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52 A NEPOCIANO, PRESBÍTERO

[CONSEJOS A UN JOVEN PRESBÍTERO CON VOCACIÓN DE


MONJE]
Las cartas escritas por Jerónimo durante la contienda origenista van todas
ellas salpicadas de agresividad. Por eso, tiene razón Nautin al fijar para esta
carta a Nepociano una fecha anterior. Podría decirse que es el paralelo, para
clérigos, de la Carta 22, dedicada a la instrucción de la virgen Eustoquia.
Sobrino de Heliodoro, obispo de Altino por este tiempo, Nepociano había
sido ordenado presbítero por su tío, y pedía de Jerónimo una instrucción que
le ayudara a ser a la vez un buen sacerdote y un buen monje. Esta carta es la
respuesta. No hay grandes novedades en ella; pero sí una mayor madurez en
el cuadro ascético que dibuja Jerónimo, una gran amabilidad en el
tratamiento de las virtudes que ha de practicar el sacerdote y los vicios de
que ha de huir. La austeridad propia de Jerónimo queda embellecida por el
respeto y aun amor con que dibuja los deberes pastorales y litúrgicos del
sacerdote. Más que pintar el ideal del sacerdote para Nepociano, lo que hace
Jerónimo es pintar el ideal del sacerdote en Nepociano.
Fecha de la carta: 393 (NAUNTIN).
ueridísimo Nepociano, me pides con tus cartas de
allende el mar, y me lo pides con insistencia, que te recoja en
un breve volumen las normas de vida que ha de observar uno
que, dejada la milicia del siglo, se propone ser monje o
clérigo, y de qué manera podrá seguir el recto camino de
Cristo sin dejarse arrastrar hacia los diversos extravíos de
los vicios. Siendo yo todavía un joven, casi un niño, y cuando
me dedicaba a frenar con la austeridad del desierto los
primeros ímpetus de mi edad desenfrenada, escribí a tu tío, el
santo Heliodoro, una carta exhortatoria, llena de lágrimas y
lamentos, en la que quise darle a entender los sentimientos
del amigo abandonado. En aquella obra me dejé llevar de
las florituras propias de la edad y, como aún estaban
frescos en mí los estudios y reglas de la retórica, pinté
algunas cosas con el colorido típico del escolar.
Ahora mi cabeza está ya cana y mi frente arada
de arrugas; como a los bueyes, me cuelga la papada del
mentón y «la sangre se enfría y se adensa en torno a mi
corazón» 1. Y el mismo poeta que dice esto canta en otro
lugar: «La edad se lo lleva todo, incluso el ánimo». Y poco
después: «He olvidado ya tantos cantares; y aun a la misma
Meris abandona la voz» 2.

2. Y para que no parezca que acudo únicamente a las letras


paganas, conoce también los misterios de los libros divinos. A
David, esforzado guerrero en otro tiempo, al llegar a los
setenta años 3, le vino el frío de la vejez y ya no podía entrar
en calor. Así, pues, le buscaron una doncella por todos los
términos de Israel, Abisag Sunamita, para que durmiera con
el rey y calentara el cuerpo senil. ¿No te parece que, si nos
atuviéramos a la letra que mata, estaríamos ante una ficción
1 Virgilio, Georg. II 484. 2 Virgilio, Buc. 9.51.53.54 5 Cf. 1 Sam 1,1-4.
de pantomima o ante una farsa atelana? ¡El viejo, aterido de
frío, se envuelve en ropas y no entra en calor si no es con los
abrazos de la joven! Todavía vivía Betsabé, allí estaban
Abigaíl y sus otras mujeres y concubinas de que hace
memoria la Escritura; todas son rechazadas por frías, y el
viejo sólo entra en calor con los abrazos de una.
Mucho más viejo que David era Abrahán, y, sin
embargo, mientras vivió Sara, no buscó otra mujer; Isaac
tuvo el doble de años que David, y jamás sintió frío con
Rebeca, vieja ya. Nada digo de aquellos varones anteriores
al diluvio: sus miembros, a los novecientos años de edad,
tenían que estar, no digo viejos, sino casi deshechos, y nunca
buscaron abrazos de mozas. Por lo que respecta a Moisés,
jefe del pueblo israelita, tenía ciento veinte años 4 y no
cambió a Séfora por otra.

