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LA CIUDAD EN LA HISTORIA CAP.

1-6
LEWIS MUMFORD
(ILUSTRADO CON IMÁGENES DEL LIBRO ORÍGENES DEL URBANISMO DE LEONARDO BENÉVOLO)

Urbanismo I
Grupo I
López Ramirez Amadis Amir
El libro titulado “La ciudad en la Historia” es un libro de más de setecientas
páginas que nos invita a reflexionar sobre la ciudad en la historia. Es un texto
cargado de ideología y de intencionalidades manifiestas cuyo fin es la crítica a
la sociedad moderna y su muy denostado, por el autor, contenedor actual: la
ciudad.
Santuario, aldea y fortaleza
Capitulo I

Mumford inicia su libro planteando una serie de preguntas ¿Qué es la ciudad? ¿Cómo se originó? ¿Qué procesos promueve? ¿Qué funciones
desempeña? ¿Qué propósitos cumple? Como bien dice Mumford no hay definición única que se aplique todas sus manifestaciones y una sola
descripción no puede abarcar todas las transformaciones desde el núcleo social embrionario, hasta las formas complejas de su madurez y la
desintegración corporal de su senectud. El estudio histórico de la ciudad es muy importante ya que si se quiere echar nuevas bases para la
vida humana, debemos comprender la naturaleza histórica de la ciudad, ya que sin una proyección en la historia no llegaremos a tener el
ímpetu necesario, en nuestra conciencia para dar un salto suficientemente atrevido hacia el futuro. Para identificar a la ciudad debemos
seguir la huella hacia atrás, desde las más cabales estructuras y funciones urbanas conocidas hasta sus componentes originales, por muy
remotos que estén en el tiempo, el espacio y la cultura. Antes de la ciudad estuvieron el caserío, el santuario y la aldea; antes de la aldea, el
campamento, el escondrijo, la caverna y el montículo; y antes de todo esto ya existía la tendencia a la vida social que el hombre comparte,
evidentemente, con muchas otras especies animales. En este último aspecto, el ser humano desarrolló factores de sociabilidad y
congregación diferente a los animales que determinaron el nacimiento de la ciudad. Estos factores fueron los siguientes:
• Los ritos funerarios y las tumbas sirvieron como circunstancias de
reunión.
El respeto del hombre primitivo ante los muertos desempeñó tal vez, un
papel más importante que otras necesidades más prácticas en cuanto a
impulsarlo a buscar un lugar fijo de reunión y, más adelante, un asiento
permanente. En el penoso vagabundeo del hombre paleolítico, los
muertos fueron los primeros que encontraron morada permanente, en
una caverna, en un montículo señalado por unas cuantas piedras o en un
túmulo colectivo. Se trataba de señales a los que los vivos volvían a
intervalos, para comunicarse con los espíritus ancestrales o para
aplacarlos. La ciudad de los muertos es anterior a la ciudad de los vivos.
A decir verdad, en un sentido, la ciudad de los muertos es la precursora,
y casi el núcleo, de toda ciudad viva.
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• Los ritos mágicos y la caverna como santuario.


Al contrario de lo que muchos creen, la función que la caverna desempeñó en el arte y en el ritual fue más importante que su uso con fines domésticos. En los
recovecos de estos centros rituales se encuentran grandes cámaras naturales, cubiertas por pinturas de una asombrosa vivacidad de forma y de gran soltura en
el trazo, que por lo común son representaciones delicadamente realistas de animales y una que otra vez de hombres y mujeres sumamente estilizados. En estos
antiguos santuarios del paleolítico tenemos los primeros indicios de la vida cívica, posiblemente mucho antes de que pudiera sospecharse la existencia de aldeas
permanentes. Aquí, en el centro ritual había una asociación consagrada a una vida más abundante; no solo un aumento de alimentos sino también un aumento de
goce social mediante la utilización más cabal de la fantasía simbolizada y el arte, con una visión compartida de vida mejor, más significativa, y al mismo tiempo
estéticamente encantadora; en embrión, una buena vida como la que algún día escribiría Aristóteles en la Política, en otras palabras, el primer rastro de utopía. La
caverna le dio al hombre primitivo su primera concepción del espacio arquitectónico, su primer atisbo del poder de un recinto amurallado como medio para
intensificar la receptividad espiritual y la exaltación emotiva.
•La aspiración de supervivencia.
