C r e aci ón y m ás ________________________________________________________

Año III, Vol. 1, N° 4 | Cajamarca, II semestre de 2009 - Colaboraciones: kcreatinnorg@yahoo.es

Kcreatinn
LUIS
York, 26 de julio de 1971) reproducida de: www.atinachile.cl

ESPECIAL: J O R G E
Imagen: Jorge Luis Borges Fotografia de Diane Arbus (Nueva York, 14 de marzo de 1923 - Greenwich, Nueva

BORGES

Borges, contador de sílabas [Fernando del Val]--------------------------------------2 Identidades usurpadas y máscaras mutables en El jardín de al lado de José Donoso Carta a Borges

[Chrystian Zegarra]-----------------------2 [Jack Farfán Cedrón]----------------------3

El Inspector de pollos, gallinas y conejos

[Juan Vargas Velásquez]-------------------4

Borges Inmortal [Norberto Fernández]------5
Textos varios [Pedro Crenes Castro]-------6

Jorge Luis Borges

[Jack Farfán Cedrón]---------------------15

Don Quijote y las ruinas circulares Una mujer de cabellera negra

[David Arce Martino]---------------------15 [Javier Farfán Cedrón]-------------------16

Algún día, algún nombre [Valmore Muñoz Con María en el laberinto

Arteaga]---------------------------------17

[Jack Farfán cedrón]---------------------18

Viajes [Eduardo Farfán Cedrón]-----------19 Y todo da vuelta [Ídem.]-----------------20
[Jack Farfán Cedrón]---------------------23

Borges Oral, de Jorge Luis Borges

Borges: erudición y talento incomparables

[Ídem.]----------------------------------24

Ybarra contra los poetas [Rodolfo Ybarra] Premios, gloria y fortuna [Harold Alvarado

-----------------------------------------25 Tenorio]---------------------------------27

1

ENSAYO
Borges, contador de sílabas
Fernando del Val [España]

s llamativo que alguien escriba su –auto-biografía bajo la estricta voluntad de no publicarla. No, en el caso de Borges. La excentricidad es al genio lo que el huevo a la gallina. Y las prohibiciones están hechas contra los censores. En favor del orden y la creación. El caso es que una vez trazó la historia de sí, don Jorge Luis prefirió que saliera en inglés: el idioma materno hay que matarlo. Y, si no, que prenderlo fuego. Quizá las peripecias suenan siempre mejor en inglés. Luego hay quien piensa en poesía como quien actúa en inglés, una lengua consabidamente propicia para alguna creación literaria. Si, en inglés, las tonterías suenan bien, imaginamos las cosas importantes. El lugar ensombrecido que la poesía ocupa en los ensayos sobre Borges es afrentoso, ya que este pararrayos nos priva de unir la cumbre de los géneros con un autor cumbre. Su verso exalta el halo propio de la materia mientras se convierte en espíritu. Su palabra poética debe ser exhumada. “¿Y habrá suerte mejor que la ceniza / de que está hecho el olvido? / Sobre otros arrojaron los dioses la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas, / de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera; / contigo fueron más piadosos, hermano”. En poesía, Borges reflejó el ideal de permanencia. El pensamiento profundo y duradero frente a la futilidad pasajera de lo llamativo. Estas cualidades, aplicables a la vida, las halla en el arte y cobran máximo relieve cuando relata cómo Ulises llegó a su Ítaca verde y humilde como refugio. Harto de destellos y ocurrencias. Como las mejores edades para escribir poesía son la juventud y la senectud, dejó transcurrir tres décadas blancas para unir las dos maduraciones: la del frescor y la de la experiencia. El grado poético de su infinita depuración no restó alma a su poesía, llena de siglo veinte arcaico. Conservó en salmuera el chispazo y la inspiración. Se pasó toda la vida corrigiendo. Eso, cuando no quemó sus primeros libros, como el idioma, a base de ingenio e inglés. De lo que hizo en los años veinte –tres volúmenes-, dejó la mitad de la mitad. Lo que conserva, lo retoca. Tritura como un aparato digestivo eficiente. Y renuncia, básicamente, 2

E

a la obra de juventud, lo cual encaja perfectamente en su definitivo espíritu conservador. En poesía, la crítica le ha tratado discreto y él mismo se tenía por menor. Junto al Borges prosista, torrencial, hay un poeta inseguro, que confiesa “eventuales virtudes”: “Has gastado los años y te han gastado / y todavía no has escrito el poema”. Pero en el intento habita la virtud. Deja el relato en plan Don Juan, una vez lo ha conquistado en cuerpo y alma. Y se abandona a la poesía, donde se encuentra sin encontrar. Quizá, llanamente, porque es donde encontrase interés lector. Anduvo corrigiéndose hasta el 77. Pero sin salir de sus primeros textos. Corregirse no es justificación ni arrepentimiento: corregir los poemas es parte de los poemas. Forma parte de la creación. La poesía no tiene un solo trazo. Al mismo tiempo, una corrección excesiva puede dejar el cuerpo en esqueleto y, sucesivamente, en espectro. En vanguardia pictórica. Yo lamento que no viviera otros cincuenta años para que pudiera seguir puliendo los versos que escribió en su última etapa. Mientras corregía.

Identidades usurpadas y máscaras mutables en El jardín de al lado de José Donoso
Chrystian Zegarra

E

n El jardín de al lado (Barcelona: Seix Barral, 1981), José Donoso presenta una compleja metáfora acerca de la identidad y el desarraigo. La imagen del jardín es ambivalente en la medida que se configura a partir de un escenario vacío que se puebla, desde la mirada de los personajes principales del relato, con presencias duales, inexistentes, ideales transportadas desde un “allá y entonces” hacia un “aquí y ahora” propiciando la anulación de las diferencias espacio-temporales. Dentro de este juego de asociaciones mostraré cómo los narradores, Julio en los 5 primeros capítulos y Gloria en el final, organizan su existencia en base a un proceso de desdoblamiento de identidades. Como punto de partida consideraré el símbolo de la máscara como mecanismo que permite a los personajes adaptarse a las presiones del exilio voluntario y el fracaso. En este sentido Julio intenta, en momentos capitales de la novela, anular su personalidad para transmutarse en otro y de esta manera poseer una nueva naturaleza. Esta perspectiva
Kcreatinn-Creación y más

cuestiona la noción de individuo en tanto entidad unívoca. Así, prevalece la idea de que el sujeto es cambiante, inestable, disperso: no es más que una fragmentación de caretas que aparecen y desaparecen en un juego de disfraces donde la identidad permanece velada. Por esto, Julio es consciente del vínculo persona-máscara al punto de tratar de cancelarse a sí mismo para ocupar el papel de otros personajes. Un primer ejemplo de esta dinámica sería la escena del robo telefónico en la cual Bijou (adolescente perturbador) opera como guía que le permitirá a Julio descubrir facetas del submundo urbano para él desconocidas hasta entonces: “De repente comprendí…que no era tan sexual mi atracción por Bijou sino otra cosa, un deseo de apropiarme de su cuerpo, de ser él, de adjudicarme sus códigos y apetitos” (84; énfasis en el original). Al interior de la estructura mental y del sistema de valores de Julio, Bijou representa la libertad irrestricta, la conciencia ubicada más allá de la represión de la ley impuesta, el individuo que ha logrado desembarazarse de la máscara para existir. Un segundo momento en el desarrollo psíquico de Julio se presenta en el pasaje de la fiesta celebrada en el jardín del duque. Una sensación exclusiva frente a un mundo perfecto, donde cuerpos jóvenes desnudos danzan libremente, hace que este personaje intente traspasar el umbral de sí mismo, cruzar al otro lado del espejo para apoderarse de aquel joven que baila con la mujer ideal (la “madraza”) en un escenario inalcanzable: “Siento el peligro de su atracción, y quisiera meterme dentro de él, ser él, ¡sí!, ser él para cambiar mis códigos y problemas, ¡sí!, borrar mis huellas y huir en busca de otro superego o, mejor, ninguno, sólo el placer” (106; énfasis del autor). Si el deseo de convertirse en Bijou rozaba el terreno de la libertad moral del yo, en este caso la búsqueda apunta al amor. La danza de los aristócratas se remonta a una instancia ya ajena a Julio debido al desgaste corpóreo al cual se ve ahora sometido. Eso dicho, el anhelo del jardín es también la nostalgia del cuerpo y del amor erótico desaparecidos, de allí las referencias al mundo idealizado de las esculturas de Brancusi o a la dualidad pasado / presente de la Odalisca-Gloria. Ahora bien, la instancia definitiva por la cual se agudiza el problema identitario planteado a lo largo de la novela se realiza en el viaje a Tánger y en la visita al mercado laberíntico de El Zoco. Acá se produce una inversión del rol asumido por Julio: deja de ser contemplador pasivo para convertirse en protagonista integrado al caos circundante. La realidad como espejo despiadado: el jardín de la infancia como belleza en decadencia después de la muerte de la madre, genera en Julio el deseo de proyectarse más 3

allá de sí mismo para fusionarse con el mendigo (elemento ajeno, extraño, verdugo): “Envidia: quiero ser ese hombre, meterme dentro de su piel enfermiza y de su hambre para así no tener esperanza de nada ni temer nada” (239; énfasis mío). El cruce de identidades para asumirse en otra opuesta a la presente es la característica dominante de este peregrinaje por el infierno de El Zoco. Julio es incapaz de lograr lo que busca en este recinto asfixiante, al punto de exigir la presencia de BijouVirgilio para transitar por lo desconocido y poder sumergirse en el refugio multifacético de las múltiples máscaras a su alcance. El tema del desdoblamiento como forma de la identidad personal constituye un leit-motiv dentro de la literatura contemporánea. En la novela de Donoso este mecanismo es también significativo en el caso de Gloria. Ella se posesiona de su esposo para transmitir el relato, como se descubre al leer el capitulo 6, problematizando la inestable división entre el yo y el otro. Es por esto que la agente literaria Nuria Monclús reconoce que el principal mérito de la novela de Gloria es “haberme logrado meter dentro de la piel de un personaje tan distinto a lo que yo soy” (247). Este cruce de perspectivas produce la ilusión de que el individuo sólo puede definirse en la medida que haya un otro que lo complemente; así, Julio y Gloria se ensamblan uno al otro como dualidad, siendo casi imposible distinguir dónde empiezan y terminan sus límites propios. Sin embargo, esta visión integrada del yo no es perfecta, ya que cada uno de ellos posee un mundo privado inaccesible que tiene como único correlato el silencio: para Gloria sus diarios que son el germen de su escritura y para Julio la madrugada en que deja el hotel en Tánger para ir en busca del mendigo. Pero estos vacíos, estos jardines personales, dan mayor sentido y complejidad a la vida. Al final, El jardín de al lado se convierte en un lugar donde las fronteras se disuelven, en un espejo refractario donde el ser humano no es más que una máscara de la otredad.

TEXTOS HÍBRIDOS
Carta a Borges
Jack Farfán Cedrón

Borges, anoche tuve un sueño horrible. Queridoque me conducían a un manicomio. Te Soñé comento esto ya que tú nunca hablas de estos lugares
Kcreatinn-Creación y más

en tus libros. Me los he leído todos, excepto algunos en colaboración. Los manicomios son lugares de reposo pero también de desesperación, querido Borges. A veces pasan mujeres silenciosas por los pasillos y a veces se me quedan mirando en la rotonda como queriendo salir de dudas blancas, de blancas arenas que son el tiempo que no se puede amonedar. Hay una muy joven, pálida ella, como las mujeres que te hacían sufrir, viejo lúcido, como aquellas que derramaron más de una lágrima en tus ojos de tigre de ocaso; quizá eso fue lo que te llevó a escribir casi nada sobre ellas. Todo fueron viajes, lugares antiguos, cosmogonías y animales fantásticos; algunos imaginarios, algunos reales. Un mapa extraviado en el fondo de una cueva, una esfera perfecta desde donde se podían vislumbrar todos los lugares que no habías conocido, todas las mujeres a las que no habías bendecido con el suave parpadear de tu mirada, tu mirada como un ocaso que fenece siempre, que siempre nos da el último calor de la tarde, que es el más tierno. Borges, encuentro una buena conversación en el manicomio y esperas y campos vacíos a las 6 de la mañana con la misma muchacha pálida y joven que me mira de una manera extrañamente tierna. Hay mundos, Borges, mundos en los manicomios, ya que estos sitios grises y húmedos son grandes convenciones de actos literarios, aunque no lo creas, ahí se gestan grandes poemas, grandes cuentos, grandes sueños. La locura es una lúcida manera de ver realmente al mundo como es: irreal. Tras de sí, una cortina de lluvia tenue dormita en tus párpados.
[La hendidura del vacío, e-Book; 2009]

ARTÍCULOS
El Inspector de pollos, gallinas y conejos
Juan Vargas Velásquez

C

uando regresó a la Argentina tenía veintiún años, y se encontró con un Buenos Aires que le imprimió una sensación de inmensidad. Ya no era la tierra de los compadritos y los guapos. Luego en 1923 su padre le entregó 300 pesos para publicar su primer libro de poemas Fervor de Buenos Aires. Un año después, alegre, le contó a su madre que se habían vendido 27 ejemplares —“Veintisiete ejemplares es una cantidad increíble. Jorge, te estás convirtiendo en un hombre famoso” —le animó doña 4

Leonor, su madre. Cuatro años más tarde editó un segundo tomo: Luna de enfrente. Cuando falleció su padre, aquel anarquista consumado; Borges tenía cerca de 40 años y era necesario que se empleara de algún modo para solventar los gastos de la casa. Es por esos días que consiguió un puesto muy mal pagado en la Biblioteca Municipal Miguel Cané: “Todos estos fueron trabajos poco remunerados y yo ya había pasado la edad en que debía haber comenzado a contribuir para el mantenimiento del hogar (…) Me pagaban doscientos pesos por mes, que después subieron a doscientos cuarenta. Estas sumas equivalían entonces a setenta u ochenta dólares”. Luego recuerda: “Estuve en la biblioteca durante unos nueve años. Fueron nueve años de firme infelicidad. En el trabajo, los otros hombres no se interesaban por otra cosa que las carreras de caballos, el fútbol, en los cuentos obscenos…” Esta infelicidad que lo sumía diariamente en las profundidades del infierno, sirvió para templarle el espíritu. Diariamente se refugiaba en el sótano de la biblioteca para leer y escribir. Fue allí donde tradujo a Kafka y donde se plasmaron algunos de sus cuentos más celebrados, entre ellos La Biblioteca de Babel. Al respecto Borges recordaba de esta manera aquella época: “De vez en cuando, durante esos años, los empleados municipales recibíamos regalos, como un paquete con un kilo de yerba-mate, para llevar a casa. A veces, por las tardes, mientras caminaba por las diez manzanas hasta llegar a mi línea de tranvías, mis ojos se llenaban de lágrimas”. En 1946 Perón fue elegido presidente de la Argentina; se presume que Borges atacó públicamente al nuevo gobierno en un diario montevideano, cuya respuesta no se hizo esperar al otro lado del río, de tal manera que el modesto empleado de biblioteca fue repentinamente promovido al cargo de ‘Inspector de Ferias de Pollos, Gallinas y Conejos’. Borges recordaría este hecho como una obra maestra de la “cachada criolla”, como alude al hecho en su Autobiografía. Al día siguiente encontraron su renuncia. Esta chanza del destino, a través de la cual se pretendía ridiculizarlo como un cobarde, serviría para convertirlo en un personaje público, y catapultarlo al proscenio internacional como conferenciante asiduo y muy singular. Se le abrirían de esta manera, las puertas de famosas universidades europeas y americanas, y alguno que otro premio. A la postre esta nueva carrera lo llevó a ser designado ‘Director de la Biblioteca Nacional’. El hombre-libro comprendería entonces ser el protagonista de una de esas grandes ironías del destino: recibir más de 800 000 volúmenes
Kcreatinn-Creación y más

y la ceguera al mismo tiempo. Tan sólo le quedaba el consuelo de compartir este destino con un célebre antecesor suyo: Paul Groussac. Tan magnífica ironía fue inmortalizada en el Poema de los dones. *** El destino de los poetas está plagado de sinsabores; recordemos con Bukowski en su Manual de Combate…
Dostoievsky frente a un pelotón de fusilamiento mataron a Lorca le dieron electroshocks a Hemingway echaron a Villon de la ciudad Chatterton se tomó veneno de ratas y funcionó Crane se tiró a las hélices del barco o a los tiburones algunos se mueren de hambre (como Vallejo). Agreguemos a Borges inspector de pollos y gallinas.

