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El sábado 2 a la tarde, la abogada Gabriela Parra


decidió sentarse a charlar en un bar del centro de
Caballito con el hombre que la venía hostigando
desde hacía meses. Pensó, era la forma de terminar
con ese acoso molesto. A Alejandro Bajeneta no le
importó la mirada de los mozos ni de los otros
clientes, la acuchilló siete veces y, luego, intentó
suicidarse apuñalándose. La antropóloga Rita
Segato dice que “Los asesinatos pasan a
comportarse como un sistema de comunicación”. A
partir de esa frase, la periodista Roxana Sandá
cubrió el siluetazo que se hizo en esa esquina para
denunciar la violencia de género y escribió esta
crónica para Anfibia.

-Al principio no hice nada, porque estamos acostumbrados a ver parejas que
discuten y después se calman o alguno de los dos se va y listo– dice casi como
una declaración de principios uno de los mozos de Plaza del Carmen, el bar
restaurante de Rivadavia y avenida La Plata, que prefiere la reserva de su nombre.

El sábado, cerca de las 16, Gabriela Alejandra Parra entró al local ajena a las pujas
de los que trabajan allí por ver Fútbol para Todos o Pasión de Sábado. Ni siquiera
se percató de “La vida en vivo”, el slogan sugerente en la pantalla de un canal de
aire.

Abogada, de 49 años, el rubio le sentaba bien. Se había separado de su marido y


las pocas fotografías que circulan en internet dejan adivinar una mujer alegre,
simpática, atractiva. Albino, el mozo que la atendió, dijo sin embargo que estaba
seria, un poco tensa quizá, como preocupada. No la conocía, pero ella le pidió
sentarse junto a una ventana “porque necesitaba mirar para afuera y que también
la vieran desde afuera”. Hasta que cumplió su turno a las cuatro de la tarde, no vio
acercarse a nadie a la mesa. Otro empleado contó que un hombre medio
desaliñado, cincuentón “y con pelo” fue al encuentro de Gabriela bastante más
tarde, y que conversaron “con mala onda” hasta eso de las 18, “cuando ya nos
habíamos dado cuenta de que se estaban peleando”.
A los 52 años, Alejandro Daniel
Bajeneta canalizaba la ansiedad en
facebook. Llegó a socializar con un
pequeño grupo de amigos a través
de la red y por su trabajo de taxista.
Tenía un emprendimiento
gastronómico en Belgrano y en
confianza se declaraba nostálgico
empedernido: nunca logró olvidar a
aquella conocida de la adolescencia,
Gabriela Alejandra Parra. Le siguió el
rastro en la web para persistir en un
encuentro, ella con hijos y ya
separada, él con ganas de verla y
una insistencia que enmascaró
débilmente la obsesión y el acoso
durante meses. Hasta hace diez días.
Parra había dudado mucho sobre la conveniencia de decirle basta, ¿pero qué
impide a una mujer enfrentar a su acosador en un lugar público para ponerle límites
y terminar de una vez por todas con una situación que indigesta? Concluyó que
ésa era la mejor opción.

En su ensayo “La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad


Juárez”, la antropóloga Rita Segato escribe que “Los asesinatos pasan a
comportarse como un sistema de comunicación. Si escuchamos con atención los
mensajes que allí circulan, podremos acceder al rostro del sujeto que en ellos
habla. Solamente después de comprender lo que dice, a quién y para qué,
podremos localizar la posición desde la cual emite su discurso.” Bajeneta apuñaló
a Parra siete veces. Siete. La última fue un cuchillazo en el cuello. La discusión no
había durado mucho, algunos testigos calculan minutos. El arma estaba entre las
ropas del asesino y se supone que matarla era una decisión tomada. “Los
feminicidios –dice Segato- son mensajes emanados de un sujeto autor que sólo
puede ser identificado, localizado, perfilado mediante una ´escucha´ rigurosa de
estos crímenes como actos comunicativos.”

***

El sábado, la subeditora de la revista Anfibia, Marcela Dato, tenía que comprar una
bombita en la ferretería de Chaco y avenida La Plata. Iba relajada, con tiempo para
mirar ropa y pasar después por Plaza Del Carmen. Quería comprar medialunas,
pero cuando le faltaban veinte metros para llegar a la puerta, empezó a ver a
hombres y mujeres con las caras desencajadas, huyendo.

