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EL PRIVILEGIO DE HABER VIVIDO


Los 60 de los que nacimos en el 60

Carlos Rojas Sifuentes

Este año cumpliré 60, y no puedo dejar que tal acontecimiento pase desapercibido,
porque en estos tiempos en que la vida (iba a decir útil) se prolonga, tener 60 es tener
la edad precisa de la madurez, y sin embargo, también es la edad en la que los jóvenes
y no tan jóvenes empiezan a tratarnos como piezas desechables, como si ese fuera
el momento de prepararnos para marchar al retiro. Justo cuando se puede dar lo mejor
de uno, que ha sido acumulado durante décadas.

Esa edad madura en la que grandes hombres han encontrado la ocasión para seguir
creando. Picasso por ejemplo, pintando y amando hasta su vejez, George Bernard
Shaw y Bertrand Russell, combativos, contradictorios y confrontacionales, aún en la
edad mayor, el inacabable Chaplin, rehaciéndose una y otra vez. Y también Borges y
su admirado Whitman, corrigiendo sin descanso su obra. O entre nosotros a Ricardo
Palma, quien, en la época en que otros disfrutaban de sus logros, sin aventurarse a
nuevos retos, él se hacía cargo de rehacer la Biblioteca Nacional, que luego, otro
hombre mayor asumiría, un maduro, pero contestatario González Prada.
Y también, por supuesto, hay escritores que han encontrado en la edad mayor su veta
creativa más valiosa, como José Saramago, Penelope Fitzgerald y Toni Morrison. A
estas últimas hay que añadir otras mujeres que siguieron siendo grandes hasta su
madurez: la presidenta de la India, Indira Ghandi, la gran bailarina y coreógrafa cubana
Alicia Alonso, su paisana Celia Cruz, la influyente intelectual Simone de Beauvoir, la
inacabable Chavela Vargas, y la dama del jazz, Ella Fitzgerald, entre otras.
En mi libreta de apuntes de preferencias personales merecen especial mención cuatro
grandes que aún nos siguen deleitando con su música: Mick Jagger, Elton John, Tina
Turner y Paul McCartney. Y dos hispanos incombustibles: Joan Manuel Serrat y
Raphael.
Pero hay algo además que hace interesante estos 60, y es que, si nos ponemos a
sacar cuentas, los que celebramos esta edad nacimos en el año en que precisamente
cumplieron 60 los que nacieron en el primer año del siglo XX. Esto puede ser materia
de distracción para los que se ocupan de las cábalas y números mágicos, pues si se
le extraen los ceros a esos tres 60 en que se dividen los 120 años (1900-1960-2020)

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a los que hacemos referencia, estamos frente a tres números inquietantes para los
cabuleros y supersticiosos (6décadas6décadas6). Esta podría ser la explicación de
por qué la estamos pasando tan mal en este 2020. Pero mejor dejamos estas
elucubraciones a los que gustan de especular (un dato adicional que puede interesar
en estos tiempos de pandemia, es que en 1960 falleció Albert Camus, el autor de esa
novela que hoy ha recobrado interés: La Peste)

Cuando empecé a escribir estas líneas, 2020 aún no se mostraba como lo que ya es:
un hito en la historia de la humanidad, que marcará un antes y un después (como
otros en el siglo pasado: 2014, 2018, 1929, 1939, 1969, 1989. Y en este siglo el 2001).
Por el contrario, en mi calendario 2020 estaba marcado como un año de reflexión, de
trabajo rutinario, de un definitivo regreso a la escritura, de un impostergable
compromiso con la salud y de ilusorias posibilidades de salida fuera del país,
repitiendo el maravilloso tour europeo del 2018.
Pero no imaginé que sería un año de encierro, temor e incertidumbre por el futuro. Ya
mismo no sé si acabaré de escribir esto, en una noche de agosto, con la fría humedad
limeña calando mis huesos. Por ello me apresuro a terminar este testimonio, que debía
ser festivo, pero se hace un alegato a las mieles del pasado, para borrar el sabor
amargo que impregna vivir hoy, a la sombras de un enemigo invisible que acecha
nuestras horas, sin saber qué puede ocurrir mañana.
No por ello, dejaré de contarles el por qué considero que estos años vividos con tanta
prisa, pero con gran intensidad, fueron maravillosos, aun cuando la vida en el pasado
no fuera todo lo abundante y esperanzadora que se venía mostrado en este siglo XXI,
por lo menos hasta la llegada del Covid-19.
1960 fue sin duda especial. Un año bisiesto que empezó un viernes y que prolongó
las celebraciones del fin de año e inicio de una nueva década todo el fin de semana.
Es el año en que muchas naciones africanas lograron su independencia y además fue
el año de las Olimpiadas de Roma, del nombramiento del primer cardenal negro, de
la elección de John F. Kennedy, del bloqueo de Cuba, el año del gran terremoto de
Valdivia, en Chile (el de mayor intensidad registrado hasta hoy), la creación de la
OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), el estrenó de la película

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Psicosis de Alfred Hitchcock y el año en que se creó el Concurso Nacional de
Marinera, en Trujillo, al norte del Perú.
Los anteriores años del siglo XX (corto siglo XX, en el parecer de Iván Berend y Erick
Hobsbawm, que según ellos abarca de 1914 a 1989) fueron los más convulsos de la
historia humana. Las dos guerras mundiales, con su secuela de millones de vidas
suprimidas por la estupidez humana; las revoluciones, mexicana, rusa y china; la
guerra de Corea, primer escenario de la Guerra Fría, y al final de sexenio, los inicios
de la guerra de Vietnam, ya en el marco del enfrentamiento entre los bloques de poder
mundial: USA y la URSS; y una naciente China que mostraba su empuje. Por otro
lado, atacaron a los humanos una pandemia de influenza AH1N1 (denominada
erróneamente “gripe española”) y otra de encefalitis letárgica. Pero ese período nos
mostró también el desenfreno de los denominados locos, felices o dorados años 20.
Años de prosperidad que culminaron con el “crack de la bolsa” de 1929. No sería sino
hasta la década de los 50 que regresaría un período de prosperidad para muchas
partes del mundo, pero también convulsión social y acomodo político y económico.

Sin duda haber sobrevivido a tan dura época fue un gran logro, haber sido parte de la
“generación perdida” y dejar huella, aún más. En ese año que recordamos cumplieron
60 años personajes como Luis Buñuel, Erich Fromm, Spencer Tracy, Zelda Fitzgerald,
Richard (No Thomas) Kuhn, Magda Portal, Luis Alberto Sánchez, Agustín Lara, Carlos
Quizpez-Asín, y lo hubieran hecho, si el infortunio no les alcanza, Antoine de Saint-
Exupéry, el autor de El Principito, y el actor mexicano Joaquín Pardavé.
Los que nacimos en 1960 -y no es una exagerada pretensión- somos los últimos de
esa generación creativa y comprometida que produjo grandes cambios en occidente.

