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H1STORIA OL I\M [;/\I C!\ !\ N I )INA


UNIVERSIDAD ANDINA SIMÓN BOLíVAR

Coordina dor Ge1l('ml


Enrique Ayilla Mo ra

Coordinador Adjunto
C;tIl i1er!11o Bustos Lozano
Historia de

Coordinadora de GestiólI
ecilia Du rán Cilmacho
América Andina

Comité Editorial
Ce rm,in Cilrrera Damas (Venez uela), Jorge Oriundo Melo (Colombia),

Juan iVlaigllashcil (Ecuildor-Canadá), Luis G. LumbrerilS (Perú), René A,~ (Boliviil),

Carmen No ram buena (Chile), M alcolm Oeas (Cran Bre taña),


Volumen 3
Yves Saint-Cpo urs (Fra ncia), Dav id Bushnell (Estados Unidos),

Nicolás Sállch e:z A lbornoz, Juan Ma rchena Fernández (Esp uña).

EL SISTEMA COLONIAL TARDío

Margarita Garrido
ED IT ORA

UNIV ERSIDAD AND INA SIMÓN BOLíVAR

Sede Ecuador

UNIVERSIDAD ANDINA

Toledo N22-80 (Plaza Brilsilia)

SIMON BOllVAR

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86 ' III STO R.I A DE ,\I\\ERIC A ¡\N OIN;\

mineros necesarios, sin o también les proveerán alimen tos p ara sus tra­
bajadores. En cambio, en la región de Santi ago, se manten d rá el pred o­
minio de los mercaderes. Un importante factor de estímulo a la prod uc­
111. Haciendas y comunidades
ción chilena de oro lo constituirá el establecimiento de la Casa de Mo­
ned a de Santiago, que se trad ucirá en un aumento significativo del pre­ indias en la región andina
cio pagado por unidad de metal
durante el siglo XVIII
CARLOS CO N T'RERAS'
l. POBLACIÓN Y NUEVOS ESPACIOS DE
CONTENI DO COLONIZACIÓN
111. HJ\ClfNDI\S y COMUNIDADCS rN D I/\S EN I.A REG iÓN Los últimos años del siglo XVII y las primeras décadas del
AND IN A DU 1 ~\ N 1T !::LS lcr,O XVIII XVIII vieron el azote de grandes epidemias y calamidades naturales en
1. PO BLAn() N y N UFVOS ESPACIOS D E COLON IZAC iÓ N ,l mplias regiones de los Andes. Un dantesco terremoto en la costa pe­
2. L!\S HACIENDAS
, . LOS TRA BAJADORES AGRARI OS
ruana en 1687 y una epidemia de sarampión originada en Quito en
4. COMUNIDADES CAMPESIN AS 1694, cobraron vidas y produjeron pérdidas económicas que se sintie­
5. REFLEXIO NES CONCLUSIVAS ron hasta bien entrado el nuevo siglo. En 1720 y 1728 ocurrieron graves
inundaciones en la costa del Pacífico, desde Trujillo hacia el norte, co­
mo resultado de los cíclicos fenómenos "del Niño" en la región. El da­
¡io más severo fue la destrucción del sistema de canales y acequias de
riegd. Entre 17l8-1720 parece haber estallado la última de las grandes
l'pidemias panandinas. Aunque a lo largo del siglo XVIII las pestes y
los terremotos también se hicieron presentes, fueron fenómenos más lo­
calizados (como los terremotos de Lima y Riobamba en 1746 y 1797,
respectivamente) y no llegaron, en el largo plazo, a revertir un proceso
de recuperación demográfica en marcha .
Tras ese período de catástrofes biológicas y naturales, los dos
últimos tercios del siglo xvrrr fueron de estabilización y recuperación
demográfica en los Andes. Desde entonces, hasta hoy, las cifras de la
población fueron en aumento. La existencia de prolijos pad rones de tri­
butarios indígenas en las actuales naciones de Ecuador, Perú y Bolivia,
permite seguir en ellas este proceso. En la Audiencia de Quito, el flage­
lo de las epidemias prosiguió hasta casi el final del siglo XVIII, a pesar
de lo cual Robson Tyrer estimó en un 34 por ciento el incremento de la
población indígena entre 1700 y 1779.3 El virreinato peruano, por su
parte, vio casi duplicar su población entre 1720 y el censo de Gil de Ta­
IlOada en 1791. Para el caso concreto de la intendencia d el Cuzco, una
de las de mayor den sidad indígena, Magnus Mórner detectó una tasa
4
.mual de 0.4 por ciento anual entre 1689 /90 Y 1786. Nicolás Sánchez­
Albornoz halló en su estudio del partido de Tapacarí, en la región alto-

Susan Ramrrez, 1'8 triarcas pro vincia /es. t a tenencia de la tierra y la economía del poder
en el Perú colonial, Madrid, Alian za Editorial, 1986, pp. 233·235.
Robson Ty rer, Historia demográfica y económica de la audiencia de Q uit 0, Quito, BCE,
1988, pp. 59 Y ss. Añ ade el autor que el incremento demográfico habría sido m ayor en
el s ¡glo XVII , pero las epidemias elel s ¡glo s iguiente borraron esa mejorra.
, M agnus Mbrner, Perfil de la sociedad rural del Cuzco el fines de la colonia, Lima, Un~
I\ gradezco la asistenc ia de Milagros Andí<l pilr<l 1,1 prepara ción de este C<lpítulo . versidad del Pacffico, 1978, p. 2 1.
') () . II ISrORI ,\ DE M dEr, ICt\ ¡\ ,tDIN,\
HAC IENDAS Y CQ \,I Ll N IOADCS INO rGEl\:I\5 E1\l LA REG iÓ N ,\ND INA • 9 1

pemana de Cocl1abamba (hoy Bol ivia), una franca estabilizacion y re­ población to tal, en el nu evo remo solo contaban con un 19.4 por ciento,
cup eración de la población desde la tercera década del siglo XVID, que lo que montaba algo menos de 150 mjJ indiv iduos.' El gntpO mestizo
le perm.itió, hacia finales de esta centuria, contar con tanta población l'ra, en cambio, el mayori tario, con 48."1 p or cien to, sjguiénd ole Los blan­
como la de dos :,.iglos a tras. ' ,'os, con 25.6. Por s u parte, la población esclava s ignificaba el 6.8 p or
Al finalizar el siglo xvrn la población indígena de los tres paí­ cienLo. 8 La capitanía genera l de Venezuela, por su parte, reunia en los
ses andinos sumaba alrededor de un mi llón trescientos cincuenta mil, inicios del siglo XIX él unos 800 mi l pob ladores, con una distribución ra­
repartidos, gruesamente, enLre 600 mil para el Perú, medio millón para cial m uy parecida a La de Colombia: 50 por cien to para los pardos, algo
la Audiencia de Charcas (hoy Bou, ia) y un cuarto de millón para la de menos dcl 20 por ciento para los blancos, J7 por cien to p ara los indíge­
Quito. En ésta, la recuperación demográfica nativa fue más lenta. nas y 13 por ciento p ara los negros."
Más al sur, la Capit<lnía Genera l de Chile mostró asimismo sig­ Un rasgo presente en el movimiento demográfjco neogranadi­
nos de vitalidad demográfica al terminar el siglo xvm: los 320 mil ha­ no d el siglo XVLll fuc, en cambio, la colonización de nuevas á re~b . Las
bitantes estimados para 1785, crecieron hasta llegar al medio m.i lJ ón en i n~ titucioftes rurales y la población mcsti¿<l en ascenso, ampliaron la
1813; vale decir un incremento del 50 por ciento en apenas treinta aiios. fron tera agraria hacia el oriente, avanzando sobre la cucnca d e los ríos
No obstante, de esta cifra solo un "10 por ciento fue considerado como Magda lena y C.ltatumbo. El puedo fluvial d e Mompox, sobre el Mag­
poblac.ión "india", dado que las poblaciones indígenas de mapuches y dalena, se transfornl ó en una p laza de en orme d inam ism ~), aprove­
araucanos del extremo sur fueron recién conquistada/;) en la segunda lhando las o portunidad es que abrieron n uevos cultivos comercia les co­
mitad del siglo XIX. Los grupos negro-mulato y mestizo tuvieron tam­ mo el azúcar, e l tabaco, los plátanos y la propia ganad ería .lu
bién un estiTl1éJdo de alrededor del 10 por ciento cada uno en 1813. El Un proceso similar ocurrió en el interior venezolano. La expan­
incremento demográfico en Chile descansó no soJo en el aumento na­ <;ión, en este caso, se basó en aquellos mIsm os cul tivos, ad emás dd ca­
tural de la población, sino además en una significativa inmigración pe­ cao, que alcanzó rápida preeminencia. El m oviJnjento colonizador con­
ninsular " De este modo, durante el siglo XVIII, aquel territorio que has­ lle vó el recorte d e las tierras d e los resguard os indígenas. Éstos fueron
ta entonces fue básicamente UDa frontera rnjJHar relativamente desha­ llbligados a emígra r y debieron acep tar la conversión de sus p ueblos en
bitada, pasó él convertirse en un país agrario volcado vigorosamente parroquias. Ta mbién Já costa ecuatoriana atravesó por una fase d e acti­
hacia la producción triguera y la ganadería vacuna y ovina. \'a colonización d esde mediados del siglo XVlll. La regióll d el Guayas,
Contarnos con menos indicadores para ia región de los Andes lJue apenas con taba con v einte mil hab itantes y fun gía como lu gar de
de las actuales repúblicas de Colombia y Venezuela . La rápida decJ ina­ tránsito comerci aJ entre Qui to y el virreinato peru ano, a travesó d esde
ión que en ellas tuvo la pobl1ción nativa en el siglo XVI, le hizo pe¡;­ entonces por un decisivo boom del cacao, qu e incorporó mucha po­
der importancia fiscal, por lo que las auto¡;idades coloniaJes no se pro­ blación emigrante d esde la sierra, además de mano de obra esclava, y
digaron en numerarla como en el sur. La poblacióD indígen a fue en convirtió a la región en el espacio más di námico d e la Aud.iencia. 1l As i-
ellas reemp lazada por los "pardos" y mestizos, resultado de las mez­
clos de espaiioles con negros e indigenas, respec tivamente, y fueron La s c iíras omiten, sin embargo, iJ pobla ción indígena de las region es no coloniLa das.
ellas las de crecimiento más dimám:ico durante el siglo XVID. Un censo Jaime Jaril lllill o Uribe, " La econom ía del virrei nato (1740·1 B1O)" , en José A. O ca l1lpo
(ed.l, Historia eco nómica de Colombia, Bogot á, Siglo XX I y Fer! csarro ll o, 1987, p. 64 .
llevado a cabo en 1778 en el virreinato de Nueva Granada dio como re ­
J.L. Sill cedo llastardo, /-listoria fundam ental de Ven ez uela, Ca racas, U nivers id ad Cen tral
uitado la existencia de 750 mil habitan tes p ara el territorio de la actual de Venezue lil, 199:3, p . 1.S 0.
república de Colombia. Mien tras en la ilUdiencia de Quito y en el vi rrei­ ,.. Margilritil Gilrriclo, R('c!,¡f7]o.1 y represen ra ciones. Varia c iones sobre la política en el
nato peruano los indígellas represen taban más del 50 por ciento de la Nuevo Rein o de Granada, 1770- 181 5, Santa fe de Bogo liÍ . Ba nco de la Repúb lica, 199 3,
pp. 2Cl7 -209 .
" Véase Michac l H,nnerl y, Ilistoria socia l V econ6mica de la antigua provin cia de (,ua y;¡­
N icol ,ís Sá nchez-r\lborn()~ , Indios y tributos en el Alto PerLÍ. Lima , IEP. 1971l, pp. 164 Y ~s. <¡uil, 1763 - /842, Guayaquil, Arch ivo Hi stór ico del G UdydS, 19 73 y Ca rlos Con trer<ls,
• Amold Baucr mencio nJ que 24 mil hombres de la pen ín suli¡ emigraron a Chile entre " Guil)'aqui l y su reg ión ('Il el prim er boom caC<lotero (175 0- 13 2())" , en Ju an Maigua sh·
170 1 v 18 1O. Véil~e de él Chilea /J Rural Sociery. From ¡he Spall ish conque'l lo 1930, ca (cd.), His(()ria )' reMión en ('/ Fcuador, 1830-1930, Q uito, FLACSO y Corporac ión Edi­
Ca mbridge. Cambridge Univers ily Press, 1975, pp. 14- 1h . tora Naciona l, 1994, pp. 189-2 50 .
9? . I·IISTOR Ir\ DE "'"IER ICA AND INA HA C IENDAS Y COt\ILli'-! IDADES IND rGEN A 5 EN LA REG iÓN AN DI NA · 93