Las necesidades prácticas hicieron congregarse a grupos familiares y
tribus, según las estaciones, en un hábitat común, en una serie de
campamentos, e incluso en una economía de caza y recolección. Mucho
antes de que las aldeas y caseríos agrícolas se convirtieran en rasgos
típicos de la cultura neolítica, posiblemente ya habían sido reconocidos
los solares adecuados para instalarse con carácter permanente: la
fuente cristalina, con su provisión de agua durante todo el año; la sólida
colina, accesible y protegida por el río o la ciénaga.
Existieron factores determinantes para que la cultura neolítica aportara
al establecimiento de las ciudades, entre estos están: La domesticación,
que fue uno de los rasgos esenciales del Neolítico. Esto implica dos
grandes cambios, la permanencia y la continuidad en la residencia y el
ejercicio de control y previsión sobre procesos que antes estaban
sujetos a los caprichos de la naturaleza. Antes de que la ciudad surgiera,
la aldea ya había dado nacimiento al vecino. Lo que hoy llamamos
moralidad comenzó con las mores (morar, morada, morador), con las
costumbres conservadoras de la vida, propias de la aldea.
La cristalización de la ciudad
Capitulo II

La ciudad apareció como surgente en la comunidad paleoneolítica, en otras palabras, en la evolución surgente, la introducción de un nuevo
factor no se limita a aumentar la masa existente sino que produce un cambio global, una nueva configuración que altera sus propiedades. Los
antiguos elementos de la aldea fueron conservados e incorporados a la nueva unidad urbana; pero, por la acción de nuevos factores, fueron
reorganizados en una configuración más compleja e inestable que la aldea; en una forma que promovió nuevas transformaciones y
evoluciones. En cada etapa hay que diferenciar la reunión estrecha de estructuras con un mero aumento de densidad de la población, de la
compleja organización dinámica de la ciudad, en la que antiguas estructuras y funciones sirvieron con nuevos fines. Hay que recordar la
definición de Rousseau: “Las casas hacen un caserío, pero los ciudadanos hacen una ciudad.” La capacidad para transmitir en formas
simbólicas y pautas humanas una porción representativa de una cultura es la gran característica de la ciudad. Se trata de la condición
necesaria para fomentar la expresión más cabal de las capacidades y potencialidades humanas, hasta en las regiones rurales y primitivas que
se hallan fuera de ella.
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La composición humana de la nueva unidad se hizo, igualmente, más compleja; pues, además del cazador, el labriego y el campesino, otros
tipos primitivos ingresaron en la ciudad aportando su propia contribución a su existencia: el minero, el leñador y el pescador que
introdujeron, así, las herramientas, las habilidades y los hábitos de vida constituidos bajo otras presiones. El ingeniero, el barquero y el marino
surgieron de este fondo primitivo más generalizado, en uno u otro punto de la sección del valle; y, de todos estos tipos iniciales, se
desarrollaron aún otros grupos profesionales: el militar, el banquero, el mercader y el sacerdote. A partir de esta complejidad, la ciudad creó
una unidad más elevada.
La creación de nuevos oficios se materializó en el surgimiento de nuevas clases sociales. Esta nueva mezcla urbana de oficios y de clases
sociales dio lugar a una enorme expansión de las capacidades humanas en todas las direcciones. Surge un espíritu inventivo para resolver
problemas de productividad, transporte, comunicaciones, etc., que fue impulsado por la audacia individualista, el espíritu aventurero, el
poder de dominio y organización de los nuevos líderes o gobernantes en la figura del antiguo cazador-héroe o jefe local de la aldea
convertido en el rey majestuoso, principal guardián sacerdotal del altar, dotado de atributos divinos.
En la implosión urbana, el rey está en el centro: es el imán que atrae al corazón de la ciudad y pone bajo control del palacio y el templo todas
las nuevas fuerzas de la civilización. A veces el rey fundaba nuevas ciudades; a veces trasformaba viejas poblaciones rurales que, desde largo
tiempo atrás, se estaban edificando, colocándolas bajo la autoridad de sus gobernadores; tanto en un caso como en el otro, su mandato
introducía cambios decisivos en su forma y contenido.
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Es muy posible que la religión desempeñara un papel fundamental en la realización de este cambio. Sin la ayuda de la casta sacerdotal
ascendente, quizás el jefe cazador nunca habría alcanzado los poderes más amplios y la autoridad cósmica que acompañaron su elevación a la
realeza y extendieron su esfera de control.
