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BUENOS CHICOS

Gracia Morales

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PADRE DE DANIEL: Sábado por la mañana. Suena el teléfono; me llama un número
que no conozco. Dudo si contestar o no. He conseguido estas horas de tranquilidad, yo
solo en casa: Dani pasando el día con su amigo Sergio; Irene que tuvo que marcharse
unos días por trabajo. No quiero que estropeen esta calma tratando de venderme un
nuevo seguro del hogar. Pero al final decido responder. Una voz de mujer me saluda.
MADRE DE LAURA: Soy la madre de Laura, una compañera del instituto de Daniel.
Seguramente no se acuerda de mí,
PADRE: me dice
MADRE: nos hemos visto muy pocas veces. Creo que sólo hemos coincidido en la
fiesta que se organizó al final de curso, el junio pasado. Su mujer... Irene, ¿verdad?
PADRE: Sí.
MADRE: Irene nos presentó.
PADRE: Lo siento, tengo mala memoria para estas cosas.
MADRE: Es normal. Somos muchos padres y madres. Es difícil retener tantos nombres,
tantas caras que uno ve por primera vez.
PADRE: Sí. Me quedo en silencio, esperando a que me diga…
MADRE: Se preguntará por qué le estoy llamando, claro. Yo… Perdone que le moleste.
Pero... Necesito hablar con ustedes, hablar de su hijo.
PADRE: ¿Qué pasa con Dani? ¿Está bien? ¿Está todo bien?
MADRE: Sí, no es nada… No es que le haya pasado nada. Pero… deberíamos hablarlo
en persona, en un lugar tranquilo. En un lugar donde podamos hablar tranquilos. Podría,
no sé, podría pasar por su casa esta tarde si a ustedes les va bien.
PADRE: Irene está de viaje. Si quiere que nos veamos los tres…
MADRE: No, no importa. Si usted puede quedar esta tarde mismo, yo prefiero que…
Luego, usted le cuenta a ella lo que hablemos. Disculpe mis prisas, pero es importante.
PADRE: Le pido que me adelante algo por teléfono. De esa cuestión que quiere hablar.
¿Es algo grave?, le pregunto. Porque no es normal que alguien, una mujer casi
desconocida, te llame así, un sábado por la mañana, queriendo quedar esa misma tarde.
MADRE: Mejor le cuento todo en persona. A las cinco podría estar allí, ¿le va bien?
PADRE: De acuerdo.
MADRE: Gracias. Muchas gracias. Hasta luego.

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PADRE: Cuando cuelgo me percato de que no le he dado la dirección. ¿Ella la conoce
ya? ¿Sabe dónde se encuentra mi casa?
MADRE: Uhmm. Delicioso. Me encanta el café. Aunque intento no abusar porque, ya
sabe, no es bueno para la tensión.
PADRE: Yo no lo hago muy cargado, no se preocupe. ¿Le ha costado encontrar la casa?
MADRE: No. Ha sido fácil. Muy acogedor el barrio. Y se ve tranquilo.
PADRE: Eso es lo bueno de vivir alejados del centro.
MADRE: Sí.
PADRE: Bueno… Usted me dijo, por teléfono, que necesitaba que habláramos… ¿Pasa
algo con Dani?
MADRE: Él no le ha hablado de mi hija, ¿verdad? Laura. Laura Peláez.
PADRE: No, lo siento. No me suena. Él no habla mucho de chicas. Ya sabe… Está en
una edad que… ¿Son amigos? ¿Laura y Daniel?
MADRE: Compañeros.
PADRE: Ya.
MADRE: Compañeros de clase. Desde hace dos años. Antes mi hija estaba en otro
instituto. Llegamos aquí hace dos años. ¿Podría…? ¿Podría traerme un vaso de agua? El
café me encanta, pero suele darme sed. ¿Podría?
PADRE: Sí, claro.
MADRE: Se marcha a la cocina y aprovecho para mirarlo todo con más libertad. Una
casa luminosa, sencilla. Una casa normal. La casa de Daniel Ruiz es una casa normal.
¿Y por qué no? ¿Me había imaginado otra cosa?
PADRE: No está muy fría. En esta época del año no tenemos el agua en el frigorífico.
MADRE: No importa. Gracias. Me encanta esa foto. ¿Es París, verdad?
PADRE: Sí. Estuvimos allí, en el verano.
MADRE: Se les ve muy naturales. Y contentos. A los tres. ¿Sabe?, Laura sí me ha
hablado mucho de su hijo. Daniel. Me dice que es bueno en todo lo que se propone:
destaca en matemáticas, en baloncesto… Un chico algo introvertido, a veces, pero con
carisma.
PADRE: Veo que le conoce muy bien.
MADRE: No, yo no. Laura. Es Laura la que... Se le da bien intuir a la gente. Es
observadora y consigue, cómo le diría, ver más allá de la apariencia. Creo que durante

