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Arte y Letras, Literatura

Meditaciones en una emergencia: Don


Draper y Frank O’Hara
Publicado por Claudio López de Lamadrid

Mad Men, (2007-2015). Fotografía: AMC / Lionsgate Television.


Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down
Smart número 12 

Hagamos un esfuerzo y retrocedamos unos años, pocos, hasta el día del estreno
de la segunda temporada de Mad Men. La serie aún no era tan popular como ha
acabado siendo, pero ya acumulaba elogios, devociones, incondicionalidad. Por
ello es fácil de suponer que quienes estén leyendo estas líneas no tendrán
problema en recordar una escena en particular.

Como suele ser bastante habitual en él, Don Draper ha dejado la oficina para
comer, solo, en la barra de un bar. Allí, sentado a su lado, un joven (o alguien más
joven, en cualquier caso menor de cuarenta, que son los años que en ese
momento tiene nuestro protagonista), un joven, digo, lee un libro de
poemas: Meditations in an Emergency, de Frank O’Hara. En un insospechado
arranque de sociabilidad, Draper se dirige a él y le comenta, en referencia a la
lectura: «Hace que te sientas mejor cuando comes en un bar, ¿no? Es una forma
de aprovechar el tiempo». A lo que el otro, tras mirarlo de arriba abajo y constatar
que se encuentra ante un ejecutivo, responde: «Sí, claro, de eso se trata, de
aprovechar el tiempo». Haciendo caso omiso de las insinuaciones del joven, Don
le pregunta si es un buen libro, a lo que aquel responde: «No creo que a usted le
gustara».

Avancemos un poco. No mucho, solo hasta el final de ese mismo episodio, quince
minutos más tarde. Aquí veremos a Don terminando de leer su propio ejemplar
de Meditations in an Emergency para introducirlo a continuación en un sobre.
Mientras pasea al perro camino del buzón de correos, escuchamos su voz
en off recitando unos versos del libro, de ese mismo libro. Los siguientes
extraordinarios versos:

Now I am quietly waiting for


the catastrophe of my personality
to seem beautiful again,
and interesting, and modern.

The country is grey and


brown and white in trees,
snows and skies of laughter
always diminishing, less funny
not just darker, not just grey.

It may be the coldest day of


the year, what does he think of
that? I mean, what do I? And if I do,
perhaps I am myself again.

Son unos versos extraños y cautivadores. Hablan de personalidades en quiebra,


de paisajes invernales, de belleza y de frío y de nieve, de crisis de personalidad, y
resultan difíciles de entender así, descontextualizados.

Habrá que dar otro salto para reunir las tres piezas centrales que conforman el
mecanismo de estas líneas. El último salto. Un poco más largo. El capítulo que
cierra esta segunda temporada de Mad Men, una temporada llena de revelaciones,
lleva por título, sí, efectivamente, «Meditations in an Emergency». Con estos tres
datos de momento nos basta.

Decir que Mad Men es una serie plagada de referencias literarias es una obviedad.
Se ha hablado por activa y por pasiva de sus influencias, de los libros que leen sus
personajes, de los que pueblan sus bibliotecas. Se han escrito centenares de
artículos sobre la música de Mad Men, el interiorismo en Mad Men, la ropa de Mad
Men, el grafismo, los locales y los combinados que beben los personajes de Mad
Men. Pero siempre, siempre, se destaca Mad Men como la serie «literaria» por
antonomasia. ¿Es eso cierto? Lo ignoro. Pero lo que sí es cierto es que debe de
ser una de las series que con mayor elegancia deja constancia de su deuda
literaria mediante el recurso a rendidos homenajes.

La gran referencia literaria de Mad Men, ya se sabe, es la literatura de John


Cheever. Los Draper viven en Ossining, el pueblo del condado de Westchester
famoso por su cárcel, Sing Sing, pero famoso sobre todo para los letraheridos por
ser el pueblo donde los Cheever vivieron buena parte de sus vidas. Además, por si
no bastara, la residencia que habitan se encuentra en la Bullet Park Road,
referencia directa a la novela que, con el título de Bullet Park, Cheever publicaría a
mediados de los años sesenta.

El mundo de John Cheever es el mundo de los barrios residenciales del extrarradio


de Nueva York, el de los ejecutivos que cada mañana cogen el tren para ir a pasar
la jornada laboral en la ciudad. El mundo de los cócteles antes de la cena, las
resacas de los domingos, los cigarrillos incontables, los secretos
inconfesables. Matthew Weiner siempre ha dicho que en todo momento tenía a
mano los libros de Cheever, que le servían de inspiración, hasta el punto de
resultar del todo reconocible su impronta.