El desarrollo de la monarquía va acompañado del ejercicio del poder físico, y va apareciendo el control organizado, a través del poder
soberano que ejerce las atribuciones de incautar, matar, destruir. De esta manera, apareció la sistematización de la guerra, condición
indispensable para la consolidación de la ciudad. Por ello, es que el manejo de la agresión dejó una huella inconfundible en la estructura de la
ciudad, tanto en su morfología como en sus estructuras sociales. Para movilizar las nuevas fuerzas y ponerlas bajo su control, el rey se atribuía
extraordinarios poderes sagrados puesto que encarnaba a la comunidad y tenía su destino en sus manos. Así la ciudad se convirtió en el
centro de la agresión organizada, y en cierta medida se constituyó con su incremento colectivo de poder. Del sacrificio ritual destinado a
asegurar la fertilidad, se evoluciona —si así se puede llamar— al exterminio y la destrucción en masa.
Desde el comienzo la ley y el orden sirvieron como complemento de la
fuerza bruta. Aunque el poder en todas sus manifestaciones, cósmicas y
humanas, era el puntal de la nueva ciudad, cada vez se lo modeló y
orientó más, mediante nuevas instituciones de la ley, el orden y la
urbanidad. En un momento dado, el poder y el control se ennoblecieron
en la justicia. A medida que la misma sociedad se fue secularizando más,
debido a la creciente presión del comercio y la producción, el papel
desempeñado por la ciudad, como sede de la ley y la justicia, de la razón y
la equidad, complementó al que desempeñaba como representación
religiosa del cosmos.
El hombre primitivo, inerme, expuesto y desnudo, tuvo bastante astucia
para dominar a todos sus rivales naturales. Pero ahora, por fin, había
creado un ser cuya presencia provocaría una y otra vez el terror en su
alma: el "enemigo humano", su otro yo y contrapartida, poseído por otro
dios, congregado en otra ciudad, capaz de atacarlo como Ur fue atacada,
sin provocación. Casi desde su primer momento de existencia, la ciudad, a
pesar de su apariencia de protección y seguridad, fue acompañada no
sólo de la previsión de un asalto desde afuera sino también de una lucha
intensificada en su interior: un millar de pequeñas guerras se hicieron en
la plaza del mercado, en los tribunales, en el juego de pelota o en la arena.
Formas y pautas ancestrales
Capitulo III

Una vez que se desecaron las ciénagas y se reguló el nivel de las aguas, la tierra de estos valles resultó muy fértil. Hasta sin abono animal, el
rico sedimento depositado en la época de las inundaciones garantizó cosechas casi cien veces mayores que la semilla original; a veces, dos o
tres cosechas por año.
Con el mejoramiento de estos primeros cereales: trigo, cebada y sésamo, sólo hacía falta ya la invención del arado y la domesticación de los
animales de tiro para hacer inmensamente productivos los suelos pesados. En posesión de un acopio de granos duros, ricos en proteínas, de
fácil conservación si se los guarda en lugar seco, por primera vez grandes poblaciones urbanas pudieron ser alimentadas. Gracias al cultivo de
la palma datilera, la cultura mesopotámica contó con un recurso agrícola todavía más diversificado, pues de este árbol obtuvo alimento, vino,
esteras, cestería, techados, troncos para columnas y fibra para sogas.
Aquí y allá aparecerían pequeñas poblaciones en la llanura ilimitada, atraídas por la abundancia de aves silvestres, de caza menor y pesca,
siendo esta última la fuente más común de proteína animal.
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Si bien las existentes ruinas de ciudades proporcionan de vez en cuando una clave para la comprensión de las instituciones y de la vida
institucional que las acompañaron, no se cuenta con un registro consecutivo de los cuatro mil primeros años de existencia de la ciudad, no
obstante, vale la pena considerar por separado los fragmentos dispersos y desmembrados, antes de que tratemos de reunirlos y de estimar
su valor y su significado.
Las primeras ciudades no fueron más allá de los límites impuestos por la distancia que puede recorrerse a pie o dentro de la cual puede
escucharse un llamado.
Es probable que el tamaño normal de una ciudad primitiva fuera aproximadamente el de lo que hoy llamaríamos una unidad vecinal, es decir,
unas cinco mil almas o menos. Así, al comienzo de la asociación urbana diferenciada, la ciudad conservaba aún las intimidades y solidaridades
de la comunidad primaria. El tamaño reducido de las primeras ciudades nos dice algo en cuanto a una inicial restricción para la vida urbana o,
por lo menos, en cuanto a la cooperación voluntaria e inteligente: sólo en el palacio y en el templo los medios de comunicación se
multiplicaron; y tanto más por cuanto estaban efectivamente segregados del conjunto de la población. El gran secreto del poder centralizado
era el secreto mismo. Esto es válido para todos los Estados totalitarios hasta nuestros propios días.