3. ¿Quién es, pues, esta Sunamita, casada y virgen, tan


ardiente que podía calentar al frío, y tan santa que no
inducía a la pasión a quien había hecho entrar en calor? Que
el sapientísimo Salomón nos explique los deleites de su
padre, y el que fue pacífico nos cuente los abrazos del varón
guerrero: Adquiere la sabiduría, adquiere la inteligencia. No
olvides las palabras de mi boca ni te desvíes de ellas. No la
abandones y ella te sostendrá; ámala y ella será tu defensa.
Principio de la sabiduría: Adquiere la sabiduría y, a todo
trance, adquiere la inteligencia. Haz acopio de ella y te
exaltará; hónrala y te abrazará, para que ponga en tu
cabeza corona de gracia y una corona de deleites te proteja 5.
En los viejos, casi todas las virtudes del cuerpo se
alteran, y mientras la sabiduría es la única que empieza a
crecer, todas las demás van decreciendo: los ayunos, el
dormir en el suelo, el andar de acá para allá, el hospedaje
de los peregrinos, la defensa de los pobres, la resistencia
para estar de pie en oración, las visitas a los enfermos, el
4 Cf. Dt 34,7. 5 Prov 4,5-9.
trabajo manual con el que poder hacer limosnas, y, por no
alargar el discurso, todas las actividades corporales van
disminuyendo al quebrantarse el cuerpo.
Con esto no pretendo decir que en los jóvenes y en
los hombres de edad madura —al menos en aquellos que con
esfuerzo y aplicado estudio, a la vez que con la santidad de
su vida y la frecuente oración a Dios han adquirido la
ciencia— se haya enfriado esa sabiduría que en la mayoría
de los viejos empieza a marchitarse por la edad. Lo que
quiero decir es que la adolescencia ha de sostener muchos
combates del cuerpo, y entre los incentivos de los vicios y los
halagos de la carne queda ahogada como fuego en leña
demasiado verde y no logra desplegar todo su esplendor. La
vejez, por el contrario, otra vez lo advierto, la vejez de
quienes adornaron su juventud con nobles artes y meditaron
en la ley del Señor día y noche 6, se hace más docta con la
edad, más práctica con la experiencia, más prudente con el
andar del tiempo, y de los esfuerzos pasados termina
recogiendo dulcísimos frutos.
De ahí que aquel sabio de Grecia, viéndose morir a
los ciento siete años cumplidos, se dice que dijo que
lamentaba tener que abandonar la vida precisamente cuando
empezaba a ser sabio. Platón murió a los ochenta y un años
escribiendo. Isócrates cumplió sus noventa y nueve años en la
tarea de enseñar y escribir. Nada digo de otros filósofos,
como Pitágoras, Demócrito, Jenócrates, Zenón, Cleante,
quienes en edad ya avanzada florecieron en el estudio de la
sabiduría. Paso a los poetas, Homero, Hesíodo, Simónides,
Estesícoro, quienes, ya viejos y cercanos a la muerte, cantaron
todavía como un canto de cisne, muy superior a lo que nos
tenían acostumbrados. Sófocles fue acusado por sus hijos de
viejo caduco, que descuidaba la administración de su
hacienda; pero él recitó a los jueces la tragedia de Edipo, que
acababa de componer, y, a su ya quebrantada edad, dio tal
6 Cf. Is 18,2
muestra de saber, que trocó la severidad del tribunal en
aplausos del teatro. Ni es tampoco de extrañar que Catón, el
más elocuente entre los romanos, hombre severo, no se
avergonzara de aprender, ya viejo, las letras griegas ni
desesperara de salir con el intento. Homero cuenta que de la
boca del viejo y casi decrépito Néstor «fluía la voz más
dulce que la miel» 7.
Y aun el misterio del nombre mismo «Abisag»
indica la más cumplida sabiduría de los viejos. Se interpreta,
en efecto, como «mi padre superfluo» o «rugido de mi padre».
La palabra «superfluo» es ambigua; pero en este lugar
suena a virtud y quiere decir que en los viejos la sabiduría es
más cumplida, redundante y generosa. En otro lugar, es
cierto, superfluo equivale a no necesario. En cuanto a sag, es
decir, «rugido», se emplea propiamente para indicar el
sonido de las olas del mar y es, por así decirlo, el bramido
que se oye proveniente del mar. Con lo que se da a entender
que en los viejos mora un poderosísimo trueno de eloquio
divino que supera toda voz humana. La palabra
«Sunamita», en nuestra lengua, quiere decir «de grana» o
purpúrea, para significar el calor de la sabiduría y cómo
hierve con la lectura divina. Y si bien es cierto que indica el
misterio de la sangre del Señor, también da a entender el
ardor de la sabiduría. De ahí que aquella comadrona de que
hace mención el Génesis 8 ató una cinta de grana en la mano
de Farés, quien por haber roto la pared que dividía antes a
los dos pueblos recibió el nombre de «Farés», que significa
divisor. Y también la cortesana Raab, figura de la Iglesia,
colgó de su ventana una cuerdeci11a escarlata 9, que
significaba el misterio de la sangre, para poderse salvar ella
misma en medio de la ruina de Jericó.
Y en otro lugar, a propósito de los varones santos,
la Escritura recuerda: Estos son los cineos, que vinieron del
calor de la casa de Recab 10. Y nuestro Señor, en el
7 Homero, II. 1,249. 8 Cf. Gén 38,27-29. 9 Cf. Jos 2,18.21. 10 1 Cró
2,55
Evangelio, dice: Fuego he venido a traer a la tierra, y ¡cómo
deseo que arda! 11. Ese fuego que prendió en el corazón de los
discípulos y les hizo decir: ¿No es verdad que nuestro
corazón ardía dentro de nosotros cuando nos hablaba por el
camino y nos declaraba las Escrituras? 12 .

