismo
antidemocrático. ¿Pero no era acaso el mismo legado en Europa, donde los generales competían por el
poder con rancios monarcas? Además, no todos los caudillos militares en América se oponían al “interés
nacional”, como sí lo hacían los monarcas imperialistas en Europa, ni tampoco estaban necesariamente
desprovistos “de celo ilustrado por la grandeza y prosperidad de la patria”.95 Un claro ejemplo de ello es
Ramón Castilla en el Perú. Castilla había comandado la Revolución de 1854 que abolió la esclavitud,
liberó a los indígenas de pagar tributos, acabó con la pena de muerte, suprimió el diezmo, amplió el
derecho a voto, estableció una educación liberal y colocó al Perú en el camino de la prosperidad
económica. A pesar del militarismo, la Revolución liberal de la república mantuvo sus promesas y avanzó
hacia delante. La situación del Perú en la década de 1870 es relativamente estable, durante la presidencia
civil de Manuel Pardo, aunque las intrigas reaccionarias y los problemas fiscales presentaban

una situación gravísima, llena de sufrimientos y peligros. No por eso dejan de ser tan incuestionables, como
grandiosos los progresos realizados por el Perú en medio siglo de vida independiente. La grandeza tradicional, el
suelo privilegiado, las reformas emprendidas y el espíritu nacional, solícito y capaz de la mayor cultura, anuncian
siempre a la república un glorioso porvenir.96

En parte podemos atribuir la fe manifiesta de Lorente en la capacidad y el progreso de la República al


periodo en el que éste escribía sus historias. Entre la Revolución de 1854 y la guerra con Chile que
comenzó en 1879, el Perú vivió un crecimiento económico sin precedentes y una relativa estabilidad
política, gracias, principalmente y en palabras de Lorente, a la riqueza “providencial” derivada del
fabuloso recurso natural del guano. Con la derrota de España y el desmantelamiento de su “absurdo”
mercantilismo colonial, el Perú podía ahora aprovechar plenamente el potencial económico y civilizador
de este antiguo “recurso nacional”.97 Montado en las alas del comercio, el fertilizante de excremento de
pájaro rico en nitrógeno llegó al rescate de los campos europeos de papas y maíz, vaciados de nutrientes
y roídos por las plagas: otro don que los antiguos peruanos (y mexicanos) brindaron a la moderna
civilización europea. La sabia administración de Castilla trajo entonces “el periodo más feliz en la historia
del Perú independiente”98 y, a pesar de una serie de intentonas reaccionarias, la presidencia civil de
Manuel Pardo brindó una mayor estabilidad que durante el pasado caudillesco de las primeras décadas de
la República. Sin embargo, la devastadora derrota del Perú y la ocupación chilena durante la Guerra del
Pacífico (1879-1884) terminaron de forma abrupta y violenta la era de Lorente. Su síntesis suprema,
Historia de la civilización peruana, publicada en las vísperas de la invasión chilena, fue su último libro.
Murió en Lima en 1884.

EL FANTASMA DE LA INVENCIÓN, O EL PRESUPUESTO DE LA HISTORIOGRAFÍA


PROFESIONAL

La minúscula cripta de Lorente en el viejo y deteriorado cementerio de Lima es modesta y hace algún
tiempo desatendida. Es la típica cripta de un austero educador republicano, con un simple friso de
mármol con su imagen en perfil, apenas visible tras el vidrio roto. Sea esta cripta una metáfora del
minúsculo espacio para Lorente en el cementerio de la historiografía profesional del siglo XX. La historia
republicana de la civilización peruana de Lorente no fue igualada en el Perú del siglo XIX, debido a su
coherencia tanto filosófica como política, y a su vocación narrativa por una pedagogía popular que, hay
que reconocerlo, lograba plenamente. Pero sus logros han sido callados o minimizados, y su lugar en la
historia de la historia peruana eclipsado por otros. A causa de esta desatención, mi insistencia en el
sentido ejemplar de los escritos de Lorente requiere una explicación de por qué Lorente fue abandonado
por los historiadores profesionales peruanos del siglo XX. Sugiero que la amnesia profesional que rodea a
Lorente revela más bien la presencia fantasmal de su narrativa genealógica o historicista de la nación
peruana. En realidad, su narrativa maestra está hoy en todas partes, y por lo tanto es invisible; forma
tanto el objeto cognitivo de los estudios históricos como la configuración de él como sujeto histórico
colectivo singular, lo que no debe sorprendernos: suele ocurrir que las fundaciones o presupuestos de las
disciplinas les sean invisibles. Este hecho brinda una lección fundamental: las posibles verdades de la
disputada “historiografía nacional” descansan sobre un sentido colectivo mucho más profundo y
consensual, es decir, sobre la base de una serie de verdades, culturalmente “instaladas” por la circulación
cotidiana de un sentido “nacional” de ser y estar en el mundo. Este sentido es tan “total” como el del
nombre mismo de “peruano”, es decir, toca todos los aspectos de “la vida peruana” incluidos, desde
luego, los pasados creados y debatidos por la historiografía profesional.
La mayoría de los historiadores profesionales del siglo XX o han ignorado a Lorente, o han realizado una
lectura superficial de sus trabajos ya que, para muchos de ellos, la obra de Lorente es “superficial” y no
merece mayor atención. Los orígenes de esta visión son, sin embargo, cualquier cosa salvo profesionales:
puede observarse en los rivales contemporáneos de Lorente, quienes desde las columnas de opinión de
los periódicos lanzaban ataques xenófobos contra su persona y sus escritos. Entre los más notables de
estos ataques estaban las diatribas ad hominem de Manuel Atanasio Fuentes (bajo cubierto de
seudónimos).99 Pero aparentemente ese tono despectivo se convirtió en dogma en el Perú académico,
como consecuencia de los juicios sumarios del joven historiador José de la Riva-Agüero y su colega Víctor
Andrés Belaúnde. Riva-Agüero es aún percibido como el “padre de la disciplina académica de la historia”
en el Perú,100 mientras que a Belaúnde suele dársele crédito (y él se lo da a sí mismo también) por haber
iniciado a los lectores peruanos en la sociología moderna (aunque el crédito pertenezca a Carlos Lisson),
y por inventar la idea de peruanidad. Quizá más por error que por acierto, las generaciones siguientes de
historiadores sociales de izquierda parecieron coincidir con estos juicios sumarios, en parte (y sólo en
parte), cabe sospechar, porque pocos se molestaban en leer a Lorente, cuyos libros ya no se imprimían.101
De entre los historiadores más conocidos del siglo XX en Perú, sólo Raúl Porras Barrenechea parece haber
leído a Lorente con suficiente atención para reconocer la gran importancia de su narrativa
totalizadora.102
La cripta de Lorente como símbolo del olvido refleja en parte la del “progreso” y “prosperidad” de la
República misma; luego esos conceptos en manos de los historiadores sociales del siglo XX, se
convertirían en “ficticios”. La devastadora Guerra del Pacífico (1879-1884) desgarró al Perú. Lima fue
ocupada por un comando chileno que utilizó la Biblioteca Nacional para albergar tropas y administrar la
ciudad. Campañas expedicionarias persiguieron a la resistencia peruana a través de las alturas de los
Andes, y para empeorar más las cosas, la guerra civil entre quienes buscaban terminar cuanto antes con
la guerra firmando la paz con Chile (los azules) y quienes veían a la paz como una deshonra para la patria
(los colorados), prolongó el conflicto más allá de la retirada de las tropas chilenas en 1884. Perú perdió
valiosos territorios en su frontera sur con Chile (de Arica a Antofagasta), y también fue obligado a
compensar económicamente al vencedor. Las finanzas del Estado colapsaron cuando los bonistas
extranjeros asumieron la deuda nacional con grandes ganancias y, como resultado de una guerra civil
sangrienta, crecieron las tensiones políticas, étnicas y de clase. Perú volvió al control militar, aunque bajo
el comprometido régimen del héroe patriótico de la resistencia “colorada”, Andrés Avelino Cáceres.
Durante la polvareda de la posguerra, muchos de los intelectuales más notables de Lima lanzaron duras
críticas contra el disuelto orden republicano. La nación era inexistente, exclamaban. La república era una
mera ilusión “formalista”.103
En un interesante ensayo sobre el desarrollo de “los historicismos” peruanos, publicado en la década
de 1970, Pablo Macera —frecuentemente señalado como el fundador de la historia social en el Perú—
descartaba el trabajo de Lorente como meros “textos escolares”.104 Las reflexiones de Alberto Flores
Galindo sobre la historia de la historia peruana del siglo XIX, escritas en la década de 1980, seguían a
Macera en este punto.105 El desdén de Macera se volvió un credo106 principalmente porque él y sus
seguidores (todos historiadores sociales) entendían el pensamiento historicista (y en esto coincidían con
Jorge Basadre) como una tendencia progresista, nacionalista, y colectivista, y para ellos estos elementos
estaban obviamente ausentes antes del siglo XX.107 De hecho, según Basadre la ausencia de un auténtico
pensamiento historicista nacional era una de las principales causas del fracaso del Perú en tanto nación.
Pero Basadre, ignoró casi por completo a Lorente,108 caracterizando sus primeros escritos (Pensamientos
sobre el Perú) en los mismos términos despectivos que Fuentes, caracterizándolos de forma caprichosa
como “un testimonio ligero sobre el país profundo”.109 Lo irónico de esta sentencia es que la muy
influyente obra historicista de Basadre termina reciclando muchos elementos filosóficos y narrativos de
Lorente.110
Al ignorar a Lorente, Basadre y Macera siguen el ejemplo de José de la Riva-Agüero. En su influyente
tesis doctoral, La Historia en el Perú (1910), Riva-Agüero excluye toda discusión seria de la obra de
Lorente. A pesar de la incoherencia del título (si se tratara realmente de “la historia escrita en el Perú”
tendría que ser mucho más amplia la obra; por otro lado, la tesis no se intitula “La historia escrita por
peruanos” aunque, si fuera así, según nuestro criterio, Lorente asumiría un lugar fundacional en ella, y
varios de los historiadores de los que trata la tesis habría que excluirlos) la excusa de esta escisión sería
fácil ya que, después de todo, parece ser indiscutible que Lorente no había nacido “en el Perú”. Pero hay
razones para sospechar que la razón de esta escisión era más profunda que una simple y burda xenofobia
a las fuentes. A regañadientes, y quizás tras sentir el tirón de su casa de estudios, donde Lorente había
sido decano de Letras, Riva-Agüero agregó un apéndice de dos páginas de comentarios a su tesis. En
estas escasas páginas otorga a Lorente el menospreciado “título de vulgarizador”. Afirma Riva-Agüero
que Lorente no merece ser calificado como “un pensador sino un modesto expositor [...] sin vocación
erudita”. No era “ni investigador ni sintético” sino un “simple narrador, agradable pero superficial”.111
Pero puede encontrarse una razón más “profesional” para la aparente escisión patriotera que hace Riva-
Agüero de Lorente: reside en la incómoda sospecha de que el discurso histórico del “vulgarizador” era, en
más de un sentido, cercano al suyo propio. Si removemos el andamiaje académico y los “nuevos
descubrimientos” de la sociología positivista, podremos apreciar que no existen diferencias significativas
entre el “método crítico” de Riva-Agüero y la “historia crítica” de Lorente. Ambos se basan en los
sencillos análisis comparativos de lo que entonces se llamaba “crítica histórica”, combinados con amplias
dosis de “sentido común”.112 Ambos intentaron escribir la “historia política” y la “historia de la
civilización” (aunque en eso Lorente tuvo mucho más éxito). La unión indisoluble entre patriotismo e
historia fue un dogma dé fe para ambos autores, identificable en todos sus escritos.113 Ambos
reivindicaban también, aunque con reservas críticas, el legado positivo del Inca Garcilaso de la Vega. En
la cuestión del legado del Estado inca, sus posturas también eran similares. Ambos historiadores
suscribían en mayor o menor medida la crítica liberal de William Prescott sobre el despotismo inca,
aunque, sin dudas, el historiador neopositivista y luego conservador es más cercano a Prescott que el
republicano liberal. Prescott había argumentado que los incas eran una “raza superior” de déspotas
provenientes de Oriente, cuyo reinado aplastó las “energías individuales” de sus súbditos nativos,
inferiores y dóciles.114 En palabras de Riva-Agüero, el despotismo inca fue 4 en mucha parte responsable
de los males que todavía afligen el moderno Perú”.115 A pesar de la inclinación de Riva-Agüero por los
métodos positivistas y prácticas académicas “más modernos”, ambos historiadores procuraron escribir
“historias filosóficas” animadas, que sintetizasen las grandes tendencias y enseñanzas del largo pasado
del Perú. Consideradas como discursos narrativos, la historia de Riva-Agüero y la de Lorente eran
notablemente similares, y resulta razonable concluir que, en este terreno, Riva-Agüero no superó los
logros duraderos de Lorente.
La tesis doctoral en jurisprudencia de Víctor Andrés Belaúnde, El Perú antiguo y los modernos
sociólogos (1908), desprecia la obra de Lorente en términos aún menos generosos. Sin embargo, a juzgar
por sus comentarios, los lectores de Lorente tienen fuertes razones para dudar si alguna vez Belaúnde
leyó a Lorente de otra forma que no fuese superficial, o incluso de segunda mano. Belaúnde escribió:
“Siguió a Prescott, informándose en el criterio de los trabajos sobre la historia de la civilización de
Inglaterra de Buckle, el Señor Lorente, historiador superficial y diluido. Su obra, principalmente
descriptiva, sin ideas de conjunto, es inferior al trabajo de Prescott”.116 En verdad, Lorente se alejaba
mucho de Prescott en cuestiones centrales, y era muy crítico de la historia positivista de Inglaterra
escrita por Buckle. La noción de historia de la civilización derivaba en Lorente del pensamiento
historicista, de Leibniz, Kant y Vico, y no de la inspiración positivista de la cual era enemiga acérrima.
Además, fue Lorente el único historiador peruano del siglo XIX capaz de ensamblar en una prosa clara y
unificada una “idea de conjunto” de la historia peruana. Según los criterios de su época y escuela
filosófica, la historia que escribió Lorente no es para nada “descriptiva” ni “superficial” y tampoco
“diluida”: todo lo contrario. Lorente sí leyó a Buckle, pero es abrumadoramente evidente que el positivista
británico no tenía ninguna influencia sobre él. Al contrario, Lorente le fustiga a Buckle por su
determinismo ambiental y “fatalismo y sensualismo” que, desde su punto de vista, condenaba a grandes
poblaciones coloniales a una degeneración perpetua.117
Es cierto que los trabajos de Prescott están inspirados en métodos críticos similares y en una
prefiguración o telos liberal, pero la historia filosófica de la civilización de Lorente es más generosa que
la narrativa yanqui de Prescott acerca del decisivo topos del “declive español,” estudiada por Richard
Kagan en otro contexto.118 Asimismo, en otros puntos clave Lorente se aleja con sabiduría de los juicios
valorativos de Prescott. Admite que la civilización inca, en tanto “Estado moral o ideal”, dejaba mucho
que desear pues tendía al “reino de uno solo”, y por ende al inmovilismo. Pero desde la perspectiva de la
critica histórica, esto es, hablando comparativamente, anota Lorente, el Estado inca era admirable, en
primer lugar por elevar el bienestar general de su pueblo a niveles superiores que los de la Europa
feudal, y segundo por unificar la enorme diversidad étnica de los pueblos andinos, pues “echaron las
bases para la unidad y engrandecimiento del Perú”.119 La interpretación que hace Lorente de la
civilización inca es menos acusadora y orientalizadora que la de Prescott, en parte gracias a que la
filosofía de la historia de Lorente, patriótica y republicana, era más comprensiva con las tesis del Inca
Garcilaso; en parte porque Lorente buscaba los orígenes oscuros de la nación peruana, mientras Prescott
consideraba que tal búsqueda yacía en “tierra de oscuridad más allá de la historia”, y, finalmente, porque
Lorente estaba comprometido políticamente con un proyecto progresista de redención indígena, inspirado
en el ejemplo de Bartolomé de Las Casas.120
A diferencia de Prescott, y a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos peruanos, Lorente negó
de manera sistemática que los nativos del Perú hubieran sido irremediable y significativamente
degradados bajo los reinados inca y español. Aunque era cierto que los primeros estaban imbuidos de “un
espíritu oriental”, transmitido por migraciones muy antiguas y marcas lingüísticas, este espíritu podía sin
embargo servir al designio providencial de un “progreso” ordenado, entendido como la renovación
historicista del “nombre” o “germen” de la “civilización peruana”. Todas las “declamaciones ya frías, ya
vehementes contra su rudeza, ingratitud, pereza, indolencia, incapacidad y otros defectos más graves,
que se suponen ingénitos e incurables” no son más que “la vieja calumnia de las razas opresoras contra
las razas oprimidas”.121 “Aun cuando la degradación se hubiera consumado, ahí está la historia, que
desmentiría su pretendida ineptitud con los hechos que atestiguan su cultura”.122 La defensa historicista
de los indígenas que hace Lorente anticipó las posiciones indigenistas del Perú de las décadas de 1920 y
1930 pero remitiéndose también a la “epistemología patriótica” del siglo XVIII. La epistemología patriótica
tendía a dividir claramente el pasado glorioso y aristocrático de los nativos con su presente miserable y
común. Como ya he argumentado en otra parte, este cisma distópico caracterizó a gran parte del discurso
histórico en el Perú del siglo XIX.123 Sin embargo, en Lorente podemos observar los primeros anuncios de
su colapso, ya que no era “necesario evocar el pasado para poner fuera de duda los bellos rasgos que le
caracterizan” al indígena peruano.124 Estos rasgos admirables se revelan

de un valor sereno en el campo de batalla; brilla en la enseñanza superior, en la prensa, en la tribuna y en los libros;
ha dado a la iglesia santos y a la patria héroes; su dulzura rara vez se ha desmentido, siendo en su raza más raros los
atentados, que en las razas de mejores costumbres; su docilidad, que la ambición ajena ha explotado, puede arraigar
el orden social más perfecto; cuando se ha acusado de insensible, derrama raudales de ternura en sus cantares, y con
frecuencia el dolor comprimido causa en su corazón estragos irreparables; no son raras las muestras que da de
abnegación sublime; su pereza, que es consiguiente al trabajo mal retribuido, se convierte en laboriosidad, desde que
está seguro de alcanzar la recompensa merecida; es reservado porque tiene justos motivos para no expresar lo que
siente [...] No hay pues, en los vicios, que se atribuyen a los indígenas, nada que no sea obra del artificio y de la
violencia, y por lo tanto todos han de desaparecer y están desapareciendo con una cultura más liberal, inteligente y
moralizadora.125

En suma, la historia filosófica de Lorente tendía a la abolición del abismo histórico entre el pasado
glorioso y el presente miserable; su visión no podía aceptar el “todavía no” de los liberales bolivarianos
(tales como Benito Laso y Juan Espinosa), que argumentaban que los indígenas “aún no estaban listos”
para ser ciudadanos republicanos.
Lo más evidente para nosotros es que la llamada historia ligera (Basadre) o historia superficial
(Belaúnde, Riva-Agíiero) de Lorente se ha hecho historia profunda del Perú. Es tan profunda que hoy en
día pasa inadvertida en tanto fundación inconsciente de la narrativa contemporánea de la historia
peruana. No fue Belaúnde,126 ni Basadre, sino Lorente quien fundó la genealogía moderna de la
civilización nacional del Perú, esto es, la narrativa historicista y totalizadora de la peruanidad. Lorente
articuló y promulgó el discurso de la historia peruana como la evolución progresiva del “nombre” y del
“espíritu comunal” de una antigua civilización que, solidificada bajo el poder imperial moderno y liberada
por la revolución republicana poscolonial, conservaba a ambos en las costumbres cotidianas y en el
“espíritu nacional”. Sin saberlo quizás, Basadre asumirá como propias las grandes líneas de la misma
arquitectura genealógica y nominativa, aunque la completará con ciertos conceptos sociales y filosóficos
propios del siglo XX.127
Desenterrar el discurso histórico nacional de Lorente de bajo la sepultura del abandono puede
colaborar en una enseñanza crítica y deconstructiva de la escritura de la historia peruana. La profunda
historia “superficial” del Perú de Lorente confirma visiblemente que las antiguas tumbas de las naciones
modernas son, como tan bien argumenta Benedict Anderson, tan superficiales como rápidamente
olvidadas, pero no por ello fácilmente desterradas.128 Lo que resistió la sepultura y olvido de los
historiadores profesionales fue precisamente el “cuerpo armonioso de su historia”. Al igual que la noción
de Peralta Barnuevo, según la cual la historia debe imitar el glorioso linaje del Príncipe, la historia
republicana ahora reproducía el todo orgánico de la “civilización peruana” misma. Aquí el efecto “espejo”
era resuelto por el nombre propio de la nación, porque los “peruanos”, gracias a su “espíritu comunal” y
su “alma nacional”, unían el Perú primitivo y antiguo con el moderno y contemporáneo. La “historia
peruana” ahora comenzaba con primitivas “lecciones de ortografía” que hacían que la palabra
“civilización” pudiese ser leída como una “lección práctica” para el futuro del Perú. Además, la
“civilización peruana” no sólo incluía sino se basaba en la historia de las comunidades indígenas. La
contemplación de las vastas “armonías” de la historia peruana estaba al alcance de cualquier lector
peruano, ya que éstas se habían tornado “sentido común”. En efecto, parece difícil que llegue a estar
alguna vez fuera de su alcance.

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Notas al pie
1 Siguiendo los argumentos de Jacques Rancière y Hayden White, prefiero no utilizar el concepto de
“historiografía”, pues considero que es excesivamente limitado y, en todo caso, una presunción
profesional inútil de origen Rankeano, que en vano pretende aislar los textos y las palabras (grafía,
representación) de los hechos y las cosas (historia, presentación). Esta presunción permite imaginar a los
historiadores profesionales de hoy (y de antaño) como siendo de alguna manera inmunes, o estando por
encima de los protocolos lingüísticos heredados del discurso histórico y de la poética y la política más
amplias de la época. En contraste, Rancière sostiene que la palabra “historia” es un concepto incrustado
(o un homónimo) que hunde hábilmente la poética y la política de la narrativa y los hechos, las palabras y
las cosas. Esto ocurre porque la historia se hace cuando los acontecimientos y las cosas están
“propiamente” nombradas, es decir, cuando los nombres propios (los sujetos nombrados por el sujeto
escritor) generan los hechos y las cosas haciéndolos reconocibles para los sujetos lectores. Ninguna
“historiografía” puede escapar de esta historia circular “hecha” por los nombres. Y la “historia” no finge
que puede. Véase White, Metahistory, y Rancière, The Names of History.
2 Koselleck, Futures Past.
3 Lorente, Historia del Perú compendiada, p. 4.
4 Quijada, “Los ‘incas arios’ ”, pp. 246-247.
5 Riva Agüero reconoció con acierto la pobreza de los escritos de Mendiburu y Paz Soldán, señalando
que en estos autores había una “falta de criterio filosófico y de visión sintética, estilo incoloro y pesado,
total ausencia de animación y gracia por el relato”. Riva Agüero, La historia en el Perú, p. 331. Además de
por su confesa falta de capacidades literarias, Paz Soldán estaba inhibido por su propia concepción de la
historia, que requería la separación entre “narración” y “filosofía” y que “el estilo sea sacrificado en el
altar de los documentos”. Véase sus comentarios preliminares en Paz Soldán, Historia del Perú
independiente, pp. i-v.
6 Palma, Tradiciones peruanas completas, p. 1207.
7 Para el caso de Francia, véase Rancière, The Names of History.
8 Espinosa, Diccionario para el pueblo, pp. 558-562.
9 Lorente, Historia del Perú desde la proclamación, pp. 3-4.
10 Lorente, Historia Antigua del Perú, pp. 7-9.
11 Rivero y Tschudi, Antigüedades peruanas, vol. 1, p. i.
12 Ibid., vol. 2, p. iii.
13 Ibid., vol. 2, p. 309.
14 Sobre la “logoización” de las ruinas en la imaginación nacional, véase Anderson, Imagined
Communities, p. 182.
15 Sobre los arcos efímeros como “espejos del príncipe” o del virrey en la América española, véase
Cañeque, The Kings Living Image.
16 Para una discusión sobre este discurso, véase Cañeque, The Kings Living Image.
17 Szeminski, La utopía tupamarista.
18 Randére, The Names of History, p. 66.
19 Sobre el “nacionalismo oficial” en la Europa Central del siglo XIX en tanto estrategia reaccionaria
para “naturalizar” las dinastías imperiales, véase Anderson, Imagined Communities, capítulo 6.
20 Véase Williams, “Introduction”, Historia de España vindicada, pp, xi-lii.
21 Idem.
22 Ventura Calderón y Cevallos, “Al Príncipe nuestro Señor”, Historia de España vindicada.
23 Peralta Barnuevo, Historia de España vindicada.
24 Véase Peralta Barnuevo, Descripción de las fiestas reales.
25 Peralta Barnuevo, Lima fiindada o la conquista del Perú, sín.
26 Zamora, Languaje, Authority and Indigenous, p. 14.
27 La Primera parte de la historia de Garcilaso, publicada en Lisboa, fue dedicada a la reina regente de
Portugal. La segunda edición de la Primera parte (Madrid, 1723) agrega una dedicatoria de Nicolás
Rodríguez al rey Felipe V.
28 Garcilaso, Segunda parte, prólogo, ff. 2v-3.
29 Cortés, Atahualpa.
30 Sobre el reinado de estos conceptos y su temporalización en el pensamiento europeo del siglo XVIII,
véase Lovejoy, The Great Chain of Being,, capítulos VI-IX.
31 Los escritos de historia natural de José Eusebio Llano Zapata también fueron destacables en este
sentido, pero su trabajo no fue publicado. Aún más importante fue el mentor de Unanue, el científico
naturalista Cosme Bueno. Bueno incorporó el estudio de las ciencias naturales y la geografía al plan de
estudios de las universidades peruanas.
32 Entre los muchos trabajos sobre Humboldt, véase Cañizares-Esguerra, Puritan Conquistadors y
Pratt, Imperial Eyes.
33 Cañizares Esguerra, How to Write. La epistemología patriótica en el siglo XVIII era un discurso
histórico, que privilegiaba el testimonio directo y las producciones materiales o culturales (tradiciones
orales en los lenguajes nativos, señales, elementos mnemotécnicos como los quipus, monumentos,
costumbres, etc.) producidos por la nobleza nativa y los sabios por sobre la observación de los viajeros
europeos no hispánicos y las reflexiones de los filósofos y naturalistas europeos.
34 En 1791 el Mercurio Peruano era la voz de una sociedad académica inicialmente llamada Sociedad
Académica de Amantes de Lima. Posteriormente cambió su nombre a Amantes del País.
35 Mercurio Peruano, 2 de enero de 1791.
36 Viscardo y Guzmán, Obras Completas, p. 206.
37 Mercurio Peruano, 2 de enero de 1791.
38 José Hipólito Unanue, “Idea general de los monumentos del antiguo Perú”, en Mercurio Peruano, 17
de marzo de 1791.
39 Unanue, “Idea general”, Mercurio Peruano, 17 de marzo de 1791.
40 Idem.
41 Idem.
42 Unanue, “Geografía física del Perú”, Mercurio Peruano, 5 de enero de 1792.
43 Idem.
44 Humboldt, Researches, pp. 28-33.
45 Esto es cierto sólo en parte: Humboldt ubicó a los aztecas orientales en paisajes o escenarios
románticos, con figuras de la mitología grecorromana. La imaginación orientalista siempre giraba en
torno de imágenes, críticas y proyecciones de la cultura europea, y Humboldt no era una excepción a esta
tendencia.
46 Raynal, Histoire philosophique et politique, pp. 19-20.
47 Para una crítica devastadora de la visión orientalista de Humboldt sobre los indios del Perú, véase
Manuel Olaguer Feliú, “Discurso del señor Feliú en que hace la apología de los indios contra las
imputaciones del varón de Humboldt”, en Noticias del Perú, tomo 8, p. 83 (1811).
48 Unanue, Observaciones sobre el clima, pp. 97-99.
49 Rivero y Tschudi, Antigüedades peruanas, vol. 1, pp. 256-257.
50 Había excepciones. En Las tres épocas del Perú, o compendio de su historia (pp. 1-2), el secretario e
historiador peruano José María de Córdova y Urrutia exclama indignado: “¡esto ha llegado al extremo de
privarnos de la gloria de que Manco-Cápac hubiese nacido en el país, persuadiendo vinieron de afuera!”.
El patriota peruano descreía de la influyente versión de Alexander von Humboldt según la cual las leyes y
creencias religiosas de Manco Cápac eran de carácter “asiático”, y le parecía absurda la afirmación del
anticuario británico John Ranking de que Manco era el “hijo perdido del gran Kublai Kahn”. En cambio,
Córdova y Urrutia vuelve a la máxima autoridad peruana, el Inca Garcilaso, quien citaba una tradición
oral incaica como prueba de que Manco Cápac y Mama Ocllo “salieron de una isleta de la laguna de
Titicaca”.
51 Condamine, Rélation abrégée.
52 Rivero y Tschudi, Antigüedades peruanas, vol. 1, p. 210.
53 Humboldt, Vue des Cordillères, p. 199.
54 Pratt, Imperial Eyes.
55 Para una discusión más extensa sobre Squier y la Puerta del Sol, véase Thurner, “Peruvian
Genealogies”, pp. 141-175.
56 Baalbek, o Heliópolis, era una antigua ciudad fenicia.
57 Prescott, History of the Conquest of Peru, p. 14.
58 Lorente, Historia antigua del Perú, pp. 15-16.
59 Ibid., pp. 130-133.
60 En How to Write the History of the New World, Cañizares Esguerra explica que los adherentes a esta
escuela patriótica suelen considerar a Manco Cápac como el más sagaz de los “legisladores”,
precisamente porque sus “leyes” estaban bien adaptadas al clima “enervante” y las costumbres
“indolentes” de la parte tropical de América del Sur. Estos argumentos eran desarrollados por las élites
coloniales para justificar el mantenimiento de formas tributarias de trabajos forzados, como la mita y el
repartimiento de mercancías. Los oficiales argumentaban que, sin aquellos benévolos sistemas de
coerción, los indolentes y estúpidos indios comunes retornarían a su estado primitivo de barbarismo. Sin
embargo, hemos visto que la supuesta necesidad de producción compulsiva bajo las condiciones del
antiguo régimen no era la única razón para venerar a Manco Cápac. El héroe cultural de los orígenes
incas era un icono de la patria en la batalla historiográfica sobre los orígenes de la “civilización peruana”.
61 Lorente, Historia antigua del Perú, p. 130.
62 Ibid, pp. 132-133.
63 Lorente, Compendio de historia contemporánea, p. 238.
64 Lorente, Historia Antigua del Perú, pp. 9-10.
65 Ibid., p. 18.
66 Lorente, Historia de la civilización peruana, p. 21.
67 Ibid., p. 4.
68 Lorente, Historia del Perú compendiada, p. 23.
69 Lorente, Historia de la civilización peruana, p. 4.
70 Ibid., pp. 153-154.
71 Idem
72 Lorente, Historia de la Conquista del Perú, p. 494.
73 Ibid., pp. 494-495.
74 Ibid., p. 498.
75 Lorente, Historia de la civilización peruana, pp. 4-5.
76 Véase Meinecke, Génesis del Historicismo.
77 Sobre Michelet y Ranke, véase White 1973.
78 Lorente, Historia antigua del Peru, p. 20.
79 Idem.
80 Sobre “explanation by emplotmenf en la historiografía europea del siglo XIX, véase White,
Metahistory, pp. 7-11.
81 Lorente, Historia antigua del Perú pp. 20-21.
82 Ibid., p. 21.
83 Ibid., p. 22.
84 Lorente, Historia de la civilización peruana, p. 5.
85 Lorente, Compendio de Historia Contemporánea, pp. i-iv.
86 Ibid., pp. iv-v.
87 Idem.
88 Ibid., p. 184,
89 Ibid., pp. 185-186.
90 Ibid., p. 204.
91 Ibid., p. 205.
92 Lorente, Compendio de Historia Contemporánea, pp. 204-206, y Lorente, Historia del Perú bajo la
dinastía austríaca, pp. 382-383.
93 Lorente, Compendio de Historia Contemporánea, pp. 204-206.
94 Ibid., p. 221.
95 Ibid., p. 278.
96 Ibid., pp. 238-239.
97 Ibid., p. 239.
98 Idem.
99 Véase, por ejemplo, “Tres preguntas al Señor Lorente”, reimpreso en Fuentes, Retazos del
Murciélago, tomo 1, p. 164. También véase la diatriba firmada “Los Peruanos” en la edición de El
Comercio del 7 de agosto de 1867. Estos rivales “peruanos” objetaban a Lorente por haber obtenido el
contrato del gobierno para publicar las Memorias de los Virreyes, junto con otros documentos en su
haber. Fuentes competía con Lorente para dirigir una atractiva comisión del gobierno para editar y
publicar las Memorias de los Virreyes del Perú. En una serie de comentarios que aparecieron en el
periódico más importante de Lima, El Comercio, y firmando satíricamente “Un bípedo”, Fuentes ponía en
cuestión las facultades mentales de Lorente, descartando su trabajo como el de un narrador vulgar que
describía con aprobación “costumbres inmorales e impúdicas” como la corrida de toros andina.
100 Véase por ejemplo Kaulicke, Aportes y vigencia, p. 78.
101 Gracias a la Universidad de San Marcos, Lorente ya no está fuera de circulación. Véase Thurner,
Sebastián Lorente.
102 En su curso sobre fuentes en la universidad en 1945, publicado 18 años después como Fuentes
Históricas Peruanas (Lima, 1963), Porras Barrenechea critica duramente el rechazo de Lorente por parte
de Riva-Agüero. Porras describe a Lorente como “uno de los más grandes pioneros de la historia peruana”
(p. 256). Otra figura de la historia del pensamiento en el Perú que parece haberse aprovechado de la
lectura de Lorente es Pedro Zulen.
103 Sobre la guerra y la depresión de posguerra, véase, Kristal, The Andes Viewed; Manrique,
Campesinado y Nación; Mallon, Peasant and Nation y Thurner, From Two Republics. Manuel González
Prada, Luis Carranza y Ricardo Palma fueron algunos de los que alzaron la voz y que encontraron un eco
en el discurso histórico posterior.
104 Al descalificar la historia del siglo XIX en el Perú como nada más que libros de texto y
compilaciones, Macera argumenta que la generación de Riva-Agüero y Belaúnde es la responsable del
“primer historicismo” en el Perú. Macera coloca a este “historicismo tradicional” en el periodo que va de
la Guerra del Pacífico y la primera guerra mundial, citando específicamente a Riva-Agüero y Belaúnde
como sus representantes. Véase Macera, “Historia e Ideología” y “El historiador y su oficio”, tomo 1, pp.
5-7 y 129-130.
105 Flores Galindo, “La imagen y el espejo”, p. 4.
106 Excepción notable es la inteligente y útil ponencia presentada al VColoquio de Estudiantes de
Historia en el Perú (1994) por Gabriel Ramón Joffré, intitulada “La Historia del Perú según Sebastián
Lorente”.
107 Desgraciadamente esta idea sigue vigente. En su lectura reciente sobre el trabajo de Basadre, el
joven historiador Gustavo Montoya repite la dudosa afirmación de Macera de que ningún historiador
antes de Basadre había “producido una síntesis del proceso histórico peruano”. Véase Montoya, “Jorge
Basadre”, p. 18.
108 Es cierto que en otro momento Basadre parece rectificar su opinión, señalando (en su enciclopédica
Historia de la República del Perú, tomo VII, pp. 169-172) que Lorente “inicia en el Perú la historiografía
universitaria” y que “aparece como el único historiador avecindado en el Perú que ha intentado hacer el
estudio total de la experiencia histórica nacional en un plano distinto del texto escolar, presentando el
estado de los conocimientos según los materiales utilizables en su época”. Estas frases son más bien
notas tomadas de los escritos de su colega Raúl Porras Barrenechea, el único historiador del siglo XX que
reconoció la importancia del trabajo de Lorente. El hecho es que Basadre nunca reconoció su deuda con
su predecesor.
109 Basadre, Historia de la República, tomo V, p. 66.
110 Thurner, “Jorge Basadres ‘Peruvian History of Peru
111 Riva-Agüero, La Historia en el Perú, pp. 539-540.
112 Ibid., pp. 140-143.
113 Ibid., pp. 504-505.
114 Véase Prescott, The Conquest of Peru,
115 Riva-Agüero, La Historia en el Perú, pp. 179-180.
116 Belaúnde, El Perú antiguo, p. 32.
117 Lorente, Historia de la civilización peruana, pp. 8-9.
118 Véase Kagan, “Prescott’s Paradigm”. Prescott utilizó una narrativa similar para las civilizaciones
inca y azteca, al igual que para el imperio español en América.
119 Lorente, Historia de la civilización peruana, pp. 146-147.
120 Lorente era un miembro fundador y activo de la Sociedad de Amigos de los Indios, que encabezó la
defensa legal de los indígenas contra los abusos de terratenientes y oficiales. La sociedad también publicó
los escritos de Las Casas en defensa de los indígenas.
121 Lorente, Historia de la civilización peruana, pp. 146-147.
122 Ibid, p. 147.
123 Véase Thurner, “Peruvian Genealogies”, pp. 141-175.
124 Lorente, op. cit., p. 146.
125 Ibid., pp. 146-147.
126 Sobre la peruanidad, véase Belaúnde, La realidad nacional y Peruanidad.
127 Sobre Basadre, véase Thurner, “Jorge Basadres ‘Peruvian History of Peru
128 Anderson, Imagined Communities.
LA CONSTRUCCIÓN HISTORIOGRÁFICA DE LA NACIÓN ECUATORIANA
EN LOS TEXTOS TEMPRANOS

ANA BURIANO C
Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora

La revelación de nuestras identidades y de la identidad común que resulta de


nuestra diversidad asombrosa, pasa por el rescate de nuestra historia. Pueblos
que no saben de dónde vienen, de que raíces, de qué mezcla., de qué actos de
amor, de qué violaciones, difícilmente pueden saber a dónde van..