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En la ciudadela, el nuevo rasgo de la ciudad es evidente. Se trata de un cambio


de escala, destinado a amedrentar y anonadar al espectador. Aunque la masa de
la población estuviera mal alimentada y sobrecargada de trabajo, no se
escatimaban gastos para crear templos y palacios, cuyo volumen mismo y cuyo
impulso ascendente dominarían al resto de la ciudad. Los pesados muros de
arcilla cocida o de sólida piedra darían a las efímeras oficinas del Estado la
garantía de estabilidad y seguridad, de poder inexorable y de autoridad
inconmovible.
La muralla sirvió como recurso militar tanto como factor de mando efectivo
sobre la población urbana. En el plano estético, trazó una línea cortante entre la
ciudad y el campo; en tanto que, en el plano social, subrayaba la diferencia entre
ciudadano y forastero
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Como innovación podemos encontrar el trazado regular de las calles, las casas alineadas, los
cuartos de baño y las letrinas en el interior, las tuberías de cerámica, los conductos de desagüe
revestidos de ladrillos en las calles, y las alcantarillas destinadas a llevar el agua de la lluvia son
elementos que encuentra el excavador en las ruinas de Mohenjo-Daro y que vuelve a hallar, con
variaciones menores, en la pujante Ur o la pequeña Lagash.
Como deficiencia encontramos la falta de adecuada luz artificial siguió siendo una de las
mayores imperfecciones técnicas de la ciudad hasta el siglo XIX. Pero, de cualquier modo, hacia
el año 2000 antes de Jesucristo ya había sido creada la mayoría de los principales órganos físicos
de la ciudad.
Desde temprana fecha, los usos rurales negligentes para la eliminación de la basura y el
excremento se convirtieron en una amenaza en los sectores urbanos más populosos, sin que,
aparentemente, suscitaran suficientes esfuerzos para el perfeccionamiento de las obras
sanitarias y la higiene; durante miles de años los habitantes de las ciudades mantuvieron medios
sanitarios defectuosos, a menudo absolutamente detestables, revolcándose en la basura y la
mugre que, ciertamente, tenían medios para eliminar, pues la faena ocasional de su eliminación
apenas podría ser más repugnante que el caminar y respirar con la presencia constante de
semejante inmundicia.
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la ciudad amurallada fue, en Egipto, una forma "primitiva", cuyas características militares desaparecieron cuando los grandes faraones
establecieron un orden universal y un mando unificado, que se fundaba principalmente en la fe religiosa y el apoyo voluntario, y no en la
coerción física. Esta ideología predominó a todo lo largo del valle del Nilo. Es un hecho seguro, como destaca H. W. Fairman, que, durante el
período de Negada II, había poblaciones con murallas circundantes de ladrillo. En las paletas de piedra de los tiempos predinásticos tardíos y
de las primeras dinastías, las poblaciones aparecen como círculos u óvalos, rodeadas por fuertes muros, a menudo provistos de
contrafuertes.
En la Mesopotamia, cada ciudad constituía un mundo separado. En el Egipto faraónico las ciudades no contenían, probablemente, una parte
tan grande de la población; las funciones de la ciudad - cercamiento, asamblea, entremezcla - eran desempeñadas por la tierra misma. El
desierto y la montaña constituían la "muralla"; los nomos y los grupos totémicos formaban los "vecindarios", y las tumbas de los faraones y
los templos servían de "ciudadelas" de otro mundo. Era el propio faraón, y no la deidad familiar de la ciudad, quien encarnaba a la comunidad:
sus poderes divinos se difundían por todo su dominio.
El éxito de las primeras dinastías al desarrollar una forma religiosa de gobierno, centrada en un rey que era aceptado popularmente como un
dios vivo, modificó en dos sentidos el problema de la construcción de la ciudad. Eliminó la necesidad del cercamiento como medio de
coerción y control; y creó un tipo singular de ciudad, que sólo se desarrolló del todo en Egipto: la ciudad de los muertos.
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probablemente la villa amurallada hizo su aparición en Egipto antes de la centralización dinástica del poder; pero es muy posible que hubiera
un largo periodo, una Pax Egyptiana, que aminoró por igual las tensiones internas y la necesidad de protección externa. Cuando la ciudad
amurallada reapareció, se trataba más de un agente de defensa común contra los invasores extranjeros que de un medio de hacer efectiva la
coerción local. Pero a partir del interregno de los reyes pastores, podría aplicarse, con ciertas modificaciones, gran parte de lo que ya
sabemos sobre las ciudades mesopotámicas, incluso como se aplica a otras poblaciones situadas desde Palestina hasta las tierras altas de Irán
y más allá todavía. La imagen que ofrecen las ciudades del valle del Indo muestra el orden y el régimen inflexibles, que son algunos de los
índices de la implosión urbana, con su hipertrofia del control.