Ahora dejemos al hombre que se figuraba el paraíso bajo una especie de biblioteca, contemplando en la niebla de sus ojos el último sol amarillo en la frontera de los arrabales.

Borges inmortal
COLUMNA DE HOMENAJE

Norberto Federico Fernández Lauretta [Argentina]
A Funes, el memorioso, que a medida que pasan mis años más admiro su capacidad de recordar.

as efemérides de hoy indican: “24 de agosto de 1899. Nace el poeta y escritor argentino Jorge Luis Borges, autor de Otras inquisiciones, Historia universal de la infamia, Fervor de Buenos Aires, El Aleph, Ficciones y otros libros”. Pensar en él es memorar un personaje de la literatura universal, quien en 1961 recibió, junto a Samuel Beckett, el Premio Internacional de los Editores, otorgado en Palma de Mallorca. Es recordar a un hombre que hizo un culto viril de la amistad que profesó siempre con su íntimo Adolfo Bioy Casares, coautores con seudónimo en un acertijo policial — confesión de ambos— “por pura diversión”; y es recordado en España haciendo amistad con CansinosAssens; y en Buenos Aires con Macedonio Fernández, 5

L

con Güiraldes, con las hermanas Ocampo; y por su trato literario con otro contemporáneo suyo, Roberto Godofredo Cristophersen Arlt (así mencionó su nombre al salir de una conferencia en el teatro “Coliseo”). Prosa y poesía en él se hicieron inseparables. Algunos críticos llegaron a definirlo como un taumaturgo y un gnóstico. No lo creo así. No sé que haya realizado milagro ni prodigio alguno, ni pretendido tener conocimientos intuitivos y misteriosos de las cosas divinas; más bien era un agnóstico confeso. Pensando ahora en esa incredulidad tan borgeana —tan agnóstica—, fragmento de ‘El tamaño de mi esperanza’: “Nuestra famosa incredulidad no me desanima. El descreimiento, si es intensivo, también es fe y puede ser manantial de obras. Díganlo Luciano y Swift y Lorenzo Sterne y Jorge Bernardo Shaw. Una incredulidad grandiosa, vehemente, puede ser nuestra hazaña”. Leer a Borges es penetrar en otra dimensión del pensamiento, donde todo es posible; hasta el “Aleph”, ese punto mágico en el misterio. Leer a Borges es una modalidad, una literatura que a veces perturba nuestros espíritus con lo alucinante. Borges puso a sus críticos (en especial a los de la Academia Sueca) a fabricar castillos de papel en el laberinto de los sacerdotes del paganismo; y los dejó allí, olvidados por él para siempre, para que se inicien en sus misterios. Todos saben quién fue. Muchos lo han leído. Pocos lo han entendido. Es que Borges fue también el de los efectos rebosantes de ironía constructiva. El del mundo cultural de los misticismos orientales. El Borges que amaba el tango. El de la milonga que habla de un tal Jacinto Chiclana. El que gustaba del arroz con leche. El que amaba viajar. El ciudadano del mundo. Todo tenía sentido para Jorge Luis Borges. Hasta él mismo, que fue, en realidad (recuérdenlo al hablar), el Borges de las cosas sencillas y cotidianas. Tal vez sea por eso que pocos entienden a Borges.
Villa Mercedes, San Luis, Argentina, 24 de agosto de 2008

Kcreatinn-Creación y más

Textos varios
Pedro Crenes Castro [Panamá]

A vueltas con la microficción
ecía Poe que toda excitación es efímera, esto teniendo en mente lo que él llamaba unidad de impresión, término asociado al efecto que el cuento debe dejar en el lector como unidad sintética, como un disparo a bocajarro. Para lograr un efecto duradero, sigue pensando Poe, es necesaria la insistencia en un motivo o efecto. Se necesita, según él, “la gota de agua sobre la roca”. Inmediatamente pensamos en la novela para lograr ese efecto. Y nos quedamos tan anchos. No seré yo quien niegue la mayor (o sí, para eso está), que la novela como género caleidoscópico (me gusta esta palabrota) y lleno de posibilidades ofrece esa “gota sobre la roca” que decía el de Boston, ese desgaste en la mente del lector que le hace quedarse ensimismado al final, recogiendo con la memoria los grandes momentos de la novela para construir su reflexión final. Pero creo que no es necesario irse hasta la novela como goteo necesario. La microficción cumple con creces esa necesaria condición de goteo para conseguir ese efecto duradero. La relectura que exige un buen microrelato pone de manifiesto su condición de gota, su calidad de artefacto capaz de sacudir la curiosidad y la reflexión de los lectores. Fue Hemingway quien dijo que la novela gana al lector por puntos y que el cuento lo gana por K.O. Como la figura boxística se agota, diremos aquí, siguiendo la estela de Poe en este año del Cuervo, que el microrelato se gana al lector por espanto, ya que la súbita aparición y desaparición del texto termina produciendo en el lector una tóxica y saludable necesidad de releer y releer los textos, recordarlos con una mueca de susto o de alegría y meditarlos, cosa harto difícil de conseguir entre tanta mala hierba literaria.

D

Mi máquina y yo

M

i máquina, la original, era prestada. Creo que era de la señora Vicky, la vecina de enfrente que nos la cedía de vez en cuando. De las primeras cosas que escribí en ella tengo guardado un poema que llevé al instituto cuando estudiaba con los salesianos: “no está mal” —me lo devolvió la profesora—, y yo le había dibujado un corazón 6

traspasado por la consabida flecha. Le tomé cariño a esa “mi” máquina prestada que me ayudó a presentar buenos trabajos cuando estudiaba la secundaria en Panamá. La cadencia de los golpes de tecla, a dos dedos, era una delicia, como una música de fondo que hace crecer las ideas. De aquellas fechas recuerdo también una pequeña lámina blanca de típex (su nombre correcto, según lo que he podido saber es ‘pintura correctora’ y su definición exacta es: “líquido blanco que se emplea para cubrir los errores de escritura sobre papel, de modo que, una vez seco, se pueda escribir sobre esa misma parte del papel”. Corregir sería en el futuro para mí algo más complejo y a palo seco, sin pintura. Luego me llegó la visión de los escritores y sus máquinas de escribir, sus fotos trabajando sobre su máquina. Deseé en silencio una, pero no había ‘plata’ para ese lujo, y, viendo la reacción de la profesara a mi poema, supe que mi arte no podría pagarlo. Fotos de Hemingway, de Cortázar (que aparece escribiendo en el campo) y otros, se me fueron acercando para decirme que sin máquina no había literatura, y me dolía, no crean, pero no comprendía entonces que de la máquina hay que extraer el texto con las propias manos, que no vienen cargadas con buena literatura. Underwood, Olympia y Olivetti se convirtieron para mí en nombres cargados de literatura y de heroísmo manual. Todo esto viene a cuento porque mi amigo Juan Salas nos mandó un enlace con un artículo de mi perseguidor Enrique Vila-Matas que a su vez hace alusión a mi otro amigo de azares y casualidades literarias, Paul Auster, y su confesión de amor a su máquina de escribir. Por fin mi mamá compró una máquina de escribir y la tenía en casa. Yo ya llevaba varios años viviendo en Madrid, así que no la conocí hasta mucho tiempo después en uno de mis viajes de vuelta a mi tierra. “Mamá, me la quiero llevar” —le dije. Ya tenía yo ordenador, no he podido ser como Paul ni como Enrique, pero quería intentarlo otra vez con la máquina. Mamá me dijo que sí, claro, soy su rey, su hijo mayor, el de las ilusiones; todo para el escritor. Y emprendimos el viaje a España, mi máquina y yo. Pasaríamos por Miami, el 11 de Septiembre no era ni siquiera una pesadilla en nuestras mentes, así que me embarqué con mi máquina. “¿La va a facturar?” —me preguntaron en el aeropuerto al salir de Panamá— “No, es mi equipaje de mano”. Me miraba un poco raro aquella chica joven, como reprochándome la osadía de hacer viajar a una máquina de escribir, “con lo fácil que es el ordenador”; todo esto lo deduje por su cara. Ya en el avión, la coloqué con cuidado en los portamaletas. Mi compañero de asiento me puso la
Kcreatinn-Creación y más

cara de la chica de antes. “Pero si en Madrid las venden” —pareció decirme. Me hice el distraído y me dispuse a imaginarme ante mi máquina, con la cadencia del golpeteo de las letras sobre el rodillo que soporta heroico la hoja en blanco. Me vi sacando de mi máquina, golpe a golpe, las mejores historias, los mundos mejor construidos, los personajes bien perfilados. Al llegar a Miami los de allí me miraron y pensaron igual que los dos primeros, sólo que en inglés; lo supe por sus caras estadounidenses de “I can't believe it”. Ya en Madrid, cuando iba a pasar por delante de la Guardia Civil, me preguntaron que de dónde venía. “De Panamá” —contesté, agotado del viaje—. “¿Y eso?” —señaló el guardia mi máquina. “Una máquina de escribir” —contesté secamente. “¿Para qué?” — insistió asombrado. “Soy escritor” —le respondí—, y arqueó las cejas resumiendo en español de España todos los rostros del camino: “éste está tonto”. Así llegó mi máquina a Madrid. Escribí, sí, poco. Me mudé y la máquina me siguió fiel y hoy descansa en el trastero, entre la ropa de mi mujer Marga Collazo y los juguetes de mi hija Lucía, que ya es mayor, tiene cuatro años, y ya no usa. Por culpa de ese artículo de Vila-Matas me he bajado al trastero, la he sacado y me la he subido para teclear este artículo. A diferencia de él, yo tengo un último rollo de cinta guardado. Cuando me asalta la nostalgia la saco y me la subo a casa y mi mujer me pregunta que qué hago, que si se ha estropeado el ordenador. “No, cosas de escritores” —le digo con solvencia teatral—, y ella resume en su cara todas las caras de este artículo: “éste lo que está es loco de literatura”, y entonces yo me rió y me doy cuenta de que por fin tengo algo que Vila-Matas no tiene y que tiene que ver con su arte literario: cinta para escribir a máquina. “Cuando quiera se la presto” —me digo una vez más, pero él no se decide a llamarme.

Sobre la microficción

L

a proliferación de microcuentistas o microrelatistas o simplemente escritores de minificción (minificcionistas) no es ni más ni menos que una manifestación de que en nuestro medio literario algo está cambiando. A pesar de que a nuestro querido Javier Marías (querido sin ironía y no me explico más) le parezca que desde “El dinosaurio” (“ese ya insoportable cuentecillo” —según su criterio de mayo de 2007—) han aparecido una “corriente imitativa aún más insoportable”. Corriente sí, pero no imitativa. Faltaría más, como si llegar a “El 7

dinosaurio” hubiese sido tan sencillo como llegar al cuarto de baño de cualquier casa o librería. El microrelato se viene dando desde muchísimo tiempo atrás, no se lo inventó Tito, y ha sido objeto de importantes estudios y cuenta con una larga lista de impecables practicantes. José María Merino, Ana María Shua o Fernando Iwasaki, son sólo algunos de ellos, y más, que podríamos citar aquí. Hacerlo sería abusar del género. Expertos como Fernando Valls, el profesor Souto, José María Merino, Lauro Zavala, por no hablar de Ignacio Reler, son sólo una pequeña muestra de lo que se está haciendo sobre este género que algunos ven como el género que mejor se adapta para los tiempos de crisis. Y es que la brevedad, la velocidad silenciosa que comunica este género, sumado a su capacidad necesaria de hacernos releer, hacen que los hombres y las mujeres paren mucho más, tomen más aire al acercarse a un microrelato que cuando se acercan a la novela. Como nos dijo más o menos Hipólito G. Navarro el día que presentó “El pez volador”, los cuentos son en la mesa de novedades, “¿tienes un minuto” y concedes el minuto. Ante las novelas, “¿tienes tres meses?, a lo cual nadie se detiene. La cosa es así con los géneros literarios en estos tiempos trepidantes. La microficción es entonces, “tienes un segundito”, y la gente se queda con uno para que se lo contemos varias veces, para que le cojan todas las lecturas posibles al texto. No “cuestan tan poco”, como se pregunta Marías en su artículo de hace años. La microficción es una disciplina que requiere paciencia, muchos silencios y una gran dosis de humildad por parte del escritor. Pulir, reducir, reescribir parafraseando a Andrés Neuman, otro practicante del género. La súbita aparición del microrelato tiene que contar con la necesaria disciplina del escritor y con la irrenunciable, ya no complicidad, sino también disciplina, esta vez lectora y atenta del que se enfrenta al texto. Se escriben a sorbos, en jornadas de transpiración literaria, y así han de ser leídos, poco a poco, y vueltos a saborear para encontrarnos, pasadas varias jornadas, con nuevas texturas en el paladar literario. Eduardo Berti y Clara Obligado han hecho para “Páginas de espuma” selecciones de grandes microrelatos, pero la lista de libros y antologías de ayer y hoy es amplia. No le hagan caso a Javier Marías: lean microficción, escriban minicuentos, estudien microcuentos, intercámbienlos, pero sobre todo vuelvan a leerlos, vuelvan a disfrutarlos. Los que se oponen al género se pronuncian con vehemencia afectada de culturetismo (“microrelatos o algo así” —dice Javier) de pro que suena a resentimiento por no poder escribirlos y ser
Kcreatinn-Creación y más

incapaces de disfrutarlos. En fin, así es la vida. Por cierto, ¡qué casualidad!, el sillón de Marías es el R.

Vidas posibles
Un niño no tiene por delante una vida, como un callejón angosto, sino el completo y espléndido repertorio de las vidas posibles. Porque él podrá serlo todo, atentamente escucha en las prodigiosas proezas que le refieren –guerras, naufragios, cacerías de tigres- su propia historia, sus probables y altos destinos. El eco de esta ilusión nunca se apaga y todo en nosotros va envejeciendo, salvo la afición por los relatos. De soñar estos sueños la humanidad no se cansa. Adolfo Bioy Casares.

con eficacia, precipitando sobre los lectores un aguacero de vidas y situaciones que le amarguen o que le alegren el día. Así que Bioy tiene razón en eso de que los niños no tienen delante un callejón angosto, sin salida tantas veces, sino un amplio repertorio de vidas posibles, primero como lectores, luego, quizás, como escritores, pero la verdad es que tenemos sobre todo, si seguimos caminando por la frase del argentino, futuro, no siempre posible pero sí verosímil, sólo basta con leer, confiar y trabajar para que al final leamos una historia con un posible final feliz.