mismo ocurría en las "yungas" bolivianas del oriente, estudiadas por ces a un séptimo y a veces a un quinto de la pobla ción en edad tributa­
Thierry Saignes. Éstas eran tierras "calientes", como las anteriores, ria (varones de 18 a 54 años), y que se desarrollaba en minas, obrajes,
donde se introdujo extensamente la coca y la yerba mate. 12 La aparición dudades y haciendas, conducidos por la clase espaíiola y criolla. De ahí
de estos nuevos espacios de colonización propició una escasez de ma­ nació la denominación de indios "séptimas" y "quinteros", para referir­
no de obra en las regiones andinas de colonización más antigua, dando "l' a esta mano de obra.
lugar a cambios en las relaciones laborales, que más adelante veremos. No era un trabajo gratuito, ya que .los mita yos debían ser remu­
En el caso del virreinato peruano, si bien no se verificó un mo­ Iterados con un sa1ario p reviamente estipulado. Pero esta remunera­
vimiento colonizador de igual magnitud (podemos mencionar las "en­ ,'ión fue un constante motivo de tensión entre los p ropieta rios y los in­
tradas" a la ceja de selva en la región centraJ, detenidas, no obstante, d ígenas y parece que se tornó exiguo en el siglo que nos ocupa. En 1780
por la rebelión de Juan Santos Atahualpa a mediados de siglo), ocurrió, 1.1 mita fue uno de los detonantes de la famosa rebelión de T úpac Ama­
en cambio, un vertiginoso proceso de movi]jzación de la población na­ fU Ir, en el sur andino. Pue abolida, junto con el tributo, por las Cortes
tiva, que se reasentó en otros emplazamientos, aun cuando dentro de la de Cádiz en 1812, aunque el tributo fue restaurado en el Perú v el Alto
misma región, ya huyendo de las presiones fiscales vueltas más ago­ Perú, apenas dos años más tarde.
biantes en el siglo, ya buscando sacar partido del comercio y de los A l tributo y la mita se sumó, desde el siglo XVII, la gabela de
cambioS! en las categorías de la fiscalidad . Este movimiento se había ini­ los "repartos" mercantiles de los corregidores. Inicialmente, ellos con­
ciado ya en el siglo anterior, dando lugar a la apari(:ión de la categoría ...i.stieron en el monopolio concedido a estas autoridades para comercial i­
de los indios "forasteros". Las medidas tomadas por las autoridades la r mercad erías en las provincias a su cargo, pero terminaron confwl­
del virreinato, a finales del siglo XVII para volver a enrolar tributaria­ d iéndose con l ill régimen de compras forzadas y a precios mayores a los
mente a estos emigrados, significaron en buena cuenta, una legaliza­ del m.ercado, impuestas a la población indígena . En 1754, la Corona dic­
ción de la emigración, que desde entonces se desenvolvió más fluida­ ItÍ un "arancel" del repa rto, que trató de poner orden en el sistema.'·
menteY ­
Los indígenas se hallaban gravadas con el famoso "tributo",
que originalmente se pagó a los encomenderos y contarme las enco­ . LAS HACIENDAS
miendas fueron "vacando" -en el siglo XVIL abo]jéndose en 1720 las
que subsistían-, a los corregidores de indios. El monto del tributo no Casi hue lga decir que la población de la extensa región andina
era el mismo en todos los lugares, sino que variaba de acuerdo a las "ta­ l'ra eminentemente rural y quc su actividad más frecuente tenía quc ver
sas" impuestas por la Corona españ.ola, después de un estudio de las n m la agricultura y la ganadería. Ello no debe llevarnos a olvidar, sin
posibilidades de la economía indígena en cada.región y una continua y l'mbargo, las mmas y Jos obrajes, que se enclavaban también en el cam­
tensa negociación entre las autoridades virreinales y los representantes po, aunque hubo casos de grandes centros mineros convertidos en au­
de ra población nativ a . Desde finales del siglo XVI el tributo había sido lénticas ciudades (como PotosÍ, Huancavelica y Paseo, en el virreinato
monetizado, aunque los tenientes de los corregidores lo cobraban, a ve­ peruano).
ces, en especies. Los terratenientes se va]jeron de la existencia del tribu­ La actividad agropecuaria desarrollábase, sobre todo, en dos
In para contar con mano de obra.
unidades, que no eran sólo económicas, sino también universos socia­
La población nativa se hallaba gravada, además, con la obliga­ les: la hacienda y la comunidad. A su lado, podríamos añadir una ter­
Li¡)n de la "mita". Se trataba de un trabajo rotativo que afectaba, a ve- (era, que ha sido destacada por Michael Hamerly en su estudio sobre
Ihierry Silignes, Los Andes orientales: historia de un olvido, La Paz, CERES, 1985.
A lfredo ¡,"1meno Cco ri iÍn, El corregidor de indios y la ecol1()m(a ppIVana del -,(¡¡io
" V(~1SC Sánc hez Albornoz, op. cit., cap. 3 y Scarlett O'Phelan, Un siglo de rebeliones anti­" V é iJ5C
XVIII, tv1adriu, Conse jo Superior do In vestigJciones C ienlíficas, 1977 y ¡ürgen Collc, Re­
,·"I"flia/es. Perú y Bolivia 1700- 1783, Cuzco, Centro Bartolorné de Las Casas, 1988, cap. 2.
partos .v re!Jc'liones e/1 el PC'rú. TúpJC AmaIV y las contradicciones de la econom(a co­
lonial, Lima, Instituto d~' Fstuclios l'er uiJ l1os, 19110.
'H · 1I1 5T OR IA DE At-. \ ERI Ci\ r\ ND IN ,\ HAC I ENDAS Y COI\ \Ll N IDADE5 INO(CENAS EN L,\ REG iÓN \ND IN,\ ·95

