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NARRACIONES LÍRICAS
Libro de cuentos y poemas

Tomás Serquén Montehermozo

Tumán
Chiclayo – Perú

2019

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Narraciones líricas
Autor-Editor:
Tomás Serquén Montehermozo
Dirección: Block Nº 10-01 - Tumán - Chiclayo.
1ra. Edición: Noviembre del 2019.
Tiraje: 1000 ejemplares.
Cel. 954921386
E-mail: tomasserquen22@gmail.com

ISBN Nº 978-612-00-4877-1
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú
Nº 2019 - 17780.

Impreso en Ediciones e Impresiones Frías.


Germán Erazo Calle.
Calle Próceres Nº 1498 - J.L.O. - Chiclayo.
RUC. 10168031152
Cel. 987593304
edicionesfrias@gmail.com

Corrección de textos y diagramación: Pedro Manay Sáenz.


Diseño de carátula: Piere Vásquez Córdova.
Imagen de carátula y contracarátula: Manuel Vásquez Niño.
Dibujos interiores: Manuel Vásquez Niño y Leonardo Sánchez.

Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización previa del autor.

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Dedicatoria
Esta primera producción literaria
quiero dedicársela a toda mi familia,
empezando por mis padres:
Tomás Serquén Mendoza y María Montehermozo Quiroga.
De igual manera, a mis queridos hermanos
Juana Cristina y José Alonso Serquén Montehermozo.
Así mismo, a mi esposa Lourdes Chávarri Rubio
y a mis cuatro princesas como son:
Amanda, Gabriela, Ángeles y Sandra.
A mis suegros: Marita y Walter.
Mis cuñadas: Katty y Rosmery
Y, finalmente, a mis entrañables sobrinos:
Cristina y Daniel.

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Agradecimiento
Mi gratitud a Dios por guiarme en este hermoso mundo de
las letras literarias y permitirme conocer a grandes amigos como
Gilbert Delgado Fernández y Pedro Manay Sáenz, que
impulsaron y motivaron que estas historias que mi mente
dictaba sean llevadas a un libro. También, agradecer a mis
maestros universitarios que calaron en mí la chispa de un
humilde escribidor, durante mi paso por la Universidad Nacional
Pedro Ruiz Gallo, mi Alma Mater y actual espacio de trabajo
docente. Mi gratitud para Carlos Horna Santa Cruz, Milton
Manayay Tafur, Andrés Díaz Núñez, Néstor Tenorio Requejo,
Augusto Zorrilla Flores, Walter Marcelo Vereau, Oswaldo
Sánchez Antón, Salomón Díaz Campos, Juan Villalobos Rojas,
Iván Morales Huamán, Juan Carlos Granados Barreto, Abel
Ballena de la Cruz, José Wilder Herrera Vargas y Lady Lora
Peralta.

Finalmente, a la prestigiosa Universidad Señor de Sipán,


mi centro de labores desde hace dieciocho años. Y cómo no
mencionar a mi gran familia de la I.E.P. AMANCIO VARONA, en
Tumán, por acompañarme en la trascendente y loable tarea de
EDUCAR.

A todos ustedes, MUCHAS GRACIAS.

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Homenaje a dos grandes sacerdotes:
Rosendo Huguet Peralta y Amancio Varona Valdivielso.

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Leyenda urbana, anécdota, compromiso social
y didáctica en la ópera prima de Tóser

Tomás Serquén Montehermozo, conocido en ámbitos académico


y amical con el acrónimo TÓSER, nos presenta, en su primera
publicación, una galería de textos muy atractivos tanto por su
contenido como por su tratamiento expresivo.
Empecemos por los dos relatos en que explora, en uno, los
meandros de la leyenda urbana y, en el otro, las posibilidades que
presenta una anécdota para ser convertida en un correctivo
moral. Ambas empresas tienen un producto exitoso.
El primer relato se denomina La muñeca Alicia. El
escenario de una situación fantasmagórica es un centro
psiquiátrico. Desde ya, se nos invita a una inevitable polémica:
los sucesos que nos aterran, ¿son producto de entidades
provenientes del Más Allá o eventos producidos por nuestra
propia mente?
TÓSER echa mano de los convencionalismos del terror
para lograr los momentos espeluznantes del relato.
Primero, la numerología: habitación número 66, se
persignó tres veces, 33 años, el antiguo reloj anunció las seis de
la tarde… Si bien el número de la bestia en el Apocalipsis de San
Juan es el 666, basta con notar que el párrafo en el cual se nos
proporciona el dato con respecto del inquietante número de la
habitación consta, podría ser coincidencia, de seis renglones. Con
esto, completamos el tercer seis al número de la habitación.
También, el número tres como evocador de las tentaciones de
Cristo y como número de la totalidad, además de 33 como
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supuesta edad del Señor al momento de ser crucificado. Luego,
las consideradas mala hora con el seis entre ellas: 12, 3, 6 y 9. Se
dice, porque forman una cruz desde una perspectiva directa con
el reloj. Subliminalmente, se va insuflando un hálito de misterio
en el ánimo.
Después, la ectoplasmia, telergia o materialización de una
entidad espiritual. Dichas entidades requieren de energía para
poder manifestarse y la toman de la fuente más próxima. No nos
extraña entonces que, previo al evento paranormal del que fue
testigo Frank, empezaran a parpadear los equipos fluorescentes.
La primera visión es la de una niña con la prosopografía de la
muñeca Alicia que corre hacia la habitación número 66.
También, los estados intermedios. La visión de Frank
ocurre en un estado de conciencia intersecado entre la vigilia y
el sueño. Estos estados intermedios son la placenta donde se
nutren las pesadillas. TÓSER refuerza estos estados con una
superposición de planos reales y ficticios: el hermano
seminarista de la ficción es también el hermano seminarista de
la realidad (hoy, el padre Alonso Serquén Montehermozo), el
doctor Rivasplata de la ficción es también el doctor Rivasplata de
la realidad (Dr. Pedro Huamán Rivasplata). Este difuminar los
linderos entre ficción y realidad contribuyen a sostener la
intención del autor de transmitir una atmósfera onírica en la
narración.
El segundo relato, presentado en racconto, se titula La
ventana y, en su primera parte, está presentado como una
parodia de las catábasis o relatos de descensos. La idea de un
mundo subterráneo ha sobrecogido a los hombres de todas las
épocas: el Hades visitado por Orfeo, la región de los muertos o
Báratro visitada por Odiseo y posteriormente por Eneas, el
infierno visitado por Dante, de manera metafórica el descenso de
Juan Preciado a Comala en Pedro Páramo… En La ventana, el

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protagonista desciende de un segundo piso y el inframundo está
poblado por estereotipos costumbristas donde la expresión “Que
se vaya al infierno”, dicha entre éstos, adquiere un sentido risible
puesto que, desde una perspectiva topográfica y moral, todos
ellos están en el infierno.
Ahí están los personajes que rayan en lo grotesco: don
Cañaris, nombre que nos podemos figurar como un metaplasmo
de cañazo, término que alude a una bebida alcohólica de
consumo popular. Doña Aleja, con rasgos de bruja mala de un
cuento folklórico. Y como dentro de ese mundillo y esa cultura no
puede faltar el apelativo, ahí está Felipe, el Cabezón, el verdugo
de las mascotas.
Reaparecen los códigos del miedo como viernes trece el
cual, aunque en otro calendario, está relacionado con el martes
13 de 1307 y el exterminio de los templarios. También los
aullidos de los perros que se atribuye a una respuesta de sus
cualidades sensitivas (debido a la excreción de la proteína
2HLQR en el mundo literario) afectadas por vibraciones
difícilmente captadas por el ser humano común.
La historia -entre categorías de la risa que bien merecen
un estudio aparte- se teje luego a manera de una moraleja donde
la satisfacción de ver al malo recibiendo su merecido confluye en
una paremiología de la sentencia: “Tal haces; tal pagas”. El final
bien puede reflejar la añoranza del propio autor y está
construida como una utopía que reivindica la idea de la
transformación del ser humano. El mal incontrolable termina
dañando emocionalmente a un ser querido, tal vez el único, y una
forma de resarcir esa acción negativa es abriendo el corazón para
todos: si no intento lastimar a alguien, no correré el riesgo de
lastimar a quien amo parécenos decir doña Aleja desde su
conciencia.

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Quien narra no puede estar relacionado con el autor. El
autor está oculto entre los personajes de la realidad ficticia en la
familia de la vivienda contigua. Lo identificamos por la niña
Marilyn, segundo nombre de Amanda, hija de TÓSER en la
realidad real.
Luego, notaremos en los relatos siguientes, una suerte de
vasos comunicantes que nos ofrece TÓSER al relacionar
situaciones y personajes que nos permiten entablar un diálogo
de intertextualidad interna. Así, en Mi amigo Felipe se advierte
una clara referencia al cuento La muñeca Alicia. Hallamos a Frank
en una etapa anterior de su vida en donde cuenta con 9 años. Esta
puntada entre textos se logra con las siguientes prolepsis:
“Cuando sea grande, ahí trabajaré. Me gustaría ayudar a las
personas con problemas mentales; pero eso será cuando sea
grande”, “Ten cuidado con esa muñeca. Camina sola por las noches
y asusta a los niños que no están bautizados…”.

El relato adquiere un toque costumbrista mediante la


alusión a instituciones reales de espacios reales como La esquina
del movimiento ubicada entre 7 de Enero y Pedro Ruiz. Se
recuerda que el nombre le fue atribuido en 1951 por el cantante
de La Sonora Matancera, el cubano Bienvenido Granda en una
gira que lo trajo a La capital de la Amistad. Encontramos, además,
la pueblerina costumbre del landaruto, tan antigua que la
encontramos practicada en la época del imperio incaico donde
en la lengua del hombre se le llamó rutuche o pichate. Incluso, es
precisa la alusión a las shimbas: “Me hicieron varios lazos en mi
cabello largo…”.

El cráter de la narración está constituido por una


competición. El padre inicia el reto y el hijo se verá
comprometido a asumirlo. Al final, el enunciador se lleva una
victoria pírrica. El premio, sin embargo, es el nacimiento de una
gran amistad. La nostalgia con que se tiñe el recuerdo induce a
pensar en la distancia con un amigo real.

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El relato Mi vecina Aleja también se enlaza con La muñeca
Alicia a través del personaje Frank. Esta primera pieza del libro
se va convirtiendo así en el genoma a partir del cual se gestarán
los demás cuentos. O, al menos, eso invita a suponer.

El diálogo intertextual externo (lo de interno y externo con


respecto de la intertextualidad es tomado de Marchesse y
Forradellas) es inevitable en la frase “… como un pelele buscando
a su madre”. Símil que evoca al personaje que aparece en los
primeros cuatro capítulos de la novela El señor presidente, de
Asturias, quien se sentía afectado al escuchar la palabra “madre”:
el Pelele, precisamente.

La riqueza expresiva es patente en imágenes cromáticas


que encandilan: “…unos botones dorados que emulaban el
aurífero color del oro.”. En el plano del contenido, y al otro
extremo del relato de origen, el terror ocupa esta vez un segundo
plano para dar paso a las situaciones jocosas que, sin esfuerzo,
sabe suscitar TÓSER. El tono popular y la afinidad con la oralidad
de los chistes insertados nos llevan a pensar en Aristóteles y la
relación de comedia con kome (“aldea”, en griego).

El cuento Agua del techo posee la fuerza de la anécdota que


implica a toda una comunidad -y hasta una región- en una
vivencia común: las torrenciales lluvias estivales. Se nos dejará
en claro que era práctica común obsequiar una muñeca Alicia en
la década de los 70: “Hasta la muñeca Alicia de mi hermana fue
cubierta con un plástico para evitar su deterioro.”. Igualmente,
como hemos visto, Matilde, la hija de doña Nachita, recibió una
muñeca del mismo tipo en el día de su cumpleaños.

Con una actitud de compromiso y obsequiando variedad


temática al conjunto, el enunciador comparte su disconformidad
con el tratamiento laboral y de estipendio que impera en su
localidad. El rasgo autobiográfico queda manifiesto en
situaciones como el préstamo de un polo a su amigo Felipe: “Era

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guinda con una palomita blanca bordada en la manga derecha y
en el pecho”. Alusión al polo característico de la I.E.P. Amancio
Varona. La complejidad en la dinámica de la ficción entrelaza
autor-protagonista-personaje aludido.

En esta galería, también hallamos textos poéticos los


cuales están presentados con el título “Lírica”. Aquí, TÓSER nos
comparte dos aspectos de su personalidad literaria: el
compromiso social y la didáctica. El compromiso social está
expresado en el texto poético Plañir tumaneño que contrasta el
mundo bucólico y panfílico de la infancia con un momento
histórico de diferencia social, despojo y muerte. El escenario es
una situación real contextualizada en un espacio concreto el cual
es cantado desde el título. El enunciador añora épocas de paz
donde lo más violento que se podría vivir estaba relacionado de
manera figurada con la presencia de un toro “que retumbaba las
auroras de nuestro querido Tumán” en una imagen lírica que nos
refiere al bramido de los tubos de desfogue de vapor o pitos de
las fábricas que orientaban el horario laboral o avisaban sobre la
carencia de agua en las otrora cooperativas. Finalmente, en un
diálogo intertextual con la Carta a María Teresa, de Juan Gonzalo
Rose, llegamos a la configuración del hombre cuyo único mal
cometido es oponerse a la desposesión y luchar por aquello que
le pertenece por derecho; sin embargo, su accionar es rebajado
por la calumnia de los medios lacayos en servicio del patrón y su
voz es acallada por la barahúnda de los fusiles militares.

Lo didáctico aparece en textos poéticos elaborados como


estrategia para desarrollar el eje paradigmático en el lenguaje de
los estudiantes. La finalidad es enriquecer el vocabulario para
entablar asociaciones que permitan tanto una fluida expresión
como una aceptable comprensión del discurso en sus diversos
registros y variaciones. En esta línea, se encuentran Catarsis, Lo
pretérito, Rememoración de invierno, Subrepticio plan y Prefacio
de amor donde, dentro de las posibilidades de elección en los
distintos campos semánticos, se ha preferido los términos de
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menor acceso con la finalidad de inducir al estudiante al mejor
conocimiento del léxico y, con ello, a un aceptable acercamiento
a los textos cultos. Como soporte de esta empresa, Tomás
Serquén concibe el método TÓSER 22 donde al compás de la
música de una guitarra los jóvenes realizan permutas verbales
en sus canciones preferidas lo cual les permite ejercitar y
fortalecer sus capacidades lingüísticas.
El texto Ahora que ya no estás relaciona y contrapone
ingeniosamente los estados internos con las manifestaciones de
la naturaleza, las emociones con el racionalismo, el subjetivismo
particular con el objetivismo científico… Promueve la propiedad
del vocabulario en su referencia a campos específicos del saber:
los tecnicismos.
En los versos de Reminiscencia entabla un juego de
antonimia en la penúltima estrofa. Ensaya versos rimados en
Vivir sin aire de amor y nos desliza, tal vez, su gusto por la música
de Maná, puesto que nos toparemos, también, con la frase
“corazón … espinado”. Concurrencia de amor relaciona, con buen
sentido del humor, la teoría gramatical de la concurrencia
vocálica con los devaneos del sentimiento. Además, de su
aplicación didáctica como una ingeniosa mnemotecnia.
Después de este breve recorrido, concluimos que nos
encontramos frente a una galería literaria que recoge textos
selectos de TÓSER los cuales serán el deleite de los estudiantes a
quienes, sin duda, va dirigido. Debemos reconocer que
maravillas como esta suelen ocurrir cuando se encuentran en un
mismo sendero la irrefrenable pasión por la literatura y la
exacerbada vocación docente.