Si bien la ciudad reunió y soldó en una unidad visible a la aldea, el santuario, la fortaleza, el lugar de trabajo y el mercado, su carácter se
modificó de una región a la otra, de época en época, en la medida que uno u otro de sus elementos dominó al resto y lo coloreó. Pero
siempre, como ocurre en la célula viva, el núcleo organizador fue de importancia fundamental para orientar el crecimiento y la diferenciación
orgánica del conjunto. Por consiguiente, en cada etapa hay que distinguir la reunión estrecha de estructuras urbanas, con un mero aumento
de densidad de la población de la compleja organización dinámica de la ciudad, en la que antiguas estructuras y funciones sirvieron con
nuevos fines. Pero hay que recordar la definición de Rousseau: "Las casas hacen un caserío, pero los ciudadanos hacen una ciudad”.
La naturaleza de la ciudad antigua
Capitulo IV

El crecimiento mismo de la ciudad dependía de trasladar, por conquista o intercambio, alimentos: materias primas, técnicas y hombres de
otras comunidades. Al llevar a cabo esta faena, la ciudad multiplicó las oportunidades de conmoción y estimulo psicológicos. Por esta razón,
el extraño, el forastero, el viajero, el mercader, el refugiado, el esclavo y, si, hasta el enemigo invasor, han desempeñado un papel especial en
todas las fases del desarrollo urbano.
Así, la jarra urbana qué, en términos figurados, contuvo primeramente cebada mesopotámica, contendría también aceitunas atenienses,
cerveza egipcia o salchichas romanas. En ocasiones la forma urbana se agrietaría y perdería; una y otra vez sería arrojada al suelo y se
rompería, derramándose su contenido, así para siempre dañado. Este daño reiterado explica, tal vez, la relativa escasez de invenciones
mecánicas, excepto en la guerra, desde que despuntó la Edad de Bronce. Pero, por lo menos hasta el siglo XVII, la ciudad perduró sin ninguna
modificación decisiva de su forma: es el molde en que se han enfriado y congelado las actividades del "hombre civilizado".
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Por su naturaleza misma, la creatividad es caprichosa e inconstante y con


facilidad la trastornan la coacción, el presentimiento, la inseguridad y la
presión externa. Una gran preocupación por los problemas de asegurar la
supervivencia animal agota las energías y perturba la receptividad del
espíritu sensible. La creatividad tal como se la había alcanzado inicialmente
en la ciudad, surgió en gran parte a través de la arrogación de los medios
económicos de producción y distribución por parte de una pequeña minoría,
asociada con el templo y el palacio. En la epopeya de la creación, Marduk
señala con respecto al hombre: "Dejadle cargar las fatigas de los dioses, para
que los dioses puedan respirar libremente." Nos equivocaremos mucho si
traducimos esto en la siguiente forma: "Que nuestros súbditos carguen con
las faenas diarias para que el rey y los sacerdotes puedan respirar
libremente"?
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Fue en la ciudadela donde aparecieron por primera vez los edificios a


prueba de incendio, construidos con materiales permanentes; e igualmente
donde apareció por primera vez el pavimento. También fue en ella, en una
u otra parte de ella, donde, anteriormente al 2000 antes de Jesucristo, se
construyeron desagües, aguas corrientes, baños, inodoros, dormitorios
privados; y fue en el recinto del palacio, en una época en que el resto de la
ciudad se había convertido en una masa compacta de casas, densamente
ocupada, donde el rey y su corte gozaban de lo que sigue siendo el mayor y
más aristocrático de los lujos urbanos, a saber, la amplitud de espacio
abierto, que se extendía, por jardines y paseos, más allá de la vivienda
propiamente dicha, a veces formando todo un barrio de villas para nobles y
altos funcionarios.
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La estratificación profesional y de castas produjo en la ciudad antigua una


pirámide urbana, que tenía su cúspide en un señor absoluto: el rey, el sacerdote,
el guerrero y el escriba formaban la punta de la pirámide; pero sólo el rey, en el
punto más alto, atrapaba todos los rayos del sol. Por debajo de él, las capas se
ensanchaban: primero venían los mercaderes, luego los artesanos, los labriegos,
los marineros, los sirvientes, domésticos, los libertos, los esclavos, la capa más
baja sumida en perpetua oscuridad. La propiedad o la falta de bienes destacaba y
agudizaba estas divisiones en diversos grados; y las divisiones se expresaban
también en la vestimenta, en los hábitos de vida, en la alimentación y en la
vivienda.