la cos ta ecuatoriana: el p ueblo mestizo, de medi anos y pequeños agri­ oportunidad p ara que la recién llegada élite peninsular y mercantil ga­
cultores, donde pa rdos, blancos excluidos de la élite social y mestizós nMa p osiciones en la clase terraten iente.'
practicaban lma agr icultu ra volcada al mercad o en el marco de una Una impor tan te diferencia debe ser estab lecida en tre la hacien­
economía individual o familiar. l~ En los cruces de caminos y los linde­ da paTticular o laica, y la que pcrteneáa a órdenes reLigiosas. Aquellas
ros de las haciendas, surgi.eron también, en las déca das fina les del pe­ pran propied ad de terratenientes que solían entregarlas en arriendo a
ríodo colonial pueblos de mestizos en Nueva Granada. ln Esta última IIn am plio n úmero de campesinos, reservándose W1iI porción para el
unidad d em ográfica es frecuentemente escamoteada en los aná lisis his­ 'ultivo directo. E1 1atihUldio les importaba tan to p or su provecho eco­
tóricos, pero cobró im por tancia en la costa del Pacífico suda me ricano y nóm íco, cu anto por e l estatus social que otorgaba.a su poseedor y el po­
regiones de la costa caribeña en el siglo XVill.17 der que emanaba de su control, sobre decenas o centenas de familias
La ha.ciend a fue, sin d uda, la gran protagonista de la historia campesinas. Los sectores donde inver tir la riqueza no eran muchos en
rura l and ina entre los siglos XVlI y la primera mitad del XX. Se f O.ffi1Ó la época; exis tían las alternativas del comercio y la mmería, pero am bas
a par tir de "mercedes" de tierra s q ue los con qu istadores se o torgaron a se hallaban bloqueados por ba rrera s legales o monopólicas y resulta­
sí mismos, mediante compras a los caciques y de simples apropi aciones b.1n sumamente riesgosas, especialmente la segu nda . La propiedad de
facilitadas por el vaciamien to dem ográfico que siguió a la conquista. 101 tierra era, por ello, p referida. Su valor creció en el siglo xvm C011 el
Dura nte el siglo XVll, las haciend as pudieron dotarse de mano de obra .llI me.nto de la población y del comcrcio, además que p ermitía acceder
gracias a un a combinación del uso de esclavos africanos y la at racción .\ capital bajo el mecanismo de los "censos", y a rentas, mediante su
d e ind ígenas que desertaba n de sus com unidad es h uyendo de mitas y ¡\friend o.
tribu tos. En la centuria siguiente se habían consolidad o como sede d el El mism o carácter p rivado de estas h aciendas ha llevado a la
poder econ ómico, social y políb co loca l. di -;pon ibilidad de'poca dOClunentación p ara su estu di o. Herbert Kiein,
Varios estudiosos del pasad o agrario (como Nicholas Cushner pa ra la región de La Paz, y Magnus Marner, para el Cuzco, se han va­
y Susan Ramírez) ha ll a mn que durante el período ] 680-1750, los pre­ lido de registros btubernamentales y p arroquiales llevados a ca bo a fi­
cios de la tierra fueron los más bajos, como resul tado de la crisis de la na les del siglo XVUI para ofrecernos un p anorama de este tipo de do­
m inería y las catástrofes nahlral e~ antes mencionadas, pero mejoraron minio en las tierras al tas .:!I1 Susan Ram írez realizó, por su parte, W 1 es­
en la segunda m itad del siglo XVlU." Durante la fase d e precios bajos, ludio en la región de la cos ta norte peruana, en su obra ya citada. Mien­
ope ró un p roceso de concentTación d e la tierra, que hizo que desde I ras Germ án Colmenares, Hem1es Tovar y Juan Vi Ilamarin, en tre otros
J750 se hallara en manos de ó rdenes religiosas, nuevos il1 migrantes pe­ publicaro n sólidos esludios p ara el virreinatg de N ueva Granada. Para
ninsu lares que desembarcaron com o burócratas del rég imen borbóni­ Id región de Chne siguen vigen tes los trabaj os d e Mario Góngora y
co, y gen tes provenien tes de l come rcio, que carecían de antepasados Marcello Cann agnani. 21
vinculados a las huestes conq u i ~ ta doras o la estirpe de los en comende­ Se trataba de fund os ubicad os, por lo general, cerca a las pobla­
ros. La expulsión de la orden jesui ta en 1767, con la consiguiente exp ro­ dImes de españoles, que constituían su mercado. O en su defecto, Cff-
piación d e sus p rop iedades rW'ales y posterior remate, creó UI1a nueva Véa se Susan RilmírCl, op. cit., pp. 195-2 14 Y C ri~tóbd l Aljovín, "Los compradores d,
1('mpor,l/ida dcs a fin es ele la colonia*, en His/Onca vo l. XIV, No.2. , Lima, f' UCP. 1990.
, Micha el Ha me rl y, O(J. cil.
Herbert S. Klein , Haciendas y ayllu , en 8oli\Fia, sip, lo., XVIII )' XIX, Lim:l, IEI), 1995 . Milg·
'" M argari ta (, arr ido, Dfl . cit. , p. 125 .
IlU S l'vIürncr, Pedil de la socipdad ...

iI Véase pilril Ol ras reg io nes donde llegó a predo m ina r la Iwqueii a \' nlcd iana prop iedad

, Cermán Co lmenares, Las h,Jcielldas de los j esuira, en el Nue vo Reino cI(' C rillladd, l30gü·
agraria : Ken d.lll Brown , [Jourho n.\ ilnel Brand)'. Imperia l Reíorm in Ei¡:;hteenth Cf'/llury 1;1 , 1969; Popi1yán : unil sociedad E'< c1avislil, 16HO- I/i7 Q. Bogoti'.Í. 19t11; Herllles Tovar Pin­
Ar(l(¡u i¡ J.l A lbllquerq ue, Unive rsidad df~ N uevo México, 1986, cap. S y An n Twin am, zón, Grandes empresas ap,ri, oliJ.'i y gandderJS : .>u desarrol lo en el 5 1~ql() XVIII, Bogotá, 1'Ja();
Mineros, comercianrcs )' Id/Hilclorcs. f<d ícc., cId espíritu empresarial dnlioqlleño, 1763 ­ II."l n Villdm.l rín, "Haciendas (?t1 la sabana de Bogotá, Colombia, en la época colon ial", en
1810, MC'dell ín , 191\.5. Cl J\ CSO, I lacielldas, latÍ/undios )' planlaciones en Améric'.1 Lalina, N\éx ico, Si glo XXI,
lO Nicholas Cushn er, Lords ()f (he L.mcl. Sugilr, \ Vine' ancl lcsll its Esldlc' s (Jf Coas/a l Peru, 1975 , pp. 327-345 . Milrio Góngora \' Jean Borde, Evolución ele la propil>dad rural en el V.J­
1600·1767, A lbilny, Un ivers idad del ESl ado de Nueva York , 1980, p. 45. /lc' del Puan,que, Sa ntiago, 1956, 2 vo l ~.; Marcell o Ca rlll agnani, Les méc.Jl1ismes de la vie
c;conomic!uc dans une socielé colonia le: le Chi/l 168()- l 830, Pari ,. 197J .
')(,. I-IISrORI A DE I\ ~ IER I C /\ AND I N A
I I¡\C IE N Di\S y COlvlll N ID /\DES IND íCE N /\S EN L/\ REG iÓN AN DI Ni\ • 97

ca a la costa, a fin de exportar por vía marítima. En cualquier caso, ade­ Abancay; otras eran pequeñas, con apenas diez familias indígenas o
más de estar convenientemente ubicadas respecto de los mercados, los .lun menos.
[¡¡titundias debían contar con terrenos aptos para el cultivo de cereales, Se trataba, en el caso del Cuzco, de haciendas de trigo, maíz y
azúcar o viñedos, que la población urbana demandaba, lo que signifi­ tubérculos, así como de haciendas de caña en las zonas má s cálidas, y
caba, en concreto, tierras con disponibilidad de riego. En el caso d e los l'stancias de ovinos y camélidos en las punas frías. Todas se ubicaban
bienes exportados, se cultivaba tabaco, cacao, vid y caila de azúcar, en­ t'n la proximidad del Camino Real que llevaba de Cuzco a Lima.
tre los principales. Los costos de transporte eran elevados, por lo que En la sierra ecua toriana, las haciendas eran más pequeiias en
fuera de un radio d e más de dos o tres días de camino desde las ciuda­ cuanto hacía al número de tributarios. Para finales de la época colonial,
des 00 que significaba no más de cien kilómetros; ¡¡ menos que pudie­ {'xistían 1.373 haciendas, con alrededor de 20 mil indios tributarios, lo
ra usarse la vía marítima o fluvial; las haciendas eran muy raras. Una que daba un promedio de menos de veinte tributarios en cada una. La
excepción podian ser las dedicadas al cldtivo d e coca, cuyo transporte mayoría se concentraba en la zona norte y central, mi entras en la región
e ra relativamente liviano y gozaba de un amplio mercado dentro de la de Cuenca y Loja, mu cho más aisladas, predominó la mediana y peque­
propia población indígena, así como las estancias de ganado, cuya mo­ tia propiedad."
vilización e ra más fácil. Los hacendados solían residir en Jas ciudades, Hace unos veinte años fue corriente establecer tilla distinción entre
limitándose a periódicas visitas a sus propiedades. En Colombia y Ve­ "haciendas" y "plantaciones", adjudicándole a esta segunda unidad carac­
nezuela, muchas haciendas carecían incluso de viviendas para los pro­ terísticas más comerciales y capitalistas en relación a la primera, lo que se
pietarios. manifestaría en el uso masivo de esclavos, un manejo económicamente ra­
Klein detectó la exis tencia d e 1.099 haciendas en la fntendencia cional de la tierra y la práctica del monocultivo.l.' En el caso de la región an­
de La Pn, a finales del s iglo XVIII, con un total d e 82.465 indios "yana­ d ina, la distinción parece hoy poco pertinente. Se ha demostrado que a los
canas" y una población de poco más de doscientos mil habitantes. Las hacendados les importaba el latifundio como un medio de emiquecimien­
haciendas contenían, d e esta manera al 40 por ciento de los indígenas lo, más que de mero símbolo de esta tus y que si las condiciones resultaban
ae .Ia Inten d encia, mien tras los hacendados representaban al6 por cien ­ propicias podían especializarse en determinados cultivos para su exporta­
to de la población "blanca" masculina adulta. Era claro, pues, que la dón a gran escala, antes que dedicarse a Lffia variedad de cultivos limitados
clase de los hacendados representaba una élite económica y social y ,t los mercados cercanos. Las "plantacione·s" de cacao, tabaco o café en la
controlaba, en grado importante, la población rural de la región.
costa ecuatoriana y caribeña no operaban con W1 sistema vertical de control
Aunque en La paz hubo haciendas con más de mil yanaconas
(le la mano de obra como en las Antillas, sino con uno basado en el control
<ldscritos, lo que d aría un total de más de cuatro mil indígenas en una so­
de pequeños productores bajo formas de arrendamiento. La Compañía
la hacienda, el nú mero promedio de los trabajadores fu e de 75, que con
(~uipU7.coaJ1él, por ejemplo, que operó en Venezuela entre 1730 y 1775, fue
sus familias completaban aproximadamente unas 400 personas. Las ha­
ciendas en manos de la Iglesia fueron pocas (4 por ciento), pero eran d e más lffi monopolio comercial que llegaba a imponer precios a los produc­
las mayores, ya que controlaban a un ] O por ciento de los yanaconas. tores de cacao, élntes que una empresa agraria que controlase directamente
Trabajando con encuestas realizadas en 1689 y 1786 en el Cu 1.1 producción?'
co, Morner pudo precisar algunas tendencias respecto a las haciendas
e n dicha región del sur peruano. El número de hacienda s apcnas varió H<:,rn¡í n Ibarra, " H aciendas y co ncertaj a al (in de Id época coloni al en el Ec uador" , (~ n
~ntre ambas fechas: 705 y 647, respectivamente, mientras la población Revista Andina 11 , Cuzco, l'JBB .
in d ígena por hacienda creció de ]51 a 223, en un ritmo que práctica­ ., Véase especia lmenle Eric Wolf y Sidney Mintz, "Haci endas y plantac iones en Mesoaméri­
ca y lilS Antillas", en CU\CSO, Haciendas, latifundios y plantaciones ..., pp. 493-53 1.
mente era paralelo al crecimiento d emográfico general de la región. , Véase Sa lcedo Bastard o, op. cit., pp. 1:14 -140 ; Comis ión de Historia de la propiedad te­
IglliJl que KJein en Bolivia, el historiador sueco de tectó una gran d ife­ rrilorial en Venezuela, La obra pía de Chu;)(), Caracas, 1980 y Eugenio Pii'iero, "The Ca­
rt'nC"i.l en el tamaií.o de las haciendas. Las mayores era n poseídas por cao Economy of the Eighlecn Century Provincc of Caracas and (he Spanísh CacJo Mar­
Ilrdl'nes religiosas y se ubicaban cerca de las ciudades del Cuzco y kel" , en Hispanic American HislOrical Review 68: ·1, 19B8.
9 ({ • III STOR 1,\ DE I\\'IÉ R IC \ A \lO I NA H A Ll ENDi\ 5 Y COt\ IU N IOAOES INDfcE'Jo\ 5 EN 1./\ REC I Ó~ AND I NA · ') ')