El boxeador catequista
l primer atisbo de esas otras vidas posibles, de ese amplio repertorio del que nos advierte Bioy, surgió un mediodía cuando tenía yo cinco años y caminaba junto a mi madre que me había ido a recoger al colegio. “Le metí su buen puñete en toda la cara” —le dije a mamá, que caminaba escéptica a mi lado y ponía un gestito de “no te inventes cosas”. Pero sólo puso el gesto; le parecía, aunque remotamente, verosímil. Me pegaban en la escuela, Luciano me pegaba y yo no era capaz de devolverle la violencia, no por santo sino por miedoso. Allí, en ese camino de vuelta a casa descubrí la diferencia entre la vida que vivía y la que quería vivir, entre mentir por salvar el pellejo o por entretener a los demás y a mí mismo de la vida que teníamos. Luego en el patio, durante el recreo, me inventaba historias de miedo para aterrorizar a mis compañeritos, inocentes ellos, por no tener una abuelita a la que le gustaban las películas de terror. Aun así, yo seguí siendo miedoso durante un largo periodo de mi vida. Después en casa, años después, mi hermano me reclamaba cada noche lo que en tiempos bautizamos como “la historia”, una serie oral donde mis primos, mi hermano y yo vivíamos miles de aventuras en una búsqueda paralela (cuentista y lector-oidor) de vidas que no eran las nuestras, que las superaban en dicha, libertad y aventura. El lector empedernido vive una enfermedad parecida a la del escritor, a pesar de no querer escribir. Meterse en la piel de otro, dejarse asustar, enamorar o cabrear por un prestidigitador literario, por un mentiroso evidente que no oculta que en realidad “el lugar de la Mancha” sólo existe en el olvido de un personaje que podría haber existido, y en eso, en el “podría”, está la clave de escritores y lectores. Si no conmueve, no transmite, no funciona, y conmover no es sólo hacer llorar, es como dice el DRAE: perturbar, inquietar, alterar, mover fuertemente o con eficacia. Sobre todo 8

E

omencé a emborracharme justo al día siguiente de mi última confesión con el padre Domingo. Luego de perder el ojo derecho y la única posibilidad que tenía de ser catequista, sólo me quedaba el ron a palo seco para purificar mis faltas y quitarme de encima esta sensación de pendejo que aún me persigue. —Paisano —me dirigí al chino Manzanero que me sonrió con dientes amarillo nicotina—, dame medio litro de Seco Herrerano. —“Pero tú buen homble” —sorprendido por mi petición, ocultando la sonrisa—“tú no bebe lon...” Salí de aquella tienda con mi primer medio litro de seco dejando atrás al chino insultado por metiche y las mujeres que allí estaban persignándose ante mi aspecto de pirata del caribe. Por aguaitador me pasó lo que me pasó y lo que me pasó es tan absurdo que es mejor reírse que llorar. Tiburón, el que descubrió el huequito para aguaitar a Marianela sigue sin poder evitar la risa cuando me ve, si lo viera el padre Domingo... Pero antes de contarles cómo dejé la bebida, debo referirles cómo empezó todo. La señora Aleja, que sigue viviendo en el barrio, es una mujer de armas tomar. Gorda y boquisucia y muy beata, sigue siendo el ángel guardián de su sobrina nieta, y el ángel exterminador de los que la merodean. Marianela, la espiada en cuestión, es una trigueñita preciosa que contaba quince años entonces, pero muy bien distribuidos por su arrebatadora anatomía. —Valentín que te pierdes —me advertía a mí mismo—, Valentín el sexto, el sexo, cuidado Valentín que es pecado capital. Yo la miraba desde el balcón, lo reconozco. La veía llegar de la escuela paseando su belleza provocadora e inocente. Me fijaba en aquella faldita color caqui (más corta de lo permitido) y sobre todo en la transparente
Kcreatinn-Creación y más

C

camisa blanca que me dejaba ver (o imaginar, es lo mismo) el apetitoso botón de su pezón derecho. El izquierdo lo escondía la insignia de la escuela. (¡Perdona, Dios mío, los recuerdos lujuriosos!). Yo les juro que me metía en la casa y me persignaba y rezaba un padrenuestro y un avemaría y me acordaba del sexto. —Que por algo Dios lo puso entre los diez Valentín, el sexto es el número de la imperfección humana, ¡ay, Valentín, que es pecado mortal! —me decía. Pero lo que más me inquietaba, compañeros, lo que de verdad me estaba volviendo loco, era el descubrimiento que una tarde compartió conmigo, lúbrico y lascivo, Tiburón el boxeador. —Valentín, allí atrás de los baños de la casa de madera hay un huequito para aguaitar a Marianela, que te he visto que la miras mucho. —¡Por favor Tiburón, que soy catequista! —le respondí molesto, blandiendo el librito naranja del Catecismo para catequistas. —¡Valentín —fruncía el ceño—, que somos hombres, por Dios! Alberto Moreno, alias Tiburón, el boxeador colonense, madrugaba todos los días. Antes de irse a entrenar, a eso de las seis de la mañana, se instalaba ante la ventana del secreto. Aguaitaba un rato y se iba antes de que Marianela terminara su baño. Ella canturreaba —me decía—, mientras se enjabonaba despacito, haciendo movimientos circulares con las dos manos sobre su pecho. —Con el ruido del agua del baño no oye que me voy —sonreía malicioso el boxeador—. Todo está calculado Valentín. Si la muchacha se retrasaba y se le hacía tarde para ir a su entrenamiento, no esperaba: se consolaba pensando que mañana sería otro día. Sabía que de lunes a viernes, a eso de las seis y diez de la mañana, Marianela exhibía su belleza en aquel baño comunal de la casa de madera donde vivía. Ignoro, amigos míos, lo que Tiburón hacía mientras miraba en soledad toda esa maravilla. —La luz del baño ilumina lo suficiente para verla bien —continúa picarón y sonriente mientras yo ardía de ganas por dentro y rezaba “yo confieso, ante Dios todopoderoso...” Pasé muchos días dándole vueltas al asunto del huequito, de Marianela y de la lujuria. La sola idea de asomarme al mirador de su intimidad y la posibilidad cierta de dejar de imaginar y abrazar con la mirada la realidad de su cuerpo, me tenían tenso y malhumorado. El deseo me estaba matando y la entrepierna no respondía a mis llamados al orden y la castidad. Es lo que tiene ser soltero y vivir solo. 9

No les alargo el cuento. Fue el 5 de julio del año pasado cuando me decidí. Esperé en la calle a Tiburón, eran más o menos las seis de la mañana, y nos dirigimos hacia la ventana del paraíso. Temblaba entre entusiasmado y nervioso. Nadie advirtió cómo nos metimos detrás de la vieja casa de madera y tomamos posiciones detrás del baño. —“Cógelo suave —me animaba Tiburón—. Ya has dado el primer paso. En cuanto la veas, se te quita todo. Cuando prenda la luz...” Unos pasos que se acercaban nos hicieron guardar silencio. El corazón se me iba a salir del pecho. Venía la belleza trigueña e inocente de Marianela a mostrarse entera ante mis ojos. —Valentín el sexto, Valentín la lujuria, ¡Ay, Padre, perdóname, porque sé lo que hago! —pensaba, arrasado de deseos impuros. Se hizo luz y puse con avidez el ojo derecho en el agujero, intentando llenar de realidad de una vez por todas mis pecaminosas intuiciones. Súbitamente di varios pasos hacia atrás llevándome las manos a la cara. Pensé que algo se me había metido en el ojo pero al intentar abrirlos sentí un dolor agudo, una fría punzada que me previno de lo peor. Con el ojo izquierdo logré verme las manos ensangrentadas y un fuerte dolor fue conquistando mi cabeza poco a poco. Recuerdo eso y la voz chillona y desafiante de la señora Aleja gritando “¡eso te pasa por aguaitar a mi sobrina Tiburón chuchaetumadre, te dije que te andaras con ojo!” ¡¡Qué paradoja Señor!! Me atendieron en el Hospital Santo Tomás al que fuimos en taxi, un taxi viejo, sin aire acondicionado y que encima nos cobró tres dólares por la urgencia. —¿Qué le pasó al señor? —le preguntó una de las enfermeras a Tiburón, que me acompañó consternado en medio del dolor y la vergüenza. —¡Una pendejada! —contesté molesto, tapándome con cuidado el ojo con las manos, la camisa bañada en sangre. Días después de perder el ojo fui a la parroquia a confesarme. El padre Domingo era mi confesor y maestro espiritual desde que era monaguillo y al cual, sin tapujos, le conté todo. —¿Lograste ver algo hijo? —preguntó curioso el cura. —No, padre, ¡no pude ver nada! Fue la tía la que entró con el chuzo, —le contesto en tono contrariado, tocándome la venda pirata del ojo. —Bien, mejor para ti, así no tendrás posibilidad de traer a la memoria imágenes lujuriosas y pecar de pensamiento. ¿Entiendes que no podrás volver a dar la catequesis en esta parroquia? —Entiendo —le respondí resignado, bajando la cabeza.
Kcreatinn-Creación y más

—¿Te sientes arrepentido ahora, hijo? —¡Pues no, padre. Siento que soy pendejo! — contesté molesto, levantando bruscamente la cabeza y casi gritando al padre Domingo. —¿Y eso? —Perder un ojo y mi puesto de catequista en la misma mañana, por una muchacha de quince años, ¿no le parece una idiotez? —Me lo parece hijo, me lo parece. —¡Y encima sin ver nada! —exclamé sin el menor atisbo de vergüenza. —Pues sí que es una tontería, hijo —respondió el padre Domingo, medio reído, absolviéndome en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, e imponiéndome una penitencia de cien padrenuestros ante el Santísimo Sacramento. Por eso digo, queridos compañeros de luchas contra el alcohol, que me acompaña una profunda sensación de pendejo que sólo podía ahogar en la bebida. Es más, esa mañana fatídica Tiburón me cedía, sospechosamente caballeroso, la opción de mirar primero. —Aguaita tú primero, catequista, que yo ya la he visto muchas veces. Y recordé en ese momento, mientras instalaba mi ojo en el mirador de la gloria, el pasaje del Evangelio que el padre leyó en misa el domingo anterior al fatídico día, y que dice algo así como “si tu ojo te es ocasión de caer, sácatelo y échalo de ti”. Y fíjense por dónde, ¡ay!, me lo sacaron. La semana siguiente, mientras dormía la juma en las escaleras de la Iglesia vi a Tiburón conversando con el padre Domingo. Palmaditas en la espalda, bendición para despedirlo como hacía conmigo. Al llegar a mi altura vi que llevaba bajo el brazo el librito naranja del catequista y me lanzó la misma risita maliciosa de cuando me enseñó el huequito. Para más inri, sale ahora con Marianela, con el beneplácito de la señora Aleja, que dicen, no se podía creer que fuera yo el aguaitador lascivo. ¿Ahora entienden por qué bebía? Con lo pendejo que me sigo sintiendo al recordar todo esto, lo que no sé es por qué dejé de hacerlo.

Superviviente
ilson viene animándose a seguir “corriendo”, como lo hacían en el estadio Juan Demóstenes Arosemena los seguidores de la novena de Panamá Metro, “¡corre Wilson, corre!”, le gritaba la grada entusiasmada, extática, viéndole doblar por segunda base, triunfal, heroico, “¡corre Wilson, corre!”, y 10

W

Wilson corría más rápido y la gente gritaba más y Wilson llegaba a salvo a tercera base. —¡Corre, Wilson, corre! —se decía bajito, sudoroso, animando su pronunciada cojera. El negro Rolando Wilson tiene que llegar cuanto antes, aunque ya no sea tan rápido como entonces. Llegando a la esquina de Calle S, justo donde la señora Carmen Alicia vende sus platos de comida a dólar, la gallada lo anima con el mismo grito de ánimo de siempre, transformado ahora en grito sarcástico, burlón y cruel: — ¡Corre, Wilí, corre!—. Por mucho que se esfuerce, ya no puede alcanzar a ninguno de los muchachos que se burlan de él. Los mira con rabia y pasa de largo. Viene cojeando kilómetro y medio desde el barrio de San Miguel con prisa y sabe que tiene que llegar cuanto antes. La vaina es de vida o muerte. —¿Señor Rolando Wilson? —Sí, señor —contestó poniéndose en pie el negro. —“Queda usted inhabilitado para la práctica del béisbol por espacio de dos años, por agresión al lanzador del equipo de Chiriquí, Antonio Sanjur, con un bate, provocándole una grave lesión en el brazo izquierdo. Aunque el jugador no haya presentado denuncia, es deber de la Dirección de este equipo suspenderle, como castigo de tan lamentable hecho. Tiene usted además prohibida la entrada a este Estadio y a cualquier otro de la República de Panamá en donde se esté jugando un partido de béisbol”. El escueto comunicado lo leyó en las oficinas del Estadio Juan Demóstenes Arosemena, el Director del equipo de Panamá Metro, en presencia de todos los jugadores. —¿Comprende la gravedad del hecho y la necesidad que este equipo tiene de actuar en consecuencia? —¿Lo entiendo, señor? —contesta arrepentido, mirando al suelo, Wilson. Uno a uno fue despidiéndose de sus compañeros. Había actuado en el calor del partido y luego de que este lanzador le golpeara dos veces con la pelota. Además, deportivamente hablando, no había tenido su noche. Mientras se despedía, recordaba cómo se fue hacia Sanjur, que apenas dio dos pasos hacia atrás, él soltó uno de sus mejores batazos, directo a la cabeza. Sanjur levantó los brazos para cubrirse. Eso le salvó la vida a ambos. Antonio Sanjur decidió perdonar públicamente a Rolando Wilson, que, a pesar de haberse arrepentido y lamentado el hecho, fue sancionado por su equipo y la Federación Nacional de Béisbol. —Espero verlo de vuelta con nosotros —estrechó por último la mano del Director—. Es usted una promesa para el béisbol nacional.
Kcreatinn-Creación y más

—¡Corre, Wilí, corre! —se vuelven a burlar los muchachos, tentando la paciencia del negro—. Wilí dejó atrás la esquina del barrio, se sacude de la memoria los recuerdos y llega por fin, respirando por la boca después de tanto esfuerzo, a la casa de Pablo, justo debajo de su balcón. Es su última oportunidad para salvar el fin de semana. La pierna izquierda le duele. Toma aire y grita desde la calle, llamando a Pablo. Nadie se asoma al balcón y se desespera. “Si se fue Pablo, me jodí” —piensa el negro, masajeándose la pierna mala, a la altura del muslo, para mitigar el dolor—. El maldito disparo le jodió la vida. Cuando se dispone a gritar de nuevo, albergando esperanzas y ejerciendo fe, Pablo se asoma al balcón masticando. Wilí le sonríe desde la calle, y poniendo su mejor cara de necesitado, suelta su petición: —Pablo, llévame a trabajar contigo, “loco”, que estoy sin trabajo y necesito plata, tú sabes que la vaina está dura... —Estás muy lento, Wilí —le interrumpe con la boca medio llena, terminando de masticar, Pablo—. Cuando tú vienes con un cubo de piedras los demás llevan tres, Wilí, y eso no me conviene, el dueño quiere su trabajo terminado cuanto antes... “Pero si yo pongo interés, Pablo”. —insiste Wilí, interrumpiendo desde la calle, haciendo aspavientos— “Tú sabes que soy bueno y sano; si casi ni tomo, mi hermano”. Pablo, desde las alturas de su balcón, le lanzó una mirada fulminante. La fama de bebedor de Wilí es conocida de todos en la zona del barrio de Calle S y alrededores. Parece que el negro nació chupando de la teta de su madre ron con leche, o sin ella. —Wilí, no insistas, que no me sirves —sentenció con severidad Pablo. —Pero si yo pongo interés, loco —volvió a argumentar con desespero el negro Wilí, la mano en la pierna izquierda que le duele de la carrera. —Mira, termino de almorzar y nos vamos —cedió Pablo, aunque en el fondo algo le indicaba que la cosa terminaría como siempre. En la calle, al negro Wilí la pierna deja de dolerle de la alegría. “Me salvé, Diosito” —piensa feliz, mientras espera impaciente a su jefe—. A los cinco minutos bajó Pablo con un palillo en la boca, se montaron en el carro y se lo llevó a trabajar toda esa tarde de jueves. El viernes, temprano, también pasó por su puerta; Wilí se levantó, a tiempo. “Raro en ti, negrito” —le dice sorprendido Pablo, a las 5:30 de la mañana—. Wilí, sonreído, se subió al carro cojeando. Estuvieron todo el día trabajando hasta las seis de la tarde. 11

