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Literatura argentina

Cuatro recorridos.
Cursante: Vera Rita Cecilia
D.N.I: 38.310.002

Consignas:

 Mencionar tres cuentos de terror de autores argentinos que no se hayan mencionado en el


transcurso de la clase (Luego, la lista de relatos será compartida en foro a todos los cursantes).

 LA MUERTE ESTÁ AHÍ (Esteban Dilo):

Esteban Dilo, nos hace un recorrido por distintos momentos trágicos y tenebrosos en formato cuento.
Una antología muy variada, que va desde el horror atemporal de Lovecraft hasta el terror vecinal de la
ciudad de La Plata (Argentina).

 LA CONDENA DEL RESTAURADOR (Cezilla Lontrato):

Tanner Davis carga con una maldición que viene desde sus antepasados, condenados a dejar el trabajo
familiar (Restauradores natos por generaciones) a la edad de 30 años. Si Tanner no lo hace, cada
elemento que restaure atraerá a un muerto encarnado que le pedirá un favor de ultratumba. Fallar a
este pedido puede salir muy caro corporal o Mentalmente.

 3 DÍAS (Gonzalo Ventura):

Cecilia no sabe que sucedió hace 3 días luego de un brutal accidente de auto en una ruta de Bariloche,
lo que es peor, no encuentra a su pequeño hijo. Pronto los reflejos le devolverán su imagen y algo más.
El inicio de una búsqueda desesperada y terrorífica.

 En este trabajo práctico tomamos un cuento del escritor correntino Florencio Godoy Cruz, clasificado
como “de misterio” y proponemos cambiar su desenlace redactando uno en el que intervenga algún
aspecto que lo convierta en cuento de terror (a tener en cuenta los “condimentos” que aparecen en
el estudio de esta clase). Atención: la extensión del desenlace es libre desde que cumpla con el
requisito de convertirse en cuento de terror; el título del original es “Ita caru (la piedra que come)”,
pero pueden cambiarlo si el desenlace lo amerita. ¡Éxitos!

Tomó la piedra y la miró por última vez. ¡Por fin iba a desprenderse de ella sin peligro para su vida! Envuelta en
su metálica corteza, la piedra parecía acurrucarse en la palma de su mano como indefensa en su niquelada
brillantez. Pero la decisión de Ramón era irrevocable: iba a arrojarla de su lado y ella no volvería jamás, aunque
quisiera, porque iba a cumplir al pie de la letra la ceremonia para librarse de su poder. Llegó hasta la orilla,
caminó sobre los peñascos y se acercó lo más que pudo a los remolinos. Espumosas espirales de agua brotaban
de la violenta corriente que luego seguía Paraná abajo. Ramón se puso de espaldas al río, invocó a Nuestra
Señora de las Piedras, hizo la señal de la cruz y arrojó sobre su hombro el amuleto.

Para Ramón, el instante de la piedra cayendo sobre el agua duró como un siglo. Recién cuando la escuchó
estrellarse contra el río se movió y comenzó a volverse. ¿Volverse? ¡No! ¡No debía mirar hacia atrás! Y empezó
a caminar hacia su casa. Iba pensando en la piedra, cómo la había conseguido, cómo la había bautizado…
- Si querés llevarla – le dijo la payersera de Areguá-. La Itá Carú tiene mucho poder, pero tenés que cumplirse,
porque si no es muy peligrosa. Primero tenés que bautizarla, andá a la capilla, prendele tres velas, ponele sa,
hundile en el agua bendita y decí la oración: “Imán, yo te bautizo en nombre de Dios Padre, de Dios Hijo. Yo te
bautizo: Imán eres, imán serás y para mi fortaleza y suerte así te llamarás…”.
Él la había bautizado y desde entonces la suerte lo acompañaba. No había partida de truco que no ganara, ni
riña de gallos donde no apostara y levantara al triunfador; juego de taba donde jamás clavaba culo sino suerte,
o cuadrera donde su caballo no llegara primero. Se llenaba los bolsillos de plata, de pesos y monedas; de las
metálicas monedas que ella iba lentamente devorando, ya que ése era el trato: debía alimentarla de un metal
constantemente; si dejaba de hacerlo, comenzaría a devorarlo a él. Tres años hacía que Ramón la tenía metida
en el bolsillo de su pantalón o en la bolsita de lana roja bajo su almohada. A veces parecía sentirla rozando su
muslo o moviéndose bajo su cabeza; alguna vez la sacó para mirarla, tratando de descubrir la fuerza que la
poseía o el poder que la habitaba, hasta aquel momento en que vio con terror cómo paría: comenzó a crecerle
como un grano que al reventar largó un hijuelo, una piedrita que empezó a moverse.

Una siesta, mientras Ramón descansaba, la pequeña piedrita cae de su bolsillo y al despertarse no se percata
de lo ocurrido, es aquí donde comienza el terror. La piedra madre se desespera por lo que comienza a
enfermarse Ramón, pues a esa piedrita también debía de cuidarla.