Las órd enes reli giosas mantenían 1a5 h aciendas como una for­ 1111.1importante especialización en la producción de trigo y la gan ade­
ma d e proveerse dI? rentas; la cuestión d el esta tus social y el poder d e­ 11.1 vacuna y ovin a, reunían ya cerca de un millón de p esos.'"
bia impor tarles poco. Solian administra rlas d irectamente, bajo el encar­ En la especializ ación p roductiva de las haciendas jesuitas p~­
go de "mayordomos" y mostraron cierta preferencia por el uso de la '- ".mas en 1767, d estacaron las de "panllevar", caña, v id y ganado. Pe­
mano de obra esclava. El tipo de ma no d e obra variaba, no obstante, se­ nI eran las dedicadas a I azúcar y los v iñedos las que, de lejos, compo­
gún las posibi]jdades q ue ofrecía la región . III.1n el mayor valor: 85.5 por cien to, entre ellas dos.1IJ
na de las ventajas que las órd enes religiosas tuvieron para ha­ La detallada valorización de la5 haciendas jesuitas peruanas
cerse de haciendas, es q ue m uchas d e e lIas fueron obtenidas por dona­ p,'rmite estudiar la manera como ella se descomponía. La tierra fue el
ción d e connotados feligreses . Una vez en sus manos, no siempre las t.ldor más valioso en solo dos h aciendas, mientras en cuatro, lo eran los
conservaban; a veces eran vendi das y con el cUnero recibido podian ".,clavos. En solo un caso, las instalaciones (molinos, hornos, etc.) y la
comprarse tierras mejor situad as o de m ejor calida d . La Com pañ ía d e ,·ivienda eran el rubro más valioso.
Jesús fue la que destacó, con distancia, como uno d e los grand es em pre­
sarios é'lgrarios en América colonial. Los cultivos (caña , vid,
Como las propiedades religiosas han d eja d~, más documenta­ o livos, generalmente) no fi gura ­
ción, por el m ismo hecho que sus cond uctores debían llevar y rendir ban entre los factores principa­
cuentas a su s superiores, han sido mejor estudiadas y conocem os de les. Jj De todo ello puede deducir­
ellas más q ue sobre las haciendas p articulares. Pablo Macera y Nicho­ se el bajo nivel de capitalización
la s Cushner han rea lizad o excelentes trabajos sobre las p ropiedades de de un grupo de haciendas que,
los jesuitas en el Perú y Quito, mientras Luis Miguel Clave y María Isa­ :; up uestamente, fig u raban entre
bel Remy se cen traron en propied ades de la orden Bethlemita en el las más modernas d el pais. En
C uzco. Para el caso de Ch ile conta mos con el exhaustivo trabajo de Colombia, eran el ganado, el lTa­
Gu illerm o Bravo.l.' p iche, los esclavos las matas de °
En el caso de los jesuitas, las haciendas se hallaban adscrita s a cacao, lo que pesaba con mayor
los "colegios" d e la Orden, q ue las administraban sin llegar a estable­ fu erza sobre el va lor de la finca .
cer necesariamen te relaciones entre sí bajo la forma de un conglomera­ La tierra tenía poco v a lor rela ti vo,
d o empresarial . Trataban, sí, de evitar la competencia entre ellas y lle­ lo que se reflejaba en la enorme
gó a d ictarse "instrucciones" para su manejo despu és d e algunas visi­ p roporción de tierras apropiadas
tas e inspecciones. 26 Al producirse la expulsión de la Ord en, en 1767, sus pero no utiliza da~. Donde predo­
prop iedades rústicas en e l Perú fueron va lorizadas en 5'729.790 pesos, minaba el trabajo esclavo, como
para un total de 97 unida des, con un promedio de 59 mil pesos por ha­ en el caso de las haciendas de la
cienda ~'. Las haciendas del colegio de Qu ito, por su parte, fu eron valo­ costa , el va lle del Cauca y d el
l ,¡m ina 9, La arquitectura de las casas de
rizadas en más de dos millones de pesos; en 1785-1786 fueron remata­ hacienda en el va lle del Al to ( auca.
Magdalena, los esclavos significa­
das en m illón y medi o a miembros de la élite guiteña. 2" En el reino d e ban más d e la mitad de su valor.:lZ
Chile, solo en esclav os, las ochenta propiedad es jesuitas, que tenían
" Gui llermo Bravo, Tempo ralidildes jesuitas en el Reillo de Chile (1 593- 1lI0{)), Madrid, Cuill ermo Bravo, " La empresa agrícola jesuita en Chil e co loni~l: aclmin istril ción econ6­
Universida d Complulcnse, 198 ,). micil c1(~ haciendil y estancias", en Gonzil lo Izqui erdo (ed .), AgriCl¡ ltura , trabajo y sucie­
:" Véase Pablo Milcerd, Instrucciones pard e/manejo de Id., ha cielldds jesuitas de! Perú (s s. dad en América Hispana, Sa nli ago, Un iversid ad de Chil e, Se rie N uevo M undo Cinw Si­
XVII-XVIII), Lima, Uni versidad N,lCiona l ~. l ayor de' S,1n ' ''arcos, 1%(',. T¡:¡ mbi én Fr¡!ncoi s glos No. 3, 1989, pp. 70-7 1.
Chev~ li er (ed. ), Instru cciones a 105 hermanos jesuitas aclminislrarlore.' dc' hacienda, Mé­
Mau~ ra , ut>. cit. , pro 12-13.
xico, UNAM, 19S0.
Id. , p . .13.
Moceril , Instrucciones, cuadro I (entre pp. 8 Y 9).
lO N. Cushner, Farm and Factory The jesu its and the Development oiAgrarian C11útalism in
laime Jaramillo Uribe, " La economía del virreinato (1740- 1810)", En José A nlonio
Colonia l Quito, 1600-7 761, Albany, Universidad dfOl ¡:~ ta do de N ueVil York, 1'lH2 , r . 177. l )cdl11PO (ed .), Historia económica de Columbia, Bogotá, 1987, p. 63.
IIHJ' 111 ~ I (l R I I\ IX ¡\~\t::RIC!\ ,\ND INr\ II r\C IFNDi"\S y COMUNI DA DES IN D fcENAS EN LA REC IÓ '\) AN D INA ' 10 1

sui tas, basándose en el hecho que producían a gran escala para la venta,
LOS HATOS GANADEROS DE VENEZUELA ,\pelaban a la reinversión y al uso de esclavos con fines productivos. n
( ltros investigadores niegan, en cambio, ese carácter, dada la importancia
En los llanos se denominaba con la palabra hato a las gran­ que el "gasto ceremonial" (donaciones a la Iglesia, construcción de tem­
des haciendas. En un principio, el término se refería a las manadas de plos, celebración d e fiestas religiosas, ctc.) tuvo para sus propietarios.M
bovinos; las primeras actividades relacionadas con la ganadería se li­
mitaron a la recogida de unas cuantas reses salvajes a las cuales se sa­
crificaba para aprovechar sus pieles y carne. Poco a poco, el hato co­ ~. LOS TRABAfADORES AGRARIOS
menzó a adquirir las características de una hacienda donde existía
una casa para el mayordomo, barracas para los vaqueros, corrales y La mano de obra de las haciendas consistía en una variedad de
un huerto. Hacia el siglo XVIII, la mayor parte de los hatos de pro­ formas contractuales que pueden sintetizarse en cuatro: a. esclavitud,
piedad particular se localizaban dentro de un radio de cincuenta y b. mitayos, c. colonato y d. temporeros o alquilones. Las dos primeras
cuatro kilómetros a lo alrgo de los Andes entre los ríos Arauca y Pau­ l'ran formas de trabajo forzado o no voluntario, mientras las últimas co­
to y, desde allí, en densidad cada vez mayor, en dirección al norte ha­ rrespondieron a fórmulas de trabajo libre.
cia los llanos de Venezuela. Por lo general sus dueños no residían en
Aunque la esclav itud estuvo presente en el mundo agrario an­
La hacienda y contrataban a mayordomos que se encargaban de su­
dino desde el siglo XvI, volvióse un sistema laboral consolidado recién
pervisar el trabajo de la peonada compuesta por indígenas tributa­
rios, negros libertos y mestizos. Peones, concertados y vaqueros se ('n el XVIII, para entrar poco después en crisis, en las postrimerías de
encargaban de las ocupaciones diarias que demandaba la hacienda. ('sa misma centuria. Se trató de esclavos africanos que compañías co­
Recogían el ganado, sacrificaban las reses para obtener sus pieles o merciales, como la Guipuzcoana en Venezuela, más otras portuguesas
conducían el ganado en pie hasta el altiplano por alguna de las tro­ y de otras naciones europeas, introdujeron para satisfacer la demanda
chas que atravesaban la Cordillera. IJboral de las minas en Nueva Granada y las plantaciones en toda la ex­
Muchas cofradías, parroquias indígenas e iglesias eran pro­ lensa región de los Andes. También ingresaron por puertos del sw~
pietarias de sus propios hatos. Con continuidad sistemática los jesui­ Ú)J1stituyéndose la ciudad interior de Córdoba, en la actual Argentina,
tas y los recoletos fundaron hatos anexos a cada misión para su sus­ t'n una plaza para su comercio. El comercio de esclavos decayó desde
tento; en los Llanos, las haciendas más extensas fueron las cinco es­ 1780, cobrando, desde entonces, importancia las transacciones con Jos
tancias fundadas por los jesuitas en Casanare, cada una de las cuales negros "criollos", nacidos ya en América (quienes se diferenciaban de
estaba compuesta por varios hatos que se administraban como una los "bozales", que no sabían la lengua castellana).
sola unidad comercial. Fueron aplicados, sobre todo, a las plantaciones de la zona d el
Caribe, pero también en las haciendas de la costa peruana, los valles del
Tomado de: Jarre Rausch, Una fro ntera de la sabana tropical. Los llanos de Colom­ centro de Chile y algunos valles internandinos, como el de Chota, en la
bia J 531-1831, Bogotá, Banco d e la República, 1994, p . 420. ...¡erra central del Ecuador. '; Cushner presentó un cuadro que permite
.'preciar que desde 1750 el número de esclavos aumentó sensiblemente
En el caso de Quito, las haciendas jesuitas, sin excluir el azúcar, " Ni chol~ , Cushn er, Fa rm alld Factory... pp. 132-133 .

