Está en la página 1de 2

Tema 134: Evangelio según San Marcos

Video tema 134

Marcos, que antes se llamaba Juan, fué hijo de aquella María en cuya casa se solían reunir los
discípulos del Señor (Hch. 12, 12). Es muy probable que la misma casa sirviera de escenario para otros
acontecimientos sagrados, como la última Cena y la venida del Espíritu Santo.

Con su primo Bernabé acompañó Marcos a San Pablo en el primer viaje apostólico, hasta la ciudad de
Perge de Panfilia (Hch. 13, 13).
San Pedro llama a Marcos su “hijo” (1 Pe. Ps, 13), lo que hace suponer que fué bautizado por el
Príncipe de los Apóstoles. La tradición más antigua confirma por unanimidad que Marcos en Roma
transmitía a la gente las enseñanzas de su padre espiritual, escribiendo allí, en los años 50-60, su
Evangelio, que es por consiguiente, el de San Pedro.
Más tarde, entre los años 61-63, lo encontramos de nuevo al lado del Apóstol de los gentiles cuando
éste estaba preso en Roma.
El Evangelio de San Marcos, el más breve de los cuatro,presenta en forma sintética, muchos pasajes de
los sinópticos, no obstante lo cual reviste singular interés, porque narra algunos episodios que le son
exclusivos y también por muchos matices propios, que permiten comprender mejor los demás
Evangelios.
La Tradición atribuye el segundo evangelio canónico a San Marcos «discípulo e intérprete de Pedro»
(cfr S. Ireneo, Adversus Haereses 3,1,1), y dice que San Marcos escribió su evangelio en Roma, a
instancias de los cristianos que querían conservar por escrito la predicación de San Pedro.
Un examen atento del Evangelio según San Marcos vendría a confirmar algunos de estos extremos. Por
ejemplo, el evangelista parece dirigirse a lectores que no tienen raigambre hebraica, pues les explica las
costumbres judías (7,3-4; 14,2; 15,42), y les traduce las palabras arameas cuando aparecen (3,17; 5,41;
7,1 1; 14,36; 15,22; 15,34). Por otra parte, la viveza de la narración o el gusto por los detalles
pintorescos –el «cabezal» sobre el que Jesús dormía en la barca (4,38), la hierba «verde» en la
multiplicación de los panes (6,39), etc.– sugieren que en el origen de muchos pasajes de este evangelio
hay un testigo ocular de los acontecimientos.
Este evangelio no recoge, a diferencia de los otros sinópticos, los episodios de la infancia de Jesús. Su
estructura parece un desarrollo pormenorizado del discurso de Pedro en casa del centurión Cornelio
(Hch 10,34-43): Jesús comenzó la predicación del Evangelio en Galilea, pasó haciendo el bien, los
judíos en Jerusalén le dieron muerte colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó, y, resucitado,
envió a sus discípulos a predicar. Según este esquema, Marcos narra la actividad de Jesús en Galilea y
regiones limítrofes, la subida a Jerusalén, las controversias con las autoridades judías en la Ciudad
Santa, la muerte y la resurrección. Ésta es una estructura que podríamos llamar geográfica. Pero hay
también en el segundo evangelio una estructura que podríamos denominar teológica.
En efecto, el evangelista va relatando la manifestación de Jesús con hechos y palabras que suscita que
las gentes se pregunten: «¿Quién es éste?» Sólo San Pedro, en el centro del evangelio, lo confiesa: «Tú
eres el Cristo» (8,29). Desde ese momento, Jesús comienza a revelar el sentido de su misión como
Mesías: es el Mesías rechazado que debe morir en la cruz para después resucitar. Esta segunda parte
concluye con la confesión del centurión al pie de la cruz: «Este hombre era Hijo de Dios» (15,39). Son
los dos títulos que Marcos le había dado a Jesús en el comienzo de su evangelio (1,1).
En este primer versículo del evangelio –«Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios»– parece
que están condensados los contenidos más importantes del relato de Marcos. Jesús es el Hijo Dios: así
lo proclama la voz del Padre en el Bautismo y en la Transfiguración (1,11; 9,7), y así lo confesará el
centurión (15,39); pero también lo confesará el lector del evangelio al ver los milagros que Jesús
realiza –Marcos es, proporcionalmente, el evangelista que dedica más espacio a los milagros del
Señor– y al reconocer su resurrección y exaltación (16,19).
Jesús es, de igual forma, el Cristo. Marcos no utiliza, a diferencia de Mateo, los textos del Antiguo
Testamento para mostrar el mesianismo de Jesús, sino que al relatar sus obras las presenta como las
obras del Mesías prometido. Ahora bien, Jesús al realizar aquellas obras mesiánicas, ha pedido silencio
a sus beneficiarios (1,44; 5,43; 7,36; 8,26), pues quiere que su mesianismo no se entienda en un sentido
temporal y político, sino a la luz de la cruz (8,27-33).
Marcos es el único evangelista que utiliza la palabra Evangelio, titulando así su narración. El Evangelio
es la buena nueva que predica Jesús (1,14-15), con sus hechos y sus palabras; por eso, la actividad
misma de Cristo puede llamarse con buen tino Evangelio de Jesucristo (1,1). Jesús envía a sus
discípulos a predicarlo (16,15), advirtiéndoles que dar la vida por el Evangelio es una causa tan noble
como darla por el mismo Cristo (10,29). Finalmente, Marcos advierte que sólo relata el comienzo (1,1),
porque el Evangelio debe ser predicado a «toda criatura» (16,15).
El evangelista cuenta que Jesús realizó la mayor parte de su actividad pública en Galilea, una región
que, en tiempos de Cristo, era una auténtica encrucijada de culturas donde se mezclaban judíos y
paganos. Por eso, en Galilea convoca el Señor a sus discípulos tras su resurrección (14,28; 16,7) para
enviarlos desde allí a todas partes.
Murió San Marcos en Alejandría de Egipto, cuya iglesia gobernaba. La ciudad de Venecia, que lo tiene
por patrono, venera su cuerpo en la catedral.