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Apuntes - El Lazarillo de Tormes

Literatura Española (Universidad de Salamanca)

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La vida de Lazarillo de Tores, y de sus fortunas y adversidades

Lazarillo de Tomes: En busca de un autor.


Desde temprano la obra ha sido adjudicada a una miriada de autores. A Fray Juan
de Ortega se refiere el jerónimo José de Sigüenza en su Historia de la orden de San Jerónimo
(1600-1605) por haberle encontrado un borrador del texto de su propia mano. A esa idea
se abonó Bataillon (1968: 19) que sagazmente señalaba la dificultad de que la atribución a
un monje reformador fuese tan fácil de llevar a cabo como suponerlo obra de un autor de
obras festivas y ligeras como Hurtado de Mendoza; pero lo cierto es que tampoco se le
atribuye ninguna otra obra al mencionado monje, por lo que se queda en suposición.
Diego Hurtado de Mendoza, reputado diplomático de vida larga y agitada, fue
quien propuso el bibliógrafo belga André Schott (1552-1629), aunque sin aportar ningún
dato que avale el acierto de su afirmación. Fue recogido por Nicolás Antonio, cuya
autoridad respaldó la atribución durante largo tiempo. Con todo, como señaló Morel-
Fatio: «Se ha relacionado el Lazarillo con Mendoza porque muy tempranamente se formó
en torno a su nombre una especie de leyenda, porque su traza, su ánimo vivo y ajeno a
toda disciplina, sus donaires y sus prontos le valieron, en lo literario, una reputación de
enfant terrible» (1888-1925: II, 161). En 2010 apareció una muy comentada monografia de
Agulló y Cobo (2010) 1, cuyos puntos esenciales con sus correspondientes aclaraciones ha
realizado Blasco en el análisis que les adjunto también en el Apéndice I, y que para su
comodidad les resalto con tinta azul. A las observaciones del prof. Blasco, que lo fue de
esta casa y es autor de una muy recomendable recopilación de noticias sobre la picaresca
que a menudo pasa inadvertida (1981), sólo puedo añadir otra obvia: El Lazarillo casigado
de 1573 se publicó junto con la Propalladia de Torres Naharro en un único volumen 2: De
ahí la aparición de las pruebas de ambas obras juntas. No obstante, debo reconocer que
resulta muy estimulante su teoría (2010: 47-49) de que la publicación del Lazarillo de 1573
fue el culmen de la presión que Felipe II habría ejercido por diversos medios sobre
Hurtado de Mendoza –incluido su encarcelamiento por unas cuentas públicas no
cuadradas de cuarenta años atrás– para hacerse con su biblioteca, como al final consiguió.
Pero todo, por el momento, no pasan de ser conjeturas, que tal vez se resuelvan cuando se
publique ese estudio definitivo que seguro que prepara Agulló y Cobo.
A ellos se unió Sebastián de Horozco, la mayor parte de cuyos trabajos quedaron
sin publicar en vida de su autor. En su Representación de la historia evangélica del capítulo nono de
San Joan advirtió Asensio (ed.) (1874) algunas semejanzas con Lazarillo, aunque fuese
Cejador en su edición del Lazarillo quien se mostró más partidario de la autoría de
Horozco (1914: 57), que años más tarde retomó Márquez Villanueva (1957), aunque
partiendo de las mismas endebles bases de unas semejanzas estilísticas excesivamente
ligadas a las apreciaciones de la crítica. En contra de tal hipótesis se manifestaron Cotarelo
(1915), Asensio (1960) y Rico (ed.) (1987: 43), que partiendo de idéntica base alcanza una
radicalmente opuesta conclusión.
1
La monografía da la sensación de ser un trabajo apresurado por alguna razón no vislumbrable; su corta
extensión, ya que sólo 36 de sus 143 páginas abordan el análisis de la documentación propuesta, el carácter
recopilatorio bibliográfico y biográfico de muchos de los materiales, la falta de sistematización completa de las
informaciones y propuestas, e incluso la defensa del prologuista en su blog advirtiendo de la existencia de «un
centenar de documentos sobre Juan López de Velasco [que] esperan que alguien los lea»
(http://hanganadolosmalos.blogspot.com/search/label/El%20Lazarillo ), pero que no se mencionan o
encuentra en el libro, amén de cartas que circulan por correo electrónico –como las que les incluyo en el
Apéndice I–, me hacen suponer que estamos ante una investigación que ha salido a la luz ante el temor de
que alguien se adelantase e hiciese suyo un descubrimiento trascendental. Tiene razón el prof. Blasco de la
Universidad de Valladolid en la reseña, que también les adjunto en el Apéndice, cuando afirma que la noticia
aparecida en el semanrio cultural de un periódico nacional estaba pésimamente redactada, pues la autora del
estudio no realizar las afirmaciones tajantes que la redactora, nada menos que BB, pone en su boca.
2
http://catalogo.bne.es/uhtbin/cgisirsi/l4J5WizdR5/BNMADRID/59324400/9

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Lope de Rueda no podía librarse de intervenir en estas cavilaciones, dado el estilo


cómico que comparte en ocasiones con Lazarillo; ha sido Baras Escolá (2003: 13) quien ha
sintetizado los orígenes de semejante atribución, basada en existencia de documentos que
prueban la existencia de un pregonero de Toledo que tuvo tal nombre; a ello añade que en
su opinión hay hasta once motivos literarios que emplea el batihoja sevillano y aparecen en
el texto picaresco. Rico (ed.) (1987: 40) se muestra igual de taxativo a la hora de rechazar
semejante idea, mientras Calero (2006: 46) supedita su validez a que desarrolle la teoría.
En ocasiones los críticos se muestran aún más imprecisos, como cuando atribuyen
el texto a un converso; no podía faltar don Américo (1967: 153-154) que propone que el
autor debía tratarse de un criptojudío, idea de la que se muestra igualmente partidario
Gilman (1996: 155). Como de costumbre, carecen de más base semejantes afirmaciones
que la idea de que el autor tiene unos postulados que se enfrentan con la doctrina religiosa,
sin caer en la cuenta de la existencia de una tópica y típica sátira antieclesiástica difundida
por toda la Europa medieval como mostró Scholberg (1971) o Caro Baroja (1978: I, 236-
263) y (1980). Igualmente falta de apoyos sólidos es la atribución de Marasso (1941) a
Pedro Rhúa, escritor portugués, autor de unas Cartas de Rhúa lector de Soria sobre las obras del
reverendísimo señor Obispo de Mondoñedo , cuya finalidad al escribir el anónimo tratado abría
sido contrarrestar el estilo de Fray Antonio de Guevara. En este cajón de sastre de las
atribuciones cimentadas sobre suelo poco firme habría que incluir la de Hernán Núñez;
fue Rumeau (1964) quien propuso al comentarista de Mena, Hernán Núñez, como autor
del librito que nos ocupa en función de ciertas afinidades de su prólogo con la obra, pero
con tan escasas evidencias es lógico que la propuesta no prosperase. Igualmente poco
extendida está la idea de la autoría de Francisco Cervantes de Salazar propuesto por
Madrigal (2003)–, aunque las noticias que nos llegan de él no parecen hacerlo un candidato
claro a autor de una obra de semejante fuste, si se tienen en cuenta las evidencias de
Millares Carlo (1958: 53) y ahora (1999). Su trato con Vives en Flandes, argumenta Calero
(2006: 52), que le llevó a traducir su Introductio ad sapientiam en 1544 y a insertar una
biografía del valenciano en su edición de los Commentaria in Ludovici Vives Exercitationes
linguae latinae de de 1554, estudiada por Calero (1996), sería el que produciría la
contaminación con la obra del autor real de Lazarillo, desde el punto de vista del
mencionado investigador.
Un capítulo aparte lo constituyen los hermanos Valdés. Ya a fines del XIX Morel-
Fatio (1888) propuso a los hermanos Valdés como posibles escritores de este anónimo
texto, aunque fue Asensio quien la investigó con más detale, proponiendo a Juan como
autor en diversos lugares (1960). Con todo, quien más atención ha atraído en los últimos
tiempos ha sido Alfonso de Valdés; Ricapito (ed.) (1976: 45-47) propuso la necesidad de
averiguar el alcance de ciertos parecidos que apreciaba entre el Diálogo de Mercurio y Carón,
así como el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma con el Lazarillo; en su opinión, lo más
llamativo es que los textos comparten: « un estilo, entre malicioso e irónico, el deseo o
regodeo del descubrimiento de los vicios en los personajes, todo puesto sobre el trasfondo
de la religiosidad crítica impulsada por el pensamiento erasmiano». Con todo, no aporta
ninguna prueba documental que vaya más allá de ese paralelismo observado. Calero (2006:
49) emplea parte de su argumentación, aunque con las mismas endebles bases que
encuentra que son el origen de las hipótesis de Navarro respecto a la pretendida autoría
del otro hermano Valdés (2004) y (2006). Con todo, la crítica se ha mostrado muy reacia a
aceptar la propuesta de la profa. Navarro argumentando desde diversas posiciones que van
desde la pura base filológica de su hipótesis. como Baras Escolá (2003) o Postigo (2003) o
Márquez Villanueva que niega cualquier validez a sus observaciones, aunque
probablemente el más elaborado alegato contra esta hipótesis se encuentre en Pérez
Venzalá (2004; www.ucm.es/info/especulo/numero27/lazaril.html ) y en Martín Baños
(2007: 23-30), que también reserva espacio para rebatir, con exceso de celo en ocasiones,

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tanto a Navarro como a Calero.