4. ¿A qué viene todo este preámbulo tan largo? Para que no


pidas declamaciones pueriles, ni florilegios de sentencias, ni
palabras acicaladas, ni conclusiones breves y agudas al fin
de cada capítulo, que sólo sirven para suscitar los aplausos
y los gritos de los oyentes. Prefiero que me abrace la
sabiduría, y nuestra Abisag, la que jamás envejece, descanse
en mi seno. Es limpia y goza de virginidad perpetua, y
aunque diariamente concibe y da a luz, a semejanza de
María permanece siempre incorrupta. Por eso, creo yo, dijo
el Apóstol que hemos de ser fervientes de espíritu 13, y el
Señor predicó en el Evangelio que al fin del mundo, cuando
según el profeta Zacarías empiece a mandar el pastor
insensato 14, al amortiguarse la sabiduría, se enfriará la
caridad de muchos 15. Oye, pues, como dice el bienaventurado
Cipriano, «no cosas elegantes, sino fuertes» 16. Oye al que es
hermano tuyo por el orden presbiteral y padre por la edad,
que, tomándote desde la cuna de la fe, te lleva hasta la edad
madura, y señalando reglas de bien vivir para cada grado,
adoctrinará a todos en ti. Sé muy bien que has aprendido de
tu tío el bienaventurado Heliodoro, que es ahora obispo de
Cristo, lo que es santo, y que diariamente lo sigues
aprendiendo. Su forma de vida es para ti dechado de
virtudes. Sin embargo, recibe también mi aportación, por
pobre que sea, y junta este libro al de aquél, y si ése ya te ha
enseñado a ser monje, éste te instruirá para ser clérigo
perfecto.