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Por supuesto que esto de pertenecer a una generación es relativo, pues no basta
haber nacido en una época o en un lugar para ser parte de ella. He conocido mucha
gente de mi edad que no se identifica con los valores culturales que marcaron a los
baby boomer o a la generación X. Más aún, esa categorización funciona en estricto
sentido para USA, Europa y aquellos urbanitas de países occidentalizados que se
sienten ligados a los valores y la cultura occidental (sin que necesariamente sean unos
alienados). Pero a pesar de ser la nuestra una cultura occidentalizada que ha sabido
recuperar sus raíces en los últimos años, algo de ligazón hay con ese mundo de
renovación que a partir de los 60 nos trajo la consagración del rock; la cultura beatnik,
hippie, y luego las tribus urbanas; la liberación en el vestir (el blue jean, la minifalda y
las botas); la segunda ola del feminismo, la revolución sexual y la liberación de la
mujer; la lucha por los derechos civiles; la carrera espacial y toda la tecnología que
hizo posible la “aldea global” a la que se refirió Marshall McLuhan y la posterior
globalización (de imposición occidental), con los efectos beneficiosos y nocivos, que
hoy podemos apreciar.

La gente que nació en 1960 (año en que los Quarrymen, después de pasar por
distintos nombres, se bautizaron como The Beatles) hoy destacan en diversos campos
del arte, las letras, los deportes y las ciencias. Creo necesario, para ser justo,
mencionar alguno de los que han dejado huella por ahí y con los que nos
identificamos. Seguro que se nos escapa más de uno, pero ninguno de ellos está
demás en esta lista sesentera (y puntualmente sexagenaria), que pueden pasar de
manera rápida o se pueden detener en cada uno de los que crecieron con nosotros y
buscar descubrir su fascinante y rica historia que ha dejado y sigue dejando huella en
mucha gente de todas las generaciones vivas.
Gente que hizo algunas cosas buenas y otras, mejores aún, como Michael Hutchence,
de INXS y el piloto Ayrton Senna, que se nos adelantaron. Michael Stipe, cantante de
REM, la escritora española Almudena Grandes, su compatriota Antonio Banderas,
Bono (Paul David Hewson) cantante de la banda U2, la soprano, actriz y bailarina
Sarah Brightman, el futbolista argentino Diego Armando Maradona, y los actores Sean

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Penn, Julianne Moore, Stanley Tucci, Kenneth Branagh, Hugh Grant, Colin Firth y
Jean-Claude Van Damme, estrellas del cine angloparlante.
Y la lista de nacidos en 1960 sigue, pues hay gente que merece ser mencionada,
sobre todo porque conviene a las personas reconocerse en aquellos que pertenecen
a su generación, para sentirse de esa manera motivados y acompañados en esta
aventura humana. Destacados personajes como la científica Quarraisha Abdool
Karim, el filósofo Manuel Barrios Casares, el grafitero Jean-Michel Basquiat, los
guionistas Christopher Lloyd y Paul Abbott. La cantante del grupo Mecano, Ana
Torroja. Y nuestros compatriotas: Eduardo Chirinos y Rossella Di Paolo, todos ellos
literatos; los periodistas Monica Delta y Federico Salazar, y dos maestros e
investigadores de gran valía: Teodoro Hampe y Carlos Ramos Núñez, el primero
fallecido en el esplendor de su carrera como historiador, y el segundo, un jurista de
talla internacional.
Y finalmente, en esta lista de plebeyos connotados, el inalcanzable Hiro-no-miya
Naruhito Shinnō, o simplemente Naruhito, actual emperador de Japón.
El año que nacimos fue el inicio de un decenio en el que se produjeron los eventos
más impactantes y maravillosos del siglo XX. Sin duda fue una década prodigiosa y el
inicio de otras tantas más en ese siglo.

Pero es necesario detenerse unos momentos para hablar de un tema espinoso, pues
aunque nos cueste aceptarlo, hay que decir que ser sexagenario (palabreja nada feliz)
nos acerca a la senectud o ancianidad; aunque hoy se pretende extender la “vida útil”
creando conceptos que superan los ya consabidos de tercera y cuarta edad.

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Los últimos tiempos nos mostraban una adultez menos expuesta a los sufrimientos de
enfermedades y carencias materiales y afectivas, por ello es que, atendiendo a esas
facultades extendidas se propuso nuevos rangos de edades: la “prevejez, referida a
las personas entre los 65 y los 74 años, la vejez, para quienes están entre los 75 y los
90, y la supervejez para el grupo de “supermayores”, los que cuentan con más de 90
años”. Sin embargo, la pandemia del Covid-19, en sus inicios se ha cebado
especialmente con las personas mayores de 60 años, y eso puede significar un paso
atrás en esta búsqueda por hacer que los años dorados brillen de verdad (En
contrapartida, hay que decir que esta pandemia, además de incrementar la mortalidad
de personas mayores, está reduciendo la natalidad).
Sin duda se requiere una recategorización de las edades. En el pasado la ancianidad
suponía prestigio, experiencia y sabiduría. Culturas como Roma y los griegos tenían
consejos de ancianos (el Senado, la gerontocracia, la asamblea) que orientaban a los
gobernantes o tomaban decisiones de importancia, incluso morigerando y revisando
lo hecho por los más jóvenes (que es lo que hace el Senado moderno, en los lugares
donde existe). Queda claro que reunir todo el poder en los ancianos impide el
desarrollo de futuros líderes, de ahí la necesidad que exista una dinámica de
desarrollo personal y profesional que incluya al hombre mayor, llámese tercera edad
o previejo y viejo.
Dejando de lado estas tribulaciones de un presente que aún es sombrío y el inevitable
balance que se tiene que realizar cuando se llega a una edad, incluso afrontando la
feliz tarea de hacer una autobiografía (sobre todo cuando se ha vivido bien e
intensamente), permítanme ahora recordar las muchas cosas que pasaron en estos
60 años y que han marcado nuestras vidas.
Los primeros recuerdos que vienen a mi mente provienen del entorno familiar, de
nuestros momentos de interacción en la mesa, escuchando una radio, un tocadiscos
o frente al televisor; también de nuestras salidas por la ciudad, de los muchos lugares
en los que vivimos, en Lima y en el resto del país. Tener un padre militar que es llevado
fuera de la capital te ayuda a conocer el Perú.
En esos tempranos días mis padres, aún jóvenes, disfrutaban de mucha vida social,
de fiestas en casa de tíos y compadres, con la música de época, que también termino
siendo parte de nuestro acervo: viejas cumbias, guarachas, valses, boleros, polkas y
marineras se entremezclaron aquellos días en nuestra memoria. En esa reuniones
había un maridaje perfecto entre la música criolla, de la que extrañamos a sus grandes
exponentes y esa culinaria tan nuestra, que supimos mantener con tan buen gusto (a
pesar de la arremetida de la comida chatarra) y trasmitirla a nuestros hijos, que hoy la
preparan y la disfrutan con orgullo.
La música peruana y su danza (Huaynos, Huaylarsh, Huaconada, Carnaval, Tondero,
Morenadas, Vals, Polka, Zamacueca, Landó, Marinera y diversas danzas amazónicas)
tan rica y variada, de raíz indígena, de vertiente colonial andina, tropical caribeña, de
influencia áfricana y europea y de fusión nacional nos ha dejado una pléyade de
grandes intérpretes: Luis Abanto Morales, Eva Ayllón, El “Carreta” Jorge Pérez,
Susana Baca, Damaris, Alicia Delgado, Dina Páucar, Edith Barr, Eusebio “chato”
Grados, Flor Pucarina, Lucila Campos, Jilguero del Huascarán, Arturo “Zambo”

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Cavero, Óscar Aviles Martina Portocarrero, Princesita de Yungay, Bartola, Indio
Mayta, Panchito Jiménez, William Luna, Pastorita Huaracina, Amanda Portales, Lucha
Reyes, Rómulo Varillas y Jesús Vásquez.