También ha saltado a la palestra el nombre del intelectual valenciano Juan Luis
Vives, amigo de Erasmo y humanista y pedagogo de fama universal. Su principal defensor
ha sido Calero (2006), aunque un resumen en
http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/lazarill.html , para quien el valenciano es
epítome de ingenio, imaginación, ironía, sutileza, propósitos cristianos y motivos, aunque
tampoco pueda aportar ninguna prueba fehaciente que permita adjudicarle la parternida
de semejante texto. Con todo, una observación interesante no debe pasar inadvertida;
como señalan Lázaro Carreter (1983: 31) o Gómez-Montero (1995: 82 y 95), en la época
se aprecia la existencia de un nuevo tipo de literatura que combine la instrucción con la
diversión, toda vez que respete los parámetros de la composición retórica verosímil, a
menudo concretada en novelas de transformación o diálogo. El único problemilla que
encuentra es que Vives murió en 1540, pero lo soluciona acudiendo a las poco verosímiles
suposiciones de Caso González (1971), (1972) y Ferrer Chivite (2004) a la previa existencia
manuscrita de un Lazarillo primitivo que alguien habría manipulado para darle la forma
con la que lo conocemos hoy en día.

Fecha de composición.
La cuestión de en qué momento se escribió el Lazarillo es un enigma para cuya
solución no existen indicios directos sino meramente suposiciones, de cuya aceptación se
desprenden conclusiones poco obvias pero de gran interés. La publicación del Baldus en
Sevilla (1542) –cuyo relato de la vida de Cingar parece inspirado en la de Lázaro según
Blecua (1971: 223), aunque algunos elementos parecen estar presentes ya en la traducción
valenciana del Morgante de Pulci en 1535, como señaló König (1981), pero ahora (2003)- y
la colección Dichos graciosos de españoles (1540) –donde Rico (ed.) (1987: 95) documenta un
relato en el que el ciego es quien burla a su destrón con el torrezno, que le valdrá el saltar
contra una esquina y recibir una burla semejante («Oliérades vos esa esquina como olistes el
torrezno»)- son los términos ante quem de la composición de la obra, puesto que ambas
referencias habrían nacido de la lectura y difusión de Lazarillo. Dado que no tenemos
testimonios anteriores a las ediciones de 1554 (4 en Alcalá, Burgos, Amberes y Medina del
Campo), hay que suponer que estuvo circulando manuscrito –o impreso- antes de las
ediciones que conocemos. Si hubiera estado manuscrito, podría tener un aspecto distinto,
haber tenido más o menos texto, etc. Si se pareciera mucho el perdido manuscrito, como
propone una parte de la crítica hoy en día, al impreso que tenemos, las adiciones serían de
escasa relevancia, como puede verse por la proximidad del texto de los distintos impresos.

Argumento.
Lázaro, hijo de padres sin honra (un hombre acusado de ladrón y una mujer que se
amanceba con un negro con el fin de mejorar su precaria situación economlca), es
entregado a un ciego para que le sirva de destrón o guía. Con él aprende infinitos engaños y
trucos, pero padece también toda clase de calamidades. Finalmente decide abandonarlo tras
hacer que se estrelle contra un grueso poste dejándolo malherido o tal vez muerto.
Pasa a servir a un clérigo avariento e hipócrita que le hace pasar hambre, lo que le
lleva a emplear algunas de las numerosas argucias aprendidas con el ciego. Como
consecuencia de ellas recibirá un tremendo garrotazo y se verá obligado a abandonar la
casa.
Su tercer amo es un escudero de origen hidalgo con quien sus necesidades
aumentan, pues además de mantenerse a sí mismo, ha de mantener al escudero a quien sus
prejuicios de clase le impiden trabajar, pedir limosna o reconocer su mísera situación. Sin
embargo, es el primer amo del que recibe un poco de afecto.
Más adelante sirve a un fraile mercenario, a quien abandona por oscuras razones.

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Después será el criado de un buldero, que mediante engaños vende sus bulas por los
pueblos. Por un tiempo prepara los colores de un maestro de pintar panderos y trabaja
como aguador al servicio de un capellán, oficio este último con el que gana algún dinero.
Tras un período en el que trabaja como ayudante de un alguacil, comienza a servir como
pregonero de los vinos de un arcipreste de Toledo, con cuya manceba terminará casándose,
considerando que ha llegado a la «prosperidad» y se encuentra en la «cumbre de toda buena
fortuna».

Temas. Influencias:
La ambigüedad del Lazarillo ha dado lugar a las más diversas interpretaciones y aún
hoy, a pesar de importantes y recientes estudios, resulta imposible ofrecer una única
interpretación de la novela o incluso de los elementos que la componen. A la vista de la
recepción del texto fuera de nuestras fronteras, como señala Martín Baños (2007: 7-8),
parece claro que tuvo una lectura doble: Superficial, como libro de burlas, que lleva a ser
traducidos al francés en 1594 con el título: Historia placentera, faceciosa y recreativa del Lázaro
de Tormes español, en la que el espíritu melancólico puede recrearse y tomar placer . Y, por otra parte,
como un texto cargado de sentidos subyacentes al que la Inquisición presta atención al
punto que un médico converso lo empareda en Barcarrota, como señaló Serrano Mangas
(2004).
Se ha insistido en el carácter satírico del Lazarillo, que critica la sociedad española de
la época. Son, en este apartado, destacables la crítica hacia la nobleza como receptora de
privilegios por herencia y el anticlericalismo.
Respecto del primer punto es conocida la existencia de una literatura que analiza y
critica la condición hereditaria de las exenciones fiscales y otros privilegios de la nobleza,
recogidas por Guillén Berrendero (2007). Es muy interesante recordar cómo el obispo de
Mondoñero, fray Antonio de Guevara, propone, desde una perspectiva erasmista, la teoría
de la repartición de privilegios en función de su esfuerzo y méritos personales, como
recoge Rallo Gruss (1979: 35-37). No se pueden olvidar, en ese sentido, las afirmaciones
del Lázaro maduro, a medio camino entre las bromas y las veras al final de la introducción:
«también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues
Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza
y maña remando, salieron a buen puerto». De hecho, tampoco el escudero del Tratado III
sale muy bien parado en ese sentido, puesto que sus actos, contrarios al código nobiliario,
no son óbide para que se enorgullezca de pertenecer a ese grupo.
El anticlericalismo presente en la novela, que impregna los tratados segundo, cuarto,
quinto y sobre todo, séptimo; la burla del ridículo orgullo de clase del mísero escudero del
tratado tercero; la ironía proyectada sobre la cuestión de la honra—verdadera obsesión de
la sociedad de la época—, o el descenso a los bajos fondos sociales en un ejercicio de
naturalismo avant la lettre. Todos estos aspectos pueden ser buenos ejemplos de esa actitud
del autor, que consciente de la acritud de su novelita, se esforzó en conservar el anonimato,
desorientando además al lector con ciertos datos ambiguos y contradictorios.
Sin desmentir en modo alguno el tono corrosivo de la obra, la crítica más moderna
(Rico, García de la Concha) ha vuelto sobre algo que ya había apuntado la crítica clásica: el
origen folclórico y literario de buena parte de las historias narradas en el Lazarillo.
Últimamente surgen lecturas que persiguen desentrañar la existencia de un sustrato
simbólico que recorrería una buena parte de las peripecias de Lázaro a partir del análisis de
materias y conceptos empleados en el texto que remiten a usos de la realidad
contemporánea al autor. En este sentido cabe destacar la insistencia en perseguir, a veces
excesivamente, la presencia de elementos, hábitos y creencias religiosos. Así por ejemplo,
Zimic (2000) insiste –forzando en exceso la interpretación– en que la distribución en siete
tratados del texto está relacionada con los siete sacramentos; Gómez-Moriana (1982)