5. Así, pues, el clérigo que sirve a la Iglesia de Cristo


11 Le 12,49. 12 Lc 24,32. 13 Rom 12,11. 14 Zac 11,15. 15 Mt 24,12.
16 Cipriano, Ad Don. 2
empiece por interpretar su propio nombre, y teniendo delante
de sí la definición del término, esfuércese por ser lo que se
llama. Si, pues, en griego kleros significa lo mismo que en
latín sors, es decir, la parte propia de la herencia, llamarse
clérigo significará, por consiguiente, pertenecer a la herencia
del Señor, o que el Señor mismo es la herencia y la suerte de
los clérigos. Ahora bien: el que forma parte de la herencia del
Señor o tiene como herencia al Señor ha de comportarse de tal
manera que posea al Señor y sea del Señor poseído. El que
posee al Señor y dice con el profeta: El Señor es mi parte 17,
nada fuera del Señor puede tener, porque si tuviera algo
fuera del Señor, ya no sería su parte el Señor. Por ejemplo, si
tuviera oro, plata, heredades, alhajas variadas; con estas
partes, el Señor no será parte suya. Si, pues, yo soy la parte
del Señor y la «cuerda que limita su heredad» 18, si no recibo
parte en medio de las demás tribus, sino que como levita y
sacerdote vivo de los diezmos, si por servir al altar me
sustento de la ofrenda del altar, con tener para comer y
vestir me daré por contento, y desnudo seguiré la cruz
desnuda.
Te ruego, pues, «y una y otra vez lo repito y te
amonesto» 19, que no pienses que el estado del clérigo es un
género de milicia al estilo de la antigua. Quiero decir: no
busques logros del siglo en la milicia de Cristo ni tengas más
que cuando empezaste a ser clérigo, no sea que te diga: Sus
cleros o heredades no les aprovecharán 20. Conozcan tu mesa
los pobres y los peregrinos, y con ellos Cristo como convidado.
Huye como de la peste del clérigo negociante, y que de pobre
que era se ha hecho rico, y de plebeyo, fanfarrón. Las malas
compañías corrompen las buenas costumbres 21. Tú
desprecias el oro, el otro lo ama; tú pisoteas las riquezas, él
las acapara; tú llevas en el corazón el silencio, la
mansedumbre, la discreción; al otro le gusta la locuacidad,
el descaro, los foros y plazas públicas y los consultorios de
17 Sal 72,26. 18 Cf. D t 3 2 ,9 ; 18,1-2. 19 Virgilio, Aen. 3 ,4 36 . 20 Jer
12,13. 21 1 Cor 15,33.
los médicos. ¿Qué concordia puede haber en tal discordancia
de costumbres? Que rara vez o nunca pisen tu aposento pies
de mujer. Ignora por igual a todas las doncellas y vírgenes
de Cristo o ámalas por igual. No mores bajo el mismo techo
con ellas ni te fíes de tu anterior castidad. No eres ni más
santo que David ni más sabio que Salomón. Recuerda
siempre que al morador del paraíso lo arrojó de su posesión
una mujer.
Si cayeres enfermo, que te asista un hermano santo
cualquiera, o una hermana o la madre o cualquier otra
mujer de probada fe a los ojos de todos. Y si no hubiera
personas de tal parentesco o castidad, la Iglesia sustenta a
muchas ancianas que pueden prestarte ese servicio y que, a
cambio, podrían recibir de ti su recompensa, con lo que tu
enfermedad habrá dado también el fruto de la limosna.
Conozco a algunos que, al tiempo que convalecieron del
cuerpo, empezaron a enfermar del espíritu. Es peligroso el
servicio de persona en cuyo rostro te fijas con frecuencia.
Si por deber de tu estado has de visitar a alguna
viuda o virgen, no entres nunca solo en su casa, y lleva tales
compañeros que no te desprestigien con su presencia. Si te
acompaña un lector, un acólito o un cantor, que no vayan
adornados de vestidos, sino de buenas costumbres; ni lleven el
pelo rizado artificialmente, sino que reflejen en su porte la
castidad. Nunca te sientes a solas, en secreto y sin testigos,
con una mujer. Si de algo hay que hablar más
confidencialmente, seguro que ella tiene a su nodriza, o la
doncella encargada de la casa, o alguna conocida viuda o
casada; no va a ser tan desgraciada que no tenga en el
mundo a nadie de quien fiarse, si no es a ti. Cuídate de no
suscitar sospechas, y evita que se convierta en infundio todo
lo que tiene posibilidades de convertirse en infundio.
El amor santo no sabe de frecuentes regalillos,
como pequeños pañuelos, cintas y telas para abrigarse la
cara; tampoco de comidas exquisitas, ni de cartas tiernas y
dulzonas. Galanterías como «miel mía, sol mío, mi sueño» y
demás idioteces propias de los enamorados, melindres,
donaires y cortesías ridículas que, cuando las oímos en las
comedias, nos avergonzamos, en los hombres del mundo las
detestamos. ¡Cuánto más en los clérigos y en clérigos monjes,
cuyo sacerdocio se realza por la profesión monástica, y la
profesión monástica por el sacerdocio! Y no digo esto porque
tema nada semejante en ti o en los santos varones, sino
porque en toda profesión, en todo orden y sexo se dan buenos
y malos, y el vituperio de los malos es alabanza de los
buenos.

6. Vergüenza me da decirlo: los sacerdotes de los ídolos, los


comediantes y cocheros, y hasta las mujeres, públicas, pueden
recibir herencias. Sólo a los clérigos y monjes les está eso
prohibido por la ley, les está prohibido no por los
perseguidores, sino por emperadores cristianos. No me quejo
de la ley; pero lamento que hayamos merecido esta ley.
Bueno es el cauterio; pero ¿qué falta me hace a mí una
herida que necesite de cauterio? Previsora y severa es la
cautela de la ley, y, sin embargo, ni aun así se refrena la
codicia. Por medio de fideicomisos burlamos las leyes, y como
si valieran más los decretos de los emperadores que los de
Cristo, tememos las leyes y despreciamos los evangelios.
Haya heredero, pero que lo sea la madre de los hijos, es
decir, la Iglesia de su grey, pues ella los ha engendrado,
criado y alimentado con su leche. ¿Por qué hemos de
interponernos entre la madre y los hijos? Es gloria del obispo
proveer al patrimonio de los pobres, pero es afrenta de todos
los sacerdotes andar afanosos por su propio enriquecimiento.
Nacido en casa pobre, y aun quizá en una choza del campo,
yo, que apenas si con pan ordinario de mijo podía acallar mi
vientre que bramaba de hambre, ahora siento hastío de la
sémola y la miel. Sé los nombres y especies de los pescados,
adivino al momento en qué ribera se cogió una ostra, por el
sabor de las aves diferencio las provincias, me encanta la
rareza de las comidas y últimamente hasta los gastos que
acarrean me deleitan 22.
También estoy enterado del torpe servicio que
algunos prestan a viejos y viejas sin hijos. Ellos mismos les
ponen el vaso de noche, sitian su lecho y reciben en sus
propias manos las purulencias del estómago y las flemas de
los pulmones. Se sobresaltan cuando entra el médico, le
preguntan con trémulos labios si el enfermo va mejor, y si el
viejo convalece un poquillo, ellos se ven en peligro; simulan
alegría, pero interiormente su alma avara sufre una
verdadera tortura. Pues, en realidad, lo que temen es perder
la paga de su servicio, y así, al viejo correoso lo comparan
con el mismo Matusalén. ¡Qué magnífico galardón ante el
Señor si ese infeliz no esperara la paga acá abajo! ¡Con
cuánto sudor se busca una herencia perecedera! Con menos
trabajo podría comprarse la perla preciosa de Cristo.