cuando ello fue posible, se dedicaron al cultivo de cereales y la crianza " Por ejemplo, luan Villamarín, '" Haciendas en la sabana de Bogotá, Co lombia, en la épo­

de ganado ovino y vacuno, que servían para la alimentación de los tra­ ca colonial : 15.1 9-1810", En CLACSO, Haciendas, latifundios y plantaciones en Améri­
ca Latina, ,vl éxico, Siglo XX I, 1975.
bajadores de los obrajes, que formaban parte de la unidad productiva. Véase Rosario Cotonel , El valle san¡¡ricnto. De los indígenas de la coca y el algod6n a
A pesar de esa estructura productiva, Cuhsner arriesgó hace la hacienda Cel /lera jesuita, 1.580-1 700, Qu ito, FLACSO, 199 1 y Bernard Lava ll é, "Lógi­
unos años la calificación de "capitalismo agrario" para las haciendas je­ ca esclav istJ y resistencia negra en los Andes ecua torianos a finales del siglo XV III " , en
Revista de 'ndi,ls No . 199, Madrid, CSIC, 1993.
102 ' IIISTOR I¡\ DE "I\ I ÉR l l~l\ AND I NA HAC IENDAS V COM U N IDI\DES IND fGENAS EN l, \ R.EG IÓ N AND IN A' 103

en las ha ciendas jesuitas de la costa peruana. Su precio era elevado: 500 II~O de fuego sobre el cuerpo estuvo prohibido en las haciendas jesui­
a 900 pesos por UD esclavo joven, suma con la que podría haberse ad­ 1.1s, pero pudo practicarse en otras haciendas.
quirido tma ¡-eata de por lo menos trei nta mulas tucum anas, p or lo que La reprod ucción de la mano de obra africana, den tro de las ha­
solo fueron em pleados en las haciendas más mercantiles, aquellas que dcnd as, fue pobre, dada la alta mortalidad entre ellos, así como la pe­
producían bienes elaborados como el azúcar, cacao, tabaco, agUéudien­ queña proporción d e mujeres. Chile pudo representa r un caso distinto.
te o vinos, que llegaron a cxportarse a mercados d istantes, que inclu ye­ De acuerdo a Guillermo Bravo, benignas condiciones de vid a permitie­
ron la propia Emopa. ron que ahí los esclavos se consiguieran más por reprod ucción que por
La alimentación y el vestido d e los esclavos eran dos de los ru­ (om pra ..u Entre una mues tra de 1.200 esclavos bautizados, de un con­
bros más importantes en la estructu ra de costos de una hacienda. La junto de haciendas jesuitas peru,mas, entre 1714-1778, el 47.4 por cien­
primera consistía en maíz, pan, pescado, papas y, semanalmente, una lo no alcanzó a cumpli r los 22 años. Durante ese mismo lapso nacieron
11
porción de carne. Un elemento recurrente era el "sango", una mezcla 1.289 y murieron 1,245. En tre éstos, 499 entre los O y 6 a.nos. Este tipo
de maIz y harina de trigo, con grasa, sal, agua y algunas especies.30 Las de demografía, cuyo saldo positivo era virtualmente nulo, reforzó el ca­
haciendas evitaban comprar estos alimentos en el mercado, destinan­ racter costoso de este tipo de m ano de obra. A diferencia de las planta­
d o, en cambio, terrenos para el culti vo de maíz, fréjoles y pastos para el ritmes del sur de los Estados Unidos, la reproducción de los esclavos
ganado. En ocasiones, estos terrenos era n trab ajados por los p ropios es­ .lpenas se hizo presente.
clavos, quienes así pasaban a consti tuir una suerte de econom ía campe­ La esclavitud fu e reforzada , sin embargo, en el siglo xvm, en
sina dentro de la p ropia hacienda, mientras en otras, eran arrendados a vista de la escasez de alternativas para conseguir trabajadores. La enco­
particulares, quienes debían pagar la renta en una suma estipulada de mienda, incluso en zonas donde su vida se prolongó hasta bien entra­
aquellos productos.17 En Colombia y Venez uela, los du eños de las plan­ do el p eríodo colonial, como en Nueva Granada y el reino de Chile, de­
taciones acostmnbraban d ejar a Jos esclavos libres los fines de semana ~apareció en el siglo xvm y no pudo ser más una forma de provisión
para que cultivasen sus propios alimentos.l • l.Jboral. La crisis demográfica h;:¡bía debilitado la mita, gue además fue
Los esclavos, dentro de las plantaciones, vi vían en caballas prohibida pa ra los obrajes desde 1704. La mano de obra indígena ha­
cuando dispon ían d e famiUa, pero en el siglo XVITI, cuan do el sistema bíase vuelto escasa. En regiones como Chile, llegó a reimplantarse la es--.
scJavista cobró cuerpo, fue más común el uso de "cuarteles", d ividi­ davitud d e esta población, a partir de incursiones a las regioJ,les indí:­
dos para casados y solteros, y estos últi mos, por sexos. En la ha cienda )!;cnas, ubicadas al sur del río Bío Bío.~'
peruana de San Javier en 1710, cada cuartel constaba d e cinco a seis ca­ La mita agraria parece haber conservado importancia única ­
mas y un esclavo que tuvo la suerte de llegar a viejo, vigilaba por las men te en"la región de los And es del norte, p uesto que en el centro y sur
noches que no hubiera fugas o sexo ilícito." era la mita mÍDeTa la que consumía el excedente laboral de las pobJa­
El control sobre esta mano d e obra era complicado. Natural­ dones campesinas. De cualquier forma , aquella desa pareció en 1740,
men te, por su propia condición, no podían ser exp ulsados de la hacien­ propiciando nueva::. form as de relación laboral.
da ni cargados con deudas¡ de modo que se recurrió al castigo Hsleo: 25
o 50 azotes debían d isuadir al esclavo remolón, ladrón o insumiso. El CONSECUENCIAS DE LA MITA
Ni es menester mucha luz para conocer esta verdad. Los mismos es­
" Cushner, Lords of Ihe Land ... , pp. 93 Y ss.
tragos que diariamente se experimentan publican sus malas conse­
.. Cushner precisil que en Tucumán los esclavos ll egaron J tener sus propias ti erras de cul­
tivo, Lords of the Lal1d ... , p. 9 1. ;" [)ravo , "La empresa agrícola jesu ita ..." , p . 71. En los datos que ofrece este autor resp(;cto al
'" H e rm e~ lavar, "La lenta ruptura co n el pasado co lonial (18 10- 1850)", en José. A. O ca m­ número de csdavos, sorprende el mayor número de mUJf'res que de hombres (p. 84).
po, Historia económica de Colombia , p. 96. .. Cushncr, I.ords oí Ihe fane! .. , pp. 1DO Y ss.
Cushner, Lord, of Ihe Land, p. 93. BJuer, Chi({'an Rural SociC'ly ... • p. 15 .
IO '~ • III STO RI !\ DE ,, ¡\ tÉRleA AN D I NA
H /\CtEN D i\S y COi\llIN ID !\D ES IND íGEN AS EN LA REGiÓN t\NDI~II\ • lOS

cuencias. ¿Quién ha llenado y llena de cadáveres los sepulcros? De alguna manera, el arreglo implicaba también un pacto "mo­
¿Quién construye en la oficina del hambre denegridos, áridos esque­ r.11", en el sentido que el patrón debía proteger al campesino, general­
letos que solo en los suspiros con que explican su necesidad dan señas mente indígena, de las presiones tributarias y las contingencias de la vi­
vivientes? ¿Quién despobla pueblos enteros para poblar desiertos? d" que lo castigaran (enfermedad, o muerte de algún pariente, por
¿Quién hace delincuentes tantos inocentes sin delito? ¿Quién constitu­
l'jemplo). Un sistema de "socorros" llevaba a que el terrateniente se hi­
ye huérfanos muchos hijos que aun tienen padres vivos? ¿Quién ha de
ser sino la Mita? Ella mata cuanto mira,desola cuanto encuentra y ciera cargo del tributo de "sus" indios (para lo que establecía arreglos

l
cautiva cuanto puede. nm el corregidor) y los auxiliara con alimentos, bienes diversos e inclu­

~\'lerizalde
so dinero, en casos d e necesidad . Los socorros eran anotados en un cua­
. . Tomado de:joaquín de y Santiestcban, Relación histórica, política y derno "de rayas" y endeudaban al campesino por montos que éste se
moral de la ciudad de Cuenca, 1765, r eeditada en Méjico, 1953, pp. 90-91. vCÍa normalmente incapacitado de pagar. En con.secuencia, el pacto se
volvía perpetuo y llegaba a heredarse las deudas a los hijos.
La mita, como ya tenemos dicho, suponía la obligación rotati­ Con los socorros, el colono contraía también una deuda de fide­
va de prestar servicios en una hacienda por un período de un año d e lidad con el terrateniente. Éste era visto, algo aSÍ, como un padre. Inclu­
cada cinco o de cada siete. Obligaba a los indígenas, en edad tributaria, so los campesinos de las haciendas de los Andes del sur solían dirigirse
de una comunidad donde éstos poseyesen tierras. Debían percibir un .1 él como "Papá", "Papay" o "Papacito". Por ello, las obligaciones labo­
salario de medio real al día, lo que significaba al año unos quince pe­ rales de los colonos en las tierras conducidas directamente por el hacen­
sos. La disminución demográfica y el proceso de desafiliación de las co­ dado, no estaban claramente estipuladas; pendían de la buena voluntad
munidades hizo cada vez más difícil a los curacas o caciques reunir los de ambas partes. Se trataba de un pacto moral de "reciprocidad". Las re­
contingentes de mitayos. La supresión de este sistema de trabajo forza­ laciones paternalistas o serviles (como quiera miráseles), se veían refor­
do, que siempre levantó grande polémica d entro de la política colonial, t':adas con el hecho que las obligaciones laborales solían incluir, de modo
provocó la difusión de los sistemas de colonato y concertaje. rotativo, el "pongaje" o servicio doméstico en la casa hacienda .
El "colonato" fue el término con que Magnus Momer d enomi­ Este sistema laboral llevó el nombre de "yanaconaje" en el Pe­
nó, hace unas décadas, lo que habría sido la relación laboral más carac­ rú, de "huasipungo" o concertaje en el Ecuador, y de "inquilinato" en
terística de la América hispana entre los siglos XVIII Y XX."' Sus rasgos Chile. -Yanaconas, hllasipungueros e inquilinos hallaban en Bolivia su
resultaban muy parecidos a las relaciones sociales "feudales" , por lo !quivalente en los "peglllajeros" y "colonos", y en el norte argentino en
que su difusión dio pie para hablar de un "feudalismo amencano"." En los "aconchavados". En ocasiones, los colonos practicaban también cul­
sustancia, el colonato implicaba un arreglo mediante él cual un campe­ tivos comerciales y no de mero autoconsumo pero, en tales casos, era
sino recibía tierras y el d erecho a ciertos bienes comunes dentro de una común la obligación de vender las cosechas al terrateniente o cederlas
hacienda, como pastos, bosques y lagunas, debiendo pagar su us ufruc­ LOmo pago por la tierra. No resultaba moralmente lícito competir en el
to con prestaciones laborales o la cesión de parte de su.s cosechas en fa­ mercado con la economía del patrón.
vor del terrateniente."' En las regiones dominadas por las haciendas, era frecuente que
más o menos la mitad de la población indígena se hallara dentro de las
Ivlagnus Mórner, El colonato en la AmériC2 Meridional Andina desde el si¡;lo XVII. /n­
haciendas bajo formas d e colonato:'C>
íorme preliminar, Estocolmo, Instituto de Estudios Iberoamericanos, 1970.
I'"blo Macera, "Feudalismo colonial americano: el caso de las haciendas peruanas", en
/;-"bajos de historia, Lima, Instituto Nacional de Cultura, 1977, UII, pp. 139-228.
l. i\c",rca del inquilinato, Cuillermo Bravo, recogiendo los trabajos de Mario Góngora, so­ 1.. Véase para Ecuador, Udo Oberem, "'Contribución a la hi storia del trabajador rural en

