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Giorgio Agamben / Réquiem por

los estudiantes
Texto publicado el 23 de mayo de 2020 en el sitio web del Istituto
Italiano per gli Studi Filosofici, que termina hablando de la
posibilidad del exilio mediante el recuerdo del camino, ya
evocado en otros de sus textos, de quienes se organizaron más
allá del declive y el colapso del Imperio romano.
 

Como previmos, las lecciones universitarias se llevarán a cabo en


línea a partir del próximo año. Lo que era evidente para un
observador atento, a saber, que la llamada pandemia se utilizaría
como pretexto para la difusión cada vez más generalizada de las
tecnologías digitales, se ha realizado puntualmente.
No nos interesa aquí la consiguiente transformación de la
didáctica, en la que el elemento de la presencia física, en todo
momento tan importante en la relación entre estudiantes y docentes,
desaparece definitivamente, al igual que desaparecen las discusiones
colectivas en los seminarios, que eran la parte más animada de la
enseñanza. Forma parte de la barbarie tecnológica que estamos
experimentando la cancelación de la vida de cada experiencia de los
sentidos y la pérdida de la mirada, permanentemente aprisionada en
una pantalla espectral.
Mucho más decisivo porque lo que está sucediendo es algo de lo
que significativamente no se habla en absoluto, a saber, el fin del
estudiantado como forma de vida. Las universidades nacieron en
Europa a partir de asociaciones de estudiantes —universitates— y a
éstas deben su nombre. La del estudiante era, ante todo, una forma
de vida, en la que el estudio y la escucha de las lecciones eran
ciertamente determinantes, pero no menos importante eran el
encuentro y el intercambio asiduo con los demás scholarii, que a
menudo venían de los lugares más remotos y se reunían según el
lugar de origen en nationes. Esta forma de vida evolucionó de varias
maneras a lo largo de los siglos, pero fue constante, desde los clerici
vagantes de la Edad Media hasta los movimientos estudiantiles del
siglo XX, la dimensión social del fenómeno. Cualquiera que haya
enseñado en un aula universitaria sabe bien cómo, por así decirlo, se
formaban amistades ante sus ojos y se constituían, según los
intereses culturales y políticos, pequeños grupos de estudio e
investigación, que continuaban reuniéndose incluso después de la
sesión.
Todo esto, que había durado casi diez siglos, ahora termina para
siempre. Los estudiantes ya no vivirán en la ciudad donde tiene su
sede la universidad, sino que cada uno escuchará las lecciones
encerrado en su habitación, a veces separado por cientos de
kilómetros de los que una vez fueron sus compañeros. Las pequeñas
ciudades, sedes de universidades un tiempo prestigiosas, verán
desaparecer de sus calles a las comunidades de estudiantes que a
menudo eran la parte más viva de ellas.
De todo fenómeno social que muere, se puede afirmar que en
cierto sentido merecía su fin, y es cierto que nuestras universidades
habían alcanzado tal punto de corrupción e ignorancia de
especialistas que no es posible lamentarse de ellas y que, en
consecuencia, la forma de vida de los estudiantes se había vuelto
igual de miserable. Sin embargo, dos puntos deben permanecer
firmes:
1) Los profesores que aceptan —como lo están haciendo en masa
— someterse a la nueva dictadura telemática y realizar sus cursos
sólo en línea son el equivalente perfecto de los docentes
universitarios que juraron lealtad al régimen fascista en 1931. Como
ocurrió entonces, es probable que sólo quince de mil se nieguen,
pero ciertamente sus nombres serán recordados junto con los de los
quince docentes que no hicieron juramento.
2) Los estudiantes que aman verdaderamente el estudio tendrán
que negarse a inscribirse en las universidades así transformadas y,
como en su origen, constituirse en nuevas universitates, dentro de
las cuales sólo, frente a la barbarie tecnológica, podrá permanecer
viva la palabra del pasado y nacerá —si es que nace— algo así como
una nueva cultura.

Marcello Tarì / El falso apocalipsis,


y el verdadero
Traducción de un texto de Marcello Tarì publicado el 13 de
marzo de 2020 en el sitio web de Qui e ora, a propósito del
mensaje apocalíptico sin redención del capitalismo en estos días
en continuidad con Walter Benjamin y Giorgio Agamben.
 

Ha pasado mucho tiempo desde la invasión de las películas, novelas,


series de televisión, artículos de periódicos y, en primer lugar,
ensayos científicos que pintan el mundo como presa de los últimos
sollozos trágicos antes de su fin, el cual es seguro y muy cercano —
¿el golpe final vendrá de la crisis climática, la crisis económica, la
crisis sanitaria? ¿la guerra o la destrucción del medio ambiente?—
para que hoy podamos hablar de un verdadero patrón apocalíptico
dominante a nivel mundial. Ésta es una de las consecuencias de una
poderosa ofensiva espiritual llevada a cabo por los amos del mundo
en los últimos siglos. El Apocalipsis de la voz profética de estos
últimos se ha convertido en un negocio rentable, ha alcanzado
paradójicamente el estatuto de un valor añadido a la mercancía: el
vértigo de la destrucción y la valorización del miedo que lleva
consigo la embellecen. No vaya a ocurrir que The End no sea
pagado por los súbditos a peso del oro.
No importa lo estúpido, ridículo o de mal gusto que pueda parecer
la moda de hablar con cinismo erudito sobre cada «plaga» que cae
sobre el mundo, como sucede en muchos libros «apocalípticos» que
pasan como alternativas (¿pero a qué?), porque lo importante es el
Espectáculo que promete y fomenta. Pero, además de ser una
mercancía, también se ha convertido en una tecnología de gobierno
que, a través del manejo gerencial del miedo, permite paralizar a la
población, relegándola a una mera espectadora indefensa de la
catástrofe. Por otro lado, el gobierno neoliberal no necesita
producirla por sí mismo, sólo necesita actuar sobre sus efectos. Mira
a tu alrededor… Aunque sería un error pensar que no tiene ningún
papel en la destrucción, sólo hay que pensar en un Bolsonaro y en el
desprecio con el que su gobierno y las empresas que se benefician
están devastando conscientemente la Amazonia.
Pero la humillación del cosmos transformado en Espectáculo no
es el Apocalipsis: el primero, que no revela nada más que su propio
nihilismo, no es más que la feroz parodia del Apocalipsis. Es cierto
que la humanidad está ofendida y cansada, la Tierra también y por lo
tanto el pensamiento del fin se está extendiendo, pero el
pensamiento dominante es engañoso porque es falso como el
Apocalipsis que nos vende. La tragedia es que funciona.
 