GILBERT DELGADO FERNÁNDEZ


Vista Alegre, abril de 2019.

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NARRATIVA

Tomás Serquén Montehermozo

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La muneca Alicia
Cuento

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Era mi primer año de Internado como Médico Psiquiatra.
El primer día que llegué todo era tranquilidad. Se
escuchaba, apenas, el silbido del viento como si quisiera
apagar tenuemente una lámpara a querosene. Las plantas del
jardín, lentamente, danzaban al compás de las horas de un
antiguo reloj colocado en medio del largo pasadizo que
terminaba en la habitación número sesenta y seis.

El hospital que me tocó se había vuelto famoso; no


porque los pacientes volvieran a la cordura; sino porque, allí,
se encontraba internada la paciente de la habitación sesenta y
seis. Así la llamaban; pero yo sí llegué a conocer su nombre.

Mi Jefe de Prácticas me advirtió que la carrera que había


elegido tenía sus riesgos; pero yo estaba emocionado por
querer vivenciar mi profesión. En mi mirada, estaba la ilusión
de tratar, sanar y consolar a pacientes de diferentes traumas
neuronales; pero, al ser presentado ante el personal médico del
pabellón de Psiquiatría, sus miradas estaban llenas de pasmo
y aturdimiento. Todos se miraron. Una de ellas, la más
delgada de todas ―parecía que la tierra la hubiera disecado―,
se persignó tres veces al verme.

Todo estaba bien, hasta que el antiguo reloj anunció las


seis de la tarde.

De pronto, la puerta de mi consultorio se cerró muy


fuerte.

― No te asustes ―me dijo Manuel―. Es el viento.

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― Pero, el viento no estaba de mal humor como para
golpear tan fuerte la puerta ―repliqué.

Manuel sonrió y, no sé por qué, agregó la siguiente


exclamación:

― ¡Provecho, cumpa! Hoy, será tu bienvenida.

Manuel también era interno y era un año mayor que yo.

Una anciana, de lerdo andar, con una mirada mezcla de


ternura y de tristeza, cabellos emblanquecidos desde la raíz y a
medio pintar de la mitad hasta las puntas, terminaba de
limpiar. Ya debería estar descansando; pero esa tarde me
impactó su anhelo de limpiar tan sigilosamente y sin hacer
bulla. Su mirada se resquebrajaba cuando divisaba la última
habitación de aquel desolado pabellón. Me miró de reojo con
la intención de querer contagiarme su aflicción o querer
advertirme de algo. Sin embargo, los médicos la
ignoraban. ¡Qué insensibles!, me dije a mí mismo.

― Hasta mañana, doña Nachita. ¡Que Dios la bendiga!


― ¡Que la Virgen Santísima me la proteja, doña Nachita!
― Rezaré por usted, esta noche, doña Nachita.
― Hasta mañana, doña Nachita.

Así, cumplían con despedirse de ella, uno por uno.

― Frank, ven un momento, por favor.


― Sí, doctor Rivasplata ―se dirigió hacia mí.
― Sé que hoy es tu primer día en este lugar y no debería
pedirte lo siguiente…
― Lo que usted mande, doctor.
― Lo que pasa es que, hoy, es cumpleaños de mi esposa
y quiero darle una sorpresa; pero estoy de turno. ¿Me podrías
cubrir? Luego, lo arreglamos.
― Por supuesto, doctor. Estoy disponible y preparado
para poner en práctica todo lo que sé.
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― Muy bien, campeón ―me dio una palmada en la
espalda y se fue.

Yo, feliz. Era mi jefe quien me estaba pidiendo un favor


en mi primer día de interno y no podía negarme. En cualquier
momento, él también me podría servir. La idea me pareció
genial; pero doña Nachita me miró nuevamente y movió la
cabeza como indicando que la decisión no fue correcta. Las
diez de la noche fue anunciada por el desafinado tintineo del
reloj que me despertó de una ligera siesta. Me froté los ojos y
observé que una hermosa niña rubia, con un vestido floreado,
pasó corriendo raudamente con dirección a la habitación
sesenta y seis.

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Me eché agua a la cara para que se me pasara el sueño y,
al dirigir mi mirada hacia la última habitación, no logré
observar nada. Solamente, el tubo de un fluorescente que se
prendía y se apagaba constantemente. Su parpadeo parecía el
ojo irritado de un tumaneño cuando la ceniza de caña de
azúcar se mete osadamente en el lagrimal. El silencio era
aterrador. Me encontraba solo en la Oficina de Psiquiatría. Los
pacientes dormían por el calmante que les administraban
antes del cambio de turno. De pronto, se escucharon unos
pasos muy a lo lejos... Pero, conforme avanzaban, se
escuchaban más cerca de mi oficina. Parecía el misterioso
ruido de un balde de lata que fuera arrastrado por el piso de
madera. Cerré la puerta de mi oficina y empecé a rezar la
oración que mi hermano, el seminarista, me enseñó. Los pasos
se alejaron por un momento; pero el fluorescente volvió a
parpadear. ¡Que no se apague, Diosito…!, ¡que no se apague!
Les pedí, también, a todos los santos que me protegieran. Cogí
el denario que mi enamorada me regaló para mi cumpleaños y
continué con mis plegarias; pero los pasos se acentuaron, cada
vez, con más firmeza hasta que se escuchó el chirriar de las
manijas de la chapa de la puerta, como si alguien intentara
abrirla. Fue demasiado tarde. Cerré la puerta; pero no había
presionado el seguro. La puerta se abrió muy lentamente. Yo
cerré los ojos. Mi piel parecía una gallina recién pelada; pero
con agua fría. Mis piernas estaban entrejuntadas en la silla y
sujetadas con mis manos. No quería conocer a la muerte en
vida. De pronto, sentí un aire muy frío que caló mis huesos; y,
cerca de mi oreja izquierda, una ronca voz que empezó a
susurrar mi nombre tenuemente:

― ¡Fraaank, abre los ooojos! No tengas mieeedo. Soy


yooo, doña Nachitaaa…
― ¡Noooooo! ―grité fuertemente; pero una mano,
arrugada por los años, me tapó la boca.
― ¡Cállate, muchachito miedoso! ¡Ya, abre los ojos! Soy
doña Nachita.

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Me tiró un sopapo en la cabeza y mis ojos reaccionaron
nuevamente.

― ¡Doña Nachita, era usted! ―exclamé―. Pensé que…


― Mejor, no digas nada, hijo. Entiendo tu temor; pero la
noche recién está empezando y tú no debes tener miedo si estás
en paz con Dios.

Doña Nachita no tenía miedo ni al diablo. Más bien, él le


temía.

Me contó que ella dormía y comía en el hospital y que los


doctores eran muy buenos con ella. Le regalaban hasta ropita
para que se vea más hermosa de lo que ya era. Su mirada
emanaba bondad; pero, también, sufrimiento. Siempre, tenía
un crucifijo de plata en el pecho y me confesó que quiso ser
monja para servir al Señor; pero la tentación resquebrajó su fe
y desertó del noviciado. Por eso, cree que todo lo que está
pasando es por la penitencia que le ha impuesto Dios.

― Esta noche, yo te acompañaré ―agregó doña Nachita.

De un termo azul, con rayas cuadriculadas, me invitó


manzanilla caliente.

― Toma, hijo, te calentará. No dejes que el frío te venza.

De pronto, llegó las doce de la noche. El reloj ‒cada vez,


más desafinado‒ empezó con su fúnebre repicar anunciando
que el día empezaba otra vez. El viento parecía también
despertar a esa hora porque comenzó a silbar como un chiclón
de mal agüero. Hasta que se escuchó un ensordecedor grito
que despertó a todo el pabellón de Psiquiatría.

― ¡Sáquenla de aquí! ¡Que se vaya esa muñeca! ¡Auxilio!


¡La muñeca Alicia me quiere llevar! ¡Mamaaaaaá, ayúdame!
¡La muñeca Alicia me está molestando otra vez!

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La anciana, muy nerviosa, me miró. Arrugó la frente,
apuntó fijamente su mirada hacia mí y me dijo:

― No te asustes. Es la paciente de la habitación sesenta y


seis. Ya no tenía estas crisis… Pero, dime: ¿El doctor no te ha
dejado alguna indicación para ella?
― No ―le contesté.
― Tienes que inyectarle un calmante. De lo contrario,
toda la noche se la pasará gritando.

Los gritos eran perturbadores. Daba la impresión que la


estaban cruelmente maltratando. Los demás pacientes
empezaron a despertar. Miraban de reojo, asustados por aquel
grito que, alguna vez, inauguró la paciente de aquella
habitación. Eso fue treinta y nueve años atrás. Y, después de
mucho tratamiento, la lograron calmar. Pero, justo hoy, en mi
primer día de guardia como interno, la misteriosa crisis
nerviosa volvió a brotar como aquel viejo olmo que, el día
menos pensado, ve una rama que empieza a reverdecer por
algún costado. Desde las pequeñas ventanas de sus
habitaciones, los demás pacientes seguían observando muy
sigilosamente; pero nadie quería unirse al bullicioso coro que
exasperaba la piel al ser escuchado.

― Yo le cojo la cabeza. Tú le tapas los ojos. Y sacas la


inyección y la colocas rápidamente.
― Está bien, doña Nachita.

Preparé el inyectable; pero los gritos eran estrepitosos.


El nosocomio era especialmente para enfermos mentales y su
bajo presupuesto estatal había reducido el personal de
atención por las noches. Doña Nachita era admirable. Caminó
hacia la habitación mientras yo la acompañaba al compás de
su sombra. Ingresamos y, por primera vez, el miedo se
convirtió en una gran conmoción. La paciente se encontraba
sujetada de pies y manos, acostada sobre la camilla. Movía
rápidamente su cabeza de un lado a otro. Sus ojos,
emblanquecidos totalmente. Los dedos de sus manos
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intentaban liberar las ataduras de cuero anudadas a una vieja
hebilla oxidada.

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― Tranquila, hijita; tranquila, mi amor… Todo va a estar
bien. Ya estoy aquí. Cierra tus ojitos que te voy a hacer dormir.

Yo me quedé pasmado. Mi mano tiritaba. Su boca estaba


cubierta de salivación babosa que llegaba hasta las sábanas
blancas de la cama donde la paciente se encontraba postrada.

― Apúrate ―susurró lentamente la voz de la experiencia


como para que la paciente no sospechara del calmante; pero yo
estaba paralizado.

El frío era, cada vez, más intenso. No podía moverme.


Doña Nachita estiró la mano derecha y me quitó el inyectable,
ya que la otra la tenía ocupada cubriendo unos
ojos blanqueados por la ofuscación. De pronto, ella misma
colocó el sedante y el efecto fue inmediato.

― Tranquila, hija. Ya pasó, mi amor. No sabes cuánto te


quiero.

Todo eso pronunció la cariñosa anciana que abrazaba


fuertemente a la paciente como si fuera su bebé recién llegado
al mundo. Sus cansados ojos verdes no pudieron contener más
las lágrimas que terminaron por vencerla hasta llorar al lado
de Matilde. Esto fue lo que finalmente le dijo: “Descansa, mi
dulce Mati, que yo siempre estaré a tu lado”.

Luego, se acercó a la oficina. Sus ojos estaban hinchados


e inflamados por la tristeza que había vivenciado al lado de su
hija, la paciente misteriosa del sesenta y seis cuyo nombre es
Matilde y que descubrí, hace poco, en aquel lugar. Sin que le
preguntara nada, ella me cogió fuertemente de las manos, me
miró fijamente y me contó la historia de por qué Matilde, su
adorada hija, estaba internada en aquel lugar...

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Era el año de 1976 cuando mi Matilde tenía seis años de
edad. Fue su cumpleaños y su padre la sorprendió llevándole
una enorme caja envuelta en papel regalo. Mi Mati corrió
rápidamente y la abrió. Para sorpresa de todos, era una
hermosa muñeca Alicia. Esa muñeca era costosa debido a que
recién aparecían en el mercado. El pelo era rubio y ondulado.
Su piel, rosada y sus ojos, azules como el cielo. Su vestido
floreado tenía un estilo inglés. Algo más: uno podía cogerla
de la mano y, sin que tuviera batería o pilas como todo
juguete caro, la muñeca caminaba contigo. Tú dabas un paso
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y ella también lo daba. Tú te sentabas y ella también lo hacía.
Si la acostabas, cerraba sus ojitos. Y, si la sentabas o parabas,
los volvía a abrir.

Matilde, contenta con su muñequita, jugaba todas las


tardes después de haber terminado sus tareas del colegio. La
sentaba, la hacía caminar, la peinaba, le cambiaba de
vestido… Todo era alegría hasta que, un seis de junio, cuando
Matilde jugaba como siempre, la muñeca Alicia había estado
sentadita en todo el pasadizo que daba con el cuarto de mi
hija y, cuando mi niña se dirigió a traer otras muñecas para
seguir jugando, tropezó fuertemente con las piernas de la
muñeca Alicia.

― Muñeca mala ―dijo Mati―; eres mala. Por tu culpa,


me caí. La cogió del pelo y la tiró contra la pared. La muñeca
cayó al suelo boca abajo; pero sus ojos permanecieron
abiertos mirándola fijamente a mi Matilde. Sus ojos estaban
llenos de odio. Parecían botar candela. Era como una
amenaza que, en la noche, tendría que cumplir.

― Mamaaaaaá, mira sus ojos de la muñeca ―dijo al


venir corriendo de la cocina. La muñeca yacía en el suelo con
los ojos cerrados.
― ¿Qué pasó, mi amor? ¿Por qué estás asustada? ―la
interrogué.

Ella me lo contó todo; pero yo no le creí. Llegó la


incansable noche. Los gatos ronroneaban en los techos con un
dejo macabro. Mi esposo y yo dormíamos en el segundo piso
y mi Matilde tenía su habitación en el primero. La muñeca
Alicia siempre se quedaba sentadita en la sala de la casa;
pero, esa noche, sucedió lo peor…

A las doce de la noche, las cortinas empezaron a


ondearse de un lado a otro. Un frígido viento empezó a
invadir la casa y lo que se escuchó fueron unos pasos que se
arrastraban en dirección al cuarto de Matilde. De pronto,
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suavemente y sin hacer ruido, golpearon la puerta del cuarto
del primer piso. Mi Mati se levantó porque el frío no la dejaba
dormir. Creyendo que éramos nosotros, abrió lentamente la
puerta y exclamó: ¡Mamaaaaaá, la muñeca! ¡La muñeca
Alicia! ¡Mamá...!

