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El festín de los puercos

Eduardo Antonio Parra

Es el infierno, piensa el subteniente. Lo piensa mientras las primeras gotas de llovizna se estrellan
en su quepis. El infierno. ¿En qué otro sitio podría existir un hatajo de puercos caníbales? En vano
rasca su memoria buscando imágenes semejantes a la de este pueblo en llamas. Peor que el
infierno. Puercos del infierno, se dice una vez más y procura borrar sus pensamientos, apartarlos
de sí, para que no estorben su misión. El olor a lodo y humo que lo vino siguiendo desde el cuartel
se enreda ahora con el fuerte tufo de la sangre, de piel y cabelleras chamuscadas, de la carne
descompuesta. Y entonces el mismo pensamiento, obsesivo, giratorio, ocupa de nuevo su mente
cuando recuerda ciertas lecturas, los cuentos de su abuela, las descripciones de los curas durante
los sermones. El infierno. ¿Cuántos muertos hay entre las ruinas, hundidos en el zoquete, en los
bosques aledaños? El subte niente sacude la cabeza, estornuda en silencio, escupe al lado sin
detener su avance. Camina despacio, con el fusil listo para el disparo, los oídos atentos al ruido de
la noche. Pisa con tiento y trata de mirar entre las sombras. Pero las sombras lo tienen cercado, se
embarran pesadas y viscosas en su cuerpo, le aplastan los hombros y la cabeza, estorban sus
movimientos y entumen sus miembros. Al abrir la boca, el subteniente mastica su consistencia
terrosa. Por eso escupe otra vez, para librarse de las sombras que tan sólo se rompen un poco más
allá, en los restos del incendio de la iglesia: ese horno donde se quemaron vivos muchos de los
rebeldes.

Ese infierno. Su misión es explorar los restos del poblado. Debe asegurarse de que no haya
enemigos fuera de los muros de la casa de Cruz Chávez. Pero el subteniente sabe que ya casi no
resta ninguno. ¿Cuántos serían capaces de sobrevivir a ese sitio? Todos vieron, él mismo vio a los
que se rindieron horas antes con el fin de salvar la vida. ¿Y cuánta vida les queda?, se pregunta.
Era una masa de moribundos. Sedientos, muertos de hambre. Como procesión de fantasmas
rumbo a los tribunales del juicio final. Las familias de los caídos, dijo alguien. Viudas y huérfanos
con los ojos amoratados y las bocas ávidas, abiertas, como si quisieran morder el aire para sentir
algo en el estómago. Al verlos, el subteniente creyó que la lucha había terminado, que con el
triunfo el ejército se cubría de gloria. Gloria, sí. Mas pronto llegó la decepción. Aún hay rebeldes
en el pueblo, dijo un superior. Están atrincherados en casa de Cruz Chávez. Por eso, mientras el
subteniente y un grupo de infantes peinan los escombros de Tomóchic, allá en la loma los
comandantes preparan el ataque final. Una incursión completa destinada a borrar de la tierra y de
la memoria de los hombres un pequeño pueblo en un rincón de México que se atrevió a
levantarse contra el Supremo Gobierno.

No hay nadie aquí, piensa y su pensamiento se interrumpe al advertir que ha pisado una mano
yerta. Asqueado, sin saber si aún pertenece a algún cadáver o se trata de un despojo suelto, retira
el pie y desvía sus pasos. Nadie, salvo las ánimas de los difuntos. Ánimas en pena, se dice mientras
recuerda cómo los vio morir uno a uno desde la loma desde donde contemplaba el combate como
soldado de reserva, y piensa: como malditos héroes, como seres mitológicos. Caían apretando el
winchester con las manos, la boca masticando espuma colorada, valerosos aun en el instante de la
muerte, sin dejar de disparar ni al sentir que la metralla de los federales despedazaba su cuerpo,
satisfechos de haberse llevado por delante por lo menos a unos cuantos enemigos. Carajos
tomoches, se dice el subteniente con admiración, con rencor, con vergüenza. ¿Tanto valor para
esto? Echa una ojeada a las sombras que envuelven el pueblo destruido e imagina en ellas las
mandibu-

las de los puercos triturando los miembros de los cadáveres.