*
*          *
 

El apocalipsis se ha convertido así, en su inmanentización radical, en


sentido común: todo el mundo habla normalmente de un «clima
apocalíptico» sobre cualquier cosa. Pero, como muestran estos días,
es un sentido común imbuido de pasividad por un lado y de cinismo
por el otro, cuando no está teñido de desesperación. Sus flagelos —
virus, terrorismo, clima desquiciado, pobreza, guerra, migración,
contaminación, etc.— se presentan como fuerzas externas, el
enemigo siempre viene «de fuera» y luego se infiltra en la
civilización, y por lo tanto es imposible hacer frente a sus
consecuencias si no es desencadenando más sufrimiento. El enemigo
debe ser exterminado, nuestros ciudadanos deben ser esterilizados y
controlados milimétricamente.
El «ciudadano», de hecho, no sólo es impotente para hacer frente,
tal como lo es, a esas calamidades, sino que es aquel del que siempre
es mejor desconfiar: ¿no podría esconderse dentro de él el untore, el
terrorista, el saboteador? Entonces, piensan, debemos vaciarlo del
alma, que parece ser lo único que queda ingobernable en los
hombres y las mujeres de este mundo. Pero, a pesar de que se lo ha
intentado durante siglos, es realmente difícil separar el cuerpo y el
alma y, por lo tanto, todo lo que le queda es que apunten a su carne.
Es así como estamos convencidos de que la única manera de aplazar
el fin es seguir escrupulosamente cualquier norma o edicto que
emane del gobierno de turno, es decir, de la tecnología política que
rige el funcionamiento de nuestras sociedades y que no tiene
necesidad de un «sujeto intencional» que dirija complots porque se
trata precisamente de una máquina, una tecnología, un dispositivo de
gran escala.
Y mientras tanto, en un tiempo que aparentemente ganando, ¿qué
hacemos? Uno continúa, como antes, consumiendo, produciendo,
explotando, despilfarrando la vida como si fuera, en última
instancia, una «cosa» de la que succionar un poco de hedonismo del
último día, destruyendo el alma precisamente, y eso es todo lo que
se quiere de vuelta después de estos días de heroica «resistencia
civil» en pijama, con una dotación de la mayor condescendencia
adquirida durante este excepcional experimento de gobierno llevado
a cabo en cada uno de los ciudadanos de la nación. O bien —una
pseudo-alternativa— está la rendición total e inmediata, la de «es
mejor la extinción» y por lo tanto, de modo más realista, el suicidio.
Es aquí, en la encrucijada entre el «todo debe continuar como
siempre» y la desesperación, que aparece el timo, la falsedad
especial de este apocalipsis 2.0.
De hecho, en su gran mayoría, todos estos discursos, estos escritos
y estas imágenes dibujan un apocalipsis completamente
mundanizado. Mientras que los antiguas Apocalipsis ponen en tela
de juicio el gobierno secular del mundo al que se opone la venida
del Reino, hoy en día el imperio no sólo intenta ocupar su lugar sino
que, precisamente porque conoce su poder, lucha activamente para
aniquilarlo. El primer signo de mundanización de la apocalíptica del
actual gobierno es la flagrante ausencia de una tensión mesiánica,
una fuerza de liberación que también está en la base y la cumbre de
la apocalíptica judeocristiana. Privado del toque mesiánico, el
apocalipsis se reduce al relato de un espantoso fin del mundo y de la
humanidad, sin salida, sin redención, sin salvación. Uno sólo puede
tratar de posponer el fin tanto como sea posible, aceptando el
«mundo», es decir, aceptando la sumisión a los poderes seculares, lo
que la mayoría de las veces significa aceptar el mal.
Quédate en casa. Obedece al gobierno. No preguntes y no hagas
demasiadas preguntas. Confíen ciegamente en la ciencia, en los
ministros y en la policía. Desconfía más bien de tu prójimo.
Denúncialo, cuando sea posible. Y finalmente, por qué no: se lo
mata. Sin misericordia.
 