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exploraba la presencia de la autoconfesión ante los Tribunales de la Santa Inquisición tras


del artificio del narrador homodiegético. Holzinger (1982), siguiendo una idea de Piper
(1961), que retoma Torrico (2006), encuentra la presencia de la simbología eucarística y
temas aledaños tras el arcaz en la que el malvado clérigo guarda sus bodigos, convertidos en
una suerte de formas sagradas para el malhadado pícaro, como defendió Ricapito (1973)
frente a la opinión de Terlingen (1963). El último de los críticos citados precisa aún más el
núcleo temático con el que se relacionaría el episodio vinculándolo con el viático que
acompaña a los moribundos:
«Recapitulando, hemos encontrado tres elementos esenciales del panorama de un Lazarillo
comulgante de vático, cotejados con textos diversos—con un discurso jurídico: la caracterización del
muchacho como moribundo; la conformación del arcaz como tabernáculo por su estructura, cerrada
por ferralla y llaves, cuya custodia tiene celosa e intransferiblemente a un sacerdote guardián; y la
coincidencia dentro de tal sagrario de otras materias que sugieren lo sagrado. Todo ello parece
suficientemente sistemático, pero a veces lo anecdótico resultó mucho más convincente que lo
sistemático. Así me ocurre con el cuarto aspecto: la presencia del ratón-culebra en el relato de
Lazarillo; hasta el ratón que devora la materia eucarısítica aparece en el canon del Decretum que legisla
‘‘qui bene non custoderit sacrificium et mus vel aliud aliquod animal comederit, XL dies poeniteat
[Quien bien no custodiare el sacrificio, y ratón u otro cualquier animal lo comiere, ayune por
cuarenta días]’’ (Graciano 1352). En otras palabras, el custodio de la reserva eucarística es
responsable de que ‘‘ratón o cualquier otro animal’’ no coma del pan consagrado» (431).
Con todo, como señala el propio autor, el objetivo de las críticas del anónimo autor
no es el sacramento de la eucaristía, sino el sacerdote malvado que no cumple sus funciones
pastorales, aunque sí con los preceptos canónicos: Guarda bajo llave el viático, pero no
ayuda al que está a punto de morir –de hambre–.
Pero, con todo, las cuestiones fundamentales siguen sin dilucidarse de una manera
definitiva. Así desde Rico (1970) se ha considerado que el núcleo originario—y ficticio—de
la novela es el caso que un personaje de superior rango social pide a Lázaro que le cuente,
aunque no todos acepten este extremo, como puede verse en Alatorre (2002). Este caso no
es otro que el de las relaciones que la mujer de Lázaro mantiene con el arcipreste de San
Salvador. De este modo el relato entero no es sino una justificación de dicho caso, que
Lázaro acaba desmintiendo con tanto calor como ingenuidad, lo que persuade al lector de
que tales habladurías son ciertas.
García de la Concha (1981) apuntó otra interpretación: el caso del menage a trois era
demasiado manido como para que pudiera ocupar al autor de la novela. El caso al que alude
Lázaro debió de ser un mero pretexto para narrar su propia historia, pues no podía hacerlo
de manera directa, ya que era un simple pregonero y, en el siglo XVI hubiera sido
inconcebible falta de decoro que propusiera su biografía como ejemplar. De este modo el
caso sería una petición de ayuda para obtener algún empleo, ayuda que se solicitaba a un
personaje cuyo rango le permitiese apoyar a Lázaro en sus pretensiones.
Tanto si aceptamos una hipótesis como la otra de lo que no cabe duda es de que
Lázaro emplea el molde epistolar para darlo a conocer. No resulta extraño, dada la pasión
por la epístola en el Renacimiento, tanto como texto literario prestigiado por su empleo por
parte de la ficción sentimental, como texto indepediente 3, cuanto como vehículo de
comunicación; véanse las reflexiones de Guillén (2000: 102-104) sobre su extensión y
empleo. No parece muy descabellado suponer que el anónimo autor también quisiese
burlarse de las cartas de relación 4 con la que tantos pretendientes de oficios y prebendas se
dedicaban a bombardear –con la falsilla de alguno de los manuales de escritura de cartas
existentes– a los que tenían la capacidad de entregarlos.
Respecto de su primera parcela de éxito, la literaria, apréciese que la epístola triunfa
3
Recuérdese la novela epistolar de Juan de Segura, Proceso de cartas de amores, texto de lectura farragosa pero de
éxito en su tiempo. Véase el análisis de Ynduráin (1986) y los avatares de sus ediciones en Huerta Calvo
(1988).
4
Una mezcla de curriculum vitae con instancia para conseguir algún cargo. Véase, entre otros, Gotor (1988).

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como parte de otro texto literario, la novela, pero también como obra independiente. La
fama alcanzada por centones epistolares como las Epístolas familiares de fray Antonio de
Guevara es difícilmente comprensible hoy en día, aunque contamos con estudios como los
de Orejudo Utrilla (1994) para comprender qué hacía a sus lectores tan grato este tipo de
obra. De hecho, el molde habitual empleado por Guevara, el de la carta noticiosa que ya
había descrito Cicerón, como recuerda Guillén (2000: 125), que utilizaba siempre el artificio
de la respuesta, con fórmulas como: «Escribisme que os escriba» y otras, nos recuerdan a la
fórmula empleada por el anónimo autor de Lázaro: «Y pues Vuestra Merced escribe se le
escriba y relate el caso muy por extenso ».
Otra causa para el éxito de la epístola, a caballo entre lo literario y lo antropológico,
es la apuntada por Guillén en el lugar citado cuando, a la vez que señala la adscripción de la
carta a la clase de textos menores del Renacimiento, recuerda que los canónicos –épica,
lírica, drama– no eran suficientes para los nuevos tiempos, «para el escritor deseoso de
enfrentarse a amplias zonas de la vida y el pensamiento humanos [exuberantes como las del
Nuevo Mundo] o las humildes, pero de inagotable riqueza, regiones de la experiencia
interior, individual, cotidiana» (2000: 125). Esa relación entre epístola y novela tiene para el
crítico un interés suplementario, no tanto por lo que influye sobre la novela que está
apareciendo ante nuestros ojos, cuanto por las funciones que de la epístola recoge el relato
novelesco. Identifica varias, algunas de las cuales son características de esta novela moderna:
«1. El abandono de la separación de estilos conforme al género […] 3. La saturación de
individualidad e impulso lindante con lo autobiográfico –pero no siempre conducente a la
introspección y la intimidad del yo. […] 4. La primación del momento en el que ocurre lo que se ve,
se siente o se cuenta; es decir, la fragmentación del tiempo. Como más tarde la novela […] la carta
nos pone ante la ilusión de un presente vital desde la perspectiva misma del presente, y de un futuro
abierto y quizá impredecible. 6. La adecuación entre las ideas y el apredizaje de un individuo, que
pone a prueba la pertinencia de aquéllas respecto del vivir cotidiano» (2000: 126)
Otra cuestión interesante es el alcance de la ironía que emplea el autor. Ya sus
contemporáneos descubrieron a un astuto humanista oculto bajo la personalidad del
modesto pregonero toledano, pese a que no faltaron quienes atribuyeron el texto a un
pregonero real o, incluso, a una cofradía de pícaros. Cejador puso de manifiesto la
imposibilidad de que un pícaro real poseyera la erudición que salpica las páginas del
Lazarillo: las alusiones a Plinio, Cicerón, Galeno, Alejandro, el Conde Alarcos, Macías, Ovidio,
Santo Tomás, Penélope, Massuccio, Petrarca –Truman (1975) dixit- y la Sagrada Escritura,
constituyen otros tantos guiños al lector, que se deslizan entre el aparente descuido del
estilo. Partiendo de este primer punto, ha de convenirse en que el autor se manejaba al
menos en un doble plano realidad -ficción, empapados ambos de ironía. Por ello, al llegar al
final en el que el protagonista dice estar «en la cumbre de toda buena fortuna», que enlaza
con las palabras del prólogo:
Y pues vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso,
parescióme no tomalle por el medio, sino del principio, porque se tenga entera
noticia de mi persona; y también porque consideren los que heredaron nobles
estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más
hicieron los que siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen
puerto.
El lector ha de preguntarse si deben tomarse en su sentido literal o en un sentido irónico –
explorado en algunos detalles por Madrigal (1996)- esas palabras; es decir, si el Lázaro que
ha pasado hambre se encuentra ahora satisfecho en su modesto oficio y con la protección
del arcipreste.
En una lectura irónica—que enlaza con el conocimiento del caso por parte del
lector—Lázaro es un cornudo consentido y deliberadamente ciego que trata de no perder
la protección del arcipreste. Su pretendida «buena fortuna» queda rotunda mente
desmentida por la crueldad de los hechos y la vida de Lázaro es la amarga historia de un
fracaso.