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sus primeros meses en el instituto, Daniel le gustaba. Nada importante, ya sabe; ese tipo
de interés amoroso de la adolescencia que llega tan rápido como pasa.
PADRE: ¿Ha venido por eso? ¿Porque su hija está... enamorada de mi hijo?
MADRE: No. Eso fue antes. Cuando llegó, le he dicho, los primeros meses. Luego ya
no. De todos modos, no me extraña que despertara su interés. Daniel es guapo.
PADRE: Es un chico normal.
MADRE: No, no sea usted modesto. Es guapo. Mírelo. Se parece a Irene. No creo que
se ofenda porque se lo diga. Usted es moreno, él es rubio. Y esos ojos claros.
PADRE: Yo también era rubio de niño.
MADRE: ¿Sí?
PADRE: Pero los ojos son como lo de su madre, eso es cierto.
MADRE: Laura no se parece casi nada a mí. Es el retrato en femenino de su padre.
Víctor… Víctor murió cuando ella tenía cuatro años.
PADRE: Lo siento.
MADRE: Gracias. Fue duro, sí. Pero ya… Bueno, ha pasado el tiempo. A veces miro a
Laura y me parece estar viéndolo a él: los mismos ojos oscuros y grandes, la misma
boca carnosa. Y el cuerpo es también como era el suyo: no muy alta y algo rellenita. No
gorda, pero sí rellenita. Siempre lo ha sido. De bebé, a todo el mundo le encantaban sus
piernas y sus brazos rollizos, pero luego… Luego ser rellenita dejó de despertar ternura
y empezó a ser un problema. Con siete años ya lo era. Y más aún con catorce.
PADRE: Bueno... Yo conozco a jóvenes que no están delgados y no por eso...
MADRE: Usted no es una chica de catorce años que usa una talla XL.
PADRE: No, no lo soy. Es cierto.
MADRE: Ustedes no han tenido hijas. Sólo a Dani. Y es flaco. De los que pueden
comer lo que quieran y nunca engordan, ¿verdad? Han tenido suerte. No me mire así,
por favor. Ya sé que parezco muy superficial y simplista, hablando de tallas, pero lo que
vengo a contarle tiene cierta relación con esto. Laura es una chica impopular. Quizá por
su físico, o quizá no. Quizá su exceso de peso solo la predispone a tener una autoestima
baja y eso provoca que los demás la rechacen. Pero no voy a hacerle un perfil
psicológico de mi hija, no se preocupe. Lo que sí quiero que entienda es que no es fácil
salirse del estándar fijado en un entorno tan competitivo como es el instituto.