7. Lee muy a menudo las Divinas Escrituras, o mejor, nunca


el texto sagrado se te caiga de las manos. Aprende lo que has
de enseñar. Mantente firme en la palabra fiel, conforme a la
doctrina, para que seas capaz de exhortar con doctrina sana
y convencer a los contradictores 23. Persevera en lo que has
aprendido y te ha sido confiado, pues sabes de quién lo has
aprendido 24, siempre dispuesto a dar satisfacción a todo el
que te pidiere razón de la esperanza que hay en ti 25. Que tus
obras no desautoricen tus palabras, pues te expones a que
cuando hables en la iglesia alguien te replique para sus
adentros: «Entonces, ¿por qué no haces tú mismo lo que
dices?». Valiente maestro el que predica el ayuno con el
vientre lleno. Condenar la avaricia, hasta un ladrón lo puede
hacer. En el sacerdote de Cristo, la conciencia y la boca han
de ir a una.
22 Cf. P etronio, 119, v.36. 23 Cf. Tit 1,9. 24 2 Tim 3,14. 25 1 Pe 3,16.
Sé sumiso a tu obispo y mírale como al padre de tu alma.
Amar es de hijos; temer, de esclavos. Pues dice: si yo soy
padre, ¿dónde está la honra que me hacéis? Y si señor,
¿dónde el temor que me tenéis? 26. En cuanto a ti, en una
misma persona tienes que respetar diversos títulos: el de
monje, el de obispo y el de tío. Pero sepan también los
obispos que son sacerdotes y no amos. Honren a clérigos
como a clérigos, para que también a ellos los tengan los
clérigos deferencia como a obispos. Sabido es el dicho del
orador Domicio: «¿Cómo te voy a tener a ti por príncipe
cuando tú no me tienes a mí por senador?» 27. Lo que fueron
Aarón y sus hijos, sepamos que eso son el obispo y sus
presbíteros. Uno solo es el Señor, uno solo el templo, uno solo
sea también el ministerio. Recordemos siempre lo que el
apóstol Pedro manda a los obispos: Apacentad la grey del
Señor que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino
voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de
ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha
tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey; y así, cuando
apareciere e l mayoral de los pastores, recibiréis la corona de
gloria que no se marchita 28. En algunas iglesias se da la
pésima costumbre de que los presbíteros estén callados y no
digan palabra en presencia de los obispos, como si éstos les
tuvieran envidia o se desdeñaran de oírlos. El apóstol Pablo
dice: Y si a otro, estando sentado, se le revela algo, calle el
primero, pues podéis profetizar todos uno a uno, a fin de que
todos aprendan y todos se consuelen. Y los espíritus de los
profetas a los profetas estén sometidos, pues no ama Dios la
disensión, sino la paz 29. Gloria del padre es el hijo sabio.
Alégrese el obispo de su juicio al escoger tales sacerdotes
para Cristo.

8. Cuando hables en la iglesia, no es el griterío del pueblo lo


que se ha de suscitar, sino la compunción. Las lágrimas de
26 Mal 1,6. 27 C icerón, De or. 3,4. 28 1 Pe 5,2-4. 29 1 Cor 14,30-33.
los oyentes sean tus alabanzas. La palabra del presbítero
esté inspirada por la lectura de las Escrituras. No te quiero
ni declamador, ni deslenguado, ni charlatán, sino conocedor
del misterio e instruido en los designios de tu Dios. Hablar
con engolamiento o precipitadamente para suscitar
admiración ante el vulgo ignorante es propio de hombres
incultos. El hombre de frente altanera se lanza con frecuencia
a interpretar lo que ignora, y si logra convencer a los demás,
se arroga para sí mismo el saber. Mi antiguo maestro
Gregorio Nacianceno, una vez que yo le pedí que me
explicara qué significa en Lucas el sábado SevTeQÓirqoitov,
o sea, segundo-primero, se burló de mí con elegancia: «Sobre
eso te instruiré en la iglesia; allí, cuando todo el pueblo
aplaude, estás obligado a saber aun lo que ignoras, y si te
callas, serás tildado de ignorancia por todos». Nada más
fácil que engañar a un vulgo vil e indocto con la ligereza en
el hablar, pues cuanto menos entiende, más admira.
Marco Tulio, a quien se refiere aquel elogio
bellísimo: «Demóstenes te privó del honor de ser el primer
orador, y tú a él de que fuera el único», en el discurso en
favor de Quinto Galio habla de lo que se ha de pensar del
favor del público y de los declamadores incultos: «Estos
juegos —hablo de cosas que he visto yo mismo
recientemente— los domina cierto poeta, hombre eruditísimo:
es el autor de esos simposios de poetas y filósofos en los que
presenta a Eurípides y Menandro, o a Sócrates y Epicuro,
disputando entre sí, cuando sabemos que cronológicamente
los separan no digo años, sino generaciones. ¡Y qué de
aplausos y clamores no levanta con estas cosas! Lo que no
es de maravillar teniendo en el teatro tantos discípulos que,
como él, jamás aprendieron las letras».