Please allow me to introduce myself


I’m a man of wealth and taste
I’ve been around for a long, long year
Stole many a man’s soul and faith…
Rolling Stones, Sympathy for the Devil
 

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*          *
 

En esta visión de las cosas últimas no hay un «pueblo de Dios» sino


una masa indistinta, dócil y sin discernimiento y que por lo
tanto debe plegarse a la racionalidad gubernamental y convertirse en
«población», pero no como si se tratara de un rebaño de un pastor
sino de bienes para un amo, luego ruedas de una máquina y
finalmente números del Algoritmo soberano.
Mientras que el Mesías ama a su pueblo, el gobierno realmente
existente no sólo no está obligado a sentir este afecto sino que, de
hecho, elige a la población como objetivo de sus políticas que, en
última instancia, sólo sirven para una cosa: la producción y
reproducción incesantes de una sociedad basada en la explotación y
el desprecio de la justicia. Y, considerando que estamos en aguas
teológicas, se diría que el poder no sólo le hace mal al pueblo, sino
que lo induce a hacer el mal «para su propio bien». El misterio de la
iniquidad es un misterio difícil de entender, pero es cierto que acoge
en su interior este cruel teatro que la modernidad capitalista ha
elevado a su propio culto.
El apocalipsis sin Mesías es, de hecho, la consecuencia lógica de
ese «capitalismo como religión» que Walter Benjamin había
identificado bien en la década de 1930, análisis que es cada vez más
difícil de refutar porque las características cultuales que Benjamin
describió como precipicios del capitalismo son ahora explícitas, no
requieren ningún razonamiento particular para ser
identificadas, vistas.
Si bien Benjamín también acusó a Freud, Nietzsche y Marx de
colaborar de diferentes maneras en este culto, al mismo tiempo
abogó por la necesidad de recurrir a la teología para destituir la
religión del capital. ¿Por qué? Porque sólo la teología habría hecho
posible reanudar la carga mesiánica que podía oponerse a la
mundanización cada vez más extrema que se estaba produciendo a
toda velocidad. No olvidó, sin embargo, decirnos que lo mesiánico
no puede identificarse y por lo tanto realizarse en cualquier forma de
gobierno, aunque se diga que es la «ciudad de Dios». Ninguna
teocracia y por lo tanto ningún poder secular ha sido, es o será
«santo», haberlo pensado ha sido la fosa que todos los movimientos
revolucionarios del pasado cavaron y así fue como la justicia que
exigían se convirtió en su negación.
 

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*          *
 

Los antiguos libros apocalípticos, cualquier exégeta lo sabe bien,


son una forma de leer la historia y oponerse a ella. En la de Juan es
fácil reconocer el imperio romano y el culto a su poder detrás de los
símbolos que el apóstol bordaba hábilmente para indicar los poderes
del Anticristo, contra los cuales las comunidades mesiánicas de la
época tenían que defenderse. El poder dominante no es honrado por
él como un salvador, sino que se ve como uno mira a una bestia
inmunda. Así fue para los judíos y así será para las lecturas
apocalípticas que florecerán más tarde. El Apocalipsis no es
precisamente nada más que la revelación de la historia, pero sobre
todo es un ejercicio de clarividencia que consiste en trazar en él los
signos de la salvación, es decir, del Reino.
Esto es lo que falta clamorosamente en todas las narraciones
contemporáneas: la conciencia de que el Apocalipsis y el Reino, la
devastación y la salvación, están copresentes. Así como el pecado y
la santidad coexisten y luchan juntos en el mismo ser o comunidad.
La parusía nunca se refiere sólo al día en que el Mesías vendrá al
final de todo, sino que es su presencia en todo tiempo y lugar. El
Reino viene pero de cualquier modo ya está aquí, en medio de
nosotros: crece. Sí, habrá un fin y entonces tendremos la posibilidad
de vivir el Reino en su totalidad, pero si no empezamos a verlo aquí
y ahora nunca lo veremos, si no lo vivimos ahora, aunque sea por
fragmentos, nunca lo viviremos. Además, el tiempo del Reino no es
el tiempo cronológico de la historia, su advenimiento no puede ser
calculado por una supercomputadora y no es un acontecimiento
natural. La inteligencia de saber percibir su presencia, que es de
felicidad, incluso en los momentos y lugares más abandonados, más
dolorosos, más terribles, es la única manera de ser apocalípticos de
verdad. Esperar aquí significa sentir lo que Benjamín llamó «la
inmediata intensidad mesiánica del corazón» que, en el hombre
individual, procede a través del dolor que la historia, tan personal y
universal, trae consigo.
Aceptar el falso apocalipsis propagado por el poder mundano en
su lugar sólo puede llevar a la desesperación de todo y de uno
mismo, de ahí también los horribles discursos sobre el suicidio que
se asoman en diferentes pensadores «alternativos» sobre los que
parece que el mal ya se ha apoderado.
Lo esencial es entender que la red de poder temporal, tallando un
apocalipsis a su medida, está tratando de convocar también el poder
espiritual —en estos días en Italia ha logrado incluso vaciar las
iglesias, y eso es todo lo que hay que decir— y es sobre este campo
que hay que librar la batalla, antes de que las caídas individuales se
conviertan en una avalancha. La primera e irrenunciable autonomía
debe ser para nosotros la espiritual, sin la cual ninguna otra
autonomía será posible. Siempre ha sido a través de la fuerza
espiritual que se construye la resistencia a la dominación y el mal.
Es la única y verdadera verticalización de la horizontalidad necesaria
de la comunidad habitable. Pero, cuidado, no necesitamos
comunidades apocalípticas, sino comunidades mesiánicas, es decir,
comunidades profanas que elaboren una forma de vida que dé
testimonio de nuestra presencia en la historia como irreductible a
ella, porque está enraizada en otra verdad que es la del Reino. No
comunidades destructivas, sino comunidades destituyentes. De esta
manera podemos adherirnos a lo que escribió el joven Benjamín, es
decir, que aunque sólo el Mesías puede cumplir la redención de la
historia, «el orden profano de lo Profano puede favorecer la llegada
del reino mesiánico» que no es la «meta» sino el «término» de la
historia. El término es menos el fin que el cumplimiento. Por lo
tanto, no hay que adorar ni temer el fin, sino contemplar el
cumplimiento que ya se ha repetido y sigue repitiéndose y en el que
se desactivan la Ley y la Historia.
 