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PADRE: ¿Competitivo? No sé si estoy de acuerdo con usted. Es un entorno también de
aprendizaje, de amistad, ¿no?, de compañerismo.
MADRE: Me alegra que usted lo viva así. Yo no. No lo siento de ese modo. El instituto
siempre ha sido un espacio hostil para Laura. Allí suelen tratarla o con desprecio o con
condescendencia. Y hay algunos chicos y chicas que llevan más lejos el rechazo.
PADRE: ¿Dani le ha hecho algo a su hija? ¿La ha insultado? ¿Es por eso por lo que
usted ha venido?
MADRE: Hay madres que piensan que el problema es la alimentación de mi hija.
Incluso alguna se ha atrevido a aconsejarme que le cambie la dieta. Que “reduzca la
ingesta de hidratos”. Eso ha llegado a decirme alguna a decirme. “La ingesta de
hidratos”. ¡Qué mierda sabrán ellas lo que come o deja de comer mi hija! ¡Es increíble
el poco cuidado de alguna gente, joder! De verdad que no se creería lo que son capaces
de decirte con toda la buena fe del mundo. Pero, en fin. Yo, lo siento… Me exalto y...
Ya sé que esas madres tampoco tienen la culpa. Pero este tema… Es difícil, ¿sabe?
PADRE: Lo entiendo.
MADRE: Queremos tanto a nuestros hijos. Haríamos cualquier cosa por ellos. Pero no
podemos dominar todo lo que les ocurre. Mi hija es rellenita y lo más probable es que lo
sea siempre: lo lleva en los genes. Ella mide siempre lo que come, se esfuerza por seguir
dietas que... Pero casi no pierde peso. Tiene la báscula ahí, en su cuarto y, cada día, cada
día, ese momento de impotencia…Yo intento, le juro que intento que se dé cuenta de
que su cuerpo no tiene nada malo, nada… rechazable; intento que se vea como la veo
yo, como una chica encantadora y preciosa, pero ella, no, no puede… Lo siento.
PADRE: No pasa nada.
MADRE: No quería ponerme así. Parezco una madre histérica y llorona. Discúlpeme.
PADRE: ¿Quiere que le traiga más agua?
MADRE: No, no. Gracias. Sólo necesito… Ya se me pasa.
PADRE: Lo que no llego a entender es qué tiene que ver Daniel con todo esto. ¿Él le ha
hecho algo a su hija?
MADRE: En realidad… En realidad sí. Él ha hecho algo.
PADRE: Nos quedamos en silencio. Durante varios segundos. Yo esperando a que siga
hablando, a que me cuente de una vez para qué ha venido a mi casa.
MADRE: Yo pensando en cómo decirle lo que le tengo que decir.

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PADRE: Durante ese instante imagino a Dani insultando a esta chica o riéndose de ella.
MADRE: Con qué palabras, de qué modo llegar a…
PADRE: Aparto rápidamente esa imagen de mi mente. La rechazo por instinto. Me digo
a mí mismo que mi hijo no sería capaz de ser cruel con una compañera sólo porque esté
rellenita. Yo le conozco bien y sé que él no es de esos chicos que…
MADRE: Su hijo, Daniel, defendió a Laura, el martes. El martes pasado. La defendió
cuando estaba siendo atacada por otros chicos. Por una pandilla de chicos.
PADRE: ¿La defendió?
MADRE: Sí. Mi hija me lo contó anoche. Tenía la luz encendida a las cuatro de la
madrugada y cuando entré a su dormitorio la encontré... La encontré haciendo algo que
ella hace cuando está agobiada, cuando no puede más. Se hace cortes. Cortes pequeños.
En el vientre. En los muslos...
PADRE: Pero, espere, no la sigo bien. ¿Qué pasó el martes?
MADRE: Anoche me lo contó, porque yo le insistí en que necesitaba saber qué le
estaba pasando. Me contó cómo unos chicos, esa pandilla, la acorralaron en el vestuario.
En el vestuario masculino. Le dijeron que querían verle el sujetador. Mi hija tiene
bastante pecho ya y desde hace dos años usa sujetador, claro. Querían, querían vérselo.
Le obligaron a quitarse la blusa y estaban tocándola cuando su hijo entró en el vestuario.
PADRE: ¿De verdad ha ocurrido algo así en el instituto?
MADRE: Sí.
PADRE: ¿En el instituto de Daniel? Me cuesta creer que…
MADRE: Laura no es una mentirosa.
PADRE: No es eso lo que he dicho, pero tal vez…
MADRE: Su hijo entró en el vestuario y se dio cuenta de lo que estaba pasando. Se
enfrentó al líder de la pandilla, Raúl, y peleó con él para que la dejaran en paz.
PADRE: ¿Con Raúl? ¿Raúl... Olmedo?
MADRE: ¿Hay otro Raúl en la clase?
PADRE: No... no puede ser. Yo le conozco. Conozco a sus padres. Él ha estado aquí, en
mi casa. Es... un buen chico.
MADRE: Todos parecen buenos chicos.
PADRE: No, de verdad. Era amigo de Daniel. Estuvieron juntos en primaria. No me
puedo creer que él…