En todas partes el trabajador era siempre un trabajador, el esclavo siempre un
esclavo y el noble siempre un noble... por lo menos hasta que el esclavo se
rebelaba o compraba su libertad o bien el noble era capturado en el campo de
batalla y perdía la suya.
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En el sentido civilizado de la palabra, la propiedad no existía en las comunidades primitivas. En todo caso, la gente pertenecía a su tierra más
que lo que la tierra le pertenecía a aquélla, y compartían sus productos, tanto en el festín como en la hambruna.
la tierra y toda su producción pasaron a ser propiedad del templo y su dios. Incluso los labriegos que la trabajaban pertenecían al templo, así
como todos los demás miembros de la comunidad pertenecían a la tierra y estaban obligados a ceder parte de su trabajo a las faenas
colectivas de cavar, hacer terraplenes y edificar. La separación y división de la propiedad comenzó con el otorgamiento de dádivas por parte
de los gobernantes absolutos a sus compañeros de la nobleza, sus adherentes y sus servidores, en recompensa por servicios prestados.
Todas las energías de la ciudad creciente de no ser absorbidas por las tareas de infligir y reparar danos - podrían haberse dedicado a la
elaboración de un tipo más vasto de coparticipación. Pese a sus negaciones, la ciudad produjo una vida significativa que, en muchos puntos,
superó magníficamente los propósitos originales que le dieron existencia. Aristóteles expresa en palabras la naturaleza de esta transición
desde los procesos urbanos preparatorios hasta los propósitos humanos emergentes, en términos que seria difícil mejorar: "Los hombres se
reúnen en la ciudad para vivir; permanecen en ella a fin de vivir la buena vida." Definir la naturaleza de la ciudad en cualquier marco cultural
específico equivaldría, en parte, a definir tanto las cualidades locales como las más universales de la buena vida.
El ritmo de la vida en las ciudades parece estar constituido por una alternación entre materialización y eterialización. El diseño urbano es, así,
el punto culminante de un proceso socialmente adecuado de materialización.
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Ese tránsito del ritual al teatro, de lo estable y repetido a lo dinámico, lo aventurado, lo racionalmente crítico, lo consciente de sí mismo y
reflexivo, y hasta cierto punto no conformista, constituyó uno de los marcados logros de la ciudad. La ciudad antigua es, pues, por sobre
todas las cosas un teatro, donde la vida corriente asume las características de un drama, realzado por todos los artificios del vestuario y el
escenario, pues el propio marco amplifica la voz y aumenta la estatura aparente de los actores.
Del ritual y la acción dramática, en todas sus formas, surgió algo todavía 86 más importante: nada menos que el diálogo humano. El diálogo es
una de las expresiones últimas de la vida en la ciudad, este se desarrolló con dificultad en el seno de la ciudad arcaica; pues las primeras
comunidades urbanas se basaban, más bien, en el monólogo del poder, y una vez que el precepto sacerdotal o la orden real estaban dados,
no era prudente responder.
Surgimiento de la Polis
Capitulo V

tanto las condiciones geográficas como los objetivos humanos determinaron gran número de modificaciones en la forma exterior de la
ciudad. Aquí, como en todas partes, el suelo, el clima, la formación geológica, la vegetación, la matriz regional entera, dejaron su huella hasta
en la salud de los habitantes, lo mismo que en sus actividades económicas y en su visión general de la vida. El desarrollo urbano griego
introdujo muchas innovaciones institucionales promisorias con respecto a la pauta inicial de la ciudad, tal como ésta se había desarrollado,
tanto en la Mesopotamia como en el Egipto del imperio. A lo que parece, los griegos se habían liberado hasta cierto punto de las afrentosas
fantasías de poder ilimitado que se nutrieran de la religión de la Edad de Bronce y de la tecnología de la Edad de Hierro; sus ciudades estaban
más cerca de la medida humana y se hallaban exentas de las pretensiones paranoicas de monarcas casi divinos, con todas las
correspondientes compulsiones y reglamentaciones del militarismo y la burocracia. Por ultimo vemos que lo que define a una ciudad no es el
número sino su arte, su cultura y su propósito político.