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En cualquiera de las interpretaciones están presentes la ironía y la actitud crítica o


burlesca frente a convicciones generalmente admitidas en la época. El molde narrativo
empleado resulta, además, una parodia de géneros nobles de la literatura renacentista: la
epístola, la biografía ejemplar e incluso la novela heroica de caballerías de la que el relato
del nacimiento de Lázaro de Tormes resulta una cumplida burla.
Buena parte de la novedad del Lazarillo estriba en la aparición de un personaje
antiheroico, de un personaje no heroico ni ejemplar como protagonista de una novela, que
hasta entonces se había reservado para personajes nobles. Algunos críticos consideran que
de este modo se inicia la novela moderna.
Queda, por último, la polémica de la ortodoxia del Lazarillo. Entre muchos otros
Morel Fatio y modernamente Ricapito (1977) siguiendo a Márquez Villanueva (1968) han
pensado que hay que situar la obra en la órbita del erasmismo, aunque el máxino
especialista en la presencia del holandés en nuestras letras siempre mantuvo que no había
vínculos palpables en Lazarillo con la obra del reformista –Bataillon (1968: 12)-. Américo
Castro pensó que estaba escrita por un judío converso. Buena parte de la crítica moderna
tiende a pensar con Bataillon que el anticlericalismo de la novela es un anticlericalismo
común que no necesariamente ha de relacionarse con el erasmismo (Rico, G. de la Concha,
etc.). Con todo, todavía algunos insisten en confundir sátira e ironía con erasmismo, sin
percibir que Erasmo pudo ser un virtuoso en su empleo, pero en modo alguno fue el único
en hacer uso extenso de ella.
Hay un acuerdo prácticamente unánime en considerar al Lazarillo como el precursor
de la novela picaresca, que se caracteriza fundamentalmente por los puntos siguientes:
1. El pícaro, hijo de padres sin honra y nacido en un medio social bajo.
2. Es criado de muchos amos.
3. Pasa habitualmente hambre y necesidad, enfrentado con un mundo hostil.
4. Se sirve del ingenio para sobrevivir.
5. Carece de criterios morales (en las demás novelas picarescas, por el contrario se trata de
dar a través de las peripecias del héroe una lección, moral).

Personajes.
El personaje de Lázaro tiene numerosos antecedentes: es el Lázaro del Evangelio,
mendigo que solicita un poco de pan en la mesa del rico Epulón. Un segundo antecedente
es san Lázaro, patrono de los leprosos, cuyo nombre entronca con la etimología popular de
«lacerado», y que constituye el origen próximo del personaje. Parece ser que era
frecuentemente aludido en refranes y cuentos tradicio nales.
Muchas de las aventuras que le ocurren a Lázaro, en especial las del ciego,
pertenecían ya al folclore y a la literatura anterior a la novela. La pareja del ciego y su
destrón había sido particularmente fecunda. Los eruditos han sugerido numerosos
precedentes, tanto de procedencia culta, como popular. Francisco Rico sin embargo ha
insistido en dos puntos capitales: a) el autor del Lazarillo trata ios elementos folclóricos de
una manera que no es folclórica sino novelesca—por ejemplo el incidente del poste—; y b)
aunque el nombre de Lázaro y las desdichas del personaje puedan tener un parentesco con
nombres, creencias y etimologías populares, no se trata de un personaje enteramente
folclórico al estilo de Pedro de Urdemalas o Pero Grullo, como piensa Bataillon. Son muy
numerosas las referencias a sujetos reales que ejercieron de destrones en la época y cuyo
parecido con el ciego y con Lázaro es muy notable.
Los demás personajes son secundarios en relación con Lázaro, aunque muchos de
ellos tienen gran interés. Ya se ha hablado de su contrafigura, el ciego, procedente de
cuentos, dichos y facecias y, desde luego, de la realidad. El clérigo avaro y el buldero tienen
también sus precedentes en la literatura, pero no sería difícil documentar seres reales de
parecidas características. La figura del avaro tiene una larga tradición literaria y también real.

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Uno de los seres más interesantes de la novela es el escudero, prototipo del hidalgo
español, mezcla de orgullo e ingenuidad, de bondad y cruel inconsciencia en lo que se
refiere a su trato con Lázaro. Plasma el autor en él a un tipo muy conocido en la España de
la época: el hidalgo arruinado, procedente de una nobleza rural en extinción y con
abundantes problemas económicos y sociales; sobre él puede verse a Rodríguez Mansilla
(2006). Según F. Rico, el lector se encuentra ahora ante un ser típico de una época, no
atemporal, como el clérigo, el avaro o, incluso, el engañador que representa el buldero.
El arcipreste de San Salvador, clérigo amancebado, tenía también numerosos
precedentes en la literatura y en la vida real, hasta tal punto que en ese mismo siglo se
habían dictado disposiciones contra los tabes. Incluso la figura de los maridos que, como
Lázaro, encubrían dicha práctica, era perseguida por la ley.
Los personajes de tercer orden: los padres de Lázaro, su mujer, el alguacil a quien
sirve, el capellán, el fraile de la merced, etc., completan una galería de figuras, que, si bien
en ocasiones pueden estar inspiradas en precedentes literarios o folklóricos, responden a
modelos enraizados en la vida del XVI o son personajes característicos en cualquier tipo de
sociedad.

Estructura. Tiempo y espacio.


La novela se divide en un prólogo y siete tratados cuya desigualdad ha ocasionado la
correspondiente polémica; se ha hablado de que se trataba de un libro inconcluso o de que
no era la estructura original la que luego se editó, como parece lo más probable a la vista de
Rico (1988).
Tempramente, Tarr (1927) percibió la existencia de esos paralelismos existentes en
las diversas partes de la novela que le permitieron formular al existencia de una tripartición
analizada minuciosamente po García de la Concha (1981: 97-99), que recoge la existencia
de una estructura ternaria de amos y dos de oficios presididas por el aprendizaje, la
observación o segunda enseñanza y una tercera de puesta en práctica de lo aprendido en
busca del ascenso social.
Resulta especialmente sugestivo el modelo de estructura ternaria de carácter
folclórico propuesto por Lázaro Carreter, según el cual la novela se dividiría en tres
módulos subdivididos cada uno de ellos en tres partes. El primer módulo o infancia,
comprendería sus experiencias con el ciego, con el clérigo y con el hidalgo. El segundo
módulo o adolescencia, comprendería sus experiencias con el fraile de la Merced, el
buldero y el pintor. El tercer módulo corresponde a la experiencia de juventud, y
comprendería sus trabajos como aguador, porquerón del alguacil y pregonero.
Deben destacarse la composición epistolar, que remeda una carta entre dos
humanistas—procedimiento que se parodia finamente—, y el carácter circular: el caso
unificador aparece sugerido en el prólogo («me escribe se le escriba») y es referido con
detalle al final. El narrador ha vuelto al punto de partida. Lázaro Carreter ha hallado un
posible modelo en las cartas coloquiales en las que se contaban hechos reales o ficticios. La
honra a la que alude Lazarillo como muestra de su culmen de toda buena fortuna era,
recuérdese, perseguible de oficio en la España contemporánea, donde había penas de
cárcelo no sólo para el clérigo perverso que mantuviese relaciones íntimas con una mujer
casada, sino también para el marido que diese en consentir en ellas para lucrarse; al
respecto, véase Woods (1979: 591).
Respecto al tiempo, son dos las referencias directas que ofrece la novela. En el
tratado I, la madre de Lázaro le dice al ciego que el padre del chico ha muerto en los
Gelves. Rico duda de la veracidad del dato de la madre—que pudo haberlo inventado—,
pues no concuerda con otras características de la cronología. Se celebraron dos batallas en
aquel lugar: la de 1510 terminó con una sonada derrota de las tropas españolas; en la de
1520, se alcanzó la victoria.