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MADRE: Mi hija me dijo que en la pelea le desgarraron la camiseta a Daniel. Es así,
¿verdad? Ese día traía la camiseta rota.
PADRE: Nos dijo que había sido por un agarrón, jugando al baloncesto.
MADRE: Lo hizo para ayudar a Laura.
PADRE: En ese momento nos quedamos callados.
MADRE: Le dejo tiempo para que imagine la escena.
PADRE: El vestuario.
MADRE: Un corro de cuatro o cinco chicos.
PADRE: Una muchacha en el centro,
MADRE: Laura. Se llama Laura.
PADRE: asustada, a punto de llorar.
MADRE: Le han quitado la blusa y están turnándose para tocarle los pechos.
PADRE: Daniel entra y les ve.
MADRE: Les grita algo.
PADRE: Ellos se ríen.
MADRE: Le dicen: ¿Vas a defender a esta gorda? Ven, puedes tocarla tú también.
PADRE: Daniel les pide que la dejen ir.
MADRE: ¿Y si no queremos? ¿Cómo vas a obligarnos?
PADRE: Un chico le agarra por detrás.
MADRE: Otro le da un puñetazo en el estómago.
PADRE: La chica sigue llorando. Daniel le grita, ¡vete! ¡Vete ya!
MADRE: Pero Laura se queda y ve cómo le tiran al suelo.
PADRE: En el forcejeo le rompen la camiseta de Darth Vader que lleva puesta.
MADRE: Si contáis algo de esto, estáis muertos.
PADRE: Le dan una patada a Daniel, en la espalda.
MADRE: Luego los cuatro salen.
PADRE: Daniel se levanta con dificultad.
MADRE: Laura busca su blusa y se la pone.
PADRE: Imaginar la escena duele. Es como si esos golpes me los hubieran dado a mí.
Los siento aquí, dentro del vientre. Imaginar la escena duele. Pero también hay otra
cosa. Una sensación de orgullo. Me enorgullece pensar que Daniel ha sido capaz de

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hacer algo así. De enfrentarse a un grupo para defender a alguien más débil. De
sacrificarse de ese modo.
MADRE: Mi hija teme por Daniel. Es por eso que estoy aquí. Para advertirles.
PADRE: ¿Qué?
MADRE: Su hijo ha hecho algo generoso y valiente. Pero los otros no lo van a dejar
pasar. Raúl le ha mandado varios mensajes a Laura diciéndole que por su culpa ahora
Daniel se ha convertido en un proscrito. Que se ha salido del círculo en el que estaba
protegido y se ha quedado solo. Así se lo ha dicho. Que a partir de ahora irán a por él.
Laura se siente muy mal por eso. No quiere que le pase nada a su hijo. Por eso anoche
estaba así como estaba, porque tiene miedo de que puedan hacerle algo de verdad. Que
no se quede sólo en querer asustarla a ella.
PADRE: Pero, ¿qué pueden hacerle?
MADRE: No… No lo sé. Pero hay que hablar con la directora del instituto. Y denunciar
lo que ha pasado. El lunes mismo. Es necesario que su hijo venga también, que se atreva
a contar lo sucedido.
PADRE: No sé si él va a querer denunciar a sus compañeros.
MADRE: Esos compañeros le van a hacer la vida imposible. Se lo aseguro. Conozco
cómo actúan y su hijo no está a salvo.
PADRE: Mire, yo confío en el centro. En el tratamiento de esto temas, es un instituto
ejemplar. Hay programas, hay protocolos contra el bullying. Si algo así estuviera
sucediendo de forma sistemática, como usted afirma, ya habrían tomado medidas para...
MADRE: Será todo lo ejemplar que usted quiera, pero a mi hija empezaron a acosarla a
mediados del año pasado. Y venimos de otro instituto también “ejemplar” donde pasaba
lo mismo.
PADRE: Pero, ¿la directora sabe lo que...?
MADRE: He hablado al menos cuatro veces con ella. Pero no hacen nada. Piensan que
exagero. Que sobreprotejo a Laura. Dicen que ella no tiene problemas de convivencia,
que solo es introvertida y soy yo la que no acepto cómo es. ¿Se lo puede creer? Muchos
planes de centro, mucha atención a la diversidad, mucho día de la convivencia… pero a
la hora de la verdad cada quien prefiere meter la cabeza en la tierra. Alumnos,
profesores, equipo de dirección, padres: todos prefieren creer que estas cosas no pasan.