El negro echa cuentas, sabe que sólo necesita catorce dólares para “vivir” su fin de semana. Ocho para buscar a su puta favorita, Flora, una chola de senos inmensos y a la que le ha cogido cariño en estos últimos meses. Además, es lo más barato que se puede permitir. La mujer es considerada, y muy limpia. El sólo pensar en el plan que tiene para su viernes cultural, le produce un leve cosquilleo en la entrepierna. Con los otros seis dólares se comprará su medio litro de Seco Herrerano y un ceviche de corvina chico, se le hacía agua la boca, y el resto para el pasaje hasta el Mercado Grande. “La felicidad es eso, mi hermano” —piensa para sí, cargando un enorme cubo con piedras, Wilí—. Tanto el jueves como el viernes el negro Wilí trabajó como nunca. Hacía su esfuerzo inútil por llevar el ritmo de trabajo del resto de la cuadrilla de albañiles. A pesar de ello, era más lento que los demás, y la cosa se iba retrasando porque necesitaba descansar varias veces más que el resto. Terminaron a duras penas. El dueño de la casa, contento, dejó un dólar de propina para cada uno. La gente es así de truñuña, de agarrada. Así las cosas, Wilí cobraría quince dólares. No se lo esperaba: para él era una fortuna y el incremento de sus arcas en un dólar le daba la posibilidad de comerse un ceviche de corvina grande —ahora le sobra dinero, piensa—, en la Fonda Antioqueña. Pero el negro Wilí no siempre fue así. Era una promesa del béisbol nacional, pero su temperamento le jugó una mala pasada en aquel partido contra el equipo de Chiriquí. Luego vino la inhabilitación para la práctica del béisbol, y después la vida delictiva a la que cedió en busca de dinero fácil. Tenía que mantener un estatus. —Necesito plata para mis vainas —le dijo a Ernesto, el jefe de la banda, reunidos en el callejón, fumando marihuana—, ¡pero la necesito para ya! Todo se fue al carajo cuando lo del robo al gallego de la mueblería, su primer robo, el disparo del policía y la operación que lo acabó de rematar. Nunca fue el mismo desde entonces. Su cojera de la pierna izquierda es muy pronunciada y se cansa mucho para ir de un sitio a otro. Nunca terminó sus estudios secundarios. —Para qué —reía confiado, arrogante, ante la insistencia de su madre—, si voy a jugar en las grandes ligas, vieja, va a haber plata para todos. Recogidas las herramientas y descargadas en el taller, Pablo procede al pago semanal de sus empleados y colaboradores, Wilí entre ellos. La alegría se palpa en la plantilla y se adelantan entre ellos los planes para el viernes noche. Wilí ríe para sí y la entrepierna le cosquillea. Después de la cervecita de rigor, los
Kcreatinn-Creación y más

muchachos comienzan a despedirse. Wilí emprende cojeando el camino hacia la puerta y a la gloria. Pablo insistió en llevarlo, total, pasa por delante de su casa. —Mañana temprano te paso a buscar, Wilí; no me falles, ¿okey? —lo dejó en la puerta, Pablo—. Wilí subió las escaleras hasta su casa. Cogió su toalla y alegre y cojeando se metió al baño. Salió rápido, se puso su única camisa limpia y medio planchada; de noche las arrugas no se notan tanto, y cogió un bus que lo dejara cerca del Mercado Grande. El conductor llevaba la música a todo volumen: Devórame otra vez, devórame otra vez... presagio de su noche de placer. Y Wilí, contento, se diría, cantaba feliz. Ya en la zona del Mercado Grande, eran como las siete de la noche; el negro buscó la Pensión París y por sus alrededores, cojeando como siempre, más elegante quizás, a la chola de sus sueños lúbricos. Flora iba embutida, en un estrechísimo vestido negro que favorecía sus grandes atributos y que Wilí interpretó como toda una declaración de intenciones. La saludó con un beso en la mejilla que a la chola medio le molestó por parecerse demasiado a los besos de un marido o de alguien que la quiere. A ella no le gustaba eso y correspondió a su cliente con un beso profesional, intentando alejar de la mente de Wilí cualquier absurda idea de que ellos, precisamente ellos, a fuerza de costumbre, pudieran llegar más allá de una mera relación mercantil. Al negro le despertó la virilidad ese beso profesional y su mente comenzó a recrearse de antemano en el goce de la mujer. Iban caminando, entre risitas cómplices y lujuriosas, hacia la pensión, cuando, de la oscuridad, les salen al encuentro dos hombres: uno de ellos bajo, con corbata y maletín negro; el otro, gordo y un poco más alto, con guayabera. Los amantes se asustaron: “será una batida sorpresa de la Policía” —pensó la chola, que ya tenía experiencia en esas lindes—. “Serán familia de la chola, Wilí” —temblaba al pensar; ya se sabe cómo es la gente del campo para esto de las mujeres. Del miedo a Wilí le parecía que el gordo se daba un aire a Flora. El tipo bajo y con corbata hizo un movimiento extraño y metió la mano en el maletín. “Una pistola o un cuchillo” —pensó Wilí, apretando en el bolsillo del pantalón el dinero que tantas piedras recogidas le costó juntar—. Su entrepierna se olvidó por completo del entusiasmo de hace un momento. Del maletín el tipo saca, como un relámpago, una revista Atalaya. —¿Saben que el fin del mundo se acerca, jóvenes? Wilí respiró aliviado. La chola casi no podía contener la risa. Para el negro el mundo comenzaba otra vez; estaba a punto de volver a vestirse de Adán para encontrarse en el paraíso de sabanas blancas, con su 12

inmensa Eva ataviada con sus grandes virtudes y ambos sin hoja de parra. —Sí, el mundo se va a acabar pronto, hermano — responde el negro, recuperado del susto—; voy a subir a la pensión con la chola a despedirlo. Dándoles la espalda y dejándoles con la palabra en la boca, los amantes, por horas, siguieron hacia la pensión, riéndose de sus miedos y advirtiéndose entre risitas lo que se iban a hacer en la cama. Wilí subió detrás de Flora a la habitación número seis de la Pensión París en el Mercado Grande, que huele peor cuando sopla la brisa fresca del mar. Wilí fue feliz e hizo feliz varias veces a la chola que siempre le fiaba el cuarto por consideración a su impedimento físico o talvez por sus dotes de amante. Con el sudor de su frente, Wilí pagó su noche de placer y en la bodega del chino Manzanero, al salir de la pensión, compró su medio litro de ron Seco Herrerano. —Para esto se trabaja —iba hablando con nadie, ya borracho—, para tener tu buena chola y para tomarte tus traguitos. Cojeando más de lo debido, Wilí emprendió su paseo de regreso al barrio. Del ceviche de corvina en la Fonda Antioqueña ni se acordó. Por la mañana temprano, Pablo vio a Wilí tirado en la acera, a la salida de su barrio, con una botella de Seco Herrerano vacía en la mano. Lo estuvo buscando para ir a trabajar, llamando a su puerta, intentando darle otra oportunidad al cojo. Pablo subió al carro y pasó de largo delante de él, sin mirarlo. Wilí en el suelo, borracho y feliz, sabe que allá en el Mercado Grande, ansiosa, la chola Flora lo espera el viernes que viene.

Vila-Matas, perseguidor
I

A

l principio pensé que eran cosas mías. “Eres muy aprensivo” —me decía mi madre cuando era pequeño, pero no—. En cuanto leí por primera vez lo de las casualidades literarias, cuando me enteré de que era posible encontrase uno con los textos que se leen o se escriben, comencé a fijarme. Allá por el año 1995, compré un libro de cuentos, Recuerdos inventados, una antología de un tal Enrique Vila-Matas. Era una “antología personal” y era mi primera vez con este escritor. En uno de sus cuentos, “La hora de los cansados”, un hombre decide perseguir a otro que a su vez está persiguiendo a un negro llamado Romeo. Me asusté: un personaje de mis cuentos, un tal Rodrigo, conocido por su amada como Romeo, se vino a España a buscar fortuna como actor de en el teatro. Desapareció. La protagonista, una negra colonense, actriz, se vino detrás de su
Kcreatinn-Creación y más

Romeo desaparecido y terminó sus días loca en la Gran Vía madrileña, recitando entre delirios el texto de Shakespeare, viendo ante sus ojos negros y ya locos a su amado Rodrigo-Romeo. Negra persigue a negro. Casualidad. Vila-Matas dice del negro de su cuento que parecía un “boxeador tierno y cansado”. De pronto, desde un cuento remoto y catalán mi personaje surge convertido en una suerte de boxeador perseguido. Qué casualidad. Lo del cuento, pase, pero resulta que una de las grandes cunas de boxeadores panameños es la provincia de Colón, en la costa Atlántica panameña donde la mayoría de la población es negra. Más raro es que el personaje Romeo de Vila-Matas amenace a su perseguidor con partirle la cara como le saque en el supuesto cuento que iba a escribir: no quiere salir en ningún cuento. Mi personaje desaparece también del mapa de mi cuento, no comparece más que en los recuerdos de su Julieta loca en Madrid. Siempre he creído que mi personaje se fue a Barcelona y le confesó a Vila-Matas que no quería salir en ningún cuento. No se atrevió a decírmelo en su día. El escritor catalán sólo me lo ha hecho saber por escrito, y comenzaba a perseguirme. II Decidí apartarme de Vila-Matas con recelo. Me fijaba mucho y me daba cuenta que era cierto lo de las casualidades literarias. Leía a un escritor y aparecía en el programa de los libros en televisión, o si leía el diario de Kafka, coincidía con el día que estaba leyendo. Me encontré por aquel entonces con otro escritor de las casualidades y el azar, Paul Auster, que contó cómo había comenzado a escribir La ciudad de cristal. Increíble. La Literatura me confirmaba por otra vía y desde otro continente, que las cosas podían ser así. Todo parecía formar parte de la literatura y de la vida, todo es parte de lo mismo. Leyendo a Auster me sentí más acompañado. ¡Qué casualidad!, Paul Auster y mi perseguidor publican en la misma editorial: Anagrama. III Lo de las casualidades me intrigaba y no fuera a ser cosa de demonios literarios. Por esas fechas, año 1998 más o menos, realizaba yo una investigación sobre el satanismo y su influencia en la música y su impacto en los jóvenes. Pasé varias jornadas con mi Biblia y una extensa bibliografía persiguiendo a Satán, Príncipe de este mundo. Un artículo de prensa del que me deshice hace tiempo me revelaba una noticia espeluznante y literaria: E. Vila-Matas, leído ante un espejo, revela la naturaleza de mi perseguidor SATAM ALIVE. Llamé a mi madre a Panamá y se lo 13

conté por encima, para no inquietarla. Me dijo que no fuera tan aprensivo y que dejara de leer libros raros. Desde entonces pongo más cuidado en lo que leo de Vila-Matas, y confesé a mis amistades de que estaba siendo perseguido por el escritor catalán. Unos se rieron, otros me dijeron que las muchas letras me iban a volver loco o más raro de lo que ya era. Ninguno culpó ni a la literatura ni a Vila-Matas, que pasó a convertirse en una obsesión silenciosa, de esas que no compartes con nadie por miedo a exponerte a la realidad: nadie te persigue excepto tú mismo. Leí, recién estrenada, mi admirada obsesión, un libro prodigioso. El viaje vertical. ¡Qué casualidad!: el destino de Federico Mayol sería el mío, años después, pero ya no llegaría yo a las Bodas de Oro. El azar no descansa. El viaje vertical no cesa. IV La persecución continuaba. En cada artículo, en cada esquina de un autor, en los periódicos. Vila-Matas, con su apostura de perpetuo joven, con su pinta de vampiro, me iba llenando el sendero de trampas azarosas y juegos literarios. No pensé verle nunca, pero me ocurrió una de esas cosas que él y yo sabemos. Cuando decidí leer a Tabucchi, sostuve que aprovecharía la presentación de su novela Se está haciendo cada vez más tarde, para conocerle en persona. Al llegar al Círculo de Bellas Artes resultó que uno de los que presentarían la obra era Enrique Vila-Matas. No me lo podía creer. Tabucchi-VilaMatas ¿que tendrán que ver? Contó entonces mi perseguidor (contestándome sin que yo le preguntara), que se conocen desde muy jóvenes. El catalán era el niño que le decía al italiano, cuando veraneaban, muro con muro, en el Cadaqués de los cincuentas que “los adultos son estúpidos”. Y tenía razón el niño y tiene razón el escritor y las casualidades. Por cierto. ¡Qué casualidad! Acabo de enterarme, mientras escribo estas pruebas de persecución, que mi amigo Doménico Chiappe entrevistó a Tabucchi en esa ocasión. No lo sabía (bendito Google). Cierra su entrevista con la anécdota de Vila-Matas y Tabucchi en Cadaqués. Juzguen ustedes. V Me pasó lo de Federico Mayol. Se acabó mi matrimonio y aunque lo lamenté en su día, hace mucho tiempo que ya no. Pero incluso, en aquel lance, la sombra de Vila-Matas se alargó sobre mí. Doctor Pasavento se publicó en 2005. La compré y después de meses de una agonía (entiéndase también como lucha) terrible comencé a leer. La fecha de cuando empecé la lectura de esta novela la consigné en la página 17. Relata el narrador que después de imaginar
Kcreatinn-Creación y más

un viaje a Sevilla, le invitan de verdad a ir a esa ciudad a dialogar con Bernardo Atxaga sobre las relaciones entre realidad y ficción. Mientras leía me encontré con una fecha: 16 de diciembre de 2003. Yo me sorprendí, como lo hace mi perseguidor en su texto: “No, no puede ser. Pero sí que podía ser, claro”. Yo emprendía la lectura dos años después de esa fecha, pero ese mismo día. Navegando por Internet me encontré, por casualidad, con una revista literaria llamada Invierno en Panamá. Les escribí, soy panameño, y les conté que estaba leyendo a Vila- Matas y que lo estaba pasando mal, que vivía en un “invierno”. Me contestaron días después: uno de los primeros a los que solicitaron colaboración (eso dijeron, aunque ya no tengo el correo que recibí) fue a Enrique Vila-Matas. Me reí como pocas veces en muchos meses aquel año. Seguía persiguiéndome a pesar de todo. Eso era buena señal. VI No he dejado de leerle y no ha dejado de perseguirme. Este año que es el año de su 60 cumpleaños. Mi mujer Marga Collazo cumplió 30 el día 1 de marzo. Yo nací el 26 de marzo, justo el año en que no escribió nada más que de cine. Justo el cine que mi tía abuela Paula adoraba en Panamá, y que seguía en una revista chilena de cine y teatro, Ecran. La mujer de mi perseguidor se llama Paula y a mí la cinefilia, de la que escribió el año que nací yo, me corroe también. El jazz que me trajo Marga tiene cabida en nuestra persecución. Una mañana, estaba escuchando a Chet Baker; había comenzado a escribir un artículo sobre perseguidores literarios. Eché mano de Vila-Matas, exactamente de Bartlevy y compañía. Fiel a mi costumbre de anotar en la última hoja de los libros que leo los temas que me interesan y su respectivo número de página, comencé a repasar mi vieja lectura. Me encuentro con la entrada “jazz”, y me voy a la página 157, y resulta que Pineda, un viejo amigo del narrador de Vila-Matas, pone música de Chet Baker que, a partir de ese día, pasó a ser su intérprete favorito. Cosas de los libros. Pensé en mi obsesión y me dispuse a escribir. Cuando se lo conté a mi mujer, Marga Collazo, me dijo con una sonrisilla de genio, que no podíamos seguir así, que teníamos que conocernos. “¿Quién, Chet Baker y yo?" —pregunté, creyendo saber la respuesta. —“No, tú y Pineda que sois muy grises”. Me sorprendió: pensé que me diría que Vila-Matas y yo. Sobre la manía persecutoria del escritor no dijo nada, aunque creo que tiene su propia teoría.