Inolvidables dúos y grupos musicales como Las Limeñitas, Los Embajadores Criollos,
Rosa (La Limeñita) y Alejandro Ascoy, Los Zañartu, Los Morochucos, Los Chalanes,
Los Chamas, Los Troveros Criollos. Mención aparte merecen los hermanos Santa
Cruz: Nicomedes, el gran decimista y Victoria, creadora de "Perú Negro".
En los 60, la música criolla ya declinaba, y surgían nuevos ritmos tropicales, así como
la influencia del rock, generando propuestas muy valiosas como las de Los Saicos,
Los York's, con Pablo Luna, Los Silverston's, Los Shain's, del gran Gerardo Manuel,
Los Doltons, con César Ishikawa y G.M., Telegraph Avenue, Traffic Sound y Los
Belkings. Pero a fines de los 60, un hecho tan infortunado como inevitable, que fue el
golpe de Estado de Juan Velasco Alvarado, relanzó de manera insospechada el
género criollo, en programas y eventos, con corte nacionalista. El rock nacional no
volvería sino hasta los 80, con grupos influenciados por los géneros setenteros y
ochenteros del pop & rock.

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También fue el tiempo del surgimiento de la cumbia peruana, de vertiente amazónica,
con Los Destellos de Enrique Delgado, Los Mirlos, Juaneco y su Combo, que fusionan
la guaracha con el son montuno cubano, y que más adelante con el aporte de la
música andina dan lugar a a la guaracha andina y luego la chicha, en la que destacan:
Chacalón y la Nueva Crema (antes en el grupo celeste), Grupo Guinda, Los Ecos, Los
Mirlos, Los Ilusionistas, Grupo Maravilla, Los Chapis, Vico y su grupo Karicia, Pintura
Roja y otros que le dieron identidad a generaciones de jóvenes, fundamentalmente
migrantes andinos. Música que en su momento fue considerada marginal por la
mentalidad etnocéntrica y alienada de los limeños (y costeños), pero que no se puede
soslayar si se quiere entender al Perú de los últimos 50 años. Música que además
encierra una belleza y melancolía que nos mantiene en la realidad de esta tierra tan
diversa y tan rica.
A pesar de los problemas políticos, la convulsión social y las carencias económicas,
aquellos años de niñez fuimos espectadores privilegiados de los momentos de
felicidad de nuestros padres, tíos y demás adultos que veían la vida con ilusión.
(porque de los momentos de tristeza o dolor a veces no queremos acordarnos, pero
los hubo).

Recuerdo las horas que pase dentro de un carro, rumbo a visitar un familiar o
moviéndonos con rapidez, en una mañana soleada, camino a la playa o al campo, con
la radio encendida, sonando una cumbia, un twist o un rock (en inglés o en castellano),
y aquella vez del perrito sobre el tablero, moviendo su cabeza de manera pausada y
uniforme. Cantar y bailar estaba permitido en esos carros atiborrados de ilusión y
alegría dominguera.
La ciudad de Lima invitaba a caminar y aún había en sus calles vendedores de
productos tradicionales, como el bizcochuelo, el maní (dulce y salado), la melcocha,
el arroz sanguito, el ranfañote, la mazamorra y el arroz con leche. Los helados en
verano (Donofrio, de los de antes), el emoliente en invierno. En las tardes el anticucho
y el picarón. Los chifas no eran al paso ni había pizzerías o sangucherías, eso vendría
después (quizás un restaurant italiano y un café, donde comer un pan con asado, una
butifarra o un pan con chorizo). Los restaurantes, fondas, cantinas y bares eran los

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templos de los piqueos y la comida criolla, aquella que se fusionó en las cocinas de
lugares públicos, pero sobre todo en los hogares, donde las madres y abuelas dejaron
esa impronta que hoy nos define.
Cuando crecimos, la música fue parte de ese crecimiento y más de uno tiene un
auténtico soundtrack, sin el que la película de nuestras vidas no tendría el mismo
sentido. La música con que nos arrullaron, la que bailamos en las fiestas infantiles, la
que cantamos en el colegio y compartimos, en forma de disco y de casete, después
en la juventud; con la que nos enamoramos, nos casamos y aquella que nos recuerda
esos eventos fundamentales de nuestro pasado.
La radio, el tocadiscos y el reproductor de casetes fueron nuestros compañeros. El
DVD llegó cuando ya teníamos una larga lista de espera de canciones que queríamos
volver a comprar o grabar (a costa de la piratería). Y vaya que tuvimos buena música.
Una música que venía de atrás, de África, de Europa de nuestra propia tierra. Una
música que se mezcló en todas partes y produjo maravillosos géneros y ritmos, y que
disfrutamos por igual.
Elvis, Bob Dylan, Rolling Stones, Ray Charles, James Brown, Beach Boys, Marvin
Gaye, Aretha Franklin, Hendrix, Janis Joplin, Led Zeppelin, The Supremes, Tina
Turner, Elton John, The Doors, Eagles, The Who, Pink Floyd, Abba, The Carpenters,
Donna Summer, The Queen, David Bowie, John Cougar Mellencamp, Bruce
Springsteen, The Clash, Barry White, The Police, The Cure, Dire Straits, Madonna,
Michael Jackson. Todos con un carrera exitosa en los 60 y siguientes años. Venidos
de atrás o nacidos musicalmente a partir de los 60.
El blues, el rhythm and blues, el country, el folk, y la música clásica influyeron en el
surgimiento del rock and roll en los 50; ese género musical que, ya como rock a secas,
da origen, a partir de los 60 al blues rock, folk rock, country rock, el jazz rock, el rock
psicodélico, el rock progresivo, el glam rock, el heavy metal, el punk, el rock
alternativo, el grunge, el britpop y el indie rock.