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PADRE: Es que esos chicos… Son casi niños. ¿Y si todo fue una broma? Pesada, sí, lo
reconozco, pero sólo una broma que…
MADRE: ¿No me cree? ¿No cree lo que mi hija me ha contado?
PADRE: Mire, yo… Necesito hablar con Irene y con Daniel antes de tomar una
decisión sobre esto.
MADRE: Tenemos que proteger a nuestros hijos. Como padres tenemos que protegerles
y no dejarles solos ante algo así.
PADRE: Sí, claro. Yo la entiendo, pero...
MADRE: Alguien tiene que dar un primer paso. Su hijo lo hizo. Él, en esa situación,
actuó correctamente. Lo hizo sin pensar, dejándose llevar por un impulso. Y ahora está
en peligro. Eso es lo que he venido a decirle.
PADRE: Si él me confirma que lo que usted me ha contado ocurrió, intentaré,
intentaremos convencerle de que lo denuncie, sí.
MADRE: Porque si no actuamos, también nosotros estamos siendo cómplices de la
violencia. ¿Está de acuerdo?
PADRE: Sí.
MADRE: Pues, dígalo.
PADRE: ¿El qué?
MADRE: Eso. Que si nosotros, como padres, no actuamos estamos siendo cómplices de
la violencia. Quiero escuchar cómo lo dice. Necesito confiar en usted. Yo le he contado
lo que mi hija está viviendo, le he contado detalles que nadie conoce, pero ahora
necesito que usted se comprometa…
PADRE: Ya le he dicho que sí. Si Daniel me dice que esto ha pasado, que él ha visto
cómo acosaban a su hija, iremos a hablar con dirección.
MADRE: Como padres, tenemos esa responsabilidad.
PADRE: Sí.
MADRE: Gracias.
PADRE: Se queda en silencio.
MADRE: Respiro. Respiro hondo.
PADRE: Se la ve muy cansada de pronto.
MADRE: Ahora empieza lo más difícil.
PADRE: Como si hubiera hecho un esfuerzo enorme para llegar hasta aquí.

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MADRE: Miro a este hombre que tengo enfrente. Parece una buena persona. Una
persona amable. Ahora empieza lo más difícil.
PADRE: Entonces saca un móvil con una funda de color violeta. Este es el móvil de mi
hija, me dice.
MADRE: Aquí tengo pruebas de lo que le he contado. Son los mensajes. Los mensajes
que Laura ha recibido en estos últimos días.
PADRE: Enciende el móvil, la observo manipularlo durante unos segundos. Las manos
le tiemblan. Después me lo da. Está abierta una charla de whatsapp. Leo un mensaje:
“Esto no se va a quedar así. Por tu culpa Raúl ahora es un proscrito.”
MADRE: “Nos ha traicionado. Se ha quedado fuera de nuestro círculo de protección.”
PADRE: Tardo unas décimas de segundo en darme cuenta. Hay un error, pienso. ¿Raúl?
¿Cómo que…?
MADRE: Entonces se fija en el número desde el que se han enviado los mensajes.
PADRE: Seis cuatro nueve nueve
MADRE: ocho siete seis cinco
PADRE: cero. Es el móvil de Dani.
MADRE: Lo siento. Le digo. Sé que no sirve de nada ahora pero le digo: Lo siento.
PADRE: ¿Por qué me ha mentido?
MADRE: No le he mentido. Lo que le he contado ocurrió de verdad. Sólo he
intercambiado los nombres. Tenía que hacerlo. Era la única manera.
PADRE: ¿La única manera de qué?
MADRE: De que aceptara esto. De que me dejara contárselo. Convertir a su hijo en el
héroe de esta historia era el único modo de que usted pudiera escucharme sin prejuicios.
Y así imaginar lo que le ha pasado a mi hija.
PADRE: Esta mujer me sigue hablando. Se excusa. Me dice que ya en otras ocasiones
ha ido a hablar con padres de acosadores y no han querido oírla, ni creerla. Que ha
tenido que hacerlo así para que yo... Y entonces el tiempo se detiene. Stop. La voz de
esta mujer se aleja de mi mente. Yo sólo veo ahora a Dani. Lo veo claramente. Lo veo
reír, lo veo pedalear por primera vez en una bicicleta pequeña, lo veo en brazos de Irene
en el hospital aquella vez que le tuvieron que enyesar el brazo… Se suceden mil
imágenes fugaces de Dani en mi cabeza y me resuena esa palabra que esta mujer ha