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No es más clara la segunda referencia del final del tratado séptimo: «Esto fue el
mesmo año que nuestro victorioso emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y
tuvo en ella cortes y se hicieron grandes regocijos y fiestas, como Vuestra Merced habrá
oído». En Toledo se celebraron cortes también en dos ocasiones: en 1525 y en 1538 -9.
La crítica ha observado que pueden relacionarse la primera batalla de los Gelves
(1510), en la que Lázaro contaba ocho años, y las primeras cortes (1525), Lázaro tendría
entonces veintitrés años, edad apropiada para contraer matrimonio después de una apretada
vida al servicio de muchos amos. Si se toma el segundo grupo de fechas, Lázaro tendna
veintiséis años, edad que tampoco resulta inverosímil como final de su proceso.
Francisco Rico ha dado una nueva orientación al problema, basándose en tres datos
que aparecen en la novela:
a) En el tratado tercero se dice: «Y fue, como el año en esta tierra fuese estéril de
pan, acordaron e] Ayuntamiento que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad,
con pregón que el que de allí adelante topasen, filese punido con azotes». Dicha medida fue
tomada por el Ayuntamiento de Toledo el 21 de abril de 1546.
b) En el tratado primero, Lázaro, para explicar que se quedaba con la mitad de cada
moneda que le daban al ciego como limosna dice jocosamente: «ya iba de mi cambio
aniquilada en la mitad de su justo precio». El cambio, que encubría un préstamo con
interés, fue objeto de numerosas polémicas teológico jurídicas a partir de 1541. Entre 1551
y 1552 se dictaron tres pragmáticas al efecto y es posible que la burla de Lázaro aluda a ello.
c) En el tercer tratado comenta el escudero:
No soy tan pobre que no tengo en mi tienta un solar de casas, que, a estar ellas en
pie y bien labradas, dieciséis leguas de donde nací, en aquella costanilla de
Valladolid, valdnan más de decientas veces mil maravedís.
La corte se había trasladado a Valladolid en 1522, pero no lo hace de una manera
estable hasta 1543. La subida de precios de las viviendas tiene lugar a partir de 1551, lo que
sin duda motiva el fantasioso comentario del hidalgo empobrecido.
A partir de estos datos puede deducirse que la novela se compuso poco antes de su
publicación, aunque el autor quisiera alejarla unos años, razón por la que hizo referencia a
las cortes del Emperadon A pesar de ello no quiso o no pudo evitar estos tres
anacronismos que sitúan la fecha real de composición de la novela en su justo termino.
En cuanto al espacio, la acción comienza en una aldea llamada Tejares, junto al río
Tormes, cerca de Salamanca. Con la muerte del padre de Lázaro, la familia se traslada a
Salamanca donde vive hasta que comienza a servir al ciego. Desde allí parten para Toledo.
En el camino pasan por Almorox—episodio de las uvas— Escalona—episodio del poste—
y Torrijos, lugar al que Lázaro se dirige al huir. En Maqueda tiene lugar la acción del
segundo tratado. A partir del tercer tratado la acción se localiza en Toledo. En el quinto,
Lázaro viaja con el buldero por los pueblos de la provincia. Se cita en una ocasión la Sagra
de Toledo. Después vuelve de nuevo a la ciudad toledana donde se desarrollan los últimos
tratados. Las referencias espaciales son escasas y meramente funcionales. No hay
descripción alguna de paisaje urbano o rural.

Lengua y estilo.
El anónimo autor ha procurado adaptarse a un estilo selecto pero sencillo, que
reflejo en apariencia del que emplearía un pícaro de la condición de Lázaro para hablar con
un señor de rango superior. Sin embargo, aparecen frecuentes indicios de que el autor no es
un simple pícaro. Las citas, oportunamente colocadas, y sobre todo el alcance de tantas
expresiones de la novela, son reveladoras en este sentido. En conjunto, puede decirse que el
Lazarillo busca un lenguaje distinto del lenguaje pesadamente retórico y latinizante de otros
escritores del quinientos, como por ejemplo Guevara. Como afirma Blecua (ed.) (1974:
44):

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«Huye, como Boscán, como Garcilaso, como Valdés, de la afectación, lo que no


significa el abandono de la retórica, sino el rechazo de una retórica, la medieval,
para aceptar [otra] de lleno las normas de Quintiliano. Por eso su vocabulario y su
sintaxis se mantienen en un término medio, ni arcaizantes ni innovadoras en exceso:
por eso gusta del ritmo binario; por eso huye del hipérbaton y busca el isocolon; por
eso puede salpicar su onra de sales. El Lazarillo es renacentista porque sigue a
Quintiliano»
El anónimo autor opone a aquellos esta «nonada» escrita en «grosero estilo», como
irónicamente dice en el prólogo, quien sabe si a imitación e lo que propone Valdés en su
Diálogo de la lengua. Junto a la sencillez—sólo relativa—hay que destacar la expresividad del
relato y de los diálogos, lo que justifica la opinión de que no se busca tanto la incorrección
de un hombre inculto como el antirretoricismo de un buen conocedor del idioma. La
presencia de lo popular a través de refranes y sentencias, refuerza el tono llano que
pretendió el anónimo escritor.
Pero además, el estilo está cargado de intención. El anónimo autor ha usado con
profusión la ironía para crear situaciones cómicas y hacer efectivas su crítica y sátira; García
de la Concha (1981) llama al conjunto de estos recursos disipación del sentido y señala
numerosos ejemplos de ironía situacional e ironía verbal, de ironía y eufemismo y de
ambigüedades y paradojas irónicas.
Alberto Blecua ha hecho hincapié en el perspectivismo lingüístico que impera en el
Lazarillo y ha estudiado sus principales figuras estilísticas destacando el gusto por la
perífrasis—con finalidad humorística—, la adjetivación subjetiva y por el paralelismo;
véanse los que destaca Aladro Font (2001) a lo largo de toda la obra para sustentar su tesis
de la voluntad de Lázaro de no mentir, sólo en apariencia, para conseguir ascender
socialmente.
Técnicamente destaca la utilización de la primera persona narrativa, herencia
probable de Apuleyo y El asno de oro, pero también de San Agustín y el Spill de Jaume Roig;
sobre este aspecto verás a Lázaro Carreter (1983).

Valoración de la obra.
Desde su publicación el Lazarillo de Tormes gozó de una extraordinaria fama. Baste
citar que tuvo cuatro ediciones en un solo año.
Era lectura común entre los soldados españoles de la época. En 1559 fue incluido
en el índice inquisitorial de Valdés, pero como continuaba leyéndose en las ediciones que
llegaban del extranjero, se editó expurgado a partir de 1573. La sucesión de ediciones a que
dio lugar ratificaban su popularidad.
En la actualidad se considera al Lazarillo como una de las obras maestras y una de
las más atractivas de la literatura española por el misterio que envuelve a su composición.
Obra clásica por excelencia, es considerada como el punto de arranque de la picaresca, uno
de los géneros más fecundos y peculiares de la literatura española.

Hacia una tipología de la clase textual «Novela picaresca».


Al margen de la características específicas de cada obra, todas ellas tienen algunas
características comunes, en distinto grado, que las hacen formar parte de una clase de
textos que denominamos Novela picaresca:
a) El protagonista es el pícaro, el anti-héroe, de baja extracción social, auténtico
contrapunto del personaje principal de la novela caballeresca –a cuya biografía parodia en
más de un sentido como puede verse a través de Guardiola (2002)- o pastoril, del que es
una parodia intencionada, extensiva a todos los rasgos de identidad, desde la ascendencia
hasta los prodigios del nacimiento. El modelo más claro de este personaje es el mozo del
arcipreste, don Furón, del Libro de Buen amor (§1618-1625). Su conducta está marcada por la

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astucia, el ardiad, el engaño y la trampa ingeniosa. Vive al margen de las normas


caballerescas de comportamiento, lo que convierte su libertad en su gran tesoro,
condicionado sin solución, no obstante, por su ascendencia infame, que le marca y
determina su comportamiento y coordenadas existenciales.
b) Las novelas son relatos autobiográficos, en los que el protagonista narra sus
propias peripecias siguiendo un orden más o menos establecido: comienza por su
genealogía, que es radicalmente opuesta a la del personaje caballeresco del que toma tal
hábito. Todo lo que se nos relata es narrado desde el punto de vista del autor, que se
convierte en el intérprete de la realidad en la que se desarrolla su vida. Tal forma
autobiográfica responde a la intención crítica, ya sea satírica (analizada ahora por Coronel
Ramos (2006) como un contrafactum del imaginario social –y vital- caballeresco, por tanto
en una órbita humanista pero no tan dependiente de los clásicos) o social, que caracteriza a
la novela picareca; recuérdese que es siempre el autor el que emplea esta personalidad
ficticia para exponer sus ideas con mayor claridad.
c) Las obras poseen siempre una doble temporalidad, que hace que el pícaro pueda
desdoblarse en autor y actor. Como autor está situado en un presente desde el que mira al
pasado y en el que narra la acción, cuyo desenlace conoce, y nos hace conocer, de
antemano; a la vez, como actor, se ve inmerso en un determinismo social que le lleva a un
imprevisible futuro.
d) La estructura del relato siempre está abierta; las distintas andanzas del pícaro
podrían continuar, pues no existe más trabazón argumental que la que le da el propio
protagonista, que es quien le proporciona a la obra su coherencia y unidad narrativa. De ahí
las numerosas continuaciones que surgen de todas las vidas y milagros de los protagonistas.
e) Todas las novelas picarescas se presentan como casos moralizantes: son ejemplos
de conductas aberrantes que resultan sistemáticamente castigadas. Tal concepción de la
fábula parece proceder de la retórica sacra de la época, basada en en «ejemplos» en los que
se narra con todo detalle la conducta descarriada de un individuo que finalmente o se
arrepiente o padece un castigo. Tal concepción no aparece explícitamente expresada en
todas las obras de este grupo. El Lazarillo, pese a que acumula todos los materiales precisos
para la extracción de una lección moral, no se cierra con un colofón aleccionador, frente a
las siguientes que extraen conclusiones moralizantes explícitas. Tal diferencia ha hecho
pensar a algunos críticos en la existencia de algún tipo de influencia contrarreformista en el
desarrollo de la novela picaresca; de hecho, el idealismo neoplatónico de la novela
caballeresca y pastoril, cuyas acciones resultan inverosímiles, evolucionan hacia un fuerte
realismo neo-aristotélico a partir de Trento; ello redunda en que la literatura encuentre sus
modelos de imitación, su inspiración, no en el mundo ideal, sino en la cruda realidad de la
existencia.
f) La sátira es también una de las características del relato picaresco. Con su
deambular de amo en amo, de trabajo vil en ocupación rastrera –para los ojos de la época–,
el pícaro, esportillero, ganapán o como queramos llamarle entraba en contacto con las
distintas capas sociales, que exponen de esta forma sus más escondidos secretos a la vista
de este inmisericorde censor. De ellos realizará un pormenorizado y crítico relato,
apuntando siempre a los males que corroyeron a aquella sociedad, la codicia y la avaricia en
detrimentos de los menesterosos.