Ya al día siguiente Ramón no tenía ganas de comer y la cabeza le dolía demasiado, sin querer mete la mano en
el bolsillo y nota que solo una piedra está, la saca del bolsillo y la encuentra a ésta toda negra, tal vez por la
furia que tenía por haber perdido a la pequeña piedra. Desesperado él mete la mano en el otro bolsillo y no, no
estaba allí, aún con mucha jaqueca intentaba recordar por donde anduvo el día anterior y dónde se le pudo
haber caído.

Recuerda que no salió de su casa, por lo que decide buscarlo más tarde debido al cansancio físico que tenía,
pues esa piedra le estaba consumiendo toda la energía.

A la tardecita intenta Ramón levantarse, apoyado por un bastón y comienza la búsqueda de esa piedrita
pequeña, buscó, buscó y buscó y nada, no estaba en la cocina, no estaba en el baño, no estaba en el comedor,
ni en la azotea, solo faltaba revisar las dos grandes habitaciones y decide descansar en el sofá del living unos
minutos, y pasado los minutos quedó dormido en un sueño profundo.

A la medianoche alguien llama a la puerta, era Carlos, su mejor amigo. Volvió a la ciudad con su esposa y
pasaba a saludarlo, toman un café y luego Carlos se va, no sin antes pasar al baño.

Ramón vuelve a dormirse y al despertarse a la mañana nota que apenas puede respirar, se desespera y llama al
doctor para que lo revise, el doctor no le encuentra nada, pero le trasladan a la clínica para hacerle otros
estudios como muestras de su sangre, resonancias, etc. y nada, pero su salud cada minuto decaía más y más
por lo que recorría hospitales y médicos muy prestigiosos y todos les decían lo mismo, no estaba enfermo, no
había explicación alguna, y ya se estaba quedando sin dinero, toda la plata ya se acababa.

-¿Qué me estás haciendo piedra? ¿Fuimos compañeros por años y es así como me pagas? Vamos piedrita sabes
que no me merezco esto, por favor ayúdame a encontrar a la pequeña.

Constantemente repetía esto Ramón mirando a la piedra pero ella seguía más negra que nunca.

Con pocas fuerzas el hombre ya busca de nuevo por la casa, esta vez recorrió toda la casa y nada, se esfumó la
pequeña piedrita.

-¿Qué habrá pasado con ella? ¿Tal vez alguien se la llevó? Tal vez el doctor¿La bendición o maldición de quien
la encontró también le perseguiría a esa persona?
Ramón pensaba y no conseguía dormir aun estando cansado.

Ya en la madrugada decide llamar a un remís para ir a visitar a un amigo, pues sabía Ramón que tal vez ni un
día más sobreviviría.

Al llegar a la casa de su amigo, llama a la puerta y nadie lo atiende, por lo que decide asomarse sin imaginar lo
que encontraría del otro lado, su mejor amigo Carlos, estaba arrastrando el cadáver de su esposa hacia el
sótano.

-¿Qué le ocurrió a Carlos? ¿Qué se le pasó por la cabeza? Él no es así, es como si alguien se apoderara de su
mente y cuerpo, todavía recuerdo de lo orgulloso que me hablaba hace tres semana de su esposa, ¿qué lo hizo
hacer esto? Pensaba Ramón.

Decide entrar en la casa y hablar con Carlos, y al verlo nota que tiene colgado algo en su cuello, era una piedrita
pequeña.

-Esa piedrita es similar a la que perdí, pero la que perdí era de color amarillo. Oh no, espera, es mi piedra, es la
que perdí. Dice Ramón.

Carlos no lo escucha y se acerca a Ramón para apuñalarlo, Ramón se desangra y con su última fuerza le saca la
piedra pequeña y la acerca a su bolsillo.

Ramón fallece, la piedrita pequeña cambia de color y Carlos se da cuenta de lo que hizo.

-¿Qué me has hecho hacer? ¿Por qué yo? Repetía él mirando a la piedra.

Después recuerda de donde la tomó y mira al cuerpo ya sin vida de su amigo y nota que en su bolsillo algo está
iluminándose, por lo que lo revisa.

-Oh Dios, ¡Otra piedra! ¿Ahora qué hago? Esto es una maldición, nadie puede tenerla, ¡Nadie debe tenerla!

Se decía Carlos a sí mismo, mientras recorría el garaje buscando un bidón de querosén y unas cajitas de fósforo
para incendiar la casa, su casa, y así ocultar el desastre que había provocado al matar a su esposa y a su amigo
Ramón.

Al incendiar la casa seguía repitiendo nadie puede tenerlas, nadie debe tenerlas por lo que decide tragarlas a
ambas piedras, luego de esto todo se vino abajo, todo se incendió, no quedó nada.

Nadie de los vecinos entiende que pasó allí, solo cuentan que todas las noches ven dos luces brillantes que se
encienden y se apagan y nadie se anima a acercarse a ver.

Nadie debe acercarse a ver, nadie puede… y si lo hacen ¿Qué les sucederá?...

FIN