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dicho antes: “acosador”. ¿A-co-sa-dor? Aprieto el móvil entre mis manos. Quisiera
romperlo. Quisiera estrellarlo contra el suelo.
MADRE: He tenido que mentirle para que sintiera empatía por Laura antes de saber que
su hijo es el líder de esa pandilla que no la deja en paz.
PADRE: Pienso también en golpearla a ella, golpear el rostro de esta desconocida hasta
dejarlo cubierto de sangre.
MADRE: Que es Daniel quien aparece en las pesadillas que mi hija tiene cada noche.
PADRE: Pero no hago nada de eso. No. Me limito a dejar el móvil violeta sobre la mesa
y a decirle: Coja esto y váyase.
MADRE: No. Todavía no.
PADRE: ¡Ni siquiera la conozco! ¿¡Por qué debo confiar en usted?! ¡Esto puede ser una
fantasía suya o de su hija! Ya me ha mentido una vez. ¿Cómo voy a creerla ahora?
MADRE: Estos mensajes prueban que...
PADRE: ¿De verdad? “Raúl nos ha traicionado. Está fuera de nuestro círculo de
protección”. Eso no prueba nada. Parece la frase de un juego. O de una novela de
aventuras.
MADRE: Son chicos. Es su manera de…
PADRE: Mire, he tenido una paciencia infinita con usted. La he dejado venir a mi casa,
he escuchado lo que ha querido contarme, la he consolado incluso, pero ahora ya…
MADRE: Uno de ellos lo grabó. La agresión en los vestuarios.
PADRE: No quiero saber nada más.
MADRE: Y estoy segura de que lo han compartido. Para ellos es como un trofeo.
Búsquelo. En el móvil de Daniel o en su ordenador. Tiene que estar ahí. Con la fecha
del pasado martes.
PADRE: ¿Ahora quiere que me ponga a hurgar en los archivos de mi hijo?
MADRE: Sí. Si es necesario, sí.
PADRE: Pero, ¿quién le da derecho a…?
MADRE: Debe conocer la verdad. Lo ha afirmado antes: los padres tenemos la
obligación de intervenir. Si no lo hacemos, nos convertimos en cómplices de lo que…
PADRE: Antes yo estaba siendo engañado. Estaba siendo manipulado por usted que me
ha hecho decir lo que quería escuchar.

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MADRE: Da igual. Las circunstancias son las mismas. ¿No lo ve? Usted sigue siendo
un padre que debe intervenir. Por él, por Dani. Todos queremos que nuestros hijos sean
buenos chicos. Pero, ¿qué pasa cuando no lo son? ¿Qué pasa si nadie les detiene?
PADRE: Váyase, por favor.
MADRE: Si no conoce la verdad no podrá ayudarlo. Tiene que hacerle saber que eso
que está haciendo, eso que está haciendo es terrible. Usted quiere a Daniel. Y por eso
tiene que detener el abuso que él ejerce...
PADRE: ¡¡Le he dicho que se marche!!
MADRE: Se levanta de repente. Me agarra por los hombros y me alza de la silla. Veo la
rabia en sus ojos. Pero no me da miedo. Es un animal protegiendo a su cachorro. Lo
entiendo. Lo compadezco.
PADRE: No, no voy a golpearla. Quizá eso es lo que ella quiere, que la golpee y pueda
confirmar que soy una persona violenta. Pero no voy a hacerlo. La suelto.
MADRE: Está bien. Ya me voy.
PADRE: Recoge sus cosas en silencio. No la miro, no quiero darle pie a que siga
hablando. La oigo caminar hacia la salida y cerrar, con cuidado, la puerta. Me quedo
solo. La casa me parece enorme de pronto. Me parece un lugar muerto, aislado.
MADRE: Salgo a la calle, pero permanezco quieta en el escalón de entrada. Todavía no
voy a irme. Me quedaré aquí, cerca, preguntándome qué vas a hacer ahora.
PADRE: ¿Llamo a Irene y le cuento lo que ha pasado? ¿Le cuento todo esto que…?
MADRE: No.
PADRE: Mejor no.
MADRE: Porque primero tienes que salir de dudas.
PADRE: Antes debo averiguar si es verdad que, si es verdad que…
MADRE: Te imagino entrando en el dormitorio de Daniel. Ahí está su cama deshecha,
su ropa limpia y doblada sobre una cómoda. En la pared, un póster con la mirada
desafiante de Anakin Skywalker.
PADRE: Me siento frente a su ordenador y lo enciendo. No sé si estoy haciendo lo
correcto, pero…
MADRE: Te sorprendes cuando te pide una clave de acceso. No sabías que Daniel le
había puesto contraseña a su ordenador.