VII Conocí a mi mujer Marga Collazo hace casi dos años; nos enamoramos y nos hemos casado. Venimos de explorar el abismo, cada uno por su lado. Amamos los libros, el cine, la criminología, y a nuestra hija Lucía. De Vila-Matas le gusta eso de dedicar toda su obra a su mujer, y va leyendo cosas de mi perseguidor. Para nuestra despedida de soltero me regaló Dietario voluble, en cuya portada aparece Vila-Matas dando la espalda. Me reí cuando me lo dio. “¿Qué?” — preguntó Marga—. “Al final parece que quien va detrás de él soy yo”. Marga se rió y me dijo que estoy enfermo de literatura, “mal de Montano” —dije, y ella me replicó: “¿lo ves?”, y pusimos, de vuelta a casa, después de cenar y darnos los regalos, a Van Morrison, el que escucha Vila-Matas en casa. Lo último ocurrió el día de nuestra boda. Al salir para el lugar de la ceremonia me llevé un libro al azar: Dietario voluble, era el que tenía más a mano y quería arriesgarme. Tenía que esperar a un amigo que me recogería para llevarme y vestirme allí, para casarme con la mujer de mi vida. Tenía casi una hora de espera por delante: solo y soltero. Me metí en una cafetería, pedí un café y me dispuse a leer temiéndome lo mejor: que Vila-Matas apareciera por allí. No me defraudó: me dejó unos deberes y un recuerdo. Debo escribir. Sugiere como en otras ocasiones el título de un libro que debo escribir: Lo que pasa cuando no pasa nada. Un recuerdo: el de Tito Monterroso y sus moscas eternas. Me hizo gracia: unos días antes le conté a Lucía “El dinosaurio”. Tiene cuatro años y se quedó desconcertada por la brevedad. Me pidió otro cuento y se lo relaté. Incluso para ella era muy breve.

VIII La cosa no terminará aquí: me perseguirá, ojalá me alcance, y con él vendrá la literatura.

14

Kcreatinn-Creación y más

POESÍA
Jorge Luis Borges
Jack Farfán Cedrón

usco la inmortalidad en mi simiente; si ella muere yo también habré muerto. Hay dos caminos: la vida, la muerte. No es lo mismo vivir que ser inmortal. El Sol se oculta. La mañana se abre. Un ave es toda la música y una fragancia un beso. Bestias, materia, corpúsculos, abrazados a este árbol de la vida soñamos y creemos ser soñados. La conmiseración no aplaca nada, ni al dolor. Los malos actos nos hacen temblar. Todo se olvida y al final todo se recuerda. El último instante es un agradable recuerdo, todo de lo que está hecha la vida. Amar, odiar, envejecer; nada detiene al motor de la vida. No busco nada, no planeo nada, sólo espero vivir un instante más para no sonreír ante esta dama infame que los hombres llaman felicidad. Es todo cuanto debo elucidar.
[La hendidura del vacío, e-Book; 2009]

B

NARRATIVA
Don Quijote y Las ruinas circulares
David Arce Martino

De lo que le sucedió a nuestro valiente hidalgo en las Indias Occidentales (*)

E

n un lugar de La Plata, donde ha tiempo reinaron enormes mamíferos nunca vistos, de filosos colmillos y fieras fauces, nuestro valiente hidalgo, de quien ya todos conocemos sus grandes aventuras narradas por Benengeli en sus dos famosas jornadas, cansado del trashumante viaje ultramarino, sin ver más que mares donde quiera hollase su mirada, trastocado su fiel Rocinante por simples bestias que 15

reventaron en las altas cumbres de los Andes, desgastándose su triste figura al cruzar las lejanas tierras del Virreinato Perú, allende los ultramares, donde el río se torna de Plata, hallóse más cansado que hambriento, que al otear entre los ramajes de unas selvas, no encontró mejor sitio para reposar su cuerpo, que el rellano circular de ruinas ancestrales. Alguien viole acercarse a las ruinas circulares. Con beneplácito viole despojarse del yelmo y del resto de la armadura, de la adarga y de la lanza. Y desde el altar admiró el rostro aguileño del hidalgo, su cabello de nieve, la frente lisa, corva nariz, barbas luengas, bigotes grandes, boca pequeña, dientes, ni grandes ni pequeños, con cuerpo de puros huesos, piel lívida y mirada triste. Don Quijote, al percatarse del extraño rodeado en llamas, temeroso, comenzó a decir: —Conjúrote, fantasma que el fuego no quema, a que me digas quién eres, y que me digas qué es lo que de mí quieres. ¿Acaso eres mago de Persia, brahmán de la India, o ginosofista de la Etiopía?, ¿Es acaso tuyo este templo de la inmortalidad que mis pies han osado hollar? —Señor don Quijote, no tema, yo sólo soy alguien que conoce de sus proezas, de sus aventuras y de su fama que ha traspasado el mundo. Jorge Luis Borges me llamo, y le pido a vuestra merced me acompañe al anfiteatro donde todos los personajes, sin excepción, lo estamos esperando —Aunque no os conozco, amigo —respondió don Quijote—, ni sé quién sois, permítame preguntarle sobre sus extraños poderes de danzar con el fuego. ¡Válgame Dios! ¿No serás acaso Merlín, aquél francés encantador que dicen fue hijo del diablo? Y dicho esto, alcanzó a dar cuatro bostezos y cayó como tronco, roncando a pierna tendida, toda la noche boca arriba. Cuando despertó, Borges todavía estaba allí, en el centro del anfiteatro circular. Y alrededor del templo incendiado, como alumnos taciturnos, fatigaban las gradas todos los personajes de las aventuras de Don Quijote, desde la dulce Dulcinea, el fiel Sancho Panza con los leales Rucio y Rocinante, el Bachiller Sansón Carrasco, el desdichado Basilio, la tal Ana Félix, Cide Halmete Benengeli, muchos más que no alcanzaría nombrar, y hasta el propio Miguel de Cervantes Saavedra. Todos permanecían observando al atónito Don Quijote que permanecía como si estuviera a muchos siglos de distancia. Cuando Don Quijote, con los ojos tiernos y llorosos, se acercó a Borges y lo abrazó como quien abraza a un amigo de muchos años, ya sabía que aquel fuego sagrado era el fuego de la inmortalidad y que ninguno de ellos era de carne y hueso. Y se repitió lo acontecido hace muchos siglos: Don Quijote alargó la
Kcreatinn-Creación y más

mano, tomó una pluma del ave Fénix, y, sin el menor remordimiento, en el colmo de las imposturas, empezó a escribir: En un lugar de La Plata, donde ha tiempo reinaron enormes mamíferos nunca vistos…
(*) Manuscrito encontrado debajo de la estatua del Triunfo de la Fe Victoriosa, aquella giganta de Sevilla, tan valiente y fuerte como hecha de bronce, durante las reparaciones después del terremoto del año 1755, escrito en idioma Zend, que por avatares del destino llegó a la biblioteca de un estudioso argentino de los libros sagrados de los Parsis. Apenas traducido al español, se produjo un extraño fenómeno de autocombustión, perdiéndose para siempre el manuscrito con la firma original de Miguel de Cervantes Saavedra.

Una mujer de cabellera negra
Javier Farfán Cedrón

U

na mujer de cabellera negra camina por la estación de trenes. Sobrepasa a la oruga gigante que es el tren que está partiendo del andén 7. Desde el panel de itinerarios se puede ver cómo su abrigo negro se abre para mostrar sus piernas largas envueltas en botas negras de taco y una falda púrpura que besa sus rodillas marfil. Los estirones de sus piernas acaban en sus pasos sordos. Ahora empieza a correr con la boca entreabierta. Se escuchan todos los ruidos de la estación, menos el de ella. No se oyen los tacos altos de sus botas, ni el roce de su abrigo con su falda, ni su jadeo. Es como si ella estuviera en una jaula inmensa de vidrio y los gritos de su frente y de sus cejas le van a romper los tímpanos. Pero esa muralla de vidrio, invisible, que la envuelve, no permite escucharla. Se detiene frente al panel de itinerarios. Su cara es blanca. El maquillaje de sus ojos se desliza por sus mejillas huesudas a través de dos hilitos negros que acaban en su cuello delgado. Abre y cierra los labios sin cesar. Como si estuviera recitando un mantra, una oración, un poema. Mira los itinerarios y sus cejas congelan un grito prolongado, y, sin vergüenza, su frente arruga otro grito más discreto, como para acompañar el desengaño del grito entumecido de las cejas. Tiene la garganta seca porque se le escucha pasar saliva. Se voltea y mira hacia los andenes de la estación. Su cuello va moviéndose como una grúa que sostienen sus ojos que son una cámara de cine haciendo una toma de ciento ochenta grados. Revisa con la mirada todos los trenes, empezando desde el andén del fondo hasta el otro extremo de la estación. Mira hacia el techo de fibra de vidrio que desnuda un cielo cenizo. Su cuello blanco tiene moretones alrededor de la manzana de Adán y 16

una hinchazón debajo del mentón. Baja lentamente el cuello y deja levemente levantado el mentón. Sólo le ha quedado el grito de su frente. Con el mentón ligeramente tirado hacia atrás parece empezar a oler a los hombres, a las mujeres, a los niños, a los ancianos que caminan cada uno en sus carriles por la estación. Sus fosas nasales se agrandan como las extensiones de un radar. Huele al gentío decidida. Ahora busca con la ansiedad de la sed en el desierto. Se muerde el labio inferior para dejar mover los labios. Se mira la falda. Se mira las botas largas y altas. Descubre que tiene el cabello despeinado. Descubre que tiene un bolso color cobre que cuelga de su brazo derecho. Agarra el bolso con las dos manos y busca dónde sentarse. Al costado de un kiosco donde venden periódicos descubre un espacio vacío en una banca ocupada por una mujer negra y gorda de vestido largo color naranja. Se sienta al borde de la banca con las piernas juntas. Hurga en su bolso. Saca un espejo. Se pasa una mano por el cabello, se limpia el maquillaje negro que se la ha corrido a las mejillas, se toca los moretones del cuello con la yema de los dedos. Mira hacia el panel de itinerarios, deja caer el espejo dentro del bolso y se pone de pie. Aguaita hacia el fondo del andén y sus labios dejan de moverse. Sus ojos se agrandan y tienen el brillo del cristal. Comienza a correr hacia un hombre de abrigo impermeable y bufanda verde que acaba de bajar del tren de este horario. El hombre se detiene y la mira con la cara en blanco. Ella también se detiene a un paso de su cara. Lo observa y deja caer sus brazos a cada uno de sus costados. “Perdón” —dice ella—, “pensé que era alguien que conozco.” El hombre la mira, ladea la cara, estira el labio hacia un costado de la cara, como para sonreír; mira al piso y continúa caminando hacia las escaleras que dan a la salida de la estación. Ahora la mujer está parada en un andén, entre dos trenes que acaban de llegar. Hombres, mujeres niños y ancianos bajan de los trenes. Ella no reconoce a nadie. Lentamente la mujer de cabellera negra regresa a la banca junto al kiosco de periódicos. La mujer gorda de naranja ya no está. Se sienta en medio de la banca y separa las piernas largas. Con los labios bien cerrados, sin ningún grito en la frente o mueca alrededor de la boca, abre su bolso y extrae un pequeño revolver. Cabe en la palma de su mano y lo envuelve con sus dedos largos que se cierran alrededor de la cacha y parte del cañón, como una pequeña telaraña que no logra envolver a su presa por completo. Lleva el cañón a su nariz y lo huele. Mueve la cabeza de arriba abajo, débilmente, como si
Kcreatinn-Creación y más

reconociera el olor. Mete el revolver dentro del bolso como si se tratara de un encendedor. Mira el panel de los itinerarios y mira su reloj. Se limpia los ojos con la manga del abrigo. “Aquí nuestras vidas se apartan” —piensa ella, y acaricia el bolso.
[Escena]

Algún día, algún nombre
Valmore Muñoz Arteaga [Venezuela]

n El Jardín Perfumado de Jeque Nefzawi, se narra la historia de un bufón llamado Bahlul, en esta historia se cuenta que toda vulva lleva inscrita en su abertura el nombre de aquel que debe entrar en ella, quizás haciendo algún tipo de alusión a lo dicho por Mahoma cuando éste afirmaba que “todo hombre lleva inscrito su destino en la frente”. ¿Si te abro las piernas buscarías tu nombre en mi vulva? ¿Y si tu nombre aparece, entonces te diré como Lemnius hizo decir a su Bora en Las Noches de Lutero: “empuja, te lo ruego, perfórame el coño / que el golpe de tu nervio resuene en mi séptima costilla” O lo que Abu Othman Haleby escribió en El Libro de las Leyes Secretas del Amor, que deberás empujar todo tu hurgón y amasar la cabeza contra el orificio de mi brasero? —¿Y si no está? ¿Si, después de todo, mi nombre no aparece? —No seas estúpido, tu nombre va a estar. Anda, mírame, mira cómo abro mis piernas para ti, asegúrate de lo que Sorano escribió sobre mi clítoris en su Gynaecia, que “es el origen de los dos labios menores, y por su naturaleza, constituye un trocito de carne casi igual que un músculo; y se le ha llamado Nymphe, porque ese trocito de carne se oculta como novia”. Mira, fíjate bien en mi sexo, es como un animal vivo que respira, sé que está empapado porque siempre está requiriendo un empalme más directo, una caricia más concreta. Anda que “tengo el vientre expandido, el culo enorme y chato, / el coño distendido, grande como un capazo, / capaz de contener de arras las mercancías…”, así como escribía Deschamps. Pero no quiero tu carne dura templándome el cuerpo, quiero tu lengua conquistando mis espacios. Verte así me hizo recordar la poesía de María Calcaño, una poesía hecha con la densidad, la corpulencia y la honestidad de la carne. Una poesía que, como la propia Calcaño, no tenía salvación, 17

E

justamente por ser un verso que arde en venas trágicas. Entonces se me revelaban en la humedad abierta de tu sexo trozos de carne de su poesía indómita: “Carne… Carne mía, / intensamente llama, / intranquila, poseedora: / abre, / tú eres como un jardín…” Se me revelaban las palabras que me perdían para el mundo. Tu carne abierta me hacía regresar al origen. A través de tu cuerpo y tus palabras comprobé que era un ser extraño, un pueblo sin campanas por la mañana, un eco donde el fuego florece como fantasma que vela por la llegada de los barcos. Un ser extraño que golpea con crucifijos metálicos las paredes de esta oscuridad cada vez más grande, más insobornable, más certera. Tu carne abierta, mojada de catástrofes donde mi espíritu desciende cantando hasta no alcanzar a oír el ruido de los animales. Confundido por la carnosidad de tu entrepierna canté la romanza infausta de las partidas. Me lancé desnudo hacia la profundidad de la noche donde manan las extravagancias de los amantes y uno se queda mirando en silencio al abismo. Tu voz se desparramaba como madera ardiendo, me pedías entre cada lengüetazo en tus labios vulvares que difundiera el aliento del pecado entre tus piernas. Intercambiaba mi lengua con mis dedos. Aturdido, veía cómo desaparecían dentro de tu sexo, cómo eran consumidos por tu carne hinchada, roja. Palpaba tus paredes internas. Estaban babeando deseo. Separaba con cuidado los labios para repasar con mi lengua la cavernosidad donde duermen los lagos. Mi lengua se hundía en un pantano de contracciones irregulares. Desde las profundidades de tu vagina mi lengua tropezó con otra lengua que me decía: “¿Por qué has venido a hallarme? / Mira aquí mis largos deseos como estrellas. / Tengo miedo de nombrarte, / de que sólo seas sueño…/ Mi cuerpo tiembla todo como luna en el agua. / Y contra mis manos mudas / mi vientre se me huye…” Era María Calcaño, su boca era tu sexo enardecido. Nos besamos. Sus labios tomaban mis labios. Me descubría en su saliva que se chorreaba de mi boca. “Sé que vas a matarme —me decía entre lenguas que iban y venían convulsas—, pero ven a matarme”. Tus muslos eran sus hombros y yo los tomaba entre estertores. Estaba borracho, complacido, sin angustias, henchido por tus secreciones o su saliva; ya no reconocía nada, tan sólo mi lengua como pez fugitivo se enfrentaba a las aguas picadas del deseo más desesperado. Una voz que ya no sé si era tuya o de ella me increpaba a buscar el alma en el cuerpo sometido. ¿De quién es este cuerpo? —me preguntaba, perdido en el gozo—. —Socávame por detrás, mete tus dedos y búscame el alma, —me decías, ahogada en secreciones—.
Kcreatinn-Creación y más

—Pero cómo sabré cuál es tu alma en medio de este concierto sin sentido de carnes ciegas. —“Mi alma es un navío —respondiste— sobre el agua multiforme.” Busqué entre tus entrañas hasta hallar una luna blanca de espumas borboteantes. Azotados por el orgasmo volcado sobre nosotros, agotados de luchar bajo el agua encrespada de los cuerpos, tomaste la luna entre tus manos. “Todo esto —dijiste por fin. Sólo esto, / grande y desesperado, / soy yo”. Entonces, buscando recobrar el aire perdido entre las sacudidas orgásmicas, con un Cristo de un rosario que entre salía de una gaveta junto al lecho donde guardaste tus muñecas, tallaste mi nombre en la frente inflamada de tu vulva.