EDUARDO GALEANO

Fundamentar la existencia histórica de la nación ha sido siempre una de las labores complejas a las que
se ha enfrentado la historiografía, tarea tanto más ardua cuanto más débil ha sido la configuración
nacional a cuya existencia ha tenido que dar basamento. Y éste es el caso de los Estados nacidos de las
excolonias ibéricas que pugnaban por consolidarse. Décadas después de consumada la independencia, la
integración de la nación era un objetivo no alcanzado. Tras esta lucha se conjuntaron esfuerzos en el
plano normativo, en el político-institucional, en la construcción de la ciudadanía como forma de
pertenencia,1 en la creación de un sistema de referencias común y compartido, en el establecimiento de
los símbolos y los “artefactos” destinados a la escenificación y la pedagogía cívicas de la nación.2
En la búsqueda de opciones identitarias, la historia jugó un papel destacado en la forja de la amalgama
nacional; sumó sus fuerzas a los estados y a las élites políticas latinoamericanas para impulsar los
intentos integradores. La historia lo hizo a su manera, de acuerdo con sus posibilidades, estilo y
naturaleza. En la brega por la nación apeló al pasado desde su presente conflictivo para buscar aquellos
elementos que dieran asidero, cohesión y sentido de pertenencia al colectivo social. De esta forma, en la
segunda década posindependiente se produjo una verdadera construcción historiográfica de la nación.
Ecuador se inscribió en este mismo esquema, pese a las dificultades que encontró la historiografía
fundadora para asir los elementos aglutinadores que le permitieran incursionar en la promoción de la
nación. Todo era complejo y desconcertante en la realidad ecuatoriana. Si la historia se atenía al territorio
colonial, elemento básico para fincar la existencia de la nación sobre un área geográfica, la confusión
devenía de los vaivenes jurisdiccionales de la Audiencia de Quito entre los virreinatos del Perú y Santa
Fe,3 que terminaron por semiadscribirla a una matriz colonial con la que no tuvo el suficiente contacto
para desarrollar lazos de alto arraigo. Si apelaba al pasado independentista, se constataba una
descoordinación y un desfase del movimiento surgido a partir de la disolución de la monarquía ibérica.
Quito, la capital audiencial, descontenta con las medidas administrativas, económicas, fiscales y aun
religiosas que impuso el reformismo borbónico, se lanzó precozmente a un doble movimiento juntista,
pero quedó aislada con el sólo apoyo de los cabildos y corregimientos de su circunscripción. La reticencia
del resto de la Audiencia a acompañarla determinó el aniquilamiento del movimiento con la consiguiente
pérdida, casi total, de sus cuadros dirigentes, el 10 de agosto de 1810. En tanto, las muy satisfechas con
la política librecambista Guayaquil y Cuenca se mantuvieron inconmoviblemente realistas. El retardo de
las áreas mal subordinadas a la capital en asumir la independencia, motivado además por el autonomismo
de la tradición contractualista hispánica,4 se modificó recién una década después, el 9 de octubre de
1820, cuando el puerto comenzó a sentir los trastornos provocados por las derrotas de las tropas realistas
y cuando las campañas de Bolívar y San Martín llegaban casi a sus fronteras.
Liberada Quito por las multinacionales —si acaso corresponde denominarlas así— fuerzas al mando de
Sucre, se incorporó junto con Cuenca a la Gran Colombia, en tanto Guayaquil manifestó una persistente
voluntad autonómica que resistió, durante más de un año, las presiones ejercidas por Bolívar y San
Martín, vivamente interesados ambos en la posesión del segundo puerto del Pacífico Sur, situación que el
Libertador zanjó con un golpe de fuerza poco antes de recibir al Protector en el puerto para celebrar la
histórica entrevista.5
De esta manera, la Audiencia de Quito nació a la vida independiente dentro del proyecto boliviariano,
dividida en tres departamentos —Ecuador, Guayaquil y Azuay—6 colectivamente denominados el Distrito
del Sur de Colombia, mal administrados desde Bogotá y con escasa ingerencia de sus hombres en las
decisiones centrales del Estado grancolombino.7 Fue, desde entonces, un gran centro de abastecimientos
en hombres y recursos materiales para las campañas de Bolívar en Perú y Bolivia, mientras el gobierno de
los departamentos que integraban el distrito sureño estuvo en manos de los hombres del Libertador y,
después del asesinato de Sucre, influenciado de forma indiscutible por uno de ellos, el venezolano Juan
José Flores, que separó el sur de la Gran Colombia, en 1830, cuando el acariciado proyecto de unidad
hispanoamericana tocaba su fin.
El aniquilamiento del sector dirigente quiteño en 1810 y el hecho de haber formado parte de una ola
independentista que vino del norte en su auxilio, privó al futuro país de “generales” nacidos en el
territorio. Esta ausencia lo inhibió de poseer grandes proceres, estrictamente propios, a los cuales
recurrir para dar una base histórica a la fundación del moderno Ecuador, nombre del Estado al que se
arribó en la Constituyente de 1830 como una “tregua semántica”,8 para evitar la mención a Quito, la
capital centralizadora, que ofendía a las celosas partes contratantes.9 La fuerza de las regiones era tal
entonces, que lograron imprimir su existencia en la Carta Magna mediante un pacto confederal que
establecía la unión de tres departamentos en igualdad de condiciones y representación para formar el
Estado.10
Si estas dificultades para hilar el discurso historiográfico constitutivo fueran insuficientes, se sumaba
un problema de la formación colonial que había evolucionado históricamente hasta configurarse, en toda
su crudeza, como la “cuestión regional.” Elaborar una fundamentadón histórica inclusiva para el conjunto
del espacio era un desafío demasiado grande por vencer para la historiografía fundadora, que se
enfrentaba a una realidad de intenso parcelamiento. La Audiencia se había constituido en torno a tres
“ciudades regionales” que ejercían influencia sobre las áreas rurales aledañas: Quito, en la sierra centro
norte, Cuenca en la sierra sur y Guayaquil en la costa.11 En el transcurso del proceso independentista y
en los primeros años independientes se consolidó una estructura regional tripartita, aunque con dos
núcleos poderosos: Quito y Guayaquil. De alguna manera la región azuaya, seducida por la costa y la
frontera norperuana, se inclinó en una u otra dirección de acuerdo con las circunstancias. Estas regiones,
no homogéneas, atraídas por polos dinámicos del espacio andino colindantes con sus fronteras,12
manifestaron una sostenida tendencia autonómica.
Múltiples inarmonías se encargaron de fraccionar el espacio ecuatoriano desde épocas tempranas. El
segundo pacto colonial, con sus medidas administrativas, económicas y fiscales aunadas a la crisis minera
del XVII y su proyección al siguiente siglo,13 arruinaron la manufactura textil serrana, la encerraron
dentro de la hacienda y la eliminaron del mercado internacional, incapaz de competir con los textiles
ingleses importados.14 Al mismo tiempo, las pragmáticas de libre comercio abrieron Guayaquil al
mercado interprovincial y directamente al español, la convirtieron en la primera abastecedora de cacao
para la metrópoli, fortalecieron su posición de segundo puerto del Pacífico e iniciaron un crecimiento
demográfico sobre una costa subpoblada que se convirtió en competidora de la mano de obra serrana.15
Se configuraron así dos zonas intensamente diferenciadas por sus intereses, su estructura productiva y la
social. Una costa comercial, cosmopolita y rica, abierta al comercio y a las ideas, generó una sociedad
racialmente diversificada, menos estratificada que contrastaba intensamente con una sierra centro norte
basada en grandes haciendas pobladas de conciertos,16 dependiente del tributo, dotada de un fuerte
integrismo religioso, con una sociedad estamentaria y nobiliaria, que gozaba de la ventaja de poseer a
Quito, la capital.17
Las grandes carencias en infraestructura de comunicaciones, la geografía cordillerana y las intensas
inundaciones en la zona costera, aislaron regiones cuyos circuitos comerciales estaban ya destruidos de
tiempo atrás y se encargaron de generar sentimientos de rivalidad muy sentidos en aquellas áreas que,
como la costa, generaban las riquezas y los ingresos aduanales que sostenían el funcionamiento del
Estado central, sito en una capital serrana, percibido como improductivo y dilapidador de recursos
ajenos.

LOS DÉBILES INICIOS DEL ESTADO RECIÉN FUNDADO, 1830-1845

A este sentimiento de pertenencias múltiples se enfrentaba el Estado en su nacimiento. Separado


Ecuador de la Gran Colombia, se abrió un trilustro (1830-1845) dominado por la figura de Juan José
Flores, de relativa estabilidad política en medio de la debilidad estatal, de sublevaciones de los mal
pagados batallones colombianos aún asentados en Ecuador y guerras civiles promovidas por los sectores
costeros que iniciaron una oposición, de tibio corte liberal, al presidente venezolano, identificado con la
oligarquía terrateniente serrana por la vía matrimonial.18 Un gran manejo del poder y capacidad para
desarrollar pactos políticos permitieron a Flores, luego de algunas represiones, sellar una especie de
acuerdo de convivencia con la oligarquía costera, alternando el gobierno con su representante Vicente
Rocafuerte, ex líder del partido “chihuahua”.19 El breve gobierno de Rocafuerte (1835-1839), tildado por
la historiografía contemporánea como un “paréntesis civilizador”20 en alusión a su intento de
institucionalización civilista de la vida política, extensión de la educación, profesionalización del ejército y
otras medidas reformistas, culminó en la reasunción del gobierno por Juan José Flores, en una segunda
administración (1840-1845). Su intento de realizar una fuerte centralización del Estado, en medio de la
epidemia de fiebre amarilla que sufrió el puerto de Guayaquil en 1842, desembocó en la revolución del 6
de marzo de 1845, que lo depuso de la presidencia y lo desterró del país. Se inauguró entonces un
proyecto diferente de integración nacional con los regímenes conocidos como “marcistas”, en alusión al
mes en que se procesó el recambio gubernativo.
UNA HISTORIA EXTEMPORÁNEA AL SERVICIO DEL PRESENTE

Precisamente, en el último periodo floreano, cuando la oligarquía serrana intentó fortalecer el aparato
central del Estado para iniciar el control de las regiones, sometiendo las provincias al control directo del
ejecutivo y suprimiendo los órganos municipales,21 hizo aparición el primer libro de historia impreso en el
país. Es imposible inscribirlo en el marco de la historiografía fundadora, simplemente por el hecho de que
La historia del Reino de Quito en la América Meridional, escrita por el Presbítero Dn. Juan de Velasco,
nativo del mismo Reino, fue manuscrita en Faenza, en 1789, en tres volúmenes: el primero dedicado a la
Historia natural mientras el segundo y el tercero a lo que llamó Historia Antigua y Moderna. El
manuscrito de Velasco, jesuita del extrañamiento, sufrió muchos avatares. Confiado a su muerte, en 1792,
a su sobrino José Dávalos, clérigo de la misma compañía, don Modesto Larrea los recogió en Verona,
entre 1822 y 1825. Larrea los mandó encuadernar en París y los llevó a Quito, con el fin de que fueran
corregidos y arreglados antes de la edición. Los regresó consigo a París en 1837 y los retiró disconforme
porque se “dio a la luz un primer fragmento desfigurado y galicano que excitó muy justamente a la
censura de nuestros compatriotas”. Por cuarta vez repasaron los océanos, hasta que finalmente, “Agustín
Yerovi publicó la obra, fuera de los Apéndices, íntegra y completa, cual la escribió el autor y cual corre
por el mundo literario”.22 Lo hizo en la Imprenta del Gobierno a cargo de J. Campuzano, en 1841.23
Privilegió los volúmenes históricos y concluyó, en 1844, con el primero de menor interés para sus
propósitos.24 La estrechez del erario exigió el patrocinio de Modesto Larrea, a la sazón ministro de
Flores,25 y la edición se completó con una suscripción pública que se abrió en Quito el 20 de Agosto de
1841.
La obra de Velasco se inscribe en el gran efecto que había tenido el Iluminismo dieciochesco en la
Audiencia de Quito, con la irrupción de una pléyade de científicos criollos que cartografiaron, historiaron,
revisaron la física y la filosofía y, con su actividad descriptiva, lograron crear una imagen singular de
Quito que generó un sentimiento de “quiteñidad incipiente”.26 El padre Velasco había participado de este
espíritu desde la lejanía de su exilio y en la añoranza de su lugar natal. El sentido fundamental de su
Historia, como la de otros jesuitas expulsos,27 era contradecir las tendencias europeas sostenedoras de
prejuicios raciales, como las de Pauw, Raynal, Marmontel, Bufón y Robertson, quienes afirmaban, “sin
moverse del mundo antiguo”,28 que todo degeneraba en América.29 Frente a estas concepciones
biologicistas, Velasco magnificó a los hombres y la naturaleza de la Audiencia. Se plegó así a las viejas
leyendas que hablaban de gigantes en las costas de Santa Elena y que describían insectos maravillosos
que se transformaban en plantas.
Elaborar un relato compartido de este “mosaico de pertenencias grupales” no era una posibilidad
viable para un historiador de la época.30 Por ello, y al margen del marco iluminista criollo en el que había
sido escrita, la Historia del Reino de Velasco coincidía con las necesidades del Estado central ecuatoriano.
Era la única obra histórica criolla de la que se disponía. Si bien es cierto que existió una profusa actividad
de los cronistas, menores y mayores desde 1534, que recopilaron las noticias de la conquista y la primera
organización colonial, muy atentos al virreinato del Perú del que la Audiencia formaba parte,31 la de
Velasco era un recopilación propiamente quiteña y, al margen de las inexactitudes de su contenido, no era
una crónica,32 ya que el jesuita apelaba al pasado desde su presente, como lo hace habitualmente la
historia y, aunque en una forma primaria, se apoyaba en la autoridad de algunas fuentes.33
La obra de Velasco ha dado lugar a polémicas historiográficas indicativas de un efecto significativo
como base de relato nacional. Fuera de discusión está el carácter fantasioso de su historia natural, que
tiene valor en tanto compilación de tradiciones autóctonas relativas a la flora y la fauna ecuatorianas, ya
que el jesuita riobambeño, en el marco del desempeño de su vida religiosa, había recorrido el territorio y
era un conocedor de la lengua quichua, de la que incluso escribió un vocabulario. Ello le permitió
recapitular tradiciones y leyendas con el propósito de exaltar las maravillas de la naturaleza americana
desprestigiada junto con los pobladores autóctonos por las concepciones enciclopedistas.
Con el mismo fin, Velasco narró la historia de la existencia de asentamientos primitivos en el territorio
de la Audiencia y afirmó que uno de ellos, ubicado en la sierra norte, había sido conquistado por el pueblo
costero de los Caras, quienes iniciaron una aguerrida expansión hacia el norte y el sur del territorio,
guiados por sus scyris (reyes). En alianza matrimonial con los Puruhaes conformaron un reino con capital
en Quito, de gran desarrollo cultural y mayor capacidad de contactos, hasta el punto que sellaron alianzas
con los cañarisy al sur, y con varios pueblos de la costa. En ese estado se encontraban cuando
enfrentaron la invasión incaica de Tupac Yupanqui. El poderío de los scyris quiteños les permitió intentar
la reconquista de territorios perdidos en manos del incario. Su carácter indómito determinó que Huayna
Capac, para garantizar el dominio, celebrara una alianza matrimonial con Paccha, la hija del scyri, de la
que nació Atahualpa en Tomebamba, la actual Cuenca. A la muerte del inca, sus dos descendientes,
Huáscar, de la línea cuzqueña y Atahualpa de la quiteña, se proclamaron herederos e iniciaron una guerra
de la que salió triunfante Atahualpa, poco antes de enfrentar la conquista ibérica.34 El bello relato
implicaba, para la época de su publicación, la existencia de un reino poderoso preincásico que quiteñizó
al incario por la vía del amor y que era el digno precedente autóctono que Quito requería, una marca
original de su grandeza escamoteada desde fines de la colonia, durante el periodo grancolombino y en el
propio acto independentista.
Pese a que el Reino de Velasco resultó ser absolutamente mítico, ya que no aparecieron, ni entonces ni
ahora, los menores vestigios arqueológicos ni existe coincidencia entre su descripción y los estadios
culturales hallados en la región, tuvo, empero, un alto impacto en los imaginarios tempranos,35 ya que
fincaba la nación en una alta cultura de la humanidad, si no superior, por lo menos igual a la incaica,
sobre la que terminó imponiéndose el inca “quiteño”. Era el clásico mito fundador, de carácter
primigenio: los quitus habían sido “primero” que los incas, un estribo para dar pie a los esfuerzos de
afirmar una identidad cultural. El jesuita hacía, además, un esfuerzo de delimitación territorial al hablar
de un Quito propio, el centro de la región colonizada y un Quito impropio, en referencia a las áreas donde
la penetración era insuficiente o no se había logrado siquiera.
Velasco no quedó solo en la empresa. Juan José Flores, en cuyo segundo gobierno se editó la obra, lo
acompañó con sus efluvios poéticos. Desde su retiro en su hacienda La Elvira, en 1838, durante el
interludio de Rocafuerte, intentó dotar al país de un himno nacional que, si bien no prosperó (tanto
porque los valores poéticos de Flores no eran altos como porque el país distaba mucho de adquirir el
grado de integración necesaria), es indicativo de los afanes iniciales por generar los “artefactos” de la
nación, los símbolos de pertenencia a un colectivo.36
Nada más ocurrió en materia historiográfica hasta que el sentido de lo nacional irrumpió con mayor
fuerza. Los hombres llamados a escribir la historia de Ecuador estuvieron demasiado ocupados en hacerla
como para desviarse de su propósito.

DOS PROYECTOS DE SIGNO DIFERENTE EN DISPUTA POR LA NACIÓN

El difuso liberalismo costero y los fracasos en la integración nacional, 1845-1859

Los guayaquileños ligados al cacao, que asumieron el gobierno a partir de 1845, implantaron una
propuesta de cohesión nacional a partir de una mayor descentralización en el régimen interno de
Ecuador, sin perder el carácter unitario del Estado, es decir, respetando cierta autonomía provincial
dentro de una representación igualitaria por departamento.37 Los “hombres de marzo” pusieron su
acento discursivo en presentarse como “nacionales”, tanto por oposición al “extranjerismo” militarista
venezolano, cuanto por la expresión de un deseo de superación de las identidades regionales y locales.
Fueron gobiernos perfilados hacia un republicanismo antiaristocrático,38 que se afirmaron en oposición al
floreanismo, al que debieron enfrentar, desde 1846, en su intento de regresar a Ecuador al cobijo de
María Cristina de Borbón, a partir de un proyecto monárquico que, aunque fracasado, mantuvo su
presencia amenazante durante muchos años.39
En medio de cierta inestabilidad política se impuso un sector del “marcismo” que implantó un proyecto
de más nítido perfil “liberal con acentos democráticos” y fuerte apoyo popular, en un momento en que
avanzaba la producción cauchera y se fortalecía el precio del cacao y el de la cascarilla.40 José María
Urbina se hizo del gobierno, en 1851, a partir de un golpe de Estado gestado con el apoyo de la
guarnición de Guayaquil, cuando el área era propensa al liberalismo. Aunque en Ecuador las tendencias
políticas presentaban un importante grado de indefinición, que habilitaba a todo hombre amante de la
civilización y acorde con el siglo a proclamarse “liberal”, el proyecto urbinista estableció un hito de
polarización. En el plano político los congresos constituyentes del periodo de Urbina y su sucesor y
adepto Robles, generaron un sistema sofisticado que centró la elección presidencial en una Asamblea de
Electores,41 establecieron la justicia por sistema de jurados, expulsaron a la Compañía de Jesús,42
manumitieron a los esclavos, abolieron las protecturías indígenas con el argumento de que el indio no era
un menor de edad para que se le limitase el derecho de enajenar sus tierras y, a partir de una coyuntura
propicia para basar los presupuestos estatales en los ingresos de aduana, en 1857, extinguieron el tributo
indígena y lo sustituyeron por una contribución subsidiaria que gravaba a todos los habitantes.43 Las
medidas tendientes a la ciudadanización del indio encontraron resistencia en las comunidades,
promovieron su descomposición,44 y tuvieron la intención de liberar mano de obra que pudiera
desplazarse hacia la costa que iniciaba un auge productivo y comercial. Paralelamente, se levantaron los
aranceles aduanales en el marco de una amplia política de libre comercio.
Urbina se granjeó el odio de la aristocracia terrateniente serrana, que lo consideró un “rojo” radical,
enemigo de la Iglesia, que basaba su poder en unas fuerzas armadas que escapaban a su control, los
famosos batallones “tauras” formados por negros manumisos y montubios costeros,45 bien pagados y
extraordinariamente adeptos a su jefe. Esta irrupción de masas populares, que sostuvo al urbinismo, hizo
temer por el dominio social que ejercían los terratenientes sobre sus explotados peones conciertos.
Pese a todas estas transformaciones modernizadoras, y por la ruptura del consenso entre las élites
regionales que ellas supusieron, los gobiernos de los ricos guayaquileños no lograron estabilizar el país.
Por el contrario, lo sumieron en una de las mayores crisis de su historia. A partir de la relativa bonanza
exportadora que vivía Ecuador, los gobiernos de Urbina y Robles se abocaron a negociar la enorme deuda
externa que se arrastraba desde el periodo independentista con la Asociación de Acreedores Extranjeros.
En el marco de las negociaciones se firmaron múltiples tratados que suponían la cesión de territorios y el
proyecto de hipotecar las Galápagos como garantía de un préstamo que Estados Unidos otorgaría a
Ecuador.46 En 1859, el liberal Ramón Castilla, presidente de Perú, reclamó los territorios involucrados y
su flota invadió Guayaquil.47 El descontento de los terratenientes serranos encontró la ocasión de hacer
valer su fuerza. Con la inminente amenaza extranjera, la oposición retiró al ejecutivo las facultades
extraordinarias y se alió con Perú con el argumento de que el general Castilla no hacía la guerra a
Ecuador, sino sólo a su mal gobierno.
La invasión peruana de 1859 fue el detonante de un caos disgregador latente en el país, pero más o
menos disimulado por la apariencia de una mínima unidad institucional. Ecuador se fragmentó en varias
regiones y localidades. Cuatro gobiernos se disputaban el poder y una pequeña ciudad azuaya, Lo ja, se
segregó en una forma gubernativa federal, en una expresión extrema de separatismo. Con el país al borde
de la disolución, irrumpieron los proyectos anexionistas promovidos por quienes dudaban de la capacidad
de las fuerzas internas para vertebrar la nación. Se abrieron paso planes para participar en un tardío
intento de recreación de la Gran Colombia y para solicitar el protectorado de la Francia de Napoleón III.
Todo ello ocurría mientras Perú y Nueva Granada entraban en tratos diplomáticos para repartirse
regiones enteras de Ecuador.

La construcción de la nación según el proyecto conservador, 1860-1875

Francia se negó a aceptar el protectorado que algunos desanimados sectores serranos le ofrecían en
medio de la crisis, entre 1859 y 1862. La negativa no parece haber provenido exclusivamente de la
coincidencia con el inicio de la aventura mexicana que emprendió la potencia europea. Ecuador no era
México, sino un país difícil de integrar y gobernar que exigía fuertes inversiones para obtener resultados
poco promisorios.48 La situación del país, su estado de balcanización, el desprecio francés a la propuesta
y el peligro de ser absorbidos por los estados vecinos, conmocionó a élites políticas y sectores dominantes
de las parceladas oligarquías regionales. Así adquirió sustento la aplicación de un modelo alternativo de
integración nacional. Cabeza indiscutible del intento fue Gabriel García Moreno, un guayaquileño
devenido serrano por la via matrimonial, que unificó en torno suyo y/o derrotó a los gobiernos surgidos de
la crisis de 1859 y logró presentarse, particularmente durante su primera administración, como una
especie de tabla de salvación, por encima de la “provinciocracia”, acompañado por un espectro político
más amplio del sector conservador al que encarnó. Gobernó o ejerció su influencia sobre el país durante
tres lustros (1860-1875) y fue construyendo la hegemonía o afirmando su dominación de forma
multivalente, equilibrando las fuerzas para impulsar un proyecto nacional en medio de intereses y
sentimientos contradictorios,49 con una sociedad en intensos movimiento y transformación. El proyecto
se vertebró en torno a la unidad religiosa del país. La Iglesia católica fue manejada, no sin conflicto, como
la materia prima básica que permitiría cementar las fisuras políticas, regionales y sociales. Fue también
la punta de lanza de una política de extensión y transformación educativa, que hizo hincapié en la
formación técnica, a partir de un acuerdo de Concordato con la Santa Sede. Ello le permitió iniciar una
acelerada reforma religiosa de las órdenes regulares nacionales, que fueron sustituidas por un clero culto
e importado de las mejores escuelas y universidades de Francia y Alemania. El impulso progresista, que
tendió a actualizar a Ecuador con el siglo, a desarrollar la infraestructura de comunicaciones que uniría al
país, a urbanizar grandes áreas del corredor interandino, a crear cierto mercado interno, a insertar
plenamente al país en los circuitos del mercado mundial, a culminar la desintegración de la comunidad
indígena tanto por la vía del trabajo subsidiario asignado a las obras públicas como por la decadencia de
las antiguas manufacturas, respondió y se acompasó al inicio de un auge cacaotero, que ya se
vislumbraba desde finales de la administración urbinista. El conjunto de las transformaciones que el
garcianismo introdujo en Ecuador preparó al país para el nuevo ciclo agroexportador en el que se
insertaría a partir del incremento de la demanda de cacao de las metrópolis europeas. Liberaron mano de
obra que pudo migrar a la costa y aplicarse al cacao. La gran actividad productiva y comercial de
Guayaquil dotó al Estado central de los ingresos de aduana necesarios para su transformación y habilitó
el surgimiento del capital bancario. Esta banca se convirtió en la prestamista de los gobiernos
conservadores, sobre los que ejerció gran influencia y control. En el plano normativo,50 y después de
superar algunos fracasos iniciales, el conservatismo golpeó la estructura departamentalizada del poder
estatal y logró imponer la representación proporcional a la población sobre la base de una ciudadanía
ampliada y extendida a partir de la liquidación de los requisitos censatarios para ser elector. Cuando el
proyecto conservador abandonó su gradualismo inicial, calificó a esta ciudadanía ampliada, al imponerle
la condición de catolicidad para su ejercicio y, pocos años después, consagró la República del Ecuador al
Sagrado Corazón de Jesús. De más está decir que todo esto afectó muchos intereses de distinto signo y
concepciones ideológicas. El proyecto conservador se batió en todos los planos e hizo gala de un efluvio
represivo no conocido en el país hasta entonces. Se abrió paso con violencia, con tortura, con
deportaciones y también con concesiones. Si no pudo vencer, reprimió, y si ello no fue suficiente,
marginó. Dio también gran batalla ideológica en todos los ámbitos para convencer acerca de que su
modernidad católica alternativa tenía futuro en un mundo ganado por el impío liberalismo. No logró
perpetuarse ni continuarse conforme estas bases, que caducaron a partir del violento magnicidio de su
principal impulsor el 6 de agosto de 1875. Diversos elementos internos y externos, coyunturales y no
tanto, se conjuraron para poner fin al proyecto conservador garciano. Sin embargo, a su muerte, Ecuador
presentaba una fisonomía radicalmente transformada e infinitamente más integrada que cuando Francia
se permitió rechazarlo.51

El nacimiento de la historia oficial republicana

El periodo inmediatamente posterior a la revolución de marzo de 1845 no era propicio para escribir la
historia. Los intentos que existieron no prosperaron. El joven Agustín Yerovi, miembro del senado de 1847
y afamado por los empeños puestos en la edición de Velasco, fue encargado de la misión en coautoría con
Nicolás Espinosa, con la supervisión del erudito José Fernández Salvador. La misma cámara habilitó el
acceso a los archivos para este equipo, pero no se vieron los resultados.52 Nada fructificó hasta superada
la mitad del siglo cuando, al unísono de una elevación del sentido nacional,53 comenzó a escribirse lo que
plasmaría como la primer expresión historiográfica del periodo republicano. Su autor fue un hombre
tensionado por dos líneas enfrentadas, por dos visiones del desarrollo histórico de la nación.54
Las “Advertencias” que preceden al Resumen de la historia del Ecuador, desde sus orígenes hasta 1845
de Pedro Fermín Cevallos están fechadas en diciembre de 1858, aunque el autor recién logró editarlo en
Lima, en la Imprenta del Estado, en sus cinco primeros volúmenes.55 En 1855 Cevallos publicó, en varios
números del periódico La Democracia de Quito, un “Cuadro Sinóptico de la República del Ecuador” que
parece haber sido el germen inicial de sus incursiones en el campo de la historia pues, según expresó en
la segunda de las cinco “Advertencias”, el Resumen fue escrito “con motivo” de aquel cuadro y a partir de
múltiples correcciones que le hicieron llegar lectores interesados, particularmente Miguel Riofrío.
Cevallos reconoció la validez de la crítica a unos artículos escritos “en un par de horas, con la seguridad
que se tiene de que, leídos o no leídos, quedan olvidados para siempre”,56 autocrítica que revela a un
historiador sensible y motivado a enmendar la pluma, en una obra de mayor aliento. El Resumen
consumió por lo menos, una década de su vida y, como mantuvo este espíritu abierto, capaz de acoger
toda objeción fundada, continuó incorporando las observaciones hasta la segunda edición, la de
Guayaquil, de 1886.
No estamos, empero, muy seguros de que esta actitud fuera reflejo de un hondo espíritu científico, tan
deseable en su profesión. No queremos decir que Cevallos fuera un hombre falto de “dignidad” como
afirmó Manuel J. Calle,57 pero si nos atenemos a la famosa biografía que sobre su persona escribió Juan
León Mera58 resulta imposible sustraerse a la tentación de suponer que don Pedro Fermín pudo haberse
arrepentido de afectar su amistad con Juan Montalvo por haber mantenido una muy cercana relación con
el otro Juan de Ambato.59 Cevallos y Mera se biografiaron el uno al otro. ¿Cómo determinar si aquella en
la que Mera lo “pintó”, y que fue originalmente publicada en 1874,60 responde acaso a una forma
particular de relación entre dos hombres que sostenían una amistad aunque discrepaban en el plano
ideológico, o si fue una reciprocidad a críticas que Cevallos deslizó en la biografía del autor de Cumandá?
En su biografía de Mera, Cevallos fue sarcástico en torno al origen de sus convicciones doctrinales y
religiosas.61 Debe de haber existido, seguramente, una especie de esgrima intelectual permanente entre
ambos. Más allá del hecho, queda claro que Mera poseía un espíritu crítico implacable y que Cevallos
tenía una tolerancia infinita para con su amigo y paisano.62
La biografía de Mera sobre Cevallos, base de todas las otras que se han escrito, es demoledora.63 En el
ámbito privado parece un prontuario del biografiado: un “epicureísta” dado a las francachelas aun
después de haberse doctorado y contraído nupcias; remiso para el estudio, desde su más tierna infancia
hasta muy avanzada su vida adulta; incapaz de estar ausente en un baile, un jolgorio, una libación,
pecado por el que casi paga la vida en un arranque de furia del “negro” Otamendi, el fiel lugarteniente de
Flores. Tampoco Mera fue contemplativo con la dignidad personal de Cevallos, en su vida pública. Nacido
en 1812 en Ambato, estudió Humanidades y Filosofía en Quito en el Seminario de San Luis y luego
Jurisprudencia. Unido al liberalismo guayaquileño, ámbito en el que ejercía su profesión de abogado, fue
electo diputado por Pichincha, en 1847;64 se pronunció por la candidatura de Elizalde en 1849 y a partir
del año siguiente formó filas dentro del liberalismo urbinista. Fue ministro del Interior de este régimen
por pocos meses y en el Congreso de 1852 sustituyó a Javier Espinosa en la Secretaría de la Cámara de
Diputados, quien renunció para evitar firmar el decreto de expulsión de la orden jesuítica. Cevallos
estampó su firma gustoso y luego Urbina lo designó fiscal de la Corte Superior de Justicia de Guayaquil.
Una vez de regresó en Quito, en 1853, “tuvo feliz remate la transformación moral y la verdadera
invención del tesoro intelectual del Dr. Cevallos”, dice Mera. Atribuye el intenso viraje de la personalidad
a su participación en los negocios públicos, al cambio de ambiente, al contacto con hombres ilustrados
entre los que tenía que mostrarse culto y “hasta algunos trabajillos que no le faltarían mientras rodaba
distante del propio techo”,65 afirmación ofensiva que no todos sus amigos le hubieran tolerado.
A los 40 años inició estudios más profundos, mientras desempeñaba en Quito la misma fiscalía de
Justicia y, a partir del “Cuadro”, las publicaciones se sucedieron: un Breve catálogo de errores en orden a
la lengua y al lenguaje, en defensa a la pureza del castellano en la revista El Iris,66 en 1861, la Galería de
Ecuatorianos ilustres, y en 1867, Instituciones de derecho práctico ecuatoriano para la cátedra de
Procedimiento que dictaba en la Universidad Central, desde el inicio del régimen garciano.67
Aunque después de las conmociones que se desataron en el país en 1858-1859 Cevallos se retiró a la
vida privada y se dedicó de manera más plena a su Resumen, participó en la Constituyente de 1861 y
luego en las dos Asambleas del Interregno, las de 1867 y 1868, entre las dos administraciones de García
Moreno, aunque ya desde posiciones muy moderadas.68 Cometió otros pecadillos, según Mera, tales como
vender sus propiedades en Ambato y establecerse definitivamente en Quito, desentendiéndose del sano
“provincialismo”. Lo hizo por “¿Necesidad?” o por “¿Egoísmo?”, se preguntaba su duro crítico, que era un
adalid del retorno bucólico a la naturaleza y de la protección en la pureza del campo ante el avance del
impío liberalismo, corruptor de las urbes. Luego de la muerte de García Moreno, fue partidario de la
candidatura de Antonio Borrero y sorteó sin molestias la dictadura de Veintemilla. El Congreso de 1883»
a inicios del periodo “progresista”, lo nombró ministro juez de la Corte Suprema de Justicia, al tiempo que
dirigía la Academia Ecuatoriana de la Lengua correspondiente a la Española. A ambos cargos renunció
por la ceguera de su vejez y, para gran consuelo de un Mera, fundador del germen del Partido
Conservador, Cevallos no murió impío, en 1893. Solicitó que el presbítero González Suárez (el gran
historiador) le diera la extremaunción. Además, se hizo traer en procesión al Santísimo, “con música y
pompa”: “Para que sepa todo el mundo que el herejazo de Cevallos ha muerto católico”, le atribuye Mera
haber dicho cuando le preguntó para qué quería tanto boato mortuorio.69
Los apuntes biográficos nos hablan de dos Cevallos: el liberal “profesor de epicureismo” y el hombre
moderado y colaboracionista con los proyectos de “orden” y progreso católico, en que se convirtió. Quizá
esa especie de victoria ideológica que proclama Mera, no existió. Cevallos siguió una trayectoria
extraordinariamente común entre los hombres de su generación, expuestos a las tensiones que generaron
las circunstancias políticas de su época; él tomó opción por la causa de la integración nacional. Su
persistente voluntad de escribir y publicar el primer libro de historia, habla de una conciencia firme en
este sentido, que lo debe de haber llevado a acompañar y cobijar iniciativas políticas que, si bien no
coincidían plenamente con su signo ideológico, eran percibidas como las únicas viables para evitar la
desintegración de un país que enfrentaba grandes dificultades identitarias.
Los estudios historiográficos poco han penetrado en el Cevallos historiador.70 Quienes lo han abordado
no exaltan su metodología o sus extraordinarías virtudes analíticas. Le reconocen su intención de dar
apoyo histórico a la nacionalidad, por abrir el camino inicial, sin capacidad de crear una escuela
historiográfica. Antonio Borrero lo degradó a la condición de “padre de la historia política” ecuatoriana.71
“Cevallos relata más que raciocina; indaga más que falla; en algunos sucesos parece que fía demasiado
del discernimiento del lector, y se limita a exponerlos; en otros deja toda la responsabilidad a los que le
han suministrado las noticias”, apuntó Mera que, por momentos, parece no querer dejar en pie una sola
virtud de su paisano.72
Aunque muy reconocido, Cevallos no siempre fue bien tratado por la crítica historiográfica, pese a su
apertura para acoger sugerencias. Efectivamente, el Resumen de Cevallos no es una obra deslumbrante
en sí misma. Tiene una marcada recurrencia a los ciclos, muy al tono del romanticismo. Se inicia con un
epígrafe de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand, de donde recoge que “la historia no es más
que la repetición de los mismos hechos”, mención que no parece tener más objeto que cerrar un círculo
pues, al finalizar el relato expresa el deseo de que: “Ojalá que quien trate de continuar la narración de los
sucesos de la patria [...] no se vea en la necesidad de servirse como nosotros, de las palabras de
Chateaubriand”.73 Las aspiraciones que expresa en sus “Advertencias” hablan de una propuesta modesta:
no intenta ver de nuevo a Velasco sino simplemente utilizarlo para “encadenar la historia antigua de mi
patria con la moderna” y declara que sólo revisó las opiniones del jesuita cuando consideró preferible el
criterio de Prescott u otros historiadores antiguos. Prefirió avanzar a la época independiente y dejar
intocado un relato bien internalizado, que lo hubiera expuesto a múltiples sinsabores, si no lograba
fundar su revisión en fuentes sólidas. Se prevenía también contra las acusaciones de ausencias de
originalidad. De las seis partes que componían la obra,74 descartaba como originales la primera, en la
que transcribió a Velasco, y la cuarta dedicada al estudio del Ecuador durante la Gran Colombia muy
apoyada en Restrepo, en Manuel José Caicedo, en Barros Arana, en Bennet y otros historiadores.75 Pese a
ello, Cevallos introdujo sus opiniones en torno a Bolívar y al previsible destino que era dable esperar a
una unión tan poco respetuosa de las soberanías provinciales.
En cuanto a las partes que reclama como propias, puede afirmarse que hizo pocos aportes a un periodo
colonial que tuvo que seguir esperando por su historiador. En relación con la independencia, Cevallos
introdujo muchos testimonios orales que recibió de quienes habían presenciado los sucesos
revolucionarios, reunió algunos papeles de los que quedaban en los archivos, no demasiados, afirma
Barrera, porque ya habían sido enviados a Colombia por requerimientos de Restrepo, o habían
desaparecido, ya sustraídos por los mismos participantes o simplemente perdidos. Quizá se esperaba de
él mayor exaltación de lo que siempre se señaló como “la cuna de la revolución del continente”: la
revolución quiteña de 1809. Cevallos dio su lugar al hecho con un dejo de burla en la “puerilidad” de las
“heráldicas pretensiones” de la primera junta y con un reconocimiento a la heroicidad popular, muy en el
tono del antiaristocraticismo y la exaltación de masas del urbinismo. Quiso demostrar que los “mártires
quiteños” del 2 de agosto de 1810 no fueron solamente la dirigencia detenida sino los hombres, las
mujeres y los niños del pueblo. Cevallos aclara que con estos relatos minuciosos de testimonios orales
intentó rebatir al historiador español Torrente, quien narró la masacre como el enfrentamiento de dos
ejércitos, cuando no fue más que “un 2 de mayo de 1808 en Madrid”, es decir, la victoria de un ejército de
línea contra un pueblo desarmado que insurreccionó con heroísmo.76
Más aún, culpa a las divisiones internas de la dirección revolucionaria, al enfrentamiento entre
Quiroga, Salinas y Morales con los Montúfares, haber precipitado el asalto a los penales que desató la
masacre. Su objetivo fue asentar una enseñanza histórica para su presente: el rechazo al enfrentamiento
partidario, causa de desunión y ruina de la nación. “La lógica de los partidos que han llegado a encelarse
y a exaltarse, ha sido y será siempre así: desatentada, vanidosa, intolerante, irracional, y desdeñarán los
abanderizados hasta su propia salvación, hasta la de su propia causa, por no recibirla de parte de sus
enemigos.”77 Como historiador apeló a la “recta imparcialidad de su pluma” y se dijo hombre no
involucrado en el partidismo, pese a una actuación que, salvo en algunos momentos, fue secundaria.
Cevallos se percibía fuera de sus antiguas adhesiones políticas frente al inicio de los grandes desórdenes
que pusieron en peligro su patria, a finales de 1858, momento en que está fechado su prólogo. Abjuró
también de su regalismo. El propio Mera le reclamó haber evidenciado un “exagerado celo en favor de la
Compañía de Jesús” en el capítulo dedicado a estudiarla desde sus orígenes hasta la expulsión de Carlos
III. Quizá Cevallos deseaba expiar su culpa por haber firmado un decreto análogo, en 1852.78 Mantuvo
así la actitud de historiador de apariencia ascética, que muchos le censuraron, para analizar la historia
contemporánea hasta el año en que decidió avanzar, el de 1845. Sus detractores dijeron que sostuvo una
acendrada amistad con Flores Jijón, que debió haberlo inhibido para censurar de manera más firme a su
padre. Cevallos no era un hombre de arrojo, por lo menos en su segunda etapa. Al margen de que sabía lo
suficiente de la historia como para no arrogarse el papel de juez, hay que reconocer que fue cuidadoso en
su posición de historiador oficial. Su actitud ante la historia fue la de explicar a los hombres y las
instituciones por las circunstancias de su tiempo. Así lo muestra al hacer la caracterización del Estado
naciente:

1830. Hallábase pues ya legalmente constituido el Ecuador, y hallábanse ya satisfechos los vivos deseos del pueblo
por hombrearse con las otras naciones como soberano y libre; mas, las circunstancias en que entraba a ejercer sus
derechos propios eran las menos adecuadas para el bienestar, cuanto más para el progreso y prosperidad. Una ley
fundamental y leyes secundarias cargadas de vicios y llenas de vacíos; una división departamental mal meditada y que
había de brotar celos recíprocos; un ejército permanente, compuesto en la mayor parte de extranjeros [...], un sistema
de hacienda que, si lo había, no podía llamarse tal; multitud de créditos pasivos de deuda doméstica o extranjera [...]
intereses disconformes entre los tres departamentos de que se componía el Estado; pretensiones pendientes y
encontradas entre las naciones vecinas; escasez de hombres públicos o entendidos en materias de gobierno, y escasez
de luces en las de rentas y contabilidad [...] tales eran los obstáculos con que la pobre patria, hecha ya señora y
soberana, iba a tropezar en su camino, y tal la triste perspectiva con que entraba a hombrearse con las viejas
naciones del antiguo y nuevo continente. Ya veremos presentarse uno a uno, o reunidos, muchos de esos obstáculos,
atajando, cual nuestras montañas gigantescas, los pasos bien o mal encaminados que se daban para conducir al nuevo
Estado por la senda del progreso.79

El fragmento trascrito no sólo es útil para ejemplificar el análisis histórico de Cevallos, su capacidad
para identificar los grandes problemas históricos nacionales, sino su particular forma de manejo del
idioma. Tampoco en ese plano escapó a la crítica. Él se consideraba un cultor del castellano puro. Al final
de sus “Advertencias” se jacta de despreciar la “campanuda fraseología de los escritores afrancesados”.
Evitar los “galicismos de sentido” le obsesiona tanto como combatir los errores del habla popular, que no
dejan de estar presentes en sus testimonios orales.
Cevallos se concibió a sí mismo como un eslabón en la cadena del saber histórico. Su propuesta fue un
Resumen, no demasiado original pero de alta utilidad para la época. Su obra no es una síntesis
correctamente jerarquizada, y cuando intenta engarzar la gesta ecuatoriana con el gran movimiento
independentista de la región, se le diñculta abrir la perspectiva y proyectarse más allá de Quito. Quiere
ver un Ecuador mayor de edad, que lucha por “hombrearse” con las demás naciones desde un difícil
punto de partida. Era muy común en la reflexión política ecuatoriana concebir a Ecuador como un “país
niño”, al que no era posible aplicar soluciones políticas que sólo eran útiles en naciones “adultas”, como
el federalismo, por ejemplo. Así lo señalaban Rocafuerte y algunas alocuciones parlamentarias en el
Congreso de 1861. Esta minoridad era la que Cevallos se proponía combatir y desacreditar.80
Cevallos estaba apurado por lanzar su obra al ruedo, la sabía necesaria y la redujo a la condición menor
de Resumen, aunque no breve, por cierto. Quiso también poner la documentación recogida a disposición
del futuro historiográfico de la nación. Los avatares de la edición, que tuvo intentos fallidos en Guayaquil
y en el Colegio de Latacunga, determinaron que se perdieran en Lima, a la muerte de su editor Vicente
Emilio Molestina, los documentos reunidos. Cuando tuvo más tiempo, en la segunda edición de 1886,
incorporó parte de los que logró recuperar, distribuidos en los volúmenes correspondientes. Amplió el
área geográfica del último volumen que no había sido editado y le incorporó un subtítulo de Costumbres
públicas, estudio influenciado por la racionalidad moderna y el ascetismo que intenta imponerse desde el
periodo garciano. Se trata de un interesante cuadro social descriptivo y crítico, del que no escapan los
carnavales “bárbaros”, la crítica a las corridas de toros, al maquillaje femenino, la música, las festividades
locales y la degradada situación del indio, narrada con el habitual tono lastimero que se adoptó en el siglo
XIX para referirse al tema. Es interesante también la descripción de la población autóctona del oriente
amazónico. Quizá sólo en esta ocasión, Cevallos escapó a la rigidez del tratamiento político para
incursionar en lo social y cultural con cierta agudeza y mayor libertad de estilo. Historia oficial por
muchas décadas, el efecto del Resumen de Cevallos superó a sus críticos, no demasiado errados al
señalar sus limitaciones. Los dos Cevallos están presentes en una obra desigual en el tratamiento, pero
funcional a los fines para los que fue escrita.