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El paso de la aldea a la polis, el lugar donde las personas se reúnen no solo por nacimiento y hábito sino conscientemente en busca de una
vida mejor, tiene lugar ante nuestros ojos en Grecia. Debió haber muchos centros potenciales donde el poder del señor y la aristocracia feudal
se habían debilitado y donde, parecería, el odio de los aldeanos a la guerra, recordado con tanta amargura por Hesíodo, sería trasladado a la
constitución y a las prácticas diarias de la ciudad. Ciertamente, la aldea griega sólo pedía que se la dejara tranquila en su medio autónomo: no
quería conquistar ni ser conquistada. Hacia el siglo VIII, posiblemente, la ciudad griega comenzó a adquirir una fisonomía propia. Como otros
centros de la antigüedad, la ciudad griega fue, desde el comienzo, la morada de un dios.
Como resultado de esta trasformación, durante uno o dos siglos, la polis griega, en particular Atenas, se convirtió en un símbolo de todo
cuanto era auténticamente humano, La misma vida natural resultó ser más maravillosa, con sus limitaciones medidas, que las insolentes
exaltaciones y las confusiones de la fantasía mitológica. Ser humano era ser más divino que los antiguos dioses.
Las contribuciones decisivas que hicieron los griegos a la cultura de las ciudades fueron: el gimnasio, el sanatorio y el teatro. Estas
contribuciones no se limitaron a remodelar la forma de la ciudad sino que cada una de ellas introdujo un motivo para una mayor circulación,
así como para un mayor intercambio cultural mediante viajes y peregrinaciones.
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En el centro de la ciudad griega, cuando ésta finalmente tomó su forma


en el siglo V, se hallaban las instituciones características de la antigua
ciudadela, casi intactas. Allí estaba el templo que mantenía vivo el
antiguo culto, con sus residencias próximas para los sacerdotes y 105
las sacerdotisas. Como casa del dios de la ciudad, el templo adoptó la
forma de la tradicional mansión palaciega, un gran salón con vestíbulos
y un pórtico frontal; una estructura como la de los graneros, con un
techo de gablete cuyos montantes de madera se trasformarían, con el
correr del tiempo, en las robustas columnas de mármol de los órdenes
dórico o jónico.
El hecho es que, para el siglo VI, un nuevo dios había tomado posesión
de la Acrópolis, este nuevo dios era la polis misma; pues las gentes que
edificaron estos grandes templos estaban poseídas por el éxtasis de un
culto colectivo de si mismos. La verdadera fuerza de la ciudad griega
era de otro orden. Consistía en no ser demasiado chica ni demasiado
grande, demasiado rica ni demasiado pobre; y de este modo impedía
que la personalidad humana fuera disminuida por sus propios
productos colectivos, en tanto que utilizaba cabalmente todos los
agentes urbanos de cooperación y comunión.
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Como de costumbre, el mercado fue un subproducto de la congregación de consumidores, quienes, aparte de hacer negocios, tenían otros
motivos para reunirse. En La Iliada, de Homero, el ágora aparece allí como un "lugar de asamblea" donde "las gentes de la ciudad se
congregaban", y la finalidad de la congregación, en este contexto, era decidir si un asesino tenía que pagar una compensación adecuada en
sangre a la parentela del muerto. Los ancianos, "sentados sobre piedras pulidas en media del círculo reverenciado", daban a conocer su
decisión.
Todas estas funciones del ágora pasarían a la ciudad y adquirirán formas mas diferenciadas en la compleja pauta urbana. Pero en su estado
primitivo, el ágora era, por sobre todo, un lugar para hacer uso de la palabra; y no hay posiblemente plaza de mercado urbana en la que el
intercambio de noticias y opiniones no desempeñara, al menos en el pasado, un papel casi tan importante como el intercambio de
mercancías.
Ciudadano vs ciudad ideal
Capitulo VI

El producto más elevado de esa experiencia no fue un nuevo tipo de ciudad sino un nuevo tipo de hombre. En un lapso un poco más extenso
que el de una generación - entre los anos 480 y 430 antes de Jesucristo, lo situaría, grosso modo, por mi parte -, la polis asumió, por primera
vez, una forma ideal que la diferenciaba de todas las aldeas y ciudades anteriores: una forma ideal que no fue primordialmente de piedra sino
de carne y hueso. En una gran sucesión de ciudadanos el nuevo orden urbano, la ciudad ideal, se hizo visible, trascendiendo sus contornos
arcaicos, sus ciegas rutinas, sus fijaciones complacientes. Porque los griegos añadieron un nuevo elemento a la ciudad, desconocido por las
culturas anteriores, peligroso para todo sistema de poder arbitrario o autoridad secreta: introdujeron el ciudadano libre.
