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El mundo reducido a cien habitantes

En los Estados Unidos de Norteamérica una universidad realizó un estudio


para saber cómo sería el planeta con sólo 100 habitantes. Se eligieron diferentes ejes,
tales como sexo, lugar de origen, edad, religión, idioma y nivel educativo entre otros.
Obtuvieron datos significativos y se dedicaron a actualizarlos regularmente. Los
dieron a conocer en las redes, hubo quienes tomaron sus palabras y concluyeron que
cada vez hay menos espacio y más desigualdades en el mundo.
El informe o el video en seguida te atrapa con sus estadísticas. La matemática
siempre resulta creíble. Y tal vez lo sea. Cada uno se puede ir ubicando en alguna de
las divisiones binarias de cada situación. Una vez enunciados los datos elegidos para
la presentación aparece el verdadero mensaje. El que fomentan las usinas de
creación de sentido dirigidos a cada bloque social. Ejemplos diferentes. Objetivo
común. Por un lado vas a sentir culpa. Por quejarte cuando te toca estar mucho
mejor que otros. La culpa, sí, eso que nos inculcaron desde chiquitites con las
religiones. Los verdaderos culpables, o mejor dicho, responsables de las miserias
humanas no sienten culpa.
Y, como si esto fuera poco, se logra la identificación con el poderoso. Del lado
del poderoso, si te levantás sano, si no viviste una guerra (esa que todos identificamos
con explosiones y tiros, no con el capitalismo furioso que provoca la lucha entre
personas por las pocas migajas a las cuales nos permiten el acceso los ricos), si
nunca estuviste preso (eso que identificás con un penal, con un asesino o un ladrón,
no el encierro de tener que estar detrás de rejas en tu propia casa o de caminar
alrededor de una plaza enrejada, o preso de las limitaciones que genera tu falta de
ingresos para poder hacer ciertas elecciones asociadas con la libertad, viajar, comer
afuera, etc.), si no has sido torturado (cuando la tortura es una picana y, de eso
sabemos y lo callamos, pero también es la tortura vivir a merced de la escasez y la
incertidumbre), deberías sentir dicha.
¿Y a qué se debe tal alegría que te distingue de aquellos que son
desdichados? El estudio te diría que es porque ante las desigualdades tu vida es
buena. Por ejemplo, nunca padeciste hambre porque al menos comés fideos y
polenta y te muestran el hambre es la foto de la persona en la calle extendiendo la
mano por una moneda o haciendo cola para recibir alimentos. Te ocultan que hambre
es no poder comer nunca un mango, un morrón, unas uvas, salvo en época de
temporada o, simplemente, ingerir alimentos que aseguren tu nutrición.
Pero aquí no termina el adoctrinamiento. Te muestran un mundo
mayoritariamente religioso lo cuál parece bueno, salvo cuando te acordás de las
guerras santas, las luchas de poder y los intereses económicos. En el plano educativo
estarías entre los habitantes alfabetizados aunque no leas más que los titulares que te
quieren vender, encapsulen tu vida en menos de 140 caracteres y eliminen tu
capacidad de concentración y de pensamiento crítico.
En el análisis sobre la cuestión laboral y el trabajo se esconde algo
verdaderamente siniestro. El hecho de tener trabajo te hace especial. No importa si tu
salario no te alcanza, ni si las horas de trabajo son interminables, si te despiden sin
indemnizarte, te toman en negro o, lo mejor de todo, te convencen de que lo mejor es
ser tu propio jefe a través del emprendedorismo.
Nos provocan miedo para vendernos seguridad. Nos dicen que pertenecemos
a los privilegiados de este mundo para que sintamos culpa cuando en realidad los
sufrimientos e injusticias son ocasionadas por los poderosos. Espero que a través de
estas palabras, tal vez se abran algunas cabezas y por fin desaparezca la estupidez
humana.
© Edith Fiamingo 2020