But to live outside the law, you must be honest.


Bob Dylan, Absolutely Sweet Marie
 
La muerte es también el cumplimiento y no simplemente el fin: la
eternidad sopla a través del cumplimiento de cada vida y cada
historia colectiva. La justicia del Último Día mirará cómo se ha
cumplido cada existencia, incluyendo su principio y su fin, y será
eternamente bienaventurada o se dejará en la nada que quería ser.
Aún no estamos en ese tiempo, aunque cada día puede ser el justo.
En estos extraños días que estamos atravesando, en cambio, estamos
presenciando un florecimiento sin precedentes —al menos para
ciertos ámbitos— de reflexiones sobre la muerte que, a pesar de la
cita de una desafortunada frase de Spinoza que a menudo se muestra
como más «sabia» que otras, no sólo es digna de meditación sino de
una profunda participación. Para vencerla. De lo contrario, sólo gana
el miedo.
 

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¿De qué está hecho ese orden profano de lo Profano que puede ser
una señal de la presencia y al mismo tiempo del Reino que se
aproxima? De amor, de lucha, de fraternidad, de sororidad, de
perdón, de sensibilidad y de comunión que sabemos acoger y dar
porque sabemos que el Reino está cerca. Nada más que esta
espiritualidad difusa constituye la espera de lo que viene.

Carlo Galli / Epidemia entre norma


y excepción
Carlo Galli publicó el 29 de abril de 2020 en el sitio web
de Istituto Italiano per gli Studi Filosofici este ensayo que
expone detalladamente el paradigma de la excepción que se libra
en las decisiones de los gobiernos más demócratas y «normales»
alrededor del mundo durante la gestión de la pandemia.
 

1. El tema del caso de excepción ha sido elaborado por pensadores


antiliberales, de izquierda a derecha, de Schmitt a Benjamin, de
Donoso a Agamben, de Sorel a Tronti. El «caso de excepción» ha
sido alcanzado laboriosamente como la cima de una montaña,
después de una agonizante escalada. Es un concepto extremo y
desestructurante, ya que muestra que la esencia de todo orden reside
en el poder de crear desorden. En otras palabras, que la soberanía es
reguladora, en un espacio determinado, porque comienza con el «no-
orden», porque tiene ante sí una materia, los ciudadanos, homogénea
e indiferenciada, infinitamente plástica, que puede ordenarse y
desordenarse en mil diferencias cambiantes, con múltiples
clasificaciones, en infinitos diques e infinitas aperturas. Este atar y
desatar, este «hacer orden en hacer desorden», y viceversa, es la
obra de la decisión soberana.
En vano el mundo liberal en sus desarrollos ha querido llenar el
espacio vacío de la soberanía con «sustancias» sólidas no
disponibles para la acción soberana: las personas y sus derechos, los
cuerpos elementales o secundarios, en definitiva, la sociedad. En
vano, el pensamiento dialéctico ha demostrado que la soberanía es la
expresión de una vida histórica compleja, de intensas
contradicciones reales, que no sólo es el poder decisivo en su
formalismo absoluto sino que es la hegemonía, la dominación
articulada. Y al mismo tiempo es un instrumento de acción orientada
a la autonomía colectiva, a la revolución como apertura a lo nuevo.
Frente a todo esto, el pensamiento de la excepción despeja el
campo con una actitud irresistible: la verdad de la política moderna
es el gesto que vuelve a proponer el origen, es el relámpago de la
decisión, el surgimiento del poder constituyente, la cuña de la
revolución que quiebra la historia. En la excepción y no en la norma,
en la soberanía y no en la sociedad, reside el máximo poder
concebible; de hecho, la potencia inconcebible de la indiferencia
diferenciadora. El mundo civilizado es siempre nuevo porque
siempre está suspendido en una excepción y en una decisión,
siempre abierto a una nueva forma; pero también es, en realidad,
siempre el mismo: siempre desprovisto de consistencia, de
autonomía. Su norma está aquí, en esta anomia. Su plenitud es este
vacío, este nihilismo.
En el léxico de la bio-política orientada a la tana-topolítica, la
soberanía reina sobre una sociedad incapaz de sostenerse, una
sociedad enferma, contagiada, privada de su propia forma y sujeta a
una acción política decisiva que separa a los sanos de los enfermos.
Algunos hacen vivir, otros dejan morir: arbitrariamente, en el
sentido de que las razones de esta decisión no existen; la decisión en
el sentido propio es la ausencia de razones, aunque se aplique
mediante dispositivos técnicos racionales. La salud y la enfermedad
están vinculadas por la excepción, como el orden y el desorden.
 