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El corazón de la ciudad, el centro de sus actividades más valoradas, la esencia de su existencia total era la Acrópolis
Se evidenciaba un amontonamiento de casas que se extendía en su base; construidas con ladrillo sin cocer, de techos de teja, o hasta de
barro y estera con techos de paja, en las que todavía podía apreciarse la tosquedad aldeana. Estas casas constituían la mayor parte de la
ciudad hasta el siglo IV. Los barrios de los ricos y de los pobres estaban lado a lado y que apenas podían distinguirse las unas de las otras,
contaban con un sistema vial incoherente, calles sin pavimento, escases de instalaciones sanitarias; hacia el año 432 Atenas estaba tan 119
congestionada de edificios que los refugiados se vieron obligados a acampar en la Acrópolis, desafiando las sensatas advertencias que
procedían de la propia Delfos
En tanto que las ciudades siguieron siendo relativamente pequeñas, con campos abiertos cercanos, sus deficiencias sanitarias fueron
tolerables. Los solares urbanos de 16 a 40 hectáreas y las poblaciones de dos a cinco mil habitantes podían permitirse cierta medida de
negligencia rural en cuestiones como las del destino de la basura y los excrementos humanos. El crecimiento urbano reclamaba un mayor
esmero. No obstante, al parecer, no había letrinas públicas ni siquiera en grandes ciudades.
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La función de la polis era admirable: todas las partes de la ciudad habían adquirido vida en la persona del ciudadano. Pero el culto de esa
institución y de esa función era un obstáculo para el ulterior desarrollo, pues por grandes que fueran las realizaciones alcanzadas por Atenas,
no podían permanecer fijas en una imagen estática de perfección. Ninguna institución humana, sea polis o pontificado, puede pretender en
su propio ser una perfección última, digna de culto. El crecimiento y la muerte se cobrarán lo suyo. En la división que tuvo lugar en el siglo VI
entre la filosofía natural, que consideraba que el cosmos era una cosa o un proceso aparte del hombre, y la sabiduría humanista, que
consideraba al hombre capaz de existir en un mundo autónomo y fuera del cosmos, se perdieron en gran parte las intuiciones mas antiguas
sobre la condición del hombre, más ciertas, aunque también fueran más confusas.
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Había muchos síntomas, ya antes del desastre de la guerra del Peloponeso que indicaban que las ciudades griegas estaban llegando a un
punto muerto en su 124 desarrollo. Las ciudades griegas ya no podían ir más lejos en sus empresas de colonización sin correr el riesgo de
conflictos sangrientos, y no podían protegerse de los amenazadores Imperios que las rodeaban sin formar una estrecha unión política, para
seguir, sobre una base de ayuda mutua, alimentando una población más numerosa. Ya las montañas no podían servir de murallas y, por otra
parte, las dimensiones pequeñas y la oscuridad topográfica no bastaban para impedir que una ciudad fuera tenida en cuenta y arrasada por
Estados más poderosos.
La Utopía no era nada más que un nuevo ejercicio de efectiva geometría, basado en el supuesto de que todos los hombres racionales estaban
dispuestos a convertirse en estos geómetras sociales.
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Como un fabricante de botones, Platón quería moldear la vida en un molde prefijado: la vida de oro en uno, la de bronce en otro, la de
mezquino plomo en un tercero. Platón menospreciaba los estímulos vitales para el crecimiento y los desafíos a éste: la variedad, el desorden,
el conflicto, la tensión, la debilidad e incluso el fracaso momentáneo.
Llegamos por último a la concreción física de la ciudad de Platón, sobre la cual es poco lo que se puede decir ya que menos escribió él al
respecto. Si bien sus diálogos están llenos de toda especie de vívidas imágenes extraídas de la vida diaria, su visión de la polis carece de un
cuerpo arquitectónico. Cuando describe la antigua ciudad de Atlántida, no describe en realidad la polis platónica sino la nueva ciudad
helénica, con sus jardines, gimnasios e hipódromos, su agua caliente y fría, sus canales, su palacio real contiguo a la morada del dios, la
ciudadela guardada por el agua y la propia ciudad circundada por una muralla. Su polis no aspira a estas suntuosas instalaciones ni a estas
grandes dimensiones. Las principales condiciones son que debe ser pequeña, aislada, completa en sí misma, encerrada como otras ciudades
griegas en un valle guarecido, viviendo con rigor puritano de los productos de su propio suelo.
LIDERAZGO REGIONAL