LA HISTORIA CONTESTATARIA “ENGAVETADA”

Aunque Pedro Fermín Cevallos inició su obra en el periodo anterior, se plasmó en imprenta durante la
época garciana y con el apoyo que le proporcionó este régimen. El Resumen fue la historia oficial, a partir
de la publicación de su primer volumen. Fue también un buen complemento en la gran batalla
integradora que libró el garcianismo,81 régimen en que no se enajenó toda la intelectualidad, pues
muchos mantuvieron muy puras sus concepciones liberales en medio de la marejada conservadora. Nada
afectó la aparente uniformidad interpretativa del desarrollo histórico nacional en tanto García Moreno
dominó el escenario.
Pero toda homogeneidad esconde, de manera intrínseca, la diferencia. La dominación conservadora
vivió una fractura, un interregno entre las dos administraciones garcianas (septiembre de 1865-enero de
1869), que la hizo peligrar. García Moreno seleccionó a sus sucesores al finalizar su primer periodo
constitucional. En primera instancia puso el gobierno en manos de Jerónimo Carrión, quien enfrentó
dificultades para retenerlo, apenas durante dos años. No se plegó a la política represiva garciana, sino
que garantizó la libre expresión de las ideas y afirmó la pureza electoral al punto de que,82 en las
elecciones para el Congreso de 1868, triunfaron plenamente los liberales y Pedro Carbo, el jefe de la
tendencia, fue electo presidente de una Asamblea que se permitió impedir a García Moreno asumir el
cargo de senador por Pichincha. Cuando se produjo un enfrentamiento entre Carrión, su ministro
Bustamante y el Congreso, el caudillo conservador envió inmediatamente un emisario a exigirle la
renuncia.
Lo sustituyó con el doctor Javier Espinosa, con una especie de gran acuerdo nacional entre liberales y
conservadores. Como, al decir de Antonio Borrero, Espinosa “[...] no quiso ser pupilo de García Moreno;
quiso gobernar con su cabeza y su conciencia”,83 tampoco lo respaldó. Durante estos pocos años de
respeto a las garantías individuales, los opositores cuencanos y guayaquileños lograron estructurarse y
elevar la candidatura del costero Francisco Xavier Aguirre Abad, quien tenía perfil de estadista, concitaba
la adhesión de todas las tendencias opositoras y se presentaba con un programa escrito y definido. El
carácter civilista de Espinosa no se prestaba a trucos y García Moreno temió por la suerte del conjunto de
su proyecto. Acusó a Aguirre de “rojo” conectado con Urbina de quien era concuñado y, en enero de 1869,
fraguó un pronunciamiento. Se reinstaló en el poder con este golpe de Estado y fue finalmente legitimado
en la Asamblea Constituyente del mismo año.84
Este violento regreso del garcianismo generó una verdadera dispersión de la oposición. Muchos, como
Montalvo, salieron al exilio, otros se replegaron a la vida privada. Esa fue la actitud de Aguirre Abad
quien, a partir de la frustración de su candidatura, se dedicó a escribir un Bosquejo histórico de la
República del Ecuador. La historia de Aguirre tiene una muy escasa consideración en los estudios
historiográficos ecuatorianos, ya que permaneció “engavetada” más de un siglo y recién fue publicada en
1972. Más allá de las circunstancias que impidieron en su momento la edición, sorprende el prolongado
retardo, que algunos explican como un deseo de los descendientes de no molestar a la familia Flores con
las críticas que Aguirre hizo al “padre de la patria”, pues se habían establecido lazos de parentesco.85
Cuando se lee el Bosquejo histórico se comprende mejor el bien fundado temor que la candidatura de
Aguirre Abad despertó en García Moreno, pues hubiera tenido que enfrentar a un enemigo de alta
estatura intelectual. Nacido en la villa de Baba, en 1808, Aguirre inició sus estudios en el Colegio de San
Luis de Quito poco antes de que estallara la revolución de independencia en Guayaquil. Pudo apreciar en
gran panorámica la batalla de Pichincha y, en el Convictorio de San Fernando obtuvo su doctorado en
Jurisprudencia. Su ejercicio profesional se inició en el puerto, vinculado a la poderosa casa comercial de
Manuel Antonio Luzurraga.86 Nació a la vida política dentro del liberalismo, a cuyo servicio puso más el
intelecto que su persona. Simpatizó con la revolución que depuso a Flores, en 1845, pero fue renuente a
participar en la actividad pública nacional; en este ámbito sólo aceptó encargos acordes con sus dotes o
que le permitieran desarrollarlas. En 1852, como diputado por Guayas a la Convención urbinista, tuvo
una brillante participación legislativa al promover importantes leyes de corte humanista, como la
abolición de la pena de muerte por delitos políticos, la que privilegiaba la instrucción primaria frente a la
secundaria y la superior, y su proyecto de Creación de un impuesto sobre testamentarías y a los capitales
para reunir fondos y manumitir a los esclavos, que una vez aprobado se convirtió en ley y dio lugar a las
juntas de Manumisiones.87 Hacia 1855 representó a Ecuador en misiones diplomáticas, como encargado
de Negocios en Lima, en los momentos en que Flores conspiraba desde este país y al año siguiente ejerció
el mismo cargo en Chile, donde celebró el tratado Continental que garantizaba el control de las
expediciones armadas de opositores desde los territorios signatarios. En estas gestiones mantuvo una
decidida posición hispanoamericanista frente a las amenazas europeas. Fue firmante del primer tratado
celebrado por Ecuador con la Asociación de Acreedores Extranjeros, el Aguirre-Mocatta. Hacia fines del
periodo urbinista se retiró a la vida privada, ya con una sólida posición económica generada tanto por su
origen social, como por el ejercicio de su profesión y por haber sido beneficiado con un fideicomiso de
Luzurraga, que le permitió adquirir una hacienda y destinar parte a obras educativas y sociales en
Guayaquil. Desde los inicios del periodo garciano asesoró a Carbo en la parte jurídica del famoso folleto
contrario al Concordato.88 Durante el interregno, desde la presidencia del Concejo Cantonal de
Guayaquil, fue proyectado a la candidatura presidencial de 1869 y no por primera vez, pues ya había sido
presidenciable en 1852. Sobrepasó en Guayaquil las inclemencias del garcianismo, que no se atrevió a
molestarlo. Pocas incursiones hizo luego en la vida pública. Fue diputado al Congreso de 1878, desechó la
vicepresidencia de la república y, desde ese momento hasta su muerte, en 1882, ejerció la Rectoría de la
Universidad de Guayaquil.89
Aguirre pretendió escribir una historia de Ecuador desde sus posiciones éticas, acorde con su nivel de
reflexión y muy actualizada con la documentación de la que había sido portador y testigo presencial. Sin
embargo, la obra quedó inconclusa, ya que avanzó sólo hasta 1859. La enfermedad lo obligó a truncarla
en un punto de análisis que, por lo abrupto del corte, indica claramente que el autor se proponía
continuar. El Bosquejo no era una justificación histórica de su actuación ni un ensayo partidista, sino una
historia reflexiva y estructurada a partir de una periodización singular por épocas: “Los indios”, “Los
españoles”, “Los criollos”, “Los colombianos” y “Los ecuatorianos”. Las denominaciones que Aguirre
eligió para caracterizar las épocas de la historia daban relevancia al origen nacional de los actores en
cada periodo. Aun la primera época que parece escapar a esta determinación, es muy original. Aguirre
menciona apenas al Reino de Quito como uno de los agrupamientos humanos que junto con las
poblaciones llegadas a las costas constituían los núcleos “menos incultos.” Reconoce que los caras
conquistadores tenían régulos conocidos como scyris. Pero se aparta mucho de las historias oficiales
cuando, en el marco de su opción por las nacionalidades, le llama peruanos a los incas vencedores de los
caras. Peruanizar el incario significaba una ruptura con aquellos relatos históricos hegemónicos que lo
habían ecuatorianizado.90 Aguirre no tenía el menor interés en reclamar esa herencia para su patria
porque esos peruanos no eran civilizadores de pueblos sometidos sino déspotas destinados a aniquilar
todo espíritu superior. Esta capacidad “entontecedora” del incario sobre las poblaciones autóctonas
serranas disminuía en la periferia, sobre todo en las costas, donde “los peruanos” no habían logrado
penetrar plenamente.91 Aunque poco tienen de científicas las observaciones de Aguirre sobre los incas,
cumplen varias funciones en su relato: estigmatizan toda forma de despotismo, marcan las diferencias
con el vecino al que Aguirre debió enfrentar durante su vida diplomática y exaltan el mejor origen
espiritual de la costa frente a las sierras donde la población autóctona había escapado a la plancha
niveladora del incario, que había sometido al indio a la abyección del ilotismo, le había negado todo
derecho a la propiedad en beneficio del Estado, había creado “el comunismo que existía en el Imperio
peruano” apto sólo para sociedades salvajes o en estado de disolución pero incapaz de realizarse entre
pueblos civilizados, “por más excesos que se comentan” para sujetar al hombre “a un modo de vivir en
que voluntariamente se prive de su libertad individual”.92 Con Aguirre aparece el concepto de la nación
fincada en la oposición al “Otro”. Los gérmenes nacionales no preexisten en el Reino, sino en el concepto
abstracto de la libertad del hombre, definición que le permitía censurar al déspota que dominaba el
Ecuador. Toda la obra de Aguirre está salpicada de reflexiones que apuntan a exaltar una dirección
teleológica que no podría lograrse sino por la consumación de la libertad, como lo expresa en el siguiente
párrafo:

Ahora, si la felicidad consiste en la tranquilidad impasible de la servidumbre [...] bien puede decirse que los indios
han sido y son felices. Pero no tal la felicidad a que aspira la especie humana, que marcha aunque lentamente y
venciendo grandes obstáculos, en la vía de la civilización que la Providencia la ha señalado para perfeccionar a un
tiempo, cuanto es posible, su condición intelectual, moral y material.93

Aguirre aporta al tratamiento de Cevallos sobre el periodo colonial, la dimensión costera, para cuya
documentación debe haber tenido mejores oportunidades de acceso.94 En esos casos Aguirre se atreve a
asentar la corrección correspondiente a las omisiones del historiador oficial. El interés de la obra
comienza en el periodo independentista, su tercera época, la de “Los criollos”. Aguirre precede el estudio
con la enunciación del encadenamiento causal capaz de precipitar el movimiento: la disolución de la
monarquía aunada a la rivalidad de las clases más elevadas de la sociedad.95 Si bien reconoce que Quito
tuvo bien ganado el título de “Luz de América”, no admite su posición de vanguardia en el movimiento
independentista. Tampoco se siente obligado a excusar a las demás secciones de la Audiencia por su
realismo contumaz que permitió el restablecimiento del poder español. Y ello, porque la revolución
quiteña, “que tuvo su origen en la ambición de los nobles de esa capital”, no sólo “se había hecho odiosa,
sino lo que es peor, ridicula”.96 Es cuidadoso en narrar la revolución porteña de 1820, aunque demasiado
parco con la batalla de Pichincha, que viera desde sus balcones. Gran interés presenta el tratamiento de
los partidos formados en Guayaquil para definir el futuro del puerto presionado por las dos campañas. Al
analizar a “Los colombianos” se convierte en un duro censor de Sucre y también de Bolívar, no sólo por la
violación de la soberanía provincial en el acto de la anexión, sino por haber inventado un Estado gigante
mal integrado, a partir de “su escasa penetración y de su falta de habilidad en la dirección de los
negocios públicos”.97 Pese a esta crítica, matiza las opiniones de Cevallos en torno a los excesos
cometidos por los colombianos, que considera quizá exageradas por las pasiones exaltadas. Por oposición,
San Martín es el patriota abnegado que se sustrajo a las pasiones caudillescas, con su retiro a Europa.98
Desde el momento en que inicia el estudio de la separación y la conformación del Estado, en la época
de “Los ecuatorianos”, Aguirre es un firme sostenedor de la necesidad de la igualdad departamental de
representación, al tiempo que un implacable crítico de Flores: ambicioso, pródigo con las rentas públicas,
carente de juicio y de instrucción. Tampoco se le puede acusar de haber preferido la personalidad
histórica de Rocafuerte. Por el contrario, lo describe como un hombre fatuo y ostentoso, que: “Muy poco
hubo de solidez en cuanto puso mano”.99 Lo acusa de violar sus muy proclamados principio liberales, de
ser responsable de haber aplicado, o tolerar que se aplicara, la pena de muerte: “La Historia juzga
únicamente por sus acciones a los hombres”.100 La época analizada se completa con un interesante
estudio económico que abarca el fin del periodo Rocafuerte y la segunda presidencia de Flores,
particularmente detenido en algunos decretos de aquél, en la consideración del estado lamentable de la
hacienda pública y el tratamiento que recibieron las rentas aduanales en ambos periodos. Es, sin duda, un
liberal económico convencido de que la industria extranjera no debe ser temida en el país. Tiene, también
presente, las diferentes coyunturas del precio del cacao en ambas administraciones: muy favorables para
Rocafuerte y lo contrario para Flores. De esta manera, el Bosquejo contiene un tratamiento económico
poco común en la historiografía de la época.
Al llegar a la parte más rica y documentada de su relato, al tipificar la “oligarquía militar”, Aguirre la
censura sin miramientos, aunque reconoce en Urbina al más inteligente de la cohorte que lo rodeaba, con
el mérito de no haber sido nunca sanguinario. No se trata de la benevolencia del parentesco, porque llegó
a caracterizarlo como “el otro Flores”. Se detuvo en la elección presidencial de 1852, en la que su
persona recibió cinco votos que le fueron negados a Urbina, hecho que molestó al caudillo del militarismo
“nacional”. Aguirre habla de sí en tercera persona del plural, se muestra imparcial, actuando al lado del
liberalismo civilista y promoviendo la actividad legislativa que tanto lo honró.
Defiende de manera irrestricta las tratativas que realizó con el agente Mocatta y los tratados que se
celebraron con Estados Unidos para la defensa de las Galápagos. Desde ese momento, la obra se desliza
hacia el tratamiento de las temáticas internacionales y preserva la riqueza documental de quien fue actor
de primera línea en las gestiones diplomáticas con Perú y Chile en momentos difíciles. Contiene también
un recuento de los proyectos monárquicos en el continente, del apoyo y el beneplácito que recibieron de
las aristocracias criollas y de la inclinación de los agentes diplomáticos europeos en favor de estas
posiciones, especialmente en aquellas repúblicas donde se había asentado el caudillaje militar. Las
últimas páginas del Bosquejo dan amplia consideración a la gestión de Juan Celestino Cavero, el
representante de Perú en Ecuador, y esgrimen una justificación de los tratados que motivaron la invasión
de Castilla. Es un férreo defensor de la soberanía que Ecuador ejercía y que le habilitaba a disponer de
sus territorios.
Reig Satorres, su editor, ha negado que el Bosquejo pueda considerarse una historia y Aguirre un
historiador. Le impresiona mucho la forma teológica con la que el guayaquileño inicia el estudio y sus
declaraciones de fidelidad a la doctrina católica.101 El editor parece olvidar que, hasta inicios del siglo XX,
no hubo “una tradición o formación específicamente histórica” en Ecuador.102 Cierto es que no desplegó
un aparato crítico, pero su obra no puede ser calificada propiamente como ensayo, y menos aún,
identificada con un material circunstancial de combate. Citó a Cevallos cuando lo consideró conveniente,
como apoyo o para asentar una discrepancia a partir de su conocimiento directo de los hechos. Aguirre
narró desde su provincia-nación. No era una obra para la unidad pero debió de haber coexistido y
complementado a Cevallos. La visión costera de Aguirre, sus análisis monetarios, de fiscalidad y la
caracterización general de los regímenes sobrepasan la visión meramente política del ambateño. Tiene,
además, mejores dotes para generalizar, para caracterizar y no sólo narrar; para abstraer, sin quedar
atrapado en la trama de los hechos. Es un hombre independiente y confrontado con el poder, inspirado
por una vocación política y humana: la nación y su forja están inmersas en la lucha por la libertad y la
dignidad del hombre. A esta libertad sólo se arribaría por el civilismo, el respeto irrestricto a la ley, la
concordia y el consenso político y social. No eran, ni el hombre ni el discurso historiográfico, admisibles
para el proyecto homogeneizador que impulsaba García Moreno.
Otros intentos parecen haber existido en el marco del interregno. El Nacional de Quito daba cuenta, en
1866, de la aparición del primer volumen de unos Estudios sobre la historia contemporánea de la
República del Ecuador, de José Subía, que abarcaban desde la presidencia de Francisco Robles y la
batalla deTulcán, a inicios del periodo garciano.103 Nada más parece haber ocurrido en el campo de la
historia mientras Cevallos mantenía el monopolio interpretativo con su Resumen.

DEL LIBERALISMO CATÓLICO A LA REVOLUCIÓN LIBERAL, 1876-1895

Las casi dos décadas que median entre el asesinato de García Moreno y el estallido de la revolución
liberal, constituyen una de las etapas más complejas de la historia ecuatoriana. La súbita desaparición de
García Moreno desarticuló, durante un periodo, la vida política del país. Los intentos de reorientar el
rumbo nacional según la figura del moderado cuencano liberal católico Antonio Borrero Cortazar,
fracasaron estruendosamente. Enemistado con conservadores y liberales fue depuesto a los pocos meses
por un golpe de Estado militar liderado por Ignacio de Veintemilla, originalmente apoyado por el
liberalismo ecuatoriano. Pedro Carbo se convirtió en su ministro del Interior, y el régimen fue apreciado
por los conservadores como la conjunción de la Internacional y la Comuna en el gobierno del país
andino.104 Pese a que el boom cacaotero estaba en su clímax, Veintemilla no logró aprovechar la
coyuntura para dar continuidad a las inversiones de infraestructura. Los recursos fueron aplicados a
fortalecer y modernizar técnicamente un aparato armado de grandes dimensiones. El liberalismo
suprimió el Concordato y restableció el Patronato; las relaciones con la Iglesia y los conservadores se
tornaron críticas cuando el arzobispo de Quito, Monseñor Checa y Barba, fue envenenado con estricnina
colocada en el cáliz durante la misa del viernes santo de 1877. En medio de estas agitaciones, el
liberalismo retiró el apoyo al régimen, Montalvo escribió sus famosas Catilinarias contra el tirano, que le
supusieron prisión y nuevo exilio. Cuando Veintemilla trató de perpetuarse, liberales y conservadores se
coaligaron para derrocarlo en una intensa guerra civil que terminó con su poder, en 1883.
En pocos años de intenso trastorno, el Ecuador garciano con su incipiente despegue cacaotero, había
quedado atrás. En 1880 la estructura demográfica había cambiado radicalmente. Guayaquil era ya la
mayor concentración urbana de Ecuador.105 Los movimientos poblacionales iniciados desde el segundo
periodo conservador se precipitaron en la misma medida en que se incrementaba la demanda externa de
cacao. El capitalismo se recuperaba de la crisis de 1873 y Guayaquil crecía al ritmo que le imponía la
coyuntura. La guerra del Pacífico de 1879 lo favoreció frente a El Callao y Valparaíso, involucrados en el
conflicto; la apertura del Canal de Panamá redujo de manera muy importante el tiempo de viaje con los
centros consumidores y, finalmente, las innovaciones en el empleo del chocolate, su procesamiento de
pulverización y mezcla con leche, lo convirtieron en un producto preciado por las grandes empresas
monopólicas suizas, belgas y estadonidenses.106
Guayaquil entró en plena ebullición. Nuevas tecnologías se incorporaron en algunas haciendas
cacaoteras mientras la moneda privó en las relaciones laborales. La economía se monetizó con mucha
fuerza, el sucre sustituyó al peso, mientras la acumulación dineraria se concentró extraordinariamente en
un pequeño sector muy dinámico, vinculado a la banca, al comercio y al capital externo. Fueron unas
pocas familias, “cogollo estrecho, crema y nata de una oligarquía agrofinanciera y comercial”, que
tendieron cada vez más a alejarse de sus raíces agrarias107 y a invertir sus capitales en grandes casas
comerciales y en el sector terciario de la economía portuaria. Las clases altas porteñas entraron en un
proceso de diferenciación que se expresó en la banca. El sector comercial importador, desconforme con la
política crediticia del Banco del Ecuador, trató de crear sus propias casas financieras, al tiempo que el
capital externo penetraba la minería, las vías férreas y la navegación fluvial.
Un tan evidente dinamismo costeño no podía dejar intactas la sociedad y la vida política. Las más o
menos confusas tendencias políticas del periodo garciano adquirieron mayor grado de estructuración.
Partidos primarios, en la forma de sociedades y clubes, esbozaron ciertos cuerpos doctrinarios.
Conservadores y liberales no lograron mantener la unidad ni la pureza de sus perfiles, y alas de ambas
tendencias se desprendieron, se acercaron entre sí o se polarizaron, en las dos décadas finales del siglo.
Dos corrientes se separaron entre el elenco civil de los conservadores, con su correlato hacia el clerical:
la Unión Republicana, surgida en 1883, se escindió entre los conservadores genuinos, agrupados en la
Sociedad Católica Republicana y un segmento liberal católico de larga data en Ecuador, a partir de su
cuna cuencana, que encarnó en la tendencia conocida como el Progresismo, una tercera posición
dispuesta, como decía Caamaño, su representante más influyente, “a aceptar el término medio en
política”; como “herm afroditas” los catalogaban los conservadores puros, acusándolos de estar
dispuestos a tributar culto “a Dios y Baal”.108 El liberalismo tampoco fue monolítico. Desde la guerra civil
de 1883 irrumpió con fuerza un sector radical “machetero”; así se le llamaba porque entre sus filas
figuraban combatientes colombianos y centroamericanos agrupado en torno a Eloy Alfaro, un antiguo jefe
revolucionario convencido de la imposibilidad de arribar al poder por la vía electoral y promotor de
montoneras costeras armadas. En oposición al radicalismo armado, un sector moderado se estructuró en
1890 como el Partido Liberal Nacional.109
La montonera alfarista jugó un papel fundamental en el derrocamiento de Veintemilla, pero los
moderados prefirieron unir sus fuerzas al progresismo, en un acercamiento de alas moderadas
extraordinariamente común en el continente a finales del siglo XIX. Entre 1884 y 1895, el Progresismo
gobernó el Ecuador en las administraciones de José Ma. Plácido Caamaño (1884-1888), Antonio Flores
Jijón (1888-1892) y Luis Cordero (1892-1895). Sus representantes hicieron gobiernos de “poca política y
mucha administración”. Consideraron que debían abandonarse aquellas propuestas que fincaban la
unidad nacional en posiciones ideológicas y definiciones devotas. Por el contrario, sostuvieron que esta
unidad se plasmaría en el marco de una rápida modernización del país que redundaría en su mejora
material y en la plena integración nacional. Emparentados casi todos ellos entre sí, constituían un
riquísimo sector, conocido como “La Argolla”, conformado por los más ricos terratenientes costeros
unidos a algunos serranos que aspiraban a participar en la dinámica comercial, afirmados en la banca y el
capital internacional. Totalmente ajenos al carácter confesional del Estado, partidarios de la tolerancia,
gozaron de la mayor antipatía por parte de los conservadores puros y también de los liberales radicales,
cuyas expediciones combatieron y derrotaron con el poderoso y moderno ejército que Veintemilla les legó.
Caamaño finalizó su periodo enfrentado con la nueva administración del Banco del Ecuador. Sin embargo,
desde la gubernatura del Guayas se mantuvo como el gran poder en las sombras, dirigiendo la política
nacional.
Ecuador presentaba síntomas de alta polarización, cuando Flores hijo asumió el poder, después de
derrotar electoralmente a Alfaro. Las constituyentes progresistas habían establecido por fin el sufragio
verdaderamente universal, al eliminar los requisitos censatarios para ser electo.110 El segundo Flores fue
el verdadero adalid del capital internacional, sin cuyo concurso estaba convencido de que no lograría
desarrollar la infraestructura ferroviaria. Vinculó los convenios del tendido de vías férreas con la
renegociación de la deuda inglesa, en una política que, además de poco exitosa, era contraria a la
preferencia conservadora por el desarrollo autogenerado, sin peligrosos capitales externos. Se enfrentó
también con este Partido en torno a la concurrencia a la Exposición del Centenario en el Congreso de
1888. Los conservadores se negaron a que la República del Sagrado Corazón de Jesús estuviera presente
en las celebraciones parisinas que honraban la “cuna de la impiedad”.111 Sus excelentes relaciones con
Roma le permitieron sellar un acuerdo de sustitución del diezmo por un impuesto predial sobre las fincas
rústicas de tres por mil, innovación resistida tanto por la Iglesia, privada de su renta, como por los
grandes terratenientes serranos poseedores de enormes extensiones que serían, finalmente, los afectados
por esta reforma fiscal. Peores resultados aún le acarreó su intento de fundar una banca nacional, a partir
de una institución parisina que proveería los capitales, con capacidad emisora y como nueva prestamista
del Estado, decisión que resultó inaceptable para las instituciones de crédito portuarias que decidieron,
desde ese momento, volcar plenamente su apoyo a las fuerzas montoneras de Alfaro.112
Pese a que la modernización estatal impulsada por el progresismo dio mayores consistencia y
capacidad de penetración al Estado en el conjunto nacional,113 enfrentó grandes oposiciones políticas y
sociales que se expresaron durante el gobierno de Luis Cordero, a partir del episodio conocido como “la
venta de la bandera”. Si bien Chile se había declarado neutral en el conflicto sino-japonés de 1894, vendió
un buque de guerra y pagó una alta suma al gobernador de Guayas, el poderoso Caamaño, por el arriendo
del pabellón ecuatoriano. El ilícito económico dio cauce al descontento que se había gestado contra la
política estrecha del progresismo. La banca, el comercio, los pequeños industriales y manufactureros
arruinados por las lujosas importaciones que ingresaban por el puerto, los propietarios de las haciendas
cacaoteras con menor tecnología que no estaban ligados al comercio y las finanzas, los peones que
resentían el incremento de las medidas productivistas y todos aquellos sectores inconformes con el
progresismo, que resentía también el descenso de los precios del cacao a partir de la gran depresión de
1893» conformaron una junta de notables en Guayaquil y, el 5 de junio de 1895, designaron a Eloy Alfaro
como jefe supremo. Cuando lo hicieron no podían llamarse a engaño: conocían la composición social de
masas populares de las huestes macheteras y la radicalidad de su caudillo. Estaban todos ellos
convencidos de que sólo una revolución con estas características exterminaría las trabas que obstruían
aún la plena consolidación del Estado nacional que tanto necesitaban.114