2. El pensamiento de la excepción sabe descubrir la norma anómica


del mundo liberal — para deslegitimarlo, para rebatir su
autojustificación: en esta revelación hay un desafío subversivo,
un pathos de la verdad que querría silenciar la razón liberal
reduciéndola a charlatanería, a ideología. Obviamente esta
interpretación es rechazada por los liberales, que presentan sus
propios ordenamientos como bien fundados en principios y valores
personalistas y humanistas, en procedimientos potestativos
racionales y transparentes. El liberalismo se ajusta a la razón
universal y a los derechos de todos, y piensa como primum no el
poder sino los límites del poder.
Pues bien, los acontecimientos que rodean la pandemia nos dicen
algo diferente. Es decir, que el mundo liberal —los políticos
liberales—, con sobriedad y prosaísmo, sin pathos y, si acaso, con
algunas lágrimas sentimentales de acompañamiento mediático,
practica el caso de excepción. Nada sangriento: el cataclismo, la
cuasi suspensión de la constitución, la pesada limitación de los
derechos constitucionales que estamos viviendo —el lockdown—,
son el resultado de una orden comisarial implementada con un
Decreto del Presidente del Consejo de Ministros y legitimada por
una ley ordinaria (el Código de Protección Civil) así como una
interpretación jerárquica de los derechos constitucionalmente
reconocidos. La excepción ya está contenida en la cadena de
normas, con algunos forzamientos pero sin que el ordenamiento sea
abierta y solemnemente desquiciado. La igualdad ante la ley se
utiliza hoy en día para clasificar, etiquetar, crear casos y subcasos,
categorías y peculiaridades: enfermos, portadores sanos, curados aún
infectados, críticos, subcríticos, inmunes — diferentes tipologías que
dan derecho a un acceso diferente al tratamiento, y que generan
diferentes deberes de control y autocontrol. Siempre se imponen
nuevos perímetros espaciales: la vivienda, el municipio de
residencia, los doscientos metros de la residencia, el metro y medio
de las demás personas; y luego los límites regionales, y luego las
fronteras nacionales. Sobre estas bases, se prevén controles
electrónicos, internaciones, confinamientos, exclusiones,
discriminaciones, concesiones de salvoconductos por edad,
profesión, territorio. Las derogaciones al bloqueo físico de las
personas —a sus distanciamientos, que son la contrapartida de los
acercamientos forzados (hospitalizaciones)— están ligadas a
infinitos casos de necesidad, a causas y motivaciones tan fantasiosas
como inciertas, que pueden ser evaluadas arbitrariamente por los
custodios del orden (y por los abogados, que en tal pandemonio se
encuentran perfectamente en su casa): un ejemplo entre lo absurdo y
lo grotesco es la dificultad de definir legalmente los «allegados», los
«parientes», los «afines», con los que se puede encontrar, sin por
ello dar lugar a reuniones; o el número máximo de quince personas
en los funerales.
La casuística más meticulosa, el máximo del orden artificial,
impuesto por decreto, se ve volcado en un torbellino de verdadero
desorden, se desbarata en infinidad de casillas. La potencia
clasificadora del mando produce menos orden que agitación; la
fijación espacial es una movilización incesante, a la que no se resiste
ningún cuerpo intermedio (ni siquiera la Iglesia). Todo esto no debe
confundirse con la desorganización, con la disfuncionalidad. Éstos
son los resultados de las debilidades prácticas de nuestro país, en
términos de eficiencia administrativa; debilidades multiplicadas por
el ordenamiento regional que permite disparidades muy marcadas.
No: el desorden, el abarrotamiento de excepciones, está contenido
en los dispositivos de ordenamiento, en las propias normas, en su
propensión a producir las diferencias indiferentemente.
El mundo liberal está mucho más desencantado con la norma y su
relación con la soberanía que sus críticos decisionistas. El
pensamiento de la excepción se confirma con la epidemia, por
supuesto; pero también se redimensiona: lo que descubre —con
esfuerzo y escándalo, con intenciones dramáticamente subversivas,
con inflexiones trágico-apocalípticas— el liberalismo ya lo sabe, a
su manera, y por necesidad lo práctica, a su manera. Ciertamente,
por necesidad: cuando se presenta una emergencia — para eliminar
las acusaciones de negacionismo hay que decir que la epidemia
existe, no es un efecto óptico; lo que interesa son los efectos
políticos producidos por su gestión, por su transformación en caso
de excepción. Y hay que señalar que esta transformación no está
necesariamente dictada por la voluntad malévola de los gobernantes,
sino que está en el ADN de la soberanía; que no siempre opera a
través del caso de excepción, pero que siempre puede hacerlo. Los
antisoberanistas en el gobierno no han notado, o no quieren
admitirlo, que han activado las lógicas soberanas más radicales.
En todo caso, el dato cognoscitivo es que la excepción es un
instrumento de orden —a través de la segmentación desordenadora
de lo social— compatible con los ordenamientos políticos liberales,
y con el principio real (no ideológico) que les da forma: es decir, que
el dominio puede ejercerse de forma generalizada, sobre entidades
discretas (disueltas) y movilizables, cuyo consenso debe, sin
embargo, obtenerse de axiomas inducidos como incontrovertibles y
legitimados con lógicas indiscutibles. Esto significa, hoy en día,
ciudadanos reducidos a cuerpos, gobernados y jerarquizados en
nombre de la salud, por una política que se legitima a través de la
ciencia.
 

3. Desde el punto de vista teórico, que surge aquí, se desprende que


la interpretación biopolítica de las prácticas liberales de gobierno no
es suficiente: éstas constituyen el funcionamiento real del poder pero
requieren una «posición» teológico-política preventiva, una
inmediatez en torno a la cual girar, y un acompañamiento discursivo,
una mediación, que las introyecte.
Esa inmediatez es la salvación de la vida física, la «nuda vida». Lo
absoluto, lo no dicho, lo inmediato, lo incontrovertible, el origen de
las mediaciones, de las estrategias prácticas y discursivas, está aquí.
Esta primacía por un lado es obvia —sin vida no hay otros derechos
—, por otro lado tiene costos. El primero de ellos es que es
ciertamente cierto que hay aquí una de las raíces de la modernidad:
la igualdad. La soberanía no conoce ninguna cualidad, y por lo tanto
tampoco diferentes grados de dignidad: todas las vidas son dignas, o
más bien todas las vidas están igualmente a disposición del acto
soberano. Pero también es cierto que en las mediaciones prácticas,
en los procedimientos que descienden de esa inmediatez, se
mantienen las diferencias cuantitativas: de hecho, quienes tienen
menos vida que vivir parecen contar menos. Se sospecha que para
acceder a los tratamientos médicos más complejos se ha dado
prioridad a los menos ancianos en las fases agudas de la epidemia.
Otro costo es que la vida como absoluto es una vida exenta de
vínculos, pobre, agotada, irrelacionada. Casi todas las funciones
vitales no biológicas son suspendidas, o son reemplazadas por lo
virtual, representadas en la electrónica. Si la vida biológica del
individuo es la última instancia —análogo funcional de Dios—,
entonces es autorreferencial; por eso se presta a ser virtualizada. El
paso de lo biológico a lo electrónico es corto: existe una afinidad
entre estas dos formas de falta de concreción histórica y relacional,
de déficit de vida real (el lazo a través de lo virtual no es,
evidentemente, un lazo sino una simple comunicación).
Las legitimaciones narrativas, las mediaciones discursivas, a su
vez, han actuado en dos frentes, ambos centrados en el axioma de
que el summum bonum es la vida desnuda. El primero es el miedo,
del que los medios de comunicación se han convertido en
promotores —de modo que se deposita en las mentes y genera
angustia pero no pánico (que el poder político no sería capaz de
afrontar)—; sin la presencia inminente del miedo la serie infinita de
limitaciones y restricciones no sería soportable. Un miedo que ha
aflojado aún más el lazo social: todos han aprendido a mirar con
recelo a los demás, a temer a todos. Para estigmatizar a los
inconformes, a los nuevos untori (desde el runner hasta el jubilado
indisciplinado), y para ver en la televisión la caza del hombre con
helicópteros y drones.
El segundo frente legitimador es la ciencia. Contrariamente a lo
que se cree, el mood fundamental de nuestras sociedades no es el
anticientificismo, que también existe, sino el culto a la ciencia como
una técnica cuasi-mágica, capaz de resolver todos los problemas.
Presentada por la política y los medios de comunicación como el
verdadero culto al verdadero Dios, como el camino a la salvación
biológica individual y colectiva, la ciencia no ha logrado hasta ahora
ganar la batalla contra el virus —el lockdown es una demostración
de impotencia, frente a la ausencia de terapias y vacunas (la
abnegación terapéutica, hasta el heroísmo, no está aquí en discusión)
—, pero no ha dejado de lanzar órdenes, advertencias, anatemas, y
de demostrar que se siente a gusto razonando en términos de «nuda
vida», en la evaluación de los ciudadanos como «rebaño». Y aunque
se han exhibido, entre sus adeptos y sacerdotes, contrastes muy
fuertes, conflictos personales y epistemológicos, esto no la ha
deslegitimado: que los científicos se contradigan es un signo de que
el culto es inestable, de que las herejías se multiplican, no de que la
religión expresada aquí sea falaz.
 
4. Que la política ha demostrado ser demasiado dependiente de la
ciencia, utilizada como escudo por los políticos —que por un lado
han producido innumerables task force técnicas y por el otro (de
forma cada vez más vertical y casi monocrática) han tomado, sin
embargo, las decisiones finales (inciertas y de mérito muy
cuestionable, aunque excepcionales en la forma), por lo que es
erróneo hablar de dictadura tecnocrática—; que el sistema de salud
ha revelado sus deficiencias y que, lamentablemente, se han perdido
decenas de miles de vidas; que la ciencia no es ni infalible ni
omnipotente; todos éstos son hechos de la experiencia.
Pero lo que importa aquí es que en el gobierno de la pandemia hay
una concentración de la política moderna, sus axiomas, sus
estrategias, sus aporías. La gestión excepcional de la emergencia
hace comprender los mecanismos originales de la modernidad
política, pero no constituye nada radicalmente extraordinario; al
contrario, tiene mucho de ordinario en sí mismo. Las profundas
razones de la continuidad vencen a las apariencias de
discontinuidad, llamativas pero engañosas.
Ciertamente, no toda la historia moderna es una historia de
contagios y pandemias, de decisiones ordenadoras y desordenadoras;
pero con igual certeza la excepción forma parte, como posibilidad
original y permanente, de las razones políticas modernas que se
expresan en la soberanía, y de las coacciones que les siguen; y de la
crisis, esas razones, esas coacciones, afloran hoy en día aumentadas.
El efecto de la excepción es, como vemos, una nueva normalización,
una nueva normalidad. Se refuerza el efecto de adhesión
conformadora con las prácticas y las consignas del ejecutivo: en
tiempos de crisis no se puede discutir, sino que hay que obedecer,
hay que remar de acuerdo; el imperativo de la salus
populi deslegitima toda dialéctica (y esto se aplica al sector de la
salud, pero también con respecto a las relaciones económicas y
financieras con la UE). Un reflejo del orden, un efecto de
neutralización, que no es armonía civil ni empatía social: es, en todo
caso, una confianza forzada al poder. Pasará, cuando se presente a
los ciudadanos la factura económica de la pandemia; pero mientras
tanto existe.
Esta función normalizadora de la excepción parece ser muy
importante para la política; para la indecisión, para escapar de la
responsabilidad; pero la indecisión es también una decisión, es un
cálculo, es una estrategia que produce efectos. Y el efecto es que la
emergencia se prolonga, se hace permanente. En contra de la
voluntad de vivir que impregna el cuerpo social, en contra del deseo
generalizado de volver a lo que para todos aparece como la
normalidad pre-crisis (el factor psicológico, aquí, prevalece
comprensiblemente sobre los datos estructurales), los científicos y
los políticos plantean continuamente advertencias (con muy pocas
excepciones aisladas) que indican el deber de «cambiar el estilo de
vida», de aprender a «convivir con el virus», de «no bajar la
guardia»: el miedo debe sedimentarse en el cuerpo social, debe
inducir una nueva obediencia, una nueva introyección de la
disciplina, una nueva sumisión — en un contexto cada vez más
desordenado por órdenes siempre nuevas. La compactación de los
derechos se convierte así en una nueva normalidad, legitimada por la
racionalidad científica y una inoculación mesurada del miedo. El
distanciamiento personal, las mascarillas, el empobrecimiento de la
vida social, el teletrabajo y la teleenseñanza, deben continuar: al
menos hasta que la vacuna esté lista (si es que alguna vez lo estará).
Por lo tanto, la inmunización es válida hoy en día como una
estrategia no para el presente sino para el futuro — no como un
orden realmente efectuado sino como una aspiración. El «tiempo de
la espera» —el tiempo de la modernidad— no es el esperar en el
desencanto y la paz leviatánica el reino venidero de Cristo, sino
esperar en la ansiedad por la salvación sanitaria de las epidemias.
Esto no es un retroceso, sino un fortalecimiento de las lógicas de la
política moderna: la excepción originalmente escondida en las
entrañas del Leviatán es ahora evidente; el gran animal marino ahora
la exhibe, la persigue para alimentarse de ella. Mientras haya
excepción, hay vida: la suya propia. El fin es siempre el mismo: la
obediencia a cambio de la seguridad; antes, de la seguridad ya
conseguida, en el orden artificial; hoy, de la seguridad por alcanzar,
en la movilización perenne.
Pero hay una variable, importante. También en esta circunstancia
el principio de soberanía (la gestión de la nuda vida), debe ser
comparado con el otro principio moderno, que no puede reducirse a
él: el principio de rendimiento, de utilidad, de beneficio. Ambos —
Estado y economía— implican la movilización del sujeto, su
exposición al riesgo (la «sociedad del riesgo» cantada por el
neoliberalismo), pero dan vida a dinámicas diferentes, reconciliables
sólo de manera empírica y transitoria. Por el momento, son las
exigencias de la producción (y no los «derechos») las que
constituyen el terraplén del poder soberano; exigencias que
requieren que se aflojen algunas de las limitaciones actualmente
vigentes. Se encontrará un nuevo equilibrio entre el rendimiento y la
excepción, a expensas de los súbditos, de los ciudadanos, para
quienes la vuelta al trabajo será paradójicamente una liberación, y la
obediencia a obligaciones siempre nuevas un precio justo que pagar
a las disposiciones combinadas de la epidemia, la reconstrucción y
el endeudamiento con el Mecanismo Europeo de Estabilidad; la
libertad será «condicionada», y la espontaneidad una concesión. Las
mujeres y los hombres serán más sumisos, más disciplinados frente
a los regímenes de excepción que normalizarán progresivamente, en
nuevos órdenes cada vez más extraños, la sucesión de las
emergencias de todo tipo.
Por otra parte, eliminar un poco de democracia (el 10 %, se
calculó seriamente en un libro reciente) es una condición
indispensable para competir, en el mundo globalmente enfermo, con
el autoritarismo chino que vence. La dilatación de la excepción
significa, por lo tanto, que todo debe cambiar para que todo
permanezca como está. En lugar de ser la irrupción de lo nuevo, la
excepción es la prueba de la resiliencia del sistema — a expensas de
las libertades de los ciudadanos, a los que se les pide una nueva
obediencia, que confirma la antigua. Una continuidad descendente,
por lo tanto, en la que el capitalismo de control (el de los big data,
privatista) está flanqueado por el Estado de seguridad (la función
pública), en una mezcolanza cojeante y aporética, en un orden
desordenado, abarrotado de excepciones, anómico.
Por supuesto, aunque la pandemia y su gestión han revelado y
acelerado procesos y estructuras, no es del todo irrealista pensar que
de los muchos desequilibrios que se vislumbran en el horizonte
podría surgir un acontecimiento imprevisto: el deseo de libertad de
una sociedad cansada de vivir disuelta, y dispuesta a forjar vínculos
significativos sobre la base de la vida concreta y sus dificultades
reales, no del miedo, ni de la nuda vida ni de la vida virtual. Un
acontecimiento excepcional, y al mismo tiempo una pulsión hacia la
normalidad, que, por una vez, no sería una compulsión a repetir sino
un auténtico aliento de novedad.

Giorgio Agamben: «La ciencia se ha


convertido en la religión de nuestro
tiempo»
Una entrevista realizada por Massimiliano Lenzi para el
periódico italiano Il Tempo (17 de abril de 2020, p. 6).
 

Italia es ahora un país gobernado por virólogos. La política ha


delegado toda responsabilidad a la ciencia, a causa del
coronavirus. ¿Te parece normal?
 

La ciencia se ha convertido en la religión de nuestro tiempo, en la


que los hombres creen creer y, como en todas las religiones, el
confín que la separa de la superstición es muy delgado. Si dije
«creen creer» es porque lo que la gente común recibe de la ciencia
es aún más vago y aproximativo que lo que los niños reciben del
catecismo. Cualquiera que tenga alguna noción de epistemología no
puede, por ejemplo, dejar de sorprenderse por la forma en que se dan
las cifras de los decesos, no sólo sin relacionarlas con la mortalidad
anual en el mismo período, sino incluso sin especificar las causas
efectivas de la muerte. En cualquier caso, confiar las decisiones que
en última instancia son políticas a médicos y científicos es
extremadamente peligroso. Los científicos persiguen sus propios
fines, justos o equivocados, y no están dispuestos a detenerse por
consideraciones de orden ético, jurídico o político. ¿Debo recordar
que científicos considerados absolutamente serios en ese momento
se aprovecharon de los lager nazis para poder llevar a cabo
experimentos letales que de otra manera no podrían llevarse a cabo
en seres humanos y que consideraron que tenían que hacerlos en
interés de la ciencia? ¿De qué otra manera se puede explicar que un
virólogo que tiene una grave responsabilidad en la situación que se
ha creado en Italia pueda proponer que todos los individuos sanos
positivos a la COVID-19 sean sacados de sus casas y encerrados en
algo que sólo se puede definir como celdas de aislamiento? ¿Es
posible que no se den cuenta de que están violando de esta manera
no sólo todos los principios de nuestra Constitución y nuestro
sistema legal, sino también la simple humanidad? ¿Y cómo es
posible que no haya ningún jurista ni juez que haya levantado la voz
para recordárselo?
 

¿Cómo ha podido ocurrir lo que estamos viviendo, la suspensión


de las libertades y el vivir con miedo? ¿Sólo por el terror de morir?
 

En realidad, estamos acostumbrados a vivir en un estado de


emergencia perpetuo desde hace décadas. Como sabes, los decretos
de emergencia, que el gobierno ha utilizado, son el sistema normal
de legislación en nuestro país, a través del cual el poder ejecutivo ha
reemplazado al poder legislativo, aboliendo de hecho aquella
división de poderes que define la democracia. En este caso, el terror
que difunden irresponsablemente los medios de comunicación ha
sido uno de los factores determinantes. Otro es la transformación de
la representación de nuestro cuerpo como resultado de la creciente
medicalización. La ciencia nos ha acostumbrado desde hace tiempo
a dividir la unidad de nuestra experiencia vital, que es siempre tanto
corporal como espiritual, en una entidad puramente biológica por un
lado y una vida afectiva, cultural y social por el otro. Ésta es una
abstracción, pero una abstracción que la ciencia moderna ha
realizado a través de los dispositivos de resucitación, que, como es
sabido, pueden mantener un cuerpo en un estado de pura vida
vegetativa durante mucho tiempo. Lo que sucede hoy es que esta
condición, que sólo tiene sentido si permanece dentro de sus propios
límites espaciales y temporales, ha salido de la cámara de
resucitación para imponerse como una especie de principio de
organización social. En términos más generales, creo que lo que nos
permite palpar la situación que estamos viviendo es que nuestra
sociedad estaba enferma, no en un sentido médico, sino humana y
políticamente, y que de alguna manera, sin darse cuenta, lo sabía.
Sólo esto puede explicar por qué millones de hombres aceptaron
sentirse apestados. Evidentemente, en otro sentido, realmente lo
eran.
 

El filósofo francés Michel Foucault advirtió en sus escritos sobre


el poder de la ciencia. ¿Ya no creemos en Dios y creemos en los
virólogos?
 

La Iglesia, transformándose en una sierva de la ciencia, ha


traicionado sus principios esenciales. Ha olvidado que Francisco
abrazaba a los leprosos, que visitar a los enfermos es una de las
obras de la misericordia, que dejar morir a los hombres sin funerales
es inhumano, que los sacramentos sólo pueden darse en presencia.
 
¿El hecho de que no haya un fin para esta emergencia, al menos
un fin indicado por la política que ha suspendido nuestras
libertades por decreto, no pone en riesgo la democracia?
 

La democracia no está en riesgo. Desde hace tiempo se ha


convertido en algo que los politólogos estadounidenses llaman
el Security State, en el que cualquier existencia política se hace de
hecho imposible y, a través de la omnipresente frase «por razones de
seguridad», nos hemos acostumbrado gradualmente a renunciar a
nuestras libertades. Una situación como ésta que estamos viviendo
ahora sólo empuja al extremo los dispositivos de control que ya
estaban presentes y que harán que nos parezcan inocentes los
dispositivos de los Estados totalitarios, que, después de todo, como
ocurrió con China, se señalan como modelo. La gente tiene que
darse cuenta de que las medidas de control tal y como existen hoy en
día no existían bajo el fascismo. Y es evidente que no se trata de una
emergencia temporal, ya que las mismas autoridades que ahora nos
impiden salir de casa, no se cansan de recordarnos que, incluso
cuando la emergencia haya sido superada, habrá que seguir
observando las mismas directrices y que el «distanciamiento social»,
como se ha llamado con un eufemismo significativo, será el nuevo
principio de organización de la sociedad. Lo que se está preparando
no es una sociedad, sino una masa disgregada cuyos miembros
tendrán que mantenerse a distancia para evitar el contagio, pero de
hecho para hacer imposible no sólo la amistad, el amor y las otras
relaciones humanas, sino sobre todo lo que antes se llamaba la vida
política. Pero no está claro con qué dispositivos jurídicos se pueden
imponer estas medidas de manera estable. ¿Con un estado de
excepción permanente?