,''(' todo su Ori¡;en de los inquilinos en Chile cmtral (San tia go, 19(0), ofrece una defi­ América L<ltina: "'conciertos" y "'huasipungueros" en Ecuador", en Jan Balan!, Udo

,'¡,i'"l muy aju stada a lo que hemos anotado: "' Los inquilinos de la hacienda cu idilban Oberem, Hennes Tovar y Silvio Zavala, Peones, conciertos y arrendamien tos en Aml'ri­

'"" r/l'~lindes, participaban en algunas tareas, como el rodeo, cu ltivaban las tierras que ca Latina, Bogotá, Universidad ,\Jac iona l de Co lombia, 1987, pp. 47-90 Y Hern¡ín Iba­

,""'IId,lb,ln y pagaban el canon con una parte de los frutos que cosechaban", La em­ rra, "Haciendas y cuncertaj e al fin de la época co lonia l en el Ecuador (un aná li sis intro­

II/ h " "gr(cola ... , p. 82. ductorio)", en Re vista Andina No. 11 , Cuzco, 1988. Para Bolivia, H. Klein. /-Iaciendas

y ayllus ... , pp. 93-94.

I ()(, • II IS rORI A DE ,\MÉR IC,\ \t-,;O I N ,\ II¡\C IEN D¡\S Y CO/I.\UNID¡\ D E5 I'lD íGENA 5 EN L/\ REG iÓN ANDIN/\ • 10

La popularid ad del mismo, en el siglo XV1Il, s ignificaba que La Corona española Uegó a legislar sobre las fo rmas de trabajo
este sistema ten ía ventajas para terra tenientes y campesinos. Los pri­ dt'l colonato, procurando introducir la costumbre d e la retribución 010­
meros gozaban de una mano de obra barata y segu ra. Era barata en la Ill'taria. El régimen del "con certaje" (nombre original del de los "huasi­
medida que las tierras concedidas a los colonos p ad ecí,m de lo que los pll ngos") vÍno a reemp lazar la extinción de la mita en la región de la Au­
economistas Uamarían un "bajo cos to de oportunidad "; es decir, re:,ul­ diencia de Qui to/'· De acuerdo a las d isposiciones legaJes, debía hacerse
taba dificil dar a d icha s tierras un uso alternativo p rovedlOso económi­ un convenio escrito entre el indio "concierto" y el patrón, para períodos
camen te. Ya sea porque se trCl ta ra de tierras de baja calidad (con p oca de seis O doce meses. El patrón debía p roporcionar v iviend a, parceJa de
°
agua o ubicadas en las laderas), porque la demanda de Jos bienes co­ lil' rra y servicio religioso al concierto, además de su salario. Pem el pago
dl' los salarios en m oneda se convi rtió en lffia ficción . El hibuto que el ha­
merdaJcs era final mente limitada, d ad o el estrecho mercado co lonial. Y
segura, puesto que el mecanismo de la deuda, si bien signjfjcaba un I"('ndado asuuúa por el concierto, jun to con los "socorros" de di verso ti­
costo real para el hacendado, le perm itía contar con manq de Qbra esta­ po y los cargos que se l1acían a los campesinos por gan ado de la hacien­
ble, en un periodo de cscase7 de la misma y de crisLe:; de la mi ta y pos­ dJ perdjdo o comido por ellos, termiJUlban esfumando el salario y con­
teriormente de la ('sclaviLud . En el inventario de LUla hacienda en Co­ virtiéndole más bien en una d euda del concierto conta hacienda .""
chabamba, Bolivia, cn 1784, se estableció que más o menos una tercera Jorge Ju an y Antonio Ulloa refirieron elocuen temen te el proce­
'-00 que en la región d e Quito llevaba a la transformación del mitayo en
parte de su extensión y su val or consL<;ría en el "demesne" o área culti­
vada directamente para el propie tario, un 40 por ciento consistía en las un indio concierto. El m itayo percibía entre 15 y 18 pesos al año, d e los
tierras ccd idas a los colonos y el re"to en pastos y parcelas d ispersas. 47 lJ ue ocho se le iban en el pago de s u tribu to y e ran retenidos directa­
Para los campesinos, el ingreso como colono a una hacienda mente por el terrateniente. El resto no le alcanzaba para vivÍ1~ puesto
implicaba estar al abrigo de los b'ib utos, m itas y venta5 forzosa s de los que a pesar de contar dentro de la hacienda con tierras y viv iend a, bas­
() rregi dores . Con LabaIl con acceso a tierra y ganados que podían pas­ 1.lba qu e se le p resentase alguna emergencia o se adentrase en la afición
tar en las dehesas de la propiedad. Si bien sus ade ud os crecíall con el por el aguard iente, tan común desde este siglo en la región, para que
n'quinese de un crédito, que el pa trón le proporcionaba interesada­
tiempo, a su vez ellos garantiL:aban ·su permanencia en la hacienda. Hu­
bo casos en que los yanaCOIl JS vivieron por varias generaciones en una mente, ya que así podría retener al hom bre so color de la deuda im pa­
haciendn, heredando la tierra -1) mejor dicho el d erecho a el la- de oa­ gil. " Los abusos en el sistema del concertaje, por par te de los pa trones,
d res a hijos. ~ksataron rebeliones y revu eltas indígenas en la sierra central ec ua to­

En Chile, la consolidación del colonato ocurrió en un contexto ri.ma (como el conocido alzam iento de Riobamba) desde los mediados
diferente. El aumento demográfico trajo consigo la escasez de tierra y lkl siglo XVIll.!IZ
el abaratam iento de los jornales, por lo que las condiciones d e los iJl qui­ En la s décadas finales del siglo XVIII se presen taron, no obs
linos se endurecieron . En torno a las haciendas burgieron, e n el siglo I.mte, importantes cambios en el sistema del colonato. Ellos alcanzaron
.1 '>er de tal dimensión, que en ciertas regiones termin aron tran sforma n­
XVIII, com lmid ades indígenas y mestizas sedientas de tierras. Ell as re­
d t l las relaciones laborales en las haciendas en un sistema más bien de
ordabal1 a los inquilinos que era mejor aferrarse a su condición, por
muy difícil que fuera, a la vez que hacia sentir a la clase terra teniente .IITiendos monetarios. En Cochabamba, por ejemplo, los colonos adqw­
que Jos inquilin os pod ían ser la mejor garan tía de la defensa de sus p ro­ rll:ron el derecho a concurrir directamente al mercado con sus produc­
piedades fren te a la h ostil vecindad del entorno.'''' los, empresa en la que, parece, goza ron de l consentimjento de las a uto­

Brooke LCIr,on, Explota ción a.r;rdria y resi.~le/Jcia campes ina en CochalhJmba, LLl Paz., .. Segundo M oreno, " La soc iedad indígena \' su articula ción J la forma ción soc ioeco nó·
CE RES, 19B4, p. 1l6. Un tratamiento más amplio pLJl'de h a ll ,Hs(~ en el libro de la misma mi ca co lolli,¡1 en la Audiencia de Quito". en Enriqu e Ayal a, N ueva his(of/;; elel Ecu,lC/or,
JUIOrd, Co/onialism and Agrarian Transformation in Uolivia . Cochabam/'>iJ 155()- 1900, Quito, Corporac ión Editora Nacionill-Gri ja lbo, 1983 v.S , D. 11 3.
Princeton, Universidad de Prin ceton, 198B, ca p. 5. Véase Hern,\ ll Iba rra , o (J. cit., pp. 187· 192.
Eduardo Cav i ~'res, "Sociedad rural y Illarginillid<ld socia l en Ch ile trad icional", en C. Iz­ lorge Juan y Antoni o de U !loa, Noticias secretas de A méri ca, Londres, 1826.
qu it> rdo (ed.), A!:ricultura , trabajo y .sociedad en A mérica hispana, Santiago, 1989, pp. Véase Sf'gundo " "oreno, Sublevaciones indígenas en la Aud iencia de Q uito desde co­
'17-'IIJ. ldl11bién ~ olando Mellafe, " Latifu nd io y poder ru ral en Chile de lo, siglos XVII y
mienzos del si8 /0 XV/IJ hasta fines de la colon id, Q uito, Un iversid ad CJ tóli ca, 19 7H .
XV III ", 0n Cuadernos de J-/i.storia No. l , San tiago, 1981, p. 91.
lOS· III STORI·\ D E A iVl ERI CA AN D I NA 1·1/\ C IENO A 5 y Cm,'ILlN II) ¡\ DE5 I N D Í(~E NA5 EN LI\ REG i Ó N A N DI NA · 109