LA IRRUPCIÓN DEL ENSAYO HISTÓRICO DE COMBATE

En épocas de alta pluralidad y polarización ¿cómo exigir homogeneidad historiográfica? Frente a las
monolíticas versiones anteriores de la historia nacional, en la década de los años ochenta el relato
histórico se abre en un gran abanico de posiciones encontradas. El control estatal ya no es capaz de
mantener una sola versión histórica del desarrollo nacional. Tampoco va su vida en ello. Ecuador seguirá
viviendo momentos críticos; pero su existencia como país no volvió a ser cuestionada interna ni
externamente. La producción historiográfica de entonces tuvo una intención inmediatista: trató de dar
sustento histórico a las posiciones enfrentadas en la coyuntura. Viejos actores políticos salieron a la lid
ahora, desde el campo de la historia; son generalmente hombres mayores en un semi retiro de la
actividad pública, con una amplia producción intelectual anterior en otros géneros. Detrás suyo hay una
historia de combate que se vuelca en el relato histórico y que se ampara, muchas veces, en fuentes
documentales reunidas a lo largo de la acción. Ninguno de ellos es propiamente historiador. Los trabajos
oscilan entre el ensayo y la memoria y sus páginas queman al calor de las pasiones que incendiaron sus
vidas. Tienen mucho del indeclinable deseo del hombre de legar por escrito la huella que imprimió en la
historia.
El Ecuador de 1825 a 1875: sus hombres, sus instituciones y sus leyes, de Pedro Moncayo es, quizá, el
más prístino exponente del género. El más peligroso de los liberales, como estaba conceptuado, aunque
octogenario, ciego en su exilio chileno, con su biblioteca arrasada por un incendio,115 se rehizo para
publicar una versión abreviada de su proyecto original. Dio por resultado una obra de más de 366
páginas, en 1885,116 un “folleto” como le llamó indebidamente Pedro José Cevallos Salvador en la crítica
que hizo a la obra.117 Don Pedro era un sobreviviente de gran parte de la época independiente y toda la
vida republicana del Ecuador. Nacido en Ibarra, en 1807, encarnaba un extraño espécimen de serrano
liberal. Pasó en Quito por los claustros comunes de toda su generación, el Convictorio de San Fernando y
la Universidad de Santo Tomás, donde se graduó como abogado en 1832. Se vinculó inmediatamente a las
sociedades opositoras a Juan José Flores, particularmente a la de El Quiteño Libre, inspirada por el
coronel Hall, arribado a Ecuador con las tropas de Sucre, después de que Benthan se lo había enviado a
Bolívar como asesor. La sociedad tenía una nítida inspiración liberal y Rocafuerte, recién llegado, se
convirtió en su adalid. Fundó un periódico de combate, con el mismo nombre de la sociedad, que atacaba
el dispendio, la corrupción y las arbitrariedades de la recién nacida administración floreana. Moncayo fue
su fundador y editor. Flores los aniquiló, masacró a sus miembros en Quito, colgó los cuerpos del coronel
Hall y de otros en los postes de la plaza de San Francisco. Moncayo y otros adherentes evitaron la muerte
porque habían sido remitidos presos a Guayaquil. Participó de las revoluciones “chihuahuas” después de
la claudicación de Rocafuerte; salió a su primer destierro en Piura, Perú, donde fundó su segundo
periódico de guerra, La linterna mágica y, por solicitud de Ecuador, el gobierno peruano lo desterró a
Lima para alejarlo de la frontera. Regresó después de la caída de Flores, en 1845. Fue legislador en las
asambleas de la época y presidió la famosa Convención urbinista de 1852, donde se aprobó la abolición
de la esclavitud. Periodista por esencia fundó varios periódicos más,118 ejerció representaciones
diplomáticas en Perú para discutir las discrepancias de límites, en tanto Flores conspiraba y luego llevó la
representación a Inglaterra y Francia. Al regresar a Ecuador en 1858, fue opositor al gobierno de Robles;
se vio involucrado en la confusa trama histórica del 59 y se manifestó contrario a las iniciales tentativas
que García Moreno realizó ante Castilla para obtener el apoyo peruano. Abandonó Ecuador en 1862 para
instalarse definitivamente en Chile, donde ejerció como profesor universitario. Fue vicepresidente de la
Sociedad Unión Americana; hizo vibrantes piezas oratorias cuando el bombardeo de la flota española a El
Callao y Valparaíso, escribió artículos contra Veintemi11a y alentó el alfarismo, hasta su muerte, en
1888.119
El muy extenso Ecuador de Moncayo tiene un título muy preciso como corresponde a un periodista
buen conocedor del valor de las primeras planas. Su preocupación fueron los “hombres” interactuando
con las “instituciones” y las “leyes”: “El carácter de los hombres que nos han hecho tanto mal” parece el
objetivo fundamental, como dice Moncayo en su Introducción.120 Sus “apuntes”, como los calificó, lo son
en blanco y negro: destella un Sucre puro y digno frente a un Bolívar centralista y autocrático, extraña
apreciación histórica en un medio que rendía culto al Libertador.121 Pero Moncayo era un rupturista.
Flores fue el centro principal de la censura de todos los historia dores liberales: responsable del asesinato
de Berruecos, corruptor maquiavélico de un Rocafuerte exculpado por no tener voluntad propia, porque
después del pacto “ya no era el mismo hombre”.122 Flores “el extranjero”, el invasor, el que “se
arrastraba como un gusano” ante las cortes europeas y gobiernos latinoamericanos.123 En fin, casi un
volumen de cortos capítulos, dedicado a medir a los hombres actuando en sus circunstancias conforme la
severa vara del liberalismo, con juicios que generaron intensas polémicas y réplicas de la poderosa
familia involucrada. El militarismo nacional, con el que colaboró, le merece una censura por militarista,
ligeramente amortiguada por su condición de “nacional”. Moncayo es un civilista en pugna por el triunfo
de las instituciones y las leyes. Narra los crímenes represivos de García Moreno con detalles; los epítetos
son sobrios pero contundentes: traidor a la patria y a las repúblicas del Pacífico, monstruo atroz del que,
no obstante, nada tiene que decir “como legislador y hombre de Estado”.124 Se percibe un suspiro de
alivio en Moncayo al dar el Finis y dejar instalado a Borrero en el gobierno. Narrar tanto horror revive el
dolor que siente por su patria. Declara: “Hemos concluido nuestra tarea dando a los hombres y a las
cosas su forma y su esencia. No era posible ocultar los crímenes de los malvados, ni escasear los elogios
de los hombres de mérito”.125 Moncayo aspiró a escribir una gran historia, como un altar al culto que
profesó a la libertad. Ella quedó limitada y apocada a un producto que podría “servir de guía” a otros que
llevaran adelante la empresa trunca. Legó un desgano, la tarea de hacer la gran historia liberal y
complementó la herencia con un valioso apéndice documental comentado y dedicado íntegramente a la
polémica con Flores hijo, en torno a la figura y hechos de su padre, así como a distintas precisiones en
otras obras históricas.
Por las mismas fechas y a contracorriente, irrumpe un Juan León Mera historiador, mostrando una más
de sus brillantes facetas intelectuales, con su obra La dictadura y la restauración en la República del
Ecuador: ensayo de historia crítica,126 escrita en 1884, cuando ya era un literato de fama, con una larga
trayectoria política y cuando había alcanzado la condición plena de teórico puro del conservadurismo e
impulsor de su concreción en partido. Mera escribe desde su hondo desengaño por las divisiones internas
y la falta de perspectiva política de sus correligionarios. La obra no fue publicada sino en el centenario de
su nacimiento, en 1932, por acuerdo de la Academia Ecuatoriana Correspondiente a la Española, según
narra Tobar Donoso en la biografía de Mera que precede la obra. Nos cuenta que el gran ambateño
presentó los manuscritos a la Academia en 1884 con la advertencia de que la historia del periodo estaba
inconclusa por su mala salud y que lo enviado no era más que un bosquejo sujeto a la consideración de
este cuerpo. Parece que los revisores le hicieron observaciones que Mera no pudo incorporar. Tobar
Donoso retomó algunas con el consentimiento de uno de sus hijos y, si bien el editor declara que las
alteraciones al texto original fueron correcciones puntuales, reconoce: “he suprimido frases impropias,
fruto tal vez de meros decires...”.127 El hecho de que la obra no fuera publicada en su momento y de que
el gran representante de la escuela historiográfica conservadora que fue Tobar Donoso haya ejercido este
tipo de supresiones, nos habla de un texto en el que se siente “el calor del incendio” que culminó con la
Restauración. Mera historiador fue, así, censurado por los hombres de su misma corriente.
El autor de Cumandd era mucho más joven que Moncayo, había nacido en Ambato en 1832, se había
criado en la mayor reclusión dentro del ambiente más que provinciano de la aldea de Atocha, como hijo
único de una madre abandonada que vertió sobre él toda su atención. Recibió la formación de su tío
Nicolás Martínez y de otros parientes. No fue un profesional como sus contemporáneos y sólo viajo a
Quito para estudiar pintura, aprendizaje que abandonó pero que parece haberlo sellado en su labor
literaria. Siempre se describió como un pintor de la pluma, en cuyas descripciones utilizó los claroscuros
de la técnica pictórica.128 Sus primeras poesías aparecieron en el círculo intelectual quiteño, en 1853.
Fascinó a Cevallos, a Miño y a Montalvo y entró por la puerta grande que ellos le abrieron. Inserto en el
romanticismo inició estudios más profundos de la corriente europea, en un permanente movimiento entre
la capital y su “patria chica” e irrumpió recién a la vida política como diputado a la primera Constituyente
garciana de 1861, donde expresó las posiciones que luego, en su Ojeada histórico crítica de la poesía
ecuatoriana, describió como “resabios liberalescos”. En esta Convención, Mera fue un adalid en la
defensa de la extensión irrestricta del sufragio. Sostuvo la posición más radical al oponerse a la condición
de que el ciudadano supiera leer y escribir, pues opinaba que esta restricción dejaba fuera de la
ciudadanía a la mayoría de la población. Fue ardiente opositor a la pena de muerte, se trabó en una
discusión fuerte con el general Juan José Flores; se alineó con la defensa de la más amplia
descentralización administrativa en el régimen interior de la República, posición finalmente triunfante.
Salvo en el aspecto de la extensión del sufragio, Mera fue opositor al garcianismo. Perteneció, empero, a
los sectores fascinados por el proyecto nacional que el caudillo impulsaba desde la más pura ortodoxia
católica. Fue cooptado por el régimen y se convirtió en su intelectual orgánico. En ese mismo año del 61,
obtuvo un gran logro literario al publicar La virgen del sol y otras obras de peso. Fue ganado para la
política, para la defensa de los intereses católicos y repartió el tiempo entre algunos cargos públicos, la
escritura del más antihispánico Himno Nacional de toda Latinoamérica y varias publicaciones ya citadas.
Impulsó el golpe de Estado de 1869, fue gobernador garciano en Tungurahua, editor del periódico oficial,
El Nacional, senador en la Convención de 1873. Durante el gobierno de Borrero fundó La civilización
católica, como diario de combate de las ideas conservadoras. Mera estaba convencido de que el momento
histórico e ideológico de su patria y del mundo exigía abandonar la caracterización de conservador,
porque era estrecha. La de “católico”, por el contrario, promovía la unidad entre los hombres que
profesaban la devoción en ambas tendencias; de esta manera agregaba a sus muchas dotes la condición
de buen ideólogo político. Durante la dictadura veintemillista se refugió en su Atocha natal y produjo la
más conocida y exitosa de sus obras: Cumandá. Con seudónimo mantuvo su presencia como periodista de
combate. Luego de la Restauración, a la caída de Veintemilla, logró formar la Sociedad Católica
Republicana, redactó su programa y, en ese marco, escribió la historia que nos ocupa. Fue opositor
moderado al Progresismo, aunque con activas iniciativas en el campo educativo. Mantuvo y elevó el
nacionalismo conservador al más alto grado. Se fue distanciando de las tendencias extremas de su muy
divido partido y asistió, con lúcida impotencia, a la debacle de los conservadores. Ocupó cargos públicos
muy menores en medio de una situación económica apremiante, mientras daba cuerpo a su García
Moreno,129 y murió en Atocha, angustiado por el episodio de la “venta de la bandera”, en diciembre de
1894, sin ver consumada aún la revolución liberal, pero intuyéndola.130
Mera era un hombre de perfecciones y no precisamente un neófito en el campo de la historia, como lo
prueban su Ojeada histórico crítica y otros textos. Había elaborado una reflexión sobre la disciplina, que
vertió en la introducción a La Dictadura. Maestra de generaciones que toma la materia prima de la
crónica y la pasa por el filtro de la crítica, la historia era para Mera una fotografía de la realidad pasada
por el escalpelo del historiador-escultor, la historia era altar y templo. Aunque no se sintió “destituido”
para enfrentar el reto, el temor lo llevó a reducir el desafío a un ensayo desde la firmeza de sus
convicciones, pero con la “amargura” del “divorcio del negocio público”, es decir, fuera “de la pasión del
partidismo”. Aunque confundió imparcialidad con objetividad, tenía claro el compromiso con una causa,
no con sus hombres. Consideró que en el centro de la historia se arremolina una fuerza providencial que
da unidad a las épocas y hace de las historias particulares las “partes de un gran todo”. Su análisis se
centró entre 1875 y 1882.131
La división política del partido conservador gana el relato. Mera sabe buscar las causas en la
inexperiencia en el personalismo de García Moreno, quien no supo ver que las doctrinas necesitan “las
agrupaciones de hombres.” Pese a que fue enemigo del liberalismo católico, Mera critica la estrechez de
los sectores radicales del conservatismo y, particularmente, la actuación de monseñor Macchi, delegado
apostólico incapaz de moderar las posiciones extremas que se expresaban en artículos del Semanario
Popular, del ultramontano arzobispo Ordóñez, una vez aprobada la sustitución del diezmo. La gran
inteligencia de Mera le permitió presentar su trabajo como lo que realmente era, un ensayo de combate,
con toda la amargura y el pesimismo que invadía a los hombres de su tendencia, a finales del siglo XIX. Es
una obra valiosa, extraordinariamente polémica y una gran fuente para estudiar las concepciones
políticas del conservatismo puro expresadas por su más lúcido intérprete. El ritmo de la exposición es
brillante y la metodología muy especial. A menudo Mera recurre a su autoridad y sus intenciones para
fundar los hechos.
Muy poco después aparecieron en el Ecuador dos nuevas obras directamente ligadas a la historiografía
de combate. La primera fue la del padre redentorista francés, Agustín Berthe,132 quien en una extensa
obra de más de 800 páginas elevó al martirologio al presidente conservador, se expresó en tonos
intensamente críticos y acusatorios hacia los liberales católicos ecuatorianos, precisamente cuando
sectores de esta tendencia ocupaban el gobierno y provocó la virulenta reacción de Antonio Borrero
Cortazar, quien le dedicó una más extensa Refutación (a la primera edición francesa de Berthe),133 de
manera que no recogió todas las correcciones que este padre hizo en la edición española. En sus tres
extensos volúmenes, Borrero siguió paso a paso el capitulado de Berthe, es decir, desde el descubrimiento
de América hasta la dictadura veintemillista que lo destituyó del gobierno. Obra de respuesta a errores,
infundios, ataques al grupo político por él representado, la Refutación de Borrero contiene una
importantísima recopilación documental y testimonial que la convierte en una inexcusable fuente para
abordar el periodo. Por su lado, en la edición española, el redentorista galo polemizó con gran fuerza.
Defendió sus fuentes, tanto las testimoniales como las escritas, más las que pudo sumar entre la primera
edición francesa y en la española. Se retractó con gracia de los errores, pidió disculpas con dignidad,
sacó la polémica del plano nacional y personal y la situó en el doctrinal: la diferencia residía entre
quienes, como Bolívar, se afiliaron en 1789 y creyeron que la autoridad del pueblo es el único poder, y
quienes supieron que sobre el pueblo están Jesucristo y su Iglesia.134 Berthe destacó la muy favorable
acogida a la edición francesa, treinta y cinco mil ejemplares en cinco años, expresión de una nación que
cree “en su propio restablecimiento”, éxito que esperó se reiterara con la edición española. Deseó que
ella sirviera para que todos los católicos del mundo gozaran “en contemplar en la cima de los Andes, y en
tiempos de apostasía [...] una nación asaz cristiana para tremolar, como paladión, la bandera del Sagrado
Corazón de Jesús”.135 García Moreno fue un hombre que arremolinó pasiones en vida y después de su
muerte.
En la última década del siglo XIX irrumpen en el escenario intelectual dos obras de carácter histórico.
De manera insólita para la época, una de ellas corresponde a una mujer que apenas sobrepasaba los 30
años cuando, en 1890, sus Páginas del Ecuador salieron de una imprenta de Lima, donde vivía
desterrada.136 Marietta Veintemilla, nacida en 1858, huérfana de una soprano italiana y del general José
Veintemilla, asesinado en marzo de 1869 en medio de la asonada que estalló en Guayaquil posterior al
golpe de Estado de García Moreno, fue una mujer singular. Poseedora de cultura, belleza y el don de
desafío social, en una capital extraordinariamente pacata, lo innovó todo desde los vestidos hasta los usos
sociales. Estas capacidades encontraron amplio marco una vez que su tío llegó al gobierno. Fungió como
primera dama, hizo grandes tertulias musicales y literarias en los salones del Palacio de Carondelet,
actuó como mecenas de las artes y contribuyó, no en poca medida, a los despilfarros del gobierno. Una
vez que su tío Ignacio Veintemilla se concentró en Guayaquil, gobernó virtualmente la capital y se expuso
a todas las críticas sociales. Aplastó conjuras contra el régimen con su sola presencia y la fuerza de su
voz. Iniciada la guerra de Restauración, defendió la capital al frente de las tropas, con las armas en la
mano y con una valentía inigualable, hasta que debió rendirse. Hecha prisionera vivió situaciones difíciles
durante ocho meses antes de ser deportada a Perú.137
Sus Páginas tienen como objeto la reivindicación de su tío, una intención memorística, de combate y de
cobro de cuentas. El método elegido no es vulgar. Poseedora de una pluma privilegiada, de una
extraordinaria capacidad de síntesis histórica, reseñó la vida política del Ecuador desde el primer Flores,
con objeto de dar marco de contraste a la dictadura de su tío. Tuvo la convicción de que: “Antes de juzgar
a los hombres penetremos en el espíritu de la época, único medio de pronunciar acerca de ellos, un fallo
acertado e imparcial”.138 Sus fuentes fueron los enemigos de Veintemilla. De Moncayo, acérrimo crítico,
se valió para verificar las debilidades humanas de Flores y de García Moreno, el responsable de su
orfandad. El juego de su planteamiento es habilísimo. Reconoce virtudes para grabar con fuego las
atrocidades. García Moreno tuvo sus logros, pero fue un “tigre” de piel “limpia y lustrosa”. Sobre Borrero
volcó un odio feroz, que extendió hacia los “terroristas”, nombre que los liberales daban a la tendencia
garciana y su proyección posterior. En este marco histórico insertó su testimonio personal. El control de
las tropas ante la traición de Cornelio Vernaza, el inicio de la lucha restauradora por el dominio de Quito
y su papel en el combate, la prisión y el camino al destierro. La narración es maravillosa, Marietta
convence. La obra fue muy refutada, produjo gran escándalo político en Ecuador, agravado por el hecho
de que trascendió al exterior, incluso a Europa. El carisma de esta mujer y su superioridad intelectual la
situaron muy por encima de sus atacantes. Salió a la defensa de sus Páginas en polémicas periodísticas;
regresó a Ecuador, donde mantuvo una viva presencia intelectual en salones y conferencias sobre las
nuevas tendencias culturales. Vivió una vida plena, incursionó en el espiritismo y falleció, en 1907, para
convertirse en un símbolo del feminismo latinoamericano temprano.
El ensayo histórico florecía sin cesar al acabarse el siglo. En el mismo año en que Marietta publicó sus
Páginas, salía de las prensas de Chile, donde su autor había sido deportado en 1886, La historia del
Ecuador de 1876a 1888: precedida de un resumen histórico de 1830 a 1875, de Juan Murillo Miró,139 un
guayaquileño puro, nacido en 1847 y que no incursionó por la capital. Sus estudios se desarrollaron en el
medio portuario, junto a su padre que fue el primer impresor que tuvo el puerto; viajó a Europa con
objeto de importar tipos y papel, materia prima escasa y cara. Se instaló en Hamburgo como
representante de casas comerciales, pero debió regresar a Guayaquil a la muerte de sus padres y de su
esposa. Heredó la imprenta, conocía el oficio y pertenecía a una familia de origen liberal. En pleno
régimen caamañista, en 1884, con las montoneras alfaristas en lucha y derrotadas, inició la publicación
de un periódico abiertamente unido al liberalismo, El Telégrafo. Su imprenta era un centro de
conspiración en apoyo al movimiento armado. Cuando las fuerzas del gobierno fusilaron al coronel
guerrillero Nicolás Infante, en 1885, El Telégrafo imprimió una hoja suelta de protesta firmada por
centenares de guayaquileños, que produjo un verdadero tumulto en las puertas del periódico. Esta acción
lo centró en la mira represiva de Caamaño y finalizó con el destierro de Murillo.140 En Chile mantuvo su
labor de impresor y escribió una biografía de Moncayo, recién fallecido. Descubrió el negociado de la
“venta de la bandera” al ver un barco de guerra con el pabellón ecuatoriano en Valparaíso; lo hizo saber a
sus colegas de la prensa nacional, obtuvo copias legalizadas de las operaciones y dio inició al escándalo
que culminó en el estallido de la revolución liberal. Regresó a Guayaquil después del triunfo de Alfaro y
reinició la publicación de El Telégrafo, pero se trasladó a Quito por razones de salud. Fue brazo derecho
del viejo luchador en la capital hostil. Fundó El Quiteño en sociedad con otro importante periodista,
Manuel J. Calle. Dirigió la Escuela de Artes y Oficios y murió en 1900.
Pese a que inicialmente la obra fue concebida en dos volúmenes, Murillo Miró jamás llegó a escribir el
segundo y no pudo cumplir, por tanto, con el periodo anunciado en el título, sino que alcanzó a
documentar hasta 1883 cuando, tomada Guayaquil, Alfaro licenció a sus tropas mientras el ejército de la
restauración permaneció en el puerto con la decisión de imponer a Caamaño. Como señala Muñoz Vicuña,
Murillo Miró estuvo demasiado ocupado en seguir haciendo la historia como para finalizar su escritura. El
único volumen publicado está dividido en dos partes. La primera es escueta, compuesta de capítulos
cortos y abarca desde la separación de la Gran Colombia hasta el asesinato de García Moreno. En la
segunda, hay mayor detenimiento en los hechos y un tratamiento más cuidadoso.
Murillo es diáfano, no apela a la objetividad sino a “la verdad y la justicia.” Asume a plenitud el
compromiso de historiar la lucha entre “el despotismo doméstico y la libertad”. Y para ello cree que hay
que hacer la autopsia de ese “político cuerpo” que es Ecuador, al que hay que entrarle con un “bien
dirígido bisturí”.141 Buena pluma, aunque sobria, juicios claros pero no altisonantes, limpieza de estilo,
posición claramente favorable al liberalismo, manejo de las principales obras históricas nacionales y
colombianas hacen notar que, si bien hay un aprovechamiento de la técnica periodística, se está en
presencia de una historia basada en fuentes. Ése es precisamente el inmenso valor de la obra de Murillo.
Casi podría decirse que desea diluir al historiador detrás del documento o, por lo menos, lo hace aparecer
sólo cuando su mano es necesaria para hilar el relato. Las intervenciones son cortas y frecuentes,
particularmente en la segunda parte de la obra, donde fue capaz de hacer viajar al lector por todos los
escenarios de guerra: del norte al sur y de ahí al litoral. Su propósito no es denostar sino probar. Murillo
no afirma que Flores haya asesinado a Sucre, ofrece documentos y los hilvana con las opiniones de
Restrepo y Benedetti. Está convencido de que sólo se pudo castigar al brazo ejecutor, “no a la cabeza que
lo concibió”.142 Como todos los liberales, es parco con la figura de Rocafuerte. El pacto es tildado de
“vergonzoso” y media cuartilla basta para calificar su gestión.143 La censura más fuerte está dirigida
hacia la política de fusión que tan mal resultado daría luego, durante la guerra de restauración.
El periodo marcista en su fase urbinista, transcurre a la misma velocidad y sólo se detiene para
considerar con cuidado el pago de la deuda y los territorios cedidos a los acreedores, no a los estados.
Acusa a Flores de haber convencido a Castilla de que la autonomía del continente corría peligro ante las
cesiones.
El tratamiento de la etapa garciana da pie a señalar los inicios de la gran lucha de Alfaro, de quien es
devoto. Sus juicios sobre García Moreno son sorprendentemente equilibrados para un liberal radical:
“García Moreno, cristianísimo, y acaso sincero, proclamaba la libertad, pero la libertad con todas las
restricciones que le sugería el temor de ver desquiciado su Gobierno y frustrada su ambición de
perpetuarse en el poder para continuar haciendo a su modo feliz al Ecuador”.144 Y con enorme sobriedad
aclara: “pero fue un tirano”. Así termina la primera parte, caracterizada como “resumen” para entrar a
“la verdadera historia”. Ningún historiador contemporáneo que pretenda abordar el periodo puede dejar
de lado la masa documental que presentó Murillo. Y es extraordinariamente variada: decretos, discursos,
hojas volantes, circulares; no faltan, por supuesto, las menciones hemerográficas. Debió de tener un gran
archivo personal con este tipo de fuentes. Logró una gran caracterización del periodo de Borrero, en
todos los planos: en cuanto a su capacidad como gobernante, las fracciones políticas que se conformaban
y la mecánica del golpe de Estado de Veintemilla. Las páginas dedicadas a describir las administraciones
son extraordinariamente atractivas: Cornejo y su Carta a los Obispos, la documentación de los juicios por
el envenenamiento del arzobispo Checa y Barba, la absolución que dio Murillo al presidente a partir de un
razonamiento detectivesco y el conjunto de avatares que vivió la relación Iglesia-Estado en el periodo. Los
capítulos finales son una fiel descripción de los frentes de guerra. Los personajes quedan como
suspendidos en el tiempo para ampliar el escenario a otros lugares y retomarlos luego, reinsertados en la
acción, con maestría singular. La traición de Caamaño, la inexperiencia política de Alfaro al licenciar a
sus tropas y las intrigas del poderoso círculo, detienen la acción con la promesa incumplida del
“continuará”.
Murillo Miró no presume de objetivo, pero sí de documentado. Claro que la documentación publicada
no se caracteriza por un equilibrio para presentar las posiciones en pugna. La imparcialidad no está en el
interés del historiador que legó, empero, una joya historiográfica, signada por un optimismo histórico
implícito, de un hombre que deja traslucir poco el gran fuego que lo anima al hacer la historia de la
victoria que sobrevendrá poco después. 1890 fue un año de eclosión historiográfica. A las dos obras
anteriores se sumaron los ocho folletos que publicó, en su exilio limeño, don Roberto Andrade y que
tuvieron por título: Estudios históricos: Montalvo y García Moreno,145 No era el primer ensayo de
Andrade, quien tenía una predilección por esta forma de folletos por entregas. No se trataba de un
capricho particular, sino de la manera posible de costear las ediciones. Roberto Andrade y Abelardo
Moncayo fueron los dos únicos sobrevivientes del grupo de jovencitos liberales que participó
directamente en el magnicidio de García Moreno. Imbabureño de origen, Andrade nació en 1850, hizo sus
primeros estudios en la hacienda paterna y apareció en el escenario político en 1868 como estudiante de
la escuela jesuítica de San Gabriel, mientras vivía con sus parientes los Gómez de la Torre. En esas
circunstancias leyó los escritos de Juan Montalvo contra García Moreno, particularmente El Cosmopolita,
y su muy libre tendencia a expresar opiniones culminó con su expulsión de esta institución, plenamente
dedicada a homenajear al mandatario, al punto que llevaba su nombre. Cuando estudiaba jurisprudencia
en la Universidad Central llegó a sus manos “La dictadura perpetua”, artículo publicado por Montalvo en
el Star and Herald de Panamá,146 como respuesta a los editores que recomendaban la reelección del
caudillo. El artículo era una clara profecía e instigación al asesinato. Andrade se unió al grupo de
liberales que desde tiempo atrás planificaban esta acción y tuvo una participación directa, aunque poco
efectiva por su inexperiencia. A partir de ese momento se inició una larguísima persecución que lo
convirtió en un perpetuo exiliado pues, si bien logró regresar al país en algunas coyunturas favorables
para el liberalismo, su muy proclamada condición de participante en el asesinato lo hizo objeto del más
feroz odio de los conservadores que es encargaban de reactivar el juicio en su contra, en cada ocasión. Su
exilio tampoco fue tranquilo. Sufrió prisión y persecución diplomática en Bogotá y Lima. Desde comienzos
de los años ochenta tuvo contacto con Eloy Alfaro y trató de unirse a sus fuerzas en Centroamérica.
Cuando el vapor en el que viajaba tocó Guayaquil, en 1893, fue detenido y estuvo preso en el Panóptico,
la famosa cárcel garciana, hasta el triunfo de la revolución liberal. Cercano a Alfaro, aunque por
momentos enemistado, debió exiliarse nuevamente por las diatribas que lanzó contra Leonidas Plaza
después del linchamiento del jefe de su Estado mayor y la muerte de su hermano Julio Andrade. Vivió en
Peni, en Nueva York y en La Habana, regresó a Ecuador y falleció en 1938. Logró ver impresa su Historia
del Ecuador, por Reed and Reed, en 1934, inmensa obra por entregas de más de 2 000 páginas. Imposible
saber cuándo comenzó a escribirla, cómo la fue alimentando con datos y documentación, e imposible
reseñar la enorme producción editorial de este liberal radical. Toda ella reflejó un odio feroz contra los
conservadores. Su centro de atención fue la figura de Juan Montalvo; se convirtió en su recopilador
oficial. Es difícil encontrar muchos de los folletos y ediciones originales, pues tan pronto salían, sus
enemigos las compraban masivamente y desaparecían; actualmente han sido reeditades. Su Historia
sorprendió porque Andrade era conceptuado como agitador político y no precisamente como un
historiador dispuesto a documentar sus datos. De ahí el asombro, porque en su Historia vertió una
enorme cantidad de fuentes, algunas proporcionadas por su hermano Julio Andrade durante su gestión
diplomática en Bogotá. Incorporó así documentación desconocida en el país para el primer grito de
independencia, la revolución y el periodo grancolombino. Enorme obra en siete volúmenes, que escapa a
nuestro análisis. En todo caso, debe incluirse el estudio histórico comparativo entre García Moreno y
Montalvo, que se inserta en el género ensayístico de la historiografía liberal previa a la victoria de Alfaro.
Andrade compara lo incomparable, con una clara intención laudatoria por oposición.147

LA FORMACIÓN DE LA GRAN ESCUELA HISTORIOGRÁFICA ECUATORIANA

¿Por qué 1890 es un año de eclosión historiográfica? En las previsiones del liberalismo, el año contenía
un simbolismo esperanzador. Se cumplía un ciclo más de trilustros que parecían marcar el desarrollo
histórico ecuatoriano: quince años de periodo floreano, quince del marcista, el mismo periodo se
constataba para el garcianismo, muerto junto con su inspirador, en 1875. De esta manera, 1890 era el año
clave para la apertura de una nueva era.148 Pese a que la previsión no se cumpliría con exactitud
matemática, los liberales percibían en la descomposición del régimen progresista imperante, la apertura
de vías para su acceso al poder. La relativa madurez que alcanzaba esta tendencia política fructificaba en
los apasionados ensayos históricos pletóricos de optimismo en una época que marchaba inexorablemente
en su favor.
En este clima, mientras el ensayo histórico entraba de lleno al combate partidista apareció, en el
mismo año noventa, el primer volumen de la vasta Historia general de la República del Ecuador, del
presbítero Federico González Suárez.149 Su autor era ya conocido en el país y no podría decirse que éste
fuera su primer producto histórico, ni mucho menos, aunque sí el mayor, y que lo consagraba como el
“príncipe” de la historiografía ecuatoriana, por inaugurar la aplicación del método científico en el análisis
histórico. Junto a una intensa actividad como orador sagrado, como expositor doctrinario y como clérigo,
González Suárez había publicado desde 1878 obras de valor histórico y arqueológico, como su Estudio
histórico sobre los Cañaris y, en 1881, la Historia eclesiástica del Ecuador. Eran pequeños avances para lo
que sería su obra trascendente. Resulta imposible en los límites de este trabajo, abundar en todos los
datos biográficos de su extensa vida clerical, política y científica. Sólo podemos hacer una breve reseña, a
modo de presentación.
Quien sería el futuro arzobispo de Quito durante la revolución liberal, nació en la capital, en 1844, en
un hogar extremadamente pobre. Abandonada la familia por el padre, sus biógrafos refieren la mala salud
de que sufrió durante su vida, consecuencia de las pésimas condiciones en que transcurrió su infancia.
Hizo estudios en la escuela de Santo Domingo, en 1862 ingresó en la Compañía de Jesús como novicio,
donde se formó y permaneció diez años en su seno, según refirió en sus Memorias íntimas, para aligerar
el estado de mendicidad en que había caído su madre. No logró ser aceptado en las diócesis de Quito e
Ibarra. Sin embargo, el obispo de Cuenca, Remigio Estévez Toral, lo acogió en la suya y lo asignó como
sacerdote en el Templo de la Concepción, no sin haber recibido recriminaciones del superior de la
Compañía por haber aceptado a un desertor. La recepción que González Suárez tuvo en Cuenca parece
tener gran importancia para su alineamiento y para el desarrollo de sus concepciones. El obispo le asignó
la responsabilidad de dar el sermón fúnebre en la muerte de García Moreno e hizo algo insólito. Dijo, casi
al inicio de su alocución: “Yo no pertenecí a su partido político, como es notorio; por lo mismo, mis
palabras están lejos de ser dictadas por la pasión, antes me inspira la justicia. García Moreno tuvo
defectos notables, pero estos defectos nacían de sus mismas buenas prendas, mejor dicho eran excesos
de sus mismas cualidades”.150 La declaración produjo el efecto de un artefacto explosivo en un medio
dedicado a beatificar al ex mandatario como mártir cristiano. Lo interesante deviene de la distancia que
González Suárez marcó con el partido al que había pertenecido el mandatario y revelaba un aspecto que
debe considerarse con atención: el mundo católico ecuatoriano estaba agitado y su inquietud coincidía
con aquella que movía a la Iglesia universal decimonónica. Luego de abandonar la Compañía, González
Suárez vivió once años en Cuenca, la cuna del liberalismo católico ecuatoriano y sostuvo fuertes vínculos
con esta tendencia. Su padrino de ordenación sacerdotal fue Antonio Borrero Cortázar y el Obispo Toral
vivió todo el periodo garciano en confrontación con el mandatario quien, hasta poco antes de su muerte,
estuvo tramitando en Roma, sin éxito, la sustitución del molesto Obispo.151 En el marco de sus innegables
inclinaciones hacia las corrientes de la Iglesia universal que trataban de conciliar la razón con la fe, la
Iglesia libre en el Estado libre, hizo importantes estudios críticos de Lacordaire, Lamenais, Montalambert
y otros representantes del catolicismo liberal francés, a los que citaba con frecuencia. Incluso en un
estudio que dedicó a Chateaubriand marcó su crítica a Bonald y de Maistre según las siguientes pautas:
“Bonald amor sincero de la verdad; pero, por defender los derechos de la revelación, no vacila en
sacrificar algún tanto los fueros de la razón”; sobre de Maistre expresó que pese a sus virtudes y
esfuerzos contra el galicanismo: “no paró mientes en el cambio trascendental que la revolución estaba
operando en los pueblos europeos, y, por eso, hacía depender el orden social de una forma de constitución
política, en la cual la democracia, que es el elemento moderno no se tomaba en cuenta para nada.152
Este comentario crítico evidencia con mayor claridad que cualquier otro, su alineación doctrinal. En la
escandalosa frase del sermón operó además su arraigada convicción de que el clero debía participar en
política, pero no dentro de los partidos. Era una determinación difícil de sostener, en medio de la vorágine
política del Ecuador finisecular, por un clérigo que tenía, además, extrañas costumbres. Cuenta uno de
sus discípulos, Carlos Manuel Larrea, que para alentarlos sobre las dificultades que enfrentarían en el
desarrollo de su profesión, les narraba con qué discreción debió iniciar sus excavaciones arqueológicas en
Cuenca, para hacer su estudio sobre los Cañaris, pues sus fieles sospechaban que era un saqueador de
huacas, con fines de hechicerías.153 Pese a que logró imprimir 100 ejemplares, la obra fue recibida con
total indiferencia y su autor muy criticado por andar ocupado en “cosas de indios”, en lugar de ejercer su
ministerio.
El furibundo ataque del primer veintemillismo contra la Iglesia unificó todas las posiciones eclesiásticas
contra el régimen, particularmente después de la supresión del Concordato. La prensa liberal dio cabida
a muchos ataques de la intelectualidad. Manuel Cornejo Cevallos publicó, en este marco, una célebre
Carta a los Obispos donde proponía,154 desde su devoción católica, la separación de la Iglesia y el Estado,
la libertad de conciencia que, finalmente era el núcleo duro de la polémica. Mientras el conjunto de las
jerarquías se pronunciaron de forma ultramontana, el obispo de Cuenca dio el encargo a su subordinado,
González Suárez. La respuesta fue, como siempre, singular: acusó a Cornejo de ser muy poco original y
haber plagiado grandes partes del discurso de Montalambert en el Congreso de Malinas. Aunque partió
de la base de la unidad consustancial Iglesia-Estado, aceptó la hipótesis de los matices nacionales. Si bien
en muchos países de Europa, decía, la situación debía ser aceptada pues el hecho estaba consumado, hizo
notar las diferencias con el caso ecuatoriano donde la unidad religiosa era indiscutible. De esta manera,
cerró la brecha que Cornejo trataba de mostrar que había entre la actitud de ambos cleros, el ecuatoriano
y el europeo. En cuanto a la libertad de conciencia, se explicó de la siguiente manera: “En naciones
católicas es ocasión para que los malos blasfemen de Dios; en naciones indiferentes es el medio para que
los buenos le bendigan.”155 Había un matiz indudable que lo separaba del resto de los obispos que
acostumbraban “fulminar” estas liberalidades con el “rayo de la excomunión”.
Diputado por Azuay ante la Asamblea de Ambato de 1878, recibió humillaciones por parte del sector
liberal predominante, pero mantuvo firme la defensa del papel de la Iglesia, en un diálogo algo más
abierto con el liberalismo. Corresponde tener presente que, finalmente, González Suárez se alineaba con
las nuevas tendencias del papado de León XIII, con su política proclive a disminuir las tensiones con los
poderes temporales, con su exhortación a respetarlos aunque exigiendo las mejores condiciones para el
desarrollo del catolicismo. Aun en este plano, su agudo espíritu crítico lo llevó a establecer diferencia de
matices entre la obediencia irrestricta a los aspectos del dogma y los opinables, donde la disciplina sería
deseable, pero no más.156
En 1883, el Arzobispo Ignacio Ordóñez lo atrajo a Quito como Canónigo de la Catedral y su
secretario.157 En esa condición lo acompañó en una visita a Roma y permaneció luego dos años en
España, ocupado en la revisión del Archivo de Indias, de Alcalá de Henares y de Simancas, copiando
documentos relativos a su patria,158 en contacto con Menéndez Pelayo, Toribio Medina, Jiménez de la
Espada y muchos americanistas. Provisto de estas fuentes primarias se sintió en condiciones de finalizar
su gran Historia. Entre 1890 y 1892 salieron de la imprenta los tres primeros volúmenes y el Atlas
arqueológico,.
Al regresar a su patria había finalizado la guerra de Restauración y las jerarquías eclesiásticas
nacionales se alineaban junto a los conservadores puros en el combate al liberalismo. Frente a las
posiciones extremas como las del obispo Pedro Schumacher de Portoviejo, González Suárez mantuvo una
posición de firme defensa del catolicismo, pero renuente a extremar el conflicto. Cuando en 1893 quedó
vacante el obispado de Ibarra, fue preferido en la terna pero solicitó al Papa, en varias ocasiones, ser
rechazado. La negativa a ocupar el cargo provenía de un agravamiento mayor en las relaciones con sus
homólogos y con los delegados apostólicos.
El diferendo original se basaba en su diferente perspectiva, en el deseo de encontrar una alternativa
válida en ese mundo en cambio entre dos siglos y en un prurito de defensa del clero nacional frente al
extranjero.159 Se retiró del Congreso de 1894, por ejemplo, para evitar sumar su voto a la expulsión del
doctor Felicísimo López que había sido excomulgado por el obispo alemán, en una actitud que fue muy
resentida por el conjunto de la jerarquía. González Suárez se defendió con su agudeza y lógica
implacable. Dijo entonces que nadie más que Schumacher era el culpable de la elección de López pues,
como era aborrecido en su diócesis, con la excomunión no había hecho más que elevar la candidatura del
liberal.160 En medio de sus vacilaciones para asumir el obispado, la aparición del “tomo” cuarto de su
Historia general produjo un escándalo nacional. En esta parte de la obra describía el deplorable estado
moral de las órdenes en la Colonia. El Diario de avisos y La Prensa de Guayaquil se encargaron de dar
primeras planas a la noticia y los prelados lo acusaron de las peores cosas. Particularmente, el superior
italiano de los dominicos, el padre Reginaldo Duranti, le respondió con un folleto titulado “La veracidad
del señor doctor don Federico González Suárez en orden a ciertos hechos históricos referidos en el tomo
IV de su Historia General”, en un tono de agresividad extrema.161 El obispo Schumacher se solidarizó con
Duranti; se llegó a afirmar que la obra no gozaba de las respectivas dispensas y se tramitó en Roma que
fuera incluido en el Index. González Suárez se negó a cualquier tipo de retractación y cuando las
tensiones se extremaron, ofreció publicar la documentación correspondiente que amparaba la veracidad
de su análisis histórico. Por supuesto que el delegado apostólico le ordenó callar; ofreció alguna
explicación privada al Papa y el volumen siguió circulando con muy buen éxito de público.162 Muchos
años después, en 1911, González Suárez escribió Defensa de mi criterio histórico,163 donde expuso su
criterio de verdad en relación con el estudio de los regulares. Asumió finalmente el obispado de Ibarra, en
condiciones muy adversas.
La revolución liberal irrumpió como una gran oleada de masas populares. La montonera arrastró
consigo a los migrantes no asentados de la desarticulada manufactura, a los jornaleros costeños
sometidos a mayores condiciones de explotación y a toda aquella población no absorbida por la
agricultura de exportación. Se sumaban las peonadas junto a una tropa de 20 000 indígenas. Al tiempo
que Alfaro avanzaba hacia la capital, los conciertos de las haciendas serranas iban incrementando la
montonera.164 Su avance desde el puerto enfrentó una resistencia feroz que se convirtió muy pronto en
guerra civil. Los conservadores, con el clero al frente, la convirtieron en una guerra santa. Cuando Alfaro
se acercaba a las poblaciones, el clero organizaba peregrinaciones al son de una letanía que rezaba: “Del
indio Alfaro, líbranos Señor”. La mayor parte del clero tomó las armas y defendió las poblaciones desde
los campanarios de las iglesias. El anticlericalismo campeaba entre los sectores populares costeños, que
hicieron suyo el grito de guerra: ¡Muera Cristo! ¡Viva Alfaro!
El jefe de la revolución entró a Quito el 26 de agosto de 1895 con una fría recepción. La mayoría de los
prelados, con un Schumacher armado y combatiente a la cabeza, se retiró al norte amparada por la
protección que les dio el gobierno conservador de Colombia. González Suárez y la minoría del clero
permanecieron en el país. Los primeros contactos con la dirigencia revolucionaria no fueron
precisamente tersos. La primera Constituyente liberal, de 1896, aprobó la libertad de cultos y el
manifiesto de protesta lo redactó González Suárez. Debió querellar también con el obispo de Pasto,
motivado al enfrentamiento por el obispo alemán. La prensa liberal se encargaba de exaltar las posiciones
del obispo de Ibarra, mientras los emigrados preparaban una invasión por el norte y penetraban al
territorio. La guerra en la frontera con Colombia fue muy cruenta. González Suárez predicó siempre por
la paz y no apoyó estas incursiones.
El avance de las reformas liberales fue imparable. Se abolió el impuesto de tres por mil que había
sustituido al diezmo, se expidió la Ley del Patronato para someter a la Iglesia al control del Estado, se
desconsagró la república al Sagrado Corazón y se expropiaron los cementerios. El único obispo residente
en el país protestó junto a las autoridades de las diócesis, pero prohibió la participación en cualquier
movimiento que alterara el orden.165 Aun más: en 1900 se concentraron en Colombia fuerzas
ecuatorianas muy numerosas y la tensión se extremó; se preveía que los conservadores atacarían
apoyados directamente por el Estado vecino. González Suárez intervino personalmente enviando una
carta abierta a su vicario general, donde expresó ideas que caracterizarían el resto de su gestión. Le dijo
entonces: “Nuestros sacerdotes se han de mantener por encima de todo partido político”. Le señaló
además que participar de la invasión colombiana sería un crimen de lessa patria “y nosotros los
eclesiásticos no debemos nunca sacrificar la Patria para salvar la Religión”.166 Dentro y fuera del
Ecuador la gritería en su contra fue muy fuerte y la defensa que hizo el obispo de su posición no quedó
atrás. En algo se suavizaron las relaciones entre Ecuador y el Vaticano, aunque las tensiones se
mantuvieron.
Durante el gobierno de Leonidas Plaza se profundizó la legislación liberal: ley de matrimonio civil, de
divorcio, del Registro civil, ley de cultos (que suprimió los noviciados y les retiró la administración de los
bienes) y, finalmente, la plena secularización con separación de la Iglesia del Estado, laicización de la
enseñanza y ley de manos muertas. Las protestas de González Suárez fueron durísimas e inteligentes. De
todas maneras, carecieron de éxito.167
En medio de los enfrentamientos, el arzobispo y otros prelados habían fallecido y el Vaticano lo designó
arzobispo de Quito en 1906, en el segundo gobierno de Alfaro. El presidente quiso aplicar la Ley del
Patronato y desconocerlo. Recibió una respuesta fulminante de González Suárez: le propuso que lo
encerrara en el Panóptico. Concitó mucho apoyo y el jefe liberal decidió desentenderse del asunto y
dejarlo ejercer su misión, de facto.168 Con marcado nacionalismo apoyó al gobierno liberal en 1910,
bendijo las banderas de los batallones ante la inminencia de la guerra con Perú,169 estuvo presente con
entusiasmo en el momento de la inauguración del ferrocarril trasandino y tuvo gran influencia en el
entorno alfarista.
No se expuso para evitar el tumulto que terminó en la “hoguera bárbara” con el linchamiento y la
quema de Alfaro y sus principales hombres.170 Convivió con las administraciones posteriores, reorganizó
las diócesis privadas de rentas y bienes con mucha habilidad y capacidad de concertación, en fin,
mantuvo a flote a la Iglesia católica en la más dura adversidad. Su producción editorial siguió siendo
inmensa y en medio del torbellino mantuvo su preocupación por la historia. En 1909 formó y presidió la
Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos. Murió en 1917.
Intentar un análisis historiográfico de la Historia general es un desafío. Se trata de la obra predilecta
de los historiógrafos, por consecuencia resulta casi imposible incursionar en algún aspecto que haya sido
desatendido por estos estudios. El González Suárez historiador no se resuelve exclusivamente en su
Historia magna sino que se justifica en una reflexión posterior y es indisociable de su experiencia como
actor social. Como observa el padre Vargas,171 sólo después de las polémicas en torno a su “tomo cuarto”
sintió el presbítero mayor necesidad de explicitar su criterio histórico en obras como la Defensa, de ser
más agresivo a modo de protección contra sus detractores. Sus posiciones posteriores fueron, empero,
extraordinariamente coherentes con lo que ya había enunciado en su Historia. En ella explicó su
propuesta. Lo hizo en el primer volumen, de manera diáfana y no cargada aún del espíritu de combate al
que lo obligaron posteriormente sus detractores. En el “Prólogo” y el “Discurso de introducción” del
primer volumen de su Historia generaU están sentadas las bases explícitas de su intención y su propuesta
metodológica, que luego desarrollaría.
El prólogo es una explicación de motivos y un ritual de sentidos agradecimientos. El presbítero explicó
el origen de la obra a partir de la insatisfacción que le produjo el Resumen de Cevallos, en lo que al
tratamiento de razas indígenas se refiere. La concibió originalmente como un apéndice de notas a lo que,
hasta entonces, era la historia oficial del Ecuador. En el decurso del trabajo, adquirió dimensión propia,
como para independizarse de la historia madre. Así, Cevallos fungió como un primer estímulo. En las
Memorias íntimas reconoció otras fuentes de inspiración. Fue un temprano lector adolescente del Reino
de Velasco, del Inca Garcilaso y de la Historia Universal de César Cantú, de Feijoo y otros.172 Szászsdi
sospecha que deben de haber existido otras influencias: el historiador jesuita español Ricardo Cappa, que
enseñaba en Ecuador por las épocas en que González Suárez pertenecía a la Compañía, y del colombiano
José María Groot, que el presbítero reconoce.173 Dos personajes tuvieron peso determinante en que la
Historia general se concretara: el obispo Toral, por quien guarda un recuerdo entrañable, que lo instó a
publicar, y el arzobispo Ordóñez que no sólo le posibilitó el acceso a los archivos sino que hizo venir una
nueva imprenta para que pudiera materializarse la edición. Los agradecimientos se extienden también al
Congreso de 1885 que habilitó los recursos, así como a Pablo Herrera y Clemente Ballén. Es cuidadoso en
especificar los repositorios consultados en España y en dolerse del pésimo estado de los nacionales. Sin
“gazmoñería” afirmó que, pese a la cantidad de fuentes consultadas, la obra no es más que un “ensayo
imperfecto” y lleno de errores, particularmente en el estudio de las razas indígenas, debido al escaso
desarrollo de la arqueología nacional y a la humildad de los recursos que él pudo invertir para iniciar esas
investigaciones. Dejó asentado que debió conocer más de los pueblos autóctonos americanos para
insertar, en ese todo, sus estudios nacionales. Algo hizo en breves viajes por Argentina, Chile; se asomó a
las culturas vecinas en Perú y Colombia, pero de manera insuficiente. Sin el Archivo de Indias, afirmó,
hubiera sido “moralmente” imposible escribir la obra. Esta idea ética, que tendrá luego mayor desarrollo,
se explica en el prólogo como una búsqueda de la verdad con ahínco.174
En el discurso de introducción explicitó por primera vez su definición de la disciplina: “enseñanza
severa de la moral, presentada a las generaciones venideras en los acontecimientos de las generaciones
del pasado”, a partir del criterio de la adhesión a los principios de la Iglesia católica, sin apartarse de la
verdad y la justicia.175 Historia, Moral y Verdad son las categorías privilegiadas por la concepción del
presbítero: “el estudio de la Historia ha sido el más moralizador de todos los estudios [...] grito de la recta
conciencia humana, que escarnece al crimen triunfante, y protesta contra las violencias e injusticias de
que la virtud suele ser víctima en este mundo”. Se adhirió a la idea ciceroniana de la historia como
“maestra de la vida” y dignificadora de la existencia humana: “ennoblece nuestro carácter, comunica
generosidad a los pechos más egoístas, pone de manifiesto la acción de la Providencia divina [...] y en las
desgracias de los tiempos pasados nos da ejemplos que imitar y escarmientos para lo futuro”.176
La Historia general se proyectó a partir de una estructura de espiral, cronológica y temática, en un
intento por profundizar la realidad social. González Suárez supo, de todas maneras, que no era el todo
social, sino aquel al que podían llegar sus limitadas fuerzas. Su primer volumen está plenamente
dedicado a las razas indígenas anteriores a la conquista. Los volúmenes segundo, tercero y quinto
desarrollan la trama histórico-cronológica de la obra, es decir, el descubrimiento y la conquista (1513-
1564) y la Colonia dividida en dos etapas y respectivamente contenida en cada volumen (1564-1718),
hasta la supresión de la Audiencia, y 1718-1809, en los albores de la independencia, momento en el que
se detiene el avance del tratamiento. De manera que la Historia general quedó reducida a una historia
colonial. Si bien organizó los volúmenes cronológicos ciñéndose al análisis de las presidencias, introdujo
apartados para considerar la organización y el estado de la Colonia, así como la condición social del indio,
en los siglos decimosexto, séptimo y octavo, con un tratamiento más libre y comprensivo de aspectos no
estrictamente políticos del desarrollo histórico. Los volúmenes cuarto, sexto y séptimo responden a una
proyección temática. El famoso “tomo cuarto” es una historia eclesial del periodo colonial, que González
Suárez concibó como indisociable de la historia civil, porque Quito era, finalmente, la Iglesia católica por
predestino y por realidad social. Dijo, efectivamente, algunas cosas lacerantes, pero realmente nada que
no se hubiera dicho en el periodo de Rocafuerte y García Moreno y que todo mundo conocía. Y lo hizo
porque: “La Historia perdería su dignidad de ciencia de moral social, si el escritor careciera de paciencia
para descubrir la verdad y de valor para decirla lealmente”. González Suárez fundamentó así su decisión
de exponer el estado de las órdenes regulares, antes de ser atacado por ello.177 Dedicó el sexto tomo al
estudio del Oriente y las regiones trasandinas, con la advertencia de que el apartado estaba centrado en
lo etnológico y no en lo histórico. Dio, también, aviso de que los relatos podían desagradar, en alusión a
las costumbres jíbaras, y no propiamente a las misiones orientales y jesuíticas. El séptimo fue dedicado al
estudio del estado de la cultura literaria, científica y artística, en tanto que grado de cultura intelectual
de la nación ecuatoriana. Advirtió entonces que no lo hacía como un estudio de especialidad de estas
manifestaciones. Esta estructura supuso, lógicamente, superposiciones cronológicas de periodos
abordados desde distinta perspectiva.
No dejó de lado, en su enunciado de principios, el papel del historiador en tanto que emanación de la
sociedad de origen: “Para medir el grado de civilización de un pueblo, bastará conocer la manera como
sus escritores han concebido la Historia, y el modo como la han narrado a sus contemporáneos”.178
González Suárez tuvo perfecta conciencia del estado de la sociedad para la que hacía su historia, del
grado de integración nacional alcanzado y su creciente complejidad social. No bastaba entonces la
leyenda fundadora; por eso basó la historia de los orígenes sociales en estudios científicos. Había que
saber de dónde provenía el hombre que llegó a Ecuador, cómo se formaron los primeros agolpamientos
humanos, cómo evolucionaron históricamente. No pudo eludir remitirse al relato de Velasco y a los
cronistas anteriores. Lo hizo con reservas. Observó que, si bien era imposible discernir hasta qué punto
se mezclaban las tradiciones con la fábula, el espíritu científico brindaba la convicción que había mucho
de legendario en relatos cargados de reminiscencias bíblicas. Apoyó sus afirmaciones en cuantas fuentes
pudo. Hasta publicó, en notas, una carta de Teodoro Wolf respondiéndole una consulta hecha en torno a la
existencia de gigantes en las costas del Ecuador, en la que el científico alemán no sólo negaba el
legendario aserto sino que explicaba el origen de la leyenda. En lo posible, basó el estudio en los
modestos avances realizados en el campo de la filología y la arqueología, particularmente sus estudios
sobre los Cañaris, con todas las limitaciones de recursos y deficiencias interpretativas que ellos le
dejaron.179 No era “moralmente” posible que una nación, imperfecta pero avanzada, siguiera buscando
sus orígenes fuera de la “verdad”. Y esta verdad, para González Suárez, había que buscarla de la
conjunción entre razón y fe, espíritu científico y devoción, en la que basó el conjunto de su actuar
apostólico, político e historiográfico. Tuvo perfecta conciencia de que la historia debía valerse de las
ciencias auxiliares, y lo hizo cuando ellas, particularmente la arqueología, tenían un desarrollo
relativamente incipiente en América. Por eso, cuando en 1908 publicó Los aborígenes de Imbabura y el
Carchi, ya había modificado mucho algunas opiniones que vertió en la Historia generaL Si bien en esta
primera obra dudó de Velasco, más de una década después estuvo ya convencido de la necesidad de
eliminar del relato la historia de la dinastía de los soberanos de Quito.180
En fin, con González Suárez la disciplina histórica adquirió la mayoría de edad en Ecuador, engarzada
con el cientificismo del siglo. El romanticismo no estuvo ausente de su propuesta. Se expresó en la
descripción de la naturaleza, campo de la aventura del hombre, y en la idea de “nación ecuatoriana” que
pertenece a “la familia humana esparcida por toda la redondez de la tierra”, como designio de una
Providencia “que no hace distinción de lenguas, razas ni fronteras”. Vio así nacer la nación, no como un
agregado adherido a la sociedad, sino como una emanación que emerge orgánicamente de ella, por un
designio providencial.181 Con mayor claridad expuso la idea en el capítulo primero de la Defensa, con el
subtítulo de: “Nuestro concepto acerca de la historia en general”. Utilizó, entonces, la imagen de la casta
Susana, tomada del Libro ¿le las Profecías de Daniel, para equipararla con la historia. Como Susana, la
historia es la casta esposa de la Verdad que trata de ser corrompida por dos fuerzas en tensión: los
lisonjeadores de todo acto o persona, que faltan a la verdad para obtener intereses terrenales; o quienes
con odio le exigen que mienta. Como Susana, la historia está blindada por la Providencia y, como ella,
debe morir antes que “ocultar el crimen o disimularlo”. Porque la verdad es el alma, la esencia misma de
la historia, en tanto ella es una ciencia de la moral social que sólo cabe en la concepción de la “escuela
histórica católica”. Al presbítero le pareció que ninguna otra concepción religiosa era capaz de formar
una cabal idea de lo que es la nación, como linaje humano provisto de un destino providencial no
individual, sino como pueblo al que Dios le ha asignado el fin de glorificarlo en el tiempo.
En el marco de este predestino, la historia de la humanidad posee sólo dos épocas: la anterior y la
posterior al nacimiento de Cristo. En la primera etapa, el hombre, que aborrece el mal pero que tiene una
inclinación poderosa hacia él, puede cumplirlo libremente, porque la Providencia lo dotó del libre
albedrío. En esta etapa inicial, el humano está “desordenado y, su naturaleza, trastornada”. En la segunda
etapa queda sujeto al sistema de premios y castigos que impone la Providencia, de forma no sólo
individual, sino “los pueblos como pueblos”, “las naciones como naciones”. Por ello: “en la Historia se han
de contar no sólo las virtudes sino también las prevaricaciones de los pueblos”. Si el historiador callara
esas verdades, las desgracias de los pueblos serían enigmáticas: “la Providencia y la libertad humana
explican admirablemente toda clase de sucesos y acaecimientos en la Historia”.182
Este condensado de teoría histórica no fungió sólo como una mera formulación circunstancial de
respuesta a quienes lo censuraron; fue escrita mucho tiempo después y publicada más tarde aún. Claro
que González Suárez tuvo presentes a quienes no entendieron su filosofía de la historia, pero el discurso
no estuvo precisamente dirigido a ellos. Es algo más profundo, que los comprende pero los supera por
elevación. Agoglia asocia a González Suárez con elementos del romanticismo herderiano, por su inserción
del devenir humano dentro del cosmos y por hacerle cumplir un destino a los “pueblos” y las “naciones”.
Es una especie de romanticismo teísta.183 De la Torre Reyes y Cevallos García coinciden con esta
apreciación según la visión de que, por debajo del providencialismo agustinista, se deslizan los “hilos
románticos de tipo decimonónico”.184
Detrás de las concepciones ceñidas al dogma, en González Suárez hay un gran historiador, prevenido
contra el anacronismo, como uno de los peligros metodológicos del análisis social:

No conviene sacar a los hombres del siglo en que nacieron y vivieron, para juzgarlos según las ideas y las exigencias
sociales del tiempo en que nosotros vivimos; ese juicio no sería justo [...] El punto de vista elevado, desde el cual han
de ser examinados los hombres y las cosas de los tiempos que fueron, es el conocimiento de las necesidades sociales
de cada época y del modo como procuraron remediarlas los encargados del gobierno de los pueblos.185

Con su saber, su tesón y su prestigio, González Suárez fue responsable de la creación de una escuela
histórica. Desde sus posiciones católico-liberales, fundó la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos
Americanos que luego el gobierno liberal convirtió en la Academia Nacional de la Historia, dándole un
reconocimiento oficial. Con esta sanción de legitimidad liberal se conformó la escuela historiográfica
conservadora, con su Boletín y un conjunto de obras monográficas y biográficas centradas en la historia
política y de contenido apologético para el periodo conservador.186 El Acta fundacional, del 24 de julio de
1909, fue firmada por el arzobispo, Luis Felipe Borja, Alfredo Mores y Caamaño, Cristóbal Gangotena y
Jijón, Jacinto Jijón y Caamaño, Carlos Manuel Larrea, Aníbal Viteri Lafronte, Juan León Mera y José
Gabriel Navarro. Pocos años después fueron aceptados Celiano Monge e Isaac Barrera quiénes, a
diferencia de los fundadores, provenían del liberalismo moderado. Conformaban una generación joven
que veneraba al maestro.187 Enrique Ayala reconoce la altísima calidad de esta escuela “oficial” que no se
limitó a la apología sino que realizó aportes interpretativos de gran aliento y produjo, desde su
nacimiento hasta nuestros días, una verdadera pléyade de historiadores conservadores.188 En la
introducción a la Defensa de mi criterio histórico, se transcribió una carta de González Suárez a sus
discípulos:

Cuando di principio a mi labor histórica estaba solo, aislado: ahora cuando para mí se aproxima ya el ocaso de la vida,
no estoy solo, no me encuentro aislado [...] Mi palabra ha caído en tierra fecunda, mi trabajo no ha sido estéril [...]
Vuestra labor comienza: no he hecho más que trazaros el camino [...] Mañana, vuestros trabajos dejarán eclipsado mi
nombre, y de ellos yo no me duelo [...] ¿por qué habría de dolerme? [...] antes me alegro, porque con vuestros trabajos
progresarán los estudios históricos, y con ellos habrá luz, y con la luz se conocerá mejor la verdad.