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PADRE: Es normal, siempre le decimos que tiene que proteger su intimidad. Eso no
quiere decir nada.
MADRE: Entonces buscas tu móvil. Y marcas: seis, cuatro, nueve, nueve
PADRE: ocho, siete, seis, cinco,
MADRE: cero. Lo tienes guardado entre tus contactos, pero esta vez necesitas marcar
cada número.
PADRE: ¿Daniel? Sí, todo bien. Nada. Mira, te llamaba porque… Mi ordenador se ha
estropeado y... Pues no sé… Le habrá entrado un virus o algo así. ¿Puedo usar el tuyo?
Vale. Gracias. Espera, que lo voy a encender, dame un segundo. Me pide una clave…
¿Me la dices? A ver, ¿cómo? Sí, ya va. Claro, claro, os dejo seguir con la peli, sí.
Dani… te quiero, ¿lo sabes, verdad? No, no pasa nada. Luego nos vemos. Sí, a las ocho
y media, sí. Hasta luego.
MADRE: Has hablado con naturalidad. Él no ha podido percibir tu nerviosismo.
Encuentras la carpeta “Mis vídeos”.
PADRE: Hay un archivo del martes pasado.
MADRE: Sólo dura tres minutos y cuarenta y cinco segundos.
PADRE: El archivo está nombrado como “Laura5”.
MADRE: Tienes que verlo.
PADRE: Esa mujer se ha marchado, ha cerrado la puerta tras ella, pero la sigo sintiendo
aquí, como si estuviera esperando a ver el video conmigo. La oigo otra vez decir
MADRE: Queremos tanto a nuestros hijos. Haríamos cualquier cosa por ellos. Pero no
podemos dominar todo lo que…
PADRE: y es como si ella me empujara
MADRE: a darle al play.
PADRE: No he encendido los altavoces, así que lo veo todo con un extraño silencio
alrededor. No es como lo había imaginado. El vestuario es más pequeño y desordenado.
Ahí está la chica. La cámara la enfoca. Se acerca a grabar sus pechos cubiertos por un
sujetador azul con estrellitas blancas. Vuelve a su rostro. No llora, no. Ni siquiera
parece asustada. Está muy quieta y tiene los ojos cerrados. Como si de ese modo
pudiera escapar de allí. Entonces veo a Dani. Está en uno de los lados. Casi no participa.
Se limita a observar a los demás. En un momento dice algo y la cámara se gira hacia él.
Pulso el pause justo ahí.

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MADRE: Lo miras un segundo, dos.
PADRE: No reconozco el rostro de mi hijo. No reconozco esa forma de sonreír, ni esa
mirada. No es mi hijo, me digo. Tiene sus ojos, su boca, su pelo rubio, pero no es él. Es
otro Daniel que no había visto hasta ahora.
MADRE: Le das a la pestaña para salir del vídeo.
PADRE: Vuelvo a la carpeta y pulso la opción de suprimir.
MADRE: ¿Está seguro de que desea borrar este archivo de forma permanente?
PADRE: Hablaré con Dani. Él y yo. Siempre hemos hablado con sinceridad él y yo.
Hablaremos y aclararemos todo esto…
MADRE: ¿Está seguro de que desea borrar este archivo de forma permanente?
PADRE: Y si es necesario buscaremos ayuda. Alguien que nos diga cómo recuperar al
Daniel de verdad, a nuestro hijo, al que Irene y yo hemos criado juntos.
MADRE: ¡¿Está seguro de que desea borrar este archivo de forma permanente?!
PADRE: Venga, ¡deja de llorar! Estas lágrimas no te sirven ahora para nada. Yo
olvidaré este vídeo. Todos lo olvidaremos. Y las cosas volverán a ser como antes.
MADRE: Miro el reloj. Son las cinco y media. Lentamente me dirijo al coche. Todavía
no he terminado. A las seis he quedado con los padres de Raúl Olmedo.
PADRE: Soy su padre... ¿Cómo no voy a poder solucionar esto si soy su padre?
MADRE: Con ellos será más fácil. Eso me digo. Que con ellos todo esto será más fácil.

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