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Mi esposo y yo bajamos corriendo del segundo piso. Los
felinos, en el techo, ronroneaban cada vez más fuerte. De
pronto, volteo a la derecha y observo que la muñeca Alicia
estaba sentadita como la dejábamos todas las tardes. Mi
esposo no entendió lo que estaba pasando. La arrastró hasta
conducirla al cuarto de Matilde y, luego, le dijo: ¿Quieres tu
muñeca? Pues, acá está tu muñeca. Duerme con ella y no
hagas tanta bulla que tu madre y yo queremos descansar. La
acostó a su lado mientras mi Matilde temblaba cubriéndose
totalmente con una sábana blanca. Mi esposo me miró muy
irascible y me pidió que subiera con él y que dejemos a Mati
en compañía de su dulce y encantadora muñeca. Yo no podía
dormir. A las pocas horas, bajé a ver a mi hija ‒apretó
fuertemente mi mano cuando me relataba esta parte de la
historia― y, al querer intentar abrir la puerta, ésta se atascó.
No se abría.

― Matilde; abre, mi amor. Abre la puerta, hijita.

Le supliqué tanto a la Virgen que me dé fuerzas para no


pensar lo peor. Cogí mi crucifijo de plata que una monja me
regaló cuando era novicia y comencé a rezar durante las
horas que faltaban para amanecer: Padre Nuestro que estás
en el Cielo… Dios Te salve, María. Llena eres de Gracia…
Santa María, Madre de Dios…

Mi desesperación no debilitó mi fe y continué rezando


hasta que un viento muy fuerte golpeó la puerta del cuarto de
Mati y se abrió. Ingresé y encontré a mi pequeñita
inconsciente, en la cama, babeando en exceso como si se
hubiera producido una erupción salival. La abracé y la saqué
de allí. Mi esposo se asustó al verla en ese estado. La llevamos
a la posta más cercana y menos mal que un joven practicante
de Medicina Humana me la atendió. Le contamos lo que le
pasó; pero no nos creyó.

32
Al amanecer, mi Matilde abrió sus ojos y comenzó a
delirar de miedo. Su perturbación desesperó a los médicos de
turno.

― ¡La muñeca Aliciaaaaaa, mamaaaaaá…! ¡Me quiere


llevar! ¡Ayúdame!

Dieron una orden para transferirla rápidamente al


Hospital Psiquiátrico de la ciudad y nos trasladaron con ella
hasta este lugar. Ella tenía seis añitos y nosotros no podíamos
creer todo lo que nos estaba pasando. Mi esposo me abrazó,
se despidió de las dos con un fuerte beso en la frente y se fue ‒
según él‒ a vengar a su hija. Me dijo que iba a quemar esa
maquiavélica muñeca con alcohol y, luego, le rociaría agua
bendita para que se marche el mal espíritu de la casa.

Han pasado treinta y tres años y él nunca más regresó.


No sé lo que le pasó. Nunca más, lo volví a ver. Para que no
me dijeran nada los médicos, por los muchos días que me
quedaba a dormir en el hospital, una mañana, empecé a
barrer todo el pasadizo. Luego, les ordenaba sus escritorios y
finalmente, por las noches, les ofrecía una tacita de
manzanilla caliente.

― Ahora, ¿ya entiendes la tristeza de mi mirada?


― Sí, doña Nachita; ya la entiendo.

La abracé fuertemente y traté de limpiarle la lágrima que


empezó a deslizarse, zigzagueando, por su marchito rostro.
Cerró sus ojos y yo la seguía consolando hasta que el cántico
de un gallo nos advirtió que el astro rey estaba por despertar.

― Doña Nachita, ya amaneció. Ella se levantó, cubrió su


carita de la débil luz del Sol, anudó su encanecido cabello y se
dirigió a la habitación donde se encontraba su conmovedora
hija.

33
34
El nuevo turno llegó y rápidamente ingresaron y
empezaron a saludar: Buenos días, doña Nachita. Dios me la
tenga bien protegida. Ya llegué, doña Nachi; que la Virgen me
la cuide. Hola, hola, Nachita… Dios la bendiga.

Todos saludaban a doña Nachita; pero nadie sabía que


ella estaba con su hija en la habitación sesenta y seis. Luego,
me saludaron y se dirigieron a inyectar los sedantes que los
pacientes recibían por las mañanas. Lo que más me llamó la
atención es que no les interesaba la paciente del sesenta y seis.
Matilde, así se llama. Le reclamé a uno de ellos; pero no me
hizo caso. Se sonrió y prosiguió con sus actividades. El doctor
Rivasplata llegó a medio día. Me saludó con gratitud y,
golpeándome ligeramente la espalda, me interrogó:

― ¿Cómo te fue en tu primera noche?


― Al principio, no tan bien. Pero, luego, supe sobrellevar
la noche.
― Qué bueno. Entonces, ¿todo bien?, ¿no pasó
nada? ―me interrogó como quien dudando de mis palabras.
― Bueno, si quiere que le diga que, al inicio de la media
noche, tuve miedo por lo que escuché de la habitación sesenta
y seis, pues es verdad. Me entró un miedo que, luego, supe
sosegar con la dulce, tierna y conmovedora compañía de doña
Nachita.

Mi jefe me miró con pasmo e invitó a todo el personal


médico para que escuchen lo que hablaba.

― ¿Y luego? ―interrogó mi jefe.

Les conté todo lo que había sucedido y, nuevamente, la


Enfermera, que parecía la reencarnación de la momia Juanita,
se persignó tres veces y exclamó:

― ¡Eso no puede ser posible! La paciente del sesenta y


seis ya no está acá. Murió hace tres años, justo un día como
ayer.
35
― ¡Qué! Eso no es verdad… Si yo la vi ayer y la atendí.
― ¿La atendiste? ¿Cómo? ―me preguntó mi superior―.
¿Llegaste a inyectarla?
― No. Tuve demasiado frío y me quedé paralizado al
verla. Fue doña Nachita quien la inyectó.
― Hijo, hijo, hijo ―el doctor Rivasplata me abrazó
paternalmente―. Su madre también murió, seis días después
que su hija dejó de existir. La depresión acabó con ella. Como
era tan buena con nosotros y todos le tuvimos un gran cariño,
le hicimos su misita. Le compramos ropa nueva, la vestimos y
le dimos santa sepultura.
― Pero, ustedes la saludan al ingresar y se despiden de
ella. ¿Cómo me explican eso?
― Es el respeto y el cariño que le tenemos a esa
bondadosa almita.
― Bienvenido Frank. Es tu primer año de Internado en
este hospital psiquiátrico. Y solamente vas un día. Te esperan
muchos más, todavía.

Todos sonrieron y yo no sabía qué decir. Todos


regresaron a sus lugares y yo solamente quería regresar a mi
casa.

― Hasta pronto, doña Nachita ―me despedí como todos.

Coincidentemente, el reloj repicó la una de la tarde como


contestando el saludo que mi buen corazón, alguna vez,
escuchó.

36
La ventana
Cuento

37
Fue un viernes trece cuando se escucharon los aullidos de
unos perros muy cerca de mi casa. Traté de no darle
importancia; pero el ronroneo de los gatos se unió para
perturbar más mi concentración y, como si fuera un coro
fúnebre, cada vez, el bullicio aumentaba. Para colmo, mi reloj,
desafinadamente, empezó a marcar las doce
campanadas anunciando que ya era media noche. Empecé a
rezar un padrenuestro; pero nada.

38
Los cánidos, cada vez más, afectaban mi paciencia. Cogí
el crucifijo de plata que mi hermano, el seminarista, me regaló
y, muy cuidadosamente, traté de acercarme a la ventana. Para
mi sorpresa, frente a ella, tres perros miraban fijamente la
escalera caracol del segundo piso de mi casa. En el rostro de
los animales, observé tristeza y pesar como si alguien estuviera
a punto de despedirse de este mundo.

39
Dirigí mi mirada hacia el viejo sofá que mi abuelo me
dejó de herencia y, debajo de éste, logré ubicar un machete. Lo
cogí entre mis manos y, trémulamente, decidí salir y
enfrentarme con lo que venga. Confiaba en el crucifijo de plata
que escondía dentro de mi estropeada camisa de seda. Pero, al
salir, me llevé la peor sorpresa de mi vida ya que los ladridos
aumentaron aún más. Mientras tanto, en el techo de mi vecino,
un gallinazo soportaba el frío de aquella noche como si
estuviera haciendo turno para un gran banquete. La mirada de
este carroñero también estaba dirigida a la escalera ubicada en
el patio de mi casa.

Entonces, la sospecha empezó a intrigar mi


razonamiento. Y, al observar el segundo piso, pude darme
cuenta de algo muy lamentable: un perrito, de
aproximadamente unos tres años de edad, yacía con parte de
su cuerpo inerte justo en el último escalón de la mencionada
escalera. Lo asombroso es que el pobre animal se desesperaba
por botar algo que, desafortunadamente, el hambre había
hecho tragar ‒sin medir las consecuencias‒; pero solamente un
líquido pegajoso y blanquecino, como si fuera penca de sábila,
lograba arrojar de vez en cuando, haciendo leves movimientos
en la mitad de su huesudo cuerpo. Sus ojos se hacían cada vez
más grandes y blanqueaban cual sotana de cura en
confirmación. Parecía un soldado herido en un campo de
batalla. Miré a la derecha… y nada. Miré a la izquierda… y todo
estaba desolado. Miré en frente de mí… y observé a mi vecina
Aleja, la vetusta anciana que, con su único ojo bueno, logró
contestar mi saludo y añadió sin haberle interrogado:

― “Veneno, seguro, le han dado. Pobre perrito. Callejero


es. Siempre, se orinaba en el muro de mi casa; pero yo no le
decía nada. Así son los animalitos. Pobrecito...” ―terminó la
confesión que quería escuchar.

Dentro de mí, lograba descifrar quién era la asesina. El


peludo animal se quejaba más. Su respiración aumentaba y,
cada vez, la baba, pegajosa como chicle de mascar, era
40
expulsada de su frígido hocico enluciendo de blanco la escalera
caracol que, un día antes, había pintado. Los perros, al ver a la
tuerta anciana, corrieron espantados como si hubieran visto al
diablo calato. La quedé mirando enojado; pero ella, presurosa,
interrumpió mi percepción diciendo:

― “Si gustas, te presto un saco viejo para que bajes a ese


pulgoso animal”. Y rápidamente, por su ventana, arrojó lo
ofrecido. Daba la impresión que ya todo lo tenía preparado.
Estaba a punto de subir, hasta que escuché venir a alguien que
arrastraba sus zapatos al caminar y parecía que no tenía
equilibrio. Al acercarse, noté que era Don Cañaris, mi vecino.
No había viernes que no llegara ebrio a su casa. Al acercarse
aún más, observó la escalera y, en un abrir y cerrar de ojos,
enderezó el paso e interrogó: ¿Peluchín? ¿Qué haces
durmiendo allí, arriba? Subió raudamente y, sin pensarlo dos
veces, lo cogió de las patas y lo bajó sin darse cuenta que la
suela de sus zapatos pisaría el líquido pegajoso que el
moribundo animal, por más de una hora, había desalojado de
su contaminado estómago. Se le quitó la borrachera a Don
Cañaris y, después de observar que más de la mitad del cuerpo
de Peluchín no respondía, agregó: “Que se vaya al infierno el
condenado o condenada que le ha dado veneno a este
indefenso animal”. Mi vecina se ocultó y cerró su ventana para
hallarse libre de culpa. Para entonces, en el tejado del tercer
piso de la casa contigua, dos gallinazos más empezaron a
guardar turno hasta esperar el último suspiro de aquel
envenenado carnívoro.

Los iracundos gritos despertaron a Felipe, mi viejo


amigo que estudiaba Medicina Veterinaria y que lo apodamos
Cabezón. Era el primer puesto en su Carrera Profesional y
cursaba su segundo año en la única universidad estatal que
había en la ciudad. Al salir, atendiendo el llamado a su puerta,
observó que mi vecino tenía, entre sus brazos, a un paciente en
coma. Le extendió sus brazos y, con lágrimas en los ojos, el
etílico personaje suplicó: “¡Sálvalo, Cabezón!, ¡Sálvalo, por
favor!”.
41
42
El perrito aún respiraba y empezó a mirar de reojo a su
última esperanza de vida. Felipe lo examinó rápidamente y lo
cogió de las patas traseras y como si fuera un remolino empezó
a darle de vueltas; pero nada. En vano, fue el esfuerzo.
Únicamente, botó unas cuantas pepitas amarillas y la voz de la
experiencia reafirmó la hipótesis del alcohólico hombre: “A
este animal le han dado de tragar veneno de ratas y, como es
vagabundo, come lo que le ofrecen en cualquier
momento”. Fue lo que diagnosticó el bisoño estudiante. Me
acerqué para ayudar en algo y traté de apaciguar las cosas
preguntando:

― ¿No se puede hacer algo más para que el perrito no


sufra?
― Claro. Tengo una ampolla buenaza que evitará que el
Peluchín sufra ―respondió Cabezón.

El tejado parecía una catedral porque los carroñeros


tienen buen olfato y ya eran más de diez los que se
impacientaban por ver quién era el primero en arrancar una
buena porción de carne fresca.

― Listo, acá está la vacuna de la que te hablé ―agregó el


inexperto en animales.

Volví a preguntar:

― ¿Y, con esa inyección, estás seguro que el animalito


dejará de sufrir?

― Claro pe’ ―aseguró el Cabezón.


― Yo lo sujeto mientras tú le tapas los ojos ―indicó Don
Cañaris.

Dicho y hecho. Con mucha suavidad, Felipe le rascó la


pancita y, luego, introdujo el puntiagudo objeto en la peluda
nalga de Peluchín. La reacción fue inmediata. El semblante del
animal cambió por completo. Empezó a relucir una fingida
43
sonrisa. Nos miró uno por uno, como queriendo agradecernos.
Ladró tres veces y dejó de mover su famélico cuerpecito. Sus
ojos se quedaron abiertos y, detenidos, miraban fijamente los
ojos de aquel hombre que decidió bajarlo de la escalera caracol
donde el cánido había escogido para morir, en lo alto. De esta
manera, todos los vecinos de la cuadra se sorprenderían al
verlo al día siguiente. Pero no fue así; Don Cañaris cargó al
difunto animal hasta la esquina y lo dejó cerca de un basurero.
Yo lo acompañé y mi aporte fue taparlo con el viejo saco que
Doña Aleja me brindó. Le puse piedritas en cada esquina para
que el viento no lo destape hasta el día siguiente en que los
hombres de la limpieza pública se lo puedan llevar. Yo me
alejaba del lugar y, de pronto, como si fueran un enjambre de
abejas, los gallinazos volaron hasta el lugar y, entre picotazos
y aletazos, intentaron descuartizar el cuerpo de Peluchín, Don
Cañaris cogió unos chungos y empezó a tirarles; pero seguía
ebrio. La puntería le fallaba, hasta que rompió el foco del
alumbrado público y, para no levantar sospechas, me miró,
sonrió y dijo: “Bueno pues, calabaza, calabaza, vecinito.
Buenas noches. Yo me quito a mi casa.”

II

El gallo pelado que cambié por dos botellas ya había crecido y,


presumido, anunciaba el amanecer. Ya se imaginarán la tarea
que me esperaba: limpiar la escalera. Manos a la obra, empecé
y no me detuve por más que el frío quiso apaciguar mi
voluntad. Eran ya las siete de la mañana cuando escuché una
cándida voz decir muy tiernamente:

― “Peluchín...Peluchín... Fufi, fufi, Peluchín...”.

Era Marilyn, hija de un profesor. Tenía cuatro añitos y,


todas las mañanas, solía alimentar a la mascota que su padre

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le prohibía tener dentro de casa; pero Peluchín era mascota de
quien le daba de comer.

― Bueno día, señó. Dicupe, uted. ¿No ha vito a mi perito


Peduchín?

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― ¡Eh!... ¡Ah! ―exclamé.

La verdad, no sabía qué contestarle hasta que salió su


mamá y le dio esperanzas agregando: “De repente, se ha
quedado dormido. Ya no demora en venir, mamacita”. Le sacó
su banquita de madera y la niña se sentó a esperar. Después
de media hora, volvió a insistir la ingenua niña: “Segudito que
sa ido con su amigo a sacase las pugas a la ota equina”.

― Señó, dicupe, ¿qué hoda tiene po’ favó?


― Las siete y media, mamita.

La madre volvió a salir para calmar la ansiosa espera de


la menor. “Ya sé. Segurito, segurito, que se está aseando antes
de venir a verte. Ten paciencia. Ya le falta poquito”.

Escuchaba todo mientras mi conciencia me remordía por


no decirle la verdad, al menos, a la madre porque, si la niñita
se enteraba de todo lo que la noche anterior le pasó a su
mascota, de hecho, que lloraría tan fuerte que sus lágrimas
podrían terminar inundando el pasaje. Pero, no fue así. Me
llené de valor y decidí acercarme a Micaela, la madre de la niña.
Y, sin rodeos ni titubeos, le dije todo cuanto sabía teniendo
cuidado de que la pequeña no escuche. Para colmo de males,
la madre no supo disimular. Ni bien escuchó la noticia
exclamó: ¡No puede seeer! Y entró muy de prisa a su casa. La
niña me miró asustada creyendo que le había faltado el respeto
a su madre y empezó a mirarme muy enojada. Cogió su
banquita y entró a ver a su mamá. Media hora después, la niña
salió. Volvió a dirigirme la mirada. Esta vez, sus cejas estaban
separadas y, con una sonrisa, empezó a informarme: “Señó, ya
sé po qué no ha venido mi perito Peduchín”. Rápidamente, mi
corazón empezó a latir y, agrandando mis ojos, le pregunté:

― ¿Ya lo sabes todo?


― Chi. Mi amá ya me contó.
― ¿Te lo contó? Pero, tú: ¿no tienes pena?, ¿no te sientes
mal?
46
― Sí, peo un poquito nomás. E que su amá de miiii
perito, etá enfema, y Peduchín se ha quedado a cudarla.
― ¡Ah!, la mamá de tu perrito está enferma.

Qué inteligente excusa; pero solo le duraría unos cuantos


días. No me quería imaginar cómo terminaría esta historia. De
pronto, la mamá, apurada, le dijo a su hijita: “Marilyn, ven
para cambiarte que nos vamos a visitar a tu abuelita”.
“¡Ehhhhhhh!”. La niña empezó a saltar; pero solo empinaba
los pies ya que era muy pequeñita. Abrió sus deditos y empezó
a aplaudir. Luego, hizo un bailecito curioso y se metió para su
casa.

Al fin, logré comprender cuál era la escapatoria. Y así


fue. La niñita viajó por casi tres semanas mientras que yo,
todas las mañanas, me despertaba y salía a barrer mi patio y a
sacar brillo a la escalera negra que, nuevamente, pinté.

III

Todo estaba tranquilo. La mañana era lozana. El viento


susurraba. Mi escoba desempolvaba mi rizada escalera. Don
Cañaris, como nunca, se levantó temprano y, con una franela
roja, empezó a limpiar las ventanas de su casa. Lo curioso era
que, mientras limpiaba, cantaba. Y la verdad es que cantaba
tan mal que parecía que Dios lo había condenado a cantar así
para que espante a los duendes: “Yo sé bien que estoy afuera;
/ pero el día en que yo no beba, / sé que me voy a enronchar...
Ajúa, huy, huy, huy, órale mano”. Hasta allí, todo bien. Pero,
un ladrido desconcentró la atención de Don Cañaris y,
también, la mía: “Guau, guau, guau..., urrrrrr, guau, guau,
guau”. Mi vecino se frotó los ojos y aprovechó para sacarse las
legañas que tenía, cuando murmuró:

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― ¿Peluchín? ¡Eh, vecino! ¿Ese no es Peluchín? ―me
interrogó.

Y es que, justo en la puerta de la casa de Marilyn, un


cuadrúpedo animal canino, peludo y amarillento como el color
aurífero de los metales, acezaba erguido en cuatro patas. Un
lindo perrito. La raza, la verdad, no sabría decirles ya que era
un cruce de todos los perros que lograron aparearse con su
progenitora madre. A los diez minutos, logré observar que un
taxi se estacionaba en toda la esquina. Y, de este vehículo, baja
la más tierna niña que, hasta el momento, he podido conocer:
Marilyn. El viaje ya había terminado; pero su papá le tenía una
sorpresa. Para evitar que siga preguntando por su mascota
anterior, logró conseguir una réplica exacta de Peluchín. Y
cuando la ingenua niña se aproximó a su casa, empezó a correr
y dijo: “Peduchín, amiguito, qué beno que venites”. Pero, el
cánido empezó a ladrarle y la miraba con desconocimiento.

― Apá, ¿qué tene mi perito?, ¿ya no me conote?


― Hijita ―contestó el padre, que había estado esperando
esta pregunta―, ¿sabes qué…? La mamá de Peluchín está muy
delicadita. Entonces, él ha decidido quedarse. Pero, ha enviado
a su hermanito para que te acompañe. Sólo hasta que su
mamita mejore.
― ¡Ah!, y tambén se llama Peduchín.
― No, amor, su nombre es muy parecido. Como es su
hermano, lo llamaremos Peluchón, ¿qué te parece?
― ¡Um! Ya. Etá monito, apá... Peduchón, ja, ja, ja;
Peduchón.

Y así fue como bautizaron al nuevo inquilino del pasaje.


A todos nos cayó bien. Don Cañaris, en ese momento, recordó
lo poco que su memoria conservaba de cuando vio morir a la
anterior mascota. Al Cabezón, también… “Por si algo le pasa,
me avisan”, nos dijo cuando salía para sus clases. A mí también
me cayó en gracia. Con tal de que no se meta con mi escalera,
no habría problemas. La verdad, creí que a todos les cayó bien
el perrito; pero no fue así. De entre las cortinas, se apareció un
48
ojo tuerto que miraba con hambre a Peluchón. Era la vieja
Doña Aleja. Tanta sería su maldad que esa misma noche
preparó, en un pocillo de plástico, comida de perro mezclada
con raticida. Y la puso en la puerta de su casa. Fui testigo de su
crueldad. Todas las noches, miraba por mi ventana para
asegurarme que a Peluchón no le pasara nada. La decrépita
mujer quería ver muerto también a ese perrito.

De pronto, Peluchón despertó de su sueño profundo ―ya


que a él lo dejaban dormir afuera―, y empezó con su hocico a
olfatear algo que tenía sabor a comida. No le caería mal un rico
manjar a esa hora. Pasaban ya las doce de la noche y la anciana
se había metido a dormir. Solamente, esperaba el día siguiente
para ver muerto a Peluchón. El hambriento animalito comenzó
a acercarse al plato de comida y yo, por mi ventana, intentaba
prevenirlo. Peluchón, erectó sus orejas y me miró de una
manera desconocida, creyendo que le estaba pidiendo parte
del bocado encontrado. Buscaba mi llave; pero nada. No la
encontraba. Así que decidí salir por la ventana. Y, cuando
estaba a punto de saborear el bocado, logré interrumpirlo por
segunda vez.

Guau, guau, guau,... Uurrr, guuuau, guuuau. Me dio la


impresión que se enfureció. Lo miré fijamente a los ojos y, poco
a poco, empezó a reconocer que quería ayudarlo. Le ofrecí un
pan duro mojado con leche y lo conduje hasta el segundo piso
de mi casa que mira frente a la de la vecina Aleja. Peluchón
aceptó mi propuesta y, en unos cartones viejos, justo en el
último escalón de mi negra escalera de caracol, poco a poco, el
sueño lo venció.

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50
IV

A la mañana siguiente, Yampier, el hijo mayor de mi vecina


Aleja, salió a correr. Había sido convocado para la selección de
fútbol de la universidad estatal. Necesitaba estar en forma y,
para sacar pana, salió acompañado de su perro ñato Draco. La
verdad es que muy poco lo sacaba porque era muy malo y a
más de uno ya había mordido. El atlético joven salió y, detrás
de él, el rechoncho y pesado animal. Lo curioso es que empezó
a olfatear algo cerca de la puerta de su casa y, al ver el plato de
comida, no lo pensó dos veces. Se tragó todito lo que allí había.
Peluchón, desde lo alto de la escalera, trató de alertarlo; pero
fue inútil. Draco, creyendo que le estaban pidiendo, casi se
come hasta el plato. Ladró muy fuerte y empezó a desplazar el
pesado cuerpo; pero las fuerzas le alcanzaron únicamente
hasta la esquina porque, poco a poco, empezó a desacelerar el
paso y comenzó a retorcer el hocico como queriendo botar
algo. A lo lejos, Yampier logró ver a su mascota acostada y le
gritó “Corre, haragán, para que bajes de peso”. El joven no se
había percatado de lo ocurrido. A los pocos minutos, Doña
Aleja decidió salir y observó el plato vacío. Su primera reacción
fue de alegría, gozo, felicidad… Se escuchó una risa
estridente: “Ja, ja, ja…”. Nadie la paraba: “Ja, ja, ja…”. Recogió
el plato y logró escuchar un ladrido de buenos días. ¡Guau,
guau, guuuau! La anciana miró desesperadamente hacia
arriba y logró observar a Peluchón que se estiraba y bostezaba
abriendo de manera exagerada su amarillento hocico. Mi
vecina tuvo ganas de abrir el otro ojo; pero no lo tenía. Empezó
a correr hacia la esquina y logró observar a la mascota de su
hijo que se revolcaba en el suelo por querer regurgitar algo que
había tragado. Muy nerviosa, empezó a llamar a su hijo que se
encontraba demasiado lejos. Cuando esta le alzaba la mano,
Yampier, también hacía lo mismo creyendo que su madre
había salido a verlo. Así que el joven empezó a lucir más los
ejercicios aprendidos. La anciana, desesperada, no sabía qué
hacer hasta que, de pronto:

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― ¡Ayúdenme, por favor, ayúdenme! ¡Por el amor de
Dios, ayúdenme!

Tan fuertes fueron los gritos, que levantaron al Cabezón


―ustedes ya lo recordarán―, el estudiante de veterinaria de la
cuadra. Ni bien salió, corrió a ver a la rolliza mascota que
botaba una sustancia blanquecina, pegajosa y gelatinosa por el
hocico. Quiso cogerlo de sus dos patas traseras para darle
vueltas de remolino; pero, con las justas, le dio tres ya que
Draco era muy pesado; demasiado, diría yo. De pronto, se
aparece Yampier trotando a paso lento y, al ver que los ojos de
su mascota, cada vez, se emblanquecían y retorcían más, cogió
del cuello al Cabezón y le increpó diciendo:

― ¿Qué le has hecho a mi mascota? ¿Por qué está


botando baba por la boca? ¡Dime qué le pasa! Mamá, ¿qué le
ha pasado a Draco…?

La madre guardó silencio ya que su conciencia hervía


como agua en borboteo.

― Cabezón, ¿no tienes alguna vacuna para que mi perro


deje de sufrir? ―insistió el dueño de la mascota.
― Claro; pero...
― Pero nada, chochera. Tú solamente ponle que, ‘horita
mismo, te la pago. Mi vieja tiene plata.
― Pero, ¿estás seguro que quieres que le ponga la
inyección?
― ¿Eres sordo o te haces? Ponle rápido, causa… ‘Ta que
feo te palteas, cumpa. ¿Te la crees, di?

Felipe, el Cabezón, como lo quieran llamar, aplicó


aquella letal vacuna y, en menos de tres minutos, Braco se
arrastró hasta la puerta de su casa y quedó mirando el plato del
cual había comido. Su respiración aceleró rápidamente. Luego,
miró a Peluchón, hizo un gesto de disculpas y murió.

52
Nunca olvidaré aquella historia que, en una noche fría,
mi nieto me la hizo recordar mientras trataba de hacerlo
dormir en aquel viejo mueble.

¡Ah! Y, ¿qué pasó con Doña Aleja? Pues, esta señora


tenía mucho dinero; pero nunca más pudo hacer sonreír a su
hijo. Tan duro fue el golpe que la vida le dio. Entonces, ella
decidió convertir el primer piso de su casa en una guardería de
mascotas donde todos los perritos callejeros, que no tenía
donde vivir, pudieran gozar de alimento y refugio; pero, sobre
todo, del cariño que solamente los buenos humanos sabemos
compartir.

Entre los principales inquilinos, estaría Peluchón. Allí,


encontró al amor de su vida y tuvo muchos cachorritos. Los
vecinos estuvimos de acuerdo con la decisión ya que, de esta
manera, estos animalitos llevarían un mejor control. Con
decirles que Don Cañaris también cambió. Dejó de tomar y
adoptó una mascota para su nieta Sandrita.

¿Y Marilyn? Llamémosla, mejor, la Doctora Marilyn.


Pues, con el tiempo, se especializó en Medicina Veterinaria y
logró ser contratada por Yampier para que sea la directora de
aquella guardería que su madre, con el tiempo, le dejó como
herencia.

Yo, seguiré sentado en este viejo sofá que acompaña mis


encanecidos cabellos tratando de ver, por la ventana, si algo
conmovedor vuelve a ocurrir.

53
54
A mi amigo Felipe…
Cuento

55
Siempre, miraba aquel hospital y decía, entre mí: “Cuando sea
grande, ahí trabajaré. Me gustaría ayudar a las personas con
problemas mentales; pero eso será cuando sea grande”. Por
ahora, todos están dormidos. Lo que pasa es que, ayer, fue
nuestro bautizo. Y digo nuestro porque fue también de mi
hermana que es un año mayor que yo. Ella ya cumplió diez
años y yo soy un año menor que ella. Nos bautizaron a muy
tardía edad; pero lo importante de todo es estar en paz con
Dios al recibir este importante sacramento. Nuestros padrinos
tiraron la casa por la ventana. Contrataron a tres músicos de
un lugar conocido como “La Esquina del Movimiento”. Solo
debieron tocar por cinco horas; pero, al parecer, la fiesta
estuvo tan buena que hasta la noche se puso a bailar y se olvidó
de ir a dormir.

A mí me cortaron el pelo. Fue bien chistoso. Me hicieron


varios lazos en mi cabello largo que tenía y me sentaron en la
mesa. A mitad de la fiesta, los invitados, pasados de tragos,
bailaban y se acercaban hacia mí con una tijera y cortaban mi
cabello según el lazo que ellos escogían y, luego, dejaban una
buena propina en una bandeja que mi madre había colocado a
mi costado derecho. Mi padre me convenció, días antes, que
me deje cortar el pelo. Él afirmó que, con lo recaudado, me
compraría mi guitarra; mientras que mi hermana, la mayor,
fue más afortunada: nuestra madrina le regaló una muñeca
Alicia. Era de casi un metro de estatura, rubia y de ojos claros.
Mis amigos del barrio, una noche, me alertaron diciéndome:
“Ten cuidado con esa muñeca. Camina sola por las noches y
asusta a los niños que no están bautizados…”. Espero no tener
que pasar por una experiencia así.

56
Aunque mi cabello quedó desigual por diferentes lugares
de mi cabeza. Parecía un césped mal podado. Mi inquietud
cesó cuando escuché el misterioso llanto de un cánido bebé.
Fui hasta la puerta de mi casa. Al abrirla, encontré una caja de
zapatos tapada con una tela blanca. Al retirar dicho trapo, que
más parecía blanco humo que blanco leche, observé a un
minúsculo e indefenso cachorrito. Era un perrito, muy canijo
porque sus deleznables huesos se notaban a la luz del tenue sol.
Lo abrigué y, sin pedir permiso en casa, lo hice ingresar como
si fuera un invitado que llegó a destiempo.

Mi madre se levantó y, por supuesto, ella nunca me decía


no a las chocherías y caprichos que yo tenía; salvo una vez. Solo
una vez, me dijo que no: cuando le pedí permiso para ir a
bañarme a la acequia de mi barrio, aquella que cruzaba por
todo mi pueblo y que, durante la época de verano, era
irresistible. A pesar de la negación, yo le insistí y al ver que ella
no daba su brazo a torcer, acudí a mi padre, un tipo de carácter
irascible; pero con un alma de niño cuando contaba sus chistes
en las horas de almuerzos. Él, con su voz de mando, dijo:

― Déjalo que vaya. Ya está creciendo. Además, tiene que


aprender que, algún día, no estaremos y debe saber cuidarse y
defenderse por su cuenta.

Mi madre no quería; pero mi padre me cogió del brazo y


me dijo:

― Anda; yo te estaré viendo desde la compuerta.

Felipe fue uno de los primeros amigos que hice en aquel


barrio al que, hace pocos meses, había llegado a vivir. La casa
era muy grande en comparación al estrecho cuarto en que
había nacido y crecido con mi hermana. Él era muy experto
nadando y tenía el récord de estar cincuenta y seis segundos
bajo el agua. Nadie podía vencerlo. Los otros niños coreaban
los segundos mientras Felipe, muy ufano, contenía la
respiración bajo el agua.
57
― ¡Cincuenta y cuatro!, ¡cincuenta y cinco!, ¡cincuenta y
seis!

Y el osado amigo de infancia salía golpeándose el pecho


mientras los demás observábamos tremenda valía y
resistencia.

Mi padre, muy observador, le interrogó: -

― ¿Por qué no compites con mi hijo? Él te puede vencer.


― ¿Quién es su hijo? ―preguntó Felipe, sonriendo
irónicamente mientras colocaba sus manos húmedas en la
cintura para calmar la agitada respiración.
― El de short blanco ―dijo mi padre―. Qué, ¿le tienes
miedo?

No sé por qué; pero sentí que me miró con respeto. Era


el niño nuevo en mi barrio y nadie conocía mis virtudes, ni yo.

― Que empiece su hijo ―decidió Felipe. Y así fue.

Todos contaron en coro, como siempre. Ya habían


pasado algunos segundos.

― ¡Cuarenta y cuatro!, ¡cuarenta y cinco!, ¡cuarenta y


seis!
― ¿No sale? ―interrogó Felipe, preocupado por su
reinado que estaba a punto de finiquitar.

Mi padre se distrajo viendo cómo topaban a unos gallos


de raza al costado de aquella acequia. Mientras tanto, Felipe
tenía la mano derecha sobre su frente, lamentándose al
escuchar en coro: ¡Ciento diez!, ¡ciento once!, ¡ciento doce! Y
yo no salía… Hasta que alguien alertó a mi padre:

― Señor, su hijo no sale del agua. Ya va ciento veinte


segundos.

58
― ¡Cómo! ―exclamó mi padre―. Y se tiró a las diáfanas
aguas de aquel cauce y me sacó.

Los niños terminaron de contar ¡ciento veintitrés! No


faltó un descuidado que dijo:

― Le ganó, le ganó. El niño nuevo le ganó a Felipe.

59
No se había percatado que me había ahogado. Mi padre
me hizo reaccionar. Él, como siempre, muy sosegado, no se
angustiaba. Me sopló tres veces la nariz y desperté. Pero una
de las niñas, con asombro, exclamó:

― ¡Sangre! Miren, de su cabeza sale sangre.

Mi padre me cogió la cara y acercó a su mirada. Me echó


un poco de agua a mi lacerada cabeza y me dijo:

― Vamos a casa mejor, que tu madre te vea.

Felipe me miraba preocupado. No sé si porque,


fortuitamente, lo vencí o porque le llenó de asombro el corte
que me hice al zambullirme raudamente en aquel cauce. Me
dio su polo de Alianza Lima y me dijo:

― Cúbrete y aprieta fuerte la herida para que no sangre.

Así fue. Todos me acompañaron hasta la puerta de mi


casa. La misma niña que avisó a mi padre volvió a exclamar:

― ¡Miren, no llora! ¡Qué valiente!

Todos me miraban con asombro. Veían, en mí, al niño


que supliría a Felipe en la acequia.

Mi madre salió, cogiéndose el corazón, como si ya algo


presintiera. Corrió hacia mí y me dijo:

― ¡Hijito, mi amor, ¡qué te pasó!

Mi padre guardó silencio y solo se le escuchó cuando les


dijo a mis futuros amigos:

― Ya, vayan a casa. Mi hijo ya está bien.

60
Mi madre me hizo pasar a casa y cerró la puerta dejando
fuera a mi padre. Ella seguía angustiada; pero me llenaban de
ternura sus abrumadoras caricias y besos que anestesiaban mi
dolor. Le pregunté:

― Mamá, ¿quién más está en la casa?

Y ella, con su mirada sabor a miel, me dijo:

― Solo estamos los dos. Tu hermana aún no llega del


colegio. Ese fue el preciso momento para que mi alma
desahogue toda la emoción contenida. Empecé a llorar tan
intensamente que me quedé dormido.

61
Al llegar la noche, desperté y ya tenía tres puntos en mi
cabeza y un parche que cubría la lesión. Mi madre tuvo cuidado
al cortar el pelo de la parte lastimada; pero, como mi cabello
era largo, permitía disimular aquel parche que se convirtió en
mi primer trofeo de temeridad y también de desobediencia.

Al día siguiente, muy temprano, tocó la puerta aquel


niño que me prestó su polo para cubrir mi herida. Mi madre lo
hizo pasar y, en gratitud a su buen gesto, le invitó desayuno.
Nunca olvidaré cómo disfrutaba de aquel modesto aperitivo
que las manos generosas de mi progenitora habían preparado.
Ella insistió en que salga de mi cuarto y me siente junto a
Felipe. Y, desde ese día, nos hicimos amigos, muy buenos
amigos. El desayuno terminó; pero una amistad se empezó a
tejer, producto de las casualidades que la vida y Dios te ponen
en el camino.

Han pasado los años y, hasta la fecha, nunca más volví a


ver a mi otrora amigo de infancia. Pensarán que no lo
recuerdo; pero no se imaginan que, ahora, queda impregnado
en este relato, como homenaje a una amistad sincera, humilde
y traviesa.

62
63
Mi vecina Aleja
Cuento

64
En esta oportunidad, quería contarles que mi sueño siempre
fue estudiar la carrera de Psiquiatría; pero no sería tan fácil.
Había que trabajar para eso. Mi padre se esforzaba y mi madre,
aún más. Hasta que me llegó la oportunidad: en mi colegio
estatal, me eligieron para integrar el grupo de violines, a pesar
que no tenía uno. Llegué corriendo hasta mi casa. Atravesé
pampas polvorientas que discutían con el viento y el bagazo de
caña de azúcar que, por las tardes, despertaba de mal humor y
se penetraba en tus ojos y garganta. Pero eso no importa. Corrí
como un pelele buscando a su madre.

― ¡Me seleccionaron, mamá!

Fue tanta mi alegría que la ternura de mi progenitora no


pudo contener el llanto al ver a su hijo que hacía brotar un
sueño como brotan de las flores el aroma para alimentar de su
néctar a los colibríes. Luego, empecé con mis ensayos y aunque
(lo confieso) no era buen violinista, me dejaron tocar mi
primer concierto. Todos estábamos tan emocionados… Cada
uno vendía sus entradas para poder sacar fondos y renovar los
instrumentos musicales. Y también me ganaba un sencillo que
alcanzaría para dar a mamá.

Fue un segundo domingo de mayo cuando salimos a


actuar; pero, esta vez, las cosas cambiaron. A los violines se
sumaron varias guitarras, una vihuela y una voz femenina
encantadora. Entonces, sí hubo aplausos e incluso, por
primera vez, escuché que alguien osó decir:

― ¡Otra, que canten otra! ¡“Amor eterno”!

65
Así fue desde ese día hacia adelante. Cambiamos la
música clásica europea por la azteca. Ya no usábamos corbata
michi; ahora, sería un corbatín dorado y una chamarra al estilo
vaquero, muy ceñida a mi atlético cuerpo de adolescente
66
bisoño. Mi pantalón tenía unos botones dorados que emulaban
el aurífero color del oro. Sin embargo, solo alcanzaba para
comprar de plástico. La situación económica no estaba de
nuestro lado.

― Este sábado, tendremos un chivo ―dijo Shego, el


trompetista que siempre se lucía cuando íbamos a tocar a la
casa de gente muy adinerada. Su sueño era engatusar a una
viuda millonaria. “Lo del amor es solo para los poetas”, me
aseguraba.

Nuestro grupo musical estaba creciendo. Ya teníamos


dos cantantes. La charrita era una morena muy talentosa que,
con su voz, terminaba tentando hasta a los ángeles del cielo.
En fin, nos fuimos a matar el chivito, como decía mi amigo
Shego, cada vez que nos salía un contrato con el grupo. El viaje
demoraba más la venida que la ida porque teníamos que estar
a las doce de la noche fuera de la puerta de una casa adinerada.
Mi amigo siempre se persignaba antes de empezar. Le rezaba
a Dios y le pedía por su viuda adinerada.

― Otra hora más ―dijo el novio, que había pedido la


mano de una hermosa mujer.

Y nosotros, felices; no por lo que habíamos de cobrar,


sino por venerar aquella angelical beldad. Era perfecta. Sus
ojos fulguraban como el amanecer, sus mejillas se sonrojaban
naturalmente mientras el tipo se esforzaba por cantarle “La
malagueña”. No quiero pecar de atrevido; pero yo también la
miraba con disimulo. Me atrevería a decir que, fortuitamente,
su mirada coincidió con la mía mientras sonreía. Eso fue
suficiente para este efebo corazón. Sin embargo, uno de mis
compañeros no había puesto su atención en la novia; sino en
la mamá que, hace dos años, había enviudado y había
heredado una gran fortuna. Ya se imaginarán de quién les
estoy hablando.

67
La presentación terminó a las dos de la mañana y
teníamos que regresar a casa. Para no dormirnos en el viaje,
nos poníamos a contar historias llenas de misterio y terror. No
sé si fue el frío o el miedo que calaba por mis huesos como
cuando te entra un hormigueo en la pierna y no puedes
controlar su efecto.

― Cuidado con la duenda, Frank ―me advirtió mi amigo


el Chaparro, que era el más flaco de todos. Había días que
dormía sentado porque, si se acostaba, lo velaban.
― ¿La duenda? ―pregunté.
― Sí, la que enamora por las noches en tu pueblo. Justo,
a las tres de la mañana, sale vestida de blanco con su pelo
suelto que fulgura y enceguece las miradas de aquellos que se
atreven a mirarla.

Así dijo mi amigo, el Chaparro. Incluso, confiesa que él


ya la había visto una vez. Por eso, adelgazaba, por el susto; pero
yo creo que era por falta de comida. Trabajamos juntos: yo,
para mis pasajes a la universidad; y él, para engordar.

Bajé del carro en una esquina solitaria y polvorienta. A


las tres de la mañana, ya estaba de vuelta. Y, con mi guitarra al
hombro, mi exagerado sombrero mexicano, mis botas de cuero
bamba y mi traje de botones auríferos; pero sintéticos,
enrumbé mi travesía velozmente pidiéndole a Dios que me
cuide de la Duenda. Me acordaba de todo lo que se dijo en el
viaje y yo no quería terminar disecado como mi amigo el
Chaparro. Por ello, hacía caso omiso a los cánticos de lechuzas
malagüeras que se posaban en los postes de tenue luz. Yo solo
miraba hacia adelante. “La duenda también silba como con tal
destreza que pareciera haber sido entrenada por una sirena”.
Esto lo dijo mi otro amigo a quien, de vez en cuando, le salía el
hombre; pero, mayormente, solo rogaba que, algún día, le haga
caso mi amigo el trompetista.

68
Llegué hasta la esquina de mi casa. Ya había pasado lo
peor. Solo unos cuantos pasos y terminaría mi calvario. Pero
es aquí donde vino lo peor… Unos gatos empezaron a
ronronear en los techos agrietados por las incansables lluvias
que azotaban los veranos y por las autoridades que hacían caso
omiso a los pedidos de los pobladores. Y exactamente aquí, al
ingresar a mi barrio, mientras mis escandalosas botas hundían
y mezclaban la tierra con el bagazo, y mis botones de fantasía
brillaban con la luz de la luna; mientras mi agrandado
sombrero escondía mi rostro… es exactamente, en ese
momento, cuando mi vecina Aleja sale en bata blanca, con su
pelo canoso y despeinado, a sacudir unas viejas sábanas,
floreadas por los costados. Yo, al verla, no contuve mi
impresión y grité tan fuerte que las lechuzas se espantaron y
los gatos prefirieron irse.

“La duenda ‒pensé‒. ¿A quién se le ocurriría sacudir


unas vetustas sábanas a esta hora de la madrugada? Solo a mi
vecina, que era la encarnación de la duenda conforme mis
amigos me la describieron. En realidad, fue más espantosa de
como me la imaginé. Corrí hasta mi casa y, con la llave que
siempre llevaba para mi trabajo, abrí muy tremulosamente,
mientras mi corazón empezó a danzar arrítmicamente.

― ¿Estás bien, mi amor? ―preguntó mi madre que


siempre me esperaba en la mesa con una taza de avena y unos
panes con pollo frito. Su amor era la sazón que no encontrabas
en ningún otro lugar.
― Sí, mamita, todo bien, solo que unos perros me
asustaron.
― Ten más cuidado y no vengas tan tarde ―me abrazó y
se quedó dormida en el mueble de la sala. “Es por el calor de la
casa ‒decía‒ y porque es más cómodo para mí”. Ya de grande,
comprendí que no fue por eso. Habíamos crecido y no
alcanzaban las camas. Ella se inmolaba por nosotros.

69
Desde la ventana, me atreví a husmear muy
sigilosamente. Los vecinos prendían sus luces e incluso uno de
ellos empezó a esparcir Agua de Florida con su boca. La
decrépita vecina se había desmayado en la puerta. Creo que
también se asustó. Mi vecino, el curioso del barrio, seguía con
más intensidad esparciendo con su boca y maldiciendo a las
lechuzas que empezaron a posarse en la antena de mi vecina.
70
Eso me asustó más, pues yo no quería matarla de susto. Solo
fue casualidad.

Mi gallo, “el pajuilo”, cantó la aurora y mi madre ya había


comprado el pan. Ella se levantaba más temprano que mi gallo
porque el desayuno no podía faltar para un joven a quien le
faltaba poco para ser Médico Psiquiatra.

―Mi amor ―me dijo muy preocupada, tomándome la


mano―, ten mucho cuidado cuando vengas de noche porque a
la vecina le ha pasado algo horrible.
― ¿Algo horrible? ¿Qué le paso a la vecina Aleja?
―pregunté alarmado.
― Un duende la asustó ayer, por la noche. Dicen que era
alto y moreno. Su ropa lucía ornamento de oro. Su sombrero
cubría todo su espantoso y patético rostro y sus botas
levantaban el polvo que salpicaba a los ojos como aceite
caliente cuando le cae agua.
― ¿Un duende? Pero, mamá…
― Mejor calla, hijo. Y hazme caso. Estudia y sé un
profesional. Sé que trabajas por nosotros; pero, si estudias,
llegarás muy lejos.

Esas fueron las palabras llenas de sabiduría de mi amada


madre. Nunca supo que el duende era su hijo que, vestido con
su ropa de trabajo nocturno, había ocasionada tal efecto.

Coincidentemente, la vecina empezó adelgazar; pero no


fue por susto, sino por pena de amor ya que su esposo falleció
producto de un accidente en la fábrica de azúcar donde
también laboraba mi padre. Él contó en la mesa, durante el
almuerzo, que la negligencia fue de los administradores de la
fábrica porque los explotaban haciéndolos trabajar sin
descanso. En una de esas, don Fermín, el esposo de la vecina
Aleja, se quedó dormido mientras manejaba el tráiler que
transportaba la caña desde el campo hasta la fábrica. La falta
de descanso le jugó una mala pasada a mi vecino. Por eso, ya

71
descansa al lado de Dios, un descanso que se merece ante tanta
explotación.

Mi vecina Aleja recibió un buen dinero que los


administradores de la empresa le dieron para callar las
denuncias que estaba a punto de hacer. Ahora, se le ve más
rejuvenecida. Se cortó y pintó el pelo canoso que asustaba. Se
compró unos terrenos y puso su criadero de vacas. Tenía tanta
plata que regalaba leche a los niños de mi barrio.

El día menos pensado, mientras me dirigía a la


universidad, encontré a mi amigo Segundo que venía a visitar
muy pícaramente a mi vecina. Sí que se salió con la suya.

72
Agua del techo
Cuento

73
El imponente sol nos despertó muy temprano. Había
mandado a sus aliados zancudos para que no nos dejaran
dormir durante la madrugada. Y eso que mi vecina Aleja me
había dado excremento de vaca para que quemara por las
noches. “Ponle un poquito de alcohol y verás cómo prende y se
corren esos forasteros”. Así habló la voz de la experiencia.
Tenía muchas vacas, dinero y también la compañía de uno de
mis amigos de la música azteca, mi amigo Shego. Así le gustaba
que le digan y, aunque era veintiséis años menor que mi vecina,
vivía muy bien, vestía muy bien. Dejó el grupo porque ya no
tenía necesidad de trabajo.

Llegó el año de 1998. Los medios de comunicación


anunciaban una fuerte lluvia en mi comunidad. Eso
preocupaba a más de uno porque nuestras casas no estaban
listas para soportar una lluvia como la que estaban
presagiando. Mi padre compró un plástico azul de muchos
metros de ancho. Y un sábado de enero empezamos a cubrir el
techo. Semejaba una mascarilla para evitar que la lluvia
reseque su escarpada y accidentada piel de concreto y carrizo
prensado. Primero, fuimos nosotros. Al día siguiente, mi
vecino de enfrente emuló lo que hizo mi padre y aseguró su
techo mientras las nubes empezaban a ennegrecerse de una
forma tan tétrica que parecía la cara de un sufrido cortador de
caña después de acabar su tarea mal remunerada.

Todos nos dábamos la mano. De repente, a más de uno


veías en el techo. Los niños jugaban. Algunas familias
almorzaban sorteando a que el bagacillo no caiga en tu plato
de comida. Muchas veces, caía; pero ya nos habíamos
acostumbrado. Teníamos que evitar que la lluvia ingrese a

74
nuestra casa y filtre por nuestros deleznables techos
debilitados por los años y por el descuido de las autoridades.

75
Siempre recuerdo a aquel abogado joven, obeso y feo que
quiso enamorar a mi vecina Rita, la más guapa del barrio. Era
la única que se ponía traje de baño para zambullirse en la
caudalosa, pero inocua acequia que, durante el verano,
cambiaba de color. Se ponía como la chicha de jora fuerte que
se toma para asentar el rico ceviche de caballa cuando se
amanece con flato. Así se teñía mi recordada acequia que, en
las épocas de verano, era irresistible como Rita. Pero eso no
importaba. Si Rita se bañaba, todos también nos metíamos,
incluyendo Felipe que, poco a poco, empezó a enamorarla.
Pero ella no le hacía caso. Mi amigo le extendía el brazo para
ayudarla a salir de aquel cauce. Y ella, desdeñosamente, se
negaba a darle su tersa mano.

Al día siguiente, esperábamos en la esquina. Sabíamos la


hora en que Rita saldría a bañarse en aquel cauce. Y cuando la
veíamos salir, nuestro corazón se aceleraba. Ella corría en
cámara lenta. Su pelo blondo brillaba con la luz del sol. Corría
en puntitas porque el sol quemaba muy fuerte. Todos los
muchachos contemplábamos la perfecta creación de Dios. Nos
miraba, sonreía y se lanzaba sin titubear al teñido caudal de
estío.

Un día, Felipe estuvo de mal humor. Me interrogó:

― ¿Quién es ese pata de corbata morada que viene


constantemente al barrio?
― Ese gordito es Pool, un patita que dice ser abogado y,
al parecer, también pretende a Rita.

Fue la primera vez que vi molesto a mi otrora amigo que,


por las mañanas, se iba de casa en casa para que le demos agua
para sus chanchos. Todos aportábamos para el alimento de
estos grasientos animalitos que tenían los días contados
porque, cuando el marrano crecía y se engordaba, lo mataban
y a cada vecino que había colaborado le tocaba su buena
porción por haber colaborado en su alimentación. A mí me
separaba la mejor presa porque yo era su mejor amigo.
76
Pero los celos le ganaron a Felipe. Un día, le pidió
permiso a mi madre para subirse por mi techo. Dijo que quería
arreglar su antena. Y como yo tenía una escalera de madera
que daba con el techo, le concedieron el permiso. Mi amigo
tramaba algo de una forma tan sigilosa que, por supuesto, lo
acompañé ya que su casa quedaba a dos puertas de la mía y a
tres de la esquina donde siempre Pool conversaba con Rita. Los
padres consentían al susodicho y Rita también. Ella estaba más
enamorada de la camioneta que del bisoño leguleyo.

Por el tragaluz que tenía la cocina de la casa de Felipe,


yacía una rancia soga que había sido lanzada con tal perfección
desde su cocina que, al parecer, algo sujetaba en la parte
inferior. Al acercarme, me saqué la duda que había tejido en
mi interior. Mi recordado amigo había atado con la soga su
balde de agua de chancho. Él estaba muy seguro de lo que iba
a hacer. Yo me sonreí y le di ánimo para que continuara.

― Yo voy jalando el balde y tú vas envolviendo la soga


para que no se nos enrede en el momento que tengamos que
correr ―así habló aquel adolescente celoso y enamorado.
― Con cuidado ―le decía―. El balde está pesado ―volví
a enfatizar.
― No te preocupes. Yo he preparado ese balde. Encima,
le he puesto dos huevos hueros de mi pata que no quiere ovar
―así dijo el osado amigo.

La tarde empezó a lanzar sus rayos color púrpura y la


oscuridad empezaba a cubrir el cielo lentamente con densas
nubes teñidas de sombra y recargadas de agua, anunciando,
desde lo alto, el Creador, que algo nefasto se avecinaba.

Felipe cogió el balde con la comida de sus chanchos que


ese día no llevó. Y aunque el olor era nauseabundo, nos
tapamos la nariz, nos sacamos las zapatillas y las tiramos por
el tragaluz de su casa.

― ¿Ya llegó el panzón ese? ―me interrogó Felipe.


77
― Déjame ver ―le contesté.
― Ten cuidado, Frank.

Muy cuidadosamente, empecé a raptar como felino


acechando a su presa hasta acercarme a la esquina del techo.
Efectivamente, él ya había llegado y lucía una camisa blanca
manga larga, un pantalón negro con una correa del mismo
color (que pedía auxilio ante tanta presión corporal), su
corbata morada (creo que era la única que tenía) y la camioneta
de la empresa azucarera donde trabajaba su papá y que se la
prestaba para que pueda venir a ofender la humildad de mi
barrio.

― Sí. Ahí está, abajo ― le susurré a Felipe.


― ¿Y Rita? ―preguntó.
― Aún no sale ―le respondí
― Hazte a un lado ―me dijo.

Y con toda su ira y la impotencia de no tener una


camioneta para conquistar a la chica más guapa del barrio, tiró
desde el techo el agua de chancho, ¡con tal precisión que Pool
terminó empapado desde los pies hasta la cabeza! Los fideos
se impregnaron en su pelo; el concolón de arroz y las patas de
pollo, que algún anciano no quiso comer, cubrieron su morada
corbata, lacerada por los celos; por la yema verde del huevo
huero que teñiría su estrenada camisa blanca que su papá le
había comprado. Y todos los que estaban en la esquina jugando
fulbito se detuvieron para reírse de aquella oprobiosa
situación.

― ¡Un añás! ―gritó la vecina Elena.

Y todos salieron corriendo de sus casas porque el olor era


insoportable. Nosotros también corrimos, con mucho cuidado.
La oscuridad estuvo de nuestro lado. Y la débil luz de la luna,
que había sido testigo de aquella travesura, se puso de nuestra
parte. Como si fuera una linterna con pilas bajas, empezó a
alumbrarnos hasta poder dar con el tragaluz de mi casa.
78
Bajamos rápidamente y nos lavamos las manos con bastante
detergente. Nos gastamos el pomo de alcohol para desinfectar
las manos del mal olor y del delito.

Salimos muy disimuladamente. Mi madre sospechaba


algo; pero creo que también le caía mal este abogaducho. Por
eso, no nos dijo nada.

― Vamos a la esquina ―me dijo Felipe.


― ¿Para qué?
― Para que nos vean y, de esa manera, no sospechen de
nosotros ―me respondió.
― Pero, primero, hay que cambiarnos de polos. Están
sucios y huelen mal ―le advertí.

Y esta vez, fui yo quien le prestó un polo a mi amigo. Era


guinda con una palomita blanca bordada en la manga derecha
y en el pecho. Fue regalo de un buen profesor que me lo dio
hace algunos años por haber ingresado a la universidad estatal
donde estudiaba mi carrera de Psiquiatría. A mi amigo le gustó
y me dijo:

― ¡Qué! ¿Me lo regalas? Tú ya estás en la universidad, ya


no te lo pones. En cambio, yo no creo que tenga esa
oportunidad.
― Te lo regalo, amigo. Es tuyo. Y déjame conversar con
mi profesor para ver si te da una beca en su academia, para que
te prepares y puedas ser profesional ―le contesté.

Él me sonrió y, en sus ojos, pude ver el sueño de ser un


gran Veterinario y, en vez de estar juntando agua sucia para
sus cerdos, debería estar atendiéndolos y curándolos de alguna
plaga que traen los veranos.

Y así fue. Nos cambiamos y nos fuimos con Felipe hasta


la esquina mientras nos tapábamos la nariz porque el olor sí
que era pestilente.

79
Nunca más llegó aquel orondo pretendiente a nuestro
humilde, polvoriento y olvidado barrio que era embellecido
por una ya adolescente y exuberante Rita. Ella había crecido y,
a pesar de la edad, seguía usando el mismo traje de baño, muy
ceñido a su cadera; ese traje que se ponía en los veranos de
80
otrora para ir a zambullirse en la acequia que cruzaba mi barrio
y adonde, para llegar, había que cruzar aquella esquina donde
todos los muchachos esperábamos la hora exacta para
contemplar a la perfecta creación de Dios. Esta vez, sí consintió
que sea mi amigo Felipe el que la cogiera de la mano y se
adueñara de su corazón.

81
Bala perdida
Cuento

82
Esta vez, nos despertó un retumbante y ensordecedor sonido
que fugaba estrepitosamente de un caldero de la fábrica de
azúcar que se ubicaba en la parte contigua de mi añosa casa. El
cielo se veía gris y estaba a punto de desahogar con todos
nosotros.

― ¡Falta agua! ―gritó mi vecinita Elena. Su voz era tan


dulce; pero retumbante.

Y todos nos enterábamos gracias a ella de lo que estaba


pasando en aquella fábrica que, en sus buenas épocas, llegó a
vender azúcar hasta el extranjero. Bueno, eso es lo que me
cuenta mi padre, que estaba a punto de jubilarse no obstante
que la edad no se lo permitía. Él se sentía decepcionado por el
mal manejo que algunos de sus compañeros le daban a la
empresa. Uno de ellos era el papá de Pool que usaba la
camioneta de la compañía para cualquier cosa, menos para
hacer los contratos de venta del buen grano dorado que
producían no solo el ingenio azucarero, sino aquellas manos
explotadas y mal remuneradas de muchos trabajadores. Al
final, se beneficiaban unos cuantos comodines que se vendían
al mejor postor y al señor juez, que le otorgaba las resoluciones
judiciales para poder administrarla. Muchas veces, vendían
nuestro oro rubio a un costo muy bajo y, luego, estos mismos
compradores capitalistas terminaban por revendernos a un
costo mayor el azúcar que era fruto del esfuerzo de las manos
de mi padre, las del papá de Felipe, las del papá de Rita y de
todos aquellos que vivíamos en aquel barrio que habían
construido hasta mientras. Luego, nos reubicarían más al
centro, “cuando la venta traiga sus ganancias en azul”. Eso nos
ofrecieron. Bueno, ese año se trabajó duro; se produjo más que

83
cualquier año y se vendió también más que cualquier otro año;
pero la mayoría seguía ganando lo mismo, mientras que la
minoría ya se había aumentado el sueldo e incluso se habían
comprado casas en todo el centro de la ciudad capitalina:
donde no llegaba el humo contaminante de los calderos
reparados al apuro; donde las casas eran de concreto y no de
adobe como las nuestras; donde el aire se podía respirar (no
como el de nuestro barrio donde la ceniza diminuta y esparcida
por el viento terminaba por generar enfermedades que te
hacían caer el pelo); donde una piscina reemplazaba a nuestra
leal acequia bautizada ‘La compuerta’.

Muchos no estaban conformes. Así que, por las noches,


mi padre los reunía para hacerles entender que no debemos
tener miedo si lo que se reclama es justo. Ya se habían
organizado para hacer la protesta en toda la puerta de la
fábrica. Incluso, el papá de mi amigo Felipe ofreció inmolarse.
Quería encadenarse en toda la puerta de la fábrica. Las esposas
también ayudarían: ellas se encargarían de la paila; se haría
una olla común. Nosotros arriesgaríamos nuestros estudios en
la universidad porque, si nuestros padres no tenían éxito, ¡no
habría para el pasaje y ni menos, para comer!

El mes de febrero llegó y el majestuoso Taita Inti se


levantó de mal humor. Esta vez, ni los zancudos aguantaron el
calor y desaparecieron. La mamá de Felipe sacó su pata y sus
críos. En esta ocasión, los huevos sí reventaron y dieron cuatro
lindos patitos a los que llevaron para que también se bañen en
aquel cauce. Eran muy graciosos porque la pata caminaba
contorneando su cola negra y los pequeños palmípedos la
seguían en fila con dirección al cauce. Y, luego, de regreso a
casa, era lo mismo.

Retumbó el cielo y todos nos asustamos. Salimos de las


casas para ver qué había pasado; pero tuvimos que entrar
rápidamente. La lluvia empezó lerdamente a molestar el frágil
techo de todas las casas protegidas por un plástico que no

84
serviría de mucho. La intensidad de la lluvia era tan fuerte que
nos dio las cinco de la tarde, y continuaba.

― ¿Resistirá el techo? ―preguntó mi madre a mi padre


que, con amarga impotencia, empezó a buscar más baldes para
evitar que el goteo deteriore los muebles, las sillas, las camas y
todo lo que había en mi casa, comprado con el esfuerzo de
todos. Hasta la muñeca Alicia de mi hermana fue cubierta con
un plástico para evitar su deterioro.
Nos dio las siete de la noche y la fábrica tuvo que parar
su producción.

― Mucho la hacen trabajar a esa pobre y extenuada


fábrica y, sin embargo, poco se invierte en su mantenimiento
―replicó mi padre. Él también era trabajador, al igual que mi
abuelo.

Pero, no solo paró la fábrica. También se fue la luz en


todo mi pueblo. Y la luna había sido opacada por las
gigantescas nubes sombrías. La lluvia seguía y ya eran las 11 de
la noche. Todos hacíamos el esfuerzo por evitar que el agua
inunde nuestras humildes casas. Y no solo que las inunde; sino
que las debilite más de lo que ya estaban hasta volverlas barro.

Mi vecino de enfrente puso una calamina de lata para


proteger la sala de su casa; pero no fue buena idea. El agua y la
calamina de lata discutían como dos recién casados. ¡Qué
perturbador sonido! Era tanto que, por ratos, solo escuchabas
un zumbido en el oído y luego no escuchabas nada, hasta que
te tapabas con la mano la nariz y hacías que el aire salga por
tus orejas.

Nos dio las doce y ya todos habían tirado la toalla. Bueno,


mi padre tiró los baldes que estaba usando para sacar el agua
de mi cocina al patio; pero el agua, de nuevo, volvía a entrar.
― ¡Ya ganaste, Naturaleza! ¿Qué más quieres? ―exclamó
e interrogó mi padre.
85
En los rostros de mis padres, de mis vecinos, de mis
amigos, se veía angustia, tristeza y decepción. El nuevo
desagüe que instaló el joven alcalde y abogado Pool no servía
para nada. Todo colapsó; ¡incluido el desagüe de su casa!

La pata de mi amigo Felipe salió junto a sus crías


creyendo que era su hora de baño y la mamá de mi amigo
estaba más preocupada por los patos que porque se caiga su
casa.

86
― Felipe, ¿has visto los patos? ―interrogó la mujer.
― Mamá, ¡qué importa! Déjalos que se bañen con el agua
de la lluvia. Ya regresarán como siempre ―contestó mi amigo.

El agua había llegado hasta mis rodillas y todos se dieron


por vencidos; menos Felipe y yo. Saqué la palana que se
guardaba en el altillo de mi casa y le dije a mi compinche:

― ¡Vamos hasta la esquina, esa que da con la acequia!


Mira. No está inundada
― Tienes razón.
― Hagamos una zanja con dirección a la acequia y
conduzcamos el agua hasta su cauce ―tal fue la idea que se me
ocurrió en ese momento.

Al ver mi iniciativa, el padre de Felipe, el papá de Rita y


mi padre se unieron para ejecutar tan brillante idea mientras
mi madre nos brindaba hierbaluisa bien caliente para evitar la
pulmonía y la mamá de Felipe seguía buscando sus patos. Eran
las dos de la mañana y la lluvia no descansaba ni un solo
segundo. Se había propuesto hacernos daño; pero no se lo
íbamos a permitir. Ya éramos más de veinte cavando con
palanas, picos, barretas; todos juntos como siempre era mi
barrio, todos juntos: Calín, Conce, Óscar, Alfredo, Omar,
Pocho, César, Los Panchitos, don Cañaris, don Darío, doña
Perita, don Carmen, las dos Carlas, La China, Jessica, Fabiola,
Maritza, Flor, Paty, Consuelo, Noemí, Gladis, Lucho, José,
Demetrio, la vecina Aleja, mi hermana, doña Lucila, Álvaro,
Antonio, mi amigo Tricla, el loco Toño, el flaco Panquita,
Humberto, Coco y su hermano Ebert, don Jorge, doña Lili,
Martín, Eduardo, Chacho, Hugo y Pepón. Todos, como nunca,
trabajamos unidos por un bien común: evitar que se vengan
abajo nuestras casas de adobe.

Y así fue. El flaco Panquita y el loco Toño trabajaban en


la palana y la usaban con tanta destreza que, en menos de una
hora, terminamos aquel desvío.

87
― Frank, tú da la última palanada―dijo el flaco
Panquita.

Yo, con toda la fuerza que aún tenía guardada, implanté


en la fangosa tierra la estocada final. El agua encontraría su
cauce, así como cuando te ves con un familiar después de
mucho tiempo. Y así fue: el agua que inundaba nuestras
debilitadas casas empezó a retirarse e irse a donde debía estar.
88
Al llegar al barrio, todos aplaudían. Incluso Rita corrió a
abrazarme con lágrimas en sus ojos. El techo de su cocina ya
se había caído. Y no solo de ella; de varios. El loco Toño me
alzó con la complicidad de mi amigo Felipe. Vitoreaban mi
nombre y me recibieron como aquel héroe que no se rindió
hasta cavar la última palanada.

Al fin, aparecieron los patos. Ya no había dónde nadar.


Pero solo aparecieron cuatro patitos; faltaba uno. Mas, eso no
importaba. Lo realmente importante era que podíamos dormir
tranquilos pues la lluvia continuaba; pero no había de qué
preocuparse porque, ingeniosamente, habíamos cavado un
cauce en curva para que el agua se direccione hacia la acequia
que cruzaba mi barrio y evitara una inundación.

Nos dio las cuatro de la mañana y el cansancio nos hizo


dormir a pesar que la lluvia no se detenía. Hasta que la vecina
Elena, con su voz de alerta, retumbó y despertó a todos:
― ¡El cauce de la acequia ha aumentado! ¡Se está
saliendo la acequia! ¡Auxilio! ―así exclamó la vecina que vivía
en aquella esquina que servía para contemplar la belleza de
Rita.

Todos salimos corriendo; pero fue demasiado tarde. La


caudalosa acequia no pudo resistir más la presión del agua y
empezó a salirse justo por aquel cauce que tanto esfuerzo nos
costó hacer. Todo se volvió a inundar y yo preferí no volver a
salir puesto que había sido el responsable de aquella intrépida
idea.

A las seis de la mañana, finalmente, el cielo terminó de


vaciar toda su furia y el sol se había quedado dormido. No
quería salir y nosotros, tampoco. El barro era muy fangoso y
nuestras casas estaban cubiertas de agua. Llegó la prensa
escrita y finalmente los canales de televisión transmitieron en
directo todos los perjuicios que había ocasionado la
Naturaleza. El alcalde se apareció y llegó a declarar que uno de
los de mi barrio había tenido la descomunal idea de hacer un
89
cauce con dirección a la acequia. De no haber sido así, nada de
esto hubiera pasado. Así que los hechos debían investigarse.
Bueno, finalmente se investigó y se dio con el verdadero
responsable. Toda la instalación de desagüe que el alcalde Pool
había realizado estaba mal ejecutada. La fiscalía exigió su
detención y el alcalde terminó encerrado en un penal donde, a
más de uno, él como abogado, había hecho encerrar
injustamente. Como es de suponer, le dieron su “bienvenida”
por actuar de mala fe.

Mi madre fue quien me despertó a la una de la tarde. Ya


había comida en la mesa. A pesar del agua que aún nos
acompañaba y complicaba nuestra salida para ir al mercado,
nunca faltó la sazón de sus manos cariñosas. La familia se
sentó en la mesa, todos miramos con asombro lo que mi
progenitora había cocinado, aquel día, todos almorzamos un
rico arroz con pato.

Mi amigo Felipe ingresó en la universidad a la carrera


que tanto quiso: la de ser Médico Veterinario. Y, a pesar que
me faltaba un año para terminar la carrera, viajábamos juntos.
Desde el barrio, caminábamos y cortábamos camino para
poder tomar el bus que, a las seis de la mañana, pasaba por mi
pueblo y nos regresaba cuando el sol se ocultaba en las aguas
del mar.

Después de las torrenciales lluvias, mi tierra natal ya no


fue la misma de antes. Dos años después, los problemas
empezaron nuevamente y los reclamos se hicieron más
intensos. Tanto, que tuvieron que venir policías contratados
por el grupo minoritario que se enriquecía con la empresa
azucarera. La turba estuvo tan agitada que hubo muchos
disparos al aire para amedrentar a los renuentes trabajadores
que buscaban justicia y equidad para todos. Así se vivió por
casi nueve meses. Mi barrio empezó a sentir hambre. Los niños
empezaron a reclamar su leche. Las chicas más guapas se
fueron a vivir con el mejor postor a la ciudad capitalina.
Muchos renunciaron a la lucha y se fueron a buscar trabajo a
90
otro lugar, abandonando por completo a sus familias. Las
enfermedades empezaron a cobrar factura; pero, gracias a
Dios, justo cuando pensábamos que todo era tinieblas,
apareció la luz. Un sacerdote español, de gran corazón, se
apiadó de nosotros y empezó ayudarnos. Secó nuestras
lágrimas de dolor y las cambió por una sonrisa de esperanza.

La indignación de los que decidieron seguir luchando se


encargaría de alimentar a nuestra irascible rebeldía que, cada
día, se agitaba y se agudizaba más; hasta que una nueva trifulca
despertó al león dormido que había dentro y volvieron los
enfrentamientos con la policía que era bien pagada y bien
alimentada por la minoría. Hubo muchos disparos al aire y
también al cuerpo de aquellos insumisos trabajadores que
esquivaban las balas como un diestro y temerario torero
cuando pone las banderillas, sin importar que su vida corra
peligro. Pero, un último disparo terminó por silenciar aquella
reyerta.

― ¡Todos pasen a sus casas! ―alertó nuestra linda vecina


que siempre estaba atenta a lo que sucedía en nuestro humilde,
pero modesto barrio azucarero.
― ¡Bala…! ¡Vecinos, tengan cuidado con sus hijos!
–volvió a retumbar la voz de la experiencia que nos cuidaba a
todos como si fuéramos sus hijos.

Pero, esta vez, se presentía algo nefasto a pesar que ya


estaba por ocultarse el sol y dejar que su novia, la luna, salga a
pasear por el cielo. Las lechuzas empezaron a volar y a entonar
su cántico malagüero. Mi vecino don Cañaris le lanzó un
chungo, con toda su fuerza y enojo, creyendo que a él se lo
llevaría la parca. Incluso, vociferó fuertes improperios que
terminó por espantar aquellas aves rapaces que solo salen por
las noches.

― ¡Vecinos, hay un muerto! ―era el grito de mi vecinita,


tan fuerte que puso nerviosos a todos. Ella corrió hacia

91
nuestras casas, mientras movía sus manos como intentando
negar que lo peor se aproximaba.
― ¡Es del barrio! ¡Le cayó una bala y está tirado en la
pista! ―exclamó llorando y tapándose, con temblorosa mano,
aquella boca que siempre informaba al barrio, mi vecina Elena.
No cesaba de llorar porque alguien de mi querido barrio, de la
forma más inocente, había caído ya sin vida en aquella pista
que se usaba para reclamar justicia.

Al fin, mi padre llegó a casa con el machete en mano y su


cara pintada con la ceniza que deja la caña de azúcar al ser
quemada. Él confirmó la alarmante noticia. Me abrazó muy
fuerte saludándome con esta frase:

― ¡Hijo, qué gusto me da verte! ―me volvió abrazar y no


cesaba de besar mi rostro a pesar que ya era grande y estaba a
punto de graduarme como Médico Psiquiatra.

Mi padre susurró llorando en el oído de mi madre y ella


me miró con asombro. Prefirieron no decir nada hasta que,
nuevamente, alguien volvió a desgañitar desesperadamente:

― ¡Nooooooooo! Mi hijo, ¡noooooooooooo!

De rodillas y pidiéndole a Dios piedad y misericordia,


una abnegada mujer lloraba la fortuita pérdida de su amado
hijo que tenía todo un futuro por delante. Fue muy
desgarradora aquella escena, mezcla de impotencia, dolor e
indignación.

Un joven yacía en el suelo con un disparo en la cabeza.


Vestía pantalón jean azul marino, unas zapatillas blancas, un
polo guinda con una palomita bordada en la manga de su brazo
derecho y en su pecho. Venía de la universidad, de estudiar la
carrera que tanto quiso: Medicina Veterinaria. Ya había
terminado su segundo año. Lamentablemente, una bala
perdida acabó con su vida, con sus sueños, con el amor de Rita,
con la felicidad de su familia, con la rebeldía de su padre y con
92
el amigo que fue testigo de todas las travesuras que, ahora,
tanto extraño. Esa noche, mi llanto compitió con la de la madre
de mi mejor amigo.

Nunca se hizo justicia; pero tampoco es tarde para


exigirla.

93
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LÍRICA

Tomás Serquén Montehermozo

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PLAÑIR TUMANEÑO…
Tal vez, aún no entiendas
por qué hay tantos cascos negros
corriendo por tu hábitat de juego natural,
por qué se escuchan bombas
en vez de fuegos artificiales.

Tal vez, no entiendas todavía


por qué ves llorar a papá
de impotencia y dolor,
por qué se ausenta de casa
y no ves regresar ni siquiera su olor.

Tal vez, no entiendas todavía


por qué los domingos dietéticos
hablo con tu madre de uva o ají...
¿Y qué pasó con ese fruto verde
de donde sacaban oro rubio
para endulzar el mundo?

Tal vez, no entiendas aún


o te preguntes:
¿acaso, se extinguió
o es que vino el obeso patrón
a exterminar lo verde que eran
nuestras tierras y nuestra esperanza?
Tal vez, no entiendas aún
qué le pasó al toro
que retumbaba las auroras
de nuestro querido Tumán,
que hacía saltar de alegría a las escuelas
anunciando prematuramente
que las clases ya estaban por terminar,
que rebufaba incansablemente
cuando el agua se estaba por acabar.
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Tal vez, no entiendas todavía
por qué, en el hospital, hay gente
vestida de verde y no de blanco;
por qué hay fusiles y no medicamentos;
por qué, tanques abusivos
que dan trabajo a las ambulancias.

Tal vez, no entiendas


por qué ves desfiles
solo por televisión
y por qué, en las noticias de ahora,
solo se habla de corrupción.

Tal vez, aún no entiendas


que yo fui niño como tú
y desfilé con un avión de papel
vanagloriando a mi Perú.

Pues te cuento que la esperanza


sí existe y Dios, también;
y el día que lo entiendas
sepas que no fui un terrorista.
Solo defendí lo que nos pertenecía.

Y si te enseñan una foto mía


encadenado en la puerta
de una fábrica sombría
o te mienten diciendo
que tenía demencia,
que me encerraron por no respetar
el Estado de Emergencia
o que subí a un campanario
pidiendo Justicia y Libertad.
Solo quiero que entiendas
que el honor no se compra con dinero;
sino con osadía y DIGNIDAD.

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CATARSIS…
Es difícil estatuir cuál de todos es el quid
que ha vuelto al hombre tan estoico en este mundo aletargado.
Ya no se amilana de nada; se ha vuelto escéptico a todo.
Ya no cree en el Elíseo ni le amedranta el orco.

No anhela la vida perpetua, no cuida de un alma impoluta.


No practica el altruismo con su prójimo ni con quien gusta.

El encono está venciendo a su único rival;


adéfago, se encuentra ahora, asolando de forma letal.
Y el lado humano, ¿dónde está?
¿Por qué el marasmo en nuestro actuar?
¿Al ángel zaino dejaremos gobernar
como si fuéramos ilotas de su anatematizada voluntad?

¿Dónde está el insumiso que no se deja debelar?


¿Dónde está el orgullo del dadivoso
que, en esta gresca, ha sido vencido por la misantropía?
¿O todo, simplemente, queda en una linda utopía?

¡Que despierten a la lenidad y rete a la sevicia!


¡Que le gane por nocaut y le toque el corazón con una tersa
/ caricia!

¡Que se levante el diligente y le arme una gresca a la pigricia!


y que le diga que es un pánfilo, que no merece justicia;
¡Que despierte, que actúe de prisa!
Que llamen, con presteza, la atención a la indolencia.
El famélico se llena de envidia
al ver al abotagado ahíto de apetencia.
¡Basta ya, doña indigencia, de rogarle un pan a la opulencia…!
Sea recalcitrante; en la vida, se logra mucho
si es que actúa con vehemencia.
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Que no se amilane por unas monedas
que en la calle recogió.
Que la inopia se vuelva ostentosa,
que se rebele de su otrora condición.

Que detengan al raposo


que ha timado nuevamente;
a rajatabla, debería
disculparse con la gente.

¡Basta de tantos augurios que se publican a diario!


Amedrantan al ladino y también al temerario.
El mundo, en el 2021, dicen que se acabará,
que se vendrá la hecatombe, producto de tanta maldad.

Deténganse en el presente y todos observarán


que las estrellas ya no titilan,
que el cielo cerúleo, ahora, umbroso está.
Y todo gracias al hombre que cree en la premonición;
debería ser más cuerdo y evitar la contaminación.
Próvidos debemos estar y esta barahúnda soslayar.
Todavía, existen hombres con mucha fe y buena voluntad
que esperan un alborear para este mundo transformar
y devolverle a Dios Su Creación llena de amor y mucha bondad.

101
102
AHORA QUE YA NO ESTÁS…

Ahora que ya no estás,


cómo quisiera tener…

Un barómetro…
para poder calcular
la presión atmosférica
que nuestros cuerpos encendían
cada vez que se veían.

Un anemómetro…
para poder calcular la velocidad
con la que el viento, raudamente,
con tu cabellera, se ponía a jugar.

Un odómetro…
para poder calcular
la distancia que ahora nos separa
(cuando nos encontrábamos,
nuestras almas actuaban desesperadas).

Un acúmetro…
para medir taxativamente
la agudeza de tu voz
cada vez que nos juntamos los dos.

Un altímetro…
para precisar
cuánta fue la altura
a la que nuestro amor ha podido escalar.

Un goniómetro…
para poder detallar
el ángulo perfecto que tomaban nuestros labios al besar.

103
Un oftalmómetro…
para poder precisar
cuánta era la presión ocular
que mis ojos poseían, cada vez que lloraban,
porque a mi lado ya no podías estar.

Un tensiómetro…
para poder verificar
hasta dónde se llegó alterar
mi presión corporal
cada vez que te tenía que amar.

Un cronómetro…
para determinar el tiempo
que tendremos que esperar
para que libremente, algún día,
nos podamos amar.

Un higrómetro…
para poder calcular
la humedad que…

Ahora que ya no estás…,


me quedan estos versos que, en ti, me hacen pensar.

104
LO PRETÉRITO

Si zahorí hubiera sido en esta vida,


tal vez, un vaticinio ya habría
de aquel fugaz amor que aún brilla
en el lugar más lúgubre de este día.

Permíteme, en estos momentos,


calmar la fulgurante llama de tu recuerdo
que, en lo más intrínseco de mi mente, tengo
y que es el pipiripao del cual me sostengo.

Evocar hoy intentaré


de aquel encuentro fortuito
cuando nos miramos muy juntitos
sentados en una silla de la Pre.

Estábamos tan contiguos


que hurté de ti una sonrisa
aunque primero me miraste con ojeriza
y, después, tu humor cambió de prisa.

Perplejo me quedé, sin saber qué hacer;


entonces, recogí aquel papel manido
y trate de alisarlo con la palma de mi mano
e impregnar todo este amor impoluto y sano.

Una pregunta capciosa turbó mi concentración


y es que el mentor se dio cuenta de mi falta de atención;
pero la perspicacia de mi imaginación
logró persuadir la indagación del interlocutor

Salvado fui por la campana que retumbó en el preciso


/ momento
y mi mejor premio fue su cándida sonrisa, por la cual quedé
/ contento
105
y la hice penetrar hasta lo más abstruso de mis sentimientos
que muy fausto salió a propalar su primer amor a todo el viento.

Traté de sosegarme para un palique tener en la salida;


ella no titubeó y, mesuradamente, aceptó dicha osadía
y ya, en el encuentro, mi corazón quiso amedrentarse;
pero luego, envalentonado, mi cerebro empezó a declararse.

Mi magro cuerpo tiritaba ante tal ofuscación;


no sé si había actuado en mis cabales o era una delación
que mi cuerpo me obligaba como si fuera su opresor;
verecunda se puso ante tal petición
que, con un sí, dejó boyante a este mancebo trovador.

106
REMEMORACIÓN DE INVIERNO…
Escribo no porque estoy solo
(como un eremita envuelto en la utopía
de amar algo vedado por el albur);
escribo porque…
quiero sentirte adyacente a mí.

No callo porque soy un lacónico pusilánime


que se amedranta a confesar la verdad;
callo porque…
de nada sirve desatarle el bozal a mi alma
para que, como un lalómano,
empiece a vociferar, de lo más arcano,
todo ese genuino sentimiento que tu presencia motiva.

Sonrío, no porque estoy fausto;


sonrío porque…
es la gazmoñería de mi alegría que finge ante tu presencia
para disimular la saeta que está impregnada
en este efebo sentimiento
y que, de manera fortuita, lanzaste sin saberlo.

Te miro no porque quiero coincidir con tu mirada;


te miro porque…
sé que, en ese taxativo momento,
tu pretérita rememoración te lleva a redimir el sigilo de
nuestras almas que danzaban esporádicamente
soportando el tórrido ambiente
emanado por nuestra sudoración.

Me despido no porque ya es hora de separarnos.


Me despido

107
porque…
es hora de regresar a la lúgubre realidad
de saber que existimos en diferentes corazones.

108
SUBREPTICIO PLAN…

Tu actitud draconiana advirtió el amago


que padecería mi núbil corazón que como un ilota
seguía a tu lado…

Taxativo fue el encuentro en aquel enero infernal


al descubrir el chispear umbrío que hizo tu subterfugio mirar…

Una argucia que pusiste a este novel individuo


que, sempiternamente, juró amarte y no ser alevoso contigo.
Pero, aquel lance no supiste evitar.
Subrepticio fue tu plan aliado a ese palurdo que me hace
exacerbar…

No tuviste pudor, fuiste muy indolente.


Ni siquiera te importó lo que dijera la gente.
Lanzaste tu saeta con tu deletéreo sentir
como si yo fuera el émulo que un lancero está dispuesto a herir.

Allanaste mi corazón de un modo fortuito


dejándolo sombrío como leña y fuego
que el brasero ya no crepita…
Arcano amor de estío que caíste del edén
con diáfanos ojos cerúleos que ahora ya no ven…

Han pasado ya los años después de aquella hecatombe;


laxitud produces a mi alma cada vez que recuerda tu nombre.
Cogitativo, por un momento, mi cerebro hace reminiscencia
y se pone a escrutar los bellos momentos que causó tu
presencia…

Cómo quisiera concatenar aquellos días en los que estuvimos


contiguos.
Nos hacíamos tiritar mientras nuestros bermejos labios
hablaban en silencio buscando abrigo…

109
¿Recuerdas el bohío donde nos escondimos?
Fue el lugar apropiado para amarnos inocuamente.
Al final, fue una diana que nos despertó de aquel sueño
demente…

Juro que voy a olvidar aquel infausto momento;


persuado a mis sentimientos
y digo que solo fue una pesadilla que ahora quiero soslayar
ya que, si mi bulbo raquídeo se entera que lo narrado fue
verdad,
interfecto y lacerado, perpetuamente, él puede quedar.

110
REMINISCENCIA…

Mi memoria aún no ha trascordado


de aquella noche frígida
cuando tus límpidos ojos cerúleos
dejaron turulato a este pipiolo corazón.

Me encanta visualizar los diamantes


que irradian bajo tus labios...
Yo, con la celotipia por dentro,
porque el viento juega con tu aurífera cabellera...
Mi corazón sufre una arritmia cuando estoy más cerca de ti.
Un jocoso palique emitimos
porque cualquier tema, a tu lado, siempre es festivo.

El camino se hace vericueto


y solo tu mirada desvía a una retahíla
mientras la conversación es muy prolija.
Aprovecho mi verborrea para ser
lo más petimetre posible; pero…
tu mirada, tu sonrisa y el viento
hacen aterir a este insano corazón.

Me comporto como aquel tipo morigerado


que, por primera vez en su vida,
bebió un trago de alcohol.
Y es que...
tu mirada, tu sonrisa y el viento álgido
obligan a mi corazón ponerlo en holocausto
por tu impoluto amor.
Me siento como un insano
envuelto en su quimera de querer amar.

Si Dios te apartara de mí,


las cosas en esta vida
ya no tendrían sentido...

111
¿Tendría sentido, acaso,
a un alienado quitarte sus sueños?;
¡a un dipsómano, quitarle su alcohol!
¿Tendría sentido?...
¿Tendría sentido acaso?...:
¡a la celotipia, darle confianza!
¡al clima gélido, sentirlo tórrido!
¡al tipo dandi, verlo desaliñado!
¡o, tal vez, sentir animadversión por alguien
a quien aún sigues amando...!

Disculpen, amigos míos.


Disculpen la impertinencia.
Solo hacía reminiscencia...

112
PREFACIO DE AMOR…

Todo empezó aquella tarde


cuando sus ojos cerúleos me dejaron absorto.
Su diáfana mirada y su pelo blondo
produjeron en mi corazón efebo
un raudo latir...

Le propuse tener un palique;


pero mi cuerpo tiritaba
a pesar del clima tórrido que hacía.
Y eso que la estación del estío ya se había ido;
pero un ángel del cielo esa tarde había caído.

Ella sonreía
y yo guardaba mutismo,
sin decir una sola palabra.
Mi respiración sufrió un vahído
por la emoción de verla.

Empecé a sentir carpanta, hasta descubrir que


ella era el pipiripao perfecto, que alimentaría
a este enamorado corazón
que, por primera vez, se comportó
como un orate asustado cuando lo quieren duchar,
como un beodo desesperado
cuando alcohol no le quieren brindar.
Yo quería gimotear por la emoción de verla,
ponerme de hinojos y venerar a
aquella angelical beldad; tanto
que, una tarde del mes morado,
le di, sin titubear, un ósculo en sus bermejos labios.
Y me convertí, ese día,
en su sempiterno enamorado.

113
Gracias, Dios, por dejar caer
a un ángel del cielo.
Que acompañe mi camino
bendiciendo, desde lo alto, mi destino.

114
VIVIR SIN AIRE DE AMOR…

Vivir sin aire de amor…;


eso no tiene razón.
Eres la efigie perfecta
que ha cautivado mi corazón

Crees que nadie te puede amar con devoción


porque tu corazón, ahora, está espinado.
Sentado estoy en esta habitación
recordando el día en que mi mente te ha encontrado.

Casualidad del destino


o regalo de Dios…
Solo bendigo el momento
para estar juntos los dos.

No sé quién eres tú.


No sabes quién soy yo.
Solo sé que eres perfecta
y que motivas mi inspiración.

Solo esperaba el momento


para encontrar tu mirada.
Me dejaste sin argumento
y mi cálida piel, congelada.

Desde que te conocí,


creo en el encantamiento.
Has causado, en mí, un tormento
que me hace sentir más contento.

Si nunca más te vuelvo a ver,


por haber confesado un sentimiento,
solo recuerda que fuiste la inspiración
para escribir, de madrugada, estos versos.

115
CONCURRENCIA DE AMOR…

Me encantaría que, entre tú y yo,


existiera un diptongo universal
para que ni la mano del hombre
lo pueda e intente separar.

Pues nunca aceptaré un hiato


en esta bisoña y leal relación
por culpa de un individuo
que quiera interponerse entre los dos.

Tenlo por seguro que yo, a mi amor, lo dispongo;


pero nunca aceptaré que, entre tú y yo,
exista un triptongo.

116
ÍNDICE

Dedicatoria / 5
Agradecimiento / 6

Leyenda urbana, anécdota, compromiso social


y didáctica en la ópera prima de Tóser / 9

NARRATIVA / 17

La muñeca Alicia / 19
La ventana / 37
A mi amigo Felipe… / 55
Mi vecina Aleja / 64
Agua del techo / 73
Bala perdida / 82

LÍRICA / 95

Plañir tumaneño… / 97
Catarsis… / 100
Ahora que ya no estás… / 103
Lo pretérito / 105
Rememoración de invierno… / 107
Subrepticio plan… / 109
Reminiscencia… / 111
Prefacio de amor… / 113
Vivir sin aire de amor… / 115
Concurrencia de amor… / 116

117
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