La formación de la Escuela ha dado motivo a múltiples reflexiones historiográficas. Cierto es que nació
en medio de la revolución liberal, al decir de Jorge Núñez, como un nicho protector de sectores
conservadores acorralados por el avance del proceso de secularización, que los había barrido de la
enseñanza y de múltiples esferas de influencia social.189 Sin embargo, es un fenómeno singular en el
continente, el que el Estado oligárquico ecuatoriano se integre y consolide con un proyecto liberal, pero
conforme las bases historiográficas de sus contrarios ideológicos. El hecho ha recibido diversas
explicaciones: la superioridad metodológica y técnica del arzobispo, no alcanzable por la ensayística
liberal contemporánea; el hecho de que, con su liberalismo católico, González Suárez no fuera percibido
como un enemigo acérrimo del liberalismo; la condición de privilegio social de quienes formaron la
Escuela, lo que les permitía costear investigaciones de largo aliento y monopolizar los archivos.190
Finalmente, el Estado ecuatoriano y, por tanto, la interpretación historiográfica de la nación, cuajó
dentro de la mixtura y el acercamiento entre posiciones que concertaron, cedieron y consensaron
acuerdos de coexistencia para plasmar un esbozo de nación imperfecta, inacabada y portadora del legado
de culturas políticas enfrentadas. Éste es, quizá, un campo privilegiado para observar que las
desagradables e injustas categorías del mundo empresarial contemporáneo, “vencedores y vencidos,”
carecen de validez para el análisis de la vida social.

PERIÓDICOS

El Nacional, Quito [microfilm]


1866, ene.-1868, die. Rollo 8.
En LC. Ecuador. Registro oficial.

BIBLIOGRAFÍA Y HEMEROGRAFÍA

Agoglia, Rodolfo, 1988, “Estudio introductorio y selección”, Pensamiento romántico ecuatoriano, Quito,
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Notas al pie
1 Rosanvallon, La consagración, p. 311.
2 Bhabha, Nation and narration.
3 La colonial Audiencia de Quito sufrió un verdadero desmembramiento territorial en el marco de la
política borbónica. Originalmente sometida al virreinato del Perú fue asignada, en 1717, al recién creado
de Nueva Granada; cuando se suprimió este virreinato en 1723, regresó a su subordinación original. Una
vez restablecido el virreinato neogranadino se reintegró bajo su dependencia, en 1739. Algunas de sus
áreas, como el puerto de Guayaquil, vivieron sus propios cambios estatutarios: sometido en lo económico
al Consulado de Lima y por momentos a Cartagena, en lo religioso a Cuenca, que a su vez era sufragánea
de Lima, transferido a Perú en 1803 al margen del resto de la Audiencia y regresado a Nueva Granada, en
1819. Otras jurisdicciones en los territorios amazónicos se vieron afectadas por la misma voluntad, como
Jaén y Mainas, traspasados a Lima por real cédula de 1802. El alcance de esta transferencia constituyó la
base de largos conflictos territoriales entre los futuros Estados. Cfr. Jaramillo Alvarado, La presidencia, v.
1 ; Pérez Concha, Derecho territorial, Tobar Donoso y Luna Tobar, Derecho territorial; Aivarado Garaicoa,
Sinopsis; León y Szászdi, El problema jurisdiccional.
4 Rodríguez O, “De la fidelidad”, pp. 89-113.
5 La entrevista de Guayaquil entre Bolívar y San Martín se celebró el 27 de julio de 1822. Sin embargo,
el 13 de julio Bolívar había tomado la provincia bajo su protección.
6 Por la Ley de División Territorial aprobada en el Congreso de Colombia, en 1824. Cfr. Ayala Mora
(ed.), Nueva historia, v. 15, pp. 91-97.
7 Davis, Ecuador under Gran Colombia..
8 Expresión feliz, tomada de la página central de Casa de la Cultura Ecuatoriana: http://cce.org.ec
9 Ayala Mora, “Centralismo y descentralización”, p. 205.
10 “Artículo 1.— Los Departamentos del Azuay, Guayas y Quito quedan reunidos entre sí formando un
solo cuerpo independiente con el nombre de Estado del Ecuador. Artículo 2 — El Estado del Ecuador se
une y confedera con los demás Estados de Colombia, para formar una sola Nación con el nombre
República de Colombia. Ecuador, Constitución 1830, Ayala Mora (ed.), Nueva historia, vol. 15, pp. 134-
147.
11 Federica Morelli insiste en el carácter histórico de la aparición de las regiones y niega su existencia
en el periodo 1765-1809. Considera que en esta etapa sería más riguroso hablar de “ciudades regionales”
que dan sentido de pertenencia colectiva a su área rural. Morelli, “¿Regiones o ciudades”, pp. 137-142.
12 Es el caso de las intensas relaciones económicas entre la sierra sur, particularmente, Loja y el norte
peruano. Cfr. O’Phelan, Saint-Geours (comps.), El norte.
13 Cfr. Andrien, The kingdom, pp. 190-215; Chiriboga, “Las fuerzas”, v. 6, pp. 271-276.
14 Cfr. Saint-Geours, “Economía y sociedad”, v. 6.
15 Clayton, Los astilleros; Laviana Cuetos, Guayaquil en el siglo XVIII; Hamerly, Historia social;
Contreras, Guayaquil y su región.
16 Concertaje. Contrato laboral de dependencia extraeconómica que se estableció en las haciendas
serranas, a partir de 1812, momento en que fue abolida la mita. Cfr. Peñaherrera de Costales y Costales,
Historia social., v. 1, pp. 6.
17 Quintero, Silva, Ecuador, v. 1, p. 27.
18 Flores, como otros generales venezolanos, había contraído nupcias con una descendiente del
marquesado de Casa Jijón, título nobiliario que mantenía presencia en la sociedad serrana.
19 La denominación deviene de la actuación política de Rocafuerte en México. Él se había opuesto al
absolutismo de Fernando VII e integrado al partido liberal en las Cortes de Cádiz; en México se vinculó
con los opositores a las pretensiones monárquicas de Iturbide. Reig Satorres afirma que “chihuahua” era
un despectivo asociado a una moneda deforme acuñada en la ciudad mexicana del mismo nombre. Reig
Satorres, “Prólogo”, p. 70.
20 Benítez, Ecuador.
21 Maiguashca, “El proceso”, pp. 363, 366.
22 Cevallos, “Galería de ecuatorianos ilustres”, p. 488.
23 Un año antes, en 1840, la Historia del padre Velasco había tenido una primera edición francesa en
dos volúmenes, París por A. Bertrand, quien hizo constar su carácter inédito. Cevallos opinó que: “Difícil
como es que el presbítero Dávalos, el depositario de los manuscritos, los hubiese entregado a un
extranjero, es de creer que Mr. Terneaux-Compans, el editor francés, los tomó de los que paraban en
Madrid”. Cevallos, “Galería de ecuatorianos ilustres”, p. 487, nota 67.
24 Barrera, Historiografía, pp. 32-42.
25 Larrea se suscribió con 100 ejemplares para asignar a bibliotecas, seminarios y conventos. Si bien el
gobierno no costeó los gastos de la edición, el periódico oficial estimuló suscripciones privadas. Gaceta,
agosto 22 1841 citada en Van Aken, El rey, p. 227. Los tres volúmenes tuvieron el muy alto costo de diez
pesos.
26 Paladines, Sentido y trayectoria, p. 27.
27 Francisco Javier Clavijero y su Historia Antigua de México, por ejemplo, o Francisco Javier Alegre.
28 Velasco citado en Barrera, Historiografía, p. 35.
29 Cfr. Naranjo, “Las raíces”, p. 199.
30 Chiaramonte, “Modificaciones”, p. 111.
31 Cfr. Páez, “Estudio, biografía”: http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref-12442&portal-
86
32 Existieron múltiples crónicas, relaciones, cuadros cronológicos, así como el Diccionario geográfico-
histórico de las Indias Occidentales o América... [Madrid, Blas Román, 1786-89], de Alcedo. Según señala
Cevallos, las de “Acosta, Garcilaso, Gómara y nuestro compatriota el indígena Collahuazo; mas, fuera de
que ellas no se contraen al Reino de Quito propiamente dicho, según era conocido entonces, las
narraciones eran limitadas a tal o cual periodo de tiempo, o tal o cual suceso particular; y escasas y poco
difundidas como andaban, casi mutiladas y truncas, ni podían satisfacer a los inteligentes ni menos ser
conocidas del pueblo”. Cevallos, “Galería de ecuatorianos ilustres”, p. 384.
33 Dice Cevallos en la biografía de Velasco: “Fuera de las obras, cuya lectura era común para la
multitud, consultó las de Jeres, Oviedo, Cieza o Chieca de León, Zárate y Rodríguez que estaban ya
publicadas, y las inéditas de Palomino, oficial de Benalcázar, Nisa, A. Montenegro, Bravo de Saravia, P. de
la Peña y Montenegro, obispo de Quito, Severeno, Montesinos, Maldonado y los PE Ferrer, Lucero, casi
todos moradores del tiempo de la Presidencia”. Cevallos, “Galería de ecuatorianos ilustres”, p. 489, nota
68.
34 Ayala Mora, El Reino de Quito, http://www.dlh.labora.com.ec/paginasfhistoriafhistoria2c.htm
35 Logró, además, un segundo y muy fuerte aire durante el proceso afirmación de la nacionalidad,
inmediatamente posterior al trauma del gran cercenamiento territorial de 1941. La historiografía de la
época reaccionó peruanizando al incario y asimilando el gran enfrentamiento territorial del siglo XX con la
lucha Quito-Cuzco, Atahualpa-Huáscar. Cfr. Ospina, “Imaginarios nacionalistas”, pp. 111-123 y Silvia, Los
mitos de la ecuatorianidad. La polémica mantiene aún presencia en el nacionalismo ecuatoriano. Szásdi,
“The Historiography’, pp. 509-510.
36 “Y la nueva nación de entre ruinas/ Con orgullo se vio levantar/ ‘Ecuador, ‘Ecuador, caro nombre;/
Por doquier se oyó resonar”. Citado en Lomné, “El espejo roto”, p. 489.
37 Maiguashca, “El proceso”, p. 363.
38 Las presidencias del periodo estuvieron en manos de Ramón Roca, Diego Noboa, José María Urbina,
Francisco Robles, todos ellos ricos terratenientes y militares costeros.
39 Ana Gimeno, Una tentativa monárquica.
40 Ayala Mora, Lucha política, pp. 95-96.
41 Externa al Congreso. Maiguashca, “El proceso”, p. 378.
42 En Ecuador se había concentrado gran parte de los jesuitas expulsados de Colombia por el régimen
liberal de José Hilario López, ya que la orden había sido restaurada en el país.
43 Este tributo había sido abolido en Ecuador por la legislación liberal santanderiana» medida que sólo
pudo mantenerse en la costa pero no en las sierras donde constituyó la base sobre la que se apoyó el
fisco.
44 Fuentealba, “La sociedad indígena”, v. 8, pp. 51-55.
45 Montubio. Mezcla de indio y de negro; tipo social característico de las clases bajas costeras.
46 El tratado Aguirre-Mocatta, el Espinel-Mocatta y el Icaza-Pritchett.
47 Reyes, Historia, pp. 109-118, 184-190.
48 Cfr. “Informe de Fabre a Thouvenel, Quito, 1 de febrero de 1862”, Loor, Cartas, v. 3, pp. 3-15.
49 Ayala Mora, Lucha política, p. 172.
50 Maiguashca, “El proceso”, p. 372.
51 Robalino Dávila, García Moreno, p. 647; Ayala Mora, Lucha política, pp. 112-166; Quintero, Silvia,
Ecuador, v. 1, pp. 113-157.
52 Pérez Pimentel, Diccionario biográfico, Yerovi Pintado,
http://www.diccionariobiograficoecuador.com/tomos/tomo17/yl.htm
53 Maiguashca, “El proceso”, pp. 394-395.
54 Cevallos inició la escritura de su obra durante el periodo urbinista, debió de estar muy avanzada
cuando el primer Congreso de la época garciana, de 1861, habilitó que se le abonaran deudas para que
pudiera iniciar la edición, que logró llevar a Lima en 1868.
55 El sexto, dedicado a la geografía política se publicó en la segunda edición de Guayaquil, de 1886.
56 Mera, “El doctor don Pedro Fermín”, núm. 56, p. 289; Cevallos, Resumen, p. 3.
57 Pérez Pimentel, Diccionario biográfico, Cevallos Villacreces, http://www.diccionariobio-
graficoecuador.com/tomosftomo8fc4.htm
58 Mera, “El doctor don Pedro Fermín”, Revista ecuatoriana, jun.-ago., 1893.
59 La enemistad de Mera y Montalvo era proverbial, incluso llegaron a liarse a golpes. Para Montalvo
fue una grave ofensa que Cevallos biografiara a su paisano ambateño y lo ignorara a él.
60 Se publicó originalmente en La América Ilustrada de Nueva York y fue reproducida en La Revista
Ecuatoriana, con motivo de la muerte de Cevallos.
61 Tobar Donoso, “Estudio introductorio”, p. 227.
62 Rasgo que resalta Mera cuando expresa: “Su tolerancia práctica es a prueba de toda contradicción”,
Mera, “El doctor don Pedro Fermín” núm. 57, p. 333.
63 No se trata de una impresión personal, sino que Mera fue agriamente recriminado por esta
biografía. Así lo hizo notar La Prensa de Guayaquil, a cuyo redactor escribió Mera una carta fechada en
Ambato, el 16 de septiembre de 1874, en respuesta a una censura publicada en ese periódico por
personas a las que identifica como “nuestros amigos N. y N.”, quienes lo acusaron de pretender lastimar a
Cevallos con sus apuntes biográficos. Dice Mera: “Sabe Ud. que una biografía es una historia, y es inútil
recordarle cuánta es la diferencia que la separa de un elogio”. Mera, “Carta al redactor”, núm. 57, p. 342.
64 Desde las primeras constituciones era norma que los representantes fueran electos por cualquier
provincia y no necesariamente por la natal, con el fin de evitar el voto imperativo.
65 Mera, “El doctor don Pedro Fermín”, núm. 55, p. 254.
66 El Breve catálogo de errores, tuvo muchas reediciones posteriores. El Iris era la publicación
promovida por los maestros granadinos que habían formado el muy moderno Colegio de la Unión. Tobar
Donoso, García Moreno y la instrucción pública.
67 Pérez Pimentel, Diccionario biográfico, Cevallos Villacreces,
http://www.diccionariobiograficoecuador.com/tomos/tomo8/c4.htm
68 “Inmensa es la diferencia que se nota entre el secretario general de Urbina de 1851 y el senador de
1867”, Mera, “El doctor don Pedro Fermín”, núm. 57, pp. 329-333.
69 Mera, “El doctor don Pedro Fermín”, núm. 57, septiembre, p. 340.
70 Ayala Mora, Historia, compromiso, p. 11.
71 Barrera, “Prólogo”, p. 33,
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/357263971I4794495222202/p0000001.htm#l_2_
72 Mera, “El doctor don Pedro Fermín”, num. 51, p. 296. Sin embargo, el mismo Mera publicó una muy
elogiosa reseña de los primeros volúmenes del Resumen en Ambato 1870, que luego reprodujo en la
misma Revista ecuatoriana, en los núms. 61-62, de enero y febrero de 1894 con el título de “Nuestra
historia referida”, pp. 13-21 y 66-73.
73 Barrera, Federico González, p. 63.
74 1. La historia de los aborígenes y la de la conquista hasta el establecimiento del primer gobierno
colonial: 2. El periodo de la colonia, 3. La revolución de independencia, 1809-22; 4. El periodo
colombiano, 1822-30; 5. La época ecuatoriana hasta 1845; 6. Geografía política.
75 Restrepo, Historia de la revolución; Caicedo, Viaje imaginario; Arana, Historia general; Bennet,
Relación histórica.
76 Cevallos, Resumen, p. 283.
77 Ibid., p. 286.
78 Mera dice: “es que el Dr. Cevallos en su Resumen vence al autor de aquella censura en templanza y
miramiento”, “El doctor don Pedro Fermín”, num. 56, p. 297.
79 Cevallos, Resumen, pp. 353-354.
80 Cfr. Eguiguren Valdivieso, El gobierno, pp. 39-40; la intervención de Felipe Sarrade en la Convención
Constituyente de 1861, Ecuador, Diario, Sesión del 11 de febrero 1861.
81 El Congreso de 1871 estableció como texto escolar, el Compendio de la historia del Ecuador de
Cevallos, una versión condensada de su Resumen. Sin embargo, la primera edición que se conoce de esta
obra data de 1879 en la Imprenta del clero. Habría que sospechar que no estaba publicada aún cuando se
le dio esta condición.
82 Juan Montalvo publicaba El Cosmopolita, al tiempo que se produjo un verdadero efluvio de libertad
de prensa y de publicación de folletería política.
83 Borrero, Refutación, v. 2, p. 125.
84 Robalino Dávila, García Moreno, p. 272 y Ayala Mora, Lucha política, pp. 162-163.
85 Cercano a la muerte, Aguirre confió los manuscritos a un sobrino, quien los mantuvo en la caja de
seguridad de un banco guayaquileño hasta 1972. Se publicaron, en el puerto, por Corporación de
Estudios y Publicaciones, dentro de la serie Anuario Histórico-Jurídico ecuatoriano; parecería que Aguirre
preparó una sección documental para que fuera publicada en volumen aparte, pero se quemó en el gran
incendio de 1896. Pérez Pimentel, Diccionario biográfico, Aguirre Abad,
http://www.diccionariobiograficoecuador.comftomos/tomol/a1.htm
86 Riquísimo comerciante agiotista y naviero español, que reunió una enorme cantidad de
comercializaciones y fundó el primer banco del país.
87 Presentó su posición en un folleto explicativo, ante la legislatura del 1854, que dio fin a la esclavitud
en Ecuador, titulado: “Exposición al Congreso de 1854 sobre la manumisión de esclavos. Pensamiento
agrario”, pp. 77-92.
88 El folleto de 66 páginas tuvo por título La República y la Iglesia: defensa de la exposición del
Concejo Cantonal de Guayaquil sobre la inconstitucionalidad del Concordato celebrado entre el
Presidente del Ecuador y la Santa Sede.
89 Anexo al Bosquejo, en la edición de 1972, se encuentra un estudio biográfico, sermones fúnebres,
artículos periodísticos y otros documentos relativos a Francisco Xavier Aguirre Abad, pp. 445-476. La
segunda edición de 1995 cuenta con un Prólogo de Reig Satorres que, en sus 89 pp., contiene datos
biográficos y un estudio historiográfico de la obra.
90 El capítulo segundo de su primera época tiene por subtítulo:“Los quitus, los caras, los peruanos”.
91 Aguirre Abad, Bosquejo, p. 21.
92 Ibid,, p. 22.
93 Ibid., p. 23.
94 Las invasiones piráticas, por ejemplo.
95 Aguirre Abad, op. cit., pp. 153-154.
96 Ibid., p. 177.
97 Ibid., p. 199.
98 Es una opinión muy singular. Otros historiadores liberales han sido críticos con Bolívar, pero no han
dado esta consideración al Protector.
99 Aguirre Abad, op. cit,. 287.
100 Ibid., p. 296.
101 Reig Satorres, “Prólogo”, pp. 29-37.
102 Bustos, “El Ecuador”, p. 98.
103 El Nacional, núm. 220, 10 de marzo de 1866.
104 En 1876 Montalvo había fundado en Quito la Sociedad Republicana como la expresión ecuatoriana
de la I Internacional, y Marcos Alfaro creó el periódico El Popular, para defender la Internacional y la
Comuna. Muñoz Vicuña, “Estudio introductorio”, pp. 30-31.
105 Ayala Mora, Lucha política, p. 203.
106 Chiriboga, Jornaleros, p. 363.
107 Guerrero, Los oligarcas, pp. 59-82.
108 Ayala Mora, Lucha política, pp. 297-309.
109 Ayala Mora, Resumen, pp. 82-83; Ayala Mora, Lucha política, pp. 283-297.
110 Estos mismos requisitos habían sido ya eliminados en relación con los electores, en 1861, en el
régimen garciano. La restricción persistía, empero, con los elegibles.
111 Tobar Donoso, “Estudio”, pp. 239-240.
112 Ayala Mora, Lucha política, pp. 189-199; Quintero, Los partidos, pp. 207-230.
113 Maiguashca, “El proceso”, p. 365.
114 Ayala Mora, Historia de la Revolución, pp. 69-74.
115 Cierto es que los incendios eran muy comunes en la época. Sin embargo,varios liberales sufrieron
este percance que mutiló parte de sus obras: Moncayo, Carbo, Murillo Miró y otros. Se sospechaba que
había intencionalidad en estos accidentes.
116 La primera edición chilena fue de Rafael Jover (ed.), 1885, y hubo varias posteriores, la segunda en
1906 en el periodo alfarista, con un estudio introductorio y notas de Carlos E. Moncayo y Luis F. Veloz.
117 El doctor Pedro Moncayo y su folleto, 1887. Cfr. Ayala Mora, La historia del Ecuador, p. 16.
118 Fray Francisco, El Padre Tarugo y El viejo Chihuahua para promover la candidatura de Elizalde en
1848.
119 Villegas, “Rasgos biográficos”, pp. 27-41.
120 Moncayo, El Ecuador, v. 1, p. 19.
121 Ayala Mora, “El Ecuador” p. 22, nota 23.
122 Pese a las reiteradas críticas hay un dejo de absolución hacia su compañero de aventuras, al fin de
su obra: “Rocafuerte es para nosotros el modelo de buen gobernante, salvo sus pequeñas manchas
cometidas por la desgraciada situación que le prepararon sus enemigos”. Moncayo, El Ecuador, v. 2, p.
171.
123 Ibid., v. 1, p. 87.
124 Ibid., v. 2, p. 170.
125 Ibid., v. 2, p. 171.
126 La obra fue publicada por Editorial Ecuatoriana en 1932.
127 Tobar Donoso, “Estudio”, p. 251.
128 Mera, “Carta dirigida al redactor”, núm. 57, pp. 343-344.
129 Mera, García Moreno: libro inédito, Quito, Imprenta del Clero, 1904.
130 Tobar Donoso, “Estudio”, pp. 220-253
131 Mera, La dictadura, pp. 259-263.
132 Berthe, García Moreno, president de L'Equateur: vengeur et martyr du droit chrétien, 1821-1875,
Paris: Retaux-Bray, Libraire-Editeur, 1887, con una edición en Londres a cargo de Burns and Gates en
1889 y una en español, en Paris, Victor Retaux e Hijo, Libreros Editores, 1892, 2 v.
133 Borrero, Refutación, 3 v. La obra fue originalmente publicada en Guayaquil por la Imprenta de la
Nación en 1889.
134 Berthe, García Moreno, xv.
135 Ibid., xiv.
136 Marietta de Veintemilla, Páginas del Ecuador, Lima, Imprenta liberal de F. Mesías y Co., 1890, 411
p. Existen numerosas versiones legendarias de la vida de Marietta. Una de ellas relata que mientras
padecía la pobreza del ostracismo en Perú, ingresó ilegalmente a Guayaquil y cobró a su deudor Carlos
Stagg Flores, pistola en mano, una deuda cuyo dinero le posibilitó costear la impresión de la obra.
137 Luis Bossano, “Estudio preliminar”, pp. 365-375.
138 M. Veintemilla, Páginas, p. 407.
139 Murillo Miró, Historia, 1890.
140 Destruge, Historia de la prensa, citado en Muñoz Vicuña, “Estudio introductorio”, p. 15.
141 Murillo Miró, Historia, p. 42.
142 Ibid., p. 64.
143 Ibid, p. 82.
144 Ibid., pp. 139-140.
145 Roberto Andrade, Estudios históricos: Montalvo y García Moreno, Lima, Francisca Grau y Cot,
1890, 304 p. La obra quedó trunca y tuvo una conflictiva reedición en Guayaquil.
146 Naranjo, La primera Internacional, p. 155. “[...] no se va todavía, la esfinge no se mueve: su castigo
está madurando en el seno de la Providencia; más yo pienso que se ha de ir cuando menos acordamos y
sin ruido: ha de dar dos piruetas en el aire y se ha de desvanecer, dejando un fuerte olor a azufre en torno
suyo”.
147 Pérez Pimentel, Diccionario biográfico, Andrade Rodríguez, http://www.diccionariobio-
graficoecuador.com/tornos/tomol/a4.htm; Barrera, Historiografía, pp. 106-108.
148 Muñoz Vicuña, “Estudio introductorio”, pp. 22-23.
149 González Suárez, Historia general de la República del Ecuador, Quito, Imprenta del clero, 1890-
1903, 7 vols, y atlas con 44 pliegos.
150 Barrera, Federico González Suárez, p. 18 y Ayala Mora, “Estudio introductorio”, p. 25.
151 Ayala Mora, “Estudio introductorio”, p. 27. Estévez Toral llegó a “fulminar con el rayo de la
excomunión” a Carlos Ordóñez, el gobernador garciano de Cuenca.
152 González Suárez, “Chateaubriand”, p. 322.
153 Larrea, “Estudio”, p. 34.
154 Cornejo Cevallos “Carta a los Obispos”, pp. 413-442.
155 González Suárez, “Carta de un sacerdote católico”, p. 28.
156 Castillo-Illingworth, “González Suárez”, p. 70.
157 Ignacio Ordóñez era cuencano, miembro de una poderosa familia azuaya. Ahí se conocieron y
trabaron amistad pese a que Ordóñez, como toda su familia, era un garciano inflexible.
158 “Leía despacio, documento por documento, foja por foja, sometiéndolo todo al análisis minucioso de
la crítica histórica. Luego, copié varios documentos y extracté muchísimos”. Vargas, Historia de la
cultura, p. 549,
http://www.cervantesvirtual.comfservlet/SirveObras/04701737577926795432268/p00000l1.htm#I_l57_
159 Dice en carta a su amigo, ex jesuita y coautor del asesinato de García Moreno, Abelardo Moncayo:
“Los eclesiásticos europeos se unen entre ellos, se apoyan y sostienen, buscando siempre el modo de
hundir a los nacionales”. Castillo-Illingworth, “González Suárez”, p. 77.
160 Torre Reyes, “Teoría histórica”, p. 106.
161 Duranti llegó a preguntarle: “Y quién le ha dado a usted señor Arcediano el oficio de difamador?
¿Acaso para ser historiador es indispensable ejercer ese oficio”. Torre Reyes, op.cit., p. 112.
162 Ibid., pp. 111-114.
163 Que recién se publicó en 1937.
164 Chiriboga, Jornaleros, pp. 117-118; Quintero, El mito, pp. 106-107.
165 Ayala Mora, “Estudio introductorio”, pp. 37-38.
166 González Suárez, Carta, Ibarra 31 de mayo de 1900, citada en Ayala Mora, “Estudio introductorio”,
p. 39.
167 Ayala Mora, op. cit., pp. 46-52.
168 Ibid., pp. 53-54.
169 “Si la patria debe morir, que lo haga peleando contra el enemigo y no envuelta en las sutiles redes
de la diplomacia”, Pérez Pimentel, Diccionario biográfico, González Suárez, httpillwww.
diccionariobiograficoecuador. co m!tomos/to mo3/g9. htm
170 Pareja Diezcanseco, La hoguera bárbara, vida de Eloy Alfaro.
171 Vargas, Historia de la cultura, p. 550.
172 Torre Reyes, “Teoría histórica”, p. 98.
173 Szászdi, “The historiography”, pp. 511-512.
174 González Suárez, Historia general, v. 1, i-xv.
175 Ibid., pp. 2-3.
176 Ibid., p. 23.
177 Ibid., v. 4, vii.
178 Ibid., v. 1, p. 23.
179 Larrea, “Estudio y selecciones”, pp. 40-74.
180 Larrea, “Estudio y selecciones”, p. 50.
181 Agoglia, “Estudio introductorio”, p. 45.
182 González Suárez, “Nuestro concepto”, pp. 337-351.
183 Agoglia, “Estudio introductorio”, pp. 56-57.
184 Torre Reyes, “Teoría histórica”, pp. 100-101, 107.
185 González Suárez, Historia general, v. 7, p. 3.
186 Ayala Mora (ed.), La historia, p. 21.
187 Vargas, Historia de la cultura, p. 553.
188 Ayala Mora (éd.), op. cit., p. 23.
189 Núñez, “La actual historiografía”, http://www.flacso.org.ecldocslanthistoria.pdf
190 Ayala Mora (ed.), op. cit., pp. 21-22.
EL PUEBLO SOBERANO VERSUS LA PLEBE PROSELITISTA. DISCURSO
HISTORIOGRÁFICO Y ETNIZACIÓN POLÍTICA EN BOLIVIA, 1825-19221

MARTA IRUROZQUI
Instituto de Historia, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Madrid)

Con relación a la candidatura presidencial de Evo Morales y al triunfo del Movimiento al Socialismo (MAS)
del 18 de diciembre de 2005, se han sucedido en diversos medios de comunicación comentarios
dicotómicos sobre la población indígena y su vinculación a la política nacional. Se ha dicho tanto que “las
culturas precolombinas habrían sido profundamente democráticas y no habrían conocido relaciones de
explotación y subordinación”, como que son los pueblos indígenas y los estratos sociales explotados a lo
largo de los siglos “los que encarnan algunas cualidades poco propicias con respecto a la cultura cívica
moderna, a la vigencia de los derechos humanos y al despliegue de una actitud básicamente crítica”.
También se ha señalado tanto que las sociedades indígenas “van a tomar el poder político después de 500
años de marginación del mismo” y a gobernar con “modelo propio sin las detestables influencias del
norte”, como que las condiciones de bienestar que reclaman —acceso al mercado, a la educación
moderna o a un mejor nivel de vida— no habían “surgido de la tradición propia de estas culturas”. E
incluso se ha pasado de hacer elogios al “capitalismo andino” a tachar de “primitiva” a una colectividad a
la que se acusa de no poder “resistir al avance del acero toledano (y no dominar) nunca la agricultura ni
la metalurgia”.2 Tales comentarios muestran un escenario público “etnificado” en el que las identidades
sociales y públicas se dirimen en términos raciales,3 actuando las categorías de indio, dada ahora a Evo
Morales, o la de cholo, con la que se le habría catalogado años antes, de registros referenciales
excluyentes que limitan la representatividad política o que legitiman el acceso al poder. ¿Cómo se traduce
en términos historiográficos esa polaridad discursiva para que el discurso étnico resulte hoy básico en la
identificación de los líderes como indígenas, cholos o blancos?
Las opiniones periodísticas recogidas coinciden con muchas de las aseveraciones académicas que se
repiten desde la segunda mitad del siglo XIX. De un lado, se ha dicho que el proyecto de Estado-nación
boliviano fracasó debido al intento criollo-mestizo de constituir una nación a partir de la negación de los
derechos del ciudadano moderno a la gran mayoría de la población (mujeres e indígenas), catalogando tal
situación de “nacionalismo sin nación”.4 De otro, se ha insistido en presentar a los indios como una raza
que nada tenía que aportar al proceso de civilización y que lo enviciaba por representar la pervivencia de
mentalidades premodernas en medio de un proceso de modernización acelerada, ya que siempre habían
sido ajenos al mundo occidental, impermeables a cualquier influencia externa y desinteresados en
aprender el funcionamiento de las instituciones y del sistema político. Estas dos posiciones extremas
muestran, por una parte, la existencia de una visión victimista del pasado indio que se resuelve con una
exagerada dignificación de las virtudes innatas de su identidad frente a la maldad congénita de las élites
blancas; y, por otra, una postura despreciativa hacia esta población que, catalogándola de arcaica,
fundamentalista e ignorante recalcitrante, niega a sus miembros la condición de sujetos políticos y la
condena a la subordinación natural. Sin embargo, pese a sus diferencias, ambas posturas coinciden en
considerar al indio o a lo indio como un “otro” inalterable en el tiempo, que con paciencia acecha en la
sombra para conquistar su libertad o para subvertir la modernidad.5 El resultado es una lectura
naturalizada y cosificada que dificulta un relato histórico compartido y conjunto.
Dada la importancia de las investigaciones históricas actuales que desmienten la absoluta exclusión
política de los indígenas de la sociedad, que rescatan sus esfuerzos de inserción nacional, su importancia
en el desarrollo de políticas públicas o su centralidad en la definición gubernamental,6 en este texto no se
va a insistir en el discurso victimista ni tampoco en los posibles problemas que ha ocasionado u ocasiona
la elaboración de estereotipos basados en él. Empero, la contradicción entre lo que se cuenta que
hicieron o dejaron de hacer los indios y entre lo que el trabajo académico revela, obliga a centrarse en el
segundo discurso, el de su negación como sujetos históricos, y mostrar algunas de las claves de su
elaboración. Ello requiere realizar una reflexión general sobre la construcción en el tiempo de esa
concepción negativa de lo indio y esto, a su vez, implica necesariamente analizarla en un contexto
nacional en el que lo indígena es un ingrediente más junto a lo mestizo y lo blanco. Por tanto, el abordaje
de la narración de los estereotipos raciales conlleva un análisis de las maneras en que los relatos
historiográficos posindependencia establecieron una jerarquía de papeles sociales en torno del tema de
quiénes debían construir la nueva nación.
En la medida en que la historiografía escrita en el siglo XIX contenía las necesidades de legitimación de
los estados nacionales y la urgencia de construir identidades colectivas que diesen cohesión a las nuevas
sociedades, también asentaba los cometidos y las responsabilidades de los diferentes grupos sociales en
dicho proceso. Como al hacerlo fundaba tradiciones y generaba un imaginario colectivo, los estereotipos
de lo indio o de cualquier otro actor social creados por circunstancias históricas concretas, coyunturales y
grupales, fueron quedando fijados en el tiempo y convertidos en “verdades” inalterables. Esta conversión
de un prejuicio o un interés personal en una certeza inobjetable estuvo relacionada con el hecho de que la
historia escrita en el siglo XIX partía de la premisa de que los acontecimientos estaban dotados e
investidos de vida propia, al margen del historiador, que sólo cumplía la tarea de recuperarlos,
expresando con ello no sólo la “objetividad” del pasado sino también la suya propia.7 La historia, con su
discurso de “la verdad” de la nación, era muy atractiva para proyectar por medio de ella diversos
intereses grupales y sociales, concebir el origen de las repúblicas, dotarlas de una genealogía gloriosa y
crear un sentido de nacionalidad.8 Su escritura se convertía en una manera de participar en la
construcción de las nacientes repúblicas,9 lo que transformaba al historiador en “un padre de la patria
historiográfica”,10 que recogía los acontecimientos del pasado para que la posteridad pudiera conocerlos.
A esas concepciones de “verdad” y de “responsabilidad patriótica” se sumaba el que los historiadores,
bajo el doble peso de la tradición ilustrada y del historicismo positivista, concebían que el desarrollo del
presente y del futuro nacionales dependía de las experiencias históricas del pasado, ya que el
conocimiento de éste ayudaba a lidiar con los hechos venideros. Asimismo, también creyeron en un
programa maestro de organización social que mostraba en distintos lugares características de diferentes
etapas, pero todas dentro de un modelo de evolución único y constante. Dado que consideraban su propia
historia como una extensión de la europea y a Europa el punto final del camino, juzgaban que las
naciones habían progresado o se habían desarrollado en la medida en que iban pareciéndose más a ella. Y
cuando el bienestar y la prosperidad anhelados tardaron en llegar, se vieron obligados a explicar el
fracaso o la tardanza en la europeización.
Por lo anterior, si en un inicio rearticularon la experiencia histórica nacional en términos de un legado
colonial que se debía negar y de una etapa revolucionaria que debía reivindicarse por contener las
semillas sobre las que se construiría la patria, años después se interrogaron sobre a dónde iba la nación.
Con ello se centraron en la calidad moral de sus poblaciones conforme el supuesto de que la historia era
un movimiento continuo hacia la realización del bienestar general, pudiéndose éste retrasar por la
naturaleza del pueblo. Tal concepción llevaba implícita la condena de los obstáculos que se presentaban
antes de llegar a una civilización compleja y deseable, siendo principalmente objeto de su censura los
resabios tradicionales populares. Catalogados de lesivos por retrógrados, hubo un esfuerzo de
marginación en la construcción del entramado nacional de todo aquello o aquellos que fueran
sospechosos de arcaísmo y de antiguo régimen, es decir, de pervivencia del legado colonial. Este rechazo
se entendió contra España y contra lo arcaico que ésta había generado en América. SÍ tras la
independencia siguieron considerándose europeos gracias a España, también sus problemas se los debían
a ella, por lo que a medida que aumentaron las dificultades en la construcción nacional, más se denostó la
herencia hispánica. Además, el que todo lo alejado de la modernidad europea significara barbarie y
retroceso supuso que a lo largo del siglo XIX las clases populares fueran quedando al margen del
imaginario nacional o fueran incorporadas en un papel subalterno, con lo que se produjó una serie de
rupturas y exclusiones narrativas dentro del concepto de lo nacional.11
Según el supuesto de que el legado colonial amenazaba la coherencia ideológica del proyecto liberal y
entendiendo la asunción de la independencia como el inicio de una vida nacional abocada al progreso,
muchos intelectua les escribieron historia y biografías políticas protagonizadas por los líderes-héroes que
habían facilitado dicho bienestar. A partir de ellas, del relato sobre cómo habían sucedido los
acontecimientos y sobre sus protagonistas, establecieron quiénes eran los artífices de la nación y quiénes
debían quedar marginados de su dirección. Tal ordenamiento del pasado estuvo moldeado por las
interpretaciones y por los valores que suscribían los escritores. Y ese hecho, en vez de subrayar su
subjetividad en la escritura del pasado, los condujo a atribuirle una uniformidad que armonizaba con sus
intereses, más que con las experiencias sobre el mismo. Así, aunque cada autor ensalzó a diferentes
gobernantes según fueran sus convicciones, posiciones y deseos políticos, todos coincidieron en que las
hazañas de las figuras culminantes de la historia nacional constituían las acciones de la historia, mientras
que los otros factores y actores históricos simplemente las ambientaban. Con ello desarrollaron un
discurso elitista del discurrir histórico nacional en el que los individuos intervenían y obraban en el
pasado según la importancia social que se les quisiera dar en el presente. Es decir, en la narración
histórica quedó sintetizado no sólo el estilo de vida de la minoría como si ésta representara a la mayoría,
sino fundamentalmente la jerarquía de poder que deseaba desarrollar en su proyecto de nación. El lema
fue: “A más protagonismo histórico, mayor capacidad de decisión política.”
Pese a las sinceras veleidades de los historiadores de ofrecer a la posteridad Kla verdad” del pasado, lo
que en realidad brindaron fiie la extrapolación de su percepción pública y de su cosmología grupal. Y
dado que ésta no sólo podía orientar y formar las percepciones de los lectores, sino que lo hizo, este texto
se centra en los relatos de nación realizados por historiadores y literatos con dos propósitos básicos. Se
busca mostrar, primero, cómo la historiografía boliviana recreó una identidad nacional que conllevaba
una jerarquización social de sus habitantes en su participación en el diseño del país; segundo, que tal
jerarquización se construyó a partir de la elaboración de tópicos sobre cada grupo social en la que
confluyeron formas sociales y organizativas del periodo colonial e imperativos de gobernabilidad
republicana con premisas doctrinales del constitucionalismo, del republicanismo oligárquico, del
liberalismo y de las vanguardias científicas; y, tercero, que tales tópicos, a pesar de responder a contextos
históricos determinados, tuvieron tal trascendencia que su influjo se prolongó en el tiempo tornándolos
en “verdades” consustanciales a la naturaleza de los grupos afectados. Por tanto, con la intención de
incidir en el proceso de elaboración historiográfica de tópicos, prejuicios o estereotipos sociales, las
preguntas que articulan el texto son: ¿quiénes tenían que liderar la construcción nacional?, ¿en qué grado
debían hacerlo? y ¿de qué forma lo ejecutaron?
Dado que este fenómeno historiográfico de recreación identitaria conllevó a la larga una etnificación
política de la historia, se tratará de resolver los interrogantes mencionados teniendo en cuenta la
naturaleza cambiante de la progresiva estigmatización de las categorías de indio y de mestizo frente a la
de blanco. Aunque estas nociones no son objetivas, sí cumplieron en el tiempo con funciones objetivas.12
De ahí que sea ambición de este texto señalar cómo mucho de lo que actualmente se dice y se escribe
sobre los individuos englobados en ellas, respondió a lógicas de poder del siglo XIX y de comienzos del
siglo XX. Éstas han desaparecido, pero no así sus efectos al ser recreados una y otra vez los diferentes
clichés étnicos no sólo por los medios de comunicación, sino también por el mundo académico. Con el fin
de concretar esa afirmación, el texto se organiza en tres partes que abordan, el origen de los males
nacionales, los problemas de la república tras la guerra de independencia y el proceso narrativo de
etnización de éstos. Aunque éste es un texto sobre la historiografía del siglo XIX, el periodo cronológico
escogido va desde 1825 hasta 1922, fecha en la que se publicó Historia General de Bolivia de Alcides
Arguedas. La razón de ello ha sido que a este autor y a otros escritores coetáneos se les reconoce como
los responsables de asentar la tendencia de explicar los males de Bolivia en clave racial.13
Debido a que, como señala Fernando Unzueta, “el estudio de la historia está ligado a la construcción
discursiva de la nación y la novela está dedicada a representar la historia, costumbres, ideas y
sentimientos de las nuevas sociedades del continente en un proceso de producción imaginativa de sus
comunidades nacionales”,14 los autores seleccionados son tanto historiadores como literatos. En todos los
casos, el desempeño de papeles activos en la formación y en la administración de las instituciones
nacionales,15 los convirtió tanto en objetos de la historia como en sujetos o agentes que podían escribir
sobre el discurrir de sus naciones y orientar su destino.16 En calidad de historiadores figuran Manuel
Sánchez de Velasco (1784-1864), Manuel José Cortés (1811-1865), Ramón Sotomayor Valdés (1830-
1903),17 Gabriel René Moreno (1836-1908)18 y Alcides Arguedas (1879-1946),19 quienes, a su vez,
recogieron en su obra las referencias historiográficas de Luis Mariano Guzmán (1820-1886), Manuel
María de Urcullu (1785-1856), Miguel María Aguirre (1798-1873), José María Santibáñez o Juan Ramón
Muñoz Cabrera (1819-1869).20 A ellos se unen ensayistas políticos como Rigoberto Paredes (1870-1950),
Juan Francisco Bedregal (1883-1955), José Salmón Ballivián (1881-1963), Manuel Vicente Ballivián (1848-
1921), Bautista Saavedra (1869-1939), Octavio Salamanca (1873-1953) o Carlos Romero (1888-1962).
Con independencia de que unos autores sostuvieran que los hechos hablaban por sí mismos y que otros
confiasen en la intuición, la imaginación y la perspicacia para construir los estudios del pasado, todos
ellos fueron definidos como historiadores apegados a la labor de archivo e investigación propugnada por
la escuela positivista, y creyentes en que la historia poseía una visión moral y pedagógica, con o sin
connotaciones religiosas.21 En cuanto a los literatos, se hace referencia a novelas de Vicente Ballivián
(1810-1891), Bartolomé Mitre (1821-1906), Nataniel Aguirre (1843-1888), Alcides Arguedas, Demetrio
Canelas (1881-1864), Enrique Finot (1890-1952), Armando Chirveches (1881-1926) o Gustavo A. Navarro
(Tristan Maroff) (1898-1979). En palabras de Aguirre, la novela no sólo debía usarse como un género
auxiliar de la historia, sino como impulso y complemento de ésta. Proporcionaba “detalles interesantes,
un reflejo de antiguas costumbres, otras cosillas”, en fin, todo aquello de lo que “no se ocupan los graves
historiadores”,22 pero que contenía los ingredientes básicos de la nacionalidad. El reconocimiento de lo
cotidiano y de lo no contado como factores imprescindibles en la definición del ser de Bolivia, hacía de la
literatura un sustituto de la historia en la narración del pasado, convirtiéndola en un instrumento de
construcción nacional. Como consecuencia se dio la conversión de la novela en la portadora de una
verdad histórica. A medida que era revelada, asentaba los fundamentos de la nación futura porque el
conocimiento del pasado develaba cómo debía ser idealmente el presente.23