En estos años también surge ese hálito de espiritualidad que fue el reggae, de origen
jamaiquino, y la alegría de la música Disco a fines de los 70.
Grandes conciertos se propiciaron desde los 60: Monterrey el 67 y Woodstock el 69,
que mostraron a la maravillosa subcultura Hippie. Y más adelante, el más grande
concierto de la música pop&rock, que cerró ese inmenso ciclo de explosión creativa

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de los 50, 60, 70 y 80, que fue el Live Aid de 1985 (Por cierto el 13 de julio, día en que
se realizó el concierto, es considerado el Día Mundial del Rock).

En todo este proceso, hay un grupo que no puedo mezclar con el resto, porque está
en la cumbre. Un grupo que nació con su nombre definitivo el año en que vine al
mundo, y que marcó toda mi vida: The Beatles. De ellos solo quiero decir que, si
alguna vez me llevan de viaje a una isla desierta sin nada más que la ropa que llevo
puesta, no tendré que extrañar sus canciones, porque las llevo impregnadas en mi
ADN, como la poesía de Vallejo, la prosa de Borges, las pinceladas de Rembrandt, el
elegante regate de Johan Cruyff o Pelé y los goles de Guerrero y Cubillas.
No quiero incurrir en excesos que invaliden mi apreciación, pero suelo decir que un
solo año de producción musical de los 60, 70 u 80 supera todo lo hecho hasta hoy en
el siglo XXI. Y eso no solo vale para la música en inglés, lo es también para la hecha
en Francia, Italia y Brasil (con el sensual Bossanova), y por supuesto, la música en
nuestra lengua.
La música en español también tuvo su edad dorada en esos períodos. Argentina,
México y España desplegaron en todo el mundo a grandes cantantes y hermosas

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canciones. Desde la nueva ola latinoamericana de los 60, hasta la movida española
en los 80. Desde grupos como Sui Géneris, la Joven Guardia, Los Iracundos, Los
Angeles Negros, Los Pekeniques o los Teen Tops, hasta esos íconos del rock de los
80, como fueron: Miguel Ríos (un nexo entre dos épocas), Mana, el Tri, Soda Stereo,
Virus, Los Abuelos de la Nada, Miguel Mateos, Radio Futura, Hombres G, Héroes del
Silencio, Enanitos Verdes, G.I.T., Nacha Pop, Alaska y Dinarama y Los Prisioneros.
En la balada romántica, grandes intérpretes como Raphael, José José, Adamo, Julio
Iglesias, Marisol, Nino Bravo, Rocío Dúrcal, Camilo Sexto, José Luis Rodríguez,
Roberto Carlos, Juan Gabriel, para citar alguno de los más importantes
Para continuar este recorrido musical, que como se habrán dado cuenta ha marcado
con fuerza nuestras vivencias (¿Cómo no hacerlo con tan buena música?), tengo que
referirme a dos fenómenos latinoamericanos de gran trascendencia: el surgimiento de
la Salsa (fusión de una larga y rica vertiente afrocaribeña), que tuvo en los 70 y 80 su
mayor apogeo. Imprescindible mencionar a la ya consagrada Celia Cruz, a Héctor
Lavoe, Johnny Pacheco, Cheo Feliciano, Willie Colón, Ismael Rivera, Rubén Blades,
Frankie Ruiz, Andy Montañez, Oscar D’León, Joe Arroyo, poseedores de un arraigo
popular y talento que llenó nuestros días de nostalgia y felicidad, alguno de los cuales
pude apreciar en la recordada Feria del Hogar, lugar de nuestros encuentros más
memorables. Aún recordamos la vez vimos a Celia Cruz, a Héctor Lavoe, a Rubén
Blades, a Oscar D’León o al Gran Combo en el Gran Estelar de la Feria del Hogar (por
supuesto, también a Virus, Miguel Mateos y Charly García).

Y también quiero hacer mención de la llamada canción social o nueva canción


latinoamericana, que fue el telón de fondo y caja de resonancia de los cambios
políticos y sociales que se vivió en el mundo, pero en particular en Latinoamérica, tan
convulsionada por los movimientos sociales y grupos que se enfrentaron a las
dictaduras locales y al control que los países desarrollados ejercían sobre nuestras

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naciones. Música que fue el telón de fondo de innumerables discusiones políticas y
eventos culturales en los 70 y 80.
Imposible no reconocer el arte, compromiso social y activismo político de Mercedes
Sosa, Facundo Cabral, Atahualpa Yupanqui, los cubanos Silvio Rodríguez y Pablo
Milanés, los inmensos Violeta Parra y Víctor Jara y en esa línea a Joan Manuel Serrat.
En un plano más bien marginal, en el Perú surgió la “chicha”, un género tropical
andino, que expresó las tribulaciones y conflictos de los migrantes andinos a la capital.
Pero esta rica y variada explosión musical no fue más que la expresión de cambios a
nivel cultural. Una revolución que tuvo como protagonistas a los jóvenes, y que
significaría un gran choque generacional, que todos los que crecimos en esa época,
de una u otra manera sufrimos. Desde los 50’s, frases como: rebelde sin causa,
rocanrolero, hippie, pelucón, marihuanero (un poco nomás), tenían una marca de
rechazo a lo que veían como anormal o indeseable. Es la manera como siempre se
han comportado los mayores respecto de los devaneos y ligerezas juveniles, pero
aquella vez las diferencias fueron mucho más marcadas y rotundas que las ocurridas
en décadas anteriores, y nuestra respuesta a los mayores no solía ser tibia, como
cuando ahora, ante las críticas a los más jóvenes, éstos se limitan a decirnos: “Ok,
boomer” (O nos mandan a la mierda sin más y luego nos bloquean). La respuesta de
los boomer en muchos casos era violenta y trasgresora contra todo lo que se moviera,
y ser rebelde se convirtió en todo un estilo de vida. Ser adolescente en aquellos
tiempos fue realmente jodido.
La nuestra fue una época de un crecimiento acelerado de las ciudades y un progresivo
abandono del campo y los pueblos y ciudades del interior (si es que cabe el término).
Desde la década del 40, Lima empezó su expansión hacia los extremos, y ésta se
aceleró en las dos décadas siguientes. Surgieron entonces los denominados conos
(norte, este, sur), que agrupaban a familias jóvenes, en su mayoría migrantes andinos,
en torno a los cuales se fue generando una nueva cultura limeña. En el Callao, por
otro lado se suscitaba un fenómeno de pauperización. Y entre Lima y Callao lo poco
que quedaba de tierras cultivables y áreas verdes, fue poblado (el primer
asentamiento al que se le puede atribuir la condición de “invasión” fue en Carmen de
la Legua - Reynoso, en el Callao)

En los 60 también se desarrolló la Costa Verde. El acantilado limeño contra el cual


golpeaba el mar se extendió en la base, aprovechando el material extraído de las
obras de la Vía Expresa. Surgieron entonces playas míticas para los que pintamos