Jueves 9, por la tarde

Con María en el laberinto
Jack Farfán Cedrón

“Llego a mi centro, a mi álgebra y mi clave. A mi espejo. Pronto sabré quién soy”. Jorge Luis Borges

H

as dejado la puerta abierta, María, ¿no ves que pueden invadir los hombres de corazón extirpado? Francamente tu dejadez me indica que te has aburrido de mí. A esa hora de ausencia parecía que la luz tormentosa cobraba vida. A veces sus pulsaciones de ocaso, su rosa apagada, un corazón que tarda. Aparece y desaparece, en revoluciones de enigma sombrío. El sitio del enigma, escucha, María, otra vez zumba en mi oreja como el pequeño motor de la creatividad instalado en mi oído. Obedece a una necesidad de dictarte un relato, un corazón cansado, las tediosas variaciones, sus causes infinitos. Ruinas, ríos desde un pasado predecible, que fenece, el tenebroso crepúsculo traiciona. Si un solo tigre borrara de un zarpazo mi memoria, todo sería más apacible en este laberinto. Se me antojan vanas tus anotaciones, tu voz cansada, frente a un invidente teñido de sombra, de interminables historias por corregir, ad infinitum. Te escucho atenta a mis palabras, que escucho lamentables, precarias. El correr de la tinta sobre el papel simula una historia 18

incesante y efímera en tiempo indeterminado. La figura exaltada que construyes al escribir se imanta con el pulso, desaparece. Verter de lágrimas deteniendo vagidos del fusilado, el momento deparado para que una historia perdure, el detenimiento del tiempo, su efímero paso. La sombra, la idea de tu sombra. Todavía pasas deslizándote con una suavidad resignada por las páginas. Presiento que reinventas lo que lees para mí, y esas pequeñas historias provienen de la biblioteca que ya ha empezado su revolución ficticia en la memoria universal de los lectores. Será justo, querida, que cualquier ente humano palpable en una palabra acceda a toda la sabiduría de los hombres. Percibo, a sólo unas décadas, la inmensa Biblioteca de Babel disponible en unas cajas electrónicas accionadas por botones. Obedecen a unos circuitos de una memoria, y esa memoria converge en una matriz, la infinita Biblioteca de Babel. Es vertiginosa toda idea contable, es vana la numeración sucesiva que amerite la idea de cantidad. Pánico y zozobra, mujer de sombra tranquila, duda y plegaria ante lo vertiginoso de la sabiduría. Verte asomada a mi cegueracrepúsculo, que enfrentas conmigo. Sólo la idea de perderte en un sueño plomizo me arrebuja, me vuelve una pequeña grieta del corazón extirpado del hombre que sintió demasiado, en una perceptible agonía de saberse soñado, por otra dormida quimera. El Aleph refulge, todo parece indicar que debo seguir sus palpitaciones, el zumbido no cesa en el interior de mi oído, corazón dialéctico, máquina del tiempo. Cada vez te imagino tramando en esa luz pálida lo que todavía no mencionas, franja de luz alejando, planeta sagrado, lo que aún piensas antes de proferir palabra. Riges el centro de mis fulguraciones, tú eres la voz calmada de una historia seguida. Dame tu mano, María; está fría, ha de ser que el aura de tu mano ha rozado una aurora boreal que ha sitiado un nardo, una pluma, un sueño designando su existencia. ¿Pasaste por la panadería? ¿Viste al hombre con el corazón extirpado? Explotó por la debilidad que acarrea soñar demasiado. Calla, advienen infiernos, en semicírculos que rematan su otra mitad a lo largo del cuerpo vertical descendiendo al tormento merecido. Infiernos, aguas del pasado, y esos heresiarcas de la sabiduría, monjes paganos que morirán por un ciego golpe de agua. Era un sueño, y no podía dejar de rehacer la realidad reinventada. Repite la cita, suena como envejecida. Modula un poco, María. Ahora cae larga. Su laberinto es de fuego. Los gritos desesperados emergen de las ventanas sagradas. Hay antorchas; vámonos, María, la lucidez es un juego peligroso. Alfil, la duda. La curva detestando el tiempo de los caballos detenidos en Ciudad Desierta,
Kcreatinn-Creación y más

la fatiga indeleble de la nube rosa oscilante aquella madrugada, la precaria caída de los restos de una lluvia dorada bendiciendo el torpor de hombres primigenios: Uqbar. Abrir y cerrar de puertas. Directo hacia los gritos. Reptan. Suben de esta sombra. Déjame con mi franja de luz tranquila, rosa oscilando mi eterna lucidez oscura en su interior refulgente de oscuridad a pausas, el calmado ocaso desprendiendo historias infinitas, sucesiones de esferas, un hombre rojo y cansado, una pluma cayendo, en la hora y en la hora del reverberar panal de todos los días, el corazón sangre de toro extirpado del hombre que fue soñado por otro hombre soñado, por otro...Esa quimera ideada durante la invención de un sistema de escritura que borra los recuerdos, palpitando en rosa claridad emitiendo sus ciclos, el Aleph, sus inexplicables revoluciones, el zumbido de la creación atormentando mi oído. Cierra el nardo tocado esta mañana, María, o su idea perdurable, cierra la penumbra de los pasos.
[Diario]

*** Los muertos dejan vivir a los vivos, y los vivos viven de los muertos. *** Confórmate y morirás. *** Antes de humillarte, cuélgate de un árbol. *** Al frente de la riqueza hay alguien hambriento. *** Unos ojos colgado de la ventana, hambrientos, harapientos, tontos; seguirán así porque su dueño es hombre. *** Tras de la belleza y perfección, hay humillación, muerte y violación. *** Conquístate, de lo contrario te someterán. *** Una oportunidad está en el bolsillo del compañero. *** La calidad es inversamente proporcional a la decencia. *** Si me pides elegir entre tú y un outsider; elegiré el segundo porque aún no ha sido exprimido. *** Con algunas cuantas monedas se compra almas. *** 19

AFORISMOS
Viajes
Eduardo Farfán Cedrón

El tiempo es la ventaja que el hombre nunca tendrá. *** La única enseñanza es la de estar seguro de cómo actuar, cómo proceder. *** La gente es irrelevante cuando debe serlo al espectador. *** Todo se relaciona. El desinterés y conformismo del hombre castrado de espíritu se multiplica y se extiende por todas las mentes limitadas. *** El desprecio hacia el hombre es equivalente a su humillación.

Kcreatinn-Creación y más

Los santos y dioses no te protegen, se burlan y aprovechan. *** El deseo es dulce si lo llevas al extremo.

*** Si mirases a través de ti, verás que no existe nada, porque eres una nada en el centro de la piedra sobre tu hombro. ***

*** Acoge el dolor, derrámalo y compártelo para que se alivien los hombres. *** Dos extremos se unen cuando al centro van sus deseos. *** Uno, dos míseros soles tras una mano. *** ¿Por qué te guías del adversario? *** Una mujer te hace perder sentido a ti mismo; tú pierdes mujeres sin sentido. *** Todas las quejas provienen de la inseguridad. *** La esclavitud de no ser tú. *** Úntate de orgullo y alcanza poder. *** La inutilidad de nunca haber hecho nada. *** Carga las piedras como la culpa de un pueblo. *** Mira al extremo y refleja tu miseria intencional. 20 *** Una palabra sin más que contar… *** Deseo, del sexo al espejo, del espejo al sexo, sin más pena que seguir. Mírate cómo no haces más que nada, mírate cómo te arrastras por alguien, ¿es acaso que tu miseria es sabia? *** Cuánto poder, sin qué saber hacer… *** Vierte tu sexo lloroso sobre mi ira de ver una puta triste. Lucha sin nada, en silencio, contra ti y contra la intención de todos de querer hacer nada nunca. ***

Y todo da vuelta
todo da vueltas, vueltas como las ideas raras y personales que tengo, que surgen como una erección, de esas que no quieren ceder y hurgan en el pantalón hasta hacerlo notar. Esa idea tipo, el orgasmo de una mujer que pretende serlo, ese orgasmo impersonal que ni siquiera es a consecuencia del hombre, sino de sí mismo. Porque cada orgasmo es un mundo, un mundo personal y único, que no es compartido, más que por las secreciones. El orgasmo es la representación coital del egoísmo, ese egoísmo que envenena la sangre del hombre, que lo vuelve parco y estúpido, tonto y feo. ***

Y

E

l hombre de la idea sola, de la acción sola, del arma en la sien, buscando pasos bajo la luna
Kcreatinn-Creación y más

llena. Ese pequeño hombre flaco, paletudo, que camina inclinado, escuchando la noche fría, soportando ese vientecito que hace que cierre ligeramente los ojos. Ese hombrecito que aprende, constante, a serlo, o mejor dicho, juega. Juega al hombre que intenta todos los días encontrar frente al espejo, ese pequeñín que nunca debió salir del cascarón. Esa noche busca desesperado sus ideas tras de sus pasos, él se ve caminando solo, hablando solo, susurrando ideas obscenas precedidas por una paja. Ese individuo que recorre su vida, tratando de encontrarle sentido, sentido al tiempo, sentido a su vida. *** se lugar al cual nunca debió llegar, ese lugar que no lo trató sino como una basura, un estropajo, un simple fantasma, que hasta hoy merodea por esos lares. Cuando pasa cerca, se le vienen a la mente los recuerdos. Esas presiones emocionales, esos sudores y bochornos que costaban tanto y dolían la boca del estomago, esos malestares estomacales a causa de alguna mujer inalcanzable. Tan inalcanzable como esa ducha a medianoche hurgando una cavidad rara y grande, bastante usada y de mal gusto, olor y aspecto. Esa medianoche añeja, podrida, de mal humor y de mal todo. *** oda la basura de la existencia del hombre se vierte en un simple cerebro de mierda, que a veces estalla y estalla y no sabe adónde meterse, como ahora. Ese cerebro raro que pretende llamar la atención, que maltrata sus neuronas e hígado, esa inexplicación matutina de por qué tuvo que ser así, por qué tuvo que pasar, por qué no fue de otro modo, por qué carajo Dios se olvidó de ti cuando te parían, por qué mierda la existencia del despreciable ser tuvo que ser exitosa. Cuando el cielo llegue a la tierra, rasgarán las vestiduras del creador, ese creador que no es hombre, que no es humano, y por tanto no sabe del sufrimiento de los otros. Ese padre que viola a la hija, ese hermano que se masturba pensando en las tetas de su hermana, ese morbo tonto, despreocupado, no pretende sino servir al demonio. Cada demonio dentro del hombre hace al mundo inhabitable, lo hace simplemente un mundo de Dios. ***

no tendría trabajo… *** lguna vez la muerte me encontró y no pudo contra mí, una muerte tísica, triste y campesina. Una muerte que cada cierto tiempo pasa por tus ojos, tal vez uno de estos días la tomes. Es como en el Sétimo Sello, jugar una partida de ajedrez contra la muerte sin que ésa pueda con la partida. Cada día se acerca y pretende verter sus malas ideas. Despojar a la familia de uno de sus favoritos. Esa señorita vestida de negro, o tal vez de rojo, porque los tiempos han cambiado, es seductora y pasiva, te enamora y endulza el camino hasta lograr lo que quiere. Uno no tiene más que rendirse a sus pies, a sus piernas, a su imagen, a su sombra, a su cuerpo; la danza de la muerte estalla en la habitación, se ve peluda y hedionda, llena de baba, gritando obscenidades, maltratando su ser. Ésa muerte asquerosa, mala, idiota. Esa muerte a la cual nadie debe temerle, porque no es nada, nada puede hacer nada contra el Superhombre de Friedrich, contra quien le permite existir. La muerte es una consecuencia del hombre; sin él no existe, y sin ella, éste podría llegar a ser infeliz. *** n sueño. Caminaba por calles con lodo, mojaba mis pies, llovía, sentía frío y veía pasar gente caminando de espaldas, como si alguien las jalara a través de hilos, esos hilos eran sus miedos, que lo arrastraban a hacer nada, los hilos de una fuerza que no se puede controlar, esos hilos te manipulan a decir y a hacer cosas que ni siquiera piensas que podrías, esas hebras no son más que tus sueños, aquellos que nunca despertarán, y siempre serán ficción, porque nunca podrás liberarte de ti mismo, nunca podrás ser libre, hasta que llegue el momento de liberarte y no mostrarte. Ya no te verán porque no estarás, no existirás…. *** uando el dolor es parte de tu naturaleza no puedes hacer nada contra él, porque te dañarías; nadie puede hacer nada contra él. Es un elixir que nos gusta tenerlo, una sensación que arrastra beneficios, aunque no se perciban de inmediato. Un dolor es igual a dos y tres y/o los que sean, pero sin dolor nada es normal; siempre nos duele algo, siempre, desde pequeños, y ¿sabes por qué? Porque es una herencia del creador (esto es para los que creen en la creación divina), y 21
Kcreatinn-Creación y más

A

E

T

U

C

S

i cada hombre fuera Dios, no fuera capaz de llorar, de sentir, de estar abrumado. Sin el hombre Dios

para los evolutivos, también aplica, puesto que siempre el sobrevivir trajo dolor al hombre. Parir duele, hacer el amor duele, llorar duele, hasta cagar duele, a veces. ¿Por qué somos tan frágiles? ¿Tal vez para depender uno del otro? ¿Es que fue tan bien planeada la aparición de hombre? ¿Cómo es que hasta estos detalles fueron considerados? Desde la aparición, éste estaba destinado a ser parte del redil? *** a muerte separa al hombre justamente para darle el chance de que deje el redil y sea un activo para la sociedad. Si bien la compañía es útil y sirve para la creación, muchas veces lo hace caer en el vicio y aburrimiento, y borra de su ser todo lo creativo. Mucho amor es mierda, poco amor también. Tener mucho es malo, y no tener nada peor. El equilibrio es lo que debe buscar el hombre. Cada uno debe hacerse daño para renacer, cada uno debe sufrir la necesidad de conocimiento para que crezca. Bono crea a partir del sufrimiento de negritos que mueren de hambre, Jolie gana más dinero por adoptar dos ratitas, que sólo las carga frente a algún lente. El dolor es un negocio, “la desgracia de uno es la fortuna del otro”. A cambio de dolor obtenemos cosas. Cuando pequeños caíamos al piso y nos golpeábamos; para dejar de joder y llorar nos daban una recompensa. Claro, ¡ay de los idiotas que hicieron de esto una estrategia para tener más, pero no lo pudieron controlar y realmente se convirtieron en pasivos! Algo parecido ocurre con los mendigos, aquellos seres que deciden no ser nada, no hacer nada y burlarse de nuestros corazones para tener todo gratis. ¡Ay de los mendigos de cosas! ¡Ay de los de sentimientos, éstos pueden hacer todo para obtener la atención de alguien; estos son los orates que a partir de algo obtienen siempre lo que quieren y disfrutan más que los que lo consiguen de manera natural. ***

podrás dar autenticidad a tus acciones. Ése es el camino, ir tras los pasos de los “maestros” del teatro para encontrar herramientas para poder burlarnos de la gente, creando personajes que expriman todo lo de los demás; el reto es no quedar loco en el intento… ***