Horror, asco que en un segundo se convierte en desprecio hacia los enemigos. Nada, ni siquiera
Teresa Urrea, su famosa santa de Cabora pudo ayudarlos contra una fuerza tan grande, piensa.
¿Qué fue del gran poder de Dios? Ilusos pendejos. En un ademán inconsciente, aunque lleno de
orgullo, acaricia el cañón de su fusil en tanto se pregunta cuántos soldados habrán partido al otro
mundo a causa de sus disparos. Por lo menos tuve mi bautizo en combate, se ufana. Ya no soy un
simple soldado de banqueta. Pero está a punto de soltar el arma cuando un bulto negro pasa
arrastrándose a su lado antes de desaparecer en la oscuridad, dejando en el silencio una estela de
gruñidos. Ah, cabrón, murmura el subteniente sin tiempo de disparar. Se detiene. Aguza el oído.
Entre los tamborazos del pecho sólo alcanza a percibir el jadeo intermitente de la noche: llovizna,
viento, croar de sapos, chirriar de insectos invisibles, ladridos, gruñidos remotos. Sacude con una
mano las sombras que ciñen su cabeza y atrás distingue el rumor de sus compañeros de patrulla,
el cencerro agudo de alguna cabra que palpita en latidos cortos y rápidos. Más allá adivina el
chisporroteo del agua sobre las fogatas del campamento, un canto desafinado, el gemir
melancólico de una armónica. Visualiza a sus compañeros al calor del fuego y entonces el frío de la
sierra se le viene encima. Es un frío que no había sentido en mucho rato, ocupado como estaba
con su miedo. Un frío que paraliza, que vuelve sólidas las sombras, que sofoca los sonidos. Un frío
de infierno que, al hacerse patente de pronto, se adhiere como escarcha a la angustia del subte
niente que continúa con la vista fija en el lugar por donde desapareció el bulto negro. Tranquilo,
Heriberto, se dice. Debió de ser un animal. Quizás un perro. Pero piensa: o un puerco. Intenta
normalizar su respiración, su latir enloquecido. Aspira profundo y esta vez sus fosas nasales se
llenan del olor a cansancio y angustia que proviene de su propio cuerpo entumido y sudoroso. El
aroma de mi vida, sonríe con amargura.Todos los alzados han muerto o esperan la muerte en casa
de Cruz Chávez, se repite una vez más, como si memorizara el informe que dará a sus superiores al
regresar al campamento.

Enseguida añade para sí: tranquilo, no fue más que un puerco. Prosigue su avance. Hunde las
botas en el lodo. Abre los oídos pero un silencio enorme, semejante al que minutos atrás
provocaba su miedo, ha vuelto a cegar sus tímpanos. Lo reconoce: es el silencio que ocupa los
rincones de Tomóchic, el que cae con las gotas de llovizna, se agita con el viento en las hojas de los
árboles, crepita en el fuego, tiembla en los movimientos y calla en las bocas de los infantes a su
espalda. El silencio de la angustia. Volvió a cundir, ahora lo sabe, cuando pensó que pudo haber
sido un puerco lo que pasó a su lado. Los avistaron por vez primera desde la loma la tarde del día
anterior.