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canas, como Barranquito, Los Pavos, Las Cascadas, Redondo, Makaha y Waikiki,
entre otras, que se unieron a las ya existentes: Agua dulce, Pescadores y más allá La
Herradura, refugio de nuestros mejores veranos. Esos tiempos en que tirábamos dedo
para llegar a la playa, con unos soles para la raspadilla, los barquillos o el helado, y
más adelante las chelas (cervezas). Tiempos en que muchos jóvenes alternaban las
olas con el juego de paleta o fulbito; tiempos en que la realidad se hacía más digerible
con un trago preparado o un “tronchito” de marihuana (huiro, porro, pito). Tiempos en
que nos decíamos, ya “entre Pisco y Nazca”, que los amigos eran más importantes
que los amores, claro, hasta que nos enamorábamos, entonces nos apartábamos del
grupo, a no ser que la enamorada fuese parte del grupo también. Lo cual hacía más
interesantes las salidas.
No se me escapa el hecho que la nuestra también fue una generación que salía de la
carestía de los 70´s y consumió alcohol de la peor calidad y se entregó al tabaco como
si se tratara de una señal de liberación y entrada a la adultez, al punto que no había
lugar de la ciudad que no estuviese cargado de humo. Pero esta generación y la
siguiente también experimentó con las drogas: LSD, cocaína, heroína, éxtasis
(MDMA), crack, pasta básica (PBC) y fármacos diversos. Lo cual llevó a la destrucción
a quienes cayeron en la adicción y dejó secuelas en muchos. Hoy, por suerte, los más
jóvenes parecen haber aprendido esa lección y se han liberado del tabaco, aunque el
alcohol no ha desparecido de su cultura y hay drogas sintéticas que siguen por ahí
acechándolos.
Volviendo a temas más felices, el recuerdo de las playas de Barranco está entre los
mejores que seguramente vivimos. Tuvimos la suerte de disfrutar esos espacios de
arena, sol y mar, en todo su apogeo, en la década de los 70’s. Sin los restaurantes
que tapan la vista, afean y reducen el lugar, con amplios espacios de cálida suavidad
y un océano limpio y libre de bañistas, porque nosotros, privilegiados habitantes del
litoral, vivíamos a pocas cuadras de la playa, y cuando no íbamos por las mañanas
para pasar el día, luciendo la ropa de baño nueva, la paleta semiprofesional (en manos
de amateurs), el bronceado, la toalla de diseño original, el delgado cuerpo y el cabello
largo mojado; acudíamos al atardecer, para evitar el atiborramiento de gente, y
disfrutar de ese modo de amplios espacios y un mar solo para nosotros. En ocasiones
llegábamos a la 4 de la tarde, cuando los bañista ya regresaban o se preparaban para
regresar a sus casas.

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Más de una vez pudimos ver ocultarse el sol desde lo alto de una ola, y regresar a
casa cuando la noche ya estaba encima. Más de una vez fuimos los dueños absolutos
de la playa, un día de semana, al atardecer, por lo menos hasta que empezaban a
llegar las parejas a buscar la arena para compartirse plenamente. En tiempos en que
todavía no proliferaban los hostales, y los parques, la playa (en un auto o en la arena)
o el 5 ½ eran la única alternativa para los amantes.
No olvidaré aquella vez que tres de nosotros, corriendo olas a pecho y lanzando
aullidos de felicidad cuando ingresábamos al tubo de la ola ya en la penumbra del
atardecer, asustamos a más de una pareja (y algún infaltable fisgón), que se alejaron
del lugar preguntándose seguramente qué clase de monstruoso pez estaba trayendo
el mar a esa hora. En aquellos veranos intensos, el sur fue un recurso poco habitual,
al que acudimos las veces que queríamos cambiar de aires y experiencias, y no con
poco esfuerzo.
Los últimos años de los 80´s fueron haciendo cada vez más difícil ir a la Costa verde,
por estar tan poblada y porque de alguna manera el interés se trasladó al sur de Lima.
La Herradura, con sus altavoces dando la hora y refrescando el aire con melódicas
canciones; con sus cambiadores, sus raspadillas, helados, barquillos y sus elegantes
restaurantes; con el Palm Beach entre La Herradura y El Caplina, y en el otro extremo
el Club Samoa y el edifico Las Gaviotas, brindándole distinción a ese refugio de los
padres y los abuelos, empezó su declive en los 80’s, por la construcción de una pista
hasta la playa La Chira, que modifico las mareas y dejó sin arena a la playa.

El romance de los limeños con el mar siempre fue desagradecido. Disfrutamos


algunas décadas de él, pero ahora tenemos abandonado ese espacio natural al que
alguna vez le ganamos terreno, pero hoy no tiene prácticamente playas, sino solo una
vía rápida para los autos. Y no parecemos darnos cuenta de lo privilegiado que es ser

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la única capital de Sudamérica a orillas del mar. Una capital que lamentablemente vive
encerrada en sus problemas de mala convivencia, dando permanentemente la
espalda al mar, y sin embargo despreciando su raigambre andina.
Lima es nuestra casa grande y el más querido lugar en el mundo, pero a partir de los
60’s fue una ciudad muy conflictiva. De crecimiento acelerado, de tugurización en el
centro, en las casonas abandonadas después del terremoto del 40. Con un paulatino
deterioro de su patrimonio virreinal y republicano. Un lugar que en mi niñez recorrí
maravillado, pero luego, en los 70 y 80 rezumaba violencia y destrucción. La creciente
crisis económica y la ausencia de espacios para el desarrollo e integración de los
migrantes originó que el centro de Lima se convirtiese en un gran mercado
ambulatorio. No obstante, aún recuerdo, a inicios de los 70, haber encontrado la calma
y el tiempo para recorrer sus calles, cuando acudía a estudiar música en el
Conservatorio de la avenida Emancipación. Recorrido que nunca dejé de hacer, sea
por distracción, trabajo o arraigo con una ciudad que la considero muy mía.
Ahora bien, el panorama no se configura completo si no hablamos además de ese
fenómeno que surge en los 60 y que ha marcado nuestro desarrollo generacional: la
“revolución sexual”. Desde que Simone de Beauvoir publicó “el segundo sexo” en
1949, se fue gestando un cambio que reavivó el feminismo dormido luego del
sufragismo, que fue contenido por las dos grandes guerras, y entre ambas, el
superficial desenfado de las flappers, que solo fue un hálito de liberación.

En los 60s, el feminismo recobró su accionar militante por buscar liberar a la mujer de
la dominación machista patriarcal que la tenía sometida al hogar, a ello contribuyeron
dos símbolos de esta época: la píldora (anticonceptiva) y la minifalda. El termino amor
libre, que se identificó con la cultura hippie se extendió como una marca generacional.
En los 70 las mujeres y el colectivo LGTB -aún no se incluía la I (intersexual) y la Q
(Quer)- se visibilizaron como parte de la sociedad y se empoderaron. Vale decir que
los 70, el condón, la píldora, la droga y el alcohol contribuyeron a un desenfreno que
tendría su clímax a fines de esta década y comienzos de los 80, hasta ese freno cruel
que produjo la pandemia del VIH/Sida, lo que llevó a tomar mayor conciencia sobre la
ETS (Enfermedades de trasmisión sexual). Sin embargo, hemos sabido levantarnos

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de esa tragedia y mantenernos vigilantes de las causas que la produjeron, como
tenemos que hacerlo ahora.
Estos maravillosos años 60, 70 y 80, fueron también de surgimiento de un fenómeno
exclusivamente latinoamericano (y también exclusivamente masculino, y no por falta
de buenas escritoras, como Elena Garro y Rosario Castellanos). Un fenómeno de gran
trascendencia e influencia en el mundo: el “Boom de la Literatura Latinoamericana”.
Nuestros ídolos no solo fueron cantantes, músicos, actores o políticos (que también
los hubo y son dignos de mención, pero prefiero dejarlos para otro momento y otro
espacio), o futbolistas, que del fútbol me voy a referir luego. Y es que antes teníamos
ídolos o referentes de real valía. Algo que extrañamos para nuestros hijos y nietos.

En particular, guardo especial respeto y hasta veneración por algunos artistas y entre
ellos, literatos, que han despertado y modelado mi vocación por la escritura y han
influenciado en mi palabra. Hay quienes vienen de más atrás, como Palma, Whitman,
Eguren, Bécquer o Vallejo y hay quienes se acercan a los 60, como José María
Arguedas, Carpentier o Borges. Y están los que lo hicieron después, algunos
reconocidos integrantes de ese selecto grupo del denominado Boom de la Literatura:
Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez, Rulfo, entre otros; y los que no fueron parte
del Boom y que ejercieron una profunda influencia en mi: Javier Heraud, César Calvo,
Blanca Varela, Antonio Cisneros,
La temática de la literatura de aquellos tiempos, si bien se identificó con el término “lo
real maravilloso”, no se alejó de la crítica social y política, ni fue ajena a un movimiento
de gran trascendencia en aquellos tiempos: la lucha por los derechos civiles, que ha
recobrado vigencia en estos tiempos, porque la democracia no fue suficiente, ni la
discriminación dejó de existir en nuestro planeta. Fueron tiempos además donde se

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puso en el tapete temas de discusión que no obtenían visibilización, porque además
de la dominación contra la mujer, se encontraba pendiente legislar y establecer política
eficaces para evitar el maltrato de los niños y adolescentes, y de las poblaciones
vulnerables, a través de tratados o convenios internacionales, y su puesta en vigencia
en los derechos internos de los países.
Esta lucha se extendió por todo el mundo, a favor de las poblaciones indígenas, contra
la contaminación ambiental, a favor de los derechos del niño, contra el racismo, el
apartheid, la eugenesia y la discriminación a colectivos como el LGTBI (Hoy
LGTBIQ+). Discriminación que se acentúo a inicios de los 80, cuando se vinculó el
VIH y el SIDA a los grupos homosexuales, predominantemente masculinos, llamando
“peste rosa” al virus de inmunodeficiencia humana y su impacto en el sistema
inmunitario, que puede llevar al SIDA. La estigmatización de las personas, por obra
de la intolerancia, la discriminación, la ignorancia y el temor traen consecuencias
nefastas.

El cine ha sido una buena vía para presentar la problemática humana y recoger
testimonios muy valiosos, modelando de alguna manera el pensamiento y la conducta
de las personas, frente a situaciones límites, películas como: Matar a un ruiseñor,
Hotel Rwanda, Filadelfia, Viven, Moon light, Thelma & Louise, Desaparecido, Midnight
Express, La noche de los lápices, y otras que es necesario ver con ojo crítico y mente
abierta, buscando el mensaje que nos dejan.
Hay momentos trascendentes en estas décadas, que vale la pena destacar: el
discurso de Martin Luther King en Washington en 1963; las protesta de mayo del 68
en Francia y Europa; el inicio de la “Marcha del Orgullo” en 1970; las protestas de los
colectivos feministas por visibilizar el patriarcado machista, el androcentrismo y la
búsqueda por empoderar a las mujeres; la lucha contra las dictaduras en los 70; La
marcha en favor de la recuperación de Las Malvinas por Argentina en 1982; el gran
concierto de Live Aid, de 1985, para recaudar fondos en favor de los países de África
oriental; la caída del Muro de Berlín en 1989; la “Primavera Árabe” en 2010; las
marchas contra el terrorismo, contra el fujimorismo y contra la corrupción; y las
marchas ante la violencia contra la mujer y el feminicidio, con el lema: “Ni una menos”.

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Así también hemos vivido momentos de terrible violencia que afectaron a nuestra
generación: los golpes de Estado, el accionar de los grupos subversivos, los actos
terroristas, la respuesta violenta del Estado, las dictaduras, la guerra fría y el miedo a
una tercera guerra mundial, el fundamentalismo religioso y los afanes
independentistas radicales que causaron tantas muertes y sin duda las epidemias y
pandemias: la ya mencionada del VIH/Sida, la del cólera en 1991, la de “gripe porcina”
en 2008-9 y esta pandemia que nos tiene confinados, tratando de resguardarnos de
un enemigo invisible, frente al cual, las consecuencias, para los que ya cargamos años
encima y alguna enfermedad preexistente, como la diabetes, la hipertensión o
problemas cardiacos, pueden ser de una enrome gravedad. Más aún si a ello le
añadimos la obesidad, que es un mal producto de una inadecuada alimentación y el
abandono de la salud, desde la juventud. Una juventud que sin duda no fue tan
cuidadosa en el comer, pues aunque se suele decir que la comida de antes era más
sana, seguramente habría que remontarse unas décadas antes de los 60 para ver tal
virtud en la comida, pues si algo creció con nosotros – sobre todo a partir de los 80’s-
fue la sociedad de consumo, los alimentos procesados y la comida chatarra (Además
del cigarro y el alcohol) que no se compensó lo suficiente con el ejercicio del cuerpo.
Que andar todo el día en la calle de vago, jugarse una pichanguita de fulbito, o darse
un baño de playa, no era necesariamente hacer ejercicio (sobre todo si se mataba la
buena intención fumando y bebiendo cerveza). De ahí surge la consabida frase:
“después del fulbito, viene el fulvaso”.
Me detengo un momento para hablar del colegio, o los colegios en los que estuve: en
Arequipa, en mi infancia, luego Ayacucho (lugar maravilloso del que guardo especial
recuerdo y al que le estoy dedicando algunas líneas, en un texto que tengo pendiente
terminar), lugares a los que llegue con mi familia por la profesión ya mencionada de
mi padre. Y los cuatro o cinco en que estuve en Lima, aprendiendo una sola cosa que
hasta hoy hago: cómo desvincularme de la formalidad y buscar mi propia forma de
aprender las cosas.