9. Evita por igual los vestidos sucios y los elegantes. En el


vestir, lo mismo hay que huir del refinamiento que de la
suciedad, pues lo uno huele a delicia y lo otro a vanagloria.
Lo encomiable no es prescindir del vestido de lino, sino
carecer del dinero necesario para comprar vestidos de lino,
pues sería ridículo e hipócrita gloriarte de que no posees ni
sudario ni pañuelo si en realidad tienes la bolsa bien llena.
Hay quienes dan algo a los pobres para recibir más ellos
mismos, y so color de limosna, buscan riquezas. Más valdría
llamarlo caza que no limosna. Así es como se captura a las
fieras, a las aves y a los peces: se pone un poco de cebo en el
anzuelo y con él se atraen las bolsas de las matronas. El
obispo, a quien está confiada la iglesia, sabe a quién pone al
frente de la administración y del cuidado de los pobres.
Prefiero no tener nada que dar antes que pedir
descaradamente. Pero también sería cierto género de
arrogancia si quisieras aparecer más generoso que el
pontífice de Cristo. «No todos lo podemos todo» 30.
En la Iglesia, uno es ojo, otro lengua, otro mano,
otro pie, otro oído, vientre, etc. Lee la carta de Pablo a los
corintios: los miembros, siendo distintos, constituyen un solo
cuerpo. Que ni el hermano ignorante y simple se crea más
santo por el hecho de no saber nada, ni tampoco el ilustrado
y elocuente ponga la santidad en su bien hablar. De tener que
escoger ambos defectos, es mejor tener una santa ignorancia
que una elocuencia pecadora.

10. Muchos edifican las paredes, pero minan las columnas


de la Iglesia. Brillan los mármoles, refulgen de oro los
artesonados, se adorna con joyas el altar, pero no se hace
selección ninguna de los ministros de Cristo. Y que nadie me
venga diciendo que en Judea hubo un templo rico; que las
mesas, las lámparas, los incensarios, los platillos, las tazas,
los morteros, etc., todo estaba hecho en oro. Todo eso
agradaba entonces al Señor, cuando los sacerdotes
inmolaban víctimas y la sangre de los animales se ofrecía en
« V i r g i l i o , B uc. VIII 63.
rescate por los pecados. Aun así, todo eso precedió en figura
y fu e escrito con miras a nosotros, que nos acercamos al fin
de los siglos 31; pero ahora que el Señor, siendo pobre, ha
consagrado la pobreza de su casa, pensemos en la cruz y
consideraremos barro las riquezas. ¿Por qué nos extrañamos
de que Cristo llame inicuo al dinero? ¿Por qué consideramos
y amamos lo que Pedro confiesa no poseer?
Por otra parte, si sólo atendemos a la letra y nos
gusta la simple historia en lo referente al oro y las riquezas,
entonces no sólo conservemos lo del oro, sino también lo
demás: que los obispos de Cristo se casen con mujeres
vírgenes; que se niegue el sacerdocio a quien tenga una
cicatriz o sea deforme, aun cuando tenga buen juicio;
preocupe más la lepra del cuerpo que los vicios del alma;
crezcamos y multipliquémonos, y llenemos la tierra; no
inmolemos el cordero ni celebremos la Pascua mística, ya que
la ley prohíbe que esto se haga fuera del templo; plantemos
nuestra tienda el séptimo mes y proclamemos con la trompeta
el ayuno solemne. Pero si comparando lo espiritual con lo
espiritual, y sabiendo con Pablo que la ley es espiritual, y
cantando las palabras de David: despierta, Señor, mis ojos,
y consideraré las maravillas de tu ley 32, si todo esto lo
entendemos tal como nuestro Señor mismo lo entendió y tal
como él explicó el sábado, entonces o repudiamos el oro con
todas las demás supersticiones judaicas, o, si nos gusta el
oro, también han de gustarnos los judíos, puesto que hemos
de aprobarlos o repudiarlos por la misma razón que al oro.