EL ORIGEN: EL “HECHO COLONIAL”

Todos los autores escogidos coincidieron en percibir y pensar el “hecho colonial” —la ocupación y la
modificación europeas del continente— como una esencia o un fundamento configurador de la historia
republicana. Esta centralidad del “hecho colonial” tuvo dos expresiones historiográficas: ruptura y
herencia. Mientras la ruptura hacía referencia a los cambios de titularidad colectiva del poder y a la
configuración de nuevas sociedades, la herencia se centraba en las permanencias y las inercias. De los
diversos acontecimientos históricos, la independencia representó un momento fundamental en el que el
“hecho colonial” en su doble dimensión de ruptura y herencia se hacía presente y mediatizaba la mirada
historiográfica. El carácter fundacional de la independencia impuso una forma concreta de percibir y
contar el pasado que, aunque estuvo definida por el tipo de presente que se deseaba construir —ruptura
—, también lo relataba a partir del pasado (o la experiencia colonial) que quedó identificado como aquello
frente a lo que se reaccionaba o se debía reaccionar —herencia—. En consecuencia, desde la perspectiva
de la elaboración de un relato histórico, el acto independentista se convirtió en un eje de inflexión, cuyo
resultado fue que la historia precolombina, la historia virreinal española y la historia republicana de
América resultasen en gran medida escritas desde los prejuicios, tópicos, imperativos e intereses
nacionales que imponía la aparición de naciones independientes. ¿Cómo se calificaba la colonia a partir
del acto independentista? y ¿qué actores históricos lo hicieron posible?, son las dos preguntas que
organizan este primer apartado sobre el modo en que la memoria nacional del “hecho colonial” ha
condicionado las aproximaciones a la historia boliviana.
Respecto al legado colonial, Manuel Sánchez de Velasco calificaba la fecha del 25 de mayo de 1826,
como un día de gloria para Bolivia porque “se reunió la augusta representación nacional para constituir
un pueblo libre que había luchado más de quince años por romper las cadenas que lo oprimían”. Gracias
a la independencia, los bolivianos obtendrían las virtudes que les faltaban, aumentaría la civilización y
ésta engrandecería “las ciudades y [...] las fortunas”, dándose por finalizado “el entorpecimiento de la
razón” a que estaban sometidos.24 Manuel José Cortés declaraba que “la esclavitud no tiene historia” y
que sólo “con la libertad hacen los pueblos suyo el elogio o el vituperio y cargan con la responsabilidad de
sus acciones”, de manera que la historia de los países hispanoamericanos únicamente podía comenzar
con el relato de la guerra de independencia. Su origen no estuvo en la invasión napoleónica de la
península, sino en la “desigualdad establecida entre españoles y americanos, las rentas ingentes de la
América empleadas en provecho ajeno, las trabas del comercio y las demasías de todo género”. Sin
embargo, aunque para la independencia bastaba la acción, para la libertad eran necesarias “las
instituciones, las costumbres profundamente arraigadas en el pueblo, las luces derramadas con
profusión”. Si éstas tardaban en llegar a Bolivia, la razón residía en los trescientos años de opresión
española.25 Ramón Sotomayor Valdés opinaba que “las colonias sufrían de su grado el yugo de la
metrópoli”. Habían optado por las juntas movidas por su seguridad y por lealtad a España, de manera que
sólo terminaron independientes debido a que las autoridades establecidas “apellidaron insurrección y
deslealtad el esfuerzo con que los americanos procuraron poner su suerte y sus destinos fuera de las
fluctuaciones de la madre patria”. Pese a tal lectura, coincidía con Cortés en que la dominación española
había mantenido ignorantes a los americanos en “la conciencia de sus derechos, las ideas de soberanía y
de buen régimen de gobierno, de unidad de miras y deseos a que es consiguiente el acuerdo en la
acción”. Con ello reconocía que la gran revolución hispanoamericana había conducido a la mitad del
nuevo mundo “a la emigración e industria del antiguo y al ensayo de los gobiernos democráticos”.26 Si
bien Gabriel René Moreno también señalaba que “los naturales, sin distinción entre indios, mestizos y
criollos, amaban en el Alto Perú a la madre patria y la generalidad estaba contenta con su dominación el
año 1808”, incidía en la idea de lo negativo del legado español, al decir que la colonia había dado a los
americanos “el espíritu de obediencia ciega, el hábito de abdicar la iniciativa personal en punto a trabajo
y con respecto a la cosa pública, para esperarlo todo de la autoridad”.27
La vinculación de “hábitos de esclavitud y humillación” con el pasado colonial presente en los textos
históricos, quedaba escenificada en el romance de Soledad,. Ubicada en la Bolivia de 1826, la novela
narra una historia de amor en una hacienda de La Paz. La protagonista, Soledad, a causa de la pérdida de
la fortuna familiar por la filiación patriótica de su padre durante la guerra, fue obligada por su madre a
casarse con don Ricardo, un viejo español realista. Éste, en su anhelo de ser amado por la joven, ejercía
actos de tiranía contra ella, quien se defendía “conservando la dignidad de la víctima”. La tristeza y la
desesperanza de su vida la habían tornado vulnerable al acoso sexual de Eduardo, sobrino de unos
vecinos amigos de la familia, quien antes había seducido a su prima Cecilia con promesas de matrimonio
que no quiso asumir cuando ésta le comunicó su embarazo. Pero a punto de convertirse en una víctima de
su seducción, Soledad fue salvada gracias a la llegada a la hacienda de su primo, Enrique, un capitán
patriota colaborador del general Lanza. Aunque había estado comprometida en matrimonio con él desde
niña, tal lazo se había roto cuando él, de muchacho, se marchó para luchar por la independencia de la
patria. A su regreso, consciente de que la situación de su prima se debía en parte a su marcha a la
guerra, Enrique no sólo impidió que Soledad sucumbiera al acoso amoroso de Eduardo, sino que también
ayudaba a éste y a Cecilia a resolver sus problemas. Al primero le instaba a descubrir su amor por la
segunda y, con ello, a cumplir sus promesas matrimoniales, y a ella, al salvarla del suicidio en el estanque,
a que no mancillase su entorno familiar y a que pudiera convertirse de nuevo en madre de bolivianos.
Tales actos de protección y rescate convertían a este personaje, denominado en el capítulo décimo “el
ángel de la guarda”, en un redentor de su medio enviado por la Providencia. Representaba la fuerza
revolucionaria que salvaba a las fuerzas de la nación, concentradas en los tres jóvenes —Soledad,
Eduardo y Cecilia—, de su injusto destino en caso de no mediar los efectos regeneradores de la
Independencia y del compromiso refundador de construir una nueva patria. En Soledad, atada en vida a
un viejo, liberaba a Bolivia de las inercias de los antiguos, caducos e ilegítimos vínculos que había
generado la experiencia colonial; en Eduardo, con su conducta disoluta, denunciaba el riesgo a la
indolencia de los criollos para que se avergonzasen de ello y asumiesen su liderazgo público frente a la
sociedad; y, por último, en Cecilia, presa de una pasión amorosa inocente pero irresponsable, mostraba
los peligros de sucumbir a los excesos y a los engaños de los demagogos. Esta triple ruptura (con el
pasado, con el vicio moral y con la traición), por la acción benefactora de la independencia, hacía realidad
la posibilidad de un progreso nacional predeterminado. Las palabras de don Ricardo en su lecho de
muerte, bendiciendo el amor de los dos primos y pidiéndoles perdón por obligar a Soledad a supeditarse
al amor insensato de un viejo, revelaban el triunfo de la nueva república que al proyectarse sobre el
futuro negaba un “paternal” sistema colonial despótico. De hecho, la novela, terminada de escribir en
1845, insistía en que lo sucedido en 1826 no podría volver a darse, porque “entonces Bolivia no era lo que
es hoy; una nación que no comprende ni puede comprender otro sistema que el representativo
republicano”.28 Con ello ofrecía una lectura positiva del presente, en la que el progreso histórico había
vencido los obstáculos que se interponían en el desarrollo del futuro de la república, imponiéndose una
visión teleológica y romántica del discurrir histórico.29
Todos los autores escogidos coincidieron en asumir que la independencia fue, primero, un acto
históricamente necesario e inevitable que surgió debido a los sentimientos nacionalistas manifestados a lo
largo del periodo colonial y, segundo, un movimiento de liberación nacional contra el despotismo y la
opresión metropolitanos. En contrapartida, la colonia era presentada en términos negativos al reducirla a
un lastre que impedía el desarrollo de la nacionalidad. La conversión de lo español en un legado poco
deseado revelaba una construcción histórica en la que el pasado, en vez de proporcionar los orígenes de
la nacionalidad como en Europa, representaba una situación en la que ésta había sido sojuzgada por un
sistema colonial que limitaba su desarrollo y su continua marcha hacia la libertad. De manera que para
llevar a cabo una recreación de la nación que sustentara figuraciones positivas de ésta, era necesario que
no se le concibiese sustentada por el suelo ni la historia, sino por el interés en una tarea en común,
siendo la guerra de la independencia el escenario de dichas acción y demostración. De ahí que se
impusiera un orden de prelación en la responsabilidad de la construcción nacional, de forma que según
fuese la naturaleza y la intensidad de la actuación bélica de los diferentes actores sociales, así sería su
desempeño en la dirección del discurrir nacional. ¿Pero quiénes eran los actores y qué grado de
protagonismo tenían en la construcción nacional?
En opinión de Cortés, durante la contienda independentista “no había casta en rivalidad con otras, no
había una sociedad interesada en domeñar o destruir otra sociedad, no había más que principios opuestos
y debía vencer el que tuviese de su parte la razón”. De este conjunto social eran los españoles de
América, herederos de la sangre peninsular y de “su constancia y su valor heroico”, quienes de modo
natural debían asumir su relevo. Llegados a la edad de la emancipación vencían a sus padres, porque “la
raza española del nuevo mundo no quería ser dominada por la raza española del antiguo”. No negaba que
junto a ellos había combatido “una gran población indígena del Alto Perú”, pero eran los hijos de los
españoles los que la habían ideado y liderado y, en consecuencia, ganado el derecho a asumir la dirección
de la nueva nación.30 La supeditación que debían aceptar los indios respondía a dos razones. Por un lado,
éstos habían apoyado al bando patriota por miedo a que con el triunfo de los españoles volvieran “a caer
bajo el yugo de hierro que habían detestado en silencio”, en vez de hacerlo por un acto de madurez
nacional como los criollos. Por otro, en el pasado se habían sublevado contra el poder despótico español,
pero como ocurrió en el levantamiento de Tomás Catari, no habían aprovechado esta ocasión para
generar una acción conjunta en la que “hubieran invocado en la contienda los intereses de todos los
americanos y no solamente los de la raza indígena que parecía amenazar a las otras”. Al contrario, su
levantamiento había desencadenado “crueldad y furia devastadora indígenas” contra muchos vecinos
inocentes.31 Según Cortés, ese egoísmo de raza explicaría que al iniciarse la vida republicana, los indios
permanecieran todavía “completamente separados de la raza de origen español en ideas, sentimientos,
costumbres”. Su incapacidad para subsumirse en la nación los conservaba ignorantes y, a causa de esa
situación, no hacían “valer sus derechos, que no son más que de nombre, y todo el mundo se cree
facultado a abusar de aquella clase degradada por nuestra sociedad”. Sin embargo, Cortés, confiado
todavía en la capacidad de las leyes y de las instituciones republicanas para transformar la sociedad,
estaba seguro de que esa “triste condición de los indios no es sino de hecho y la ley tiende a destruir un
estado social sobremanera perjudicial para la clase más útil de la República”.32
Sotomayor escribía que antes de “estallar la gran revolución”, el Alto Perú estaba conformado por
cuatro grupos. “La nata de esta población” era la raza blanca, “que educada bajo el régimen colonial,
calculado para prolongarse indefinidamente”, no había tenido la oportunidad ni el estímulo para
desenvolver sus más nobles facultades. En pos de ella se situaba la raza mestiza, “fuerte, inquieta,
apasionada, despreciadora del indio y émula hasta cierto punto de los blancos”. Su instrucción apenas
abarcaba las nociones rudimentales de la escuela y su industria se cifraba en las artes manuales más
necesarias y en los oficios serviles. Después venía la raza india a la que describía como “supersticiosa,
ignorante, disimulada, humilde al fuerte, insolente con el débil, aferrada a sus tradiciones y costumbres”
y gravada por el tributo, la mita y otras gabelas más o menos arbitrarias. Aunque la consideraba “el brazo
principal de la agricultura, minería y muchas artes necesarias”, había desaprovechado los esfuerzos de la
metrópoli destinados a que se establecieran escuelas en sus parroquias, debido a que siempre habían
mirado la instrucción escolar “con indiferencia y aun con aversión”. Por último, estaba “otra grada social,
ínfima y era la que ocupaba la esclavitud, compuestos por individuos de raza africana y mulata”. A
consecuencia de la guerra de la independencia hubo una aproximación entre todas las clases sociales,
especialmente entre la blanca y la mestiza, que condujo a que ambas se convirtiesen en “los árbitros del
país”.33 Pese a que a los indios podía haberles sucedido lo mismo, esto no ocurrió por tres razones.
Primera, no se conmovieron “con motivo de los primeros hechos independentistas”, ya que para ellos la
guerra fue una división intestina de familia de sus opresores. Ello no significó que no interviniesen en el
conflicto, ya que actuaron de ejército auxiliar tanto en el bando patriota como en el realista. Pero tales
colaboraciones no se produjeron porque creyeran en alguna causa, sino porque la guerra sólo les había
deparado “mayor opresión, nuevas gabelas y nuevos sufrimientos”. Segunda, no podían hacer causa
común duradera con la casta criolla, porque ésta les había esclavizado y explotado “inhumanamente”, de
manera que lo único que perseguían “era librarse enteramente de la dominación de una raza que venida
siglos atrás de un mundo desconocido, trastornó el patriarcal imperio de los incas y se apropió orgullosa
sus inmensas fortunas”. Déspués del fracaso de la gran insurrección indígena de 1780, los indios habían
permanecido pasivos con la secreta esperanza de encontrar una nueva y definitiva ocasión para hacer
desaparecer a la raza conquistadora en una guerra de castas, y al no encontrarla en la guerra
independentista, permanecían expectantes a una nueva oportunidad. Tercera, su condición de vencidos y
su empeño en reconquistar la gloria pasada les tornaba tanto en un cuerpo homogéneo para sí y, por
tanto, heterogéneo para el resto de la sociedad, como en un colectivo extraño a las ideas nuevas de
soberanía popular y de gobierno representativo por su empeño en mirar con desconfianza “la revolución
en que tantas y tan hermosas esperanzas cifraron los criollos o descendientes de conquistadores”.34 De lo
anterior se desprendía que los indios no podían formar parte de la dirección nacional a causa de ser una
raza vencida en el pasado que, por la experiencia colonial, no supo aprovechar las oportunidades de
regeneración ofrecidas por la guerra de la independencia. Su afán conservacionista y su rencor al blanco
hacían que tras cuarenta años de vida republicana, este grupo siguiera “colocado en la última grada de la
social, sin propiedad y sin cultura, entregado a la más extravagante mezcla de supersticiones paganas y
de prácticas cristianas, libre e igual a los demás según la ley, esclavo y el último a todos según el hecho”.
Pero Sotomayor, al contrario que Cortés, vistos los antecedentes de resistencia india, dudaba que la
acción benéfica de leyes e instituciones por sí misma rescatara a esta población de su condición de
servidumbre. De ahí que fuese partidario de las medidas discutidas en la década de 1860, referentes a
preparar “la regeneración de la raza indígena hasta incorporarla como un elemento vivo y fecundo en el
nuevo sistema de vida política y social engendrado con la independencia”.35
Moreno también hacía hincapié en la imposibilidad en el Alto Perú de alianzas en pos de una
homogeneidad nacional por medio de la guerra de independencia, porque todas las razas desconfiaban
unas de otras y las clases ilustradas no lograban “disipar las aprehensiones del vulgo”.36 De hecho, la
guerra dio oportunidad a que las castas mestiza e indígena pudieran intervenir en la construcción
nacional. Pero tal opción fue viciada por éstas, debido a su incapacidad “para comprender y practicar los
deberes republicanos”. Y ello complicaba la formación de un verdadero pueblo soberano, al dominar la
escena política dos fuerzas sociales: la soldadesca pretoriana y la plebe proselitista.37 Esta etnificadón de
la vida política desde 1808 fue reiterada y recreada por Alcides Arguedas. Según él, salvo la élite blanca
“el resto de la población permanecía ajena a toda idea de cultura e ilustración [...] casi sin cabales
nociones de las corrientes de ideas y propósitos que circulaban por el occidente civilizador”. Aunque a
este grupo se debió el liderazgo para librarse de la tiranía española, durante el conflicto otros sectores,
como la casta mestiza que recibía del indio “su sumisión a los poderosos y fuertes, su falta de iniciativa”,
tomaron una importancia equivocada de su fuerza. En los momentos de constitución de la nacionalidad
carecía de verdadera importancia y su rol era secundario en los movimientos de opinión o en las
actividades económicas del país. Empero, para sostener la guerra, se hizo necesario mimarla, adularla y
prometerle “toda suerte de beneficios despertando en ella la vaga noción de su valor como unidad y el
concepto todavía confuso de su fuerza”. La preponderancia adquirida por los mestizos había reducido la
historia de Bolivia a “la del cholo en sus diferentes encarnaciones, bien sea como gobernante, legislador,
magistrado, industrial y hombre de empresa”, siendo, en consecuencia, la “mestización” el fenómeno que
más se había desarrollado durante el siglo XIX y por el que se explicaba el retraso de la república. Pero
éste, pese a que se sintetizaba en lo mestizo, tenía en lo indio gran parte de su origen, ya que su barbarie
y su salvajismo, sin los correctivos de la inmigración, habían impedido desde un comienzo el “poder
constituir una nueva nacionalidad positiva”.38
En Juan de la Rosa,39 Nataniel Aguirre popularizaba una lectura de la guerra de la independencia
acorde con las visiones de Cortés y Sotomayor en lo relativo a la contribución criolla, pero contraria a
Moreno y Arguedas al postular el mestizaje como el elemento integrador de la nacionalidad.40 En la
novela se ofrece un proceso por el que acciones, meritorias o vergonzosas, ocurridas en el pasado, tienen
capacidad de proyectarse en el presente y transformarlo. En este sentido, el conocimiento del pasado, de
la historia, se torna el elemento imprescindible para la correcta definición de una identidad nacional.
Entre las múltiples revelaciones que contenía el relato de acontecimientos pasados, destaca la referida a
quienes hicieron posible la independencia. Este aspecto era fundamental porque en la novela sólo
aquellos que habían demostrado talento y conducta patriótica eran reconocidos como capaces para dirigir
la nación futura. Mediante una descripción, en términos étnicos, del comportamiento grupal de los
distintos actores sociales, Nataniel Aguirre determinó quiénes serían los ciudadanos de la Bolivia
renacida tras la guerra del Pacífico. Para reconocerlos, estableció una correspondencia directa entre su
actuación en el pasado y las responsabilidades públicas y políticas en el presente. No sólo se trataba de
situar a cada sujeto histórico en el lugar que le correspondía por los actos que ejecutó, sino de definir
también su futuro en virtud de las responsabilidades y acciones asumidas en el pasado. El argumento que
subyacía en esa selección fue que únicamente aquellos que hicieron posible la independencia
demostraron las cualidades y el valor necesarios para volver a construir la nación.
Si bien en Juan de la Rosa la independencia aparece como un logro colectivo, no todos los participantes
tuvieron la misma responsabilidad en su conquista. Los principales artífices fueron los criollos y los
mestizos letrados.41 Estos últimos se diferenciaban de la “multitud” o “pueblo” —moralmente débil,
carente de ética y disciplina, presa fácil del fanatismo y tendente a un bullicio agresivo que le llevaba a
apedrear las casas de los chapetones o de personas sospechosas de serlo al grito “Que se mueran..y más
tarde a escapar de la batalla cobardemente—, porque el conocimiento de la escritura les permitió
rebelarse y mostrar un comportamiento patriota. Precisamente, gracias a ello, representaban la fuerza
moral que podría guiar y canalizar la energía de la multitud. Por tanto, su calidad de individuos letrados
(lectores y escritores) no sólo los convertía en una minoría con el valor y el honor de los hombres-
ciudadanos para encarar la historia y hacer la nación, sino que los convertía en los responsables de
formar ciudadanos que crearan la nación futura. Ese fue el caso del pariente del protagonista Juancito,
Alejo Calatayud, “un joven de 25 años, de sangre mezclada como ellos, oficial de platería,
excepcionalmente enseñado a leer y escribir por su padre, o tal vez como tú, por algún bondadoso fraile”,
y autor de la rebelión de 1730, “un heroico y prematuro esfuerzo”. Alejo Calatayud fue acusado de
atreverse “a llevar en la mano el bastón que no corresponde a los de su clase” y de “no inclinar la cabeza
ante los predilectos vasallos del rey nuestro señor”. Sin embargo, el hecho de que poseyera un
“sentimiento profundo de la igualdad humana”, capaz de hacerle decir que se comportaba así porque era
“tan hombre como ellos mismos”, con “fuerzas para proteger a mis hermanos desgraciados”,42 llevó a
Aguirre a considerarlo como un primer patriota. Al hacer esto, lo señalaba como diferente al resto de sus
iguales por casta, es decir, como uno de los pocos mestizos que podía trascender su origen y convertirse
en élite. Si bien él no lo logró por su muerte prematura, su descendiente Juancito sí podría conseguir ser
líder gracias a sus inquietudes intelectuales.
Ante esa clasificación, la pregunta que se impone es ¿por qué el novelista vinculó secuencialmente con
la independencia rebeliones realizadas por mestizos y no consideró antecedente de la misma las
sublevaciones indias de 1780? Se destaca este tema porque en el proceso de refundación nacional
promovido en la novela, la población indígena quedaba al margen y no se le reconocía como coautora de
la nación futura. ¿Por qué ocurría eso? En un ensayo sobre Simón Bolívar, publicado en 1883 tras su
participación en un concurso organizado por el presidente Narciso Campero con ocasión del centenario
del nacimiento del prócer caraqueño, el novelista mencionaba las acciones de rebeldía de José Gabriel
Condorcanqui y Tomás Catari, pero sin interpretar la sublevación de indios “desde Cuzco hasta Jujuy”
como un movimiento precursor de la independencia. La razón era que, aunque los líderes indios quisieron
“hacer partícipes de tan grande pronunciamiento a criollos y mestizos”, les fue imposible “dominar los
odios de las razas enconadas y divididas por el régimen colonial”.43 En Juan de la Rosa se reiteraba el
argumento sobre “las sangrientas convulsiones en que la raza indígena ha querido locamente recobrar su
independencia, proclamando para perderse sin remedio, la guerra de razas”.44 Al ser concebidas las
iniciativas de la población india en términos de “guerra de razas”, eran imposibles de conciliar con los
proyectos de otros sectores sociales, ya que estaban pensadas en términos de ruptura con el resto de la
sociedad. En su ideario no estaba presente la unión de los americanos sino su desunión étnica. Ello
tornaba al movimiento indio ajeno a la independencia, porque contradecía los principios de fraternidad y
hermandad futuras insertos en ella. Como resultado, esta población quedaba excluida del diseño de la
nación futura, ya que había demostrado ser incapaz de propender a la uniformidad y había defendido sólo
la segregación en un momento en el que debía primar una propuesta de unidad y conciliación: “no se
debe matar a nadie cuando se va a hacer vivir a la patria”.45
Si bien Aguirre no admitía la ingerencia política de los indígenas por considerarla destructora de la
nación, sí abogó por su futura incorporación a la ciudadanía, siempre y cuando asumiesen un papel
secundario y actuaran con la tutela de aquellos que sí entendían la nación como un proyecto de
concordia. Esto podría suceder siempre y cuando se aboliese el tributo “del que nace su tal vez incurable
abyección” y los privilegios corporativos representados por las comunidades, responsables de “la mayor
degradación de los indios llamados forasteros, la holganza de los comunarios y el empobrecimiento
general del país”.46 El autor defendió un tipo de incorporación tutelada,47 porque reconocía que hubo
presencia india en las guerras independentistas, ya fuese como simples espectadores que asistían a los
héroes en la hora de la muerte, o como comparsas movilizadas por los hacendados. En definitiva, la
población india sería integrada a la nueva nación, pero no podría marcar su ritmo formativo: primero,
porque el odio acumulado le impediría convivir en términos políticos con el resto de los bolivianos y a la
larga promovería su destrucción; segundo, porque al ser una “pobre raza conquistada”, reducida a “la
condición de bestias de labor”, el sufrimiento había desarrollado en ella hábitos de indiferencia, había
perdido su capacidad de pensar y, por consiguiente, carecía de la voluntad y la pasión históricas
necesarias para gestar una nación; y, tercero, había olvidado el dominio de su propia lengua y su torpe
manejo del castellano no le permitía aún su conversión en letrada.48 Tales argumentos explicaban
también por qué el mestizaje, pese a su aparente connotación positiva, revelaba una necesaria
jerarquización racial en la que la contribución criolla “blanca” al mismo, era vista como superior a la
indígena.49
De las lecturas citadas se desprende que, aunque la independencia fue ante todo una gesta criolla, su
acción permitió la liberación de los grupos oprimidos por los españoles, como la población indígena y la
de origen africano. Sin embargo, el hecho de ser salvados, colocaba a estos dos grupos en una posición de
subordinación que quedaba legitimada por su ignorancia, su atavismo y su falta de solidaridad nacional.
Si bien se reconocía que tales taras estaban relacionadas con la situación de esclavitud y humillación a
que fueron sometidos por el conquistador español, también se señalaba que la conquista los había
degenerado de tal modo que su fuerza vital había quedado inhabilitada para liderar cambios políticos. En
ese estado sólo les quedaba asumir la preeminencia natural de los herederos de los conquistadores y
subsumirse progresivamente en su proyecto nacional. Henri Favre, en su excelente estudio sobre la
importancia concedida por el pensamiento bolivariano a la América indígena, recogía ese mismo
argumento al mostrar cómo Bolívar, tanto en la Carta de Jamaica como en el Discurso de Angostura,
convertía a los criollos en los herederos del legado español en América. Los derechos que tenían en
América venían de España y procedían de la conquista. Éstos podrían serles disputados por los naturales
del continente, los indios. Sin embargo, tal acto no podía producirse porque los últimos habían sido
aniquilados, no teniendo las víctimas de la expoliación descendientes ni sucesores. En consecuencia,
gracias a la rebelión de los criollos contra la metrópoli (la independencia), ellos recibían la posesión del
continente americano que los españoles conquistaron. Aunque no era una posesión legítima por ser
obtenida a la fuerza, los criollos podían gozar de ella sin temor ni riesgo, ya que los primitivos dueños
habían muerto o habían sido esclavizados, perdiendo toda capacidad de reivindicación y liderazgo.50
Ahora bien, los indios no estaban muertos, formaban un alto porcentaje de la población americana y
habían demostrado en numerosas ocasiones su capacidad para defenderse y reivindicar derechos
usurpados. Como tal situación no sólo se había evidenciado cotidianamente durante la colonia,51 sino que
a lo largo de la guerra se habían sucedido numerosas ocasiones en que la población indígena había
demostrado madurez e iniciativas políticas, era preciso asentar una narrativa nacional que colocara a los
criollos en una posición de ventaja y legitimidad ante las posibles reclamaciones de otros colectivos
acerca de la dirección en el discurrir nacional. En auxilio acudieron la Historia, en su calidad de ciencia
de la “verdad”, y la Literatura, en tanto generadora de alegorías sobre la misma, mediante una narrativa
múltiple de descalificación de los contendientes que desafiaban su hegemonía.
Antes de recrear los componentes de ese discurso, es preciso señalar que no se articuló como tal y
actuó con toda contundencia sobre el sentir general de la sociedad hasta avanzada la segunda mitad del
siglo XIX. Ello no evitó que desde inicios de la república estuvieran presentes variados ingredientes de
descalificación, destinados a disciplinar socialmente a los sujetos nacionales sobre el lugar y la función
que cada a uno le correspondía en la nueva nación. El resultado fue que a lo largo del siglo XIX el
protagonismo político del “pueblo” experimentó en la definición nacional, tanto un proceso de
reduccionismo étnico o de étnización de los grupos sociales, como otro de degradación discursiva. El
pueblo dejó de entenderse como el conjunto de personas que componían la nación y se dividió entre el
“verdadero pueblo” y la plebe. El primer término englobaba a una población de fenotipo múltiple, pero
socialmente considerada como blanca, en su mayor parte consciente de las obligaciones nacionales. El
segundo se refería a la gente común y humilde que integraba el país y que se había deslegitimado como
pueblo soberano por estar a merced de sus pasiones personales y grupales, siendo esta población de baja
extracción social asociada a lo mestizo y, sobre todo, a lo cholo. Calificada de “canalla o populacho” y
descrita como ignorante, fácil de corromper y débil ante los demagogos, fue por tales atributos culpada,
primero, de la ingobernabilidad boliviana y, más tarde, responsabilizada de la degeneración nacional.52
Pero mientras a este sector se le reconocía una notable centralidad en la construcción nacional, se
asumió que la población indígena fue un actor histórico contrario al progreso del país y, por tanto, a la
posibilidad de existencia de éste. Es más, se le consideró una amenaza a la civilización por su incapacidad
para subsumirse en un proyecto colectivo nacional. De ahí que el argumento central de su descalificación
pública girase en torno de negarle toda aspiración de poder o toda aptitud para ejercerlo. Para
apuntalarlo aparecieron tres subargumentos. El primero se basaba en el contraste entre dos tipos de
indio a los que había que proteger y tutelar. Por un lado estaba el indio desventurado, pariente del indio
idealizado, objeto arqueológico o etnológico alejado en el espacio y el tiempo, el salvaje de carácter
apacible que no pretendía la autoridad porque ni la ambicionaba ni creía poder ejercerla y sólo deseaba la
paz de los suyos.53 Por otro lado, el indio criminal, un sujeto histórico al que se veía como un ser bárbaro,
ignorante, mancillado y sin principios morales que lo guiaran. El segundo subargumento los denostaba,
tildándolos de ser un sujeto colectivo interesado únicamente en la conservación de sus privilegios
corporativos. Este mantenimiento de la personería jurídica de las comunidades indígenas que protegía la
propiedad indivisa e inalienable de sus tierras era contrario al desarrollo económico del país, porque
equivalía a conservar la holgazanería y demás vicios, ya que el usufructo desalentaba el trabajo. Y el
tercer subargumento se centraba en el principio de que los indios jamás consentirán en disolverse en una
unidad nacional. Ello se debía a una historia de tres siglos marcada por la opresión y la explotación
coloniales a las que habían cooperado los criollos. El recuerdo mantenía al indio en el rencor y el odio
hacia el blanco y contribuía a encerrarlo en su etnicidad, como si la naturaleza enfrentara a indios y a
criollos de manera irremediable.54
A esta percepción habría que añadir el peligro de la reincidencia. A lo largo de la contienda
independentista, los indios no sólo apoyaron en muchos casos a los realistas y se involucraron en favor
del proceso constitucionalista español que favoreció formas de autogestión comunitario por medio del
municipalismo, sino que para sorpresa de los patriotas no tuvieron el interés esperado por la
independencia y sus promesas liberadoras. De ahí que en la narrativa de descalificación mostrada, se
subrayara de manera insistente su alineación y la consiguiente orfandad y necesidad de defensa frente a
ésta. No se les podía definir como el enemigo, debido a que la emancipación se legitimaba en parte por la
liberación indígena del yugo español, pero sí se podía contrarrestar su capacidad de modificar el curso de
los acontecimientos con un discurso sobre su minusvalía. En este sentido, paradójicamente, los decretos
de Bolívar, al incidir en la igualdad ante la ley en contra de la protección jurídica a que estaban sujetos
los indios, significaron un modo de control y deslegitimación de su conducta nacional. Aunque abrieron la
posibilidad de una integración pública que implicaría la desaparición de fronteras étnicas, también
supusieron hacer oídos sordos a formas de convivencia política que habían demostrado ser compatibles
con el constitucionalismo gaditano y evolucionar políticamente por medio del mismo, pero que implicaban
asumir que los indios estaban en una dimensión de igualdad en la construcción nacional, que los criollos
no parecían dispuestos a aceptar. En realidad, aunque las iniciativas de Bolívar pronto quedaron en
desuso y durante los primeros años republicanos hubo una concepción cívica de la ciudadanía, que
favoreció el corporativismo en términos de servicio a la patria, en la segunda mitad del siglo XIX volvieron
a reaparecer y se impusieron en nombre del progreso de la nación. A partir de ese momento el indio
quedó naturalizado en su etnicidad y se le negó toda condición de copartícipe en la construcción
nacional.55 Veamos ese proceso con mayor detenimiento.
LOS MALES DE LA GUERRA

Si la colonia había imbuido el espíritu de los americanos del hábito de la esclavitud, ¿qué trajo la
independencia? En la novela Soledad, el realista don Ricardo preguntaba:

¿Dice usted que hemos ganado en el cambio de cosas que se ha ejecutado?, y ¿qué hemos ganado? ¡Pasar a ser
esclavos de otros tiranos mayores que los que teníamos antes, que disponen a su antojo de nuestras vidas y
propiedades; tener derechos escritos en el papel, siendo la voluntad del caudillo la única que impera; entrar en el
camino del desorden y la anarquía en vez del de los adelantos y las mejoras y, por último, ser una nación soberana e
independiente sólo para buscar querellas con nuestros vecinos! Vivimos en medio del desorden, la pobreza y la
sangre.56

