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Al principio, yo estaba fascinado con el cuento de los cómics, entonces en algún momento

empecé a publicar en periódicos y vainas allá en Medellín, yo estaba recién salido de


bachillerato, como en el 92, más o menos, aunque desde el 90 yo estaba sacando cosas
por ahí, y se formó un grupillo de autores de cómic y de humor gráfico muy primario con
el que sacamos una revista que se llamaba Agente Naranja, que fue la primera publicación
que saqué yo con otros tres amigos y unos invitados. Poco a poco, fuimos desarrollando
más la revista, que empezó a tener un contenido más ácido, más serio o más personal y
seguimos sacándola durante varios años. Después nos juntamos con Andrés Buitrago y
Marco Noreña y Teuón, ellos tenían su revista que se llamaba Sudaca Cómics, nosotros
teníamos Agente Naranja y luego sacamos otra, tiempo después, que era Santa Bisagra,
como en el 95 o 96. Ahí empezamos a hacer un colectivo que se llamaba Plan 9, entonces
ya teníamos varios fanzines, varias revistas con un tiraje más o menos grande, como de
dos mil ejemplares que, para esa época, e incluso ahora, es harto. Por esa ápoca había
otros personajes que también tenían sus fanzines dentro de esa misma estructura que era
Plan 9, entonces ya había otros cómics, fanzines que recopilaban cómics de amigos, cada
uno con cierta tendencia editorial: de pronto absurdo, o groserías solamente o lo que sea.
Y entonces así salió una que se llamaba Culo, otra que se llamaba Puta Vida y ya en esa
época teníamos algo así como siete fanzines entre todo el colectivo, siete títulos de
fanzines que tenían periodicidad o no: unos salieron una vez, otros salieron tres veces,
otros salieron cinco. De Agente Naranja salieron seis números, de Santa Bisagra tres, de
Sudaca dos y quedó el tercero armado, pues nunca se publicó aunque existía el material.
De los otros si eran de a uno. Después de eso tuvimos un montón de pleitos con ferias del
libro, con la Fiscalía –por el contenido y no sé qué huevonadas–, nos tacharon de
satánicos y nos cerraron las puertas en las librerías y en la feria del libro de Bogotá no nos
volvieron a dejar entrar jamás. El caso es que nos quebraron, porque el cuento para
nosotros de sacar los fanzines era venderlos en la feria del libro y ahí recuperar la
inversión y acceder a algún capital para reimprimir o imprimir nuevos, entonces
quedamos mamando y nos pusimos a hacer otras vainas por otros lados.

Ah, bueno, me faltaba Prozac, que también tuvo un pleito... una vez nos mamamos de
Agente Naranja, porque teníamos unos socios y los socios se fueron, entonces quisimos
cambiarle el nombre y lo cambiamos por Prozac, y no sé cómo llegó la información hasta
el laboratorio este de Eli Lilly and Company, de que estábamos haciendo una revista de
cómics con contenido moralmente incorrecto y no sé qué, entonces nos llamó también el
abogado de ellos a ponernos pelea, porque estábamos usando el nombre "Prozac" sin
licencia y que aparte éramos cochinos.

Por esa época, en Bogotá, estaba la revista Acme, mientras que en Medellín estaba
Agente Naranja, que eran netamente de cómics. Uno de los dueños de Acme era un
distribuidor nacional de revistas, la Librería Francesa, entonces llegaba con esa vaina y la
hacía circular para toda Colombia y Leonardo Rincón [el otro socio] era profesor de la
Universidad Nacional y tenía un montón de nexos con el Ministerio de cultura o yo no sé
qué carajos, entonces se ganaron también unas platas ahí de unas becas y eso los impulsó
un montón. Nosotros éramos unos pelaos que apenas estábamos sacando cómics y
viendo cómo los podíamos imprimir y pare de contar, entonces sacábamos cualquier cosa
que nos saliera de las tripas. Santa Bisagra era con Diego Luis Jaramillo que era como el
partner ahí, y con él decidimos que no íbamos a hacer nada cómico, nada chistoso, sino
más bien una propuesta de transgresión y, en un momento en que el fanzín solamente era
en fotocopia, quisimos mostrar ese contenido de trasgresión, de ser políticamente
incorrecto que posee un fanzin, pero bien impreso, bien presentado, bien bonito, como
para mostrarlo de una manera diferente y que la gente le parara bolas de otras maneras,
no que solamente viera el folleto, o el panfleto mal impreso y sin una estructura clara de
lo que quiere decir, sino que queríamos enfocarlo de otra manera, y entonces Santa
Bisagra tenía cuatro pilares que eran: necrofilia, sexo, depresión y diversión... eran cuatro
temas que queríamos abordar Diego y yo, junto a algunos invitados a quienes que de vez
en cuando les decíamos: “tenga aquí un par de páginas y haga lo que le dé la gana” y ya,
eso salió así. Fue chistoso porque, como la revista tenía una presentación decente –era
una portada plateada, bien diseñadita– entonces la gente en las librerías de las ciudades
ni siquiera la veía por dentro, no sabía que era una cosa así fuerte, que tenía vaginas y
gente comiendo mierda, literalmente, y entonces la vendían, a finales de los 90, en la
Librería Nacional tranquilamente hasta que alguien algún día la compró, la abrió y se
quejó y después otro y no sé qué mierda, entonces eso fue otro cuento.

Entonces, con Diego Luis, con quien habíamos hecho Agente Naranja, Prozac y Santa
Bisagra, nos juntamos para empezar a hacer audiovisuales, empezamos a hacer falsos
documentales: uno que se llama Buscando a Wilmar e hicimos animación también, con un
cómic que yo tenía de la Caperucita Roja en versión paisa, hicimos esa vaina y con eso nos
contactaron por acá en Bogotá en una productora que quería hacer una telenovela
animada y nos contrataron. Entonces nos dedicamos un tiempo a hacer esas cosas. Eso
fue un limbo raro porque ya acá en Bogotá no hice mucho respecto a fanzines de cómics
ni nada, sino que me puse a hacerle, con Rodrigo Duarte, a Cinema Zombie, como en el
2004, en el Museo de Arte Moderno, entonces arrancamos con eso, que es un espacio de
muestra de películas de serie B, de terror bizarro, películas de culto, todo un montón de
películas...

A ver, realmente, las películas con las que yo me crié eran películas así, eran Reanimator o
Comando o películas de Chuck Norris, o de cocodrilos gigantes con muy mala producción y
en cines muy peyes donde estaban un montón de cacorros echándole el ojo a todos los
pelaos… entonces me parece, no que se vaya a repetir esa atmósfera, pero las películas de
por sí todavía contienen esa especie de insanidad o de una naturaleza muy pura de
mostrar las cosas, porque muchas veces se trata de un director que solamente quería
hacer la película, y uno no sabe ni siquiera cómo se llama el director, pero el man la sacó
como pudo y es una película de una niña que violaron siete veces y después crece y se va a
vengar de sus violadores... entonces uno dice: “marica, de dónde sacan esa vaina” y eso ya
no se va a volver a ver, pues, como que ver una película donde haya una menor de edad
desnuda, eso ya jamás en la vida, o que haya una repetición de violación bien burda, eso
tampoco lo tocan mucho, pues. Entonces es bueno mostrar esas películas, que son de los
setenta o sesenta y que están más avanzadas que lo que está pasando ahora.

Hay muchas cosas ahí para pensar, una es que la gente soporta más fácil lo que ve en vivo
y en directo que lo que ve a través de la pantalla, pues si ven una telenovela de mafiosos o
de paracos, como esa que están pasando de Los tres Caínes, están aterrorizados, pero qué
decían cuando todo estaba pasando –y sigue pasando–... están ahí diciendo que la
televisión es una mierda, y eso ya lo sabemos hace rato, pero lo que están realmente
diciendo es: “ay, no, qué cosa tan horrible lo que están mostrando”, pero, eso sí, nunca se
ponen en el lugar de la gente que está comiendo mierda justo al lado, todos los días en la
calle y, ¿no es eso peor, pues, que ver a un actor recreando una cosa que ya pasó?
¡Supérenlo! Yo sé que eso no pasa solamente en Colombia, aquí somos unos hijueputas,
pero yo creo que en todo el mundo pasa o mismo, que si alguien llega y representa algo,
la gente se lo cree mucho más que si lo está viendo realmente. Entonces un día estábamos
pasando A serbian film, y un man salió todo indignado y escupió a Rodrigo… nos han
insultado mal, y uno piensa: “oye, pues, ¿me van a matar por poner una película? ¡No
jodás!”.

Nosotros cogimos el nombre "Cinema Zombie" no tanto por el fenómeno zombi como tal,
sino como una cosa de cine que en algún momento estuvo enterrada y que nosotros
queríamos revivir, resucitar. Y como todas esas películas eran marginales y de terror, se
llegó a todo ese cuento, pues pegaba bien el nombre. Igual, el nombre también viene de
una gente de Medellín con la que nosotros trabajábamos allá y también tienen un espacio
similar a este.

La cosa es que siempre nos lo tomamos muy en serio, aunque sean películas que en su
factura pueden ser chistosas o no pueden ser las mejores; pero también hay películas muy
bien hechas que también estaban enterradas... por ejemplo, nosotros empezamos, en la
primera temporada, con El topo de Jodorowsky y pasamos Pink flamingos, de John
Waters, que son películas grandes y que fueron hitos en su época, y sí, estábamos
poniendo ciertas películas que pueden ser transgresoras, o que pueden ser divertidas, o
que pueden ser solamente basura, pero estábamos en un contexto en el que las
queríamos rescatar y ponerlas en un punto alto. Y eso también lo acompañamos con
impresos, o hablando sobre las películas, sobre los directores que íbamos a presentar y
eso le empezó a dar un soporte para que la gente entendiera por qué estábamos pasando
estas películas y que no fuera solamente un chiste.

Nosotros empezamos como un cine club, en el Museo, y hacíamos temporadas con trece
películas, algo así. Ahora se ha convertido, desde hace cuatro años, en un festival que dura
una semana y que tiene retrospectivas de películas antiguas, tiene invitados
internacionales y una selección oficial de largometrajes y cortometrajes que, el año
pasado, eran unos 150 títulos. Aparte de eso, estamos ahora convocando a la gente para
que haga un filminuto relacionado con el tema central del festival. El del año pasado fue
“el hombre contra la ciencia” y el de este año, que será en octubre, es “mujeres locas” y la
idea es que la gente haga un filminuto con la tecnología que tenga a mano, con su
teléfono, su computador o lo que tenga a mano, que lo haga y ya, como para espantar
esos malos espíritus del cineasta colombiano que se gasta mil millones de pesos en una
película que va a durar dos semanas en cartelera y que no va a ver ni Dios.

En todo caso, sería bueno llegar a un acuerdo con las entidades gubernamentales para
crear un presupuesto para este tipo de películas, que no se gastan tanto dinero pero que
son efectivas y que pueden ser más entretenidas. La mayoría de cosas colombianas
buenas que he pillado son, bueno, Adolfo X, que es un paisa que hace una especie de
películas de acción estilo los hermanos Wachowsky pero en versión paisa; hay otra gente
de Pereira que se llama Pereirywood, que hicieron ahorita El carnicero paraco, una
película de comedia-gore; bueno y hay varia gente por ahí que está haciendo cosas más o
menos bien pero estos dos son los dos que están dándole bastante al asunto, tienen
escuela para actores y hacen efectos especiales, están como bien, pero todo lo hacen con
plata de ellos mismos, pues no hay nada de ayuda estatal.

Ahora queremos empezar a producir, hacer películas que muestran otro cine diferente al
que se muestra generalmente en Colombia, a ese de la “realidad nacional, social” de los
indígenas o de las minorías étnicas y, bueno, toda esa vaina medio paisajística donde…
"Colombia es pasión". Y bueno, también hay un par de documentales entre manos, la idea
es hacer uno sobre el cómic en Colombia y otro sobre Jairo Pinilla, porque nunca se ha
hecho un documental riguroso y serio de lo que él es, aparte de la figura pintoresca, y es
que las películas de Pinilla han sido las más taquilleras en Colombia y eso no ha sido
reconocido tampoco. Ahora salen todas esas películas como La sirga, Chocó y todas estas
vainas que pueden estar bien de alguna manera, pero que son películas que solo van a ver
los personajes dentro del mismo círculo cinematográfico y eso no nos interesa.
Realmente, si para hacer cine nos vamos a gastar mil millones de pesos, que al menos lo
vea la gente y que la gente se divierta y que, maldita sea, esa plata la puso la misma gente
con sus impuestos para que le dieran a ese director y a ese equipo de trabajo… entonces
sería bueno replantear un poco todos esos estándares de producción y mirar también qué
producto va a salir realmente al cine, que no sea solamente para darse un placer los unos
a los otros diciendo “uy, qué bonita te quedó tu película, qué bonita fotografía, pues”.

El otro día estaba hablando con alguien de esas películas-para-festival, para festival
extranjero, incluso, y de cómo esos festivales presentan este tipo de películas porque les
interesa ver a una Colombia rural, una Colombia con negritos pobres, una Colombia con
problemas socios políticos y no sé qué mierda, pero no les interesa mostrar como otro
tipo de Colombia... no sé, la historia de tres pelaos que se fueron de rumba y les pasó
algo...

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