S

L

imulan ser toros cansados al final de la corrida; algunos más viejos que otros, agrandan las olletas de la nariz y abren los ojos, respirando nerviosos muestran su desgracia. Se ven frágiles y estúpidos; gente adulta temiéndole al cuco… ¿Qué pensarán de ellos sus hijos, al verlos tan débiles? ¿Qué diría su mujer, si tan sólo la noche anterior su arrogancia aún estaba a borbotones mostrándose en la alcoba? Nadie cree saber lo que ve sin sentir cuán mal se siente una desgracia común… ***

T

ampoco tiene sentido ser el mismo, de lo contrario te vuelves aburrido y tonto; ser voluble es bueno y malo a la vez, depende cuándo, cómo y con quién lo seas. En este mundo, sólo debes hacer que te quieran, que te respeten, y nada más. Salta sobre sus cabezas, vuélalas, arranca orejas y rabos cual corrida de toros; defiéndete, y a los que tú decidas defender, actúa, aprehende tu personaje diario para tener lo que los orates buscamos. Tal vez Constantin no estaba equivocado al decir que interiorices tu personaje sin hacerlo, sólo usando la memoria emotiva como una nave de la memoria; así 22

s tan pesado ser lo que soy. Levantarme a atender al crío cagón. Cerca de las 11 a.m. aún sigo en piyama. Paseo de cuarto en cuarto buscando una vida, levanto el crío para poder lavarlo y peinarlo. Releo lo que el afiche-chica me dice, y sonrío, sin darme cuenta de que me observan. Siento un poco de vergüenza de mí misma de ser tan inocente. Al bajar las escaleras con el crío que me da manazos en la cara, me vienen a la mente ideas acerca de cómo llegue aquí, con extraños, aceptando sus ideas y comentarios estúpidos, aceptando sus vidas y perdiendo la mía. Llego a la cocina, dejo al crío sentado en su silla; no quiere soltarme; debo hacer las cosas sosteniéndolo, mientras sigue recostándome sopapos en la cara, le pido que se detenga, lo hace con más fuerza; lo sacudo y lo dejo en silla. Llora. Alguien baja las escaleras y se detiene en el umbral de la cocina, pidiéndome que le sirva una taza de café. Levanto el Thermos®, saco la tapa y sirvo el agua. Aún pienso en ese afiche-chicha. ¿Qué debo hacer hoy? Nada. Nunca hago nada, salvo buscar mis pasos; regreso una y otra vez, y mientras lo hago, pregunto si de verdad valió la pena hacerlo y si valdrá la pena continuar. Alcanzo la taza a la mesa, puedo oler su aliento a mierda porque en el preciso momento que me acerco, bosteza frente a mí. Debo preparar la teta para que deje de joder, qué pesado es esto. Anoche pude tirar luego de varios días; en realidad no pude llegar; pensaba mucho en la idea de ser libre nuevamente. Pude sentir su verga fláccida entre las piernas. Debo gemir con cuidado para no despertar a nadie. ¿Por qué mi sexo no me gusta? ¿Cuándo podré
Kcreatinn-Creación y más

E

ser mujer? Tengo que aguantar el olor ácido de su verga; exige que se la mame cuando no me gusta hacerlo; tal vez si se bañara o se la perfumara, pudiera ser diferente; dicen que la piña la hace menos hedionda. Ése líquido de mierda que recorre mi lengua me produce nauseas. Me posee con las piernas sobre sus hombros; le pido que lo haga despacio porque estoy doblada y amontonada contra la pared. Llora la criatura. Debo ponerme la bata para ir a atenderlo. Camino al cuarto del bebe, me cojo la entrepierna y recojo ese líquido, llevo a mi nariz mi mano; huele mal. Tal vez le pida que me la chupe también. Cuando está borracho me lame hasta el culo. Es rico, pero raro. Levanto al niño, saco el seno y se lo ofrezco mientras lo mezo entre mis brazos. Duerme rápido. Regreso a la cama y encuentro que se la había corrido ya, para luego dormir. No se puede hacer mucho contra la arrechura. Me recuesto despacio para no despertarlo. Miro el cielo del cuarto mientras acomodo mi cabeza sobre la almohada. Está fría la noche y huele a pedo. Esta mañana mientras cocinaba, alguien hablaba de una película, donde una mujer pasaba por un subterráneo, en la noche, sola. Había un hombre que estaba pegándole a un maricón. La mujer se detiene ligeramente a ver; el hombre toma a la mujer, la golpea, la pone boca abajo, le levanta el vestido, rasga el calzón y se la mete por el culo. Me dio pánico pensar en ella, y más en mí, en caso de que fuera la mujer. El relato continuaba, con escenas violentas, las que decidí no escuchar, sólo aparentaba, hasta que se dio cuenta de mi actuación y me restregó en la cara que no me interesaba por el arte y eso que llaman cultura. Sentí sonrojarme y pedí disculpas agachando la cabeza mientras lavaba el arroz. ¿Por qué no logro interesarme? Siempre digo por qué. Estoy harta de mí, de mis pensamientos, de la atención que me da la gente, si es que a eso se puede llamar atención. No me gustan mis palabras, me siento idiota cuando abro la boca, es por ello que nunca miro a los ojos de los demás, para no sentir ese bochorno. Trabajo para esconder mi idiotez. Todos los días me dice que tengo que dedicarme más a mí, pero cómo hacerlo si no tengo tiempo de nada, ¿o si? No quiero ser lo que me dicen que sea, no quiero hacer lo que me dicen que haga, mucho menos si viene de mi suegro, un viejo viudo y amargado, además que no tiene sentido perder el tiempo en algo que no tiene valor para mí. Soy lo que soy y punto. ¿Y si lo intentara y me gustara? Pero si eso ocurriera, creo que tendría que competir con él. Imagino una sobremesa discutiendo de películas y cosas así. Qué aburrido. Mis amigas no tienen por qué pasar esto; son felices con novios normales. El mío también lo es, pero creo que quiere ser alguien más, y cuando murió 23

su madre tuvo una fuerte depresión. No tenía ganas ni de tener sexo. Una noche hice el esfuerzo por cumplir sus fantasías. Me hice dos moñitos a los costados y me puse un vestido corto, usé un maquillaje fuerte. Lo que pasa es que siempre que llega borracho, busca mi entrepierna y me la mete sin siquiera yo estar mojada, mientras me dice al oído ‘perra o puta o zorra’. Por eso me vestí de puta esa noche, pero no funcionó. Fui al espejo me vi, y me causó mucha gracia ser la putita de mi marido. De algún modo tengo que pagar por lo que hace por mí.

RESEÑAS
Jack Farfán Cedrón

Borges Oral, Conferencias, de Jorge Luis Borges
oralidad es el principal vehículo de comunicación entre los hombres, aun entre los animales y los objetos. El hombre en sus disímiles intentos por transmitir sus pensamientos, ha legado pinturas rupestres, señales de humo, escrituras cuneiformes, jeroglíficos, entre otras formas de escritura. Pero la oralidad compenetra al orador con el oyente. Un solo orador dirigiéndose a uno solo de los asistentes a una conferencia, puede crear un vehículo de comunicación tan persuasivo, que daría la impresión de que la conferencia sólo estuviera dirigida a él. Ya por necesidad económica, ya por legar conocimiento, a partir de 1949, Borges inicia el dictado de conferencias con una disertación sobre Nathaniel Hawthorne, y se convirtió con el correr del tiempo en una incesante actividad, que en principio era estimulada con una copa de vino o guindado, motivo por el cual, soltura y erudición se combinaban para mostrar al Borges orador, al Borges compenetrado con sus alumnos ávidos de conocimiento. Así, Borges sustentaba que una buena conferencia era como estar pensando en voz alta; si lograba esto, entonces sentía que había sido una buena conferencia. En Borges Oral, consistente de una reunión de conferencias dictadas en la Universidad de Belgrano, encontramos a un Borges más humano y con un lenguaje más sencillo que el de su obra escrita, no menos plagado
Kcreatinn-Creación y más

La

de citas y valiosísimas reflexiones filosóficas. En “El Libro”, primera conferencia dictada el 23 de mayo de 1978, Borges resalta la idea de éste como algo divino, en donde cita a Bernard Saw cuando le interrogan que si creía que el Espíritu Santo había escrito la Bíblia y él contesta: “Todo libro que vale la pena ser releído ha sido escrito por el Espíritu”. Todo libro tiene que ir más allá de su autor —prosigue—; todo libro es todos sus lectores. Cuando alguien recita un verso de Shakespeare, en ese momento el lector es de alguna manera aquel momento en el cual fue escrito el poema; es decir, Shakespeare —acota—. El libro, La inmortalidad, Emanuel Swedenborg, El Cuento Policial, El tiempo; Borges Oral es una miscelánea de conocimiento reflexivo, filosófico, enigmático, legado que el erudito transmitiera a los alumnos de la Universidad de Belgrano. No olvidemos además que Borges profesó la docencia a lo largo de 20 años en la ciudad de Buenos Aires, y que tras varias operaciones de cataratas hasta 1955, Borges pierde la visión totalmente, desarrollando así una lúcida memoria, y un vasto sentido de la oralidad. Borges Oral ha sido transcrito, íntegramente, a partir de grabaciones magnetofónicas de dichas conferencias; exceptuando, claro está, algunos titubeos y tropiezos a la hora de la disertación. Borges, al hablar de su ceguera la definía como un lento crepúsculo que ha durado más de medio siglo, un crepúsculo en el que dictaba libros de poemas, ensayos, cuentos… un crepúsculo que para sus lectores es y será siempre, toda una eternidad de conocimiento e imaginación vastas de uno de los más grandes escritores del planeta.
*Referencia bibliográfica: Borges, J. L. 1997. Borges Conferencias. Emecé Editores, Buenos Aires-Argentina. Oral,

Borges: erudición y talento incomparables
los 4 impecables tomos de la última edición de las Obras Completas de Jorge Luis Borges, (Emecé, 2005) no me queda, no sin aliento, venerar de manera categórica la vasta erudición e imaginación del genio argentino, que humildemente sostenía, que a veces a él mismo le desagradaban sus poemas, justamente en uno de sus poemas, afirmación que no acepto, ya que un hombre que ha trajinado los más variados géneros de la literatura: relato, poesía y ensayo, no puede osar esa 24

Cotejando

afirmación que denota su evidente y no menos irónica humildad. Desafiando a sus lectores, urdiendo libros ficticios en la mente de los hombres, citas inimaginables que en unas cuantas líneas o palabras podían describirnos mundos, historias de no menos variada literatura que la tejida por el gaucho. Capaz de memorizar citas infrecuentes, autores remotos, Borges nos imbuye en una vasta filosofía, historia, geografía, teología, entre otras ciencias, legadas por la humanidad a través del tiempo. Aun en biografías sintéticas publicadas en la revista argentina El Hogar, entre los años 1936 y 1940, ya en sus reseñas y breves tips de la vida literaria, Borges denota una secreta seriedad bibliófila de tigre en acecho frente a sus lectores. Evidenciando un dominio pleno del lenguaje y el haber leído a los clásicos, eso, combinado con un extenso conocimiento de la filosofía, junto con la técnica enciclopédica, de suntuoso resumen, sólo atinamos a imaginar esos lugares remotos con ríos furiosos que muerden el amanecer silencioso con discípulos que sueñan a sus maestros. Esa fuerza persuasiva de frases como: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”, o las portentosas enumeraciones encontradas en El Aleph: “Vi en Iverness a una mujer que no volveré a ver” (…) “vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol”. Ese carácter firme vestido de frac, que nos arranca más de una frase de admiración en la intimidad entre su obra y algún “querido y remoto” lector. Esa suerte de magia literaria, la urdida por Borges. En sus ensayos agradaba discutir con sus libros preferidos: Las mil y una Noches; Historia natural, de Plinio”; La Enciclopedia Británica (de ahí el concepto de artículo resumido, para su variada prosa), entre otros, que acaso leería por sí solo hasta los 56 años, fecha en la que tras numerosas operaciones a los ojos, quedara totalmente ciego. Abominaba de los libros mal escritos (acaso nunca leería alguno de estos). A los 56 años su mecanismo literario se limitaría a dictar tomos de poemas, cuentos, ensayos, prólogos… Una memoria a la que sacó buen partido, tramando las más inimaginables prosas literarias. Un prólogo sobre un libro inexistente, que lo es el relato fantástico: Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, o títulos más inimaginables como El libro de arena, referido al tiempo que es imposible amonedar, como los granos de arena infinitos, incohesionables. Historia de la eternidad, Historia de la Noche, Historia Universal de la Infamia, son algunos títulos que hurgan toda la historia de los hombres.
Kcreatinn-Creación y más

13 libros de poesía, 5 de cuentos, 6 de ensayos, dos de conferencias, un libro de viajes (Atlas) y numerosas colaboraciones realizadas para la revista argentina El Hogar, entre las que se cuentan: biografías sintéticas, prólogos, ensayos y reseñas. El quinto volumen de las obras completas agrupa las obras que Borges publicó en colaboración con Margarita Guerrero (El Libro de los Seres Imaginarios) o las maquinadas con Bioy, íntimo de Borges; así como con otros intelectuales. Un hombre corriente quizá hubiese abandonado la literatura tras una ceguera total, ese “mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego” como lo sostiene en el ensayo La Ceguera. Con esos suaves colores debemos entender a la ceguera, y no como una oscuridad total, como lo manifiesta Shakespeare en un verso citado por Borges: “mirando la oscuridad que ven los ciegos”. Las razones del por qué la muerte es un suceso que termina con la memoria de los hombres, es simple: la intrascendencia de la mayoría de los hombres da paso al olvido, que es “una forma de la memoria”, la memoria de la muerte que a fuerza del paso del tiempo irrecuperable, se avizora, irremediablemente. Un hombre alcanzará, aunque sólo sea para un grupo de personas, la inmortalidad, cuando haya legado al menos un libro (aunque no un hijo y un árbol), que aunque “no hay mal que por bien no venga”, al menos revivirá al momento de ser leído, la memoria de quien lo escribió. Borges se ha inmortalizado en la memoria de los hombres al legar más de 30 libros a la humanidad. Una verdadera lección de lectura la adquirida con Borges. El leer, el conocer sus obsesiones, sus abominaciones ―“los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres”―, sus luces de espanto, sus epifanías librescas. Todo un sueño eterno el maquinado por Borges, antes y durante una ceguera silenciosa, en un lento crepúsculo que ha durado más de medio siglo. Quien lee a Borges abre una brecha de conocimiento y también la ardua obligación de empezar a descubrir a los clásicos y grandes filósofos, así como a los teólogos o a las cosmogonías fantásticas; en suma, el que asume leer a Borges tiene el deber y la necesidad de empezar a leer a los clásicos, los que siempre serán frecuentes en posteriores citas de buenas lecturas post clásicas. Leer a los clásicos, una tarea que desde hoy me he propuesto a fuerza de robarle “tiempo al tiempo” y a las acciones y responsabilidades mundanas. Frente a la mirada apacible de Borges, no sin cierta veneración, podría afirmar que mi cociente intelectual ha aumentado. Y también mi ignorancia. 25

*Referencia bibliográfica: Borges, J. L. 2005. Obras Completas. Emecé Editores, Buenos Aires-Argentina.