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Los años en el colegio fueron de permanente roce con la autoridad, de lucha contra
una flojera innata y de un infructuoso afán por integrarme, teniendo tan diversos
intereses como el arte, los deportes, las fiestas, las chicas, el cine, la playa y los
campamentos. Con tanta actividad había muy poco tiempo para el estudio, y la verdad
es que aprendí más fuera del colegio que dentro de él.
La universidad fue otra realidad, haber pasado por tres de ellas, la Universidad San
Martín de Porres, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Universidad de
Lima, donde obtuve el título de abogado, me dio una visión distinta de la realidad.
Además pude conocer la Pontificia Universidad Católica del Perú por dentro, luego de
las constantes visitas que hacía a quien hoy es mi esposa, compartiendo horas dentro
de esa casa de estudios de primer orden.

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La universidad fue para nosotros el marco de otra complicada década: los 80, tan
cargada de vitalidad humana, de conflictos sociales y de crisis social y económica.
Alternábamos “trabajos de hambre” con los estudios. La inflación nos absorbía cada
día más, pero a pesar aún podíamos tontear en sus campus, ir a un concierto, a un
bar, a una fiesta o una discoteca. Eso, cuando no estábamos marchando para
protestar contra el gobierno de turno, o soportando las arengas o intervenciones en
los salones de la UNMSM, de los simpatizantes de Sendero Luminoso o el MRTA. O
cuando no teníamos que recluirnos en los toques de queda o en los paros armados.
Y cuando el terror empezó a tomar Lima y huimos de cada paquete o cada coche
sospechosamente estacionado cerca de un banco o una entidad pública. Y aún así,
teníamos que tomarnos tiempo para estudiar para los parciales, las prácticas o los
finales. En verdad, en esos años la universidad, como decía aquella conocida canción
del grupo Rio, era “cosa de locos”.

Hay muy buenas amistades que se han forjado en la universidad, y muy buenas
historias también que ya contaré con mayor detenimiento luego. Basta con decir que
en los 80 me movía entre varios mundos, algunos bastante disímiles, el de los chicos
bien de la Universidad de Lima, en su mayoría ajenos a la realidad del país, el de la
práctica del atletismo, en la selección de la universidad y la Liga de Barranco de
Atletismo. Y en el otro lado, el mundo de los chicos menos acomodados o más bien
pobres de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde estudié Filosofía,
Jóvenes aquellos que vivían con mayor intensidad la problemática socioeconómica y
política del país, sufriendo la censura y persecución del gobierno militar en los 60 y
70, el impacto de la hiperinflación, los paquetazos, el terrorismo, los paros y las
marchas en los 80, y más adelante, el 91, la toma de la universidad por el gobierno de
Fujimori, uno de los más corruptos de la historia del Perú.
Es sintomático que todos los presidente vivos en la actualidad hayan sido condenados
por delitos cometidos en su función (Morales Bermúdez y Fujimori) o se encuentren
procesados por ello.
La docencia universitaria me llegó hace 20 años, cuando ya tenía 15 años en la
docencia: en colegios (particulares y estatal), academias e institutos, una actividad

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que con el tiempo se fue volviendo más importante, pasando el ejercicio de la
abogacía a un segundo plano.
En mi vida hubo momentos especiales frente al televisor: levantarme de madrugada
el año 1968 para ver dar el primer paso del hombre en la Luna, olimpiadas, mundiales
de fútbol (sobre todo aquellos en los que participó Perú, en el 70, 78 y 82), musicales,
programas de humor, inolvidables series en blanco y negro, grandes eventos y
tragedias que incluso vimos en vivo y en directo, como la guerra del Golfo o el ataque
a las Torres Gemelas, terribles escenarios de la insania humana.

Con el tiempo la ciencia y la tecnología fueron ocupando cada vez más nuestro tiempo
y abriendo un universo de posibilidades. Un televisor, una radio, un tocadiscos, el toca
casete, el walkman, el discman, la nube, y la revolución tecnológica que en los 80 dio
entrada a la era de la información. En esta materia somos una generación dispar, pues
están los que no se insertaron en el mundo digital (que llaman analfabetos digitales)
y los migrantes digitales, que sí accedieron a la informática, algunos con bastante
éxito, sobre todo en las redes sociales, pero no en todas, porque este asunto también
es generacional. Como lo es también el mundo de los juegos virtuales o juegos de
video, que nosotros vimos crecer. Recuerdo que a inicios de los 80 aparecieron los
primeros lugares, con sus salas mixtas, donde aún había un billar, un pinball y la
novedad de los arcades conteniendo juegos clásicos, como el Pac-Man, Space
Invader, Donkey Kong o Frogger (el de la ranita). El primero al que acudimos estaba

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en el parque Kennedy, en Miraflores, entre el local de la heladería Donofrio y la calle
Shell, al que precisamente llamábamos “El Pinball”.

Esa era una zona muy concurrida por entonces, desde que en los 70’s se puso de
moda ira a la avenida Larco a pasear, para ver o ir de compras a la tiendas de ropa,
las discotiendas (La Discoteca y Héctor Roca) y cruzarse con gente joven que acudía
al bowling de la bajada Balta, a los cines, al billar, al pinball, al parque o al coliseo del
Champagnat. Nosotros solíamos ir los fines de semana al cine: El Pacífico, Colina, o
más adelante Romeo y Julieta, dos cines adyacentes. Eso cuando no estábamos
yendo al Orrantia, el Alcázar, el San Antonio, el Premier o incluso al cine Barranco,
que era hasta donde llegaba nuestro circuito (claro que siempre podíamos ira un poco
más lejos o a lo que entonces se conocía como cine de barrio, nuestro más cercano:
el cine Balta, y el de nuestras escapadas a ver películas de adultos: el cine Olaya, en
Chorrillos).
En esos cines vimos películas comerciales, muy atrayentes para los jóvenes de la
época, como “Star Wars” (las únicas tres que reconozco), “La Profecía”, “Saturday
Night Fever”, “Grease”, (y en cines de barrio pudimos ver Tiburón, El Exorcista y
algunas picarescas, en tiempos de censura), y además algunas comedias populares,
bastante simplonas, pero acodes con la época: “Juntos son Dinamita” o “En humo se
va”, que nos hicieron desternillar de risa. Además de conciertos y musicales rockeros
como “Woodstock”, “Jesucristo Superstar”, “Tommy” o “Footlose”. Y luego del cine
podíamos terminar en el “Tejadita” en Barranco, con esa hamburguesa tan solicitada;
en “La Casita” en Shell, comiendo salchipapas o solo papas, con dos salsas como
máximo; en el “Pozo de San Ramón”, al costado de la puerta del coliseo del
Champagnat, con sus pequeñas pizzas cocinadas en horno eléctrico, lugar que fue el
origen de la calle de las pizzas; comprando churros en Manolo; o en cualquier lugar
donde pudiésemos comer algo al alcance de nuestros flácidos bolsillos, para no ir a la
cama con el estómago vacío, pues salíamos tarde en la noche, después de acudir a
la función de noche, con lo que nos liberábamos del gentío de la función de vermouth.
Ya entonces no íbamos a la infantil matiné.
Precisamente Larco y el Ovalo de Miraflores fueron lugar obligado de reunión cuando
en los 70’s Perú logró importantes triunfos en el fútbol. Sobre todo aquellas

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congregaciones, cuando se ganó la Copa América en 1975, y las clasificaciones y
participaciones en los mundiales de 1978 y 1982.
Especial y muy diverso recuerdo guardo de cada uno de los mundiales. El de 1970,
porque además de lograr triunfos importantes en dicha competición, el día de su
inauguración, poco después del partido de inicio, se produjo el terremoto de 1970; el
de 1978, porque permitió que nos juntemos un numeroso grupo de amigos del barrio
que disfrutamos cada partido con una fuente de cebiche unas cervezas y unos
cocteles, terminando todos juntos en la Avenida Larco a celebrar hasta la madrugada.
Y en particular, el mundial de 1982, ya no el último, sino el penúltimo al que acudimos,
que no me ilusionó por los triunfos, porque no tuvimos ninguno, sino porque pude estar
presente en la clasificación a ese mundial, con mi padre, en tribuna sur del Estadio
Nacional, viendo empatar a la selección con Uruguay, en 1981, con lo cual se logró el
pase al mundial.