ridades estatales. Ya no estaban obligados a vender sus cosechas al ha­ r,lcter comercial, como caña de azúcar, tabaco, cacao o café, y los obli­
cendado, de modo que éste perdió el control del excedente agrario. En ~aban a pagar el arriendo con parte de la cosecha.S>
una coyuntura de crisis del mercado agrario, en vista de la decadente Lo sucedido en Nueva Granada resulta, en cierta manera, simi­
situación de la minería altoperuana, los terratenientes se quejaron de lilr a los cambios detectados en Cochabamba por Brooke Larson, pero
sobreproducción de cerealt:s y, según la interpretación de Brooke Lar­ mientras en esta última regióñ la conversión de los "colonos" en arren­
son, optaron por convertirse en rentistas, abandonando el mercado a datarios fue una respuesta de la clase terrateniente frente al empeque­
los productores campesinos instalados en sus haciendas. 53 ñecimiento del mercado, en virtud de la crisis minera, en Colombia tu­
Este proceso de transformación de los antiguos colonos o pe­ vo que ver más bien con un hecho totalmente opuesto: la apertura del
gulajeros en arrendatarios monetizados, fue de la mano con la apari­ mercado para nuevos productos agrarios, como los arriba citados. La
ción de diferenciaciones sociales dentro de la población campesina. Los región de Guayaquil, donde desde aproximadamente 1765 se vivió el
arrendatarios comenzaron a contratar jornaleros o subarrendatarios en­ primer boom del cacao, vio también un sistema parecido al de los terraz­
tre campesinos sin tierra de fuera de las haciendas. A veces, el arrenda­ h'lleros con la población de "pardos" que la habitaba.'" Ello se entiende,
tario contrataba a un jornalero para que éste cumpliese el pago en tra­ dado que en los últimos casos estamos frente a zonas de nueva colo­
bajo que debía hacerse al terrateniente.'" nización, en las que los propietarios de las tierras, retomando a Tovar,
Nueva Granada vivió, asimismo, el régimen del colonato, que dejaban que fuesen los libertos, mestizos y pardos, quienes asumieran
ahí tomó la denominación de "terrajes". Éstos suponían la cesión de pi riesgo de los nuevos cultivos."
parcelas y pastos a campesinos mestizos y negros libres, quienes debían Las haciendas que no optaron por reconvertirse en una unidad
entregar a cambio, bienes, servicios laborales o dinero. La co1onizadón de tierras arrendadas a campesinos, comenzaron a recurrir, en la segun­
de la cuenca del río Magdalena y la región del oriente, realizada por la da mitad del siglo XVIII , al trabajo de jornaleros temporales, denomi­
creciente población mestiza, llevó a una transformación de los terrajes, nados "alquilones" o "temporeros". Éstos eran requeridos en las co­
de una forma de relación laboral a una de tenencia de la tierra. Las nue­ /unturas de siembra y cosecha; se les pagaba un salario monetario y se
vas tierras eran tierras públicas o "realengas" y los terrazgueros debían les daba vivienda y víveres mientras realizaran su tarea. No existía ce­
pagar una renta anual de dos a cuatro pesos a los alcaldes o corregido­ sión de tierras para ellos dentro del territorio de la hacienda.
res. Fueron frecuentes los retrasos e incumplimientos, por lo que en 1792 El origen de estos trabajadores era el de indígenas desafiJiados de
el Estado decidió ceder las tierras a particulares, bajo largos contratos de sus comunidades ("forasteros") o huidos de alguna hacienda, como tam­
arriendo o aun de venta. Los nuevos terratenientes, gentes salidas de la hién de mestizos sin tierras en una situación de tránsito hacia una condi­
nueva burocracia colonial, optaron por mantener el sistema de los rión campesina más asentada. En Chile, la presión demográfica en la
arriendos, transformando su propiedad en un recurso rentístico. región central hizo crecer la "marginaLidad" de esta población. Comuni­
Hennes Tovar ha destacado el hecho que fue mediante el em­ dades campesinas enteras eran a veces reclutadas por los hacendados;
pleo de los t~rrazgueros que se consiguió ampliar la frontera agrari a con la colaboración de los caciques indios y las autoridades coloniales, pa­
neogranadina, en la segunda mitad del siglo XVIII, pero que fueron los ra trabajar en una cosecha.
nuevos propietarios de la tierra quienes sacaron provecho del crecien­
te valor de las tierras abiertas al cultivo gracias, al trabajo de aqu ellos. H erm es Tova r, "Orígenes y car<lcterísti cJs d p los sbtc mas de terraie y arrendami ento en
En las coyunturas de incremento de los precios agrarios, llegaban a im­ la sociedad col o ni al clur¡lnte el sigl o XVIII: c,1 ca so neograniJdino", cm Baz¡1I1t, Oberc·,m,
poner a los terrazgueros el cultivo, de determinados productos de ca­ Tova r y Zava la, op . cit., pp . 128- 139.
Véase Mi chael H,1nw rl )', op. cit. ; M anuc,1 Chiriboga, Jorn aleros y .r;ra n p rop ietarios ('11
135 il ños de expo rta ció n cacJo lera (179 0-1 925), pp . 9-22 . Quilo ; Con,e jo f)rovin cial
" I3 roo ke L¿H,o n, Explolilción agra ria . ., pp. 70-7 1.
de Pichincha, 19110; y Contreras, " C uJ)'J quil \' su reg ión ..." , pp. 2<rl · 209 .
" Id. , p . 62.
H ermesTovar, señJ la qu e era norma u sual dejar a lo s terrazguero,; los tres prinl el o, Jños
el¡., "g rac i ~ " (libres el e pago) en ese ti po de arreglos, Id. , p . 137 .
11 0 ' IIISTORI I\ D E A\I ÉR ICA Ar-<D INA Ht\CI ENDAS Y Cm .I U N I Di\DES IND íGtNAS tN Li\ REG iÓ N \ N D I N/\ ' I II

Se trata ba de grupos de fa miJias campesinas que compartían el


4. COMUNIDADES CAMPESINAS control de recursos agrar ios (tierras, agua, pastos) en compe tencia con
otras com unidades, haciendas o ciudades de españoles. Solían compar­
De las haciendas andinas coloniales, el historiador peru ano Pa­ tir también orígenes étnicos y de parentesco, sin Uegar a ser, sin embar­
blo Macera d ij o q ue no eran solo empresas económicas sino, adem ás, go, totalmente endogám icas o "cerradas" como lo demostraría la ad­
I

un iversos sociales; las comunidades de indios fueron, sobre todo u ni- misión de numerosos indios "forasteros" en el siglo XVITI.
Su origen fue la p olítica de red ucciones o congregación de pue­
blos indígenas, llevada adelante por la administración colonial en la.s
postri merias del siglo XVI y los inicios del XVIJ. A cada pueblo de in­
dios, !onnado a la usanza española, se le ad judicó W l territorio d ivid i­
do en tre terrenos para las fam ilias comuneras, terrenos comunes para
el pago del tributo (complementaria mente se erigieron también obrajes
y molinos para el mismo fin) y ejidos O dehesas pa ra el uso colecti vo.
Hace algunos años se discutió si las comunidades indígenas de
los Andes centrales resul taban, más bien, una herencia de los "ayl1us"
prehispánicos, que de la p olítica colonial de reducciones."i Manuel Bur­
ga y Luis Miguel Clave señalaron W18 solución de compromiso: las co­
munidades, en su forma hoy "tradicional", ha brían sido el resultado de
la reilcción de la población indígena frente al proyecto español de con­
gregarlos y asimilarlos a la condición de campesinos castellanos.'" En el
Alto Perú, los pueblos de indios siguieron siendo denominados "ay­
Ilus" ha sta tiempos republicanos.·'

., Un texto fundamental en di cha polém ica fue el libro de José Mari;] ,\rgw'd;¡s, Las co­
munidades de España y del l'erLÍ, Lima . U niversidad Naciona l M;'ynr e'e 5;111 Marcos,
1960.
Manuel Burga, NilcimientQ de' l/na utopía. Muer/(' )' resurrección de los /l1 eds, Limo, Ins­
Lámina 10, Rancho campesino, en Choachí. tiluto de ¡\ poyo /\ grario, 1988, pp. 22 1-227; Luis 1\I\i gucl Gl aw, Vidil, símholos )' bata­
llas. Creación)' recreación de la comunidad indí¡:ena. Cuseo, .~s. XV/-XX, Lima, Fondo
versos sociales, no empresas económicas. Agrupaban en tre un tercio y de Cullura Económ ica, 1')9 2, cap. 1..
la mitad de la p oblación rural en las áreas próximas a las ciudades o ,., Herbert Kle in ensayó uno definic ión del " aV l/u" bo livia no en el siglo XVII I tardío: " En el
nivel mAs elementa l el ayl/u es un gru po de familiu s que sostiene tener unJ identidad
mercados, pero las tres cuartas partes o más en las regiones más aisla­ COmlln a Iravés el el parentesco rea l y ficticio, usando dichas pretensiones para sostener
das.... En la parte del virrein ato de Nueva Granada, hoy correspondien­ derechos comunal es él tierr,15 . O ri ginalm en te, ni (1<;a 5 tierras comunales ni las residen­
te a las rep úblicas de Colombia y Venezuela, las comu nidades indias cid, de los miembros del ayllu eran necE'Suriamente contigua.s . La tr<teli cional adapta­
fu eron más propias de las zond::' de frontera y fueron rep legándose en ción ilndinil a las fuertes v.l ri antes eco lógicas signifi cJban q U t~ 1,15 lenencias ag rícola s
el siglo xvm. eSlaban dispcrsas ti seme jan za de un Narchi¡Jiélago", y que las co lon ias se manteni,lIl J
di slanc ia s ba stante grande.s de la ~sede " original del ayllu que i<" trabajaba. Sin embilr ­
go, a partir de la conquista e~ pilii o l a, los ay l/u s íu erón presiun;¡dos a una definición más
En b sierril ec ualoriana, Robson Tyrer estimó en un 54 por ciento, la poblJción indíge­ ('uropca de la comunidad, en términos de pueblos nucleares con lierras adyacentes. Es·
n ~ resi den te en "sus pueblos", mientras cl 46 por , ienlo eSlil ba en h<lciendas, Historia la dinámica entre la dispersión y la concenlración varió de región a región y 11 lo largo
d,!Ino~ r,í;ica , apéndice r del ti empo, dando así cu('nla de importantes vari;1I1tes locales ", op. cit. , p. 84.
112' I·IISTORI ,\ D E ¡\1\ \ÉRI Ct\ ¡\"'DI"!" H¡\C IEN O¡\S y COt--IUN IDADES INDíGE N AS EN LA REGi ÓN A N D INA ' 11 3