Algunos links útiles.


Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo http://www.elazarillo.net/todo.html

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Buen grupo de enlaces sobre el Lazarillo http://www.virtual-spain.com/literatura_espanola-ellazarillo.html


Nociones sobre picaresca http://faculty-staff.ou.edu/L/A-Robert.R.Lauer-1/picaresca.html
El Lazarillo, según J. Calero http://www.wikilearning.com/monografia/interpretacion_del_lazari
llo_de_tormes-que_es_el_lazarillo/18714-1

Apendice I
Carta de Pablo Jauralde Pou, prologuista de Agulló y Bobo (2010).

From: Pablo Jauralde Pou [************@gmail.com]


Sent: Saturday, March 20, 2010 6:07 PM
To: **********t
Subject: lazarillo

¿Y qué hacemos ahora con el Lazarillo?


Mercedes Agulló ha encontrado un documento de época en el que por primera vez
se cita al Lazarillo como obra. Probablemente los estudiosos de la novelita, que tan
copiosamente han contribuido a crear un espesor crítico con incursiones en el texto, el
autor, la época, etc. tendrán que incorporar ese dato a sus exposiciones, porque
lo que hasta ahora han hecho cumplidamente ha sido desmenuzar los textos y sus
circunstancias, sin otra documentación que los cuatro libritos en octavo que aparecieron en
1554 y algunas de sus derivaciones, alcanzando un grado de acuerdo, por cierto, que
casa muy bien con el hallazgo: todos han venido a admitir que la edición de 1573
(la expurgada por Juan López de Velasco) manejaba sin duda una fuente
(manuscrito, edición perdida, etc.) desconocida que le permitía enmiendas “fantásticas”,
“esclarecedoras”, etc. Obtengo los adjetivos del coro de críticos. Supongo que, como tarea
inmediata, habrán vuelto a leer el Lazarillo como si esas enmiendas provinieran de
Diego Hurtado de Mendoza y el noble fuera su autor. Y que los resultados
de esa lectura nos los van a dar también.
No pertenezco a ese envidiable grupo de críticos que tanto han escrito sobre el
Lazarillo y, por tanto, creo que tengo el derecho, como muchos lectores, a pedirles que nos
expliquen convincentemente esa alusión a las enmiendas del Lazarillo entre los papeles de
don Diego, y que esa explicación no resulte falsificada, ni tan alambicada que no pueda
sustituir a la impresión inmediata de cualquier lector: ahí están y con su nombre porque son
suyas.
No nos vamos a conformar con una solución tan evidente y tan sencilla;
preguntaría a la crítica especializada, que tendrá trabajado el tema y podrá reordenar ahora
sus fichas, que me configure el nuevo mapa –así sea para negar la autoría–, que rodea a
estos actores, al menos a Juan López de Velasco y a Diego Hurtado de Mendoza, porque
sin duda habrán encontrado fácilmente los puntos en común y se habrán apresurado a
buscar si los indicios documentales van más allá del nuevo hallazgo, para refrendarlos o
desecharlos. Les pediría que me dijeran qué han sacado del rico epistolario con Zurita, que
habrán leído (el publicado por Dormer y el manuscrito), ya que era Zurita, como
sabrán, secretario de Felipe II para asuntos de la Inquisición en 1572, además de
corresponsal y amigo de Hurtado, es decir, compañero de tareas de Velasco. Yo espero que
me restablezcan la situación histórica en torno a la iglesia en donde pidió don Diego que le
enterraran, la del monasterio de la Concepción Francisca, en donde por esos años Teresa
de Cepeda conoce a Hurtado y firma cartas (autógrafas), mientras cuida su
relación con su confidente en la corte, Juan López de Velasco, cuya hermana era descalza
en el convento de Segovia; seguro que han reconstruido el panorama a partir del epistolario
de la santa, en donde se habla con cariño frecuentemente de Velasco. Humanistas
inquietos, como otro discípulo de Zurita, Páez de Castro. ¿Habrán indagado si fue Páez de

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Castro el que llevó un texto del Lazarillo a Amberes, en 1553 o a comienzos de 1554? Pues
unos meses antes estaba con don Diego Hurtado en Roma, y suspiraba por ser su
secretario; y desde luego al norte se fue en esa fecha precisamente. Sus libros están en El
Escorial, los de Páez. Ya habrán los críticos perseguido cómo fueron a parar allí
al mismo tiempo que los de Hurtado, al fin y al cabo, la rica testamentaría de Páez de
Castro, vigilada por Ambrosio de Morales, se conserva en el mismo legajo de papeles, no
publicado, que la de don Diego. Los lazarillistas saben, por lo demás, que Ambrosio de
Morales dedicó una de sus últimas obras a Hurtado… Son tantas las cosas de las que
nos pueden sacar ahora de dudas, que esperamos todos con impaciencia que,
una vez agotado el tema textual, se emprenda el esclarecimiento histórico, en el que, sin
duda, será nuevo componente el análisis de los papeles de Tomás Tamayo de Vargas,
el cronista que atribuyo la obra a don Diego: no son tan difíciles de encontrar, aunque estén
dispersos. ¿Le diría en Toledo el padre Mariana a Tamayo algo sobre la autoría del Lazarillo
y la Inquisición? El padre Mariana trabajó para los índices, y Tamayo le admiraba y trataba
con él. Seguro que entre los once o doce volúmenes de la British Library, autógrafos en su
mayoría, se puede encontrar algo… ¡que apasionante camino les espera a los lazarillistas!
Confieso que me resulta enormemente atractivo este itinerario crítico al que nos
invita el hallazgo de Mercedes Agulló. Ojalá no se trivialice y sirva, finalmente, para el
mejor conocimiento de nuestra historia y de ese texto deslumbrante que es el Lazarillo. Y
que tampoco se trivialice la figura de López de Velasco, humanista solterón entregado a las
ciencias más prestigiosas (Grafton dixit) del s. XVI: la geografía, la astronomía, la lengua …
nuestro modo natural de crear, de preguntarnos por nuestro pasado y por nuestro lugar en
el universo. La forja de una nación que avanza a tientas.
Pablo Jauralde Pou

From: Javier Blasco [****@gmail.com]


Sent: Thursday, March 18, 2010 12:59 PM
To: Lauer, A RobertSubject: Lazarillo
Javier Blasco
Mercedes Agulló y Cobo, A vueltas con el autor del Lazarillo, Madrid, Calambur, 2010, 140 pp.
A pesar de Roland Barthes, y contra la opinión de M. Foucault, el autor está más
vivo que nunca, al menos para la prensa. Confundiendo la labor del filólogo con no sé qué
azarosos "eurekas", el suplemento de un periódico español, a toda portada, nos sorprendía
no hace mucho con un titular, a grandes tipos, rotundo y categórico: "El Lazarillo ya tiene
autor: Diego Hurtado de Mendoza. La paleógrafa Mercedes Agulló descubre los
documentos que acreditan la identidad del padre de la primera novela moderna"(5-11 de
marzo de 2010). El motivo de tan feliz anuncio no era otro que la publicación del libro que
aquí comento.
Sin embargo, el mencionado titular, por lo que tiene de gratuito, resulta muy poco
respetuoso con el trabajo honesto de Mercedes Agulló y Cobo, plasmado en un libro que,
desde la modestia de su título (A vueltas con el autor del Lazarillo), contesta por sí solo al
grandilocuente constructo del titular arriba citado. De ser verdad el titular (y no –como me
parece que ocurre– noticia fabricada) el trabajo de Mercedes Agulló y Cobo (fruto del
estudio y del esfuerzo, del rigor y del conocimiento) vendría a despejar la incógnita que
rodea un relato, La vida de Lazaro de Tormes, obra fundamental en la constitución de la
novela moderna. Pero no es así. Ninguno de los documentos sobre los que la autora de este
libro da noticia "acredita la identidad del padre de la primera novela moderna".
"A vueltas con el autor del Lazarillo" es un libro relevante para cualquier estudioso de
la literatura española del siglo XVI, y sin duda merece –¿cómo no?– un lugar en la copiosa

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bibliografía que ha suscitado nuestra novela picaresca, en general, y El Lazarillo, en


particular. De primera mano, y por tanto valiosos, son los datos sobre las bibliotecas
particulares de López de Velasco (que trabajó en la constitución de la Biblioteca de El
Escorial y en el expurgo de un Lazarillo de Tormes "castigado" , además de administrar durante
"quatorce o quince años" asuntos de Diego Hurtado de Mendoza) (p. 30) y del licenciado
Juan de Valdés (testamentario del anterior). Estos datos amplían nuestro conocimiento de
las fuentes en que se nutre la cultura de un momento concreto de nuestra historia.
Pero, en lo que hace referencia al tema de la autoría del Lazarillo, importa destacar –
y así lo hace Mercedes Agulló y Cobo– el hecho de que, entre los papeles de don Diego
Hurtado de Mendoza que aparecen en el inventario de Juan de Valdés (sobre "los bienes y
libros siguientes que [...] tenía en su poder al tiempo de su muerte, como testamentario que
era del Secretario Juan López de Belasco", p.32), figuran en distintos cajones y serones
muchos papeles de Diego Hurtado de Mendoza, entre los cuales la investigadora subraya la
importancia de "Un legajo de correcciones hechas para la ympresión de Lazarillo y
Propalladia" (p. 37). A partir de aquí (p. 44), conjetura (con prudencia, como demuestra el
hecho de que todo su planteamiento se presente entre interrogantes) sobre la posibilidad
de que López de Velasco corrigiera el Lazarillo castigado de 1573, "utilizando el manuscrito o
papeles de don Diego". Se pregunta Agulló y Cobo si no podría ser que las "correcciones
hechas para la ympresión de Lazarillo" le hubieran sido confiscadas a Hurtado de Mendoza
en 1573, "al ser denunciado a la Inquisición", y si López de Velasco no sumaría luego estos
papeles al resto de papeles de don Diego "por reconocerlo como obra suya de obligada
devolución" (p. 44).
Bien podrían haber ocurrido así las cosas. Pero también podrían haber ocurrido de
modo muy diferente. En primer lugar, y salvo que además de la referencia en el Ynventario
se haya visto materialmente el susodicho "legajo de correcciones hechas para la ympresión
de Lazarillo y Propalladia", de lo que transcribe Mercedes Agulló y Cobo no puede
deducirse, como ciertamente se hace, que se trate de un manuscrito (y mucho menos de un
autógrafo de don Diego Hurtado). Podría tratarse de un manuscrito (copia para la
"ymprenta" o, simplemente, listado de lugares "castigados" o "por castigar"), pero también
el sintagma "legajo de correcciones" podría hacer referencia a un impreso con correcciones.
Y, desde luego, habría que encontrar una hipótesis coherente para explicar el porqué estas
"correcciones hechas para la ympresión de Lazarillo" se encuentran junto a otras de la
Propaladia, y para establecer la propiedad de estas últimas. Demasiadas sombras y
demasiadas interrogantes para dar por resuelto el acertijo.
El único dato seguro, para conjeturar la propiedad (y, en su caso, autoría) de don
Diego Hurtado de Mendoza respecto a esas "correcciones" (y al texto que corrigen) es que
las mismas figuran, en el cajón 6, junto a "Unos quadernos y borrador de La rebelión de los
moriscos de Granada y otras cosas de don Diego de Mendoça" (37). Sin embargo, en el mismo
cajón número 6 aparecen también –sigo la enumeración hecha por la misma Mercedes
Agulló y Cobo– papeles para la impresión de la Propaladia (cuya autoría nada tiene que ver
con don Diego, ¿o sí?) y, lo que es más relevante, un "legajo de papeles de Indias" (p. 37),
cuya propiedad apunta antes a López de Velasco que a Hurtado, pues desde 1565 López de
Velasco, en su calidad de Secretario del Consejo de Indias, recopiló abundantes materiales
sobre el nuevo mundo. Y lo que ocurre en la caja 6 ocurre también en otras, como en la
caja número 3, donde junto a Libros y cuentas de don Diego o junto a un legajo de Relaciones de
lo de Granada, ambos de Hurtado, se encuentra un Libro de mano, de San Isidoro, que dice ser del
Monesterio de Fresdebal (pp. 36-37), que de nuevo parece remitir a López de Velasco, y no a
Hurtado. Eso es lo que cabe conjeturar (antes que lo contrario), pues sabemos (porque nos
lo dice la autora de este trabajo) que en el Inventario de libros de López de Velasco "es muy
abundante y lógica la documentación americana" (p. 42), como lo son los materiales para la
edición de las Obras de San Isidoro en las que López de Velasco trabajaba al final de sus

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días (p. 43).


Por lo que conocemos de los papeles de Juan de Valdés (y no tengo otra
información que la que nos ofrece en su monografía Mercedes Agulló y Cobo, pero ésta es
bastante clara), en las distintas cajas a partir de las cuales se hace el Inventario de los papeles
de López de Velasco aparecen mezclados y confundidos los que son propiedad de Diego
Hurtado de Mendoza y los que lo son del propio López de Velasco (o de otros –sabe Dios
quién– que, como los de don Diego, hubieran sido sometidos a la custodia del Secretario
del Consejo de Indias), de manera que resulta imposible ir más allá de la conjetura en lo que
se refiere al "legajo de correcciones hechas para la ympresión de Lazarillo" (p. 37). Aunque
la "nota sobre la corrección de Propaladia y Lazarillo" esté materialmente "inmediatamente
detrás de Vnos quadernos y borrador de La rebelión de los moriscos de Granada y otras cosas de don
Diego de Miranda, y delante de Otro legajo de a quartilla de papeles del negocio de Carmona " (46),
poco se puede deducir de ello, pues es un hecho que los papeles de don Diego aparecen en
las distintas cajas (y también en la caja 6 que ahora nos interesa) mezclados con otros que
no pertenecen al autor de la Guerra de Granada.
Mercedes Agulló y Cobo sabe que la ubicación topográfica de los materiales en el
archivo no autoriza a traspasar la línea roja de la conjetura. Y ella, amagando el gesto, no lo
hace. Pero la autora de "A vueltas con el autor del Lazarillo", a partir de la conjetura
anteriormente comentada, construye una hipótesis razonable recuperando el nombre de
Diego Hurtado de Mendoza como candidato a la autoría. Recojo algunos de sus
argumentos: abundancia entre los papeles de don Diego de las "cartas misivas", con las que
el Lazarillo sabemos que está en deuda (p. 46); don Diego es un hombre culto y leído, de
formación humanista acorde a las citas que se pueden rastrear en La vida de Lazarillo (p. 47),
además de una persona "muy al tanto de los sucesos militares y políticos de su tiempo"
como parece requerirse de quien data su vida por las referencias a "la de los Gelves" y a las
Cortes de Toledo (p. 47); las aficiones literarias, exquisitas, de un bibliófilo como don
Diego se avienen con la pluma trabajada en lo literario del anónimo relato (p. 48); el
conocimiento de Toledo concuerda también con la biografía de Hurtado de Mendoza (p.
50).
Todos los "indicios" referidos son lo suficientemente generales para que, además de
cumplirse en la persona de don Diego Hurtado de Mendoza, se cumplan también en la
totalidad de aquellos a los que en un momento u otro se han vinculado a la genial obra que
nos ocupa. Esto lo reconoce así Mercedes Agulló y Cobo (p. 46) y por ello, precisamente,
sugiere otros argumentos en los que, a su entender, la figura de Hurtado de Mendoza
resulta más particularmente interesada. Así, (I) recuerda que la iglesia de la Magdalena, de
Salamanca, que aparece en el tratado primero del Lazarillo, era de la Orden de Alcántara, y
el emperador dotó en 1552 a Hurtado de Mendoza con la encomienda de las Casas de
Calatrava de la Orden de Alcántara (p. 50), aunque ignora o pasa por alto lo que al respecto
escribió Rosa Navarro; así mismo considera (II) que la frase "los cuidados del rey de
Francia", del tratado segundo, apunta (tras recordar la interpretación que de la misma hacen
Blecua y Rico) a Hurtado de Mendoza, pues el captor del rey Francés en Pavía, en 1525, fue
Juan de Urbieta, "hombre de armas de la Compañía de don Diego de Mendoza" (p. 51);
propone también a consideración (III) la posibilidad de que, cuando en 1573 Felipe II
amenaza a Hurtado por "andar con libros prohibidos", el monarca se estuviese refiriendo al
Lazarillo, sabiendo que el autor de las Guerras de Granada lo era también de la fingida
autobiografía del destrón (p. 51); conjetura (IV) que el Lazarillo pudiera ser el libro de
"mero pasatiempo" que don Diego, en 1554, envía a su sobrino Francisco de Mendoza,
para que este se lo diese a leer al entonces príncipe Felipe; finalmente (V) recuerda que don
Diego Hurtado de Mendoza estaba en Toledo, "el mismo año que nuestro victorioso
Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y se hicieron
grandes regocijos, como Vuestra Merced habrá oído".