Una de las soldaderas dio la voz. Vengan a mirar, gritó, no van a creer esto. Deambulaban entre los
escombros de las casas. Grandes, gordos, hambrientos, salvajes como jabalíes. Andaban en
grupos, se disgregaban y volvían a juntarse. De tanto en tanto hacían un alto para enterrar el
hocico en el lodazal. Buscan bellotas, a lo mejor alguna mazorca o de perdida un olote, explicó un
cabo. No seas buey, lo atajó la mujer, fíjate bien. Y todos se fijaron. Al principio batallaron

para distinguir, por la distancia, pero con un esfuerzo poco a poco alcanzaron a ver cómo el más
grande de los puercos, semejante a un toro negro, luchaba con algo a ras del suelo. Las otras
bestias se arrimaron a él. ¿Habrá encontrado una raíz?, se preguntó el subteniente. ¡Están
tragándose a un cristiano!, gritó el cabo. ¡Puercos cabrones! Y de pronto todo el puesto de
observación vibró de ansiedad, de movimiento, de voces. ¿Es uno de los nuestros?, preguntó un
soldado. ¡Eso qué importa! ¡Es un cristiano! ¡Claro que importa! ¡Si se trata de un soldado federal
la cosa es más grave! El asco atenazó al subteniente. Asco provocado por el espectáculo que
apenas atisbaba en la hondura del valle y acentuado por los comentarios de los hombres a su
alrededor. Aun así, salió corriendo a su tienda de campaña para buscar un catalejo. Volvió cuando
el puesto de observación ya reventaba de militares. Mientras escuchaba los insultos de la tropa,
vio a través del tubo cómo un grupo de cerdos se cebaba en un cadáver: arrancaban trozos, se los
disputaban hocico con hocico igual que hienas, se lanzaban tarascadas unos a otros con el fin de
ahuyentarse. Las bestias cobardes rehuían la pelea, pero pronto hallaban otro cuerpo caído para
hozar en él. La discusión sobre si se trataba de federales o rebeldes siguió por un rato, hasta que
un capitán le puso fin. Se trata de tomoches, dijo. No cabe duda. ¿Cómo puede estar tan seguro,
mi capitán? Miren bien, respondió. Ahí, donde hay más tumulto. Los animales más chicos no son
puercos. Son perros. Están defendiendo los cadáveres de sus amos.Tranquilo, Heriberto, se repite
con insistencia y avanza otros dos pasos rumbo al incendio de la iglesia, donde las sombras se
desdibujan agitándose entre rescoldos rojos. Tiembla de frío, de aprehensión. Los dientes le
castañetean y sólo puede evitar el ruido apretando mucho las mandíbulas. Una idea atroz le
ronda la cabeza: si la bala de un rebelde me tumbara, ¿cuánto tardaría en llegar el primer puerco?
Tiembla de nuevo; ahora con un estremecimiento larguísimo, intenso. Las bestias no esperarían su
muerte. Ni siquiera se tomarían el trabajo de rematarlo. Comenzarían a comérselo aún vivo. Llega
hasta el muro de una de las viviendas derruidas y pega la espalda a los adobes. No piensa moverse
más. El miedo lo hace jadear. El rostro, el cuello, todo su cuerpo está empapado, pero no a causa
de la llovizna, sino por el sudor sucio, amargo, que desdibuja los otros olores en torno suyo.
Incluso el olor de los cadáveres. ¿Para esto te entraste en el ejército, Heriberto?, se pregunta.
¿Para esto dejaste los libros? Eres un imbécil. Deseabas vivir el heroísmo y hasta ahora sólo has
visto cómo caen los verdaderos héroes asesinados por ti y por tus compañeros de armas. ¿Esto es
la gloria? Quizá. ¿Y entonces el miedo que no te permite moverte, que te inutiliza para cualquier
otra cosa que no sea jadear mientras piensas en la muerte? Carajo, malditos tomoches. Malditos
puercos. Por un segundo, en su mente, alzados y bestias son la misma cosa: emisarios de este
infierno vivo en que se ha convertido el pueblo de Tomóchic. Un infierno que en cualquier
momento puede extender sus garras para jalarlo al abismo. ¿Cómo librarse de él? ¿Cómo
conjurarlo? Mientras distingue las sombras de los infantes de su patrulla arrimándose al mismo
muro, el subteniente se imagina sentado en su escritorio, abierto junto a él uno de sus libros
favoritos, la pluma entre sus dedos rasgando un pliego de papel en blanco. ¿Por qué soy militar?,
se pregunta. Si lo que yo deseo es escribir. Malditos tomoches. Malditos puercos.