–Se caían, se agarraban de la cabeza, los más chiquitos lloraban abrazados a sus
madres. Era una locura. Nunca había visto algo igual.

Marcela vive a tres cuadras de esa confitería y piensa que el cruce de avenida La
Plata y Rivadavia siempre late como una bomba de tiempo, como que algo va a
suceder en cualquier momento. El colegio, el local de comidas rápidas enfrente,
las veredas sucias, los pibes tirados en la calle, los manteros. Una zona de muchos
robos y de tránsito intenso: avenida La Plata llega hasta Pompeya, suficiente para
que la atraviesen unas cinco líneas de colectivo más la estación Río de Janeiro, del
subte A.

Tardó en entender. Se vio en medio de una especie de terremoto que le iba


contagiando la angustia; no entendía
nada. Hasta que escuchó la frase
“acuchillaron a una mujer”, como en
una alucinación. Cree haber estado
en shock. La vereda llena de sangre,
la ambulancia llevándose a la víctima
con la cara destapada y la policía
gritando entre una multitud. De
testigo involuntaria terminó atrapada
en ese laberinto de vallados y
despliegue policial.

Cruzó hacia Rivadavia para dibujar


una U que le permitiera un retorno
aliviado, salteando la escena del
crimen.

–Pero en la vereda de enfrente me


encontré con el asesino bañado en
sangre, hecho un ovillo y hablando solo, diciendo cosas inentendibles. Había un
policía parado al lado de él que gritaba como loco para que lo escucharan los de
enfrente y le mandaran refuerzos, una ambulancia, algo.

***

El mozo que no quiere decir su nombre cuenta que cuando Parra se paró para irse,
Bajeneta tomó el abrigo como para ayudarla a ponérselo y al tenerla cerca empezó
a atacarla. Al verlo, asegura que se mandó porque creyó que le pegaba, pero al
acercarse vio que la estaba acuchillando. Parra quedó en el suelo y su agresor
quiso escaparse entre la gente que gritaba y corría. Sólo un hombre intentó
frenarlo. Le dio un sillazo que rompió la vidriera de la esquina.

–Pero el tipo estaba desenfrenado, atravesó el ventanal sin soltar el cuchillo y en la


calle empezó a clavárselo y a golpearse la cabeza contra un auto estacionado,
hasta que se provocó una herida jodida y quedó tirado en la vereda de enfrente de
Rivadavia. Todavía no sé cómo llegó hasta allí. Dicen que los locos tienen fuerza,
¿no?

Según comentarios de los pocos que no se movieron del lugar, un cliente forcejeó
para detener a Bajeneta, que no fue una silla sino una mesa la que reventó los
vidrios, que el asesino saltó el ventanal y corriendo cruzó Rivadavia. Mientras, se
acuchillaba. En el zaguán del comercio Cavallino. Ropa para damas, uno de los
más tradicionales de la zona, se desplomó.

Cuando Parra llegó al Hospital


Durand estaba muerta. A Bajeneta lo
llevaron un rato después:
sobreviviente con pronóstico
reservado y un coma inducido a raíz
de una puñalada que se clavó en el
pecho. El lunes 4 se velaron los
restos de la mujer en una sala de
Belgrano, y luego fueron trasladados
al cementerio de Chacarita. Bajo
custodia policial las 24 horas,
Bajeneta quedó detenido, imputado
por “homicidio agravado por
femicidio”. El delito prevé una pena
de prisión o reclusión perpetua.

***

“Disculpen las molestias. Nos están matando”, decía el cartel. El sábado, a una
semana del crimen, un grupo de mujeres autoconvocadas intervinieron el espacio
público donde el acto de morir asesinada pudo convivir junto a la fila para entrar al
cine de mitad de cuadra. Artistas jóvenes, performers y activistas decidieron salir.
“Por tercera vez, a denunciar la violencia de género que se cobra nuevas víctimas
fatales cada 30 horas. No nos vamos a quedar calladas. Tocan a una y
respondemos todas”, advertía su convocatoria.

Durante casi tres horas llenaron el aire de voces y el asfalto de consignas en


nombre de Gabriela Alejandra Parra, pero también de Carla Iglesias, la joven de 24
años estrangulada hace un mes por su medio hermano, un adolescente de 16
años, en el departamento que compartían en Villa Urquiza. Y de Daiana García,
Andrea Castaña, Melina Romero y Araceli Ramos. Asesinadas por el hecho de ser
mujeres.