11. Has de evitar los convites de la gente mundana, y sobre


todo de quienes presumen de altos cargos. Es indecoroso que
a las puertas de un sacerdote del Señor crucificado y pobre,
y que se alimentaba del pan que otros le daban, monten
guardia los lanceros de los cónsules y los soldados, y que el
juez de la provincia coma en tu casa mejor que en palacio. Y
31 1 Cor 10,11 52 Sal 118,18.
si replicas que lo haces para rogarle por los pobres y
humildes, más respetará el juez secular al clérigo
desinteresado que al rico, y más estimará tu santidad que tus
riquezas. O si es tal que no dé audiencia a los clérigos si no
es entre copas, de buena gana me privaré de tal favor, y en
vez de rogar a tal juez, rogaré a Cristo, que puede ayudarme
mejor. Porque más vale confiar en el Señor que en el hombre,
más vale esperar en el Señor que en los príncipes 33.
Nunca huelas a vino, para no tener que oír lo del
filósofo: «esto no es dar un beso, sino exhalarlo». El Apóstol
condena a los sacerdotes violentos, y la ley antigua los
prohíbe. Los que sirven al altar no beban ni vino ni sidra 34.
Por sidra se entiende en hebreo toda bebida que pueda
embriagar, bien se confeccione por fermento o por jugo de
manzanas, ya se cuezan los panales, de los que sale una
pócima dulce y bárbara, ya se exprima el jugo de los dátiles
o se destile la melaza de frutos cocidos. Huye de todo lo que
embriaga y trastorna el juicio lo mismo que del vino. No digo
esto con intención de condenar lo que Dios ha hecho, puesto
que el mismo Señor fue llamado bebedor de vino 35, y a
Timoteo, que sufría del estómago, se le permite beber un poco
de vino 36; lo que pido es moderación en la bebida, de acuerdo
con la edad y la salud, y teniendo en cuenta la complexión
del cuerpo. Si aun sin vino me abraso, si me abraso por el
vigor de mi juventud y por mi sangre caliente, teniendo como
tengo un cuerpo lozano y robusto, prefiero dejar
voluntariamente la copa en la que puede haber veneno.
Bellamente se dice entre los griegos, y no sé si en nuestra
lengua sonará lo mismo: «vientre obeso no engendra ingenio» ,
37.

12. En tema de ayunos no te impongas sino lo que puedas


soportar. Sean ayunos puros, castos, sencillos, moderados, y
no ayunos supersticiosos. ¿Qué aprovecha abstenerse de aceite
33 Sal 117,8-9. 34 Cf. Lev 10,9. 35 Cf. M t 11,19. 36 Cf. 1 Tím 5,23. 37
Cf. C ock, III p.613, fragm .1234.
y andar buscando alimentos difíciles y complicados? Higos,
pimienta, nueces, dátiles, sémola, miel, pistachos, en fin, todos
los cultivos de la huerta compiten entre sí para que no
comamos pan ordinario. He oído además que algunos, contra
la naturaleza misma de las cosas y de los hombres, no beben
agua ni comen pan, sino que toman infusiones delicadas,
purés de verdura y jugo de acelgas, que sorben no de una
taza sino de una concha. ¡Qué vergüenza! ¡Y no nos
sonrojamos con estas impertinencias ni nos repugna esta
superstición! Es más, aún buscamos fama de abstinentes en
medio de estos refinamientos. El ayuno más duro es el de pan
y agua; pero como con él no se adquiere fama, pues todos
consumimos pan y agua como cosa habitual, no se tiene por
ayuno.

13. Cuídate bien de no andar a la caza de los chismes de la


gente, no sea que cambies la ofensa de Dios por la alabanza
de los hombres. El Apóstol dice: Si todavía tratara de
agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo 38. Dejó de
agradar a los hombres y se hizo siervo de Cristo. El soldado
de Cristo avanza por entre la buena y la mala fama, a la
derecha y a la izquierda, y no se exalta con la alabanza ni
se hunde con el vituperio; no se hincha con las riquezas ni se
encoge con la pobreza; desprecia por igual las alegrías que
las tristezas. De día no le quemará el sol ni de noche la luna
39. No quiero que ores en los rincones de las plazas, no sea

que el aura popular tuerza el recto camino de tus preces. No


quiero que ensanches las franjas y hagas ostentación de
«filacterias», y que, a pesar de la repugnancia de tu
conciencia, te dejes llevar de las ínfulas farisaicas. Más vale
llevar estas cosas en el corazón que no en el cuerpo, y tener a
Dios a favor nuestro que no las miradas de los hombres.
¿Quieres saber qué ornatos desea el Señor? Ten prudencia,
justicia, templanza y fortaleza. Enciérrate en estas regiones
38 Gál 1,10. 39 Cf. Sal 120,6.
del cielo; esta cuadriga te conduzca velozmente, como a
auriga de Cristo, a la meta deseada. Nada más precioso que
este collar, nada más elegante que esta colección de gemas.
Por todas partes estarás adornado, ceñido y protegido; te
sirven a la vez de adorno y de protección; estas gemas se
convierten en escudos.