KATHARSIS
Ybarra Contra los poetas (manifiesto de psicoterror)
Rodolfo Ybarra

Contra toda esa costra de farsantes, momias letradas, bastardos y tinterillos de la palabra. Escritorzuelos abocados en lograr “el texto perfecto”, el summun del verbo que los teletransportará vía retorcimiento intestinal al maremagno muerto del parnaso o a las letrinas públicas en las que os esperaré para orinarles en la cara. ¡Oh!, enemigos míos, poetitas letratenientes, súcubus/íncubus, enemigos de la luz(cidez), náufragos de la verdad, apoltronados en radio-tv-prensa, periodicuchos, revistillas, fanzines, pasquines, material de desecho para leerse entre ellos, amariconados en retruécanos para saber cómo avanzan en sus cochinadas a las que denominan “tecnología del texto”, “vanguardia creativa”, luminarias de capilla ardiente. Supuestos ‘ismos’ en los que navegan ustedes solos como vejigas, como bolsas con caca, inflados y meteorizados por sus fuelles publicitarias que no se cansan de soplar con ese aliento putrefacto de mediocridad, esa hediondez omnímoda al borde del colapso, esa ventosidad bucal de relleno sanitario que los caracteriza y de la cual son víctimas y victimarios. Halitosos miembros y espectadores del hades-parnaso, capaces de hacer cualquier cosa con tal de aparecer en esas reseñas malditas donde el brillo del orodil y la pátina del aceite de culebra es todo lo que cuenta para esos lustrabotas y sacalustres de la mierda ajena, reptiles escribidores y sapos criticoides embrujados por la avaricia y la extorsión, destructores de la verdad y falsificadores de la cultura. Mierda pura en los cuatro estómagos de la Palabra que alguien algún día laxará con jabones imaginativos, con el bombín y la cánula de la pureza, con Tacto Lector, con perseverancia a prueba de leyes físicas, con pundonor errático y sobre todo con la inteligencia de los dioses que ustedes, por aberración animal y conveniencia crematística, niegan, para reinar como enanos, para impedir como soldados de terracota que la verdad se eleve y caiga
Kcreatinn-Creación y más

sobre ustedes hasta aplastarlos y pulverizarlos en los desiertos de la historia donde Heródoto les pateará el culo, donde Dante les vomitará su verde Infierno, donde Buda los hipnotizará hasta volverlos a su realidad de helmintos. ¡Oh!, poetas, raza de gusanos en la cabeza del gnosos; ustedes no han esculpido ninguna palabra digna en la piedra de la vida. ¡Oh!, poetas, enemigos míos, os desprecio y os abofeteo con mi pañuelo de orugas míticas, con mis guantes de alabastro sobre sus rostros empolvados, sobre sus rosadas mejillas donde practico mi propio bukkake, eyaculando mi asco, mi rabia y mi venganza. Nada hay que pueda detenerme, ni aún cuando después de 20 años de arduo trabajo descubro la inexistencia de ustedes, los poetas, quienes siempre fueron esa elucubración patológica para distraer al hombre del trabajo destructivo y renovador de la naturaleza. Entiéndanlo, geniales hombrecillos, pobres diablos, gentuza garrapatulienta, carroñeros letrados. Dejen en paz a la poesía, la Reina Madre que nunca tuvo hijos y que abortó a los fetos que ustedes representan cual ventrilocuos, para asirse de una verdad y un tiempo que nunca les perteneció, para tomar cuerpo cual parásitos en la materia eyectada, en la carne inanimada, en la molicie de lo que se pudre para cerrar el círculo de lo que ya no aguanta más y cae por fuerzas evidentes, derrumbándose sobre su eje. CONTRA LOS POETAS ACARTONADOS Y DE CUELLO DURO CONTRA LOS POETAS LÚMPENES Y MARABUNTAS CONTRA LOS POETAS SUICIDAS QUE NUNCA ESCUCHAN LOS SILBATOS DE JERICÓ CONTRA LOS POETAS BRICHEROS QUE ODIAN SU PROPIA ESTIRPE CONTRA LOS POETAS FELONES Y CHUPAMEDIAS, FELIPILLOS Y LAMECULOS CONTRA LOS POETAS PREMIUDOS QUE CAMINAN ORONDOS POR LAS PASARELAS DE LA MENTIRA Y EL ESCARNIO SIGUIENDO LA TRILOGÍA DE ESTOS TIEMPOS TRANZAENGAÑA Y AVANZA CONTRA LOS POETAS COJUDOS QUE ESCRIBEN ESPERANZADOS EN ALCANZAR ALGÚN RECONOCIMIENTO AUNQUE SEA EN LAS PÁGINAS DE DECESO DE LOS DIARIOS CONTRA LOS POETAS ARRASTRADOS QUE RUEGAN POR UN PRÓLOGO CONVINCENTE A BAJO PRECIO CONTRA LOS POETAS DE LA REACCIÓN, MERCENARIOS A SUELDO FIJO CONTRA LOS POETAS DE LA TRA(D)ICIÓN QUE SE EXHIBEN EN LOS MUSEOS DE SITIO DE LAS UNIVERSIDADES 26

CONTRA LOS POETAS EXORCISTAS DE SÍ MISMOS, SATANIZADOS Y SATANIZÁNDOSE UNOS A OTROS CONTRA LOS POETAS DE GRUPOS QUE ENCUENTRAN EN LA MASA UN BUEN PARAPETO PARA MIMETIZARSE Y ESCONDER SUS MEDIOCRIDADES CONTRA LOS POETAS DE A SOL Y MERCACHIFLES QUE BUSCAN VENDER(SE) AL MEJOR (IM)POSTOR CONTRA LOS POETAS MUTANTES Y CAMALEÓNICOS QUE ESTÁN A LA ESPECTATIVA DE LOS VIENTOS LITERARIOS PARA AUPARSE Y SUBIRSE AL COCHE SIN PAGAR CONTRA LOS POETAS BASURA, TRASHEROS Y COPRÓFAGOS ENMIERDADOS HASTA EL TUÉTANO CONTRA LOS POETAS BORRACHOS Y DROGONES INCAPACES DE ESCRIBIR UN VERSO SIN UNA GOTA DE ALCOHOL O HUMO CONTRA LOS POETAS ABSTEMIOS 100% LIGHTS ESCLAVOS DEL CUERPO QUE DICEN CUIDAR A LA MANERA DE LOS GRECORROMANOS CONTRA LOS POETAS SENSIBLEROS QUE LLORAN A MOCO TENDIDO POR EL VERSITO ESCUPIDO EN PAPEL DE ARROZ CONTRA LOS POETAS “MENORES” Y “MAYORES” POR ASUMIR UNA DIFERENCIA QUE NUNCA TUVIERON EN EL MUNDO PASTEURIZADO Y HOMOGENIZADO CONTRA LOS POETAS INTERNAUTAS QUE HACEN DE LA INTERNET UN LUGAR DE OCIO Y DE IMBÉCILES PARA “COLGAR” SUS TEXTOS ESPERANZADOS EN QUE ALGUIEN LOS LEA Y LES DÉ UN COMENTARIO AFORTUNADO. MÁS MIERDA PARA SEGUIR NADANDO EN EL DESAGÜE. CONTRA LOS POETAS PARA SIEMPRE EXCREMENTES EXCREMENTOS EXCREMITOS Salvo error u omisión.

Kcreatinn-Creación y más

Premios, gloria y fortuna
Harold Alvarado Tenorio [Colombia]

Nada hay comparable a la gloria, y más, si viene acompañada de metálico. Antes de la proliferación de los medios masivos de comunicación, se creía que la fama se ganaba por méritos, fuesen del bien y por supuesto, del mal. No hay, ni habrá Jesús sin Pilatos, yin sin yan, blanco sin negro. Ahora sabemos que no dura y puede obtenerse de mil maneras. E incluso, teniéndola, puede servir de nada, porque a nadie importa. La fama, conocida por los romanos como Voz Publica, fue una de las hijas de la Tierra, habitaba en el centro del orbe, vivía en un palacio de mil aberturas sonoras por donde entraban y salían las voces, y era asistida en su vida diaria por la Credulidad, el Error, la Falsa Alegría, el Terror, la Sedición y los Falsos Rumores. Todo ello habita ahora en los treinta segundos de todos los televisores del mundo. Así la retrata Virgilio en los versos 173 a 186 de La Eneida: Vestiglo horrendo, enorme; cada pluma | cubre, oh portento, un ojo en vela siempre | con tantas otras bocas lenguaraces | y oídos siempre alertas. | Por la noche | vuela entre cielo y tierra en las tinieblas, | zumbando y sin ceder al dulce sueño; | de día, está en los techos, en las torres, | a la mira, aterrando las ciudades. Si para hacerse rico no es necesario ser famoso, en el inframundo de la literatura, nadie puede serlo sin la fama y sin los premios que depara el poder y que el galardonado alcanza mediante la compra de sus libros, los viajes y el reconocimiento, si no, del señor presidente, sí de algunos de sus ministros, directores generales, confidentes, mayordomos, y, bien cierto, embajadores. Que yo sepa, desde el mismo Rubén Darío, una legión de escribanos y lameculos pretendidamente poetas han sido recibidos, en los puertos de mar y de aire, por los embajadores de sus respectivos países, en aquellos otros donde van para promocionar sus tomos y venderlos a las bibliotecas públicas de cada república o dictadura. Hace poco, para dar un ejemplo, vi cómo un embajador ultra reaccionario, en una isla del Caribe recibía con toda clase de zalemas y prebendas a un chavo castrista de origen campechano, admirador en su tierna juventud de un dipsómano autoritario que le reveló los secretos de la mnemotecnia, protegido desde sus posaderas por un ex presidente homicida benefactor de una pareja gay que labura en las Naciones Unidas, y publicista de toda clase de cartillas y falsificaciones 27

de la historia colonial, promovidas por una señora que nunca aprendió ballet y se dedicó a bailar por una emisora de radio pagada con dineros de los contribuyentes. Sin embargo la gran ilusión, la ciertamente visible y aparentemente perdurable, la deparan los Premios sostenidos por las sumas en firme. Cada país tiene los suyos, pero es España la que pone la marca más alta, con unos de 1600, varios de los cuales son, o Premios Políticos [Cervantes, Reina Sofía, Menéndez Pelayo, Príncipe de Asturias, Premios Nacionales, Premios del Ministerio de Cultura, de las Juntas, Xuntas, Yuntas, Zuntas], o Sociales, otorgados por Cajas de Ahorros, Alcaldías y Diputaciones, y los Económicos, dedicados al mercado internacional del libro como los Casa de América de Poesía (6.000 Euros); Generación del 27 (15.000); Ciudad de Melilla (18.000); TIFLOS (36.000); Jaime Gil de Biedma (16.000); Loewe (27.000); Fray Luis de León (12.000); Emilio Alarcos (15.000); Cáceres 6.000); Ferrocarriles (15.000) y Viaje del Parnaso (18.000), todos controlados por la mano inefable de Jesús García, alias Chus Visor y los de “novela”: Planeta, Nadal, Biblioteca Breve, Lara, Plaza y Janés, Lengua de trapo, Primavera, Alfaguara, etc., cuyas dotaciones económicas oscilan entre los 300 y 700.000 euros según la Guía de Premios y Concursos Literarios, con 500 para narradores y unos 450 para poetas, y sólo 62 para ensayo y 70 para teatro. El 9 de Setiembre de 1981, un año, diez meses y trece días antes de ganar el Premio Nóbel, Gabriel García Márquez escribía que luego de una larga vida como periodista y escritor, tenía más de cincuenta años, sólo podía arrepentirse de haber ganado dos laureles, uno en 1954, patrocinado por la Asociación de Escritores de Colombia, con un cuento sin terminar; y el otro, en 1962, de la Esso Motor Company, con tres mil dólares de gaje, con una obra que no tenía título y hoy es conocida como La mala hora, porque según el emisario de los patrocinadores, “nadie había mandado ninguna obra que valiera la pena”. Nunca asistió a las premiaciones porque tuvo la impresión muy desapacible de haberse prestado a una farsa pública, y una vez más, a la promoción de una empresa que nada tenía que ver con la literatura. Todo eso lo decía el genio de Macondo hace 28 años, cuando apenas se oía hablar en los medios de Borges, Cortázar, Gil de Biedma, Lezama, Guimarães Rosa, Ángel González, Carpentier, Onetti, Rulfo, Cabrera, Caballero Bonald, Paz, Vargas Llosa o Antonio Caballero, y no habíamos pasado de la función del deslumbramiento a la edad del mercado y cabildeo y ni el Gouncourt, el Femina o el Medicis habían sido
Kcreatinn-Creación y más

degradados a monarcas de la intriga como Álvaro Mutis, ni existía ‘Hay Festival en Cartagena’, ni la mejor revista del mundo era El Malpensante, y el universo estaba poblado de libretistas Volpis, Fresanes, Birmajeres, Francos, Roncagiolos, Pazsoldanes, Vazques, Jaramillos, Bonetes y Abadesas, ni los críticos literarios eran redactores de planta o se alquilaban a las universidades bajo la férula de la diosa Ignorancia, ni los novelistas tenían columnas en periódicos y revistas para promocionar sus nombres. Porque toda esta legión de beneficiarios de los erarios públicos, que escriben, no por una necesidad ineludible, sino para ganar concursos y prebendas, y garrapatean culebrones sobre cualquier cosa, incluso sobre poetas y asesinos de la conquista de América, deben tener presente que su gloria durará tanto como la de Manuel Terrín, un electricista de Córdoba que ha ganado la media pendejadita de 1,530 concursos, 500 de ellos de narrativa, y es famoso por ser desconocido. Ni Borges, Camus, Cervantes, Dos Passos, Dostoievski, Dreiser, Drieu la Rochelle, Faulkner, Flaubert, Forster, Genet, Greene, Hemingway, Huxley, Joyce, Lawrence, Machado de Asis, Martin du Gard, Mauriac, Montherlant, Orwell, Proust, Scott Fizgerald, Waugh o Wilson, escribieron para que los invitaran a bailar merengue y soplar canutos en las Ferias del Libro y los Festivales de hoy. Escribieron bien porque dijeron las verdades de su tiempo, porque no fueron la voz de los establecimientos, y quienes leen saben que no mienten. Porque quien crea una voz, crea un destino y vivirá para siempre, como bien lo entendió Han Yu, un poeta chino que conocí en el siglo VIII, y me dijo: Todo resuena cuando se rompe el equilibrio. | Las yerbas son silenciosas, | pero si el viento las agita, silban. | El agua calla, | pero si el aire la mueve, repica; | las olas mugen: algo las oprime; | la cascada se precipita: le falta suelo; | el lago hierve: algo lo calienta. | Son mudos los metales y las piedras, | pero si algo los golpea, rechinan. Así el hombre. Si habla, es que no puede contenerse; | si se emociona, canta; | si sufre, se lamenta. | Todo lo que sale de su boca | se debe a una rotura... | Cuando el equilibrio se fragmenta, | el cielo escoge entre los hombres | aquellos más sensibles y los hace hablar.
Las opiniones vertidas en los textos firmados son de exclusiva responsabilidad de cada uno de sus autores y no necesariamente reflejan las opiniones y juicios de la Revista Kcreatinn. Todo el material escrito y publicado en estas páginas es de propiedad intelectual de cada uno de sus autores. Todos los derechos reservados de acuerdo a ley. Copyright © 2009 Kcreatinn a.c.s.f.d.l..

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2008-02377 Producción: Kcreatinn: Asociación Cultural sin fines de
lucro. Escritura pública Número Tres Mil Novecientos Sesenta y tres, registrada en la partida N° 11004907, título N° 00005356 del registro de personas jurídicas de la SUNARP. EQUIPO: OPERACIONES: Silvia Farfán Cedrón, Bachiller en Lengua y Literatura. PUBLICIDAD Y MARKETING: Eduardo Farfán Cedrón, Administrador de Empresas. PROYECTOS LITERARIOS: Jack Farfán Cedrón, Escritor. FINANZAS Y GESTIÓN EJECUTIVA: Javier Farfán Cedrón, Master en Administración y Organización de Negocios; Escritor.

|Director: Jack Farfán Cedrón| 28

§

Kcreatinn-Creación y más

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful