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UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA

FACULTAD DE BELLAS ARTES


DEPARTAMENTO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS Y SOCIALES

CÁTEDRA: TEORÍA DE LA PRÁCTICA ARTÍSTICA


TITULAR: MÓNICA CABALLERO
ADJUNTOS: FERNANDO DAVIS / SILVIA GARCÍA
JTP: GABRIELA BUTLER TAU / MARCOS TABARROZZI

Teórico 10-05-10 / Salón Auditorio FBA, 14:00 a 16:00 hs.


A cargo del Prof. Adjunto Fernando Davis

Contenidos:
La escena global y el problema de la identidad. La identidad como concepto
relacional. Concepciones sustancialista y constructivista de lo identitario. Concepto
de “identidad latinoamericana”: consideraciones críticas. Transterritorilidad y nuevas
matrices identitarias.

Bibliografía:
Ticio Escobar. El arte fuera de sí, Asunción, FONDEC y CAV / Museo del Barro,
2004. Cap. “La identidad en los tiempos globales. Dos textos”.

TEMA: la actual reaparición de los debates en torno al tema de las identidades y su


necesaria reformulación. La primera parte del texto se ocupa de esta discusión y aborda una
serie de conceptos que entran en juego en tales debates. La segunda parte presenta un
itinerario histórico del arte moderno del Paraguay, tomando como referencia la relación
identidad-arte.

PUNTOS DE PARTIDA:

a) El “giro”: la reemergencia del tema de la identidad en el debate crítico


contemporáneo se basa en el repliegue de las grandes figuras que lo legitimaban en
clave esencialista (Nación, Pueblo, Clase, Territorio, Comunidad).

b) Dos situaciones riesgosas:


- las industrias culturales (junto con las de la información, la comunicación, la publicidad y
el espectáculo) devienen en nuevos y poderosos factores de identificación y creación de
subjetividades.1
- tendencia al encapsulamiento de las identidades. Doble movimiento: por un lado, los
proyectos fundamentalistas creadores de identidades intolerantes; por el otro, las “micro-
identidades” aisladas en particularismos diversos.

1
La Industria Cultural “tiene la muy peculiar característica de producir, directamente,
representaciones, cuyo consumo indiscriminado y ‘democrático’ (…) no se limita a satisfacer
necesidades –reales o imaginarias- sino que conforma subjetividades, en el sentido de que –puesto
que por definición el vínculo del sujeto humano con la realidad está mediatizado por las
representaciones simbólicas-, el consumo de representaciones es un insumo para la fabricación de
los sujetos que corresponden a esas representaciones” (Grüner, Eduardo. Las formas de la espada.
Miserias de la teoría política de la violencia, Buenos Aires, Colihue, 1997, p. 134).
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c) la persistencia del tema de la identidad obedece, en un sentido, al peso de la influencia


del mainstream (los Estudios Culturales norteamericanos), por otro lado, da cuenta de la
vigencia de una problemática presente en las discusiones sobre el arte contemporáneo que
aparece y reaparece por lo menos desde la década del 20. Tensiones entre los guiones
académicos hegemónicos administrados desde el Norte y las recuperaciones críticas de
este debate en el Sur.

PREGUNTAS:
¿Por qué importa esta recuperación de categorías (como las de identidad, utopía o
emancipación) que el discurso posmoderno había cancelado al denunciar su matriz
sustancialista? ¿En qué medida una aproximación a dichas categorías fuera de sus
asignaciones de sentido esencialistas, no sólo sería productiva para pensar su obstinada
presencia en los debates críticos latinoamericanos (y del arte latinoamericano en particular),
sino también para comprender nuestro presente?

PROBLEMAS:

1. Cambio del concepto de identidad-sustancia por el de identidad-constructo


Desplazamiento desde una noción sustantiva (metafísico-idealista) de lo identitario a una
pragmática constructiva.
La identidad no constituye una esencia abstracta, clausurada en una afuera de la historia.
Por el contrario, se encarna en prácticas sociales concretas que a su vez son históricas, se
configuran históricamente.

- Este pasaje de una identidad-sustancia a una identidad-constructo debe entenderse a


partir del colapso del sujeto cartesiano moderno y de la idea de la historia como curso
lineal y unitario. La razón constituye para el pensamiento de la modernidad la dimensión a
partir de la cual dicho Sujeto racional puede conocer el mundo y sus leyes, pero asimismo
dominarlo y transformarlo de acuerdo a sus intereses. Pero por otro lado, este Sujeto,
“dueño del lenguaje, centrado”, encarna una subjetividad precisa y privilegiada (varón,
occidental, blanco, heterosexual) responsable de las grandes causas de la historia,
entendida como curso universal, teleológicamente fundado. De la misma manera que, en el
curso de la modernidad, la conformación del Sujeto no es inseparable de la invisibilización (o
por lo menos, la marginación) de un conjunto de subjetividades “otras” (que no son ni
varones, ni occidentales, ni blancos, ni heterosexuales), la misma construcción de la historia
como curso unitario y sin fisuras no es ajena al borramiento o a la administración interesada
de las “historias de los vencidos”.2
2
La Historia oficial no es neutral: es la historia de los “vencedores”, de aquellos que poseen los
medios de producción del discurso para legitimar su lugar en la historia, para representar(se) y
representar (interesadamente, qué duda cabe) a los otros, a los “vencidos”, cuyos relatos quedan
silenciados o neutralizados, cuando no violentamente suprimidos, del curso de la Historia que se
pretende universal.
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Desde el interior de la modernidad misma tienen lugar potentes insubordinaciones críticas a


dicha conceptualización del sujeto “fuerte” (como lo denomina el filósofo italiano Gianni
Vattimo) y de la historia como despliegue coherente y unitario (Nietzsche, Freud y Marx, a
quienes Foucault llama “los maestros de la sospecha”, son quienes encabezan esta
embestida crítica a los postulados universalistas de la modernidad). Cabe mencionar
asimismo los movimientos por los derechos civiles de los negros en EE.UU. desde
mediados de los 50 y, ya en los 60 y 70, los feminismos y los diversos movimientos
contraculturales que atravesaron estas décadas, así como las luchas de los pueblos
originarios en América Latina. En los 80, la discusión identitaria reaparece, por un lado, en
la llamada teoría poscolonial y, por el otro, en la crítica posfeminista y en los debates
impulsados por la teoría queer.
Estas diversas formulaciones críticas desmantelan la subjetividad moderna encarnada en el
Sujeto cartesiano autocentrado y erosionan el doble mito3 del privilegio unitario y racional de
la subjetividad y de la historia como despliegue unitario, abriendo un proceso de
comprensión de las identidades no en la afirmación de una supuesta (y sospechosa)
“esencia” estable, previa a la historia, sino en el espesor conflictual de sus
identificaciones y posiciones variables, históricamente coordenadas.
Las identidades no sólo son desprovistas de su espesor metafísico, sino también de su aura
épica: ni identidades esenciales, ni identidades “motoras-de-la-historia”, responsables de las
grandes causas (que, como hemos señalado, el pensamiento moderno identificaba con el
sujeto cartesiano).

- Las identidades se afirman desde emplazamientos particulares y se demarcan mediante el


reconocimiento que hace una persona o un grupo de su inscripción en un “nosotros” que lo
sostiene. Pero esta inscripción imaginaria no es estable y definitiva (sino dinámica y sujeta a
cambios) y tiene lugar en diversos niveles de identificación (tampoco permanentes, sino
móviles): la clase social, la región, la ciudad, el barrio, la familia, el género, la opción sexual,
la ideología, etc.
En tanto concepto relacional la identidad es, por lo tanto, múltiple, supone identificaciones
y posiciones variables y contingentes, depende de contextos y de operaciones articulatorias
de diverso signo.

- En el ámbito de las luchas políticas basadas en posiciones identitarias, esta


interpretación tiene consecuencias cruciales: dice Escobar que “si una categoría referente a
sujetos colectivos (mujeres, clase trabajadora, negros, etc.) no se basa en una esencia
(previa a su propio proceso de constitución), entonces ya no se trata de definir la identidad,
sino de buscar cómo se construye políticamente una categoría como tal dentro de diferentes
discursos” (p. 64).

3
En el sentido en que Barthes entiende al mito, en tanto discurso vaciado de su contingencia y “habla
despolitizada”, ajena a su “cualidad histórica”, al “recuerdo de su construcción” (Barthes, Roland.
Mitologías, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003 [1957]).
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2. La articulación entre lo particular y lo general, frente a la fragmentación de las


identidades
El reto político que surge en torno al tema de las identidades es el de apuntalar la
articulación social a través de figuras que ayuden a imaginar el conjunto y sustenten la
construcción de lo público sin menoscabo de la diversidad.
El autor plantea algunos reparos al discurso del multiculturalismo en América Latina, en
tanto discurso que es funcional a la ideología del capitalismo global. Como afirma Slavoj
Zizek: “la nueva comunidad universal, pos Estado-Nación, construye, a través del mercado
global, su propia ficción hegemónica de tolerancia multiculturalista”.4
En América Latina resulta fundamental tanto el momento de las identidades como el
de su articulación de cara a la cosa pública. La problemática de la fragmentación de las
identidades plantea, así, dos órdenes de problemas:
- La primera cuestión es cómo congeniar el discurso de las identidades sectoriales con la
figura de las grandes identidades basadas en el territorio, que durante décadas han tenido
una fuerte presencia en el análisis del arte y la cultura de América Latina (identidades
nacionales, latinoamericanas, regionales), o bien, que se perfilan ahora como nuevas
subjetividades de carácter global.
- La segunda cuestión es cómo podrían estas micro-identidades, sin renegar de su posición
particular, sobrepasarla en los terrenos de la escena pública y en vistas al interés colectivo.

a) Identidades nacionales
La Nación, en tanto tradicional dadora de identidad, se ve “amenazada” en este oficio, por
un lado, a partir de la multiplicación de micro-identidades fragmentadas que debilitan las
formaciones identitarias nacionales; por el otro, a partir del avance de la globalización, que
promueve nuevas matrices de identificación trasnacionales.
Esto no significa el fin de las culturas nacionales, sino, sostiene el autor, “la necesidad de su
reinscripción en contextos más complejos que impidan el cierre de sus perfiles y las fuercen
a confrontaciones multiculturales y transterritoriales” (p. 69).

b) Identidad latinoamericana
- La oposición centro-periferia: enunciada desde el discurso del centro (el “Primer
Mundo”), la periferia (el “Tercer Mundo”), ocupa el lugar del otro. En la rígida y abstracta
polarización que diagraman, ambos términos son pensados como mutuamente excluyentes,
como momentos definitivos que no pueden ser conciliados. En este esquema dualista, la
identidad se presenta como un atributo del centro, mientras que la otredad lo es de la
periferia, interpretada como reverso tardío de la identidad original, la “espalda negra del Yo
occidental”.
En el campo artístico, el arte latinoamericano aparece valorado desde el centro como lo
exótico, vinculado a la vivencia inmediata, entremezclado con las tradiciones indígenas y
populares. El autor habla irónicamente de macondismo y fridakahlismo para aludir a este

4
Zizek, Slavoj. “Multiculturalismo”, en: Jameson, Fredric y Zizek, Slavoj. Estudios culturales.
Reflexiones sobre el multiculturalismo, Buenos Aires, Paidós, 1998, p. 164.
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discurso que homologa la diversidad y complejidad de las prácticas artísticas de la escena


latinoamericana a una suerte de estereotipo o clisé más o menos estable que conviene a la
constitución de “lo latinoamericano” como nicho de mercado. El esquema centro-periferia
aparece reproducido en una comprensión de las dinámicas del campo artístico, a partir de
una irradiación unidireccional Norte-Sur de los repertorios estéticos que, gestados en los
países centrales en sus formulaciones originales y “puras”, son apropiados tardíamente por
las periferias y “contaminados” de las contingencias del propio contexto.
- Transterritorios: la reconfiguración de los mapas del poder mundial trastorna el rígido
binarismo de este esquema, basado en referencias territoriales. La relación centro-periferia
debe ser reformulada, ya que estas categorías no son estables, no constituyen polaridades
contrarias, rígidamente enfrentadas entre sí por antagonismos lineales. No son
localizaciones fijas, ajenas a las contingencias históricas, sino en conflicto e históricamente
construidas.
- Estrategias: la tensión centro-periferia sigue intacta: “Es más, ha vuelto a crisparse de
modo imprevisto apenas comenzado este siglo (…) Esta conmoción revela de manera casi
caricaturesca lo que ya se presentía por debajo de los discursos democratizantes y
multiculturalistas: que existen aún ciudadanos de primera y de segunda, o ciudadanos y no-
ciudadanos, y que el Centro y la Periferia, e Primer y el Tercer Mundo, siguen divididos
aunque fuere por muros dispersos, móviles e invisibles. El endurecimiento de las furtivas
fronteras globales no hace más que evidenciar asimetrías que nunca fueron saldadas y que
no se refieren solamente a las brutales desigualdades socioeconómicas, sino a la calidad de
vida y a la dignidad humana, factores decisivos para enfatizar contrastes identitarios” (p. 75).
Nelly Richard habla de función-centro: “La autoridad teórica de la función-centro reside en
ese monopolio del poder-de-representación según el cual, ‘representar es controlar los
medios discursivos que subordinan el objeto de saber a una economía conceptual declarada
superior’”.5 ¿Quién administra la diferencia?

Escobar propone como estrategias de contestación a esta hegemonía global:


- Operaciones desconstructivas del esquema centro-periferia, trabajando la mutua
inversión de las imágenes adversarias en la configuración de las identidades. “Lo
identitario se juega siempre en un tercer espacio que obliga a sus términos a salir de
sí y trascender el particularismo de sus emplazamientos” (p. 76).
- Reivindicar la diferencia de lo latinoamericano no en tanto otredad cosificada o
alteridad monolítica, a partir de una diferencia abstracta con el modelo central, sino
en sus posiciones propias, variables, en su movilidad táctica determinada por
intereses específicos. “No se trata, pues, de impugnar o aceptar lo que viene del
Norte porque venga de allí, sino porque conviene o no a un proyecto propio” (p. 76)
(en este punto, puede pensarse también la idea de cultura (situada) de Casalla,
como proyecto político)

5
Richard, Nelly. “Intersectando Latinoamérica con el latinoamericanismo: discurso académico y crítica
cultural”, en: Santiago Castro-Gómez y Eduardo Mendieta (eds.). Teorías sin disciplina
(latinoamericanismo, poscolonialidad y globalización en debate), México, Miguel Ángel Porrúa, 1998.
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Ejemplo: Un logo para América (1987) del artista chileno Alfredo Jaar.
En 1987 Jaar fue seleccionado por Public Art Fund de Nueva York, para realizar una
intervención en la intersección de Times Square (epicentro de las arterias neoyorquinas),
donde dispuso de una pantalla lumínica para generar imágenes por computadora por un
lapso de 45 segundos, y a intervalos de 6 minutos.
La propuesta del artista buscaba activar un conflicto lingüístico aparentemente menor, que
está en la base de un conflicto ideológico de hondo alcance, y que repercute de diversos
modos en las formas que regulan la convivencia dentro del continente.
Rodrigo Zúñiga escribe: “En este escueto ejercicio que plantea Jaar, se cierne la sombra
siempre efímera, siempre desapercibida, de la producción política del sentido, de la violencia
guardada en la estructura de la significación. Haciéndose de los manejos del lenguaje y de
las formas políticas de representación, la propuesta de creación de ‘un logo para el
continente americano’ insinúa, precavida, de qué manera una sola palabra recubre todo un
sustrato de relaciones hegemónicas, de qué manera el ‘habla pública’ de los nombres, y sus
atribuciones autorizadas, funciona como parte del tránsito invisible, e interconectivo, de las
formaciones de poder”.6

c) Identidad regional
La instauración de un escenario regional, impulsado por el Mercosur, “plantea el desafío de
construir una nueva macro-identidad (la conciencia de un “nosotros Mercosur”: la
identificación con pautas culturales regionales) y una ciudadanía “mercosurista”, y obliga a
las distintas identidades (nacionales o sectoriales) a reinterpretar sus posiciones,
adecuándolas al nuevo marco supra-nacional” (p. 77).

d) Identidades globales
Si el concepto de espacio público se encuentra históricamente condicionado por el de
Estado-Nación, “el desplazamiento de lo territorial y lo nacional por indefinidas instancias
globales, anónimas y transterritorializadas, resitúa en gran parte el lugar de lo público” (p.
78). La escena pública se presenta como zona des-localizada, cruzada por redes de
información, de comunicación y consumo, por encima de los Estados nacionales, quienes
dejan de ser los actores destacados en la configuración de lo identitario. Aparición de
nuevas matrices de identificación trasnacional.
La globalización no ha homogeneizado las identidades: por un lado, debido a la obstinada
resistencia de lo diferente (Foucault señala que “donde hay poder hay resistencia”), pero
también, por razones que obedecen a la misma lógica del capitalismo postindustrial, si en un
sentido, la lógica de la globalización impulsa el establecimiento de códigos pretendidamente
universales, a la vez promueve la segmentación de los públicos consumidores. Además, la
globalización no ocurre en forma pareja, mantiene asimetrías en la distribución de sus
beneficios y fomenta nuevas exclusiones y desigualdades.

6
Zúñiga C., Rodrigo. “El sitio y la fórmula” en: Jaar SCL 2006, cat. exp., Santiago de Chile, Fundación
Telefónica, 2006, pp. 121-122.
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Por otro lado, tienen lugar nuevos modelos de ciudadanía global (por ej., la invasión a
Irak generó un “nosotros” mundial antibelicista) a partir de redes participativas de solidaridad
y debate, comunidades interactivas on line, foros de discusión estratégica, movimientos de
presión ante gobiernos u organismos internacionales.

e) Articulaciones
El desafío que se presenta a las identidades sectoriales es “la necesidad de que las
mismas trasciendan sus intereses particulares y sean inscriptas en la esfera pública, que se
vinculen a proyectos éticos orientados al interés colectivo” (p. 83). La integración social
constituye el resultado de una tarea de construcción política que concierne tanto a la
sociedad civil como al Estado.
El espacio de la sociedad civil se vuelve una escena privilegiada para negociar las disputas
entre las demandas parciales y el bien común.
El concepto de participación ciudadana puede ayudar a trabajar las identidades como los
componentes corporativos de un proyecto ciudadano amplio. Este concepto designa cierta
respuesta a los fenómenos de globalización y segmentación de los grandes conglomerados
sociales. Este modelo de participación se distingue de otros por su posibilidad de “integrar,
al menos potencialmente, la creciente fragmentación de los nuevos sujetos sociales y
buscar síntesis adecuadas a la heterogeneidad de los intereses representados en un bien
común que sea pertinente para todos” (p. 85).
Interesa la posibilidad de desconstruir el concepto clásico de ciudadanía (derechos
abstractos a la igualdad concretados en el voto), y permitirle abrirse a la diversidad, no como
status formal, plenamente constituido de modo a priori, sino como una construcción
histórica y contingente que supone la participación política de diversas identidades
particulares. Se trata de desarrollar formas participativas y solidarias que amplíen el
espacio de la ciudadanía desde el ámbito electoral a niveles socioculturales diversos.

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