A unos pasos sus subordinados murmuran entre sí. No los ve con claridad, pero puede oír sus
voces entrecortadas, el crujir de sus esqueletos. Hablan de los puercos. Todos temen a los puercos
más que a los rebeldes. Les tenemos miedo porque somos como ellos, piensa el subteniente y ese
pensamiento lo llena a un tiempo de vergüenza y satisfacción. Aunque amarga, es una idea que lo
distrae de su angustia. Sí, se dice, como puercos nos lanzamos sobre los restos de Tomóchic, de los
que no vamos a dejar nada. Nosotros, y los gene rales, y los caciques, y la Iglesia, y los extranjeros
dueños de las minas, y el presidente Díaz.
Somos puercos que devoramos el cadáver de este pobre pueblo después de verlo defenderse
hasta morir. No soportamos a los héroes. Nos dan miedo. Hay que borrarlos de la memoria de los
hombres. Ésas fueron las órdenes de don Porfirio. Debemos cumplirlas. Mi subteniente, dice
entonces el soldado junto a él, aquí no hay nadie. ¿Por qué no nos volvemos? Quiere responder
que sí, que hay que regresar a la seguridad del campamento, a la loma, lejos de este infierno de
ruinas, ánimas en pena, rescoldos de incendios, bestias caníbales y deshonor, más en cuanto
separa los labios siente que un gemido está a punto de brotar de su garganta. Toma aire, repasa
dos veces en la mente sus palabras y, cuando cree que ya posee de nuevo voz, repite la
ordenanza: no vamos a retirarnos hasta que nos den la instrucción. Fue apenas un bisbiseo, pero
al terminar de pronunciarlo el subteniente nota que a su alrededor el silencio adquiere
consistencia, espesura, profundidad. Como él, los soldados callan porque, lo sabe, están
recordando la escena del día anterior.

Perros y cerdos se enfrentaban con furia sobre los cadáveres de los alzados. Hasta la loma
llegaban los ladridos furiosos, un tanto débiles por la lejanía, y de vez en vez el chillido de un
marrano cuan do alguno de los canes le arrancaba una oreja o la cola, o lograba prensarle una
pata. El subteniente seguía el zafarrancho a través de su catalejo. Los perros sangraban, heridos en
todo el cuerpo, pero continuaban peleando con gallardía digna de admiración. Sin embargo, luego
de unos minutos sucumbieron ante el tamaño, la fuerza y la superioridad numérica de sus
contrincantes. Igual que sus amos, se dice el subteniente mientras observa a sus subordinados
que, en posición de firmes, tratan de confundirse con el muro de adobe. Después la carnicería fue
espantosa. Los hocicos de los puercos cayeron sobre los vientres aún palpitantes de los perros
moribundos, los reventaron a mordidas, arrancando tripas y órganos hasta que sólo quedaron
restos de esqueletos entre los charcos de lodo.

Cuando acabaron con los canes, se fueron ansiosos a seguir con los cuerpos de los amos. El primer
militar a quien la ira enloqueció fue el subteniente. Sacó la pistola y disparó el cargador completo
sobre aquella grotesca comilona. Los demás lo imitaron. Pero la distancia era mucha y las balas
nomás levantaban chisguetes ocres lejos de los puercos, que masticaban la carne humana sin
inmutarse. De pronto una bestia se vino abajo.

Pegó un chillido que retumbó en el valle y comenzó a revolcarse en el zoquetal. Cuando intentaba
levantarse, otro puerco se le fue encima. Enseguida llegaron más. Los chillidos se multiplicaron y la
escena se tornó un caos de fauces, pataleos y mordidas que los militares tuvieron que dejar de ver
para buscar un parapeto, porque desde la casa de Cruz Chávez los últimos tomoches comenzaron
a responder un fuego que esta vez no iba dirigido a ellos. La confusión de la guerra, piensa ahora
el subteniente. Después de tanto tiroteo lo único que logramos sacar en claro es que los puercos,
como nosotros los humanos, devoran lo que tienen enfrente, incluso a ellos mismos.