Los temores del realista hallaban justificación en Claudio y Elena de Vicente Ballivián. La historia de la
novela transcurría en la Grecia que luchaba por su libertad en el siglo XIX. Allí, Claudio mantenía una
relación de amor con Elena, casada con un viejo soldado. El sacrificio de la protagonista al contraer
matrimonio con Rodolfo, para recompensar su patriotismo, resultó ser estéril e innecesario cuando
descubrió que él, en vez de un “hombre virtuoso”, era un individuo “sujeto a la avaricia”. Su heroísmo no
había sido impulsado por amor a la patria, sino por “el botín del enemigo”. El posterior asesinato de Elena
por su esposo, cuando supo que ella había decidido abandonarlo a causa de su indignidad patriótica y
huir con su amado Claudio, obligaba a este último a dejar Grecia y regresar a su lugar de origen en
América. Allí, al llegar a la hacienda paterna descubría que sus progenitores habían muerto, quedando
sólo sus dos ayos, Leandro y Cecilia, para recibirle. Desesperanzado y presa de la tristeza por la pérdida
de sus seres queridos, el protagonista enferma de fiebre y muere. El trágico fallecimiento de los
enamorados puede interpretarse como un anuncio de los desastres que amenazaban y sobrevinieron a
Bolivia después de su independencia. En el caso del asesinato de Elena, “estrella de su patria”, por “el
iracundo y caduco” Rodolfo, se mostraba la traición a la república por aquellos que habían sido
falsamente encumbrados por sus actos durante la independencia. El deceso de Claudio sintetizaba las
consecuencias en la nueva nación de los excesos de todos los dirigentes ilegítimos que empleaban
engañosa y demagógicamente la retórica de la patria para acceder al poder. En los dos casos, la muerte
resumía lo poco que podía esperar una nación en términos de prosperidad y de desarrollo públicos,
cuando sus miembros estaban viciados por la codicia y desconocían el compromiso comunitario.57
Aunque con menos dramatismo, los historiadores bolivianos del siglo XDC también mostraban su
preocupación por el modo en que Bolivia debía organizar su discurrir nacional y por los males que
acechaban una correcta evolución marcada por los signos del bienestar y del progreso. Para Sánchez de
Velasco el problema fundamental del funcionamiento defectuoso de la república estaba en el mal
entendimiento del sistema de gobierno que se había abrazado. Tras la independencia, la nación había
quedado tan envanecida “con el ejercicio de la libertad y la soberanía” que, en vez de procurar su
engrandecimiento “con juicio”, los bolivianos cayeron en “la presuntuosa vanagloria del pueblo
soberano”, provocando con ello el despotismo y la consiguiente insubordinación. Esto es, la confusión de
toda manifestación tumultuosa con la soberanía en ejercicio había conducido al desconocimiento de la
autoridad, al desorden y al desgobierno, siendo el faccionaÜsmo político la síntesis del problema
nacional.58 Al respecto, Cortés opinaba que “las sociedades hispanoamericanas no estaban preparadas
para el sistema representativo”. Desde luego, América tenía que independizarse, pero como en sus
pueblos la instrucción no estaba difundida y habían tenido escasa participación en la dirección de los
negocios públicos, no podían adquirir de improviso la capacidad para gobernarse. Lo demostraba el
hecho de que caído el rey, todos los ciudadanos se creyeron con derecho a intervenir en el gobierno, y la
igualdad se convirtió en uno de los elementos constitutivos de la nueva sociedad. El resultado había sido
el triunfo de la “turba y chusma depravada” sobre el verdadero pueblo, siendo lo peor que los extravíos
de la nación habían sido azuzados por los excesos, tanto tiránicos como demagógicos, de los gobiernos.
Éstos, reducidos a facciones, habían permitido que campeara a su gusto “el espíritu militar y la
empleomanía”; para contrarrestarlos, Cortés consideraba básicos dos elementos: el carácter de los
hombres públicos y las luces del pueblo. Sólo de esa forma podrían “ponerse en armonía el orden y la
libertad”.59
Al igual que los dos autores citados, Sotomayor sostenía que cortado el vínculo colonial y difundidos
durante la revolución los principios de soberanía, de libertad y de igualdad, la democracia había sido el
resultado necesario e inmediato de la independencia. Sin embargo, para que ésta enraizara e hiciera
gobernable Bolivia era indispensable “una larga y laboriosa depuración” de este sistema, para asimilarlo
y convertirlo en realidad. Pero antes se debían subsanar tres obstáculos. El primero residía en que “la
guerra tenaz y sin cuartel”, además de haber esquilmado y desangrado “hasta los últimos villorrios” de
Bolivia, había roto “todo vínculo de autoridad y obediencia”. La consecuencia directa de ello era que la
implantación de un gobierno propio habría de resentirse por largos años “de la anarquía y vehementes
pasiones engendradas y arraigadas en esa época”. El segundo obstáculo era que en “los pueblos recién
venidos a la vida de la libertad, en los cuales todo era necesario renovarlo y ensayarlo”, la gran mayoría
de la población no comprendía que para que se diese un paso en el progreso era imprescindible el empuje
de la autoridad. Es decir, para el correcto desarrollo de un sistema representativo y para que revirtiese
positivamente en el desarrollo nacional, no sólo eran básicas las leyes y constituciones, sino también el
talento de los gobernantes. Sólo la existencia de un genio superior acompañado de gran probidad y
dotado del poder legítimo podría “contener las pasiones subversivas, abrir horizontes al trabajo y
fomentar la industria, hacer respetar la justicia y la ley y dar a la actividad mal empleada de los
ciudadanos un teatro digno del progreso y de la civilización”. El tercer obstáculo era que la anarquía y el
despotismo se avivaban a causa de la demagogia y el regionalismo. La primera era producto del deseo de
conservación de cada gobierno, que lo conducía “a transigir con todas las exigencias inmorales y a
condescender con todos los vicios”. Ello reducía la política a un cúmulo de conspiraciones partidarias y de
pronunciamientos cuyo único fin consistía en conseguir empleos con la consiguiente “desmoralización de
la patria”. El regionalismo era heredero del tradicional antagonismo local fomentado por la política de la
metrópoli que, al exacerbarse durante la guerra, había provocado que Bolivia padeciera “el espíritu de
localidad y cada boliviano, una vez fuera del lugar de su nacimiento”, fuese extranjero dentro de su
propia patria. En suma, para Sotomayor, el desgobierno causado por un entendimiento incorrecto de la
democracia había llevado a la incongruencia entre las leyes y las costumbres y a decretos sin
cumplimiento, a la alternancia entre tiranía y anarquía debido a la ignorancia política que dominaba en el
pueblo, a las ambiciones particulares de los caudillos y a los resquemores regionales. Todo ello dificultaba
el progreso de Bolivia.60
Por último, Moreno consideraba el faccionalismo, “banderíos antisociales llamados políticos”, como la
síntesis de los males bolivianos. Por su culpa, la plebe se veía obligada a tomarse la justicia por su mano y
a “reasumir tumultuariamente la soberanía”, como ilustraba el linchamiento de Yáñez en 1861, después
de que se le considerase culpable de la muerte de los prisioneros belcistas.61 Frente a este pueblo
ignorante, pero honrado, se situaba la soldadesca pretoriana y la plebe proselitista que abarcaba una
comunidad “compuesta de soldados, de supuestívoros, de plebe turbulenta y holgazana, de señorío sin
civismo ni mayor cultura, de indiada estúpida y de industriales tímidamente egoístas”. Todos ellos eran
incapaces de comprender y practicar los deberes republicanos y, por tanto, imposibilitaban con sus actos
el desarrollo de Bolivia.62 En contrapartida a los actos de la plebe inocente y del populacho pervertido,
Moreno señalaba la experiencia del club de Potosí, “de índole pacífica, ajeno al espíritu de caudillaje y
ceñido en todo a la ley”. Su lema era veneración a la carta fundamental, el respeto a la autoridad y la
mutua tolerancia. Tales virtudes eran esenciales para lograr el bienestar social y las garantías
individuales mediante el ejercicio de las facultades constitucionales de reunión y de asociación otorgadas
al ciudadano, y que el club se proponía practicar como actos preparatorios “para ejercer madura y
colectivamente el derecho de petición, ante los poderes públicos y las autoridades locales”. Aunque en
esta asociación también había “nombres adocenados y vulgares [...] doctorcitos empleomaniacos e
intrigantes, pero ningún militar retirado o cuartista”, lo elemental era que todos trabajasen para que la
necesidad moral del orden se impusiese como una urgencia inaplazable en la sociedad. Según eso, lo
eminentemente práctico y útil era que “estas fuerzas naturales e interesadas de la sociabilidad”
conformasen “un legítimo partido republicano, armado para sostener donde quiera a toda costa el
régimen vigente” contra los abusos autoritarios y en favor del “ensanche en el ejercicio de las libertades
públicas”. En opinión de Moreno, aunque la experiencia del club de Potosí era excelente, pecaba de
ingenua. Los miembros del club trataban a todos como iguales, sin darse cuenta de que, salvo aquellos
que sabían leer y escribir, “la mayoría era sorda”, y si bien la fuerza de la “plebe revolucionaria” era
mucha, también lo era su propensión a sostener “el caudillaje”. Por tanto, proponer “la concordia
derivada de las ideas reformistas de un agrupamiento de ciudadanos” como contrapeso “al poder
provocador y como elemento conservador del orden”, carecía de sentido práctico.63
José María Santibáñez también señalaba la responsabilidad del militarismo, proveniente de las
facciones y de las invasiones extranjeras, en los proble mas nacionales. Sin embargo, en su opinión, el
grado de institucionalización política de un país, y sus consiguientes prosperidad y civilización, dependían
de las políticas públicas acordes con la naturaleza de los pueblos y los recursos de los gobernantes. A lo
largo de su vida republicana, Bolivia había tenido gobiernos conservadores favorables a reformas
graduales y presidencias innovadoras con programas ultraliberales, habiendo probado diferentes tipos de
constituciones: las de 1831, 1834 y 1843 tendían a dar mayor autoridad al ejecutivo, mientras que las de
1839, 1851 y 1868 ofrecían mayores restricciones al poder y primaban las libertades públicas frente a la
preservación del orden. Todo ello con el fin de satisfacer la necesidad fundamental de las sociedades: la
paz pública. Tales experiencias le autorizaban a señalar que había sido un error histórico confiar en el
“poder virtual de las instituciones esperándolo todo de ellas”. Éstas tenían que ser manejadas por los
hombres y si éstos “malean, malean también aquéllas”. Por ello aducía que si las leyes se habían
desnaturalizado o no habían sido cumplidas había sido “por falta de cordura, de moralidad política y de
civismo, tanto de parte de los gobernantes como de los gobernados”. La estabilidad del país no había
dependido de desarrollar en Bolivia las instituciones más avanzadas, sino de haber cuidado que se
convirtiesen en un remedio eficaz “para curar males que reconocen causas complejas y permanentes que
sólo al tiempo y a un civismo perseverante les es dado remover o modificar”.64
El relato de la historia de Bolivia del siglo XIX, realizado por los autores mencionados, consistía en una
historia de sus presidentes en su ascenso y descenso o de las revoluciones que les encumbraban y
expulsaban del poder. Si a unos la legitimidad del liderazgo les provenía de haber participado en el bando
patriota durante la guerra de la independencia, otros la habían obtenido en gestas bélicas posteriores,
como la de Ingavi (1840). En cualquier caso, cada historiador primaba las acciones de determinados
personaje y periodo sobre el resto, según como creyese que debían obtenerse la moral del pueblo y la
prosperidad de la república. Ello implicaba establecer un periodo de desastre y otro de bonanza, siendo
este último el que se convertía en un hito de refundación nacional, desde el cual empezar nuevamente la
construcción de la nación. Por medio de una narración basada en el ensalzamiento de las acciones de
héroes y en la condena de los villanos, se buscaba crear referentes sociales comunes que ayudaran a
acrecentar la moral ciudadana y el amor a la nacionalidad naciente. Por ello, con independencia de las
diferencias entre Sánchez, Cortés, Sotomayor, Moreno o Santibáñez, ellos compartían una serie de
principios constitutivos de la nación que es necesario exponer y relacionar entre sí.
La idea general que articulaba sus diversas exposiciones era que la independencia no había producido
la prosperidad y la civilización esperadas. Como no podían renegar de ella, ya que significaría negar el
origen de la legitimación nacional que debían documentar y demostrar, elaboraron una narrativa sobre
las dificultades de los bolivianos a la hora de tornar su patria en una nación venturosa. Entre las causas
centrales figuraban dos. Por un lado, las guerras con los países americanos fronterizos que, a su vez,
habían generado las guerras civiles. El resultado era el pernicioso militarismo; por otro lado, la excesiva
modernidad del régimen político que había creado en la población una conciencia equivocada de su lugar
público y social. Frente a ambos males, todos coincidían en que la solución residía en la educación. Según
Sánchez, “la clase más decente y honrada de los ciudadanos” debía sostener al gobierno o al jefe que
habían elegido, poniéndose alrededor de él, “bien sea para darle prestigio con muestras de estimación y
respeto, bien para ayudarle con el consejo que es preciso”. Pero para que esto fuese posible, los jefes
debían deponer sus pasiones y corresponder a sus conciudadanos con consideraciones conformes con la
calidad de cada uno, teniendo siempre presente que no eran de “naturaleza diferente a los demás
ciudadanos que formaban la sociedad”. Cortés opinaba que para lograr ese respeto entre gobernados y
gobernantes, la dirección de los negocios del Estado sólo podía recaer en los grupos educados; si éstos
coincidían con las clases sociales con mayores bienes, era lógico que fueran ellas la garantía de orden y
que fuese imperativo constreñir “las peligrosas pasiones de la canalla” hasta que fuese ilustrada.
Sotomayor también criticaba “la tiranía de la democracia o más propiamente la tiranía del populacho”
que había entronizado Belzu. Reconocía que tal acto había tenido la virtud de “haber levantado al terreno
de la dignidad del ciudadano a las masas populares y dado con ello un gran empuje a la democracia”,
pero consideraba ilegítimo tal acto por haberlo ejecutado demasiado deprisa y con fines particulares. De
manera que sólo había logrado despertar la conciencia “del poder animal del pueblo” por medio del
halago y la seducción, sin que mediara una educación profunda en los valores cívicos. Por eso se hacía
perentorio que los gobiernos y los partidos respetasen “los estatutos y reglamentos de instrucción y,
sobre todo, los fondos destinados a su servicio”, para que Bolivia pudiera llegar “en pocos años a un
envidiable grado de progreso intelectual y de prosperidad material”. Para Moreno, los vicios sociales y
políticos se combatían con una educación de la población destinada a crear las “categorías del verdadero
mérito”, para que la igualdad de la razón fuese “la esencia del cuerpo colectivo”.65 En suma, para los
cuatro autores, la sociedad boliviana, en su mayoría, constituía un sector manipulable y manipulado por
su calidad de iletrada. Y hasta que esto se subsanase, cualquier intervención del pueblo no se debería a
su propia motivación sino a personajes o instituciones que se encontraban fuera de él, como los líderes
inescrupulosos o la prensa sediciosa.
Aunque la historia de Bolivia mostrada por Sánchez, Cortés, Sotomayor y Moreno relataba guerras
perdidas, desmembración de territorios, inestabilidad política, golpes de Estado continuos y gobernantes
incapaces, aún no era una historia construida basada en repudio; al contrario, pese a las malas
experiencias, los escritos de todos ellos estaban elaborados con esperanza, y las soluciones que ofrecían
las percibían posibles e inevitables, a la vez que intrínsecas a su oficio de historiadores. Como señala
Rossana Barragán, la idea de fracaso que permeaba la historiografía boliviana del siglo XX sobre el siglo
XIX, se articuló como una tradición a partir de Alcides Arguedas, y fue en directa crítica a su trabajo que
desde Carlos Montenegro hasta José Fellmann Velarde fueron escritos nuevos proyectos de sociedad y
nuevas lecturas del pasado. Fue entonces, y en nombre de nuevos movimientos de refundación nacional,
cuando todo el pasado decimonónico se asumió como “frustración, escamoteo y traición”. Tal acto
evidenciaba que la historia, en tanto narración nacional, constituía una disputa entre proyectos
nacionales, siendo la negación del otro un elemento sustancial de dicha elaboración.66

ETNIFICACIÓN DEL RELATO HISTÓRICO

En contraste con lo contado sobre la independencia, en las historias citadas la población indígena apenas
aparecía, siendo mencionada de pasada y en relación con una actividad de comparsa en alguna de las
innumerables contiendas civiles. A esta ausencia de protagonismo como personajes históricos, se
contraponía el hecho de que otro de los males que impedían la construcción nacional era la
heterogeneidad de las razas. En el caso de Sánchez y Cortés se hacía referencia a este problema de modo
general, interpretándolo como otro resabio colonial que iría desapareciendo en virtud del poder
benefactor de leyes y constituciones. Sotomayor vinculaba el problema de que Bolivia tuviese “una
población escasa y diseminada en un vastísimo territorio, compuesta de clases y razas diversas y
heterogéneas”, con el cúmulo de “sufrimientos y calamidades que habían de experimentar en el difícil
ensayo de la democracia”. Tal situación se tornaba más preocupante porque “la raza aimará y la larga
familia de los quechuas con costumbres semibárbaras” constituían la mayoría de la población. Pese a que
desde la conquista habían participado de los hábitos e ideas de los españoles, “aunque bajo una forma
tosca y degenerada”, conservaban muchos de los “rasgos de su tipo original y primitivo” y se resistían
“obstinadamente a hablar el idioma de los conquistadores”, con lo que se automarginaban de la
civilización. Esa complacencia en el pasado y en el atraso hacía que Bolivia se moviera en una dualidad
—“cristianismo y gentilidad, comunismo y propiedad, señores y siervos, orgullo u abyección”— que era
necesario corregir uniformando la variedad de razas, idiomas y costumbres, mediante el blanqueamiento
(físico o psicológico).67 Moreno también compartía la opinión de Sotomayor acerca de la dificultad de que
pudiera prosperar en Bolivia un gobierno democrático mientras no se refundieran “en una sola capa
compacta y soberana, las estratificaciones sociales formadas por la mayoría de indios quichuistas o
aimaristas o guaraníes, por los mestizos provenientes de estas razas entre sí y con la española y por los
criollos que forman desde la colonia en escasa minoría la superficie superior que sabe leer y escribir y
habla castellano”. Sin embargo, mientras Sotomayor interpretaba tal situación sub-sanable en el futuro,
Moreno lo dudaba. Como argumento mostraba que los esfuerzos de los miembros del club de Potosí por
demostrar que todos los habitantes de Bolivia tenían “igual aptitud para el gobierno de sí mismos por sí
mismos”, habían fracasado. Y la causa residía en “la masa mestiza que entró allí a hombrearse en son de
igualdad democrática con el señorío”, siendo tales prácticas democráticas “anglosajonas y atenienses
imposibles en una sociabilidad compuesta de indios, mestizos y criollos, etnológicamente antagónicos,
socialmente inamalgamables al efecto de producir, en consorcio, un mismo interés y una homogénea
aptitud para la cosa pública”.68
De las afirmaciones anteriores se extrae que a la población indígena no se le consideraba un actor
histórico de progreso y, por tanto, relevante en la construcción nacional. Es más, quedaba clasificada
como una amenaza a la civilización, ya que la cuestión nunca fue si había que europeizarla, sino cómo
hacerlo. Las razones de tal incapacidad para estar a la altura de las instituciones republicanas eran
variadas: la explotación por los españoles, la educación servil, la debilidad pública de los ignorantes o la
inferioridad congénita. Sánchez, Cortés y hasta Sotomayor parecían partidarios de las primeras causas,
mientras que Moreno se decantaba por la última. Aunque en Ultimos dias coloniales y en Las matanzas de
Yáñez> tal aseveración no quedaba tan clara, sí lo estaba en la biografía de Nicomedes Antelo escrita en
1885. Este texto se inscribía en el discurso, surgido en la segunda mitad del siglo XIX en Europa, que
trataba de explicar los efectos “anormales” de la modernización mediante las teorías médico-biológicas.
En una reseña emotiva sobre la personalidad de su paisano cruceño Antelo, Moreno identificó la
heterogeneidad de razas como un problema fundamental para la unidad nacional al manifestar que el
indio y el mestizaje que de él provenía, constituían la razón del atraso boliviano. Si para los otros autores
citados, la educación cívica era la solución para tornar la heterogeneidad racial en homogeneidad,
Moreno, por medio del naturalista, negaba sus potencialidades regeneradoras y señalaba que los indios
no servirían al desarrollo nacional ni siquiera educados, y que lo único aceptable era su extinción ante el
empuje de la raza blanca. Conforme los postulados del social-darwinismo, Antelo atribuía a la calidad de
la raza “decisivas eficiencias morales y políticas, un determinismo trascendente a la condición y destino
del pueblo”, siendo la extinción de los inferiores una de las condiciones del progreso universal. Debido a
que “el cerebro indígena” era celularmente incapaz “de concebir la libertad republicana con su altivez
deliberativa y sus prestaciones de civismo”, el cerebro mestizo adolecía de lo mismo, de manera que “aun
salido de su esfera por la educación y bajo influencias benéficas, el cholo, a la menor solicitud de su
interés o de sus pasiones” propendía “al ocio, a la reyerta y a la intriga, gérmenes del bolinche y del
caudillaje”. Así, si el indio incásico no había aportado nada “a la cultura ni al curso de la actividad
moderna” y sólo constituía “una masa de resistencia pasiva”, el mestizo representaba en la especie
humana una variedad subalterna que correspondía a una degeneración confusa de la impetuosidad
española y del apocamiento indio, que sólo había producido “caudillaje”. Ante este panorama desolador, la
única solución para Bolivia era que esos elementos se desintegrasen y que como resultado de la
emigración se produjera “un depuramiento completo y la unificación caucásica de la raza nacional”. De lo
contrario todas serían en Bolivia “progenies sin hervor patriótico en la sangre”.69
Si con la obra de Moreno cobraba vigor el argumento de que las dificultades del desarrollo nacional
eran provocadas por el problema etnológico de las razas bolivianas, con Alcides Arguedas y con otros
intelectuales coetáneos a él, adquiría resonancia de “verdad” histórica. Gracias al discurso de la
degeneración producida por causa de la mezcla racial y a la autoridad de la ciencia europea, Arguedas
logró dotar de cierta legitimidad a muchos prejuicios sociales existentes en la Bolivia republicana.
Edmundo Paz Soldán señala que el estudio de la obra de Arguedas resulta central para un conocimiento
adecuado de las líneas directrices de la cultura nacional boliviana, ya que este autor se convirtió en el
centro del debate “por la virulencia de sus ideas, la seriedad moral con que asumió el problema nacional
y porque se atrevió a explicitar los principios racistas que existían entre las élites”.70
En 1922 Arguedas publicó su Historia general de Bolivia. Ante la falta de apoyo financiero para los
ocho volúmenes que tenía proyectado redactar sobre su visión histórica de Bolivia, ésta fue concebida
como un resumen de los tres libros que finalmente llegó a escribir a su cuidado Simón I. Patiño.71 Fue
definida como la historia de “una tristeza infinita, pues es la historia de un pueblo pobre y sin cultura”. Su
intención era superar los relatos históricos anteriores que sólo habían considerado el aspecto militar y
meramente político de los sucesos, siendo el único protagonista “el hombre de partido, afanado en la
lucha por la posesión del poder [...] pero sin personalidad, sumergido en la torrentosa corriente de las
revoluciones”. En su lugar, quería mostrar la conducta de “la masa, la colectividad, con sus
peculiaridades, con sus afanes de vida cotidianos, sus preocupaciones, hábitos y costumbres”. Influido
por el pensamiento biológico de Lamarck e ignorando las leyes de la herencia de Mendel, Arguedas creía
que una raza podía heredar el temperamento y las cualidades morales de sus antepasados. Dado que en
su opinión el más hondo de los problemas sociales en Bolivia era que el elemento humano carecía de
principios morales y sólo se guiaba por su apetito y su interés,72 el balance nacional sólo podía ser
negativo. La combinación de la raza con el medio ambiente y el momento histórico mostraba un escenario
del fracaso boliviano en su intento de constituirse en una nación moderna. Y aunque los historiadores
anteriores a él habían preferido realizar una empresa de entusiasmo y glorificación nacionalista,
Arguedas creía que era una obligación moral del historiador denunciar los vicios de su patria. Como sólo
aprendiendo del pasado podía corregirse el presente, había que revelar la desagradable “verdad”
histórica de la nación, de su desarrollo regresivo, degenerado, no “acorde con las leyes naturales de la
evolución”. Frente a ello, Arguedas buscó la regeneración del país por medio del discurso de la
degeneración, al que contraponía como única salida una revolución moral en el sujeto boliviano. Sin
embargo, como en su narrativa dominaba su íntima convicción de que los males del país eran inherentes
a su composición racial y, por tanto, carecían de solución, sus esfuerzos regeneradores nacían frustrados,
convirtiéndose su obra en la recreación de una imposibilidad nacional.73
En su obra histórica, Arguedas volvía a repetir el esquema narrativo tradicional del ascenso de un
gobernante, su biografía, los sucesos que ocurrían durante su presidencia y su caída. La diferencia
respecto a las historias anteriores no residía, por tanto, en los protagonistas, sino en el hecho de que
éstos eran vistos en clave racial. Al contrario de los historiadores decimonónicos, Arguedas juzgaba
equivocada la mentalidad ilustrada y cívica del siglo XIX de creer que por medio de leyes y de
instituciones republicanas y democráticas se podía “cambiar la mentalidad de un pueblo y fijar
definitivamente normas de conducta individual y colectiva”. El resultado fue la narración de los males
nacionales a partir de la barbarie de los caudillos mestizos del siglo XIX y de su relación dialéctica con la
masa popular. El predominio del componente indígena y cholo en el país había sido la causa principal de
su fracaso en el proceso modernizador, de su inestabilidad política y de la inmoralidad reinante en la
sociedad. Parafraseando al diputado Valle, Arguedas señalaba que la América española había sido
educada en el más duro y vil coloniaje. La degradación se había impreso sobre todas las razas, de manera
que “al pasar súbitamente de la esclavitud a la libertad” sólo se había obtenido “una raza degradada,
forzada al trabajo por sus señores, sin artes ni industrias de ningún género”. Y ésta no podía dejar de ser
lo que era, con el agravante de que “en los 45 años de independencia lejos de mejorar ha empeorado
porque ha adquirido los vicios consiguientes a la licencia más bien que a la libertad”. Para asentar esa
afirmación mostraba que a medida que la aristocracia blanca, que poseía las virtudes morales necesarias
para conducir los destinos del país, había perdido su poder en favor de los caudillos mestizos, debido a la
falta de inmigración que regenerase el componente nacional, habían ido desapareciendo las dos fuerzas
de valor positivo en los pueblos: riqueza económica y principios morales. Sin ellas, “la chusma” constituía
“el cuerpo social”, y ocupaba todos los puestos de responsabilidad, dando lugar, con su corrupción, a los
excesos de una plebe incapaz de controlar sus deseos. Así, Bolivia, nacida con el destino grandioso
gestado en la guerra de la independencia de ser “un nuevo organismo que se interpusiese entre los ya
formados y viniese a guardar el necesario equilibrio en esa vasta y rica porción del continente”, fue
sucumbiendo al mestizaje y, con él, a la degeneración. De ello resultaba el predominio del “tipo criollo
perezoso, atrabiliario, de gustos primitivos”, ajeno a las virtudes republicanas y sin preparación cívica,
siendo muy difícil un desarrollo cultural que crease “aristocracias pensantes y de rango sin las cuales no
es posible concebir ningún progreso”.74
Conforme el supuesto de que la historia no sólo mostraba sino que también podía emitir una condena
moral a una sociedad que se había degradado con el discurrir de los años, en la Historia general
Arguedas reiteraba sobre los indios, el germen inicial de la degeneración, argumentos mencionados por
los historiadores decimonónicos: los sentimientos de propia iniciativa y de libertad individual habían sido
casi completamente anulados en ellos “en los trescientos y tanto años que duró esa dominación despótica
del Inca y en los que se moldeó a la servilidad”. Adaptados “ya su carácter y temperamento a la
obediencia pasiva, totalmente domesticados para no saber obrar ni aun pensar por cuenta propia”, los
indios llevaban una vida “con poca o ninguna complicación sentimental y relativamente feliz por la
ausencia de grandes y trascendentales aspiraciones [...] vacía acaso de ideales de solidaridad humana”.
En esas circunstancias llegaron los conquistadores y, ante la brutalidad del blanco, el indio buscó “como
toda raza débil su defensa en los vicios femeninos de la mentira, la hipocresía, la disimulación y el
engaño”. Aunque estos vicios no eran innatos de la raza, las circunstancias históricas le obligaron a
emplearlos con la raza dominadora y después con el resto de bolivianos, “cualesquiera que sea[n] su
condición y casta”, con la consiguiente acentuación de su cerrazón e insolidaridad respecto a los otros
pobladores del país. Y si bien los indios constituían una masa formidable por su volumen, no
representaban un elemento de progreso porque eran pasivos e ignorantes, ajenos a las fluctuaciones
políticas, económicas, sociales y religiosas del medio donde se desenvolvían. No sólo su aporte no
resultaba decisivo al empuje nacional, sino que al ser “una raza ineducada tradicionalmente”, era más
fácil que arraigaran en ella “los vicios y no las sólidas virtudes del trabajo, de la previsión, de la
economía, de la austeridad moral, del sano patriotismo”.75
Si en la Historia general lo indígena era sinónimo de ignorancia e improductividad, en una obra
anterior, la novela Raza de bronce publicada en 1919, Arguedas había calificado de violentos, vengativos
y presas del rencor contra los blancos a los nativos. Con ello había mantenido vigente el discurso de la
guerra de razas. Pese a que los historiadores del siglo XIX habían hecho referencia a este fenómeno en
relación con las sublevaciones indias del siglo XVIII, y merced a él habían descrito a esta población
anclada en una identidad inmutable y arcaica que dificultaba el progreso nacional, ninguno de los
acontecimientos bélicos que habían vivido y conocido les permitía decir que tal manifestación se había
repetido. Pero si para ellos la guerra de razas era una amenaza más o menos retórica, en el caso de
Arguedas no sucedía así, debido a los acontecimientos acaecidos durante la Guerra Federal de 1899. El
enfrentamiento armado entre el Partido Conservador, en el gobierno, y el Partido Liberal, en la oposición,
llevó al último a formar un ejército auxiliar indígena dirigido por el líder aymara Zárate Willka.76 Aunque
éste siempre actuó en función de los intereses y estrategias de los liberales, hubo un hecho que les hizo
sospechar que los indígenas habían participado en el conflicto con miras autónomas a sus dictados. Entre
el 28 de febrero y el 1 de marzo de 1899, ciento veinte integrantes del batallón liberal Pando, varios
vecinos del pueblo y la familia Rocha, fueron muertos en esta localidad y en sus inmediaciones por un
grupo de indios liderado por Lorenzo Ramírez, lugarteniente de Zárate. Pese a lo sangriento y bárbaro, el
suceso se inscribía en la lógica de la guerra, habiéndose realizado actos semejantes contra los
conservadores sin que la opinión pública se sublevase ante tal hecho y exigiese el enjuiciamiento de los
culpables. Pero lo acaecido en Mohoza se sobredimensionó y se magnificó intencionalmente como la
síntesis de todo lo que podían llegar a ocasionar los indígenas contra la sociedad boliviana y su progreso,
si tenían presencia política y militar y estaban infundidos del “sentido de la fuerza y predominio sobre el
blanco”. Con independencia de las complejas razones políticas que llevaron al general Pando a permitir el
encarcelamiento y juicio de su ex aliado indígena, tal gesto estuvo favorecido por un contexto social y
cultural en el que la memoria colectiva, el auge de una jerarquización racial avalada por la ciencia de la
época y la invención del delito como un problema social, inducían a creer con facilidad que los blancos
eran víctimas del odio ancestral de los indios y, éstos, reductos de incivilización. El resultado fue que la
matanza, interpretada no sólo como una traición al Partido Liberal, sino como una traición de los indios a
Bolivia, a cuya población odiaban y querían masacrar en venganza por siglos de opresión, condenó a la
población aymara a la cuarentena y minusvalía públicas.
De ahí que tras el juicio de Mohoza (1901-1904), en el que Bautista Saavedra y Natalio Fernández
Antezana actuaron de abogados defensores de los inculpados,77 la población aymara del altiplano
quedase verbalmente reducida a un colectivo insolidario, corporativo, atrofiado y deshumanizado y, por
tanto, carente del espíritu patriótico necesario para su individualización y el reconocimiento público de
sus miembros como constructores de la nación. Esa caracterización del indio como criminal, unida a su
contraparte, la visión de éste como víctima de inmemoriales “vejámenes, hostilidades y cacerías”,
significó la explícita negación de la legitimidad de sus reivindicaciones políticas, sociales y étnicas y de su
derecho a exigirlas y, por tanto, de su autorreconocimiento colectivo como sujetos nacionales que podían
decidir sobre el orden nacional y su posición en él. En consecuencia, sus demandas y acciones quedaron
reducidas a simples estallidos de “una pobre raza atrofiada y degradada próxima a la desaparición”, que
“no podrá jamás sobreponerse a una raza superior por mil títulos y de la cual le separan siglos de siglos
de civilización”. Convertidos discursivamente en un colectivo bárbaro, sangriento, inasimilable por la
civilización y, en consecuencia, necesitado de una tutela disciplinadora de su potencial arcaico, los indios
fueron objeto de una política de invisibilidad pública resultado de achacarles una criminalidad innata por
estar “en continuo acecho de la raza blanca”, y de ser una población eternamente infantil incapaz de
subvertir sus instintos por los años de opresión y tiranía ejercida durante la colonia y la época de los
caudillos. Ambas imágenes, la del “indio víctima” y la del “indio criminal”, lo redujeron a un ser al tiempo
peligroso e inferior. Y, aunque no lo negaban como boliviano, le impedían tomar un papel activo en la
confección de la nación, encasillándolo en una imagen apolítica que lo imposibilitaba como ciudadano y lo
tornaba objeto de políticas públicas.78
En Raza de bronce Arguedas participó en la triple inhabilitación nacional de los indígenas por
insolidarios, por ser incapaces de entender la unidad nacional y por constituir resabios animalizados del
pasado a que condujo el juicio de Mohoza. De los tres componentes se hizo eco la percepción social de los
indios como peligrosos para la población blanca debido a la imposibilidad de reconciliación entre las
razas. Tal hecho se sintetizaba en la venganza pedida por Agiali a su comunidad tras la violación y muerte
de su esposa, Wata Wara, a manos de los patrones. La violencia que sobrevenía a los criminales no era
sólo resultado de una venganza personal, sino que se describía como el factor desencadenante de un odio
racial contenido, pero gestado durante largo tiempo. Muestra de ello es la conversación mantenida entre
el anciano de comunidad, Choquehuanka, y Agiali, cuando éste fue a comunicarle la muerte de la
protagonista. En esa ocasión, ambos hombres pactaron organizar la vindicta. Para que fuera posible, era
necesario ocultar las terribles circunstancias de la muerte de Wata Wara, de ahí que en el episodio del
lago, Agiali disimulara sus sentimientos ante el patrón Pantoja y sus amigos. Aunque mientras servía de
remero en la cacería nocturna Agiali fingió que aquella seguía viva y que no le había revelado nada de lo
ocurrido, Suárez, el poeta, percibió que algo terrible se estaba gestando al descubrir “la sonrisa cruel y
amarga” que el indio dirigía a Pantoja cuando éste le interrogaba sobre el amor que profesaba a su
esposa. Sin embargo, sus miedos fueron desoídos por el resto de los amigos que se tomaban a la ligera el
potencial subversivo indígena y la fortaleza de su rencor hacia el blanco. Gracias a tal imprudencia, Agiali
pudo reunirse con los miembros de su comunidad para establecer un plan de ataque. Choquehuanka
presentó la destrucción de la hacienda y de sus habitantes como la única salida que tenían para recobrar
su humanidad vulnerada desde la época de los conquistadores. Aunque sobreviniera su propia ruina,
había que “hacerles ver (a los opresores) que no somos todavía bestias y después abrir entre ellos y
nosotros profundos abismos de sangre y muerte, de manera que el odio viva latente en nuestra raza hasta
que sea fuerte y se imponga o sucumba a los males”. La venganza se convertía en un acto de liberación
racial contra los patrones mestizos, cuyas atrocidades e irresponsabilidades hacían imposible mantener
una situación de subordinación legítima.79
Raza de bronce finalizaba con el incendio de la hacienda y la muerte de sus integrantes, es decir, con el
inicio de una guerra de razas en favor de los indígenas vilipendiados. Tal acto, más que como el comienzo
de una resurrección racial, era narrado como un último acto desesperado de una raza condenada a la
extinción debido a que la esclavitud contra la que se revolvían confirmaba su incapacidad para el
progreso. Si bien la decisión tomada por los comuneros de combatir “con inexorables castigos la maldad y
los abusos” les permitía recobrar su dignidad perdida, también los conducía a su propia desgracia, como
señalaba Choquehuanka al recordarles que “una sola gota de sangre blanca la pagamos con torrentes de
la nuestra”.80 La venganza en clave de desesperación no era, por tanto, un gesto de civilización sino una
respuesta primaria de la naturaleza. Y esa identificación de los indígenas con lo natural los situaba en
oposición a lo civilizado y, convertía su rebelión en futilidad destructiva no sólo para ellos mismos, sino
también para la nación. Esto es, el hecho de que únicamente los indios pudieran recobrar su dignidad
mediante una fatalista guerra de razas que aniquilaría sus posibilidades de convivencia con el resto de la
población boliviana, demostraba no sólo que estaban fuera del espacio civilizado, sino también su
inferioridad racial.
En su análisis de Pueblo enfermo, Josefa Salmón señala que el discurso de la superioridad racial
utilizado por Arguedas reafirmaba una estructura social que se estaba desintegrando. Desde un concepto
historicista consistente en valorar el presente histórico europeo como el último escalón del progreso,
Arguedas asumía que América era un continente nuevo determinado por el plano físico de la naturaleza,
lo que significaba que funcionaba dentro del discurso de lo no evolucionado (lo no histórico), ya que la
naturaleza virgen (ahistórica) estaba en oposición al espacio civilizado (histórico) de la ciudad. La historia
como proceso evolutivo y civilizador de la naturaleza hacia un desarrollo urbano incidía en que Bolivia no
sólo debía desarrollarse desde una perspectiva europea sino también debía de adoptar ese modelo. De
suceder lo contrario, la sociedad criolla no podría garantizar su propia supervivencia cultural y
sucumbiría ante lo indígena. Y este miedo a la extinción, muy semejante al miedo de Bolívar ante la
perspectiva de perder el auxilio europeo,81 hacía necesario considerar a Europa como centro de la
civilización que legitimara la superioridad racial de sus imitadores frente a los naturales. Tal
consideración convertía la homogeneización racial —el blanqueamiento— en la entrada a la civilización y
a la cultura universal, así como el modelo de progreso y modernidad de las naciones industrializadas.82
Pero el establecimiento de una jerarquía social mediante la ascendencia racial no sólo estaba destinado a
contener a los indios, también poseía otras funciones consagradas al colectivo que representaban los
patrones mestizos de Raza de bronce, autores de la violación y el asesinato de Wata Wara. Aunque a
Arguedas le interesaba el tema indígena y su conflictiva incorporación en los proyectos de configuración
nacional, era consciente de que discursivamente lo indio había quedado neutralizado tras el juicio de
Mohoza; de ahí que, como ya se ha dicho, quienes más le preocupasen como objetos de disciplinamiento
social fuesen los mestizos, en la medida que demostraban ser herederos de ambos mundos, el indígena y
el blanco.83 Con la conversión de la mezcla racial en un mal nacional —la enfermedad del pueblo—
buscaba desprestigiar a los mestizos en el poder, estableciendo un distanciamiento racial de
diferenciación con la “gente blanca” dominada por rasgos morales y en la cumbre de la jerarquía social y,
así, frustrar sus aspiraciones de ocupar la posición social de la vieja aristocracia. En este sentido, el
discurso racial sintetizaba una protesta contra los cambios sociales de la época y en favor de mantener la
estructura social existente.84
Si Arguedas satanizó la conducta política y pública del mestizo por medio de su conversión discursiva
en lo cholo, otros escritores de ensayos políticos y literarios de la época, como Rigoberto Paredes, Juan
Francisco Pedregal, José Salmón Ballivián, Enrique Finot, Armando Chirveches, Demetrio Canelas,
Bautista Saavedra, Octavio Salamanca o Carlos Romero, la compartieron y propagaron. Al igual que en
ocasiones anteriores, su narrativa estuvo articulada en torno de los dos males fundamentales para el
desarrollo del país: el caudillismo y la imposibilidad democrática. La diferencia respecto a los autores
decimonónicos estuvo en el hecho racial y, por tanto, en la contemplación del atraso boliviano como un
problema étnico, siendo la raza la categoría fundamental del análisis de la identidad nacional. Mientras
en Jmn de La Rosa, el mestizo letrado personificado en Juancito sintetizaba al ciudadano del futuro, en los
textos de comienzos del siglo XX, el mestizo era siempre un individuo corrupto y arribista que no tenía
reparos en explotar a la población indígena en su versión de terrateniente, cura o corregidor, o que
recurría a la política para anteponer sus ambiciones personales a los intereses de la nación. Veamos
ahora una síntesis de la narrativa del prejuicio anticholo para que éste quedase deslegitimado como
artífice de la construcción nacional.
Según Rigoberto Paredes, tras la guerra de independencia, el militarismo, entendido como caudillismo,
con su leva de hombres, contribuciones forzosas y dilapidaciones, vició los hábitos de los provincianos,
bastardeando su carácter y haciéndolos “malos y holgazanes”. El consiguiente renacimiento del
regionalismo generó “mestizos dañinos” que, con sus abusos, obligaron a los principales vecinos a
emigrar a las ciudades, quedando en el lugar “los peores elementos sociales” que hacían desaparecer de
“los pueblos las garantías individuales” e imponían a la juventud aniquilarse en “los ejércitos
banderizados”. El campo se despoblaba de hacendados capaces y de laboriosa mano de obra,
reduciéndose la riqueza agraria del país y las posibilidades de progreso, sin que sus pobladores pudieran
ser sustituidos por “ninguna otra raza superior”. Ese vacío dejado por los hacendados tradicionales hizo
que “la raza mestiza” descuidara y abandonase al aborigen el laboreo de la tierra. Para mayor
desesperación, la mayoría de los pueblos que componían las provincias se encontraba dividida en bandos
que se odiaban encarnizadamente debido a que sus habitantes, en gran parte mestizos, habían heredado
los sentimientos indios “de exclusivismo localista”, ajenos a la solidaridad nacional y a la idea de
pertenencia “a la República de Bolivia”.85 Mientras eso sucedía en el campo, en la ciudad crecía la
población chola, originada por la inmigración india, que por su falta de instrucción era víctima fácil de los
demagogos. Éstos, en opinión de Juan Francisco Pedregal, deseosos de acceder al poder, buscaban
utilizarla como clientela en sus pleitos políticos y la hacían creerse “fuente pura de todas las virtudes y
abnegaciones”. Y ella, en sus ansias de mejora social, ofrecía su apoyo a cualquiera que la embriagara
con “los humos capciosos de ideas, que ni nosotros [la élite] comprendemos bien pero que las sabemos
utilizar óptimamente; democracia, igualdad, socialismo, sufragio, que son para ellos más perjudiciales
que el aguardiente y la chicha”. El resultado de las prácticas caudillistas, sostenidas gracias a la
ignorancia, el sentimentalismo, la audacia y el fanatismo de los cholos, era el desvirtuamiento del
régimen de partidos y del sistema político en general. Para Paredes, éste estaba viciado por dos motivos.
Uno era la incapacidad de los electores populares, y otro la desidia de los notables de la sociedad que,
con “su ineptitud, negligencia y gandulería”, había permitido “la abundancia desproporcionada del
elemento mestizo y el predominio pernicioso de la plebe”. Esa acción los convertía a ellos y a los
demagogos blancos, que distraían a los mestizos de sus actividades manuales, en “cholos más inútiles que
todos los cholos”.86
La insistencia en que el problema del subdesarrollo boliviano estaba relacionado con la calidad de la
población, hizo depender la existencia de la democracia del comportamiento de los dirigidos y no de los
dirigentes. Para Octavio Salamanca, el retraso boliviano obedecía a la ausencia de unidad étnica en la
población, garante de la fuerza nacional. La cuestión no era tanto la diversidad de razas y de idiomas
como su falta de asimilación, que no se producía a causa del desfase cultural entre los diversos pueblos
que habitaban el país. No podía darse un proceso de homogeneización racial porque los elementos indios
eran incapaces de gobernarse a sí mismos, debido a la obediencia ciega y pasiva que habían desarrollado
con los gobiernos incaico y español. Aunque los criollos y mestizos también habían estado expuestos a la
tiranía española y no estaban muy acostumbrados a gobernarse a sí mismos, fueron capaces de rebelarse
persiguiendo un sueño, un paraíso político no conocido. Ello les evitó la indiferencia y, por tanto, la
conformación de una pasividad atávica a la manera indígena. Con este argumento, Salamanca señalaba
que el proceso de unidad nacional no pasaba por una fusión de los elementos étnicos, dando lugar a una
nueva identidad cultural mestiza de la que todos fueran partícipes, sino por la hegemonía de lo blanco.
Carlos Romero insistía en lo mismo al señalar que el amorfismo de las masas y los intereses de la
oligarquía eran los dos factores que hacían que la democracia en Bolivia fuese un sistema de gobierno
poco recomendable “para un país incipiente, pobre y sin cultura”.
Para Bautista Saavedra, presidente de Bolivia entre 1921 y 1925, la geografía y la raza eran también
causantes del retraso en la conformación de la comunidad nacional, ya que hasta el momento Bolivia no
era más que un “artificial agregado de pueblos y provincias sin concordancia nacional, henchidos de odios
y recelos recíprocos”. Eso se debía a que el mestizaje boliviano no había alcanzado el equilibrio por lo
diverso de la estructura moral de las razas que habían confluido en él. Con el agravante de que el país no
había recibido el flujo de inmigración necesario para que se produjese una renovación étnica que
fortaleciera la composición social y provocase progresos materiales y políticos. El régimen colonial no
sólo gestó entre los bolivianos un temperamento dogmático, sino que evitó la adquisición de los “valores
sociales que forman el capital moral de un pueblo”, con el resultado de que durante la república, la
democracia no existió. Daba igual que se invocaran fórmulas políticas ideales. La forma social y política a
la que un pueblo podía llegar estaba determinada por su carácter y su pasado, y en Bolivia todavía se
requería una larga evolución educativa que formase en la raza una verdadera estructura moral. Mientras
eso no sucediera, no se podía esperar ni que los mandatarios públicos dejasen “de malear la
representación popular” ni que el pueblo resistiera “las presiones de arriba”. Y sin voluntad nacional era
imposible que funcionase el régimen parlamentario.
Como consecuencia de lo anterior, Saavedra afirmaba que “la práctica de la soberanía popular”,
expresada en el sufragio, sólo había servido “al encumbramiento de los inferiores”, debido a que las
decisiones de los votantes “no estaban basadas ni en la reflexión ni en el estudio de los problemas
sociales que cada elección comportaba”. En ese sentido, una democracia fundada en el “alma movible,
apasionada, impulsiva y versátil de las masas populares”, era un fracaso. Había, entonces, que darse
cuenta de que la democracia no era “una forma de solución de los problemas mismos de la vida humana”,
sino “una disciplina educativa de los pueblos para que conquistasen autonomía y cumpliesen mejor sus
destinos”. Por ello, el sufragio debería “ser ante todo una función ética y no una operación aritmética”; es
decir, el principio de igualdad únicamente había creado mayorías ficticias por desconocer las
desigualdades naturales; luego, la democracia para ser un régimen de verdad y de libertad, debería ser
un régimen de desigualdad, pero no basado “en aristocracias de sangre o de nacimiento, sino en las
aristocracias formadas por la superioridad de la inteligencia, del saber, de la competencia, de la elevación
moral”. De esta manera, la democracia sería la acción de minorías, moral e intelectualmente superiores,
encargadas de orientar los intereses particulares hacia finalidades comunes con la supervigilancia de
mayorías cultas. El sufragio no tendría otro objeto que operar la selección de los mejores, encargados de
cultivar constantemente las aptitudes del pueblo para su propio gobierno. De ahí que Saavedra sostuviera
que el discurso sobre la incapacidad del pueblo para practicar la soberanía fuera en realidad el discurso
sobre la incapacidad y la inmoralidad de los conductores de la nación.87 En suma, para los intelectuales
de la época, la democracia en Bolivia dependía de una población homogénea depurada de sus herencias y
antecedentes étnicos, históricos y políticos.88
En las novelas de la época, como La candidatura de Rojas (1908) de Armando Chirveches, Aguas
estancadas de Demetrio Canelas (1907),89 Vida criolla (1905) de Alcides Arguedas,90 o Los cívicos (1918)
de Gustavo A. Navarro (Tristán Maroff),91 se recrearon y potenciaron los tópicos raciales presentes en los
ensayos. En tono de sátira o con tintes dramáticos, la corrupción política propiciada por los mestizos
quedaba expresada en el triunfo de candidatos como el “tata Pérez” y Manuel María Garabito, el general
Reyes o el candidato Peña, quienes accedían al poder gracias a una serie de desfiles protagonizados por
los artesanos cholos “en perpetua orgía carnal y alcohólica”, a la presión de los enjambres de matones y a
una turba de “embozados con cara india”. Desde las posiciones de preeminencia política alcanzada,
devolvían el favor a sus adeptos, compensando los actos corruptos y vandálicos con puestos de la
administración. Ello provocaba el quiebre moral de las instituciones públicas. Era el triunfo de la
“barbarocracia y la canallacracia” que habían sido impuestas por un presidente, en cuya cara “se
adivinaba al mestizo [...] al engendro fatal de negro africano, pervertido y sátiro, hablador y tirano, con la
pasividad del indio, esclavo y vil”.92
Pero el triunfo de “la cholada” no siempre era de carácter electoral ni se obtenía mediante la exaltación
de los malos hábitos de los electores, en él intervenían muchas veces las mismas élites, que en sus ansias
por encumbrarse y alcanzar más prebendas, aceptaban el matrimonio de sus hijos con mestizos
enriquecidos dedicados a la política. Esta actitud tan poco escrupulosa respecto a la raza, dificultaba la
conversión de Bolivia en una nación civilizada que no fuese conocida en el exterior como un país de
cholos e indios. Armando Chirveches abordó las responsabilidades étnicas de los padres en dos novelas,
Celeste (1905) y La virgen del lago (1920), con soluciones diferentes. En una triunfa “el cholo”, y en la
otra se impone el amor; ambas narran un romance entre una joven muy bella y un muchacho de grandes
virtudes morales y de noble origen, aunque sin grandes recursos económicos, en el que interfería un
mestizo rico dispuesto a contraer matrimonio con la protagonista. Si bien los dos enamorados “blancos”
poseen las mismas características físicas en ambas narraciones, los dos pretendientes cholos no. En
Celeste, don Práxedes Urcullo tiene “rasgos antropológicos que hubiéranle hecho clasificar por un
psiquiatra moderno como a criminal nato o como loco moral”. Senador vitalicio y dueño de una cuantiosa
fortuna, “era el producto de un bastardo ayuntamiento de razas, tenía sangre de conquistador, sangre de
indio y sangre de esclavo”.93 En La virgen del lago, Abelardo Topa resulta elegante y carece “de esa
vanidad hiperestezada de los mestizos, de suceptibilidad morbosa e innata desconfianza”, a pesar de
conservar “ciertas cualidades de su raza: el espíritu práctico, el disimulo, la reserva, el arte de emplear
bien su dinero y el hábito de velar por sus intereses”.94 Pese a la lógica, el primer pretendiente mestizo
accede al matrimonio gracias a su nombramiento como ministro, mientras que el otro tiene que
resignarse a ver cómo la pareja enamorada se casaba. La diferencia entre ambos casos residía no sólo en
la madurez de la muchacha, sino también en la conducta de sus padres, que si en Celeste eran
plutocráticos, frívolos y egoístas al no preocuparse por “las herencias vergonzosas” que traería la futura
progenie de su hija,95 en La virgen del lago demostraban ser responsables con su condición social al
recomendar a su hija que no se casase “ni [con] un quídam ni [con] un bribón; pero prefiere casarte con
un bribón o un quídam a hacerlo con un indio. No destruyas, no eches a perder tu raza”.96
Las consecuencias negativas para la protagonista por acceder a casarse con un cholo no se relataban
en Celeste, pero sí en El cholo Portales (1926) de Enrique Finot, donde la señorita Vélez moría a causa del
maltrato psicológico y la tacañería de su esposo. Al contrario de lo que sucede en los textos citados, en los
que el cholo era un personaje secundario que ensombrecía con sus manejos políticos y sociales el
desarrollo de la nación y la felicidad de los protagonistas, en la obra de Finot ocupa el papel estelar. Esto
permitió a su autor explicitar la catástrofe nacional que significaba el acceso de los mestizos a la
dirección de los asuntos nacionales. En este texto se relatan los medios de los que se servía Evangelista
Portales, prototipo del nuevo caudillo, para escalar socialmente y convertirse en un posible presidente de
Bolivia. El personaje reúne todas las características de los cholos hasta ahora mencionadas: adulador con
los superiores, despótico con los subordinados, tacaño, avaricioso, mezquino, sin escrúpulos ni conciencia
política, ingrato, traidor e incapaz de lealtad filial. Hijo de una chola y un cura, lo protegía desde la niñez
un eminente abogado que le financiaba los estudios universitarios y para quien trabajaba su progenitora
como cocinera. Gracias a las amistades adquiridas, casó con una mujer de la élite que le ayudaba a
situarse socialmente, siendo consolidada tal posición mediante prácticas que desatendían las sabias
recomendaciones de su tutor, que en la novela encarna la honestidad criolla-blanca que sucumbe ante la
ambición desenfrenada de los cholos. Pero su falta social no sólo radicaba en tener deseos por encima de
su origen, sino en ascender con éxito por entender la política como un negocio, como una actividad
niveladora que todo lo corrompe y lo pervierte. Al utilizar sus conocimientos universitarios en beneficio
propio, viciaba la esencia y el destino del mestizo letrado descrito por Aguirre, demostrando que, pese a
la apariencia de progreso material, todavía Bolivia era “una toldería de indios, manejada por algunos
mestizos audaces y más o menos letrados”. Eso llevaba a que el autor, por medio del personaje del doctor
Pérez Benavente, negase los resultados de las investigaciones antropológicas y psicológicas que ponían
“de moda la igualdad de la especie humana”, y a afirmar que el ambiente moral no había mejorado en el
país a causa de que no dominaba la raza blanca, que era la única capaz de “comprender, amar y practicar
la democracia”, frente a la masa mestiza que todo lo arrollaba ansiosa de poder y autora del caudillismo y
la anarquía. Esa polaridad se traducía en una inminente “guerra de razas” que determinaría el porvenir
de Bolivia.97
El desenlace de la novela con los políticos honestos en el exilio, traicionados por enésima vez por las
malas artes de Evangelista Portales en su desenfrenada carrera hacia la presidencia, confirmaba a la raza
como el factor fundamental del deterioro boliviano. Esa conclusión era también una advertencia para que
los blancos no se extralimitasen en su piedad hacia los subalternos. Si no tenían cuidado, a los “bien
nacidos” podía sucederles lo mismo que a los expulsados a Antofagasta y perder sus privilegios y estatus.
Esto es, si no discriminaban a los cholos en nombre del bien nacional, volvería el caudillismo y con él una
movilidad social difícil de controlar. Por ello, aunque la novela de Finot era un claro ataque al Partido
Republicano y a su presidente Bautista Saavedra, lo importante en ella no era tanto la caricatura de la
vida política boliviana, sino su simplificación mediante criterios étnicos. El tópico del cholo expresaba un
llamado a la solidaridad de sangre y una censura a cualquier gesto que pusiera en duda la conveniencia
de una sociedad de castas. De no ocurrir así, los malos hábitos y herencias de la población chola
desvirtuarían el sistema partidario impidiendo que fuera un canal adecuado para la modernización
nacional. El régimen democrático sólo serviría entonces para el encumbramiento de los inferiores e
impediría la transformación nacional de Bolivia.98
En términos de la época, la ficción democrática,» escenificada en los ensayos y las novelas escritos en
las primeras décadas del siglo XX, era resultado del caudillismo que había perpetuado la incapacidad
moral del país. La conversión del ejecutivo y del pueblo ignorante e inmoral en los dos culpables de la
farsa electoral, tenía dos niveles instrumentales. Mientras el primero actuaba de mecanismo de
deslegitimación política destinado a restar poder al contrario, el segundo conllevaba la desvalorización
del voto ciudadano por dejarse corromper e incluso inducir a ese hecho a los candidatos. Aunque ambas
dimensiones actuaron en conjunto, por la naturaleza de este texto sólo se va a insistir en la segunda. En
todas las descripciones de los comicios fue el elemento popular el que más violencia ejerció y sufrió. Los
encarcelados, los apaleados, los que vitoreaban y los que se emborrachaban, eran siempre artesanos,
obreros, mineros, comunarios y peones de hacienda. Pero, pese a lo masivo y entusiasta de su
participación electoral, siempre se les menospreció y se puso en duda la validez de su intervención hasta
el punto de decir que con su presencia corrompían el principio democrático y con su debilidad retardaban
la educación política de los pueblos nuevos. Aunque hablaban de una democracia nacida de la
“muchedumbre, del populacho, del bajo fondo, del pueblo”, la consideraban una idea extravagante, dada
la “estructura social heterogénea y en el fondo aristocrática” del país;99 por tanto, para los políticos e
intelectuales contemporáneos, ficción democrática no significaba que no hubiera elecciones con público
interesado en votar, sino todo lo contrario: que había demasiado público indeseable ejerciendo de
ciudadano. El sufragio no era libre porque existía una numerosa población mercenaria a la espera de ser
corrompida. La inmoralidad y el arribismo de las masas dispuestas a vender su voto imposibilitaban la
conformación de una Bolivia democrática, en la que primasen el progreso, el orden y la estabilidad,
expresiones de un mundo civilizado. Esto sucedía fundamentalmente por las condiciones raciales del país.
Existía, así, una tendencia a minusvalorarse nacionalmente en términos étnicos, y a interpretar el
pragmatismo y la corrupción como un estigma de barbarie imposible de eliminar. Es probable que esa
actitud de desprecio por el país en que vivían, por bárbaro y retrasado, fuese una consecuencia de su
percepción como pertenecientes a una nación aislada, de geografía difícil, desposeída de territorios,
golpeada por guerras y desoída en los foros de la diplomacia internacional. Pero también denotaba una
voluntad de clase destinada a marginar de las decisiones públicas a gran parte de la población, y a
hacerlo en la medida en que dicha población demostraba de modo creciente su conciencia de pueblo
soberano. Es decir, los relatos sobre los comicios y la ficción democrática no hacían necesariamente
referencia a su inexistencia sino que estaban relacionados con los esfuerzos de la élite por controlar y
regular el ascenso social y por dosificar las respuestas que sus propuestas de construcción nacional
provocaban en la sociedad. La narrativa de la ficción democrática actuaba, entonces, como un discurso
disciplinador con fuertes ingredientes de discriminación étnica, y significaba censura de la participación
popular a medida que ésta se hacía más necesaria en el juego político y adquiría con ello mayor
comprensión de su poder social.100
En este proceso disciplinatorio la raza actuaba en calidad de fatalidad ineludible, que aislaba al indio
en su esencialismo étnico y condenaba al mestizo a una depravada existencia de cholo. Aunque en esta
última transformación subyacía un rediseño de las relaciones de poder, se generalizó también el deseo de
la élite de monopolizar lo mestizo como su identidad nacional futura, destinando lo cholo a aquellos que
debían permanecer en estratos sociales inferiores. La necesidad de darle cobertura científica en ensayos
y novelas, mostraba que los últimos no estaban tan dispuestos a asumir una identidad negativa que les
negaba o posponía una existencia política y social. Para Rossana Barragán, la ambigüedad, la neutralidad
y la identidad positiva adquirida por el término mestizo, convirtió dicho proceso en “una válvula de
escape, un lugar intermedio” y un espacio de lucha y disputa, porque permitió la autoidentificación de
todos los grupos sociales.101 Si eso es cierto, los textos mencionados contribuyeron a crear opiniones y
percepciones en torno del prejuicio anticholo, en el sentido de que se evitase revertir el proceso de
mestizo a cholo en de cholo a mestizo. Esto es, el relato del modo en que los cholos con poder
destrozaban la posibilidad del engrandecimiento nacional boliviano, buscaba el disciplinamiento de este
colectivo en el sentido de hacerle interiorizar su incapacidad pública y renunciar a sus anhelos de
ascenso social. De ahí que las narrativas sobre el caudillismo y sobre la ficción democrática informasen
de una tendencia intelectual discursiva que enraizaba el descontento nacional en una causa étnica.