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De estos cinco punto, algunos de ellos (III y IV) no pasan de la mera conjetura,
llegando en algún caso a ser conjetura construida sobre la premisa de otra conjetura; otros
(I, II y V) se refieren ciertamente a hechos documentados que, sin embargo, resultan
circunstanciales y de escaso valor probatorio en lo que se refiere a la cuestión de la autoría.
El trabajo de Mercedes Agulló y Cobo viene a reforzar, con nueva información y desde una
perspectiva diferente, una atribución que, propuesta desde antiguo, en el siglo XX han
defendido J. O. Crouch, Erika Spivakosvsky, o Carlos Keller Rueff, entre otros. No
obstante, puesto que para todos estos trabajos resulta fundamental la temprana vinculación
del nombre de Diego Hurtado de Mendoza al Lazarillo, no es irrelevante recordar aquí lo
que, muy recientemente, ha apuntado Rosa Navarro ( "Diego Hurtado de Mendoza, autor
de la Segunda Parte de Lazarillo de Tormes", Clarín, 2010, pp. 3-10) respecto a los orígenes
de esta atribución: "Ya en 1607 el bibliógrafo flamenco Valerio Andrés Taxandro le
atribuyó La vida de Lazarillo de Tormes y a partir de entonces otros muchos lo hicieron; pero
Diego Hurtado de Mendoza no pudo escribir de ninguna manera La vida de Lazarillo de
Tormes, que no refleja ni sus preocupaciones, ni sus intereses, ni estaba al alcance de un
prosista mediocre como él; pero sí escribió La segunda parte de Lazarillo de Tormes, que exhibe
todo ello" (p.10).
La monografía de Mercedes Agulló y Cobo, desde el rigor de su investigación, viene
a recordarnos a todos que los archivos ricos en materiales de los Siglos de Oro guardan
todavía muchos secretos interesantes para la historia de nuestra literatura. Recientemente,
documentos de archivo, precisamente, son los que han permitido resolver con éxito casos
de atribución dudosa, como los que se refieren a la autoría de La Pícara Justina (Anastasio
Rojo, "Propuesta de nuevo autor para «La pícara Justina»: fray Bartolomé Navarrete O.P.
(1560-1640)", Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica , 22, 2004, pp. 201-228) o a la de la
llamada "Epístola a Mateo Vázquez" (Gonzalo Sánchez Molero, " La Epístola a Mateo
Vázquez, redescubierta y reivindicada", Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America,
Vol. 27, 2, 2007, pags. 181-211). Las pruebas documentales son fundamentales para
resolver muchos de los problemas de autoría (anonimia o falsa atribución) que, para los que
otorgamos al autor un lugar importante en la obra literaria, son centrales en la historia de la
literatura. Pero, ante la ausencia de documentos determinantes, en este terreno cada día se
revelan más útiles otras herramientas, estrictamente filológicas, que tienen que ver con los
"usus scribendi" de cada autor y con las peculiaridades de su idiolecto. En diferentes
idiomas, y para épocas también distintas, se han realizado test que avalan, de cara a la
atribución de textos anónimos, la fiabilidad de determinados algoritmos y de ciertos
análisis cuantitativos de la lengua de un texto (véase, por ejemplo, Jack Grieve,
“Quantitative Authorship Attribution: An Evaluation of Techniques” , Literary and Linguistic
Computing, Vol. 22, No. 3, 2007, p. 251 y ss., y Javier Blasco y Cristina Ruiz Urbón,
“Evaluación y cuantificación de algunas técnicas de atribución de autoría en textos
españoles”, Castilla, Estudios de Literatura, 0 (2009): 27-47.). Sin embargo, en los casos de los
dos ejemplos que se acaban de citar, los tests se han llevado a cabo sobre sendos "corpus"
de textos modernos. Y determinadas mediciones, que funcionan de manera bastante segura
con un texto moderno, pueden no servir, con igual grado de fiabilidad, para un texto de los
Siglos de Oro. En efecto, una de las mediciones más fiables, tanto en inglés como en
español, es la que se basa en la frecuencia de los signos de puntuación, pero para un texto
impreso del siglo XVII esta medición no nos sirve, pues la puntación que ese texto ofrece
depende antes del componedor (o del escribano que traslada lo autógrafo a la copia para la
imprenta) que del autor propiamente dicho; en otros muchos casos el estado final de un
texto depende de la historia de su transmisión y de las manos (con mucha frecuencia
varias) que han dejado sus huellas en sus páginas, de modo que rastrear en él las marcas
distintivas de un autor resulta complicado.
No obstante, insisto, ante la ausencia de documentos que orienten de manera

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concluyente una atribución de autoría, el camino más fiable para hacerlo sigue siendo la
lengua de un texto dado. Ese es, en muchos casos, el más material de los vínculos que ata
nuestro presente con el pasado, al que pertenece el texto en cuestión. En este sentido, y a
falta de un análisis más detenido, quiero traer unos pocos datos sólo, que, a la luz de lo que
hoy sabemos desde la lingüística forense, parecen situar la lengua del Lazarillo muy lejos del
horizonte de expectativas verbales que cabe deducir de las obras de Diego Hurtado de
Mendoza (tomo como referencia su Guerra de Granada) cuya autoría no ofrece dudas. Así
resulta difícil aceptar la candidatura de Hurtado de Mendoza a parti r de datos como los que
siguen, que de alguna manera reflejan usos reiterativos en el idiolecto del autor de la Vida
de Lazarillo de Tormes: (I) ausencia de ciertos términos: desque (9 ocurrencias en Lazarillo)
está ausente en Hurtado; casi (10 ocurrencias en Lazarillo) está ausente en Hurtado;
finalmente (11 ocurrencias en Lazarillo) está ausente en Hurtado; (II) ausencia de
determinadas expresiones que se repiten en la Vida de Lazarillo: se asentó con (6 ocurrencias
en el Lazarillo), por mejor decir (5 ocurrencias en el Lazarillo), bueno de mi… (4 ocurrencias en
el Lazarillo), como he contado (3 ocurrencias en el Lazarillo), de manera que en (3 ocurrencias en
el Lazarillo), luego otro día (3 ocurrencias en el Lazarillo); y, sobre todo, (III) porcentajes del
uso de mas y pero: en el Lazarillo se cuentan 95 oraciones adversativas con mas o con pero, en
una proporción que resulta cuando menos llamativa: 93 ocurrencias de mas (97,89%) frente
a tan solo 2 ocurrencias con pero (2,11%); en cambio la Guerra de Granada revela un uso muy
distinto, pues las 324 ocurrencias de las adversativas ( mas/pero), que cuantificamos, se
reparten en una proporción bien diferente al patrón del Lazarillo: mas (51,85%), frente a
pero (48,15%).
Desde luego, para poder avanzar alguna conclusión, sería preciso llevar a cabo un
análisis (con criterios cuantitativos, además de cualitativos) mucho más completo de la
lengua del Lazarillo. No obstante, con lo que acabamos de ver y siendo tan diferentes los
datos que ofrecen Lazarillo y Guerra de Granada, se hace complicado pensar que ambas
obras puedan haber salido no sólo de la misma pluma, sino también de la misma cabeza.
Nada de esto, sin embargo, resta un ápice de valor al trabajo de Mercedes Agulló y
Cobo en "A vueltas con el autor del Lazarillo", un trabajo que debería servir para llamar la
atención sobre la necesidad de seguir fatigando los archivos, y que viene a iluminar la figura
de un ilustre escritor cuya vida (soldado, diplomático, humanista, bibliófilo, poeta y
cronista) está sazonada de multitud de acontecimientos novelescos, entre los que destacan
los celos que su riquísima biblioteca desata en Felipe II; cuya obra literaria dejó en los
escritores de su tiempo una huella mucho mayor que la que reflejan las historias de la
literatura, convertido él en uno de los principales transmisores del espíritu del primer
humanismo a la generación de Cervantes; y cuya dimensión intelectual realmente queda
bien reflejada en el desafío que, frente a la cerrazón tridentina de la España de la segunda
mitad del siglo XVI, supone su biblioteca.
Tras la lectura de esta auténtica aportación a la bibliografía del Lazarillo, espero ya
con ansiedad las páginas que su autora promete, al final de su monografía, con un análisis
pormenorizado de las bibliotecas del licenciado Juan de Valdés y de López de Velasco.

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