Preguntado por las semejanzas entre el mundo de Cheever y el mostrado en Mad


Men, Blake Bailey, autor de la estupenda biografía sobre el primero, escribe: «El
principal tema de intersección es la idea de que bajo la compulsiva felicidad y
prosperidad del condado de Westchester abunda la infelicidad y la
desesperación». Y también: «Uno de los principales temas de Cheever es que
nada es lo que parece». Igual que en nuestra serie.

Pero si el mundo de Cheever funciona a modo de clave para decodificar el de Mad


Men, muchos pensábamos también que la inspiración de la serie encontraba las
mismas raíces en la obra de otro novelista, contemporáneo y vecino de
Cheever: Richard Yates.
El mundo descrito por Richard Yates en novelas como Revolutionary Road o en los
relatos de Eleven Kinds of Loneliness es el mismo mundo del extrarradio, el mundo
del condado de Westchester, de los secretos, los pequeños dramas, la prosperidad
aparente. Su trazo, más amargo, más crudo y descarnado, más frío, parecería
incluso más próximo al de la familia Draper. Eso pensábamos todos. Y, sin
embargo, Weiner ha negado esta influencia al afirmar que no había leído a Yates
cuando creó la serie. ¿Y por qué no vamos a creerle?

Volvamos ahora al principio. ¿Quién fue Frank O’Hara? ¿De qué trata Meditations
in an Emergency? ¿Por qué está tan presente durante toda una temporada de la
serie? A diferencia de Cheever o de Yates, O’Hara fue el gran poeta de la ciudad,
de la ciudad de Nueva York. Nació en 1926 y murió muy joven, a los cuarenta
años, atropellado por un vehículo. Junto con John Ashbery, Kenneth
Koch y James Schuyler, conformó la espina dorsal de la Escuela Poética de
Nueva York, un movimiento nacido en directa oposición al formalismo de T. S.
Eliot y Robert Frost, que apostaba por la espontaneidad, la improvisación y el
lenguaje vernáculo, y cuya música, de parecerse a alguna, se asemejaría a las
improvisaciones del free jazz. A diferencia de la de los beatniks, la poesía de
O’Hara no era una poesía comprometida con los acontecimientos de la época. A la
espontaneidad de la misma no le sentaban bien conflictos como la guerra de
Vietnam o demás acontecimientos políticos, públicos y civiles. En ese sentido, los
poetas de Nueva York fueron poetas mucho menos «populares» que sus
contemporáneos (y amigos) Ginsberg y compañía.

O’Hara fue quien encabezó la ruptura que llevaría hasta sus últimas
consecuencias quien para muchos es hoy en día el poeta vivo más importante del
mundo: John Ashbery. Quien rompió primero con la tradición con poemas
plagados de nombres propios, poemas directos, impulsivos, autobiográficos.
O’Hara intentó atrapar la ciudad de Nueva York, sus calles y sus locales, sus
luces, sus ritmos y sus personalidades, sus estados anímicos, y Meditations in an
Emergency, su primer libro, publicado en 1957, da buena cuenta de ello. Esa
voluntad de juego está presente ya en el mismo título del libro, sofisticada
variación del Meditations on Emergent Ocassions, de John Donne.

En la escena del bar que comentábamos al principio de este artículo, el


joven hipster le dice a Don Draper que O’Hara escribió buena parte del libro en ese
mismo local. Porque la emergencia de las meditaciones es una emergencia
emocional pero también es una emergencia circunstancial, y se refiere a sucesos o
acontecimientos que suceden de forma imprevista. Estamos ante poemas
aparentemente espontáneos, que tienen su origen en un cuadro, un encuentro
casual, una escena, un lugar o una persona concreta. Meditaciones muchas veces
surgidas y atrapadas al vuelo. Y particiapan, sí, de ese tono melancólico y musical
que tan bien le sienta al final de los años cincuenta y principios de los sesenta.

Frank O’Hara fue además un reconocidísimo crítico de arte, y trabajó hasta su


muerte en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en donde empezó muy joven
vendiendo postales para ir ascendiendo peldaño a peldaño hasta convertirse en
comisario de exposiciones. No escondió su homosexualidad en una época en la
que no debía resultar nada fácil airearla. Su poesía, su trabajo en el MoMa, sus
críticas de arte para la prestigiosa revista Art News, su relación de estrecha
amistad con De Kooning, Larry Rivers y demás importantes pintores abstractos
hicieron de él una figura pública, un personaje de referencia en el Nueva York de la
época. Murió, ya lo hemos dicho, a los cuarenta años, atropellado en Fire Island,
en aquella época la playa de moda entre la comunidad gay de Nueva York.