CONCLUSIÓN

Los autores y los relatos mencionados han mostrado cómo la historia, lejos de ser una disciplina pasiva o
meramente contemplativa, contenía una visión crítica del pasado, articulada desde un presente
determinado y con ciertos presupuestos ideológicos. En la medida en que la realidad, en cuanto
reconstrucción de una estructura histórica, era transmitida por ellos mediante los discursos de la
“verdad” que elaboraban sobre la misma, la literatura de carácter fundacional que proporcionaba
alegorías de la nación se tornaba también en reveladora de “verdades” nacionales. Como ambas materias
generaban prácticas discursivas que no sólo representaban objetos, incluida la nación, sino que también
los formaban,102 su faceta política resultaba central. La formación del discurso histórico nacional iba
unida a la construcción de la nación, poseyendo su gestación política una función educativa altamente
moralizadora en lo relativo a insuflar entre la población el espíritu patriótico que la haría posible. Esta
necesidad de tornar y de representar a la nación como un todo unitario implicó necesariamente un
proceso de homogeneización, discursivo, institucional y físico, que condujo a un continuo replanteamiento
de la noción de pueblo en tanto depositario de la soberanía nacional. De ahí que este texto se haya
propuesto mostrar al lector cómo el quehacer historiográfico narró la historia de Bolivia a partir de
establecer quiénes habían participado en ella, con qué intensidad, en calidad de qué y cuáles habían sido
los frutos nacionales de tal intervención en términos de progreso y de civilización.
La respuesta historiográfica a tales interrogantes supuso la recreación de escenarios históricos en los
que hechos políticos y militares tuvieron especial relevancia en la medida en que su cometido fue explicar
por qué unas sociedades triunfaban y otras fracasaban. Como esa pregunta afectaba de manera directa a
la naturaleza heterogénea de la población, sus posibles respuestas a lo largo del tiempo coincidieron en
contraponer pueblo soberano y plebe proselitista, primero, con argumentos de índole patriótica —moral
pública, educación, tributación, trabajo y contribución armada— y, después, de carácter étnico —
degeneración racial—. El resultado fue que aquellos colectivos a los que el relato histórico identificó como
los gestores del devenir nacional gracias a sus hazañas en las guerras de liberación, quedaron
autorizados por la “verdad” de la historia a seguir liderando tal esfuerzo, siendo sancionado su proyecto
grupal como nacional. En contrapartida, los descritos como ignorantes, refractarios a la nación o más
dañinos a su engrandecimiento, quedaron consignados como subalternos, cuya habilitación pública se iría
haciendo posible en la medida en que se adecuaran a las iniciativas de los primeros según el presupuesto
de blanqueamiento-occidentalización. Sólo así posibilitarían que Bolivia entrase a la civilización y a la
cultura universal y pudiera igualarse en progreso y modernidad a las naciones industrializadas. Si autores
decimonónicos como Sánchez, Cortés, Sotomayor y Aguirre asumieron una actitud voluntarista y
concibieron que esta operación de homogeneización moralizadora podía llevarse a cabo por medio de las
leyes y la educación, para Moreno, Arguedas y los escritores contemporáneos a éste, resultaba casi
imposible por la incompatibilidad racial. Tal diferencia a la hora de transformar a la plebe proselitista en
pueblo soberano denotaba distintos contextos ideológicos de pertenencia de los autores.
Para los primeros, cuyas obras fueron publicadas entre 1848 y 1865-1885, la conversión de los
nacionales en ciudadanos no exigía necesariamente condiciones étnicas, de riqueza o de preeminencia
social, sino que dependía de criterios de utilidad a la nación. Ello significaba que todos aquellos
individuos que sirviesen a la comunidad de manera reconocida por ésta y que al hacerlo expresasen
activamente virtudes cívicas en favor de la patria —como trabajador, contribuyente o soldado de milicias
— podrían acceder a la ciudadanía, lo que tornaba a esta categoría en una conquista individual a la que
podían aspirar todos los sujetos que estuviesen dispuestos al sacrificio de sus ambiciones personales y de
sus identidades corporativas por el bien común, debiendo ser públicamente demostrado tal
comportamiento, ya que tal exhibición sintetizaba el compromiso de un individuo con la patria.
Convertida en un premio al compromiso nacional, la ciudadanía hacía, en consecuencia, referencia a una
comunidad unitaria definida por una tradición y la experiencia comunes, que no se concebían
necesariamente como preexistentes, sino que además de poder adquirirse gracias a la acción benéfica de
las instituciones, podían lograrse mediante actos patriotas ejercidos en términos de cooperación nacional.
Sin embargo, para los segundos autores, cuyas obras aparecieron entre finales del siglo XIX y las dos
primeras décadas del siglo XX, influidas por corrientes de pensamiento que jerarquizaban a la población
en virtud de su origen étnico y por un entorno nacional con problemas territoriales y de gobernabilidad
entre el centro y las periferias nacionales, los controles de reconocimiento público se vincularon al
criterio de civilización; es decir, la determinación de si un sujeto era o no ciudadano ya no se situaba en la
demostración por parte del aspirante de utilidad, cooperación y compromiso patrióticos, sino que
dependía de su grado de civilización en términos de homogeneidad cultural. Ello provocó que muchos
nacionales se asumiesen imposibles de redimir por sus taras ancestrales y a causa de su origen étnico, y
que también se cuestionaran las posibilidades institucionales de la ciudadanía para lograr una comunidad
nacional. Luego, el ser ciudadano ya no dependía de lo ejecutado por un individuo y refrendado por el
ámbito local, sino de lo que la sociedad civilizada juzgase que éste había hecho.103
En suma, aunque en todos los textos la persecución del bien común de la nación se asociaba a la
naturaleza del pueblo, tanto ésta como las posibilidades de progreso que permitía variaban. En unos
casos, el carácter moral de la población se dignificaba mediante contribuciones productivas de
cooperación comunitaria-nacional, haciendo posible el desarrollo positivo de un sistema representativo;
en otros, tales esfuerzos resultaban inútiles porque la degeneración racial los embrutecía, con lo que la
democracia se reducía a una ficción generada por la incapacidad de los bolivianos, específicamente de
sus sectores populares. En ambos casos, el intelectual (historiador-novelista-ensayista) se colocaba en
una situación de preeminencia consistente en identificar, delatar y buscar soluciones a los males del país.
Sus narraciones, juicios y críticas no eran simples opiniones académicas y desinteresadas, sino que
llevaban implícito el deseo de decidir políticamente acerca del futuro boliviano y conseguir preeminencia
personal con ello. En este sentido, se distinguen dos niveles relativos a la función social del escritor
respecto a la nación y a sí mismo. Primero, la conceptuación del pueblo como soberano o proselitista
implicaba el esfuerzo de éstos por crear consensos nacionales acerca del origen de los males bolivianos
con el fin de monopolizar sus posibles soluciones. Si ellos eran los que diagnosticaban la dolencia
fundamental del país, la explicitaban científicamente y la materializaban y divulgaban en relatos
históricos o literarios, sólo ellos tenían la capacidad de resolverla. Al ofrecerse a sí mismos como
salvadores de la nación, gracias a su perspicacia en descubrir sus males, encontraron una forma de
hacerse individuos indispensables en su destino y de alcanzar, por tanto, posiciones políticas de
responsabilidad que les permitieran intervenir en el diseño nacional; de este modo, quedaban legitimados
el discurso de la historia y el de la literatura como aquellos capaces no sólo de revelar el pasado de la
nación, sino también de sugerir su futuro. Segundo, en la medida en que este grupo creaba opinión e
influía después en ella, reforzaban su calidad de imprescindible en el ámbito nacional. Los intelectuales
se convertían, así, en líderes con la fuerza moral necesaria para guiar y canalizar la energía de la
multitud y, por tanto, como los únicos con capacidad legítima para regir el destino de Bolivia. Ello
reforzaba la autolegitimación del intelectual como el poseedor del discurso pedagógico que enseñaría el
rumbo que debería seguirse, a los futuros nacionales.104
Han pasado los años y las modalidades discursivas basadas en contraposiciones raciales siguen
vigentes, aunque los intereses, ambiciones y proyectos temporales que representaban hayan
desaparecido y hayan sido sustituidos por otros. Si en el pasado en nombre de la “verdad” histórica se
legitimaron prejuicios sociales mediante los que se negó discursivamente a parte de la población
boliviana la capacidad de gestionar la nación, en la actualidad se reeditan los esencialismos identitarios
para justificar nuevas exclusiones de los agentes históricos. En un caso y otro había y hay héroes y
villanos, pero que no dejan de ser efectos de la naturalización de colectivos sociales cuya acción se puede
subvertir por medio de la Historia.

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Notas al pie
1 Este texto se inscribe en los proyectos de investigación I+D: HUM2006-01703/CISO y HUM2006-10136.
2 H.C.E Mansilla, “El ámbito precolombino y la cultura autoritaria”, La Prensa, La Paz, 30 de octubre
de 2005; “La aristocracia tradicional y la moderna élite política”, La Prensa, La Paz, 27 de noviembre de
2005; “Las áreas donde se origina el sentimiento de crisis”, La Prensa, La Paz, 1 de enero de 2006; Xavier
Iturralde, “Primitivismo político o modernidad”, Bolpress, 11 de enero de 2006; “Entrevista a Alvaro
García Linera: El evismo está marcando una línea continental”, La Prensa, La Paz, 3 de enero de 2006;
“La vía Evo Morales”, El País, Madrid, 5 de enero de 2006.
3 Sobre el discurso estatal de la diversidad como una máscara para encubrir la desigualdad al no
reconocer a los diferentes pueblos como totalidades sociales, véase García et al., Tiempos.
4 El eslogan pertenece a Demelas-Bohy, Nationalisme.
5 Una crítica a la inmutabilidad identitaria en Méndez, “The Power”.
6 Como muestra de ello para el periodo republicano véase: Alda, La participación; Avendaño,
“Procesos”; Escobar y Falcón (coords.), Los ejes; Dym, “La soberanía”; Rodríguez O., “Las primeras”;
Morelli, “Un neosineretismo”; Peralta, En defensa; Mallon, Peasant; Walker, “Montoneros”; Thurner, From
Two; Méndez, The Plebeian; Quijada, Bernard y Schneider, Homogeneidad, Guarisco, Etnicidad;
Irurozqui, “El bautismo”.
7 Paz Soldán, Alcides, p. 71.
8 Sobre educación, estadística e historia como instrumentos básicos para la construcción de la nación
véase Zermefio, “La Historia”.
9 Barnadas, Gabriel, p. 144.
10 Parafraseo una expresión de Guillermo Palacios, editor de este volumen .
11 Burns, La pobreza, pp. 48-65; Unzueta, La imaginación, p. 22.
12 Al respecto véase los sugerentes textos de Barragán, “¿Categoría...” (perspectiva histórica); y
Lavaud y Lestage, “Contar” (perspectiva actual).
13 Un estudio historiográfico a partir de la influencia de Arguedas, en Barragán, “Tramas”. Sobre
historiografía consúltese también Arnade, “La historiografía”; Ocampo, Reflexiones, pp. 34-65; Abecia
Valdivieso, Historiografía; Albarracín Millán, Orígenes, El gran debate y La sociedad; Sandoval, “La
historia”; Francovich, La filosofía.
14 Unzueta, La imaginación, p. 143; Finot, Historia; Diez de Medina, Literatura; Bastos, “Imaginario”.
15 Información extensa al respecto en Barnadas (coord.), Diccionario.
16 Unzueta, La imaginación, p. 63.
17 Al contrario de todos los autores mencionados, Ramón Sotomayor Valdés era de nació nalidad
chilena. Casado con la boliviana Edelmira Lemoine Jordán, su quehacer como historiador de Bolivia
estuvo ligado a las actividades diplomáticas que realizó en este país a partir de 1867.
18 Condarco Morales, Grandeza.
19 Albarracín Millán, Alcides; Roca (ed.); Lorente Medina, “Alcides”; Medinaceli, La inactmlidad-y
Baptista Gumucio, Alcides.
20 No se incluye el análisis de textos como Lema, Bosquejo; Pentland, Informe o Dalence, Bosquejo, por
ser ensayos políticos sin una intencionalidad histórica.
21 Burns, La pobreza, pp. 51 y 56; Paz Soldán, Alcides, p. 56.
22 Aguirre, Juan de la Rosa, p. 8.
23 Irurozqui, “Insolidarios”.
24 Sánchez, Memorias, pp. II-III y 167.
25 Cortés, Ensayo, pp. 29, 45-48 y 121.
26 Sotomayor Valdés, Estudio, pp. 6-7 y 9.
27 Moreno, Últimos días, pp. 57, 79, 216, 143 y Anales, pp. 309 y 346-347.
28 Mitre, Soledad, pp. 32, 39 y 97.
29 Un análisis pormenorizado de la novela en Unzueta, La imaginación, pp. 167-170. Unzueta lee
Soledad como un romance nacional que colectiviza la historia de amor familiar en términos de un proceso
forjador de la nacionalidad y afín a la ideología histórica del liberalismo. Y ante la imposibilidad de
separar esta obra de la formación y unificación simbólica de la nacionalidad, reclama que se la considere
un romance de la historia latinoamericana. También véase Adelman, “Colonialism”, pp. 163-186.
30 Cortés, Ensayo, p. 121.
31 Ibid., pp. 49-57, 69-71, 86, 89, 96-97 y 104.
32 Ibid., pp. 316-320.
33 Sotomayor Valdes, Estudio, pp. 49-54.
34 Ibid., pp. 17-18, 29-30 y 72-73.
35 Ibid., pp. 300-307.
36 Moreno, Últimos días, pp. 276-277.
37 Moreno, Anales, p. 110.
38 Arguedas, Historia, pp. 74-81.
39 Aguirre, Juan. Originalmente la novela fue publicada en una serie de entregas sin firma en el
periódico cochabambino El Heraldo, entre enero y agosto de 1885, apareciendo como libro el 14 de
septiembre de ese mismo año.
40 Sobre este texto vease: Gotkowitz, “¡No hay hombres!”; Paz Soldán, “Una articulación”.
41 Aguirre, Juan de la Rosa, pp. 18-19, 23, 28-30 y 142.
42 Ibid., pp. 38-41.
43 Aguirre, El Libertador, p. 23.
44 Aguirre, Juan de la Rosa, p. 38.
45 Ibid., p. 32.
46 Ibid., p. 91.
47 Aguirre y Aranibar, Intereses, pp. 11-15.
48 Aguirre, Juan de la Rosa, pp. 25, 61, 75, 126-127, y 140-141.
49 En contraste con la lectura y propuesta de mestizaje de Aguirre, el mismo año de 1885, Moreno
escribió “Nicómedes An telo”, el texto que iniciaría el discurso de la degeneración de Bolivia, y con el que
Moreno rechazaba la articulación de la nación por medio del mestizaje, si se quería conseguir una nación
moderna.
50 Favre, “Bolívar”.
51 Un último y excelente estudio sobre ello en Estenssoro, Del paganismo.
52 Favre señalaba que ya Bolívar había condenado el mestizaje y la integración por medio de él, porque
consideraba que albergaba las taras y los vicios de todas las razas y ninguna de sus cualidades. Favre,
“Bolívar”, p. 14.
53 Este argumento se refleja en D’Orbigny, Viajes, p. 48. Sobre este viajero francés véase Arze Aguirre,
El naturalista; Pentland, Informe, pp. 150-151.
54 Favre, al referirse a “la enemistad natural de los colores” mencionada por Bolívar, señalaba que el
fantasma del irredentismo indígena respondía tanto a un sentimiento de culpabilidad del blanco,
consciente de lo que significó la colonización para el indio, como al temor ante la falta de auxilios
exteriores provenientes de la metrópoli. La racionalización de esa angustia llevó a los criollos al
convencimiento de que la amenaza india sólo podía desaparecer con la eliminación física o simbólica del
indio. Favre, op. cit., pp. 15-16.
55 Irurozqui, “El negocio”, “Las paradojas, “Sobre el tributo” y “Sobre indios”.
56 Mitre, Soledad, pp. 40-41.
57 Ballivián, Claudio.
58 Sánchez, Memorias, pp. 170 y 210.
59 Cortés, Ensayo, pp. 224, 243-246, 250-252 y 299.
60 Sotomayor Valdés, Estudio Histórico, pp. 10, 55, 107-108, 128, 197, 281 y 323.
61 Partidarios políticos del general Isidoro Belzu (1848-1856).
62 Moreno, Anales, pp. 11-12, 17, 33, 76, 108, 110, 216, 338, 340, 344-345.
63 Ibid., pp. 348-385.
64 Santibáñez, Vida, pp. 124-125, 136 y 240.
65 Sánchez, Memorias, pp. 327-28; Cortés, Ensayo, pp. 249-251; Sotomayor Valdés, Estudio, pp. 89, 93-
94, 106, 143; Moreno, Anales, p. 163.
66 Barragán, “Tramas”, pp. 52, 69 y 78-88.
67 Sotomayor Valdés, Estudio, pp. 45-49.
68 Moreno, Anafes, pp. 352, 355 y 357.
69 Moreno, “Nicomedes”, pp. 140, 144, 146, 148, 152-159, 161 y 173-175.
70 Paz Soldán, Alcides, pp. 20 y 49; Arze, “Arguedismo”; Irurozqui, “¿Qué hacer...”.
71 Arguedas, Los caudillos letrados; Los caudillos bárbaros y La plebe.
72 La moral para Arguedas consistía en “la armonía de actividades en vista del bienestar general”.
Arguedas, Historia, p. 74.
73 Ibid., pp. 14-15, 163-165 y 321.
74 Ibid., pp. 15-16, 59, 165, 250, 329, 348, 454 y 465-491.
75 Ibid., pp. 72, 144, 184-185, 161-162, 209, 299-301, 306 y 538.
76 Condarco Morales, Zárate; Platt, “La experiencia”; Demelas-Bohy, “ Darwin ismo”; Irurozqui, “La
masacre” y “Los hombresMendieta, “Resistencia”; Larson, Indígenas.
77 Saavedra, Defensa, pp. 11-12, 13-14 y 17, y “La criminalidad”, pp. 171-172, 180, 192-203 y 208-209;
Fernández Antezana, La hecatombes Polo y Fernández Antezana, Recurso.
78 Irurozqui, “Los hombres” y “Conversos”.
79 Arguedas, Raza, pp. 321-326, 332 y 344.
80 Ibid., pp. 341-345.
81 Favre, “Bolívar”, pp. 5-6.
82 Salmón, El espejo, pp. 65-68.
83 Irurozqui, “¿Qué hacer...”, pp. 559-587; Paz Soldán, Alcides, pp. 44-71 y 115-142.
84 Salmón, op. cit., pp. 64-72.
85 Paredes, Provincia, pp. 80 y 83, y La Altiplanicie, pp. 97, 106-109, 115, 119, 130, 134, 182, 199-200 y
205.
86 Paredes, Política, pp. 37-40; Pedregal, La máscara, pp. 162 y 174.
87 Salamanca, Programa y Nuestra, p. 111; Romero, Las taras, pp. 187-223; Saavedra, La democracia,
pp. 20-37, 83-86 y 213-263; Villafán, La importancia, pp. 15-19; Bustamante, Programa, p. 18.
88 Estos argumentos están desarrollados en Irurozqui, A bala, pp. 101-141.
89 Canelas, Aguas, p. 93.
90 Arguedas, Vida criolla, p. 22.
91 Navarro, Los cívicos.
92 Ibid., p. 70.
93 Chirveches, Celeste, pp. 53 y 56.
94 Chirveches, La virgen, p. 165.
95 Chirveches, Celeste, p. 41.
96 Chirveches, La virgen, p. 108.
97 Finot, El cholo, pp. 43-45, 85-90 y 100.
98 Para mayor desarrollo véase Irurozqui, “La amenaza”, y “Sobre caudillos”.
99 Bustamante, Programa, p. 5; Romero, Las taras, p. 38.
100 Véase la relación entre corrupción política y ficción democrática en Irurozqui, La ciudadanía, pp.
50-55.
101 Barragán, “Los múltiples”, pp. 99-101.
102 Unzueta, La imaginación, p. 19; Paz Soldán, Alcides, p. 16.
103 Sobre esta división traducida en ciudadanía cívica y ciudadanía civil, véase Irurozqui, La
ciudadanía, pp. 60-77.
104 Irurozqui, La armonía, pp. 163-174; Salmón, El espejo, pp. 67-71.
EMBLEMAS DE BRASIL EN LA HISTORIOGRAFÍA DEL SIGLO XIX:
MONARQUÍA, UNIDAD TERRITORIAL Y EVOLUCIÓN NATURAL

MARÍA LIGIA COELHO PRADO


Universidad de Sáo Paulo

Durante el período de construcción y consolidación de los estados nacionales en América Latina, Brasil
fue un país muy peculiar. Su enorme extensión, la no fragmentación del territorio colonial, la elección de
la monarquía como régimen político, un príncipe portugués como uno de los protagonistas del
movimiento de independencia, son elementos que confieren al país una singularidad que lo distinguió de
las demás futuras repúblicas latinoamericanas. La ausencia de guerras prolongadas en el camino de la
independencia en 1822 y la permanencia en el Brasil independiente de parte del aparato burocrático-
administrativo de la Corona portuguesa, explican algunas cuestiones relativas a la concepción y la
elaboración de los primeros textos de Historia nacional.
Poco tiempo después de la independencia se delineaban ya las líneas maestras de la interpretación de
la historiografía brasileña. Hubo una confluencia notable entre la determinación de ciertos individuos, la
fundación de ciertas instituciones y el patrocinio del gobierno imperial. De esa convergencia de ideas y de
voluntades políticas, nació la historiografía oficial brasileña con coherencia de objetivos, repetición de
imágenes y amplia permanencia de algunas de sus ideas cardinales. Era fundamental configurar un perfil
para la nación brasileña y constituir una memoria nacional colectiva dentro de la tradición de civilización
y progreso propia de la Ilustración. En esa perspectiva, el pasado colonial también debería ser
reconstituido, pues se presentaba como el cimiento histórico del presente. Por tanto, siguiendo las
directrices europeas, era necesario investigar y organizar los documentos históricos comprobatorios de
los “hechos auténticos”. Así, al igual que en otros países de América Latina, se inició en Brasil una
búsqueda de documentos oficiales con los cuales los estudiosos trataban de llegar a la “comprobación” de
los hechos históricos.
El nacimiento de la historiografía nacional estuvo íntimamente vinculado a una institución con sede en
Río de Janeiro, el Instituto Histórico e Geográfico do Brasil (IHGB), fundado en 1838 a imagen y semejanza
del Institut Historique de París, creado en 1834. De acuerdo con el discurso de inaugu ración
pronunciado por su primer secretario, el canónigo Januário da Cunha Barbosa, sus actividades deberían
pautarse por dos directrices principales: la recolección de documentos y el incentivo a la enseñanza de la
Historia de Brasil. Como afirma Manuel Salgado, la historiografía confeccionada por el IHGB pretendía
“producir una homogeneización de la visión de Brasil al interior de las élites brasileñas”.1
De los 27 socios fundadores del IHGB, 22 ocupaban posiciones en la alta burocracia del Estado,
habiendo sido elegidos con base en relaciones sociales y políticas que