Un lejano toque de corneta que se desgaja en ecos múltiples sobre el valle lo rescata de sus
recuerdos. ¿Es la orden para volver al campamento? No pudo reconocerla. El subteniente se
vuelve hacia sus subordinados y sólo distingue cinco bultos chaparros hechos bola contra el muro.
Comprende que se están ocultando cuando escucha pisadas del otro lado de las ruinas de la
vivienda. ¿Puercos? ¿Enemigos? Aferra el cañón de su fusil, mas no se mueve. La corneta vuelve a
lanzar sus notas a la profundidad de la noche. Sí, es la orden esperada. Carajo, justo ahora, cuando
no puede cumplirla, ni siquiera moverse. En este instante no siente admiración por los alzados. Su
inconciencia al enfrentarse al ejército federal ya no le despierta respeto, sino odio. De no ser por
ellos, Heriberto, no estarías aquí, en medio de la Sierra Tarahumara, aterrorizado por los rifl es de
esos mestizos cazadores de pieles rojas y por los puercos. Estarías en el cuartel, en la ciudad de
México, leyendo o escribiendo. Las pisadas se oyen cada vez más cerca, chacualean en el lodo,
avanzan, se detienen, avanzan de nuevo. El subteniente escucha latir los corazones de sus
subordinados, pero no el suyo. ¿Y si se tratara de otra patrulla del ejército?

No, esa voz que susurra es de mujer. Son los rebeldes. Salieron de casa de Cruz Chávez a buscar un
poco de comida para morir de bala y no de hambre. El subteniente hunde la espalda en los adobes
mientras siente cómo un duro oleaje le asciende por la garganta con el sabor de la hiel. Cuidado
con los tomoches, se dice. No se expongan a sus rifl es. Tienen puntería de apaches, cuerda la voz
del general. Sus piernas están a punto de no sostenerlo más. El miedo es una hoja metálica que
gira, dolorosa, en el estómago. Deja la espada, Heriberto, y toma la pluma, escucha dentro de su
cráneo. Malditos fanáticos, piensa. Mal-

dita santa de Cabora que los azuzó contra el gobierno.

Cuando, tras haber permanecido engarruñados durante una eternidad, sus subordinados
comienzan a erguirse entre tronidos de huesos, a rodearlo, a estirar sus manos hacia él y tocarlo
para comprobar que sigue vivo y está consciente, el subteniente comprende que el peligro ha
pasado. Los tomoches se fueron, dice un miembro de la patrulla. Han de estar ya de vuelta en casa
de Cruz Chávez. Ya nos tocaron la orden varias veces, mi subteniente, dice otro. Vámonos. Dos
hombres lo toman de los brazos y comienzan a caminar rumbo a las afueras de lo que era el
pueblo. Entonces, con un remanso de alivio, al subteniente le llega la certeza de que no morirá en
Tomóchic, de que los cerdos no se cebarán en su carne inerte, de que regresará a la capital y algún
día escribirá un poema épico que recuerde la matanza. Sí, como Troya para Homero, este pueblo
en llamas se con vertirá en materia de su obra. Sólo tiene que dejarse conducir por sus
subordinados, caminar, caminar con zancadas cada vez más largas igual que ellos, subir la loma
dando el santo y seña, y llegar sano, entero, vivo, al campamento para rendir su informe a los
superiores: no, mi general. Ningún vivo en lo que resta de las casas, ni en la iglesia, ni entre los
escombros. Los sobrevivientes se concentran en casa de Cruz Chávez, donde aguardan nuestro
ataque para que por fin los quitemos de penar. Lo único que vimos en Tomóchic fueron puercos.
Sí, mi general, nomás puercos.

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