14. Sé precavido contra el prurito de la lengua y de los oídos,


es decir, que ni tú denigres a otros ni escuches a los
denigradores. Asiduamente, dice el salmista, hablabas contra
tu hermano, y contra el hijo de tu madre ponías piedra de
tropiezo. Eso hiciste y yo callé. Imaginaste la iniquidad de
que yo iba a ser semejante a ti. Pues yo te acusaré y pondré
ante tu cara 40, se entiende, «tus palabras y todo lo que has
dicho de otros para que seas juzgado por tu propia
sentencia, pues has sido sorprendido en lo mismo de que
acusabas a los demás». Y no es buena excusa decir: «No
puedo ser descortés contra quienes me informan de algo».
Nadie habla de buena gana a quien le escucha con disgusto.
La saeta nunca se hinca en la roca, y a veces hiere de rebote
al que la lanzó. Al notar que escuchas de mala gana,
aprenda el detractor a no detraer. No te juntes, dice Salomón,
con los detractores, pues súbitamente vendrá su perdición; y
¿quién podrá calcular el desastre de uno y otro? 41. Es decir,
tanto del que detrae como del que presta oídos al detractor.

15. Es deber tuyo visitar a los enfermos, conocer las casas, a


las matronas y a sus hijos, y aun no ignorar los secretos de
los nobles varones. Sea deber tuyo no sólo guardar castos tus
ojos, sino también la lengua. Nunca hables de la belleza de
las mujeres ni por ti sepa una familia lo que pasa en otra.
Hipócrates adjuraba a sus discípulos antes de instruirlos y
les hacía jurar repitiendo sus palabras, y de esta forma les
obligaba al silencio por juramento, y les describía la manera
40 Sal 49,20-21. 41 Prov 24,21-22.
de hablar y andar, el porte y las costumbres. ¡Cuánto más
nosotros, a quienes ha sido encomendada la medicina de las
almas, hemos de amar las casas de los cristianos como si
fueran nuestras! Que nos conozcan como consoladores de sus
tristezas más que como convidados en sus prosperidades.
Fácilmente se desprecia al clérigo que, invitado con
frecuencia a comer, nunca dice que no.

16. Nunca lo pidamos, y si se nos ruega, rara vez aceptemos.


No sé a qué se debe que, aun el mismo que te ha rogado que
aceptes, te tiene en menos una vez que tú has aceptado, y
curiosamente te admira más si rechazas su ruego. Quien
predica continencia, que no se meta a componer bodas. El que
lee en el Apóstol: Por lo demás, los que tienen mujeres sean
como si no las tuvieran 42, ¿cómo puede inducir a una mujer
a que se case? Un sacerdote, que debe ser monógamo, ¿cómo
puede exhortar a una viuda a que sea «dígama»? ¿Cómo
pueden ser administradores y gerentes de casas ajenas los
que tienen orden de despreciar sus propias riquezas? Quitar
algo al amigo es hurto, defraudar a la Iglesia es sacrilegio.
Aceptar lo que está destinado a los pobres y, habiendo tantos
hambrientos como hay, querer ser cauteloso o tacaño, o, lo
que es un crimen manifiesto, sustraer algo de lo recibido,
supera la crueldad de todos los salteadores. Estoy yo
atormentado por el hambre, ¿y te pones tú a calcular lo que
bastará para mi vientre? Reparte en seguida lo que has
recibido, o, si eres administrador timorato, deja que el
donante distribuya por sí mismo lo que es suyo. No quiero
que con mi connivencia esté tu bolsa llena. Nadie mejor que
yo sabrá conservar lo mío. El mejor gestor es quien no reserva
nada para sí mismo.

17. Me has forzado, Nepociano querido, a abrir la boca


desde Belén diez años después que fuera apedreado el librito
42 1 Cor 7,29.
que sobre la virginidad dediqué en Roma a la santa virgen
Eustoquia, y me has expuesto a ser atravesado por las
lenguas de todos. Pero, para no sufrir el juicio de los
hombres, o no se debería escribir nada, cosa que tú me has
desaconsejado, o, si se escribe, hay que ser conscientes de que
habrá que defenderse de los dardos de todos nuestros
detractores. A ellos ruego que se calmen y dejen de difamar;
no he escrito como adversario, sino como amigo, ni me he
ensañado con los que pecan, sino que les he animado a que
no pequen. Y si he sido juez severo, no lo he sido sólo contra
ellos, sino contra mí mismo. He querido sacar la paja del ojo
ajeno, pero he empezado por quitar la viga del mío. A nadie
he agraviado, al menos nadie en concreto ha sido retratado en
mis descripciones y a nadie en particular ha ido dirigido mi
discurso. He disertado de los vicios en general. Si alguien se
irrita conmigo, está confesando ser él mismo así.

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