Tras enterarse del femicidio de Daiana García, la adolescente que el viernes 13 de


marzo había ido a una entrevista de trabajo en Palermo y apareció al otro día en
una ruta de Lavallol, asfixiada y semidesnuda en una bolsa de arpillera, Rocío
Fernández Collazo y la historietista Cecilia “Gato” Fernández, dos de las
impulsoras de esta intervención, coincidieron en la necesidad de hacer un
siluetazo como el de 1983. El 21 de septiembre de ese año, por iniciativa de un
grupo de artistas, estudiantes y agrupaciones juveniles con el apoyo de los
organismos de Derechos Humanos, se delinearon siluetas en afiches instalados
alrededor de la Plaza de Mayo y que se extendieron por toda la ciudad. En tamaño
natural, las figuras humanas representando a los desaparecidos se convirtieron en
uno de los emblemas del reclamo por la memoria, la verdad y la justicia. “Lo
retomamos como una forma de que esas mujeres sigan estando presentes en las
calles, que sean reconocidas y también para dejar claro que esta cuestión
involucra a toda una sociedad que evidentemente considera a las mujeres como
basura”, explica Fernández Collazo mientras evalúa el color del stencil que está
aplicando en el cordón de Yrigoyen y avenida La Plata.
Desde sus inicios, en las reuniones
de autoconvocadas y colectivos
feministas se viene planteando la
existencia de un machismo patriarcal
respirando fuerte en las nucas.
Fernández Collazo lo siente. “Es un
odio recalcitrante hacia las mujeres, y
empezamos a ver que había
trascendido a las calles, a ojos de
todos. ¿Entonces ni siquiera
estamos seguras en la vía pública?
Creo que las mujeres nos
encontramos expuestas porque el
patriarcado argentino nos sigue
matando para fortalecer cada vez
más los femicidios.”
Las activistas recordaron que hace
un mes, en la ciudad cordobesa de
San Francisco, una maestra jardinera de 44 años fue acuchillada por su ex pareja
frente a los alumnos de la salita del jardín de infantes Estrellitas Traviesas. El
empresario Mauro Bongiovanni escapó de una clínica psiquiátrica para degollar a
María Eugenia Lanzetti. La mujer, madre de dos varones de 17 y 21 años, lo había
denunciado por varios hechos de violencia hasta que en septiembre de 2014 la
Justicia le asignó un botón antipánico y ordenó la exclusión del hogar del agresor.

Entre las 16 y las 18.30 grafitties, stencils y carteles impusieron la temática en


cada esquina. “Mi ropa no determina mi consentimiento”, “Mi cuerpo y mi
vestuario. Reservate el comentario”, “No quiero tu piropo, quiero tu respeto” se fue
leyendo a medida que corrían los aerosoles. Un grupo de hombres bajó de un auto
para insultar a las que reclamaban. Y gritarles “¡Vayan a trabajar!”, pero la cosa no
pasó de la cercanía de un mal aliento.

Aquí, en Avenida La Plata y Rivadavia, lleno de gente, de chicos, familias, policías,


en esta confitería donde un hombre decidió y pudo matar una mujer. A la vista de
todos.

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AUTORES

Roxana Sandá
CRONISTA

Al acostarse, después de cerrar los ojos, antes de quedarse dormida,


Roxana Sandá piensa en una frase poética: se dice, que la noche sea eterna.
Periodista, cursó la carrera de Letras, en la UBA. Recuerda un sueño con su
abuelo: el hombre la visitaba y le hablaba, la hacía reír. Murió cuando ella era
adolescente. Dice, se ve que lo extraño mucho. Ver más

Silvia Gabarrot
FOTOGRAFO

Silvia Gabarrot no tiene recuerdos sin una cámara de fotos en la mano, en el


bolso, en la mesa de luz. De chica, a todos los lugares que iba, la llevaba.
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FEMINISTA DÉCADA

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Ensayos Qué es Anfibia 25 de Mayo y Francia (CP 1650)


San Martín, Prov. de Buenos Aires
Autores Staff
Argentina
Recomendados Contacto ISSN 2344-9365
Comunidad

Martes 13 junio de 2017 ® Todos los derechos reservados. Anfibia - Crónicas y Relatos de no ficción.

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