De acuerdo a las leyes que regularon el establecimiento de las re­ Si bien el impedimento de vender sus parcelas funcionó como
ducciones, la autoridad debía ser el alcalde de indios (el "varayoc" en el Pe­ un freno a la emigración definitiva, los indios comllleros realizaban
rú), pero en amplias regiones los antiguos linajes de los curacas, a quienes periódicas migraciones hacia minas, haciendas de coca les o de otros
se exoneró de la obligación del tributo y la mita y se les concedió terrenos cultivos comerciales para acumular moneda para el pago de sus tribu­
mayores, reconstruyeron su poder dentro de los nuevos pueblos.'" tos. La venta estacional de mano de obra (en ocasiones realizada a tra­
En Bolivia, el primer tipo de terrenos era conocido como las vés de la mediación de las jefaturas comunales) creó un vínculo entre
"sayañas". La costumbre era su reparto rotativo entre las familias, pero las comunidades y las haciendas. Llegó a darse el caso de comunidades
en el siglo xvm ya era normal que las parcelas se mantuviesen por va­ enteras absorbidas dentro de una hacienda (las "comunidades cauti­
rias generaciones y llegaran a ser heredadas. Los indígenas no gozaron, vas" como las llamó Arguedas).'" Algunos curacas llegaron a embarcar­
sin embargo, de los derechos inherentes a la propiedad de estos terre­ se en aventuras empresariales, formando virtuales haciendas persona­
nos, ya que se hallaban imposibilitados de venderlos y de hecho care­ les o grandes recuas de animales para los "trajines" de merca ndas. rob
CÍan de títmlos sobre los mismos. Las tierras comunales eran llamadas En Nueva Granada, se formaron "resguardos" para la pobla­
"aynocas". Originalmente, estaban destinadas para el pago de los tri­ ción indígena que sobrevivió a la Conquista, organizándose un sistema
butos, parte de los cUilles fueron fijados en especies por el virrey Tole­ de producción semejúnte al descrito arriba, pero la expansión de la po­
do, pero en el siglo XVIII se acostumbraba repartidos rotahvamente en­ blación mestiza en la segunda mitad del siglo xvm recortó las tierras
tre l'a s familias comuneras. Klein ildvierte que en Bolivia cada filmilia de los resguardos, obligando a los indígenas a emigrar hacia afuera o
podía poseer entre 20 y 60 de estas parcelas, aunque muy pequeñas, hacia adentro del sistema colonial. La infiltración de los mestizos, acon­
dispersas en va rios pisos ecológicos. El derecho a este segundo radio de tecida por ejemplo en la sabana d e Bogotá, ll evó a la presión por trans­
parcelas pendía del cumplimiento en el pago de los tributos. El "hilaca­ formar el estatuto de los resguardos en "parroqu.ias", en las que Jos in­
ta" se encargaba del cobro de éstos y decidía sobre el reparto de tierras dios no gozaban ya de la protección a sus recursos ni de la autonomía
y la administración de justicia C,:; política que las leyes de Indias sancionaban.&1
En el siglo XVIlI, la exparlsión del fenómeno de los indios fo­ Una causa de la decadencia de los pueblos d e indios en Colom­
rilsteros introdujo cierta diferenciilción dentro de las comunidades. Los bia fue, sin duda, la disminución de su población. Su conversión en pa­
recién llegados fueron provistos de sayañas a cambio de prestar servi­ rroquias dominadas por los mestizos se am paró en una disposición d e
cios laborales a las familias originarias. No tenían derechos políticos 1707 que ordenaba la extinción de los pueb los ind ios que tuvieran me­
dentro de las comunidades y estaban expuestos a ser separados de ellas nos de 25 tributarios. En 1783 llegó a proh.ibirse el uso de las lenguas
cuando las tierras escasearan. Las autoridades comunales procuraban indígenas en Nueva Granada.f<i Al finalizar la era colonial, los pueblos
que ninguna familia originilria acumulilse un número excesivo de fo­ indios agl upaban en ella a una proporción pequeña de la pobladán ru­
rasteros. El sistema de cilrgos, muchos de ellos de naturalezil religiosa, ral, a diferencia d e los Andes del sur.
implicaba para sus titulares fuertes gastos ceremoniales y servía tam­ Mayor importancia cobraron, en cambio, los pueblos de pardos
bién para bloquear la posibilidad de una diferenciación económica per­ y negros libertos, sin tradiciones ancestrales con la tierra, pero que con
turbadora de la comunidad .'" el tiempo fueron creando "el color" de la cultura local Dentro de ellos
- - - -- -- ---- es importante, sin embargo, diferenciar, sobre todo en la costa venezo-
,.' La Jutorid.¡d del ayllu en Bolivia era el "hilacata ", pero va rios ay llus tenían su autoridad
en el Curaca, o "ma llku " en voz aymara. Véase Klein, ob. cit., pp. 85 -86. Asimismo, pa­ Para el caso de las comun id ades del área peruana, pued e rev isarse : Alberto Flores-G a­

ra Ecuador: Segundo Moreno, "Los Caciques Ma\'ores: Ren ac imi en to de su concepto en lindo (ed.), Comu nidades campesinas. Ca mbios y permanencias, Chiclayo. So lid arid ad,

Quito J íinales de la co loni a", en Antropología Ecuatoriana No . " Qui to : Casa de la 1987.

Cultura Ecuatoriana, 197il; y Galo Ram ó n, Ca Resistencia Andina. Quito, Centro Andi­ Lui s Miguel Glave, Trajinantes. Caminos Indígenas en la sociedad colonial. Siglos XVI­
• •0.

111) de ,\c ci(¡n Popu lar, 1987,


XVII, Lima , Instituto de Apoyo Ag rario, 1989, cap . VI.
1, 1,·in. l-I,¡citend,lS y ,lyl/US .'. , pp. B6-87.
VéJse Margarita Garrid o, op. cit. , cap. III y Jaime J<lramillo Uriuc, ol!. cit., p. 64.
'./.. pp. tl 7-KB.
'" MJrgarita Garrido, op. cit. , p. 244.
111· 1 1 1 ~ I LllZ l ¡\ [lE AI\ I ERI C\ AND I NA
H A l~ I EN[lA5 Y COM U N IDADES IND rC ENAS EN LA REG iÓN AND I'-IA • l iS

1,111", ,) los que se volcaron a I.ma agricu llura comercia 1 (cacao, añil, ta­
b.IW, c<l fé) y los "conucos". Mien tras los primeros resultaban una pro­
obra, consolid ando el orden del colona to y endureciendo sus con clic.io­
l o n~lI ción dela plantación, pero bajo el control comercial de los expor­
nes. Con esto ü ltimo provocó conocidas rebeliones campesinas, mien­
l.Hlorcfi, los últimos vivían de una producción de subsistencia (maíz; tras las com unidades indígenas vieron aparecer lUla importante d ife­
ylltil, legumbres), qu e parcialmente llegaba a mercados locales pa ra el
renciación interna en su seno, al recibir importantes contingentes de
II1It' rGlmbio con ob:os bienes. f" "forasteros" .
Fn el in terior venezolano se desenvolv ió un a ganadería nóma­ Estas transformacion es no h abían terminado de cuajar aún en
dLI, con trolada p or mestizos conocid os como "llaneros", q ue tend rían
un nuevo orden, cuando estallaron las guerras de la independ encia. in­
11I1tl decisiva participación en las guerras de independencia. dígenas y mestizos se vieron movilizados en los bandos patriota y rea­
lista, cambiando su fili ación cuando convenía a la defensa de sus recur­
sos. Los llaneros de Boves estuvieron con el Rey, como los indios p erua­
nos de las p unas de lquicha, pero también hubo guerriJleros indigenas
S . REF LEXIONES CONCLUSIVAS luchando por la independencia .
De cualquier modo, debemos destacar que las ins tituciones ru­
El siglo xvru fue testigo de varios cam b ios decisivos e.n el. 01'­ rales que hem os revisado, sobrevivieron a la independencia. H aciendas
dl'l1 rural y agrario en la región andin a: la colonización de nuevas re­ y comunidades resistieron el ataque del primer liberalismo republica­
~·.Ii 1I1l'~, la estabilización y posterior recuperación demográfica, la ex­ no (en el caso neogranadino, mejor las primeras que las segundas), sub­
I'"h.. ión de los jesui tas, que ab ri ó paso al fortalecimiento de W 1a nueva sistiendo e incluso reforzán dose las formas laborales de aquellas, y pa­
t Ilit' L1).;raria, y la legalización de las migraciones indígenas y de pardos o.,aron, en dcfinjtiva, a formar parte de nuestra historia contemporánea .
, ,Il rns regiones u oficios.ro
Tajes hechos tuvieron diferente intensidad e impacto en l a~ va­
I j'lo., .í rcas d e los Andes. La e.xpa nsión de la colonización fue más vigo­

111' •• , l'n Nueva G rana da, em p ujada-por el auge de exporta ciones de la

.Iglk llltura tropicat y dio paso a un notorio declive del antigu o Ol'den
t " Jolllll l de rígido carácter estamental. Si bien la nueva agricul tura fo­

1I11'll ll 1l' l uso de mano de obra esclava, dio también paso a sistemas d e
1I1!' IH I,l l11iento en e.1que pobladores mestizos consiguieron ganar auto­
rllll lll.1 como pequeñ os p rod uctores aun cuando sujetos al pago de una
"'"1,, ., terratenientes ausentes.
En el virreinato peruano y en Chile, el crecimiento demográfi­
I ti lit I hLl lló una válvuJCl de escape suficiente en una colonización más

l!í.tI .Ie·hil, por Jo que terminó presionando sobre las tierras de las ha­
(1I1 1I1.h y las comunidades. La clase p rop ietaria, que ganó espacio con
hl . '1 !ll lpié1ción de las h aciendas jesuitas, pudo aumentar su mano de

! '111 " ' " '11 ti" Hi sloria pa ra la propierlacl territori al. agraria en Venezue la, op.cil .
I • . , ·0111 1. , c!f' "gracias al sa car" de 17<)5, l1Prm iti6 qUE' lo s pa rclos pudicrn n desempeña r
.11, "" \' "quipararse J la co ndi ción de "vasa ll os libres", a cambio del pago de una C<l n·
li, l ,11 .1, . c! im'[O di fisco. Fue importantc en la hi storia de N ucva GrilllJda.

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