El 2017, quise repetir la experiencia con mi hijo y la pude lograr, cuando ambos
acudimos a la misma tribuna sur y cerca al mismo lugar en que me abracé y lloré con
mi padre por esa clasificación de 1981, que esta vez, en 2017, fue más gloriosa aún,
porque se produjo después de 36 años de no haber pisado una cancha mundialista.
Cabe añadir, como un logro personal, que tuve la satisfacción de ver a mi hija en uno
de esos estadios del Mundial de Rusia 2018, donde jugó Perú con Francia, quien a la
postre sería el campeón mundial.
Estos momentos y el viaje que hice con mi familia (mi esposa y mis dos hijos) entre
julio y agosto del 2018 a Europa, están entre mis recuerdos más preciados y últimos,
antes de la Pandemia de Covid-19, que ahora me tiene confinado escribiendo y
reescribiendo este texto, que se ha vuelto muy personal, y que por ello mismo tiene la
intención de ser un ligero y puntual repaso de algunos momentos de mis 60 años de
vida, o un descanso para lo que me puede quedar de camino, que no espero que sea
largo, pero sí fructífero y feliz.

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Pero ésta no es solo una edad mía, es un cúmulo de experiencia que se tienen, se
usan y se comparten con todos, Una vida compartida con todos los que la hicieron
posible. Y lo que hicimos nos pertenece, pero también le pertenece a los que nacieron
después, porque, cuando escucho o leo a un joven o una joven decir que nació tarde,
porque no vivió una época anterior que considera valiosa, (como solía decir Gerardo
Manuel), yo le digo que, por el contrario, ella o él tienen la posibilidad de vivir lo actual
y todo lo anterior, si tienen la curiosidad y el interés de conocerlo y asimilar la
experiencia.
Hay mucha gente que marcó nuestras vidas en estos 60 años: mis padres,, mi esposa,
mis hermanos, mis hijos, mis suegros, mis familiares, amigos y compañeros de
trabajo, y todos aquellos que, desde el ámbito laboral supieron guiarnos. Son tantos
más, que sería largo mencionarlos.
Algún maestro que confió en mí y me motivó, algún estudiante que me hizo saber que
lo mío tenía que ver con la docencia antes que con la abogacía. Ese profesor que me
dijo que el derecho lo debía complementar con la filosofía, la historia y la economía si
quería acercarme a la realidad.
La profesora de laboral que no me quería más en su clase y por ello me llevaron a
pasar esas horas a la biblioteca, donde saqué más provecho al colegio ese cuarto
año, devorando todos las novelas de Julio Verne, la desalmada de Geografía que
decomisó mi cuaderno de poemas. El profe de Lenguaje que me dijo que mis poemas
no parecían los de un joven (seguramente porque no hablaban de la primavera, sino
de odios y fracasos) y por ello no fueron aceptados en los Juegos Florales, y la
revancha que me di al año siguiente, cuando ya me habían echado del colegio por
relajado, cuando un cuentito al que ya le he perdido de vista, ganó el concurso, pero
presentado por alguien muy querido, a quien metí en problemas porque tuvo que ir de

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salón en salón explicando cómo había elaborado el cuento. (Hasta hoy se me pone
esa mueca de gusto recordando este asunto tan bizarro).
En este largo camino de exploración literaria que empezó en mi adolescencia, también
tuve la influencia de muchos poetas y narradores que abrieron las puertas de mi otra
vocación: la escritura, a la que en esta segunda parte de mi vida le estoy dedicando
el tiempo que no le prodigué años atrás.
En particular quiero rendir tributo a quienes me llevaron a caminar por las sendas del
arte y el mundo intelectual. Y a tres amigos en particular, con los que compartí la
experiencia de incursionar en el teatro y la dramaturgia. Una pasión dormida que
pronto debo despertar.
De muchas cosas seguro me olvido, y alguna de ellas probablemente sean más
importantes para ustedes, viejos sesentones, de lo que fueron para mí. Más si algo
nos une en este recorrido, es que la nuestra fue una época muy cargada de
acontecimientos realmente trascendentes, y sin embargo simple y feliz. Este texto ha
sido un recuento, a vuelo de pájaro, de lo vivido, que no cubre todo ni agota el deseo
de seguir narrando una vida que agradezco haber consumido.
No sabemos cuánto más estaremos pisando estas tierras, pero con seguridad no
serán otros 60. Tal vez unos cuantos que espero disfrutar con intensidad, haciendo lo
que más me gusta: vivir.
Yo, en particular, como dice la canción de Bob Seger, “sigo corriendo contra el viento”,
con menos ímpetu, pero con suficiente intensidad.

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Y esto último va para mis amigos que cumplen sus seis décadas este año. Siéntanse
felices de haber vivido una gran época, una época irrepetible, de vivir lo que se viene,
que es absolutamente impredecible y por dejar su huella en todo este maravilloso
tiempo. Y si aún no lo han hecho, queda aún tiempo para hacerlo: en casa con los
hijos o con los nietos; en el trabajo o en el dorado retiro; en la escuela, en el instituto
o en la universidad, si son docentes; en la hoja en blanco (física o virtual) si son
periodistas o escriben; y en cualquier lugar y ocasión en que se necesita su
experiencia, su conocimiento y el saberse parte de una gran generación. De nosotros
depende que se mantenga y se potencie todo ese legado, dejando de lado lo peor y
rescatando lo bueno que nos dejó nuestra era.
Y a los que ya cumplieron 60 años antes, o a los que les queda aún unos años para
llegar a esta edad mágica, que sepan que todos los que vivimos con intensidad
aquellos años rememorados, somos parte de una gran época, que de una manera u
otra hemos ayudado a construir. Por eso valoren lo hecho, celebren su vida, pasada,
presente y futura, y no esperen que otros lo hagan cuando ya no estén.
Feliz cumpleaños veteranos de mil luchas, y a seguir disfrutando del presente, que es
la suma de todo lo vivido.

Lima, agosto del 2020


Carlos Rojas Sifuentes

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