Pero ya es hora de volver al principio de este artículo y al final de estas líneas,


volver a los versos que Don Draper recita mentalmente mientras se dirige al buzón
de correos de su vecindario. Los transcribo de nuevo, esta vez en una versión
aproximada en español.

Ahora espero pacientemente la catástrofe de mi personalidad


para volver a sentirme hermoso
interesante y moderno.

El campo está gris y


marrón y blancos los árboles,
nieves y cielos de risas
siempre disminuyendo, menos graciosos
no solo más oscuros, no solo grises.

Podría ser el día más frío delaño, ¿qué piensa él al respecto?


Quiero decir, ¿qué pienso yo? Y si pienso
tal vez vuelva a ser yo mismo.

Pertenecen, ya lo dije, a un poema mucho más largo, «Mayakovski», que O’Hara


escribió para superar el abandono de un amante. Son los últimos versos del
poema, y si bien esto puede explicar la aparente dificultad de los mismos, también
es cierto que así, despojados de su sentido general, le sirven a Matthew Weiner a
la perfección para describir el estado de ánimo de Don Draper durante toda esta
temporada.

La emergencia planea sobre la segunda temporada de Mad Men. Recordemos que


estamos en 1962, el año de la muerte de Marilyn Monroe, sí, pero sobre todo el
año de la crisis de los misiles en Cuba, cuyo desarrollo seguirán atentamente los
protagonistas en la serie de televisión. La crisis internacional representa a un
tiempo el punto álgido de la guerra fría y, también, el punto culminante de una
temporada en la que todos los personajes, de un modo u otro, van a tener que
afrontar su propia emergencia, sus respectivas crisis personales. Don Draper vive
envuelto en una profunda crisis de identidad que le lleva a cuestionarse su
matrimonio, su trabajo, su posición en la vida, el engaño que supone su existencia
al ocupar el lugar de alguien que en realidad no es. En la temporada anterior, la
primera, supimos que Don Draper no era en realidad Don Draper sino Dick
Whitman. Supimos que durante la guerra de Corea Whitman ha suplantado la
personalidad de Draper, un compañero muerto en combate. Y que Whitman tenía
un hermano que a punto estuvo de desvelar el engaño.

En la escena de la segunda temporada que mencionábamos, el protagonista


escribe en su ejemplar de Meditations in an Emergency una dedicatoria: «Me ha
hecho pensar en ti», antes de meter el libro en un sobre y enviarlo por correo a un
destinatario desconocido para los espectadores. No sabremos para quién era el
envío hasta bastante más adelante, hasta el capítulo 12, momento en el que la
catástrofe de Draper, «la catástrofe de mi personalidad», se encuentra en su
apogeo.
Ahora sabremos que la destinataria del libro es Anna Draper, la viuda del soldado
suplantado. Don ha dejado Nueva York envuelto en todo tipo de tormentas. Betty,
su mujer, ha descubierto el romance que llevaba tiempo manteniendo con una
mujer casada y lo ha echado de casa; la agencia de publicidad está a punto de irse
al traste… Y viaja a California, a casa de Anna Draper, con la que, nos enteramos,
no ha perdido el contacto durante todos los años anteriores. Don la ha mantenido
financieramente a cambio de su silencio, y tras limar muchas asperezas, con el
paso de los años se han ido acercando hasta sentirse bien el uno junto al otro.

Anna es la única persona en el mundo con la que Don se sabe él mismo. A su lado
no existe el conflicto de personalidades, y es junto a ella cuando vemos al Don
más relajado y emocionalmente próximo de todos los Don posibles. Los últimos
versos del poema son esclarecedores: «¿Qué piensa él al respecto? / Quiero
decir, ¿qué pienso yo? Y si pienso / tal vez vuelva a ser yo mismo». En casa de
Anna no se resolverá la dicotomía del personaje, pero al menos adquirirá plena
conciencia de ella. Draper nunca dejará de ser una persona solitaria y esquiva,
alguien acostumbrado a comer solo en los bares o a dejar la oficina sin más
explicaciones para pasar la tarde viendo una película francesa en una sala de arte
y ensayo. En casa de Anna, sin embargo, descubrirá que lo «único que le priva de
ser feliz es el convencimiento de estar solo en el mundo». En el último capítulo de
la temporada, Don ha regresado a Nueva York y no solo ha conseguido volver a
ser aceptado en el hogar familiar, sino que también se las ha compuesto para
reconducir la agencia de publicidad. Junto a su mujer, embarazada, y rodeado de
sus hijos, sigue atentamente en la televisión los acontecimientos de Cuba. La
emergencia personal deja paso a la emergencia nacional. Don vuelve a ser él
mismo.  

De: https://www.jotdown.es/2019/05/meditaciones-en-una-emergencia-don-draper-y-frank-
ohara/

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